Читать книгу: «Más allá de la escuela»

Más allá de la escuela Historias de aprendizaje libre 2.a edición
Con prólogo de Cristina Romero
Tamina Alvarez Eskuche - Omar Ardiles - Arturo Avellaneda - Dolores Bulit - Germán Doin Campos - Tane Da Souza Correa - Gustavo Esteva - Itzel Farías Malagón Edgardo Leonel García García - Pedro García Olivo Mónica González Aguilar - Romina Infin - Laura Isod Yvonne Laborda - Paula Lago - Nicolás Luján - Sandra Majluf - Simón Martínez - Ana Paulina Maya Zuluaga Emma Miranda - Joana Mompart Bona - Areli Sadaí Nolasco Legaspi - Aldo Ocampo González - Macarena Ponce - Carla Mariana Quintana - Grimaldo Rengifo Vásquez - Isaac Sánchez - Alejandra Sandoval - Alba Alexia Sifuentes Jiménez - Ana Thomaz - Raúl Zibechi
Constanza Monié - Cesilia Roja
compiladoras
Alvarez Eskuche, Tamina
Más allá de la escuela : historias de aprendizaje libre / Omar Ardiles... [et al.] ; compilado por Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; coordinación general de Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; editado por Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; ilustrado por Nicolás Lepka ; prólogo de Cristina Romero Miralles. - 2a ed compendiada. - Buenos Aires : Constanza Monié, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-6177-3
1. Educación Alternativa. I. Alvarez, Tamina. II. Monié, Constanza, comp. III. Roja, Cesilia, comp. IV. Lepka, Nicolás, ilus. V. Romero Miralles, Cristina, prolog.
CDD 371.04
Edición al cuidado de Constanza Monié y Cesilia Roja
Diseño de cubierta e ilustraciones: Nicolás Lepka @cosassueltas
Diagramación: Carime Morales Salomón
Este libro fue confeccionado por Versal hacemos libros
@ versal.hacemoslibros
@versalhacemoslibros

Este libro es publicado bajo la licencia Reconocimiento-Compartir igual de Creative Commons. Se permiten la copia, la redistribución y la realización de obras derivadas, siempre y cuando estas se distribuyan bajo las mismas licencias libres y se cite la fuente. El copyright de los textos individuales corresponde a lxs respectivxs autorxs.
La versión digital de este libro está disponible y puede ser solicitada a las editoras.
Hemos decidido respetar el tratamiento de género que cada autor o autora eligió utilizar en su escritura: a, e, o, x, _.
Todas las poesías de este libro fueron escritas por Zigarra Roja, a excepción de “Dejar de ser maestro”.
Segunda edición. Agosto de 2020.
Edición en formato digital: octubre de 2020
Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Agradecimientos
Espacio de aprendizaje
Introducción
Introducción a la segunda edición
Prólogo, por Cristina Romero
Cuarentena
Educando en familia a cuatro hijos, trece años después
Alternativas educativas: qué es y cómo funciona el unschooling
Con fe
¿Dos años de vacaciones? Un relato autobiográfico sobre la experiencia de educación casera
Fundamentos teóricos de la desescolarización
Nubes
Una impugnación a los encierros
Aprender en la naturaleza
Mapa del tesoro
Desescolarización: una alternativa ancestral que irrumpe en la multidiversidad moderna
Educación alternativa: mi camino recorrido
Al margen de la escuela y el Estado: la experiencia colectiva
Es la vida
Aprender viviendo. Relato de una maestra desescolarizada
Dejar de ser maestro
El aspecto legal de la educación en casa en. Argentina: ¿por qué es inútil pedir ahora una regulación?
Padres (des)orientados
Valentina
¡La desescolarización no es una solución!
Con niños
El camino de Ciro
Educación alternativa para familias en situación de discapacidad
Mano manito
Paternidad neurodiversa
Desescolarizando el autismo
Sobre las condiciones de producción de la educación inclusiva y sus posibilidades de disrupción
Vuelas de boca en boca
Los movimientos sociales como espacios educativos
Teje y desteje
Comunidades educadoras y asociaciones de abuelos Yachay Runa en Perú
Educar en el nuevo tiempo, empezar por el interior
La Escuela y su otro. Una aproximación a las educaciones sin aulas, sin profesores y sin pedagogías
El lado B de la educación alternativa
Chocolate: una deliciosa manera de desescolarizarnos
Querida libertad
Luchas por la libertad de aprender
¡Empezar a jugar!
Acerca de este libro
AGRADECIMIENTOS
Esta publicación fue compilada gracias a la participación desinteresada de las autoras y los autores, quienes brindaron sus escritos con entusiasmo y generosidad. Agradecemos profundamente a todas las personas que compartieron sus historias con nosotras. Fue un hermoso regalo recibir, leer y poder ser parte de los escritos que aquí compartimos. Gracias por la entrega y la confianza. Nosotras también aprendimos.
También damos las gracias a las madres y los padres que, con sus crisis y búsquedas de opciones de educación, nos inspiraron a acompañarles y crear este libro-puente para ellxs.
Valoramos mucho la colaboración de Ana Lucía Bohorquez, Eugenio Reynal, Juan Cordone, Patricia Piñeiro, y de todas aquellas personas que aportaron energía y recursos para hacer posible la impresión de esta segunda edición.
Espacio de aprendizaje
encuentro de miradas
historias-espejo
libro-herramienta
puertas abiertas
bienvenida

INTRODUCCIÓN
La cuestión del aprendizaje es amplia. Lo cierto es que existen tantas maneras de aprender como personas en el mundo. Sin embargo, las creencias de que solo se puede aprender en la escuela y únicamente quien va a la escuela es una persona valiosa, han puesto en duda nuestra capacidad natural de aprender. Nos hemos encerrado en los muros del sistema educativo.
Poco se habla de las alternativas a la educación tradicional, o de la posibilidad de aprender sin escuela, a pesar de que, desde que nacemos, aprendemos muchas cosas de manera autónoma, algunas veces guiadxs por nuestro propio interés, otras por instinto y otras por influencia de las personas que nos rodean. Aprender es algo que hacemos todo el tiempo, inevitablemente.
Actualmente, hay muchas familias en todo el mundo que educan fuera de la escuela y desde siempre ha habido quienes se resistieron a ella, ejerciendo su capacidad de aprender de distintas maneras. Por esta razón, para hacer este libro buscamos historias reales que muestran que es posible y gozoso, aunque no por eso sencillo, aprender en libertad; historias que nutren y amplían el significado de la educación y del verbo aprender. Hemos recopilado testimonios de madres, padres, jóvenes, maestras, movimientos sociales y comunidades que, al salir de la escuela o al decidir no transitarla, crean caminos propios en la búsqueda de opciones, no solo de educación, sino de vida y bienestar en todos los sentidos.
A través de las historias aquí reunidas, deseamos crear puentes entre quienes ya están ejerciendo su libertad de aprender, viviendo sus procesos de aprendizaje cotidiano, en familia, en comunidad, más allá de la escuela, y quienes aún están en la búsqueda de alternativas más acordes a sus intuiciones e intenciones de vida.
Este no es un libro sobre pedagogía; no es una publicación que teoriza sobre el sistema educativo o sus métodos. Más bien esperamos que sea un libro que los ponga en jaque pacífica y amorosamente. Que quien recorra estas páginas sea conmovidx y movidx, a su propio tiempo y manera y en su propia dirección, hacia su propia creación.
Algunos artículos de análisis que encontrarán en las páginas que siguen abordan la temática desde perspectivas políticas, sociológicas y culturales; ahondan en las implicancias del sistema educativo, sus orígenes, sus devenires y consecuencias para el ser humano, la sociedad y la Tierra. Otros, ubican en el centro de su investigación al ser humano y su desarrollo personal, sus emociones, su biología y su psicología. Creemos que esta diversidad de miradas sobre una misma cuestión abre un abanico de herramientas para reflexionar profundamente. Confiamos en que esta reflexión lleve, a su debido tiempo, a la inevitable acción; a la toma de conciencia, primero, y de decisión, después, para provocar cambios en nuestros modos de vivir y de relacionarnos con el mundo.
Los autores y las autoras de estos textos escriben sobre el aprendizaje libre desde una mirada más amplia que los testimonios en primera persona, e introducen conceptos globales sobre el tema. Yvonne Laborda detalla qué significa la desescolarización en la vida de niñxs y adultxs. Germán Doin Campos y Simón Martínez abordan el origen de la desescolarización como práctica política y problematizan sus implicancias en el momento histórico actual. Paula Lago nos ayuda a repensar el aspecto legal del aprendizaje libre. Raúl Zibechi aporta su mirada sobre los movimientos sociales, valorándolos como espacios de aprendizaje en sí mismos. Grimaldo Rengifo relata cómo el pueblo quechua lamas ha recuperado sus saberes ancestrales a través de la inclusión de los abuelos en la educación comunitaria. Pedro García Olivo cuenta cómo se aprende en algunas comunidades donde no hay escuelas. Gustavo Esteva comparte los síntomas de la crisis actual de las instituciones educativas, los daños y las consecuencias que estas generan, así como experiencias inspiradoras de aprendizaje autónomo en varias partes del mundo.
Decidir que lxs hijxs no vayan a la escuela o ser docente y elegir salir de la escuela no son decisiones menores. ¿Qué llevó a un papá o a una mamá a tomar esa decisión? ¿Qué fue lo que hizo que una maestra dejara la escuela? ¿Y qué ocurrió después? ¿Cómo reaccionó la familia? ¿Qué cambios hubo en sus vidas? Esto es lo que nos cuentan las personas en este libro, a través de sus experiencias de vida en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, México y España. Conoceremos familias que, a partir de su malestar en la escuela, emprenden con valentía nuevos caminos. Entre serpenteos y espirales, más que líneas rectas, iremos descubriendo procesos dinámicos de personas en constante búsqueda. Una maestra en crisis con el sistema de educación alternativa nos cuenta cómo transitó su salida de una escuela que ella misma había creado y cómo es su vida hoy. Un padre de familia comparte el proceso de desescolarización que vive junto a su compañera, sus hijxs y otras familias desescolarizadas. Una madre nos lleva de la escuela a la plaza y de la plaza al monte en su intento por romper los encierros de la vida moderna, atender la necesidad de socialización de sus hijos y ofrecerles un modo de vida más libre y natural. Otra mamá relata cómo ella, una profesora universitaria, decidió quitar a sus hijxs de la escuela en una etapa de sus vidas para que, luego de fructíferos años desescolarizados, ellxs mismos optaran por volver a transitar el sistema educativo formal. Otro testimonio hace que nos detengamos un instante para caer en la cuenta de que no hay recetas posibles, y nos advierte que la desescolarización no es una solución al paradigma de la educación. Un joven nos cuenta cómo fue su vida aprendiendo y creciendo en casa, hasta llegar a ser licenciado en Física, mientras que otro narra cómo, a su salida de la escuela a los catorce años, descubrió en la calle y en el movimiento cooperativo, autogestionado, lugares de aprendizaje y posibilidades de sostén económico.
Niñxs y adultxs entusiasmadxs, creciendo y descubriendo juntxs, cambian las materias, los deberes, los horarios, el consumo y las calificaciones por el acompañamiento, la presencia, la crianza conjunta, el tiempo libre, el cuidado, el juego, los viajes, los encuentros, la colaboración entre familias y los aprendizajes compartidos. Estos relatos dan cuenta de la importancia e influencia del entorno que las envuelve, y revalorizan las relaciones con el mundo y la naturaleza, como parte de los procesos de aprendizaje de cada quien.
Estas historias no son cuentos de hadas, súper héroes o personas privilegiadas. Son testimonios de personas comunes que deciden tomar sus vidas en sus manos y conectarse con sus propias búsquedas y sentires, poniendo todo lo ya hecho en duda, creando otros caminos, prestando atención a las voces de lxs niñxs, tejiendo comunidades, confiando en su intuición, volviendo a la naturaleza. Son personas que están caminando día a día su propia desescolarización, asumiendo sus desafíos con los ojos bien abiertos, descubriendo que, al tomar este camino, crean también otras formas de relacionarse, de ser familia, de aprender haciendo, de vivir aprendiendo. Tomar conciencia y responsabilidad de su propio aprendizaje y el de sus hijxs, es lo que les otorga libertad.
Todas las personas interesadas en la educación, que valoren la infancia como etapa fundacional en la vida o que estén en la búsqueda de formas de vida más autónomas encontrarán en este libro interlocutores que las interpelan, que las invitan a pensar y repensar, a sentir y a conocer otros modos de aprender y de vivir. Esperamos que estos textos funcionen como espejos de aquellas sensaciones, emociones, pensamientos y preguntas que nos reúnen como seres humanos.
Estas palabras hechas de pies y manos muestran cotidianidades educativas en constante invención, así como aprendizajes autónomos sin currículo ni jerarquías, sin caminos trazados, manuales ni recetas ya probadas. Quizás sus referentes hayan sido otras familias, otras experiencias y algunas certezas que han encontrado en su andar.
La invitación es a verlo todo desde una óptica diferente: el aprendizaje sucede, está en nuestra naturaleza, es parte de nuestro ser. Si estamos atentxs, siempre estamos aprendiendo. No hay distinción entre vivir y aprender. Todas nuestras actividades e iniciativas son hilos de un mismo tejido de aprendizajes; hilos que van dando forma a la tela de una vida cada vez más libre y más nuestra.
Buenos Aires-San Luis, otoño de 2018
INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA EDICIÓN
Escribimos estas líneas en un contexto muy diferente al del otoño de 2018. Las escribimos inmersas en una crisis mundial causada por la propagación del virus COVID-19, que nos ha obligado a un cambio de vida. Puede que el aislamiento social impuesto nos haya llevado a reconsiderar nuestra manera de trabajar, de consumir, de relacionarnos con lxs demás y con nosotrxs mismxs, así como sucede cuando nos salimos del sistema escolar tradicional.
Por su parte, las escuelas cerradas han hecho que las familias lleven adelante una educación en casa forzada y en su forma más limitada, es decir, impuesta, aislada, despersonalizada y dirigida desde afuera. Esto ha causado a familias y a docentes altos niveles de estrés, provocados por las tareas, las correcciones, las fechas de entrega. Las historias en este libro y sus protagonistas tienen algo que aportar en este momento, ya que muestran la gran diversidad de formas en que el aprendizaje sucede más allá de la institución escuela, y resaltan la necesidad de no perder de vista la motivación intrínseca que los seres humanos traemos por el aprendizaje desde el nacimiento. Incluso, algunxs de lxs autorxs del libro se han vuelto referentes del tema, y acompañan a familias que de pronto tuvieron que llevar la escuela y el trabajo a casa.
Lo que marca este tiempo, sobre todo, es que nos vemos enfrentadxs con el encierro, con la prohibición de estar al aire libre, de frecuentar personas, parques y plazas, de que lxs niños jueguen con otrxs, de que lxs adultxs se encuentren. En Argentina, al menos, la situación es esta, y aunque los perros gozan de un protocolo para salir a pasear, lxs niñxs no. Para las familias que crían en contextos de neurodiversidad o discapacidad motriz, esto es especialmente difícil, porque la necesidad de movimiento, de por sí vital para la infancia, es en estos casos urgente. Ha habido mociones y pedidos a las autoridades al respecto, y los gobiernos están comenzando a autorizar paseos breves y controlados. La crisis nos ayuda a entender que hay cosas para cambiar, y que tanto la situación mundial como la forma de educar están cambiando. Esta coyuntura nos hace ver también la necesidad vital de seguir indagando en el entrecruzamiento de infancia, crianza, libertad y aprendizaje.
“Que el libro nos mueva” fue el sueño lanzado al aire al inicio del proceso de creación de la primera edición, y así sucedió. El libro ha rodado por lugares y contextos muy diversos durante estos dos años; hemos andado y crecido mucho junto a él, y junto a quienes se acercaron a nosotras para compartir sentires, preguntas, reflexiones y más historias.
Lectores y lectoras nos han transmitido que el libro sirve como puente, guía y compañero; sirve para saber que hay distintas maneras de aprender y criar, y que cada persona puede hacerlo a su forma y según su propio contexto. Además, sirve para visibilizar y legitimar el modo de vida de muchas familias que ya venían practicando la educación sin escuela. Por fin, sirve para acompañar búsquedas en el tema de la educación y plantearse nuevos interrogantes. Las personas que nos escriben agradeciendo, o que nos cruzamos y nos comentan que han leído el libro y se han sentido confortadas en sus decisiones, las que mandan fotos, las que escriben a lxs autores para profundizar el contacto, e incluso las novedades que recibimos de quienes escribieron sus historias, nos traen la alegría de la continuidad de su proceso, como un libro vivo, sin fecha de caducidad.
Hoy, mirando el camino del libro, vemos un entramado de personas, familias, espacios y compartires que han ido enriqueciéndolo cariñosamente y que, casi sin darse cuenta, han ido creando una comunidad del libro, y han dado pie al surgimiento de esta nueva edición. En esta ocasión, tomamos el tema de la educación en situaciones de neurodiversidad y discapacidad como motor principal del libro. ¿Cómo aprenden lxs niñxs en situación de discapacidad?, ¿por qué tomaron esas familias la decisión de buscar alternativas?, ¿cuál es el marco teórico que sustenta la desescolarización?, ¿qué desafíos presenta?, ¿cómo funciona la desescolarización de lxs adultxs?
Para prologar esta edición convocamos a la escritora Cristina Romero Miralles, por su amplia experiencia en educación libre y como maestra de educación especial. Por su parte, el especialista en educación inclusiva Aldo González Ocampo brinda un artículo en el que desarrolla las condiciones de producción de la educación inclusiva y sus posibilidades de disrupción. Además, Alejandra Sandoval, desde su experiencia como psicopedagoga y acompañante de familias que educan en casa, propone una educación amorosa, respetuosa y creativa que potencie las capacidades de cada niñx.
Para retomar las inquietudes de lxs lectorxs, invitamos a Dolores Bulit a analizar el lado B de la educación alternativa y los desafíos recurrentes para espacios educativos y familias. Asimismo, Itzel Farías Malagón suma un breve marco teórico –basado en las ideas de Iván Illich y John Holt– que describe el pensamiento subyacente a la práctica de desescolarizar.
En cuanto a los nuevos testimonios, contamos con la riqueza de tres historias de vida que muestran el cotidiano de familias que conviven con la neurodiversidad. Una madre cuenta cómo la empatía hacia su hijo estimuló su búsqueda de alternativas médicas y educativas, mientras que otra nos da un pantallazo de por qué decidieron desescolarizar a su hijo con diagnóstico de trastorno del espectro autista y cómo viven, aprenden y socializan ahora. Un padre y pediatra revela sus aprendizajes en el acompañamiento de su hija, quien sufre epilepsia refractaria, y relata sus descubrimientos en el tratamiento con cannabis. Estas familias escuchan a sus hijxs y toman sus situaciones particulares como oportunidades de aprendizaje. Así, eligen aquello que tiene más sentido para ellas, aunque eso implique ir más allá de lo comúnmente aceptado. A través de anécdotas y momentos claves de su historia, van dando cuenta de un camino educativo, terapéutico y de vida en construcción y revisión constantes.
Por otro lado, el testimonio de una cooperativa de chocolate oaxaqueño y el escrito sobre una comunidad educativa que vive y aprende en la naturaleza nos hacen valorar la recuperación de lo artesanal-local, los saberes de la tierra y la apuesta de lo colectivo, en consonancia con las experiencias de aprendizaje autónomo a las que se refiere Gustavo Esteva en su artículo. Dicho artículo ha sido actualizado para esta edición con una mirada sobre la pandemia de COVID-19 y sus afectaciones al sistema educativo mundial y la vida en general. Ana Thomas, Ana Paulina Maya, Carla Quintana y Omar Ardiles también han hecho revisiones en sus textos para la presente edición.
La situación actual pone en evidencia que estamos en un momento incierto. Vivimos una crisis en el sistema sanitario que al parecer traerá cambios en todos los ámbitos de la vida. Según nuestra mirada, tenemos la posibilidad de tomar dicho momento como una catástrofe de encierros cada vez mayores o como una oportunidad de transformación, sin derecho a réplica. Queremos animarnos a tomar la segunda opción aprovechando el tiempo presente en todas sus magnitudes, haciéndonos cargo y disponiéndonos al cambio. La forma de vincularnos, educarnos, comunicarnos, sostenernos, es atravesada por el momento actual. Nos queda aprovechar esta puerta abierta para la plasmación de nuestro ser más esencial. Creemos en la gran posibilidad que se nos presenta para liberarnos de la escuela que hay dentro de nosotrxs y seguir recuperando nuestras capacidades autónomas de sanar, comer, habitar, aprender, relacionarnos. El horizonte que alcanzaba a dibujarse más allá de la escuela se acerca aquí y ahora.
Una vez más, esperamos que este libro-herramienta, libro-espejo, libro-vivo muestre, reúna y expanda miradas amplias y transformadoras hacia los procesos de aprendizaje que inevitablemente suceden a lo largo y ancho de las vidas de niñxs y adultxs en todo el planeta.
Buenos Aires-Córdoba, otoño de 2020
PRÓLOGO
por Cristina Romero 1
Cuando, como personas adultas (que hemos vivido en propia piel solamente experiencias con la educación tradicional) nos acercamos a la posibilidad de conocer y favorecer el aprendizaje en libertad para las nuevas generaciones, como bien nos dice Dolores Bulit en este libro “lo que la mayoría descubrimos en el camino es que los que de verdad estamos aprendiendo –o desaprendiendo– somos nosotros, los adultos”. Eso siento yo, que la que más aprende y desaprende soy yo misma, cada día. Así que desde ya quiero dar las gracias a Constanza Monié y a Cesilia Roja por darme la oportunidad de escribir estas palabras a modo de prólogo para la segunda edición del libro, pero especialmente por la oportunidad de releerlo. Desde aquí mi agradecimiento de corazón a todas y cada una de las personas que compartís en este libro vuestra valiosa mirada de la educación alternativa y vuestras propias experiencias con la desescolarización o el desaprendizaje.
Este libro es un puente que enlaza mundos desconocidos. Que nos permite pasearnos por sendas hasta ahora no demasiado transitadas. Esos libros son los mejores, los que nos descubren realidades distintas. Porque gracias a ellxs nos expandimos y crecemos por dentro. Vemos el horizonte más amplio y nuestra mente traspasa viejos muros que nos limitaban. ¡Había vida más allá de los muros de lo conocido!
Para mí, además, este libro cumple otra segunda función enorme: la de recordarnos que no estamos solxs en este malestar con el sistema educativo actual. Es muy importante recuperar ese sabernos juntas en el mismo viaje y entender que la experiencia vital de cada una puede convertirse en alimento y valiosa inspiración para otra familia en otra parte lejana del planeta. Este libro contiene ese regalo. Nos ofrece la posibilidad de ponernos en los zapatos y en el corazón de otras personas (madres, padres, docentes, jóvenes, niñas y niños…) que nos inspiran en nuestro propio camino a través de sus valiosas historias. A través de ellas es como si nos dieran la oportunidad de entrar en sus casas, en sus vidas, en los rincones más profundos de sus almas. Son historias de desencuentros y de encuentros, historias de falta de escucha por las necesidades reales de la infancia e historias de profunda escucha y respeto. Historias hacia la aceptación completa por lo que sus hijxs son, más allá de las expectativas, más allá de las etiquetas… Historias de corazones que se fueron abriendo a medida que sus hijxs crecían. Historias de personas que aprendieron a amarse a sí mismas, a pesar de todo. Y justamente esas historias de madres y padres humanos, vulnerables, que desaprenden y sueltan un montón de creencias acerca de sí mismxs, la vida, o sus hijas e hijos, son las que más necesitamos. También las de escuelas alternativas que, lejos de ser perfectas, se aventuran valientemente por sendas hasta ahora no transitadas. Gracias a todas esas experiencias descubrimos lo poco que nos diferenciamos y que todas las familias y personas que sentimos este anhelo estamos en el mismo viaje, hacia lo desconocido, hacia el reencuentro con tantas cosas que habíamos perdido.
Todxs nosotrxs, aunque nos lo digan (o nos lo digamos) poco, somos heroínas y héroes, porque a pesar de lo vivido de niñas o de niños, con una gran mochila todavía a cuestas, a ciegas y en una sociedad patriarcal como la actual, nos empeñamos, día tras día, en reconectar con la mejor versión de nosotrxs mismxs, para así poder ofrecerle a la infancia una realidad distinta.
En muchos casos es la maternidad o la paternidad la que nos empuja por el acantilado. La que nos invita a ese profundo viaje interior. Son nuestras hijas e hijos quienes nos ponen cara a cara con la niña o el niño que fuimos y nos muestran por dónde fue que nos perdimos en el camino. Es gracias a esas maestras y maestros que muchas de nosotras nos damos la vuelta como un calcetín y crecemos en Amor, del grande, primero por esas criaturas, pero después también por nosotras y por todas las demás.
En esta segunda edición del libro, además, nos adentramos en un tema que desde siempre me ha parecido un gran reto para esta sociedad: entender la neurodiversidad. Como maestra de educación especial veo que nos queda mucho camino para poder mirar a cada niñx como el ser único y maravilloso que es, sin quedarnos atrapadxs en solamente buscar diagnósticos ni etiquetas que nos alivian, sí, pero que no ven realmente las necesidades ni el valor de cada ser que tenemos delante. Nuestra sociedad, que tiende a desvalorizar lo diferente, está enferma de tanta uniformidad. Nuestro mundo está enfermo de falta de diversidad, en las aulas y en la calle.
Proteger la diversidad es una esperanza para este mundo. La propia, la ajena. La de cada criatura viva de este planeta. La diversidad es esencial para el equilibrio de la vida. Allí donde hay diversidad, hay salud. En lo biológico, a menor diversidad, mayor desequilibrio. Lo vemos en la salud de nuestras bacterias intestinales, lo vemos en ecosistemas como los bosques. Pero la escuela tradicional sigue ajena a esta idea y aún ahora se empeña en uniformizar a cada criatura que pasa por sus manos.
Cada ser humano es único, irrepetible. Es de vital importancia que empecemos a tomar consciencia de lo importante que es permitir que cada bebé que llega a este mundo sea escuchado en sus necesidades (físicas, afectivas, mentales) y que no tenga que adaptarse imperiosamente a las necesidades de esta sociedad capitalista. Ni que seamos los adultos quienes recortemos a cada criatura para que encaje en este mundo desequilibrado según nuestras limitadas expectativas.
Este libro es un valioso reflejo de familias y experiencias de profundo cuestionamiento ante lo establecido. Y yo desde aquí solo puedo celebrarlo y sumarme. Estamos juntxs construyendo un mundo mejor, más diverso, donde caben otras formas de aprender, mucho más en contacto con las necesidades genuinas de la infancia. Gracias a ti por sumarte también.
1 Cristina Romero es autora, entre otro, del libro Una revolución en la Escuela, despertando al Dragón Dormido y es coautora, junto a Laura Gutman, de Mi hijo no quiere ir a la Escuela. ¡Y tiene razón! Ambos libros fueron publicados por la editorial Ob Stare.
Cuarentena
andamos con la emoción en los pasos
abrimos el corazón y los abrazos
aprendemos y enseñamos
sentimos disposición a lo nuevo
agradecemos estar aquí
cantamos
la lluvia limpia cada uno de nuestros rincones
el viento cosecha nueces
los más pequeños nos enseñan a confiar
sus ojos sonríen
aprobando nuestras intuiciones
dando cuerpo a nuestro caminar
estamos en cuarentena
en familia, en red, en comunidad

Educando en familia a cuatro hijos, trece años después
por Ana Paulina Maya Zuluaga 1
Somos una familia formada por papá, mamá, una hija de veintidós años, un hijo de veintiuno, una hija de quince, un hijo de trece y tres gatos (que han llegado a ser siete y estuvieron acompañados, en alguna época, por una hermosa golden retriever que fue nuestra compañía, caballito y niñera por doce años).
Nos salimos del sistema escolar en 2007, y durante todos estos años he escrito mucho sobre la educación en familia y sobre nuestra experiencia, principalmente en los dos blogs que creé para ese fin. Decidí construir este texto aprovechando trozos de los relatos, experiencias y reflexiones creadas vividas durante todos estos años.
Una de las primeras preguntas que nos hace la gente es: ¿por qué razón tomaron la decisión de desescolarizar? Ahora tengo muy claro que hay unas razones por las que tomamos la decisión y otras muchas, que vamos descubriendo en el camino, que nos hacen mantenernos educando en familia. Lo que sigue es lo que escribí al respecto cuando llevábamos solo un año educando en casa.
Junio de 2008 - ¿Por qué educar en casa a nuestros hijos?
Esta es la pregunta obligada cuando contamos a alguien que nuestros hijos mayores no van al colegio. Hay muchos motivos que hemos ido descubriendo sobre la marcha pero, si vamos a ser sinceros, fueron dos los que nos animaron a “lanzarnos al agua”:
el disfrute del aprendizaje compartido en los momentos de responder a las preguntas de los niños, consultar en un atlas, investigar en internet. Siempre quedaba la sensación de ¿por qué no hacemos esto más seguido? Y si yo estoy dedicada a ellos de tiempo completo ¿por qué no educarlos yo misma?;
el factor económico. El colegio en el que estaban María Alejandra y Juan José era cada vez más costoso, y entonces ¿cómo íbamos a hacer cuando los cuatro fueran al colegio? Probablemente tendríamos que cambiarlos a uno más barato, pero ¿qué tan satisfechos estaríamos con la educación del nuevo colegio?
Ahora que cumplimos un año desde que salieron de “vacaciones indefinidas” vemos muchos cambios positivos que han sucedido en nuestros hijos:
se ven felices y tranquilos, hacen lo que quieren y lo hacen porque les gusta, durante todo el tiempo que ellos quieran hacerlo;
comen mejor, más saludablemente, pues de nuestro mercado desaparecieron los paquetes y los jugos de cajita; obviamente se aumentó el consumo de frutas, yogurt y queso;
están alejados de esa presión consumista a la que estaban sometidos en el colegio, no andan pendientes del juguete o la ropa de moda, ni piensan que se van a morir si todos lo tienen y ellos no;
han descubierto la libertad de seguir el ritmo de descanso que su cuerpo les demande: acostarse a dormir cuando sientan sueño o cansancio y levantarse en la mañana porque ya han dormido suficiente, y no porque tienen que correr o los deja el bus.
Y así podría seguir enumerando aspectos positivos. En conclusión, creo que hemos encontrado nuestro rumbo.
Hoy, a 2020, veo muchas fallas en el sistema escolar y sus prácticas, que no había visto cuando escribí lo anterior. Tengo claro que casi ninguna escuela tiene las condiciones necesarias de respeto y libertad que deben rodear a los niños durante su etapa de crecimiento y formación. Mi lista de motivos para preferir la educación en casa es muy, muy larga.
A medida que el tiempo pasa, seguimos aprendiendo, los hijos crecen y con ellos se superan unos miedos y aparecen otros.
Hablando de miedos, hay uno que parece bastante omnipresente y que genera una gran pregunta, tal vez la más repetida y que más nos cansamos de responder es: ¿qué pasa con la socialización? Ahora, con toda la experiencia acumulada, me sorprende que la gente pregunte esto de manera mecánica, que estén tan convencidos de que si los niños no van al colegio, no socializan; es como si creyeran que al no ir al colegio van a convertirse en jóvenes desadaptados y antisociales. ¿Se habrán preguntado alguna vez qué significa socializar? Sobre esto escribí cuando llevábamos dos años por fuera del sistema escolar y mis hijos mayores estaban comenzando su preadolescencia y adolescencia.
Agosto de 2009 - Socialización
Creo que, después de dos años sin colegio, ya puedo atreverme a hablar sobre la famosa pregunta que todos hacen: “¿Y la socialización?” Y es que, aunque había leído mucho sobre lo inquietante que resulta el tema para los que no conocen esta opción de educación, cuando tomamos la decisión de sacar a nuestros hijos del colegio, eso no me preocupaba tanto. Ahora puedo ver los cambios en mis hijos, sus progresos en el trato con los demás, y pienso que lo mejor que le pudo haber pasado a su socialización fue desarrollarla fuera del colegio, en el mundo real.
Para mí, la socialización que se da en el colegio es totalmente artificial: los niños son agrupados por edades, para comodidad del adulto, no porque sea lo mejor para el niño y su desarrollo. En la vida real estamos rodeados de personas de todas las edades, profesiones, temperamentos, niveles socioculturales, color de piel, acentos. Esa es la verdadera socialización y es la que les ofrecemos a nuestros hijos día a día al incluirlos en la vida cotidiana de la familia. De ninguna manera están encerrados en casa todo el día, ni les negamos la posibilidad de desarrollar sus habilidades sociales. Por el contrario, interactúan de manera natural, permitiéndose al mismo tiempo construir su personalidad y fortalecer su autoestima, alejados de las situaciones dañinas del ambiente escolar como el bullying, el abuso de poder, las relaciones verticales o las etiquetas.
Mis dos hijos mayores siempre han sido muy tímidos, especialmente con los adultos, pues con niños que acaban de conocer se integran fácilmente y pronto están jugando juntos; claro, ahora más que antes. Además, ahora importa menos si son o no niños de su misma edad o sexo.
El hecho de no ir al colegio hace que se relacionen con los adultos que los rodean de otra manera, desde otra perspectiva diferente a la de profesor-alumno, en la que existe una figura de poder y otra de sumisión y obediencia, a veces de temor. Esta relación puede dañar la autoestima y la imagen propia de un niño tímido o sensible, como le pasó a uno de los míos. Ante sus cambios de comportamiento, todas las profesoras coincidieron en culparme a mí y a mi nuevo embarazo, ¡como si construir una familia significara hacer daño a los hijos que ya tenía! Ahora ese niño, que hace dos años se veía triste, sonreía poco y miraba al piso cuando estaba frente a un adulto que no fuesen sus padres, se ha convertido en un niño que es amigo de todos los demás niños de todas las edades en el barrio; es un niño justo que no interviene en peleas o discusiones solo por tomar partido, es amable con los pequeñitos y no se deja intimidar por los más grandes, y todos lo buscan todo el día para jugar con él. Con los adultos todavía le cuesta: si le hablan, me mira como pidiendo ayuda, pero al menos saluda y se despide, cosa que antes no hacía. Lo difícil de su proceso me hace ver la profundidad del daño sufrido.
También debo admitir que la manera en que traté a mis primeros hijos en sus primeros años no me parece la más adecuada ahora, y tal vez yo también tenga una gran responsabilidad por su sufrimiento. Aunque podría simplemente disculparme por mi inmadurez, prefiero admitirlo y seguir buscando maneras de aumentar su confianza y mejorar su autoestima.
Mi hija mayor acaba de cumplir los doce años y no hay nada que me tranquilice más que saber que está viviendo el final de su infancia a su propio ritmo, sin presiones externas, sin afanes de novios, besos y otros temas que ahora las niñas manejan desde esta edad.
Yo sé que todo irá llegando a su debido tiempo, pero me alegra ver que todavía piensa en cuál disfraz va a usar para el próximo Halloween, en lugar de buscar la falda más corta para verse sexy (repito: sé que llegaremos a eso, pero todavía no es momento). Ella todavía puede aumentar un poco más su seguridad y su autonomía, y ejercitar el no dejarse presionar por los demás y defender sus ideas y deseos propios. De todas maneras, puedo ver que nota las diferencias entre los comportamientos de sus amigas y puede juzgar y opinar según su propio criterio, y aprender de lo que le gusta y de lo que no.
Mis dos hijos menores son afortunados porque les tocó una mamá distinta, más consciente, más respetuosa; ellos me han enseñado y todos ganamos. Por eso, saber que no van a recibir ni un poquito de todas las influencias que se derivan del colegio me asegura que no van a perder esa luz, esa espontaneidad que tanto me falta a mí misma y admiro en ellos. Ellos son cariñosos y, sobre todo, libres, y no conocen otra manera de ser.
Siguiendo con las típicas preguntas que despierta el homeschooling, muchas personas también quieren saber cómo es el día a día de una familia que educa en casa. Lo complicado es hacerles entender que no tenemos días típicos. Cada familia hace cosas distintas, e incluso una misma familia realiza actividades diferentes cada día, semana, mes y año. La vida evoluciona, se transforma; nuestros hijos crecen, las rutinas cambian. Para poner un ejemplo, comparto esto que alguna vez escribí sobre una tarde que fue especialmente bonita (que de esas también hay muchas aunque no lo son todas).
Junio de 2010 - Esta tarde
Se suman las tardes lluviosas a mi propósito de sentarme con ellos y engancharlos a quedarse en casa (sobre todo a Juanjo), a despegarse del televisor y de la computadora, a disfrutar de hacer cosas juntos. Hoy, a pesar del bloqueo que siento de solo pensar que mis propuestas vayan a recibir el rechazo como respuesta, tuvimos una tarde deliciosa.
Con Jacobo, Adelaida y Juan José hicimos yoga (con el libro que recibió Lalis Adelaida– en su cumpleaños); comieron palomitas de maíz; pintamos un mapa del mundo con pasteles grasos y acuarelas para nuestros viajes virtuales; Juanjo se fue un rato a la calle y Jacobo siguió pintando.
Adelaida me dijo: “Quiero practicar sumas”, y en eso estuvimos un buen rato. Se le ocurrió dibujar sus dos manos en el papel para ayudarse a contar con los dedos dibujados y llegar a los resultados de la sumas. Más adelante, se dio cuenta de que casi no necesitaba esa ayuda. Mientras tanto, Jacobo también quiso pintar sus manos y luego recortarlas.
Después, jugamos ajedrez, un regalo de cumpleaños que tiene un sistema muy lindo para ir conociendo cada ficha: viene con cartas que indican a cada jugador cuál ficha mover y cómo puede moverla. Jacobo, aunque ya se veía cansado, se interesó lo suficiente en el juego como para acompañarnos un rato y ver cómo nos “comíamos” mutuamente las fichas.
Para terminar, con María Alejandra preparamos unos suflecitos de mazorca que sacamos del libro de recetas para niños de Miriam Camhi.
No me puedo quejar: yoga, cocina, ajedrez, arte, matemáticas y geografía en una sola tarde.
Para seguir tejiendo esta colcha de retazos, comparto un escrito que resume muchas de las experiencias y aprendizajes que hemos vivido, contemplados en retrospectiva. También algunos retos que nos plantea el futuro, pues nuestra vida como familia que aprende en casa aún no termina.
Septiembre de 2015 - Ponencia en Medellín: “Homeschooling: rompiendo paradigmas”
Yo soy un producto perfecto del sistema escolar: la mejor del colegio, siempre en los primeros puestos; obtuve un puntaje altísimo en el examen de ICFES; estudié ingeniera electrónica, la carrera más difícil que conseguí; siempre lista para demostrarle a quien quisiera lo inteligente que soy. Digo que soy el producto perfecto porque fui una alumna obediente, competitiva, disciplinada, complaciente; el sueño de casi todo profesor. Pero en mi vida adulta, ser tan obediente y complaciente no lo he sentido como una ventaja; al contrario, en mi proceso de descubrirme como persona y saber quién soy y qué quiero, estas características han estorbado bastante, pues se me dificulta distinguir entre aquello que en verdad quiero y aquello que hago por dar gusto a los demás o cumplir sus expectativas.
Con mis hijos hice lo mismo que la mayoría: busqué el mejor jardín infantil cuando tenían dos años y luego el mejor colegio. Creo que, sin darme cuenta, en aquel momento mi vena alternativa y la de mi esposo empezaron a dejarse ver: buscamos un colegio que les diera libertades, y lo encontramos.
Mientras nuestros hijos mayores estaban en el colegio, por casualidades de la vida nos enteramos de que algunos niños se educaban sin ir al colegio, y nos quedó sonando. Yo me dediqué a buscar cuanta información pude encontrar por internet y le dimos vueltas a la idea por casi dos años. Después de un cambio de casa y un hijo más, conocimos a una familia que nunca había mandado a sus hijos al colegio y, una semana después de hablar con ellos, estábamos tomando la decisión que iba a cambiar nuestras vidas.
Elegir desescolarizar es una decisión, como todas las que tienen que ver con la educación, muy particular de cada familia, de sus condiciones y de su historia de vida. Admiro profundamente a aquellas familias que son capaces de hacer la reflexión sobre la educación antes de escolarizar a sus hijos y llegan a la conclusión de que no enviarlos al colegio es lo mejor para ellos. Hay quienes desescolarizan como única salida a una situación escolar insostenible (maltrato, etiquetamientos, abuso de autoridad, matoneo, dificultades académicas o de disciplina). Otros padres sufrieron de tal manera su paso por el colegio que no quieren que su hijos vivan la misma experiencia traumática. Algunas familias desescolarizan por razones de salud, o porque son religiosas, o porque viajan mucho, o porque sus niños son artistas o deportistas y su prioridad no es el colegio. Otras creen que la calidad de la educación es deficiente y prefieren procurar ellas mismas una educación más completa según sus propios criterios. También hay quienes llevan un estilo de vida más alternativo y buscan para sus hijos una educación coherente con su estilo. Es probable que existan, aunque de esos no conozco, padres que tomen la decisión de desescolarizar con fines no tan buenos como, por ejemplo, encubrir algún tipo de abuso, tener más control sobre los niños, adoctrinarlos sin que nadie se interponga, o explotarlos.
Volviendo a mi historia personal, cuando tomamos la decisión de desescolarizar, en el año 2007, nuestra hija tenía casi diez años y estaba saliendo de tercero de primaria, nuestro hijo de ocho años estaba saliendo de primero, nuestra hija de tres años estaba en jardín infantil y nuestro último hijo tenía un año. En aquel momento, decidimos que los dos pequeños siguieran asistiendo al jardín y comenzar el proceso en casa con los dos mayores, pues sentía que no iba a ser capaz de tenerlos de un momento a otro a todos en la casa durante todo el día. Tal vez ese temor, el de no saber qué hacer con los niños todo el día en casa, sea uno de los miedos más comunes de las familias que comienzan un proceso de desescolarización. Mirar este reto como una oportunidad, más que como una dificultad, puede ser de gran ayuda; considerarlo un privilegio del que nos habíamos privado hasta el momento. Para mí, este cambio de perspectiva fue la clave para sobrellevar la incertidumbre y los cambios que esa etapa inicial implicó en nuestras vidas y en nuestras dinámicas familiares.
Me doy cuenta de que el miedo es uno de los mayores obstáculos. Tenemos miedo a no saber qué hacer con nuestros hijos; a estar dañando de manera irreversible sus vidas; a que no socialicen lo suficiente; a que no aprendan todo lo que deberían; a que no tengan las herramientas para acceder a una educación superior, a estar negándoles oportunidades y experiencias que creemos que están garantizadas al asistir a un colegio; a no ser capaces de enseñarles trigonometría; a no tenerles paciencia; a no tener tiempo para nosotros mismos; a una demanda legal.
Hace ya ocho años que llevo educando en casa y siete años que estamos agrupados como la red EnFamilia, la Red colombiana de Educación en Familia. Se trata de una red que no se ha terminado de hacer, funciona según el entusiasmo y la disponibilidad de sus miembros y es, principalmente, un punto de encuentro para las familias que buscan apoyo, información y compañía.
Tener compañía en el camino ayuda mucho. Tener con quien hablar y compartir los miedos puede hacerlos más llevaderos; expresarlos en voz alta ayuda, de alguna manera, a racionalizarlos, procesarlos y encontrar maneras de superarlos. Además, es valioso escuchar experiencias de otras familias, sus testimonios son un alimento para la confianza de las familias educadoras. Nosotros fuimos afortunados, pues aquella familia que mencioné antes fue nuestra compañía en el inicio, y mis hijos tuvieron con quien jugar y así no extrañaron tanto a sus compañeros de colegio. Hoy en día, la amistad entre nuestras familias es uno de los mejores regalos que nos ha dado la educación sin escuela. Sin embargo, no hay que desanimarse si la compañía tarda en aparecer. Será un poco más difícil tal vez, pero a la larga descubriremos la fuerza y el poder que tenemos para sacar adelante un proyecto tan ambicioso y tan importante como este, y eso brinda solidez y seguridad a la familia.
La diferencia de edad entre mi hija mayor y mi hijo menor es de nueve años; es decir, he tenido niños en distintas etapas de desarrollo aprendiendo en casa al mismo tiempo. Esto podría verse como otra dificultad, y tal vez sea una de las razones por las que, como familia, llegamos tan rápido al enfoque poco estructurado con el que hoy manejamos nuestra vida y nuestro aprendizaje.
Sé que produce una gran angustia en los padres pensar que deberán enseñar conocimientos correspondientes a diferentes cursos a niños de diferentes edades. Para que eso no sea un problema, recomiendo hacer un esfuerzo consciente por dejar de ver la vida dividida en asignaturas; dejar de creer que tenemos que enseñar contenidos a nuestros hijos pues si hacemos esto, dejaremos de ser sus padres para convertirnos en sus profesores. El aprendizaje va mucho más allá de los contenidos, es independiente de la edad que se tenga, no viene dividido por asignaturas y no espera a que llegue el día del examen para demostrar que sí está sucediendo. El aprendizaje real está dirigido por el entusiasmo de quien aprende, influenciado por el ejemplo que recibe e inspirado por el apasionamiento de quienes lo rodean. Los invito a ver a sus hijos de esta manera, a liberarse de las tiranías impuestas por los esquemas escolarizados y a disfrutar la vida aprendiendo con y de sus hijos. Es como cuando hay un bebé en casa: si pensamos en horarios y materiales escolares, tratar de compaginar eso con la atención al bebé puede convertirse en una pesadilla, pero, si vemos la presencia del bebé como una oportunidad única e irrepetible de aprender y nos despreocupamos de todo lo demás, toda la familia va a disfrutar de esa etapa de la vida sin tantas preocupaciones y ganando mucho aprendizaje.
Mencioné la tiranía de los esquemas escolares porque ese fue un gran descubrimiento: al estar por fuera del colegio teníamos libertad para muchas cosas que antes hacíamos de manera condicionada, o que no hacíamos:
libertad para decidir sobre el manejo de nuestro tiempo: horarios de sueño y de comida, de lectura y de juego; época del año para salir de viaje o visitar a los abuelos; flexibilidad en las rutinas o en los cambios de planes; en suma, más cabida a la espontaneidad;
libertad para permitir a cada miembro de la familia dedicarse a lo que más le gusta, por el tiempo que quiera hacerlo, siguiendo su interés personal;
libertad para seguir los ritmos individuales de cada uno de los hijos;
libertad para expresar la personalidad por medio del aspecto personal, lo cual los niños desean desesperadamente, aunque el uniforme del colegio se los impide.
Nos hemos librado de las etiquetas que imponen las notas y los reportes escolares, ya nadie en casa es poco participativo, ni ocupa el primer, tercer o último lugar cada mes; nadie es sobresaliente ni insuficiente; nadie es humillado frente a sus amigos por hacer las cosas de una forma diferente. Estoy segura que se me escapan muchas otras libertades a las que ya me he ido acostumbrando y que quienes educan en casa podrán identificar.
Cuando los hijos son mayores, vuelve la inquietud acerca del camino que querrán tomar y nos preocupamos de nuevo por las evaluaciones y certificaciones. Como sé que esa duda existe desde el principio, quiero contarles sobre esto brevemente, ya que no reviste mayores complicaciones. Para entrar a la universidad en Colombia, en la mayoría de los casos, se necesita el examen de Estado (ICFES2) y el certificado o diploma de bachillerato. La manera más sencilla de conseguirlos es esperando a los dieciocho años de edad, cuando pueden rendir el examen del Estado y así obtener la certificación de bachillerato directamente. Si se quiere hacer antes, habrá que buscar un colegio virtual, certificar año por año, o bien buscar un convenio con un colegio privado. En cada país es diferente pero siempre hay maneras de obtener un certificado.
En mi caso personal, al día de hoy llevo veinte años de matrimonio y crianza, y diez de educar en casa. He sido una mamá dedicada 100% al cuidado de mis hijos desde el principio, y luego con mayor razón al empezar a educar en casa. Sin embargo, antes de casarme era una joven con grandes ambiciones profesionales a las que renuncié de buena gana para ser mamá, sin saber que diez o quince años después iba sentir el peso de mis decisiones en muchos aspectos de mi ser como mujer. Desearía haber tenido más autonomía, haber mantenido algo de mi vida propia al margen de mi rol de mamá y haber generado ingresos propios de manera permanente para ser económicamente independiente. Pero por encima de todo ha sido bellísimo ver crecer a mis hijos y no lo cambiaría por nada; no hubiera querido tener un trabajo en oficina que me separara de ellos por largas partes de mi día. Ser mamá joven me permitió tener la energía y la cercanía generacional para disfrutar a los hijos y crear una relación cercana con ellos.
Ahora que son mayores y no dependen tanto de mí, he entrado en un proceso de redescubrimiento propio en el que estoy buscando redefinir mi vida, mis propósitos, mis sueños, sin dejar a un lado mi rol de mamá, que es para toda la vida.
He dedicado nueve años de mi vida a formar y mantener activa la red EnFamilia, lo que ahora veo como un trabajo no remunerado que me ha traído muchos conocimientos y un proyecto que es parte importante de mi vida.
Martín, mi marido, se ha dedicado a trabajar para sostener el hogar y, al ser la nuestra una familia numerosa, eso ha significado mucho trabajo duro. Durante algunas épocas estuvo más presente en la vida familiar que en otras, pero hace casi diez años que es un trabajador independiente, por lo que pasa mucho tiempo trabajando desde casa. Cuando no podemos pagar a alguien para que nos ayude, las tareas del hogar las realizamos entre los dos. Su presencia transmite a los hijos conocimiento y curiosidad sobre los temas que le apasionan; creo que esa es la mejor manera de enseñar. Ha querido participar más de la red EnFamilia pero no tiene suficiente tiempo, aunque siempre ha estado presente y apoyando.
Los hijos crecen y las preguntas cambian. Pasa el tiempo y descubrimos que lo más importante no estaba en lo académico, sino en la formación que ofrecemos a nuestros hijos, en la compañía y el ejemplo que les hemos dado para que lleguen a ser seres humanos responsables y sensibles, tolerantes y compasivos; personas que puedan aportar y mejorar el mundo desde el lugar en el que se encuentren.
Como conclusión, la educación en casa, en familia o sin escuela puede ser vista como una opción más de educación que, en mi opinión, es positiva para todos los niños. Aunque tal vez no lo sea para todas las familias. Sin embargo, si los padres logran desescolarizar sus mentes, el proceso y los resultados pueden ser maravillosos.
¡Lo anterior lo escribí hace cinco años! ¡Guau! El tiempo sigue pasando. Ahora ya tengo dos hijos mayores de 21 años. Cada uno realizó su validación del bachillerato cuando sintió la necesidad. Fueron dos procesos muy parecidos aunque no simultáneos. Cada uno hizo el proceso de inscripción para presentar el examen, se preparó por su cuenta, sin apoyo de profesores, con la información y contenidos que encontraron de forma gratuita por internet, y sí, con la incertidumbre de si esto sería suficiente. Y así fue, pues en ambos casos lograron su meta, que era conseguir la validación del bachillerato, aunque ninguno de los dos obtuvo un puntaje muy espectacular en el examen, no era ese su objetivo.
Veo en mis hijos una mirada distinta frente a la vida universitaria y las posibilidades laborales. Tienen claro que pueden seguir aprendiendo por su cuenta tanto como quieran, estando o no dentro de una universidad. A veces me preocupa que no sean tan ambiciosos o tan competitivos como era yo a su edad, tal vez sí lo son pero de una manera diferente que me cuesta trabajo comprender. Aunque sea difícil para mí no ver aún un futuro claro y definido para ellos, estoy segura de que tienen muchas herramientas para seguir construyendo su vida adulta, muchas más de las que yo tenía a mis 21 años. Son personas bonitas, inteligentes, con criterio, y me emociona ahora la posibilidad de observarlos mientras siguen creciendo, a nuestro lado o, tal vez pronto, lejos de nosotros.
1 Ana Paulina Maya Zuluaga vive en Bogotá, Colombia. Es autora del libro Si el colegio no existiera. Homeschooling, la libertad de educar en casa, publicado en 2020 por Penguin Random House. Es ingeniera electrónica, bloguera y mamá de cuatro hijos que comenzaron a educarse en casa en el 2007. Lleva más de trece años viviendo la educación en familia e investigando su evolución en Colombia y el resto del mundo. Es cocreadora y coordinadora nacional de la Red EnFamilia. Ha participado en diversos eventos, proyectos, procesos de investigación y conversaciones sobre educación alternativa, homeschooling y unschooling. Sus sitios web son: www.anapaulinamaya.com, grandemedianopequeno.blogspot.com.co, lamamagallina.blogspot.com.co, www.enfamilia.co.
2 El examen de ICFES (Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior) es una evaluación que rinden todos los jóvenes colombianos en su último año de bachillerato, ante una institución gubernamental. El puntaje de este examen es determinante a la hora de ingresar a una universidad, ya que cada carrera exige un puntaje mínimo como condición obligatoria para realizar el proceso de admisión.
Alternativas educativas:
qué es y cómo funciona el unschooling
por Yvonne Laborda 1
Si lo que más nos preocupa e interesa es el bienestar físico, emocional e intelectual de los niños y las niñas, y que puedan llegar a ser las personas que han venido a ser, nos daremos cuenta de que, para conectar con su ser esencial más profundo, necesitarán de una mamá y un papá conectados emocionalmente con ellos, y también de un entorno lo suficientemente seguro donde se les ayude a desplegar sus intereses, pasiones y talentos.
Educar es extraer del otro, dejar salir y florecer, y no introducir conocimientos académicos. Los niños ya son un todo y lo ideal sería permitir que ese todo se manifieste. Ellos ya vienen conectados a su sí mismo. Somos los adultos y el entorno quienes los desconectamos de su verdadero ser. Salirse de sí mismo es un gran esfuerzo para el alma infantil, ya que el niño debe reprimir aquello que es genuino: sus intereses, pasiones, ritmos, e incluso su necesidad motriz.
Las emociones también son muy importantes a la hora de aprender. De hecho, las emociones afectan toda la vivencia infantil: el juego, la alimentación, las relaciones con iguales y, posteriormente, al aprendizaje formal. Las emociones pueden generar la guerra o la paz. Para que un niño pueda aprender libremente, necesita sentir que sus necesidades son respetadas, satisfechas en la medida de lo posible y escuchadas por los adultos referentes.
El sistema límbico, o lo que es lo mismo, el cerebro emocional, necesita ser estimulado para poder aprender y hacer las conexiones neuronales necesarias. Cuando un niño está estresado, preocupado, siente ansiedad, miedo, culpa, o no se siente feliz ni está a gusto, los niveles de cortisol y adrenalina se disparan y suben. Por tanto, hay una pérdida de riego sanguíneo en la base pre frontal cerebral que bloquea la conexión neuronal y el niño siente que no puede o no vale. Dicho de otro modo, cuando un niño se siente feliz, valorado, tenido en cuenta, escuchado, seguro, los niveles de betaendorfina suben y hay más riego sanguíneo en la base pre frontal; por tanto, aprender es más fácil al estar conectados con la creatividad y el ser esencial. El médico español Mario Alonso Puig lo explica muy bien y en una resonancia funcional magnética se pueden comprobar dichos niveles y sus efectos. En resumen, para poder tener acceso al ser esencial de cada niño y a sus talentos innatos, es necesario permitirles conectar con sus propios ritmos y pulsos, además de propiciar un ambiente seguro, emocionalmente hablando. Esto es, acompañarlos desde quienes ya son, desde el lugar de donde vienen y permitirles llegar a donde quieran llegar.
La enseñanza formal tradicional hace que el niño tenga que reprimir dichos ritmos, ya que debe adaptarse al grupo o al profesor: todos deben hacer lo mismo al mismo tiempo y del mismo modo; la enseñanza es dirigida y forzada. Esta despersonalización lo aleja totalmente de su verdadero ser, de sus verdaderos intereses, deseos, ilusiones, pasiones y talentos; en definitiva, lo desconecta de su propósito de vida. Y así, muchos niños llegan a la adolescencia totalmente desconectados y sin saber quiénes son, de dónde vienen y, mucho menos, a dónde quieren ir.
Los centros de enseñanza convencionales están organizados para el día a día de los adultos, no del niño. No favorecen el despliegue de la creatividad; más bien la reprimen. Los centros culpan a los padres y los padres se quejan de los centros. Y los niños son los rehenes. En realidad, nadie mira al niño ni a sus verdaderas necesidades. Hay que buscar soluciones a favor del desarrollo de los niños y no en su contra. Es urgente darles más voz y mirada. Tenemos que empezar a mirar por fuera del rebaño si realmente queremos que lleguen a donde quieren ir. Se trata de, por fin, escuchar la voz del niño que nadie oye. Cada vez hay mayor distancia entre la vivencia interna real de los niños y lo que se espera de ellos. Cuanta más distancia emocional haya entre la experiencia y la vivencia del niño y su entorno, menos podrá conocerse, comprenderse y desarrollarse.
¿Cómo aprende realmente un niño? Para poder aprender, tenemos que tener interés, pasión y motivación intrínseca; es decir, la que nos viene de dentro, del corazón y no la motivación externa que depende de premios, amenazas y castigos. Los niños desconectados son los que no podrán saber qué les gusta o qué les interesa. Donde hay un verdadero interés, hay aprendizaje. No se puede aprender sin interés, sino más bien solo memorizar, y lo memorizado se acaba olvidando. Los niños aprenden más y mejor cuando están interesados en aquello que quieren o necesitan aprender. Para interesarse por algo, un niño necesita ver, experimentar, preguntar a su propio ritmo.
Aprender es más emocional que racional. Las emociones juegan un papel fundamental en el aprendizaje. La creatividad sale de la pasión y no del razonamiento; las pasiones salen del corazón del ser esencial. No hay nada que un niño pueda aprender de verdad que no sea desde su interior. Realmente, ¿permitimos que esas pasiones se manifiesten? Hay niños que han ido a escuelas convencionales durante años y acaban recordando muy poco de lo que les enseñaron porque nada les interesaba ni lo necesitaban. John Holt ya lo decía: “Muy poco de lo que se enseña en la escuela se aprende, muy poco de lo que se aprende se recuerda y, por último, muy poco de lo que se recuerda se usa”. Un niño verdaderamente conectado y motivado podría aprender a los doce años una regla de tres simple en cinco minutos y recordarla el resto de su vida, porque él habrá encontrado el sentido de ese aprendizaje.
El unschooling propone un aprendizaje natural o autónomo: nadie dirige al niño desde fuera para introducirle conceptos académicos en su cabecita, a no ser que sea él mismo quien muestre interés por algo en concreto o lo necesite. Los niños no son recipientes vacíos que hay que llenar. Solemos pensar que para aprender tiene que haber alguien que enseñe. Querer enseñar algo a alguien no es suficiente para que esa persona lo aprenda. Ya dijimos que el verdadero motor del aprendizaje es la curiosidad y la motivación intrínseca, y no el hecho de que alguien decida qué se debe aprender, cuándo y a qué ritmo; entonces, ayudar a aprender no es lo mismo que querer enseñar. El protagonista no es quien pretende enseñar, sino quien quiere, desea o necesita aprender. Unschooling significa respetar los procesos naturales de aprendizaje de los niños y, sobre todo, su ritmo intelectual y emocional.
Un ejemplo de aprendizaje natural o autónomo es como los niños aprenden a hablar su lengua materna: absorben el modo en que su madre y demás adultos utilizan dicha lengua. Al estar expuestos a ella, la aprenden, por inmersión, no porque nadie se las esté enseñando. Hablar es la herramienta que utilizan para poder comunicarse y obtener lo que quieren o necesitan. Antes de poder hablar utilizaban el llanto, los gestos, el lenguaje corporal y ciertos sonidos. Cuando aprenden a hablar no están pensando: “Voy a practicar un poco más a ver si mañana me sale mejor”. Hablar es la herramienta que el niño necesita para comunicarse con las demás personas.
Unschooling es confiar y saber esperar, ya que cada momento de aprendizaje verdadero llegará. A los adultos nos cuesta confiar en el verdadero potencial humano, ya que pocos confiaron en el nuestro. Aprender a confiar en que el niño es capaz de desarrollarse de manera autónoma es el gran desafío de los adultos.
Los niños saben mejor que nadie lo que necesitan aprender para conseguir lo que quieren saber, y los padres y demás adultos deberíamos estar para darles, mostrarles, facilitarles y, si es necesario, enseñarles todas las herramientas necesarias para ese fin. La mirada no debería estar en qué tan bien hacen algo sino en qué es lo que están haciendo, qué les motiva, qué les interesa, qué les apasiona. Conseguir fomentar esas pasiones y no apagarlas debería ser la función real de la madre, del padre o de cualquier adulto acompañante; identificar dichos talentos es fundamental. Todos venimos con algo para ofrecer a la humanidad aunque muy pocos logremos hacerlo realidad.
Algunos niños creen que no tienen talento ni pasión, que no valen, que no sirven para estudiar. Son niños adaptados, resignados, desconectados de su ser. Tuvieron que dejar de escucharse para obedecer y complacer a los profesores o a los padres. Dejaron de ser ellos mismos y reprimieron todo lo que tenían para ofrecer al mundo.
¿Cómo podemos recuperar a ese ser esencial escondido y dormido? Preguntando al niño o adolescente qué necesita, qué quiere, qué desea, qué podemos hacer por él. Intentando recordar qué es eso que nos pedía de pequeño y no escuchábamos: mirada, juego, conversación, amor, caricias, besos, atención, presencia, tiempo en exclusiva. Podemos empezar a dar hoy todo eso que antes no pudimos. Intentemos dejarle ser él o ella misma sin juzgar lo que hace, cómo lo hace, cuándo lo hace y a qué ritmo lo hace. Podemos interesarnos por lo que realmente le interesa. Y si está tan desconectado que parece que ya nada le interesa, podemos empezar a proponer sin imponer, a involucrarnos más en su día a día y hacer más cosas juntos.
Lo más importante es respetar los ritmos internos de sueño, hambre, juego, silencio, movimiento. El niño necesitará tiempo y libertad para poder aprender a escucharse y a confiar en sí mismo. Necesitará de nuestra seguridad e intimidad emocional para poder confiar en nosotros y lograr abrirse de nuevo. Para tener acceso a nuestro ser, necesitamos conectar con la diversión, el juego, el placer, la motivación intrínseca, los intereses, los deseos y las pasiones. Y para ello, un niño o adolescente necesita saber que eso que desea o necesita es válido, correcto y aceptado por los padres y demás adultos referentes. Muchos adolescentes desconectados eligen estudios o profesiones por descarte, por el sueldo, por la salida profesional, por complacer a los padres, por las notas. Muy pocos saben quiénes son realmente y qué desean ofrecer o qué les gusta. Todos tenemos talentos y dones esperando ser vistos y esperando tener permiso para salir. Sin embargo, sin seguridad emocional no hay conexión emocional.
En el proceso evolutivo y educativo estamos todos, no vale culpar a la sociedad o a las escuelas. Las escuelas son una necesidad social del adulto. Un niño no necesita de una escuela para aprender, crecer y desarrollarse. Necesita unos padres amorosos que lo aceptan y lo quieren por ser quien es; necesita de un entorno seguro e interesante para poder interesarse por la vida; necesita de otros adultos que acompañen dichos intereses y fomenten nuevos. En la primera infancia, lo único que un niño necesita es poder jugar y jugar. Ese es el diseño original. Si los niños tuvieran la libertad de hacer lo que más necesitan las veinticuatro horas del día, en la primera infancia se pasarían el día entero jugando; así es cómo aprenden sobre el mundo que les rodea. Mientras juega, el niño pequeño hace montones de conexiones, simboliza a través del juego todo aquello que no entiende de este mundo, utiliza su imaginación para reproducir vivencias que le producen miedo o ansiedad. El juego, si es libre y no dirigido por el adulto, puede llegar a ser muy terapéutico, sanador y, aunque a veces no nos lo parezca, es una de las mejores herramientas que tienen los niños para aprender casi todo.
Como mejor aprende el niño es vivenciando y experimentando. El aprendizaje formal es muy teórico y muy poco real y natural. Hay niños físicos, musicales, manuales, creativos, mentales, naturistas. El psicólogo Howard Gardner ya nos ha hablado de las inteligencias múltiples y de cómo hay diferentes formas de aprender lo mismo. Hay niños que prefieren leer sobre los temas que les gustan; a otros les gusta ver un documental; hay quienes prefieren conversar o escuchar mientras alguien explica o lee; hay niños que necesitan hacer algo con sus propias manos para poder comprender mejor un concepto; hay niños que calculan mentalmente mejor que con lápiz y papel; a otros les ayuda utilizar materiales didácticos; hay quienes siempre utilizarán las calculadoras.
Las asignaturas que se enseñan en las escuelas no son más que herramientas que algún día quizás necesitemos para obtener la información que nos interese. Si una persona en la vida real está leyendo un libro o viendo una película ambientada en la Edad Media o en cualquier otra época y quiere saber más sobre esa gente y cómo vivía, pues entonces leerá algo de historia. En la escuela se enseña al revés: se dan las herramientas antes de que el niño tenga una razón o el deseo de utilizarlas.
Escribir es la herramienta que necesitamos para hablar sobre papel o sobre una pantalla. Primero hay que querer o necesitar decir algo y luego hay que tener alguien a quien poder o querer decírselo. Si no, escribir no tiene mucho sentido, ¿verdad? Aprender y querer aprender son inseparables. Aprender a escribir es cuestión de días, semanas, meses y, aunque se tarde más, el niño estará disfrutando mientras aprende porque lo desea, lo pide, le interesa, quiere y le encanta ver cómo va progresando y viendo que cada día necesita menos la ayuda del adulto. Enseñar a un niño a escribir antes de que muestre el menor interés por la escritura es también enseñarle que escribir es algo que debe hacer aunque no quiera, que es aburrido, difícil y pesado. ¿Qué necesidad hay de enseñar algo a un niño si él aún no lo ha pedido, ni lo necesita, ni quiere, ni ha mostrado ningún interés, si tarde o temprano va a aprenderlo de igual modo en su momento y con mucho más interés?
Leer es otra herramienta para obtener la información que deseamos. Todos esos signos-letras dicen algo y también llega el momento en que un niño quiere empezar a descifrarlos. Si está rodeado de personas (tanto adultos como otros niños) que leen y escriben, y que le leen a él con entusiasmo, el niño, tarde o temprano, también querrá hacerlo, del mismo modo que quiso hablar.
Las matemáticas también son otra herramienta muy útil para medir, comparar, añadir (sumar-multiplicar), repartir (dividir). Las matemáticas vivenciales, usando materiales concretos en vez de simplemente fichas, siempre serán mucho más divertidas.
En definitiva, simplemente viviendo conscientemente se aprenden montones de cosas. No hay un lugar específico donde se aprende y otro donde se vive. Aprendemos viviendo y vivimos aprendiendo de todo lo que nos rodea aunque no nos demos cuenta de ello. No es posible no aprender. Dejemos que surja la necesidad o el interés y lo demás, viene solo.
¿Cómo sé que los niños aprenderán todo lo que necesitarán en un futuro? Si pensamos que lo que aprendemos y su utilidad no van de la mano, entonces esa preocupación es legítima. La escuela nos hace tener la impresión de que hay muchos conocimientos desconectados de su utilidad. Los contenidos se enseñan fuera de contexto, no viviendo la vida sino por fuera de ella. Parece que solo se puede aprender matemáticas haciendo problemas sobre papel, los cuales no nos sirven para nada ya que no teníamos ninguna inquietud, necesidad ni interés por saber el resultado. Los hicimos porque nos lo mandaron. Debíamos hacerlos. Su utilidad no es visible de esta forma. Pero si vivimos como si la escuela no existiera, iremos aprendiendo mucho de todo aquello en lo que realmente estamos interesados. Si un día los niños quieren ser veterinarios, escritores, agricultores, cantantes, bailarines, nadadores, biólogos, artistas, carpinteros, arquitectos, cocineros, malabaristas, doctores, etc., ya aprenderán lo que les haga falta con tal de llegar a hacer y a ser lo que desean. Estarán preparados para entender y saber que para ser arquitecto, por ejemplo, hay que estudiar y saber mucho de números. Lo harán y buscarán la forma de conseguir aprender eso que necesitan. ¿Cómo podemos saber hoy lo que realmente van a necesitar dentro de cinco, diez o quince años? La información va cambiando de año en año. Mucho de lo que yo estudié en la escuela ya no lo dan o lo explican de otro modo. En cinco años seguro habrá muchas más carreras universitarias para escoger. Y quizás un niño no necesite ir nunca al instituto o a la universidad porque monta su propio negocio; se hace músico; tenista; atleta; carpintero; albañil; pintor; informático; escultor; voluntario de una ONG; quizás vive en el monte de una forma autosuficiente (poco de lo que se aprende en la escuela le serviría para eso); político; modelo; comerciante; coach; profesor de yoga o de taichí; empresario; limpiador; diseñador; monitor de aerobic; taxista; portero; DJ; profesor (yo fui profesora de inglés durante quince años sin haber ido nunca a la universidad más que para rendir exámenes libres). La lista de profesiones que no necesitan de titulación académica podría seguir.
Otra opción podría ser The Open University: solo se necesita tener dieciséis años (en casos excepcionales, doce) y hacer un examen de ingreso para la carrera que se desee. No piden nada más. Según la carrera, los conocimientos para el examen de ingreso serán distintos, lógicamente. Cualquiera que esté interesado en estudiar una carrera podrá prepararse para ese examen. Conozco adolescentes y adultos que en seis meses o un año han podido tener los conocimientos necesarios para ingresar.
La forma en que mejor funciona el unschooling es mostrándoles a los niños el mundo tal y como es de verdad, no solo una parte de él: llevándolos con nosotros; viviendo las experiencias en primera persona y no explicadas por terceros; haciendo cosas interesantes con ellos; yendo a sitios interesantes; intentando ser nosotros personas interesantes; conociendo a personas, también, interesantes; viendo que hay muchas formas de vivir una misma vida; conociendo gente que vive, come, piensa, viste, habla, educa, enseña, cría de una forma totalmente diferente a la nuestra; aceptar que esas diferencias existen y darles la libertad para que puedan ver todo lo que a uno le puede llegar a interesar. En definitiva, se trata de permitir, de dar el espacio a los niños para ser quienes han venido a ser.
Finalmente, lo más importante no es si los niños van a una escuela convencional, alternativa o libre, si son educados en casa académicamente o autónomamente respetando sus ritmos e intereses. No hay una mejor manera. Cada niño tiene necesidades diferentes. Lo importante es que cada niño pueda conectar con quién es y desplegar su ser. ¿Y si no podemos desescolarizarlo o llevarlo a una escuela alternativa? Lo más importante para el niño es que su madre lo sienta y lo entienda. Si mamá puede sentir el malestar o la desconexión del hijo y se la nombra y empieza a validar sus emociones, el niño se sentirá tenido en cuenta, escuchado, seguro y comprendido aunque tenga que seguir yendo a la escuela. Ese niño verá que su mamá sí se interesa por él y por lo que le pasa. La única verdad es aquello que el niño manifiesta. Tenemos que sentir lo que le pasa, ponerle palabras y hacer algo al respecto.
Como dijo el profesor estadounidense John Taylor Gatto: “Los niños no aprenden obedeciendo órdenes y respondiendo a preguntas, sino que aprenden haciendo ellos las preguntas”. Las respuestas no son lo importante, a mi entender. Lo importante es hacer las preguntas. Cualquier persona es capaz de buscar y encontrar una respuesta. Pero si no somos nosotros los que hacemos la pregunta, poco nos interesará la respuesta; por consiguiente, por poco tiempo la recordaremos. Unschooling es permitir que los niños elijan, tomen, pidan lo que necesitan y quieren saber sobre cómo funciona este mundo y la gente que vive en él. Los adultos que estamos alrededor podemos acompañar amorosamente sus procesos, poniendo atención en sus intereses, pasiones, talentos y emociones. Acompañar a los niños de esta manera requiere de madurez emocional. Siempre he pensado que, una vez que hemos conectado con aquello que realmente nos apasiona, el siguiente paso es poner ese talento, nuestro don, al servicio de la humanidad.
1 Yvonne Laborda es madre, esposa, terapeuta humanista-holística, mentora y autora del libro Dar voz al niño. Ha creado el curso online de indagación personal más potente y transformador de habla hispana: Sanar la herida primaria de nuestra infancia (SHP). Ofrece también la formación profesional certificada online en Crianza Consciente y Educación Emocional (CCEE) más completa del mercado actual. También he creado el curso más revelador y revolucionario sobre cómo superar y comprender la influencia y la importancia de la relación con nuestra propia madre: La hija que fui, La madre que soy. Imparte conferencias, charlas y talleres súper inspiradores, motivacionales y muy transformadores sobre crianza consciente, educación emocional, aprendizaje no dirigido, sanación del niño interior, comunicación emocional, empática y conectiva, gestión de las emociones y crecimiento personal en general. Su trabajo se centra en qué nos imposibilita llegar a ser quienes realmente vinimos a ser para poder convertirnos en el padre o madre que nuestros hijos necesitan que seamos.
Con fe
todavía sabemos besarnos las mejillas
aún se nos enchina la piel
todavía temblamos como la primera vez
aún tenemos fe
en
la niñez,
los encuentros,
las historias,
las comunidades,
el arte,
la poesía
todavía sabemos besarnos las mejillas

¿Dos años de vacaciones? Un relato autobiográfico sobre la experiencia de educación casera
por Emma Miranda 1
Un día, mi marido y yo tomamos la decisión de desescolarizar a nuestros hijos. Este relato podría comenzar así, abruptamente, dando la impresión de que todo partió de aquella conversación en la que nos preguntábamos por alternativas educativas.
Otro día, dos años después, ambos niños preparaban sus mochilas y cuadernos para ir a clases con sus compañeros de curso en un colegio tradicional. Este relato podría terminar así, con mis hijos re-escolarizados en el sistema, pero las cosas rara vez comienzan por el principio, o quedan completamente cerradas al terminar. Es más complejo que aquello y, tal vez, mucho más sencillo.
No voy a contarles la historia de desescolarización de mis niños. Si algo he aprendido, es que esa es su historia que contar; es parte de sus vidas y de su intimidad. No. Lo que quiero narrar es mi historia como académica del área de educación y madre de dos hijos a quienes eduqué desescolarizándolos por un tiempo. La historia como la reflexiono hoy, con sus matices, bellezas y contradicciones. La pregunta a la que quiero responder es: ¿cómo y por qué una profesora toma la decisión de sacar a sus niños del colegio y, luego de un tiempo, decide volver a escolarizarlos? Para ello, quiero escribir este texto al modo de un puzzle conformado por recuerdos, reflexiones y trozos de cartas y textos escritos en aquella época. Espero que estos trocitos zurcidos aquí tomen la forma de lo que fueron nuestros dos años sin escuela.
Mi experiencia como madre que educa de modo casero
La decisión de desescolarizar a los niños se fue fraguando de modo lento. No es algo que hayamos decidido de un día para otro. Teníamos muchas dudas y harta incertidumbre, pues era un camino desconocido. Cuando una recorre la trayectoria de la escolarización, puede imaginar diferentes escenarios, formas de transitar lo escolar que ya han sido recorridas por otras personas, de algún modo –como padres–podemos imaginar lo que consideraríamos un fracaso o un éxito. En cambio, con la educación casera, no. El camino es ignoto y eso asusta, pero si algo sabemos los chilenos, tan golpeados por desastres de todo tipo, es que el control es tan solo una ilusión.
En nuestro caso, nos planteamos una meta de un año. Sentíamos que no podíamos sino intentarlo. Precisamente porque nos pusimos un plazo para evaluarlo es que mantuvimos siempre la certificación de los estudios de nuestros hijos al día. Así, si algo salía mal, podríamos volver al sistema escolar. Esto puede ser considerado algo poco audaz, un tirarse a la piscina con salvavidas, pero la verdad es que, si bien teníamos mucho entusiasmo, también sentíamos fuertemente el peso de equivocarnos. No en vano, en esta cultura cada vez menos comunitaria y más individualista, el peso de la crianza descansa casi exclusivamente en los padres o en las madres.
La sensación de esos días era de vértigo, un poco de susto, mucho entusiasmo, ideas bullendo todo el día. Constantemente me preguntan qué nos llevó a decidirnos. Podría decir que el desastroso año escolar de uno de nuestros hijos catalizó la decisión pero, en realidad, esto se fraguó a fuego lento. Como antecedentes lejanos, pienso en las lecturas del pedagogo y escritor estadounidense Alcott y de León Tolstói, que de niña moldearon mis primeras ideas de lo que entendía por educar. Hoy, ellos son “abuelos” del movimiento de renovación pedagógica de la escuela nueva. También nuestra propia biografía escolar y universitaria marcada por el autoritarismo de la dictadura y un anhelo de pedagogías más liberadoras. Más cercana fue la experiencia con nuestros propios hijos: por un lado, el exceso de adaptación al rol de estudiante por parte de I; por otro, una mirada patologizadora respecto de JC por parte del orden escolar.
La decisión la tomamos nosotros como padres, no los niños. Les contamos a ellos nuestra opción poco antes de finalizar su último año escolar. Queríamos darles tiempo para despedirse en el colegio. Para ellos no fue fácil, pero pronto fueron asumiendo lo que se vendría. Lo primero que debieron enfrentar fueron las críticas de quienes los rodeaban. En esos días, mi hija escribió una entrada en el blog que manteníamos. Lo leo hoy y me admiro. Creo que para este relato es mejor darle la voz a mi hija, en aquel entonces, de 13 años:
La voz de I2
Desde que mis amigos y profesores saben lo de homeschool han estado partiendo desde la base de que yo NO quiero hacer esto. A lo que yo les respondo “a mí me da igual, ya está hecho” y “es algo nuevo, si no funciona volveré al colegio”. Una profesora me cuestiona diciéndome, escandalizada, cosas que, según yo, no tienen sentido: “¡Cómo se te ocurre decir que te da igual. Es tu educación y si tu quieres te quedas en el colegio o te vas de este, es algo que tus papás no pueden decidir! Mi hija está en un colegio el cual me gusta, pero ella se quiso cambiar a un colegio el cual no me gusta, en la postulación ella quedó entre los diez primeros lugares y como yo sé que quiere irse a ese colegio no puedo rehusar de esta decisión y la cambiaré”. Yo no sé si ella no entendió lo que yo quería decir, que sería bueno experimentar otra forma de educación, y creyó que a mí no me interesaba. Ella no me intentó escuchar, solo opinó sin saber más de lo que dije.
Mis amigos me dicen cosas como: “I, que tienes mala suerte, no puedes aprender en la casa jajaja”. O “¿Y cómo vas a aprender?” Y la de siempre, que pueden decírmela de varias formas:
–“¿Pero ¿cómo tendrás amigos?”
– “No vas a tener amigos”
–“¿Cómo vas a conocer gente nueva?”
Esas son algunas de las preguntas y afirmaciones típicas de la gente. A la gente le impacta ver que alguien haga algo tan “raro”, como el homeschool, porque no se pueden abrir a nuevas experiencias.
A mí me gustaría hacer homeschool con más familias, porque así sería una mejor experiencia, todas las familias dicen “Vamos a ver cómo te va y hacemos lo mismo” a lo que yo pienso “¿Cómo voy a comparar una experiencia de homeschool en la cual estudie yo y mi hermano a otra en la que este más gente?”.
Este texto da voz a las aprehensiones de la gente, pero también a las de ella. Por un lado, afirma la posibilidad de experimentar, pero por otro, le gustaría hacerlo con más personas, haciéndose así eco de las dudas que todos teníamos. Si algo me maravilla de este texto es la confianza que nuestra hija depositó en nosotros, haciéndose parte de esta aventura.
Ese fue un tiempo de harta reflexión en conjunto con los niños. En especial, conversamos sobre lo que significa educarse, las diferentes perspectivas al respecto; sobre la necesidad de experimentar e intentar ser fiel a lo que uno cree; sobre la posibilidad de equivocarse intentando caminos nuevos. Durante todo el tiempo que desescolarizamos, y aún hoy, esta reflexión se ha mantenido; creo que la pregunta sobre por qué y para qué educar es un tema recurrente.
La voz de los amigos
Obviamente, nuestros amigos y parientes opinaron bastante. En tiempos de una parentalidad hipervigilada, una opción de este tipo no deja de ser polémica. Creo que algo que todos los padres y madres que decidimos educar de modo casero debemos enfrentar es la crítica. Eso trae consigo un peligro y una oportunidad. El peligro es que, en el afán por afirmar la propia opción, se caiga en un fanatismo reduccionista, que finalmente es más autodefensa complaciente que reflexión seria sobre el proceso de educación de los hijos. La oportunidad, que es muy bonita, es de reflexionar críticamente y conscientemente respecto de lo que estás haciendo.
En esa época mantuve correspondencia con varias personas. Creo que sería interesante copiar algunos diálogos para ilustrar los comentarios que recibimos.
Ante algún comentario en Facebook, un amigo profesor comenta:
“Es mejor estar en casa contentos; sí, contentos, excluyéndose de conocer a otros distintos a él, quedándose con el capital cultural de sus padres, sin abrirse a otros. Teniendo a su mamita o papito que lo atienda (y consienta) durante todo el día. Considerando que su manera de hacer las cosas es LA manera de hacer las cosas. Aprendiendo a convivir con situaciones de conflicto, a poder participar de algo aunque no esté de acuerdo. En fin, aprendiendo a ser un Sujeto, sí de esos con mayúscula que les gusta tanto en el campo de la educación”.
Otro, también profesor, responde:
“En función del comentario anterior, déjame comentarte que me parece que hay muchas formas posibles de llegar a Roma, y tantas Romas posibles como viajeros. No sé si una escuela es el único lugar donde conocer a otros distintos, cuando en ocasiones la escuela no es un espacio diverso, ni socioeconómica, ni ideológica, ni religiosa, ni culturalmente. Me parece que un grupo scout, un taller de arte o un club deportivo pueden ser espacios de socialización secundaria inmensamente más diversos que un colegio chileno tan segmentado como son las instituciones educativas en nuestro país. Creo que pasar tiempo con los padres no es para nada sinónimo de un estilo de crianza laissez faire y ‘consentidor’, como sugiere tu amigo con algo de ironía en el post anterior, dejando de lado además la labor que pueden cumplir los tutores y las actividades fuera del hogar. Por otra parte, cuánto del capital cultural de los profes es transmitido también en la escuela, junto con los vicios del sistema escolar, los estilos de afrontamiento de conflicto autoritarios, etcétera. Ante una educación a ratos tan bancaria, tan domesticadora, la verdad es que la escuela no parece ser prenda de garantía de la diversidad y del empoderamiento del aprendiz como sujeto activo en la construcción de su destino, eligiendo dónde poner sus propias mayúsculas y minúsculas en base a lo que también son sus orígenes y raíces como un ser histórico. De igual forma, el homeschool (que a la chilena me suena a ‘escuelita casera’) es un tremendo desafío, titánico, por decirlo de algún modo, tanto para los padres como para los tutores involucrados pero, sin duda, una opción legítima y corajuda que ha de ser muy probablemente apuntada con frecuencia con el dedo índice por los fariseos de turno, que para estos casos hacen nata. Por último, déjame decirte que el niño del video me pareció adorable y luminoso”.
Creo que ambos comentarios resumen las reacciones de quienes nos rodeaban en aquel entonces. El temor a reducirles el mundo a los niños es el que aparece como más común. Creo que también nosotros teníamos ese miedo. Nuestro proyecto pasaba por “abrirles” el mundo. No educarlos “en la casa”, cambiando el encierro escolar por el encierro del hogar. Deseábamos educarles en la ciudad, contactándonos con más personas de diferentes sectores, y no en el segregado mundo de los endogámicos barrios chilenos. Esto era importante para nosotros, pues no queríamos caer en la trampa de la subjetividad psicologisista, esa que es íntima, individualista y que se preocupa solo por el propio desarrollo, como si nuestros hijos fueran el centro del mundo. Para nosotros, su bienestar emocional es también tan importante como su desarrollo social, comunitario y político en la polis.
La “socialización”
Recobrar la calle para nuestros hijos fue un modo de responder a la insistente pregunta por la “socialización3”. Las personas preguntan, de un modo coloquial, por la manera en que los niños establecerán amistades y aprenderán a comportarse en sociedad. Personalmente, la socialización, entendida así, era lo que menos me preocupaba. Socializarse es aprender a vivir en sociedad, con otros. No se reduce a aprender unos cuantos modales, ni a saber “cómo ganar amigos e influir sobre las personas”. La escuela es un modo de socializarse, pero no el único. Parte de este proceso implica la adquisición de pautas y estructuras sociales a través de las cuales las personas aprendemos códigos de pertenencia a la sociedad, y que reproducen y producen formas en que se expresan el género, la clase, la raza. Así, la sociedad reproduce estas estructuras –con toda la opresión y emancipación que conllevan– y cada generación a la vez produce nuevas formas de expresarlas. La escuela, la familia y otras instituciones no están ajenas a estos procesos de reproducción y producción. Por ejemplo, en la escuela chilena –que está altamente segregada por clase social”– podemos ver formas de reproducción de la desigualdad y cómo los niños se socializan integrando esos códigos en sus vidas. Sin embargo, la escuela chilena es solo parte de una sociedad profundamente desigual. Al educar sin escuela, no nos íbamos a liberar de ese elemento. Por el contrario –y esto lo reflexionamos después– somos una pareja de profesionales, altamente escolarizados, con un círculos de amigos académicos, con una situación económica, gustos, formas de pensar y vivir relativamente similares. Entones, creo que el desafío de la “socialización” pasa no tanto por la pregunta acerca de las relaciones con otros niños, sino por la pregunta ética y social, por la apertura al otro; esos otros con quehaceres, sentires y pensares distintos de aquellos que como familia se les pueden mostrar. Para nosotros, la pregunta era cómo aminorar el efecto reproductor de esta opción y “socializarles” de modo tal de hacerles receptivos y abiertos a otras realidades. Es una pregunta política, que apunta a pensar cómo formarles como ciudadanos abiertos y comprometidos con la polis, es decir, desarrollar su juicio ético, político y social para interpretar y relacionarse con el entorno.
Sin embargo, antes de comenzar, tuvimos en la región uno de los terremotos más grandes de la historia4. Nuestra ciudad quedó en ruinas y muchas casas de adobe quedaron a medio demoler. Todo ese año hubo réplicas5, lo que hacía difícil transitar por las calles, pues se podía caer un muro, y era peligroso que los niños se movilizaran autónomamente por la ciudad. Obviamente, los recursos públicos se concentraron en la reconstrucción, por lo que casi no había talleres ni actividades artísticas o deportivas organizadas por el municipio. Nuestro proyecto tambaleaba antes de comenzar; sin embargo, persistimos, aún con temor a equivocarnos. Era importante para nosotros que los niños recobraran la dimensión pública de la ciudad, pero se nos hacía más duro. Algunos meses después de comenzar la experiencia de educar sin escuela, escribí:
“Lo he visto mucho. Tanto en propuestas escolares como en proyectos de familia. La idea de sacar al niño o la niña de la calle, siendo este último sinónimo de contaminación social, de vicios y malas costumbres, de peligros físicos y morales. En fin, un discurso según el cual los niños han de evitar los espacios públicos, pues son una amenaza para su desarrollo. Creo que, al menos en Chile, este temor a la calle oculta la aporofobia6, la desconfianza respecto del otro y el desconocimiento de lo público como espacio de desarrollo vital para las personas. Es otra forma de normalización del orden social, de encierro, en la casa, en la escuela, en espacios ‘para niños’, otros ‘para jóvenes’, distintos del espacio ‘adulto’. Espacios de control social sobre los cuerpos de los niños, ortopedia que expresa el temor a lo diferente, al niño como actor social y sujeto de sí. Tanto la escuela como el hogar pueden encarnar estas formas de anti-calle, de espalda a la ciudadanía, de desencuentro con la polis. Para nosotros, educar de modo casero ha implicado romper esta lógica, abrirles la puerta de la calle al mundo, dejarles explorar y salir, tomar el bus, recorrer el centro, visitar amigos de diversos barrios. En suma, recobrar la calle para nuestros hijos”.
De recreos, salas de clases y desescolarización
En la palabra homeschool, o escuela en casa, sigue estando la idea de una escuela necesaria para educar. Creo que, por mucho que pensáramos alejarnos de la estructura escolar, nosotros reprodujimos muchos de sus elementos: habilitamos una sala en nuestra casa, era más un cómodo escritorio que un salón de clases, pero contenía elementos clásicos de la escuela, como pizarra, diario mural y rincones; usamos parte del dinero que ahorramos en escolaridad, uniformes y clases particulares, para contratar una profesora por medio tiempo. No éramos los únicos que pensábamos escolarmente la educación sin escuela: Mientras nos preparábamos para iniciar esta aventura de educar en la casa, mis hijos estaban muy preocupados sobre qué ocurriría a la hora del recreo. ¿Tendrían recreo? Esa era una pregunta recurrente. ¿Podrían ver televisión o jugar Wii durante el recreo? ¿Con quién conversarían en el recreo? No importaba que yo les contestase con un vago “ya veremos”. Ellos demandaban respuestas concretas para una pregunta muy específica. Entiendo que, para muchos niños, el recreo es la parte más agradable de su horario escolar; probablemente, para ellos, imaginar una “escuela en casa” era más literal que lo que yo y su padre pensábamos. Un registro de ese tiempo describe la situación:
“Partimos con este sistema hace hoy diez días hábiles, el lunes 22 de marzo. Ya el primer viernes mis niños pasaron de largo y cuando llegué, a la hora de almuerzo, me miraron con cara de ‘¿se acabó la mañana?’ Se les hizo cortísimo y ya no se toman su otrora demandado recreo, en parte porque están muy motivados, en parte porque se van dando cuenta de que esto es diferente a la escuela y, finalmente, porque van tomando conciencia de que avanzan a su ritmo y de que hay días más productivos que otros”.
El primer mes, los niños insistieron en armar un horario, que luego se fue flexibilizando. Otro problema de las primeras semanas, eran los tiempos libres. Como había una reproducción de la estructura escolar, los niños aprovechaban cualquier momento no supervisado para ver televisión o jugar al computador. Recuerdo haber pensado, con horror, que mi hijo menor se la pasaría tendido en su cama jugando juegos electrónicos.
Por mi parte (yo me creía más abierta), planificaba proyectos fanáticamente, intentando optimizar tiempos de aprendizaje con frenesí. De algún modo, teníamos metidos los tiempos, las lógicas y las formas de la escuela hegemónica. No educábamos sin escuela, sino con una escuela algo más relajada y entretenida.
Poco a poco, todos nos fuimos desescolarizando, pero fue un proceso lento que implicaba confiar en lo que estábamos haciendo, sacarnos el molde escolar de la cabeza y, en el caso de los niños, pasar de ser alumnos a ser aprendices.
Así, también fuimos problematizando algunos mandatos propios de las subjetividades neoliberales, como ese que dice que todos debemos ser empresarios de nosotros mismos, autogestionar la vida, criar niños y niñas autónomas, flexibles, en perpetua capacidad de aprender. Esto es, en apariencia, algo muy antisistema, pues se opone a muchos discursos y prácticas de la escuela tradicional, pero, en realidad, le hace el juego al modelo económico al resignificar la flexibilidad, la creatividad y la autonomía de un modo individualista, reduciendo al niño solo a su explicación psicológica o intimista, olvidando la raíz transformadora que estas palabras tuvieron en las pedagogías mal llamadas “alternativas”.
La súper mamá
En los relatos sobre educación en casa que una puede leer por ahí, siempre hay una súper madre: mujer moderna y tradicional a la vez, que trabaja en su casa pero que gestiona la vida del hogar con una eficiencia increíble. Se ríen de sí mismas porque no son perfectas pero, en el fondo, se acercan mucho a un cierto ideal de feminidad, maternidad y vida hogareña.
En mi caso, la cosa es bien diferente, pues opté por desarrollar mi vida profesional y articularla con mi vida personal. Me gusta mi profesión, me gusta trabajar fuera de mi casa y es parte de mi proyecto vital. En pleno siglo XXI las mujeres no deberíamos tener que justificar nuestras opciones al respecto; sin embargo, el neo-machismo, más sutil y menos, sigue presente y, muchas veces, las mujeres debemos justificar nuestras opciones, ya sea cuando ocupamos el espacio público o el doméstico. Veo con preocupación cómo algunos discursos alternativos traen en sí el germen reproductor de estereotipos de género asociados a la maternidad. De alguna manera, es vino viejo en odres nuevos.
Para mí, esto supuso una dificultad pues intenté hacerlo “todo bien”: ser una madre excelente que debía validar con sus actos una decisión polémica mientras seguía siendo una buena profesional. En el proceso, acaparé responsabilidades olvidando que este era un proyecto de crianza en conjunto con mi esposo, en el cual las responsabilidades son compartidas. Hasta que escribí:
“Me embargó la sensación de desorden, de fracaso, de soledad. Me sentí remando sola, lo que no es muy justo en realidad, y me vi colapsada por las miles de pequeñas cosas que había que organizar, las cuales me sentía incapaz de enfrentar. Tuve que pedir ayuda. Algo tan simple, ¿no? Decir: ‘no puedo sola’. Tontamente esperé hasta reventar. Cuando se tiene a alguien al lado que te ama no hay para qué llegar a ese punto. El Negro tomó riendas en el asunto y comenzó a organizar aquellas cosas que a mí se me estaban haciendo una montaña inescalable. Saber que a partir de la próxima semana las cosas están más organizadas me tranquiliza. Cuesta educar en la casa cuando padre y madre trabajan fuera del hogar, pero creo que no es imposible. Rara vez escribo de mis emociones en este blog, pero creo importante constatar las frustraciones. No todo es maravilloso cuando uno desescolariza. La literatura suele mostrar verdaderas familias Ingalls (a lo casita en la pradera) y cuando una se encuentra con su vulgar normalidad familiar puede sentir que no lo hace como debería. En mi caso, después de ser acogida en mi rabieta por el Negro, me calmé. Me des-victimicé (no hay nada peor que la autocompasión) y pude mirar las cosas con perspectiva. Pude descansar en mi marido y se lo agradezco. Hube de recordar dos cosas: es mejor decir las cosas directamente y no esperar que los demás las perciban por osmosis; querer ser la “súper mujer” es tan solo una fantasía manipuladora y agresiva hacia el resto de la familia. Es mejor construirse desde la experiencia de límite”.
De proyectos desescolarizadores
En ese periodo de educación casera, conocí a varias mujeres que educaban a sus hijos sin escuela. Digo mujeres, pues eran ellas quienes, principalmente, registraban su experiencia en blogs. Ellas me acompañaron mucho, conversamos virtual y presencialmente de los respectivos proyectos, discutimos nuestras miradas sobre la crianza, nos pasamos datos y nos acogimos en momentos de crisis. Ese fue un regalo inesperado de sororidad gratuita y acogedora.
Aprendí en ese tiempo que educar en la casa es un significante vacío, es decir, se construye en relación a un no querer escolarizar, a ser alternativo a la escuela. Sin embargo, al querer dilucidar mejor qué es educar en la casa, una se encuentra con muchas respuestas que, en el fondo, son muy diferentes entre sí. Los motivos para desescolarizar dependerán del sentido que cada familia le da a la experiencia. Conocí padres y madres cuyos hijos han sido severamente heridos por la escuela, otras personas con perspectivas new age, otros de corte más anarquista, y hasta personas cuya mirada política y social es más conservadora. Obviamente, las respuestas al por qué, para qué y cómo educar estarán marcadas por estas visiones. No es un tema tan solo de las metodologías que se usen para que los niños aprendan, sino que se desprende de la manera en que cada uno entiende qué es educar.
Cotidianidad
En la cotidianidad, escogimos educar mediante proyectos. Al principio eran muy planificados. Por ejemplo, se cumplía en esos días el aniversario de Darwin y estuvimos un mes trabajando sobre el viaje que realizó en el Beagle. Los niños averiguaron quién era este científico, realizaron una enorme maqueta con el mapa del viaje, conocieron la teoría de la evolución, conversaron con un amigo teólogo sobre la perspectiva histórica y actual de la iglesia sobre el tema, conversaron con amigos biólogos sobre la importancia de su legado, vieron videos, leyeron libros sobre el tema, escribieron textos que sintetizaban lo aprendido. Todo muy dirigido por nosotros y C, una joven profesora que los guiaba en las mañanas. Poco a poco, ellos armaron sus proyectos y nosotras les mostrábamos posibilidades a explorar. Recuerdo que decidieron ver una película a la semana; les pedimos que, a cambio, hicieran una reseña crítica de lo visto. No sé por qué, escogieron una película sobre la guerra civil española y les fascinó el tema. Conversaron con su abuela y una amiga de esta, cuya familia se refugió en Chile y viajó en el barco francés Winnipeg. Esta señora estuvo separada de su familia por años, pues a ella y a sus hermanas la enviaron a otro país, pensando que la guerra sería corta. En eso, se declaró la segunda guerra mundial y era muy riesgoso que las niñas viajaran a reunirse con sus padres. Ella les contó cómo, cuando el papá llegó a Chile, el funcionario de la aduana lo recibió recitándole unos versos de su hermano, un famoso poeta fusilado en la guerra civil. Esta narración autobiográfica llevó a mis hijos a preocuparse por el problema de los refugiados, por saber del Winnipeg y su relación con Pablo Neruda, por entender la segunda guerra mundial y también por conocer la obra del poeta fusilado. Durante meses escogieron películas sobre este tema.
Otro proyecto fue sobre la historia del rock, y los niños aprendieron muchísimo sobre historia del arte contemporáneo.
Estoy relatando los proyectos que resultaron bien, pero hubo muchos que no llegaron a buen puerto o que fueron cortitos porque el tema no les interesó mayormente. Me interesa subrayar que, tras unos meses de aprendizaje, lo que nos acomodó como familia fue ir acompañándoles en sus proyectos y ampliándoles los horizontes.
Un tema sobre el que no se habla mucho es el costo financiero de esta experiencia de educación en casa. En nuestro caso, reinvertimos lo que gastábamos en una escuela particular subvencionada, profesores particulares, especialistas del espectro psi y la dosis mensual de Ritalin, la medicación para el déficit de atención (monto no menor). El primer año contratamos a una joven profesora por cuatro horas diarias; el resto del dinero lo aprovechamos en aumentar las visitas a museos, conciertos y obras de teatro. El segundo año no seguimos trabajando con la profesora guía, pues quisimos un modelo más libre, y aumentamos la cantidad de talleres. Nuestro hijo asistía dos veces a la semana a trabajar en matemáticas con una profesora normalista jubilada. A él las matemáticas le fascinan de un modo que me es difícil de comprender, y lo que podíamos ofrecerle era muy insuficiente. Con esta profesora, él se zambullía en su tema favorito para explorarlo hasta el cansancio. Nos “hacía ruido” que la profesora tenía una perspectiva metodológica más bien tradicionalista, pero nos dimos cuenta de que entre mi hijo y ella había un vínculo especial que se construía más allá de la pirotécnica metodológica. Ella le enseñó a mi hijo a pensar matemáticamente y, a la vez, discutieron muchos temas, incluso sobre perspectivas que no eran las nuestras, pues había una distancia generacional importante. Eso fue fantástico y muy formador para nuestro hijo, quien no fue “convencido” por esta educadora; por el contrario, se fortaleció en la escucha activa, en el diálogo crítico y cariñoso, en el darse cuenta de que hay más de una mirada sobre el mundo.
El fin de la experiencia
Y entonces, ¿por qué volvimos a la escuela? Confluyeron muchos factores que nos llevaron a cambiar de rumbo. Al finalizar el primer año, mi marido y yo cambiamos de empleos. Mi contrato, precario como el de tantas personas, se terminó sin mayor aviso. Al modo de las empresas chilenas, nadie me dio ninguna explicación formal; sin embargo, dado que vivimos en una ciudad chica, supe que la vicerrectora académica comentó que no era posible que alguien que se dedicara a la educación no enviara a sus hijos a la escuela. Con los años, me he convencido de que eso fue más una excusa que el real motivo de lo sucedido, pero no deja de ser llamativo que a las mujeres profesionales se nos evalúe por nuestras opciones privadas. ¡El eterno machismo nuestro de cada día!
Pues bien, ahí estábamos los dos enfrentando trabajos nuevos, lo que supuso un desajuste en nuestra siempre precaria rutina. En paralelo, nuestra hija alcanzó la edad que corresponde a la enseñanza media chilena. Ella se preocupó mucho respecto del modo en que podría aprender sus odiadas ciencias y matemáticas, las cuales son evaluadas cuatro años después para entrar a la universidad. Tras conversarlo mucho, y cumpliendo nuestra promesa de “un año de prueba”, ella misma decidió volver a la escuela. Personalmente, no estaba contenta, pero apoyé su decisión. Eso implicó que nuestro hijo quedara solo en este proceso, por lo que luego de pensarlo mucho, él también optó por volver. Un año después escribí:
“Respecto de la educación casera, este año terminó el proyecto con la re-escolarización de mi hijo. A regañadientes y echando más de una palabra non sancta, hube de admitir que el menor de mis críos volviera a la escuela. Y, ¿saben qué? No le pasó nada malo. Se adaptó bien. Tiene hartos amigos, sigue entrenando intensamente, sigue practicando música, sigue filosofando. Mira críticamente su proceso escolarizador. Mi otra enana va bien: grande, rica, crítica, autónoma. Tras un período de frustración por este tema, hube de canalizar mis bríos por otros surcos. Leyendo, pensando, formando a mis estudiantes en la universidad, levantando proyectos y líneas de invesigación que problematicen la escolarización hegemónica. Ahora que mi hijo volvió a la escuela, han pasado varias cosas en este sentido: la primera es que tiene excelentes calificaciones, lo cual no es una sorpresa y me importa un rábano. Siempre me ha preocupado que aprenda más que el juicio de otros sobre sus aprendizajes y, ¿qué son las calificaciones más que el juicio de un tercero sobre el aprendiz? La segunda es que se adaptó sin problemas y tiene cuatro muy buenos amigos en su curso. Tiene los conflictos propios de la escolarización, pero los resuelve en buen pie. Todo ello es porque en los dos años que estuvo afuera aprendió a conocer su potencial y creer en sí mismo”.
Constantemente me preguntan si aconsejo educar en la casa. Siempre me niego a hacerlo. Para nosotros fue un tiempo hermoso, no exento de dificultades. Lo atesoro como una linda época en nuestra historia familiar, pero es parte de una trayectoria mayor, incierta, que se construye a tientas y a la cual, al mirar atrás, se le atribuye un sentido, una coherencia que en el minuto no tiene. Sería irresponsable de mi parte recomendar o no recomendar la desescolarización. Todo lo que se puede hacer es compartir la experiencia, muy particular, muy situada en nuestra historia, para que otros tomen de ello lo que crean les puede ser útil. Espero que este relato sencillo, nada épico, aporte alguna idea interesante para que otros hagan su propio camino.
1 Emma Miranda es profesora y trabaja en educación superior.
2 Mantengo su redacción, gramática, puntuación y ortografía.
3 Mantengo la palabra entre comillas pues estoy haciéndome parte de su uso coloquial, dejando de lado su sentido sociológico estricto.
4 El 27 de febrero de 2010, la ciudad de Talca vivió un terremoto de 8.8 en la escalar Richter. En ese entonces se consideró el quinto terremoto más grande de la historia desde que se tienen registros.
5 Temblores muy fuertes que, en otros países menos acostumbrados al constante tambalear de la Tierra, se considerarían terremotos.
6 Miedo al pobre.
Fundamentos teóricos de la desescolarización
por Itzel Farías Malagón 1
El texto que comparto a continuación es parte de mi tesis para obtener el grado de Maestra en Investigación y Desarrollo de la Educación otorgado por la Universidad Iberoamericana de México. La tesis se titula “Desescolarización: mirada interna al camino de familias que aprenden sin escuela”. Este artículo es una fusión que rescata los puntos más importantes del marco teórico de mi investigación, específicamente de los capítulos “Pautas para comprender la desescolarización” y “Desescolarización: una alternativa a la educación”. Mi intención es que este panorama contribuya a dimensionar el recorrido histórico, teórico y académico que ha tenido la desescolarización desde los años sesenta, que sirva tanto de sustento como para aclarar dudas y, por qué no, para generar preguntas que deriven en nuevas investigaciones.
La desescolarización es parte de un proceso histórico que surgió a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo XX en torno a las movilizaciones estudiantiles de 1968. Aquel era un contexto de cambio parecido al nuestro, desde el cual emergió una crítica radical a la escuela que en ese momento fue bien recibida. Las instituciones educativas estaban siendo severamente cuestionadas por la sociedad. De este cúmulo de disertaciones emerge la desescolarización, cuyos planteamientos tuvieron, y continúan teniendo, repercusión en el ámbito del proceso de enseñanza y de aprendizaje.
En aquel momento comienzan a escribirse diversos libros que tienen como objetivo cuestionar el entramado educativo institucional desde diferentes perspectivas, pero con un horizonte común: discutir la pertinencia del sistema educativo hegemónico basado en la institución escuela y plantear alternativas que den respuesta a las diversas necesidades, estilos de vida y posturas acerca de cómo, cuándo y dónde aprender.
Los personajes representativos de esta corriente crítica a la escolarización son los considerados teóricos de la desescolarización: Paul Goodman, John Holt, Iván Illich y Everett Reimer. Este artículo retoma únicamente las aportaciones de Illich y Holt, ya que sus ideas se mantienen vigentes y forman parte de la inspiración de aquellas personas que, desde el cotidiano, buscan diversas vías para la construcción de otros aprendizajes posibles.
La desescolarización como concepto
En la actualidad, el término desescolarización es usado de manera indiscriminada para referirse a aquellos niños, niñas y jóvenes que optan por aprender sin escuela. Sin embargo, el concepto va mucho más allá de esta simple definición y no debería usarse como sinónimo ante otras formas de aprendizaje como el homeschooling, unschooling, worldschooling o flexischooling. A lo largo de este escrito profundizaré en su recorrido histórico para sustentar el porqué de esta afirmación.
El origen de la desescolarización como concepto se remonta al año 1971, cuando Iván Illich2 escribe uno de sus libros más representativos titulado La sociedad desescolarizada, cuya tesis central radica en la imposibilidad de brindar una educación universal por medio de la escolarización y la necesaria apertura de tramas de aprendizaje3 que aumenten la oportunidad de que cada quien transforme cada momento de su vida en un momento de aprender, de compartir y de interesarse.
A lo largo de su vida, Illich abordó una crítica a la escuela por considerar que el sistema escolar está al servicio de los intereses y valores capitalistas; sin embargo, con el tiempo fue ampliando su perspectiva y aportando otros elementos de análisis que debemos considerar. Por ejemplo, puso énfasis en la necesidad de desescolarizar la cultura y no solo en salir de las escuelas. Con esto se refería a la pertinencia de crear nuevas relaciones entre los seres humanos y el ambiente con el fin de desmantelar estructuras de pensamiento que se pueden replicar a pesar de no estar participando activamente en las escuelas. Advertía que muchos espacios que pretenden promover el aprendizaje libre o la educación alternativa (incluso las familias que educan en casa) pueden reproducir y perpetuar un pensamiento escolarizado por medio de promover certificaciones, evaluaciones, horarios determinados y contenidos de aprendizaje impuestos.
Conforme avanzó en su análisis, el llamado de Illich fue más fuerte e insistió en la pertinencia de alternativas que no replicaran una enseñanza basada en criterios establecidos de forma jerárquica, sino en espacios libres de toda estructura previa que permitieran que cada quien pudiera determinar qué, cómo y cuándo aprender. También insistió en quitarle el monopolio del conocimiento a la escuela, transformando los espacios y las situaciones cotidianas en oportunidades de aprendizaje.
Las últimas aportaciones de Illich, nutridas por las investigaciones y encuentros que se dieron dentro del CIDOC4, se centraron en un hecho fundamental para la desescolarización: la negación de que el ser humano necesita ser educado. Este pensador distingue entre escolarización y aprendizaje y considera que, para aprender en libertad, debemos desescolarizar nuestras vidas y no solo escapar de los efectos corrosivos de la escolarización obligatoria, por lo que hace una invitación a desarrollar el hábito de cuestionar los discursos que hablan sobre los jóvenes y sus necesidades educativas, necesidades de aprendizaje o de la necesidad de prepararlos para la vida.
Para tener una mejor comprensión de este posicionamiento radical es pertinente recurrir a un término que Illich propuso: contraproductividad paradójica, mediante el cual hace una crítica a las instituciones modernas. En palabras de Jean Robert5 y Valentina Borremans6 este concepto quiere hacer explícito que, más allá de ciertos umbrales, las instituciones productoras de servicios, como las escuelas, el sistema de transporte y los hospitales, alejan a sus clientes de los fines para los que fueron concebidas. Así, la escuela obstaculiza el aprendizaje, los automóviles paralizan y los hospitales enferman. Esto significa que, ahora más que nunca, una serie de instituciones están llevando a cabo lo contrario para lo que fueron hechas y es momento de cuestionar los supuestos beneficios que otorgan las instituciones educativas, políticas, laborales, económicas, de alimentación, de salud, entre otras, ya que difícilmente recibimos de ellas aprendizaje significativo, democracia, distribución justa de la riqueza, trabajo digno, comida libre de agrotóxicos o sanación duradera. Esto se debe a que las instituciones, en su intento de conducir a la protección social, promueven hábitos de dependencia, enajenación y consumo de servicios, a la vez que impiden todo tipo de cambio social y provocan daños cada vez mayores en el planeta Tierra.
Para algunos, Illich ha sido considerado un pensador con pocas posibilidades de trasladar su producción teórica a lo concreto. Sin embargo, otros afirman que se adelantó a su tiempo y que en este momento histórico, por nuestro contexto tecnológico, se puede visualizar lo que implica aprender de manera gratuita, no jerárquica y autodirigida. Por ejemplo, por medio de la web (www: world wide web). El internet ofrece justamente la apertura de oportunidades para dar respuesta a las redes de intereses de los niños, niñas y jóvenes, claro está, si se hace uso de esta herramienta de la mejor manera posible7. Además, hoy en día, existen espacios e iniciativas que ponen en el centro de sus propuestas la posibilidad de aprender en libertad, sin currículo, maestros, calificaciones ni certificados, como es el caso de las Unitierras (Oaxaca y Huitzo Yelao, entre otras)8.
Esto da pie a la última contribución que retomaré en este artículo sobre Illich, aunque no por ello se agotan las abundantes aportaciones de este autor, y se refiere a la crítica hacia las profesiones inhabilitantes. Illich aborda el tema del problema que implica otorgar a los profesionistas (maestros, doctores, abogados, etc.) el poder y la capacidad de determinar nuestras vidas por ser considerados personas autorizadas para enseñarnos, curarnos y defendernos. En cambio, podemos transitar de la sociedad de las profesiones inhabilitantes hacia el mundo de las personas ordinarias apasionadas por hacer y aprender lo que más les gusta e interesa, de tal manera que contemos con entusiastas que se conviertan en expertos, no porque un papel los certifique, sino porque dedican su vida a aprender y experimentar en el cotidiano aquello que les motiva9.
En consonancia con esta perspectiva, John Holt10 fue otro de los teóricos que se posicionó al margen de la noción de la educación como un bien público. En sus escritos aborda la necesidad de una emancipación de la pedagogía por considerar que no es suficiente con reformar los espacios de enseñanza-aprendizaje, sino que se debe resguardar al aprendizaje de la pedagogía para buscar la libertad más allá de la educación.
Por su parte, Holt elaboró un discurso sobre la posibilidad de crear sociedades en las cuales las personas, independientemente de su edad, sexo y raza, puedan trabajar en aquello en lo que están interesadas. Esto se lograría construyendo espacios que generen un ambiente en el que todos y todas puedan pronunciar sus deseos, y niños y niñas puedan escapar de la educación impuesta y escolarizada, ayudándolos así a habitar espacios libres, dignos y seguros.
La relevancia del trabajo de Holt radica en que no solamente teorizó sobre otras formas de aprender, sino que acompañó a lo largo de su vida a familias en Estados Unidos que consideraban que la oferta educativa no era pertinente para sus hijos e hijas. En conjunto lograron incidir en las leyes de ese país para que se legalizara la posibilidad de aprender sin escuelas. Esto sucedió en el periodo en que publicó la revista Creciendo sin escuela, que se editó entre 1977 y 1985.
Holt revaloriza las capacidades natas de los seres humanos para aprender desde el nacimiento y lucha contra la certeza de que la educación, el aprendizaje planificado y con propósito, debe estar separado de la vida. Además, afirma que la educación es algo que surge de los otros con la intención de moldear y definir qué se debe aprender, cuando lo realmente importante es que cada individuo pueda ser responsable de su propio aprendizaje. En pocas palabras, Holt sostiene que su preocupación no es mejorar la educación sino eliminarla y con ello poner fin al feo y antihumano negocio de dar forma a la gente, para dejar que las propias personas se formen a sí mismas.
En conjunto, las aportaciones teóricas de Illich y Holt sobre la desescolarización contribuyen a clarificar los conceptos sobre educación y escolarización, además de que su posicionamiento ayuda a conocer las fases ocultas que están presentes en cualquier proceso educativo.
Por otro lado, ambos posicionan a la desescolarización más allá de la educación, la enseñanza y la pedagogía. Con esto, lo que se proponen es dejar de buscar acciones pedagógicas, métodos y técnicas estructuradas que permitan organizar proyectos educativos desde una lógica planificada. Por el contrario, su objetivo es ir en otra vía no hegemónica ni institucional, ya que estos espacios amenazan de manera directa el aprendizaje al encausar a niños, niñas y jóvenes a depender de información programada, eliminando la posibilidad de que sean ellos mismos quienes determinen y generen sus propios medios de aprendizaje de acuerdo a sus intereses, capacidades y contextos de vida.
Para concluir
Por lo previamente dicho, pongo sobre la mesa que desescolarizar y hacer homescholing, unschooling, worldschooling o flexischooling son posturas distintas, ya que la desescolarización va más allá de representar una forma de aprender. Desescolarizar engloba una postura política que busca autonomía para aprender, sanar, comer y habitar sin instituciones de por medio.En cambio, las otras prácticas mencionadas hacen parte de la educación alternativa, es decir, tienen un enfoque hacia lo pedagógico e implican ciertas rupturas con la creencia de que solo se puede aprender dentro de la escuela, pero continúan teniendo referencias y expectativas de modelos educativos diversos.
Con esto no deseo juzgar ni valorar qué forma de aprendizaje es mejor o más adecuada, ya que esto depende completamente del contexto de cada niño, niña y joven en lo particular, y de cada familia en lo general. Mi intención es aportar elementos teóricos que permitan reconocer las diversas propuestas y caminos de aprendizaje que podemos elegir y, por ende, construir.
Finalmente, considero que la propuesta teórica de la desescolarización sirve de base a los movimientos de jóvenes y familias que están resistiendo al monopolio escolar y por lo tanto están generando otros horizontes de aprendizaje. Además, nos invita a cuestionar la manera en la que hemos vivido hasta el momento, abriendo la posibilidad de buscar salidas nuevas y estrategias radicales para encaminar no solo otras formas de aprender, también otras formas de sanar, de comer, de experimentar nuestra espiritualidad y de habitar el territorio desde una postura que nos permita coexistir desde el respeto, la confianza, la libertad y la dignidad para todos y todas.
1 Itzel Farías Malagón es mujer madre, investigadora de procesos de desescolarización, parte de una familia desescolarizada, colaboradora de la Universidad de la Tierra en Oaxaca y Unitierra Huitzo Yelao, miembra de la Red de Aprendizajes Alternativos en Oaxaca y otras redes de aprendizajes diversos. Para contactarla: itzel.farias02@gmail.com.
2 Para mayor información sobre este teórico consultar la compilación de sus escritos en Obras Reunidas volumen 1 y 2 de la editorial Fondo de Cultura Económica.
3 El concepto de trama de aprendizaje se refiere a una relación entre el ser humano y su medio que permite fomentar el aprendizaje automotivado y generar nuevos vínculos con el mundo que van más allá de programas educativos, es decir, propiciar que cada momento y lugar sean espacios de aprendizaje para no confinar esta actividad a los salones de clase.
4 El CIDOC - Centro Intercultural de Documentación de Cuernavaca (1966-1976) fundado por Iván Illich en colaboración permanente de Valentina Borremans, fue un espacio de pensamientos, estudios políticos, económicos, culturales, religiosos, sociales y pedagógicos al que llegaban personas de todo el mundo. Era un lugar de discusiones y encuentros, sin currículo, grados, certificados ni créditos. No se imponían requisitos académicos a quienes aprendían y enseñaban. Fue considerado un hervidero del pensamiento radical. Para mayor información, consultar el texto: CIDOC. Una experiencia de aprendizaje convivencial y producción autónoma de conocimiento, de Palapa Editorial El Rebozo.
5 Jean Robert es un académico y arquitecto mexicano de origen suizo que se estableció en México desde 1972. Allí, sus encuentros con pensadores críticos como Iván Illich, John Turner y Gustavo Esteva fueron decisivos para orientar su pensamiento. Impartió diversos seminarios en el CIDOC y ha enfocado sus aportaciones en diversos temas sobre autonomía y tecnologías alternativas.
6 Valentina Borremans es una bibliotecaria belga que jugó un papel importante en la fundación del CIDOC, en el cual se desempeñó como administradora y bibliotecaria, además de participante de sus numerosos seminarios. También editó los manuscritos de Iván Illich. Hasta el día de hoy cuida la biblioteca de Illich en Ocotepec, Morelos.
7 Para mayor información, consultar en internet el siguiente artículo que abunda sobre este tema: Deschooling and the Web: Ivan Illich 30 Years On, de Ian Hart disponible en: https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/09523980110041449a
8 Para profundizar en este tema, leer el artículo Luchas por la libertad de aprender de Gustavo Esteva en este libro. N. de la E.
9 Para profundizar en este tema, recomiendo leer el texto Profesiones inhabilitantes, de Iván Illich, accesible en internet.
10 Para mayor información, consultar sus libros En vez de educación: maneras de ayudar a la gente a hacer las cosas mejor, Libertad y algo más: ¿hacia la desescolarización de la sociedad?, ¿Cómo aprenden los niños?
Nubes
veo las nubes pasar
más allá de la reja
que no siempre
veo
las nubes pasar

Una impugnación a los encierros
por Laura Isod 1
Rechacé la escuela como opción para educar a mis hijos en razón de una crítica profunda al paradigma escolarizador y en la conciencia respecto de las posibilidades que se abrían al rechazarlo. Fue consecuencia de observar a los niños en su interacción con el mundo y de valorar su modo integral e implicado de conocer, por sobre las formas fragmentadas y descontextualizadas que les presentaba la institución escolar.
Me propuse no interrumpir su natural iniciativa y respetar su poderosa autonomía en el aprendizaje. Mi propia experiencia respecto de las estructuras jerárquicas en que se desempeñan los roles de enseñantes me inclinó a prever que las palabras y acciones de dichas “figuras de autoridad” pudieran coartar (o peor, reprimir) el entusiasmo y el deseo de aprender de los niños.
Algunas características de la escuela me parecían excesivamente arbitrarias, insostenibles e incluso perjudiciales para su crecimiento: la separación y la homogeneización de grupos por edades, la clasificación y la secuenciación anticipada del conocimiento, la partición del tiempo y de la actividad, la evaluación externa y la calificación, los modelos de estímulo y los parámetros estandarizados de éxito. No quise que mis hijos pasaran por eso.
Aquello que podían crear ellos mismos, sin dichas intervenciones, era demasiado valioso para ponerlo en riesgo. Ellos dibujaban cantando; jugaban libremente con los ritmos y la voz; aprendían a leer preguntando y a escribir bailando. Su impulso de búsqueda no requería ninguna consigna ni respuesta inmediata. Sus inquietudes eran lo suficientemente respetables como para rechazar la obligación de distraerlos con pautas e intereses ajenos a sus necesidades.
Esto no suponía, de ningún modo, ponderar el hogar familiar como un contexto adecuado para la infancia, ni reducir la respuesta a las posibilidades habitualmente aceptadas en la crianza. Pronto asumí una posición frente a cierta realidad: estamos solos, en un mundo donde la mayor parte de las decisiones no las tomamos nosotros; pero el encierro no es una opción que nos agrade, así que intentaremos encontrar una salida.
Mi ruptura con las opciones institucionales comenzó, antes que por las teorías y prácticas de la enseñanza, por una cuestión que, si bien atravesaba la cotidianidad escolar, no era considerada, y mucho menos discutida, dentro de los planes pedagógicos. Se trataba de una inquietud elemental que me movilizó como madre desde el comienzo de la crianza: el problema del alimento.
Plantear la pregunta por las formas en que son producidos y consumidos nuestros alimentos y negarme a aceptar lo culturalmente normalizado en ello, me llevó a un punto de cuestionamiento radical que no admitía posibilidad de convivencia pacífica con la práctica escolar. Claramente, la escuela era un lugar donde el alimento se exponía como un bien a repartir y compartir sin perturbar, antes que como un problema central desde el cual proponer un cuestionamiento de la estructura de decisiones que nos gobierna2 .
Cabía imaginar que algo similar ocurriría con todo lo demás. ¿Quiénes tomaban las decisiones sobre aquello que sucedía en la escuela? ¿Era la escuela un lugar para aprender a decidir o a aceptar? ¿Cuántas imposiciones debíamos aceptar antes de comenzar a decidir?
Rechazar la escuela como solución para la educación de mis hijos comportó, a la vez, el derrumbe de todas las demás instituciones que se apoyaban en la ecuación que contiene al sistema escolar: la familia, el matrimonio, el empleo, el desarrollo profesional y la misma maternidad, entendida como rol parcial y recortado, acompañante de procesos externamente configurados.
Decidí no salir a trabajar y sostener, en cambio, la crianza en mi hogar, sin delegar dicha responsabilidad en ninguna institución. Esto significó deconstruir un largo camino prefijado, apoyado sobre creencias arraigadas a través de generaciones, que establecía que la libertad de la mujer estaba lejos de los hijos, y la de los hijos lejos de su hogar. Reafirmar nuestro vínculo como posibilidad de liberarnos implicó dar batalla en múltiples frentes.
Casi todos los hábitos sociales y culturales se orientan a separarnos; no está bien visto que una madre decida proteger a sus hijos de todo aquello que no desea para ellos. Mi principal enfrentamiento fue con los hábitos de consumo. La escuela era parte de dicho consumo: el consumo cultural y educativo. Había algo en común a todas las opciones a disposición: la prevalencia de la aceptación y la asimilación, por sobre el cuestionamiento y la producción de realidades.
No solo me negué a mandarlos a la escuela. Rechacé cualquier situación social que me obligara a callar mis opiniones y a resignar mis decisiones de crianza. Alrededor encontraba, una y otra vez, la reproducción del artificio y la ausencia de autenticidad en los vínculos, junto con la naturalización de la violencia sobre la infancia. Solo la plaza del barrio pudo ser, por un tiempo, el lugar para relacionarnos con otros en un ámbito más amplio que el del hogar. Allí podíamos hablar, cuestionar, expresar nuestro malestar.
Fue en la plaza que comenzamos a reunirnos con otras familias que atravesaban vivencias similares a las nuestras. En estos encuentros, los niños tuvieron la oportunidad de participar de una reflexión compartida, fundada en una mirada crítica del entorno y en ciertas convicciones, mientras afrontaban el desafío de no descalificar ni estigmatizar a quienes tomaban distintas decisiones de crianza. Así, verificábamos constantemente la coexistencia de realidades, identificábamos diversos recorridos y ajustábamos en conjunto nuestros deseos y necesidades. Sabíamos que reconocer múltiples experiencias de vida posibilitaría entender las situaciones que nos circundaban como trayectos en proceso, y la nuestra también.
Con el tiempo, fui tomando conciencia del vaciamiento ocurrido, a lo largo de generaciones, en nuestros contextos cotidianos. Durante las horas de la escuela y del trabajo, no había otra vida social posible: no estaba el padre ni los amigos, no había actividades para compartir; no había música, ni baile; no había comunidad. A su vez, la tarea del hogar se volvía desbordante. Cocinar y limpiar; hacer las compras; ordenar y lavar la ropa; cuidar, educar y dar contención a los hijos, era demasiado para una sola persona (y para dos, con una de ellas a tiempo parcial, también).
Tomar nota de la historia que nos trajo a este límite de aislamiento y soledad fue mi tarea. Así ensayé mi tesis principal: las madres no somos lo mejor para nuestros hijos; somos, en todo caso, lo último que les quedó. Reconstruir la comunidad era un imperativo prioritario. Esto implicaba volver a juntar una a una las piezas y los fragmentos en que nos habían despedazado: nuestros cuerpos, nuestras voces, nuestras aptitudes y necesidades. Aquello que cada una de nosotras portaba de manera parcial era un fragmento de un todo que nos pertenecía a todas de manera integral. No éramos solas, no podíamos solas; era preciso hacerlo entre todas: reconstruir los lazos de multiplicidad y diversidad que nuestros hijos necesitaban para apoyarse y crecer de manera nutrida y compleja (no lineal, ni supuestamente eficiente o exitosa).
Hacia la primavera de 2013, un grupo de madres logramos convocarnos en la plaza con el fin de explorar otras maneras de encuentro y abrir la pregunta sobre la educación. Convencidas de que muchas teníamos las mismas necesidades, hicimos circular una convocatoria por la red. La alimentación fue una de las primeras preocupaciones que pusimos en común y, durante dos años, nos animamos a diseñar y desarrollar imágenes, ideas y prácticas pedagógicas ancladas en nuestras incomodidades y convicciones.
Buscábamos abrir momentos de conversación y reflexión entre nosotras, dar libertad de juego compartido a nuestras crías, y generar situaciones de intercambio y construcción de conocimientos para todos. Los primeros intentos fueron en la plaza, donde aprovechábamos el espacio público para incluir propuestas en el entramado cotidiano de otras familias. Allí organizamos talleres de semillas, juegos con papel y percusión. Al mismo tiempo, iniciamos una serie de exploraciones en mi casa: una ronda de música, un taller de costura, un espacio de cerámica.
Nuestra motivación era crear entornos no directivos de aprendizaje, y reunirnos a compartir lo que sabíamos o deseábamos aprender, sin las habituales jerarquías y expectativas puestas sobre los resultados. El principal obstáculo para sostener estas iniciativas fue la dificultad de encontrar tiempos disponibles en común para participar con los niños y, sobre todo, para reflexionar críticamente sobre nuestra tarea3.
Poco después, algunas madres resolvimos alquilar un lugar donde ampliar nuestras oportunidades de acción colectiva. Allí nos concentramos en crear propuestas que partieran de nuestras necesidades vinculadas con la educación y en abrir procesos compartidos de exploración, reflexión y autoformación. Fueron seis meses de intenso trabajo, en los que pudimos conjugar la experiencia íntima de construir un lenguaje común entre nosotras, en tanto mujeres/madres urbanas, con la apertura del diálogo con otros que también exploraban los límites de múltiples encierros (económicos, familiares, institucionales)4.
Estos intentos de construir comunidad nos permitieron percibir con mayor nitidez la dimensión de las condiciones que enfrentábamos: las distancias, las fracturas temporales, las dependencias económicas, los lazos familiares, los miedos propios y ajenos, las diversas prioridades. Advertir la superficialidad de los vínculos y la opresión a las que nos sometíamos en nuestra vida cotidiana en la ciudad era el paso siguiente y necesario en nuestro proceso de ruptura con las instituciones. Dar el salto a la comunidad exigía renunciar a todo en simultáneo. Requería, principalmente, construir un territorio: tiempo y espacio en común.
Había llegado el momento de romper las paredes para poder seguir. Los niños precisaban un entorno continuo y profundo, que no podía darse en el universo social y cultural de la vida urbana. Algunas de nosotras habíamos logrado imaginar una organización laboral cooperativa, que hubiera podido darnos sustento y permitirnos prescindir del ingreso de nuestros empleos o de los empleos de nuestros compañeros. Pero dicha tarea demandaba un tiempo de dedicación del que la mayoría no disponía.
Aquellas dificultades pudieron haber sido una oportunidad. El trabajo de estos años junto con el grupo de madres nos había llevado a comprender que aquello que perseguíamos era una ilusión: no había en el horizonte algo así como una escuela libre posible. Cualquier alternativa educativa suponía fragmentar los tiempos y los espacios de la vida y de la convivencia, y no era tal el mundo integrado en el que aspirábamos criar y vivir.
Juntas habíamos confirmado las razones de nuestra incomodidad, fundante de nuestra decisión de no escolarizar y de nuestra necesidad de transformarlo todo a partir de esa decisión. Nuestra interrogación nos había permitido tocar los límites de las estructuras que nos oprimían. Comprendimos que la ciudad, como organización del tiempo y del espacio, era la expresión más acabada del ataque al territorio y la comunidad. Las distancias y dependencias que imponía entre nuestros cuerpos y nuestras necesidades vitales (alimento, energía, tierra, agua y otros seres vivos) eran, y son, las condiciones para que la explotación continúe sin término.
A mediados de 2016, en medio de una profunda crisis emocional, mientras el gobierno cerraba por reformas nuestra plaza y fumigaba nuestros barrios como parte de su campaña “contra el dengue”, resolví dejar de esperar. Decidí migrar con mis hijos hacia un entorno donde la naturaleza hiciera la tarea que la comunidad humana no había logrado hacer. Nos fuimos de la ciudad, y ahora estamos viviendo cerca del monte, frente a los cerros.
Бесплатный фрагмент закончился.

versalhacemoslibros@gmail.com