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Cuentos para alargar-la-vida

© del texto: Carlos Roselló

© diseño de cubierta: Editorial BABIDI–BÚ

© corrección del texto: Editorial BABIDI–BÚ

© de esta edición:

Editorial BABIDI–BÚ, 2020

Fernández de Ribera 32, 2ºD

41005 – Sevilla

Tlfn: 912.665.684

info@babidibulibros.com

www.babidibulibros.com

Primera edición: Septiembre, 2020

ISBN: 978-84-18297-54-0

Producción del ebook: booqlab

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

A mis ángeles.

ÍNDICE

I Lui

II Félix

III Un suceso imprevisto

IV El viaje

V Atchús

VI Braius

VII Kirem

VIII Nonópolis

IX Lo más bello del universo

X Ju

XI Hipo y Tos

XII Ra

XIII Los

XIV EPÍLOGO


I
Lui

Cuando eres un duende, una de las cosas en la vida que más feliz hace a tu corazón, es contemplar, desde la altura, el manto verde de tu bosque extenderse hasta el horizonte. Desde aquí arriba, en las rocas altas de Pinópolis, siempre acabo por concluir que mi bosque es como un paraíso por su manto interminable de pinos verdes, juntamente con sus caídas de agua y su variedad de aves y flores.

Estoy pensando que, si estuvieras ahora mismo junto a mí, tus ojos tampoco dejarían de maravillarse ante lo que pueden llegar a ver aquí, desde casi el cielo.

Pero seguramente ya estarás preguntándote si Lui, quien te cuenta lo que hace feliz a su corazón y maravilla sus ojos, es en verdad un duende o, lo que es mejor, si los duendes existen. Veamos. Si tú eres un duende como yo, no hay problema. En caso contrario, todo se reduce a una cuestión de prueba. Pues bien, en este caso y si no te bastara mi palabra en cuanto a la positiva existencia de los duendes, más adelante voy a revelarte una fórmula para que lo compruebes.

A continuación, otra de tus posibles preocupaciones podría ser la de querer saber por qué razón te enteras ahora de mi existencia. Esta respuesta es más sencilla: deseo que conozcas una historia. Empero, no es una historia cualquiera porque ella en realidad sucedió, y el bosque donde vivo no fue destruido porque sus habitantes recurrimos a la fuerza más poderosa. Lo que me propongo es contártela, ya que es necesario que sepas quién es y qué pretende el Hechicero de las Sombras, por si un día resolviera visitar tu bosque.

Y bien. Todo comenzó tiempo atrás, durante una soleada pero fría tarde de comienzos de primavera. Me encontraba en este preciso lugar, pensando, cuando una voz conocida me llamó.

—¡Lui!

Era el maestro Uro, mi amigo y mentor. Nuestra amistad nació en mis primeros años de escuela y se profundizó más tarde, cuando me enseñó todo lo que sabía de letras. Hablar con él siempre es una gran experiencia, pues, entre otras virtudes, sabe escuchar. ¿No es cierto que hoy en día resulta difícil encontrar a alguien que sepa hacerlo?

—Maestro Uro, ¿qué haces aquí? —pregunté asombrado.

—A mi edad no está demás hacer ejercicio. Es más que necesario si quieres mantener tu mente lúcida —respondió el anciano.

—¡Pero el ascenso es peligroso! —repliqué.

—Peligroso es el bosque en el que vivimos hoy en día. Pero he venido hasta aquí para hablar a solas contigo —dijo serio, sentándose a mi lado.

Al mirarme, preguntó:

—¿En qué estabas pensando?

—En los cazadores que hicieron aquel fuego —dije, señalando el espeso humo que emergía de un claro del bosque, a lo lejos—. Me gustaría saber si habrán logrado su propósito. ¿Crees que donde ellos viven también cazan?

—Uno es el mismo en todas partes, Lui. Si lo hacen aquí, ¿por qué no lo harían en sus aldeas? —dijo, moviendo su cabeza platinada a ambos lados—. Lo que ahora les envidio a los de allá abajo es su fuego.

—¿Qué es lo que siempre acostumbras decir sobre el fuego?

—Purifica. ¿Qué es lo que haces con las hojas marchitas cuando quieres limpiar tu jardín? Las juntas, las retiras y luego las quemas. Es la forma en que tu jardín recobra su colorido. Pero he venido a hablar contigo de otra cosa.

—Debe ser importante.

—Sí que lo es, Lui. Escucha: los maestros me han elegido hoy como su representante para ocupar el cargo vacante que hay en el Consejo de Gobierno.

—¿Qué? ¡Te felicito! —grité, abrazándolo por el reconocimiento que ello significaba para él.

En el bosque no existe honor más grande para un duende que ser elegido para ocupar un cargo en el Consejo de Gobierno de su aldea. La designación del maestro Uro me colmó de felicidad, porque todos los habitantes de Pinópolis siempre hemos recibido de él comprensión, amistad y enseñanza. No existía nadie mejor que él para ese cargo.

—Pero eso no es todo —agregó sonriendo.

—No creo que nada de lo que aún tengas por decir pueda alegrarme más.

—Yo creo que sí, Lui. ¿No te agradaría saber, por ejemplo, que a partir de mañana serás el nuevo maestro de letras de la escuela de Pinópolis?

—¿Qué...?

No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. El sueño de mi vida siempre había sido, precisamente, ser maestro de letras. Mi corazón dio un vuelco de felicidad.

—Lui, ¿te sientes bien? —preguntó al verme tan emocionado.

—Sí. Pero ¿cómo sucedió? —pregunté aún conmovido.

—Muy simple. Al aceptar el cargo me preguntaron cuál de los ayudantes podría sustituirme, y no hice más que decir la verdad. El mejor y más aplicado de mis alumnos siempre has sido tú.

—No sé qué decir porque no tengo palabras. Todo te lo debo a ti; es el día más feliz de mi vida.

—Solo dime que aceptas.

—¡Acepto!

—Muy bien. ¡Felicidades, maestro Lui! Y créeme: a partir de ahora admiro tu valor, pues entre tus alumnos, como ya bien sabes, hay algunos que son todo unos diablillos...

Lo que no imaginaba en ese momento es que después de ese día tan feliz, conocería el miedo más atroz que jamás experimentaría en la vida.

II
Félix

Cuando era pequeño y recién comenzaba la escuela, cierta mañana de verano, mientras asistía a una aburrida clase práctica de supervivencia en el bosque, aproveché un descuido del maestro Nas y me escondí. Una vez que perdí de vista a todos, corrí en dirección opuesta, al tiempo que me iba riendo de mi propia travesura, y de la que se armaría cuando descubrieran que faltaba un diablillo.

El sitio preferido de nuestros juegos eran las cuevas de las afueras de Pinópolis. En ellas solíamos pasar la mayor parte de nuestro tiempo libre. Y puesto que así consideré lo que resultaba de mi fuga, sin duda ya imaginarás hacia dónde me encaminé. Mi risa no se había extinguido cuando poco antes de llegar, escuché el ruido característico que hacen las ramas secas al quebrarse bajo los pies de alguien.

Tino y yo teníamos por costumbre asustarnos mutuamente cuando uno veía solo en el bosque al otro. Teniendo presente que ese día hacía horas que no sabía nada de él, y que igualmente le gustaba ausentarse de clase, adiviné de quién se trataba. «¿Así es que tú también quieres divertirte?», pensé. Me cubrí la boca con una mano para que no escuchara la risa que me causaba, y pronto me encontré escondido detrás de una roca, a la espera del muy torpe, que continuaba delatando su presencia. Puesto que a Tino lo que más le asustaba era creer que un oso estaba tras sus pasos, obviamente, como tal, intentaría comportarme.

Si bien últimamente muchas cosas han cambiado, en la escuela de la aldea lo primero que te enseñaban era a temer a los cazadores, y luego a los osos y los lobos. Los maestros solían decirte que, si en tu camino te encontrabas con estos animales, debías escapar rápidamente e intentar que perdieran el rastro. Si tal estrategia fallaba, tenías que luchar y vencerles, ya que si no... bueno, lo mejor sería que no pensaras en el caso opuesto. Respecto a los cazadores, todo sigue igual. La suerte con estos sujetos variará según te vean solos o en grupo. Un grupo intentará atraparte de la forma que sea; en cambio, si te ven solos y no están armados, aunque nunca son de fiar, es común que suelan quedarse paralizados ante ti y digan cosas que nadie entiende. Pero este es otro problema.

Lo cierto es que aquella mañana, a medida que escuchaba los ruidos más cerca de mí, empecé a imitar a los osos.

—¡Guaaahhh...!

Tino estaría petrificado de miedo porque instantáneamente el silencio reinó en los alrededores, provocando así que mi risa fuera ya incontenible. Pese a escuchar un ensordecedor aullido de lobo en las inmediaciones que me hizo temblar, resolví correr el riesgo de un encuentro no deseado para continuar asustando a mi amigo.

—¡Guaaahhh...!

El sol estaba a mis espaldas, pero no le presté atención hasta que una sombra sobre la roca tras la que me ocultaba empezó a agrandarse en forma sospechosamente alarmante. Aunque intuí que no se trataba de Tino, ya que él no alcanzaba ni a la quinta parte del tamaño de lo que había detrás de mí, al darme vuelta lentamente y quedar frente a lo que producía la sombra, tuve la desagradable certeza.

—¡Guaaahhh...!

¡Un oso negro gigantesco, con una mancha blanca entre los ojos, estaba delante de mí!

—¡Guaaahhh!

Esta vez el oso y yo, mirándonos, lanzamos al mismo tiempo un sonido similar, aunque de contenido sustancialmente diferente; mientras, seguramente, él me anunciaba que me había elegido para ser su alimento del día, yo grité porque sabía culminada mi existencia.

Cuando el oso gigante me tomó entre sus garras y comenzó a levantarme del suelo, debí haberlo dejado sordo, ya que mis gritos eran desesperados. Claro, siempre y cuando ya no lo fuera, porque en ningún momento pareció molestarle.

La verdad es que segundos antes de lo que creí era mi fin, extrañamente el oso miró hacia atrás. Mientras trataba de entender lo que sucedía, no pude por menos que dejar ir mis ojos en la misma dirección que los de mi captor. Y si mi asombro de por sí ya era mayúsculo, más lo fue cuando a pocos pasos de donde nos encontrábamos el oso y yo, vi a un duende desconocido, mayor, pero de mediana edad. Este vestía de blanco y parecía estar como en trance, puesto que sus ojos estaban cerrados y sus manos abiertas, pero juntas, como saliéndole del pecho.

Decididamente para mí todo era inverosímil, pero el colmo se produjo cuando el oso me depositó nuevamente en tierra, en forma hasta delicada, y fue hacia el desconocido. Una vez que ambos estuvieron frente a frente, y por más ilógico que me pareciera, supe que eran buenos amigos, pues el duende acarició sonriente con sus dos manos la cabeza del oso gigante, el cual, por cómo se comportaba frente al extraño, me recordó a un cachorro. Al cabo de unos momentos de juegos varios, el oso se irguió, pasó su lengua por la cara de mi salvador y después se marchó, para perderse después en la espesura del bosque.

—Hola. Soy Félix de Sabiópolis —dijo el duende al aproximarse.

Su voz era grave, pero al mirarle a los ojos encontré una paz y una bondad hasta entonces desconocidas para mí, y algo más. En ocasión de ver a alguien por primera vez, ¿has tenido esa sensación de creer que ya le conoces? Si te ha sucedido, sabes entonces cómo me sentí con Félix.

—Soy Lui…, Lui de Pinópolis —alcancé a decir.

—Dime, ¿estás bien, Lui?

—Sí, señor, aunque aún temblando por el susto…

—Me imagino. Pero nada de formalidades. Para ti soy simplemente Félix, ¿de acuerdo?

—Muy bien, Félix. Una vez me dijeron que cuando alguien te salva la vida se convierte en tu hermano de sangre —dije, mirándole serio.

—Debemos comenzar por convertirnos en amigos, ¿no te parece, Lui?

—Tienes razón, Félix. Entonces, ya somos amigos.

—Bien. Pero ¿cómo es que a tu edad caminas solo por el bosque?

—Mmm..., ¿me creerías si te dijera que he venido a buscar algo que he perdido?

—No lo creo.

—¿Y si te digo, en cambio, que estoy en una prueba de supervivencia?

—Tampoco.

Una de las tantas cosas afortunadas que tiene la amistad es que un amigo siempre sabe cuándo le mientes.

—Me escapé de la clase de supervivencia —confesé enrojecido, sin atreverme a mirar la cara de mi nuevo amigo.

Para mi sorpresa, Félix empezó a reírse como un loco. Y tanta fue la gracia que me provocó verlo, que no pude evitar contagiarme. Ahora éramos dos locos.

Una vez que nos cansamos de reírnos, le pregunté:

—Félix, ¿podrías explicarme lo que sucedió?

—¿A qué te refieres?

—Ese oso es tu amigo. ¿Cómo puede ser que un duende sea amigo de un oso, que además es gigante?

—¿Estás insinuando que ello no es posible?

—No lo sé. Siempre nos están advirtiendo con respecto a lo que puede sucedernos tanto con los osos como con los lobos...

—Sentémonos —dijo Félix.

Tan pronto lo hicimos sobre un pino caído, me miró.

—Voy a explicarte algo, Lui. Si bien pueden existir criaturas cuyos hábitos o costumbres no comprendas, debes saber que todas y cada una de las vidas que habitan el bosque cumplen una tarea en él. Y en la medida de nuestras posibilidades, debemos contribuir a su realización. Es por lo que la vida es sagrada. Una vez que asumes esto, concluirás que tanto los duendes como los osos, los lobos y el resto de los animales del bosque que conformamos la obra del Supremo Duende, podemos ser amigos. Pero si eso no te bastara, ¿has pensado en lo aburrido que podría ser el bosque sin estos animales?

Sin importar lo que dijera, sabía que mi miedo tanto por los osos como por los lobos seguiría tan intacto como siempre, aunque evitaría desilusionarlo.

—Además, por más difícil que sea la situación a la que te someta algo o alguien, siempre tendrás la oportunidad de confundirle con un poco de ingenio. En el momento que te valgas de lo imprevisto, lo que sea dudará y ganarás así unos preciosos segundos que te permitirán tomar la iniciativa. Pero sabe que nunca debes hacer nada que ponga en peligro ninguna vida, ya que todas son únicas e irrepetibles.

—Te prometo recordar lo que me has dicho. Pero ¿qué haces en Sabiópolis?

—Soy maestro de letras.

—¿Podrías explicarme de qué se trata? Recién comencé la escuela.

—Digamos que es la enseñanza de la obra de quienes escriben. Mira.

Félix seguidamente extrajo un pequeño libro de entre sus ropas, que abrió por la mitad.

—Este libro es mi preferido. Se llama Pensamientos y fue escrito hace muchos años por el poeta Teo de Piedrápolis. En él, Teo escribe para su amada duendecita. Escucha:

«A veces me pregunto:

¿qué sucede con el tiempo

que media entre que llegas y te vas,

que se parece al de un latido de mi corazón?

Lo primero que se me ocurre

es que debe ser algo extraordinario,

como eso que hace que un día sea diferente de los otros...

Entre varias teorías posibles

—porque lo he pensado largamente—,

la que me encanta,

sostiene que a tu alrededor

el tiempo deja de ser constante,

porque, como yo,

tampoco escapa de la magia que tú irradias».

Increíblemente, lo que Félix leyó se grabó en mi memoria sin dificultad alguna. Y a tal punto, que me supe capaz de repetir palabra por palabra todo cuanto dijo. ¿Por qué será que nuestra mente reserva el don de la memoria, para aquellas cosas que arbitrariamente ella elige?

Luego de estas breves reflexiones, lo había resuelto.

—Yo también seré maestro de letras, Félix.

—Me halagas. Pero ¿cómo has tomado una decisión tan importante respecto al futuro aquí y ahora?

—Acabo de saberlo, ¿crees que podré lograrlo?

—Todo dependerá de ti, Lui.

—¿Hay que estudiar mucho?

—Sin importar lo que hagas, siempre deberás estudiar. El aprendizaje en la vida no tiene fin.

Pero hubo otra cosa que también me deslumbró, y contener mi curiosidad resultó imposible.

—Félix, ¿podrías enseñarme a hablar sin voz? Me refiero a eso que hiciste con el oso.

Mi amigo me miró largamente, en silencio, como advirtiendo que había descubierto un secreto, aunque se esforzó por continuar con naturalidad.

—Claro, pero no creas que es difícil. Aparte de alguna indicación técnica que otra, únicamente es necesario que conozcas cierto principio.

—¿Qué es un principio?

—Es algo así como un camino que te trazas, y del que nunca te apartas sin importar los obstáculos que encuentres. Nosotros lo llamamos un fundamento vital inmutable. A modo de ejemplo, lo que te dije acerca de la vida es un principio.

—¿Nosotros...? Bueno, no importa. ¿Cuál otro debo conocer?

—La perseverancia es la madre de la excelencia. Si practicas paciente y constantemente, podrás dominar lo que te propongas.

A medida que iba descubriendo a Félix y pese a mi corta edad, deduje que estaba frente a alguien especial. Un sabio muy comprensivo, si era posible calificarlo así. Ningún duende que hasta ese momento había conocido parecía reunir todas sus virtudes.

—Ahora voy a decirte unas pocas cosas que es necesario recuerdes. ¿Listo?

—Sí.

—Nuestra mente es como un pequeño cofre que guarda todas las respuestas. Solamente hay que ser paciente y constante en la búsqueda. Aquella que corresponde a la pregunta sobre el procedimiento para que tus pensamientos vuelen como los pájaros, es concentración. Esta consiste en una combinación de elementos corporales y mentales. Mírame.

Félix abrió sus manos, las juntó y luego las puso de forma tal que parecían emerger de su pecho, igual a como vi que hizo con el oso.

Una vez que me miró, lo imité.

—Y ahora cierra los ojos, con lo que la secuencia corporal del procedimiento se completa.

Cuando los tuve cerrados, las siguientes palabras de mi nuevo maestro ya no las escuché a través de mis oídos, sino en mi mente.

—De aquí en adelante, tu mente debe hacer el resto, Lui. En primer término, piensa en mí, y luego dime lo que quieras.

Tan pronto como me concentré en Félix y me creí preparado, pensé:

—Félix, ¿me escuchas?

—Sí, Lui.

Tanta fue la alegría que me provocó haber hablado por primera vez con mis pensamientos, que no pude evitar lanzar un grito.

—¡Lo hice!

—Claro, Lui. Pero ten presente que el verdadero secreto para dominar cualquier cosa que te propongas, radica en desarrollar el hábito de la práctica. El éxito no se alcanza sin perseverancia.

Luego de reflexionar unos instantes, agregó:

—Obviamente, en lo que no debes perseverar es en las fugas de clase...

Y empezamos a reírnos otra vez como dos locos, cuando súbitamente intuí que se marcharía por increíble que me pareciera.

—Estás por marcharte y creo que no volveré a verte. ¿Es verdad? —lo que dije sorprendió a Félix.

—Eres muy intuitivo para tu edad, Lui. Es cierto que en algunos instantes deberé partir, ya que hay cosas que no puedo desatender, pero eso no significa que no volvamos a vernos.

Saber que se iba me entristeció. En una ocasión me dijeron que cuando despides a un amigo, es como si el Universo apagara miles de estrellas. Y aunque fuera de día, sabía que era verdad.

—Ten. —Estiró su brazo derecho con los Pensamientos de Teo en la mano.

—¿Qué haces, Félix?

—Te regalo mi libro predilecto. ¿Cómo piensas ser maestro de letras sin conocer la obra del gran Teo?

—Tienes razón —agregué.

Al ponernos de pie, los ojos de mi maestro parecieron brillar.

—Escucha bien lo que voy a decirte, mi pequeño amigo.

Félix se inclinó hasta quedar de mi altura.

—El futuro ya está escrito, Lui. Y tú, como elegido que eres, tienes una tarea muy importante que cumplir. Nada es casual. Nuestras vidas y las de otros están destinadas a cruzarse desde largo tiempo atrás. Lo que hagas por otros, lo harás por ti, ya que todos somos parte de lo mismo. Cuando sea el tiempo del que ahora te hablo, mucho más de lo que nunca imaginarás dependerá de ti. ¿Comprendes, Lui?

—Creo que sí —respondí, aunque no supiera a qué se refería.

Y sonreímos juntos por última vez.

—Hasta pronto, mi joven amigo. Algún día, no muy lejano, volveremos a vernos. Lo prometo.

Al dar la vuelta y caminar rumbo a casa unos cuantos pasos, miré atrás, pero ya no estaba. En el sitio que antes se encontraba Félix, había algo parecido a cientos de copos danzantes de luz blanca, que pronto se extinguieron. Y si lo que veía parecía imposible de creer, no menos lo fue el hecho de saber que algún día yo también viajaría así.

Instantes después...

—Maestro Ra... —dijo amablemente Félix.

El anciano que leía a la luz de una vela rodeado de libros en una cueva de las afueras de Osópolis, levantó la vista y sonrió.

—¡Oh, Félix! Mi hogar se honra con la presencia de mi amigo y sucesor.

—El honrado siempre soy yo, maestro.

—Eres muy amable con este anciano, Félix.

—Bien sabes que es el resultado de tus enseñanzas.

—Gracias. ¿Y bien? —La ansiedad ahora era más fuerte que el duende de pelo blanco.

—El Sabán es eternamente exacto, como tú bien sabes. En el tiempo y el lugar que intuí, el gran Dorek esperaba con mi sucesor.

—El viejo oso Dorek... —Sonrió—. Con los años parece estar más grande y luce aún peor…

—Para mí no ha cambiado nada. Todavía recuerdo cuando viniste a mi encuentro, y él me tenía agarrado por los aires. No fue hasta que me revelaste la verdad que dejé de soñar con él.

El anciano rio mientras Félix se sentó enfrente.

—Eso fue hace tanto tiempo, Félix... ¡Cuántas cosas han pasado desde entonces!

—Tienes razón.

—¿Y cómo es tu sucesor?

—Muy inteligente y extremadamente intuitivo para su edad. Por un momento creí que leía mi mente como tú ese libro. De ahora en adelante, debemos esperar a que sea el tiempo.

La ansiedad en el rostro de Ra cedió a la preocupación cuando volvió a hablar:

—Ayer he tenido otro sueño, Félix. —El anciano dejó de mirar a su amigo.

—Cuéntamelo.

—Temo que esta vez será peor de lo que jamás ha sido. El bosque inferior ya ha elegido al próximo Hechicero de las Sombras, y comienza a dotarlo de fuerzas alarmantemente poderosas. Temo que la próxima será la batalla final.

El anciano se puso de pie con dificultad y comenzó a caminar pensativo, apoyado en su bastón.

—Sin importar lo que suceda, sabes que lucharé hasta el fin si es preciso.

—No, Félix. No sé cómo decírtelo. —Ra miró ahora a Félix.

—¿Decirme qué, maestro?

—Ignoro la razón, pero tú nunca enfrentarás a este hechicero...

—¿Qué...? —Félix se puso en pie de un salto, perplejo.

—Lo siento, pero el sueño no me lo reveló. He visto a tu sucesor, el pequeño Guardián, luchando contra el hechicero en tu lugar.

—Es imposible; no está preparado. ¡No será su tiempo!

—Estás equivocado, Félix. Ninguno de nosotros jamás hubiera estado listo para lo que en esta ocasión sucederá. Esta vez será totalmente diferente a como siempre ha sido: ¡El hechicero se apoderará del Sabán!

—No puede ser... ¡Prefiero morir antes de entregárselo, maestro!

—Él hará cualquier cosa para ello esta vez, y finalmente lo obtendrá, Félix.

—Entonces todo habrá terminado: «Si el Duende de la Guarda es despojado, nada impedirá que las sombras se apoderen del bosque...».

—Todo es confuso en esta oportunidad, amigo mío.

—¡Pues prefiero destruir el Sabán antes de que caiga en poder del hechicero!

—¡No, Félix! Desde el momento en que lo hicieras, las sombras se sabrían vencedoras, y ya nada impedirá que esclavicen al bosque. Además, tienes que pensar en tu sucesor.

—¿Lui? Sin el Sabán nada impedirá que muera; y de la peor forma. El bosque le seguirá poco después. ¡Será el fin de todo, maestro! —lamentó Félix.

Apesadumbrado y pensativo, el anciano no respondió.

III
Un suceso imprevisto

La noche que siguió a mi nombramiento como maestro de letras de la escuela de Pinópolis, me resultó poco menos que eterna. El hecho de concretar un anhelo largamente esperado generó en mí, por lógica, tanta ansiedad que el sueño jamás llegó. Indudablemente, saber esperar es una habilidad difícil de adquirir y practicar. ¿Tú sabes esperar?

Mientras leía, pues algo tenía que hacer para que pasara el tiempo, alguien llamó a mi puerta apenas amanecía. Era Tino.

—¡Felicidades, maestro Lui!

—Gracias, amigo. Pero ¿qué haces a esta hora despierto?

La cara de Tino parecía tallada en piedra.

—El Consejo va a reunirse ahora y el presidente quiere que todos los maestros estén presentes.

El hecho que el Consejo de Gobierno de Pinópolis sesione en forma ampliada con los maestros, es algo extraordinario, pues ello sucede únicamente cuando existe algún asunto de entidad. Tino, que es miembro permanente, ya que a su cargo está la seguridad de la aldea, se mostraba inquieto.

—¿Qué sucede?

—Es grave, Lui.

Las puertas del edificio del Consejo fueron cerradas tan pronto como el último de los maestros acabó por ingresar. Mi primera asistencia formal a este recinto me permitió ver al maestro Uro ya instalado en su asiento de miembro permanente, al tiempo que el presidente se aprestaba a hacer uso de la palabra. Lo poco que dejó entrever Tino me hizo intuir que algo inusitado sucedía en el bosque.

El presidente, a continuación, tomó la palabra:

—Primeramente, gracias a todos por asistir a esta hora de la mañana. He requerido la presencia de ustedes porque el bosque se enfrenta a un hecho de imprevisibles consecuencias. Ayer, por la noche, recibimos una carta del Consejo de Gobierno de Verdépolis, por la que se nos informa que Sabiópolis se apresta a declarar la guerra a Bellápolis.

No podía creer lo que acababa de escuchar. Guerra... ¡Qué locura! Si era verdad, por primera vez ya no solo la fraternidad estaba en peligro, sino la propia existencia de nuestra especie. Tenía que tratarse de un error. Pero si no lo era, sería difícil que las aldeas pudieran continuar ocultando su existencia a los ojos de los cazadores. Indudablemente, la guerra aparejaría la destrucción del bosque que conocía. Entre los presentes, la preocupación y el temor por la noticia se advirtió de inmediato, por los comentarios que surgieron tan pronto ella se reveló.

Y entonces pensé en Félix, todo mi conocimiento de Sabiópolis.

—Según se nos dice, desde hace un tiempo muchas cosas han cambiado en Sabiópolis. Su consejo está presidido por alguien llamado Los, de quien nada sabemos. Aparentemente, el problema comenzó cuando Bellápolis decidió utilizar más agua de la necesaria del Río de los Duendes, perjudicando de este modo a Sabiópolis, que se ubica más abajo en el bosque, como todos sabemos. Esto motivó que delegados de ambas aldeas se reunieran en varias ocasiones, sin que el diferendo haya podido solucionarse. Los representantes de Bellápolis sostienen que esa aldea jamás utilizó más agua que la de costumbre, y los de Sabiópolis, que ello no es verdad y que es un acto de guerra. Después de la última reunión, Los dio la orden de amurallar su aldea, a la vez que comenzó a organizar un ejército.

Las palabras que escuchaba parecían provenir de una pesadilla, aunque sabía perfectamente que no estaba soñando. Todo me resultaba muy extraño por varias razones. El Río de los Duendes nace aquí en Pinópolis, con las aguas que resultan del deshielo de los picos altos de las diferentes montañas próximas. Durante años, jamás hubo problemas con su utilización, sencillamente porque el agua ha sido y es más que suficiente para las tres aldeas que se asientan a sus orillas.

Dejando atrás Pinópolis, a ocho días de marcha se encuentra Bellápolis, y a quince, Sabiópolis. Muy a pesar de ellas, estas aldeas han sido en extremo diferentes a lo largo de la historia. Concretamente, Pinópolis se destaca por ser la que forma los mejores maestros; Bellápolis por los inigualables artesanos; y Sabiópolis por sus fabulosos inventores. Considerando tales características, es probable que, si en efecto Sabiópolis tenía dificultades con el suministro de agua, sus inventores podrían solucionarlo de alguna otra forma que comenzando una guerra.

La verdadera razón del problema tenía que ser otra. No podía decir porqué, pero instintivamente algo me dijo que ese tal Los no era de fiar. En el momento mismo de escuchar su nombre, muy en lo profundo de mí había experimentado una sensación extraña, que por aquel entonces no supe comprender.

—Verdépolis envió mediadores hace unos días, pero Los se negó a tratar el problema con ellos argumentando que todas las aldeas del bosque son aliadas de Bellápolis. No es necesario decir que eso es falso, pero es una afirmación que no podemos ignorar, pues revela que Los actúa en función de sus propias creencias. Ahora bien, pese a que Pinópolis es ajena al diferendo, todos en el Consejo creemos que no debemos quedarnos con los brazos cruzados, dada la innegable magnitud del peligro. Así es que los hemos convocado para decidir entre todos lo que debe hacer nuestra aldea.

Transcurridos unos instantes sin que hubiera propuesta alguna, debido indudablemente a la conmoción generada, Tino pidió la palabra:

—Si no podemos mediar porque se considera que todos estamos en contra de Sabiópolis, propongo que como medida preventiva se me autorice a visitarla con el pretexto de llevar el correo. Una visión de primera mano creo que nos serviría de mucho. No solo sabría cuánto de serio toma las cosas Los, sino que también, tal vez, hasta podría ver con mis propios ojos a su ejército. Después de todo, si Los decide iniciar una guerra, convendría que supiéramos cómo está constituido y si presenta alguna debilidad, por si decide no detenerse en Bellápolis.

La propuesta de Tino recibió de inmediato la aprobación general, pues era el único que podría saber cuán seria era la situación. Si bien hasta ese momento nos había protegido con sus trucos de los cazadores, los osos y los lobos, él sabía como nadie la mejor manera de tomar precauciones. Lo que me desagradaba de su idea era que fuera solo, aunque sabía que se trataba de un experto en supervivencia.

—Estamos todos de acuerdo, Tino —dijo el presidente.

—Muy bien. Entonces partiré mañana temprano e iré por la Montaña de Marte, ya que el camino habitual para esta ocasión es demasiado largo.

—No, Tino. Es muy peligroso —replicó el presidente.

—Lo sé, pero en diez días estaré de regreso. De lo contrario, será en treinta, y entonces podría ser tarde.

El temor a recorrer el camino de la Montaña de Marte se debía a tres causas: la primera, por la gran cantidad de lobos y osos y el consiguiente miedo que estos generaban, según ya sabes; la segunda, porque se adentra por tierra de Nonópolis, la aldea fantasma de la que nadie jamás regresaba; y la tercera, por ser la zona preferida por los cazadores para acampar y cometer sus habituales fechorías.

—Muy bien. Creo que las circunstancias actuales ameritan una excepción —dijo el presidente resignado—. Esta sesión ampliada se suspende hasta el regreso de Tino.

Instantes después, Lucas y yo nos encontramos frente a nuestro mutuo amigo.

—Cuídate mucho, Tino —le dije.

—Te deseo suerte —dijo Lucas, y agregó—: También les digo a los dos que está listo.

—¿En serio? —preguntó Tino.

—Sí.

—¿Cuándo podríamos probarlo?

—Si quieres, ahora mismo. Es temprano.

—¿Están hablando de lo que creo? —pregunté.

—¡Sí, Lui! —exclamó Tino.

Aproximadamente nueve semanas atrás, Tino, Lucas y yo resolvimos acampar bosque adentro. Este hecho no hubiera sido nada extraordinario, de no ser porque una mañana descubrimos a dos cazadores a unos cuantos pasos de nosotros, apenas despertamos. Si bien al principio el miedo nos paralizó, sentimos un gran alivio al constatar que no tenían armas, al menos a la vista.

Después de unos momentos, nuestra atención pasó de los cazadores a un objeto de varios colores que estaban armando, con extremo cuidado. El aparato tenía forma triangular y era tan atrayente que Tino, que siempre debe correr riesgos porque según dice así se siente vivo, no pudo con su genio y se acercó aún más para verlo mejor.

Al cabo de un rato, lo que aquello fuera había sido armado, y sus propietarios comenzaron aparentemente a echar suertes para determinar quién lo utilizaría primero. El afortunado fue el cazador más joven, por lo que, sin más, lo ató a su cintura por unas correas. Un triángulo de metal se dejó ver colgando al frente del aparato apenas lo levantó, así como algo parecido a un capullo de tela que iba de su parte media a la trasera, aunque nada de eso nos ayudó a comprender la finalidad de tan extraño artefacto. Este medía unos cuatro metros de largo, por uno y medio de ancho, más o menos. Y si en lo personal imaginé que se trataba de un juego, esa idea se desvaneció tan pronto como el joven cazador se aproximó peligrosamente al precipicio, ubicado pocos metros adelante.

—Aún no puedo creer que me haya decidido a lanzarme desde aquí, con un ala delta —comentó al otro.

«¿Ala delta? ¡Vaya forma que eligió para morir!», pensé. Fue entonces cuando se me ocurrió hacer algo y pronto, ya que evidentemente se aprestaba a saltar y no podía permitir semejante locura. Así, ante el asombro de Tino y el desconcierto de Lucas, no tuve mejor idea que intentar persuadir al joven cazador.

—¡Espera! No saltes, por favor. Escucha: nada debe ser tan grave; la vida está en permanente cambio...

—Pero ¿quién es el tonto que…? —preguntó sin concluir el otro de los cazadores.

Estos, luego de mirarse uno al otro, lentamente giraron hacia atrás, para acabar por horrorizarse al descubrirme.

—¡Aaahhh...! —gritaron al unísono.

Y lo que creí peor, sucedió. Sin que se acallaran aún los gritos, el joven cazador saltó al vacío mientras su compañero corrió despavorido bosque adentro.

Tino, Lucas y yo, parados frente al precipicio, intercambiamos miradas de incredulidad y compasión. Una fracción de segundo más tarde, sin embargo, anonadados contemplamos que el joven cazador volaba. ¡Volaba! La magia de verlo sostenido en el aire nos deslumbró.

Transcurridos unos momentos en los que nos resultó imposible cerrar nuestras bocas, Lucas dijo que podía construir un aparato igual porque sus formas se le habían grabado en la cabeza. Lo cierto es que una vez reunidos los materiales que Lucas reseñó, sus manos se pusieron a la obra en las horas que no ocupaban sus clases de carpintería. Y ese día, por fin, el revolucionario artefacto estaba listo.

En cuanto Lucas abrió las puertas de su taller, los tres quedamos nuevamente extasiados.

—Y bien, ¿qué les parece? —preguntó Lucas.

—Estoy pensando que, si resulta, Pinópolis estará mejor protegida que nunca —contestó Tino.

—¿Y tú, Lui?

—En lo que se ha de sentir cuando vuelas... ¡No sé qué daría por volar!

—¡Pues hagámoslo ahora mismo! —dijo Tino, quien, si no lo probaba en ese momento, seguramente explotaría de ansiedad.

Luego de desarmarlo, nos dirigimos a las rocas altas. Desde que Tino sugirió ese sitio para el primer experimento me asaltó un escalofrío, aunque la aventura nos entusiasmaba a todos por igual.

Ya en las rocas, Lucas dio a Tino las últimas instrucciones.

—Debes cuidarte del viento. El triángulo —dijo Lucas señalándolo— es lo que te permitirá ascender o descender; en cuanto a los restantes movimientos, deberás, según creo, acompañarlos con el cuerpo, para lo cual debes entrar en el capullo. Finalmente, si algo llegara a salir mal, será mejor que te dirijas al río, pues es preferible terminar en el agua antes que en las rocas o los pinos.

—Comprendo.

El ala delta de tela y pino fue atada de inmediato por Tino a su cintura con las correas, que alguna vez fueron las cortinas de mi casa. Después que sus poderosas manos ubicaron las apoyaderas sobre sus hombros, se aferró al triángulo frontal.

—Tenemos que darle un nombre a nuestro pájaro antes de volarlo —dijo Tino.

Puesto que tanto Lucas como yo no teníamos nada en mente, él lo eligió.

—Ya está. Tengo el nombre ideal para esta belleza: El Albatros.

Desde el momento en que lo dijo, supe que, por cábala, mi amigo no pudo encontrar peor nombre para el ala delta en su vuelo inaugural.

—Creo que no es apropiado, Tino —dije.

—Dicen que es el ave que vuela mejor, así es que sostengo el Albatros.

—Es cierto, Tino. Pero los albatros tienen un problema realmente insoluble, que...

—Silencio, Lui. Debo concentrarme.

—Pero, Tino...

—¡Cielo azul, aquí va el Albatros! —gritó.

Seguidamente, el Albatros, con el cabeza dura de Tino a bordo, se hizo al aire, mientras Lucas y yo cerramos los ojos. El ansioso entonces fui yo, por lo que pronto me descubrí mirando. ¡El Albatros volaba!

—¡Lucas, lo hiciste! ¡Eres un genio! —grité.

Tino y el Albatros conformaban un pájaro hermoso. Su vuelo era tan exquisito que hasta giraba en círculos, y ascendía y descendía con una elegancia asombrosa. ¡Nos habíamos hecho de un descubrimiento al mejor estilo de los inventores de Sabiópolis!

Al cabo de unos minutos, sin embargo, algo sucedió. La impresión que tuve fue que el triángulo frontal se había trabado o roto, porque luego de una picada y posterior ascenso, el Albatros entró en barrena. ¡Tino estaba en peligro!

—¡Nivélalo, Tino! —gritó Lucas.

Lucas y yo contuvimos la respiración. Por desgracia, todo lo que pudimos hacer fue seguir resignados con la mirada la trayectoria descendente del Albatros, hasta que finalmente se estrelló contra la ladera sur de la Montaña Verde. Los pinos no nos permitieron ver si Tino estaba a salvo.

Luego de regresar a Pinópolis, Lucas y yo tuvimos que organizar la expedición de rescate de Tino. Ello se debió a que el grupo de búsqueda y rescate estaba en esos momentos en el bosque, y no regresaría hasta la tarde. Y fue así que, después de lograr que el maestro Uro me sustituyera en mi primer día de clase, volvimos con Lucas al bosque. En esta ocasión, cargábamos cuerdas, equipo de auxilio y un par de antorchas, ya que ignorábamos cuánto tiempo podía insumirnos la búsqueda de Tino. Ya anocheciendo, finalmente, llegamos al sitio en el que debería estar nuestro amigo.

—¡Tino! —gritó Lucas.

Lo único que se dejaba oír eran los ruidos característicos del bosque por la noche.

—¡Tino! —insistí.

Pese a comenzar a creer en lo peor, de pronto lo escuchamos.

—Lui, Lucas... ¡Aquí estoy!

—¡Tino está a salvo! —gritamos Lucas y yo mirándonos.

Siguiendo el sentido del que parecía provenir su voz, por fin lo encontramos.

—¡Oh! —exclamé.

El espectáculo era lamentable. Tino, magullado, yacía debajo del Albatros, el cual estaba totalmente destruido.

—Temo que mi pierna derecha quedó igual que el Albatros —dijo Tino.

Apenas logramos quitarle los restos de encima, supe que estaba en lo cierto.

—Lo siento, Tino —dije, compadeciéndolo.

—¡Vaya suerte! —dijo.

—No te preocupes. Nosotros te cargaremos —dijo Lucas.

Luego de improvisar una camilla y entablillar su pierna con los restos del Albatros, acomodamos a Tino en la misma, y emprendimos el regreso a Pinópolis.

Unos momentos después, Tino se lamentó.

—Lui, Lucas...Ya no podré ir a Sabiópolis. ¡Les he fallado a todos!

—No, Tino. Tú nunca le has fallado a nadie —dije—. No podrás hacer el viaje, pero eres el duende más valiente que conozco. Esta experiencia de hoy hará historia en el bosque, y no hubiera sido posible de no ser por ti. Alguien irá en tu lugar —agregué.

Transcurridos unos momentos Lucas preguntó a Tino:

—Dime, ¿qué salió mal durante el vuelo?

—El triángulo de mando se trabó —contestó Tino sin consuelo aún.

—No importa. La próxima vez mejoraré su diseño —dijo Lucas.

—A propósito, ¿por qué no te gustó el nombre de el Albatros para el experimento, Lui? —preguntó Tino.

—Sencillamente porque volando es el mejor, pero... ¡no sabe aterrizar!

—¿Qué?

—Es cierto. La única forma en que lo hace es estrellándose.

—Entiendo. El próximo se llamará el Águila —dijo Tino pensativo.

IV
El viaje

Las primeras luces de la siguiente mañana habían señalado el comienzo de mi imprevisto viaje a Sabiópolis. Todo iba de maravilla por el bosque hasta que, promediando las dos horas de marcha, intuí que algo muy importante estaba por suceder. Desde que en la escuela descubrí que, sin proponérmelo, podía saber que sucederían determinados eventos con relativa anterioridad a que efectivamente ellos se produjeran, me había preguntado varias veces con relación a la finalidad de ese don. Ninguna respuesta de las tantas intentadas, sin embargo, acababa por convencerme.

El hecho más extraordinario que al respecto recordaba, tuvo lugar una tarde de la primavera siguiente a mi encuentro con Félix. En otra aburrida clase de supervivencia, el maestro Nas enseñaba la manera de orientarnos en el bosque, para el caso de que alguna vez nos extraviáramos.

—Para finalizar, lo que me importa que retengan muy especialmente son los tres elementos que les permitirán encontrar el camino a casa. Repito: las Montañas Blanca y Verde, y el Río de los Duendes. Y recuerden: si se pierden al aproximarse la noche, no se muevan, salvo para buscar refugio. Tengan presente que, hasta la llegada del día, el bosque pertenece a los lobos.

Dichas estas palabras, ordenó volver a Pinópolis. Puesto que estábamos en la orilla oeste del río, para regresar a casa debíamos cruzar nuevamente el puente colgante. Y sucedió que lo que para mí era rutinario hasta ese instante, dejó de serlo tan pronto divisé el puente. Extrañamente, y sin razón aparente, ya que parecía estar en las mismas condiciones de la mañana, supe que, en esa ocasión, de volver a atravesarlo, todos acabaríamos sobre las filosas rocas que sobresalían del río. Sin más, corrí y detuve a Nas.

—¡No debemos cruzar el puente! —dije, tomando con fuerza su brazo derecho.

—¿Qué dices, Lui?

—Hay peligro en el puente.

—No solo no es momento, sino que estoy cansado para bromas.

—Nunca haría bromas de este tipo, maestro. Por favor, ordene revisarlo.

Mi cara debe haber sido una prueba contundente, puesto que dispuso un recreo adicional.

—Quiero que sepas algo, Lui: voy a hacer sonar el silbato de emergencias. Si el grupo de búsqueda y rescate no encuentra nada fuera de lo habitual en el puente, consideraré esto una broma de las que sueles hacer habitualmente. Tus recreos, en consecuencia, se destinarán a mejorar tu escritura por un largo plazo. Y haré que el otro bromista de la clase, tu amigo Tino, te acompañe.

«Pobre Tino», pensé.

Mientras ya me imaginaba lo que diría Tino en caso de tener que dedicar los recreos a mejorar su escritura, el grupo de salvataje llegó poco después de que sonara el silbato.

—¡No crucen el puente! —gritó Nas desde la cabecera opuesta.

—¿Quiere que lo revisemos? —preguntó el líder del grupo, a lo que Nas respondió que sí.

Instantáneamente, el líder dio órdenes a los otros duendes. La revisión no duró demasiado y entonces gritó:

—¡No se muevan! ¡Una de las dos cuerdas base está a punto de cortarse! ¡Mandaré a alguien por una balsa!

Apenas asimilé las palabras del líder, el asombro contuvo mi respiración. Y no era para menos: no podía creer que hubiera contribuido a evitar una catástrofe, merced a mis intuiciones, por llamarlas de alguna forma. Sin embargo, y para mi sorpresa, un miedo espeluznante se apoderó luego de mí.

Mientras esperábamos el rescate, Nas me llamó.

—¿Podrías explicarme cómo supiste lo del puente, Lui?

—No lo sé. No es la primera vez que me sucede, aunque hasta hoy habían sido cosas sin importancia. Por ejemplo, sé dónde encontrar las cosas que pierdo.

—Pero hoy temprano lo cruzamos.

—Lo sé, pero nada me pareció extraño en esos momentos.

—¿Y cómo es que eso, que no sé cómo llamar, se te manifiesta?

—Es difícil de explicar, pero creo que puedo decir que es algo así como una certeza.

Luego de mirarme varios instantes, Nas finalmente me preguntó:

—¿Has tenido alguna experiencia fuera de lo normal? Me refiero a algo que pueda explicar lo que acaba de ocurrir; un golpe en la cabeza o algo así.

La única que recordaba y que pudiera de algún modo estar vinculada con dicho evento, era la de haber hablado con Félix sin usar mi voz. Se lo dije.

—Tal vez eso podría explicarlo —dijo pensativo.

—Temo que no comprendo, maestro.

—Quizás, cuando practicaste ese tipo de comunicación, algo en tu mente despertó. ¿Estás seguro que antes de conocer a tu amigo no te había sucedido?

—No.

—Sin duda alguna se trata de un don extraordinario el que tienes, Lui.

—Seguramente. Pero todo es extraño, maestro.

—Lo es, Lui. Si sabes utilizar ese obsequio del Supremo Duende, podrás continuar haciendo mucho bien. Intenta entrenar tu mente. Tal vez puedas lograr que esa habilidad sea menos esporádica.

Lo cierto es que me había dado por vencido después de varios intentos sin que nada de importancia sucediera. El transcurso del tiempo sin nuevas experiencias tan significativas como la del puente, por otra parte, aparejó que pronto otros temas ocuparan mi atención. Obtener mi maestría en letras, por ejemplo, había insumido hasta entonces buena parte de mi vida. Y así, en algún momento, todo fue olvidado.

Sin embargo, desde que supe de ese tal Los en Sabiópolis, las cosas habían comenzado a cambiar.

Empezó la noche anterior a mi partida obligada, en el hospital de Pinópolis, cuando finalmente Lucas y yo volvimos a ver a Tino. Pese a que la aventura vivida le impediría caminar por algún tiempo, el aspecto de nuestro amigo era más que bueno.

—Debo decirles que con gusto ahora mismo volaría de nuevo —dijo Tino, seguramente intentando erradicar ese sentimiento de culpa que experimentábamos tanto Lucas como yo, y que no podíamos ocultar.

—Cuéntame del vuelo, Tino; ¿qué se siente al volar? —pregunté—. No sé qué daría por hacerlo.

—Es inexplicable, pero maravilloso, Lui —respondió, después de recordar brevemente la experiencia.

Al cabo de unos momentos, Tino me miró y dijo:

—Luego de meditarlo detenidamente, creo que tú, Lui, es quien debe ir en mi lugar a Sabiópolis.

—¿Qué…? —pregunté sorprendido—. ¿Pero es que estás loco, Tino?

—No, Lui.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—Lui tiene razón, Tino. Apenas entre al bosque, será la comida del día del oso o lobo más cercano —dijo Lucas.

—Gracias, Lucas —dije mirándolo.

Luego de un incómodo silencio, continué:

—Además, yo no sé nada de defensa, Tino. Solo soy bueno con los libros.

—Precisamente por eso, Lui. Alguien que no llame la atención, que no sea un peligro para nadie, es ideal. Piénsalo.

Por mucho que lo pensara no le encontraba sentido. Era inconcebible. ¿Yo?; ¿yo, solo, valiéndome por mí mismo en la Montaña de Marte, rodeado de cazadores, Nonópolis —la aldea fantasma—, los osos y lobos?; ¿yo, que nunca fui bueno en supervivencia?

—Lo harás bien, Lui. Créeme. Tengo plena confianza en ti —agregó Tino.

Mientras sopesaba el pedido de mi amigo, algo en mi mente, de pronto, comenzó a manifestarse: era una sensación o sentimiento extraño, incomprensible al principio. Entonces, después de un instante, lo supe. Otro Lui, el que no conocía, fue el que seguidamente habló:

—Tú no debías ir, Tino. Es a mí a quien esperan en Sabiópolis —dije, aunque más para mí mismo.

—Lui, ¿tú también te volviste loco? —preguntó Lucas.

—No —contesté resignado.

Al reparar luego en mis amigos, los vi mirándome desconcertados.

—Tengo otra idea, Lui —dijo finalmente Tino.

—Adelante.

—Te daré diez días a partir de mañana. Si para entonces no estás de regreso, ordenaré que alguien del grupo de búsqueda y rescate vaya por ti. ¿Estás de acuerdo?

—Sí —respondí, ya en conocimiento de que no tenía alternativa.

—Una cosa más: recuerda que una vez en Sabiópolis, tienes que ver y escuchar todo cuanto puedas sobre las fuerzas en armas de Los. En particular, trata de averiguar su número, cómo están equipados y todo lo que creas y pueda ser conveniente saber. ¿Está claro, Lui?

—Sí.

—Bien. Las cartas están en el Consejo. A partir de mañana, si te preguntan, eres un correo. Y llévate mi alforja de viaje. Entretanto, hablaré con el maestro Uro para que te suplante hasta tu regreso. ¡Buena suerte!

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
132 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9788418297540
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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