Читать книгу: «Libro de los árboles. La labranza. Libros I-V»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 329

Asesores para la sección latina: JOSE JAVIER ISO y JOSÉ LULS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volwnen ha sido revisada por JORGE FERNÁNDEZ LÓPEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2004.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO409
ISBN 9788424937058.
INTRODUCCIÓN 1
«Poco a poco, los techos abovedados y las paredes pintadas al fresco se vienen abajo, las prensas para el vino quedan inservibles y las bodegas se convierten en almacén de grano. Abandonada y saqueada, la uilla da cobijo a familias de pastores. Dos esqueletos de la alta Edad Media enterrados bajo el pórtico dan fe de unas gentes de huesos débiles y mal formados, de un existir en el límite de la supervivencia. El subdesarrollo tiene entre nosotros una historia más larga que las fases de ‘milagro económico’, aunque deje menos huellas en el subsuelo. Con su llana y su pala, el arqueólogo trata de rehacer la continuidad de la historia a través de los largos intervalos oscuros.»
Una continuidad que, casi dos mil años más tarde, nos remite a la obra de Columela como necesario y precioso complemento de los hallazgos del arqueólogo a la hora de reconstruir lo que fuimos y, en alguna medida, somos todavía. La cita reproduce el párrafo final de un artículo de Ítalo Calvino, publicado en 1980 en las páginas de La Repubblica , a propósito de las excavaciones de la uilla romana de Settefinestre, en la costa tirrena. Calvino lo tituló «El cerdo y el arqueólogo»: ese año, el equipo dirigido por Andrea Carandini había sacado a la luz las pocilgas de la granja, que plantearon algunas cuestiones concretas relacionadas con la cría de tan sustancioso animal. El escritor italiano, estudiante de agronomía en su juventud, sabe de qué habla; la uilla de Settefinestre responde, claro es, a lo descrito en los tratados agronómicos antiguos, en particular los de Varrón y Columela, y de ellos echa mano para debatir y aclarar las dudas suscitadas por la labor de los arqueólogos. De paso, demuestra que leer esas obras puede ser algo más que una tediosa obligación 2 .
Vida
Lucius Iunius Moderatus Columella , es decir, Lucio Junio Moderato (o Moderado) Columela, nombre completo que dan a nuestro escritor los manuscritos, así como la inscripción de que luego se hablará, era originario de Gades , la actual ciudad de Cádiz: in nostro Gadium municipio , dice en Res rustica VIII 16, 9 3 , tratando de cierto pescado atlántico, el gallo o pez de San Pedro; y en X 185 se refiere a una variedad de lechuga propia de las costas tartesias o gaditanas (et mea —sc. lactuca— quam generant Tortesi litore Gades) . No podemos precisar la fecha de su nacimiento, si bien los datos que pueden recabarse de su obra y de otras fuentes antiguas hacen pensar que pudo ser por los mismos años en que Cristo venía al mundo en el otro extremo del Mediterráneo, sub Caesare Augusto 4 . Seguramente su infancia y mocedad transcurrieron en tierras de la Bética, donde estaba afincado su admirado tío Marco Columela —uir inlustribus disciplinis eruditus ac diligentissimus agricola Baeticae prouinciae 5 —, mentor de su iniciación en la economía rústica. Suponemos que luego se trasladó a Roma, aunque ignoramos cuál fue allí su ocupación. Sí sabemos que, antes de escribir su obra en edad madura, estuvo en Oriente (en Siria y Cilicia, donde observó la siembra del sésamo, según refiere en II 10, 18), tal vez como mando superior del ejército romano; así lo sugiere al menos la inscripción encontrada en Tarento, funeral u honoraria, que nos lo presenta como tribuno militar de la legión sexta (CIL IX 235) 6 :

L · IVNIO · L · F · GAL
MODERATO
COLVMELLAE
TRIB · MIL · LEG · VI · FERRATAE
En cualquier caso, las primeras palabras de la obra —Saepenumero ciuitatis nostrae principes audio culpantis …— sitúan ya a Columela en lo más alto de la sociedad romana, el ambiente en que se movían otros hispanos como él, Séneca el filósofo o Junio Galión, a quienes nombra con admiración y afecto: en III 3, 3, el primero es calificado de uir excellentis ingenii atque doctrinae , y en IX 16, 2, se referirá al segundo como Gallio noster 7 . A sus posesiones agrícolas, situadas en los alrededores de Ardea, Carséolos o Alba (tres lugares del Lacio) 8 , dedicó sin duda gran parte de su tiempo y lo mejor de sus energías: Columela demuestra un profundo conocimiento de la labranza, a la vez erudito y práctico, que presupone el contacto directo y continuado con la realidad de las uillae . Otra finca, mencionada en la Res rustica a propósito de la maravillosa feracidad de sus vides, ha sido —es todavía— objeto de controversia: en III 3, 3, el gaditano dice in nostris Caeretanis; y en III 9, 6, dirigiéndose a Silvino, también propietario en el mismo lugar, in Caeretano tuo 9 . Pues bien, la ubicación de esos agri C(a)er(r)etani ha sido bastante discutida. Adoptada en principio la lección Cerretani , se identificaron durante mucho tiempo con los cerretanos de la Tarraconense citados, entre otros, por Marcial, hasta que los Rodríguez Mohedano, y tiempo después W. Becher, defendieron la tesis hoy más aceptada, que restituye la forma Caeretanus y sitúa esas tierras de Columela y de su amigo Silvino en la etrusca Caere , hoy Cervéteri, a pocos kilómetros de Roma por la vía Aurelia 10 . Existe, en fin, una tercera hipótesis que lee Ceretani y sitúa esos campos en la hispana Ceret (hoy Jerez); formulada primero y desestimada luego en el ámbito de la filología germánica, esta identificación —que implica también a Silvino como possessor en la Bética— ha sido defendida de nuevo con renovada argumentación por don Antonio Tovar 11 . Sobre la fecha de la muerte de nuestro autor, distintos indicios apuntan a que le sobrevino en edad avanzada, aunque seguramente no más allá de los 65 ó 70 años (Plinio, que escribe por los años setenta del siglo, lo cita ya como no vivo).
Una cuestión, en fin, habitualmente preterida en los últimos tiempos, aun sin estar del todo resuelta, es la posible identidad de nuestro agrónomo y el filósofo neopitagórico Moderato de Gades. Tal posibilidad fue planteada por Nicolás Antonio, quien no acaba de decidirse al respecto, y Fabricio la recoge en su Bibliotheca Latina , juzgándola muy improbable 12 . Los Mohedano, en cambio, se inclinan por identificarlos, aunque con ciertas reservas, y un siglo después, Bücheler seguirá encontrando muchos puntos comunes a uno y otro, lo que le llevará a defender, si no la identidad, sí un parentesco entre ambos 13 .
Obra
De sus escritos hemos conservado la Res rustica , en doce libros, y un Liber de arboribus que todos los manuscritos conservados traen inserto en la obra mayor como libro III, de manera que durante siglos la tradición conoció un solo tratado con trece libros. Enseguida me referiré a los interrogantes de todo tipo que el Libro de los árboles plantea.
Aparte, Columela mismo afirma (XI 1, 31) que había compuesto también una obra aduersus astrologos con el fin de refutar la creencia exagerada en el influjo de los astros en el clima; y en otro lugar nos dice que tiene intención de escribir acerca de «los ritos seguidos por los antiguos en las lustraciones y demás ceremonias que se hacen para favorecer la cosecha» (II 21, 5), pero ignoramos si llegó a cumplir su propósito. Por último, casi todos los manuscritos que presentan la tabla de materias al final del libro XI (entre ellos los más antiguos, carolingios, el Sangermanensis , S, y el Ambrosianus , A), añaden una nota advirtiendo que, además de los doce libros, existe otro dedicado a Eprio Marcelo 14 que trata de las viñas y los árboles. Si la nota, como parece, no es de Columela, sino posterior, sí certifica al menos un momento de la tradición de la Res rustica con los doce libros originales, antes de la inserción del De arboribus como libro III 15 .
En cuanto al singularis liber ad Eprium Marcellum , muchos piensan que hay que identificarlo precisamente con el Liber de arboribus , el cual trata asimismo de las viñas y los árboles. No dejan de suscitarse, sin embargo, algunos reparos. Ningún manuscrito nos ha transmitido la dedicatoria a Eprio Marcelo en el Liber de arboribus y, por otra parte, parece que éste no fue en principio un liber singularis , aunque sea el único conservado en la tradición manuscrita, pues comienza con la alusión a un primer (primo) volumen o libro, de modo que la obra estaba compuesta al menos de tres (si hubieran sido sólo dos, sería de esperar priore) : Quoniam de cultu agrorum abunde primo uolumine praecepisse uidemur, non intempestiua erit arborum uirgultorumque cura, quae uel maxima pars habetur rei rusticae (árb . 1, 1) 16 . Una posibilidad es que la dedicatoria fuera suprimida al pasar ese singularis liber o Liber de arboribus al cuerpo de la Res rustica como libro tercero —ya que mantener la dedicatoria a Eprio Marcelo en un tratado cuyo destinatario repetidamente expreso era Publio Silvino habría sido incongruente—, pero todavía tendríamos que explicar por qué el libro II, donde se trata el «cultivo de los campos», se adjetiva primus y no prior . ¿Basta este inconveniente para rechazar la ecuación singularis liber ad Eprium Marcellum = Liber de arboribus? Posiblemente, no. Columela pudo conservar ese libro como único resto de una primera redacción de su obra; posteriormente sería introducido en el arquetipo de S y A como libro III 17 , pero sin que el ensamblaje fuera perfecto: aunque se eliminara la dedicatoria a Eprio Marcelo, en el párrafo inicial quedó la referencia a un libro no «anterior», sino «primero»; además, la nota al final de la tabla de materias del libro XI revelaba la distribución original ahora alterada, y las citas internas de la Res rustica , así como las referencias de otros autores a pasajes de Columela, mostraban la incoherencia en la nueva numeración de los libros. Las primeras ediciones mantuvieron todavía esa ordenación equivocada, con el Liber de arboribus inserto en la Res rustica como libro III; fue la edición veneciana de Aldo Manucio y Jucundo de Verona (1514) la que, mediante el examen a fondo de la cuestión y aportando pruebas concluyentes, restableció la auténtica distribución de los libros —la Res rustica en doce libros, y aparte el De arboribus — según la conocemos hoy. Ahora bien, en lo que se refiere al Libro de los árboles , no sólo se discute su identificación con el libro dedicado a Eprio Marcelo, sino incluso la autoría columeliana. Aldo, en su edición de 1514, se limitó a plantear la cuestión, si bien se inclina a creer que es obra de Columela, igual que Nicolás Antonio, quien recurre a la hipótesis de una doble redacción del tratado, de manera que el De arboribus sería reliquia de una primera versión, más modesta, de la Res rustica . En general, los filólogos han abundado en esta opinión, fundándose sobre todo en las citas del libro que se encuentran en Plinio y Paladio como de Columela; pero no han faltado algunas voces disonantes: ya en el siglo XVII , Caspar von Barth atribuyó el opúsculo a Gargilio Marcial 18 , un autor del siglo III cuya obra De hortis debe bastante a Columela; y en fechas más recientes, Will Richter 19 ha llegado a la conclusión de que el libro fue escrito por un abreviador anónimo del siglo II o de un momento posterior, a su juicio harto peor agrónomo y escritor que el gaditano 20 . Y si bien es cierto que Raoul Goujard, erigiéndose en el principal valedor de la autoría columeliana, ha rebatido con determinación e insistencia los argumentos de Richter 21 , hoy por hoy la cuestión no puede darse por zanjada 22 .
Un problema añadido, aunque menor, es el suscitado por el pasaje donde Casiodoro atribuye a Columela dieciséis libros sobre agricultura: Columella XVI libris per diversas agriculturae species … illabitur (Inst . I 28, 6 = Migne LXX, 1142 y siguientes). La notación de la cifra es una lección dudosa, fácilmente imputable a una confusión del copista, pudiendo leerse XIV o XIII , variantes que también se encuentran en los códices 23 . De acuerdo con la lectura elegida (XVI, XIV o XIII) , se calcula de forma distinta el número de libros que tenía la obra a que perteneció el De arboribus , así como el total de libros de Columela conocidos por Casiodoro, incluyéndose o no en el cómputo sus escritos aduersus astrologos y pro frugibus (si es que éste fue algo más que un proyecto). No reproduciré aquí los diferentes cálculos e hipótesis, posibles casi todos, pero ninguno concluyente 24 .
Contenido y estructura de la «Res rustica»
El presente es el primero de los dos volúmenes de que constará la obra de Columela en esta Biblioteca Clásica Gredos; incluye el Libro de los árboles y los libros I a V de la Res rustica (La labranza) . Falta, pues, un segundo volumen que completará la traducción de la Res rustica con los libros VI a XII. En los párrafos siguientes me referiré al contenido de la obra y a su distribución en los distintos libros. Vaya por delante que la Res rustica columeliana es, sin lugar a dudas, la obra más completa e innovadora que la Antigüedad nos ha legado en materia agronómica. Según una convención habitual en la poesía didáctica, escrita con un destinatario expreso (el Perses de Hesíodo, el Memio de Lucrecio, etc.), los doce libros de la obra mayor están dirigidos a un tal Publio Silvino, de quien nada se sabe salvo lo que en ella leemos. La ausencia de otras fuentes que aporten más datos sobre él, junto con el hecho de servir a veces como contrapunto a las tesis agronómicas del autor, movió a P. D. Carroll a sostener el carácter ficticio del personaje, que habría sido inventado por Columela para personificar ideas contrarias a las suyas 25 . La hipótesis, seductora en algunos aspectos, casa mal con determinados pasajes de la Res rustica donde la referencia a Silvino produce más bien una impresión de autenticidad, incluso cuando ejerce ese papel de contraposición a que aludíamos, como en V 1, 1-4, donde Columela justifica no haberse ocupado de ciertos aspectos de la agricultura, aunque acaba cediendo a los ruegos de su interlocutor. Si se trata de una invención funcional, sin más, no se ve la necesidad de atribuirle la propiedad de una finca concreta (III 9, 6) o de mencionarlo en compañía de otros amigos del autor que sí conocemos, Marco Trebelio, por ejemplo (V 1, 2-3), o Galión (IX 16, 2).
El libro I comienza con un largo prefacio general, de gran importancia para conocer el pensamiento de nuestro escritor, solemne y pleno de amargo entusiasmo, si así puede decirse, pues en él se funde la queja por el mal estado de la agricultura con la exposición del verdadero origen de esos males y su posible remedio. Como otros escritores latinos, Columela funda el prestigio de la agricultura en el mos maiorum y los viejos exempla , pero al mismo tiempo es evidente, en este Prefacio como en el resto de la obra, la voluntad de procurar, más allá de una economía de subsistencia, la mayor rentabilidad de los cultivos 26 . Sigue una nutrida relación de escritores griegos y latinos —más el cartaginés Magón— de agricultura, y expone luego Columela las condiciones requeridas por la hacienda en cuanto a su ubicación, la calidad del suelo y la salubridad del lugar, ocupándose también de las edificaciones que habrán de levantarse en ella. Termina el libro con instrucciones para el propietario y el capataz referentes al modo de tratar al personal servil. El segundo libro se abre, a instancias de Silvino, quien ha leído ya el primero, con una renovada refutación de la doctrina común que veía el agotamiento de la tierra como un proceso inevitable, y contra la cual Columela se había manifestado en el Prefacio general, para pasar enseguida a describir las clases de terreno y, sobre todo, pues ese es el contenido principal del libro, las labores necesarias para el cultivo de cereales y legumbres. Interesa señalar que en el códice S (Sangermanensis , siglo IX ), el de mejor nota, el libro II es titulado sementiuus , esto es, «el de la siembra» 27 , y cultivos de siembra son, en efecto, los de los cereales y las legumbres (incluidas las plantas forrajeras) que en él se exponen.
Esta denominación —liber sementiuus —, presente como título en la tradición textual más antigua, debe juzgarse en principio genuina y entenderse complementariamente y en paralelo a la que aparece encabezando el siguiente libro, el III, llamado surcularis prior en los dos códices más antiguos y en bastantes recentiores , así como en la tabla del final del libro XI. Es de imaginar que el propio Columela, o bien un copista temprano, quiso distinguir con ese adjetivo los cultivos mediante planta (plantón, injerto, esqueje = surculus) —es decir, la viticultura principalmente, pero también otros tipos de árboles y arbustos— de los del libro II, cuyo método es la siembra. El libro IV continúa la exposición de la viticultura iniciada en el libro anterior y no lleva ningún epígrafe en los manuscritos (le correspondería el de surcularis secundus); sí lo lleva, en cambio, el libro V, llamado surcularis liber tertius en los dos códices más antiguos, S y A, y en no pocos recentiores (en parte, los mismos que llamaban surcularis prior al III) 28 . Este libro empieza con un compendio de agrimensura al que sigue la referencia a la viticultura en las provincias y a la formación de la arboleda emparrada o arbustum , cultivo de la viña propio de Italia, así como a la plantación e injerto de otros árboles (olivos, frutales, cítiso). Se cierra así, con cinco libros, la parte estrictamente agrícola de la Res rustica , ya que los restantes (VI-IX) del plan inicial están dedicados a la ganadería 29 .
Recordemos que el De arboribus o Libro de los árboles figura en todos los códices conservados como liber tertius , insertado entre el sementiuus y el surcularis prior , de manera que éste (aun siendo en puridad el III) se convierte en el libro IV de la tradición manuscrita, y así los siguientes hasta el XII y último, que es el XIII de los manuscritos 30 . Se ha dicho que su contenido resume el de los libros III, IV y V, pero en realidad lo que en él encontramos es una exposición parcial del contenido de esos libros, ya que en determinados asuntos el texto corre en paralelo, llegándose en algunos puntos a una equivalencia prácticamente literal, mientras que muchos otros aspectos expuestos en ellos faltan por completo en el Libro de los árboles . Dos circunstancias (¿independientes?) hacen particularmente llamativa la relación entre el libro V de la Res rustica y el De arboribus . La primera, el sorprendente mal estado del texto en el libro V, sobre todo desde el capítulo 8 hasta el final; la segunda, el ceñido paralelismo textual, en especial a partir de V 5, 10 / árb . 18 (en esta parte el texto es prácticamente idéntico).
La parte pecuaria de la Res rustica incluye primero un par de libros, el VI y el VII, dedicados respectivamente al ganado mayor (buey, mula y caballo) y menor (oveja, cabra y cerdo, más el perro y el asno), con un prefacio común a ambos y amplias nociones de veterinaria. Los dos libros restantes, el VIII y el IX, exponen las villaticae pastiones , esto es, la cría de animales de granja, según esta distribución: gallinas, palomas, tordos, pavos, gansos y patos, más la piscicultura, se tratan en el octavo; las reservas de caza (liebres y otros animales salvajes), más la apicultura, van en el noveno. El cuadro de la economía rural parece así completo, pero al final del libro IX anuncia Columela que va a tratar la horticultura, en verso, cediendo a los ruegos de Publio Silvino y de Junio Galión, el hermano de Séneca. Y escribe el libro X, con más neta ambición literaria que los anteriores, en la estela de las Geórgicas virgilianas y del poema didáctico alejandrino 31 . Las descripciones brillantes y coloristas priman en él sobre la precisión técnica que caracteriza los libros en prosa. Por lo demás, como ha señalado René Martin, Columela deja ahora la gran explotación y pasa a describir un trozo de tierra que puede cultivar un sólo hombre y que evoca el huertecillo virgiliano primorosamente atendido por el viejo tarentino (Geórg . IV 125-146) 32 . Aquí como en alguna otra parte del tratado —aun siendo desde luego el autor más citado también en los libros en prosa— es Virgilio, si se me permite parafrasear a Saint-Denis, el espejo en que se mira nuestro Columela 33 .
Por más que al comienzo del libro X, en su prefacio en prosa, viene a decir nuestro agrónomo que ése va a ser el último libro del tratado 34 , añadirá luego el undécimo a instancias de su joven amigo Claudio Augustal, prosificando la horticultura ya expuesta en hexámetros. Pero a las labores del hortelano preceden dos largos capítulos: retoma el primero el tema, ya tratado en el libro I, de los deberes del vilicus o capataz, mientras el segundo desarrolla un calendario rústico, útil complemento para la ejecución de cuanto se ha venido explicando. Al final del libro XI, según dijimos, muchos manuscritos traen un índice por materias de los distintos libros, supuestamente añadido por el propio Columela, que parece poner fin a la obra. No es así, sin embargo, y todavía se incorpora el libro XII, el más extenso, que expone, en paralelo con el prontuario del vilicus recogido en el libro anterior, los deberes de su compañera y asociada, la vilica , junto con una larga serie de recetas para preparar toda clase de conservas caseras.
Consideración aparte merece el contenido ideológico de la obra, al que ya he aludido al referirme al Prefacio general. En este asunto es inexcusable acudir al estudio de René Martin sobre el pensamiento social y económico de los agrónomos latinos 35 , cuyas conclusiones, discutibles a veces, han sido punto de partida obligado para cualquier estudio ulterior. Las relativas a Columela (págs. 289-373) fueron refundidas por el mismo Martin en unos pocos y densos párrafos publicados después 36 , que intento a mi vez sintetizar aquí. Tras afirmar la ausencia de innovación tecnológica relevante en la obra de nuestro agrónomo, el investigador francés señala su extraordinaria significación, por el contrario, como pensador económico. Columela parte de una actitud activa que le lleva a analizar con particular lucidez la mala situación de la agricultura itálica, propugnando —contra el abandonismo que se resigna a la agrorum infecunditas como a una fatalidad inevitable— el replanteamiento racional de las formas de producción. Esta nueva visión de lo que es y puede ser la agricultura, expuesta a lo largo de la obra, y particularmente en el Prefacio general, se concreta en los puntos siguientes.
Partiendo de una perspectiva que enlaza con Virgilio y el pensamiento estoico, nuestro autor desarrolla lo que se ha dado en llamar «ideologia della terra» 37 , en virtud de la cual la agricultura debe ser considerada como la primera actividad humana por su valor ético, económico y social; desechados el ejército y el comercio como medios ilícitos de fortuna, la propiedad y explotación de la tierra aparecen como fundamento de la sociedad y el Estado. Columela rechaza la teoría de la creciente esterilidad del suelo, expuesta ya por Lucrecio: en opinión de nuestro agrónomo, la tierra no envejece, ni es cierto que un cultivo intensivo agote su capacidad generadora, sino que el problema reside en la adecuada nutrición del suelo 38 . Consecuentemente, Columela defiende con insistencia el abonado del terreno, que en su época sólo podía ser orgánico. De ahí su interés por unir agricultura y ganadería, vistas por él (VI 1) como complementarias; critica así implícitamente la práctica común entonces de trasladar el pastoreo al saltus , con lo que las tierras de labor quedaban privadas del principal medio de reconstitución. Con todo, inmerso en una sociedad y un modo de producción esclavista, Columela no cuestiona el sistema como tal, sino su funcionamiento. Propone medidas concretas para males que diagnostica sin embozo (el absentismo de los propietarios, la descuidada elección de capataces y esclavos) 39 y aconseja tratar con consideración —más por interés que por humanidad— la mano de obra servil. La escasa viabilidad de tales propuestas no impide que la suya sea una de las reflexiones más lúcidas llevadas a cabo en la Antigüedad sobre el sistema de producción esclavista. Pero su idea más original quizá sea que el propietario ha de tener la posibilidad y, sobre todo, la voluntad de «invertir», introduciendo mejoras en el proceso productivo, fundamentalmente en cuanto a la calidad de la mano de obra. Se advierte aquí de nuevo una actitud de sorprendente modernidad, que prefigura los modos capitalistas 40 . Plinio el Viejo defenderá, al contrario que Columela, el abaratamiento de los costes de producción como único medio de compensar la inevitable, al parecer, mengua de las ganancias 41 . Tales son, al hilo de la exposición de René Martin, las ideas más relevantes en la ideología social y económica de nuestro autor. Conforman un análisis detallado y penetrante de la agricultura romana, y en no pocos aspectos prefiguran directrices y conceptos de la historia económica posterior 42 .
Fuentes y método
Columela hace gala de un amplio conocimiento de la tradición agronómica. La lista de autoridades que ofrece en I 1, 7-14, comprende más de cincuenta nombres, entre griegos (Hesíodo, Demócrito, Jenofonte, Arquitas de Tarento, Aristóteles, Teofrasto, y otros muchos que apenas conocemos) y latinos. Éstos son diez: Catón, los dos Saserna, Tremelio Escrofa, Varrón, Virgilio, el tratadista de apicultura Higino, Cornelio Celso y dos especialistas en la viticultura, Julio Àtico y Julio Grecino; a los que hay que añadir el púnico Magón —rusticationis parens , lo apoda—, a quien lee en su versión latina. Es evidente, sin embargo, que no todos los autores de esta larga nómina han sido utilizados por igual. Como ha señalado B. Baldwin 43 , son ciertamente las obras latinas —incluida la de Magón— las más utilizadas, y entre ellas las Geórgicas virgilianas constituyen un caso especial; Virgilio es citado más de treinta veces, algunas mediante epítetos que suplen su nombre y que van desde el encendido verissimus vates (I 4, 4) al sencillo poeta (VI 27, 4), «el poeta» por antonomasia 44 .
Con todo, esta devoción por Virgilio no impide a nuestro agrónomo impugnar su doctrina cuando lo cree necesario, y lo mismo sucede con los restantes autores. Pues Columela se sirve de las fuentes filtrándolas a través de su propio criterio, seleccionando y valorando lo que en ellas lee. No suele quedarse en mero compilador o divulgador de las teorías expuestas por sus predecesores, sino que valora esa información a la luz de su experiencia personal, abierta a cualquier innovación ventajosa. Experto mihi crede, Siluine …, pide a su destinatario (IV 3, 5), es decir, «créeme porque no hablo de oídas, sino por experiencia». Su examen crítico de las opiniones de los agrónomos precedentes se funda en la constante experimentación; de ahí que haya podido afirmarse que his most important source is his own practical knowledge 45 , y que no parezca excesivo calificar de «científico» el método del gaditano 46 . Todo lo cual no impide a nuestro Columela ser hijo de su tiempo y dar cabida en su tratado a prácticas y opiniones que hoy consideramos descabelladas 47 . Su actitud, en fin, ante la tradición es la de un matizado respeto, como muestran las siguientes palabras: «Mas, sean las que fueren las causas en razón de las cuales la agricultura de nuestro tiempo difiere de la de los antiguos, no deben disuadir de leerlos a quien está aprendiendo. Pues en sus obras es mucho más lo que merece nuestra aprobación que lo que merece nuestro rechazo.» (I 1, 6)
Lengua y estilo
Aunque sabemos que no resulta impropia en la literatura técnica antigua, la calidad estilística de la Res rustica llama nuestra atención si la comparamos con la lengua de los demás agrónomos latinos, en particular Catón y Paladio. Esa calidad, que los estudiosos de las letras romanas han reconocido habitualmente a nuestro autor, determinó, por ejemplo, que el erudito escritor ilustrado Cándido María Trigueros apodara ya a Columela «el Tulio de la Labranza» 48 . La mención de Cicerón se revela algo más que simple marchamo de calidad y clasicismo: la influencia del Arpinate es visible desde el comienzo mismo de la obra (Saepenumero ciuitatis nostrae principes audio culpantis …, en paralelo con el principio del De oratore (Cogitanti mihi saepenumero et memoria uetera repetenti…) , y continúa con otros puntos de contacto que muestran cómo Columela ha elegido los tratados retóricos de Cicerón como modelo preferente para el Prefacio inaugural de la Res rustica 49 . De este Prefacio ha dicho Richter que constituye «uno de los más notables testimonios del ciceronianismo en el siglo I después de Cristo» 50 . Así pues, sin que ello pueda sorprendernos, Cicerón es una referencia fundamental para comprender y valorar los procedimientos retóricos de la prosa de nuestro autor; es presumible que en su formación de adolescente —todavía en la Bética, suponemos— él fue, junto con Virgilio, el principal modelo. Luego vendrá a añadirse a ambos el Varrón agronómico, con quien Columela establece una relación más propiamente de aemulatio: no en vano aspiraba, hasta cierto punto, a suplantarlo, como en general a la tradición agronómica anterior. Lo que no impedía tenerlo presente también a efectos retóricos, al igual que debió de ocurrir con otra fuente todavía más próxima y de dicción más sobria, el Celso agrícola que hemos perdido y que seguramente influyó no sólo en la materia, sino en la expresión literaria del gaditano. Forma y contenido son inseparables en su idea de la agronomía; así, en II 1, 2 dice de su predecesor Tremelio Escrofa que «transmitió a la posteridad, con elegancia y saber unidos, gran número de preceptos agrícolas» 51 . Es así como, con dos modelos básicos, Cicerón y Virgilio, más la presencia de Varrón y Celso, entre otros, había de configurarse la lengua y el estilo de Columela como una muestra, característica y peculiar a la vez, de la latinidad argéntea. Se habla a este propósito de una prosa artística en la que se difuminan las fronteras entre lengua de la prosa y lengua de la poesía, y se contrapone el latín enérgico, pero un tanto oscuro y áspero, del Varrón agronómico con la fluidez y elegancia de Columela 52 . Y no se crea que esa calidad literaria ha beneficiado siempre a nuestro autor, pues a la larga iba a suponer un obstáculo para la difusión de la Res rustica , ya desde la tardía Antigüedad y durante los siglos oscuros. Plinio el Viejo y Paladio 53 criticarán, con velada alusión a Columela, el uso de un estilo rebuscado cuando el tema y el destinatario de la obra requieren una exposición sencilla; y Casiodoro, en el umbral de la Edad Media, recomendará a sus monjes iletrados «la absoluta claridad» (planissima lucidatio) de Paladio, frente a un Columela difícil, disertis potius quam imperitis acommodus , esto es, «más adecuado para las gentes cultivadas que para los inexpertos» (Instit. div . I 28, 6).
No disponemos, sin embargo, de un estudio completo y sistemático de la lengua de Columela, y esta ausencia se traduce en apreciaciones a veces poco firmes e incluso en una cierta contradicción. Un punto dudoso, por ejemplo, es su observancia o no de las normas de la prosa métrica; mientras unos la suponen o la intuyen 54 , hay quien adopta al respecto una actitud más prudente: Josephson, en la Introducción de su fundamental estudio sobre la tradición manuscrita de nuestro autor, declara que, vista la discutible evidencia del carácter rítmico de la prosa columeliana, no ha tomado en consideración ese hipotético «Prosarhythmus» como criterio para el establecimiento crítico del texto. Y ello en razón de que él mismo ha contabilizado las distintas cláusulas presentes en una muestra de la Res rustica (el Prefacio general, del libro I, y el libro IX entero) y comparado los resultados con autores de la misma época (Plinio, Frontino, Séneca), llegando a la conclusión de que, en conjunto, la frecuencia de esas cláusulas en Columela «está más cerca de la de un texto no métrico que de la de uno típicamente rítmico (Séneca, Cicerón), si bien, por otro lado, no es mucho menor que la de Plinio el Viejo o la de Frontino» 55 . Y si esta divergencia se da en un aspecto objetivo, cual es la prosa métrica, no habrá de extrañar que se produzca al evaluar rasgos de estilo más difusos, tales como el gusto por el color o un cierto dramatismo expresivo, que suelen atribuirse a los escritores hispanos del siglo I , Columela entre ellos. Si bien esto se ha dicho sobre todo del libro X, y de ello hablaré luego, a veces la etiqueta de «estilo español (hispano)» se extiende también a la prosa, aunque sea para negarlo, como en estas palabras de J. Wight Duff: «Una cosa, al menos, es reconfortante, que [Columela] no carga al lector con trozos de lucimiento o con los artificios de su época. Hay en él alusiones a costumbres hispanas y a nombres hispanos, pero no hay retórica hispana» 56 .
Resulta significativo, en fin, que Francesca Boldrer recurra todavía 57 a lo escrito por Kottmann o Kappelmacher, a principios del pasado siglo, sobre la lengua de Columela 58 . Martin, que cita también a Kappelmacher, se contenta con dar unos cuantos rasgos generales: búsqueda constante de la variatio en la sintaxis (gran número y variedad de subordinadas) y el léxico (abundancia de sinónimos), gusto por la disposición simétrica (o mediante correlaciones) de los miembros de la frase o del período, y respeto de las exigencias de la prosa métrica 59 . La falta de un estudio reciente sobre la lengua de nuestro agrónomo resulta menos comprensible tras la aparición del Index 60 y la generalización de los medios informáticos, por más que en el campo lexicográfico sí han aparecido algunos trabajos 61 . Así las cosas, me limitaré a enumerar a continuación algunas características de la lengua y el estilo de la Res rustica , sirviéndome para ello de las observaciones de Kappelmacher y de Richter, así como de mi propia experiencia de traductor.
Rasgo principal, unánimemente señalado, es la variatio 62 , tanto léxica como sintáctica. Kappelmacher 63 aporta, entre otros, los ejemplos de «arar», esto es, arare y sus muchos sinónimos (inarare, imporcare, agros sulcare, agrum uertere, terram uersare, ueruagere agros, terram subigere, terram resoluere, terram perfodere , etc.), o la secuencia de distintos pronombres: pollicem… quem quidam custodem, alii resecem, nonnulli praesidiarium appellant (IV 21, 3) 64 ; o bien señala variaciones de caso, de persona o de modo en determinados pasajes. Anota asimismo el gusto por fórmulas aliteradas, del tipo alacer atque audax (VII 6, 9), o por la lítotes; y advierte la ausencia de preposición en construcciones como abstinere (ab) aliqua re o spectare (ad) más acusativo, así como la tendencia a usar el adverbio longe , en lugar de multo , seguido de comparativo: longe laetior , v. gr., en V 6, 3. En conjunto, la impresión que se obtiene no es precisamente la de una total dependencia de su admirado Cicerón, sino la de una lengua que, al decir de Kappelmacher, se sitúa «en la línea que lleva de Salustio 65 a Tácito, pasando por Livio y Virgilio». Los tecnicismos que en ella encontramos serían los propios de la materia tratada, aunque ese dominio lingüístico del tema no está libre de cierta pedantería. Y como trazo final del estilo de nuestro agrónomo, reconocido también por todos, anota Kappelmacher el gusto por la personificación del mundo natural, fruto del aliento poético que respira su obra y de su amor por la Naturaleza.
Richter se detendrá en este rasgo básico de la expresión columeliana, señalando analogías, paralelismos o comparaciones que humanizan plantas y animales 66 . Así, la analogía entre el organismo vegetal y el cuerpo humano de III 10, 9-11, con sus funciones respectivas, inspirada en Platón y en los estoicos; o la traslación de términos entre los mundos vegetal, animal y humano: el estiércol es el alimento con que «cebamos» al campo (II 5, 1); la cepa es como alguien a quien hay que tratar «con clemencia» (IV 27, 2); el árbol injertado debe «servir» al injerto (V 11, 11); el ganado se recoge y se cuenta al igual que se hace en la milicia con los soldados (VI 23, 2-3); el palomar se dispone de tal o cual manera para evitar «la tristeza» y el debilitamiento de las aves que están criando (VIII 8, 4). Más allá del estilo, en estos ejemplos advertimos una idea trascendente, un sentimiento de la Naturaleza. Subraya asimismo Richter 67 la atención prestada por Columela al léxico agrícola, pero no entendido como terminología, sino como «uso lingüístico» (Sprachgebrauch) que en muchos casos conocemos precisamente por él. «Los agricultores lo llaman de tal o cual manera», dice a menudo el gaditano, e incluye también denominaciones no romanas: galas (candetum, candosoccus) , hispanas (Vulturnus, zaeus) y sobre todo griegas (éstas abundan en la zootecnia y la veterinaria, así como en la horticultura), indicio fehaciente de su competencia en esta lengua. En cambio, las veleidades etimologistas al modo de Varrón no tienen cabida en su tratado. Su interés por el origen de las palabras es menor que el que siente por los objetos y su denominación entre los labradores, así como por la práctica misma de la agricultura: lo cual hace pensar —concluye— que Columela destinaba su obra a distinguidos terratenientes urbanos, a quienes quería dar a conocer los nombres y técnicas agrícolas reales para ganar su confianza.
He aquí algunos rasgos característicos de la lengua y el estilo de Columela. Pero queda, seguramente, mucho por decir, y algo de ello descubre la práctica de la traducción 68 . En cuanto a los recursos estilísticos, por ejemplo, y aun siendo la variatio el más evidente, constatamos también cierta predilección por determinadas figuras, como la hendíadis 69 . Y en el terreno de la sintaxis son muchos los usos que merecen anotarse, de los que doy una muestra a continuación. Particular interés suscita el empleo de los pronombres: neutralización de la oposición identificador / enfático (idem / ipse) 70 ; uso de ipse con valor cercano a ille o is , semejante a un artículo 71 ; correlación unus … alter … (IV 29, 11), equivalente a alius … alius …; utilización de algunos distributivos como cardinales 72 , etc. En la sintaxis de los casos, el ablativo presenta algunos empleos notables que no puedo detallar aquí (mencionaré sólo el de in + ablativo con valor instrumental 73 ); y en la oracional, llama la atención el uso de algunos nexos o partículas, como el at de transición (IV 22, 7), más que adversativo, o iam también como partícula de transición normalmente acompañada de otra partícula (IV 21, 2: iam enim; IV 24, 6: iam uero) , o el adverbio quamdiu como conjunción equivalente a dum (IV 24, 7). Pero es seguramente en el léxico donde podríamos extendernos más, en razón de su riqueza y precisión; señalaré al menos que no sólo encontramos la consabida uariatio , sino su contrario, esto es, el uso polisémico del mismo término 74 , algo que puede causar serios problemas al traductor. Un ejemplo notorio sería iugum , que no sólo significa «yugo» de uncir los bueyes, en el libro II, y «soporte» de la vid emparrada, en el III, sino que en el IV tiene la acepción más concreta, de «pértiga» o «travesaño», acorde con la definición que de esa voz daba Varrón en sus Res rusticae (I 8, 1). Incluso palabras en principio tan inofensivas como uinea y uitis varían ocasionalmente su sentido habitual, presentándose a veces como términos intercambiables. No hablemos ya del significado de algunos tecnicismos, acerca de los cuales existe una bibliografía específica: el caso de bipalium —se discute si se trata de un apero o de una técnica, o ambas cosas— es quizá el más conspicuo 75 .
Volviendo a consideraciones más generales, ya apuntábamos que la prosa de la Res rustica , aparte de estar esmaltada con citas del poema geórgico del Mantuano, es una prosa poetizada en mayor o menor medida. No extraña encontrar en ella expresiones como la virgiliana (Geórg . I 1) laetas segetes 76 , ni cierto lirismo ocasional (tal la colorista digresión sobre el otoño de III 21, 3, donde leemos que hasta el sujeto más ajeno a la agricultura habrá de maravillarse ante el espectáculo de las cepas dispuestas según su variedad y con las uvas en sazón). Como bien hace notar Francesca Boldrer 77 , la voluntad poética del gaditano, sobre todo en relación con Virgilio, se manifiesta ya en los nueve primeros libros, de forma que la composición del X en verso no parece forzada ni fuera de lugar, especialmente tras el noveno, que termina con la exposición de la apicultura, evocadora del libro IV de las Geórgicas y las flores melíferas del huerto del viejo Coricio (vv. 125-148); de esta forma, el anuncio (IX 16, 2) de la horticultura puesta en verso en el libro siguiente se produce de la forma más natural… y virgiliana. Escrito en hexámetros, el libro X, De cultu hortorum , constituye, aun contando con precedentes ilustres, un verdadero tour de force . Agricultura y poesía quedan ensambladas con variable fortuna en un carmen inspirado sobre todo en Virgilio e inscrito en la tradición del poema didáctico alejandrino. Al igual que en las Geórgicas , los principales recursos estilísticos son las perífrasis y digresiones, las alusiones mitológicas y la acumulación de nombres propios de gran sonoridad. Personificación y descripción, procedimientos habituales también en los libros en prosa, adquieren ahora dos notas especialmente características: dramatismo y colorido. En ello han querido ver algunos un rasgo propio del carácter hispano, presente también en Séneca, Lucano, Pomponio Mela e incluso Marcial 78 . Otros, sin negar del todo ese tono retórico y colorista en nuestro agrónomo, estiman que la lengua poética de Columela está cerca todavía del clasicismo augusteo de Virgilio. Holgado, por ejemplo, advierte que el estilo de Columela de ninguna manera alcanza en su retoricismo «la recargada y retorcida violencia de Lucano» 79 , quien escribe por los mismos años que el gaditano. Boldrer, en fin, ha puesto de relieve los aspectos originales del poema, procurando precisar y completar la visión tradicional de Columela como mero imitador de Virgilio 80 . De acuerdo con su análisis, en el libro X se advierte la búsqueda de una expresión artística personal, concretada en una constante innovación, tanto léxica como sintáctica. El vocabulario empleado por el poeta adquiere su peculiaridad por diferentes vías: bien por el procedimiento de dotar a un vocablo preexistente de una nueva acepción —así el helenismo calathus («cesto») usado en el verso 99 con el significado de «cáliz» de los lirios, o numerosus aplicado a hortus («un huerto fértil, productivo») en el verso 6—, bien mediante la introducción de neologismos —a menudo fitónimos griegos, algunas veces hápax, que suplantan a los latinos, como gongylis por rapum («naba») o bunias por napus («nabo») en los versos 421 y 422, o que siguen el gusto alejandrino de lo raro y erudito (panax , v. 103; mandragoras , v. 20 81 )—, bien por lo que pudiera llamarse «emparejamiento bilingüe», consistente en poner al lado de un grecismo un adjetivo o una expresión que da en latín explicación etimológica de aquél (candida leucoia , v. 97, o inmortales amaranti , v. 175, verbigracia). Además de estas particularidades léxicas, observa Boldrer ejemplos de construcciones sintácticas anómalas, desusadas o arcaizantes, todo lo cual abonaría la idea de un Columela poeta un tanto imprevisible, deseoso de mostrar una personalidad propia como escritor. Al igual que sucede con Cicerón, principal —pero no único— modelo de los libros en prosa, la adecuada valoración del décimo, de su carmen de cultu hortorum , exige ir más allá del mero virgilianismo.
Fortuna
Las montañas de Tracia —si a Virgilio creemos —
con los trenos de Orfeo se extasiaron;
pero tú, Junio, cantas esos campos agrestes
adonde, en pos de ti, van las ciudades .
¡Qué quirites, oh dioses, tuvo entonces Roma ,
cuando a tan gran agricultor veía!
Este epigrama de Teodoro de Beza 82 puede aducirse como muestra elocuente del entusiasmo que Columela llegó a suscitar en el Renacimiento, del que podrían citarse no pocos testimonios repartidos por toda Europa. Mas la fortuna de nuestro agrónomo no fue siempre la misma, sino que conoció vicisitudes diversas que paso ahora a exponer a grandes rasgos. Empezando por su propia época, debe decirse que, pocos años después de ser escrita, la Res rustica es utilizada ya por Plinio como fuente principal de los libros XVII y XVIII de su Naturalis historia; más adelante, la presencia de Columela será también considerable en la obra de autores técnicos tardíos como Gargilio Marcial 83 , en diversos textos de veterinaria (Pelagonio 84 , Mulomedicina Chironis , Vegecio y el fragmento titulado Cura boum , tradicionalmente atribuido a Gargilio) y, muy en particular, en el Opus agriculturae de Paladio 85 . Esa deuda, no siempre explícita, ha sido detallada a lo largo de varios siglos merced a la labor de los filólogos aplicados a la investigación de fuentes y loci paralleli 86 .
Ya en el umbral de la Edad Media, Isidoro de Sevilla, especialmente en el libro XVII de las Etimologías —intitulado «De rebus rusticis », a pesar de que trata más bien de botánica—, se sirve de Columela como fuente, a veces sin nombrarlo. Aunque en ocasiones se ha defendido que Isidoro conoce la obra del gaditano sólo por fuente intermedia o mediante extractos, del cotejo de textos de uno y otro se infiere que el hispalense conoce y utiliza directamente la Res rustica 87 . Se han señalado asimismo ecos de nuestro agrónomo en la Regula redactada por Benito de Nursia, el fundador de Montecasino, por los mismos años en que Casiodoro escribía sus Institutiones; y en general se aprecia cierto paralelismo entre la uilla descrita por Columela y la organización de los primeros monasterios 88 .
La escasa difusión medieval de Columela contrasta con la de Paladio, mucho más leído en esos siglos. De antes del XV sólo conservamos —aparte de algunos excerpta — dos códices completos de época carolingia, S (Sangermanensis) y A (Ambrosianus) , copiados en Corbie y Fulda, respectivamente, y descendientes del mismo arquetipo. Una línea de transmisión distinta, itálica, aparece en los manuscritos R (los recentiores humanísticos), más de cuarenta; éstos son posteriores a la llegada a Italia del Ambrosianus (A) a comienzos del siglo XV , en el equipaje de Poggio Bracciolini, y en ellos se encuentran las dos líneas de la tradición, SA y R, representadas en proporción variable. El siglo xv marca, en efecto, una neta inflexión en la pervivencia y aprecio del tratado columeliano, que entonces es copiado y estudiado con fruición, llegando a desbancar a Paladio: si Piero dei Crescenzi, al empezar el siglo XIV , desconoce a Columela (pero no a Catón, Varrón o Paladio), cuando Alonso de Herrera escriba su Obra de Agricultura en los primeros años del XVI , el gaditano se contará entre sus fuentes principales. Dentro de la tradición de la Res rustica , los códices desaparecidos merecen una mención especial. Ya he aludido a la existencia de una línea de transmisión itálica, independiente de SA, que interviene en la prole de manuscritos humanísticos, los cuales, aunque «contaminados» por A, descienden de un códice R deperditus , probable copia de otro manuscrito, también perdido, cuyo texto era incompleto (sus carencias han sido suplidas en R mediante el texto de A); este texto incompleto constituiría el único testimonio conocido de Columela en Italia anterior a la llegada de A. Tenemos asimismo noticia de otros códices desaparecidos, presumiblemente humanísticos, como el Demidovianus moscovita o el escurialense cuya ausencia se advierte tras el incendio de la biblioteca del monasterio en 1671 89 ; en sentido contrario, la colación parcial de cierto códice pergeñada por Cándido María Trigueros, el erudito ilustrado que tan familiar resulta a los epigrafistas, apunta a la superchería. Del Mosquensis Demidovianus , devorado por las llamas en 1812, conservamos lecturas 90 que, con la debida cautela y por poco que contribuyan al establecimiento del texto, deben tenerse en cuenta para conocer y valorar el conjunto de la tradición; y lo mismo cabe decir de las variantes de los manuscritos dados a conocer en trabajos recientes, por más que no aporten grandes novedades, pues pertenecen al nutrido grupo de copias humanísticas (R): de los cinco códices columelianos conservados en bibliotecas españolas, por ejemplo, dos —el Barcinonensis (Barcelona, Biblioteca de Catalunya, ms. 626) y el Colombinus (Sevilla, Biblioteca Capitular y Colombina, ms. 2-3-23 [5])— no fueron conocidos por los editores suecos ni han sido tenidos en cuenta en ediciones posteriores 91 .
Suele darse la fecha de 1472 para la editio princeps de los agrónomos latinos, y ésa es la fecha de los primeros ejemplares conservados, pero hay indicios —el testimonio de Fabricius y de Ernesti, fundamentalmente— de que pudo haberse publicado dos años antes, en 1470, siendo la de 1472 una reimpresión 92 . En cualquier caso, en esta primera edición de los agrónomos —Venetiis, apud N. lenson, G. Merulae Alexandrini auspiciis —, el texto de Columela está basado en uno o varios códices sin identificar, pero pertenecientes a la línea de transmisión R sin contaminación apreciable de A, a juicio de Josephson 93 . Las siguientes ediciones, también italianas, anteriores a la veneciana de 1514, son en líneas generales meras reimpresiones de la princeps (únicamente la boloñesa de 1494 modifica a veces el texto, con algunas conjeturas acertadas). La llamada editio Aldina (Venecia, 1514) supone un salto cualitativo: introduce nuevas colaciones de manuscritos y conjeturas, y el texto cambia bastante; el criterio de «reconstrucción» humanístico (mediante correcciones, normalizaciones e interpolaciones) es evidente, apreciándose además el influjo de un determinado grupo de recentiores . Recordaré que ésta es además la edición que restaura la ordenación original de los libros, separando el De arboribus del cuerpo de la Res rustica (en el que se encontraba inserto como libro III, en la tradición manuscrita, según vimos). El texto constituido en esta edición, el de la vulgata humanística, perdurará en gran parte en las siguientes, hasta la edición actual de referencia, acometida por Lundström a fines del siglo XIX . Ahora bien, durante el siglo XVI , las ediciones —a las italianas se unen ahora las francesas y alemanas— incorporan comentarios diversos y aparecen las primeras traducciones al alemán, al italiano y al francés; y tras un cierto vacío editorial en el XVII , el siglo XVIII traerá consigo, con el desarrollo de la filología alemana, la edición de los agrónomos latinos desde supuestos críticos cada vez más rigurosos (edición de Gesner en 1735, revisada por Ernesti en 1773-1774; edición de Schneider, que tiene al fin en cuenta las lecturas de S, el códice de mejor nota, en 1794-1797).
Puede decirse que el prestigio del texto columeliano —una vez recuperado en su integridad al traer Poggio a suelo italiano el futuro Ambrosianus — corre parejo al desarrollo del humanismo. Las ediciones suelen ilustrarse mediante notas de sólida erudición, y en especial el libro X es leído y estudiado con fruición: se edita solo o acompañado de otros textos, a veces poemas renacentistas de tema más o menos afín, y merece la atención de humanistas de primera fila que se aplican a comentarlo, de Julio Pomponio Leto a Piero Vettori. Una parte de esa labor quedó inédita, a la espera de que su análisis pueda contribuir al mejor conocimiento tanto de la Res rustica como del propio método de trabajo y los intereses de los humanistas. Entre esos materiales, por ejemplo, figuran las anotaciones hechas por Poliziano en su ejemplar de la edición de 1472, conservado hoy en la Bibliothèque Nationale de París, o el comentario de Vadianus al libro X que guarda la biblioteca cantonal de Sankt Gallen 94 .
Columela en España
La fortuna de Columela en suelo hispano comienza —si dejamos a un lado la pervivencia en Isidoro, ya reseñada— con la polémica identificación del Yūniyūs mencionado por los geóponos hispanoárabes 95 . A mediados del siglo XVIII se recuperó y empezó a ser estudiada una obra escrita en Sevilla a fines del XII o principios del XIII , el Libro de agricultura de Ibn al-‘Awwam (también llamado Abu Zacaría), y de entonces data la idea de que el Yūni(y)ūs que aparece citado en ella con frecuencia no es sino nuestro L. Iunius Moderatus Columella 96 . Hasta no hace mucho, esta identificación ha venido siendo comúnmente admitida por los arabistas, con lo que se suponía que la Res rustica del gaditano había sido conocida, presumiblemente en traducción, por una parte al menos de la tradición agronómica hispanoárabe. Pero ya los hermanos Rodríguez Mohedano, al realizar, con su característica honradez intelectual, un cotejo de los pasajes de ambos tratados, el de Columela y el de Abu Zacaría, en los que era de esperar que éste siguiera a aquél, pues atribuía sus palabras a Yūniyūs , si bien unas veces constataron notables coincidencias, otras, en cambio, advirtieron apenas una vaga semejanza o incluso un franco desacuerdo entre uno y otro; y si no llegaron a expresar claramente sus dudas acerca de la ecuación Yūniyūs = Columela, fue seguramente por respeto a la autoridad de quienes la defendían, más versados que ellos en las letras arábigas. Fue, según parece, V. Rose 97 el primero en poner realmente en duda tal identificación y sostener que Yūniyūs podía muy bien ser corrupción de Vindanius (Vindanio Anatolio de Beirut, autor del siglo IV , fuente principal de la recopilación posterior que conocemos con el nombre de Geoponica) . Esta tesis ha sido recogida y sólidamente fundamentada por R. H. Rodgers 98 , por lo que debemos abandonar la identificación de Yūniyūs con Columela. ¿Debemos pensar asimismo, con Rodgers, que los geóponos hispanoárabes, y los griegos de los Geoponica , desconocieron la obra del gaditano? La complejidad de la tradición griega y oriental, de la que se nutre la literatura agronómica en árabe, aconseja en este punto cierta cautela. Por una parte, el fondo romano de los Geoponica resulta notorio para algunos; por otra, es perfectamente posible la presencia de Columela en la Bética visigoda —lo vimos a propósito de Isidoro— y no falta quien todavía insiste en la existencia posterior de una versión árabe, quizá compendiada o parcial, de la Res rustica .
Poco más cabe decir de la fortuna medieval de Columela en nuestro país: tal vez la ficción del códice de Trigueros —fechado por él en el siglo XI — tenía por objeto salvar ese largo silencio, imaginando una pervivencia de la que no tenemos mayores indicios que los apuntados. De los manuscritos existentes en bibliotecas españolas, todos humanísticos, hemos tratado ya; copiados en Italia en el siglo XV , conocemos en algún caso (el escurialense de Jerónimo Zurita, las copias parciales de la Colombina, el bello ejemplar napolitano conservado en Valencia) las circunstancias de sus poseedores y de su llegada a España; dan fe del interés por la agronomía antigua y por nuestro autor en particular, un interés que aflora aquí y allá, en humanistas y escritores españoles de los siglos XVI y XVII , en latín o vulgar. Destaca la decidida valoración de la lengua y el estilo de la Res rustica por parte de humanistas como Nebrija 99 o Vives: en el tercer libro de su De tradendis disciplinis , el segundo recomendará la lectura de los agrónomos latinos con el fin de adquirir un vocabulario específico, y elogiará en particular la elegancia de Columela. Todo ello acorde con el general entusiasmo que la recuperación del texto completo de nuestro autor había suscitado en Italia; ya dijimos que la llegada allí del Ambrosianus había dado lugar a una abundante prole de manuscritos humanísticos. Del mismo modo, a partir del siglo XV son numerosos los testimonios que confirman a Columela como autor muy leído y apreciado (véase el epigrama de Teodoro de Beza copiado más arriba como muestra de esa valoración, que hoy puede llegar a sorprendernos).
Esa decidida estimación de nuestro agrónomo se produce en una doble vertiente: la del estilo, ya mencionada, y la del contenido de su obra, considerada útil hasta el siglo XIX . Así, es en la tradición agronómica donde encontramos una ponderación más clara de la Res rustica y su doctrina, de manera que se convierte en fuente importante de la agronomía europea e inspira a menudo textos más amplios, de teoría económica sobre todo (arbitrismo, fisiocracia). A esta doble consideración se añade en España la de su origen hispano: en el De adserenda Hispanorum eruditione (Alcalá de Henares, 1553), por ejemplo, Alfonso García Matamoros celebra la patria bética de Columela junto a la latinidad pura y elocuente de su prosa, preferible en su opinión a la de los otros escritores romanos de agricultura; Columela —dice— trató «de re rustica minime rustice» 100 . Y en el siglo XVIII , en medio de polémicas constantes sobre la aportación de cada país al común europeo (recuérdese el artículo «Espagne» de la Encyclopédie) , la vindicación de nuestro autor como «gloria de la nación española» será habitual. Claro que hoy nos parece más que discutible adjetivar como español a quien pertenecía a la lengua y la cultura de Roma, pero la vigencia de esa perspectiva durante siglos es bien conocida y ha actuado como tal en nuestra historia cultural hasta fechas más recientes de lo que uno podría suponer.
Si hablamos de tradición agronómica, hemos de mencionar la Obra de Agricultura (Alcalá de Henares, 1513) de Gabriel Alonso de Herrera, el primer tratado sobre la materia escrito directamente en vulgar, por encargo del cardenal Cisneros, que alcanzaría gran difusión también fuera de España. Aun a falta de un análisis exhaustivo de las fuentes, la deuda de Herrera para con Columela es considerable; nuestro agrónomo ocupa el cuarto lugar por el número de citas expresas, sólo superado por «el Crecentino» (Piero dei Crescenzi), Plinio y Paladio. Ahora bien, ya vimos que tanto Plinio como, sobre todo, Paladio se sirven de Columela, y Crescenzi tiene a Paladio como fuente principal, de manera que podría darse el caso de que algunas citas de estos autores en Herrera remitieran en realidad a Columela. Por otro lado, una lectura atenta de la Obra de agricultura , incluidas las adiciones que el autor hizo al texto de la primera edición, revela enseguida la presencia encubierta de más contenidos columelianos; así tuve ocasión de comprobarlo en el análisis del Prólogo recogido en mi libro. Herrera asume una tradición compleja: las fuentes son tanto clásicas como medievales —algunas de éstas son árabes— y se presentan teñidas de una ideología cristiana; además, el autor demuestra conocimiento de la agricultura española, italiana y francesa. Refiriéndose a la patria común tanto como a la importancia de las obras de ambos, un ilustrado de última hora hablará de Herrera como de «un segundo Columela» 101 , y quizá esto deba entenderse de forma todavía más literal, en el sentido de que la obra de Herrera tuvo seguramente el efecto de hacer innecesaria para el público español la traducción de la del gaditano; esa ha sido al menos la ocasional explicación, por lo demás verosímil, de que en nuestro país no se hubiera traducido hasta muy tarde la Res rustica , algo que otros países de Europa habían hecho hacía tiempo.
Tras Herrera —cuya obra, por lo demás, seguirá imprimiéndose durante mucho tiempo—, la agronomía española de los siglos XVI y XVII muestra una clara inclinación a la reflexión económica y política, especialmente en los textos arbitristas, que anticipan la actitud ilustrada ante la cuestión agraria. Se plantean entonces polémicas duraderas, como la que enfrenta a partidarios y detractores de la labranza con mulas, o la defensa de los intereses ganaderos —la todopoderosa Mesta— frente a la agricultura. Aunque está todavía por determinar la presencia de los agrónomos latinos —y en particular de Columela— en la mayoría de esas obras, sí he tenido ocasión de examinar las de dos arbitristas, Deza y Caxa de Leruela, del primer tercio del XVII . La huella de Columela, en particular de los aspectos ideológicos expuestos en el Prefacio general, es bien visible en ambos autores (sobre todo en Caxa). Por los mismos años —concretamente en 1617— vio la luz en Barcelona el manual agronómico seguramente más popular en España durante casi dos siglos, a saber, el Llibre dels Secrets de Agricultura, casa rustica y Pastoril (sic), de Miquel Agustí, con veinte ediciones documentadas, la primera de las cuales es la única en catalán, mientras la segunda (Perpiñán, 1626), bastante ampliada, ofrece la versión castellana del propio autor. Su fuente y modelo principal es L’Agriculture et Maison Rustique (París, 1564) de Ch. Estienne y J. Liébaut; esta obra y las de algunos otros, pocos, autores modernos habrían sido —a juicio de un estudio reciente 102 — las únicas manejadas directamente por el escritor catalán, de manera que las citas de las muchas autoridades mencionadas, incluido Columela, serían indirectas.
Diversas circunstancias concurren para hacer del XVIII un siglo «columeliano». Nuevas ediciones y traducciones de los agrónomos latinos van apareciendo en diversos países; señalemos entre ellas la edición de Ernesti (Lepizig, 1773-1774), revisión de la de Gesner (Lepizig, 1735), y la traducción francesa de Saboureux (París, 1771-1772), pronto adoptadas como medios de trabajo básicos por los estudiosos españoles de Columela. La atención a la agronomía antigua se ve favorecida por la reivindicación del saber positivo y práctico propia de la época, que concede a la agricultura un papel preponderante como fundamento del bienestar general y del progreso; tal es la visión de los fisiócratas, que encuentran en Columela un claro precedente de sus postulados. Y si la agronomía experimenta nuevas técnicas, no desdeña por ello conocer las antiguas; de ahí la actitud de equilibrio o compromiso entre tradición e innovaciones que encontramos en muchos ilustrados. En España, la cultura oficial de la Ilustración tendrá su mejor momento en el reinado de Carlos III (1759-1788); es entonces cuando se produce un verdadero «redescubrimiento» de Columela que tiene su reflejo en importantes iniciativas, promovidas a menudo institucionalmente.
Aunque redactada en los últimos años del siglo XVII , la obra de Nicolás Antonio es ya un claro precedente de la renovación ilustrada. Su noticia sobre Columela en la Bibliotheca Hispana Vetus constituye una sólida síntesis de conocimientos luego aprovechada por Fabricio, Gesner y los Mohedano, entre otros. Muy distinta es la significación del «discurso» titulado «Honra y provecho de la agricultura», incluido en el Teatro crítico universal de Feijoo. Si la erudición crítica de Nicolás Antonio anuncia el rigor y la minuciosidad de los Mayans, Burriel o Pérez Bayer, en el benedictino de Oviedo sobrepuja el ideólogo y divulgador, en la línea de los arbitristas y los ilustrados reformadores. En su ensayo pesa más el pragmatismo que la erudición, aunque no falte la argumentación historicista y el recurso a las fuentes, entre las que sobresale la Res rustica . Pero es en la segunda mitad del XVIII y primeros años del XIX cuando la frecuencia y la diversidad de las referencias atestiguan una cierta vulgarización de nuestro agrónomo. Jesuitas expulsos, políticos, botanistas, elogian y conocen su tratado. Y junto a versiones de escaso mérito, obra del fraile oscuro o el cortesano ocioso, en esas décadas toman cuerpo proyectos tan importantes como la traducción, parcialmente realizada, de Cándido María Trigueros —la primera a nuestro idioma de que tenemos noticia—, el exhaustivo estudio de Columela llevado a cabo por los Mohedano en el octavo tomo de la Historia literaria de España , la edición bilingüe y la antología auspiciadas por la Real Sociedad Económica Matritense, o la primera traducción completa publicada, obra de Álvarez de Sotomayor.
Los proyectos de Trigueros (1777-1784) y de la Matritense (1785-1842) aparecen relacionados a través de Jovellanos, inspirador de ambos. Después de haber ayudado a Trigueros en el mismo empeño, el asturiano, a la sazón director de la Sociedad, propuso en 1785 a sus consocios traducir a nuestro agrónomo. La empresa de la Matritense confirma la valoración institucional de Columela como autor «de utilidad pública», en total adecuación al ideario ilustrado. Pero la realización del proyecto se prolongará durante décadas y en el archivo de la Económica irá formándose un «expediente Columela» referido a dos iniciativas principales. La propuesta de Jovellanos se transformará andando el tiempo en la edición bilingüe de Pérez Villamil, terminada en 1819 y nunca publicada del todo. Deudor casi absoluto de Gesner-Ernesti en cuanto al texto latino, Villamil brilla, en cambio, como traductor: en conjunto, la versión resulta más que correcta, por más que su estilo arcaizante enmascare alguna infidelidad al original. La otra empresa columeliana de la Matritense no tuvo mejor suerte que la primera. El botánico Sandalio de Arias preparó una antología latina de la Res rustica , pero fue tan mal impresa (1837-1838) que hubo de ser retirada.
Íntegramente dedicado a Columela, el octavo tomo de la Historia Literaria de España (Madrid, 1781) de los Rodríguez Mohedano supone algo más que un exhaustivo repaso de la erudición sobre el agrónomo, ya que aporta nuevos datos y una visión propia en algunos puntos discutidos. El hecho de ser el primer libro sobre Columela publicado en España justifica en parte su prolijidad, así como la inclusión del Prefacio general de la Res rustica —medianamente traducido— y de extractos del resto de la obra, acompañados de extensas notas donde se coteja la doctrina del gaditano con la agricultura andaluza de su tiempo y la bibliografía agronómica más reciente. La primera traducción completa de la Res rustica impresa en nuestro país (1824) se debe a Alvarez de Sotomayor, un ilustrado poco conocido que, más modesto en sus planteamientos que Trigueros o Villamil, alcanzó a ver publicado su trabajo. Ceñido al texto de Gesner y ayudado en traducción y notas por Saboureux y los Mohedano, Sotomayor lleva a cabo una versión correcta, caracterizada por la precisión y la sobriedad expresiva. Fue acusado de traducir del francés, lo cual puede decirse con verdad de las notas a la traducción, pero no del texto mismo, por más que tampoco en éste sea despreciable su deuda para con Saboureux. Mayor todavía es la dependencia de Saboureux en la versión parcial y anónima conservada en el manuscrito 89 del fondo Borbón-Lorenzana (Biblioteca Pública del Estado, antes Provincial, de Toledo), fiel y fluida a pesar de todo. Otros trabajos, en fin, de mediana o poca calidad, que no vamos a reseñar, corroboran la gran difusión y aprecio de Columela en esos años de Ilustración plena y sus epígonos.
Puede decirse que el Dictamen sobre la obra del agrónomo emitido por la Academia Nacional Greco-Latina, un folleto que no llega a treinta páginas (Madrid, 1840), cierra el capítulo de iniciativas de raíz ilustrada. Relacionado en su origen con la frustrada antología de la Matritense, supone un nuevo intento de introducir la Res rustica en las clases de latinidad. En lo que resta de siglo, el balance es muy pobre: varios opúsculos retóricos y falsamente científicos, algunas referencias dispersas, y una disimulada reimpresión, a cargo de Vicente Tinajero, de la traducción de Sotomayor. Habrá que esperar a Menéndez Pelayo y su Biblioteca hispanolatina clásica para reanudar el hilo de la erudición seria; y la espera será todavía más larga porque, tras la prematura muerte del montañés, la mayor parte de los materiales allegados por él para esa obra, así como para la Biblioteca de traductores españoles , incluido lo que atañe a Columela, tardarían bastante en ser publicados 103 . Ya en el siglo XX , hay que anotar la traducción del libro X, De cultu hortorum , por Miguel Jiménez Aquino (Madrid, 1920), quien en todo caso demuestra ser mejor versificador que latinista.
Después de nuestra última guerra civil, se escriben varios artículos de relativo interés concernientes a nuestro autor, y de nuevo llega a las librerías la traducción de Sotomayor, ahora plagiada y torpemente retocada 104 . Tal era el magro balance de los estudios columelianos en España —mientras la filología sueca llevaba adelante, desde finales del XIX , el sólido trabajo de la edición de la Res rustica a una con el estudio a fondo de su tradición manuscrita—, hasta que en 1975 don Manuel Fernández-Galiano recupera con creces en su edición bilingüe del libro X, precedida por una clara y extensa Introducción, la seriedad y buen hacer que no habíamos tenido desde la Ilustración. Tras él vendría don Antonio Holgado: a él y a sus colaboradores debemos la versión completa de la Res rustica 105 (Madrid, 1988) que ha venido a sustituir la ya añeja de Sotomayor, y en sus páginas introductorias encontramos una utilísima síntesis de cuanto sabemos en torno a Columela. La finura filológica es asimismo proverbial en la aportación de don Antonio Tovar, cuyos trabajos sobre Columela —recuérdese su explicación de Ceretanus = «de Ceret (Jerez)»— han insistido en la vinculación permanente del gaditano con su tierra natal. Y a estas aportaciones de la filología hay que añadir las realizadas desde otros campos de estudio. Entre los historiadores de la Antigüedad, es seguramente Pedro Sáez Fernández quien más atención ha prestado a nuestro agrónomo; sus investigaciones 106 subrayan la notable presencia de la agricultura bética dentro del tratado columeliano, abundando en las tesis de Tovar. Finalmente, economistas y agrónomos se han ocupado también de Columela: Barceló ha puesto de relieve sus planteamientos precapitalistas 107 , y en los dos homenajes que su ciudad natal ha dedicado a nuestro agrónomo ha podido verse la misma variedad de perspectivas de acercamiento a la Res rustica que hemos constatado históricamente, incluyendo la de la moderna agronomía 108 . Convengamos en que, más que lectores, Columela tiene hoy estudiosos confinados cada uno en su particular dominio; ahora bien, sólo el encuentro de los distintos especialistas (filólogos e historiadores, economistas y agrónomos) puede conducir a una valoración real y completa de su obra. Sólo mediante la comunicación efectiva de las distintas líneas de estudio podemos aspirar a una lectura total , semejante hasta cierto punto a la que todavía podían hacer humanistas como Pomponio Leto y Herrera, o ilustrados como Pontedera, Quesnay y Jovellanos. Se trata de comprender el tratado desde nuestro presente, como testimonio que es de una realidad histórica, pero extrayendo de él cuanto pueda enseñarnos 109 .
Sobre la traducción
Cumple hacer aquí mención de aquellas traducciones que han ayudado a quien esto escribe a llevar a cabo la suya. Hace poco me he referido a las más recientes versiones al castellano 110 : la de Álvarez de Sotomayor, bicentenaria casi, y la coordinada por don Antonio Holgado, que vio la luz en 1988 y que retoma, para el libro X, la que publicara en 1975 don Manuel Fernández-Galiano, considerada con justeza difícilmente mejorable. Aun sometido a revisión por Holgado, este trabajo colectivo no deja de mostrar, comprensiblemente, alguna desigualdad en los distintos libros, pero su calidad es en general más que mediana, y me ha sido de gran utilidad. Ocasionalmente, he consultado también con provecho la versión de Sotomayor, tanto para confirmar la recta comprensión de ciertos pasajes técnicos como para procurar su expresión en términos directos y castizos. Mi deuda es asimismo considerable para con los libros de la Res rustica traducidos al francés en los últimos tiempos y publicados dentro de la Collection des Universités de France , al cuidado de J. Chr. Dumont (III y IX), E. de Saint-Denis (X), J. André (XII) y R. Goujard (De arboribus); también me ha sido muy útil la edición bilingüe completa, latín-inglés, en tres volúmenes de la Loeb Classical Library , debida a H. B. Ash, E. S. Forster y E. H. Heffner, por más que el establecimiento crítico del texto sea en ella insuficiente e irregular, al depender de una edición de Upsala todavía incompleta 111 . Y he tenido igualmente a la vista las traducciones italiana y alemana, obra de R. Calzecchi y W. Richter respectivamente, la segunda con examen crítico del texto, que han resultado de gran ayuda a la hora de esclarecer muchos puntos oscuros.
He revisado además los textos de otros autores que fueron fuente de Columela —en particular las obras agronómicas de Catón, Varrón y Virgilio— cuando ha sido necesario para la buena inteligencia o la ilustración de los pasos de la Res rustica donde el préstamo se produce 112 . O bien, en sentido contrario, los textos de quienes se sirvieron de Columela como fuente, desde Plinio hasta Isidoro, con especial atención a Paladio. Para no pasar por alto estos testimonios complementarios del texto, ya se trate de sus fuentes o su tradición indirecta, he contado con la inestimable ayuda del aparato de loci paralleli de la edición de Upsala 113 , junto con las notas de otros editores y traductores. Me ha sido también muy útil el Index que Betts y Ashworth realizaron sobre la edición de los filológos suecos, indispensable a la hora de constatar la frecuencia y precisar la acepción de muchos vocablos y construcciones. Aun contando con tantos y tales recursos, no han faltado ocasiones en que la oscuridad del texto —debida a corruptelas en la transmisión o a la dificultad misma de su contenido, o a ambas cosas— ha hecho imposible la claridad que uno desea siempre; en esos casos, aparte de señalar el problema, he optado por lo que me parecía el mal menor en el establecimiento del texto, siempre que la ilación de conceptos no se resintiera y a sabiendas de que cualquier solución resultaba insatisfactoria. Otras veces, en cambio, he tenido la impresión de haber desvelado y expresado el sentido del texto mejor que las traducciones anteriores. Una obra como la Res rustica , técnica y especializada, pero a la vez tan variada, reclama el concurso de diferentes saberes y «sensibilidades», y es natural que la comprensión del texto vaya mejorando gracias a aportaciones particulares capaces de iluminar detalles o aspectos que antes habían permanecido oscuros. En este sentido, parece lógico que un manual agronómico plantee muchos problemas a un filólogo, normalmente más avezado a otro tipo de obras. En pocos textos como en éste percibimos la necesidad de aquella filología más «real» y menos formal que reclamaba Ortega 114 ; y sin duda está muy puesto en razón el consejo de Fernández-Galiano al futuro editor o traductor de Columela para que se asesore con técnicos en agricultura y ganadería 115 . Coincido plenamente con ellos y confieso que, a pesar de mi esfuerzo en esa dirección, siento que es mucho lo que queda por hacer 116 .
He procurado usar un español natural y castizo, libre en lo posible de pedanterías librescas y jerga pseudocientífica. Huyo cuanto puedo del exceso de sustantivos abstractos y la correspondiente penuria de verbos que caracterizan buena parte de la prosa de erudición contemporánea y el lenguaje de los medios de comunicación. Pero soy consciente del peligro contrario: el casticismo que juzgamos natural puede resultar, por raro, muy artificioso. Además, el estilo de Columela no es un dechado de sencillez y economía expresiva. No ahorra figuras retóricas y estructuras sintácticas complejas, y su léxico no es siempre el más directo y popular; hasta podría decirse que a veces hace gala de una cierta pedantería, fruto seguramente del prurito de tecnicismo y del deseo de dotar a su obra de altura «intelectual». Ciertamente Paladio parece referirse a él cuando critica (I 1, 1) a quienes escriben con demasiada retórica para un lector interesado sobre todo en el contenido. Estas consideraciones me han hecho atemperar mi propio gusto y buscar, en consecuencia, un equilibrio entre dos tendencias divergentes.
Mi vocabulario es el español estándar recogido por el Diccionario de la Real Academia Española en su edición de 2001, aunque resulta casi imposible no introducir algunos términos —más o menos técnicos— de uso restringido, o de uso preferente en unas regiones y no en otras. Dada la variedad y riqueza de este léxico agrícola, he querido dar cabida a voces de diferentes regiones de España, si bien esto lo he hecho sin un cálculo proporcional o distributivo exacto, a veces sirviéndome de sinónimos para traducir un mismo término. Sé que este «eclecticismo» supone una cierta arbitrariedad de cara al lector —no voy a poder justificar mi preferencia por uno u otro vocablo— y suscitará, tal vez, algunos reparos; pero es la vía que se me ha ido imponiendo en la práctica como más razonable o menos mala. Añadiré que he procurado evitar algún término malsonante en América, y que en ocasiones me ha costado resignarme al uso refrendado por la Academia. No faltará, en fin, quien advierta algunas voces o usos propios de la región de donde procedo, esto es, la Navarra suroccidental, lindante con Álava y La Rioja. El habla de mi comarca muestra, desde luego, la cercanía al antiguo reino de Castilla, pero también la fuerte impronta lingüística de lo que mis abuelos llamaban, con deliciosa imprecisión administrativa, «La Tierra Baja» (que alcanza a Tudela y hasta Aragón, Ebro abajo). Ejemplos de esta preferencia: simiente por semilla, sequero por secano, rosada por escarcha, dalla por guadaña…
Quien esto escribe no es —parece innecesario decirlo— agricultor de profesión. Lo ha sido, y lo es, aficionado; es decir: afeccionado. Se ha criado en una familia de labradores y ha vivido él también los usos agrícolas, tan cambiantes en los últimos tiempos. Sobre todo, ha visto que el campo es algo más que una fuente de recursos; ha visto que ha conformado durante siglos la vida de la mayor parte de la población. Y ha aprendido a ver en la práctica de sus mayores la presencia viva de una tradición milenaria. Ha desandado el camino de esa tradición y llegado a Hesíodo y Virgilio, para luego volver otra vez a las tierras del Ebro. Yendo y viniendo, ha aprendido quizá más filología que agricultura, pero no olvida de dónde viene y a quién debe.

1 La Introducción tiene carácter general, salvo el epígrafe de variantes textuales situado al final de la misma; ese apartado —igual que el Glosario y los índices (onomástico y de fitónimos) que cierran el libro— se refiere exclusivamente a la parte de la obra de Columela traducida en este volumen (véase «Contenido y estructura de la Res rustica»).
2 «El cerdo y el arqueólogo» puede leerse en la miscelánea de breves escritos (crónicas periodísticas en su mayoría) que, con el título Collezione di sabbia, apareció en Milán (Garzanti Editore) en 1984, de donde he tomado y traducido este fragmento.
3 El municipium Gaditanum es mencionado asimismo en Res rustica VII 2, 4, y XI 3, 26. Salvo indicación en contrario, cito según la edición de LUNDSTRÖM , JOSEPHSON y HEDBERG publicada entre 1897 y 1968 (véase Bibliografía), conocida como «edición de Upsala», omitiendo en adelante el título de la obra.
4 Esos datos de cronología relativa que permiten deducir razonablemente los años en que Columela escribió la Res rustica y, por extensión, el tiempo en que vivió, pueden verse —examinados con mayor o menor detalle— en diferentes estudios; v. gr., W. BECHER , De Lucii Junii Moderati Columellae vita et scriptis, Leipzig, 1897; C. CICHORIUS , «Zur Biographie Columellas», en Römische Studien, Leipzig, 1922, págs. 417-422; A. HOLGADO , Columela. De los trabajos del campo, Madrid, 1988, Introducción, págs. XV-XXI.
5 V 5, 15; otras referencias a su tío en II 15, 4; VII 2, 4; XII 21, 4; XII 40, 2 y XII 44, 5. Y a la Bética, en I praef. 20; II 10, 35; III 12, 6; V 1, 5; V 5, 15; V 8, 5; VII 1, 2; VII 2, 4; VIII 17, 15; XI 2, 60 y XI 3, 26.
6 También recogida por H. DESSAU , Inscriptiones latinae selectae, 3 vols., Berlin, 1892-1916 (núm. 2923). Las circunstancias de nuestro autor encajan bien con los datos aportados por el epígrafe, incluida la localización tarentina. Los habitantes de Gades pertenecían a la tribu Galería aquí mencionada, y sabemos que la legión VI, llamada ferrata, estuvo en Siria el año 23 d. C. y en fechas posteriores; TÁCITO , en fin, da noticia (Anales XIV 27) del asentamiento, el año 60 y en la región de Tarento, de veteranos (que pudieron dedicar el epígrafe a la memoria de su tribuno, si no es algún familiaris quien lo hizo). La inscripción, hoy perdida, fue descubierta en esa ciudad y descrita enseguida por Pacichelli, en 1685; esta descripción es la única que conocemos basada en una supuesta visión de primera mano (los repertorios posteriores se habrían limitado a reproducirla). El comento correspondiente del CIL, cuyo volumen IX (1883) se debe a MOMMSEN, considera la posibilidad de que se trate de un epigrama falso, dada la abundancia de éstos en la epigrafía tarentina, y por las características del titulas, pero la hipótesis se descarta: Pacichelli no es suspectus —se nos dice— y Grotefend ha alegado razones convincentes en defensa de su autenticidad. Además, Pacichelli no habría sabido urdir las circunstancias que el epígrafe sugiere: «Talia homo imperitus Pacichelli fingere non potuit». Debo decir que en mi ánimo subsiste la duda.
7 Marco Anneo Novato, hermano de Séneca el filósofo, tomó el nombre de Lucio Junio Anneo Galión tras ser adoptado por el rétor Julio Galión; fue procónsul de Acaya y ante él compareció SAN PABLO (cf. Hechos de los Apóstoles XVIII 12-17). Sobre la notable presencia de hispanos en la política y la cultura romanas del siglo I, véase lo escrito por Antonio Fontán: «Escritores hispanos en el siglo de Columela», en J. M. MAESTRE MAESTRE , L. CHARLO BREA , A. SERRANO CUETO (eds.), Estudios sobre Columela, Cádiz, Ayto. de Cádiz. Cátedra Adolfo de Castro-Universidad de Cádiz, 1997, págs. 15-34.
8 Cf. I 3, 3; III 9, 2. Aun no estando demasiado alejadas de Roma, resultaría difícil al propietario poner en práctica su recomendación (I 1, 9) de acudir a inspeccionar la granja por la tarde, una vez resueltos los asuntos del foro (si es que él no se mantenía apartado de esos negotia fori).
9 Doy en ambos casos la lectura de HEDBERG para la edición upsaliense (los manuscritos traen variantes diversas).
10 Cf. FRAY RAFAEL y FRAY PEDRO RODRÍGUEZ MOHEDANO , Historia literaria de España, vol. VIII, Madrid, 1781, págs. 39-66; W. BECHER , «Das Caeretanum des L. Junius Moderatus Columella», Philologischhistorische Beiträge Curt Wachsmuth zum sechzigsten Geburtstag überreicht, Leipzig, 1897, págs. 186-191.
11 Cf. BECHER , De Lucii Junii…, pág. 63, y los artículos Ceret (que remitea CIL II 986) y Ceretes/Cerretani, debidos a HÜBNER , en la RE, sin duda tenidos en cuenta por TOVAR . Véase su artículo «Columela y el vino de Jerez» (publicado primero en Homenaje al Profesor Carriazo, vol. III, Sevilla, 1973, págs. 399-404, y luego en Homenaje nacional a Lucio Junio Moderato Columela, Cádiz, 1975, págs. 93-99). Distintos estudiosos españoles han aceptado sin reparos esta tesis, que ha motivado incluso la relectura de cierto epígrafe jerezano: cf. C. CASTILLO , «Jerez, ¿municipium Caeretanum?», Excerpta Philologica 1 (1991), 155-158. Sobre esta cuestión, véase A. HOLGADO , Columela. De los trabajos…, Introducción, pág. XVIII; y J. I. GARCÍA ARMENDÁRIZ , Agronomia y tradición clásica. Columela en España, Sevilla, 1995, págs. 26, 161 y 260-261.
12 Cf. N. ANTONIO , Bibliotheca Hispana Vetus, Roma, 1696, tomo I, libro 1, cap. V, parágrs. 70-72: «Idem sit an diversus Moderatus Gaditanus Pythagoreus philosophus Graece qui scripsit, ambiguum», resume Antonio en el sumario inicial; y véase J. A. FABRICIVS , Bibliotheca Latina: en la edición veneciana de 1728, la referencia a Columela y Moderato está en el vol. I, pág. 404.
13 Cf. RODRÍGUEZ MOHEDANO , Historia…, págs. 281 y 377-392; y F. BÜCHELER , «Coniectanea», Rheinisches Museum, 1882, págs. 335-336.
14 A quien se ha identificado (cf. R. MARTIN , «État présent des études sur Columelle», II, 32, 3 [1985], pág. 1973) con el delator de quien habla TÁCITO en Anales XVI 28-29 y 33, que fue legatus pro praetore en Panfilia y Licia después del 48, y consul suffectus el 61; hay que pensar que Columela le dedicó el singularis liber antes de los sucesos del año 66 narrados por Tácito.
15 La nota —recordemos que está situada al final del libro XI— se refiere primero al contenido del libro XII (las tareas de la granjera), que viene a continuación: Continet [sc. hoc opus] autem quae intra uillam agi debeant a muliere officio uilicationis praeposita de condituris uinorum, de custodia pomorum et pleraque alia quae in oeconomicis libris praecipiuntur. Sin esta referencia, la tabla de materias quedaría incompleta. Y luego: Praeter hos duodecim libros singularis est ad Eprium Marcellum de cultura uinearum et arborum… La nota termina con una frase de lectura dudosa (las dos ramas de la tradición manuscrita, SA y R, difieren), quizá una alusión a que el tratamiento de la materia es distinto en ese libro y en los libros del índice precedente que tratan del mismo tema (libros III a V en la ordenación actual, que recupera la original). Lo que parece claro es que, mientras la tabla se debería, en principio, a nuestro escritor (…omnium librorum meorum argumenta subieci. dice en XI 3, 65; con la salvedad de que el argumentum del Liber de arboribus, que en todos los mss., también en esta tabla, figura como libro III, no puede ser original) y habría sido concebida como útil remate del libro XI y de toda la obra, la nota fue añadida con posterioridad, una vez incorporado el libro XII a manera de apéndice, y seguramente ya no por Columela.
16 Cf. R. GOUJARD (ed. y trad.), Columelle. Des arbres, París, Les Belles Lettres, 1986, págs. 7-8.
17 No podemos precisar cuándo; quizá tuvo que ver con la inserción el paso al formato de codex. En cambio, la línea de transmisión R, en Italia, aunque contaminada por A en el siglo xv, se remontaría a un testimonio de la Res rustica que carecía de una parte del texto —desde V 6, 17, hasta VII 9, 4— y que no incluía el De arboribus como libro III: cf. J. TROTZKI , «Studien zur Überlieferungsgeschichte Columellas», en Raccolta di scritti in onore di Felice Ramorino = Pubblicazioni della Università Catolica del Sacro Cuore, ser. IV, vol. VII, Milán, 1927, págs. 449-472; S. HEDBERG , Contamination and interpolation. A study of the 15th . century Columella manuscripts, Upsala, 1968, págs. 144-148; M. D. REEVE , «Columella», en L. D. REYNOLDS (ed.). Texts and Ttransmission. A Survey of the Latin Classics, Oxford, Clarendon Press, 1986, pág. 146.
18 VON BARTH (Aduersar. XXXVIII) se habría basado en la información aportada por un humanista del siglo anterior, Piero Vettori, acerca de un códice florentino luego desaparecido, el Marcianus; cf. GOUJARD , Columelle. Des arbres…, pág. 18, y BECHER , De Columellae.., págs. 67 y 69.
19 Cf. W. RICHTER , Der «liber de arboribus» und Columella, Sitzungsberichte der Bayerischen Akademie der Wissenschaften 1, Múnich, 1972.
20 A diferencia de Caspar von Barth, Richter sí ha tenido seguidores: véase G. HENTZ , «Le De arboribus: œuvre de jeunesse de Columelle ou compilation d’un anonyme?», en Hommages à Robert Schilling, Paris, 1983, págs. 303-313.
21 Cf. GOUJARD , Columelle… págs. 7-17, y otras publicaciones del mismo investigador relativas a esta polémica (véase Bibliografía).
22 Puede verse, por ejemplo, HOLGADO , Columela. De los trabajos…, Introducción, págs. XXIV-XXVI, o MARTIN , État présent…, págs. 1972-1973. Ambos se inclinan por la tesis tradicional, defendida por Goujard, aunque sin total convicción en el caso de Martin.
23 Cf. la edición de R. A. B. MYNORS (Oxford, 1937), ad loc.
24 Cf. A. KAPPELMACHER , «Columella und Palladius bei Cassiodor», Wiener Studien 39 (1917), 176-179, para quien Casiodoro tenía la obra de Columela todavía en rollos (uolumina), lo cual podría explicar el número de libros. Las síntesis recientes —véase MARTIN , Etat présent…, págs. 1973-1974, y HOLGADO , Columela. De los trabajos…. Introducción, págs. XXV XXVI— adoptan un comprensible eclecticismo en relación con este problema, hoy por hoy insoluble, limitándose a presentar las diversas posibilidades sin tomar partido.
25 Cf. P. D. CARROLL , «Columella the reformer», Latomus 35 (1976), 784-790.
26 Más adelante volveré sobre la ideología columeliana. Acerca de los prefacios de los distintos libros de la Res rustica, disponemos del estudio de N. SCIVOLETTO , «Le prefazioni nei Rei rusticae libri di Columella», en C. SANTINI , N. SCIVOLETTO (ed.), Prefazioni, prologhi, proemi di opere tecnico-scientifiche latine, vol. II, Roma, 1992, págs. 769-817; y en particular sobre la ideología del Prefacio general, véase E. DI LORENZO , «La praefatio di Columella e i modelli etici ed economici dell’ideologia del lavoro», en Contributi di filologia latina, Università di Salerno, 1991, págs. 165-186.
27 De los restantes códices, sólo —que sepamos— el Bononiensis Bibl. uniuers. 2523, identificado con la letra t, lo intitula de forma parecida, concretamente de sementib<us> = «sobre las simientes». En los demás se intitula simplemente liber secundus. o bien no presenta inscriptio, aunque en la tabla de contenidos al final del libro XI (considerada original de Columela), el conjunto de la tradición manuscrita trae, en el epígrafe del libro II, sementibus, fácilmente restituible como sementiuus / <de> sementibus.
28 De nuevo, los títulos de ambos libros (surcularis secundus / tertius) sí aparecen en la tabla al final del libro XI.
29 En I praef. 24-28 podemos leer una especie de resumen de los nueve libros que la obra parece haber tenido en un principio. En cuanto a los sumarios que traen los manuscritos al principio de cada libro, nótese que no siempre se da una correspondencia estricta con los epígrafes que luego aparecen señalando el contenido.
30 Recordemos asimismo que la secuencia de trece libros se mantendrá en las primeras ediciones, que reproducen códices humanísticos, hasta que la Aldina (Venecia, 1514) restaura la numeración original de los libros mediante la exclusión del De arboribus; en adelante, éste se editará separadamente. Sobre el problema de su autenticidad, véase lo dicho más arriba.
31 VIRGILIO (Geórg . IV 147-148: Verum haec ipse equidem, spatiis exclusus iniquiis, / praetereo, atque aliis post me memoranda relinquo) había dejado un encargo a la posteridad que COLUMELA recoge explícitamente (X 2 5): atque ea [docebo], quae quondam spatiis exclusus iniquis. / cum caneret laetas segetes et munera Bacchi / et te magna Pales, nec non caelestia mella, / Vergilius nobis post se memoranda reliquit. Sobre la posible interpolación de estos cuatro versos, cf. L. HERMANN , «Columelle, De re rustica X, v. 2-5», Latomus 38 (1979), 989.
32 MARTIN , État présent… , pág. 1965. Claro que el hortus puede ser también parte de la uilla.
33 Cf. E. DE SAINT -DENIS , «Columelle, miroir de Virgile», en Vergiliana. Recherches sur Virgile, Leiden, 1971, págs. 328-343.
34 «Aquí tienes, Silvino, la pequeña porción que quedaba del regalo que te había prometido; pues ya en los anteriores nueve libros te fui pagando mi deuda, excepción hecha de esta parte que ahora liquido.» (X pref. 1)
35 Recherches sur les agronomes latins et leurs conceptions économiques y sociales, París, Les Belles Lettres, 1971.
36 MARTIN , État présent…, págs. 1969-1972.
37 Cf. A. COSS ARINI, «Columella. Ideologia della terra», Giornale filologico ferrarese 1 (1978), 35-47; íd., «Columella interprete del suo tempo», ibíd. 3 (1980), 97-108.
38 Los fisiócratas del XVIII, con Quesnay a la cabeza, harán suya esta idea, lo mismo que la anterior. Véase R. SUADEAU , La doctrine économique de Columelle, Paris, 1956.
39 Defectos de la gran explotación que duran a través de los siglos. Los Rodríguez Mohedano trasladarán estas críticas a los terratenientes de la Baja Andalucía en la segunda mitad del XVIII . y aun podríamos hablar de tiempos más próximos.
40 Véanse los análisis posteriores, referidos sobre todo a III 3, 8-10 (cálculos de rentabilidad de la viña), de R. DUNCAN -JONES , The economy of the Roman Empire. Quantitative studies, Cambridge, 1974, págs. 33-59, y de A. CARANDINI , «Columella’s Vineyard and the Rationality of the Roman Economy», Opus 2 (1983), 177 ss.
41 Las diferencias entre uno y otro autor han sido valoradas de manera distinta según los investigadores. Mientras MARTIN (Recherches… págs. 375 385), siguiendo los pasos de la historiadora soviética E. M. SERGEENKO , habla incluso de «escuelas» agronómicas diferentes, últimamente esas diferencias se consideran de menor entidad: cf. A. COSSARINI , «Plinio il Vecchio e l’ideologia della terra», en P. SERRA ZANETTI (ed.), ‘In verbis verum amare ‘. Miscellanea dell ‘Istituto di Filologia latina e medioevale dell ‘Università di Bologna, Florencia, 1980, págs. 143-163; íd., «Latifundia perdidere Italiam (Plin. N.H. 18, 35)», en Plinio il Vecchio sotto il profilo storico e letterario: Atti del Convegno di Como (1979) II, Como, 1982, págs. 235-258; J. C. DUMONT , «Quelques aspects de l’esclavage et de l’économie agraire chez Pline», Helmantica 37 (1986), 201-218 = Pline l’Ancien témoin de son temps. Acta Conventus Pliniani Internationalis (Nantes 1985), Salamanca-Nantes, 1987, págs. 293-306.
42 Un encuadre de la actitud de Columela dentro del pensamiento romano relativo a estas cuestiones se encontrará en M. VALENCIA HERNÁNDEZ , Agricultura, comercio y ética. Ideologia económica y economía en Roma (siglos II a. e.-I d. e.) = Monografías de Historia Antigua 7, Universidad de Zaragoza, 1991, donde —mediante al análisis de la obra de Cicerón, de los agrónomos y de Séneca, entre otros— se pone de manifiesto una cierta contradicción existente entre la nueva realidad de la explotación esclavista (la de Columela, por ejemplo) y la persistencia de los valores tradicionales como justificación ideológica. El conflicto entre la tradición y lo nuevo, representado a veces por el propio Columela, reaparece en los recientes trabajos de E. NOÉ , «Columella artifex agricola», Rendiconti della Classe di Scienze morali… dell’Accademia dei Lincei, Ser. 9.a 11/3 (2000), 399-441, y «La memoria dell’antico in Columella: continuità, distanza, conoscenza», Athenaeum 89/2 (2001), 319-343. De la misma autora, «Il contrasto città-campagna nella praefatio del de re rustica di Columella», en D. AMBAGLIO (ed.), Συγγραφή: materiali e appunti per lo studio della storia e della letteratura antica, Como, 1998. págs. 111-131.
43 Cf. B. BALDWIN , «Columella’s sources and how he used them», Lato mus 22 (1963), 786-791 (ceñido a las fuentes latinas). Sobre las fuentes griegas, véase G. HENTZ , «Les sources grecques dans les écrits des agronomes latins», Ktèma 4 (1979), 151-160, y E. DI LORENZO , « Il catalogo degli autori greci in Columella», en I. GALLO , ed., Miscellanea filologica = Quaderni del Dip. di Scienze dell’Antichità I, Salerno, 1986, págs. 161-175. Acerca de los modelos retóricos de Columela, véase luego el apartado dedicado a «Lengua y estilo».
44 La inspiración virgiliana es palmaria en el libro X; un análisis pormenorizado de las fuentes poéticas de la Res rustica, y del libro X en particular, puede verse en la tesis doctoral de H. WEINOLD , Die dichterischen Quellen des L. lunius Moderatus Columella in seinem Werke De re rustica, Munich, 1959.
45 K. D. WHITE , Roman farming, Ithaca (Nueva York), 1970, pág. 28.
46 Cf. HOLGADO , Columela. De los trabajos…, Introducción, págs. XXVII-XXXI (un recorrido por las muestras de «independencia critica y experimentación» de la Res rustica).
47 Véase P. SÁEZ FERNÁNDEZ , «Magia y superstición en el De re rustica de Columela», Gades 14 (1986), 9-29. Aparte, encontramos en la Res rustica errores concretos, más o menos explicables; en materia astronómica, por ejemplo: cf. A. LE BOEUFFLE , «Quelques erreurs ou difficultés astronomiques chez Columelle», Rev. Études Latines 42 ( 1964), 324-333.
48 En su inédita Memoria sobre los abonos de la tierra conservada entre los «Papeles de Trigueros» de la Biblioteca de Menéndez Pelayo. De manera parecida se expresa en fechas más recientes René Martin, quien se refiere a Columela como «le Cicéron de l’agronomie» (cf. MARTIN , État présent…, pág. 1968).
49 Cf. SCIVOLETTO , «Le prefazioni…», págs. 770-817 (sobre el Prefacio general, págs. 778-797).
50 W. RICHTER , L.I.M.Columella. Zwölf Bücher über Landswirtschaft. Buch eines unbekannten über Baumzüchtung, vol. III, Múnich, 1983, pág. 591.
51 Cf. J. M. ANDRÉ , «Littérature technique et héritage de la théorie cicéronienne chez Columelle». Ktèma 14 (1989), 255-272. En I 1, 12, Columela describe el perfeccionamiento de la literatura agronómica latina como etapas sucesivas del desarrollo de una persona, según una visión antropomórfica que le es muy querida: «… recordemos ya sin demora al célebre Marco Catón el Censor, el primero que decidió hacerle [a la agricultura] hablar en latín, y tras él a los dos Sasema, padre e hijo, quienes prosiguieron su educación con el mayor esmero; luego, a Tremelio Escrofa, que consiguió hacerla elocuente, y a Marco Terencio [Varrón], que acabó de pulirla; y después a Virgilio, que la dotó, además, de la fuerza del canto.» A continuación, dirá del cartaginés Magón que fue su padre, y Julio Higino su ayo.
52 Tal es el juicio de E. BICKEL recogido por J. LUQUE MORENO , «Columela, poeta y científico: el libro X del tratado de agricultura», en MAESTRE …, Estudios… págs. 109-127 (véanse, en concreto, 122-123).
53 Cf. PLIN ., XVIII 24; PALAD ., II, 1.
54 Cf. J. WIGHT DUFF , A literary History of Rome in the Silver Age, Londres, 1960, pág. 134: «Aun sin estadísticas exactas, el oído detecta las cadencias de sus clausulae —el gusto por los créticos (o créticos resueltos) seguidos de troqueo o doble troqueo, espondeo o doble espondeo…»; y MARTIN , État présent…, pág. 1968: «… respeta [Columela] las exigencias de la prosa métrica, por más que encontremos, aquí y allá, una cláusula de fin de hexámetro…» También W. Richter reconoce la prosa rítmica como un rasgo rétorico típico del estilo de nuestro autor, al menos «en los prefacios y exposiciones de carácter genérico», es decir, en las partes del texto donde el tono es más elevado (cf. RICHTER , L.I.M. Columella. Zwölf Bücher…, vol. III, págs. 643-644).
55 Å. JOSEPHSON , Die Columella-Handschriften, Upsala-Wiesbaden, 1955, pág. 14.
56 WIGHT DUFF , A literary History… , pág. 134.
57 En la Introducción a su edición bilingüe del libro X, L. Iuni Moderati Columellae rei rusticae liber decimus (carmen de cultu hortorum), Pisa, 1996.
58 KOTTMANN , De elocutione L. Junii Moderati Columellae, Rottweil, 1903, y A. KAPPELMACHER , art. Iunius (Moderatus), RE X 1, cols. 1054-1067. Para los trabajos sobre la lengua de Columela hasta 1964, consúltese la Lateinische Grammatik (Handbuch der Altertumwissenschaft II, 2) de F. STOLZ , J. SCHMALZ , M. LEUMANN , J. B. HOFMANN y A. SZANTYR , en particular la segunda parte (vol. II, 1-2: Lateinische Syntax und Stilistik, Munich, 1963-19656 . Véase también E. LÖFSTEDT , Syntactica II, Lund, 1933, págs. 16 ss., 131 s., 191 s., 211: la sintaxis de Columela presenta en los pasajes aquí seleccionados elementos vulgarizantes, como sucede luego en autores del siglo II (en Frontón, por ejemplo). La ausencia del gaditano en la primera parte de Syntactica, lo mismo que en los Vermischte Studien zur Lateinischen Sprachkunde und Syntax (Lund, 1936), ha de atribuirse a la reluctancia de Löfstedt a la hora de utilizar autores cuyas obras no estuvieran todavía bien editadas.
59 MARTIN , État présent…, pág. 1968.
60 G. G. BETTS , W. D. ASHWORTH , Index to the Uppsala edition of Columella, Upsala, 1971.
61 A los trabajos, más generales, de S. ANDREI , Aspects du Vocabulaire Agricole Latin, Roma, 1981, y M. G. BRUNO , Il lessico agricolo latino, Amsterdam, 1969, hay que añadir los de C. ARIAS ABELLÁN : LOS adjetivos de color en la prosa de los tratadistas de agricultura (estudio de semántica estructural) = Tesis doctoral (Universidad de Granada, curso 1980-81), con resumen publicado (Granada, 1983), y «Acerca del vocabulario técnico en los Auctores rei rusticae y Plinio» Estudios humanísticos. Filología [Universidad de León] VI (1984), 97-111. Véase además, de L. MOLERO ALCARAZ , «Una aproximación al léxico sustantivo de Columela: terra y su campo semántico», Actas del VIII congreso español de estudios clásicos (Madrid, 23-28 sept. 1991), vol. I, Madrid, 1994, págs. 649-652: la comunidad de significado terra-humus favorecería la variatio léxica, mientras tellus, connotado poéticamente, queda casi confinado al libro X. Los estudios de L. C. PÉREZ CASTRO , «Sobre las terminologías ¿técnicas? latinas: el léxico de las Res rusticae», en A. ALVAR EZQUERRA , J. GARCÍA FERNÁNDEZ (eds.), IX congreso español de estudios clásicos (Madrid, 27 30 sept. 1995), vol. III, Madrid, 1998, págs. 211-215, y «Vocabularios científico-técnicos y léxico común en el latín clásico», Rev. Esp. de Lingüistica XXVII/1 (1997), 107-114, insisten en el significado habitual con que muchos términos latinos se usaron para expresar conceptos técnicos, por lo que cualquier hablante podía entenderlos en esa acepción. Nótese que estos trabajos adoptan una perspectiva lingüística, en tanto otros —no citados aquí, pero sí en el lugar correspondiente— responden a la necesidad de precisar el significado de ciertos términos.
62 Ya J. M. GESNER , en su edición de 1735 de los agrónomos latinos (Praef., pág. VIII), registra en Columela unas cuarenta fórmulas diversas para expresar el crecimiento de las plantas. Véase además G. NYSTRÖM , Variatio sermonis hos Columella (Diss.), Gotemburgo, 1926.
63 KAPPELMACHER , art. Junius ..., cols. 1065-1066.
64 «… pulgar que unos llaman «guardián», otros «garrancho», algunos «reserva»…».
65 Con quien coincide en los usos arcaizantes, debido posiblemente al influjo de Catón.
66 L.I.M.Columella. Zwölf Bücher…, vol. III, págs. 641-644.
67 Ibid., vol. III, págs. 634-635.
68 Estos breves apuntes no tienen pretensión alguna de exhaustividad; se basan en algunas notas tomadas al hilo de la traducción, en especial de los libros III, IV y V.
69 Ejemplos: III 10, 12 (conceptu atque fetu = «con el embrión concebido»); III 11, 3 (congerere atque conponere = «juntarlo con lo demás en montones»); IV 17, 7 (magna uis et incursus = «la tremenda acometida»); V, 6, 30 (annis et robore = «con el vigor de la madurez»).
70 III 10, 18 (ipsam rationem); III 15, 3 (eodem momento); y especialmente IV 2, 2 (idem ipse Atticus).
71 IV 24, 17 (ipsos palmites quos…); V 9, 7 (ipsis); V 9, 8 (ipsae… ar busculae).
72 III 10, 19 (malleolum qui quattuor uuas tulerit… sic degenerare ut singulis, nonnumquam etiam binis uuis minus adferat), y bastantes ejemplos más.
73 III 18, 4 (ita euenit ut quod in sagitta non serenda uitauerimus, id sequamur in eiusmodi malleolo); IV 3, 6 (filiam nuptum conlocasse in dimidia parte reliqui agri). Menos llamativo es el ablativo locativo por acusativo de extensión (III 20, 5; V 5, 6; V 6, 22 et alibi).
74 F. BOLDRER lo ha señalado para el libro X: cf. L. I. M. C. rei rusticae liber decimus…, Introducción, pág. 29.
75 Estos problemas se tratan en nota a los pasajes correspondientes y en el Glosario de voces técnicas.
76 Que aparece en II 15, 2 y 4; II 17, 3 (además del v. 3 del libro X).
77 L. I. M. C. rei rusticae liber decimus…, Introducción, págs. 11-12.
78 Cf. L. DALLINGES , «Science et poésie chez Columelle», Études de Lettres 7 (1964), 137-144; y E. DE SAINT -DENIS (ed. y trad.), Columelle. De l’agriculture, livre X, París, 1969, pág. 20.
79 Cf. HOLGADO , Columela. De los trabajos…, Introducción, pág. XXXVIII.
80 Cf. BOLDRER , L. I. M. C. rei rusticae liber decimus…. Introducción, págs. 28-32. El léxico del libro X había sido ya estudiado con parecida perspectiva por G. MAGGIULLI , «Il lessico non virgiliano del libro X di Columella» Orpheus N.S. 1 (1980), 126-151.
81 Sobre estas dos voces de la botánica medicinal, véase J. ANDRÉ , Les noms de plantes dans la Rome antique, París, 1985, s. v.
82 Traduzco según el texto que trae Fabricius en su Bibliotheca Latina, edición de Hamburgo en tres volúmenes (1721-1722), en concreto en el vol. II (1721), pág. 472: Orphea mirata est Rhodope sua fata canentem. / si modo Virgilii carmina pondus habent. / Tu vero, Juni, silvestria rura canendo / post te ipsas urbes in tua rura trahis. / O Superi, quales habuit tunc Roma Quirites, / quum tam jucundum cerneret agricolam.
83 Innocenzo Mazzini sospecha la existencia de una fuente intermedia; véase su Introducción al De hortis (Bolonia, 1988), págs. 34-44.
84 Cf. J. N. ADAMS , «Pelagonius and Columella», Antichthon 25 (1991), 72-95.
85 Remito al lector interesado en la deuda de Paladio respecto de Columela a la excelente Introducción a ese autor, obra de A. M.a MOURE CASAS , en esta misma Biblioteca Clásica Gredos (Madrid, 1990). Para una visión de conjunto de la pervivencia de Columela, puede acudir a mi libro Agronomía y tradición clásica. Columela en España (Sevilla, 1995), así como a V. BROWN , «Lucius lunius Moderatus Columella», en F. E. CRANZ (ed.), Catalogus translationum et commentariorum. Mediaeval et Renaissance Latin translations and commentaries, vol. III, Washington D.C., 1976, págs. 173-193, que debe completarse con «Lucius lunius Moderatus Columella. Addenda» en el vol. VIII del mismo Catalogus translationum…, 2003, págs. 327-333; y también a J. M. MAESTRE MAESTRE , «Columela y los humanistas», en MAESTRE … (eds.), Estudios …, págs. 263-322, con un ágil y rico panorama de los siglos XV a XVIII . M. D. Reeve ha condensado lo relativo a la transmisión del texto en L. D. REYNOLDS (ed.), Texts and Transmission. A Survey of the Latin Classics, Oxford, 1986, págs. 146-147.
86 En lo que se refiere a Plinio, aparte del rapport de G. Serbat en ANRW II 32, 4 (1986), págs. 2069-2200, véase la edición bilingüe de los libros XVII y XVIII en la Collection des Universités de France, obra de J. André y H. Le Bonniec respectivamente (París, 1964 y 1972).
87 En la obra de Isidoro, frente a las citadas poco antes, más prácticas y directas, prevalece la función de compendio y presentación del saber antiguo. Parecida finalidad propedéutica se encuentra en otra obra, las Instituciones de Casiodoro, que es guía y fuente indiscutible del hispalense, hasta el punto de que las Etimologías forman parte de la tradición indirecta de las Instituciones. Y esa dependencia se confirma en lo que respecta a los agrónomos latinos: Gargilio, Columela y Paladio —los tres autores expresamente nombrados por Casiodoro— son fuentes predilectas de ISIDORO en su libro XVII de las Etimologías, donde el tercero es llamado Aemilianus, como en el texto de las Instituciones (cf. CASIOD ., instit. div., I 28, 6 e ISID ., Etimol. XVII 1, 1 y 10, 8). Sobre Columela como fuente de Isidoro, véase GARCÍA ARMENDÁRIZ , Agronomía…, págs. 47-59.
88 Léanse los trabajos de E. MARÓTI , «Zum Columellas Fortleben im Frühmittelalter», Acta antiqua et archaeologica, Szeged Suppl. 2 (1979), 33-41; «Zu Columellas Weiterleben im Frühmittelalter), Acta antiqua Academiae Scientiarum Hungaricae 27 (1979), 437-447; «Vilicus ne sit ambulator: Zum Weiterleben eines antiken Wirtschaftsprinzips», Jahrbuch für Wirtschaftgeschichte 4 (1981), 83-89.
89 Las referencias a códices de Columela en sucesivos catálogos de El Escorial no concuerdan del todo, por lo que se plantean algunas dudas sobre su identidad. En lo que se refiere al manuscrito que llevaba la signatura Q.I. 12, todo indica que pasó a manos privadas en algún momento del siglo XIX y hoy se encuentra en el Reino Unido. Véase GARCÍA ARMENDÁRIZ , Agronomía …, págs. 93-96.
90 Gracias a la colación de CHR . FR . MATTHAEI publicada en sus Lec tiones Mosquenses, vol. I, Leipzig, 1779, págs. 91-94.
91 El Barcinonensis incluye además las obras de Catón y Varrón, mientras el Colombinus contiene sólo el libro X de Columela. Dos de los editores suecos de la Res rustica son también los autores de las dos obras fundamentales sobre la tradición manuscrita: Å. JOSEPHSON , Die Columella Handschriften. Upsala-Wiesbaden, 1955, y S. HEDBERG , Contamination and interpolation. A study of the 15 th . century Columella manuscripts. Upsala, 1968. De entre los estudios posteriores, debe citarse el de P.-P. CORSETTI , «Note sur les excerpta médiévaux de Columelle», Rev. d’Hist. des Textes 7 (1977), 109-132. Sobre el fingido códice de Trigueros, véase J. I. GARCÍA ARMENDÁRIZ . «Un nouveau manuscrit de Columelle?». Rev. d’Hist. des Textes 23 (1993), 189-201. Y una síntesis acerca de los nuevos manuscritos, en GARCÍA ARMENDÁRIZ , «Lucius…. Addenda», pág. 328.
92 Cf. GARCÍA ARMENDÁRIZ , Agronomía…. pág. 72.
93 Die Columella-Handschriften…, págs. 147-149.
94 Más datos sobre estos materiales, en los artículos del Catalogus Translationum et Commentariorum mencionados en la nota 85.
95 En este apartado, resumo los capítulos correspondientes de mi libro. Agronomia…, donde puede encontrarse una exposición mucho más detallada y las referencias bibliográficas pertinentes.
96 Como ya señalaron los Mohedano, Abu Zacaría conoce a Yūniyūs sobre todo a través de otro agrónomo andalusí, que es su fuente principal: Ibn al-Haŷŷāŷ.
97 En su Aristoteles Pseudoepigraphus, Leipzig, 1863, pág. 269.
98 Véase su artículo «¿Yūniyūs o Columela en la España medieval?», Al-Andalus 43 (1978), 163-172.
99 Cf. G. HINOJO , «Reminiscencias de Columela en Nebrija», Excerpta Philologica 1 (1991), 333-342.
100 véanse los parágrafos 23 y 24 en la edición de J. LÓPEZ DE TORO (Madrid, 1943).
101 SEBASTIÁN DE ROJAS CLEMENTE , en el Prólogo a la edición de la Obra de Agricultura auspiciada por la Real Sociedad Económica Matritense, en dos volúmenes (Madrid, 1818-1819).
102 E. GI RALT, «Les fonts del Llibre dels secrets de Agricultura de fra Miquel Agustí (1617)», en Mélanges offerts à Charles Leselbaum, ed. por L. NEGRO ACEDO , París, Éditions Hispaniques, 2002, págs. 327-339. El trabajo de Giralt, general e introductorio, debe completarse con el cotejo minucioso de los textos, a fin de determinar la entidad real de cada una de las fuentes y cómo han sido ensambladas por Agustí. Resulta llamativa en el Llibre, en cualquier caso, la ausencia de Herrera; y significativo el poco aprecio que nuestros ilustrados harán de Agustí, en contraste con sus elogios de Herrera.
103 En las Obras completas editadas en Santander. Columela se encuentra en el tomo III de la Bibliografia (Santander, 1950), págs. 296-303. Antes sólo había aparecido (en 1902) el primer tomo, que incluía hasta Cicerón, incompleto. La Biblioteca de traductores se publicó en 1952-1953, en cuatro volúmenes de los que el I y el IV contienen noticias que interesan a nuestro autor.
104 Por Carlos J. Castro, sin mención alguna del verdadero autor; son dos volúmenes publicados por la editorial Iberia en 1959.
105 Por primera vez se traduce además al castellano el Liber de arboribus.
106 Mencionaré solo su tesis doctoral (leída en 1981): Agricultura romana de la Bética, I, Sevilla, Monografías del Dpto. de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, s.a. [1987].
107 A. BARCELÓ , «El modelo económico de Columela», Investigaciones económicas 1 (1976), 99-136.
108 El Homenaje Nacional a Lucio Junio Moderato Columela (Cádiz, 1975) recoge contribuciones de desigual valor; entre ellas, alguna lectura interesante de la Res rustica desde la agronomía actual. Las aportaciones al simposio dedicado a Columela en 1988, también en Cádiz, ya citadas en esta Introducción (MAESTRE … (eds.), Estudios sobre Columela…) están escritas en su mayoría por filólogos e historiadores, lo que no impide apreciar esa diversidad de perspectivas.
109 Falta, quizá, aquí una reflexión sobre la continuación de la forma literaria para los contenidos agronómicos. Más allá de los hechos concretos, sumariamente apuntados en los párrafos anteriores, hay que decir que los tratadistas de agricultura que escriben con voluntad de estilo, erudición e ideología —como lo hizo Columela— perduran hasta el siglo XVIII ; citemos, por ejemplo, a nuestro Herrera o al francés Olivier de Serres. El siglo de la Ilustración es también el siglo de la nueva agronomía, y con ella la experimentación comenzará a ganar definitivamente la partida a las auctoritates. Pero es asimismo el siglo de la fisiocracia, que se inspira directamente en la doctrina columeliana; es el siglo, en fin, de un compromiso entre tradición e innovación. La ruptura, si así puede decirse, llegará en la centuria siguiente, con los abonos químicos, la mecanización progresiva y otras novedades. Todo esto para los tratados en prosa. ¿Y la poesía? La larga y brillante tradición del poema geórgico, en latín, persiste al menos hasta finales del XVIII (la Rusticatio Mexicana del jesuita expulso Landívar se publica entonces) y dura luego en otras lenguas; en la nuestra es visible en la obra de Gabriel y Galán y, fuera de la poesía, pervive aquí y allá como «sensibilidad» característica: léase, si no, Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas, una muestra magnífica de esa sensibilidad que nos remite directamente a Virgilio o a Columela.
110 Hasta donde yo sé, Columela no ha sido traducido a las otras lenguas de España.
111 La responsabilidad de la traducción publicada en la colección Loeb resulta complicada en sus dos últimos volúmenes. De la «Prefatory Note» (firmada en parte por Forster y en parte por Heffner) del volumen II se deduce que, tras la muerte de Ash, autor del primero, se hace cargo de la traducción Forster, quien habla del criterio adoptado al continuar la labor de Ash, y de los problemas que plantea el texto del libro V (el volumen II incluye los libros V a IX). Todo indica que Forster había terminado su trabajo hasta el libro V y había empezado a preparar los restantes. De las palabras de Heffner —que se encarga del trabajo al fallecer Forster— se deduce que existía un material todavía no listo para la imprenta que él hubo de revisar y que, en cierta medida, respetó aun estando a veces en desacuerdo. Se comprende, así, que el volumen II se adjudique globalmente a ambos, aunque es de imaginar que el libro V, al que Forster se refiere en particular, sea obra sobre todo de éste. También el volumen III apareció con autoría compartida, lo que indica que los materiales revisados por Heffner a la muerte de Forster abarcaban todos los libros a partir del V o, por lo menos, algún libro más allá del IX.
112 Nótese que hemos perdido algunas obras muy citadas por nuestro escritor: la versión latina del tratado de Magón el púnico o la parte agrícola de la enciclopedia de Celso, por ejemplo.
113 Que existe sólo para los libros de publicación más reciente, no así en los preparados por Lundström.
114 «… en una nueva filología, que ya desde hace mucho premedito y postulo, lo primero que reclama ser hecho ante un texto es ponerse uno en claro sobre la cosa de que habla. Es preciso acabar con esa filología puramente verbal que cree haber cumplido su faena refiriendo un texto a otros textos y así hasta el infinito.» (J. ORTEGA y GASSET , Prólogo a IBN HAZM DE CÓRDOBA , El collar de la paloma, versión de E. GARCÍA GÓMEZ , Madrid. Alianza Editorial, 1971, pág. 18).
115 M. FERNÁNDEZ -GALIANO (ed. y trad.), L. J. M. Columela. De cultu honorum, Madrid, 1975, pág. 39.
116 Reitero lo que decía en otro lugar, a saber, que el progreso en nuestro conocimiento de Columela pasa necesariamente por la comunicación entre estudiosos de distinto objeto, entre agrónomos y filólogos por ejemplo, pareciendo razonable que sean los segundos, pues ellos son los que suelen vérselas con el latín, los que se instruyan en las cosas del campo. De mí sé decir que he acudido a consultar esa materia tanto a los propios labradores como a algunos libros. Entre éstos, citaré sólo dos de gran utilidad: el Catàlogo metódico de las plantas cultivadas en España, de J. DANTÍN CERECEDA , ya manejado por Fernández-Galiano, y el de J. André sobre los fitónimos de la Roma antigua, una muestra de la mejor filología «real».
BIBLIOGRAFÍA SELECTA
SIGLAS
Códices
S Sangermanensis (olim), nunc Petropolitanus , copiado en el siglo IX .
A Ambrosianus , copiado en el siglo IX .
R línea de tradición itálica representada por un códice perdido y conservada parcialmente en los manuscritos humanísticos (recentiores) .
Publicaciones
| ANRW | H. TEMPORINI , W. HAASE (eds.), Aufstieg und Niedergang der römischen Welt , Berlín-Nueva York, Walter de Gruyter, 1972-. |
| CIL | TH . MOMMSEN et alii, Corpus Inscriptionum Latinarum , Berlín, George Reimer, 1863-. |
| DELL | A. ERNOUT , A. MEILLET , Dictionnaire étymologique de la langue latine , 4.a ed. – 4.a tirada, París, Klincksieck, 1985. |
| DRAE | REAL ACADEMIA ESPAÑOLA , Diccionario de la lengua española , 22.a ed., Madrid, Espasa, 2001. |
| OLD | P. G. W. GLARE (ed.), Oxford Latin Dictionary , Oxford, Clarendon Press, 1982. |
| RE | A. F. VON PAULY (ed.), G. WISSOWA (rev.) et alii, Real-Encyclopädie der classischen Altertumswissenschaft , Stuttgart, Metzler, 1894-1978. |
a) EDICIONES Y TRADUCCIONES
Edición de referencia
V. LUNDSTRÖM (fasc. I, II, IV, VI y VII), A. JOSEPHSON (fasc. V), S. HEDBERG (fasc. III y VIII) (eds.), L. lunii Moderati Columellae opera quae exstant , en 8 fascículos; fasc. I (Libro de los árboles): 1897; fasc. II (libros I y II): 1917; fasc. III (libros III-V): 1968; fasc. IV (libros VI-VII): 1940; fasc. V (libros VIII-IX): 1955; fasc. VI (libro X): 1902; fasc. VII (libro XI): 1906; fasc. VIII (libro XII): 1968; publicados en Upsala y Gotemburgo.
Ediciones y traducciones
Completas
H. B. ASH (vol. I), E. S. FORSTER , E. H. HEFFNER (vols. II y III) (eds. y trads.), L.I.M.Columella. On Agriculture , 3 vols., Cambridge Massachusetts-Londres, Harvard University Press-William Heinemann Ltd.; vol. I (libros I-IV): 1977 (= 1941) – vol. II (libros V-IX): ed. revisada, 1968 – vol. III (libros X-XII; Libro de los árboles): ed. revisada, 1979.
R. CALZECCHI ONESTI (trad.), L. I. M. Columella. L ‘arte dell’agricoltura e libro sugli alberi, 2 vols., Roma, Ramo Editoriale degli Agricoltori (REDA), 1947-1948. El texto latino corresponde a la ed. de Schneider (1794). La traducción ha vuelto a editarse (Turín, Einaudi, 1977), con el texto de la edición de Upsala.
A. HOLGADO et alii (trads.), Columela. De los trabajos del campo , Madrid, Ministerio de Agricultura-Siglo XXI, 1988.
W. RICHTER (ed. y trad.), L.I.M. Columella. Zwölf Bücher über Landswirtschaft. Buch eines unbekannten über Baumzüchtung , 3 vols., Múnich, Artemis Verlag; vol. I (libros I-V): 1981; vol. II (libros VI-X): 1982; vol. III (libros XI-XII, Libro de los árboles): 1983.
Parciales
J. ANDRÉ (ed. y trad.), Columelle. De l’agriculture, livre XII , París, Les Belles Lettres, 1988.
F. BOLDRER (ed. y trad.), L. Iuni Moderati Columellae rei rusticae liber decimus (carmen de cultu hortorum) , Pisa, Edizioni ETS, 1996.
J. C. DUMONT (ed. y trad.), Columelle. De l’agriculture, livre III , París, Les Belles Lettres, 1993.
—, Columelle. De l’agriculture, livre IX , París, Les Belles Lettres, 2001.
M. FERNÁNDEZ -GALIANO (ed. y trad.), L. J. M. Columela. De cultu hortorum , Madrid, Ediciones de Arte y Bibliofilia para U. E. Río Tinto S.A., 1975.
R. GOUJARD (ed. y trad.), Columelle. Des arbres , París, Les Belles Lettres, 1986.
E. DE SAINT -DENIS (ed. y trad.), Columelle. De l’agriculture, livre X , París, Les Belles Lettres, 1969.
b) ESTUDIOS
J. ANDRÉ , Lexique des termes de botanique en latin , París, Klincksieck, 1956.
—, L’alimentation et la cuisine à Rome , París, Les Belles Lettres, 1981.
—, Les noms de plantes dans la Rome antique , París, Les Belles Lettres, 1985.
N. ANTONIO , Bibliotheca Hispana Vetus , edición revisada por F. Pérez Bayer, Madrid, Ibarra, 1788, págs. 21-27.
G. G. BETTS , W. D. ASHWORTH , Index to the Uppsala edition of Columella , Upsala, Almqvist & Wiksells, 1971.
R. BILLIARD , La vigne dans l’antiquité , Marseille, Laffitte Reprints, 1998 (= 1913).
V. BROWN , «Lucius Iunius Moderatus Columella » en F. E. CRANZ (ed.), Catalogus translationum et commentariorum. Mediaeval and Renaissance Latin translations and commentaries , vol. III, Washington D.C., The Catholic University of America Press, 1976, págs. 173-193.
J.-P. BRUN , Le vin et l’huile dans la Méditerranée antique. Viticulture, oléiculture et procédés de transformation , París, Errance, 2003.
P. P. CORSETTI , «Columelle R. R. 5, 2, 10» Latomus 36 (1977), 810-811.
—, «Notes critiques sur Columelle, Res rustica», Phoenix 31 (1977), 38-47.
—, «Columella, De re rustica , 3, 2, 24», Classical Philology 76 (1981), 53-55.
J. DANTÍN CERECEDA , Catálogo metódico de las plantas cultivadas en España , 2.a ed., Madrid, Ministerio de Agricultura, s. a. [1943].
A. DE ANGELIS , La coltivazione delle piante da frutto nella letteratura agronomica latina. Dalla produzione alla conservazione dei frutti = Academia Latinitati Fouendae, Varia VI, Roma, Herder, 1995.
J. I. GARCÍA ARMENDÁRIZ , Agronomía y tradición clásica. Columela en España , Sevilla, Universidad de Cádiz-Universidad de Sevilla, 1995.
—, «Lucius Iunius Moderatus Columella. Addenda» en V. BROWN (ed.), Catalogus translationum et commentariorum. Mediaeval and Renaissance Latin translations and commentaries , vol. VIII, Washington D.C., The Catholic University of America Press, 2003, págs. 327-333.
B. GARCÍA HERNÁNDEZ , «Submitto en la lengua agrícola», Excerpta philologica 1 (1991), 235-257.
F. R. D. GOODYEAR , «Notes on Columella, R.R . 2-3», Liverpool Classical Monthly 3 (1978), 191-192.
R. GOUJARD , «Le De arboribus de Columelle, problèmes de l’authenticité», Rev. Philol . 52 (1978), 7-28.
—, «Le De arboribus de Columelle; difficultés et solutions proposées», Rev. Philol . 58 (1984), 217-222.
S. HEDBERG , Contamination and interpolation. A study of the 15th . century Columella manuscripts , Upsala, Carl Bloms Boktryckeri A.-B., 1968.
Å. JOSEPHSON , Die Columella-Handschriften , Upsala-Wiesbaden, A.-B. Lundequitska Bokh.-O. Harrassowitz, 1955.
A. KAPPELMACHER , art. Iunius (Moderatus), RE X 1, Stuttgart, 1919, cols. 1054-1067.
J. KOLENDO , L’agricoltura nell’Italia romana. Tecniche agrarie e progresso economico dalla tarda repubblica al principato [trad. C. Zawadzka], Roma, Editori Riuniti, 1980.
B. LÖFSTEDT , «Columella 4, 29, 14», Acta Classica 21 (1978), 158.
J. M. MAESTRE MAESTRE , L. CHARLO BREA , A. SERRANO CUETO (eds.), Estudios sobre Columela , Cádiz, Ayto. de Cádiz-Cátedra Adolfo de Castro-Universidad de Cádiz, 1997.
R. MARTIN , Recherches sur les agronomes latins et leurs conceptions économiques et sociales , París, Les Belles Lettres, 1971.
—, «État présent des études sur Columelle», ANRW II.32.3, Berlín-Nueva York, 1985, págs. 1959-1979.
M. D. REEVE , «Columella», en L. D. REYNOLDS (ed.), Texts and Transmission. A Survey of the Latin Classics . Oxford, Clarendon Press. 1986, págs. 146-147.
R. y P. RODRÍGUEZ MOHEDANO (O.S.F.), Historia literaria de España , vol. VIII, Madrid, Ibarra, 1781.
P. SÁEZ FERNÁNDEZ , Agricultura romana de la Bética, I , Sevilla, Monografías del Dpto. de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, s. a. [1987].
K. D. WHITE , Roman Farming , Ithaca (Nueva York), Cornell University Press, 1970.
—, Farm Equipment of the Roman World , Cambridge, Cambridge University Press, 1975.
M. WINTERBOTTOM , «Three emendations in Columella [III 3, 13; 13, 7; 15, 5]», Classical Quarterly N.S . 49/2 (1999), 633.
NOTA TEXTUAL
Esta traducción se basa en el texto establecido por la edición upsaliense, con las variaciones siguientes (se dan aquí las que corresponden al libro De los árboles y los cinco primeros de La labranza , los incluidos en este primer volumen) 1 :






1 A la izquierda, el texto de los editores suecos Lundström (De arboribus, libros I y II) y Hedberg (libros III, IV y V). Las propuestas de los editores y críticos mencionadas aquí y en las notas a la traducción se encuentran en las publicaciones incluidas en la Bibliografía.
〈LIBRO DE LOS ÁRBOLES〉
〈CONTENIDO DEL LIBRO DE LOS ÁRBOLES〉
1. Cómo se hace un plantel de cepas.
2. Qué esquejes has de elegir, y cuándo.
3. Cómo elegir los esquejes.
4. De los cabezudos.
5. Cómo se forman las viñas.
6. De las clases de viñas y las diferentes labores con el pastinum .
7. De qué manera deben cultivarse las vides.
8. De la corta y acodo de una cepa vieja.
9. Del acodo.
10. Del injerto. Hacer fecundas la vid improductivas.
11. Para que los racimos tengan varias clases de granos. Uvas sin pepitas.
12. Cómo se ha de podar la viña.
13. De la cava.
14. Del despampano.
15. Para que la roya no ataque la viña.
16. Para que las hormigas no suban a la vid.
17. Para que la uolucra no dañe la vid.
18. De las arboledas emparradas.
19. Del olivar.
20. De la formación del pomar.
21. Del modo de hacer los hoyos. Cómo elegir los plantones.
22. Cuándo debe plantarse la higuera.
23. De los demás frutales.
24. Cómo hacer un vivero.
25. Del injerto. Injerto de olivo a higuera.
26. Del cítiso.
27. De la mimbrera y la gayomba.
28. De la caña.
29. Del alhelí.
30. De la rosa.
Puesto que creemos haber tratado cumplidamente del [1] cultivo de los campos en el primer libro 1 , no estará fuera de lugar tratar ahora del cuidado de árboles y arbustos, considerado la parte quizá más importante de la agricultura. Como a Virgilio 2 , también a nosotros nos parece bien distinguir dos clases de plantas: las que se crían espontáneamente y las que requieren el cuidado del hombre para desarrollarse. Las primeras, que no necesitan de la ayuda humana para crecer, son más aptas para producir madera; las segundas, que demandan trabajo, son apropiadas para dar frutos. Nos [2] ocuparemos, claro está, de las últimas, empezando por decir que esta clase se subdivide en tres, pues la planta joven se transforma sea en árbol (así el olivo, la higuera, el peral), sea en arbusto (así los alhelíes 3 , los rosales, las cañas), sea en una tercera cosa que no podemos llamar propiamente ni árbol ni arbusto, como la vid. Enseñaremos el cultivo de árboles [3] y arbustos, pero después de haber tratado de las vides.
Cómo se hace un plantel de cepas
Quien quiera plantar viña o arboleda emparrada 4 deberá empezar por hacer los planteles, ya que de ese modo tendrá claro qué tipo de vid va a poner. Pues la que está a la venta ya preparada no ofrece garantía segura de ser de buena calidad, porque existe la duda de si el vendedor puso cuidado en la selección de los esquejes; además, lo que se hace venir de lejos nos llega poco aclimatado a nuestro suelo, razón por la que le es más difícil echar fuerza, al ser algo ajeno y forastero. [4] Así que lo mejor es hacer el plantel en el mismo campo donde vas a poner la vid o, al menos, en uno próximo. Y en este punto importa mucho la naturaleza del terreno, pues si tu intención es destinar collados a viñas o arboledas emparradas, hay que procurar que el plantel se haga en suelo muy seco, para que ya desde la cuna, por así decir, la vid se acostumbre a la escasez de agua; de otro modo, cuando la traslades de un lugar húmedo a otro árido, desfallecerá al verse [5] privada de su antiguo alimento. En cambio, si posees campos llanos y aguanosos, será bueno hacer también el plantel en un lugar semejante y habituar la vid a la abundancia de agua, pues la que se trasplanta de un campo seco a otro lleno de humedad siempre acaba pudriéndose. Y el propio campo, llano y rico en agua, que destines a plantel, bastará voltearlo a doble palada, lo que los labriegos llaman «sestercio» 5 . Esta cava tiene más de un pie y medio de profundidad, pero menos de dos pies*. Una yugada de tierra se voltea en cincuenta obradas. Ahora bien, el cerro y el terreno [6] en pendiente, para cavar la medida de una yugada, aunque a una profundidad no menor de dos pies, necesitarás sesenta obradas; o bien si quisieras hacer el plantel en el mismo lugar donde piensas plantar la viña, cavarás una yugada a tres pies de profundidad en ochenta obradas. Eso, claro está, si no se encuentra piedra ni tophus 6 o estorbo de otro tipo, lo cual consumiría un número de obradas difícil de precisar. Nosotros hablamos, en todo caso, de tierra libre de piedras.
Qué esquejes has de elegir, y cuándo
Una vez terminada la cava, elige [2 ] los esquejes en el mes de febrero o en la primera parte de marzo: los mejores son los que se toman de vides «marcadas». Pues quien pone su afán en hacer un buen plantel, cuando ya se acerca la vendimia, marca con almagre mezclado con vinagre (para que no se borre con las lluvias) las vides que han llevado a sazón, sin pudrirse, fruto abundante; y no hace esto un año nada más, sino que a lo largo de tres o más vendimias seguidas examina las mismas vides, por ver si continúan siendo fecundas. Entonces se comprueba, en efecto, que el fruto es producido por la buena calidad de las cepas y no por la abundancia del [2] año. Si durante varias vendimias han mantenido la misma disposición, los esquejes elegidos de tales cepas darán mucho y buen vino. Pues las uvas de cualquier clase que llegan a su sazón enteras y sanas hacen un vino de gusto considerablemente mejor que las que maduran demasiado pronto en razón del fuerte calor o de otra causa.
Cómo elegir los esquejes
[3 ] Elegirás, pues, esquejes de uvas de grano grande, hollejo fino, pepitas escasas y menudas, sabor dulce. Los mejores son los de la «riñonada» de la vid, siguen los de los «hombros», y en tercer lugar están los tomados de la parte más alta (éstos prenden con mucha rapidez y son más productivos, pero envejecen también rápidamente) 7 . No es adecuado plantar los sarmientos que dan pámpanos, ya que son estériles. En terrenos pingües, llanos y húmedos, planta vidueños tempranos, de grano suelto y nudos pequeños, endebles, pues un [2] campo así es apropiado para esa clase de vides. En terrenos áridos, pobres y secos, planta vid que madure tarde, y robusta y de grano apretado. Que si en un campo pingüe pones vides robustas, producirán sobre todo exuberancia de pámpanos y, por más que den algún fruto, no llegará éste a sazón, mientras que las cepas endebles desfallecerán rápidamente en tierra de poca sustancia y apenas darán fruto. Has de plantar por separado las distintas variedades de vid; así podarás y vendimiarás cada una a su tiempo. Los esquejes [3] plantados con sarmiento nuevo prenden enseguida y crecen con fuerza, pero envejecen rápidamente; en cambio, los que se ponen de sarmiento viejo tardan más en echar fuerza, pero también en perder vigor. Los esquejes conviene confiarlos a la tierra lo más pronto posible tras cortarlos; ahora bien, si se produce algún retraso y no van a plantarse de inmediato, hay que taparlos por completo, con el mayor cuidado, en un sitio al abrigo de lluvias y vientos. Prepara los planteles entre la salida de la luna y su décimo día, y entre el vigésimo y el trigésimo. Este último período es quizá el mejor [4] para plantar las vides, pero evita los vientos fríos cuando hagas la plantación.
De los cabezudos
El cabezudo debe plantarse como sigue. Conviene que su vara no tenga más de seis yemas (número que sólo se alcanza si los entrenudos son cortos). Su parte inferior, la que vas a hundir en la tierra, córtala junto al nudo con una podadera bien afilada, procurando no lastimar la yema, con un tajo limpio, y úntala al punto con fiemo de buey. Hinca entonces derecho el sarmiento en la tierra bien cavada y estercolada, de forma que al menos cuatro yemas queden cubiertas. [5] Bastará dejar en derredor el espacio de un pie entre los esquejes; cuando hayan prendido, deben despampanarse continuamente para que no alimenten más sarmientos que los necesarios. Asimismo, hay que entrecavarlos con la mayor frecuencia posible, sin que el hierro los toque. El vigésimo cuarto mes se les dará una poda, y se trasplantarán después del trigésimo sexto mes.
Cómo se forman las viñas
Pon la viña en un campo que esté descansado; pues lo que plantes donde ha habido viña sin que hayan transcurrido diez años, tendrá más dificultad para arraigar y estará siempre falto de [6] vigor. Antes de plantar de vides un campo, comprueba a qué sabe la tierra: ese será también el gusto que tendrá el vino. Y el sabor lo averiguarás, tal y como enseñamos en el primer libro, si diluyes tierra en agua y pruebas ésta una vez que la tierra se haya asentado en el fondo. La más adecuada para las vides es la tierra arenosa con una capa inferior dulce y húmeda, y es bueno un campo como el de antes pero con tophus debajo, e igualmente apropiada resulta la tierra de acarreo y removida; también la arena gruesa con arcilla dulce debajo conviene a la vid. En cambio, cualquier terreno que se cuartee en verano es inadecuado para vides y árboles. Es el subsuelo el que nutre la vid y el árbol, mientras la [7] tierra somera los protege. Las piedras, en la tierra de más arriba, dañan vides y árboles; en la de más abajo, les dan frescura. Y la mejor tierra para la vid es la medianamente suelta, mientras que debe evitarse la que deja pasar las aguas o, por el contrario, la que las retiene mucho tiempo en la capa superficial. Es muy apropiado, en fin, el terreno medianamente suelto arriba y denso en la parte de las raíces. Las viñas encuentran dificultades para prosperar en montes y laderas, pero su vino tiene un sabor bien definido y de calidad. En terrenos llanos y húmedos se crían con todo el vigor, pero producen un vino de gusto inconsistente y difícil de conservar. Y puesto que hemos tratado ya de los esquejes y de la naturaleza del terreno, hablaremos ahora del tipo de viña.
Clases de viñas
La vid como más a gusto se [4 ] encuentra es con los árboles, porque por su natural tiende a trepar; así maridada, cría más madera y madura por igual el fruto. Llamamos «arbustiva» a esta clase de vides, y de ella hablaremos por extenso en su momento. Por otro lado, podemos decir que están en uso tres clases de viñas: la «de yugo» 8 , la que se extiende por el suelo, y luego una tercera, utilizada por los cartagineses, que se sostiene por sí sola al modo de los árboles. Esta clase, si la comparamos con la emparrada, es inferior a ella en algún aspecto, superándola en algún otro. La de yugo está más [2] aireada y trae el fruto más alto y lo madura más por igual, pero su cultivo es más difícil; la otra, en cambio, está dispuesta de tal forma que incluso puede ararse, y alcanza así mayor rendimiento, al dársele mayor número de labores y con menor gasto. En cuanto a la que se desparrama sobre el mismo suelo, produce mucho vino, pero no de buena calidad. Lo más conveniente es plantar la viña en un campo desfondado 9 ; aunque a veces, en ciertos lugares, resulta incluso mejor ponerla en zanjas, y en algún caso llega a plantarse también en hoyos. Y ya dije que una yugada se desfonda a una profundidad de tres pies en ochenta obradas; una obrada, en [3] cambio, basta para abrir una zanja en tierra arable de dos pies de hondura y setenta de largo; y una obrada proporciona dieciocho hoyos «ternarios», esto es, de tres pies en cualquier dirección 10 . O si lo que interesa es poner las cepas con más amplitud, una obrada produce doce hoyos «cuaternarios», esto es, de cuatro pies en cualquier dirección; o bien con una obrada se excavan veinte de dos pies. Hay que tener cuidado, por lo demás, de poner más honda la vid en los sitios áridos y en pendiente que cuando se trata de terreno húmedo y llano. Del mismo modo, si vamos a plantar la viña en hoyos o en zanjas, será lo mejor preparar unos y otros [4] con un año de antelación. La plantación más densa de una viña es con un espacio de cinco pies en cualquier dirección interpuesto entre las cepas; la menos apretada se establece interponiendo siete u ocho pies, o diez para que pueda ararse además fácilmente. Esta disposición de las viñas ocupa, claro está, una extensión mayor de campo, pero las hace vigorosas y productivas en extremo. Cuando plantes los esquejes, ahueca el fondo del hoyo o de la zanja dándole una cava con las azadas de dos puntas, y déjalo mullido; haz que la vid que pones mire al levante, una vez rodrigada. En lo hondo del hoyo coloca piedras de unas cinco libras de peso de tal manera que no opriman la cepa pero estén junto a las [5] raíces. Además, después de esto, pon una hemina de orujo de uva blanca en la negra, y de negra en la blanca, y rellena luego hasta la mitad con tierra estercolada el hoyo o la zanja. En los tres años siguientes, rellena poco a poco hasta arriba el hoyo o la zanja; así las vides se acostumbrarán a echar las raíces hacia abajo. Las piedras, por su parte, dejan a las raíces espacio por donde extenderse, y en invierno echan fuera el agua, proporcionando humedad en verano; los orujos hacen que crezcan las raíces de la vid.
Puesto que hemos mostrado cómo deben plantarse las vides, es ahora el momento de enseñar su cultivo.
Sobre el cultivo de las viñas
A la viña joven le permitirás sacar [5 ] adelante todas las yemas. Esperarás a que el pámpano tenga unos cuatro dedos para despampanar, y conservarás dos vástagos. Uno que has de dejar crecer para que sea hechura de la vid, y otro que puedas tenerlo como recurso por si acaso el vástago normal muriera; al segundo los campesinos lo llaman «guardián». A continuación, el año siguiente, cuando podes la vid, deja sólo la rama mejor, quita las otras; al tercer año, da a la vid, mientras aún es tierna, la forma deseada. Si tu intención es hacerla de yugo, [2] deja crecer un solo vástago cuyas dos yemas más próximas a tierra raerás con una podadera afilada para que no puedan ya brotar, conservando las tres siguientes y cortando la porción restante de la rama. Pero si lo que quieres es una vid que se sostenga por sí sola, permitirás que le crezcan ramas como a un árbol y te esforzarás por darle una forma esférica lo más perfecta posible. Pues, aparte de que arreglada así resulta hermosa, también padece menos de esa manera, descansando sobre sí misma gracias —diríamos— a la distribución equilibrada del peso por todos lados 11 . Y cuando en un principio se dejan crecer las ramas, bastará dejar una sola yema en cada sarmiento, para evitar que se vea [3] pronto sobrecargada. Después de esta poda y una vez recogidos los sarmientos, cava la viña con azadas de dos puntas, hondo y por igual, o lábrala si está dispuesta con anchura suficiente para hacerlo. Comienza a descalzar a partir de los idus de octubre, y ten la viña descalzada antes del solsticio de invierno. Mientras dure el solsticio no te ocupes de la vid, salvo que quieras acabar con las raíces que el descalce ha hecho visibles. Será entonces el mejor momento para cortarlas, siempre que procures no lastimar la cepa: para ello seccionarás la raíz dejando el espacio de un dedo desde la madre, pues cuando se da el tajo a ras de cepa, aparte de que inflige una herida a la vid, y por tanto la daña, tiene también como efecto que de la cicatriz misma nazcan varias raíces. [4] Así pues, lo mejor es dejar esa pequeña porción y cortar las partes más someras, llamadas «raíces de verano» por los labriegos; una vez cortadas de este modo, se secan y ya no perjudican a las vides. Durante el solsticio pueden también quitarse los retoños, y con mayor razón porque, al ser extirpados en tiempo frío, se reproducen menos. Terminado el descalce, antes del solsticio, convendrá cada tres años colocar junto a las raíces al menos dos sextarios por cepa de estiércol remojado, salvo que sea de paloma (si de éste pones más de una hemina, dañará a la vid). A continuación, pasado el solsticio, darás una cava alrededor del descalce de cada [5] cepa. Antes del equinoccio vernal, que cae el día octavo antes de las calendas de abril, allana el descalce. Después de los idus de abril, acolla las cepas. Luego, en verano, desterrona lo más a menudo que puedas. Una yugada de viña se descalza en cinco obradas, en cinco se le da una cava, en tres se desterrona, se poda con cuatro obradas y se sujeta [6] con seis. Nada de lo anterior puede determinarse con exactitud para una arboleda emparrada porque lo desigual de los árboles impide expresar en obradas los trabajos necesarios. Quieren algunos que la vid no se pode el año siguiente a ser trasplantada, y que se limpie de vástagos más adelante, el segundo año, cortando tras la tercera yema el único que dejemos crecer; luego, al tercer año, si la vid ha prosperado como es debido, se deja crecer una yema más, el cuarto se suman dos yemas a la poda inmediata, y el quinto se sujeta ya la vid al yugo. Habiendo experimentado también nosotros este mismo método de cultivo, le hemos dado nuestra aprobación.
De la corta y acodo de la vid vieja
No cortes la vid vieja que tiene [6 ] raíces someras; si lo haces, tampoco la vid nueva que conseguirás te será de utilidad, al quedarse las raíces a flor de suelo: no obtendrás cosecha abundante y, encima, envejecerá rápidamente. Con una vid de esta clase y en tales condiciones, si sus troncos no están del todo rígidos y conservan flexibilidad, lo mejor es hacer unas zanjas y tenderlos por ellas para que así se renueve. Ahora bien, si se ha endurecido hasta el punto de que no puede doblarse, [2] descálzala el primer año superficialmente, sin arrancar ni dañar las raíces, a las que pondrás estiércol, y pódala de manera que dejes pocos vástagos, y seguros; la cavarás diligentemente y la despampanarás muy a menudo para que no alimente ni un solo sarmiento superfluo. Cuidada de esta [3] forma, criará vástagos largos y fuertes que al siguiente año acodarás en hoyos excavados entre los liños; después, durante un trienio, cuando adquiera vigor, la cavarás muy a menudo y dejarás que se cargue de pámpanos la cepa madre en particular, sin preocuparte ya para nada por el futuro de una cepa que vas a quitar. El año siguiente arrancarás de raíz la madre y entonces pondrás en hilera la cepa nueva. Ahora bien, si una vid vieja, de buena clase al menos, tiene [4] situadas las raíces en profundidad, de manera que no estén visibles tras el descalce, una vid así, antes de cortarla, descálzala en torno a las calendas de marzo, e inmediatamente después, ya descalzada a fondo, córtala del modo siguiente: deja cuatro dedos de cepa desde las raíces, y córtala con un serrucho, junto a algún nudo si puede ser; alisa luego el corte con herramienta bien afilada. A continuación, pon encima tierra fina medianamente estercolada de manera que cubra la cepa y haya por lo menos tres dedos de tierra sobre el corte. [5] Se hace esto con vistas a que no se reseque con el sol, y para que eche mejor los vástagos al recibir la humedad que la tierra le proporciona. En cambio, la vid improductiva y de mala clase, con las partes más altas raquíticas y consumidas, si sus raíces están lo bastante profundas, lo mejor es injertarla así: tras descalzar y dejar al descubierto la parte más baja de la cepa, se seccionará a ras de suelo de manera que cuando sea acollada, no sobresalga.
Del acodo
[7 ] Tres son los tipos de acodo más en uso: el primero consiste en meter en una zanja una rama nacida de la madre; el segundo, en tender la propia cepa madre y distribuir sus ramas en varios tutores; el tercero, en hender la cepa haciendo dos o tres partes, si ha de llevarse por distintos liños. Este tipo de acodo tarda mucho en echar fuerza, porque una vid partida pierde su médula 12 . Y ya que hemos señalado los diferentes procedimientos, expondremos cómo debe realizarse cada uno de ellos.
[2] Cuando quieras meter en tierra una rama desde la cepa madre, haz un hoyo de cuatro pies en cualquier dirección de manera que el mugrón no se vea perjudicado por las raíces de otra cepa; dejarás luego las cuatro yemas que llegan hasta lo hondo del hoyo, para que de ellas broten raíces, y raerás las del trozo restante, inmediato a la madre, para que no críe sarmientos superfluos. En cuanto a la parte del otro lado, [3] que debe sobresalir por encima del suelo, no habrás de permitir que tenga más de dos yemas, o tres como máximo. Las restantes que vayan a quedar escondidas en tierra, deberás raerlas dejando sólo cuatro en lo más hondo, para que la vid no eche raíces someras. Acodada de este modo, echa fuerza rápidamente y podrá separarse de la madre al tercer año. Mas si quisieras tender en tierra la cepa misma, cava con todo [4] cuidado junto a la raíz procurando no dañarla, y hazla caer sin romper la raíz; una vez la hayas colocado y hayas visto hasta dónde puede alcanzar, harás una sola zanja en el que harás entrar la cepa entera; a continuación, a partir de esta zanja harás unas a modo de hijuelas, por las cuales irá el acodo según la exigencia de cada rama; y hecho así, lo cubrirás de tierra. Ahora bien, si la vid tiene poca rama y ha [5] de llevarse por distintos liños, y no es posible alcanzar los tutores a los que se dirige de otra forma que siendo partida en dos, procurarás henderla, por el punto en que se bifurca, con una podadera lo más afilada posible y arreglar el corte, igualmente con una herramienta afilada, allí donde la hendidura presente asperezas; separada de esta forma, podrá dividirse en varios liños.
También tiene su utilidad la manera de acodar [6] descubierta por nosotros: si se da el caso de que falta una vid en un liño, y el sarmiento que se ha metido en lo hondo del hoyo no es lo bastante largo para doblarlo y levantarlo por encima de la tierra, no te preocupes porque sea corto, sino que, cualquier sarmiento cuyo extremo llegue al fondo del hoyo, húndelo y tápalo; deja luego crecer las yemas más cercanas a la madre, que echen vástagos desde la parte de arriba. Al cabo de tres años, amputarás por fin el mugrón de la madre y estirarás hacia su tutor la parte que has cortado, formando con ella un pie de cepa; rellena poco a poco (en tres años como mínimo) el hoyo del acodo, corta las raíces someras, da cavas frecuentes.
Del injerto
[8 ] Cuando quieras injertar una vid, corta de la madre los sarmientos productivos de la mejor clase, justo cuando empiecen a echar yemas, y con viento del sur. El sarmiento que vas a injertar ha de ser de lo alto de la vid, redondeado, con buenos y abundantes nudos: deja tres nudos en perfecto estado y, por debajo de la tercera yema, tállalo con forma de cuña en una anchura de dos dedos con una lanceta muy fina, procurando [2] no lastimar la médula. A continuación, da un corte a la vid que te dispones a injertar y alisa el tajo; haz entonces la hendidura e introduce en ella la parte aguzada de las púas preparadas, de manera que la piel de la púa encaje perfectamente con la piel de la vid. Siempre que hayas hecho un injerto, sujétalo cuidadosamente con corteza de olmo o con mimbre, unta el corte con barro amasado con paja y átalo para que ni el agua ni el viento puedan llegar adentro; coloca luego musgo encima del barro y, así preparado, vuelve a sujetarlo: este procedimiento proporciona humedad y no deja [3] que se reseque. Debajo del injerto y la atadura, a uno y otro lado, haz una leve incisión en la vid con una podadera afilada para que la savia fluya por estos cortes y no se desborde por el injerto mismo, pues el exceso de savia es perjudicial e impide que las púas injertadas prendan. Hay entre los antiguos algunos partidarios de horadar la vid e introducir luego las púas, raídas levemente; pero nosotros hemos hecho esto mismo con mejor método, pues el taladro antiguo produce serrín y, por ello, quema la parte que perfora, con el inconveniente de que la parte quemada y las púas que se injertan rara vez llegan a soldarse y prender. Nosotros, por el contrario, [4] hemos adaptado a este injerto el taladro que llamamos «gálico»; éste excava, pero no quema, ya que no produce serrín, sino viruta. Y así, tras dejar limpio el hueco excavado, metemos las púas raídas por todos lados y, ya introducidas, ponemos barro alrededor: un injerto así echa fuerza sin problema alguno. Habrás, pues, terminado de injertar la vid después del equinoccio; que los injertos sean de uva blanca en los parajes húmedos, de uva negra en los secos 13 .
Hacer fecundas las vides improductivas
Riega las vides que den poco fruto con vinagre fuerte mezclado con ceniza, y con la misma ceniza 14 embadurna en particular sus cepas. Mas si no llevan a sazón el fruto que muestran, [5] sino que las uvas se secan antes de madurar, se arreglarán de este modo: cuando los granos alcancen el tamaño de un yero, corta la vid hasta la raíz y unta el tajo con tierra mezclada en la misma proporción con vinagre fuerte y orina añeja; riega con esta mezcla las raíces y dale abundantes cavas. Así producirá vástagos que lleven a sazón el fruto.
Para que los racimos tengan varias clases de granos
Existe además un tipo de injerto [9 ] que produce racimos que tienen la particularidad de reunir granos de variedades, sabores y colores diferentes, lo que se consigue mediante este procedimiento: coge cuatro o cinco —incluso más, si quieres— ramas de distinta clase y, tras juntarlas con cuidado e igualarlas, átalas; mételas luego, bien prietas, en un pequeño tubo de barro o en un cuerno de manera que sobresalgan un poco por ambos extremos, y desata esas partes que sobresalen; a continuación ponlo en un hoyo, cúbrelo con tierra estercolada y riega hasta que los [2] sarmientos echen yemas. Cuando éstos hayan llegado a soldarse formando un todo, al cabo de dos o tres años, romperás el tubo y cortarás a sierra la vid más o menos por mitad de la cepa, donde parezca que la unión es más perfecta; pule el corte y amontona sobre él tierra fina de manera que quede cubierto con una capa de tres dedos de altura. Cuando este tronco haya echado tallos, deja crecer los dos mejores y desecha los demás; así saldrán racimos como los que hemos indicado 15 .
Uvas sin pepitas
Hiende un cabezudo sin dañar sus yemas, y rae toda la médula; junta luego las dos partes y átalas procurando no lastimar las yemas. Así preparado, ponlo en tierra estercolada y riégalo. Cuando haya empezado a echar brotes, dale cavas hondas y frecuentes. Ya crecida, esta vid producirá racimos de uva sin pepitas 16 .
Cómo se ha de podar la viña
Nada más hecha la vendimia, empieza [10 ] a podar con las mejores herramientas perfectamente afiladas; de este modo los tajos serán lisos y el agua no podrá quedarse en la vid (el agua retenida la arruina de inmediato, produciendo gusanos y otros parásitos que roen la madera). Y haz cortes limpios, pues cicatrizan más rápidamente. Los sarmientos grandes, los viejos, [2] los que han brotado mal, los retorcidos, todos estos córtalos; deja que crezcan los jóvenes y los fecundos —y en algún caso un retoño adecuado, si ya la parte superior está falta de fuerza— y conserva las guías 17 . Termina la poda lo más deprisa que puedas. Lo reseco y viejo que no pueda cercenarse con el hocino, quítalo con una dolabra afilada. Poda la viña endeble en terreno pobre y seco antes del solsticio de invierno; alrededor de las calendas de febrero vuelve a acometer la parte que haya quedado sin podar. De los idus de diciembre a los idus de enero no conviene tocar con el hierro ni la vid ni los árboles. Cuando podes la vid, da el [3] corte entre dos yemas; pues si lo has dado rozando prácticamente la yema, la vid sufrirá y no dará renuevo. Y que la cicatriz mire siempre hacia abajo; así no sufrirá ni con el agua ni con el sol y absorberá la humedad como es debido 18 . En terreno denso y viña robusta deja más yemas y varas, menos en terreno magro. Si en algún lugar de la vid se echa en falta una guía, haz en él un tajo de un dedo de hondura metiendo una o dos veces la punta de un hocino afilado; una guía, por larga que sea, no has de quitarla entera a no ser que se haya secado por completo.
De la cava
[4] Ten hecho el descalce de la viña 19 joven antes del solsticio de invierno para que recoja todas las lluvias y el limo; cuanto más pronto hayas descalzado vides y árboles, más robustos se criarán. En cuanto a las viñas puestas en pendiente, deben descalzarse de manera que por la parte de arriba, junto a la cepa, se formen pequeñas hondonadas, mientras por la parte de abajo se levantan unos a modo de caballones más altos, [5] con el fin de retener mayor cantidad de agua y limo. La viña vieja no debe descalzarse, para que las raíces que tiene someras no se sequen, ni ararse, para no romper las raíces. Cávala a menudo, hondo y por igual con azadas de dos puntas y esparce por el suelo estiércol o paja antes del solsticio de invierno, o bien echa estiércol tras hacer un descalce superficial en torno a la vid misma.
Del despampano
[11 ] Tan útil es despampanar 20 bien la viña como podarla, pues [con el despampano] no sólo prosperan mejor los vástagos que traen fruto, sino que también resulta más fácil la poda del siguiente año. De ese modo la vid presenta incluso menos cicatrices, porque lo que se corta verde y tierno se rehace prontamente. Por lo demás, para que la uva madure mejor, ten la viña despampanada diez días antes de que empiece la floración. Quita todo brote superfluo. Corta lo que haya nacido en la cima o en los brazos, siempre que sean brotes que no traigan uva. Desmocha las puntas de los sarmientos para que no crezcan en exceso. Los racimos que miren al mediodía o a poniente, deja que se tapen con su propio pámpano para que no se abrasen.
De la cava
En cuanto la uva empiece a pintar, [12 ] da una tercera cava y, cuando ya vaya madurando, cava y levanta polvo por la mañana, antes de que el sol empiece a calentar, y por la tarde, cuando haya pasado el calor. Esto es lo que mejor protege a la uva del sol y de la niebla. La tierra lodosa no conviene ararla ni cavarla, porque adquiere gran dureza y se resquebraja. Es más [2] útil voltear la tierra con la azada de dos puntas que con el arado: la azada voltea siempre la tierra por igual; el arado, aparte de formar «escaños» 21 , lo que hace además es que los bueyes que tiran de él rompen una porción de ramas y algunas veces vides enteras. Pero la labor de cava no tiene fin; que cuanto más a menudo caves, tanto mayor cosecha tendrás.
Para que la roya no ataque la viña
En primavera, ten dispuestos entre [13 ] los liños de la viña montones de paja. Cuando barruntes un frío desacostumbrado para la estación, prende fuego a todos los montones: de este modo, el humo echará fuera la niebla y la roya 22 .
Para que las hormigas no suban a la vid
[14 ] Machaca altramuces, mézclalos con orujo de olivas y unta con esto alrededor la base de la cepa; o bien cuece betún con aceite y moja con esto asimismo las cepas en su base: las hormigas no pasarán de ahí.
Para que las musarañas no se coman las uvas
[15 ] Las vides cercanas a edificios se infestan de musarañas o ratones 23 . Para que esto no pase, esperaremos a que haya luna llena, cuando esté en el signo del León, del Escorpión, del Sagitario o del Toro, y podaremos de noche a la luz de la luna.
Para que la uolucra no dañe la vid
Hay un bicho llamado uolucra que suele roer los pámpanos y los granos de uva todavía tiernos. Para evitarlo, una vez acabada la poda, unta con sangre de oso los hocinos con los que hayas podado la viña 24 ; o bien, si tienes una piel de castor, cada vez que en el trascurso de la poda afiles el hocino, limpia el filo con la piel y, hecho esto, comienza a podar.
Puesto que hemos hablado ya por extenso de las viñas, tratemos ahora de los árboles con que se emparran.
De las arboledas emparradas
El mejor árbol para criar la vid es [16 ] el álamo, seguido por el olmo, y luego el fresno. La mayoría desaprueba el álamo a causa de su follaje inapropiado 25 ; en cuanto al olmo, el que los campesinos llaman «atinio» es de muy buena casta, crece muy bien y trae mucha hoja, y es éste el que hay que plantar en los terrenos pingües, así como en los medianos 26 . Pero si tenemos que plantar de árboles parajes ásperos y sedientos, ni el álamo ni el olmo resultan tan apropiados como los ornos: son éstos fresnos silvestres, aunque tienen las hojas un poco más anchas que los otros fresnos, y proporcionan un follaje que no desmerece del de los olmos. Efectivamente, [2] cabras y ovejas buscan también este follaje, incluso con mayor fruición.
Así pues, quien quiera formar una arboleda emparrada, haga hoyos de cuatro pies en todas direcciones, un año antes de plantar los árboles; luego, al año, alrededor de las calendas de marzo, ponga en el mismo hoyo un olmo y un álamo o un fresno, para que, si el olmo llega a fallar, el álamo o el fresno ocupen su lugar; y si ambos llegan a salir adelante, sáquese uno y colóquese en otro lugar. Conviene que los árboles se dispongan con espacios intermedios de cuarenta pies; pues, de este modo, tanto los mismos árboles como las vides a ellos maridadas tendrán más vigor y producirán mejor fruto. Además, las mieses que allí se den sufrirán menos con la sombra.
Cava con frecuencia alrededor del árbol, una vez plantado, [3] para que crezca con más rapidez, y no lo toques con hierro en tres años; transcurridos ya los treinta y seis meses, le darás forma para recibir la vid, cortarás las ramas superfluas, dejarás brazos alternos a modo de escaleras y lo podarás cada dos años; al sexto año, si se muestra ya consolidado, lo maridarás de esta manera: deja el espacio de un pie desde la base misma del árbol, y luego, cuando hayas hecho una zanja de cuatro pies de largo por tres de hondo y dos y medio de ancho, déjalo al menos dos meses expuesto al castigo [4] de la intemperie; entonces finalmente, hacia las calendas de marzo, tiende un barbado no menor de diez pies, y rodrígalo juntándolo al árbol. No has de podarlo en el siguiente año; al tercero, en primavera, redúcelo a una vara sola y déjale unas pocas yemas para que no trepe antes de tomar fuerza. Después, cuando se haya desarrollado más, guía los vástagos por los diferentes niveles del ramaje del árbol 27 , procurando no obstante no sobrecargar la vid, sino dejar crecer los sarmientos seguros y más robustos. Hay que poner el mismo cuidado en sujetar la vid que en podarla, pues de ello depende principalmente el vigor del fruto, y dura más tiempo la que ha sido atada con cuerdas fuertes y en los sitios indicados; así que cada año conviene completar la poda renovando las ataduras y guiando la vid por las ramas apropiadas.
Del olivar
[17 ] El olivo gusta sobre todo de las colinas secas y arcillosas; en llanuras húmedas y pingües, por el contrario, no produce fruto, aunque sí una fronda exuberante. Y se forma mejor el olivar con troncos ya hechos que con plantas jóvenes. Magón 28 aconseja plantar el olivo en los lugares secos en otoño, después del equinoccio y antes del solsticio de invierno; los agricultores de hoy en día suelen hacerlo hacia la primavera, por las calendas de marzo. En cuanto al hoyo para el olivo, ha de tener cuatro [2] pies en todas direcciones, y en su fondo se echará piedra menuda y grava que se cubrirá luego con cuatro dedos de tierra; se pondrá entonces el plantón, derecho, de tal forma que lo que sobresalga del hoyo esté en su centro. Se protegerá, en fin, el plantón de las tempestades poniéndole con todo cuidado un rodrigón, y se mezclará con estiércol la tierra que se reponga en el hoyo. Lo adecuado es disponer los [3] olivos a intervalos de sesenta pies con el fin de que tengan sitio para ensancharse, pues los que se desarrollan en altura se hacen flojos y traen poco fruto. La mejor oliva para aceite es la Liciniana y, tras ella, la posia; para comer, la orcita . No tienen mal aspecto las regiae y las radii o «lanzaderas» 29 , mas no son tan buenas como las que hemos nombrado antes, ni para aceite ni en la mesa. Si pones un olivo en el sitio donde se ha arrancado un roble 30 , morirá, en razón de que en la raíz del roble nacen unos gusanos, llamados raucae , devoradores consumados de los plantones de olivo. Si en el olivo hay un ramo solo, un tanto más desarrollado que el resto, a no ser que lo cortes, el árbol entero se resecará 31 . [4] Antes de transplantarlos, conviene marcar con almagre todos los arbolillos, a fin de que, cuando se planten, queden orientados tal y como lo estaban en el vivero; de otro modo, sufrirán con el frío o el calor allí donde la exposición sea distinta a la habitual.
De la formación del pomar
[18 ] Antes de formar un huerto de frutales 32 , rodea la extensión que quieras que tenga con una tapia o un foso, tal que no sólo el ganado, sino también las personas tengan vedado el paso salvo por la entrada, hasta que los plantones se hagan fuertes; pues si con demasiada frecuencia la mano quiebra las puntas o el ganado las muerde, se echan a perder para siempre. Resulta útil, por lo demás, distribuir los árboles por clases, sobre todo para que el débil no se vea agobiado por el más potente, porque ni en fuerzas ni en tamaño son iguales ni crecen a la par. El terreno que sirve para vides es también apto para árboles.
Del modo de hacer los hoyos
[19 ] Cavarás los hoyos 33 un año antes de cuando quieras plantar los frutales: así el sol y la lluvia los ablandarán y prenderá rápido lo que pongas. Pero si también quieres poner plantones el año en que vas a hacer los hoyos, cávalos al menos dos meses antes, rellénalos luego de paja y dales fuego. Cuanto más anchos y abiertos hagas los hoyos, tanto más hermosos y [2] abundantes serán los frutos. El hoyo ha de ser parecido a un clibanus 34 , más ancho por abajo que por arriba, para que las raíces se extiendan más holgadamente y entre menos frío, y en verano menos calor, por la abertura, así como para que las lluvias no arrastren, en las laderas, la tierra con que se ha rellenado el hoyo. Planta los árboles a intervalos alejados, para [3] que tengan espacio donde extender sus ramas cuando vayan creciendo, pues si los pusieras apretados, ni podrías sembrar debajo cosa alguna ni ellos mismos fructificarían, a no ser que los aclararas. De manera que será bueno dejar entre las hileras cuarenta pies, o treinta como mínimo.
Cómo elegir los plantones
Elige plantones 35 no menos gruesos [20 ] que el mango de una azada de dos dientes, derechos, lisos, grandes, sin heridas, con la corteza intacta; plantones así prenden bien y pronto. Si los tomas de los árboles, ten buen cuidado de hacerlo de los que todos los años traen mucho y buen fruto; y te fijarás en los «hombros» que miran a levante, para tomarlos de allí. Mas si pusieres la planta con su raíz, comprobarás que tiene un desarrollo mayor que las otras. Un árbol injertado da más [2] fruto que el que no ha sido injertado, es decir, que el que se planta mediante ramas o plantones 36 . Antes de trasplantar los arbolillos, hazles una marca con almagre u otra cosa cualquiera con el fin de colocarlos orientados a los mismos aires que antes tuvieron, y ten cuidado de trasplantarlos de un terreno más alto, más seco y más delgado a otro más llano, más húmedo y más pingüe. Sobre todo, pon plantones de tres brazos que levanten tres pies del suelo. Si quieres poner en el mismo hoyo dos o tres arbolillos, cuida de que no se toquen, pues en tal caso morirán a causa de los gusanos. [3] Cuando pongas los plantones en su lugar, pon a derecha e izquierda hasta el fondo del hoyo unos haces de sarmientos del grosor del brazo de un hombre, de manera que sobresalgan un poco por encima del suelo; servirán para proveer de agua a las raíces en verano, con poco esfuerzo. Los árboles o plantas con raíces deben plantarse en otoño, alrededor de los idus de octubre; los vástagos y ramas, en primavera, antes de que muevan los árboles. Y para que la tiña no afecte a los plantones de higuera, entierra en lo hondo del hoyo un vástago de lentisco con la punta mirando para abajo.
Cuándo debe plantarse la higuera
[21 ] No plantes la higuera con los fríos 37 . Gusta de parajes abrigados, pedregosos o de cascajo, a veces incluso de roquedos. En terrenos tales, echa fuerza pronto si se han hecho hoyos amplios y a propósito. Las distintas clases de higos, aun siendo diferentes en sabor y aspecto, se plantan de una sola manera, pero en lugares dispares del campo en razón de esa diferencia. Planta los tempranos en parajes fríos y pasados por agua en el otoño, para que recojas el fruto antes de llegar la lluvia; los tardíos o de invierno, plántalos en parajes cálidos. Mas si quieres hacer tardía una higuera, por más que no lo sea por su natural, quítale los higuillos cuando estén aún menudos; así dará una segunda cosecha retrasando su madurez [2] al final del invierno. A veces también es provechoso cortar con una herramienta bien afilada las puntas más altas de la higuera, una vez que los árboles han empezado a echar hojas; así se hacen más fuertes y productivos. Será provechoso siempre aplicar a la raíz almagre diluido en alpechín, y heces humanas, lo cual hace la cosecha más abundante y el higo por dentro más hermoso y más denso.
De los demás frutales
Planta la almendra 38 bajo el signo [22 ] de Arturo o en torno a las calendas de febrero, porque es el primer árbol en despuntar. Requiere un terreno cálido, duro y seco; y es que si la pones en parajes con otras condiciones naturales, se pudrirá enseguida. Antes de enterrarla, déjala macerar en agua con miel, no demasiado dulce; de este modo, proporcionará un fruto de sabor más agradable cuando haya crecido, y se irá criando mientras mejor y más rápido. Dispón las almendras de tres [2] en tres, en triángulo, y con la punta hacia abajo porque de ahí sacan las raíces; y entre una y otra haya al menos un palmo, y que miren al favonio con sus dos caras 39 . Cada almendra echa una sola raíz y crece con un único tallo; cuando la raíz llega al fondo del hoyo, se curva obligada por la dureza del suelo, y echa otras raíces a manera de ramas. La almendra y la avellana tarentinas las podrás conseguir del modo siguiente.
[3] En el hoyo donde hayas pensado sembrar almendras, pon hasta medio pie de tierra menuda y arroja allí simiente de cañaheja; cuando la cañaheja haya crecido, hiéndela e introduce en la medula una almendra o una avellana sin cáscara, cubriéndola de tierra después. Haz esto antes de las calendas de marzo o lo más tarde entre las nonas y los idus de marzo. Por este mismo tiempo hay que sembrar la nuez, el piñón y la castaña.
[23 ] La época indicada para plantar el granado es en primavera hasta las calendas de abril 40 . Y si produce el fruto acedo o poco dulce, se corregirá del modo siguiente. Riega las raíces con estiércol de cerdo, heces y orina vieja humanas; lo cual no sólo volverá fértil al árbol, también consigue que el fruto con sabor a vino de los primeros años sea luego dulce incluso, y de pepita tierna. Yo he diluido en vino un poquito de jugo de férula cirenaica 41 y untado con esto las sumidades más altas del árbol: así se ha remediado la acedía [2] de las granadas. Para que éstas no se abran en el árbol, se ha tenido por buen remedio colocar tres piedras junto a la raíz misma del árbol en el momento de plantarlo; mas si ya lo tuvieras plantado, planta una cebolla albarrana junto a su raíz. Otro procedimiento: cuando las granadas estén ya maduras, y antes de que se abran, retuerce los rabillos de que cuelgan; de esta manera se conservarán incluso un año entero.
Planta los peros en otoño, antes del solsticio de invierno, [24 ] tal que queden para el solsticio al menos veinticinco días 42 . Y para que sean productivos, dales un descalce en profundidad cuando ya estén criados, y haz una hendidura en el tronco junto a la raíz misma; mete en ella una cuña de madera de pino 43 y déjala allí; luego, tras recalzar y cubrir, esparce ceniza sobre la tierra.
Los manzanos de estío, los membrillos, los serbales 44 y [25 ] los ciruelos deben plantarse mediado ya el invierno, hasta los idus de febrero 45 . La fecha indicada para plantar el moral va de los idus de febrero hasta el equinoccio de primavera. El algarrobo, que algunos llaman ceratium , y lo mismo el melocotonero, se plantan antes del solsticio de invierno, durante el otoño. Si los almendros traen poco, haz un agujero en el árbol y mete una piedra, dejando luego que la corteza del árbol vaya cubriéndola.
Cómo hacer un vivero
Y en los huertos, en tomo a las calendas [2] de marzo y una vez se ha dado una mano a la tierra y se ha echado estiércol, conviene poner estacas de árboles de todas clases distribuyéndolas por canteros; después, cuando hayan prendido, hay que llevar a cabo una especie de despampano mientras tienen las ramillas tiernas, para reducir las plantas el primer año a un solo tallo. Entrado ya el otoño y antes de que el frío queme las puntas, será bueno quitarles todas las hojas y ponerles luego, a modo de caperuzas, trozos de caña gruesa que conserven su nudo en uno de los extremos, protegiendo así del frío y las heladas las ramas, todavía tiernas. Más tarde, después del vigésimocuarto mes, tanto si quieres trasplantarlas y ponerlas en liños como injertarlas, podrás hacer una cosa u otra con total seguridad.
Del injerto 46
[26 ] Todo vástago puede injertarse si su corteza no es distinta de la del árbol al que se injerta; y si, además, da fruto en la misma época, se injerta en las mejores condiciones, sin temor alguno. Por otro lado, los antiguos nos han transmitido tres clases de injertos: uno en que, tras practicársele un corte y una hendidura, el árbol incorpora los vástagos que se le han injertado; otro por el que, mediante un corte, recibe las púas entre la corteza interior y la madera (ambas clases de injerto son de primavera); el tercero, cuando incorpora simplemente las yemas con una pequeña porción de corteza en una parte suya antes descortezada (los agricultores lo llaman «de emplasto», y es un injerto de verano) 47 .
[2] Una vez hayamos expuesto el método de estos injertos, enseñaremos también uno que hemos ideado nosotros. Injerta cualquier árbol en cuanto empiece a echar yemas, en luna creciente; concretamente el olivo, alrededor del equinoccio de primavera hasta los idus de abril. El árbol del que quieres injertar, del que vas a sacar las púas, mira que sea joven, feraz y con nudos abundantes; cuando los botones comiencen a hincharse, elige de entre las ramas de un año las que miren al levante del sol, que estén enteras y que tengan el grosor [3] del dedo meñique; las púas han de ser en horquilla. Corta cuidadosamente con una sierra el árbol que quieras injertar, por la parte más hermosa y sin cicatriz, y procurarás no lastimar la corteza. Luego que lo hayas dejado trunco, pule el corte con una herramienta afilada; después, introduce no menos de tres dedos algo como una cuña de hierro o de hueso entre la corteza y la madera, pero hazlo despacio, no vayas a dañar o romper la corteza. A continuación, con un hocino afilado, rae [4] por un solo lado las púas que quieras injertar en una longitud equivalente a la cuña introducida, pero sin dañar ni la medula ni la corteza del otro lado; una vez listas las púas, saca la cuña y mete inmediatamente las púas en los agujeros que se formaron con la inserción de la cuña entre corteza y madera. Has de introducir las púas, claro está, por el extremo que has raído, de tal manera que sobresalgan seis dedos del árbol. En un solo árbol puedes fijar dos o tres estaquillas, siempre que entre ellas haya un espacio mínimo de cuatro dedos. Haz estas cosas teniendo en cuenta el tamaño del árbol y la calidad de su corteza. Cuando hayas metido todas las púas que el árbol consienta, átalo [5] con corteza interior 48 de olmo o con mimbre; después, embadurna todo el corte y el espacio entre las púas con barro mezclado con paja y bien amasado, hasta que los injertos sobresalgan dos dedos. Cubre el barro con musgo y alígalo luego, para que no se deshaga con la lluvia. Si quisieras injertar un árbol [6] muy pequeño, córtalo cerca del suelo, tal que quede a una altura de pie y medio; luego que lo hayas cortado, alisa con cuidado el corte y, con una cuchilla afilada, practica en medio del tronco una hendidura mediana, que tenga tres dedos de profundidad. Mete luego en ella una cuña hasta donde lo permita y haz entrar las púas, talladas como a doble bisel 49 , de manera que la corteza interior del vástago venga a coincidir con la del árbol. Cuando con todo cuidado hayas encajado las púas, saca la cuña y, según dije arriba, aliga y embadurna el árbol. A continuación, acumula tierra alrededor del árbol hasta el injerto mismo: con esto gozará de máxima protección contra las ventadas y el calor.
Бесплатный фрагмент закончился.
