Читать книгу: «Pasión y fuego»

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28001 Madrid
© 2020 Dani Collins
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Pasión y fuego, n.º 2811 - octubre 2020
Título original: A Hidden Heir to Redeem Him
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-908-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
HACÍA mucho tiempo que Valentino Casale se había endurecido contra cosas tan inútiles como los sentimientos, pero no podía evitar sentirse irritado por las congestionadas calles de Atenas.
El tráfico era problema de su chófer, no el suyo. Sin embargo, se rebulló con inquietud en el asiento. Volver a Grecia le irritaba profundamente. De niño, cuando lo enviaban allí, siempre le había parecido un castigo y seguía considerándolo como tal. Además, el hecho de verse atrapado entre el dinero de su padre y las ansias de su madre por conseguirlo era como si lo arrojaran a una jaula con un tigre hambriento. Por lo tanto, no, no le agradaba volver a estar allí. Al menos, su padre ya no estaba. Algo bueno tenía que haber.
Si tuviera sentimientos, Val estaría experimentando pena o, lo que algunos denominaban como «pasar página». Sin embargo, desde que recibió la noticia de que Nikolai Mylonas había muerto hacía dos días, Val no había sentido nada, ni siquiera alivio. Su padre sería incinerado y sus cenizas se depositarían en la isla de su propiedad. En lugar de un funeral al que nadie asistiría, se había pedido a sus dos hijos y a las madres de ambos que se presentaran en persona en la lectura de su testamento.
Val había rechazado disfrutar de la riqueza de su padre hacía dos décadas. Había amasado su propia fortuna con su propio esfuerzo sin necesidad de nadie. Incluso le había proporcionado a su madre una jugosa asignación con la esperanza de que ella dejara de soñar con el dinero de Niko. Desgraciadamente, no había funcionado.
Val seguía sin querer nada, tal y como le había reiterado en repetidas ocasiones al abogado de su padre cuando este lo había llamado para concertar la reunión. Fuera lo que fuera lo que a él le correspondiera heredar, y si no podía rechazarlo, se lo cedería a su madre.
Le habían informado que había ciertas estipulaciones que requerían la presencia de todas las partes antes de que se pudiera proceder. El abogado se había apresurado a añadir que se mencionaba a la madre de Val, por lo que a él le interesaba hacer acto de presencia y asegurarse de que todo seguía su curso.
¿A quién le importaba adónde iba el dinero? A Evelina Casale. A ella le importaba el dinero de Niko por encima de todas las cosas y, sobre todo, lo que más le importaba era cuánto dinero recibiría ella en comparación con Paloma, la exesposa de Niko. Si a la otra mujer se le otorgaba tan solo un euro más, sabía que Val se tendría que enfrentar a su medio hermano.
Otra cosa buena…
–Pare –ordenó de repente cuando su mirada detectó el escaparate de una galería de arte–. Voy a bajarme aquí.
Cuando descendió del coche, recibió un nuevo mensaje de texto de su madre, en el que le informaba que ya había llegado al vestíbulo del edificio Mylonas. Ella podía esperar. Todos podían esperar.
Volvió a meterse el teléfono en el bolsillo y cruzó la calle. La costumbre lo empujaba. Llevaba tres años entrando en todas las galerías de arte con las que se encontraba, sin importarle qué más pudiera tener en su agenda. Con cierta perversión, siempre buscaba su propia figura desnuda y siempre se sentía desilusionado de no encontrarla. En sus días de mayor esplendor físico, Val había sido modelo de una ropa interior tan ceñida y transparente que prácticamente había estado completamente desnudo, por lo que no le asustaba que lo vieran sin ropa.
Una vez más, la búsqueda resultó infructuosa.
Sonrió, pero el humor se vio rápidamente ensombrecido. Debería sentirse contento de no haber encontrado nada. Todo el mundo lo utilizaba cuanto podía. En aquel caso, había dado su permiso, pero aquella artista no lo había hecho.
¿Por qué no? Podría haber sido la oportunidad que ella necesitaba. Sin embargo, dado que habían pasado ya tres años y Val no había vuelto a ver nada de su trabajo, estaba empezando a sentir una ligera preocupación de que algo pudiera haberle ocurrido.
No podía entender por qué aquello debería preocuparle, pero aquella joven artista había tenido algo. Era madura y fuerte, pero ingenua a la vez. Encantadoramente abierta con sus opiniones y muy curiosa de las de él. Tampoco había aceptado nada de él, ni siquiera el dinero que Val le había dejado por el dibujo que le había arrancado de su bloc y que había guardado cuidadosamente en su maletín para no perderlo o arrugarlo.
Su teléfono volvió a sonar. A su madre le preocupaba encontrarse con Paloma y Javier antes de que Val llegara. Como si Val fuera a permitirles que le metieran prisa. No respondió. Siguió avanzando tranquilamente por la galería, sin encontrar nada.
Salió de nuevo al exterior y sintió que su buen humor fue desapareciendo a medida que se acercaba al edificio Mylonas. No había estado allí desde hacía mucho tiempo, seguramente desde que volara a Venecia hacía tres años.
Una vez más, Val volvió a preguntarse si podría haber evitado su desventurado matrimonio. Tal vez si hubiera regresado a la habitación de su hotel después de aquella reunión inicial y hubiera encontrado a aquella artista aún en su cama… En vez de a ella, había descubierto el dinero que él le había dejado colocado ordenadamente sobre la mesilla de noche. Tanto ella como su bloc de dibujo habían desaparecido.
Ella había ignorado la posición social de Val y su dinero. Él se había sentido completamente relajado mientras ella le dibujaba. Parecía ridículo decir que incluso se había sentido a salvo. Era un hombre poderoso, con fuerza, posición social y dinero, lo que no se podía considerar una desventaja, pero se había sentido aliviado de no tener que mantener la guardia con ella.
No había apreciado aquello hasta mucho más tarde y se arrepentía de haberla dejado aquella mañana y darle así la oportunidad de desaparecer sin dejar rastro. Después, tras el ultimátum de su padre, había seguido con su plan de desvincularse de él de una vez por todas por medio de un matrimonio sin amor.
Aquel cruel gesto había sido la última vez que había permitido que los sentimientos lo empujaran. Él no había encontrado satisfacción alguna en su matrimonio, tan solo una existencia sin sexo con una mujer cuyos intereses no coincidían en nada con los suyos. Afortunadamente, ya se habían divorciado, por lo que podía al menos poner fin a ese capítulo de su enciclopédica colección de sórdidos errores.
–Por fin –le dijo su madre al verlo entrar por la puerta giratoria–. ¿No te has podido poner un traje?
–Un traje habría significado que esta reunión es importante para mí.
Ella lo miró con desaprobación y se acercó a él desde la zona de espera. Casi era tan alta como él y aún andaba como una modelo, a pesar de haber cumplido ya los cincuenta y ocho años.
–Buenas tardes, señor Casale. Soy Nigel –le dijo uno de los empleados de su padre–. ¿Puedo acompañarle a la sala de reuniones? –añadió, mientras le indicaba los ascensores.
Val se dio la vuelta y sintió algo parecido a una descarga eléctrica cuando vio un enorme óleo que colgaba detrás del mostrador de seguridad.
–¿De dónde ha salido eso? –preguntó.
No había estado allí hacía tres años. Nunca antes lo había visto. El paisaje marino enmarcado por una ventana le resultaba desconocido, aunque la vista tenía que ser de Grecia. La mezcla de colores era nueva para sus ojos, pero se combinaban gloriosamente y proporcionaban textura y profundidad. Algo en aquella composición le resultaba familiar.
–No puede pasar aquí, señor.
Val rodeó el mostrador y pasó junto al guardia de seguridad. Examinó la firma. No era el KO de su dibujo, sino Kiara. Sintió que todo su cuerpo se tensaba.
–¿Dónde han comprado este cuadro? Quiero hablar con la artista –preguntó.
–Señor… –le dijo Nigel–. La señorita O’Neill está arriba. Llegó a la reunión hace diez minutos.
–¿Para la lectura del testamento de mi padre?
Sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Se le formó un nudo en la garganta y sintió que la entrepierna se le tensaba. Parecía que la piel era demasiado apretada para el calor que acumulaba su cuerpo.
–¿Quién es esa mujer? –le preguntó su madre.
Val apenas la oyó. Había soltado una cínica y dura carcajada.
–Alguien que trabajaba para papá –respondió. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? Cegado por su propia libido, seguramente. Se maldijo en silencio–. Sí, por supuesto. Lléveme hasta ella. No puedo esperar.
Kiara O’Neill se había percatado de que Davin, el abogado de Niko, estaba tratando de tranquilizarla con su incesante conversación, pero no lo estaba consiguiendo. Tal vez pensaba que la estaba seduciendo… Se habían encontrado en varias ocasiones durante los últimos tres años y él la había invitado a cenar en más de una ocasión, pero las prioridades de Kiara habían sido su hija y su arte. En ese orden. Además, si conseguía tener una velada de vino y conversación con Scarlett, su mejor amiga, consideraba su vida completa.
Tratar de encajar también un hombre en su pequeño mundo solo complicaría su lista de prioridades. Además, la última vez que había tenido una cita, había terminado embarazada. Y el hombre en cuestión estaba a punto de entrar en aquella sala en cualquier momento.
Tenía el cuerpo cubierto de un sudor frío y su mente era incapaz de tener un pensamiento sensato, y mucho menos una conversación. Su sencillo vestido con cinturón y una chaqueta de estilo kimono habían sido elegidas cuidadosamente para resultar poco llamativas y cómodas, pero parecían ceñirle el cuerpo por todas partes. Los nervios se habían apoderado de su estómago y la feminista que había dentro de ella que había mantenido a los hombres a raya durante tres años, parecía estar frotándose las manos como una adolescente antes del baile de graduación. El chico guapo se acercaba y no sabía si quería que él se fijara en ella o no.
En lo más profundo de su ser, seguía siendo una huérfana mestiza del peor barrio de Cork. Scarlett diría que, en realidad, ella era madre y artista, pero Kiara no estaba segura de que pudiera ocultar lo que sentía que era.
Val Casale le había parecido un hombre inteligente y había parecido pensar que su trabajo tenía verdadero mérito. Cuando ella se había mostrado insegura, él le había dicho:
–En realidad no sabes quién soy, ¿verdad?
No lo había sabido. Hasta mucho más tarde. Sin embargo, quien siembra vientos…
Se sentía algo mareada. Quería mandarle un mensaje a Scarlett para que se diera prisa en volver del cuarto de baño, pero ya había puesto su teléfono en silencio y lo había guardado en el bolso. Sacarlo en medio de una conversación sería una grosería.
Con una tensa sonrisa que trató de mantener, esperó a que Davin se detuviera con la esperanza de poder decir que iba a ver qué estaba haciendo Scarlett. Su amiga estaba ya muy avanzada en su embarazo y prácticamente vivía en los cuartos de baño, pero era cierto que en aquella ocasión estaba tardando demasiado.
¿Se habría enterado Val de que ella estaba allí y se habría marchado antes de verla para evitar que ella pudiera explicarse? Dado todo lo que había oído sobre él desde entonces, seguramente era lo mejor, pero sintió que se le hacía un nudo en el corazón por su…
La puerta se abrió y el aire cambió de manera sutil. Se produjo una tensa energía que se apoderó del ambiente cuando las tres personas entraron en el despacho.
–Signor y Signora Casale –anunció Nigel mirando su tableta cuando esta vibró–. La otra parte ha llegado. Regresaré con ellos en breve.
Nigel se marchó y cerró la puerta.
–Davin…
Evelina, la madre de Val, sonaba tan gélida y culta como lo había hecho en la única ocasión en la que Kiara había hablado con ella hacía tres años. En persona, Evelina era el ejemplo perfecto de lo que las revistas de moda consideraban sexy y atractiva. Era muy alta y delgada, con una piel de marfil y un lustroso cabello castaño. Llevaba ropas de diseño, con el cuello, las orejas y los dedos adornados de relucientes joyas. Saludó a Davin con dos besos al aire.
–Evelina, me alegro de volverte a ver –dijo Davin cortésmente antes de presentar a Kiara–. Esta es Kiara O’Neill.
Evelina la miró con desprecio.
–Un vaso de agua estará bien por el momento.
Kiara podría haberse sentido divertida, o insultada, pero, al ver a Valentino Casale, se sentía como si estuvieran explotando dentro de ella miles de fuegos artificiales. Todos los sentimientos posibles susurraban y estallaban en sus oídos mientras chispas y fogonazos de color cegaban su visión.
Él no se había molestado en ponerse un traje. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camisa negra abierta en el cuello. Ceñían un cuerpo que era atlético, esbelto y maravilloso, tal y como lo había sido hacía tres años. Seguía llevando el cabello revuelto y su rostro parecía seguir necesitando un buen afeitado. Su mirada era igual de penetrante y turbadora. Los iris tenían el color de la plata y se habían centrado en ella de una manera fiera e imperturbable.
La adrenalina la animó a huir de allí para salvar la vida, pero también sentía una extraña excitación. Un deseo de correr hacia él. Entre aquellos imperativos, vibraba una mezcla de sentimientos mucho más complejos. Culpabilidad, resentimiento y algo parecido a un doloroso alivio.
Había temido y anticipado aquel día desde el momento en el que había aceptado la oferta de Niko de vivir con él. Por fin, tendría que hablar con Val sobre la hija que tenían en común. Se había preparado para las consecuencias que aquella conversación pudiera tener, pero no lo había hecho para contrarrestar el efecto que Val aún seguía ejerciendo sobre ella.
Se veía rodeada por una profunda atracción. No debería sorprenderse. La primera vez que lo vio, él le había hecho sentir una irresistible fascinación. El tiempo pareció detenerse y la sangre le hervía en las venas cuando empezó a acariciarle las líneas del rostro.
Idéntica oleada de sensualidad se había apoderado de ella en aquel despacho, pero mucho más fuerte. Más profundo, más inmediato y más sexual. No se trataba simplemente de la compulsión de estudiarle y de recrearle en una página, sino un profundo deseo de cerrar la distancia que los separaba y tocarlo. Quería sentirle con todo su cuerpo, gozar en el fuego que él había prendido dentro de ella. Quería notar las caricias de sus manos por la espalda desnuda y experimentar de nuevo cómo le agarraba con fuerza las caderas.
Su cuerpo se caldeó, vibró y se excitó simplemente por estar en la misma sala que él porque sabía cómo era hacer el amor con Val. Sabía lo que él podía hacerle sentir, algo animal, primitivo. Maravilloso.
Tampoco había calculado el efecto de su vínculo a través de su hija. Se había pasado más de dos años viviendo con el padre de Val y con la hija que ambos tenían. Sabía ya muchas cosas de Val Casale, pero aún no lo conocía a él. Su breve relación y el recuerdo de un dulce encuentro se habían convertido en una absoluta fascinación con alguien que había tenido un profundo efecto en su vida.
A pesar de las cosas que le habían contado sobre él y, a pesar del hecho de que él parecía haberla descartado, todo su ser quería extender la mano y volver a descubrir al sensual y hedonista hombre que había creído ver aquella noche.
La sonrisa indulgente del amante había desaparecido. Su cinismo y desprecio eran palpables en el cromo pulido de su mirada.
¿Sabía que ella había tenido un bebé? ¿Era esa la razón de que le estuviera lanzando acusaciones silenciosas con su amarga mirada?
Su antagonismo era evidente. Sintió que se le hacía un nudo en la garganta al recordar una de las primeras cosas que Niko le había contado sobre su hijo.
«Val es un canalla, señorita O’Neill. Se enorgullece en la distinción y aprovecha todas las oportunidades que tiene para demostrarlo».
En otras ocasiones, Niko había utilizado toda clase de epítetos poco amables para describirlo: poco respetuoso, rebelde, provocador, vengativo y reprobable.
Niko no había sido un hombre al que una persona pudiera contradecir, aunque su opinión de Val no casaba con el hombre al que ella había conocido. No obstante, la ira que Val sentía hacía su padre había provocado que le diera la espalda a su fortuna y se casara con una mujer a la que no amaba. Eso lo convertía en un hombre al que ninguna mujer sensata se atrevería a enojar.
Niko podría haberle ofrecido protección de Val mientras estuvo vivo, pero Niko ya no estaba. Kiara estaba sola.
Davin rompió el tenso silencio dejando la jarra de agua con un golpe sobre la mesa. Le dio un vaso a Evelina, que lo ignoró mientras los miraba a ambos. Kiara sintió de nuevo deseos de huir. Miró hacia la puerta, deseando que Scarlett apareciera por fin.
–¿Qué estás haciendo aquí, Kiara? –le preguntó Val con un letal tono de voz.
Ella miró a Davin.
–Cuando todas las partes estén presentes, hablaremos de todos los detalles –dijo Davin con una ligera sonrisa, que murió inmediatamente al entrar en contacto con la mirada mortal de Evelina.
–No me irás a decir que… esta persona… tiene derecho a parte de la herencia de Niko, ¿verdad? –preguntó Evelina mirándola con desaprobación.
–No exactamente –murmuró Kiara mientras tomaba un vaso de agua helada para humedecerse la garganta–. Debería ir a ver cómo está Scarlett…
Antes de que pudiera dar un paso en dirección a la puerta, esta se abrió.
–Lo siento mucho –tartamudeó Nigel–. Ha ocurrido algo. La señorita Walker ha tenido que marcharse al hospital.
–¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado? –preguntó Kiara atónita.
–Está de parto –dijo Nigel–. El señor Rodríguez la ha llevado al hospital. Y su madre ha preferido no quedarse… … –añadió Nigel mientras miraba con incomodidad hacia Evelina y luego a Kiara–. Me dijo que le dijera a usted que termine aquí lo que tenga que hacer y que la llame cuando pueda. Les dejo con lo suyo –concluyó Nigel mientras iba cerrando la puerta al marcharse.
–No me digas que esa cazafortunas va a tener el nieto de Paloma y que todo el dinero de Niko va a ir a parar a ellos –le advirtió Evelina a Davin. Lágrimas de rabia le brillaban en los ojos.
–No… no… no todo –se apresuró Davin a decir para apaciguar a Evelina. Entonces, le lanzó una mirada de cautela a Kiara–. Tal vez deberíamos sentarnos…
–Yo me quedaré de pie –dijo Kiara mientras se agarraba al respaldo de una silla para mantenerse en pie. Sentía que el mundo estaba girando fuera de su eje. Estaba muy preocupada por su mejor amiga y, al mismo tiempo, el corazón le palpitaba con fuerza al sentir que el momento de la verdad se acercaba como un acantilado ante ella.
Observó que Valentino la estaba mirando muy fijamente y sintió una profunda aprensión. Sentía que había llegado al punto de no retorno. No podía hablar, pero tampoco tuvo que hacerlo.
–Tranquilízate, madre –le dijo él a Evelina. Su voz había adquirido un tono sombrío y mortal–. Esta cazafortunas también ha tenido un niño.
–Señor –le amonestó el abogado, pero Val no permitió que la desaprobación del letrado tuviera impacto alguno sobre él. Val también estaba sufriendo. Sentía una profunda traición.
Kiara se había presentado como una artista sin dinero, muy sensual y modesta, pero él acababa de darse cuenta de que tenía el corazón de hierro. Y él había sido el necio que había creído en ella.
Había pensado que su encuentro había sido por casualidad, un encuentro en el que él no había tenido que fingir o esforzarse para controlar la situación.
Ella le había hechizado… y había estado trabajando para Niko desde el primer momento. ¿Cómo podía sentirse sorprendido? ¿Cómo? Por supuesto, su padre había tenido la situación bajo su mando. No podía haber sido de otra manera.
Pero, ¿cómo lo habían conseguido? ¿Habría estado ella ya trabajando para su padre cuando se conocieron? ¿La habría contratado Niko para que ella se lo llevara a la cama y conseguir que la dejara embarazada?
Si era así, había cumplido muy bien con su cometido. También había sido muy afortunada en conseguirlo a la primera y solo porque uno de los preservativos se había roto.
–¿Tienes un hijo? –preguntó Evelina mientras se agarraba con fuerza los diamantes que le rodeaban la garganta.
–Sí –admitió Kiara. Los nudillos se le marcaban con fuerza mientras agarraba el respaldo de la silla.
Ella tenía el cabello más largo y lo llevaba con la raya a un lado. La luz jugueteaba con los rizos castaños, que eran finos y estrechos, como si ella se hubiera enrollado cada mechón en un lápiz o algo incluso más delgado. Estos caían con salvaje abandono alrededor del óvalo de su rostro, acentuando así los afilados pómulos.
Sus enormes ojos eran del color del café expreso y su boca como una apretada flor de color rojo. Su cuerpo tenía unas deliciosas curvas que llevaba cubiertas por ropa de mejor calidad de la que había vestido la última vez. Calzaba unos zapatos de alto tacón, con lo que parecía más alta de lo que la recordaba. Un ancho cinturón enfatizaba los senos, las generosas caderas y el trasero. Un recuerdo muy carnal amenazó con apoderarse de él y embotarle el cerebro una vez más.
–Dado que la situación ha dado un giro tan brusco, iré directamente al grano –dijo Davin mientras pasaba los papeles que tenía frente a él–. Dado que los dos hijos de Nikolai han renunciado a su herencia, él decidió entregar la mayor parte de su fortuna en partes iguales a sus nietos. Evidentemente, todos deseamos que el parto de la señorita Walker vaya perfectamente, por lo que, si la información que tenemos es correcta, habrá dos herederos que compartirán la fortuna a partes iguales. A Evelina y a Paloma se les ha concedido un pago único de un millón de euros –añadió Davin mientras le entregaba un cheque a la madre de Val.
–¡Eso no es suficiente! –protestó ella–. Esto no puede estar bien –insistió Evelina mientras se levantaba para colocarse junto a Davin y leer el documento con sus propios ojos.
Val se acercó a Kiara.
–Supongo que comprendes lo que esto significa –le dijo mientras señalaba con la cabeza a su madre–. Nunca te dejará en paz. Por cierto, pensaba que tomabas la píldora.
Kiara lo miró con gesto desafiante.
–¿Vamos a hablar de esto aquí? ¿Ahora? –le preguntó mientras se ruborizaba profundamente–. Era una dosis muy baja para regularme el ciclo. Cuando pasé la noche contigo, se me olvidó tomar una. Aparentemente, fue suficiente para terminar con su eficacia, aunque el anticonceptivo perfecto no existe, ¿sabes?
–¿Mi padre no te pagó para que pasaras la noche conmigo y te quedaras embarazada?
–¿Y romper el preservativo? No –replicó ella. Se sentía insultada.
–Si lo conocías lo suficiente para quedarte con la mitad de su fortuna, sabes que habría sido perfectamente capaz de hacer algo como eso. ¿Te acostaste con él?
–No. Ese comentario es asqueroso.
–Y eso lo dice la mujer que está utilizando a un bebé para echarle mano a una fortuna.
Kiara levantó el rostro a modo de desafío.
Val se dispuso a aceptarlo. ¿Por qué? No le importaba. En realidad, no debería importarle. Sin embargo, había descubierto que así era. Profundamente. Unos sentimientos que no era capaz de nombrar le ardían en el vientre.
–Aquella noche fingiste que no sabías quién era yo –la acusó–.Te saltaste la píldora a propósito, con la esperanza de encontrar el premio. Esa táctica se había intentado en el pasado, con limitado éxito. Te aseguro que te arrepentirás de esto.
–¿De tener a mi hija? –le preguntó ella levantando orgullosamente la barbilla una vez más–. Lo dudo. Y tiene nombre, por cierto. ¿Te gustaría saber cuál es?
–No.
Val podría haberlo dejado así. El hombre en el que se había convertido siempre se quedaba con la última palabra antes de marcharse.
Sin embargo, algo le mantuvo allí, escuchando el nombre. Esperando. No sabía por qué, pero quería las dos cosas. Permanecer allí, sin moverse. No entendía cómo ella había sido capaz de hacerle víctima de un hechizo tan fuerte.
–Yo le dije que te diera el dinero que necesitabas para cuidar de ella –le espetó Evelina desde el otro lado de la sala.
–Me dijo que se lo habías sugerido.
Val se quedó completamente atónito. Miró muy sorprendido a su madre.
–¿Tú lo sabías?
–¿Y tú no? –le preguntó Kiara muy confusa.
–Yo sabía que ella afirmaba estar esperando un hijo tuyo. No sabía que lo había tenido –replicó Evelina, mirando con censura a Kiara.
–¿Tú sabías que estaba embarazada y no me lo dijiste? –le preguntó a su madre totalmente atónito.
–Estabas en tu luna de miel –respondió su madre con el tono dulzón y conciliador que siempre usaba para conseguir que Val se pusiera de su lado–. No necesitabas un escándalo tan feo.
–Esto es lo más bajo que has llegado nunca, madre –le espetó. Sentía náuseas–. ¿O debería decir… nonna?
–No te… –le advirtió ella escandalizada.
–Claro que sí. Porque tu preciosa vanidad la envió a él –dijo mientras señalaba a Kiara primero y después la carpeta que representaba la fortuna que había sido la razón de todo aquello.
Aquella situación le recordaba terriblemente a su propia infancia, cuando algo limpio y valioso que era suyo se veía mancillado y utilizado como arma arrojadiza en la lucha constante entre sus padres y su medio hermano y la exesposa de su padre, Paloma.
–¿Por qué se lo dijiste a ella en vez de decírmelo a mí? –le preguntó a Kiara.
–Supongo que podría haberte dejado un mensaje con tu esposa…
–Llevo un año divorciado. Has tenido tiempo.
–Había circunstancias –respondió ella, rebulléndose incómodamente–. Niko estaba enfermo y nos necesitaba allí.
–¿Has estado viviendo con él todo este tiempo?
–Él pensó que si sabías que Aurelia existía, me presionarías para que dejara la isla en vez de permanecer allí con él.
Aurelia. Era el nombre de la casa en la que habían pasado su noche juntos en Venecia. Su nido de amor y, aparentemente, el lugar de la concepción de su hija.
Cada mañana, cuando observaba el dibujo de Kiara, regresaba mentalmente a la cama con ella, sentado tras ella entre las arrugadas sábanas, animándola a seguir con su estudio del balcón abierto mientras él saboreaba el aroma de su cuello y la suavidad de sus hombros y sentía cómo los pechos subían y bajaban con creciente excitación contra las palmas de sus manos.
Tragó saliva y trató de no atribuir profundidad alguna al hecho de que la pequeña llevara el nombre de aquella casa. Él no cedía ante los sentimientos. Era una táctica de manipulación. Todo lo era.
A pesar de todo, no pudo apartar la mirada de ella mientras Kiara volvía a centrar su atención en Evelina. No mostró temor alguno ante ella cuando le dijo descaradamente:
–Niko no quería que ni Paloma ni tú supierais de ella ni del embarazo de Scarlett. Pensaba que crearía más conflicto de lo que él podría afrontar en su debilitada condición. Dado que estaba en estado terminal, nosotras respetamos sus deseos.
Todo era tan poético que rayaba en la cursilería, pero Val jamás podría perdonarle que hubiera impedido que él supiera que tenía una hija durante tres años. No le perdonaría nada de todo aquello.
–Esperaremos a obtener los resultados del ADN antes de seguir con esta discusión –replicó Evelina mientras se guardaba cuidadosamente su cheque en el bolso–. Niko no puede haber ignorado a su hijo en favor de una niña a la que nunca hemos visto. Pelearemos.
–En ese caso, desperdiciará su dinero –dijo Davin–. Ya hay una prueba de ADN que demuestra que Aurelia es descendiente de Niko. La muestra de la niña se vinculó con la prueba de ADN que demostró la paternidad del señor Casale. Niko tenía la cabeza en su sitio. Hacer más pruebas no cambiará nada.
Val no necesitaba ninguna prueba. No era tan ingenuo como para aceptar la palabra de Kiara, pero su padre siempre se había mostrado muy diligente en todo lo que hacía.
En realidad, no le importaba. Val nunca había querido tener hijos. Definitivamente, había llegado el momento de abandonar el escenario. Podía hacerlo perfectamente. Kiara contaba con el dinero suficiente para cubrir las necesidades de la niña. No tenía que cambiar nada de su vida. De hecho, su madre podría convertirse en el problema de Kiara. La solución era muy sencilla y liberadora.
Sin embargo, permaneció donde estaba. Sentía el interior de su cuerpo agarrotado por la ira que le henchía el pecho con la presión de un grito primitivo que no era capaz de soltar.
No podía entender por qué aquella situación provocaba en él tanta furia. Tenía algo que ver con la grotesca repetición de la historia. Mientras estuvo casado con Tina, Kiara estaba teniendo a su hija, sentenciando a una inocente a la etiqueta que él había tenido que llevar encima hasta que tuvo la edad suficiente para asegurarse de que se merecía aquel legado.
No. Tal vez no se había colocado a sí mismo entre los hombres más respetados del mundo, pero tenía la decencia suficiente para sacar a aquella niña de un ambiente tóxico antes de que quedara envenenada y marcada para siempre.
–Rechaza ese dinero –le dijo a Kiara–. Mi hija heredará mi dinero, no el de él.
–Hace un minuto ni siquiera querías saber su nombre.
–Llevará mi apellido –replicó él–. Vas a casarte conmigo. Hoy mismo.
Capítulo 2
VAL, NO te precipites –le espetó Evelina–. Pelearemos…
–Recoge tu dinero y vete a casa, madre. Te llamaré cuando esté dispuesto a volver a hablar contigo.
Evelina no se inmutó siquiera, pero el tono de Val hizo que Kiara temblara dentro de sus zapatos de diseño. ¿Matrimonio? De todas las reacciones que había tratado de anticipar… No, no haría algo así. Aún estaba tratando de asimilar el hecho de que él ni siquiera sabía que había estado embarazada. Ese hecho le impedía en cierto modo sentir resentimiento hacia él
–Kiara no puede rechazar el dinero –dijo Davin–. Es de Aurelia. Cuando ella tenga veinticinco años y se haga con el control de toda su fortuna, Aurelia podrá hacer lo que quiera. Hasta entonces, el dinero permanecerá en un fondo para ella. A la señorita O’Neill se le ha asignado una cantidad razonable para que le pueda proporcionar a Aurelia un hogar estable y una buena educación. También hay una asignación para el sueldo de administrador. La señorita Walker iba a ser la responsable…
–¿Estamos hablando de la señorita Walker que, en estos momentos, está pariendo al heredero de mi medio hermano? Diablos, no –afirmó Val.
–Scarlett está dando a luz –replicó Kiara. Se sentía muy preocupada por su amiga–. Y yo iba a ayudarla a hacerlo. Tengo que ir al hospital.
–De ninguna manera –afirmó Val–. La última vez que desapareciste, tenías a mi hija y conspiraste con mis padres para ocultármela durante tres años.
Kiara decidió echar mano del sarcasmo para poder enfrentarse a él.
–¿Acaso hemos tenido relaciones sexuales hoy? No me he dado cuenta. Recuerdo que eres muy rápido, pero creo que esta vez no ha pasado nada.
Val colocó las manos encima de la mesa, atrapándola con su peligrosa mirada.
–¿Quieres que recite todo lo que yo recuerdo de aquella noche juntos?
Kiara sintió cómo los eróticos recuerdos se le despertaban en el vientre. El calor fluyó dentro de espacios secretos y sintió que los pezones se le ponían erectos. ¿Por qué había pensado que la seda era buena elección? Seguramente Val podía ver el efecto que aquellas palabras habían tenido en ella. Después de todo, era un seductor muy experimentado.
No obstante, tal vez tenía derecho a sentirse enfadado. Ella se había sentido herida por su comportamiento, pero ocultarle el nacimiento de Aurelia nunca le había parecido bien. Desde el momento en el que supo que estaba embarazada, había querido decírselo. Hasta aquel momento, su reacción no había sido muy positiva, pero ella siempre había acariciado el sueño de que él terminara enamorándose de su hija.
¿Por qué? ¿Tal vez porque ella había crecido sin padre? No estaba segura.
–No es necesario repetir nada –musitó mientras recogía su bolso–. Tengo que hacer algunas llamadas –dijo, al darse cuenta de que aquella iba a ser su primera noche lejos de su hija mientras Scarlett traía a su propio bebé al mundo–. Os dejo para que ultiméis los detalles.
Davin asintió, pero Val se reunió con Kiara en la puerta.
–Gracias –murmuró ella al ver que él se la abría
Val salió detrás de ella. Parecían saltar chispas entre ellos mientras avanzaban por el pasillo hacia el ascensor
–Hmm… –murmuró Kiara. Iba a preguntarle qué era lo que estaba haciendo, pero resultaba evidente que él también se marchaba.
Val sacó su teléfono para realizar una llamada mientras los dos esperaban el ascensor. Kiara sacó también el suyo y vio los mensajes de Scarlett. Los leyó mientras entraban en el ascensor.
He roto aguas. ¡Ayuda!
Scarlett debió de enviarle aquel mensaje mientras estaba en el cuarto de baño. Kiara se maldijo por haber silenciado el teléfono cuando entró en la sala de reunión.
Acaba de llegar la madre de Javier. ¿Qué hago?
Después:
Javier me va a llevar al hospital. Llámame cuando puedas.
Kiara contuvo un gruñido de desesperación y marcó. A su lado, Val le dijo a su interlocutor:
–Quiero casarme. No, aquí no. En Italia.
Kiara se quedó boquiabierta. Justo en aquel momento, llegaron a la planta baja. Y Scarlett por fin contestó la llamada.
–¿Te encuentras bien? –le preguntó Kiara mientras observaba cómo Val se metía el teléfono en el bolsillo.
Él la miraba fijamente mientras se apoyaba sobre la puerta para bloquearla, atrapándola allí.
–Estoy de parto, ¿cómo crees que me siento? –gruñó Scarlett–. ¡Dios mío! ¿Cómo conseguiste sobrevivir a esto?
–Voy de camino –prometió Kiara mientras apartaba a Val de la puerta para poder salir del ascensor–. Salgo ahora mismo de la reunión.
–Espera… Javier quiere acompañarme…
–Está bien –dijo ella mientras se detenía en medio del vestíbulo–. ¿Y qué quieres tú?
–¡No lo sé! Tuve que decirle todo y ahora cree que tú no deberías estar aquí… por Val.
Val estaba junto a ella y, probablemente, estaba escuchando cada palabra.
–Escucha –le dijo a Scarlett–. Si quieres que sea Javier el que te acompañe, no hay problema. Lo comprendo perfectamente. Si el hecho de que yo vaya al hospital va a causarte más estrés que consuelo, iré a un hotel y esperaré allí. Si decides que quieres que vaya, llámame. No importa si es en medio de la noche. Iré. ¿Te parece bien?
–Gracias –dijo Scarlett sollozando un poco–. Estoy fatal y… ¡Ay! Aquí viene otra… –gritó mientras contenía audiblemente la respiración. Una voz masculina dijo algo y ella replicó con tono indignado–. Estoy respirando. ¿Qué sabrás tú de lo que hay que hacer? ¡Dios mío! Te odio por haberme hecho esto…
La llamada terminó, seguramente porque Javier le quitó a Scarlett el teléfono de la mano. Kiara frunció el ceño con preocupación y se guardó el teléfono en el bolsillo.
–Se tarda dos semanas –dijo Val.
–¿El parto? El mío duró catorce horas.
–El matrimonio –replicó él entornando la mirada–. Lo podemos hacer más rápido en otro sitio, como aquí en Grecia, pero quiero casarme en Italia.
Kiara ignoró aquel comentario y se dirigió al mostrador de seguridad.
–Necesito mi coche y una reserva en un hotel cerca del hospital.
–Mi chófer está aquí –afirmó Val mientras le indicaba un sedán negro que estaba aparcado frente al edificio.
Kiara abrió la boca para protestar, pero él le dijo:
–Aún no hemos terminado, Kiara. De hecho, ni siquiera hemos comenzado.
Kiara tragó saliva con resignación y se marchó con él.
A su lado, Kiara le estaba diciendo a alguien por teléfono que Scarlett se había puesto de parto.
–Se ha adelantado un poco, sí, pero solo una semana más o menos. Pasaré aquí la noche por si me necesita. ¿Está dormida Aurelia? Llámame cuando se despierte. Te enviaré un mensaje cuando tenga noticias. Gracias.
–¿Dónde está ella? –preguntó Val. Casi no había podido asimilar que tenía una hija. Aún seguía cegado por la conspiración de mentiras y secretos que la habían mantenido oculta para él.
–En la isla. Esa era una de sus niñeras.
Val observó el vestido de seda, el bolso vintage y los zapatos firmados por un diseñador italiano contemporáneo que utilizaba los relojes de pulsera de oro como correa para el tobillo.
–Sé distinguir la alta costura cuando la veo. Y también la culpabilidad –replicó mientras la observaba con expresión tensa.
–Una madre tiene que cargar con mucha culpa con respecto a su hijo, en especial si trabaja. Si el trabajo no es necesario para la supervivencia, la culpabilidad es doble. Y si el trabajo que haces es creativo y no te reporta un sueldo… En ese caso se necesita un tren para transportarla.
Kiara no estaba excesivamente delgada y no parecía que siguiera una estricta dieta. Su cuerpo era sexy y perfecto. Val había pensado que su reacción ante ella hacía tres años había sido producto de la necesidad de quemar la tensión que sentía por haber decidido casarse con una desconocida. Sin embargo, sentado junto a ella, notando el aroma de su piel, lo estaba afectando profundamente. Tuvo que rebullirse un poco para hacerle sitio a la entrepierna, que estaba empezando a molestarle. Él no deseaba a ninguna mujer. Disfrutaba del sexo, pero el deseo era un sentimiento que se podía usar para manipular a los demás. A pesar de todo, no pudo evitar mirarle las rodillas y recordar lo suave que era su piel y el modo en el que se calentaba bajo sus caricias y su sabor contra sus labios. La tensión en la entrepierna se acrecentó.
En ese momento, Kiara se bajó el vestido para cubrirse las rodillas. Entonces, lo miró para ver si él se había dado cuenta y las miradas de ambos se cruzaron.
–Me siento culpable por haber permitido que mi padre te vista –dijo, observando el vestido color amarillo pálido–. Yo te buscaré colores y estilos que te favorezcan más.
Estudió sus rotundas curvas de arriba abajo.
Ella levantó los senos al contener el aliento y el modo en el que los pezones se irguieron contra la seda provocó que la tensión en los pantalones de él se acrecentara un poco más.
–Niko insistió en que yo necesitaba un guardarropa adecuado –tartamudeó con ingenuidad–. Dado que he estado yendo y viendo de París, lo compramos todo allí, pero siempre nos llevamos a Aurelia.
–¿Compramos? –repitió él. Su posesiva naturaleza llegó a un nuevo nivel con aquella palabra.
–Scarlett y yo –aclaró ella.
–¿De verdad va a tener un hijo de ese cerdo?
–Sí, Scarlett va a tener el hijo de Javier, sí –respondió ella, tensándose–. También es mi amiga, así que te agradecería que hablaras más amablemente sobre ella.
–¿Y cómo ha sido eso? Aparte de lo evidente, claro está. ¿Le pagó mi padre para que se quedara embarazada?
–No. ¿De dónde sacas la idea de que todas las mujeres van por ahí quedándose embarazadas por dinero?
–Tal vez no todas las mujeres, pero, en esta familia, es demasiado común. Yo soy el resultado de esa táctica y Paloma se casó con mi padre y tuvo a Javier porque su familia estaba en la ruina.
–Bueno, yo tomé precauciones que fallaron y Scarlett podrá hablar del tema si quiere hacerlo. Yo no pienso estar chismorreando sobre ella, pero te pido que tengas algo de empatía con ella. Estas últimas semanas han sido muy difíciles. Su embarazo no ha sido muy fácil. Niko estaba en sus últimos días y supongo que sabes que Javier acaba de salir del hospital.
–Lo vi en la prensa.
Val no se alegraba de que su medio hermano hubiera estado a punto de morir por el ataque de un jaguar. Javier había perdido un ojo si lo que había leído era correcto.
Llegaron a su hotel e, instantes después, observó cómo ella miraba a su alrededor tal y como había hecho tres años atrás, cuando él la llevó a la suite de su hotel de Venecia. Después de observarlo todo, Kiara se quitó la chaqueta y fue a colocarse junto a la ventana.
Sintió deseos de tocarla, pero, en ese momento, Kiara se dio la vuelta y suspiró.
–¿Es esa la razón por la que lo hiciste? –preguntó, sabiendo instintivamente que ella estaba buscando su bloc de dibujo–. ¿Mi padre apoyó tu arte? Vi la pintura del vestíbulo.
Ella separó los labios y la culpabilidad se reflejó en su rostro.
–Yo te ayudé a darte a conocer –le recordó Val.
–Yo podría haber tenido que recurrir a vender esos dibujos si tu padre no me hubiera ofrecido su apoyo, pero así fue.
–¿Cuándo? ¿Estabas trabajando para él cuando nos conocimos?
–No –insistió ella–. Y también te aseguro que no tuve intención alguna de quedarme embarazada. Sinceramente pensaba que estaba protegida. Cuando me di cuenta, tú estabas ya de luna de miel.
–Y por eso, llamaste a mi madre y le dijiste que tenías intención de abortar.
–¿Acaso me vas a juzgar por eso?
–Te juzgo por haberle dicho a todo el mundo menos a mí que estabas esperando un hijo mío.
–Tu madre fue la única persona a la que se lo dije. Solo la llamé porque me sentía desesperada, financiera y emocionalmente. Yo no tenía familia ni siquiera un grupo de amigos. No tenía ni idea de qué clase de madre podría ser, dado que jamás había planeado serlo. Tenía lo de Venecia pendiente en mi tarjeta de crédito, aparte de otros gastos. No me siento orgullosa, pero tampoco estoy avergonzada. Hasta que me quedé embarazada, el arte era lo único que me importaba. Trabajaba en lo que podía para pagarme la comida y mis pinturas, y no necesariamente en ese orden. No tenía piso, solo una habitación con una cocina compartida y un cuarto de baño. Esa clase de alojamiento estaba bien para mí, pero sabía que no podía criar a un niño así. No tenía estudios para conseguir un trabajo mejor. Casi no sé ni escribir sobre el teclado de un ordenador e incluso los diseñadores gráficos tienen que tener conocimientos de informática. Escribir que estaba embarazada en mi currículo no suele reportar muchas ofertas de trabajo. Habría tenido que pedir ayudas del estado durante años para salir adelante. Yo ya me había pasado la mayor parte de mi infancia bajo la tutela del estado. Tenía que explorar todas mis opciones, así que, por muy duro que pueda parecer, llamé a tu madre. Pensé que, dado que ella había estado en una situación similar, podría ofrecerme algo de empatía o tal vez ofrecerme una solución.
–Qué ingenua eres…
La madre de Val había sido la amante de Nikolai Mylonas hasta el día en el que Niko se casó con Paloma. Evelina se quedó embarazada más o menos al mismo tiempo que la esposa de Nikolai. Val había sido el producto de los esfuerzos de Evelina para poder reclamar la fortuna de Niko. Y Niko había tenido dos hijos con dos días de diferencia.
La guerra sobre los derechos de sucesión había estado disputándose desde entonces.
–Tu madre me dijo que si yo tenía un hijo tuyo podría arruinarnos la vida a ti y a mí y que no volviera a ponerme en contacto con ella –recordó Kiara con gesto sombrío–. Sin embargo, debió de llamar a Niko porque Scarlett me llamó a mí unas horas después y se presentó a visitarme al día siguiente. Me convenció que viniera a Grecia a conocer a Niko. Niko ya estaba en tratamiento y me dijo que sus dos hijos le habían dado la espalda. Quería un heredero y me dijo que tu hijo le valdría perfectamente. Se ofreció a construirme un estudio. Eso fue una oferta que yo no pude resistir. Sin embargo, la razón más importante por la que decidí quedarme fue simplemente que él era el abuelo de Aurelia. Quería que mi hija pudiera disfrutar de él. No te voy a decir que fuera muy cariñoso con ella, pero, a su manera, se sentía muy orgulloso de ella. Me pareció que eso era lo mejor que podía hacer.
–Pensaste que era moralmente correcto permitir que él formara parte de su vida, aunque yo no sabía ni que ella existía. Yo, su padre.
–¡Por lo que yo sabía, tú conocías su existencia y no te importaba! –rugió ella–. El modo en el que has reaccionado hasta ahora solo ha reforzado este pensamiento de que Niko estaba en lo cierto. Me habrías presionado para que me decantara por un lado.
–Y lo hiciste. Te decantaste por el suyo.
–Yo no lo veo así –replicó ella–. A Niko no le quedaba mucho tiempo de vida. Tener a Aurelia en su vida le dio una sensación de paz en sus últimos días.
–Cómo me alegro por él.
–¡Sabías que estaba enfermo! Podrías haber venido a verlo y te habrías enterado de que tenías una hija.
–¿No te parece una racionalización demasiado simplificada por tu parte? Mi padre sabía que yo no iba a venir y también lo sabía Scarlett.
–¿Por qué lo odiabas tanto?
Tal vez Val podría haber soportado las comparaciones con su hermano, pero nunca le perdonaría a Niko que él hubiera menospreciado la queja que hizo en contra de la administración de la escuela. Niko había decidido que todo había sido una gamberrada por parte de Val y decidió no hablar más al respecto.
Val jamás se había sentido tan indefenso ni furioso en toda su vida. Tan abandonado. Por pura desesperación, había empezado una campaña de peleas, bromas de mal gusto y borracheras hasta que el colegio había decidido echarle para siempre.
–¿Y por qué diablos te caía tan bien a ti? ¿Por qué creíste que se merecía tiempo con mi hija más que yo?
–Se estaba muriendo… Le habían dado el diagnóstico justo antes de… Venecia. Cuando yo lo conocí, estaba ya bastante enfermo. Débil y asustado. Yo no tenía planeado quedarme en Grecia, pero no podía marcharme.
–Estoy seguro de que fue una elección muy difícil.
–No fue por avaricia…
–Oh, no te culpo por haber aceptado los incentivos que él te ofreció –le aseguró Val–. Si no te hubiera conquistado con la miel del dinero, lo habría hecho con métodos mucho más agresivos y opresivos –añadió mientras se dirigía al bar para tomar una botella de whisky–. Esa es la clase de hombre que yo recuerdo, la clase de hombre que sé que era. Controlador. Exigente. Yo rechacé su fortuna para no tener que plegarme a él del modo en el que lo has hecho tú. ¿Crees que no veo su mano en todo esto? Te mantuvo en la isla como si fueras una cabra en una granja.
–¡No fue así!
–Claro que era así. Es adorable que pienses que le interesaba su nieta, pero él se estaba vengando de mí por haberme casado con Tina en contra de sus deseos. La paz que parecía estar exhibiendo en sus últimos días le venía del hecho de saber que no tardaría en darme una patada, tal y como lo ha hecho hoy.
–¿De qué patada estás hablando? Tú no querías su dinero.
–Y no lo quiero.
El mejor día de la vida de Val había sido el último que pasó en el internado, cuando por fin se decidió que iban a expulsarlo. Le había dicho a su padre que se metiera su fortuna donde le cupiera y había buscado a Javier para decirle que se quedara con todo, porque él lo necesitaba más.
Javier la había necesitado, efectivamente. La familia de su madre estaba totalmente arruinada y le había correspondido a Javier tratar de sacarlos adelante. Sin embargo, Javier poseía muchas carencias, y una de ellas era el orgullo. Val había sabido que a su medio hermano le dolería quedarse con todo por su renuncia. Tal y como Val había imaginado, Javier no pudo soportarlo y terminó rechazando también todo el apoyo de Niko. Consiguió salir adelante con su propio esfuerzo.
–Niko me dijo en una ocasión que lamentaba mucho cómo había manejado la situación con vuestras madres –dijo Kiara en tono conciliador–. Le habría gustado pelear más por tener una mejor relación con vosotros.
–Si hubiera querido tener una mejor relación con nosotros, no debería haber utilizado sus últimos actos para enemistarnos de nuevo. Y tú no deberías haberte puesto de su parte y haberme mantenido a mí al margen todo este tiempo.
–¿Qué es lo quieres? ¿Una disculpa? Estabas casado. Por lo que yo sé, me dejaste en tu cama para pedirle matrimonio a tu futura esposa.
–Hablé con su padre…
–Sea como sea, resultaba evidente que tú y yo no teníamos un futuro juntos –le espetó ella con expresión dolida en el rostro–. El hecho de que se me pagara por mis servicios no me hizo pensar que a ti te habría gustado criar a un bebé a mi lado y que era mejor que te dijera inmediatamente que estaba embarazada. Tu madre…
–Espera. Detente. Te dejé el dinero por el dibujo que me llevé.
–Claro, sí… –replicó ella con ironía. Se dio la vuelta para ocultar que, tal vez, se sentía insultada… Incluso humillada.
–Sabías que quería ese dibujo –le recordó con dureza–. ¿Cómo es posible que el hecho de que yo te dejara dinero pudiera convertirse en que tú pensaras que te estaba pagando por el sexo?
Kiara se dio la vuelta para enfrentarse de nuevo a él.
–Te dije que normalmente sacaba treinta o cuarenta euros. Me dejaste quinientos –le espetó ella con los ojos llenos de vergüenza–. Y seguramente que lo tiraste una semana más tarde.
–¿Por eso no te llevaste el dinero? ¿No creías que valieras tanto?
Val estaba hablando sobre su trabajo, pero de repente, un fogonazo de vulnerabilidad pareció vaciarle el alma antes de que Kiara se cruzara de brazos y se dirigiera junto a la ventana.
–Evidentemente, terminé por arrepentirme de eso –musitó.
¿Cuándo? ¿Antes o después de que ella se hubiera convertido en deuda con el padre de Val?
Val se sirvió el whisky del que casi se había olvidado, mientras trataba de asimilar aquella nueva información.
–¿Cuánto te pagan hoy en día? Por tu trabajo –aclaró, al ver que ella se tensaba.
Kiara guardó silencio antes de contestar, de mala gana.
–Unos cuantos cientos, pero son óleos completamente terminados. Por el del vestíbulo me dio dos mil, pero fue nepotismo por parte de Niko. La mayoría no los he vendido todavía. Se los he enviado a mi agente para la exhibición.
–¿En una galería de arte? ¿Dónde?
–En París. Dentro de tres semanas –respondió. Mencionó el nombre, observando cómo reaccionaba él mientras se acercaba con las bebidas–. Mi agente la reservó hace mucho tiempo –añadió mientras aceptaba el vaso que él le ofrecía–. Cuando pensábamos que Niko tenía más tiempo y antes de que Scarlett… Bueno, no puedo beber. Scarlett podría necesitarme. De hecho, debería mantener mi teléfono a mano para no perder otra llamada.
Kiara utilizó como excusa que tenía que buscar su teléfono para poner distancia entre Val y ella. Aún estaba tratando de asimilar que él no la había pagado por el sexo. Otro ladrillo de su muro defensivo que se hacía añicos, haciéndola sentir que se había equivocado. Sin embargo, ¿qué opciones había tenido entonces?
No tenía ninguna notificación en su teléfono, lo que la enojó.
–Es una buena galería –comentó Val mientras se vertía la bebida que ella había rechazado en su propio vaso y se acercaba a ella junto a la ventana–. ¿Quién es tu agente?
Kiara le contestó. Se dijo que solo admiraba sus formas masculinas como artista, pero tuvo que reconocer que el modo en el que el vaquero se le ceñía al trasero era sublime.
–Mi padre se tomó muchas molestias por ti –dijo Val en tono despreciativo mientras tomaba un sorbo del whisky.
–Puedes pensar lo que quieras, Val, pero cuando Niko se enteró de que yo estaba embarazada, su primera reacción fue ofrecerme su apoyo. La tuya fue decirme que era una cazafortunas y decir que ni siquiera querías saber el nombre de tu hija. ¿Quieres ser padre o solo quieres juzgarme por las elecciones que tuve que hacer como madre? ¿Se debe toda esta ira a algo que tiene que ver conmigo y con Aurelia o se trata más bien de los asuntos sin resolver que tienes con un muerto?
Val esbozó una oscura sonrisa en el rostro.
–¿De verdad quieres psicoanalizarme, Kiara? Te estarías metiendo en aguas profundas.
–Me gustaría saberlo –respondió ella. Tomó asiento y agarró un cojín para abrazarlo y deslizar los dedos por el sedoso tejido. Era consciente de que parecería que lo estaba utilizando como escudo, abrazándolo como Aurelia abrazaba a su osito, pero necesitaba algo en lo que apoyarse–. ¿Te gustaría más que yo dependiera de tu dinero en vez de en el de tu padre? ¿O acaso debería haber aceptado trabajos menores para demostrar qué? ¿Que no necesito ayuda? ¿Acaso ese noble sufrimiento serviría para neutralizar el desprecio que sientes por mí?
–Sería un comienzo…
–¿Sabes lo que me asquea a mí? –replicó ella arrojando el cojín de nuevo sobre el sofá–. Que tuvieras el lujo de rechazar a tu padre y a su dinero y lo hicieras. ¿Resulta difícil vivir con tu madre? Pues la mía está muerta. Imagínate escuchar eso a los nueve años.
Kiara no había tenido intención de revelar aquel detalle. Era una angustia muy privada, muy íntima, pero se negaba a que Val la etiquetara de avariciosa y de sicofante.
–Se me adjudicó una cama en una habitación con otras tres chicas más y un único cajón en el que guardar lo poco que se me había permitido que me llevara de mi casa. Durante el resto de mi infancia, tuve que ponerme ropas usadas de una caja que llegaba cuatro veces al año. No era buena estudiante y se me daban muy mal los deportes. No era muy extrovertida ni cantaba bien ni destacaba en nada. Los pocos amigos que hice eran tan desdichados como yo y, en cuanto pudieron, se distanciaron de toda esa vida, incluida yo.
Val no se había movido. Ni siquiera bebía. Solo la observaba como si estuviera sopesando cada una de sus palabras, como si estuviera tratando de averiguar si mentía.
–Sin embargo, tenía mi arte –añadió con la voz quebrada por la emoción–. Al carboncillo no le importa si hueles fatal. Tuve que realizar trabajos horribles para gente horrible y viví en condiciones paupérrimas, pero nunca me importó porque tenía mi bloc, que era mi llave a un mundo mejor. Cuando tú me dejaste ese dinero, lo miré durante mucho tiempo antes de decidir que era una línea que no podía cruzar.
–Te repito que era por el dibujo –insistió él antes de tomar un trago de su copa.
–Cuando me enteré de que estaba embarazada, no me importó por lo que me hubieras pagado –dijo–. Mi vida siempre había sido muy dura y sabía que saldría adelante de un modo u otro, tal vez tratando de ver lo que podía conseguir por los dibujos que tenía de ti, pero tu padre me hizo una oferta que significaba que podía darle a Aurelia la clase de futuro que no incluiría ni chinches en la cama ni padres de acogida pervertidos. Si yo muriera, ella siempre tendría algo. ¿Acaso no te parece que tu hija se merece vivir con comodidad? ¿Tan mala soy por darle lo mejor que yo podía darle?
Kiara estaba temblando. Val la observaba con un cínico gesto de desdén dibujado en la comisura de la boca.
–Si supieras cuántas historias lacrimógenas he tenido que escuchar en boca de mi madre a lo largo de mi vida…
Val se tomó un buen trago de whisky para no tragarse todo lo que ella le había dicho.
–Eso de darle lo mejor a tu hija… He visto ese episodio más veces de las que soy capaz de contar.
Kiara dejó escapar un gemido de dolor, como si él la hubiera golpeado físicamente. Parpadeó rápidamente. Los ojos se le habían llenado de lágrimas.
–Necesito ir al cuarto de baño –susurró.
Val frunció el ceño mientras ella salía corriendo.
Las lágrimas eran una parte más del espectáculo, para venderle lo doloroso que había sido sentirse rechazada y conseguir que él creyera que el sufrimiento que Kiara había estado sintiendo era real. Eso habría sido lo que su madre habría hecho.
«No te lo creas», se advirtió. Kiara era el enemigo. Exactamente lo mismo que el resto de las personas a las que llamaba familia.
Entonces, ¿por qué había dejado ella el dinero aquella noche?
No hacía más que pensar en aquello, en especial a la luz de lo que Kiara le había dicho hacía unos minutos.
Tres años atrás, había considerado que el hecho de que ella dejara el dinero era un gesto encantador, como si ella hubiera decidido regalarle un recuerdo de la noche que habían pasado juntos permitiéndole que se quedara con el dibujo sin pagar.
Por supuesto, él había esperado que ella consiguiera compensación vendiendo sus desnudos, pero, por lo que sabía, Kiara nunca había vendido aquellos dibujos de él. Ni siquiera para mantener a su hija, aunque eso probablemente habría revelado a todo el mundo que la niña era de Val. Por lo tanto, entendía que ella hubiera terminado no vendiéndolos.
Sin embargo, ello le habría permitido pedirle apoyo a Val.
«Lo miré durante mucho tiempo antes de decidir que era una línea que no podía cruzar».
Si Kiara era tan mercenaria como Evelina, ¿por qué no se había llevado el dinero que él le había dejado y por qué no había regresado a por más?
Sin embargo, sí que se había llevado el dinero. Más tarde. De su padre.
Después de tratar de ponerse en contacto con él.
En realidad, ella no había ido a buscar a su padre. Había sido su madre la que había provocado aquella alianza.
¿Por qué le molestaba que ella hubiera apoyado tanto en su padre? ¿Acaso le obsesionaba ganarle la mano a un hombre que ya estaba muerto?
Si Niko y su fortuna no hubieran existido nunca, tampoco habría existido Val.
Kiara regresó. Sin mirarlo, fue a buscar su bolso. Se había retirado el maquillaje del rostro y tenía el cabello húmedo pegado a la frente. Tenía también unas cuantas gotas de agua sobre el vestido.
–Por muy encantadora que haya sido esta reunión –dijo con voz aún temblorosa–, voy a pedir abajo que me busquen otro hotel –añadió, mientras recogía su teléfono–. El hecho de que mi hija tenga capacidad para dejar a un hombre que le quiera cortar las alas es la razón por la que nunca me arrepentiré de haber aceptado el dinero de tu padre.
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