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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Caridad Bernal Pérez

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

¿Nos conocemos?, n.º 271 - junio 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1348-508-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Dedicatoria

1940: Dunkerque

Capítulo I

1978

Capítulo II

1940-1941: Dover

Capítulo III

Capítulo IV

1978

Capítulo V

1941: Ámsterdam

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

1979

Capítulo IX

1942: El Alamein

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

1980

Capítulo XV

1943: Sicilia

Capítulo XVI

1943: Salerno

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

1980

Capítulo XX

1943: Campobasso

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

1981

Capítulo XXV

1944: Londres

Capítulo XXVI

1944: Cherburgo

Capítulo XXVII

1944: París

Capítulo XXVIII

1981

Capítulo XXIX

1945: Estrasburgo

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

1982

Capítulo XXXII

1945: Cracovia

Capítulo XXXIII

1982

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Nota de la autora

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Para mi ahijada Caridad Añó,

y para todas aquellas jóvenes promesas de la literatura.

1940

Capítulo I
I’ll never smile again (Frank Sinatra)

El 18 de junio de 1940, el Evening Standard publicó una caricatura de David Low. En ella se mostraba a un soldado británico de rostro sombrío, parado sobre una roca, en medio de un mar tormentoso. Este hombre agitaba su puño ante un escuadrón de bombarderos enemigos que se acercaba a través de un cielo negro, la leyenda decía: Muy bien. Solo.

Así me sentía yo en aquel barco hospital con destino a las costas cercanas de Dunkerque, sola a pesar de estar rodeada de chicas que no sabían a lo que se iban a enfrentar en cuestión de horas. Éramos un grupo de jóvenes enfermeras de la Cruz Roja, todas voluntarias para servir en aquella misión. Recibimos un entrenamiento militar intensivo, ya que de ello dependía nuestra supervivencia, y nos adoctrinaron durante semanas bajo una recia disciplina marcial. Habíamos aprendido a subir a un barco mediante una soga, saltar a un bote salvavidas, e incluso nos obligaron a atravesar alambradas y barricadas para evitar el fuego enemigo. No éramos más de cincuenta patriotas inglesas que, con un elevado desconocimiento de las complicaciones de aquella aparatosa operación, nos embarcamos de madrugada en aquel buque para ser las protagonistas de una verdadera hazaña.

Justo un año después de aquel repliegue de tropas en el que me encontraba inmersa, el gobierno declararía disponible para el servicio militar a las jóvenes solteras entre veinte y treinta años. La crudeza de la guerra se impuso a las nobles costumbres inglesas, y la muerte de miles de nuestros hombres hizo que fuese necesaria la inclusión de mujeres de todas las clases sociales en el conflicto bélico. Sí, eso sucedería un año después de nuestra llegada a Dunkerque, pero por el momento nosotras éramos todavía una excepción en aquel escenario.

Íbamos a recoger a esos soldados heridos que nos esperaban en el norte de Francia. Nos habían hablado tanto sobre ellos los últimos días, que hasta había soñado con este momento. En mis fantasías me veía actuar como si estuviera en el interior de un cinematógrafo, esa artista de la cinta en blanco y negro que se suponía que era yo, tenía unas asombrosas habilidades como enfermera y conseguía ayudar a todos de manera ejemplar. Estaba claro que era una utopía, pues nada más llegar a mi destino descubría tener una entereza digna de admiración, y la crisis se resolvía en pocos minutos gracias a mi presencia. Por supuesto, solo fue un bonito sueño y no se cumplió de ningún modo.

Ese día fue mi primer paso hacia la madurez, hacia la situación que estaba viviendo. Una verdadera bofetada de realidad que me dolió en el alma durante semanas. Oculta por unos padres sobreprotectores, en el seno de una familia adinerada que hicieron todo lo que les fue posible para que mirase hacia otro lado, la guerra y sus consecuencias tardaron mucho en hacerse oír en mi casa.

Todo empezó a cambiar a mi alrededor cuando mi hermano mayor decidió alistarse, después de haber llenado el salón de gritos y protestas por primera vez en nuestras vidas. Por aquel entonces era muy pequeña e inocente, aún más que cuando me fui a Dunkerque, así que no entendía nada y creía que todo el enfado de mis padres se debía a la ruptura repentina de su compromiso.

—A mí tampoco me gustaba esa chica —me sinceré con Frank cuando volvió a casa al cabo de dos días, después de haber cogido el coche de papá sin su permiso.

Mi hermano, de tez morena y ojos claros, tan guapo que volvía locas a todas sus amigas, me recibió con afecto cuando me senté junto a él en la cama de su dormitorio. Esa que apenas utilizaba por estar en la universidad. Dibujó entonces una mueca amarga en sus labios y murmuró con tristeza:

—Tienes razón. No encuentro a nadie que pueda competir contigo, hermanita.

Aquella frase me hizo sonreír, apoyada en su regazo mientras él me acariciaba el cabello, creyéndome que era verdad que no hubiese joven alguna que pudiera comparárseme, pues solo yo le hacía reír a carcajadas con mis historias.

Ahora que me viene ese recuerdo, y me veo tendida en aquella cama bajo el calor de sus caricias, solo lamento no haber sido más espabilada. No haber prestado más atención a sus palabras. Ojalá le hubiese aconsejado mejor o, al menos, saber el motivo real de aquella fuerte discusión con mis padres.

Las apresuradas pisadas de unos soldados sobre la cubierta del barco me despertaron de mis recuerdos más oscuros. Ese buque de la Cruz Roja sobre el que iba navegando hacia las costas de Dunkerque tenía más de mil camas, en ese momento vacías, sobre las que nos ordenaron dejar una gruesa manta para que los hombres a los que íbamos a rescatar se abrigasen.

—¿Será suficiente? —me atreví a preguntar a un oficial que se cruzó en mi camino, señalándole las prendas de abrigo con las que vestíamos aquellos camastros improvisados.

El hombre me miró pensativo, sin ocultar un ápice la preocupación de su rostro, para responder con una exhalación cargada de angustia:

—Rece para que así sea, señorita.

Cuando llegase el momento, nos dijeron en una charla preparatoria, cada enfermera se encargaría de un máximo de diez pacientes en estado grave. Lo que pasó en realidad, por supuesto, fue algo muy diferente. Hubo compañeras que tuvieron bajo su supervisión a más de una treintena de soldados que se encontraban en las últimas. Hombres que acababan de perder un brazo o una pierna, moribundos agonizantes que no paraban de pedir agua o ayuda porque no oían o veían nada, e incluso jóvenes en estado de shock debido al tiempo de espera en aquellas playas bombardeadas día tras día. Ver cómo se llenaban sin cesar aquellos camarotes fue demoledor, y ni la más preparada de todas las enfermeras que estuvo allí pudo evitar sentirse sobrepasada por la situación.

Confieso con vergonzosa sinceridad que hasta esos instantes había sido una completa ignorante de a lo que iba a enfrentarme en ese barco. Y no porque no me lo intentasen explicar mis superiores, sino porque jamás había visto cosa parecida, de modo que era casi imposible que me pudiera hacer una idea. Así que, si he de ponerle un comienzo a esta historia que os quiero contar, diría que la guerra empezó allí para mí. O, al menos, lo que esa palabra significaría para una enfermera voluntaria como lo fui yo durante todo ese proceso.

Me temo que muchas de las chicas que se habían enrolado conmigo, con más experiencia que mis escasos años de escuela, sufrieron la misma sensación de desamparo y desolación al llegar a nuestro destino. No lo tuve que imaginar, lo vi en sus ojos, en sus caras mientras alargaban los brazos para coger desde la proa a aquellos soldados heridos tumbados en las camillas. A algunos, recuerdo, les castañeteaban los dientes mientras decían sus nombres.

—Ya estás a salvo, descansa —decían con una sonrisa forzada mientras descosían el uniforme para ver la gravedad de sus heridas.

Sin cumplir todavía los veinte años, siendo por siempre la pequeña en mi casa, mi cabeza hasta entonces solo parecía haberse preocupado por aprender las canciones de Cole Porter en lugar de los nombres de las pomadas antisépticas para la piel. Prefería hacer cosas tan estúpidas como ausentarme de las clases de enfermería para ir al cine con mi mejor amiga Jane o disfrutar de un buen helado en lugar de pasarme la tarde estudiando como algunas de mis compañeras. No me había apuntado a la escuela de enfermería por vocación, eso ya se veía, pero no iba a dejar de salir de casa para ir a aquellas clases soporíferas porque me servían como pretexto para no acompañar más a mamá en sus visitas.

—La niña está estudiando —la oía excusarme frente a sus amigas cuando tomaban el té en la terracita.

Mientras todos empezaban a ponerse nerviosos y leían con avidez los periódicos para saber lo que estaba sucediendo en Polonia, yo pintaba mis uñas de rojo y me ponía a cantar y a bailar cuando mis padres se iban. Soñaba con lucir unas plataformas huecas como las maniquíes de las revistas de moda, no con salvar vidas. Era una jovencita muy feliz, quizás demasiado infantil, hasta que el terrible anuncio de la muerte de mi hermano nos sacudió a todos.

Ese día iba a decirles a mis padres que había decidido especializarme y convertirme en comadrona, pues las prácticas de cuidados neonatales habían resultado ser de lo más divertidas al hacerlas con muñecos en lugar de con bebés reales, y me decidí a probar suerte con eso que parecía mucho más fácil que asistir en un quirófano. Nunca podría retener los nombres de todo aquel instrumental que se manejaba, y aunque decían que los doctores no vacilarían en ayudarnos en caso de necesitarlo (seguramente porque éramos muchachas casaderas, no porque esos caballeros fueran muy generosos en lo referente a su conocimiento), no quería dar pruebas evidentes de lo poco que me interesaba el puesto al que estaba aspirando. Muchas de aquellas chicas eran verdaderas lumbreras que se morían por ser médicos, así que, siendo muy consciente de mis limitaciones, prefería ser prudente a la hora de hacer algún comentario.

Decir algo así en casa serviría para demostrarles a mis padres que me estaba tomando en serio mis estudios. De modo que lucía una gran sonrisa de satisfacción y me regalaba el oído con las alabanzas que recibiría por tan buena elección. Pero cuando atravesé el pequeño jardín y los vi abrazados llorando en la mismísima puerta donde habían recibido aquella funesta noticia, supe que algo grave había sucedido. Un telegrama les acababa de informar de que Frank, su querido hijo, mi único hermano, había fallecido como un héroe cuando se hundió su acorazado bajo las aguas del Atlántico.

Frank llegó a ser subteniente en la marina británica en muy poco tiempo, y habría conseguido ser algo más de haber permitido que papá hiciese algunas llamadas, pero durante todo el tiempo que estuvo en el ejército no quiso disfrutar de privilegios inmerecidos. ¿Quién sabe? Incluso sin favoritismos, él bien podría haber ascendido a capitán general si antes la muerte no se hubiese cruzado en su camino. Fue un visionario, supongo, pues desde el principio supo que la férrea Inglaterra se enfrentaría a la gran amenaza alemana. Y de ahí sus prisas por ser de los primeros en ver esculpido su nombre en una lápida.

—Frank ha muerto, cariño —anunció mi madre al verme.

Yo estaba a un paso del umbral de la entrada, paralizada por el miedo, segura de que todo cambiaría a partir de ese momento.

Sentí cómo el mundo caía bajo mis pies. Me sobrevino el vacío más inesperado. Mi hermano mayor había sido mi modelo, mi alma gemela, y no podía ser cierto que ahora me dejara sola en el mundo. Empecé a negar con la cabeza mientras mis pies retrocedían, y de mis manos se resbalaron uno a uno los libros que acababa de sacar de la biblioteca. Sentí que se me paraba el corazón y mis pulmones dejaron de insuflar aire de repente. Si mi hermano ya no estaba conmigo, ¿qué iba a ser de mí? Me sentí muy sola. Un frío endemoniado me heló la sangre e invadió mi cuerpo, y comenzaron a brotar las lágrimas de mis ojos sin control. «Él ha muerto y yo no he hecho nada para evitarlo», ese pensamiento cruzó mi mente como una grave acusación. Me sentía culpable por haber dejado morir a mi hermano, por no haber impedido ese trágico final de algún modo, pues era una farsa eso de que yo era enfermera. Nunca había prestado mucha atención a todo lo que me habían explicado esos últimos meses y, de haber podido llegar hasta él, jamás le habría servido de ayuda. Me estremecí al comprender que jamás volvería a verlo, y tuve una gran revelación: a partir de ese instante debería evitar que la gente muriese a mi alrededor. Trataría de frenar las aguas de ese río con mis propias manos, sería el mejor motivo para seguir viviendo durante los próximos años. Lo cierto era que, si me había puesto a estudiar enfermería en contra del deseo de mis padres, había sido solo para complacer a mi hermano, pero ahora era algo que yo deseaba hacer con fervor e impaciencia. Frank, siempre tan brillante, tuvo muy claro cuál sería nuestro destino.

Después de haber llorado hasta perder la noción del tiempo, me levanté de la cama que me había dado consuelo durante días, con un objetivo muy claro en la cabeza. Por primera vez en mi vida estaba segura de lo que tenía que hacer: presentarme como voluntaria y ofrecer toda la ayuda posible a mi país. Dejar atrás a la niña que había sido y empezar a tomar verdaderas decisiones por mí misma. Debía ser consecuente con lo que estaba sucediendo. Ya no había más tiempo para hacer prácticas, debería aprender el resto en un hospital de verdad, sin esperar el permiso de mis padres. Sabía que ellos se opondrían con rotundidad, a sus ojos yo seguía siendo esa niña de diez años que no se apartaba de las piernas de su hermano. Por eso no dije nada cuando salí de casa creyendo que aún seguía llorando en mi cama. Tras la muerte de Frank, jamás me dejarían marchar, aunque fuera por una causa ejemplar. Como padres, harían todo lo posible para que la única hija que les quedaba viva siguiera con ellos, y por eso estaban planteándose un traslado temporal a los Estados Unidos.

Aquel destino habría sido la golosina perfecta para engatusar a mi yo del pasado, pero en esos momentos estaba decidida a dar el cambio, crecer de una vez por todas y hacer de mi voluntad un escudo ante cualquier posible distracción. Me daba igual que se enfadasen conmigo, que me dejasen de hablar o me desheredasen. Tenía que tomar las riendas de mi vida como hizo Frank y, si me querían, terminarían comprendiéndolo.

«Adelante, Leah», creí escuchar una voz en mi interior.

Algo que siempre anhelé durante los años que permanecimos juntos y que ahora nunca podría ver cumplido era ver a mi hermano orgulloso por algo que yo hubiese hecho. En casa todos lo idolatrábamos por las estupendas notas que sacaba, siempre destacando en todos los deportes, y más tarde también en la Marina. Pues bien, ahora me tocaba a mí. Debería aplicarme de veras en mi trabajo como enfermera si quería que, aunque fuese allá en el cielo, me sonriera como solía hacerlo cuando conseguía algo después de haberlo intentado con él cientos de veces. No quería que nadie más muriera. Que ningún hermano, marido o padre, dejase para siempre a sus seres queridos por culpa de la guerra. Aquel ímpetu entusiasta hizo que al inscribirme me confundieran con una enfermera ya diplomada. Error que, quizás por cortesía o más bien por profunda idiotez, no quise corregir. Detalle sin importancia que hizo que me adjudicaran un puesto de triaje para el que, por supuesto, no estaba cualificada. Pero de eso ya me daría cuenta más tarde, en aquel momento solo podía asentir con la cabeza a todo cuanto me preguntaban esas mujeres que me ayudaron a firmar los papeles de mi solicitud, sin saber en realidad dónde estaba metiéndome.

Después de salir de aquella oficina, empecé a dudar de mis más que básicos conocimientos sobre Medicina. Ir a esas clases me servía como pretexto, gracias a ellas yo podía salir de casa y hacer cuanto quería. De modo que ninguno de mis familiares sabía hasta qué punto estaba aplicándome en aquellas materias. Si se hubiesen encontrado con alguno de mis profesores, habrían sabido que era conocida en la escuela, pero no precisamente por mi brillantez en las respuestas, sino más bien por la ausencia de ellas. Por eso, cuando subí a ese barco aquel día, mis piernas no temblaban porque no supiera nadar (como les pasaba a algunas de mis compañeras), más bien porque empezaba a lamentar haberme presentado voluntaria a semejante tarea.

Ya en el buque de la Cruz Roja volvieron a repetirnos cómo segmentar la entrada de pacientes en función de la magnitud de sus lesiones, y en esa ocasión sí que fui toda oídos. Llegué a pensar que aquel puesto, en realidad, era una bendición para mí, porque no tendría a nadie bajo mi supervisión en un principio. No podía soportar el hecho de que alguien muriese bajo mi cuidado debido a una estúpida mentira.

—¡Eh, chica! Deberías esconder tus anotaciones, no inspiras mucha confianza, ¿sabes? —dijo la enfermera que estaba sentada junto a mí y que había comenzado a leer mis apuntes por encima del hombro. Su advertencia me asustó tanto que hizo que ocultase de manera mecánica bajo mi propio asiento ese cuaderno de la escuela de enfermería, el mismo que había llevado bajo el uniforme hasta ese instante. Estaba tan nerviosa que ni siquiera lo leía, pero tenerlo en mis manos me daba seguridad—. Perdona, no me he presentado —añadió con una amplia sonrisa que seguro habría pintado de rojo de haber tenido a mano algo de maquillaje—. Me llamo Vera, Vera Adams. Creo que nos han puesto juntas.

—Leah Johnson —dije ofreciéndole mi mano para estrechar la suya.

Vera pestañeó un par de veces ante aquel gesto tan formal, y respondió con un abrazo como si fuéramos amigas de toda la vida. Después de todo, íbamos a pasar juntas por una prueba de fuego y era algo urgente hacerse íntimas. Conociéndola sé que, si hubiese tenido tabaco a mano en ese momento, me habría ofrecido un pitillo solo para romper el hielo.

Mi querida Vera era de esas chicas que inspiraba seguridad y confianza. Alguien carismático, especial. Muy especial. Tanto que parecía brillar con luz propia, encandilando a los que estuvieran a su alrededor. De cara angulosa, pómulos prominentes y unos seductores ojos verdes secuestrados bajo el tapiz de unas oscuras pestañas. Todo en ella, incluso esa nariz chata que tanto odiaba, provocaba que las miradas de los hombres siempre terminaran volviendo a su curvilínea figura. Si hubiese dependido de ella, la falda de nuestro uniforme habría sido un palmo más corta, y el uso de un cinturón ancho para marcar la cintura, obligatorio.

—Está bien, Leah —se dirigió a mí con la misma naturalidad con la que trataría después a sus pacientes, haciendo que llegasen a dudar si la conocían ya de antes o no—. Si vas a ser mi compañera en este maravilloso crucero por el Canal, lo primero que tengo que arreglar aquí es esa cofia.

No llegué a entender muy bien el sarcasmo de Vera, que en seguida se prestó muy hacendosa a arreglarme el tocado. Mi melena castaña se perdió entre sus dedos para conseguir algo de la nada. Pero se desesperó al tercer intento:

—¡Diablos! ¿Por qué no te has rizado el pelo como hemos hecho todas? Tienes el pelo más fino que he visto en mi vida. ¡Así es imposible! —Aquella maldición me pareció un poco absurda. Se suponía que debíamos prepararnos para un infierno, no acicalarnos para un baile.

—¿No estás nerviosa? —pregunté saliendo de mi mutismo cuando me puso de nuevo frente a ella para ver el resultado de sus gráciles manos.

Yo no tenía una gran sonrisa seductora como la suya, ni dejaba a nadie sin aliento con solo mirarlo, pero ella había conseguido que mi aspecto mejorase un poco gracias a su peinado.

—Intento no pensar en lo que va a suceder. Si lo hiciera, querida, estaría tan histérica como tú. Es solo un duro día de trabajo, nada más.

Y, con un guiño de complicidad, dio por zanjada aquella conversación. Vera no perdía mucho tiempo hablando de lo que no quería, y su manera de frivolizar las cosas hacía que se enfrentara a ellas con la mente lúcida.

Muy pronto todas seríamos testigos de cómo más de trescientos mil soldados franceses, británicos, belgas y canadienses conseguían escapar sin remedio de la invasión alemana. Huyendo bajo un bombardeo constante, una pesadilla que solo acababa de comenzar.

Empezamos a oír el zumbido de las bombas al caer y todas dirigimos las cabezas hacia los portillos para ver si desde allí se divisaba algo. Sobrevolaba sobre nosotros el fantasma de la muerte mientras cruzábamos las aguas. En cuanto nos acercamos un poco más, pudimos escucharlos con claridad: era la Luftwaffe, los aviones alemanes. Ocho barcos hospital con el emblema de la Cruz Roja, como en el que me encontraba, se desplegaban por la zona para llevar a cabo su propósito. Uno de ellos fue hundido nada más llegar por la artillería nazi. Jamás había oído un estruendo parecido, pero el temblor en nuestro propio barco hizo que todos supiésemos de qué se trataba: éramos su objetivo y estábamos a tiro, sería solo cuestión de suerte que no nos dieran. Al poco escuchamos un agudo silbido bajo el agua, el que provocaba la trayectoria de otro torpedo. Pasó muy cerca, desestabilizándonos, pero no nos dio. Podíamos seguir respirando por el momento. Y así fue como me di cuenta de que aquella guerra no entendía de reglas ni acuerdos, no se respetaba nada, ni siquiera a los heridos ni a los enfermos.

—¡A sus puestos! —gritó un marinero que venía de cubierta, alertándonos a todas.

Su voz de mando nos levantó de nuestros asientos de manera automática. Ante la confusión repentina, Vera me cogió de la mano y la apretó con fuerza, guiándome hacia el lugar que nos habían asignado. Quizá ella estuviera tan nerviosa como yo en ese momento, pero sabía disimularlo muy bien.

Solo estuve media hora junto a ella, aunque quizá fueron los peores treinta minutos de mi vida. Mi memoria ha preferido olvidar los detalles más macabros, pero no se me han olvidado las caras. Los rostros de esos jóvenes que habían llevado a sus compañeros heridos, soportando el peso en sus propios brazos o en la espalda, para que nosotras pudiéramos atenderlos. Me di cuenta de que muchos de ellos no querían cruzar su mirada con la nuestra. Estaban abatidos, y esa imagen distaba mucho de la que ellos habían dibujado en sus mentes para su vuelta a casa. Otros, aterrorizados, nos miraban como si fuéramos ángeles. Eso cuando eran conscientes de dónde estaban. Subir por fin a ese barco suponía para ellos quedar a salvo de una muerte segura en aquella playa. Muchos incluso se habían quitado la vida esperando a que llegásemos, mientras sus compañeros habían sido testigos de cómo se pegaban un tiro con su propio fusil. ¿Cómo se suponía que debías sentirte después de haber presenciado algo así llevando un arma parecida en tu mano?

Vera decía que eso formaba parte de la guerra. Que sacaba lo mejor y lo peor de los hombres, los convertía en puro instinto, y solo el que llegaba a comprenderlo conseguía sobrevivir. La rudeza de sus palabras distaba mucho de mi manera de pensar y llegué a despreciarla por ello, pero ahora sé que tenía toda la razón. Cada uno se enfrenta a la guerra de la mejor manera posible, y solo logran salir vivos y cuerdos de allí los que se aferran a la idea de la supervivencia por encima de todo. Al principio no entendía cómo podía hablar así siendo enfermera, sin embargo, años más tarde, a unas pocas millas del frente, llegué a comprender que esa frialdad con la que se envolvía era la que se necesitaba para estar allí precisamente. Era necesario deshumanizarse para soportar lo más terrible de la humanidad.

Pero regresemos a aquel día, a ese momento en el que me disponía a empezar con mi trabajo escuchando a Vera a mi espalda, dando indicaciones con firmeza. Rasgaba uniformes con sus tijeras para saber hasta qué punto supuraba una herida, o taponaba hemorragias con rapidez mientras mentía al decir que no era nada. Y como si hubiera nacido para dar esa orden, mandaba al quirófano solo a los más críticos. Ella sí que se comportó como una enfermera a la altura. Apenas perdía tiempo en dar un diagnóstico, se había convertido en una máquina de valorar y priorizar. A lo sumo les preguntaba su nombre y qué edad tenían, solo para saber su estado mental, mientras sopesaba si era necesario operar o podían esperar un poco, con una dosis casi prohibitiva de anestesia.

Yo, sin embargo, era un mar de dudas. Me compadecía de cada uno de aquellos soldados. Cogía sus manos manchadas de sangre y arena apretándolas con fuerza contra mi pecho y me sentía incapaz de tomar una decisión al mirarlos a los ojos. «Enfermera». «Señorita». Así me llamaban cuando me acercaba a escucharlos y sentía su aliento infecto cerca de mi oído. Me preguntaban si saldrían de esta, como si yo lo supiera, porque lo último que quería era equivocarme al darles un veredicto. Así que, agobiada por la responsabilidad de mi puesto, perdí el control de la situación. Solo quería salvarlos a todos, que se pusieran bien, así que empecé a mandarlos a los quirófanos a discreción. Algo que, en breve, provocaría un caos aún mayor del que ya había en ese barco. Uno de los supervisores no tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo y, dirigiéndose con rapidez hacia mí, me ordenó salir de allí dejando sola a Vera.

—Pero ¿se puede saber qué está haciendo? —preguntó encolerizado. Al oírlo hablar así, Vera se giró hacia nosotros y vio cómo aquel hombre levantaba con furia la manta que cubría el estómago del último soldado que yo había inspeccionado. Aquello era un amasijo de tripas y sangre que, de hecho, ya ni respiraba—. ¡Este hombre está muerto, señorita! —me gritó sin importarle quién estuviera escuchando.

Me sentí la mujer más necia que pisaba la faz de la tierra y me invadieron unas terribles ganas de llorar. Solo quería irme de allí, de aquel barco repleto de hombres agonizantes y moribundos, lejos de todo mundo conocido. Mi barbilla comenzó a temblar como la de una anciana, mientras mis pupilas se clavaban en aquel muchacho que hacía horas había dejado de lamentarse por su vida, aunque sus compañeros lo seguían transportando por inercia. El ruido de las bombas había aturdido a la mayoría de los chicos que habían presenciado aquella batalla en primera persona. Apenas oían algo con claridad y, sin embargo, yo debía saber enviarlos a un sitio o a otro. ¿Y dónde estaba yo en ese momento? ¿Qué había sido de aquella chica que se había presentado voluntaria para ser enfermera con entusiasmo y arrojo?

—Vaya arriba, ¡vamos! Quizá pueda ayudar dándoles agua y comida —decidió compasivo el supervisor mientras se colocaba en mi puesto antes de que aquel parón provocase un colapso.

Vera me miró con lástima, pero poco podía hacer por mí en ese instante.

Ir en contra de la marea de hombres heridos fue otro de los capítulos de mi vida que prefiero no describir con muchos detalles. Recuerdo que la mayoría de ellos estaban mojados, ya que los que se habían encontrado capaces de hacerlo, habían llegado hasta allí a nado cuando derribaron el embarcadero. Otros olían a la sal del mar por haber estado tantos días a la intemperie. Escuchaba varios idiomas por los pasillos, gritos de auxilio y ayuda a mi espalda mientras daba esquinazo a unos ojos suplicantes que pedían que me parase. Me veía cada vez más incapaz de asistir a nadie. Aquellos soldados estaban hambrientos, apestaban a sudor y miedo, algunos hasta habían perdido el juicio en la espera, pero todos se merecían a alguien mejor que yo para atenderles. Después de lo sucedido, mi mente se quedó en blanco. Había sido una estúpida al pensar que sería capaz de actuar como una enfermera veterana en semejante situación. No era más que una niña malcriada jugando a ser mayor. Acababa de comprender que esto no era un juego ni estaba en clase. Los que me rodeaban eran hombres de verdad, que se estaban muriendo, soldados convertidos en monstruos que sufrían el rechazo de su propia presencia porque nadie les había dicho que terminarían así. Y yo, ¿qué hacía yo allí? Era una impostora, una mentirosa, vestida con el uniforme de una enfermera cuando no lo era en absoluto. No merecía ni llevar una cofia en mi cabeza, por eso me la quité y la tiré al suelo, arrepentida por haberme creído capaz de ser útil en ese barco.

Conseguí salir de allí con esfuerzo y, al llegar a cubierta, la brisa marina agitó mis cabellos y me ayudó a despejarme. Estaba observando atónita las aguas aún teñidas de sangre, con algunos objetos flotando, cuando me tropecé con un médico amigo de la familia. El hombre se había enrolado como voluntario en aquel buque de la Cruz Roja a pesar de que, por su edad, ya no podía estar en activo.

—¡Leah! —me llamó sin ocultar su sorpresa al verme allí.

—¡Doctor Kitting! —respondí agradecida, secándome las lágrimas con rapidez para que no las viera. Por fin una cara amiga en medio de todo aquel amasijo de gente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras caminaba acelerado, parecía tener prisa y yo me uní a su paso sin pensarlo.

—Me han dicho que subiera por si necesitaban ayuda —resumí. Era amigo de mi padre y contarle lo que me acababa de suceder habría sido todo un bochorno.

—¿De veras? —preguntó mirándome perplejo durante un segundo. Le parecía increíble que sobrase personal en alguna parte de ese barco, pero tampoco quiso indagar mucho más—. De acuerdo, entonces ven conmigo, tu padre me dijo que eras buena cosiendo heridas, ¿no es así?

—Mi padre solo me ha visto coser una careta de cerdo, doctor. No he cosido a nadie en mi vida —confesé asustada para que se le quitara esa idea de la cabeza.

Para mi padre yo era toda una institución en Medicina, sin embargo, no pasaba de ser una estudiante mediocre con demasiados pájaros en la cabeza. Aquel mismo día había tenido pruebas suficientes de ello.

—No te preocupes, Leah, no es grave. Este hombre tiene una herida de metralla en el hombro, nada más. Es un tipo importante, ¿sabes? Uno de esos oficiales protegidos por la Corona. —Levantó la ceja insinuando algo que no llegué a entender muy bien, sin embargo, asentí para no parecer una ignorante. No quería que se llevase una mala opinión de mí, con lo que me había sucedido me bastaba para minar mi confianza—. Ya sabes que yo también estuve en el ejército, por eso me han ordenado que lo cuide muy bien. Pero, como verás, ahora mismo ni siquiera puedo perder tiempo preguntándole qué le duele. ¿Me harías ese favor? Estoy seguro de que contigo estará de maravilla.

—Si usted lo dice.

No me hacía ninguna gracia lo que me estaba ofreciendo el doctor Kitting, pero, por otro lado, algo debía hacer hasta llegar de nuevo a puerto. Suspiré mientras lo seguía por el pasillo. Al menos, pensé, la vida de ese hombre no correría peligro en mis manos.

Me sintiera o no una enfermera en ese momento, confiara más o menos en mis conocimientos, el sentimiento que me inspiraban aquellos muchachos de misericordia y espíritu de servicio fue el que me hizo sobreponerme con tanta rapidez. Quería ayudarles sanando sus heridas y levantándoles el ánimo, diciéndoles que nadie los iba a ver en casa como unos perdedores porque hubieran huido, pues habían logrado salir con vida de allí. Era una derrota, sí, pero no el fin de la guerra. Con su vuelta aún había esperanza, y eso era lo más importante.

—Como verá —comenzó a decir el doctor Kitting a aquel oficial, apartándome de mis pensamientos—, he vuelto en buena compañía. Esta jovencita se llama Leah Johnson, es una excelente enfermera que tengo la suerte de conocer muy bien y viene a curarle esa fea herida de inmediato. Le prometo, sargento Baker, que cuando termine ni siquiera verá la cicatriz.

Las bromas del amigo de mi padre me pusieron en un aprieto. Habría deseado que su presentación fuese otra muy diferente, pero después de toda aquella sarta de mentiras, solo pude sonreír por pura timidez.

Aquel hombre, sentado en la camilla con la camisa abierta y el pecho descubierto, me miró a los ojos sin disimulo, provocando de inmediato un ligero rubor que hizo arder mis mejillas.

—Señorita Johnson —conseguí escuchar a pesar del caos que nos rodeaba. El sargento incluso tuvo el detalle de inclinar la cabeza ligeramente hacia mí, demostrando una exquisita educación incluso en una situación como aquella—. Es un placer conocerla —continuó después de que el doctor nos dejase a solas.

—Encantada —respondí cabizbaja.

No estaba preparada para tanta atención, y menos la de un desconocido como aquel, cuya sola presencia imponía por la fijeza de su mirada, consiguiendo que yo tampoco pudiera apartarme de él. Aquella calma insólita que emanaba todo su cuerpo me atraía de forma inexplicable.

Para empezar, me alivió comprobar que podía hablar con corrección, sin alaridos de dolor. Eso me ayudó a sentirme más segura. Sin embargo, los inescrutables ojos grises de aquel hombre me decían de forma clara que no confiaban en mí a pesar de los halagos del doctor. Escudriñaba en mi interior hasta provocar mi palidez, atravesando cualquier fina pátina de pensamiento con su actitud inquisitiva. Me inquietaba que no apartase ni un segundo la vista de mí, sin interesarse más en nuestro entorno por muy confuso que este fuera: «Pero ¿quién se suponía que era para observarme así? ¿Acaso creía conocerme?». Sentí un hormigueo en la boca del estómago mientras me acercaba a él, y deseé que mis manos no fueran pura gelatina al contacto sobre su piel caliente.

Decidida a empezar de una vez, no tuve más remedio que apartar la mirada algo cohibida, pero, a pesar de que yo fingía no verlo, le seguía por el rabillo del ojo mientras terminaba de quitarse la camisa manchada de sangre. Me resultó imposible no fijarme en su torso o en el vello castaño que descendía desde su pecho hasta su abdomen, formando una hilera estrecha que se perdía en el interior de sus pantalones. Una exhalación inocente se escapó de mi boca al comprender que él había seguido el recorrido de mis ojos por su propio cuerpo. Levanté la vista escandalizada por aquel desliz, encontrándome con una sonrisa ladeada y divertida. Mi rostro viró a un bermellón oscuro, y durante unos segundos dudé en salir corriendo de aquel barco para esconderme bajo las aguas más profundas del Canal. Era lógico pensar que me sucedería algo así, ya que ningún hombre (aparte de mi hermano) se había desnudado delante de mí.

Uno, dos, hasta puede que tres segundos permaneciese en la completa inopia. Perdida en aquellas pupilas oscuras y afiladas como cuchillos que se estaban adentrando en mi interior, que no perdían detalle del espectáculo que estaba dando, hasta que le oí decir:

—La herida está en el hombro —me chivó en un susurro casi imperceptible, como si ambos estuviéramos en un examen.

—Gracias —llegué a decir completamente avergonzada. Y tuve que sacar algo de aire de mis pulmones para poder sobreponerme—. Puede que… —me tembló la voz al principio— puede que esto le escueza un poco.

Quise avisar al aplicar el antiséptico, concentrándome en aquella herida como si no hubiese sucedido nada.

El sargento Baker borró de inmediato su sonrisa y mantuvo una expresión dura en su rostro mientras yo trabajaba. Seguía dudando de lo que estaba haciendo. Seguro que le parecía demasiado joven y era más que evidente que así era, pero que llegase a dudar de mi presencia allí me incomodaba. ¿Sería capaz de descubrir mi farsa?

Me erguí de hombros para ganar altura e inspiré hondo para infundirme valor, no quería que nadie me viese como una niña impresionable, y menos ese tipo que me alteraba tanto sin saber muy bien por qué. Empecé a lavar la herida intentando parecer lo más profesional posible mientras sentía su respiración pausada sobre mí. Había girado el rostro hacia su hombro herido, donde yo estaba trabajando, y me observaba con curiosidad, sin queja alguna a pesar de la sangre derramada. Mucha de ella, sin embargo, pude comprobar que no era suya. Tal vez fuera la de su compañero, un tipo algo mayor que él, al que el doctor Kitting le estaba haciendo un torniquete de emergencia a pocos metros de nosotros.

—¡Vamos, George! No te quejes así. Tan solo te han disparado, ¿qué esperabas, con la suerte que tienes? —exclamó el sargento bromeando sobre esa herida, pues su amigo no hacía más que gruñir de dolor.

George no contestó palabra alguna, rugía como un león hasta que el doctor le inyectó morfina. Al escuchar poco después un suspiro de alivio salir de sus labios, ambos nos miramos a los ojos, agradecidos por no tener que escuchar más sus lamentos. En ese instante, al comprobar que los dos habíamos reaccionado igual, sonreímos haciendo saltar esa chispa de complicidad que hizo que una extraña ola de calor me invadiese por completo.

—¿Cuántos años tiene, enfermera? —me preguntó de repente, y su voz paralizó mis sentidos, recordándome que estábamos a muy pocos centímetros de distancia el uno del otro. Su tono no fue distante, sino mucho más agradable y familiar de lo que habría imaginado en mis pensamientos. La verdad era que, a diferencia del resto, él no parecía preocupado por sus heridas o por salir con vida de allí, como si tuviese la certeza de que todo estaba bajo control. Admiré su pasmosa tranquilidad, como si solo yo fuera importante. Algo que, por otro lado, me ponía aún más nerviosa de lo que ya estaba.

—Veintitrés —mentí, evitando sus ojos de manera forzada, provocando que sus labios apretados por el dolor consiguieran inclinarse hacia arriba esbozando una sombra de ligera sonrisa—. Veintiuno —rectifiqué de inmediato, arrepintiéndome en seguida por seguir mintiéndole en algo tan absurdo como mi edad.

Había algo que me perturbaba por completo en aquel oficial que seguía observándome sin recato alguno, haciendo que fuera imposible concentrarse en suturar su herida. Me inquietaban sus labios. Tenían un corte muy cerca de la comisura izquierda y estaban secos y enrojecidos. Tenía que hidratarse, como el resto de los soldados que nos rodeaban, pues llevaría horas sin beber nada de agua. Vi además las palmas de sus manos sobre la tela del pantalón, con pequeñas heridas leves que ya habían cicatrizado sin infectarse. Su pecho bajaba y subía, dando muestras de una respiración relajada, al contrario que la mía, que se aceleraba por momentos. Hasta ese oscuro mechón de pelo que rozaba su ceja me trastornaba. Esa intensidad en su mirada provocaba algo en mi interior, como si me llamase sin mover los labios. Apenas habíamos cruzado dos frases, pero había algo familiar en su trato, algo que me resultaba imposible precisar.

—¿Está segura de que esa es su edad, señorita Johnson? —preguntó de nuevo el sargento mirándome con descaro y haciendo un gesto divertido al levantar su ceja de manera exagerada.

Aquella manera de sonsacarme información, muy atrevida por su parte, no me resultaba desagradable. Fue una extraña y sutil forma de coquetear conmigo, con ese tono apacible en su voz, como si ya nos conociéramos de antes.

George, su compañero, había caído en un profundo sueño, e incluso el doctor Kitting se había alejado de nosotros para ayudar a otros enfermos. Nadie parecía percatarse de nuestra conversación, como comprobé después de mirar a un lado y a otro.

—¿Tanto miedo tiene de que la descubran? —preguntó con atrevimiento, acercándose un poco más hacia mí.

No respondí, pero enrojecí al instante. Solo intentaba seguir trabajando, limpiando su herida con cuidado, aunque me resultase extremadamente duro concentrarme para hacerlo bien. El sargento Baker no quiso que le aplicase anestesia alguna. Decía que no quería drogas que pudieran aturdirle los sentidos, así que tuve que seguir desinfectando la zona con meticulosidad mientras rezaba para que no le provocase demasiado dolor. Sin embargo, aquel no era mi mejor día y, al intentar coger los restos de metralla con las pinzas mis manos temblaron de puro agobio, y los trozos se incrustaron aún más en su piel mientras él era testigo de todo aquel desastre. En ese momento no pude aguantar más aquella situación y el chasquido metálico de las pinzas al golpear con fuerza contra la bandeja de acero fue el sonido que despertó mi rabia. Yo podía hacer aquello, era fácil, pero no en esas condiciones. De modo que, levantando mis ojos con indignación hacia él, le confesé, siendo lo más sincera posible:

—En realidad, señor, tengo dieciocho años y ni siquiera he terminado enfermería. De hecho, iba a especializarme para ser comadrona cuando decidí alistarme. No recuerdo en qué momento acepté subir a este barco, pero lo cierto es que aquí estoy. Hace diez minutos me han echado de una sala porque he confundido a un hombre muerto con un herido, y aún no entiendo cómo me ha podido ocurrir, si era algo más que evidente. En los libros no te preparan para esto, se lo puedo asegurar. Es la primera vez que coso a alguien que está vivo, y solo espero que se me dé bien, porque el doctor Kitting conoce a mi padre y estoy segura de que hablará con él sobre mi trabajo aquí —respondí de corrido, consciente de que me escuchaba con suma atención a pesar del ruido que había a nuestro alrededor.

Él rodeó con sus pupilas el óvalo de mi cara, acariciándolo con su mirada lenta y analítica. Solo cuando se hubo hecho una idea mental de cuál era mi situación allí, me contestó con una sensibilidad inesperada:

—Estoy seguro de que su padre se sentirá muy orgulloso de usted.

Después de aquella frase, selló sus labios. Y, arrimando valiente su hombro a mis manos, se preparó mentalmente para aguantar las puntadas de una enfermera primeriza.

Inspiré agradecida cuando por fin apartó su mirada de mí, y solo entonces logré eliminar todo resto de metal en su piel. Fue mucho más sencillo de lo que habría imaginado, solo necesitaba concentrarme en lo que estaba haciendo. Así fue como, sin perder más tiempo, empecé a coser la herida abierta que quedaba cerca de su hombro, notando cómo los músculos de su brazo se contraían soportando el dolor que seguro le estaba causando. Durante toda la operación no emitió ni un solo quejido, aunque yo era muy consciente de que no le estaba haciendo cosquillas.

El sargento James Baker se quedó a mi lado con gesto tranquilo, y hasta me atrevería a decir que incluso feliz, a pesar de estar con la enfermera más torpe que fue a Dunkerque.

1978

Capítulo II
Last dance (Donna Summer)

Cuando Vera descubrió aquellas hojas de papel escritas con la recta caligrafía de su madre, olvidadas en el interior de un libro de cocina, se sintió mareada por tanta información. Su mente se hacía más preguntas que nunca. No sabía cómo se habían conocido sus padres, pero tras saberlo, su curiosidad no hacía más que aumentar. Para empezar, ¿quién era esa tal Vera Adams? ¿Por qué nunca le habían hablado de ella si la habían llamado igual que a esa chica?

Nada le hacía imaginar qué podría haberle sucedido a su madre para que se decidiera a escribir por fin sus memorias o, al menos, rememorar esa escena que tantas veces le había rogado conocer. Ahí estaba la respuesta, en sus manos, en apenas unos cuantos folios doblados con la esperanza de que nadie los leyera. Su madre, en algún momento, había abierto esa puerta hacia el pasado, reviviendo en primera persona aquellos episodios históricos que seguro marcaron tanto su carácter, y después había decidido no deshacerse de ellos. O quizás no había podido hacerlo, se dijo Vera a sí misma pensando en su padre, ese oficial de misteriosos ojos grises que ya aparecía en el primer capítulo de esa singular biografía.

Aquella joven enfermera llamada Leah Johnson, que mentía de forma descarada sobre su edad, era ahora madre y abuela. Esa adolescente sin experiencia que había metido la pata hasta el fondo en Dunkerque, se convertiría con los años en una enfermera ejemplar. Había recibido tantos premios y condecoraciones a lo largo de su carrera, que nadie podría decir ahora que habría sido capaz de equivocarse mandando al quirófano a un hombre muerto. Pero así había sucedido, porque los comienzos nunca son fáciles para nadie. «Hasta las madres cometen errores», pensó Vera con los ojos humedecidos por la emoción.

Apartó la tristeza de su rostro con el trapo de cocina que siempre tenía a mano y salió a la calle por la puerta del jardín con una loca idea en la cabeza: comprarle a su madre una máquina de escribir. Obligarla así a que siguiese con aquella historia. Por eso había cogido las llaves del coche de John, su marido, que estaba tumbado en el sofá viendo un partido cuando la vio despedirse con la mano.

—¿Adónde va mamá? —preguntó la pequeña Bonnie, la hija de ambos, que jugaba con su hermana en la alfombra del salón.

—Ni idea —contestó John devolviendo toda su atención al televisor, mientras sus niñas se asomaban a la ventana y la veían arrancar el coche sin dar más explicaciones.

Vera condujo hacia el centro de la ciudad sin dejar de pensar en aquella historia que acababa de leer. Leah Johnson, que así se llamaba su madre antes de casarse, le debía aquellos recuerdos que tanto se había esforzado en ocultarle, manteniendo un secretismo que ni ella misma llegó a entender nunca. Estaba segura de que no habría sido nada fácil revivir esos días. Era apenas una adolescente cuando la guerra estalló, pero hablar acerca de lo ocurrido sería una manera de cerrar esa herida que jamás había cicatrizado por completo, la mejor forma de decirle adiós para siempre a ese triste y doloroso pasado.

Las barreras del paso a nivel se bajaron justo delante de Vera para bloquearle el paso, ahora le tocaría esperar más de cinco minutos para poder retomar su camino. La inquietud le hizo coger de nuevo los papeles escritos por su madre que había dejado en el asiento del copiloto, justo al lado de su bolso. Necesitaba hacer algo mientras pasaba ese maldito tren. Volvió a leer algunas frases que se le habían quedado grabadas en la mente, y la imagen de su padre se hizo más viva, tanto que comenzó a sollozar: «¡Dios, lo echaba tanto de menos!». Por eso le había sido tan fácil empatizar con aquella chica que se había sentido perdida ante la muerte de su hermano, algo similar le había ocurrido a ella tras la ausencia de su padre: «el sargento James Baker», se repitió en un susurro.

Aunque solo fuera a través de los recuerdos que se habían quedado anclados en su mente, a su madre debía de resultarle extraño volver a tener frente a ella a aquel apuesto soldado inglés, con el pecho descubierto, haciéndola enmudecer. Ella ni siquiera contaba con veinte años en aquel encuentro, no era más que una chiquilla inocente que nada sabía de la vida. Pero ¿y él? No habría llegado todavía a la treintena, se dijo Vera después de unos rápidos cálculos. También era muy joven, aunque la guerra ya le hubiese ensombrecido el rostro. Seguro que aquella foto en blanco y negro que aún circulaba por el salón de la casa de su madre, con un James Baker engominado como Clark Gable, era de aquella misma época. «¡Cualquiera se habría sentido intimidada ante un hombre así semidesnudo!», pensó Vera con una sonrisa.

Un claxon impertinente hizo que despertara de sus pensamientos y volviera a prestar atención a la carretera. Las barreras se habían elevado, el semáforo ya estaba en verde y algunos coches detrás de ella estaban impacientes por avanzar.

Continuó la marcha, aunque no dejó de pensar en sus padres. Cada palabra escrita, por mucho dolor que causase, merecía la pena para descifrar el misterio de su silencio. Algo la había impulsado a hacerlo, quizás la edad o su pronta jubilación, fuera lo que fuese debía apelar a ello para que le enseñase más sobre esa muchacha que no podía reconocer en absoluto como su progenitora. ¿En qué momento esa niña asustada se había convertido en mujer durante el transcurso de una guerra? Debía saberlo de inmediato.

—Mamá, es para ti —le dijo por si había alguna duda de para quién era ese regalo que tenía en sus manos.

Después de comprar la máquina de escribir, fue directa a casa de su madre. Necesitaba hablar con ella, no podía esperar.

—Pero si todavía quedan semanas para mi cumpleaños —respondió Leah levantando sus ojos hacia los de su hija.

Estaba muy sorprendida por aquel detalle, y hasta Vera pudo notar un brillo especial en ellos que nada tenía que ver con su vista cansada. Se desprendió del papel de regalo con cuidado, abrió la caja y allí estaba: una modernísima máquina de escribir.

—Es una Olivetti. El chico de la tienda me ha dicho que es el último modelo —anunció Vera como si aquella información fuese importante para su madre—. Lo he leído, mamá. He leído lo que escribiste y me gustaría que siguieras hablando sobre ti, sobre vosotros dos —le dijo mostrando aquellos papeles doblados que reconoció al instante.

El rostro de Leah estaba desencajado, ni siquiera se acordaba de lo que había escrito en una tarde de nostalgia, y mucho menos se podía imaginar que su hija llegase a leerlo algún día.

Viendo que su madre era incapaz de articular palabra, Vera continuó:

—Sería bonito que tus nietas supieran algo más de ti. Ellas desconocen por completo qué fue de tu vida antes de ser abuela, creen que siempre has sido mayor, que no has hecho otra cosa que trabajar en ese hospital. Pero deberían conocer la verdad, ¿no crees? Tu pasado es historia, mamá. Por muy dura que fuese tu juventud, es lo que sucedió en realidad, y todos podemos aprender de esas experiencias.

—¿Qué quieres aprender de esos días, Vera? No sabes lo que estás diciendo, hija mía —respondió Leah con dureza, apretando los dientes para evitar seguir hablando.

—Mamá, sé muy bien de lo que estoy hablando. En esas pocas páginas me has recordado que la gente se equivoca, que nadie nace sabiendo, y que debemos reponernos ante el fracaso como tú hiciste en aquel barco. Jamás te había sentido tan cerca, tan humana. En serio, ¡no pareces tú!

Leah tuvo que sentarse ante esa dura frase. Tenía razón su hija, ya no quedaba nada de esa niña en ella. Por un segundo fue como si hubiese vuelto allí, frente a aquel soldado inerte que confundió con un herido. Parecía enfadada consigo misma. Dejar esas hojas había sido toda una torpeza, pero una vez escritas, no había tenido el valor suficiente para romperlas. Era como si revivir aquellos días hubiese conseguido apaciguar ese sentimiento de soledad que había dejado la muerte de su esposo. Volver a ver a James en su mente después de tanto tiempo había restado parte de esa pena.

—¿Sabes que el otro día Samantha me preguntó por su abuelo? —le preguntó su hija sacándola de aquellos tristes recuerdos—. Al parecer, están dando la Segunda Guerra Mundial en sus clases de Historia y quería saber si él había participado como los familiares de sus amigas. Cuando le dije que sí, y que tú también lo habías hecho, se quedó impresionada. Deberías contar esta historia por ellas, mamá. Demostrarles lo mucho que tienen que admirar a su abuela. Podría ser un bonito regalo para tus nietas, para todos nosotros en realidad.

Leah Johnson se mantuvo firme a pesar de que las palabras de su hija la habían tocado muy dentro, sacando a la luz esa templanza aprendida siendo enfermera de guerra. A Vera le habría gustado que al menos en ese momento se quitase la máscara y se convirtiera en una madre de verdad. Siempre había echado en falta esa ternura que parecían haberle extirpado a base de cañonazos, y nunca mejor dicho. Aquella mujer que ella había conocido siempre había tenido muy claro lo que había que hacer en cada momento, nunca se había permitido dudar. Ni siquiera cuando su marido amaneció muerto después de una larga enfermedad dio tregua a su diligencia. Avisó a la funeraria, llamó a la familia, y apenas hubo tiempo para consolarla. Nunca pareció necesitarlo. Así había visto siempre a su madre, siempre dispuesta a afrontar el dolor como si fuera un muro de hierro insondable.

Vera recordó entonces un día en concreto en el que Samantha apenas tendría cuatro años, ni siquiera había nacido Bonnie, y se cayó por un terraplén dándose de bruces contra una roca. A los dos segundos todo estaba manchado de sangre: las ropas de la niña, su cara, las manos de ambas. Si no llega a estar su abuela presente ese día, su hija se habría desangrado. En seguida tomó el control de la situación y se puso a taponar la herida con su chaqueta, acunándola y diciéndole que no era nada mientras cogía el coche para llevarla al hospital. A veces, por momentos como ese, su madre daba la impresión de ser alguien muy frío y cerebral. Pero quizás a través de esa historia pudiera descubrir más cosas sobre ella. Sus miedos, sus anhelos. Todo cuanto había decidido callar hasta ese momento.

—Buenos días. —Escucharon al otro lado de la puerta de la cocina. El vecino de Leah era un hombre de unos sesenta años, viudo como ella, que parecía siempre dispuesto a animarle el día.

—Buenos días —se adelantó Vera a responder mientras le abría la puerta, porque conociendo los toscos modales de su madre, sabía que ella jamás lo haría.

—¡Oh, vaya! Tiene usted visita. Vuelvo otro día entonces —comentó el hombre algo decepcionado, regresando sobre sus pasos con rapidez después de dejar un bonito ramo de pequeñas margaritas en las manos de Vera.

—¡No, por favor! —se apresuró a decir su hija para tratar de salvar la situación—. Yo ya me iba, señor Dumbrell. Las flores son preciosas, yo misma las pondré en agua. Precisamente ahora me estaba diciendo mi madre que hacía una mañana preciosa, que le encantaría dar un paseo por el vecindario y tomar un poco el sol. —La mirada mortífera de Leah no dio lugar a dudas, algo que no pasó desapercibido para su vecino.

—Mejor en otro momento, gracias, de verdad. ¡Que tengan buena tarde!

—Lo mismo digo, señor Dumbrell —murmuró Vera decepcionada mientras veía cómo su madre bajaba los párpados sentenciándola a muerte por ser tan amable con ese tipo. Ella, sin embargo, no sabía por qué odiaba tanto a su vecino—. Mamá, ¡eres una maleducada! —le espetó su hija nada más cerrar la puerta de casa.

—¿Yo soy una maleducada? ¡¿Y él?! A su edad debería darle vergüenza estar flirteando como un veinteañero —farfulló ofendida, como si agasajar con flores a una vecina fuera un delito.

—Por lo menos deberías saludarle, está teniendo mucha paciencia contigo. Siempre viene por aquí con algún detalle, te invita a ver películas en la filmoteca, o a tomar el té en su casa y tú eres incapaz de agradecérselo. Piensa que él también está solo y no puede evitar fijarse en ti. Después de todo, mamá, sigues estando muy bien. Reconócelo.

—Deja de decir tonterías, ¿quieres? ¡Y ayúdame a poner la mesa!

De pronto sus ojos volvieron a toparse con la máquina de escribir y todos sus músculos se tensaron de nuevo. Había olvidado por completo que estaba allí.

—¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué te has parado de repente? —quiso saber su hija acercándose a ella, acariciándole los hombros al verla tan pálida.

—Nada, cariño. Solo he recordado algo.

—¿Algo que sucedió en Dunkerque? —preguntó Vera con rapidez, para que no dejara de hablar ahora que parecía dispuesta a ello.

—No. Me temo que ese capítulo es demasiado violento y oscuro para iniciar cualquier historia, hija. La verdad es que debería haber elegido otro momento para hablar de todo aquello. —Leah tomó asiento de nuevo, pensativa, mientras acariciaba con los dedos esa máquina de escribir. Era como si aquellas teclas estuvieran hablándole. Necesitaba desprenderse de todos esos fantasmas del pasado y, sin darse cuenta, continuó con su historia de manera inconsciente—. Después del shock que supuso para Inglaterra la fulminante derrota en Francia, debíamos recuperarnos de aquella desagradable sensación de la manera más rápida posible. Los meses siguientes a ese desembarco estuvimos en Dover, cuidando de esos mismos soldados que habíamos traído de vuelta a casa. Muchos de ellos sufrían estrés postraumático, aunque todavía por aquel entonces no se conocía como tal. Algunos tenían la mirada vacía, perdida. La llamaban “la mirada de las mil yardas”, porque solían decir que esa era la distancia a la que se encontraba el enemigo.

Vera guardó silencio y se sentó al lado de su madre sin hacer mucho ruido. No podía hacer otra cosa que escucharla. Le parecía tan extraño oírla hablar de la guerra, que era como si de repente se hubiese convertido en otra persona. En esa jovencísima enfermera llamada Leah Johnson.

—¿Cuándo dices estuvimos, te refieres a papá y a ti?

—No. A tu padre no lo volví a ver. La llegada a puerto fue algo caótico, había un tropel de gente esperándonos y un sinfín de hombres deseando salir de allí. En realidad, ni siquiera nos despedimos. En cuanto terminé de coser la herida de su hombro, el doctor Kitting volvió a necesitar mi ayuda.

—¿Entonces?

—Me refería a Vera y a mí. A mi amiga Vera Adams, la que también conocí en aquel barco.

—Yo me llamo así por ella, ¿verdad? —Leah desvió la mirada, reconociendo a su hija, y asintió con la cabeza de manera ceremoniosa.

—Tu padre estuvo de acuerdo conmigo cuando decidí ponerte ese nombre, fue una gran amiga, cariño. Para los dos significó mucho.

—Me lo imaginaba. —Vera tragó saliva e, incorporándose un poco, decidió preguntarle—: ¿Por qué nunca me has hablado de ella? ¿Por qué no querías hablar de todo esto cuando yo era más pequeña y no hacía más que preguntarte? —Un largo silencio le indicó a Vera que el dolor estaba aún muy presente, más de lo que ella nunca podría imaginar—. Está bien, mamá. Déjalo. Volvamos entonces al Dover de 1940. ¿Qué pasó después? —preguntó con entusiasmo, esperando volver a adentrarse en las vivencias de aquella joven enfermera que acababa de conocer.

—En realidad, estábamos entrando en 1941. Era Nochevieja y fuimos a un baile para celebrarlo.

—Espera, espera. ¿Estabais en guerra y fuisteis a un baile para celebrar la Nochevieja? —repitió atónita su hija.

—La vida seguía a pesar de estar en guerra, cariño. Los jóvenes de antes no eran muy diferentes a los de ahora. Seguían queriendo hacer lo mismo que vosotros con la misma edad: bailar, beber y conocer chicas. Y no precisamente por ese orden. A los soldados se les concedían días de permiso que intercalaban a lo largo de muchos meses para poder descansar y ver a sus familias. Era una manera de que volvieran a sus vidas de antes y se olvidasen un poco del infierno que estaban viviendo. Recuerda que fue una guerra que duró años, y a veces era preciso normalizar lo que estaba sucediendo para no volvernos todos locos.

—Entiendo —respondió Vera, tratando de hacerse una idea de lo que habría tenido que ser vivir una juventud como la de su madre en aquellos días—, pues cuéntame entonces qué pasó en aquella fiesta de Nochevieja…

1940-1941

Capítulo III
Frenesí (Artie Shaw)

En Dover se construyó un gigantesco refugio subterráneo en la zona de los acantilados, donde se alojarían casi doscientos soldados que debían hacerse cargo de un grupo de cañones situados allí para su defensa. Churchill sabía que, si Hitler invadía las islas, lo haría a través de ese punto por ser el más cercano a la Europa continental. Si los alemanes llegaban a abrirse camino a través de la inquebrantable muralla blanca de su encrespado relieve, lograrían hacerse con el control de Inglaterra, por ello la necesidad de crear ese refugio. Los combatientes responsables de aquella batería deberían mantenerse con vida a toda costa, resistiendo los durísimos bombardeos navales y aéreos que tendrían lugar allí ante un posible ataque.

A más de veinte metros bajo tierra se llegó a crear una pequeña ciudad subterránea, una red de túneles forrados por láminas de metal y vigas de hierro donde los soldados deberían sobrevivir durante semanas, quizá meses. Comenzaron a excavar el 20 de noviembre de 1940 y tardaron solo unos cien días en terminarlos. Aquella impresionante construcción fue visitada incluso por el mismísimo primer ministro. Allí había hasta un pequeño hospital, al cual fuimos destinadas Vera y yo, convirtiéndonos a las pocas semanas en compañeras inseparables por el simple hecho de haber vivido juntas nuestra primera experiencia como voluntarias de la Cruz Roja.

El día de la inauguración incluso se nos obsequió con algo de maquillaje. La señora Anderson, una enfermera veterana de la Gran Guerra y jefa de nuestra unidad, nos dio la orden de lucir hermosas y profesionales. Según las directrices que le habían llegado, era muy importante que nuestra presencia fuera destacable, lo que todas entendimos como que vendrían a hacernos fotos para que nos viesen en los periódicos. Aquella mujer nos hacía reír porque siempre nos hablaba rodeándonos en círculos, pasándonos revista una a una como si fuéramos soldados, obsesionándonos con sus disciplinados protocolos de desinfección e higiene. No solo debíamos ir perfectamente uniformadas, también debíamos enseñarle nuestras manos, concentrándose sobre todo en las uñas, que no debían ser largas ni estar pintadas, para poder ver la suciedad que había debajo. La cofia, elemento indispensable para ella, debía recoger todo el peinado. Algo que a mí siempre se me resistía por culpa de mi particular flequillo.

—Recójase el cabello, señorita —me ordenaba como si fuese algo fácil de conseguir.

—Sí, señora Anderson —respondía con voz apagada mientras Vera alargaba su brazo para darme una de sus horquillas.

Ese día nuestra superiora estaba muy nerviosa, y nos trasladaba a todas ese estado de agitación. Llegó a revisarnos más de cuarenta veces, forzándonos a sonreír como payasos cada vez que lo hacía. Tan ridículo nos pareció todo aquello, que Vera esperó estar a sus espaldas para estirar sus labios hasta conseguir un rictus imposible. Algo que hizo que muchas de las que estábamos allí rompiésemos a reír de repente. Por supuesto, el rostro de Vera cambió de inmediato cuando la supervisora se dio media vuelta para comprobar qué era lo que nos había hecho tanta gracia.

—¿Tiene algo que decir, señorita Adams? —le preguntó con la sospecha firme de que había sido ella la culpable de aquella distracción en el grupo.

—Por supuesto que no, señora Anderson. Estoy impaciente por conocer a sir Winston Churchill, ¿usted no? —respondió pizpireta mientras jugaba con la falda de su uniforme gris, demostrándole con absoluta credibilidad que era del todo inocente.

Nos dijeron que no nos pusiésemos el delantal blanco que llevábamos durante las curas, para que estuviera bien presente la cruz roja que teníamos todas cosida a la altura del pecho.

Aunque el recuerdo de Dunkerque estaba aún muy vivo en nuestra memoria, comprobar que muchos de los soldados que habían venido con nosotras en ese barco se estaban recuperando nos dio ánimos para seguir con el día a día. Vera siempre se las ingeniaba para estar a mi lado y salir en mi ayuda cuando lo necesitaba. Solía explicarme con paciencia infinita cada una de las cosas que nos mandaban hacer. Fue una gran amiga, y actuó como una verdadera profesora conmigo, obligándome a escondidas a repetir una y otra vez el mismo vendaje en ocho hasta que me salió tan perfecto como el suyo. A veces me sorprendía la seguridad con la que se ponía a trabajar, siendo tan rigurosa como la señora Anderson en los procesos a seguir, algo que no cuadraba en absoluto con su carácter. Como en aquella novela de Stevenson, parecía haber dos mujeres completamente distintas dentro del mismo cuerpo: una enfermera de naturaleza seria y profesional cuando se vestía con el uniforme, la otra una muchacha díscola y jaranera cuando se alejaba de su puesto de trabajo.

Vera era mayor que yo, llevaba ya cinco años ejerciendo el oficio y se notaba en sus manos expertas las horas que había dedicado a la enfermería. Admiraba sus minúsculos puntos de sutura, apenas perceptibles, que me avergonzaban cada vez que pensaba en el pobre hombro de aquel sargento en Dunkerque. También era especial su manera de tratar al paciente, sin perder la atención sobre su estado mientras los aseaba con ternura y sin recelo, algo en lo que a mí me faltaba todavía bastante soltura. Se dirigía a ellos por su nombre, siempre en un tono armonioso, que animaba a cualquiera. Incluso se atrevía a coquetear con los más diestros, pero sin olvidar de ningún modo el código moral que nos habían impuesto. Era certera hasta en la escrupulosa forma de colocar el material antes de una operación, haciéndome repetir uno por uno, hasta el aburrimiento, el nombre de todo lo que allí desplegábamos sobre la bandeja como en una exposición.

En esos atareados días también pude conocer su historia, que no era muy diferente a la mía. Se unió a la Cruz Roja al día siguiente de saber que su prometido había fallecido, por eso odiaba tanto la guerra. Decía que había roto sus planes y los de mucha más gente. Se iba a comprar una casa, tener hijos… ¡pero ahora solo Dios sabía cuándo podría hacer todo eso!

—Las cosas no volverán a ser como antes, Leah —dijo mi compañera después de subir los ciento veinticinco escalones que nos separaban del exterior.

Nosotras, al no ser oficiales ni pertenecer a ninguna autoridad británica, no teníamos permiso para descansar bajo tierra. Tampoco nos entusiasmaba mucho esa idea, pues aquel sitio era un poco claustrofóbico.

Lo primero que hacíamos al salir era mirar el cielo. Aunque estuviera plagado de nubes, nos sentíamos felices al respirar por fin aire puro, y entonces nos mirábamos y sonreíamos. Era nuestro mejor segundo en el día..

—¡No seas tan pesimista, Vera! Pues claro que volverán a ser como antes. Y antes de lo que tú crees te verás de nuevo comprometida. Eres bonita, lista, trabajadora. Estoy segura de que pronto conocerás a tu próximo pretendiente.

En realidad los tenía, y muchos, pero no se ajustaban a su ideal de hombre perfecto. Es decir, con dinero. El suficiente como para dejarle una buena pensión si se quedaba viuda. Así de práctica era mi amiga, para ella el amor poco importaba en tiempos de guerra.

—Últimamente los únicos hombres interesantes que conozco están demasiado ocupados para preocuparse por esas cosas —murmuró mirando sus zapatos demasiado gastados, al igual que los míos, y pensando en algún doctor que le traía de cabeza esos días.

Si se hubiesen casado el mismo día en que se lo pidió su prometido, me decía, habría podido salir adelante sin necesidad de seguir trabajando como enfermera. Pero él quería presentársela antes a su madre.

—¡El muy estúpido! —maldecía por lo bajo.

Así era Vera. También me confesó, en una de esas interminables conversaciones mientras cortábamos gasas para hacer vendas, que nunca tomó precauciones con aquel chico, ya que deseaba quedarse embarazada a toda costa. Pero eso, me aconsejaba, no era del todo correcto:

—Puedes enfermar, ya sabes.

Pero la verdad es que yo no sabía a qué se refería.

De nuevo tenía que lamentar no haber prestado demasiada atención en las clases de patología. Nadie, hasta que conocí a Vera, me había hablado tan claro de ciertos temas como el sexo. Muchas chicas huérfanas, como mi amiga, confiaban en un embarazo para que la familia de él las acogiera en su casa de manera inmediata sin oponer resistencia. La sangre es la sangre, me repetía. Pero sin bebé a la vista, ni anillo en el dedo, no tenía un sitio donde caerse muerta, y por eso no tenía otra salida que seguir ejerciendo como enfermera.

A pesar de esa frivolidad que la caracterizaba, me daba pena. Anhelaba tener una familia o formar parte de una, y ese sentimiento era algo que no podía compartir con ella. Yo, a pesar de lo que había hecho, seguía muy unida a mis padres. Incluso a mi hermano. Por eso la atraje hacia mí con el brazo para consolarla mientras nos adelantaban por el camino un par de vehículos del ejército.

—Gracias a Dios que te tengo a ti —ronroneó en mi oído mientras un par de soldados, sentados en la parte trasera, nos saludaron sonrientes.

La ciudad estaba en el punto de mira de ingleses y alemanes. Dover se había convertido en ese lugar estratégico que todos marcaban en rojo en sus mapas, y por ello el refuerzo armamentístico en la zona era más que sobresaliente.

De pronto, un joven se interpuso en nuestro campo de visión, haciéndonos parar en seco. Nos miró desde arriba, ya que era mucho más alto que cualquiera de nosotras, y se despidió diciendo:

—¡Os esperamos, chicas!

Vera me arrancó el papel de la mano y comenzó a leer en voz alta:

—«Celebra con nosotros la noche de fin de año». ¡Oh, cielos, Leah! Esto es maravilloso. Dime, ¿desde cuándo no bailas?

Preferí no responder. A la última fiesta que había asistido fue al cumpleaños de mi hermano, en la que tuve que retirarme sobre las seis, precisamente antes de que comenzasen a bailar.

—No, Vera. Olvídate de mí.

—Pero ¿qué dices? ¡Esto es una oportunidad de oro!

A pesar de mis insistentes negativas, Vera estaba dispuesta a salir de todas maneras, llevándome a rastras si fuera preciso. No le valían las excusas del tipo: no me apetece, no tengo nada que ponerme o no sé bailar, aunque todas fueran ciertas.

Desde Dunkerque no habíamos podido regresar a casa debido a los bombardeos. Mis padres, recuperándose del disgusto que había supuesto para ellos el que me hiciese voluntaria, preferían que siguiera trabajando en un refugio militar subterráneo. Ellos no podían ofrecerme tanta seguridad, aunque quisieran, ya que habían tenido que guarecerse en el metro en alguna ocasión después de mi marcha. De modo que yo solo contaba con un vestido negro para ir a esa fiesta, el mismo que mi madre me había comprado para el entierro de mi hermano. Vera criticó el color, porque decía que estaba harta de que todo tuviera que ver con la muerte, pero prometía que esa noche podríamos resarcirnos después de tantas horas de trabajo:

—Vamos a emborracharnos y a divertirnos como nunca —decía con esa sonrisa ladina con la que lograba que la invitasen a todas las copas que quisiera.

Yo la escuchaba entretenida, porque realmente estaba emocionada por aquel acontecimiento, aunque no estaba muy segura de querer hacer lo mismo. Desde mi punto de vista, debía seguir guardando un tiempo de duelo por Frank, aunque ella no lo hiciera por su prometido. Además, no era propio de una señorita fumar o beber en público, o eso era lo que me habían enseñado en casa. Sin embargo, Vera se moría por tener un cigarrillo en los labios.

Creo que no hace falta que os diga que terminó convenciéndome, nadie podía ponerle freno cuando se obstinaba en algo. Era una chica muy apasionada y vehemente, como ya habéis podido comprobar. Sus manos de nuevo obraron milagros en mí, cual hada madrina, haciendo de mi vestido una verdadera obra de arte: frunció con ligereza un escote generoso, cogido con un aplique de flores que le había quitado al suyo, de un rojo muy vivo, al igual que el carmín que nos regalaron en el hospital y con el que volvimos a pintarnos esa noche.

—¡Mírate en el espejo, Leah! Se van a caer de culo cuando te vean. —Los piropos de mi amiga me hicieron sonreír, estaba segura de que exageraba para que me sintiera mejor, pero cuando me vi frente al espejo no pude creérmelo. Había un drapeado muy coqueto en los laterales de mi vestido que conseguía que en mis caderas se marcasen unas curvas que ni siquiera sabía que tenía. Me gustó verme tan mayor, casi tan guapa como ella. Vera me obligó también a pintarme un sombreado en las piernas para dar la impresión de que llevábamos medias, algo que por descontado no podía ser cierto, ya que todo el nailon se destinaba para la fabricación de los paracaídas.— ¿Ves lo preciosa que eres? —preguntó agarrándome por detrás, obligándome a no apartar la vista de mi propio reflejo.

Vera tampoco se olvidó de mi última pega, así que le pidió prestado el tocadiscos a la casera de la pensión donde nos alojábamos, jurándose a sí misma que saldría de allí bailando como Ginger Rogers.

El salón de la señora Haussmann se llenó de color cuando empezaron a oírse las primeras notas del conocido Anything goes de Cole Porter que nos había vuelto locas años atrás, y aunque no era precisamente ese el tipo de música que escuchaban los jóvenes en ese momento, algunas huéspedes algo metiditas en carnes lo celebraron bailando junto a nosotras sin mucho sentido del ritmo. Dichosas durante unos instantes, radiantes de felicidad a pesar del fatídico destino que nos esperaba, dimos vueltas como peonzas alrededor de butacas y sillones hasta caernos al suelo muertas de la risa. Fue una gran tarde y siempre la recordaré con una sonrisa en los labios. Vera era una criatura muy necesitada de amor, pero también muy generosa al otorgarlo, y solo gracias a su compañía superé aquel primer período de mi vida como mujer independiente.

Al llegar el ocaso, mientras nos poníamos los abrigos para acudir a aquella fiesta de fin de año, Vera se percató de mi silencio. Para ella era solo una fiesta más, para mí toda una prueba de madurez. Así que, tras comprender la causa de mi nerviosismo, quiso animarme con su peculiar estilo mientras salíamos a la calle:

—¡Vamos, Leah! No tengas miedo. Hablar con chicos tampoco es tan difícil, en realidad serás tú la que hable mientras ellos te miran. Ya lo verás, te van a comer con los ojos en cuanto te vean con ese vestido.

Aquel comentario terminó helándome la sangre, y esa desagradable sensación que consiguió erizarme el vello de la nuca nada tenía que ver con aquella estrepitosa bajada de temperatura.

Vera podía cambiar mi físico a su antojo, pero no alejaría de mí tan rápido esa timidez que me caracterizaba. Incluso con bucles en el pelo y carmesí en los labios, era una chica que seguía mintiendo al decir su edad, porque sentía que todo aquello me venía demasiado grande. Me veía como una intrusa, viviendo la vida de otra chica que no era yo, porque de no estar en guerra jamás habría salido tan pronto del arrullo de mis padres.

Fue mi primer gran baile. Los acontecimientos sociales habían ido espaciándose en el tiempo mientras yo llegaba a la mayoría de edad, hasta que se anularon por completo cuando por fin se me permitió acudir a ellos. Por eso no conseguía ser tan ágil como Vera para deshacerme del interés de algunos soldados, ya que mis oportunidades de coquetear con el sexo opuesto se habían visto seriamente mermadas desde el principio. Ni siquiera Frank me había podido ayudar en eso. Algunos cumpleaños y poco más, esas fueron las únicas oportunidades que tuve para flirtear con alguien, momentos que, si llegaron a ocurrir en el pasado, ni siquiera tuve la astucia de reconocerlos. En esas fiestas solía ir siempre con mi amiga Jane y las demás chicas, el mejor escudo para cualquier chico que estuviera al acecho.

Al llegar a aquel viejo casino, convertido ahora en un enorme salón de baile repleto de gente joven, supe que había cometido un grave error. La mayoría de aquellos chicos, vestidos con su uniforme junto a una gran sonrisa, me hicieron estremecer. Todos, sin excepción, me recordaban a mi hermano muerto.

—Huele —me susurró Vera al oído, obligándome a mirar a nuestro alrededor mientras aspiraba el aire de aquel ambiente—. Este es el olor de esa hormona masculina que nunca te acuerdas de cómo se llama.

—Testosterona —respondí aturdida. Olía muy bien nada más entrar, a cuero y a loción de afeitado, algo que no pasaba desapercibido para nadie.

—¡Por todos los santos! Pero ¿qué estoy viendo? —prorrumpió un chico a mi derecha mientras dejábamos nuestros abrigos—. ¿Es que han abierto las puertas del cielo? Chicos, mirad, creo que dos ángeles se han escapado…

Disimulé mi estupor agachando la cabeza y escondí el rostro bajo mi pelo. Habría preferido pasar de largo y obviar aquel comentario, pero Vera no tardó en responder.

—Las puertas del cielo no lo sé, pero las del infierno las han dejado bien abiertas y esta noche más de un demonio anda suelto.

A eso me refería. Ni en cien años yo podría haber dicho aquello. Y con esa galanura que la caracterizaba, salió meneando su trasero mientras me cogía del brazo, dejando a aquel muchacho con la boca abierta.

Después de semejante recibimiento, todos los soldados nos dejaron pasar sin dejar de mirarnos. Odié esa sensación. Me sentía completamente rodeada e indefensa ante sus ojos, que nos repasaban de arriba abajo. Había pilotos de la RAF, marineros de la Royal Navy y todas las escalas posibles de la infantería británica. Yo nunca había contestado a nadie y menos de esa manera tan desvergonzada. Mi madre siempre me había dicho que debía evitar ese tipo de comentarios, que un hombre con educación no le hablaba así a una mujer. Sin embargo, estaba claro que a Vera nadie le había dicho nada parecido.

—Olvídate de los que te llamen encanto, cielo o nena. Si quieren bailar contigo, lo primero de todo es que se acuerden de tu nombre. Merecemos un poco de respeto, ¿me has entendido?

—Sí, claro —asentí un poco mareada; acababa de aspirar el humo de mi primer cigarrillo, y la tos no me dejó decir más.

—¡No te tragues el humo!

—¿Y ahora me lo dices? —traté de preguntarle mientras la seguía.

—Huye de los moscones con las manos demasiado largas, y si te gusta el chico, que sea él quien te invite a una copa. Pero no te la bebas muy rápido, por mucha sed que tengas, puedes marearte de verdad y te digo por experiencia que después pronto todo dejará de ser divertido.

—Nunca he probado el alcohol —confesé mientras me fijaba en cómo ella apartaba la ceniza de su cigarro, e intenté hacerlo de la misma manera, aunque para nada mis gestos resultaban igual de sensuales que los suyos.

—¡Vaya por Dios! Entonces será mejor que empecemos a beber cuanto antes. ¿Dónde está ese maldito camarero?

Vera se separó de mí unos pocos metros para dirigirse a la barra, y después de haber escuchado con atención todas sus indicaciones, me sentí muy sola a pesar de estar rodeada de gente.

Humedecí mis labios con torpeza, intentando deshacer ese nudo de mi garganta y tragar algo de aquel terrible temor que sentía. Todos aquellos muchachos eran tan jóvenes y decididos que resultaba hasta doloroso pensar en ellos como futuras víctimas de la guerra. Era evidente que la mayoría nunca habían estado en el frente, ni siquiera sabían lo que era eso, aunque estuvieran practicando durante horas en aquella base militar. Estaba segura de ello porque sus rostros eran muy diferentes a los que habíamos visto en Dunkerque. Esos soldados aún tenían humor para contarse chistes y brindar los unos con los otros, me miraban como si fuera una mujer, no una enfermera que podría salvarles la vida.

—Vera, creo que debería irme —murmuré deprimida sin que pudiera escucharme.

No estaba de humor para fiestas de ese tipo. La guerra devolvía hombres destrozados, tanto física como moralmente. Yo lo había visto en una sola jornada y el patrón se repetía en el hospital donde trabajábamos. Muchos de los que ahora se reían con ganas en aquel casino no saldrían vivos. ¿Cómo iba yo a hablarles a la cara sabiendo eso? Porque ellos querían ir al frente, aunque su destino fuera la muerte, como le pasó a mi hermano.

Ese era su deber, su obligación.

Por supuesto, pensar así desde el principio no me hizo ningún bien. Vi a lo lejos a Vera aceptar la propuesta de un joven piloto mientras ambos esperaban en la barra a ser atendidos. Querían bailar la próxima canción, fuera la que fuese, y olvidaron sus copas mientras se alejaban cogidos de la mano hacia la pista de baile. Miré entonces a mi espalda y, asustada por si su compañero decidía hacer lo mismo conmigo, utilicé unas cortinas que se recogían en una esquina para ocultarme tras ellas. Algo infantil y bastante estúpido, lo sé, pero fue lo primero que se me ocurrió para escapar de mi propio tormento.

«Aquí no me verá nadie», pensé feliz mientras echaba un vistazo en todas direcciones, con el firme propósito de resultar invisible para el resto del mundo.

No quería bailar, tampoco conocer chicos. Mi sonrisa resultaba muy falsa cuando me ponía nerviosa y no me gustaba nada la idea de fingir que me lo estaba pasando bien, cuando no podía ser así en absoluto. Porque por mucho que lo intentase, no podría olvidar lo que estaba pasando más allá de esas cuatro paredes. Aunque esos chicos estuvieran deseando enfrentarse a ello cara a cara, yo ya sabía cuál sería el resultado. Solo me quedaba rezar para que todos ellos pudieran regresar a sus casas lo más pronto posible. Los últimos bombardeos sobre el país habían conseguido que los pocos hombres jóvenes que aún no parecían dispuestos a marchar a la guerra terminasen alistándose para sumarse al resto. Al parecer, no había otra forma de frenar esa locura. Deseé que ninguna de las amenazas que se dibujaban en mi mente se hiciera realidad, pero por un segundo me imaginé rodeada de heridos. Temblé aterrorizada por aquella espantosa visión. No quería aguarles la fiesta, ellos pretendían pasar un buen rato con alguna chica y estaba claro que yo no iba a ser su mejor compañía. Lo más acertado sería irme.

Miré mi pequeño reloj de pulsera. Esperaría quince minutos más para avisar a mi amiga de que me marchaba. Conocía demasiado bien a Vera y, si se lo decía en ese momento, podía ponerse pesada, obligándome a bailar con alguno de sus nuevos amigos. Podría decirle que no me encontraba bien, lo cual no sería del todo mentira. Toqué mi frente: no tenía fiebre, pero sentía escalofríos. Me abracé a mí misma, echando de menos mi abrigo, y seguí espiando a mi alrededor, pues era la mejor forma de pasar el tiempo en aquel sitio.

Estaba segura de que Vera encontraría a alguien que la llevase de vuelta a casa después de la medianoche. Se la veía muy desinhibida, rodeada de chicos que la colmaban de atenciones sin acordarse de mí ni un segundo. Envidiaba su desparpajo, esa soltura con la que encandilaba a todo el mundo. Con un guiño, unas palabras y un beso, los tenía a todos en el bolsillo. Aunque, en realidad, no me gustaba nada lo que hacía. Muchos de esos pobres muchachos se enamoraban de verdad de aquella chica divertida que fingía ser, sin embargo, ella no parecía muy interesada en comprometerse. No si ninguno tenía el dinero suficiente como para mantenerla.

Me entretuve mirando también los vestidos de las otras chicas, los golpes en la espalda que se propinaban los soldados mientras las dejaban pasar, como hacía un momento habían hecho con nosotras. Agazapada desde mi cómodo escondite, podía apreciar ese espectáculo sin perder detalle, y me gustaba observarlos a todos segura de que ninguno de ellos repararía en mí. Me fijé incluso en las lamparillas diminutas de aquel gran salón que, colocadas en cada recodo, iluminaban de una forma muy agradable ese sitio en el que jamás había estado.

Giré la cabeza al escuchar las carcajadas de un par de jóvenes. Miraban sin disimulo a un grupo de enfermeras que acababan de entrar y parecían dispuestos a ir tras ellas.

—¡Empieza la diversión! —se aventuró a decir uno de ellos mientras las seguían.

Sí, era cierto. El ambiente se caldeaba. Las botellas de champán no paraban de circular de un lado para otro, servidas sobre enormes bandejas de plata, y la orquesta tocaba desde de un improvisado escenario de madera con una sonrisa permanente. Sin darme cuenta, se me olvidó mi promesa de marcharme de allí. Pasaron más de veinte minutos y yo seguía fijándome en todo, contagiada por la emoción de aquellas parejas que llenaban cada vez más la pista de baile.

—Escondida detrás de esas cortinas va a ser difícil que alguien la invite a bailar, enfermera Johnson —me dijeron por detrás, y esa voz tan familiar hizo que me ardieran hasta las orejas.

No hizo falta volverme para saber de quién se trataba. Había pasado el tiempo, pero aún lo recordaba a la perfección. El sargento James Baker ahora vestía de manera impecable, engominado hacia atrás, y con esa leve sonrisa que lo hacía tan apuesto. Muchísimo más que la primera vez que nos vimos. Tragué saliva cuando sus ojos se cruzaron por fin con los míos, deteniéndose en ellos agradecido por disfrutar otra vez de mi compañía. De nuevo esa mirada perturbadora se preguntaba qué hacía yo allí. Me llevé las manos al estómago de lo nerviosa que me puso su repentina presencia, y sé que en algún momento tuve que respirar hondo, aunque él solo percibió cómo mi pecho subía y bajaba débilmente. No perdía detalle. Sus ojos grises se deslizaron con un movimiento lánguido entre los pliegues de mi vestido, recorriéndome de arriba abajo, mientras yo, supongo, hacía más o menos lo mismo desde el otro lado. Con el uniforme sin una gota de sangre, y su sombrero bajo el brazo, se le veía aún más guapo de lo que yo le recordaba. Creo que ambos nos llevamos una agradable sorpresa al volver a vernos en mejores circunstancias, por eso acortó los pocos metros que nos separaban en un suspiro.

—¿De quién se esconde? —preguntó burlón. Se había colocado justo a mi lado, apoyando su espalda en la pared para imitar mi postura, ahora tan inadecuada.

—De nadie —acerté a decir mientras me erguía de nuevo sobre mis pies, alisando mi falda con la mano inquieta—. Este lugar es perfecto para observar sin ser visto.

—Yo la he visto —añadió con una provocadora sonrisa—. Mis ojos han ido directos hacia la muchacha más bonita de este salón.

No le contesté, aunque puede que me sonrojara. Me pareció uno de esos piropos fáciles con los que solían agasajarnos los soldados en el hospital. En ese momento los músicos empezaron a tocar Sing, sing, sing y solo con los primeros acordes de aquella conocidísima canción, todos los allí presentes saltaron de sus asientos para llamar nuestra atención. Nunca había visto nada parecido, y hasta James se percató de mi parpadeo ante esa reacción generalizada. Me asusté un poco. De nuevo quedaba claro que no estaba nada acostumbrada a ese tipo de bailes. Salieron parejas frenéticas por todos lados para bailar como hechizados por esa música. Busqué a Vera entre ellas, pero no la encontré. De modo que estaba sola frente al peligro. No había nadie para protegerme de la mirada insolente del sargento Baker.

—Y dígame, señorita, ¿es de las que solo mira o también baila? —me preguntó inclinándose ligeramente, hasta rozar mi pie con el suyo. Al aparecer, todo aquello le resultaba muy divertido.

Estaba vestida para la ocasión, frente al espejo me había visto convertida en toda una mujer adulta, así que ya era hora de que me comportara como tal. Tenía que creérmelo un poco, solo un poquito, así que pensé en actuar como lo haría Vera en aquella situación. Para empezar, estaría bien que hablase más a menudo. Debería aceptar esa especie de invitación y bailar con él, como estaban haciendo a mi alrededor todas esas chicas que estaban allí. Enfermeras o no, ninguna se escondía de los hombres.

«Va a ser divertido, Leah, no hay nada que temer», me repetía mientras la música nos envolvía cada vez más. Debía mostrarme segura de cuanto hiciese en aquel momento para que el sargento no se burlase más de mí, como si fuese una niña pequeña jugando a ser mayor. Me toqué el aplique de flores de Vera que lucía en el escote, para asegurarme de que seguía allí, vigilado de forma impasible bajo su atenta mirada. Era mi amuleto de la buena suerte, y deseé con todas mis fuerzas que me ayudase con el sargento. Quería que le gustase lo que estaba viendo, deslumbrarle de tal manera que no quisiera hablar con ninguna otra chica en toda la noche, demostrarle que podía seducirle con mis encantos. Aunque ni yo misma sabía qué encantos eran esos. Necesitaba ese aire de suficiencia que mi amiga desprendía por cada poro de su piel, el mismo con el que conseguía embobar a todos los jóvenes que la rodeaban.

—Perdone, pero… ¿nos conocemos? —conseguí preguntarle al fin, girando en redondo hacia él y levantando la ceja como habría hecho la mismísima Lauren Bacall.

El sargento me petrificó con su mirada durante un breve segundo, pero después dejó escapar una sonora carcajada, algo que me hizo sentir muy violenta. Entonces, al comprender en seguida que me había molestado su actuación, trató de disculparse sin mucha seriedad:

—Creo que mi hombro nunca podrá olvidarla —insinuó poniendo su mano sobre la zona afectada y fingiendo mucho dolor—. Cada vez que me quito la camisa me es imposible no recordarla. En serio, usted sí que sabe dejar huella en un hombre.

Intuí que estaba quedándose conmigo desde el principio, pero aquel comentario me hizo sentir muy culpable.

—No sabe cuánto lo siento, la cicatriz debe de ser horrible —añadí, avergonzada por mi torpeza.

James manoteó en el aire para que no me preocupase más, cogió al vuelo un par de copas de champán y al segundo me ofreció una muy atento. Al parecer, esa noche habían acabado con las últimas botellas que se escondían en la bodega del local. El camarero, al reconocerlo, se cuadró con nerviosismo y nos ofreció también algo de comer. Después de recordar mi pésima actuación como enfermera, tuve que sonreír agradecida. Era innegable el esfuerzo que el sargento estaba haciendo para que me sintiera cómoda en esa fiesta, a pesar de que nosotros no hubiéramos salido todavía de aquel rincón.

—Si le soy sincero, aquel fue el mejor recuerdo que tengo de ese día —susurró con una deliciosa entonación, acercándose a mi oído sin darme cuenta, dejando tras de sí el olor a su colonia.

Elevé mi rostro hacia el suyo al escuchar aquello, y nuestras pupilas se encontraron. El calor que desprendía su cuerpo llegó a invadir el interior de mi corazón hasta abrasarlo.

—Mis padres nunca han visto con agrado que las mujeres beban o fumen en las fiestas —recordé de repente en voz alta al verme agarrada a esa copa. Fue como un impulso, debía decir algo, lo que fuese, si no quería desmayarme.

—Será nuestro pequeño secreto. No se preocupe, no diré nada —respondió James con sigilo, fingiendo esconderme con su chaqueta de alguien que nos estuviera mirando.

Mojé mis labios, sonriente, y él me acompañó en el gesto. Noté las burbujas salpicando mi nariz y, al tragar, quise disimular el desagradable sabor de aquella bebida con una sonrisa forzada. No podía entender que todo el mundo estuviera bebiendo lo mismo que yo.

—No le ha gustado —sentenció el sargento nada sorprendido, atento a la expresión de mi cara desde el principio.

—Pues… —iba a negarlo cuando él me quitó la copa de la mano y la abandonó junto a la suya en una mesa cercana.

—Tiene razón, no es el mejor champán que he probado —contestó sin más, dejándome perpleja.

Entonces el sargento Baker aprovechó mi sorpresa para coger mi mano y tirar de mí, abriéndose paso hacia la pista de baile, con esa seguridad que había mostrado tener en Dunkerque y que yo aún recordaba con admiración. Nunca había mantenido más de dos frases seguidas con un hombre joven que no fuera mi hermano, y mucho menos había bailado con uno. Observé con atención la mano de James apretando la mía mientras andábamos, para poder asimilar lo que estaba pasando. Su contacto siempre me hacía estremecer. Algo me decía que él sabía leer en mis ojos, que era consciente de que estaba pasando un mal trago, y quería ayudarme a que me divirtiese un poco en aquella fiesta de fin de año. Me iba a dar ese último empujoncito que me faltaba. Mejor empezar esta fiesta bailando con él que con un completo desconocido. «Después de lo que le hice en el hombro, un par de pisotones no creo que vayan a importarle mucho», pensé en un intento de animarme.

Seguramente le había dado pena al verme oculta tras unos cortinajes y por eso bromeaba conmigo, como hacía Frank a veces, riéndose de mi extremada timidez. Obligándome a salir de mi agujero.

—Perdone mi curiosidad, pero ¿su acompañante sabe que usted está aquí, o debería esconderme de él yo también después de este baile? —sugirió después de tomar mi cintura, acercándome a él en un solo movimiento.

De repente, estábamos muy cerca el uno del otro, tanto que perdí el aliento y no pude responderle, solo negué y agaché mi cabeza.

Había cambiado la música. Le tocaba el turno a una dulce melodía que recordaba haber escuchado hacía muy poco en la radio, y sin saber cómo me encontré bailando con él muy lento. Imité los movimientos de una chica que estaba a mi izquierda y le puse una de mis manos en el hombro, que casi me ardía al notar la firmeza de sus músculos, mientras la otra seguía junto a la suya, guiándome en todo momento. Después de unos minutos así, me sorprendió lo fácil que era, ¡estaba bailando! Jamás pensé que pudiera hacerlo. Estábamos en el centro de la pista y aún no me había tropezado ni le había pisado, así que ya podía volver a respirar. Sin embargo, no me atrevía a dejar de mirar sus pies. En parte porque su mirada era como una bala que intentaba esquivar para que no me hiriera por completo, y también porque dudaba de que mis piernas pudieran seguirle mucho más tiempo.

—¿Ha perdido algo? —preguntó después de pararse para mirar el suelo conmigo.

—¡No! —exclamé tras levantar de inmediato la cabeza.

No quería parecer una novata. Crucé los dedos mentalmente y deseé que mis pasos dejaran de ser titubeantes junto a los suyos, poder dar vueltas alrededor de la pista sin ningún miedo a caerme o hacerle tropezar.

Sus ojos grises me estudiaban y, a pesar de sus claros intentos por hacer de aquella una velada agradable, no parecía muy relajada. Seguía cohibida, sin dejar de mirar a todos lados para evitar fijarme en él. Suspiré un poco y, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tomar el control de aquella situación, decidí confesarle cómo me sentía:

—Me alegro mucho de verle. De que siga vivo y con esas ganas de bromear conmigo.

Para que mi voz no se terminara quebrando o perdiendo en el infinito, tuve que apartar mi mirada para centrarme en un pequeño hilo que había en su chaqueta. Su cercanía me sobrecogía demasiado, y ser consciente de que estaba tan atento a lo que yo le decía, me hacía enmudecer.

Entonces sentí la dulce sonrisa de James acercarse a mi frente para besar mis sienes, un gesto cariñoso que me enterneció tanto que temí que pudiese notar cómo me estaba derritiendo en sus brazos. Sin embargo, conseguí reponerme a tiempo y disimular el sofoco pasando los dedos por el paño oscuro de su uniforme para apartar ese hilo que había visto antes.

—Quizá la culpable de que sonría hoy así sea usted —respondió tras una pausa.

Si aquella frase no fue suficiente, sus ojos grises terminaron por desarmarme. Estaba totalmente perdida en sus brazos, por eso me escondí de nuevo bajo su cuello. Él se dio cuenta de que yo no podía hablar, de modo que siguió hablando solo:

—En Dunkerque ni siquiera tuvimos tiempo de despedirnos. Dígame, ¿cómo está su padre?

Una gran sonrisa iluminó mi rostro, había encontrado un estupendo tema de conversación para que me lanzase de nuevo a hablar con él, así que sin ningún problema le respondí:

—Muy bien, gracias. Ha construido, junto a un par de vecinos, un búnker en el jardín. Desde que estoy aquí, mis padres ya no quieren mudarse a ningún sitio, aseguran que nadie los echará de su casa. ¡Mi madre es igual de obstinada que Churchill!

—Y seguro que cada día que pasa están más orgullosos de usted.

—Eso intento, señor Baker —respondí con el morro torcido, pues no las tenía todas conmigo en ese punto.

—James —corrigió, obligándome a que lo mirarse de nuevo y cogiéndome con delicadeza de la barbilla—. ¿Sabe que tiene usted unos ojos muy bonitos, Leah Johnson?

Preguntó aquello y me miró como si yo fuera capaz de darle una respuesta. Dijo mi nombre mientras sus pupilas me atravesaban como puñales. Era otro de esos extraños momentos en los que creía que iba a besarme, pero aunque lo deseaba de veras, también me daba muchísimo miedo que lo hiciera.

De pronto, Vera pasó a nuestro lado con una nueva pareja de baile.

—¡Mire! Esa chica de allí es mi acompañante. —Señalé para que desviase la vista hacia ella—. Se llama Vera Adams, es enfermera y trabaja conmigo en el hospital subterráneo que hay bajo los acantilados.

—Y por lo que veo, señorita, ya no recuerda que señalar a la gente es una falta de educación —añadió burlándose de mí una vez más.

No quise contestarle, solo le hice un mohín. Lo cierto es que a veces me seguía comportando como una niña, y a James le gustaba chincharme recordándomelo.

En ese instante otro camarero recogió las copas que habíamos dejado en una mesa y el sonido del cristal me ayudó a salir de la pequeña trampa que eran sus brazos. Nunca antes había probado el alcohol, y la verdad era que no lo necesitaba, porque mi percepción de la realidad ya estaba demasiado distorsionada como para incluir los efectos de ese preciado licor dorado. Había sentido miles de mariposas en el estómago mientras nos balanceábamos al suave ritmo de aquella canción. Estar junto a él era algo electrizante. Como sudar y sentir escalofríos al mismo tiempo. Me ruborizaba, me divertía con sus frases, pero también me hacía enmudecer cuando me miraba con tanta intensidad. Aspiré de nuevo el suave aroma de su perfume, aquella era una agradable fragancia masculina que me prometí no olvidar jamás. A pesar de que ya no bailábamos, su mano siguió en mi espalda mientras intentábamos salir de allí. Ahora había muchas más parejas a nuestro alrededor.

—¿Sabe que he aprendido a bailar swing esta misma tarde? —le dije con confianza, acercándome a su oído, en un gesto muy valiente por mi parte.

Todo merecía la pena para ponerle en un gran aprieto, pues ahora luchaba consigo mismo para que una carcajada no escapase de su boca.

—Nadie lo diría, es usted una estupenda bailarina —logró responder después de serenarse.

—¿Bromea? Antes no dejaba de mirar el suelo porque estaba contando sus pasos. Vera me explicó ese truco para que no me perdiese. Ella me ha enseñado todo lo que sé.

—De modo que le ha cogido usted el gusto a eso de utilizarme como conejillo de indias. Al menos, en esta ocasión no ha sido tan doloroso.

Al terminar de decir eso, James apretó mi mano para avisarme; había encontrado por fin un hueco por el cual podríamos escapar de la pista de baile. Caminábamos uno pegado a la espalda del otro, allí ya había demasiada gente para nosotros.

—Necesito respirar un poco de aire fresco, ¡salgamos de aquí, James! —le supliqué.

El humo de los cigarros había viciado demasiado el ambiente, y me sentía un poco mareada.

Entonces el sargento Baker me rodeó la espalda con su brazo para llevarme hacia la salida. Ya estábamos en la puerta cuando nos cruzamos con aquel tipo que había acompañado a James en Dunkerque. Lo reconocí en seguida, de hecho, no había podido olvidar ninguno de esos rostros. Era ese tal George, el hombre al que el doctor Kitting tuvo que reanimar con sales después de haberlo dormido con una buena dosis de morfina. Allí estaba, vivito y coleando gracias a su compañero. Miró al sargento con recelo, desvió después sus ojos hacia mí y los volvió más tarde hacia él con un aire circunspecto en su mirada. James frunció el ceño y apretó la mandíbula con fuerza.

—Creo que… —intenté decir, pero nadie me escuchaba.

El sargento Baker puso todos sus músculos en tensión, como si de un gato se tratase, dispuesto a pelear en cualquier momento. Se dijeron algo entre señas, algo que no entendí muy bien, y mi acompañante terminó negando con la cabeza de forma rotunda como única respuesta. Fue un movimiento leve, casi imperceptible, menos para mí.

«¿Por qué niega de esa manera?», pensé de inmediato bastante ofendida. «¿No soy su chica? ¿No le intereso?». Las opciones que barajaba mi cabeza eran de lo más variado, pero todas resultaban demasiado violentas como para seguir indagando en mi mente. Me enfadé con él, conmigo misma y terminé bastante disgustada por aquel gesto. No debía haberme hecho ilusiones. James tan solo me había querido saludar después de haberme reconocido en aquella fiesta. Nada más, solo eso. Lo demás habían sido imaginaciones mías, tan solo tonteaba conmigo como habría hecho con cualquier otra.

Escuché la risa descarada de Vera y, al girarme hacia el otro lado, la vi con un par de chicos sentada en las escalinatas del local. Se había caído y estaba muy borracha. Seguro que, si le decía ahora que nos fuéramos a casa, ella se negaría en rotundo haciendo un espectáculo. Tampoco en ese estado me iba a escuchar, intentaría convencerme para que me quedase un ratito más, pero yo no quería seguir ni un segundo más allí. Me sentía humillada, James se había reído de mí durante todo el baile y solo deseaba volver a la pensión para tumbarme en la cama y llorar.

—Discúlpeme un segundo —ordenó el sargento con autoridad.

Se despidió de mí así, sin más, corriendo a hablar con su compañero. Entonces, algo me dejó helada:

«Está prometido». Esa disparatada idea cruzó mi mente de inmediato, para darme cuenta en seguida de que había sido una completa idiota. Seguramente George conocía a su familia, y por eso le había lanzado esa mirada recriminatoria. En ese momento decidí abandonar el baile. El director de la orquesta estaba comenzando la cuenta atrás para anunciar que el fin de año había llegado, pero yo no me quedaría allí para celebrarlo. No estaba dispuesta a que me tratasen así.

Nada más salir a la calle, una bofetada de aire gélido me recordó que mi abrigo seguía en el guardarropía, pero no quise regresar por si James continuaba en la entrada hablando con su amigo. Segundos después me sacudí esa idea de la cabeza: él ni siquiera se molestaría en buscarme de nuevo.


—¿Se puede saber qué estabas haciendo, James?

—¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí, George?

—Mi trabajo. Me han mandado controlar tus movimientos. Todavía no confían en ti.

—Pues vaya, gracias por la advertencia. Pero ya te dije que no aceptaría órdenes de nadie. Si quieren que trabaje para ellos, tendrá que ser a mi manera.

—Está bien, entonces dime: ¿adónde pensabas ir?

—Eso no te importa.

—No me lo puedo creer, James. ¿Estabas flirteando con esa chica? ¿Esta es la manera que tienes tú de hacer las cosas? ¡Pues vaya con el profesor!

—Te equivocas, George.

—Mírame y dime que no pensabas acabar la noche con ella. Se te veía muy feliz a su lado…

—¡Retira ahora mismo eso que has dicho! ¿Me has oído, George?

—Lo haré si me cuentas de qué iba todo eso, incluso te pediré perdón por haber dudado de ti.

—Tú no lo entiendes.

—Sí que lo entiendo, yo también he sido joven. Era una chica muy guapa, ¡cualquiera lo entendería!

—No tiene nada que ver con eso, George.

—¿Entonces? Necesito la verdad, James. Estoy harto de estas tonterías, no puedo estar dudando de ti siempre. Respóndeme, todavía no he oído nada.

—No tiene nada que ver con el trabajo, George. Esa chica es enfermera, me atendió cuando subimos a aquel barco en Dunkerque. Estuve hablando con ella mientras estabas sedado, después de que te disparasen.

—¿Y?

—Pues que hoy he vuelto a verla, pero parecía más mayor, con ese vestido, no sé, ¡Dios, sé que es una locura lo que te voy a contar! Pero es la verdad, amigo. Esa chica se parece mucho a una de mis alumnas, ya sé que no es ella, pero cuando hablamos me parece increíble volver a tenerla enfrente. Tiene sus mismos ojos, es como si…, no sé cómo explicarlo…

—Escúchame, James. No empieces a imaginar nada extraño. Esa chica es solo una enfermera de la Cruz Roja. No sabe nada, no conoce a nadie. Puede que ni siquiera sea judía.

—Lo sé, lo sé. No tiene nada que ver con mi Ruth, pero…

—Pero nada, olvídala.

—Es terriblemente inocente, por eso quizás me la recuerde tanto.

—Así que solo tratabas de ser amable con ella acompañándola hasta su casa, ¿no es eso lo que me quieres decir? ¿James?

—Tienes razón. Te prometo que no me volverá a suceder, lo siento.

—De acuerdo, chico. No diré nada de lo que he visto, pero apártate de ella. ¿Entiendes? Olvídate de todas las muchachas que te recuerden a tu pasado, ese que ya deberías haber borrado de tu mente.

—No hace falta que me lo recuerdes. Me distéis otra identidad por algo, no soy tan estúpido.

—No se trata de ser estúpido, James, sino de enamorarse.

—Pero ¡¿qué dices?!

—Lo que he visto. No sé lo que habría entre esa alumna y tú, tampoco me importa. Pero quiero que te alejes de esa enfermera.

—Ese viejo doctor debió de pasarse con la morfina que te administró en Dunkerque, George. En serio, todavía estás delirando…

—Eso espero, muchacho.

Capítulo IV
Begin the beguine (Cole Porter)

Al día siguiente seguía molesta por lo sucedido, el resquemor por haber sido una mera distracción para el sargento James Baker en aquella fiesta me hizo levantarme de muy mal humor.

Después de comprobar que Vera no había regresado a su habitación, me di un baño para quitarme con jabón los restos de maquillaje que ya ni recordaba haberme puesto la noche anterior. Al salir de la bañera oí cómo se cerraba la puerta de la pensión con cuidado, y supuse que mi compañera acababa de entrar. Nadie más que ella se permitiría el lujo de romper la regla de oro de la señora Haussman y regresar a su habitación al amanecer.

Me miré con odio en el espejo del cuarto de baño. Iba vestida con el mismo uniforme y la capa azul marino de siempre, para trabajar un día más en aquel angosto hospital subterráneo, mientras mi amiga regresaba después de una noche inolvidable con algún hombre… o eso me figuraba yo.

El flequillo lacio y castaño me caía por los ojos, dándome un aire algo triste e infantil. Suspiré ante aquella estampa: «¿A quién pretendo engañar?». Seguía siendo una niña escuálida. Bajé la vista e inspiré más que nunca para tratar de que mis pechos se notaran a través de la ropa sin ningún éxito:

—No hay nada que hacer —llegué a decir con frustración.

Pestañeé con la intención de engañar a aquellas lágrimas que amenazaban con deslizarse por mi rostro. No quería pensar más en él, debía olvidarlo y volver al trabajo como si nada. Pero cuando uno de esos mechones rebeldes se interpuso entre mis párpados, no pude disimularlo más y me eché de nuevo a sollozar vencida por el desánimo. Tener la certeza de que James Baker no sentía nada por mí me había roto el corazón.

Yo nunca tendría esa belleza natural que poseía Vera: mi nariz era larga y afilada, mis labios demasiado finos, por no hablar de mis pechos pequeños. Además, estaba segura de que mi conversación le habría resultado de lo más aburrida, porque en la mayoría de ocasiones no había conseguido hablar, y por eso seguramente no hizo otra cosa que reírse de mí en toda la velada.

Cuando salí del baño secándome las lágrimas, me encontré con una Vera desdibujada, absorta en sus propios pensamientos. Estaba sentada en una silla que había en su dormitorio, que ahora permanecía abierto de par en par. Estaba arrinconada en una esquina como si fuera una muñeca de trapo olvidada. No podría precisar si el gesto en su cara era de dolor o pena, pero estaba muy lejos de allí, como hipnotizada.

—Vera…

Los tímidos rayos de sol se colaban por una vidriera de su ventana, e incidían en su espesa melena oscura, dotándola de unos ligeros reflejos cobrizos. No se dio cuenta de que estaba allí, junto a la puerta. Incluso en ese momento me pareció muy bonita. Con las rodillas hacia dentro y las piernas estiradas mirando al suelo.

—Vera, ¿te encuentras bien? —pregunté preocupada. Mi compañera entonces levantó su rostro hacia mí y respondió con suficiencia.

—¡Mejor que nunca! —Y comenzó a reír como si aquel fuera el mejor chiste que le hubieran contado en su vida.

No solo era el cansancio lo que le daba esa pastosidad a su voz; la mirada taciturna y el tamborileo de sus dedos sobre los labios la delataban. Seguía bajo los efectos del alcohol o alguna droga. Chasqueé la lengua arrepentida por haberme interesado por ella, yo no merecía semejante ataque de irritabilidad en ese momento. Vera era una chica muy simpática cuando quería, pero también podía ser cruel y despiadada, y ese día había decidido serlo conmigo. Iba a darme la vuelta y a dejarla descansar el resto del día si fuera necesario, cuando recogió del suelo algo en lo que no había reparado hasta entonces. Con saña me lo arrojó a la cara, como si lamentara haberlo llevado consigo, obligándome a detenerme de inmediato.

Era mi abrigo, el que había olvidado en el baile:

—¡Tu amigo me dijo que te lo entregase junto a sus disculpas! ¡Espera no haber dicho nada inapropiado! —gritó con desdén, y mientras se explicaba, unas arrugas se dibujaron en mi frente. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando—. Ese tipo dice que desapareciste de la fiesta como una exhalación. Que tu abrigo es la única prueba que tiene de que tu presencia allí no fue fruto de un bonito sueño.

—¿En serio te dijo eso? —tuve que preguntar para que siguiese hablando sobre James, pues solo de él podía tratarse.

—Sí, eso dijo. —Y mirándome con más atención, siguió dispuesta a atacarme—. Vaya, vaya con la enfermera Johnson. Parecía una mosquita muerta de la alta sociedad, con esos ridículos modales de señorita, y ahora resulta que también le gustan los chicos guapos, como a todas. ¿Qué pasó anoche, Leah? Díselo a tu amiga Vera, anda.

Empleó un tono condescendiente, insinuando algo que solo de sugerirlo me ofendía. Su risa estúpida me rechinó en los oídos, pero debía ser más lista que ella si quería que me diese toda la información sobre James. ¿Estaría realmente comprometido? Tenía que saber jugar a ese juego del tira y afloja para no caer en sus redes, y aunque no tuviese ganas de hacerlo, decidí perdonarla para no empeorar nuestra relación.

—No digas tonterías —contesté muy amable, volviendo a entrar en su habitación y sentándome en su cama, intentando retomar una inofensiva conversación entre dos amigas.

—Dime, ¿es cierto? ¿Lo dejaste tirado esperándote? —Vera se descalzó al momento y se sentó a mi lado, buscando esa confidencialidad perdida entre nosotras—. Te asustaste porque te quería besar, ¿fue eso?

Yo negué con la cabeza ruborizada solo de pensarlo, pero ella leyó en mis ojos algo que no deseaba confesar. Nos quedamos en silencio, mirándonos. Mi compañera me observaba con deleite, apartándome ese mechón de los ojos mientras daba su propio veredicto a la situación. De pronto, apareció de nuevo en escena su risa descarada, una carcajada ya sin fuerzas que me hizo enfurecer. Esa vez aquella falta de respeto por su parte me resultó imperdonable.

—¡Serás… !

No terminé la frase, aunque quise encontrar las palabras que le hicieran daño, tanto como me lo estaba haciendo a mí. Sabía que era estúpido enamorarse de alguien con el que apenas había mantenido un par de conversaciones, pero lo cierto era que me sentía totalmente desprotegida cuando me hablaban de él.

Me levanté de la cama, dispuesta a marcharme de una vez, pero nuevas preguntas comenzaron a dar vueltas por mi cabecita: «Espera no haber dicho nada inapropiado». ¿Él había dicho eso? ¿James estuvo pensando en mí después de irme de aquella fiesta? ¿Se sintió rechazado? ¿Hice que se sintiera mal por mi comportamiento? Comencé a recordar todo lo que había estado pensando sobre él, y me eché una mano a la cabeza por haber desaparecido sin darle una explicación.

—Pensé que estaba prometido, por eso salí huyendo. Pero ahora creo que lo he estropeado todo —murmuré sin salir de la habitación de Vera, mesándome los cabellos. Ella entonces dibujó una sonrisa de satisfacción al ver mi cara, y adivinó con facilidad:

—Te gusta ese oficial, ¿verdad? —Y prosiguió con su idea de avergonzarme por lo que sentía—. Pues, al parecer, él te corresponde. Si no, no se habría tomado la molestia de recoger tu abrigo y buscarme para devolvértelo. Aunque supongo que pronto vendrá para que le des su recompensa por tan noble acto. —En un despiste me cogió por la cintura para obligarme a caer sobre su cama otra vez—. Ellos también pueden ser muy persuasivos para conseguir lo que quieren, ¿entiendes? Humm, veamos, seguro que ayer noche tu chico te dijo que tenías los ojos muy bonitos. —No quería escuchar, ni siquiera quería mirarla, pero después de que mencionase aquel detalle terminé asintiendo en silencio para prestarle toda mi atención—. ¿No ves? ¡Son todos iguales! —Y, soltándome al ver que no me escaparía ahora que había vuelto a captar mi interés, continuó—: Creo que lo que tú necesitas es algo más de práctica.

—¿Qué quieres decir? —pregunté asustada.

Sin darme apenas respiro, se colocó encima de mí con sorprendente agilidad. El colchón se resintió de inmediato por el peso de ambas.

—Seguro que comenzó a acariciarte y se te erizó la piel, ¿verdad? Sus manos eran grandes, fuertes, sobre esta piel tan blanca y suave. Debías de resultarle una delicia, y mientras te acariciaba, su roce te hizo estremecer. Vaya, es como si lo viese, él se desharía al verte así, tan recatada, mientras te halagaba diciéndote que eras toda una belleza. —Vera comenzó a pasar sus dedos por mi brazo mientas me hablaba cerca del oído. Yo solo podía respirar, estaba paralizada—. Sabías que lo que ibas a hacer no estaba bien, pero te gustaba sentir su contacto. Su cuerpo sobre ti. Sus besos eran cálidos, lentos y dulces. ¿A que sí, Leah? Por eso cerraste los ojos y te dejaste llevar por sus palabras. Seguía hablando mientras te besaba, decía que eras la chica de sus sueños, que no había otra como tú, y te creíste todo ese cuento.

—¡No me dijo nada de eso! —protesté confundida, intentando levantarme, pero Vera insistió.

—¿Estás segura de que no lo hizo? Dime, ¿cómo te miraba? Seguro que te pareció que solo tenía ojos para ti, ¿verdad? Te recorrió el rostro, hasta puede que se parase en tus labios largo tiempo. Estuvo pensando en besarte mientras hablabais, pero no lo hizo al principio. Aguardó el momento ideal para acercarse a ti, hasta que llegó sin duda. Y entonces lo hizo. Te besó como nunca antes ningún hombre lo había hecho, metiendo su lengua en tu boca, incluso buscando tu mano para que tú también le acariciaras allí abajo. En el interior de sus pantalones.

—¡No, para, cállate! James nunca haría nada de eso —grité queriendo zafarme de ella muy furiosa, pero mi astuta compañera no me lo permitía. Le gustaba jugar, y ahora yo estaba atrapada bajo su cuerpo, como una araña en su tela, y quería seguir haciéndome sufrir con ese coqueteo absurdo entre mujeres.

—¿Es que quieres seguir siendo virgen el resto de tu vida? Ese James podría haber sido el primero, pero te comportaste como un corderito asustado, ¿no es verdad? ¿O es que quizás no te gustaba que fuera un hombre el que te acariciase? —preguntó taimada en un susurro cálido, bajando su nariz y oliéndome el cuello con una sensualidad que yo nunca había experimentado antes. Aquello no era normal, no estaba bien y, sin embargo, ella hacía que todo fuera apetecible, rozando sus labios con los míos mientras una de sus manos descendía lenta por mis piernas—. Te aseguro que, si lo hacen bien, puede resultar tan placentero que te dará igual quién esté contigo —seguía hablándome mientras me abordaba con su cuerpo. Intenté frenarla, pero su boca se interpuso entre nosotras.

El primer beso fue un simple contacto en el que apenas sentí nada. Entonces Vera me miró con intensidad, retándome a seguir, buscando en mis ojos ese permiso que iba más allá de lo que podría definirse como un juego entre amigas. Finalmente, sus labios volvieron a besarme, esa vez con desesperación, mordiendo los míos antes de seguir hablándome:

—La primera vez es toda una experiencia —escuché excitada y horrorizada a la vez.

El sabor de su boca era tentador, me atraía y me inquietaba. Quería que me besara por todos esos besos que no me había dado James la noche pasada, pero también pensaba que todo aquello era una locura de la que me iba a arrepentir. Cerré los ojos y quise imaginar que era él. Terminé cediendo a ese deseo inconfesable, jugando con su lengua sin poder moverme, sintiendo cómo su mano acariciaba la zona interna de mi muslo, apretando aún más su cuerpo contra el mío. Mucho más.

—Déjame… —logré decir mientras me besaba y, al escuchar mi súplica, ella se hizo más fuerte en su intento. Sus dedos siguieron ahondando en ese camino prohibido hasta mi sexo, haciendo que la creyese capaz de todo. Entonces conseguí reunir fuerzas suficientes como para tirarla al suelo de un empujón inesperado. Y, aunque la caída debió de hacerle daño, un ataque de risa histérico hizo que su pelo se desperdigase por toda la alfombra—. ¡¿A qué ha venido eso?! —exclamé limpiándome la boca, aunque no sabía si la pregunta era para ella o para mí misma.

Salí de la pensión sin mirar atrás, bajando las escaleras de dos en dos, casi a punto de caerme. La capa de mi uniforme me tiraba del cuello, abriéndose y formando ondas detrás de mi espalda. Me abroché el último botón recibida por los primeros sonidos de la calle. Había niebla, apenas unos grados nos calentarían esa mañana, pero mis mejillas ardían como si hubiese salido de una caldera hirviendo.

Me puse a caminar sin rumbo fijo, esquivando a la gente sin mirarla: «¿Cómo supo James que ese era mi abrigo? ¿Me vio entrar junto a Vera? ¿Se fijó en mí desde el principio?». Sacudí la cabeza después de formularme aquellas preguntas. No debía pensar más en él si no quería terminar paranoica.

Al final de la calle, bordeando la esquina, me giré y busqué a Vera asomada a su ventana. Era como si hubiese sentido su mirada clavada en mi espalda durante todo el camino. En el tercer piso de aquel viejo edificio estaba ella. Asomada, mirando al horizonte semidesnuda, fumando un cigarrillo como si no hubiese nada mejor que hacer. No parecía tener frío, en realidad, no parecía de este mundo. Tan bonita incluso en ese momento.

De camino hacia el hospital subterráneo una duda me asaltó de repente: ¿Por qué había dejado que Vera me siguiera besando? ¿Por qué no la aparté de mis labios desde el principio? No podía engañarme a mí misma, sabía de sobra la respuesta: Quería aprender a besar. Quería hacerlo bien, como lo haría Vera, para cuando estuviese con James. Así de segura estaba de que volvería a verlo.

Sí, era ridículo y contradictorio. Por una parte, me avergonzaba mi comportamiento y no quería encontrarme con él después de haber huido de aquella manera tan estúpida, pero por otro lado estaba deseando que apareciera ante mis ojos. Y es que, por muy ingenua que fuera, presentía que no sería la última vez que nos cruzaríamos en esta guerra, que a partir de ese primer encuentro seguiríamos unidos a pesar de todo. Era un sentimiento tan fuerte que me hacía daño, como si mi cuerpo intuyera algún tipo de dolor inminente. Pero decidí no ahondar más en esos pensamientos tan oscuros, porque lo que yo sentía por él no lo era en absoluto. Estaba enamorada. Cada vez que repetía su nombre en mi mente, mi corazón se aceleraba. Nunca había sentido algo así por nadie, y en mi interior me decía que no tardaría mucho en verlo de nuevo. Me aferré a esa idea un tanto alocada, fue un motivo más para seguir allí.

Miré al cielo antes de entrar a trabajar. No se oían aviones sobrevolando el cielo, así que respiré aliviada. Tal vez aquel fuese un día tranquilo.

1978

Capítulo V
How deep is your love (Bee Gees)

Vera entró en casa de su madre con su propia llave. No recordaba la última vez que la había visto dormida, pero ahora estaba roncando frente a la máquina de escribir que le había regalado. Debió de quedarse escribiendo hasta las tantas de la madrugada y por eso ni siquiera se había despertado con el ruido de la puerta. Se sentó con cuidado a su lado y se puso a ojear las últimas páginas que llevaba escritas. ¡Más de cincuenta! Cuando comenzó a leer encontró un par de faltas de ortografía y errores gramaticales, pero en seguida se olvidó por completo de su carácter docente y se enfrascó en la lectura. Sin duda había sido un acierto el uso de la primera persona, como si una jovencita la hubiese poseído para dar rienda suelta a su imaginación. Era asombroso el detalle con el que contaba cada uno de los encuentros con su padre: ¿cómo podía haber mantenido bajo llave todos esos sentimientos? ¿Cómo podía haber cambiado tanto con el paso del tiempo? A veces dudaba de que fuera su madre la enfermera que contaba esas cosas, pero no podía ser de otro modo. No podía estar mintiendo al confesar todo aquello.

De pronto, Leah notó la presencia de su hija y comenzó a despertarse. No sabía cuántas horas llevaría allí dormida, el tiempo suficiente como para que sus cervicales la castigaran al incorporarse.

—Buenos días. —Bostezó somnolienta, y entonces recordó qué había estado haciendo antes de caer en un sueño profundo.

No iba a ser tan fácil escribir esa historia que llevaba en la cabeza. Recordar aquellos días levantaba viejas heridas, los remordimientos volvían para hacerle sentir muy culpable por ciertas cosas que pasarían en breve. Algunas escenas se representaban tan vivas ante sus ojos que casi podían hacerle perder el juicio. Ese era el castigo que debía sufrir por despertar a los viejos fantasmas del pasado, esos que ya creía bien enterrados.

Vera aprovechó la ocasión para preguntarle a bocajarro a su madre:

—¿Por qué nunca me lo habías contado? ¿Por qué siempre que te preguntaba me ponías excusas? No lo entiendo, mamá. ¿Por qué has permanecido en silencio todo este tiempo?

Leah no respondía, el dolor podía con ella, pero su hija alargó el brazo hasta alcanzar su mano. Una mano que seguía siendo fina y muy blanca, pero ya con algunas pequeñas manchas sobre la piel debido a la edad.

—Se lo prometí a tu padre, me pidió que jamás volviéramos a esos días. —La mirada vidriosa de Leah hizo comprender a su hija—. Cariño, no te engañes, esta historia solo tiene una protagonista: la guerra. Con tan solo dieciocho años me despedí de mis padres para vivir una vida completamente distinta a la que ellos habían pensado para mí. Maduré rodeada de sangre y muerte. Si alguien me hubiese dicho a qué iba, me habría quedado en casa. Incluso trabajando en alguna fábrica de armamento, como hicieron algunas chicas de mi edad, habría estado mejor. Aún no se me han olvidado algunas de las sensaciones que experimenté en aquella época. Recuerdo, como si fuese ayer, el olor de los soldados heridos. Cuando llegaban a nosotras ya estaban casi muertos. Cada día, estuviera donde estuviese, era más que evidente el miedo con el que me despertaba. Sin embargo, aprendí a tragármelo todo al vestir mi uniforme de enfermera. Yo seguía viva mientras a nuestro alrededor se desangraban los hombres sin poder hacer nada más que cerrarles los ojos cuando dieran el último suspiro. Por eso respeté su decisión, y por él estuve en silencio, aunque tú no hacías más que pedirme que te contara esta historia. Tu padre se merecía olvidar los horrores que vivimos. Lo quería tanto que cerré la llave del pasado para crear juntos un nuevo futuro.

Vera permaneció en silencio, sin moverse. Pensaba en las solemnes palabras de su madre. El amor que se habían profesado sus padres era mucho más grande del que ahora le unía a su esposo. Ella ahora también callaba un secreto, su matrimonio no iba bien. Algo se había marchitado en su relación de pareja. Entre ellos no había chispa o pasión, pero temía decírselo a su madre. Su carácter luchador la animaría a seguir juntos. Pero ella ya estaba cansada de querer a alguien que no demostraba su amor, que no se esforzaba por mantener viva una unión que debía basarse en el respeto mutuo. Ya no había nada entre ellos, solo sus hijas.

Todo empezó cuando asumió como propia la decisión de dejar de trabajar para cuidar a Samantha y a Bonnie. Cuando apartó a un lado algo que formaba parte de ella, haciendo que se perdiese en la sombra de sí misma. Vera Baker era profesora de Lengua y Literatura en un instituto cuando conoció a John, entonces solo un becario en el ayuntamiento con ganas de cambiar el mundo. El tacto de aquellos papeles mecanografiados por su madre le había recordado los exámenes que corregía, devolviéndola a esas clases en las que se atrevían a discutir sobre los monólogos de Shakespeare o las poesías de Lord Byron. Nunca debió dejar aquello que tanto amaba, o al menos, no de manera definitiva.

Leah observaba con atención a su hija mientras esta meditaba sobre su vida, y de manera inconsciente intuía que algo no andaba bien. Sin embargo, sabía que Vera no le diría nada. Como si hubiese heredado esa actitud orgullosa de su tocaya, nunca le confesaría que era infeliz, aunque fuera más que evidente para una madre.

—¿Quieres un té, querida? Aún no he desayunado, ¿te apetece tomar algo? —decidió preguntarle al levantarse e ir a la cocina para distraer su mente.

Ambas se dieron cuenta de que deseaban pasar la mañana del domingo juntas, quizá con la excusa de corregir aquel texto, pero con la sensación de que se necesitaban por encima de todo para soportar el futuro que estaba por venir.

—Mamá, ¿recuerdas cuándo se unieron los americanos a la guerra? —preguntó Vera de repente, revisando uno a uno los libros de Historia que tenía su madre alrededor de la máquina de escribir. Al parecer, por primera vez en su vida, Leah quería conocer todo cuanto sucedió en aquel conflicto en el que ella misma se había visto implicada—. Fue después de Pearl Harbor, ¿verdad? —se respondió alzando aún más la voz mientras su madre llenaba la tetera de agua—. Hasta ese momento los americanos no veían correcto intervenir en el conflicto, como quien oye a un matrimonio peleándose en la casa de al lado y no sabe si debería llamar a la policía. Pero después de la invasión de Indochina, su presencia fue inevitable. Fue así como ocurrió, ¿no? —Vera sonrió a su madre, que ahora la miraba desde el umbral de la puerta de la cocina—. Hace unos años vi un documental en el que afirmaban que Churchill tuvo oportunidad de firmar la paz. Según explicaban, los alemanes prometieron que se retirarían de Europa occidental a cambio de declararse neutral ante el inminente ataque a Rusia. Sin embargo, Churchill se negó a firmarlo. Si lo hacían, Estados Unidos nunca entraría en guerra. Nuestro primer ministro tuvo que hacer una elección moral, no podía confiar en Hitler y si firmaba ese tratado que parecía anunciar la paz, estaría haciendo que se saliese con la suya. Entregándole el país sin defenderse.

Vera hablaba mientras su madre retiraba los papeles y la máquina de escribir de la mesa para poder poner el desayuno que había preparado. Parecía absorta en sus propios pensamientos, pero en realidad estaba escuchando todo cuanto decía su hija.

—¿Odias a Churchill por eso, mamá? —preguntó Vera intrigada con su madre, que de nuevo se había sentado a su lado.

Antes de responder, Leah miró de refilón la foto de su difunto esposo vestido con el uniforme militar, como buscando allí la razón de su respuesta.

—En absoluto. Si yo hubiese tenido que tratar con Hitler como Churchill, tampoco lo habría creído. Siempre jugaba a eso, a engañar. Él y todos sus hombres eran unos asesinos impostores. —Vera había decidido tocar el brazo de su madre para que supiera que estaría allí en todo momento, porque aunque esa historia no fuera nada fácil de contar, sería bueno para ella decir un adiós definitivo a ese angustioso pasado—. Además, piénsalo un poco —quiso añadir con una sonrisa—: Tú no habrías nacido de haber terminado la guerra pronto.

Madre e hija comenzaron a masticar sus emparedados mientras releían lo escrito. Leah había decido revelarle de qué trataría el siguiente capítulo mientras Vera escuchaba con atención.

1941

Capítulo VI
Brazil (Enric Madriguera)

Vera entró en mi habitación con la extraordinaria noticia de que nos habían destinado para trabajar juntas en el mismo hospital de Ámsterdam. La Cruz Roja era una organización internacional humanitaria, y su presencia sería una constante durante todo el conflicto por Europa y fuera de ella.

—¿Ámsterdam? —pregunté con cierto temor mientras me cepillaba los dientes.

Sabía que Vera había estado preguntando la posibilidad de viajar a otro lugar, pues decía que estaba aburrida de trabajar en un agujero bajo tierra, pero pensé que jamás la tomarían en serio.

Además, hasta el momento nunca habíamos estado en una ciudad ocupada y aquello significaba meterse en la boca del lobo. Sabíamos que allí deberíamos llevar siempre bien visible nuestro distintivo, junto con nuestra documentación, como nos habían repetido cientos de veces durante nuestra formación. No estaríamos nunca exentas de pasar infinidad de controles que se habían establecido en las distintas fronteras, e incluso dentro de la propia ciudad tendríamos que pasar por exhaustivas inspecciones impuestas por la propia policía alemana antes de entrar a trabajar. Después de todo, éramos dos chicas inglesas, y nuestro país era una de las mayores potencias aliadas junto a Francia, la URSS y posteriormente Estados Unidos y China.

He de reconocer que al principio pensé que era una broma de las suyas, pero cuando aquellos chicos nos ayudaron a entrar en ese avión enorme junto a toneladas de material y armamento, me di cuenta de que cualquier cosa podía ser posible en nuestras vidas desde hacía tiempo.

Nos describieron como unidades de apoyo logístico, y fuimos el esperado refuerzo tras las primeras revueltas de los holandeses contra el ejército alemán. Nuestra misión era la de ayudar a las enfermeras de esa zona, que en apenas dos días habían visto cómo sus tranquilos hospitales se llenaban de heridas de metrallas, fracturas y hombres casi al borde de la muerte debido a las tremendas palizas que el ejército de las SS había propinado a los civiles que salieron a las calles para defender a sus vecinos y compañeros judíos.

Era la primera vez que escuchaba esas iniciales: la Saal-Schutz, como se hicieron llamar en un principio. Pasó pronto de ser una pequeña organización paramilitar a uno de los organismos más poderosos en la Alemania nazi. Fue la principal agencia de seguridad, investigación y terror en la Europa ocupada.

Hitler no tenía pensada una ocupación violenta de los Países Bajos, consideraba a los holandeses como a sus hermanos arios, como a la mayor parte de las poblaciones del norte de Europa. Pero era necesario controlar los puertos y aeropuertos de Holanda, cruciales estratégicamente para su futura invasión. Por ello fue inevitable el, cada vez más omnipresente, ejército alemán en la ciudad.

Primero utilizó al partido nazi holandés, el Movimiento Socialista Nacional o NSB, un grupo de holandeses de ideología fascista y antisemita. Ellos eran los que hacían el trabajo sucio de extorsión, redadas y acoso en los barrios judíos. Además de atacar a otras minorías, como podían ser los homosexuales. Todas esas operaciones se efectuaban siempre de noche, cuando nadie los veía. Pero después de que un grupo de boxeadores judíos matara a uno de ellos en uno de esos enfrentamientos, el ejército alemán tuvo la excusa perfecta para intervenir de manera definitiva. Días más tarde las SS hicieron una deportación masiva a plena luz del día, más de cuatrocientos judíos fueron golpeados y arrestados, para después obligarlos a entrar en los trenes y tranvías de la ciudad. En ese momento, toda Ámsterdam pudo ver con sus propios ojos cómo los estaban tratando, cómo los hacinaban para llevarlos a los campos de concentración, y decidieron que ya no podían más: debían hacer algo contra aquella injusticia.

La huelga del 25 de febrero de 1941 fue el detonante. Toda la población de Ámsterdam se encontró esa mañana con que el transporte público de la ciudad no funcionaba, ¿por qué? Los conductores llevaban más de diez meses transportando por las noches a sus conciudadanos y ya no podían soportarlo más. La resistencia holandesa repartió octavillas instando a la huelga al resto del pueblo. Muchos terminaron congregándose en la plaza Dam, donde ni el alcalde quiso desconvocar la huelga, para culminar el día con las SS recorriendo las calles metralleta en mano. Remetieron contra los que habían tenido la osadía de enfrentarse a ellos. El hecho de no tener armamento, de no estar preparados para semejante rebeldía, no frenó a los holandeses. Sin embargo, por muy bonito y simbólico que aquello fuese, la sangría que tuvo lugar allí fue deplorable.

Mi holandés era terrible, pero su inglés más que excelente. Fue así como pude saber toda esta historia que ahora os cuento, a través de las sentidas palabras de uno de sus protagonistas: Joep, un humilde conductor de unos cincuenta años, fue quien me trasladó todo cuanto habían vivido los días previos a nuestra llegada mientras le realizaba las curas pertinentes.

—Y ahora dígame, ¿le aprieta mucho? —Joep negó con la cabeza, tocándose el vendaje.

Un joven del ejército alemán había intentado reventarle las sienes a patadas cuando su pistola se quedó sin balas. Según me había dicho, con un nudo de amargura en la garganta, el bastardo no había parado hasta que lo dio por muerto. Otros compañeros, me confesó contemplando el caos a nuestro alrededor, habían corrido peor suerte. Joep era abuelo y padre, un hombre con educación que había crecido respetando a sus vecinos y que no podía entender cómo habían terminado todos en aquella situación.

En el hospital no se hablaba de otra cosa, pero lo que más les preocupaba a los holandeses no eran sus heridas, sino la situación de desamparo en la que se encontraban. La reina Guillermina se había exiliado y, a pesar de que los encendidos mensajes por radio de apoyo a su pueblo fueran toda una provocación, llamando «el archienemigo de la humanidad» al mismísimo Hitler, no había fuerza política para luchar contra la invasión alemana. No había más opción que la de someterse. Estaban decepcionados ante el futuro que les esperaba, y solo quedaba velar por sus hermanos judíos.

—Ahora que sabe que la huelga no ha servido para nada, dígame: ¿lo repetiría si mañana mismo se organizase otra revuelta? —El hombre me miró como si mi pregunta hubiera enardecido su alma y, orgulloso de su respuesta, me contestó ufano.

—¡Sin dudarlo, señorita!

Su sonrisa me hizo entender por qué algunos de ellos se unieron a la resistencia, para ayudar a familias enteras, escondiéndolas en sus propias casas, poniéndose así ellos mismos y a sus propios hijos en peligro.

Aquellas fueron jornadas extenuantes de trabajo. A veces más de cuarenta y ocho horas sin descanso, en las que apenas parábamos para comer algo. Los heridos llegaban por oleadas, y las heridas eran cada vez más sangrientas. Hablé con todos ellos, primero para tranquilizarles, porque estaba claro lo que pretendían los nazis con sus golpes: imponer su autoridad. Que los holandeses supieran quién mandaba allí a partir de ese momento. Después, pasados los primeros llantos, escuché para empaparme de sus historias, todas con un denominador común: conocían a esa gente que ahora enviaban sin remedio fuera de la frontera a un destino incierto. Eran su vecina, la tendera de la esquina, su compañero del trabajo, incluso el chico al que habían besado por primera vez. Eran personas, no judíos, como se obstinaban en señalar en sus ropas, negocios y viviendas.

—¿Sabe cuántos judíos hay en esta ciudad, señorita? ¿Qué van a hacer con todos ellos? ¡¿Matarlos?! —me preguntaba el hermano mayor de Joep, con los ojos rojos de haber llorado como un niño.

Aunque sus heridas eran mucho más leves, parecía seriamente golpeado por todo lo sucedido. Su gesto de preocupación, los abrazos a su hermano y cómo se acercaba a la ventana para negar con la cabeza, todo aquello me impresionó mucho y se me quedó grabado en la retina. Después de tantos años, aún sigo viéndolo y me sigo sintiendo impotente, porque aún no sé qué más podría haber dicho para animar a ese hombre.

Mientras hablaba con todos ellos, Vera me miraba con cara de odio. Sabía que no debía retrasarme en mi tarea, pero sentía que nuestra conversación también les ayudaba a cicatrizar unas heridas que tardarían mucho más en olvidar que las que estábamos curando en ese momento. Aquella angustia les estaba desgarrando por dentro, y yo no podía soportar tanto dolor a mi alrededor. Debía ayudarles. Sosteniéndolos, dándoles un hombro sobre el que llorar por no haber conseguido nada en aquel nefasto escenario. No habían conocido cosa más injusta, jamás se habrían imaginado que llegarían a semejantes circunstancias.

Si he de señalar un momento en el que volví a recuperar la fe en mi profesión, sin duda fue durante esos días. De alguna manera, tras conocer en primera persona sus testimonios, saber que aquellas personas que hablaban conmigo y me miraban a los ojos habían puesto en juego su propia vida para defender a sus congéneres, me dio fuerzas para seguir adelante en mi misión. Porque sí, allí me di cuenta de que estaba donde debía estar, y que ese era mi destino. A pesar del cansancio, del dolor en los brazos, en la espalda o en los pies, todo era soportable porque ahora mi trabajo tenía sentido.

Las instalaciones a las que nos habían destinado eran muy frías en aquella época, no había calefacción en las plantas de arriba y apenas teníamos equipos o material. El control y seguimiento a los pacientes se hacía de la forma más rutinaria, a base de interminables anotaciones que describían la evolución de su estado. Al principio podía parecer sencillo, sin embargo, cuando llevabas más de un día y medio trabajando sin descanso, confundir la medicación de un paciente con la de otro no era tan descabellado.

Nos dedicábamos a todo: asear a los enfermos, dar de comer a los heridos más graves, asegurarnos de que hacían sus deposiciones o encontrar a sus familiares si no tenían manera de dar con ellos. Ayudábamos también a estos últimos, cuando se les informaba de que habían fallecido. Apenas teníamos un habitáculo para poder reposar cuando estábamos de guardia, o comíamos algo en condiciones. Nosotras éramos las que administrábamos tanto el alimento como las medicinas, por eso siempre terminábamos cenando sobras, y a veces ni siquiera eso.

Recuerdo las primeras dosis de una costosísima penicilina que suministrábamos con cierto escepticismo solo a determinados pacientes. Se presentaba en una pequeña botellita de cristal marrón con un polvo blanco en su interior. Había que disolver ese polvo en una solución salina, y administrarlo vía intramuscular al paciente, esperando a que su efecto fuera aún mejor que el de las sulfamidas. Aquella no sería la única vez que pondría en práctica los avances de la ciencia con mis propias manos, aunque supongo que por aquel entonces era demasiado joven como para valorar todo ese progreso que se estaba experimentando en plena guerra.

Pasaron veloces los días por esos pasillos de ventanas estrechas, de calles empedradas, intentando hablar un idioma que nunca se me daría bien. Eran jornadas interminables en las que no tenía tiempo ni de mirar al cielo como hacía en Dover. Si lo hubiera hecho, habría comprobado cómo las banderas de la Alemania nazi iban vistiendo los balcones de la ciudad. Poco a poco, los efectos de la dominación se asentaron en la rutina de los holandeses, por muy desagradable que esta fuera para ellos. A veces me tropezaba con alguna chica de mi edad, con la estrella amarilla cosida en la manga de su abrigo, cruzando la calle con rapidez hacia las fábricas donde aún les permitían trabajar y me preguntaba qué sería de ella en unos meses, unas semanas o unos días. Me habían conmocionado tanto aquellos acontecimientos que trabajaba sin descanso, como tratando de purgar alguna pena de la que no podía liberarme. Me sentía culpable, mi bisabuela era judía, yo me llamaba Leah por ella, pero tuvo que abandonar su religión al casarse con mi bisabuelo, y así fue como su bisnieta nació sin conocer nada de su cultura. Quizás por ello me levantaba cada mañana con la única idea en la cabeza de ayudar a toda esa gente, olvidándome hasta de mí misma, solo por agradecer el hecho de no ser judía gracias a ese sacrificio.

Fue gracias a la detallista Vera que, a pesar de la desazón que crecía en mí, no pude ignorar algo tan baladí como el día de mi cumpleaños. Mi compañera tenía esa capacidad innata de sorprender. Era un torbellino de emociones concentrada en una sonrisa traviesa, con aquellos ojos de color esmeralda y ahora una melena muy rubia que había teñido gracias a sus amistades en el mercado del estraperlo. Era la amabilidad personificada cuando sabía que iba a conseguir algo a cambio, y muy disciplinada en el trabajo cuando le merecía la pena serlo. ¿Interesada? No, más bien yo la definiría como una superviviente. Por lo poco que habíamos hablado de nuestro pasado llegué a saber que se quedó huérfana muy joven y aquello había marcado su personalidad sin remedio. Era tan desconfiada que comía agarrando su plato, sin embargo, cuando demostrabas ser su amiga, era capaz de defenderte aunque fueras culpable.

Deduje tiempo después que aquellos planes de los que me había hablado antes, esos que había compartido con su prometido, quizá solo fuesen los sueños rotos de un joven soldado. Casi podía verlo pidiéndole matrimonio al segundo día de conocerla. Vera era ese tipo de chica especial con la que todo hombre desea cruzarse una vez en la vida. De belleza exótica, extremadamente sensual y muy astuta. Los hipnotizaba como una serpiente venenosa para conseguir de ellos lo que quería. Se contoneaba delante de su presa, para engatusarlos como si fuera la droga más dura que hubiesen probado nunca. Yo veía sus reacciones cuando trataban de hablar con ella por los pasillos del hospital, hombres casados que se ponían en evidencia solo por cortejarla. La mayoría de las veces ella los ignoraba, y sus gestos de hastío me provocaban la risa, aunque sabía que su poder de manipulación no tenía ninguna gracia.

Desde que nos habíamos trasladado a aquel piso vacío, fruto de las innumerables deportaciones, su comportamiento había cambiado. Era más arrogante con los demás, incluso conmigo. Se había dado cuenta de que, gracias a su belleza, podía utilizar a las personas a su antojo, sobre todo a los hombres que tenían cierto poder, y eso, a su vez, la hacía sentirse poderosa. Conseguía cosas que las demás no podríamos ni imaginar, como ese maquillaje que compartíamos, o los vestidos y cajas de bombones que le regalaban.

Quizá fue con un despliegue de sus mejores virtudes como logró convencer a tres músicos para que entrasen al hospital donde trabajábamos. Los jóvenes y sus instrumentos irrumpieron tocando Brazil, mientras ella alzaba una especie de galleta con azúcar con una única y gastada vela que simbolizaba mis recién estrenados diecinueve años. Ese fue el mejor regalo que he tenido, y lo recordaré toda mi vida. Todos los allí presentes, pacientes y cuerpo médico incluido, empezaron a mirar extrañados hacia el lugar de donde provenía la música. Vera encabezaba el desfile, saludando con su sonrisa almibarada y esforzándose para que la llama no se consumiera antes de llegar hasta mí. Nadie se atrevió a decirles nada y, conociendo a mi amiga, fue lo mejor para no estropear aquel día. Me hizo sentirme como la protagonista de esas películas que ya no veíamos. Nunca sabía cómo se las ingeniaba, pero conseguía que la odiase y la quisiese al mismo tiempo.

—Pide un deseo, Leah —susurró después de haber estampado un beso en mi cara, marcando en mi mejilla el sempiterno color rojo de sus labios.

Sabía que era imposible. Que cruzarse dos veces en esta vida con una persona era mucha casualidad, y que tres ya sería pura fantasía. Pero lo único que pedí ese día fue volver a ver al sargento James Baker. Quería pedirle disculpas por haber huido de aquella forma repentina, sin darle ninguna explicación aparente.

—Ya está —dije después de haber soplado la vela, no queriendo darle mucha importancia al hecho de pedir un deseo tan fuera de mi alcance.

—¿Y qué has pedido? —preguntó con interés mi compañera, aunque estaba segura de que yo no le diría nada.

—Vera, tenemos trabajo —le recordé mirando a nuestro alrededor, roja de vergüenza por ser el centro de atención de todos los allí presentes.

Los músicos se despidieron de su público con aplausos, mientras el resto de compañeras reanudaban la tarea. Vera los despidió sin alejarse de mí, lanzándoles cariñosa un beso al aire. Beso que uno de ellos cogió al vuelo con un simpático gesto.

—¡Oh, vamos! Después de lo que me ha costado que viniesen hasta aquí esos músicos… —masculló poniendo los ojos tristes y la boquita de piñón.

—No creo que te haya costado mucho convencerlos —respondí con seguridad, lo que mi amiga no pudo soportar. Yo era inmune a sus sobornos, la conocía demasiado bien.

Vera se cruzó de brazos y guardó silencio. Estuvo observándome trabajar un largo rato hasta que volvió a pegarse a mí con la sonrisa de la victoria dibujada en su rostro.

—Ya sé qué te pasa.

—¿Y qué me pasa? Si puede saberse… —traté de disimular mi desconcierto mientras enrollaba unas vendas que habían lavado y ya estaban secas.

—Sé lo que has pedido. —Y acercándose a mi oído, murmuró en un tono muy misterioso—: ¿Y si yo te dijera que lo he visto?

Aquella pregunta me bloqueó por completo. Sabía que Vera era muy lista, que podría leer en mi cara lo que sentía por James, aunque tratase de negárselo cien veces, por eso me giré de inmediato hacia ella demostrándole que no se equivocaba:

—¿Lo has visto? ¿Aquí? ¿En Ámsterdam?

—Sí, amiga mía, tu queridísimo sargento, el apuesto James Baker está en la ciudad —dijo mirándome a los ojos muy fijamente, dejándome bien claro que no mentía al decir aquello.

Y aunque oír esa noticia me desbordó de alegría, ni siquiera pude sonreír. No quería hacerme ilusiones, la ciudad entera estaba ocupada por el ejército alemán, de manera que si el sargento Baker estaba aquí, sería corriendo un peligro extremo.

—No puede ser, ¡mientes! ¿Cómo es posible que lo hayas visto aquí? —exigí intentando no alzar mucho la voz.

Vera salía de vez en cuando con sus amistades. A veces solo era una copa, otras, no volvía a casa hasta la mañana siguiente. Aunque nunca me lo dijera, imaginaba que para divertirse la llevarían a esos sitios clandestinos, secretos para la mayoría, donde todavía se podía beber alcohol a un precio razonable y escuchar música no alemana. Yo hacía tiempo que había dejado de molestarme por eso, y ella a cambio había dejado de insistir para que saliésemos juntas. No nos juzgábamos, nos creíamos felices por tener el control de nuestras vidas.

—Sabes que yo no te engañaría con algo así, sé lo mucho que te importa. Y te alegrará saber que sigue tan guapo como siempre, aunque ahora no lleva su uniforme, claro.

—¿Dónde lo has visto? ¡Llévame hasta allí, por favor, Vera! —rogué, provocando una carcajada fácil en sus labios rojos. Se burlaba así una vez más de mí.

Ahora que tenía mi interés, no soltaría prenda sobre su paradero. Así era como hacía para sentirse especial, poderosa: manejando información que el resto no conocía. Después de todo, en eso se basaría el éxito de esta guerra.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
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402 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788413485089
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