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De las formas de vida a los valores

Claude Zilberberg


Título original: Des formes de vie aux valeurs
Colección Biblioteca Universidad de Lima
De las formas de vida a los valores
Primera edición digital, septiembre de 2016
© Claude Zilberberg, 2011
© De la edición francesa: Presses Universitaires de France, 2011
© De la traducción: Desiderio Blanco
© De esta edición:
Universidad de Lima
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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-361-8
Índice
Prólogo
Introducción
Capítulo I.- La hipótesis tensiva: ¿punto de vista o teoría?
1. Los préstamos
2. Los modos semióticos
2.1 El modo de eficiencia
2.2 El modo de existencia
2.3 El modo de junción
3. Los valores
4. La sintaxis tensiva
5. Para terminar
Capítulo II.- Tocqueville y el valor del valor
1. Fisonomía del sentido
2. La semántica
2.1 El tempo
2.2 La tonicidad
2.3 La temporalidad
2.4 La espacialidad
2.5 Balance
3. La sintaxis
3.1 La sintaxis intensiva
3.2 La sintaxis extensiva
3.3 La sintaxis juntiva
4. Otras direcciones de sentido
4.1 La estética
4.2 La ética
5. Para terminar
Capítulo III.- Retrato del dandi por Baudelaire
1. La semántica intensiva
2. La sintaxis intensiva
3. La semántica extensiva
4. La sintaxis extensiva
5. La semántica juntiva
6. La sintaxis juntiva
7. El tratamiento de la intensidad
8. El tratamiento de la extensidad
9. El tratamiento de la junción
10. Para terminar
Capítulo IV.- «Las multitudes» de Baudelaire
0. Segmentación
1. Cuestiones previas
2. La competencia
3. La performancia
4. La realización
5. Reparación del sujeto
6. Validación
7. Resorte de la concesión
8. Entre Balzac y Poe
Capítulo V.- Figuras y valores en «El agua dulce» de Guillevic
1. La segmentación
2. La estrofa A
3. La estrofa B
4. La estrofa C
5. La estrofa D
6. El pivote
7. La estrofa E
8. La estrofa F
9. La estrofa G
10. Para terminar
Capítulo VI.- De los estilos semióticos a los estilos pictóricos
1. Fisonomía elemental de los estilos semióticos
2. Aproximación valencial a los estilos semióticos
3. El análisis de Claudel
3.1 El tempo
3.2 La tonicidad
3.3 La temporalidad
3.4 La espacialidad
4. El análisis de Deleuze
4.1 El tempo
4.2 La tonicidad
4.3 La temporalidad
4.4 La espacialidad
5. Para terminar
Glosario
Bibliografía
Prólogo
En el primer capítulo de esta obra, Claude Zilberberg plantea una cuestión fundamental, siguiendo el pensamiento del maestro L. Hjelmslev cuando dice:
En el ámbito científico, es lícito hablar acertadamente de resultados definitivos, pero no lo es tanto hablar de puntos de vista definitivos1.
En tal sentido, el autor ha venido sometiendo, desde la década de los ochenta, las conquistas definitivas (?) de la semiótica de A. J. Greimas al nuevo punto de vista de la tensividad con progresos indudables para la semiótica general. El lector interesado debería leer (o releer) el ensayo titulado El esquema narrativo puesto a prueba, incluido en el libro Ensayos sobre semiótica tensiva2, para observar cómo funciona concretamente ese nuevo punto de vista. Y a partir de ahí, en todas las demás obras el autor sigue aplicando el mismo punto de vista.
No se trata con eso de negar los resultados adquiridos, sino de someterlos a la prueba de la tensividad, de comprobar sus falencias, de ampliar, en suma, su campo de acción y de incorporar aspectos que no tenían cabida en el modelo de la «narratividad generalizada», tales como el mundo de lo sensible, del afecto, de los estados de alma, al lado de los estados de cosas y del cuerpo como sede de la sensibilidad.
Lo que propone Zilberberg en este primer capítulo es, pues, un nuevo punto de vista y no una nueva semiótica. Para hacerlo, era preciso elaborar una renovada mirada epistemológica, construir nuevos modelos metodológicos que pudieran dar cuenta del comportamiento de la tensividad en el discurso. Toda la obra de Zilberberg se ha dedicado a esta tarea. Con cada uno de sus ensayos y análisis ha ido perfeccionando sus intuiciones iniciales hasta obtener un corpus3 teórico-práctico de enorme coherencia.
***
En la presente obra, De las formas de vida a los valores, Zilberberg nos va a mostrar cómo diferentes formas de vida cultivan y promueven diversos tipos de valores valiéndose de estilos y de estrategias particulares. Así, Tocqueville examina las formas de vida aristocrática y democrática y descubre, según Zilberberg, que la forma de vida aristocrática prefiere y cultiva los valores de absoluto, valores de fuerte intensidad, destellantes y exclusivos; mientras que la forma de vida democrática cultiva y prefiere los valores de universo, participativos, aunque de baja intensidad, apagados.
Igualmente, en el retrato del dandi que construye Baudelaire, la forma de vida que se crea el dandi elige valores exclusivos de alta intensidad para él, y desdeña los valores de universo, que considera indeseables por chabacanos y comunes.
En cambio, otro texto de Baudelaire, el poema en prosa «Les Foules» [Las multitudes], presenta una situación singular:
Muy pocos son los que logran darse un baño de multitud: gozar de la multitud es un arte. Multitude, solitude. [Multitud. Soledad].
Con este oxímoron, cuyos «términos son iguales y convertibles» según Baudelaire, se enfrenta Zilberberg para hacer un análisis tensivo ejemplar. Para ello, se ve obligado a ampliar el modelo tensivo: «Hasta ahora, la hipótesis tensiva concebía la intensidad como una dimensión cuya base reguladora era la medida (…), mientras que la extensidad recaía sobre el número, y proponía como razón reguladora la pregunta: ¿cuánto? De inmediato este dispositivo nos ha parecido incompleto y otras distinciones se nos han impuesto. En primer lugar, hemos creído que era prudente (…) distinguir entre una sintaxis intensiva que procediese a efectuar aumentos y disminuciones, y una sintaxis extensiva que realizara selecciones y mezclas a fin de determinar la densidad, y en consecuencia, la fisonomía del campo de presencia» (p. 102). Esta determinación pone en claro que el modelo metodológico no se puede aplicar ciegamente al texto analizado, sino que el texto exige siempre, si no encaja en el modelo, su modificación correspondiente.
Introduce además un nuevo modo semiótico: la junción, cuyos funtivos son la implicación y la concesión, nociones centrales en el punto de vista tensivo propuesto por el autor. Este nuevo modo le proporciona una nueva sintaxis: la sintaxis juntiva, y una nueva semántica: la semántica juntiva. De tal manera que ahora dispone de tres sintaxis y de tres semánticas, o, como Zilberberg preferiría decir, de tres estilos sintácticos y de tres estilos semánticos.
Así, el análisis zilberberguiano avanza coherentemente para hacernos descubrir los valores de la forma de vida del hombre que sabe poblar su soledad en medio de una multitud apresurada.
El análisis del poema «L’eau douce» [El agua dulce] de Guillevic, en el que el autor del poema convierte el agua en actante enunciador, nos hace ver que el agua encierra valores de absoluto, intensos, destellantes, porque es elemento de vida, y al mismo tiempo, valores de universo, participativos, ya que aquellos valores exclusivos que ella posee, los expande por todo el mundo. De esta manera, el agua correlaciona exitosamente la más alta intensidad –la vitalidad– con la más amplia difusión –la universalidad–, logrando con ello la utopía de los valores de apogeo.
Finalmente, en el último ensayo: De los estilos semióticos a los estilos pictóricos, Zilberberg acude a dos grandes pensadores: Claudel y Deleuze, para hacer un análisis del análisis que cada uno de ellos realiza sobre la pintura holandesa (Claudel)4 y sobre la pintura de Francis Bacon (Deleuze)5. Interesante desde todo punto de vista este meta-análisis sobre el análisis de otros autores que han utilizado métodos y modelos distintos, o la simple, aunque penetrante intuición, descubriendo la tensividad fórica que trabaja detrás de esos estudios.
Obra clave esta que redondea la ruta semiótica recorrida por Claude Zilberberg, y que, felizmente, no termina todavía.
Desiderio Blanco
Introducción
Para mejor o para peor, la modernidad se define por la búsqueda desesperada de la novedad. Sin embargo, no hay ninguna razón para suponer que el camino por seguir para alcanzarla sea única. A modo de hipótesis provisional y después de haber recorrido por encima los caminos seguidos por unos y por otros, tenemos el sentimiento sin más de que se nos abren dos vías: o bien la modificación del campo de presencia o bien el desplazamiento del acento de sentido (Cassirer). Por modificación del campo de presencia entendemos el hecho de que una magnitud, hasta entonces desconocida, se introduce en el campo de presencia, en el discurso mismo, y se instala allí como regente. El ejemplo que se impone es sin duda el descubrimiento y la promoción del inconsciente por Freud. Este último no se contenta con descubrir la existencia del inconsciente: trata además de establecer que las magnitudes adquiridas entran ahora en relaciones de vasallaje con el inconsciente.
En cuanto al segundo proceder, el que consiste en el desplazamiento del acento de sentido, nos referiremos al proceder saussuriano. Saussure no descubre el carácter arbitrario de la relación del significante al significado; pero lo convierte en el centro de su teoría. El campo de presencia no fue ampliado con algún añadido deliberado, fue distribuido de otra manera. Lo mismo se puede decir del proceder greimasiano: Greimas no inventó ni descubrió la narratividad; la convirtió en el centro de su teoría, al punto de que en un cierto momento la teoría semiótica pudo ser caracterizada como una «narratividad generalizada». Las estructuras, tanto las profundas como las superficiales, ¿no son reconocidas sobre todo como narrativas?
En la escala que nosotros nos ubicamos, el término de «tensividad» se presta a un doble malentendido. En primer lugar, el término está atestiguado en Semiótica 1*, que lo considera la marca de una dinámica aspectual, pero no es en ese sentido como nosotros lo entendemos. En segundo lugar, lejos de significar de cualquier manera una novedad, indica, conforme a la exigencia hjelmsleviana que considera las magnitudes como intersecciones, la compenetración de dos dimensiones: la intensidad como suma de los estados de alma, y la extensidad como suma de los estados de cosas. O lo que es lo mismo: la dualidad de las dimensiones es por reciprocidad el análisis de la tensividad. En consecuencia, la hipótesis tensiva no constituye ni un descubrimiento ni una invención, sino que consiste en un desplazamiento de las magnitudes atestiguadas. [O sea en la proyección de un nuevo punto de vista sobre lo ya conocido].
El estudio titulado La hipótesis tensiva: ¿punto de vista o teoría? se propone discernir las diferencias que se nos imponen al comparar las maneras de proceder. Para ser breves, retendremos tres: (i) la problemática de los modos semióticos; (ii) el esbozo de una tipología de los valores propiamente semióticos; (iii) la abertura del paradigma de la sintaxis tensiva. La noción de modo semiótico permite profundizar la relación sujeto/objeto. Para que una magnitud sea recibida como objeto debe, de ser posible, sobrevenir –modo de eficiencia–. Debe captar al sujeto, que se convierte por contigüidad en sujeto del padecer. Finalmente, debe ser autentificada como tal –modo de junción–. Si estas condiciones se cumplen, estamos en condiciones de proponer el evento**, que es a la semiótica discursiva lo que es el esquema narrativo a la narratividad. Por lo que se refiere al segundo punto, la aproximación semiótica al valor es plural. Trataremos de tres cuestionamientos: (i) la reflexión de Saussure en el Curso de lingüística general que entiende sustituir el concepto de significación por el de valor; (ii) los valores modales indispensables para hacer «girar» la narratividad; (iii) la cuestión de la transición de los valores formales hacia los valores existenciales. Sobre este último punto, la hipótesis tensiva tiene algo que decir: los valores son tributarios de las intersecciones de la intensidad y de la extensidad. A partir de la diferencia básica de la intensidad [fuerte vs débil] y de la diferencia también básica de la extensidad [concentrado vs difundido], la intersección [débil - difundido] produce el valor de universo; la intersección [fuerte - concentrado] proyecta el valor de absoluto.
El tercer punto se refiere a la sintaxis tensiva. En el estado actual de la semiótica tensiva, la sintaxis, en la medida en que ignora la exigencia de la alternancia, sigue en parte impensada.
La hipótesis tensiva reconoce tres sintaxis, tres «estilos» sintácticos: la sintaxis intensiva de los aumentos y de las disminuciones; la sintaxis extensiva de las selecciones y de las mezclas; la sintaxis juntiva que enfrenta la implicación con la concesión.
El estudio titulado Tocqueville y el valor del valor analiza un capítulo del libro De la democracia en América cuya fineza en el análisis deja pensar que la distancia entre el lenguaje-objeto y el metalenguaje es menor de lo que se supone. La reflexión de Tocqueville en esta obra tiene por objeto la comparación de dos universos de discurso: la sociedad aristocrática en vías de virtualización, de extinción, y la sociedad democrática en vías de actualización, de instalación. No basta con decir que contrastan vivamente la una con la otra; se trata de saber si su devenir adopta las vías que la teoría ha previsto. Si tenemos en cuenta las diversas alternativas formuladas por la teoría, es claro que la aristocracia está del lado de la intensidad y del destello, que mide y preserva, mientras que la democracia está del lado de la extensidad y del número.
La aristocracia tiene por atractor el valor de absoluto, destellante y exclusivo; la democracia tiene como atractor el valor de universo, mediocre y compartido. Como el valor hay que dividirlo por el número de los que lo desean y el número de estos últimos es ilimitado, cada cual, en un sistema democrático, no recibirá más que una ínfima parte. El valor aquí es un cociente.
El análisis de la intensidad convoca el tempo y la tonicidad. Por eso Tocqueville insiste en la lentitud, o sea, en la inmovilidad propia del mundo aristocrático, el cual conjuga la concentración familiar con la duración. Por su parte, el mundo democrático coloca la rapidez por encima de la búsqueda de la perfección. El contraste es nítido entre la lentitud aristocrática y la prisa democrática. En cuanto a la tonicidad, si la aristocracia manifiesta el gusto de la perfección, la democracia se contenta con objetos bon marché, rápidamente producidos. En lo relativo a la temporalidad, sub-dimensión extensiva, la sociedad aristocrática aprecia la duración que la perenniza; a la inversa, la sociedad democrática, en razón del tempo rápido que la presiona, prefiere la brevedad. La concordancia entre los valores objetales y las formas de vida subjetales es muy fuerte.
El ensayo titulado Retrato del dandi por Baudelaire comienza por recordar el sistema de las categorías propias de la hipótesis tensiva; luego, considera el proyecto que se propone el dandi según Baudelaire: fundar una especie nueva de aristocracia. El camino seguido por Baudelaire hace del dandi el portador de un valor de absoluto, es decir, una excepción. Las manifestaciones de esa búsqueda son la autoridad, el rechazo de toda reciprocidad, la impasibilidad y el rechazo del lamento, la reflexividad inmanente al culto de sí mismo, el gusto de los límites. El dandi es sobre todo una figura de la extensidad en la medida en que está permanentemente obsesionado con la distinción, es decir, con una operación continua de selección. El trabajo que tiende hacia la universalidad es rechazado por el dandi con toda la energía de que es capaz.
En relación con el modo de junción, es decir, con la tensión entre implicación y concesión, el dandi opta por la concesión, en la medida en que el enunciado concesivo –en virtud del contra-programa que contiene–, es más tónico que el enunciado implicativo. A propósito del peinado, el dandi practica incluso una doble concesión, puesto que, si su peinado es extremadamente rebuscado, debe no obstante pasar desapercibido. Incluso favorable, la mirada del otro es ignorada. En fin, el enunciador no comparte las miras del sujeto enunciado: la figura última del dandi no es la de un vencedor, sino la de un vencido. El universo personal del dandi sigue siendo dirigido por la decadencia y por la clausura.
En el poema en prosa «Les foules» de Baudelaire, el «poeta activo y fecundo» con miras a la comunión con los demás, es una figura simétrica e inversa de la del dandi «obsesionado ante todo por la distinción» a título de la forma de vida; de la rareza, a título del valor. Las dos formas de vida suponen el control del tempo y de la duración. El tratamiento de la tonicidad, por concordancia de estructura, está confiado a la concesión pues los dos sintagmas decisivos «estar solo entre una multitud» y «poblar su soledad» son menos oposicionales que concesivos. Cada uno de estos sintagmas está en concordancia con un valor semiótico director: «estar solo entre una multitud» con el valor de absoluto, «poblar su soledad», con el valor de universo.
La espacialidad semiótica, resumida por la tensión entre lo /cerrado/ y lo /abierto/ permite pensar el tránsito de la «soledad» a la «multitud», y también pensar la coordinante «y» del sintagma capital «ser sí mismo y otro». La virtualización de la cesura entre el «yo» y el «otro» es descrita desde el punto de vista de la intensidad como una «ebriedad»; desde el punto de vista de la extensidad, como una inmersión «en el número». Para configurar esas transferencias, esas traslaciones, Baudelaire apela a la porosidad. En el microuniverso de Baudelaire, una magnitud es definida por su coeficiente de porosidad. Lo «poroso» figurativo y lo /abierto/ figural permiten acceder a la foria hiperbólica de las operaciones de mezcla. Si Baudelaire recurre a la concesión tomando en cuenta la «santa prostitución del alma», es sin duda porque estima que solo ella tiene la capacidad de cambiar una alternancia en coexistencia primero, en compenetración fusional después.
El estudio que versa sobre el poema El agua dulce de Guillevic plantea otros problemas. La poesía moderna es un desafío para el semiotista. En efecto, con relación al siglo diecinueve, que vio cómo se sucedían movimientos poéticos como el romanticismo, el parnaso y el simbolismo, la poesía moderna –dejando aparte el caso del surrealismo– es una colección de individualidades fuertes, de idiolectos, de «planetas» separados, para Proust. La lectura no puede ignorar este dato. ¿Cómo? El método es simple: si tal magnitud-ocurrencia es introducida en el espacio tensivo, las categorías reconocidas como pertinentes se transforman en preguntas: ¿cuál es el valor director?, ¿cuáles son las valencias y las sub-valencias que son afectadas?, ¿cuál es la semántica operante: la intensiva, la extensiva, la juntiva? La misma pregunta vale igualmente para la sintaxis. Si nos detenemos en la pregunta: ¿cuál es la semántica puesta en marcha? El título del poema, El agua dulce, responde sin dudarlo: la semántica extensiva, aquella que tiene por funtivos sintácticos la selección y la mezcla. Como figura de la selección, El agua dulce tiene como mira la pureza y por ese título es un valor de absoluto, pero al mismo tiempo, esa pureza es la condición de una mezcla que es indiferente al tamaño de las magnitudes, ya que la mezcla tiene lugar tanto con el «geranio» como con los «continentes». La ubicuidad del agua constituye también un valor de universo. Una vez más, la alternancia cambia en coexistencia, la divergencia en colaboración. Asumida por el enunciador, la negatividad de la sintaxis extensiva operando por selecciones proporciona a la concesión su resorte: por no ser más que agua, se convierte en la «eficiencia» misma.
El poema de Guillevic expresa la amplitud de la asimetría existente entre la concentración del valor de absoluto, inmanente al «agua dulce», y la presencia difundida del agua como valor de universo, motivado por la «sed» universal.
El punto de partida del estudio titulado De los estilos semióticos a los estilos pictóricos es una convergencia entre la aproximación estética, principalmente de lengua alemana, y la aproximación semiolingüística. En los dos casos, no se estudia un solo objeto, sino dos, o más precisamente una diferencia. Hemos escogido dos discursos cuya pertinencia es reconocida: el análisis de la pintura holandesa hecho por P. Claudel y el de la pintura de F. Bacon realizado por G. Deleuze. Nuestro propósito se centra en la dependencia que tienen los estilos pictóricos respecto de los estilos semióticos. Estos últimos están constituidos por combinaciones estabilizadas de valencias concordantes.
Consideramos aquí solamente dos estilos semióticos importantes: el evento y el ejercicio. Lo que hace de estas dos magnitudes estilos es la base existencial de las valencias y de las sub-valencias que contienen, especialmente las sub-valencias de tempo y de tonicidad, que nos gobiernan en lugar de gobernarlas nosotros a ellas. El análisis cuidadoso de Claudel muestra que la pintura holandesa clásica se coloca del lado del ejercicio, a pesar de que Claudel indica que, aquí o allá, La Ronda de Noche de Rembrandt y algunas naturalezas muertas manifiestan sutilmente la inminencia de un evento. Allí donde Claudel discierne una dirección tensiva colocada bajo el signo de la atenuación, Deleuze coloca la obra de Bacon bajo el signo del redoblamiento en la medida en que las sub-valencias de tempo y de tonicidad son orientadas hacia el paroxismo, y esa orientación tensiva indica que las valencias no están adheridas a un plano de la expresión particular: existe una velocidad y una tonicidad en pintura no menos eficaces que aquellas que nos trasmiten los textos. Así, el reparto del plano del contenido a prorrata de los planos de la expresión enumerados se convierte en la condición de posibilidad de la comparación que hemos tanteado.
Capítulo I
La hipótesis tensiva: ¿punto de vista o teoría?1
La expresión «diferencia de intensidad» es una tautología. La intensidad es la forma de la diferencia como razón de lo sensible.
DELEUZE.
1. LOS PRÉSTAMOS
En Semiótica 1, en la entrada «teoría», se lee:
Se entiende habitualmente por teoría un conjunto coherente de hipótesis, susceptibles de ser sometidas a verificación: hipótesis, coherencia y verificación son los términos claves para una definición del concepto de teoría, y sirven como criterio de reconocimiento para distinguir lo que es realmente teoría de lo que no lo es2.
Esta definición razonable reúne dos direcciones que a nosotros nos parecen distintas: (i) la pareja hipótesis-verificación apunta a la formulación de una pertinencia que perdura cualquiera que sea la calidad de la verificación, siempre provisional. Para las infortunadas ciencias humanas, los resultados definitivos son raros y la mayor parte de los conceptos avanzados desaparecen no bajo los golpes de una refutación rigurosa, sino simplemente por indiferencia. (ii) Si la pareja hipótesis/verificación es transitiva y afecta al lenguaje-objeto, la coherencia es reflexiva y recae sobre lo que se convierte, por desplazamiento de la atención y del interés, en un metalenguaje. ¿Esta unicidad es fatal?
Conviene subrayar que así es como se piensan y se presentan las teorías ellas mismas, pero nosotros sabemos que la parábola lévi-straussiana del bricolaje vale igualmente para los trabajos del espíritu3. Así, la teoría greimasiana conjuga dos modelos, cuya escala de aplicación es, en principio, diferente. Por una parte, el modelo fonológico propuesto por Troubetzkoy y Jakobson; por otra parte, el análisis del cuento popular ruso realizado por V. Propp. Ahora bien, es claro que el modelo fonológico no tenía en su inicio vocación de tratar el cuento popular: los rasgos fonológicos no son del mismo orden que las características propias de los actores del cuento popular. Propp mismo toma en cuenta «funciones» y no «rasgos». A propósito del número de modelos, nos contentaremos con indicar que la física está regulada por dos modelos distintos: la teoría newtoniana y la física quántica.
Tal como nosotros la concebimos, la hipótesis tensiva toma en préstamo de Hjelmslev, aunque dándoles la vuelta, dos parejas de categorías que no son mencionadas en los Prolegómenos: (i) la pareja [intenso vs extenso], a los que les modificamos las valencias. Según Hjelmslev4, la magnitud extensa afirma una «dirección», lo que no es el caso de la magnitud intensa. En líneas generales, para Hjelmslev, las magnitudes extensas conciernen al aparato del verbo; para la semiótica tensiva, las magnitudes intensas son del orden del afecto, y con ese título, rigen las magnitudes extensas. Por otra parte, nosotros vinculamos la pareja [intenso vs extenso] con la distinción entre los estados de alma y los estados de cosas, reconocida en Semiótica de las pasiones5:
| intensidad regente ↓ estados de alma | extensidad regida ↓ estados de cosas |
El segundo préstamo se refiere a la distinción [intensivo vs extensivo] que concierne a la estructura paradigmática de los sistemas. A partir de la división de una zona semántica en tres casillas, Hjelmslev introduce la distinción siguiente:
Esta elección de un solo término de la zona como base del sistema depende de un principio según el cual una sola casilla debe ser elegida como intensiva, mientras que las otras casillas son extensivas. La casilla elegida como intensiva tiene tendencia a concentrar la significación, mientras que las casillas elegidas como extensivas tienden a expandir la significación sobre las otras casillas hasta invadir el conjunto del dominio semántico ocupado por la zona6.
Esta distinción permite ampliar el dominio de pertinencia de la elasticidad: esta no se limita a la praxis discursiva puesto que es parte comprometida en la constitución de los sistemas. Si la intensidad tiene como articulación elemental el contraste [fuerte vs débil], la extensidad por su lado tiene el contraste [concentrado vs difundido]. Así:
| intensivo | extensivo |
| ↓ | ↓ |
| concentrado | difundido |
Si admitimos ahora que estamos a cada instante en presencia de un análisis, entonces conviene postular un término /x/ anterior a dicho análisis, término que se convierte en condición del análisis en cuestión. A ese término /x/ que el análisis viene a escindir lo designamos como tensividad a fin de marcar en la terminología la jerarquía de las categorías. Esta distinción sirve de base a la tipología de los valores que será esbozada más adelante. La tensividad, pues, no tiene contenido propio: no es más que el lugar de encuentro, el punto de fusión, la línea de batalla donde la intensidad se apodera de la extensidad, donde un plano del contenido intensivo se une a un plano de la expresión extensivo. La teoría misma se convierte en semiosis.
Semiótica 1, en el mismo artículo mencionado anteriormente alude a la presencia del metalenguaje en la teoría, e identifica esta última como una «jerarquía de metalenguajes». Sin embargo, en la medida en que la intensidad subjetal de los estados de alma se anticipa a la extensidad de los estados de cosas, se trata más bien de un protolenguaje, tal como lo deja entender Cassirer: «Sin el hecho de que un sentido se manifieste en algunas vivencias perceptivas, la existencia permanecería muda para nosotros»7. Todo pasa como si el enunciado fundador enunciase: «En el principio era el afecto…».
2. LOS MODOS SEMIÓTICOS
La noción de modo es abordada por la lingüística, la gramática y la semiótica, pero cada vez con un matiz particular. En el Curso de lingüística general (CLG), Saussure distingue, con el propósito de señalar la diferencia entre las relaciones paradigmáticas y las relaciones sintagmáticas, los términos in praesentia, efectivos, de los términos in absentia, virtuales. Semiótica 1 añade un tercer modo: la actualización. Finalmente, Tensión y significación8 lleva esta cifra a cuatro, confiando a la potencialización la tarea de recoger y guardar las trazas del discurso. Desde el punto de vista gramatical, en el estudio titulado Ensayo de una teoría de los morfemas, Hjelmslev demanda a los modos que «administren» la realidad:
En los modos, la dimensión más resistente es la de no-realización/realización (significación dubitativa o asertiva, expresada en muchas lenguas por la entonación, por ejemplo la interrogación), y la segunda dimensión es la de realización deseada y la de su negación (hay, por ejemplo, realización deseada en el imperativo)9.
Este recuerdo sucinto requiere dos observaciones: (i) la cuestión de los modos es una cuestión abierta; (ii) los modos aparecen como el plano de la expresión de una semiosis que tiene por plano del contenido las modalidades, y singularmente la modalidad estructurante del poder-hacer, la cual distribuye dos esferas existenciales: la esfera transitiva del «yo puedo» y la esfera intransitiva del «yo no puedo». Así, los modos afectan a la narratividad por cuanto esta última tiene por pivote la carencia.
2.1 El modo de eficiencia
Tarde o temprano, la reflexión necesita imágenes. Nosotros representamos la actividad discursiva como un campo de presencia en el cual las magnitudes semióticas entran y salen. Si permanecen fuera del campo de presencia que, en nombre de alguna regla vigente, las rechaza, las declara prescritas, se las considera virtualizadas; si permanecen en el interior del campo de presencia, se dice que están actualizadas, a la espera de ser realizadas. El tratamiento de estas significaciones constituye un capítulo completo sobre el sentido.
La entrada en el campo de presencia puede realizarse de dos maneras diferentes: según el «sobrevenir» [survenir], o bien según el «llegar a» [parvenir]. En esta dupla de modalidades aspectuales, el «sobrevenir» es el término marcado. Para darnos cuenta de la medida de su importancia, conviene suponer, siguiendo a Cassirer, la primacía de la afectividad, que recibe la denominación, discutible en francés, de fenómeno de expresión: «Pues toda realidad efectiva que captamos no es, en su forma primitiva, la de un mundo preciso de cosas, erigido ante nosotros, sino más bien la certeza de una eficiencia viviente, experimentada por nosotros»10. En razón de esa prevalencia del «sobrevenir», el sujeto es primero un sujeto del padecer, es decir, después de catálisis, un sujeto que no puede no padecer [dicho de otro modo, que no puede dejar de padecer].
Si la intensidad del afecto es fácil de notar puesto que tiene por plano de la expresión la exclamación, el plano del contenido es difícil de constatar y de desenmarañar: ¿cuál es la receta, es decir, el análisis de esa culminación, de ese éxtasis? En los Cuadernos, Valéry vuelve con frecuencia al análisis del afecto, y especialmente del afecto, sin duda cardinal, que constituye la sorpresa, y que él la vincula con la «velocidad de propagación»: «Sorpresa es el efecto de una velocidad de propagación». Esa velocidad depende de la intensidad y del estado (de espera)11. De una manera general, según Valéry, la rapidez comanda el aparecer, y por lo tanto, la catálisis de la sub-valencia de tempo es a sus ojos de derecho:
La velocidad máxima en el mundo real absoluto es la del reflejo (la de la luz es una pura noción, una escritura-). Pero el hombre no puede sentir nada más rápido que su propio cambio más rápido. Esa velocidad es la que hay que introducir en las ecuaciones psicológicas universales. Y tomarla como unidad.
Esa velocidad actúa en todos nuestros pensamientos, está implicada en todas nuestras ideas- y no puede ser de otra manera12.
Bajo esta premisa, el tempo dirige el modo de eficiencia:
| rapidez | lentitud |
| ↓ | ↓ |
| «sobrevenir» | «llegar a» |
La velocidad por sí sola no da cuenta de ese misterio epistémico: la vivencia de la intensidad. La interdependencia estructural de la elasticidad de la velocidad y de la elasticidad de la duración es la que permite comenzar a pensar. En otro fragmento de los Cuadernos titulado La noción de Brusco. El Choque, Valéry escribe:
Mecánicamente –el choque es una variación consumada de velocidad en un tiempo infinitamente breve– y por tanto durante un desplazamiento infinitamente pequeño. La fuerza resulta infinita –es decir, inversa al tiempo infinitamente pequeño. Las fuerzas distintas a las desarrolladas por el choque se convierten en desdeñables13.
El tempo, bajo las modalidades de la aceleración y de la ralentización, se convierte en una de las condiciones del aparecer. Con seguridad, unas líneas clarividentes no constituyen una teoría pero si leemos este fragmento literalmente, es decir, adhiriéndonos a él, sale a la luz la hipótesis según la cual el tratamiento de la significación concierne a lo que nosotros designaremos, por el momento, como una cantidad no numérica. En esta perspectiva que se deja entrever, algunas magnitudes tendrán, según el caso, el estatuto de productos en el caso de correlaciones conversas; de cocientes en el caso de correlaciones inversas; pero todavía no estamos ahí. Esta cantidad no numérica es a su vez una estructura, puesto que la formulación más abstracta del sentido que nos aventuramos a proponer quisiera que el sentido se presentase como el comercio oscuro de la medida y del número, y después de catálisis de nuestra opción categorial: de la medida intensiva y del número extensivo.
El reconocimiento de la preeminencia del tempo encierra aun dos méritos: (i) en el principio de la distancia posiblemente «infinita» entre el «sobrevenir» y el «llegar a», la diferencia de tempo discrimina las magnitudes que para el sujeto tienen valor de evento: tendrá valor de evento la magnitud que marque un sobrevenir validado por las morfologías y los procesos que ella controle. (ii) La diferencia de tempo regula, controla la compostura modal del sujeto, es decir, desde el punto de vista semiótico, su identidad: «Todo lo que vemos en la vigilia está, en alguna medida, previsto. Esa previsión hace posible la sorpresa. Si una intensidad suficiente, o una rareza suficiente, nos cogen desprevenidos, eso quiere decir que con menos [intensidad, rareza] estaríamos preparados»14. Por lo que se refiere a la terminología, diremos que la esfera del «sobrevenir» es la del evento; la del «llegar a», la esfera del ejercicio. El último capítulo de De la imperfección, de Greimas, titulado La espera de lo inesperado se inscribe en esta perspectiva.
Considerado como tensión entre el «sobrevenir» y el «llegar a» en cuanto a la función; como tensión «entre lo que adviene espontáneamente, solamente actúa por su instantaneidad, y lo que soporta ser desarrollado»15, el modo de eficiencia tiene por base la elasticidad, la deformabilidad de las magnitudes, gráficamente:

Lo que distingue el punto de vista semiótico es la fidelidad a la semiosis, a la «función semiótica (Hjelmslev), la cual afirma la solidaridad de un plano del contenido y de un plano de la expresión. La afirmación de que la detonación del «sobrevenir» se halla en la base del evento se refiere al plano del contenido. ¿Pero qué pasa en el plano de la expresión? Una vez más, los Cuadernos de Valéry nos proporcionan elementos de reflexión: el evento activa el «sistema PR», es decir, «pregunta-respuesta» a partir del postulado: «Todo hecho mental no es más que pregunta y respuesta»16. Las dos magnitudes acopladas no tienen la misma importancia, pues otro fragmento subraya la facticidad de la pregunta: «Incluso cuando él pregunta, el espíritu es respuesta»17. El no-yo dirige una pregunta al yo, el cual responde con otra pregunta cuya respuesta, en el mejor de los casos, es diferida. La respuesta es, pues, el término marcado, y la gravitación existencial del evento radica justamente en la no-actualización de toda respuesta: «Estupor es supresión de respuestas. El ser queda reducido a la primera mitad de los tiempos –nada de respuestas– mientras que la regla es siempre respuesta (cualquiera que sea)»18. Pensamos que la fenomenología debería tomar en cuenta esta intrincación de la dimensión evenemencial del sobrevenir con el «sistema PR».
2.2 El modo de existencia
Articulado según [mira vs captación], el modo de existencia formula las consecuencias subjetales de la autoridad del modo de eficiencia. Para pensar la relación del sujeto al objeto, la semiótica ha admitido tácitamente la intencionalidad fenomenológica, tal como aparece principalmente en la obra de Merleau-Ponty, pero es difícil, como hemos indicado, conjugar la evenemencialidad con la intencionalidad fenomenológica. Lo que caracteriza a esta última es su indiferencia al tempo, a la virtud ontológica, «poética» del tempo, mientras que las conmutaciones afectivas y las conmutaciones perceptivas están en nuestra opinión, a su merced:

Desde el punto de vista actancial, en la esfera del «sobrevenir», la voz pasiva prevalece sobre la voz activa. Según Cassirer: «Este pensamiento [el pensamiento mítico] no es impulsado por la voluntad de comprender el objeto, en el sentido de abarcarlo con el pensamiento y de incorporarlo a un complejo de causas y de consecuencias: es simplemente poseído por él»19. En esas condiciones, la captación ajusta tres estratos significantes: la vivacidad del tempo, la pasivación del sujeto y la religiosidad en la medida en que lo religioso potencializa un evento prodigioso. El modelo de la «exclusa»20 (Deleuze) permite subordinar el ejercicio al evento. Lo religioso se relaciona ante todo con la vehemencia de la intensidad: «El único núcleo firme que nos queda para definir el «mana» es la impresión de extraordinario, de inhabitual y de insólito. Lo esencial aquí no es lo que encierra el término, sino esa determinación misma, ese carácter de insólito»21. Lo religioso no es tal vez más que eso. No porque importa es potencializado: importa porque es potencializado. Si la hipótesis de los modos semióticos es validada, debería conducir a relativizar el dominio de la sincronización sobre la proyección de la significación. La conexión del tempo y de la voz se presenta así:

2.3 El modo de junción
Articulado según [implicación vs concesión], el modo de junción formula las consecuencias objetales de la autoridad del modo de eficiencia. El modo de junción aborda la praxis discursiva como una modificación del contenido del campo de presencia, la cual se produce brusca, brutalmente, en el caso del evento, o bien en progresión, o sea, de manera insensible, en el caso del ejercicio. Eso puede ocurrir también por una operación de selección, por retiro de una magnitud que «un buen día» deja de cumplir la función prevista. Pero puede llegar asimismo por una operación de mezcla, por la razón inversa. En efecto, cualquiera que sea su orientación, esas operaciones les interesan a los sujetos en el más alto grado para que las demanden, para que las exijan, si tienen los medios, las razones y las justificaciones para ello. Aquí interviene la alternancia propia del modo de junción: si una justificación de buena fe, consensual, puede ser producida, diremos que el modo de junción seleccionado es la implicación; el hecho y el derecho están en concordancia, en resonancia el uno con el otro. En cambio, si el hecho y el derecho son discordantes; si el hecho prevalece sobre el derecho, manifestándose principalmente por las locuciones conjuntivas adversativas: «a pesar de que», o «aunque», o «sin embargo», diremos que el modo de junción operante es la concesión. Sea gráficamente:

Por lo que respecta a la semiosis, el modo de eficiencia concierne al plano del contenido; el modo de junción, al plano de la expresión.
Imprevisto, intempestivo, el evento subsume la concesión. En principio, el evento es un islote perdido en el océano de las implicaciones habituales, y afecta fundamentalmente a los procesos, mucho más que a los estados de cosas. Sin embargo, Valéry, espíritu profundamente sensible a la punzada de la concesión, considera a veces su generalización: «Todo lo que existe, si no existiera, sería altamente improbable»22. El autor de los Cuadernos enlaza con el thaumazein de los primeros pensadores griegos. A la extensión indefinida de esa modalidad juntiva, Valéry le da el nombre de «extraño»:
Un hombre no es más que un poste de observación perdido entre lo extraño. De golpe, se da cuenta de que está hundido en el sinsentido, en lo inconmensurable, en lo irracional; y todo le parece infinitamente extraño, arbitrario, inasimilable. Su mano delante de él le parece monstruosa. –Deberíamos decir: Lo Extraño– como se dice el Espacio, el Tiempo, etc.23
3. LOS VALORES
En el CLG, Saussure afirma la centralidad del valor, es decir, que debe constituir el punto de vista que ha de prevalecer: «[…] la lengua es un sistema de puros valores a los que nada determina fuera del estado momentáneo de sus términos»24. La característica del valor reside en su relatividad, en la constatación indiscutible de la reciprocidad de los valores: «Su contenido solamente está determinado por el concurso de lo que está a su alrededor. Por formar parte de un sistema, los términos están revestidos no solamente de una significación, sino también y sobre todo de un valor, y eso es algo completamente distinto»25. Diríamos que estamos en presencia de valores sistémicos. Pero esta acepción deja escapar el valor como finalidad, razón última de las miras que los sujetos asumen26. ¿Cuál es el vínculo entre esos valores intencionales y existenciales y la teoría? Tenemos que volver a las categorías constitutivas de la hipótesis tensiva.
En primer lugar, la hipótesis postula la tensividad como intersección, lo cual está de acuerdo a la propuesta –fuertemente razonable– de Hjelmslev: «Los “objetos” del realismo ingenuo se reducen a puntos de intersección de esas redes de relaciones»27. Las magnitudes semióticas son, pues, definidas por la conexidad. La hipótesis tensiva misma se declina como «intersección» de la intensidad y de la extensidad. La presencia de la intensidad está justificada por dos consideraciones distintas: (i) primero, por la omnipresencia del «sobrevenir», por la detonación del acento que el sujeto debe acusar, antes de disponerse a responder; (ii) por la elasticidad de las magnitudes cuya extensión es circunstancial, es decir, dependiente de la cifra del paradigma concernido:
En el interior de una misma lengua, todas las palabras que expresan ideas vecinas se limitan recíprocamente: sinónimos como recelar, temer, tener miedo, no tienen valor propio más que por su oposición; si recelar no existiera, todo su contenido iría a parar a sus términos concurrentes28.
En este caso, el valor se convierte en el equivalente de un cociente mental. La presencia de la extensidad es solidaria de una de las dinámicas posibles del campo de presencia: este último acoge o rechaza las magnitudes recurriendo a operaciones de mezcla, o a operaciones de selección más o menos motivadas. Allí donde una lengua mezcla, otra lengua selecciona. No es ahora la elasticidad sino la densidad la que es pertinente. Los tres pilares, los tres presupuestos del fundamento semiótico de los valores son: la conexidad, la elasticidad medida de las magnitudes intensas y la densidad numerada de las magnitudes extensas; hemos propuesto la hipótesis de que la expresión última de la significación residía en el comercio de la medida intensa del estado de alma y del número extenso del estado de cosas. Sobre esta base podemos esbozar una tipología elemental de los valores semióticos, que tome en cuenta las valencias límites de cada una de las dos dimensiones.
Esa tipología opone por el momento los valores de absoluto a los valores de universo. Un valor que conjuga una intensidad extrema y una extensidad reducida a la unidad será reconocido como absoluto; si el divisor es «uno», el quantum de intensidad queda indiviso; su integridad permanece intacta. Como el «uno» es único, los valores de absoluto afirman o aseguran el destello, término supremo para las altas miras. Siendo así que la ambivalencia es de derecho, el guardián de los valores de absoluto, sensible a la intensidad y a la concentración, apelará a la concesión: los valores son destellantes porque están reservados a poseedores muy poco numerosos. Esta opinión es la misma que la de Tocqueville en De la democracia en América: «Cuando solo los ricos usaban relojes, estos eran casi todos excelentes. Ahora casi todos son mediocres, pero para todo el mundo»29. La presión semiótica tiene como escape la conjunción adversativa «pero», que en nombre de la generosidad redime la pérdida de calidad. El detractor de los valores de absoluto, sensible a la extensidad y a la difusión, recurrirá a la implicación: los valores de absoluto son fuertes porque son concentrados en manos poco numerosas, mientras que los valores de universo son débiles porque están generosamente distribuidos por principio entre todos.
Se pueden considerar los valores, según el gusto, como puntos de vista o como recetas que organizan las categorías reconocidas:

Tal como lo indica este cuadro, las alternancias categoriales inherentes a la elasticidad: [fuerte vs débil] y a la densidad [concentrado vs difundido] se convierten en los definientes de los valores semióticos. La trascendencia de las categorías es resuelta por la inmanencia de los valores puestos en la mira. Esta transitividad hay que incorporarla al expediente que nosotros hemos constituido, a saber el reconocimiento de la dimensión teórica de la hipótesis tensiva. La reciprocidad de las definiciones y de las categorías es un argumento a favor de la homogeneidad, es decir, de la pertenencia de las magnitudes directrices al espacio tensivo. No eludiremos, sin embargo, la pregunta: ¿los valores de absoluto y los valores de universo son inconciliables? Para la semiótica tensiva, esta pregunta no es dirimente en la medida en que toda aserción está a merced de una concesión repentina y aguda.
4. LA SINTAXIS TENSIVA
La sintaxis narrativa, tanto la fundamental como la superficial, dependiente del cuadrado semiótico, se caracteriza por su monotonía: procede por contradicción [s1 → no s1] y por implicación [no s1 → s2]. La sintaxis tensiva es más compleja en razón, por una parte, de los presupuestos propios de la hipótesis tensiva; por otra parte, en razón de su desarrollo. Por lo que respecta a los presupuestos, la sintaxis tensiva es respetuosa de la estructura tensiva: la divergencia de la intensidad y de la extensidad. Pero debe tener en cuenta lo incontrolable que viene a perturbar y a suspender el hacer voluntario de los sujetos, a saber, el evento. En ese sentido, todo evento es portador de un quantum de ironía. La pertenencia de las magnitudes al espacio tensivo, por un lado, la latencia del evento, por otro, nos proporcionan no una, sino, a beneficio de inventario, tres sintaxis distintas: una sintaxis intensiva, que tiene por tensión directriz [fuerte vs débil]; una sintaxis extensiva, cuya tensión directriz es [común vs raro]; una sintaxis juntiva, que tiene por tensión directriz [esperado vs inesperado]:

Por lo que se refiere al desarrollo, la sintaxis tensiva presenta una particularidad muy importante, la reciprocidad de la operación y del objeto. En la sintaxis extensiva, ese dato es el más fácil de sorprender: la sintaxis extensiva opera por selecciones y por mezclas. Pero a las dos preguntas elementales: ¿cuál es el objeto de una selección? y ¿cuál es el objeto de una mezcla?, las respuestas prioritarias son: una selección tiene por objeto una mezcla anterior, en la exacta medida en que una mezcla tiene por objeto una selección anterior. Según Greimas: «En lingüística las cosas pasan de otra manera [que en la lógica]: el discurso guarda en sí mismo las trazas de operaciones sintácticas anteriormente efectuadas»30.
El cuadro siguiente agota las cuatro posibilidades elementales de combinación del proceso y del objeto:

Como se ve, es posible seleccionar una selección, así como es posible mezclar dos mezclas y manifestar, recurriendo a la recursividad, una progresividad, la cual es el resorte de la sintaxis extensiva.
Si aplicamos el mismo razonamiento a la sintaxis intensiva, a la tensión [fuerte vs débil], las operaciones correlacionadas serán, respectivamente, el aumento y la disminución. La combinación del aumento y de la disminución producirá también cuatro sintagmas interdefinidos:

La sintaxis intensiva difiere de la sintaxis extensiva en un punto: esta sintaxis dispone de un juego de «sílabas» intensivas que consiste en la combinación de esas magnitudes mínimas que son el más y el menos, las cuales se pueden combinar bajo el mismo principio:

Estas «sílabas» intensivas hacen sensible eso que podríamos llamar como el grano mismo del devenir, la moneda menuda de la aspectualidad. Dichas «sílabas» intensivas se hallan bajo la dependencia del tempo: la aceleración las virtualiza, mientras que la ralentización las manifiesta. La complementariedad de esas figuras intensivas y de ese «deletreo» aspectual es fácil de establecer: la «superación» demanda el añadido de un más; la extenuación el añadido de un menos; la moderación el retiro de un más; la nivelación, el retiro de un menos.
Finalmente conviene señalar que esta sintaxis intensiva no solamente nos trae a la memoria algunas figuras de retórica, especialmente aquellas que apuntan a la proyección del destello en el discurso, sino también la función poética según la concepción de A. Breton para quien la poesía «debe tender cada vez más a ejercer su poder inigualable, único, que consiste en hacer aparecer la unidad concreta de dos términos puestos en relación y en comunicar a cada uno de ellos, cualesquiera que sean, un vigor que no tenía cuando se encontraba aislado»31.
5. PARA TERMINAR
El punto de vista y la teoría divergen en su relación con la duración. Una teoría carece de valor si no se inscribe en la duración. Pero eso sería atenerse solamente al plano de la expresión. En cuanto al plano del contenido, durar, en nuestro propio universo de discurso, es renovar o renovarse. La novedad es hoy en día el único valor que los contemporáneos admiten. El dilema entre lo verdadero o lo nuevo ha quedado zanjado si seguimos la opinión de M. Foucault: «Para aquel que tiene disciplina, es preciso que disponga de la posibilidad de formular indefinidamente propuestas nuevas»32.
¿Cómo se presenta ese requerimiento renovado de la novedad desde el punto de vista tensivo? La novedad puede advenir según los dos modos de eficiencia ya mencionados: el «sobrevenir» y el «llegar a». Según el «sobrevenir», es decir, como evento, iluminación, gracia inmerecida; si bien los historiadores se dedican con empeño a recuperar su objeto, mostrando que el evento estaba latente. Según el «llegar a», es decir según la progresividad y la paciencia que ella supone. Para la hipótesis tensiva, se trata de mostrar que la novedad toma los caminos diversos de la sintaxis tensiva.
Según la sintaxis intensiva, la novedad será obtenida por medio de aumentos y de disminuciones. Así, en los años gloriosos de 1960, la lingüística, segura de su método y de sus resultados, se tenía como la disciplina piloto, la que debía asegurar la salud de las ciencias humanas. Greimas acariciaba la misma esperanza para la semiótica. Posteriormente, se produjo un reflujo en las dos disciplinas.
Según la sintaxis extensiva, la cual procede por selecciones y por mezclas, la renovación esperada puede llegar por aproximación, después por composición de dos magnitudes consideradas hasta entonces como distantes o extrañas la una de la otra. El ejemplo trillado, aunque sin duda inigualable, se refiere al gesto de Newton que identificó la gravedad con la gravitación de los astros y con el fenómeno de las mareas como idénticos, metafóricos.
Finalmente, la sintaxis juntiva opera por la sustitución de la implicación por la concesión. También aquí, el ejemplo manido se refiere a la querella entre el heliocentrismo y el geocentrismo, también al caso de la lámpara incandescente en la presentación que de él propone Bachelard: hasta la invención de la lámpara incandescente, un cuerpo, una sustancia iluminaba porque ardía, mientras que, con la lámpara incandescente, el filamento ilumina aunque no arde. El aunque y el porque han sido permutados.
Así, la sintaxis tensiva, por medio de esas tres modalidades, está en capacidad de producir la novedad que exigen hoy todas las disciplinas*. A beneficio de inventario, la hipérbole para la sintaxis intensiva, la metáfora para la sintaxis extensiva, y la paradoja para la sintaxis juntiva, son las vías que puede tomar el sujeto para producir esa novedad que hoy tanto se reclama y es esperada, exigida por un discurso que pretenda ser teórico. De paso, anotaremos que las figuras de retórica, lejos de ser ornamentos del discurso, son más bien sus obreras.
Con toda seguridad, asoma aquí cierta circularidad. La teoría no accede más que a los objetos que se le parecen, lo mismo que las categorías son preparadas por los modos semióticos y por las opciones de las dimensiones consideradas constitutivas, a saber, la intensidad y la extensidad; pero dicha circularidad es el garante epistemológico de la homogeneidad de la teoría propuesta.
Capítulo II
Tocqueville y el valor del valor1
Todo lo que pertenece al orden gramatical pertenece al orden sintagmático.
HJELMSLEV.
CON QUÉ MENTALIDAD LOS AMERICANOS CULTIVAN LAS ARTES
Pienso que perdería mi tiempo y se lo haría perder a los lectores, si tratase de demostrar cómo la regularidad general de las fortunas, la ausencia de lo superfluo, el deseo universal de bienestar y los constantes esfuerzos a los que todos se entregan para alcanzarlo, hacen que predomine en el corazón del hombre el amor a lo útil sobre el amor a lo bello. Las naciones democráticas, donde se dan todas estas cosas, cultivarán las artes que contribuyan a hacer la vida cómoda con preferencia a aquellas otras cuyo objeto sea el de hermosearla; habitualmente preferirán lo útil a lo bello, y pretenderán que lo bello sea útil.
Pero quiero ir más lejos para, después de comentar el primer rasgo, pasar a analizar otros más.
Sucede por lo común que, en la época de los privilegios, el ejercicio de casi todas las artes se convierte en uno de ellos, y que cada profesión constituye un mundo aparte en donde no a todos les está permitido entrar, e incluso cuando la industria es libre, la inmovilidad natural de las naciones aristocráticas hace que todos aquellos que se ocupan de un mismo arte acaben por formar una clase distinta, siempre compuesta por las mismas familias, cuyos miembros se conocen todos y donde no tarda en nacer una opinión compartida, un espíritu de cuerpo. En una clase industrial de esta especie, cada artesano no ha de atender únicamente a su fortuna, sino también ha de honrar la consideración propia. No es solo su interés el que lo guía, ni siquiera el del comprador, sino el de cuerpo y el interés de cuerpo consiste en que cada artesano produzca obras maestras. Así pues, en los siglos aristocráticos, la aspiración de las artes radica en hacer las cosas lo mejor posible y no más de prisa ni a más bajo precio.
Por el contrario, cuando cada profesión está abierta a todos y la gente entra y sale de ella sin cesar, sus diferentes miembros son extraños, indiferentes y casi invisibles unos para otros a causa de su número, se rompe el lazo social y cada obrero, reducido a sí mismo, procura ganar lo más posible con gastos mínimos, y no tiene más límite que la voluntad del consumidor. Ahora bien, también en este último se deja sentir la correspondiente revolución.
En los países donde la riqueza, lo mismo que el poder, se halla concentrada en unas cuantas manos y no sale de ellas, el uso de la mayoría de los bienes de este mundo está limitado a unos pocos individuos que siempre son los mismos; la necesidad, la opinión, la moderación de los deseos, excluyen a todos los demás.
Dado que esta clase aristocrática se mantiene en el punto de grandeza donde está situada, sin restringirse ni extenderse, experimenta siempre las mismas necesidades y de la misma manera. La elevada y hereditaria posición que ocupan los hombres que la componen los inclina a lo que está bien hecho y es duradero.
Esto da un carácter general a las ideas de la nación en materia de arte.
Sucede a menudo en estos pueblos que aun el hombre rústico prefiere renunciar por entero a aquellos objetos que ambiciona, antes que adquirirlos con alguna imperfección.
En las aristocracias, los obreros no trabajan pues más que para un número limitado de compradores y muy difíciles de satisfacer. Sus ganancias dependen, por tanto, de la perfección de su obra.
No sucede lo mismo cuando, desaparecidos los privilegios, las clases sociales se mezclan y los hombres descienden o suben de continuo por la escala social.
En el seno de un pueblo democrático siempre se encuentran muchos ciudadanos cuyo patrimonio se divide y decrece. Han contraído en sus buenos tiempos ciertas necesidades que siguen experimentando cuando carecen de medios para satisfacerlas y buscan, con impaciencia, alguna forma indirecta de remediarlas.
Por otra parte, siempre se ve en las democracias un gran número de hombres cuya fortuna aumenta pero en quienes los deseos crecen más aprisa que la fortuna; y devoran con los ojos cuanto les promete mucho antes de que lo ponga en sus manos. Estos hombres tratan por todos los medios de abrirse caminos más directos para alcanzar esos goces cercanos. De la combinación de estas dos causas resulta que hay siempre en las democracias una multitud de ciudadanos cuyas necesidades están por encima de sus recursos; antes consentirían en satisfacerlas incompletamente que en renunciar por entero al objeto de sus deseos.
El obrero comprende fácilmente estos impulsos porque él mismo los comparte; en las aristocracias, trataba de vender sus productos muy caros, a unos pocos; ahora se da cuenta de que hay un medio más expeditivo para enriquecerse, que es el de venderlos a todos más baratos.
Ahora bien, solo hay dos maneras de bajar el precio de una mercancía. La primera consiste en encontrar medios mejores, más rápidos y más perfectos de producirla. La segunda, en fabricar en mayor cantidad objetos casi iguales pero de menor calidad. En los pueblos democráticos, todas las facultades intelectuales del obrero se concentran en esos dos puntos.
Se esfuerza en inventar procedimientos que le permitan trabajar, no solo mejor sino más aprisa y con menor gasto. Si no puede conseguirlo, trata de disminuir la calidad intrínseca del objeto fabricado, sin hacerlo por eso del todo impropio para el uso al que se lo destina. Cuando únicamente los ricos poseían relojes, casi todos eran excelentes. Ahora ya no se hacen más que relojes mediocres, pero todo el mundo tiene uno. Así, la democracia no solo dirige el espíritu humano hacia las artes útiles, sino que lleva a los artesanos a hacer rápidamente muchas cosas imperfectas, y al consumidor, a contentarse con ellas.
No es que en las democracias el arte no pueda, llegado el caso, producir maravillas; esto sucede a veces, cuando se presentan compradores dispuestos a pagar el tiempo y el esfuerzo. En esta lucha entre las industrias, en medio de tan inmensa competencia y de tantos ensayos, se forman obreros excelentes que llegan a los últimos límites de su profesión; pero rara vez tienen ocasión de demostrar lo que saben; economizan cuidadosamente sus esfuerzos para mantenerse hábilmente en un calculado nivel intermedio y pudiendo llegar más allá del fin que se proponen, no persiguen más que el que logran. Por el contrario, en las aristocracias los obreros ponen siempre todo lo que saben y cuando se detienen, es que han llegado al límite de su ciencia.
Cuando llego a un país y observo en las artes productos admirables, no me hago por eso ninguna idea respecto al estado social y a la constitución política del país. Pero si percibo que los productos de las artes son por lo general imperfectos, numerosos y baratos; estoy seguro de que en el pueblo donde tal cosa ocurre los privilegios se debilitan y las clases sociales empiezan a mezclarse para confundirse pronto.
Los artesanos que viven en tiempos de democracia no solo tratan de poner al alcance de todos los ciudadanos sus productos útiles, sino que se esfuerzan por dar a todos sus productos atractivos que aquellos no tienen.
En la confusión de todas las clases, cada cual espera poder parecer lo que no es, y realiza grandes esfuerzos por conseguirlo. La democracia no engendra ese sentimiento, que es natural en el hombre, sino que lo aplica a las cosas materiales. La hipocresía se da en todo tiempo; la del lujo pertenece especialmente a los tiempos democráticos.
Para satisfacer estas nuevas necesidades de la vanidad humana, no hay impostura a la que no recurra la industria. A veces llega tan lejos en ese sentido, que se perjudica a sí misma. Ya se ha conseguido imitar tan perfectamente el diamante, que es fácil engañarse. En cuanto se invente el arte de fabricar diamantes falsos de manera que no se puedan distinguir de los verdaderos, probablemente se dejarán de lado unos y otros, se convertirán todos en meras piedras.
Esto me lleva a hablar de esas artes a las que se da el nombre, por excelencia, de bellas artes.
No creo que sea un efecto necesario del estado social democrático y de sus instituciones disminuir el número de hombres que cultivan las bellas artes, pero esas causas influyen poderosamente en la manera de practicarlas. Dado que la mayoría de los aficionados a las bellas artes se van empobreciendo, y que, por otra parte, muchos de aquellos que aún no son ricos empiezan por imitación a aficionarse a ellas, la cantidad de consumidores en general aumenta, a la vez que los ricos y refinados se hacen cada vez más raros. Ocurre entonces en las bellas artes algo análogo a lo que mostré al hablar de las artes útiles: se multiplican las obras y disminuye el mérito de cada una de ellas.
No pudiendo aspirar a lo grande, se busca lo elegante y lo bonito, interesándose menos por la realidad del objeto que por su apariencia.
En las aristocracias se hacen algunos grandes cuadros y en los países democráticos multitud de pequeñas pinturas. En las primeras se levantan estatuas de bronce y en los segundos se vacían estatuas de yeso.
Cuando llegué por primera vez a Nueva York por las aguas del océano Atlántico que llaman la ría del Este, me quedé sorprendido al divisar, a lo largo de la ribera y a cierta distancia de la ciudad, buen número de palacetes de mármol blanco, muchos de ellos de estilo antiguo. Al día siguiente, cuando fui a contemplar de cerca uno que me había llamado la atención en particular, encontré que sus muros eran de ladrillo encalado y sus columnas de madera pintada. Otro tanto sucedía con todos los monumentos que había admirado la víspera.
El estado social democrático y sus instituciones conllevan, además, en todas las artes de imitación, ciertas tendencias particulares que es fácil señalar. A menudo las desvían de la pintura que se interesa por los estados del alma, para circunscribirlas a los estados del cuerpo; la representación de los movimientos y de las sensaciones viene a sustituir a la de los sentimientos y las ideas: en lugar de lo ideal, pintan, en fin, lo real.
Dudo que Rafael hiciera un estudio tan profundo de los menores detalles del cuerpo humano como los dibujantes de nuestros días. Rafael no concedía tanta importancia como ellos a una rigurosa exactitud en este punto, pues pretendía superar la naturaleza. Quería hacer del hombre algo que fuese superior al hombre; trataba de embellecer la misma belleza.
Por el contrario, David y sus discípulos eran tan buenos anatomistas como buenos pintores. Reproducían maravillosamente bien los modelos que tenían ante sus ojos pero era raro que imaginasen nada; copiaban exactamente la naturaleza, mientras que Rafael quería mejorarla; aquellos nos han legado una pintura exacta del hombre, pero Rafael nos ha hecho entrever la Divinidad en sus obras.
Puede aplicarse a la elección misma del tema por pintar, cuanto he dicho sobre el modo de tratarlo. Los pintores del Renacimiento buscaban temas que los superaran, o lejanos de su tiempo, grandes temas que abrieran un gran campo a su imaginación. Nuestros pintores a menudo ponen su talento en reproducir exactamente los detalles de la vida privada que tienen constantemente ante sus ojos, copian pequeños objetos que ya abundan de por si en la naturaleza2.
1. FISONOMÍA DEL SENTIDO
El concepto de valor ocupa un lugar central en la reflexión semiótica, por un doble titulo: a título de la circulación del valor entre los diferentes actantes; a título del análisis del valor, o según una denominación reflexiva, del valor del valor. La obra célebre de A. de Tocqueville La democracia en América reúne estos dos aspectos. Como la práctica semiótica actual trata de corpus restringidos y con la suposición de que la coherencia tiene por manifestante la redundancia, hemos elegido como corpus de análisis el capítulo XI del segundo libro titulado «Con qué mentalidad los americanos cultivan las artes».
La intensidad y la extensidad se presentan como dimensiones graduables, abiertas, orientables y reversibles. La dimensión de la intensidad tiene por funtivos básicos la tensión [fuerte vs débil], mientras que la dimensión de la extensidad tiene por funtivos básicos la tensión [concentrado vs difundido]. La estructura lingüística más próxima es la del acento rítmico que opone una magnitud acentuada a un número variable de magnitudes inacentuadas. La proyección de esas dos dimensiones la una sobre la otra produce dos intersecciones importantes: [fuerte + concentrado] y [débil + difundido], que aceptamos como las definiciones respectivas del estallido [destello, brillo, según los textos] y la vacuidad. Desde el punto de vista semiótico, las definiciones de las magnitudes propiamente semióticas tienen por contenido una complejidad situada, es decir, una región particular del espacio tensivo. Pero esta definición de la definición es equívoca ya que se define a la vez como una «división», que es la posición de Hjelmslev en los Prolegómenos, y como una «complejidad», como un encaje de dimensiones. Resulta fácil adelantar una representación gráfica de esas tensiones elementales:

El lector de La democracia en América no tiene la menor dificultad en reconocer que Tocqueville asigna a la aristocracia el área del destello y a la democracia el área de la vacuidad. Dos frases tomadas del capítulo escogido lo dicen expresamente: «Cuando solo los ricos usaban reloj, estos eran casi todos excelentes. Ahora solo se hacen relojes mediocres, pero todo el mundo los tiene».

El mismo razonamiento vale para las «bellas artes»: «[Los artistas] multiplican sus obras y disminuyen el mérito de cada una de ellas».
Esta aplicación suscita dos cuestiones espinosas: la del metalenguaje y la de la necesidad. Sobre el primer punto, resulta que la distancia entre el lenguaje-objeto y el metalenguaje es, probablemente para los grandes textos, mucho menor de lo que se supone, y la fuerza persuasiva de esos enunciados reconocidos [como grandes textos] se explica, en parte al menos, por esa intimidad [entre lenguaje-objeto y metalenguaje]. Acerca del segundo punto, cómo desprenderse del sentimiento de que el producto de las valencias intensiva y extensiva esboza un principio de constancia, a saber, que los productos de la multiplicación mental, en el caso de la excelencia, por un número restringido de poseedores; en el caso de la mediocridad, por un número considerado como exhaustivo de poseedores, esos dos productos tenderían, no obstante la heterogeneidad del multiplicando y del multiplicador, hacia la igualdad.
Por vía de consecuencia, el valor se convierte para Tocqueville en un asunto de cociente, es decir, de división mental de la valencia intensiva del grado de «excelencia» de los relojes por la valencia extensiva del número de propietarios de reloj. En esa formulación directa es fácil reconocer el pesimismo personal latente de Tocqueville, si se concibe el pesimismo como la potencialización y luego la proyección de una decepción no superada. En segundo lugar, ese dispositivo radicalmente simple es una estructura semiótica desde el momento en que se define esta última por el concurso de los tres elementos siguientes: la categoría, el paradigma y la rección. Según Hjelmslev: «Es fácil ver […] que estas tres nociones [la categoría, el paradigma y la rección] se condicionan mutuamente. La categoría es un paradigma dotado de una función definida, reconocida la mayor parte del tiempo por un hecho de rección»3.
La intensidad y la extensidad, en virtud de la gradualidad y de la progresividad que encierran, son evidentemente paradigmas; son categorías puesto que ocupan un lugar en la cadena; según el caso, un lugar de dividendo, o un lugar de divisor. En fin, para Tocqueville, la intensidad, el grado de «excelencia» de los relojes, es la categoría regente; la extensidad, el número variable de poseedores de relojes, la categoría regida. Dos interpretaciones pueden ser propuestas para este ejercicio: (i) una interpretación entimémica que tiene por base un «si… entonces», aceptada por la doxa; (ii) una interpretación mimética, balzaciana, donde las magnitudes poseídas y proclamadas por los sujetos les sirven de «espejos». A este requisito inflexible, Tocqueville le da el nombre de «necesidad».
Queda por explicar la cuestión del contenido operador de la rección, es decir, de eso que pasa entre un regente y un regido. Tomamos a nuestra cuenta la propuesta siguiente de Valéry: «Se trata de encontrar la construcción (oculta) que identifica un mecanismo de producción con una percepción dada»4.
Bajo esta premisa, es posible suponer un «mecanismo de producción» que la catálisis de la cantidad hace en parte posible, ya que se presenta, según el punto de vista adoptado, como una división o como una multiplicación elemental. El mérito del espacio tensivo, aunque no nos corresponde a nosotros decirlo, no reside en el hecho de que acoge no tanto términos sustanciales, sino más bien productos y cocientes, es decir, –por reciprocidad– términos complejos por una razón o por otra. Así, los términos requeridos, sobre los que se apoya el análisis de los enunciados, pertenecen ya a la semiosis, puesto que, en el plano de la expresión, se presentan como «intersecciones» de dimensiones, y en el plano del contenido, como «operaciones» identificables.
Esa estructura fundamental define el quid del texto. Ella convoca las categorías más abstractas que podamos concebir: la medida y el número según un doble arreglo que la razón doxal puede aceptar. Lo que es «fuerte» lo es por el hecho de su restricción, de su contención; lo que es «débil» lo es en virtud de su extensión, de su extensidad. Dicha estructura propone una «dirección», un horizonte; pero, a partir de ese impulso, tiene que construir un mundo, o mejor dicho, dos: el del destello aristocrático, y luego, por cambio de giro de los componentes de esa posibilidad, el de la vacuidad democrática, pues esa es la doble mira del hacer persuasivo, según Tocqueville.
2. LA SEMÁNTICA
Inclusive si a la larga la distinción entre la semántica y la sintaxis, entre los términos y las operaciones no es sostenible, resulta cómodo y es corriente distinguirlos, puesto que esa distinción proporciona por lo menos un orden de presentación. La semántica tensiva tiene por tarea identificar, por una parte, las sub-valencias intensivas del tempo y de la tonicidad; por otra parte, las sub-valencias extensivas de tiempo y de espacio tratadas por el discurso escogido.
2.1 El tempo
Colocamos el tempo en el primer rango en la medida en que toda magnitud cognitiva o afectiva está –¿cómo decirlo?– bajo su condición. Valéry ve en él un «factor de existencia»5. Sobre este primer punto, el análisis de Tocqueville es categórico:
E incluso cuando la industria es libre, la inmovilidad natural de las naciones aristocráticas hace que todos aquellos que se ocupan de un mismo arte terminen por formar una clase distinta, compuesta siempre por las mismas familias, cuyos miembros se conocen todos y donde nace pronto una opinión pública y un orgullo de cuerpo.
Esta opción es solidaria con una morfología que interesa ya a la sintaxis extensiva, aquella que opera por selecciones y por mezclas. «Los que se ocupan de un mismo arte» forman una «clase distinta», que presenta dos características: (i) la continuidad temporal en la que se puede apreciar una imperfectividad aspectual; (ii) un cierre desde el punto de vista extensivo, aquel que trata del número de la clase considerada y que escinde la masa de sujetos en dos grupos opuestos: los próximos, que forman una familia o una casi familia: «se conocen todos», y los otros, que se convierten en extraños, de acuerdo con una tendencia a la polarización que conviene describir. Los próximos manifiestan, según Tocqueville, un «orgullo de cuerpo». Según el Petit Robert, el «cuerpo» comporta el rasgo de solidaridad, lo cual nos permite proyectar la matriz* siguiente:

La determinación del tempo compromete la andadura semiótica, la cual consiste, desde nuestro punto de vista, en el comercio de la medida y del número, pues de lo que se trata es de formular la relación entre una gradación intensiva y una partición extensiva: ¿cómo pasar de una a otra? Lo que la matriz muestra, es decir, la organización matricial, es que es necesario disponer: (i) para la intensidad, de un par de superlativos debidamente establecidos: los super-contrarios; (ii) para la extensidad, de una composición de operaciones. En el caso que nos ocupa, suponemos primero la selección de una mezcla que en una nación hace aparecer un «mundo aparte»; luego, la selección de una selección, que separa ese «mundo aparte» en «familias»; después, la mezcla de una selección, que mezcla esas «familias» y que desemboca en el hecho de que «ellos [los miembros de esas familias] se conocen todos» y que son solidarios los unos con los otros. El ser y el hacer ordinarios de los grupos sociales es justificable desde el punto de vista tensivo:

La «inmovilidad natural de las naciones aristocráticas» se representa con una matriz simple:

Esta sub-valencia particular de tempo, propia de la aristocracia, se transmite al conjunto del cuerpo social. La lentitud extrema es regente, por tanto modal, y con ese título impregna a los actantes y las operaciones que les son confiadas. La prevalencia otorgada a la lentitud termina en cierta naturalización. La naturaleza lenta y reproductiva es para algunos, y no los menos, capaz de una actividad estética que a sus ojos está más allá del hacer humano: la naturaleza parece que juega con las formas, con las materias y colores para producir «obras maestras». En segundo lugar, si tenemos en cuenta la distinción entre las actividades y los procesos propuesta por Cassirer en Filosofía de las formas simbólicas:
Y en este último caso, encontramos de nuevo dos formas diferentes de organización lingüística según que la expresión verbal sea captada como expresión de un processus o como expresión de una actividad, según que esté comprendida en el curso objetivo de los acontecimientos o que el sujeto agente y su energía sean valorizadas y ocupen una posición central6.
Diríamos que la naturaleza, en virtud de una concesión intrigante, nos proporciona con frecuencia el sentimiento de que se entrega a una actividad, en la exacta medida en que, por su parte, los sujetos son con frecuencia menos los agentes que los asistentes, que los testigos de un proceso.
Tal lentitud no es adverbial, no es un complemento circunstancial, sino la condición de la excelencia: «[…] el interés del “cuerpo” consiste en que cada artesano produzca “obras maestras”». Esta mira se opone a la de las naciones democráticas, las cuales, bajo ese mismo aspecto, aprecian la rapidez: «la mira de las artes [en las naciones aristocráticas] es la de hacer lo mejor posible, y no lo más rápido ni al mejor precio». El último segmento concierne a una distinción coextensiva al texto de Tocqueville, a saber, a la distinción entre los valores de absoluto, destellantes y reservados, y los valores de universo, mediocres y accesibles a todo sujeto que desea poseerlos: «[…] el obrero considera que ahora tiene un medio más expeditivo para enriquecerse ya que puede vender [sus productos] a todos». El precio es la mediación entre el grado de excelencia en el orden de la intensidad y el tiempo empleado para fabricarlos, en el orden de la extensidad. Sea un sistema simple:

Esta distinción concierne tanto a los sujetos como a los objetos que comparten la misma identidad estructural:
En los países donde la riqueza, como el poder, se encuentra concentrada en algunas pocas manos y no sale de ahí, el uso de la mayor parte de los bienes de este mundo pertenece a un pequeño número de individuos, siempre el mismo; la necesidad, la opinión, la moderación de los deseos descartan a todos los demás.
2.2 La tonicidad
La tonicidad tiene por manifestante la relación de los sujetos y de los objetos con la «perfección». Desde el punto de vista paradigmático, la «perfección» es la superlatividad misma, pues para el Petit Robert es «perfecto» aquello que «está en el punto más alto de la escala de valores». Desde el punto de vista sintagmático, la «perfección» implica la perfectividad aspectual, lo culminado. Desde el punto de vista semiótico, la «perfección» se define por la permanencia: «[la clase aristocrática] experimenta siempre las mismas necesidades y las siente de la misma manera». A los ojos de Tocqueville, existe una cierta concordancia entre ese «gusto de la perfección» y el régimen aristocrático, de parte, sin duda, de los miembros de la clase superior; pero igualmente de parte de los miembros de la clase inferior, los campesinos: «Sucede con frecuencia que, en los pueblos [aristocráticos], el campesino mismo prefiere privarse por completo de objetos que desea, antes que comprarlos imperfectos». El autor de La democracia en América no se detiene ahí. Para saturar su demostración, se empeña en mostrar cómo los ciudadanos de un régimen democrático se avienen a contentarse con «cosas imperfectas». Mientras que «la clase aristocrática se mantiene inmóvil en el punto de grandeza en el que se ha instalado», el régimen democrático se caracteriza por la permanencia… del cambio. Los ciudadanos «cuyo patrimonio se divide y decrece» conservan el gusto por los bienes que no pueden ya conseguir, y su deseo se orienta pronto hacia bienes que están a su alcance. O bien: su deseo crece más rápido que la posibilidad de satisfacerlo. Así, sea por potencialización o por actualización, al no poder adquirir un objeto perfecto, se avienen a ajustar sus deseos a sus recursos. En pocas palabras, sea que se empobrezcan, o que se enriquezcan, los ciudadanos de una sociedad democrática no están en condiciones de conjuntarse con la «perfección» debido a los incesantes cambios que les sobrevienen. Los obreros descifran tal vez con más rapidez el cambio de la estructura tensiva que se ha producido:
[El obrero] se esfuerza en inventar procedimientos que le permitan trabajar no solamente mejor, sino más rápidamente y con menos gasto, y, si no puede lograrlo, rebajar las cualidades intrínsecas del objeto sin hacerlo completamente impropio para el uso al que está destinado.
La doble dependencia de la «perfección» respecto del tempo y del número, que es una de las constantes de este capítulo de La democracia en América, resulta fácil de proyectar gráficamente:

2.3 La temporalidad
La reverencia respecto de la lentitud del tempo es el hecho tanto de los productores de los bienes como de los consumidores que participan de la misma mirada acerca de la «perfección»: los primeros como los segundos miden en su justo valor ese dato que el tempo ralentizado del hacer autoriza. Tienen todos «el gusto por lo que está bien hecho y es muy durable». En materia de temporalidad, formulamos la hipótesis de que la estructura más simple, y la más probable, opone la brevedad a la longevidad, oposición que conviene a la inteligencia de este capítulo de La democracia en América, ya que, como ya lo hemos dicho, la «clase aristocrática permanece inmóvil en el punto de grandeza en el que está instalada, sin estrecharse ni extenderse». La matriz de la temporalidad semiótica se presenta así:

En razón del primado de la complejidad, todos los términos son complejos y… concesivos. El apego de la aristocracia a la longevidad es, para Tocqueville, de resistencia, puesto que el devenir histórico, irrecusable a sus ojos, se confunde con la igualación progresiva de las condiciones: «Cuando se recorren las páginas de la historia, no se encuentran, por decirlo así, grandes acontecimientos que después de setecientos años no hayan resultado en beneficio de la igualdad»7. Tocqueville presenta la marcha hacia la democracia como irresistible e ineluctable:
El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es un hecho providencial, pues tiene los principales caracteres de eso: es universal, es durable, escapa cada día al poder humano; todos los acontecimientos, como todos los hombres, sirven a su desarrollo.
En esas condiciones, el hacer aristocrático evocado adquiere un giro concesivo, puesto que esa tematización del devenir histórico sobre una duración de setecientos años se inscribe en la propuesta concesiva: a pesar de que la historia se confunde con el progreso de la democracia, la «clase aristocrática permanece inmóvil», es decir, resiste. Consultado el diccionario, admitimos que esa duración es del orden de la perseverancia, la cual no deja de tener mérito, ya que «perseverar» es «continuar haciendo, continuar siendo lo que se ha resuelto ser por un acto de voluntad renovado».
2.4 La espacialidad
En razón del tema abordado, la espacialidad en este capítulo no es figurativa sino figural: es del orden de la visión y no de la vista. Las dimensiones extensivas, el tiempo y el espacio, al estar regidas por las dimensiones intensivas, el tempo y la tonicidad, la temporalidad y la espacialidad deben concordar con la lentitud y el destello. En cuanto a la alternancia propia de la espacialidad, que remite según nuestro punto de vista a la pareja [abierto vs cerrado], es claro que lo /cerrado/ está en concordancia con las sub-valencias intensivas mencionadas. En el mundo aristocrático, una clase social, sea superior o inferior, tiende a formar un «mundo aparte», un «cuerpo» que tiene por base modal un «orgullo de cuerpo». La matriz de la espacialidad semiótica alinea:

El espacio en una sociedad democrática manifiesta lo /abierto/: «[…] cada profesión está abierta a todos, […] la multitud entra allí y sale sin cesar». Según Tocqueville, la clausura y la estrechez que de ello resulta son la condición de la buena percepción del otro y de la simpatía por el otro. En una sociedad democrática, los «diferentes miembros se convierten en extraños, indiferentes y casi invisibles los unos a los otros, a causa de su multitud». El hacer societal tiene por alternancia una transitividad altruista y una reflexividad egoísta: «cada obrero [es] reducido a sí mismo». La correlación entre la espacialidad y la sociabilidad se presenta como aparece en el diagrama que sigue:

2.5 Balance
El balance de nuestra investigación sobre las cuatro clases de sub-valencias intensivas y extensivas se presenta así:

3. LA SINTAXIS
La sintaxis tensiva es más complicada que la semántica porque su número es más elevado. La semántica tensiva distingue una semántica intensiva y una semántica extensiva. La sintaxis conoce esa misma distinción, pero añade una tercera sintaxis: la sintaxis juntiva. La sintaxis intensiva procede por aumentos y disminuciones; la sintaxis extensiva, por mezclas y selecciones; la sintaxis juntiva, por implicación y por concesión.
3.1 La sintaxis intensiva
Como su nombre lo indica, la sintaxis intensiva se ocupa de la intensidad. Esta sintaxis está particularmente bien concertada con el pensamiento de Tocqueville, obsesionado con la declinación inexorable del mundo aristocrático y con la expansión del modelo democrático. Decir que la sintaxis intensiva tiene por objetos aumentos y disminuciones no es más que una aproximación. Como todo objeto es complejo, la sintaxis intensiva trata de la composición de dos operaciones; lo cual da «sobre el papel» cuatro posibilidades: [aumento + aumento], [aumento + disminución], [disminución + aumento], [disminución + disminución]. Simplemente: más… más; más… menos; menos… más; menos… menos. Si una de esas posibilidades es recurrente, admitiremos que estamos en presencia de un estilo sintáctico. Lo que hemos llamado la estructura fundamental provista de su equivalente gráfico combina dos procesos: uno relativo al advenir del valor desde el punto de vista del enunciador; el segundo relativo a la transformación del sistema social. Sea:

A esta representación gráfica corresponde el enunciado operativo siguiente: el decrecimiento del valor es solidario de la declinación de la aristocracia y solidario de la ascensión de la democracia.
El pasaje siguiente relaciona uno con otros dos crecimientos que se efectúan a velocidades diferentes:
Por una parte, se ve siempre en las democracias un gran número de hombres cuya fortuna crece, pero cuyos deseos crecen mucho más rápidamente que la fortuna, y que devoran con los ojos los bienes que ella les promete, mucho antes de que se los entregue. Y ellos buscan por todos lados los caminos más cortos a fin de alcanzar esas satisfacciones cercanas.
3.2 La sintaxis extensiva
La sintaxis extensiva trata de la extensidad, es decir, de las variaciones de densidad del campo de presencia. Para eso, procede por selecciones y por mezclas. La pertinencia de la eficiencia de esta sintaxis para la comprensión del discurso tocquevilliano es lograda de inmediato, puesto que el régimen aristocrático tiene por resorte tanto diacrónico como sincrónico la perpetuación de una severa operación de selección. Si recurrimos a la terminología de Hjelmslev, el mundo aristocrático actualiza el «o… o…» y virtualiza el «y… y…».
Regidas por las dimensiones intensivas, el tempo y la tonicidad, las dimensiones extensivas tienen dos funciones: (i) cumplen el oficio de plano de la expresión de las dimensiones intensivas; (ii) cumplen la función de condiciones estableciendo un «si…, entonces…» perentorio para un proceder argumentativo clásico. Con estas precisiones, podemos comprender que Tocqueville escriba: «Cuando […] cada profesión está abierta a todos, […] la muchedumbre entra y sale de ella sin cesar». El paso de lo /cerrado/ a lo /abierto/ es, primero, solidario de la sustitución de la selección por la mezcla, solidario después con la producción masiva de objetos imperfectos:
De la perfección de sus trabajos depende principalmente la ganancia que ellos [los obreros en una nación aristocrática] esperan.
No es lo mismo cuando todos los privilegios han sido destruidos, cuando los rangos se mezclan y cuando todos los hombres bajan y se elevan sin cesar en la escala social.
Lo que gráficamente da por resultado:

3.3 La sintaxis juntiva
La sintaxis juntiva procede, según el caso, por implicación o concesión. Este escalón sintáctico se nos ha impuesto para dar cuenta de esa magnitud capital para el discurso: el evento.
Diremos, en pocas palabras, que el evento en el plano del contenido tiene por plano de la expresión la sorpresa y por manifestante discursiva preferencial la exclamación, que Fontanier describe así: «La Exclamación tiene lugar cuando uno abandona de golpe el discurso ordinario para dejarse llevar por los ímpetus de un sentimiento vivo y súbito del alma»8. Hemos establecido en otra parte la dependencia del evento respecto de la concesión9 y su acoplamiento con el ejercicio, lo cual nos permite producir el gráfico siguiente:

La sintaxis juntiva tiene por objetos las correlaciones establecidas por la sintaxis intensiva y por la sintaxis extensiva. En el primer caso, si dos aumentos son correlacionados conjuntamente por una implicación admitida, la sintaxis juntiva, si es que interviene, intervendrá colocando la implicativa causal en la proposición subordinada concesiva y ubicará la disminución así descubierta en la proposición principal. Lo mismo sucederá a propósito de la sintaxis extensiva, que actúa sobre las selecciones y las mezclas.
Eso no es todo. En el capítulo de la obra de Tocqueville que hemos elegido y que trata de la relación entre la «perfección» de los objetos y el régimen social, observamos la paradoja siguiente: si adoptamos como clave interrogativa la relación entre el hacer y el ser, podemos decir que sin hacer nada, contentándose «con ser [con seguir estando] en el punto de grandeza en el que se halla instalada», la aristocracia permanece conjunta con el valor. La relación de la burguesía con el valor es simétrica e inversa: la burguesía es activa, emprendedora e industriosa, y sin embargo su relación con el valor es menos estrecha, pues se contenta con «objetos imperfectos». El «no-hacer-nada» aristocrático es afirmativo, mientras que el «saber-hacer» y el «quererhacer» democrático son deceptivos. De acuerdo con la sintaxis juntiva, el tratamiento del valor está sujeto en este capítulo a una doble concesión.
4. OTRAS DIRECCIONES DE SENTIDO
La problemática del valor, de la «perfección» de los artefactos, según Tocqueville, concierne a lo que se ha convenido en llamar la dimensión estética.
4.1 La estética
En este capítulo, la estética es tres veces dependiente. Desde el punto de vista social, supone una clase afortunada, una clase «que no calcule» y que esté en capacidad de remunerar tanto la duración del trabajo empleado por los artesanos altamente calificados como la «nobleza» de los materiales empleados: «En las aristocracias, los obreros no trabajan más que para un número limitado de compradores, muy difíciles de complacer; de la perfección de su trabajo depende principalmente la ganancia que esperan»10. En segundo lugar, la capa estética a Tocqueville es tributaria de la duración, o más exactamente, de la permanencia y de la reproducción, que son la forma misma del régimen aristocrático: «Los hombres que la componen [la clase aristocrática] obtienen naturalmente de su posición superior y hereditaria el gusto de lo que está bien hecho y es muy duradero». En ese pasaje, la textura discursiva es fuertemente implicativa.
En último lugar, la estética está en la dependencia de la sintaxis extensiva. Tocqueville considera la estética bajo la relación de la selección y de la mezcla de lo «bello» y de lo «útil». Sabemos que la aristocracia es a la vez el agente y el paciente de una incansable operación de selección: exige selección y proscribe la mezcla; pero «ellas [las naciones democráticas] prefieren habitualmente lo útil». El pecado de las naciones democráticas es, pues, doble: preconizar la mezcla de lo «bello» y de lo «útil» y preferir esto a aquello.
En la última parte del capítulo, Tocqueville somete a proceso el arte contemporáneo comparándolo con el arte renacentista. El criterio que adopta es el de la distancia que existe entre la obra y el enunciador. En virtud de ese criterio, podemos descubrir dos paradigmas bien surtidos:
| próximo[arte contemporáneo]↓ | lejano[arte renacentista]↓ |
| el cuerpo los movimientos las sensaciones la naturaleza lo real el hombre pequeños objetos de la vida privada | el alma los sentimientos las ideas más allá de la naturaleza lo ideal la divinidad grandes temas que solicitan la imaginación |
El análisis de Tocqueville depende de una semiosis que tiene por plano de la expresión la distancia respecto al enunciador; y por plano del contenido una operación de selección que forma la base continua de este capítulo. Desde el punto de vista tensivo, nosotros establecemos la proyección siguiente:

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