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Observa cultura
Dimensiones, aportes y desafíos de la investigación en gestión cultural
Bruno Maccari y Héctor Schargorodsky
(Coordinadores)
Bruno Maccari
Marcela A. País Andrade
Héctor Schargorodsky
Romina Solano
José A. Tasat
Cecilia Báez
Jordi Baltà
Lluís Bonet
Rodolfo Hamawi
Mónica García
Gerardo Grieco
Alex Kodric
Bárbara Negrón
Vitor Ortíz
Enrique Saravia
Frederic Vacheron
Ana Wortman

Créditos
Equipo RGC: Nicolás Sticotti, Emiliano Fuentes Firmani y Leandro Vovchuk.
Diseño de interior y tapa: Ana Uranga B. | melasa diseño
Corrección: Sebastián Spano–Aniela Ventura (Sígnica)
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Maccari, Bruno
Observa cultura : dimensiones, aportes y desafíos de la investigación en gestión cultural / Bruno Maccari ; Héctor Esteban Schargorodsky ; contribuciones de Marcela Alejandra País Andrade ... [et al.].–1a ed.–Caseros : RGC Libros, 2021.
Libro digital, EPUB–(Práxis ; 7)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8488-06-6
1. Investigación Cultural. I. Schargorodsky, Héctor Esteban. II. País Andrade, Marcela Alejandra, colab. II. Título.
CDD 306.01
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Índice
Presentación. Claves de la investigación cultural: entre las necesidades de reconocimiento y los desafíos del desarrollo profesional
[ Bruno Maccari y Héctor Schargorodsky ]
Capítulo 1. La investigación, condición necesaria para desarrollar la gestión cultural profesional
[ Héctor Schargorodsky ]
Capítulo 2. Abordajes multidimensionales de la investigación cultural: usos y funciones de su contribución sectorial y su aportación a los procesos de desarrollo
INVESTIGACIÓN + COMUNIDAD: El rol de la academia en los procesos de vinculación comunitaria [ Lluís Bonet ]
INVESTIGACIÓN + INCLUSIÓN: La gestión del conocimiento como estrategia para la inclusión social y el desarrollo [ Frederic Vacheron ]
INVESTIGACIÓN + DESARROLLO: El papel de la investigación en los procesos de fortalecimiento del vínculo entre cultura y desarrollo sostenible [ Jordi Baltà ]
INVESTIGACIÓN + COOPERACIÓN: Las dimensiones de la cooperación y su rol prioritario para el fomento de la investigación y la diversidad cultural [ Mónica García ]
INVESTIGACIÓN + POLÍTICA: La dimensión política de la investigación cultural en el marco de los procesos de debilitamiento de las democracias contemporáneas [ Vitor Ortíz ]
Capítulo 3. De las experiencias individuales a la consolidación de un espacio profesional común: perspectivas y antecedentes regionales en materia de formación e investigación cultural
Los desafíos de la formación y la investigación en gestión cultural a la luz de la experiencia brasilera [ Enrique Saravia ]
La profesionalización de la gestión cultural en el marco de los cambios de paradigma: reflexiones desde la experiencia del CLAEH en Uruguay [ Gerardo Grieco ]
Una aproximación a las investigaciones sobre Estudios culturales en los Institutos de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) [ Ana Wortman ]
El rol de la cultura en la agenda pública a partir del caso del Observatorio de Políticas Culturales de Chile [ Barbara Negrón ]
El anclaje territorial de las universidades: una perspectiva desde la experiencia de la Universidad Nacional de Avellaneda [ Rodolfo Hamawi ]
Capítulo 4. Aportes de los estudios socioantropológicos en y desde la(s) diversidad(es) para la investigación cultural
[ Marcela A. País Andrade ]
Capítulo 5. Aspectos filosóficos y metodológicos en la investigación cualitativa de las políticas culturales
[ José A. Tasat ]
Capítulo 6. Una perspectiva cultural para los desafíos urbanos
[ Romina Solano ]
Capítulo 7. El desarrollo de los Observatorios Culturales en la Argentina: un panorama a la luz de la experiencia del Observatorio Cultural FCE-UBA (1997-2017)
[ Bruno Maccari ]
Capítulo 8. Panorama de las investigaciones recientes del Observatorio Cultural FCE-UBA
[ Equipo de investigación OC/FCE-UBA ]
(Cecilia Báez, Alex Kodric, Bruno Maccari, Héctor Schargorodsky -director-)
Presentación | Claves de la investigación cultural: entre las necesidades de reconocimiento y los desafíos del desarrollo profesional
[ Bruno Maccari y Héctor Schargorodsky ]
La conformación del sector cultural y el fortalecimiento de las políticas culturales, en tanto ámbito de trabajo, de generación de recursos y de promoción estratégica para el desarrollo social, requiere de la contribución de múltiples actores públicos y privados. Como parte de ese entramado de políticas y estrategias, los observatorios culturales y centros de investigación han jugado un rol cada vez más relevante. Su función y alcance han sido argumentados en la necesidad de contar con información actualizada y de calidad para poder analizar las dinámicas de cada contexto cultural. La complejidad que adquiere el campo cultural en la sociedad contemporánea necesita del fortalecimiento de este tipo de instituciones, en cuanto espacios estratégicos, para analizar la realidad y contribuir así a su mejor conocimiento y, en definitiva, para apoyar el diseño de políticas que favorezcan su desarrollo.
A nivel internacional, los observatorios culturales surgen a finales del siglo XX –primero en el contexto europeo y luego en otros continentes– como una práctica impulsada sobre todo desde universidades, ámbitos de gestión cultural pública y organismos internacionales, con el propósito de “obtener una visión amplia de determinados fenómenos y acontecimientos culturales” (Ortega y San Salvador, 2010, p. 2). Se registran antecedentes de observatorios culturales fundados con anterioridad a 1970 y durante la década de 1980, sin embargo, el proceso de multiplicación de estos centros –en la acepción más contemporánea de observatorio cultural– suele ubicarse en la década de 1990, y en particular durante el último lustro del siglo XX. Los estudios de Ortega y Del Valle (2010) sostienen que es precisamente entre 1995 y 1999 cuando se constituye la gran mayoría de los observatorios culturales a nivel internacional. Los observatorios surgen en el contexto de la sociedad de la información, y en el rol prioritario que adquiere el conocimiento como motor de los procesos de desarrollo. Desde esta concepción, el uso eficaz de la información permite una traducción en forma de conocimiento y, sobre todo, constituye un insumo estratégico para el campo de la gestión, el diseño de políticas y las diversas iniciativas en materia de inversión cultural.
Pese a la rapidez con la que se han multiplicado los observatorios culturales, y al rol estratégico que estos adquieren en los procesos de conocimiento, análisis y fortalecimiento del sector, se trata de un fenómeno todavía poco estudiado. Según Ortega y San Salvador (2010) –especialistas de referencia en la temática–, “la ausencia de una definición de observatorio ampliamente aceptada dificulta la identificación de los observatorios culturales y, consecuentemente, limita el análisis del fenómeno” (p. 3). Asimismo, Negrón y Brodsky (s/f) –quienes también han relevado estos espacios– rescatan la flexibilidad y ductilidad del concepto que, en línea con la complejidad propia del campo cultural, permite reunir bajo la categoría de “observatorios culturales” a una multiplicidad de servicios e instrumentos (p. 2).
Al presente, existe ya un cierto consenso respecto al desempeño, funciones y servicios desarrollados por los observatorios y centros de investigación cultural. Tradicionalmente, se ha puesto el acento en la capacidad de estos espacios para sistematizar fuentes de información, realizar análisis periódicos sobre el comportamiento e impactos de la actividad cultural, e implementar estudios cuantitativos y cualitativos sobre la realidad sectorial que contribuyan, en definitiva, a una mejor toma de decisiones en el plano de la gestión y al fortalecimiento de las políticas públicas en materia cultural.
Esta diversidad de enfoques viene siendo abordada y analizada desde distintas perspectivas institucionales y académicas. Según la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI, 2006), los observatorios nacen con la necesidad de sistematizar las diferentes fuentes de información existentes y ofrecer una fuente de información global. Para la Federación Internacional de Consejos de Arte y Agencias de Cultura (IFACCA, 2005), la razón de ser de los mismos radica en la tarea de vincular las fuentes de información existentes para contar con un análisis sistemático que permita un mejor diseño de las políticas culturales. Desde la óptica de Ortega y San Salvador (2010), el rol central de los observatorios es “facilitar la transferencia y acceso a la información y conocimiento cultural con el fin de fomentar el debate, promover el diálogo, contribuir a la reflexión y estimular la creación de pensamiento; mejorar el proceso de toma de decisión; y servir de apoyo a las políticas culturales” (p. 8). Negrón y Brodsky (s/f), por su parte, se focalizan en las tareas de monitoreo, centralización y difusión de la información, y en la vocación de los observatorios culturales para “aportar al proceso de toma de decisiones respecto al desarrollo cultural” (p. 2).
El universo de espacios, centros y programas de investigación nucleados bajo la figura de los observatorios culturales puede ser organizado de distintas maneras. Entre los abordajes más extendidos se destacan las clasificaciones por titularidad y dependencia institucional –existen observatorios gubernamentales, universitarios, privados, cooperativos y de gestión mixta–; por alcance territorial –observatorios con foco regional, nacional, provincial o local–; por ámbito de análisis –donde conviven abordajes integrales de la actividad cultural con el estudio de sub-sectores específicos, el análisis de aspectos transversales o el seguimiento de cuestiones técnicas puntuales–, por metodología de trabajo –entre las que se destacan censos, encuestas, estadísticas, mapas, diagnósticos, informes, estudios, etc.–, y por catálogo de servicios –es decir la realización de investigaciones y publicaciones, la conformación de espacios de formación, la organización de jornadas y congresos, los servicios de asistencia técnica y consultoría, el desarrollo de bancos de información, entre otros–. Esta diversidad de encuadres, formatos y funciones conforma una casuística múltiple que puede ser identificada y analizada también a la luz de las experiencias locales y regionales.
Este libro forma parte de la labor que el Observatorio Cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires lleva adelante en el campo de la investigación académica, y en él se exponen los puntos de vista de un conjunto de calificados autores en torno a la cuestión de la investigación cultural y sus diversas estrategias, usos y alcances en el marco de la profesionalización creciente experimentada por el sector. En su contenido se conjugan perspectivas académicas, con aportes profesionales e institucionales, que hacen a la multiplicidad de actores reunidos en torno a la labor investigativa, sus usos y potencialidades de trabajo. Se ha buscado también integrar los distintos abordajes y dimensiones de la investigación cultural, considerando al mismo tiempo el amplio entramado de actores, agentes, instituciones, agencias y demás actores de relevancia que, a lo largo de estas dos décadas ininterrumpidas, han contribuido al desarrollo del Observatorio Cultural FCE-UBA. Cabe señalar además que algunos de los textos tienen su origen en el evento “ObservaCultura” que se realizó en noviembre de 2017 en coincidencia con el vigésimo aniversario de su fundación.
En el campo de las organizaciones dedicadas a la investigación en gestión cultural, no es frecuente –al menos en América Latina– identificar iniciativas institucionales que hayan logrado mantenerse vigentes durante más de veinte años. Por lo general, suelen exponerse las razones y factores de fracaso, pero deben existir argumentos para la justificación de esa permanencia y actividad ininterrumpida. En ese sentido, este libro busca, por un lado, dar cuenta del proceso histórico y sectorial que promueve la sistematización y profesionalización de las iniciativas de investigación cultural a nivel nacional y, por el otro, orientar y analizar ciertas causas que, si no justifican la existencia por sí mismas, al menos brindan algunas claves para descifrar por qué siguen siendo útiles iniciativas de investigación cultural como las del Observatorio Cultural. Desde nuestra perspectiva, buena parte de esa vigencia, actividad y relevancia pasan por su pertenencia al ámbito universitario, su perfil técnico, su deliberada estrategia de autosustentabilidad, su capacidad para encarar proyectos de manera flexible, su aporte a la circulación de profesionales e ideas, su vinculación sectorial y sus alianzas institucionales.
A partir de este contexto institucional, el libro sitúa a la investigación cultural en el centro de un campo a la vez autónomo e integrado, que se despliega desde distintas perspectivas –filosóficas, comunitarias, de género–, y al mismo tiempo propone un amplio abanico de articulaciones que vinculan a la investigación con objetivos estratégicos asociados a la inclusión social, el desarrollo, la diversidad y la cooperación internacional, entre otros.
Entre lo político y lo operativo, el libro busca poner de relieve las principales dimensiones de la investigación cultural y sus alcances, integrando abordajes que van desde su conceptualización como insumo clave para la profesionalización y el diseño de las políticas sectoriales a la identificación de las implicancias y dinámicas que adquieren las iniciativas de investigación. A partir de los aportes de reconocidos especialistas, el libro se estructura a lo largo de ocho capítulos que presentan distintos aspectos de la investigación en gestión cultural, y la forma en que esta ha aportado a los procesos de desarrollo y consolidación del campo profesional de la gestión cultural.
La publicación se inicia con un trabajo de Héctor Schargorodsky –fundador y actual director del Observatorio Cultural FCE-UBA– dedicado a situar a la investigación como condición estratégica para la profesionalización y el desarrollo de las políticas sectoriales, identificando los logros alcanzados por el sistema universitario y, sobre todo, aportando propuestas y estrategias para superar sus dificultades y desafíos pendientes.
Los siguientes capítulos, de autoría colectiva, están dedicados a identificar las diversas dimensiones, usos y potencialidades de la investigación y la formación cultural a partir de reflexiones y testimonios aportados por reconocidos especialistas internacionales en la materia. El capítulo 2, en el que participan colegas de Europa y América Latina, permite situar a la investigación cultural en sus múltiples dimensiones de desempeño, poner de relieve su carácter transversal y su contribución a los procesos de desarrollo de diversa índole y naturaleza. En él se reúnen los aportes de Lluís Bonet –quien trabaja el binomio investigación/comunidad, para rescatar el rol de la academia en los procesos de vinculación comunitaria–; de Frederic Vacheron –que desarrolla el vinculo investigación/inclusión para jerarquizar la gestión del conocimiento como estrategia para la inclusión social y el desarrollo–; de Jordi Baltà –quien, bajo el binomio investigación/desarrollo, analiza el papel de la investigación en los procesos de desarrollo sostenible–; de Mónica García –quien desarrolla el vinculo investigación/cooperación para jerarquizar el rol prioritario que adquiere la cooperación en el fomento de la investigación y la diversidad cultural–; y de Vitor Ortíz –quien reflexiona sobre la dimensión política de la investigación cultural en el marco de los procesos de debilitamiento de las democracias contemporáneas–.
El capítulo 3, que está concebido desde una perspectiva regional centrada en la vinculación entre investigación y formación cultural, busca relevar un conjunto de antecedentes e hitos que, a partir de las perspectivas y experiencias de distintos referentes, dan cuenta del camino de profesionalización creciente de la gestión cultural a nivel regional y sus vinculaciones con la investigación cultural. Aquí se incluyen los aportes de Enrique Saravia dedicados a relevar los antecedentes y desafíos de formación e investigación cultural desde la experiencia brasilera; de Gerardo Grieco, que presenta la experiencia pionera del CLAEH en el proceso de profesionalización de la gestión cultural en el Uruguay; de Ana Wortman, que releva el surgimiento y desarrollo de las investigaciones sobre Estudios Culturales en el marco de los Institutos de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA); de Bárbara Negrón, que da cuenta del trabajo del Observatorio de Políticas Culturales en su aporte a la inclusión de la cultura en la agenda pública chilena; y de Rodolfo Hamawi, que profundiza sobre el anclaje territorial de las universidades a partir de la experiencia de la Universidad Nacional de Avellaneda y sus procesos de transferencia de conocimientos.
La segunda parte de la publicación está dedicada a profundizar tres perspectivas específicas y complementarias de la investigación cultural que adquieren especial relevancia en el contexto actual y en sus abordajes contemporáneos. En el capítulo 4, “Aportes de los estudios socioantropológicos en y desde la(s) diversidad(es) para la investigación cultural”, Marcela País Andrade aborda la cuestión de las políticas culturales públicas desde una perspectiva de género(s)/feminista, analizando las paradojas planteadas por las categorías de identidad y diversidad, problematizando la perspectiva sexogenérica del campo y las complejidades que conllevan esas categorías para la configuración del sujeto cultural en lo que define como un contexto de precariedad y/o precarización de la vida.
En el capítulo 5, “Aspectos filosóficos y metodológicos en la investigación cualitativa de las políticas culturales”, José Tasat se propone reflexionar en torno a los supuestos epistemológicos que sustentan los estudios culturales, buscando poner en relieve sus procesos de validación y los paradigmas hegemónicos/antagónicos desde los cuales se conciben sus investigaciones para promover un dispositivo de intervención que facilite los procesos de planificación y gestión de la acción cultural en territorio.
En el capítulo 6, titulado “Una perspectiva cultural para los desafíos urbanos”, Romina Solano reflexiona sobre los significados de pensar culturalmente las ciudades y analiza las principales problemáticas surgidas en las grandes urbes latinoamericanas para dar cuenta del potencial que adquieren la investigación y el campo académico en los procesos urbanos, y en la recuperación del rol de la cultura como espacio central del debate público y de la construcción de una mejor manera de vivir en comunidad.
Finalmente, el último tramo del libro está dedicado a un análisis de caso tomando al Observatorio Cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires como experiencia pionera de investigación cultural dentro del sistema universitario argentino. Bruno Maccari realiza un recorrido histórico, sectorial e institucional donde sitúa a la institución en el mapa de centros y programas de investigación a nivel nacional, analiza los principales hitos y ejes de trabajo de este centro, y da cuenta del proceso colectivo que contribuyó a la formalización y reconocimiento de programas, centros de investigación y observatorios culturales en la Argentina.
El último capítulo está dedicado a los proyectos de investigación más relevantes que ha realizado el Observatorio Cultural. Su equipo de investigación presenta los proyectos mediante un esquema transversal, con el propósito de dejar registro de su desempeño en materia de formación, asistencia técnica, divulgación y consultoría.
Queremos agradecer enormemente al conjunto de colaboradores, aliados e instituciones que posibilitaron el desarrollo y la consecución de este trabajo. En primer lugar, nuestro agradecimiento a los/as autores/as de cada uno de los artículos e investigaciones que conforman el libro por compartir sus testimonios, perspectivas y experiencias. Agradecemos a la Facultad de Ciencias Económicas, especialmente a las autoridades del Instituto de Investigaciones en Administración, Contabilidad y Métodos Cuantitativos para la Gestión (IADCOM) de la Universidad de Buenos Aires por su acompañamiento constante a las actividades e iniciativas del Observatorio Cultural. Hacemos extensivo el reconocimiento al conjunto de universidades, organizaciones e instituciones y, fundamentalmente, a nuestros colegas del sector, que han colaborado con los proyectos y estudios del OC/FCE-UBA a lo largo de sus más de veinte años. Nuestro agradecimiento especial al equipo de investigadores del Observatorio Cultural, encabezado por Cecilia Báez y Graciana Maro, colaboradoras indispensables que cotidianamente sostienen y estimulan la labor y vigencia de este espacio. Finalmente, deseamos expresar nuestro agradecimiento hacia RGC Ediciones, sello editorial de referencia a nivel regional en la materia, por su confianza, acompañamiento y compromiso para con nuestro trabajo y para un mejor conocimiento, profesionalización y fortalecimiento del sector cultural en su conjunto. Confiamos en que esta publicación permitirá un mejor acercamiento a este campo de trabajo de creciente interés y gran potencial para fortalecer la consolidación del sector cultural.
Bruno Maccari y Héctor Schargorodsky
Buenos Aires, marzo 2021
Referencias
Negrón, B. y Brodsky, J. (s/f). Los observatorios culturales hoy. En Manual Atalaya. Apoyo a la gestión cultural. Recuperado de: http://atalayagestioncultural.es/capitulo/herramientas/los-observatorios-culturales-hoy
OEI (2006). Las políticas y las legislaciones culturales: los observatorios de políticas culturales. En Agenda Iberoamericana de la Cultura: antecedentes y perspectivas de la cooperación cultural en Iberoamérica. Recuperado de: http://www.oei.es/agendacultural/politicas4.htm
Ortega, C. y San Salvador Del Valle, R. (2010). Nuevos retos de los observatorios culturales. En GC: Boletín Gestión Cultural, n. 19, Enero 2010. Recuperado de: http://www.gestioncultural.org/boletin/files/bgc19-COrtegaRSansalvador.pdf
Capítulo 1 | La investigación, condición necesaria para desarrollar la gestión cultural profesional
[ Héctor Schargorodsky1 ]
Introducción
Durante la última década del siglo XX el sistema universitario argentino comenzó a desarrollar actividades de investigación y formación en gestión cultural, lo que significó un avance muy importante en el camino hacia la profesionalización de esta actividad. Transcurridos ya más de veinte años se pueden constatar tanto logros como carencias y dificultades. Entre los logros hay que anotar la continuidad y ampliación de la oferta de carreras y títulos, tanto de grado como de posgrado, que permitió que se incorporaran a la gestión cultural un importante número de profesionales jóvenes con formación específica. En cuanto a lo que falta, pienso que la principal carencia es que el sistema universitario no ha sido capaz de conseguir un reconocimiento suficiente de la gestión cultural, ni dentro de las propias universidades ni en la sociedad. Más aún, al presente contamos con profesionales bien formados pero cuyo rol no es suficientemente valorado por los demás agentes del sector cultural (políticos, artistas y productores, entre otros) ni por los propios públicos de la cultura.
Son varios los factores que han llevado a esta situación, algunos contextuales y otros propios del sector cultural, pero todos contribuyen a dificultar la generación de mejores políticas y a producir pérdidas de eficiencia y eficacia en las organizaciones culturales. Cambiar para mejor esta situación, de manera tal que la profesionalización de la gestión cultural pueda concretarse efectivamente, requerirá poner en práctica un conjunto de estrategias y acciones y no será de ninguna manera fácil o sencillo. Como se suele decir, los problemas complejos tienen soluciones complejas.
Este artículo trata solamente sobre una de esas estrategias pero que, en mi opinión, es clave para poder superar la situación expuesta. Me refiero a las dificultades que enfrenta la investigación en el campo de la gestión cultural y a las propuestas que se podrían implementar para superarlas.
El desarrollo de las actividades de investigación en gestión cultural dentro del ámbito universitario ha sido bastante más lento y dificultoso que el de las actividades de formación. Desde ya hacer investigación en cualquier campo en la Argentina, un país que tiene problemas políticos, sociales y económicos históricos de enorme magnitud, no es fácil en ningún caso. Particularmente, en las ciencias sociales la fuerte dependencia del apoyo estatal no se puede dejar de tomar en cuenta, sobre todo cuando el sector público, en todos sus niveles, se encuentra agobiado por un conjunto de cuestiones siempre urgentes que absorben la mayor parte de los recursos. A la vez, esas urgencias limitan y hasta impiden, en muchos casos, la planificación a mediano y largo plazo.
Ante esta situación, el sistema universitario, sobre todo el público, es en sí mismo la condición de posibilidad de existencia de la investigación social, de la cual la gestión cultural forma parte. Sin embargo, no por necesaria es una condición suficiente. También las universidades sufren los problemas del contexto y tienen, además, sus propios problemas. A estos hay que sumar cuestiones propias del sector cultural que resultan también barreras para desarrollar la investigación en este campo. Se trata de cuestiones que están interrelacionadas y que muchas veces se potencian la una con la otra, provocando sinergias negativas que son muy difíciles de contrarrestar. Entre ellas, las más relevantes, desde mi punto de vista, son las siguientes: faltan políticas públicas sectoriales para fortalecer la investigación; los responsables de políticas y organizaciones no valoran y en consecuencia no aprovechan las investigaciones existentes ni invierten en nuevas; faltan incentivos para motivar a las nuevas generaciones a sumarse a equipos de investigación; existen muy pocos espacios formales para investigar. Como consecuencia de todo lo anterior hay un escaso número de investigadores trabajando en la actualidad. A continuación voy a ampliar sintéticamente las razones, las causas y las consecuencias que tienen cada uno de estos aspectos para el desarrollo de la investigación.
La falta de políticas públicas sectoriales
El sector cultural, como tal, ha ocupado históricamente un lugar muy marginal tanto en las plataformas de los partidos políticos como en la agenda gubernamental de todos los niveles jurisdiccionales. La política, más allá de reiterar frases declarativas acerca de la importancia de la cultura, se ha ocupado muy poco de conocer cómo funciona realmente este sector y cuál podría ser su aporte al desarrollo social y económico en cada región y ciudad del país. Lo que sí ha sucedido en todas las épocas es que algunos grupos de influencia –lobbies–, gracias a su capacidad y empuje, han conseguido una mayor y mejor atención del Estado. Es a partir de sus actividades que se han generado la gran mayoría de los marcos normativos que hoy permiten y sostienen determinadas actividades, así como se han podido realizar una gran cantidad de acciones y eventos públicos más o menos reiterados en el tiempo. Pero son muy pocas las ramas de actividad cultural que cuentan con políticas públicas dignas de ese nombre, como tienen, por ejemplo, el cine y el teatro.
Sin embargo, aún en esos dos casos, la investigación no cuenta con los apoyos, públicos o privados, que tienen otros eslabones de la cadena de valor. Una hipótesis que podría ayudar a explicar la baja demanda de investigaciones por parte de los responsables gubernamentales del sector cultural público es el grado de discrecionalidad con el que pueden manejarse. Dicho de otra forma, como no hay planificación ni otra exigencia que fije metas, objetivos ni plazos para cumplirlos, resulta inconducente cualquier evaluación tanto de procesos como de resultados y, en consecuencia, no hay forma de corregir errores ni de reclamar a quien los comete. En este contexto, la toma de decisiones se sigue realizando naturalmente en base a la experiencia y la intuición. Por otra parte, en el sector privado, mientras que las pequeñas y medianas empresas culturales prácticamente no invierten en investigación porque su economía no se los permite, las empresas grandes, generalmente subsidiarias de origen extranjero, son las que aprovechan los beneficios de la investigación y conocen los beneficios de invertir en ella para ganar mercados o mejorar sus productos. Al mismo tiempo, y por esas razones, no comparten los resultados que obtienen. Su interés por la investigación tiene exclusivamente motivaciones económicas, no culturales.
No valoración o uso muy limitado de las investigaciones
Las políticas públicas o, en su ausencia, las normas y la acción del Estado, impactan en la sociedad a través de las organizaciones culturales que son las que producen, distribuyen, programan, exhiben y venden distintos bienes y servicios en todas las ramas de la actividad. Los responsables de esas organizaciones concentran su esfuerzo en resolver los problemas inmediatos que presenta la gestión y, muchas veces, dejan de lado la planificación a mediano y largo plazo. Hay que tener en cuenta que, tanto en el sector público como en el privado, contar con un equipo dedicado a la planificación estratégica requiere una inversión que solamente pueden realizar un número muy limitado de organizaciones. Además, cuando quienes investigan forman parte de una organización estatal, puede suceder que la necesidad de mostrar resultados a corto plazo lleve a perder la objetividad al procesar datos e información. Dicho de otra forma, ¿cómo hacen los investigadores que trabajan dentro de una organización pública para poner en juego la capacidad crítica que es imprescindible para llevar a cabo un proceso de planificación, si hacerlo puede poner en riesgo su propia fuente de trabajo?
Para disminuir la posibilidad de que la información resulte sesgada, en las contadas ocasiones en que existe presupuesto se contratan servicios de consultoría y/o planificación externos a la organización, lo cual podría ser una nueva fuente de trabajo para los investigadores. Lamentablemente en Argentina hay muy pocas empresas de consultoría con experiencia en temas de gestión cultural. Por lo tanto el principal demandante de ese tipo de servicios, que es el Estado, en las (pocas) oportunidades en que requirió investigaciones de relevancia sobre cuestiones culturales, solicitó la tarea a empresas o expertos extranjeros provenientes, generalmente, de países del hemisferio norte de América o Europa. A la falta de empresas e investigadores argentinos, hay que sumar una histórica empatía por lo que viene de fuera, a lo que se le asigna casi automáticamente valor de autoridad. Este prejuicio es, desde mi perspectiva, una barrera más que dificulta la aparición y la aplicación de concepciones teóricas originadas en nuestro país. Un agregado colateral, pero que incide también negativamente en el desarrollo de los investigadores argentinos, es que en las publicaciones científicas de todos los campos de la investigación (no solamente en el cultural) el predominio del idioma inglés se ha convertido –lo digo irónicamente– en la lengua única de la diversidad.
La falta de incentivos para motivar a las nuevas generaciones a investigar
Como ya señalé, a fines del siglo pasado el sistema universitario argentino comenzó a abordar la gestión cultural. Lo hizo fundamentalmente creando cursos, carreras y títulos que atrajeron a una importante cantidad de jóvenes. Para constituir los equipos docentes de esas carreras fue necesario convocar a profesionales con vocación para la enseñanza pero sin experiencia académica, o a profesores universitarios de materias relacionadas con aquellas que se requerían en los nuevos planes de estudio en gestión cultural. Hubo entonces un cierto avance de la investigación producido por los docentes que estaban armando sus currículas. Su incentivo estaba dado, justamente, por la posibilidad de desarrollar o ampliar una carrera personal en el ámbito de la docencia. Pero la investigación en el terreno para crear conocimiento y teoría acerca del funcionamiento del sector cultural en Argentina fue muy poco estimulada por el sistema universitario, que tuvo en esta área una participación bastante más tímida y limitada. Salvo excepciones, como el Instituto Patricio Lóizaga de la Universidad Tres de Febrero, el Observatorio Cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y alguna otra institución, las universidades no formalizaron espacios de investigación, más allá de intentos fugaces que no pudieron sostenerse en el tiempo.
Otra barrera atribuible al conjunto de los gestores culturales y principalmente a aquellos que ocuparon u ocupan actualmente cargos políticos o dirigen las organizaciones del sector, es el no haber podido obtener un reconocimiento formal de la gestión cultural como una disciplina académica. Esta situación ha tenido y tiene consecuencias directas sobre la investigación, ya que no es posible proponer como objeto a investigar temas que, al menos formalmente, no son abordados por la universidad. Es decir, no es posible solicitar apoyo para estudiar algo que no es mencionado en los términos de referencia de ninguna convocatoria de la –ya de por sí limitada– oferta universitaria de fondos para la investigación. Tampoco la administración pública estatal, en sus distintos niveles jurisdiccionales, ofreció ni ofrece subsidios, fondos concursables o premios específicos para incentivar la investigación en gestión cultural.
La situación de dependencia estatal de los pocos espacios formales
Algunos (pocos) funcionarios, al asumir la conducción política del sector cultural en su jurisdicción, comprendieron rápidamente la importancia y la necesidad de contar con buena información. Para obtenerla, decidieron crear áreas de investigación dentro de la misma organización que tenían a su cargo, aunque en ningún caso esa área fue integrada a la estructura formal de la organización. Prefirieron poner en funcionamiento un programa u otra forma similar que pudiera ser fácilmente suprimida en caso de que así se decidiera. El resultado fue que esos espacios nunca tuvieron suficiente fortaleza institucional. Por lo tanto, a sus responsables no les resultó fácil obtener los datos y la información que necesitaban y debieron demandarlos a otros sectores de su propia organización o a otras organizaciones. La lógica del poder hace que se atiendan con mayor rapidez e interés las demandas de quienes tienen capacidad de ejercerlo.
Pese a esta situación, algunas de esas áreas funcionaron durante años y otras todavía subsisten, aunque su capacidad para proveer información ha ido disminuyendo. Dos casos concretos nos sirven para ejemplificar la situación descripta. El primero es el del Observatorio de Industrias Creativas que sucedió al Observatorio de Industrias Culturales creado en 2004 y que tuvo como coordinador a Octavio Getino hasta que en 2007 cambió el gobierno. Después de un inicio muy prometedor2 y de haber realizado y publicado varios trabajos de investigación importantes, y de haber editado y publicado una revista propia denominada, justamente, Observatorio, fue perdiendo iniciativa, personal y presupuesto. A partir de 2007 su actividad fue languideciendo poco a poco y actualmente, aunque existe, su producción es prácticamente nula.
El otro caso es el del Sistema de Información Cultural de Argentina (SInCA) creado en 2006. A pesar de los altibajos provocados por los cambios de gobierno que fueron modificando sus objetivos a lo largo del tiempo, el SInCA se fue convirtiendo en la principal fuente de información sobre la actividad del sector cultural público. Llevó adelante el proceso de la Cuenta Satélite de Cultura y, en conjunto con otros países, contribuyó a poner en funcionamiento y ha coordinado durante la mayor parte del tiempo el Sistema de Información Cultural del Sur (SICSUR), foro técnico del Mercosur Cultural dedicado a la producción de indicadores y a la producción de información comparada en materia de cultura. El SInCA se ha mantenido activo con un grupo de investigadores trabajando de manera permanente, pero nunca ha llegado a ser parte de la estructura formal del ahora nuevamente Ministerio de Cultura. Quizá, al menos en parte, por esa razón tanto su poder como su presupuesto siguen siendo muy limitados.
Desde comienzos del siglo XXI han existido, además de los dos mencionados, otros grupos más pequeños, tanto públicos como privados, dedicados a abordar cuestiones específicas o a recopilar datos de sectores industriales como el libro, el cine o la música grabada. En general su ciclo de vida ha sido breve pues coincidió con la duración del proyecto para el cual fueron creados. Algunos pocos, sostenidos por cámaras empresarias, sindicatos o consultoras, se han mantenido con mayor o menor actividad a lo largo del tiempo. En conclusión, podemos afirmar que la actividad de investigación ha proporcionado información sobre la gestión cultural en Argentina. Sin embargo la misma no se actualiza con la rapidez necesaria, no cubre con la misma profundidad todos los sectores de la actividad y, en muchos casos, tampoco resulta suficiente para poder ser utilizada como insumo en los procesos de toma de decisiones que, en consecuencia, se siguen realizando con un alto componente de intuición.
Esta breve descripción me lleva a pensar que, a pesar de las dificultades que atraviesa en el presente, la investigación en gestión cultural podría convertirse en una de las herramientas más útiles para que el sector cultural complete su proceso de profesionalización. Recopilar datos, producir información, publicarla y difundirla adecuadamente puede ser un motor para motivar a políticos y gestores culturales para transformar el sector y poner en actos concretos su, creemos, enorme potencial. Ante esta situación, surgen las siguientes preguntas:
1.¿Es posible producir un fuerte cambio cualitativo para modificar la situación de la investigación en gestión cultural en el corto plazo?
2.Si no fuera posible, ¿qué pasos concretos se podrían hacer para avanzar en esa dirección?
Considero que, lamentablemente, la respuesta a la primera pregunta es negativa. En las condiciones actuales no es posible lograr un salto cualitativo que rompa la inercia y cambie la situación de la investigación en gestión cultural llevándola a un estadio superador, porque para ello es condición necesaria que sus actores centrales –es decir el Estado, el sistema universitario y el sector privado, tanto el lucrativo como no lucrativo– se encuentren para sentar las bases de un proyecto conjunto. En otras palabras, se requiere un proyecto que incluya al sector cultural en la agenda gubernamental nacional e internacional, dé un fuerte impulso a la producción de bienes y servicios y a las actividades socioculturales, y brinde un apoyo decidido a las actividades de formación e investigación a nivel universitario.
Al presente, el grado de representatividad que tiene cada uno de los actores centrales mencionados no resulta suficiente. Más concretamente, el Estado nacional no tiene potestad para representar a las provincias ni para gestionar en sus territorios, y tampoco es claro qué institución podría tener la representación municipal en temas culturales. Además, en el sector privado hay ramas de actividad que están muy poco estructuradas, en las que la informalidad es la norma y no la excepción. Esto es así, sin dejar de reconocer algunas áreas del sector privado mercantil que están mejor organizadas y tienen cámaras empresarias y asociaciones sindicales con capacidad para financiar proyectos de investigación. En cuanto al sistema universitario, a pesar de los esfuerzos realizados, todavía no ha podido definir un modo de representación. En resumen, falta institucionalidad para fortalecer las condiciones de gobernanza del sector cultural del país en su conjunto. A esta situación se debe añadir que los egresados de las carreras de gestión cultural también carecen de asociaciones que los representen. Si las hubiera, sería un aporte a ese encuentro que juzgamos condición necesaria para que la investigación en gestión cultural pueda poner todo su potencial al servicio del sector y de la sociedad.
En cambio, la respuesta a la segunda pregunta resulta algo más alentadora. Aunque al presente no sea posible lograr un salto cualitativo, considero que es posible poner en práctica algunas estrategias que pueden mejorar, al menos en algún grado, la situación de la investigación en gestión cultural, como por ejemplo:
–La continuidad de prácticas que han dado buen resultado aquí y en otros países;
–La investigación sobre temas que resultan claves para el sector cultural o para alguna área en particular;
–La integración de los investigadores argentinos a las redes y a los grupos internacionales especializados;
–La generación de incentivos para los investigadores;
–La utilización de bibliografía nacional en las carreras de gestión cultural.
Ampliaremos brevemente qué podría hacerse en relación a cada una de estas estrategias.
Dar continuidad a buenas prácticas: las experiencias nacionales e internacionales nos muestran que se puede favorecer el desarrollo de la investigación en gestión cultural organizando encuentros regulares entre investigadores, formalizando áreas dedicadas específicamente a la investigación en los organismos públicos responsables del sector cultural, creando espacios institucionales que contengan a los investigadores y editando publicaciones que difundan los trabajos que estos realizan.
Hay variados ejemplos de cada una de estas experiencias y en Argentina hubieron también algunas iniciativas puntuales, la mayoría de las cuales se discontinuó por alguna razón. Entre los encuentros para investigadores que tienen ya una larga trayectoria y siguen vigentes actualmente podemos citar, sin ninguna pretensión de exhaustividad ni orden de importancia, los siguientes: a nivel internacional el congreso bianual (International Conference on Cultural Economics)3, que desde hace ya más de treinta años organiza la Asociación Internacional de Economía de la Cultura (ACEI)4, dedicada al estudio del sector cultural desde una perspectiva económica. Un recorrido similar es el de la International Conference on Arts and Cultural Management, que organiza la Asociación Internacional de Gestión de las Artes y la Cultura (AIMAC)5, que realizó su decimoquinto encuentro en 2019. En América Latina, podemos mencionar los Coloquios de Investigación en Gestión Cultural que, con periodicidad bianual, organiza, desde 2013, la Red Universitaria en Gestión Cultural de México, con el objetivo declarado de “generar un espacio para la reflexión, discusión y construcción colectiva sobre los abordajes y enfoques disciplinares en la investigación y la intervención en la Gestión Cultural”. En Argentina, recordamos, entre otros, los Encuentros de Gestión Cultural organizados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en los años 90 y primera década del siglo XXI, y los diversos Encuentros sobre Economía de la Cultura y sobre gestión de las artes, organizados por el Observatorio Cultural entre 2004 y 2010. En noviembre de 2018, la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF) y la Universidad de Mar del Plata organizaron las I Jornadas de Gestión y Políticas Culturales. Aumentar la cantidad, calidad y frecuencia de reuniones de esta naturaleza sería un estímulo para los investigadores.
En lo que respecta a áreas públicas especializadas, es ampliamente reconocida la tarea pionera del actual Departamento de Estudios, Prospectiva y Estadísticas (DEPS) del Ministerio de Cultura de Francia, no solamente por los estudios realizados por sus propios investigadores, sino por el impulso que ha dado a organizaciones externas a través del encargo de distintos trabajos de investigación6. Actualmente son muchos los países en el mundo que cuentan con áreas de investigación y estudio de la gestión cultural integradas al organismo responsable del sector cultural, ya sea a nivel nacional, regional o local. En América del Sur, aunque el interés gubernamental por la investigación en gestión cultural comenzó con el inicio del siglo XXI y se han registrado importantes avances en cuanto a trabajos de investigación, la integración de estas áreas a los respectivos ministerios u organismos equivalentes no es definitiva sino que se ven avances y retrocesos relacionados con los avatares políticos de cada país.
En cuanto a las publicaciones, su número se ha incrementado exponencialmente gracias al acelerado proceso de digitalización que estamos viviendo. Hay publicaciones que forman ya parte de la historia de la gestión cultural, como el Journal of Arts Management que se edita desde 19987 y, en el mundo de habla castellana, la revista Periférica que publica semestralmente desde hace más de quince años la Universidad de Cádiz8. Entre las publicadas en Argentina, a modo de ejemplo podemos mencionar a RGC Revista y a la Revista ACC9.
Definir temas clave a investigar: la gestión cultural puede ser estudiada e investigada a partir de distintas disciplinas. Entre las que han dado mayores aportes, encontramos, entre otras, a los llamados estudios culturales, que lo hacen desde una perspectiva antropológica y sociológica, a los estudios económicos y los estudios de mercadeo/marketing (consumos, asistencia de públicos), y a la ciencia política y los estudios geográficos y demográficos, como por ejemplo los mapeos. Como se ve, la variedad de aproximaciones y de temas es muy amplia y por supuesto no hay una que sea más importante o valedera que las otras. Sin embargo, en Argentina (y también a nivel regional) hay algunos temas que han sido mucho más explorados que otros y, seguramente, establecer prioridades puede contribuir a orientar la labor de los investigadores que se inician.
Por ejemplo, en la región, durante las dos primeras décadas del siglo XXI, hay una importante producción sobre políticas culturales elaborada por investigadores independientes, y también sobre el diseño y construcción de cuentas satélites de cultura elaboradas por centros de investigación públicos. También encontramos trabajos sobre consumos culturales, sobre desarrollo de audiencias y algunos mapeos. Pero hay muy pocos trabajos sobre el funcionamiento y/o el comportamiento de las organizaciones del sector cultural, o sobre los impactos de las políticas culturales. Este sería, a nuestro juicio, uno de los espacios más interesantes a explorar, ya que contar con esa información podría mejorar sustancialmente el desempeño de museos, teatros, centros culturales y todo tipo de espacios de exhibición de artes visuales y audiovisuales, en particular los financiados con recursos públicos.
Otra forma de orientar la temática de las investigaciones es a través de los trabajos finales de los posgrados en gestión cultural. Allí los aportes que realizan los directores de estos trabajos y los docentes resultan fundamentales, tanto para motivar a los alumnos como para guiarlos en la búsqueda de respuestas a cuestiones relevantes. Además, vemos cómo algunos de esos trabajos, que son de muy buena calidad, poco a poco se van convirtiendo en bibliografía de referencia para las generaciones más jóvenes de gestores culturales, que prefieren contar con textos que hacen referencia a realidades que les son más cercanas antes que adaptar ideas y conceptos provenientes de otras regiones. Sería importante que las universidades en las cuales se dicten carreras de gestión cultural incluyan instancias curriculares de investigación y ofrezcan estímulos que atraigan a los alumnos a asumir desafíos en esa área.
Integrar a investigadores y espacios de investigación en proyectos y redes internacionales: en el mundo digital e interconectado en el que vivimos, llevar adelante actividades de investigación de manera aislada ya no es posible. Por el contrario, la mejor manera de saber lo que sucede realmente es participar en grupos y redes con el mayor alcance internacional. Evidentemente, a diferencia de la forma en que el investigador se relaciona con las publicaciones, aquí se hace imprescindible una participación activa y el aporte permanente al proyecto o a la red. Esto implica la exigencia de producir y difundir la producción. Son claves para ingresar en esos espacios el acudir a los llamados de organismos internacionales relacionados directamente con la gestión cultural –particularmente la Unesco–, acudir a las convocatorias de fundaciones, y mantener actualizados los intercambios de información con colegas investigadores localizados en otras ciudades, países o regiones, así como la presentación de trabajos en encuentros y congresos. La posibilidad de contar con apoyos públicos para este tipo de acciones potenciaría mucho más la labor de los investigadores.
Generar incentivos para los investigadores: la falta de apoyo financiero, de subsidios y de premios a la investigación en gestión cultural es histórica y alcanza tanto al sector público como al sector privado. En muchos otros sectores de la investigación básica, de la investigación aplicada y de las ciencias sociales, se puede decir que ese apoyo es en muchos casos insuficiente, pero existe y está institucionalizado. El Estado, las empresas y el sistema universitario brindan un apoyo estable y permanente a las actividades de investigación. En el ámbito de la gestión cultural con una inversión bastante pequeña se podría realizar una transformación muy importante que repercutiría favorablemente, no solamente en los investigadores, sino sobre el conjunto del sector pues, como lo hemos dicho antes, le permitiría alcanzar un estado de real profesionalización.
Una región que podemos mirar como ejemplo de buena práctica en cuanto al otorgamiento de premios a la investigación en gestión cultural es Europa, donde en varios países el Estado, las empresas, las organizaciones de la sociedad civil y el sistema universitario estimulan a los investigadores de distintas maneras. Para dar un ejemplo de cada sector, ENCATC10 otorga anualmente un premio de 5000 euros a la mejor tesis de doctorado sobre políticas culturales o temas de gestión presentados por investigadores jóvenes. Dicho premio tiene como objetivo “estimular la investigación académica en el campo de la gestión y la política cultural para explorar, a través de la investigación comparativa e intercultural, temas en juego en la Europa contemporánea, Asia y las Américas, y posiblemente anticipar nuevas orientaciones de política cultural, así como a contribuir al proceso de creación de una red de académicos que son competentes en la realización de proyectos de investigación comparativa en temas de gestión y política cultural” (ENCATC, s.f.). En España, durante años, el Ros Roca Group y el festival Fira Tàrrega financiaron el Premio Internacional Ramón Roca Boncompte de Estudios de Gestión Cultural, dotado con 6000 euros.
A modo de conclusión, podemos decir que la investigación es una herramienta de gestión y que sus productos son insumos imprescindibles para cualquier mejora, sea en el terreno de las políticas culturales o en la vida de las organizaciones públicas o privadas. En cuanto a su situación en Argentina, aunque actualmente la institucionalidad de los centros de investigación es débil, vemos que hay observatorios, centros y grupos de investigación, e investigadores independientes que dedican a este trabajo sus mejores esfuerzos. Si las autoridades gubernamentales les brindaran ayuda, no solamente mediante apoyo económico sino utilizando sus productos y valorándolos, en relativamente poco tiempo se podría evidenciar un cambio muy grande. Un cambio que permitiría al conjunto del sector cultural poner todo su potencial al servicio de la sociedad.
1 Fundador y actual director del Observatorio Cultural y de la Maestría en Administración de Organizaciones del Sector Cultural y Creativo en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.
2 El secretario de Cultura del Gobierno de la Ciudad en ese momento, Gustavo López, señaló sobre los motivos de la creación del Observatorio de Industrias Culturales: “Nos movió a hacer esto la necesidad de tener políticas de Estado. Políticas que trasciendan la gestión de un gobierno, políticas imprescindibles para fijar estrategias. La cultura es estratégica para el desarrollo de la ciudad de Buenos Aires, no solo por una cuestión de identidad, de diversidad cultural, sino, además, por una cuestión de impulso económico” [En Ranzani O. (5 de agosto de 2004). La cultura pensada como estrategia a largo plazo. Página 12, pp. 5-8].
3 Conferencia Internacional sobre Economía de la Cultura.
4 www.culturaleconomics.org
5 gestiondesarts.hec.ca
6 Sus primeras investigaciones datan de 1963. Para más información ver: www.culture.gouv.fr
7 www.artsmanagement.net
8 revistas.uca.es
9 Ver: rgcediciones.com.ar y revistaacc.econ.uba.ar
10 ENCATC, la Red Europea de Gestión y Políticas Culturales, representa, defiende y promueve la gestión cultural y la educación en políticas culturales, profesionaliza el sector cultural para que sea sostenible y crea una plataforma para el debate y el intercambio a nivel europeo e internacional. Ver: encatc.org
Capítulo 2 | Abordajes multidimensionales de la investigación cultural: usos y funciones de su contribución sectorial y su aportación a los procesos de desarrollo
[ Lluís Bonet ]
[ Frederic Vacheron ]
[ Jordi Baltà ]
[ Mónica García ]
[ Vitor Ortíz ]
Introducción
A lo largo de este capítulo se presentan una serie de abordajes que buscan poner de relieve la diversidad de usos y funciones de la investigación cultural en su contribución a los procesos de desarrollo de diversa índole y naturaleza. Las reflexiones reunidas parten del carácter transversal y de las múltiples articulaciones que operan en torno a la investigación cultural, para posicionarla en el centro de una vasta y significativa red de alianzas, funciones y competencias que se despliegan en sinergia con otras áreas productivas de la vida social.
Desde esta perspectiva, se busca jerarquizar la investigación como campo multidimensional, donde los abordajes y confluencias con otros ámbitos fortalecen su carácter transformador y su capacidad para impulsar múltiples procesos, funciones y productividades en el marco de la sociedad contemporánea. La vinculación entre los campos de la formación y la investigación, como también las diversas competencias de la investigación aplicada, revelan las capacidades diferenciales que se motorizan desde este ámbito y su contribución en términos de actualización profesional, inserción laboral, fortalecimiento del tejido sectorial y diseño de políticas públicas.
Los diversos abordajes y aportes aquí reunidos –a cargo de un conjunto de expertos de reconocida trayectoria en el campo académico e institucional– permiten poner de manifiesto la potencialidad de la investigación cultural y de sus procesos en tanto campo de productividad estratégica para los desafíos actuales en materia de aprendizaje, vinculación y transformación social. En este marco, se presenta un conjunto de binomios, diversos y complementarios, donde la investigación se conjuga con otras funciones y áreas productivas que fortalecen su capacidad como herramienta de integración entre los campos de la cultura y el desarrollo sostenible.
En esta línea, se ha buscado presentar un conjunto de reflexiones que revelan tales potencialidades de la investigación cultural en su abordaje y conexión con los desafíos de inserción comunitaria, inclusión social, cooperación, desarrollo sostenible y compromiso político. Los aportes aquí reunidos buscan, en definitiva, poner de relevancia la condición transdisciplinaria que caracteriza al sector cultural y, en consecuencia, el modo en que la investigación académica puede contribuir a facilitar, profundizar y optimizar la articulación intersectorial y los procesos de desarrollo humano, social, económico, territorial e institucional.
INVESTIGACIÓN + COMUNIDAD
El rol de la academia en los procesos de vinculación comunitaria
Lluís Bonet (Universidad de Barcelona)11
Para nosotros, desde el programa de Gestión Cultural de la Universidad de Barcelona, el Observatorio Cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y sus posgrados especializados en Administración Cultural han sido nuestros programas hermanos, dado que ambos estamos enmarcados en facultades de Ciencias Económicas y hemos trabajando conjuntamente desde esa mirada amplia que nos brinda el mundo de la gestión. Nos encontramos trabajando sobre ese mundo inmaterial de la cultura y ello nos hace solidarios mutuamente, sobre todo a la hora de defender, explicar o validar esa búsqueda de profesionalización de la cultura y de sus vinculaciones con la economía, la administración y el gerenciamiento.
El papel de la academia en esa intersección entre formación e investigación es un papel de reconocimiento, de representatividad, de jugar en red, es decir, de ser conscientes de que no estamos solos, sino que podemos, desde nuestra especificidad, aportar a los profesionales de la cultura un espacio neutral para la reflexión, la formación y el análisis crítico de la realidad. Creo que es fundamental tener esto en mente porque a veces el sector público tiende a proponer espacios de formación o a condicionar o incentivar la vida cultural, sobre todo en virtud de su capacidad económica. Y, frente ello, el rol de la universidad –y especialmente cuando se trata de una universidad pública– es justamente ubicarse al servicio de la comunidad, en ese papel intermedio de formación e investigación.
Y ello, en particular, en el campo de la cultura, puesto que se trata de un ámbito muy heterogéneo, poco estructurado y en el que confluyen intereses múltiples. Estos suelen ser relativamente débiles si los comparamos con otros sectores de la vida económica en los que los intereses en juego son, por lo general, más claros y que cuentan con una organización profesional que permite una mayor capacidad para gestionar, generar estadísticas y promover distintos estudios y análisis.
En ese sentido, me gustaría señalar tres ámbitos que considero clave: el primero es el ámbito de los modelos de gestión, es decir, de los modelos de gobernanza. Creo que en cultura hay un enorme trabajo a realizar en esta línea. Junto al Observatorio Cultural FCE-UBA, hemos desarrollado dos proyectos en tal sentido: una investigación centrada en la gestión de festivales escénicos y otra especializada en la gestión de teatros y equipamientos públicos. Sendos libros nacieron aquí y dan cuenta de esos proyectos. Menciono estas experiencias porque considero que el papel de la academia radica en investigar, conocer de primera mano, entrevistar a los profesionales y facilitarles marcos teóricos que les permitan sacar lo mejor de sí mismos para, de alguna forma, compartir ese conocimiento no solo en tanto caso, sino sobre todo como categoría.
Un segundo ámbito que quisiera destacar es el de las estrategias de los institutos de política cultural pública. Creo que también es un eje fundamental, sobre todo en virtud de esa enorme capacidad de incidencia que el sector público posee en el ámbito de la cultura, aunque al mismo tiempo pueda faltarle a veces una mirada crítica, debido a que sus agentes –temerosos de la gestión de turno– puedan adolecer de esa distancia y capacidad analítica. Es en ese marco que el papel de la academia se vuelve fundamental, especialmente por su capacidad y objetividad para analizar a fondo las diversas líneas de gestión y la evolución de las políticas culturales con sus instrumentos y estrategias. En ese eje hemos desarrollado también otra investigación que dio origen a la publicación Políticas para la creatividad, que hicimos con Unesco para los directores de industrias culturales y creativas.
En tercer lugar y vinculado a lo anterior, aunque quizá de un modo aún más complejo, quisiera reflexionar sobre cómo, desde la academia, analizamos las dinámicas sociales, económicas y territoriales en el marco de la transdisciplinariedad que caracteriza a nuestro campo. Quiero decir que este es un campo donde nos encontramos politólogos, sociólogos, economistas, antropólogos, profesionales de distintos ámbitos de las ciencias sociales y de las ciencias humanas, para analizar los procesos de los hábitos de consumo, los comportamientos de las distintas formas de participación y las motivaciones en la financiación de la cultura en el marco de los procesos de producción y de incorporación de tecnología. Todos esos ámbitos en los que investigamos resultan fundamentales, y además contamos con la capacidad de hacerlo no solo atendiendo a la realidad local sino también con capacidad comparativa y proyección internacional. Considero que se trata de un aporte muy importante porque, en la medida en que nosotros estamos investigando esos temas muy cerca de los profesionales, de alguna forma estamos constantemente contrastando nuestro trabajo empírico, nuestra capacidad de construcción conceptual, con los estudiantes y con los profesionales con los que nos retroalimentamos en forma permanente. Y ello revierte en el sector, y revierte también en nuestros estudiantes.
En el mundo académico la investigación toma fundamentalmente dos caminos: por un lado, el que podríamos denominar investigación de base, es decir, la investigación que nace en los programas de doctorado, en la investigación que realizan los posdoctorandos y en las publicaciones en revistas académicas o en los libros que somos capaces de impulsar, producir y editar. Esta sería la investigación fundamental. Pero luego está, además, la investigación aplicada, que es aquella que podemos asociar más estrechamente con la labor que llevan adelante los observatorios inscriptos en el ámbito académico. Me refiero, sobre todo al trabajo de observar, de evaluar, para hacer aportes prepositivos para la mejora de la gestión y de las políticas culturales. En definitiva, esa capacidad para combinar la investigación fundamental con la investigación aplicada, junto con ese contraste permanente con los profesionales y estudiantes, es lo que creo que caracteriza a la aportación académica a este ámbito. Y esto es lo que cada uno de nosotros, desde nuestras procedencias académicas y posibilidades profesionales, intenta hacer en cada uno de sus lugares.
Se trata también de procesos que se extienden en el tiempo. Si reflexiono sobre nuestros primeros proyectos de investigación, o sobre cómo trabajábamos en formación cuando comenzamos en 1989 con nuestra Maestría en Gestión Cultural en la Universidad de Barcelona, puedo visualizar cambios importantes en el marco de estos treinta años transcurridos. Por supuesto podemos identificar hoy diversas falencias en esos proyectos y programas, pero es evidente que se trata de un proceso, sobre el cual quisiera ahora orientar una mirada a futuro.
¿Qué debemos investigar? ¿Cómo debemos formar a nuestros alumnos? ¿Qué debemos compartir desde nuestra mirada –un poco alejada de la realidad cotidiana– con los profesionales del sector? Sabemos que los procesos de robotización van a transformar brutalmente el mercado laboral y el mercado educativo en muy pocos años. Cuando uno piensa en ello mirando los próximos veinte años, debe tener en cuenta que esos cambios implicarán, por ejemplo, luchas por el poder en el seno de las casas de estudios, porque hay una serie de formaciones que dejarán de tener sentido y las nuestras, que se dedican a la mediación, probablemente continuarán teniendo sentido, aunque seguramente tendremos que cambiar muchas cosas. Al mismo tiempo, pienso en otros escenarios como el de la globalización interdependiente, que exhibe a la vez enormes problemas de sostenibilidad y de equidad, con fuerzas que, por un lado, nos hacen más interdependientes, pero por el otro, promueven tecnologías digitales que nos vuelven más autónomos.
¿Cómo va a afectar todo esto a la gestión cultural? ¿Qué debemos hacer nosotros como académicos? ¿Hacia dónde debemos orientar nuestra formación y nuestra investigación para preparar, no solo a las nuevas generaciones, sino también para ayudarnos entre todos? Evidentemente, tendremos que adaptarnos en este proceso de formación continua para ser capaces de dar respuestas, porque no podremos construir nuestros equipamientos culturales de un modo aislado y como si nada de todo ello pasara. Creo que son algunos de los desafíos que debemos plantearnos, y que la investigación que incorpora procesos de construcción de escenarios prospectivos debe contribuir sustancialmente para que podamos mantener ese rol intermedio entre la formación y la investigación para seguir estando al servicio de la comunidad y contribuyendo al desarrollo de nuestras sociedades.
11 Profesor titular de economía aplicada de la Universidad de Barcelona, especializado en gestión, política y economía de la cultura. Coordinador del Máster en Gestión Cultural y del Programa de Doctorado en Gestión de la Cultura y el Patrimonio, así como director de los cursos de posgrado en Gestión Cultural de la Universidad de Barcelona. Ha sido investigador invitado en el Massachusetts Institute of Technology y profesor invitado en la Universidad de Montpellier. Conferencista en más de cuarenta países de Europa, América, África y Asia. Presidente del Jurado del Cultural Policy Research Award que otorga la Fundación Europea de la Cultura y miembro de la Junta de la Association of Cultural Economics International (ACEI). Premio de investigación del CAC con su trabajo La industria audiovisual ante la digitalización, de 2002. Autor de numerosas publicaciones y artículos.
INVESTIGACIÓN + INCLUSIÓN
La gestión del conocimiento como estrategia para la inclusión social y el desarrollo
Frederic Vacheron (Unesco)12
Considero que estamos en un momento muy propicio para analizar y valorar los avances concretos y significativos que se han logrado en nuestro sector en cuanto a la inclusión de la cultura en las prioridades de la agenda de desarrollo a nivel regional y global. La agenda para el desarrollo sostenible 2030 por primera vez hace referencia a la cultura como componente central de la definición del desarrollo sostenible, lo que significa un paso muy importante.
Cabe recordar la adopción de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de Unesco, que data del 2005. La región fue particularmente reactiva y aquí, un año después de la adopción de esta convención, se adoptó la Carta Cultural Iberoamericana que hoy constituye un documento de referencia y una hoja de ruta para los actores del desarrollo.
Gracias al Fondo Internacional para la Diversidad Cultural se implementaron cerca de 80 proyectos a lo largo de más de 45 países. Más del veinte por ciento de estos proyectos han estado directamente vinculados con jóvenes que, como sabemos también, sufren los efectos de diversos procesos de exclusión. La juventud es una cuestión transversal, tal como lo es el tema del género. Ante tales desafíos, Unesco publicó recientemente un estudio sobre la relación entre género y cultura, y especialmente entre igualdad de género y sector creativo. Las cifras son claras y contundentes: las mujeres representan menos del 10% de los directores de cine y el 97% de los directores de orquestas, por caso, son hombres.
Otra iniciativa financiada por el Fondo para el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) ha permitido posicionar a la cultura, a pesar de que los ODM no contemplaban de manera explícita su importancia. Este programa se implementó en América Latina, en Costa Rica, Ecuador, Honduras, Nicaragua y Uruguay, y permitió la identificación de un conjunto de buenas prácticas.
De manera general, podemos afirmar que es necesario gestionar más conocimientos sobre cultura en inclusión social para el desarrollo, y crear mayores mecanismos para su difusión. Ya se han adoptado –o se encuentran en plena implementación– Planes Nacionales de Cultura, tales como los que ha desarrollado Brasil, en 2011, o el que se encuentra formulando Uruguay actualmente. México adoptó, en 2016, una nueva Ley General de Cultura, que es un intento ambicioso por considerar a los derechos culturales como una herramienta contra la exclusión social.
Quisiera mencionar también que la Convención ha influido radicalmente en los nuevos instrumentos comerciales que han surgido en los últimos años. Se reconoce la especificidad de los servicios culturales y la necesidad de conceder tratos preferenciales para promover la libre circulación de los artistas y profesionales de la cultura. No podemos aún “gritar victoria”, ya que esta visión todavía está cuestionada en algunos ámbitos que limitan las aspiraciones de la humanidad a simples necesidades biológicas, o reducen a los ciudadanos a simples consumidores de mercado.
También es importante recordar que todavía se cuestiona la importancia del patrimonio cultural y de las expresiones culturales, vistos como un freno al crecimiento local o a la igualdad social. La Ruta del Café, en Perú, por ejemplo, es un proyecto apoyado por el PNUD que cuestiona esa postura. La caficultura en Perú es esencialmente familiar y todos sus miembros participan en sus procesos, lo cual implica empoderamiento de las mujeres e igualdad social. Este sistema tradicional de producción ha adquirido una nueva vigencia y abre un futuro de bienestar y de igualdad social a las comunidades locales. Somos testigos de que, también en Colombia, el paisaje cultural cafetero ha sido declarado patrimonio de la humanidad por Unesco, lo cual consagra todo un sistema tradicional de producción.
Estas experiencias están profundamente vinculadas al Objetivo de Desarrollo Sostenible 10 (ODS10), centrado en reducir la desigualdad en y entre los países. El mismo consiste en lograr un crecimiento económico inclusivo, es decir, que tenga en cuenta las tres dimensiones del desarrollo sostenible: económica, social y ambiental.
Muchos consideran que invertir en el patrimonio y en su protección perjudica al desarrollo comercial o es en vano, sin reconocer su contribución a la calidad de vida. Este tema fue intensamente presentado en el marco de la tercera conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Humano Sostenible (Hábitat III), que se llevó a cabo en octubre de 2016 en Quito. Conocemos los antecedentes de violencia y de marginación social de los suburbios de la ciudad de Medellín, sin embargo esta ciudad logró de manera notable convertir los guetos urbanos marcados por el miedo en una referencia mundial de cambio, gracias a la fuerza de la cultura. La fórmula fue la siguiente: “acceso a la cultura” para dar “oportunidades de inclusión”, y “apertura al mundo” a través del “sistema de parques bibliotecas”.
La Unesco apuesta a que debemos volver a confiar en las ciudades. De hecho, como ilustra el ejemplo de Medellín, la cultura ocupa un lugar central en la renovación y la innovación urbana. En ese sentido, el Objetivo 11 de los ODS es lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, residentes y sostenibles.
Hace unos meses inauguramos en Argentina la exposición “Máquinas para habitar: cultura, ciencia y ciudades sostenibles”. En este marco, se presentó una iniciativa emblemática, Eloísa Cartonera, una editorial que sirvió de mecanismo de residencia en inclusión social. Concluiré con una frase de Victoria Ocampo: “La cultura y la ciencia pueden ser instrumentos para capacitar al hombre y ponerlo en la guía de soluciones que no se han aliado desde que el mundo es mundo”.
12 Especialista del Programa de Cultura en la Oficina Multipaíses de la Unesco para Argentina, Paraguay y Uruguay. Tiene a su cargo la implementación de varios programas de alcance nacional o subregional sobre los ejes de acción prioritarios de la Unesco: patrimonio mundial, patrimonio inmaterial, museos y tráfico ilícito, industrias culturales, diversidad cultural y diálogo intercultural. Supervisa la implementación de los proyectos interagenciales en cultura y desarrollo implementados en el marco de la ONU en Uruguay. Asimismo, tiene bajo su responsabilidad la supervisión del Proyecto Villa Ocampo en Argentina. Encargado de la cooperación técnica entre Unesco y Mercosur Cultural.
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