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NO SE REQUIERE CORBATA

© Carlos Vázquez Moreno

© Malpaso Holdings, S. L.

Diputació, 327, principal 1.ª

08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

ISBN: 978-84-18546-95-2

Primera edición: abril de 2022

Valls Maquetación: Joan Edo

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

A Esteban y Carlos, mis hijos,

y muy especialmente a Yolanda,

sobran los motivos

Viaja y encontrarás sustituto de lo que has dejado.

Y esfuérzate, porque en ello está el sabor de la vida.

Hay más deleite en las aguas que corren

que en las que se pudren estancadas.

SAFI-EDDIN ALHILI

A MANERA DE PRÓLOGO

Me imagino que algunos de los lectores que ahora abren este libro han leído mi libro anterior, Memorias de un mánager, donde, grosso modo, resumía mi trayectoria profesional, aunque dejaba muchas, muchísimas cosas, en el tintero, un poco por respeto, quizás inmerecido, a los protagonistas, y otro poco para no seguir perdiendo el tiempo en juzgados, acusado vaya uno a saber de cuántas lindezas, por abogados impresentables, seres despreciables, como los periodistas, a los que en general no puedo ni ver.

Pero al revisar mis memorias, me di cuenta de que debía escribir de inmediato una especie de biografía de corte personal. Algo más bien íntimo, más llena de curvas que una biografía al uso. Pensé que, si la escribía de un tirón, podría hacerla. Solo era cuestión de recordar hechos, momentos, intercalados por relatos breves, eróticos y basados en mi experiencia personal.

No puedo pensar mi vida sin pensar en el sexo, pero sobre todo, sin pensar en la música. Mi vida es inseparable de la música. Apenas me despierto, lo primero que hago es poner en marcha el equipo de sonido. Y cuando me acuesto, lo último que se apaga (aunque el temporizador se encargue de ello) es también el equipo de sonido.

Nada que ver con aquellos tiempos en que era un niño y lo único que había en casa para escuchar música era una radio a pilas y, después, un tocadiscos sin bafle, con un pequeño altavoz en la tapa de plástico del aparato.

En esos primeros tocadiscos empecé a escuchar música de verdad, en discos de vinilo que mi padre había traído a casa junto con las botellas de coñac Fundador, que incluían un disco de regalo en formato single. No sé quién era el encargado de seleccionar el repertorio de la colección «Fundador, está como nunca», pero si el infierno existe, estoy seguro de que debe de estar quemándose los huevos en alguna caldera junto con los que regalaban discos de Julio Iglesias a cambio de cinco chapas de botella de Fanta naranja.

Mi padre, por suerte, con el paso de los años, mejoró el gusto por el coñac y por la música. En casa dejó de haber discos regalados por coñac Fundador y, a cambio, empezó a haber otras cosas, como un long play de zarzuela que una tarde compró para él junto a dos de Antonio Machín que le regaló a mi madre, que adoraba al «Negro Machín», como lo llamaba cariñosamente.

Pero además del tocadiscos, seguía existiendo la radio, con sus cadenas de Onda Media en las que sonaban Manolo Escobar, Los Tres Sudamericanos, Karina, Luis Aguilé, José Guardiola, Lola Flores y un largo etcétera que muestran cuál era el concepto de musicalidad que había en España. Nada que ver con lo que se escuchaba entonces en Estados Unidos, donde sonaban Sinatra, Elvis, Paul Anka.

En todo caso, a las doce en punto, ya podía estar nevando, tronando o hacer un sol del carajo que, por cojones, había que reunirse en el salón para escuchar por la radio una voz de ultratumba que llamaba a rezar el Ángelus diciendo «He aquí la esclava del señor, hágase en mí según tu palabra».

En esa España católica y recalcitrante, sin embargo, fue llegando, aunque con cuentagotas, mayor información con respecto a la música que se hacía en el extranjero, lo que trajo la aparición, junto con el sonido estéreo, de los primeros grupos de pop españoles como Los Brincos, Los Bravos, Los Pekenikes, Los Relámpagos y figuras como Raphael o Bruno Lomas.

Es que la música pasó a ser, además de un pasatiempo, como un inmenso negocio, una mina de dinero. No había más que saber buscarlo y salían cataratas de billetes provenientes de todos lados. No había grupo o cantante que no tuviera sus legiones de fans, dispuestos a imitar sus gestos, a vestir sus ropas o vivir, incluso, sus vidas.

Era tan importante el éxito y era tanta la admiración que generaba que si uno quería ligar, bastaba con que dijeras que tocabas en un grupo, aunque fuese mentira, y ya tenías todas las papeletas a tu favor para «tocar pelo» o para que te lo tocasen a ti. Los discos comenzaban a venderse por millones, los grandes almacenes empezaban a tener una planta entera dedicada a la venta de discos. Ir al centro de Madrid y comprar un disco en el Corte Inglés o en Galerías Preciados era sinónimo de que tenías pasta y de que molabas mucho. Comprar un disco y volver a tu casa era, por un lado, como un acto social, y por el otro, como un acto casi religioso: Lo abrías, limpiabas una y otra vez con una gamuza especial la cara A y la B de cada disco, y a partir de entonces lo atesorabas como si fuese la reliquia de un santo.

Las fundas de los vinilos venían con una leyenda debajo de los créditos, al lado del logo de la compañía discográfica, que decía: «Este disco está grabado con tecnología estéreo, pero puede reproducirse en un tocadiscos monoaural», lo cual era una prueba para mí evidente de que alrededor de la música había una industria enorme relacionada con la tecnología, el diseño, el sonido.

Tener un tocadiscos era señal de refinamiento. Cuando llegaban visitas a mi casa, mis padres, después de enseñarles el salón, las habitaciones, dejaban para el final el aparato más amado, del que se mostraban más orgullosos: el tocadiscos. Pieza exquisita, que había desplazado totalmente al televisor y que, reluciente, a veces cubierto por un paño de ganchillo para protegerlo del polvo, estaba allí, en un rincón privilegiado de la casa, junto a las fotos de la boda de mis padres y de la comunión mía y de mis hermanos.

Como si se tratase de un ritual, mi padre encendía el aparato ante la visita, ponía un disco, el que fuese, y sonreía con orgullo mientras la visita, en silencio, escuchaba la música que salía por los altavoces. «¿Has oído qué graves tiene?», preguntaba después, ante lo cual, la visita, no tenía más remedio que fingir admiración por el aparato. Luego llegaban los pasteles, el moscatel, los niños correteaban de aquí para allá, pero el tocadiscos seguía allí, despidiendo su música, expandiéndola por toda la casa.

Por entonces no había muchos cantantes patrios. La plantilla nacional era pequeña, diminuta, pero poco a poco sus discos comenzaron a estar en los tocadiscos de todos los españoles. En TVE, por aquel entonces la mejor televisión española, que no desconocía tal fenómeno de masas, empezaron a emitir programas estrictamente musicales, como por ejemplo Escala en HiFi, en el que aparecía un Mochi pueblerino que emulaba a los cantantes ingleses y hacía de presentador.

Todo se detenía cuando Mochi, con su lunar en la cara y una sonrisa de Joker, hacía su aparición en la pantalla y presentaba a los cantantes españoles famosos, que debían prestar su imagen a los éxitos musicales del momento con una acción o una especie de argumento, algo así como un videoclip.

Desde Juan Pardo hasta Karina, desde Luis Varela hasta María José Goyanes fueron muchos los cantantes españoles que participaron del programa, cuyo éxito se mantuvo durante seis temporadas.

Pero no era solo en la televisión donde la industria musical apostaba su promoción y su crecimiento. También lo hacía en la radio, donde empezaron a surgir diversos programas especializados en música. Eso, unido a la aparición de los primeros transistores de bolsillo, hizo que la nueva música, el fenómeno del momento, llegara a todos los rincones.

Otro tanto hizo la aparición del casete, que a diferencia del vinilo podías usar, si tenías un micro, para grabar música. No obstante, nunca alcanzó el éxito clamoroso del vinilo y su lugar quedó un tanto relegado a los radiocasetes de los coches, un preciado objeto para los pequeños delincuentes de barrio que, una vez efectuado el hurto, lo vendían en el mercado negro más cercano.

Una máquina gigantesca de hacer dinero comenzó a arrasar las calles y las casas, como si se tratase de un Polifemo moderno, devorando a cada paso todo aquello que encontraba a su camino. Pero los buitres, como de costumbre, no dejaban de volar en círculos, al acecho de cualquier presa.

Carroñeros del dinero, vivían a la sombra del talento de alguien, así se tratara de un niño, de una niña o de una vieja decrépita. Casos célebres como el de Marisol, el de Joselito o el de Los Parchís, muñecos rotos por la codicia corrupta de los negociantes, gente pervertida y perversa que se enriquecía a manos llenas sin ninguna clase de escrúpulos mientras el artista, pobre artista, recibía las migajas que caían de los bolsillos de sus representantes.

La prensa, a su vez, y la industria editorial, en lugar de denunciar, se hacía cómplice. En ese sentido, algunas editoriales fueron algo visionarias y lanzaron revistas de nuevo cuño, especializadas en el fenómeno fan. La mayoría contaba con el póster central del artista del momento, un hito comparable a la llegada del hombre a la Luna, y que terminaba, sujetado con chinchetas en la pared, en la habitación de muchos jóvenes de aquella época.

Junto con el casete, justo antes de la aparición de «la cadena de sonido», un tesoro por el cual, en muchos hogares, se firmaban letras y más letras por el solo hecho de tener una en casa, a ser posible con mueble y puerta de cristal. Eran la hostia: amplificador, ecualizador gráfico que casi nadie sabía usar, sintonizador de radio, doble pletina y plato. ¡La de Dios!

Todos sabían de marcas y modelos y todos, de manera osada, te recomendaban que la pletina fuese Techniks, que el plato mejor fuera Marantz, que los bafles JBL, etcétera. Madrid tenía calles en las que solo había comercios especializados nada más que en música: tiendas donde vendían instrumentos, equipos de sonido. La calle Barquillo, por ejemplo, era el vademécum de todo aficionado.

La demanda fue tal que también surgieron grandes tiendas, como Disco Play, especializadas en venta de música grabada, en vinilo y casete, y que podían enviarte lo que comprabas por correo si es que no vivías en Madrid. Los de Disco Play editaban un catálogo mensual con los lanzamientos que todos los chavales esperábamos ansiosos.

Todo crecía. Había una industria y aparecían sellos discográficos por todos lados, casi todos fundados por cantantes fracasados que habían tenido su momento y que ahora, lejos de los focos de la fama, vivían de los nuevos artistas utilizando las mismas o peores artimañas de las que se habían quejado cuando no eran más que unos aspirantes al estrellato.

Fruto de ese despropósito fueron Belter, Zafiro, Hispavox y una larga lista que competían con multinacionales como CBS, BMG, EMI, WEA y que firmaban apresuradamente contratos en las servilletas de algunos bares antes de que otro buitre apareciera por ahí. Hubo casos emblemáticos de contratos firmados en servilletas por Luís Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat y tantos otros que después, cuando fueron a los juzgados, los jueces no reconocieron ninguna validez en un contrato firmado en una servilleta de papel.

En medio de esa incesante vorágine musical, vestido con pantalones campana, camisas ceñidas, pecho lobo y botas con plataforma, comenzó mi biografía personal, una biografía relacionada, irremediablemente, con el mundo de la música, pero no con las cloacas de la industria y de la que ya hablé, y mucho, en mi primer libro, sino con la música de verdad, esa música que se lleva en el alma y que es la banda sonora de mi vida.

PRIMERA PARTE
LA VIDA EN LA PERIFERIA
CARABANCHEL

Mi vida, por cuna, tendría que haber sido una vida más o menos fácil, cómoda y totalmente previsible. Cuando tenía dos años, mis padres se mudaron a Carabanchel, una zona por entonces nueva en el Madrid de la reconstrucción, un Madrid en el que todos soñaban con tener un piso con hipoteca, una tele, un coche, los hijos que Dios te diera y pasar juntos las Navidades, en familia, haciendo promesas de amor eterno entre padres e hijos y poca cosa más.

La vida, en esa época, en un país que, al mismo tiempo que cicatrizaba sus heridas, descubría solares para levantar edificios, era jodida, muy jodida y muy dura. Solo había que currar, currar y currar. Ese era el único horizonte posible, aunque el dinero nunca llegaba a finales de mes y había entonces que pedir fiado en la tienda de ultramarinos, si es que fiaban, claro.

Los niños de entonces, a diferencia de los de ahora, nos bañábamos una vez a la semana, generalmente los sábados, cuando calentar el agua, y el agua misma, era algo realmente caro. En el colegio, por otro lado, todos íbamos con el pelo cortado al ras, para evitar llenarnos la cabeza de piojos y, nuestras madres, evitarse quitarnos liendres a cada rato.

Así era aquella España, una España llena de piojos y en la cual, especialmente en los barrios de Madrid, en la llamada periferia, iban caldeándose a fuego lento los sueños de todos aquellos que llegaban de las provincias, deslumbrados por las luces de la capital pero que, al poco tiempo de llegar, se encontraban de frente con la cruda realidad, una realidad que no se demoraba en derrumbar enseguida los sueños.

En la periferia había perros sueltos, perros con las mismas pulgas que tenían los perros en los pueblos, y mugre, mucha mugre. De todas maneras, gracias a ese avío con el que se cocía el puchero, los hijos de aquellos que habían llegado a Madrid se dieron cuenta de que no deseaban pasar por las mismas penurias que sus padres y descubrieron la vida de la calle, la cultura de la calle; y por la cultura, que la alta cultura era algo destinado a los ricos, un lujo que los hijos de la periferia no podían permitirse.

Y así, a pesar de que todas las puertas parecían cerradas, hubo un momento en el que los capullos empezaron a convertirse en mariposas, pero no en unas simples mariposas, sino en unas mariposas con los dientes apretados, con navajas en los bolsillos y puños americanos, y desinformación, delincuencia, rabia y sueños que debían cumplirse deprisa y a cualquier precio, incluso a costa de hundirse en el fango. O en la heroína.

Mi barrio. A uno de los lados del río Manzanares, Carabanchel. Del otro lado, cruzando el río, Madrid, la gran urbe, con sus potentes luces, la gran tentación para aquellos que, en el extrarradio, nada teníamos. De noche, iluminada allá a lo lejos, Madrid parecía el fortín que había que tomar, un lugar de ruido y placer que nada tenía que ver con la vida a este lado del río, donde solo había miseria, jóvenes desarraigados que miraban con ojos de tigre porque, acordes con el lema del movimiento punk, no había futuro.

No future. Cómo podía haber futuro en un presente repleto de mugre y miseria. El futuro no existía. Lo único que existía era el presente y todo lo que se quería se quería ahora, ya. No había tiempo que perder.

Carabanchel era una barriada obrera como también lo eran Vallecas, San Blas y muchas otras que, crecidas durante los años de la posguerra, eran reducto de gente llegada de Andalucía o de Extremadura, gente que se había ido de su tierra en busca de una vida mejor y se habían encontrado con que eran, en realidad, mano de obra barata. Gente con trabajos mal pagados, que vivía en casas de mierda y recibía un trato de mierda en una realidad que nada tenía que ver con la que habían soñado. Una realidad que, en el fondo, no era más que el pálido reflejo de una sociedad impía, inculta y desinformada y en la que la gente no eran más que un grupo de marionetas movidas por los hilos del poder.

En Carabanchel, los chavales de mi edad con pocas esperanzas en el futuro, sin un pavo en el bolsillo, solo podían hacer una cosa: dar palos. ¿Y dar palos a quién? Había, obviamente, toda una baraja de candidatos para recibirlos: niños pijos como yo. Y si no encontraban candidato para recibir palos, pues lo que hacían era levantar el radiocasete de algún coche, aunque hacer eso, y a esa edad, era un poco temerario. Era más fácil robar chicles o chocolatinas en la panadería: todo era cuestión de jugar al despiste con el dependiente.

Pero dar palo a los pijos, en cualquier caso, también era algo sencillo. Abordaban a alguno que anduviese solo en la calle y, entre dos o tres, lo amenazaban y le quitaban lo que llevase puesto: las zapatillas, el polo Lacoste o Fred Perry, también el reloj, la pasta e incluso los pantalones, pues solían ser de buenas marcas, como Levi's o Lee. No era necesario el uso de la violencia, pero si el pijo se hacía el gallito, le bajaban el copete de un bofetón sin previo aviso.

Mis padres no eran obreros y, dentro de ese decorado barrial, yo era un bicho raro, un rara avis, alguien que por cuna, supuestamente, estaba destinado a tener una vida fácil pero que, no obstante, había escogido la vida de la calle, la cruda y fría calle, la puta calle donde se cocían a diario las tripas de la incipiente delincuencia juvenil, el mundo de las drogas, del sexo a pelo, sin condón, en las últimas filas de los cines los sábados por la tarde.

Todo un universo que me atraía mucho más que el mundo familiar en el que vivía, una familia con pasta, en una zona noble, que enviaba a sus hijos al mejor colegio de Madrid pero que transmitía, en general, una vida de aburrimiento total, con un futuro programado por mis padres y que no me interesaba para nada.

Pero no se trataba solo de la delincuencia. La música también formaba parte de esa vida que bullía incesante, a borbotones, en los barrios periféricos de Madrid. Muchos cantantes, surgidos de esas barriadas, se habían convertido en algo así como unos semidioses y habían ascendido en la escala social. Gozaban de un rango que no tenían, por ejemplo, los jugadores de fútbol, un deporte que entonces no estaba en auge como lo está ahora.

Los niños no soñábamos con jugar en el Atleti o en el Madrid. Los niños queríamos ser como Camilo Sesto o como Julio Iglesias y las niñas como Karina o como Mari Trini, formar parte del moderno Olimpo, salir en la tele, firmar autógrafos y llenar los teatros de fans. Pero cuando en los barrios comenzaron a florecer grupos como Las Grecas, Los Chichos o los Chunguitos, se produjo toda una revolución, pues los barrios encontraron en sus cantantes a sus propios héroes: todos, a partir de entonces, empezaron a hablar como ellos, a vestir como ellos, sin necesidad de andar pareciéndose a los demás, porque las letras de ese nuevo flamenco del extrarradio contaban historias cercanas a ellos: canciones de perdedores y de marginales, canciones que hablaban del talego y de la delincuencia, canciones en las que los que vivíamos de este lado del río Manzanares, pronto empezamos a identificarnos.

EL NIÑO

Corría el año 1974. Carrero Blanco había sido asesinado el año anterior y, con el Caudillo ya anciano, el franquismo se encontraba herido de muerte.

Por entonces yo vivía una doble vida. Por un lado estaba mi familia, una familia totalmente tradicional, franquista hasta la médula, y a cuyo cobijo yo permanecía. Iba a un colegio carísimo, de uniforme riguroso, con horarios y costumbres que para mi forma de ser inquieta eran como una pesada losa. Aun así, mi vida, en general, era confortable: una casa cojonuda en Madrid, otra en Galapagar, una chacha de servicio, buena comida y ropa abrigada. Una vida caliente.

Esa palabra, caliente, podría definir muy bien mi otra vida, mi vida de escapista de mi familia a diario, cuando la ausencia de mis padres me lo permitía.

A las ocho de la mañana, indefectiblemente, salía de mi casa un niño bien, que cumplía a la perfección ese papel hasta las cinco de la tarde, cuando volvía del colegio y regresaba al punto de partida.

Mis padres no estaban, aún no habían llegado. Tomaba la merienda, miraba un poco la tele y, diez minutos después, bajo la excusa de ir a hacer los deberes a la casa de un compañero, le hacía jurar a Conrada, la chacha, que no diría nada y salía por la puerta a la carrera, dispuesto a vivir la otra vida y volver a casa antes de que mis padres llegaran a las ocho de la noche.

Bajaba entonces como un loco las dos plantas que me separaban de la entrada y, antes de salir por la puerta principal, me metía directamente en el trastero de la comunidad de vecinos, me cambiaba de ropa y, con unos vaqueros acampanados, unos botines con plataforma y un jersey ajustado y corto, iba a dar unas vueltas por ahí.

Caminaba rápido por la calle General Ricardos, pasaba por delante del cine Los Ángeles, doblaba en la esquina de abajo y entraba en la calle de la escalinata, algo así como el inicio del Bronx, el comienzo del territorio conquistado. Buscaba entonces a mis colegas en la calle pero, especialmente, los buscaba en los billares, que eran los templos sagrados de cada barrio, el sitio donde se cocía todo lo que sucedía en los bajos fondos, el sancta sanctorum de la incipiente delincuencia juvenil y en el que había una norma sagrada: lo que allí pasaba quedaba allí, en los billares. Nadie podía contar nada de lo que allí escuchase o viese. Todo se solucionaba ahí.

Los colegas de los billares eran normalmente unos colegas fijos, tus amigos más cercanos, aunque también había otros, que no eran tus amigos aunque eran de confianza, colegas que deambulaban alrededor.

Normalmente tenías unos colegas fijos, tus amigos, y luego había una suerte de satélites que más o menos deambulaban alrededor. Pero todos, en cualquier caso, teníamos nuestro mote: estaban «el Franki», «el Chochado», que en realidad se llamaba Juan Carlos Osado, «el Alemán», que no era alemán pero al que llamábamos así porque sus padres habían emigrado hacía años a Alemania, el «Armiño», cuyo apellido era Armuña y yo, al que aún no llamaban «el Tibu», sino «el Niño», por ser el más joven de la banda.

LA BANDA

Pertenecer a tal o cual banda era una cuestión importante. Ya a finales de los años sesenta hubo algunas bandas (bandas, no tribus urbanas) famosas, legendarias, como «Los ojos negros», que convirtieron el barrio de Usera en un fortín. La cuestión siempre era la misma: defender el territorio, ser una especie de Lute, un héroe legendario, un lobo solitario surgido de la pobreza y la desesperación.

Pero ¿qué pasaba con las chicas? El mundo de las bandas era un mundo masculino, a pesar de que cada uno de los colegas mayores solía tener una novia, más o menos oficial, y a la que todo el mundo respetaba. Luego estaban las otras, novias menos oficiales, acompañantes, comparsas del mayor de turno.

Yo no tenía novia, pero me perdía con mi vecina de la planta de arriba, la que vivía en el 3ºC, Mari Carmen, conocida entre los de mi banda como «la minifaldera», una rubia maciza que habitualmente llevaba unas minifaldas que te quitaban el hipo. Las bragas se movían mordiendo los cachetes del culo cada vez que la veíamos subir por la escalera.

Una de esas tardes en que bajé como de costumbre al portal de entrada y, ya vestido de macarra, salí a la calle, vi que una lechera de la Policía Nacional se detenía en el portal de al lado y de ella bajaban, pistola en mano, dos policías. Me quedé quieto, tranquilo, y me puse a mirar. Al cabo de unos tensos minutos aparecieron de nuevo los dos policías. Vi que se llevaban a Blanco, uno de los mayores de mi basca. ¡Blanco!, le grité. ¿Qué ha pasado? No me respondió. Estaba demasiado asustado como para decir algo. Así que volví a entrar, me cambié de ropa y subí a mi casa.

En los billares, nadie sabía muy bien qué había ocurrido. Algunos decían que había matado a alguien. Otros, que había atracado una sucursal bancaria. Unos pocos, que estaba relacionado con una red árabe de trata de blancas. Pero solo Franki sabía realmente lo que había ocurrido: dar un palo en una tienda. En cualquier caso, a los tres meses, puntual, Blanco salió del talego y fue recibido en los billares como un Cristo el Domingo de Ramos. Todo un héroe del mundo marginal.

Recuerdo que cuando apareció en los billares, los colegas de la banda, después de coserlo a preguntas sobre la vida en el talego, lo eligieron, sin necesidad de decirlo, en el jefe de la basca. Y que el nuevo jefe de la basca, acordándose del día que se lo llevaron detenido, me miró fijamente y me dijo: «Qué huevos le has echado, Niño», lo cual fue para mí todo un reconocimiento.

Mis hermanos eran mayores que yo e iban a la universidad. Yo, en cambio, todas las mañanas esperaba en la esquina, junto a otros tres chicos del colegio, a que llegase la ruta. Yo era el mayor de los cuatro. A esa hora, la calle General Ricardos comenzaba a desperezarse. Solo estaban abiertos un par de bares y una churrería. Mientras esperábamos, nos invadía el olor a churros que hacía que nos relamiéramos los labios. Después llegaba la ruta y, cuarenta y cinco minutos, un tiempo que yo aprovechaba básicamente para leer, llegábamos al colegio.

El colegio era un auténtico coñazo, empezando por los profesores, que eran sacerdotes sin demasiada vocación. Ni por el sacerdocio ni por la educación. Odiaba especialmente las matemáticas, la física y la química, pero me la pasaba bien con el latín y el griego. Mis compañeros, hijos de ministros y de empresarios de éxito, eran niños pijos, gente anclada en la comodidad que ofrece la clase alta y que, salvo excepciones, eran gente de lo más insustancial.

Durante los recreos, mis compañeros de clase jugaban al fútbol con una pasión enorme, como si estuvieran jugándose la Liga. Yo, en cambio, como el fútbol no me interesaba, abría el libro que siempre llevaba conmigo, el que fuese, me abstraía del vocerío futbolístico y hacía mi particular viaje enfrascado en la lectura.

Esa rutina se repetía, cada día, como un mantra, sin cambios. Hasta que un día, mis compañeros de clase, ociosos, en vez de jugar al fútbol, tuvieron la ocurrencia de jugar a ser los Beatles. Como no sabían las canciones ni conocían a los integrantes del grupo, vinieron en mi ayuda. La idea me pareció genial. Así que nos echamos a suerte cuál de los cuatro seríamos cada uno y a mí me tocó ser Paul.

No lo supe en ese momento, pero así, haciendo de Paul, empezó mi relación con la música.

HÁGASE LA MÚSICA

La música siempre atrajo mi atención. Desde mi infancia, según contaba mi madre orgullosa a los vecinos, cuando con apenas tres o cuatro años ya me sentaba delante de la tele y jugaba dirigir la música de los anuncios. Mi madre, después, a escondidas de mi padre, me metió en la rondalla del colegio y, cuando quise darme cuenta, mi vida entera ya giraba alrededor de la música. Bandurria en mano, aprendí enseguida la diferencia entre las notas agudas y las graves y los nombres de la escala, poco a poco, empezaron a resultarme familiares.

Al principio, cuando empecé a estudiar música en el conservatorio, mis compañeros de correrías callejeras alucinaron un poco con mi nueva afición, pero como por esa época ser músico o ser amigo de alguien que lo fuese era la hostia, comenzaron a presumir.

Aunque en teoría yo fuera Paul, aún no había comenzado mi flirteo con los Beatles. En casa no había discos suyos y en la radio generalmente no sonaban. Así que solía bajar a la calle con una desvencijada guitarra española que era propiedad de mi hermano el mediano y tocaba para mis amigos las canciones que me pedían, generalmente canciones conocidas. Me inventaba los acordes sobre la marcha y sacaba a mi manera temas como «Te estoy amando locamente» de Las Grecas, «Las flechas del amor» de Karina o «Eres tú» de Mocedades, aunque también, si quería tirarme el pisto con alguna tía mayor, era capaz de tocar «Blowing in the wind» de Dylan, con una letra totalmente en guachi guachi. Me daba igual.

Todo el mundo flipaba. El propio Blanco, más de una vez, me pedía, muy respetuosamente, que tocase algo para él o para su piba, así presumía de colega. No lo podía creer. Además de músico, era alguien en la banda de Blanco.

Pero cuando acabé sexto de bachiller, mi relación con la música quedó en suspenso. Ese año me quedaron para junio matemáticas y física. Mi padre, mosqueado, le achacó mi descenso en los estudios a los billares, sin saber que lo que a mí me distraía de las matemáticas y de la física era mi flirteo con la música. Aun así, no tuvo mejor ocurrencia que enviarme todo un verano a un reformatorio de Madrid, un lugar horrible, dirigido por unos sacerdotes de la orden capuchina, con el propósito de que ellos, los curas, corrigieran mi inclinación hacia las aventuras callejeras.

El sitio se encontraba en la parte trasera de la plaza de Carabanchel Bajo y ocupaba una finca grandísima, presidida por un edificio lúgubre y antiguo que haría las delicias de Dickens. El padre Guillermo y el padre Julio eran los encargados de aleccionarnos, pero todo lo resolvían a hostias. No tenían escrúpulos en pegar patadas o en dar guantazos a niños y adolescentes de entre once y dieciséis años.

Cuando llegué, recuerdo que los demás chicos me miraban como el culo, llenos de desconfianza natural hacia «un recomendado». Mi padre había hecho uso de sus contactos y por eso, de alguna manera, estaba protegido. Pero tuve que ganarme el respeto de los demás a hostias. Pero también con gestos. Como me permitían comer un poco más que a los demás, me agenciaba un poco de comida y, por la noche, en la oscuridad total de la habitación, la repartía entre mis compañeros.

Gracias a mis actos de generosidad, empecé a tener un trato más estrecho con algunos de los mayores, que me dieron algunas lecciones de delincuencia callejera. Me enseñaron a fabricarme, con las llaves de abrir las latas de foie gras por el lateral, una especial «espada», apelativo que usaban para referirse a las ganzúas, «la foagrasa», algo que requería cierto trabajo artesanal para dejarla a punto: no había cerradura de coche que se le resistiera.

Con esa singular pasión que aplico a todo lo que me llama la atención, aprobé el máster de delincuencia callejera con matrícula, pues al salir del reformatorio en septiembre, no hubo cerradura de coche, ni grande ni pequeño, que pudiese hacerle frente a mi nueva habilidad.

Cuando regresé a mi casa, después del tiempo en el reformatorio, vi que mi padre había comprado nuevos discos. Discos que yo no conocía, como uno de Carlos Santana que incluía el tema «Black magic whoman», que sonaba como los dioses y me volvía loco, y otro de David Bowie, que cantaba «Starman», alucinante. Y entre toda esa música nueva, los Beatles. Ya podía ponerle sonido al bajo que tocaba mi alter ego, Paul, una manera de tocar que, aún hoy, sigue pareciéndome fascinante.

Unos días después fui a ver a mi amigo Miguel, apodado D’Artagnan por la perilla, un niño pijo con aspiraciones a malote y cuyo padre no paraba de viajar a Londres. En casa de D’Artagnan podías escuchar Led Zeppelin, Deep Purple, a los Stones, los Who... un paraíso musical. Así que fui a preguntarle si su padre podía traerme discos de Londres. Me moría de ganas por escuchar esa nueva música.

La música dirigía mi camino, un camino que debía hacer en solitario y que requería mucho esfuerzo, mantenerse firme a pesar de todo. El camino de D’Artagnan, sin embargo, fue otro: el de la droga. Un camino que lo llevó a encontrarse con el sida y la muerte. Una de sus canciones favoritas era «Riders on the storm» de los Doors, una canción que, mientras recuerdo a D’Artagnan, no deja de sonar en mis oídos.

LLEGARON LAS CHICAS

Empecé el COU, mi vida cambió y el cambio fue alucinante, entre otros motivos porque ahora no solo tenía compañeros masculinos, sino que también tenía compañeras, chicas que se sentaban a tu lado o te daban conversación en el recreo y de las que podías enamorarte en un segundo. Ir al COU no tenía nada que ver con ir al colegio como antes. Ahora me levantaba de la cama y, sin peinarme y con la tostada en la mano, iba a la esquina, a esperar la ruta.

Mi padre estaba asombrado con mi cambio de actitud y creía que mi cambio se debía a mi temporada en el reformatorio de los padres capuchinos. Pero no era por eso. Ahora no era solamente el alter ego de Paul, sino alguien que tocaba de verdad y que se moría de ganas de formar su propio grupo.

En el COU se había corrido la voz de que había un grupo de música en mi clase, pero lo cierto es que el grupo solo existía en nuestra imaginación. En casa, mientras tanto, seguía dándole duro a la guitarra de mi hermano después de las clases de música en el conservatorio. Pero en las tardes libres, cuando no tenía que estudiar, bajaba a la calle con la guitarra y me sentaba, rodeado por mis amigos, en el banco de enfrente a la cafetería del cine Los Ángeles, reducto del pijerío de Carabanchel, con el único objetivo de ligar, cosa que, modestamente, ocurría con frecuencia.

Comenzaba a tocar cualquier canción de las conocidas y, a los pocos minutos, se acercaba algún grupito de tías. Mis amigos, expertos parlanchines, hacían el resto. Después, poco antes de las ocho, me iba a los billares, a ver qué se cocía ahí dentro.

En el conservatorio, el aprendizaje de cosas como el solfeo marchaba despacio, como corresponde a ese lenguaje, pero mis ganas de tocar canciones, en cambio, iban a toda velocidad. Ponía la misma canción una y otra vez, hasta la saciedad, y tocaba por encima de ella, intentado sacarla a mi manera. Estuve un tiempo empeñado con «American Pie», de un tal Don McLean, un músico americano, y cuyo disco mis hermanos habían traído a casa. El tío no me entusiasmaba mucho, pero la canción me molaba un montón, por el comienzo lento y el paso trepidante, después, al ritmo.

La curiosidad por el mundo de los conjuntos hizo que comenzase a frecuentar las tiendas de música, solo por el placer de poder ver y sujetar con mis manos una guitarra eléctrica. Por esa época, en Madrid, había dos tiendas que manejaban el cotarro. Una estaba en La Corredera Baja de San Pablo, Leturiaga. Tenían guitarras y bajos Fender, baterías Ludwig, amplificadores Marshall. Todo un paraíso para un fan del sonido y de la música y un sitio al que acudían toda clase de músicos, que entraban y salían, y que a mí me parecían la hostia. La otra, llamada Maxi, estaba en la calle Leganitos, muy cerca de la primera, y allí distribuían las guitarras Gibson y las Ibanez, dos tipos de guitarra geniales. El único handicap del lugar era que estaba justo enfrente de la comisaría de la Policía Nacional.

Mis visitas a estos lugares no pasaban de ser puro placer, pues casi todo lo que vendían estaba muy lejos de mi bolsillo, más allá de que mi padre gozaba de un buen ingreso. Era imposible que me diera dinero para comprarme un instrumento musical. A lo sumo, por tirarme el pisto con mis colegas, iba a Leturiaga y compraba nada más que una púa, que costaban tres pesetas, las de guitarra, y cinco las de bajo. Pensaba que al tocar con una púa comprada en Leturiaga la guitarra de mi hermano del medio podía sonar mejor.

En esa época ya funcionaba una emisora llamada 40 Principales, una emisora que no solía escuchar porque me parecía un poco hortera, pero que por curiosidad, para ver qué se cocía en el ambiente musical del momento, comencé a oir más a menudo. Lo que sonaba por esa época eran canciones y estilos tan diferentes como «The way we were» de Barbra Streisand, «Melina» de Camilo Sesto, «La distancia» de Roberto Carlos, «Te estoy amando locamente» de Las Grecas y bastante pop hortera y decadente. De todas maneras, me llamó mucho la atención el ritmo y la complejidad de algunas canciones, como las del Sonido Filadelfia y las de los Jackson Five, unos músicos totalmente desconocidos por mí entonces.

Más allá de la información que podía brindarme una emisora musical, decidí adentrarme en esa música por mi cuenta y así llegué, un día que estaba en el bar del cojo, a Paul McCartney & Wings, algo que en su momento, por la sorpresa, me dejó perplejo. Si Paul era el de los Beatles, ¿qué coño hacía ahí tocando solo? Mis hermanos, que solían escuchar cosas latinoamericanas como Quilapayún, Víctor Jara y otros músicos coñazo, no supieron qué decirme, con lo cual me fui al único sitio en el que podían darme una respuesta sobre mi alter ego Paul.

Un sitio de músicos, claro, como Leturiaga, adonde fui al día siguiente, a buscar información y, de paso, a volver a acariciar las guitarras eléctricas, que ya se convertían en oscuros objetos de mis deseos. Pero antes de ir a Leturiaga, fui a Disco Play, donde un joven dependiente, sorprendido por mi desinformación con respecto a Paul, me contó que los Beatles llevaban separados desde finales de los años sesenta, y que cada uno de ellos había emprendido una carrera en solitario. Me quedé mudo, algo avergonzado, pero el dependiente, con mucha paciencia y amabilidad, me regaló un catálogo con los discos que había en la tienda, por si me apetecía comprar alguno de los discos de los ex Beatles. Así, con la curiosidad ya satisfecha, feliz como un perrillo, me fui andando hasta Leturiaga.

Entré y, como siempre, me dediqué al ritual de acariciar las Fender, hasta que me detuve en un tablón de anuncios en donde se ofrecía o se solicitaba trabajo como músico. Yo quería ser uno de ellos, un músico, y quería serlo ya. Miraba las guitarras, brillantes, que colgaban detrás de los cristales del escaparate, y sentía que me llamaban a gritos. Todas eran preciosas.

Me fijé, en el tablón, en un anuncio que decía más o menos lo siguiente: «Vibraciones, grupo con trabajo, busca bajista con experiencia para suplencia por mili». ¿Un bajista? Podía ser yo, aunque no tenía bajo ni tampoco experiencia y era, a todos los efectos, menor de edad. Aun así, le pedí un boli al dependiente, apunté el teléfono en el catálogo que me había llevado de Disco Play y me fui a mi casa, pensando en que, quién sabe, me había llegado la oportunidad de ser como Paul.

VAMOS LAS BANDAS

Quería llamar, me moría de ganas de hacerlo, pero tenía todo en contra. Por un lado, apenas tenía quince años. Por el otro, mi experiencia se limitaba a sacar canciones de mierda en casa y tocarlas en los billares para los macarras y en el banco del cine Los Ángeles para las niñas pijas. Además, no tenía bajo ni dinero para comprarme uno. De todos modos, unos días después, me decidí y llamé para ver qué pasaba. Había que intentarlo.

Me respondió la voz de un tío joven. Le expliqué que llamaba porque había visto el anuncio en Leturiaga. El tío, entonces, me comentó que se trataba de una orquesta de baile y que necesitaban reemplazar al bajista cuanto antes porque iban a enviarlo a la mili. ¿Tienes experiencia?, me preguntó. Le dije que sí, que llevaba un par de años tocando y que tenía el proyecto de formar un conjunto de música pop, lo cual, más allá de que el conjunto aún no estaba formado, no era del todo una mentira. Cuando estaba a punto de decirle que, más allá de que tocara el bajo, no tenía bajo ni amplificador, el tío me preguntó si no me importaba tocar con el bajo del conjunto. Tenían en el local de ensayos todo allí montado, los equipos de sonido, los amplificadores y era más cómodo para mí y para ellos no andar moviendo nada. Hice silencio, para darme aires de interesante, y le dije que sí, que podría adaptarme sin problemas. Eso sí, me respondió el tío. Vas a tener que esperar unos días, porque hemos quedado con un bajista que también nos llamó y vamos a hacerle una prueba. Si no nos convence, me prometió, te llamaremos a ti.

Ante de colgar, le pregunté qué tipo de música tocaban, para ir adaptándome al estilo. Me dijo que el repertorio constaba más o menos de cincuenta canciones, pero que las principales era muy conocidas: «Te estoy amando locamente» y «Anabalina» de Las Grecas, «Libre, libre» y «Ni más ni menos» de Los Chichos, algunas de Abba, otras de música disco como Fly Robin Fly o Sonido Filadelfia, algunas canciones de Camilo Sesto, de Juan Bau, de Santana y bastante de «Pachanga», un término que jamás había escuchado. Le dije que me parecía bien, que quedaba a la espera de que me llamaran y, feliz, me fui a los billares, para darles la noticia a mis colegas.

Allí estaban el Rata y Blanco, más otros dos a quienes desconocía. Les conté, a grandes rasgos, lo del anuncio, y les mostré mi preocupación por la cantidad de canciones que debía aprender cuanto antes. El Rata y Blanco se miraron un rato, con una mirada cómplice, hasta que Blanco me preguntó si no tenía casete. ¿Casete?, le pregunté. Pues no. No te preocupes, me dijo Blanco. Ya verás cómo todo funcionará. El Rata se encargará de conseguir un aparato y, en cuanto lo tenga, tú grabas ahí los temas y luego los sacas en tu casa.

Me pareció una idea perfecta, genial, aunque aún me quedaba por saber qué era eso de la «pachanga». Así que al día siguiente fui a Leturiaga, a ver si me encontraba con algún músico para que me explicara en qué consistía la pachanga. Entré, miré las guitarras como de costumbre y, con algo de timidez, me acerqué a un chico con melena y barba larga tocando piezas en un órgano. Me puse a su lado y, en cuanto dejó de tocar, me animé a hablarle. ¿Puedo hacerte una pregunta? Claro, me respondió. Mira, le expliqué, me han ofrecido un curro en un conjunto que, además de tocar canciones conocidas, populares, tocan algo que no sé qué es. Ajá, dijo el chico. Tocan pachanga y, la verdad, no tengo ni idea de qué se trata.

El chico lanzó una estrepitosa carcajada y yo me llené de vergüenza. Estuve a punto de salir corriendo. Sin embargo, el chico dejó de reírse a carcajadas y me dijo, sonriendo, que la pachanga era una cosa muy simple: una rueda de acordes con un ritmo al que se le llama pachanguero. El cantante, explicó, intenta meter todo lo que puede dentro de ese ritmo: el Bimbó, la Ramona, pasodobles, jotas, en fin, de todo. En los pueblos, agregó, flipan con la pachanga.

Dicho esto, puso un ritmo, cualquiera, de la caja del órgano, y comenzó a tocar por encima mientras iba cantando y señalándome los acordes. Mira, dijo, escucha. Y comenzó la rueda. Mira mi mano izquierda. Do mayor, y se lanzó a cantar a voz en grito la Ramona. Ahora, Fa mayor, y siguió cantando. Y por último, dijo, Sol mayor y a tomar por culo. ¡Eso es todo! Continuó con un pasodoble, sin variar las notas de la mano izquierda. Menudo máster de pachanga había recibido en tan pocos minutos. Estaba flipando, estaba feliz. Es muy fácil, me dijo el chico. Además, si fallas, no tienes por qué preocuparte. El público ni se entera. Están todos borrachos. Sin darse cuenta, el chico del órgano no solo me había enseñado en qué consistía la pachanga, sino que, además, me había dado una lección importantísima: no te preocupes si fallas, da igual, tú sigue adelante.

Salí de Leturiaga pletórico. Estaba tan feliz que, en lugar de ir directamente a mi casa, fui hasta los billares, a ver si el Rata había conseguido el aparato. Y sí: ahí estaba el Rata con un radiocasete Phillips, plateado, hermoso. Toma, me dijo. No hagas preguntas y no se lo enseñes a nadie. Es todo tuyo. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre que me lo había prestado un colega del conservatorio, para que le grabara algunas cosas con la guitarra. Mi madre no se mostró muy convencida, pero me creyó.

Lo primero que hice fue quitarle las dos primeras cuerdas a la guitarra de mi hermano y convertirla en un bajo acústico. Con la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta cuerda de la guitarra ya tenía suficiente. Eso sí: cuando mi hermano descubrió que a su guitarra le faltaban las dos primeras cuerdas se cogió un cabreo monumental. No me importó: ya tenía mi bajo y todo acababa de empezar. Ahora quedaba aprenderse las notas en el mástil, algo realmente fácil, en cualquier caso.

Poco a poco fui aprendiéndome las notas y su lugar en cada cuerda y empecé a ver todo con mayor claridad. Una vez que conseguí tocar más o menos decentemente el instrumento, me fui a los billares, a grabar los temas con mis colegas. Todos, cuando me vieron entrar, hicieron silencio. Me sentí el amo del mundo, llevado por una sensación muy difícil de explicar. Los colegas iban poniendo las canciones en la fonola del billar y yo, mientras las grababa, iba sacándolas con la cabeza. Mis colegas estaban tan contentos como yo. Después de una media hora, con la grabación hecha, les di las gracias a todos y me fui a mi casa con mi precaria playlist, dispuesto a sacar cada una de las canciones.

Con mucho esfuerzo, en los días siguientes, esperando que los del conjunto, me llamaran, fui cogiendo el rollo, a pesar de que el sonido fuera tan cutre, pero mi imaginación y las ganas que le ponía podían más que todo. En el colegio, mientras tanto, seguía con la idea de armar un grupo de música pop, aunque sabía que eso podía esperar. Lo más importante, lo que más deseaba, era que me llamaran los de la orquesta. Pero no me llamaban.

Así que un día en que me llené de impaciencia decidí llamar yo. Hola, dije cuando me atendió una voz, la misma voz que la otra vez, soy Carlos, el bajista (me encantó definirme así) el que te llamó por lo de la suplencia del bajista. Ah, sí, dijo la voz. Perdona que te llame, le dije, pero es que me han ofrecido otro trabajo y les he dicho que estaba pendiente de tu llamada. ¿Habéis hecho la prueba al otro?, pregunté algo atolondrado. Al otro lado solo hubo silencio, hasta que la voz dijo: Qué bien que me hayas llamado tío, había perdido tu teléfono y hoy iba a ir a Leturiaga, a ver si encontraba algún bajista. ¿Ah sí?, le dije. Sí. Le hicimos la prueba al otro, y tocaba de puta madre, me explicó, pero no le interesaba ser suplente. Quería ser el fijo y le dijimos que eso no era posible, así que de momento estamos sin bajista. ¿Sigues interesado en tocar con nosotros?, me preguntó. ¡Claro que sí!, le dije. Me molaría un montón.

Pues hecho, tío, me dijo. Vente este viernes a las seis de la tarde a Vallecas, a nuestra sala de ensayos, y hacemos la prueba. Me dio la dirección y quedamos en que el viernes, a la seis de la tarde, estaría allí.

LA PRUEBA

¡Coño! No sabría describir muy bien el cúmulo de sensaciones que me invadieron enseguida. Por momentos estaba eufórico, pero también estaba muerto de miedo, nervioso. Tenía, en todo caso, que ser práctico y no pensar demasiado, centrarme en las canciones y en eso que llamaban pachanga.

Sabía que, tarde o temprano, tendría que hablar con mis padres y contarles la noticia, pero aún no era el momento. Primero debía darles la noticia a mis colegas, a mi gente, con lo cual el jueves, un día antes de que me hicieran la prueba en la orquesta, bajé a la calle y me fui a los billares. En las escalerillas del callejón de atrás me encontré al Franki y al Chochado, sentados, fumándose un peta. Me ofrecieron una calada, pero la rechacé de inmediato con la excusa de que tenía que hablar luego con mis viejos por lo del grupo y andaba nervioso. Es que me han llamado para hacer una prueba mañana, les dije. ¡No jodas!, exclamó sorprendido Chochado. ¿Y vas a tocar? Eso quiero verlo, tío, me dijo.

Por mí sí, le dije, pero es el primer día, tronco, y no creo que les mole que vaya con basca. Si quieres nos hacemos un buga y te llevo, tío, propuso Franki. No sé, le dije, me da un poco de gindama. A ver si vamos a tener un marrón y la liamos. Como lo veas, tronco, me dijo, si de pronto te apetece me lo dices y ya sabes.

Por cierto, les dije, ¿habéis visto a Blanco? Me molaría contarle lo de la prueba. Le he visto hace diez minutos con una piba, mazo buena, chaval, iban hacia la Plaza de Toros, me dijo Chochado. Genial, les dije. Qué tal si nos vamos los tres. Yo paso, tío, me dijo Franki, me corta el rollo levantarme ahora. Va, tío, le dije, venga. Vale, dijo Chochado, si te esperas a que matemos el porro voy contigo. Yo también, pues, dijo Franki, qué cojones. Entre los dos se acabaron el porro, los ojos se les pusieron rojos y brillantes, se levantaron y juntos, los tres, nos fuimos a buscar a Blanco.

La Chata, como se conocía popularmente a la Plaza de Vista Alegre, era en realidad la Plaza de Toros de Carabanchel, llamada así por ser una plaza más bien bajita. Rodeada por unos grandes y oscuros soportales que eran el refugio habitual de muchas parejas y de varios fumadores de porros y, también, de muchos mirones que andaban por ahí haciéndose pajas, detrás de un coche, escondidos en la oscuridad, era un sitio al que solía ir con mis colegas para darles el palo a alguno de aquellos salidos, a los que agarrábamos indefensos, con la picha en la mano.

Cuando llegamos a uno de esos soportales donde solía parar Blanco, un rincón oculto a la vista de todos, dimos una voz de alerta. ¡Blanco!, dijo Franki. Silencio. Un pajero, escondido detrás de un par de caballos, salió corriendo acera abajo y, unos segundos después, se oyó la voz de Blanco. ¿Qué cojones queréis, hostia? ¿No puedo echar un polvo tranquilo?

Somos nosotros, Blanco, dije. Tranqui, colega, termina y luego te cuento algo. Aquí te esperamos. Nos apoyamos en el capó de un coche aparcado, nos encendimos un cigarro y nos pusimos a esperar a Blanco, que a los pocos minutos surgió de entre las sombras y vino hacia donde estábamos nosotros. Sonreía, como siempre, con su cara de chico malo. Se acercó a Franki y le puso la palma de la mano abierta contra la nariz. Mira cómo huele el chocho de esa tía, le dijo riendo a carcajadas. ¡Qué guarro, tronco!, dijo Franki echándose hacia atrás.

Blanco no paraba de reírse. Bueno, dijo después, ¿qué queréis? Nada, tronco, le dije. Es que voy a hacer la prueba con el grupo ese, los del conjunto de pueblo, y te lo quería contar. Hostia, dijo Blanco, qué bien. ¿Y vas a tocar con ellos? Sí, le dije. ¿Y ya te sabes todos los temas? Sí, le dije. ¡Ole los cojones del Niño!, dijo. Te felicito.

El problema, le expliqué, es que mis viejos no saben nada y debo decírselos. Bueno, mi madre sabe que me va el rollo de la música, pero mi padre no. Pues díselo primero a tu vieja, Niño, me dijo, y que ella le haga el lío a tu padre. A tu vieja seguro que le molará que toques en un conjunto. ¿Y cuándo es la prueba?, me preguntó después. El viernes, le dije. Es decir, mañana.

Ole tus cojones, Niño, vas a dejar flipaos a los musiquillos esos, me dijo antes de despedirse de los tres y regresar al oscuro soportal, donde lo esperaba la piba para volver a follar.

¿Qué hacemos?, preguntó entonces Chochado. Yo me voy a mi queli, les dije, que los viejos ya deben de estar en casa. Vamos a tomarla a Muñoz Grandes, al bar del bigotes, propuso Franki. Yo me piro, tíos, les dije y me fui andando hasta mi casa, contento por el ánimo que me había dado Blanco, un tío que era todo un héroe en el barrio, alguien respetado y a quien todo el mundo le pedía consejo.

Mantener el equilibrio entre mis dos vidas era complicado. Mis horarios de estudiante y de músico no se compaginaban muy bien con los horarios de mis colegas del barrio. De todas maneras, mi vida era muy distinta a la de ellos. Tenía una familia, mi padre no bebía, tampoco le pegaba a mi madre, y ambos me pagaban un colegio cojonudo. Mis amigos no tenían eso. Yo sí. Como si la vida fuese un río, ellos estaban en una orilla y yo en la otra.

Es curioso, pero siempre creo que la vida se parece muchísimo a un río. Cuando el río nace, donde el río nace, no hay orillas, todo es lo mismo, pero el propio fluir del agua, como el de la vida, va situándote en una orilla o en la otra, siempre frente a la otra, hasta que, al final, vuelves a ser parte de la misma agua, del mismo río.

Sea como fuere, lo cierto es que esa misma noche, después de ver a Blanco, le conté a mi madre lo del conjunto. Mi madre se quedó mirándome, en silencio, y después me preguntó quiénes eran esos chicos, si no eran chicos peligrosos. En todo caso, me dijo, no le diremos nada a tu padre, pero con la condición de que me dejes acompañarte.

Al día siguiente, el día de la prueba, mi madre llegó a casa a las cinco y cuarto. Yo estaba hecho un manojo de nervios. Me había pasado toda la mañana en el colegio distraído, con retortijones en el estómago. Me puse unos vaqueros normales, guardé la púa comprada en Leturiaga en el bolsillo, me puse una camiseta, un jersey, me calcé mis botas pisamierdas, las de toda la vida, y bajé con mi madre a la calle, donde cogimos un taxi que nos llevó a Vallecas.

Mi madre estaba un tanto descolocada. No es que Carabanchel fuese un barrio de lujo, pero en aquellos años, comparado con un barrio como Vallecas, sí que lo era. El taxi subió por la calle Palomeras Baja, pasó por delante de casas bajas, de algunos solares destartalados y de edificios de protección oficial, con el yugo y las flechas en el portal presidiéndolo todo. Llegamos al Mercado de Vallecas, que era lo más parecido a un monumento, giró la esquina y llegamos a la dirección que me habían dado. Era, más que una sala de ensayo, un almacén. Bajamos del taxi con mi madre y fuimos hasta la puerta del almacén. Olía mal: un aroma con mezcla de fruta podrida, de orines y demás yerbas llenaba el ambiente. Mi corazón latía en modo turbo, pero no sentía miedo. Estaba decidido a probar, coño, no podía volver al barrio y decir que no había sido capaz de hacerlo.

Desde dentro del almacén llegaba la música. Me pareció oír el Sonido Filadelfia, o alguna canción que conociera. Miré a mi madre y toqué el timbre varias veces hasta que la música se detuvo. Volví a tocar el timbre y desde dentro se oyó una voz que decía: ¡Ya voy! Unos segundos después, la puerta se abrió.

PACHANGA

Hola, soy Carlos, el del bajo, dije apresuradamente al chico que me abrió la puerta. Vine a que me hagan la prueba. He quedado hoy, a las seis. Ah, y esta es mi madre, que me ha traído pero se marcha ahora. El chico se quedó mirándome. ¿He hablado contigo? Me parece que no, dijo el chico, pero pasad.

Entré con mi madre y, ante mí, se abrió un universo del nunca más salí. Un almacén, sí, pero revestido como una sala de ensayos. Paredes forradas con maples de huevo para amortiguar el sonido, pósteres de grupos colgados por todas partes y una atmósfera cargada de humo de cigarros. Al final, en un rincón, una luz tenue y, bajo la luz, los instrumentos, ¡los jodidos instrumentos! ¡Qué gozada! El desorden reinaba en el ambiente. Había cables anudados por los suelos, colillas y alfombras viejas, agujereadas y llenas de mierda.

Al fondo, contra la pared, descansaba la batería. A un lado, el órgano; a la derecha, un ampli Fender Twin Reverb de guitarra; y a la izquierda, un ampli Sinmarc de bajo. Me parecía increíble estar ahí.

Hola, dijo uno de los chicos, un joven amable con largos bigotes tendiéndome la mano. Yo soy Luis, el baterista. Has hablado conmigo. Yo soy Carlos, le dije, y le devolví el saludo, apretándole fuerte la mano. Hola, dijo un chaval con melena rubia y la pierna izquierda langui, por la polio, yo soy Pepe, el guitarrista. Y yo Miguel, el teclista, dijo otro. Yo soy Ramón, dijo el que nos había abierto la puerta, el cantante.

Hola a todos, dije. Yo soy Carlos, el del bajo, dije de nuevo. Y ella, ah, ella es mi madre, que me ha traído pero que ahora se va. No es necesario que se vaya, dijo Luis. Puede quedarse si quiere. Ahí tienes la funda del bajo. Es un bajo Fender, me dijo. Afínalo. Es de escala corta, pero supongo que te apañarás.

Claro, claro, le dije yo, sin problema. No tenía idea qué era eso de escala corta, pero hice como si lo supiera. Bajo la atenta mirada de mi madre, abrí la funda y saqué un bajo Fender precioso, un Fender Music Master, de color azul celeste, muy nuevo, con una bandolera de colorines. Temblando, haciendo esfuerzos para que no se me notase que nunca había cogido un bajo, me lo colgué al hombro. Me quedaba un poco bajo, a la altura de los huevos, pero decidí dejarlo así, a esa altura, una posición que mantengo hasta el día de hoy.

Enchufé el cable al ampli, le di a la perilla de On, toqué una cuerda y no se oyó nada. Me puse nervioso. Tenía miedo de que descubrieran que nunca había tocado un bajo, pero Miguel, el teclista, me tranquilizó. Espera a que se caliente, tío, estos amplis de válvulas son así. Volví a tocar una cuerda y el esperado sonido llegó. Uf, qué alivio. Miré a Miguel con cara de experto y le dije que iba a afinarlo. ¿Me das un La?, le pregunté. Miguel tocó el La en el teclado, saqué mi púa comprada en Leturiaga del bolsillo del pantalón, terminé de afinar el resto de las cuerdas, un poco toscamente, y les dije: ¿Qué tocamos?

¿Tocas con púa?, me preguntó Pepe, algo sorprendido. Sí, le dije. El bajo suena más agresivo, con más cojones. Claro que sí, dijo Ramón, que propuso hacer una canción de Las Grecas. ¿La tienes?, preguntó Miguel. Sí, le dije, como en el disco y, como si se tratase de una iluminación, me dije que lo mejor era que bajara el volumen del ampli. Así, pensé, no se darán cuenta de que jamás he cogido un bajo.

Mi madre aprovechó el momento para irse. Luis dijo un, dos, tres, y ahí nos lanzamos, el grupo Vibraciones. La suerte, pensé, estaba echada. Tenía los dedos agarrotados, tiesos, estorbándose los unos a los otros contra el diapasón, las muñecas más tiesas todavía, los oídos más abiertos que nunca y ese Fender Musicmaster azul celeste sonando por el ampli. Un momento inolvidable.

Cuando acabó el tema, me sudaban las manos. No sabía si el tiempo se había hecho interminable o si la canción había pasado volando. Luis encendió un cigarro y no dijo nada. Miró una hoja donde estaban los títulos de las canciones y me la alcanzó. ¿Cuál quieres ahora?, me preguntó. Miré por encima la lista de canciones y dije ésta, «La distancia», de Roberto Carlos. Pensé que si tocaba una canción más lenta, con menos nota, podía darles un poco de cuartelillo a mis adormecidos dedos. Perfecto, dijo Luis, contó un, dos, tres y... de nuevo a la piscina.

Bien, dijo Miguel cuando terminamos la canción. Vamos a tocar ahora un poco de pachanga. ¿Has tocado pachanga alguna vez?, me preguntó. Alguna vez, sí, le respondí. ¿En qué tono la hacéis?, pregunté para mostrarme seguro. En el que quieras, dijo Miguel. Depende de cómo tenga la voz Ramón. Pues en Do, dije. A Ramón le vendrá muy bien. Y así, sin previo aviso, ellos arrancaron con el ritmo machacón y yo me uní a ellos mirando los cambios de acordes. Todo era cuestión de quedarse en Do, a la espera de que Ramón soltase una estrofa, un estribillo o lo que le viniese en gana.

Entre pitos y flautas estuvimos tocando alrededor de una hora y media. Cuando acabamos, Luis me preguntó qué tal me lo había pasado. Bien, muy bien, le dije, un poco inseguro, pero muy bien. Él no lo sabía, pero ese momento había sido la experiencia más acojonante de mi vida. Pues nada, tíos, dijo Miguel, yo me tengo que pirar, y agregó: a mí me parece bien de suplente. Deberás aprenderte algunas frases obligadas de los temas, porque a veces te pierdes, pero el ritmo y el tiempo lo llevas bien. Muchas gracias, Miguel, le respondí.

Bueno, dijo Luis, perfecto, te quedas, aunque pareces muy joven. Tengo dieciséis años, le dije. Pues tu padre, me dijo, tiene que hacerte una autorización para que puedas salir a tocar. Le dije que no había problemas, que mi madre ya estaba al corriente. Muy bien, tío, me dijo. Me dio unas hojas con las canciones que solían tocar. Llévate este repertorio y te lo vas mirando, me dijo.

Salí del local flotando. Sentía una mezcla de valentía, de felicidad y de muchas cosas más que me recorrían todo el cuerpo. Pasé por el mercado, volví a sentir ese olor nauseabundo, pero nada me importaba. Caminé un poco sin rumbo hasta que una voz familiar que provenía de un coche me sacó de mis pensamientos.

¡Ese niño de buti!, escuché que me decían. ¡Coño!, era Franki. Qué haces aquí, le pregunté. Nada, me dijo. ¿Qué tal ha ido, Niño? ¿Te han cogido?, me preguntó. ¡Creo que si, tronco!, le grité con algarabía. ¡Qué cojones tienes, chaval! Ven, sube, que esto hay que festejarlo. Me subí al coche, el Franki puso primera y arrancó con una canción de Los Chichos sonando a todo volumen.

¿Y esta loca?, le pregunté refiriéndome al Seat 1430. ¿La has chorado? Pues claro, me dijo. Cogimos la M30 a toda pastilla y nos paramos en lo alto de un puente para liarnos un peta. Por debajo de nosotros pasaban cientos de vehículos con las luces encendidas. Parecían luciérnagas buscando su nido. A ambos lados de la M30 se desparramaba Madrid. A una orilla, una ciudad amable, llena de oportunidades, de casas decentes, farolas y calles asfaltadas. A la otra orilla, un enjambre de miseria, de sueños rotos y futuros inciertos, gente que vivía alejada de las comodidades, sin apenas luz, en calles adoquinadas y a veces de tierra. Y ahí estábamos nosotros, el Franki y yo, dos chavales de barrio que apenas empezábamos a vivir, fumándonos un peta e imaginándonos los sueños que queríamos cumplir.

¡Qué suerte tienes, Niño!, me dijo Franki pasándome el peta después de darle una larga calada. Tienes una familia de buti, una queli guapa, estás con lo de la música, y si quieres puedes estudiar. Yo, en cambio, me dijo, cuando llego a mi casa me encuentro a mi viejo borracho y cabreado y a mi madre amargada, pensando en sus sueños rotos. Después me duermo con uno de mis hermanos con el que comparto cama en una habitación en la que somos cuatro en dos camas y ahí sigo. Dentro de un año tendré que ponerme a currar para llevar pasta a casa. Pero a mí, en realidad, lo que me gustaría ser es médico, un médico con pasta y con un montón de tías buenas alrededor.

Yo no decía nada. Seguía mirando los coches que pasaban a toda velocidad con las luces encendidas. ¿Te enteras, Niño?, me preguntó. De pronto dejé de pensar en los coches que pasaban, en lo que el Franki estaba diciéndome y empecé a reírme a carcajadas, una risa que, enseguida, contagió a Franki. Bueno, dijo después, ¿nos vamos?

Plaza Marqués de Vadillo, calle General Ricardos, Glorieta Oporto y Vista Alegre, a soltar el buga en los soportales. Vamos al bar del cojo, colega, me dijo Franki, que están esperándonos. Yo flotaba. Aún estaba en una nube. Cuando llegamos al bar, el cojo estaba dispuesto a celebrar mi incorporación a la música. Siempre serás de la banda, dijo el cojo, eso está claro, pero es mejor que te dediques a la música. Porque si yo llego a enterarme de que vas por ahí con estos hijos de puta, dijo señalando con el dedo a los presentes, os mato a todos. ¿Está claro? Sí, dijeron todos.

SER MÚSICO

Cuando llegué a mi casa mis padres estaban en el salón. Di las buenas noches y miré a mi madre, que se levantó y me dijo que la acompañara a mi cuarto con la excusa de ver si unos calcetines eran míos. Fui detrás de ella, entró en mi habitación, yo con ella, cerró la puerta, me miró y me preguntó, toda expectanete, qué tal me había ido.

¡Que me han cogido, mamá, que me han cogido!, le dije entusiasmado, abrazándola con toda mi fuerza. Mi madre se echó a llorar, toda orgullosa. Mi madre me cogió la cara con las manos. Ya le he adelantado algo a tu padre, me dijo. A ver cómo se lo toma. Le he dicho que es un hobby, que es un pasatiempo. Que lo que tú realmente quieres es ser abogado. ¿Está claro? Sí, le dije, en voz baja. Claro que sí.

Mi viejo, durante la cena, no hizo sin embargo ninguna referencia al asunto.

A la semana siguiente, en el colegio, mis compañeros, especialmente aquellos con lo que tenía pensando armar el grupo de música pop, me llenaron de preguntas. Fui respondiéndoles poco a poco, haciendo pausas, fardando de mi experiencia. Las chicas de mi clase, por otro lado, me miraban de otra manera. O eso, al menos, es lo que a mí me parecía. Joder, lo de la música molaba mucho.

Esa misma semana me llamó Pepe, el guitarra de Vibraciones, y me dijo que le gustaría quedar conmigo para tocar temas de grupos de rock extranjeros. Me dijo también que le había molado mucho mi rollo y, teniendo en cuenta que además apenas había bajistas en Madrid, podíamos tocar juntos en algún otro grupo también. Le dije que me apuntaba, claro. Quería aprender de todo y lo más rápido posible.

Entusiasmado como estaba, una tarde, después del colegio, fui a Callao, a ver a mi amigo D’Artagnan. Hicimos el tour de siempre y terminamos, cómo no, en Leturiaga, adonde entré de manera diferente, como si ya perteneciera al círculo íntimo de músicos que iban allí. Luego nos fuimos a la calle Preciados, a sentarnos un rato en un banco y charlar. ¿Conoces un programa de radio que se llama Musicolandia?, me preguntó mi amigo. Le dije que no lo conocía. ¿De qué va?, le pregunté. De nada, me dijo. Bueno, verás, hay un pibe, el locutor, un tío muy loco que se llama el Mariscal Romero y que pone una música que alucinas. No tenía ni idea, la verdad, quién era ese tal Mariscal Romero. Mucho rock extranjero, siguió explicándome D’Artagnan. El programa dura una hora y lo emiten todos los días.

Seguimos hablando de nuestras cosas y, al cabo de un rato, nos fuimos cada uno a su casa. Al día siguiente, a la hora señalada, busqué en el dial de la radio el programa del Mariscal Romero y di con él. Y sí: lo presentaba un tío supermarchoso, muy sobreactuado, con una voz diferente a las voces engoladas, llenas de babas, que escuchabas en otras emisoras de corte más formal, y me encantó. La música que ponía, por otro lado, era lo más flipante que había escuchado nunca: Focus, Rare Hearth y varios grupos más que se convirtieron en mi dosis diaria de música extranjera, una música que intentaba imitar, copiar o plagiar de cualquier manera.

Era el inicio de lo que años después empezó a desarrollarse en la periferia, las señas de identidad de una generación que buscaba precisamente eso, una identidad que hasta ese momento se limitaba a las pandillas de los billares, sin otro credo que defender el territorio y donde te agarrabas a hostias un poco por deporte y otro poco por diversión.

Había pandillas en todas partes. Cada barrio tenía la suya. Vallecas, San Blas, Ventas, Usera, Lavapiés, Villaverde, Pan Bendito, Caño Roto y muchos otros barrios en los que, a comienzos de los años ochenta, florecieron las tribus urbanas, que no eran más que el reflejo de lo que se veían en algunas películas y en las calles de Madrid.

Entonces podías ser punk, rocker, skin, skinhead, mod, lo que fuera. Todo un menú bastante variado y para nada original, pues la oferta, como de costumbre, llegaba desde el extranjero gracias a Quadrophenia o a Grease. Sea como fuere, la cuestión es que a mí, lo que más me molaba era la música, aunque, como me dijo el cojo en el bar, siempre sería de la banda.

Así, mientras me empapaba de la música extranjera con los programas del Mariscal Romero y soñaba con mi futuro en el conjunto Vibraciones, transcurría mi vida. Una tarde, quedé con Pepe, el guitarrista, en su casa. Vivía cerca de la Plaza Elíptica, en un bloque de pisos de protecser músico ción oficial, unas casas pequeñas y mal construidas, producto de la posguerra, que sirvieron para justificar de alguna manera el atracón inmobiliario de la periferia con el que se enriquecieron unos cuantos, incluso mi padre.

Estuvimos un buen rato oyendo algunos discos de grupos que le molaban, como Uriah Heep o Black Sabbath y, poco a poco, fui descubriendo la función del bajo en un conjunto, algo que entonces, en Madrid, donde no había mucha cultura musical, salvo raras excepciones, era difícil de apreciar. En todo caso, ese día, en casa de Pepe, me di cuenta de la importancia del bajo al escuchar «Come together» de los Beatles. A partir de ahí, mi idea de lo que era tocar el bajo cambió radicalmente. No se trataba solo de ir pegado al bombo. Había más cosas.

Y claro que había más. Porque cuando volvía a mi casa desde la casa de Pepe, caminando por la avenida de Oporto, a la altura de la Plaza de Coímbra salió de un bar un chaval de más o menos mi edad y se paró en seco delante de mí. Yo no tenía idea de qué iba la cosa, pero me pareció que no pintaba nada bien. El chaval volvió a entrar en el bar, yo empecé a caminar y, al rato, el chaval salió del bar con cinco o seis chavales más que empezaron a correrme mientras yo salía disparado como alma que lleva el diablo.

Párate si tienes cojones, me gritaban. No corras, maricona, eres como todos los del Blanco, sois todos unas mariconas. El miedo, supongo, hizo que saliesen alas de mis pies y llegase enseguida a la glorieta de Oporto. Pero al llegar a la glorieta, de detrás de un quiosco de periódicos salió un chaval, navaja en mano, que comenzó a soltarme derrotes a diestro y siniestro. Lo esquivé como pude y seguí corriendo a toda velocidad hasta que los perdí de vista.

Entré en los billares, todo agitado, de golpe, con la cara desencajada. Pero ¿qué te ha pasado?, me preguntaron los colegas.

Les conté lo que me había pasado y fliparon en colores. Cabreados como perros, juraron venganza. Blanco preguntó si llevábamos los bardeos. Sí, respondieron casi todos. Pues si quieren sangre, dijo Blanco, la tendrán, y salió a la calle y los que estábamos allí lo seguimos. Comenzamos a caminar rápido, cada vez más rápido. La adrenalina iba subiendo y, a los pocos segundos, ya todos corríamos como locos, la mayoría navaja en mano, dispuestos a darle una zurra a los de la banda del Chuchi.

Llegamos como unos forajidos a la Plaza de Coímbra, repartiendo hostias a todo lo que se moviera. Enseguida la plaza quedó vacía. Después fuimos al bareto de donde habían salido los que me habían perseguido pero, quizás alguien les había avisado, ya no quedaba nadie. Solo el camarero. Blanco, súperacelerado, lo cogió por cuello y le dijo: Diles a esos mierdas del Chuchi que si tienen cojones, nos vemos mañana en el Campo de la Mina, a las seis, que vamos a estar esperándolos. ¿Entendido? Sí, sí, respondió el camarero, todo asustado. Y si no aparecen, siguió diciéndole Blanco, vamos a venir y os vamos a quemar el bar, el barrio, todo, hijo de puta.

A la mañana siguiente no podía quedarme quieto. Sentía un calambre recorriéndome todo el rato la espalda. Más allá de que me gustaban mucho la música y la lectura, no puedo negar que me encantaban las peleas, y cuánta más gente participara, mejor.

Antes de la hora prevista, llamé por teléfono a Chochado y le pregunté si no tenía un bardeo o un puño para dejarme. Claro, Niño, me dijo. Te llevaré una navaja y un tubo de hierro que le he mangado a mi padre. Su padre era cerrajero.

Cuando llegué al billar, aún no estaban todos, pero los que estaban portaban algo cortante, barras de todos los tamaños, de todos los materiales: de madera, de plomo o de hierro. Chochado, tal como me había prometido, había llevado una navaja para darme. El tubo de hierro se lo guardó para él.

Mientras hacíamos gala de nuestra hombría, llegó Blanco con el Jaro y el Gasolina y con unos cuantos chavales más a los que no conocía, dispuestos también a darle una zurra a la banda del Chuchi. Se colocó al fondo del local, bajo un póster de Bruce Lee en el que Bruce Lee parecía mirarnos con rabia y nos dio las instrucciones: los del Jaro iban a entrar primero por la retaguardia. Después entrábamos nosotros.

Y ahí nos fuimos, caminando, hasta el Campo de la Mina, un descampado enorme, situado en la avenida de Fátima, lejos de la presencia policial y de vecinos que pudieran dar el toque. Llegamos unos minutos antes de la hora convenida y no había nadie, ni un alma. El campo estaba completamente vacío. Me imaginé que los del Chuchi habían desistido de la pelea, pero al rato, después de que nosotros, los de Blanco, nos situáramos en una esquina desde la que controlábamos dos calles y los del Jaro por su parte, se colocaran al final del campo, detrás de unos escombros, llegaron ellos, los de la banda del Chuchi.

Eran un montón y fueron colocándose frente a nosotros, a unos cincuenta metros de distancia. Con los dientes apretados, las manos sujetando barras y sosteniendo navajas, los brazos tensos. Todo estaba dispuesto para la pelea. Así que, como manda el protocolo no escrito de las pandillas, Blanco se adelantó unos pasos y retó al Chuchi, que salió de entre los suyos y se puso frente a él. ¿Quién ha dicho que los de Blanco somos unos maricones? Que lo diga ahora si tiene cojones, dijo Blanco.

El Chuchi no llegó a responder. Blanco le dio un cabezazo en la frente que lo derribó en un segundo. Blanco sacó entonces su navaja y se lanzó a por los demás de la banda y nosotros fuimos tras él, como demonios. El choque fue brutal. Los del Jaro llegaron justo a tiempo y nos dimos con todo. Caras ensangrentadas, gritos desaforados, trozos de ropa en el suelo, puñetazos, patadas y puñaladas, todo valía. Unos minutos después, los del Chuchi empezaron a dispersarse hasta que no quedó ninguno. Blanco tenía una herida en el brazo derecho, pero se mostraba orgulloso por haber ganado la pelea.

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9788418546952
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