Читать книгу: «Agrícola. Germania. Diálogo sobre los oradores»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 36

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ LUIS MORALEJO ÁLVAREZ .
© EDITORIAL CREDOS, S. A. U., 2008.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición, 1981.
Segunda edición: noviembre de 2013.
REF: GEBO166
ISBN: 9788424930646
INTRODUCCIÓN GENERAL
Tácito es poco conocido, por desgracia, para los no especialistas. Sin embargo, en una obra tan de divulgación como es la Historia de la literatura latina de Alfred Gudeman 1 , las palabras con que comienza el examen de este autor son: «La manifestación literaria más sobresaliente de todo el período y una de las glorias de la literatura universal, es el más grande de los historiadores romanos…». Si alguien piensa que se trata de un juicio algo entusiasta, somos muchos los que estamos de acuerdo con él, y así podrían demostrarlo los innumerables trabajos, artículos de revista, etc., que vienen apareciendo a lo largo de muchos años en diversos países.
Ante esta situación de desconocimiento, paradójica, como se acaba de ver, y dada la finalidad de esta Colección, nos ha parecido más oportuno presentar a nuestro autor del modo más general y sencillo posible; por «sencillo» entendemos «no erudito». Con ello, el lector tendrá mayores posibilidades de comprensión, por un lado, y de incentivo, por otro, para adentrarse en el estudio de cualquier aspecto de Tácito o de todo él. El complemento necesario para este logro será una amplia bibliografía; seleccionada debidamente, por ser, ya hemos aludido a ello, excesiva para los fines que tiene este trabajo.
Sirvan de justificación a esta postura las palabras de un estudioso como el italiano Paratore, uno de los que han dedicado más años de su vida a nuestro historiador: «Un autor que anuncia un estudio sobre Tácito suscita el temor de una enésima variación sobre la lengua, el estilo y el arte del que, entre los grandes prosistas latinos, es considerado por muchos como el máximo exponente» 2 .
Vida y época
Las fechas del nacimiento y de la muerte de Tácito son muy discutidas. Antes de entrar en cualquier cuestión al respecto, creemos conveniente que el lector se sitúe de una manera cronológicamente confortable.
Agripina, sobrina y segunda esposa de Claudio, hizo asesinar a éste. En lugar de Británico, el heredero legítimo, hijo de su primer matrimonio con Mesalina, subió al poder Domicio Nerón, hijo de Agripina y de Domicio Ahenobarbo, proclamado Emperador por los pretorianos con ayuda de Séneca y Burro, prefecto de la guardia pretoriana. Nerón, tras algún intento fallido, logró matar a su madre, repudió a su esposa y se casó con Popea Sabina. Se sublevó el gobernador de la Galia Julio Víndex; fracasó. Las legiones hispanas proclamaron Emperador a su jefe Sulpicio Galba. Nerón huyó de Roma, y con él se extinguió la dinastía Julio-Claudia, que podría tener su punto de partida en César y que terminó el 68 d. C.
Galba fue derribado por Otón, apoyado por los pretorianos, pero las legiones del Rin proclamaron Emperador a Vitelio, quien derrotó a Otón en Bedriaco; incapaz de gobernar el Imperio, las legiones de Oriente (Ex oriente lux , según el proverbio) apoyaron a su general, Tito Flavio Vespasiano, quien se instaló definitivamente en el poder el año 69, llamado «de los tres Emperadores», e inauguró la dinastía Flavia. Vespasiano fue un buen político en el exterior: su hijo tomó Jerusalén y Petilio Cerial dominó la sublevación de Civil y los batavos. En el interior, logró apoyo moral y legal del Senado, saneó la economía y realizó cambios en el ejército conducentes a evitar nuevos levantamientos. A su muerte, año 79, continuó su labor su hijo Tito Flavio Vespasiano; tuvo que remediar los males producidos por la erupción del Vesubio y de un incendio en Roma; murió, muy joven, el 81. Su hermano menor, Tito Flavio Domiciano (81-96), gobernó más autoritariamente y esto le granjeó muchas antipatías, que se traducen en parcialidad a la hora de enjuiciar su labor; lo veremos más adelante con cierto detenimiento, por tratarse de un período clave para comprender la ideología de Tácito.
A la caída de Domiciano, el Senado cambió el carácter hereditario de la soberanía y patrocinó el nombramiento de uno de sus miembros más importantes: Nerva. Nerva fue un buen gobernante; pero, cuando fue elegido, su edad ya era avanzada; comienza con él la etapa llamada de los Emperadores adoptivos; muere al cabo de dos años, con la situación política ya un tanto revuelta; pero tres meses antes adopta un hijo y lo nombra sucesor suyo. Trajano es este hijo; general de las legiones en el Bajo Rin, es el primer Emperador nacido en una provincia. Con el mecanismo de la adopción se evitan los manejos de los pretorianos, las presiones de los ejércitos fronterizos y el peligro de guerra civil. Apoyándose al tiempo en el Senado y en el ejército, llevó a cabo una brillante gestión administrativa, amén de su gran campaña militar contra los dacios y la extensión del Imperio por el Oriente. Muere el 117, a los sesenta y cuatro años de edad y diecinueve de gobierno. Su sucesor fue su sobrino, originario igualmente de Hispania y adoptado en testamento por su tío. Adriano protegió la enseñanza y la economía y aseguró las fronteras. Los últimos años de su vida no fueron tan afortunados; murió hacia el 138. Antes había adoptado y elegido como sucesor a Antonino Pío.
Los problemas en torno a la biografía de Tácito surgen, entre otras razones, porque él mismo da pocas noticias en torno a su vida. Como dice Syme, cuando menciona su propio ingreso en la clase de los senadores lo hace por motivos de relevancia histórica, para aparecer imparcial ante los acontecimientos que va a narrar; vemos en Hist . I 1: «no voy a negar que mi carrera política comenzó con Vespasiano; Tito la impulsó y Domiciano la hizo prosperar aún más, pero quien ha hecho profesión de lealtad incorruptible debe hablar sin amor ni odio».
Tácito nació entre el 54 y el 57 d. C. Syme 3 precisa entre el 56 y el 57, basándose fundamentalmente en las edades legales requeridas para el desempeño de magistraturas, y también confrontándolo con datos cronológicos de algunos de sus coetáneos, transmitidos por otros autores o colegidos de algunas alusiones del propio Tácito. Otros piensan que sería seis o siete años mayor que su amigo Plinio el Joven («casi de la misma edad», dice Plinio); al parecer, Plinio tenía dieciocho años cuando murió su tío bajo el fuego del Vesubio (año 79), y si Plinio nació el 62 ó 61, Tácito lo haría el 54 ó 55, teniendo en cuenta que ya era un abogado conocido cuando Plinio aún era adolescente. El único dato cierto es que el primer acontecimiento de su vida tuvo lugar bajo Nerón.
Lugar de nacimiento. —Sin entrar en tantos detalles como da Paratore, recorramos las diversas hipótesis a medida que se van alejando de Roma:
1.a La propia Roma, basándose en un pasaje de los Anales , en el que parece insultar a Sejano tachándolo de no romano. La deducción no es verosímil; podría haber razones de orgullo y retóricas; ya Plinio (Ep . IX 23) nos cuenta una anécdota acaecida en el circo, según la cual se preguntó a Tácito si era itálico o provincial; está claro que su acento no debía de sonar muy local.
2.a Si era itálico o no, ya es más problemático. En la Historia Augusta se dice, sobre el Emperador Tácito 4 (pretendido descendiente del escritor), que era natural de Terni, pero esta obra no puede inspirarnos mucha confianza, sobre todo en este período. Syme 5 pone un poco en duda la existencia de una gens Cornelia antiqua .
3.a La hipótesis gálica es la más aceptada. Plinio el Viejo nos habla de un Cornelio Tácito, eques romano, procurador de la Galia Bélgica. Esto no excluye, naturalmente, que el padre de Tácito pudiera ser romano. Insistiendo en el tema, se ha visto que el cognomen de Tácito se hallaba más extendido en la Galia Cisalpina y en la Narbonense; podríamos apostar mejor por la última, si tenemos en cuenta el dato de que su futuro suegro era de Frejus. Según Syme 6 , no sería, en ningún caso, de Hispania, pues el cognomen no aparece en esta provincia en ningún sitio.
Tuvo por maestros a Marco Apro y Julio Secundo, así como a Quintiliano; y fue muy amigo de Plinio el Joven.
Tácito comenzó su carrera política con una magistratura subalterna, el vigintivirato, que desde Augusto era la antesala para la cuestura; probablemente tal hecho sucedió antes de casarse, cosa que hizo el 78. Era muy joven, pero su matrimonio le supuso un gran apoyo; por un lado, su suegro era un ex cónsul y había sido nombrado recientemente gobernador de Britania; por otro, la ley Papia Popea permitía adelantar en un año la edad legal mínima exigida para el desempeño de las magistraturas por cada hijo vivo habido en matrimonio. Fue cuestor bajo Vespasiano, según algunos, y otros piensan que alcanzó tal cargo el 81 o el 82; recuérdese que Vespasiano murió el 79. Dos o tres años más tarde, Tito le confirió el tribunado de la plebe o la edilidad. Está comúnmente aceptado que en el 88 fue pretor y quindecímviro; en tal año se celebraban los Juegos Seculares bajo Domiciano (véase An . XI 11, 1-3). Pasó fuera de Roma al menos la mitad de los ocho años transcurridos entre su pretura y la muerte de Domiciano, porque el 93, cuando fallece su suegro, era el cuarto de su ausencia, como dice en el Agrícola . Pero su condición no era la de un exiliado, como se ha querido ver por su manifiesta animosidad. No vamos a entrar en las diversas conjeturas sobre su actividad por aquel entonces; reseñemos que incluso, como advierte Syme, «la sugerencia de un cargo en Britania no es totalmente desechable» (véase Agr . 42, 1), y que la opinión más extendida es que ejerció las funciones de legatus Augusti pro praetore en alguna provincia, quizá en la Galia Bélgica, lo que explicaría algunos datos que aparecen en la Germania .
Tácito volvió a Roma en la última época de Domiciano, años de persecuciones; su cualidad de senador le hace ser testimonio y cómplice (¿obligado?) de actos que más tarde atacará duramente. Domiciano es asesinado, al parecer, por sus mismos parientes. Con Nerva sobreviene «la felicidad de los tiempos». Según Syme 7 , nuestro personaje alcanzaría el consulado en la segunda mitad del 97. Siendo cónsul suffectus , pronunció una laudatio funebris en honor de su antecesor en el cargo, Virginio Rufo. Plinio el Joven destaca ya en este discurso las condiciones oratorias del que era un abogado famoso. La laudatio es harto significativa, puesto que Rufo había rechazado el poder que le ofrecían las legiones de Germania tras la muerte de Nerón.
Es posible que fuera procónsul de la provincia de Asia con Trajano, hacia el 112. No hay muchos más datos relevantes de su vida. Un pasaje del libro segundo de los Anales 8 hace suponer que no pudo ser escrito antes de julio del 117, con lo que debemos dejar transcurrir varios años, en los que compuso los dieciocho libros en que se desarrollaba esta obra. Por consiguiente, parece muy temprana la fecha del 120 señalada por algunos para su muerte. Lo verosímil es que falleciera transcurridos los primeros años de Adriano.
Ideología
Los tiempos que le correspondió vivir a Tácito fueron bastante movidos. En realidad —con el paréntesis de Augusto— lo eran desde los Gracos. Hay unas palabras de Cicerón en una de sus cartas a Ático: «por lo que a nosotros se refiere, nos encontramos en una situación política lamentable, quebradiza y cambiante» 9 . Lo mismo podía haber dicho Tácito, aunque con una cierta diferencia cuantitativa. Sólo Vespasiano, con su buen hacer, y Domiciano, con su autoritarismo, consiguieron una situación algo estable, pero esto suponía una actuación personal. El fracaso de las instituciones era evidente, y esto nos induce a reflexionar sobre la engañosa apariencia del régimen benefactor de Augusto; el pacto entre el Príncipe y el Senado no podía mantenerse más que por virtud de mano dura y por el cansancio existente en el 31 a. C., debido a las continuas guerras y desórdenes; cuando estos dos presupuestos desaparecieron, retornaron las turbulencias del período preaugústeo.
Augusto no borra del mapa político y social las instituciones republicanas tan tajantemente como se pretende; el Senado se resistía a perder sus privilegios; mejor diríamos, la clase senatorial, que no se mantenía en su rango por razones de sangre únicamente, sino que ya desde antes del siglo III veía engrosar sus filas con plebeyos de alta capacidad económica. Pues bien, la pugna clase senatorial-Príncipe continúa; a pesar de la decadencia de aquélla, el Príncipe tiene que apoyarse en otras, como la de los caballeros y otros ciudadanos que van adquiriendo influencia política. Añádanse a éste, surgido en la época precedente, otros factores nuevos; por una parte, la mayor presión de las fuerzas militares, debido a que el Imperio necesitaba mantener un gran contingente; por otra, la creciente influencia de las provincias en la resolución de los problemas de la metrópoli.
Así las cosas, pudieran encontrarse algunas contradicciones en esta breve exposición, tal vez porque el mismo Tácito esté incurso en ellas; las circunstancias, su ritmo vertiginosamente cambiante lo desconciertan, le llevan a un claro desengaño y, en consecuencia, a un gran pesimismo, muy bien reflejado en los Anales . En algo nos recuerda a la personalidad de Cicerón y sus vaivenes; los de Cicerón más bruscos, porque su época los dio más bruscos. En este punto la coincidencia es bastante notable, como también en el método para descubrir su pensamiento: a través de sus obras; para Paratore 10 , la correcta interpretación de las Historias es la clave para el estudio del pensamiento político de Tácito, lo que le lleva, según él, a ser el mejor intérprete de la historia de su tiempo y el profeta del porvenir; pero Tácito, al igual que Livio y Salustio, no quiere descubrirnos claramente su ideología.
Según Syme 11 , «es, a primera vista, hostil a la Monarquía, no sólo hacia los Césares, sino hacia el Principado, por su falsedad desde su nacimiento y por sus continuos contrastes entre promesas y resultados. Pero si profundizamos un poco, podemos descubrir su convencimiento de que para lograr la paz y la estabilidad, la ley impuesta por un hombre solo no puede ser evitada; esta constatación le deja muy triste; hace decir a Eprio Marcelo (Hist . IV 8) que «conocía los tiempos pasados y los presentes; que admiraba el pasado y se conformaba con el presente; deseaba buenos Emperadores, pero era capaz de soportar a cualquiera».
Volver al sistema republicano significaba más competencia para acceder al consulado y al gobierno de las provincias, control del Senado sobre las finanzas, el ejército y la política imperial; en resumen, lo que Augusto había abolido y que tal vez no permitían las nuevas circunstancias históricas. En esta agonía se debate Tácito, como se debaten y seguirán debatiéndose muchos humanos. Ciertamente es enemigo y crítico del Principado, aunque su lenguaje, como el que se mueve en el terreno político, tienda a ser muy ambiguo. Tendrá que decidirse por un régimen imperial, al fracasar la armonía entre los tres componentes fundamentales: democracia, oligarquía, monarquía; este fracaso influye en ese su carácter de poeta trágico, como se le llama; pero para él también el régimen imperial fracasa; al menos, se menoscaba la libertad y se cometen arbitrariedades, con lo que más que hacia lo trágico, deriva hacia lo tenebroso, cuya manifestación la encontramos en sus célebres claroscuros lingüísticos, tanto de forma como de contenido. Podríamos encontrar un ejemplo paralelo en nuestro Goya.
Aparte de estas causas generales, hay dos factores concretos que, igualmente, dejaron sentir su influencia: 1) Su actitud ante la gestión de Tiberio y la de Domiciano, personajes muy discutidos (sobre todo el primero), tratados en la actualidad con más comprensión, pero que produjeron en Tácito una odiosa impresión y lo dejaron marcado. 2) La tradición cultural le había llegado a través de la poesía de Horacio, Virgilio y Propercio: para él, aquélla era una Edad de Oro literaria y de ahí infería que también había sido una Edad de Oro político-social; lo que no veía eran las continuas guerras y asesinatos que pesaron en el ánimo de estos tres poetas, y de otros muchos ciudadanos, a la hora de aceptar un régimen hacia el que, en un principio, no sentirían un gran entusiasmo ideológico.
Tácito, por tanto, se engaña; sigue con sus ilusiones en torno al antiguo régimen, actitud normal en un «hombre nuevo». Lo que no sabemos, a veces, es si este antiguo régimen hay que identificarlo con el de Augusto o con la República, porque no parece tener buena opinión acerca del primero; en este caso, la opinión de Syme 12 respecto a que Nerva y Trajano representarían una vuelta a Augusto tal vez no sea muy acertada.
«Hombre nuevo», despreciaba actitudes como la descrita por Plinio (Ep . I 17), por la que un caballero romano sirve al Gobierno y, al tiempo, levanta estatuas de héroes republicanos o de víctimas del despotismo imperial. Han cambiado los tiempos desde que Catón ponía coto a las pretensiones de acceder a la aristocracia; ahora, ser noble no basta, por ejemplo, para ser cónsul; debe ser luchador, tenaz… un «hombre nuevo»; la antítesis «lujuria e inercia» frente a «integridad y energía» tiene un paralelo en la de los nobles frente a los homines noui , quienes, sin antecedentes familiares que los impulsen, tienen que ser forzosamente buenos militares, oradores y estudiosos del Derecho. Ahora bien, ante la corrupción y la decadencia en Roma, el homo nouus es ahora un provincial; Hispania y la Galia Narbonense producen personalidades eminentes; la primera, en el terreno de la política (Trajano y Adriano) y en el de la literatura (Séneca, Lucano y Marcial), aunque esta situación ya comienza a darse con los itálicos, pero no romanos, Catulo, Horacio y Virgilio. Este desdén por el árbol genealógico halla una contradicción en sus palabras sobre Tiberio en los Anales , aunque en dicho pasaje existe la intención de contraponer a Tiberio con sus gloriosos predecesores.
Otro punto de partida para la reconstrucción de su pensamiento político es el problema de la sucesión al Principado, mediante la adopción del más digno por el Príncipe y la ratificación del Senado. El sistema tiene sus fracasos: relativo el de Nerón, porque, al fin y al cabo, pertenecía a la domus imperial; contundente, el de Galba; las luchas palaciegas a lo largo de estos procesos constituyen otro de los elementos que influyen en su visión pesimista de los Anales .
Los tiempos de Domiciano son definitivos en la vida de Tácito. Como remedio ante el ambiente coactivo, propone mantener la dignidad en cualquier caso; el ciudadano encontrará un consuelo en el obsequium , el deber hacia la comunidad; remedio no muy convincente, pero válido, si el Emperador es un déspota. Un insurgente se presentará como un defensor de los derechos del Senado y del pueblo, como un campeón de la libertad; si vence, es constitucionalizado y legitimado; luego ejerce una autoridad delegada. De ahí ese middle path , en Tácito, entre libertad sin licencia, disciplina sin esclavitud, como vemos en Hist . I 16: «has de mandar a hombres que no pueden soportar una esclavitud total ni una libertad completa».
Parece que no puede abandonar completamente la esperanza. El ciudadano debe caminar libre de ambición y de peligros, libre de la absurda contumacia y de la obediencia vergonzosa; esto es lo que puede proporcionar un final honroso, o bien distinguir a los hombres en su éxito. Extraña nos resulta la defensa de estas actitudes, frente a su crítica en otros pasajes, como en Agrícola 42: «… sin ningún provecho para la comunidad». ¿Hay realmente paradoja, o se trata de un claro pesimismo? Lo veremos al estudiar el Agrícola .
Ideario como historiador
En la obra de Zuccarelli 13 se presenta al hombre como artífice de la historia, contraponiendo esta idea de Tácito a la de Heródoto; se basa para lanzar esta afirmación en el juego que puede dar en latín la palabra auctor . Aun tratándose de una obra muy elaborada, conviene advertir que este tipo de enfoque, deduciendo ideas a partir de la semántica de palabras aisladas, tiene sus peligros: no me voy a detener en ellos, pero sí voy a señalar la contradicción resultante de una ligera ojeada que se dé a las conclusiones del citado libro: este hombre auctor debe ser, idealmente, un uir modestia praeditus , algo así como «un hombre dotado de mesura»; pues bien, Zuccarelli concluye que, ante la realidad histórica, tal mesura periclita y, a la postre, desaparece.
Según Paratore 14 , el fondo ideológico está en la dualidad Fortuna/Fatum . El Fatum es algo inexplicable, pero no misterioso. Constituye la auténtica voluntad del poder divino que regula la historia de los hombres; en la Germania se nos habla de «urgentibus imperii fatis» (33, 2). El destino humano queda fijado desde el nacimiento. Un balanceo entre este providencialismo y, a veces, un señalado causalismo lo explica Paratore por la dualidad de Tácito como artista (helenismo colorista) y pensador (causalismo pesimista). La fortuna de Agrícola y de Vespasiano la vemos tan enorme que aparece indudablemente providencial.
La Fors dominaría, con espíritu maligno, las vicisitudes humanas, a veces bajo el aspecto de ira divina. Paratore cita un pasaje de la Germania que se opone a lo anterior (33, 1). Pero Syme pretende demostrar que la benignitas deum , presente en Tito Livio, en Tácito es una expresión convencional; cita, a tal fin, un pasaje de los Anales (XII 43): «por la gran bondad de los dioses y del invierno»; vemos asimismo en Hist . I 3 : «los dioses no piensan en nuestra seguridad, sino en su venganza». En definitiva, la religión ya no se podía explotar tan fácilmente como en épocas pasadas; la introducción y asentamiento de las filosofías griegas y orientales son decisivas en este aspecto; la filosofía sustituye a la religión.
Nos parece conveniente recordar ahora el artículo de Víctor José Herrero 15 acerca de lo que piensa Tácito sobre el vulgo; según este profesor, siente por él un claro desprecio; sin aspirar a muchas matizaciones, ya al final del citado artículo se dice: «Emplea, pues, la palabra no tanto en su valor cuantitativo como cualitativo»; pero la contraposición entre el vulgo y su espíritu aristocrático ya no la vemos tan clara; pensamos que Tácito desprecia a la masa como elemento anulador de la virtud y acción individuales; si es un aristócrata, lo es del comportamiento personal; sería, con ello, un «clase media», en el sentido de que se revuelve violentamente hacia arriba y hacia abajo, hacia la derecha y hacia la izquierda.
Pasando a un plano más objetivo, veamos cuál es, para él, la finalidad de una obra histórica. En un pasaje de los Anales propone que la historia debe alabar la virtud y condenar para siempre la injusticia (An . III 65). No tenemos muchos más datos, aparte éste. Lo cierto es que se han visto más intenciones moralizantes que las que el propio Tácito pretende; otros estudiosos, en cambio, tal vez se han quedado cortos 16 . Lo que sí hay, como hemos visto, es una defensa de la libertad y dignidad humanas. Tratando de completar ideas ya apuntadas, podemos detenemos en el hecho de que la Revolución en Roma tuvo dos fases bien distintas: una primera, brusca y rápida, durante la que cayó el régimen republicano, reflejada en autores como Salustio. Una segunda, con paulatina pérdida de la libertad y de los principios aristocráticos. Tácito asiste a la desaparición de su ideal de República por la acción de factores como la clientela, el fauor , la ferocia , la simulatio … Nosotros opinamos que su reacción es de rabia y desprecio, pero también se le achaca el que, ante las convulsiones sociales de su tiempo, siguiera el ejemplo de Tucídides y, encerrado en su torre de marfil, viviera preocupado únicamente por la ciuitas Romanorum y su destino. De todos modos, ya nos advierte Paratore que no puede hacerse de Tácito un pesimista monócromo, viendo reflejado su carácter sólo en los Anales; según el autor italiano, era un historiador desde su primera producción literaria; no le parece muy válido el triple aspecto de retórico, biógrafopanegirista e historiador. Así, vemos cómo el «ahora renace, al fin, la vida» del Agrícola resuena al comienzo de las Historias .
Aspectos literarios
No es cosa de insistir en su valor como historiador, su estilo y el puesto que pueda ocupar en la historia de la literatura. Para evitar subjetivismos, pensamos como mejor solución el que cada cual lea por su cuenta las obras, aun en español. Lo contrario parece estar en desacuerdo con un trabajo de divulgación como es éste. Veamos, de todos modos, algunos caracteres generales: Paratore lo compara con Salustio y asegura que éste le parece más artista y Tácito más historiador; ambos indagan las causas, pero Tácito mantiene predilección por utilizar argumentos de la historia contemporánea, como Tucídides; Tácito compendiaría y abarcaría, por tanto, a los otros dos historiadores, porque combina el brillo poético con un cierto rigor histórico: el discurso de Galba a Pisón (Hist . I 15-16) es un diagnóstico del régimen imperial; Otón habla de forma certera (Hist . I 83-84) sobre la disciplina militar. Asimismo, los excursos son más «históricos» que en Salustio, pero, además, las digresiones, aun las más breves, tienen una sutil ligazón con el tema precedente.
Se le ha calificado de poeta trágico (sentimiento)-dramático (forma); en él encontramos amplias escenas, descripciones ricas en colorido, escorzos… Sus análisis psicológicos, el retorcimiento de sus frases, los claroscuros, su gusto por la antítesis, son aspectos muy estudiados por multitud de especialistas. Pero Tácito no es un todo unitario: desde la presentación de amplios escenarios naturales en las Historias evoluciona hacia un repliegue (tenebroso, en última instancia) sobre sí mismo y sobre la localización de los acontecimientos que narra: los interiores de la domus imperial en los Anales .
Presencia de Tácito en España
Únicamente vamos a examinar su influjo en el campo de la literatura y la constancia de sus obras en nuestro país. En el primer campo es normal que señalemos, al tiempo, su influjo ideológico, pero adentrarnos en este último no lo estimamos procedente, si pensamos que lo oportuno debe ser dar unos datos con los que cada cual debe seguir una opinión y unos caminos que estime oportunos. Insistir sobre la vigencia del pensamiento de Tácito, como la de cualquier autor clásico, lo consideramos banal hasta para un universitario ajeno a nuestras actividades. Cualquiera que abra, por ejemplo, los Anales se encontrará ya, en los dos primeros capítulos, con noticias y reflexiones muy adecuadas a la historia de nuestra patria en esta segunda mitad de siglo; la historia se repite o, como suele decir Torrente Ballester, lo que se repite son las circunstancias que pueden hacer evolucionar aquélla en un sentido o en otro, y Tácito vivió en una época muy propicia para que lo que pudiera escribirse sobre ella perdurase sin grandes alteraciones.
Su posible maquiavelismo (que habría ido en aumento conforme avanzaba su obra), su influjo en nuestro Siglo de Oro son asuntos bien conocidos. Últimamente, esta cuestión se ha descuidado un tanto, por razones que afectan a los estudios clásicos en general y por las señaladas en nuestra Introducción a Tácito, en particular. Con todo, no quiero dejar de aludir a que, por las fechas en que escribía esto, encontré, en un periódico madrileño, que el doctor Tierno Galván hizo un trabajo sobre la influencia de Tácito en los escritores políticos de nuestro Siglo de Oro; trabajo que parece remontarse a 1948. Quede constancia de ello, aunque nada más sea como anécdota que ilustra las afirmaciones anteriores 17 .
Son manejados todavía los aforismos y comentarios a las obras de Tácito, especialmente a los Anales , compuestos desde el Renacimiento en el extranjero y, algo después, aquí; así, las obras de Alamos Barrientos, Setanti, Lancina…, que veremos más adelante.
Centrándonos en la literatura política, nos encontramos con que Antonio Pérez, secretario de Felipe II, dice textualmente: «esta doctrina la saqué de Tácito»; si bien la afirmación resulta tajante para los detalles de todos sus escritos, parece que algo taciteo hay, ideológicamente hablando, en su Norte de Príncipes . Lo que ocurre con Pérez y con otros autores es que interpretan a Tácito según su criterio, a veces no muy acertado, y, en ocasiones, según sus conveniencias, no siempre muy honestas.
Eugenio de Narbona escribió Doctrina política civil escrita en aforismos , que envió a Felipe IV, o al menos, la destinó para aconsejar a este rey.
Rivadeneyra: Tratado de la Religión y virtudes que debe tener el Príncipe Cristiano para gobernar y conservar sus estados, contra los que Nicolás de Maquiavelo y los políticos de este tiempo enseñan (Madrid, 1595), se declara enemigo a ultranza del autor latino, pero algunos pensamientos y citas delatan la fascinación que sobre él ejerció.
Semejante conducta muestra Quevedo. Por el contrario, Gracián se muestra literariamente tacitista en su Agudeza y arte del ingenio , e ideológicamente tacitista en su Criticón , en el Político y en el Oráculo Manual , aunque en estas dos últimas obras lo cristianiza.
Influencia hay también en Luis de Mur y su Tiberio ilustrado , insistiendo en el manoseado resentimiento de aquel Emperador, y en Saavedra Fajardo y su Idea de un Príncipe Cristiano .
José Antonio Maravall opina que Tácito es a la política lo que Aristóteles a la filosofía; en su Teoría española del Estado en el siglo XVII se pretende encontrar la influencia de Tácito en sus ideas sobre el origen divino del poder, la legitimidad de la sucesión hereditaria, la conveniencia de utilizar ministros para la gestión administrativa y las esencias de los procesos revolucionarios; opinamos que los dos primeros puntos son harto discutibles.
En el campo de la historiografía contamos con los casos de Mariana, Coloma y Antonio de Solís, así como con el de Hurtado de Mendoza, que, en su Guerra de Granada , imita también a Salustio. Antonio Pérez imita el estilo de las Historias , y Francisco de Moncada lo sigue sólo en la introducción de Expedición de Catalanes y Aragoneses contra griegos y turcos . Francisco Manuel de Melo, incluso, distribuye en cinco libros —el número de los conservados de las Historias — su Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña .
Marañón constituye un capítulo aparte. Es un seguidor apasionado suyo, aunque quizá por senderos equivocados por lo que a interpretación ideológica se refiere; famosos son sus estudios sobre Tiberio, Antonio Pérez y el Conde Duque.
Algunos especialistas (recordamos en este momento a Manuel Alvar) han estudiado la influencia de los Anales en la Roma abrasada de Lope de Vega.
Códices que se encuentran en España o que tienen aquí su origen. —Los primeros vestigios se hallan en las bibliotecas del Príncipe de Viana y del Infante Pedro, condestable de Portugal. Un Cornelius Tacitus figura, sin más, en el inventario de la biblioteca de Pere Miquel Carbonell, autor de las Cròniques d’Espanya .
En la Biblioteca Nacional de Madrid tenemos varios manuscritos: el 8.401 es del siglo XV , copiado del Mediceus II; contiene los Anales y las Historias; bien conservado y con notas al margen. El 8.748 contiene texto sólo al margen de cada hoja; el resto está en blanco, quizá para anotaciones y glosas; tal vez sea del siglo XVII ; el texto corresponde al libro primero de los Anales . El 10.037 está escrito con letra del siglo XV ; pertenecía al cardenal Zelada; procede de Toledo; contiene, entre otras obras, la Germania .
En 1896 se descubrió, en la biblioteca del Cabildo de Toledo, el llamado Codex Toletanus , contiene la Germania y el Agrícola; copiado por Antonio Grilo en la segunda mitad del siglo XV , fue descubierto por R. Wünchs.
En la Real Biblioteca de El Escorial hay uno de 1412, inventariado por Ambrosio Morales, y otro que parece proceder del Conde Duque de Olivares y que fue a parar allí tras el incendio de 1671.
En cambio, el Hispanus o Couarrubiae (del jurisconsulto español Antonio de Covarrubias), cuyo texto ha sido el básico para el establecimiento del texto de las Historias , se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.
Finalmente, en el Real Seminario de San Carlos de Zaragoza se encuentran el Codex 9.439, que contiene las Historias (sic) del libro XI al XXI , y el incunable 8.644, que contiene la Germania .
Glosas y comentarios.
Antoni Augustini Veteres Scriptores , B. Nacional, Ms. 7.901; contiene 12 citas de Tácito.
Censura sobre los Anales y Historias de C. C. Tácito para consultar si será bien imprimir en español su traducción . Es oscura su paternidad.
Noticia del Conde Duque de Olivares y su hijo sacada de las notas políticas a Tácito de Cristóbal Forsner , B. Nacional, Ms. 10.378; letra del siglo XVIII .
Tácito: Aforismos sacados de sus obras para gobierno de las monarquías , B. Nacional, Ms. E. 180, 1.162; contiene 502 aforismos de ÁLAMOS DE BARRIENTOS . Hay otra obra del mismo autor, con título semejante, aunque al final matiza para conservación y aumento de las monarquías , B. Nacional, Ms. X, 196, 8.639; otras dos colecciones de aforismos se hallan en Ms. 17.772 y E. 5.948.
Traducciones anteriores
De las Obras Menores conocemos, en español, las de:
Tácito, Obras Completas , Madrid, 1957. Publicada en Aguilar, probablemente con fines de divulgación exclusivamente, bajo la dirección de VICENTE BLANCO GARCÍA , profesor de la Universidad de Zaragoza. ANTONIO RUIZ DE ELVIRA se encargó de la Germania y el Agrícola .
Tácito, Diálogo de los Oradores - Agrícola - Germania , traducción nueva de MANUEL MARÍN PEÑA , Biblioteca Clásica Hernando, Madrid, 1950. Lo de traducción «nueva» se refiere a que existían traducciones anteriores en la misma colección, según veremos. Nos parece una magnífica traducción, debida a un también magnífico profesor de Instituto. Solamente hemos observado algún error muy aislado y, tal vez, un lenguaje no muy en boga en la actualidad.
De las extranjeras, sólo conocemos:
Tacitus, I: Agrícola , traducido por M. HUTTON y revisado por R. M. OGILVIE ; Germania . traducida por M. HUTTON y revisada por E. H. WARMINGTON ; Dialogus , traducido por W. PETERSON y revisado por M. WINTERBOTTOM : en la Loeb Class. Libr .
En la colección de la Asociación «Guillaume Budé» 18 , el Agrícola está traducido por E. DE SAINT DENIS , con buena introducción, aunque discutible en alguna de las tesis que sostiene; el Diálogo , por HENRI BORNECQUE , sobre texto establecido por GOELZER , con una introducción excesivamente breve; la Germania , por JACQUES PERRET , que ha hecho la mejor introducción de las tres obras aparecidas en esta colección. Buenas traducciones las tres, siendo la mejor, a nuestro juicio, la correspondiente a la Germania .
En España la primera traducción —no completa— de Tácito al castellano, con texto latino, se debe a Carlos Coloma, publicada en 1629 19 . Mor de Fuentes y Diego Clemencín publican en 1798 una obra en la que incluyen el Agrícola , la Germania y la Conjuración de Catilina . En 1846 se publica el Diálogo . En 1919 saca Calpe la Germania y el Diálogo . De 1926 data la primera edición de las Obras Menores de la Colección «Bernat Metge», con versión al catalán. De 1944 es una traducción de la Germania para usos escolares, debida a L. García Vicente, del Instituto «Zorilla» de Valladolid.
Hemos utilizado, para la presente traducción de la Germania , la edición crítica de Furneaux-Anderson, en Clásicos Oxford, reimpresión (con correcciones) de 1962. También para la del Diálogo , aunque aquí hemos confrontado el texto con el de Koestermann, de la Biblioteca Teubneriana , 1970. Para la del Agrícola sólo nos hemos servido de esta segunda obra. En el Diálogo 37, 8: ut secura † uelint , lección de Furneaux-Anderson, la hemos dejado y adoptado la de Koestermann: ut securi < ipsi spectare aliena pericula > uelint .
Otras ediciones y traducciones de las «Obras Menores»
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1 A. GUDEMAN , Historia de la literatura latina , 3.a ed., Barcelona, 1942.
2 E. PARATORE , Tacito , 2.a ed., Roma, 1962, pág. 1.
3 R. SYME , Tacitus , I, Oxford, 1958, págs. 63 y sigs.
4 Para esta segunda hipótesis, véase J. L. MORALEJO , Anales I, Madrid, 1979, pág. 31.
5 SYME , Tacitus , II, Oxford, 1958, págs. 611 y sigs.
6 Ibid , pág. 622.
7 SYME , op. cit ., I, pág. 70.
8 Véase MORALEJO , op. cit ., págs. 9-10.
9 CICERÓN , Cartas a Ático I 17, 8.
10 PARATORE , op. cit ., págs. 247 y sigs.
11 SYME , op. cit ., II, pág. 547.
12 SYME , op. cit ., I, pág. 11.
13 U. ZUCCARELLI , Psicologia e semantica di Tacito , Brescia, 1967.
14 PARATORE , op cit ., págs. 93, 404 y sigs.
15 V. J. HERRERO LLORENTE , «Tácito y el vulgo», Rev. de Est. Clás . 5 (1960), 407 y sigs. Véase también MORALEJO , op. cit ., pág. 19.
16 Véase MORALEJO , op. cit ., págs. 20-22.
17 MORALEJO , op. cit ., habla de esta cuestión en las págs. 31-33, y en la 38 cita la bibliografía fundamental de que disponemos, a la que se añade: M. R. LIDA DE MALKIEL , La tradición clásica en España , Barcelona, 1975. Para Tácito, véanse las páginas 374 y 394. Fuera de España, puede verse HANSLIK , en Lustrum 17 (1973-74), 201-215.
18 E. DE SAINT DENIS , Vie d’Agricola , París, 1972. J. PERRET , La Germania , París, 1967. H. BORNECQUE , Le Dialogue des Orateurs , París, 1960.
19 Al cuidado de FR . LEANDRO DE SAN MARTÍN ; comprende sólo los Anales y las Historias . Véase F. SANMARTÍ BONCOMPTE , Tácito en España , Barcelona, 1951, pág. 85.
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Bibliografía amplia, aunque ya atrasada, aparece en:
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Puede completarse hasta fecha más reciente en:
R. HANSLIK , «Tacitus 1939-1972», Lustrum 16 (1975), 204-272.
AGRÍCOLA
INTRODUCCIÓN
Fecha de composición
La Vida de Julio Agrícola fue publicada, evidentemente, tras la muerte de Domiciano. Su contenido no permitía otra cosa. Así se nos dice al comienzo del capítulo 3: «ahora renace la vida». Según el mismo capítulo, parece que está vivo Nerva; se le llama César, y a Trajano, Nerva Trajano. Es decir, Nerva vivía aún, puesto que no se le llama «divino», título reservado a los emperadores muertos, y Trajano simplemente habría sido adoptado por Nerva, de ahí que llevase antepuesto el nombre de éste. De acuerdo con todo ello, podríamos fechar la obra entre octubre del 97 y enero del 98, año de la muerte de Nerva; pero se ha demostrado que este argumento de los títulos nos es fiable: en el capítulo 44 se llama a Trajano «Princeps», es decir, Emperador. Gudeman 1 afirma que el grueso de la obra ya estaría escrita, menos los capítulos 3 y 4 y parte del 44. Syme 2 apunta la vaga posibilidad de que se compusiera antes y se publicara después. Hutton 3 , en su Introducción al Agrícola , dice que se comenzaría al final del otoño del 97 y se terminaría y publicaría al comienzo del verano del 98, pocos meses antes que la Germania .
Fuentes
Tácito cita a autores como Fabio Rústico y Tito Livio (cap. 10). Para datos más técnicos, geográficos y etnológicos, pudo utilizar tanto autores griegos como romanos, pero para los sucesos inmediatamente anteriores tendría referencias directas de su tiempo. Según Marín Peña, en su Introducción a esta obra 4 , «es probable, dado el carácter poco científico de sus referencias, que diera prelación a los romanos, peor informados en ese aspecto». Creemos que esta opinión hay que atenuarla un poco, en el sentido, por ejemplo, de que Tácito pudo consultar, por un lado, archivos romanos (y ahí sí habría quizá inexactitudes), pero, por otro, pudo hablar directamente con oficiales de generales como el mismo Agrícola, y éstos sí que serían testimonios fidedignos. Además no es cierto que sus referencias sean poco científicas (para su época, claro), como veremos más adelante, y como el mismo Marín reconoce respecto a algunos puntos. De todos modos, la actitud que adoptaban los autores clásicos a la hora de escribir una obra de carácter histórico era muy distinta a la de nuestra época y, por tanto, no puede examinarse su labor con un enfoque actual. Suponemos que es innecesario insistir en este punto.
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