Читать книгу: «También puedes decir "no"»

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Capítulo 1: CÓMO IDENTIFICAR LA ASERTIVIDAD

Estás en una tienda de ropa. Te has probado diferentes vaqueros y camisetas. En realidad, nada te ha gustado, no es lo que andabas buscando. Pero te han atendido muy bien y la dependienta ha sido encantadora. Inexplicablemente, acabas comprando unos vaqueros.

Estás acabando de comer con unos amigos, es la hora de los cafés. El camarero trae una bandeja con los diferentes tipos de café que cada uno ha pedido. Sobra un cortado, y aunque tú has pedido un café solo, te oyes decir a ti mismo: «Va, no importa, yo me lo tomaré».

Llevas ya un rato en la cola de la caja del supermercado, y justo cuando es tu turno una señora mayor te pregunta: «¿Me dejas pasar? Solo llevo un par de cositas.». En realidad, tú no quieres cederle el paso, pero le dices: «Claro, adelante».

La conferencia a la que has asistido ha acabado. Te ha encantado; es más, te ha parecido fascinante. Tienes muchas ganas de acercarte y decirle al ponente cuánto has disfrutado y aprendido. Pero te vas, no te atreves.

Tienes guardia en el hospital este fin de semana, pero te ha surgido un plan perfecto. Llegas a primera hora con la idea de pedirle a uno de tus compañeros, en realidad tu amigo, que te cambie la guardia para poder hacer esa escapada. Cuando lo tienes delante, eres incapaz de hacerlo.

Tu amiga vuelve a llegar tarde. Estás enfadada y te gustaría decírselo. Pero solo eres capaz de poner mala cara y estar seria durante todo el tiempo.

¿Te has reconocido en alguna de estas situaciones? Todas son ejemplos en los que los protagonistas no son asertivos.

La asertividad es la habilidad para expresar de forma clara y directa lo que uno piensa, siente o desea.

Todo ello, claro está, sin resultar agresivo: manipulador, intimidatorio, falso, irónico o deshonesto de algún modo.

Aunque no hay una fórmula precisa de cómo ser asertivo en cada situación, estos son ejemplos de cómo los protagonistas de las historias anteriores hubieran podido ejercer su asertividad.

En la tienda de ropa, Antonia podría haber dicho: «Muchas gracias por tu amabilidad y paciencia, pero en realidad no he encontrado lo que andaba buscando».

Andrés, a la hora de los cafés podría haber reaccionado diciendo: «No, lo siento, yo no te pedí un cortado, sino un café solo. Por favor, ¿podrías traérmelo?».

Juan habría podido decir para ser asertivo: «No, señora, no. La verdad es que preferiría que usted hiciera la cola como todo el mundo».

Carlos se podría haber acercado al conferenciante y decirle: «Muchas gracias por esta magnífica conferencia. No solo he aprendido un montón, sino que además he disfrutado. Soy un gran seguidor de tu trabajo».

En el hospital, Ángeles podría haber disfrutado de su fin de semana si le hubiera dicho a su compañero: «Ramón, me gustaría que me hicieras la guardia del fin de semana. Me ha surgido un plan que me apetece mucho, ¿cómo lo tienes?».

La relación de Celia con su amiga probablemente mejoraría si ella le hubiera dicho: «Mira, cada vez que llegas tarde, me siento fatal pensando que no soy importante para ti. Quiero que hagas algo con esto, hay que solucionarlo».

1.1 Diferentes formas de entender la relación con los demás

Una de las características que define a la especie humana, quizá la más genuina, es la sociabilidad. Literalmente, estamos hechos para compartir nuestra vida con otros seres humanos. Aunque hay diferencias importantes entre culturas, todas ellas tienen en común que los niveles más altos de calidad de vida se consiguen compartiendo.

Sin embargo, resulta como mínimo paradójico que habiendo sido diseñados para vivir en grupo no nazcamos con un programa preinstalado de sociabilidad. No nacemos sabiendo cómo actuar para con los demás. Hay que aprenderlo. Y se aprende en el día a día, desde que nacemos, a través de las experiencias que vamos teniendo en relación con los demás. Influyen nuestros padres, nuestra familia, la guardería, el colegio, la universidad, los libros que leemos, las películas que vemos, etc.; es decir, cada una de nuestras vivencias. Todo ello conforma nuestra manera de entender las relaciones sociales.

No hay dos personas iguales. Cada una es única e irrepetible. Y esto también incluye el concepto de sociabilidad. En función de la casi infinita constelación de experiencias que hemos vivido, o a veces sufrido, cada uno de nosotros ha aprendido diferentes normas acerca de cómo compartir nuestra vida con los demás. Serían valores o reglas de lo que se considera adecuado o no en términos de interacción social. Hay gente que parece ser extremadamente consciente de sí misma: de sus derechos, deseos, objetivos y necesidades; otros, sin embargo, parecen haberse olvidado de ellos mismos, dejándose habitualmente en un segundo plano. Se podría hablar de un continuo. En un extremo se posicionaría la gente cuyo lema es «Soy mucho más importante que los demás» y, en el otro, los que viven siguiendo la regla «Tú eres mucho más importante que yo».

Sin embargo, conviene clarificar que incluso aquellas personas que están muy cerca de uno de los dos extremos no actúan siempre así. Es decir, y adelantando ya expresiones que se usarán constantemente en este libro, no hay nadie solo agresivo, solo pasivo o solo asertivo. Incluso los que están posicionados en los polos más opuestos, en escenarios distintos, ante personas diferentes, pueden actuar de manera distinta. Por eso, cuando utilicemos las expresiones «estilo agresivo», «estilo pasivo» o «estilo asertivo», el lector deberá entender patrones de comportamiento predominantes, regulares, habituales, pero no aplicables al 100 % de las interacciones sociales que estos individuos establecen.

1.2 Soy mucho más importante que los demás

Serían aquellos que en los escritos clásicos sobre habilidades sociales y asertividad han sido llamados agresivos. Y se lo merecen. Su forma de pensar sobre cómo interactuar socialmente está muy clara: ellos van primero. Están convencidos de que su punto de vista es el mejor, les cuesta empatizar con otras opiniones y no están dispuestos a ceder ni un ápice a favor de los demás. Es una postura ciertamente egocéntrica, y no es raro que estos individuos tengan un fuerte componente narcisista y que su autoestima sea muy alta.

En términos emocionales, y siempre dentro del área social, el sentimiento que más predomina es el enfado. Cualquier punto de vista diferente, crítica o sugerencia tiende a interpretarse como un ataque personal, lo que inevitablemente activa el enfado y, a menudo, el comportamiento agresivo.

Su conducta es excesiva. Su forma de hablar es brusca, con un volumen alto y un ritmo rápido. El contacto visual es constante, pueden acortar la distancia personal y los gestos son más enérgicos. Sus palabras pueden ser descalificativas, amenazantes, manipuladoras, irónicas o incluso insultantes.

Resulta impactante comprobar que este estilo agresivo de enfocar las relaciones sociales es altamente eficaz en términos de consecución de objetivos prácticos. No es raro encontrar personas con este patrón comportamental que ocupan cargos de poder o que han conseguido importantes logros materiales y profesionales. Eso sí, a costa de sacrificar el número y la calidad de las relaciones personales: afectividad, amistad, confianza o apoyo.

1.3 Tú eres mucho más importante que yo

En el polo opuesto de este continuo se sitúan los individuos predominantemente pasivos. Su forma de pensar también es peculiar. Aprendieron a quedarse siempre en un discreto segundo plano, a no molestar, a no llamar la atención. Tienen un miedo intenso a que los demás piensen mal sobre ellos y a ser rechazados. Esa fuerte convicción los lleva a creer que las opiniones de los demás son mejores que las suyas o a rehuir el potencial conflicto que supondría expresar sus ideas en caso de ser contrarias a las del resto. Olvidan o ni siquiera saben que tienen sus propios deseos, derechos o necesidades, como todo el mundo. Su autoestima es baja y depende de cuán aprobados se sientan por los demás. No es raro encontrar personas con esta estructura psicológica que aguanten situaciones abusivas de pareja, familia, amistad o trabajo.

La ansiedad, el miedo a la descalificación, es la emoción habitual. Temen no caer bien, hacer el ridículo, que se enfaden con ellos, dar una mala imagen, no ser queridos o perder relaciones. Afrontan muchas situaciones sociales en estado de alerta, anticipando mentalmente todo tipo de desgracias. Una proporción importante de estas personas acaba desarrollando fobia social, tristeza intensa o incluso depresión.

Su comportamiento es escaso, insuficiente. Rehúyen cualquier situación que, desde su punto de vista, implique peligro social: expresar opiniones y sentimientos, decir «no», hacer peticiones o defender derechos básicos del consumidor. En casos severos, hablan poco, gesticulan poco, les cuesta sostener la mirada, su volumen de voz es insuficiente y se sitúan estratégicamente en contexto de grupo en los sitios donde creen que van a pasar más desapercibidos. Sin embargo, de vez en cuando, pueden tener un intenso estallido de enfado y agresividad. Sucede tras la acumulación de la frustración que les hace sentir ser víctimas de trato injusto, abusivo o manipulativo.

Esta forma de actuación social, ser tan complacientes, consigue la aceptación social, pero no en la mejor de sus versiones. No suelen ser rechazados, pero no alcanzan un grado de intimidad y confianza importante. A veces, la gente opina de ellos que son débiles, sin personalidad o poco de fiar. En casos extremos, cuando el comportamiento es muy exagerado, se les margina, lo que no deja de ser paradójico, porque todo su comportamiento iba encaminado precisamente a que esto no sucediera.

1.4 Buscando el equilibrio: asertividad

Las personas predominantemente asertivas creen con firmeza que sus pensamientos, deseos o necesidades son, como mínimo, tan importantes como las de los demás.

Esta idea permite compatibilizar la búsqueda de las metas personales con las de los otros. Es lo que llamamos un estado de «sano egoísmo». Por ejemplo, en una situación de grupo en que hay diferencias de opinión sobre un determinado tema, la persona asertiva defendería y mantendría su postura de una manera sólida, pero amable. Escucharía atentamente las diferentes opiniones y argumentaría serenamente sobre el tema. No se enfadaría, pero tampoco temería lo que pudieran pensar de él al defender su versión de los hechos y, por supuesto, no intentaría convencer a toda costa al resto del grupo.

1 Su autoestima es alta y realista. Es consciente de sus puntos fuertes, pero también de sus debilidades.

2 No se sobrevalora, pero tampoco hace lo contrario. Es justo consigo mismo y se siente seguro en la interacción social.

Aunque, sin duda alguna, hay una pequeña cantidad de escenarios sociales que podrían activar en ellos ansiedad o enfado, atraviesan la mayoría de ellos con calma, serenidad y casi siempre disfrute. No es raro que su familia, amigos o conocidos piensen en estas personas usando expresiones como «seguros de sí mismos, fiables, auténticos, honestos».

Su forma de actuar se caracteriza por la claridad. Expresan los sentimientos que realmente tienen, verbalizan sin subterfugios lo que desean o piensan, son directos, pero empáticos y amables. Son capaces de expresar críticas y también halagos, de mantener su opinión, de negarse a hacer algo que no les apetece o de reconocer que se han equivocado. No hay áreas sociales peligrosas para ellos.

Su comunicación corporal y verbal se ajusta a las demandas de la situación. Sonríen, mantienen contacto ocular, sus gestos son fluidos, modulan su volumen y ritmo, y usan las palabras más adecuadas para cada contexto.

Sus relaciones sociales son amplias y satisfactorias. Desde niveles de intimidad hasta niveles más superficiales.

1.5 Diferenciar los tres estilos de interacción social

Para ayudarte a saber qué estilo de comportamiento social predomina en ti, encontrarás a continuación una lista de situaciones que para la mayoría de la gente entrañan un cierto grado de dificultad, así como diferentes maneras de afrontarlas.

SITUACIÓN 1. Decir «no» ante una petición. «¿Me dejas el coche?».

1 Me enfado y, gritando, le digo: «¿De qué vas?».

2 Me pongo muy nervioso y empiezo a dar excusas hasta que cedo.

3 Tranquila, pero firmemente, le digo: «No, lo siento, no me va bien».

SITUACIÓN 2. Hacer una petición. Pedir que te acompañen al médico.

1 Con un tono amenazador, le digo: «¿Te acuerdas de aquel favor que te hice? Pues ahora te toca devolvérmelo».

2 Pienso mucho cómo decírselo, sufro mucho, y al final no se lo pido.

3 Le digo «¿podrías acompañarme al médico mañana?».

SITUACIÓN 3. Expresar un sentimiento positivo. Halagar al interlocutor por su aspecto.

1 Con tono de voz irónico: «¡Huy! ¿Dónde vas tan guapo? ¿Qué, te vas de boda?».

2 Digo: «¿Es ropa nueva?».

3 Sonriendo y mirándole a los ojos, le digo: «Vaya, estás guapísimo».

SITUACIÓN 4. Recibir un sentimiento positivo. Contestar a un halago profesional.

1 «Pues claro, ¿con quién te crees que estás hablando?».

2 Respondo «¡Qué va! Lo habría hecho cualquiera».

3 «¡Gracias! La verdad es que he trabajado mucho y estoy contento con el resultado».

SITUACIÓN 5: Hacer una crítica. Criticar a un compañero de trabajo.

1 Casi gritando: «¡Como vuelvas a llegar tarde del almuerzo, vas a tener lo que no quieres!».

2 Le miro serio, miro el reloj de forma exagerada y no digo nada.

3 Le digo: «Cuando llegas tarde, como hoy, me molesto porque voy a tener menos tiempo para almorzar. Por favor, intenta ser puntual».

SITUACIÓN 6: Recibir una crítica. Un amigo critica la forma en que he tratado a otra persona, y no estoy de acuerdo.

1 «¡Para nada me he pasado! ¿Qué pasa, que no lo ves?».

2 «No, no, lo que yo quería decir es que…».

3 «Pues lamento que lo veas así, pero sigo pensando que hice lo más adecuado».

Defender derechos del consumidor.Devolver una prenda recién comprada en mal estado.

1 «¡A ver si tenéis un poquito más de profesionalidad y no estafáis a la gente!».

2 Envío a mi mujer para que lo cambie.

3 «Compré este polo la semana pasada, pero tiene el ojal defectuoso. Me gustaría que me lo cambiaras por otro».

Elige entre las opciones 1, 2 y 3 para cada situación, cuál se acercaría más a lo que tú harías.

Si predominan las respuestas de tipo 1, tu estilo sería el agresivo. Si tienes más respuestas de tipo 2, tu estilo habitual sería el pasivo. Y si, enhorabuena, tiendes a elegir la opción 3, tu estilo sería asertivo.

Como ya adelantamos en el epígrafe anterior, no hay nadie 100 % agresivo, pasivo o asertivo. En realidad, nuestro comportamiento está gobernado por los escenarios que lo activan y por las consecuencias que produce. Así, incluso la persona más agresiva, ante determinadas personas, puede tener un comportamiento pasivo. Por ejemplo, Emilio es muy agresivo en el escenario social de su trabajo, pero muchas veces es pasivo cuando se relaciona con la familia. O la persona más pasiva, ante el interlocutor adecuado, podría actuar asertiva o agresivamente. Luisa suele responder pasivamente, pero cuando tiene que defender a su hijo, explota de forma agresiva. Y, desde luego, laspersonas que tienden a ser asertivas en ciertos escenarios es indudable que podrían activar su modo agresivo o pasivo. Es el caso de Julián, que aunque en su día a día es una persona asertiva, ante interlocutores que él considera de mayor estatus profesional se torna pasivo.

En los próximos capítulos te enseñaremos las técnicas que la ciencia de la Psicología ha demostrado que son muy eficaces para, si tendemos a ser más agresivos o pasivos que asertivos, evolucionemos hacia la asertividad. O incluso si ya somos asertivos, todavía llegar a serlo más. El objetivo está claro: las personas asertivas tienen menos malestar psicológico, sus relaciones son mejores y su vida es más feliz. Así pues, querido lector, te instamos a que sigas leyendo.

Capítulo 2: ¿POR QUÉ SOMOS COMO SOMOS?

Los lagartos son muy felices. Su vida es muy cómoda. Nacen y llevan ya preinstaladas todas las estrategias que necesitan para sobrevivir. No necesitan aprender a cazar, a tener relaciones sexuales o a tomar el sol para no enfriarse demasiado, pero nunca aprenderán comportamientos más elaborados que estos.

Los leones son muy diferentes. Hay un tremendo salto evolutivo. Si bien también nacen con determinados repertorios conductuales instalados, su cerebro, extraordinariamente más potente, les permite aprender infinidad de conductas: jugar, cazar o desempeñar papeles dentro de su clan.

Los humanos somos la especie más inteligente de todas las que habitan en nuestro planeta. Aunque mantenemos algunos instintos básicos muy primarios, nuestro cerebro ha evolucionado tanto que somos como somos en función de las experiencias que vivimos. Esto puede resultar paradójico, porque un cachorro de perro sabe nadar, pero un bebé humano, no. Sin embargo, ese bebé se convertirá en adulto y, con la formación adecuada, podrá entender las bases de la física cuántica. Sin embargo, la capacidad de aprendizaje de su amigo canino, aunque nada desdeñable en términos evolutivos, estará muy limitada a aprendizajes básicos.

La manera en que nos relacionamos con los demás no es una excepción, también se aprende.

Este es un punto de extraordinaria importancia. Muchas personas que sufren serios problemas de relación social con altos niveles de ansiedad aún se sienten peor y muchas veces se deprimen por pensar que algo anda mal en ellos, que son individuos defectuosos. Su lógica para llegar a esta conclusión se basaría en la siguiente pregunta: «¿Cómo es posible que si todo el mundo está bien con los demás, yo lo pase tan mal? Algún mecanismo en mi cerebro está estropeado. Soy raro, anormal». El error viene de creer que la sociabilidad es innata, y que por tanto si no se tiene es que ha habido algún tipo de cruel error biológico. Nada más lejos de la verdad. La sociabilidad se aprende. Y a juzgar por las estadísticas, cuesta aprenderla. Aproximadamente el 20 % de la población general padece timidez.

2.1 ¿Por qué no todo el mundo es asertivo?

Para llegar a ser una persona asertiva se necesita aprender una gran cantidad de habilidades personales. No solo el comportamiento, sino también una forma de pensar que nos haga libres para ser asertivos.

Además, lo que entendemos por conducta asertiva incluye una gama de conductas muy amplia. Desde conversar hasta hablar en público, pasando por defender derechos personales, y otras aún si cabe más sofisticadas, como superar una entrevista de selección de personal o ligar. Y añadido a esto, hay que tener en cuenta que el proceso mediante el cual llegamos a desarrollar estas habilidades está multinfluenciado (sometido a múltiples influencias) y no tiene fin. Es un proceso dinámico que empieza prácticamente desde el nacimiento y acaba solo con la muerte. Cada uno de los ambientes sociales en que vivimos modifica en mayor o menor grado nuestra habilidad social.

2.2 ¿Cómo aprendemos? Modalidades de aprendizaje
El aprendizaje por imitación

Este tipo de aprendizaje suele denominarse también «aprendizaje vicario», porque se basa en las conductas que observas en los demás.

Quienes firman estas líneas no pueden evitar confesar qué impresionados quedaron al ver un documental de naturaleza sobre la vida de los leones en el que varios especímenes adultos enseñaban literalmente a unos cachorros a cazar. Los situaban en un punto alto para que pudieran observar con detalle las tácticas que utilizaban.

Si los mamíferos aprenden ya muchas conductas por modelos, observando a otros, en humanos prácticamente todos los comportamientos nuevos se aprenden de esta forma.

Los primeros modelos son los padres y el resto de la familia. De hecho, si quieres conocer de verdad a una persona, conoce a su familia. Los niños comienzan su andadura social imitando, casi copiando el comportamiento de sus padres. Cuando los padres muestran una relación social inhibida, escasa o incluso temerosa, hay altas probabilidades de que sus hijos aprendan a actuar de igual manera. Estos modelos pueden ser deficitarios de diferentes formas. En ocasiones son individuos con pocos contactos, con lo que su mundo social está muy restringido. No es raro que en estos casos, además, estos padres se sientan incómodos o hasta ansiosos. En otras, lo que constituiría un modelo inadecuado sería la calidad de las relaciones. Padres que hablan poco, a los que les cuesta mucho expresar sus sentimientos o lo que piensan, incluso en la relación directa con sus hijos. Padres que dan rodeos, ponen excusas o dan explicaciones innecesarias.

Si un niño crece en un entorno de este estilo, lo que seguramente aprenderá es a actuar de esa forma, pasivamente. Por supuesto, no es una fórmula matemática, porque siguiendo con la biografía de ese niño, pronto tendrá ocasión de observar otros modelos: en la guardería, con los primeros amigos o en los cuentos y dibujos animados, y quizá estas nuevas influencias puedan alterar lo ya aprendido.

Cuando, por el contrario, los padres son agresivos, van a modelar a sus hijos en tales estrategias. Si un niño observa durante años que su padre grita o manipula, o incluso es violento físicamente con los demás, no es raro que aprenda a ser así. A veces es incluso peor, porque esa conducta agresiva también se ejerce sobre el niño. Es curioso comprobar cómo hijos que han sufrido y han criticado esos comportamientos repiten en el futuro el mismo patrón con sus propios hijos. La explicación es muy sencilla. Aprendieron esa gama de conductas antes de estar preparados para censurarla, y aunque son conscientes del efecto negativo que producen, sobre todo en momentos de alta emocionabilidad (alto grado de emoción), se activan automáticamente.

Aunque los padres son los primeros modelos, no son los únicos. Cuando el niño sale de casa para ir a la guardería o al colegio, su mundo social se amplía enormemente y aparecen muchos nuevos modelos: sus profesores y sus compañeros.

Por imitación, va a aprender normas de cortesía como saludar al entrar en clase, a decir palabrotas, a respetar el turno de palabra o a interrumpir a otros, a pedir un favor o dar un empujón para ponerse el primero en la fila, etc.

En esta época aparecen también, y cada vez con mas fuerza, los modelos simbólicos. Lo que el niño aprende en cuentos, videojuegos, películas, dibujos animados o las redes sociales. A partir de cierta edad, y dependiendo de las normas familiares, el tiempo que el niño dedica a estas actividades es cada vez mayor. Un ejemplo extremo de la influencia de estos medios sería el uso excesivo de videojuegos violentos. Si un niño dedica muchas horas a la semana a ver cómo su héroe favorito consigue lo que quiere siempre a base de ser ultraviolento, no nos debería extrañar que esto influya en sus actitudes y comportamientos de una forma clara.

Más tarde, típicamente al principio de la adolescencia, el niño cambia su rol y deja de ser un observador pasivo ante los diferentes modelos para desarrollar su propio criterio y elegir su senda. En este proceso de seguir creando su yo social, ahora además elegirá con qué grupos se relacionará, qué leerá o qué películas y series verá. Y todas esas influencias aportarán algo a su forma de entender las relaciones sociales.

Y luego vendrán la universidad o el trabajo, la vida de pareja, en las que también se aprende por imitación y se influye en mayor o menor medida.

Un tipo especial de aprendizaje por modelos es lo que llamamos el aprendizaje paradójico o inverso. En ocasiones, los niños aprenden a comportarse de una manera completamente contraria a sus modelos por rechazo a esos patrones conductuales y al efecto que producen. Así, Joaquín, hijo de unos padres totalmente pasivos cuya vida estaba regida por la norma «nunca discutas con nadie», es actualmente una persona que disfruta y crea antagonismo, discusión e intercambio de opiniones. Es como si Joaquín hubiera aprendido que ser tan pasivo como lo fueron sus padres te lleva a una vida en la que los demás abusan de ti, y se hubiera rebelado contra ese legado conductual, sobrecompensándolo y adoptando la posición contraria.

El aprendizaje por el efecto de las conductas

Una vez desarrollada una conducta, esta produce efectos, consecuencias. Si el efecto es satisfactorio, agradable o placentero, lo que la persona aprende es a seguir emitiendo esas conductas. Por ejemplo, si cuando un niño está estudiando, sus padres le prestan mucha atención y son muy afectuosos, el niño aprenderá que estudiar es bueno. En otras ocasiones, las conductas producen efectos distintos, por ejemplo, reducir el malestar. Es el caso de otro niño que cuando sus papás le ponen pescado para cenar, llora y consigue que le cambien el pescado por una hamburguesa. Aquí el chaval aprende a llorar. Llorar es eficaz para no comer lo que no le apetece. El malestar que le supone la expectativa de comer el pescado desaparece cuando llora y consigue el cambio de alimento.

El comportamiento social, como el resto de la conducta humana, se rige por las mismas leyes. Cuando otro niño emite una conducta agresiva, como amenazar a un compañero de clase para colarse, y lo consigue, sin duda alguna fortifica e instala el comportamiento de amenazar en su estilo de relación social. En otras palabras, la próxima vez que se encuentre en una situación similar, las probabilidades de que repita la conducta agresiva serán mayores. Por otro lado, el efecto que producirá en el niño que ha sufrido la amenaza y se ha plegado a ella para evitar el conflicto es aprender a escapar, cediendo, de las situaciones socialmente difíciles. Eliminará el miedo que le provoca la amenaza permitiendo el abuso. Esta, junto a otras conductas similares, se convertirá en la base de su futuro comportamiento pasivo.

Las acciones pueden provocar otros dos efectos, también muy poderosos. El primero es el castigo. Si una actuación provoca un efecto desagradable, aversivo o doloroso, la persona debilitará, o en casos extremos, eliminará completamente esa conducta de su forma habitual de actuar. Si un adolescente opina sobre un tema en clase y el profesor o el resto de los alumnos se ríen de él y lo ridiculizan, probablemente aprenderá a no manifestar su opinión en público.

El segundo efecto es que la conducta no produzca ningún efecto. Si este mismo adolescente expresa la misma opinión y nadie responde, también se reducirán las probabilidades de que dé espontáneamente su opinión en el futuro.

La manera en que llegamos a ser socialmente como somos es una combinación del aprendizaje por modelos, en el que aprendemos comportamientos nuevos, y el aprendizaje por consecuencias, en el que se fortifican o debilitan estas conductas. El modelado crea las conductas nuevas y, según el efecto que estas producen, quedan o no fijadas.

Pedro, un niño de seis años, es testigo reiteradamente de cómo cuando sus padres no están de acuerdo en algo acaban discutiendo y parece ganar el que más grita. Un día, Pedro prueba a gritar a su hermano para conseguir un juguete, y lo consigue. Funciona. Pedro ha aprendido a gritar.

Marta, de 10 años, observa que cuando sus tíos le piden a su madre cualquier favor, aunque ella no quiere aceptar, acaba haciéndolo para rehuir el enfrentamiento. En el cole, una de sus amigas le pide que le deje su boli nuevo. Ella no quiere, pero al final cede, rehuyendo el enfrentamiento, y su amiga se lo agradece. Marta está aprendiendo a no decir no.

A ser asertivo también se aprende por los modelos y por las consecuencias. Luis, un chaval de 14 años, bastante tímido, tiene una nueva experiencia que cambiará su vida. En clase, mientras el profesor está explicando, su amigo Nacho levanta la mano y de una forma directa y tranquila comenta que no está de acuerdo con el punto de vista del educador. Este lo felicita y le dice que justo eso es lo que pretende enseñarles, a tener una actitud crítica y personal. En la próxima clase, Luis se atreve a hacer una pregunta o a expresar su opinión. Y el resultado será el mismo. Luis ha empezado a caminar por la senda de la asertividad.

Llegar a tener un estilo de relación u otro será, por lo tanto, el resultado de una combinación muy amplia de elementos. Idealmente, un niño llegará a ser un adulto asertivo si tiene la suerte de tener los modelos adecuados que le muestren cómo emitir las primeras conductas habilidosas y luego sigue viviendo en un ambiente social en que se premien esos comportamientos.

Por otra parte, al escarbar en la biografía de aquellas personas que acaban siendo adultos predominantemente pasivos o agresivos descubriremos, indefectiblemente, que presenciaron modelos de los mismos estilos y se criaron en ambientes donde las conductas pasivas o agresivas fueron sistemáticamente premiadas.

En realidad, todo esto es mucho más complicado. Si bien es cierto que las bases del comportamiento social o cómo uno se posiciona respecto a los otros se aprende en la primera infancia y a partir de ahí el resto de las experiencias se filtra a través de esos esquemas, no es menos cierto que este yo social nunca se cristaliza definitivamente. Muchos individuos aprenden en este periodo estilos pasivos o agresivos y, sin embargo, más tarde, en la adolescencia, en la juventud o en la adultez, cambian hacia un estilo asertivo. Y no siempre por un proceso directo de terapia, sino por un proceso de cambios azarosos en su mundo social.

Las posibilidades son infinitas. Para cada persona la conjunción exacta de variables educativas influyentes es diferente. Hay personas que han tenido modelos simultáneos antagonistas, muy agresivos y muy pasivos, incluso en sus padres. En otros casos, estas versiones de cómo mostrarse socialmente diferente dependían de distintos escenarios sociales, por ejemplo en casa y en el colegio. Y así podrían haber influido diferentes grupos de amigos, familiares no directos o su youtuber favorito. Sería como una complejísima fórmula química a la que, según el momento evolutivo en que cada uno estuviese, se le añadieran o eliminaran ingredientes. Todo ello, además, a sabiendas de que la fórmula nunca dejará de evolucionar. En términos prácticos y esperanzadores, la conclusión es ,que tengamos la edad que tengamos, si no somos asertivos podemos aprender a serlo.

El aprendizaje por creencias

No solo aprendemos formas de actuar, sino formas de pensar. Tan pronto como en términos madurativos nuestro cerebro está preparado para pensar de manera abstracta, empezamos a tener creencias. Las creencias son las bases filosóficas con las que entendemos y estructuramos la vida, nuestro día a día. Aunque hay creencias de todo tipo, sin duda las más importantes son las que tenemos sobre nosotros mismos, los demás y el mundo.

Las creencias sobre nosotros mismos son lo que opinamos de quiénes somos y constituyen la base de nuestra autoestima. Ahí, diseccionando nuestra alma, encontraremos un listado de lo que consideramos nuestros puntos fuertes y, cómo no, otro listado de lo que consideramos nuestras debilidades. También estarían nuestro código moral, nuestros valores, expectativas o deseos.

Las creencias sobre el mundo definen las reglas que cada uno de nosotros cree acerca de cómo funciona el mundo. Lo que es normal y lo que no lo es, lo que es justo o injusto, o qué cosas deberían pasar y qué cosas no. Este tipo de creencias tienen una influencia extraordinaria sobre nuestras posibilidades de ser felices. Si esperamos que la forma normal de que el mundo funcione es que ocurran siempre eventos positivos o que todo sea fácil, nuestra tolerancia a la frustración y nuestra capacidad de aceptar los eventos negativos o dolorosos estará seriamente mermada. Esta forma edulcorada y simplona de ver el mundo nos hace vulnerables a todo tipo de trastornos psicológicos y en especial a la depresión.

Por último, las creencias sobre los demás y nuestra relación con ellos. Cuando aprendemos a sobrevalorar la importancia de ser aceptado por los demás, resulta difícil ser asertivo. Como decía el gran doctor Albert Ellis, uno de los psicólogos más influyentes del siglo xx, la necesidad de agradar a todo el mundo es una de las ideas más dañinas que puede tener el ser humano. Esta creencia aparece de muchas formas distintas. «Siempre es más importante lo que los demás piensen que lo que yo pienso», «Si no tienes nada bonito que decir, mejor te callas», «No pongas a los demás en situaciones difíciles», «Tienes que quedar siempre bien», «Lo más importante en la vida es la imagen que damos», «Por los amigos o la familia se hace todo», «Guardar las formas es imprescindible» o «Cuidado con el qué dirán». Está claro que esta creencia contribuye a mantener la cohesión social y a vivir en grupo. En ese sentido, posee un valor regulador de la dinámica social. Las relaciones humanas serían muy diferentes si dejáramos de creer completamente en esta idea. El problema aparece cuando esta se sobrevalora, cuando se cree con extrema rigidez y se actúa en consecuencia. Desear caer bien a los demás, especialmente a las personas significativas o relevantes, está muy bien y es saludable, pero la necesidad de gustar por encima de todo condiciona enormemente nuestra vida y crea malestar psicológico, malas relaciones sociales e ineficacia comportamental.

Las ideas se aprenden como las conductas: en contacto con el ambiente en el que nos criamos. En realidad, lo que pensamos y la forma en que actuamos se aprende simultáneamente, en conjunción y sinergia. Cuando aprendemos, por ejemplo, a no ser directos expresando nuestras emociones o a no expresarlas, al mismo tiempo estamos aprendiendo que ser claro y honesto con lo que sentimos es inadecuado, porque podríamos molestar a nuestro interlocutor y ello constituiría un comportamiento éticamente reprobable. Y así también se aprende la emoción. La expectativa de ofender o molestar al otro crearía en nosotros una especie de culpabilidad anticipada que se eliminaría al no expresar lo que sentimos.

En otras palabras, pensar, actuar y sentir se aprenden siempre al unísono, y a lo largo de los años de adoctrinamiento y entrenamiento en una determinada filosofía social llegamos a ser predominantemente pasivos, agresivos o asertivos.

Una vez interiorizadas estas creencias o valores, pasan a tener la categoría de inmutables. En este contexto, esto significa que las aceptamos como totalmente veraces e incuestionables. Y es muy raro, por no decir imposible, que alguna vez nos paremos a analizarlas. Son como las reglas del juego del comportamiento social, tener un mapa claro de lo que se puede hacer y de lo que no se puede hacer, y determinan nuestro comportamiento incluso cuando este va claramente en contra de nuestros intereses. Por ejemplo, una de las ideas que Antonio comparte es que los hombres deben tener cuidado al expresar sentimientos positivos, especialmente a otros hombres, porque esto le haría parecer débil o incluso afeminado. En estos momentos, su amigo Félix esta pasando por una mala racha. A Antonio el corazón le pide abrazar a su amigo, decirle cuánto lo siente y ofrecerle todo su apoyo; sin embargo, no lo hace y se limita a decirle un tímido «todo se arreglará» y a darle unas palmaditas en la espalda.

El aprendizaje instantáneo

Aunque nuestro yo social, como hemos visto, es el resultado de un proceso largo y sostenido en el tiempo, a veces se puede aprender instantáneamente. Beatriz, de 15 años de edad, era una joven que afrontaba su vida social con desparpajo y soltura. Hace unos meses tuvo que presentar un trabajo en clase. No tenía experiencia formal hablando en público, pero tampoco le preocupaba demasiado. Sin embargo, ese día algo extraño sucedió. En cuanto notó la mirada de todos sus compañeros y su profesor centrada en ella y esperando oír sus palabras, la ansiedad se disparó en su interior. Su corazón latía deprisa, tenía calor, notaba sensaciones en el estómago y la boca se le secó de tal manera que apenas podía hablar. Aún peor estaba su mente, como bloqueada, incapaz de recordar el discurso que había preparado. Su presentación acabó siendo una lectura titubeante de las diapositivas que tenía preparadas. Se sintió enormemente avergonzada y culpable, y aún fue a peor en los siguientes días. Desde ese momento, Beatriz ha cambiado. Aunque ninguno de sus compañeros pareció darle demasiada importancia, a ella le afecta día a día, especialmente a la hora de hablar. Si es una conversación de tú a tú, la maneja bien, pero incluso en pequeño grupo le cuesta mucho hablar. Cuando piensa en decir algo, una ansiedad muy parecida a la que sintió el día del desastre se adueña de ella y solo la puede parar si desiste en su deseo de hablar. Beatriz ha sido víctima del aprendizaje instantáneo.

Si en una situación que originalmente era neutra o que incluso provocaba emociones agradables, sufrimos un importante acceso de ansiedad, puede ocurrir que unamos la situación a ese malestar y que a partir de ese momento, al sumergirnos en esa situación, aparezca la ansiedad de forma automática. Este fenómeno de aprendizaje instantáneo es muy potente, porque tiene un fuerte valor de supervivencia. Cuando, en la prehistoria, un enorme felino de dientes de sable atacaba a un cazador en un bosque, en un solo ensayo aprendía que ese bosque era zona de peligro y en consecuencia aprendía a evitarlo para salvaguardar su vida.

Esta forma rápida e instantánea de aprender es la causa original de muchas fobias: miedo a volar, miedo a conducir o miedo a perros. Y también puede ser la causa de determinados miedos en el mundo social.

Capítulo 3: DERECHO A SER UNO MISMO

Para poder desarrollar un estilo asertivo de relación social, primero nos lo tenemos que permitir. Es decir, tenemos que cambiar nuestra forma de pensar para con las relaciones sociales. Mucha gente que no es asertiva, no lo es porque el comportamiento asertivo les parece egoísta, brusco, poco educado o incluso amenazador. En otros casos, se interpreta la conducta asertiva como débil, titubeante, indirecta o incluso cobarde.

Así pues, como requisito ineludible al entrenamiento en estrategias conductuales para llegar a ser asertivo, conviene empezar a pensar asertivamente.

3.1 Los derechos asertivos

Un clásico de la literatura sobre asertividad es el concepto de derechos asertivos. Solo por ser personas y vivir en sociedad, tenemos una serie de derechos que la gente no asertiva no ha llegado a conocer o ha olvidado. En realidad, lo que en el contexto de la asertividad y las habilidades sociales se ha descrito como derechos asertivos, son creencias saludables que legitiman la ética del comportamiento asertivo. He aquí las que nosotros consideramos más importantes.

1. La única persona que está realmente cualificada para juzgar tu comportamiento, tu forma de pensar y tus sentimientos eres tú mismo.

Los demás pueden opinar, pero el único que tiene poder para juzgarse es uno mismo.

En realidad, es mucho más fácil. La mayoría de las veces en que creemos que los demás piensan algo negativo de nosotros, no lo están haciendo. Pero en el caso de que sucediera, ¿por qué la opinión de los demás debería ser más válida que la nuestra? Esta filosofía es la que llamamos «sano egoísmo». Significa que en aquellas ocasiones en que tus opiniones, deseos, preferencias o decisiones difieran de las de los demás, deberías tender a elegir la tuya. Obviamente, estamos hablando de temas opinables, no de asuntos que dependan de conocimientos o de ciencia. Por ejemplo, no tendría sentido elegir tu propia opinión sobre un tema de nutrición frente a la opinión de un experto.

La lógica que subyace a este precepto es aplastante. En todo lo que tenga que ver contigo, tú eres el experto más cualificado. Así pues, tu opinión debería ser la más creíble para ti.

Por el contrario, si condicionas tu vida a la opinión de los demás, estás traicionándote a ti mismo y renunciando a ser quien eres. Y además, de entre todas las opiniones, ¿a cuál vas a hacer caso?, ¿cuál sería la más creíble?, ¿ a quién deberías seguir?

Ángela disfruta mucho saliendo de compras y prefiere salir sola, porque cuando la acompaña una amiga, suele acabar comprando lo que su amiga le aconseja, aunque a ella no le guste tanto. Luego se siente mal consigo misma pensando que no tiene personalidad ni criterio y que no sabe elegir. En realidad, esto no es así. Ángela sabe perfectamente lo que le gusta, el problema es que cuando su amiga da su opinión, acaba concediéndole más peso a esta que a la suya propia.

2. Por encima de los roles sociales, estás tú

Muchas veces, actuamos basándonos en normas, obligaciones o reglas sobre comportamiento social aceptadas solo por tradición. Creemos que según el tipo de relación formal que mantengamos con otras personas, nuestro comportamiento estará en consonancia. Se espera que actuemos de una determinada forma por el hecho de ser pareja de alguien, hijo o hermano de alguien o amigo de alguien. Y hasta ahí, vamos bien, porque, efectivamente, cada tipo de relación conlleva un determinado grado de intimidad. El problema viene cuando se sobrevaloran esos roles y se les da una validez superior al comportamiento de la otra persona. En otras palabras, ser pareja, hijo, hermano o amigo de alguien no debería obligarnos a actuar de una determinada manera. Tenemos derecho también en estos casos a elegir lo que queremos hacer. En términos prácticos, eso significa que le podemos decir no a un amigo, que podemos hacer una crítica a un hermano o que podemos ponerle límites a nuestra madre. Y todo ello sería legítimo, honesto y, por lo tanto, asertivo.

El principio ético que subyace a este derecho es que, por encima del material genético y la consanguinidad compartida o los roles previamente establecidos, lo que debería determinar nuestro comportamiento para con otros es el tipo de relación actual que mantenemos con ellos.

El padre de Manolo está enfermo. Manolo tiene tres hermanos y han establecido turnos para quedarse con él. Hay uno de ellos, Pascual, que frecuentemente encuentra excusas de todo tipo para saltar su turno. Manolo y sus otros hermanos se sienten molestos por este comportamiento egoísta e insensible. Pero cada una de las veces que Manolo decide hablar sobre el tema, no se siente capaz porque piensa que lo más importante es que sean hermanos y una conversación como esa podría deteriorar la relación, y siempre acaba haciendo el turno de Pascual.

3. Puedo decir «No lo entiendo» o «No lo sé»

Tenemos un miedo horrible a parecer poco inteligentes, incultos o ignorantes. Y esos miedos absurdos muchas veces nos llevan a ser poco asertivos en determinadas situaciones en las que tratamos de disimular, salvar las apariencias o incluso mentir. En realidad no estamos obligados a saberlo todo. Es más, es imposible saberlo todo, y aceptar esto con naturalidad tendría que ser la norma.

Berta está estudiando Física, y le encanta. Sin embargo, hay una situación que puede con ella. Cuando en clase, mientras el profesor explica, no entiende algo, le resulta imposible pedirle al profesor que lo vuelva a explicar. Cree que si no lo entiende, tanto el profesor como los compañeros pensarán que no está a la altura, que no es lo suficientemente inteligente.

A Pepe, que es profesor titular de Psicología, le espanta la posibilidad de no saber contestar una pregunta de sus alumnos. En las pocas ocasiones en que esto sucede, utiliza diferentes estrategias para que no se note: se inventa una respuesta, conecta la pregunta con otro tema en que se siente más seguro o emplaza la respuesta a otro momento. Pepe no se siente capaz de decir No lo sé.

4. Hay cosas que no nos importan

Da la impresión de que estamos obligados a interesarnos, implicarnos, comprometernos o al menos a preocuparnos por ciertos temas que están marcados por la realidad social en la que estamos viviendo. Parece que eres mejor persona si colaboras con una ONG, escuchas las noticias con cara de desolación, te preocupas por la situación política y firmas todas las peticiones reivindicativas. Y es posible que así sea, pero esa es la cuestión: ¿es eso realmente lo que quieres hacer o te sientes obligado a hacerlo?

Tienes que hacer lo que realmente quieras. Puedes elegir. No eres peor persona porque decidas no involucrarte en una recogida de firmas destinada al cese de la captura de delfines en la pesca del atún.

Este derecho también incluye otro tipo de situaciones más personales. No es obligatorio que nos interese todo lo que les ocurre a todos los que nos rodean.

Que tu amigo Jesús sea un fanático de la escalada no significa que tú tengas que interesarte sobre el tema, o que tu hermana haya cambiado su vida haciéndose vegana no te obliga a comenzar a leer sobre ello, o que tu primo haya roto con su novia no implica que tú tengas que quedar con él para consolarlo si no lo deseas.

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9788415132202
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