Читать книгу: «Cartas II. Cartas a Ático (Cartas 162-426)»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 224


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ ANTONIO CORREA RODRÍGUEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO320

ISBN 9788424932497.

NOTA TEXTUAL



162 (VIII, 12)
(Finca de Formias, 28 de febrero del 49)

Cicerón saluda a Ático.

La oftalmia me molesta más que antes 1 ; pese a ello, he preferido dictar esta carta a no darle ni una letra para ti a Galo Fabio 2 , que tan buen amigo es de los dos. Pues ayer, ciertamente, yo mismo escribí como pude aquella cuyo vaticinio 3 ansío que sea falso. En cuanto a la presente, el motivo no sólo es no dejar pasar ni un día sin mandarte carta, sino también otro más concreto: lograr que te tomes un momento (porque necesitas muy poco) 4 ; quiero que me expliques con claridad tu consejo, de forma que lo entienda plenamente.

Todo está intacto para mí: no ha habido omisión que no [2] tenga una explicación inteligente, no ya admisible. Desde luego no cometí un error cuando rehusé hacerme cargo de Capua 5 , que tenía ya asignada, por evitar no sólo la acusación de desidia sino incluso la sospecha de traición, ni cuando tras la presentación de las proposiciones de paz por medio de Lucio César y Fabato 6 , tomé la precaución de no ofender el ánimo de aquel a quien, ya armado, Pompeyo, también armado, le ofrecía el consulado y el triunfo.

[3] Y desde luego nadie puede reprocharme en justicia lo más reciente: el no haber atravesado el mar. Pues, aunque era cuestión de pensarlo, sin embargo no pude ir a su encuentro; y no debí tener sospechas, sobre todo cuando, por la carta misma de Pompeyo, no tenía duda (y veo que tú entendías lo mismo) de que él iba a ayudar a Domicio, y preferí meditar durante más tiempo lo que era justo y lo que yo debía hacer.

[4] En primer lugar, pues, me gustaría que me escribas con más detenimiento, aun cuando ya me lo has apuntado, qué te parece todo esto. Luego, que eches también una mirada hacia el futuro y delinees el hombre que debo ser y dónde piensas tú que puedo resultar más útil a la república: si se necesita una persona de paz o todo reside en un hombre de guerra.

[5] También yo, que todo lo miro por el rasero del deber, evoco, sin embargo, tus consejos; si los hubiese seguido, no habría sufrido la tristeza de aquellos tiempos 7 . Recuerdo cuanto me recomendabas por medio de Teófanes, de Culeón 8 , y lo he evocado muchas veces suspirando. Por tanto volvamos ahora al menos a los cálculos que entonces dejamos de lado, con objeto de seguir una conducta, no ya más gloriosa, sino también un poco más segura. Pero no anticipo nada: me gustaría que me escribieras con todo cuidado lo que sientes.

Asimismo quiero que averigües con la mayor presteza [6] que puedas (y por cierto, tendrás quienes te lo permitan) qué hace nuestro Léntulo, qué Domicio 9 ; qué piensan hacer, cómo se comportan ahora, si acusan a alguien, si están enojados con alguno… ¿qué digo con alguno?: ¡con Pompeyo! Absolutamente toda la culpa se la echa Pompeyo a Domicio; eso se puede saber por su propia carta, de la que te adjunto una copia. Esto es, pues, lo que debes ver, y ya te lo escribí antes: mándame, por favor, el libro de Demetrio de Magnesia sobre la concordia que él te mandó a ti 10 .

162A (VIII 12A)
(Luceria, quizá 18 de febrero del 49)

El procónsul Gneo Magno saluda a los cónsules Gayo Marcelo y Lucio Léntulo.

Yo, porque creo que dispersos no podemos ser útiles a la república ni cuidar nuestra seguridad, he escrito precisamente una carta a Lucio Domicio, primero para que venga a nuestro encuentro con todas sus fuerzas; si duda respecto a sí mismo, que nos mande las diecinueve cohortes que habían emprendido el camino desde Piceno en mi busca 11 . Ha ocurrido lo que yo temía: que Domicio está copado y él no es lo suficientemente fuerte para establecer un campamento 12 , por tener distribuidas en tres ciudades mis diecinueve cohortes y las doce suyas (pues las colocó, parte en Alba, parte en Sulmona 13 ), ni puede librarse, si quisiera.

Ahora, sabedlo, soy presa de la mayor ansiedad. Pues [2] estoy deseando librar del peligro de asedio a tantos y tan valiosos hombres, mas no puedo ir en su ayuda porque no creo que quepa confiar a estas dos legiones un traslado hasta allí; al margen de que sólo he podido reunir de ellas catorce cohortes, porque mandé una guarnición a Brundisio y pensé que tampoco debía dejar sin guarnición a Canusio durante mi ausencia.

Había encargado a Décimo Lelio 14 , pues esperaba tener [3] a nuestra disposición más tropas, que, si tal era vuestro parecer, uno cualquiera de vosotros viniera a mi encuentro y el otro marchara a Sicilia con las fuerzas que habéis reunido en Capua y sus alrededores más los soldados que reclutó Fausto, y que Domicio se incorporara allí con sus doce cohortes; que todo el resto de las tropas fuera concentrado en Brundisio y desde ahí transportado en barcos a Dirraquio. Pero ahora, como en las circunstancias presentes me es tan imposible como a vosotros ir en ayuda de Domicio, (aun cuando él pueda) 15 escapar a través de las montañas, no debo permitir que el enemigo se acerque a estas catorce cohortes, de las que no estoy muy seguro, o pueda alcanzarme en ruta.

Por tanto he decidido (y veo que lo mismo opinan 16 [4] Marco Marcelo y los demás de nuestro orden que están aquí) conducir a Brundisio estas tropas que tengo conmigo. Os exhorto a que reunáis cuantos soldados podáis reunir y vengáis lo antes posible igualmente a Brundisio. Las armas que me ibais a mandar debéis usarlas, pienso, para armar a los soldados que tenéis con vosotros. Las que sobren, si las lleváis a Brundisio en bestias de carga, haríais un considerable servicio a la república. Quisiera que informéis sobre este asunto a los nuestros. Yo he mandado a los pretores Publio Lupo y Gayo Coponio 17 para que se unan a vosotros y os lleven los soldados que tengan.

162B (VIII 12B)
(Luceria, 11 de febrero del 49)

El procónsul Gneo Magno saluda al procónsul Lucio Domicio.

Mucho me sorprende que no me hayas escrito nada y que mis noticias sobre la república procedan de otros más que de ti. Nosotros, con el ejército dividido, no podemos equipararnos a los adversarios; una vez reunidas nuestras fuerzas, espero que podamos ser útiles a la república y a la salvación de todos. Por tanto, después de haber decidido, como me escribió Vibulio 18 , marcharte de Corfinio el 9 de febrero con tu ejército y venir a mi encuentro, me pregunto extrañado cuál sería el motivo de que cambiaras tu plan. Pues el que me escribe Vibulio es insignificante: que te has demorado al oír que César, avanzando desde Firmo, había llegado a Castro Truentino. En efecto, cuanto más empieza a acercarse el enemigo, tanto más rápidamente debías intentar unirte conmigo, antes de que César pudiese cortarte el camino a ti o aislarme a mí de ti.

Por tanto te ruego y te exhorto de nuevo (y no he cesado [2] de pedírtelo en cartas anteriores) que vengas el primer día que puedas a mi encuentro a Luceria, antes de que las fuerzas que César ha comenzado a reunir, concentradas en un solo punto, te separen de mí. Y si hay quienes te pongan dificultades por salvar sus granjas, es una petición justa por mi parte que me mandes las cohortes procedentes de Piceno y Camerino 19 , las cuales han abandonado sus propias fortunas.

162C (VIII 12C)
(Luceria, 16 de febrero del 49)

El procónsul Gneo Magno saluda al procónsul Lucio Domicio.

Marco Calenio 20 me ha traído una carta tuya el 16 de febrero; en esa carta escribes que tienes intención de vigilar a César y, si emprende la marcha en mi dirección a lo largo de la costa, acudir enseguida a mi encuentro a Samnio; en cambio, si se detiene en los alrededores de esa zona, quieres oponerle resistencia a poco que se acerque.

Estimo esa actuación tuya de gran coraje y energía, pero debemos mirar con más celo por no dispersarnos y estar en desventaja respecto al adversario cuando él tiene grandes fuerzas y en breve las tendrá mayores. No debes, pues, de acuerdo con tus previsiones, atender sólo a una cosa: el número de cohortes que en este momento tiene César contra ti, sino a la cantidad de fuerzas de caballería y de infantería que reunirá en breve tiempo. Testimonio de ello es la carta que me ha mandado Busenio 21 ; en ella me escribe (y lo mismo me escriben también otros) que Curión 22 reúne las guarniciones que están en Umbría y Toscana y emprende el camino al encuentro de César. Si estas fuerzas son concentradas en un solo lugar, aun cuando una parte del ejército sea enviada a Alba, y otra avance hacia ti, sin atacar, pero repeliendo los ataques desde sus posiciones, quedarás clavado y no podrás solo, con esas fuerzas, mantener a raya a una multitud tan grande para aprovisionarte.

[2] Por lo tanto, te exhorto con la mayor insistencia a venir aquí cuanto antes con todas tus fuerzas; los cónsules han decidido hacer lo mismo. Yo encargué a Marco Tuscilio 23 transmitirte la necesidad de tomar precauciones para que mis dos legiones no se pongan a la vista de César sin las cohortes del Piceno. Por lo tanto, no te alarmes si oyes que emprendo la retirada en el caso de que César venga hacia mí; pienso, en efecto, que se deben tomar precauciones para evitar que, rodeado, se me inmovilice. Pues ni puedo establecer un campamento a causa de la estación del año y la disposición de los soldados, ni es solución reunir las tropas sacándolas de todas las ciudades para no perder la retirada; de manera que no he concentrado en Luceria más que catorce cohortes.

Los cónsules me traerán todas las guarniciones o [3] marcharán a Sicilia, pues conviene o bien tener un ejército firme que nos dé confianza en la posibilidad de romper el frente o bien ocupar regiones desde las que se pueda repeler un ataque, cosas ambas que no están a nuestro alcance en este momento, porque César ha ocupado gran parte de Italia y nosotros no tenemos un ejército tan bien dotado y tan numeroso como él. Por eso debemos tomar precauciones para atender la situación de la república en conjunto. Una y otra vez te exhorto a que vengas cuanto antes a mi encuentro con todas tus fuerzas. Podemos todavía ahora enderezar la república si administramos el asunto de común acuerdo; pero si nos dispersamos, seremos débiles. Esto lo tengo claro.

Terminada ésta, Sica 24 me ha traído tu carta y tus [4] encargos. En cuanto a tu exhortación de que vaya ahí, considero que no puedo hacerlo, porque no confío en absoluto en estas legiones.

162D (VIII 12D)
(Luceria, 17 de febrero del 49)

El procónsul Gneo Magno saluda al procónsul Lucio Domicio.

Me ha llegado el 17 de febrero tu carta donde escribes que César ha establecido su campamento junto a Corfinio 25 . Ocurre lo que yo pensé y avisé: no quiere en el momento presente entablar combate contigo y, una vez reunidas todas sus tropas, te cercará para que no tengas expedito el camino hacia mí y puedas unir esas tropas de magníficos ciudadanos con estas legiones de cuya lealtad dudo. Por eso me ha afectado más tu carta: pues no confío en la lealtad de los soldados que tengo conmigo lo suficiente para poner en juego toda la suerte de la república, y encima no se han concentrado los reclutas procedentes de las levas de los cónsules.

[2] Por tanto, haz un esfuerzo, si todavía está a tu alcance conseguirlo de alguna manera, por librarte de obstáculos y venir aquí lo más pronto posible, antes de que se concentren todas las tropas de los adversarios. Pues los hombres procedentes de los reclutamientos no pueden acudir aquí con rapidez y, si lo hicieran, no se te escapa lo que pueden conseguir contra legiones veteranas quienes ni siquiera se conocen entre sí.

163 (VIII 13)
(Finca de Formias, 1 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Sírvate como prueba de mi oftalmia la letra de mi secretario 26 , causa también de la brevedad; aunque hoy, por cierto, no tengo nada que escribirte. Toda nuestra atención está en las noticias de Brundisio; si César ha alcanzado a nuestro Gneo, esperanza incierta de paz; pero si éste ha hecho antes la travesía, miedo a una guerra funesta.

Pero, ¿ves en manos de qué hombre ha caído la república?, ¿cuán listo, cuán vigilante, cuán preparado? Si, por Hércules, no mata a ninguno y a nadie le quita nada, será el más querido por los que más le temían.

Hablan mucho conmigo hombres de los municipios, [2] mucho los del campo: no se preocupan absolutamente de nada más que de sus tierras, de sus granjitas, de sus dineritos. Y observa lo cambiada que está la situación: temen a aquél, en quien antes confiaban; aprecian a éste, al que temían. En qué medida se debe esto a nuestros fallos y errores no puedo imaginarlo sin sufrimiento. En cuanto a lo que nos espera, ya te he escrito mi opinión; ahora aguardo tu carta.

164 (VIII 14)
(Finca de Formias, 2 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

No me cabe duda de que te resultarán odiosas mis cartas diarias, de manera especial cuando no te doy ninguna información nueva sobre cosa alguna ni, en definitiva, encuentro ningún nuevo tema para escribirte. Pero si, puestos a la obra, sin motivo alguno te mandara mensajeros con cartas vacías, actuaría como un necio; en cambio cuando parte alguien, sobre todo gentes de la casa, no puedo evitar confiarles unas letras para ti; al mismo tiempo, créeme, descanso un poco en medio de estas miserias cuando, por así decirlo, hablo contigo 27 y sobre todo mucho más cuando leo tus cartas. Tengo perfectamente claro que no ha habido ningún momento desde que empezaron nuestras huidas y temores más digno de quedar mudo de cartas, sobre todo porque no se oye nada nuevo ni en Roma ni en estos lugares que están más cerca que tú de Brundisio dos o tres días. Y es precisamente en Brundisio donde se desarrolla todo el conflicto de este período inmediato, una expectativa que sin duda me atormenta. Pero lo sabremos todo antes del 7, pues veo que César salió de Corfinio después del mediodía en la misma fecha, los Feralia 28 , en que lo hizo Pompeyo de Canusio por la mañana. Lo que ocurre es que César se mueve de tal modo, e incentiva la rapidez de sus soldados con tales raciones, que temo que alcance Brundisio antes de lo conveniente.

Dirás: «¿y qué provecho le sacas a anticipar el [2] sufrimiento por algo que conocerás dentro de tres días?». Ninguno, por cierto; pero, como he dicho más arriba, me encanta hablar contigo, y además has de saber que se debilita aquel plan mío que parecía ya bastante firme. No me resultan muy adecuados los modelos que cuentan con tu aprobación 29 : en efecto, ¿ha existido nunca una acción valiosa de ellos en asuntos públicos? o ¿hay quien espere de ellos algo digno de alabanza? Por Hércules, no creo que merezcan elogios quienes han cruzado el mar para preparar la guerra, a pesar de que la situación aquí es insoportable; veo, en efecto, cuán grande y repugnante será esta guerra. Pero sólo me mueve un hombre de quien me considero obligado a ser compañero en la huida y aliado en la recuperación de la república. «¿Tantas veces, pues, cambias de opinión?». Yo hablo contigo como conmigo mismo y ¿hay alguien que no discuta consigo mismo en un sentido o en otro sobre asunto tan importante? A la vez estoy deseando sonsacarte tu opinión: si es la misma, para mantenerme firme; si ha cambiado, para adherirme a ti.

En todo caso, al objeto de mis dudas atañe que sepa qué [3] va a hacer Domicio, qué nuestro Léntulo. Sobre Domicio he oído varias cosas: que está ora *** 30 , ora en su finca de Tíbur o en la de Lépido, con quien habría llegado a la Urbe, lo cual es igualmente falso, según veo, pues dice Lépido que se ha internado con no sé quién por caminos ocultos para ocultarse o por ver si alcanza el mar (también eso lo ignora); no sabe nada ni de su hijo 31 . Añade una cosa muy preocupante: no se le ha devuelto a Domicio una suma bastante considerable que tenía en Corfinio 32 . Por otra parte, respecto a Léntulo no hemos oído nada. Quisiera que investigues estas cosas y me escribas con detalle.

165 (VIII 15)
(Finca de Formias, 3 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

El 3 de marzo me ha entregado Egipta 33 cartas tuyas, una antigua, del 26, que, según me escribes, habías entregado a Pinario, a quien no he visto; en ella estás a la expectativa de lo que pueda hacer Vibulio 34 , enviado por delante, que desde luego no ha sido visto por César (veo en la otra carta que estás al tanto de ello), y de cómo acojo a César a su vuelta: pienso evitarlo de todas todas. Además proyectas una fuga ‘inmediata’ 35 y un cambio de tu vida (en mi opinión debes hacerlo), e ignoras si Domicio lleva los fasces 36 ; cuando lo sepas, comunícamelo. Esto, a la primera carta.

Siguieron dos, datadas ambas el 28, que me han [2] arrancado de mi posición inicial, ya, con todo, vacilante, como te escribí antes. Y no me mueven tus palabras «inicuo para el mismo Júpiter» 37 , pues el peligro está en la cólera de uno y de otro, y la victoria es tan incierta que la causa peor me parece la más preparada. Tampoco me mueven los cónsules, más fáciles de mover a su vez que una pluma o una hoja 38 . Es la consideración de mi deber lo que me atormenta y me ha venido atormentando. Más prudente sin duda es quedarse, pero se considera más honroso cruzar el mar. A veces prefiero que muchos juzguen imprudente mi actuación a que unos pocos la juzguen deshonrosa. En cuanto a tus preguntas sobre Lépido y Tulo 39 , ellos no tienen duda de que se pondrán a disposición de César y se presentarán al senado.

[3] Tu carta más reciente es la fechada el 1; en ella deseas una reunión y no pierdes las esperanzas de paz; por mi parte, mientras te escribo esto, pienso que ni ellos se van a reunir 40 ni, en caso de hacerlo, Pompeyo va a acceder a ninguna condición. En cuanto a eso de que al parecer no dudas sobre la conducta que debo adoptar si los cónsules atraviesan el mar 41 , la verdad es que lo están atravesando o, tal como se encuentran las cosas ahora, ya lo han atravesado. Pero recuerda que, excepto Apio 42 , no hay casi nadie que no esté legalmente autorizado a hacerlo 43 : pues, o bien tienen mando militar como Pompeyo o como Escipión, Sufenas, Fannio, Voconio, Sestio 44 , los mismos cónsules, a los cuales les es concedido por tradición ir si quieren a todas las provincias, o bien son legados de ellos. Pero no aplazo nada; comprendo lo que tú propones y qué es más o menos lo correcto.

Te escribiría más si pudiese hacerlo yo mismo; con todo, según me parece, podré dentro de dos días. Te mando copia de la carta de Cornelio Balbo, que recibí el mismo día que las tuyas, para que te compadezcas de mi condición viendo cómo se burlan de mí.

165 A (VIII 15A)
(Roma, hacia el 1 de marzo del 49)

Balbo saluda al general Cicerón.

Te ruego, Cicerón, que te encargues del trabajo y del proyecto más digno de tu valía: trae de nuevo a la concordia anterior a César y Pompeyo, alejados por la perfidia de la gente. Créeme, César no sólo estará a tu disposición, sino incluso pensará que le has hecho el mayor beneficio, si te aplicas a ello. Yo quisiera que Pompeyo haga lo mismo; no obstante, deseo más que espero que pueda ser inducido a algún pacto, tal como están los tiempos. Sin embargo, cuando se pare y deje de temer, empezaré a no desesperar de que tu autoridad tenga también gran influencia sobre él.

En cuanto a tu deseo de que mi 45 Léntulo, el cónsul, [2] permanezca aquí, ha sido grato para César, y para mí, por los dioses, gratísimo. Pues lo tengo en tanta estima, que ni a César lo aprecio más. Si hubiese permitido que yo hablara con él como teníamos por costumbre y no se hubiese apartado totalmente una y otra vez de mi conversación, sería yo menos desgraciado de lo que soy. No vayas a pensar, en efecto, que en este momento alguien sufre más que yo cuando veo a la persona que aprecio por encima de mí mismo ser en su consulado cualquier cosa menos cónsul. Y si quisiera hacerte caso y creerme a mí respecto a César y cumplir en Roma el resto de su consulado, empezaría yo a esperar que, con el consejo del senado a iniciativa tuya y mediación suya, Pompeyo y César podrían unirse. Si esto llega a suceder, pensaré que he vivido bastante.

[3] Sé que aprobarás todo cuanto ha hecho César respecto a Corfinio y cómo en un asunto de este tipo no ha podido suceder nada mejor que llevarlo a término sin sangre.

Me alegro de que hayas disfrutado con la llegada de mi querido Balbo, que lo es también tuyo. Todo cuanto te dijo sobre César y cuanto César ha escrito, los hechos te demostrarán, lo sé, que, sea cual sea su suerte, ha escrito con toda sinceridad.

166 (VIII 16)
(Finca de Formias, 4 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Lo tengo todo preparado excepto el camino oculto y seguro hacia el mar Adriático; pues el de aquí no podemos utilizarlo en esta época del año. Pero, ¿por dónde puedo llegar adonde mira mi espíritu y la situación me llama? Hay que partir rápidamente, no sea que me vea dificultado e inmovilizado por alguna cosa. La verdad es que no me arrastra el que parece; ya antes lo tenía por el hombre ‘menos político’ de todos, pero ahora también por el ‘menos apto como general’. No me arrastra él, pues, sino los murmullos de la gente que me cuenta en su carta Filótimo: dice que los optimates me despedazan. ¿Qué optimates, dioses buenos?; ¡cómo acuden ahora corriendo; cómo incluso se venden a César! También los municipios lo divinizan y no disimulan como cuando hacían votos por la salud del otro 46 .

Pero, en definitiva, todo el mal que este Pisístrato 47 no [2] ha hecho es tan digno de agradecer como si hubiese impedido a otro hacerlo: se le espera propicio; al otro le creen encolerizado. ¿Qué ‘cortejos de bienvenida’, qué honores piensas que se le ofrecen desde las ciudades? «Tienen miedo», dirás. Eso creo, pero, por Hércules, más del otro. Disfrutan con la insidiosa clemencia de éste; les asusta la cólera de aquél. Los jueces de los trescientos sesenta 48 , que estaban singularmente encantados con nuestro Gneo, de los cuales cada día veo a alguno, se horrorizan ante no sé qué

Lucerias suyas 49 . Así me pregunto qué son esos optimates que me rechazan cuando ellos mismos permanecen en casa. Sin embargo, sean quienes sean,

‘temo a los troyanos’ 50 ,

aun cuando veo con qué esperanzas marcho y me uno a un hombre más dispuesto a arrasar Italia que a vencer y en quien voy a encontrar un amo. Por cierto, cuando escribo esto, el 4, espero ya alguna noticia de Brundisio. ¿Cómo alguna?; su forma vergonzosa de escapar de allí, y por dónde se moverá éste, vencedor, y en qué dirección. Cuando me entere, si él viene por la Vía Apia, yo, pienso, a Arpino 51 .

167 (IX 1)
(Finca de Formias, 6 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Aunque pienso que cuando leas esta carta tendré ya conocimiento de lo que ha pasado en Brundisio (pues Gneo salió de Canusio el 21 y te estoy escribiendo el 6, trece días después de su partida de Canusio), sin embargo me angustia cada hora de espera y me extraña que no haya llegado nada, ni siquiera un rumor; es sorprendente este silencio. Pero eso quizá son ‘cosas sin importancia’, que sin embargo necesariamente sabremos enseguida.

Sí, me molesta la imposibilidad de averiguar todavía [2] dónde está nuestro Publio Léntulo, dónde Domicio; me pregunto, buscando la posibilidad de conocer más fácilmente sus intenciones, si irán al encuentro de Pompeyo y, caso de hacerlo, por qué camino y cuándo irán.

Por cierto, oigo que la Urbe está llena ya de optimates y que administran justicia Sosio y Lupo, los cuales, según pensaba nuestro Gneo, llegarían a Brundisio antes que él. De aquí, ciertamente, se van en masa; incluso Manio Lépido, con quien solía pasarme el día entero, piensa hacerlo mañana.

Yo por mi parte aguardo en la finca de Formias para [3] recibir más pronto noticias; quiero ir luego a Arpino y desde allí seguir por donde el camino sea ‘lo menos frecuentado’ hacia el Adriático, después de alejar, o incluso licenciar, a mis lictores. Oigo, en efecto, que las gentes de bien, que ahora y muchas veces antes han supuesto una gran salvaguarda para la república, no aprueban esta vacilación mía y discuten mucho y con severidad acerca de mí en sus banquetes, sin duda iniciados temprano 52 .

Cedamos, pues, y, para ser buenos ciudadanos, hagamos la guerra a Italia por tierra y por mar; encendamos de nuevo contra nosotros los odios de los malvados, que ya estaban extinguidos, y sigamos los consejos de Luceyo y Teófanes 53 .

[4] Pues Escipión, o se marcha a Siria, de acuerdo con el sorteo, o junto a su yerno 54 , de acuerdo con su honorabilidad, o bien huye de la cólera de César. Los Marcelos desde luego se quedarían si no temieran a la espada de César. Apio, por ese mismo temor y el de enemistades recientes 55 . Sin embargo, salvo éste y Gayo Casio, los demás son legados y Fausto procuestor; tan sólo a mí me es lícito lo uno o lo otro.

También está mi hermano, a quien no es justo asociar a mi suerte actual; con él César se enfadará incluso más, pero no puedo conseguir que se quede. Daré esto a Pompeyo, con el que estoy en deuda; pues a mí por lo menos no me mueve ningún otro: ni las palabras de los buenos, que no existen, ni una causa que ha sido llevada con tibieza y lo será con torpeza; a uno, a uno solo le doy esto, aun cuando ni siquiera me lo pida y la causa que lleva no sea suya, como él dice, sino de todos.

Me gustaría mucho conocer tu opinión respecto a lo de hacer la travesía a Epiro.

168 (IX 2)
(Finca de Formias, 7 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Aunque espero una carta tuya más larga el 7, el día de tu acceso, según creo, sin embargo he pensado que debía contestar esta misma, breve, remitida el 4, ‘entre ataque y ataque’. Dices que te alegras de que me haya quedado y escribes que te mantienes en tu opinión. Pero en tu carta anterior me parecía que no tenías dudas sobre la conveniencia de mi marcha si Gneo embarcaba con buena compañía y los cónsules hacían también la travesía. O tú no te acordabas mucho de esto, o yo no lo entendí bien, o has cambiado de opinión. Pero conoceré lo que piensas en la carta que espero, o bien te sacaré otra. De Brundisio no ha llegado nada todavía.

169 (IX 2a)
(Finca de Formias, 8 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

¡Qué situación, difícil y absolutamente irremediable!; ¡cómo nada se te escapa al dar consejos!; ¡cómo, sin embargo, no dejas ver en absoluto tu parecer personal! Te alegras de que yo no esté con Pompeyo y me haces ver lo vergonzoso que sería encontrarme presente cuando se le despoje de algo: «es impío aprobar tal cosa»; indudablemente. Entonces ¿qué?, ¿voto en contra? «Que los dioses», dices, «nos libren». ¿Qué se puede hacer, pues, si en lo uno hay un crimen y en lo otro un castigo? «Conseguirás», dices, «de César que te dejen mantenerte al margen y no hacer nada». ¿Debo, pues, suplicar? ¡Qué desgracia! ¿Y si no lo consigo? «También quedará en pie la cuestión del triunfo», dices. ¿Y si eso mismo me presiona?, ¿lo aceptaré?; ¿hay acción más fea? ¿Le diré que no?; creeerá que lo rechazo totalmente a él, incluso más que antaño en el vigintivirato 56 . Y cuando se disculpa suele hacerme a mí responsable de todo lo sucedido entonces: «mostré tanta enemistad hacia él que ni siquiera quise aceptar un honor de su mano»; ¡con cuánto mayor desagrado recibirá ahora algo igual!; tanto, sin duda, cuanto más importante es este honor que aquél y más poderoso él mismo.

[2] Y respecto a tu afirmación de que piensas sin lugar a dudas que Pompeyo está en este momento sumamente enfadado conmigo, no veo motivo para ello, al menos en este momento. Efectivamente, quien hasta que no se perdió Corfinio no me explicó por fin su plan, ¿se va a quejar de que yo no haya ido a Brundisio, cuando entre mí y Brundisio estaba César? Además, él sabe también que está ‘falta de franqueza’ su queja en este asunto; piensa que yo he tenido más vista que él en relación con la debilidad de los municipios, los reclutamientos, la paz, la Urbe, el dinero, la ocupación del Piceno. Pero si no acudo cuando pueda, entonces se enemistará conmigo. Lo digo, no por temor a que me perjudique (pues ¿qué puede hacer?;

‘quien no teme a la muerte, ¿va a temer ser esclavo?’ 57 ) ,

sino porque me causa horror la acusación de ingratitud. Confío, pues, en que mi llegada, sea cuando sea, le resulte, como escribes, ‘muy agradable’.

Y respecto a tu afirmación de que si éste actúa moderadamente me darás un consejo más madurado, ¿cómo puede actuar éste sino a la desesperada? Se lo impide su vida, sus costumbres, sus acciones anteriores, los planteamientos de la empresa iniciada, sus compañeros, las fuerzas de los buenos o incluso su perseverancia.

Apenas había leído tu carta cuando me llega Póstumo [3] Curcio 58 , a toda prisa en su busca y sin hablar más que de flotas y ejércitos. Le arrebata las provincias hispanas; ocupa Asia, Sicilia, África, Cerdeña; y lo persigue enseguida hasta Grecia. Hay, pues, que ir, y no ya para acompañarlo en la guerra sino en la huida. Pues no podré soportar las murmuraciones de ésos, sean lo que sean, que desde luego no son, como se ha dado en llamarles, hombres de bien. Pese a todo tengo gran interés en saber con detalle lo que dicen, y te ruego encarecidamente que me lo averigües y me lo hagas conocer. Yo hasta ahora no sé absolutamente nada de lo ocurrido en Brundisio. Cuando lo sepa, a la vista de los hechos y de la situación, haré mi plan, pero teniendo en cuenta el tuyo.

170 (IX 3)
(Finca de Formias, 9 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

El hijo de Domicio 59 pasó a Formias el 8, corriendo al encuentro de su madre en Neápolis y, ante la insistente pregunta de mi siervo Dionisio, mandó comunicarme que su padre estaba cerca de la Urbe. Yo, por mi parte, había oído que marchó al lado de Pompeyo o a Hispania. Me gustaría saber con seguridad cómo está ese asunto. Pues tiene que ver con mis actuales cavilaciones, si es seguro que él no ha marchado a ninguna parte, que Gneo entienda mis dificultades para salir de Italia, estando totalmente ocupada por tropas y guarniciones, y más en invierno. Pues si la época del año fuese más propicia cabría incluso tomar por el Tirreno; ahora no hay posibilidad ninguna de hacer la travesía excepto por el Adriático, el camino hacia el cual está cortado. Procura, pues, informarte sobre Domicio y Léntulo.

[2] Todavía no ha llegado ninguna noticia de Brundisio, y eso que estamos a 9, y para hoy o ayer sospechábamos que César habría llegado cerca de allí, pues el 1 lo pasó en Arpi. Mas, si quieres prestar oídos a Póstumo, va a perseguir a Gneo; piensa, en efecto, que ya ha hecho la travesía a juzgar por la situación del tiempo y el número de días. Yo creo que no tendrá marinos; él está seguro, y más si consideramos que los armadores han sabido de su generosidad. Pero no puedo ignorar por más tiempo cómo está en conjunto la situación en Brundisio.

171 (IX 5)
(Finca de Formias, 10 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

El día de tu acceso me escribiste una carta llena de consejos y de tan profundo afecto como prudencia. Me la hizo llegar Filótimo al día siguiente de recibirla de ti. Lo que ahí discutes es lo más difícil: el camino hacia el Adriático, la navegación por el Tirreno, la marcha a Arpino sin que parezca que lo he rehuido, la permanencia en Formias sin que parezca que he cedido a felicitarlo… pero nada más triste que ver las cosas que enseguida, a buen seguro, hemos de ver.

Ha estado en casa Póstumo, y ya te escribí cuán desagradable. Vino también Quinto Fufio; ¡con qué aspecto!, ¡con qué aires!, corriendo a Brundisio, censurando el crimen de Pompeyo, la ligereza y estupidez del senado. Yo, que no puedo soportar estas cosas en mi finca, ¿acaso podré soportarlas en la curia?

Vamos, imagíname soportando esto, ‘con toda la flema’ [2] que quieras. ¿Qué, el consabido «Habla, Marco Tulio», por dónde saldrá? Y dejo a un lado la causa de la república, que yo considero perdida, tanto por sus propias heridas como por los remedios que se preparan: respecto a Pompeyo, ¿qué puedo hacer?; estaba de veras enfadado con él, a qué negarlo: siempre me importan más las causas de los acontecimientos que los acontecimientos mismos. Considerando, pues, o más bien, juzgando estos males (¿puede haber otros mayores?) que han ocurrido por obra suya y por su culpa, yo era más hostil a él que al propio César. Del mismo modo que nuestros mayores quisieron que fuera más funesto el día de la batalla de Alia que el de la toma de la Urbe 60 , porque este mal viene de aquél (y así ese día es maldito todavía hoy, mientras que la gente ignora el otro), igualmente yo, recordando los errores de diez años, entre los cuales está también aquel que me destrozó sin que él me defendiera, por no decir algo peor, y conociendo su temeridad, su desidia, su negligencia actuales, estaba enojado.

[3] Pero eso ya se me ha olvidado. Sus favores es lo que tengo en cuenta; tengo en cuenta también su dignidad; entiendo, más tarde, por cierto, de lo que hubiera deseado por culpa de las cartas y las palabras de Balbo, pero en todo caso veo con claridad que no se hace, que no se ha hecho nada desde el principio excepto buscar su destrucción. Yo, pues, como en Homero aquel a quien su madre y diosa le había dicho 61

‘enseguida después del de Héctor, tu hado te aguarda’ ,

y él le contestó a su madre:

‘enseguida yo muera, por no dar socorro al amigo

en peligro de muerte… ’;

¿y si no sólo ‘a un amigo’, sino incluso ‘a un bienhechor’; es más, a un gran hombre que lleva una gran causa? Yo desde luego pienso que estos beneficios deben pagarse con la vida. Y, desde luego, no tengo confianza ninguna en tus «optimates»; ya ni les presto la menor atención. Veo cómo se entregan a éste y cómo van a seguir entregándose; ¿qué piensas tú que fueron aquellos decretos de los municipios sobre su salud 62 comparados con estas felicitaciones por la victoria? «Tienen miedo», dirás; pues ellos mismos dicen que antes lo tenían. Pero veamos qué ha sucedido en Brundisio. De ello quizá surjan otros planes y otra carta.

172 (IX 6)
(Finca de Formias, 11 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Nosotros, todavía nada desde Brundisio. Desde Roma Balbo me ha escrito que a su parecer el cónsul Léntulo ha hecho ya la travesía sin llegar a entrevistarse con Balbo el menor, dado que éste se había enterado de la noticia ya en Canusio, desde donde le escribe; que las seis cohortes situadas en Alba se han pasado junto a Curio por la vía Minucia; que así se lo ha escrito César, y también que en breve tiempo estará en las inmediaciones de la Urbe 63 . Así pues seguiré tu consejo y por el momento no me refugiaré en Arpino, aun cuando, como es en Arpino donde quiero imponer a mi Marco la toga blanca, voy a dejar esta misma excusa para César. Pero tal vez con esto mismo se ofenda: ¿por qué no mejor en Roma? Con todo, si hay que encontrárselo, mucho mejor aquí. Entonces veremos lo demás, o sea, a dónde, por dónde y cuándo.

Domicio, según oigo, está en su finca de Cosa y, por [2] cierto, según dicen, preparado para hacerse a la mar; si es a Hispania, no lo desapruebo; si junto a Gneo, lo alabo. Adonde sea desde luego antes que a ver a Curcio, a quien yo, su patrono 64 , no puedo echarme a la cara. ¿Y a los otros? En mi opinión, mejor me quedo quieto, para no hacer patente mi falta, ya que, por amar a la Urbe, o sea, a la patria, y pensar que habrá un compromiso, he actuado así y ahora me encuentro totalmente interceptado y preso.

[3] Escrita ya la carta, me traen una de Capua en estos términos: «Pompeyo ha cruzado el mar con todos los soldados que tenía consigo. Su número es de treinta mil hombres 65 , más los dos cónsules, los tribunos de la plebe y los senadores, todos los que estaban con él, junto con sus mujeres e hijos. Se dice que embarcaron el 4 de marzo. A partir de ese día hubo vientos del norte. Dicen que hizo pedazos o incendió todas las embarcaciones que no utilizó. Sobre este hecho ha sido llevada una carta a Capua al tribuno de la plebe Lucio Metelo, de Clodia, su suegra, que también realizó la travesía».

[4] Hasta el momento estaba preocupado y angustiado, como imponía sin duda la situación misma, al no poder conseguir nada con mis reflexiones; pero ahora, una vez salidos de Italia Pompeyo y los cónsules, no estoy angustiado sino lleno de ardiente dolor,

‘mi corazón no

está firme, la angustia me invade ’ 66 .

No soy, te lo digo, créeme, dueño de mi espíritu, tan grande me parece el deshonor que he cometido: ¡que yo no esté en primer lugar con Pompeyo, cualquiera que sea su plan, y luego con los buenos, por temerario que haya sido su planteamiento de nuestra causa! Sobre todo cuando las mismas personas por quienes yo tenía más reparos en confiarme a la suerte, mi mujer, mi hija, los niños, preferían que yo siguiera aquello y pensaban que esto era vergonzoso e indigno de mí. Pues mi hermano Quinto desde luego aseguraba que le parecía correcto cuanto yo decidiera y lo seguía con la mayor tranquilidad de espíritu.

Ahora leo tus cartas desde el principio; me reaniman un [5] poco. Las primeras me aconsejan y me piden que no me precipite; las más recientes muestran tu alegría por que me haya quedado. Cuando las leo me parece que soy menos indigno, pero sólo mientras las leo. Luego aparece de nuevo el dolor y la ‘visión de mi infamia’. Por lo tanto, te lo ruego, mi querido Tito, arráncame este dolor, o al menos alívialo con tu consuelo, con tu consejo o con lo que puedas. Pero, ¿qué podrías hacer tú o qué cualquier otra persona? Apenas, ya, un dios.

Por cierto, estoy preparando lo que tú me aconsejas y [6] esperas que sea viable: que César me conceda estar ausente cuando se tome en el senado alguna decisión contra Gneo. Pero temo no conseguirlo. Ha venido Furnio de su parte; pues bien, para que conozcas quiénes son nuestros guías: anuncia que el hijo de Quinto Titinio 67 está con César… y en todo caso que éste se me muestra más agradecido de lo que yo quisiera. En cuanto a lo que me pide, en pocas palabras, desde luego, pero ‘autoritariamente’, conócelo por su propia carta. ¡Pobre de mí porque no te encontrabas bien!; habríamos estado juntos; sin duda no me hubiera faltado un consejo.

‘Cuando marchan dos juntos… ’ 68 .

[7] Pero no hagamos lo que está ya hecho; preparemos el futuro. A mí me han fallado hasta ahora estas dos cosas: al principio la esperanza de un acuerdo, logrado el cual quería disfrutar de la vía popular y librar de preocupaciones mi vejez; luego caí en la cuenta de que Pompeyo emprendía una guerra cruel y destructora; pensé que era mejor, a fe mía, soportar cualquier tortura como ciudadano y como hombre que instigar su crueldad o hasta participar en ella. Pero parece que hubiera sido mejor incluso morir que estar con éstos. Reflexiona, pues, en torno a estas cosas, mi querido Ático, o más bien busca una solución; soportaré cualquier acontecimiento con más entereza que este dolor.

172A (IX 6A)
(En camino de Arpi a Brundisio, hacia el 5 de marzo del 49)

El general César saluda al general Cicerón.

Aunque sólo he visto a nuestro Furnio, sin poder hablar con él ni oírlo a mis anchas; aunque voy deprisa y estoy en camino después de mandar ya por delante mis legiones, no he podido sin embargo dejar la oportunidad de escribirte a ti y mandártelo y darte las gracias, si bien ya lo he hecho con frecuencia y lo haré, me parece, con más frecuencia todavía en adelante: tales son tus méritos conmigo. Ante todo te pido, puesto que confio en llegar rápidamente a la Urbe, verte allí para poder aprovechar tu consejo, tu influencia, tu autoridad, tu concurso en todos los asuntos. Volviendo a mi propósito, perdóname la prisa y la brevedad de la carta. Lo demás lo sabrás por Furnio.

173 (IX 4)
(Finca de Formias, 12 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Yo, aun cuando mi descanso dura el tiempo que dedico a escribirte o a leer tus cartas, no tengo, sin embargo, materia epistolar y estoy seguro de que a ti te pasa lo mismo. En efecto, las cosas que suelen escribirse amistosamente con el ánimo sosegado son excluidas por las circunstancias actuales, y las relativas a las circunstancias actuales ya las hemos trillado. Sin embargo, para no entregarme por entero a la tristeza, me he propuesto una serie de ‘tesis’, por así llamarlas, que son ‘políticas’ y además relativas a las circunstancias actuales, para apartar mi ánimo de lamentaciones y ejercitarme sobre lo mismo que nos ocupa; son de la siguiente manera:

‘Si se debe permanecer en la patria sometido a un [2] tirano; si se debe trabajar por todos los medios en la destrucción de la tiranía incluso si con ello la ciudad corre peligro de ruina total; si se deben tomar precauciones para que el liberador no se convierta él mismo en amo; si se debe intentar ayudar a la patria sometida a tiranía aprovechando la oportunidad y el razonamiento en lugar de la guerra; si es político permanecer inactivo alejándose de la patria sometida a tiranía o hay que ir a través de todos los peligros en pos de la libertad; si se debe llevar la guerra contra su país y sitiarlo cuando está sometido a tiranía; si, incluso sin estar de acuerdo con la destrucción por las armas de la tiranía, debe uno compartir el peligro con las gentes de bien; si en los asuntos políticos se debe uno unir a sus benefactores y amigos aun pensando que están totalmente equivocados; si quien ha prestado grandes servicios a la patria y precisamente por ello ha sufrido daños irreparables y odios ha de exponerse voluntariamente por su patria o si se le debe permitir que piense en sí mismo y en los de su casa, dejando las contiendas políticas a quienes detentan el poder’.

[3] Yo, ejercitándome en estas cuestiones y discutiendo los pros y los contras tanto en griego como en latín, aparto un poco mi ánimo de sus inquietudes y delibero ‘qué es lo provechoso’. Pero temo resultarte ‘importuno’; en efecto, si el que lleva la carta ha andado bien, coincidirá con el día de tu acceso.

174 (IX 7)
(Finca de Formias, 13 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Te había escrito una carta con intención de mandarla el 12 69 , pero ese día no salió la persona a quien quería entregársela. Por otra parte, ese mismo día llegó el «corredor veloz» que había mencionado Salvio 70 . Trajo una carta tuya muy enjundiosa, que me instiló, por así decirlo, un poquito de vida, pues no puedo afirmar que haya resucitado. Con todo, conseguiste ‘lo esencial’. En efecto, yo ya no actúo, créeme, en busca de resultados felices, pues veo que ni con estos dos vivos, ni con uno solo, tendremos nunca república. Así, no me cabe ya esperanza ninguna sobre mi tranquilidad y estoy dispuesto a asumir cualquier amargura. Sólo me aterraba una cosa: hacer (o digo mejor, haber hecho) algo con deshonor.

Así pues, ten por cierto que me has mandado unas cartas [2] llenas de salud, y no sólo ésta más larga, insuperable en su claridad y su plenitud, sino también la otra más breve, en la que encontré la gran alegría de ver mi plan y mi actuación aprobados por Sexto 71 ; muchísimas gracias: sé que él me aprecia y entiende lo que es recto. Volviendo a tu carta más larga, no sólo a mí sino a todos los míos nos alivió de la pena. Así pues seguiré tu consejo y estaré en la finca de Formias a fin de que no se advierta mi ‘marcha a su encuentro’ hacia la Urbe, o no piense él, si no lo veo ni aquí ni allí, que lo evito.

En cuanto a tu sugerencia de pedirle que me conceda [3] dar a Pompeyo el mismo trato que a él, comprenderás que llevo ya tiempo haciéndolo por las cartas de Balbo y Opio cuya copia te mando; te mando también una de César a ellos, escrita con cordura, dentro de lo que cabe en medio de tanta demencia. Pero si César no me permite esto, te veo partidario de que yo emprenda una ‘acción política’ sobre la paz; en ello no me asusta el peligro (pues cuando son tantas las amenazas, ¿por qué no voy a querer arriesgarme a lo más honorable?), pero temo echar alguna carga sobre Pompeyo y que dispare

‘contra mí la cabeza de Górgona, monstruo terrible ’ 72 .

De forma sorprendente, en efecto, nuestro Gneo ha ansiado imitar la tiranía de Sula 73 . ‘Te hablo sabiendo lo que digo’: nunca llevó él nada con menos secreto. «¿Con éste, pues,», dirás, «quieres estar?». Me mueve la gratitud, créeme, no la causa, como en Milón, como en… 74 , pero basta.

[4] «Entonces, ¿la causa no es buena?». Incluso excelente, pero se llevará, recuerda lo que te digo, de la forma más impresentable. El primer plan es estrangular la Urbe e Italia por hambre; después arrasar los campos, quemarlos, no respetar las fortunas de los ricos. Pero como temo lo mismo de esta otra parte, si mi gratitud no estuviera de aquel lado, consideraría lo mejor soportar en casa lo que fuera. No obstante, pienso, es tanto lo que le debo que no me atrevo a soportar la acusación de ‘ingratitud’, aun cuando tú has llevado a cabo una justa defensa también de esto.

[5] Respecto al triunfo estoy de acuerdo contigo: renunciaré a él por completo, sin dificultad y con gusto. Apruebo de manera especial lo de que mientras estemos en tratos llegará insensiblemente «‘la época de embarcar’» 75 . «Con tal sólo de que», dices, «él se mantenga suficientemente firme». Se mantiene incluso más firme de lo que pensábamos; de ese lado puedes tener buenas esperanzas. Te prometo que, si no le abandonan las fuerzas, no dejará una sola teja en Italia. «¿Y contigo, pues, de aliado?». Contra mi juicio, por Hércules, y contra la autoridad de todos los antiguos; y estoy deseando alejarme no tanto por ayudar en las cosas de allí como por no ver las de aquí. No pienses que las locuras de éstos serán soportables, ni de una sola clase. Aun cuando, ¿qué se te escapa de esta situación: que una vez eliminadas las leyes, los tribunales, el senado, ni las fortunas privadas ni el estado podrán soportar los caprichos, las audacias, los dispendios, las necesidades de tantos individuos sumamente necesitados? Ausentémonos, pues, de ahí por cualquier camino navegable; aunque esto se haga de acuerdo con tu opinión, ausentémonos, con todo; pues pronto sabremos lo que tú estás esperando: lo ocurrido en Brundisio.

En cuanto a tu afirmación de que las gentes de bien [6] aprueban cuanto he hecho hasta ahora y de que saben que me he quedado no sin motivo, me alegra sobremanera, si es que todavía hay lugar para alegrarse. Respecto a Léntulo, investigaré con mayor ciudado; se lo he encargado a Filótimo, hombre enérgico y superoptimate.

El último punto es que quizá ya no tienes materia para [7] escribirme; pues no es posible escribir nada sobre otro asunto, y sobre éste, ¿qué más se puede ya encontrar? Pero, puesto que tu talento, y también tu afecto, te suministran (lo digo, por Hércules, como lo siento) la forma de estimular mi imaginación, sigue como hasta ahora y escribe todo lo posible.

En cuanto a lo de no invitarme (compañero nada molesto) a Epiro, me tiene algo enfadado. Pero adiós; lo mismo que tú tienes que pasear, que recibir masaje, yo tengo que dormir. En efecto, tu carta me ha traído el sueño.

174A (IX 7A)
(Roma, 10 u 11 de marzo del 49)

Balbo y Opio saludan a Marco Cicerón.

No tan sólo los consejos de gentes humildes, como lo somos nosotros, sino incluso los de hombres muy importantes suelen ser apreciados por la mayoría de acuerdo con el resultado, no con la intención. Sin embargo, confiados en tu amabilidad, te daremos el consejo que nos parezca más sincero respecto al asunto que nos consultaste. Si no es prudente, al menos saldrá sin duda de la mayor buena fe y la mejor disposición.

Nosotros, si hubiéramos sabido por el propio César que iba a hacer lo que a nuestro juicio se consideraba conveniente, intentar tan pronto como viniera a Roma una reconciliación amistosa con Pompeyo, no habríamos dejado de sugerirte que consintieras en participar en las negociaciones para que todo el asunto se concluyese más fácilmente y con mayor dignidad, gracias a tu mediación, dado que estás íntimamente relacionado con ambos. Si por el contrario pensáramos que César no lo va a hacer y supiéramos que incluso quiere entablar una guerra con Pompeyo, nunca te habríamos sugerido tomar las armas contra un hombre al que tanto le debes, lo mismo que siempre te hemos rogado que no lucharas contra César.

[2] Mas, como incluso ahora es más cuestión de conjetura que de certeza lo que César piensa hacer, no podemos sino esto: no parece que esa dignidad y lealtad tuya, conocida de todos, esté en que tomes las armas contra uno u otro, siendo amigo íntimo de los dos, y no nos cabe duda de que César lo aprobará completamente a causa de su calidad humana. Con todo, nosotros, si te parece, le escribiremos a César para que nos confirme qué piensa hacer en este asunto. Si nos da respuesta, al punto te escribiremos nuestros sentimientos y te daremos prueba de que te sugerimos lo que nos parece más provechoso para tu dignidad, no para la acción de César. Y pensamos que César lo aprobará, dada su indulgencia para con los suyos.

174B (IX 7B)
(Roma, 10 u 11 de marzo del 49)

Balbo saluda al general Cicerón.

Espero que estés bien. Después de remitirte mi carta conjunta con Opio, he recibido una de César, cuya copia te mando; en ella podrás observar cuánto desea restaurar sus buenas relaciones con Pompeyo y cuán alejado está de toda crueldad. Me alegro mucho de que sean éstos sus sentimientos, como es mi deber. Respecto a ti y a tu lealtad y reconocimiento, siento, por Hércules, mi querido Cicerón, lo mismo que tú: que tu fama y tu deber no te permiten tomar las armas contra un hombre del que proclamas haber recibido un beneficio tan grande 76 .

Esto mismo lo aprobará César; lo tengo comprobado a [2] la vista de su singular calidad humana y estoy seguro de que lo satisfarás en muy gran medida con no tomar parte ninguna en la guerra contra él ni asociarte a sus adversarios. Y por esto no sólo estará satisfecho contigo, un hombre de tu valía y tu importancia, sino que incluso a mí me ha concedido por su propia iniciativa no estar en los campamentos que se levanten contra Léntulo o Pompeyo, con quienes tengo una deuda tan importante 77 , diciendo que le basta con que le preste como particular en la Urbe los mismos servicios que podría también prestarles a ellos si yo quisiera. Así es que ahora en Roma administro y sostengo todos los asuntos de Léntulo y pongo en ellos mi actividad, mi lealtad y mi agradecimiento. Pero, por Hércules, de nuevo pienso que no es desesperada del todo esta expectativa ya perdida de arreglo, puesto que César tiene la disposición de ánimo que debemos desear.

Así las cosas, yo soy partidario, si te parece bien, de que le escribas y le pidas protección, como se la pediste a Pompeyo, con mi aprobación por cierto, en los tiempos de Milón. Te puedo garantizar, si conozco bien a César, que tendrá en cuenta antes tu dignidad que su provecho.

[3] No sé hasta qué punto es prudente escribirte esto, pero estoy seguro de una cosa: cuanto te escribo lo escribo partiendo de mi singular aprecio y buena disposición, porque te tengo en tanta estima (¡así muera en vida de César!) que a pocos aprecio como a ti. Cuando hayas tomado alguna decisión sobre este asunto, me gustaría que me escribas. Pues no es poca mi preocupación por que puedas aportar a uno y otro, según tu deseo, esa buena voluntad que, por Hércules, confío en que aportarás. Cuídate.

174C (IX 7C)
(En camino, hacia el 5 de marzo del 49)

César saluda a Opio y Cornelio.

Me alegro, por Hércules, de que manifestéis en vuestra carta esa total aprobación de lo realizado en Corfinio. Seguiré gustosamente vuestro consejo, tanto más gustosamente cuanto que había decidido por propia iniciativa mostrarme lo más moderado posible y dedicar mi esfuerzo a la reconciliación con Pompeyo. Probemos si por este medio podemos recuperar las voluntades de todos y gozar de una victoria duradera, puesto que los demás no han podido por su crueldad evitar el odio ni mantener largo tiempo la victoria, excepto uno solo, Lucio Sula, a quien no voy a imitar. Sea éste el nuevo procedimiento de vencer: revestirnos de condescendencia y generosidad. Sobre cómo puede ello conseguirse me vienen a la mente algunas cosas y pueden encontrarse muchas. Os ruego que os pongáis a reflexionar sobre estas cuestiones.

He apresado a Numerio Magio 78 , prefecto de Pompeyo. [2] Como es de suponer, he seguido mi norma y al punto lo dejé marchar. Ya han caído en mi poder dos comandantes de ingenieros pompeyanos y los he dejado marchar. Si quieren mostrar su agradecimiento deberán aconsejar a Pompeyo que prefiera mi amistad a la de aquellos que siempre fueron los peores enemigos tanto de él como míos, con cuyas artimañas se ha conseguido que la república desemboque en la situación actual.

175 (IX 8)
(Finca de Formias, 14 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Mientras cenaba el 13, y ya de noche, me trajo Estacio una breve carta tuya. En cuanto a tus preguntas sobre Lucio Torcuato, no sólo Lucio, sino incluso Aulo se ha marchado 79 , uno hace muchos días, el otro unos pocos. En cuanto a tu informe sobre la reunión 80 de los reatinos: me desagrada que se haga siembra de proscripción en territorio sabino. También yo he oído que hay muchos senadores en Roma. ¿Puedes decirme entonces por qué se fueron?

[2] En estos lugares corre la opinión, más por conjetura que por un mensajero o por cartas, de que César estará en Formias el 22 de marzo. Yo quisiera tener aquí a aquella Minerva de Homero disfrazada de Méntor para decirle

‘M éntor , ¿cómo me acerco a él, cuál será mi saludo?’ 81

Nunca reflexioné sobre una cosa más difícil, pero reflexiono, y no estaré desprevenido como en las desgracias. Pero cuídate: calculo que ayer fue tu día de crisis.

176 (IX 9)
(Finca de Formias, 17 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

He recibido tres cartas tuyas el 16; habían sido remitidas el 12, 13 y 14. Responderé, pues, en primer lugar a la más antigua. Coincido contigo en que lo mejor es quedarse en la finca de Formias, y también en lo del Adriático; voy a ver, como ya te he escrito antes 82 , si encuentro un modo que me permita, con su consentimiento, no tomar parte alguna en los asuntos de estado. En cuanto a tu elogio por haber escrito que he olvidado los hechos y dichos pasados de nuestro amigo 83 , yo así lo hago, por cierto; es más, no recuerdo ni siquiera todas esas malas acciones suyas contra mi persona que tú me pones delante; tanta mayor fuerza tiene en mí el agradecimiento por un favor que el resentimiento por una injuria. Hagamos, pues, como recomiendas y quitémonos de enmedio. ‘Voy de sofista’, en efecto, tan pronto como bajo al campo y durante el camino no dejo de meditar en mis ‘tesis’ 84 . Pero algunas de ellas son muy difíciles de juzgar. Respecto a los optimates, sea en buena hora como quieres, pero conoces aquello de «‘Dionisio en Corinto’» 85 . El hijo de Titinio está con César. En cuanto a esa especie de temor que pareces tener a que tus consejos no me gusten, nada, te lo aseguro, me agrada excepto tu consejo y tus cartas. Por tanto, haz lo que anuncias: no dejes de escribirme cuanto te venga a la mente. Nada puede resultarme más agradable.

[2] Paso ahora a la segunda carta. Llevas razón al no creerte el número de sus soldados: Clodia lo multiplicó por dos 86 . También falso lo de las embarcaciones destruidas. En cuanto a tu elogio de los cónsules, yo también elogio su valentía, pero repruebo su decisión, pues con su retirada se ha disipado la acción de paz que yo proyectaba. Así, después de esto, te devuelvo el libro de Demetrio sobre la concordia 87 ; se lo he dado a Filótimo. Ciertamente no dudo de que amenaza una guerra destructiva, cuyo arranque partirá del hambre. ¡Y a pesar de todo me duele no participar en esta guerra! En la cual va a haber un impulso criminal tan grande que, siendo un sacrilegio no sustentar a los padres, nuestros hombres principales piensan que hay que matar de hambre a la más antigua y más venerable de las madres: la patria. Y no es un temor basado en una opinión, sino que he estado presente en las conversaciones. Toda esta flota procedente de Alejandría, Cólquide, Tiro, Sidón, Arado, Chipre, Panfilia, Licia, Rodas, Quíos, Bizancio, Lesbos, Esmirna, Mileto, Cos, está destinada a interceptar los aprovisionamientos de Italia y a ocupar las provincias productoras de trigo 88 . Y, ¡qué enojado va a venir!; especialmente con aquellos que deseaban por encima de todo su salvación, como si hubiese sido abandonado por aquellos a quienes abandonó. Así, cuando dudo sobre la conducta adecuada a seguir, tiene un gran peso mi buena disposición hacia él, al margen de la cual sería mejor morir en la patria que destruirla intentando salvarla. Lo del viento del norte 89 es exactamente así. Temo que resulte perjudicado Epiro, pero, ¿qué lugar de Grecia piensas tú que no quedará arrasado? Pues proclama en público y muestra a los soldados que él superará a éste 90 incluso en generosidad. Es muy acertado tu consejo de que cuando lo vea, no hable con demasiada indulgencia, sino más bien con autoridad. Desde luego es así como hay que hacerlo. Pienso ir a Arpino después de haberme reunido con él, no sea que no esté cuando venga o que corra de acá para allá por el peor de los caminos. He oído que Bíbulo, como escribes, llegó y volvió a irse el 14.

Esperabas, según dices en la tercera carta, a Filótimo. [3] Pero él me dejó el 15. Por eso te ha llegado más tarde mi contestación a la tuya, que escribí inmediatamente. Respecto a Domicio, en mi opinión es como tú escribes; que está en su finca de Cosa y se ignora su intención. Ese individuo 91 , el más indigno y sórdido de todos, que dice que las elecciones consulares pueden ser llevadas a cabo por un pretor, sigue siendo el mismo de siempre en su actuación política. No extraña, pues, que esto sea lo que César menciona en la carta cuya copia te mando: que quiere aprovechar mi «consejo» (vamos, ea, esto es un lugar común), «influencia» (ridículo, por cierto; pero creo que esto lo finge buscando algunos votos de senadores), «autoridad» (quizá en relación con una resolución consular); lo último es aquello de «la ayuda en todas las cosas». He empezado a sospechar a partir de tu carta que es precisamente esto o algo no muy distinto. Pues tiene un extraordinario interés en que la situación no llegue a un interregno; y eso se consigue si los cónsules son nombrados por medio de un pretor. Pero nosotros tenemos en nuestros libros 92 que no sólo no es legal el nombramiento de los cónsules por un pretor, sino ni siquiera el de los pretores, y que tal cosa no se ha hecho nunca: no es legal que lo sean los cónsules porque no es legal que a un magistrado superior lo proponga uno inferior; ni los pretores porque se les propondría como si fueran colegas de los cónsules, cuya magistratura es superior. No estará muy lejos de querer que yo sancione esto sin contentarse con Galba, Escévola, Casio, Antonio 93 .

‘… que entonces la vasta tierra me engulla ’ 94 .

Pero ves qué gran tempestad amenaza. [4]

Te escribiré qué senadores han cruzado el mar en cuanto lo sepa con certeza. Respecto a los aprovisionamientos es correcta tu apreciación: no hay forma alguna de organizarlos sin impuestos; y no sin motivo tienes miedo de quienes están en tomo a él exigiéndolo todo, y también de una guerra abominable. Aunque, como escribes, nuestro Trebacio está desesperado, me gustaría mucho verlo, a pesar de todo. Procura inducirlo a que se dé prisa: su visita me sería muy oportuna antes de que llegue César.

Respecto a la finca de Lanuvio, en cuanto me enteré de la muerte de Famea 95 , he deseado, si la república llegara a subsistir, que la compre alguno de los míos; no pensé, sin embargo, en ti, que eres el más mío de todos: sé, en efecto, cuánto sueles buscar por año y cuánto en tierras, y he visto, no sólo en Roma, sino incluso en Delos tu digamma 96 . Con todo, pese a ser bonita, yo la estimo de menos valor que la estimaba bajo el consulado de Marcelino 97 , cuando pensaba que esos jardincillos cerca de la casa que entonces tenía en Ancio me resultarían más agradables y de menor precio que si me ponía a reparar la finca tusculana. Mi deseo era quinientos mil sestercios. Actué a través de Precio 98 : él proporcionaría la cantidad cuando la pusiera en venta; no quiso. Pero ahora pienso que todo eso está por los suelos debido a la escasez de moneda. A mí por supuesto me vendría muy bien; o mejor a los dos, si tú la compras; pero no pases por alto la propiedad que ese mismo tiene en Ancio: es totalmente encantadora. Aunque a mí todo eso me parece ya condenado a la devastación.

He contestado a tus tres cartas, pero aguardo otras; hasta ahora son tus cartas las que me han sostenido.

Día de los Liberalia .

177 (IX 10)
(Finca de Formias, 18 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

No tengo nada que escribirte, pues no he oído nada nuevo y ya contesté ayer a todas tus cartas. Pero como la tristeza no sólo me ha privado del sueño, sino que ni siquiera me deja estar despierto sin el mayor sufrimiento, para tener una especie de conversación contigo, lo único que me sirve de descanso, me pongo a escribir este no sé qué sin ningún argumento previo.

[2] Me parece que desde el principio he estado sin juicio y me tortura una sola cosa: no haber seguido como un simple soldado a Pompeyo, que se deslizaba, o más bien se precipitaba, a la perdición total. Lo vi el 17 de enero 99 lleno de miedo. Ese mismo día noté cuál es su conducta. A partir de ahí me ha desagradado siempre, y no ha dejado ya de cometer error tras error. Entretanto sin escribirme nada, sin pensar nada más que en la huida. ¿Qué quieres que te diga? Como en las ‘cosas del amor’ lo que separa es lo realizado sin limpieza, sin gracia, sin decoro, así la indignidad de su fuga y su pasividad me aparta de quererlo. En efecto, no hacía nada digno de que yo me uniera a él como compañero de fuga. Ahora resurge el afecto; ahora no puedo resistir la añoranza; ahora no me sirven de nada ni libros, ni cartas, ni filosofía. Así me paso días y noches mirando al mar como el famoso pájaro 100 y deseo levantar el vuelo: cumplo, sí, cumplo el castigo de mi imprevisión. Aunque, ¿cuál fue aquella imprevisión?; ¿he hecho algo sin la mayor consideración? Pues si no se buscara otra cosa que la huida, hubiera huido muy a gusto, pero tuve mucho miedo a un tipo de guerra muy cruel y muy grande, cuyo final todavía no ven los hombres cuál va a ser. ¡Qué amenazas a los municipios y a las personas buenas, por sus propios nombres, y a todos, en fin, cuantos se hubiesen quedado!, ¡cuán frecuente aquello de «Sula pudo, ¿no voy a poder yo?»!

A mí, desde luego, aquello me dejó paralizado; muy mal [3] Tarquinio 101 , que puso contra la patria a Porsenna, a Octavio Mamilio; con impiedad Coriolano, que pidió ayuda a los volscos 102 ; bien Temístocles, que prefirió morir 103 ; abominable Hipias, hijo de Pisístrato 104 , que cayó en la batalla de Maratón llevando las armas contra su patria. En cambio, Sula, y Mario, y Cinna, bien; incluso quizá legalmente. Pero, ¿qué más cruel, más funesto que su victoria? Este tipo de guerra es el que he rehuido, y más aún porque veía que se trazaban y preparaban cosas todavía más crueles. ¿Conducir yo, a quien algunos han llamado salvador y padre de esa Urbe, las tropas de getas, armenios y cólquidos hasta sus puertas?; ¿llevar yo a mis conciudadanos el hambre, la destrucción a Italia? Yo pensaba que él, en primer lugar, era mortal; luego, que, además, podía desaparecer de muchas maneras; y en cambio consideraba que nuestra Urbe y nuestro pueblo debían ser salvados para la inmortalidad, en la medida de nuestras fuerzas; y, a pesar de todo, me seducía cierta esperanza de que en un momento dado se llegara a algún acuerdo y no que uno de ellos asumiera tan gran crimen, el otro tan gran iniquidad. Otra es ahora la situación en su conjunto, otra mi idea. El sol, como se lee en una carta tuya, me parece haber desaparecido del mundo; del mismo modo que, se dice, para el enfermo mientras hay vida hay esperanza, así yo no he dejado de tenerla todo el tiempo que Pompeyo estuvo en Italia. Esto, esto ha sido lo que me engañó y, a decir verdad, la edad, ya desviada de esos trabajos tan largos hacia el ocio, me ablandó con el deleite de las cosas domésticas. Ahora, si hay que arriesgarse, incluso con peligro, me arriesgaré desde luego a salir volando de aquí. Tal vez hubiera sido más oportuno antes, pero me retrasó lo que te he escrito y de manera especial tu autorizado consejo.

[4] Pues después de haber llegado a este punto, desenrollé el volumen de tus cartas, que guardo sellado y conservo con el mayor esmero. Y, efectivamente, en la que me remitiste el 21 de enero se lee lo siguiente: «pero veamos qué hace Gneo y qué curso toman sus planes. Desde luego, si ése deja Italia, actuará rematadamente mal y, a mi parecer, ‘irreflexivamente’, pero será entonces cuando tendremos que cambiar los planes». Esto me escribes tres días después de que dejáramos la Urbe. Luego, el 23 de enero, «con sólo que nuestro Gneo no abandone Italia, tan ‘irreflexivamente’ como abandonó la Urbe». Ese mismo día remites otra carta en la que contestas con la mayor claridad a mi consulta. Dice así: «pero paso a tu consulta: si Gneo abandona Italia, pienso que hay que volver a la Urbe, porque, ¿cuál será el final de la peregrinación?». Esto se me quedó clavado, y ahora lo veo así: una guerra interminable unida a la tristísima fuga que tú ‘llamas eufemísticamente’ peregrinación.

Sigue la ‘profecía’ del 25 de enero: «yo pienso que si [5] Pompeyo se queda en Italia y la cosa no llega a un arreglo, habrá una guerra bastante larga; pero si se va de Italia, en mi opinión, se prepara para más tarde una guerra ‘sin tregua’». ¡Y yo me veo obligado a participar, como aliado y colaborador, en esa guerra, que es ‘sin tregua’ y contra mis conciudadanos! Después, el 7 de febrero, teniendo ya más noticias sobre los planes de Pompeyo, terminas una carta de esta manera: «yo, desde luego, no te induciría, si Pompeyo abandona Italia, a huir tú también, dado que correrás con ello un enorme peligro y no ayudarás a la república; podrás ciertamente ayudarla más adelante si te quedas». ¿A qué ‘patriota’ y ‘político’ no empujaría la autoridad de un hombre reflexivo y amigo con tal admonición?

Luego, el 11 de febrero, me contestas a una nueva [6] consulta: «en cuanto a tu pregunta de si considero más útil una ignominiosa huida que un infame retraso, yo ciertamente considero inútil y peligrosa, tanto para ti como para el propio Gneo, una retirada súbita o una partida precipitada, y estimo preferible que os disperséis y estéis a la expectativa; pero, a fe mía, considero una vergüenza para nosotros pensar en la huida». Esta vergüenza la pensó dos años antes nuestro Gneo; tanto desea su espíritu, desde largo tiempo ya, imitar a Sula y dedicarse a las proscripciones 105 . Después, según mi opinión, como me habías escrito algo ‘en términos más generales’ y yo había pensado que, de alguna forma, me sugerías marcharme de Italia, lo rechazaste con energía el 19 de febrero: «yo en ninguna carta te he sugerido que si Gneo se iba de Italia te fueras tú con él, y si lo he sugerido, fui, no digo un inconsecuente, sino un loco». En otro lugar de la misma carta: «no queda más que la huida, pero en manera alguna pienso, ni pensé nunca, que te convenía acompañarlo».

[7] Por otra parte, toda esta deliberación la revisas con más detalle en la carta remitida el 22 de febrero: «si Manio Lépido y Lucio Vulcacio se quedan, pienso que hay que quedarse, de forma que, si Pompeyo se salva y se establece en algún lugar, dejes este ‘cortejo infernal’ 106 y te resignes más fácilmente a ser derrotado combatiendo con él que a ejercer la tiranía con éste en medio de la suciedad que previsiblemente habrá». Discutes muchos argumentos en favor de esta opinión y, luego, al final: ««¿y si», dices, «Lépido y Vulcacio se van?». Ciertamente, ‘no sé qué responder’; lo que pase, pues, y lo que tú hagas, eso me parecerá ‘aceptable’». Si entonces podías dudar, ahora no dudas, ya que se han quedado ésos.

Después, en el momento mismo de la huida, el 25 de [8] febrero: «entretanto no dudo de que debes permanecer en la finca de Formias, pues, con la mayor comodidad, ‘esperarás impacientemente’ allí ‘lo que ocurra’». Pero el 1 de marzo, cuando él llevaba cuatro días en Brundisio: «entonces podremos deliberar, no, evidentemente, desde una posición intacta, pero sí menos deteriorada sin duda que si tú te hubieras lanzado con él». Después, el 4 de marzo, aun cuando me escribías con brevedad ‘entre ataque y ataque’, pones, sin embargo, esto: «mañana te contestaré más ampliamente y a todos los puntos; sin embargo te diré una cosa: no me arrepiento del consejo de que te quedaras y, aunque con una gran preocupación, sin embargo, porque pienso que hay menos daño que en esa marcha, me mantengo en mi opinión y me alegro de que te hayas quedado».

Y cuando ya yo estaba angustiado por el temor de haber [9] aceptado algo deshonroso, el 5 de marzo: «con todo, no me tomo a mal que no acompañes a Pompeyo. Más adelante, si fuera necesario, no resultará difícil, y para él, ocurra cuando ocurra, será ‘muy agradable’. Pero ten en cuenta lo que te digo: si éste hace todo lo demás con la misma disposición que ha empezado, de manera sincera, moderada, prudente, miraré a fondo y atenderé con más cuidado a nuestro interés».

El 9 de marzo me escribes que nuestro Peduceo también [10] aprueba que no me mueva; y su autoridad tiene para mí gran valor.

Me consuelo con estos escritos tuyos hasta el punto de pensar que por el momento no he cometido ningún error. Tú sólo defiende tu autoridad; ante mí no hace ninguna falta, pero necesito que los demás también lo sepan. Yo, si en nada he faltado, tendré cuidado en adelante. Aconséjame tú para ello y ayúdame por todos los medios con tus reflexiones. Aquí todavía no se oye nada respecto a la vuelta de César. Yo le he sacado, con todo, a mi carta este provecho: he leído de punta a cabo todas las tuyas y me he reconfortado con ello.

178 (IX 11)
(Finca de Formias, 20 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

¿Sabes que nuestro Léntulo está en Puteoli? Al escuchar la noticia de un viajero que dijo haberlo reconocido en la Vía Apia cuando él entreabría su litera, mandé, pese a que casi parecía increíble, unos esclavos a Puteoli para que se cercionaran y una carta para él. Costó trabajo encontrarlo, escondiéndose en sus jardines; me mandó su respuesta mostrando una extraordinaria gratitud hacia César: en cuanto a sus planes, había dado un mensaje para mí a Gayo Cecio 107 . Lo espero hoy, o sea, el 20 de marzo.

[2] Vino también a verme Macio el día de las Quincuatrias 108 : un hombre, por Hércules, moderado y prudente, según mi impresión; la verdad es que siempre se le ha tenido por promotor de la paz. ¡Cómo me ha parecido desaprobar estas cosas, cómo temer aquel ‘cortejo infernal’, como tú lo llamas! En una larga conversación le mostré la carta de César a mí, aquella cuya copia te he mandado antes 109 , y le pedí que interpretara el sentido posible de las palabras «que él quería servirse de mi consejo, influencia, autoridad, concurso en todas las cosas». Contestó que no le cabía duda de que él buscaba mi concurso y mi influencia para conseguir la paz. ¡Ojalá pudiera yo en la miseria actual de la república llevar a cabo y redondear alguna obra ‘política’ ! Lo cierto es que Macio estaba convencido de que ésa era la opinión de aquél y me prometía que él mismo la apoyaría.

La víspera estuvo en mi casa Crásipes 110 ; asegura haber [3] salido de Brundisio el 6 de marzo y haber dejado allí a Pompeyo; lo mismo refieren quienes salieron de allí el 8. Todos escucharon, incluso Crásipes en la medida en que se lo permitió su prudencia, aquellas cosas: las conversaciones amenazadoras, la enemistad hacia los optimates, la hostilidad hacia los municipios, meras proscripciones, meros Sulas; ¡decir esto Luceyo, y toda Grecia, y en especial Teófanes!

Y sin embargo, toda la esperanza de salvación está en [4] ellos, y yo mantengo mi espíritu en guardia, sin tomarme el más mínimo descanso y, por escapar de esas pestes, ¡cómo ardo en deseos de estar con gentes tan distintas de nosotros! Pues, en tu opinión, ¿qué crimen dejarán sin perpetrar allí Escipión, o Fausto, o Libón (cuyos acreedores, según se dice, están congregándose) y, por otra parte, qué harán con los ciudadanos cuando hayan vencido; cuál es la ‘amplitud de miras’ de nuestro Gneo?: me comunican que piensa en Egipto y la Arabia ‘Feliz’ y ‘Mesopotamia’; que ha renunciado ya a Hispania. Cuentan horrores: pueden ser falsos, pero en cualquier caso lo de aquí está perdido y lo de allí sin salvación.

Ya echo de menos tus cartas. Después de mi huida nunca han estado tan espaciadas. Te mando una copia de la mía a César con la cual pienso lograr algún avance.

178A (IX 11A)
(Finca de Formias, 19 ó 20 de marzo del 49)

El general Cicerón saluda al general César.

Cuando leí tu carta, que he recibido de nuestro Furnio 111 , en la cual me instas a permanecer cerca de la Urbe, no pude por menos de extrañarme de que quisieras recurrir a «mi consejo y mi autoridad»; pero me pregunto qué quieres decir con eso de «influencia» y «concurso», aun cuando la esperanza me lleva a pensar que tú, con tu admirable y singular conocimiento, quieres ocuparte de la tranquilidad, la paz, la concordia de los ciudadanos y pienso que para esta operación es bastante adecuado mi carácter y mi personalidad.

[2] Si es así y si sientes alguna preocupación por proteger a nuestro Pompeyo y reconciliarlo contigo y con la república, sin duda no encontrarás a nadie más adecuado que yo para este objeto, pues siempre he intentado inculcarle la paz a él y, en cuanto se me presentó la ocasión, al senado; no he tomado parte en la guerra después de empuñadas las armas y he considerado que con esta guerra se te injuriaba a ti, contra cuyo privilegio, concedido por un beneficio del pueblo romano 112 , iban dirigidas las enemistades y las envidias. Pero de la misma manera que entonces no sólo favorecí personalmente tu dignidad sino que induje a los demás a apoyarte, así ahora me preocupa profundamente la dignidad de Pompeyo; en efecto, han pasado algunos años desde que os escogí a los dos como objeto principal de mi trato y como destinatarios de mi más grande amistad, cosa que de hecho sois.

Por lo tanto te pido, o mejor, te ruego con todas mis [3] súplicas y te conjuro a que en medio de tus grandísimas ocupaciones consagres algún tiempo a reflexionar sobre esto: cómo gracias a ti puedo ser un hombre de bien, agradecido y, en una palabra, leal en el recuerdo de su inmenso beneficio. Si sólo se tratase de mí, tendría, aun así, esperanzas de conseguirlo de ti; pero, según mi parecer, interesa a tu reputación y también al estado que yo, amigo de la paz y de vosotros dos, sea preservado por tu intervención como el más adecuado para la concordia vuestra y de los ciudadanos.

Yo, como antes te di las gracias respecto a Léntulo, por salvar a quien había sido mi salvación, así ahora, después de leer una carta que me ha mandado llena de la mayor gratitud por tu generosidad, 〈soy consciente〉 113 de haber recibido de ti mi salvación a la vez que la suya. Si te das cuenta de mi agradecimiento hacia él, permíteme, te lo ruego, poder tenerlo también hacia Pompeyo.

179 (IX 12)
(Finca de Formias, 20 ó 21 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Estaba leyendo tu carta el 20 cuando me traen una de Lepta: Pompeyo está sitiado, e incluso la salida del puerto se encuentra bloqueada con barcos. A fe mía que no puedo, por las lágrimas, ni pensar ni escribir el resto. Te mando una copia. ¡Pobres de nosotros!; ¿por qué no hemos seguido todos juntos su destino? Pero he aquí las mismas noticias de parte de Macio y Trebacio, a quienes encontraron los correos de César en Minturnas. Es tanta la tristeza que me atormenta que ahora desearía una muerte como la de Mucio 114 .

¡Qué honorables, qué claros tus consejos!, ¡qué madurados con tus reflexiones acerca de mi camino por tierra y por mar y de mi entrevista y mi conversación con César! Todos tan honorables como precavidos. Y tu invitación a Epiro, ¡qué amable, qué generosa, qué fraternal!

[2] Respecto a Dionisio, estoy sorprendido. Se le trató en mi casa con más consideración que a Panecio en la de Escipión 115 y ahora desprecia con la mayor infamia mi suerte actual. Odio a este hombre y lo seguiré odiando. ¡Ojalá pudiese vengarme! Pero su propio carácter me vengará de él.

Tú piensa, te lo ruego, ahora más que nunca qué debo [3] hacer. Un ejército del pueblo romano sitia a Gneo Pompeyo, lo mantiene encerrado con un foso y una empalizada, le impide la huida: ¡nosotros vivimos y esa ciudad sigue en pie, los pretores administran justicia, los ediles preparan los juegos, los hombres honrados recogen sus intereses, yo mismo permanezco sentado! ¿Intentaré ir allí como un insensato, implorar la fidelidad de los municipios? Los buenos no me seguirán; los irresponsables se burlarán; los revolucionarios, especialmente ahora, vencedores y armados, dirigirán contra mí la violencia de sus manos.

¿Qué te parece, pues?; ¿tienes algún consejo para poner [4] fin a esta vida tan desgraciada? Ahora sufro, ahora me atormento cuando hay gente a quien le parece que he sido sabio por no haberle acompañado, o feliz. A mí no, al revés: nunca quise ser partícipe de su victoria; hubiera preferido serlo de su desastre. ¿A qué imploro yo ahora tus cartas?, ¿a qué tu buen juicio o tu afecto? Ya está hecho; ya no puedo recibir ayuda de ninguna manera, pues no tengo otro deseo que verme liberado por la compasión de algún enemigo.

180 (IX 13)
(Finca de Formias, 23 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

‘No es cierta la noticia’ 116 , en mi opinión, la de los barcos. Pues, ¿qué razón habría para que Dolabela en la carta remitida desde Brundisio el 13 de marzo presentara como una especie de ‘jornada feliz’ de César el hecho de que Pompeyo huyera y se dispusiera a embarcar con el primer viento? Esto está en total desacuerdo con las cartas cuyas copias te he mandado ya. Aquí desde luego no se habla dé otra cosa que de crímenes; pero no hay autoridad más reciente ni mejor que Dolabela, respecto a este asunto al menos.

[2] El 22 he recibido tu carta en la que aplazas todos tus consejos hasta el momento en que sepamos qué ha pasado. Desde luego llevas razón: hasta entonces no se puede decidir nada, ni aun pensarlo. Aunque esta carta de Dolabela me obliga a volver a mis pensamientos primitivos: en efecto, la víspera de las Quincuatrias 117 hizo un tiempo magnífico, y pienso que él lo aprovechó.

[3] No he reunido la ‘recopilación’ de tus consejos para quejarme, sino más bien para consolarme. Pues no me angustian tanto los males presentes como la sospecha de una actuación mía culpable y temeraria. Pienso que no tiene fundamento porque mis hechos y mis decisiones están conformes con tus consejos.

En cuanto a tu observación de que más bien se debe a mi insistencia en divulgarla que a su propio mérito esa sensación de que le debo tanto, llevas razón. Yo siempre lo he exagerado y sobre todo para que no piense que me acuerdo del pasado. Y si me acordara al máximo, yo debería no obstante seguir ahora un comportamiento semejante al suyo de entonces. No me prestó ninguna ayuda pudiendo hacerlo; pero luego fue mi amigo, incluso mucho, y no sé bien por qué motivo. Así yo también suyo. Aún más: ambos compartimos el hecho de haber sido engañados por los mismos 118 . Mas, ¡ojalá hubiese podido yo ser tan útil para él como él lo pudo ser para mí! Con todo le agradezco muchísimo lo que hizo. Pero ahora no sé de qué manera podría ayudarle y, si pudiese, no consideraría mi deber hacerlo cuando prepara una guerra tan repugnante.

Lo único que no quiero es ofender sus sentimientos [4] quedándome aquí, y por Hércules que no podría contemplar eso que tú puedes imaginar de antemano ni tomar parte en esos males.

Pero he retrasado más mi marcha porque es difícil pensar en una marcha voluntaria sin ninguna esperanza de retorno. En efecto, yo veo a éste tan pertrechado de infantería, caballería, flotas, auxiliares galos, los cuales Macio ‘ha exagerado’, según creo, pero ciertamente dice que prometen a sus expensas durante diez años *** infantes, seis mil jinetes 119 … desde luego esto puede ser una ‘baladronada’, pero en todo caso tiene grandes tropas y va a tener, no el impuesto de Asia, pero sí los bienes de sus ciudadanos. Añade la confianza de este hombre; añade la debilidad de las gentes de bien, quienes evidentemente, pensando que él les detesta con razón, odian eso que tú llamas «la escuela» 120 (y quisiera que me hubieses escrito a quién te referías); pero ése agrada porque había amagado más de lo que hace, y al otro, en general, quienes le apreciaron ya no le aprecian; ciertamente los municipios y los campesinos romanos le temen a él, y por ahora estiman a éste. Por tanto, está pertrechado de tal manera que incluso si no pudiera vencer, no veo cómo podría ser vencido. Yo, por mi parte, no temo tanto su ‘magia’ como su ‘fuerza de persuasión’. «‘Pues los ruegos de los tiranos’», dice ‘Platón’, «‘sabes que llevan mezcladas las coacciones’» 121 .

[5] Veo que no apruebas aquellos ‘lugares sin puerto’ 122 . A mí tampoco me agradan, pero tengo en ellos un escondite y también un ‘asiento de remero’ fiable. Si estuvieran a mi disposición en Brundisio, lo preferiría. Pero allí no hay posibilidad de escondite. En fin, como escribes, cuando tengamos noticias.

[6] No presento demasiadas excusas a las gentes de bien. Pues, según me escribe Sexto, ¡qué banquetes dan y reciben; cuán suntuosos; cuán prolongados! Pero por buenos que ellos sean, no son mejores que yo. Me impresionarían más si fueran más firmes.

Me equivoqué sobre la finca de Famea en Lanuvio: me había imaginado la de Troya 123 . Yo la quería por quinientos mil, pero vale más. Con todo me encantaría que compraras ésa si viera alguna esperanza de disfrutarla.

[7] Deducirás las barbaridades que leemos a diario por el libelo que adjunto a la carta. Nuestro Léntulo está en Puteoli, ‘angustiado’, según cuenta Cecio, por qué hacer. Le aterra ‘una vergüenza’ como la de Corfinio. Cree que ahora ha cumplido con Pompeyo, está conmovido por la generosidad de César, pero aun más conmovido por las perspectivas de futuro.

181 (IX 13a)
(Finca de Formias, 24 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

¡Que yo pueda soportar estas cosas!: lamentable todo, [8] pero nada más lamentable que esto. Pompeyo ha mandado a Numerio Magio 124 en misión de paz, y pese a ello sigue sitiado. Yo no lo creía, pero tengo una carta procedente de Balbo, cuya copia te mando. Léela, por favor, incluso aquel último apartado, del propio Balbo, ese hombre extraordinario a quien nuestro Gneo le dio un lugar donde edificar sus jardines y a quien tantas veces ha puesto por encima de cualquiera de nosotros. Así el infeliz está atormentado. Mas para que no leas dos veces lo mismo, te remito a la propia carta. En otro orden de cosas, no tengo ninguna esperanza de paz: Dolabela en su carta remitida el 13 de marzo sólo habla de la guerra. Continuemos, pues, con nuestra habitual opinión lamentable y desesperada, puesto que no es posible que exista infelicidad mayor.

181A (IX 13A)
(Roma, 22 ó 23 de marzo del 49)

Balbo saluda a Cicerón el general.

César nos ha mandado una carta muy breve, que te copio al pie. Por la misma brevedad de la misiva podrás conocer que está muy ocupado cuando escribe con tanta brevedad de asunto tan importante. Si todavía hay algo nuevo, te escribiré de inmediato.

César saluda a Opio y Cornelio.

El 9 de marzo he llegado a Brundisio; he establecido mi campamento junto a la muralla. Pompeyo está en Brundisio. Me ha mandado a Numerio Magio en misión de paz. He contestado dándole mi opinión. Deseo que lo sepáis enseguida. En cuanto conciba alguna esperanza de conseguir algo sobre un arreglo, os lo comunicaré de inmediato.

[2] ¿Imaginas ahora cómo sufro, mi querido Cicerón, después de haber concebido de nuevo esperanzas de paz, no vaya a ser que algo dificulte el arreglo entre ellos? Pues yo hago lo que puedo hacer ausente: votos. Si estuviera con ellos, tendría la impresión de poder tal vez conseguir algo. Ahora me tortura la espera.

182 (IX 14)
(Finca de Formias, 24 ó 25 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

El 24 de marzo te mandé copia de la carta de Balbo a mí y de otra, de César a él. Hete aquí que el mismo día recibí de Capua unas letras de parte de Quinto Pedio 125 : César le había escrito el 14 de marzo lo que copio:

Pompeyo se mantiene en la ciudad. Nosotros tenemos el campamento a las puertas. Intentamos una obra grande y de muchos días debido a la profundidad del mar. Sin embargo no cabe hacer otra cosa mejor. A ambos extremos del puerto arrojamos bloques de piedra, para obligarlo a hacer cuanto antes la travesía con las tropas que tiene en Brundisio, o bien impedirle la salida.

¿Dónde está aquella paz de la cual Balbo escribía que lo [2] atormentaba?; ¿algo más amargo, algo más cruel? Y hay quien cuenta ‘de buena fuente’ que él, según dice, busca vengar a Gneo Carbón, a Marco Bruto 126 y a todos aquellos contra los cuales se ensañó Sula con la colaboración de éste; que Curión, bajo su guía, no hace nada que éste no hubiese hecho antes bajo la de Sula; que él, a los convictos de cohecho a quienes, de acuerdo con las leyes anteriores, no les correspondía la pena de destierro, los había hecho volver del mismo y el otro en cambio a los traidores a la patria; que se lamenta de la expulsión de Milón por la fuerza; que él sin embargo no tocará a nadie salvo al que lleve las armas en su contra. Esto, un tal Bebio que se separó de Curión el 13, un individuo que no calla, sino que habla (a todo el mundo).

No sé en absoluto qué hacer. Desde luego creo que Gneo se ha marchado de allí. En dos días sabremos lo que hay. Ni una carta tuya ni siquiera por medio de Antero 127 ; y no es extraño. Pues, ¿qué materia hay para escribirnos? Con todo, yo no dejo pasar ni un día.

[3] Escrita la carta, me llega una antes del amanecer, enviada por Lepta desde Capua: Pompeyo ha embarcado desde Brundisio el 15 de marzo 128 , César estará en Capua el 26.

183 (IX 15)
(Finca de Formias, 25 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Después de haberte remitido una carta para hacerte saber que César estaría en Capua el 26, me trajeron otra de Capua diciendo que estará aquí el 27 y en Alba con Curión el 28. Cuando lo vea, me iré a Arpino. Si me concede el permiso que le pido, me atendré a sus condiciones; si no, conseguiré algo de mí mismo. Como me escribe Lepta, él ha colocado legiones separadas en Brundisio, Tarento y Siponto. Me parece que está cortando las salidas por mar aunque él mismo mira más a Grecia que a las provincias hispanas. Pero esto está bastante lejos.

A mí ahora me preocupa mi encuentro con él (de hecho [2] ya está aquí) y por otra parte me horroriza su primera acción. Pues querrá, creo, elaborar un decreto del senado y otro de los augures 129 (me veré arrastrado, o vejado si no estoy) con objeto de que un pretor celebre elecciones consulares o bien nombre un dictador, nada de lo cual es legal. Mas si Sula pudo lograr que se le nombrara dictador y general de la caballería por un interrex 130 , ¿por qué no va a poder éste? No encuentro ninguna salida excepto ser tratado por éste como un Quinto Mucio o por el otro como un Lucio Escipión 131 .

Cuando leas esto, quizá me haya reunido ya con él. [3]

‘¡A aguantar…!’ 132 :

ni siquiera aquello mío fue «‘más perro’». Pues había esperanza de un pronto regreso, había una lamentación de la gente. Ahora ansío marcharme, pero con qué esperanzas de retorno, no me viene a la mente la menor idea. Por otra parte no sólo no hay ninguna lamentación de los ciudadanos y los campesinos, sino que, por el contrario, todos le temen como a hombre cruel y colérico. Sin embargo nada me da más tristeza que haberme quedado y nada más ganas que volar a compartir no tanto la guerra como la huida. Y tú, que has estado aplazando todos tus planes para el momento en que conociéramos lo sucedido en Brundisio, ¿qué? Ya lo sabemos; y no estamos menos empantanados. En efecto, tengo escasas esperanzas de que me conceda el permiso, aun cuando aduzco muchas razones justas para lograrlo. Pero te mandaré enseguida toda la conversación entre él y yo recogida sin omitir palabra.

[4] Esfuérzate ahora de la forma más cariñosa en ayudarme con solicitud y prudencia. Ha venido tan de repente que ni siquiera puedo ver, como había decidido, a Trebacio 133 . Todo lo he de hacer sin preparación. No obstante, como dice aquél 134 ,

‘unas cosas tú mismo… ,

las otras un dios te dará… ’

Lo que haga, lo sabrás de inmediato. Los encargos de César a los cónsules y a Pompeyo, que me pides, no los tengo, pero Macio trajo las contestaciones, que es lo que te mandé antes 135 ; de ellas pienso que se pueden deducir esos encargos. Filipo está en Neápolis, Léntulo en Puteoli. Respecto a Domicio, sigue intentando saber, como haces, dónde está y qué piensa.

En cuanto a tu comentario de que he escrito respecto a [5] Dionisio con más dureza de la permitida por mis costumbres, fíjate qué anticuado soy. Pensé, a fe mía, que te tomarías este asunto con más preocupación que yo. Pues dejando aparte el hecho de que en mi opinión te debe afectar más la injuria que cualquiera me haga, éste además te ofendió también a ti mismo de alguna manera al tratarme tan mal. Pero a ti te corresponde juzgar la importancia que le das a esto, y desde luego no te impongo ninguna carga en el asunto. Yo por mi parte siempre lo consideré poco cuerdo; ahora lo considero además infame y criminal, y aun así no más enemigo mío que de sí mismo. Atendiste bien a Filargiro 136 . De hecho tenías una defensa verdadera y favorable: que yo he sido el abandonado, no el que abandonó.

184 (IX 15a)
(Finca de Formias, 25 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Después ya de haberte remitido la carta el 25, los servidores que había mandado con Macio y Trebacio me trajeron una misiva en estos términos:

Macio y Trebacio saludan al general Cicerón.

Después de retirarnos de Capua, ya en camino oímos que Pompeyo había salido de Brundisio el 17 de marzo con todas las tropas de que disponía; que César había entrado al día siguiente en la ciudad, había celebrado una asamblea y luego había salido para Roma; quería estar cerca de la Urbe antes del 1 y permanecer allí unos pocos días; luego marchar hacia las provincias hispanas. A nosotros no nos pareció inadecuado, como estábamos seguros de la llegada de César, remitirte tus servidores para que tú lo supieras cuanto antes. Nos ocupamos de tus encargos y los atenderemos de acuerdo con las circunstancias. Trebacio pone todo su esfuerzo por adelantarse.

Terminada la carta se nos anuncia que César va a quedarse en Benevento el 25, en Capua el 26, en Sinuesa el 27. Esto lo damos por seguro.

185 (IX 16)
(Finca de Formias, 26 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Aun cuando no tengo nada que escribirte, te remito, sin embargo, esta carta para no dejar pasar ni un día. Anuncian que César se quedará el 27 en Sinuesa. Me ha mandado una carta el 26 en la que ya cuenta con mis «recursos», no, al igual que en las anteriores, con mi «concurso» 137 . Como llené de elogios por escrito su acto de clemencia en Corfinio, me contestó en estos términos:

«César el general saluda a Cicerón el general.

Llevas razón al conjeturar respecto a mí (pues me [2] conoces bien) que nada hay más lejos de mí que la crueldad. Y de la misma manera que el hecho en sí me produce un gran placer, el que tú apruebes mi acción me inunda de alegría. Y no me afecta que se diga que aquellos a quienes he perdonado se marcharon para hacerme de nuevo la guerra; pues nada me agrada más que actuar de acuerdo conmigo mismo y que ellos lo hagan consigo.

Quisiera que tú te reunieras conmigo en las [3] inmediaciones de la Urbe para aprovechar tus consejos y recursos, como tengo por costumbre, en todos los asuntos. Sabe que nada me resulta más agradable que tu Dolabela. También a él debo agradecerle este favor, pues no habría podido actuar de otra manera. Tan grande es su amabilidad, tal su buen sentido, tal su buena disposición hacia mí».

186 (IX 17)
(Finca de Formias, 27 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Espero a Trebacio el 27, el día que te mando esta carta. A partir de su informe y de la carta de Macio meditaré la manera de hablar con César. ¡Oh tiempo lamentable! No dudo de que va a instarme a ir a la Urbe. En efecto, ha ordenado anunciar incluso en Formias que quiere que haya una sesión plenaria del senado el día 1. Por eso hay que negarse. Pero, ¿para qué me adelanto? Te lo contaré todo de inmediato. De acuerdo con sus palabras decidiré si debo ir a Arpino o a algún otro sitio. Quiero dar a mi hijo la toga blanca, allí, creo.

[2] Tú, te lo ruego, piensa en después; pues a mí me han dejado embotado las preocupaciones. Me gustaría saber si has recibido de Curio alguna noticia acerca de Tirón. Pues a mí el propio Tirón me ha escrito en unos términos que me hacen temer por su situación. Lo cierto es que los que vienen de allí anuncian que está bastante ‘en peligro’. Ciertamente, en medio de mis grandes preocupaciones también ésta me acucia, pues en la desgracia actual me serían muy útiles su colaboración y su lealtad.

187 (IX 18)
(Finca de Formias, 28 de marzo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Ambas cosas según tu consejo: mis palabras fueron tales que conseguí su opinión favorable de mí antes que su agradecimiento, y persistí en lo de no ir a la Urbe. Pero algo nos engañó: el pensar que iba a ser manejable; nada he visto menos. Decía que se veía perjudicado por mi decisión, que si yo no iba los demás se harían más de rogar. Yo, que mi caso no es como el de ellos. Después de mucho, «ven, pues, y trata sobre la paz». «¿A mi manera?», le dije. «¿Acaso», contestó, «te lo voy a prescribir yo?». «Bien», dije, «trataré de que el senado no acepte tu marcha a Hispania ni el traslado del ejército a Grecia, y», añadí, «lamentaré muchas cosas en relación con Gneo». Entonces él: «yo, desde luego, no quiero que se digan esas cosas». «Lo suponía», contesté, «pero por eso yo no quiero estar presente: porque o tendría que hablar así o no ir… y mucho más: que de ninguna manera podría callarme si estuviese presente». El resultado fue que él, como buscando acabar, me pidió que lo pensara. No era cosa de negarse. Así nos separamos. Creo, pues, que no le agrado. Pero me agradé a mí mismo, cosa que no me sucedía hace ya tiempo.

Por lo demás, ¡oh dioses!, qué compañía, qué ‘cortejo [2] infernal’, como tú sueles decir, en el cual Céler era uno de los ‘héroes’. ¡Oh causa perdida!, ¡oh tropas desesperadas! ¿Cómo es que un hijo de Servio, que uno de Titinio estuvieron en el mismo campamento que sitiaba a Pompeyo? 138 . Seis legiones; está muy alerta, tiene audacia. No veo ningún final a este mal. Sin duda ahora has de sacar tus consejos. Esto ha sido el remate.

Con todo, su ‘toque final’ (casi se me olvida) es odioso: [3] que si no podía utilizar mis consejos, utilizaría los de quienes pudiera y descendería a cualquier cosa. Así pues, ¿has visto al hombre, como me escribiste? Sin duda has roto en sollozos. «Larga el resto»: ¿qué? Él se fue (a la finca de Alba), yo a Arpino; desde ahí espero por cierto a esa ‘parlera’ tuya 139 . «Preferiría», dirás, «que tú no hagas lo que ya has hecho. Incluso aquel mismo al que seguimos cometió muchos errores».

[4] Pero yo espero carta tuya. Pues ya de nada vale como antes «veamos por dónde sale esto». El final ha sido lo de nuestra entrevista, en la cual no me cabe duda de que lo he ofendido. Razón de más para actuar con rapidez. Por favor, una carta, y ‘política’. Ahora espero con impaciencia tus palabras.

188 (VIII 9)
(En camino de Formias a Arpino, 29 ó 30 de marzo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Respecto a lo que me escribes de que mi carta ha sido divulgada 140 , no me lo tomo a mal. Incluso yo mismo se la di a muchos para que la copiasen. En efecto, han sucedido ya cosas y amenazan otras de tal índole que quisiera dejar constancia de mis sentimientos acerca de la paz. Y exhortando a buscarla por encima de todo a aquel hombre, no encontré otro medio más fácil de moverlo que esa afirmación de que mis exhortaciones cuadraban con su prudencia. Si la llamé «admirable» cuando lo exhortaba a salvar a la patria, no temí dar la impresión de adularlo: en un asunto de tal índole me hubiera arrojado gustosamente a sus pies. Por otra parte, aquello donde está «dedícale algún tiempo» no se refiere a que piense algo sobre la paz, sino sobre mí mismo y mi obligación. Y respecto a mi testimonio de que no he tenido que ver con la guerra, aun cuando eso es evidente de hecho, lo escribí, sin embargo, con objeto de tener más autoridad en persuadirlo; y a lo mismo se refiere lo de que apruebo su causa.

Pero, ¿a qué esto ahora?; ¡ojalá se hubiese avanzado [2] algo! En verdad querría yo que esa carta fuera recitada en asamblea, habida cuenta de que él mismo, escribiendo igualmente a César, presentó en público aquella carta donde se lee «por tus magníficas gestas» (¿magníficas todavía más que las suyas propias, que las del Africano?; a eso le obligaban las circunstancias), habida cuenta incluso de que hombres como vosotros dos vais hasta el quinto miliario ante alguien que ¿a dónde y de dónde se retira? 141 , ¿qué hace?, ¿qué va a hacer? ¡Con cuánta mayor osadía confiará en su causa, cuando a vosotros, cuando a gentes como vosotros os ve, no ya apiñados, sino dándole parabienes con rostro alegre! «¿Entonces, cometemos una falta?». Vosotros en absoluto; pero, no obstante, están confundidas las señales que permiten distinguir la sinceridad del disimulo. Y, ¡qué decretos del senado veo! Pero he escrito con más claridad de la que me había propuesto.

Yo quiero estar en Arpino el 31; luego dar una vuelta [3] por mis finquitas, que he perdido la esperanza de ver en adelante.

189 (IX 19)
(Arpino, 1 ó 2 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Yo, puesto que se nos niega Roma, he preferido imponer la toga blanca a mi Marco en Arpino, y ello ha gustado a mis conciudadanos. Aunque vi que estaban tristes y afligidos todos, ellos y los que encontré por el camino; tan lamentable y tan terrible resulta el ‘análisis a fondo’ de este enorme mal. Se realizan reclutamientos; se les lleva a los cuarteles de invierno. Esas cosas que incluso cuando son hechas por gentes de bien, y en una guerra justa, y con moderación, resultan, no obstante, desagradables por sí mismas, ¿cuán amargas crees que resultan ahora, cuando son realizadas por rufianes, en una abominable guerra civil y con la mayor petulancia? Mas guárdate de pensar que exista en Italia un solo hombre sin escrúpulos que no esté de su parte. Yo personalmente los he visto al completo en Formias y por Hércules que no me parecieron humanos; y los conozco a todos, pero nunca los había visto en un mismo lugar.

[2] Sigamos, pues, hasta donde nos apetece, y dejemos todo lo mío: vayamos junto a la persona que agradecerá mi llegada más que si hubiera huido con él. Pues entonces teníamos las mayores esperanzas, pero ahora yo, desde luego, ninguna; y excepto yo, nadie se va de Italia a no ser que considere a César su enemigo. Y por Hércules no hago esto a causa de la república, que tengo por destruida hasta los cimientos, sino para que nadie me considere desagradecido con quien me sacó de las dificultades en las que él mismo me había metido, y a la vez porque no puedo ver lo que ocurre o lo que con seguridad va a ocurrir. Es más, incluso pienso que ya se han hecho algunos decretos del senado y, ¡ojalá que a propuesta de Vulcacio! 142 . Pero, ¿qué más da?; en efecto, todos tienen la misma opinión. No obstante, el más cruel será Servio, que mandó a su hijo para abatir a Gneo Pompeyo o al menos para capturarlo, con Poncio Titiniano. Si bien éste lo hizo por miedo; en cambio, el otro… Pero dejemos de encolerizarnos y démonos cuenta de una vez de que no nos queda más que el resuello, cosa que no quisiera en absoluto.

Nosotros, como el Adriático está bloqueado, [3] navegaremos por el Tirreno y si hay dificultades en Puteoli, nos dirigiremos a Crotón o Turios, y, ciudadanos de bien amantes de la patria, sufriremos la hostilidad del mar. No veo ningún otro procedimiento de llevar esta guerra. Nos esconderemos en Egipto. No podemos equiparamos en ejército. No hay ningún indicio fiable de paz. Pero ya se ha lamentado esto bastante.

Tú quisiera que des una carta a Cefalión acerca de todo [4] cuanto se ha hecho y también incluso sobre las habladurías de la gente, a no ser que se hayan quedado completamente mudos. Yo he seguido tus consejos, sobre todo al mantener la dignidad que debía en nuestra entrevista y permanecer firme en mi postura de no acudir a la Urbe. Por lo demás, escribe, te lo ruego, con el mayor detalle (pues ya estamos en las últimas), qué te parece, qué piensas; aunque ya no hay ninguna duda. Con todo, si alguna cosa, o mejor dicho, cuantas cosas te vienen a la mente, me gustaría que me las escribas.

190 (X 1)
(Laterio de su hermano Quinto, 3 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

El 3 de abril, al llegar a la casa de mi hermano en Laterio, recibí tu carta y respiré un poco al leerla, algo que no me había ocurrido desde que empezaron estas calamidades. En efecto, considero de extraordinaria importancia que mi firmeza de ánimo y mi comportamiento cuenten con tu aprobación. Respecto a lo que me escribes de que también lo aprueba nuestro amigo Sexto, me alegro tanto que siento como si hubiese tenido la opinión aprobatoria de su padre 143 , a quien siempre respeté de manera singular. Fue él quien me dijo, cosa que con frecuencia suelo recordar, hace ya tiempo, aquel 5 de diciembre, ante mi «Sexto, ¿y ahora qué?» «no, por cierto», fueron sus palabras,

‘(dejarse morir) sin lucha y sin gloria ,

sino haciendo algo grande que aprendan mañana los hombres’ 144 .

Por eso para mí su autoridad continúa viva y su hijo, tan semejante a él, ejerce en mí la misma influencia que él ejerció. Por favor, procura transmitirle mis mejores saludos.

Tú, si bien aplazas tu consejo sólo por poco tiempo [2] (pues imagino que ya aquel pacificador comprado 145 habrá concluido su discurso y se habrá hecho ya algo en la reunión de senadores —pues eso no es para mí un senado—), me mantienes, con todo, en suspenso, pero menos, porque no tengo dudas sobre tu opinión respecto a lo que debo hacer: cuando escribes, en efecto, que se le daba a Flavio 146 una legión y Sicilia y que eso era ya un hecho, ¿qué crímenes crees que se están en parte preparando y meditando ya, en parte esperando la ocasión? Yo, ciertamente, ignoraré la ley de Solón, tu compatriota (y también ya mío, según creo), quien consideró falta capital el que alguien en una revuelta no fuese de ninguna de las partes 147 , y, salvo si tu opinión es otra, me mantendré apartado de ambos bandos. Pero lo tengo más claro respecto a uno de ellos; con todo, no voy a precipitarme; aguardaré tu consejo y la carta que te pedí entregaras a Cefalión, si no has mandado ya otra.

Respecto a lo que me escribes (no por habérselo oído a [3] alguien, sino por propio convencimiento) de que me veré arrastrado si se trata sobre la paz, no se me viene en absoluto a la mente qué trato puede haber sobre la paz cuando aquél está totalmente decidido, si puede, a despojar a Pompeyo de su ejército y su provincia 148 ; excepto si acaso ese vendido 149 pueda persuadirlo de que permanezca quieto mientras vayan y vuelvan los mediadores. No veo ya ninguna esperanza o posibilidad concebible de hacer algo. Sin embargo, ¿es esto propio de un hombre de honor?; es una de las grandes y ‘más políticas cuestiones’, si se ha de acceder al consejo de un tirano en el caso de que éste vaya a deliberar sobre una cosa buena. Por tanto, si sucediera algo como para hacerme llamar (no lo creo, desde luego, pues ya he dicho lo que tenía que decir sobre la paz y él lo rechazó de plano), pero bueno, si ocurriera algo, escríbeme con claridad qué es lo que a tu juicio debo hacer. Hasta ahora no me ha sucedido nada que merezca mayor atención.

Me alegro de que hayas disfrutado con las palabras de Trebacio, buena persona y buen ciudadano; esa frecuente ‘exclamación’ tuya de ‘muy bien’ es la única que hasta ahora me ha complacido. Espero con ansiedad tu carta; por cierto, creo que ya la has mandado.

191 (X 1a)
(Laterio de su hermano Quinto, 4 de abril del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Tú has mantenido, junto con Sexto, la misma dignidad que me recomiendas. Tu Céler tiene más facilidad de palabra que seso. Lo que escuchaste a Tulia sobre los muchachos es verdad. Esa ‘suerte cruel’ 150 de que hablas no me parece ser tan triste de hecho como de palabra. Es este ‘extravío’ en que ahora me encuentro lo que se parece a la muerte, pues o he de ‘participar en la política’ con libertad entre los malos o hasta con peligro junto a los buenos; o he de seguir la temeridad de los buenos, o bien denunciar la insolencia de los perversos. Ambas cosas son peligrosas; mas lo que hago ahora, vergonzoso y encima nada seguro.

Ése que mandó a su hijo a Brundisio en misión de paz 151 (siento lo mismo que tú, que es un simulacro evidente y por el contrario se prepara con todo cuidado la guerra) y no yo, irá en mi opinión como legado, pues hasta ahora no se me ha mencionado, como era mi deseo. Por eso no tengo necesidad de escribir o incluso de pensar qué haré si por casualidad se me elige.

192 (X 2)
(Laterio o finca en Arx de su hermano Quinto, 5 ó 6 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Yo, como había recibido la carta tuya que trajo Cefalión el 5 de abril y tenía intención de permanecer el día siguiente en Minturnas y regresar directamente desde allí, me quedé en la finca de mi hermano en Arx con el fin de estar en un lugar lo suficientemente oculto a la espera de noticias más ciertas sin que dejase de hacerse ninguna de las cosas que se podían hacer en mi ausencia.

Tu ‘parlera’ 152 está ya cerca y mi ánimo encendido y sin ninguna seguridad de a dónde y por dónde.

[2] Pero de esto nos ocuparemos yo y los expertos. Sin embargo tú, en la medida en que puedas, como has hecho hasta ahora, nos ayudarás con tus consejos. Las cosas son inexplicables. Hay que confiarlo todo a la suerte. Nos arriesgamos sin ninguna esperanza. Me sorprendería que algo saliera un poco bien. Me gustaría que no me visitase Dionisio; mi Tulia me escribió acerca de ello. Pero el tiempo es inoportuno y además no me gustaría que mis dificultades, sobre todo siendo tan grandes, sirvieran de espectáculo a un hombre que no es mi amigo. Pero no quiero que te enemistes con él por mi causa.

193 (X 3)
(Finca de Arx, 7 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Como no tengo absolutamente nada que escribirte y quedan en cambio cosas que ardo en deseos de saber: si aquél se ha marchado; en qué situación ha dejado la ciudad; a quién ha puesto en la misma Italia al frente de cada región, de cada tarea; si se han mandado emisarios de paz a Pompeyo y a los cónsules por decreto del senado 153 : pues bien, como ardo en deseos de saber estas cosas, te mando esta carta con especial interés. Actuarás por tanto como debes y con mi agradecimiento si me informas detalladamente sobre estas cosas y sobre cualquier otra, si la hay, que sea necesario saber. Yo aguardo en la finca de Arx hasta conocer esas nuevas. 7 de abril.

194 (X 3a)
(Finca de Arx, 7 de abril del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

En el mismo día te dicto esta segunda carta y ayer te mandé una más larga de mi puño y letra. Dicen que te han visto en la Regia 154 , y no lo reprocho, dado que a ese reproche no escaparía yo mismo. Pero aguardo tu carta y la verdad es que no veo ya qué aguardo; en todo caso, aun cuando no haya nada, quisiera que me escribas eso mismo.

César me perdona por escrito que no haya ido y dice que [2] no se lo toma a mal en absoluto; lo acepto sin dificultad. En cuanto a lo que escribe de que Titinio y Servio se le han quejado porque no les consintiera lo mismo que a mí, ¡ridículos tipos! que después de mandar a sus hijos para sitiar a Gneo Pompeyo dudan en acudir al senado. En todo caso, te mando copia de la carta de César.

195 (X 4)
(Finca de Cumas, 14 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

He recibido muchas cartas tuyas en un mismo día, todas escritas con diligencia y, la que venía en forma de volumen, digna de ser leída muchas veces, como estoy haciendo. En ella no te has tomado la molestia en vano y te lo agradezco enorr emente. Por tanto te ruego con insistencia que hagas esto la mayor cantidad posible de veces mientras tengas ocasión, o sea mientras sepas dónde estoy.

Demos ya fin de una vez a las lamentaciones que hago a diario, si es posible, o al menos moderémoslas, que sin duda es posible. Pues ya no pienso qué dignidad, qué honores, qué posición de vida he perdido, sino qué he conseguido, a qué he contribuido, con qué reputación he vivido; en definitiva, qué me diferencia, en medio de los males presentes, de esos por cuya causa lo perdí todo. Son ellos quienes pensaron que, si no me expulsaban de la comunidad, no podrían tener licencia para sus ambiciones. Y ya ves a dónde ha alcanzado la lealtad de su alianza y confabulación criminal.

[2] Uno se consume en delirio y perversidad y no remite nada, sino que cada día se agrava más; hace poco lo expulsó de Italia; ahora por un lado lo persigue y por el otro intenta despojarlo de su provincia. Y ya no rehúsa, antes bien reclama de alguna manera que hasta se le llame lo que es, un tirano.

[3] El otro, aquel que a mí, un día postrado a sus pies, ni siquiera me levantó, que decía no poder hacer nada contra la voluntad de éste, escapado de las manos y la espada de su suegro, prepara la guerra por tierra y por mar, que en él no es injusta, sino patriótica y hasta necesaria, aunque funesta para sus conciudadanos si no vence, calamitosa incluso si vence.

[4] Yo no sólo no antepongo las gestas de estos dos grandísimos generales a las mías, sino ni siquiera la propia fortuna, por más que la suya parezca espléndida y la que a mí me abruma extraordinariamente espinosa. Pues, ¿quién puede ser feliz cuando la patria ha sido abandonada o bien asediada por él? Y si, como tú me señalas, llevaba razón en aquellos libros míos 155 al decir que nada es bueno excepto lo honorable, nada malo excepto lo deshonroso, sin duda los más desgraciados son esos dos que siempre pospusieron ambos la salvación y dignidad de la patria a su propio poder y sus conveniencias particulares.

Así me sustento en un convencimiento muy claro [5] cuando pienso que he prestado los mejores servicios a la república mientras he podido, o que, sin duda, no he tenido más que pensamientos leales y la república ha sido destruida precisamente por la tempestad que yo pronostiqué hace catorce años 156 . Marcharé, pues, acompañado de ese convencimiento y también con un profundo dolor, y ello no tanto por mí o por mi hermano, que ya hemos vivido nuestra vida, como por los hijos a quienes a veces me parece que hemos debido legarles también un estado. De ellos, uno me atormenta extraordinariamente no tanto porque es mi hijo como porque es de la mayor piedad, el otro (¡qué triste circunstancia! pues no he sufrido mayor amargura en toda mi vida), depravado tal vez por mi indulgencia, ha llegado a extremos que no me atrevo ni a mencionar. A propósito, espero tu carta, pues me escribiste que escribirías más cuando lo vieras.

Toda mi complacencia hacia él ha sido con mucha [6] severidad, y le he reprimido muchas y grandes faltas, no una sola ni pequeña. En cuanto a la blandura de su padre, él debió apreciarla antes que despreciarla con tanta crueldad. Pues la carta que le mandó a César me ha sentado tan mal que hasta a ti te la oculto, pero me da la impresión de haberle hecho la vida muy dura. La verdad es que no me atrevo a decirte cómo fue este viaje 157 y su pretendida piedad filial; sólo sé que después de una entrevista con Hircio fue llamado por César y habló con él de mi sentimiento totalmente contrario a sus planes y de mi decisión de abandonar Italia. En todo esto tengo mis dudas. Pero la culpa no es en absoluto mía; lo temible es el carácter: él, no el error de los padres, corrompió a Curión, él al hijo de Hortensio 158 .

Mi hermano está postrado de tristeza y no teme tanto por su vida como por la mía. Para este mal tú, para este mal bríndanos tus consuelos si alguno puedes. Sobre todo me gustaría aquel de que son falsas o menos importantes las noticias que nos han traído. De ser ciertas, no sé qué va a pasar en esta vida fugitiva nuestra; porque si tuviéramos gobierno, no me faltaría decisión ni para la severidad ni para la vigilancia. Si he escrito ahora arrebatado por la cólera, o por el dolor, o por el miedo, con más dureza de la que merecía tu cariño, o el mío, hacia él, perdóname en caso de que esto sea cierto; y si falso, sácame de mi error, bien de mi grado. En todo caso, sea cual sea la situación, no echarás nada en cara a su tío ni a su padre.

[7] Después de escribirte esto, se me anuncia por parte de Curión que viene a verme; pues llegó a su finca de Cumas en la tarde de ayer, o sea el 13. Así es que si su conversación aporta algo que merezca la pena contarte, lo añadiré a esta carta.

[8] Curión pasó de largo por mi finca y ordenó anunciarme que vendría enseguida y corrió a Puteoli para pronunciar allí un discurso. Lo pronunció, volvió, estuvo a mi lado bastante tiempo. ¡Cosa horrible!; conoces a nuestro hombre; no me ocultó nada: en primer lugar no hay nada más seguro que la rehabilitación de todos cuantos fueron condenados según la ley de Pompeyo 159 ; así, él mismo va a utilizar los servicios de éstos en Sicilia. Respecto a las provincias hispanas no duda de que son de César; que desde allí irá personalmente con el ejército adondequiera que esté Pompeyo: su meta será la muerte de éste; nada ha estado más cerca. Además, que César, arrastrado por la ira, ha querido que se diese muerte al tribuno de la plebe Metelo 160 ; de haberlo hecho, se habría producido una gran matanza; que son muchísimos los partidarios de esa matanza, aun cuando él mismo no es cruel, y no por inclinación o naturaleza, sino porque piensa que la clemencia es popular; se mostraría cruel si perdiese el favor del pueblo; y que está apurado porque se da cuenta de que en lo del erario ha cometido una ofensa a los propios ojos del pueblo. Y así, aun cuando estaba firmemente decidido a tener una asamblea pública antes de marcharse, no se atrevió, y marchó con el ánimo profundamente turbado.

Por lo demás, al preguntarle yo qué le parecía, cuál sería [9] el resultado, cuál el gobierno, me confiesa abiertamente que no queda ninguna esperanza. Teme a la flota de Pompeyo; si llegara a acercarse, se marchará de Sicilia. «¿Y», le dije, «esos seis lictores tuyos? Si proceden del senado, ¿por qué laureados?; si de él, ¿por qué seis?» 161 ; «yo tenía interés», contestó, «en que partieran de un decreto inmediato del senado, pues de otro modo no era posible. Pero él odia ahora mucho más al senado: «es de mí de quien todo debe salir», dice». «Pero entonces, ¿por qué seis?». «Porque no quise doce, pues podía tenerlos».

[10] Entonces yo dije: «¡Cuánto me gustaría haberle pedido lo que, según oigo, ha conseguido Filipo 162 !; pero no me atreví porque él no conseguía nada de mí». «Gustosamente», contestó, «te lo hubiera concedido; pero tenlo por conseguido, pues yo le voy a escribir, en los términos que tú mismo quieras, que hemos tratado entre nosotros sobre ese asunto. En efecto, ¿qué le importa, ya que no vienes al senado, dónde estés? Es más, ahora mismo no le harías el menor daño a su causa si no estuvieras en Italia». A lo cual le contesté que buscaba retiro y soledad, sobre todo porque tenía a mis lictores. Él aplaudió mi decisión. «Entonces ¿qué?», le dije, «pues mi camino hacia Grecia atraviesa tu provincia, dado que hay tropas a orillas del Adriático». «¿Qué podía desear yo más?» contestó. Y en este punto, muchas cosas con gran generosidad. Así pues esto es lo que se ha ganado: que podré navegar no sólo con seguridad sino incluso a la luz del día.

[11] El resto lo pospuso para el día siguiente; te escribiré si hubiera algo de ello digno de una carta. Con todo, hay cosas que he pasado por alto: si César va a esperar un interregno o en qué sentido dijo él, por cierto, que se le ofrecía el consulado pero no lo quería para el año próximo 163 . Hay también otras cosas que deseo averiguar. En suma, jura (y lo hace sin esfuerzo alguno) que César debe ser gran amigo mío. «¿Y eso cómo?», le dije. «Me lo escribió Dolabela». «¿Cómo?, dime». Según afirma, éste le ha escrito que César le dio muchísimas gracias por su interés en que yo fuese a la Urbe y que no sólo lo aprueba, sino que incluso le agrada. ¿Qué quieres que te diga? Me tranquilicé, porque se ha desvanecido aquella sospecha sobre mi desastre familiar y la conversación con Hircio. ¡Cuánto deseo que él se muestre digno de mí, y hasta qué punto él mismo, en contra de mis deseos ***! Pero, ¿era necesaria la entrevista con Hircio? Sin duda hay no sé qué, pero me gustaría que lo menos posible. Con todo, me extraña que todavía no haya vuelto. Bueno, ya veremos este asunto.

Tú da hospedaje a Terencia; ya ha desaparecido, en [12] efecto, el peligro de la Urbe. Por otra parte ayúdame con tu consejo sobre si voy a Regio por tierra o me embarco directamente desde aquí, etcétera, pues estoy aguardando. Tendré qué escribirte en cuanto haya visto a Curión. Respecto a Tirón, procura, por favor, como vienes haciendo, tenerme al corriente de cómo le va.

196 (X 5)
(Finca de Cumas, 16 de abril del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Respecto a mis planes en conjunto ya te he escrito antes con suficiente detalle, a mi parecer. Respecto a la fecha, nada puede escribirse con certeza salvo lo siguiente: no antes de la luna nueva.

La charla de Curión al día siguiente tuvo casi el mismo [2] contenido, excepto que me manifestó más a las claras que no veía salida a la situación presente.

En cuanto a lo que me encargas de gobernar a cierto individuo, «‘la Arcadia…’» 164 . Sin embargo no omitiré nada. Y ojalá tú… pero no seré más pesado. Le pasé a Vestorio inmediatamente tu carta: por lo demás, solía pedírmela con insistencia.

[3] Las palabras de Vetieno 165 contigo han sido más conciliadoras que las que me puso a mí por escrito. Pero la negligencia de este hombre supera mi capacidad de sorpresa: después de decirme Filótimo que él podía comprar a Canuleyo aquel albergue por cincuenta mil sestercios y que incluso lo compraría por menos si yo se lo pedía a Vetieno, le rogué que, a ser posible, consiguiera el descuento. Lo prometió. Acaba de decirme que lo compró por treinta mil sestercios, que le escribiera a nombre de quién quiero ponerlo, que el día del pago es el 13 de noviembre. Le contesté bastante enojado aunque en tono familiarmente jocoso. Ahora, puesto que está actuando con generosidad, no le acuso de nada y le he escrito que tú me habías informado con detalle.

Tú, me gustaría que me informes con detalle de tu viaje, sobre cómo y cuándo lo planeas. 16 de abril.

197 (X 6)
(Finca de Cumas, hacia el 20 de abril del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Hasta ahora sólo me detiene el mal tiempo. No voy a hacer ningún astuto intento. Pase lo que pase en Hispania… incluso aunque salga bien. Ya te he explicado todos mis planes en una carta anterior. Por eso ésta es breve, y también porque tengo prisa y estoy bastante ocupado.

Respecto a Quinto hijo, mi conducta es intachable, [2] pero… conoces el resto. Ese consejo que me das es consejo de amigo y de persona avisada, pero todo resultará más fácil si me guardo de él solo. Es un trabajo ingente: muchas cualidades extraordinarias, pero ninguna sencillez, ninguna sinceridad. Quisiera que te hubieses encargado de dirigirlo, pues su padre, excesivamente indulgente, afloja todo lo que yo aprieto. Yo lo dirigiría si pudiera hacerlo sin él; tú sí puedes. Pero no te lo reprocho; es, como digo, un trabajo ingente.

Tengo por cierto que Pompeyo marcha a través del [3] Ilírico hacia Galia. Yo, ahora veré por dónde y a dónde.

198 (X 7)
(Finca de Cumas, hacia el 22 de abril del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Yo sin duda apruebo Apulia y Siponto y ese refugio tuyo, mas no creo que tu posición sea igual que la mía; y no porque no tengamos ambos el mismo concepto de rectitud con respecto a la república; pero no se trata de ella. La pelea es por reinar; en la cual ha sido expulsado el rey más moderado, más honesto y más íntegro, tal que, si no vence, será necesario borrar el nombre del pueblo romano; pero si vence, su victoria seguirá el talante y el modelo de la sulana. Así es que en esta pelea tú no puedes inclinarte abiertamente hacia ninguno, sino mantenerte a la expectativa. Mi caso, en cambio, es otro, ya que, atado por sus favores, no puedo ser desagradecido, aun cuando tampoco creo que estaré en el campo de batalla, sino en Malta o en algún sitio así, o bien en una ciudad pequeña. Dirás «¿no prestas ninguna ayuda a la persona con quien no quieres mostrarte desagradecido?»; al contrario, quizá él hubiese querido menos. Pero sobre esto ya veremos; por ahora vayámonos. Que podamos hacerlo en el momento más adecuado lo consigue Dolabela en el Adriático, Curión en el Estrecho de Sicilia.

[2] He concebido ahora alguna esperanza: «Servio Sulpicio quiere hablar conmigo». Le he mandado al liberto Filótimo 166 con una carta. Si quiere ser hombre, notable ‘compañía’, pero si no… seguiré mi línea habitual.

[3] Curión ha pasado estos días conmigo, pensando que César está en baja por la ofensa al pueblo, y sin fiarse de Sicilia si Pompeyo emprende la navegación.

He dado una calurosa bienvenida al joven Quinto. Veo que lo que hubo fue avaricia y la esperanza de una generosa recompensa. Éste es un gran mal, pero en manera alguna, así lo espero, el crimen que nos temíamos. En cuanto a este defecto, pienso que lo consideras debido no a nuestra indulgencia sino a la naturaleza. No obstante, lo gobierno con disciplina.

Respecto a los Opios de Velia consulta con Filótimo la decisión a tomar 167 . Consideraré mío el Epiro, pero me parece que tendré otros caminos.

199 (X 8)
(Finca de Cumas, 2 de mayo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

La misma situación advierte, y tú lo has señalado y yo lo veo, que es tiempo de poner fin a la mención por escrito entre nosotros de cosas cuya interceptación resultaría peligrosa. Pero como mi Tulia me escribe una y otra vez rogándome que espere a ver lo que sucede en Hispania y siempre añade que tú opinas lo mismo, y por otra parte esto es lo que también yo deduzco de tus cartas, pienso que no está de más escribirte lo que pienso al respecto.

Ese consejo sería prudente, en mi opinión, llegado el [2] caso, si tuviera que acomodar mis planes a los sucesos de Hispania, cosa que no debe hacerse. Pues necesariamente ha de suceder, o que ése sea expulsado de Hispania, lo que yo más desearía, o que se prolongue esta guerra, o bien que él, como parece confiar, se apodere de las provincias hispanas. Si se le expulsa, ¡cuán agradable y honrosa será nuestra llegada junto a Pompeyo en el momento en que, imagino, el propio Curión acuda a su encuentro! Pero si la guerra se dilata, ¿a qué esperar, o cuánto tiempo? Me queda, si perdemos en Hispania, permanecer quieto. Yo pienso lo contrario; en efecto, se ha de abandonar a César, pienso, más si vence que si es vencido y más si vacila que si confía en sus recursos. Pues, si vence, veo una matanza, y un asalto a las riquezas de los particulares, y el retorno de los desterrados, y la cancelación de las deudas, y los cargos de honor para los más corrompidos, y una monarquía intolerable, no ya para un hombre romano, sino incluso para cualquier persa.

[3] ¿Podrá callarse nuestra indignidad? ¿Podrán soportar los ojos que yo emita mi opinión junto a Gabinio e incluso que se le solicite a él primero?, ¿que esté presente tu cliente Clelio, Plaguleyo, el de Gayo Ateyo 168 , y los demás? Pero, ¿por qué pongo juntos a mis enemigos, yo que no podré ver en el senado sin dolor a los amigos a quienes defendí, o andar sin deshonor entre ellos? ¿Cómo, si ni siquiera se ha comprobado que eso me llegue a estar permitido? Me escriben, en efecto, sus amigos que no se encuentra en absoluto satisfecho conmigo porque no fui al senado. A pesar de todo, ¿voy a dudar si me vendo, aun corriendo peligro, a aquel con quien no quise aliarme ni siquiera recibiendo un premio?

[4] Luego, ten en cuenta que la decisión de todo el conflicto no está en las provincias hispanas, excepto si piensas que al perderlas Pompeyo dejará las armas; su plan es temistocleo 169 : cree, en efecto, que quien tenga el mar dominará necesariamente la situación. Ésa es la razón de que nunca procurara tener las provincias hispanas por sí mismas; su primer cuidado fue siempre el aparato naval. Se hará a la mar, pues, cuando llegue el momento, con una enorme flota, y se acercará a Italia: y, ¿qué seré yo, que permanezco en ella?; ya no podré mantenerme neutral. ¿Le haré frente, entonces?; ¿qué crimen mayor, o semejante?; en definitiva, ¿qué más vergonzoso? ¿Acaso yo, que he soportado solo la acción criminal de César por más que presionara, no voy a soportarla acompañado de Pompeyo y de los restantes líderes?

Y si ahora, dejada a un lado la obligación, hay que [5] tomar en cuenta el peligro, el peligro está del lado de aquéllos si yerro, de éste si actúo con rectitud; en medio de estos males no es posible encontrar ningún plan libre de peligro; así pues no hay duda de que debo evitar una conducta vergonzosa llena de peligro que debería evitar incluso llena de seguridad. No he cruzado el mar junto con Pompeyo; me fue completamente imposible: lo prueba el cómputo de las fechas. Con todo (reconozcamos lo hecho), ni siquiera intenté que fuera posible. Me equivocó lo que quizá no debió equivocarme, pero lo hizo: pensé que habría paz. De haberse producido, no quería que César se enojase conmigo, siendo él al mismo tiempo amigo de Pompeyo; había percibido, en efecto, cuán idénticos son. Por miedo a tal cosa caí en este retraso. Pero si me doy prisa, lo consequiré todo: si vacilo, lo pierdo.

Y sin embargo, mi querido Ático, también ciertos [6] augurios me empujan con una esperanza segura; y no son los de nuestro colegio procedentes de Ato 170 , sino aquéllos de Platón relativos a los tiranos. En efecto, veo que ése en manera alguna puede permanecer mucho tiempo sin echarse abajo por sí mismo, incluso estando nosotros abatidos, dado que, muy floreciente y recién llegado, en sólo seis o siete días, vino a caer en el odio más enconado de aquella multitud menesterosa y criminal, al dejar tan rápidamente de fingir dos cosas: la clemencia en el caso de Metelo y los dineros en el del erario. ¿A quiénes va a utilizar ya como aliados o servidores? ¿Regirán las provincias, regirán la república unos individuos de los que ninguno fue capaz de gobernar dos meses su propio patrimonio?

[7] No hay que catalogar todos los puntos que tú con tanta agudeza percibes, pero tenlos a la vista; comprenderás enseguida que este reinado apenas puede durar seis meses. Si me equivoco, me aguantaré como se aguantaron muchos de los hombres más prestigiosos que destacaron en el gobierno, si no se te ocurre pensar tal vez que prefiero morir como Sardanápalo en su camita 171 antes que en un exilio temistocleo. El cual, siendo, como dice Tucídides 172 , «‘el más sabio juez de las situaciones surgidas con escasa deliberación y el mejor conjeturador de las futuras por mucho que tarden en surgir’», sin embargo cayó en situaciones que habría evitado de no haberse equivocado en nada. Y aun cuando era, como dice el mismo autor, capaz de «‘prever muy bien lo mejor y lo peor en lo que todavía no era claro’», no vio, sin embargo, el modo de escapar a la animadversión de los lacedemonios, ni el modo de escapar a la de sus compatriotas, ni qué promesas hacer a Artajerjes. No habría existido aquella famosa noche tan amarga para el Africano 173 , hombre extraordinariamente prudente, ni aquel día de Sula tan terrible para un hombre tan extraordinariamente hábil como Gayo Mario 174 , si ninguno de los dos se hubiera equivocado en nada. No obstante, yo confirmo esto con aquel augurio que he mencionado; no me engaño y no sucederá de otra manera.

Es inevitable que ése se venga abajo por culpa de sus [8] adversarios o por la suya propia, pues él mismo es su más cruel adversario. Espero que eso suceda estando yo vivo, aunque es tiempo de que piense ya en la otra vida perpetua, no en ésta tan corta. Pero si algo me ocurre antes, no habrá para mí mucha diferencia entre ver lo que ya ha sucedido y haber previsto con mucha anticipación que sucedería. Así las cosas, no es cuestión de que obedezca a aquellos contra los cuales me armó el senado a fin de que la república no sufriera daño alguno.

Te he recomendado todo esto que no necesita de [9] recomendación por mi parte, dado tu afecto hacia mí. Por Hércules que yo ni siquiera encuentro qué escribirte: estoy, en efecto, sentado ‘esperando la ocasión propicia de embarcar’. Y eso que nunca estuve tan obligado a escribirte como ahora, pues nunca me ha sucedido nada más digno de agradecimiento entre tus muchos favores que tu atención, llena de afecto y cuidado, a mi Tulia. Ella misma está sumamente contenta de ello, y yo no menos. Por cierto que su valor es extraordinario: ¡de qué manera sobrelleva el desastre general; de qué manera las menudencias domésticas!; y, ¡qué gran presencia de ánimo en nuestra separación! Tiene ‘ternura’, tiene una extraordinaria ‘simpatía’. Sin embargo quiere que yo actúe con rectitud y que se hable bien de mí.

Pero basta ya de este asunto, no sea que provoque yo mi [10] propia ‘compasión’.

Tú, si hay algo cierto respecto a las provincias hispanas o alguna otra cosa, escríbemelo mientras estoy aquí; quizá también yo te mande algo cuando me marche, y más teniendo en cuenta que, según opina Tulia, no vas a salir en este momento de Italia. Hace falta tratar con Antonio, al igual que con Curión, que quiero estar en Malta 175 y no intervenir en la guerra civil. Me gustaría poder encontrarlo tan accesible y tan bueno conmigo como Curión; se dice que va a llegar a Miseno el 2, o sea hoy. Pero me ha mandado por delante una carta odiosa, que transcribo:

199A (X 8A)
(Lugar incierto, hacia el 1 de mayo del 49)

«Antonio, tribuno de la plebe, propretor, saluda a Cicerón, general.

Si no te tuviera gran afecto, desde luego mucho más del que tú supones, no me habría asustado el rumor que se ha propagado sobre ti, máxime cuando pienso que es falso. Pero, porque te aprecio extraordinariamente, no puedo ocultarte que también me importa mucho asegurarme de que la noticia es falsa, por más que falsa sea. No puedo creer que piensas atravesar el mar, cuando tienes en tanta estima a Dolabela y a tu Tulia, una mujer de singulares cualidades, y tanta te tenemos todos nosotros, que, por Hércules, casi nos preocupamos más por tu prestigio y posición que tú mismo. Con todo, me ha parecido impropio de un amigo no reaccionar aun ante las murmuraciones de los malintencionados, y yo lo he hecho con tanto más empeño cuanto que juzgaba que se me ha impuesto a mí la parte más dura a causa de nuestro enfrentamiento, el cual ha surgido más de mis ‘celos’ que de una ofensa tuya. Así pues, quiero que te convenzas de que a nadie aprecio más que a ti exceptuando a mi César y de que al mismo tiempo tengo presente una cosa: César coloca ante todo a Marco Cicerón entre los suyos.

Por lo tanto, mi querido Cicerón, te ruego que lo [2] conserves todo intacto para ti, que rechaces la lealtad hacia quien para darte un beneficio te hizo primero una injuria, y no rehúyas en cambio a quien, aun en el caso de que no te estimara (cosa que no puede suceder), arderá siempre en deseos de verte seguro y con la máxima dignidad.

Deliberadamente te mando a Calpurnio 176 , íntimo amigo mío, para que sepas lo mucho que me preocupa tu vida y tu posición.»

El mismo día me trajo Filótimo una de César, en estos términos:

199B (X 8B)
(En ruta hacia Marsella, 16 de abril del 49)

César el general saluda a Cicerón el general.

Aun cuando estoy convencido de que no emprenderás ninguna acción temeraria ni imprudente, sin embargo, empujado por los rumores de la gente, pensé que debía escribirte y pedirte en nombre de nuestra buena disposición que no des un paso, cuando ya la situación se ha decantado, hacia donde no hubieses pensado que debías darlo incluso cuando estaba equilibrada. Porque harías una ofensa muy grave a la amistad y no mirarías adecuadamente por tu bien, si das la impresión de no someterte a la fortuna (pues todo parece marchar muy favorable para nosotros y muy desastroso para ellos), y no seguir la causa (pues era la misma cuando pensaste mantenerte alejado de sus consejos), sino de haber condenado alguno de mis actos, la peor ofensa que puedo recibir de ti.

[2] Te pido que no lo hagas en virtud de nuestra amistad. En último término, ¿qué conviene más a un hombre bueno, pacífico y buen ciudadano, que mantenerse apartado de las contiendas civiles? Algunos que apoyaron esta actitud no pudieron seguirla a causa del peligro; tú, después de analizar el testimonio de mi vida y el juicio que te merece nuestra amistad, no encontrarás nada más seguro y honroso que mantenerte apartado de toda contienda. 16 de abril, en camino.

200 (X 9)
(Finca de Cumas, 3 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

La llegada de Filótimo (pero, ¡qué hombre!; ¡qué estúpido y qué reiteradamente embustero en favor de Pompeyo!) dejó sin respiración a todos los que estaban conmigo; pues yo me mantuve firme. Ninguno de nosotros dudaba de que César no había reducido la marcha (se dice que vuela; que Petreyo se ha reunido con Afranio); pero él no menciona nada de esto. ¿Qué quieres que te diga?; incluso existía el convencimiento de que Pompeyo había emprendido la marcha con grandes tropas hacia Germania a través del Ilírico 177 ; esto se nos anunciaba ‘de buena fuente’. Así pues, según mi opinión, debo marchar a Malta, hasta saber lo que pasa en Hispania. Y me parece, por cierto, que puedo hacerlo, a tenor de la carta de César, con su aprobación, pues afirma que nada hay más honroso ni más seguro para mí que mantenerme apartado de toda contienda.

Dirás «¿dónde está entonces aquel ánimo tuyo que había [2] en tu última carta?». Está aquí y es el mismo; pero, ¡ojalá de la decisión dependiera sólo mi cabeza! A veces me ablandan las lágrimas de los míos, rogándome que espere noticias de las provincias hispanas. Ciertamente la carta de Marco Celio, escrita en tono entristecido, pidiéndome lo mismo, que esperara, que no arriesgara tan a la ligera mi fortuna, a mi único hijo, a todos los míos, la leyeron, no sin gran llanto, nuestros críos; aunque el mío es sin duda más fuerte y por eso mismo me conmueve con más intensidad; nada le preocupa excepto mi buena estima.

Así pues, a Malta; luego adonde parezca mejor. Tú, sin [3] embargo, incluso ahora, mándame algunas letras, de manera especial si hay algo de Afranio. Yo, si hablo con Antonio, te escribiré lo sucedido. Con todo, seré cauto a la hora de creerle, como me aconsejas, porque la forma de ocultarse es difícil y hasta peligrosa. Espero a Servio para el 7, como me lo han dicho Postumia y Servio hijo. Me alegro de que se te alivien las cuartanas. Te mando también copia de la carta de Celio.

200A (X 9A)
(Liguria [?], hacia el 16 de abril del 49)

Celio saluda a Cicerón.

Desalentado por tu carta, en la cual evidencias que sólo tienes pensamientos tristes, sin escribir con claridad cuáles son, aunque sin ocultar el tenor de esos pensamientos, te escribo ésta inmediatamente.

Por tu fortuna, Cicerón, por tus hijos, te ruego y te suplico que no tomes ninguna decisión tan peligrosa respecto a tu vida y tu seguridad. Pongo por testigos a los dioses, a los hombres y a nuestra amistad de que te previne y no te avisé a la ligera, antes bien, después de reunirme con César y conocer cuál iba a ser su actitud una vez conseguida la victoria, te lo hice saber. Si consideras que César va a mantener su plan de libertar a sus adversarios y ofrecer condiciones, te equivocas. Nada piensa, e incluso nada dice, que no sea violento y cruel. Salió enojado con el senado; estos vetos lo han provocado al máximo; no habrá, por Hércules, lugar para las súplicas.

[2] Por tanto, si tú, y tu único hijo, y tu familia, y las esperanzas que te quedan te son caros; si alguna influencia tenemos sobre ti yo y ese hombre extraordinario de tu yerno, cuyas fortunas no debes querer que se arruinen obligándonos a odiar o abandonar esa causa en cuyo triunfo está nuestra propia salvación, o bien haciéndonos concebir deseos impíos contra la tuya…, piensa, en definitiva, una cosa: que ya has arrostrado todo el perjuicio que puede haber existido en esa indecisión tuya. El que actúes ahora contra César, victorioso, al que no quisiste hacerle daño en los momentos de incertidumbre y te acerques a los otros, fugitivos, cuando no quisiste seguirlos mientras resistían, es de la mayor estupidez. Procura que, por pudor a ser poco «optimate», no vayas a ser poco diligente en tomar la elección óptima.

Y si no puedo convencerte en manera alguna, espera al [3] menos hasta que se sepa cómo nos van las cosas en relación con las provincias hispanas; las cuales te anuncio que con la llegada de César serán nuestras. Y no sé qué esperanza tienen ésos una vez perdidas las provincias hispanas; a fe mía que no encuentro cómo puedes planear ponerte al lado de unos desesperados.

Lo que tú me diste a entender sin palabras lo ha oído [4] César y, nada más decirme «hola», me expuso de inmediato lo que había oído acerca de ti. Le aseguré que nada sabía; no obstante, le pedí que te mandara una carta con la que pudieras ser inducido al máximo a quedarte. Me lleva con él a Hispania: si no lo hiciera así, yo, antes de dirigirme a la Urbe, habría corrido a tu encuentro dondequiera que estuvieses y habría intentado personalmente convencerte de esto y te habría retenido con todas mis fuerzas.

Una y otra vez piensa, Cicerón, en no aniquilarte a ti y a [5] todos los tuyos; en no arrojarte, consciente y a sabiendas, a un lugar de donde ves que no hay escape alguno. Y si, o bien te inquietan las palabras de los optimates, o bien no puedes soportar la insolencia y la jactancia de algunas personas, pienso que debes elegir alguna ciudad exenta de guerra mientras se dirimen estas cosas, que enseguida estarán resueltas. Si lo hicieras, yo pensaré que has actuado sabiamente y además no enojarás a César.

201 (X 10)
(Finca de Cumas, 3 de mayo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

¡Ciego de mí, que no he visto antes estas cosas! Te mandé la carta de Antonio 178 . Como le escribí una y otra vez que no pienso hacer nada contra los planes de César, que me acuerdo de mi yerno, que me acuerdo de su amistad, que hubiera podido, de ser otros mis sentimientos, estar ahora con Pompeyo, pero que no quería alejarme, porque tendría que correr, a disgusto, con mis lictores, y que ni siquiera eso lo tenía todavía decidido, mira con qué ‘tono exhortativo’ contestó:

[2] El tuyo es un auténtico plan; pues quien quiere ser neutral se queda en la patria; quien se marcha parece haber establecido algún juicio sobre una de las dos partes. Pero no soy yo quien deba decidir si alguien tiene razón para marchar o no; la parcela que César me ha encargado es la de no permitir absolutamente a nadie marcharse de Italia. Por tanto, poco importa que yo apruebe tu proyecto, si en todo caso no puedo hacerte ninguna concesión. Pienso que debes remitirlo a César y pedírselo a él. No dudo de que lo conseguirás, sobre todo si prometes tomar en consideración nuestra amistad.

[3] Aquí tienes su ‘misiva lacónica’. Desde luego que esperaré al hombre. Va a llegar el 3 por la tarde, o sea hoy. Así es que quizá mañana venga a verme. Lo sondearé, lo escucharé: «no hay prisa, lo voy a mandar a César». Actuaré a escondidas, me ocultaré en algún sitio con unos pocos; desde luego volaré de aquí por mucho que a éstos no les guste, y ¡ojalá sea junto a Curión! 179 . ‘Anota lo que te digo’ 180 . Tengo un gran acceso de dolor. Se hará algo digno de mí.

Tu ‘retención de orina’ me preocupa mucho. Cúratela, por favor, mientras está ‘en los inicios’.

Gracias por tu carta sobre los de Marsella 181 . Por favor, [4] que yo sepa todo cuanto oigas. Me habría encantado llevar a Ocela 182 , de poderlo hacer abiertamente, cosa que había conseguido de Curión. Aquí espero a Servio, pues me lo piden su mujer y su hijo; y lo considero necesario.

Éste sin embargo lleva consigo en una litera abierta a [5] Citeris, una segunda esposa 183 . Se le añaden además otras siete literas de amigas; y las hay de amigos. Mira de qué muerte tan vergonzosa perecemos y pon en duda si puedes que aquél, vuelva vencido o vencedor, hará una masacre. Lo que es yo, incluso en un botecillo, si no hay barco, me sustraeré al parricidio de ésos. Pero te escribiré más cuando me haya reunido con él.

[6] Por mi muchacho no puedo menos de sentir cariño, pero me doy perfecta cuenta de que él no lo siente por mí. Yo no he visto nada tan ‘grosero’, tan distanciado de los suyos, tan entregado a no sé qué maquinaciones: ¡carga increíble de preocupaciones! Pero se pondrá empeño, y se pone, en gobernarlo. Su talento, en efecto, es extraordinario, ‘es su carácter el que necesita atención’.

202 (X 11)
(Finca de Cumas, 4 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Sellada ya la carta anterior, no me pareció bien dársela a quien tenía pensado porque es un extraño; así pues no te la mandé ese día. Entretanto llegó Filótimo y me dio una carta tuya. Las cosas que dices en ella sobre mi hermano muestran desde luego poca firmeza, pero no tienen nada de ‘falso’, nada de mentiroso, nada de inflexible hacia la bondad, nada que no puedas llevar en la dirección que quieras con una simple conversación; por no extenderme: tiene en gran estima a todos los suyos, aun a aquellos con los que se enoja frecuentemente, y a mí, salta a la vista, en más estima que a sí mismo. En cuanto a lo de escribirte sobre el muchacho en otros términos que a la madre sobre su hijo, no se lo reprocho. Lo que me escribes sobre el viaje y sobre tu hermana 184 resulta desagradable, y más porque tal como están mis circunstancias ahora no podría ponerle remedio; pues desde luego se lo pondría. Pero ves en qué desgracias y en qué situación desesperada me encuentro.

Respecto a aquella cuestión monetaria, no se trata (pues [2] con frecuencia se lo oigo a él mismo) de que no esté deseando pagarte y se preocupe por ello; pero si Quinto Axio, en este destierro mío, no me devuelve los doce mil sestercios que le presté a su hijo y recurre a la excusa de la situación presente, si Lepta, si los demás, suelo quedarme extrañado cuando le oigo hablar sobre no sé qué veinte mil sestercios que aquél le reclama. Ves, pues, con claridad, sus apuros. Con todo, él ha ordenado terminantemente que se te facilite tal cantidad. ¿Lo consideras en ese tipo de asuntos algo lento o apagado? Nadie lo es menos.

Respecto a mi hermano, ya basta. [3]

Respecto a su hijo, el padre siempre se mostró indulgente con él, pero esa indulgencia no lo hace mentiroso o avaro o falto de cariño hacia los suyos; sí lo hace quizá violento y arrogante, además de agresivo. Tiene, pues, los defectos que provienen de la indulgencia; pero ésos son tolerables (¿qué voy a decir yo?) dada su juventud; ahora, los que a mí, que lo quiero, me resultan más lamentables incluso que estas desgracias en que nos encontramos, no se deben a condescendencia nuestra. Tienen sus propias raíces, que yo, de todas todas, arrancaría de cuajo si pudiera. Pero los tiempos son tales que he de soportarlo todo. Yo al mío lo manejo sin dificultad: nada hay, en efecto, más fácil de llevar que él. Por piedad hacia él he tomado hasta el momento decisiones demasiado poco enérgicas y cuanto más decidido quiere él que yo sea, tanto más temo resultar excesivamente cruel con él.

Otra cosa: Antonio llegó ayer por la tarde; quizá venga [4] enseguida a verme, o quizá ni siquiera eso, puesto que ya me ha escrito qué quiere que se haga. Pero sabrás enseguida lo que suceda. Yo ya… nada si no es a escondidas.

Respecto a los muchachos, ¿qué hago?; ¿los confío a una pequeña embarcación?; ¿cuál supones que será mi ánimo durante la travesía?; recuerdo, en efecto, la ansiedad que me invadía en el verano navegando con ellos en aquel ‘barco descubierto’ de tipo rodio; ¿qué supones que será en la estación rigurosa del año con una navecilla ligera? ¡Ay, situación lamentable por todas partes! Trebacio está conmigo; un hombre de verdad y un buen ciudadano. ¡Qué monstruosidades cuenta, dioses inmortales!; ¿hasta Balbo piensa acudir al senado? Mañana le daré en mano una carta para ti.

[5] Pienso que Vetieno es amigo mío, como dices. Puesto que me había escrito ‘con dureza’ sobre el pago de una deuda, le gasté una broma ‘bastante pesada’. Tú, si se lo ha tomado como no debe, suavízalo. Le puse junto «monetal» 185 porque él me había puesto a mí «procónsul». Pero como es buena persona y me estima, yo también lo estimaré. Adiós.

203 (X 12)
(Finca de Cumas, 5 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

¿Qué me espera?; ¿quién es no sólo más desgraciado sino incluso más cubierto de vergüenza que yo? Antonio dice que ha recibido órdenes concretas sobre mí (aun cuando no me ha visto todavía personalmente, se lo contó a Trebacio). ¿Qué voy a hacer ahora, cuando nada me sale bien y se vienen abajo de la forma más horrible los planes realizados con el mayor cuidado? Porque yo, después de ganarme a Curión, imaginé que lo había conseguido todo. Él le ha escrito sobre mí a Hortensio. Regino está totalmente de mi lado 186 . No sospechábamos en absoluto que él tuviese algo que ver con este mar. ¿Hacia dónde me vuelvo ahora? Estoy vigilado por todas partes.

Pero basta de lágrimas. Hay que ‘costear’ y deslizarse a [2] escondidas en alguna nave de carga, sin permitir que parezca habérsenos prohibido incluso con un acuerdo. Hace falta dirigirse a Sicilia; si llego a alcanzarla conseguiré mayores logros. ¡Con que todo marche bien en las provincias hispanas! Aunque, ¡ojalá sea verdad lo de la propia Sicilia! Pero hasta ahora nada nos es favorable. Dicen que ha tenido lugar una reunión de sicilianos en torno a Catón y le han pedido que resista, haciéndole toda clase de promesas; que él, conmovido, ha empezado un reclutamiento. No lo creo aunque el informador es digno de crédito. Sé desde luego que aquella provincia se podía haber retenido. En cuanto a las provincias hispanas, pronto llegarán noticias.

Aquí tenemos a Gayo Marcelo, que por cierto piensa lo [3] mismo, o al menos lo finge bien; aunque no lo he visto en persona; pero se lo he oído a un íntimo amigo suyo. Tú, si tienes algo nuevo, haz el favor. Por mi parte, si intento algo, te lo escribiré enseguida. A Quinto, hijo, lo trataré con más severidad. ¡Ojalá pudiera serle de provecho! Tú, con todo, haz pedazos de una vez las cartas en las que te escribo sobre él con excesiva aspereza, no sea que en algún momento trascienda algo. Lo mismo yo con las tuyas.

[4] Espero a Servio, pero nada ‘saludable’ de su parte. Sabrás lo que sea.

204 (X 12a)
(Finca de Cumas, 6 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

No cabe duda: he de confesar que estaba equivocado. «Pero una vez y en una sola cosa». Mejor dicho: cuanto más cuidadosamente ha sido todo planeado, con tanta más imprudencia se ha llevado a cabo.

‘Mas dejemos lo ya sucedido por más que nos pese ’ 187 ,

con tal de que no nos precipitemos en el resto. Me mandas, en efecto, que tenga cuidado con lo de mi partida. ¿Qué cuidado? Todo cuanto puede suceder está tan claro que, si lo evito, debo quedarme sentado con deshonra y dolor; si no le hago caso, corro el peligro de caer en manos de los depravados. Mira, pues, en qué grandes miserias me encuentro. A veces me parece deseable recibir alguna injuria, amarga incluso, de esa gente, para dar la impresión de haber incurrido en el odio del tirano.

[2] Y si estuviese abierto para mí el camino que esperaba, sin duda habría hecho algo que justificara mi retraso, como tú deseas y aconsejas. Pero la vigilancia es prodigiosa y desde luego se sospecha del mismísimo Curión. Por lo tanto hay que actuar con fuerza y en secreto, y si con fuerza ***. En lo cual si hay algún ‘tropiezo’, ves qué vergonzoso resultaría. Me veo, pues, arrastrado y no puedo escapar si hay algo más violento.

Respecto a Celio 188 , medito con frecuencia y, si [3] encuentro algo adecuado, no lo dejaré escapar. Espero que las provincias hispanas se mantengan firmes. La acción de los marselleses es extraordinaria en sí misma y además me da una prueba de que la cosa marcha bien en las provincias hispanas. En efecto, apenas se atreverían si fuese de otra manera y lo supieran, pues son vecinos y diligentes. Por otra parte, llevas razón al advertir odio en el teatro. Incluso estas legiones que ha reclutado en Italia las veo sumamente hostiles. Pese a todo, no tiene peor enemigo que él mismo. También llevas razón al temer que se precipite. Si pierde la esperanza, desde luego que se precipitará. Por eso principalmente hay que hacer algo, quisiera que con mejor fortuna, en el espíritu de Celio. Pero primero lo primero: sea lo que sea, lo sabrás de inmediato.

Yo le proporcionaré al joven lo necesario, como me [4] pides, ¡y mantendré al mismo Peloponeso! Pues tiene capacidad, con sólo que sea de ‘carácter susceptible de cura’ 189 . Y si todavía no lo tiene en absoluto, puede tenerlo, o la ‘virtud’ no es ‘enseñable’, de lo cual no hay forma de convencerme.

205 (X 13)
(Finca de Cumas, 7 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Tu carta le agradó mucho a mi Tulia y, por Hércules, también a mí. Esas letras tuyas siempre me traen alguna pequeña esperanza. Escríbeme, pues, y si es posible algo que dé esperanzas no lo dejes. Tú procura no temer a los leones de Antonio. No hay nada más divertido que ese hombre. Fíjate en su ‘acción de político’: convocó por carta desde los municipios a los decémviros y cuatuórviros; ellos llegaron a su villa por la mañana; primero, durmió hasta las nueve; luego, al anunciársele que habían llegado los de Neápolis y Cumas (pues César está enfadado con ellos), les ordenó volver al día siguiente: quería tomar un baño y ‘hacer de vientre’. Así actuó ayer. Hoy ha dispuesto marchar a Enaria 190 para prometer el retorno a los desterrados. Pero dejemos esto y tratemos algo que nos concierna.

[2] He recibido carta de Axio. Gracias por lo de Tirón. Aprecio a Vetieno. Le di tu carta a Vestorio. Dicen que Servio se ha quedado en Minturnas el 6 de mayo, y hoy se quedará en Liternino 191 en casa de Gayo Marcelo. Así pues me verá mañana temprano y me dará material para escribirte una carta. Pues ya no encuentro qué ponerte. Me sorprende una cosa: que Antonio ni siquiera me haya mandado un mensaje, sobre todo cuando me ha estado prestando tanta atención. Probablemente ha recibido órdenes muy severas sobre mí o bien no quiere negarme cara a cara lo que yo no le pediría, ni le confiaría, si lo consiguiese. Sin embargo, pensaré algo.

Tú, por favor, si ha ocurrido algo en las provincias hispanas. [3] Pues ya han podido llegar nuevas y todo el mundo las espera pensando que, si va bien, no habrá ningún problema. Por mi parte, no creo que la situación esté resuelta si se las retiene ni desesperada si se las pierde. Silio y Ocela y los demás han sido retardados, creo. Veo que también a ti te estorba Curcio 192 ; aunque, en mi opinión, tienes ‘una salida’.

206 (X 14)
(Finca de Cumas, 8 de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a ático.〉

¡Qué desgraciada vida! ¡Estar tanto tiempo lleno de temor es peor mal que aquel mismo que uno teme! Servio, como te he escrito antes, tras llegar el 7 de mayo, vino a verme al día siguiente por la mañana. Para no hacerte esperar más tiempo: no encontramos la viabilidad de ningún proyecto. Nunca he visto a un hombre más transtornado por el miedo; y, por Hércules, nada de cuanto teme deja de justificar su temor: aquél, enojado con él; éste, no amigo 193 ; horrenda la victoria de cualquiera de ellos, tanto por la crueldad de uno y la osadía del otro, como por la dificultad de ambos en cuestión de dinero, que no podría ser extraído más que de los bienes de los particulares. Y esto lo decía con muchas lágrimas, hasta el punto de que me sorprendió que no las hubiera consumido en una desgracia tan prolongada. Respecto a mí, incluso esta oftalmia por cuya causa no te escribo personalmente, es sin ninguna lágrima, pero con frecuencia me resulta odiosa a causa de las noches en vela.

[2] Por lo tanto, reúne cuanto tienes para consolarme y escríbemelo, pero no sacado de la filosofía ni de los libros (pues eso ciertamente lo tengo en casa, pero no sé de qué modo el remedio es peor que la enfermedad)… averigua mejor estas cosas: lo de las provincias hispanas, lo de Marsella: que desde luego Servio me las pinta bastante bonitas; incluso dice que hay testimonios dignos de fe a propósito de las dos legiones 194 . Pues bien, éstas y cosas semejantes, si las sabes. Y sin duda es inevitable que se oiga algo en pocos días.

[3] Pero vuelvo a Servio. Dejamos enteramente nuestra conversación para el día siguiente, pero se demora en marcharse: dice que para él es preferible con mucho, pase lo que pase, en su propio lecho. Desagradable escrúpulo lo de la milicia de su hijo en Brundisio. Sólo una cosa asegura con toda firmeza: que si los condenados son rehabilitados se irá al exilio. Yo por mi parte le comenté que eso mismo ocurrirá sin duda y que lo que ya está sucediendo no es menos importante; y le enumeré muchos ejemplos. Pero eso no acrecienta su ánimo, sino su miedo, hasta tal punto que ahora me parece preferible dejarlo a obscuras con respecto a mi plan que invitarlo a participar. Así es que en este asunto no hay mucho. Sigo atento a Celio de acuerdo con tu consejo.

207 (X 15)
(Finca de Cumas, 10 (?) de mayo del 49)

〈Cicerón saluda a Ático.〉

Estando Servio en mi casa, vino Cefalión con tu carta el 10: ella nos trajo una gran esperanza de mejores perspectivas con respecto a las ocho cohortes 195 . Incluso se dice que las que están en estos lugares vacilan. El mismo día Funisulano trajo tu carta en la que se confirma lo mismo con más certeza. Respecto a su asunto, le di una cumplida respuesta contando con todo tu crédito; hasta el momento no ha cumplido, pues me debe mucho dinero, y no se le tiene por rico. Ahora dice que pagará; que lo demora uno al que prestó por adelantado; que, si hay en tu poder con qué cancelar la deuda, se lo des a los correos. Eros el de Filótimo 196 te dirá cuánto es.

Pero volvamos a lo más importante. Como deseas, aquel [2] asunto de Celio va madurando. Así es que le estoy dando vueltas a esperar nuevos vientos. Hace falta un estandarte: echarán todos a volar. En cuanto a tu consejo de que a las claras, estoy totalmente de acuerdo y pienso partir así. No obstante, espero entretanto carta tuya. El consejo de Servio no resuelve nada; en toda su propuesta aparecen todo tipo de sofismas. Sólo a él he conocido más pusilánime que Gayo Marcelo, que se arrepiente de haber sido cónsul. ‘¡Qué gran bajeza!’, cuando se dice que incluso alentó a Antonio a ponerme impedimentos para dar él mismo, creo, sensación de mayor honorabilidad.

[3] Por lo que se refiere a Antonio, ha salido para Capua el 10. Me mandó a decir que no había venido a verme disuadido por la vergüenza, pues creía que yo estaba irritado con él. Habrá marcha, pues, y además como tú me aconsejas, salvo si se me presenta antes la perspectiva de representar un papel más importante. Pero difícilmente ocurrirá tan pronto. Con todo el pretor Alieno 197 piensa que, si no yo, será alguno de sus colegas. Sea cualquiera, con tal de que haya alguien.

[4] Respecto a tu hermana 198 , te felicito. Respecto al joven Quinto, se está en ello: espero que mejoren las cosas. Respecto a mi hermano Quinto, sabe que está seriamente preocupado por lo de la transferencia de la deuda, pero todavía no le ha sacado nada a Lucio Egnacio. Axio, avergonzado por lo de los doce mil 199 ; me ha escrito, en efecto, repetidas veces que le dé a Galio todo cuanto él quiera. Si no me hubiese escrito, ¿podría yo otra cosa? Y eso que se lo he prometido muchas veces, pero sólo lo quiere rápido. La verdad, me habrían sido muy útiles en las dificultades presentes. Pero, ¡que los dioses los…! Bien, en otra ocasión. Me alegro de que tú y también Pilia os hayáis librado de la cuartana. Yo, mientras se preparan los panes y demás para el barco, voy en una carrera a la finca de Pompeya. Por favor, da las gracias a Vetieno por su interés y, si encuentras a alguien que la traiga, envía una carta antes de que me vaya.

208 (X 16)
(Finca de Cumas, 14 de mayo del 49)

Cicerón saluda a Ático.

Precisamente acababa de mandarte una carta sobre diversos asuntos 200 , cuando llegó a verme Dionisio por la mañana temprano. Yo, desde luego, no sólo me habría mostrado dispuesto a aplacarme con él, sino que le habría perdonado todo si hubiera venido con la disposición que tú me habías descrito. Efectivamente, en la carta tuya que recibí en Arpino ponía que él iba a venir y a hacer lo que yo quisiera. Yo quería, o más bien, ansiaba, que se quedara con nosotros. Y porque, cuando vino a la casa de Formias 201 , se negó a ello de forma tajante, te solía escribir sobre él con bastante aspereza. Pues bien, él, con muy pocas palabras, me vino a decir, en resumen, que le perdonara; que no podía venir conmigo por impedírselo sus asuntos. Le respondí brevemente; me invadió un gran pesar; comprendí que mi suerte no le importaba. ¿Qué quieres que te diga?; quizá te extrañe: sabe que éste ha sido uno de mis mayores pesares en los últimos tiempos. Me gustaría que fuese amigo tuyo. Al desearte esto, deseo verte próspero; él lo será, en efecto, todo ese tiempo.

[2] Espero que mi plan esté exento de peligros; pues he actuado con disimulo y, en mi opinión, no se me vigilará con excesiva atención. Con tal de que la travesía resulte como yo la deseo, todas las demás precauciones que puedan plantearse de antemano se tomarán. Tú escríbeme, por favor, mientras esté aquí, no sólo cuanto sepas u oigas sino incluso cuanto preveas para el futuro.

[3] Catón, que no pudo retener Sicilia por ningún procedimiento y, de haberla retenido, todos los hombres de bien se habrían unido a él, salió de Siracusa el 23 de abril, según me escribe Curión. ¡Ojalá, como dicen, Cota retenga Cerdeña! 202 : pues corre el rumor. Si fuese así, ¡qué vergüenza de Catón!

[4] Yo, con objeto de disminuir la sospecha de mi marcha o de mis propósitos, salí para la finca de Pompeya el 12 con el fin de estar allí hasta que se prepare lo necesario para la travesía. Cuando llegué a la finca me llegó que los centuriones de las tres cohortes situadas en Pompeya querían reunirse conmigo al día siguiente. Esto lo discutió conmigo nuestro Ninnio: querían entregarse a mí ellos y la ciudad. Pero yo te me escapé de la finca al día siguiente, antes de amanecer, para que de ninguna de las maneras me viesen. En efecto, ¿qué se puede hacer con tres cohortes?, ¿qué si hubiera habido más?, ¿con qué equipamiento? Pensé en todo aquello de Celio que había leído en tu carta recibida el mismo día nada más llegar a la finca de Cumas; y al mismo tiempo podía suceder que fuese una trampa. Así, borré toda sospecha.

Pero cuando vuelvo había llegado Hortensio y se había [5] desviado para saludar a Terencia 203 . Habló de mí en términos muy honrosos. Enseguida lo veré, supongo; me ha mandado, en efecto, un esclavo a decirme que viene. En esto actúa mejor que nuestro colega Antonio, entre cuyos lictores es transportada en litera una actriz de mimo.

Tú, puesto que ya estás libre de la cuartana y te has curado [6] de esta nueva enfermedad 204 , bien que también del catarro, espérame lleno de vigor en Grecia. Y entretanto, alguna carta.

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30 января 2026
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457 стр. 13 иллюстраций
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9788424932497
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