Читать книгу: «7 mejores cuentos de Bram Stoker»

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Título

El Autor

Las almas gemelas

El sueño de las manos ensangrentadas

Una profecía gitana

La cadena del destino

El hombre de Shorrox

El Huésped de Drácula

About the Publisher




El Autor


Abraham "Bram" Stoker (Clontarf; 8 de noviembre de 1847 - Londres; 20 de abril de 1912) fue un novelista y escritor irlandés, conocido por su novela Drácula (1897).

Hijo de Abraham Stoker y Charlotte Mathilda Blake Thornley, Bram Stoker fue el tercero de siete hermanos.​ Su familia era burguesa, trabajadora y austera, cuya única fortuna eran los libros y la cultura. Su mala salud lo obligó a llevar a cabo sus primeros estudios en su hogar con profesores privados, ya que pasó sus primeros siete años de vida en cama debido a distintas enfermedades. Mientras se encontraba enfermo su madre le contaba historias de fantasmas y misterios, que más tarde influyeron en su obra.

A los siete años se recuperó por completo y en 1864 ingresó en el Trinity College, donde se licenciaría con matrícula de honor en matemáticas y en ciencias en 1870. Fue campeón de atletismo y presidente de la Sociedad Filosófica. Mientras estudiaba, trabajó como funcionario en el castillo de Dublín, sede del gobierno británico en Irlanda, donde su padre ocupaba un alto cargo. Incluso trabajó como crítico de teatro para el Dublin Evening Mail y crítico de arte para varias publicaciones de Irlanda e Inglaterra. Aprobó las oposiciones de Derecho para poder ejercer como abogado en Inglaterra.

En 1878, cinco días antes de trasladarse a Londres, Stoker se casó con Florence Balcombe, una antigua novia de su amigo Oscar Wilde, con la que tuvo un hijo, llamado Irving Noel.

Sus primeros relatos de terror, como "La Copa de Cristal" (1872), fueron publicados por la London Society, y "The Chain of Destiny" en la revista Shamrock. En 1876, mientras trabajaba como funcionario, escribió un libro de texto nombrado The Duties of Clerks of Petty Sessions in Ireland (1879), este libro se utilizó como referencia durante mucho tiempo.

Siendo crítico del teatro para el Dublin Evening Mail, cuyo copropietario era Sheridan Le Fanu uno de los escritores más importantes de su época por cuentos como el de Carmilla, influyeron mucho a Stoker a la hora de escribir Dracula. La crítica de Stoker hacia la obra fue una gran alabanza a la actuación en Hamlet del actor Henry Irving, quien le contrató para ser su secretario particular y gerente del Lyceum Theatre de Londres.2

Mientras trabajaba para Irving, fue crítico literario para el Daily Telegraph y escribió varias novelas como The Snake's Pass (1890) y Dracula (1897) y, tras la muerte de Irving en 1905, La dama del sudario (1909) y La guarida del gusano blanco (1911).

Su esposa fue la administradora de su legado literario, y dio a conocer obras como la que sería la introducción de Drácula, el relato corto «El invitado de Drácula».

Drácula (1897) fue su creación literaria más reconocida, en la cual realzó los matices del vampirismo y la cual pasó a ser una obra literaria transmitida a través de los años. Es una historia ficticia basada, según algunas fuentes, en el personaje real del príncipe de Valaquia Vlad III, nacido como Vlad Drăculea, más conocido como «Vlad el Empalador» (en rumano: Vlad Țepeș).

Para esta novela, se llenó de los conocimientos de un erudito orientalista húngaro llamado Arminius Vámbéry (Ármin o Hermann Bamberger, en realidad) en varias reuniones al igual que de libros como el de Emily Gerard Informe sobre los principados de Valaquia.

Se inspiró en Henry Irving y en Franz Liszt para fijar el aspecto del conde Drácula y la novela refleja la lucha entre el bien y el mal. Oscar Wilde dijo de ella que era la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos, y también «la novela más hermosa jamás escrita». Además, la obra recibió elogios de, entre otros, Arthur Conan Doyle.




Las almas gemelas


Bis Dat Qui Non Cito Dat

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En casa de los Bubb reinaba la alegría.

Durante diez largos años, Ephraim y Sophonisba Bubb se habían lamentado de lo solos que se sentían. Durante todo este tiempo, se habían dedicado a mirar las tiendas de ropa de bebé y los almacenes, donde las cunas aparecían en tentadoras filas. Habían rezado y suspirado, habían llorado y anhelado aquel día, pero el médico nunca les había dado la más mínima esperanza.

Pero ahora, al fin, había llegado el momento tan esperado. Mes tras mes habían tenido todo el cuidado del mundo, y los días transcurrieron lentamente. Los meses dieron paso a semanas, las semanas a días, los días se hicieron horas, las horas minutos. Ya no quedaban ni siquiera minutos, solo unos segundos.

Ephraim Bubb se sentó con miedo en la escalera. Desde allí, intentó afinar el oído para captar los acordes de la maravillosa música que saldría de los labios de su primer hijo. En la casa reinaba el silencio, esa calma mortal que precede a un huracán. ¡Ay, Ephraim Bubb!, ¿no pensaste nunca que algo podía destruir para siempre la paz y la alegría de tu hogar, y que abrirías tus ojos atónitos a las puertas de esa maravillosa tierra donde reina la infancia, donde el niño tirano, con un simple movimiento de su manita y con su aguda vocecita condena a sus padres a la bóveda mortal bajo los fosos del castillo? Tan pronto como piensas en ello, palideces. ¡Cómo tiemblas al sentirte al borde del abismo! ¡Si pudieras volver al pasado!

Pero, escucha, para bien o para mal, la suerte ya está echada. Atrás quedan por fin largos años de espera y súplica. Del interior de la alcoba sale un grito desgarrado que se repite poco después. Ephraim, ese grito es fruto del esfuerzo de unos labios infantiles que no están aún acostumbrados a la lucha, es una forma de articular la palabra «padre». Cuando más nervioso estabas, se desvanecieron todas tus dudas. Cuando venga el médico, mensajero de la dicha, te encontrará radiante ante este nuevo gozo recién llegado.

Querido amigo, permítame felicitarle. Le doy mi enhorabuena por partida doble. Señor Bubb, han tenido gemelos.

Días de Alción

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Los gemelos eran los mejores niños que se hubiera visto nunca. Al menos, eso decían todos los conocidos, y los padres se lo creían.

La opinión de la niñera era una clara prueba de ello: «Señora, no es que sean buenos porque son gemelos, cada uno es un ángel». Y ella debía de saberlo bien porque había criado muchos bebés en su vida, tanto gemelos como no gemelos. Lo único que les faltaba a las criaturas era no tener piernecitas, sino un par de alas en sus hombritos. Así, podrían colocarlos a cada lado de la lápida de mármol, consagrada a los restos mortales de Ephraim Bubb, lo que sucedería, señor mío, si la esposa sobrevivía al padre de estos dos maravillosos gemelos. Sería una osadía por parte de ella decir, sin ánimo de ofender, que su marido era un apuesto caballero, aunque fuera uno o dos años mayor que ella. Siempre había oído decir que los caballeros nunca son demasiado mayores y, además, los prefería así. Odiaba a los hombres que parecían medio niños, que no sabían qué hacer. Aunque, al caballero que fuera padre de aquellos dos angelicales gemelos (Dios los bendiga), no podían llamarle otra cosa que niño. Pero, en su larga experiencia, que era mucha, nunca había oído que un niño tuviera gemelos o que unos gemelos hubieran pasado por una situación parecida.

Los padres estaban locos por sus hijos. Eran su dicha y su dolor. Si Zerubbabel tosía, Ephraim se despertaba de su dulce sopor con un grito de inquietud; en sueños había visto un sinfín de gemelos con la cara amoratada por un ataque de asfixia que les sobrevenía de noche. Si Zacariah chillaba, Sophonisba salía con sus rizos despeinados y dando gritos hacia la cuna de sus hijos. Ya fuera por unos pinchacitos que les molestaban o por la sensación de ahogo o por el roce de la ropa o de una mosca o por el exceso de luz o por el miedo a la oscuridad o porque tuvieran hambre o sed, pero, eso sí, los dos bebés siempre en perfecta sincronía, el hogar de los Bubb veía interrumpido su sueño o la rutina de las labores domésticas.

Los gemelos crecieron en paz, los destetaron, echaron los dientes y, al final, cumplieron tres años.

Crecieron en belleza uno junto a otro, llenaron un hogar, etc.

Tambores de guerra

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Harry Merford y Tommy Santón vivían en la misma hilera de casas que Ephraim Bubb. Los padres de Harry tenían su residencia en el número 25, y en el 27 solo se oían las continuas risas de Tommy. Entre ambas viviendas, en el número 26, Ephraim Bubb criaba a sus retoños.

Harry y Tommy se veían a diario desde siempre. Se comunicaban a través de los tejados hasta que sus respectivos padres tuvieron que pagar a Bubb los desperfectos del tejado y de las ventanas de la buhardilla. A partir de entonces, la autoridad familiar les prohibió verse, aunque, por si acaso, su vecino tomó la precaución de reforzar los muros del jardín y colocó trozos de vidrio en lo alto, para evitar así visitas inesperadas. Sin embargo, Harry y Tommy eran dos espíritus osados, orgullosos, impetuosos y cabezotas, así que desafiaron el escarpado muro de Bubb y siguieron viéndose en secreto.

Si se compara a estos dos jóvenes con Cástor y Pólux, con Damón y Pitias, con Eloísa y Abelardo, se ve que son claros ejemplos de compenetración, de constancia y amistad. Todos los poetas, desde Higinio hasta Schiller, cantarían las hazañas y los peligros en que ambos se vieron en nombre de su amistad, pero habrían enmudecido al conocer el cariño mutuo que se tenían Harry y Tommy. Día tras día, y a menudo noche tras noche, estos dos valientes sorteaban a la niñera, a su padre, la amenaza del látigo y del castigo, el hambre y la sed, la soledad y la oscuridad para verse. Nadie sabía de lo que hablaban. Nadie podía decir qué oscuros pensamientos se fraguaban en aquellas conversaciones. Quedaban a solas, hablaban a solas y solos volvían a casa. En el jardín de Bubb había un cenador cubierto de yedra y rodeado por unos álamos jóvenes que había plantado el padre el día en que nacieron sus dos hijos y cuyo rápido crecimiento contemplaba con orgullo. Estos árboles tapaban el cenador, y era allí donde se veían Harry y Tommy, tras comprobar que no había nadie dentro. Con el tiempo, llegaron incluso a no temer encontrarse con alguien y continuaron viéndose. Pero levantemos el velo del misterio y veamos qué era ese gran desconocido ante cuyo altar se arrodillaban.

En Navidad, a Harry y a Tommy les regalaron una navaja nueva a cada uno. Durante bastante tiempo, casi un año, las dos navajas, bastante parecidas en la forma y en el tamaño, fueron su mayor pasatiempo. Con ellas cortaban y rayaban todo lo que pudiera pasar inadvertido. Actuaban con sigilo pues ninguno quería que la tristeza oscureciera sus momentos de diversión. Su habilidad dejaba muestras en el interior de los cajones, escritorios y cajas, en los bajos de las mesas, en el reverso de los marcos de los cuadros e incluso en el suelo (allí donde se podía levantar disimuladamente la esquina de las alfombras). Cuando comparaban sus hazañas artísticas, les invadía la alegría. No obstante, al cabo de un tiempo, llegó un momento crítico. Tenían que buscar nuevos entretenimientos; se habían cansado de sus viejos juguetes y habían saciado su apetito de ir cortándolo todo por ahí. Tenían que llevar más allá su afán destructivo. De todas formas, no corrían casi ningún riesgo de ser descubiertos porque hacía tiempo que actuaban con total precaución. Pero el riesgo, fuera grande o pequeño, había que correrlo, había que encontrar nuevas diversiones; la tierra se estaba volviendo yerma y el anhelo de emociones se hacía cada vez más fuerte.

El momento de cambio estaba allí: ¿quién podía prever sus consecuencias?

Fanfarria de trompetas

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Quedaron en el cenador, decididos a discutir tan grave asunto. Sus corazones latían con fuerza; tenían la cabeza llena de planes y estrategias y los bolsillos llenos de ricos caramelos, más ricos aún por ser robados. Después de comerse los caramelos, los dos conspiradores empezaron a explicar sus respectivos puntos de vista en relación con la idea de ensanchar su campo de acción. Tommy expuso todo orgulloso un plan que consistía en hacer una serie de agujeros en la tabla de armonía del piano con el fin de destruir sus propiedades musicales. Harry no se quedó a la zaga. Había pensado en cortar por la parte de atrás el lienzo del retrato de su bisabuelo, a quien su padre tenía en gran estima entre todos sus lares y penates, de modo que, cuando movieran el cuadro, la capa de pintura se resquebrajaría y la cabeza se vendría abajo.

A esas alturas de la reunión, Tommy tuvo una idea brillante.

—¿Por qué no duplicamos la diversión y sacrificamos en el altar del placer los instrumentos musicales y los cuadros familiares de las dos casas?

La idea cuajó y la reunión se aplazó para ir a cenar. La próxima vez que se vieron, se dieron cuenta de que había una pieza que no encajaba en el plan, que había algo corrupto en el estado de Dinamarca. Tras un momento de discusión, reconocieron que la vigilancia materna había echado por tierra todos sus planes. Sus madres habían descubierto en parte sus planes y les habían reñido mucho. Por este motivo, tuvieron que abandonar su plan (hasta ese momento, por lo menos, su fuerza física, cada vez mayor, había permitido a los dos reformadores reírse de las amenazas y prohibiciones de sus padres).

Los dos desolados jóvenes sacaron sus navajas y se quedaron contemplándolas. Con tristeza, se quedaron pensativos, como otrora le ocurriera a Otelo cuando vio alejarse para siempre todas las posibilidades de conseguir honor, gloria y triunfo. Compararon sus navajas como hace el típico padre al que se le cae la baba por su hijo. Allí estaban: iguales en tamaño, resistencia y belleza, sin la más mínima mancha de óxido, bien brillantes, y con la hoja como la espada de Saladino.

Eran tan idénticas que, de no ser por las iniciales que llevaban grabadas en el mango, ninguno de los dos habría sido capaz de reconocer la suya. Después de un rato, cada uno se puso a alardear de las grandes cualidades de su arma.

Tommy insistía en que la suya estaba más afilada, mientras que Harry afirmaba que la suya era la más resistente de las dos. Poco a poco, aquella disputa verbal se fue caldeando, hasta que el genio de Harry y Tommy salió a relucir y les invadió un sentimiento de odio. En ese momento, el ambiente se enrareció con un espíritu propio de otros tiempos, que llegó a penetrar incluso en el oscuro cenador de Bubb. Ese espíritu les susurró al oído antiguas consignas del rito del sufrimiento y, de repente, el odio se calmó. Por algún inexplicable impulso, los muchachos decidieron que debían poner a prueba la calidad de sus navajas.

Dicho y hecho. Harry puso la hoja de su navaja mirando hacia arriba. Tommy cogió la suya por el mango con fuerza y colocó la hoja sobre la de Harry formando una cruz. Luego, invirtieron el proceso y Harry fue el agresor. Acabado el ritual, comprobaron el resultado. Saltaba a la vista: en cada navaja había dos mellas de igual profundidad. Por tanto, había que repetir la prueba, aunque de otra manera.

¿Qué necesidad hay de contar los detalles de esta terrible disputa? Ya hacía un buen rato que el sol se había escondido y, la luna, con su hermosa cara sonriente, se alzaba sobre el tejado de Bubb. Harry y Tommy, hartos y exhaustos, se marcharon a sus casas. Las navajas habían perdido para siempre su brillo. ¡Maldición, maldición, la gloria se había desvanecido! ¡Ya solo quedaban los despojos de dos armas inservibles con las hojas melladas!

A pesar de sentirse terriblemente apenados por el destino de sus queridas armas, los corazones de los chicos estaban felices. El día que acababa de terminar les había abierto los ojos a nuevas posibilidades de diversión, tan amplias como los límites del mundo.

La primera cruzada

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Aquel día marcó una nueva etapa en la vida de Harry y Tommy. Mientras en sus casas lo soportaran, su nueva diversión iba a seguir adelante. Con mucha sutileza, se fueron haciendo a escondidas con las piezas de la cubertería familiar que ya no usaban, y las fueron llevando, una a una, a sus citas secretas.

De la alacena del mayordomo salían limpias e inmaculadas pero ¡ay, luego no volvían igual!

Con el paso del tiempo ya no quedaron más objetos punzantes, y los muchachos tuvieron que volver a echar mano de su imaginación. Pensaron lo siguiente:

«El juego de la navaja ya no tiene ningún secreto, pero vamos a seguir disfrutando cortando las cosas. Sí, vamos a hacer algo diferente, vamos a seguir divirtiéndonos, pero con otros objetos que no sean las navajas».

Estaba decidido. En adelante, no fueron las navajas las que atrajeron la atención de los dos impetuosos jóvenes. Ahora lo que hacían era machacar y deformar las cucharas y tenedores; las pimenteras luchaban en combate contra las pimenteras, y luego las retiraban moribundas del campo de batalla; las palmatorias se encontraban en medio de la lucha y ya no salían de la tumba. Incluso los fruteros servían como armas en esta cruzada.

Pero se volvió a agotar todo lo que había en la alacena del mayordomo. Empezó una nueva estrategia de destrucción que, en poco tiempo, acabó con todo el mobiliario de los hogares de Harry y Tommy. La señora Santón y la señora Merford empezaron a darse cuenta de que el destrozo era desmesurado. Todos los días parecía ocurrir una nueva desgracia doméstica. Un día era la edición de un libro valiosísimo, cuyas lujosas tapas lo hacían digno de aparecer expuesto en un museo, el que sufría un percance inexplicable: aparecía con las esquinas rotas y con el canto desprendido o sin él. Al día siguiente, el mismo destino horrible lo corría algún marco en miniatura. Al otro día, eran las patas de una silla o de una mesa en forma de araña las que mostraban signos de violencia. Los lamentos salían incluso del cuarto de los niños. Era algo que ocurría a diario. Cuando las niñas se iban a la cama por la noche, dejaban encima con mucho cuidado sus queridas muñecas pero, al despertarse, se encontraban con que ya no quedaba nada de toda aquella hermosura; les habían amputado las piernas y los brazos, y de sus caras había desaparecido toda apariencia humana.

A continuación, empezaron a desaparecer las piezas de la vajilla. No se pudo encontrar al ladrón. Le echaron la culpa a los mayordomos y se lo descontaron del sueldo, que comenzó a ser más nominal que real. Mientras la señora Melford y la señora Santón se dolían de tanta desgracia, Harry y Tommy gozaban cada vez más con los destrozos que causaban, y apilaban sus trofeos, cada vez en mayor número, en el escondido cenador de Bubb. Se habían aficionado hasta tal punto a cortar las cosas que aquel pasatiempo se convirtió para ellos en una obsesión, en una locura, un frenesí.

Y llegó el aciago día. Los mayordomos de las casas de los Merford y los Santón, atormentados por las constantes desapariciones de objetos y por las continuas quejas, al ver que los descuentos que se les aplicaban en sus sueldos eran mayores que sus salarios, optaron por buscarse una nueva ocupación donde, si no llegaban a cobrar un sueldo aceptable o no se reconocía su labor, sí al menos no perderían dinero ni su reputación. Así, antes de devolver las llaves de la casa y los otros objetos que se les habían confiado, pasaron a revisar sus cuentas con el fin de asegurarse de que todo estaba en orden. Es fácil imaginar su inquietud al comprobar hasta dónde habían llegado los estragos. Si su angustia por el presente era terrible, mayor era su amargura cuando se paraban a pensar en el futuro. Les falló el corazón, arqueado por el peso del dolor; sus fuertes mentes, que antaño habían vencido a enemigos más mortales que la pena, se vinieron abajo; sus fornidos cuerpos se desplomaron en el suelo de sus habitaciones.

Al día siguiente, ya casi de noche, los señores requirieron sus servicios. Los buscaron en el cenador y en el vestíbulo y, al fin, los encontraron a ambos tirados en el suelo.

Pero ¡ay de la justicia! Los acusaron de estar borrachos y de haber roto, mientras se encontraban en tal estado, todos los objetos que estaban a su alcance. ¿Acaso no eran evidentes las pruebas de su culpabilidad a la vista de tal destrozo? Los acusaron de todas las desgracias acaecidas en las dos casas. Tommy y Harry negaron tener nada que ver y, cada uno en su casa, siguieron con su plan. Aliviaron su mente del peso mortal que hasta entonces los había atenazado en secreto. La versión que mantuvieron fue que cada uno de ellos había visto a su respectivo mayordomo, cuando estos creían que nadie los miraba, destrozar los cuchillos de la despensa, las sillas, los libros y los cuadros del salón y del estudio, las muñecas del cuarto de las niñas y los platos de la cocina. Luego, por supuesto, los cabezas de ambas familias reclamaron que se hiciera justicia. Los mayordomos fueron acusados de embriaguez y de destrozo de la propiedad.

Aquella noche Harry y Tommy durmieron plácidamente en sus camitas. Parecía que oyeran el susurro de los ángeles, porque sonreían como si estuvieran perdidos en sueños placenteros. Llevaban en el bolsillo el premio que les habían dado sus padres en señal de orgullo y gratitud. Sus corazones se sentían felices de haber cumplido con su deber.

Dulce es el sueño de los justos.

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Deja que los muertos entierren a sus muertos

Cabría pensar que, a partir de entonces, Harry y Tommy suspenderían sus planes.

Pero no fue así. Tenían unas mentes fuera de lo común y no eran de los que se echan atrás a las primeras de cambio. Como Nelson, no conocían el miedo; como Napoleón, creían que imposible es un adjetivo propio de tontos, y habían descubierto que entre su léxico no existía la palabra error. Así pues, al día siguiente de haberse esclarecido el delito perpetrado por los mayordomos, volvieron a encontrarse en el cenador para hacer planes.

Cuando más desanimados estaban y parecía que no se les iba a ocurrir nada, los intrépidos muchachos tomaron una decisión:

—Hasta ahora hemos jugado con tonterías, con cosas muertas. ¿Por qué no entrar en los dominios de la vida? Los muertos pertenecen al pasado, que los vivos cuiden de sí mismos.

Se vieron esa noche, cuando ya todo el mundo se había retirado a dormir, y la única señal de vida que se oía era el ronroneo amoroso de los gatos. Cada uno fue al cenador con su mascota, un conejo, y con un trozo de esparadrapo. Allí, a la luz de una luna tranquila y silenciosa, comenzaron un rito marcado por el misterio, la sangre y las tinieblas. Le colocaron a cada conejo un trozo de esparadrapo en la boca para que no hicieran ruido. A continuación, Tommy cogió a su conejo por el rabito. El animal, boca abajo, meneaba su cuerpo blanco a la luz de la luna. Harry puso muy despacio a su conejo en la misma posición que el de Tommy, hasta que las cabezas de los animales estuvieron a la misma altura.

Pero habían calculado mal. Los chicos sostenían con fuerza a los animales por la cola, pero la mayor parte del cuerpo de los conejos tocaba el suelo. Antes de que las pobres criaturas pudieran escapar, sus captores se abalanzaron sobre ellos. Continuaron la tortura, pero esta vez los sujetaron por las patas traseras.

El juego se prolongó hasta altas horas de la noche. Cuando por el cielo de Levante empezaron a aparecer las primeras señales del nuevo día, cada niño sostenía triunfalmente con sus manos el cadáver de su conejito, y lo colocaron en la que durante algún tiempo fuera su conejera.

A la noche siguiente, repitieron el juego con un nuevo conejo y, durante más de una semana, mientras quedaron conejos, continuó la batalla. Es cierto que había tristeza en los corazones y en los jóvenes espíritus del hijo de los Santón y el de los Merford. También es cierto que se les enrojecían los ojos cuando, una por una, morían sus queridas mascotas, pero Harry y Tommy tenían el corazón de acero de los héroes para aguantar el sufrimiento y no oír los gritos de clemencia que brotaban del fondo de su infancia. Por eso, llevaron aquella feroz lucha hasta su amargo final.

Cuando ya no quedaron conejos, no buscaron otra víctima. Durante varios días se las arreglaron con ratones blancos, lirones, erizos, cobayas, palomas, corderos, canarios, periquitos, pardillos, ardillas, loros, marmotas, caniches, cuervos, tortugas, perros foxterrier y gatos. De todos ellos, como era de esperar, los más difíciles de dominar eran los foxterrier y los gatos y, de estos dos, la dificultad de cortar a un foxterrier comparada con un gato es como intentar descubrir el lac de la Pharmacopoeia británica que se echa a la leche y que los lecheros le cuelan a un público demasiado confiado, cuando no es más que agua. Más de una vez, en plena faena de despellejar gatos, Harry y Tommy hubieran deseado que una silenciosa tumba abriera sus pesadas y macizas mandíbulas y se tragara a aquellas bestias, porque las víctimas felinas no tenían paciencia durante la agonía de la muerte y ponían en peligro la seguridad de los artistas y se tiraban sobre sus verdugos.

Al final, terminaron con todos los animales, pero la pasión por acuchillar seguía aún latente. ¿Cómo acabaría todo aquello?

Una nube recubierta de oro

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Tommy y Harry estaban sentados en el cenador, abatidos y desconsolados. Lloraban como Alejandro Magno porque no había más mundo que conquistar. Al final, tuvieron que admitir que no quedaba nada más que acuchillar. Aquella misma mañana habían mantenido una brutal batalla. Su ropa daba buena cuenta de la bestialidad de la misma: sus gorros no eran sino masas amorfas, sus zapatos habían perdido la suela y el tacón y tenían las palas rotas; tenían los tirantes, las mangas y los pantalones completamente desgarrados y, si hubieran llevado esos abrigos tan masculinos de faldones, también habrían quedado hechos trizas.

Acuchillar era una pasión que los obsesionaba. De una manera fiera y continua, se habían visto arrastrados por aquella pasión demoniaca que les impedía hacer el bien. Pero entonces, enardecidos aún por el combate, enloquecidos por su éxito con las armas, con la codicia por la victoria aún por saciar, decidieron con más ardor que nunca encontrar nuevas formas de diversión. Eran como los tigres, que, una vez probada la sangre, están sedientos de una libación mayor y más intensa.

Mientras permanecían sentados con el espíritu inquieto por el deseo y la desesperación, algún espíritu maligno condujo a los gemelos, los retoños más queridos del árbol de los Bubb, al jardín. Zacariah y Zerubbabel avanzaban de la mano desde la puerta de atrás de la casa; se habían escapado de sus niñeras y, guiados por ese instinto tan innato al ser humano de explorar nuevos mundos, se adentraron valientes en el gran mundo, la terra incognita, la última Thule del dominio paterno.

Se fueron acercando a la hilera de álamos detrás de la que los veían aproximarse los ávidos ojos de Harry y Tommy. Ambos sabían que el lugar donde estaban los gemelos era donde solían juntarse a charlar las niñeras. Temían que los descubrieran, si les cortaban la retirada.

Aquellas dos criaturas eran un placer para la vista: idénticos en la forma, en sus rostros, en su altura, la misma expresión y la misma ropa. De hecho, eran tan iguales que nadie podía distinguirlos. Cuando Tommy y Harry se percataron del fascinante parecido entre los gemelos, se volvieron, se cogieron por el hombro y se susurraron al oído:

—¡Mira, son exactamente iguales. Esto va a ser el culmen de nuestro arte!

Con la excitación dibujada en el rostro y las manos temblándoles, hicieron planes para atraer a los inocentes bebés, que no sospechaban nada, hacia el osario.

Y les salió bien. Poco después, los gemelos ya habían dado unos pasos vacilantes hasta sobrepasar los árboles y quedaron fuera de la vista de la casa paterna.

Los vecinos no conocían a Harry y a Tommy precisamente por su amabilidad, pero el sutil método que usaron con aquellos indefensos bebés habría conmovido el corazón de cualquier filántropo. Con una sonrisa y bromas y ardides disfrazados de dulzura consiguieron que los gemelos entraran en el cenador. Después, con la excusa de cogerlos para columpiarlos por el aire, juego que gusta tanto a los niños, los levantaron del suelo. Tommy cogió a Zacariah, mientras su carita de luna sonreía a las telarañas del techo del cenador, y Harry, con gran esfuerzo, levantó al querubín de Zerubbabel.

Ambos tomaron aliento para llevar a cabo aquella gran empresa: Harry para actuar y Tommy para soportar la impresión. Zerubbabel daba vueltas por el aire alrededor de la cara decidida e iluminada por el placer de Harry. A continuación, se produjo un estruendo repugnante y el brazo de Tommy cedió.

El pálido rostro de Zerubbabel cayó justo encima del de Zacariah. Tommy y Harry eran por aquel entonces artistas con una dilatada experiencia, demasiada como para perderse el más mínimo detalle. Las naricillas regordetas se achataron, las mejillas regordetas se aplastaron. Cuando un instante después los separaron, las caras de ambos bebés estaban cubiertas de sangre reseca. El ambiente se llenó de tales chillidos que bien podrían haber despertado a los muertos. Inmediatamente, llegó de la casa de los Bubb el eco de unos gritos y el ruido de unos pasos. A medida que los pasos se aproximaban, Harry le gritó a Tommy:

—Estarán aquí de un momento a otro. Subamos al tejado del establo y tiremos al suelo la escalera.

Tommy asintió con la cabeza. Ambos niños, sin atender a las consecuencias, cogieron cada uno a un gemelo, subieron al tejado del establo por una escalera que solía estar apoyada contra la pared y, luego, la empujaron hacia el suelo.

Ephraim Bubb salió de casa para buscar a sus dos queridos pequeños. Se le heló el alma al contemplar aquel espectáculo: arriba, en el alero del tejado del establo, Harry y Tommy permanecían de pie y se disponían a reiniciar el juego. Parecían dos jóvenes demonios que perpetraran un plan diabólico. Lanzaban a los gemelos por el aire, primero uno y luego el otro y, al caer, chocaba con el cuerpo del hermano. Solo un padre tierno y sensible puede llegar a imaginar cómo se sentía Ephraim. Aquello habría sido suficiente para destrozar el corazón de cualquier progenitor, por insensible que fuera, que viera a sus dos hijos, el báculo de su vejez, sus amados gemelos, sacrificados en aras de satisfacer el placer brutal de unos jóvenes degenerados que no tenían conciencia alguna de estar perpetrando un crimen.

Ephraim, y también Sophonisba, que había aparecido con los rizos despeinados, se lamentaban a voces ante la desgracia de sus pequeños, y comenzaron a pedir ayuda a gritos. Mas, por alguna extraña mala suerte, solo ellos fueron testigos de aquella carnicería, solo ellos oyeron sus gritos de angustia y desesperación. Ephraim, fuera de sí, se subió a los hombros de su mujer, e intentó escalar la pared del establo.

Agotado, corrió hasta la casa y volvió enseguida con una escopeta de dos cañones. Mientras corría, iba cargando un par de cartuchos. Se acercó al establo y exhortó a los jóvenes asesinos.

—Soltad a los gemelos y bajad o dispararé sobre vosotros como si fuerais un par de perros.

—¡Eso jamás! —exclamaron a un tiempo los dos héroes.

Siguieron con su horrible pasatiempo y, mientras, su alegría se multiplicaba por diez al comprobar que los ojos agonizantes de los padres se llenaban de lágrimas.

—¡Entonces, vais a morir! —aulló Ephraim en tanto abría fuego por los dos cañones, derecha e izquierda, hacia los dos acuchilladores.

Pero ¡ay, el amor hacia sus pequeños hizo vacilar la mano que nunca antes vacilara! En cuanto se desvaneció la humareda y Ephraim se recuperó del culatazo, escuchó dos carcajadas de victoria y vio que Harry y Tommy estaban ilesos y movían de un lado a otro el cuerpo decapitado de los gemelos. El cariñoso padre había volado la cabeza de sus retoños con los disparos.

Tommy y Harry aullaron de felicidad y empezaron a jugar a pasarse los cuerpos durante un rato, contemplados únicamente por los ojos atónitos del infanticida y de su esposa. Seguidamente, ambos muchachos lanzaron los cuerpos al aire. Ephraim corrió a coger lo que en otro tiempo había sido Zacariah, y Sophonisba acudió frenética a alcanzar los restos de su amado Zerubbabel.

Pero ninguno de los padres tuvo en cuenta el peso de los cuerpos y la altura desde la que caían. Ignorantes de tan sencilla fórmula dinámica, intentaron realizar una operación que la calma, el sentido común y unos mínimos conocimientos científicos habrían tachado de inviable. La masa de los cuerpos cayó al fin, y Ephraim y Sophonisba recibieron el impacto mortal del cuerpo de los gemelos al caer. Así, los bebés fueron póstumamente culpables de parricidio.

Un espabilado juez de instrucción declaró a los padres culpables de infanticidio y suicidio. Se valió para ello del testimonio de Harry y Tommy, quienes declararon de mala gana que aquellos monstruos inhumanos, enajenados por la bebida, habían matado a sus hijos; los habían tirado al aire y habían disparado contra ellos un arma de doble cañón, que previamente habían robado, y los cuerpos de los bebés les cayeron encima como una maldición. Después, se habían matado entre sí con sus propias manos.

A Ephraim y a Sophonisba se les negó el consuelo de un sepelio cristiano y se les enterró con un mínimo ritual. Cercaron su tumba sin bendecir con estacas para dejarlos allí hasta el día del Juicio Final.

Harry y Tommy fueron reconocidos con honores nacionales y los nombraron caballeros, a pesar de su edad.

La fortuna pareció sonreírles durante largos años. Vivieron hasta muy mayores, con buena salud y amados y respetados por todos.

A menudo, en las soleadas tardes de verano, cuando toda la naturaleza parecía descansar, cuando el tonel más viejo estaba abierto y la lámpara más grande permanecía encendida, cuando las castañas se tostaban en los rescoldos y al niño se le hacía la boca agua, cuando sus bisnietos hacían como si arreglaran el cenador imaginario y recortaran el penacho ficticio de un casco, cuando las lanzaderas de las buenas esposas de sus nietos destellaban cada una en su rueca, solían contar entre gritos y carcajadas la historia de LAS ALMAS GEMELAS O LA MALDICIÓN DE LA DOBLE IDENTIDAD.




El sueño de las manos ensangrentadas


Lo primero que oí acerca de Jacob Settle fue una sencilla afirmación que describía su carácter: «Es un tipo triste». Sin embargo, más tarde me di cuenta de que esa opinión solo expresaba lo que sus compañeros de trabajo pensaban de él. En aquellas palabras había cierto grado de intolerancia; les faltaba el lado positivo que toda opinión que se precie debe tener y que sitúa a la persona en la justa medida de la estima social. Pero había algo que no encajaba con el aspecto del personaje. Esto me dio que pensar y, poco a poco, y a medida que fui conociendo cada vez más el lugar y a sus compañeros de trabajo, fue creciendo mi interés por él. Supe que siempre estaba haciendo favores que podía cumplir y que en todo momento se dejaba guiar por la previsión, la paciencia y el autocontrol, verdaderos valores de la vida. Las mujeres y los niños confiaban ciegamente en él pero, por extraño que parezca, él los evitaba, salvo cuando alguien estaba enfermo; entonces, aparecía tímido y desgarbado para ofrecer su ayuda.

Llevaba una vida muy solitaria. Él mismo se hacía las cosas de casa. Vivía en una pequeña casa de campo, lo más parecida a una cabaña, de una sola habitación y alejada del mundo, en los límites del páramo. Su existencia parecía tan triste y solitaria que me entraron ganas de animarla. Me decidí a ello un día que nos encontramos ayudando a incorporarse a un chico herido, con el que choqué accidentalmente. Fue entonces cuando me ofrecí a prestarle unos libros. Él aceptó de buen grado y, al separarnos, ya al amanecer, sentí que entre nosotros había surgido cierto grado de confianza.

Los libros me los devolvía siempre en perfecto estado y en la fecha convenida y, con el tiempo, Jacob Settle y yo llegamos a ser buenos amigos. Una o dos veces que me decidí a cruzar el páramo en domingo, me reuní con él, pero noté que no se encontraba a gusto ni relajado, por lo que no supe si debía volver a verle o no. Lo que sí sabía es que él nunca vendría a visitarme a mí bajo ninguna circunstancia. Una tarde de domingo, regresaba yo de dar un largo paseo por el páramo y, al pasar por la cabaña de Settle, me detuve en la puerta y pregunté: «¿Qué tal está?». Como la puerta estaba cerrada, pensé que había salido. Aun así, y para guardar las formas o por simple costumbre, llamé sin esperar respuesta. Para mi sorpresa, oí una débil voz que provenía de dentro, aunque no pude descifrar lo que decía. Entré y me encontré a Jacob medio desnudo y tendido en la cama. Estaba pálido como la muerte. Las gotas de sudor le caían por el rostro. Sus manos se aferraban inconscientemente a las sábanas, del mismo modo que un hombre que se está ahogando se agarra a lo primero que encuentra. Al verme entrar, trató de incorporarse con una expresión salvaje en los ojos; los tenía muy abiertos y miraban como si algo horrible hubiese sucedido. Cuando me reconoció, volvió a tumbarse con un contenido sollozo de alivio y cerró los ojos. Permanecí de pie junto a él apenas un instante mientras jadeaba.

Entonces, abrió los ojos y me miró con una expresión de desesperación tal que, tan cierto como que estoy vivo, mejor habría sido no ver aquella mirada de terror. Me senté a su lado y le pregunté cómo se encontraba. Al principio, solo decía que no estaba enfermo pero, entonces, después de examinarme, se incorporó apoyándose en el codo y dijo:

—Se lo agradezco, señor, le estoy diciendo la verdad. No estoy enfermo, lo que entendemos comúnmente por enfermedad, aunque solo Dios sabe si hay peor enfermedad que la que conocen los médicos. Le contaré lo que me ocurre porque usted ha sido muy amable conmigo. Confío en que nunca se lo mencionará a nadie pues, de hacerlo, sería terrible para mí. Estoy viviendo una auténtica pesadilla.

—¿Una pesadilla? —dije con intención de animarle—. Los sueños desaparecen con la luz, incluso cuando uno despierta.

Entonces, dejé de hablar porque, antes de que pudiera decir nada más, vi la respuesta en su mirada.

—¡No, no! Eso es lo que le sucede a la gente que vive en paz y rodeada de sus seres queridos, pero es mil veces peor para los que tenemos que vivir solos. ¿Qué alegría puedo encontrar aquí cuando me despierto en medio del silencio de la noche, rodeado por este vasto páramo, lleno de voces y rostros que hacen de mi despertar una pesadilla peor que la de mis propios sueños? Usted, no tiene un pasado que le envía sus legiones en la oscuridad y en el vacío. Le ruego a Dios que nunca le ocurra.

A medida que hablaba, me di cuenta de que estaba tan seguro de sus palabras que decidí olvidarme de mi crítica. Sentí que me encontraba en presencia de una influencia que yo mismo era incapaz de comprender. No sabía qué más decirle pero, para alivio mío, continuó hablando:

—He soñado con ello las dos últimas noches. La primera noche fue bastante intenso, pero logré superarlo. Sin embargo, en la última, el temor fue casi peor que el propio sueño porque, cuando este llegó, acabó con el recuerdo de otros momentos de dolor. Permanecí despierto justo hasta antes de que empezara a amanecer. Después, la pesadilla volvió y, desde entonces, he sentido tal angustia que he creído morir y con ella he sido presa de todos los temores que me acechan esta noche.

Antes de que hubiese terminado la frase, mi mente se había repuesto lo suficiente como para darle algunas palabras de aliento:

—Intente irse a dormir esta noche un poco más temprano, antes de que anochezca. Le aseguro que descansar le vendrá bien. A partir de hoy ya no volverá a tener más pesadillas.

Movió la cabeza resignado. Estuve un poco más a su lado y, después, le dejé solo.

Cuando llegué a casa, preparé mis cosas. Había decidido pasar con Jacob Settle su vigilia en la cabaña del páramo. Pensé que si conseguía dormirse antes de la puesta de sol, se despertaría antes de medianoche y, entonces, justo cuando las campanas de la ciudad diesen las once, yo estaría apostado justo a su puerta con una bolsa con la cena, un termo grande, un par de velas y un libro. La luna brillaba e inundaba todo el páramo con una luz tan intensa que parecía de día. De repente, cruzaron el cielo unas nubes negras, que crearon una oscuridad casi tangible. Abrí la puerta con cuidado y entré sin despertar a Jacob. Dormía boca arriba y pude ver su rostro lívido. Estaba bañado en sudor. Intenté imaginar qué visiones estarían pasando por aquellos ojos cerrados, visiones capaces de llevar consigo el sufrimiento y el dolor que se plasmaban en aquel rostro. No pude hacerme a la idea, y esperé a que se despertara. Fue algo tan repentino y extraño que me estremecí. Mientras se incorporaba y volvía a echarse hacia atrás, de sus labios blanquecinos salió un gemido cavernoso que no debía de ser sino el final de una serie de pensamientos que le habían invadido con anterioridad.

—Si está soñando, debe de ser con algo terrible. ¿Cuál puede ser ese suceso desgraciado del que me habló? —pensé para mis adentros.

Mientras me detenía en este pensamiento, Jacob se dio cuenta de mi presencia. Me sorprendió que no dudase si se encontraba dormido o despierto, tal y como suele sucedemos recién despertados.

Con un grito de alegría, me agarró la mano entre las suyas, húmedas y temblorosas, como un chiquillo atemorizado agarra a alguien a quien ama. Intenté tranquilizarle:

—Ya está, ya está, no pasa nada. He venido para estar con usted, juntos intentaremos luchar contra ese maldito sueño.

De repente, me soltó la mano. Se dejó caer en la cama y se cubrió los ojos con las manos.

—¿Enfrentarnos a ese maldito sueño? ¡No, señor, no! Ninguna fuerza mortal puede enfrentarse a este sueño que proviene de Dios y arde aquí —dijo mientras se golpeaba la frente. A continuación, siguió hablando:

—Es el mismo sueño, siempre el mismo, cada vez más fuerte. Me tortura una y otra vez.

—¿Con qué sueña? —le pregunté creyendo que hablar de ello podría aliviarle.

Se apartó de mí y, tras una larga pausa, dijo:

—No, creo que es mejor no contárselo. Puede que no vuelva a soñar.

Estaba claro que ocultaba algo, algo que se escondía en el sueño.

—Está bien. Espero que no sueñe más pero, si vuelve de nuevo, prometa contármelo, ¿de acuerdo? No se lo pregunto por curiosidad, sino porque creo que hablar de ello puede servirle de ayuda.

Me contestó con solemnidad:

—No se preocupe. Si vuelvo a soñar, le prometo que se lo contaré todo.

Intenté distraerle con cosas más mundanas. Preparé la cena y la compartí con él, incluido el contenido del termo. Después de un rato, se tranquilizó. Me encendí un puro, le di otro a él, y fumamos durante una hora y hablamos de muchos temas. Poco a poco la placidez que sentía su cuerpo se adueñó de su mente, y pude ver cómo las dulces manos del sueño le acariciaban los párpados. También él las sintió. Me dijo que se sentía mejor y que podía dejarle e irme tranquilo, pero le dije que iba a esperar a que amaneciera. Encendí la otra vela y empecé a leer, mientras él se quedaba dormido. Poco a poco me fui ensimismando de tal forma en la lectura que casi se me caía el libro de las manos. Miré y comprobé que Jacob seguía dormido. Me agradó ver en su rostro una expresión de felicidad poco habitual, mientras parecía que sus labios pronunciaban palabras mudas. Regresé de nuevo a la lectura, y me volví a despertar aterrado por una voz que procedía de la cama que estaba junto a mí.

—¡Con esas manos ensangrentadas no, nunca, nunca!

Le miré y me di cuenta de que seguía dormido. Sin embargo, se despertó al instante y no pareció sorprenderse de verme. De nuevo había en él esa extraña indiferencia. Entonces, le dije:

—Settle, cuénteme su sueño. Puede hablar sin miedo. No contaré nada. Mientras vivamos los dos, jamás contaré lo que va a decirme.

—Prometí que se lo contaría, pero es mejor que conozca antes la historia. Así podrá comprenderlo mejor. En mi juventud, fui profesor. Trabajaba en una escuela en una pequeña ciudad del Suroeste de Inglaterra. No hace falta mencionar su nombre. Es mejor que no. Me prometí en matrimonio con una joven a la que amaba y casi adoraba.

»Pero ocurrió lo de siempre. Mientras esperábamos el momento en que pudiésemos tener una casa donde vivir juntos, apareció otro hombre. Tenía casi los mismos años que yo. Era elegante y amable. Tenía todos los atractivos que adoran las mujeres de nuestra clase. Mientras yo estaba trabajando en la escuela, él iba a pescar y ella se encontraba con él. Intenté convencerla, incluso llegué a implorarle que le dejase. Le prometí casarme con ella enseguida y marcharnos de allí, comenzar una nueva vida en un lugar diferente. Pero jamás habría escuchado nada de lo que yo le hubiera dicho. Estaba perdidamente enamorada de él.

»A continuación, decidí hablar con aquel hombre para que la tratara bien. Pensé que la quería y que no habría posibilidad alguna de convencerle. Me dirigí a donde sabía que podría encontrarme con él a solas, y mis temores se confirmaron.

Jacob Settle tuvo que hacer una pausa; parecía como si tuviera algo que le molestara en la garganta. Casi jadeaba al respirar. Después continuó:

—Señor, pongo a Dios por testigo, juro por Dios que no me movía ningún pensamiento egoísta. Amaba tanto a mi querida Mabel que me conformaba con solo una parte de su amor. Había pensado demasiado en mi desgracia como para no darme cuenta de que no tenía nada que hacer. Aquel hombre se comportó de forma insolente conmigo. Usted, señor, que es un caballero, tal vez no sepa lo humillante que puede llegar a ser la insolencia de alguien que se cree superior a ti. Pero conseguí soportarlo. Le supliqué que tratase bien a la joven. Le advertí que si lo que buscaba era simplemente diversión, no iba a conseguir sino romperle el corazón.

»No me preocupaba que ella no le quisiera sino que sufriera. No quería que fuese desgraciada. Pero cuando le pregunté cuándo pensaba casarse con ella, su risa me hizo perder los nervios. Le dije que no me iba a cruzar de brazos para ver cómo mi amada era infeliz. Él también se enfureció y, en su furia, dijo tales crueldades de ella que juré que no iba permitir que siguiera vivo para hacerle daño a mi amada. Solo Dios sabe cómo ocurrió. En esos momentos de ofuscación es difícil recordar cómo se pasa de las palabras a las manos. De repente, me encontré de pie junto a su cadáver. Tenía las manos manchadas del color carmesí de la sangre que le brotaba del cuello roto. Estábamos solos. Él era forastero, ningún familiar le buscaría. Sus huesos deben de estar aún en la represa del río donde lo arrojé. Su ausencia no levantó sospechas. Nadie preguntó por él, excepto mi pobre Mabel, pero no se atrevió a hablar. Mis esfuerzos no valieron de nada. Tras ausentarme durante unos meses, no podía seguir viviendo en aquel lugar, comprendí que la vergüenza había sido la causa de su muerte. Hasta la fecha pensaba que con aquel acto terrible había conseguido salvar su futuro pero, cuando supe que había llegado demasiado tarde y que mi pobre amada estaba manchada con el pecado de aquel hombre, me invadió un sentimiento de culpabilidad tal que no pude sobrellevarlo.

»Señor, usted, que nunca ha cometido un pecado como aquel, no sabe lo que es cargar con ello. Quizá piense que la rutina puede hacerlo más llevadero, pero no es así. Crece y crece con cada hora que pasa, hasta que se hace insoportable.

»Y con él crece también la seguridad de que ya no hay sitio para mí en el Cielo. Usted no sabe lo que es sentir esto, y le pido a Dios que nunca llegue a sentirlo. Los hombres normales, para los que todo es posible, no suelen pensar en el Cielo. Para ellos el Cielo no es más que una palabra, nada más. Se sienten satisfechos con esperar y dejar que las cosas sigan su curso. Pero para los que estamos condenados a quedarnos fuera para siempre, no puede imaginarse lo que significa, no puede adivinar el eterno deseo de ver las puertas abiertas y de acompañar a las figuras blancas que hay dentro. Ese es mi sueño. Veo la entrada delante de mí. Tiene unas enormes puertas de acero, con unos barrotes del grosor de un mástil, que se alzan hasta las mismísimas nubes. Los barrotes están tan juntos unos de otros que entre ellos solo se alcanza a ver una gruta de cristal, en cuyos brillantes muros están talladas muchas figuras con vestiduras blancas cuyos rostros irradian alegría. Cuando estoy frente a la puerta, mi corazón y mi alma se encuentran tan extasiados y tan llenos de deseo que me olvido de todo. Y allí, junto a la puerta, hay dos poderosos ángeles que agitan sus alas con una mirada terriblemente grave. Cada uno de ellos sostiene en una mano una espada llameante y en la otra lleva un manojo de llaves que mueve suavemente de un lado a otro. Más cerca hay unas figuras cubiertas de negro, con la cabeza tapada por completo, solo se les ven los ojos. A todo aquel que llega le dan unas vestiduras blancas como las que llevan los ángeles. Un suave murmullo anuncia que todos deben ponerse la túnica, que no deben mancharla o, de lo contrario, los ángeles no les dejarán pasar y les golpearán con las espadas. Yo estoy ansioso por ponerme mi túnica; rápidamente me la echo por encima y voy corriendo hacia la puerta. No se mueve. Los ángeles abren la cerradura y señalan mi túnica. Yo miro hacia abajo y me horrorizo al verla toda ella manchada de sangre.

»Mis manos están rojas, brillan con la sangre que gotea de ellas, igual que ocurrió aquel día en la ribera del río. Y, entonces, los ángeles alzan sus ardientes espadas para acabar conmigo. Me invade un terror enorme y me despierto. Una y otra vez, este sueño regresa una y otra vez. Nunca aprendo del sueño anterior, nunca lo recuerdo. Al empezar a soñar, la esperanza siempre está ahí presente para hacer que el final sea cada vez más cruel. Sé que este sueño no viene de la oscuridad de la que provienen el resto de los sueños, Dios me lo envía como castigo. Nunca, nunca seré capaz de atravesar la puerta. La mancha de mi túnica siempre vendrá de estas manos asesinas.

Escuché medio hechizado las palabras de Jacob Settle. Había algo extraño en el tono de su voz, algo tan místico y ensoñador en sus ojos que me atravesaban como un espíritu del más allá, algo tan solemne en su acento y en tan marcado contraste con su ropa raída y la pobreza que le rodeaba que llegué a pensar que todo aquello no era más que un sueño.

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9783969441077
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