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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

Cielos de plomo

© Carlos Bassas del Rey, 2021

© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Diseño de cubierta: lookatcia.com

Imágenes de cubierta: Arcangel Images / lookatcia

ISBN: 978-84-9139-588-1

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Dramatis personae

Prefacio

Primera parte. Barcelona, febrero de 1843

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

Segunda parte. Barcelona, marzo de 1843

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

Tercera parte. La Habana, abril de 1843

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

Epílogo

Nota del autor: Cielos de plomo

A mi padre,

el mejor juglar de Barcelona

[…] que nadie cante victoria a destiempo,

porque el vientre de donde surgió la bestia inmunda

todavía es fecundo.

BERTOLD BRECHT

Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, […] pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.

ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles

[…] que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita.

GEORGE ELIOT (Mary Ann Evans)

Dramatis personae

MIQUEL EXPÓSITO: huérfano, miembro de la Tinya, organización criminal formada por abandonados, desamparados e incluseros que opera en las calles de Barcelona.

VÍCTOR: huérfano, miembro de la Tinya. Es el mejor amigo de Miquel. Fue su padrino para entrar en la organización.

ANDREU VILA: gacetillero, sobrevive de escribir novelas por entregas y relatos de cordel, además del intercambio de información y otros favores.

DON PEDRO MATA I FONTANET: médico, periodista, novelista y político. Diputado a Cortes y secretario general de Gobernación.

DON PEDRO FELIPE MONLAU I ROCA: médico, higienista, político y periodista. Significado defensor del derribo de las murallas de Barcelona.

ALBERTO FOSC: antiguo estudiante del Real Colegio de Cirugía. Torturador a sueldo de la Capitanía General de Cataluña. Asesino.

SALVADOR: huérfano, sargento de la Tinya. Es el superior directo de Miquel en la organización.

ENRIC: hermano de Andreu Vila.

CISCU: huérfano, sargento de la Tinya del Distrito III.

SEÑORA AMÀLIA: viuda, dueña del hostal en el que vive Andreu Vila y que acogerá a Miquel bajo su techo.

JERÓNIMO VALDÉS: militar y político español. Ejerce como gobernador y capitán general de Cuba durante la regencia de Espartero.


Plano de la ciudad de Barcelona, 1840

Prefacio

Barcelona, 1877

Desconozco más cosas de las que sé en este mundo.

No sé cuándo nací.

No sé el nombre que me puso mi madre, si llegó a elegir uno mientras me cargaba en el vientre, a gritarlo mientras me alumbraba.

No llegué a conocerla.

Tampoco a mi padre.

Tan solo sé que alguien me dejó recién alumbrado en el torno de los huérfanos de la Casa de Misericordia, que las hermanas de la Caridad me recogieron, me colgaron al cuello el cordel con placa de plomo en el que constaba mi fecha de entrada y me bautizaron con el santo del día. Esa es mi única estirpe, la de los desheredados. Y para dar fe de ello, para que jamás lo olvidara —ni yo ni nadie a quien conociera en vida—, me impusieron un apellido sin cuna: Expósito.

Miquel Expósito.

Ese es mi nombre.

Han pasado muchos años desde que sucedió lo que os voy a relatar, pero solo ahora, aplacado el último remordimiento, encuentro el tiempo y la paz necesarios para sentarme a escribir. En el ocaso final, uno vive más en el pasado que en el presente y le apremia la necesidad de rendir cuentas.

Esta historia tiene que ver con la muerte de quien fue mi mejor amigo. Se llamaba Víctor y, al igual que yo, era un huérfano. Esa condición, sobre la que ninguno de los dos tuvo nada que decir, nos juntó en un primer momento, pero fue la amistad que desarrollamos después, elegida por voluntad propia, la que nos unió de un modo definitivo.

Solo aquellos que estuvieron implicados de alguna manera en los sucesos que acaecieron en aquel despertar de 1843 conocen los detalles. De todos ellos, soy el único que aún transita por este valle de lágrimas, de modo que la responsabilidad de dar testimonio y cobrar postrera venganza recae por entero sobre mis hombros.

Tenía diecisiete años por entonces.

Hoy rondo los cincuenta, y el poco tiempo que me resta se lo debo a la verdad.

Mi verdad.

Y a la muerte.

PRIMERA PARTE BARCELONA, FEBRERO DE 1843

I

El cuerpo apareció recostado contra uno de los muros del callejón de Sota Muralla, entre los desperdicios de una de las tabernas que angostaban la calle.

Lo descubrió un sereno, el sol recién asomado, el cielo de plomo.

Dijo que parecía dormir sobre una frazada escarlata. Que, al acercarse, le vio el rostro pálido y los labios azules pero la cara tranquila.

Dijo también que tenía las manos cruzadas sobre el regazo y que, al zarandearle para romperle el sueño, el cuerpo se vino abajo y las tripas se le derramaron.

El hombre se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo.

Eso fue todo.

Era un muerto más en una ciudad llena de ellos.

Por aquel entonces, yo no era más que un gato —el equivalente a un soldado raso— de la Tinya, una pequeña organización callejera compuesta por huérfanos y desheredados que vivíamos del hurto y el mercadeo, de vender cualquier producto e intercambiar todo tipo de información. No había nada que no pudiéramos sustraer o proveer, siempre y cuando hubiera algún maravedí de cobre, algún real de plata de por medio. Nuestra red lo cubría todo, desde el callejón más estrecho a la avenida más diáfana; desde los baños del Cid al Baluarte de Valldoncella; de la plaza de San Pedro al Plano de Palacio, y de allí hasta el fuerte de las Atarazanas. Nada sucedía en Barcelona sin que, tarde o temprano, un miembro de la Tinya lo supiera y procurara sacar beneficio de ello.

La ciudad estaba dividida en cuatro grandes distritos, cada uno de los cuales constaba de diez barrios. La Barceloneta y el puerto, fuera de las murallas, eran zonas francas; allí vivían otros hombres e imperaban otras leyes. Una línea que unía la Puerta del Ángel, la plaza Santa Ana, el carrer Archs hasta la plaza Nueva, Cambios Nuevos, Aviñón y que de ahí bajaba hasta la Muralla de Mar por Escudellers y Simón Oller partía la ciudad en vertical, mientras que otra formada por las calles San Antonio Abad, Hospital, Boquería, Call, la plaza de San Jaime, Libretería, Boria y Corders hasta la Puerta Nueva separaba montaña de mar.

La estructura jerárquica era simple: al frente de cada distrito se situaba un general que, junto a los otros tres, formaban el Consejo, y cada uno de estos territorios estaba comandado por un capitán y varios sargentos. El resto éramos gatos distribuidos por tareas, desde simples vigilantes —maulladores nos llamaban—, a encargados de sisar todo lo que se pusiera a tiro. Se empezaba por abajo, y si eras listo y cumplías, podías ascender hasta sargento. Los capitanes eran elegidos a mano alzada, y eran ellos quienes, a su vez, designaban al general de su zona.

Solo existían dos normas de obligado cumplimiento.

La primera: obedecerás todas las órdenes de tus superiores.

La segunda: jamás trabajarás fuera de tu distrito sin permiso.

El castigo por desobedecer la primera era el corro —jamás supe qué sucedía si alguien era tan temerario como para reincidir—; la pena por faenar en territorio ajeno era el Juicio de Expulsión. En caso de ser condenado, todo miembro de la Tinya tenía la obligación de darte la espalda. Nadie podía volver a tener ningún trato contigo fueran cuales fuesen las circunstancias. Simplemente, te convertías en un muerto.

Un muerto entre los ya muertos.

* * *

Asentada la mañana, Salvador, el sargento responsable de mi zona, me mandó llamar. Era uno de los mayores; un tío duro pero justo, bien plantado, con cierto éxito entre nenas y criadas —también con alguna que otra señora— a pesar de que la atrepsia le había dejado cierta cojera y un cuerpo deshidratado. No obstante, se las apañaba muy bien con los puños, de modo que todos le respetaban.

—Han matado a uno de los nuestros, Miquel.

Aún no sabía de quién se trataba, pero ya tenía el estómago encogido.

—Es Víctor —confirmó al verme la descomposición en el rostro.

Quizá por eso, porque mi vientre lo sabía antes que yo, pude aguantarme las lágrimas, las de dolor y las de rabia. Víctor había sido mi padrino —el único modo de entrar en la organización era que alguien te avalara— y se había encargado de mi instrucción. Me había enseñado a moverme como una sombra por el laberinto de calles, callejas y callejones de nuestro distrito; a saber mirar lo que otros no acertaban a ver; a aprender a escuchar, no solo a oír; a abrir un monedero sin aspavientos; a ser capaz de adivinar su contenido con solo rozarlo; a extraer cualquier cosa de su interior; a saber distinguir al burgués adinerado del muerto de hambre con ínfulas.

Pero, por encima de todo, Víctor era mi hermano.

Mi única familia.

Nos habíamos conocido en la Casa de Corrección, situada por entonces en el antiguo convento de los Ángeles, donde ambos habíamos acabado por hurto, yo de un mendrugo, él de un reloj.

Barcelona era por entonces una ciudad hostil —sigue siéndolo para todo aquel que no sirva a sus propósitos—, sobre todo con aquellos que no teníamos nada. Las redadas para limpiar las calles de mendigos, desocupados, prostitutas y delincuentes estaban a la orden del día; según las autoridades, estábamos afectados por graves desviaciones como el robo, el vicio, el alcoholismo y la irreligión, por lo que debíamos ser debidamente reeducados, y, para ello, te mandaban a Corrección.

Tanto la Casa de la Caridad, a la que me trasladaron desde la Misericordia en cuanto cumplí los seis, como la Casa de Corrección eran instituciones destinadas a acoger a los más desfavorecidos, pero la realidad que se escondía bajo ese noble empeño era bien distinta.

La Caridad era un enorme complejo dedicado a las actividades más diversas, además de ser la principal agencia de colocación de aprendices y criadas de Barcelona. Una ciudad en sí misma. Tenía su propia escuela, su hospital, su farmacia, su enfermería, su hospicio y sus talleres textiles, que constituían la Fábrica de Hilos y Tejidos de Algodón. Pero lo que más beneficios generaba era su imprenta, en la que se tiraban numerosos boletines oficiales. Todo ello contribuía a generar los ingresos suficientes para mantenerla y, de paso, a llenar los bolsillos del corregidor y de la Junta de Gobierno que la administraban.

Ya se sabe, la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Si apenas guardo recuerdo de mis días en la Misericordia —los pocos que puede atesorar un crío aterrado—, mi paso por aquella institución, en cambio, está grabado a fuego en mi mente y en mi carne; el frío, la miseria y el hambre que pasé entre sus cuatro paredes, pero, sobre todo, la disciplina de las monjas y la crueldad de mis compañeros de cautiverio, que me acompañó hasta el instante mismo de mi fuga. Creedme si os digo que es entre los más pobres y desfavorecidos donde uno se enfrenta a la ferocidad más enconada.

En cuanto a la Casa de Corrección, aquello era una galera en toda regla. Al igual que la Misericordia y la Caridad, tenía su propia escuela y sus talleres, pero si por algo destacaba era por sus enormes tornos de hilar, en los que desde los mayores a los niños —destinados a las máquinas de lanzadera volante— trabajábamos como esclavos. Acabar en Corrección era una condena a trabajos forzados en la que, en vez de enderezarte, te doblaban a golpes.

Había por entonces preso allí un pobre de los que llamaban de solemnidad conocido como el Oso, no porque el hombre fuera muy velludo, sino porque la capa de mugre que le cubría le daba el aspecto de esa temible bestia. Había luchado a las órdenes de Guergué en la carlina, y algún suceso —la guerra misma— le había trastornado hasta tal punto que había perdido el seso.

Un día, mientras Víctor y yo acabábamos de coser la suela de unas alpargatas, arremetió contra mí, buril en mano, sin más razón que la que le dictara su propia falta de ella. No es que recuerde el arma, sino más bien los alaridos que profería a través de su boca, tan desdentada que parecía un muñón.

Jamás había escuchado nada semejante, y me quedé paralizado. Viendo que la punta me alcanzaba al pecho, Víctor se interpuso y le derribó de un golpe. No fue hasta que, pasado el susto, le ayudé a levantarse cuando me di cuenta de que sangraba por el vientre. No era ni chorro ni goteo, sino más bien un tizne que le empapaba despacio la camisa.

«¡No te me vayas a desmayar, que esto no es nada, chaval!», dijo antes de desplomarse.

Me había salvado la vida.

Algunas experiencias unen a los hombres más que otras, y aquella nos convirtió en hermanos.

Salvador me miró. Estaba afectado. Pero la suya era una tristeza distinta. Más bien se trataba de una mueca de preocupación. Hacía mucho tiempo que la Tinya no perdía a uno de sus miembros de aquel modo. No era extraño que algún chaval poco avispado o con mala suerte pasara un tiempo en Corrección —como Víctor o yo mismo—, pero un asesinato era harina de otro costal. Porque a Víctor le habían matado con saña.

—Han convocado un Consejo. Martí quiere que vengas.

La reunión tuvo lugar en un sótano del carrer de Jerusalén, justo en la trasera de la plaza del Mercado. Allí era donde se celebraban los juicios importantes, aunque ya nadie recordaba el último. Era la primera vez que iba a ver a los cuatro generales juntos, y no pude evitar los nervios. La cosa imponía, más aún porque no acababa de comprender el motivo de mi presencia. Yo no era nadie. A decir verdad, era menos que nadie, y uno siempre vive mejor en cierto estado de ignorancia.

Sargentos y capitanes solían reunirse para intercambiar impresiones cada cierto tiempo, pero los jefes rara vez asomaban el morro. De hecho, lo único que sabíamos de ellos era lo que nos había llegado a través de historias, más cercanas a la leyenda que a la verdad. Por lo que a mí respectaba, se limitaban a cobrar su parte, vivir su vida y, llegado el caso, amedrentar a alguno para mantener el orden.

El humo que escupían las chimeneas del Raval había formado una capa tan densa aquella mañana que impedía el paso del sol, lo que provocaba que la sensación de frigidez en la nariz, las orejas y los dedos de las manos y los pies fuera mayor. «Míralas bien, Miquel: son fábricas de nubes», solía decir Víctor, que a buen seguro lo había leído en alguno de sus libros.

El sótano se asemejaba a la bodega de un barco. Quizá se debiera a que dos de las vigas que sostenían el techo eran los viejos mástiles de un bergantín, o a que los tablones picados que recubrían las paredes olieran a brea y salitre. Pero lo que más llamó mi atención fue una de las columnas que las apuntalaba. Se trataba del cuerpo central de un crucifijo que había acabado allí tras la quema de algún convento —así es el barcelonés, un quemaconventos—. La parte baja aún conservaba la peana sobre la que el Cristo debía de haber apoyado los pies en su peor trance, por lo que, durante el rato que duró el encuentro, no pude sacudirme de encima la sensación de que Dios nos observaba, por mucho que nuestras cuitas le hubieran dejado de importar hacía tiempo.

El primero en tomar la palabra fue el general del III, en el que se apilaban buena parte de las fábricas, la Universidad, el Hospital, la Caridad, la Misericordia y la Casa de Corrección. Se llamaba Joan, aunque todos le conocíamos como el Mussol, el búho. Era el más alto de los cuatro, también el más fuerte. Tenía dos mazas por puños, los laterales de la cabeza rapados a navaja y un ojo, el izquierdo, lechoso. Se rumoreaba que si te lo ponía encima era capaz de verte hasta las entrañas. Más de uno había sucumbido a la superchería y había cantado antes incluso de que el Mussol abriera la boca; cuando eres culpable, más que una mirada, lo que se te hace insoportable es el silencio acusatorio de tu interrogador.

Algunos aseguraban que era hijo ilegítimo de uno de los socios fundadores de la Bonaplata. Al parecer, su madre sirvió durante un verano en una residencia de Sarrià. En cuanto se le notó el estado y la señora de la casa descubrió el engaño —la fortuna era de la familia de ella—, hizo que su marido la echara a patadas. Murió al darle a luz. Los más enterados, sin embargo, contaban que, presa de un brutal ataque de celos, la había atacado con una aguja de punto; que se la había clavado varias veces en las partes con la intención de matar al bastardo y que fue eso lo que precipitó el parto, causó la muerte de la madre e hirió para siempre el ojo del feto.

—¿Qué sabemos?

Martí, mi general, tomó la palabra. Todos le respetaban porque era el único que sabía leer y escribir con fluidez. Así suplía la debilidad de manos, con su inteligencia. Suya había sido la idea de organizarnos por secciones y escuadras y de darnos aquella nomenclatura militar. Sus padres habían muerto en la última epidemia de cólera y un tío suyo que trabajaba de escribiente en una caseta frente a la Lonja le había tomado a su cargo. Hasta que se cansó de él. Tener que cebar otra boca reducía en exceso la satisfacción de alguno de sus vicios, y aunque había dado palabra a su hermana de que le cuidaría, pronto debió de pensar que la promesa le obligaba hasta el límite de su propia comodidad. El hombre, eso sí, le había dado un oficio que aún ejercía de vez en cuando, lo que le procuraba gran cantidad de información: defunciones repentinas, viajes inesperados, casas y negocios que se quedaban vacíos, además de todo tipo de miserias privadas que usar en su beneficio. Todos le llamaban el Monjo, el monje, por su habilidad con las letras.

—Dicen que le han abierto como a un conejo.

—Debemos hablar con Tarrés —intervino Quim.

Era el más apocado de los cuatro, pero el más habilidoso de largo. Comandaba el Distrito II, que iba de la catedral a la Puerta Nueva. Sus dedos eran legendarios; incluso se decía que, en una ocasión, le había robado la cartera al mismísimo alcalde al salir de misa. El hombre no llevaba ni un real, pero Quim conservaba el monedero a modo de trofeo. De ahí su apodo: el Maestro.

—Si la orden la ha dado él, no hay nada que hacer —contestó el Mussol.

—Nunca nos hemos metido en sus asuntos y pagamos lo que nos toca —replicó el Monjo.

La Tinya solo rendía cuentas ante la Ronda, un escuadrón de criminales liderado por Jeroni Tarrés que actuaba a las órdenes secretas —por mucho que todo el mundo lo supiera— de la Comisaría Especial del recién creado Cuerpo de Vigilancia. El trato era de lo más simple: a cambio de eliminar opositores y sofocar futuras revueltas, les permitían controlar una de las mayores fuentes de ingresos de la ciudad, las chocolaterías, cuyos almacenes habían convertido en prostíbulos. Nadie podía operar en las calles sin su aprobación, y su visto bueno costaba un diez por ciento de las ganancias.

No se andaban con tonterías.

Todo el mundo los temía.

Todo el mundo los odiaba.

—Tarrés no da explicaciones a nadie, ya lo sabéis —habló finalmente Albert, el general del IV.

Era el distrito más deseado, ya que incluía la parte baja de la Rambla —de Capuchinos a Santa Mónica—, donde se ubicaban algunos de los mejores cafés, el teatro Principal, la Casa de Correos, la Jefatura Política, la Administración de Diligencias, la Pagaduría Militar, los Baños del Jíngol y sus dos hoteles más lujosos —el de Oriente y el Cuatro Naciones—, además del mejor tramo de la calle Fernando, la auténtica joya de la corona.

El dinero de verdad estaba allí.

L’Avi, el abuelo —así le llamábamos—, era el mayor de todos nosotros. De hecho, algunos aseguraban que había aprendido el oficio del mismísimo fundador. Todo miembro de la Tinya conocía la historia. Según él mismo se había encargado de difundir, nuestros orígenes se remontaban a la Edad Media, a la vieja Escuela de Ladrones, un pequeño grupo de huérfanos que actuaba en las inmediaciones del mercado del Born y la calle Montcada desde que los primeros nobles y burgueses habían construido allí sus casas y palacios. De haber sido así, sin embargo, L’Avi debería tener casi la edad de Matusalén y, aunque debía de frisar los cuarenta —toda una excepción entre nuestras filas—, cualquiera podía ver que las fechas no cuadraban.

En realidad, hasta la llegada de Mussol, la Tinya no pasaba de ser un pequeño grupo de chavales que trataban de sobrevivir como fuera. Desde entonces, y aunque no se hablara de ello en voz alta —la calle tiene un oído muy fino—, algunos capitanes estaban molestos con la asignación de territorios y con tener que dar una parte de lo ganado a Tarrés y sus hombres. Pero bastaron un par de amenazas y alguna que otra paliza para que el Mussol se aviniera a negociar con él, y algunos no se lo habían perdonado, por mucho que supieran que no teníamos nada que hacer contra criminales del calibre de la Ronda. Enfrentarse a Tarrés significaba, además, hacerlo con los estamentos más oscuros del poder.

Fue él quien se atrevió a verbalizar la duda que corría por la cabeza de alguno de los presentes:

—¿Es posible que anduviera metido en algo?

—Conozco a los míos. Todos son leales —saltó Salvador.

—¿Tú eres Miquel? —dijo entonces el Mussol.

Alcé la cabeza. Su ojo estaba fijo en mí.

—Fue tu padrino. ¿Algo que decir?

No sabía si me interrogaba o solo me ofrecía la posibilidad de dar mi opinión, de modo que opté por el silencio. Con el tiempo, había aprendido que es mejor callar, en especial frente a aquellos que ostentan el poder, y, en aquel momento, solo estaba seguro de dos cosas: que Víctor no había cometido ninguna falta y que su muerte respondía a algo más que a una reyerta con algún miembro de la Ronda. Los hombres de Tarrés eran asesinos, pero no ese tipo de carniceros. Si cualquiera de nosotros les hubiera faltado al respeto, le habrían dado una paliza a pleno sol. Ese es el modo de dejar las cosas claras en nuestro mundo.

—Está bien —anunció el Mussol—. Hablaré con él a ver qué sabe. No hagáis nada hasta entonces.

Todos asintieron sin decir palabra.

Una vez en la calle, retrocedimos hasta el Hospital Militar y nos dirigimos hacia el plano de la Boquería. La Rambla era el auténtico corazón de la nueva Barcelona. No solo se trataba del paseo favorito de todo ciudadano de bien por sus cafés, chocolaterías y comercios, sino, sobre todo, por su anchura y su doble hilera de acacias, que lo convertía en uno de los espacios más diáfanos y coloridos —también de los más transitados—, un auténtico oasis de luz y color en medio de un trazado medieval laberíntico y oscuro. Aquel paseo representaba todo lo que la ciudad aspiraba a ser —pero aún no era—: una urbe moderna, próspera y debidamente urbanizada, como si unas piedras aquí y allá pudieran sacudirnos de encima un provincianismo que llevaba siglos pegado a nuestra piel.

Rebasada la fuente del plano, torcimos por el carrer Arolas, un callejón mugriento y apestoso en el que solían reunirse los pobres de solemnidad. Fue como si el sol hubiera ennegrecido de repente. Pero todo cambió al llegar a la calle Fernando.

Tras su apertura definitiva, el tramo que llegaba hasta la Alcaldía ciudadana alcanzaba las trescientas varas de largo y las dieciséis de ancho, lo que la había convertido en la vía comercial favorita de los ricos. Debido a ello, varios de los comercios más selectos se habían trasladado hasta aquella nueva ubicación dejando a las calles del Call y Escudillers huérfanas de crinolinas, tules y muselinas. Sus dueños aseguraban que aquella ubicación era mucho más adecuada para su delicada clientela, especialmente en invierno, ya que quedaban a resguardo del viento que descendía por la Rambla y hacía tiritar a más de uno.

No tenía muchas oportunidades de transitar por aquellos lares, de modo que aminoré la marcha para echar un vistazo a las maravillas que se agolpaban tras las vidrieras —cosas que jamás poseería— y a los propios establecimientos, alguno de los cuales —aprovechando que el Ayuntamiento llevaba varios meses colocando el nuevo alumbrado a lo largo del paseo— había decidido instalar fanales de gas incluso en su interior.

Inspiré y retuve el aire. Quería disfrutar de aquel momento todo lo posible. El estruendo de la ciudad, de habitual insidioso, comenzó a enmudecer; las voces de los paseantes, los gritos de los vendedores y cocheros, el paso de los caballos, el ajetreo de las carretas de las que tiraban, el zarandeo de las mercaderías que brincaban en su interior… Incluso el frío y los olores se atenuaron, trasladándome lejos de allí. Hasta que Salvador hizo añicos la ilusión con un tirón de manga.

—Víctor era muy cuidadoso, le conocías tan bien como yo —dije.

—Lo sé. Pero no podemos descartar nada. Lo único seguro es que nadie moverá un dedo para averiguar qué ha pasado.

Tenía razón. Éramos la morralla de una ciudad que, con la vista cada vez más puesta en Europa, se avergonzaba de sus huérfanos.

—¿Crees que ha podido ser uno de los nuestros? —le solté a bocajarro.

Alzó la cabeza y observé el miedo en su rostro, la misma angustia ante la posibilidad de que el culpable fuera alguien a quien ambos conocíamos.

Pero no contestó.

No podía.

No quería.

II

Las calles estaban atestadas de los mismos incautos de siempre, pero nadie de los nuestros hizo mucho negocio aquel día. Mientras permanecía de pie en mi puesto —mi zona asignada, el Barrio Nueve, era un rectángulo formado por las calles Rech, Montcada, Asahonadors y la plaza del Borne—, pensé en si me había equivocado; en si la muerte de Víctor podía haber sido cosa de la Ronda: una mala mirada, un intercambio subido de palabras, un sisar por error la bolsa a un recién protegido, aunque dudaba de que alguien tan experimentado como él hubiera cometido semejante error.

Algunos burgueses y comerciantes, cansados de la sangría a la que se veían sometidos a diario, se avenían a pagar un canon mensual a Tarrés a cambio de protección, lo que los convertía en intocables. Todos sabíamos quiénes eran, de modo que, de ser el caso, el cuerpo de Víctor se pudriría bajo tierra y nadie movería un dedo por vengarle.

Todo el mundo agacharía la cabeza.

Todos callarían.

Menos yo.

Cuando entras en la Tinya, haces un juramento de sangre, pero aquella mañana yo hice otro. Uno más sagrado: fuera quien fuese el culpable, pagaría con la misma moneda. Y a tales efectos me procuré una buena navaja pastora, algo tosca de mango y sin virolas, pero que, llegado el día, cumpliría con un buen destripamiento. Para tal fin se la había sustraído a un vendedor ambulante, más pendiente de una criada que de su propio género, cerca de la plaza de la Lana. El pobre debía de creer que tenía alguna posibilidad, aun con su ojo vago y su boca vacía; ni siquiera el rictus de profundo desagrado —de asco más bien— de la chica le había disuadido de seguirla con la mirada mientras le regalaba cierto gesto obsceno. Por suerte para mí, sus ínfulas de seductor habían redundado en mi beneficio.

Y allí estaba yo, con aquel instrumento de muerte recién sisado en la cintura, cuando le vi venir. Se abría paso entre carros, puestos y viandantes con aires de señorito. Él sí era todo un seductor. Nena, criada o señora con la que se cruzaba, nena, criada o señora a la que dedicaba una amplia sonrisa, siempre correspondida en distintos grados. Pero a pesar de su buen porte y andar estudiado, no podía disimular que tanto su calzado como sus pantalones, la camisa y la chaqueta, elegante pero gastada, eran de ropavejero.

Se llamaba Andreu Vila, un gacetillero con ínfulas al que había proveído de información —y alguna que otra cosa menos confesable— más de una vez. Desde que le habían echado de El Constitucional, malvivía escribiendo folletines y ciertas novelitas de marcado carácter pornográfico con seudónimo. Eso sí, aún conservaba alguna que otra amistad entre las élites, masculinas y femeninas. Porque si algo caracterizaba a Andreu era su instinto de supervivencia: no le importaba si quien le requería en su salón —o en su cama— era señora o señor, amo o criada.

—He oído por ahí que un sereno se ha topado con un muerto esta mañana. ¿Qué sabes? —me preguntó mientras paseaba un maravedí por los nudillos.

Su otra especialidad eran los relatos de cordel y las historias de crímenes, cuanto más escabrosos mejor. «A la gente le gusta la desgracia ajena, chaval, qué le vamos a hacer», solía decir.

—Nada —contesté.

—Sería la primera vez.

—Siempre hay una primera.

—Raro, porque el cuerpo ha aparecido en vuestro territorio.

No me apetecía que la muerte de Víctor acabara deleitando la mente oscura de alguno de sus lectores.

—Pues será —contesté con la intención de zanjar el asunto, por mucho que fuera consciente de que mi negativa alimentaría aún más su interés.

—Le conocías. —Cayó al fin.

No hizo falta que le dijera nada. Cada uno carga con la pena a su modo. A unos se les descubre nada más verlos, a otros, en cambio, apenas se les intuye; y luego están aquellos que logran enterrarla junto a la caja. Yo era de los primeros por aquel entonces.

—Está bien —dijo mientras me deslizaba la moneda en el bolsillo—. Hagamos un trato: si tú me ayudas, yo te ayudo. Piénsatelo.

Sopesé la oferta mientras se alejaba. Sabía que, más temprano que tarde, otro le proveería de la información, y aunque Salvador no lo vería con buenos ojos, estaba dispuesto a todo para averiguar quién había matado a Víctor. Andreu Vila conocía aquella ciudad y las almas que la habitaban —sus deseos, sus anhelos y secretos, sus miserias— mejor que nadie, e iba a necesitar toda la ayuda posible.

En cuanto las sirenas comenzaron a aullar, las calles se llenaron de obreros de cabezas gachas, espaldas rotas y hombros vencidos. Barcelona se alimentaba de su aliento, de sus músculos, sus vísceras y su sangre, pero, por encima de todo, lo hacía de sus esperanzas, las de miles de hombres, mujeres y niños envejecidos prematuramente por el hambre y la enfermedad.

Tras la carlina, muchos habían abandonado el campo en busca de un nuevo futuro en la ciudad, sin saber que lo único en lo que iban a convertirse era en carnaza para un monstruo que, seis días a la semana, doce horas al día, abría sus fauces y los devoraba sin compasión. Tenía muchos nombres: Bonaplata, Salgado-Güell, Muntadas, Achon, Gònima, Serra, Sert i Sola, Barcelonesa, Batllò, Magarda, Ribas i Prous, Villegas…

Eso era Barcelona: un leviatán insaciable.

La ciudad del algodón, la lana y la seda.

La ciudad de los telares.

La ciudad de las máquinas.

La ciudad de vapor.

Me encaminé hacia la cueva. Así llamábamos a nuestro cuartel, situado en el sótano de una curtiduría de la calle del Rec. El dueño, un tipo estrecho y con el rostro castigado por la viruela, nos dejaba ocuparlo a cambio de hacerle algunos recados y espiar a la competencia, lo que la mayoría de las veces se traducía en sustraerles material y boicotear sus envíos.

Todos los desperdicios del negocio y las viviendas superiores iban a parar al pozo negro situado justo al lado, pero ya ni siquiera percibíamos su olor. Tampoco nos asustaban las ratas ni el resto de los inquilinos que moraban junto a nosotros entre aquellas cuatro paredes. Quien más quien menos tenía el cuerpo lleno de picaduras, bien de la legión de piojos y pulgas con los que compartíamos cama a lo largo del año, bien de los mosquitos que, llegado el verano, se multiplicaban como conejos debido a la proximidad de la acequia que cruzaba el barrio. Pero era nuestro hogar, una madriguera de paredes de arena que —todos lo sabíamos— acabaría convirtiéndose en nuestra tumba.

Salvador me esperaba cabizbajo. Martí estaba con él. No recordaba la última vez —tampoco si había habido una primera, a decir verdad— en la que había acudido a nuestra gatera, pero allí estaba, plantado como si hubiera habitado aquel sótano desde su mismo nacimiento.

—Si quien ha matado a Víctor ha sido uno de los nuestros, cuantos menos lo sepamos, mejor —dijo Salvador. Habían hablado de aquella posibilidad a mis espaldas.

El Monjo refrendó sus palabras con un movimiento de cabeza y, a continuación, pronunció unas que me pillaron por sorpresa:

—Como sé por Salvador que no lo vas a dejar estar, lo mejor es que te encargues tú.

—¿De qué? —Arrugué la frente.

—De averiguar qué pasó. Por eso le he pedido que te llevara a la reunión.

Salvador me conocía bien, no solo porque era mi sargento, sino porque, con el tiempo, se había convertido —aunque solo fuera cinco años mayor que yo— en lo más parecido a un padre que había conocido. No solo para mí. También para Víctor.

—¿Qué te parece?

Me encogí de hombros. Estaba seguro de que a nadie más que a nosotros le importaba la verdad. Para el resto, ya fueran sargentos, capitanes o generales, Víctor no era más que un simple peón, y en cuanto pasara el duelo —también en la Tinya se mantenían ciertas formas—, otro ocuparía su lugar.

—Mira, Miquel —dijo el Monjo mientras prendía su pipa de caolín, que le daba un aire entre marino curtido e intelectual revolucionario—: las cosas llevan un tiempo revueltas. Ya sabes que unos quieren sacudirse de encima a Tarrés y que otros piden modificar los territorios asignados, y eso no es bueno para nadie —sentenció.

Él era uno de ellos.

De hecho, se trataba del principal impulsor.

La reivindicación de los Distritos I y II venía de lejos. Nuestros territorios eran los más pequeños y no tenían acceso a la Rambla, que era donde más negocio solía hacerse a diario, por no hablar de las tardes de estreno en el Principal, en las que la plaza del teatro se llenaba de bolsas, relojes y joyas, de modo que proponían que fuera esa y no otra la única frontera que delimitara los distritos; un territorio franco en el que la habilidad de cada uno impusiera su ley. Pero, por supuesto, ni el Mussol ni L’Avi estaban dispuestos a dar su brazo a torcer, y nadie había osado contradecirlos hasta el momento.

—No sé si el asesinato de Víctor tiene algo que ver o no con todo esto —añadió Martí tras una pausa—, pero ahora mismo me preocupan más otras cosas. Por eso lo dejo en tus manos. Salvador te ayudará en lo que necesites.

—¿Y si no tiene que ver?

El Monjo se agitó y un meandro de humo se le enroscó al cuello.

—Si no tiene que ver, la cosa se quedará como está de momento. Después, ya veremos.

Salvador chasqueó la lengua en cuanto nos quedamos solos. Se debatía entre su obligación como sargento y sus sentimientos hacia Víctor y hacia mí.

—Es lo que hay —dijo al fin.

No estaba conforme, pero no iba a desobedecer una orden, menos aún si se avecinaba un conflicto. Tenía amistad con varios sargentos y algún capitán de otros distritos, y sabía que un enfrentamiento abierto entre facciones significaría el fin de todo. La Tinya era su familia, y cuando eso es lo único que tienes, lo proteges a cualquier precio. Así es este mundo y, cada cierto tiempo, determinados sucesos te recuerdan la única gran verdad, que estamos solos y todo lo demás tiende a desvanecerse con la misma facilidad que el humo de la pipa del Monjo.

III

—¡Esta ciudad está podrida! —pronunció el hombre, el índice amenazando al cielo—. La gangrena es ya irreversible. Las murallas son la soga con la que el Gobierno Civil y la Capitanía General nos constriñe y nos controla. ¡Nos asfixia! —Se detuvo y tomó un sorbo de licor—. ¡Debemos derribarlas o moriremos todos!

Los pocos parroquianos presentes en el café giraron la cabeza y alzaron las cejas mientras alguien trataba de calmarle.

—Ya sabe usted cómo acabó la última vez, don Pedro.

Se refería al bombardeo desde Montjuic por parte de las tropas de Espartero. Las consecuencias habían sido devastadoras: mil proyectiles, más de cuatrocientos edificios destruidos, infinidad de heridos, treinta muertos, cien fusilados y una multa encubierta al comercio de trece millones de reales.

—Los ayacuchos[1] no gobernarán para siempre —replicó.

Hablaba como si supiera algo que el resto del mundo desconocía.

Algunos viandantes se habían detenido a observar la escena a través de la cristalera. Quien más quien menos conocía el semblante y el carácter de aquel tipo menudo que, en ocasiones como aquella, se crecía hasta alcanzar la dimensión de un coloso.

En cuanto me vio entre ellos, Andreu salió del local y acudió a mi encuentro.

—¿Ves a ese de ahí? —señaló—. Es don Pedro Monlau, mi antiguo jefe del diario. Tiene buenos contactos.

Al ver mi expresión, se apresuró a aclarar:

—El cuerpo. Debemos verlo.

La sola idea me hizo venir una arcada. Recordé cómo las monjas de la Caridad nos habían obligado a acudir al velatorio de un chico que había muerto de fiebres. Aunque no habíamos tenido mucha relación en vida, lo allí expuesto no se le parecía en nada, y lo único que me procuró la visión de aquella carne consumida fueron unas pesadillas horribles.

—¿Para qué?

—Tienes mucho que aprender aún —respondió. Después me hizo una seña—. Acompáñame.

El interior olía a tabaco y sudor, y la decoración había vivido tiempos mejores. Todo, el suelo, las paredes y el exiguo mobiliario —incluso la ropa de la mayoría de los parroquianos— había adquirido una extraña tonalidad uniforme. Monlau seguía con el dedo en alto. Su figura era imponente, con su corbatín de cuatro vueltas, la chaqueta azul, el chaleco bordado sobre una camisa de un blanco impoluto, los pantalones ceñidos con trabillas, los zapatos lustrosos y una soguilla de oro con un dije en forma de tórtola al cuello. Lo que más destacaba en él, sin embargo, eran sus lentes, pequeñas y redondas, que le conferían un aspecto de lo más curioso, entre el de un intelectual y el de un cómico, sin llegar a decantarse por lo uno o lo otro en ningún momento. Con el tiempo supe que, además de gacetillero, era médico, crítico literario y escritor, y que había formado parte de la Junta de Derribo que había echado abajo parte de las murallas de la Ciudadela hacía unos meses.

Un cliente se puso en pie animado por el discurso:

—¡Bien dicho, don Pedro! ¡Abajo las murallas!

—¡Señores, por favor! —los interrumpió el dueño, un viejo estibador de musculatura flácida. No quería que las cosas se encendieran más de la cuenta y los militares le cerraran el local.

A pesar de que el café de la Constància era el punto de reunión de lo que quedaba de las milicias ciudadanas y, por tanto, territorio seguro para los más exaltados, la Capitanía General solía infiltrar informadores en cafeterías y tabernas para identificar a futuros alborotadores. No era para tomárselo a broma.

Andreu aprovechó el momento en el que Monlau se sentaba, exhausto tras la arenga, para abordarle:

—¿Puedo hablar un momento con usted, don Pedro?

El hombre le observó de arriba abajo. No lo hizo con desprecio, sino con una curiosidad sincera, hasta que al fin le reconoció.

—¡Andreu! Bienvenido.

—Este es Miquel —me presentó—. Es amigo del chico al que han encontrado muerto esta mañana en Sota Muralla.

Esta vez fui yo el objeto de su escrutinio —menos disimulado y más reprobatorio—, tras lo que nos invitó a sentarnos.

—¿Un chico muerto? No he oído nada.

—Asesinado —matizó Andreu, que sabía cómo despertar su interés.

Tal y como había previsto, la puntualización hizo mella en él. Pero Andreu no había terminado, y lo que dijo a continuación me dejó perplejo:

—Y no es el único.

—¿Qué quieres decir? —Monlau le prestaba ya toda su atención.

Andreu paseó la mirada por nuestros rostros. No cabía duda de que sabía cómo contar una historia —el giro dramático, la pausa, la revelación posterior—, y de que no siempre disfrutaba de un público tan entregado.

—También ha aparecido un vagabundo asesinado en idénticas circunstancias junto a la Puerta de Mar.

No podía tratarse de una casualidad. La cercanía de ambos enclaves así lo sugería.

—¿Y qué circunstancias son esas? —inquirió Monlau.

Hasta aquel instante no me di cuenta de que tampoco yo las conocía en detalle; me había bastado con saber que Víctor estaba muerto, que alguien le había acuchillado y había dejado su cuerpo abandonado como si fuera un desecho más. Así era la calle, cruel: un golpe mal dado, una trifulca, una paliza, un navajazo… y se acabó.

—Con el vientre abierto y las tripas fuera de sitio —soltó Andreu.

No pude reprimir un sentimiento de horror, primero, de asco, después; la expresión de Monlau, en cambio, parecía cada vez más cercana al interés científico que al espanto. Algo en la expresión del gacetillero, sin embargo, me dijo que se callaba algo.

—Y luego está lo de la marca.

—¿Qué marca? —Monlau acababa de enredarse del todo en su trampa.

—Al encontrar el primer cuerpo, Jaume, el sereno, un tipo de lo más despierto, debo decir, no le dio importancia, pero en cuanto descubrió la misma impronta en el segundo, me dio el aviso —señaló frotándose las yemas de pulgar, índice y corazón—. Estoy convencido de que los asesinó la misma persona, pero debo ver los cuerpos para asegurarme… y no tengo un real.

—Veo que sigues con tus viejos hábitos —señaló don Pedro. En esos momentos no supe a qué se refería, si a la habitual falta de dinero de Andreu o a su afición por lo grotesco. Quizá a ambas—. Y, claro, nadie lo investiga —afirmó a continuación.

Era tan consciente como nosotros de que, por muy extraña y salvaje que hubiera sido, la muerte de dos desheredados no le importaba a nadie. La ciudad había alcanzado un grado crítico: la población crecía sin control, las condiciones de vida eran cada día más extremas y el aire, irrespirable; las calles apestaban a basura, a podredumbre, a heces, descomposición y muerte. Eso era Barcelona: un gran orinal, el caldo de cultivo perfecto para que crecieran y se propagaran todo tipo de enfermedades. Si alguien había decidido empezar a eliminar vagabundos, pordioseros y pedigüeños, no iban a ser ni el Cuerpo de Vigilancia, ni el Ayuntamiento ni, mucho menos aún, los militares quienes lo impidieran.

—Muy bien. Veré qué puedo hacer.

La niebla ocupó las calles como si el vapor de las chimeneas que despuntaban como modernos campanarios por toda la ciudad hubiera descendido a los infiernos como una maldición en lugar de elevarse a las alturas como una plegaria. Barcelona era una urbe de cielos bajos en invierno, lo que aumentaba la sensación de apretura que uno sentía al desplazarse por sus calles, y el miedo a que llegara un día en el que aquella techumbre plomiza, ahíta al fin de emanaciones, se desplomara sobre nuestras cabezas hacía que muchos deambularan encogidos.

Don Pedro nos esperaba frente al Palacio Episcopal. El edificio, una mole de cuatro plantas que destacaba por la simetría de sus balcones y la belleza de sus murales, ocupaba una de las esquinas de la plaza Nueva. Semejante denominación no era más que un eufemismo, porque aquel espacio —más bien un minúsculo óvalo en el que confluían las principales calles del distrito— distaba mucho de ser lo que evocaba. A pesar de ello, constituía un desahogo en medio de la maraña caótica de vías que se dirigían a la catedral. A su derecha se alzaba la casa del Arcediano, con la que la construcción diocesana compartía un detalle significativo: ambos palacetes habían integrado en su gruesa anatomía dos de las viejas torres que custodiaban la entrada a la ciudad más antigua. El resto del espacio lo cerraban varios edificios de viviendas con las fachadas cuarteadas y los bajos enfangados.

La berlina de don Pedro se había detenido junto a un par de coches de plaza, lo que había desatado una pequeña trifulca entre los conductores. El doctor trataba de mediar asegurándoles que se trataba de su vehículo personal y que no tenía intención de robarles a ningún cliente, pero sus formas se vieron pronto rebasadas por el grosor de algunas de las expresiones. Estaba acostumbrado a desplegar sus argumentos ante audiencias más selectas, y los improperios que surgían de la boca de aquellos hombres eran más propios de una taberna que de cualquier disertación académica. La expresión de alivio que se formó en su rostro al vernos llegar fue clarificadora. Estaba inquieto —a decir verdad, yo también—, no tanto por la disputa —que continuaba a su espalda— como por nuestro destino: el cementerio de los condenados.

De todos los fosos intramuros, aquel era el más tétrico. Quizá se debiera a su absoluta desnudez, o a que a él iban a parar los despojos de los ajusticiados, maleantes, pordioseros, vagabundos y huérfanos de la ciudad. Algún día, aquel triste descampado sería también mi última morada.

Lo único que identificaba las tumbas era un hito de madera —la mayoría estaban podridos— incrustado en la cabecera de cada cárcava. Ni siquiera se molestaban en excavar un túmulo en condiciones, demasiado trabajo para muertos tan poco ilustres, lo que los convertía en cenotafios sin nombre, una condena para que aquellos que habían hecho el mal en vida erraran como espectros sin identidad hasta el fin de los tiempos.

El depósito de cadáveres, en cuyo sótano se ubicaba el osario, estaba situado en uno de los extremos del muro que lo circunvalaba, más por evitar miradas curiosas que por decencia. Se trataba de una casilla de piedra de una sola planta y tejado a dos aguas anexa a la parte trasera del claustro del convento de los Felipones. El encargado, un tipo de cabeza redonda, brazos gordos, piernas gordas, manos pequeñas y gordas y dedos cortos, sucios y gordos, nos esperaba con un farol en la puerta. Decenas de minúsculas venas rojas le surcaban el rostro —aunque el fenómeno era más pronunciado en la nariz y los pómulos—, como si toda su mollera fuera una gran bola de cristal agrietado.

—Llegáis tarde —pronunció como único saludo—. Vuestro amigo os espera desde hace un rato.

Intercambiamos una mirada de desconcierto, pero antes de que pudiéramos abrir la boca, desapareció dejándonos huérfanos de luz y amparo. En cuanto pusimos un pie en el interior, descubrimos la figura de un hombre de patillas profusas y un gran bigote veteado. Su indumentaria era tan parecida a la de Monlau que podrían haber salido del mismo sastre; cualquier otro parecido, sin embargo, terminaba allí, empezando por su prestancia.

Don Pedro no pudo ocultar su sorpresa —junto a cierta inquietud— al verle, pero una vez recuperado del trance, le tendió la mano.

—Doctor Mata.

—Monlau.

Ambos guardaron un prolongado silencio tras el saludo, como si cada uno esperara a que el otro diera el siguiente paso.

—Te hacía en Madrid —tomó la iniciativa don Pedro. Al fin y al cabo, aquel era su terreno. O eso pensé.

—He venido a pasar unos días —obtuvo por única respuesta.

Más tarde supe por Andreu que aquellos dos hombres habían sido buenos amigos, pero que habían tenido ciertas desavenencias —muy airadas en realidad, como solo pueden tenerlas aquellos que han compartido intimidades— con motivo del apoyo de El Constitucional a la regencia de Espartero. Habían trabajado juntos en El Vapor, habían estado en el exilio y, al regresar, habían decidido refundar el diario, cerrado por sus diatribas. Pero sus preferencias políticas los habían llevado por distintos derroteros, hasta el punto de romper su amistad.

Monlau, que a pesar de haberse retraído en su presencia, tampoco era manco, insistió.

—¿Y puedo saber a qué se debe tu interés por estos cuerpos? —Su tono era ahora tan gélido como el ambiente.

—Simple curiosidad.

Una vez más, la respuesta no le satisfizo, pero al fin pareció entender que sería la única que iba a recibir por el momento.

Terminado el tanteo, el sepulturero colocó un par de velas en sendos faroles lagrimeados de cera.

—Síganme.

Nuestra presencia —más bien la de aquellos dos tipos de chaqueta buena, camisa impoluta y pantalones rectos— le incomodaba. El pobre había roto a sudar, por lo que supuse que no estaba acostumbrado a recibir visitas tan ilustres —más bien de ningún tipo, al menos de nadie con la sangre aún caliente—; habíamos invadido su soledad y no le gustaba un pelo.

En cuanto accedimos a la sala principal, el estómago se me encogió por el frío y la aflicción. El suelo, de losas desiguales, estaba cubierto de tierra y paja, y las paredes, desabrigadas del encalado que las había cubierto un día, rezumaban humedad. La mayoría de los sillares habían sido invadidos por colonias de mohos, hongos y líquenes, a lo que había que sumar los chorretones producidos por la lluvia que se filtraba por las juntas ajadas. Algunos parecían el pelaje de un gato.

Tres cuerpos reposaban expuestos como carne en el mercado. Dos de ellos estaban desnudos, mientras que el tercero vestía un blusón sucio y unos pantalones raídos, en los que se había hecho todas las necesidades. Tenía los ojos saltones y la boca abierta, por la que le asomaba una lengua abotargada. Me fijé finalmente en su cuello, en el que aún podía verse, notoria, la marca del garrote.

—Una auténtica chapuza —dejó caer el sepulturero para conjurar aquella mueca que parecía burlarse de él.

El segundo correspondía al vagabundo al que se había referido Andreu.

El tercero era el de Víctor.

Tuve que taparme la boca para retener el vómito que me había subido desde el estómago. Al igual que a su compañero de mesa, le habían remendado el vientre con puntadas de hilo de pita, groseras y funcionales, en un intento vano por devolver cierta dignidad al cuerpo, pero no había servido de mucho.

Monlau acercó el farol, provocando que su luz desplazara las tinieblas hacia un rincón.

—¿Alguien tiene un cuchillo?

Mata sacó un estuche de madera lacada del interior de su chaqueta. Monlau rechazó el ofrecimiento —no sabría decir si por respeto o por miedo— y, acto seguido, le dedicó un gesto no exento de cierta mofa.

—Usted es el cirujano.

Mata esquivó el ademán con elegancia.

—He venido como mero observador.

Hacía falta mucho más para alterar su humor.

Monlau abrió el estuche, que contenía varios bisturíes de hoja menuda y afilada, y escogió uno a regañadientes. Lo alzó —el instrumento temblaba en sus dedos—, se acercó al cadáver y empezó a cortar las suturas. Mata le observaba como si la cosa no fuera con él, los brazos cruzados a la espalda y la mirada ajena —eso pensé— a sus evoluciones. Hasta que, una vez expuesta la cavidad, algo llamó su atención.

—¿Me permite?

Don Pedro, que había logrado al fin dominar la ansiedad, le cedió la herramienta a regañadientes. Mata se inclinó sobre el cadáver y observó el interior durante un buen rato, hasta que sus cejas se contrajeron arrastrando consigo al resto de la frente.

—¿Qué sucede?

—Este hombre ha sido diseccionado, aunque al responsable aún le queda alguna cosa por aprender. Pero el trabajo es, sin duda, de mérito.

—¿Y la marca? —señaló Andreu.

El doctor alzó la mirada en busca del sepulturero que, atento a su demanda, se acercó para voltear el cuerpo. Al pasar junto a mí, pude percibir la curiosa mezcla de olores a sal, cuero y muerte que desprendía. Su respirar era frágil y cansino. Algún día, aquella desmesurada panza acabaría por ocupar el espacio reservado a sus pulmones y su corazón. Lo más probable era que dicho suceso —a todas luces inevitable— le aconteciera allí mismo, por lo que, al menos, nadie se vería en el apuro de tener que recorrer Dios sabe cuántas calles con su fatigosa anatomía a cuestas.

Una vez que el cadáver estuvo en posición, Mata tomó el candil y lo acercó a la cabeza de Víctor. Todos observamos la señal, una pequeña herida tras el lóbulo. Tenía el tamaño de un maravedí, pero era demasiado grande para tratarse de la picadura de algún insecto y demasiado regular para ser el mordisco de un roedor.

Mata volvió a dirigirse al responsable del osario, que, al igual que Andreu, comenzaba a impacientarse. En su caso, sin embargo, lo que quería era perdernos de vista cuanto antes.

—¿Tiene una cerilla?

El hombre regresó a la antesala en busca del fósforo. Solo entonces, cuando la luz proyectada por su farol iluminó la pared de enfrente, pude ver los instrumentos de su quehacer apoyados en el muro: palas, picos, un par de azadas, una horca y hasta un palote.

Y el ataúd.

Aquella caja había vivido muchos entierros. Estaba colocada de costado, pero lo que llamó mi atención fue que la plancha que hacía las veces de fondo, abierto de par en par, se sujetaba al cuerpo como una puerta a su dintel. Al principio, no entendí el propósito de aquella excentricidad, hasta que me di cuenta de que solo había una caja para tres cuerpos y discerní que, en un intento por guardar las apariencias, la usaban para transportar al muerto hasta la fosa y, una vez allí, la abrían por debajo, dejaban caer el cuerpo y regresaban a la caseta a la espera de un nuevo inquilino.

El sepulturero regresó con el mixto y se lo entregó a Mata, que lo deslizó en el orificio y volvió a fruncir el ceño.

—¿Podemos ver el otro cuerpo?

El cadáver del vagabundo había sido zurcido por el mismo sastre. Esta vez fue él quien procedió a abrirlo. A diferencia del de Monlau, su pulso era firme, el propio de un hombre que practicaba aquella disciplina con cierta asiduidad, imaginé.

—Es obra del mismo verdugo, sin duda.

—¿Qué tipo de instrumento deja una marca así? —le interrogó Andreu.

—Diría que se trata de una sanguijuela artificial.

—¿Una qué?

—Un cilindro en cuyo interior se esconden seis cuchillas rotatorias. Una vez practicada la incisión, se produce un vacío en el tubo por el que se succiona la sangre. Pero esta ha sido modificada para que libere un punzón que parece atravesar el cráneo y llegar hasta el cerebro —explicó con tono escolar—. Eso fue lo que los mató. Un método limpio, rápido y efectivo.

—Tuvo que sorprenderlos por detrás —intervine. Conocía bien a Víctor y sabía que no se hubiera dejado matar sin vender cara la vida. Se había criado en la calle y sabía cómo defenderse, por lo que su asesino tenía que haberle dado aquella estocada con cobardía.

—¿Y la disección? —le apremió Andreu, más interesado en resolver el misterio que en mis sentimientos.

—Fue posterior —aseguró Mata.

—¿Con qué motivo?

—Diría que para estudiar los cuerpos.

Y mientras regresaba al interior de aquella nueva naturaleza muerta, algo llamó su atención.

—¿Falta algo?

—A juzgar por esta pequeña incisión de aquí, a nuestro asesino le interesaba una víscera en concreto.

—¿Cuál?

—El hígado. Le han extirpado una muestra. El resto está intacto —indicó mientras volvía a erguirse. Su rostro reflejaba cierta consternación—. Pero no es eso lo que más me preocupa, sino saber que quien lo ha hecho es uno de los nuestros.

—¿Un cirujano?

—Más bien diría que un estudiante.

—¿Está seguro?

—Durante mi exilio en París tuve el honor de trabajar con don Mateo Orfila, un profesor de la Facultad de Medicina que enseña lo que allí llamaban médecine légale. Ayudan a la Justicia a través del estudio de los cadáveres —explicó—. Quien ha abierto los cuerpos, lo ha hecho con un bisturí y siguiendo nuestros protocolos de enseñanza. Solo hay algo que no encaja en este caso —dijo refiriéndose al cadáver que ahora teníamos delante—: este hombre no es ningún vagabundo. Está sano y bien alimentado. Aunque no siempre ha sido así. Y si nos fijamos en estas heridas cicatrizadas, diría que ha estado en la guerra. En cuanto a su piel, lleva bastante tiempo expuesta a mucho sol.

Sus revelaciones nos dejaron perplejos.

Pero la última sorpresa aún estaba por llegar.

Mata ordenó al sepulturero que cubriera el cadáver, y este, al tirar de la lona que descansaba sobre sus pies, dejó al descubierto uno de sus tobillos.

—Un momento —dijo el doctor señalando la extremidad.

Justo debajo del hueso asomaba lo que parecía un hilo blanco. Supuse que se trataba de una hebra que se le había desprendido del pantalón, pero al acercarme descubrí con horror que surgía de una pequeña úlcera abierta en la piel.

—¡Dracunculiasis! —exclamó Monlau—. La lombriz de Guinea.

Mata asintió.

—Este hombre ha estado en África.

[1] Mote con el que los oponentes de Espartero llamaban a los militares agrupados en torno a su figura. Todos —excepto el propio Espartero, apresado justo antes de la contienda— habían participado en la batalla de Ayacucho (1824), que puso fin a las guerras de independencia hispanoamericanas. El término también se empleó, junto al de «espadón», para referirse al resto de los militares que protagonizaron la vida política durante el reinado de Isabel II, ya fueran de un signo político o de otro.

IV

Agradecí llenarme los pulmones de aire limpio nada más salir. Estaba acostumbrado al hedor de la ciudad, pero la muerte tiene su propia pestilencia, acre y dulce a un tiempo, y uno no puede evitar creer que se le ha pegado a las ropas, la piel y el cabello cuando la ha afrontado en toda su crudeza.

Don Pedro, cuyo cochero le esperaba aún frente al Palacio Episcopal, se ofreció a llevar a Mata; por mucho que el reencuentro le hubiera hecho sentirse incómodo, la hora no invitaba a pasear solo. A juzgar por sus aspavientos, los imaginé enfrascados en viejas cuitas mientras perdían el contorno en una niebla que la brisa había empezado a desleír. Andreu, por su parte, se dirigió hacia a la plaza Santa Ana, no sin antes citarme para el día siguiente. Había quedado allí con una criada a la que cortejaba a cambio de información.

Estaba seguro de que no sería la única.

La mejor fuente de chismes acerca de lo que sucede en una casa es el servicio, y Andreu lo sabía bien. Nadie se fija en el mayordomo, el ama de llaves, la cocinera, la planchadora o la lavandera; para sus amos, no son más que muebles sordos, mudos y ciegos, pero con los oídos, los ojos y la boca bien abiertos cuando es menester. Algunos habían incluso arruinado fortunas y reputaciones en venganza por los malos tratos sufridos o la falta de cobro, aunque ello les hubiera supuesto verse en la calle. El mundo se gobernará desde arriba, pero hasta el mejor edificio se viene abajo si le abres una grieta en los cimientos.

La noche era fría, así que me calé la gorra y apreté el paso. Descendí por la calle del Obispo hasta la plaza de San Jaime y continué por Libretería. Tenía que hablar con Salvador para contarle lo que había averiguado; aunque no fuera mucho, sí lo suficiente para —al menos de momento— descartar la implicación de Tarrés en los asesinatos.

Y debía hacerle una petición.

Al pasar frente a El Brusi[2], me fijé en uno de los pliegos expuestos en el escaparate. Una columna recogía la ejecución del condenado cuyo cadáver acababa de ver. El tipo se llamaba Nemesio Soler y había matado a una mujer en la calle mediana de San Pedro. La había estrangulado con una cuerda de camálic[3]. La vista, sin embargo, no había logrado determinar si se había tratado de un robo, de una venganza o de un ataque de celos, ya que el hombre había insistido en su inocencia. De poco le había servido. Ninguna página, en cambio, informaba de la muerte de Víctor, tampoco de la del pobre desgraciado con el que había compartido destino.

Mientras bajaba por Platería, la imagen regresó nítida a mi cabeza; su rostro inexpresivo, sus labios desvaídos, la tiesura de sus miembros y aquella costura en la piel, que se había vuelto papel de estraza. Pero lo que más me hirió fue su silencio; ser consciente de que la ausencia de su risa, aquel gorgoteo escandaloso que era incapaz de retener cuando algo le hacía gracia, era ya definitiva.

Alcé la vista para escudriñar las alturas y fui más consciente que nunca de que no había ningún Dios allá arriba. La niebla había dado paso a un cielo veteado de nubes que cubrían y exponían la luna a intervalos, revelando y ocultando a los moradores de la noche, espectros que habitan la otra ciudad, una Barcelona de calles irreconocibles, de plazas extrañas, de ramblas vacías y pasadizos lóbregos. Pep, uno de mis compañeros de gatera, afirmaba que cada uno de nosotros tenía un yo secreto que se manifestaba al claudicar el día. Una emanación corpórea de nuestro mal. Incluso aseguraba que, en una ocasión, se había visto a sí mismo surgir de la oscuridad del sótano y salir a la calle para alimentarse del vientre de un perro muerto.

Al llegar a la plaza de Santa María, sentí la brisa.

Me quité la gorra y dejé que se enredara en mis cabellos. Los días como aquel, en los que se alzaba el levante, el viento atravesaba la Puerta de Mar, cruzaba el Plano de Palacio haciendo tiritar sus luces y se colaba hasta allí por Espaseria y Cambios Viejos. Y entonces, por un instante, aunque solo fuera por esa mísera porción de tiempo, su hálito era capaz de hacerte olvidar cualquier cosa.

Todo.

El viento siempre trae prendido consigo mucho más que simples olores y sonidos.

Apenas me separaban un centenar de varas de la cueva cuando sentí la necesidad de ver con mis propios ojos el lugar en el que habían matado a Víctor. Lo que quería saber en realidad era si, de algún modo —físico o de otra índole—, alguna parte de él seguía allí; si su alma permanecía atrapada aún en el lugar en el que había sido asesinado, aunque solo fuera un arambel. Salvador me había contado que aquellos que sabemos que ya no regresarán jamás pasan a vivir dentro de nosotros, y que los que no han muerto en paz se encarnan como una tumoración hasta que alguien les hace justicia. Víctor había comenzado a crecer en mi interior y era consciente de que, si no lograba dar a tiempo con su asesino, infectaría cada una de mis vísceras hasta secarlas.

Las nuevas farolas instaladas a lo largo del plano y el paseo de Isabel II daban a las fachadas un singular tono ámbar. Cada una era un pequeño sol macilento a cuyo reclamo acudían como insectos las pocas almas buenas que, por alguna necesidad, se habían aventurado a salir a aquellas horas; el resto buscaba el amparo de la noche para otros menesteres.

La Muralla de Mar se alzaba sólida sobre mi cabeza. Aunque aún conservaba parte de su vieja gloria a la luz del día, había dejado de ser el lugar predilecto de paseo de la aristocracia, que, poco a poco, se había trasladado al primer tramo de la Rambla, justo frente al palacio del March de Reus, donde el Ayuntamiento había instalado unos bancos de piedra muy frecuentados por señoritos, petimetres y «mosquitos de agua», hasta el punto de que el paraje había pasado a conocerse como el Mentidero. Buenas bolsas para aquellos que tenían acceso a ellas.

Me adentré en el callejón sorteando varios montones de desperdicios, un par de vómitos que acerté a ver a tiempo y un charco de meado humeante. Tres borrachos que habían decidido alargar la curda buscaban compañía de ocasión por las esquinas, mientras que otros, recién surgidos de una taberna, trataban de mantener el equilibrio camino de la siguiente. Aunque alguno parecía el espectro de un aparecido, nada en el lugar indicaba que allí había muerto alguien, mi mejor amigo, la persona a la que más había querido en esta ciudad, que, en mi caso, era lo mismo que decir en este mundo.

Observé el puerto, con el tenue fulgor de la linterna del fuerte a lo lejos. Los mástiles de un par de bergantines se mecían al ritmo de las olas, con sus gallardetes agitados por el viento, mientras un grupo de estibadores se afanaba en vaciar sus vientres. En cuanto terminaran, los volverían a llenar y partirían rumbo a América con la primera marea favorable. Así funcionaba el comercio, un ir y venir constante de materias primas para las fábricas, de productos manufacturados de regreso a las colonias.

Víctor y yo habíamos soñado con enrolarnos en una ocasión, escapar a las Antillas, incluso a Argentina o Uruguay. Solo queríamos comprobar si el mundo del que hablaban algunos era real, si había algo más allá de los muros que nos rodeaban y contenían lo único que habíamos conocido.

Miseria.

Desesperación.

Muerte.

Pero jamás nos atrevimos.

El miedo es el sentimiento más útil y, a la vez, el más inútil que experimenta el ser humano a lo largo de su vida: nos mantiene vivos, pero también nos condena a la inmovilidad.

Bajé hasta el muelle decidido a probar suerte. El cotilleo de marineros, estibadores y algún que otro pescador que remendaba su malla a deshoras para aliviar la soledad se entremezclaba con el golpeteo monótono de las olas contra los cascos. Se decía que, si uno tenía buen oído, podía llegar a distinguir si las entrañas de un barco estaban vacías o llenas por la resonancia de aquel chapaleo, claro que el propio vaivén de la nave suponía una pista clara acerca de su estado para aquellos que, como yo, éramos algo más cerriles en cuestiones de mar.

—¿Sabéis si ha llegado algún barco de África estos días?

Uno de los estibadores me miró por encima del hombro. Tenía el tamaño de una montaña.

—¿África? Aquí no atracan barcos de África.

—¿Y cómo se puede venir de allí?

—Mira, chaval, tengo trabajo, así que piérdete.

Al ver que no me iba, empezó a recelar.

—¿Y para qué cojones quieres saberlo?

—Curiosidad.

La montaña dio un paso hacia mí con actitud amenazante.

—No se te ha perdido nada en África, te lo aseguro.

—Eso es asunto mío.

Por un momento, pensé que me iba a dar un puñetazo, pero, en su lugar, esbozó una sonrisa de dientes negros.

—El chaval tiene huevos —dijo a su compañero, que mostró una sonrisa igualmente tiznada—. Así que quieres enrolarte, ¿eh? Pues mira, como me has caído bien, voy a darte un consejo: olvídalo. Allí solo encontrarás lo peor del ser humano. Eso si no te matan el primer día.

Regresé por donde había venido, sin respuestas, pero con todos los dientes en su sitio, lo que, en aquel momento, me pareció todo un logro. Torcí por Marquesa y subí por la calle de la Aduana hasta la parte baja de Rec. El día había sido largo y estaba cansado.

Al entrar en la cueva, la expresión de Salvador me inquietó. Se columpiaba sobre las patas traseras de una silla mientras el resto de mis compañeros dormía a pierna suelta. Parecía más demacrado que de costumbre.

—¿Todo bien?

—Todo lo bien que se puede estar.

No tenía ganas de charla. Aún le daba vueltas a la posibilidad de una guerra entre las distintas facciones de la Tinya, al dolor que un enfrentamiento fratricida traería consigo. Pero allí estaba, despierto a la espera de mis noticias.

—¿Y tú? ¿Qué me cuentas?

Le referí lo sucedido, una crónica exhaustiva de mi encuentro con Andreu y don Pedro, nuestro viaje al depósito de cuerpos del cementerio de los condenados y la inesperada aparición del doctor Mata.

—¿Un estudiante?

—Eso es lo que creen.

—¿Y con qué propósito?

—Aún no lo sabemos.

—No tiene ningún sentido.

El silencio nos envolvió.

—¿Les has hablado de nosotros?

Negué con la cabeza. Solo Andreu conocía nuestra existencia, y le había hecho prometer que no diría nada. No era tonto: sabía que podíamos hacerle la vida imposible.

—¿Estás seguro de que podemos fiarnos de él?

—Tan solo quiere su historia.

—Lo que me preocupa es hasta qué punto.

—Tiene mucho que perder si se va de la lengua.

—Muy bien. ¿Puedo ayudarte en algo más?

Sopesé cómo planteárselo, pero no había modo bueno, así que preferí ser directo:

—Quiero que convoquéis otra reunión del Consejo.

Salvador se removió provocando que las dos patas delanteras, en el aire hasta aquel instante, dieran de golpe contra el suelo.

—¿Para qué? Ya sabes cómo están las cosas.

—Porque hay un asesino suelto que ha matado a uno de los nuestros. —Por algún motivo infundado, en aquel momento preferí no contarle lo del falso vagabundo—. Necesito vuestra ayuda.

Si, tal y como temía el Monjo, los tambores habían comenzado a tocar a rebato, semejante petición podía hacer saltar la chispa. Pero también podía contribuir a unirnos, pensé: no hay nada mejor que un enemigo común para hacer que la gente arrime el hombro.

—Está bien. Pero la decisión final es de Martí.

[2] Nombre con el que era conocido popularmente el Diario de Barcelona debido al apellido de sus propietarios; el impresor, empresario y periodista Antonio Brusi Mirabent (1782-1821), primero, y su hijo Antonio Brusi y Ferrer (1815-1878), aunque fue realmente Eulàlia Ferrer, la mujer de Brusi Mirabent, la auténtica alma del periódico, en especial tras la muerte de su marido. El Brusi fue el primer periódico de España en usar la litografía.

[3] Los camálics eran profesionales que se ganaban la vida transportando bultos de un lado para otro. Su vestimenta, muy característica —una blusa azul y una barretina—, servía para identificarlos, en especial la cuerda que siempre llevaban colgada a la espalda. Solían ofrecer sus servicios en plazas y espacios especialmente transitados.

V

La ciudad se agitaba con cientos de vehículos y transeúntes circulando arriba y abajo. Con el paso de los años, las caballerías se habían multiplicado hasta tal extremo que era casi más fácil morir arrollado por un coche de punto o una carreta de reparto que por culpa del hambre o alguna pestilencia.

Un forcaz tirado por un enorme boloñés pasó junto a mí a toda velocidad. Aunque logré esquivarlo a tiempo, la salpicadura de sus ruedas me ensució la mejilla de barro. Después fueron un par de lavanderas, con sus cestos cargados hasta los topes, las que casi me pasan por encima. Cada uno iba a lo suyo, camino de una cita, una entrega o algún que otro quehacer, como si todos tuvieran una vida perfectamente reglada y debieran cumplir sin demora con los preceptos del día. Alguno hasta parecía uno de esos autómatas que se podían ver de vez en cuando en las barracas de alguna feria, con su mirada vacía y sus movimientos pautados.

En realidad, nunca me había parado a pensar en ellos, en quiénes eran, en sus empeños y afanes.

En sus miedos.

Hasta aquella mañana.

Para un miembro de la Tinya, cualquiera con dinero en el bolsillo era un objetivo. «¿Prefieres morirte de hambre tú o que sean ellos? —solía repetirme Salvador—. Para que unos abandonen la miseria, otros deben caer en ella». Pero Víctor tenía su propio código. Él me había enseñado cuándo, cómo y cuánto robar. No le importaba mucho la cuota que le exigían sargentos y capitanes, tenía sus propias reglas, las que le dictaba la conciencia: «A los ricos, lo que quieras, pero si el objetivo es un trabajador, róbale el día de paga y solo la mitad, que es lo que se gastaría en aguardiente; nunca más de eso, porque se lo estás quitando a la mujer y a los hijos».

La población de Barcelona se dividía en tres grandes grupos: el de los elegidos —ricos, industriales, políticos y algún que otro aristócrata o terrateniente venidos a menos—, que vivían una plácida existencia; el de los burgueses, que dedicaban todo su empeño a convertirse en ellos; y el del resto de nosotros, que, simplemente, nos limitábamos a sobrevivir.

Así había sido siempre y así seguiría siendo.

Andreu me esperaba frente a un pequeño café situado en el extremo más oriental de la calle de las Pansas. El dueño, Julián, había ejercido los oficios más diversos durante años, hasta que un día, cansado de dar tumbos, había comprado el almacén y lo había convertido en lo que era. Pero por mucho que se empeñaba en convencer a todo el mundo de que lo había adquirido gracias a una herencia —nadie le había conocido nunca familia alguna—, las malas lenguas aseguraban que había matado al dueño en una reyerta de juego y, como pago por la deuda, se había quedado con todas sus posesiones, incluida su viuda. La mujer, feliz por desprenderse al fin del animal que había sido su marido, se abstuvo de protestar. Todos lo llamaban el café del Julepe en referencia al juego de naipes que había motivado la disputa.

El gacetillero parecía absorto en sus cosas, que, hasta donde yo sabía por entonces, se limitaban a asuntos de letras, delantales y faldas y el denominador común que los unía a todos: el dinero. Su falta de él, más bien.

—No tienes buena cara —me saludó.

Apenas había pegado ojo en toda la noche debido a las pesadillas.

Y por la culpa.

No me había atrevido a decirle nada a Salvador —tampoco quería reconocérmelo a mí mismo—, pero la sensación de libertad que había experimentado en el día que llevaba investigando el asesinato de Víctor, lejos de mis obligaciones y quehaceres diarios, empezaba a expandirse por mi interior como una fiebre.

Jamás me había sentido tan vivo, y se lo debía a la muerte.

La muerte de Víctor.

—¿Y cuál es tu excusa? —repliqué.

Su semblante no lucía mucho mejor, aunque estaba seguro de que su insomnio tenía más que ver con la criada con la que había quedado la noche anterior que con el mío.

—Sígueme.

La casa de Monlau estaba situada en la calle Ancha, entre el carrer de la Plata y la parte baja de Escudillers, justo en el límite de mi distrito. Con el tiempo, aquella localización se había convertido en una de las más selectas de la ciudad, y señores, empresarios, banqueros y algún que otro militar de alto rango habían levantado allí sus moradas, construidas tanto para su comodidad como para mostrar su riqueza al mundo. Cada palacio era distinto del anterior, pero todos tenían un elemento en común: se sustentaban sobre los cimientos de la explotación.

—Anoche estuve en el puerto —le confesé.

—¿Para qué?

—Quería saber si había llegado algún barco procedente de África en los últimos días.

—Eso podría habértelo dicho yo. Nuestro desconocido no vino de África, sino de las Antillas —replicó deteniéndose frente a un portal—. Es aquí.

Alcé la vista.

La finca, una mansión de tres alturas y portón de madera del que pendían dos aldabas en forma de zarcillo, era imponente. Andreu hizo sonar uno de los llamadores. El portero debía de conocerle, porque en cuanto le echó el ojo, relajó el gesto —y los nudillos—, guardó las manos en los bolsillos del guardapolvo y nos condujo hasta la escalera que daba acceso al principal. Allí nos esperaba el mayordomo, un tipo de lo más estirado, tanto como la levita de su uniforme. Estaba claro que nuestra presencia le desagradaba, en especial la mía; por mucho que estuviera acostumbrado a algunas de las excéntricas amistades del señor, mi visita constituía una novedad, y a juzgar por su nariz arrugada y sus labios fruncidos, no era de su agrado.

No hay peor pobre que el que se cree mejor que los suyos.

Cada uno de los muebles, cuadros, lámparas, jarrones y objetos que decoraban las habitaciones que cruzamos debía de costar un dineral, el suficiente para alimentar a una familia durante un mes, quizá hasta un año entero. Todo, sin embargo, quedó eclipsado al llegar al salón. Todas las paredes estaban vestidas de sedas adamascadas, y el suelo, a diferencia de las esteras que cubrían el del resto de la casa, oculto bajo alfombras que parecían recién hiladas. Ni por un instante dudé, sin embargo, de que las maderas que lo componían —y que sentía crujir bajo mis pies— debían de ser un primor a juego con el resto de la marquetería. Tanta opulencia me acongojó, no solo porque, en comparación con el sótano que me servía de refugio, aquello era una mansión, sino porque la mayoría de los barceloneses se veían condenados a apretujarse en viviendas exiguas de cuartos famélicos que cabrían por entero entre aquellas cuatro paredes.

Me sorprendió ver a Mata de pie en una esquina. Observaba la calle a través de uno de los ventanales. Quizá él y don Pedro hubieran arreglado sus desavenencias durante la pasada cena, que se habría alargado, aventuré, con una degustación de licores y tabaco. Aunque no le di mucha importancia; lo único que me interesaba en aquel momento era que su pericia podría sernos de ayuda.

—Pase, Andreu —saludó Monlau, efusivo. Después me miró mientras trataba de recordar mi nombre.

—Miquel, señor —dije mientras me quitaba la gorra—. Miquel Expósito.

—¿Un café? ¿Un chocolate, quizá?

La vergüenza me impidió aceptar, aunque me moría de ganas.

—No sea tímido, Expósito —replicó Monlau adivinándome el deseo.

—Miquel, señor.

—Muy bien —concluyó algo molesto por la puntualización—. Acérquense, por favor. El doctor Mata ha tenido la amabilidad de traernos el listado de alumnos matriculados en el Colegio de Cirugía.

—¿Sigue usted convencido de que se trata de un estudiante? —señaló Andreu.

Mata asintió.

El documento incluía ochenta nombres. Los había de varias edades, la mayoría entre los dieciséis y los veinte, aunque se podía encontrar desde uno de catorce a otro de cuarenta y cuatro. Muchos eran forasteros, aragoneses en su mayoría, pero también venidos de Andalucía, Murcia, Canarias, Galicia y Extremadura, incluso de Francia, Cuba y Puerto Rico.

Mata nos contó que los estudios se alargaban siete años, de ahí la cantidad de inscritos. De repente, la labor de descubrir al asesino se me antojó imposible; seguirlos a todos nos llevaría semanas. No se trataba de una tarea que pudiera afrontar yo solo, necesitaría decenas de piernas, ojos y oídos para ello. Debía hablar con los míos y trazar un plan.

—¿Y los profesores? —quiso saber Andreu.

—Seis —indicó Mata.

—¿Cómo lo hacemos?

—Habrá que entrevistarlos uno a uno y seguir a los que nos parezcan sospechosos —señaló Monlau.

—Creo que no lo comprende, don Pedro —me atreví a interrumpirle de nuevo—. Hablamos de mucha gente.

—¿Y qué propones? —respondió con la displicencia del general que despacha a sus tropas a la muerte desde la seguridad del cuartel.

—Ustedes hablen con los maestros, por si alguno ha visto o notado algo extraño. Yo me encargaré de los alumnos.

Don Pedro permaneció impertérrito. Hasta que dejó escapar una carcajada.

—Caramba con el huérfano.

Su tono no fue de desprecio, sino más bien de sorpresa, aunque no exento de cierta burla, debo decir. Yo no era más que un pobre a sus ojos, un expósito; un bastardo; un desgraciado que malvivía en las calles y se aprovechaba de la buena fe de las gentes.

Parásitos.

Eso éramos.

Una colonia de gorristas que nos alimentábamos de su sangre.

Gente sin pasado.

Hombres sin futuro.

Pero no me arredré.

—Ustedes, con sus sombreros, sus levitas y sus estudios quizá sepan de letras, política y otros asuntos, pero no conocen la calle. De hecho, no durarían ni un minuto en ella.

Don Pedro me miró furibundo, pero se las arregló para mantener la compostura.

—A lo largo de mi vida he sido falsamente acusado de asesinato, he sido perseguido y he tenido que huir con lo puesto al exilio, joven. ¿Sabe usted lo que es eso?

—Pero jamás ha estado en el infierno —pronuncié.

La llegada de la criada aligeró la tensión. Traía un plato repleto de melindros junto a la jarra de chocolate. Andreu mojó la punta de un bizcocho y se lo llevó a la boca. Decidí imitarle. La repentina mezcla de dulce y acre hizo que mi lengua, que toda la boca se me estremeciera de placer. Aquella delicia no se parecía en nada al mejunje que había probado en alguna de las chocolaterías del barrio.

—Creo que puedo ayudar —intervino Mata—. Por su destreza, yo descartaría a los alumnos de los primeros cursos y empezaría por los de último año.

—¿Cuántos son? —preguntó Andreu.

El doctor consultó los papeles.

—Cinco.

—Está bien —asentí—. Pero necesitaré que los señale para mí.

Por un momento pensé en pedirle que les cosiera un trozo de cinta a una de las mangas, tal como hacían los que compraban la protección de Tarrés, pero no me imaginaba al doctor practicando labores, por no decir que semejante excentricidad implicaría que hasta el más despreocupado se diera cuenta de la circunstancia.

Ya idearía otro modo.

—Una última cosa —añadió Andreu—. El artilugio con el que los mataron, ¿es fácil de conseguir?

—Más bien diría que todo lo contrario —aseguró Mata—. El uso terapéutico de hirudíneos se conoce desde muy antiguo, pero la sanguijuela artificial es más cara y ofrece peores resultados. No conozco a ningún sangrador que las use, tampoco a ningún médico aquí.

Andreu asintió, ligeramente contrariado. La sola posibilidad de poder quedar excluido le espantaba.

—No se preocupen. Si alguien comercia con ellas en Barcelona, le encontraré.

VI

El Real Colegio de Cirugía, un edificio de lo más solemne —acorde, supuse, a los asuntos que allí se trataban—, estaba ubicado en la calle del Carmen. La casa-fábrica de La Gònima y los lavaderos del Padró quedaban una cuarta más allá, y justo detrás del complejo hospitalario en el que estaba enclavado, se alzaba La Barcelonesa, otro leviatán cuyos brazos habían estrangulado Sant Agustí Nou y amenazaban con alcanzar la ruina del antiguo convento de los Trinitarios, donde, según se rumoreaba, algunos planeaban levantar un nuevo teatro.

Era territorio del Mussol.

Aún quedaba un rato para que acabaran las clases de la mañana, de modo que decidí regresar a la Rambla. Sin saber cómo —ese humor negro que habita nuestro interior y toma el control de nuestros designios—, acabé frente a la Misericordia. Nunca he sido dado a sentimentalismos, pero algo se me removió al verla junto a la puerta, aquella boca desdentada cuya única función era la de devorar a las criaturas recién nacidas que nadie más quería. Debo reconocer que, a lo largo de los siete años que había pasado interno en la Caridad, había fantaseado acerca de quiénes serían mis padres. Quizá incluso me los había cruzado por la calle algún día, la criada que se me había quedado mirando aquella mañana —acaso reconociendo algún rasgo, una frente ancha, una nariz chata, unas orejas salidas—, el señor que había acelerado el paso sin saber que era el fruto de su carne; o quizá sí; quizá intuyendo al bastardo había puesto pies en polvorosa no fuera a reclamarle algún real.

Poco importaba ya.

Mis padres estaban muertos y mi única familia era la Tinya.

La ayuda que había solicitado a Mata consistía en que, antes de terminar las lecciones que se había ofrecido a impartir a los alumnos de último curso —el director había aceptado de inmediato, por supuesto, el doctor era una eminencia—, rayara la espalda de sus chaquetas con tiza para que, al salir, pudiera identificarlos de lejos. Uno por día. Eso era todo lo que podía abarcar mientras esperaba la respuesta a mi solicitud de ayuda por parte del Consejo.

A la altura del Tridentino, el aroma de las flores comenzó a abrirse paso entre la peste a excrementos. Las voces de un grupo de ramelleres[4] que había acudido a vender su género frente al colegio trataban de imponerse al sonsonete de cocheros, carros, carretas y cascos herrados que conformaban el eco diario de la ciudad; un murmullo que solo cesaba entrada la noche, cuando lo único que alteraba el silencio era el canto de los serenos y de algún que otro borracho.

Sus ramos de claveles, hortensias, olivillas y alhelíes constituían una agradable pincelada de color en medio de una ciudad de calles marrones y hombres grises. Me detuve frente a un cesto y rocé la punta de un clavel, como si así pudiera llevarme parte de su frescor y alegría conmigo. Quizá por eso no me di cuenta de que me seguían hasta que fue demasiado tarde. Me había dejado invadir por la mentira de que era un paseante más, el recadero que procura que el camino de regreso a la tienda sea siempre más largo que el que le llevó a destino.

Así somos los seres humanos, dados a engañarnos.

«En la calle, siempre cuatro ojos, Miquel», me pareció escuchar a Víctor reprendiéndome entre el barullo. Apreté el paso y descendí en busca de la seguridad de mi distrito, pero paseantes, repartidores y vehículos parecían haberse conjurado en mi contra a medida que avanzaba con el alma en vilo y la lengua fuera. Por un instante, creí haberlos despistado, pero a la altura de la Cuatro Naciones volvía a tenerlos encima.

Aproveché el pequeño atasco formado por un landó detenido frente al hotel para escabullirme. El mozo que bajaba uno de los baúles —una cosa de lo más ostentosa— se trastabilló y a punto estuvo de dar con él en el suelo ante la mirada del dueño, que no dudó en atizarle con su bastón, lo que acabó por precipitar la desgracia. Todos sus enseres quedaron desparramados por la calle, momento que unos aprovecharon para sustraer lo que pudieron y otros, regodeándose en la desgracia ajena —en especial cuando se trataba de la de alguien pudiente—, disfrutaron en silencio.

Me dieron caza a la altura del carrer d’en Aray.

Eran del IV.

Dos eran mayores que yo, altos y fuertes, en especial uno de cabellos rubios, largos y sucios; el tercero no tendría diez años, pero la calle le había cambiado las facciones y parecía un boxeador en miniatura.

—¡Mira qué tenemos aquí! Una rata —dijo el de la melena—. ¿Qué hacías en nuestro territorio?

—Tengo permiso del Consejo.

—El Consejo, ¿lo habéis oído? Dice que no es una rata, que tiene permiso nada menos que del Consejo.

Los tres estallaron en risas.

Al ver lo que sucedía, algunos viandantes apretaron el paso. No querían líos.

Autómatas.

—Es la verdad.

«En las calles, el miedo te mata, Miquel. Aunque sean más. Aunque sean más fuertes. Jamás les dejes ver tu miedo».

La algarabía cesó de pronto, como si hubieran respondido a una señal convenida.

—¿Sabes qué? No te creo.

—Tú verás.

Ninguno me conocía, pero su mirada rebosaba odio. Estaba claro que buscaban pelea. Algunos vienen con la sangre envenenada desde la cuna.

Por un instante pensé en echar mano de la navaja, pero eso solo hubiera empeorado las cosas. Una de las lecciones más importantes que se aprenden en la calle es que, si muestras el acero, debes estar dispuesto a usarlo, y yo no lo estaba. Jamás había apuñalado a nadie.

El recuerdo del cuerpo abierto de Víctor me hizo sentir un temblor.

«Ni un paso atrás, Miquel».

—Además de rata, mentiroso.

Le había desafiado, y no lo iba a dejar pasar.

—Los bolsillos —me ordenó.

Caí en su enredo como un principiante.

El primer puñetazo me alcanzó la sien con las manos en el pantalón. Fue un martillazo seco al que acompañó un instante de oscuridad. Una vez en el suelo, me ovillé sobre el pequeño montón de desechos que había amortiguado mi caída. El cadáver de un gato que aún conservaba algo de piel sobre la calavera me dedicó una sonrisa grotesca; al igual que yo, había vivido tiempos mejores, aunque, a juzgar por su avanzado estado de descomposición, los suyos quedaban bastante lejos.

Durante el rato que duró la paliza, lo único que fui capaz de vislumbrar fue un rayo de sol que jugueteaba entre la maraña de piernas que me golpeaban sin cesar. Por un momento, pensé que se trataba del mismísimo arcángel san Miguel que acudía en mi ayuda con su brillante espada flamígera en la mano; después recordé a Víctor, su cuerpo inexpresivo sobre aquella mesa, y me vi tumbado a su lado con la cara tumefacta, la cabeza abierta y las ropas trizadas.

«Nadie te echará de menos», pensé.

De hecho, la única persona que podría hacerlo ya estaba muerta; yacía a mi lado pendiente de que alguien abriera una herida en la tierra para arrojarnos juntos en su interior.

—Basta —dijo el rubio—. Esta es mi casa, ¿te enteras? Ahora ya puedes ir a llorarle al maricón de tu jefe. Sus palabras encerraban un mensaje claro: nadie del Distrito IV estaba dispuesto a que el Maestro y el Monjo reclamaran parte de sus calles.

No sé cuánto tiempo permanecí allí tirado. Varios viandantes pasaron junto a mí, pero ninguno hizo ademán de acercarse, mucho menos de pararse para ver si aún conservaba un hilo de vida. Así era esta ciudad: la gente moría abandonada en sus calles sin que nadie hiciera nada, al menos hasta que los cuerpos empezaban a pudrirse y algún vecino se quejaba.

Me incorporé valiéndome de la pared y sentí un calor húmedo en la palma. Alguien se había desahogado sobre la piedra y el resultado seguía aún fresco. Vomité un par de veces y me sequé los restos de orín y bilis en el pantalón; tenía la cara llena de sangre, la ceja partida, la nariz fuera de sitio y el labio abierto. La cosa no debía de andar mucho mejor por dentro; me costaba respirar, y cada vez que ensanchaba el pecho para coger aire, una punzada de dolor se cebaba conmigo. Me palpé el costado y noté una concavidad en la parte baja del costillar. Asustado, me levanté la camisa para observar el destrozo y comprobé cómo mi cuerpo se había abollado como una vieja lechera. En mi boca se mezclaban el sabor del barro con el de la sangre y la derrota. Necesitaba un médico cuanto antes. Recé para que Monlau estuviera en casa, y para que tanto el portero como el mayordomo se apiadaran de mí y decidieran darle aviso de mi estado. De lo contrario, sería otro cadáver recostado en una fachada.

Un muerto anónimo más al que nadie lloraría.

Un nuevo Víctor.

Cuando recobré el sentido, me hallaba en el salón principal de la casa de don Pedro. Me habían tumbado sobre un diván de tapicería amarilla y listones plateados —una cosa de lo más refinada pero del todo incómoda— en cuyo extremo había tallada una gran piña cuyas hojas no dejaban de incordiarme.

Las puntas del bigote del doctor Mata me rozaban la frente a intervalos. Su piel olía a perfume y su bigote a fijador. No fue hasta ese momento cuando pensé en mi propia fetidez, que debía de resultarle insoportable; mis ropas, mi rostro y mis manos acumulaban sustancias que no me apetecía recordar. Mata, sin embargo, no parecía molesto en absoluto. Imaginé que, debido a su profesión, habría estado expuesto a humores más glutinosos que los que ahora le regalaban tanto mi indumentaria como mi propia anatomía.

El olor a muerte del osario acudió a mi memoria. De no ser porque nos hallábamos muy lejos de allí, hubiera jurado que seguíamos atrapados entre sus cuatro paredes.

Traté de incorporarme para no echar a perder el mueble, pero el doctor me retuvo.

—Estese quieto.

—Le han dado una buena paliza —intervino Monlau, cuya presencia me había pasado desapercibida hasta el momento—. Está ciudad es cada día más insegura. Si no morimos de cólera, tifus o fiebre amarilla, lo haremos en algún bombardeo o porque nos acabaremos matando los unos a los otros. ¡Los barceloneses tenemos la marca de Caín!

Volvía a lanzar una de sus arengas, solo que esta vez nadie le escuchaba. No le faltaba razón, no obstante: la vida en las calles valía menos que un retal de algodón.

—¿Cómo se encuentra, Expósito? —se interesó al fin.

—Miquel —logré articular.

El hombre me miró con los ojos abiertos, tanto que, esta vez sí, temí que me echara a patadas. Pero, en lugar de eso, dejó escapar una carcajada.

—¿Alguna novedad?

Me dolía el labio, así que me limité a negar con la cabeza. Ninguno de los dos me preguntó por lo sucedido. Así era como yo, como la gente de mi condición, solucionaba sus problemas, debían de pensar.

—Quizá Andreu haya logrado averiguar algo —dijo mientras consultaba su reloj.

Aun en mi estado, pude distinguir que se trataba de una magnífica pieza de plata con doble numeración. Me hubieran dado un buen pellizco por él.

—Ha tenido usted suerte. La costilla no parece haber perforado el pulmón y la nariz solo está desplazada —me informó Mata, que seguía escrutando mi rostro—. Pero esto le dolerá.

Ni siquiera tuve tiempo de prepararme antes de que asiera el apéndice y lo enderezara.

—Es probable que tenga una conmoción. Debe descansar.

Recliné la cabeza y cerré los ojos.

Víctor yacía de nuevo a mi lado. De pie junto a él, una figura embozada le abría el vientre con delectación, pero el pobre no gritaba, sino que se dejaba hacer. Traté de alargar el brazo para detener el bisturí, pero tampoco yo podía moverme, tan solo observar cómo aquel carnicero hacía su trabajo. En cuanto hubo terminado, limpió la hoja con un paño y se acercó a mí. Sentí su mano posarse en mi tripa y buscar el punto exacto por el que abrirme la carne mientras, esta vez, los doctores Monlau y Mata observaban sus evoluciones con sumo interés. Cualquier atisbo de resistencia por mi parte era inútil; allí tumbado me sentía como una marioneta deshilada, el sacrificio humano a unos dioses desconocidos a quienes no les importaba lo más mínimo.

El aullido germinó en lo más profundo de mi vientre, se abrió paso por mi tracto digestivo y alcanzó finalmente la garganta.

Angustia, miedo, dolor, muerte.

Los tres se giraron sobresaltados.

Miedo, dolor, angustia, muerte.

El sol se decantaba en ángulo sobre la alfombra. Observé la danza errática de las motas atrapadas en su interior; solo parecían existir dentro de sus límites, ya que, una vez traspasados, se tornaban invisibles y era imposible asegurar si las que ocupaban su lugar eran las mismas, que regresaban atraídas por su calidez, o unas nuevas.

—Bienvenido de nuevo —saludó Monlau.

Me toqué la frente. Sudaba y tenía escalofríos; Mata hubiera dicho que por la fiebre, pero yo sabía que se debía a otra cosa.

El miedo.

Me puse en pie con las pocas fuerzas que me quedaban y me reuní con ellos, momento que Andreu aprovechó para continuar el relato dejado a medias:

—Como les decía, esta mañana he estado en la Aduana. Tengo a un amigo allí. Me ha dado un listado de los barcos procedentes de Cuba y Puerto Rico que han atracado en el último mes: derrotero, carga, tripulación… Todo corriente excepto en uno de ellos, el Gregal. Arribó hace cuatro días y traía un pasajero. Según figura en el libro del capitán, se llamaba Alberto Guiteras.

—Y crees que es nuestro desconocido —señaló Monlau.

El gacetillero asintió. Seguía manteniendo sus dotes de sabueso intactas.

—El barco aún no ha zarpado, así que he podido hablar con alguno de los marineros. Todos han coincidido en la descripción. Y en que Guiteras no era ningún vagabundo. Embarcó en La Habana y disponía de camarote propio, pero apenas salió de él. Viajaba con poco equipaje y nadie le esperaba al llegar. Su escasez de pertenencias me ha hecho suponer que no pensaba quedarse mucho, y el hecho de que nadie acudiera a recibirle, que debió de alojarse en algún hotel, de modo que he preguntado en los principales, pero no ha habido suerte.

—Si quería pasar desapercibido, lo más probable es que buscara algún tipo de establecimiento más discreto —apuntó Mata.

Andreu asintió de nuevo. Era perro viejo, tanto como el propio doctor.

—Mañana realizaré una búsqueda por fondas y casas de huéspedes.

—Debemos dar con su alojamiento. Quizá sus cosas aún sigan allí y puedan aclararnos algo —señaló Monlau.

—¿Y si se inscribió con nombre falso? —apunté.

—De ser así, será imposible dar con él —intervino Mata.

—No tanto —puntualizó Andreu—. Tenemos su descripción, conocemos su fecha de entrada y sabemos que no habrá vuelto por allí desde hace dos días.

—¿Algo sobre la sanguijuela? —inquirió entonces Monlau.

Andreu negó con la cabeza.

—Nadie en Barcelona parece comerciar con esos artefactos.

—Quizá provenga del extranjero —señaló Mata—. Al igual que nuestro desconocido.

Sentí una ligera zozobra. Tanto para Andreu como para Mata y Monlau, el asunto había pasado de ser la investigación por la muerte de dos desheredados a una pesquisa por el asesinato del tal Alberto Guiteras, alguien, al parecer, más cercano a su clase. Víctor ya solo me interesaba a mí. Aunque debo reconocer que, en cierto modo, el hecho de que Guiteras no fuera quien parecía ser en un principio jugaba a mi favor: estaba seguro de que, a partir de ese momento, ninguno de los tres ahorraría esfuerzos por averiguar la verdad, aunque solo fuera sobre su misteriosa muerte.

Regresé a la cueva dolorido y con cierto malestar en el ánimo. Mata había hecho un buen trabajo con mi nariz, y el vendaje que me comprimía el pecho mantenía las costillas en su sitio, pero el dolor era difícil de enmascarar. Tanto como la tristeza.

Todos dormían menos Salvador, que me esperaba despierto, aunque ensimismado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó nada más verme.

—Me topé con unos del IV.

—¿Cuándo?

—Esta mañana, en Capuchinos.

—¿Cómo eran?

—El que mandaba era un tío alto, melena rubia y ojos marrones.

—Hijo de puta.

—¿Le conoces?

—Se llama Joan. Es un sargento del IV.

—¿Tienes trato con él?

Salvador agitó la cabeza. El tipo no era santo de su devoción.

—Estuvo en la cárcel por darle una paliza a un guardia. Casi lo mata.

—Pensé que no lo contaba.

—¿Te dijo algo?

—Que recordara de quién era ese territorio.

Salvador tensó los músculos de la mandíbula.

—¿Qué está pasando? —quise saber.

Su respuesta me erizó el vello de la nuca.

—Esta mañana, Martí y el Maestro han dado orden de ocupar las calles del III y el IV hasta la Rambla.

Estábamos en guerra, y yo había sido su primera víctima.

[4] Nombre por el que eran conocidas las vendedoras de flores que iban a ofrecer su género en las Ramblas —más en concreto, en el tramo aún hoy denominado Rambla de las Flores—, único punto de la ciudad en el que, ya desde la Baja Edad Media, se podía adquirir aquel tipo de producto.

VII

El tercer cuerpo apareció a primera hora de la mañana del día siguiente. Se trataba de un mendigo que solía pedir limosna en la calle d’en Petritxol, junto a la Parés. Nadie sabía su verdadero nombre, de modo que todos le llamaban el Velázquez. En cuanto un burgués o un señor aparecían por la tienda para comprar óleos, pinceles o telas, los abordaba con el cuento de que había sido un viejo maestro de la Escuela de Lonja. A los pobres incautos que aún no le conocían, les mostraba un lienzo que llevaba enrollado bajo lo que le quedaba de camisa —su gran obra, decía, una marina de la Costa Brava— y les ofrecía sus servicios como retratista privado. Lo había encontrado un guardia en la Volta de San Ramón, un callizo que unía el carrer del Call con la Bajada de Santa Eulalia. Solo aquellos que se dedicaban a alguna actividad ilícita —o poco confesable cuando menos— se aventuraban por él, pero el chaval —el tierno bigote que lucía sobre el labio parecía de prestado— era novato y buscaba promoción. El cadáver presentaba las mismas heridas que los de Víctor y Guiteras. Era la primera vez que el pobre se topaba con un destripado y, al verlo, devolvió hasta el primer alimento que su madre le había proporcionado en este mundo.

La noticia —tanto su bisoñez como la flojera de buche— corrió como la pólvora entre sus compañeros, hasta que uno de ellos, que compartía secretos debidamente remunerados con Andreu, le informó del suceso por truculento sin saber que aquella forma de muerte amenazaba ya con convertirse en una plaga.

Una vez solventado el pago, el gacetillero nos envió recado para que le esperásemos en casa de Monlau. Al parecer, tenía algo importante que contarnos. La nota, escueta, no proporcionaba pista alguna sobre el contenido de sus averiguaciones, por supuesto. Cuando entré en el salón, ambos doctores estaban enfrascados en otra de sus discusiones. Exceptuando el momento de frialdad que había acompañado a su reencuentro, aquel parecía ser su estado natural. Incluso había comenzado a discernir las reglas por las que se regía cada una de sus riñas: a medida que el silencio de Mata se hacía más patente, Monlau elevaba el tono como una corista, hasta que el doctor abandonaba su mutismo y soltaba una nueva estocada con intención de agitarle.

—¡Este loco mata al azar! —exclamó Monlau.

Mata le corrigió de inmediato:

—Me temo que no es ningún loco.

—¿Acaso cree que está en sus cabales?

—Nos enfrentamos a un asesino frío y metódico. No le gusta hacer sufrir a sus víctimas: primero cumple con su misión, y solo luego se permite experimentar.

—Un loco —se reafirmó Monlau.

—En Francia conocí algunos casos que le impedirían dormir, y, créame, nuestro hombre no es de ese tipo. Es más bien un lobo disfrazado de hombre.

Sentí un repentino escalofrío.

—¡Tonterías!

—Uno de ellos fue el de un hombre llamado Antonie Léger. Mató a decenas de mujeres, la mayoría de la calle, a lo largo de cuatro años. Las violaba, las torturaba, las asesinaba y después se las comía. Disfrutaba con su sufrimiento. Era descuidado y poco metódico, un pobre diablo que, sencillamente, no podía evitarlo —desgranó Mata—. Nuestro asesino es todo lo contrario, aunque no por ello es menos peligroso —concedió.

Había conocido la maldad en varias de sus formas, pero jamás había oído hablar de aquel tipo de seres. En mi mundo, cuando no es natural —si es que la miseria puede considerarse una pestilencia más—, la muerte tiende a obedecer a motivos de índole más simple y práctica. Es igual de sucia y de definitiva, pero jamás así de cruel.

Andreu llegó con las novedades prometidas —al fin—, y, de repente, todo dio un vuelco.

—He dado con la habitación de Guiteras —exclamó ufano, tras lo que guardó uno de sus silencios. No podía remediar la pausa dramática; nos había tenido en suspense toda la mañana y aún parecía decidido a prolongar nuestra agonía. Hasta que Monlau se exasperó.

—¡Vamos, suéltalo!

—Alguien había estado allí antes que yo, pero el propietario del hostal no supo describírmelo. Aun así, rebusqué entre sus cosas, pero no encontré nada. Entonces pensé en algo. ¿Recuerda el caso del empleado que sisaba del Hispano Colonial, don Pedro?

Monlau, cada vez más irritado, asintió repetidas veces mientras le apremiaba:

—¡Al grano, Vila, al grano!

—Se me ocurrió que quizá nuestro desconocido hubiera usado el mismo sistema, así que palpé el forro de su chaqueta en busca de algún documento y di con un escondite secreto en uno de los puños —reveló—. Allí encontré esto.

El papel había sido doblado hasta la extenuación. Andreu lo desplegó sobre la mesita de los licores. Era un listado de nombres distribuido en varias columnas:


Santísima Trinidad Albatros Serra
Vicente Ferrer Bella Lola Xifré
San Narcís Aguamarina Biada
Constancia ¿? Güell
San José Mercader
Montserrat Palau Torrents
Ecce Homo Larrea

—¿Qué son? —deslicé.

—Según mi contacto en la Aduana, los de la izquierda pertenecen a barcos que hacen la ruta del tasajo[5].

Mata y don Pedro contrajeron el entrecejo; estaba claro que aquella palabra escondía un significado oculto para ellos.

—¿Alguien me lo quiere explicar?

—A que transportan algo más que manufacturas y alimentos —apuntó don Pedro.

—Negros. —Caí al fin en la cuenta—. Pensaba que era ilegal.

—Las Cortes prohibieron su tráfico en 1820, pero eso lo ha convertido en un negocio aún más lucrativo —me iluminó Andreu—. Antes de poner rumbo a Argentina, fondean en África y completan la carga con hombres, mujeres y niños para los ingenios de ultramar.

Mata se removió en el interior de sus ropas. Parecía como si el chaleco le hubiera menguado una talla. El tema le incomodaba. No solo a él, también a otros, pensé al recordar la hostilidad del marinero con el que había tenido mi pequeño encontronazo en el puerto. Hay ciertas cosas en este mundo sobre las que a uno no le apetece hablar; por prudencia, pero también por vergüenza. Los deseos, miedos y miserias que atesora un hombre le incumben solo a él.

—¿Y los del centro? —continué.

—Los tres de arriba son de otros bergantines que cubren la ruta con Cuba —señaló Andreu—. Los de abajo, sin embargo, no pertenecen a ninguna nave. Pero estoy convencido de que el primero se refiere a don Alberto Palau, ¿les suena?

El doctor asintió, y eso provocó que una gota de sudor se le deslizara cráneo abajo.

—En cuanto al tal Larrea, no sé quién es. Tampoco por qué Guiteras escribió esos signos de interrogación justo bajo el nombre de esos barcos en concreto. La columna de la derecha, sin embargo, habla por sí sola.

Fijé la vista en ella.

Serra

Xifré

Biada

Güell

Mercader

Torrents

Hasta yo era capaz de reconocer aquellos nombres. Pertenecían a algunas de las familias más importantes de la ciudad. Eran los amos del leviatán: indianos, industriales, aristócratas, banqueros y burgueses que comerciaban con cualquier cosa que les ofreciera beneficios. Todos eran «Ciudadanos Honrados», título que unos ostentaban por nacimiento y que otros de cuna menos noble habían comprado con el tiempo.

—¿Crees que Guiteras vino para verse con Palau? —planteó don Pedro.

—Habrá que preguntárselo —dijo Andreu trasladando la mirada de un doctor a otro.

Aunque pertenecían a facciones distintas, Palau era diputado a Cortes por Barcelona y, por lo tanto, compañero de bancada de Mata, de modo que tenían que conocerse.

—Trataré de arreglar una entrevista —concedió el doctor a regañadientes—. Pero debemos proceder con cautela. Aún no sabemos realmente nada.

A pesar de todo, no dejaba de ser un político, y la aparición de aquel nombre le había alterado el humor. Quizá no entendiera nada de sus asuntos por entonces, pero era consciente de la querencia natural de los de su clase a taparse las miserias. Y me asaltó una duda: ¿hasta qué punto podía fiarme de él? ¿De todos ellos?

Andreu debió de pensar lo mismo, porque, en cuanto pusimos un pie en la calle, me arrastró hasta la esquina de la calle Plata, lejos de oídos y miradas.

—Hay algo que no te he dicho: Palau es un significado abolicionista. Si, como sospecho, Guiteras también lo era, es probable que quien haya ordenado su muerte sea alguien muy poderoso.

Empezaba a comprender —eso creía— el alcance del asunto. Si bien la ruta del tasajo era legal, los nombres contenidos en aquella lista seguían haciendo fortuna con el comercio encubierto de esclavos; de hacerse público, la cosa podría provocarles cierta incomodidad, generar un pequeño escándalo incluso, pero nada que fuera a suponerles un verdadero problema —mucho menos, que condenara a tres hombres a la muerte—. Algo me decía, además, que sus actividades eran de sobra conocidas por unas autoridades que gozaban de la debida compensación por mirar hacia otro lado.

Sentí una nueva náusea, pero nada tenía que ver con la paliza recibida el día anterior, sino con el hecho de que un hombre pudiera traficar con otro de un modo tan impune. Había conocido lo que significaba trabajar de sol a luna por un jornal de miseria en mis propias carnes, pero aquello era distinto: suponía arrebatarle a un hombre su bien más preciado.

Algo, sin embargo, seguía sin encajar.

—¿Por qué arriesgarse a llamar la atención matando a Guiteras? ¿Qué podía hacer él solo contra ellos? ¿Y a Víctor y al Velázquez?

Por primera vez desde que le conocía, vi cómo el miedo asomaba a sus ojos.

—Lo más probable es que tuvieran mala suerte, aún no lo sé. Pero te aseguro que lo averiguaré —señaló para, a continuación, emitir una sentencia que me hizo tragar saliva—. A partir de ahora, no podemos fiarnos de nadie, Miquel. De nadie, ¿entiendes?

Permanecí en silencio. La idea de que Víctor hubiera muerto por nada me pareció insoportable. El destino juega sus pasadas, y uno no sabe si se ceba con los más pobres por crueldad o por simple diversión, pero aquello era demasiado.

Pensé en por qué nos habíamos separado la noche de su muerte, pero fui incapaz de recordarlo. En realidad, lo que más me preocupaba estaba relacionado con otro asunto, y no sabía si contárselo. Dudé. Hasta que me sentí en deuda: él había compartido sus dudas conmigo, debía hacer lo mismo.

—Tenemos otro problema —deslicé.

Andreu me miró con cara de preocupación.

—No voy a poder seguir a los estudiantes del Colegio.

—¿Por qué?

—Me juego la vida.

—¿De qué estás hablando?

Sentí un nudo en el estómago. Mi mundo se venía abajo día tras día.

—Las cosas van mal en la Tinya. Estamos en guerra.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer por la mañana.

[5] La ruta del tasajo partía de Barcelona rumbo a Buenos Aires; una vez allí, los barcos descargaban su mercancía —productos manufacturados en las fábricas de Barcelona—, cargaban el tasajo, una cecina de buey que se empleaba como alimento para los esclavos de las plantaciones, y ponían rumbo a las Antillas, de donde regresaban con pagos en plata, productos alimenticios y medicinales como azúcar, cacao, quina y jalapa, y materias primas como tintes, algodón en rama y cueros.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
292 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788491395881
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Bookwire
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