Читать книгу: «Tórrida pasión - Alma de fuego»
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 415 - marzo 2021
© 2008 Margaret Mayo
Tórrida pasión
Título original: The Italian’s Ruthless Baby Bargain
© 2009 Cathy Williams
Alma de fuego
Título original: Ruthless Tycoon, Inexperienced Mistress
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-158-0
Índice
Tórrida pasión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Alma de fuego
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro...

Capítulo 1
DESDE que Penny miró a Stephano Lorenzetti a los ojos supo que estaba metida en un buen lío. Nunca había visto unos ojos de un marrón tan intenso, unas pestañas tan largas y brillantes, o unas cejas tan oscuras y sedosas. Su mirada era tan penetrante que daba la impresión de que le desnudaba el alma; como si intentara averiguar qué clase de persona era antes incluso de que dijera nada.
Le fue imposible ignorar el torrente de sensaciones que le corría por las venas; el sofoco que sintió de pronto, o la repentina e inusual sensación de alarma. Sin embargo, no era más que una impresión suya. Aparte de eso, Stephano Lorenzetti era un hombre muy sexy.
–¿Señorita Keeling?
También tenía una voz grave y sensual. Penny pensó que todo en él despertaba unos sentimientos que llevaba mucho tiempo dominando.
Penny asintió, porque no confiaba mucho en que le saliera la voz. Se dijo que no recordaba haber sentido emociones tan fuertes nada más conocer a una persona; sobre todo sabiendo que iba a trabajar para él. ¡Qué tontería por su parte!
–Tiene lengua, ¿verdad? –preguntó él con un leve retintín, acompañado de una expresión ceñuda.
¡Madre mía, qué ojazos…!
Sin embargo, su pregunta y el tono tuvieron el efecto deseado, y Penny despertó de su ensoñación y recuperó la compostura.
–Sí, soy la señorita Keeling.
Penny se puso derecha, pero él le sacaba casi una cabeza.
–¿Mira a todos sus jefes como si fueran de otro planeta?
Penny no sabía si estaba de broma o en serio; de todos modos, intentó tranquilizarse.
–No suelo, señor Lorenzetti.
–Así que soy una excepción. ¿Hay alguna razón para eso?
No sólo era un bombón, sino que además hablaba inglés con un atractivo acento italiano. Mientras se estremecía de emoción, Penny se preguntó si sería aconsejable trabajar para un hombre que la afectara de tal modo, incluso antes de conocerse. Tal vez incluso fuera mejor dar media vuelta y salir de allí a toda velocidad.
–Yo… no lo esperaba así.
–Entiendo –dijo él–. No soy el padre común y corriente. ¿Es eso?
Penny aspiró con fuerza.
–Suele ser la madre del niño o de la niña la que se ocupa de contratar a una niñera, habitualmente para poder reincorporarse al trabajo; o a lo que sea –añadió sin poderlo evitar.
Había trabajado para mujeres muy ricas que preferían mantener una intensa vida social en lugar de educar a sus hijos.
–¿La agencia no le ha dicho que no hay una señora Lorenzetti?
–No –respondió ella, sorprendida.
Normalmente, la agencia solía proporcionar algunos detalles de la familia, que por su parte la entrevistaría antes de contratarla, para asegurarse de que era la adecuada. Pero en ese caso había tenido que presentarse con urgencia, y no le habían hecho ninguna entrevista.
–Viene con mucha recomendación –afirmó él mientras arqueaba la ceja.
Penny se reprendió por su falta de profesionalidad. Bien mirado, su comportamiento distaba mucho del habitual en ella.
Y todo porque aquel hombre era guapísimo.
–Aunque empiezo a tener mis dudas de si estará o no preparada para llevar a cabo este trabajo –añadió él en tono seco–. De todos modos, tengo una reunión de negocios a la que ya llego tarde, así que si le parece bien venga a la cocina y le presentaré al ama de llaves. Esta noche hablaremos de todo con más detenimiento.
–Señor Lorenzetti –declaró Penny, que se puso derecha y lo miró de frente–. Le aseguro que estoy más que preparada para llevar a cabo este trabajo, como dice usted –le plantó un sobre en la mano–. Aquí tiene mis referencias; usted mismo comprobará que…
–¡No son necesarias! –declaró él en tono imperioso–. Prefiero juzgar por mí mismo.
Penny se dijo que su reacción era lógica. En lugar de ignorar el magnetismo de su atractivo y comportarse como la niñera profesional que era, se había quedado mirándolo como una boba.
Esa mañana había llegado a su casa con cierta expectación. La agencia para la que trabajaba le había hecho hincapié en lo importante que era ese trabajo. El señor Lorenzetti era el presidente de la agencia de publicidad que llevaba su nombre, una empresa de renombre internacional, y si su trabajo le complacía, podría tener consecuencias muy positivas para la agencia que la había enviado allí.
Él vivía en las afueras de Londres en una mansión enorme en medio de una finca impresionante. Después de cruzar una verja con sistema de apertura electrónico, había atravesado cientos de metros cuadrados de bosques y jardines. Decir que estaba impresionada habría sido decir poco.
La mansión, un precioso edificio de tres plantas e innumerables habitaciones, no tenía que envidiar al resto del conjunto.
–Tengo entendido que su última niñera se marchó inesperadamente, ¿no es así? –le preguntó mientras recorrían metros y metros de pasillos a toda prisa.
Mientras recorrían la casa, Penny se fijó en su jefe. Stephano Lorenzetti vestía un elegante traje gris oscuro y camisa blanca, ambos de Savile Row, estaba segura; pero poco hacían por ocultar un cuerpo esbelto de músculos definidos. Aquel hombre debía de hacer mucho ejercicio, y no era de extrañar, porque para trabajar la cantidad de horas que trabajaba había que hacer muchísimo deporte para estar en forma. Le habían dicho que salía de casa a las siete de la mañana y que siempre llegaba de noche. Eso le había bastado para saber que el empresario no vería mucho a su hija.
–Eso es. Y si le parece que éste no es trabajo para usted, entonces me gustaría que me lo comunicara ahora mismo.
Se detuvo tan repentinamente que Penny se chocó con él. De inmediato, Stephano Lorenzetti la sujetó con sus brazos fuertes para que ella no se cayera; un par de ojos de mirada intensa miraron los suyos fijamente. Sin darse cuenta, Penny aguantó la respiración unos instantes, mientras se perdía en la magia de aquellos ojos… Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se retiró de inmediato.
Percibió el aroma de la colonia más irresistible que había olido en su vida. Era un aroma fuerte, como el hombre que la llevaba, aunque no mareante.
–Naturalmente que haré el trabajo lo mejor que pueda. Soy una niñera de vocación, y su hija estará perfectamente bien conmigo… ¿Por cierto, dónde está ahora? ¿No cree que deberíamos…?
–Chloe sigue en la cama –dijo él en tono arisco–. No veía razón para despertarla. Mi horario de trabajo es muy irregular, por decir algo, pero Chloe necesita rutina, como estoy seguro que entenderá. Emily, el ama de llaves, le enseñará la casa; y después espero de usted que se ocupe de preparar a la niña y de llevarla al colegio. No he visto que trajera equipaje, pero imagino que sabrá que mi deseo es que viva usted aquí, en mi casa.
Penny asintió.
–Esta mañana he venido con mucha prisa –respondió Penny, esperando que él la entendiera–. Se me ocurrió que me ocuparía de traer mis cosas cuando llevara a la niña al colegio.
Según la agencia, la niñera anterior se había marchado de repente el día antes; aunque Penny no entendía por qué el señor Lorenzetti no se había tomado el día libre para hacerle la entrevista. De todos modos, le habían ofrecido un salario inmejorable, e iba a ganar mucho más de lo que había ganado en otras casas.
Stephano Lorenzetti murmuró algo en voz baja en italiano y continuó su carrera hacia la cocina.
Emily era una mujer fuerte de baja estatura, de unos cincuenta y tantos años. Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo corto y canoso y, a juzgar por cómo miraba a su jefe, estaba claro que lo adoraba.
Penny no fue consciente de la intensa presencia de Stephano Lorenzetti hasta que éste no se marchó. Pero Emily notó su alivio y la miró sonriente.
–Bienvenida al hogar del señor Lorenzetti. Quiero que sepas que es maravilloso trabajar para él. Espero que te sientas feliz aquí.
Penny no entendió por qué el ama de llaves la recibía con más amabilidad que el dueño de la casa.
–¿Siempre es así de desagradable? –le preguntó impulsivamente–. Me ha dado a entender que no estaba muy seguro de que yo sea capaz de hacer bien mi trabajo.
–Eso es porque ninguna de las niñeras que ha empleado hasta ahora ha durado más de unas semanas.
Penny frunció el ceño.
–¿Chloe es una niña muy difícil? ¿O acaso es por él?
Para ella ese hombre sí que era un problema; porque sin ir más lejos, era demasiado guapo y demasiado sexy para ser el jefe. La impresión que le había causado el dueño de la casa aún la perturbaba. Penny se dijo que ni siquiera Max la había afectado de ese modo; y eso que entonces ella había pensado que era el hombre de su vida.
Emily se encogió de hombros.
–El señor Lorenzetti es un hombre muy justo con todos sus empleados. Yo lo sé porque llevo ya mucho tiempo con él. Es el horario lo que no le gusta a la gente. La mayoría de las niñeras que han pasado por aquí eran jóvenes y tenían novio, y no querían estar de servicio las veinticuatro horas del día. Es comprensible.
–¿Eso es lo que espera él? –preguntó Penny con los ojos muy abiertos.
No era de extrañar que pagara tan bien. Ese hombre quería chuparle la sangre.
–Él se desentiende de eso totalmente –declaró Emily–. Si sientes que te exige demasiado, tendrás que decírselo. Yo lo hago de vez en cuando.
Emily tenía derecho a hacerlo porque sería como un miembro más de la familia; sin embargo ella no estaba en la misma situación. Le entraron ganas de preguntarle qué le había pasado a su esposa, pero le pareció demasiado pronto para empezar a hacer preguntas. A lo mejor tampoco había podido soportar sus largas horas de trabajo…
–¿A qué hora suele levantarse Chloe? –preguntó Penny mientras echaba un vistazo al reloj.
–A las siete y media –respondió Emily–. Tarda un rato en despertarse. Mira Penny, si quieres que Chloe llegue puntual al colegio tendrás que espabilarte. Ahora te voy a llevar a que la conozcas.
Stephano no era capaz de dejar de pensar en Penny; incluso en medio de una importante reunión. Penny no se parecía en nada a las niñeras anteriores que había contratado. Para empezar, tenía personalidad; y eso podría resultar interesante, ya que a él le gustaba conversar, y sobre todo admiraba el coraje en una mujer.
Además de eso, Penny era una preciosidad. Tenía el pelo largo y rubio natural, si no recordaba mal, los ojos muy azules, las pestañas largas y rizadas, una nariz pequeña y chata y unos labios sensuales.
También se había fijado en que no poseía esa delgadez que tanto ansiaban la mayoría de las mujeres jóvenes; a él los palos no le decían nada. Penny Keeling estaba muy bien hecha y tenía curvas donde tenía que tenerlas. Sólo de pensar en sus pechos apuntando bajo la blusa de algodón fino le subió el nivel de testosterona.
Le sorprendió mucho recordar tantos detalles de la nueva niñera, pero a la vez eso le inquietó, porque no quería pensar en ella de ese modo. Además, ya tenía bastantes cosas en la cabeza; no necesitaba ninguna más.
El caso fue que pensó en ella, y esa noche, cuando llegó a casa, se quedó decepcionado al ver que no estaba. Le habría gustado charlar un rato con ella, enterarse de sus gustos, de lo que esperaba del trabajo y de cuáles eran sus aspiraciones.
Jamás había pensado de ese modo en ninguna otra niñera que le hubiera enviado la agencia; pero Penny Keeling era distinta. Era, sin lugar a dudas, una mujer muy intrigante; y Stephano estaba deseando conocerla mejor.
Cuando Penny llevó a Chloe al colegio volvió al piso que compartía con una amiga y empezó a hacer las maletas.
–¿Te das cuenta de que tendré que buscarme otra compañera de piso? Mi economía no me permite vivir sola –añadió Louise.
Penny asintió.
–Pareces muy segura de que ese trabajo te va a gustar. Ya te ha pasado otras veces que…
–Estoy segura –respondió Penny con firmeza.
¿Y cómo no estarlo con un sueldo como aquél? Era el sueño de cualquier chica.
–¿Y dices que se llama Lorenzetti…? Un momento… ¿No será por casualidad Stephano Lorenzetti, el que sale siempre en los programas del corazón? –dijo su amiga–. El que siempre va con alguna modelo del brazo.
–El mismo –concedió Penny, que sonrió al ver la cara de su amiga.
–No me extraña que hayas aceptado el empleo. ¡Yo en tu lugar habría hecho lo mismo!
Penny sonrió.
–No voy buscando un hombre como haces tú, Louise.
–La vida es demasiado corta, y hay que disfrutar –dijo la otra con expresión resuelta–. Tú te equivocaste una vez, pero eso no quiere decir que te vuelva a pasar, Penny. Llevas sola demasiado tiempo.
–Eres incorregible –Penny se echó a reír–. Y yo me voy ya. Nos veremos pronto, Louise.
Horas después, Penny estaba sentada en su sala de estar privada, una habitación lujosamente amueblada con antigüedades y cortinas de brocado. Los grandes ventanales daban a una de las zonas verdes que rodeaban la casa. A un lado de la sala estaba su dormitorio, y al otro el de Chloe.
Chloe era una niña encantadora, una charlatana de cinco añitos que ya le había dicho a Penny que ella le gustaba más que las otras niñeras.
Cuando Penny oyó el coche de Stephano, enseguida se lo imaginó entrando en la casa, dejando su americana en el respaldo de alguna silla y tal vez acercándose después al mueble bar a servirse una copa. Imaginó su cara de ángulos prominentes, su nariz recta y sus labios firmes. ¿Estarían sus facciones relajadas, o tal vez tensas tras las tareas de la jornada?
Se preguntó si habría comido o no; y al momento su propia tontería le hizo reír. ¿Qué más le daba? Emily había preparado un suculento rosbif con patatas y verduras, y Penny había dejado el plato limpio. Incluso Chloe se lo había comido todo.
En la mayoría de las casas donde había trabajado, Penny había tenido que cocinar para los niños a su cargo; que le dieran la comida hecha era una novedad. Aún no sabía si eso era lo habitual; pero de ser así, se preguntó qué podría hacer mientras Chloe estaba en el colegio. Definitivamente, tendría que comentar algunas cosas con el señor Lorenzetti.
Él le había dicho que hablarían esa noche. Se preguntó si debería ir directamente a hablar con él, o si por el contrario debía dejarlo solo un rato. Se dijo que no sabía nada de su nuevo jefe; salvo que se le aceleraba el pulso cada vez que lo veía.
En ese mismo momento, Penny se sobresalto al oír unos firmes golpes a la puerta de su cuarto.
–¡Señorita Keeling!
¡Ah, qué voz! ¡Qué maravillosa voz!
Penny sintió el cosquilleo del nerviosismo en los dedos, y se quedó paralizada unos instantes. De pronto no podía levantarse, no podía moverse del asiento. Era de locos sentir todo eso con un hombre al que acababa de conocer, y de lo más insensato si se tenía en cuenta que ese hombre era su nuevo jefe.
¿Pero cómo iba a ocultar sus emociones? ¿Y si se le notaba en la cara? Pasaría muchísima vergüenza… ¡Por amor de Dios! Ella era una profesional, no una colegiala tontorrona enamorada de su profesor.
Cerró los ojos y aspiró hondo, tratando de calmarse… Cuando los abrió, se sorprendió al ver a Stephano Lorenzetti delante de ella.
–¿Me estaba ignorando, señorita Keeling?
Ignorando no; más bien intentando prepararse para la oleada de sensaciones que se le echarían encima. Y eso fue lo que pasó. Stephano llevaba la camisa remangada, dejando al descubierto un par de brazos fuertes y morenos. Además, se había desabrochado unos cuantos botones del cuello, de modo que a Penny se le fueron los ojos sin querer y se quedó embobada contemplando su pecho fuerte y su piel lisa y bronceada. El deseo de acariciarlo fue tan fuerte, que le pareció que le faltaba el aire.
–No me atrevería, señor Stephano –respondió ella, sorprendida de que su tono fuera lo suficientemente firme como para no delatar los derroteros de su imaginación.
Él arqueó las cejas bien dibujadas y la miró fijamente con aquel par de ojos de mirada intensa.
Con la mirada le dijo que no había creído ni una palabra, y para disimular Penny se puso de pie inmediatamente.
–Estaba pensando precisamente en bajar a verlo; porque me había dicho que teníamos que hablar, ¿verdad?
–Eso es –respondió él con brusquedad–. Pero ya que estamos aquí, hablaremos en su sala.
Antes de que ella pudiera mover un músculo, él se había sentado en una butaca junto a la suya. Las dos butacas que había en el cuarto estaban demasiado acolchadas y no resultaban cómodas, y Penny estuvo a punto de sonreír al ver la cara que ponía Stephano.
–Estas butacas son demasiado incómodas –dijo mientras se levantaba de nuevo–. Llamaré a un tapicero para que las arreglen de inmediato.
Penny supuso que todas las habitaciones de la casa habían sido amuebladas y decoradas por un diseñador cuya idea principal no había sido el confort, tan sólo la belleza. Eran unas butacas preciosas, pero…
–Vayamos abajo, allí estaremos más cómodos –resolvió Stephano–. Aquí no nos podemos sentar a gusto.
Salió de la habitación, y Penny se limitó a seguirlo. Por el camino, no dejó de fijarse en él, en sus hombros anchos bajo la tela de la camisa, en su espalda musculosa, y en el trasero bajo la tela del pantalón, que enfatizaba sin ceñir demasiado su atlético físico.
Se preguntó si haría mal en fijarse así en su nuevo jefe. Penny se dijo que ante todo debía disimular todo aquello lo mejor posible si no quería perder el empleo.
Penny no sabía por qué aquel desconocido la atraía tanto. Además, su amiga le había dicho que Stephano Lorenzetti tenía fama de mujeriego.
De lo que estaba segura era de que a su jefe no le haría ninguna ilusión que la niñera de su hija se fijara en él de esa manera.
La condujo a su sala de estar privada, una habitación relativamente pequeña en comparación con el resto, donde había unas preciosas butacas de cuero negro y donde la cristalera accedía a un patio lleno de tiestos de begonias de todos los colores imaginables. En uno de los lados había un seto de madreselva cuyo aroma perfumaba el ambiente.
Penny aspiró con deleite mientras se acomodaba en una de las butacas.
–Qué bien huele.
–Me encanta este momento de la noche –dijo él–. Se respira tanta paz. ¿Le apetece tomar algo?
A Penny le habría gustado mucho, pero sacudió la cabeza. No era el momento de distraerse. Además, él ya embriagaba sus sentidos bastante.
–Tiene una hija preciosa, señor Lorenzetti.
Él asintió y esbozó una sonrisa.
–Gracias. ¿Qué tal le ha ido hoy con ella? –Stephano estiró las piernas, relajándose visiblemente.
–Desde el primer momento hemos hecho muy buenas migas. Le he gustado, creo; y a mí me ha gustado ella. No tiene nada que temer; cuidaré bien de Chloe.
–Me alegra oírle decir eso, porque ella lo es todo para mí.
Stephano tomó su copa, que debía de haber dejado en la mesa cuando había ido a buscarla; y sin poder evitarlo, Penny notó que tenía unos dedos muy bonitos y unas manos perfectamente arregladas y cuidadas. De pronto le vino una imagen intensa aunque breve de esas manos acariciándola…
El mero pensamiento desató una tormenta tan potente en su interior que le costó muchísimo ignorarlo. Fantasear con ese hombre era una peligrosa ocupación; una ocupación de la que haría bien en olvidarse.
–Necesito que me cuente exactamente cuáles son mis responsabilidades –Penny se puso derecha, con la esperanza de dar una imagen de eficiencia–. Pensaba que tendría que hacerle la comida a Chloe, pero parece que eso lo hace su ama de llaves.
–Emily se encarga de cocinar y de la colada –dijo él–, y tengo contratadas a varias personas que vienen varias veces en semana para ayudar con las demás tareas. Por supuesto querré que le prepare la comida a mi hija cuando Emily tenga el día libre. Para serle sincero, señorita Keeling, no estoy muy seguro de cuáles son los deberes de una niñera. Yo…
Stephano Lorenzetti dejó de hablar, como si hubiera decidido no continuar con lo que fuera a decir.
–Naturalmente, deseo que se ocupe del bienestar de mi hija, pero cuando ella esté en el colegio, usted está libre; y eso compensará el tener que levantarse temprano y el terminar un poco tarde. ¿Necesita tomarse días libres? ¿Tiene novio?
–¿Cómo que si necesito tomarme días libres, señor Lorenzetti? –preguntó Penny–. Es mi derecho. Nadie trabaja siete días a la semana –dijo ella con más brusquedad de la deseada.
Penny achacó la reacción a su evidente nerviosismo.
–Digamos que su horario es flexible –concedió él–. Pero si tiene novio, debo pedirle que no lo traiga aquí.
Penny lo miró con gesto desafiante.
–No tengo novio. ¿Pero no debería haberse informado de eso antes de contratarme?
Él se encogió de hombros ligeramente.
–Soy nuevo en esto.
–¿Entonces se va inventando las reglas por el camino? –le preguntó.
Él frunció el ceño y apretó la mandíbula.
–¿Está cuestionando mis valores?
Penny aspiró hondo.
–Si mi trabajo depende de ello, no; pero estoy segura de que me entenderá, señor Lorenzetti.
Para sorpresa suya, él se echó a reír.
–Touché, Penny. ¿Puedo llamarte Penny?
¡Ah, Dios mío, qué bien sonaba su nombre en labios de Stephano Lorenzetti! Su marcado acento italiano le daba un toque sensual y misterioso, y tan romántico… Penny se dijo que haría bien en acostumbrarse cuanto antes.
–Sí –concedió ella sin mirarlo.
Para no mirarlo, Penny se fijó en el patio tras la cristalera abierta, en los colores del cielo al atardecer. El sol había desaparecido, pero sus efectos curiosos, extraños; al igual que la situación en la que ella se encontraba repentinamente.
Stephano no sabía por qué sentía lo que sentía en ese momento. Su reacción le fastidiaba mucho porque no quería que la niñera le resultara tan atractiva. Él había tenido muchas novias en los años que había estado solo desde que lo dejara su mujer; pero con ninguna había ido en serio. Todas sabían que para él había sido un juego.
Pero Penny no entraba en esa categoría. Para empezar era su empleada, y uno de sus lemas era no mezclar jamás los negocios con el placer. Además, le daba la impresión de que a ella no le iban los líos pasajeros. Aún no la había estudiado bien, pero parecía de esa clase de mujer que no se conformaría con otra cosa que no fuera una relación seria.
Ella se uniría al hombre de sus sueños, y Stephano se dijo que sería un hombre afortunado, ya que Penny era sin duda el sueño de todo hombre. La señorita Keeling era guapa, inteligente, capaz, interesante… Se le ocurrían multitud de adjetivos para describirla, y no podía olvidarse de lo sexy y provocativa que le resultaba… Stephano dejó de pensar y se tomó el whisky de un trago.
–Aquí hace un poco de calor, ¿no te parece? –dijo mientras se ponía de pie–. ¿Te importa si seguimos hablando fuera?
¡Fuera respiraría mejor! Y podría apartarse un poco más de ella.
Penny sonrió con consentimiento y se puso de pie de un salto.
–Tiene una casa y una finca maravillosas, señor Lorenzetti. Me encantaría pasear por sus jardines.
–Stephano. Por favor, tutéame –sugirió él en tono suave.
–Preferiría no hacerlo; es un poco demasiado informal para nuestra situación –respondió ella con prontitud.
Stephano percibió que sus ojos cambiaron de color, del azul claro al amatista, a la suave luz del ocaso. De pronto le parecieron más dulces y vulnerables…
¡Pero no…! ¡No debía fijarse en nada de eso…!
–No puedo permitir que me llames señor Lorenzetti cuando estamos a solas.
–¿Y si lo llamo signor Lorenzetti? –preguntó ella con sorna.
Éste se fijó en el brillo de sus ojos de nuevo. Tal vez ella no lo supiera, pero era tan guapa, tan coqueta y provocativa. Supuso que no era consciente de ello. Seguramente se quedaría horrorizada si supiera lo que él estaba pensando, y cómo estaba interpretando su comportamiento.
–Háblame de ti –le pidió él, consciente de que tenía la voz ligeramente más ronca que de costumbre–. Sé muy poco de ti… salvo que tus referencias son inmejorables, y que no tienes novio –añadió mientras torcía los labios–. ¿Por ejemplo, dónde vives?
–Comparto piso con otra persona en Notting Hill. O lo compartía, porque lo dejé hoy.
–Entiendo. ¿Con una amiga o con un amigo? –preguntó, sin darse cuenta de su indiscreción.
Además, ya le había dicho que no tenía novio.
–¿Quiere meterse en mi vida privada, señor Lorenzetti?
Su pregunta lo sorprendió, pero al ver el brillo en los ojos de Penny, la sorpresa dio paso al una sonrisa.
–Soy una persona muy curiosa. ¿Tienes familia, Penny? Por supuesto, no me lo tienes que contar si no quieres. Pero siempre me gusta saber de la vida privada de mis empleados; me gusta preguntarles por sus esposas, esposos o parejas, porque si hay un problema en casa siempre puede afectarles en el trabajo, y a lo mejor es el momento para hacer concesiones. Creo que mi interés ayuda a mejorar las relaciones laborales.
Ella lo miró con incredulidad unos segundos, antes de echarse a reír, y fue un sonido tan musical el de su risa que él también tuvo ganas de echarse a reír, de levantarla en brazos y dar vueltas con ella… Stephano se quedó asombrado porque sobre todo quería besarla…
¡Pero qué tonterías estaba pensando!
–En ese caso, si va a mejorar la relación y comunicación entre nosotros, la respuesta a tu pregunta sobre la persona con la que he compartido piso es que es una chica –lo miró de reojo para ver cómo se lo tomaba.
Él hizo como si no se hubiera fijado.
–Y en cuanto a si tengo familia… –continuó Penny–. Mi padre murió cuando yo tenía la edad de Chloe. Y mi madre murió hace un par de años; llevaba enferma mucho tiempo. Pero tengo una gemela que tiene una niña de seis años y un bebé recién nacido. Voy a verlos a menudo, y quiero mucho a los niños.
En ese momento iban por el camino de piedra que llevaba hasta el lago. Era el lugar favorito de Stephano, y a menudo se sentaba allí a meditar, sobre todo en ese momento del día. Además, sentía curiosidad por ver la reacción de Penny cuando viera el lago.
No fue la esperada.
–¿Pero qué es esto? No me había dicho que hubiera un lago, señor Lorenzetti… No me parece un sitio muy seguro para Chloe. Debería estar vallado.
No recordaba haberse sentido tan desinflado en su vida… o de pronto tan horrorizado; porque no se le había ocurrido que aquél pudiera ser un sitio peligroso. Se preguntó si alguna de las demás niñeras habría dejado jugar a Chloe allí sola. Se puso nervioso sólo de pensar en lo que podría haber pasado.
–Lo haré –declaró–. De inmediato, además.
«Mio, Dio, sono un idiota».
–Aparte de eso –dijo Penny, con cierto humor– es un sitio precioso.
–Sobre todo a esta hora de la noche –añadió él.
Pero en lugar de mirar el lago, la miró a ella. Y cuando Penny se volvió a mirarlo, a Stephano le pareció tan adorable que sólo pudo pensar en besarla y abrazarla… sin pensar en las consecuencias.
Penny vio la intención en la expresión de Stephano Lorenzetti y se dijo que tenía que actuar con rapidez, si no quería caer ella también en la tentación. Si lo hacía se quedaría sin empleo en un abrir y cerrar de ojos, y sabía no encontraría otro igual de bueno.
Aquél era un rincón para los amantes, sobre todo en una noche tan mágica y silenciosa como ésa. La tentación estaba en todas partes.
Si bien estaba segura de que Stephano Lorenzetti había estado a punto de besarla, no debía olvidar que el guapo de su jefe no tendría en mente nada serio; tan sólo utilizarla de pasatiempo. Y Penny hacía decidido que eso no era para ella. Tenía muchas amigas que se apuntarían enseguida; amigas, como Louise, que la tacharían de estúpida por no querer lanzarse. Los millonarios siempre mimaban y agasajaban a sus novias con caros regalos. Así no se sentían mal cuando las plantaban.
¡Pues a ella no volverían a dejarla plantada! La única relación que tendría con Stephano Lorenzetti sería basada en lo puramente profesional.
–¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? –le preguntó ella mientras se apartaba de él con la excusa de observar unos patos al otro lado del lago, y que con sus graznidos habían roto el manso silencio.
Él no respondió a su pregunta.
–¿Por qué no tienes novio? –preguntó él–. Siendo tan bella, sería lógico que tuvieras un montón haciendo cola a tu puerta.
Penny se encogió de hombros.
–Los hombres no me interesan. Soy una chica de carrera.
–¿Quieres ser niñera toda la vida? –preguntó él, como si fuera algo horrible.
–¿Por qué no? –respondió ella.
–No lo creo –declaró con firmeza–. Eres demasiado guapa como para convertirte en una vieja solterona. Lo he expresado bien, ¿no?
Penny sonrió y asintió. ¡Una vieja solterona! No habría esperado oírle utilizar una expresión tan anticuada.
–Un día aparecerá tu príncipe azul y te enamorarás de él. Y antes de que te des cuenta, estarás casada y con un montón de niños que cuidar; pero esos serán tuyos. Imagino que será más satisfactorio que cuidar de los ajenos.
–Y usted se tiene por un experto en la materia, ¿no? Un hombre que necesita una niñera para cuidar de su propia hija.
Penny vio que fruncía el ceño y entendió que había metido la pata; sin embargo, no fue capaz de morderse la lengua. Él había tocado un tema delicado, porque ella quería tener hijos; pero no los tendría hasta que no conociera al hombre adecuado. Y desde su desastrosa relación pasada, no dejaba de pensar que tal vez nunca conociera a alguien que le gustara lo suficiente.
–Dígame, señor Lorenzetti, ya que le gusta tanto que seamos sinceros, ¿qué le pasó a su esposa? ¿Le dejó por pasar tantas horas fuera de casa?
Nada más decirlo, le pesó haberlo dicho. Cuando él respondió a su pregunta, ella sintió deseos de echar a correr, de desaparecer. Fue el peor momento de su vida.
Capítulo 2
MI ESPOSA está muerta –dijo Stephano con frialdad–. Y para tu información, no tengo intención de volver a casarme.
Y dicho eso, Stephano se levantó y emprendió el camino de vuelta a la casa.
Penny se quedó mirándolo unos momentos, con el corazón encogido. Se sintió fatal. ¿Cómo podía haberle hecho una pregunta tan estúpida y tan poco considerada? ¿Qué estaría pensando él?
Se había pasado de la raya, y no le sorprendería si él le pidiera que hiciera las maletas y se marchara. Pero como no quería irse, lo mejor sería ir corriendo a disculparse con él.
–Lo siento, no lo sabía… No le habría preguntado si…
Stephano se detuvo y se volvió a mirarla.
–¿Y no te pareció mejor enterarte bien de las cosas antes de juzgarme?
Su tono fue muy duro, y su mirada insondable.
Penny supuso que seguiría doliéndole, y que debía de tenerlo todavía muy reciente. A lo mejor por eso echaba tantas horas en el trabajo, y no pensaba en dedicarle a su hija la atención que merecía y necesitaba. Sin duda querría borrarlo todo de su mente, y el único modo de hacerlo era matándose a trabajar.
–Lo siento –repitió, con el pulso acelerado y apenada de verdad por él.
Sintió deseos de abrazarlo, de decirle que sólo el tiempo curaría las heridas. Dos años después, aún le dolía la muerte de su madre.
Pero él no querría oír esas palabras de sus labios; sólo necesitaba a alguien responsable para ocuparse de Chloe. Él tenía un negocio que dirigir, y no tenía tiempo para ocuparse de la niña. Además, no sabría hacerlo. Él era el que se ganaba el pan, el hombre de la casa.
–Olvídalo –dijo él, antes de volver a la casa.
Esa vez Penny no lo siguió, sino que esperó un momento antes de volver sobre sus pasos. Al llegar a la casa, subió rápidamente a su dormitorio.
Se preguntó cómo habría sido la esposa de Stephano. Cosa rara, no había ninguna foto de ella a la vista. Se dijo que a lo mejor él era de esas personas que no soportaba la muerte, que hacía como si no existiera…
Tenía tantas preguntas y tan pocas respuestas…
Al día siguiente, cuando Penny se levantó, Stephano ya se había ido a trabajar. Después de vestir a Chloe para llevarla al colegio, abrazó a la niña con fuerza.
Chloe se parecía mucho a su padre. Tenía el pelo negro como el azabache y los ojos marrones y muy grandes; a veces parecían tristes y apagados. Penny sabía que la niña debía de estar sufriendo por dentro, que tenía que estar confusa. ¿Porque cómo le explicaba uno a un niño de la edad de Chloe que su madre ya no volvería?
Pero ella no era quién para decir nada. Si Chloe quería hablarle de algo, la escucharía con atención; pero por su parte no tenía intención alguna de sacar el tema.
Después de dejar a Chloe, Penny le hizo una visita a su hermana antes de volver a la mansión Stephano, como ella la llamaba. Era un poco raro que Stephano viviera solo en una casa tan grande; o bien celebraba muchas fiestas, o bien su esposa lo había hecho en vida.
En la parte de atrás de la casa había una hilera de plazas de garaje, de las cuales le habían asignado una para que aparcara su pequeño utilitario. A Penny le extrañó ver el elegante Aston Martin de Stephano allí aparcado. ¿Qué hacía en casa a esas horas? Miró el reloj y vio que ni siquiera era la hora de la comida.
–¿Dónde has estado? –le preguntó enfurruñado en cuanto Penny entró en casa.
Le dio la impresión de que había estado esperándola.
–Lo siento –se disculpó ella–. No sabía que tenía que informarte de mis idas y venidas. He ido a ver a mi hermana. Tú mismo me dijiste que durante el día tenía tiempo libre.
–Pensé en invitarte a comer.
Penny se quedó asombrada.
–¿A mí? ¿Por qué?
Una niñera que salía a comer con su jefe era algo poco habitual.
–Porque anoche no terminamos nuestra conversación –respondió él–. Pero si prefieres dejarlo… –se encogió de hombros.
–Siento mucho lo de anoche, yo…
Él la cortó.
–El tema está zanjado ya. Vamos, ve a dejar las bolsas; nos vamos en de diez minutos.
Después de cambiarse de zapatos, pintarse un poco los labios y echarse un poco de perfume, Penny bajó las escaleras con el corazón acelerado.
El vestíbulo de entrada era un espacio bello y elegante, con suelos de madera y espejos, flores frescas y sillas talladas a mano. Pero ella estaba ciega a todo eso, y sólo veía el rostro serio de Stephano; serio, pero increíblemente apuesto. No podía creer que fuera a salir con él. En todos los años que llevaba siendo niñera, nunca le había ocurrido nada igual.
Cuando la agencia le había preguntado si aceptaría ese empleo, ella lo había hecho sin reparos. Sin embargo, nadie le había hablado de Stephano Lorenzetti, ni le habían dicho que era uno de los hombres más ricos del país, ni mucho menos que fuera tan guapo.
Stephano observó a Penny que bajaba las escaleras. Se fijó en cómo estiraba el pie para dar un paso, y también en la suave tela de la falda que se le pegaba a los muslos, y después en sus tobillos delgados. La sangre parecía correrle por las venas a toda velocidad. Observó el suave bamboleo de sus pechos bajo el top de algodón estampado, y el corazón le dio un vuelco. Entonces levantó la vista y la miró a los ojos.
Ella sonreía.
Parecía feliz de salir con él, y eso a la vez le sorprendía y halagaba. La noche anterior le había hablado con dureza, y de inmediato le había pesado. Penny le había tocado un punto débil.
Un día tal vez le dijera que su esposa y él se habían divorciado hacía ya cuatro años, y que todo el amor que un día había sentido por ella, había desaparecido mucho antes. Helena nunca le había dicho siquiera que tenía una hija. De haberlo sabido, la habría ayudado, habría podido conocer a su hija; y no estaría en la situación en la que se encontraba en esos momentos.
Cuando había descubierto la verdad, había sentido incredulidad y rabia, y le había costado mucho aceptar que ella le hubiera hecho algo así. Nunca había sido consciente de lo mucho que ella lo odiaba. Sólo de pensarlo se le encogía el estómago.
Menos mal que estaba allí Penny. Le parecía una mujer valiente y apasionada, y afortunadamente no parecía interesada en él. Por lo menos le resultaba novedoso, refrescante. Estaba tan acostumbrado a que las mujeres estuvieran siempre pendientes de él, de que las mujeres lo adularan para terminar en la cama con él, que Penny era como un soplo de aire fresco.
Sin duda ella le tendría como un padre desnaturalizado, pero lo cierto era que se sentía perdido. No tenía ni idea de lo que uno tenía que hacer para educar a un niño; los niños eran un misterio para él.
–Muy bien –dijo–, una mujer que no tarda horas en arreglarse. Me dejas impresionado.
–No me he cambiado, espero estar bien. No iremos a ningún sitio demasiado elegante, ¿verdad?
Parecía un poco preocupada, y Stephano sonrió para tranquilizarla.
–No te preocupes por nada, estás estupenda.
¿De verdad había dicho eso? ¿Él? Debía de tener fiebre o algo parecido. Además, aquello no era una cita. Ella lo intrigaba, y quería saber más cosas sobre ella, pero eso era todo. Aun así, Penny no tenía obligación de contarle nada de su vida si no quería.
¡Aunque él tuviera ganas de enterarse de todo!
Había llamado a su chófer mientras Penny se arreglaba, y en ese momento la condujo fuera donde los esperaba el Bentley. Al ver su expresión de sorpresa, Stephano se sonrió, consciente de que su riqueza la sorprendía.
Él accedió por un lado y ella por el otro, y ambos se acomodaron en los suntuosos asientos de cuero color marfil. El suave perfume floral de Penny incitó sus sentidos de tal manera que Stephano no recordaba haber sentido nada tan intenso en mucho tiempo. Sólo supo que a partir de entonces ese perfume siempre le recordaría a ella.
Penny estaba nerviosa, y tenía las manos entrelazadas y apoyadas en el regazo, las rodillas y los pies juntos y la espalda recta. No había pensado que fueran a ir en un coche así con chófer; de haberlo sabido, se habría cambiado de ropa. Ella no estaba acostumbrada a tanto lujo, y en ese momento rezó para que su jefe no la llevara a un restaurante igualmente elegante.
–Relájate –le rugió al oído–. No te voy a morder, te lo prometo.
Penny se retiró, y aunque no vio su expresión ceñuda, supo que él se había molestado por un leve gesto de tensión que lo delató. No estaba acostumbrado a que una mujer se apartara de él; más bien lo contrario.
Por una parte, Penny no quería apartarse de él; y tenía que reconocer que en ese momento le habría apetecido muchísimo que él la estrechara entre sus brazos fuertes y calientes. Pero por otra sabía cómo acabaría eso. Para empezar ella no pertenecía a su clase, y Stephano se limitaría a utilizarla para abandonarla después; igual que había hecho Max. Penny no estaba dispuesta a volver a pasar por eso.
Los hombres no sentían las cosas del mismo modo que las mujeres; sus emociones no entraban en juego cuando tenían una aventura, y por eso eran capaces de cortar una relación sin sufrir las consecuencias de la ruptura. Sin embargo, para las mujeres no era lo mismo.
–¿Adónde vamos? –preguntó ella, horrorizada al percibir una nota ronca en su voz.
–A unos de mis bistros favoritos.
Penny pensó que un bistro no sería un sitio tan elegante, y se relajó un poco.
–¿Y por qué no conduces tú?
Él esbozó una medio sonrisa que le dio un aire infantil.
–Por el problema del aparcamiento. Ya sabes cómo es Londres.
–Podríamos haber tomado el metro –dijo Penny, que al instante se echó a reír al ver la cara de susto de Stephano–. Supongo que no habrás tomado nunca el metro.
–Últimamente, no –reconoció él.
Seguramente, desde que había hecho su fortuna, pensaba Penny.
–La verdad es que es agradable que la lleven a una así, en un coche como éste –dijo ella, botando suavemente en el asiento.
–Me he fijado que tu un coche es un poco viejo –comentó Stephano sin dejar de sonreír.
Penny se encogió de hombros.
–El sueldo de una niñera no da para comprarse un coche nuevo. Aunque, si me quedo contigo el tiempo suficiente, a lo mejor lo consigo y todo –añadió con frescura.
–Yo te compraré uno –dijo él de inmediato.
Penny se quedó mirándolo, boquiabierta; porque él lo había dicho como si no significara nada. Pero fuera como fuera, Penny no iba a permitírselo.
–Pareces sorprendida.
–Y desde luego lo estoy –respondió ella–. ¿Por qué ibas a hacer algo así? Mi coche está perfectamente bien; ahora mismo no necesito otro.
–¿Entonces rechazas mi oferta?
A Penny le pareció que Stephano se había ofendido de verdad.
–Totalmente.
–Algunas de las niñeras que he empleado no tenían coche –le informó él–, así que hay uno en el garaje que compré sólo para que llevaran a mi hija de un sitio a otro. Puedes utilizarlo cuando quieras.
–No, gracias –respondió Penny enseguida–, pero te dejaré que me pagues la gasolina.
Él arqueó las cejas.
–Una mujer con principios. Menos mal, es un cambio de lo más refrescante. Me gusta.
Penny deseó que el corazón no le latiera tan deprisa, ni con tanta fuerza.
–Aún quedamos algunas –respondió con una sonrisa resuelta.
Si por lo menos no estuviera sentado tan cerca. Entre ellos había un pequeño espacio, pero no el suficiente. Penny notó el calor de su muslo, incluso con el aire acondicionado en marcha, y sus sentidos sintonizaron de manera alarmante.
Quería arrimarse a la puerta, pero no quería que él se percatara de su turbación. Sólo tenía que recordar que ésa era una comida de trabajo y que iban a hablar sobre su hija, nada más.
–Estás nerviosa todavía, Penny.
Ella volvió la cabeza con brusquedad. Stephano la observaba con aquellos ojos oscuros cargados de dulzura, como si quisiera tranquilizarla, y que dejara de retorcer las manos. Penny no podía creer lo que estaba haciendo, ni que se estuviera comportando de aquel modo tan extraño. Ella solía tener mucha confianza en sí misma, y normalmente nada la apocaba.
¡Salvo aquel hombre!
¿Qué tenía él que le hacía distinto a los demás, aparte de una enorme riqueza? Penny sabía que ésa no era la razón de su zozobra, de su nerviosismo. Stephano tenía sex appeal para dar y tomar, y era precisamente eso lo que le robaba la tranquilidad.
Jamás había conocido a nadie como Stephano Lorenzetti.
En el colegio, Penny había pasado años en el grupo de teatro. Y aunque nunca había actuado, en ese momento iba a tener que echar mano de lo que había aprendido allí. De modo que sonrió, se encogió de hombros y dijo:
–Me resulta extraño comer con mi jefe después de llevar sólo un día trabajando. Me siento como si estuviera en el punto de mira, como si fueras a interrogarme. ¿Es lo que vas a hacer?
–Hablaremos de lo que tú quieras –respondió él con tranquilidad, mientras la miraba fijamente con sus misteriosos ojos negros.
Para alivio de Penny, el coche se detuvo momentos después; pero nada más entrar en el bistro, empezó a ponerse nerviosa otra vez. Había pensado que un bistro era un lugar informal, con mesas en la terraza, y otras dentro, con manteles de cuadros y velas en tarros de cristal; bonito pero informal.
Pero aquello no tenía nada que ver con lo que ella había imaginado.
Para empezar, parecía un sitio muy caro. Tenía una sala amplia y espaciosa, donde se respiraba un ambiente formal y exclusivo. Los manteles eran de damasco blanco, y las mesas estaban bastante espaciadas. Cada una estaba adornada con flores frescas, y los cubiertos y demás utensilios eran de plata.
A pesar de todo, Penny levantó la cabeza y fingió estar acostumbrada a entrar con frecuencia en esos sitios tan estilosos.
¡Como si fuera cierto! Una comida allí seguramente se le llevaría el sueldo de una semana.
Un hombre saludó a Stephano calurosamente, dejando claro que era un cliente habitual.
–Yo no llamaría a esto un bistro –dijo ella cuando iban hacia la mesa.
–Para mí lo es –respondió él–. Hay un ambiente muy relajado, y la comida es exquisita –hizo un gesto con la mano–. Te gustará, te lo aseguro.
Quería preguntarle por qué estaban allí, y si tenía la intención de impresionarla. Esperaba que no estuviera detrás de nada más. Una cosa era que Stephano le gustara, y otra dejarse implicar.
Pero no tenía por qué preocuparse, porque Stephano era todo un caballero. Discutió el menú con ella, apasionadamente, y la comida resultó perfecta en todos los sentidos. Cuando terminaron de comer, Penny se había olvidado de todas sus preocupaciones y estaba totalmente relajada.
Habían hablado de todo un poco, salvo de temas personales. Ella le preguntó de qué parte de Italia procedía, y descubrió que era Roma; aunque llegado ese momento él se había mostrado más reservado. Por eso no se atrevió a preguntarle si sus padres vivían o no, o si tenía hermanos. Él, por su parte, se había enterado de que su color favorito era el marrón.
–¿El marrón? –dijo con incredulidad–. No puede ser. Te imagino de aguamarina, de celeste o de cualquier otro que destaque ese maravilloso color de ojos que tienes. ¿Te vistes alguna vez de colores así?
Sus palabras la sorprendieron. ¿En qué otras cosas se había fijado Stephano?
–Bueno, la mayor parte de mi ropa tiene los colores del otoño. Y éste –se miró la falda que llevaba puesta– es uno de mis conjuntos favoritos.
La blusa tenía un escote bastante generoso. Sintió que Stephano le miraba los pechos y notó un suave cosquilleo. ¿Qué sentiría si él se los acariciara? Sólo de pensarlo se le aceleró el pulso, y Penny aspiró hondo para mantener a raya las explosivas sensaciones.
Miró el reloj, en busca de una buena excusa para largarse cuanto antes.
–No quiero que se me haga tarde para ir a recoger a Chloe.
–Y yo debo volver al trabajo. Ha sido un placer comer contigo, Penny, he disfrutado mucho de tu compañía. Ahora siento que te conozco un poco mejor, y será un placer para mí que cuides de mi hija.
–Podrías ir a recogerla tú al colegio –dijo Penny con cautela–. A ella le encantaría.
Pero Stephano negó con la cabeza.
–Tengo otra reunión a las tres. Edward te llevará a casa. Yo puedo ir caminando desde aquí.
–¿Y estarás en casa antes de que se acueste Chloe? –le preguntó Penny.
–No estoy seguro. Seguramente no. Dale las buenas noches de mi parte.
–Chloe apenas te ve –dijo Penny–. Es injusto para ella que trabajes tantas horas. Sería estupendo si hicieras un esfuerzo para venir a verla.
De pronto se tapó la boca.
–Lo siento, no debería haber dicho eso; no es asunto mío.
–Desde luego que no es asunto tuyo –respondió él en tono fiero–. No estaría donde estoy hoy y Chloe no viviría como vive si no trabajara las horas que trabajo.
Penny estaba segura de que ya no le haría falta trabajar tanto, aunque no lo dijo en voz alta.
Sorprendentemente, no llegó tarde a casa. Chloe estaba ya acostada, pero eran sólo las ocho y diez cuando Penny terminó y se sentó fuera a leer un rato. Hacía una noche estupenda, y a través de los árboles en la distancia se distinguía el brillo del sol del ocaso en la superficie del lago. No podía dejar de dar gracias por haber encontrado un trabajo tan bueno como ése.
Muchas de sus amigas se habrían aburrido allí, pues les gustaban las fiestas, la música y la gente. Pero ella no echaba de menos nada de eso; al menos de momento. ¿O habría algo allí que le llamaba atención? ¿Tal vez el hombre de la casa?
Cerró los ojos y se imaginó su cara. Sólo de penar en él sentía un calor intenso en las entrañas, y echó la cabeza hacia atrás y se pasó la punta de la lengua por los labios resecos. ¡Cómo podían pasarle esas cosas!
–Penny.
Era una voz suave… y tan real…
Entonces notó una mano que le tocaba en el hombro.
–¿Penny, estás bien?
–¡Stephano!
Penny abrió los ojos como platos, sin darse cuenta de que lo había llamado por su nombre de pila.
–¡Qué susto me has dado! No te oí venir…
–Está claro –dijo con su voz aterciopelada.
Stephano tenía la voz más sensual que había oído en su vida, y sin querer se lo imaginó susurrándole palabras de amor. Estaba segura de que le haría ver el infinito sin tocarla siquiera.
¡Qué extraña situación!
–¿En qué pensabas?
–En nada –respondió ella rápidamente–. Has llegado a casa muy temprano.
Él torció el gesto.
–Te hice caso, y pensé en venir a ver a Chloe antes de que se acostara; pero parece que he llegado tarde.
–Sólo hace media hora que se ha acostado –le dijo Penny, mientras intentaba recuperar la compostura.
–Entonces estamos solos los dos.
Cosa rara, se le veía relajado; más joven, menos severo; y después de lo que había estado pensando antes, Penny sintió deseos de acariciarle la mejilla, de explorar el contorno de su rostro… de ver cómo besaba aquel hombre.
Desde que lo había dejado con Max no le había pasado nada así. Si se había encerrado en sí misma para protegerse, parecía que lo que sentía por él sólo conseguía sacarla de su encierro.
Sin embargo, no debía hacerlo, no debía enamorarse otra vez del hombre equivocado. Para Stephano ella sólo era la niñera de su hija, alguien que le quitaba un peso de encima, y una persona con la que divertirse un rato si surgía la oportunidad; nada más.
¿Pero por qué pensaba esas cosas? Él no había mostrado interés alguno en ella, ni inclinación alguna por besarla. Pero sabía que los hombres se aprovechaban de las situaciones.
Y se dio cuenta de que no se equivocaba cuando al momento él se acercó a ella tanto que sus labios estaban a meros centímetros de los suyos. Le vio los poros de la piel, y distinguió el suave aroma a madera de cedro; tenía el blanco de los ojos tan claro que Penny pensó que debía apartarse de él antes de dejarse cegar por su intensidad.
¡Santo cielo! Aquello no podía estar pasando de verdad. Sólo llevaba allí dos días. Era imposible que él se le echara encima de ese modo, que se arriesgara a asustarla.
Como ella había pensado, Stephano sonrió con satisfacción y se recostó en el asiento. Sin embargo, ella había delatado sus sentimientos; le había dado a entender que podría tomarla cuando quisiera.
–Disculpa, creo que será mejor que vaya a ver a Chloe –dijo ella mientras se ponía de pie de un salto.
Entró en la habitación de la niña, que dormía como un angelito, con una sonrisa en los labios y su pelo negro, tan parecido al de su padre, extendido sobre la almohada. Era una niña muy dulce, y Penny no entendía bien por qué Stephano no le dedicaba más tiempo, ni por qué insistía en trabajar tantas horas, en lugar de disfrutar más de su hija.
Salía del cuarto de la niña con la cabeza agachada, meditando sobre lo que ella veía como una desdicha para Chloe, cuando se chocó con Stephano. El repentino contacto le dejó sin respiración, y aunque él la asió de los brazos con rapidez para que no se cayera, Penny sintió una debilidad en las piernas.
–¿A qué viene tanta prisa? –le preguntó, claramente preocupado–. ¿Le pasa algo a Chloe?
Penny negó con la cabeza. Todo iba bien, salvo lo que ella sentía en ese momento; una reacción que la sacudía por dentro.
–Entonces tienes que ser tú, o yo… o tal vez los dos.
Había humor en su mirada; pero antes de que ella pudiera adivinar sus intenciones, antes de que pudiera protestar, respirar siquiera, él inclinó la cabeza y atrapó sus labios con un beso tierno. Penny había imaginado que sus besos serían exquisitos, pero jamás habría anticipado el deseo que dominó su cuerpo, ni cómo todo empezó a darle vueltas, hasta que estuvo segura de que saldría despedida como un cohete si aquel hombre no se apartaba de ella.
Se había pasado años convenciéndose de que ningún hombre volvería a hacerle vibrar de emoción; sin embargo, se había equivocado.
Stephano se había colado en los lugares más recónditos de su vida, y como consecuencia volvía a ser una mujer con necesidades que debían ser satisfechas.
Cuando empujó una puerta y le urgió para que entrara, Penny se percató de que estaban en su dormitorio; pero de eso sólo parecía enterarse a medias, porque el resto de su pensamiento estaba en ese momento obnubilado y exaltado, presa de unos sentimientos que la empujaban a un abismo donde sólo importaba ese momento, como si quedara suspendido en el tiempo.
Y en lugar de enfrentarse a él, se dejó llevar por la sensación erótica de los besos de Stephano, mientras susurraba su nombre en sus labios, mientras el fuego que él mismo había encendido le consumía todo el cuerpo. Allí no cabía preguntarse qué demonios se había apoderado de ella; sólo deseaba ceder a las tórridas sensaciones que inflamaban sus sentidos.
Stephano la empujó hasta la cama y la abrazó mientras se tumbaban en el mullido colchón, mientras le sujetaba la cabeza en el hueco del hombro. Tenía una cama grande y cómoda, y Penny cerró los ojos y se olvidó de dónde estaba o de lo que estaba haciendo. Sólo importaba la sensación del cuerpo caliente de Stephano junto al suyo, el latido intenso de su ardiente pasión.
Con delicadeza, Stephano trazó la silueta de su cara con la punta de los dedos. La urgencia del beso había cedido, pero no dejó de besarla. Penny se relajó entre sus brazos, dejándose llevar por la magia del momento, pegándose a él todavía más.
Stephano buscó sus labios y le dio un beso que despertó de nuevo sus sentidos, que consiguió que se retorciera contra él y que pronunciara su nombre con anhelo. Hundió sus dedos entre sus cabellos y sintió tal emoción que le dio miedo. Apenas conocía a ese hombre, sin embargo estaba allí, en su cama, disfrutando de sus besos, como si fuera su amante.
Penny sacó fuerzas de flaqueza y empujó suavemente a Stephano. No podía permitir que pasara nada; porque se mirara por donde se mirara, era una auténtica locura.
Capítulo 3
TEMBLOROSA y enfadada, se apartó de él y lo miró con gesto acusador. –¿Por eso se marcharon las niñeras que había antes? ¿Porque no fuiste capaz de quitarles las manos de encima?
–¡Mio Dio! ¿Crees de verdad que soy así? –Stephano se incorporó y avanzó hacia ella en silencio, con movimientos gráciles y potentes, como si fuera una pantera.
–Entonces dime que no es verdad –dijo ella con gesto desafiante, verdaderamente enfadada y agobiada–. Dime que me estabas besando porque te parezco atractiva, y no sólo porque estaba disponible y tú estás ardiente.
Lo miró a los ojos sin vacilar, tratando de ignorar al mismo tiempo lo que aún sentía por dentro.
–A mí me da la impresión de que tú no me has rechazado, al menos al principio –respondió él con tranquilidad–. Me ha parecido que el deseo era mutuo.
Tenía razón, pero no pensaba decírselo. Y como él no le había dicho que ella le pareciera atractiva, ahí tenía la respuesta. De pronto se sintió ridícula, y eso la enfadó todavía más.
–Como para confiar en un hombre… –murmuró, dirigiéndose hacia la puerta.
Pero a los pocos segundos sintió una mano pesada en el hombro, y Stephano le dio la vuelta para mirarla de frente.
–No permito que nadie me acuse de ese modo –dijo muy enfadado, paralizándola con una mirada furibunda.
Penny se quedó quieta, y notó se le formaba un nudo en el estómago; aunque hubiera querido avanzar, no habría podido.
–Los dos lo hemos deseado, y no puedes negarlo –añadió él con frialdad–. Tal vez te hayas sentido culpable, pero nunca, escúchame bien, nunca me acuses en falso.
–¿Así que ya está? –Penny lo miró con valentía, con la cabeza bien alta–. ¿O tengo que estar en guardia? ¿Quiero decir, si es posible que vuelva a ocurrir?
–Eso depende de ti.
Stephano la soltó y se separó un poco de ella; pero se le veía tenso y lleno de resolución.
Penny se estremeció. Estaba allí para hacer un trabajo, no para acostarse con el dueño de la casa. Él le había creído presa fácil, y ella había estado a punto de sucumbir.
Sintió náuseas sólo de pensarlo
–Si depende de mí, le aseguro, señor Lorenzetti, que esto no volverá a ocurrir.
Él inclinó la cabeza.
–Que así sea.
–Pues que así sea –respondió antes de darse la vuelta y seguir hacia la puerta.
Stephano se sonrió cuando Penny salía del cuarto. No le sorprendía que ella hubiera interrumpido su apasionado abrazo. Más bien le había sorprendido que Penny se hubiera dejado besar. No podía negar que la experiencia le había gustado. Penny era la tentación hecha carne; y tanto le gustaba que incluso empezaba a preguntarse si habría hecho bien empleándola.
Las otras niñeras habían sido severas y estiradas, y Chloe las había detestado tanto que se había comportado fatal. Sin embargo, parecía que su hija la adoraba, y Stephano estaba seguro de que la vida en casa sería mucho más estable estando allí Penny. Así que de momento tendría que dominar su deseo.
A mitad de la noche los gritos de Chloe llamando a su madre despertaron a Stephano. Había tenido pesadillas similares desde que había muerto su madre, aunque afortunadamente eran cada vez menos frecuentes. Stephano había empezado a pensar que la niña comenzaba a aceptar la pérdida.
Él no era un padrazo; en realidad, le costaba consolar a Chloe, y nunca sabía qué decirle. Supuso que sería porque apenas la había tratado en sus primeros años.
Sin embargo saltó de la cama, se puso una bata a toda prisa y segundos después estaba en el dormitorio de su hija. Penny ya estaba allí con ella. Stephano se quedó mirándolas un momento sin decir nada, maravillándose de lo bien que se le daba a Penny estar con Chloe y de cómo sus palabras parecían consolar a la pequeña; casi como si ella fuera ella su madre.
De pronto Chloe lo vio.
–Papi, he tenido un sueño malo. Penny me ha consolado.
Se acercó a la cama y miró a Penny, recordando entonces el beso que se habían dado. ¡Cómo olvidarlo, si su beso le había hecho sentir cosas que no recordaba haber sentido jamás! Pero ignoró esos pensamientos con resolución y fue a saludar a su hija.
–Entonces me alegro de haberla traído para ti, mio bello.
Chloe le tendió los brazos, y él la abrazó de inmediato, consciente de que Penny lo observaba con atención.
–¿Papi, puede dormir Penny conmigo?
Stephano se sintió un poco dolido. ¿Por qué Penny, y no él? Sabía la respuesta: no se había ganado el amor de su hija.
Miró a Penny y sintió de nuevo el golpe de deseo. Tenía que salir de allí antes de meter la pata.
–Si a Penny no le importa.
Penny lo miró con extrañeza, antes de sonreír a Chloe.
–Unos minutos, cariño.
–Entonces, os veo por la mañana a las dos –dijo Stephano mientras salía del cuarto.
Pero cuando se acostaba, se dijo que podría acabar haciendo el ridículo si Penny Keeling estaba cerca. Porque aparte de belleza, la joven poseía integridad.
Fuera lo que fuera lo que le había hecho sucumbir a su beso, no era su manera habitual de comportarse; de eso estaba seguro. Le daba la impresión de que Penny era una de esas mujeres que sólo se entregaban a un hombre del que estuviera profundamente enamorada, y el hecho de haber estado a punto de entregarse a él le había aterrorizado.
Lo mejor que podía hacer era distanciarse de ella, y la mejor manera de hacerlo era sumergirse de lleno en el proyecto en el que su empresa estaba trabajando en ese momento: una campaña a nivel mundial para otra empresa de más envergadura que hasta el momento siempre los había eludido. En esa ocasión estaban ya tan cerca de conseguirlo que estaba dispuesto a trabajar veinticuatro horas al día los siete días de la semana para asegurarse el contrato.
Penny se había dejado besar por Stephano porque empezaba a olvidar el daño que le había hecho Max. Max había sido también un hombre de negocios de éxito, y también había tenido a tantas mujeres como había deseado; en realidad, muy parecido a Stephano. Penny lo había conocido en una fiesta, y cuando él le había dicho que era especial, ella se había enamorado locamente de él. Su aventura había durado seis meses, y ella había pensado que él acabaría pidiéndole en matrimonio. La impresión que había recibido cuando se había enterado de que se estaba viendo con otra le había repugnado totalmente.
En realidad ya le habían avisado de que no solía quedarse mucho tiempo con una sola mujer; pero Max le había dicho que ella era especial, distinta, y ella le había creído. Su belleza física la había deslumbrado de tal modo que no se había dado cuenta de que le habría dicho lo mismo a todas las mujeres con las que había salido.
Cuando finalmente Max la había dejado, ella había jurado que no volvería a ser juguete de nadie. Y así había sido… hasta que había conocido a Stephano.
Se dijo que éste sólo quería vivir una aventura con ella; se parecía demasiado a Max como para que fuera de otro modo. Pero Penny tenía que reconocer que los dos hombres no se parecían en nada. Stephano era un príncipe comparado con Max, y aunque Penny sabía que debía mantener las distancias, la atracción estaba ahí.
–¿Dónde están Penny y Chloe?
Era la tarde siguiente, y Stephano había regresado temprano a casa; pero salvo por su ama de llaves, allí no había nadie más. Llevaba todo el día pensando en Penny, y en cómo había respondido a sus besos, aunque luego se hubiera retirado y le hubiera culpado a él.
–En una fiesta de cumpleaños –respondió su ama de llaves.
–¿Se ha llevado a Chloe sin pedirme permiso? ¿Sin decírmelo?
Stephano sabía que podía confiar en Penny; pero sin saber por qué, no le hacía gracia que su hija le tomara demasiado cariño a la niñera.
–Estoy segura de que Chloe está bien –dijo Emily con calma–. Penny es una chica muy maja, y Chloe le ha tomado mucho cariño. Se ve que no está con ella como con algunas de las anteriores –terminó de decir la mujer con un resoplido de desaprobación.
–Lo sé, lo sé –concedió él–. Creo que no elegí muy bien antes. Aun así, Penny no tenía derecho a…
–Tampoco estabas aquí para preguntarte –le recordó Emily con sus modales habituales.
–¿Y dónde es esta fiesta? –quiso saber Stephano.
–En casa de su hermana. Es el cumpleaños de su sobrina.
–¿Tienes la dirección?
Emily asintió.
–Penny me la dejó por si acaso. También tengo el teléfono.
–Penny, alguien pregunta por ti.
Penny miró a su hermana extrañada.
–¿Quién es?
–El padre de Chloe –le informó Abbie en tono funesto.
Antes de que Abbie pudiera añadir nada más, la figura alta y esbelta de Stephano Lorenzetti apareció a la puerta.
–Por favor, Penny, me gustaría hablar contigo un momento.
Penny miró a su hermana y luego a Stephano.
–No esperaba que volviera de trabajar tan temprano.
–Está claro –respondió él en tono seco–. Ni tampoco se te ocurrió preguntar si quería o no que te llevaras a mi hija a la fiesta de cumpleaños de una desconocida, ¿verdad?
–No es una desconocida, es mi sobrina –respondió ella–. Y ésta es mi hermana.
Abbie arqueó las cejas.
–Encantada de conocerlo, señor Lorenzetti –pero evidentemente lo dijo sin ganas, y rápidamente se metió en la cocina.
–Sea o no la casa de tu hermana, me gustaría que cuando te lleves a mi hija a un sitio nuevo me lo comunicaras. He vuelto a casa para estar con ella, y me encuentro con que habéis desaparecido.
¡Para estar con Chloe! Penny lo dudaba mucho. Además, le dolió que no confiara en ella.
–No me enteré de que había una fiesta hasta que Abbie me llamó esta mañana. Fue una decisión impulsiva, y se me ocurrió que Chloe se lo pasaría bien… Apenas juega con niños de su edad.
Sólo de verlo se había puesto nerviosa otra vez, y Penny rezó para que no se le notaran los pezones tirantes bajo la tela de la camiseta.
–Podrías haberme llamado por teléfono –respondió él–. Tienes mi número.
–Me dejaste muy claro que sólo lo utilizara para una urgencia –alzó la cabeza, un poco dolida–. Una fiesta de cumpleaños no me parece una situación de emergencia.
Penny deseó que el corazón no le latiera tan deprisa; su reacción le hizo pensar que con ese hombre corría un serio peligro.
–Sea como sea, quiero saber lo que haces con Chloe. Me asusté al llegar a casa y no encontraros.
–Se lo dije a Emily.
–Sí, menos mal… ¿Por cierto, dónde está Chloe?
–¿Te la vas a llevar a casa? –le preguntó Penny con incredulidad–. Se lo está pasando de miedo. ¿Por qué no te quedas aquí con nosotros?
Lo dijo por decir, sabiendo muy bien que Stephano preferiría salir corriendo a quedarse con los niños. Penny no quiso que él notara su sorpresa y salió al jardín, donde había un grupo grande de niños dando vueltas, gritando y riendo.
Chloe estaba en medio del corro. Se la veía feliz y animada, y Stephano se sintió un poco culpable por entrar así. Su hija estaba bien allí. Debería haberlo sabido, haber confiado en Penny.
Y confiaba en ella. Sólo estaba frustrado. Había vuelto a casa temprano, porque Penny le había hecho sentirse culpable; pero también había tenido ganas de verla a ella, y al no encontrarla en casa, la decepción había sido doble.
Entonces se había presentado allí muy enfadado, y al ver lo contentos que estaban todos se había sentido ridículo. Aunque intentó disimularlo. Se quedó allí de pie y observó a los niños con seriedad; hasta que Chloe lo vio y fue corriendo a saludarlo.
–Papá, ven a jugar al escondite conmigo.
Pero Stephano no se imaginaba jugando al escondite con un montón de niños. Sacudió la cabeza con una sonrisa en los labios.
–He venido para llevarte a casa, Chloe.
A la niña le cambió la cara.
–¡Aún no, papi, por favor! ¡No me quiero ir, lo estoy pasando muy bien!
Y últimamente no lo había pasado bien; perder a una madre no era nada divertido. Así que Stephano suspiró, y cedió.
–Muy bien, nos quedamos un rato, pero sólo diez minutos más.
La niña se marchó corriendo muy contenta.
Cuando se dio la vuelta, Penny estaba ahí.
–Gracias –dijo ella en voz baja–, es la primera vez que veo a Chloe tan contenta.
–Echa de menos a su madre –dijo él.
Penny asintió.
–Nadie puede ocupar el lugar de una madre. Pero tú deberías aprender a relajarte más con tu hija; te sorprendería lo bien que lo puedes pasar.
–Creo que me lo pasaría mejor contigo, Penny –rugió en voz baja.
Penny sintió un latigazo de deseo y se ruborizó.
–Creí que eso lo habíamos dejado claro. No me prometiste que nunca…
–Sí –respondió sin dejarle terminar–. ¿Pero no son las promesas para romperlas? –añadió bajando el tono de voz.
El sonido de su voz le provocaba unos estremecimientos difíciles de contener; y Penny se angustió por tener que dominar su reacción instintiva.
Sería estúpido por su parte dejarse llevar, pero lo deseaba como no había deseado a nadie. Sabía que en ese momento no estaba utilizando la cabeza, sino el corazón.
–A lo mejor para ti sí, pero yo no lo creo así –dijo Penny mientras se atrevía a mirarlo a los ojos.
Cuando sus ojos oscuros la inmovilizaron, Penny deseó no haberlo mirado.
–No puedes negar que sientes algo por mí –anunció él en tono suave–. Incluso en este momento te gustaría que estuviéramos en algún lugar a solas, que nuestros cuerpos se fundieran de deseo, que pudieras…
Penny se tapó los oídos, con la esperanza de que nadie se fijara en ella.
–Me niego a seguir escuchando, Stephano. Cometí un error, pero no es probable que vuelva a hacerlo. Te ruego que te marches; dentro de un rato, volveré a casa con Chloe.
Todo aquello no tenía sentido. En ese momento, vio que su hermana la miraba y con la mirada le pidió ayuda. Abbie fue inmediatamente a donde estaban ellos.
–Stephano, tienes una hija maravillosa. Debes de estar orgulloso de ella.
Henchido de orgullo como lo habría estado cualquier padre, Stephano sonrió.
–Bueno, gracias… Abbie, ¿verdad? En realidad, es más labor de su madre que mía; pero, sí, Chloe es una niña estupenda.
–Y estoy segura de que Penny es de gran ayuda. Los niños se le dan de maravilla. Siempre ha dicho que quiere tener tres hijos por lo menos.
–¡Abbie! –exclamó Penny.
–Bueno, es cierto, ¿no?
–Sí, pero no quiero que lo sepa todo el mundo; en especial mi jefe. ¿Qué va a pensar de mí?
–Pues estoy pensando, señorita Keeling –empezó Stephano con una sonrisa cálida– que hay muchas cosas de ti que no sé, y que será un placer descubrir.
Penny miró a Stephano y luego a su hermana, y notó el gesto de sorpresa de ésta. Abbie no tardaría en interrogarla. En realidad, su hermana no dejaba de decirle que ya era hora de que se buscara a un hombre, y tal vez le diera por pensar que Stephano Lorenzetti pudiera ser el candidato ideal.
–No lo creo, señor Lorenzetti –declaró–. Prefiero que nuestra relación se ciña al plano profesional.
Él arqueó una ceja con gesto amenazador.
–Pues en esa capacidad, insisto en que traigas a Chloe a casa inmediatamente.
–No puedes hacer eso –protestó, cada vez más enfadada–. Se lo está pasando bien. ¿No te das cuenta?
La niña se escondió corriendo detrás de un arbusto, ajena a la conversación de los mayores.
–He dicho diez minutos, y ya han pasado –respondió con gesto obstinado–. ¡Chloe! –la llamó en voz alta, y su hija acudió de inmediato a su lado–. Nos marchamos –añadió en tono más suave.
Chloe miró a Penny.
–¿Tengo que irme?
La niña puso una cara de pena, como si se fuera a echar a llorar de un momento a otro. Pero Penny no podía contravenir los deseos del padre, por lo menos delante de la niña, de modo que asintió de mala gana, aunque se le partía el corazón de ver a Chloe así.
Cuando miró a su hermana, supo que ésta compartía la opinión de que Stephano era demasiado duro con Chloe.
–¿Te vienes tú también? –preguntó Stephano a Penny.
Penny dejó de pensar y se volvió hacia él.
–Si no te importa, me voy a quedar un rato con mi hermana para echarle una mano –dijo–; pero volveré para ocuparme de acostar a Chloe, estate tranquilo.
Stephano entrecerró los ojos, pero no dijo nada, y después de decir adiós se alejó con Chloe de la mano. La pequeña se volvió a mirarla y sonrió.
–Hasta pronto –dijo Chloe.
–Es un cretino, ¿no? –dijo Abbie en cuanto supo que el otro no podría oírla–. Sé que es magnífico en su negocio, y también es guapo y sexy, pero no sabe cómo tratar a su hija.
–No creo siquiera que sepa lo que acaba de hacer –suspiró Penny–. Es conmigo con quien está enfadado, y me imagino que me echará los perros cuando vuelva a la casa.
–Pero no puedes informarle de todo. Él te ha dejado al cargo de su hija, y debería permitirte tomar algunas decisiones. Si quieres que te sea sincera, no me gusta nada la actitud de tu jefe.
Penny no quería empezar a criticarlo, de modo que no dijo nada. Tenía un trabajo seguro y muy bien pagado, y no quería hablar de ello. Además, Abbie tenía la mala costumbre de repetir las conversaciones delante de otras amigas.
Cuando se marcharon todos los niños y Penny ayudó a Abbie a recoger, eran casi las siete de la carde.
Al llegar a casa, Stephano la estaba esperando.
–Empezaba a pensar que no volverías –le dijo en tono grave y sensual, excitándola al instante.
–Sería incapaz de olvidarme de Chloe –respondió con serenidad–, pero si me permites decirlo, creo que te has equivocado al llevártela esta tarde. Se lo estaba pasando tan bien; y no ha estado bien ni por ella, ni por la niña del cumpleaños.
–¿Ha dicho algo tu hermana?
–¡Pues claro que no! Pero es de mala educación. Y no es como si hubieras tenido que marcharte por una razón de peso. Sólo lo has hecho porque tú no te sentías cómodo allí.
–¿Ahora te has vuelto una experta en mis sentimientos? –preguntó Stephano en tono mordaz.
Ojala lo fuera, aunque ella preferiría especializarse en otra clase de sentimientos; en todas esas sensaciones que le harían vibrar y satisfarían sus deseos.
–No me atrevería a presumir tal cosa –respondió ella en tono seco–. Ahora, si me disculpas, voy a atender a Chloe. ¿Está en el cuarto de los juguetes?
En el ático había una habitación especialmente para que Chloe jugara, que haría las delicias de cualquier niño. Pero Chloe no era lo bastante mayor para pasar mucho rato jugando allí, y en opinión de Penny, había sido un gasto inútil.
–No, está en la cama.
Penny miró a Stephano muy sorprendida.
–¿La has acostado?
Él asintió.
–¿Y ya está dormida?
Penny no podía dar crédito, pero era un paso en la dirección adecuada, lo cual tal vez significara que Stephano la estaba escuchando.
–Creo que sí.
Penny quería comprobarlo, y subió corriendo al cuarto de la niña. Se asomó a la habitación y vio que la niña estaba muy quieta en la cama. Cuando fue a retirarse, oyó la vocecita de Chloe.
–Penny…
Se acercó rápidamente a la cama de la niña.
–¿Qué te pasa, cariño?
–Papi no me quiere.
Sus palabras le llegaron al corazón.
–Yo creo que sí, Chloe. ¿Por qué lo dices?
–Porque no me ha dejado quedarme en la fiesta. Y yo quería esperarte, pero él dijo que tenía que irme a dormir. No me quiere como me quería mamá; echo mucho de menos a mamá; quiero que me dé un abrazo hasta que me quede dormida.
Entonces se echó a llorar.
Penny se tumbó en el borde de la cama, acunó suavemente a la niña y le limpió las lágrimas con un pañuelo.
–Estoy segura de que tu papá te quiere mucho, cariño, y no quiere ser malo contigo. Él necesita que tú también lo ayudes, no te olvides que también él estará triste. Quería a tu madre tanto como tú.
–¿Entonces por qué no vivía con nosotros? –le preguntó Chloe con los ojos muy abiertos–. Yo no conocí a mi papá hasta que vino por mí, cuando murió mi mamá.
Capítulo 4
PENNY se quedó estupefacta. No sabía que Stephano y su esposa se hubieran separado, o tal vez divorciado. Le habría gustado que él se lo hubiera contado.
Sin embargo, eso no justificaba el que no se hubiera ocupado de su hija. Tal vez Chloe quedara afectada para siempre por el rechazo de su padre, por esa falta de interés.
Sin duda Stephano Lorenzetti era un hombre cruel, insensible y despiadado, y ella pensaba decírselo.
Lo buscó por todas partes y finalmente lo encontró en su despacho. Stephano estaba muy relajado, con los pies encima de la mesa; pero sólo hasta que entró ella hecha un basilisco, lista para la batalla.
–¿Pasa algo? –preguntó él mientras bajaba los pies y se ponía de pie.
Penny plantó delante de él.
–Desde luego que pasa, señor Lorenzetti –aspiró hondo, con la intención de escoger bien sus palabras–. Chloe acaba de decirme algo que me ha sorprendido muchísimo.
–¿Chloe? –repitió, con los ojos muy abiertos–. Pensaba que estaba dormida.
–Entonces supongo que se haría la dormida –respondió Penny–. Aunque bien pensado no es posible que concilie bien el sueño si piensa que su papá no la quiere –Penny lo miró muy enfadada, solidarizándose con aquella pequeña que sólo quería el cariño de su padre–. Si Chloe no me necesitara, me marcharía ahora mismo.
Stephano se cruzó de brazos y la contempló unos momentos con mirada de advertencia.
–Yo en tu lugar tendría cuidado, señorita Keeling. Te estás pasando de la raya.
–Me da lo mismo –respondió ella, aunque por dentro estuviera muerta de miedo.
Stephano dio un paso hacia ella, pero Penny no se movió, y tampoco apartó la mirada de la suya. La colonia de su jefe invadió sus sentidos, e irremediablemente recordó el beso que…
¡No! ¡No quería que se acercara tanto!
–Dime, entonces, qué te ha dicho Chloe que te ha enfadado tanto –susurró Stephano con su marcado acento italiano, listo para la batalla también.
Sin embargo, para Penny él no tenía defensa alguna; porque dejar abandonado a un niño era algo inexcusable.
–¿Por qué quisiste hacerme creer que tú y tu esposa seguíais viviendo juntos cuando ella murió?
Su pregunta lo tomó por sorpresa, pero Stephano echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos.
–¿Eso pensaste? No creo haber implicado eso nunca, Penny. De todos modos, mi vida privada no es asunto tuyo… ¡Tú trabajas para mí! –añadió en tono más frío e imperioso que antes.
–Me has escogido para que cuide de tu hija –declaró ella con convencimiento–, y si ella está disgustada, mi labor es intentar aclararlo.
–¿Chloe está disgustada? –preguntó con sorpresa, pasando de la rabia a la sorpresa, incluso tal vez a la preocupación.
–Me parece lo más lógico, sobre todo teniendo en cuenta que ella cree que su padre no la quiere.
–¿Eso ha dicho?
Penny asintió, un poco menos enfadada.
–¿Y tú la crees?
–Lo que yo crea no importa; importa lo que sienta Chloe, y es lo que ella siente. ¿Y cómo no va a sentirlo si su padre no ha ido nunca a verla hasta que murió su madre?
–No tienes ni idea de lo que dices –soltó él en tono enfadado.
Penny observó la tensión en su cuerpo y en su cara, y se dijo que debía tener cuidado con lo que le decía.
–Entonces cuéntamelo –le exigió–. Dime exactamente por qué Chloe dice que no sabía nada de ti hasta que murió su madre.
Siguió un silencio prolongado, que a Penny se le hizo eterno.
–Porque mi esposa nunca me dijo que tenía una hija.
Se le veía tan dolido, que Penny no pudo ignorar su expresión.
–Cuando me dejó estaba embarazada, pero debía de estar de muy poco tiempo, porque yo no tenía ni idea; y como te he dicho, ella no me dijo nada. Luego ya no volvió a ponerse en contacto conmigo, ya que el divorcio lo hicimos a través de nuestros abogados. Fue muy egoísta por su parte ocultarme la existencia de mi propia hija.
Penny se quedó sin palabras, muy afectada por la noticia. ¿Cómo podía una mujer ocultar la existencia de un hijo a su padre? Se le encogió el corazón de pena por haberle hablado de esa manera, y se sintió muy culpable.
–Lo siento. Sé que no servirá de nada, pero es la verdad. Lo siento mucho.
Y sin pensarlo se acercó a él y lo miró a la cara.
–De verdad…
Stephano la abrazó impulsivamente con un quejido de pesar. Penny levantó la cara y lo miró a los ojos, unos ojos donde se reflejaba la turbación de su alma; y cuando se inclinó sobre ella, cuando tomó sus labios y su boca, lo hizo tan ardientemente que Penny entendió que deseaba librarse de aquellos pensamientos aciagos.
Penny dejó que el beso embriagara sus sentidos y también lo besó, con el deseo intenso de ser amada. Casi como si él le hubiera leído el pensamiento, le susurró al oído:
–Penny, duerme esta noche conmigo.
Penny sabía que no la amaba, que sólo quería perderse en su cuerpo; claro que ella también deseaba lo mismo. Sabía que era una auténtica locura, que ella no quería liarse con nadie de ese modo. Pero también sabía que aquello no desembocaría en una relación seria; que sólo sería una noche de pasión. ¿Qué daño podía hacerle?
Pero mientras le daba vueltas a la cabeza, Penny le respondió con un beso tan ardiente que hasta ella misma se sorprendió. Porque ella nunca había hecho nada tan impulsivo en su vida.
Al instante, Stephano la tomó en brazos, la apretó contra su cuerpo y la llevó arriba con agilidad, como si no pesara más que su hija.
Penny sintió los latidos de sus corazones. Stephano era el hombre más viril que había conocido jamás, y el aroma de su piel era tan intenso y sensual que resultaba mareante.
Cuando la puerta de su dormitorio se cerró con suavidad a sus espaldas, Stephano relajó los brazos y la bajó muy despacio, dejando que se deslizara sobre su cuerpo fuerte y caliente; centímetro a centímetro, asegurándose de que ella notara lo mucho que la deseaba.
Su erección era colosal, magnífica, imposible de ignorar. La fiereza y fuerza de su persona la aturdía y excitaba como nada, privándola totalmente del raciocinio; de tal modo que se apretó contra su cuerpo y le echó los brazos al cuello para que él besara sus labios, sedientos y receptivos.
Fue un beso fiero, ardiente; intensamente erótico. La lengua de Stephano invadía su boca, la acariciaba y la incitaba, provocando en ella una respuesta aún más salvaje.
Penny le agarró la cabeza y enroscó con los dedos su pelo negro, mientras él la transportaba a un lugar donde nunca había estado, a un lugar donde nada salvo Stephano tenía sentido.
Todo era tan fuerte: sus besos, el placer de sus caricias, su aroma; un aroma tan intenso que embriagaba más que el alcohol.
Estaba ebria de deseo; un deseo real, un deseo que rugía en su cuerpo con la fuerza de un ciclón. Quería agarrarse a Stephano por si esa energía le hacía flaquear.
Penny no sabría decir cómo pasó, pero de pronto se estaban devorando el uno al otro. Momentos después estaban en la cama, ella totalmente desnuda ya.
Stephano también lo estaba. Tenía la piel aceitunada, en contraste con la suya, pálida; el torso bien formado, y unos muslos fuertes potentes.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Stephano empezó a explorar su cuerpo con sus dedos ágiles de un modo tan sensual que Penny se dijo que no aguantaría mucho rato así. Ella había pensado que la tomaría con pericia y rapidez, saltándose los preliminares; pero se había equivocado totalmente. Trazó con ternura el contorno de sus cejas, la simpática línea de su nariz y la delicada curva de las orejas.
Cuando llegó a sus labios, ella gritaba con silencioso deseo, y lamió sus dedos con anhelo, mientras ella también le tocaba la cara. Stephano era un hombre orgulloso, un hombre tremendamente apuesto; y también arrogante y hábil; pero en ese momento, dependía de ella.
Él la necesitaba. Quería que olvidara sus malos recuerdos, quería perderse en ella, junto a ella, con ella… Y ella… Y ella no podía sino complacerlo.
Stephano sabía que lo que estaba haciendo era arriesgado, que no quería tener una relación, y menos con la niñera de su hija; pero al mismo tiempo sentía la necesidad de librarse del tormento que encerraba su alma.
Su propia hija creía que él no la amaba, y eso le había parecido horrible. Al día siguiente se ocuparía de eso; pero de momento sólo quería sumergirse en las profundidades del placer. Y mientras Penny supiera lo que sentía él, mientras no esperara más de él, ella sería el antídoto perfecto.
–Sabes lo que haces, ¿verdad? –le preguntó en tono sensual, sin separar apenas los labios de los de ella, al tiempo que jadeaba con anhelo.
Bebió de sus labios el néctar más exquisito, que fue para él un afrodisíaco del que no podía saciarse. En ese momento comprendió que con ella no bastaría con una vez.
Era una situación peligrosa, suicida, y se dijo que tal vez debería retirarse ya, mientras estuviera a tiempo.
–Lo sé, Stephano, pero no puedo evitarlo. También te deseo.
Con un gemido ronco, él reclamó su boca y la besó con tanto ardor que su dolor, su tensión y su malestar empezaron a ceder de nuevo.
Penny sintió el cambio en él, como si de pronto Stephano se hubiera liberado de sus tensiones, como si hubiera dejado atrás sus dudas. Y si él se sentía libre, ella también.
Se abandonó a sus besos, que devolvió con avidez, y cuando él se retiró un poco para explorar la dulce curva de su cuello, Penny apoyó la cabeza suavemente sobre la almohada y volvió a acariciarle el pelo con sensual abandono, mientras se acostumbrada a su tacto, a su calor, a su forma.
Pero cuando él empezó a acariciar sus pechos con los dedos, la lengua y los labios, y agasajó dulcemente los pezones firmes, ella se olvidó de su pelo y apoyó las manos a los lados, jadeando sin consuelo.
–¡Oh, Stephano!
Al oír su voz, él hizo una pausa y levantó la cabeza.
–¿No te gusta?
–¿Que si no me gusta? ¡Me encanta!
Stephano era un amante experto que sabía cómo volverla loca, cómo hacer para que se retorciera de placer, para que también ella lo acariciara, para que deslizara los dedos por su piel firme y caliente, sintiendo la fuerza de sus músculos, incluso la palpitante fuerza de su miembro caliente.
Cuando continuó explorando un poco más abajo, buscando el corazón caliente y mojado entre sus piernas, Penny apenas podía respirar.
Cerró los ojos, moviendo la cabeza de un lado al otro, tan sólo consciente de que Stephano controlaba todo su cuerpo, instruyéndolo para que obedeciera sus órdenes, para inflamarlo con sus caricias, para que sintiera una explosión de sensaciones como no había sentido jamás.
Penny ya no estaba segura de ser ella la protagonista inmersa en aquella oleada de sensaciones; a ella nunca le pasaban esas cosas, y se dijo que o bien estaba soñando, o imaginándoselo.
Además, Penny Keeling nunca se habría metido en un lío como aquél, porque para empezar no le iban las aventuras amorosas de esa naturaleza. Con una relación fracasada había tenido suficiente; y ella era cuidadosa, sensata, equilibrada…
Pero deseaba tanto que Stephano le hiciera el amor, que no podía seguir engañándose. De todos modos, si él no la tomaba de inmediato, si no saciaba aquella necesidad que estaba a punto de estallar, ella tomaría la iniciativa y se echaría encima de él.
–¿Estás lista?
¿Le habría leído el pensamiento?
Penny asintió, sin darse cuenta en principio de que él estaba muy ocupado investigando otras partes interesantes de su anatomía.
–Sí… –fue el gemido desfallecido que le dio como respuesta.
Stephano se retiró un momento, se puso un preservativo y momentos después estaba dentro de ella. Al principio lo hizo muy despacio, hasta que notó que estaba totalmente relajada.
Lo que pasó después fue un torbellino de sensaciones, jadeos, cuerpos que se bamboleaban y giraban, gemidos entrecortados y caricias ardientes; hasta que les sobrevino una explosión que los transportó a la cima, empapando sus cuerpos en sudor, mientras sus corazones latían con tanta fuerza que parecía como si fueran a salírseles del pecho.
Durante la noche, Stephano le hizo el amor otra vez, y otra después. Era un hombre que descargaba su tensión de ese modo; claro que a Penny no le importó en absoluto. Aquélla era una experiencia nueva para ella, ya que jamás le habían hecho el amor de un modo tan maravilloso; y nadie había atendido a sus necesidades como lo había hecho Stephano.
El hombre que le había parecido tan cruel hacia su hija, resultaba ser un amante de ensueño.
Pero cuando se despertó a la mañana siguiente, él ya no estaba en la cama. Penny pensó en todo lo que había pasado y se sintió culpable. Sintió mucha vergüenza sólo de pensar que se había entregado a Stephano y se había dejado utilizar a placer. Le había dado a entender que era suya para cuando quisiera tomarla.
Se le revolvió el estómago de lo nerviosa que se estaba poniendo, de la humillación que de pronto la golpeó de frente.
Había sido una estúpida. ¿Cómo podía volver a mirarlo a la cara? Tal vez sería mejor marcharse antes de que acostarse con su jefe fuera se convirtiera en la norma. Salvo que su deber era cuidar de Chloe. Ella no podía marcharse y someter a la niña a una nueva sucesión de niñeras, ya que ninguna aguantaba durante mucho tiempo la prolongada jornada laboral que exigía Stephano.
Salió del dormitorio de su jefe diciéndose que aquello no volvería a ocurrir. De camino a su habitación, se asomó a la de Chloe, pero vio que la niña ya no estaba en la cama.
Esperaba que estuviera con su padre. Después de lo que le había dicho a él el día anterior, estaba segura de que habría querido hablar con Chloe para quitarle de la cabeza que él no la quería.
Después de ducharse y vestirse en un tiempo récord, Penny fue en busca de Chloe. La niña estaba en la cocina con Emily, pero no vio a Stephano.
–El señor Lorenzetti se ha marchado a trabajar –le informó el ama de llaves.
–¿Has visto a papá antes de marcharse? –le preguntó Penny a Chloe.
Apenas pudo creerlo al ver que la niña negaba con la cabeza, con la mirada triste y decepcionada.
Penny la abrazó.
–Está tan ocupado, que supongo que no te despertaría. ¿Qué vas a desayunar?
Durante todo el día Penny se sintió disgustada con Stephano; no sólo porque había ignorado a su hija, sino porque ella se sentía ridícula. Él la había utilizado, y ella lo odiaba por ello. Pero si era sincera tenía que reconocer que ella lo había deseado tanto como él a ella, y que se había entregado a él voluntariamente.
Al ver que Stephano no regresaba a casa temprano para estar con Chloe, la rabia de Penny fue en aumento. Eran casi las diez cuando oyó su coche en el camino.
Ella se había sentado en silencio, no había encendido la tele, ni tampoco la música; porque estaba esperándolo para atacarlo en cuanto entrara por la puerta.
Conocía su rutina. Dejaría el maletín en el despacho, colgaría la chaqueta en el respaldo de alguna silla y después iría al salón pequeño, donde se serviría un whisky para relajarse un rato en su sillón favorito.
Stephano parecía muy cansado cuando entró en la habitación, pero eso a Penny no le importó. Se levantó del asiento de la ventana y se volvió hacia él.
–Penny… –Stephano sonrió al verla–. Estabas tan dormida esta mañana que no quise despertarte… He tenido un día horrible… –se pasó la mano por la cabeza, se aflojó la corbata y se la quitó y se quitó también los gemelos–. ¿Y tú? ¿Qué tal has pasado el día? –se acercó a ella, como si fuera a darle un abrazo–. ¿Y Chloe? ¿Está en la cama? Quería…
–¿Qué querías? –empezó Penny, incapaz de contener la rabia.
–Pues verla antes de que se acostara, claro está –frunció el ceño mientras detenía de pronto sus pasos, consciente de que las cosas no podían ser como él había esperado que fueran.
Seguramente, se decía Penny, Stephano querría continuar donde lo habían dejado la noche anterior; pero si ése era el caso, se llevaría una verdadera sorpresa.
–Es muy noble por tu parte –le soltó con fastidio–, pero ya lleva horas en la cama. ¿No sabes acaso qué hora es? Esta mañana no habría pasado nada si hubieras llegado a trabajar un poco más tarde y hubieras hablado con ella antes de que se fuera al colegio. ¿Es que no te importa que tu hija piense que no la quieres?
–Pues claro que me importa.
Parecía confuso, como si no hubiera esperado aquella crítica.
–A mí no me lo parece –opinó Penny con rabia–. Tú con buscar a alguien que se ocupe de ella, te quedas tranquilo. No eres un padre, tan sólo un proveedor.
Stephano la miró con expresión ceñuda, visiblemente disgustado.
–¿Cómo te atreves a hablarme así? Tú no tienes ni idea de lo que estoy pasando en este momento.
Penny arqueó una ceja de manera muy expresiva.
–Tal vez no, pero sé lo que Chloe está pasando, y que ella te necesita más de lo que te necesita tu negocio.
Stephano la condenó con la mirada; toda la pasión y el placer que había reflejado la noche anterior se había desvanecido, dejando en su lugar la expresión fría y severa de un hombre a quien no le gustaba que la niñera de su hija lo llamara al orden.
Stephano le echó otra mirada antes de cruzar la sala y servirse una copa; dio un buen trago antes de dirigirse a ella de nuevo.
–Me cuesta creer que seas la misma mujer con quien me acosté anoche.
Un par de ojos casi negros se fijaron en los suyos, y Penny ignoró la leve pero insistente sensación que empezaba a invadirla.
–Eso es porque no soy la misma mujer –respondió–. Esa mujer fue una tonta que cedió al chantaje emocional. Esa mujer te vio dolido, y quiso ayudarte a sobrellevar tu dolor. Pero esta mujer –se llevó la mano al corazón– ha visto tu otra cara. La que no se preocupa por los demás. La del adicto al trabajo. La del hombre que le da más importancia al trabajo que a la familia. Estoy segura de que coincidirás conmigo en que no es una situación muy agradable.
Capítulo 5
STEPHANO se sentía culpable por todo lo que había pasado; tan mal, que no podía ni hablar. Pero lo que no quería era que un dragón en forma de niñera se lo recordara.
–¿Te atreves a criticarme?
La incredulidad daba paso al enfado. Ningún empleado se había atrevido jamás a hablarle así… ¡Claro que no se había llevado a ninguna a la cama!
Penny alzó la barbilla y lo miró con gesto desafiante.
–Pues sí que me atrevo. No mereces a Chloe. A lo mejor por eso…
De pronto se tapó la boca con la mano, ahogando sus palabras. Pero Stephano sabía lo que había estado a punto de decir; y tenía razón. Una de las razones por las que su esposa lo había dejado había sido porque le daba más importancia al trabajo que a la vida familiar; pero no iba a permitir que nadie cuestionara su comportamiento.
Sin embargo, no pudo evitar pensar en lo guapa que estaba así enfadada, con los ojos brillantes, más violetas que azules, las mejillas sonrosadas, o la cadencia de su pecho al respirar. Llevaba una blusa de seda muy fina, y Stephano experimentó el deseo repentino de tomarla allí mismo.
Llevaba todo el día deseando volver a casa; Penny había sido una amante erótica la noche anterior, e inevitablemente Stephano deseaba más.
–Voy a ignorar ese comentario –le dijo en tono seco–, y si has terminado ya de regañarme por el tema de mi hija, a lo mejor te apetece tomarte algo conmigo. Podríamos hablarlo tranquilamente.
Sus ojos azules lo condenaban; sin embargo, Stephano quería llevársela a la cama esa noche otra vez.
Probarla una vez no había sido suficiente. Él nunca pensaba en nada salvo en el trabajo cuando estaba en la oficina; pero ese día, durante una reunión muy importante, había empezado a distraerse con otros pensamientos que nada tenían que ver con el trabajo.
Y aunque el resto del día había conseguido ignorar sus lascivas inclinaciones, cuando iba en el coche de camino a casa esos pensamientos habían regresado con fuerza.
Penny no daba crédito a la audacia de Stephano, y se quedó mirándolo con nerviosismo, sin saber cómo había podido entregarse a él. Ese hombre no tenía corazón, sólo el trabajo le importaba; había poco tiempo para la diversión.
–¿De verdad crees que me voy a tomar una copa contigo después de… todo? –Penny apretó los puños–. Eres increíble, Stephano. Me voy a dormir; buenas noches, señor Lorenzetti.
Y dicho eso, Penny dio media vuelta para marcharse.
–No lo creo.
Sus palabras detuvieron sus pasos de inmediato, y Penny se dio la vuelta, muy despacio.
–No tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer en mi tiempo libre; tú no me has empleado para entretenerte. ¿O acaso no me enteré bien en la entrevista? –le preguntó con sarcasmo–. ¿Es eso lo que tenías en mente?
–Ni hablar, y tú lo sabes –respondió él con rabia.
–¿Pensaste principalmente en Chloe?
–Pues claro.
–Entonces ya tienes tu respuesta –respondió ella con exasperación–. Chloe es también mi preocupación principal. Lo de anoche fue para pasar el rato; y no volverá a ocurrir.
Esa vez ella se marchó, y él no intentó detenerla.
Penny se tiró encima de la cama y pensó en su temeridad al hablarle así a Stephano; pero no se arrepentía de nada de lo que le había dicho.
En mitad de la noche, Penny se despertó de pronto y se dio cuenta de que se había quedado dormida encima de la cama. Se levantó sin hacer ruido y fue al baño. A la puerta, se detuvo un momento porque de pronto le pareció oír hablar a Chloe y a su padre, en el dormitorio de Chloe…
Se acercó de puntillas a la puerta que separaba la sala del cuarto de la niña y aguzó el oído. Sí, sin duda eran padre e hija. Penny sonrió un momento antes de darse la vuelta, desvestirse y meterse en la cama.
A la mañana siguiente, cuando bajó al comedor, se encontró allí a Chloe, nada menos que con su padre. Penny entró y sonrió.
–Buenos días.
Chloe soltó una risilla.
–Siéntate con nosotros –la invitó Stephano.
Penny lo miró con sorpresa, antes de sentarse.
–Gracias –dijo ella.
Delante de su hija no podía decirle mucho, pero demostró su aprobación. Y cuando finalmente dijo que tenía que marcharse a trabajar, ella asintió con formalidad. Chloe se levantó y le dio un abrazo enorme, y Stephano la besó en las mejillas. Era la primera vez que Penny lo veía mostrar tal emoción.
–¿Sabías que Chloe empieza las vacaciones de verano este viernes? –le dijo Penny a Stephano.
Penny había estado disfrutando de aquel cálido atardecer junto al lago, rodeado ya por una valla, observando unos patos que graznaban en la superficie, cuando Stephano la había sorprendido. Se había quitado el traje y llevaba una camisa azul cielo y unos pantalones de sport. A Penny le pareció que estaba guapísimo.
Como de costumbre, su sensualidad, su presencia y el aroma incitante de su colonia le revolucionaron los sentidos e incitaron sus deseos.
–¿Ah, sí? ¿Y por qué no se me ha dicho antes?
–Imagino que tendrías el calendario escolar desde el comienzo del curso –dijo ella arqueando las cejas, mientras rezaba para que él no se sentara tan cerca.
¿Cómo podía ignorarlo si hacía esas cosas? ¿Cómo cortar la riada de sentimientos que empezaba a recorrerla por entero?
–A mí nunca me han dado nada –Stephano frunció el ceño de manera casi cómica.
Penny se preguntó si Stephano se habría acordado si se lo hubieran dado. El padre de Chloe estaba demasiado en su mundo; y seguramente las habría tirado a la papelera.
–Significa que pasará seis semanas en casa –dijo Penny.
–¿Y por que me lo dices…? –dijo él–. No estarás pensando en tomarte unas vacaciones, ¿verdad?
–Pues claro que no –respondió ella–, pero si no te importa que te lo diga, mi intención era sugerirte que te las tomaras tú, que te vayas con Chloe de vacaciones a la playa, los dos solos. Necesitáis conoceros, y ésta sería una buena oportunidad.
Penny se quedó expectante, esperando su respuesta. En principio se temió una explosión, así que desvió la mirada y continuó observando los patos.
Pero no dejó un instante de estar pendiente de él; demasiado, tal vez. El ambiente se volvió tenso, y pasados unos momentos Penny sintió que no podía respirar. La presencia de Stephano se palpaba por doquier, y Penny se maravilló de la fuerza de su personalidad.
Y cuando el silencio se prolongó un poco más de lo debido, cuando ya no podía esperar más, se volvió hacia él despacio. Stephano estaba mirándola con una expresión tan intensa en sus cálidos ojos marrones que Penny sintió de nuevo que le faltaba el aire, y que no se podía mover.
–Qué buena idea, Penny.
Dios mío. ¿De verdad había dicho eso?
–Tienes razón, necesitamos estar juntos.
¡Qué bien! Penny apenas daba crédito.
–Pero hay un problema.
¡Ya estaba allí la excusa! ¡La salida!
–Chloe te necesita también a ti.
–¿Cómo? –dijo antes de poderse contener.
¡Más bien sería él quien la necesitaba! Para acostarse con ella, claro.
–Hay cosas que tú haces con ella que a mí no se me dan bien –dijo él.
–Entonces, tendrás que aprender –declaró Penny en tono firme.
No quería contemplar esos ojos tan magnéticos, pero le resultaba imposible. Estaba tan cerca, y era una persona tan intensa, tan vital, que no podía ignorarlo.
–Si voy, fastidiaré el objetivo principal.
–Y si no vas y fracaso, ¿qué?
–¿Stephano Lorenzetti, me estás haciendo chantaje?
Penny pensó en dirigirse a él con más formalidad, para mantener el equilibrio de la conversación. Lo deseaba tanto que tenía miedo de que se le notara.
–¿Crees que me atrevería a hacerlo?
A Penny le pareció que estaba distinto esa noche. No sabía si estaba mostrando su lado más tierno y humano, o si era porque quería algo. Seguramente porque quería volver a acostarse con ella. Fuera como fuera, tenía los sentidos a flor de piel.
–Eres capaz de cualquier cosa –dijo ella, rezando para que él no notara el temblor en su voz.
–En eso es algo en lo que los dos estamos de acuerdo –dijo él–, porque en este mismo momento, por ejemplo, sería muy capaz de besar a la atractiva niñera de mi hija.
Aunque le había advertido de su intención, Penny no fue capaz de moverse. Y cuando se acercó a ella muy despacio, sólo vio el brillo de deseo en su mirada y aspiró su aroma viril. Pero eso sólo le sirvió para excitarse aún más.
Stephano se detuvo cuando sus labios estaban a pocos milímetros de los de ella. Penny sabía que él la estaba atormentando, viendo a ver si tomaba la iniciativa o si se echaba atrás.
De algún sitio, sacó fuerzas para resistirse y se retiró un poco, sofocada.
–No lo creo –dijo con valentía–. Y si te parece la manera más adecuado de convencerme para que me vaya contigo de vacaciones, entonces estás muy equivocado.
Para fastidio de ella, Stephano sonrió y se encogió de hombros, como si en esa ocasión se resignara a perder, y se recostó en el banco.
–Parece que voy a tener que encontrar otro modo de convencerte –le dijo en voz baja, mientras le retiraba un mechón de pelo de la cara, deleitándose con la suavidad de su mejilla.
No recordaba la última vez que una mujer le había afectado tanto como aquélla.
Penny era distinta a todas las demás mujeres. A él nunca le habían rechazado, y el recelo de Penny era para él una novedad; aunque no la deseaba sólo por esa razón. Aparte de ser una mujer intrigante, era una amante maravillosa. Además, cuando Penny estaba enfadada, no le importaba decírselo; y eso también era una novedad para él.
Había discutido con su esposa, pero no así. Sus discusiones casi siempre habían sido de dinero, sobre todo de lo deprisa que lo había gastado ella. Sin embargo, el dinero no parecía preocuparle a Penny. Sí, necesitaba el empleo, pero no había intentado meterse en su cama para sacarle más, ni nada por el estilo.
Si acaso, había sido al revés. Era él quien estaba detrás de ella, y al no resultarle fácil se había convertido en una especie de desafío. Sobre todo cuando ella le apartó la mano de la cara de un manotazo.
–Stephano Lorenzetti, si sigues así voy a tener que dejar este empleo.
Él frunció el ceño y retiró la mano al instante.
–¿Ya no te gusta que te toque?
Penny cerró los ojos, y Stephano adivinó el debate que bullía en su interior.
–Lo que a mí me guste y lo que está bien son dos cosas muy distintas –dijo enfadada–. Para empezar soy una empleada tuya, y mi opinión es que es mejor no mezclar estas cosas; y en segundo lugar, no me interesa tener ningún lío… con ningún hombre.
–¿Puedes decirme quién te ha hecho estar así?
Se había mostrado tan apasionada, tan vehemente, que Stephano no pudo menos que sentirse intrigado. Además, quería saber qué le había pasado, y quién le había hecho tanto daño.
Pero Penny negó con la cabeza.
–No es asunto tuyo, sólo mío. Y no quiero volver a hablar de ese tema.
–¿Tanto daño te hizo?
Ella se encogió de hombros.
–Supongo que sí.
Stephano sintió rabia sólo de pensar que alguien podía aprovecharse de una persona tan buena y cariñosa… ¿Buena y cariñosa? Más bien echaba fuego por la boca. ¿O sería que también ella tenía dos caras? Fuera como fuera, era una combinación intrigante que deseaba conocer mucho mejor.
Pero sobre todo, en ese momento quería abrazarla y consolarla, salvo que sabía que ella se lo tomaría a mal. De modo que se puso de pie y fue hasta la orilla del lago, cerca de donde estaban sentados.
–¿Te importa cambiar de opinión con referencia a las vacaciones?
Lo dijo en tono esperanzado, y con una sonrisa de medio lado.
–Si me llevo a Chloe, tu ayuda me vendría muy bien; puramente como niñera suya.
En cuanto a lo demás, ya se vería. Él no buscaba una relación a largo plazo, pues como Penny, había sufrido y no confiaba ya en el amor.
Penny vaciló. La verdad era que deseaba ir, y más que nada ansiaba dormir de nuevo con él. ¿Pero cómo acabaría aquello? No quería volver a sufrir.
Pero por otra parte no estaba segura de que Stephano fuera capaz de cuidar de su hija él solo todo el día.
Ella deseaba sonreírle, lanzarse a sus brazos y decirle que sí. Pero eso sería como declarar su disposición a embarcarse en una aventura; y ella sabía que en el fondo no era capaz estar con él y luego olvidarlo. Tendría que ser o todo o nada.
Y Stephano no le ofrecía nada.
–Sigo esperando –dijo él en tono suave–. Si no puedes hacerlo por mí, piensa en Chloe.
Penny sonrió. Entonces, asintió levemente.
–De acuerdo; iré, por el bien de Chloe.
Él sonrió de inmediato. Penny no le había visto sonreír nunca con tanto placer como en ese momento. Había visto satisfacción en su mirada cuando hacían el amor, sí; pero eso no era lo mismo, era un placer como el de un niño. Sin darse cuenta, ella sonrió también.
–Creo que esto hay que celebrarlo –anunció él–. Ven.
Y antes de que ella pudiera objetar, la tomó de la mano y echaron a andar. Penny pensó en soltarse, pero habría sido una grosería. De pronto Stephano echó a correr, riéndose, y ella se contagió del ambiente. Cuando llegaron a casa, casi sin aliento, Penny pensó que Stephano la abrazaría y la besaría.
Pero no lo hizo, y ella se alegró, pensando que de haberlo hecho lo habría estropeado todo. Nunca había visto ese lado de Stephano, su lado divertido, y le gustaba.
Stephano la dejó un momento en el cenador acristalado, y a los dos minutos reapareció con una botella de champán y dos elegantes copas. Mientras lo servía, Penny no pudo evitar admirar sus dedos largos y bien formados; unos dedos que la habían acariciado, que habían excitado cada centímetro de su cuerpo. ¡Sólo de pensar en el placer que él le había proporcionado se excitaba otra vez! Y sabía que tendría que tener mucho cuidado y no beber demasiado, o esa noche acabaría acostándose con él.
Y eso sentaría un claro precedente para las vacaciones.
Stephano le pasó la copa y levantó la suya, y esperó a que ella hubiera dado un sorbo para hablar.
–Voy a llevaros a un sitio a ti y a Chloe donde yo solía ir de pequeño.
–¿En Italia? –le preguntó ella.
Él asintió.
–¿Conoces Italia?
–No –respondió ella con una sonrisa de pesar–, aunque es un lugar que siempre he querido visitar, sobre todo Roma.
–Sí, Roma…
Pronunció el nombre con su bello acento italiano, pero más intenso quizás, más auténtico. A Penny le pareció aún más sexy, y sin saber por qué sintió que se le atenazaba la garganta.
–¿Echas de menos Italia?
–A veces, pero me encanta Inglaterra. Mi madre era inglesa.
–¿Era? –repitió Penny con pena.
–Tristemente, ya no vive –su mirada se ensombreció brevemente–. Ella nació y vivió en Londres, y aquí conoció a mi padre. Pero él no quería abandonar su querida Italia. Yo, sin embargo, no sentí el mismo remordimiento. Vine a estudiar a Oxford, y luego me quedé aquí.
–Y tu padre…
–Vive en Roma y vivirá allí hasta que se muera –bajó la mirada un momento, antes de continuar–. Pero ya basta de hablar de mí y de mi familia –dijo con firmeza–. Concentrémonos en nosotros.
¿En nosotros? Penny se estremeció por dentro, consciente de que no debía bajar la guardia durante las vacaciones. Se preguntó por qué había cedido a la tentación. Pero conocía bien la razón: Stephano Lorenzetti era uno de los hombres más sexys del mundo. ¿Quién podría resistírsele?
Sin embargo debía hacerlo. Tomó un sorbo de champán, y después otro, y al momento se había terminado la copa. Stephano volvió a servirle sin perder ni un momento.
–Por favor, más no –dijo ella débilmente, pero el alcohol empezaba a hacerle efecto ya.
–No podemos echar a perder esta botella –dijo él–. Y la noche es joven. No hay prisa.
Penny aspiró hondo. ¿Qué esperaba él?
Бесплатный фрагмент закончился.
