Читать книгу: «Perspectivas pragmáticas»

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ISBN Digital: 978-958-8939-74-2

Primera edición: Bogotá D.C., diciembre de 2010

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Contenido

Prólogo

El método pragmático en lingüística filosófica

El juego como paradigma para el estudio del lenguaje

El tercer paradigma. Las relaciones sociales lingüísticamente mediadas

Pragmática y política de la lengua

Normalización y diversidad lingüística. Por el uso menor de la lengua

Referencias

Prólogo

La obra que Carlos-Germán van der Linde y Sebastián Alejandro González nos entregan ahora es una visión muy interesante de la pragmática del lenguaje a la luz de la política. En efecto, la pragmática tiene como objeto buscar el significado del hablante a través del uso, y es allí donde se encuentran muchas intencionalidades que no surgen en los otros niveles de análisis. Asimismo, es donde se capta la injerencia social del lenguaje tan honda. Por eso lo han visto como fenómeno sociopolítico, lo cual hace al libro muy sugerente.

Esta parte social la encuentran los autores en la atención a las implicaciones socioculturales, campo en el que también entra la hermenéutica. Allí hay una intersección. Además, no se trata de establecer compartimentos estancos. La hermenéutica y la pragmática pueden coincidir en el tratamiento de los fenómenos lingüísticos.

En esta vertiente pragmática tiene mucho que ver Wittgenstein, a quien los autores dedican gran atención. También están Austin y Searle, con las ideas de locutivo, ilocutivo y perlocutivo. Lo que se pone de manifiesto con todo ello es la importancia del contexto, por ejemplo en algunas implicaciones conversacionales (Grice). Davidson, Rorty, Putnam y otros pragmatistas recientes ocupan la mayor parte de la discusión. Ésta ha cobrado mucha relevancia en la actualidad. Y lo más interesante de esto no son las intenciones de la comunicación, sino los efectos que se producen en ésta. Estos efectos surgen de los actos de habla.

Wittgenstein puso como paradigma de interacción lingüística el juego. Esto conlleva la noción de regla-de-juego (y sabemos la discusión que desató Wittgenstein sobre lo que es seguir una regla). Destaca, además, el estudio de la noción wittgensteiniana de paradigma. Y la arbitrariedad de las reglas gramaticales. En seguimiento de Apel, los autores van al paradigma lingüístico de la interacción social. Por eso la unidad significativa es el acto de habla (no la palabra ni la frase); y allí la noción de verdad como correspondencia se ve ampliada a la de cumplimiento de las intenciones comunicativas.

El habla, como algo contextualizado, tiene funciones específicas en la interacción social. Como señala Ducrot, siempre hay sobreentendidos y presupuestos. Por eso se tiene que atender a las circunstancias del acto de habla, y esto nos lleva a un análisis más profundo. Para responder a las disquisiciones de Deleuze y Guattari, viene muy a cuento la noción de polifonía, que proponen los autores.

Algo en lo que la pragmática y la hermenéutica coinciden es en la consideración del lenguaje en su uso social, en su contexto concreto. Es la conciencia de que siempre o casi siempre habrá vaguedad, y tiene que disminuirse con la atención a lo contextual. Muchos de los problemas cambiaron cuando se vieron desde la perspectiva contextual de la pragmática, por ejemplo el de la distinción entre describir y valorar, o el problema de la verdad, etc. No es que se deseche la clásica noción de verdad como correspondencia, sino que se encapsula en la de consenso (como tampoco se desecha la noción de verdad como coherencia, sino que queda absorbida por las otras dos y en conexión con ellas).

Actos de habla como el metafórico o poético adquieren otra modalidad ante esa luz nueva. Adquieren su sentido adecuado en el seno de una transacción social comunicativa. Es lo que los autores denominan evaluación política de los enunciados. Son actos sociales que participan en la interacción colectiva.

Ésta es la parte más filosófica del estudio que presentamos. En ella los autores buscan las funciones intersubjetivas del habla. Allí aparecen la normalización y la diversidad lingüística, las cuales se ven relacionadas con el trabajo y el mercado; metáforas muy útiles, pues hay una producción lingüística y una circulación de los productos lingüísticos (como ocurre en la economía). Tales productos tienen valor de uso y valor de cambio (siendo el de uso el más importante). Finalmente, todo se conecta con el reconocimiento y la legitimidad, nociones propias de la política, que aquí se aplican a la lingüística. Y es que los enunciados, además de ser comprendidos, tienen que ser aceptados y reconocidos, adquirir usos legítimos. Pero sabiendo que siempre hay una lengua menor o minoritaria, que es como un murmullo de la mayor en la que se inscribe.

Por todo esto, me parece que el libro de Carlos-Germán van der Linde y Sebastián Alejandro González contiene una reflexión muy valiosa sobre la pragmática del lenguaje que ha llevado a sus autores a hacer propuestas en torno al carácter social o político de nuestros actos de habla. Es, por tanto, muy oportuno y nos llena de gusto recibirlo.

Mauricio Beuchot

El método pragmático en lingüística filosófica

Creo, efectivamente, que el “giro pragmático” es la característica más distintiva del pensamiento de Wittgenstein, posterior al Tractatus, si bien no faltan en tal obra indicios que permiten detectar una cierta vacilación entre dos concepciones del lenguaje aparentemente diferenciables y contradictorias.

Camps

En este capítulo se presentará, de la mano de Marcela Bertuccelli (1996) y Victoria Camps (1976), un breve recorrido por algunas concepciones fundamentales de la pragmática; en especial, se expondrán los elementos constitutivos de la noción de uso de los autores y sus perspectivas. Pues es ésta la categoría que interesa para relacionar epistemológicamente a la pragmática lingüística con la concepción wittgensteiniana de juegos de lenguaje. Sostiene Betuccelli (1996, p. 71) que el concepto de “uso” lo asume la pragmática lingüística como criterio de identificación de las diversas concepciones y desarrollos de la pragmática. En consecuencia, ésta se entiende como la ciencia del lenguaje que se ocupa del origen y el uso de los signos. En sus últimos desarrollos, la pragmática ha prestado especial interés a los efectos que conlleva el uso de los signos sobre el comportamiento de los intérpretes.

Frente a la necesidad de plantear una posible teoría del uso lingüístico, varios estudiosos de la etnolingüística y sociolingüística han arrojado como resultado que los esquemas de uso nunca son uniformes y están en relación con la perspectiva etnográfica que se presenta con variaciones de sexo, clase social, relaciones de poder, etc. Y, por tanto, dependen de igual modo del crecimiento y del progreso de cada comunidad y del cambio individual.

En este marco, se ha asumido la lógica o interacción conversacional como un paradigma pragmático de las situaciones comunicativas efectivas. Para comprobar la pertinencia del paradigma conversacional se debe observar sus implicaciones en pro de una teoría del uso lingüístico que estudie no sólo los procesos inferenciales en los intercambios comunicativos contextualizados, sino y mejor aún, los resultados de las inferencias en las conversaciones, necesarias para que el discurrir comunicativo sea más eficaz e informativo. Lingüistas como Gumperz afirman que los conocimientos permiten la interlocución verbal entre individuos, pero que aún no están claros en los campos sociológicos, gramaticales ni psicológicos. Sin embargo, Bertuccelli (1996, p. 87) extrae del artículo de Gummperz de 1984, “Communicative competence revisited”, la capacidad inferencial, que “está regida por habilidades cognitivas que comparten muchas características con la competencia gramatical. Se trata de procesos de socialización que, una vez interiorizados, se emplean automáticamente sin que exista una reflexión consciente”. Un ejemplo de inferencia automática de corte social se encuentra en la siguiente historieta de Mafalda.


La perspectiva mentalista resulta insuficiente a la hora de dar explicaciones de los resultados en las inferencias posibles y válidas. No sobra decir que la lingüística de corte mentalista ha sido muy útil en diversas esferas de la discusión sobre el lenguaje, por ejemplo, para los procesos de adquisición de lengua, para los recursos de representación simbólica (entre esos, la representación verbal) del mundo exterior, entre otros. Pero a la hora de la comunicación en contextos concretos, como sucede con el ejemplo de Mafalda, se activan de forma mucho más inmediata y natural los dispositivos socioculturales, mejor estudiados por la sociolingüística y que la hermenéutica ha llamado horizonte cultural. Ahora bien, en este instante no se está tratando de crear celdas disciplinares cerradas e inconexas. Alguien puede alegar con toda validez que el aspecto cognitivo también forma parte del horizonte cultural de los hablantes; de la misma manera, se puede alegar que la dimensión sociocultural es parte de un conocimiento adquirido, aprendido y desarrollado en contextos intersubjetivos. Como lo ilustra Victoria Camps, sobre la base de los acuerdos de uso se producen las competencias, ya no reducidamente gramaticales, sino, al decir de Chomsky, “pragmáticas”.

En suma, cualquiera de los actos, que suelen acompañar al lenguaje puede sustituir[se] y adquirir el mismo significado. Así, también para un niño, el hecho de que le pongan una chaqueta, puede significar que “vamos a la calle”; o que le pongan un babero, lo mismo que “vamos a comer”. El lenguaje se inserta, pues, en una serie de costumbres y hábitos que no pueden ser violados sino con el riesgo de que las palabras se vuelvan incomprensibles. El que un lenguaje cumpla todas sus reglas de uso es lo que lo hace adecuado. El acuerdo tácito, la costumbre que regula la actividad lingüística, nos da la medida de su verdad. ”Entonces, ¿está usted diciendo que el acuerdo humano decide lo que es verdadero y lo que es falso?”. Lo que es verdadero o falso es lo que dicen los seres humanos; y se pone de acuerdo sobre ello en el lenguaje que usan. No se trata de un acuerdo de opiniones, sino de forma de vida”. El pasaje no es excesivamente claro; pero Wittgenstein parece querer decir que la pregunta por la verdad o la falsedad no se puede realizar desde fuera del lenguaje, como si poseyéramos un instrumento para medir hasta qué punto el lenguaje “pinta” los hechos. No hay otra medida que el lenguaje mismo y la forma de usarlo (Camps, 1976, pp. 126,127).

Otra perspectiva es la abonada por Chomsky (1999). En Aspectos de la teoría de la sintaxis, replantea y analiza la oposición entre “competencia-actuación”, sobre la base de una pragmática, que se entiende como parte integral del conocimiento de la lengua. Según la gramática generativa transformacional, el hablante de una lengua, conoce y posee en su interior la gramática de esta lengua y de igual manera conoce las condiciones para el uso apropiado de frases y objetivos frente a determinadas circunstancias sociales. He aquí la cuota de innatismo y mentalismo (representaciones mentales) que Chomsky hereda de Descartes. Es oportuno, entonces, atender a la distinción entre “competencia gramatical” y “competencia pragmática”, expuesta en Aspectos de la teoría de la sintaxis: la competencia gramatical hace referencia al conocimiento de la forma y del significado, mientras que la competencia pragmática al conocimiento de las condiciones y del modo de uso apropiado según los variados y cambiantes objetivos del hablante y también de conformidad con las institucionalizaciones del y para el habla. En resumen, competencia –en el primer sentido– es el conocimiento de la lengua (entendida como instrumento); en el segundo, es el conocimiento de las reglas de uso de la lengua.

Las implicaciones ampliamente reconocidas de la teoría generativas son (i) el mentalismo, cercano a una especie de cognitivismo, no fue superado plenamente; y la demostración más clara radica en que, en cada caso –gramatical o pragmático–,la competencia queda definida en términos de una estabilización de estados mentales; (ii) la elaboración de hablantes modelados, abstractos; (iii) la presuposición de estados ideales de lengua, (iv) la estandarización obtenida por las reglas que garantizan el cómputo y permiten los estados ideales, (v) las regularidades e idealizaciones asumieron por costo el sacrificio de las variaciones individuales en el plano del habla (y no de la lengua). Se entiende que (v) hace exactamente las veces del basurero de Frege, cuando éste dejó por fuera aspectos del significado como la acción lingüística, el implícito inferible y el contexto, por considerarlos “no pertinentes” para el estudio de la verdad. Y lo arrojado a la basura fue precisamente la materia del pragmatismo1.

Hymes usa una expresión muy bella para asegurarse el horizonte sociocultural en la producción e interpretación de sentidos: la comunicación se conquista con esfuerzo, con el sudor de la frente. Las indecisiones o incorrecciones también producidas en el uso verbal, despreciadas por Chomsky, forman parte de la riqueza performativa del lenguaje (el lapsus linguae o error al hablar es materia prima del psicoanálisis). Por supuesto, no se puede olvidar que el habla también es intencionada; por tanto, no es estándar ni plana. Técnicamente, se puede señalar que el habla supone grados de fuerza ilocucionaria (Moreno, 2000, pp. 355-356), que son marcas de dimensiones sociales y psicológicas que revelan una competencia distinta a las expuestas por Chomsky. Una rabieta de niño en el pasillo de golosinas de un supermercado no es explicable únicamente en términos de la corrección gramatical (competencia en el primer sentido), y si lo es en términos de competencia pragmática lo será en un nuevo y ampliado sentido de actuación. A esto último Hymes lo denomina “competencia comunicativa”, que semejante al principio de cooperación de Grice define como el saber de cuándo hablar y cuándo callar, qué decir, a quién, cómo y de qué modo. La competencia comunicativa también debe dar cuenta de actos de habla como la rabieta del niño, y para ello ha establecido (i) si es posible la formalización, y en qué medida, (ii) si el acto comunicativo es realizable con los medios de actuación disponibles, y en qué medida, (iii) si es apropiado al contenido en el que se usa y (iv) si se cumple, y en qué medida, lo que la actuación comporta (Bertuccelli, 1996, pp. 85-86).

La reivindicación de la actuación, después de su desprecio inaugurado por Chomsky, surge con Robin Lakoff y la “semántica generativa”. No hay que dejarse confundir por el nombre; la semántica generativa es una postura opuesta al generativismo sintáctico chomskiano, y en ella se reconocen dos corrientes: la canónica estadounidense y, especialmente, la lingüística cognitiva. La tensión de la semántica generativa lakoffiana con el generativismo sintáctico chomskiano hizo crisis con el problema de la gramaticalidad parcial o jerárquica de las expresiones lingüísticas, puesto que en su realización ellas no pueden dar la espalda, metodológicamente hablando, a los contenidos pragmáticos. Así las cosas, el estudio de los componentes pragmático y gramatical forman parte, por igual, de los objetivos de la lingüística. En este punto adherimos a la interpretación que Bertucelli hace de Lakoff: la gramaticalidad parcial o jerárquica es remplazada por los componentes pragmáticos fundamentales, por ejemplo, la emisión (Utterance2) abandona la estricta gramaticalidad y alcanza otras dimensiones extralingüísticas conocidas como información pragmática, escenario donde la emisión deja de considerarse como eso y se va a entender como enunciado. Bertuccelli (1996, p. 95) retoma los siguientes puntos de Lakoff:

a) Los asuntos del hablante acerca de su relación con el destinatario.

b) La situación concreta en la que se produce la interacción.

c) La medida en que se intenta modificar una o ambas de las condiciones anteriores3.

Estudiado el aspecto formal, Lakoff se detiene sobre la representación de los fenómenos pragmáticos en el interior de la gramática y acompañado por Gordon, en el artículo “Conversational postulates”, proponen “una integración de los principios de la conversación de Grice en el apartado formal de la semántica generativa e intentan mostrar en qué modo éstos pueden, así reformulados, explicar determinadas reglas gramaticales” (Bertuccelli, 1996, p. 96). Sin embargo, este análisis es de alguna manera débil al igual que la “hipótesis del performativo”, de J.R. Roos, que pretende la unión de la pragmática con la semántica; y que aqueja los mismos problemas de los verbos realizativos indirectos. Haciendo una evaluación de lo expuesto, se puede identificar que la lingüística filosófica se sitúa en el contexto de discusión entre competencia y actuación, donde cada una de las partes reclama la pragmática para sí, en el sentido de que la segunda la reclama como teoría del uso, es decir, precisamente, como actuación, y la primera, por su parte, la reclama como parte integral de una teoría de la competencia lingüística con respecto al hablante (lo psicológico en éste4).

La perspectiva de la “adaptabilidad del lenguaje”, de Verschueren (1987), parece decidirse por el aspecto de la actuación más que por el de la competencia. Según Verschueren, la competencia de la lengua consiste en escoger, de manera más o menos consciente, insumos tanto lingüísticos como extralingüísticos, y esto se refleja en todos los planos de la emisión lingüística, a saber, la fonética, la morfología, la sintaxis, el léxico y la semántica. En este sentido, Victoria Camps (1976) recuerda:

Aunque la actividad humana sea una actividad sometida a un orden y a unas reglas, la actuación no es simplemente aplicación de las reglas […]. La actuación lingüística supone una “forma de vida” inexplicable, que no admite ya más razonamientos. (p. 150).

La adaptabilidad del lenguaje no es un tema de competencias porque no se trata de comportamientos mecánicos del tipo estímulo-respuesta. Todo lo contrario, justamente la plasticidad del lenguaje dada las circunstancias particulares y, sobre todo, contextuales, es una prueba de actuación: adaptar el discurso según se dirija a un tipo u otro de auditorio. Asimismo, según los factores ilocucionarios, a saber, deseos, anhelos, imposiciones, interrogaciones, etc., y las respuestas obtenidas por parte de los interlocutores, y sus propias elecciones, demuestran la dinámica o fuerza como funcionan las lenguas. En consonancia con Habermas, el concepto de uso lingüístico, según la perspectiva de la actuación, implica un esfuerzo de cooperación entre los actores. “El diálogo es pues, desde la perspectiva pragmática, un carácter estructurante del lenguaje” (Bertuccelli, 1996, p. 110). En el diálogo se plasman o reflejan las posibilidades expresivas de los hablantes en el flujo conversacional que se da en una comunidad social e históricamente determinada. Se hace referencia aquí a las diversas comunidades de interpretación, es decir, de los diversos conjuntos humanos que participan de alguno o algunos juegos de lenguaje. Esto quiere decir que existe un mundo público al cual referirse, y se hace por medio de un lenguaje igualmente público, históricamente situado. Al reflejarse las posibilidades expresivas de los actores se tiene el presupuesto de unas convenciones de doble dimensión: social y lingüística.


En la ilustración (Bertuccelli, 1996, p. 111) se observa que el mundo físico y las relaciones sociales envuelven las actuaciones lingüísticas y en cierta forma las condiciona, pues las elecciones lingüísticas serán unas en determinados contextos (por ejemplo, una fiesta o en un estadio de fútbol) y otras en distintas situaciones (por ejemplo, dando un pésame o en un iglesia). El lenguaje se adapta rápida y recursivamente a esos diversos escenarios. “Las posibilidades y elecciones de adaptación son importantes para los contenidos proposicionales y su articulación formal, el tipo de acto lingüístico, la organización retórica del discurso, el nivel de formalidad, el estilo locutivo, el código, el canal y el sistema semiótico” (Betuccelli, 1996, p. 112). Este enfoque termina sosteniendo que los componentes sociales y lingüísticos no se encuentran en oposición, pues las relaciones sociales son susceptibles de traducirse al lenguaje, es decir, existen marcas en la lengua que dan cuenta de ello, y viceversa, las elecciones lingüísticas son conductas correspondientes a determinados comportamientos sociales, que las determinan (piénsese en conceptualizaciones a propósito de eso como “la lógica de la cortesía y los honoríficos”, “la teoría de la pertinencia”, entre otras).

La exposición ha tenido por propósito presentar el pragmatismo como “filosofía de la lengua” y no del lenguaje. La lengua es la realización verbal del lenguaje, y la realización particular de la lengua se conoce como habla, he aquí la clásica diferencia saussuriana entre lengua (langue) y habla (parole). No obstante, se debe aclarar que el lenguaje no se reduce a la lengua, pues existen concreciones no verbales del lenguaje, tales como la pintura, la escultura, la arquitectura, etc. La lengua es objeto de estudio propio de la lingüística más que de la filosofía, y el lenguaje como objeto de estudio es de interés para la filosofía del lenguaje, aunque se debe reconocer que la filosofía analítica lo ha entendido en abstracto, por ejemplo, el lenguaje de la notación lógica. Tener por objeto de estudio el “uso” permitió alcanzar la sistemática combinación de uno propio de la lingüística como es la lengua, con la perspectiva de trabajo de la analítica del lenguaje, ofreciendo así una filosofía de la lengua, que se ha estado denominando pragmatismo lingüístico-filosófico.

Todo lo presentado hasta antes del último párrafo el lector lo vinculaba con la vertiente de la lingüística filosófica de Morris, y con esto vienen a cuento los antecedentes en James, Mead y Dewey (incluso, arriesga Bertuccelli, en Peirce). Por su puesto, posee la licencia para pensarlo, y para esperar que los siguientes capítulos tomaran esa ruta. Sin embargo, nosotros saldremos de los terrenos seguros donde la tradición garantiza una senda teórica, con el fin de aventurarnos a vincular un pragmatismo y una metodología lingüístico-filosófica con Ludwig Wittgenstein. Por supuesto, se trata de caminos inhóspitos, pero igualmente sugerentes. El punto de partida radica en el método, básicamente en el nuevo modo de hacer filosofía del segundo Wittgenstein. En este marco metodológico, Rorty (Critchley et al., 1998, p. 40) coincide con Verschueren (1987, p. 107) en que la plasticidad o adaptabilidad del lenguaje supera la perspectiva binaria, y el “nuevo modo de hacer filosofía” de Wittgenstein hace del basurero de Frege algo mucho más rico que su semántica lógica:

El pragmatismo comienza a partir del naturalismo darwiniano –a partir de una concepción de los seres humanos como productos fortuitos de la evolución–. Este punto de partida lleva a los pragmáticos a desconfiar de las grandes oposiciones binarias de la metafísica occidental, tal como lo hacen Heidegger y Derrida […]. Cuando se llega al lenguaje, los pragmáticos consideran que el último Wittgenstein, Quine y Davidson se han desembarazado de los modos fregeanos, duales, de pensar que dominaban el TLP [Tractatus] y la primera filosofía analítica (Critchley et al., 1998, p. 40).

Aceptar esta afirmación es comprometerse con una hipótesis como “en la filosofía madura de Wittgenstein está presente una orientación epistemológica relacionada con el pragmatismo lingüístico-filosófico”. Precisamente ese es el reto que afrontará el siguiente capítulo.

Los juegos de lenguaje vistos desde pragmática lingüístico-filosófica

Wittgenstein plantea los juegos de lenguaje (Sprachspiele) como una crítica que realiza de sí mismo. Su autocrítica teje una revisión de la concepción del lenguaje consignada en su primer libro, el Tractatus (1922), donde consideró que existía algo así como el lenguaje, que en buena medida está sustentado en una concepción referencialista del significado: el estado de cosas es a la proposición, como el objeto es a la palabra, donde el significado de ésta deviene gracias a la correlación con aquél. La refutación a esta concepción la efectúa el mismo autor en Investigaciones filosóficas:

Hace cuatro años tuve ocasión de volver a leer mi primer libro y de explicar sus pensamientos. Entonces me pareció de repente que debía publicar juntos esos viejos pensamientos y los nuevos: que éstos sólo podían recibir su correcta iluminación con el contraste y en el transfondo de mi viejo modo de pensar (1986, p. 13).

No obstante, aquí se sostiene que una revisión de lo anterior conduce a postular la presencia de juegos de lenguaje en sus obras precedentes, las que fueron reconstruidas a partir de los cursos dictados en Cambridge durante la década de los treinta. La historia del concepto es el punto de partida de este capítulo y para ello se volverá sobre los libros: Gramática filosófica, Observaciones filosóficas y Cuadernos azul y marrón. Una vez hecha la revisión genética de los juegos de lenguaje y después de demostrar el propósito pragmático expuesto en la producción del treinta, nuestra investigación se dirige a las obras del pensamiento maduro, a saber, Investigaciones filosóficas, Sobre la certeza y Zettel, con el fin de establecer la versión definitiva de no sólo del concepto sino además del método. ¿Qué se pretende con esta revisión? Constituir los conceptos de “juego de lenguaje” y “forma de vida” como los pilares del nuevo modo de hacer filosofía de Wittgenstein: el giro copernicano en lingüística filosófica. Apropiándonos de la metáfora terapéutica de Wittgenstein y Gellner, conceptos como posición de juego, juego de lenguaje y forma de vida son el instrumental quirúrgico de la profilaxis que practica la filosofía del lenguaje: “Los problemas filosóficos están conectados íntimamente con el lenguaje y de una u otra forma provienen de él.” A partir de entonces se entiende que “la lingüística filosófica se conciba no simplemente como una terapia o eutanasia, sino también como profilaxis contra un peligro necesariamente presente en todo momento5” (Gellner, 1960, p. 19, 20).

La literatura crítica sobre el vienés ha establecido dos etapas (antagónicas) dentro de su pensamiento. En general se habla del primer Wittgenstein, el del Tractatus, y del segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones filosóficas. Si bien es cierto que existe un antagonismo en estas dos fases de su pensamiento, también es cierto que hubo un fenómeno editorial de fondo para remarcar esto, a saber, que la mayoría de su obra se conoce póstumamente, y, por un par de décadas, las únicas obras publicadas –y por ende estudiadas– fueron las que acabamos de mencionar. La queja que aquí se eleva es la de haber descuidado la llamada etapa de transición, que no está compuesta únicamente por los Cuadernos azul y marrón; a esta década pertenecen libros tan importantes como la Gramática filosófica, Observaciones filosóficas y los Cursos de Cambridge. Atendiendo a estos cursos, se comprende que el antagonismo mencionado no es tal; a todas luces resulta mejor replantear las cosas según un giro de pensamiento. Giro que está estructuralmente relacionado con la adopción de un nuevo método de investigación:

No nos interesa la relación de las palabras con la sensación, no importa cuál pueda ser ésta, ya sea que resulten evocadas por ella o le den una salida. Tampoco nos interesan los hechos empíricos sobre el lenguaje considerados como tales. Nuestra preocupación se centra en la descripción de lo que pasa y no nos interesa la verdad, sino la forma de la descripción. Lo que pasa considerado como un juego (1992: § 30).

Con el giro cualitativo que ofrece Wittgenstein se pretende dejar de pen sar que existe algo –en una especie de más allá– conocido como lenguaje, que es un retrato (Bild), pero no uno cualquiera, pues al corresponderse con contenidos, como lo son los estados de cosas, se lo toma como un bosquejo de otra instancia que igualmente se encuentra en un más allá, al que se le llama mundo. Destituir una concepción tal, que no es otra distinta a la expuesta en el Tractatus, tiene implicaciones como que se desplace la noción de fundamento como algo que se encuentra más allá, y al estar al otro lado (no se sabe cuál), deviene fundamento trascendental, esto es, locus veritatis. La cuestión fundamental para el giro cualitativo es que ni ese más allá de los hechos empíricos como verificación del lenguaje, ni los valores de verdad fundamentados en ellos, interesan a la nueva metodología de investigación. Esta corrección la denominó el propio Wittgenstein “terapéutica”, y esta visión, según Moore (1972), es única; tanto así que en las memorias de los cursos dictados por el vienés en su regreso a Cambridge, Moore (1972) deja constancia de una ruptura con respecto a la tradición filosófica y señala el nuevo método como un “nuevo tema”:

Me quedé bastante sorprendido por algunas de las cosas que dijo sobre la diferencia entre “filosofía”, en el sentido en que se podía llamar “filosofía” a lo que estaba haciendo (a esto lo llamaba “filosofía moderna”) y lo que tradicionalmente se ha llamado “filosofía”. Dijo que lo que estaba haciendo era un “nuevo tema” y no simplemente un estadio de un “desarrollo continuo”; que en filosofía había un “rizo” en el “desarrollo del pensamiento humano” comparable a lo que había ocurrido cuando Galileo y sus contemporáneos inventaron la dinámica; que se había descubierto un “nuevo método”, como había ocurrido cuando la “química se había desarrollado a partir de la alquimia” y que ahora era posible por primera vez que hubiese filósofos “diestros”, aunque naturalmente en el pasado había habido “grandes” filósofos.

Llegó a decir que aunque ahora la filosofía había quedado “reducida a una cuestión de destreza”, con toda esta destreza, como tantas otras, es muy difícil de adquirir. Una dificultad es que requiere un tipo de pensamiento al que no estamos acostumbrados y en el que no estamos entrenados; un tipo de pensamiento muy distinto del que se requiere en las ciencias. Dijo que la destreza requerida no se podía adquirir simplemente oyendo conferencias: la discusión era esencial. Por lo que respecta a su propia obra dijo que no importaba que sus resultados fuesen verdad o no: lo importante es que “se había encontrado un método” (pp. 368-369).

El método de Wittgenstein es el método pragmático, donde las nociones objeto de análisis son ellas mismas posiciones de juego: “Las palabras son también acciones” (1986, §549). Tanto así que la estrategia de los juegos de lenguaje, de alguna forma, dictamina el método de la pragmática: “Queremos sustituir las conjeturas y las explicaciones turbulentas por la consideración reposada de los hechos lingüísticos” (1985: §447). Ahora bien, la pregunta es: ¿hay un único modo de aplicar las categorías epistemológicas de Wittgenstein? Su método enseña por principio que no existe una única forma de trabajar con las categorías analíticas. En otras palabras, no existe la manera correcta de hacer uso de esas categorías, infiriéndose entonces que cualquier otra forma tendría que ser forzosamente incorrecta. Otro modo de exponer este mismo asunto es afirmar que la diferencia en la aplicación de las categorías, cual utensilios de una caja de herramientas, es justamente lo que determinará el método, obteniendo así un recurso pragmático dentro del pragmatismo.

El método de Wittgenstein es el método del análisis gramati cal en uso. Justamente, una concepción semejante ubica a una categoría como juego de lenguaje en el horizonte del pragmatismo: el hecho que las palabras sean asumidas como acciones quiere decir que las palabras son posiciones de juego (Spielstellung) en sí mismas. “Las palabras son acciones” parece querer decir que el significado de las palabras surge en su uso, en su aplicación; es en la práctica lingüística donde las palabras adquieren sentido pertinente (véase más adelante cuando expongo el caso de “ball”, p. 57). En este punto, nos atrevemos a sostener que Wittgenstein ha asumido, premeditadamente o no, el problema de la performatividad al considerar que hablar es actuar.

Wittgenstein dice simplemente que “no hay un método filosófico, aunque hay en verdad métodos, como diferentes terapias” (1986, §133). Lo que esto implica es que el tratamiento de un problema filosófico no puede ser me cánico, aplicando tal o cual fórmula, como si los pasos estuvieran dados de antemano y no se tratara más que de seguirlos, como quien sigue un instructivo de operaciones. De hecho, afirma Tomasini (2002), puede demostrarse que debajo de la etiqueta del “método wittgensteiniano”, lo que se encuentra es una multiplicidad asombrosa de estrategias y de técni cas filosóficas, de modo que “hay, desde luego, un enfoque particular, una perspectiva peculiar, pero no mecanismos simples.” (2002, p. 391). Tomasini, en “Pragmática y análisis gramatical”, lo interpreta como una “iniciación” en diversos juegos de lenguaje –semejante a los primitivos juegos de lenguaje descritos constantemente por el vienés a lo largo de todas sus obras. Hablar es la demostración de haberse “iniciado” en una forma de vida, precisamente en esa que ha sido verbalizada en tal o cual juego; por eso Tomasini considera que

para las Investigaciones filosóficas hablar es básica o primordialmente actuar. Aprender a hablar es iniciarse en diversos juegos de len guaje y esto último es, simultáneamente, aprender a tomar parte en las respectivas formas de vida. La idea es que aprender a hablar es apren der a actuar “normalmente”, es decir, espontáneamente en un nuevo dominio: el de los sistemas regulados de signos. En este sentido, apren der a hablar es como aprender a caminar, a masticar, a voltear la cabe za, etc. Es, pues, algo que podemos hacer de manera normal, directa, espontánea o, por razones especiales, con parsimonia, solemnemente, pomposamente o, más en general, de un modo cualificado por algún adverbio. El hablante normal se conduce en relación con las palabras como se conduce el señor normal que en la mañana pone a hervir el agua para un huevo, se pone los calcetines o se rasca la espalda. Dicho de otro modo, el hablante normal teoriza en torno a la comunicación tanto como el respetable señor normal teoriza en relación con las ac ciones mencionadas, o sea, nada. Si actuar de manera natural es preci samente estar en el nivel previo al de la teorización y hablar es una forma de actuar (es actuar vía signos), ¿no resulta entonces sencillamente inapropiado buscar una explicación del hablar? Si reconocemos que hay efectivamente un nivel de reacciones espontáneas, ¿no es en tonces lo más desencaminado teorizar al respecto, buscar una teoría para lo espontáneo? Así, pues, abandonar la teoría de la espontaneidad en relación con el habla implica abandonarla en relación con la acción, puesto que hablar no es sino una variante o modalidad de la acción humana. El requerimiento de modelos explicativos para la comunica ción normal, cotidiana, es, pues, tan indispensable o tan superfluo como lo es para la acción humana (Dascal, 1999, p. 236).

Tomasini abre las puertas a la interpretación posfilosófica planteada por Rorty sobre la filosofía wittgensteiniana. Si se acepta la idea de Tomasini como una interpretación aceptable del pensamiento wittgensteiniano, se debe aceptar la postura posfilosófica de Rorty, en la que una vez eliminada las pretensiones referencialistas o representacionistas de la filosofía, queda eliminada la pretensión de verdad en sentido trascendental. Luego no existen juegos de lenguaje mejores que otros, y con ello no hay mejores explicaciones que otras, pues el fundamento metafísico queda reducido a un sistema de creencias que darán validez a las proposiciones. En última consecuencia, se tiene que, en el lenguaje corriente, no existirá algo semejante a modelos explicativos mejor logrados, pues, coincidiendo con la idea de Tomasini, en la vida cotidiana esto carece de interés. Aunque Putnam (1999) no está muy de acuerdo con Rorty en esta lectura, por lo menos sí le reconoce el pluralismo pragmático:

Si bien la interpretación de Rorty no es demasiado justa, al menos logra recoger con claridad una característica genuina de la posición de Wittgenstein. Este hereda y amplía lo que anteriormente he llamado el pluralismo de Kant: la idea de que ningún juego de lenguaje amerita el derecho exclu sivo de ser considerado “verdadero”, o “racional”, o “nues tro sistema conceptual de primera categoría”, o el siste ma que “describe la naturaleza última de la realidad”, o cualquier otro término de ese tipo. Wittgenstein, por así decirlo, reúne en un solo compromiso a Rorty y a Quine: se manifiesta de acuerdo con Rorty, contra Quine, sobre el hecho de que no se puede decir que los juegos de lenguaje científicos son los únicos en los que se afirman o se escriben premisas verdaderas o en los que se describe la realidad; pero, por otro lado, se declara de acuerdo con Quine, contra Rorty, sobre el hecho de que los juegos de lenguaje pueden ser criticados (o “combatidos”) y de que existen juegos de lenguaje mejores y peores [esto último es la insistencia de Putnam contra Rorty]. (pp. 59-60).

El pluralismo que tanto atrae a Rorty y a Putnam parece estar fundamentado en los siguientes pasajes de Sobre la certeza cuando se cuestiona la física como el locus veritatis, el modelo explicativo mejor logrado por sobre cualquier otro. Pero, ¿qué hay de malo con eso? Nada, si las personas que los aceptan lo hacen con “buenas razones”, así como tampoco hay nada de malo para aquellas otras que no lo aceptan por “buenas razones”:

§ 609. Supongamos que encontramos algunas personas que no lo consideran una razón excluyente [guiar la conducta por las proposiciones del físico]. ¿Cómo nos lo deberíamos imaginar? En lugar del físico, consultan al oráculo. (Es por eso que los consideramos primitivos). ¿Es incorrecto que consulten al oráculo y se dejen guiar por él? —Si decimos que es “incorrecto”, ¿no partimos de nuestro juego de lenguaje para combatir el suyo?

§ 611. …lo que se enfrenta realmente son dos principios irreconciliables, sus partidarios se declaran mutuamente locos y herejes.

La discusión que se presenta aquí es, finalmente, el debate a favor del pragmatismo, contra el representacionismo. Con este propósito Rorty (1996b) se apoya en Roy Wood Sellars, quien considera que la pro blemática representacionalista tradicional de la relación de lengua je (entendido como retrato) con el mundo (la totalidad de estados de cosas que se encuentran en ese más allá) se disuelve al identificar que las oraciones proposicionales pretendidamente objetuales, científicas o semantistas, i.e., las del tipo Tarski-Carnap, no enuncian relaciones entre elementos lingüís ticos y extralingüísticos6. Y esto es una falla, pues Wittgenstein en su pensamiento maduro deja en claro que los juegos de lenguaje son entramados de lenguaje y prácticas sociales. Según Rorty, Sellars explica su concepción de la no ción de verdad a partir de las teorías de la enunciabilidad con fundamento en la práctica social; donde la condición de verdad de cualquier proposición radica en su posibilidad de enunciación, es decir, que sea enunciable correc tamente. Aquí “correctamente” quiere decir conforme con las reglas gramaticales. Sin embargo, continúa Rorty, Sellars no suspende ahí su reflexión, se hace más radical al proponer que una proposición puede ser enunciable sin ser verdadera7.

Al igual que Davidson, Sellars sostiene que no se debe hablar de la verdad como una correspondencia con los hechos, por tanto “verdadero” significa la ratificación (endorsement) de que un enunciado es un caso de conocimiento y brinda hechos sobre sus objetos que habla, es decir, el enunciado que predica lo verdadero es en sí mismo conocimiento. De esto se sigue que ratificar un enunciado como verdadero es observarlo como un logro cognoscitivo. En la lectura que Lewowicz (2007) hace de Sellars se lee que

tomar un enunciado como verdadero es observarlo en tanto realización, logro y hasta como un descubrimiento que expresa un estado de cosas objetivo en términos de hechos descriptivos sobre aquél. El conocimiento, las teorías científicas, las representaciones, etc., no corresponden a los hechos o al estado de cosas de lo real, sólo los expresan o comunican.

La correspondencia no puede ser entendida como un test que ofrece las garantías y seguridades epistemológicas para asegurar la verdad, por el contrario se trata, a lo sumo, de una implicación contextual (contextual linkage) dada en el principio de enunciabilidad, pues ante todo la enunciación de lo verdadero es una atribución lingüística, es decir, una ratificación de un enunciado cognitivo. El poder enunciar equivale a endosar lingüísticamente el conocimiento sobre un algo que es susceptible de ser cognoscible: “afirmar que una declaración es verdadera es endosarle lo predicado. Una declaración podría parecerse a un cheque, es una petición de dinero en un banco. Endosando el cheque, declaramos la petición8” (Sellars, 1959, p. 234). A juicio de Lewowicz, la pregunta clave que plantea Sellars es: ¿por qué se ha visto a la correspondencia como un examen o evaluación y no como una implicación o consecuencia de otros procesos y realizaciones? En esta pregunta se ve que Sellars coincide con Davidson en que no se trata de negar la correspondencia sino de ubicarla en su justo lugar, de modo que Sellars determina que la verdad implica correspondencia, pero ésta no es una prueba de verdad:

Podemos decir que la verdad corresponde a los hechos sólo en el sentido de que ella involucra la aceptación del contenido fáctico del enunciado de conocimiento y, en consecuencia, el predicado “verdadero” implica la clase de logro (o correspondencia) que el conocimiento reclama (en otras palabras, sólo en un sentido, de nuevo, vicario) (Lewowicz, 2007).

Tras analizar la verdad como enunciabilidad de S, Sellars prosigue examinando la cuestión de qué sucede cuando cambian las propias reglas semánticas, cuando tenemos un cambio de “mar co”. Éste es el punto en el que introduce su noción de “adecuación de representación imaginal”9. Por otra parte, Davidson, en oposición a la representación imaginal de Sellars, da un paso más lejos y propone una “teoría de la coherencia”, donde sólo la evidencia puede volver verdaderas las creencias, y entiéndase que aquí la evidencia no es otra cosa que nuevas creencias frente a la experiencia, la estimulación sensorial o el mundo:

Davidson desea describir la distinción entre enuncia bilidad y verdad sin referencia a reglas semánticas o sistemas con ceptuales. Considera que estas nociones son divisiones arbitrarias de un proceso inconsútil e interminable de tejer y volver a tejer en tramados de creencias, un proceso inconsútil de criterios de enun ciabilidad en transformación. Así pues, para él no hay manera de construir una noción de enunciabilidad “ideal” con la cual identificar la verdad, ni es necesario preocuparse por la diferencia entre no sotros y los hombres de Neanderthal, o entre nosotros y los marcia nos. Según esta concepción, verdad y enunciabilidad no tienen nada que ver la una con la otra. La verdad no es el nombre de una propie dad, y en particular de la propiedad de relación que vincula un enunciado con el mundo o con un conjunto de reglas semánticas como las que sigue un ser omnisciente. Las atribuciones de verdad han de tratarse como referencia inversa o, en términos más generales, ana fóricamente (Rorty, 1996b, pp. 210-211).

En palabras de Davidson, los sistemas conceptuales o esquemas o lenguajes constituyen distintas formas en que se puede organizar lo afirmado en la experiencia, es decir, existen diversos sistemas de enunciabilidad. Según esta concepción, no habría punto de vista alguno desde el cual pudiéramos inspeccionar tales esquemas ni, probablemente, modo alguno de compararlos o evaluarlos en general; a menos que se entienda por la “adecuación de representación imaginal” el hecho de que distintas mentes o culturas reconstruyen de formas diversas el flujo de la experiencia, es decir, en términos de Wittgenstein, se entiende que las diversas formas de vida son acomodamientos aprendidos e institucionalizados por un grupo que verbaliza su realidad. Partiendo de este punto, Davidson (1992) afirma en “El mito de lo subjetivo”:

Dos hablantes que “entienden lo mismo” ante una expresión no necesitan tener en común más que sus disposiciones para una conducta verbal apropiada; sus estructuras neurológicas pueden ser muy diferentes. Dicho a la inversa: dos hablantes pueden ser semejantes en todos los aspectos físicos relevantes y, sin embargo, entender cosas distintas ante las mismas palabras debido a diferencias en las situaciones externas en que las aprendieron. Así, pues, en la medida en que se concibe lo subjetivo o lo mental como algo que sobreviene a las características propias de una persona, y nada más, los significados no pueden ser puramente subjetivos o mentales. Como lo expresó Hilary Putnam, “los significados no están en la cabeza” [Putnam, The Meaning of “Meaning”, en Philosophical Papers, vol 2: Mind, Language and Reality. Cambridge UP, 1975]. La cuestión estriba en que la interpretación correcta de lo que un hablante quiere decir no está determinada únicamente por lo que hay en su cabeza, sino que depende también de la historia natural de lo que hay en la cabeza [esto es el realismo de Davidson, que él mismo declara distinto del de Putnam]. (p. 59).

Otra diferencia entre Sellars y Davidson es que para el segundo su propuesta de “coherencia” (que como ya se dijo está en relación con la correspondencia) sí resulta ser un test veritativo, mientras que para el primero la correspondencia no puede ser en modo alguno un test válido. Ahora bien, la noción de coherencia aportada por Davidson se halla estrechamente ligada con la de “creencia”, donde creencia no tiene un horizonte de fe o teológico, sino uno sociopragmático, y en otro sentido las creencias se encuentran en conexión con la epistemología. El postulado epistemológico expresado por Davidson en A coherence theory of truth and knowledge es el siguiente: Donde las creencias son verdaderas, parece que las condiciones primarias del conocimiento han sido satisfechas (Davidson, 1992, p. 73).

Este postulado no implica que todo conjunto posible de creencias sea verdadero. Para que lo sea es necesario satisfacer la condición de coherencia, que no es otra distinta al hecho de que es verdadero para alguien, porque ese alguien entiende determinado conjunto creencias, y se supone que ese conjunto de creencias es entendible, porque es coherente. Pero coherente no quiere decir encerrado en sí mismo, sino que es coherente con otros conjuntos de creencias, sean éstos deseos, intenciones, estados de conciencia, etc.:

Si la coherencia es una prueba de la verdad, la conexión con la epistemología es directa, ya que tenemos razones para pensar que muchas de nuestras creencias son coherentes con muchas otras, lo que a su vez nos proporciona razones para pensar que muchas de nuestras creencias son verdaderas (Davidson, 1992, p. 73).

La presunción de verdad es el resumen de presupuesto “la coherencia es la razón para pensar que muchas creencias son verdaderas”. Se habla de una presunción porque no se puede afirmar categóricamente para todos y cada uno de los conjuntos de creencias que son verdaderos. Ahora bien, y en relación con los términos de la coherencia se tiene que la verdad de toda creencia depende de dos instancias interconectadas; pero antes de mencionarlas debo advertir que en este preciso momento se entiende por creencia la verbalización de los deseos, intenciones, estados de conciencia, etc., que conforman los conjuntos de creencias. Ahora sí, la verdad de las emisiones (utterances) depende de (i) el significado de las palabras que fueron pronunciadas y (ii) el modo y disposición de los estados de cosas sobre los que se habla. Nótese en este punto que de fondo la noción de verdad que concibe Davidson está sostenida sobre el principio de correspondencia: “La verdad es correspondencia con el modo en que son las cosas” (Davidson, 1992, p. 77). No obstante, el “modo en que son las cosas” no es la adecuación del mundo a los esquemas mentales o conceptuales de los hablantes. Esto implicaría la existencia del mundo exterior, por un lado, y las realizaciones lingüísticas, por el otro, lo que a lo sumo lograrían una relación analógica, de espejo, pero no un entramado entre ellos (Wittgenstein, 1986: §7), es decir, un sistema de creencias, una visión de mundo (Weltanschauung).

Todas las creencias están justificadas en el siguiente sentido: están apoyadas por muchas otras creencias (pues en otro caso no serían las creencias que son) y gozan de una presunción de verdad. La presunción aumenta cuanto más amplio e importante sea el cuerpo de creencias con el que la creencia en cuestión es coherente, y al no haber cosa tal como una creencia aislada, no hay creencia alguna sin una presunción en su favor (Davidson, 1992, p. 96).

Denuncia Davidson, y acepta Rorty, que esquema/mundo sería aceptar la posibilidad de salir del lenguaje para predicar el mundo, o no siendo tan avezados, se afirma que por lo menos implicaría que el lenguaje gravita por fuera del mundo, del mundo de la vida. Lo que resulta inaceptable para el pragmatismo, para la naturaleza misma del lenguaje corriente. Por eso Davidson acepta las palabras de Rorty (1983) en La filosofía y el espejo de la naturaleza: “Nada cuenta como justificación salvo por referencia a lo que ya aceptamos, y no hay forma de salir de nuestras creencias y lenguaje para hallar alguna otra prueba que no sea la coherencia” (p. 178). Estas palabras reafirman la concepción de que, por ejemplo, en el “asentimiento inducido” de Quine, un destinatario asiente a su interlocutor porque en esas preferencias ve lo que él mismo cree acerca del mundo, es decir, se interpreta según un horizonte de creencias, a partir de una forma de vida, y no desde una posición “privilegiada” por fuera del mundo.

Luego se presenta una coherencia entre dos conjuntos de creencias, el del emisor y el destinatario, con respecto a una cosa o un referente o una forma de percibir del mundo: “Desde luego, no podemos salir de nuestra piel para descubrir lo que causa los acontecimientos internos de los que tenemos conciencia” (Davidson, 1992, p. 83). En última instancia, esta forma de enfocar el lenguaje evi ta hipostasiarlo. El paso dado por Davidson es la conclusión de ese dictado wittgensteiniano que pedía que el lenguaje no caminara en el vacío. El lenguaje ya no es más ese tercer término medial entre el sujeto y la cosa, y menos aún un pictograma de la realidad. Como diría el poeta Hölderlin, el lenguaje es la morada del hombre, lo que implica, según el holandés van Dijk, que el lenguaje es parte de la conducta de los seres humanos, del homo loquens. Según este enfoque, la actividad de proferir oraciones es una de las cosas que la gente hace para habérselas intersubjetivamente con los otros, idea que en últimas no es en absoluto nueva, Grice, Austin, Searle y Habermas, entre otros, han insistido en ella. “Intersubjetivamente” parece ser la demostración que en efecto el lenguaje no camina en el vacío, pues él se encarna en los homo loquens, los que al hablar tienen la intención de tales o cuales cosas. “La intención de…” también puede entenderse como la “fuerza para…” hacer algo cuando se dice algo. El lenguaje está cargado de fuerza ilocucionaria,

Expresé que realizar un acto en este nuevo sentido era realizar a cabo un acto “ilocucionario”. Esto es, llevar a cabo un acto al decir algo. Me referiré a la doctrina de los distintos tipos de función del lenguaje que aquí no ocupa, llamándola doctrina de las “fuerzas ilocucionarias” (Austin, 1998, p. 144).

El hecho de que el lenguaje sea intersubjetivo quiere decir que es motivado, tiene intención, y espera algo, un efecto, un acto perlocucionario, además para que la intención se cumpla, se debe comunicar según ciertas convenciones, es decir, en un marco de acuerdos comunicativos. No obstante, la descripción del lenguaje corriente no puede detenerse aquí, puesto que al poseer intencionalidad y al estar a la saga de reacciones perlocucionarias, el lenguaje se hace moral, político, jurídico, ético, etc. Afirmar que el uso mismo del lenguaje conlleve implicaciones éticas, es una propuesta interpretativa de cosas como: “Hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida” (Wittgenstein, 1986, §23). (Por tanto, es insostenible la primera mirada wittgensteiniana del Tractatus, cuando se entiende al lenguaje como un retrato rígido y “monológico” –como diría Taylor, 1997). Me voy a apoyar en la metáfora wittgensteiniana de la caja de herramientas, para presentar mi interpretación.

En esta investigación se comulga abiertamente con una concepción como la expuesta en Investigaciones filosóficas, donde el lenguaje es visto como una caja de herramientas: “Piensa en las herramientas de una caja de herramientas: hay un martillo, unas tenazas, una sierra, un destornillador, una regla, un tarro de cola, cola, clavos y tornillos. Tan diversas como las funciones de estos objetos son las funciones de las palabras (y hay semejanzas aquí y allí)” (Wittgenstein, 1986, §11). La variedad de funciones, de “empleos” dice Wittgenstein (1986, §11), se debe justamente a la intencionalidad subjetiva o intersubjetiva de los actos comunicativos: la ironía, la parodia, el humor, el doble sentido, la mentira, las hipérboles, las metáforas, los sobreentendidos, las elisiones, el discurso indirecto libre, incluso los silencios, entre otros muchos casos, hacen parte de los distintas y variadas funciones (actos ilocucionarios) del lenguaje. Esta plasticidad del lenguaje la ilustra Wittgenstein (1986, §12) con las palancas de una locomotora:

Es como cuando miramos la cabina de una locomotora: hay allí manubrios que parecen todos más o menos iguales. (Esto es comprensible puesto que todos ellos deben ser asidos con la mano10). Pero uno es el manubrio de un cigüeñal que puede graduarse de modo continuo (regula la apertura de una válvula); otro es el manubrio de un conmutador que sólo tiene dos posiciones efectivas: está abierto o cerrado; un tercero es el mango de una palanca de frenado: cuanto más fuerte se tira, más fuerte frena; un cuarto es un manubrio de una bomba: sólo funciona mientras uno lo mueve de acá para allá.

La variedad de empleos que tienen las palabras, se ha dicho, tiene o corresponden a una fuerza ilocucionaria que en últimas tiene por finalidad una reacción, respuesta, alteración, modificación, o como quiera llamársele. En todo caso, consciente o inconscientemente, Wittgenstein está anticipándose a lo acuñado por Austin como perlocucionario. Wittgenstein se anticipa a este acierto del anglosajón a través del desarrollo que continuó abonando a su metáfora de la caja de herramientas; por favor, recuérdese la cita sobre la caja de herramientas (Wittgenstein, 1986: §11) y añádansele los siguientes pasajes, el primero de comienzos de la década del treinta, el segundo corresponde a los cuarentas:

Piensen en las palabras como instrumentos caracterizados por su uso y piensen entonces en el uso de un martillo, el uso de un escoplo, el uso de una escuadra, de un bote de cola y de la cola. (Es más, todo lo que aquí decimos no puede ser comprendido más que si se comprende que con las frases de nuestro lenguaje se juega una gran variedad de juegos: dar y obedecer órdenes; hacer preguntas y contestarlas; describir un acontecimiento; contar una historia imaginaria; contar un chiste; describir una experiencia inmediata; hacer conjeturas científicas; saludar a alguien, etc., etc.). (Wittgenstein, 1984, pp. 101-102).

Imagínate que alguien dijese: “Todas las herramientas sirven para modificar algo. Así, el martillo la posición del clavo, la sierra la forma de la tabla, etc.” –¿Y qué modifican la regla, el tarro de cola, los clavos? –”Nuestro conocimiento de la longitud de una cosa, la temperatura de la cola y la solidez de la caja” (Wittgenstein, 1986: §14).

Por último, en la construcción de esta metáfora, Wittgenstein se cuestiona qué se gana al hacer este tipo de asimilaciones, a saber, (i) palabras análogas a herramientas y (ii) las herramientas producen modificaciones, que, por definición, forzosamente deben también causar las palabras. (ii) Es una obligación que se da a partir de la analogía en (i). Nosotros sostenemos que lo ganado por medio de la asimilación palabra-herramienta es justamente el aspecto ético del lenguaje. Las modificaciones producidas con las palabras-herramientas implican al otro (destinatario) que es afectado con la acción lingüística del sujeto enunciante. Al otro se le puede afectar positivamente con expresiones como “¡Bravo!”, “¡Viva!”, ¡Hurra!”; o negativamente con “¡Buhhh!”. Pero incluso la misma expresión “¡Bravo!”, puede ser perjudicial cuando es proferida para motivar a alguien con el fin de que haga el ridículo. En este instante no se reconoce al otro como un intersujeto ubicado en la misma jerarquía del emisor, sino que se le instrumentaliza. Esto puede percibirse ya en el trabajo de Wittgenstein de 1932, donde se hallan los principios para una interpretación semejante; no obstante, la interpretación aquí presentada se aleja de la dirección psicologizante que le quiere imprimir el filósofo:

Las oraciones que enunciamos tienen un propósito definido, deben producir efectos particulares. Son partes de un mecanismo, tal vez un mecanismo psicológico, y las palabras de las oraciones son también partes de ese mecanismo (palancas, engranajes, etc.). El ejemplo que parece explicar lo que aquí estamos pensando es un aparato automático de música, una pianola. Contiene un cilindro, rodillos, etc., sobre los cuales se encuentra escrita la pieza de música en algún tipo de notación (posición de perforaciones, clavijas, etc.). Es como si estos signos escritos dieran órdenes que luego fueran ejecutadas por las teclas y los martillos (1992: §33).

La idea citada continúa hacia una dirección bastante interesante y es la conocida teoría austiniana de los actos realizativos felices o infortunados; a partir de lo que Wittgenstein va a deducir que el sentido de los enunciados debe hallarse especialmente en el propósito, en la fuerza ilocucionaria. La performativa que trae consigo el hecho de producir enunciados, no se satisface en el hecho simple y llano de articular sonidos. Para considerar que el acto se ha llevado a cabo, exitosamente, es necesario atender a otra serie de circunstancias extralingüísticas, v.gr., que los agentes de los enunciados sean los autorizados (quien bautiza sea un padre), que estén diciendo la verdad (que sinceramente se piense en pagar la apuesta), que el contexto sea el acorde (no responder “sí, juro”, a la entrada del teatro cuando se está solicitando el tiquete de entrada), etc. Ya que además de la emisión, es necesario que ésta se lleve a cabo bajo las circunstancias apropiadas para que logre su realización (performatividad, performance), y así alcance el estatus de enunciación. Austin muestra las condiciones o factores necesarios para que sea de esa forma. Para comenzar afirma que es necesario que el enunciado se haga a través de una emisión que puede ser “afortunada” (happy) o “desafortunada” (unhappy) según se cumplan o no las condiciones necesarias para su realización. Dichas condiciones son:

A.1) Tiene que haber un procedimiento convencional aceptado, que incluya la emisión de ciertas palabras por parte de ciertas personas en ciertas circunstancias. Además,

A.2) en un caso dado, las personas y circunstancias particulares deben ser las apropiadas.

B.1) El procedimiento debe llevarse a cabo por todos los participantes en forma correcta, y

B.2) en todos los pasos.

C.1) Quienes participan deben tener en los hechos los pensamientos o sentimientos que dicen poseer; o deben estar animados por el propósito de conducirse de la manera adecuada, y, además,

C.2) tienen que comportarse efectivamente así en su oportunidad (Austin, 1998, p. 56)

En concordancia con estas condiciones, el acto lingüístico llega a ser afortunado o no. Así, los infortunios (infelicities) se pueden entender como aquellos casos en que una emisión lingüística resulta desafortunada cuando “algo sale mal” en el realizativo, donde uno o más de aquellos factores no se cumplen satisfactoriamente y, por lo tanto, el acto es un fracaso. Los infortunios pueden darse por varios motivos u omisiones en cuanto a las condiciones mencionadas, de modo que sea necesario explicar y nominar estos casos11.

La noción de infortunio no se limita a los realizativos, tiene un alcance mayor, en especial en los actos convencionales (conventional acts), en los actos que poseen el carácter general de ser rituales o ceremoniales. Además de ser aplicado a los actos convencionales y a los realizativos, la noción de infortunio puede ser también utilizada o extendida a los enunciados que manifiestan la existencia de algo que no existe, lo que resultaría nulo o falso. También es necesario tener en cuenta que, como al emitir realizativos que están efectuando acciones, las acciones lingüísticas (speech acts) están expuestas a toda la gama de deficiencias a las que se supeditan las acciones en general. Además de las deficiencias que pueden tener los realizativos como acciones, están las deficiencias que pueden tener como emisiones. Se le suma a esta reflexión sobre el infortunio, el caso en que se produzca una “mala comprensión” (misunderstandings), para lo cual es necesario que exista alguien que escuche el realizativo y que ese alguien entienda, o no, aquello que se le quiere comunicar.

La forma en que Wittgenstein vincula la teoría austiniana de los realizativos felices o infortunados es a través de la insistencia de la metáfora de las herramientas; ahora aplicada a la pianola, por lo que permite sin dificultades dar continuidad a la plasticidad del lenguaje. Por otro lado, se intenta demostrar el horizonte resolutivo de la analogía herramientas-palabras. El autor mismo está afirmando que las palabras, y en rigor las emisiones, al igual que las herramientas comporten el propósito de modificar “algo”; un “algo” que en el plano lingüístico debe entenderse como producción de efectos particulares en el interlocutor. Por ejemplo, Wittgenstein advierte que no es suficiente con comprender el uso de una palabra para considerar que se comprende su propósito, ya que “con “propósito” nos referimos aquí al papel que [la] palabra juega en la vida humana” (1992: §32).

Atendiendo a este aspecto en particular del uso del lenguaje, surgen las conocidas éticas del discurso, las máximas comunicativas, las retóricas clásicas y modernas, los postulados acerca de la otredad y el intersujeto, en fin, toda la gama de teorías de la acción comunicativa. Finalmente, el lenguaje no sólo es una herramienta para modificar al interlocutor (acción perlocucionaria, o en sentido negativo, acción estratégica), sin que a su vez modifique al productor de sentido, es decir, el locutor también es susceptible de afectación a través del discurso. El hombre al ser un homo loquens es un sujeto semiótico inmerso en el signo discursivo, por lo tanto no existe hombre alguno que sea inmune a sus efectos. Además, el que llegara a existir un persona semejante sería la demostración de que el lenguaje es una herramienta exterior, ajena, exógena, al hombre mismo; cuando el lenguaje le es intrínseco. Por estas razones, Rorty realiza una salvedad que resulta absolutamente pertinente en estos momentos:

Debemos cuidarnos de no parafrasear esta analogía de modo que sugiera que se puede separar la herramienta, El Lenguaje, de sus usuarios, e inquirir su “adecuación” para lograr nuestros propósi tos. Al hacer esto último presuponemos que hay algún modo de exi liarse del lenguaje para compararlo con alguna otra cosa. Pero en modo alguno se puede pensar sobre el mundo o sobre nuestros propósitos sin emplear nuestro lenguaje. Uno puede usar el lenguaje para criticar lo o para ampliarlo…, pero no puede ver el lenguajeen-su-conjunto en relación con alguna otra cosa a la que se aplica o para la cual es un medio con vistas a un fin (Rorty, 1996a, pp. 25-26).

El lenguaje no discurre al margen del hombre: justamente el que el hombre sea un sujeto socio-semiótico quiere decir que se constituye plenamente en ser humano, gracias a la incorporación a un lenguaje. El homo loquens es un sujeto que se halla embebido dentro del juego lingüístico, que ha aceptado sus reglas y aprovecha y disfruta de sus usos, esto es, le saca partido a su plasticidad. Todo hablante también es un creador de lengua. Por lo tanto, aceptar que los juegos de lenguaje son palabras entramadas con acciones, es aceptar que Austin comulga con el vienés cuando afirma que hablar es mucho más que proferir cadenas sonoras, es producir actos. La condición performativa, y ya no constatativa del lenguaje humano, posibilita hacer cosas con palabras. Este sentido pragmático en que se están entendiendo el juego de lenguaje y el acto de habla, es el que devela las prácticas y convenciones sociales; puesto que, recordemos, los hombres concuerdan en el lenguaje. Hablar es indisociable de las prácticas, intenciones y reglas sociales, por lo tanto, al hablar se da cuenta de la forma de vida de una comunidad. En este marco e inspirada en el vienés, Victoria Camps (1976, p. 31) afirma que la perspectiva pragmática tiene por objeto los modos de actuar y comportarse, que se realizan por medio del lenguaje y que generan una serie de actos de habla:

El estudio del lenguaje se convierte entonces en estudio de la actuación lingüística del hombre, del manejo de un instrumento por parte de unos individuos cuyas situaciones no son nunca idénticas, cuya historia y carácter ofrecen particularidades que inevitablemente se reflejan en su modo de hablar (Camps, 1976, pp. 29).

En este marco, Dascal (1999, p. 29) propone que “las acciones lingüísti cas tienen por objetivo normal servir de vehículo a las intenciones comunicativas”. Así las cosas, la pragmática llega a ser no sólo lingüística (al estudiar las estrategias lingüísticas comunicativas, a la manera como lo hizo Austin en su clasificación de verbos realizativos), ni filosófica (al describir los campos semánticos y contenidos de pensamientos que se transmiten en los usos del lenguaje, a la manera del artículo Der Gedanke, de Frege), sino también ética (porque, como dice Austin, los actos de habla se producen y entienden cuando hay convenciones, y existen convenciones porque, según Searle, ellas provienen de las normas, y finalmente, porque se puede hacer del lenguaje un instrumento para desconocer al otro o, al contrario, para interactuar con ese otro como con un par, empleando así una razón dialógica y generando una ética comunicativa).

Notas al pie

1 No deja de sorprender que Chomsky haya producido (v) cuando conocía los postulados de Hymes (1972, 1974).

2 Utterance fue traducido por Carrió y Rabossi como “expresión” (la versión castellana de How to do Things with Words, en la editorial Tecnos); no obstante, Alfonso García Suárez prefiere traducir utterance por “emisión”, pues considera que “expresión” es un mejor traducción de phrase, esto es, la diferencia entre phrase y utterance es que la primera no es una oración propiamente dicha, phrase se acerca a la noción de sintagma. Utterance, por su parte, ya es un unidad completa en sí misma, tanto así que Suárez deja el título de “Emisiones realizativas” para su traducción de las primeras conferencias de How to do Things with Words, que aparece en La búsqueda del significado (Valdés –edit.–, 1991).

3 La autora continúa su exposición afirmando que Lakoff tiene por base dos reglas: “1. Sea claro y 2. Sea cortés; la segunda de ellas prevalece sobre la primera y se articula en las reglas 1. No te impongas. 2. Ofrece alternativas. 3. Contribuye al bienestar de tu interlocutor –sé amigable-–” (Bertuccelli, p. 95).

4 Sin embargo, queda claro que dentro de la naturaleza de la lingüística filosófica no se halla la perspectiva psicologizante, que también fue rechazada por Husserl, y que Apel y Habermas critican tanto al segundo Searle, y por supuesto también deja por fuera Wittgenstein (1992: § 64), cuando dice que los pensamientos no son perlas dentro de un cofre (=mente) y que la vela un misterio.

5 “Philosophic problems are intimately connected with language and somehow emanate from it.” “Linguistic Philosophy is conceived not merely as a therapy or euthanasia, but also as prophylaxis, and as a prophylaxis against a necessarily ever-present danger.” (Traducción libre mía).

6 Por ejemplo, el carácter “desentrecomillador” de la convención T de Tarski, según ésta, una teoría de la verdad sobre un lenguaje formal tiene la forma “P” es verdadera en L (el lenguaje formal), si y sólo si, P, y “si y sólo si” quiere decir en últimas que P es una oración cualquiera de L. ello se debe a que la teoría de la verdad se formula tomando como metalenguaje el mismo lenguaje que ella tiene por objetos de estudio. En otras palabras, el esquema de la definición de Tarski para la explicación tiene la estructura “El enunciado ‘p’ es verdadero si y sólo si p”. Tómese el siguiente caso: “El enunciado ‘el gato está sobre el sofá’ es verdadero si y sólo si el gato está sobre el sofá”. No obstante, Apel cuestiona ¿cuál es el caso que afirma que el gato se halla sobre el sofá? Es decir, ¿cuándo se da efectivamente el caso para la proposición “el gato se halla sobre el sofá? Este cuestionamiento, de base, pregunta por “condiciones comprobables” en que se puede afirmar que tal, y no cual, es el caso. A estos cuestionamientos, cree Apel, “Wittgenstein y Tarski deberían responder: precisamente esto no lo podemos describir sin repetir la oración proposicional, en la que se describe el hecho como tal. La representación del mundo por medio del lenguaje –más exactamente en este caso por medio de oraciones proposicionales– es precisamente irrebasable. En ello se muestra el primado metodológico del a priori del lenguaje (Apel, 2002, pp. 101). O sea, el carácter desentrecomillador del lenguaje se produce según el principio a priori del lenguaje.

7 Como puede apreciarse, el concepto de verdad es susceptible de nuevas concepciones. “Para aclarar cómo es semejante concepto de verdad, piénsese en la diferencia entre las maneras en que Sellars y Davidson abordan la conocida idea antipragmatista de que Sellars distingue dos sentidos en que esta idea es válida. Uno es que existe una distinción entre enunciabilidad desde el punto de vista de un usuario individual finito de un sistema conceptual y enunciabilidad desde el punto de vista de un usuario omnisciente. El omnisciente Juan sólo realiza enunciados correctos, porque tiene toda la información adicional que las reglas le exigen antes de abrir la boca. El finito Samuel, en cambio, ve justificados sus enunciados incorrectos por su falta de suficiente mundo y tiem po. Así pues, la verdad ha de definirse como enunciabilidad por S, enunciabilidad por Juan, en vez de por enunciabilidad ordinaria por usted, yo o Samuel. El segundo sentido en el que esta tesis anti pragmatista es sólida es que Juan, a pesar de su omnisciencia, pue de estar utilizando un conjunto de reglas semánticas de segundo or den. Por ejemplo, puede ser un Neanderthal o un aristotélico. Así, sus afirmaciones, aunque correctas según su criterio, siguen siendo —tenderíamos a decir los modernos— falsas. Esto es lo que Sellars desea destacar en la representación imaginal como rasgo diferente de la verdad, para permitir enunciabilidades S cada vez mejores” (Rorty, 1996b, p. 210).

8 “To say that a statement is true is to endorse it. A statement, it would seem, is like a check. It is a claim for money in the bank. In endorsing the check, we assert the claim” (traducción libre mía).

9 La representación imaginal es la dimensión extra que relaciona las prácticas sociales (el nomos) con algo que va más allá de ellas (la Physis). En síntesis, la representación imaginal es la resistencia a los marcos conceptuales basados en la figuratividad retrato-mundo; en una palabra, representacionismo. Se trata de una resistencia al representacionismo residual de la distinción kantiana entre analíticos y sintéticos, resistencia a la obligación de adecuar los juegos de lenguaje (históricamente dados) al mundo, a su referente denotativo.

10 Esta intromisión que hace el propio autor, a través del paréntesis, está en sintonía con parte del parágrafo anterior cuando habla de la aparente uniformidad del lenguaje (uniformidad que podemos interpretar como debida a esa concepción pictórica del Tractatus), pero que en realidad es difícil de retener a la hora de observar sus diversos empleos: “Ciertamente, lo que nos desconcierta es la uniformidad de sus apariencias cuando las palabras nos son dichas o las encontramos escritas o impresas. Pero su empleo [Verwendung] no se nos presenta tan claramente” (1986, §11).

11 Austin diferencia tres casos o momentos en que se pueden dar los infortunios que corresponden a las letras A, B, C. Cuando se transgreden los apartados A y B se denominan desaciertos (misfires) y se da cuando se emite la fórmula de forma incorrecta o cuando sobre quien recae el acto no es el adecuado. De esta forma es un acto intentado pero nulo (void). Por otro lado, están los abusos (abuses) que son la trasgresión de los apartados del tipo C, y es cuando el acto es llevado a cabo, pero las circunstancias en que se llevaron a cabo son insinceras de manera que constituye un abuso del procedimiento. De esta forma es un acto pretendido pero hueco (hollow). Las subdivisiones correspondientes a cada caso se resumen en el esquema de Austin (1998: 59) sobre los infortunios.

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9789588939742
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