Читать книгу: «Cartas I. Cartas a Ático (cartas 1-161D)»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 223

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ ANTONIO CORREA RODRÍGUEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1996.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO319
ISBN 9788424932480.
INTRODUCCIÓN
Los dieciséis libros de Cartas a Ático contienen casi el cincuenta por ciento de la correspondencia ciceroniana conservada que, si se suman las respuestas de otras personas (algo más de setenta), alcanza la cifra total de novecientas treinta y una cartas. Son, junto con las dirigidas a su hermano Quinto, las más «privadas» del corpus , tanto en el contenido (Cicerón se expresa muchas veces con gran espontaneidad dejando traslucir sus sentimientos más íntimos o sus opiniones más discutibles) como en la forma: utiliza el sermo cotidianus de las clases cultas de su tiempo, no cuida esa cadencia rítmica de las cláusulas que tan cuidadosamente elabora en buena parte de sus obras (sin excluir no pocas de las cartas dirigidas a muchos destinatarios), concede amplio espacio a la lengua griega (no ya en citas y frases, sino en la redacción de pasajes enteros como recurso —por cierto muy significativo desde el punto de vista cultural —para ocultar a indiscretas lecturas de los mensajeros cuestiones especialmente delicadas).
En ellas Marco Tulio «conversa» abierta y libremente con el que tiene por su mejor amigo (y sabido es el valor que daba a esta palabra quien incluso fue autor de un tratado Sobre la amistad): a él le confía, comenta y consulta todo tipo de cuestiones, políticas desde luego (lo cual nos permite tener la visión directa, por muy deformada que esté a veces debido al subjetivismo del autor, de uno de los principales protagonistas de aquellos decisivos años), pero también sociales y personales. A la vez las cartas esporádicamente intercaladas de sus corresponsales permiten conocer otros puntos de vista y otras formas de expresarse.
La lectura detenida de estas páginas, que abarcan cronológicamente veinticinco años decisivos en la historia de Occidente —desde noviembre del 68 (1, 5, la primera de todas las ciceronianas conservadas 1 ) hasta noviembre del 44—, proporciona un excelente puesto de observación para contemplar el ajetreo cotidiano de personas e instituciones que integran (o quizá mejor desintegran) una sociedad en crisis. Crisis decisiva, que daría paso al régimen destinado a proporcionar al mundo occidental, junto con una paz duradera, una fisonomía propia. Por otra parte, y aunque una traducción no es el instrumento más adecuado para ello, puede también permitir al menos un atisbo del estilo epistolar de Cicerón, interpretación personal del corriente en un género como éste, sometido desde siempre a tantas reglas y convenciones.
Para entender con la debida perspectiva el complejo mundo personal, social, económico, político en que se insertan estas cartas, parece necesario un breve bosquejo cuando menos de las personas y de los tiempos (el detalle queda confiado a las notas a pie de página, donde he intentado recoger de la forma más sucinta posible lo indispensable para no perderse). Por ello, como primera providencia, procederemos a ofrecer un brevísimo perfil biográfico de los protagonistas más destacados, teniendo en cuenta que el género epistolar está esencialmente ligado al individuo.
Marco Tulio Cicerón
Como en la Introducción general que abre el volumen 139 de esta misma colección 2 , ya ha aparecido una biografía suficientemente detallada del protagonista principal y al final de la que ahora nos ocupa irá un cuadro cronológico del periodo que abarcan las cartas a Ático, me voy a limitar aquí a un breve bosquejo, casi telegráfico, de los datos más destacados: nació Marco Tulio Cicerón el 3 de enero del 106 antes de Cristo en Arpino (localidad del Lacio distante de Roma unos veinticuatro kilómetros), en el seno de una familia de caballeros, relativamente acomodada; murió, asesinado por orden de Marco Antonio, el 7 de diciembre del 43 antes de Cristo, después de haber desempeñado todos los cargos de la carrera política (por primera vez en su familia, gracias a lo cual se convertía en homo nouus ) con la edad mínima exigida: cuestura a los treinta, el 75 (permaneciendo un año en Sicilia); edilidad a los treinta y seis, el 69; pretura a los treinta y nueve, el 66, y consulado a los cuarenta y dos, el 63. Fue asimismo gobernador de Cilicia (bastante a regañadientes 3 ) entre el 51 y el 50 4 (su primer cargo oficial después del consulado) y augur (año 53).
Esta actividad pública, no todo lo constante que él hubiera deseado, no le impidió dejar una obra literaria en prosa de singular envergadura (también intentó el verso, incluso en griego, pero lo poco que conocemos es de calidad bastante inferior, aunque no falto de evidente pulcritud). Las citas, referencias a autores y obras (sobre todo griegos), críticas y comentarios, abundan en la correspondencia y a ellos hemos dedicado uno de los índices que cierran el trabajo.
Respecto a su formación, se desarrolló primero en Roma y posteriormente (años 79 a 77) en Atenas (donde estrecharía lazos con Ático, del que más adelante hablaremos), Esmirna y Rodas, bajo la supervisión de los oradores más destacados de su época, Marco Antonio (abuelo del que lo haría asesinar), que había sido cónsul en el 99 (y censor en el 97), y Lucio Licinio Craso (cónsul en el 95 junto con Quinto Mucio Escévola «el Pontífice», censor en el 92), ambos elogiados posteriormente por Cicerón, de manera especial en el Brutus y el De oratore ; de Quinto Mucio Escévola, «el Augur», y su primo Quinto Mucio Escévola, «el Pontífice», dos extraordinarios juristas; de los académicos Filón de Larisa y Antíoco de Ascalón, los estoicos Diodoto y Publio Rutilio Rufo, el erudito Demetrio de Magnesia, el filósofo e historiador Posidonio, el rétor Apolonio Molón de Rodas o el poeta Aulo Licinio Arquias. Con ellos Marco Tulio estableció las sólidas bases que, desarrolladas con el estudio y la reflexión continuada, lo llevarían a destacar en la vida intelectual y política de Roma.
Por lo que respecta a su situación material, sin ser un hombre especialmente rico por su familia, Cicerón parte de una posición desahogada. A lo largo de la correspondencia lo vemos preocupado por lo que constituía una constante en los hombres públicos, de su época y de otras muchas épocas: la acumulación de «signos externos»: casas de campo, fincas, obras de arte, libros… eso, unido a un elevado «tren de vida» diario, hacía que los gastos fuesen con frecuencia desorbitados y obligaba a contraer deudas no siempre fáciles de pagar con los intereses y en los plazos previstos: Cicerón no fue una excepción, sino todo lo contrario. Aparte de las propiedades familiares en Arpino, disponía de una mansión en el Palatino, que compró el año 62 por tres millones y medio de sestercios según él mismo dice en Ad fam . V 6, 2, una villa suburbana en Túsculo y otras residencias, todas cercanas al mar, en el Lacio (Formias, Ancio, Ástura) y Campania (Cumas, Puteoli, Pompeya); a ellas hay que añadir algún refugio en Anagnia (interior del Lacio) y Sinuesa (también del Lacio, pero en la costa) y una granja en Frusino (igualmente en el interior del Lacio).
Para sufragar tanto gasto contaba con las rentas que pudieran proporcionarle sus propiedades rústicas y urbanas (poseía, procedentes de la dote de su mujer, insulae —bloques de pisos— en el Aventino y el Argileto, barrios humildes de Roma, y otros bienes de distinto tipo en las ciudades antes mencionadas), así como el capital (fruto de préstamos con el correspondiente interés), las compensaciones de los beneficiados por su actividad judicial (aunque estaba legalmente prohibido cobrar estos servicios, nada impedía aceptar regalos y presentes de cualquier clase —de hecho, Cicerón solía acudir preferentemente a las personas pudientes que había defendido cuando tenía necesidad de algún préstamo—), un número considerable de herencias (en parte al menos procedentes también de sus beneficiados en el terreno judicial o político), cuya cifra global evalúa el propio Marco Tulio al final de su vida en más de veinte millones de sestercios 5 , o el fruto de su gobierno en Cilicia (dos millones doscientos mil sestercios).
A pesar de todo, podemos calificarlo de moderado en relación con el afán de acumular dinero y propiedades si lo comparamos con la mayoría de los políticos y hombres públicos de primer orden contemporáneos suyos 6 . La administración de los cargos que desempeñó se caracteriza por la prudencia en el gasto, e incluso el beneficio reseñado de su permanencia como gobernador en Cilicia es bastante modesto frente a las cantidades habitualmente recaudadas por otros políticos en similares condiciones.
Su familia
Apenas hay noticias acerca de su padre, que murió en noviembre del 68 según leemos en 2 (I 2), 2 (aun cuando se discute la validez del texto transmitido, dado, entre otras cosas, que Asconio Pediano, el comentarista de los discursos ciceronianos, señala como fecha de la muerte el año 64, durante la campaña electoral para el consulado 7 ). Conocemos el nombre de su madre, Helvia, «de buena familia y conducta elogiable» 8 . Están además su hermano Quinto, al que dedicaremos párrafo aparte; su mujer Terencia, perteneciente a una familia noble y rica 9 , con la cual estuvo casado más de treinta años, aunque terminaría repudiándola en otoño del 46 10 (la propia correspondencia con Ático recoge, a partir del 48, reproches de Cicerón sobre todo relativos a su comportamiento en cuestiones económicas, que durante muchos periodos debieron de estar casi exclusivamente en sus manos, y por lo general deja traslucir un carácter adusto y poco agradable) —de la segunda esposa, Publilia, su pupila, cuarenta y cinco años más joven que él, prácticamente no vale la pena mencionar más que la brevedad del matrimonio—; sus hijos Tulia y Marco y su sobrino Quinto, que tantos quebraderos de cabeza le causó especialmente en los últimos tiempos de su vida. Asimismo hay que citar, como persona muy allegada y especialmente cercana a Cicerón, a su liberto Marco Tulio Tirón, el cual, por cierto, pese a ser hombre de no muy buena salud, murió también a muy avanzada edad, después de haber publicado una vida de su patrón y buena parte de sus obras.
De la primogénita Tulia, la persona más tiernamente querida por su padre, según se deduce de múltiples detalles reflejados en la correspondencia durante su vida 11 , pero sobre todo tras su temprana muerte, sabemos que nació hacia el 79 12 y murió en febrero del 45, después de tener un hijo prematuro. Había contraído matrimonio tres veces: primero con Gayo Calpurnio Pisón Frugi (el compromiso data de finales del 67, cuando tenía trece años 13 ; la boda fue a los dieciséis); luego, muerto éste en el 57, con Furio Crásipes y, finalmente, tras divorciarse hacia el 51, con Publio Cornelio Dolabela, del cual también acabaría separándose. Durante los meses que siguieron a su muerte Cicerón aparece profundamente abatido y con una obsesión (que no llegaría a hacerse realidad): la de levantarle un santuario en un lugar ameno y con afluencia de público.
Marco Tulio hijo vino al mundo en el año 65, dos antes de que su padre desempeñara el consulado. Tenía catorce cuando lo acompañó a Cilicia durante el periodo en que Cicerón fue gobernador, lo cual le permitiría vivir de cerca los diversos avatares de una vida alejada de la patria en constante movimiento y llena de problemas tanto en lo militar como en lo civil. Tomó parte en la guerra entre César y Pompeyo como oficial de caballería del bando pompeyano, lo cual no fue óbice para que, después de la batalla de Farsalia, obtuviera el perdón del vencedor, al que incluso intentó acompañar, contra la opinión de su padre, a Hispania, aunque al final no lo hizo, marchando a Atenas 14 . En Atenas estudió con el peripatético Cratipo y alcanzó fama de… borrachín, si hacemos caso de Séneca el Rétor 15 , Plinio o Plutarco 16 , e irascible 17 . Más tarde estuvo al servicio de Marco Bruto. Según Apiano 18 , Octavio, «para defenderse de su traición de Cicerón [se entiende, el padre], lo designó de inmediato pontifex , poco después cónsul [en el año 30] 19 y luego procónsul de Siria» (entre el 29 y el 27 ó bien el 27 y el 25 antes de Cristo 20 ). Murió sin descencdencia.
Cicerón tuvo un solo hermano, Quinto, menor que él. Compartieron estudios y otros muchos avatares de la vida pública y privada; entre ellos hubo momentos de tensión, en los cuales mediaría más de una vez Ático (así se deduce, por ejemplo, de la correspondencia enviada a su amigo en la primera mitad del 47), con cuya hermana, Pomponia, Quinto había contraído matrimonio (las relaciones entre ambos cónyuges fueron en general considerablemente difíciles: la correspondencia hace frecuente mención de estas desavenencias y de las situaciones a veces tensas que provocaron entre los cuatro personajes: Cicerón y su hermano, Ático y la suya). Quinto desempeñó la pretura en el 67, fue gobernador de Asia entre el 61 y el 59, luchó en Galia junto a César y posteriormente acompañó a su hermano cuando éste tomó a su cargo el gobierno de Cilicia y durante la guerra civil. Como Marco, estaba en las listas de proscritos elaboradas por Antonio y murió, igualmente asesinado, junto con su hijo, poco antes que Marco. Su Commentariolum consulatus petitionis dirigido a éste en el 64 merece figurar por derecho propio entre los tratados de literatura isagógica; por otra parte, Marco comenta en Ad Quint. fratr . III 5, 7 su «hazaña» de escribir cuatro tragedias en dieciséis días.
Tito Pomponio Ático
En una época tan llena de figuras excepcionales, Tito Pomponio Ático ocupa un importante lugar, aun cuando hay que reconocer que su principal valor para nosotros es el haber sido amigo y sobre todo corresponsal de Cicerón. Esa amistad, por encima de posiciones ideológicas y actitudes personales (si bien es cierto que no hubo de someterse a la prueba de fuego de una militancia política, ni mucho menos de una participación activa en la vida pública, desde posiciones enfrentadas), se mantuvo de principio a fin, al menos por el lado de Cicerón, el que conocemos de forma directa. Hasta qué punto fue correspondida en todos los extremos es materia de discusión y especulaciones en las que, desgraciadamente, no podemos entrar ahora: en todo caso, ahí están las cartas, cuya lectura puede permitir a cada cual formarse una idea.
Ático (cuya biografía debida a Cornelio Nepote ha llegado hasta nosotros) pertenecía, como Cicerón, a una familia ecuestre. Nacido unos tres años antes que Marco Tulio, estuvo a su lado desde los periodos iniciales de instrucción. Perdió pronto a su padre, «hombre rico y aficionado a las letras como el que más» 21 , y no tardó en sufrir dificultades por motivos políticos, lo cual provocó su distanciamiento definitivo de la vida pública. Pero supo mantener el contacto con sus protagonistas, en un difícil pero eficaz equilibrio, que le permitiría salir airoso y por lo general beneficiado de todos los cambios que sufrió el estamento dirigente durante sus largos años de vida. Este carácter cauto y ecléctico hizo que no permitiera la difusión de sus cartas (sin duda conservadas por Cicerón) junto con las de su amigo si, como veremos luego, participó directamente en la publicación, de forma que tan sólo se conservan las alusiones y citas breves mencionadas en aquéllas.
Ático se percató pronto de que si quería quedar al margen de los graves peligros que corría un hombre rico e influyente empeñado en mantener su independencia política, tenía que ausentarse de Roma, aunque sin desligarse de ella, hasta asentar bien su posición. Por lo tanto, a partir de finales del 86, fijó su residencia en Atenas, donde permaneció, con cortos intervalos de estancia en la urbe, más de veinte años —lo cual, por cierto, le valió su cognomen de Atticus —. Vuelto a Roma, probablemente hacia enero del 64, el año anterior al consulado de Cicerón, en cuya campaña electoral debió de tomar parte, aun cuando es difícil determinar en qué medida, continuó haciendo frecuentes viajes a tierras helenas. Con respecto a los contendientes en la guerra civil (que le cogió casi sexagenario, lo cual le permitió no moverse de Roma 22 ), sus simpatías se inclinaban decididamente hacia Pompeyo, según cabe deducir de la correspondencia. Se mantuvo también muy próximo a Bruto, uno de los tiranicidas, tras el asesinato de César. Murió, suicidándose por padecer una enfermedad incurable, en el 32.
El objetivo predominante de su actuación parece haber sido alcanzar la independencia, para lo cual, si uno no estaba dispuesto a eclipsarse totalmente y vivir una vida sin notoriedad, el camino más seguro empezaba por adquirir una riqueza cuantiosa y maniobrable. En ello puso un gran empeño que se vio pronto recompensado; buscó inteligentemente la diversidad de fuentes: partiendo de una modesta herencia paterna de dos millones de sestercios (recuérdese que ésa fue, más o menos, la cantidad que Cicerón consiguió en su gobierno de Cilicia), vendió casi todo lo que había recibido de su familia y compró tierras en Epiro, región occidental de Grecia, rica sobre todo en ganados, que fue incrementando hasta convertirse en uno de los grandes terratenientes de la zona. Pero esto no hubiera bastado de no ser también un notable comerciante: entre sus actividades cabe señalar cosas tan dispares como la edición de libros (por ejemplo, los de Cicerón, que debieron de tener buena salida 23 ), aprovechando el elemento humano especializado que su propia afición le había proporcionado, o la explotación, en el mundo del espectáculo, de cuadrillas de gladiadores; pero sobre todo fue un excelente «banquero» o, mejor dicho, prestamista a buen interés. Vino a redondear y asegurar su fortuna alguna herencia, como la de su tío Quinto Cecilio, que le dejó unos diez millones de sestercios, al morir, en septiembre del 58.
Su epicureísmo, doctrina opuesta por principio a todo interés en la política activa, le permitía justificar su despego personal de los asuntos públicos. No obstante, las dotes que lo adornaban y su espíritu cultivado le dieron ocasión de entablar multitud de amistades en todos los grupos. Fue, al decir de Cornelio Nepote (y lo confirman ciertas referencias en la correspondencia), hombre generoso con sus amigos, tanto personas como pueblos 24 .
Desde febrero del 56, estuvo casado con Pilia, hija de Agripa, que murió en el 44. De ella tuvo una hija, Cecilia Ática 25 . Escribió un Liber Annalis (una especie de tabla cronológica de la historia universal y especialmente romana) y otras obras sobre historia, en particular genealogías de familias notables (los Junios a ruegos de Marco Bruto, los Marcelos a ruegos de Claudio Marcelo, los Fabios y los Emilios a ruegos de Fabio Máximo y Cornelio Escipión 26 ), perdidas en su totalidad; incluso hacía poemas, entre los cuales, además de pequeñas composiciones de cuatro o cinco versos sobre personajes importantes para colocarlas al pie de las respectivas figuras (la correspondencia las menciona al hablar de su Amalteo 27 ), se cuenta un libro, en griego, sobre el consulado de Cicerón 28 .
Puede verse en él, bajo varios aspectos, una especie de contrafigura de Marco Tulio: magnífico administrador el uno, bastante mediocre el otro, que pasó más de un momento de gran dificultad financiera; confesadamente epicúreo aquél, ecléctico, pero con especial rechazo del epicureísmo éste; apasionados ambos por la política, pero Ático como espectador, Cicerón como actor y con frecuencia víctima en el aspecto personal y material. Compartían, sin embargo, además de su pertenencia al mismo círculo social, multitud de amigos (independientemente del bando a que pertenecieran 29 ) y la pasión por el arte y la cultura, más «romana», aunque con muchos ingredientes helénicos en Cicerón, más decididamente griega en Ático.
Cuadro cronológico
Brevemente destacamos los acontecimientos más importantes relacionados con Cicerón y su entorno en los años que abarca la correspondencia con Ático 30 .
Año 68:
Cartas 1 (I 5) y 2 (I 6).
Cónsules: Lucio Cecilio Metelo y Quinto Marcio Rey.
Cicerón acaba de salir del cargo de edil curul. Muerte de su padre (?) y de su primo Lucio Tulio Cicerón. Asuntos de Acutilio y Tadio. Referencia a las recientes adquisiciones de Ático en Epiro. Mediación en las difíciles relaciones entre Marco y Pomponia, su mujer, hermana de Ático.
Año 67:
Cartas 3 (I 6) a 8 (I 3).
Cónsules: Gayo Calpurnio Pisón y Manio Acilio Glabrión.
Elecciones a pretor: se designa a Cicerón. Compromiso matrimonial de Tulia con Gayo Calpurnio Pisón. Equipamiento ornamental de la finca de Túsculo. Intentos de reconciliación de Ático con Luceyo. Muerte de la abuela de Ático. Pompeyo toma el mando de la guerra contra los piratas.
Año 66:
Carta 9 (I 4).
Cónsules: Manio Emilio Lépido y Lucio Vulcacio Tulo.
Cicerón pretor urbano. Quinto se presenta a edil y es designado. Muerte de Licinio Macro, acusado por Cicerón. Pompeyo contra Mitridates. Pro lege Manilia .
Año 65:
Cartas 10 (I 1) y 11 (I 2)
Cónsules: Lucio Manlio Tocuato y Lucio Aurelio Cota.
Candidatura de Cicerón para el consulado del 63. Nace su hijo Marco. Problema con Cecilio, tío de Ático. Continúa todavía la ornamentación de la finca de Túsculo. César edil. Fuga de Mitridates.
Año 64:
Sin cartas a Ático.
Cónsules: Lucio Julio César y Gayo Marcio Fígulo.
Cicerón elegido cónsul.
Año 63:
Sin cartas a Ático.
Cónsules: Marco Tulio Cicerón y Gayo Antonio Hibrida.
Conjuración de Catilina. Matrimonio de Tulia con Calpurnio Pisón. Muerte de Mitridates. Pontificado de César. Discursos «agrarios», De Othone, Pro Rabirio, De proscriptorum filiis, Cum prouinciam in contione deposuit, Catilinarias, Pro C. Pisone, Pro Murena .
Año 62:
Sin cartas a Ático.
Cónsules: Décimo Junio Silano y Lucio Licinio Murena.
Compra de una casa en el Palatino. Quinto Cicerón pretor. Muerte de Catilina. Pretura de César. Sacrilegio de Clodio (noche del 3 al 4 de diciembre). Oratio Metellina, Pro Archia .
Año 61:
Cartas 12 (I 12) a 17 (I 17).
Cónsules: Marco Valerio Mesala Nigro y Marco Pupio Pisón Frugi Calpurniano.
Quinto Cicerón gobernador de Asia. Problemas de Quinto con Ático. Mediación de «La Troyana». Fin del proceso de Clodio (primera quincena de mayo). Triunfo de Pompeyo y divorcio de Mucia. César gobernador en Hispania. Referencias a la publicación de una serie de discursos. In Clodium et Curionem. De consulatu suo (discurso).
Año 60:
Cartas 18 (I 18) a 23 (II 3).
Cónsules: Quinto Cecilio Metelo Céler y Lucio Afranio.
Dificultades de continuar contando con el apoyo de los caballeros por la intransigencia de Catón. Amalteo en la finca de Arpino. Propuesta (fracasada) de ley agraria por parte de Flavio a instancias de Pompeyo. Intentos de pasar a la plebe a Clodio por adopción. Primer triunvirato (diciembre). Visita a Cicerón de Balbo, enviado por César. Publicación de los discursos ciceronianos del 63. De consulatu suo (poema en griego).
Año 59:
Cartas 24 (II 4) a 45 (II 25).
Cónsules: Gayo Julio César y Marco Calpurnio Bíbulo.
Leyes agrarias de César: Comisión de los veinte para su aplicación. Clodio elegido tribuno tras su adopción por un plebeyo (marzo-abril): Cicerón se retira a Ancio y más tarde a Formias. Críticas de Cicerón a Pompeyo, al que prodiga los motes. Complot contra Pompeyo (octubre). Primeros estudios para escribir una obra de geografía. Proyectos de una «Historia secreta».
Año 58:
Cartas 46 (III 1) a 70 (III 25).
Cónsules: Lucio Calpurnio Pisón Cesonino y Aulo Gabinio.
Clodio, tribuno de la plebe: gran actividad legislativa. Enfrentamiento con Pompeyo. Exilio de Cicerón (sale de Roma la noche del 19 al 20 de marzo): alrededor de seis meses, en Tesalónica bajo la protección del cuestor Plancio; luego en Dirraquio. Inquietudes respecto a su hermano. Difusión del panfleto contra Clodio y Curión, que había escrito en el 61. Inicio de la guerra de las Galias.
Año 57:
Cartas 71 (III 26) a 75 (IV 3).
Cónsules: Publio Cornelio Léntulo Espínter y Quinto Cecilio Metelo Nepote.
Tribunado de Milón. Enfrentamientos con Clodio: peligro físico de Quinto Cicerón. Levantamiento del exilio de Cicerón (4 de agosto). Entra en Roma el 4 de septiembre. Discurso Post reditum in senatu . Problemas provocados por la confiscación de sus bienes; discurso De domo sua . Continúan los ataques armados de Clodio: contra Cicerón en la Vía Sacra el 11 de noviembre, contra la casa de Milón el 12. Muerte del primer marido de Tulia.
Año 56:
Cartas 76 (IV 4) a 82 (IV 8a).
Cónsules: Gneo Cornelio Léntulo Marcelino y Lucio Marcio Filipo.
Clodio elegido edil (20 de enero). Enfrentamientos con Milón. Conferencia de Luca (mediados de abril): César, Pompeyo y Craso con numerosos senadores y magistrados. Restauración de las fincas de Cicerón incluida la biblioteca de Ancio. Segundo matrimonio de Tulia (con Furio Crásipes). Pro Sestio, Pro Caelio, De haruspicum responso, De prouinciis consularibus .
Año 55:
Cartas 83 (IV 6) a 87 (IV 13).
Cónsules: Gneo Pompeyo (2.°) y Marco Licinio Craso (2.°).
Elección por el terror de los cónsules en febrero. Cicerón estrecha los lazos de amistad con Pompeyo. Inauguración por éste del Teatro y el templo a la Venus Vencedora. Pérdida de las libertades; régimen dictatotiral: refugio en las letras (biblioteca de Fausto, hijo de Sula). In Pisonem, In Gabinium, De oratore , inicio del De temporibus suis (acabado en verano del 54).
Año 54:
Cartas 88 (IV 14) a 93 (IV 19).
Cónsules: Apio Claudio Pulcro y Lucio Domicio Ahenobarbo.
Fin de la Palinodia iniciada en el 56 (¿De prouinciis consularibus ?): Cicerón defiende a sus peores enemigos para no enfrentrarse con César (que le encarga embellecer Roma —Forum Iulii, saepta Iulia —junto con Opio) y Pompeyo. Muerte de Julia, hija de César, casada con Pompeyo (primera mitad de septiembre). Visión clara del final de la república y de la moral política, con la figura del futuro dictador al fondo. Escándalo del pacto entre los cónsules actuales y los candidatos Gayo Memio y Gneo Domicio Calvino: obstrucción de las elecciones. Crecida del Tíber. Quinto con César en Britania. Expedición de Craso contra los partos. Pro Messio; Pro Druso, Pro Scauro; Pro Vatinio ; Pro Gabinio ; inicio del De republica .
Año 53:
Sin cartas a Ático.
Cónsules: Marco Valerio Mesala Rufo y Gneo Domicio Calvino (tras un interregno de enero a julio).
Desastre de Craso ante los partos. Cicerón augur. Enfermedad y manumisión de Tirón.
Año 52:
Sin cartas a Ático.
Cónsules: Pompeyo sin colega (3°): desde julio, Quinto Cecilio Metelo Pio Escipión Nasica.
Asesinato de Clodio. Pro Milone (8 de abril); inicio del De legibus .
Año 51:
Cartas 94 (V 1) a 113 (V 20).
Cónsules: Marco Claudio Marcelo y Servio Sulpicio Rufo.
Proceso contra Tito Munacio Planco Bursa (enero o febrero). Cicerón, gobernador de Cilicia: desde el 31 de julio. Victoria del Amano (13 de octubre): Cicerón saludado como Imperator . A fin de año termina la campaña militar. Proyectos de tercer matrimonio de Tulia.
Año 50:
Cartas 114 (V 21) a 132 (VII 9).
Cónsules: Gayo Claudio Marcelo y Lucio Emilio Paulo.
Seis primeros meses: administración civil de Cicerón en Cilicia (abandona la provincia a finales de julio). Conflicto entre Marco Escapcio y Publio Munacio con la ciudad de Salamina. Matrimonio de Tulia y Publio Comelio Dolabela (abril o mayo). Crisis de las relaciones entre Quinto y Pomponia. Problemas económicos con Filótimo por la adquisición de los bienes de Milón. Muerte de Hortensio Hórtalo (junio). Inminencia del conflicto entre César y Pompeyo. Fin de la guerra de las Galias.
Año 49:
Cartas 133 (VII 10) a 210 (X 18).
Cónsules: Gayo Claudio Marcelo y Lucio Cornelio Léntulo Crus.
Cicerón a las puertas de Roma (4 de enero). Pretensión de conseguir un «triunfo». Cónsules y senadores se retiran a Campania tras votar la destitución de César (7 de enero). Cicerón es encargado del mando en Capua. César pasa el Rubicón (12 de enero). Comienza la guerra civil: César toma Corfinio (20-21 de febrero). Retirada de Pompeyo (perseguido por César) hasta embarcar en Brundisio (17 de marzo). Entrevista de Cicerón con César (27 de marzo). Imposición de la toga viril a Marco hijo (31 de marzo). César parte hacia Hispania (7 de abril). Cicerón se embarca para unirse a Pompeyo en Macedonia (6 de junio). César derrota a los pompeyanos en Ilerda a comienzos de agosto, toma Marsella en octubre y vuelve a Italia. Discurso en el templo de Apolo.
Año 48:
Cartas 211 (XI 1) a 219 (XI 8).
Cónsules: Gayo Julio César (2.°) y Publio Servilio Isáurico.
Batalla de Farsalia (9 de agosto): Cicerón, enfermo, no participa. Asesinato de Pompeyo en Alejandría. Inicio de la guerra de Alejandría (octubre). Cicerón llega a finales de octubre a Brundisio desde donde escribe a Ático cartas llenas de tristeza y dolor.
Año 47:
Cartas 220 (XI 9) a 237 (XI 22).
Cónsules: Quinto Fufio Caleno y Publio Vatinio.
Cicerón aguarda en Brundisio una oportunidad de volver a Roma. Hasta principios de octubre no se acerca a Túsculo. Problemas «políticos» con su sobrino y su hermano. Dificultades económicas; sobre todo preocupación por Tulia. Fin de las guerras de Alejandría (marzo) y Asia (derrota de Farnaces en Zela —agosto—). Comienza la guerra de África (diciembre).
Año 46:
Cartas 230 (XII 2) a 249 (XII 11).
Cónsules: Gayo Julio Cesar (3.°) y Marco Emilio Lépido.
Fin de la guerra de África (Tapso, 6 de abril). Suicidio de Catón de Útica (mediados de abril). Cuatro triunfos de César y otros fastos (julio-septiembre). Distribución de tierras (primeras referencias al asunto de Butroto), leyes suntuarias, ampliación de derechos civiles y magistraturas… Cleopatra en Roma (verano). Divorcio de Tulia y Dolabela (otoño). Repudio de Terencia. Matrimonio con Publilia (diciembre). Guerra de Hispania (diciembre). Laus Catonis, Brutus, Orator, Pro Marcello, Pro Ligario .
Año 45:
Cartas 250 (XII 13) a 354 (XIII 42).
Cónsules: Gayo Julio César (4.°) y Quinto Fabio Máximo.
Nacimiento de Léntulo, hijo de Tulia (enero). Muerte de Tulia (mediados de febrero): gran tristeza de Cicerón. Obsesión por erigirle un santuario. Problemas económicos. Repudio de Publilia. Marco hijo marcha a Atenas (principios de abril). Problemas «políticos» con Quinto hijo. Victoria de César en Munda (17 de marzo). Vuelta de César a Roma (mediados de septiembre). Consolatio, Hortensius, Academica, De finibus bonorum et malorum. Tusculanae disputationes, Laus Porciae, Epistula ad Caesarem, Pro rege Deiotaro .
Año 44:
Cartas 355 (XIV 1) a 426 (XVI 15).
Cónsules: Marco Antonio y Gayo Julio César (5.°) (luego Publio Cornelio Dolabela).
César, dictador perpetuo (14 de febrero). Asesinato de César (15 de marzo). Amnistía general a propuesta de Cicerón (17 de marzo). Antonio se adueña del poder. Arribada de Octavio (finales de marzo): llega a Roma en mayo. Episodio de Herófilo (9-13 de abril). Cleopatra marcha de Roma (abril). Divorcio de Quinto Cicerón y Pomponia. Continúa el asunto de Butroto. Relaciones cambiantes de Cicerón y Dolabela, que terminan en ruptura. Problemas económicos de Cicerón. Intentos de que contraiga nuevo matrimonio. Diferencias con su sobrino. Proyectos de marchar de Italia. Última carta a Ático conservada: 426 (XVI 15), escrita desde Arpino después del 12 de noviembre. De natura deorum, De senectute, De amicitia, De diuinatione, De fato, De gloria, Topica, De officiis . Primeras Filípicas . Proyectos de escribir historia y un diálogo «al estilo de Heráclides».
Las Cartas a Ático. Transmisión .
Asunto importante en torno a las cartas, sobre todo las dirigidas a Ático, es el del momento de su publicación inicial. A este respecto conviene considerar antes que nada una serie de datos concretos.
La primera cita que hace imaginar la colección ya publicada es de Séneca el filósofo, quien en una carta dirigida a Lucilio a mediados de los años sesenta de nuestra era (97, 4-5) reproduce literalmente un buen pasaje de 16 (I 16), 5 bajo el epígrafe «Libro primero de las cartas de Cicerón a Ático». Y hay en el mismo epistolario dirigido a Lucilio alguna otra cita literal, aunque sin indicación del libro (118, 1 recoge el «si no tienes ningún asunto, escribe lo que te venga a los labios» de 12 [I 12], 4; claro está que esta frase puede ser un tópico de mayor difusión, no algo acuñado por el propio Marco Tulio), además de referencias expresas a determinados contenidos (así en 118, 2 de 12 [I 12], 1).
Las cartas a Ático, pues, circularían ya sin duda en tiempos de Nerón; pero la cuestión fundamental, muy discutida y no menos difícil de resolver, es desde cuándo. Entre las múltiples opiniones que corren, la más firme en favor de una publicación por obra del propio destinatario (lo cual se interpreta generalmente como una especie de traición al amigo, dado que la lectura de la correspondencia tal como nos ha llegado no deja una opinión muy favorable de su conducta en general, al menos mirándola bajo nuestras perspectivas actuales) es la de J. Carcopino 31 . Que choca, entre otros escollos de diversa consideración, con la más que probable ignorancia de estos textos por parte no sólo de Valerio Máximo (cuya obra se editó en época de Tiberio), sino incluso de Asconio Pediano, el más famoso comentarista de Cicerón, que publicó sus trabajos entre el 54 y el 57 de Cristo. Argumento, si no decisivo, sí al menos de importante peso.
Sin embargo, para fijar el término post quem hay que tener en cuenta que Cicerón, como él mismo dice en más de una ocasión 32 , conservaba al menos parte de las cartas de Ático; y éste y Tirón hacían lo mismo con las suyas 33 . Es más, probablemente en respuesta a una pregunta de su amigo, dice Marco Tulio al final de 410 (XVI 5), 5, fechada el 9 de julio del 44: «no hay ninguna recopilación de mis cartas, pero Tirón tiene alrededor de setenta y cabe tomar algunas de las que tienes tú. Conviene que yo las repase y las corrija. Entonces por fin se podrán publicar». Es decir, ya en vida del autor se plantea la conveniencia de dar a la luz algunas al menos de sus cartas, y no necesariamente las más elaboradas, pues en general las dirigidas a Ático no lo son.
Por otra parte Cornelio Nepote asegura, todavía en vida de Ático (probablemente hacia el 35 ó 34 a. C.), haber tenido acceso a «once volúmenes de cartas, desde su consulado (es decir el de Cicerón) hasta sus últimos días, enviadas a Ático», añadiendo (Ático 16, 3-4): «quien las lea no echará mucho de menos una historia seguida de esos tiempos. Pues está tan detalladamente expuesto todo lo relacionado con los intereses de los hombres más importantes, los errores de los jefes, las transformaciones de la república que nada falta en ellas…». Claro que esto no implica necesariamente una «publicación» en regla.
Así las cosas, la cuestión continúa abierta e insistir en ella nos llevaría mucho más allá del límite que aquí nos está permitido.
Lo cierto es que, además de los autores mencionados, en la Antigüedad citan cartas ciceronianas Quintiliano, Plinio el Joven, Suetonio, Aulo Gelio, así como Nonio Marcelo y los gramáticos del siglo IV o Macrobio.
Después el texto, a juzgar por los datos a nuestro alcance, parece haber suscitado escaso interés durante mucho tiempo y no vuelve a ser manejado con asiduidad hasta el Renacimiento, precisamente gracias a Petrarca, quien descubrió un manuscrito de la correspondencia con Ático, Bruto, Quinto y Octaviano en Verona el año 1345. Manuscrito, por cierto, hoy desaparecido, como también la copia que de él realizó el propio Petrarca; los códices conservados más antiguos son de finales del siglo, con alguna excepción de escasa entidad (así los cuatro fragmentos de dos hojas cada uno remontables al siglo XI o XII , que se salvaron gracias a su empleo para un libro de contabilidad por los moradores de un monasterio cercano a Würzburg en el XVI ).
Las dos primeras ediciones remontan al año 1470: una, salida de prensas en Venecia, se debe a Nicolás Ienson e incluye las cartas a Bruto y a Quinto así como la Vida escrita por Cornelio Nepote (Epistolae ad Atticum, Brutum et Quintum fratrem cum ipsius Attici uita , Venetiis, Nic. Ienson, 1470), la otra es romana y también incorpora cartas a distintos destinatarios (Epistolae ad M. Brutum et ceteros , Romae, 1470). Cada una de ellas parte de una rama diferente de la tradición: aquélla de la encabezada por el Ambrosiano E 14 inf., de comienzo del siglo XIV , el códice más antiguo conservado con, al menos, parte de las cartas a Ático; ésta de la encabezada por el Mediceo 49, 18, escrito el año 1393 y mentenido como códice fundamental por los editores antiguos, que lleva anotaciones de sus sucesivos poseedores, estudiosos de la talla, entre otros, de Coluccio Salutati (que utilizó para ello varios códices), Niccolo Niccoli, a cuyas manos llegó el año 1406 (anotaciones basadas en un manuscrito de Pistoya, hoy desaparecido, que de las cartas a Ático solo tenía los siete primeros libros) o Leonardo Bruno (el Aretino), quien recibió el Mediceo tras la muerte del anterior en 1437.
Las cartas fueron objeto de interés grande ya en los últimos años de ese siglo 34 , y sobre todo en el siguiente, a lo largo del cual vieron la luz más de una docena de ediciones entre las que merecen citarse la de Aldo 35 , situada cronológicamente entre las dos de J. B. Ascensio 36 ; la de A. Cratandro, que aporta lecturas de códices hoy perdidos 37 ; las de P. Victorio 38 , P. Manucio, con el primer comentario valioso al texto 39 y D. Lambino, autor de numerosas y atinadas conjeturas que aún hoy son tenidas en cuenta 40 . A ellas añadiremos las que se ocupan más concretamente de las cartas a Ático, sobre todo S. Corrado 41 , que aporta interesantes correcciones, propias y ajenas, y S. Bosio 42 , también destacado por la aportación de una serie de atinadas conjeturas, sobre todo de vocablos griegos 43 . Merecen también destacarse las Variae lectiones de M. A. Muret, que todavía hoy son tenidas en cuenta por los editores 44 .
Debido a la cantidad y calidad de ediciones puestas en circulación durante el siglo XVI , los dos siguientes viven prácticamente de ellas, hasta el punto de que de este periodo únicamente merece citarse la llevada a cabo por J. A. Ernesti 45 , que recoge aportaciones de importantes estudiosos precedentes 46 .
El siglo XIX , con los avances en los procedimientos de estudio y tratamiento de los textos, supuso un nuevo impulso en la actividad editorial de los clásicos, al que no podía ser ajena la obra epistolar de Cicerón. Citemos, por la importancia de sus aportaciones, entre los editores, los nombres de C. G. Schütz 47 , A. S. Wesenberg 48 , C. F. W. Müller 49 , J. C. G. Boot 50 y, sobre todo, J. C. Orelli 51 , y de los críticos, O. E. Schmidt 52 , C. A. Lehmann 53 , J. N. Madvig 54 entre otros 55 .
Muchas de las aportaciones de estos estudiosos del XIX han sido incorporadas a las grandes ediciones que se han dedicado a la correspondencia ciceroniana en el siglo actual. Podemos dividirlas en tres grupos:
a) Ediciones críticas:
M. Tulli Ciceronis Epistulae ad Atticum (H. SJÖGREN ), Upsala, 1916-1960.
M. Tulli Ciceronis Epistularum ad Atticum libri sedecim , recensuit H. MORICCA , Turín, Paravia, 1953.
M. Tulli Ciceronis Epistulae . Vol. II. Epistulae ad Atticum. Pars prior. Libri I-VIII (W. S. Watt). Pars posterior. Libri IX-XVI (D. R. SHACKLETON BAILEY ), Oxford Classical Texts, 1965; 19672 .
M. Tulli Ciceronis Epistulae ad Atticum , vols. I-II (D. R. SHACKLETON BAILEY ), Leipzig, Teubner, 1987.
b) Texto y traducción
Cicero, Letters to Atticus . Con traducción inglesa de E. O. WINSTEDT , Harvard University Press, Londres, 1928.
Cicerón, Cartas a Ático . 3 vols. Prólogo, traducción y notas de J. A. AYALA . Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, Universidad Autónoma, México, 1971-1976.
c) Ediciones críticas con notas (y traducción)
R. Y. TYRRELL ; L. C. PURSER , The Correspondence of M. Tullius Cicero arranged according to its Chronological Order , vols. I-VII, Dublín-Londres 1901-1933 (Hildesheim, 1969).
D. R. SHACKLETON BAILEY , Cicero’s Letters to Atticus , vols. I-VII, Cambridge University Press, 1964-1970.
L.-A. CONSTANS (vols. I-IV), J. BAYET (vols. IV-V), J. BEAUJEU (vols. VI-X), Cicéron. Correspondance , X vols. París, Les Belles Lettres, 1934-1993.
En España, edición completa de las Cartas, junto con el resto de la obra ciceroniana, no parece haberse impreso antes de 1797, cuando vio la luz la de J. A. Melón, que utiliza el texto de J. Olivet 56 y los índices de J. A. Ernesti 57 .
En cuanto a traducciones, aparte de una serie de Cartas selectas en edición bilingüe para usos escolares, como la muy difundida de Pedro Simón Abril, «Tres libros de cartas selectas con interpretaciones y escolios escritos en lengua española», que vio la luz en Tudela el año 1572 58 , o la poco posterior de Fr. Gabriel Aulón 59 , por citar las más antiguas, es necesario esperar hasta finales del siglo pasado para tener acceso a una versión cuidada de la totalidad del epistolario. Es la debida al Canónigo de la Metropolitana de Granada, D. Francisco Navarro y Calvo, que dedica a las dirigidas a Ático los tomos IX y X de las Obras completas de Marco Tulio Cicerón para la Biblioteca Clásica, bajo el epígrafe de «Cartas Políticas I-II», Madrid, Luis Navarro ed., 1885-1886.
De fecha más reciente es la edición bilingüe de J. A. Ayala antes mencionada. A ellas hay que añadir la recopilación de J. Guillén Cabañero, M. Tulio Cicerón. Cartas políticas , Madrid, Akal, 1992, que incluye ciento veinte de las que aquí veremos.
La presente traducción
He tomado como texto base el editado por D. R. Shackleton Bailey, pero consultando sobre todo los de la Colección «Les Belles Lettres», varios de cuyos volúmenes han salido de prensas con posterioridad a esa edición. Las notas de uno y otros están, por otro lado y como no podía ser menos, en la base de las que aquí acompañan al texto. La numeración de las cartas sigue el orden cronológico establecido por el editor (que considero ocioso ni siquiera discutir ahora), con lo cual la lectura seguida de las pertenecientes a cada periodo resulta más fácil. No obstante, es necesario hacer una observación: la cronología está establecida en función de las cartas ciceronianas; las ajenas que el autor incluye en los paquetes enviados a Ático o reproduce directamente en el interior de las suyas, aparecen, como entonces, junto a éstas.
La traducción incorpora con cierta frecuencia conjeturas, del propio D. R. Shackleton Bailey o de otros, así como algunas variantes que me han parecido más adecuadas para la correcta comprensión de determinados pasajes y que se enumeran al final de esta introducción.

1 Lo mismo ocurre con las diez que le siguen, datadas entre los años 67 y 65. La primera escrita a otra persona es Ad fam . V 2, de finales de enero o principios de febrero del 62, que tiene como destinatario a Quinto Metelo Céler.
2 M. Tulio Cicerón, Discursos , I, Madrid, Gredos, 1990, págs. 7-156.
3 Véase al respecto ya 94, 1, la primera carta a Ático conservada de ese año, y además, v. gr., 95, 1 o 3 (donde habla de «enorme fastidio»), 102, 2; 103, 3; 104, 1 y 5; 106, 3; 108, 1 (ya en Laodicea, hablando nuevamente de que aquello le hastía) y 3; 110, 5; 113, 7, 4, 14; 115, 11, 14; 116, 6..
4 Concrctamente a partir del I de agosto, según 107, 1, con lo cual su mandato acabaría el 30 de julio (cf. 114, 9).
5 Phil . II 40.
6 No es esta, ni mucho menos, la tesis sostenida por J. CARCOPINO en su polémica obra sobre Les secrets de la correspondance de Cicéron I-II, París, 1947 (versión inglesa de E. O. LORIMER , Yale, 1951), que no podemos discutir aquí.
7 Véase al respecto la nota 12 de la traducción correspondiente al pasaje de la carta reseñada.
8 Según PLUTARCO , que hace esta observación al inicio de su biografía de Marco Tulio.
9 Según PLUTARCO , Cic . 8, aportó como dote ciento veinte mil denarios.
10 Terencia, después de divorciarse de Marco Tulio, se casó dos veces, primero con Salustio y luego con el orador Mesala Corvino, según afirma SAN JERÓNIMO (Contra Joviniano I 48), aunque se discute la veracidad sobre todo de este último matrimonio. Murió centenaria.
11 Así, la menciona frecuentemente en diminutivo y la califica como «mis delicias, mi favorita» (deliciae —deliciolae — nostrae ), se obsesiona con sus dificultades personales y económicas, atiende a sus opiniones en muchos aspectos…
12 En los primeros días de agosto: cf. 73 (IV 1), I.
13 Cf. 8 (I 3), 3.
14 Véase 244 (XII 7), I.
15 Quien lo describe como «un hombre que no tuvo nada del natural de su padre excepto las buenas maneras» (Suas . 7, 13).
16 PLIN ., Hist. Nat . XIV 147; PLUT ., Cic . 24, 8, quien dice que la culpa fue del rétor Gorgias.
17 Llegó a tirarle a Marco Agripa una copa de vino, según recoge PLINIO (Hist. Nat . XIV 147).
18 Guerras Civiles IV 51. Cito la traducción de A. SANCHO ROYO en el vol. 84, pág. 49, de esta misma colección.
19 Esta idea está también en SÉNECA , Ben . 4, 30 «¿qué hizo cónsul al hijo de Cicerón sino su padre?».
20 Véase R. SYME , La revolución romana (trad. de The Roman Revolution , Oxford University Press, 1939), Madrid, Taurus, 1989, pág. 382.
21 NKPOTE , Ático 1, 2.
22 Como señala NEPOTE en su biografía (7, 2). 223.-2
23 Hay, sin embargo, quienes piensan que tal actividad no era propiamente comercial, sino que Ático desempeñaba más bien con Cicerón el papel de consejero literario. Las copias que indudablemente realizaron sus esclavos no se comercializarían de forma regular (cf. J. J. PHILLIPS ,«Atticus and the publication of Cicero’s works», Classical Weekly 79, 1986, 227-237).
24 Así, por ejemplo, cuenta Nepote que apoyó económicamente la fuga del joven Mario, citado (1, 4) entre sus más tempranos amigos, junto con Cicerón y Lucio Manlio Torcuato (2, 2); alivió con sus recursos las necesidades de los atenienses (2, 4): repartió trigo, dando a todo el mundo seis modios (2, 6); facilitó a Cicerón «cuando huía de la patria» doscientos cincuenta mil sestercios (4, 4) y cien mil, más otros trescientos mil, a Bruto cuando cayó en desgracia (8, 6). En la propia correspondencia se concede un considerable espacio al asunto de Butroto, mencionado por primera vez en 243 (XII 6a), 2 del primer mes intercalar del 46, pero sobre todo en varias cartas de julio del 44 (407 [XVI 16], A-F).
25 También son mencionadas fugazmente en las cartas su abuela (8 [I 3], I —fallecimiento— y su madre (1 [I 5], 8; 3 [I 7]; 4 [I 8], 1; 23 [II 3], 4).
26 Según NEPOTE , Árico , 18, 3, el cual añade «nada puede ser más dulce que aquellos libros para quienes tienen algún interés en conocer a los hombres ilustres».
27 Véase 16 (I 16), 15 (y NEPOTE , Ático 18).
28 Cicerón se refiere a los Anales en 262 (Xll 23), 2 y al poema Sobre el consulado de Cicerón en 21 (II 1), I.
29 Véase, a propósito de Cicerón, las palabras de G. BOISSIER , Cicéron et ses Amis, Étude sur la société romaine du temps de César , París, 1865, pág. 26: «il avait un pied dans tous les partis… de là vient que tous les partis sont représentés dans sa correspondance».
30 Las obras del autor citadas son principalmente las que él mismo menciona en sus cartas.
31 En las obras antes citadas (véase nota 5).
32 Véase sobre todo 177 (IX 10), 4: «Pues después de haber llegado a este punto, desenrollé el volumen de tus obras, que guardo sellado y conservo con el mayor esmero».
33 Así, leemos en 310 (XII 6), 3, de principios de junio del 45: «En cuanto a la carta a Bruto, que me pides, no tengo copia; pero, no obstante, está a buen recaudo, y dice Tirón que es oportuno que la tengas».
34 Se citan, en efecto, las tres ediciones llevadas a cabo por Bartolomé Saliceto y Ludovico Regio, la primera en Roma el año 1490; las otras dos en Venecia, una hacia 1495, la otra en 1499.
35 Epistolae ad Atticum, ad Brutum, ad Quintum fratrem, libri XX. Latina interpretatio eorum quae in iis ipsis epistolis graece scripta sunt …, Venetiis in aed. Aldi et Andreae Soceri, 1513, 1521.
36 Opera rhetorica, oratoria et forensia… Opera epistolica… Opera philosophica , Parisiis, in aedibus Ascensii, 1511; 15222 (y 1527). Les seguiría, unos años más tarde Epistolae ad T. P. Atticum et ad M. Brutum cum comm. J. Bpt. Pii per quem ab injinitis detersae mendis cumque Jod. Badii Ascensii in easdem annot . Parisiis, venund. ipsis Ascensio et Joa. Reoigny. Sub prelo Ascensiano… 1531.
37 Omnia opera in tres secta tomos et ad variorum vetustissimorumque codd. fidem recognita , Basileac ap. Cratandrum, 1528 (Epistolae vol. III).
38 Opera omnium quae hactenus excusa sunt castigatissima nunc pr. in lucem edita (cura P. Victorii) , Venetiis, L. A. Junta, 1534-1537 (Epistolae, tom. III 1536), y posteriormente Epistolae ad Atticum, ad M. Brutum, ad Quintum fr… e bibl. P. Victorii. Excusum in fine libri est vetustissimum S. C. Romae inventum , Florentiae ap. Juntas, 1571.
39 Epistolae ad Atticum. Brutum et Quintum fratrem summa diligentia castigatae… Pauli Manutii in easdem epist. scholia quibus abditi locorum sensus ostenduntur cum explic. castigationum quae in his epist. pene innumerabiles factae sunt , Venetiis, ap. Aldi filios, 1540.
40 Opera omnia a Dion. Lambino ex codd. mss. emendata el aucta. ejd. Lambini annotationes s. emendationum rationes, index et fragmenta omnia , Lutetiae, J. du Puys, 1565-1566.
41 Epistolae ad T. Pomponium Atticum Seb. Corradi brevissimis interpretationibus illustratae . Venetiis, ap. Hier. Scotum, 1544.
42 Epistolae ad Atticum. Ex fide vetustiss. codd. emend. st. et op. Sim. Bosii c. ejd. animadvers , Ratiasti Lemovicum ap. Hugonem Barboum, 1580.
43 A ellas se pueden añadir todavía las de I. Hervagio (Opera omnia ex codd. mss. emendata . Basileae, ex officina Hervagiana, 1534 —las Epistolas en el tomo III—), C. Estéfano (Opera , Parisiis, Carol Stephanus, 1554-1555), L. Malaespina (In epistolas M. Tullii Ciceronis ad Atticum, Brutum et Q. fratrem emendationes ac suspiciones , Venetiis, 1564) o Fr. Junio (Epistolae ad Atticum, ad Q. fratrem …, Heidelbergae, 1594).
44 Venecia-París, 1559-1586.
45 Opera omnia ex rec. Jac. Gronov. Acc. varietas lect. Pearcianae, Graevianae, Davisianae, cum singul librorum argum. et ind. rerum hist. verbor. philol. crit. cur. Jo. A. Ernesti , Lipsiae, 1737-1739 (Halis Saxsonum 1774-17772 ).
46 Véase entre los editores y comentaristas del XVII , J. Gruterus, Opera omnia quae extant ex sola fere Codd. Mss. fide emendata st. atque ind. Jani Gulielmi et Jani Gruteri. Add. notis el indic. accur. confectis , Hamburgi ex blibliop. Frobeniano, 1618; A. Popma, Epistolae ad Atticum… ex recogn. Popmae. Ejd. in eas commenta et castigationes , Franckarae ex off. Jo. Lamrinck, 1618; J. G. Graeuius, Epistolarun libri XVI ad T. Pomp. Att. ex rec. J. G. Graeuii cum ejusdem animadv. et notis integris S. Victorii, P. Manutii, etc. nec non selectis S. Corradi, Js. Casauboni. J. Fr. Gronovii et aliorum . Amstelodami sumpt. Blauiorum et H. Wetstenii, 1684; J. Gronovius, Opera quae extant omnia ex mss. codd. emendatis studio atque industria C. Gulielmi et J. Gruteri add. eorum notis integris, nunc denuo recogn. ab J. Gronovio …, Lugduni Batavorum 1692 (Epist. pars III). Del XVIII , V . gr., J. N. Lallemand, Opera. Rec. J. N. Lallemand . Parisiis, Saillant, Desaint, Barbou, 1768.
47 Epistulae quae extant omnes ad Atticum. ad Quintum firatrem et quae vulgo ad familiares dicuntur, ind. chronol. disp. Rec. selectisque super. interpr. et s. anim. ill. Ch. God Schütz , Halae, 1809-1812 y Opera omnia deperditorumque libr. fragm. Textum accur. recogn. potiorem lect. var. adnot. ind. rerum et verb. copiossis, adj. Chr. God. Schütz , Lipsiae 1814-1823 (Epist. tom. XII, 1816).
48 Epistulae ad Atticum, Brutum etc ., Lipsiae, 1872-1873 (cf. Emendationes M. Tullii Ciceronis epistolarum , Hauniae, 1840, y Emendationes alterae ad Ciceronis epistolarum editionem , Lipsiae, 1873.
49 M. Tulli Ciceronis scripta quae manserunt omnia . Leipzig, 1898 (Epist. ad Att. Pars III, vol. II).
50 M. Tulli Ciceronis epistularum ad T. Pomponium Atticum libri XVI , Amstelodami, 1865 (18862 ); Observationes criticae ad M. T. Ciceronis epístolas , Amstelodami, 1880.
51 Opera quae supersunt omnia ac deperditorum fragmenta… Ed. J. C. Orellius , Turici, 1826-1837, y Opera… omnia ex rec. Csp. Orellii. Ed. II. emend. Curavit J. Sp. Orellius et J. G. Baiterus , Turici, 1845 (Epist. vol. III)
52 Die handschriftliche Überlieferung der Briefe Ciceros an Atticus, etc. (=Abhandl. der philol.-hist. Classe der kön. sächs. Gesellschaft der Wiss . X 1888).
53 Quaestiones Tullianae . Praga & Leipzig, 1886 y De Ciceronis ad Atticum epistulis recensendis et emendandis , Berlín, 1892.
54 Adversaria critica ad scriptores latinos et graecos 11 (pp. 234-236) et III (pp. 165-181) , Hauniae, 1873-1874.
55 Como Fr. Bentivoglio, Opera quae supersunt omnia apparatu, indd., varietate te lect. notis tabulisque aen. ill. …ad opt. edd. et mss. codd. praesertim Ambros. coll. var. lect. et sel. interpr. notis novisque auctae cura Fr. Bentivoglio , Mediolani, 1826-1832; R. Klotz, Scripta quae manserunt omnia. Recognovit R. Klotz , Lipsiae, 1851-1856 (Epist. pars III, 1854); J. G. Baiter, C. L. Kayser, Opera omnia . Lipsiae, 1860-1869. G. Kahnt. Symbolae criticae in Ciceronis Epistulis , Progr. Zeitz, 1844; H. E. Allen, Emendationes . 1854; Fr. Hofmann, Ausgewählte Briefe von M. Tullius Cicero . Berlín, 1860.
56 Opera omnia cum delectu commentariorum studio Jos. Oliveti ed …, París, Coignard, Guerin, Desaint et Guerin, 1940-1942, 9 vols.
57 De las cartas han aparecido más recientemente algunas recopilaciones de tipo escolar (por ej. Cartas de Cicerón, escogidas, distribuidas en sus clases con breves argumentos y notas de R. de Oviedo , Madrid, Manuel Martín ed., 1980, o V. J. HERRERO LLORENTE , Selecciones de cartas de Cicerón y de epigramas de Marcial , Madrid, Gredos, 1986), y alguna edición parcial anotada (como la del libro VIII de las Cartas a Ático, Universidad de Murcia, 1991).
58 M. Tullii Ciceroni Epistolarum selectarum libri tres. Cum interpretationibus et scholiis Hispana lingua scriptis, quibus aditus facillimus aperitur ad non magno labore litteras Latinas perdiscendas. Pedro Simone Aprileo Laminitano interprete et auctore . Tudelae, per Thomas Porralis Allobrogem ipsiusmet auctoris studio et opera correctum, 1572.
59 Marci Tulli Ciceronis Epistolarum familiarum liber secundus. Item aliquot Epistolae ex ceteris libris, cum latina et hispana interpretatione, Fratre Gabriele Aulon. carmelita, interprete . Compluti, apud Joannem Gratianum, anno 1574.

BIBLIOGRAFÍA SUMARIA
Las ediciones más importantes han sido citadas en el apartado anterior. Las obras generales sobre el autor y su obra, en la Introducción general (vol. 139 de esta colección). Acerca de la epistolografía en general y de la de Cicerón en particular, puede verse:
Epistolografía en general
C. CASTILLO , «La epístola como género literario: de la antigüedad a la edad media latina», Est. Clás . 18 (1974), 427-442.
P. CUGUSI , Evoluzione e forme dell’ epistolografia latina nella tarda repubblica e nei primi due secoli dell’impero , Roma, Herder, 1983.
—, «Studi sull’ epistolografia Latina II. L’età ciceroniana e augustea», Annali della Facoltà di Lettere, Filosofía e Magisterio dell’ Università di Cagliari 35 (1972), 7-167.
C. DZIATZKO , «Brief», en RE , III, 1 (1897) cols. 836-843.
B. KYTZLER , «Brief», Lexikon der Antike I, Múnich, 1969, págs. 261-266.
G. LUCK , «Brief und Epistel in der Antike», Altertum 7, 2 (1961), 77-84.
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M. A. MARCOS CASQUERO , «Epistolografía romana», Helmantica 36 (1983), 377-406.
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NOTA TEXTUAL
LECTURA DE LA EDICIÓN DE LECTURA AQUÍ SEGUIDA D. R. SHACKLETON BAILEY


1 (I 5)
(Roma, noviembre del 68)*
Cicerón saluda a Ático.
Tú mejor que nadie, por nuestro íntimo trato, puedes hacerte cargo del dolor que he sufrido y la considerable pérdida que para mí ha supuesto, en la vida pública y familiar, la muerte de mi primo Lucio 1 : todas las cosas gratas que puede un hombre recibir de las virtudes espirituales y morales de otro, yo las recibía de él. Por eso no dudo de que a ti también esto te ha de causar pena, al compadecerte de mi dolor y al perder tú también a un familiar y un amigo sobradamente adornado de todas las virtudes y méritos, que te apreciaba por propia inclinación y por mis conversaciones acerca de ti.
En cuanto a lo que me escribes de tu hermana, ella misma [2] podrá atestiguarte el gran interés que puse por lograr que la disposición de mi hermano hacia ella fuera como debía ser 2 . Pensando que estaba demasiado irritado, le escribí esa carta con objeto de apaciguarle como a hermano, aconsejarle como a más pequeño y reprenderle por su error. Y a juzgar por las reiteradas cartas que él me ha escrito después, tengo la esperanza de que todo vaya como conviene y deseamos.
[3] Respecto al envío de cartas, me acusas sin razón: nuestra Pomponia 3 nunca me ha asegurado que existiese alguien a quien yo pudiera dárselas, y por otro lado resulta que ni he encontrado quien vaya a Epiro ni me había enterado todavía de que estabas en Atenas.
[4] En cuanto al asunto de Acutilio 4 , cumplí tu encargo nada más llegar a Roma después de tu marcha; pero sucede que no habría hecho falta ninguna prisa, y además, convencido como estoy de que en ti hay suficiente capacidad de juicio, preferiría que fuese Peduceo 5 , y no yo, quien te diera consejos por carta. En efecto, como he dedicado muchos días a escuchar a Acutilio, cuya manera de conversar conoces, supongo, no me pareció carga pesada contarte sus quejas cuando me había parecido ligera oírlas, cosa más bien molesta. Por lo demás, recuerda que tú, que me acusas, sólo me has mandado una carta, teniendo más tiempo libre para escribir y más facilidad para dárselas a alguien.
En cuanto a lo que me escribes de que, si bien cierta [5] persona 6 está particularmente enojada contigo, conviene que yo lo recupere, comprendo tus palabras y no lo he descuidado; pero está afectado de un modo sorprendente. Yo no omití nada de cuanto tenía que decir sobre ti; con todo, me pareció oportuno atenerme a las respuestas convenientes conforme a tu deseo: si me lo explicas, te darás cuenta: no he querido dedicar al asunto más interés del que tú le habrías dedicado, ni tampoco menos del que tú habrías querido.
Respecto al asunto de Tadio 7 , según él me ha comentado, [6] le escribiste en el sentido de que no hay razón para preocuparse, porque la herencia ha sido tomada en usucapión 8 . Nos extraña que ignores la imposibilidad de tomar algo en usucapión cuando se trata de una tutela legítima, bajo la cual, según dicen, se encuentra la muchacha.
Me alegra que te guste tu adquisición en Epiro. Las cosas [7] que te encargué y las que tú creas convenientes para mi finca de Túsculo, procúramelas, por favor, como me escribes, en la medida en que puedas hacerlo sin molestias por tu parte, pues sólo en ese lugar descanso de todos mis trabajos y fatigas.
[8] Espero todos los días a mi hermano Quinto. Terencia tiene grandes dolores en las articulaciones. Os quiere muchísimo a ti, a tu hermana y a tu madre: ella y la pequeña Tulia, delicia de mi alma 9 , te mandan muchos saludos. Cuídate, danos tu cariño y ten la seguridad del mío fraternal hacia ti.
2 (I 6)
(Roma, poco después del 23 de noviembre del 68)
Cicerón saluda a Ático.
No permitiré en adelante que me acuses de negligencia a la hora de escribirte: tú sólo procura igualarme en esto, con todo el tiempo libre que tienes.
La casa de Rabirio en Neápolis, que tú ya tenías medida y completamente edificada en tu imaginación, la ha comprado Marco Fonteyo 10 por ciento treinta mil sestercios. He querido que lo sepas por si todavía tiene algo que ver con tus planes.
[2] Mi hermano Quinto me parece mostrar hacia Pomponia la disposición de ánimo que deseamos, y se encuentra con ella en sus propiedades de Arpino, acompañados por un hombre ‘de sólida erudición’, Décimo Turranio 11 .
Nuestro padre ha muerto el 23 de noviembre 12 .
Esto es casi todo cuanto quería que supieras. Si puedes encontrar algunas cosas ‘dignas de un gimnasio’ para el lugar que tú conoces, por favor, no pierdas la ocasión; la finca de Túsculo me agrada tanto que sólo me encuentro a gusto conmigo mismo cuando voy allí. Explícame con el mayor detalle lo que estás haciendo y lo que vas a hacer en todos tus asuntos.
3 (I 7)
(Roma, antes del 13 de febrero del 67)
Cicerón saluda a Ático.
En casa de tu madre todo va bien y yo me ocupo de ella. He decidido facilitar a Lucio Cincio 13 veinte mil cuatrocientos sestercios para el 13 de febrero. Quisiera que tú te ocupes de hacerme llegar cuanto antes lo que, según escribes, me has comprado y dispuesto. También quisiera que pienses, siguiendo tu promesa, el modo de formarme una biblioteca. Toda la esperanza del disfrute que deseo tener cuando me retire a descansar la tengo puesta en tu amabilidad.
4 (I 8)
(Roma, después del 13 de febrero del 67)
Cicerón saluda a Ático.
En tu casa todo está conforme a nuestros deseos: tu madre y tu hermana cuentan con mi cariño y el de mi hermano Quinto. He hablado con Acutilio: dice que nada le ha escrito su agente, y se muestra sorprendido de que haya surgido esa disputa por haber rehusado aquél ofrecer garantías de que tú no reclamarás una suma mayor. La solución que me dices has dado al asunto de Tadio entiendo que le ha agradado e incluso alegrado en gran manera. Aquel amigo nuestro 14 , hombre, por Hércules, extraordinario y gran amigo mío, está muy enojado contigo; si yo supiera en qué medida te importa esto, podría saber cómo debo actuar.
[2] He pagado a Lucio Cincio, de acuerdo con tu carta, los veinte mil cuatrocientos sestercios por las estatuas de Mégara 15 . Tus Hermes pentélicos 16 con cabezas de bronce, acerca de los cuales me hablas en la carta, me agradan plenamente ya desde ahora; por eso quisiera que los mandes junto con las estatuas y demás objetos que te parezcan apropiados a ese lugar, a mis preferencias y a tu buen gusto, en la mayor cantidad y con la mayor rapidez posible; pero sobre todo los que te parezcan apropiados para el gimnasio y el pórtico: pues tengo tanto interés en esta cuestión que he de recibir tu ayuda, aun cuando también poco menos que la censura de otros. Si no está el barco de Léntulo 17 , flétamelas donde te parezca.
Mi pequeña Tulia, delicia de mi alma, reclama tu regalillo [3] y me pone a mí como fiador: pero seguramente voy a rechazar la deuda antes que pagarla.
5 (I 9)
(Roma, marzo o abril del 67)
Cicerón saluda a Ático.
Nos llegan cartas tuyas con demasiado intervalo, cuando es mucho más fácil que tú encuentres quien venga a Roma que yo quien vaya a Atenas, y además tú estás más seguro de mi permanencia en Roma que yo de la tuya en Atenas. Y precisamente por esta incertidumbre mía, esta carta es más breve, pues, al no saber con seguridad dónde estás, no quiero que nuestras conversaciones familiares acaben en manos extrañas.
Las estatuas de Mégara y los Hermes que mencionabas 2 en tu carta los espero con impaciencia. Todo cuanto tengas de ese género y te parezca digno de la Academia 18 , no dudes en mandármelo y cárgalo a mi cuenta. Éste es mi género de diversión: las cosas que son especialmente ‘dignas de un gimnasio’, ésas busco. Léntulo promete sus barcos. Te ruego que atiendas esto con prontitud. Tiilo 19 te pide, y yo me uno a su petición, los ‘Ritos patrios de los Eumólpidas’.
6 (I 10)
(Finca de Túsculo, hacia mayo del 67)
Cicerón saluda a Ático.
Estando en la finca de Túsculo (para ti esto será como tu «estando en Cerámico»); estando allí, pues, un esclavo mandado desde Roma por tu hermana me dio una carta que le habían entregado de tu parte y me anunció que hoy mismo por la tarde sale el que va adonde tú estás. Ello hace que para contestar algo a tu carta me vea obligado a escribir tan poco, dada la escasez de tiempo.
[2] En primer lugar me comprometo a calmar a nuestro amigo, o incluso a reconciliarlo contigo; aunque ya antes lo hacía por propia iniciativa, pondré ahora mayor empeño y me esforzaré más en hacerle reaccionar, porque creo apreciar en tu carta el gran interés que tienes en este asunto. Quiero que entiendas una cosa: está gravemente ofendido, pero como veo que en el fondo no existe ningún motivo grave, confío plenamente en que atenderá a razones y se nos rendirá 20 .
[3] Mis estatuas y los Hermeracles quisiera que, como escribes, los embarques en cuanto puedas hacerlo con la mayor comodidad, y también, si lo encuentras, alguna otra cosa ‘apropiada’ para el lugar que no desconoces, sobre todo aquello que en tu opinión lo sea para la palestra y el gimnasio 21 . Precisamente aquí sentado te escribo, de forma que el propio lugar me lo recuerda. Además te encargo unos bajorrelieves que pueda incrustar en el estuco del atrio pequeño 22 , y dos brocales labrados.
No se te ocurra prometer a nadie tu biblioteca, aunque [4] encuentres a un aficionado ansioso, pues yo estoy reservando todas mis pequeñas economías para conseguir ese consuelo de mi vejez.
Respecto a mi hermano, confío en que esté como siempre [5] he querido y procurado: hay muchos indicios de ello, y no es el más pequeño el embarazo de tu hermana.
Respecto a mis elecciones 23 , no olvido que te he dado [6] permiso, y ya llevo tiempo diciendo a nuestros amigos comunes, que te esperan, que no sólo no te he llamado, sino que incluso te he prohibido venir, en la idea de que interesa mucho más a tus asuntos hacer lo que se ha de hacer en este momento que a los míos tu asistencia a las elecciones. Procura, pues, sentirte como si hubieras sido mandado a esas tierras para un asunto mío: me encontrarás con respecto a ti, y así lo oirás decir, como si los posibles logros se debieran no ya a tu presencia, sino a tu intervención.
La pequeña Tulia te cita a juicio sin apelar a un fiador.
7 (I 11)
(Roma, agosto del 67)
Cicerón saluda a Ático.
Ya antes actuaba por propia iniciativa, pero ahora tus dos cartas, escritas con el mayor interés en el mismo sentido, me han estimulado sobremanera: a esto se añade la constante exhortación de Salustio 24 a que trate cuanto antes con Luceyo de restaurar vuestra antigua amistad. Pero, después de haberlo intentado todo, no sólo no he podido recuperar el afecto que él antes sentía por ti, sino ni siquiera sacarle el motivo de su obstinación. Si bien él pretexta aquel arbitraje suyo y esas otras cosas que ya cuando tú estabas aquí herían, a mi juicio, sus sentimientos, sin duda tiene algo que se ha grabado más en su espíritu y que ni tus cartas ni mi mediación pueden borrar con la misma facilidad con que tú en persona, no ya con tus palabras sino con esa cara tuya amistosa, si piensas que ello vale la pena; lo cual debes tener por cierto si me haces caso y si quieres seguir de acuerdo con tu buen natural. Y no te sorprendas de una cosa: de por qué, después de haberte yo antes significado por carta mis esperanzas de que se nos rindiera, parezca ahora desconfiar de ello; resulta increíble hasta qué punto me parece obstinada y testaruda su persistencia en este resentimiento. Mas esto curará cuando vengas, o bien traerá complicaciones a quienquiera de los dos que sea el culpable.
En cuanto a lo que venía en tu carta de que ya me considerabas [2] designado, sabrás que ahora mismo no hay nada en Roma tan baqueteado en toda clase de iniquidades como los candidatos, y no se sabe cuándo serán las elecciones. Pero esto ya se lo oirás a Filadelfo 25 .
Quisiera que mandes cuanto antes las cosas que me conseguiste [3] para mi Academia; resulta admirable el placer que me causa no ya el disfrute de ese lugar, sino incluso su evocación. Guárdate también de ceder tus libros a nadie; resérvamelos como me escribes 26 . Me domina el mayor interés por ellos, lo mismo que mi repugnancia ya por todo lo demás, que resulta increíble cuán empeorado lo encontrarás en tan breve tiempo con relación a como lo dejaste.
8 (I 3)
(Roma, finales del 67)
Cicerón saluda a Ático.
Has de saber que tu abuela ha muerto de nostalgia por tu ausencia y también porque temía que las fiestas latinas no se mantuvieran en su solemnidad y se dejase de llevar víctimas al monte Albano. Creo que Lucio Saufeyo te va a mandar una «Consolación» a propósito 27 .
[2] Yo te espero por aquí para enero según ciertos rumores, ¿o acaso según cartas tuyas mandadas a otros?: pues a mí no me has escrito nada sobre ello.
Las estatuas que me conseguiste fueron desembarcadas en Cayeta 28 . Yo no las he visto, pues me ha sido imposible salir de Roma. Mandé a alguien a pagar los fletes. Te agradezco muchísimo que me las hayas conseguido con prontitud y a bajo precio.
[3] En cuanto a tu insistencia sobre el apaciguamiento de nuestro amigo, ya lo he hecho e intentado todo, pero está sorprendentemente fuera de sí. Aunque pienso que ya habrás oído de sus sospechas, te las daré, sin embargo, a conocer personalmente cuando vengas. No he conseguido devolver a su antigua amistad a Salustio, que está aquí. Te lo digo porque él solía acusarme con relación a ti y ahora ha comprobado en sí mismo que aquél apenas atiende a razones y que a ti no te ha faltado mi apoyo.
Hemos prometido a la pequeña Tulia con Gayo Pisón Frugi, hijo de Lucio 29 .
9 (I 4)
(Roma, primera mitad del 66)
Cicerón saluda a Ático.
Me tienes preocupado por la interminable esperanza de verte. Hace nada, cuando ya te creía a punto de llegar, me remites inesperadamente al mes de julio. Tal como están las cosas, pienso que debes venir en la época que me anuncias, siempre y cuando puedas hacerlo sin molestia por tu parte: asistirás a las elecciones de mi hermano Quinto 30 , nos verás después de largo tiempo y terminarás tu cuestión con Acutilio. Incluso Peduceo me aconseja que te escriba esto, pues nos parece útil que acabes de una vez el asunto; mi mediación ha estado y sigue estando dispuesta 31 .
Por mi parte he dado aquí fin a la cuestión de Gayo Macro 32 [2] con una increíble y singular aprobación del pueblo. Aun cuando yo estaba de su parte, he obtenido con su condena un provecho mucho mayor, por la estima del pueblo, que el que habría obtenido, caso de resultar absuelto, por su mismo agradecimiento.
Lo que me escribes del Hermatena me resulta sumamente [3] grato: es una decoración apropiada para mi Academia, porque Hermes es adorno común en todos los gimnasios y Minerva singularmente del mío 33 . Así pues, quisiera que, como me escribes, decores este lugar con la mayor cantidad posible de otras obras. Todavía no he visto las estatuas que me mandaste antes: están en la finca de Formias, adonde ahora pienso trasladarme. Las voy a llevar todas a la finca de Túsculo. Y si alguna vez empiezo a tener de más, decoraré Cayeta 34 .
Conserva tus libros y no desesperes de que pueda hacerlos míos. Si lo consigo, supero en riquezas a Craso 35 y desprecio las fincas y predios de todos.
10 (I 1)
(Roma, poco antes del 17 de julio del 65)
Cicerón saluda a Ático.
La situación de mi candidatura, en la que me consta tienes gran interés, está, por lo que hasta el momento puede avanzarse a base de conjeturas, como sigue: sólo hace campaña Publio Galba 36 ; es rechazado lisa y llanamente a la manera tradicional. La gente opina que esta precipitación en emprender su campaña no deja de ayudar a mis planes: en efecto, muchos le niegan el voto afirmando que están comprometidos conmigo. Espero, pues, que este hallazgo de tantos amigos míos me reporte algún beneficio cuando ello se divulgue. Por mi parte, pienso empezar la campaña precisamente al mismo tiempo que, según me dice Cincio, marcha tu esclavo con esta carta, el 17 de julio, durante las elecciones tribunicias en el Campo de Marte. Competidores que parezcan seguros: Galba, Antonio y Quinto Cornificio 37 ; creo que al llegar a éste te habrás echado a reír o a llorar; pues, para que te golpees la frente 38 : hay quienes piensan tambien en Cesonio 39 ; por lo que respecta a Aquilio 40 , yo no creo que lo haga: él mismo se ha excluido, jurando que está enfermo y pretextando ese imperio suyo en los tribunales. Catilina, si se puede llegar a creer que en pleno día no brilla el sol, será también competidor seguro 41 . No esperarás, creo, que te hable de Aufidio y Palicano 42 .
[2] Entre los candidatos de este año, únicamente se da como seguro a César 43 . Al parecer, la lucha está entre Termo 44 y Silano 45 , pero andan tan escasos de amigos y de influencia que no veo ‘imposible’ alinearlos con Turio 46 , mas nadie comparte esta opinión. Parece que lo más favorable a mis proyectos es el nombramiento de Termo junto a César: en efecto, ninguno entre los que ahora se presentan parece candidato más firme, de dejarlo para el año en que yo lo haga, sobre todo porque tiene a su cargo la Vía Flaminia, que estará sin ninguna dificultad concluida para entonces. Con gusto, pues, ló haría ahora cónsul junto a César. Hasta el momento, éstas son mis conjeturas acerca de los candidatos.
Por mi parte, voy a poner el mayor esfuerzo en cumplir todas las obligaciones de un candidato y, como parece que la Galia pesa mucho en las votaciones 47 , tal vez, cuando en Roma el foro se haya enfriado de actividad judicial, acudiré, por el mes de septiembre, como legado junto a Pisón 48 para volver en enero. Una vez haya averiguado las intenciones de los nobles, te las comunicaré. Espero que lo demás me saldrá bien, sobre todo si no hay más que estos líderes locales. Tú procura ganarte al grupo de los que ahí están, el de Pompeyo, nuestro amigo 49 , puesto que te encuentras más cerca. Dile que no me enfadaré con él si no viene a mis elecciones.
[3] En fin, así está este asunto. Pero hay algo en lo que desearía tu indulgencia. Tu tío Cecilio 50 , después de ser defraudado en una considerable cantidad por Publio Vario, ha entablado un proceso contra el primo de éste, Caninio Sátiro 51 , sobre unos bienes que, dice él, recibió de Vario fraudulentamente. Los restantes acreedores pleitean unidos; entre ellos estan Lucio Luculo, Publio Escipión 52 y el que, según opinan, habría sido el síndico de haberse realizado la venta de los bienes, Lucio Poncio 53 ; pero esto del síndico es de risa. Ahora mira cómo está la situación: Cecilio me ha pedido que lo asista contra Sátiro; casi no pasa día sin que este Sátiro aparezca por casa: está especialmente ligado a Lucio Domicio 54 , y detrás voy yo: nos ha sido de gran ayuda tanto a mí como a mi hermano Quinto en nuestras candidaturas.
[4] Mi situación es muy embarazosa tanto por la amistad con el mismo Sátiro como por la de Domicio, en el que mi campaña tiene el apoyo más grande de todos. He hecho ver esto a Cecilio y al mismo tiempo le he indicado otra cosa: que si fuera un pleito singular entre ellos dos, accedería a su deseo; pero en una causa colectiva de los acreedores, hombres por otra parte de gran influencia, que muy bien podían sostener su causa común sin defensor particular en nombre de Cecilio, era justo que él tuviese en cuenta mi compromiso y las circunstancias presentes. Me parece que se lo ha tomado con más dureza de lo que yo quisiera y de lo que es normal en hombres de bien, y a partir de ahí se ha distanciado mucho de nuestro trato amistoso iniciado pocos días antes.
Te pido que tú sí me lo perdones y comprendas que me he visto obligado por razones de humanidad a no ir contra la gran estima de un amigo en circunstancias sumamente desgraciadas para él, cuando me había dedicado todos sus esfuerzos y servicios. Y si quieres ser más duro conmigo, pensarás que me he negado por motivos electorales: yo sin embargo creo que, aunque fuese así, se me debe disculpar,
‘pues no es un cordero, tampoco una piel de buey …’ 55 ;
ves, en efecto, el camino que recorro y cuán importante me parece no ya conservar todas mis influencias, sino incluso adquirir otras. Espero haber logrado tu aprobación de mi punto de vista; desde luego lo deseo vivamente.
Me encanta tu Hermatena, y está tan bellamente colocada [5] que todo el gimnasio parece su ‘exvoto’. Te lo agradezco mucho.
11 (I 2)
(Roma, poco después de la anterior)
Cicerón saluda a Ático.
Has de saber que, bajo el consulado de Lucio Julio César y Gayo Marcio Fígulo, he sido padre de un hijo 56 . Terencia está bien.
¡Cuánto tiempo sin ninguna carta tuya! Yo te he escrito con detalle hace poco sobre mis planes. En estos momentos estoy pensando defender a Catilina, mi competidor. Tenemos los jueces que deseamos, con el total consentimiento del acusador 57 . Espero que si sale absuelto se acercará más a nosotros en el asunto de mi candidatura. Y si la cosa resulta de otra manera, nos lo tomaremos con resignación.
[2] Necesito que vengas pronto, pues la opinión mayoritaria de la gente es que tus amigos los notables serán contrarios a mi elección. Veo que me puedes prestar la máxima ayuda para atraerme sus favores. Por tanto procura estar en Roma a principios de enero como tienes planeado.
12 (I 12)
(Roma, 1 de enero del 61)
Cicerón saluda a Ático.
La dichosa Troyana 58 es un lento negocio y Cornelio 59 no ha vuelto después junto a Terencia. Pienso que habremos de recurrir a Considio, Axio o Selicio 60 , pues de Cecilio 61 ni sus parientes pueden sacar un sestercio a menos del uno por ciento 62 . Pero volviendo a lo primero: no he visto nada más desvergonzado, trapacero y lento que ella: «te mando un liberto», «se lo encargué a Tito»… ‘pretextos y dilaciones’. Ahora, no sé si
el azar mejor que nosotros … 63 ,
pues los portavoces de Pompeyo me anuncian abiertamente que Pompeyo propondrá la conveniencia de reemplazar a Antonio y que el pretor lo llevará al mismo tiempo ante el pueblo. Dada la naturaleza del asunto, yo ni puedo defenderlo decorosamente a los ojos de los buenos ni de los populares, ni tengo ganas, que es sin duda lo principal. Porque a esto se añade algo cuya situación te encargo que me averigües en todos los detalles.
[2] Yo tengo un liberto, un hombre de lo más pícaro; me refiero a Hílaro, contable y cliente tuyo. A propósito de él me comunica Valerio, el intérprete, y Tiilo 64 según me escribe lo ha oído, que el hombre está con Antonio, y que Antonio por su parte anda diciendo mientras recauda dinero que una parte se guarda para mí y que yo he mandado a mi liberto como guardián de la ganancia común. Me ha sorprendido no poco, aun cuando no me lo creo; pero lo cierto es que ha corrido algún rumor. Investiga todo este asunto, entérate bien y, si puedes de alguna manera, aleja de esos lugares a tal bribón. Valerio menciona como transmisor de este rumor a Gneo Plancio 65 . Te encargo que veas cómo está la cosa.
Me consta que Pompeyo es muy amigo mío. Se aprueba [3] calurosamente su divorcio de Mucia 66 . Publio Clodio, hijo de Apio 67 , como creo que habrás oído, fue sorprendido con ropas de mujer en casa de Gayo César mientras se celebraba un sacrificio oficial 68 , y salvó la vida y escapó gracias a la ayuda de una esclavilla; el asunto es de una flagrante infamia. No dudo que ello te causa gran pena.
Aparte de esto nada más tengo que escribirte, y por Hércules 69 [4] que mientras lo hago estoy profundamente afligido, porque ha fallecido un joven alegre, mi lector, Sosíteo, y me ha conmovido más de lo que parece adecuado la muerte de un esclavo. Quisiera que me escribas con frecuencia: si no tienes ningún asunto, escribe lo que te venga a los labios. 1 de enero, bajo el consulado de Marco Mesala y Marco Pisón.
13 (I 13)
(Roma, 25 de enero del 61)
Cicerón saluda a Ático.
He recibido ya tres cartas tuyas, una de Marco Cornelio, a quien, según mi opinión, se la entregaste en Tres Tabernas 70 ; la segunda, que me dio tu huésped de Canusio, y la tercera, que remitiste, como me escribes, desde el barco, ya soltada la amarra. Todas están, como dicen los alumnos de los rétores, «tan espolvoreadas con la sal de la cortesía como señaladas con marcas de afecto». En estas cartas me estimulabas a contestarte, pero he tardado algo más porque no encuentro un mensajero fiable; en efecto ¿cuántos hay que puedan llevar una carta de cierto peso sin aligerarlo leyéndola entera? Añade a esto que no me parece que cuando alguien marcha a Epiro marcha en tu dirección 71 . Pues pienso que, después de sacrificar víctimas ante tu Amaltea, habrás marchado enseguida para sitiar a Sición 72 , pero no tengo muy seguro ni siquiera cuándo irás a reunirte con Antonio ni el tiempo que vas a permanecer en Epiro: de modo que no me atrevo a confiar cartas un tanto más atrevidas ni a aqueos ni a epirotas.
Y sin duda han ocurrido cosas dignas de nuestras cartas [2] desde que te marchaste de mi lado, pero no confiables a un peligro como el de que puedan ser extraviadas, abiertas o interceptadas. Has de saber, pues, primeramente, que no se me pidió mi parecer el primero, y me colocaron delante al pacificador de los alóbroges 73 ; que ello se hizo en medio de los murmullos del senado, mas no contra mi voluntad: en efecto, he quedado libre de consideraciones para con un hombre perverso, y expedito para mantener mi dignidad en los asuntos públicos contra sus deseos; además quien habla en segundo lugar tiene casi la autoridad del primero, pero no demasiado compromiso con el cónsul. El tercero es Cátulo 74 ; el cuarto, si también quieres saberlo, Hortensio 75 . En cuanto al cónsul 76 , es de carácter mezquino y sin embargo depravado, un bufón de ese género lento que incluso sin gracia hace reír, más digno de risa por su cara que por sus chistes, políticamente inactivo, apartado de los optimates, de quien no cabe esperar nada bueno para la república, porque no quiere, ni temer nada malo, porque no se atreve. En cambio su colega 77 me honra sobremanera y es favorecedor y defensor del buen partido.
[3] Ahora están en ligero desacuerdo, pero temo que lo ya infectado se propague mucho más: como creo que habrás oído, mientras se celebraba una ceremonia oficial en casa de César se presentó allí un hombre con vestido de mujer, y como las vestales hubieron de reiniciar el sacrificio, el hecho fue denunciado por Quinto Cornificio 78 ante el senado (él fue el primero, no vayas a pensar en alguno de nosotros); luego el asunto fue remitido por decreto del senado a las vestales y a los pontífices, y éstos decidieron que aquello era sacrilegio; después los cónsules, por otro decreto del senado, promulgaron una requisitoria; César ha repudiado a su mujer 79 . En este proceso, Pisón, movido por la amistad hacia Publio Clodio, se esfuerza por que la requisitoria que él mismo lleva, y la lleva de acuerdo con un decreto del senado y sobre un asunto religioso, sea desechada. Mesala hasta el momento está actuando con firmeza y severidad. Los hombres honrados son alejados de la causa por las súplicas de Clodio; se reclutan bandas; yo mismo, aun cuando al principio era un Licurgo 80 , me voy ablandando por días. Catón 81 presiona y acosa. ¿Qué más? Temo que este asunto, abandonado 82 por las gentes de bien, defendido por truhanes, sea motivo de grandes males para la república.
En cuanto a aquel amigo tuyo (¿sabes a quién me refiero?: [4] aquel del que me escribiste que después de no atreverse a criticarme, ha empezado a elogiarme 83 ), según hace ver, me estima, me aprecia, me quiere mucho; me elogia a las claras, pero en el fondo, aunque de forma que resulta evidente, me mira con malos ojos: nada de afabilidad, ni de sencillez, ni de claridad ‘en cuestiones políticas’, ni honestidad, ni valor, ni independencia. Pero en otra ocasión te lo escribiré con más detalle: pues ni tengo todavía información suficiente ni me atrevo a confiar a cualquier hijo de la tierra una carta sobre asuntos tan importantes.
Los pretores 84 todavía no se han sorteado las provincias: [5] la cosa está en el mismo punto en que la dejaste.
‘El paisaje’ de Miseno y Puteoli que me pides lo incluiré en mi discurso. He advertido que «el 3 de diciembre» era erróneo. Las cosas que alabas de mis discursos, créeme, me agradan mucho, pero no me atrevía antes a decirlo; ahora en cambio, como cuentan con tu aprobación, me parecen ‘mucho más áticas’ 85 . He hecho algunas adiciones a aquel discurso contra Metelo 86 : se te mandará el libro porque la amistad que me tienes te ha hecho ‘amante de la oratoria’.
[6] ¿Qué otra novedad puedo escribirte? ¿Qué? Ya sé: el cónsul Mesala ha comprado la casa de Autronio por trece millones cuatrocientos mil sestercios. «Y a mí ¿qué?», preguntas. Simplemente que con esta compra hemos demostrado ser buenos compradores, y la gente ha comenzado a entender que es lícito recurrir a los amigos en las compras para alcanzar cierta categoría. La dichosa Troyana es desde luego un lento negocio, pero, con todo, hay esperanzas 87 ; tú termina ahí esas cosas. Aguarda una carta mía menos reservada. 25 de enero, bajo el consulado de Marco Mesala y Marco Pisón.
14 (I 14)
(Roma, 13 de febrero del 61)
Cicerón saluda a Ático.
Temo que resulte de poco gusto escribirte cuán ocupado estoy, pero tengo tanto trabajo que apenas he encontrado tiempo para esta pequeña carta y ése robado a muy importantes asuntos.
Ya te escribí cómo quedó Pompeyo en su primer discurso ante el pueblo: nada atractivo para los pobres, débil para los truhanes; nada grato para los ricos; nada enjundioso para los buenos; resultaba, pues, frío. Después un tribuno de la plebe totalmente irresponsable, Fufio 88 , a instigación del cónsul Pisón, llamó a Pompeyo ante el pueblo. Ocurría esto en el circo Flaminio y en el mismo lugar se desarrollaba aquel día la ‘concentración festiva’ del mercado. Le preguntó si aprobaba que fuesen elegidos por el pretor los jueces de cuyo consejo debía servirse el mismo pretor: esto era lo establecido por el senado con ocasión del sacrilegio de Clodio 89 .
Entonces Pompeyo habló ‘muy aristocráticamente’ respondiendo [2] que la autoridad del senado le parecía y le había parecido siempre lo más importante en todos los asuntos, y esto con abundancia de palabras.
A continuación el cónsul Mesala inquirió de Pompeyo en el senado qué pensaba sobre el sacrilegio y la promulgación de la requisitoria. Habló ante el senado de forma laudatoria ‘en términos generales’ para todas las decisiones de esta corporación, y al sentarse me dijo que pensaba haber contestado ya suficientemente sobre «esos asuntos».
Craso 90 , cuando vio que aquél había recibido elogios [3] porque la gente suponía que le agradaba mi consulado, se levantó y habló con gran elocuencia sobre mi consulado, hasta el punto de afirmar que el ser senador, ciudadano, libre y el estar vivo me lo debía a mí; que cada vez que veía a su mujer, su casa, su patria, siempre veía un beneficio mío. ¿Qué más? Todo ese tópico que yo suelo colorear variadamente en mis discursos, de los que tú eres el Aristarco 91 , sobre la llama, sobre el hierro (conoces esas ‘ampollas’ 92 ), lo enhebró con la mayor gravedad. Yo estaba sentado cerca de Pompeyo: comprendí que el hombre se turbaba, preguntándose si Craso iba a alcanzar la influencia que él había dejado pasar, o si mis hechos eran tan grandes como para merecer elogios tan a gusto del senado, especialmente por parte de quien me debía menos aquellas alabanzas, pues en todas mis cartas elogiando a Pompeyo recibía alguna pulla.
[4] Ese día me unió mucho a Craso aun cuando también acogí con gusto todos los elogios que abierta o veladamente me hizo el otro. En cuanto a mí, ¡dioses inmortales!, de qué manera ‘me he vanagloriado’ ante Pompeyo, que acudía por primera vez. Si en alguna ocasión me abundaron ‘periodos, transiciones, razonamientos, estructuraciones’, fue aquel día. ¿Qué más? Clamores. Y la ‘idea básica’ era ésta: la dignidad del senado, la concordia con los caballeros, el consenso de Italia, los restos de la abortada conjuración, la baja de precios, la tranquilidad. Ya conoces mi tono en esta materia: fue tan alto que voy a abreviar ahora porque pienso que ya se ha podido oír incluso desde ahí.
[5] Los asuntos de Roma están así: el senado, un ‘Areópago’: nada más constante, nada más severo, nada más firme. Ahora, cuando llegó el día de presentar la requisitoria de acuerdo con el decreto del senado, correteaban por la ciudad mozalbetes, toda la famosa pandilla de Catilina guiada por la hijita de Curión 93 , y rogaban al pueblo que la rechazara. Incluso el cónsul Pisón, autor de la requisitoria, era también su disuasor. Las fuerzas de Clodio habían ocupado los puentes 94 , distribuían las tablillas de forma que no se diese ninguna con el «a favor». En este momento Catón te vuela a la tribuna, da al cónsul Pisón una admirable reprimenda, si reprimenda es un lenguaje lleno de gravedad, lleno de autoridad, lleno, en fin, de salvación. Se acercó también allí nuestro Hortensio, además de otros muchos hombres de bien. Pero fue particularmente notable la actuación de Favonio 95 .
Ante esta aglomeración de optimates se disuelven los comicios y se convoca al senado. Como se decretó, en una sesión muy concurrida, con Pisón luchando en contra y Clodio echándose sucesivamente a los pies de todos, que los cónsules urgieran al pueblo para que aceptase la requisitoria, unos quince hombres se pusieron a favor de Curión 96 que proponía no hacer ningún decreto del senado; de la otra parte hubo fácilmente cuatrocientos. La cosa estaba hecha; entonces el tribuno Fufio puso el veto 97 . Clodio dirige al pueblo patéticos discursos en los que ataca groseramente a Luculo, Hortensio, Gayo Pisón y el cónsul Mesala. A mí sólo me acusa de «haber estado al tanto de todo» 98 . El senado ha decidido que no se haga nada sobre las provincias de los pretores, las embajadas y los demás asuntos antes de que se lleve a efecto la requisitoria.
[6] Ahí tienes los asuntos de Roma. Pero escucha también algo que yo no me esperaba: Mesala es un cónsul fuera de lo común, enérgico, tenaz, activo, que me alaba, me estima y me imita. El otro resulta menos vicioso por uno de sus vicios: es indolente, lleno de sueño, incapaz, sumamente vago , pero tan perverso en sus inclinaciones que ha empezado a odiar a Pompeyo después de aquel discurso público en que elogió al senado; así, sorprendentemente, se ha enajenado a todos los hombres de bien. Y eso no lo hizo más guiado por la amistad de Clodio que por inclinación hacia las cosas depravadas y partidistas. Pero no tiene ningún semejante entre los magistrados a excepción de Fufio. Disfrutamos de buenos tribunos de la plebe, especialmente Comuto 99 , un auténtico Pseudocatón. ¿Qué más quieres?
[7] Para pasar ahora a los asuntos particulares, la ‘Troyana’ cumplió su promesa 100 ; tú termina los encargos que recibiste. Mi hermano Quinto, que ha comprado las tres cuartas partes restantes del edificio de Argileto por setecientos veinticinco mil sestercios, intenta vender su posesión de Túsculo a fin de comprar, si es posible, la casa de Pacilio 101 . Me he reconciliado con Luceyo 102 : veo que el hombre se va a lanzar a fondo a la campaña; me esforzaré en ayudarle. Infórmame lo más detalladamente que puedas de qué haces, dónde te encuentras y cómo van las cosas por ahí. 13 de febrero.
15 (I 15)
(Roma, 15 de marzo del 61)
Cicerón saluda a Ático.
Habrás oído que a mi queridísimo hermano Quinto le tocó Asia: estoy, en efecto, seguro de que el rumor te lo ha anunciado con más rapidez que las cartas de cualquiera de nosotros. Ahora, como siempre hemos estado muy ávidos de gloria, como somos y se nos considera más ‘filohelenos’ que nadie, como, en fin, nos hemos ganado odios y enemistades de muchos por causa de la república,
‘echa mano de toda tu fuerza ’ 103
y procura conseguir que todos nos elogien y nos aprecien.
Sobre estos asuntos te escribiré más en la carta que [2] pienso entregarle al propio Quinto. Tú explícame, por favor, lo que has hecho con relación a mis encargos y también con relación a tu asunto, pues desde que te fuiste de Brundisio no me ha llegado ninguna carta tuya. Tengo grandes deseos de saber qué haces. 15 de marzo.
16 (I 16)
(Roma, principios de julio del 61)
Cicerón saluda a Ático.
Me preguntas qué ha sido del juicio que se ha desarrollado tan en contra de la opinión general, y al mismo tiempo quieres saber cómo es que yo he luchado menos de lo que suelo. Te responderé ‘empezando por el final a la manera homérica’ 104 .
Bien, siempre que hube de defender la autoridad del senado, luché con tanto ardor y pasión que surgían los gritos y las aglomeraciones con la mayor alabanza hacia mí; y si alguna vez te he parecido fuerte en asuntos de gobierno, ten por cierto que en aquella causa me habrías admirado. En efecto: como él recurrió a los discursos al pueblo y en ellos usaba mi nombre para provocar la inquina, ¡dioses inmor-tales! ¡qué luchas y cuántos estragos realicé!; ¡qué ataques lancé contra Pisón, contra Curión, contra toda aquella pandilla!; ¡cómo fustigué la irresponsabilidad de los viejos 105 , el desenfreno de la juventud! Muchas veces, así me ayuden los dioses, te eché de menos, no sólo como consejero de mis actos, sino incluso como espectador de mis admirables batallas.
Mas después de ocurrírsele a Hortensio que el tribuno [2] de la plebe Fufio presentara una ley sobre el sacrilegio, en la cual no había ninguna diferencia respecto a la requisitoria de los cónsules, excepto la formación del jurado (a eso se reducía todo 106 ), y luchar él por que se hiciese así, pues se había convencido a sí mismo y a otros de que aquél no podría escapar fuese cual fuese el jurado, recogí velas viendo la indigencia de los jueces y al prestar testimonio no dije nada excepto lo que era tan evidente y probado que no podía pasarlo por alto 107 .
De modo que si quieres saber la causa de la absolución, para volver ‘a lo primero’, fue la pobreza y la corrupción de los jueces: y que esto sucediera es obra de la táctica de Hortensio, quien por temor a que Fufio pudiera vetar la ley que se proponía en virtud de un decreto del senado, no vio una cosa: que era preferible dejar a aquél en el descrédito y el duelo a someterlo a un tribunal sin firmeza; en cambio, llevado por el odio, se apresuró a presentar el caso al tribunal, afirmando que incluso podría degollar a aquél con una espada de plomo.
[3] Mas si quieres saber la clase de juicio que hubo, fue de un desenlace increíble: tal que ahora, a la vista del resultado, la táctica de Hortensio es criticada por otros (que por mí lo fue desde el principio). En efecto, como la recusación se hizo en medio de grandísimos gritos; como el acusador 108 , a la manera de un censor honrado, rechazaba a los hombres peores, y el reo, a la manera de un lanista clemente, apartaba a todos los más honrados, tan pronto como los jueces tomaron asiento, las gentes de bien empezaron a desconfiar profundamente; nunca, en efecto, hubo reunión tan corrompida en un juego de dados: senadores manchados, caballeros desplumados, tribunos no tanto del tesoro, según se les llama, como de sus deudas. Con todo había en medio algunos hombres de bien, a los cuales aquél no había podido espantar con la recusación, que se sentaban tristes y cariacontecidos 109 entre gente tan poco semejante a ellos y se veían profundamente afectados por el contagio de la infamia.
[4] En este punto, cada vez que se presentaba una cosa a deliberación durante los primeros interrogatorios, había una desusada severidad sin ningún desacuerdo; el reo no conseguía nada, se concedía al acusador más de lo que pedía; ¿qué quieres que te diga?; triunfaba Hortensio por haber tenido tanta perspicacia, y a nadie le cabía duda de que aquél no era ya reo sino mil veces condenado. Cuando yo salí a testificar ya habrás oído, creo, cómo ante el griterío de los defensores de Clodio, se levantaron los jueces para rodearme, y ofrecer abiertamente a Publio Clodio sus cuellos a cambio de mi cabeza. Esta acción me pareció mucho más honrosa que aquella en que tus conciudadanos prohibieron a Jenócrates prestar juramento a la hora de declarar 110 , o cuando nuestros jueces se negaron a examinar las cuentas de Metelo Numídico mientras las hacía circular según costumbre 111 : lo mío, digo, mucho mayor que todo esto.
Así, ante las voces de los jueces defendiéndome como a [5] la salvación de la patria, el reo, quebrantado, y con él todos sus consejeros, se vinieron abajo. A mi encuentro, en cambio, acudió al día siguiente la misma multitud que me acompañó hasta casa cuando dejé el consulado. Los ilustres areopagitas gritaban que no volverían si no se les asignaba una guardia; se somete a deliberación: hay un solo voto en contra de la guardia. La cosa pasa al senado; se toma una decisión de gran firmeza y solemnidad; se felicita a los jueces; se encomienda el asunto a los magistrados. Nadie pensaba que el hombre iba a responder.
‘Decidme ahora, oh Musas…, cómo estalló el incendio ’ 112 .
Conoces al famoso calvo el de los Naneyanos 113 , aquel panegirista mío, de cuyo discurso en mi honor te he escrito. En dos días, con la ayuda de un solo esclavo, y éste procedente de una cuadrilla de gladiadores, arregló todo el asunto: los llamó a su casa, prometió, fió, dio. Incluso (¡oh dioses, qué infamia!) las noches de ciertas mujeres y las visitas de nobles adolescentes sirvieron como complemento del pago para algunos jueces. Así, con una retirada en masa de los buenos y el foro lleno de esclavos, sólo veinticinco jueces tuvieron pese a todo fuerza suficiente para preferir, ante el peligro extremo que les amenazaba, perderse ellos a perderlo todo. Hubo treinta y uno que se dejaron influir más por la inanición que por la reputación 114 . Al ver Cátulo a uno de ellos le dijo: «¿para qué nos pedíais una guardia?; ¿temíais acaso que os robaran los dineros?».
[6] Aquí tienes, con la mayor brevedad que he podido, lo que fue el proceso y la causa de la absolución.
Me preguntas luego cuál es la situación de los asuntos públicos y cuál la mía. Aquella estabilización de la república, que tú creías lograda gracias a mí, y yo gracias a los dioses, que parecía fijada y cimentada por la unión de todos los hombres de bien y el prestigio de mi consulado, salvo que un dios tenga piedad de nosotros, se escurre, entérate, de nuestras manos con sólo este proceso, si un proceso es que treinta individuos del pueblo romano, gente de lo más irresponsable y depravada, borren todo derecho divino y humano a cambio de unas monedillas, y algo que no sólo los hombres todos sino incluso los animales sabían que se había cometido, eso Talna, y Plauto, y Esponja 115 , y demás desechos de este tipo decidieron que no se había cometido jamás.
Con todo, para darte algún consuelo en relación con la [7] república, la deshonestidad no está tan exultante en su victoria como los malos esperaban tras infligirle una herida tan grande. Tenían, en efecto, el convencimiento pleno de que, al haber caído la religión, la moral, la integridad de los jueces, la autoridad del senado, sucedería que el desenfreno y el libertinaje vencedores se podrían vengar abiertamente, en todos y cada uno de los mejores, del daño que la severidad de mi consulado había causado a todos y cada uno de los peores.
Fui yo otra vez (no me parece una insolencia jactarme [8] cuando hablo contigo de mí, especialmente en esta carta que no quiero que otros lean), fui yo otra vez, digo, quien animó a los decaídos espíritus de los hombres de bien, fortificándolos y levantándolos uno por uno; de otra parte a fuerza de perseguir y fustigar a los jueces venales arranqué toda su jactancia a todos los que favorecían y aplaudían la victoria de aquél; nunca permití que el cónsul Pisón pisara firme ningún terreno; lo privé de Siria, que ya le había sido adjudicada; hice volver al senado a su antigua rectitud y lo levanté de su humillación; destrocé a Clodio estando presente en el senado con un discurso de una pieza, rebosante de severidad, y con una altercación como la que sigue (puedes gustar un fragmento; pues el resto no tendría la misma fuerza y atractivo si se le quita aquel interés de la disputa que vosotros llamáis ‘combate’).
[9] Pues bien, cuando el 15 de mayo acudimos al senado, yo, al solicitarse mi opinión, hablé extensamente sobre alta política e introduje por inspiración divina aquel tópico de que los senadores no debían caer ni desfallecer por un solo golpe: la herida era tal que a mi parecer ni debía ser ocultada ni tampoco temida en exceso; así no se nos consideraría demasiado necios por ignorarla ni demasiado cobardes por tenerle miedo; dos veces había sido absuelto Léntulo 116 , dos Catilina 117 , y éste era ya el tercero lanzado por los jueces contra la república. «Te equivocas, Clodio; los jueces no te han salvado para la calle sino para la cárcel y no han querido conservarte entre los ciudadanos, sino privarte del exilio. Así, pues, senadores, levantad los ánimos, mantened vuestra dignidad: permanece aquel consenso de los hombres de bien en los asuntos públicos; el dolor se ha apoderado de ellos, pero su valor no ha decaído; no se ha hecho ningún daño nuevo: simplemente ha dado la cara el que ya existía; en el juicio de un solo perdido se han descubierto muchos como él.»
[10] Pero, ¿qué hago?, casi te incluyo el discurso en la carta. Vuelvo a la altercación. Se levanta el Niño Bonito 118 ; me reprocha haber estado en Bayas 119 : falso, pero en fin. «¿Qué?», le dije, «¿eso equivale a afirmar que he estado en un escondite?». «¿Qué tiene que ver», dijo él, «un hombre de Arpino con esas aguas termales?». «Cuéntaselo», dije yo, «a tu abogado, que tenía un gran cariño por las aguas de uno de Arpino» (ya conoces las de Mario 120 ). «¿Hasta cuándo», dijo él, «vamos a aguantar a este rey?». «¿Rey me llamas», dije yo, «cuando Rey ni te ha mencionado a ti?» (había consumido, en efecto, ya la herencia de Rey que esperaba) 121 . «Has comprado», dijo, «una casa» 122 . «Parece como si afirmaras», dije yo, «“has comprado a los jueces”». «Pues no te dieron crédito ni bajo juramento» dijo él. «Al contrario, a mí», dije yo, «me lo dieron veinticinco jueces; a ti treinta y uno te lo negaron en absoluto, porque cobraron previamente». Abrumado por un enorme griterío, calló y se sentó.
Bueno, pues esta es mi posición: estoy igual que cuando [11] me dejaste ante los ojos de los hombres de bien y mucho mejor ahora que cuando me dejaste ante la basura y la hez de la Urbe. En efecto, no me perjudica nada eso de que en apariencia mi testimonio no haya tenido valor alguno; la sangre de la envidia ha brotado sin dolor y eso especialmente por el hecho de que todos cuantos están a favor de su crimen reconocen que este caso tan claro ha sido redimido por los jueces previo pago. Añádese otra cosa: que aquella sanguijuela asamblearia del tesoro, el populacho miserable y hambriento, piensa que yo soy objeto singular de estima por parte de este Magno 123 ; y por Hércules que estamos unidos entre nosotros por una amplia y agradable relación, hasta el punto de que esos jóvenes nuestros barbilindos, compañeros de orgía conjuradora, lo llaman en sus conversaciones «Gneo Cicerón». Así cosecho en los juegos y en los combates de gladiadores sorprendentes ‘aclamaciones’, sin ningún acompañamiento de silbidos 124 .
[12] Ahora estamos a la espera de las elecciones, en las que, a disgusto de todos, nuestro Magno ha incrustado al hijo de Aulo 125 ; para ello no pone a contribución su autoridad y prestigio, sino las cosas mediante las cuales Filipo decía que se puede conquistar cualquier fortaleza, con sólo que a ella pueda subir un borriquillo cargado de oro 126 . Por otra parte, según dicen, ese cónsul que parece un comediante ‘de segunda fila’ 127 ha tomado el asunto a su cargo y tiene bajo su techo a los distribuidores del dinero 128 ; yo no lo creo, pero ya se han elaborado dos decretos del senado, vejatorios, que, según piensan, van dirigidos contra el cónsul, a propuesta de Catón y de Domicio, uno permitiendo el registro en casa de los magistrados, el otro considerando enemigo de la república a aquel bajo cuyo techo habiten distribuidores de dinero.
Por otro lado, Lurcón 129 , tribuno de la plebe, que llegó a [13] la magistratura junto con la ley Elia 130 , ha sido dispensado tanto de la ley Elia como de la ley Fufia para poder presentar una sobre el cohecho, que aquel cojo de buen augurio 131 ha promulgado. De esa manera las elecciones se han retrasado hasta el 27 de julio. La novedad de esta ley radica en que si alguien en una tribu promete dinero pero no lo da, queda sin castigo; en cambio si lo da, deberá pagar mientras viva a cada tribu tres mil sestercios. Yo dije que Publio Clodio ya observaba antes esta ley: pues suele prometer y no pagar. Pero escucha tú, ¿no ves que aquel consulado nuestro, al cual Curión llamaba antes ‘apoteosis’ 132 , será el mimo del haba 133 si éste es elegido? Por eso, en mi opinión, debemos ‘tomarlo con filosofía’, que es lo que tú haces y que nos importen un comino esos consulados.
[14] En cuanto a lo que me escribes de que has decidido no ir a Asia, yo desde luego preferiría que fueras y temo que algo no salga bien en este asunto. Con todo, no puedo censurar tu decisión, especialmente cuando yo mismo no he marchado a mi provincia.
[15] Me contentaré con esos epigramas tuyos que has puesto en tu Amalteo 134 , especialmente cuando Tiilo me ha abandonado y Arquias no ha escrito nada sobre mí 135 ; y temo que, como acaba de terminar un poema griego para los Luculos, esté ahora pensando en un drama ceciliano.
[16] Di las gracias a Antonio en tu nombre y le entregué la carta a Malio 136 (últimamante te he escrito con menos frecuencia porque no tenía un mensajero idóneo ni sabía con seguridad dónde estabas). Te he hecho bien el género.
Si Cincio me confía alguno de tus asuntos, me encargaré; [17] pero ahora está más ocupado en uno suyo, y ahí no le falta mi ayuda. Tú, si vas a permanecer en un sitio fijo, espera frecuentes cartas mías; pero mándame también tú más.
Quisiera que me escribas cómo es tu ‘Amalteo’, con qué [18] ornamentación, en qué ‘paisaje’, y que me mandes los poemas e ‘historias’ que tienes sobre ‘Amaltea’: me apetece hacer uno en la finca de Arpino. Yo te mandaré alguno de mis escritos. No tengo nada terminado.
17 (I 17)
(Roma, 5 de diciembre del 61)
Cicerón saluda a Ático.
Muy grande ha sido la transformación de los sentimientos y el cambio de criterio y juicio de mi hermano Quinto, según he podido comprobar por tu carta donde me mandas copias de las suyas. Por ese motivo he sentido una preocupación tan fuerte como era normal que sintiera, dado el enorme cariño que os tengo a los dos, y también perplejidad ante lo que puede haber sucedido para empujar a mi hermano a una irritación tan grave o a una mutación tan radical de sentimientos. Ciertamente yo ya había notado antes, y tú también lo sospechabas según pude ver cuando me dejaste, que había en él no sé qué desagradable reserva y que su espiritu estaba herido y albergaba algunas sospechas torcidas. Cuando traté de curárselas, muchas veces antes y con especial interés tras el sorteo de la provincia, no advertí que su resentimiento fuese tan profundo como demuestra tu carta, ni pude lograr todo el éxito que deseaba.
[2] A pesar de ello me consolaba pensando que sin duda él te vería en Dirraquio o en cualquier lugar de esas tierras; tenía la confianza y el convencimiento de que cuando eso ocurriera todo acabaría arreglándose entre vosotros con una simple charla y explicación o incluso con el mero hecho de veros y encontraros. Pues no hace ninguna falta que te diga, porque lo conoces, cuánta es la amabilidad de mi hermano, su dulzura, la permeabilidad de su ánimo tanto a concebir como a olvidar una ofensa. Pero ocurre desgraciadamente que no lo has visto en ningún sitio. Tuvo así más influencia en él lo que le inculcaron los manejos de algunos que su obligación, los lazos de familia y esa amistad vuestra de muchos años, la cual debió haber prevalecido por encima de todo.
[3] Y me resulta más fácil adivinar dónde radica la culpa de este malentendido que escribirlo, porque temo que al defender a los míos no sea ecuánime con los tuyos: a mi juicio, en efecto, si bien sus familiares no lo han herido en absoluto, podían desde luego haberle curado aquello que lo hizo. Pero lo que vicia todo este asunto —y llega bastante más allá de lo que parece— te lo explicaré con menos dificultad cara a cara.
[4] Respecto a la carta que te mandó desde Tesalónica y a las conversaciones que, según crees, ha tenido con amigos tuyos en Roma y durante el viaje, ignoro en qué medida el asunto es grave, pero toda mi esperanza de aliviar esta preocupación está puesta en tu bondad: si tienes en cuenta que con frecuencia los ánimos de los mejores hombres son tan irritables como fáciles de calmar, que esta ligereza, por así llamarla, e impresionabilidad de temperamento es la mayoría de las veces propia de un buen corazón y, la cuestión capital, que debemos tolerarnos unos a otros nuestras imperfecciones, defectos u ofensas, esto se calmará, así lo espero, sin dificultad. Te ruego que lo hagas, pues a mí, que te profeso singular afecto, me importa sobremanera que ninguno de los míos deje de quererte a ti o tú dejes de quererlo a él.
Es totalmente innecesaria la parte de tu carta donde [5] enumeras las posibilidades de una situación ventajosa en las provincias o en la Urbe que has dejado pasar en otras ocasiones e incluso durante mi consulado: conozco a fondo tu nobleza y grandeza de alma y nunca pensé que existiera entre nosotros diferencia alguna excepto el género de vida que hemos adoptado, pues a mí una cierta ambición me llevó a buscar los honores, y a ti otro planteamiento, en manera alguna rechazable, a buscar un ocio decoroso. Es cierto que en la verdadera honra, la de la probidad, la integridad, la diligencia, el sentido del deber, no me pongo ni a mí ni a nadie por delante de ti, y que en cariño hacia mí, dejando aparte a mi hermano y los míos, te concedo la primacía.
He visto, en efecto, he visto y comprobado a fondo en [6] las diversas etapas de mi vida tus inquietudes y tus alegrías. Para mí fue muchas veces motivo de dicha tu felicitación en el éxito y de agradecimiento tu consuelo en el peligro. Y ciertamente ahora que estás ausente es cuando echo más en falta no sólo tu consejo, en el que eres maestro, sino incluso tu simple conversación, que para mí, contigo, suele resultar sumamente placentera. ¿Y qué diré de los asuntos públicos, aspecto en el cual no me está permitido ningún descuido; o del trabajo del foro, que antes asumía por alcanzar el poder y ahora para conservar mi rango gracias a las influencias; o de mis propias cuestiones familiares en las cuales tanto antes como después de la marcha de mi hermano te echo de menos a ti y a nuestras conversaciones? En una palabra, ni mi trabajo ni mi descanso; ni los negocios ni el ocio; ni los asuntos del foro ni los de casa; ni los públicos ni los privados pueden permanecer más tiempo sin tu consejo y tu conversación extraordinariamente encantadores y cariñosos.
[7] Mas la delicadeza de los dos nos impidió muchas veces mencionar estas cosas; sin embargo ahora ha sido necesario hacerlo debido a la parte de tu carta mediante la cual querías aclarar y justificar ante mí tu persona y tu conducta. Y en esa preocupación provocada por el distanciamiento y enojo de mi hermano existe al menos la ventaja de que, como a mí y a tus otros amigos nos consta tu voluntad, hace poco expresada, de no aceptar una provincia, se verá que, si no estáis juntos, no es por vuestro desacuerdo y desavenencia, sino por tu propia voluntad y decisión. Por eso, lo que entre vosotros haya sido violado tendrá su expiación y lo nuestro, religiosamente respetado al máximo, mantendrá su carácter sagrado.
[8] Aquí vivimos en medio de una situación política delicada, lamentable e insegura: habrás oído, creo, que nuestros caballeros estuvieron a punto de romper con el senado. Primero llevaron muy a mal la promulgación, en virtud de un decreto del senado, de una encuesta sobre aquellos que ejerciendo de jueces habían aceptado sobornos: como dio la casualidad de que yo no estaba presente cuando se discutió el asunto y comprendí que el orden de los caballeros se incomodaba, aunque no lo decían en público, me quejé ante el senado, según me pareció, con la mayor autoridad, y en una causa no muy respetable fui bastante ponderado y explícito.
[9] Pero he aquí otro capricho de los caballeros difícil de sostener, que yo no sólo asumí, sino incluso expuse bellamente: los que habían comprado a los censores los impuestos de Asia 137 se quejaron en el senado de que, movidos por la ambición, habían pagado un precio muy alto; pidieron que se cancelara el contrato. Yo he sido el primero en apoyarles, o mejor dicho, el segundo, pues en cuanto se atrevieron a hacer esa petición, Craso les impulsó; odioso asunto, vergonzosa demanda, confesión de temeridad. El mayor peligro era que, si no conseguían nada, se apartarían totalmente del senado. A evitar esto dediqué mi mayor esfuerzo y conseguí que tuvieran sesiones con la máxima afluencia y la mejor disposición: el 1 y el 2 de diciembre dije muchas cosas sobre la dignidad y concordia de los órdenes. Nada se ha hecho aún, pero la voluntad del senado queda clara: sólo habló en contra Metelo, el cónsul designado 138 , e iba a intervenir también nuestro famoso héroe Catón, pero no le llegó el turno por la brevedad del día.
Así yo, manteniendo mi sistema y mi línea de conducta, [10] protejo como puedo aquella concordia que yo mismo he cimentado. Mas como esas cosas son tan endebles, me fortifico una vía segura, según espero, para conservar mi influencia; no puedo explicártela plenamente por carta; sin embargo, te la apuntaré con un pequeño indicio: gozo de gran intimidad con Pompeyo. Veo lo que vas a decir; tomaré las precauciones que haya que tomar, y en otra ocasión te escribiré más sobre mis planes para conseguir influencia política.
[11] Has de saber que Luceyo 139 tiene intención de presentarse inmediatamente a cónsul. Según dicen sólo habrá dos contrincantes: César (que piensa pactar con él por mediación de Arrio 140 ) y Bíbulo 141 (que cree poder asociarse con César por mediación de Gayo Pisón). ¿Te ríes?; pues créeme, no son cosas de risa. ¿Qué más te escribiré?; ¿qué? Mucho queda, pero lo dejo para otra ocasión. Hazme saber cuándo quieres que te espere. Desde ya te ruego simplemente una cosa, lo que más deseo: que vengas cuanto antes. [5] de diciembre.
18 (I 18)
(Roma, 20 de enero del 60)
Cicerón saluda a Ático.
Has de saber que ahora nada me hace falta tanto como una persona con quien compartir todo cuanto me produce alguna preocupación; que me aprecie y sea inteligente; con la que, al hablar, no me vea en la necesidad de fingir, disimular ni ocultar nada. Pues mi hermano, ‘el más sencillo’ y el más cariñoso, no está aquí. *** no es una persona 142 , sino
una playa, el cielo y un puro desierto 143 ;
y tú, que tantísimas veces has aliviado la preocupación y la angustia de mi alma con tus palabras y tu consejo; que sueles ser mi compañero en política, mi confidente en todos mis problemas personales y partícipe de todas mis conversaciones y proyectos, ¿donde estás? Me encuentro tan abandonado por todos que mi único descanso es el tiempo pasado junto a mi mujer, mi hijita y mi dulce Marco 144 . En efecto, aquellas amistades nuestras ambiciosas y falsas son buenas para darme algún prestigio en el foro, pero no tienen ninguna utilidad en mi vida privada. Así, cuando mi casa está rebosante por la mañana; cuando bajo al foro escoltado por manadas de amigos, no puedo encontrar entre esa masa enorme a ninguno con quien poder bromear sin trabas o suspirar sin recelo. Por eso te espero, te deseo, te llamo en fin: son, en efecto, muchas las cosas que me preocupan y me angustian. Y me parece que si encuentro tus oídos, podríamos agotarlas con la charla de un solo paseo.
[2] No te voy a contar todas las espinas y tormentos de mis cuitas domésticas ni voy a confiarlos a esta carta y a un correo desconocido. La verdad (no quiero que te alarmes) es que no son demasiado acuciantes; sólo que los llevo sobre mí y me pesan y no cuento con el consejo o las palabras de ningún amigo para calmarlos. En lo tocante a la república, si bien no me falta valor, la propia medicina me hiere, sin embargo, una y otra vez. Pues para resumirte brevemente las cosas que se han hecho desde que te fuiste, a la fuerza habrás de exclamar que la situación de Roma no puede mantenerse por más tiempo. En efecto, después de tu marcha, dio comienzo, si no me engaño, la comedia de Clodio, en la que yo, encontrando propicia la ocasión para cortar de raíz el libertinaje y refrenar a la juventud, toqué enérgicamente a rebato y puse a contribución todas las fuerzas de mi espìritu y mi inteligencia, no guiado por el odio hacia alguien, sino sólo con la esperanza si no de reformar sí al menos de sanar a nuestros ciudadanos.
A la república le ha asestado un fuerte golpe un juicio [3] comprado y prostituido. Mira las consecuencias: se nos ha impuesto un cónsul 145 que nadie, excepto los filósofos como nosotros, puede ver sin un suspiro (¡qué gran herida!); tras la promulgación de un decreto del senado sobre la corrupción electoral y otro sobre los jurados 146 , no los sancionó ninguna ley: el senado vilipendiado, los caballeros indispuestos con él porque se trataba de «cualquiera que, como jurado…» 147 . Así el dichoso año ha tirado por tierra los dos fundamentos del gobierno que yo solo había asegurado: en efecto, destruyó la autoridad del senado y deshizo la concordia de los órdenes. Ahora se nos viene encima otro año excepcional: su inicio fue tal que no se han podido celebrar los ritos anuales de la diosa Juventud 148 : Memio inició en sus propios ritos a la mujer de Marco Luculo y Menelao lo tomó a mal y se divorció; aunque el famoso pastor del Ida solo había ultrajado a Menelao, este Paris nuestro pensó que no debía librarse ni Menelao ni Agamenón 149 .
[4] Por otro lado, hay un tribuno de la plebe, un tal Gayo Herennio, al que tú quizá ni siquiera conozcas (o tal vea sí, pues pertenece a tu tribu, y su padre Sexto solía distribuiros dinero), que quiere convertir a Publio Clodio en plebeyo y propone que todo el pueblo vote esta cuestión de Clodio en el Campo de Marte 150 . Yo le he dispensado la habitual acogida en el senado, pero no hay cosa más insensible que este hombre.
[5] Metelo es un cónsul excelente y me aprecia, pero ha disminuido su autoridad con la promulgación, por puro formulismo, de aquella propuesta sobre Clodio 151 . En cuanto al hijo de Aulo, ¡dioses inmortales! ¡qué soldado tan perezoso y cobarde! ¡cuánto se merece el soportar que Palicano 152 le lance diariamente injurias a la cara, como hace!
[6] Otra cosa: ha sido propuesta por Flavio una ley agraria ciertamente endeble, casi igual que la Plocia 153 . Entretanto ¿quién puede ser hallado como ‘hombre político o su sombra’? El que podía, nuestro amigo (así es en efecto, quiero que lo sepas), Pompeyo, protege con el silencio su famosa toguita bordada 154 . Craso, ni una palabra contra su popularidad. A los demás ya los conoces: son tan necios que parecen tener la esperanza de que sigan a salvo sus piscinas cuando se haya perdido la república 155 .
Sólo hay uno que se preocupa con más tesón e integridad, [7] en mi opinión, que juicio o inteligencia: Catón, que lleva más de dos meses atormentando a los pobres publicanos a los cuales había tenido totalmente a su favor, y no permite al senado darles respuesta. Así nos vemos obligados a no adoptar ninguna resolución sobre los restantes asuntos hasta tanto se les haya dado esa respuesta a los publicanos. Por esta razón pienso que incluso se aplazarán las embajadas 156 .
Ahora ya ves el oleaje que nos zarandea, y si de la [8] magnitud de lo que te he escrito deduces lo que te he dejado de escribir, ven de una vez a vernos, y aun cuando hay que evitar todo esto a lo que te llamo, haz con todo por tener en tanta estima nuestro afecto que estés dispuesto a acudir pese a estos inconvenientes. Procuraré, para que no seas censado como ausente, dar la noticia y divulgarla por todas partes; con todo, ser censado al final del lustro es propio de un genuino hombre de negocios 157 . Por ello procura que te veamos lo más pronto posible. Adiós. 20 de enero, bajo el consulado de Quinto Metelo y Lucio Afranio.
19 (I 19)
(Roma, 15 de marzo del 60)
Cicerón saluda a Ático.
Bastaría que yo tuviese tanto tiempo libre como tú o incluso que me propusiese mandar cartas tan cortas como suelen ser las tuyas, para que te superara fácilmente y te escribiera con mucha más frecuencia que tú: pero a mis muy graves e increíbles ocupaciones se añade mi deseo de que no recibas ninguna carta sin verdadero contenido ni reflexión. Primero te expondré, como es justo en un ciudadano que ama a su patria, lo que ocurre en el terreno político: luego, puesto que yo ocupo el lugar siguiente en tu corazón, te escribiré también sobre mí lo que a mi juicio no querrías ignorar.
[2] Bien, en el terreno político, lo que ahora más preocupa es el miedo a una guerra con los galos; en efecto, los heduos, nuestros hermanos 158 , tuvieron hace poco un combate desgraciado; los helvecios están, sin duda, en armas y hacen incursiones contra la provincia. El senado ha decretado que los cónsules se sorteen las dos Galias 159 , que se haga una leva, se cancelen los permisos y se manden legados con plenos poderes a visitar las ciudades de la Galia y encargarse de evitar que éstas formen causa común con los helvecios. Los legados son Quinto Metelo Crético, Lucio Flaco 160 y ‘el aceite perfumado sobre las lentejas’, Léntulo, el hijo de Clodiano 161 .
No puedo aquí pasar por alto el hecho de que, cuando [3] salí el primero en el sorteo de los consulares, el senado, muy concurrido, exclamó a una voz que debía ser retenido en la Urbe. Después de mí, ocurrió lo mismo con Pompeyo: da así la impresión de que se nos retiene a ambos como garantes de la república. ¿Para qué, pues, esperar ovaciones de extraños cuando éstas surgen en casa?
Los asuntos en la Urbe están así: la ley agraria es enérgicamente [4] promovida por el tribuno de la plebe Flavio, con el apoyo de Pompeyo; la verdad es que no tiene de popular más que el promotor. De esta ley yo, secundado por la voluntad de la asamblea, propuse excluir todo cuanto va en detrimento de los particulares; eximir los terrenos que habían pertenecido al dominio público bajo el consulado de Publio Mucio y Lucio Calpurnio 162 ; asegurar las posesiones de los hombres de Sula y mentener en su dominio a los volaterranos y arretinos, cuyas tierras Sula había confiscado, pero no repartido 163 . Solamente dejé de rechazar un punto: que se adquiera esta tierra con el dinero adicional recibido durante cinco años de los nuevos tributos 164 . A esta planificación agraria en su conjunto se opone el senado, que sospecha si no se está buscando algún nuevo poder para Pompeyo. Es verdad que Pompeyo despliega todas sus fuerzas para que se apruebe la ley. Yo desde luego, con enorme gratitud por parte de los receptores de estas tierras, aseguro las posesiones de todos los particulares (pues éste es mi ejército, el de los terratenientes, como tú sabes); con todo, también satisfice al pueblo y a Pompeyo (cosa que asimismo deseo), con la compra, que una vez aplicada con toda diligencia permitirá, en mi opinión, limpiar la cloaca de la Urbe y repoblar la soledad de Italia. Pero todo este asunto se ha enfriado, interrumpido por la guerra. Metelo es un cónsul excelente y me estima sobremanera; en cuanto al otro, es tan inútil que todavía no conoce bien lo que ha comprado 165 .
Esto es lo que hay en el terreno político, salvo si consideras [5] concerniente también a la política el que un tal Herennio 166 , tribuno de la plebe, perteneciente a tu misma tribu, hombre sin duda inútil e indigente, haya intentado ya varias veces convertir a Publio Clodio en plebeyo; se le pone un montón de vetos. Esto es lo que hay, según mi opinión, en el terreno político.
En cuanto a mí, después de aquel 5 de diciembre en que [6] conseguí una gloria verdaderamente eximia e inmortal 167 , junto con la inquina y las enemistades de muchos, no dejé de participar en el gobierno con la misma energía y de conservar aquella dignidad que me había planteado y asumido. Pero después de observar primero la ligereza y debilidad de los jueces con la absolución de Clodio, ver más tarde que nuestros amigos los publicanos no tenían dificultad en separarse del senado aun cuando no se apartaran de mí; y, en fin, que algunos afortunados (me refiero a estos criadores de peces 168 , amigos tuyos) no me ocultaban su inquina, pensé que debería buscarme algunos recursos más grandes y apoyos más firmes.
[7] Así pues empecé por inducir a Pompeyo, que había guardado silencio durante demasiado tiempo acerca de mis hechos, a tomar la decisión de atribuirme en el senado, y no una vez, sino reiteradamente y con muchas palabras, la salvación de su autoridad y de la tierra toda: ello no favoreció tanto a mis intereses (pues esos hechos no son tan obscuros que necesiten testigos ni tan ambiguos que necesiten elogios) como a la república, pues había ciertos malintencionados que pensaban en la eventualidad de algún enfrentamiento mío con Pompeyo a causa de aquellos hechos. Ahora me he unido a él con tan estrecha amistad que gracias a esta unión cada uno de nosotros puede estar más seguro en su actuación individual y más firme en el terreno político.
[8] En cuanto a aquellos odios de la juventud licenciosa y afeminada que se habían suscitado contra mí, han sido de tal manera mitigados con esa especie de afabilidad mía, que ahora todos ellos me dispensan un trato singular; en fin, ya no tengo ningún roce con nadie, ni tampoco, ciertamente, nada populachero y disoluto: toda mi norma de conducta está tan bien calculada que no ceso en mi labor por la república y, en mis asuntos privados, teniendo en cuenta la debilidad de los buenos, la iniquidad de los malintencionados, el odio que me profesan los bribones, adopto algunas precauciones y cuidados. Mas con todo, me entrego a esas nuevas amistades de tal forma que aquel astuto sículo Epicarmo 169 no deja de susurrarme su famosa cantilena
no bebas, desconfía: el meollo es de la sabiduría
Ya puedes hacerte, creo, una especie de cuadro de mi conducta y de mi vida.
Otra cosa: me escribes con frecuencia sobre tu asunto; [9] por el momento no podemos hacer nada al respecto: el famoso decreto del senado fue aprobado con el mayor apoyo de los del voto indirecto 170 , pero sin la sanción de ninguno de los nuestros. Mas como ves que yo estoy entre los redactores, puedes deducir del propio texto del decreto que en su momento se había propuesto otra cosa, y eso relativo a los pueblos libres se añadió sin motivo; ello fue obra de Publio Servilio hijo, que intervino de los últimos 171 ; pero en este momento no es posible revocarlo. Las reuniones que al principio eran muy concurridas han dejado de celebrarse hace tiempo; sin embargo, me gustaría que me dijeras si has podido sacar algún dinero a los sicionios con tus halagos.
[10] Te mando el comentario de mi consulado, redactado en griego. Si hay algo en él que no parezca griego o erudito a un hombre de Atenas, no te diré lo que, según tengo entendido, te dijo Luculo en Panhormo acerca de sus Historias: que él había sembrado aquí y allá algunos barbarismos y solecismos con el fin de probar más fácilmente que eran obra de un romano. Si en mi obra hay algo de ese estilo será sin haberlo advertido ni buscado. De concluir la versión latina, te la mandaré. Cuenta con una tercera en verso, para que por mi parte no quede sin cultivar ningún género en mi propio elogio. Guárdate ahora de decir
‘¿quien alabará a su padre…?’ 172 ,
pues si hay algo entre los hombres más merecedor de alabanza, acepto ser censurado por no alabar más otras cosas; aunque esto que escribo no es encomiástico sino histórico .
[11] Mi hermano Quinto se me disculpa en sus cartas y asegura no haber dicho nada inconveniente sobre ti a nadie. Desde luego este asunto debemos resolverlo cara a cara con el mayor cuidado y diligencia: tú procura volver lo antes posible. Este Cosinio 173 , a quien entrego la carta, me ha parecido muy buena persona, formal, afecto a ti, tal, en fin, como tu carta me anunciaba que era. 15 de marzo.
20 (I 20)
(Roma, después del 12 de mayo del 60)
Cicerón saluda a Ático.
Cuando volví de mi finca pompeyana a Roma el 12 de mayo, nuestro Cincio me entregó la carta que le habías dado el 13 de febrero. Carta que te contesto con estas letras.
En primer lugar me alegro de que comprendas a fondo mi opinión acerca de ti; luego, me hace sumamente feliz que hayas recibido con tanta moderación las acciones emprendidas en estos asuntos por nosotros, o mejor dicho, por los míos, muy duras y poco agradables a mi juicio: y eso es para mí prueba de un afecto nada mediocre y de gran carácter y prudencia. Como me escribes sobre el asunto con tanta mesura, atención, interés, bondad, que no sólo no debo seguir exhortándote, sino que ni siquiera podría esperar de ti ni de nadie tanta comprensión y generosidad, pienso que lo más oportuno es no escribir ya más acerca de estas cosas; cuando nos reunamos, entonces lo comentaremos cara a cara, si hace falta.
En cuanto a lo que me escribes sobre la república, rebosa [2] ciertamente cariño y buen juicio: y tu forma de pensar no dista mucho de mis planes: pues no debo retroceder de la posición que ha alcanzado mi prestigio ni tampoco adentrarme en las defensas de otro sin mis tropas; y ése que mencionas no tiene nada grande, ni noble, ni independiente y ajeno a la opinión popular 174 . Sin embargo quizá mi táctica no haya sido inútil para la tranquilidad de mis días; aunque, por Hércules, todavía resultó mucho más útil para la república que para mí refrenar los ataques contra mi persona de ciudadanos despreciables, al haber fortalecido la opinión vacilante de un hombre de vastísima fortuna, autoridad y prestigio y haberlo llevado de ser la esperanza de los malvados al elogio de mis acciones. Y aun cuando hubiese tenido que obrar con alguna merma por mi parte, nada me habría valido tanto la pena; pero es que lo he hecho todo de tal forma, que en apariencia yo no sufro merma alguna uniéndome a él sino que es él quien gana aprobándome a mí.
[3] Todo lo demás lo hago y lo haré de forma que mis acciones no den la impresión de estar realizadas al azar. A esos hombres de bien míos que mencionas y a esa ‘Esparta’ 175 que dices he conquistado, no sólo no los abandonaré nunca sino que, incluso si alguna vez es ella la que me abandona, persistiré, no obstante, en mi primitiva línea de pensamiento. Con todo, me gustaría que tengas en cuenta lo siguiente: que yo mantengo este camino de los optimates sin defensa ni compañía alguna desde la muerte de Cátulo. Pues como dice Rintón 176 , si no me equivoco,
unos nada son; a otros nada preocupa .
Te escribiré en otra ocasión, o lo reservaré para cuando nos reunamos, hasta qué punto me odian nuestros criadores de peces. Pero nada podrá separarme del senado, porque así debe ser, pero también porque así conviene especialmente a mis intereses y porque además no encuentro motivo de queja ante la consideración en que me tiene.
Respecto a los sicionios, como te he escrito antes, no [4] hay muchas esperanzas en el senado: ya no hay nadie que presente una queja; por tanto si te interesa, va para largo. Lucha por otro camino, si puedes encontrarlo. Cuando se hizo la propuesta, no se advirtió a quiénes podía afectar y los del voto indirecto corrieron apresuradamente a ponerse a su favor 177 . Todavía es prematuro intentar la derogación del decreto porque no hay quien proteste y porque muchos, ora por malevolencia, ora por sentido de la equidad, lo encuentran de su gusto.
Tu Metelo es un cónsul excelente; sólo le reprocho una [5] cosa: que no se alegra mucho con el anuncio de la paz en Galia. Creo que ansía el triunfo; en este aspecto quisiera verlo más moderado; lo demás, excelente. En cuanto al hijo de Aulo, se porta de tal forma que su consulado no es consulado, sino un ‘remedo’ de nuestro Magno.
De mis escritos te mando ya terminado mi Consulado en [6] griego. He entregado el libro a Lucio Cosinio. Creo que te gustan mis obras latinas pero que, como griego, no ves con buenos ojos esta griega. Si escriben otros, te lo mandaré; pero, créeme, no se por qué motivo se desalientan cuando han leído esto mío 178 .
[7] Ahora, para volver a mis asuntos, Lucio Papirio Peto 179 , hombre íntegro y afectuoso conmigo, me ha regalado los libros que le legó Servio Claudio 180 . Una vez que tu amigo Cincio me dijo que podía tomarlos de acuerdo con la ley Cincia 181 , le contesté que si me los ofrece los aceptaré con mucho gusto. Ahora, si me estimas y sabes que yo te estimo, haz lo posible, por medio de tus amigos, clientes, huéspedes, e incluso libertos y esclavos para que no se pierda ni una página. Necesito sobre todo las obras griegas que sospecho y las latinas que sé que están en ese legado. Yo cada día dedico más el tiempo de descanso que me permiten las tareas del foro a relajarme con esos estudios. Me harás un gran favor, insisto, un gran favor, si atiendes esto con tanta diligencia como sueles atender las cosas por las que a tu juicio me intereso especialmente. También te recomiendo los asuntos del propio Peto, que te está profundamente agradecido por ello. En fin, ya no sólo te lo ruego, sino que te aconsejo venir a vernos.
21 (II 1)
(Roma, junio del 60)
Cicerón saluda a Ático.
El 1 de junio, cuando iba a Accio deseando dejar atrás los gladiadores de Marco Metelo 182 , se me presentó tu esclavo. Me entregó de tu parte una carta junto con el comentario de mi consulado escrito en griego 183 . A este respecto me alegré de haber dado con bastante antelación un libro sobre el mismo tema, igualmente escrito en griego, a Lucio Cosinio para que te lo llevase 184 . En efecto, de haber leído yo primero el tuyo, podrías decir que te plagié. Con todo, eso tuyo (pues lo he leído con gusto) me pareció desaliñadillo y enmarañado (aun cuando precisamente ese descuido en los adornos resulta en sí un adorno y, al igual que las mujeres, parece oler bien porque no huele a nada 185 ); mi libro, en cambio, ha agotado por completo su perfumador a Isócrates, todos los frascos de sus discípulos e incluso los colores aristotélicos 186 . En Corcira ya lo habías ojeado de pasada, como me apuntas en otra carta; mas fue después, según creo, cuando lo recibiste de Cosinio. No me hubiese atrevido a mandártelo sin haberlo sometido antes a una revisión lenta y fastidiosa.
[2] Y eso que Posidonio 187 me había contestado ya desde Rodas, después de leer esa ‘memoria’ mía, la cual le mandé con objeto de que escribiera con más elegancia sobre el mismo tema, que no sólo no se había animado a escribir, sino incluso le había causado gran temor hacerlo. ¿Qué quieres que te diga? He perturbado a la gente griega. Y así, quienes me instaban en masa a que les diera algo para embellecerlo han dejado ya de causarme molestias. Tú, si el libro te gusta, procurarás que esté en Atenas y en las demás ciudades de Grecia, pues parece que puede añadir alguna luz a mis actos.
[3] Te mandaré los dicursillos que me pides y algunos más, puesto que también tú disfrutas con las cosas que escribí empujado por el entusiasmo de la juventud. En efecto, me ha parecido provechoso —dado que tu gran conciudadano Demóstenes alcanzó lustre en esos discursos llamados Filípicas y dado que se apartó de esta un tanto enredosa oratoria judicial para aparecer como ‘un hombre de mayor dignidad y más de estado’— ocuparme de que también haya discursos míos susceptibles de llamarse «consulares». De ellos el primero es el del 1 de enero, en el senado, y el segundo, ante el pueblo, sobre la ley agraria 188 ; el tercero, sobre Otón 189 ; el cuarto, en defensa de Rabirio 190 ; el quinto, sobre los hijos de los proscritos 191 ; el sexto, cuando renuncié a mi provincia en la asamblea 192 ; el séptimo, cuando expulsé a Catilina; el octavo, el que pronuncié ante el pueblo el día siguiente a la huida de Catilina 193 ; el noveno, en la asamblea, el día que declararon los alóbroges 194 ; el décimo, en el senado, el 5 de diciembre 195 . Hay además dos breves, a modo de ‘fragmentos’ del de la ley agraria 196 . Procuraré que recibas todo este corpus ; y puesto que disfrutas con mis escritos tanto como con mis actos, de los mismos libros deducirás lo que he hecho y lo que he dicho… y si no, no haberlos pedido, que yo no te me ofrecí.
[4] En cuanto a tu pregunta de por qué razón te reclamo y tu simultánea indicación de que las ocupaciones te retienen y esa declaración de que estás dispuesto a acudir si es necesario, o simplemente si yo lo deseo, la verdad es que no hace ninguna falta, pero me da la impresión de que podías organizar más adecuadamente tus periodos de estancia fuera; permaneces demasiado tiempo ausente, sobre todo viviendo tan cerca: yo no disfruto de tu compañía y tú no me tienes a mí. Por ahora hay calma, pero a la menor posibilidad de que vaya más allá la locura del Niño Bonito, no cejaría hasta hacerte salir de ahí. En realidad es una maravilla cómo Metelo lo sujeta y lo seguirá sujetando 197 . ¿Qué quieres que te diga? Es un cónsul ‘patriota’ y, como siempre he pensado, bueno por naturaleza.
[5] El otro en cambio no disimula, sino que muestra abiertamente su ambición de ser nombrado tribuno de la plebe. Al tratarse este asunto en el senado lo deshice al hombre, echándole en cara la inconsecuencia de quien pretende en Roma el tribunado de la plebe cuando en Sicilia 198 había estado repitiendo que pretendía la edilidad 199 ; y añadí que no debíamos inquietarnos demasiado pues no iba a estar la destrucción de la república más al alcance de él, plebeyo, que lo había estado al de unos patricios semejantes a él durante mi consulado. Y como él afirmase, jactándose de ello ante la asamblea, que había llegado en siete días desde el estrecho sin que nadie hubiese podido acudir a recibirle y que entró de noche, le dije que eso no era nada nuevo para él: «¿Desde Sicilia a Roma en siete días? Y antes, de Roma a Interamna en tres horas 200 . ¿Había entrado de noche? Igual que la otra vez. ¿No fueron a recibirlo?. Tampoco lo hicieron entonces, cuando más debían 201 ». ¿Qué quieres que te diga?, a ese hombre petulante le bajo los humos no ya con la seriedad sostenida de mis discursos, sino también con este tipo de réplicas. Así, ya hasta discuto y bromeo con él familiarmente; incluso más: en cierta ocasión que acompañábamos a un candidato me preguntó si yo acostumbraba a reservar sitio a los sicilianos para los combates de gladiadiores. Dije que no. «Pues yo», replicó, «su nuevo patrono, pienso establecerlo; pero mi hermana 202 , con todo el espacio consular de que dispone, sólo me ofrece un pie». «No te quejes de ese único pie de tu hermana», repliqué, «que puedes levantarle también el otro». Respuesta no muy consular, dirás; lo reconozco, pero es que detesto a esa mujer indigna de un cónsul. En efecto,
ella es rebelde, ella guerrea con su esposo 203 ;
y no sólo con Metelo, sino incluso con Fabio 204 , porque a ella le sienta mal que sean unos inútiles.
[6] En cuanto a lo que escribes sobre la ley agraria: parece haberse enfriado ya bastante. Y en cuanto a tus censuras, hechas en cierto modo con una mano ligera, de mi familiaridad con Pompeyo, quisiera evitarte la impresión de que me he aliado con él para protegerme; pero la situación está en un punto que, si por casualidad hubiera algún desacuerdo entre nosotros, surgirán inevitablemente las mayores discordias políticas. Lo he preparado y previsto de forma que, sin abandonar yo mi conocida norma de conducta irreprochable, él, en cambio, mejore y se aparte algo de su ligereza demagógica. Has de saber que él habla de mis actos, contra los cuales muchos lo habían incitado, con mucho más encomio que de los suyos propios, atestiguando que mientras él es un buen servidor de la república, yo soy su salvador. No sé qué provecho voy a sacar yo de esta actitud suya; pero desde luego la república lo saca. ¿Y qué? Si incluso hago mejorar a César, cuyos vientos son ahora muy favorables, ¿causo tanto perjuicio a la república?
[7] Más aún: si nadie me detestara, si todos, como es justo, me apoyaran, no por ello habría de esforzarme menos en probar la medicina que busca curar las partes enfermas de la república antes que la que busca amputarlas. Mas ahora, como aquella caballería que yo coloqué en la colina del Capitolio 205 , contigo como portaestandarte y dirigente, ha abandonado el senado y nuestros dirigentes creen tocar el cielo con el dedo si en sus piscinas hay barbos que se acercan a su mano y no se preocupan de otras cosas, ¿no te parece que seré de cierta utilidad si consigo disuadir a quienes pueden hacer daño?
Ahí tienes a nuestro Catón: no lo aprecias tú más que [8] yo. Y sin embargo, él con su mejor intención y su mayor buena fe perjudica algunas veces a la república; pues interviene como si estuviera en la ‘República ideal’ de Platón y no en la de fango de Rómulo. ¿Hay algo más adecuado que la comparecencia ante el juez del que se deja corromper cuando administra justicia? Eso fue lo que propuso Catón; el senado estuvo de acuerdo; y los caballeros, en guerra con la curia, que no conmigo, pues yo discrepé. ¿Hay algo más descarado que la renuncia de los publicanos? Y sin embargo se debió hacer esta concesión para no perder a los caballeros; Catón se opuso y ganó. En consecuencia, ahora, con el cónsul encarcelado 206 y una revuelta repetidamente reiniciada, no dio su apoyo ninguno de aquellos con cuyo concurso yo, y también los cónsules que me sucedieron, solíamos defender la república. «Entonces ¿qué?», dirás, «¿tendremos que conseguir la colaboración de esos dándoles dinero?». Y ¿qué hacer, si no podemos de otro modo?, ¿acaso acabar esclavos de libertos y hasta de esclavos? 207 . Pero, como tú dices, ‘basta de cosas serias’.
[9] Favonio se ha ganado a mi tribu 208 con más honor que a la suya, y ha perdido a la de Luceyo. Llevó la acusación de Nasica 209 con poca honorabilidad pero con moderación; habló de tal forma que más bien parece haberse dedicado en Rodas al molino que a Molón 210 . Me hizo algún ligero reproche por haber asumido la defensa. Con todo, ahora se presenta de nuevo por interés hacia la república. Te escribiré lo que haga Luceyo 211 después de ver yo a César, que llegará en dos días.
[10] El daño que te causan los sicionios se lo endosas a Catón 212 y su émulo Servilio. ¿Qué? Esa herida, ¿no les alcanza a muchos hombres buenos? Pero si así se ha decidido, aplaudamos; luego nos dejarán solos cuando surjan las disensiones.
[11] Mi Amaltea te espera y te necesita 213 . Las fincas de Túsculo y Pompeya me agradan sobremanera, con el inconveniente de que a mí, el mismísimo gran protector del crédito, me han cubierto, no de bronce de Corinto, sino del que se negocia en los alrededores del foro 214 . Espero que haya calma en Galia. Aguarda de un día a otro mis Pronósticos 215 junto con unos discursillos, mas no dejes por ello de escribirme qué planes tienes con respecto a tu venida. Pomponia ordenó anunciarme que estarás en Roma en julio; pero eso no concuerda con la carta que me mandaste a propósito de tu censo 216 .
Peto, como te escribí con anterioridad 217 , me ha regalado [12] todos los libros que le dejara su primo. Este regalo suyo depende del interés que tú te tomes. Si me estimas, encárgate de que sigan intactos y me lleguen: nada me daría mayor alegría; cuida con interés, por favor, no sólo los griegos sino también los latinos. Este pequeño presente lo consideraré un regalo tuyo.
He mandado una carta a Octavio 218 . No había cruzado una palabra con él; la verdad es que no pensaba que esos fueran tus negocios en provincias ni te contaba entre los prestamistas a interés 219 . Lo cierto es que le escribí, como debía, con prontitud.
22 (II 2)
(Ancio, mediados o finales de diciembre del 60)
Cicerón saluda a Ático.
Cuídame, por favor, al pequeño Marco; me parece ‘estar enfermo con él’ 220 .
[2] Tengo en las manos la ‘Constitución de Pelene’ y, por Hércules, he levantado ante mis pies un gran montón de Dicearco 221 . ¡Qué gran hombre, de donde puedes aprender más que de Procilio 222 ! Creo que tengo en Roma su ‘Constitución de Corinto’ y su ‘Constitución de Atenas’. Hazme caso (¿pero soy yo quien te lo enseña?): es un hombre admirable. ‘Herodes’ 223 , si fuera sensato, lo leería antes de escribir una sola línea. Ha ido a por mí en una carta y según veo se acerca aún más a ti; yo preferiría haber conspirado antes que haber hecho frente a la conspiración, si llego a imaginar que tendría que oírle.
Respecto a lo de la cizaña desvarías; lo del vino lo [3] apruebo 224 .
Pero escucha tú, ¿te das cuenta de que llega el primero de mes y no llega Antonio?, ¿de que se reúnen los jueces? 225 . Pues me mandan a decir que Nigidio 226 amenaza en la asamblea con atacar al juez que no esté presente. Aún así, escríbeme, por favor, si has oído algo sobre la llegada de Antonio y, ya que no vienes aquí, cena en todo caso conmigo a fin de mes. Procura no faltar. Cuida tu salud.
23 (II 3)
(Quizá Roma, poco después de la anterior)
Cicerón saluda a Ático.
En primer lugar, ‘una buena noticia’, según mi opinión: ha sido absuelto Valerio 227 , con la defensa de Hortensio. Se piensa que el veredicto fue una concesión al hijo de Aulo 228 ; y sospecho que Epícrates 229 , como tú escribes, se ha salido de madre: no me gustan sus sandalias ni sus cintas blancas. Cuando vengas averiguaremos qué significa esto.
[2] Otra cosa: criticas la estrechez de mis ventanas; pues bien, has de saber que censuras la ‘Ciropedia ‘ 230 ; pues Ciro, al decirle yo eso mismo, me contestó que la ‘visión’ de los jardines no resulta tan agradable si las aberturas son anchas; en efecto, ‘sea el lugar de visión A, el objeto percibido BC y los rayos, etc…’: ves ya lo demás; pues si viéramos ‘mediante la recepción de imágenes’, mucho habrían de sufrir estas ‘imágenes’ con vanos estrechos; ahora bien, aquella ‘emisión’ de los rayos visuales funciona estupendamente 231 . Si me criticas lo demás, no me dejarás callado salvo que haya algo susceptible de corrección sin gasto.
Paso ahora al mes de enero y ‘a la base de mi política’; [3] dentro de ella, ‘al modo socrático, a una alternativa’ 232 y, por fin, como ellos suelen hacer, ‘a mi preferencia’. Es cosa sin duda de cuidadosa reflexión; hace falta, en efecto, bien oponerse tenazmente a la ley agraria 233 , lo cual comporta una cierta lucha, pero llena de gloria; bien quedarse quieto, lo cual no es otra cosa que marchar a Solonio o a Ancio 234 ; o bien, en fin, apoyarla, lo cual según dicen, es lo que César espera de mí hasta el punto de no albergar dudas. Pues estuvo a verme Cornelio, me refiero a Balbo, el amigo de César 235 ; me aseguró que éste contaría, en todos los asuntos, con mi consejo y el de Pompeyo y que se esforzaría en unir con Pompeyo a Craso.
[4] En ello hay: estrecha unión mía con Pompeyo y, si me agrada, también con César; reconciliación con mis enemigos; paz con la masa; una vejez tranquila. Pero me desasosiega aquel ‘desenlace’ de mi libro III 236
Entretanto, los rumbos que siendo apenas un joven, los que luego, de cónsul, buscaste con fuerza y coraje, manténlos y aumenta la fama y loor de los buenos .
Como esto me lo recetó la propia Calíope en el libro donde hay muchas cosas escritas ‘aristocráticamente’, no puede caber duda de que siempre hemos de considerar
‘El mejor augurio de todos, luchar por la patria’ 237 .
Pero reservemos esto para los paseos Compitales 238 . Tú no olvides la víspera de esos Compitales: ordenaré calentar el baño. También Terencia invita a Pomponia; uniremos a tu madre. Tráeme de la biblioteca de mi hermano Quinto el ‘Tratado de la Ambición de Teofrasto’ 239 .
24 (II 4)
(Ancio, primera mitad de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Me has proporcionado un gran placer al mandarme el libro de Serapión 240 , del cual, por cierto, dicho sea entre nosotros, apenas entiendo la milésima parte; he ordenado que te lo paguen al contado para que no lo endoses a la cuenta de regalos. Y ya que se menciona el dinero, hazme un favor: procura liquidar como sea con Titinio 241 . Si no se mantiene en las condiciones que había propuesto, prefiero con mucho devolverle esa compra mal hecha si ello es posible de acuerdo con el deseo de Pomponia; en caso contrario vale más darle el dinero que tener alguna contrariedad. Mi mayor deseo es que lo dejes terminado antes de marcharte, con el cariño y la diligencia que sueles.
[2] ¿De modo que Clodio, me dices, jante Tigranes! 242 ? Ya quisiera yo, en esas condiciones. Pero lo acepto sin dificultad, pues me viene mejor para una legación libre 243 el tiempo en que por fin mi hermano Quinto esté, como espero, retirado 244 y sepamos además qué tal sale ese sacerdote de la Buena Diosa 245 . Entretanto disfrutaré de las musas con ánimo tranquilo, más aún, gozoso y feliz: y nunca me pasará por la mente sentir envidia de Craso 246 o arrepentimiento por haber permanecido fiel a mis principios.
[3] Respecto a la Geografía , procuraré satisfacerte, pero no te prometo nada seguro. Es un gran trabajo, pero aún así intentaré, siguiendo tus mandatos, que salga para ti algún trabajo de este viaje.
[4] Por tu parte hazme saber cuanto averigües sobre los asuntos públicos y de manera especial quiénes serán a tu juicio los cónsules. Después de todo soy demasiado curioso, pues he decidido no pensar ya nada en tales asuntos.
[5] He visitado el bosque de Terencia. ¿Qué quieres que te diga? Excepto la encina de Dodona, nada nos falta para creernos dueños del propio Epiro.
[6] Hacia primeros de mes estaré en la finca de Formias o en la de Pompeya. Tú, si no estoy en Formias y me quieres, ven a Pompeya; ello será para mí un gran placer y para ti apenas un desvío.
Respecto al muro, he ordenado a Filótimo 247 que no se [7] oponga a la realización de cuanto tú sugieras. Sin embargo opino que debes recurrir a Vetio 248 . En estos tiempos en que la vida de las gentes de bien es tan insegura, aprecio mucho el disfrute de un verano en mi palestra del Palatino, aunque por nada querría ver a Pomponia y al niño viviendo con el temor de un derrumbamiento.
25 (II 5)
(Ancio, poco después de la anterior)
Cicerón saluda a Ático.
Tengo grandes deseos, y los tengo desde hace tiempo, de visitar Alejandría y el resto de Egipto 249 , y a la vez apartarme del hastío que provoco en la gente aquí y volver rodeado de cierta expectación. Pero, dadas las circunstancias y las personas que me enviarían 250 ,
‘yo temo a troyanos y longiveladas troyanas’ 251 ’ .
En efecto, nuestros optimates, si es que queda alguno, ¿qué dirán?, ¿acaso que me he apartado de mis principios por algún favor?
‘Será Polidamante el primero en cubrirme de oprobios ’ 252 ;
me refiero a nuestro Catón, que vale para mí por cien mil 253 . ¿Qué hablará de mí la historia dentro de seiscientos años?: ella me infunde mucho más respeto que los rumorcillos de las gentes que hoy viven. Pero esta es mi opinión: a aguardar y verlas venir. En efecto, si se me ofrece, tendré un cierto poder y entonces lo pensaré: incluso en renunciar hay, por Hércules, alguna gloria. Así pues, si por casualidad ‘Teófanes’ 254 trata algo contigo, no lo rechaces de plano.
[2] Espero una carta tuya sobre lo que ahí acontece: qué cuenta Arrio 255 , con qué ánimo lleva su abandono, qué cónsules se nos preparan, si Pompeyo y Craso, como dice la gente, o Servio Sulpicio con Gabinio 256 , como me han escrito, y si hay nuevas leyes o cualquier otra novedad de algún tipo, y, puesto que se marcha Nepote 257 , en quién va a recaer el cargo de augur. Por cierto que en eso es en lo único que pueden tentarme las gentes de ahí; fíjate qué debilidad la mía. Pero, ¿y a mí qué estas cosas, que estoy deseando dejar para dedicarme con toda mi alma y todo mi afán a la ‘filosofía’? Así, insisto, está en mi ánimo. ¡Ojalá hubiera sido desde el principio!; ahora, en efecto, ya que he comprobado cuán vacío es aquello que yo consideraba excelente, sólo deseo tener trato con todas las musas.
Tú, no obstante, escríbeme con la mayor exactitud sobre [3] Tucio 258 y quién se prepara ahora para ocupar su puesto, y qué ocurre con Publio Clodio. Y todo, tal como te has ofrecido, escríbemelo ‘con detenimiento’; también quiero que me escribas qué día piensas salir de Roma para confirmarte en qué lugares estaré yo, y que envíes enseguida la carta sobre los asuntos que te acabo de mencionar. Porque espero con gran impaciencia noticias tuyas.
26 (II 6)
(Ancio, poco después de la anterior)
Cicerón saluda a Ático.
En cuanto a lo que te prometí en carta anterior, que saldría una obra de este viaje al exterior, ya no respondo en absoluto; he abrazado la inactividad de tal modo que no puedo arrancarme de ella. Así, me entretengo con los libros, de los que tengo en Ancio una agradable provisión, o bien cuento las olas (pues el tiempo que hace no es idóneo para coger caballas); mi ánimo siente una total repugnancia a escribir. La verdad es que la ‘Geografía ’ que había emprendido es una obra inmensa; de hecho, Eratóstenes, al cual tomé como modelo, es ampliamente criticado por Serapión y por Hiparco. ¿Qué piensas que pasará cuando haya que añadir a Tiranión 259 ? Además, por Hércules, son cosas difíciles de explicar y ‘monótonas’ y sin tantas posibilidades de ‘adorno’ como parecía, aparte de que —y esto es lo capital — cualquier motivo me parece bueno para no hacer nada, hasta el punto de que dudo si me quedaré aquí en Ancio y pasaré todo este tiempo donde ciertamente hubiera preferido ser duúnviro que <cónsul> en Roma 260 .
Tú, más prudente, te has procurado una casa en Butroto. [2] Pero, créeme, esta ciudad de Ancio no dista mucho de aquel municipio. ¡Que exista un lugar tan cerca de Roma donde hay muchos que no han visto nunca a Vatinio 261 , donde no hay nadie excepto yo que se preocupe por la vida o la salud de alguno de los vigintíviros 262 , donde nadie me importuna y todos me quieren! Aquí, aquí, sin duda valdría la pena ‘ocuparse de la política’. Pues ahí no sólo no es posible sino que además desazona. Así que yo voy a redactar ‘historias inéditas’, que sólo a ti te leeré, al estilo de Teopompo 263 o aún mucho más áspero; ya no tengo otra ‘actividad política’ que odiar a la gente deshonesta y aún eso sin ninguna cólera sino sólo con cierta voluptuosidad de escribirlo.
Pero al asunto: escribí a los cuestores urbanos sobre el negocio de mi hermano Quinto 264 . Observa lo que cuentan, si hay alguna esperanza de denarios o hemos de quedarnos en el cistóforo de Pompeyo. Por otra parte, decide qué se ha de hacer con respecto al muro. ¿Algo más? Sí: hazme saber cuándo piensas marcharte de ésa.
27 (II 7)
(Ancio, poco después de la anterior)
Cicerón saluda a Ático.
Sobre la geografía deliberaremos detenidamente. Por otra parte me pides dos discursos: uno de ellos no me apetece escribirlo porque lo he roto 265 , el otro por no elogiar a quien no aprecio. Pero también esto se verá. Con todo, algo saldrá, para que no te parezca que mi abandono es total.
[2] Lo que me escribes sobre Publio 266 me agrada sobremanera y tengo especial interés en que lo indagues siguiendo todas las pistas y me lo traigas cuando vengas; escríbeme entretanto si averiguas o sospechas algo, de manera especial lo que va a hacer con respecto a la legación. La verdad es que antes de leer tu carta deseaba que el individuo se fuera, no, por Hércules, para diferir mi cita ante la corte con él (pues estoy de sorprendente humor para litigar), sino porque a mi parecer perdería lo que pudiera haber en él de popular por haberse unido a los plebeyos: «pues ¿qué?, ¿te pasaste a la plebe para ir a saludar a Tigranes? Cuéntame, ¿los reyes armenios no suelen intercambiar saludos con los patricios?». ¿Qué quieres que te diga?; había aguzado mi ingenio para criticar esa embajada suya: si él se la toma a burla y si, como me escribes, esto remueve la bilis a los que proponen y auspician la ley curiada 267 , ¡magnífico espectáculo!
¡Hércules! a decir verdad, nuestro Publio es tratado con [3] cierta ignominia; en primer lugar porque quien en otro tiempo había sido el único hombre en la casa de César no pudo estar ahora ni siquiera entre los veinte 268 ; en segundo, se le había propuesto una legación y se le da otra; aquélla, espléndida para hacer dinero, se le reserva, segun creo, a Druso el de Pisauro o bien a Vatinio el epulón 269 ; ésta, escuálida legación de correo, se le da al hombre cuyo tribunado reservan para cuando les llegue su ocasión. Enardécelo, te lo ruego, en lo posible. Nuestra única esperanza de salvación es el desacuerdo entre esos individuos, del que ya he sentido algunos barruntos por Curión. Ciertamente Arrio está enfurecido porque le quitaron el consulado; Megaboco 270 y esta juventud atiborrada se encuentran totalmente enemistados. Pues que venga, que venga también esa discordia del augurado. Espero mandarte cartas muy brillantes sobre esos asuntos con frecuencia.
[4] Ardo en deseos de saber qué significan aquellas obscuras palabras que dejas caer sobre los murmullos surgidos incluso entre los quinquéviros 271 . ¿Qué es eso? Pues si hay algo de ello, la cosa va mejor de lo que yo podría pensar. Pero, por favor, considera que no te lo pregunto con un fin práctico , porque me anime la pretensión de hacer algo en la política. Ya me disgustaba hace tiempo gobernar, incluso cuando podía; ahora, cuando me veo obligado a salir de la nave no por haber abandonado el timón sino por haberme sido arrebatado, deseo vivamente contemplar el naufragio de ésos desde tierra, deseo, como dice tu querido amigo Sófocles:
‘y bajo techo ,
con alma tranquila oír la lluvia apretada’ 272 .
[5] Respecto al muro, tú verás lo que se debe hacer. Yo enmendaré el yerro de Castricio 273 ; y eso pese a que Quinto me había escrito quince mil sestercios, y no, como a tu hermana, treinta mil. Terencia te saluda. Marco te encarga que le contestes sobre él a Aristodemo lo mismo que le contestaste sobre su primo, el hijo de tu hermana 274 . No dejaré de la mano lo que me aconsejas a propósito de Amaltea. Cuídate.
28 (II 8)
(Ancio, hacia el 16 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Mientras esperaba con impaciencia un papel tuyo hacia la tarde, como tengo por costumbre, mira por dónde me anuncian que tus esclavos han llegado de Roma 275 . Los hago venir, les pregunto si hay carta. Contestan que no. «¿Qué dices?», insisto, «¿nada de parte de Pomponio?». Asustados por mi voz y mi gesto confiesan que la recibieron pero se les perdió por el camino. ¿Qué quieres que te diga?; me sentó muy mal, pues durante estos días no me ha llegado ningún papel tuyo falto de contenido provechoso y agradable. De modo que, si hay algo digno de pasar a la historia en el que me mandaste el 15 de abril, escríbemelo cuanto antes para que yo no lo ignore; y si no hay nada más que jugueteos, dímelo igualmente.
Has de saber también que Curión el joven ha venido a saludarme. Lo que me ha dicho de Publio concuerda perfectamente con tus cartas. Él también, de forma admirable,
odia a los reyes soberbios 276
y cuenta que la juventud está igualmente inflamada y no puede soportar esta situación. ¡Apañados vamos nosotros si la esperanza está en ellos!; en mi opinión debemos ocuparnos de otra cosa. Yo me dedico a la historia; sin embargo, aunque me creas un Saufeyo, nada más indolente que yo.
[2] Otra cosa, entérate de nuestro itinerario para que puedas decidir dónde vendrás a vernos. Queremos llegar a la finca de Formias el día de los Parilia 277 ; de allí, puesto que a tu juicio debemos prescindir de las delicias del Golfo en las circunstancias presentes 278 , saldremos de Formias el 1 de mayo para estar en Ancio el 3 (pues en Ancio va a haber juegos desde el 4 al 6 y Tulia quiere verlos); de allí pienso ir a la finca de Túsculo, más tarde a Arpino y Roma hacia el 1 de junio. Tú procura que te veamos en la finca de Formias, en Ancio o en la de Túsculo.
Mándame otra vez el papel anterior y dale alguna pincelada nueva.
29 (II 9)
(Ancio, 16 ó 17 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Como Cecilio el cuestor 279 me ha hecho saber de improviso que mandaba un esclavo a Roma, te escribo esto a toda prisa con objeto de conseguir que me cuentes tus maravillosas conversaciones con Publio, tanto las que mencionas en tus cartas como la que me ocultas diciendo que sería largo de escribir todo cuanto contestaste. Con respecto a aquello que todavía no ha tenido lugar y que ‘la de ojos de buey’ 280 te contará cuando vuelva de Solonio, nada, tenlo por seguro, te lo ruego, puede resultarme más agradable. Desde luego, si los acuerdos que se han tomado con respecto a mí no se respetan, yo me veo en los cielos; sabrá entonces nuestro jerosolimitano pasador de gentes a la plebe 281 qué bien ha agradecido mis más pelotilleros discursos; espera una ‘palinodia’ divina de ellos. En efecto, hasta donde cabe augurar según mis previsiones, si ese bellaco mantiene buenas relaciones con nuestros tiranos, no sólo no podrá presumir del «ex cónsul ladrador» sino ni siquiera de tus «tritones de piscina» 282 ; pues no podremos causar ninguna envidia despojados de todo apoyo y de la anterior influencia en el senado. Si por el contrario está en desacuerdo con ellos, será absurdo ir contra mí. Pero bueno, que lo haga.
Alegremente, créeme, y con menos ruido del que yo había pensado, se ha hecho este cambio de órbita en la política 283 ; pero sin duda más deprisa de lo que se podía; ello es culpa de Catón, pero, más todavía, de la truhanería de ésos, que no tuvieron en cuenta ni los auspicios, ni la ley Elia, ni la Junia-Licinia, ni la Cecilia-Didia; que dejaron escapar todos los remedios para la república; que entregaron los reinos como predios a los tetrarcas e ingentes sumas a unos pocos.
[2] Veo ya a dónde va a parar el aborrecimiento y dónde va a quedarse. Podrás pensar que no he aprendido nada ni de la experiencia ni de Teofrasto 284 , si no observas que de aquí a poco echarán de menos aquellos tiempos de mi consulado; si en verdad fue aborrecible el poder del senado, ¿qué piensas que será hoy cuando ha pasado no al pueblo sino a tres individuos desenfrenados? Lo mismo que ésos pueden hacer a quienes quieren cónsules o tribunos de la plebe e incluso terminar vistiendo la escrófula de Vatinio con el ‘ropaje bicolor’ de sacerdote 285 , verás en breve engrandecidos no sólo a los que nunca dieron un mal paso sino incluso al mismo que ha incurrido en falta, es decir, Catón.
Yo desde luego, si ese camarada tuyo Publio me lo [3] permite, pienso ‘hacerme el sofista’; y, si me obliga, simplemente defenderme; y —cosa propia de la técnica sofística— ‘aviso que
aquel que primero me ataque caerá ante mis golpes’ 286 .
La patria me sea propicia. Ha recibido de mí, si no más de lo que yo le debía, más sin duda de lo que me pidió. Prefiero hacer un mal viaje con otro piloto a pilotar bien con pasajeros tan ingratos. Pero esto, con más comodidad cuando estemos juntos.
Escucha ahora mi respuesta a tu pregunta: pienso marchar [4] desde la finca de Formias a Ancio el 3 de mayo; de Ancio quiero salir hacia la de Túsculo el 7. En todo caso, cuando haya vuelto de la de Formias (quiero permanecer allí hasta el 29 de abril), te lo confirmaré inmediatamente.
Saludos de Terencia. También ‘el pequeño Marco saluda a Tito el Ateniense’.
30 (II 12)
(Tres Tabernas, 19 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
¡Que nieguen ellos que Publio se ha hecho plebeyo! Eso es ciertamente tiranía y no puede tolerarse de ninguna manera. Despácheme Publio quienes levanten testimonio: juraré que nuestro Gneo, colega de Balbo Acio 287 , me contó haber asistido a la toma de auspicios.
¡Cuán agradables las dos cartas tuyas que he recibido al mismo tiempo!; no sé qué ‘buenas noticias’ darte a cambio; desde luego confieso que te las debo.
[2] Pero mira qué ‘coincidencia’: había salido precisamente del territorio de Ancio hacia la vía Apia, junto a Tres Tabernas, justo el día de los Cerealia 288 , cuando tropieza conmigo procedente de Roma mi querido Curión. Y allí mismo a la vez un esclavo con cartas tuyas. Aquél me pregunta si no he oído nada nuevo. Yo le contesto que no. El dice «Publio se presenta al tribunado de la plebe». «¿Qué dices?». «Y por cierto», añade, «con la mayor enemistad hacia César y pretendiendo anular todo lo que ha hecho». «Y César, ¿qué?», le pregunto. «Niega haber presentado ninguna proposición sobre la adopción del otro». Luego sacó a relucir su odio, y el de Memio y Metelo Nepote 289 . Después de abrazar al muchacho, lo despedí, corriendo a tus cartas. ¿Donde están los que dicen ‘de viva voz…’?; ¡cuánto más me hicieron ver tus letras que sus palabras lo que sucede en torno a la rumia cotidiana, a los proyectos de Publio, a las trompetas de ‘la de ojos de buey’ 290 , al portaestandarte Atenión 291 , a la carta mandada a Gneo, a la conversación entre Teófanes y Memio! ¡Cuánta expectación me has despertado ante el ‘desenfreno’ de ese banquete! ‘Me devora’ la curiosidad; sin embargo me resigno a que no me describas el ‘banquete’; prefiero oírtelo personalmente.
En cuanto a tu exhortación a que escriba algo, la verdad [3] es que, como tú dices, la materia se me aumenta, pero todo el asunto está todavía fermentando como ‘el mosto en otoño’. En cuanto se haya asentado, lo tendré más fluido para escribirlo. Y si no puedes llevártelo enseguida, por lo menos serás el primero en tenerlo y, durante algún tiempo, el único.
Con razón aprecias a Dicearco. Es un hombre de gran [4] brillo y un ciudadano no poco mejor que esos «antidicearcos» nuestros 292 .
Escribo esta carta a la hora décima 293 , el día de los Cerealia, nada más leer las tuyas, pero tengo la idea de entregarla, mañana, al primero que me encuentre. Terencia disfruta con tus cartas; te desea mucha salud; ‘también Marco el filósofo saluda a Tito el político’.
31 (II 10)
(Foro de Apio, 20 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Quiero que aprecies mi constancia. No me apetece ver los juegos en Ancio, pues es un tanto incongruente que, cuando quiero evitar la sospecha de que me entrego a cualquier tipo de placer, se me vea de repente viajando no ya por un placer, sino por uno tan absurdo. Por tanto te esperaré en la finca de Formias hasta el 7 de mayo. Ahora hazme saber qué día te veremos.
Desde Foro de Apio a la hora cuarta 294 . Te he enviado otra hace poco desde Tres Tabernas.
32 (II 11)
(Finca de Formias, hacia el 23 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Te lo digo: me siento totalmente exiliado desde que estoy en la finca de Formias. Pues cuando estaba en Ancio no había un solo día sin que conociera los acontecimientos de Roma mejor que quienes estaban allí. Y eso porque tus cartas me informaban no sólo de lo que sucedía sino de lo que iba a suceder, y no sólo en la ciudad sino también en el gobierno. Ahora, excepto lo que saco de algún viajero de paso, me resulta imposible saber nada. Por tanto, aunque ya te espero en persona, dale a este esclavo, al que he ordenado volver enseguida, alguna abultada carta, llena no solamente de todo lo sucedido sino también de tus comentarios, y procura hacerme saber el día que saldrás de Roma.
Yo quiero quedarme en la finca de Formias hasta el 6 de [2] mayo; si no vienes antes de ese día quizá te vea en Roma. Pues, ¿para qué invitarte a Arpino?,
‘comarca salvaje, mas buena nodriza de hombres:
yo no puedo encontrar una tierra más dulce que ella ’ 295 .
Esto es todo. Y cuídate.
33 (II 13)
(Finca de Formias, hacia el 24 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
¡Qué indigna fechoría!, ¡no haberte entregado nadie la carta que te escribí ‘sobre la marcha’ en Tres Tabernas contestando a las tuyas tan deliciosas! Pues has de saber que el paquete en que la puse lo llevaron a casa el mismo día que lo envié y luego me lo remitieron a la finca de Formias. Así que he mandado llevarte de nuevo esa carta destinada a ti para que por ella conozcas lo agradables que me resultaron las tuyas.
[2] Escribes que en Roma callan; me lo imaginaba; pero, por Hércules, en el campo no callan; ni siquiera el campo puede ya soportar vuestra tiranía. Bien, si vienes a esta «‘Telépilo de los lestrígonos’» —me refiero a Formias 296 —, ¡qué murmuraciones!, ¡cuánta irritación!, ¡qué odio hacia nuestro Magno! Su apelativo, junto al de Craso el Rico, se está quedando viejo 297 . Te ruego que me creas: no me he tropezado todavía con nadie que soporte esto tan pacientemente como yo lo hago; por tanto, créeme, ‘filosofemos’. Te puedo asegurar bajo juramento que nada vale tanto.
Tú, si tienes carta para los sicionios 298 , vuela a la finca de Formias, de donde pienso marchar el 6 de mayo.
34 (II 14)
(Finca de Formias, hacia el 26 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Cuánto provocas mi curiosidad por conocer la conversación de Bíbulo; por conocer la charla con ‘la de ojos de buey’; por conocer también aquel delicado banquete. Procura, por tanto, venir como ante unos oídos sedientos. Aunque nada hay ya a mi juicio más temible para nosotros que el riesgo de que nuestro famoso Sampsiceramo 299 empiece a precipitarse cuando se sienta vapuleado en boca de todos y cuando vea ‘fáciles de destruir’ estas acciones. En cuanto a mí, estoy tan debilitado que prefiero ‘vivir bajo la tiranía’ en este ocio en que ahora languidezco a luchar con la mejor esperanza.
Respecto a la composición de obras que con frecuencia [2] me aconsejas, nada puede hacerse. Tengo una basílica, no una finca, según es la afluencia de formianos, pero ¡qué clase de basílica!, ¡la tribu Emilia! 300 . Mas dejo a un lado a la plebe; a partir de la hora cuarta 301 los demás no molestan: mi vecino más próximo, o mejor dicho, mi comensal ya inseparable es Gayo Arrio, quien incluso afirma que no va a Roma para filosofar aquí conmigo todo el día. Y por la otra parte tenemos a Seboso 302 , aquel íntimo de Cátulo. ¿A dónde me escapo? Por Hércules que me iría enseguida a Arpino si no me pareciera que es mucho más cómodo aguardarte en la finca de Formias, pero con tal de que sea hasta el 6 de mayo: pues ves a qué individuos tengo condenados mis oídos. ¡Maravillosa ocasión para comprarme mi propiedad de Formias, si alguien quisiera hacerlo, mientras éstos están a mi lado! Y sin embargo, muy bueno aquello de «dediquémonos a algo grande, de mucha meditación y retiro». Con todo te daré satisfacción y no escatimaré el esfuerzo.
35 (II 15)
(Finca de Formias, hacia el 28 de abril del 59)
Cicerón saluda a Ático.
Veo, como tú me escribes, que la situación no es menos incierta en la política que en tu carta; sin embargo me agrada esa misma diversidad de conversaciones y opiniones; me parece estar en Roma cuando leo tus escritos y oír esto o lo otro, como suele ocurrir en tan graves circunstancias. No logro sin embargo ver clara una cosa: qué se puede inventar para resolver lo del campo sin que nadie se oponga.
[2] Y esa grandeza de ánimo de Bíbulo en el aplazamiento de los comicios 303 , ¿qué refleja sino su propio pensamiento, pero no remedio alguno para la república? Es evidente que la esperanza está en Publio; sea, sea tribuno de la plebe, aunque no se consiga otra cosa con ello que hacerte volver más rápidamente de Epiro: pues no veo posibilidad de que te mantengas apartado de él, especialmente si quiere entablar alguna discusión conmigo. No cabe la menor duda de que, si algo de esto ocurriera, acudirías enseguida. De hecho, aunque no ocurra, si hace el bien a la república, me prometo un magnífico espectáculo con tal de que pueda contemplarlo contigo a mi lado.
Cuando más enfrascado estaba escribiéndote estas cosas, [3] ¡hete aquí a Seboso! Todavía no había acabado de gemir cuando oigo el «salud» de Arrio. ¿Y esto es dejar Roma?; ¿he huido de aquéllos para caer en manos de éstos? Yo desde luego voy a correr
a las patrias montañas, hacia el país de mi cuna 304 .
En definitiva, si solo no puedo, estaré mejor con los campesinos que con éstos tan educados; sin embargo, como nada me dices de cierto, te esperaré en la finca de Formias hasta el 5 de mayo.
Terencia te agradece mucho tu atención y tu interés en la [4] controversia con Mulvio 305 . No tiene ni idea de que tú defiendes la causa de todos cuantos poseen tierras de dominio público. En cualquier caso, tú concedes algo a los publicanos, mientras que ella les niega incluso eso. Ella te saluda, pues, y también ‘Marco, el muchacho más aristocrático’.
36 (II 16)
(Finca de Formias, 29 de abril o 1 de mayo del 59)
Cicerón saluda a Ático.
El 29 de abril, después de cenar y empezando ya a dormirme, llegó la carta en la que me hablas de las tierras de Campania 306 . ¿Qué quieres que te diga? En un principio me impresionó tanto que me quitó el sueño, pero más por efecto de la reflexión que de la contrariedad. Mis reflexiones eran más o menos éstas: primero, por lo que me habías escrito en carta anterior, que, según habías oído a un íntimo de aquél, se iba a proponer un plan que nadie desaprobaría, temí algo más grave: esto, desde luego, no me lo parece. En segundo lugar, para consolarme a mí mismo, parece que toda la previsión del reparto de tierras se ha encauzado hacia las de Campania; y este territorio no puede sostener más allá de cinco mil hombres contando con que los lotes sean de diez yugadas: toda la muchedumbre restante les volverá necesariamente la espalda. En fin, si hay algo que pueda inflamar los ánimos de los hombres de bien, ya soliviantados, según veo, es esto sin duda, y más porque, suprimidos los peajes de aduana de Italia 307 y repartidas las tierras de Campania, ¿qué impuesto interior nos queda excepto la vigésima 308 ? Y ésta, a mi parecer, perecerá en una sola reunioncilla con el griterío de nuestros lacayos.
[2] No tengo ni idea de lo que piensa ahora nuestro Gneo:
‘no es en flautas chicas donde sopla ya
sino en cañas enormes y sin sordina ’ 309
quien ha podido dejarse arrastrar a tales extremos. Pues hasta ahora estos eran sus sofismas : él aprobaba las leyes de César, pero el responsable de las acciones era su propio autor; él había votado la ley agraria, pero nada tenía que ver con él la posibilidad de interponer o no el veto; a propósito del rey de Alejandría 310 , se había mostrado partidario de acabar de una vez, pero él no tenía por qué averiguar si entonces Bíbulo había observado o no el cielo 311 ; a propósito de los publicanos, había querido ponerse a favor de este orden, pero no había podido adivinar lo que pasaría si Bíbulo hubiese bajado en ese momento al foro 312 . Muy bien, pero ahora, Sampsiceramo, ¿qué vas a decir?; ¿que nos has establecido un impuesto en el monte Antilíbano y se lo has quitado a las tierras de Campania?; ¿y qué?, ¿cómo lo conseguirás? «Os mantendré callados», dice, «con el ejército de César» 313 . Tú, por Hércules, no lo harás conmigo gracias a ese ejército sino a la ingratitud de unos hombres que se llaman buenos y nunca me dieron ni recompensas ni siquiera las gracias no ya con premios materiales sino ni siquiera de palabra.
[3] Y si yo me lanzara contra ese partido, ya encontraría algún medio de resistir. Ahora, estoy absolutamente decidido: ya que hay un desacuerdo tan grande entre tu íntimo Dicearco y mi amigo Teofrasto de forma que aquél —el tuyo— antepone con mucho a todas las cosas ‘la vida activa’, y éste ‘la contemplativa’, me parece que debo seguirles la corriente a los dos. Creo verdaderamente haber hecho bastante por satisfacer a Dicearco; ahora me inclino hacia esta escuela que no sólo me permite descansar, sino que hasta me censura no haberlo hecho siempre. Por tanto, mi querido Tito, entreguémonos a aquellos ilustres estudios y volvamos de una vez al lugar de donde nunca debimos apartarnos.
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