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¿CÓMO SE GESTÓ EL PERONISMO?
El peronismo es protagonista central de la realidad nacional desde hace casi ochenta años. El origen del movimiento político más importante de la historia argentina se encuentra en la Revolución de 1943. Una equivocación corriente es atribuir al levantamiento militar cierta afinidad con el nazismo o el fascismo. Lejos de ser una copia de experiencias foráneas, fue producto de una combinación de causas ligadas a particularidades de la realidad argentina.
En esta obra se investiga la participación de la Iglesia, el Ejército y los sindicatos durante el proceso revolucionario iniciado en 1943. Estudiar el fenómeno desde esta triple dimensión ofrece una visión integral del asunto analizado. Gracias a este enfoque se puede apreciar, con suma profundidad, la excepcionalidad del movimiento peronista.
Damián Descalzo. Abogado (UBA), magíster en Derecho del Trabajo (Untref), maestrando en Relaciones Internacionales (Universidad de Bolonia) y especialista en Derecho Constitucional y en Derecho del Trabajo (Universidad de Salamanca). Es docente universitario en las universidades de Buenos Aires y San Isidro. En 2018 publicó Haciendo justicia juntos: origen, historia y vigencia del modelo sindical argentino.
DAMIÁN DESCALZO
¿CÓMO SE GESTÓ EL PERONISMO?
DIOS, PATRIA Y JUSTICIA SOCIAL
1943-1944

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo, por Miguel Ángel Barrios
Introducción
Capítulo 1. Situación anterior a 1943 1. Iglesia: el resurgir católico prepara el terreno para la revolución 2. Ejército: despertar nacionalista y necesidad de intervenir en política 3. Sindicatos: cambios económicos y expansión de la clase trabajadora 4. La Argentina en 1943
Capítulo 2. El GOU: el Ejército se organiza, planifica y realiza la revolución nacional 1. Orígenes del GOU 2. Creación del GOU 3. Noticias: la propaganda del GOU 4. Informes de situación del GOU 5. Orientación política del GOU 6. Revolución del 4 de junio de 1943: el Ejército toma el poder
Capítulo 3. Inicios del gobierno revolucionario (junio-septiembre de 1943) 1. Primeros días de la revolución 2. La Iglesia se suma a la revolución 3. Internas del gobierno revolucionario: el ascenso del GOU
Capítulo 4. La revolución avanza (septiembre-diciembre de 1943) 1. Internas en el gobierno y tensiones en el GOU 2. Enseñanza religiosa católica 3. Perón y el contenido social de la revolución: se inicia la era de la política social en la Argentina
Capítulo 5. 1944: Perón, líder de la revolución nacional 1. Terremoto de San Juan 2. El GOU se diluye, Perón se afianza en el poder 3. Una carta inédita 4. Los autodenominados nacionalistas 5. Leopoldo Marechal, funcionario y poeta de la revolución 6. Perón: el gobierno revolucionario no es nazi ni fascista 7. Perón y la defensa nacional: nación en armas 8. Contenido social de la revolución: patria y justicia social 9. Perón crea el Consejo Nacional de Posguerra 10. Perón se transforma en el líder de la revolución nacional
Capítulo 6. Perón y los principios de la revolución: Dios, patria y justicia social 1. Perón y el cristianismo 2. Perón y el patriotismo 3. Perón y la justicia social
Capítulo 7. Perón y el recuerdo de la revolución de 1943
Epílogo y proyecciones
Bibliografía
Créditos
A mi madre, Juana Estela Bertazza.
Hay quienes han puesto en duda nuestra revolución. Pero, señores, es necesario que se dé cuenta todo el mundo de que este es un pueblo en marcha detrás de una bandera: la argentina. Que este pueblo ha hecho suya nuestra inspiración y que la ha de apoyar contra todas las fuerzas que se opongan en el camino. Nuestra revolución, que está en marcha, se cohesiona detrás de cosas demasiado sagradas para sucumbir. Nuestros emblemas son Dios, la patria y la justicia social.
Juan Domingo Perón, 6 de noviembre de 1944
Se vence con inteligencia y organización.
Juan Domingo Perón, 10 de octubre de 1945
La revolución que no pertenece al pueblo no es una revolución.
Juan Domingo Perón, 10 de agosto de 1944
Y todo gobierno que se extravíe en el dédalo inextricable de una dialéctica abstrusa sin realizaciones, que prometa y no haga, que forje esperanza y produzca solo desilusiones podrá mandar, pero no dirigir, orientar ni crear. Y habrá pasado por la historia de su pueblo sin escribir una sola página en ella.
Juan Domingo Perón, 3 de mayo de 1944
Prólogo
Miguel Ángel Barrios
Doctor en Ciencias de la Educación
Doctor en Ciencia Política
El libro ¿Cómo se gestó el peronismo? Dios, patria y justicia social de Damián Descalzo aparece en un momento oportuno de la historia política argentina y latinoamericana. La covid-19, como toda pandemia en la historia, ha generado un lento cambio de “orden mundial”. Todavía no están claras sus características, pero sí, absolutamente, que el sistema mundial no volverá a ser el que existía previamente a la pandemia. En este punto queremos ser precisos: toda plaga, peste, epidemia y pandemia ha traído cambios de órdenes regionales y mundiales.
Antes de entrar a presentar en líneas generales esta importante obra, no puedo disociarla de la figura de su autor, Damián Descalzo. Es un hombre, en mi opinión, de profundas convicciones en el compromiso del destino de la patria y de su sujeto central, el pueblo. Y podríamos denominarlo, sin dudar, un militante de lo que llamamos el campo nacional y popular, al cual rescatamos como identidad de la patria, más allá de las permanentes campañas de difamación. Pero Damián Descalzo no se limita únicamente a la importantísima tarea de entender que la praxis política es herramienta de transformación de los sistemas, sino que basa ese compromiso con profundos estudios académicos de grado y posgrado en la Argentina y en el exterior en el campo de las ciencias sociales, lo que lo hace original porque combina praxis con conocimiento científico. Y por último en esta rápida conceptualización del autor del libro, no puedo dejar de reconocer sus profundas convicciones católicas en la línea de la doctrina social de la Iglesia, en un escenario local e internacional de relativismo cultural que atraviesa todos los sectores o de lo que se denomina en forma cotidiana pensamiento light. Una vez dicho esto –que para mí se torna fundamental, porque una obra no es hija única del autor pero sí lleva su dimensión genética–, conociendo el compromiso político y social de Damián Descalzo, se puede entender la importancia de esta obra.
Podríamos decir que el texto recorre todos los andariveles de las ciencias sociales y articula historia, ciencia política, pensamiento social, doctrina, economía y, en el fondo, todo ello subordinado a la búsqueda incesante de una Argentina fuerte y soberana.
La revolución del 4 de junio de 1943 tiene como originalidad que es un movimiento militar –dada por los coroneles del GOU (Grupo Obra de Unificación)–, sintetizada en la figura de Juan Domingo Perón, que tiene una doble dimensión estratégica: culmina con la década infame y abre los cauces para el 17 de octubre y el nacimiento del mayor movimiento nacional y popular de América Latina y el mundo: el peronismo.
En un momento de crisis de los ismos, sea por la implosión del comunismo y la caída del muro de Berlín en 1989 o la defunción de la fase del neoliberalismo en la globalización con la pandemia, emerge con mucha fuerza estratégica la doctrina nacional que creara Juan Domingo Perón.
Y es justamente aquí donde está la importancia fundamental de este libro porque indaga en forma minuciosa –como nadie lo había hecho antes– desde un punto de vista integral los orígenes, los actores, las tensiones, los documentos y las corrientes interpretativas de la revolución del 4 de junio de 1943 y su proyección.
Damián Descalzo destaca desde un principio la premisa del filósofo católico –de gran influencia en Perón– Jacques Maritain: los hombres en la historia actúan basados en la voluntad y la libertad humanas en las distintas circunstancias, es decir, desde el principio su comprensión de la historia se aleja del determinismo histórico para hacerla desde una concepción cristiana.
Para Damián Descalzo la revolución del 4 de junio del 43 es una revolución original, nacional, argentina, humanista y cristiana, y desde estos parámetros va analizando la figura de Perón y el nuevo proceso histórico, político, social, que se abre en la Argentina. Es muy interesante el modo que describe e interpreta desde el punto de vista estratégico el rol de la Iglesia, el Ejército y los sindicatos, y lo novedoso es que lo realiza desde antes y después de 1943. Y ello enriquece profundamente a su investigación, porque es un tema que ha sido abordado en compartimentos estancos, pero es original el enfoque unificador del autor, en el germen de lo que luego sería el peronismo.
Además, trata con nitidez –en la línea de Fermín Chávez– la constitución del GOU, sus documentos fundacionales, sus objetivos, que no eran ni más ni menos que la defensa de las instituciones y alejar todo peligro interno y externo que ocurriese en la patria. Esta parte podríamos considerarla enriquecedora y la figura de Perón se encuentra omnipresente. Asimismo, se agregan en la obra documentaciones de investigaciones recientes que son originales y que ratifican el carácter del estadista argentino.
Pero Descalzo no se agota en el GOU, sino que al navegar hunde las raíces del peronismo en el origen que es justamente aquí, e indaga en la Doctrina Social de la Iglesia en forma profunda, en las diferentes vertientes del pensamiento nacional y la concepción estratégica del GOU, con respecto a la neutralidad ante la guerra y el interés nacional. Aquí demuestra que, para la organización militar, el Estado es un regulador de la riqueza, director de la política y armonizador social, demostrando la contemporaneidad del peronismo. Asimismo, el autor deja en evidencia que el GOU se referenciaba en las figuras de José de San Martín y Manuel Belgrano, y lo mismo hace con un concepto eje muy necesario para rescatar hoy: el Ejército es el pueblo mismo en su dimensión soberana.
El autor también demuestra que el movimiento emergente tiene como aliado más importante a la Iglesia católica, por su carácter popular. Es imposible divorciar lo popular de lo católico en nuestros pueblos, y con el peronismo esto es evidente. Este hecho nos interpela hoy en este mundo de relativismo: la necesaria articulación de una doctrina justicialista con la Doctrina Social de la Iglesia, enriquecida en la figura del papa Francisco. Este tema es central para el futuro del justicialismo y Descalzo lo deja claro al demostrar su origen.
También rescata la importancia de la organización como imperativo de la época en la concepción estratégica de Perón. El siglo XXI es el siglo de las organizaciones. De ahí, por añadidura, ya se desprende la enseñanza religiosa católica en las escuelas, la política educativa, la era de lo social, la armonía de un sindicalismo que se equilibraba entre patrones y obreros, el papel de las asociaciones organizadas, la creación de la Secretaría Nacional de Cultura, la defensa nacional, el Estatuto del Peón, el Instituto Nacional de Previsión y los tribunales del fuero del trabajo.
Con esto quiero decir que la revolución del 4 de junio de 1943 no es un simple acontecimiento, sino que es el acto fundacional para la nueva Argentina y la nueva independencia en el siglo XX. Las tres banderas, la independencia política, la independencia económica y la independencia social, fueron consecuencias de una libre voluntad política imbuida de un patriotismo que hoy hace falta en nuestro sistema político.
Felicitamos doblemente a Descalzo, para que siga investigando y regalándonos obras que enriquecen a la Argentina en esta nueva fase por la independencia y que profundizan la dimensión única del peronismo y de su fundador.
Julio de 2020
Introducción
Siguiendo la huella marcada por Jacques Maritain en sus conferencias sobre filosofía de la historia,1 se puede afirmar que no existe el determinismo histórico. Enseña el pensador francés que los hombres son libres y actúan en la historia. Manifiesta que hay algunos cambios que son necesarios por sí mismos en un período dado; ciertas modificaciones se vuelven inevitables, pero esto no implica que la manera –o el modo– de esos cambios lo sea. Esas variaciones dependen de la voluntad y de la libertad humana. Las transformaciones históricas pueden producirse de diferentes modalidades y eso no depende de ninguna necesidad de la historia, sino de la manera como intervienen el hombre y los grandes líderes. La historia posee una dirección determinada, en parte, por el pasado, pero indeterminada con respecto a la orientación o el modo en que esos cambios han de producirse (Maritain, 1986: 36-38).
No hay determinismo histórico, pero no puede entenderse un proceso histórico sin analizar sus posibles causas originarias. En particular, aparece incomprensible la revolución de 1943 si no se aprecian los vastos y profundos cambios religiosos, políticos, culturales y económicos que se produjeron en la Argentina en los años anteriores.
La importancia de estudiar la revolución de 1943 radica en que marcó el inicio del peronismo, el movimiento político más importante de la historia nacional y que mantiene plena vigencia en el presente siglo. Toda vez que ocupa un rol central en la escena política nacional, se considera indispensable conocer sus orígenes y ellos deben buscarse en el proceso iniciado en junio de 1943.
Un usual error es comparar la revolución de 1943 con el golpe de Estado de 1930. Tuvieron claras diferencias. En 1930 hubo un levantamiento en contra de un gobierno legítimo que había sido votado por una amplia mayoría del pueblo argentino. En cambio, en 1943 el Ejército –institución prestigiosa y desvinculada de la infamia de la época– terminó con una era oprobiosa para la Nación, que se caracterizó por el fraude electoral, la corrupción, la entrega del patrimonio nacional y el predominio oligárquico. El año 1930 significó la restauración del poder de la oligarquía conservadora; 1943 fue el amanecer de un país más democrático y justo. Si en 1930 el Ejército fue instrumento de intereses de minorías privilegiadas, en 1943 fue el brazo armado de las genuinas aspiraciones populares.
Otra equivocación corriente es atribuir al movimiento militar de junio de 1943 cierta afinidad con el nazismo o el fascismo, a través de infundadas acusaciones. El GOU nació en oposición al liberalismo y al comunismo, pero sin adherir a ideologías nazi-fascistas. Pretenden desmerecer su vasta obra los que intentan reducirlo a mera copia de experiencias extranjeras. Lejos de acciones foráneas, el levantamiento de la oficialidad del Ejército fue producto de múltiples causas ligadas a particularidades de la realidad argentina. La revolución de 1943 fue profundamente argentina, humanista y cristiana, como también lo será la revolución peronista, su legítima heredera. El peronismo nació superando –ampliamente– los cartabones europeos de “izquierdas” y “derechas” y sus clivajes de capital/trabajo e Iglesia/Estado.
En la presente obra se investiga la participación de la Iglesia, el Ejército y los sindicatos durante el proceso revolucionario iniciado en 1943. Los tres componentes mencionados no han sido los únicos, pero sí han sido los actores más trascendentes y relevantes. Estudiar el fenómeno desde esta triple dimensión ofrece una visión integral del asunto analizado. Gracias a este enfoque se puede apreciar, con suma profundidad, la excepcionalidad del movimiento peronista. Esto es, un proyecto político de reivindicación de los intereses obreros que –lejos de adoptar los lineamientos marxistas de la lucha de clases y el internacionalismo proletario– se basó en principios cristianos de la conciliación social y se arraigó en la tradición e historia nacional.
La obra está organizada del siguiente modo. En el capítulo 1 se analiza el escenario argentino previo al levantamiento militar de junio de 1943. Específicamente, se hace un breve repaso sobre los principales acontecimientos que se produjeron y las corrientes de ideas que circulaban en los tres sectores que son el núcleo central de la presente investigación: la Iglesia, el Ejército y los sindicatos. Profundos cambios se verificaron en la década de 1930 y ejercieron fuerte influencia en lo que sucedió en los años posteriores.
El capítulo 2 versa sobre los antecedentes, la creación, los objetivos y la capacidad de planificación del GOU y el papel relevante que tuvo la organización en la toma del poder.
El capítulo 3 examina los primeros meses del gobierno revolucionario, la alianza con la Iglesia y el creciente poder del GOU dentro del gobierno revolucionario.
En el capítulo 4 se investigan las internas del gobierno revolucionario en los meses finales de 1943. Asimismo, se revisa el restablecimiento de la educación católica y los empeños de Perón para sumar a los obreros a la causa revolucionaria.
El capítulo 5 está dedicado al trascendental año de 1944. Múltiples y variados acontecimientos se sucedieron en el período que consolidó a Perón como el líder de la revolución y de los trabajadores.
En el capítulo 6 se reseñan los principios de la revolución de 1943, a través de diferentes discursos de Perón.
El capítulo 7 está consagrado a repasar la manera en que Perón rememoró la revolución de 1943 en los años posteriores.
Finalmente, en el epílogo se enuncian las conclusiones de la obra y se sugieren algunas proyecciones del hecho histórico estudiado.
1. Dictadas en la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos, en 1955.
CAPÍTULO 1
Situación anterior a 1943
–Hablando seriamente –prosigue Adán–, el hombre no solo ha de pedir a las cosas una grosera utilidad. ¿Cómo hemos definido al hombre?
–Una criatura intelectual –dice Ramos.
–Eso es. El hombre, como ser inteligente, goza conociendo. Y ese goce de su inteligencia, ¿no es en sí una utilidad?
Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres
1. Iglesia: el resurgir católico prepara el terreno para la revolución
En la segunda mitad del siglo XIX el catolicismo fue perdiendo gravitación política y cultural en la Argentina. Diferentes gobiernos promovieron el laicismo y abandonaron las raíces católicas del país. Esto empezó a modificarse a comienzos del siglo XX, cuando la Iglesia inició un proceso de recuperación de presencia social e institucional (Bosca, 2012: 465). Se produjeron, en aquellos años, los primeros atisbos del renacimiento intelectual del catolicismo. Luego del predominio del pensamiento positivista y muchas generaciones de argentinos formadas bajo el normalismo laico, el enciclopedismo científico y el individualismo jurídico (Parera, 1967: 47), empezó a modificarse el rumbo. En este contexto, en 1922 nacieron los Cursos de Cultura Católica, que cumplieron un papel muy importante en cuanto a la difusión del pensamiento católico.1 En la década de 1930 se registraron grandes acontecimientos para el catolicismo en la Argentina. Entre esos hechos los más destacados fueron los siguientes:
Fundación de la Acción Católica Argentina (1931).
Encíclicas papales: se incluyen documentos papales por la influencia que produjeron en vastos sectores del catolicismo argentino. Entre ellos, se destaca Quadragesimo anno (1931) –dedicada a la cuestión social–, donde se propone un orden que supera la falsa dicotomía entre el individualismo liberal y el colectivismo socialista. Asimismo, se publican trascendentes textos con críticas al fascismo y condenas al nazismo y al comunismo: Non abbiamo bisogno (1931), Mit brennender Sorge (1937) y Divini Redemptoris (1937).
XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires (1934).
Designación de Santiago Luis Copello como cardenal (1935).
Visita de Jacques Maritain a la Argentina (1936).
Enseñanza religiosa en la provincia de Buenos Aires (1936).
Influencia católica en el Ejército.
Acción Católica Argentina
En 1931 se creó la Acción Católica Argentina (ACA), que impulsó a millares de laicos al apostolado. Con motivo de su formación, el papa Pío XI2 (1931a), el 4 de febrero de 1931 escribió una carta al Episcopado argentino donde, además de especificar diferentes aspectos sobre la organización de los laicos católicos, aprobó la fundación de la filial argentina de esta institución promovida por la Iglesia católica.
En primer lugar, se refirió a la naturaleza y a la finalidad de la Acción Católica y expresó que consistía en la ayuda de los laicos (seglares) a los sacerdotes en el ejercicio del apostolado. La Acción Católica debía ser obra de los seglares, pero siempre bajo la dirección de los sacerdotes –de quienes debían ser colaboradores fieles y abnegados–, sin cuya presencia no podría existir tarea alguna de apostolado. También se promocionaba la colaboración de la Acción Católica con los sindicatos. Luego, se fijó la posición que la Acción Católica debía tener con respecto a la actividad política y se ordenaba que se mantuviera al margen de los partidismos políticos. Igualmente, se aclaraba que esto no implicaba que se cerrara a los católicos la posibilidad de intervenir en los asuntos públicos. Al contrario, se enseñaba que todos los católicos, por ley de caridad social, estaban obligados a procurar, con todos sus esfuerzos, que los principios cristianos primaran en cada sociedad. Además, se les permitía a los católicos afiliarse a algún partido político.3 Hacia el final de la comunicación se formalizó la aprobación de la Acción Católica Argentina en los siguientes términos:
Las necesidades de los tiempos exigen que, según varían las costumbres y las maneras de vivir, se ejerciten también por el clero y los seglares nuevas formas de apostolado cristiano. De grado, pues, aprobamos la Acción Católica en la forma como la habéis iniciado. Que el apostolado ejercido por los seglares es la manera de apostolado que más responde a las necesidades de estos tiempos […] La obra de los párrocos y demás sacerdotes, por más afanosa y constante que ella sea, es insuficiente para responder a las grandes necesidades que en los tiempos actuales requiere el apostolado.
La Iglesia comprendió que se estaban viviendo “tiempos” que precisaban una mayor participación de los fieles laicos en la vida de la institución y en la vida de cada una de las sociedades en las que les correspondía actuar. La mayor contribución laica tendría efectos en diversos lugares del mundo y sería particularmente notable en la Argentina. En definitiva, la de la Acción Católica era una tarea esencialmente apostólica, pero esto no significaba que se desinteresase de asuntos de orden temporal y político. La Acción Católica se involucraba en las cuestiones políticas a través de “una influencia vital y espiritual animando desde dentro e impregnando con espíritu cristiano las actividades que les conciernen” (Maritain, 1967: 238-239). Pocos años después de su creación, la Acción Católica Argentina tuvo un rol muy activo en el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934 –evento que se tratará más adelante– y logró un gran desarrollo en nuestro país; en sus mejores épocas llegó a tener, en sus diversas ramas (varones, mujeres, jóvenes, niños, profesionales, obreros y universitarios), unos 130.000 adherentes (Parera, 1967: 48-49).4
Encíclicas papales
El pontificado de Pío XI (1922-1939) fue prolífico en cuanto a la producción de documentos. A través de diversas encíclicas, el papa lombardo expresó la posición de la Iglesia sobre diferentes temáticas. Dio nuevo impulso a la Doctrina Social de la Iglesia y, en ese marco, retomó las críticas al liberalismo y al socialismo. También publicó textos críticos acerca de los excesos del fascismo, y condenó al nazismo y al comunismo ateo. Asimismo, se ocupó de reprobar el laicismo y de reivindicar el derecho de la Iglesia a impartir educación y formación religiosa. A partir del siguiente apartado se realizará un breve repaso sobre esos trascendentales documentos pontificios.
Quadragesimo anno (1931): actualización de la Doctrina Social
Con motivo de cumplirse los cuarenta años de la publicación de la encíclica Rerum novarum5 –que inició la reflexión de la Cátedra de Pedro sobre posibles soluciones a la llamada cuestión social–, el 15 de mayo de 1931 el papa Pío XI promulgó un documento conmemorativo de aquella, dedicado a la “restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica” (Pío XI, 1931b). Rerum novarum (“De las cosas nuevas”) –obra de León XIII–6 fue la primera encíclica dedicada íntegramente a la cuestión obrera. Dio nacimiento a la Doctrina Social de la Iglesia. En ese trascendental texto se propugnó una tercera posición, alejada del liberalismo y del socialismo, cuya línea fue ratificada en el cuadragésimo aniversario de su publicación, a través de una nueva encíclica que se llamó –justamente por ese motivo– Quadragesimo anno.
El papa Pío XI –en Quadragesimo anno– denominó a Rerum novarum como la carta magna en la que debía fundarse toda actividad cristiana en cuestiones sociales. En buena medida, el nuevo documento papal ratificó las enseñanzas del escrito fundacional acerca de la cuestión social.
Rerum novarum había marcado que el sistema capitalista –hacia finales del siglo XIX– había generado una insoportable injusticia social, donde la sociedad humana aparecía cada vez más claramente dividida en dos clases. Existía, por un lado, una minoría privilegiada con abundantes riquezas y, por el otro, en cambio, las mayorías obreras se encontraban reducidas a una angustiosa miseria. El catolicismo debía encontrar una respuesta y una salida justa a esta situación aborrecida por los principios evangélicos. Algunos proponían caer en la falsa solución del socialismo marxista, pero la Iglesia ya había indicado que no era recomendable ese camino. Las injusticas del liberalismo individualista no se reparaban con una revolución socialista marxista. El “remedio a la inmerecida indigencia de los proletarios” no podían darlo ni el liberalismo (impotente para resolver con justicia la cuestión social) ni el socialismo (proponía un remedio peor que el mismo mal). La solución había que buscarla en la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia católica, que bebía de la fuente viva y vital del Evangelio.7 A tal fin se estimuló la creación de asociaciones de obreros, campesinos, artesanos y asalariados de todo tipo.
Tanto en Rerum novarum como en Quadragesimo anno se cuestiona la concepción liberal del Estado que se desentiende de la cuestión social. En contraposición, el catolicismo propugna una organización estatal comprometida con la prosperidad de la comunidad y de las personas, teniendo como prioridad a los más necesitados y débiles. Para la Iglesia, el Estado debe propender hacia el bien común y tutelar a los más humildes. Mientras que la clase social de mayor riqueza material se puede defender por sus propios medios, el pueblo precisa de la defensa del Estado, que debe abrazar con cuidado y providencia peculiares a los asalariados que forman parte de la clase pobre.
En Quadragesimo anno se recuerda que –a través de Rerum novarum– la voz del catolicismo se levantó para contrarrestar la perniciosa política del liberalismo que había impedido que se realizara una obra justa de gobierno. La Iglesia empezó a promover una política social más activa. Pero no se quedó en el ámbito de la propuesta, sino que actuó para hacerla efectiva. Los miembros de la Iglesia –laicos y religiosos– trabajaron arduamente para implementar una nueva legislación social y hacerla realidad. La encíclica Rerum novarum contribuyó considerablemente a mejorar la condición de los obreros. Explícita y categóricamente se reclamaba en ese documento que se los protegiera especialmente (Rerum novarum, N.º 27). Las nuevas normativas impulsadas por la Iglesia aseguraron los sagrados derechos de los obreros que les corresponden por su dignidad humana. Esas leyes protegían el alma, la salud, la familia, la vivienda, los salarios, las consecuencias de los accidentes de trabajo de los asalariados.
Asimismo, en Rerum novarum León XIII señaló que el liberalismo estimulaba y favorecía a las asociaciones de las clases privilegiadas y, al mismo tiempo, combatía a las asociaciones de trabajadores que se iban formando para defenderse de los atropellos de los poderosos. El catolicismo, en sentido contrario, defendía el derecho natural de los obreros de formar sus propias asociaciones y mantenerlas. La sabia encíclica de León XIII exhortó a los obreros cristianos a formarlas y les enseñó el modo de hacerlas. Esta actitud alejó a muchos de las opciones socialistas que se presentaban, falsamente, como el único refugio de los humildes y oprimidos. La finalidad de estas asociaciones de obreros era conseguir la perfección moral y religiosa de cada uno de los asociados y obtener el mayor aumento posible de los bienes del cuerpo, del espíritu y de la fortuna. Para alcanzar la paz y la prosperidad de la sociedad, era indispensable que se establecieran relaciones mutuas entre los miembros. Las asociaciones cristianas de obreros debían defender sus intereses temporales sin olvidar los preceptos religiosos. A través de su misión contribuyeron a la justicia y colaboraron con las demás clases sociales a la restauración cristiana de toda la vida social. Como nota fundamental para cumplir fielmente su tarea, los sindicatos debían contar con autonomía e independencia del poder estatal.8
Las asociaciones de obreros y de patrones cumplen un rol fundamental en esta tarea de conciliación de clases. En la encíclica Rerum novarum –el concepto es ratificado en Quadragesimo anno– se promueve la conciliación entre el capital y el trabajo. “No puede existir capital sin trabajo, ni trabajo sin capital”, sentenció León XIII en Rerum novarum (N.º 15), pero la defensa principal debe ser dirigida hacia pobres y débiles. A ese fin, la doctrina social católica propone que se eleve la condición material de los obreros, sin descuidar el cultivo del espíritu cristiano. La urgencia de lo material debe ser atendida con celeridad, pero sin olvidar la primacía de lo religioso y moral.
Del mismo modo, en la encíclica Quadragesimo anno se denunciaba que el sistema capitalista no solamente generaba concentración de riqueza, sino que esos potentados acumulaban inmenso poder. Se creaba, de ese modo, una dictadura económica, consecuencia de “la libertad infinita de los competidores que solo dejó supervivientes a los más poderosos”. El espíritu individualista en el campo económico trajo consecuencias funestas: la libre competencia se destruyó y el mercado libre fue suplantado por la prepotencia económica. El peor efecto de esta situación era la aparición del imperialismo internacional, es decir, el internacionalismo del capital.
Escapa a los fines de este apartado hacer un estudio exhaustivo de tan profundo documento, pero valga el breve resumen aquí expuesto para tener una noción sobre los principales lineamientos de un texto que ejerció –como se analizará en los capítulos posteriores– una inmensa influencia sobre los acontecimientos políticos de la década siguiente.
Tercera posición de la Iglesia
Se ha detallado que la Iglesia, tanto en Rerum novarum como en Quadragesimo anno, desarrolló diferentes críticas al liberalismo y al socialismo. En rigor de verdad, el pontífice León XIII –que dio nacimiento a la Doctrina Social de la Iglesia– ya había efectuado condenas a estas doctrinas políticas consideradas erróneas. Sobre el particular, se debe recordar la encíclica Quod apostolici muneris, publicada el 28 de diciembre de 1878, en la que se denuncian (León XIII, 1878) los errores del socialismo y otras corrientes vinculadas con ese sistema. Asimismo, se condenó al liberalismo en la encíclica Libertas, anunciada el 20 de junio de 1888 (León XIII, 1888). Con posterioridad, en las primeras décadas del siglo XX aparecieron nuevas doctrinas políticas que también recibieron reparos y reprobaciones de la Iglesia.
Iglesia católica-Estado fascista: concordancia y tensión
Concordato de 1929
La relación de la Iglesia católica con el fascismo tuvo momentos de concordancia y otros de tensión. Hacia fines de la década de 1920 el gobierno fascista y la Iglesia lograron celebrar un concordato9 en los llamados Pactos de Letrán.10 A través de estos tratados, la Ciudad del Vaticano e Italia se otorgaron reconocimiento mutuo como Estados luego de casi cinco décadas de disputas. Al mismo tiempo, el catolicismo se proclamó como única religión en Italia.
Divini illius Magistris (1929)
Sin perjuicio del importante acuerdo, ese mismo año se verificaron tensiones entre los dos Estados. En el día final de 1929, el papa Pío XI (1929) publicó la encíclica Divini illius Magistris,11 donde la Iglesia reivindicó sus derechos en materia educativa y que pudo ser interpretada como un dique a las pretensiones totalitarias del Estado fascista. La Iglesia católica reafirmó su derecho a educar sobre la fe y sobre toda otra disciplina y enseñanza humana, que fuera considerada provechosa para la formación cristiana.
En el mismo texto se desarrolló una fuerte oposición al concepto de monopolio estatal educativo que era calificado de injusto e ilícito. El papa aseveraba que no podía obligarse que asistan a escuelas estatales a las familias cristianas y recordaba que la escuela había nacido por iniciativa de la familia y de la Iglesia mucho tiempo antes que por obra del Estado. Hasta llegaba a manifestar que estaba prohibido a los niños católicos asistir a colegios acatólicos, neutros o mixtos (abiertos indiferentemente a católicos y acatólicos sin distinción).
Asimismo, hubo un apartado referido a la Acción Católica. El pontífice resaltó su tarea de promoción y defensa de la escuela católica. La obra de este grupo pasó a ser –apenas unos meses después– el principal punto de conflicto entre la Iglesia y el gobierno liderado por Mussolini. En este documento de 1929 –como previendo el diferendo que se avecinaba– Pío XI aclaraba que la Acción Católica no hacía obra de partido, ni pretendía separar a sus miembros de la comunidad nacional italiana, ni de ninguna otra en la que el grupo tuviera actividad. Al contrario, el buen católico –manifestaba el Papa– era el mejor ciudadano y amante de su patria.
Non abbiamo bisogno (1931): críticas a la estadolatría pagana del fascismo
El conflicto siguió profundizándose. Hacia principios de 1931, las autoridades del Partido Nacional Fascista consideraban que la Acción Católica estaba reagrupando a los simpatizantes del tradicional partido católico, el Partito Popolare Italiano (Partido Popular Italiano), que había sido proscripto por el régimen fascista en 1926. Asimismo, Pío XI reivindicó en Quadragesimo anno (1931b) el papel que debían tener los sindicatos católicos en la vida política. Esto fue considerado inadmisible y una intromisión intolerable en las facultades del Estado y del partido, por el totalitarismo fascista (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 85).
Alarmado por la presencia católica en la vida política, educativa y sindical del país, el gobierno de Mussolini disolvió las organizaciones juveniles y universitarias católicas en mayo de 1931 (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 85). El papa protestó y solicitó el fin de las prohibiciones. Toda vez que no fueron atendidas sus peticiones, el 29 de junio de 1931, Pío XI (1931c) publicó la encíclica Non abbiamo bisogno12 (“No tenemos necesidad”), donde exclamó críticas a los fundamentos ideológicos del fascismo y cuestionó las persecuciones de todo tipo dirigidas contra la Acción Católica de Italia. Las actividades de esta organización provocaron fuertes rispideces entre la Santa Sede y las autoridades fascistas. Tal fue la gravedad que alcanzó el asunto, que la encíclica publicada tuvo como finalidad específica aclarar “la necesidad y los caracteres de la Acción Católica”. El papa Pío XI estimuló con vigor (Maritain, 1967: 238) a esta organización durante todo su pontificado. Ha pasado a la historia su repetida declaración sobre que la Acción Católica era “la pupila de sus ojos” y estaba convencido de que en ella radicaba la clave para la solución de los problemas con que la Iglesia se enfrentaba en el mundo contemporáneo (Escudero Imbert, 1997: 80). Recordó que la tarea de la Acción Católica consistía en la participación y colaboración del laicado en el apostolado jerárquico.
A las aspiraciones totalitarias del Estado fascista no le agradaban las acciones del grupo católico. Las autoridades fascistas le atribuían carácter político y servir de refugio a los adversarios del régimen. El papa defendió la labor de la Acción Católica y calificó de falsas e injustas las acusaciones. Asimismo, denunció persecuciones, hostilidades, hechos violentos y actos netamente antirreligiosos sufridos por los miembros de la organización.
El papa Pío XI se mostraba indignado porque se lo considerase un “poder extranjero” y porque se calificara a la Acción Católica de peligro para el Estado italiano. Justamente “la defensa del Estado” era el argumento que esgrimía el gobierno fascista para justificar los ataques y la pretensión de destruir a la Juventud Católica. Dicho esto, no es difícil deducir que el centro del reproche católico al fascismo apuntaba a la estadolatría practicada por el régimen. A la Iglesia católica, en la voz de Pío XI, le repugnaba la vocación fascista de monopolizar la formación educativa de los niños y los jóvenes. Se caracterizaba a la ideología fascista como una “estadolatría pagana”, que contradecía los derechos naturales de la familia y los derechos sobrenaturales de la Iglesia.
Hacia el final de la encíclica el papa reivindicó –en la misma línea que había expuesto en Divini illius Magistris– el derecho de la Iglesia a ofrecer educación y formación cristiana a la juventud. El Estado fascista mostró su costado totalitario al no tolerar algunas acciones de la Iglesia en materia educativa y juvenil. Estas disputas tuvieron cierta entidad, pero los mismos asuntos iban a generar enfrentamientos de muchísima mayor envergadura del otro lado de los Alpes.
Mit brennender Sorge (1937): la Iglesia católica condena al nazismo
Nazismo versus Iglesia católica. A pesar de haber firmado un concordato en 1933, las relaciones entre la Iglesia católica y el régimen nacionalsocialista nunca fueron buenas. Es más, fueron muy malas y esta situación se fue agravando conforme fueron pasando los años. En las negociaciones, la Iglesia había conseguido mantener, bajo su órbita, el derecho a la educación católica. De la misma manera, se le permitía realizar sus actividades a la Acción Católica Alemana y a otras asociaciones afines a la Iglesia (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 89). La realidad iba a diferenciarse mucho de la letra acordada.
Una anécdota ayudará a comprender este clima. Un niño se criaba en esos tiempos en Alemania. Vivía junto con su familia, en la región de Baviera –una zona predominantemente católica–, cerca de la frontera con Austria. El padre del niño, muy católico él, era policía rural y le repugnaba el nazismo. En varias oportunidades había tenido que intervenir contra la violencia del gobierno nacionalsocialista. Estas acciones lo llevaron a tener que mudar a toda su familia hacia otra ciudad, por temor a represalias. Se vivía un clima de violencia. En los recuerdos del niño (Urdaci, 2005: 103-105) aparecen las persecuciones hacia los católicos por parte de los nazis en esos años de mediados de la década de 1930:
Por lo que puedo recordar, el nuevo régimen tan solo se dedicó a espiar y a tener bajo control a los sacerdotes que tenían una conducta hostil al Reich. Se comprende fácilmente que mi padre no solo no colaborara con este sino que (por el contrario) protegió y ayudó a los sacerdotes que sabía que corrían peligro.
Se ha señalado que el concordato de 1933 permitía a diferentes asociaciones católicas realizar algunas actividades, pero el gobierno alemán no soportó la existencia de los sindicatos católicos. Se inició un período de acoso, prohibiciones y encarcelamiento de los militantes católicos, incluyendo a diputados y sacerdotes del partido católico centrista13 (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 90). El gobierno nazi tampoco aceptó que se hiciera efectivo lo firmado con respecto a la educación confesional católica.
Volvamos a nuestro niño. En su relato autobiográfico contó acerca de las animosidades y hostilidades que sufrían sus maestros por parte de las autoridades nazis y las airadas protestas de los obispos alemanes ante esta situación. También recordó que algunos de sus profesores evitaban las alusiones ofensivas hacia los judíos, que eran tan comunes en las canciones de moda de la época (Urdaci, 2005: 105-106). Más tarde, se retomará la historia del pequeño.
La persecución contra la educación católica era asfixiante. Se hostigaba a los padres que optaban por una educación confesional para sus hijos y se acusó de conspiración política contraria al régimen nazi a las asociaciones de padres de estudiantes. Para colmo, durante 1936 e inicios de 1937 fueron reiteradas las oportunidades en que diferentes autoridades insultaron públicamente a los miembros de la jerarquía católica. Ante este clima de opresión sofocante, un grupo de obispos alemanes viajó a Roma y se entrevistó con el papa Pío XI (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 90 y 92).
Mit brennender Sorge: la encíclica de condena al nazismo
El 14 de marzo de 1937, en el Domingo de Pasión, el papa Pío XI (1937a) publicó la encíclica Mit brennender Sorge (“Con viva preocupación”), que fue redactada en alemán y que trataba sobre la situación de la Iglesia católica en el Reich. En el documento se manifestó una fuerte condena al régimen nazi. Con valentía y firmeza, la Iglesia católica expresó su más profundo repudio a las acciones y a la prédica fanáticamente anticatólica del nazismo. La encíclica tuvo una enorme repercusión en todo el mundo y, particularmente, en Alemania, donde se leyó en todas las iglesias católicas. Desde el inicio se mostraba preocupación y estupor por la opresión que estaban sufriendo los fieles católicos alemanes, a causa de innumerables sucesos tristes y reprobables.
El primer apartado estaba dedicado al análisis del concordato de 1933 y allí se señalaba la responsabilidad del gobierno alemán por su incumplimiento. Denunciaba que se había desfigurado, eludido, desvirtuado y violado arbitrariamente el pacto acordado. Además se acusaba al nazismo de tener una aversión profunda contra Cristo y su Iglesia, a la que pretendía aniquilar. Luego trataba el tema principal de tensión entre el catolicismo romano con el nazismo: la prohibición del derecho de brindar educación confesional a sus fieles. Se lo consideraba parte de un ataque contra la Iglesia. Aunque en el concordato de 1933 figuraba la autorización para ofrecer instrucción religiosa a sus miembros, el gobierno nazi prohibía ese derecho y perseguía, como se ha visto, a la educación católica. El documento papal aseveraba que la Iglesia seguiría reclamando para que se hiciera efectiva esa facultad. Durante otros tramos de la encíclica, el papa recordó la doctrina católica sobre el derecho esencial de los padres de brindarles educación a sus hijos. Y calificó de “inmorales” a las leyes, como las del sistema nazi, que lo entorpecían. A la escuela oficial del régimen le reprochaba su sistemática y rencorosa acción en contra de la religión católica. Se mostró solidario con los fieles católicos de Alemania que sufrían, estaban angustiados y eran perseguidos.
En el apartado dedicado a la “Genuina fe en Dios” se encontraban las más fuertes condenas doctrinarias al nazismo, por sus errores filosóficos contrarios al catolicismo. Se lo acusaba de panteísta y pagano. Ante ello, instaba a cuidar que la fe en Dios permaneciera pura e íntegra en Alemania, toda vez que no podía tenerse por creyente en Dios al que emplease retóricamente su nombre, sino solo al que poseyera una correcta concepción de Dios. Alertaba que el nazismo tenía una noción equivocada de Dios, en cuanto caía en el panteísmo y en el paganismo:
Quien, con indeterminación panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. Ni es tal quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal […] Semejante hombre no puede pretender ser contado entre los verdaderos creyentes.
En el mismo sentido, reprobaba la idolátrica divinización de la raza, el pueblo y el Estado que promovía la ideología nazi:
Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto; con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales y elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ella.
Debido a que el nazismo –al que Pío XI calificaba de “provocador neopaganismo”–14 abusaba del nombre de Dios, siguió profundizando Su sentido verdadero.
La errada noción nazi postulaba el nombre de Dios –trascendente y cuyos mandamientos son de validez universal, para todos los pueblos y todas las lenguas– como una “etiqueta vacía de sentido” y para una finalidad simplemente humana y reducida en tiempo y espacio, es decir, solo destinada a una sola nación o raza:
Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez de una sola raza, a Dios, Creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son pequeñas como gotas en una jofaina de agua.
Al asunto de la “Genuina fe en Dios” Pío XI lo complementó con la “Genuina fe en Jesucristo”, que es negada por el nazismo.
En la encíclica se recordó la importancia de los libros santos del Antiguo Testamento y su sabiduría, y amonestó con dureza a los que pretendían quitarles su importante valor:
Solo la ceguera y tozudez pueden hacer cerrar los ojos ante los tesoros de saludables enseñanzas encerrados en el Antiguo Testamento. Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación […] niega la fe en Jesucristo.
No escapaba al papa que esos ataques al Antiguo Testamento encerraban un profundo antisemitismo que era harto evidente en la práctica y en la acción del Tercer Reich. La encíclica condenaba rotundamente el racismo nazi. Llamaba “charlatanes modernos” a los que difundían “revelaciones” arbitrarias –que negaban la Revelación cristiana– derivadas “del llamado mito de la sangre y de la raza”. En el párrafo dedicado a la “Genuina fe en la Iglesia” se hablaba de un mundo “profundamente enfermo” y se advertía sobre el temor a que sobreviniera una enorme catástrofe. El papa denunciaba que el régimen incitaba –prometiendo ventajas económicas, profesionales, civiles– a los católicos para que abandonaran la Iglesia. Ante esta situación, el documento recordaba que la Iglesia debía ser sostenida y defendida, incluso en medio de las presiones, las intimidaciones y la encendida violencia ejercida contra los católicos por parte de las autoridades alemanas. Tan dramática era la situación que vivían los católicos en la Alemania nazi que en el documento papal se llegaba a plantear la opción heroica del martirio:
Nos, paternalmente conmovidos, sentimos y sufrimos profundamente con ellos, que han pagado a tan caro precio su adhesión a Cristo y a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto que está en juego el fin último y más alto, la salvación o condenación, y en este caso, como único camino de salvación para el creyente, queda la senda de un generoso heroísmo. Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia, entonces no habrá más remedio que oponerle, aun al precio de los más graves sacrificios terrenos, la palabra del Salvador: “Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”.
A continuación, en el apartado titulado “Genuina fe en el Primado” se destacaba la conducción del papa en la Iglesia para contraponerla a la apostasía promovida por el régimen nazi que buscaba resquebrajar y disgregar a la Iglesia universal a través de una artificiosa iglesia local:
Si personas que ni siquiera os están unidas en la fe de Cristo os embaucan y lisonjean con el fantasma de “una iglesia nacional alemana”, sabed que esto no es otra cosa que renegar de la única Iglesia de Cristo, una apostasía manifiesta del mandato de Cristo de evangelizar a todo el mundo, lo que solo puede llevar a la práctica una Iglesia universal.
Seguidamente, se denunció la extensa adulteración de las nociones y los términos sagrados que efectuó el régimen alemán. El nazismo vació de contenido genuino a diferentes conceptos religiosos y los aplicó a significados profanos. Por ejemplo, hablaba de “revelaciones” provenientes de un pueblo o una raza determinada, que diferían notablemente de la Revelación cristiana:
Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar sugestiones que provienen de la sangre y de la raza; irradiaciones de la historia de un pueblo, es en todo caso causa de desorientaciones. Tales monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano.
La exaltación patriotera del nazismo –no exenta de xenofobia– deificaba el destino del pueblo ario alemán. En el documento se apuntaba contra la confusión de llamar “fe” a la confianza en el porvenir del propio pueblo, y declamar la “inmortalidad” de la supervivencia colectiva de ese mismo pueblo. El papa indicaba que de ese modo se pervertían y falsificaban nociones medulares del cristianismo. Esa alocada deificación de una nación determinada era una adulteración profunda de términos sagrados. Hasta se llegaba, señala el sumo pontífice, a tergiversar la noción cristiana de “Gracia”. Pío XI rechazaba esta situación:
El repudio de esta elevación sobrenatural a la gracia por una pretendida peculiaridad del carácter alemán es un error, una abierta declaración de guerra a una verdad fundamental del cristianismo. Equiparar la gracia sobrenatural a los dones de la naturaleza equivale a violentar el lenguaje creado y santificado por la religión.
El nazismo proyectaba una sociedad basada en una raza pretendidamente pura y denostaba los sentimientos considerados débiles, como la bondad, la caridad, el amor, la esperanza (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 91). La humildad cristiana también había sido víctima del desprecio de las autoridades nazis. Al querer contraponerla al heroísmo, esto valió la respuesta encendida del sucesor de Pedro:
La Iglesia de Cristo, que en todo tiempo, hasta en los más cercanos a nosotros, cuenta más confesores y heroicos mártires que cualquier otra sociedad moral, no necesita, ciertamente, recibir de ciertos medios enseñanzas sobre el sentido y la acción del heroísmo. Al mostrar neciamente la humildad cristiana como vileza y mezquindad, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula […] Os hablan mucho de grandeza heroica, contraponiéndola osada y falsamente a la humildad y a la paciencia evangélica; pero ¿por qué os ocultan que se da también un heroísmo en la lucha moral, y que la conservación de la pureza bautismal representa una acción heroica, que debería ser apreciada como merece, tanto en el campo religioso como en el natural?
Aquí se hará una breve digresión en lo que respecta al comentario acerca de la encíclica, necesaria para que se comprenda el capítulo que Pío XI le dedicó a la situación de los jóvenes en Alemania. La juventud fue un tema central del régimen conducido por Hitler. El totalitarismo del Estado nazi también se verificó en este asunto. La juventud de la Acción Católica de Alemania sufrió persecuciones desde el inicio del gobierno nazi. A los jóvenes católicos se les negó la posibilidad de tener bandas musicales y de exhibir uniformes y banderas. Además, no pudieron organizar desfiles. Del mismo modo, se les prohibió realizar prácticas deportivas ya que la juventud hitleriana tenía el monopolio de estas actividades. Existía una fuerte rivalidad entre ambos grupos juveniles. Eran habituales los enfrentamientos entre los adolescentes de las organizaciones y se tomaban a trompadas en las calles. En 1935 se prohibieron totalmente las actividades juveniles católicas en diversas regiones de Alemania, luego de diferentes incidentes (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 90). La actividad central de la juventud nacionalsocialista era el deporte. En este punto se regresará a la historia del niño que se venía relatando, previamente al inicio del análisis de la encíclica. El pequeño sufría muchísimo la fascinación del régimen por las actividades físicas, por no tener apego a ellas. Contaba nuestro niño lo dificultoso que le era cumplir la obligación de hacer ejercicios físicos dos horas diarias. Sin embargo, esta obsesión por las actividades deportivas –más allá de ser forzosas– no era algo de suma gravedad. Hasta tenían componentes valiosos. Sin embargo, estas actividades recibieron cierta amonestación por parte del papa en la encíclica.15 Preocupante era el desprecio del nazismo por quienes no podían cumplir cabalmente los entrenamientos. A la exaltación del vigor atlético y desarrollo físico, le era concomitante el desdén por quienes no estuvieran a la altura del nivel anhelado. Al respecto, nuestro niño recordaba que las autoridades nazis trasladaron en aquel tiempo a su primo con síndrome de Down para otorgarle, supuestamente, una mejor asistencia sanitaria. Un tiempo después, el gobierno informó que había muerto de pulmonía y que se había incinerado su cuerpo. Nuestro niño comprendería, con el paso de los años, que su primo había sido víctima de la campaña de eliminación de aquellos a quienes el nazismo consideraba disminuidos mentales. En esos tiempos, el niño fue obligado a formar parte de la juventud del partido nazi, pero la abandonó rápidamente (Urdaci, 2005: 108-110). La obligatoriedad de formar parte de la juventud del régimen fue criticada en la Mit brennender Sorge. El papa exigió que se abstuviera de hostilizar a la fe cristiana y a la Iglesia.
La penúltima sección del documento estuvo dedicada a los sacerdotes y religiosos. El papa relató las duras circunstancias y los tiempos difíciles que vivían los clérigos católicos en la Alemania nazi. Describió los dolores y las persecuciones que estaban padeciendo y denunció que algunos de ellos habían sido encarcelados o mandados a campos de concentración.16
A los fieles laicos estuvo consagrado el último apartado e hizo referencias a los sufrimientos que estaban padeciendo. Repudió las medidas violentas y la opresión que se cernía sobre ellos. Pío XI concluyó el escrito rebatiendo las ansias de los que imaginaban y deseaban la desaparición de la Iglesia. El sucesor de Pedro preanunciaba una nueva victoria:
Entonces los enemigos de Cristo –estamos seguros de ello–, que se vanaglorian de la desaparición de la Iglesia, reconocerán que se han alegrado demasiado pronto y que han querido sepultarla demasiado aprisa.
Ese triunfo llevará al pueblo alemán, seguía el pontífice, a encontrar el camino del retorno a la religión. Así, esperanzadamente, terminaba Mit brennender Sorge.
Aunque exceda la finalidad de este estudio, no queremos dejar esta historia sin darle un punto final. La encíclica circuló por todo el país, pese a que la prensa nazi se negó a publicarla y la policía del régimen confiscó todos los ejemplares que pudo. El tirano nazi, enfurecido, emprendió una campaña de difamación contra el catolicismo y la persecución a los católicos se intensificó.
Años después –más allá de las intimidaciones y las intenciones destructivas que podía tener el nazismo hacia la Iglesia católica romana–, los oficiales de Hitler ocuparon la península italiana, pero no pudieron hacer efectivas sus amenazas. Las tropas nazis se pasearon triunfales, soberbias y prepotentes por toda Roma, pero no se atrevieron, nunca, a cruzar los límites del Estado Vaticano. La Iglesia no necesitaba tener divisiones militares para que se la respetara.17
Ya en el presente siglo, el niñito alemán criado a orillas del río Inn –que no era otro que Joseph Ratzinger– se convirtió en el papa Benedicto XVI, la máxima autoridad de la Iglesia católica, cuya presencia sigue firme y vigente en todo el orbe. El nazismo y su delirante y estrafalario Tercer Reich se han perdido en el fondo de la historia, dejando tras de sí el recuerdo de sus horrendos crímenes.
Divini Redemptoris (1937): el peligro del comunismo
Casi en simultáneo a la reprobación del régimen nazi, la Iglesia publicó una carta encíclica, titulada Divini Redemptoris (Pío XI, 1937b), destinada a condenar los errores del comunismo ateo y alertar sobre su peligro.
El comunismo ateo era calificado como una amenaza para la civilización cristiana. En el abuso contra los trabajadores perpetrados por el liberalismo, que era calificado como irreligioso y amoral, se encontraba el fundamento que permitió la proliferación de las ideas comunistas. El liberalismo era la causa y el comunismo su consecuencia.18 Ante el ateísmo promovido por las ideas comunistas, el papa Pío XI recordaba el elemento espiritual de cada ser humano y de Dios. A los fines del presente estudio, tienen particular interés las proposiciones que el documento hizo acerca del orden económico-social. Se evocaban los principios establecidos en la Rerum novarum y en la Quadragesimo anno. Se insistía sobre la naturaleza individual y social de la propiedad privada19 y la dignidad del trabajo.
Del mismo modo, recordó una enseñanza central de su doctrina social: el objetivo de promover la armonía y la coordinación de todas las fuerzas sociales. Entre los poseedores del capital y los trabajadores deben existir relaciones de mutuo apoyo y ayuda. El obrero debe cobrar un salario justo que alcance para sí y para su familia. De la misma manera, la Iglesia indicaba que el remedio a la ruina provocada por el liberalismo no era la lucha de clases ni el abuso autocrático del poder estatal. La solución se hallaba en la instauración de la justicia social. Para que se verificara ese orden justo, el obrero debía tener asegurado su propio sustento y el de su familia, a través del salario; adquirir una modesta fortuna que los aleje de la pobreza y contar con una pensión en tiempos de vejez, enfermedad o desempleo. En definitiva, el comunismo era un peligro que debía ser detenido gracias a una inteligente y justa política inspirada en los principios socialcristianos.
XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires
Entre el 9 y el 14 de octubre de 1934 se realizó en Buenos Aires el XXXII Congreso Eucarístico Internacional.20 El arzobispo de Buenos Aires, Santiago Copello, fue el principal encargado de su realización. Fue la primera vez que se celebró un evento de este tipo en América Latina.21 Marcó un punto de inflexión en la historia del catolicismo nacional y ha sido el símbolo más palmario del renacer católico en tierra argentina, luego de décadas de laicismo y liberalismo. Asistieron multitudes a los actos públicos del congreso. El éxito de concurrencia fue descomunal. Nunca había tenido lugar una manifestación religiosa tan grande en la historia argentina. “Nunca he visto toda una nación inclinarse y arrodillarse tan devotamente ante Jesucristo”, afirmó el cardenal Eugenio Pacelli, legado papal en el congreso y futuro Pío XII,22 conmovido por la fe que demostró el pueblo argentino en esas jornadas (Sáenz Quesada, 2019: 205). El 10 de octubre se celebró la “noche de la comunión de los hombres” en la Plaza de Mayo. La multitud rebasó la plaza y cubrió la avenida de Mayo hasta el edificio del Congreso Nacional. Se calcula que se impartieron 500.000 comuniones. Cuando el legado pontificio hizo la consagración del Congreso Eucarístico, el presidente Agustín P. Justo pronunció palabras de fe, espada en alto (Rosa, 1980a: 126). Al respecto, Roberto Bosca (2012: 466) anota:
El Congreso Eucarístico Internacional de 1934 fue todo un acontecimiento que señalaría un punto cenital en la influencia social de la catolicidad […] conmovió las fibras de los argentinos. En un país donde solo las mujeres iban a misa, nunca se había visto a tantos hombres, contados por miles, comulgando en la vía pública, y el impacto pareció anunciar la realización en el suelo patrio del ambicioso lema pontifical del santo papa Pío X: Instaurare omnia in Christo [“Restaurar todo en Cristo”].
Designación de Santiago Copello como cardenal
Santiago Luis Copello nació en San Isidro, provincia de Buenos Aires, en 1880. Sus padres eran italianos, de la región de Liguria. Siendo un adolescente ingresó en el Seminario de La Plata. Luego viajó a Roma, donde estudió en el Colegio Pío Latinoamericano y en la Universidad Gregoriana de Roma. En esta última institución se doctoró en Filosofía en 1899 y en Teología en 1903. En 1902, también en la capital italiana, fue ordenado sacerdote y ejerció su función sacerdotal en La Plata a partir de 1903. En 1918 fue designado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de La Plata. En 1928 fue nombrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Buenos Aires. En 1932 fue elegido arzobispo de Buenos Aires y en ese rol le tocó ser el principal encargado de organizar el Congreso Eucarístico Internacional de 1934. La capital argentina fue la primera ciudad de América Latina donde se celebró un evento de esa envergadura, como se ha visto. Al año siguiente, en el consistorio del 16 de diciembre de 1935, y luego del éxito memorable del evento, el papa Pío XI lo designó cardenal. Fue el primer cardenal que tuvo nuestro país y, también, el primero de Hispanoamérica (Bosca, 2012: 465).
Visita de Jacques Maritain a la Argentina
Tomás Casares, director de los Cursos de Cultura Católica, invitó a Jacques Maritain a dar unas conferencias en la República Argentina.23 Las conferencias se dictaron en Buenos Aires durante agosto y septiembre de 1936. Fueron cinco y se llamaron “Ciencia y filosofía”, “Del saber moral”, “La libertad”, “Persona e individuo” y “Concepción cristiana de la ciudad”. Luego fueron agrupadas y publicadas en la misma ciudad, y con un prefacio escrito en abril de 1937 –por el mismo autor francés–, bajo el título de Para una filosofía de la persona humana. También dictó dos más en la ciudad de Córdoba; una sobre “La ciencia moderna y la filosofía” y la otra acerca de “Acción y contemplación” (Piñeiro Iñíguez, 2013: 74).
En la última conferencia dictada en Buenos Aires expuso la concepción del orden temporal. Primero condenó –recurriendo al pensamiento de Santo Tomás de Aquino– los sistemas individualistas y los de tipo totalitario. Entre los primeros, había una clara reprobación al modelo liberal capitalista. Maritain (1984: 197-198) consideraba totalitaria “[c]cualquier concepción de la comunidad política que reclame para el Estado (en el sentido estricto de esa palabra, o en el sentido de colectividad organizada) todo el ser del hombre: ya sea con el designio de educarlo, o bien para imponérsele como finalidad de todas sus actividades, o bien para constituir la esencia de su personalidad y de su dignidad”.
En esta categoría incluía al comunismo soviético, evidentemente. Pero, también, al fascismo italiano y al nazismo alemán. Para superar las posturas individualistas y totalitarias, propuso una concepción política cristiana, basada en un nuevo humanismo, ya no antropocéntrico sino teocéntrico (Maritain, 1984: 224). En la misma conferencia disertó sobre la acción política y señaló que comportaba la colaboración de cristianos y no cristianos. No obstante, promovía una obra política de inspiración cristiana. A raíz de estas nociones es que descartaba la idea de un partido católico. Anhelaba partidos políticos “cristianos por la inspiración y no por el nombre” (236). A tal fin, propuso crear una fuerza política de inspiración humanista y cristiana –pero que contuviera a cristianos y no cristianos– y que superara las nociones del liberalismo individualista, del comunismo soviético y del nazifascismo. Este pensamiento generará una fuerte influencia en la escena política argentina de la década siguiente.24 La presencia de Maritain provocó la promoción de todo un grupo de intelectuales que abordaron sus tesis de filosofía moral, política y social. Revistas como Criterio se dedicaron a divulgar el pensamiento del filósofo y teólogo francés (Parera, 1967: 62). La influencia de su pensamiento fue decisiva e inspiradora para muchas generaciones. La difusión de sus obras produjo un enorme impacto entre los católicos argentinos (ibíd.: 52).
Enseñanza religiosa en la provincia de Buenos Aires
En 1934 se reformó la Constitución de la provincia de Buenos Aires. En el artículo 190 inciso 2º se estableció que la educación común tendría, entre sus fines principales, el de formar el carácter de los niños en el culto a las instituciones patrias y en principios de la moral cristiana (Reitano, 2005: 31-32).
A fin de cumplir con este mandato constitucional, y a instancias del gobierno de Manuel Antonio Fresco, el Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires presentó en agosto de 1936 un proyecto de implementación de la enseñanza religiosa en las escuelas estatales que, en palabras de su director general, contemplaba “las exigencias espirituales de la educación actual de nuestro pueblo y se funda en principios de índole moral y filosófica”.
El proyecto contó con el apoyo del gobernador Fresco, quien expresó su conformidad el 1 de septiembre de 1936 y argumentó en favor de que el Estado promoviera la educación religiosa de los niños. En la nota dirigida al director general de escuelas –firmada por el gobernador Fresco y su ministro de Gobierno Roberto Jorge Noble– reprobó la abstención estatal en materia educativa:
Si el Estado se abstiene, pues, de difundir los principios cristianos, se abstiene a la vez de toda esperanza y posibilidad de contribuir a la integración moral del niño, dejando librada enteramente la formación de su fisonomía espiritual a las acechanzas más perniciosas del medio y las terribles frustraciones que suelen torcer el destino de la infancia. El Estado no puede permanecer indiferente ante el problema, sin abdicar de una de las funciones más solemnes que le competen como órgano supremo de la colectividad, cual es la de atender la educación integral de sus ciudadanos y al desenvolvimiento armónico de sus aptitudes, sin peligro y con provecho para la comunidad en que viven. Frente a este deber imperioso y ante esta delicada responsabilidad del gobierno los argumentos que se invocan en favor de una pretendida neutralidad del Estado en materia ético-religiosa no son sino sofismas encaminados a justificar la imposición de escuelas doctrinadas, que por su proselitismo militante y su intransigencia extrema asumen el carácter de dogmas excluyentes.
Calificaba a esa supuesta escuela laica o neutral de “antirreligiosa” y afirmaba que esta situación era insostenible en una comunidad como la argentina, donde la abrumadora mayoría profesaba el catolicismo. Concluyó la comunicación proclamando que la tradición argentina se fundaba en las sagradas nociones de Dios, patria y hogar. Finalmente, fue establecida la educación religiosa en las escuelas de la provincia de Buenos Aires.25 Marcó un hito más en el resurgir católico que se estaba viviendo en nuestro país en los años previos a la revolución de 1943.
Influencia católica en el Ejército
En la década de 1930 se vivió un proceso de recristianización del Ejército nacional que regresaba así a sus ilustres orígenes. Los dos más excepcionales generales del Ejército Argentino –en su período fundacional–, Manuel Belgrano y José de San Martín, fueron devotos católicos y defendieron las virtudes cristianas. Este asunto excede los límites de este trabajo, pero se hará una breve referencia a un documento esclarecedor sobre la importancia que tenía el catolicismo para nuestros grandes hombres de armas.
Belgrano y San Martín se admiraban recíprocamente y, además de charlar en los encuentros personales que mantuvieron, sostuvieron un intercambio epistolar, lleno de afecto. En una de sus cartas, el general Belgrano dio certeros consejos y sugerencias al general San Martín; todos los cuales giraron en torno al respeto y a la promoción que lo instaba a dar de las prácticas y virtudes cristianas. Belgrano había conocido de primera mano las nefastas consecuencias que habían tenido para los intereses nacionales la subestimación de los factores religiosos en el norte del país y el provecho que de tal situación habían obtenido los enemigos de la causa independentista; por ello, le escribió una carta (Weinberg, 2001: 275; Gullo, 2013: 142-143) a su amigo, el general San Martín, el 6 de abril de 1814, aconsejándole que reivindique las virtudes cristianas y combata la estrategia del enemigo de querer emparentar a las tropas patrióticas con prácticas herejes y antirreligiosas:
Mi amigo, la guerra, allí, no solo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y solo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión.
De la misma manera, Belgrano instó a San Martín a no dejarse llevar por las opiniones de sujetos ignorantes de la idiosincrasia cristiana de nuestro pueblo, que subestimaban la importancia central de las creencias religiosas. También le señaló los notables aportes que tendría la difusión de los valores y las virtudes católicas sobre sus soldados:
Acaso se reirá alguno de mi pensamiento, pero usted no debe dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además por ese medio conseguirá usted tener al ejército bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.
Belgrano, además, le aconsejó conservar la bandera, implorarle a la Virgen María –a la que le sugiere nombrarla siempre como generala– y entregarles escapularios a los soldados.
Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra generala, y no olvide los escapularios a la tropa.
Por último, le reafirmó que debía hacer caso omiso a los que se mofaran de estas observaciones; consideraba superficiales a los que así actuaban. Asimismo, le recordó a San Martín que era un general católico y que jamás debía aceptar que se cometieran acciones irrespetuosas en detrimento de la fe católica que ambos sostenían.
Deje usted que se rían; los efectos lo resarcirán a usted de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese usted que es un general, apostólico, romano; cele usted de que en nada, ni aun en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra santa religión.
El general José de San Martín leyó con atención los consejos de Belgrano y los llevó a la práctica. Colocó al Ejército de los Andes bajo la tutela de la Virgen María; Nuestra Señora del Carmen fue proclamada patrona del ejército al mando de San Martín.
En los años 30 y gracias al trabajo de los capellanes militares, el pensamiento católico y sus valores sempiternos volvieron a los cuarteles.26 Asimismo, se restablecieron las prácticas devocionales.
2. Ejército: despertar nacionalista y necesidad de intervenir en política
Despertar nacionalista
Comprensión del colonialismo. La época bautizada por José Luis Torres (1973) como década infame27 estuvo llena de hechos oprobiosos. Fue el período más siniestro de la entrega del país a Inglaterra por culpa de la oligarquía terrateniente (Hernández Arregui, 1973b: 298). Las negociaciones con el Reino Unido por la venta de carnes concluyeron en el pacto Roca-Runciman. Derivado de tal deshonroso acuerdo, se generó un entramado legal que sirvió para acentuar la dependencia política y económica argentina con respecto al imperialismo británico. Arturo Jauretche (1970: 31) calificó a este mecanismo como estatuto legal del coloniaje.28 El mismo dirigente político y sus compañeros de Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) aportaron importantes contribuciones para el esclarecimiento de las diferentes formas de dominación imperial (Ripani, 2019: 21-22, 50-61; Godoy, 2015: 282 ss.). Este hecho sirvió para visibilizar la dependencia que mantenía la Argentina con respecto al imperio británico.29 En los años 30 se vivió un despertar del patriotismo (Rosa, 1980a: 121). La circulación de ideas influye en la historia. Gracias a la acción del pensamiento nacional (de corrientes nacionalistas30 y del nacionalismo popular de FORJA),31 se comprendió el pernicioso colonialismo que azotaba a la nación y, en consecuencia, la necesidad de librar una batalla patriótica por la liberación nacional.
Revisionismo histórico. Señala José María Rosa (1980a: 129) que la consecuencia del despertar del patriotismo en el campo de la cultura fue el revisionismo histórico, que ha sido la exposición del pasado con una mirada nacional: “Revisar la historia es mirarla con ojos argentinos”, definió.32 La mayor contribución a esta corriente historiográfica provino, según Arturo Jauretche, del sector nacionalista (Galasso, 1985b: 420). Como reflejo del despertar patriótico que se vivía en la Argentina, se crearon en 1938 el Instituto de Estudios Federalistas en la ciudad de Santa Fe y el Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas en la de Buenos Aires.33
Marechal profetiza la revolución nacional: la Grande Argentina. Los profetas escriben en un contexto determinado, denuncian injusticas y están atentos a los grandes problemas de la sociedad en la que viven. En este ambiente de despertar nacionalista, Leopoldo Marechal escribió un profético artículo34 titulado “Sobre la inteligencia argentina”. Allí se reivindicaba el carácter hispánico, mediterráneo y clásico de la inteligencia nacional. Esa inteligencia clásica –representada por la línea histórica de Saavedra, San Martín y Rosas– fue vencida por el sentimentalismo romántico que convirtió al país en la “pequeña Argentina”. Eran tiempos de despertar nacionalista. En esa dirección, Marechal promovía la recuperación de la inteligencia nacional:
Los términos “recuperar” y “restaurar”, aplicados a las cosas argentinas, aparecen hoy a menudo en los labios de la nueva generación, revelando una conciencia de que algo fundamental se ha perdido en la Argentina, un “algo” que urge recuperar y restaurar. Y me parece que ninguna obra es tan urgente como la restauración de nuestra inteligencia, pues, en cuanto se haya conseguido, todas las recuperaciones invocadas se lograrán igualmente.
Marechal señalaba que, una vez restaurada la inteligencia argentina, sería preciso reconquistar la independencia y merecerla. Marechal finalizaba el artículo profetizando la revolución nacional, afirmando que, cuando la patria sea libre y merezca serlo, habrá regresado la Grande Argentina:
Entonces, y solo entonces, veremos asomar el perfil de la Grande Argentina, la prometida de nuestra esperanza, la que alienta ya, con dolores de parto, en el entendimiento y en la voluntad de muchos argentinos.
Neutralidad. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la Argentina había adoptado la política de neutralidad. Bajo el liderazgo de don Hipólito Yrigoyen –acusado de germanófilo por liberales y socialistas que adherían a la causa de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, y atacado por la prensa oligárquica afín al mismo bando–, el país sostuvo una posición firme (Ramos, 1961: 42; Spilimbergo, 1974: 110) que contó con gran respaldo popular (Puiggrós, 1974b: 65-67). El líder radical no era aliadófilo ni simpatizaba con la causa alemana. Era un patriota que defendía el interés argentino.
Esta postura de no participar en hechos ajenos al interés nacional continuó siendo motivo de orgullo entre los argentinos La irrupción de una nueva conflagración mundial –iniciada a finales de década de 1930– reactivó los postulados de no beligerancia. El neutralismo –así como había sucedido dos décadas atrás– era sinónimo de defensa de la soberanía nacional.
El neutralismo era una causa popular,35 pero los sectores políticos –cada vez más alejados del sentimiento del pueblo– tomaron posturas –de acuerdo con sus preferencias ideológicas– comprometiéndose en temas ajenos al interés nacional.
Los imperialismos se enfrentan en el Viejo Mundo y los respectivos amigos de uno y otro bando reproducen colonialmente la lucha en la Buenos Aires colonial. (Galasso, 1985b: 450)36
Manuel Ugarte (Barrios, 2007: 180; Galasso, 1985c: 197-198) proclamaba en 1939 la necesidad de afianzar una postura que beneficiara los intereses propios de nuestra región, sin comprometerse en asuntos ajenos:
En esta guerra no estoy con Francia, ni con Alemania. Estoy con la América Latina… En esta guerra, como en la de 1914, no he de enrolar bajo la bandera del cable A o el cable B. No soy vagón atado a una locomotora, ni tengo mentalidad de tropa colonial… Nos conviene una neutralidad estricta que no ha de ser interpretada en favor de ninguno de los bandos. No hay que opinar colonialmente, sino nacionalmente. Iberoamérica para los iberoamericanos.37
En 1940 reafirmó esta posición y observó que una crisis entre las grandes potencias se presentaba como una oportunidad para América Latina:38
Todos los imperialismos representan un peligro para América. No me regocijo cuando hunden un barco inglés ni aplaudo cuando intentan matar al jefe de Estado alemán. Creo que debemos ser neutrales con el único ideal de preservar lo nuestro. Tenemos que crear una conciencia propia. (Citado por Barrios, 2007: 180)
En 1941, realizó nuevas reflexiones y reiteró que el neutralismo coincidía con el interés nacional:
A los que nos mantuvimos durante la otra guerra neutrales, es decir, como hoy, básicamente nacionalistas, no podía sorprender la nerviosidad que se difundió de nuevo. Ya habíamos conocido el terror. Se repetían los fenómenos. En 1940 como en 1941 no fue posible ser persona decente si no se gritaba en favor de Inglaterra y de Estados Unidos. Dentro del conflicto, un bando representaba la libertad, la cultura, la civilización, y el otro sintetizaba la tiranía, la crueldad, la barbarie… Yo no tengo razones para defender a Alemania. Pero tampoco tengo razones para defender a Inglaterra y Estados Unidos. Lo que ha determinado mi opinión es el interés por Hispanoamérica. (Citado por Barrios, 2007: 180-181)
FORJA mantenía posiciones sincrónicas –en general– con la línea asentada por Ugarte en lo que respecta a las posibilidades que ofrecía una contienda internacional: crear una conciencia propia39 y aumentar los márgenes de autonomía40 en nuestros países. Asimismo, también se verificaba afinidad en lo concerniente a una postura claramente contraria a la intervención en el conflicto bélico. Fiel al ideario yrigoyenista, FORJA defendió una postura claramente a favor de la neutralidad argentina. La organización comprendía que se estaba desarrollando una nueva contienda “por el dominio material del mundo” y era totalmente ajena al interés nacional: “La neutralidad es la única política auténticamente argentina y por eso solo FORJA puede sostenerla”, señaló un volante redactado por Scalabrini Ortiz en 1939 (Galasso, 1985a: 51-52).41
La política internacional siempre debe ser seguida y observada con ojos argentinos. Lo fundamental es la defensa del interés nacional. La disputa entre potencias que sucede en otras latitudes puede tener consecuencias que influyan en estas tierras, pero es ajena a nuestro interés nacional. Lo esencial, en esos casos, es determinar qué es lo conveniente para el país y actuar en consecuencia, siempre sin subordinarse ni tomar partido por ninguna de las facciones en pugna. En 1939, Raúl Scalabrini Ortiz (citado por Galasso, 1985a: 56-58) planteaba la posición con suma claridad:
La cuestión interna es del todo ajena a la contienda lejana. Ni somos germanófilos mirando hacia Europa, ni podemos dejar de ser antiingleses mirando hacia nuestra patria… La guerra europea ha despertado en muchas personas los sentimientos de hace veinte años… Están con alguno de los combatientes, mucho más que consigo mismo. Olvidan su propia patria para simpatizar casi exclusivamente con algunas de las patrias extranjeras… No hemos tomado partido en el asunto europeo, porque queremos tenerlo únicamente en cosas del país. Lo que ocurre afuera y es ajeno a los intereses nacionales es secundario para nosotros… se puede tener un sentimiento exclusivamente argentino, ajeno a los que crea la contienda entre extraños.
En la misma sintonía, Jauretche (citado por Galasso, 1985b: 461-462) recordaba con pesadumbre, años después, que algunos dirigentes se habían olvidado del problema nacional durante el conflicto bélico y se perdieron en cuestiones ajenas:
Es difícil comprender de qué modo los problemas exteriores lo dominaban todo. No se podía hablar en la Argentina de los problemas argentinos. La cuestión era entre nazis y democráticos… la prédica política de los partidos de orientación ideológica y la totalidad del periodismo habían ido dejando en segundo lugar las preocupaciones por los problemas nacionales para otorgarles mayor importancia a los hechos internacionales.
No colocar el interés nacional en el centro de las preocupaciones llevaba a diferentes sectores políticos a asumir posiciones patéticas.42 La política de no beligerancia fue atacada por elementos colonizados que vivían ajenos a la realidad nacional y compenetrados en lo que estaba sucediendo en Europa. Por ejemplo, el órgano oficial del Partido Socialista43 de la Argentina, La Vanguardia, acusó a FORJA de “fascista”44 en 1939 (Galasso, 1985a: 52). Pero ninguna postura fue más bochornosa que la del Partido Comunista45 local, que modificó su apreciación de los hechos bélicos de acuerdo con los virajes de la política exterior de la Unión Soviética.46
Necesidad de intervenir en política
Todo el resurgir del pensamiento patriótico que venimos analizando llegó a los cuarteles. Diferentes soldados y oficiales recibirán los Cuadernos de FORJA (Galasso, 1985b: 500-503). También se divulgarán las obras de Scalabrini Ortiz y los ejemplares de Reconquista,47 el periódico por él dirigido (Galasso, 1985a: 56-57).
A pesar de los hechos de 1930, la institución armada no había tenido mayor participación política en esa década. Pero con el pasar de los años empezó a cobrar importancia la idea y la necesidad de tener un mayor protagonismo político. Un testigo presencial de aquellos hechos, el entonces teniente coronel Franklin Lucero (1959: 16), recordaba el “clima revolucionario” y de conspiración que existía en los cuarteles a inicios de los años 40 en la Argentina.
Planteo de los tenientes coroneles. Contemporáneamente al inicio de la Segunda Guerra Mundial y en relación con el despertar patriótico que se vivía en las Fuerzas Armadas, se multiplicaron los hechos que mostraban la tendencia de los militares a intervenir en los asuntos políticos de nuestro país. La comprensión de la lucha por la soberanía llegó a la oficialidad media y joven. La necesidad de mantener la neutralidad era prioridad para las Fuerzas Armadas. Ya en julio de 1940 se produce la primera tentativa de golpe militar (Rosa, 1980a: 221). Durante 1941 se produjo un intento de sublevación en febrero por parte del general Juan Bautista Molina (ibíd.: 261-263), fechado por Lucero (1959: 15-18) en abril de ese mismo año. Por último, hubo un atisbo de levantamiento en septiembre (Rosa, 1980a: 274-277).
Pero más interesante es el planteo que le hicieron al presidente Ramón Castillo un grupo de tenientes coroneles en octubre de ese mismo año. José María Rosa (1980a: 278) considera fundamental, para la historia militar y política argentina, este episodio.
Hacia 1941 un grupo de tenientes coroneles empezaron a reunirse en sus despachos. A fines de septiembre resolvieron hacer un planteo al presidente Castillo, con la posibilidad de deponerlo si se oponía a las peticiones. Rosa (1980a: 279-280) menciona que de las reuniones habrían participado el coronel Manuel Nicolás Aristóbulo Savio (que tenía un grado de mayor jerarquía pero no detentaba mando de tropa, a diferencia de los otros, que eran jefes de unidades) y los tenientes coroneles Aristóbulo Mittelbach, Indalecio Sosa (jefe del Regimiento 8.° de Caballería, con sede en Liniers), Antonietti (director de la Escuela de Caballería), Joaquín I. Saurí (director de la Escuela de Artillería) y Franklin Lucero (director de la Escuela de Infantería), los tres últimos con asiento en Campo de Mayo.
La redacción final del petitorio se realizó en una reunión que presidió Savio y en la que se resolvió que fuera transmitido por Gregorio Tauber –comandante del Regimiento 1.º, Patricios, con cuartel en Palermo–, Saurí y Lucero, pero habrían sido los dos primeros mencionados los que lo hicieron efectivo (Rosa, 1980a: 281; Bosoer, 2017: 109). El planteo se realizó en los primeros días de octubre y consistió en una serie de solicitudes:
1 Mantenimiento de la política de neutralidad ante la contienda bélica mundial.
2 Disolución del Congreso Nacional.
3 Disolución del Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires.
4 Retiro del general Agustín P. Justo de la política.
5 Renuncia de los ministros justistas del gabinete (en particular, solicitaban la dimisión del ministro de Guerra, Juan Tonazzi).
6 Postergación de elecciones en las provincias intervenidas.
7 Proclamación del estado de sitio.
8 Clausura de varios periódicos.
José María Rosa conjetura (1980a: 282-283) la posible respuesta de Castillo:48
1 Se habría mostrado totalmente de acuerdo con el mantenimiento de la política de neutralidad.
2 Se habría negado a la disolución del Congreso Nacional porque eso daría argumentos a Estados Unidos para tildar de “totalitario” al gobierno argentino.
3 Se habría mostrado de acuerdo con la disolución del Concejo Deliberante. De hecho, pocas horas después lo disolvió.
4 Sobre el general Justo les habría dicho que no se preocuparan por él pues ya no manejaba el Ejército.
5 Sobre los ministros ligados a Justo les habría asegurado que no había que preocuparse por ellos porque los podía manejar y hasta podría hacerlos dimitir más adelante. Un año más tarde, Tonazzi, el ministro de Guerra justista, saldría del gobierno.
6 Les habría señalado que no se preocuparan por las elecciones ni por el fraude, ya que era la condición para mantener el equilibrio constitucional.
7 Sobre el estado de sitio les habría anunciado que lo iba a promulgar más adelante. En ese sentido, el 16 de diciembre de ese mismo año, lo declaró (Rosa, 1980a: 285).
8 Sobre el asunto de la clausura de periódicos les habría indicado que tomaría alguna medida para restringir las opiniones contrarias a las Fuerzas Armadas.
El grupo de los tenientes coroneles aceptó la contrapropuesta de Castillo y le dieron su apoyo al presidente para mantener la política de neutralidad (Rosa, 1980a: 284). Hubo acuerdo, pero la conciencia de la necesidad de intervenir en los asuntos públicos siguió creciendo en los cuarteles conforme fueron pasando los años, y por múltiples razones.
3. Sindicatos: cambios económicos y expansión de la clase trabajadora
En los años 30 se verificaron grandes cambios en la estructura económica argentina. Las circunstancias impulsaron el progresivo abandono del antiguo modelo “agroexportador” y la conversión en un nuevo programa económico. La conmoción económica provocada por la llamada “depresión” obligó a un cambio en la orientación en la política económica. Diversos acontecimientos (aumento general de los derechos de importación, la devaluación del peso, control de cambios, establecimiento de dos tipos de cambio, permisos de cambio otorgados con criterios selectivos) favorecieron la instalación de nuevas industrias. Propuesto por la Unión Industrial Argentina (UIA), se inició el proceso de “sustitución de importaciones” (Dorfman, 1970: 372). Lo propuso la UIA pero lo iba a imponer la realidad.
A partir de 1934 el sector manufacturero experimenta un gran crecimiento (Torre, 2014: 45). Debido a la mayor protección que gozaba la industria y al estímulo de permisos de cambio que favorecían la importación de equipos, materias primas y semielaborados y que obstaculizaban la compra de productos terminados del exterior, la sustitución se fue haciendo efectiva. El inicio de la Segunda Guerra Mundial aceleró el asunto. A partir de 1940 no hubo exportaciones inglesas al país. Fueron los capitales argentinos los principales actores en ese desarrollo, y las industrias del Estado y Fabricaciones Militares cumplieron un papel relevante (Rosa, 1980a: 307-308). Tan importante fue el crecimiento que se verificó en esos años que, justamente, en 1943 el valor de la producción industrial superó, por primera vez en la historia, al de la producción agropecuaria. Y en ese mismo año las exportaciones de tipo industrial alcanzaron el 20% del total (Luna, 1984: 33). En ese mismo sentido se expresa Robert Potash (1981: 15). Todas estas transformaciones generaron un crecimiento exponencial de la cantidad de trabajadores asalariados. Juan Carlos Torre (2014: 63) indica que la población ocupada en la industria crece 122% entre 1933 y 1940. Alfredo López (1975: 320) muestra estadísticas que marcan que se pasó de 472.000 obreros en 1935 a 632.000 en 1940.
El proceso de sustitución de importaciones modificó la fisonomía social y económica del país. La acelerada industrialización y el impacto de la crisis en el sector rural generaron un importante proceso de migraciones internas. Poco a poco, obreros provenientes del interior fueron reemplazando a los de origen europeo (Ben Plotkin, 2007). El crecimiento industrial tuvo como consecuencia la expansión urbana (Potash, 1981: 15). El desplazamiento de poblaciones rurales al cinturón urbano de Buenos Aires y el aumento de las clases trabajadoras originaron un cambio demográfico y social. Nuevos actores se agregaron al escenario de una Argentina en época de cambios (Torre, 2014: 45).
La clase trabajadora vivía un proceso de plena expansión hacia 1943 pero el movimiento obrero estaba muy dividido. Existían diferentes corrientes ideológicas –anarquistas, comunistas, socialistas y trotskistas– e innumerables divisiones hacia el interior de cada una de estas organizaciones. Esa atomización atentaba contra los intereses laborales y explica que una porción considerable de los trabajadores no quisiera afiliarse a los sindicatos correspondientes debido a la falta de representación real de esos gremios.
La fortaleza de un movimiento sindical no se produce, exclusivamente, por un aumento de cantidad de miembros. Hace falta un elemento cualitativo que es la unidad y los objetivos comunes de esas organizaciones. Solo cuando, años después, logre organizarse, cohesionarse detrás de un mismo proyecto político y se afinque en los intereses de los trabajadores de esta tierra, va a nacer el poderoso movimiento obrero argentino.
4. La Argentina en 1943
En definitiva, así se encontraba la sociedad argentina en 1943. Era un país en plena efervescencia. Con profundos cambios estructurales y con ebullición de ideas. Como se ha observado, fueron años de fructífera actividad para el catolicismo argentino. También fue profuso el movimiento a nivel mundial. La guerra internacional conmovió a toda la humanidad y la Iglesia, por supuesto, no quedó al margen. Se alentó la difusión del pensamiento católico: la doctrina socialcristiana y el humanismo cristiano fueron promovidos como solución a los graves problemas políticos, sociales y económicos, alejada de las opciones liberales, socialistas, nazis o fascistas. La divulgación de las ideas humanistas cristianas en nuestro país fue nutrida y fecunda. Esos principios animaron e inspiraron al movimiento revolucionario de 1943. La Argentina vivía un despertar de la conciencia nacionalista y un resurgir de los valores y el pensamiento católicos. Sus Fuerzas Armadas estaban cada vez más decididas a ser parte de los asuntos políticos y la clase obrera se encontraba en pleno proceso de expansión. Ese era el ambiente en el que se produjo la revolución nacional.
1. El mismo Leopoldo Marechal (2014: 145; 1998: 385), en un artículo publicado en forma póstuma, señaló que en los años 30 tuvo un “reencuentro” con el cristianismo y recordó su paso, a principios de esa década, por los Cursos de Cultura Católica.
2. Achille Ratti, nacido en Desio, región de la Lombardía (Italia). Fue pontífice entre 1922 y 1939 (Caporilli, 2006: 80).
3. Asimismo, Pío XI describió las diferentes modalidades en que debía operar la asociación (adultos varones, mujeres adultas y ramas juveniles, también distinguidas por sexo).
4. Años más tarde, muchos dirigentes y cuadros de la organización ocuparán cargos durante el gobierno revolucionario iniciado en 1943 (Zanatta, 2013: 60).
5. Publicada el 15 de mayo de 1891 (León XIII, 1891).
6. León XIII (Gioacchino Pecci), nacido en Carpineto, en la región del Lacio (Italia). Su pontificado se desarrolló entre 1878 y 1903 (Caporilli, 2006: 79).
7. “La Iglesia es la que saca del Evangelio las doctrinas que pueden resolver el conflicto” (Rerum novarum, N.º 13).
8. Esta característica va a ser tomada por Perón a la hora de plantear las líneas generales del régimen de asociaciones profesionales que impulsó en 1945.
9. Se llama concordato a todo convenio sobre asuntos eclesiásticos entre el gobierno de un Estado y la Santa Sede.
10. Los pactos fueron firmados el 11 de febrero de 1929 entre el cardenal Pietro Gasparri –en nombre del papa Pío XI– y el presidente del Consejo de Ministros Benito Mussolini –en nombre del rey Vittorio Emanuele III–, en el Palacio de Letrán (Palazzo del Laterano), que ha sido sede papal y residencia oficial de los papas durante siglos. Está ubicado al lado de la basílica de San Juan de Letrán (Basilica di San Giovanni in Laterano), que es la catedral de la diócesis de Roma (sede episcopal del obispo de Roma). Tanto el palacio, la basílica y otros edificios cercanos gozan de estatus de territorialidad dentro del Estado italiano, como consecuencia del Concordato de 1929.
11. Carta encíclica sobre la educación cristiana de la juventud, dada en Roma el 31 de diciembre de 1929.
12. Escrita en italiano porque hacía referencia a un tema puntual de esa nación europea.
13. Zentrum, el partido católico alemán que previo a la llegada de los nazis al gobierno, había alcanzado a poseer 92 diputados propios y aportado varios dirigentes para conformar gobiernos durante la República de Weimar (García de Cortázar y Lorenzo, 2005: 87).
14. “Imperio pagano”, lo llama Jacques Maritain (1955a: 23) en su obra Cristianismo y democracia, escrita en el verano de 1942.
15. Se le endilgaba no tener en cuenta la formación integral y armónica del cuerpo y el espíritu a los ejercicios deportivos del nazismo. Asimismo, se le imputaba no cuidar la vida de familia ni el mandamiento de santificar el día del Señor. Es dable agregar que el papa Pío XI (1929) ya había condenado los excesos de la exaltación del atletismo en Divini illius Magistri.
16. Para esa fecha (marzo de 1937) ya habían sido asesinados católicos en Dachau –primer campo de concentración creado por el régimen–, ubicado en las afueras de Múnich. Años después de la promulgación de la encíclica, durante la llamada Segunda Guerra Mundial, sufrieron martirio muchos sacerdotes católicos.
17. Es pertinente recordar aquí aquella anécdota de Stalin y las divisiones del papa. Escribió Marcelo Gullo (2018: 58): “«¿Cuántas divisiones tiene el papa?», preguntó con desprecio Stalin en Yalta […] Ciertamente la respuesta se hizo esperar, pero treinta y cinco años después de Yalta la dirigencia soviética supo que el papa tenía muchas divisiones. Tres décadas después de que Stalin formulara su pregunta, la dirigencia soviética experimentó en carne propia que el Vaticano era un actor de peso en el sistema internacional”.
18. Profunda influencia ejercerá esta idea en el pensamiento de Perón.
19. Explícitamente Arturo Sampay reconoció la inspiración católica del concepto de propiedad cuando legisló sobre el asunto en la Convención Constituyente de 1949.
20. En el cargo de presidente de la comisión de prensa del Congreso fue designado Gustavo Martínez Zuviría, quien, menos de una década luego de estas jornadas, tendrá un rol central en el restablecimiento de la enseñanza religiosa en la Argentina (Lubertino Beltrán, 1987a: 33).
21. Buenos Aires ha generado muchos hitos a lo largo de la historia del catolicismo romano. En la capital argentina se llevó a cabo en 1934 el primer Congreso Eucarístico Internacional en tierras de América Latina. En abril de 1987 se celebró la Primera Jornada Mundial de la Juventud, fuera de Roma. Y por si fuera poco, en esa ciudad nació el primer papa latinoamericano de la historia –y el primero no europeo en varios siglos–, quien era arzobispo al momento de ser electo sucesor de Pedro. La capital de la República Argentina fue fundada, según el acta labrada por Juan de Garay, con un nombre íntimamente ligado a la fe católica, a la que la expedición del ilustre fundador vino a ensalzar: Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires (Zinny, 1920: 25-27).
22. Juan Domingo Perón asistió al congreso y siempre recordó la presencia del cardenal Pacelli (Cloppet, 2015: 118-119).
23. El pensador francés vino a Buenos Aires con su esposa Raissa y compartieron encuentros familiares en la casa de Tomás Darío Casares (Sánchez de Loria Parodi, 2017: 56).
24. Fermín Chávez (1985: 13) indica que Perón, estando como agregado militar en Chile en aquellos momentos, supo de estas conferencias a través de las síntesis que sobre ellas ofreció el diario La Nación de Buenos Aires, cuyos ejemplares eran recibidos en la legación argentina en Santiago. Se debe dejar constancia que esos resúmenes fueron efectuadas por el mismo Maritain. Sobre la influencia del pensador francés en el ideario peronista, el mismo autor entrerriano inició una línea de investigación y esbozó algunas consideraciones (ibíd.: 12-14). Profundizó ese camino –siguiendo explícitamente a Fermín Chávez– Piñeiro Iñíguez (2013: 67-83).
25. Al ingresar al tercer año de enseñanza religiosa en el ámbito de la provincia de Buenos Aires, el gobernador Fresco (1940: 165-166) informaba que el 96,58% de los alumnos asistía a clases de religión.
26. La Iglesia católica logró reintroducir la tradición escolástica en las filas militares de detrimento del positivismo (Piñeiro Iñíguez, 2013: 334).
27. En 1945 el periodista José Luis Torres publicó una obra titulada con ese nombre.
28. “El tratado Roca-Runciman […] fue un compromiso para que al precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase definitivamente esa virtual incorporación al Imperio” (Jauretche, 1970: 31).
29. Raúl Scalabrini Ortiz publicó en 1940 una trascendental obra sobre la perniciosa y nefasta influencia de la política inglesa en nuestro país, titulada Política británica en el Río de la Plata, donde calificó a la Argentina de los años 30 como “base y arma del abastecimiento británico” (Scalabrini Ortiz, 2001: 171-194) y clamaba por la necesidad de contar con una fuerte conciencia nacional (ibíd.: 171).
30. Aquí debe destacarse la obra a cuatro manos de los hermanos Irazusta publicada en 1934. En La Argentina y el imperialismo británico, Rodolfo y Julio Irazusta desmenuzaron el papel de Inglaterra en nuestra nación y, en particular, analizaron detalladamente la misión Roca ante el Reino Unido de 1933. Acerca de los resultados de las negociaciones en Londres, expresaban que habían traído “nuevas ligaduras destinadas a mantener y si es posible reforzar nuestra dependencia de la Gran Bretaña, dependencia que la evolución natural de las cosas económicas y políticas en nuestro país y en el mundo había debilitado” (Irazusta e Irazusta, 1982: 123).
31. Sobre el particular, ver García et al. (2006, 2007a, 2007b) y Godoy (2015).
32. José María Rosa, en la revista Mundo Nacionalista (N.º 3, 5 de diciembre de 1969), citado por Jauretche (1989: 11).
33. La idea de crear el Instituto Rosas se resolvió en una reunión realizada en el restaurante Edelweiss y, en el mismo establecimiento, se celebró la asamblea a través de la cual quedó formado (Rosa,1980a: 137-138).
34. Publicado en la revista Nueva Política el 4 de septiembre de 1931, reproducido en Marechal (1998: 313-319, 2014: 107-115).
35. “El neutralismo ganó la calle y mostró una vez más que había en el país una fuerte conciencia nacional” (Rosa, 1980a: 298). “En nuestro país, la neutralidad enardecía a la gente joven y a los sectores apolíticos, a quienes enorgullecía esta muestra de independencia” (Luna, 1984: 29).
36. Lejos de las circunstancias de 1939, la fascinación por las grandes potencias sigue encandilando a quienes no albergan un patriotismo sólido en su alma, en nuestros días de 2020. Con similar espíritu colonial y olvidándose de que la prioridad es la defensa del interés nacional argentino, se comprometen en conflictos extraños y abundan los admiradores de los Estados Unidos de Donald Trump, de la Rusia de Vladimir Putin y/o de la China “comunista”, reconvertida al “libre comercio”.
37. Manuel Ugarte en revista Ercilla, 11 de marzo de 1939 (citado por Barrios, 2007: 180).
38. También el actual (2020) enfrentamiento entre las grandes potencias (Estados Unidos, Rusia y China) abre nuevas posibilidades a los países de la región.
39. “Ante la crisis de Europa, conflicto de imperialismos organizados […] la Argentina […] debe activar la formación de su conciencia emancipadora y la organización de las fuerzas que la libertarán de toda dominación o penetración extranjera”, sentenciaba un documento de la organización, fechado en septiembre de 1939 (Galasso, 1985b: 450). Del mismo modo, en otro documento, en febrero de 1941, se promovía “la formación de una conciencia auténticamente argentina que pueda resistir la presión de las diplomacias y de las empresas extranjeras que con la connivencia de un periodismo encadenado nos empujen inexorablemente a la catástrofe de la guerra” (Godoy, 2015: 193).
40. Raúl Scalabrini Ortiz escribió en Reconquista, el 15 de noviembre de 1939, que “la historia nos demuestra que son, precisamente estos, los momentos en que los pueblos débiles aprovechan para zafarse de los poderosos” (citado por Galasso, 1985b: 454). Sin perjuicio de lo señalado, el mismo Scalabrini y Ugarte, entre tantos otros, conocían muy bien que si se tomaban caminos equivocados, se podía salir de una dominación para caer en otra.
41. Este principio de no injerencia sigue manteniendo vigencia en tiempos de beligerancia comercial entre Estados Unidos y China y con la creciente y recuperada influencia militar rusa en diferentes partes del globo, que la ubican como una potencia militar de primer orden. A saber, ante una guerra –militar y/o comercial– a escala mundial, la prioridad siempre debe ser proteger lo propio.
42. El diputado socialista Alfredo Palacios se desentendió del interés nacional para inmiscuirse en conflictos ajenos y renunció a la Comisión pro Defensa de las Malvinas “porque ahora no es momento de crearle problemas a Inglaterra” (Galasso, 1985b: 462).
43. En 1939, “los socialistas se transformaron en vírgenes locas, ardientes de furor guerrerista” (Cooke, 1973: 76).
44. “Neutralidad es fascismo”, declamaba la publicación socialista (Galasso, 1985b: 458). “Llamar fascistas a los que defendemos la neutralidad es ruindad que tiende a hacer creer a los lectores que los neutralistas o somos agentes del extranjero o somos reaccionarios enemigos del pueblo”, le contestó Scalabrini Ortiz (Galasso, 1985a: 52-53).
45. Orientación, órgano de prensa del Partido Comunista Argentino, también acusó en 1939 a FORJA de favorecer el fascismo con la defensa de la neutralidad. Pero bastó que se firmase el pacto de no agresión entre la Unión Soviética y el Tercer Reich para que adoptara el neutralismo, repentinamente (Godoy, 2015: 204).
46. El Partido Comunista de nuestro país –de filiación estalinista– había mantenido durante años una acendrada política contraria al fascismo y de cierta simpatía hacia las llamadas potencias “democráticas”, es decir, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, pero su dependencia y sumisión absoluta a los dictados de Moscú lo hizo modificar abruptamente sus posiciones cuando la Unión Soviética celebró un pacto de no agresión con la Alemania nazi, en agosto de 1939. “El pacto con Hitler obligó a Stalin a señalar a los partidos comunistas que era preciso redescubrir el lenguaje perdido: la guerra mundial fue definida como un conflicto imperialista” (Ramos, 1990b: 61). Cuando en 1941, las tropas nazis invadieron territorio ruso, el estalinismo vernáculo volvió a reemplazar impúdicamente su postura y las caracterizaciones acerca de las clases, los imperios y los intereses a ellos ligados (ibíd.: 63).
47. Manuel Ugarte, en carta a Manuel Gálvez, elogió la orientación neutralista de la publicación dirigida por Scalabrini Ortiz (Barrios, 2007: 180).
48. Similar conjetura realizó cuando fue entrevistado por Pablo José Hernández (1978: 86-89).
CAPÍTULO 2
El GOU: el Ejército se organiza, planifica y realiza la revolución nacional
El éxito se concibe, se prepara, se organiza, se realiza y se explota, porque el éxito de los hombres está en los hombres mismos, está en su propia acción.
Juan Domingo Perón, Conducción política
Somos un pueblo de recién venidos,
Y has de saber que un pueblo se realiza tan solo
Cuando traza la Cruz en su esfera durable.
La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo?
Con la marcha fogosa de sus héroes abajo
(tal es la horizontal)
y la levitación de sus santos arriba
(tal es la vertical de una cruz bien lograda)
Josef, si como pueblo no trazamos la Cruz,
porque la Patria es joven y su edad no madura,
la debemos trazar como individuos,
fieles a una celosa geometría.
¡La vertical del santo, la horizontal del héroe!
Leopoldo Marechal, “Didáctica de la patria”
1. Orígenes del GOU
Perón, Farrell y Mercante: un trío notable
A principios de 1941, el teniente coronel Perón arribó a Mendoza. El 8 de enero fue nombrado oficial del Estado Mayor en el Centro de Instrucción de Montaña y director interino el 17 de junio del mismo año (Calderaro, 1946: 177). Estando en Cuyo, fortaleció su relación con el general Edelmiro Julián Farrell. Juntos viajaron a Covunco (Neuquén). En la localidad patagónica estaba cumpliendo funciones como oficial de artillería Domingo Mercante, quien estableció una profunda amistad con Perón. En el casino de oficiales de la guarnición ambos camaradas charlaron en reiteradas oportunidades. Perón le comentó sus experiencias e informaciones recogidas en Europa1 (Orsi, 1985: 101-102).
A principios de 1942 tanto Perón como Farrell tuvieron cambios de destino. El 1 de enero Perón fue designado comandante del destacamento de montaña Mendoza y el 26 de ese mismo mes Farrell fue nombrado inspector de tropas de montaña (Calderaro, 1946:169).
Unas semanas después sus caminos volvieron a juntarse. El “trío” de Covunco se reencontró en Buenos Aires. El 18 de marzo Perón fue trasladado a la Inspección de Tropas de Montaña, con sede en Buenos Aires, y fue ascendido a coronel. Quedó bajo del mando de Farrell, en condición de jefe de Estado Mayor de la unidad militar, y así seguiría durante unos años. Cada ascenso de Farrell sería, también, un ascenso de Perón. En ese organismo también cumplió funciones Mercante, quien acompañará, a su vez, cada éxito de Perón.
Oficiales Unidos
El 16 de noviembre de 1942 –en reemplazo del general Juan Nerón Tonazzi, del sector justista–2 el general Pedro Pablo Ramírez fue nombrado ministro de Guerra por el presidente Ramón Castillo. En la Secretaría General del Ministerio fue designado el teniente coronel Enrique González. De este modo, el grupo de los oficiales unidos3 quedó a cargo del manejo del Ejército.4
Prolegómenos de la formación del GOU. El planteo de los tenientes coroneles de 1941 dejó evidenciado que el sector justista estaba perdiendo terreno dentro del Ejército. Esta situación se acentuó con la expulsión del ministro Tonazzi en noviembre de 1942. La muerte del mismo líder de la facción política y militar, el general Agustín P. Justo, en enero de 1943, consolidó, definitivamente, la oportunidad para que surgiera una nueva tendencia dentro de las filas del Ejército. Este espacio libre fue ocupado, inteligentemente, por el GOU.
Según Mercante (Luna, 1984: 47-48), hacia fines de 1942 Perón preparó un documento en el que plasmaba su idea sobre la necesidad de “unir a los oficiales del Ejército, jerarquizar sus cuadros, infundir nuevos objetivos a las Fuerzas Armadas”. Esto no sería otra cosa que el documento fundacional del GOU.
Asimismo, Mercante contó que realizó –sigilosamente y siempre a instancias de Perón– diversas reuniones con muchos oficiales en Campo de Mayo y logró conformar un grupo de jefes y oficiales, que no fue otro que el grupo fundacional del GOU. Mencionó a Tomás A. Ducó, Eduardo Jorge Ávalos, Enrique P. González, Emilio Ramírez5 como algunos de los miembros que formaron parte de ese grupo inicial. La primera reunión general de la agrupación se habría realizado el 15 de mayo de 1943 (Luna, 1984: 48).
Potash (1984: 14-16) exhibe un supuesto informe –fechado en junio de 1943– del teniente coronel Juan Carlos Montes, dirigido al jefe de la Secretaría del Ministerio de Guerra –a cargo de Perón en aquellos momentos– en que se ofrece otra versión sobre la creación del grupo. Surge del escrito que, en los primeros días de febrero de 1943, el referido Montes se habría reunido con el teniente coronel Urbano de la Vega, quien lo habría alertado sobre la posibilidad de tener que enfrentar una guerra con alguno de los países vecinos, debido a la tirantez que generaba la neutralidad argentina. A esa dificultad, había que sumarle que era grave la situación interna: división nacional, clase dirigente corrupta y peligro del comunismo, visto lo cual Montes le habría hablado a De la Vega sobre la conveniencia de reunirse con Perón:
A fin de iniciar de inmediato una obra de acercamiento y unión dentro de las filas del Ejército, para que procediéramos todos, sin distinción de ideales políticos ni simpatías por los distintos beligerantes de esta guerra, a trabajar incansablemente por un ideal común, el bienestar de la patria y su grandeza.
Luego, Montes habría dialogado con el coronel Perón y con el coronel Juan Filomeno Velazco,6 quienes se habrían mostrado de acuerdo con la propuesta. A los pocos días se habrían reunido Montes, De la Vega, Velazco, Mercante y Perón en la casa de este último. Allí se habría coincidido en “la urgente necesidad de unir al ejército bajo un mismo ideal” y se habría definido que en la reunión siguiente se presentarían las bases de la organización. A la semana siguiente, todavía en febrero de 1943, en ese encuentro se habría dado lectura a un esbozo de documento fundacional que habría sido presentado por Perón.
Según indica Fermín Chávez (apud Perón, 1998: 15-16), Perón tuvo en mente –con bastante anterioridad a 1943– la idea de formar un grupo secreto de conducción política para el Ejército, destinado a gravitar en la vida política nacional. El mismo autor señala que el GOU se empezó a formar a fines de 1942, coincidiendo en este punto con la versión dada por Mercante.
Por su parte, José María Rosa (1980a: 312-313) asevera que el GOU quedó organizado en marzo de 1943, pero aclara que tuvo su origen en el grupo de tenientes coroneles (los oficiales unidos) que, en octubre de 1941, hizo el planteo a Castillo; impuso y mantuvo la neutralidad y dio veinte meses de apoyo militar al gobierno. De la conjunción de la vocación política del grupo de tenientes coroneles que habían efectuado el planteo de 1941 y el trabajo conjunto de Perón y Mercante surgió el GOU.
Los tenientes coroneles de 1941 y el GOU. En este punto se hará una breve digresión, y en atención a lo aseverado precedentemente, es dable que se suscite un interrogante: ¿qué relación hubo entre el planteo de los tenientes coroneles de 1941 y el GOU? Además de la fuerte continuidad en cuanto a la vocación de intervenir en política que se evidenció entre el grupo de los tenientes coroneles de 1941 y el GOU, también hay más pruebas. Se expondrá aquí, sucintamente, el papel que ocuparon durante la revolución de 1943 los principales protagonistas del planteo de octubre de 1941.
Joaquín Saurí, uno de los dos tenientes coroneles que llevaron, personalmente, el planteo de octubre de 1941, llegó a ser subsecretario de Obras Públicas y secretario de Industria y Comercio, y participó del Consejo Nacional de Posguerra durante el gobierno revolucionario. Fue ascendido a general durante la primera presidencia del general Perón.
Gregorio Tauber, el otro de los portadores del planteo, llegó –ya ascendido a coronel– a ser secretario de la Presidencia de Farrell, en momentos en que el viejo GOU se alzó con el mando del gobierno revolucionario, en los primeros meses de 1944.
Franklin Lucero, otro de los más importantes protagonistas del planteo de octubre de 1941, se encontraba en Chile al momento de la revolución de 1943. Ese mismo año fue ascendido a coronel y volvió al país a cumplir funciones para el gobierno revolucionario. Fue designado en reemplazo de Perón como jefe de la Secretaría del Ministerio de Guerra, en septiembre de 1944 (Bosoer, 2017: 110).
Manuel Savio, quien habría presidido algunas de las reuniones preparatorias en 1941, fue nombrado primer director general de Fabricaciones Militares –organismo del que fue su inspirador y creador– en forma contemporánea al planteo de los tenientes coroneles.7 Al otro año fue el impulsor de la primera acería argentina. Su relación con el GOU no fue particularmente buena (Piñeiro Iñíguez, 2013: 224), sin perjuicio de lo cual su magnífica tarea en favor del desarrollo nacional se respetó y fue apoyada durante todo el gobierno revolucionario y en la primera presidencia peronista, hasta su fallecimiento.
Aristóbulo Mittelbach, quien también había participado de las reuniones de Campo de Mayo previas al planteo de 1941, aparecía en julio de 1943 como miembro del GOU.
Indalecio Sosa, también participante en alguna de esas reuniones, fue uno de los jefes revolucionarios que marchó hacia Buenos Aires el 4 de junio de 1943.
2. Creación del GOU
El 10 de marzo de 1943 en el hotel Conte de la ciudad de Buenos Aires se reunió un grupo de oficiales. Allí definieron la conformación de la organización con doce miembros.8 Asimismo, establecieron sus “Bases” y el Reglamento Interno.
“Bases”: el documento fundacional del GOU (mediados de marzo de 1943)
Todavía se debate quién pudo haber sido el autor del trascendental escrito, titulado “Bases”.9 Mercante, como se ha visto, indicó que fue Perón. Parece que así ha sido. El constante llamado a la unidad y algunos otros aspectos del documento nos hacen recordar –mucho– a la prédica que caracterizará al futuro creador de la doctrina justicialista a lo largo de toda su vida pública. Robert Potash (1984: 21) insinúa que “muy probablemente” haya sido él. Asimismo, apunta que este documento fue adoptado por los miembros en febrero de 1943 o a principios de marzo.
Objeto. La finalidad principal era la unidad. Todo el documento giraba en torno al afán de lograr la unidad. De ahí el nombre, Obra de Unificación. La Obra de Unificación buscaba unir –espiritual y materialmente– a los jefes y oficiales activos (combatientes) del Ejército. Se entendía que en esa unión residía la cohesión y de ella debía surgir la “unidad de acción”. También procuraba que este proyecto sea un todo animado de una sola doctrina10 y con una sola voluntad, para defender el Ejército. Nuevamente se pone énfasis en el tema de la unidad. La Obra tenía la misión de vigilar y aconsejar al soldado en valores éticos y morales y en una profunda defensa del bien y del prestigio de la institución militar.
Peligros. En el documento se alertaba sobre diferentes peligros y se prevenía sobre el mal estado del frente interno; se hablaba de “plena descomposición”. Entre los peligros se mencionaban dos: Estados Unidos y el comunismo.
Al Ejército le correspondía realizar las dos tareas fundamentales para preparar la defensa exterior e interior:
1 Unir espiritualmente a los cuadros militares para hacer frente a los acontecimientos con hombres decididos y resueltos ante un minado frente interno.
2 Defender al Ejército contra sus enemigos internos y externos. A tal fin es necesario contar con una información seria que prepare una oportuna acción para neutralizar o suprimir a esos enemigos.
Plan de acción. En el “Plan de acción” se señalaba que la Obra de Unificación sería realizada por todos sus integrantes, utilizando un sistema de difusión. Para ello existiría el escalón inicial, el llamado GOU (Grupo Organizador y Unificador, tal fue el primer nombre que tuvo la organización). Luego modificaría su nombre, pero no sus siglas.
Se explicaba que el GOU: a) no tendría jefe; b) constituiría un cuerpo colegiado; c) tendría agentes de unión e información; d) desarrollaría acciones anónimas para bien del Ejército; e) cada miembro debía enrolar a otros camaradas, y f) se prohibía la intervención de personal no militar.
Situación nacional. Alertaba sobre la concentración y unificación de las fuerzas contrarias al interés nacional y, como contraparte, la dispersión y la división de las fuerzas de orden y patrióticas. Esto podría llevar a diferentes situaciones peligrosas en las elecciones próximas:
1 Triunfo de las tendencias actuales y reafirmación de la orientación actual en política internacional (neutralidad).
2 Triunfo de las tendencias actuales pero con el cambio de la actual política internacional (fin de la neutralidad).
3 Triunfo del llamado “frente popular”, disfrazado como “Unión Democrática”.
El GOU siempre estaba atento al peligro del comunismo. Fermín Chávez recordaba que “la estrategia de los frentes populares había sido trazado poco antes por la máxima conducción de la URSS” (apud Perón, 1998: 15). En lo que respecta al orden político interno, trazaba como objetivo evitar la llegada de las fuerzas comunistas al poder, para evitar la guerra civil.
Situación en el Ejército. Se describía una preocupante dispersión espiritual entre la oficialidad del Ejército y era preciso reparar esto. Era preciso unificar. Se pretendía unir (otra vez la unidad como meta a conseguir) a todos los oficiales que anhelasen salvar al Ejército. A tal fin, se reiteraba la idea de inculcar una única doctrina y animar al cuerpo con una absoluta unidad de acción. Asimismo, se indicaba que se debía convencer al indeciso y enrolar al decidido. El objetivo era extender la doctrina del GOU por todo el Ejército, que –a pesar de su prescindencia política– debía estar preparado para actuar.
Orden político internacional. Se reivindicaba la política de neutralidad que estaba llevando adelante el gobierno de Castillo ante el conflicto bélico.
Militares y política. Buscaban ratificar el control del Ejército a través del ministro de Guerra. Esta área será fundamental para el GOU durante toda la existencia de la organización.11 Obtener el mando efectivo en unidades de tropas era planteado como objetivo.
En el documento también se aconsejaba que los militares conocieran los designios de los políticos, pues con sus actividades ponían en peligro la existencia misma del Estado y del Ejército. Debido a ello, existía la necesidad de conocer con profundidad los asuntos políticos y, además, era indispensable que los militares estuvieran preparados para evitar a tiempo las graves perturbaciones que pudieran ocasionarse. De haber entendido la política, los militares podrían haber actuado correctamente ante el “peligro rojo”. Los ejemplos que se señalaban eran dos: Rusia y España. A tal fin, era fundamental la concepción de un Ejército guiado por un solo ideal, compenetrados de una doctrina única, resueltos a obrar con la mayor unidad de acción y dispuestos a imponer el orden desde el momento en que se preveía su alteración. Se llegaba a vislumbrar la posibilidad de intervenir en los asuntos políticos: el GOU ya estaba planificando la revolución.
Organización y funcionamiento. La organización12 era dividida del siguiente modo:
1 Un registro de enrolados.
2 Una sección de directivas y noticias (encargada de ofrecer la orientación a los camaradas y contrarrestar la contrapropaganda y las falsas noticias).
3 Una central de informes (con la misión de recibir, compilar, depurar y clasificar la información). Sobre el particular, Fermín Chávez (apud Perón, 1998: 16) apuntaba que una de las tareas de inteligencia de los dirigentes del GOU era calificar política e ideológicamente a los oficiales. Se elaboraron listados en los que se distinguían diferentes categorías: “decididos”,13 “dudosos”, “hablados dudosos”, “se negaron”, “no hablados”, “cadena Geniol”14 y “cipayos”.
4 Un agente de informes como nexo del grupo y el servicio de informaciones.
5 Un agente de unión como nexo con el ministro de Guerra.
6 Un coordinador encargado de las actividades del grupo.
Funcionamiento y enrolamiento. Se detallaba el funcionamiento del registro de enrolados, la central de informes y la sección de directivas y noticias. Además, se estipulaban pautas para llevar adelante el enrolamiento. A la hora de enrolar el miembro debía hacer lo siguiente:
1 Informar finalidad, doctrina y forma de actuar de la Obra de Unificación al posible enrolado.
2 Reflexionar y analizar los actos del candidato para no caer en errores.
3 Hacerle saber a cada posible enrolado que, al sumarlo a la organización, no se buscaba anular su personalidad ni ligarlo a compromisos anticipados.
4 Informarle al candidato que debería proceder en defensa del Ejército y con honor en todas las ocasiones.
5 La tarea de enrolamiento podía ser conocida en el Ejército, pero no fuera de la institución.
6 Cada nuevo enrolado debía saber que la pertenencia al GOU implicaba servir a la causa y defender al Ejército.
Obligaciones de los miembros. En este punto se enunciaban las obligaciones de los miembros:
1 Defensa del Ejército: procedimiento enérgico contra cualquier ataque al prestigio de la institución, unión de los militares, comunidad de ideas, unidad de procedimientos.15
2 Defensa del servicio: el servicio era asimilado a un apostolado. Se prestaba particular interés a la formación moral.
3 Defensa del mando: se procuraba la defensa de los jefes.
4 Defensa de los cuadros: se comparaba al Ejército con una familia y se indicaba que el honor de un militar estaba ligado al cuerpo. En ese punto aparecía una frase que ineludiblemente hace pensar en Perón: “Para un militar no debe haber nada mejor que otro militar”.16
5 Defensa contra la política: se repetían críticas a la dirigencia política.
6 Defensa contra el comunismo: había preocupación por este asunto.
Reglamento Interno (mediados de marzo 1943). Junto con las “Bases”, se promulgó el Reglamento Interno que era la norma de funcionamiento de la organización.17 Se establecía que la organización debía contar con entre diez y diecinueve miembros y que solo podían ser miembros los jefes y oficiales superiores en actividad.
Los diecinueve miembros fundadores18 fueron:
Dos coroneles: Juan Domingo Perón y Agustín Emilio Ramírez.
Once tenientes coroneles: Domingo Alfredo Mercante, Severo Honorio Eizaguirre, Juan Carlos Montes, Julio Alberto Lagos, Agustín Héctor de la Vega, Arturo Ángel Saavedra, Bernardo Ricardo Guillenteguy, Héctor Julio Ladvocat, Bernardo Dámaso Menéndez, Urbano de la Vega Aguirre y Enrique Pedro Agustín González.
Cuatro mayores: Raúl Osvaldo Pizales, León Justo Bengoa, Mario Emilio Villagrán y Fernando González Britos.
Un capitán: Francisco Filippi.
Un teniente primero: Eduardo Bernabé Arias Duval.
Se prescribía que cada uno de los integrantes del GOU poseería dos cualidades: como camaradas debían enrolar a otros miembros y, además, participar activamente del organismo directivo.
Las funciones del organismo directivo estaban asignadas del siguiente modo:
Registro de enrolados: cinco miembros (dos tenientes coroneles, Mercante y Eizaguirre; dos mayores, Pizales y Bengoa, y un capitán, Filippi).19
Sección de directivas y noticias: cinco miembros20 (dos teniente coroneles, Montes y Lago; dos mayores, Villagrán y González, y un teniente primero, Arias Duval).
Central de informes: cinco miembros (todos tenientes coroneles, Agustín de la Vega, Saavedra, Guillenteguy, Ladvocat y Menéndez).
Agente de informes: un miembro (teniente coronel Urbano de la Vega).
Agente de unión: un miembro (teniente coronel Enrique González).
Coordinación: dos miembros21 (ambos coroneles, Perón y Ramírez).
La principal finalidad del GOU era la unidad. No existía jefe ni director (aunque sí existía un “organismo directivo”), sino dos coordinadores, que debían promover la unión y tenían el rol principal en la organización. Por ello, no es extraño que los dos miembros de mayor rango –los coroneles22 Perón y Ramírez– hayan sido elegidos para ocupar esos cargos. Los coordinadores tenían “por misión vivir las actividades de conjunto del GOU para asegurar la coordinación del organismo y la colaboración de las distintas secciones”.
De lo anterior se desprende que, a pesar de no tener jefe, en el GOU había tareas más relevantes que otras. Los coordinadores eran, de hecho, las máximas autoridades de la organización.23 Potash (1984: 22) marca que el puesto de coordinador tenía una “jerarquía especial”. Luego, le seguía el agente de unión –que unía al GOU con el Ministerio de Guerra– y el agente de informes, que lo ligaba con la central de informaciones, que lo seguía en orden de importancia. Por último, estaban la sección de directivas y noticias y el registro de enrolados.
En el reglamento se definían prescripciones generales que repetían conceptos de las “Bases” (unir a los oficiales, extender la doctrina a todo el Ejército y salvar a la institución). Asimismo, establecía que la organización “[p]repara la acción con absoluta unidad y en ese concepto trabaja para coordinar y unificar maneras de ver que permitan llegar a una sola manera de apreciar, de resolver y de obrar. Propulsa la camaradería como elemento de cohesión espiritual de los cuadros, destinada a hacer indestructible la unión”.24
La Obra de Unificación buscaba poner al Ejército en situación de apresto para afrontar cualquier situación que pudiera presentarse. En particular, para defender a la institución y los peligros internos y externos que amenazaban a la patria. Se otorgaba un lugar importante al tema de la información.25
3. Noticias: la propaganda del GOU
El GOU repartía, entre sus miembros, boletines o noticias. Tenían una doble finalidad: propaganda entre la oficialidad militar y medio de información para los miembros enrolados. En los inicios de la organización se prepararon cuatro números que trataron los siguientes temas:
Contra la masonería y el Rotary Club: N.º 1 (principios-mediados de marzo de 1943)
Este número26 habría sido preparado a principios de marzo de 1943 (Rosa, 1980a: 313). Potash (1984: 99) solo apunta que fue preparado con anterioridad a junio de 1943.27 En este ejemplar inicial, se alertaba sobre las organizaciones secretas que pretendían infiltrarse en las Fuerzas Armadas, pero también se planteaba la posibilidad de hacer contraespionaje en ese tipo de sectas. Entre ellas, la más peligrosa era la masonería.28 El GOU explicitaba su oposición a esta agrupación secreta, a quien consideraba contraria al Estado y al Ejército argentinos29 y al papado romano.
Se definía a la masonería como anticatólica y antiargentina. Por ello, ser masón era ser antiargentino y traicionar al Ejército. Ser católico era asimilado a ser argentino. También se alertaba sobre las actividades del Rotary Club.30 Se observaba una afrenta grave al honor de un soldado ser masón o rotariano.31 Fermín Chávez (1975: 197 ss.) remarca que este primer número poseía un contenido doctrinario de neto enfoque nacionalista.
El peligro comunista: N.º 2 (mediados-fines de marzo de 1943)
En este ejemplar se hacía un análisis de la situación política interna y de la situación en el Ejército (Potash, 1984: 104-106). Se ponía especial énfasis en la alarmante situación de corrupción social y en los peligros que podrían llegar a disolver la nacionalidad. El frente popular como expresión de elementos comunizantes era evaluado como uno de los máximos peligros. Ante tal amenaza, el Ejército debería cortar de raíz ese mal. También se celebraban las ganas de participar en el GOU que mostraban la mayoría de los jefes y oficiales del Ejército y se promovía la unión espiritual entre ellos.
Nuevamente –como en el primer número– se hacía evidente la influencia del pensamiento católico. El rechazo a la masonería y la alerta sobre el “peligro comunista” eran posiciones permanentes de la Iglesia católica, expresadas en diferentes encíclicas, como se ha examinado en el primer capítulo.
El caso boliviano: N.º 3 (principios-mediados de abril de 1943)
Estuvo dedicado al caso boliviano. Se hacía referencia a la “reciente gira” del vicepresidente de Estados Unidos Henry Wallace a Bolivia, ocurrida entre fines de marzo y principios de abril de 1943. Debido a ello, es dable fechar este boletín a principios-mediados de abril (Potash, 1984: 107-109).
El gobierno boliviano había declarado, a instancias de la influencia norteamericana, la guerra a los países del Eje en aquellos días. Al respecto, en el nuevo ejemplar se hacía un profundo análisis geopolítico derivado de este acontecimiento. Por su parte, se sospechaba que había sido una respuesta a la política de neutralidad argentina y se pensaba en contrarrestarla. Para que eso fuera posible era necesario recomponer el frente interno que se encontraba en pleno proceso de descomposición. Para reparar la situación interna se hacía necesaria la intervención del Ejército, que debía ponerle límites a la “mala política”. También le correspondía alentar una buena política internacional, que debía ser conducida de acuerdo con los intereses argentinos. Se la resumía en un lema:
La Argentina debe ser para los argentinos y, en ese concepto, en política internacional la conduciremos como a los argentinos nos convenga y no como a los intereses extranjeros se les ocurra.
Los valores morales del Ejército: N.º 4 (mediados-fines de abril de 1943)
En la cuarta edición del boletín se impulsaba tonificar el alma colectiva del Ejército Argentino a través de dos caminos: 1) elevar el alma de cada oficial, y 2) unirse alrededor de una bandera hasta hacerse una sola alma (Potash, 1984: 110-111).
Se reivindicaban los valores morales sobre los materiales, se valoraban las conductas abnegadas y se despreciaba el egoísmo. Asimismo, se señalaba que la obra seguiría adelante “porque es una obra de bien y porque sus efectos sobrevivirán a todos nosotros”.32
4. Informes de situación del GOU
La neutralidad: la situación internacional argentina (principios de mayo de 1943)
Potash (1984: 187) considera que “es muy probable” que este documento33 –de carácter estrictamente confidencial y secreto– haya sido escrito por Perón, quien solía ser el encargado de desarrollar los estados de situación externa.34 No está fechado pero el mismo Potash supone que fue elaborado a principios de mayo de 1943, debido a que se hace referencia a la visita que estaba realizando en esos momentos el presidente de Bolivia, Enrique Peñaranda, a Washington.
En el escrito se analizaban las clases de factores que influían sobre la situación internacional argentina. Se los dividía en: 1) permanentes (la guerra mundial que se estaba llevando a cabo) y 2) accidentales (vinculados con el desarrollo de la misma guerra). El factor permanente no era tratado debido a que, al estar dirigido a militares y al estar estos interiorizados en estas cuestiones, no valía la pena hacerlo. Sobre los factores accidentales se enunciaban una serie de consideraciones:
1 La Argentina se abstenía de intervenir en la guerra, que era denominada como “conflicto armado extracontinental”.
2 Los vecinos de la Argentina querían romper la abstención del país.
3 El vecino más poderoso (Estados Unidos) presionaba a la Argentina para que rompiera la abstención y también obligaba a los otros vecinos para que lo acompañasen en esa tarea.
4 La abstención (neutralidad) argentina se basaba en la tradición histórica, en el respeto a su soberanía, en la conciencia propia de saberse un “gran país en potencia” y su anhelo de ser rector de su propio destino. Todo ello afectaba los intereses de Estados Unidos.
5 Se ratificaba que la posición argentina afectaba a las “plutocracias”.
6 Los vecinos de la Argentina advertían sobre el peligro del triunfo del Eje en la guerra.
Luego de esta enumeración, en el documento se expedía una fórmula que rezaba que la neutralidad argentina era producto de su posición geográfica y de las riquezas de su suelo que le otorgaban un margen de independencia mayor para llevarla adelante.
También se indagaba sobre los factores externos. Al respecto, se explicaba que en el continente americano había países que habían roto relaciones con el eje Berlín-Roma-Tokio y que había otros que hasta le habían declarado la guerra. En ambos casos –se indicaba en el documento– esas posiciones habían sido tomadas con la intención de ser parte de un hipotético reparto que podría darse en el caso de producirse una victoria de las potencias aliadas.
Por otro lado, se denunciaba que Estados Unidos estaba estimulando conflictos entre los diversos países de Sudamérica. En particular, se hacían análisis de los movimientos geopolíticos de estos países. Por último, se revisaban algunos aspectos de las relaciones bilaterales entre la Argentina con Chile primero y con Paraguay, después.
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