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El aire de los libros
Cristóbal Serra
El aire de los libros

Edición e introducción de
Nadal Suau

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito Lorenzo
Diseño: Armero Ediciones
Cuidado de la edición: Antonia Castaño
© Herederos de Cristóbal Serra, 2019
© De esta edición, Fundación Banco Santander, 2019
© De la introducción, Nadal Suau, 2019
ISBN: 978-84-17264-13-0
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
Nadal Suau
Un aire leve
Figura excéntrica de la literatura española en la segunda mitad del siglo xx, investido de una creciente aureola de autor de culto, pero sin encontrar un acomodo firme en el canon cultural coetáneo, la supuesta rareza de Cristóbal Serra (Palma, 1922-2012) y el calificativo de «ermitaño» que le dedicó una vez Octavio Paz han contribuido a distorsionar la recepción y lectura de su obra. Admitamos que era fácil que ocurriera: ni las influencias que operan sobre Serra, ni su propuesta estética, ni mucho menos los caminos indirectos por los que aborda la realidad tienen, en su generación, más representante que él mismo. Podría mencionarse cierta familiaridad personal y literaria con Carlos Edmundo de Ory o José Jiménez Lozano; también cabría incluirlo en la lista de «contra(post)modernos» que propuso Fernando R. de la Flor hace unos años, integrada tentativamente por Miguel Espinosa, Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda[1]. Sin embargo, ninguna de estas operaciones clasificatorias ejecutadas con escuadra y cartabón se acomodan de verdad al autor que nos ocupa, defensor de la brevedad, antimoderno y rebelde, místico de la pirueta, epígono y precursor, siempre muy anciano y muy niño. Cristóbal Serra abrió una vereda literaria única y luminosa, pero también secreta, que exige lectores cómplices y se resiste a la imitación o al etiquetado.
Para leer a Cristóbal Serra
Empecemos por ese juicio famoso de Paz, acaso lanzado a boleo tras conocerse brevemente en la Palma de 1961: ¿fue Serra un ermitaño? Solo en un sentido restringido, el relativo a su modo de vida. Isleño rematado, el escritor apenas salió de Mallorca en su vida adulta. Hijo de la burguesía palmesana, niño feliz, adolescente solitario a causa de una temprana tuberculosis, luego estudiante de Derecho en Madrid y Barcelona (más tarde aún, estudiando a distancia, añadiría a su formación académica el título de Filosofía y Letras por la Universidad de Valencia), por último ciudadano sedentario que se ganó la vida dando clases sin plaza fija mientras iba adoptando las trazas de un personaje local: el sabio disparatado. Una vida velada que resguardaba el misterio de un amor prolongado en el tiempo y sin matrimonio, el que compartió con la bibliotecaria Joaquina Juncà.
Y aun así, ¿ermitaño? El problema de ese calificativo sería olvidar que, más allá del perfil biográfico y de las apariencias, los libros de Serra dialogan sin descanso con la realidad contemporánea. Leyéndolos, sería un error caer en la tentación de identificar su contenido con la mera erudición libresca o el eco de fórmulas de vanguardia que ya habían cerrado su ciclo histórico cuando son escritos: por ejemplo, el expresionismo o el existencialismo para Péndulo, el dadaísmo para Viaje a Cotiledonia, etc. La naturaleza «menor» e intempestiva de su escritura, así como el clarísimo aunque heterodoxo trasfondo cristiano de su mirada, sitúan a Serra en los márgenes pero no en el museo ni en un estrecho cubículo académico: muy al contrario, esa heterodoxia revela una vivencia honesta de la búsqueda trascendente que le llevó a interpretar la tradición con una libertad radicalmente ajena a lo institucional. La clave se encuentra en un concepto esencial para él: la imaginación, único instrumento que permite al hombre tomar conciencia de su ego y superarlo en un mismo movimiento. Es en este sentido en el que el autor hermana la experiencia religiosa con la poética y lee los textos cristianos que lo han precedido. Su lectura responde a una imaginación crítica que no plantea un ataque frontal al dogma, pero que indirectamente lo supera e inhabilita porque recela de él: lo dogmático, lo racional o lo canónico son para Serra formas que adopta el poder. Su libertad imaginativa, el anacronismo de algunas de sus posturas, implican una negación del discurso imperante y revelan un rechazo, una negativa radical.
El libro que tenemos entre manos recoge una serie de textos en torno a títulos y autores que interesaban a Serra, de modo que resulta fundamental dejar algo claro: cada lectura, cada cita, deben interpretarse también como una confesión personal. Tal vez nunca fue más autor Cristóbal Serra que cuando asumió los papeles de antólogo (de Juan Larrea o del humor negro español), traductor (Butler, Swift, Lao-Tse…) o comentarista. Por eso, leer El aire de los libros como obra erudita sería leerlo a medias y hasta malinterpretarlo, porque Serra está perfectamente dispuesto a traicionar la erudición si ello le permite ser más justo con la verdad imaginativa. Sus aproximaciones a la historia de la literatura no siempre resistirían el escrutinio científico de un especialista; en cambio, gozan siempre del beneficio de lo insólito y revelan las tensiones, contradicciones e iluminaciones de un espíritu vivo, generoso.
La contradicción es, precisamente, uno de los rasgos más modernos de Serra. Hablo de contradicciones constantes que convivirán siempre en él, en sus libros y en su vida: racionalidad e irracionalidad, ego y trascendencia, confesión y ocultación, reaccionarismo y rebeldía, materia y espíritu, modernidad y antimodernidad… Entre ellas, quizás la más trágica sea la que define el sentido profético de su escritura. Serra sabía que el profeta es un denunciador de los males de su propia época, no un adivino ni un castigador; por eso llegó a sentirse él mismo profeta, solo que en voz baja, sin estruendo. Es como si en algún momento se hubiera identificado con William Blake, a quien tradujo y estudió por extenso, reconociéndose en su furor contra la civilización dineraria que, a juicio de ambos, define el mundo capitalista. Pero esta identificación era tan sutil como fallida, y él lo sabía. Sabía que su intensidad y su energía no eran las del incontenible poeta inglés. Y entonces, en un segundo paso, volvía la mirada sobre el personaje de Jonás, en cuya debilidad sí podía reconocerse por completo. Jonás, ese payaso triste, escogido a su pesar, del que se burló la ciudad de Nínive, y al que Serra dedicó todo un libro narrativo, La noche oscura de Jonás. Su incapacidad de convertir el furor en un látigo que atemorice al mundo y la conciencia de ser llamado a un destino que al mismo tiempo le provoca miedo lo emparentaban, o así lo experimentó él, con este profeta desafortunado. Pero hay algo que distancia a Serra de Jonás, y es que el personaje bíblico acababa mostrándose partidario de la ortodoxia y del castigo inmisericorde, mientras que Serra siempre sonrió y siguió jugando (metafóricamente) a la orilla del mar. En todo caso, para definir el núcleo de la filosofía serriana, tal vez solo tengamos que sumar la doble visión blakeana, la tragicomedia de Jonás y la ignorancia espiritual del taoísmo: en ese cruce se asienta nuestro escritor.
Y desde ese cruce, resulta de lo más natural que Serra se lance a rebatir las lecturas racionales y progresistas (entendido este segundo término como sinónimo de un proceso de mejora técnica constante) de la historia. Serra lee el libro del Apocalipsis para introducir un juicio corrector a la idea de progreso: por eso su Itinerario del Apocalipsis, una lectura sistemática del último libro bíblico a la sombra de Larrea, se esforzaba en reivindicar el milenarismo literal del texto. Para Serra, la historia no puede ser leída como ascenso, sino como caída, aunque la llegada de un tiempo nuevo cumplirá (algún día) una función regeneradora; la historia no es un relato optimista, sino la consecuencia de la presencia opresiva de la razón y lo institucional en la vida del hombre. He aquí una mirada, de nuevo, afín al acento profético, que interpreta las advertencias del Apocalipsis, sobre todo, como denuncia. Frente a ello, el autor opone, por un lado, una alternativa de fuerte enraizamiento en el espíritu mediterráneo, una «filosofía salobre» que reivindica la conciencia del límite del individuo, y que guarda un poderoso parecido con la «filosofía del mediodía» de otro escritor mediterráneo, Albert Camus. Por lo demás, todas las influencias que registra la literatura de Serra, hasta las más exóticas (y a veces lo son mucho, como podrá comprobarse en las páginas siguientes), acaban respondiendo siempre a una inquietud constante que persigue contraponer la imaginación a las formas modernas de entender la razón.
Quisiera recuperar ahora una idea que ya he mencionado brevemente: la condición trágica de la literatura serriana, y también del individuo que fue Serra. Ignacio Soldevila, uno de los críticos que mejor supo leer al autor, escribió lo siguiente acerca de su (después superada) obra completa publicada en 1996:
A lo largo de su obra, ahora reunida bajo el título bastante ajustado de Ars Quimérica, Serra se revela como un pertinaz combatiente contra su ángel, un combate ambiguo con un genio no menos ambiguo, y que tiene como escenario un vasto mundo cuyos límites están circunscritos por el tremendo y atosigante báratro del «más allá», cuya presencia y arcano imprime a todos los rounds de ese combate con el ángel un regusto angustioso que su agonista suele aliviar bajo las máscaras del payaso inquietante —el ambiguo arlequín—, del filósofo en zapatillas o del sabio creador de la enciclopedia asnológica.[2]
Soldevila establece un obvio paralelismo con el Ángel de Jacob, pero quien dice «combate contra su ángel» está hablando, en el fondo, de una escisión espiritual, y de ahí vamos a parar necesariamente a la idea de tragedia: en efecto, hay una dimensión trágica en la obra de Serra. El combate serriano pivota sobre dos conceptos diferentes: la rebeldía y el sentimiento de culpabilidad. Esto convierte el de Cristóbal Serra en un universo perfectamente insertado en las grandes coordenadas del tiempo que le tocó vivir, y es debido a ello, por ejemplo, que su Péndulo ha podido hermanarse con la obra de Kafka, de valor casi icónico a la hora de hablar del siglo xx. Y no olvidemos algo esencial: la rebeldía conlleva la denuncia de la propia época, que es el rasgo fundamental, once again, del profetismo.
Por todo ello, querría que mis palabras preliminares a los textos que presentamos aquí sirvieran para situar la obra de Serra en un espacio que nos apela a todos. Es decir: ¿cabe interpretar a Serra como un autor imbricado en su propio tiempo y rescatable para los tiempos futuros, o bien estamos ante un fruto tardío de ideas religiosas y literarias periclitadas, más o menos exótico o atractivo, pero en definitiva extemporáneo? Innegablemente, hay aspectos de la escritura de Cristóbal Serra que nos podrían hablar de un escritor epigonal. Lo es, por ejemplo, respecto de la tradición antimoderna a la que pertenece. Lo es también respecto de las vanguardias que más le interesaron. Visto así, cabría el derecho a considerarlo como un bello eco de interés local y poco más. Nada más equivocado. Hay demasiados injertos, y demasiado sorprendentes, en su obra, gobernados por una mirada y un dolor genuinos e inalienables. Si bien se mira, su propuesta literaria es bastante menos epigonal que precursora, menos agotada que pendiente de explorar en este «próximo milenio» ya estrenado para el que Italo Calvino se atrevió a vaticinar algunas constantes poéticas que, miren por dónde, quedan reflejadas punto por punto en el estilo serriano. Como si hubiera llegado demasiado tarde y demasiado pronto, «intempestif et inactuel», como dice Compagnon que son los antimodernos[3]. Recluido en la ambigüedad que gana la risa cuando se imbrica con la filosofía, arquitecto gozoso de una tradición literaria propia y heterodoxa, Cristóbal Serra trabajó siempre sintiéndose impulsado por algún arcano extraño. Su legado, hecho de poesía lúdica, de tragedia silenciosa y de inteligencia lectora, perdurará.
Para leer El aire de los libros
Cuando Cristóbal Serra falleció en 2012, pocos días antes de cumplir noventa años, dejaba en su piso (verdadero gabinete alquímico) un baúl que contenía, entre otras cosas, un número significativo de documentos manuscritos. Muchos de ellos eran versiones y copias de artículos publicados, antologías improvisadas de fragmentos de su propia obra o notas profusas acerca de libros que le habían interesado. También había algunos documentos inéditos congruentes: el más importante, escrito a mano con caligrafía limpia en cuatro cuadernos de anillas y tamaño folio, llevaba por título El aire de los libros. Continuación tardía de Biblioteca parva y El canon privado, se trata del último libro que Serra dejó finalizado, hasta el punto de que el original presenta algunas indicaciones de mera cortesía para quien tuviera que pasar el texto a formato digital. Es imposible datarlo con absoluta precisión, pero sin ninguna duda podemos situar su concepción y escritura entre 2007 y 2012. Como en los otros dos títulos que he citado, aquí Serra repasa algunos libros de su biblioteca, sometiéndolos no tanto a un ejercicio crítico como a un comentario personal. La selección es de lo más heterodoxa y sorprendente. Este hallazgo fue el origen del volumen que el lector tiene en las manos, le da título y constituye su primera sección.
El aire de los libros es un ejemplo perfecto del estilo tardío de Serra, cuya prosa evolucionó con el paso de las décadas hacia formas cada vez menos plásticas y más reflexivas, tal vez más enraizadas formalmente en su aprecio por los clásicos españoles. Los temas son los mismos de siempre, porque en este sentido toda su obra es perfectamente coherente, pero algunas presencias delatan esa forma desprendida de libertad que se alcanza a veces en la ancianidad: H. G. Wells o Charles Dickens son concesiones al género novelístico impensables en sus textos de juventud. Otros pasajes presentan aristas más controvertidas: en este sentido, vale la pena detenerse en la relación compleja que el pensamiento serriano mantiene con la cultura judía. Como el lector atento advertirá, nuestro autor vuelve constantemente a esta cuestión, y a veces se deslizan en su discurso matices que no sería difícil considerar antisemitas. Sin ánimo de obviar la cuestión, sí querría situarla en un mapa cultural e identitario más complejo, puesto que no es menos cierto que otras muchas veces (en El aire de los libros, como en toda su obra) descubrimos a un Serra cautivado por lo judío y, lo que es más definitivo, que se sabe deudor de esa tradición: solo por poner dos ejemplos externos a estas páginas, hablamos de un autor que confesó en muchas ocasiones su devoción por el teatro yidis o por la sabiduría contenida en el Zohar. En definitiva: el autor siempre consideró como propios los dos constituyentes del término «judeocristiano». Así las cosas, los aspectos más conflictivos de su lectura de lo judío entroncan, muy librescamente, con su forma de abordar la Biblia[4] y la figura de Jesús. Quien lea su biografía de Cristo, La flecha elegida, encontrará una interpretación del relato en la que el protagonista encarna la rebeldía y los fariseos la Ley, el poder establecido: esta no es sino otra construcción simbólica para manifestar de forma literaria su propia experiencia vital, una construcción abstracta que nace en la lectura y vuelve a la lectura, sin conexión tangible con un antisemitismo político de efectos reales o enraizado en la historia coetánea.
Además de El aire de los libros, esta antología recupera otros textos serrianos que están en sintonía con las páginas inéditas. La obra de nuestro autor es hoy casi inencontrable, un número disperso de libros que a menudo ni siquiera son localizables en librerías de viejo; aún así, consideramos que algunos títulos tuvieron en su momento más repercusión que otros, de modo que por regla general hemos pretendido recoger ensayos que complementen o enriquezcan su bibliografía existente en vez de reiterarla.
La sección segunda recupera tres aproximaciones a Ramon Llull. La primera de ellas, «Otros aspectos de Raimundo Lulio», se publicó en la revista Papeles de Son Armadans en 1971, y es el ensayo más extenso que Serra dedicó jamás a un autor, si exceptuamos su Pequeño diccionario de William Blake. Las otras dos son en gran medida deudoras del primero, hasta el punto de registrar algunas coincidencias textuales literales, pero introducen matices nuevos y permiten comprobar la coherencia de sus opiniones a lo largo del tiempo: «Contraluz de un homo barbatus» apareció en la revista Gala en 1992, y «Félix o la metáfora viva» fue escrito en 1998 con la finalidad de acompañar unas ilustraciones de Miquel Barceló, pero el proyecto nunca vio la luz y el texto permaneció inédito hasta su recuperación en el número homenaje a Serra de la revista especializada Estudis Baleàrics, en 2014.
La vinculación de Serra con la figura y la obra de Ramon Llull se ha prestado a cierta sobreinterpretación: siendo verdad que a Serra le interesaban mucho varias facetas del autor, hay amplios segmentos de su obra que le dejan indiferente o incluso lo fuerzan a una relativa beligerancia. Bucear en la mejor bibliografía luliana para cotejar la figura canónica que se va formando a través de ella, y luego comparar el resultado con el Llull serriano (y la expresión es exacta, porque hay mucho de apropiación en la lectura que hace un autor del otro), es una labor que arroja un resultado sorprendente: los parecidos son mínimos. O mejor dicho, las razones por las que se suele celebrar a Llull son a veces opuestas y a menudo divergentes a las que plantea Serra, que desprecia todos los aspectos racionales, sistemáticos y doctrinales de su antecesor y prefiere valorarlo casi en exclusiva como poeta capaz de establecer unas analogías bellísimas y cercanas al mejor surrealismo. El motor esencial de la obra luliana es para él la imaginación: contemplativa, visionaria… Ocultista.
La tercera sección, «Los cuadernos amarillos de…», se encabeza con el título de otra libreta encontrada en ese arquetípico baúl serriano, con el que Serra probablemente alude a la primera edición de Diario de signos, en 1980, que corrió a cargo del fugaz sello Aucadena y cuyo diseño imitaba el aspecto de un dietario de solapas amarillas. La libreta contiene tres ensayos inéditos, «La melancolía: laberinto de dudas«, «El ocultismo», y «El humor: vocablo madrepórico», fechado en enero de 2012, que presenta ligeras conexiones con un artículo publicado en Diario de Mallorca en 1971 («Bosquejo histórico del humor»). A propósito de «El ocultismo», que a fin de cuentas alude a una rama habitualmente desacreditada de la cultura occidental, hagamos algunas precisiones: la sugestión ocultista pudo conocerla Serra a través de su uso lúdico por parte de los expresionistas o de los surrealistas, pero él mismo afirmó más de una vez que los autores surrealistas le parecían, paradójicamente, demasiado racionales para entender la tradición oculta. Por eso, Serra conecta más bien con una tradición antigua que pasa por el Zohar, por la obra de Agrippa, por los textos de Böhme, y de allí a Baudelaire y su teoría de las correspondencias, hasta llegar al único surrealista cuya veta católica le facilitó sobrevivir en el canon personal de Serra, Max Jacob. Ese es también el linaje en el que cabe situar al Llull que emerge de la sección anterior de este libro. ¿Cómo entendía Serra la naturaleza del ocultismo? Él mismo lo explicaba, refiriéndose al convulso arranque del siglo xxi y al cientificismo que (en su opinión) lo caracteriza: «No veo otra salida que la resurrección del ocultismo, con su gran deseo de relaciones, correlaciones, analogías, harto conocidas por los simbolistas». Por desgracia, no puedo referir libro alguno en el que consultar esta última cita: iba a ser el cierre de sus memorias Tanteos crepusculares, pero, en algún punto del largo proceso de corrección del texto, Serra decidió podar esa contundente afirmación. Quede registrada aquí, como un minúsculo inédito más, y sobre todo, como la enésima declaración de fe en la imaginación que permite acceder al conocimiento.
El título de la sección cuarta, «Otros papeles», es un evidente y confieso que no muy imaginativo homenaje a la edición de Péndulo en Tusquets. Fechado en 2004, «Lectura de Pierre Jean Jouve» es un breve ensayo inédito, manuscrito en una libreta de anillas de la marca Guerrero. «Una imagen de William Blake» se publicó en El País, en 1981; «La literatura dadaísta» vio la luz en Diario de Mallorca en 1971, y «Antonio Espina» apareció por primera vez en el diario Baleares en 1986. Estas tres piezas habían sido recogidas ya en la antología La soledad esencial, de 1987, pero he querido rescatarlas para que nos permitan acceder a la mirada que el autor dedicaba, respectivamente, a su autor más querido, a la tradición de vanguardia que mayor simpatía despertaba en él y al encuentro siempre conflictivo de la literatura y las ideas con la historia concreta, corrosiva, cronológica.
Como se ve, Serra construyó a lo largo de toda su vida una tradición propia que no respondía a una vocación excéntrica ni perseguía ningún tipo de provocación; era la tradición que él necesitaba imperiosamente adjudicarse, y nada más. Hemos dicho ya que no debe confundirse lo erudito y referencial de sus obras con una literatura meramente libresca, e insistimos ahora: Serra se preguntaba sobre los libros que leía porque se preguntaba sobre su experiencia de la fe y su destino como autor. Y no hay nada más personal ni acuciante en su vida que esas dos preguntas; el amor y el miedo, que sin duda también lo condicionaron en gran medida, eran satélites de esas cuestiones centrales. Que de todo ello emerja un haz de referencias inusuales y tratadas con una libertad calificable de «heterodoxa», como suele hacerse incluso en este prólogo, es más consecuencia que causa.
Queda una última sección que cierra el libro, recogiendo un único documento: la lección magistral que Cristóbal Serra ofreció en el paraninfo de la Universitat de les Illes Balears en 2006 con motivo de su investidura como doctor honoris causa. Serra tenía ochenta y cuatro años, una edad que nos permite afirmar que el reconocimiento llegaba tardíamente. En el mismo momento en que escuché la disertación en la voz de su autor, tuve la certeza de que «En torno a la autoexpresión o elogio de la sencillez» constituía, más que un testamento literario, la última gran página de su obra. Creo que es uno de los momentos más hermosos de la escritura de Serra, y tiendo a pensar que, de algún modo, toda su literatura ha quedado enmarcada entre la «Autocrítica de Péndulo» que escribió en ١٩٧٥ y este discurso de cierre: al principio y al final de sus libros, pues, se sitúan dos textos autocríticos, autoanalíticos. El gesto supone una doble confesión: por un lado, señala la naturaleza profundamente personal de su literatura; por el otro, desvela la presencia rectora de un espíritu crítico, y por lo tanto racional, presidiendo una escritura que durante cincuenta y cinco años enarboló explícitamente el rechazo a la razón y la defensa de la imaginación. Pero ¿qué «razón» y qué «imaginación»? Cada línea escrita por Serra nos recuerda la distancia sideral que separa la mera fantasía, esa elucubración gruesa regida por la razón dogmática y la carencia de forma, de la imaginación, que se construye sobre la base de una razón flexible, sutil, dirigida por la exigencia de una forma artística capaz de reconciliarnos con nuestra naturaleza primitiva. A eso se refiere Serra cuando se despide de nosotros aludiendo a la infancia recobrada. Eso es la literatura de Cristóbal Serra: un aire leve recorriendo algunos libros.
El aire de los libros
I. EL AIRE DE LOS LIBROS
Escolios sine die
Mi biblioteca es un ducado suficientemente grande.
William Shakespeare
El Apocalipsis
El Apocalipsis, texto escrito en los años más turbulentos de la historia de Israel, se caracteriza por la extrema violencia de sus invectivas dirigidas contra Babel, es decir, Roma, potencia pagana e imperialista, descrita en una retahíla de bestias míticas aterradoras.
Todo el Apocalipsis anuncia como cosa segura el fin del Imperio y el triunfo de la Nueva Jerusalén. Escrito hace unos veinte siglos, este texto tiene un valor permanente, dado su carácter paracrónico.
Una particularidad de este texto, denunciador por profético, son las misivas que contiene. A través de estas casi fulgurantes epístolas, resuena el fragor bíblico: «El que tiene oído, oiga». Tales advertencias misteriosas son admoniciones dirigidas a la Iglesia adulterada que anda en concierto con el mundo y en la que ha entrado la semilla del Maligno.
El Corán
Es inquietante leer conjuntamente el Antiguo Testamento y el Corán. Este modo de lectura da mucho juego a la imaginación y es un ejercicio saludable para el espíritu crítico. Se necesitaron muchos años hasta llegar al acervo bíblico completo. Veintitrés duró la revelación mahomética. ¡Son años!
Mahoma debió recibir enseñanzas por medio de sueños, visiones diurnas y voces. Una buena parte de las sutras coránicas son resultado directo del material «canalizado» a través de las susodichas experiencias.
Al Corán lo definió Mahoma como un libro de amonestaciones, y realmente eso es, pero estas se suceden a modo de recordatorio. Si los judíos fueron inmisericordes con sus profetas, él lo ha sido con los judíos. Con ellos se muestra implacable, en la forma de juzgarlos. No tiene más que palabras hirientes para quienes prestaron, con sus fábulas, los fundamentos de la fe coránica.
Mahoma niega de plano la muerte de Jesús en la cruz, con un argumento endeble: que no pudo darse tan indigna muerte en un «cuerpo fantástico». Inconmovible siempre ha sido esta negación del Islam, al que la Cruz del Crucificado le inspira una piadosa sonrisa, queriendo decir: qué ignorancia supina tenéis los que esta creencia abrigáis.
A Mahoma lo saca de quicio un Dios trino. Entiende que tamaña concepción es excederse, además de jugar con la felicidad eterna. Tanto es así que exclama: ¡No es provechosa tal creencia! Los que no creen en el fideísmo utilitarista musulmán mediten dicha exclamación.
El Evangelio según Tomás (apócrifo-gnóstico)
Este es un Evangelio al que le falta el dinamismo narrativo que caracteriza a los canónicos, pero tal carencia no invalida su interés, dada la riqueza de palabras o dichos (secretos) que atesoran sus páginas. Han dado los estudiosos en llamar sentencias a tales dichos; por tanto, puede calificarse de sentenciario secreto de Jesús.
De las ciento catorce sentencias que figuran también en este documento evangélico, ochenta figuran también en nuestros cuatro Evangelios. De ahí que el lector se encuentre con algunas sorpresas verbales, pero nunca con sorpresivas noticias sobre la vida de Jesús. Es que en este Evangelio no se hallan noticias de la concepción, del bautismo, de las tentaciones, de la última cena, de la crucifixión, de la resurrección. El texto se limita a ser un receptáculo oral de fuente gnóstica, al que son ajenos los episodios históricos (llamémoslos así).
Al lector avezado al dinamismo narrativo de los Evangelios heredados a través de la Iglesia, este ha de resultarle eminentemente extático y, en cierto modo, manco, porque no contiene ni una historia real, ni una escatología definida. Tampoco contiene mención alguna de la vida palestinense y brilla por su ausencia la palabra pecado. En fin, en el Evangelio de Tomás, hay dichos que incluyen bendiciones y maldiciones, preguntas, suposiciones. Hay parábolas y diálogos, y aparecen los nombres familiares de Pedro, Mateo, Tomás, María y Salomé.
La verdadera historia de los cátaros, Anne Brenon
Antes de emprender la lectura de este libro, había leído varios estudios de especialistas que no acabaron de aclararme puntos oscuros del catarismo. Con ello, no quiero significar que los esfuerzos de autores como Fernando Neil hayan sido baldíos. Llegar a mis manos este libro ejemplar ha sido ingresar plenamente en el misterio cátaro. He de confesar que tenía un tanto descorrido el velo de dicho misterio, pero cuántos eran los matices ignorados. Ahora sé que los buenos hombres no fueron dualistas a secas, sino dualistas y cristianos, hasta el punto de que estimaban posible y plausible una lectura dualista del Nuevo Testamento. A mí jamás me asombró tal posibilidad, porque la vi expresa poéticamente en Blake, sobre todo en su Evangelio eterno.
Siempre pensé (y no iba desencaminado) que en una concepción como la cátara, que tacha de malo, totalmente malo, al mundo y a su Creador, no cabe redención alguna, y menos esperanza milenarista. Este libro me confirma que la Iglesia cátara no tenía vocación de predicar la esperanza en una justicia terrenal.
Respecto al juicio que les merecían los diferentes libros que componen las escrituras, los cátaros fueron bastante consecuentes. Condenaban el Génesis, las crónicas y la mayoría de los Profetas. Reconocían un indiscutible interés al Éxodo y aceptaban el contenido de «angst»[5] (angustia) de los Salmos y el nihilismo del Eclesiastés. No negaron jamás la importancia del Éxodo, un libro que siempre estimé tan mágico como Números. Los Evangelios merecieron siempre su respeto y nunca desmerecieron, en su conciencia crítica, el Apocalipsis y las epístolas paulinas. En cambio, a las fiestas fundamentales (Pascua, Navidad o Pentecostés) no les daban una importancia tan concreta como la concedida por la cristiandad.
Notas, Marcel Duchamp
La edición española de estas Notas viene en la colección «Metrópolis» de Tecnos y es reproducción «en seco» de las anotaciones contenidas en las tres boîtes que figuran con tres rótulos en el legado literario de este creador. Una vez más, comprobamos que el pintor moderno, sea Braque o Duchamp, ha dejado textos que podrían sacar los colores a más de un poeta consagrado. Se da así el caso de que, mientras no constituyan excepción, los poetas son incapaces de pintar.
Ante este texto, quienes somos o nos creemos escritores bien nacidos sentimos envidia de estas dotes, como envidiamos los cuadros de un Braque, aforismos perfectos, o los de Chirico, de Klee, etc.
Antes de leer estas Notas, había leído unas Conversaciones con Duchamp que me sorprendieron muchísimo. El hombre de risa y mirada pícara, que se fotografía con el habano en la boca, lo que induce a que tenga aire de nicotinizado, me resultó un crítico acorde con mis gustos. Le gustaba Laforgue y se mostraba amante de las palabras poéticas, que reducía a los juegos de palabras. Pensé que tal reducción era demasiado absoluta, pero ahora, al leer las notas, descubro que lo decía con toda la seriedad del que tiene talante aforístico. Pues ¿qué otra cosa es el aforismo, sino algo travieso, algo que tira a la travesura verbal?
Reproduzco algunos de estos juegos de palabras, que, sin dejarnos patidifusos, persisten en la memoria:
Máquina para decir misa / del dorso de la cuchara / al culo de la viuda.
Las vías férreas son el más largo cagadero del mundo.
Muslos registradores.
El sommelier ha dormitado sobre un somier atado de Somalia.
Pared aderezada de pereza de parroquia.
Ovario toda la noche.
Yo, que siempre he pecado por entregarme a excesos de puntuación, me veo justificado, cuando leo: «Enrichir le ponctuat pour supprimer des mots inutiles» (Enriquecer la puntuación para suprimir palabras inútiles). ¿Qué te parece, Fernando…?[6]
Antología poética, Jules Laforgue
Leí a Laforgue en la biblioteca del Ateneo matritense, pero, hasta que no realicé mi viaje —estéril— a Ginebra, no pude poseer mi Laforgue. Desde entonces, ocupa un lugar privilegiado entre mis poetas preferidos de Francia. Junto a él está Apollinaire, que era una grácil mariposa. Laforgue murió joven, cuando había cumplido veinticinco años, y se casó unos pocos meses antes de morir. De porte muy correcto, vestía a la inglesa con sobretodos de clérigo, y a las corbatas sobrias las acompañaba con chaquetas inglesas. Sumen a estas prendas el paraguas invariablemente colocado bajo el brazo. Así lo veo, como se dibujó. Sus retratos nos muestran un hombre pulcro, de afeitado diario, con su rostro reticente. Con una personalidad al parecer reprimida, las anécdotas están enemistadas. No es extraño que sepamos poco de este hombre. Además, las cartas que dejó no son suficientes para conocerlo a fondo. Pero quedaron sus poemas y estos, contenidos en Les complaintes y en la Imitación de Nuestra Señora la Luna, nos descubren no un poeta menor, como algunos lo han calificado, sino uno de los poetas mayores de la modernidad. Laforgue no fue comprendido por el surrealismo «seco» de la mayoría surrealista, que debió tener por sensiblera su payasería triste. Pero la proscripción surrealista no ha afectado a su fama y hoy Laforgue es valorado como una especie de travesti, que hace un uso sutil del lenguaje coloquial, con un marcado inclín al neologismo. Su verso es vivaz, oscilante, deliberadamente inseguro, reacio a la vieja retórica. Es realmente verso libre, pero al mismo tiempo no se aparta de la corrección, anterior a la invención del versolibrismo. ¡La rigurosa exactitud! Yo diría que es esta su característica y otra, la burlería prosaica. Gens nés cassés (Gentes nacidas rotas). Et toi, cerveau confit dans l’alcool de l’Orgueil (Y tú, cerebro almibarado en el alcohol del Orgullo).
Uno más, de mis Pierrots ha muerto;
víctima de crónica orfandad.
¡Ah!, érase un corazón dado al dandismo
lunar, bajo el disfraz de un peregrino cuerpo.
Nadie como yo te admira, poeta admirable, que viniste a aventar las viejas cadencias, la vieja elocuencia, la ingenua seriedad de la poesía que se toma demasiado en serio.
Introducción a la vida angélica / Cartas a una soledad, Eugenio D’Ors
Después de haberme recreado una vez más con el poeta de los Pierrots Lunares, me dicta la «brújula» literaria que lea de pe a pa la angeología que dejó escrita Eugenio d’Ors a través de unas cartas dirigidas a no sé quién y que debieron aparecer en calidad de glosas en el periódico católico El Debate entre 1933 y 1934. Leído el libro, es todo menos sulpiciano. La concepción a que ha llegado, después de reflexionar no poco y sufrir para darle cuerpo, no es la del «angelito» dulzón o ángel de guardería infantil. Estamos ante algo recio, no fofo y engañador. Los solitarios, que pueden ser víctimas de su propia soledad, y que están sujetos al cerco de la melancolía, han de congraciarse con la concepción d’orsiana, en la que se nos viene a decir que solo el ángel puede permitir al hombre curarse de su «prístina, abrumadora soledad». No es poco consoladora la doctrina de D’Ors, porque nos consuela del Dios distante y mudo. Después de Novalis, que nos reveló que la poesía cura las llagas del intelecto, D’Ors aporta esta teoría que merece tomarse en serio. Además, al margen de lo que haya podido decir la teología y ciertos libros extraordinarios sobre la intervención de los ángeles en nuestra vida, hay que encarecer esta doctrina intimista de Eugenio D’Ors, por la cual se nos notifica que personalidad y ángel son una misma cosa y que no podemos rehuir el combate con el ángel. Según sea el curso de nuestra vida, será el ángel guardián o ángel caído (demonio) con quien habremos librado batalla. Celebremos tan radiante angeología, porque son muchos los angeólogos que nos dicen que no sabemos nada acerca de los ángeles. ¡Y qué dudas no tuvieron aquellos saduceos del Evangelio sobre la existencia de los ángeles!
«Alabe este mundo al ángel», se lee en las Elegías a Duino de Rilke. Alabémoslo, ciertamente, porque es una de las grandes incertidumbres/certidumbres, pues San Pablo atacó «la adoración de los ángeles que algunos practican ciegamente, a instancias de sus mentes humanas». Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Juliana de Norwich hablan con mesura de los ángeles y sin límite de Cristo, porque fue la Divinidad la que se les apareció y a la cual adoraron. Los ángeles son secundarios. Solo Dios basta para estas almas contemplativas. El alma de D’Ors debió sentirse como arrojada a un erial, más bien desértico, con solo Dios, tan silente. De ahí su apremiante necesidad de forjarse su propia angeología.
Regola della Guerra e Apocalisse, Ito Ruscigni
Este es un libro escrito con coraje, porque se adivina, a través de sus páginas, que el autor quisiera dilucidar toda «nuestra historia». No es poco empeño el suyo y él mismo confiesa que trata de explicar la historia con el mito. Quienes estén en ayunas acerca de la naturaleza de esta Regla y del Apocalipsis, difícilmente comprenderán lo que se dice en este libro. Por tanto, les aconsejo que, antes de leer este libro en italiano, se ilustren acerca de los Manuscritos del Mar Muerto, fuente valiosísima para conocer este movimiento religioso, que se organiza 200 años antes de Cristo y es destruido por los romanos el año 69 (después de Cristo), durante la guerra antijudaica. Movimiento religioso que ofrece muchos puntos en común con el cristianismo. Eslabón, pues, entre judaísmo y cristianismo. Ahora bien, no se puede inferir de tales textos (qumrámicos) que el cristianismo haya nacido del esenismo, aunque ofrezcan la semejanza del bautismo, por ejemplo. Y otra: el desprecio por la casta sacerdotal.
Si releo estas páginas de Ruscigni es debido a la audacia de sus afirmaciones. Osado es quien no duda en afirmar que el cristianismo es de naturaleza esenia, aunque su origen sea muy oscuro. Se refiere al agua de Jesús y dice que hay que trascender el «pozo», o sea, la ley, la escritura. Quien se abreva solo con la letra está sediento, bebe como los rebaños: es un rebañiego. Con Pablo, se asiste a un vuelco: la conversión de Israel, inicialmente prioritaria, queda aplazada hasta «el final de los tiempos», o sea, cuando todo el resto de las gentes se habrá convertido (o conquistado). Para el cristianismo, la conversión de los gentiles ha sido su principal objetivo.
Ruscigni aporta luz a mi asnología, pues dice que el Asno, en el nacimiento de Jesús (en la cueva de Belén), representa a los gentiles. En oposición al asno, el Buey representa al pueblo hebreo, por su inclín a la rumia y a la meditación. Pueblo elegido, pueblo rumiante el hebreo.
La cifra de Jesús es doble: heraldo del Reino Nuevo y anunciador de la cólera venidera.
Como antes dije, el libro complementario y con el que concluye la «Regla de la Guerra» es el Apocalipsis, documento del que extrae el autor peregrinas conclusiones, que a mí me ayudan (como jurisconsulto frustrado) a entender las antinomias de nuestro Derecho (de la Nueva Ley). Quizá la mayor contribución, la herencia que Roma legó a la ciudadanía fue la imponente concesión de la «Lex», del «Ius», que, junto con la propiedad, regulaba también los derechos y los deberes de los ciudadanos. Pero los cristianos pusieron en entredicho eso. Y este admirable edificio, tan exaltado por Dante en la figura de Justiniano, convertido en patrimonio de la entera humanidad, de nada servía. Por eso, vino a mudarlo el más «avanzado» del Deuteronomio. Y fue propiamente la base vetero y nuevo testamentaria el fundamento jurídico de la Inquisición, que, con sus monstruosas persecuciones, llevó a cabo la más amplia destrucción de las libertades cívicas y personales. Con la Inquisición se puede dar por concluida la unión de la «Bestia que sale del mar» (el Imperio) con aquella «semejante al Cordero que viene de la tierra» (la Iglesia romana).
Burlería, Sátira, ironía y significado más hondo, Christian Dietrich Grabbe
La primera vez que leí el nombre de Grabbe fue leyendo las Memorias de Heine, que, por otra parte, picaron mi curiosidad sobre este «borracho profesional» al que acompañaron la miseria y las reyertas conyugales. Heine, que le había citado de pasada en su libro sobre Alemania, encuentra un mayor espacio en las susodichas Memorias y dice literalmente que Dietrich Grabbe fue uno de los más grandes poetas alemanes, y de todos los dramaturgos, el que mayor parentesco ofrece con Shakespeare. Es posible, añade, que su lira tenga menos cuerdas que otras; pero las cuerdas suyas poseen una sonoridad solo comparable a la del gran británico. Tiene, según él, los mismos repentes, las mismas notas profundamente naturales con que Shakespeare nos asusta, conmueve y encanta.
Subraya el reagudo Heine que tales excelencias quedan empañadas por un mal gusto, un cinismo y un desenfreno que superan lo más extravagante y horroroso que cerebro humano haya podido producir. No es la fuente (creadora) de tales engendros la enfermedad, fiebre o idiotez, sino una intoxicación etílica del genio. Del mismo modo que a Diógenes se le adjetivó de Sócrates demente, Grabbe podría ser adjetivado como el Shakespeare beodo.
Nada mejor para comprobar esta disección del escalpelo crítico de Heine que leer este monumento literario de la Risa. Obra teatral, el acto primero ya es desternillante; y el segundo lo es más, si cabe; nos encontramos con el Diablo, yerto de frío, al que «botaniza» un naturalista. Y así hasta acabar la obra. Despampanante todo. Y los dichos. ¡Oh, los dichos del genio borrachín! Ahí van: «La literatura salobresardinera»; «usted llega a ser acerba, señorita, usted llega a ser acerba». El Diablo no para de hacer frases descosidas: «Shakespeare comenta a Franz Horn»; «Dante acaba de arrojar por la ventana a Ernst Schulze»; «Horacio se ha casado con María Estuardo»; «Schiller lanza gemidos a propósito del barón de Auffenberg»; «El Ariosto se ha comprado un paraguas nuevo»; «Calderón lee vuestros poemas, os envía los más cordiales saludos».
Sinrazón poética es su charla charlatina: «¡Bah!, entre tanto, hacemos comúnmente con los espíritus, por ser invisibles y transparentes, cristales de ventana y cristales de gafas. Mi abuela, arrebatada por el singular capricho de penetrar la esencia de la virtud, montó sobre su apéndice nasal a los dos filósofos Kant y Aristóteles; pero, como ella no lograba ver claro, los substituyó por unos anteojos de dos campesinos de Pomerania, y pudo así ver lo que deseaba ver».
Institución de la religión cristiana, Jean Calvin
El año 1957 visité la ciudad de Ginebra con la esperanza de conseguir plaza de traductor, que no logré. Aquel intento de «colocación» no fue baldío, pues, en una de las librerías de la parte alta de la ciudad, adquirí un ejemplar de Jules Laforgue y las Institutions de la Religion Chrétienne de Calvino. ¡Dos libros distintos, pero unidos por la concisión y el fatalismo!
Jean Calvin (llamado por su nombre latino Calvino) fue posiblemente el creador del lenguaje más acerado de la Reforma (protestante). Todo contribuyó a hacer de él un teólogo experto, de lenguaje sobrio y cortante. Su formación jurídica se descubre en su prosa enjuta. Sus Instituciones quieren ser una Summa antipapista, opuesta totalmente a la tomista. Gran escritor. Es uno de esos raros artífices de la prosa a quienes la historia les otorga más relieve que la literatura. Lutero, el fogoso Lutero, no alcanza la talla literaria de Calvino; sin embargo, pasa por creador de la prosa alemana, gracias a su versión alemana de la Biblia. Calvino cinceló como nadie el francés; hasta me atrevo a decir que su buril de hombre frío, decidido, reflexivo, preparó el de Pascal y el de Bossuet. La influencia literaria es patente en Pascal, clarísima en Bossuet. No poco fatalista, y su concepción por demás sombría. Desde 1541, fijó su residencia en Ginebra, lugar que no abandonó hasta su muerte. Dictador en dicha ciudad, la transformó en una especie de vasto convento laico. Los calvinistas, cuidadosos en el vestir, aunque sin lujos, parcos en el comer, no fomentarán los bailes y velarán por la decencia pública; mesurados en el hablar, no salió de sus labios juramento ni blasfemia. En su pensamiento, la nueva Ginebra (calvinista) tenía que ser una ciudad misionera, entregada al estudio de las letras sacras y a la práctica de las virtudes heroicas. Una vocación de esta naturaleza excluía no solo la vida disoluta y las flaquezas de la carne, sino también los goces inocentes, toda clase de solaces y comodidades que alegran la existencia. La poesía, el arte, los goces imaginativos quedaban eclipsados por este puritanismo austero. Tal sociedad más recordaba la impuesta por los jueces israelitas que una sociedad cualquiera de la Europa medieval o moderna. Calvino más se acercaba a la dureza mosaica que a la benignidad cristiana. Veía en el Evangelio un código que había que aplicar con el máximo rigor. Pero, repito, quien lee su libro le perdona su rigorismo puritano, dado el rigor con que labró su prosa.
Traigo a colación algunas de sus frases memorables: «Sombras y figuras judaicas oscurecedoras del Evangelio»; «no son israelitas todos los que descienden de Israel»; «a San Pablo no le pasa por la cabeza la idea de una cabeza visible»; «al erigir un altar cae por tierra Jesucristo»; «Cristo era tenido de los judíos por revoltoso»; «no han dejado rincón que no hayan hinchado de imágenes»; «el espíritu de cada uno es como un laberinto».
Para él, fue mágica la palabra sobriedad, este don que San Pablo recomienda. De aquí su laconismo, que le hace estampar frases que pueden pasar por aforismos. Así, para combatir a las imágenes y para demostrar que los profetas enseñaron a prescindir de ellas, escribe: «El leño es doctrina de vanidad». Sale al paso de los reproches que puedan hacerse a la Creación cuando dice tajantemente: «Él está enojado, no con su obra, sino contra la corrupción de la misma».
Creo sinceramente que Calvino, en esta Institución, se muestra muy polémico con los judíos. Y hay una frase que es casi sarcástica contra ellos. La frase entera no tiene desperdicio: «San Agustín llamó a los judíos libreros de la Iglesia cristiana, porque ellos nos han suministrado los libros que a ellos mismos no les sirven para nada».
Poetas franceses del siglo XVI
Estos «escolios» se nutren de aquellos libros que, después de muchos años de estar quietos en el estante, abro de nuevo y los encuentro anotados. De aquí que aparezcan como baraja, por decirlo así.
En la antología, que redescubro, aparece en lápiz esta divisa del poeta Du Bellay: «Mais je hais par surtout un savoir pédantesque». Vuelve a cautivarme la divisa. Y me cautiva el elenco de poetas cuyos nombres estimo señeros. Está Scève, el grave, el de las asperezas lingüísticas, o Sponde, igualmente grave, el que cantó la muerte en sus sonetos. Están los «Blassoneurs», que cantaron el cuerpo femenino, en el que encontraron campo fértil para sus atrevidas comparaciones.
Y en este elenco figura La Pléyade, con un credo poético fijo, que la diferencia de un modo sorprendente de los poetas que les precedieron. Los que constituyeron aquella escuela definida no innovaron por azar, sino con un elevado sentido de su vocación innovadora, para ofrecer a las Musas, a las que adoraban, solo lo mejor. Tuvo la escuela a un gran definidor de su programa, a Bellay, autor del admirable ensayo La Défense et Illustration de la Langue Française, que es el primer gran manifiesto poético que ha dado Francia. Los de La Pléyade supieron armonizar sus fines. Su gran respeto por su propia lengua no implicó descuido de los clásicos, y menos desafecto hacia la Antigüedad. Eran eruditos a la vez que poetas; y su gran objetivo fue crear una tradición, en la poesía de Francia, que no desentonara de los inmortales modelos de Grecia y Roma. Este deseo de imitar a la literatura clásica condujo a La Pléyade a dos resultados. En primer lugar, la condujo a la invención de formas poéticas nuevas y al abandono de los «corsés» del Medioevo.
La libertad alienta en Ronsard, que es todo un caballero de la poesía de esa época. Es en sus poemas breves donde encontramos una decantada belleza. Sus bellas composiciones líricas poseen el frescor y el encanto de las mañanas abrileñas, con sus delicadas flores y sus pájaros trinadores. Son canciones que tienen por temas el Amor y Natura, los besos, los cielos y las naturales alegrías. De Ronsard recoge esta antología un largo poema que lleva por título «El Gato» («Le Chat»), que viene dedicado al poeta Rémy Belleau. Este poema, que recuerda a muchos de los magníficos poemas que escribió Hugo en calidad de abuelo para sus nietos (El arte de ser abuelo), desvela el horror que el gato le producía a Ronsard, que no debió ser «frileux et sedentaire» como Baudelaire. Confiesa el profundo odio que le inspira el gato, por sus ojos, su frente y su mirada. Debieron causarle espanto los gatos, pues declara que huye de su presencia, que le descompone: nervios, venas y miembros. Ronsard, alérgico al gato, va desmenuzando una tras otra las venturas y desventuras que el vulgo asocia al gato. El gato que maúlla significa enojosa y larga dolencia. El gato solitario señala el fin de una prolongada miseria. Como se ve, el poeta se explaya ante «los signos verdaderos de ciertos animales que Dios concede a los humanos ignorantes».
Llega el momento de prestar atención a los escarceos verbales de los cantores de los blasones del cuerpo femenino. El blasón es nombre francés, que no se sabe exactamente qué palabra anterior le dio vida. No sé por qué, pero a mí se me antoja que viene de bellum, belison, y de allí blasón. Es la divisa del caballero y del soldado novel. La mujer puede blasonar de sus encantos. Buena prueba es que encontró blasonadores del ojo, la mano, el ombligo, la teta y el muslamen. Los blasonadores aguzaron el ingenio para cantar tan diversos atractivos de la fémina. Marot compara la teta a una bola de marfil, en medio de la cual tiene su asiento una fresa o una cereza. De la mano nos dejaron crudezas: mano que permite que se pueda, entre jugueteos, saber que se trata del muslo. Mano a quien sola corresponde que sepa lo que no se ve, lo que se busca y se oculta («ce qu’on cherche et qu’on cache»). El lector de estos blasones descubre la desenvoltura verbal de unos poetas que, por otra parte, son rigurosos al diferenciar los distintos muslos de la mujer. De Jacques Le Lieur es la siguiente nomenclatura: muslo rollizo; muslo rehecho y relleno; muslo que no eres sitio donde anidan garzas; muslo apetitoso y muslo redondo; muslo que incita a hablar antes de que te toquen; muslo que hace, hace y deshace; muslo sin el que no hay bien que se haga; muslo que no tiene par; muslo de bella criatura; muslo, obra maestra de natura.
La escala de Jacob, Giovanni Papini
Las conversiones de los grandes siempre son ruidosas, ya que se encargan las falanges del bando al que el converso acaba de integrarse de vocear el hecho. Y los que perdieron a uno más de su causa, antes que dolerse del abandono, le recriminan y le ponen de vuelta y media. La de Papini fue sonada. Aquel francotirador literario, intoxicado por casi todos los errores o excesos del siglo, que había hecho causa común con los falsos mitos del futurismo y que pasaba por ateísta, de pronto recobra el juicio a lo cristiano, descubre lo mejor que tiene el catolicismo (ancestral) del pueblo italiano, y combate lo que antes había sido caballo de batalla de su juventud. De repente, su vida quedará escindida en dos, y a su juventud, representada por Un hombre acabado, le seguirá la conversión que va a parar a esta Escala de Jacob, cuyas páginas revelan el principio de su conversión.
No deja de ser significativo el título. Papini rotula su libro con esa expresión («escala de Jacob») sacada del relato del patriarca, que, huyendo de su hermano Esaú, ve en sueño una escala que alcanza el cielo y por la cual suben y bajan ángeles (Génesis, 28, 12). El título no puede ser más elocuente. El hombre Papini huye del pelirrojo Esaú, al que la tradición bíblica ha descrito como un impetuoso y rudo cazador, fundador de Edom, territorio normalmente hostil a Israel, que figura en la literatura rabínica como sinónimo de lugar de réprobos. Edom es la palabra empleada muchas veces para designar a Roma.
Alentado por el título (los títulos son alentadores o desalentadores), Papini emprende una campaña de exposiciones personales, depuradamente ortodoxas, que debieron obtener el refrendo del clero romano. Desde el primer momento, se ve que Papini no escribe por escribir. Se trata de unos escritos que ofrecen el fundamento de la verdad «definitiva» a la que ha llegado el gran inconformista del período de entreguerra (1914-1919).
Me interesa subrayar la afirmación más categórica de este libro militante: quien lee el Evangelio no lee un libro. Está claro que, para Papini, el Evangelio no pertenece a la literatura «humana». No tiene parentesco alguno con los clásicos o con la literatura europea, hecha a la hechura del hombre. El Evangelio, a la par de los libros del Antiguo Testamento, está infinitamente por encima de todo artificio literario y dialéctico; no es un libro, sino una encarnación póstuma de Aquel que ama a cada uno de nosotros más de lo que nosotros mismos podemos amarnos.
Quien ve así el Evangelio, inmune al virus crítico de profesores prusianos, de eruditos ingleses, de renegados franceses y de judíos internacionales, podrá escribir la Historia de Cristo —este libro escrito con el espíritu «buono», alejado del criticismo demoledor—. La Historia de Cristo es un libro eminentemente poético, escrito con estro. Pero se basa —para escándalo del análisis malévolo— en una lectura ingenua y literal de los Evangelios. Papini hace caso omiso de la problemática historia exegética, que ha podido incubar a un Bultmann. Es la contrafigura poética de las vidas históricas de los exégetas del xix y de principios del siglo xx, que no pararon de poner reparos cicateros. En contraposición a estos descuartizadores y tiquismiquis, Papini nos ha dejado un libro fascinante por el poder de las imágenes y de las comparaciones basadas siempre en un hecho real de la historia. Compendia este libro memorable este escolio que encuentro en mi ejemplar de la Historia de Cristo: «Quien está con Jesús está contra la Naturaleza antigua y bestial y trabaja por la angélica que ha de vencer. Todo el resto es ceniza y charlatanería».
Vers un nouveau prophétisme, Raymond Abellio
Ensayo sobre el papel político de lo sacro y la situación de Lucifer en el mundo moderno
Este es un libro que pretende esclarecer, como reza el subtítulo, lo sacro, lo profético y lo luciferino. Tarea ímproba, según nuestro juicio, en la que se empeñó el autor de La fosa de Babel y de este ensayo revelador. A este mismo empeño se entregó Juan Larrea en sus múltiples escritos, que descomponían a Pablo Neruda según se lee en su «Oda a Juan Tarrea». El apellido Tarrea es un ludibrio, porque alude a que Larrea compró una rica colección de cerámica peruana, que donó a España en plena guerra civil. Precisamente, Larrea, refiriéndose al energumenismo profético de Unamuno, lo justifica con estas palabras: «¿No será porque hay un nuevo mundo que crear, porque hay una nueva luz de conciencia a que amanecer, una supervisión inminente de que disfrutar…?».
Espoleado por esas quimeras, Abellio, espíritu menos apasionado que Papini y que Larrea, lleva a término atrevidas búsquedas, y trata de conciliar lo que quizá el italiano y el vasco no conciliaron. En este estudio, Abellio no puede figurar como escritor ortodoxo, pues choca su concepto de profeta con el que haya podido mantener la Iglesia a lo largo de su historia, tan influyente en el mundo. Si bien no se muestra muy apartado de la teología católica al oponer a la evolución la involución, caída hacia el interior, afirmo que no abunda con la Iglesia ante el fenómeno profético, por cuanto dice: «Una vez constituida la Iglesia con una administración compleja, tiende a considerar a los profetas como un fermento de anarquía».
Dejándonos de diferencias de este orden, lo cierto es que Abellio aclara como pocos quién es Lucifer y qué es lo propiamente luciferino. Caracteriza a Lucifer por su condición paródica y simiesca. Es el que lleva la luz (se sobreentiende: en los bajos fondos) mientras que Dios dice: «Yo soy la Luz». Su vocación es habitar sobre la circunferencia terminal del cono que cree fija, definitiva, y dar vueltas en dicho círculo, de un modo desenfrenado, multiplicando las experiencias más contradictorias. Lo curioso de este símil es que permite a Abellio colocar a las masas telúricas o emocionales descendientes del cristianismo y del marxismo vulgares junto a los luciferianos.
Esta idea cuadra con esta apreciación profética, inadmisible para la Roma pontificia: «Perennidad post-diluviana de la Iglesia de Roma, cuando no será Roma, limpia de toda suerte de embelecos y lunares rajásicos» («rajásico» es término del Gita que equivale a activo, entregado a la acción). El Bhagavad-Gita ha repartido los hombres según sus tres grandes tendencias primordiales, sin tener en cuenta tendencias intermedias, que cuentan menos en la economía del mundo. Estas tres tendencias son las tres gunas de este Bhagavad-Gita hindú, que solo por este acierto merece ser leído. Según esta terminología cómoda, los hombres son tamas (ignorantes o inertes), rajas (activos), sattvas (iluminados). Los rajásicos son los creadores, los grandes impulsores, a quienes una definición vulgar de la libertad considera como muy «libres». Los luciferianos son rajásicos, son los que más cerca pueden estar de los iluminados sattvas, pero, como estos, cuando son inferiores, poseen pleno conocimiento intelectual, aunque no trascendido. Son los atisbos de Abellio los que me han llevado a subrayar palabras, para mí, liberadoras. Helas aquí. Luciferinos: cerebrales y disociadores. Lucifer es una emanación de Dios. El profetismo es la más profunda noche. El Hijo del Hombre ha de venir a poner patas arriba el sentido del ciclo. Es preciso para ello que primero lo detenga, que le dé fijeza. En Estados Unidos se encuentra la guarida inexpugnable del cristianismo vulgar. Marxismo, puro intelectualismo racionalista. Los marxistas de la masa, racionalistas vulgares. Los guerreros, todos ellos telúricos. Partidos guerreros: el comunista, el nacional, el fascista. Apocalipsis: final de un ciclo de manifestación.
La felicidad del infeliz, Giovanni Papini
Me imagino que a Papini más se le fueron los ojos tras los libros que tras las féminas. Me lleva a imaginar eso su vida y las imágenes que de él tenemos. El drama y la lucha de Papini comienzan desde su infancia. Se sentía «solo y diferente». Era antipático a todos. Su cara no inspiraba de seguro la atracción de las mujeres. Todo ello le llevaría a hundirse en el mundo de los libros, a dejarse las pestañas en ellos, y últimamente a ver entenebrecida la visión, con una cuasiceguera irremediable. Al final de sus días, tuvieron que leerle, para que su vida fuera menos trágica de lo que fue en realidad. Y debieron escribirle este libro que de seguro él dictó a trechos, ya que no de un tirón. Colijo eso porque el libro empieza con estos trágicos acentos: «Me asombran, a veces, aquellos que se asombran de mi calma en el estado miserable al que me ha reducido la enfermedad. He perdido el uso de las piernas, de los brazos, de las manos y he llegado a ser casi ciego y casi mudo. No puedo, por consiguiente, caminar ni estrechar la mano de un amigo, ni escribir ni siquiera mi nombre; no puedo ya leer y me resulta casi imposible conversar».
Veía las cosas y las personas como formas indeterminadas, empañadas, casi fantasmas, pero sin que la tiniebla total fuera dominio de sus ojos: todavía lograba gozar una alegre invasión de sol y la esfera de luz que se irradia de una lámpara.
Este libro, escrito al final de sus días, puede pasar por su testamento. Papini, al que la genialidad nunca le abandonó, se muestra una vez más audaz y sensible. Hay que ver lo que dice en estas breves páginas. Pura metralla, viene esta lanzada en fragmentos que no tienen desperdicio. No le falta poesía al conjunto y nadie diría que una obra tan lúcida pudo ser escrita en un período de decrepitud.
Esta franqueza (papiniana) que rezuma cualquier escrito de los suyos, desde que inicia su carrera hasta los últimos días de martirio físico, se encuentra en este libro, en grado sumo. No duda en increpar a Leopardi, a quien considera un gran poeta a la vez que un mediocre razonador. Le desazonan a Papini las amargas acusaciones y los ásperos reproches que el condesito Giacomo Leopardi hace a la incumplidora naturaleza. Le recuerda que, por no haber meditado el Evangelio, desconoce el quid de la felicidad y ese arte de alquimia espiritual que logra transmutar el dolor en alegría. Leemos, en este libro, un pensamiento que parece calco de otro, virtualmente igual, de Vauvenargues: «Conozco las almas tacañas por la cicatería de sus elogios». Nos descubre secretos de los etruscos, más mineros que marineros, pues se dedicaron a la excavación de los metales que vendían en todos los puertos del Mediterráneo. Observa que la mayor parte de las tumbas etruscas están en las entrañas de la tierra, en el seno de cavernas y grutas. Tumbas que hasta hace poco constituyeron enigmas por las inscripciones que resultaban indescifrables. Han tenido que ser científicos españoles, peritos en criptografías, los que, valiéndose de vocablos vascos, han descubierto los estados post mortem de los muertos etruscos. Y para hacer honor a su audacia congénita, Papini asocia la risa a las alturas, se refiere a Dios que ríe desde el ápice de los cielos, y nos recuerda que el salmista (Salmo 2, 4) se expresa así: «Aquel que se sienta en los cielos se ríe de ello». Y ahora, si no he de escandalizar a melindrosos de ceño fruncido, voy a confesar por qué me es tan entrañable el título paradójico de este libro. Empezaré diciendo que el mundo ultratúmbico ha sido dadivoso conmigo, al darme señales de la existencia de una vida ultraterrena. Durante un lapso de tiempo, más bien largo, gracias a los buenos oficios de un comunicante (Vintila Horia), logré que Papini acudiera a mi pluma con una espontaneidad muy latina. Certifico que comunicante más esmerado y sincero no tuve en aquel período, en que me resultaron dolorosas mis «cualidades» (?) mediúmnicas. Pues bien, fue Papini quien a una pregunta mía respondió: «Usted, como yo, ha experimentado la dicha del infeliz». Nada más cierto. Solo por este buceo en mi alma, le debo eterna gratitud.
Las grandes herejías, Hilaire Belloc
Varios son los libros que he leído del gran historiador británico y de ellos los que más duradera impresión me produjeron fueron La crisis de nuestra civilización y este, que dispensa atención crítica a cuatro grandes herejías: la arriana, la impuesta por Mahoma, la cátara y la que suscitó Lutero, que ha sobrevivido tanto o más que la de Mahoma, pues existe un bloque protestante. La de Arrio y la de los albigenses no diré que hayan pasado a mejor vida, en el desván de la historia, pero démoslas por anonadadas, ya que su influencia es hoy marginal.
El libro de Belloc empieza con una interrogación: ¿qué es una herejía y cuál es su importancia histórica? A la que contesta así, más o menos: «Término vago, gaseoso, que el espíritu moderno rehúye, y que no despierta interés general, pues trata de temas que nadie toma ya en serio. Es lógico que para la modernidad sea un tema evanescente, porque se ha desvanecido la palabra dogma, que, en otros tiempos, tuvo una firmeza amenazante». La palabra herejía procede del griego airesis: «elección, separación». O sea que implica ruptura con una creencia sólida y dominante, y asimismo elección errónea. La jerarquía eclesiástica sancionó otrora con penas a los herejes. Dentro del confucianismo chino, la herejía es entendida como depravación y vicio, opuestos a la doctrina del maestro.
En este libro, escrito por un católico, pasión no falta, pero acompañada esta de rigor. Concienzudo historiador, Belloc llega a conclusiones que tienes toda la libertad de aceptar o desechar, pero que merecen ser recogidas, porque pueden ser un revulsivo para el lector. A Arrio lo tacha de vanidoso y niega originalidad a su negación: «Cristo es todo menos Dios, no pasa de ser un profeta». Da por muerto el arrianismo, y se ve que más le preocupa la grande y duradera herejía de Mahoma, que califica de antitrinitaria, divorcista y contraria a la usura. Las enseñanzas de Mahoma atacaban tanto o más que el calvinismo al clero, la Misa y los Sacramentos. Belloc imputa a Calvino el siguiente delito histórico: «Si no fuera por Calvino, la usura no estaría carcomiendo el mundo moderno». Imputación grave, porque cabe referirse a su efecto nocivo, precisando: «Si no fuera por Calvino, no tendríamos hoy el comunismo». Hablando en plata, Belloc nos asegua que de la Reforma surgió el capitalismo: la división de la sociedad en una minoría de propietarios que explotó a una mayoría de ciudadanos sin propiedades; el control de la industria por organismos de crédito; la creciente inseguridad e insuficiencia de los medios de vida entre las masas, que se manifestó en rebeldía (social). Se dio libre curso a la usura en grado superlativo, hasta que llegó a ser universal. De ahí nace el frenesí de la competitividad. La razón de por qué no se reaccionó en contra y sí a favor de estos peligros radica, según Belloc, en la Reforma, porque desapareció, en las sociedades que se segregaron de la unidad cristiana, y también en otras, la actitud mental llamada «Fe». Lo que no dice u oculta es que, como observó Berdiáyev, el mundo, tal como está modelado por las religiones del pecado, está lleno de «consoladores de Job» que no admiten el sufrimiento inocente y el éxito material inmerecido. Y cierto es que la secularización del calvinismo confluye, por ósmosis, con una corriente parecida en el fondo del catolicismo tamásico, que condujo a la masa a divinizar el éxito social. Por ese camino bien trazado, se abrió la puerta a un pragmatismo que estaba en consonancia con el reino moderno del dinero. Mientras estoy escribiendo esto, pienso en el Erewhon de Butler, donde los Bancos Musicales son una sátira del utilitarismo inglés del xviii que enlaza con el anglicanismo. De todos modos, la honradez intelectual de Belloc no olvida que la función de la Iglesia es salvífica (salvar almas) y que no ha propuesto una solución completa del mal, pues nunca fue pretensión ni objeto de esta institución explicar la naturaleza íntegra de las cosas.
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