Читать книгу: «En busca de un hogar»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Claudia Fiorella Cardozo
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En busca de un hogar, n.º 278 - septiembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-704-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
Londres, 1890
Juliet Braxton odiaba Inglaterra.
Bueno, esa afirmación no era del todo cierta; en realidad le gustaba mucho, pero no lo reconocería frente a su abuela a menos que le amenazara con arrancarle los pulgares, y aun así estaba segura de que hubiera podido soportar unas cuantas horas de tortura con bastante aplomo.
Porque si algo podía asegurar era que ella jamás comprendería a cabalidad el motivo por el que mostraba tanta aversión a ese país, pese a lo simple que resultaba; lo único que quería era volver a su hogar.
Sí, porque Juliet no era inglesa, aunque a su abuela le encantara fantasear lo contrario. Era una orgullosa americana, con sangre de inmigrantes corriendo por sus venas, y pese a los intentos de su abuela, la ilustre y muy digna lady Victoria Ashcroft, su mayor anhelo era subirse al barco más cercano y navegar hasta esa tierra que tanto amaba.
Sus recuerdos más preciosos transcurrieron allí, en la felicidad de esa mansión que su padre empezó a soñar al día siguiente de conocer a su madre, según le contaban ambos al fuego de la chimenea, cuando era apenas una niña pequeña y escuchaba sus relatos con los grandes ojos abiertos como platos.
No lograba comprender del todo el significado de cada una de sus palabras, pero sabía que el amor que se profesaban el uno al otro era equivalente al que sentían por ella, y eso era suficiente.
Debieron pasar algunos años para apreciar la historia de su amor en toda su magnitud.
Su madre fue una jovencita inglesa, de buena cuna y muy bella, que insistió en acompañar a su padre en uno de sus viajes al otro lado del océano, pese a las protestas de la familia; pero lord Ashcroft tenía debilidad por su única hija y, considerando que su debut en sociedad estaba muy próximo ya, creyó que bien podría darle el gusto de conocer ese país que a él le maravillaba, como una última aventura compartida.
Lo que no pudo prever fue que una vez allí conocería al hombre que le robaría el corazón y por el que decidiría dejar atrás todo lo que se esperaba de ella.
Nada de presentaciones en la corte o bailes de tímidas debutantes; su lugar estaba junto a Edward Braxton, ese joven heredero de una fortuna trabajada a fuego y acero, literalmente, en los muelles de esa gran ciudad llamada Nueva York, que ahora le acogía como un segundo hogar.
De haberse tratado de un hombre de poca riqueza, tal vez habría resultado más sencillo imponerse a los deseos de la joven Katherine, pero como no era el caso, y este se encontraba en una excelente posición para ofrecerle todas las comodidades a las que estaba acostumbrada, no hubo forma de que lord Ashcroft pudiera negarle la mano de su hija, y con el pasar de los años, al ser testigo de su inmensa felicidad, no pudo menos que congratularse por la decisión adoptada.
Pero el destino puede ser muy cruel, y con frecuencia el amor no es suficiente para asegurar la dicha eterna. La madre de Juliet murió de una afección pulmonar totalmente inesperada; apenas debió resistir unos días de agonía antes de fallecer, dejando a un esposo inconsolable y una pequeña niña de seis años que no podía hacerse a la idea de que jamás volvería a contemplar la sonrisa de su madre.
Edward Braxton nunca pudo recuperarse de la pérdida, pese a que amaba a su hija con todas sus fuerzas y tenía por mayor anhelo asegurar su felicidad. Se negó a permitir que la pequeña Juliet fuera enviada a Inglaterra, tal y como exigían los parientes de su fallecida esposa, especialmente la madre de esta, que nunca vio con buenos ojos su unión, y ahora reclamaba a su nieta para encargarse de su crianza.
Durante cinco años se entregó al trabajo y a hacer feliz a su pequeña, brindándole todas las comodidades, su tiempo y amor, y aun cuando la ausencia de la madre era un agujero infinito en sus corazones, aprendieron a vivir con esperanza y ánimo en el futuro.
Lamentablemente, pocas semanas después de su décimo primer cumpleaños, Juliet se vio nuevamente obligada a despedirse del que había sido su compañero más querido desde que tenía memoria. Edward Braxton dejó de existir una mañana de abril, preso de una fiebre adquirida de forma inexplicable. Apenas tuvo tiempo para acariciar los rizos de su pequeña antes de expirar.
Aunque Juliet contaba con la protección de su precavido padre, que había dispuesto que toda su fortuna fuera para ella en cuanto cumpliera los veintiún años de edad, siendo apenas una niña necesitaba la protección que solo un adulto podría proporcionarle. No faltaron personas en su país que se ofrecieran gentilmente, y por amor a sus padres, a encargarse de ella, pero una vez más, desde el otro lado del mar, su abuela hizo oír su voz, y esta vez tuvo éxito en sus pretensiones. Su nieta iría a Inglaterra a vivir con ella, lo deseara o no.
Juliet lloró desde el momento en que debió colocar sus muñecas en los pesados baúles que las doncellas habían preparado para el largo viaje, hasta su llegada a la costa de ese país que le resultaba por completo desconocido.
La presencia de esa abuela imponente a la que jamás había visto no consiguió más que aumentar su angustia, pero una vez allí, enfrentando su destino, recordó las enseñanzas de su padre, que le infundió siempre el coraje frente a la adversidad y la fuerza necesaria para afrontar los cambios repentinos con esperanza.
De modo que tan pronto como llegó a la mansión de su familia materna, decidió que se comportaría tal y como su padre esperaría de ella, y que llegado el momento, cuando pudiera decidir por sí misma, retornaría al que consideraba su único y verdadero hogar.
Capítulo 1
El conde Arlington se enorgullecía de su habilidad con los caballos; en numerosas ocasiones había logrado ridiculizar a más de un petimetre arrogante que creyó divertido retarlo a una carrera.
Esa tarde, sin embargo, mientras cabalgaba por el pequeño bosque a unas cuantas leguas de su propiedad, iba tan ensimismado en sus sombríos pensamientos, que no prestaba mayor atención al camino.
Acababa de sostener una fuerte discusión con su madre que lo dejó exhausto y malhumorado; la única vía de escape que encontró para poder pensar con tranquilidad fue tomar un caballo y cabalgar tan lejos como le fuera posible.
No temía a su madre; en un hombre de su edad y posición hubiera resultado ridículo, pero tal vez fuera el profundo amor que le profesaba lo que inspiraba ese fastidio al verse envuelto en la misma disputa una y otra vez.
¿Qué podría querer una mujer inteligente y amorosa como ella de su único hijo? Bueno, era muy sencillo de adivinar; deseaba verlo casado, y a la brevedad posible, para mayores señas.
Desde luego que el conde comprendía su esperanza; su madre no había mostrado más que simple y sencilla adoración por él desde que tenía memoria, y era lógico suponer que esperaba hacer otro tanto con los futuros nietos que él tan egoístamente se negaba a procrear; esas debieron de ser sus palabras, no estaba del todo seguro, nunca podía estarlo con su madre que, cuando le convenía, usaba las expresiones menos apropiadas para una dama.
Para ser honesto consigo mismo, a veces sentía lástima por ella, sabía que encontraba la enorme casa que habitaban como un lugar vacío y falto de vida. Sus continuos viajes no ayudaban en absoluto, y su madre, que prefería el campo a los vaivenes de Londres, pasaba mucho tiempo a solas, sin más compañía que la de los sirvientes y algún pariente obtuso que aprovechaba su ausencia para disfrutar de las comodidades de Rosenthal Hall.
Él, en cambio, y casi le avergonzaba reconocer su egoísmo, prefería esa vida plácida de soltero empedernido, sin más responsabilidades que las de llevar las riendas de su familia de forma apropiada, labor que estaba seguro cumplía con creces.
Largas temporadas atendiendo sus negocios en Londres, viajes al extranjero que no resultaban tan placenteros como hubiera deseado, y muchas preocupaciones para mantener a la familia correctamente provista.
Por consiguiente, en su opinión, hubiera sido poco menos que absurdo involucrarse en un asunto tan espinoso como buscar una mujer apropiada para convertirla en la señora de Rosenthal. Desde luego que aceptaba su obligación de engendrar un heredero en cierto momento, pero con veintiocho años no creía estar tan cerca de la senectud como para ir con prisas.
Cuando fuera el momento propicio, organizaría sus asuntos para pasar una temporada en Londres, socializaría con jovencitas apropiadas y sus astutas madres, y escogería a la que pudiera desempeñar mejor el lugar que estaba dispuesto a ofrecer, el cual no era nada deleznable.
¿Un poco cínico? Quizá, pero honesto y práctico, dos cualidades de las que también se encontraba muy orgulloso.
De modo que su incomodidad, a su parecer, era más que justa. Deseaba paz en los escasos momentos de descanso que podía permitirse, pero se veía en la necesidad de prácticamente escapar de casa como un adolescente imberbe por causa de su madre.
Insólito.
El sentimiento de culpabilidad daba paso a la ira y, curiosamente, eso le hizo sentir mucho mejor, aunque no por ello tuvo más cuidado en su cabalgata. Tal vez hubiera sido buena idea escoger a un caballo menos bravío para ese escape tan poco decoroso, y aún mejor, mantener la vista en el camino.
Sin embargo, para cuando reparó en estos dos detalles tan importantes, era ya muy tarde; algo debió de asustar a Byron, que se encabritó, tirándolo de la silla, y nunca se enteraría de cuál fue la causa, porque en ese momento su más grande preocupación fue caer con el mayor cuidado, todo el que se puede tener en un momento como ese para al menos no romperse el cuello.
Luego daría gracias al cielo por haber logrado caer en terreno blando, pero en ese instante lo único que deseaba era recuperar todo el aire que parecía haber escapado de sus pulmones, dejándolo con la respiración agitada y la vista borrosa. Su mente funcionaba a toda velocidad, la suficiente para identificar el espantoso dolor que empezaba a circular de su pie derecho a la rodilla, y, de no sentirse tan mal, hubiera encontrado una forma de incorporarse.
Habría pasado valiosos minutos en ese trance, pero quiso la fortuna que cuando estaba a punto de desvanecerse, unos pasos ligeros se acercaron con rapidez a donde él se encontraba. No podía levantar la cabeza o articular palabra, pero escuchaba perfectamente lo que se decía a su alrededor.
—¡Daniel, por Dios, olvida el caballo! Está mucho mejor que este pobre hombre.
Suponía que con «pobre hombre», esa voz se refería a él, e intentó recordar cuándo fue la última vez que alguien lo llamó así.
—Va a perderse.
—Lo dudo, parece ser de la zona, encontrará el camino de vuelta a casa; ahora, ayúdame con él, vamos.
El conde abrió y cerró los ojos hasta que empezaron a lagrimear, inquieto por el giro que estaban tomando los acontecimientos. ¿A quiénes pertenecían esas voces? Nunca las había escuchado.
Eran jóvenes, mucho, eso era seguro; una pertenecía a un muchacho, el llamado Daniel, suponía, la otra era delicada, femenina y con cierto deje gruñón que habría encontrado gracioso en otras circunstancias.
—Creo que se ha roto el pie —la voz era de la joven, y se oía casi a su altura ya.
—Siempre pensando lo peor…
—Y usualmente acierto, no lo olvides.
El conde hubiera deseado poder hablar para decirles que dejaran de discutir y le ayudaran o al menos que simplemente callaran, porque sentía que su cabeza iba a estallar en cualquier momento.
Pero no fue necesario que pensara más en ello, porque la cosa más sorprendente ocurrió a continuación.
De pronto, mientras veía al cielo y sentía sus oídos zumbando, una visión se presentó ante sus ojos. Era lo más bello que había visto jamás, lo que le hizo pensar que tal vez después de todo sí que se había roto el cuello.
Nunca, en todos los años de su vida, había contemplado unos ojos tan azules, cutis más terso y unos labios tan rosados. Ese ángel que lo miraba con el ceño fruncido, lo que le pareció un poco extraño, porque en su opinión los ángeles no deberían hacer tal cosa, llevaba sus largos cabellos apenas atados con descuido, y los mechones cayeron a ambos lados de su rostro cuando se agachó a su lado para verlo con más atención.
¿Qué debía hacer ahora? ¿Rezar?
El ángel se acercó aún más, sin dejar de contemplarlo y cuando esperaba que empezara a recitar alguna letanía acorde a la ocasión, le hizo la pregunta más extraña:
—¿Cuántos dedos ve?
Tras pasar las últimas semanas en Londres con su abuela y primo, Juliet recibió la noticia de su visita al campo como una flor recibe el rocío en la primavera; no pudo sentirse más feliz ante la perspectiva de cambiar de aires y disfrutar de la paz que encontraría en las praderas, lejos de la ciudad.
Si bien, gracias a que acababa de cumplir dieciocho años, su abuela había decidido postergar su debut en sociedad la temporada anterior, no tendría la misma suerte con la venidera y, además, tampoco se había librado de tener que departir con infinidad de amistades de la familia que visitaban la residencia Ashcroft. A muchos los conocía, claro, su abuela se encargaba de ello, pero no por eso le resultaban más interesantes.
Una vez escuchó a escondidas cierta conversación sostenida por dos de sus tías lejanas, Dios la librara de que su abuela se enterara, en la que hablaban de ella, y aún le ardían las mejillas tan solo de recordarlo.
Según estas, esperaban que tan pronto como hiciera su debut en sociedad, recibiera una buena cantidad de propuestas matrimoniales, y lo mínimo que estaba dispuesta a aceptar su abuela era a un conde. Después de todo, aun cuando su padre no fue un hombre de buena cuna, o lo que ellas consideraban como tal, ese detalle carecía de importancia cuando se tomaban en cuenta los antecedentes de su familia materna, su belleza, y lo que más le disgustó oír, su fortuna.
Claro, como si la idea de que un hombre deseara casarse con ella solo por su apariencia y dinero fuera algo agradable para oír.
A diferencia de otras jóvenes de su edad, a Juliet la idea del matrimonio no la sumía en ensoñaciones y suspiros; al contrario, a su parecer el casarse solo complicaría sus planes de volver a América.
Cierto que no había tratado a muchos hombres, por supuesto, pero conocía a varios jóvenes que asistían con frecuencia a las veladas en la residencia Ashcroft y ninguno le había causado una gran impresión. Tal vez uno o dos le resultaron agradables a la vista y hasta simpáticos una vez que entablaron conversación, pero nada más.
El único ejemplar del género masculino con el que se sentía plenamente cómoda, y a quien apreciaba con un cariño sincero, era su primo Daniel, y ya que lo veía como a un hermano, era lógico suponer que no podía incluirlo en sus cálculos.
De modo que esa era su situación actual; pasaba casi todo el tiempo con su abuela y primo, que tenía por familia más cercana a un padre que viajaba casi todo el año, de modo que se había convertido ya en una presencia constante en su vida. Era difícil imaginar el día a día sin él, aun cuando la mayor parte del tiempo discutían, si bien sus disgustos no les duraban mucho tiempo; se parecían mucho y eso les permitía comprenderse con facilidad.
La llegada al campo, a la propiedad de unas queridas amistades de la familia, que contaban con acres y acres de terrenos, amén de una casa de ensueño, fue muy bien recibida por Juliet, y el saber que no solo iría en compañía de su abuela, sino también de Daniel, fue un gran alivio; así tendría con quien divertirse.
Los primeros días debieron controlar sus ansias de explorar, ya que los dueños de la casa deseaban tenerlos a la vista casi todo el tiempo, cosa que le costaba comprender, porque no podía imaginar qué encontraban de interesante en dos muchachos de apenas dieciocho y diecinueve años, a cuál más taciturno.
Pero tan pronto como agotaron todos los temas de conversación, se encontraron en libertad de recorrer la casa y los grandes jardines a su gusto. Su abuela, que usualmente los seguía con ojos de halcón, quizá suavizada por el ambiente bucólico, les permitió dar paseos más largos y hasta pedir caballos prestados para visitar los terrenos siempre y cuando no se alejaran demasiado.
Fue precisamente una de esas mañanas en que llevaban a los alazanes de las riendas mientras admiraban el paisaje, que oyeron ese relincho tan poco común, y decidieron acercarse para ver lo que pasaba.
Su abuela se habría disgustado de saber que habían desobedecido sus órdenes al dejar los lindes de la propiedad, pero, de haberlo hecho, no habrían sido testigos de ese accidente.
Cuando observaron al jinete caer del caballo, intercambiaron una mirada espantada, y mientras Daniel se hacía cargo de sus monturas, Juliet corrió hasta llegar cerca del hombre que apenas sí respiraba sobre la grama.
Dio pasos cortos, aterrada ante la posibilidad de encontrarlo muerto, pero comprobó rápidamente que su pecho bajaba una y otra vez, si bien la dificultad era notoria, lo mismo que el extraño ángulo de su pie derecho.
Cuando vio que Daniel, en lugar de ayudar, parecía más preocupado por el caballo que se alejaba al galope, lo llamó al orden, y terminó de recorrer la escasa distancia que la separaba del hombre caído.
Sin pensar en su vestido, se arrodilló, se hizo el cabello hacía atrás y vio fijamente al herido, que le devolvió la mirada de un modo tan extraño que empezó a parpadear, sin comprender muy bien ese raro agitar que sentía en el pecho.
Tal vez se debiera a que nunca había estado tan cerca de un hombre como este; a pesar de la caída y el poco atractivo estado en el que se encontraba, no podía negar que tenía unos rasgos muy agradables a la vista, con un cabello claro espeso y unos ojos que a simple vista parecían grises, aunque tal vez tuvieran algo de azules, era difícil asegurarlo por la forma en que la miraba.
Entonces, recuperando el aplomo, dijo lo primero que hubiera preguntado su padre para comprobar el estado de una persona en semejantes circunstancias. Luego de poner la mano de modo que pudiera verla, le preguntó cuántos dedos mostraba.
El pobre hombre debía de encontrarse más confundido aún de lo que parecía, porque no le contestó, sino que continuó con la vista fija en su rostro, lo que empezó a perturbarle, y se sintió muy agradecida cuando Daniel llegó a su lado.
—¿Está bien?
—¿Te parece que está bien? —se arrepintió de inmediato por su respuesta cortante; Daniel no tenía la culpa de su incomodidad—. Insisto en que se ha roto el pie, ¿qué podemos hacer?
Se giró para mirar a su primo, en parte para oírle mejor y también para retirar la mirada de esos ojos que no le quitaban la vista de encima.
—No lo sé, supongo que lo mejor será sacarlo del camino y llevarlo a un doctor, por supuesto —Daniel tenía una maravillosa habilidad para señalar siempre lo evidente.
—Estoy de acuerdo, pero creo que la pregunta es cómo haremos eso; obviamente no podemos moverlo sin ayuda, y en todo caso no estoy segura de cuál será el mejor lugar para llevarlo.
—¿Con los Sheffield? —se refería a sus anfitriones—; ellos conocerán a un médico, es más, posiblemente sepan de quién se trata, quizá sea uno de sus vecinos.
¡Por supuesto! ¿Cómo no se le había ocurrido a ella?
—Tienes razón, pero si es así, tal vez su casa esté aún más cerca que la de los Sheffield.
—Ayudaría si dijera algo…
Juliet no pudo menos que estar completamente de acuerdo con esa frase, ¿se habría golpeado tan fuerte la cabeza que no podía recuperar el habla aún?
—Señor. —Se agachó una vez más, mirándolo con atención—. Por favor, haga un esfuerzo, deseamos ayudarle; si fuera tan amable de decirnos su nombre, en qué dirección se encuentra su casa…
Su reacción la sorprendió tanto que un gemido escapó de su garganta; el hombre alzó el brazo con una rapidez sorprendente para su estado y, tomando su muñeca con fuerza, la jaló hacia sí.
—Rosenthal —susurró, antes de perder el conocimiento.
Capítulo 2
Cuando Robert Arlington recuperó la consciencia, le costó un momento recordar todo lo acontecido, por lo que mantuvo los ojos cerrados el tiempo necesario para aclarar su mente.
Buscando en su memoria, recordó la caída del caballo y dedicó unos segundos a pensar en qué habría ocurrido con él, pero pronto esa preocupación varió en la extrañeza de la última imagen que podía rememorar.
Ese excepcional ángel… No, no se trataba de un ángel, era una joven, la misma que se ofreció a ayudarle en ese momento de desesperación. No podía recordar qué había pasado luego de que lograra decirle el nombre de su propiedad, suponía que fue entonces cuando perdió del todo el sentido.
Un aroma a flores acudió a su memoria, el mismo que sintió cuando la joven se hincó a su lado para hablar con él; un perfume dulce y poco común, tanto como ella.
Ya más tranquilo, al constatar que su memoria no había sufrido mayores daños, abrió los ojos para comprobar que, tal y como sospechaba, se encontraba en su propia cama, en Rosenthal Hall.
Contempló la figura que permanecía a escasos metros, recostada sobre su sillón favorito, y dirigió la vista a su pie, exhalando un suspiro fastidiado al comprobar lo que tanto temía. Entablillado, y con vendajes que lo cubrían hasta la rodilla, este descansaba sobre un almohadón.
—¡Robert! Dios mío, ¿cómo te encuentras? —Desde luego, fiel a su costumbre, se respondió a sí misma—. Debes de sentirte terrible; estás tan pálido, espera un momento, voy a por el doctor Granwood.
—Madre…
Aun cuando su voz no hubiera brotado tan débil y ronca como un graznido, su madre no le habría hecho caso, algo a lo que estaba por completo acostumbrado. Era una mujer enérgica y decidida que, como podía asegurar, haría todo lo que estuviera a su alcance para proteger a los suyos.
Volvió tan solo unos minutos después, acompañada del médico de cabecera de la familia, el ya muy anciano doctor Granwood, que apenas sí lograba seguirle el paso.
—Milord, me alegro de que recuperara el conocimiento tan pronto —comentó el galeno, en tanto abría su maletín para hacerse con los instrumentos necesarios a fin de auscultarlo.
—¿Ha pasado mucho tiempo? Me siento algo mareado…
—Es por el láudano, milord, le administré una pequeña dosis para poder encargarme de su pie; debemos dar gracias de que resultó sencillo componerlo y con unos preparados que voy a recetarle soldará muy pronto.
—¿Cuánto tiempo cree que será necesario? —su madre, a solo unos pasos de distancia, se adelantó a su pregunta.
—Tratándose de un hombre joven y fuerte, como es su señoría, no puede tardar más de un mes.
—¡¿Un mes?!
El conde le dirigió una mirada socarrona a su madre, que tuvo el decoro de sonrojarse por su exabrupto.
—Bueno, un mes no es mucho tiempo, claro —se apresuró ella a añadir, tras aclarar su garganta—; lo importante es que se recupere por completo.
—Y así será, milady, en gran medida gracias a que se actuó con la debida premura. —El doctor dejó sus instrumentos y lo miró desde su altura—. Debe de estar muy agradecido al joven que lo socorrió.
Robert pestañeó con rapidez, haciendo lo posible por comprender sus palabras.
—¿Joven? ¿A quién se refiere?
Su madre se adelantó a responderle.
—Al que te trajo a casa, por supuesto —indicó—. Me siento muy avergonzada por no haber preguntado su nombre, pero al verte en la carreta sufrí tal sobresalto que no pude pensar más que en ir a por ayuda.
Lo que Robert escuchaba no tenía mayor sentido. Un joven, una carreta, no entendía nada.
—Madre, dices que un joven me trajo aquí, en una carreta, ¿podrías explicarte?
—Tal y como lo oyes, ¿no lo recuerdas? —Su madre se adelantó unos pasos para ocupar la silla al lado de la cama, luego de que el médico amablemente le hiciera un gesto—. Acababa de dejar mi costura cuando unas voces en el patio llamaron mi atención y bajé a toda prisa; ahora que lo pienso, debí presentir que algo te había pasado.
—¿Qué ocurrió luego? —la instó a continuar.
—Bueno, este joven hablaba con dos de los lacayos y Bates —se refería al mayordomo—, que se apresuraron a ayudar para subirte a tu habitación en tanto enviaban a alguien a buscar al doctor Granwood; apenas alcanzó a explicarme que te había visto caer del caballo y en cuanto le dijiste el nombre de la propiedad corrió al camino, en donde encontró al dueño de la carreta, que es uno de los arrendatarios de las granjas, por cierto, y juntos te trajeron a casa. Se lo agradecí profundamente, claro, pero como te he dicho ya, no le presté toda la atención que merecía.
Robert agitó la cabeza ligeramente, aún un poco confundido. Suponía que el joven de quien hablaba su madre debía de ser el mismo con quien la muchacha hablaba en el camino, pero él no alcanzó a verlo antes de desmayarse. ¿Y qué habría pasado con ella?
—Y este joven… ¿estaba solo?
Su madre juntó ambas cejas, como hacía siempre que algo la desconcertaba.
—Bueno, no solo, por supuesto, le acompañaba el granjero.
—Sí, sí, eso lo recuerdo, me refiero a si no le acompañaba nadie más; además del granjero, claro.
Lady Elizabeth hizo un movimiento enérgico, muy similar al de su hijo.
—No, en absoluto, lo habría notado. —Se adelantó en la silla, con una mirada interesada—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Recuerdas a alguien más?
Robert negó de inmediato, no queriendo mencionar a la misteriosa joven de la que ni siquiera conocía el nombre, y tal vez fuera lo mejor. Después de todo, si paseaba por el campo con un muchacho y sin supervisión, develar su presencia solo la pondría en problemas, siempre y cuando pudiera saber de quién se trataba.
—No, madre, apenas puedo recordar al joven que mencionas —respondió al fin—; debe de ser por el impacto de la caída y el láudano.
El médico se adelantó para inspeccionar sus rasgos, con ademán concentrado y profesional.
—Desde luego, milord, le recomiendo que procure dormir; verá que en cuanto despierte se sentirá mucho mejor.
—Claro, excelente idea —aprobó la condesa.
Luego, sonrió con cariño a su hijo, se encargó de correr las cortinas, e hizo un ademán al médico para que la siguiera fuera de la habitación.
Una vez que se encontró a solas, Robert cerró los ojos, y poco antes de quedarse dormido, un rostro acudió a su memoria, el mismo que lo acompañó en sus sueños.
Juliet miraba una y otra vez a Daniel por encima del arreglo floral que adornaba la mesa de los Sheffield durante la cena, y si bien su primo la veía con el mismo nerviosismo, hizo un gesto de negación tan sutil que solo ella captó.
De modo que no le quedó otra opción que ahogar un suspiro y volver la atención a su plato.
La charla de su abuela y los señores Sheffield, una pareja mayor y agradable, que no habían tenido más que gentilezas para con ellos, no tenía cuando acabar. Desde luego que en circunstancias normales se habría comportado a la altura de lo que se esperaba de ella, pero no creía encontrarse en un momento muy normal de su vida.
Se sentía extremadamente angustiada por el destino del hombre que ella y Daniel auxiliaran en el camino esa tarde, y hubiera deseado poder hablar con él al respecto, pero ya que desde su llegada no habían estado un solo momento a solas, su preocupación continuaba intacta.
Solo podía esperar que su lesión no resultara tan grave como señalaban los síntomas, y que Daniel hubiera logrado llevarlo de vuelta a su casa en el momento correcto para que un doctor se encargara de atenderlo a la brevedad posible.
No podía creer en la buena fortuna que les había lanzado un salvavidas en el instante menos pensado.
Luego del susto que le provocó esa súbita reacción del hombre, tomándola del brazo con desesperación para susurrar una palabra que apenas sí logró captar, tanto ella como su primo se sintieron completamente desconcertados.
Discutían acerca de la conveniencia de llevarlo a la mansión de los Sheffield, o preguntar por el camino la ubicación de Rosenthal, cuando un granjero caído del cielo se acercó a ellos en su carreta, y al ver al hombre tendido en la grama, se apresuró a correr en su ayuda.
Al parecer, este era su arrendador, «el conde», lo llamó, y les indicó que su residencia se encontraba a escasa distancia, ofreciéndose a llevarlo en la carreta. Fue una suerte que Daniel pensara en lo inconveniente que hubiera resultado su presencia, aconsejándole que regresara a la casa de los Sheffield, en tanto él acompañaba al granjero.
Tan solo pidió que le dejara un caballo para regresar en cuanto cumpliera con su labor, y así ella podría valerse del otro, idea con la que desde luego estuvo de acuerdo; no quería ni pensar en lo que diría su abuela si se enterara de la aventura en la que se había involucrado.
Pero no por ello se sentía mejor, hubiera preferido contar con unos minutos para hablar con Daniel y que este pudiera contarle qué había pasado, con quién dejó al herido, si se aseguró de que fuera correctamente atendido.
Volvió su atención a la conversación en la mesa cuando notó que su primo tomaba la palabra; eso era extremadamente inusual.
—Sí, pasamos una mañana muy agradable, sus campos son extraordinarios; nunca había visto unos tan bien cuidados. —Sus anfitriones estaban encantados por los halagos de Daniel—. Y los terrenos aledaños son también muy impresionantes.
—Bueno, muchacho, te diré algo. —El señor Sheffield, un hombre regordete y bonachón, infló el pecho, orgulloso—. Cuanto tengas tu propio hogar, harás todo lo que esté en tu mano para hacer de él el mejor; es la labor de todo hombre que se precie de serlo.
Daniel sonrió de lado, asintiendo; solo Juliet pudo ver que no estaba completamente de acuerdo con esa sentencia, y no le extrañó, ya que su primo usualmente no compartía la opinión ajena.
—Sus vecinos parecen compartir esta filosofía —reanudó la charla—. Lo menciono porque al regresar pudimos apreciar algunas propiedades muy interesantes, ¿no es verdad, Juliet?
—Por supuesto, es muy cierto. —Empezaba a entender cuáles eran sus intenciones.
—Debieron de pasar por la mansión Prescott, es un lugar hermoso, y queda a muy corta distancia —la señora Sheffield, que guardaba un curioso parecido con su esposo, tomó parte en la conversación.
—En realidad, no preguntamos los nombres de las residencias, solo pasamos por allí; pero creo haber escuchado a unos hombres en el camino hablando de un lugar llamado Rosenthal, decían que era una de las propiedades más importantes de la zona.
Juliet prestó mucha atención a sus anfitriones, y vio con sorpresa que ambos intercambiaban una mirada de contrariedad.
—Sí, Rosenthal, por supuesto, un lugar encantador. —La señora Sheffield fue la primera en recuperar la sonrisa—. Me temo que hace mucho que no lo visitamos, nos resulta un poco alejado…
Por la expresión en el rostro de Daniel, no fue difícil adivinar que la señora no decía precisamente la verdad.
—Es curioso, oí que estaba a tan solo unas leguas.
—Rosenthal —la intervención de su abuela fue bien recibida por los anfitriones—; claro, la recuerdo, un hermoso lugar. ¿No pertenece al condado de Arlington?
—Precisamente, así es —la señora Sheffield asintió.
—Conocí al anterior conde, un hombre muy agradable, lamenté enterarme de su muerte tan temprana. —Lady Ashcroft hizo un gesto de pesar—. Vi a su hijo alguna vez, cuando era apenas un niño pequeño, ¿cómo se ha desempeñado hasta ahora?
Era propio de su abuela el hacer preguntas que podrían parecer impertinentes, pero quien la conociera sabría que no se quedaría tranquila hasta obtener una respuesta.
—Bueno, en cuanto al condado se refiere, hace un estupendo trabajo; ha optado por continuar con la labor de su padre y he oído que instauró algunas mejoras —el señor Sheffield intervino luego de atusarse el bigote—. Parece un joven muy agradable.
Lady Ashcroft dirigió una mirada a sus nietos, con los ojos entornados, como sopesando qué tanto podría decir en su presencia.
—Imagino que agradable no puede ser el único adjetivo apropiado para él.
—Oh, no, desde luego que no, es también muy atractivo.
—Por supuesto, atractivo. —La dama arrugó las comisuras de la boca y guardó silencio.
Juliet dio un vistazo a su primo, que había vuelto su atención a la comida.
—Señora Sheffield, Daniel y yo hablábamos esta mañana acerca de su sala de música; si a la abuela le parece bien, nos gustaría visitarla luego de terminar la cena.
—Por supuesto que no me opongo, querida, sabes cuánto disfruto oírte tocar. —Su abuela la miró con el ceño fruncido.
—Ah, pero había pensado en que Daniel me acompañara. —Le dirigió una mirada con intención a este—. ¿Verdad?
—Claro, si pueden perdonarme con antelación por no estar a tu altura.
La señora Sheffield rio, recuperando la expresión alegre que la había abandonado por unos momentos mientras hablaban del conde Arlington.
—Será un placer oírles, por supuesto, hace mucho tiempo que no usamos el salón; desde que nuestra querida Charlotte se casó, ¿recuerdas lo bien que tocaba, John?
El señor Sheffield dio una cabezada en señal de asentimiento.
—La mejor pianista de Inglaterra. —Pero tras ver a Juliet, que le sonreía con educación, se corrigió de inmediato—: Aunque no dudo de que la señorita Braxton pueda ser una digna rival.
—Es muy gentil por su parte, señor, pero tan pronto como me oiga, comprobará que no estoy en un nivel tan alto.
—No lo crea, señor Sheffield, ya la oirá —su abuela intervino con gesto adusto—. Pero lo confirmaremos más tarde; ahora cuénteme como se encuentra la querida Charlotte.
Juliet debió esperar a oír todo lo referente a la vida de casada de la hija de sus anfitriones, que residía en Escocia, antes de que dieran por concluida la cena y se encaminaran a la sala de música.
Un enorme piano dominaba la estancia, y aunque esta resultaba pequeña comparada con la de la residencia Ashcroft, en Londres, Juliet no pudo dejar de pensar que resultaba mucho más acogedora. Se acercó al instrumento luego de dirigirle una sonrisa tímida a la señora Sheffield, que la animó con un gesto amable.
Acarició las teclas con la punta de los dedos, olvidando por un momento el verdadero motivo de su insistencia para visitar el lugar, pero al sentir la presencia de Daniel a su lado lo recordó.
—Nosotros nos sentaremos aquí en tanto ustedes nos deleitan. —El señor Sheffield acompañó a las damas hasta los asientos dispuestos para los oyentes.
Juliet ocupó su lugar frente al piano, y pronto Daniel hizo otro tanto, dirigiéndole una mirada de reojo.
—Bueno, creo que la «Fantasía para piano a cuatro manos» sería lo más apropiado, ¿no crees?
—Por supuesto. —Juliet sonrió a su primo, asintiendo, tras lo cual ambos empezaron a tocar.
La melodía, que habían tocado muchas veces, duraba exactamente dieciocho minutos, y hacía falta una gran compenetración entre sus ejecutantes para evitar una ingrata sensación en los oyentes.
Pero no era el caso de los primos, que se entendían a las mil maravillas, y sin necesidad de esforzarse podían tocar en tanto se encargaban de la verdadera razón de su presencia allí.
Cuando Juliet llegó a vivir con su abuela, Daniel pasaba largas temporadas en la residencia de la familia, y se convino en que ambos podrían compartir el profesor de música. Lamentablemente, este era un hombre malgeniado y extremadamente estricto que contaba con la venia de lady Ashcroft para mantener a los niños por horas frente al instrumento.
De modo que idearon una forma para divertirse y bromear a espaldas de ese desagradable hombrecillo. Cada vez que debían tocar a cuatro manos, escogían una melodía larga y aprendieron, tras un método de ensayo y error, a hablar entre ellos por la comisura de la boca sin que ninguna otra persona presente pudiera descubrirlos.
Esta fue la idea de Daniel para poder informar a Juliet de todo lo ocurrido desde que ella lo dejara esa tarde con el herido.
—Estará bien, en cuanto llegamos a la casa, los sirvientes se apresuraron a atenderlo.
Juliet no varió en absoluto su expresión, uno de los trucos indispensables para no llamar la atención; tan solo inclinó casi imperceptiblemente la cabeza para no perder palabra de lo que Daniel decía.
—¿Estás seguro? Se veía en muy mal estado.
—Enviaron a llamar al médico aún antes de que partiera, y su madre estaba allí.
—¿La condesa viuda?
—Bueno, su esposo está muerto, así que sí, supongo que es viuda.
Juliet debió reprimirse para no girarse a ver a su primo con cara de pocos amigos.
—Muy gracioso.
—Reconócelo, fue una pregunta muy tonta. —Daniel odiaba perder una discusión, por pequeña que fuera.
—Olvídalo. —No contaban con tiempo para eso, habían pasado ya la mitad de la pieza—. ¿Crees en verdad que se recuperará?
—He oído que los huesos rotos no tardan mucho en sanar, no es para tanto, hicimos lo mejor que cabía esperar; ¿por qué te preocupas de este modo?
La joven estuvo a punto de perder el hilo de la melodía, pero recuperó pronto el ritmo.
—No me gustaría que muriera.
—Tampoco yo lo deseo, por supuesto, pero aun así creo que exageras; no lo conocemos.
—Lo sé. —Juliet volvió su completa atención a las teclas, guardando silencio.
Una vez que concluyeron la pieza, el señor Sheffield, un hombre muy entusiasta y amante de la música, aplaudió con tal ímpetu que se ganó una mirada ceñuda de lady Ashcroft.
—Extraordinario, el mejor concierto a cuatro manos que hemos oído, ¿verdad, querida?
La señora Sheffield asintió, sonriendo.
—Es una lástima que nuestra querida Charlotte no se encuentre aquí, hubiera disfrutado muchísimo su interpretación.
Juliet y Daniel se levantaron y, tras hacer una pequeña reverencia, se acercaron para agradecer los vehementes comentarios.
—Son muy amables, pero se trata de una pieza muy sencilla —mencionó la joven con humildad.
—Sí, es verdad; en realidad, creo que me retrasé un par de veces. —Daniel sonrió, abrumado; no le agradaba ser el centro de atención.
Lady Ashcroft hizo un gesto de negación, exhalando un suspiro exasperado.
—¡Tonterías! Ha sido perfecto, ya veo que tantas lecciones valieron la pena. —Se veía satisfecha.
Juliet y Daniel intercambiaron una sonrisa; su abuela mostraba en público un orgullo por sus logros que desearían se molestara en compartir también en privado.
—Si me disculpan, me gustaría retirarme a mis habitaciones; ha sido un día muy agitado.
—Por supuesto, por supuesto. —La señora Sheffield dio un golpecito amistoso en el hombro de la joven.
—Permiso.
Tras despedirse con un gesto cortés, dejó el salón y se encaminó a sus habitaciones, que se encontraban en el ala norte de la mansión, donde Mary, su doncella, tenía ya preparada su ropa de cama.
La saludó con afecto y, luego de preguntarle cómo había pasado el día, se preparó para dormir, dejando una vela encendida junto al lecho.
Tan pronto como la doncella se fue, se incorporó a medias para tomar un libro de la mesilla y retomó la lectura de la noche anterior, uno de sus grandes placeres.
Gracias a su padre, descubrió pronto el amor por los libros, y en su amplia biblioteca en América contaba con centenares de volúmenes a su disposición. Lamentablemente, desde su llegada a Inglaterra, su abuela había puesto algunas normas referentes a los libros que podía leer, lo que le enfurecía, pero aprendió pronto que discutir con ella no tenía sentido, de modo que fingía obedecerla a fin de evitar altercados inútiles.
Sin embargo, cada vez que le era posible, tomaba alguna obra de la selección con que contaba en la residencia Ashcroft, o Daniel lo hacía por ella, y la disfrutaba en la soledad de su habitación. En cuanto supo del viaje al campo, se encargó de guardar unos cuantos volúmenes en el fondo del baúl, con la complicidad de Mary.
Ahora, recostada en los almohadones, pasaba una página tras otra sin su habitual rapidez. Usualmente leía a una velocidad que quienes la conocían encontraban sorprendente, pero en ese momento no lograba concentrarse.
No dejaba de pensar en el pobre hombre que habían ayudado esa mañana, y en cómo se encontraría a esas horas, si habría recibido la atención apropiada, y estaba ya fuera de peligro.
Tras reparar en que llevaba varios minutos en la misma página, soltó un bufido que habría disgustado a su abuela. Daniel estaba en lo cierto, no tenía sentido que se preocupara tanto por ese hombre, después de todo, no le conocía, y según los señores Sheffield, se trataba de un hombre lo bastante importante como para poder recuperarse por sus propios medios.
De modo que decidió no pensar más en ello, y se enfrascó en su lectura con nuevos bríos, perdiéndose en las letras que tanto bien le hacían.
Capítulo 3
El conde Arlington tan solo soportó permanecer en cama por tres días, y esto gracias a la obstinación de su madre. Al cuarto, tomó de mala gana el bastón que el médico había insistido en que debía usar hasta completar su recuperación, y tras mucho luchar consiguió levantarse con el apoyo de su ayuda de cámara, lo que no le hacía ninguna gracia, pero no veía otra alternativa.
Como el hombre testarudo y metódico que era, según su madre, decidió que no haría ninguna tontería como bajar escalones o siquiera intentar salir de su habitación en el primer día; iría paso a paso, haciendo uso de la escasa paciencia de la que disponía, pero tendría que servir.
Así que primero se contentó con dar unos cuantos pasos alrededor de su dormitorio, tomando largos momentos de descanso frente a la ventana, incrédulo de lo débil que se sentía y cuánto le lastimaba apoyar el pie. Sabía que si el médico no le tuviera tanto respeto, lo habría tildado de insensato, y tal vez lo fuera, pero estaba en su naturaleza.
Al día siguiente, tras otra sesión de infructuosos intentos por permanecer en pie sin tener que apoyarse en Castle, su valet, tomó la que le pareció una decisión práctica, porque después de todo, él apreciaba la practicidad.
Como no le quedó más opción que aceptar su imposibilidad de caminar por unas cuantas semanas, decidió que eso no tenía por qué interferir con sus labores. Desde luego que no podía siquiera soñar con salir a cabalgar, pero sí que estaba en pleno uso de sus facultades mentales, así que bien podría permitir que le ayudaran para llegar a su oficina y encargarse de todos los papeles y correspondencia que tenía pendientes.
Los asuntos relacionados con la propiedad no escaseaban y sería agradable sentirse útil.
Tan pronto como tomó esa decisión, se sintió mucho más tranquilo y dispuesto a aceptar las órdenes del médico, las mismas que en un primer momento le resultaran intolerables.
La primera mañana que pasó allí, trabajando junto a Richards, su secretario, fue bastante productiva, por lo que repitió la rutina durante los siguientes días, y cada vez se sentía mejor.
Una de esas jornadas, mientras hablaban acerca de algunas mejoras que deseaba implementar en la propiedad, así como también de los problemas de algunos de los arrendatarios, Richards hizo un comentario que consiguió que dejara todos los documentos que revisaba con tanta atención.
—Oí que John Sheffield ha decidido imitar sus buenas ideas, milord —dijo, apenas levantando la vista de su escrito—. Tanto en la propiedad como en las granjas.
Sheffield, un nombre que hacía mucho que no escuchaba, ¿o estaba equivocado? ¿Por qué de pronto le resultaba tan… importante? Sabía que su propiedad no se encontraba muy lejos, pero a excepción de ello y de que en algún momento mostró mucho interés en presentarle a su única hija, la misma que no le produjo mayor impresión, no podía recordar mucho más de él.
—Me alegra oírlo, Richards, toda la bonanza que llegue a esta tierra será muy bien recibida —respondió al cabo de un momento, cuando notó que su secretario lo miraba con curiosidad.
—Eso es muy generoso por su parte, milord.
Robert asintió, esperando que hiciera algún otro comentario, pero guardó silencio y volvió a enfrascarse en su escritura.
Sabía que él debería hacer otro tanto, pero no lograba concentrarse; una idea suspendida en el aire no le permitía volver a sus asuntos.
—¿Y cómo están los señores Sheffield? Hace ya mucho tiempo que no he sabido de ellos; me refiero a que era usual encontrar al señor Sheffield en las cacerías y algunos eventos.
—Bueno, milord, tal vez se enteró del matrimonio de su única hija, la señorita Charlotte, creo que con un lord escocés, no estoy seguro. —El señor Richards se golpeó el mentón con la pluma—. Y luego de eso, según oí, no salen mucho; son personas amables, como sabe bien, pero bastante retraídos, tal vez sea por su edad.
—Por supuesto.
Richards iba a retomar su labor una vez más, pero una idea afloró a su memoria.
—Aunque no les faltan visitas; mi esposa mencionó el otro día que, según Rose, la joven que le ayuda en las labores de la casa, su prima había obtenido trabajo en la mansión porque los señores necesitaban unas manos extra para atender a sus huéspedes.
El conde percibió una sensación extraña en el pecho, en absoluto similar a lo que experimentó cuando se cayó del caballo.
—¿Y sabe quiénes son estos huéspedes? —Sabía que cruzaba todas las líneas de la sensatez con esas preguntas, pero no podía detenerse.
—No estoy seguro, milord, creo que una dama y dos jovencitos, pero no conozco sus nombres. —El señor Richards lo miró con curiosidad—. ¿Desee que le pregunte a Rose al respecto?
—No, no, desde luego que no, solo pensé que a mi madre le gustaría saber de sus viejos amigos. —Robert se dio cuenta de que su justificación sonaba ridícula aún a sus oídos, así que cambió pronto de tema—: ¿Se han reparado ya las cabañas de la zona sur? Quiero los techos en perfecto estado ahora que se acerca la temporada de lluvias.
La última semana había resultado más que agradable para Juliet, con largos paseos por el campo, a veces acompañada solo por Daniel, y otras tantas por su abuela y los Sheffield, lo que no le entusiasmaba del todo ya que debía renunciar a montar para ir en el carruaje, pero aun así era un cambio estupendo al compararlo con el caos de Londres.
Las verdes praderas en las que podía caminar a sus anchas, los muchos árboles bajo los que podía sentarse a leer, y hasta un pequeño arroyo en el que jugueteaba mientras Daniel daba paseos con su caballo, se habían convertido en parte de su día a día, y le entristecía la idea de que en algún momento debería abandonar ese idílico lugar para regresar a la residencia Ashcroft.
Pero el pensar en ello no ayudaría a que el tiempo pasara más lentamente, así que prefirió dedicarse a disfrutar de su estancia allí.
Durante la cena de ese domingo, notó a sus anfitriones algo inquietos, en parte disgustados, y aunque hubiera deseado conocer la razón, ya que ellos exhibían siempre un natural buen humor envidiable, no se atrevió a hacer ningún comentario. Era una suerte que su abuela no tuviera sus escrúpulos.
—Diana, querida, ¿alguna noticia que te haya disgustado?
La señora Sheffield pestañeó repetidamente, mirando a lady Ashcroft con azoro.
—¿Disgustar? No, no, desde luego que no, todo lo contrario —rio con falsa despreocupación—. Recibimos una invitación esta mañana para visitar a lady Arlington mañana por la tarde.
—Oh, ya veo; diría que eso no se califica como malas noticias. —La anciana sonrió con cierta burla.
—No, claro, es solo que me ha desconcertado esta invitación tan imprevista; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que el señor Sheffield y yo visitamos Rosenthal.
—Entonces son buenas noticias.
Juliet y Daniel se esforzaron por no sonreír abiertamente ante las burlas de su abuela, lo que no les resultó tan difícil como en otras ocasiones, ya que ambos se encontraban un poco desconcertados por la mención a Rosenthal.
¿Sería una coincidencia? Porque, de ser así, no dejaba de resultar una muy extraña. Por lo que Juliet logró comprender, la última vez que el conde fue nombrado, los señores Sheffield no parecían tenerle mucho afecto, y el que esa invitación se diera apenas unos días después de ayudarle en su accidente…
¿Y si la condesa viuda logró informarse de la identidad de Daniel y deseaba confirmarlo con la señora Sheffield? Esa le parecía la posibilidad más lógica.
—Juliet…
Al oír su nombre salió de su ensoñación y le dirigió una sonrisa tímida a sus acompañantes.
—¿Sí, abuela?
—¡Por Dios, niña! ¡Puedes ser tan distraída! —La dama arrugó la nariz y le habló nuevamente con tono más calmado—. Le decía a los señores Sheffield que ya que su señoría ha tenido la gentileza de incluirnos en la invitación, estaremos encantados de acompañarlos, ¿cierto?
Juliet miró a Daniel, que al otro lado de la mesa exhibía la misma expresión asustada.
—Yo… no lo sé, abuela —intentó pensar en una excusa, algo que la eximiera de asistir, pero no se le ocurrió nada, y no sería justo que dejara a Daniel solo frente a ese problema—. Desde luego que sería un honor conocer Rosenthal; por lo que he oído, es un lugar extraordinario.
Lady Ashcroft sonrió con expresión satisfecha.
—Está decidido entonces, mañana por la tarde visitaremos Rosenthal, será muy agradable ver la propiedad después de tanto tiempo.
Por primera vez, notó que su ánimo iba perfectamente a la par con el de sus anfitriones; sus rostros lucían la misma incomodidad.
La condesa Arlington era una mujer extremadamente entusiasta y activa. Aún conservaba la belleza que fuera tan alabada en su juventud, y tenía siempre una sonrisa dispuesta en los labios.
Esa mañana, su único hijo la miraba desde el otro lado de la mesa, mientras ella sonreía al lacayo que le alcanzaba una fuente.
Según su experiencia, encontró algo perturbador en esa sonrisa, algo que le instó a aguzar todos sus sentidos.
—Te ves resplandeciente esta mañana, madre.
—Gracias, querido, qué amable por tu parte; y dime, ¿cómo sigue tu pie?
—Mucho mejor, creo que podré dejar el bastón antes de lo pensado.
—Estupendo, es una gran noticia para empezar el día.
Robert se dijo que quizá estaba siendo demasiado suspicaz; tal vez su madre solo estuviera de buen humor, pero su siguiente comentario le hizo comprender lo apresurado de su suposición.
—Tendremos visita esta tarde, me gustaría mucho que me acompañaras.
Por supuesto, allí estaba.
—¿Visita? Interesante, no recuerdo la última vez que recibimos invitados.
—Por favor, no ha pasado tanto tiempo; pensé que podría ser bueno para ti.
—¿Para mí?
—Desde luego; no has podido salir desde tu accidente y será agradable conversar con nuestros vecinos.
Robert suspiró, casi preocupado ante la respuesta que podría obtener a su pregunta, pero decidió arriesgarse.
—¿Y a cuáles de nuestros amables vecinos has invitado?
—Oh, a los Sheffield.
No, eso no podía estar pasando, ella no tenía cómo saberlo, ¿o sí?
—¿Hablas en serio?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—¿Y qué clase de noticia es esta?
—¡Robert!
El conde tomó aire y procuró calmarse; no conseguiría nada disgustándose con su madre, no cuando había dado un paso que él no tenía como revertir.
—Lo siento, madre, pero no lo entiendo —habló con calma, pero sin abandonar su firmeza—; a los Sheffield nos les agradamos y hasta donde recuerdo ellos no son precisamente personas de tu total interés, así que me gustaría saber con qué fin los has invitado sin informarme al respecto.
La condesa viuda se limpió las comisuras de los labios, tomándose su tiempo antes de responder.
—No sé por qué piensas que los Sheffield no son de mi agrado, recuerda que son personas muy cercanas, y muchas veces los invitamos a hospedarse aquí…
—Hasta que intentaron meterme por los ojos a su hija y dejé en claro que no estaba interesado.
—¡Robert! Esa no es forma de hablar para un caballero.
—Te pido disculpas, tienes razón, fue un comentario inexcusable. —Por muy disgustado que se encontrara, debía reconocer sus errores—. Sin embargo, debes aceptar que la amistad entre los Sheffield y nuestra familia se vio seriamente afectada por ese hecho. Desde luego que lo lamento, pero me temo que no hay nada que pueda hacer al respecto, y creí que compartíamos esta opinión.
Su madre suavizó el ceño y recuperó el semblante sereno.
—Estoy de acuerdo, por supuesto, y lamento mucho que te vieras involucrado en un asunto que resultó tan desagradable para ti, pero después de todo no se trató más que del deseo de unos padres por lo mejor para su única hija; no son los primeros ni los únicos que anhelan emparentar con un conde —se permitió una sonrisa sardónica poco común—; pero eso ya es parte del pasado, la joven Charlotte es muy feliz en su matrimonio, y estoy segura de que no te guardan ningún rencor, así como considero que un hombre tan noble como tú no debe sentir tales emociones por personas que cometieron un error.
El conde no pudo menos que estar de acuerdo con tal sentencia, pero no olvidaba el origen de la discusión, de la que aún no obtenía una explicación razonable.
—De acuerdo, madre, me parece una postura muy digna de ti y la respeto; sin embargo, aún no me has dicho cuál es el verdadero motivo por el que los has invitado —se apresuró a hacer un gesto para evitar que lo interrumpiera con otro rodeo—, e insisto, sé que hay una razón en particular que deseo y exijo saber.
La condesa conocía lo bastante a su hijo como para saber que resultaría imposible ocultárselo, especialmente cuando adoptaba esa actitud tan implacable; era entonces cuando más le recordaba a su difunto esposo.
—De acuerdo, pero promete que no te disgustarás conmigo.
—Madre…
—Prométemelo.
Robert asintió, sin variar su expresión.
—Hace un par de días la señora Richards y yo tuvimos una charla muy interesante. —Su hijo pudo imaginar lo que vendría a continuación—. Y entre una cosa y otra, mencionó a los Sheffield y los visitantes que se hospedan en su casa. Como comprenderás, sentí algo de curiosidad, y pensé que sería agradable invitarlos, como un gesto de buena voluntad.
—¿Y?
—Oh, sí, y también extendí la invitación a estas personas, por supuesto.
—Por supuesto.
La condesa viuda empezó a arrugar su servilleta ante la mirada airada de su hijo.
—Por favor, hijo, no podía hacer otra cosa; hubiera sido incorrecto no ampliar la invitación a ellos también, ¿no lo crees?
—Entonces, el que yo haya preguntado a Richards acerca de estas personas no tiene nada que ver con esta imprevista visita.
—¡Oh, qué casualidad! ¿Hablaste con el señor Richards al respecto?
—Sí, y lamento profundamente que un hombre tan correcto y decente como él tenga a una esposa tan parlanchina.
—¡Robert!
—Conozco tu mente, madre, y sé lo que estás pensando. Richards mencionó respecto a estos invitados que se trataban de una dama y dos jovencitos, ¿ves a la dama como un prospecto interesante?
—¡No, hijo, por Dios! Lady Ashcroft es una viuda respetable que podría ser tu madre.
—Qué alivio saberlo —expresó con sarcasmo.
—Pero la joven, según la señora Richards, que la vio hace poco, es muy bella —apenas pudo oír la voz de su madre, que tomó un sorbo de agua tras hablar.
El conde se dividió entre continuar esa discusión con su madre o rendirse y permitir que continuara con ese absurdo. Desde luego que Richards, hombre inocente y bienintencionado, había mencionado su última charla a su esposa, y esta fue corriendo a hablarle a su madre del interés que las noticias referidas a los Sheffield habían despertado en él. Era una suerte que ella no pudiera siquiera imaginar lo mucho que le importaba. Claro que solo se trataba de curiosidad por conocer el nombre de sus salvadores, pero no iba a decírselo.
Bien pensado, si no estaba equivocado, su madre lo descubriría en cuanto viera al muchacho, el llamado Daniel, y lo reconociera como la persona que lo llevó a Rosenthal luego de su accidente, pero ¿qué ocurriría con la joven? No deseaba verla involucrada en todo ese asunto. Qué enredo más absurdo.
—Así que lady Ashcroft. —Supuso que podría obtener alguna información de su madre, después de todo—. Supongo que estos dos jóvenes son sus… ¿hijos?
—Nietos —se apresuró a responder la condesa, recuperando la sonrisa—, la joven es hija de Katherine, su hija mayor; me temo que ella murió hace varios años en América, donde residía con el que fue su esposo, también fallecido. El joven es su primo, su padre es el hijo mayor de lady Ashcroft, él es el actual lord Ashcroft, por supuesto.
—Ya veo, una joven huérfana y un futuro lord —intentó hablar con despreocupación—. No parecen muy interesantes, sabes que los jovencitos me aburren.
Ese comentario pareció perturbar a su madre.
—Bueno, creo que podrías darles una oportunidad, tal vez te sorprendan.
—Permite que tenga mis reservas al respecto.
La condesa pareció mucho más tranquila al comprobar que su hijo no se encontraba tan disgustado por su atrevimiento como había esperado y volvió la atención a su desayuno.
Robert, por su parte, no sabía qué pensar respecto a todo ese asunto. Por una parte, deseaba conocer a esos jóvenes en condiciones apropiadas y darles las gracias por su ayuda, pero por otra, le desagradaba la idea de que su madre se hiciera esperanzas vanas. Él no iba a interesarse en esa joven, por muy agradecido que se encontrara, y aun cuando no dudaba de su belleza, la misma que él había comprobado, ya que, después de todo, la confundió con un ángel en su delirio, era lo bastante experimentado para saber que la hermosura no va de la mano con la inteligencia.
Además de que lo último que deseaba era verse envuelto en los planes de su madre; odiaba que hiciera lo posible por hacer desfilar frente a él a una suerte de jovencitas huecas y aburridas.
Aun así, suponía que bien podría controlar su fastidio, dar las gracias de forma correcta y olvidar ese asunto.
—Madre, ¿cuáles son los nombres de estas personas?
La condesa levantó un momento la vista de su plato para responder.
—Lady Ashcroft, como he mencionado ya, y sus nietos, Daniel Ashcroft y Juliet Braxton.
Su hijo asintió, manteniendo su actitud indiferente, pero saboreando el nombre que hasta ese momento le había resultado por completo esquivo y ahora le parecía tan apropiado.
Juliet.
Capítulo 4
—Tan encantadora como recordaba.
Juliet apenas prestaba atención a las palabras de su abuela, que contemplaba embelesada el impresionante edificio que se levantaba ante ellos, al final del largo camino que los carruajes recorrían.
Su distracción no era de extrañar, ya que encontraba el lugar tan fascinante que apenas sí lograba pensar en otra cosa que no fuera el hermoso espectáculo que se erguía ante ella. No había visto, en América o Inglaterra, un solo lugar que se comparara en belleza a esa antigua construcción.
La arboleda que rodeaba al camino confería un aire encantador al conjunto, y los amplios jardines invitaban a rememorar antiguos cuentos de hadas. Le resultaba difícil de creer que un lugar así pudiera existir, y aún más, que tuviera la inmensa fortuna de poder visitarlo. Atrás quedó su angustia por estar nuevamente frente al conde, o lo que diría su abuela al saber de la aventura que ella y Daniel vivieron hacía unas semanas; eso podría esperar.
Lamentablemente, el recorrido se le hizo tan corto que muy pronto estuvieron frente a la mansión, y debió prepararse para lo que vendría a continuación. Por suerte, desde el momento en que les anunciaron la visita, ella y Daniel pudieron pensar en un plan; solo cabía esperar que este resultara.
Cuando se apeó del carruaje, siguiendo a su abuela, y vio descender del mismo a los señores Sheffield, puso la mano a modo de resguardo sobre sus ojos para evitar los rayos del sol y poder contemplar con mayor detalle el exterior de la casa. No contó con mucho tiempo para ello, porque casi de inmediato una hermosa dama bajó los escalones de la entrada, en tanto unos sirvientes se acercaban a ayudar con los caballos.
Aprovechó para estudiarla mientras se acercaba primero a los señores Sheffield para saludarlos con efusividad, y le sorprendió observar que de cerca se veía algo mayor de lo que esperaba, sin que ello disminuyera en absoluto su belleza. Sus ojos le resultaron impresionantes, y se preguntó por qué le parecían tan familiares; pero no tuvo tiempo para pensarlo, porque la tenía pronto ya a su altura, hablando a su abuela.
—Lady Ashcroft, qué placer verla después de tanto tiempo —su voz musical invitaba a sonreír.
—Lady Arlington. —Su abuela inclinó la cabeza con garbo—. El placer es todo mío, lamento que haya pasado tanto desde la última vez.
—Es verdad, pero me temo que casi no visito Londres, y creo que usted no acostumbra venir al campo.
—Bueno, en mi juventud me resultaba mucho más agradable hacer largos viajes, pero ahora… —La dama dejó la frase en el aire—. Sin embargo, me alegra haber aceptado la gentil invitación de los señores Sheffield, no solo he disfrutado de su hospitalidad, sino que ahora puedo ver una vez más la hermosa Rosenthal.
—Y créame cuando le digo que es un verdadero honor tenerlos con nosotros. —La condesa viuda sonrió agradecida, mirando a Juliet con intención.
—Condesa, permítame que le presente a mi muy querida nieta, Juliet Braxton.
Esta hizo una grácil reverencia, sin bajar la vista, como harían muchas jóvenes de su edad. Encontraba importante el mirar a una persona a los ojos para hacerse una idea de su personalidad, y quedó encantada con lo que pudo observar en la condesa.
—Es un placer, querida, tuve la oportunidad de conocer a tu madre en su juventud y veo que has heredado su belleza.
—Gracias, milady, es muy amable al decir eso, aunque creo que mi madre sí era realmente hermosa.
—Juliet, por favor. —Su abuela la miró con el ceño fruncido.
La condesa amplió su sonrisa y le dio un apretón cariñoso, aunque breve, en la mano.
—Debes de echarla mucho de menos, y a tu padre, por supuesto.
—Cada día.
Una corriente de simpatía fluyó entre ambas, que parecieron encontrar de inmediato un encanto particular en la persona que tenían al frente.
—Pero qué descortés soy, ofrezco disculpas —la condesa retomó su papel de anfitriona—. Por favor, entremos a la casa, me temo que mi hijo no pudo salir a recibirles, habrán oído de su accidente…
Juliet sintió cómo toda su emoción se evaporaba al oír mencionar al conde; su abuela tenía razón, era una persona que se distraía con facilidad. Mientras subía los amplios peldaños de la entrada principal, admirando los detalles que veía alrededor, sintió cómo sus manos se empezaban a humedecer, y una agitación extraña se albergó en su pecho. No creía que el conde la recordara, era imposible, su mente se encontraba completamente extraviada en el momento del accidente, así que estaba a salvo; era de Daniel de quien debía ocuparse.
—Lamento que su nieto no pueda reunirse con nosotros, milady —escuchó la voz de la condesa como un sonido lejano.
—Oh, sí, él lo siente mucho; estaba tan ilusionado con la idea de conocer Rosenthal, pero no se siente muy bien.
—Comprendo, pero debe decirle que será bienvenido en cualquier momento en que desee visitarnos.
—Eso es muy amable por su parte.
Juliet no pudo menos que notar el silencio en que se habían sumido los Sheffield, usualmente tan expresivos, y al verlos con atención, notó sus gestos de incomodidad. Debía de haber ocurrido algo muy delicado entre ellos y los Arlington para que asumieran esa actitud.
No pensó más en ello, no por falta de deseos, sino porque habían llegado ya a la entrada de la mansión y fueron conducidos por la condesa hasta un salón exquisito que consiguió que retuviera el aliento. Tan abstraída se encontraba en su contemplación que no notó los ojos que desde el otro lado de la habitación se fijaron en ella desde su entrada.
A Robert no le hizo ninguna gracia el verse en la obligación de permanecer en el salón, sentado, y con el bastón en la mano, mientras su madre se encargaba de recibir a las visitas, pero no deseaba cojear hasta allí, e imaginaba el espectáculo que daría si tenía que subir los escalones de la entrada apoyado en uno de los lacayos.
De modo que allí estaba, en completo silencio, hasta que las voces acercándose le señalaron que era el momento para ponerse de pie; después de todo, no deseaba dar una imagen de debilidad.
Cuando vio a los recién llegados, sonrió con toda la cortesía de la que disponía; aún se encontraba algo disgustado por la imposición de su madre, pero todo pensamiento negativo se esfumó de su mente en cuanto vio a la joven que, de pie en la entrada, miraba de un lado a otro con expresión arrobada.
Le pareció aún más hermosa de lo que recordaba, lo que era ridículo considerando que había pasado semanas intentando convencerse de que su impresión debió de ser solo producto del estado en que se encontraba al caer del caballo.
Pero ahora que podía verla una vez más, completamente consciente, entendía por qué creyó en su delirio que estaba frente a un ángel. Si existían, debían de verse como ella.
Llevaba un vestido vaporoso y virginal que flotaba a su alrededor, y a diferencia de aquel día en el campo, su cabello estaba fuertemente atado tras la nuca; el impulso absurdo de acercarse para soltarlo hizo que entrara en razón y diera un paso hacia atrás.
Con lo que solo consiguió que su madre diera varios para adelante, mirándolo con una ceja alzada.
—Robert, querido…
Se recompuso con rapidez y, apoyándose en el bastón sin perder la dignidad, se acercó procurando mantener una sonrisa neutral.
Fue primero con los Sheffield, que tal y como esperaba, no parecían muy entusiasmados con su presencia allí, ¿y quién podría culparlos? Él no se encontraba tampoco muy contento de tenerlos en su casa. Pero aun así eran invitados de su madre y debían ser tratados como tales.
Tras intercambiar unas cuantas frases adecuadas, dirigió su atención a la dama que lo observaba con una expresión entre orgullosa e interrogante; veía que se trataba de todo un personaje, aunque su madre se equivocaba en algo; en realidad, considerando su edad, podría ser su abuela, y una muy estricta, por lo que lograba adivinar de su carácter.
—Lady Ashcroft, es un honor tenerla en Rosenthal, mi madre me ha hablado mucho de usted.
—Es muy gentil por su parte, gracias, no dudo que la condesa ha sido más que generosa. —Le sonrió con visos de picardía—. Me alegra comprobar que su señoría se encuentra mucho mejor de su accidente; su madre nos hablaba al respecto…
—Sí, así es, aunque me temo que este compañero se quedará conmigo otro par de semanas. —Levantó ligeramente el bastón, sin abandonar ese aire flemático con el que se sentía tan cómodo—. Pero la recuperación ha sido mucho más rápida de lo que esperaba, así que puedo considerarme afortunado.
—Es un gusto oírlo. —La dama miró sobre su hombro y llamó sin delicadeza a la joven que se había quedado unos pasos detrás—. Querida, por favor.
Robert intentó no mostrar mayor interés en ella, aunque hubiera deseado hacer lo contrario, pero, después de todo, se suponía que era la primera vez que se veían, y hombres como él no acostumbraban otorgarle mucha importancia a las jovencitas, mucho menos frente a una abuela que obviamente parecía tan interesada en que le causara una buena impresión. Si a eso se sumaban las artimañas de su madre, casi podía imaginar otro incidente desagradable como aquel en el que se vio envuelto gracias a los Sheffield.
—Su señoría, le presento a mi nieta Juliet Braxton.
La joven hizo una reverencia que encontró encantadora, y lo miró con fijeza, cosa poco común entre las muchachas de su edad, pero que él apreció.
—Señorita Braxton, es un honor.
—El honor es mío, su señoría.
Solo cuando él le devolvió la mirada, ella bajó la suya, al parecer nerviosa.
—He oído que vivió en América, ¿es cierto?
Ese comentario debió de ser el más afortunado que hubiera podido hacer, porque el rostro de la joven se iluminó y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Sí, su señoría, nací allí, es mi país.
El orgullo que traslucían sus palabras le sorprendió, aunque no tanto como la expresión fastidiada de lady Ashcroft, por lo que decidió cambiar de tema a fin de evitarle problemas a la joven.
—Lady Ashcroft, creí que su sobrino nos acompañaría esta tarde.
—Me temo que no se encuentra muy bien, su señoría; nada de qué preocuparse, por supuesto, pero lamenta mucho no haber podido aceptar su generosa invitación.
—Ya veo, es una lástima; espero que en cuanto se recupere podamos disfrutar de su presencia —mientras el conde hablaba, no despegaba la vista de la joven, notando cómo se teñían sus mejillas de un tono subido.
Hubiera querido seguir hurgando en los motivos de la ausencia de su primo, a fin de conocer lo que suponía debía de ser la verdadera razón de la misma, pero su madre se acercó a fin de invitarles a tomar el té y debió contentarse con permanecer atento a lo que se mencionara al respecto, que infortunadamente, no fue mucho.
La charla giró alrededor de los últimos acontecimientos conocidos en la zona, y las noticias que llegaban de Londres, las mismas que parecieron esfumar las reservas de los Sheffield, que participaron con mucho ánimo dando sus puntos de vista y aportando datos que según ellos obtenían de sus conocidos en la ciudad.
Su madre parecía encantada de contar nuevamente con personas en la mansión, y no pudo menos que sentirse un poco culpable, ya que en gran medida era él quien prefería la soledad. En ese momento se hizo la promesa de ser un poco más flexible en ese sentido y, a ser posible, realizar pronto algún baile o actividad en su honor; su cumpleaños se acercaba y ese podría ser un excelente motivo.
Lady Ashcroft no era una mujer muy entusiasta, eso era obvio, pero sus comentarios punzantes y acertados le arrancaron más de una sonrisa. De no ser tan dura con su nieta, como había podido comprobar por la forma en que la miraba, le habría agradado más.
La señorita Braxton parecía compartir el gusto de su abuela por el silencio, ya que hablaba poco y solo cuando se dirigían directamente a ella. En circunstancias normales, Robert hubiera pensado que se debía a que no tenía nada interesante que decir, o a verse opacada por personas mayores, como había visto ocurrir tantas veces en jovencitas de su edad, pero algo le decía que este no era el caso.
Ella se veía simplemente aburrida con la charla, aunque era notorio y loable su esfuerzo por ocultarlo. La habitación, en cambio, parecía llamar mucho su atención, y cuando no participaba con algún comentario apropiado si era requerida, Robert pudo advertir que su vista se perdía en el alto techo y las pinturas que adornaban la estancia.
—Señorita Braxton, ¿le gusta el arte?
La aguda pregunta de su madre le hizo notar que no era el único interesado en la joven.
—Sí, milady, cuenta usted con piezas únicas.
—Lo sé, y estoy muy agradecida por ello, mi esposo fue un gran amante del arte. —Robert vio a su madre adoptar esa expresión melancólica que era tan común cuando hablaba de su padre—. Y mi hijo ha continuado aumentando la colección.
—No he hecho tanto como me gustaría —creyó que era correcto hacer esa acotación.
—Desde luego que sí —negó ella con energía, para dirigirse una vez más a la joven—; debería ver los hermosos cuadros que tenemos en la galería. Es más, tal vez Robert pueda mostrárselos ahora.
Por primera vez desde su llegada, la muchacha exhibió una expresión de total desconcierto, pasando la mirada de la condesa viuda a su abuela, y de estas al conde, que mantuvo su semblante sereno.
—Sería un honor, aunque tal vez prefieran esperar a que puedan acompañarnos todos.
—¡Claro! Abuela, a ti también te encantaría verlas, ¿verdad?
El tono anhelante con el que se dirigió a lady Ashcroft le resultó extrañamente ofensivo, ¿acaso le era antipático? De no ser así, no entendía por qué buscaba evitar pasar un momento en su compañía.
—No es necesario, niña, ve y luego me contarás. Ahora estamos en medio de una charla muy interesante. —Hizo un gesto fastidiado.
Robert vio como la joven reemplazaba su expresión nerviosa por una más calmada, luego de asentir con obediencia.
—Sí, sí, vayan; nosotros estamos muy cómodos aquí. —Su madre no ayudó en absoluto, al contrario, parecía encantada.
—Señorita Braxton, si tiene la amabilidad de seguirme…
Tal vez él no le agradara, o simplemente estaba nerviosa por el obvio interés de sus familiares para lograr que pasaran un momento a solas, pero, cualquiera fuera el caso, él estaba decidido a aprovechar esa oportunidad para hacer un par de preguntas que demandaban respuesta.
Juliet aspiró profundamente antes de salir del salón y le dirigió una mirada resentida a su abuela, ¡estaba arruinando su plan! Con quien necesitaba un momento a solas era con la condesa, no con su hijo.
Ella y Daniel habían decidido que, si los acompañaba a Rosenthal, la condesa lo reconocería de inmediato, y ello habría derivado en una serie de explicaciones que estarían completamente fuera de lugar. En cambio, si él se ausentaba con un buen pretexto, y ella se las arreglaba para hablar del asunto con la condesa, explicarle el porqué de su negativa a hablar del tema con su abuela, ya que infringieron sus órdenes al alejarse de la zona delimitada por ella para pasear, entonces lo entendería y les guardaría el secreto.
Cuando la conoció, se alegró al ver que era una mujer tan gentil y obviamente comprensiva; empezaba a respirar más tranquila, con la certeza de que no resultaría nada difícil hacerle entender el asunto y de que recibiría su ayuda.
Pero ahora, mientras caminaba al lado del conde, con la vista baja y sintiendo cierta tensión en el ambiente, se dijo que lo mejor sería regresar al salón con alguna excusa creíble y buscar luego otra oportunidad para hablar con la condesa a solas.
—¿Las pinturas no son de su agrado?
Semejante comentario consiguió que saliera de su abstracción, y lo mirara con una mezcla de curiosidad e inquietud.
—No, milord; quiero decir, sí, por supuesto, son todas muy hermosas.
—Me sorprende que logre admirarlas con la vista fija en el suelo.
No supo si estaba siendo abiertamente grosero o si le jugaba una broma; cualquiera fuera el caso, no le gustaba.
—Reflexionaba al respecto, su señoría, ¿no lo hace usted?
—La belleza no requiere un análisis, es una pérdida de tiempo que puede utilizarse en admirarla.
—No estoy del todo de acuerdo, creo que una cosa lleva a la otra; ¿acaso cuando ve algo hermoso no piensa en ello y se pregunta qué fue lo que le atrajo en primer lugar?
La mirada que le dirigió fue lo bastante profunda como para que le provocara bajar una vez más la vista, pero se contuvo de hacerlo.
—Ahora que lo menciona, tal vez tenga razón; he pensado mucho en ello últimamente.
Le pareció un comentario enigmático, se preguntaba si se refería tan solo a las preguntas, pero se abstuvo de indagar al respecto.
—Me alegra que coincidamos, entonces. —Decidió que sería un buen momento para cambiar de tema—. Debe de sentirse muy orgulloso de poseer un lugar tan bello; no solo por las pinturas, claro. Rosenthal por sí misma parece una obra de arte.
—Nunca la habían catalogado así, pero ahora me parece un adjetivo muy apropiado, gracias; ¿le agrada Van Goyen?
—Sí, milord, es uno de mis favoritos. —Agradeció que retomara el tono distendido—. Sus paisajes son tan hermosos… Es casi como si pudiera viajar por medio de su obra.
El conde le sonrió abiertamente, cediéndole el paso para que le precediera en el siguiente tramo de la galería.
—Esta es mi favorita.
Juliet suspiró, extasiada por el lienzo en la pared, que captaba lo que parecía un instante previo a una tormenta, con milenarias casas a la orilla del río y un molino de viento en lo alto de un promontorio, como un guardián en espera de las nubes grises que poblaban el cielo.
—Es hermosa, y sobrecogedora —comentó, al recuperar el habla.
—La calma antes de la tempestad.
—Eso fue lo que pensé. —Por primera vez, le dirigió una sonrisa sincera.
El conde asintió con ademán satisfecho, como si tal gesto hubiera tenido una gran importancia para él.
—Señorita Braxton, hay un tema del que me gustaría hablarle, ¿se sentaría conmigo un momento? —Le señaló un sillón en el centro de la galería.
—Por supuesto. —La impresionó profundamente el pedido, pero mantuvo la calma.
Una vez que estuvieron sentados, miró al conde con atención, esperando que empezara a hablar, pero este parecía tener algunos problemas para encontrar las palabras apropiadas, o simplemente no sabía por dónde empezar.
—Esto puede resultar un poco extraño, o tal vez no, dependerá de su nivel de honestidad.
—¿Cuestiona mi honestidad, milord? —Hubiera esperado cualquier cosa, menos tal inicio.
—No, desde luego que no, le ruego me perdone, elegí mal mis palabras. —Su ira se aplacó al notar que se veía francamente arrepentido—. En realidad, lo que deseo es expresar mi agradecimiento, pero no puedo pensar en la forma más apropiada de hacerlo ya que se trata de una situación de lo más inusual.
Juliet frunció el ceño, mil imágenes pasando por su mente a la velocidad de un relámpago. Él solo podía referirse a una cosa, y la idea le aterró…
Se planteó el fingir que no le entendía y encontrar un modo de volver al salón, pero eso hubiera sido deshonesto y, después de su comentario, primero muerta antes de hacer tal cosa. De modo que echó mano de todo el valor y sinceridad que su padre le había inculcado y decidió hablar con la verdad.
—No creí que su señoría lo recordara.
Lo vio exhalar un suspiro de alivio, como si hubiera esperado una negativa.
—Lo hago; si he de serle sincero hay dos cosas de ese día que jamás podré olvidar; el dolor que sentí al caer del caballo, y su rostro.
Juliet boqueó como un pez fuera del agua, sin saber si sentirse halagada u ofendida; qué observación más sorprendente.
—Oh, ya veo —no se le ocurrió nada más para decir.
—No me malentienda, por favor, no la comparo con una caída —el conde rio, leyendo en su expresión lo que pasaba por su cabeza—. O tal vez sí, pero no en un sentido negativo; me refiero a que ambos acontecimientos resultaron profundamente impresionantes. No me caía del caballo desde que aprendí a montar siendo muy pequeño, y nunca había visto un rostro como el suyo en toda mi vida.
—Supongo que debería agradecérselo —aún no se reponía del desconcierto.
—Bueno, usted debe de estar acostumbrada a que alaben su belleza, así que no creo que le sorprenda, solo señalo un hecho. —Él pasó por alto su expresión confundida—. Lo que deseo señalar es que me resultaría imposible olvidar que usted me ayudó en un momento tan importante.
El conde hablaba con una seguridad y soltura que admiró y al mismo tiempo le incomodó profundamente. Contrario a lo que él parecía pensar, ella no se consideraba particularmente hermosa, no cuando se comparaba con las miniaturas que conservaba de su madre, y su abuela siempre había recalcado el hecho de que el ser un rostro bonito era una ventaja más que una virtud, idea con la que no comulgaba.
—No necesita agradecer nada, milord, me alegra haber podido ser de utilidad y que se encuentre casi recuperado.
—Desde luego que debo agradecerle, esperaba hacerlo desde que supe de su existencia; es decir, no conocía su nombre, pero en cuanto oí acerca de dos jóvenes hospedados con los Sheffield, lo supe —pareció recordar entonces algo muy importante—. Por supuesto que también debo darle las gracias a su primo, sé que fue él quien me trajo a casa.
¡Daniel! ¿Cómo pudo olvidarlo por un segundo? Juliet se sintió avergonzada de semejante descuido, lo que le permitió recuperar su elocuencia habitual.
—Sí, milord, fue Daniel quien se encargó de traerlo aquí, y de ver que fuera atendido lo antes posible; puede estar seguro de que su ayuda fue mucho mayor que la mía. —Se adelantó un poco en el asiento, en tanto continuaba con un tono más bajo—: Debo hacerle una confesión, su señoría, y espero poder contar luego con su ayuda.
El conde enarcó ambas cejas, mostrando una profunda extrañeza por el cambio en su actitud, y le hizo un gesto, instándola a continuar.
—Mi primo y yo no contábamos con el permiso de mi abuela para cruzar los lindes de la propiedad de los Sheffield, pero a petición mía lo hicimos, deseaba ver más de la campiña —indicó—, y fue entonces cuando fuimos testigos de su accidente.
—Comprendo.
—La aparición del granjero fue una verdadera suerte, ya que nos preguntábamos qué era lo mejor a hacer. Fue entonces cuando Daniel se ofreció a acompañarle para asegurarse de que se encontraba bien, y decidimos que yo volviera a caballo, sin hablarle a mi abuela al respecto. Como comprenderá, a ella no le agradaría saber que desobedecimos sus órdenes. Sin embargo, su madre vio a Daniel aquel día, y por eso le aconsejé que permaneciera en casa de los Sheffield en tanto yo hablaba con ella y le pedía que no dijera nada referente a este hecho.
Vio al conde asentir con gesto concentrado, tras oírla con mucha atención.
—Ahora lo veo, gracias por su confianza al contármelo, y una vez más, por su ayuda —dijo al fin—. No se preocupe por mi madre, me encargaré de hablar con ella, y mantendremos su participación en secreto, tan solo mencionaré a su primo y le pediré que no haga ningún comentario frente a lady Ashcroft, ¿está de acuerdo?
Juliet suspiró, aliviada.
—Desde luego que lo estoy, milord, es usted muy amable y comprensivo, aprecio su ayuda. —Ahora sentía como si le hubieran quitado una pesada carga.
—No debe tomarlo como una ayuda, señorita Braxton, es lo mínimo que puedo hacer después de lo que usted arriesgó por mi causa. —Le sonrió con amabilidad, y seguidamente se recostó en el asiento, examinándola—. Obviamente, su primo y usted son muy cercanos, ¿cierto? Siempre dispuestos a protegerse el uno al otro, o eso puedo suponer por lo que me cuenta.
—Sí, lo somos, milord —Juliet no dudó al contestar—; es más, lo considero como el hermano que nunca tuve, hemos pasado por muchas cosas juntos y a veces, exceptuando a mi abuela y mi tío, creo que es la única familia que me queda.
No pretendió ser tan honesta, o revelar tanto de su vida, pero el conde le inspiraba mucha confianza, y las palabras abandonaron sus labios antes de que pudiera detenerlas, y por la sonrisa que él mostraba, parecía muy consciente de ello.
—Ya veo, debe de considerarse muy afortunada, entonces; a mí también me hubiera gustado tener un hermano.
—¿De verdad?
—Claro, y mucho. —Le llamó la atención su tono un poco nostálgico—. Especialmente en mi niñez; la soledad no es una buena compañera para un niño.
—Lo sé.
Intercambiaron una mirada de entendimiento y, tras un momento, Juliet retiró la vista, turbada por una sensación que le resultó extraña.
—Me alegra haber podido hablar con usted, milord, agradezco su ayuda al ofrecerse a hablar con la condesa en mi lugar. —Se levantó con premura, mirando a un lado y otro, menos al hombre que tenía al frente—. Y gracias también por mostrarme su maravillosa colección; pero creo que mi abuela debe de echarme en falta.
El conde asintió, levantándose también, aunque con mayor dificultad.
—Desde luego, deberíamos volver. —Le cedió el paso, y tras andar un corto trecho, habló una vez más—: Espero que pueda visitarnos pronto nuevamente; tengo en mi estudio unas pinturas de Ingres que creo podrían gustarle.
—Es muy amable por su parte, milord, gracias, me gustaría verlas alguna vez.
—Entonces tenemos un trato.
Juliet le devolvió la sonrisa, sin responder, pero retrasando el paso para que él pudiera caminar a su lado usando el bastón sin necesidad de apresurarse.
Llegaron pronto al salón, donde tanto su abuela, como la condesa y los Sheffield continuaban con su animada charla, y se alejó del conde para ocupar su antiguo lugar y contestar a las preguntas que le hacían respecto a las pinturas.
Casi no volvió a intercambiar palabra con el conde hasta el final de su visita, tan solo se despidió en el momento preciso con una reverencia apresurada, y siguió a su abuela fuera de la casa, dando una larga mirada al edificio en tanto el carruaje se alejaba por la arboleda.
Capítulo 5
La condesa de Arlington miraba a su hijo con el ceño fruncido y un mohín fastidiado.
—No digo que no comprenda lo que me dices, Robert, desde luego que lo hago y estoy completamente de acuerdo, por supuesto —se apresuró a decir, para evitar ser interrumpida—; sin embargo, solo me gustaría saber qué fue exactamente lo que te dijo la señorita Braxton.
El conde suspiró, agotado desde ya por lo que sabía devendría en una discusión absurda. Su madre insistía en decir que había heredado la tozudez de padre, pero él estaba seguro de que fue ella en realidad quien le legó ese rasgo de su carácter.
—Bueno, madre, por favor, dime qué parte no te ha quedado del todo clara; estaré encantado de ayudarte.
—No tienes que ser sarcástico conmigo.
—A veces no me dejas otra alternativa, y lo sabes.
Su madre volvió a fruncir el ceño y le dirigió una mirada ofendida.
—Tan solo hice una pregunta inocente.
—¿Relacionada con una joven a la que ves con tanto interés? Dudo que haya mucho de inocencia en ello. —Su hijo levantó un dedo para indicarle que aún no había terminado—. Y ya te lo he dicho. El joven que me trajo a Rosenthal luego del accidente es su primo, Daniel, pero no contaba con autorización de su abuela para adentrarse en una zona tan alejada y, a fin de evitarle inconvenientes, tanto él como la señorita Braxton esperan que no digas nada al respecto. No hay nada más que contar.
La condesa enarcó una ceja con expresión suspicaz.
—No te creo.
—Me apena oírlo.
—Eres imposible.
—Eso también es algo muy triste de oír dicho por tu madre, pero no tengo más que añadir al respecto. —El conde rio al escuchar el bufido irritado de su madre—. Y ese es un sonido muy poco digno de una dama.
Las risas incrementaron al verla dejar la silla y retirarse de la habitación sin siquiera despedirse.
Eso no había sido tan terrible como esperaba, y si conocía a su madre, en un par de horas estaría tan tranquila como si nada hubiera pasado; no era una mujer rencorosa. Una virtud que con frecuencia envidiaba.
Con el despacho solo para sí, el conde pudo dedicar sus pensamientos a ideas más estimulantes que buscar formas para evadir las preguntas de su madre.
La tarde anterior, en cuanto despidieron a sus visitantes, y evitando los requerimientos de su madre acerca de su charla con la señorita Braxton, volvió a la galería, a observar la pintura de Van Goyen que le había mostrado hacía tan solo unas horas.
Se quedó de pie, observando esa imagen que, tal y como mencionara, le recordaba a la calma que antecede a las tormentas. Lo curioso era que a él le agradaban las tormentas imprevistas; las consideraba un fenómeno con el que la naturaleza dejaba en claro que era ella quien mandaba, que no importaba cuánto una persona intentara tener el control de todo, bastaba el resoplido de una diosa aburrida para destruir los acontecimientos que simples mortales creían tener completamente controlados.
Y era también una metáfora que tenía muy presente en la vida diaria. Aun cuando se consideraba un hombre metódico, dueño de sus emociones, y seguro de lo que deseaba, era consciente de que aún los planes más calculados pueden verse alterados por sucesos que escapaban a su control.
Y por algún motivo que aún no tenía del todo claro, la mera existencia de Juliet Braxton era la prueba perfecta de ello.
Tras conseguir burlar la férrea vigilancia de su abuela, Juliet y Daniel se reunieron a la mañana siguiente de la visita a Rosenthal, y ella pudo contarle acerca de su charla con el conde. No estaba segura del porqué, pero se ciñó a relatar tan solo lo relacionado con el asunto que le concernía; no dijo nada de sus intercambios de opinión, o esa promesa de visitar una vez más la propiedad para ver las obras de las que le había hablado. Por algún motivo, lo consideraba un asunto privado, algo que ni siquiera podía compartir con Daniel, a quien le tenía tanta confianza.
—¿Y fue tan fácil? ¿Tan solo accedió a hablar con su madre?
Se encontraban bajo la sombra de un gran árbol, a solo unos metros de los jardines de la propiedad, sentados en las raíces que sobresalían de la tierra.
—Sí, me dijo que lo haría, ya te lo he contado. Está muy agradecido, con ambos; especialmente contigo, claro, y prometió que en cuanto le fuera posible se encargaría de hacerlo.
—¡Vaya! Eso es muy… noble por su parte.
Juliet captó un tono extraño en la voz de su primo, uno que no le era del todo desconocido.
—¿Qué pasa? ¿No te alegra? Es lo que queríamos.
—Sí, claro, pero creí que hablarías con la condesa, no con él.
—Ya te lo he dicho, el momento se dio y… lo aproveché. —Juliet se encogió de hombros, como restándole importancia—. Sea como fuere, podemos estar tranquilos, la condesa es muy amable, tal y como te conté, así que no tendremos ningún problema con la abuela.
—Sí, claro, eso es todo lo que importa.
Juliet se recostó sobre la raíz, con una mano tras su cabeza, procurando mirar a su primo a los ojos.
—¿Qué ocurre, Daniel? Nunca eres tan odioso conmigo.
—¿Insinúas que lo soy con los demás?
—La mayor parte del tiempo, sí —su prima hizo un gesto de burla—, pero siempre he pensado que a mí me tienes en más alta estima.
El joven suspiró, sin quitar la vista del cielo, mientras arrancaba la hierba que crecía a sus pies con los dedos.
—Lo siento, Juliet, es solo que recibí una carta de mi padre.
—Ya veo. —Su prima lo miró sin poder evitar que la compasión se revelara en su expresión—. ¿Qué dice el tío Christopher? ¿Alguna mala noticia?
Conocía lo suficiente a su tío como para saber que, si se ponía en contacto con su hijo, no podría haber nada bueno de por medio; era terrible, pero no por ello menos cierto.
—Quiere que lo acompañe en su próximo viaje a París.
—¿Por qué?
—No porque desee verme, por supuesto. —Juliet lamentó el tono resentido de su primo—. Al parecer, piensa que es momento de que empiece a conocer un poco de los negocios que tiene por allí; no estoy seguro, y como imaginas, no me importa.
Juliet ahogó un suspiro y se permitió darle una palmadita amistosa a su primo en la mano libre.
—¿Y cuándo tienes que partir?
—No lo sé aún; según escribió, me lo hará saber en cuanto sea conveniente —imitó el tono ronco y rimbombante de su padre, logrando que la joven esbozara una sonrisa—. Lamento haber sido grosero, es solo que él…
—Lo sé, no te preocupes. —Juliet se puso de pie con un impulso y sacudió las briznas de hierba de su vestido a fin de evitar una reprimenda de su abuela—. Pero si no hay una fecha concreta, no tienes por qué lamentarte; vamos a disfrutar de este tiempo, ¿qué dices? ¿Una carrera hasta la casa?
Daniel se levantó, cambiando el semblante agobiado por uno divertido y relajado.
—¿Y si la abuela nos ve?
—Entonces que sea hasta las caballerizas, no puedo imaginarla con la vista puesta allí.
—Buena idea, ¿quieres que empiece la cuenta? —Apenas terminaba de hacer la pregunta, su prima corría ya en dirección a la propiedad, pero no pareció disgustado, sino que una sonrisa alegre se dibujó en sus labios—. Te ganaré, pequeña tramposa.
Y tras esa sentencia, empezó a correr hasta perderse de vista.
Capítulo 6
Cuatro días antes de que se cumpliera el mes pronosticado por el médico, Robert pudo apoyar el pie sin sentir el más mínimo dolor, y aún mejor, se le indicó que podría retomar sus cabalgatas sin ningún problema.
Desde luego que esta noticia alegro muchísimo a su madre, quizá aún más que a él mismo, y como desde su pequeño intercambio de palabras relacionado con la visita de lady Ashcroft y su nieta no habían hablado más del tema, esta creyó que sería el mejor momento para hacerlo.
Tras pensarlo mucho, decidió que un buen momento para ello sería la hora del desayuno, el primero que compartirían sin que Robert se viera en la necesidad de usar el bastón.
—Querido, estuve pensando…
—¿En qué, madre?
—¿A qué te refieres?
—Dices que estabas pensando, y te pregunto en qué.
La condesa viuda empezó a pestañear, un poco confundida.
—Bueno, ya que lo preguntas —se recuperó con rapidez—, me gustaría invitar nuevamente a algunos de nuestros vecinos; no a muchos, por supuesto, pero sí a los más cercanos a fin de socializar un poco. La visita de los Sheffield me recordó cuánto me agrada recibir invitados en casa.
Robert dejó su servilleta a un lado, sin dejar de ver a su madre con falsa seriedad; había tardado mucho más de lo que esperaba.
—No lo sé, madre, ¿qué tienes planeado? ¿Un té, quizá?
—O una reunión al aire libre, sería agradable utilizar los jardines en esta temporada; me cuenta Simmons —se refería al jardinero— que mis rosas acaban de florecer.
El conde fingió pensar en lo que su madre decía, removiendo el té con la cucharilla, mientras ella lo miraba con gesto ansioso.
—Ahora que lo mencionas, también yo estuve pensando en algo similar.
—¿En serio? Qué curioso.
—Sí, extraordinario. —Su hijo sonrió a medias, dejando los rodeos; era un poco cruel jugar así con su madre—. Se acerca tu cumpleaños y pensé que tal vez te agradaría que diéramos una fiesta en tu honor.
La condesa se vio tan sorprendida que una vez más Robert no pudo menos que sentirse avergonzado por la poca atención que le dedicaba, cuando ella no le mostraba más que un cariño incondicional. Suponía que el ser consciente de ello debía de ser una buena señal de que se encontraba en el camino correcto para corregir el rumbo.
—¿Lo dices en serio? ¡Oh, Robert, es maravilloso! No recuerdo cuándo fue la última vez que organicé una fiesta en Rosenthal. —La condesa juntó las manos a la altura del pecho, con una inmensa sonrisa—. No estoy segura de por dónde empezar…
—No conozco a una mejor anfitriona que tú, madre, será la fiesta del año y los vecinos rogarán por recibir una invitación.
—¡Pero si pienso invitar a todo el mundo! —La dama se calmó cuando vio la expresión horrorizada de su hijo—. Bueno, no a todo el mundo, claro, es solo una forma de hablar.
—Eso espero, aunque desde luego es tu decisión a quién invitas y a quién no, pero, aun así, creo que todo el mundo sería demasiado, incluso para Rosenthal. —Abandonó su sonrisa al ver cómo su madre dejaba la servilleta con gesto enérgico y se levantaba como impulsada por un resorte—. ¿Qué sucede?
La condesa estaba ya por cruzar la puerta, pero volvió sobre sus pasos y le dio a su hijo un beso en la frente, un gesto no muy común en ella.
—Se me acaba de ocurrir que podría pedirle ayuda a la señora Richards para organizar la fiesta, mencionó hace unos días lo aburrida que pasa todo el día en casa; iré a hablar con ella ahora mismo —sonrió—. Gracias por esta maravillosa sorpresa, querido.
—No hay nada que agradecer, madre, me alegra que te haga tan feliz.
La dama sonrió una última vez y salió del comedor con paso rápido, dejando a su hijo a solas, entre divertido e incrédulo por semejante muestra de emoción.
No esperaba que la noticia le alegrara tanto, y se sentía satisfecho de que así fuera; su madre merecía ser feliz.
Él, por su parte, estaba más interesado en otros pensamientos, quizá no tan alegres, pero no por ello menos importantes.
La idea de preguntarse si su madre invitaría a los Sheffield y lady Ashcroft era ridícula, por supuesto que lo haría; lo que deseaba saber era si la dama asistiría, y de ser así, si sus nietos la acompañarían. O, más importante, su nieta, si era honesto consigo mismo.
Era consciente de que su curiosidad resultaba peligrosa; nada relacionado con una jovencita de su edad, una abuela obviamente ambiciosa y una madre desesperada por verlo casado podrían augurar nada bueno y, aun así, no podía evitar el deseo de verla una vez más.
Si bien apenas hablaron durante su visita a Rosenthal, bastaron unas cuantas frases para saber que no se trataba de una joven del tipo común; al contrario, la encontró muy interesante, lo suficiente como para esperar poder intercambiar otras impresiones con ella. Deseaba mostrarle los cuadros en su despacho, y darle una vez más las gracias por su ayuda al momento de su accidente. Aunque ella hubiera insistido tanto en que fue su primo quien tuvo mayor participación en la misma, recordaba perfectamente, a pesar de su delirio, que no fue así.
Fue ella quien se acercó primero, preocupada por su estado, quien se hincó a su lado sobre la hierba, y el rostro que lo acompañó desde que perdió el conocimiento hasta que lo recobró; aún en su cama en Rosenthal continuaba evocando esa cara a la que ni siquiera podía poner un nombre.
Rio al acordarse de la extraña pregunta que hizo para saber en qué estado se encontraba.
«¿Cuántos dedos ve?».
Fueron dos los que le mostró, claro, estaba seguro, pero no pudo responder apropiadamente porque estaba muy ocupado observando sus facciones y oyendo el tono seguro y dulce de su voz, los mismos que había podido admirar a sus anchas durante su visita a Rosenthal.
Se movió inquieto en la silla, incómodo por la dirección que tomaban sus pensamientos. Había una gran diferencia entre encontrar interesante a una joven y estarle eternamente agradecido, a fantasear con su rostro y voz.
Si su madre notaba el efecto que Juliet Braxton ejercía sobre él, entonces sí que estaría perdido. Casi podía escucharla fantaseando acerca de velos y encajes; la sola idea le provocaba escalofríos.
No que le disgustara en absoluto la posibilidad de relacionarse a futuro con una jovencita como ella; tenía claro que algún día se vería en la necesidad de casarse y podría considerarse afortunado si lograba encontrar a otra como ella, con su encanto y delicadeza; pero futuro era la palabra clave.
En el presente, no estaba interesado en perder su soltería, aunque se le presentara un batallón de jóvenes bellas y encantadoras; simplemente, estaba por completo fuera de discusión. Aún era joven y esperaba disfrutar de algunos años más de soledad antes de «sentar cabeza», como su madre decía.
Mientras ello ocurría, su plan era aprovechar al máximo la libertad, y ninguna señorita Braxton pondría sus propósitos en peligro.
Si había algo que a Juliet le disgustaba más que verse en un país que no consideraba el propio y tener que soportar a una abuela que creía tener el derecho de decidir cada aspecto de su vida, era el probarse un vestido tras otro.
Podría considerarse una queja absurda e infantil, pero quien no pasara por semejante tortura no tenía idea de lo difícil que resultaba.
No que no le gustaran los vestidos, los encontraba hermosos y sabía lo afortunada que era al contar con tal variedad, pero hubiera preferido tener la libertad de escoger el que mejor le pareciera en lugar de desfilar frente a lady Ashcroft como un maniquí humano sin emociones, a fin de que fuera ella quien eligiera el que le pareciera más apropiado cuando sería Juliet quien debiera llevarlo.
Pero discutir con su abuela y pretender que comprendiera un concepto tan lógico era simplemente ridículo, de modo que no tuvo más alternativa que cumplir con ese odioso ritual.
Lo único que le emocionaba era la idea de ver Rosenthal una vez más; y de ser posible, escabullirse para contemplar las pinturas que el conde Arlington prometiera mostrarle. La sola posibilidad de que pudiera hacerlo resultaba suficiente para controlar su mal humor y le daba un motivo para esperar la fecha del baile con entusiasmo.
Claro que este nunca podría rivalizar con la felicidad extrema que mostraba su abuela ante la perspectiva de mostrarla como a una muñeca ricamente ataviada ante la sociedad de Devon, pero no era algo que a Juliet le molestara, ya que lamentablemente se encontraba más que acostumbrada. Y la sociedad de Devon nunca podría ser tan desagradable como la de Londres.
—¡Azul!
La joven casi tropezó con el ruedo de su vestido, y se dio de bruces contra la pobre costurera al oír el grito de su abuela. Debía recordar no abstraerse en sus ensoñaciones cuando estaba en su presencia.
—¿Qué ocurre, abuela? ¿Qué es azul?
—El vestido, por supuesto. —La dama mostró ese rictus inconforme que le era tan familiar—. No comprendo cómo puedes ser tan distraída, niña. Digo que el vestido debe ser azul.
—Me gusta este. —Juliet miró su atuendo de un tono verde pálido sin mayor emoción.
—Pero es que el azul hace juego con tus ojos. —Su abuela sacudió la cabeza con gesto decidido—. Este no me convence… podría ser blanco también, pero ya usaste uno de ese color en la última visita a Rosenthal.
Juliet suspiró, procurando mantener la calma.
—En ese caso, probemos con uno azul. —Le sonrió a la costurera que apenas se recuperaba del susto—. Prefiero los tonos pálidos, si es posible.
—Creo que tengo uno que podría gustarle, señorita —apenas se atrevió a susurrar—; se lo traeré en un momento.
Vio a la mujer salir con cuidado de la amplia habitación que ocupaba en casa de los Sheffield y ahogó un suspiro.
—Recuerdo la última vez que asistí a un baile en Rosenthal; fue una velada maravillosa —su abuela retomó la palabra—. Debes verla de noche, Juliet, a la luz de los candelabros en el gran salón, te gustará mucho.
—Estoy segura de que así será, abuela.
—El conde ha sido tan amable al organizar este baile en honor a su madre, y ella al invitarnos, por supuesto. —Lady Ashcroft ignoró el comentario de su nieta—. Espero que esta vez Daniel asista y se comporte como el caballero que es.
—No fue por su gusto que debió declinar esa invitación, abuela —Juliet no pudo reprimir una réplica a ese comentario que le pareció injusto—, y Daniel es perfectamente capaz de comportarse como corresponde, no debes preocuparte.
La dama se envaró en el asiento, prestando por primera vez su completa atención a lo que la joven decía.
—Sé que lo es, y justamente por ello es que me desconciertan sus maneras tan poco apropiadas; más le vale que reprima esos comentarios sarcásticos que tanto le gusta proferir —refutó de mal talante—. En cuanto a ti, espero que des una excelente impresión; no quiero verme en la necesidad de llamarte al orden, ya no eres una niña.
Juliet frunció el ceño ante esa observación.
—No comprendo a qué te refieres, abuela; dijiste que mi presencia en Rosenthal había sido muy bien recibida.
—Y así fue, por supuesto, pero no creas que no reparé en la falta de cortesía que mostraste con el conde.
—¿Falta de cortesía? No te entiendo, abuela, fui muy cortés con él, te lo aseguro; es más, recuerda que le acompañé a visitar la galería de pinturas.
—Oh, sí, te vi, y parecía que te llevaban al cadalso. —La dama apretó los labios hasta que casi perdieron su color—. El pobre hombre debió de sentirse muy ofendido por tu actitud.
La joven sintió cómo la sangre le hervía en las venas; si el comentario referente a la actitud de Daniel le había parecido injusto, esto era absurdo. ¿Cómo podía su abuela decir algo así? Ella no tenía cómo saber la forma en que se había comportado cuando estuvo a solas con el conde, y en todo caso, estaba segura de que había dejado una impresión muy correcta en su visita a Rosenthal.
La idea de que insinuara que debió ser más amistosa, o tal y como hacían otras jóvenes de su entorno, casi insinuantes de una forma vergonzosa, le pareció repulsiva. No pensó jamás que su abuela llegara a tales extremos para satisfacer sus ambiciones.
—Insisto en que no entiendo a qué te refieres, abuela. —Sabía bien que exponer su rechazo no le ayudaría en nada; su abuela jamás admitiría cuáles eran sus intenciones—. Tal vez te confundiste, ya que tengo la plena seguridad de que me comporté tal y como mis padres hubieran aprobado.
La anciana no tuvo tiempo de replicar a esa respuesta cargada de intención, y aunque hubiera sido así, no habría podido articular una respuesta satisfactoria. Fue una suerte que la costurera volviera en ese momento con otro par de vestidos en los brazos.
—Este azul es hermoso, señorita; con sus ojos y su figura, se verá como un ángel. —La pobre mujer sonreía con nerviosismo, como si sintiera la tensión en el ambiente.
Juliet decidió no gastar más energías en discutir con su abuela, y tras dirigirle una mirada orgullosa, le prestó toda su atención a la costurera:
—Sí, es verdad, es hermoso —le sonrió—. ¿Me ayudaría a probármelo?
Dejó a lady Ashcroft a solas en la habitación en tanto ambas ibas tras la mampara, sin dirigirle una sola palabra.
Capítulo 7
Al contemplar los jardines desde la ventana de su despacho, Robert Arlington pensaba en lo orgullosa que debía de sentirse su madre.
Aún no llegaba un solo invitado y, mientras ultimaban los detalles para el baile, lo que en su opinión solo conseguía provocar un caos que prefería evitar, Rosenthal se veía más impresionante que nunca.
Como una obra de arte, se dijo con una sonrisa, recordando la expresión de la joven Juliet Braxton.
Sería agradable verla una vez más, aunque tenía muy claros sus motivos, y el cuidado que debería tener para evitar que su madre sufriera una decepción, así como también perjudicar a la joven de cualquier forma. Si bien encontraba su charla muy interesante, y le complacía que tuvieran gustos en común, no deseaba que albergara falsas esperanzas.
Era un verdadero problema ser un soltero si es que ello acarreaba tantos dolores de cabeza. Por suerte, otorgaba también muchas ventajas que compensaban cualquier mal rato que debiera pasar.
Unos suaves golpes a la puerta lo sacaron de su abstracción y sonrió al ver aparecer a su madre, toda radiante y sonriente.
—Querido, empezarán a llegar en cualquier momento; por favor, acompáñame.
—Por supuesto, será un honor llevar del brazo a la dama más bella del baile.
—Eso es muy amable por tu parte. —La condesa colocó una mano en su brazo y le dio un golpecito cariñoso—. Pero seré más feliz si compartes la fiesta con personas más apropiadas.
—¿Apropiadas exactamente en qué sentido?
En tanto cruzaban el amplio corredor, hasta llegar al vestíbulo, la dama negó con la cabeza, dirigiendo a su hijo una astuta mirada.
—No lo sé, querido, estoy segura de que tú encontrarás el sentido preciso sin ayuda.
El conde la contempló con una ceja alzada, pero no tuvo tiempo para una réplica apropiada, porque el sonido de los carruajes anunció la llegada de los primeros invitados y se apresuró a ocupar su lugar.
Cuando su madre dijo que pensaba invitar a todo el mundo, se aterró, pero luego se convenció de que no podía ser más que una exageración provocada por un momento de emoción. Ahora no estaba tan seguro de eso.
Los más conocidos miembros de la sociedad de Devon, y de Londres también, por supuesto, desfilaban frente a él, y ya había desistido de intentar contarlos, una vieja costumbre adquirida desde pequeño.
Tras saludar con una venia a la quinta, no, debía de ser la sexta dama de la noche que se acercaba a saludarlo con una pobre joven de semblante asustado a la que llevaba casi a rastras, se dijo que debió suponer que su madre se las arreglaría para invitar a tantas jóvenes casaderas como le fuera posible.
Nunca se había considerado un hombre que pudiera espantar a una jovencita impresionable, pero bien pensado, tal vez fuera demasiado notorio el desagrado que esa situación le causaba; el disimulo no era uno de sus fuertes, aunque sabía cumplir con su obligación de anfitrión, por lo que procuró mantenerse tan impasible como le era posible.
No se dio cuenta de ello, pero en cuanto vio la figura envarada de lady Ashcroft cruzando la entrada, soltó un suspiro de alivio; empezaba a pensar que no llegarían. Tras ella iban los Sheffield, ella con un horrible sombrero que le recordó a un ave disecada, y él, tan orondo como siempre.
Pero no estaba interesado en ellos, no más de lo usual; es decir, prácticamente nada, su mirada estaba clavada en un punto más alejado, y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios al ver a Juliet Braxton caminar con paso tranquilo sin dejar de hablar con el joven que iba a su lado.
Ese debía de ser Daniel Ashcroft, por supuesto, su primo; casi había olvidado su existencia, lo que era vergonzoso, ya que también estaba en deuda con él. Tuvo apenas unos minutos antes de que el grupo llegara a su altura para poder examinarlo con discreción y no estaba seguro de qué impresión le causó.
Era un joven atractivo, eso era innegable, y se movía con una despreocupación que encontró peculiar considerando su edad; sin embargo, por alguna razón que no deseó analizar, le extrañó la notoria diferencia en la forma en que miraba a su prima y a las personas que le rodeaban. Con la primera era abiertamente amable, mientras que a los otros les dispensaba una mirada entre aburrida y desdeñosa.
Su madre, a su derecha, empezó los saludos, dirigiéndole palabras de elogio a lady Ashcroft, que le correspondió con igual deferencia, mientras los Sheffield esperaban su turno; una vez que esto ocurrió se vio frente a la anciana, que lo trató con la misma cortesía de la última vez que se vieron.
Solo cuando los Sheffield hubieron pasado al salón, se permitió dirigirle una mirada de soslayo a la joven Braxton, que conversaba animadamente con su madre, y se entretuvo apreciando el vestido que llevaba, tan azul como sus ojos, con una suerte de adorno en el pecho que no sabía cómo llamar, pero que la hacía ver aún más bella.
En cuanto la tuvo frente a sí, tomó su mano y besó el dorso con caballerosidad, sin poder reprimir el deseo de retenerla por más tiempo del apropiado, solo para ver su reacción; y esta fue tal y como esperaba. Alzó ambas cejas y, tras parpadear con azoro, la retiró con delicadeza.
—Milord, es un placer visitar Rosenthal una vez más.
—Señorita Braxton, es Rosenthal la que se ve engalanada con su presencia, gracias por venir —bajó un poco la voz para que solo ella lo escuchara—, y a mi despacho le encantará mostrarle las pinturas de las que le hablé.
Le agradó verla sonreír. Mucho.
—Bueno, no me gustaría defraudar a su despacho, milord.
—Excelente, porque se sentiría desolado de no poder deleitarse con su presencia.
—Gracias por el recibimiento. —La joven hizo una venia y miró a su primo, quien tras hablar con lady Arlington esperaba su turno para saludar al conde—. Si me disculpa, iré a reunirme con mi abuela.
El conde hizo una reverencia y la vio partir, volviendo su atención al joven que lo miraba con poca simpatía.
—Milord, gracias por la invitación.
Las palabras brotaron con un tono displicente que encontró muy molesto.
—Ashcroft, es un honor recibirlo en Rosenthal, lamento que no pudiera acompañar a su abuela y su prima en su anterior visita. —Sabía que las otras personas esperando en la fila oían lo que decía, por lo que era necesario guardar las apariencias.
—Sí, lo lamenté mucho, pero ya que su señoría ha tenido la gentileza de invitarme una vez más, no me lo perdería por nada del mundo.
—Bien, sea bienvenido.
Tras una cabezada, el joven se encaminó al salón, sin volver la mirada.
—Es un joven agradable, ¿verdad, querido? Debes darle las gracias de forma apropiada luego; con discreción, claro. —Su madre se las arregló para inclinarse un poco hacia él y susurrarle algunas palabras.
—Claro, madre, con mucha discreción.
No pretendió que su tono sonara tan duro, pero no pudo evitarlo; había algo en ese joven que le inspiraba un profundo rechazo, lo que era extraño porque a su madre pareció provocarle una muy buena impresión.
Decidió no pensar más en ese asunto, por ahora, y tras culminar con los saludos, se dirigió al salón, donde la orquesta empezaba a tocar y algunas parejas se encaminaban ya al área acondicionada para el baile; le causó gracia ver a los Sheffield dando vueltas sin el más mínimo sentido del ritmo, suponía que tantos años de matrimonio habrían igualado sus escasas habilidades.
No le extrañó ver a lady Ashcroft junto a sus nietos, moviendo la cabeza de un lado a otro, con ese ademán tan imperioso que empezaba a reconocer sin problemas; obviamente les ordenaba hacer algo que a ellos no les inspiraba mayor alegría. Luego la vio dar media vuelta y dirigirse con paso firme hasta donde se encontraban las damas viudas, en una larga fila de sillas en la zona lateral del salón.
Observó con una mueca divertida cómo el joven Ashcroft se encaminaba con paso incómodo hasta un par de jovencitas que en cuanto lo vieron aparecer rompieron en risitas que encontró muy tontas aún desde su lugar de simple observador; casi sintió lástima por el muchacho, y aún más cuando lo vio bailar con una de ellas con el mismo entusiasmo que estaba seguro mostraría él de estar en su lugar.
Mientras esto ocurría, Juliet, desde el otro extremo del salón, contemplaba también el espectáculo de ver a su primo bailando de mala gana con una completa desconocida, y no pudo evitar una sonrisa compasiva. Pero no tenían alternativa, porque la abuela había dejado muy claro que esperaba verlos socializar con los otros invitados.
Ahora mismo ella se sentía muy incómoda mientras intentaba burlar a un caballero que, tras saludarla con una efusividad que encontró desconcertante, ya que jamás lo había visto antes, insistía en invitarla a bailar, a lo que desde luego no podía negarse, por lo que, tras suspirar con pesadez, y dibujando una sonrisa educada, aceptó.
Su fastidio se vio incrementado desde el primer compás, ya que lord Graham, pues este era el título de su compañero de baile, la acercó demasiado para su gusto y para lo que dictaban las buenas costumbres, por lo que se vio forzada durante casi toda la pieza a alejarse tanto como le era posible, y cuando esta finalizaba ya, no pudo evitar frenar el deseo vengativo de darle un buen pisotón que supo disfrazar como un descuido inocente. Por la forma en que el caballero la miró, no cabía duda de que había notado su verdadero propósito, pero no se mostró ofendido en absoluto, o al menos no lo demostró.
Juliet, por su parte, solo esperaba que se viera en la necesidad de cojear durante todo el tiempo que durara el baile, a fin de mantener seguras a sus potenciales parejas, y tras una reverencia, se encaminó hacia donde su abuela la miraba con una mueca malhumorada, por lo que a último momento decidió dar media vuelta y dirigirse en dirección contraria, casi chocando con un cuerpo que le pareció salía de la nada.
Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero una mano segura la sujetó del antebrazo y, al levantar la mirada para agradecer a su benefactor, se encontró con los ojos grises de su anfitrión.
—Señorita Braxton, ¿me concedería el honor de este baile? —Se inclinó un poco para susurrarle algunas palabras—: Prometo comportarme si usted jura no pisarme; acabo de recuperarme de un accidente y no deseo verme en la necesidad de recurrir nuevamente al bastón.
Juliet se ruborizó al pensar en que hubiera observado todo el espectáculo de su desafortunado baile con lord Graham, pero la sonrisa divertida de su interlocutor le inspiró tranquilidad.
—Será un honor, milord, y desde luego que haré todo lo posible por mantener sus pies a salvo.
—Es muy gentil, mis pies y yo le quedamos eternamente agradecidos.
Juliet debió hacer un esfuerzo para contener la risa; no sabía por qué, pero esos juegos de palabras tan inocentes que intercambiaba con el conde le parecían a la vez un poco absurdos y extremadamente divertidos. No era muy común que se sintiera tan cómoda con desconocidos y mucho menos que pudiera exhibir su sentido del humor habitual sin sentirse limitada por las instrucciones de su abuela.
Robert, en tanto la llevaba del brazo hasta el centro del salón, pensaba también en lo bien que se lo pasaba conversando con esa joven, y cuánto le agradaba verla sonreír honestamente, no solo por cumplir con las formalidades. Cuando reía, sus ojos se iluminaban y un rubor delicioso afloraba a sus mejillas, era una imagen adorable; muy diferente a esa expresión tensa que había visto en sus rasgos mientras bailaba con el idiota de Graham, a quien deberían enseñarle cómo tratar a una dama, por cierto.
Estuvo tentado a interrumpir el baile, pero eso hubiera desatado muchas habladurías y su madre jamás le perdonaría que arruinara su celebración, por lo que esperó con los puños a los lados el momento propicio para acercarse a ella y pedirle la próxima pieza.
Ahora, mientras danzaban por el salón, sin un solo pisotón, por cierto, disfrutó la sensación de la curva de su cintura bajo su mano, y la sonrisa confiada que le dirigía. No era de las mujeres que contaban los pasos o hacían tan difícil llevarlas; se relajaba como si el bailar le fuera tan natural como el respirar, y eso le inspiró una curiosa serenidad.
—¿Milord?
—Lo siento, ¿qué decía? —Frunció un poco el ceño al verla reír—. ¿He dicho algo gracioso?
—No, milord, lo siento, es solo que usualmente soy yo quien se distrae y a quien mi abuela llama al orden.
Al comprender, le devolvió la sonrisa, y la hizo girar con un movimiento elegante.
—En ese caso, debo disculparme, claro; si quiere saberlo, estaba pensando en lo bien que baila.
—¿Solo en eso o en la fortuna de que sus pies no corran peligro conmigo?
—Digamos que soy muy afortunado… en general.
Ella rio una vez más, comprendiendo la broma.
—Rosenthal se ve muy hermosa, milord, y su madre se ve feliz; fue muy amable por su parte el organizar esta fiesta para ella. —El cambio de tema no lo tomó desprevenido, ya había reparado en la facilidad de esa joven para saltar de una charla a otra—. Nunca había asistido a un baile en el campo.
—¿De verdad? ¿Y cómo es eso posible?
—Pasamos casi todo el tiempo en Londres, y… bueno, desde luego que asistimos a algunos allí, pero no es lo mismo.
Robert se inclinó un poco para mirarla con más atención.
—No le gusta Londres.
—¿Es esa una pregunta o una afirmación?
—Un poco de ambas.
Juliet asintió tras dudar un momento, preguntándose qué tan inteligente sería confiar en él, pero ya que había dado varias muestras de honestidad, creyó que no pasaría nada por continuar siendo sincera.
—A decir verdad, milord, no, no es un lugar en el que me sienta muy cómoda; creo que es una hermosa ciudad, pero el vivir allí…
—… no es algo que la haga feliz.
—Eso es correcto. —La joven miró tras su hombro, descubriendo a lo lejos a su abuela, que los miraba con atención, y su gesto satisfecho afectó su entusiasmo—. Pero no hay mucho más que decir al respecto.
El conde notó su cambio, y giró con ella para ver lo que había llamado su atención, encontrando la razón de inmediato, la misma que ahora charlaba amistosamente con su madre.
—Si me permite un consejo indiscreto, señorita Braxton, no permita que le afecte tanto. —La joven lo miró con expresión sorprendida, a lo que él respondió con una sonrisa amistosa—. Se lo digo por experiencia, no siempre nuestros familiares saben lo que es mejor para nosotros.
—Es fácil para usted decirlo, es hombre —Juliet no pudo reprimir que su respuesta sonara a una acusación—. Su madre no puede obligarle a hacer nada.
Tras pensar un momento en ello, Robert tuvo que aceptar la verdad de su afirmación. Tal vez su madre lo volviera loco a veces con sus deseos de verlo casado, pero sabía que la decisión era solo suya, además de que aun cuando pudiera hacerlo, ella jamás lo obligaría a un matrimonio solo por conveniencia; lo amaba demasiado para eso. El caso de la joven Braxton era muy diferente; no solo estaba bajo la custodia de su tío y abuela, lo que les concedía todo el poder para decidir por ella, sino que por lo que había logrado analizar de su relación, lady Ashcroft, al menos, no era una persona muy amorosa.
—Tiene razón, no es nada justo, lo lamento.
Ella abrió tanto los ojos que estuvo a punto de reír, pero se contuvo para evitar ofenderla.
—Es la primera vez que un hombre lo admite ante mí.
—¿Y se lo ha preguntado a muchos?
—Bueno, solo a mi primo Daniel, y a uno de mis tíos —reconoció de mala gana—, pero, aun así, no es algo que esperara oír.
—En ese caso, me alegra haber conseguido sorprenderla; en el buen sentido, claro.
La música cesó entonces, y aun cuando le hubiera gustado continuar bailando con ella, sabía que eso solo desataría habladurías que no le harían ningún bien a su reputación, de modo que la acompañó hasta la mesa de bebidas, donde su primo permanecía de pie con expresión seria.
—Hola, Daniel, ¿te estás divirtiendo? —Juliet sonrió en cuanto llegaron a su lado.
—No podría ser de otra forma. —El conde captó el sutil tono mordaz—. ¿Quieres limonada?
—Sí, claro, gracias.
—Le ofrecería un poco, milord, pero creo que necesitan hablar con usted. —El joven Ashcroft hizo un gesto con una mano.
Robert miró sobre su hombro y reprimió un suspiro al ver a lady Wilkfield, la misma que le hacía señas desde el otro lado del salón; su hija, una jovencita aburrida y tan vanidosa como su madre, le sonreía también.
—Por supuesto, si me disculpan. —Inclinó la cabeza en dirección a los jóvenes antes de ir hacia allí.
Бесплатный фрагмент закончился.
