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Los desafíos de la vida
Indice
Presentación
1ª Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos I"
2a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos II”
3a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos III”
4a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos IV”
5a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos V”
6a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos VI”
7a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos VII”
8a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos VIII”
9a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos IX”
10a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos X”
11a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XI”
12a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XII”
13a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XIII”
14a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XIV”
15a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XV”
16a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XVI”
17a Predicación. “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos XVII”
Presentación
Con gran gozo interior me agrada poder presentarles mi noveno libro titulado “Los desafíos de la vida”. El primero, siguiendo un orden cronológico que publicamos con la Editorial Guadalupe que me acompaña en este servicio a los hombres es “El sentido de la vida”. El segundo “La Ansiedad y nuestros interrogantes”. El tercero “La soledad en estos tiempos”. El cuarto “El Amor no procede con bajeza” (la histeria, las crisis, los traumas). El quinto “Nuestros enojos: conflictos enigmáticos”. El sexto “Dios perdona y olvida”. El séptimo “El crecimiento empieza donde la acusación termina” (sobre el Sentimiento de culpa - la conciencia dudosa/errónea y los escrúpulos). El octavo “La verdad, fuente de santidad” (La verdad y el Amor versus la mentira y la envidia).
A lo largo de la vida, ¿quién no ha tenido y tiene desafíos que afrontar? Entiendo que es una temática recurrente en todo ser humano. El modo en que lo afrontemos aducirá el resultado de la vivencia de cada desafío. Están presentes en todas nuestras dimensiones. Hay desafíos culturales, nocionales, sociales, económicos, intrapersonales, interpersonales, religiosos, éticos y espirituales.
En relación al libro que les presento hago una puntuación en los desafíos éticos, intrapersonales, en los religiosos y en los espirituales. Estos cuatro, a mi entender se despliegan en nuestro mundo psíquico, biológico y espiritual. Como nos enseña San Gregorio Magno: “Cada hombre es un microcosmos”.
El tiempo transcurre y nos damos cuenta que según el crecimiento que hayamos logrado en nuestra comunión con Dios seguramente habrá sabiduría para poder encausarlos en Dios. No obstante, no todos logran un desarrollo de vida interior. Algunos quieren y no tienen quiénes los acompañen, otros sí y tal vez no saben aprovechar lo que tienen a su lado –se distraen–; otros son “intimistas” (no permiten ser instruidos lógicamente por los que saben). La gama es muy amplia… Y otros como ustedes lectores aprovechan verdaderamente de todo lo que tienen en sus manos.
Me he encontrado con personas de un sentido común muy desarrollado y he comprobado que este desarrollo les permite ser prudentes, sensatos en el modo de abordar sus desafíos.
En la vida de fe podemos lograrlo. Tenemos todo a disposición: los Sacramentos –de modo singular la Eucaristía– la formación interdisciplinaria, experiencias de oración personales y comunitarias, experiencias que adherimos al poder que engendra la Palabra de Dios en nosotros hasta que aprendemos algún día que nunca conviene instalarse en un desafío sino atravesarlo de la mano de Dios Trinidad, de la Virgen y de la Iglesia.
En este libro los planteos que forman parte de mi enseñanza son muy precisos. Dependerá de cada uno asumirlos, profundizarlos, hacerlos vida.
Entiendo que lo significativo de este libro “Los desafíos de la vida” se centra en las prioridades maduras y definidas de todos los que somos buscadores de Dios. Según sean nuestras opciones “maduras y definidas” los desafíos ciertamente nos garantizan la santidad de nuestras vidas.
Al referirme a la santidad quiero señalar el deseo de Dios para el hombre: “vivir en alianza con él”. En Gn 9, 11 la Palabra nos revela: “Yo establezco mi alianza con ustedes”. Paralelamente, a través del profeta Ezequiel 36, 28 encontramos: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Como bien sabemos nos enseña nuestro Señor Jesucristo: “¿Quieres ser mi discípulo? Toma la cruz de cada día y sígueme”. No hay duda en la experiencia cotidiana que la Cruz es el desafío de cada uno. Cuando los desafíos aparecen también recordemos que “la Cruz es fuerza de Dios”, 1 Co 1, 18. Señalo, como lo podrán apreciar las distintas reacciones que nosotros, los hombres, tenemos frente a los desafíos de la vida.
Mis libros se orientan a la relación Fe-vida dado que el cristianismo no es una filosofía, lo cual queda en aquello que pensamos, sino que es esencialmente un modo de vivir.
La atención a tantas personas, las predicaciones de retiros y ejercicios espirituales desde hace treinta y tres años consecutivos me han aportado mucho. Intentar aconsejar, consultar a quienes más saben, hacer silencio y orar en el tiempo antes de una devolución frente a desafíos álgidos siempre me ha favorecido para poder favorecer.
Deseo de corazón que al igual que mis otros libros, también éste contribuya a la reflexión interior y así oriente sus vidas siempre hacia el Evangelio de Cristo el Señor.
Agradezco una nueva y renovada vez al Padre de Bondad que en su Hijo Jesucristo me da esta posibilidad de llegar aún con mis escritos a tantas personas. Asimismo, a la Virgen –Madre de la Iglesia– va mi sincero agradecimiento. Sumo mi gratitud por la animación de mis hermanos en la fe, amigos, oyentes de radio de tantos años y otros de hace poco que continuamente valoran todos los libros que, con el apoyo de la Editorial Guadalupe, desde su director el Padre Pedro, verbita y equipo, me brindan y alientan para llegar a editar esta colección.
Que quienes lean este Libro sean altamente bendecidos.
Claudio Rizzo.
1ª Predicación: “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos I”
“El mensaje de la cruz es una locura
para los que se pierden,
pero para los que se salvan
–para nosotros– es fuerza de Dios”.
1 Corintios 1, 1, 18.
Simbólicamente la Cruz de Jesús es signo de seguimiento y pone delante de cada uno la pregunta decisiva: ¿aceptas mi cruz?, ¿aceptas los desafíos de la vida? Claro que a medida que tenemos más experiencia de Jesús vamos descubriendo la conjugación de nuestra vida con la suya. El sentido se logra por medio de la identificación con Cristo. Siempre Jesucristo, para nosotros, hombres de fe, provoca una seducción que solo se experimenta en el Camino de un seguimiento incondicional, en la relación comunitaria y personal con Cristo y Su Iglesia.
En la vida se suscitan inquietudes y problemas los cuales podemos tildar como preocupantes, complejos, especiales… Para el creyente las cosas no son ni se tornan fáciles o difíciles, lo cual equivaldría a pauperizar en cálculos humanos los desafíos, sino más bien en simples o complejas. La simpleza o complejidad están sujetas a nuestras circunstancias internas y/o externas propias (cultura, amistades, medio ambiente). El grado de crecimiento interior es fundamental para poder afrontar cada desafío.
Si nos ponemos a reflexionar, la vida es un desafío y nosotros vivimos inmersos en ese desafío que tiene distintas vetas bajo los términos de desequilibrio, infravaloración, desasosiego, per-
turbación, alegría, animosidad, esperanza. No todos los desafíos son negativos. Hay muchos positivos en sí mismos; por ejemplo, proyectar una vocación, hacer un viaje, esforzarse por progresar con lo que a cada uno le satisface, perfeccionarse en una ocupación o carrera, esmerarse por conocer y entrar a caminar en el Camino: imitar la vida de Cristo. En este sentido ser hombres bíblicos neotestamentarios nos ayudará notablemente.
A pesar de los avatares, las injusticias, las difamaciones, la envidia, la malicia y la codicia, el cristiano sabe que “puede gloriarse en la Cruz de Cristo” (Ga 6, 14). Para eso, se requiere una condición: El hombre viejo debe crucificarse con Cristo (Rm 6, 6). El hombre nuevo vive con él (Ga 2, 19).
Paralelamente a la enseñanza de Pablo, la Cruz sirve también, especialmente en Juan, como signo de la victoria de Jesús.
Con la introducción bíblica podemos aseverar, sin duda alguna, que el mensaje de San Pablo es la cruz de Jesús. A través de una serie de contrastes audaces y contundentes, Pablo nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo (skandalon, gr.: piedra de tropiezo), dice, para los judíos que esperan a un Cristo triunfador. Es una “locura”, añade, para los griegos que buscan y se apoyan en la razón y la sabiduría. El misterio de la cruz sólo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y la razón humanas como “locura y debilidad de Dios”, y precisamente por eso, es “fuerza y sabiduría de Dios” (v 24) para los creyentes. Pablo, ciertamente no es un fanático anti-intelectual que desprecia la razón, la ciencia o el progreso. A lo que el Apóstol se opone decididamente es a todo proyecto humano de la índole que sea-incluso religiosa- que, dejando de lado al Dios, que se revela en la cruz de Jesús, termina siempre por construir una sociedad basada en la injusticia, la discriminación, la opresión y la violencia.
Esta paradoja, la fuerza de la debilidad de Dios, se prolonga y manifiesta en la comunidad de Corinto, compuesta de gente socialmente sin importancia (Cfr. Sant 2, 5; Mt 11, 25). No abundan los intelectuales, los ricos, los poderosos, la nobleza. Como en otro tiempo a unos esclavos en Egipto (Cfr. Dt 7, 7s; Is 49, 7), así ahora elige a gente sin estudios, sin influjos y sin títulos. Es interesante resaltar la insistencia de Pablo en poner de relieve
en estos versículos (26-28-29), por una parte, la iniciativa de la elección de Dios, repitiendo cuatro veces el término “elegir” o “llamar” y, por otra, la condición social de los destinatarios de su elección: los locos del mundo, los débiles, los plebeyos, los despreciados, los que humillarán –lo dice dos veces– a los sabios y poderosos y anulará a los que se creen que son algo.
Esta iniciativa de salvación de Dios, absolutamente sorprendente, se hace realidad en Jesús que comunica a los suyos, los débiles de este mundo, la sabiduría, la justicia, la consagración y el rescate.
Estas expresiones densas de teología paulina, podrían resumirse en una palabra: “liberación, comenzando ya aquí y ahora”.
En definitiva, Pablo no hace sino presentar a los corintios y a nosotros el proyecto que Jesús anunció en la sinagoga de Nazaret Lc 4, 14-21 sobre su misión de “llevar la Buena Noticia a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos y la dar la vista a los ciegos y a dar la libertad a los oprimidos…”.
En la espiritualidad carmelitana se sostiene una frase y es la siguiente: “Ave Crux – Spes Unica”, “Bendita seas, Cruz, esperanza única”. Vamos a acuñarla…
Empleamos la palabra esperanza con escasa sinceridad. Es también fácil utilizarla incorrectamente. Seguramente alguna vez pudimos haber dicho “ Tengo esperanza de que hoy voy a recibir un email a favor de un trabajo”; “tengo esperanza de que me saldrá el crédito”; “tengo esperanza de que mi amiga pueda venir a Buenos Aires”, etc. Cada vez que utilizamos la palabra esperanza en esa forma estamos expresando un deseo, pero también estamos deseando algo que es incierto. De otra manera estamos diciendo: “No estoy seguro si esto va a suceder. Puede que sí, y puede que no, pero me gustaría que sucediera”. Esa no es la definición bíblica de la esperanza. En la Escritura, la esperanza es algo sólido, es segura. Es una convicción. La certeza proviene de la aseveración que posee un juicio bien hecho por nuestra inteligencia. La convicción, en cambio, proviene de la fe anclada en Jesucristo. La esperanza es la expectativa espiritual gozosa de algo que Dios ha prometido y que ciertamente sucederá en el futuro. No hay duda de que las promesas de Dios se cumplirán. Son seguras.
La esperanza no es optimismo ciego; es optimismo realista. Una persona de esperanza siempre está consciente de las luchas y las dificultades que como consensuamos son desafíos
de la vida. No obstante, vivimos más allá de ellas con un sentido potencial y de posibilidad de cambios, de reacomodamiento, de reubicación. Nosotros no somos pensadores de imposibilidades.
Una persona de esperanza no simplemente vive para las imposibilidades del mañana, sino que ve las posibilidades de hoy, aun cuando no le esté yendo bien.
Una persona de esperanza no sólo espera lo que le hace falta a su vida, sino que experimenta lo que ya ha recibido. Puede decir un no enfático al estancamiento y un enérgico sí a la vida.
Esperanza es permitir que el Espíritu de Dios nos libere y nos lleve hacia adelante en nuestras vidas.
Vivir “en esperanza” es establecer interiormente que las heridas mutilantes y frustraciones existenciales no controlen más nuestras vidas. Jesucristo cura nuestras heridas. Sin embargo, nosotros, más de una vez, no nos dejamos alcanzar por su Poder Sanador.
Debemos decidir cambiar y así nuestra vida cambia gradualmente… Ese es el sentido acrisolador de la Cruz, dejarse alcanzar por el sacrificio redentor de Cristo. Así lograremos estar libres para vivir como Dios quiere que vivamos.
Como podemos apreciar hay una diferencia entre “ser libres” y “estar libres”. El nos libertó, sin embargo, el estado de vida interior depende de nuestra decisión.
No nos melancolicemos con nuestras heridas haciéndonos amigos de ellas. Aferrémonos a la esperanza que tenemos en Cristo sabiendo que su Cruz es Fuerza: aliento-esperanza-animosidad.
No nos atasquemos. La esperanza no es una ilusión. La esperanza es una realidad. Está disponible para ayudarte a decidir, cambiar y ser bendecido.
El núcleo de este propósito es decidirse a vivir el Evangelio día a día en mayor comunión con Su Mensaje, con la adoración a Cristo tanto cúltica como en verdad a través del servicio, a los demás y a la propia dignidad. Nos preguntamos, nos respondemos:
• ¿Cuáles son los desafíos positivos que te han tocado afrontar y cuáles son los actuales?
• ¿Estás dispuesto/a a emprender algo que seguramen te implica un desafío positivo en tu vida? Previo a ello, siempre consulta a Dios. Nos recuerda Is 58, 2: “Ellos me consultan día tras días y quieren conocer mis caminos”.
Presenta tu consulta a Dios. Dios se manifiesta a través de signos confirmatorios. Nunca lo negativo viene de Dios. Así el o los desafíos que impliquen algún proyecto lo desarrollaremos con serenidad y confianza en la Divina Providencia. Recordemos que Dios es Misterio y nosotros, por tanto, pertenecemos al Misterio de Dios que cuando se revela lo hace manifestándonos su “carácter de novedad y asombro”.
• ¿Cuáles, en cambio, han sido tus desafíos negativos o sombríos en tu historia? Piensa que cómo los hemos vivido depende mucho de la edad psicológica-espiritual que hayamos tenido en su momento.
• Y con respecto a tu presente: ¿tenés desafíos sombríos o negativos? Esta formación interdisciplinaria será de gran ayuda para tu vida. No les temas; de la mano de Dios todo se supera…
• ¿Sentís que tu fe va madurando? ¿Podrías aún hoy describir tu esperanza como optimismo realista? • Como lo enfaticé en este capítulo la “esperanza es permitir que el Espíritu de Dios nos libere y nos lleve hacia adelante en nuestras vidas. ¿Tu esperanza va en esta dirección?
“Examíname, Señor y pruébame,
sondea hasta lo más íntimo de mi ser;
porque tu amor está siempre ante mis ojos,
y yo camino en tu verdad”.
Salmo 26, 2-3
2ª Predicación: “El sentido de la Cruz y nuestros desafíos II”
“Yo solo me gloriaré en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. Gálatas 6, 14
Gloriarse en la Cruz no significa ansiar el sufrimiento; sería a la luz de la espiritualidad actual una tendencia sado-masoquista. El sadismo pone su objetivo en “infligir el sufrimiento”; el masoquismo en “recibir ese sufrimiento”: ser “castigado”. Ambas son, indudablemente, psicopatologías.
No obstante, nunca descuidemos la posibilidad de evaluar si existen tendencias. Estas no son estructuralmente patologías pero van en camino.
Nos enseña San Juan Bosco que “hay que prevenir para no curar”. Para entender qué significa “gloriarse en la Cruz” y afrontar nuestros desafíos, ineludiblemente, debemos tratar de incursionar el Fundamento de la Cruz.
Ningún otro autor cristiano ha tratado con tanta intensidad y profundidad el tema de la gracia como Pablo de Tarso. Aunque en los tratados teológicos sobre la gracia la importancia que se dé al Antiguo Testamento o a otros textos del Nuevo Testamento sea muy parcial, con Pablo se tiene un punto de partida seguro, tanto más cuanto que sus escritos jugaron un papel de gran importancia, si no decisivo, en las controversias en torno a la reforma protestante. Su inclusión al final de los temas tratados en esta parte puede ayudar, quizá, a una ubicación más histórica y objetiva de su teología, dentro de la historia del cristianismo primitivo.
Claro que una lectura rápida de las cartas de Pablo, basta para advertir que la problemática de la gracia está tematizada en la carta a los Gálatas y en la carta a los Romanos. En el caso de un pensador de la pujanza de Pablo, este hecho suscita algunas cuestiones: ¿Hay que presumir una evolución en el pensamiento paulino, que lo lleva a descubrir recién en sus cartas tardías el tema de la gracia?
La evolución, en este caso, estaría estrechamente ligada a su valoración de la ley judía. ¿O hay que recalcar más bien el carácter situativo de la teología paulina, que responde a los interrogantes nacidos en sus comunidades, a los que él con sus cartas pretende dar una respuesta?
Desde esta perspectiva, no habría que hablar de una evolución del pensamiento paulino en sentido propio, sino de la actualización y tematización de convicciones teológicas que el Apóstol poseía ya antes, pero que hoy había explicitado porque no había tenido necesidad de hacerlo. A partir de la teología de la cruz (1 Co 1, 18-25) no queda espacio para ninguna otra instancia salvífica. Pablo pone al descubierto las dos tendencias “naturales” del hombre, que llevan a un rechazo del mensaje de la cruz, si es que no se lo acepta por la fe. El griego buscará siempre la consonancia con una exigencia lógica, racional. El mensaje de la cruz suena para él a necedad que, en fuerza de la propia “lógica”, debe ser rechazado. Para los judíos el anuncio de la fe se convierte en ocasión de escándalo (fe ocasión de caída-debilitamiento de la propia). Aún hoy cuesta aceptar que la cruz es el único mensaje de la salvación.
Pablo no habla en estos textos de la vigencia de la ley, pero la magnitud del mensaje de la cruz no puede sino excluir todo otro camino de salvación. La unidad de la teología paulina se ve en la audaz afirmación de 2 Co 5, 2: “A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado a favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él”.
La cruz es el lugar en el que el pecado alcanza una concreción única por su densidad. El Hijo de Dios se vuelve él mismo “pecado” para liberar al hombre del pecado y convertirlo en justicia de Dios (acepto en su Presencia). La misma idea aparece expresada por medio de otra imagen en Ga 3, 13: “Cristo nos liberó de esta maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros”, en plena argumentación para fundamentar bíblicamente la imposibilidad de la ley judía de brindar la Salvación. Para los cristianos la única ley verdadera es la Ley de Cristo.
El núcleo cristológico de la argumentación paulina es el mismo: Según sus propios datos autobiográficos (Ga 1, 14; Fil 3, 5s), su juventud estuvo marcada por su celo a favor del cumplimiento de la ley judía. Este mismo celo lo llevó a perseguir activamente al grupo herético que anunciaba a un mesías crucificado y hablaba en contra del templo y de la ley. Esteban es el representante de este grupo (Hch 6, 1-3) Cuando aquello que había sustentado su vida creyente fue desplazado por la fuerza de la experiencia cristológica; el Apóstol no vacila en buscar y dar un nuevo fundamento a su vida, y éste no va a poder ser otro que la figura del Crucificado mismo.
Siempre vamos a pasar en nuestro camino de conversión por un combate interior que nos humilla. Sea cual fuere la interpretación de este combate, lo definitivo al fin es la palabra
del Señor: “Mi gracia te basta, pues la fuerza se perfecciona en la debilidad”, 2 Co 12, 9.
En el devenir de nuestra vida, nos topamos con desafíos internos (afectados por nuestras concupiscencias) y desafíos externos (impulsados por distintos agentes, algunos buenos
(exigencias-esfuerzos-trabajos para nuestro crecimiento) y otros que desearíamos eludir… En todos pronunciamos aquello de la espiritualidad carmelitana: “Ave Crux- Spes única”, Bendita seas Cruz, esperanza única.
Para algunas personas “tener esperanza” en el poder redentor y salvífico de la fuerza de la Cruz es un asunto de personalidad.
Cuando, en verdad, empezamos a pensar que la esperanza es una decisión, es una opción, muchas cosas suceden en la vida sobre las que no tenemos control, pero sí lo tenemos sobre cómo respondemos a ellas. Pensemos en algún momento complejo de la vida, cuando aplicamos la esperanza, algo del dolor de una circunstancia se suaviza porque miramos más allá de la situación, a lo que sucederá en el futuro, Y aun si la situación no puede ser modificada, muestra respuesta a ella puede cambiar. Podemos decidirnos encargarnos de la situación en vez de ser “víctimas de ella”.
Cuando reflexionamos y descubrimos que la esperanza no es algo que generamos nosotros mismos, sino que sucede porque nuestra mirada está puesta en quien Dios es y en cómo Él nos percibe no nos quedamos bajo el efecto de temores o fobias que nos paralizan, sino que caminamos hacia adelante. Cuando alejamos nuestros ojos de Jesús, nuestra esperanza puede mermar. Cuando esto sucede provoca que nos rindamos, fracasemos, nos derrumbemos o vivamos conformes. Algunas veces la erosión de la esperanza es igual a una avalancha que termina en veinte segundos.
Una experiencia negativa puede golpearnos duramente y nuestra esperanza se descomprime de inmediato. La Cruz nos señala la Victoria ineludible, porque allí el Señor venció el pecado. Otras veces la esperanza merma tan gradualmente que ni siquiera nos percatamos. Simplemente caminamos la vida sin ambición, sintiéndonos sin bendición; en este sentido conviene hacer una buena lectura de los acontecimientos, circunstancias, personas que nos están hablando a nuestro alrededor al momento del desafío.
Cuanta más formación, lógicamente se ennoblece la lectura. Este tipo de desesperanza es la que se da cuando fenecen los pequeños proyectos: salir a caminar, encontrarse con amigos, comer una comida rica, ir a los espacios propios de encuentro con Dios… y así nos sentimos sin bendición. Si esto ocurre, dobleguemos nuestra oración sálmica acompañada lógicamente por la literatura sapiencial que corresponda según las circunstancias. Rescatándonos seremos muy útiles tanto a nosotros como a los otros…
Nos preguntamos, nos respondemos:
• En tu pasado: ¿qué situaciones viviste como una “cruz”? ¿Encontraste tu fuerza en el Señor? Si la respuesta es no, ¿a qué se lo atribuís?
• ¿Hubo en tu vida, situaciones de desesperación?, ¿te faltó un nivel de fe más elevado? ¿estabas apartado/a de su alianza?
• ¿Qué entiendes hoy por “estar en alianza con Dios”?
• ¿La desilusión suele sorprenderte?, ¿o solo en algunas ocasiones?,
• ¿sabes pedir ayuda o te cuesta?
• Con el camino de formación-conversión que estás recorriendo ¿cómo describirías hoy la Cruz?
• ¿Puedes culminar hoy este encuentro dispuesto a desplazar todas las personas y situaciones que te acerquen “una nube gris”?
“Glorifiquen al Señor, nuestro Dios,
adórenlo ante el estrado de sus pies.
¡Santo es el Señor!”.
Salmo 99, 5
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