Читать книгу: «Doble crimen en Finisterre»
Una de las más apasionantes novelas de la serie «El cabo Holmes»
En esta novela, séptima de la colección de «el cabo Holmes», con una trama nueva, original e inesperada, se hace evidente la experiencia y madurez narrativa del autor de esta famosa serie de novelas policíacas, en la que un simple pero inteligente y metódico guardia civil de pueblo hace gala de una intuición y una agudeza mental fuera de lo común.
Con su lenguaje sencillo, fluido y culto, Carlos Laredo cuenta algo más que un simple crimen y la correspondiente investigación. Los hechos y los personajes son el soporte de una historia de intereses, sentimientos y circunstancias que muestran el lado más humano de los protagonistas, situados en el mágico decorado de la Galicia más recóndita, la Costa de la Muerte.
La presencia accidental del millonario y caprichoso detective Julio César Santos, amigo del cabo Holmes, entre otros personajes variopintos, aporta un toque de humor y color a la trama que, como en todas las novelas de la serie, se cierra con un final emocionante.
Doble crimen en Finisterre
un caso del cabo Holmes
Carlos Laredo

Introducción
Una confidencia del autor
Escribo las novelas del cabo Holmes con la intención de hacer pasar un buen rato a quien las lea. Esto es una aclaración, supongo. No trato de engañar a nadie para, al final, sorprender con algo insospechado o sacarme de la manga un personaje o un hecho que nadie podía haber imaginado. Considero que eso es hacer trampa. Intento, al contrario, contar una historia verosímil y dejar que usted descubra lo que pasó avanzando al mismo tiempo que el cabo Holmes y con los mismos datos de los que él dispone para dar con la solución de los casos a los que se enfrenta.
Por eso, le propongo que, en su imaginación, se oculte conmigo en la oscuridad de una noche de otoño en un lugar llamado Redonda, por el camino del Cabo de Nasa, entre la Ría de Corcubión y la ensenada de Sardiñeiro, en plena Costa de la Muerte gallega. Hacia poniente, se adivina la sombra espectral del Cabo Finisterre. En frente, la enorme masa granítica del Monte Pindo deja escapar de su contorno, recortado entre nubes tormentosas, destellos de rayos aislados que se mezclan y confunden con el aullido de algún lobo solitario y el tableteo abrupto y apagado de truenos lejanos. Hacia la mitad de ese camino oscuro y aislado, se encuentra la finca de los Besteiro: una propiedad de tres mil metros cuadrados frente a la ría, que a esas horas (entre las dos y las cuatro de la madrugada) se funde con la negrura del cielo y el océano.
Allí, agazapados al filo de la madrugada, veríamos llegar un coche pequeño y oscuro que avanza lentamente a lo largo de la valla, pasa ante la entrada principal, se detiene a unos cincuenta metros y apaga las luces. Unos segundos después, se oye un portazo y surge una sombra que avanza hacia el portón de hierro, apenas iluminado por la débil luz de un farolillo. Se trata de un hombre, a juzgar por su figura y sus movimientos. Viste completamente de negro, lleva puesto un verdugo que le cubre la cabeza y sostiene en la mano una caja de plástico de las que se usan para transportar botellas de cerveza. Se acerca al portón. Deja en el suelo la caja, se sube encima como para escalar el muro, inicia el movimiento y se detiene. Se baja, se acerca a la puerta pequeña que hay junto al portón. No se ve bien lo que hace. Parece que prueba a ver si está abierta o hurga en la cerradura. Finalmente, la puerta se abre y el hombre entra. Sigue cayendo una lluvia tenaz.
Apenas habríamos podido ver su figura silenciosa avanzando hacia la casa. No oiríamos el ruido que hizo al abrir o forzar la puerta de la cocina, ya que la lluvia al caer sobre las tejas y los truenos lejanos ocultan cualquier sonido menor. Tampoco podríamos ver los reflejos intermitentes de su linterna a través de los ventanales de la planta baja ni en los dormitorios de la superior, pues las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas. Habríamos oído, probablemente, el sonido sordo de dos disparos de un arma de pequeño calibre, distanciados entre sí algo menos de un minuto, aunque quizá no lo hubiéramos asociado con el de un arma de fuego. No sé si habríamos oído los ruidos producidos por algunos muebles, cajones y cuadros al caer o cristales al romperse, pues la casa estaba lejos de la entrada de la finca y el sonido de la lluvia era fuerte y persistente. Habríamos visto finalmente salir al hombre de negro por la puerta pequeña, que abrió desde dentro, y observado cómo se dirigía hacia el vehículo oculto algo más allá. Oiríamos cómo se cerraba la puerta del coche y se accionaba el motor de arranque. Veríamos pasar el coche a lo largo de la valla y desaparecer tras el destello rojo de los frenos al llegar al cruce de la pista.
Hasta aquí, usted y yo sabemos lo mismo. Ahora, dejemos que el cabo primero José Souto, jefe provisional del puesto de la Guardia Civil de Corcubión, conocido como «cabo Holmes», haga su trabajo. Y no olvide que todo lo que sigue es completamente imaginario, tanto los hechos como los personajes. Solo los lugares existen, como usted y yo.
Capítulo I
1
Como cada mañana, el cabo primero José Souto desayunaba tranquilamente con su mujer en Doña Carmen, la casa de turismo rural donde vivían, instalada en la antigua propiedad de sus abuelos, muy cerca de Cee (A Coruña1). Estaba a punto de dar el último sorbo a la taza de café con leche cuando sonó su teléfono móvil oficial. Murmuró una palabra malsonante y temió por un instante que hubiera ocurrido algo grave, ya que a ese teléfono únicamente lo llamaba la Guardia Civil y no era normal que lo hicieran solo unos minutos antes de las ocho, la hora a la que salía siempre hacia el cuartelillo.
—¡Diga! —dijo en tono desabrido.
—Perdone, cabo. —La voz de la joven agente Verónica Lago sonó melosa, casi suplicante.
—¿Qué pasa, Vero?
Souto, sin ocultar su fastidio, pasó a un tono tolerante y paternal porque la agente Lago le caía bien, era lista, eficaz y muy respetuosa con sus superiores, cualidades castrenses que el cabo valoraba positivamente y que, en el caso de la agente, se adornaban con otra nada cuartelera: su belleza. Precisamente por esa razón, Aurelio Taboada, el colaborador más próximo al cabo, le había pedido a ella que lo llamara. Confiaba en que su voz aterciopelada y la imaginación del cabo al oírla suavizarían su mal humor mañanero, peligrosamente ácido cuando lo llamaban a su casa. La agente Lago explicó a su jefe de qué se trataba: Manuela, hermana de un guardia llamado Rubial, que trabajaba de asistenta en casa de los Besteiro, una de las familias más ricas de Corcubión, acababa de llamar desde allí muy asustada. Por lo visto, no se atrevía a entrar en el chalé porque la puerta de servicio estaba descerrajada y tenía miedo de que hubiera ladrones dentro. Había llamado varias veces al móvil de la señora y no contestaba.
—Rubial se lo ha explicado a Taboada —continuó la agente Lago—, que ha hablado con Manuela y le ha dicho que no se mueva de allí, que no entre en la casa ni toque nada y que espere a que vayamos nosotros. Hemos pensado pasar por su casa a recogerlo, cabo, si le parece. Así, no tiene que subir usted hasta el cuartel; suponiendo que quiera ir personalmente a ver lo que ha ocurrido, claro. Por eso me ha dicho Taboada que lo llame mientras ha ido a buscar un vehículo.
—Muy bien, Vero. Os espero aquí. Venga; daos prisa. —Souto colgó y le preguntó a Lolita, su mujer—: ¿Quién vive ahora en el chalé de los Besteiro?
—Vive Consuelo, la viuda de Armando Besteiro, con su hija Rosalía —contestó Lolita, que estaba siempre más enterada que su marido de lo que ocurría en el pueblo—. Consuelo está muy enferma y Rosalía se ha venido de Coruña hace unos meses para estar con ella y cuidarla. El otro día me dijeron que la pobre mujer se está muriendo.
El cabo Souto se levantó, se limpió con la servilleta y la tiró malhumorado sobre la mesa. Miró el reloj. Del cuartelillo a Doña Carmen se llegaba en menos de cinco minutos. Se puso un chubasquero, le dio un beso a su mujer y salió a la entrada. Estaba lloviendo suave pero insistentemente. El coche patrulla no tardó en aparecer enviando destellos azules a la lluvia, pero con la sirena apagada. Taboada sabía muy bien que hacerla funcionar cerca de la casa de turismo habría molestado a su jefe. El vehículo giró bruscamente sobre la gravilla frente a la casa y se detuvo. Souto se subió detrás, junto a Verónica, que había dejado prudentemente vacío el sitio del copiloto pensando que el jefe preferiría ir delante. Ella lo saludó con un marcial movimiento de cabeza que hizo bailar alegremente su coleta rubia. A través del espejo retrovisor, Taboada detectó algo parecido a una sonrisa en el rostro del cabo y sonrió a su vez. Si no llega a ser por su guapa compañera, seguro que se habría llevado una bronca, aunque solo fuera por romper la rutina del jefe del puesto.
—¿A qué hora llamó la hermana de Rubial?
—Justo antes de llamarlo yo a usted, cabo. Serían las ocho menos veinte.
—Está bien. Dale caña, Aurelio; esa mujer estará muerta de miedo.
Aurelio Taboada accionó la sirena en cuanto se alejaron de Doña Carmen y entró en la carretera general casi derrapando. El guardia conocía el lenguaje de su jefe. Llegaron a la casa de los Besteiro un par de minutos después de las ocho. Se trataba de un chalé edificado en una parcela de unos tres mil metros cuadrados muy cerca de la ría y cubierta en gran parte de pinos. La casa era de construcción moderna, de granito gris y tejado de teja oscura, sobria y de estilo anodino, más parecida a un chalé de cualquier urbanización madrileña que a las casas gallegas. La típica casa de gente con más dinero que imaginación y buen gusto. Manuela estaba sentada en una caja de cervezas vacía a la entrada de la finca bajo un paraguas negro que la tapaba casi por completo; desde lejos parecía un gran escarabajo junto a la tapia. El cabo Souto tenía razón. La mujer estaba temblando de miedo. Verónica se bajó enseguida, la ayudó a ponerse de pie y le echó un brazo sobre los hombros. La puerta de acceso para personas situada a la izquierda del portón para vehículos estaba abierta. El cabo le hizo un gesto a la agente Lago para que abriera el portón, dado que el chalé estaba al fondo de la propiedad, la lluvia arreciaba y él no tenía ganas de ir andando hasta allí. Cuando las dos hojas de chapa se abrieron desde el interior, sacó la cabeza por la ventanilla y ordenó a las mujeres:
—Venga, suban al coche, no se queden ahí. Verónica, sube delante. —La agente obedeció. Manuela se sentó al lado del cabo, que le dio unas palmaditas en el hombro y le dijo—: Vamos, mujer, no tenga miedo. Aunque hayan entrado a robar en la casa, puede estar segura de que los ladrones ya hace mucho que se marcharon.
—Pero la señora no contesta al móvil y siempre lo tiene encendido.
—Claro, porque se lo habrán robado.
Taboada aparcó delante del porche. La criada hizo un gesto con el brazo.
—Nunca entro por la puerta principal. La que está rota es la de la cocina. Siga por la derecha.
Rodearon el edificio hasta la parte trasera. Había un pequeño voladizo que protegía de la lluvia la entrada de servicio. La puerta era sólida, metálica, con una reja acristalada en la parte superior. El destrozo era evidente, exagerado, el marco había sido forzado y un trozo de la cerradura, arrancado de cuajo, estaba en el suelo.
—¿Llamó usted al timbre, Manuela?
—No, nunca llamo, tengo llave. Al ver la puerta entornada y la cerradura rota, me asusté y salí corriendo.
El cabo Souto pulsó el botón del timbre y se oyó un sonido estridente y próximo. Insistió un par de veces. Los guardias esperaron un rato mirándose entre ellos con preocupación. Nada rompió el silencio absoluto que reinaba en la casa y sus alrededores, excepto el graznido de una hurraca que los observaba desde el tejado y levantó el vuelo asustada, como para avisar a sus compañeras de la llegada de la policía. Solo se oía el repiqueteo de la lluvia en las baldosas.
—Supongo que las señoras estarán en casa, ¿no?
—Claro, cabo. Doña Consuelo no puede moverse de la cama. Y la señorita Rosalía, ¿a dónde iba a ir a estas horas?
—A misa, quizá.
—La señorita no va a misa los días de diario. Y nunca deja sola a su madre, que se está muriendo.
—¿A qué hora llegó usted?
—A las siete y media, como todos los días.
El cabo empujó la puerta con un codo y observó el suelo de la cocina. Había marcas claras de pisadas y manchas de barro.
—Bien. Hay que ponerse guantes y limpiarse los zapatos antes de entrar.
Taboada se acercó al coche a buscar los guantes.
—En el garaje hay bayetas, cabo —dijo Manuela.
—Muy bien, pues tráigalas. Tú, Vero, te vas a quedar aquí con Manuela mientras Aurelio y yo echamos un vistazo. Este silencio no me gusta nada —le dijo en voz baja al oído.
Manuela trajo unas bayetas y los guardias se limpiaron las suelas de los zapatos, se pusieron los guantes y entraron con cuidado de no pisar sobre las huellas de barro. Ya era de día y no hizo falta encender las luces. Cuando salieron del office y pasaron al recibidor, Souto gritó dos veces con voz autoritaria:
—¡Guardia Civil! ¿Hay alguien en casa?
Silencio total. Un primer vistazo al salón y al comedor los dejó boquiabiertos.
—¡Hostia! —exclamó Taboada.
Fueran quienes fuesen, los posibles ladrones habían causado un considerable destrozo. Cajones por el suelo; un montón de cubiertos tirados sobre la alfombra; armarios abiertos con las puertas descolgadas; varios muebles literalmente reventados; estanterías vaciadas; libros y otros objetos decorativos desparramados sobre las alfombras; cristales rotos; sillas volcadas; sofás con los cojines despegados; y casi todos los cuadros tirados de cualquier manera en el suelo. El cable del teléfono fijo estaba arrancado.
—Nos ocuparemos de eso luego, Aurelio —dijo el cabo—, vamos arriba.
2
Las habitaciones y los cuartos de baño estaban en la planta superior, a la que se accedía por una gran escalera enmoquetada que partía del recibidor. Subieron pisando por el borde de los escalones porque había algunas huellas visibles de pisadas y restos de barro. Souto gritó de nuevo. Nadie respondió. Taboada sacó su arma de la funda con un gesto algo teatral y Souto le lanzó una mirada inexpresiva. Al llegar al rellano, miraron a ambos lados. A la derecha vieron un cuarto de estar. Una rápida ojeada les permitió comprobar que también había sido registrado. En frente, un largo pasillo por el que continuaba la misma moqueta de la escalera terminaba en una cristalera. Había tres puertas a cada lado, separadas por apliques de latón que imitaban antorchas. Los guardias avanzaron por el borde del pasillo hasta la segunda puerta de la derecha, que estaba abierta. Inmediatamente vieron el cadáver de Rosalía Besteiro. La mujer yacía sobre la alfombra en una postura descompuesta. Tenía un orificio de bala en la frente, del que salía un hilo de sangre que pasaba entre las cejas, como la aguja de un reloj que marcara las seis. Llevaba puesto un camisón claro con un bordado de flores. Su larga cabellera rojiza cubría en parte la sangre brillante y oscura que rodeaba la cabeza, como la maleza que se extiende sobre una charca de agua estancada. Sus ojos estaban cerrados y, a pesar de eso, la expresión del rostro era inquietante. Souto se arrodilló respetuosamente y rozó con el dorso de su mano la mejilla amarillenta de la mujer. Estaba fría. Se levantó y miró a su alrededor. El dormitorio tampoco se había librado del registro exhaustivo ni del correspondiente estropicio. Armarios, ropa, mesillas de noche y cómoda. Todo había sido revuelto.
El horror del hallazgo no le impidió al cabo Souto alegrarse en cierto modo de haber descubierto el cadáver y contemplar el escenario del crimen antes de que la llegada de los equipos habituales de investigación y de otras personas ajenas al caso hubieran podido «contaminarlo», como solían decir los investigadores. Una alegría amarga.
—Fotografía todo esto, Aurelio, y envíame las fotos al móvil. —El cabo confiaba en su colaborador, que era muy bueno en aquel tipo de trabajo—. Voy a ver los otros dormitorios. Me temo lo peor.
Aurelio Taboada, con su teléfono móvil, se puso a hacer fotos desde diferentes ángulos al cadáver, la cama y la puerta, que no habían necesitado tocar y permanecía abierta. Unos segundos después, oyó el «¡joder!» que soltó el cabo Souto. Corrió hacia la habitación de al lado. El cabo estaba de pie delante de la cama de la señora. Su cadáver estaba de lado, mirando hacia la pared opuesta a la puerta y cubierto por una colcha de color anaranjado. Solo se veía la cabeza, con el pelo completamente blanco y una mancha de sangre marrón que parecía su sombra sobre la almohada.
—Seguramente, ni se enteró —dijo el cabo Souto, inclinado sobre el cadáver, al ver entrar a Taboada. El comentario reflejaba su deseo de que la anciana no hubiera tenido que sentir el pánico que le habría producido la inminencia de su propia muerte. —El cabrón se acercó a la cama y le disparó en la cabeza. La pobre viuda no tuvo tiempo ni de volverse. ¿Ya has terminado con las fotos en el cuarto de la hija?
—Sí.
—Pues hazle dos o tres al cadáver de la señora y saca alguna del destrozo. Voy a llamar al capitán Corredoira para que avisen al marido de Rosalía.
El cabo salió de la habitación y llamó a la comandancia de A Coruña al mismo tiempo que echaba un vistazo a las demás habitaciones. Solo una tenía aspecto de ser utilizada habitualmente. Las demás estaban recogidas y cerradas. En ninguna de ellas había señales de registros violentos. Tampoco en los cuartos de baño.
Los guardias bajaron a la cocina.
—Aurelio, ocúpate de Manuela. Por favor, Verónica —ordenó el cabo con voz grave—, ven un momento.
La joven guardia se acercó. Souto la cogió del brazo y la alejó de la puerta para que la asistenta no los oyera.
—¡Un desastre! —le dijo—. Las dos mujeres muertas con disparos en la cabeza y la casa patas arriba. Avisa al juzgado. Luego llama a Orjales y dile que traiga a Rubiales para que se lleve a su hermana. Que venga alguien más para montar guardia mientras llegan la jueza y toda la tropa.
—A la orden, cabo. ¿Llamo a Investigación? —Verónica Lago habló en un tono formal distinto al suyo habitual porque apreció en el rostro del cabo Souto una seriedad, incluso una tristeza, que no daban pie a ningún tipo de ligereza.
—No. Ya he hablado con la comandancia y se ocupan ellos. Echa un vistazo si quieres, pero ten cuidado donde pisas. Voy a hablar con Manuela.
Souto salió de la cocina. Se acercó al coche y le hizo un gesto a Taboada, que estaba apoyado en la portezuela hablando con Manuela, para que los dejara solos. La mujer estaba muy pálida, pero no había montado ninguna escena.
—Venga; siéntese aquí dentro. —Entraron en el coche—. Ya le ha dicho Aurelio, ¿no? Han matado a las dos señoras. No sufrieron. Todo debió de ser muy rápido. Seguramente Rosalía oyó ruidos y se levantó a ver qué pasaba. Es una desgracia y ya no podemos hacer nada por ellas. Pero cogeremos al asesino, de eso puede estar segura. Ahora vendrá su hermano a buscarla y la llevará a casa. Cálmese y descanse; ya hablaremos más tarde, ¿de acuerdo?
La mujer contestó con un puchero. El cabo Souto la dejó con Taboada y volvió a entrar en la casa. La agente Lago estaba en el salón.
—¿Subiste a los dormitorios? —Souto la tuteaba desde hacía poco, pero ella, que era nueva y casi veinte años más joven, no se atrevía a hacerlo.
—¡Qué horror! No entiendo por qué tendrían que matarlas.
—Ha sido uno solo. Las pisadas son de una sola persona. Es probable que Rosalía se lo encontrara de frente.
—¿Cree que el ladrón las mató porque ella lo reconoció?
—Aún no sabemos si fue un ladrón. No hay que fiarse de las apariencias, Vero. Me cuesta creer que haya en Cee o en Corcubión ladrones capaces de hacer algo así. Cuando tengamos los resultados de las autopsias y los informes de Investigación, empezaremos a plantearnos todas las hipótesis posibles. Tu pregunta sería más fácil de responder si se tratara de terroristas, que son esencialmente cobardes. Un ladrón profesional no actúa así. Si se ve descubierto por una mujer indefensa, lo normal es que la ate, la amordace y la encierre en una habitación o en un armario. No se arriesga a que le caigan treinta años por un asesinato que no le aporta ningún beneficio.
—Claro.
—Un asesinato no puede ser simulado. Un robo, sí.
—¿Qué quiere decir, cabo?
—Que se puede simular un robo para asesinar a alguien y despistar a los investigadores. Pero no se puede simular un asesinato para robar. Matar a alguien no admite ninguna simulación. ¿No te parece?
La agente Lago no respondió. Le habría gustado decirle algo como: «Lo entiendo, cabo Holmes», pero no tenía tanta confianza con él como Taboada u Orjales, que lo conocían desde hacía años, y no se atrevió. Lo miró con admiración y guardó silencio. El cabo Souto la observaba a su vez complacido por su discreción. Le hacía gracia su coleta rubia, que surgía de la gorra como una cascada dorada sobre el verde oliva del uniforme. Querría haberle dicho algo agradable, pero se guardó mucho de hacerlo porque su seriedad prevalecía sobre cualquier ocurrencia más o menos inconveniente. No era momento para bromas y, por otra parte, al cabo Souto ya empezaba a salirle humo del cerebro solo con imaginar las diversas posibilidades que podían explicar lo ocurrido hacía apenas unas horas en aquel lujoso chalé apartado de las casas y con una bonita vista sobre la ría, teñida de gris en aquella mañana lluviosa y que las dos mujeres muertas ya no volverían a ver nunca más.
José Souto salió de la propiedad a echar un vistazo antes de que llegaran las ambulancias, el forense y todo el equipo habitual en estos casos. Vio unas rodadas que pasaban por delante del muro y las siguió. Llegaban hasta el fin del camino, que se convertía en un sendero y entraba en el bosque de eucaliptos. Allí se veía perfectamente que un coche había dado la vuelta, aunque la lluvia caída durante la noche ya no permitiera distinguir el dibujo de los neumáticos. Al volver, observó el muro junto al portón. Había una mancha de barro en forma de suela a un metro por encima de la caja de cerveza, como si alguien se hubiera apoyado en él para escalarlo. Hizo una foto con su móvil. Entró en la propiedad y se acercó al muro por el otro lado. Allí no había marcas. Miró en el suelo y tampoco vio huellas de pisadas. Hizo otras fotos del muro y del suelo para acordarse.
¿Qué diablos habrá ocurrido aquí?, se preguntó.
Capítulo II
1
Al día siguiente, sobre las once de la mañana y a setecientos kilómetros de allí, el detective madrileño Julio César Santos desayunaba en el comedor de su lujoso piso de Serrano, al tiempo que echaba un vistazo al periódico y procuraba que no cayeran sobre sus páginas gotas de la mermelada de ciruela que se disponía a extender sobre una tostada crujiente. Cuando terminó el desayuno, y Hortensia, su vieja criada, se disponía a retirar el servicio, llegó a la sección de sucesos. Al empujar con el dedo la hoja, sin detenerse a leerla, algo llamó su atención. Una especie de fogonazo surgió de un titular justo en el momento en el que dejaba de mirar aquella página que acababa de pasar. Era la palabra Corcubión.
Santos tenía una finca en Vilarriba, en el municipio de Corcubión, donde pasaba cortas temporadas cuando hacía demasiado calor en Madrid o, simplemente, cuando le apetecía. Levantó de nuevo la página y leyó la media columna de texto encabezada por un titular que decía: «Doble crimen en Corcubión (A Coruña)». Según la crónica, el crimen se había producido como consecuencia del robo en un chalé de aquella pequeña localidad gallega, cerca del Cabo de Finisterre. Dos mujeres, madre e hija, habían sido asesinadas por unos ladrones, probablemente sorprendidos mientras desvalijaban la casa en plena noche. La Guardia Civil…, etcétera.
Julio César Santos dejó caer el periódico sobre el mantel y el desplazamiento de aire hizo saltar unas migas de pan; levantó la vista hacia el techo y contempló sin ningún interés las molduras de escayola que remataban la pared blanca por encima de los dos bodegones que la cubrían casi por completo, un par de valiosos óleos del siglo diecinueve. Después, miró el enorme reloj de pared que adornaba una esquina del comedor y concluyó que no tenía absolutamente nada que hacer, ni aquella mañana, ni en los días siguientes. Entonces pensó en su casa de Vilarriba y en el cabo José Souto y Lolita Doeste. A Santos le gustaba tanto husmear en los asuntos profesionales de su amigo guardia civil y participar en las investigaciones de los casos de los que este se ocupaba, como le desagradaba tener que atender a algún cliente pelmazo de los que a veces le enviaba el despacho de abogados de su tío en Madrid. Ser rico le permitía ciertos caprichos.
Sin perder ni un minuto en analizar las circunstancias presentes, tomó la decisión de irse aquella misma mañana a Galicia para enterarse de qué iba el doble crimen al que un periódico solo dedicaba media columna, pero que, sin duda, traería de cabeza a su amigo, el cabo Holmes. Sonrió y pensó que acababa de tener una idea excelente, a pesar de que, y eso tampoco lo dudaba, el cabo, siempre tan quisquilloso en lo referente a la confidencialidad de las investigaciones que llevaba, no compartiría su entusiasmo. La idea de ver a su amiga Marimar tampoco era ajena a su repentina decisión.
Comunicó su marcha a Hortensia, que se encogió de hombros, acostumbrada a los prontos del señorito. Llamó a los guardas de la finca para anunciarles su llegada a media tarde y, después, llamó a Lolita Doeste para preguntarle si lo invitaba a cenar aquella noche, si «el comandante del puesto» de la Guardia Civil no tenía inconveniente, añadió con sorna. El detective madrileño siempre se refería al cabo Souto como el comandante del puesto porque decía que ser amigo de un cabo primero lo desprestigiaba.
—Pues claro, ya sabes que esta es tu casa. ¿A qué debemos tu visita?
—Tengo morriña.
—¿En serio? Pues le vas a dar una alegría a Pepe; no te esperábamos hasta fin de año.
—No puedo pasar tanto tiempo sin tomar marisco.
—Lo dices como si en Madrid no lo hubiera.
—Ya, pero después de pasar Piedrafita, no sabe igual.
—¡Si el marisco va en avión! —se rio ella.
—Unos percebes volando, ¡pobres animales!, el miedo que deben de pasar.
Él solía llamar a Lolita en lugar de al cabo Souto para avisar de sus escapadas a Corcubión. Le parecía más adecuado, dado que comía y cenaba con frecuencia en su casa, donde el cabo no pegaba golpe. Y ella estaba encantada porque, cuando Santos iba a verlos, a su marido le cambiaba el carácter y estaba de mejor humor, por muchas pestes que echara contra el detective, que no hacía más que entrometerse en los casos de los que se ocupaba oficialmente como guardia civil. Existía entre ellos una especie de competencia mal disimulada que a ella le resultaba divertida y que no afectaba a su gran amistad.
Santos hizo un par de llamadas más, se despidió de la vieja criada y bajó a pie por la escalera alfombrada hasta el portal. En el patio interior del edificio de su propiedad, tenía estacionado su Porsche negro. Saludó con la mano al portero, que le hizo una reverencia, y salió hacia la Puerta de Alcalá, donde enfiló la Gran Vía para dirigirse hacia la carretera de La Coruña remontando Princesa. Viajaba sin equipaje, como si fuera a ver a un amigo o a comer al restaurante. La casa de Vilarriba estaba equipada con ropa y todos sus efectos personales, exactamente igual que su piso de Serrano o su chalé de Miraflores, en la Sierra madrileña. Santos odiaba las maletas. Cuando tenía que viajar en avión o en tren a cualquier otro lugar, enviaba antes su equipaje por agencia.
A las nueve de la noche, César Santos se presentó en la casa de turismo Doña Carmen con un par de botellas de Tinto Valbuena que había comprado a su paso por Rueda, donde acostumbraba a hacer una parada para tomar café. Sabía que los tintos de Ribera del Duero, y no digamos los de Vega Sicilia, eran una de las debilidades de su amigo Pepe Souto. Tanto este como su mujer apreciaron el valor del obsequio; era un lujo que el guardia no podía permitirse todos los días. Souto comentó lacónico:
—Macho, te sale cara la cena.
El detective sonrió complacido sin añadir comentario alguno porque no quería dar importancia al detalle. Aunque casi siempre solía tener a mano respuestas ingeniosas, no se le ocurrió nada en aquel momento que no fuera trivial, quizá a causa del cansancio del viaje.
—¿Has venido únicamente para vernos —le preguntó irónico José Souto cuando Lolita salió del comedor y se quedaron los dos solos— o es que te aburrías en Madrid?
—No consigo entender por qué tus colegas te llaman Holmes. Este mes tiene erre, y eso quiere decir que habrá buen marisco, ¿no? Me encantaría decirte que he venido por razones más personales y emotivas, como, por ejemplo, para verte, pero mentiría.
José Souto no lo tomaba en serio, pues sabía que en Madrid se podía encontrar tan buen marisco como en Galicia y que el hecho de que la única diferencia residiera en el precio no constituía un problema para su amigo. A Santos, por su parte, no se le pasó por la cabeza insinuar que se había interesado por el crimen de las dos señoras asesinadas. Consideró que sería de mal gusto hacerlo en su primer encuentro y que podría sentarle mal a su amigo, por eso decidió dejar aquel tema para otro momento.
—Pepe, ya sabes que me gusta tu tierra, me gustan sus paisajes, la comida, la ría y hasta las gallegas, a pesar de su legendaria peligrosidad. Por eso vengo. No pretenderás que, además, te diga que he venido para estar contigo, pues tengo otras preferencias en materia afectiva. No sé si me explico.
—Haces mal en no decírmelo, César. No sabes cómo sufro.
2
Por la mañana del día siguiente, mientras Julio César Santos dormía plácidamente en su magnífica casa de Vilarriba, que los lugareños llamaban pazo porque lo parecía, el cabo José Souto trabajaba en su despacho con sus colaboradores, los veteranos Taboada y Orjales y la joven guardia Verónica Lago, sobre el reciente doble crimen que había sacudido las localidades de Cee y Corcubión. Sentados en torno a la mesa de juntas, comentaban el informe provisional de las autopsias que acababan de recibir del forense. Esperaban aún el de los agentes del Área de Investigación de la comandancia de A Coruña.
Los hechos que constaban en el expediente de la Guardia Civil hasta aquel momento eran, en primer lugar: que Manuela Rubial, la empleada de hogar que trabajaba en casa de las señoras asesinadas (Consuelo Pino, de setenta y nueve años, y su hija Rosalía Besteiro Pino, de cuarenta y uno), había encontrado la puerta de la cocina del chalé forzada cuando llegó a trabajar a las siete y media de la mañana del jueves; que no se atrevió a entrar en la casa y que, como la señora no respondía a sus llamadas al móvil, se asustó y llamó a su hermano, el agente Rubial, asignado al puesto de Corcubión. En segundo lugar: que, poco después, el cabo primero José Souto y los guardias Aurelio Taboada y Verónica Lago llegaron a la finca y procedieron a una inspección ocular.
Después, en rebuscados y redundantes términos burocráticos, el informe ofrecía una descripción neutra del hallazgo de los cadáveres, redactado como si se tratara de momias o restos arqueológicos, desprovista de cualquier vestigio de consideración hacia las víctimas, así como de las circunstancias que rodeaban el macabro descubrimiento.
Aquellas páginas a doble espacio, destinadas a dejar constancia en los archivos policiales de un hecho delictivo, se referían sin embargo a un horrible crimen que afectaba profundamente a quienes estaban obligados a analizarlo y estudiarlo para descubrir y detener a sus autores. Los primeros afectados eran el cabo Souto y los guardias, quienes, al llegar al chalé tras la llamada de la empleada, habían tenido la oportunidad (la triste suerte, comentaría él) de descubrir el escenario de la tragedia antes de la llegada de las ambulancias, el médico forense, el oficial del juzgado, la jueza, el fotógrafo forense, los agentes del Área de Investigación, los empleados de la funeraria y varios guardias civiles que fueron apareciendo a lo largo de la mañana. Por lo tanto, habían podido observar con detenimiento la situación de los cuerpos, el desorden en las habitaciones del piso superior y en los salones de la planta baja, hacer fotos de todo cuanto les pareció interesante, tanto en la casa como en la entrada de la finca, observar las huellas de barro dejadas por el presunto asesino en diversos lugares e interrogar a Manuela Rubial, aún emocionada por lo ocurrido, lo que aportaba espontaneidad a su testimonio.
Dos horas después, había llegado de A Coruña Marcelino García Lameiro, el marido de Rosalía, avisado por la Guardia Civil. El cabo se le acercó en cuanto lo vio y lo previno del desagradable escenario con el que se iba a encontrar, a pesar de que los cadáveres ya habían sido levantados por orden de la jueza y trasladados al depósito. Souto lo acompañó hasta el chalé para que los guardias lo dejaran pasar levantando los precintos. Le rogó que echase un vistazo para verificar el alcance de los destrozos y hacer una primera evaluación sobre lo que hubieran podido robar. Cuando Marcelino García, visiblemente afectado, terminó la ronda por los salones y las habitaciones, el cabo Soto lo acompañó hasta el coche y ordenó a un guardia que fuera con él al depósito para la verificación de la identidad de las víctimas. Mientras tanto, el cabo José Souto y sus colaboradores se reunirían para efectuar un primer análisis de los hechos.
Las conclusiones provisionales del forense situaban la hora de las muertes en torno a las dos de la madrugada. Ambas causadas por herida de bala en la cabeza; los disparos habían sido hechos a bocajarro. Los cuerpos no presentaban más señales de violencia que las heridas causadas por los proyectiles. Probablemente debido al pequeño calibre del arma del crimen, los cráneos presentaban únicamente orificios de entrada, pero no de salida.
En cuanto a las apariencias (y esto es de lo que trataban los guardias en su reunión), el cabo Souto comentó que, a pesar de lo que dijera la prensa, nada permitía suponer que el crimen hubiera sido obra de varios ladrones, pues las huellas de pisadas procedentes del exterior en la cocina, en las alfombras del recibidor y en la escalera pertenecían a una sola persona. Casi con toda seguridad un hombre alto, a juzgar por el tamaño de las manchas de barro, que correspondían a unas zapatillas deportivas de talla cuarenta y cuatro.
Dado que la criada había asegurado que la caja de botellas encontrada junto a la entrada no estaba allí la víspera por la noche cuando ella se fue, era razonable deducir que el asesino la había colocado junto al muro para facilitar su escalada. Esta hipótesis parecía confirmada por las manchas de barro en el muro, parecidas a la huella de un zapato o zapatilla. También parecía evidente, por las rodaduras que el cabo Souto había observado, que el asesino había llegado en coche, había ido hasta el final del camino y había dado la vuelta allí. Souto no quiso comentar la ausencia de huellas en el otro lado del muro porque aún no había tenido tiempo de reflexionar sobre aquel detalle, que quizá no fuera importante.
—¿Por qué no daría la vuelta delante de la puerta? —preguntó Orjales.
—Seguramente porque no quería hacer ruido allí delante o que alguien lo viera.
—¿En ese lugar y a esas horas?
—Un ladrón —contestó el cabo— no se pone a maniobrar delante del chalé en el que va a robar de noche, ¿no crees? Es una cuestión de prudencia elemental. Tampoco sería lógico que dejara el coche ante la puerta. Es probable que fuera hasta el final del camino por esa razón.
—Ya. Dejó el coche alejado de la entrada y trajo la caja de botellas para subir el muro.
—Eso parece.
—Lo que quiere decir que venía a tiro fijo. Sabía que con esa caja le bastaría para subir porque conocía la altura del muro.
—Es muy posible. ¿Tienes alguna idea o solo estás cavilando?
—Entonces es posible —continuó prudentemente Orjales, consciente de que con el cabo Souto era peligroso hacer demasiadas suposiciones— que el ladrón conociera bien el lugar, supiera dónde dar la vuelta con el coche y hubiera calculado con anterioridad la altura del muro. ¿No podría eso llevar a deducir que el ladrón sea alguien de la familia o de su entorno?
—¡Buena deducción! —exclamó el cabo—. En este tipo de delito, en los que hay muertos de por medio, ya sabes que tenemos que buscar sospechosos, en primer lugar, entre los familiares más próximos.
—En realidad, aún no sabemos si se trata de un ladrón o de un asesino —metió baza la agente Lago—. Un robo simulado, como decía el cabo, o un asesinato.
—Exacto —confirmó Souto—. En cualquier caso, con o sin robo, creo que hay que empezar a buscar por el entorno del viudo y de la criada, como dice Orjales. No me preguntéis por qué, pues tendría que contestaros que es porque son las dos primeras y únicas personas relacionadas con las víctimas con las que hemos tropezado, aunque, lo reconozco, no sea en sí misma una razón de peso. Os lo digo a pesar de que el derecho a creer en algo no debe basarse en la ignorancia o en el desconocimiento. —La agente Lago hizo un gesto de sorpresa y el cabo la miró y le dijo—: La idea no es mía, Vero, pero es muy interesante. La leí hace poco en un libro de sicología, aunque se refería a las creencias en general y, sobre todo, a las religiosas. Es el conocimiento basado en la evidencia, es decir, en las pruebas, lo que da derecho a creer en algo. Por eso no debemos creer aún en nada, solo tantear, lo que en lenguaje policial equivale a sospechar. ¿Me seguís?
Taboada miró a Orjales, que levantó las cejas, y ambos se volvieron hacia Verónica, que sonrió de un modo encantador. El cabo, que no esperaba respuesta, continuó:
—Hay dos caminos por los que podemos empezar a indagar. Uno es el del robo con el resultado accidental de las muertes. En este caso, habría que encontrar a un ladrón homicida surgido de la nada y sobre el que no sabemos nada. Un ladrón que va armado, que conoce la casa, al menos por fuera, y que sabe que allí solo viven dos señoras indefensas. Tendríamos que coger la lupa y empezar a buscar una huella, un rastro de tierra, un hilo de ropa, un pelo o bien un fallo, un testigo, un chivatazo, una pista sobre el arma del crimen, movimientos de sospechosos vistos en la zona, rastros de joyas, etcétera, etcétera.
El cabo Souto trazó bruscamente con su lápiz una raya sobre una hoja de papel como si tachara algo y levantó la cabeza.
—Y el otro camino es el de un asesinato premeditado, cometido y encubierto bajo la apariencia de un robo. ¡Este es el camino por el que me dispongo a empezar! Como el marido de Rosalía Besteiro ya ha dispuesto de tiempo desde el jueves para tratar sus asuntos personales y familiares, lo llamaremos ahora y veremos si está disponible esta tarde. Así, podremos charlar tranquilamente con él, antes de que vuelva a su trabajo en Coruña. Hablamos ayer por teléfono y me dijo que pensaba irse, lo más tarde, el martes.
El cabo Souto miró su cuaderno de notas y unos segundos después le dijo a Aurelio Taboada:
—Tú, Aurelio, mira a ver lo que puedes averiguar sobre los negocios y las empresas familiares de los Besteiro. Tienen dinero, sobre todo la familia de ella, según tengo entendido. No es que sospeche que haya nada extraño en sus negocios, pero necesitamos saber por dónde nos movemos. ¿De acuerdo?
—Vale, jefe. Me pongo a ello.
—Gracias. Tú, Orjales, investiga a Manuela. Habla con ella y averigua también lo que puedas sobre su marido, su situación en general y todas esas cosas. Y no te emociones consolándola; ya me he dado cuenta de que es una mujer guapa.
—¡Que dices, Holmes! Si es una tía mayor.
—¿Estás de broma? ¡Una tía mayor! Tendrá treinta y pocos años —contestó el cabo molesto, pues era evidente que su criterio sobre lo que eran personas mayores no coincidía con el de Orjales, unos cuantos años más joven que él.
—¡Por eso! A mí no me van tan talludas —sentenció Orjales.
—Vete a… —Souto miró a Verónica Lago y se contuvo.
—¿Y yo? —preguntó ella.
—Tú te quedas conmigo. Llama a Marcelino García. Quiero que estés delante cuando lo interrogue y que tomes notas. No le pidas que venga. Es mejor que vayamos nosotros al chalé.
El cabo José Souto se quedó solo. Le había hecho gracia que Orjales considerara «talluda» a Manuela, una aldeana muy guapa y que a él le parecía joven. El guardia tenía veintiséis años y Verónica Lago veintidós. Eran de otra generación y veían las cosas de otra manera. Este pensamiento le hizo olvidar momentáneamente la sordidez del crimen que tenía entre manos.
3
Marcelino García Lameiro tenía cincuenta y dos años, era alto, lucía un moreno de yate y estaba completamente calvo. Vestía con buen gusto y tenía las maneras propias de un veterano vendedor. Dirigía una sociedad propietaria de tres talleres oficiales de concesionarios de las marcas Seat, Volkswagen y Audi, situados uno junto a otro en un polígono industrial de A Coruña. Había montado el negocio con dinero de su mujer, Rosalía Besteiro, que era quien había aportado prácticamente la totalidad del capital social.
García recibió al cabo José Souto y a la agente Lago en el salón del chalé de su difunta suegra, donde aún se apreciaban los desperfectos causados por el allanamiento, a pesar de haberse efectuado ya algunos arreglos superficiales.
Como se habían visto anteriormente y hablado por teléfono, el cabo Souto no se sintió obligado a dedicar más tiempo a nuevos pésames y lamentaciones. Tras saludarlo e intercambiar algunas fórmulas de cortesía, fue directamente al grano.
—Le agradecería mucho que me explicase, solo por encima, cómo eran sus relaciones con su suegra. Intento situarme en el contexto familiar de su matrimonio y de la madre de su señora. —Souto, que era tímido y sensible en lo tocante a las desgracias de los demás, bajó la cabeza y añadió en un tono apenas perceptible—: Que en paz descanse.
—Comprendo. —Marcelino García se mostraba muy serio, pero sin caer en ningún tipo de exageración—. Vamos a ver, cabo Souto; no sé si conoce usted a la familia de mi mujer. —El cabo hizo un gesto impreciso y García continuó—. Mi suegro, Armando Besteiro, era un hombre emprendedor que se hizo rico en los años ochenta con el negocio de la construcción. Procedía de una familia de madereros de Corcubión. Como quizá sepa usted, el hombre murió hace doce años y dejó una considerable fortuna a su mujer y a su única hija, Rosalía, con la que yo me había casado dos años antes. Yo me ganaba bien la vida como vendedor de coches en Coruña, aunque no habría podido vivir como vivo ahora ni montar los negocios que tengo si no fuera por el dinero que heredó mi mujer. Al casarnos, mi suegro nos regaló un magnífico piso en la plaza de Pontevedra, que es donde vivimos actualmente. Mis relaciones con mis suegros fueron siempre muy buenas y mi suegra me apreciaba mucho, como yo a ella, puedo asegurárselo, sobre todo desde que enviudó.
—Sin embargo, usted vive en Coruña y su mujer vivía aquí, en Corcubión. ¿Estaban separados?
—¡No, no, en absoluto! Rosalía se vino a vivir aquí hace cuatro meses para cuidar a su madre. A Consuelo, mi suegra, la operaron de un cáncer a primeros de año. Pero en verano empeoró. Los médicos nos dijeron que el tumor había sido detectado demasiado tarde y tenía metástasis en la médula. No se la podía volver a operar. Estaba muy mal y sin esperanza de curación. Le quedaba muy poco tiempo de vida. Mi mujer me dijo que quería estar con ella y lo comprendí. Nos vinimos a vivir aquí, a esta casa, en verano. Yo suelo irme a Coruña los lunes por la mañana y vuelvo generalmente los sábados.
—Ya —murmuró el cabo Souto haciendo un discreto gesto a la agente Lago para que no dejara de tomar notas—. ¿No tienen ninguna medida de seguridad en el chalé?
—Pues no. No es normal tenerlas por aquí. Nunca ha habido robos en las casas de esta zona. Usted lo sabrá mejor que yo.
—Sí, claro. Solo quería comprobarlo. ¿Tienen contratado algún tipo de seguro de vida, usted y su señora?
—No, cabo. Ni mi suegra, que yo sepa, ni mi mujer ni yo los tenemos, aparte del seguro de accidentes de los coches.
—Dígame, ¿ha podido verificar si robaron más cosas, aparte de las joyas de las que me habló el otro día y el dinero del bolso de su señora?
—No he echado en falta nada más. Pero las joyas eran muy valiosas. Mi suegra tenía muchas, creo que bastante buenas, y mi mujer también tenía algunas muy caras que le regalé yo. Están aseguradas y tengo fotos de todas. No de las de mi suegra; solo de las de Rosalía. Lo que no entiendo es cómo las encontraron, pues el doble fondo que fabricamos en un cajón de la cómoda de nuestro dormitorio era prácticamente imposible de descubrir y también el cajoncito secreto del escritorio. O eso creíamos. Aparte de eso, creo que mi suegra guardaba en algún sitio bastante dinero en metálico, pero no sé dónde.
—¿Quién conocía el escondite de la cómoda?
—Solo nosotros tres: mi suegra, Rosalía y yo. No creo que Manuela, la muchacha, lo conociera, aunque no puedo asegurarlo.
—¿Piensa usted que es de confianza esa chica?
—Bueno, eso nunca se sabe. Lleva doce años en la casa y, según le oí decir a mi suegra varias veces, nunca le faltó nada. En principio, no tengo motivos para dudar de su honradez. ¿No es hermana de un guardia civil?
Souto no contestó a este último comentario porque no veía relación de causa a efecto entre el parentesco con alguien del Cuerpo y la honradez, aparte de detectar cierta ironía en la pregunta. Por eso hizo como si no lo hubiera oído.
—¿Le comentó su señora si había visto merodear recientemente a alguien por los alrededores de la finca?
—No.
—Le tengo que preguntar una cosa, señor García. Es algo que le puede molestar y le ruego que me disculpe, pero no lo tome más que como una pregunta rutinaria sin ninguna intención oculta, ¿de acuerdo? ¿Había hecho testamento su señora?
Marcelino García sonrió con una mueca que aportaba un toque de tristeza a la sonrisa. Miró al cabo Souto durante unos segundos, meneó la cabeza y contestó:
—No se preocupe, cabo. Lo comprendo perfectamente y sé que forma parte de su trabajo. Imagino que no es cómodo para usted hacerle esas preguntas a alguien que acaba de perder a su mujer de una forma tan cruel. —Souto esbozó una sonrisa de agradecimiento y no dijo nada. García continuó—: Sí, hay testamentos. Mi suegra se lo deja todo a mi mujer, que era su única hija, y ella me lo deja todo a mí. Igual que yo se lo dejo todo a ella en mi testamento, en caso de morirme antes. Es normal, puesto que no tenemos hijos. —Permaneció unos segundos callado con la cabeza baja y los guardias respetaron su silencio observándolo con atención. Él levantó la cabeza y los miró a ambos—. Ya sé que para ustedes soy el primer sospechoso. Es lógico, si no tienen aún ningún otro. Eso no me preocupa. No tenga miedo de preguntarme todo lo que quiera en ese sentido. Solo le pido que lo haga con la debida consideración y respeto a mi situación. Quería mucho a mi mujer —le tembló la voz— y su muerte me entristece mucho más de lo que puedan imaginar. Pero lo comprendo, cabo. Tiene que hacer su trabajo y estoy preparado para pasar por el mal trago de tener que responder a preguntas que, en mi situación, podrían definirse cuando menos como dolorosas.
—Gracias —le respondió el cabo, hasta cierto punto afectado por la actitud del viudo. Miró a Verónica Lago y continuó—: Intentaré molestarlo lo menos posible. Cambiando de tema, quisiera pedirle un favor. ¿Podría facilitarme una copia de las fotos de las joyas que le han robado? Las haré llegar a la comandancia para su distribución. La Guardia Civil detiene con frecuencia a ladrones de los que entran en las casas y se recuperan muchos de los objetos robados. Si aparecieran, podríamos acercarnos al asesino de su señora y de su suegra.
—Claro, por supuesto. Dígame cómo.
Verónica Lago le extendió una tarjeta y tras una rápida mirada a su jefe, como disculpándose, le dijo a Marcelino García:
—Aquí tiene mi tarjeta. Si es tan amable, cuando pueda, envíenos las fotos por email, WhatsApp o por correo ordinario. Le informaremos si encontramos algo.
—¡Ah, otra cosa! —le dijo el cabo antes de levantarse—. La típica pregunta molesta que estoy obligado a hacerle, ¿dónde estaba usted la noche del crimen hacia las dos o tres de la madrugada?
—En la cama. En mi piso de Coruña. Cené con unos amigos y como había dejado mi coche en el taller, me llevaron a casa sobre las doce. Tenemos una muchacha interna. Cuando llegué, estaba levantada viendo la televisión. Nos dimos las buenas noches. Por la mañana, me preparó el desayuno a las ocho y media, como de costumbre, antes de irme a trabajar. —García se quedó dudando un momento, sonrió, miró a los guardias y añadió—: La criada no duerme conmigo, ¿saben? O sea que no puede asegurar que yo estuviera acostado a las dos, claro. Aunque sí puede afirmar que dormí en mi cama, pues tuvo que hacerla por la mañana, y supongo que me oiría levantarme, ducharme y todo eso. Me vinieron a buscar del taller a las nueve.
—¿Lleva mucho tiempo con usted la muchacha?
—No. —García no pudo ocultar un gesto de fastidio—. Solo unos meses. La que teníamos desde hacía años se fue antes del verano.
El cabo Souto le dio las gracias y se fueron. Ya en el coche, que conducía Verónica Lago, esta le preguntó al cabo qué le había parecido Marcelino García y qué pensaba de lo que había dicho. El cabo le contestó mirando hacia delante, como si hablara solo:
—Estamos como en el primer momento de cualquier investigación. Es un momento tan emocionante como frustrante. Emocionante porque tenemos ante nosotros un abanico de posibilidades y frustrante porque no tenemos nada tangible. Es como cuando te presentan a una persona que conoces por su reputación o que te llama la atención por su aspecto o por su personalidad. Al principio, no sabes si congeniarás o no; si llegarás a ser su amigo o te caerá mal; si un día te hará una faena o un gran favor. No sabes nada y la persona está ahí, delante de ti, mirándote y quizá preguntándose lo mismo que tú. Hemos estado hablando con un hombre que acaba de perder a su mujer y a su suegra. Apenas sabemos nada de él y, sin embargo, estamos obligados a considerarlo sospechoso solamente por razones técnicas o estadísticas. Podemos estar equivocados. Puede que sea un criminal o puede que sea un buen hombre que acaba de sufrir una desgracia. Tenemos que tratarlo respetando sus derechos, con consideración, dadas las penosas circunstancias por las que se supone que debe de estar pasando, con educación y con todo lo que tú quieras, pero no deja de ser un sospechoso «para nosotros». Es muy duro. La presunción de inocencia es una ventaja para el culpable, pero es una humillación para el inocente porque parece como si estuviéramos haciéndole un favor. Me comprendes, ¿verdad?
—Sí, cabo.
Souto disfrutó en secreto por un instante de la belleza de su ayudante, que lo miraba con respeto, como embobada. Verónica Lago era, además de guapa y lista, muy expresiva. El cabo evitó alargarse en sus consideraciones de índole filosófica para no dar la impresión de complacerse en su propio discurso, como un maestro engreído, y cambió de tema.
—Te vas a encargar con Taboada de hurgar en la vida de ese señor. Hablad con los compañeros de la comandancia. Necesitamos saber si es una persona bien considerada o si tiene fama de…, no sé, de mujeriego, jugador o cosas por el estilo. Mirad a ver lo que encontráis. ¿Sabes una cosa? Ahora, la investigación se halla en uno de los peores momentos. Tenemos que empezar a buscar lo malo de las personas, cosas que den que pensar, actividades raras, declaraciones sospechosas o contradicciones, y dedicarnos a perseguir a alguien que no sabemos si es culpable o no. No tenemos ninguna otra forma de acercarnos al ladrón o al asesino. Todo sería más fácil si alguien hubiera visto algo, claro. Pero no es así.
José Souto echó una rápida mirada a la coleta rubia de Verónica Lago, que asomaba con gracia por debajo de gorra de su uniforme y reprimió un impulso infantil de darle un tironcito. Miró hacia delante y se dijo a sí mismo: «Soy idiota».
Capítulo III
1
Julio César Santos se despertó a las diez de la mañana y pidió que le subieran el desayuno a su dormitorio. Después de ducharse, llamó a su amiga Marimar para decirle que había llegado, que pensaba quedarse unos días y que la invitaba a almorzar. La joven soltó un par de tacos propios de una verdulera y le dijo que aceptaba encantada. Marimar era la amiga gallega de Julio César Santos, una amistad muy peculiar. El mutuo e intenso atractivo físico fue el Big Bang de su relación. Marimar Pérez y Lolita Doeste, entonces novia del cabo Souto, eran amigas. Durante uno de los viajes del detective madrileño a Corcubión, Souto y su novia salieron una tarde a tomar unas copas con Santos. Para que este no se sintiera desparejado, Lolita llamó a su amiga Marimar. En el bar donde se conocieron, cerca del cuartelillo de la Guardia Civil, sus miradas se cruzaron y en el mismo instante empezó a tomar forma algo tan difícil de comprender como que de un agujero negro surja una galaxia.
Un abismo aparentemente insalvable separaba a Julio César Santos, típico señorito madrileño, rico, guapo, presumido y de exquisitos modales y a Marimar, de origen humilde, poco refinada y de lenguaje vulgar, pero de excepcional y turbadora belleza. Desde aquel encuentro en el bar de Corcubión, cuando Marimar le preguntó a Santos si todos los madrileños eran tan pijos2, algo parecido a un poderoso efecto gravitatorio entre ambos niveló las diferencias, ajustó los relieves y encajó sus personalidades con notable precisión. Sin embargo, no fue solo el atractivo físico lo que los conectó. El tiempo y algunos acontecimientos de cierta intensidad reafirmaron su profunda relación, que no desechó las relaciones sexuales esporádicas, pero que ninguno de los dos asoció con el amor. O no se atrevió a hacerlo.
Después de hablar con Marimar, el detective llamó a Armando, el viejo marinero que le había vendido su lancha de pescador el verano anterior y que se la cuidaba durante el invierno; le pidió que la pusiera a punto porque deseaba darse una vuelta por la ría antes de comer, aprovechando que hacía buen tiempo. El viejo, que seguía usándola de vez en cuando, le dijo que la lancha estaba lista y que solo necesitaba retirar la lona que la cubría. Quedaron en encontrarse a las doce en el Bar del Puerto.
Santos, con su metro noventa y su pelo ondulado, vestido con unos pantalones vaqueros impecables, zapatos náuticos y un jersey azul marino de cuello vuelto (todo completamente nuevo), tenía más pinta de modelo de anuncio para ropa deportiva que de marinero. Solo le faltaba una gorra de patrón de yate, pero no la llevaba porque tenía buen gusto y sentido del ridículo. Al fin y al cabo, solo iba a dar un paseo en una lancha de pescador de cinco metros de eslora con un motor fueraborda. Al principio, le pedía al viejo Armando que lo acompañara, pero pronto perdió el miedo y se atrevió a ir solo. No necesitaba ningún título o permiso para manejar la lancha porque ni su eslora ni la potencia del motor lo requerían si no se alejaba más de dos millas náuticas de la costa, algo que no se le pasaba por la cabeza al detective madrileño, que tenía pánico a aquellas aguas con tan mala reputación. Fue precisamente Marimar, hija de un marinero, quien le había enseñado a manejar la pequeña embarcación.
El detective embarcó para dar un paseo de una hora. Se sentó a popa muy tieso empuñando el mando del fueraborda con firmeza y avanzó por la ría a unos cinco nudos con la vista puesta en un punto del horizonte lejano. Se sentía algo así como Simbad el Marino, con la ingenuidad y la fantasía propias de la gente del interior en lo relativo a las cosas del mar. Su única experiencia en temas náuticos consistía en haber remado en su juventud un par de veces por el estanque del madrileño Parque del Retiro, al que Marimar Pérez definía como charco.
A las dos en punto, fue a recoger a su amiga al trabajo, una gestoría que estaba a la salida de Cee por la carretera de Santiago. Como de costumbre, ella lo recibió dándole un sonoro beso en la boca que casi lo hace caer de espaldas.
—¡Hostia, César! —le dijo después de mirarlo de arriba abajo—. ¿De qué vienes disfrazado? Pareces el capitán de un jodido submarino nuclear ruso.
—¿Por qué ruso?
—¡Coño!, porque los españoles no tenemos submarinos nucleares.
Santos, con sus exquisitos modales, soportaba estoicamente el lenguaje vulgar de su amiga y apenas exteriorizaba su desagrado para que ella no se sintiera incómoda. Marimar sabía que a su amigo le molestaban las palabrotas, pero no podía evitarlas porque era su forma natural de hablar.
—¿Dónde me vas a llevar?
—¿Dispones de mucho tiempo?
—No tengo prisa. Le he dicho a mi socio que seguramente no volvería esta tarde porque iba a salir contigo.
—¿Te apetece dar una vuelta hasta Muxía?
—Muy bien, vamos. ¿Sabes una cosa, César? Eres la única persona en mi vida que me invita a almorzar.
—No te entiendo —comentó Santos intrigado, mientras tomaba el desvío en Bermún—. ¿Nunca te ha invitado nadie?
—No. Nunca me ha invitado nadie a almorzar. Me han invitado muchas veces a comer, joder, pero nunca a «almorzar» —recalcó—. ¡Eres la leche!
—No veo qué tiene que ver la leche con el vocabulario apropiado. —Sonrió Santos—. Quizá nunca te hayas detenido a pensar que hay otro mundo, aparte de Cee.
Muxía es una pintoresca localidad situada frente al cabo Vilán, en la orilla sur de la ría de Camariñas, en un paraje de agreste belleza, a unos quince kilómetros del desvío que acababan de tomar. Allí, las rocas, algunas de curiosas formas, y el mar bravío ofrecen un espectáculo de confrontación permanente. César Santos, que había consultado varias guías de restaurantes, condujo a su amiga al que le pareció el mejor, como si lo conociera de toda la vida. Mientras compartían una gran fuente de percebes calientes, el detective le preguntó si sabía algo más de lo que decían los periódicos sobre el crimen de Corcubión.
—Sí, sé algo más. Conozco muy bien a Manuela, la criada de doña Consuelo. Está casada con Jacinto Sotillo. Jacinto es marinero, igual que su padre, que iba con el mío en el mismo barco cuando naufragaron. —Se quedó callada un momento, dejó de abrir con la uña el percebe que tenía entre los dedos y añadió con amargura—: Murieron los dos. Ya sabes por qué llaman a esta comarca Costa da Morte.
Santos asintió con la cabeza y no dijo nada. Observó el bello rostro de su amiga y esperó a que se repusiera de su momento de dolor. Él sabía que su padre había muerto en un naufragio; se lo había dicho Lolita cuando le habló de ella antes de presentársela, pero Marimar nunca lo había mencionado.
—Me preguntabas si sabía algo más del crimen —dijo finalmente mirándolo y reanudando su pelea con el percebe—. La verdad es que nunca se sabe exactamente lo que ocurrió cuando uno se entera de un crimen; ni siquiera muchas veces lo sabe el mismo criminal. Consuelo Pino era una señora muy rica. Eso debió de atraer al ladrón que la mató. La pobre mujer estaba ya a punto de morirse. Apenas podía hablar y no se movía de la cama. Hay que ser muy hijo de puta para dispararle un tiro a la cabeza a una anciana que está inválida en la cama. ¿Qué podía temer el ladrón? ¿Que la vieja lo hubiera reconocido? ¡No me jodas! Lo de su hija Rosalía es distinto. Ella pudo sorprenderlo y reconocerlo, pero… —se quedó callada.
—¿Pero?
—Nada.
—Estabas pensando en algo; venga, dilo.
—Era solo una idea de las que se le pasan a una por la cabeza. Una chorrada.
—¿No puedes ser más explícita?
—Rosalía era una mujer rara. También era muy rica y se ocupaba personalmente de sus negocios. A veces me pregunto si no habrá algo detrás de lo que parece un robo y un crimen accidental. Es una idea ridícula seguramente, pero nunca se sabe.
—¿Por qué te lo preguntas? ¿Se dedicaba a negocios raros?
—Tenía muchos negocios: madera; pisos; locales comerciales; discotecas, y bares de copas en Santiago y en Coruña. —Cambió de entonación—. Y también tenía un amante, una especie de gigoló mucho más joven que ella. Me lo contó Manuela cuando la acompañé, después del entierro. Fuimos a su casa y lo largó muy cabreada. Me dijo que el amiguito de la señora había estado la noche del crimen en el chalé, en su dormitorio, hasta tarde. Me preguntó si debía decírselo a la Guardia Civil.
—¿Y qué le dijiste?
—¿Qué coño quieres que le dijera? Que se lo contase si le preguntaban. De todas formas, Rosalía Besteiro tenía todo el derecho a follar con quien le diera la gana.
—¿Por qué lo dices? Estaba casada, ¿no?
—Lo digo porque el cabrón de su marido es un putero de cuidado. Eso lo sabe todo el mundo.
—¡Vaya! Qué familia más curiosa. Entonces, si he entendido bien, detrás del robo podría haber más de lo que parece. ¿Es eso lo que pensabas?
—¡Coño, César! No empieces a sacar conclusiones como un jodido detective. Yo no pienso nada. Solo que, a veces, una no puede evitar hacerse ciertas preguntas. Nada más.
Después de comer, regresaron dando una vuelta por la costa. Se detuvieron un momento al borde de la carretera para admirar la playa de Lourido, rodeada de altos pinos que proyectaban sombras caprichosas y alargadas sobre la arena, y continuaron luego por la pista que atraviesa en la penumbra, camino de Lires, los frondosos bosques entre los que el río Castro serpentea. De pronto, Marimar dijo en un tono malicioso:
—Este bosque me recuerda el cuento de la Bella Durmiente—. Bostezó y añadió con voz melosa—: ¿No te apetece una siestecita?
Santos captó la indirecta, sonrió complacido y se desvió hacia Vilarriba sin decir nada. Estaba deseando que las cosas rodaran en aquella dirección, pero no le había parecido delicado proponérselo el primer día, nada más llegar, como si la hubiera invitado a comer con aquel único propósito.
2
Las ocupaciones placenteras del detective madrileño y de su amiga no tenían nada que ver con la actividad que se desarrollaba en el puesto de la Guardia Civil de Corcubión. Allí se trabajaba. Poco antes de la hora de comer, llegó el informe completo de las autopsias. Una hora después, Souto recibió por correo electrónico un avance del informe de los técnicos del Área de Investigación de la comandancia.
El informe definitivo de las autopsias no le proporcionó al cabo José Souto mucha más información de la que ya poseía, adelantada por el forense, excepto por un detalle sorprendente: Rosalía Besteiro había tenido relaciones sexuales unas horas antes de su muerte, dato confirmado por el hecho de que, en su cama, se habían encontrado varios cabellos morenos que no eran suyos, así como restos de fluidos en las sábanas, que denotaban actividad sexual reciente, según los colegas de Investigación. Este detalle hizo levantar las cejas del cabo Souto.
En cuanto a los datos proporcionados por los técnicos de la comandancia, el cabo Souto encontró muchos elementos interesantes. Siguiendo cronológicamente el desarrollo de los hechos, podía establecer un guion provisional de lo sucedido. El ladrón o asesino, una sola persona según todos los indicios, llegó en coche; fue hasta el final del camino y dio la vuelta; acercó una caja de botellas de cerveza al muro, junto al portón, y la utilizó para escalarlo y saltar al interior. Los investigadores coincidían en la observación hecha anteriormente por el cabo sobre la existencia de marcas de calzado en la parte exterior del muro y su ausencia en el lado interior. Si el ladrón pasó por encima del muro y saltó al interior, debería haber dejado las marcas de sus pies tanto en el muro como en la tierra al caer. No daban ninguna explicación, simplemente constataban el hecho. Lo siguiente que hizo fue arrancar de cuajo con una palanca la cerradura de la puerta de la cocina para entrar en el chalé. Bastaba con seguir las manchas de barro dejadas por sus zapatillas deportivas, talla cuarenta y cuatro, para imaginar el recorrido. De la cocina pasó al recibidor, subió las escaleras y entró en el dormitorio de Rosalía Besteiro. Podría deducirse por las huellas en la moqueta que se encontró de frente con ella. Debió de ser en ese momento cuando le disparó a bocajarro un solo tiro en la frente. La mujer cayó al suelo. No había ninguna señal de contacto físico ni de lucha. El ladrón o asesino se dio la vuelta y se dirigió al dormitorio contiguo, el de Consuelo Pino. Se acercó a la cama y le disparó otro tiro a bocajarro en la cabeza a la anciana. En ambos casos el arma utilizada debió de ser un revólver, ya que no se encontraron casquillos. La munición empleada fue del calibre veintidós, que hace poco ruido. La postura del cuerpo permitía suponer que Consuelo Pino ni siquiera llegó a despertarse. Acto seguido, el asesino vació los cajones de las mesillas y las cómodas y registró de forma somera pero violenta los armarios de ambos dormitorios. Sin duda llevaba guantes, pues no se hallaron huellas dactilares ajenas a los miembros de la familia y la criada. De los dormitorios pasó a la sala de estar contigua, sacó y volcó los cajones de un escritorio y bajó después al salón principal. A partir de ese momento ya no aparecían más huellas de barro. Buscó sin ningún tipo de miramiento en los cajones de los aparadores, en las vitrinas y en otros muebles del salón y del comedor, descolgó cuadros y rompió cuanto objeto delicado se encontró en su camino tirándolo al suelo. Se notaba que había actuado con mucha prisa. Los investigadores calculaban que, para hacer lo que hizo, no necesitó permanecer en la casa más de media hora. Finalmente, salió por la cocina y corrió hacia la entrada de la propiedad. Casi con toda seguridad utilizó para salir la puerta pequeña que está al lado del portón para vehículos y que se puede abrir desde dentro sin llave.
El cabo José Souto leyó por segunda vez el informe y escribió las siguientes notas en su cuaderno cuadriculado:
Saltó el muro, pero no hay huellas de la caída por el lado de dentro.
Arrancó la cerradura de la cocina, no la forzó.
Fue directamente a los dormitorios de Rosalía y de la anciana.
¿Conocía la casa?
No buscó en los demás dormitorios. ¿Sabía que no había nadie más en casa?
Actuó muy deprisa. ¿Cómo encontró en tan poco tiempo los dos escondites secretos de las joyas?
Rosalía Besteiro mantuvo relaciones sexuales aquella tarde/noche. ¿Lo sabría Manuela? Si lo sabía, ¿por qué no nos dijo nada de ninguna visita en la tarde del miércoles? Enterarse de con quién.
José Souto miró el reloj y pensó que eran demasiadas preguntas para hacerse antes de comer. Estaba solo y tenía hambre. Cerró su libreta y se fue a la cantina.
Después de comer, cuando ya trabajaba de nuevo en su despacho, llegó Orjales, que había estado haciendo averiguaciones sobre Jacinto Sotillo, el marido de Manuela.
—Fui esta mañana a verlo a su casa, en Cee —le explicó a su jefe—. Jacinto trabajó varios años en los barcos de Pepe Veiga, el de la rula. Está en paro desde el verano, según me dijo. El hombre está acojonado porque piensa que su mujer se va a quedar ahora sin trabajo y no tienen un duro. Aún no han terminado de pagar la hipoteca del piso en donde viven ni las letras del coche. Tiene pinta de ser una buena persona y no noté nada raro mientras charlaba con él. No se asustó cuando me vio llegar y le dije que quería interrogarlo. El tipo no es muy hablador, y tampoco me pareció que le interesara demasiado o le afectara lo que les ocurrió a la señora Besteiro y a su hija. Solo piensa en que su mujer se va a quedar sin trabajo, aunque de momento el viudo no le ha dicho nada y ella sigue yendo a limpiar el chalé. Después de hablar con él, estuve con Veiga. Me dijo que Sotillo era un marinero como los demás, ni mejor ni peor. Lo despidió porque tuvo que enviar el Santa Mariña al desguace; era el pesquero más viejo que tenía y, por lo visto, costaba más mantenerlo a flote que lo que rendía. Otros cuatro marineros se fueron al paro. No le saqué nada interesante ni quise dar la impresión de que sospecháramos de él o algo por el estilo. Le dije que eran comprobaciones rutinarias, lo de siempre.
—¿Coartada?
—Ah, sí. Sotillo no salió de su casa la noche del miércoles al jueves. Durmió con Manuela.
—¿Conoces a alguien más de su familia?
—Jacinto y Manuela llevan casados diez años. No tienen hijos. Él solo tiene un hermano, que es taxista en Corcubión; seguro que lo conoces. Es un tipo bastante alto, como él, casado con la de la panadería de Estévez. La familia de ella es de Fisterra; no los conozco, aparte de a Rubial, claro. Puedo indagar, si quieres.
—Déjalo, no hace falta. ¿Has visto por ahí a Aurelio o a Vero?
—No, jefe. Acabo de llegar. ¿Quieres que los busque?
—No, gracias. Ya me avisarán cuando vengan.
Poco después, se presentaron Taboada y Lago. Ambos habían tratado de averiguar cuanto podían sobre Marcelino García Lameiro. Aunque habían trabajado cada uno por su lado, se coordinaron y, antes de ir a ver al cabo Souto, compararon sus notas e informaciones, por lo que pudieron presentarle al jefe un informe unificado. Souto llamó a Orjales porque quería que sus tres colaboradores dispusieran de la misma información.
Taboada expuso el resultado de sus pesquisas y las de su compañera: Marcelino García Lameiro era una persona muy conocida en el mundo empresarial de A Coruña, no solo por tener las concesiones de las marcas de automóviles del grupo Volkswagen, sino también por ser socio de las principales sociedades recreativas coruñesas, en las que se dejaba ver con frecuencia, por organizar carreras de coches antiguos, por pertenecer a la directiva del Deportivo y por ser el gerente de una sociedad que poseía cines, discotecas y bares de copas o «de alterne», precisó Taboada con cierto énfasis, en diversas localidades de la provincia. La principal accionista de la sociedad era su mujer. García Lameiro solía dar fiestas sonadas en su finca de recreo de San Pedro de Nos, a las afueras de A Coruña, donde reunía a empresarios, especialmente del gremio de la construcción, algunos políticos y otras gentes ajenas al cerrado círculo de la clase alta y la aristocracia coruñesas, al que él no pertenecía. Esas fiestas, según le informaron sus colegas de la comandancia, solían animarse de madrugada con la presencia de prostitutas procedentes de los locales nocturnos de la sociedad que regentaba. No obstante, García Lameiro no tenía cuentas pendientes con la Justicia ni constaba que las hubiera tenido nunca. Parece ser que era juerguista y vividor, pero dentro de un orden. Durante el día, se encontraba normalmente en su trabajo y no se ocupaba personalmente, al menos en apariencia, de los establecimientos que funcionaban de noche y eran dirigidos por encargados. En sus locales, no había constancia de que trabajaran mujeres traídas del extranjero con contratos leoninos ni cualquier otro tipo de explotación irregular. Solo un local en Santiago estaba siendo discretamente investigado.
El cabo Souto les agradeció la información y les pidió a los tres que leyeran detenidamente los informes del Área de Investigación y del forense para comentarlos más tarde.
—No nos vamos a aburrir —les dijo—. Aún no he tenido tiempo de profundizar, pero me da la impresión de que va a haber mucho que hurgar en este asunto porque, a primera vista, hay un montón de cosas raras. Mañana por la mañana lo comentaremos, pues me gustaría informar a la jueza y a la comandancia antes de mediodía. Después interrogaremos de nuevo a Manuela, pues tiene que saber con quién tuvo relaciones sexuales la víctima. Me gustaría que fuerais preparando las preguntas que se os ocurran.
Los agentes abandonaron la sala de trabajo con una copia de los documentos; el cabo Souto, en cuanto se quedó solo, volvió a centrarse en el análisis detallado de los elementos de los que disponía para poder, a partir de ellos, deducir lo que realmente pudo haber ocurrido. Intentaba dibujar en su imaginación algo así como el story board de una nueva película, pues el guión anterior dejaba muchos puntos oscuros y no trataba más que de lo que parecía evidente en cuanto a los hechos, no daba pista alguna sobre las intenciones del autor. El cómo estaba claro, pero no el porqué ni mucho menos el quién. Souto consideraba que partir de cero era emocionante. En ese punto no hay aún posibilidad de error y solo hay que observar minuciosamente el escenario del crimen y recopilar datos. Las suposiciones son aún posibles. Sin embargo, se llega enseguida al punto siguiente, en el que ya es inevitable hacerse preguntas cuyas respuestas condicionan el avance de la investigación. A partir de ahí, el camino se vuelve oscuro y solo pueden tenerse en cuenta hechos ciertos. Como la verdad es relativa y escurridiza, el riesgo de error aumenta. Igual que el ciego utiliza con soltura su bastón sensible para guiarse sin tropezar, el investigador debe manejar su capacidad de deducción para sortear el error.
Ya eran casi las siete de la tarde cuando José Souto llamó a su amigo César Santos.
—Oye, sabueso, dado que a Lolita no le gusta dejar el restaurante solo, ¿por qué no vienes a cenar a Doña Carmen? Eso, claro, si tus múltiples ocupaciones te lo permiten.
—¿A qué ocupaciones te refieres, Holmes?
—Ya sabes, algún nuevo ligue en Corcubión, un crucero por la ría, rascarte la barriga, discutir sobre Nietzsche con Marimar, qué sé yo. No pretenderás que me inmiscuya en tu vida privada.
—No sé si aceptar tu invitación; estoy enfadado contigo, Pepe.
—¿A qué debo esa suerte?
—Me he enterado casualmente esta tarde de que se ha cometido hace días en tu pueblo un crimen horrible, aunque interesante desde el punto de vista profesional, ¡y no me has dicho nada! Supongo que tu silencio se deberá a que ya has dado con la solución y tienes al culpable porque, si no, me parecería una falta de consideración por tu parte ocultárselo a un amigo como yo, que tantas veces te ha ayudado a solucionar casos difíciles.
El cabo José Souto se echó las manos a la cabeza. No supo si reírse o llorar. Ya tenía otra vez encima a Santos metiendo las narices en su trabajo. Tardó unos segundos en contestar.
—¡Será posible! —exclamó finalmente—. ¿Por qué no solicitas el ingreso en el Cuerpo, César? Te cedería mi puesto encantado. Los que tenemos que trabajar nos quejamos y tú, que eres rico y tienes la suerte de poder hacer lo que te da la gana, o sea nada, te empeñas en trabajar. Me sorprende que no te des cuenta, pero es muy poco delicado por tu parte hacerme sentir como un pobre desgraciado que, para ganarse la vida, está obligado a hacer algo que no le gusta y que tú quieres hacer por diversión.
—Eres egoísta y desagradecido, Pepe. ¿Cómo puedo hacerte comprender que solo intento ayudarte desinteresadamente?
—Te voy a dar una idea, César. ¿Sabes lo que puedes hacer?
—Qué.
—Ir a tomar por donde tú sabes. Perdona que no sea más preciso, pero no me gusta decir ciertas cosas por teléfono.
—Está bien, Pepe. Estaré en Doña Carmen a las nueve, ¿vale?
Julio César Santos colgó y José Souto sonrió interiormente. La verdad era que ya echaba de menos a su amigo, con su inveterada impertinencia y su ironía. ¿Sería verdad que acababa de enterarse de lo del crimen aquella misma tarde o lo habría leído en los periódicos de Madrid? En cualquier caso, comprendió que ya era imposible librarse de él. El cabo Souto sabía de sobra que, cuando Santos se empeñaba en sacarle información sobre una investigación en curso, era muy difícil quitárselo de encima. Como jefe del puesto de la Guardia Civil de Corcubión no podía consentir que un paisano o un civil, por utilizar el lenguaje castrense, se metiera en sus asuntos o participase sin motivo en una investigación, pero Santos era Santos y él no conseguía impedírselo. En más de una ocasión había tenido que hacer verdaderas filigranas para evitar que su jefe, el capitán Corredoira de la comandancia de A Coruña (que conocía al detective madrileño) no sospechara que, a pesar de todo, se lo permitía. Por mucho que Souto le asegurara que mantenía al detective al margen, Corredoira ponía cara de no creérselo.
El cabo primero José Souto apreciaba demasiado a Julio César Santos, valoraba su capacidad y confiaba en su discreción lo suficiente como para permitirse aquel leve desliz en su inquebrantable respeto por la disciplina militar.
Capítulo IV
1
Como tantas otras veces, y a pesar de las puyas que el cabo José Souto y su amigo el detective Julio César Santos se lanzaban mutuamente, después de cenar, ambos se relajaron y se sentaron en el salón a tomar una copa y charlar de los asesinatos, que eran la principal comidilla del pueblo. Santos sacó a relucir el tema con suma delicadeza porque no quería provocar la espantada de su amigo, poco proclive a comentar asuntos relacionados con el trabajo cuando estaba en su casa. Pero Souto se fue dejando llevar poco a poco, hasta abordar el problema que ocupaba su pensamiento por entero y del que era incapaz de liberarse.
—Ya sé que no te gusta hablar de trabajo, Pepe —había empezado a decir prudentemente Santos después de tomar el primer trago—, pero podemos hacer algo sin la presión que supone trabajar sobre un problema real. ¿Por qué no hablamos de los asesinatos como lo harían dos investigadores en una obra de ficción?
Souto lo miró con un gesto de desconfianza.
—Explícate mejor, César. No veo dónde quieres ir a parar.
—Quiero decir que, puesto que en este momento no estamos trabajando ninguno de los dos, aunque no por eso el tema de los asesinatos deje de ser algo que nos interesa, podríamos imaginar, mientras tomamos una copa, que somos Holmes y Poirot, por ejemplo, e intercambiar pareceres sobre un crimen imaginario del que tuviéramos los mismos datos que tienes tú sobre la muerte de esas pobres señoras.
—¿Y?
—En ese supuesto, sin temor a que nadie conozca nuestras conclusiones o nuestras deducciones, solo por simple diversión, podríamos discutir sobre las apariencias y los hechos.
—Eres muy fino, César. Con tal de liarme, no sabes qué inventar.
—En serio, Pepe. No seas negativo. Mañana, en tu despacho, puedes hacer lo que te parezca con tus colaboradores, pero ahora, aquí, tú y yo solos, ¿por qué diablos no podemos hablar de ese crimen como dos colegas que elucubran libremente sobre un caso? Es un privilegio que nos otorga nuestra amistad. Cuéntame de qué va; dime qué has visto y qué te preocupa; qué es lo que tiene lógica y lo que no. Sabes perfectamente a qué me refiero. Por ejemplo, para empezar, ¿se trata de verdad de un doble crimen como consecuencia accidental de un robo? ¿O el robo es una pantalla para ocultar el crimen?
—Muy agudo.
—Siempre lo soy. ¿Ando muy errado?
—Ya me gustaría saberlo.
—No seas gallego. Eso quiere decir que es muy posible. Venga, suelta lo que piensas.
—César, sabes muy bien que ante un crimen como este hay un enorme terreno que explorar. Un terreno que abarca las apariencias y los hechos, por un lado, y las personas con sus motivos, por otro. Los hechos y las apariencias están ahí, ante tus narices. Hay un allanamiento, dos muertes violentas, un escenario del crimen y un robo. En cuanto a las personas, unas están a la vista: las víctimas, la criada que descubre la cerradura rota y el viudo, que heredará una fortuna. Sin embargo, aparecerán sin duda otras de las que todavía no sabemos nada. De los motivos, aún es pronto para hablar. Por lo tanto, hay que ponerse a buscar, mirar por todas partes y preguntar a todo el mundo hasta lograr atribuir a cada cual el lugar que le corresponde en el drama. De momento, digamos que me he sentado frente al escenario a observar. Aún no he tenido tiempo más que de preguntarme por dónde empiezo.
—O sea que no te has formulado todavía ninguna hipótesis.
—¿Cómo quieres que me formule hipótesis, si ni siquiera he dado el primer paso? Claro que no tengo ninguna. Bueno, excepto la que se deduce a primera vista y sin más fundamento que las apariencias, unas apariencias superficiales.
—¿Es decir?
—Es decir que un ladrón entró en el chalé, una de las víctimas lo sorprendió y él las mató a las dos. Luego, robó y se largó.
—Claro que tú no te lo crees porque, incluso antes de empezar a buscar, ya has visto algo que hace esa hipótesis poco verosímil.
—Exactamente.
—Y yo me pregunto si serías tan amable de contarme, como un sabueso le contaría a su colega tomándose una copa y empezando por el principio, qué es lo que has visto. Así, podríamos —Santos miró su reloj— pasar el rato charlando agradablemente y analizando diversas posibilidades, siempre, claro está, en un contexto imaginario que no suponga ninguna interferencia con tu actividad profesional.
El cabo Souto sonrió y se quedó mirando a su amigo, por el que en momentos como aquel sentía admiración. La tenacidad del caprichoso detective solo era comparable con su habilidad para hacerle entrar al trapo cuando quería enterarse del estado de una investigación de la Guardia Civil. En el fondo, disfrutaba con aquella conversación porque hablar con su amigo era la única forma que tenía de aligerar la carga de sus dudas y de mitigar los efectos de la soledad en su trabajo como investigador. Un vacío que sus compañeros no eran capaces de llenar, pues no conseguían seguirlo en su esfuerzo constante por observar y deducir, como tampoco lo eran de librarlo del temor a equivocarse. Santos, en cambio, seguía su ritmo, adivinaba su pensamiento y lo obligaba incluso a acelerar la marcha en ocasiones.
Souto cedió a la insistencia del detective. Le describió lo que encontró al llegar al chalé, avisado por Manuela, la criada. Concentrado en el recuerdo de lo que había visto en la mañana que siguió al crimen, le fue contando con todo detalle lo que más le había llamado la atención: la cerradura arrancada, algo impropio de un ladrón profesional, las huellas de las pisadas, la localización de la primera víctima, los destrozos selectivos, el robo de joyas y dinero ocultos en escondites que un ladrón no debería conocer y la falta de huellas de bajada del muro. El cabo hablaba como si reflexionara en voz alta, según su costumbre, con la mirada perdida en el techo del salón, de modo que sus ojos pudieran recrear la escena del crimen sobre un fondo neutro, libres de toda distracción. César Santos escuchaba con atención, fascinado por la precisión con la que su amigo describía la posición de los cuerpos y la colocación exacta de los objetos, por la minuciosidad en la exposición de los detalles y por el entusiasmo con el que adelantaba ciertas conclusiones parciales, en especial las referidas a la incoherencia de las apariencias. En ese momento, era César Santos quien sentía auténtica admiración por la profesionalidad de su amigo y su capacidad de observación y de análisis.
Tras un corto silencio, que el detective no quiso romper, el cabo Souto sentenció con voz grave:
—No puede ser. No es un robo normal.
A César Santos le pareció que Souto había terminado su discurso y le preguntó si podía ver las fotografías que habían hecho con el móvil. El cabo no le contestó. Sacó su teléfono del bolsillo, abrió la galería de fotos y se lo pasó. Santos fue mirando de una en una las fotos que Taboada le había transferido al cabo, tomándose su tiempo y ampliando alguna con el pulgar y el índice.
—Estoy de acuerdo contigo —afirmó tajante al terminar de verlas todas.
—¿En qué, concretamente? —Souto parecía despertar de un sueño.
—En que nada de lo que me acabas de contar concuerda, en mi opinión, con la forma de actuar propia de un ladrón. Más bien parece, diría yo, la actuación de alguien que hubiera tomado la decisión de matar a las dos mujeres simulando un robo, pero sin terminar de planificar concienzudamente la forma de hacerlo para no ser descubierto. O sea, una chapuza.
—Ya. ¿Cómo crees, entonces, que actuaría un simple ladrón?
—Para empezar, creo que un ladrón no emplearía una caja de cervezas para escalar muros. Si descerrajó la puerta de la cocina, con el ruido consiguiente dentro de la casa, podía haber descerrajado la puerta de entrada a la finca, que ofrece una dificultad similar y nadie lo oiría, pero no lo hizo. Por otra parte, si el ladrón saltó por encima de la valla o del muro, que sería lo natural, tendría que haber dejado marcas en la tierra al caer. En la entrada de la cocina había un felpudo, me dijiste, ¿no? Lo lógico sería que se hubiera limpiado los pies para no dejar tantas huellas, incluso solo por costumbre o por comodidad.
—Cierto.
—Me sorprende que un ladrón entre en una casa para robar y vaya directamente al dormitorio donde está la gente durmiendo. Es raro. ¿Y por qué no miró en los demás dormitorios? No veo por qué tendría prisa a esas horas y, menos aún, después de matar a las únicas personas que había en la casa. Tampoco veo por qué tenía que causar tantos destrozos: no se va más deprisa rompiendo las cosas. ¿Esperaba acaso encontrar una caja fuerte detrás de cada cuadro?
—Yo me hago también otras preguntas —dijo el cabo—. Efectivamente, no es normal que un ladrón que entra de noche en una casa de dos plantas empiece a buscar objetos de valor por los dormitorios, donde se supone que hay gente durmiendo; es prácticamente imposible hacerlo sin que nadie se despierte, pues hay que ir con linterna, abrir armarios, cajones y cajas dentro de los dormitorios y se hace ruido. Lo lógico es que busque plata, cuadros o dinero en los salones, la biblioteca o el comedor.
—Cierto. Y yo me pregunto también si conocía la casa y sabía quién vivía allí. La respuesta es: sí. Porque, si fuera al azar, un ladrón profesional tomaría otras precauciones, como dejar un cómplice fuera, en el coche, para avisar si aparecía alguien o por si hubiera que salir a toda pastilla. ¿No crees?
—Estoy completamente de acuerdo. Lo que yo me pregunto es si todas esas cosas raras son producto de la incompetencia del asesino o fueron calculadas para despistarnos. A veces, un comportamiento en apariencia torpe oculta una maniobra inteligente.
Julio César Santos bebió un trago de su copa y guardó silencio porque pensó que era demasiado pronto para preguntarle a su amigo si sospechaba de alguien. Por lo que le había oído decir antes, dedujo que no iba a recibir ninguna respuesta y ya sabía que, para Souto, al principio de cualquier investigación, todo el mundo era sospechoso menos él mismo. Estuvieron un rato discutiendo, hasta que Santos, al ver que su amigo miraba el reloj, comprendió que tenía que madrugar al día siguiente y se levantó para marcharse.
Al despedirse, César Santos, como si de pronto se hubiera acordado, le comentó al cabo:
—Supongo que, aparte del viudo que hereda, uno de los principales sospechosos será el amante de la señora asesinada, de la hija, claro. Por lo visto estuvo la noche del crimen en la casa, ¿no?
Souto abrió los ojos asombrado.
—¿Cómo coño sabes eso? ¿Quién te lo ha dicho?
2
A la mañana siguiente, nada más llegar al puesto de la Guardia Civil, el cabo Souto llamó a sus colaboradores. No estaba contento. La información que le había proporcionado su amigo Santos (que Rosalía tenía un amante), y que consideraba de vital importancia, sorprendió a los agentes tanto como lo había sorprendido a él. Nadie estaba al corriente. El guardia Orjales se permitió una sonrisa maligna cuando su jefe dijo que había sido el detective madrileño quien lo había puesto al corriente. La situación era tensa por su misma incongruencia. Para los colaboradores del cabo José Souto, que conocían poco al detective Santos, lo que no les impedía admirarlo, el hecho de que un señor de Madrid, que solo aparecía por allí de vez en cuando se hubiera enterado de un hecho tan importante antes que ellos, tenía algo de absurdo, por un lado, y, por otro, presagiaba una reacción imprevisible del cabo Souto. Reacción que no se hizo esperar:
—Quiero que me encontréis a ese individuo antes de la hora de comer. Me da igual quién se encargue de hacerlo. Os ponéis de acuerdo entre vosotros.
Los guardias se movieron deprisa y, sobre la una de la tarde, Orjales apareció por el cuartel acompañado de un hombre joven que aparentaba entre veinticinco y treinta años, más bien alto, bien parecido y vestido con cierta elegancia. Orjales le pidió que esperase un momento en la entrada y fue a ver al cabo.
—Cabo, tengo a nuestro hombre ahí esperando. No le he dicho nada, no sabe por qué le he pedido que me acompañara, aunque lo supone y está asustado. No me ha puesto ninguna pega; solo me ha dicho que suponía por qué queríamos hablar con él. ¿Qué hago? ¿Le digo que pase?
—¿Quién es?
—Jesús Canido. Lo llaman Suso. Es decorador.
—¿Cómo lo encontraste?
—Me lo dijo Manuela en cuanto se lo pregunté.
—Está bien, luego hablamos. Que pase.
Orjales fue a buscarlo y lo llevó al despacho del cabo Souto, que lo saludó amablemente, le tendió la mano y le pidió que se sentara. Canido se sentó y esperó en silencio a que el cabo se sentase también. Orjales miró a su jefe; este le hizo un gesto para que los dejara solos. El guardia salió y cerró la puerta.
—Señor Canido —empezó el cabo en un tono muy serio, casi solemne, mirándolo fijamente—, me sorprende que no se haya puesto usted en contacto con nosotros, digamos motu proprio, en cuanto se enteró de la muerte de su amiga, Rosalía Besteiro.
—¿Por qué? —protestó Canido, que se mostró sorprendido e incluso molesto ante la pregunta del cabo Souto— ¿Estaba obligado a hacerlo?
—Legalmente, no; pero lo considero de sentido común, dado que estuvo con ella poco antes de que la mataran. ¿No le parece?
—¿Se imagina usted el efecto que me hizo la noticia? No, claro, usted no puede imaginar el estado en el que me encontraba. ¡Estaba horrorizado! ¿Por qué habría de acudir a la Guardia Civil, que no podría sino aumentar mi dolor por la pérdida de… de una amiga íntima? ¿Debería haberme presentado para que me interrogaran, para que me preguntaran acerca de un montón de detalles morbosos y crueles o para soportar insinuaciones sobre mi culpabilidad?
El hombre estaba a punto de echarse a llorar y el cabo Souto lo observaba tratando de descubrir si fingía o estaba realmente afectado por la muerte de aquella señora. Canido parecía sincero y acabó por darle pena.
—Me parece, señor Canido —el tono del cabo se volvió complaciente—, que tiene usted una idea equivocada sobre cómo hacemos las cosas en la Guardia Civil. Un familiar o una persona del entorno de las víctimas, en un caso tan trágico como el que estamos investigando, puede parecernos sospechoso, lo no quiere decir que ignoremos el principio de que nadie es culpable mientras no se demuestre que lo es y sea condenado por ello. Somos profesionales, amigo mío, y no hay ninguna razón para pensar que vayamos a tratarlo a usted o a cualquier otra persona sin el debido respeto. De modo que, ahora que está aquí, le ruego que se relaje y haga un esfuerzo para comprender que estamos haciendo nuestro trabajo. Si considera que le falto en algo, no dude en decírmelo, señor Canido.
Souto lo miró a los ojos y guardó voluntariamente un largo silencio para ver cómo reaccionaba. El hombre permaneció callado y con aspecto de estar concentrado en sus recuerdos. Al cabo Souto le dio la impresión de que Canido, fuera de su ambiente, era una persona tímida y que, por lo tanto, debería de sentirse completamente desplazado en un puesto de la Guardia Civil, lugar, sin duda, poco sugerente para un decorador. Su aspecto, hasta cierto punto cercano al amaneramiento, denotaba propensión a la trivialidad, lo que acentuaría su sensación de inferioridad. Por eso, el cabo Souto sintió lástima y abandonó por un instante su intención de tratarlo como a un sospechoso. Si aquel hombre amaba de verdad a Rosalía Besteiro, debía de sufrir y, por lo tanto, él estaba obligado moralmente a respetar su dolor.
—Tiene que comprender, señor Canido, que no me queda más remedio, en efecto, que someterlo a un interrogatorio, y que la razón de hacerlo está relacionada con algo… —el cabo Souto buscó una palabra que no fuera ofensiva—, digamos muy personal. Pero no lo considere como un interrogatorio inculpatorio dirigido contra un presunto culpable, sino como las preguntas normales que debo hacer a alguien próximo a una de las víctimas y, sobre todo, a una de las últimas personas que la vieron con vida. Serán preguntas como las que le haría a un testigo, no a un asesino. ¿De acuerdo?
Canido meneó la cabeza afirmativamente. Estaba visiblemente emocionado.
—Voy a hacer una cosa para que no se sienta usted cohibido y podamos tener una conversación relajada —continuó Souto—. Normalmente, yo debería pedir a un agente que se sentara a esa mesa y anotara su declaración. Pero no lo voy a hacer. Charlaremos los dos solos, sin testigos. Ya se le tomará declaración en su momento. Y puede estar seguro de una cosa: el hecho de hacerle preguntas delicadas no supone que no respete su intimidad, siempre que usted me respete a mí, claro, y no trate de engañarme. ¿De acuerdo?
—Sí, señor.
El cabo José Souto le pidió a Jesús Canido que le hablara de sí mismo, dónde vivía, en qué y dónde trabajaba y cómo había conocido a Rosalía Besteiro. Canido se relajó y contestó puntualmente a las preguntas del cabo sin escatimar detalles sobre su vida, su familia, sus estudios y su trabajo como decorador. Después le explicó que Rosalía lo había contratado hacía dos años para renovar la decoración del chalé de su madre y que, poco a poco, se había establecido entre ambos una relación amistosa que se convirtió posteriormente en una relación sentimental. El cabo le preguntó si el marido de Rosalía estaba al corriente de la relación. Canido se mostró algo desconcertado ante la insistencia del cabo por obtener una respuesta precisa y acabó por confesar que sospechaba que algo debía de saber o de suponer, pero que no parecía importarle. El matrimonio, en apariencia normal, hacía tiempo que se había descompuesto. Rosalía y su marido, explicó, no se llevaban mal, pero cada uno vivía su vida y el marido no se metía en la de su mujer porque ella era la dueña de la mayoría de los negocios y, aparte de eso, tenía mucho carácter y no se dejaba dominar. Ella sabía de sobra que su marido daba fiestas solo para sus amigotes en su finca de San Pedro de Nos y que allí se corrían juergas sonadas con las chicas de los bares de alterne.
—¿Por qué dice usted que no se llevaban mal? ¿Lo sabe o lo supone?
—Me refiero a que no armaban escándalos y que no había malos tratos. Me consta que discutían con frecuencia y que no tenían ningún tipo de relaciones sexuales. Eso me lo dijo ella. Él venía poco por aquí y aunque se alojaba en el chalé, no salía con ella. Y ella hace ya mucho tiempo que no iba por su casa de Coruña.
El cabo Souto tomó unas notas.
—Usted estuvo en su casa en la tarde o en la noche del jueves, la noche del crimen, ¿no es así?
—Sí. Vine a ver a Rosalía por la tarde. Hicimos el amor y me fui sobre las once y media de la noche. La criada ya se había ido, o sea que no tiene más que mi palabra porque de allí me fui a mi casa y no me encontré con nadie. Vivo solo en Cee, como ya sabrá.
—Vaya, qué mala suerte.
—Supongo que pensará que pude matarla yo. —Se quedó un momento callado con gesto compungido. Respiró hondo y continuó—: No tendría ninguna razón para hacerlo. Nunca tuve el menor problema con ella y nos queríamos de verdad. Aparte de eso, no solo era una clienta muy buena, sino que me recomendaba de vez en cuando a amigas suyas aquí, en Cee, y también en Coruña. Le puedo dar los nombres y las direcciones. Los tengo todos, naturalmente.
—¿Diseñaba usted sus muebles?
—¡No! Yo no diseño muebles. Soy decorador, no diseñador. Yo busco los muebles que recomiendo en revistas de moda, en establecimientos especializados, en ferias de decoración o en mis proveedores. A mis clientes les presento diversos modelos y combinaciones, les recomiendo esto o aquello, les propongo soluciones prácticas o decorativas no solo de muebles, también de telas, pinturas, plantas y otros muchos elementos decorativos.
—Comprendo —lo cortó Souto temiendo que se extendiera demasiado en detalles que no le interesaban en absoluto—. Dígame una cosa. En el salón principal de la casa de los Besteiro hay un escritorio grande, ¿sabe a qué me refiero?
—Sí, claro. Ese escritorio es muy bonito, por cierto, pero no se lo puse yo. Ya lo tenía doña Consuelo en la casa cuando conocí a su hija, hace cinco años. ¿Por qué me lo pregunta?
El cabo Souto no le contestó. Aun sin dejar de considerar a aquel hombre sospechoso, como a todas las personas del entorno de las víctimas, no encontró en él ninguno de los elementos característicos que, según su experiencia, marcaban con mayor o menor intensidad el comportamiento de los delincuentes. Parecía sincero, afectado y natural. De modo que no trató de acosarlo y le preguntó en un tono más relajado:
—En el caso de que no se tratara de un robo, lo que no está descartado ni mucho menos, con el resultado accidental de las dos muertes, ¿tiene usted idea o se le ha pasado por la cabeza alguna sobre quién podría querer matar a doña Consuelo y a su hija? Hable con sinceridad y sin miedo, por favor. No estoy grabando esta conversación ni constará en ningún sitio lo que diga; es solo por dejar libre el pensamiento, por suponer, por elucubrar.
Tras unos segundos de reflexión, Jesús Canido respondió:
—Es una pregunta muy dura la que me hace, cabo. Uno puede imaginar muchas cosas, puede pensar esto y aquello, pero soltarlo delante de la Guardia Civil es una barbaridad. Lo que uno pueda suponer o incluso desear no da derecho a acusar.
—¡Por supuesto, hombre! No me interprete mal. No le pregunto si sospecha de alguien en concreto. Es una pregunta genérica, rutinaria, que habrá escuchado mil veces en películas o habrá leído en novelas: ¿sabe usted de alguien que deseara la muerte de fulano?, ¿sabe si tenía algún enemigo?, etcétera. Compréndame, los investigadores tenemos que empezar a buscar por algún sitio. Las opiniones, aunque sean infundadas, de las personas que conocían a las víctimas son muy importantes. No son pruebas, claro, pero pueden dar pistas u orientar al investigador. Es en ese sentido en el que le hago la pregunta.
—Entonces, ¿descarta que haya sido un robo?
—No, no. Ya se lo he dicho. Esa hipótesis es de momento la principal. Solo que no puedo descartar ninguna otra y por eso le pregunto si se le ocurre que alguien pudiera estar interesado en esas muertes, si alguna vez Rosalía le hizo algún comentario, esas cosas.
—No —lo cortó sin dudarlo el decorador—. Ella nunca me dijo ni me insinuó nada. Yo puedo pensar lo que pienso, pero no se lo puedo decir a usted porque si todos dijésemos a la policía lo que pensamos de las personas que nos caen mal, sería el caos. Me comprende, ¿verdad? Usted también pensará en alguien, me imagino, pero no hará nada sin pruebas, supongo.
—Sí, claro. Pienso en alguien; en varias personas, realmente; también pudo haber sido alguien en quien no pienso. Por eso pregunto. —El cabo se quedó mirando a Canido un largo rato y le preguntó—: ¿Conoce usted personalmente a Marcelino García?
—Sí.
—Me refiero a si lo trata, si habla con él de vez en cuando.
—Sí. Coincidimos a veces cuando yo estaba trabajando en la decoración del chalé o del piso de Coruña.
—¿Qué piensa usted de él? ¿Qué le parece como persona?
—Hombre, cabo, no debería hacerme esa pregunta, sabiendo lo que sabe.
—¿Por qué?
—No me parece bien hablar de un hombre al que le estoy poniendo los cuernos, ¿no cree? No soy la persona más indicada.
—Pero tendrá usted una idea de cómo es ese señor, de la relación que tiene o tenía con su mujer, de cómo la trataba.
—Mire, cabo, no sé cómo quiere que se lo explique. —Canido se tomó un tiempo antes de seguir hablando—. Creo que no tengo derecho a comentar con nadie lo que sé de la vida privada de la que era mi amante. ¡Ningún derecho! Y, por otra parte, tampoco me parece decente hablar de su marido.
—Bueno, no se lo tome así, amigo. No me irá a decir, en cambio, que tenía derecho a acostarse con una mujer casada en la cama del matrimonio, cuando el marido no estaba, o que lo considera decente.
Jesús Canido se puso pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas. El cabo Souto se dio cuenta y no quiso abusar.
—Compréndame, Canido, ya sé que no tengo derecho a meterme en su vida privada y le ruego que me disculpe si lo he ofendido. Pero tampoco tengo por qué aguantar que me venga usted ahora con sermones sobre decencia. Estoy investigando un crimen y hago las preguntas que me parecen necesarias. Usted es la última persona que vio a una de las víctimas con vida, aparte del asesino; por eso, tengo razones para incluirlo en la lista de los sospechosos, y no en el último lugar, ¿sabe? Si le pido su opinión sobre el hombre al que, como acaba de decir, le estaba poniendo los cuernos, espero que me la dé y no se ande con remilgos morales. No es usted la persona más indicada para presumir de decencia en su situación. Necesito saber si Marcelino García tenía problemas personales con su mujer y de qué índole. Necesito saber si discutía con ella de temas económicos, si la amenazaba o la maltrataba, si hay alguna razón para investigar a fondo su relación. Usted debería de poder ayudarme en eso porque se supone que estará al corriente de los problemas que pudiera tener Rosalía Besteiro con su marido. Es lo que se llama colaborar con la Justicia. No le pido que me cuente sus intimidades, sino que me informe de aquello que pueda ser útil a la investigación. ¿Me explico?
—Sí. Se explica muy bien. Sin embargo, quisiera que me comprendiera. No estoy orgulloso de acostarme con una mujer casada: sé que es algo que no está bien, en principio. Pero me parece que hablar mal de su marido es una canallada. No encuentro otra palabra para expresarlo. No se trata de moral ni de decencia, se trata de algo que me repugna. Me parece que es como si yo intentara que lo condenaran por el asesinato de su mujer, cuando no tengo ningún argumento ni prueba para demostrar que tenga algo que ver. Una cosa es lo que a mí se me ocurra o lo que se me pase por la cabeza, incluso lo que desee, y otra es decirle a la policía que ese hombre me parece sospechoso, que se llevaba mal con su mujer o que discutía con ella de dinero. En las actuales circunstancias, eso sería alimentar la hoguera de las sospechas sin más razón que la de desearle lo peor. No me pida que lo haga, cabo. No puedo. Además de quitarle a su mujer.
—¡Vamos, hombre! No creo que usted le quitara a su mujer. ¿Acaso la sedujo? ¿O se la arrebató a base de suntuosos regalos, joyas y esas cosas? No, amigo mío; más bien me inclino a pensar que fue ella la que lo sedujo a usted, ¿o me equivoco?
Jesús Canido no contestó. El cabo Souto estaba incómodo porque, aunque comprendía los escrúpulos del decorador, no quería perder una fuente de información sin duda valiosa. Era consciente de que se movía en un terreno enfangado y de que aquel pobre diablo tenía motivos para que le remordiera la conciencia; no obstante, la idea de que aquellos escrúpulos no fueran sinceros adquiría más fuerza en sus razonamientos que su natural tendencia a creer en la bondad de las personas. Un joven liado con una hermosa mujer, casada, rica y que no tenía reparos en acostarse con ella en el dormitorio conyugal aprovechando la ausencia del marido, no merecía ninguna consideración especial a la hora de ser interrogado en una investigación criminal. No trataba de juzgar al decorador, sino que intentaba no dejarse influir por la tolerancia que pudiera inspirar su pasión amorosa.
Tras la insistencia del cabo con sus preguntas, Canido acabó por reconocer que, en el fondo, creía que Marcelino García había podido asesinar o hacer asesinar a su mujer, basándose en algunas confidencias de Rosalía.
Capítulo V
1
Estaba lloviendo cuando el detective Julio César Santos se levantó, hacia las diez de la mañana. Miró a través del ventanal de su gran dormitorio y vio los chorreones de agua en el cristal, que parecía la mampara de una ducha, y el color gris oscuro del mar, que se confundía con el cielo. «¡Vaya!, se dijo, no podré darme un paseo en motora por la ría». Como no quería atosigar a su amigo Pepe Souto ni podía salir con Marimar, que trabajaba en su gestoría hasta las seis de la tarde, se rascó la cabeza preguntándose qué podría hacer en todo el día. Mientras desayunaba y echaba un vistazo a La Voz de Galicia que Aurora, la cocinera, le trajo con la bandeja del desayuno, se acordó de su colega coruñesa, la detective Elena Castrillón, con quien había trabajado hacía ya algún tiempo y de la que guardaba un excelente recuerdo. Elena Castrillón había sido guardia civil y dejó el Cuerpo para montar una agencia de detectives con su padre, policía nacional ya jubilado. Era una mujer atractiva y del estilo de las que le gustaban a Santos, salvo que no parecía muy inclinada a relacionarse con hombres, según ella misma le confesó cuando él, como de costumbre, le tiró los tejos nada más conocerla.
La llamó por teléfono para preguntarle si podía invitarla a comer, ya que tenía un asunto entre manos en el que pensaba que podía ayudarlo. Quedaron en verse a la una y media en la cafetería de El Corte Inglés, en A Coruña, que era un lugar no muy lejano de la agencia de Castrillón, adonde a Santos le era fácil llegar y tenía aparcamiento.
Santos pensó que su colega podría seguramente proporcionarle información sobre la vida y milagros de Marcelino García, dado que, al parecer, era un personaje conocido en A Coruña. Salió de su finca poco antes de las doce y tomo la carretera de Carballo, que era el camino más corto, aunque solo tenía unos treinta kilómetros de autopista, ya al final. Conocía muy bien el itinerario, la carretera era buena y disfrutaba de aquel recorrido, inferior a los cien kilómetros, que era para él un agradable paseo por parajes boscosos y ondulados a través de una lluvia fina y de los bancos de niebla inherentes al paisaje gallego. A la una y veinticinco estaba sentado en la barra de la cafetería y la vio llegar. Elena Castrillón era alta, guapa, tenía un aspecto atlético y vestía con buen gusto. Ambos eran de la misma edad, en torno a los cuarenta años. Santos se levantó y le dio un par de besos. Algunas personas se volvieron a mirar porque la pareja destacaba en la mediocridad general por su estilo y buena pinta. Julio César Santos, que medía un metro noventa, también era guapo, tenía un pelo ondulado que empezaba a blanquear y estaba acostumbrado a llamar la atención.
—¡Cuéntame! —le dijo la detective—, ¿estás trabajando en algún asunto interesante?
—No exactamente. Estoy pasando unos días en mi casa de Vilarriba. Pero, no sé si lo sabrás, ha habido allí cerca un crimen bastante macabro y mi amigo el cabo Souto, ¿te acuerdas? —ella asintió con un gesto de la cabeza—, está metido de lleno. No me deja intervenir, como es lógico, ni siquiera a título particular…
—Pues claro que es lógico, César. ¿Cómo va a dejar la Guardia Civil intervenir a un paisano en una investigación? ¿Por qué quieres investigar?
—Porque me aburro. Está lloviendo, no puedo jugar al golf, no puedo pasear en motora por la ría, ¿qué quieres que haga? No he venido a Galicia para pasarme el día leyendo delante de la chimenea. Se trata de un caso interesante y he decidido investigar por mi cuenta, por eso te llamé. Voy a necesitar tu ayuda; me refiero a tu colaboración profesional, por supuesto.
—Bueno, a eso no voy a decirte que no: es así como me gano la vida. Cuéntame de qué va el tema.
Julio César Santos le expuso sucintamente lo ocurrido en Corcubión y le habló de Marcelino García Lameiro. Elena Castrillón lo conocía. No lo trataba, pero sabía quién era.
—¿Qué es exactamente lo quieres saber sobre él, César?
—Me gustaría saber, en primer lugar, si sus negocios, en general, van bien; si disfruta de crédito bancario; si tiene problemas con Hacienda o si hay motivos para sospechar que necesite urgentemente dinero, bien por deudas, bien por inversiones.
—¿Y en segundo lugar?
—He oído que, tanto él como su mujer tenían negocios de ocio, discotecas y clubes de alterne. Quisiera saber si se trata de negocios legales. Concretamente, en lo relativo a bares y clubes de alterne, hasta qué punto Marcelino García estaría involucrado en la prostitución controlada, la trata de mujeres traídas de América o de países del Este. Supongo que sabes a qué me refiero.
—Sí, claro.
—No sé si estaré dando palos de ciego; por eso, me gustaría conocer la vida y milagros de ese señor y ver si existen motivos para relacionarlo con el doble crimen del que te hablé.
—Ya veo. Es un tema muy serio, César. Para empezar, meter las narices en los negocios o actividades de alguien que sabes que está siendo investigado por la Guardia Civil como sospechoso de asesinato, es ya de por sí algo peliagudo.
—¿Por qué? —protestó Santos—. No pienses como guardia civil. Yo no investigo el crimen. Solo quiero saber a qué se dedica realmente una persona. Podría ser un encargo privado.
—Pero no lo es.
—No. Pero tú, tu agencia, no rechazaría ese tipo de investigación si alguien la contratara para ello, ¿verdad?
—Te veo venir. No es lo mismo contratarme para investigar una actividad u obtener unos datos, que hacerlo para investigar un crimen, que, en el fondo, es lo que pretendes.
—Exacto, Elena. Lo has cazado a la primera. ¡Tú no tienes que investigar ningún crimen! Solo te pido que me informes sobre las actividades de una persona y de unos locales que le pertenecen. Un trabajo ordinario para una agencia de detectives. ¿Qué más da lo que yo pretenda?
—Eso no te va a salir gratis, lo sabes.
—Naturalmente.
—¿Y estás dispuesto a gastarte el dinero en una investigación sin un cliente que te pague por ello? ¿Solo para no aburrirte?
—Cada uno se gasta el dinero en lo que le apetece, Elena. También me cuesta caro jugar al golf en los clubs gallegos sin ser socio.
—Esto te va a costar más.
—Cuando se me acabe el presupuesto, lo dejo. ¿Me ayudarás?
—Si, claro, ya te he dicho que es mi trabajo.
—Gracias. También te quiero pedir un favor, mejor dicho, un servicio complementario.
—Tú dirás.
—Quisiera que me dieras un pequeño informe sobre los principales bares de alterne y locales conocidos de prostitución de la provincia de La Coruña. No solo de los de García Lameiro, sino también de los que puedan funcionar con trata irregular de mujeres.
—No te aconsejo que metas las narices en ese tipo de negocios, César. Hay un cuerpo policial especializado que trabaja ese sector. Te van a descubrir en cuanto des el primer paso en falso. Es un mundo demasiado turbio, no sé cómo decirte…
—Algo he leído. Ya sé que la policía no siempre actúa como sería de esperar, si te refieres a eso…
—No es solo eso, César. Por supuesto que siempre hay algún policía que se deja comprar, pero hay más cosas. Hay mucho dinero, hay muchas dificultades para obtener denuncias de las propias mujeres explotadas, hay chantajes… No me metería en ese medio, aunque me pagaran cien veces mi tarifa. No sé si me explico.
—Solo intento echar un vistazo, lo que se suele decir: husmear. No creas que ese ambiente me atrae, todo lo contrario. Pero quizá hablando con unos y otros pueda enterarme de algo interesante, ¿no crees?
—Allá tú. Yo te puedo preparar un pequeño informe sobre los bares de copas de A Coruña y alrededores, y también darte una relación de los «clubs», por utilizar un eufemismo, de la provincia.
—Perfecto. Eso es exactamente lo que quería pedirte. ¿Me lo puedes enviar por E-mail?
—Claro.
2
El cabo José Souto fue a A Coruña a ver a su jefe, el capitán Corredoira, informarlo y pedirle permiso para hacer determinadas averiguaciones relativas al marido y yerno de las mujeres asesinadas. A las once de la mañana, acompañado por un agente de la comandancia, fue a ver a Marcelino García Lameiro a su despacho y, allí, le pidió echar un vistazo a su piso en la plaza de Pontevedra. A García no pareció hacerle mucha gracia la idea, pero accedió sin discutir y fueron al piso.
Se trataba de un primer piso, de unos doscientos cincuenta metros cuadrados, salón, comedor y cuatro dormitorios, dos cuartos de baño, y un cuarto de servicio junto a la cocina, con su propio aseo. Cuando llegaron, a media mañana, no había nadie. El cabo le preguntó por la muchacha y Marcelino García le contestó que, seguramente, habría salido a hacer la compra.
—Comprenda, cabo, que yo paro poco en casa y nunca vengo a comer. La chica, aunque tiene instrucciones sobre lo que ha de hacer, vive su vida. Solo la veo cuando llego por la tarde, más bien por la noche, a cenar, si es que vengo.
—Ya, es lógico —respondió Souto—, vive usted una vida casi de soltero.
—Sí. Desde que mi suegra se puso mala, vivo como un soltero durante la semana. Es cierto. Y ahora viviré como un viudo, desgraciadamente.
Souto le pidió a García Lameiro que le enseñara el piso y se interesó especialmente en las distancias entre el dormitorio principal y el cuarto del servicio, así como entre el recibidor, la puerta de la cocina y el pasillo, para comprobar las posibilidades de que alguien de la vivienda principal pudiera entrar o salir sin que se lo oyera desde la zona del servicio. Si la muchacha dormía en su cuarto con la puerta cerrada y la de la cocina, como es lógico, también lo estaba, cualquiera podía entrar y salir del piso sin que ella se enterara, a menos que diera un fuerte portazo. Por lo tanto, la coartada de Marcelino García era débil, en principio.
Cuando el cabo Souto hubo terminado su visita al piso, le pidió a García que le diera los datos de la muchacha y le indicara a qué hora del día sería fácil localizarla.
—La chica se llama Katy. Si quiere que le diga la verdad, no sé cómo se apellida. La contrató mi mujer. Actualmente, no tiene horario fijo porque, como le he dicho, yo no vengo más que a dormir. Ella pone sus lavadoras, plancha, hace la compra y limpia a su aire. Es probable que la mejor hora para localizarla sea la de comer o por la noche, a partir de las ocho o las nueve.
—¿Tiene su número de móvil?
—Pues no. Seguramente mi mujer lo tenía. Pero yo no lo tengo.
—Me sorprende, señor García. O sea que no puede usted dejarle un recado, o avisarla si tiene invitados o necesita algo especial.
—Comprendo que le parezca raro, pero hasta ahora no lo he necesitado. Mi mujer se encargaba de todo desde la aldea. Tendré que pedírselo cuando la vea. Ya le digo, es que casi nunca la veo durante el día. Apenas hablamos. De todos modos, cuando necesito dejarle un recado, la llamo a casa o le dejo una nota en la cocina.
—Deduzco, señor García, que no la tiene dada de alta en la Seguridad Social.
—Vamos, cabo Souto, no me venga con esas. ¿Quién da de alta a las empleadas de hogar?
—Pues la gente que hace las cosas como es debido. Comprendo que no dé de alta a una asistenta que viene cuatro o cinco horas a la semana y trabaja en otros sitios o en alguna empresa, pero una chica fija, lo normal es que esté dada de alta, ¿no cree?
—De acuerdo, tiene usted razón. Daré instrucciones en la empresa para que la den de alta sin falta. Se lo prometo. No crea que no quiera hacerlo, es que no había pensado en ello, sinceramente. Ya le he dicho que la contrató mi mujer.
—No le importará que me ponga en contacto con ella a lo largo del día de hoy, ya que estoy aquí, quisiera hablar con… ¿Katy, me dijo?
—Sí. Katy. Llame aquí, a casa. Seguro que a mediodía la encuentra porque viene a comer.
El cabo Souto le dio las gracias y se despidió. Cuando estuvo en la calle, le dijo a su compañero:
—¿Qué te parece?
—No sé qué decirte. Desde luego Katy no es un nombre muy corriente para una criada; más bien parece el de una camarera de puticlub —dijo, y se echó a reír.
—Tienes razón. Y hay otra cosa que me llama la atención. En el cuarto de baño del servicio, no había botes o frascos de los que suele haber en los cuartos de baño de las mujeres. Solo vi una pastilla de jabón y un vaso sin cepillo de dientes. ¿No te parece raro? Estuve a punto de abrir el armario del dormitorio de la criada, pero no quise dar la impresión de sospechar algo.
—A lo mejor la criada utiliza uno de los otros cuartos de baño, que son mejores.
—Más bien creo que ese hombre no tiene ninguna muchacha fija interna. Para un tipo que vive solo desde hace seis meses y que no aparece por su casa más que para dormir, con una asistenta que limpie una vez por semana y se ocupe de su ropa le sobra, ¿no crees?
—Entonces, ¿por qué dice que la tiene?
—Porque es una coartada bastante razonable. Si la muchacha declara que no salió de su casa la noche del crimen, nadie puede culparlo de nada.
—Pudo haber encargado el crimen a un profesional.
—Ya, pero eso es mucho más difícil aún de demostrar. Mira, si quieres, te puedes volver al puesto; yo voy a quedarme por aquí y esperar a ver si aparece esa tal Katy. Desde esa terraza veo el portal. Llamaré cada media hora, hasta que consiga hablar con ella. Si a la hora de comer no ha venido nadie, ya veré lo que hago.
—Me quedo contigo. El capitán me ha dicho que te acompañe y no tengo ninguna otra cosa que hacer. O sea que nos sentamos ahí a tomar una caña y esperamos. ¿Vale?
Souto miró el reloj. Eran las doce y cuarto. Se sentaron en la terraza de la cafetería Manhattan, que ocupa el centro de la plaza, frente al piso de Marcelino García, y pidieron unas cervezas. A la una y cuarto vieron el coche de Marcelino García pararse delante de la puerta del edificio. Se bajó una mujer relativamente joven con una bolsa deportiva, le hizo un gesto de despedida con la mano y entró en el portal. Los dos guardias se miraron con cara de interrogación. El cabo Souto sacó su libreta y tomó nota.
—¿Has visto? —le preguntó a su compañero.
—¡La famosa muchacha a la que nunca ve durante el día ni sabe su teléfono! —respondió el otro.
—El tío, seguramente, ha ido a buscar a una chica de alguno de sus bares de alterne y quiere hacerla pasar por su muchacha. Vamos a divertirnos un poco.
Pagaron la cuenta, cruzaron la calzada y llamaron al piso. Una voz femenina preguntó por el vídeo portero quiénes eran. Souto dijo un escueto «Guardia Civil» y sonó el zumbido de apertura del portal. Subieron al primer piso y llamaron de nuevo. La mujer tardó medio minuto en abrir. Los guardias se identificaron y ella los invitó a pasar.
Era una mujer de unos treinta y muchos años, bastante atractiva y con aspecto de cualquier cosa menos de empleada de hogar, a pesar de vestir discretamente, no estar maquillada y llevar zapatos de tacón bajo. Se la notaba algo nerviosa, pero el cabo Souto no le dio importancia a este hecho, ya que estaba acostumbrado a la actitud temerosa por parte de la mayoría de la gente cuando es interrogada por la policía.
—¿Es usted Katy? —preguntó Souto.
—Sí, señor. Me llamo Catalina Seoane. Pero me llaman Katy.
—¿Quiénes la llaman así? ¿Los clientes?
La mujer no pudo ocultar un gesto de sorpresa, más bien de miedo.
—¿Cómo dice?
—Bueno, quiero decir, la gente para la que trabaja, las señoras de las casas, ya me entiende.
—Pues, la verdad, nunca se me ocurrió llamar clientes a los señores. Yo, a don Marcelino, lo llamo jefe cuando hablo de él.
—Ya. Claro, el señor García es su jefe, supongo.
Souto le preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en casa de los García, de dónde era, qué familia tenía y dónde había trabajado antes. Katy se fue tranquilizando a medida que respondía a sus preguntas, que eran espaciadas porque Souto anotaba las respuestas en su libreta. En cuanto a sus anteriores trabajos, le pareció que la mujer traía preparada la respuesta, pues fue precisa y no dudó. Le dijo que había trabajado de camarera en un bar de copas de los señores y que don Marcelino le había propuesto trabajar en su casa.
—¿Cuándo fue eso?
—A primeros de junio. Yo le había comentado que estaba apurada de dinero porque me habían subido el alquiler del apartamento donde vivía y don Marcelino, que estaba contento conmigo, me ofreció la posibilidad de cambiar de trabajo y vivir interna en su casa, cuando se fue la muchacha que tenían antes. Doña Rosalía, que me conocía desde hacía tiempo, me contrató para atender a su marido. Ya sabe que ella se había ido a vivir al pueblo a cuidar de su madre. ¡Que desgracia! Pobres señoras.
Cuando la mujer terminó de dar todas las explicaciones, algunas no pedidas, Souto cambió de tema.
—¿Se acuerda usted de la noche en la que asesinaron a las señoras?
—Claro, ¡cómo no me voy a acordar!
—¿Por qué, pasó algo especial?
—No sé qué quiere decirme. ¿No le parece especial que asesinaran a la señora y a su madre?
—No es eso lo que le preguntaba. Le preguntaba si se acuerda de aquella noche porque hubiera ocurrido algo especial cuando usted se acostó o se levantó por la mañana, antes de enterarse del asesinato.
—No, no pasó nada, pero me acuerdo de la noche porque fue justo antes de la mañana siguiente, cuando me enteré de lo que había pasado. El señor me llamó desde su oficina para decírmelo y para decirme que se iba a Corcubión. Yo estaba empezando a hacer su cama cuando llamó.
—¿Podemos ir un momento a su cuarto, Katy?
—¿Al cuarto de servicio?
—Sí. Es donde duerme usted, ¿no?
—Sí, sí. Duermo ahí. ¿Quieren verlo ahora?
—¿Si no le importa?
La chica los llevó a la zona de servicio pasando por la cocina. El cabo Souto y su compañero echaron un vistazo al pequeño baño, que ya habían visto por la mañana, así como a la habitación. Sobre la cama, estaba la bolsa deportiva que había traído Katy, aún sin abrir. Souto hizo como que no la veía y miró con displicencia a su alrededor, como si no le interesara demasiado lo que había allí. Entreabrió la puerta del armario y vio varias perchas colgadas de una barra. Solo dos contenían ropa: una bata y un uniforme negro. No había ropa de vestir. Tampoco mostró interés el cabo. Cerró el armario sin decir nada y miró a su compañero, que puso cara de póquer.
—Está bien, Katy, no la molestaremos más. Bueno, sí, quería preguntarle algo importante. ¿Duerme usted con la puerta de este cuarto cerrada?
—No. Suelo dejarla entreabierta por si suena el teléfono o llaman a la puerta.
—Y la puerta de la cocina, ¿permanece también siempre abierta?
—Casi siempre. La puerta de la cocina que da al recibidor suele estar cerrada. El timbre suena dentro de la cocina, como el teléfono.
—Si alguien entra o sale de casa por la noche, ¿cree que lo oiría?
—Sí, supongo que sí, salvo que estuviera profundamente dormida. Pero, normalmente, sí. La puerta principal es una puerta blindada y hace bastante ruido.
Souto no consideró necesario preguntarle nada sobre la hora de llegada de Marcelino García la noche del crimen ni cuándo se había ido por la mañana porque le pareció evidente que ella estaría perfectamente aleccionada sobre lo que tenía que decir. Tampoco quiso preguntarle si, en caso de que el señor hubiera salido en mitad de la noche, ella lo habría oído salir y entrar. Fuera cual fuera la respuesta, no dejaba de ser una suposición poco útil que, en cambio, levantaría la liebre de sus sospechas. Eso, quería evitarlo. Sin embargo, antes de despedirse y marcharse, le pidió su número de móvil y, cuando ella se lo dio, él aprovechó para preguntarle:
—¿Cómo la localizó esta mañana don Marcelino?, porque hemos visto que ha venido en coche con él.
—Me encontró en el mercado —respondió sin dudar—. Cuando salí, vi que me estaba esperando en el coche. Me dijo que vendría la Guardia Civil a hablar conmigo y me trajo a casa.
Al cabo Souto, aquella respuesta preparada le sonó completamente falsa, pero no dijo nada. Se despidió, y ambos agentes se fueron dando una vuelta hasta donde habían dejado el coche.
—Supongo que te habrás dado cuenta —le dijo al compañero— de que todo este rollo de la muchacha suena a coña marinera. Marcelino García dice no tener el móvil de su empleada, pero la localiza en el mercado. Primera coña. ¿Has visto el aspecto de la mujer? ¿Te has fijado en sus manos? En el armario de su cuarto no hay ropa ni vestidos o abrigos, nada de nada. Y va a hacer la compra con una bolsa deportiva. ¿Qué te parece? No quise decir nada ni hacerle más preguntas para no levantar sospechas. Prefiero que García crea que soy tonto. Eso me permitirá ir reuniendo elementos suficientes para pillarlo en algún fallo más gordo.
—¿Crees que es el asesino?
—No llego tan lejos. Lo que no me creo es que esa chica sea su muchacha, ni siquiera que tenga una muchacha fija. Como mucho, tendrá una asistenta. Esa Katy tiene mucha más pinta de ser un ligue. No debe de ser fácil pedir esa clase de favores a una mujer, si no estás completamente seguro de su lealtad y consigues que se involucre. Aun así, es muy arriesgado porque, si rompes con ella y no has podido involucrarla en el crimen, te tiene cogido por los huevos. Cuando uno planea fríamente un asesinato como el que estamos investigando, no es normal que corra semejante tipo de riesgos.
—Bueno, entonces ¿qué? ¿Lo dejamos?
—Sí. Vamos a comer algo y luego informamos al capitán Corredoira. No quisiera volver demasiado tarde a Corcubión.
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