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BILL BRYSON

EL CUERPO HUMANO

Guía para ocupantes

Traducción de

FRANCISCO J. RAMOS MENA


Título original inglés: The Body.

Autor: Bill Bryson.

Publicado por primera vez en Gran Bretaña en 2019 por Doubleday, un sello de Transworld Publishers.

© Bill Bryson, 2019.

© de la traducción: Francisco J. Ramos Mena, 2020.

The Poems of Emily Dickinson: Variorum Edition, editado por Ralph W. Franklin, Cambridge, Massachusetts: The Belknap Press of Harvard University Press, copyright © 1998, del Presidente y miembros de Harvard College. Copyright © 1951 y 1955, del Presidente y miembros de Harvard College. Copyright © renovado en 1979 y 1983, del presidente y miembros del Harvard College. Copyright © 1914, 1918, 1919, 1924, 1929, 1930, 1932, 1935, 1937 y 1942, de Martha Dickinson Bianchi. Copyright © 1952, 1957, 1958, 1963 y 1965, de Mary L. Hampson.

Ilustraciones: Neil Gower.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2020.

REF.: ODBO666

ISBN: 9788491876267

GRAFIME • COMPOSICIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

A LOTTIE.

BIENVENIDA TÚ TAMBIÉN.

CONTENIDO

1  1. Cómo construir un humano

2  2. El exterior: la piel y el pelo

3  3. El yo microbiano

4  4. El cerebro

5  5. La cabeza

6  6. ¡Salud!: la boca y la garganta

7  7. El corazón y la sangre

8  8. El departamento de química

9  9. En la sala de disección: el esqueleto

10  10. ¡En marcha!: bipedación y ejercicio

11  11. Equilibrio

12  12. El sistema inmunitario

13  13. ¡Respire hondo!: los pulmones y la respiración

14  14. El placer del buen comer

15  15. Las tripas

16  16. El sueño

17  17. Las partes pudendas

18  18. En el principio: la concepción y el nacimiento

19  19. Los nervios y el dolor

20  20. Cuando las cosas se ponen feas: las enfermedades

21  21. Cuando las cosas se ponen muy feas: el cáncer

22  22. Buena y mala medicina

23  23. El final

24  Notas

25  Bibliografía

26  Agradecimientos

27  Créditos de las fotografías

1 CÓMO CONSTRUIR UN HUMANO


¡Cuán semejante a un dios!

WILLIAM SHAKESPEARE,

Hamlet

Hace mucho, cuando cursaba los primeros años de secundaria en una escuela estadounidense, recuerdo que un maestro de biología me enseñó que todas las sustancias químicas que componen un cuerpo humano podían comprarse en una droguería más o menos por unos 5 dólares. No recuerdo la cifra exacta: puede que fueran 2,97 dólares, o tal vez 13,50; pero desde luego era muy poco dinero aun para la década de 1960, y recuerdo que me quedé perplejo ante la idea de que se pudiera fabricar un ser desgarbado y lleno de granos como yo por prácticamente nada.

Fue una revelación tan tremendamente humillante que no me ha abandonado desde entonces. Pero la cuestión es: ¿era cierto? ¿De verdad valemos tan poco?

Muchos expertos (lo que quizá cabría definir mejor como «estudiantes universitarios de ciencias que no tienen con quien salir un viernes») han intentado calcular en varias ocasiones, casi siempre por diversión, cuánto costarían los materiales necesarios para construir un humano. Probablemente, el intento más respetable y exhaustivo emprendido en los últimos años sea el que realizó la Real Sociedad de Química del Reino Unido (RSC, por sus siglas en inglés) cuando, en el marco del Festival de Ciencia de Cambridge de 2013, calculó cuánto costaría reunir todos los elementos necesarios para construir al actor Benedict Cumberbatch (ese año Cumberbatch fue el director invitado del festival, y, convenientemente, resultaba ser un humano del tamaño apropiado).

Según los cálculos de la RSC, hacen falta un total de 59 elementos para construir un ser humano.1 Seis de ellos —carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo— representan el 99,1 % de lo que somos, pero una buena parte de los materiales restantes resultan un tanto inesperados. ¿Quién habría pensado que estaríamos incompletos sin un poco de molibdeno en nuestro cuerpo, o de vanadio, manganeso, estaño y cobre? Hay que decir que nuestros requisitos con respecto a algunos de esos elementos son increíblemente modestos y se miden en partes por millón o incluso en partes por mil millones. Por ejemplo, solo necesitamos 20 átomos de cobalto y 30 de cromo por cada 999.999.999,5 átomos de todo lo demás.2

El principal componente de cualquier ser humano, que ocupa el 61 % del espacio disponible, es el oxígeno. Puede parecer un tanto contrario a la intuición que estemos compuestos casi en dos terceras partes de un gas inodoro. La razón de que no seamos livianos e hinchables como un globo es que el oxígeno está en su mayor parte combinado con hidrógeno (que representa otro 10 % de nosotros) para formar agua; y el agua, como sabrá el lector si alguna vez ha intentado mover una piscina infantil o simplemente caminar con la ropa mojada, resulta sorprendentemente pesada. No deja de ser un poco irónico que dos de los elementos más ligeros de la naturaleza, el oxígeno y el hidrógeno, cuando se combinan formen uno de los más pesados, pero tal es nuestra naturaleza. El oxígeno y el hidrógeno también son dos de los elementos más baratos que contenemos. Según la RSC, todo el oxígeno de nuestro cuerpo saldría por solo 8,90 libras,* y el hidrógeno por 16 (suponiendo que tengamos más o menos la complexión de Benedict Cumberbatch). El nitrógeno (el 2,6 % de nosotros) aún nos sale mejor de precio, a solo 0,27 libras por cuerpo. Pero a partir de aquí las cosas se encarecen bastante.

Necesitamos unos 13,5 kilogramos de carbono, y, según la RSC, eso nos costaría 44.300 libras (la institución solo contempla las formas más puras de todos los elementos: nunca harían un humano con materiales baratos). El calcio, el fósforo y el potasio, aunque necesarios en cantidades mucho más pequeñas, nos saldrían en total por otras 47.000 libras. La mayor parte del resto de los elementos resultan aún más costosos por unidad de volumen, pero por fortuna solo se necesitan en cantidades microscópicas. El torio sale a casi 2.000 libras el gramo, pero constituye únicamente el 0,0000001 % de nosotros, por lo que podemos comprar la cantidad necesaria para un cuerpo por solo 0,21. Todo el estaño que necesitamos puede ser nuestro por menos de 0,04 libras, mientras que el circonio y el niobio nos costarán solo 0,02 cada uno. Al parecer, no merece la pena cobrar por el 0,000000007 % de nosotros que representa el samario, ya que en las cuentas de la RSC aparece reflejado con un coste cero.

De los 59 elementos que contenemos, 24 se conocen tradicionalmente como «elementos esenciales», puesto que, de hecho, no podemos prescindir de ellos. El resto viene a ser como un cajón de sastre. Algunos resultan claramente beneficiosos; otros pueden serlo, pero todavía no estamos seguros de en qué manera; otros no son perjudiciales ni beneficiosos, pero simplemente están ahí, por así decirlo; y algunos son claramente malos. El cadmio, por ejemplo, es el vigésimo tercer elemento más común en el cuerpo y constituye el 0,1 % de su volumen, pero resulta extremadamente tóxico. Lo tenemos no porque nuestro cuerpo lo anhele, sino porque penetra en las plantas desde el suelo y luego pasa a nosotros cuando las ingerimos. Si uno vive, por ejemplo, en Norteamérica, probablemente ingiere alrededor de 80 microgramos de cadmio al día, y ni uno solo de ellos le hace ningún bien.

Todavía no hemos logrado entender del todo una sorprendente proporción de lo que ocurre en este nivel elemental. Cojamos casi cualquier célula del cuerpo y tendremos un millón o más de átomos de selenio, pero hasta hace poco nadie tenía ni idea de por qué estaban ahí. Hoy sabemos que el selenio produce dos enzimas vitales cuya deficiencia se ha asociado a hipertensión, artritis, anemia, algunos tipos de cáncer e incluso, posiblemente, una reducción del número de espermatozoides.3 De modo que no hay duda de que es una buena idea tener un poco de selenio en nuestro cuerpo (se encuentra sobre todo en las nueces, el pan integral y el pescado), pero, por otra parte, si ingerimos demasiado puede envenenar irremediablemente el hígado.4 Al igual que ocurre con muchos otros aspectos de la vida, alcanzar el equilibrio correcto es un asunto delicado.

En conjunto, según la RSC, el coste total de construir un nuevo ser humano utilizando al servicial Benedict Cumberbatch como plantilla sería de exactamente 96.546,79 libras.* Obviamente, la mano de obra y el IVA incrementarían aún más los costes. Con suerte, conseguir un Benedict Cumberbatch para llevarse a casa podría salirnos por menos de unas 200.000 libras; no es que sea una enorme fortuna, dentro de lo que cabe, pero, desde luego, tampoco es el puñado de dólares que sugería mi maestro de secundaria. Dicho esto, añadamos que en 2012, Nova, un programa científico de la red de televisión pública estadounidense PBS que lleva mucho tiempo en antena, realizó un análisis exactamente equivalente en uno de sus episodios, titulado «Hunting the Elements», y calculó que el valor de los componentes fundamentales del cuerpo humano era de 168 dólares, lo cual ilustra un hecho que se hará ineludible conforme avance este libro: que, en lo que respecta al cuerpo humano, a menudo los detalles resultan sorprendentemente inciertos.5

Pero, obviamente, en realidad eso apenas importa: por más que paguemos o por más esmero que pongamos en ensamblar los materiales, no crearemos un ser humano. Podríamos reunir a las personas más inteligentes que viven actualmente o han vivido alguna vez y dotarlas de la suma completa de todo el conocimiento humano, y ni aun así podrían crear entre todas una sola célula viva, por no hablar de un replicante Benedict Cumberbatch.

Esto es, sin duda, lo más asombroso de nosotros: que somos solo una colección de componentes inertes, los mismos que uno encontraría en un montón de tierra. Ya lo he dicho antes en otro libro, pero creo que merece la pena repetirlo: lo único que tienen de especial los elementos que nos configuran es el hecho de que nos configuran. Ese es el milagro de la vida.

Pasamos nuestra existencia dentro de esta carne cálida y bamboleante y, sin embargo, apenas le prestamos atención. ¿Cuántos de nosotros sabemos siquiera aproximadamente dónde está el bazo o para qué sirve? ¿O la diferencia entre los tendones y los ligamentos? ¿O qué función tienen los ganglios linfáticos? ¿Cuántas veces al día cree que parpadea? ¿Quinientas? ¿Mil? Seguro que no tiene ni idea. Bueno, pues parpadea 14.000 veces al día; tantas que en total tenemos los ojos cerrados durante veintitrés minutos diarios en nuestro horario de vigilia.6 Sin embargo, no hemos de pensar en ello para nada, puesto que cada segundo de cada día nuestro cuerpo realiza una cantidad literalmente inconmensurable de tareas: puede que un cuatrillón, un nonillón, un quindecillón, un vigintillón (son medidas reales)… En cualquier caso, es una cifra que va mucho más allá de lo imaginable, sin requerir nuestra atención ni un solo instante.

En el segundo de tiempo transcurrido más o menos desde que ha empezado a leer esta frase su cuerpo ha producido un millón de glóbulos rojos. Ya están desplazándose a toda prisa por su interior, circulando por sus venas, manteniéndolo vivo. Cada uno de esos glóbulos rojos recorre vibrando nuestro cuerpo unas 150.000 veces, transportando oxígeno repetidamente a las células, y luego, magullado e inútil, se entregará a otras células para ser silenciosamente eliminado por nuestro bien mayor.

En total, se necesitan siete mil billones de billones de átomos (es decir, 7.000.000.000.000.000.000.000.000.000, o siete mil cuatrillones) para formar a uno de nosotros. Nadie sabe por qué esos siete mil billones de billones de átomos tienen un deseo tan urgente de ser nosotros. Al fin y al cabo, no son más que partículas mecánicas, sin que exista un solo pensamiento o noción entre ellas. Sin embargo, de alguna manera, durante el tiempo de su existencia construirán y mantendrán todos los innumerables sistemas y estructuras necesarios para mantenernos a pleno rendimiento, para que nosotros seamos nosotros, para darnos forma y configuración, y para permitirnos disfrutar de esa rara y extremadamente agradable condición conocida como vida.

Esta es una tarea mucho más ingente de lo que parece. Una vez «desplegados», resultamos ser realmente enormes. Nuestros pulmones, extendidos, cubrirían una pista de tenis, y las vías respiratorias que contienen llegarían de Londres a Moscú. La longitud de todos nuestros vasos sanguíneos daría dos veces y media la vuelta al mundo.7 Pero la parte más extraordinaria de todas es nuestro ADN. Tenemos un metro de él empaquetado en cada célula, y tantas células que, si empalmáramos todo el ADN de nuestro cuerpo en una única y fina hebra, esta se extendería a lo largo de más de 15.000 millones de kilómetros, más allá de Plutón.8 Piense en ello: hay lo suficiente de usted como para abandonar el sistema solar. Somos, en el sentido más literal, seres cósmicos.

Pero nuestros átomos no son más que elementos de construcción, y en sí mismos no están vivos. No es nada fácil decir dónde empieza la vida exactamente. La unidad básica de la vida es la célula: en eso todo el mundo está de acuerdo. La célula está llena de cosas que bullen de actividad —ribosomas y proteínas, ADN, ARN, mitocondrias y muchos otros arcanos microscópicos—, pero ninguna de ellas está viva en sí misma. La propia célula es solo un compartimento —una especie de pequeña habitación: una celda (como indica su etimología)— que las contiene, y de por sí es tan inanimada como cualquier otra habitación. Sin embargo, de alguna manera, cuando todo eso se junta tenemos vida. Esa es la parte que se escapa a la ciencia. Y espero que siempre lo haga.

Lo que quizá resulta más extraordinario es que no hay nadie al mando. Cada componente de la célula responde a las señales de otros componentes, todos chocan y se empujan entre sí como otros tantos autos de choque, pero, de algún modo, todo ese movimiento aleatorio se traduce en una acción fluida y coordinada, no solo dentro de la célula, sino en todo el cuerpo, en la medida en que las células se comunican con otras células situadas en diferentes partes de nuestro cosmos personal.

El corazón de la célula es el núcleo. Este contiene el ADN celular: un metro de él, como ya hemos señalado, estrujado en un espacio que podríamos calificar muy bien de infinitesimal. La razón de que pueda caber tal cantidad de ADN en el núcleo celular es que este es extremadamente delgado:9 se necesitarían 20.000 millones de hebras de ADN colocadas una al lado de otra para obtener el grosor del más fino cabello humano. Cada una de las células del cuerpo (estrictamente hablando, cada una de las células que tienen núcleo) contiene dos copias de nuestro ADN. De ahí que tengamos el suficiente para llegar a Plutón y más allá.

El ADN existe con un único propósito: crear más ADN. Nuestro ADN no es más que un manual de instrucciones para fabricarnos. Una molécula de ADN —como seguramente recordará el lector de innumerables programas de televisión, si no de las clases de biología en la escuela— está formada por dos hebras unidas por peldaños que forman la famosa escalera de caracol conocida como doble hélice. Un tramo de ADN se divide en segmentos llamados cromosomas y unidades individuales más cortas llamadas genes. La suma de todos los genes forma el genoma.

El ADN es extremadamente estable. Puede durar decenas de miles de años. Hoy es lo que permite a los científicos llegar a conocer la antropología del pasado más remoto. Probablemente, nada de lo que el lector posee en este momento —ni una carta, ni una joya ni una preciada reliquia familiar— seguirá existiendo dentro de mil años, pero casi con toda certeza su ADN seguirá estando en algún sito, y podría recuperarse simplemente si alguien se tomara la molestia de buscarlo. El ADN transmite información con una fidelidad extraordinaria: solo comete un error aproximadamente por cada mil millones de letras copiadas. Aun así, eso representa alrededor de tres errores, o mutaciones, por cada división celular. El cuerpo puede ignorar la mayoría de esas mutaciones, pero algunas, de vez en cuando, adquieren una persistente trascendencia. Eso es la evolución.

Todos los componentes del genoma tienen un único propósito: mantener vivo el linaje de nuestra existencia. No deja de ser una lección de humildad pensar que los genes que llevamos son inmensamente antiguos y posiblemente —al menos hasta ahora— eternos. Nosotros moriremos y desapareceremos, pero nuestros genes seguirán y seguirán mientras nosotros y luego nuestros descendientes continúen produciendo descendencia. Y no deja de resultar pasmoso hacer la reflexión de que el linaje personal de cada uno de nosotros no se ha roto ni una sola vez en los 3.000 millones de años transcurridos desde que comenzó la vida. Para que usted o yo estemos aquí ahora, cada uno de nuestros antepasados ha tenido que transmitir con éxito su material genético a una nueva generación antes de extinguirse o de verse apartado de algún otro modo del proceso procreador. Es una auténtica cadena de éxitos.

Lo que hacen concretamente los genes es dar instrucciones para fabricar proteínas. La mayoría de las cosas útiles que hay en el cuerpo son proteínas. Algunas aceleran cambios químicos, y se conocen como enzimas. Otras, las hormonas, transmiten mensajes químicos. Otras atacan a los agentes patógenos: son los anticuerpos. La mayor de todas nuestras proteínas es la denominada titina, que ayuda a controlar la elasticidad muscular. Su nombre químico tiene 189.819 letras, lo que probablemente la convertiría en la palabra más larga de cualquier idioma si no fuera porque los diccionarios no admiten los nombres químicos.10 Nadie sabe cuántos tipos de proteínas tenemos, pero las estimaciones van de unos cientos de miles a un millón o más.11

La paradoja de la genética es que todos nosotros somos muy distintos, pero, no obstante, genéticamente casi idénticos. Todos los humanos comparten el 99,9 % de su ADN, y, aun así, no hay dos humanos iguales.12 Mi ADN y el del lector seguramente diferirán en tres o cuatro millones de lugares, lo cual es solo una pequeña proporción del total, pero suficiente para hacer que haya una gran diferencia entre nosotros.13 Cada uno de nosotros tiene asimismo alrededor de un centenar de mutaciones personales: tramos de instrucciones genéticas que no coinciden en absoluto con ninguno de los genes que nos transmitió ninguno de nuestros progenitores, sino que son exclusivamente nuestros.14

Cómo funciona exactamente todo esto sigue siendo en gran parte un misterio para nosotros. Solo un 2 % del genoma humano codifica proteínas, lo cual equivale a decir que solo el 2 % hace algo demostrable e inequívocamente práctico, pero se ignora por completo qué hace el resto. Parece ser que una gran parte simplemente está ahí, como las pecas en la piel, pero hay otra parte cuya presencia carece de sentido. Hay una breve secuencia concreta, conocida como secuencia Alu, que se repite más de un millón de veces a lo largo de nuestro genoma, en ocasiones incluso en medio de importantes genes responsables de la codificación de proteínas.15 Por lo que sabemos hasta ahora es un auténtico galimatías, y, sin embargo, constituye el 10 % de todo nuestro material genético. A esa parte misteriosa se la llamó durante un tiempo «ADN basura», aunque actualmente se le da el nombre, más elegante, de «ADN oscuro», lo que significa que no sabemos qué hace o por qué está ahí. Parte de él está involucrado en la regulación de los genes, pero la función del resto permanece en su mayoría por determinar.

Con frecuencia se compara el cuerpo con una máquina, pero en realidad es mucho más que eso: trabaja las veinticuatro horas del día durante décadas sin necesidad (en su mayor parte) de un mantenimiento regular o la instalación de piezas de repuesto; funciona con agua y unos cuantos compuestos orgánicos; es suave y bastante bonito; resulta convenientemente móvil y flexible; se reproduce con entusiasmo; cuenta chistes, siente afecto, y sabe apreciar una encendida puesta de sol y una refrescante brisa. ¿Cuántas máquinas conoce que sean capaces de hacer algo de eso? No hay ninguna duda: somos una auténtica maravilla. Pero hay que decir que, entonces, también lo es una lombriz de tierra.

¿Y cómo celebramos el esplendor de nuestra existencia? Bueno, la mayoría de nosotros haciendo el mínimo ejercicio y comiendo el máximo. Piense en toda la basura que se mete por la garganta y cuánto tiempo de su vida pasa despatarrado en estado semivegetativo frente a una pantalla brillante. Y, sin embargo, de alguna forma milagrosa nuestros cuerpos nos cuidan, extraen nutrientes de los variados alimentos que nos llevamos a la boca y se las ingenian para mantenernos de una pieza, generalmente a un nivel bastante bueno, durante décadas. Suicidarse mediante el estilo de vida requiere años.

Aunque lo hagamos casi todo mal, nuestro cuerpo nos mantiene y preserva. La mayoría de nosotros somos testimonio de ello de una u otra forma. Cinco de cada seis fumadores no contraen cáncer de pulmón.16 La mayoría de las personas que integran el grupo de los principales candidatos para sufrir ataques cardiacos no sufren ataques cardiacos. Se estima que cada día entre una y cinco de nuestras células se vuelven cancerosas, pero el sistema inmunitario las captura y las mata.17 Piense en ello. Un par de docenas de veces a la semana, que son más de mil veces al año, contraemos la enfermedad más temida de nuestra época, y en cada una de esas ocasiones nuestro cuerpo nos salva. Desde luego, muy de vez en cuando un cáncer se convierte en algo más grave, y puede que nos mate, pero en términos generales los cánceres son raros: la mayoría de las células del cuerpo se replican miles y miles de millones de veces sin equivocarse. Puede que el cáncer sea una causa común de mortalidad, pero no constituye un suceso común en la vida.

Nuestro cuerpo es un universo de 37,2 billones de células* que operan en sincronía más o menos perfecta durante más o menos todo el tiempo.18 En condiciones normales, un dolor, una punzada de indigestión, algún que otro cardenal o grano es lo único que revela nuestro carácter imperfecto. Hay miles de cosas que pueden matarnos —algo más de 8.000, según la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud que elabora la Organización Mundial de la Salud—, y podemos escapar de todas ellas excepto de una. Para la mayoría de nosotros, no es un mal resultado.19

Sabe Dios que no somos perfectos, ni mucho menos. Tenemos las muelas del juicio retenidas porque hemos desarrollado unas mandíbulas demasiado estrechas para dar cabida a todos los dientes de los que estamos dotados, y la pelvis demasiado pequeña para dejar pasar a los hijos sin sufrir un dolor atroz. Somos irremediablemente susceptibles al dolor de espalda. Tenemos órganos que en su mayoría no son capaces de repararse a sí mismos. Si un pez cebra sufre una lesión en el corazón, desarrolla tejido nuevo; si nos pasa a nosotros, bueno, ¡mala suerte! Casi todos los animales producen su propia vitamina C, pero nosotros no podemos: llevamos a cabo casi todo el proceso, salvo, inexplicablemente, el último paso, la producción de una única enzima.20

El milagro de la vida humana no es que tengamos algunas debilidades, sino que no nos veamos superados por ellas. No olvide que nuestros genes provienen de ancestros que durante la mayor parte del tiempo ni siquiera fueron humanos. Algunos de ellos eran peces; otros muchos eran pequeños y peludos, y vivían en madrigueras. Tales son los seres de los que hemos heredado nuestro plan corporal. Somos el producto de 3.000 millones de años de ajustes evolutivos. Sin duda todos estaríamos mucho mejor si pudiéramos empezar de cero y dotarnos de un cuerpo construido para nuestras necesidades específicas de Homo sapiens: caminar erguidos sin destrozarnos las rodillas y la espalda, tragar sin tener un elevado riesgo de atragantarnos, producir bebés como una máquina expendedora… Pero no fuimos construidos para eso. Iniciamos nuestro viaje a través de la historia en forma de gotas unicelulares flotando en mares cálidos y poco profundos. Desde entonces todo ha sido un accidente prolongado e interesante, pero a la vez extremadamente glorioso, como espero que dejen patente las páginas siguientes.

2 EL EXTERIOR: LA PIEL Y EL PELO


La belleza se queda solo a flor de piel,

pero la fealdad llega hasta los huesos.

DOROTHY PARKER

I

Puede que resulte un poco sorprendente si se piensa, pero nuestra piel es nuestro mayor órgano, y posiblemente el más versátil. Mantiene las tripas dentro y las cosas malas fuera. Amortigua los golpes. Nos proporciona el sentido del tacto, brindándonos placer, calor, dolor y casi todo lo que nos convierte en seres vitales. Produce melanina para protegernos de los rayos del sol. Se repara cuando la maltratamos. Es la responsable de cuanta belleza logremos poseer. Cuida de nosotros.

El nombre formal con el que se denomina la piel es sistema cutáneo. Su tamaño es de unos dos metros cuadrados, y su peso total suele oscilar entre los 4,5 y los 7 kilos, aunque, obviamente, ello depende de nuestra estatura y de la cantidad de culo y barriga que necesite envolver. Es más fina en los párpados (con solo unos 0,025 milímetros de grosor), y más gruesa en la palma de las manos y la planta de los pies. A diferencia de un corazón o un riñón, la piel nunca falla. «Nuestras costuras no revientan ni tenemos fugas espontáneas», sostiene Nina Jablonski, profesora de antropología en la Universidad Estatal de Pensilvania, que es la decana de todo lo relacionado con la piel.1

La piel está formada por una capa interna llamada dermis y una externa que recibe el nombre de epidermis. La superficie más externa de la epidermis, la denominada capa córnea, está compuesta íntegramente de células muertas. Resulta una idea fascinante que justo aquello que nos hace más encantadores esté muerto. Allí donde el cuerpo se encuentra con el aire, todos somos cadáveres. Esas células externas de la piel se reemplazan cada mes. Perdemos piel de manera copiosa, casi irresponsable: unos 25.000 «copos» por minuto, es decir, más de un millón cada hora.2 Si pasa el dedo por un estante polvoriento, en gran medida estará abriendo camino a través de fragmentos de su antiguo yo. Nos convertimos en polvo de forma tan discreta como implacable.

A esos «copos» de piel se los denomina propiamente escamas. Cada uno de nosotros deja tras de sí alrededor de medio kilo de polvo al año. Si quemáramos el contenido de la bolsa de nuestro aspirador, el tufo predominante sería ese inconfundible olor a chamusquina que asociamos al cabello quemado.3 La razón es que la piel y el cabello están hechos básicamente del mismo material: queratina.

Debajo de la epidermis se encuentra la dermis, una capa más fértil donde residen todos los sistemas activos de la piel: vasos sanguíneos y linfáticos, fibras nerviosas, las raíces de los folículos pilosos, los depósitos glandulares del sudor y el sebo… Debajo de esta hay una capa subcutánea —que técnicamente no forma parte de la piel— donde se almacena la grasa. Aunque no pertenezca al sistema cutáneo, es una parte importante del cuerpo, dado que almacena energía, proporciona aislamiento y mantiene unida la piel al cuerpo que hay debajo.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos poros tenemos en la piel, pero lo cierto es que estamos seriamente perforados. La mayoría de las estimaciones sugieren que tenemos entre dos y cinco millones de folículos pilosos, y quizá el doble de glándulas sudoríparas. Los folículos realizan una doble función: hacer brotar pelos y secretan sebo (en las glándulas sebáceas) que, mezclado con el sudor, forma una capa oleosa en la superficie. Esto contribuye a mantener la piel suave y a la vez hacerla inhóspita para muchos organismos extraños. A veces los poros se bloquean con pequeños tapones de piel muerta y sebo seco, formando las denominadas espinillas. Si además el folículo se infecta y se inflama, el resultado son esos granos que tanto atemorizan a los adolescentes. Los jóvenes tienen granos simplemente porque sus glándulas sebáceas —como todas sus glándulas— son sumamente activas. Cuando esa afección se cronifica, el resultado es el acné, un término de origen bastante incierto.4 Parece estar relacionado con la palabra griega acme, que hace referencia a un logro elevado y admirable, lo cual con toda seguridad no es precisamente un rostro lleno de granos. No está nada claro cómo ambos conceptos llegaron a hermanarse, y se barajan varias hipótesis, entre ellas la de un posible error tipográfico.

La dermis también contiene una serie de receptores que nos mantienen literalmente en contacto con el mundo: si una ligera brisa juguetea en nuestra mejilla, son los corpúsculos de Meissner* los que nos lo hacen saber; cuando tocamos un plato caliente con la mano, son los de Ruffini lo que ponen el grito en el cielo; las células de Merkel responden a la presión constante; los corpúsculos de Pacini, a la vibración.

Los corpúsculos de Meissner son los favoritos de todo el mundo. Detectan el más ligero roce y son particularmente abundantes en nuestras zonas erógenas y otras áreas de sensibilidad acrecentada: las yemas de los dedos, los labios, la lengua, el clítoris, el pene, etc.5 Reciben su nombre del anatomista alemán Georg Meissner, a quien se atribuye su descubrimiento en 1852, aunque su colega Rudolf Wagner afirmó que en realidad el descubridor era él. Los dos hombres riñeron por el asunto, demostrando que en la ciencia no hay ningún detalle demasiado pequeño que no sea capaz de suscitar animosidad.

Todos estos receptores están exquisitamente sintonizados para permitirnos sentir el mundo. Un corpúsculo de Pacini puede detectar un movimiento de solo 0,00001 milímetros, que en la práctica viene a ser como no moverse en absoluto. Es más: ni siquiera requieren contacto físico con el material que están interpretando. Como señala David J. Linden en su libro Touch, si hundes una pala en grava o en arena, puedes percibir la diferencia entre ambas, a pesar de que lo único que tocas es la pala.6 Curiosamente, no tenemos ningún receptor para detectar la humedad:7 solo disponemos de sensores térmicos para guiarnos; de ahí que, cuando nos sentamos en un lugar húmedo, generalmente no podemos saber si realmente está húmedo o tan solo frío.

Las mujeres lo tienen mucho mejor que los hombres en lo relativo a la sensibilidad táctil de los dedos, pero posiblemente sea solo porque tienen las manos más pequeñas y, por ende, una red de sensores más densa.8 Un aspecto interesante del tacto es que el cerebro no solo nos dice qué sensación nos produce algo, sino qué sensación debería producirnos. De ahí que la caricia de un amante nos produzca una sensación maravillosa, pero el mismo roce por parte de un extraño nos resulte repugnante u horrible. También es por eso por lo que nos resulta tan difícil hacernos cosquillas a nosotros mismos.

Uno de los momentos más memorables e inesperados que experimenté cuando escribía este libro fue en una sala de disección de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nottingham, cuando un profesor y cirujano llamado Ben Ollivere (sobre el que diré mucho más a su debido tiempo) hizo una cuidadosa incisión y arrancó una tirilla de piel de aproximadamente un milímetro de grosor del brazo de un cadáver. Era tan delgada que resultaba translúcida. «Aquí —nos dijo— es donde está todo el color de la piel. A esto se reduce la raza: a una tirilla de epidermis».

Le mencioné el tema a Nina Jablonski cuando nos reunimos poco después en su despacho en State College, Pensilvania. Ella asintió con un vigoroso movimiento de cabeza. «Es extraordinario que se dé tanta importancia a una faceta tan pequeña de nuestra composición —me dijo—. La gente actúa como si el color de la piel fuera un factor determinante del carácter, cuando no es más que una reacción a la luz solar. Biológicamente, no existe nada parecido a la raza; nada en términos de color de la piel, rasgos faciales, tipo de cabello, estructura ósea o cualquier otra cosa que sea una cualidad definitoria entre las personas. Y, sin embargo, fíjese en cuánta gente ha sido esclavizada, odiada, linchada o privada de sus derechos fundamentales a lo largo de la historia debido al color de su piel».

Jablonski, una mujer alta y elegante de cabello corto y plateado, trabaja en un despacho muy ordenado, en la cuarta planta del edificio de Antropología del campus de la Universidad Estatal de Pensilvania, pero su interés por la piel surgió hace casi treinta años, cuando era una joven primatóloga y paleobióloga en la Universidad de Australia Occidental, en Perth. Cuando preparaba una conferencia sobre las diferencias en el color de la piel en los primates y los humanos, se dio cuenta de que la información sobre el tema era asombrosamente escasa, y se embarcó en el que se convertiría en el estudio de su vida. «Lo que comenzó como un proyecto pequeño y bastante inocente terminaría abarcando gran parte de mi vida profesional», me explica. En 2006 escribió una obra muy respetada, Skin: A Natural History, a la que seguiría seis años después Living Color: The Biological and Social Meaning of Skin Color.

La cuestión del color de la piel resultaría ser científicamente más compleja de lo que nadie imaginaba. «Hay más de ciento veinte genes involucrados en la pigmentación de los mamíferos —explica Jablonski—, por lo que resulta realmente difícil desentrañarlo todo». Lo que sabemos es esto: la piel obtiene su color de una serie de pigmentos, el más importante de los cuales es una molécula denominada formalmente eumelanina, pero conocida universalmente como melanina.9 Es una de las moléculas más antiguas que se conocen en biología, y se encuentra en todo el mundo viviente. No solo colorea la piel: también da a las aves el color de sus plumas, a los peces la textura y luminiscencia de sus escamas, y a los calamares la negrura púrpura de su tinta. Incluso está involucrada en el proceso que hace que la fruta se vuelva marrón. En nuestro caso, también colorea el cabello. Su producción disminuye drásticamente a medida que envejecemos, y esa es la razón por la que el pelo de las personas mayores tiende a volverse gris.10

«La melanina es un excelente protector solar natural —explica Jablonski—. Se produce en unas células llamadas melanocitos. Todos nosotros, sea cual sea nuestra raza, tenemos el mismo número de melanocitos. La diferencia está en la cantidad de melanina que producen».11 La melanina suele responder a la luz solar de manera bastante irregular, lo que da lugar a las pecas, técnicamente denominadas efélides.12

El color de la piel constituye un ejemplo clásico de lo que se conoce como evolución convergente, es decir, la existencia de resultados evolutivos similares en dos o más ubicaciones distintas. Las personas, pongamos por caso, de Sri Lanka y la Polinesia tienen la piel de color marrón claro no porque exista un vínculo genético directo entre ellas, sino porque evolucionaron independientemente para lidiar con las condiciones en las que vivían, que son similares. Antes se creía que la despigmentación probablemente tardaba entre 10.000 y 20.000 años en producirse; pero hoy, gracias a la genómica, sabemos que puede ocurrir mucho más deprisa, probablemente en solo 2.000 o 3.000 años. También sabemos que es un proceso que se ha producido repetidamente. La piel de color claro —o «piel despigmentada», como la llama Jablonski— ha evolucionado al menos en tres ocasiones distintas en la Tierra. La bonita gama de tonos que poseemos los humanos obedece a un proceso constantemente cambiante. En palabras de Jablonski: «Estamos en medio de un nuevo experimento en la evolución humana».

Se ha sugerido que la piel clara puede ser consecuencia de la migración humana y el auge de la agricultura. El argumento es que los cazadores-recolectores obtenían gran parte de su vitamina D del pescado y la caza, y que esos aportes disminuyeron drásticamente cuando la gente empezó a cultivar, y especialmente al desplazarse a latitudes más septentrionales. En consecuencia, tener una piel más clara se convirtió en una gran ventaja, ya que permitía sintetizar más vitamina D.

La vitamina D es vital para la salud. Ayuda a desarrollar unos huesos y dientes fuertes, estimula el sistema inmunitario, combate el cáncer y alimenta el corazón. Es absolutamente beneficiosa. Podemos obtenerla de dos maneras: de los alimentos que ingerimos o de la luz solar. El problema es que un exceso de exposición a los rayos ultravioleta del sol daña el ADN de nuestras células y puede causar cáncer de piel, de modo que obtener la cantidad de vitamina correcta resulta un tanto complicado. Los humanos hemos afrontado el reto desarrollando diversos tonos de piel para adaptarnos a la intensidad de la luz del sol en diferentes latitudes. Cuando el cuerpo humano se adapta a unas circunstancias alteradas, ese proceso se conoce como plasticidad fenotípica. De hecho, constantemente modificamos el color de la piel: por ejemplo, cuando nos bronceamos o nos quemamos bajo un sol brillante, o cuando nos sonrojamos de vergüenza. El rojo de las quemaduras solares obedece al hecho de que los diminutos vasos sanguíneos de las áreas afectadas se dilatan y se llenan de sangre, haciendo que la piel resulte caliente al tacto13 (el nombre formal de las quemaduras solares es el de «eritemas»).14 Asimismo, las mujeres embarazadas con frecuencia experimentan un oscurecimiento de los pezones y las areolas, y en ocasiones también de otras partes del cuerpo, como el abdomen y la cara, como resultado de un incremento de la producción de melanina. Este proceso se conoce como melasma, pero se ignora su finalidad.15 Por otra parte, el enrojecimiento que experimentamos cuando nos enfurecemos resulta un poco contradictorio: cuando el cuerpo se apresta a luchar, básicamente desvía el flujo sanguíneo hacia donde realmente se necesita, es decir, los músculos; por lo que el motivo de enviar sangre a la cara, donde no confiere ningún beneficio fisiológico obvio, sigue siendo un misterio. Una posibilidad sugerida por Jablonski es que, de alguna manera, ello contribuye a equilibrar la presión arterial. O también podría servir simplemente como una señal para que tu oponente retroceda al ver que estás de veras enfadado.

Sea como fuere, la pausada evolución de los diferentes tonos de piel funcionaba muy bien cuando la gente se quedaba en un mismo sitio o realizaba migraciones muy lentas y graduales, pero la mayor movilidad actual implica que muchas personas terminan en lugares donde los niveles de sol y los tonos de piel no cuadran en absoluto. En regiones como el norte de Europa y Canadá, en los meses de invierno no es posible obtener bastante vitamina D de la debilitada luz solar para conservar la salud, por muy pálida que sea nuestra piel, de modo que dicha vitamina debe consumirse en forma de alimento, y casi nadie obtiene la suficiente cantidad. Esto último no resulta sorprendente: para cumplir con los requisitos dietéticos recurriendo únicamente al alimento habría que ingerir 16 huevos o casi tres kilos de queso suizo todos los días, o, de forma más plausible —ya que no más sabrosa—, tragarse media cucharada de aceite de hígado de bacalao. En algunos países, como Estados Unidos, esta deficiencia se palía en parte añadiendo vitamina D a la leche, pero habitualmente eso solo proporciona una tercera parte de las necesidades diarias de los adultos. En consecuencia, se calcula que alrededor del 50 % de todos los habitantes del mundo tienen un déficit de vitamina D durante al menos una parte del año.16 En los climas septentrionales, la proporción puede llegar ser de hasta el 90 %.

Al desarrollar una piel más clara, también se aclaró el color de los ojos y el cabello, pero solo en una época bastante reciente.17 Los ojos y el cabello claros surgieron más o menos en la zona del mar Báltico hace unos 6.000 años. No sabemos muy bien por qué. El color del cabello y los ojos no afecta al metabolismo de la vitamina D, o a cualquier otro aspecto fisiológico ligado a él, por lo que no parece haber ningún beneficio práctico. Se cree que esos rasgos fueron seleccionados como marcadores tribales o porque la gente los encontraba más atractivos. Si uno tiene los ojos azules o verdes, no es porque su iris contenga una mayor cantidad de esos colores que el de otras personas, sino porque contiene una menor cantidad de otros: es la escasez de otros pigmentos la que hace que los ojos resulten ser azules o verdes.

El color de la piel ha estado cambiando durante un periodo mucho más prolongado —al menos 60.000 años—, pero no ha sido un proceso lineal.18 «Algunas personas se han despigmentado; otras se han repigmentado —explica Jablonski—. En algunas personas, los tonos de la piel se han alterado mucho al trasladarse a nuevas latitudes; en otras, casi nada».

Las poblaciones indígenas de Sudamérica, por ejemplo, son de piel más clara de lo que cabría esperar en las latitudes que habitan.19 Ello se debe al hecho de que, en términos evolutivos, son recién llegados. «Pudieron llegar a los trópicos con bastante rapidez y disponían de mucho equipamiento, incluida algo de ropa —me explicó Jablonski—. De modo que en la práctica frustraron la evolución». Más difícil de explicar ha resultado el caso de los joisán de África meridional.20 Estos han vivido siempre bajo el sol del desierto y nunca han migrado a largas distancias; sin embargo, tienen una piel un 50 % más clara de lo que cabría predecir en función de su entorno. Actualmente, se cree que en algún momento en los últimos 2.000 años el contacto con extraños introdujo una mutación genética que les aclaró la piel; sin embargo, se ignora quiénes fueron esos misteriosos extraños.

El desarrollo en los últimos años de técnicas que permiten analizar ADN antiguo implica que hoy estamos descubriendo cada vez más cosas; gran parte de ellas resultan sorprendentes, pero también hay algunas confusas, mientras que otras son objeto de debate. Basándose en el análisis de ADN, a comienzos de 2018 un grupo de científicos del University College de Londres y el Museo de Historia Natural de Gran Bretaña anunciaron, para sorpresa generalizada, que el primitivo británico conocido como el hombre de Cheddar tenía la piel «entre oscura y negra». (Lo que en realidad dijeron fue que había una probabilidad del 76 % de que tuviera la piel oscura).21 Al parecer, también tenía los ojos azules. El hombre de Cheddar pertenecía a uno de los primeros grupos de personas que regresaron a Gran Bretaña tras el final de la última glaciación, hace unos 10.000 años. Sus antepasados llevaban 30.000 años en Europa, tiempo más que suficiente para haber desarrollado una piel clara, por lo que, si de verdad tenía la piel oscura, sería una auténtica sorpresa. Sin embargo, otros expertos han sugerido que el ADN estaba demasiado degradado, y nuestro conocimiento de la genética de la pigmentación es aún demasiado incierto para poder sacar conclusiones sobre el color de la piel y los ojos del hombre de Cheddar.22 Cuando menos, el asunto era un recordatorio de cuánto nos queda por aprender. «En lo referente a la piel, en muchos aspectos todavía estamos dando los primeros pasos», me aseguró Jablonski.

La piel se presenta de dos formas distintas: con pelo y sin él. La piel sin pelo se denomina lampiña, y no es demasiado abundante. Las únicas partes de nuestro cuerpo realmente desprovistas de pelo son los labios, los pezones y los genitales, además de las palmas de las manos y las plantas de los pies. El resto del cuerpo está cubierto, o bien de pelo visible, el llamado vello terminal, como en la cabeza, o bien del denominado vello corporal, que es el que da esa textura aterciopelada que encontramos, por ejemplo, en la mejilla de un niño. En realidad, somos tan peludos como nuestros primos los simios: lo que ocurre es que nuestro pelo es mucho más fino y tenue.23 En total, se calcula que tenemos cinco millones de pelos, pero el número varía con la edad y las circunstancias, y en cualquier caso se trata solo de una estimación.24

El pelo es un rasgo exclusivo de los mamíferos. Como la piel que hay debajo, sirve para múltiples propósitos: proporciona calor, amortiguación y camuflaje, protege el cuerpo de la luz ultravioleta y permite que los miembros de un grupo se indiquen unos a otros que están enfadados o excitados.25 Sin embargo, es evidente que algunas de esas características no funcionan tan bien cuando uno casi no tiene pelo. En todos los mamíferos, cuando tienen frío, los músculos que rodean los folículos pilosos se contraen en un proceso denominado formalmente horripilación, pero que se conoce más comúnmente como ponérsele a uno la piel de gallina. En los mamíferos provistos de pelaje, este añade una provechosa capa de aire aislante entre el pelo y la piel, pero el vello de los humanos no tiene absolutamente ningún beneficio fisiológico y simplemente nos recuerda cuán relativamente lampiños somos.26 La horripilación también hace erizarse el pelo de los mamíferos (para que el animal parezca más grande y feroz), y de ahí que se nos ponga la piel de gallina cuando estamos asustados o nerviosos; pero, obviamente, en los humanos eso tampoco funciona muy bien.27

Las dos cuestiones más persistentes en relación con el pelo humano son: ¿cuándo nos convertimos en seres básicamente desprovistos de pelo, y por qué conservamos pelo visible en los pocos lugares donde lo tenemos? En cuanto a la primera, no es posible determinar de forma categórica cuándo perdieron el pelo los humanos, ya que el cabello y la piel no se conservan en el registro fósil; pero sí se sabe por estudios genéticos que la pigmentación surgió en un periodo comprendido entre hace 1,2 y 1,7 millones de años.28 Cuando todavía teníamos pelaje, la piel oscura no era necesaria, por lo que este hecho sugeriría un marco temporal bastante seguro para la pérdida del pelo. El motivo por el que conservamos el pelo en algunas partes del cuerpo resulta bastante fácil de determinar en el caso de la cabeza, pero no está tan claro en lo referente a otras áreas corporales. El pelo de la cabeza actúa como un buen aislante en los climas fríos y un buen reflector del calor en los climas cálidos. Para Nina Jablonski, el pelo extremadamente rizado es el que constituye la versión más eficiente, «puesto que incrementa el grosor del espacio comprendido entre la parte superficial del cabello y el cuero cabelludo, permitiendo que circule el aire».29 Otra razón independiente de que conservemos el pelo en la cabeza, pero no menos importante, es que este ha sido una herramienta de seducción desde tiempo inmemorial.

Explicar la presencia del vello púbico y axilar resulta más problemático. No es fácil imaginar de qué modo el vello de las axilas puede enriquecer la existencia humana. Una posible explicación sería que este tipo de vello secundario tiene la función de atrapar o dispersar (según la teoría) los aromas sexuales o feromonas. El único problema de esta teoría es que no parece que los humanos tengamos feromonas.30 Un estudio publicado en 2017 en Royal Society Open Science por un grupo de investigadores de Australia concluyó que las feromonas humanas probablemente no existen, y, de existir, ciertamente no tienen un papel detectable en la atracción. Otra hipótesis es que, de alguna manera, el vello secundario protege la piel que hay debajo, aunque es evidente que mucha gente opta por eliminar el vello de todo su cuerpo sin que ello comporte un notable aumento de la irritación de la piel. Una teoría más plausible, probablemente, es que el vello secundario está ahí con fines de exhibición: que anuncia la madurez sexual.31

Cada pelo de nuestro cuerpo tiene un ciclo de desarrollo, con una fase de crecimiento y otra de reposo. En el caso del vello facial, el ciclo normalmente se completa en cuatro semanas, pero un pelo del cuero cabelludo puede acompañarnos durante seis o siete años. Es probable que un pelo axilar dure unos seis meses, mientras que uno de la pierna durará dos. Por término medio, el pelo crece un tercio de milímetro al día, pero la tasa de crecimiento real depende de nuestra edad y nuestra salud, e incluso de la estación del año. Eliminar el pelo, ya sea mediante corte, afeitado o depilación con cera, no tiene ningún efecto en lo que sucede en la raíz. Cada uno de nosotros desarrolla unos ocho metros de pelo a lo largo de su vida, pero, como todo pelo se cae en un momento u otro, ningún mechón puede superar más o menos un metro de extensión.32 Nuestros ciclos de desarrollo del cabello son escalonados, de modo que por regla general apenas nos damos cuenta de que se cae.

II

En octubre de 1902, la policía de París recibió un aviso para que acudiera a un apartamento situado en el número 157 de la Rue du Faubourg Saint-Honoré, en un barrio acomodado ubicado a unos cientos de metros del Arco de Triunfo, en el Distrito VIII. Habían matado a un hombre y habían robado algunas obras de arte. El asesino no dejó pistas obvias, pero por fortuna los detectives pudieron recurrir a un mago de la identificación de criminales llamado Alphonse Bertillon.

Bertillon había inventado un sistema de identificación que él bautizó como antropometría, pero que pasaría a conocerse entre sus admiradores como bertillonage. El sistema introdujo la idea de la foto policial, así como la práctica —que todavía se sigue en todo el mundo— de registrar fotográficamente de frente y de perfil a todos los detenidos.33 Pero en lo que el bertillonage destacaba especialmente era en la meticulosidad de sus mediciones. En cada sujeto se medían un total de 11 atributos que resultaban ser curiosamente específicos —como la altura en posición sedente, la longitud del meñique izquierdo o la anchura de las mejillas—, y que Bertillon había seleccionado porque no cambiaban con la edad. El sistema de Bertillon no se diseñó para condenar a los delincuentes, sino para pillar a los reincidentes. Dado que Francia imponía penas más duras a los delincuentes que reincidían (y a menudo los exiliaba a enclaves remotos, húmedos y calurosos como la Isla del Diablo), cuando los capturaban, muchos de ellos trataban desesperadamente de fingir que era la primera vez que delinquían. El sistema de Bertillon se diseñó para identificarlos, y lo hacía muy bien: en su primer año de funcionamiento desenmascaró a 241 mentirosos.

Las huellas dactilares constituían de hecho solo una parte secundaria del sistema de Bertillon, pero cuando este encontró una sola huella en el marco de una ventana en el 157 de la Rue du Faubourg Saint-Honoré y la utilizó para identificar al asesino como un tal Henri-Léon Scheffer, el hecho causó sensación no solo en Francia, sino en todo el mundo. Las huellas dactilares no tardarían en convertirse en una herramienta fundamental de la labor policial en todas partes.

El primero que estableció la singularidad de las huellas dactilares en Occidente fue un anatomista checo del siglo XIX llamado Jan Purkinje, aunque en realidad los chinos habían hecho el mismo descubrimiento más de mil años antes y los alfareros japoneses identificaban sus piezas desde hacía siglos presionando un dedo en la arcilla antes de hornearlas.34 El primo de Charles Darwin, Francis Galton, había sugerido el uso de las huellas dactilares para atrapar a los delincuentes años antes de que se le ocurriera la idea a Bertillon, y lo mismo había hecho un misionero escocés en Japón llamado Henry Faulds. Bertillon ni siquiera fue el primero en utilizar una huella dactilar para atrapar a un asesino —eso había sucedido en Argentina diez años antes—, pero el hecho es que es a él a quien se atribuye el mérito.

¿Qué imperativo evolutivo nos llevó a tener espirales en las yemas de los dedos? Lo cierto es que nadie lo sabe. Nuestro cuerpo es un universo de misterio: gran parte de lo que sucede encima y dentro de él se produce por razones que desconocemos, seguramente muchas veces porque no las hay. Al fin y al cabo, la evolución es un proceso accidental. En realidad, la idea de que todas las huellas dactilares son únicas es una conjetura, ya que ninguno de nosotros puede afirmar con absoluta certeza que nadie más tiene unas huellas dactilares que coincidan con las suyas; lo único que podemos decir es que hasta el momento nadie ha encontrado dos conjuntos de huellas dactilares que coincidan exactamente.

El nombre oficial de las huellas dactilares es «dermatoglifos». Las líneas que dan forma a los surcos que componen nuestras huellas son las crestas papilares. Se supone que estas facilitan el agarre de forma similar a como los neumáticos mejoran la tracción en las carreteras, pero hasta ahora nadie lo ha demostrado.35 Otros han sugerido que las espirales de las huellas dactilares pueden drenar mejor el agua, o hacer que la piel de los dedos resulte más elástica y flexible, o tal vez mejorar la sensibilidad; pero, una vez más, son solo conjeturas. De manera similar, hasta ahora nadie ha conseguido explicar ni de lejos por qué se nos arruga la piel de los dedos cuando nos damos un baño prolongado.36 La explicación más frecuente es que las arrugas les ayudan a drenar mejor el agua y facilitan el agarre; pero, en realidad, eso no tiene mucho sentido: sin duda, las personas que más urgentemente necesitan tener un buen agarre son las que acaban de caer al agua, no las que llevan ya un tiempo en ella.

Muy muy de vez en cuando, hay personas que nacen con las yemas de los dedos completamente lisas, una afección conocida como adermatoglifia.37 Estas personas también tienen un número de glándulas sudoríparas algo inferior al normal. Eso parece sugerir que existe una conexión genética entre las glándulas sudoríparas y las huellas dactilares, pero aún no se ha determinado cuál podría ser esa conexión.

En el conjunto de los rasgos cutáneos, las huellas dactilares resultan, francamente, bastante triviales. Son mucho más importantes las glándulas sudoríparas. Puede que el lector no lo crea, pero sudar constituye una parte crucial del ser humano. En palabras de Nina Jablonski: «Es el viejo, humilde y poco atractivo sudor el que ha hecho de los humanos lo que hoy son». Los chimpancés solo tienen la mitad de las glándulas sudoríparas que nosotros, por lo que no pueden disipar el calor tan deprisa como los humanos. La mayoría de los cuadrúpedos se enfrían jadeando, lo que resulta incompatible con mantener una carrera sostenida y respirar profundamente a la vez, especialmente para las criaturas peludas en los climas cálidos.38 Es mucho mejor hacer lo que hacemos nosotros y filtrar fluido acuoso sobre la piel casi desnuda, que enfría el cuerpo al evaporarse, convirtiéndonos en una especie de aire acondicionado viviente. Como ha escrito Jablonski: «La pérdida de la mayor parte de nuestro pelo corporal y la adquisición de la capacidad de disipar el exceso de calor corporal a través de la sudoración ecrina ayudó a hacer posible el drástico aumento de nuestro órgano más sensible a la temperatura, el cerebro».39 Así fue —añade— como el sudor contribuyó a hacer de nosotros unos seres sesudos.

Aun estando en reposo, sudamos constantemente, aunque de forma discreta; pero si añadimos una actividad vigorosa y unas condiciones desafiantes, muy pronto acabamos por drenar toda nuestra provisión de agua. Según escribe Peter Stark en Último aliento. Historias acerca del límite de la resistencia humana, un hombre que pese 70 kilos contendrá algo más de 40 litros de agua.40 Si se limita a permanecer sentado y respirar, perderá alrededor de 1,5 litros de agua diarios mediante una combinación de sudor, respiración y micción. Pero si hace un esfuerzo, esa tasa de pérdida puede dispararse hasta los 1,5 litros por hora, un ritmo que pronto puede volverse peligroso. En situaciones extenuantes —por ejemplo, caminar bajo un sol abrasador—, se puede llegar a sudar fácilmente de 10 a 12 litros de agua en un día. No es de extrañar, pues, que necesitemos mantenernos hidratados cuando hace calor.

A menos que la pérdida se detenga o se reponga el agua, la víctima de deshidratación empezará a sufrir dolores de cabeza y aletargamiento después de perder solo de 3 a 5 litros de líquido. Después de 6 o 7 litros de pérdida no restaurada empieza a ser probable que se produzca un deterioro mental (es entonces cuando los excursionistas deshidratados abandonan el camino y se adentran en la maleza). Cuando la pérdida supere con creces los 10 litros —para un hombre de 70 kilos—, la víctima entrará en shock y morirá. Durante la Segunda Guerra Mundial, los científicos estudiaron cuánto tiempo podían caminar los soldados por un desierto sin beber agua (suponiendo que al principio estuvieran adecuadamente hidratados), y concluyeron que podían recorrer unos 72 kilómetros a 28 °C de temperatura, unos 24 a 38 °C, y solo unos 11 a 49 °C.

El sudor es un 99,5 % de agua; el resto se compone aproximadamente de la mitad de sal y la mitad de otros productos químicos. Aunque la sal representa solo una pequeña parte de nuestro sudor, cuando hace calor podemos llegar a perder hasta 12 gramos (tres cucharaditas) de ella en un día, una cantidad que puede resultar peligrosamente elevada, por lo que también es importante reponer la sal además del agua.41

La sudoración se activa mediante la liberación de adrenalina; de ahí que sudemos cuando estamos estresados.42 A diferencia del resto del cuerpo, las palmas de las manos no sudan en respuesta al esfuerzo físico o al calor, sino únicamente a causa del estrés. Esa sudoración emocional es la que se mide en las pruebas del polígrafo.43

Las glándulas sudoríparas son de dos tipos: ecrinas y apocrinas. Las glándulas ecrinas son con mucho las más numerosas y producen ese sudor acuoso que nos empapa la camisa en un día sofocante; las apocrinas se limitan principalmente a las ingles y las axilas, y producen un sudor más espeso y pegajoso.

Es el sudor ecrino de los pies —o, más exactamente, la descomposición química por las bacterias del sudor de los pies— el que explica su olor exuberante. En realidad, el sudor en sí mismo no tiene olor: para eso necesita la intervención de las bacterias. Las dos sustancias químicas responsables del olor —el ácido isovalérico y el metanodiol— también son producidas por la acción bacteriana en algunos quesos; de ahí que a menudo los pies y el queso tengan un olor tan similar.44

Los microbios de la piel son extremadamente personales. El tipo de microbios que viven en cada uno de nosotros depende en sorprendente medida del jabón o el detergente para ropa que utilizamos, de que nos guste más llevar ropa de algodón o de lana, o de si nos duchamos antes o después del trabajo. Algunos de dichos microbios son residentes permanentes; otros acampan en nosotros durante una semana o un mes, y luego, como una tribu errante, desaparecen silenciosamente.

Tenemos unos 100.000 microbios por centímetro cuadrado de piel, y no son fáciles de erradicar. Según un estudio, la cantidad de bacterias que hay en cada uno de nosotros en realidad aumenta después de darse un baño o una ducha, puesto que el agua las hace salir de los rincones y rendijas.45 Pero aunque tratemos escrupulosamente de desinfectarnos, no es tarea fácil. Limpiarse las manos de forma segura después de un examen médico requiere un minucioso lavado con agua y jabón durante al menos un minuto entero, un requisito que, en términos prácticos, resulta prácticamente inalcanzable para cualquier médico que tenga a un montón de pacientes que tratar.46 Esa es una de las principales razones por las que, por ejemplo, en Estados Unidos, cada año unos dos millones de personas contraen una infección grave en un hospital (de las que 90.000 mueren a consecuencia de ello). «La mayor dificultad —escribe el cirujano e investigador Atul Gawande— reside en lograr que los médicos como yo hagamos lo único que logra frenar sistemáticamente la propagación de infecciones: lavarnos las manos».

Un estudio realizado en la Universidad de Nueva York en 2007 reveló que la mayoría de las personas tenían alrededor de 200 especies diferentes de microbios en la piel, pero la carga específica difería drásticamente de una persona a otra, y solo aparecían cuatro tipos comunes en todas las personas examinadas. En otro estudio ampliamente divulgado, el denominado Proyecto de Biodiversidad de los Ombligos, realizado por investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, se pasó un hisopo por el ombligo de un grupo de 60 estadounidenses elegidos al azar para ver que se ocultaba en cada uno de ellos a escala microbiana. El estudio encontró 2.368 especies de bacterias, 1.458 de las cuales eran desconocidas para la ciencia (lo que da una media de 24,3 microbios nuevos para la ciencia en cada ombligo). El número de especies por persona variaba de 29 a 107. Uno de los voluntarios albergaba un microbio que nunca se había detectado fuera de Japón, un país donde él no había estado jamás.47

El problema de los jabones antibacterianos es que matan las bacterias buenas de la piel, además de las malas.48 Y lo mismo ocurre con los desinfectantes para las manos. En 2016, la Food and Drug Administration de Estados Unidos prohibió un total de 19 ingredientes habitualmente utilizados en jabones antibacterianos debido a que los fabricantes no habían demostrado que fueran seguros a largo plazo.

Pero los microbios no son los únicos habitantes de la piel. Ahora mismo, pastando en los poros de la cabeza de cada uno de nosotros (y en otros lugares de nuestra oleosa superficie, pero sobre todo en la cabeza), se encuentran una serie de diminutos ácaros conocidos como Demodex folliculorum. Afortunadamente, por regla general son inofensivos, además de invisibles. Llevan tanto tiempo viviendo con nosotros que, según un estudio, se puede utilizar su ADN para rastrear las migraciones de nuestros ancestros desde hace cientos de miles de años.49 En su escala, nuestra piel es como un gigantesco y crujiente tazón de cereales. Si cerramos los ojos y usamos la imaginación, casi podemos oírles mascar.

Otra cosa que la piel hace mucho, por razones que no siempre se entienden, es picar. Aunque muchos picores resultan fáciles de explicar (picaduras de mosquitos, erupciones cutáneas, tropiezos con ortigas), hay una tremenda cantidad de ellos para la que no tenemos explicación. Puede que al leer este pasaje el lector sienta la necesidad de rascarse en varios lugares que hasta hace un momento no le picaban simplemente porque he sacado el tema. Nadie sabe por qué somos tan sugestionables en cuestión de picores, o siquiera por qué los tenemos aun en ausencia de agentes irritantes obvios. No hay una zona delimitada del cerebro dedicada a los picores, por lo que resulta casi imposible estudiarlos desde una perspectiva neurológica.

La picazón (el término médico de la afección es «prurito») es un fenómeno limitado a la capa más externa de la piel y a algunas zonas húmedas: principalmente los ojos, la garganta, la nariz y el ano; nos pase lo que nos pase, nunca tendremos picazón en el bazo. Diversos estudios realizados sobre nuestra respuesta a la picazón —es decir, rascarse— revelaron que el alivio más prolongado lo proporciona rascarse la espalda, pero el más placentero es el derivado de rascarse el tobillo.50 La picazón crónica puede obedecer a todo tipo de causas: tumores cerebrales, apoplejías, trastornos autoinmunes, como efecto secundario de medicamentos, y muchas más. Una de las formas más desquiciantes es la picazón fantasma, que a menudo acompaña a una amputación y hace sentir al desdichado paciente una picazón constante que simplemente no puede calmar. Pero probablemente el caso más extraordinario de sufrimiento imposible de aplacar del que tenemos constancia sea el que experimentó una paciente conocida como «M», una mujer de Massachusetts de algo menos de cuarenta años que desarrolló una picazón irresistible en la parte superior de la frente después de haber padecido un herpes zóster.51 La picazón se volvió tan desesperante que se arrancó completamente la piel de tanto frotársela en una zona de cuero cabelludo de unos cuatro centímetros de diámetro. De nada le sirvió la medicación. Se frotaba furiosamente la zona mientras dormía, hasta el punto de que una mañana al despertar descubrió que le corría fluido cerebroespinal por la cara: se había rascado el hueso del cráneo hasta llegar al cerebro. Parece que actualmente, más de una docena de años después, es capaz de controlarse y puede rascarse sin hacerse daño, pero la picazón no ha desaparecido. Lo más desconcertante de todo es que prácticamente ha destruido todas las fibras nerviosas de ese trozo de piel, y, sin embargo, la desquiciante picazón persiste.

Probablemente, sin embargo, ningún misterio de nuestra superficie exterior causa mayor consternación que nuestra extraña tendencia a perder el cabello a medida que envejecemos. Cada uno de nosotros tenemos aproximadamente entre 100.000 y 150.000 folículos pilosos en la cabeza, aunque es evidente que no todos los folículos son iguales en todas las personas.52 Por término medio perdemos entre 50 y 100 pelos de la cabeza cada día, y a veces no vuelven a crecer. Alrededor del 60 % de los hombres son prácticamente calvos al cumplir los cincuenta, y a uno de cada cinco le ocurre a los treinta. Poco se sabe de ese proceso, pero lo que sí sabemos es que una hormona llamada dihidrotestosterona tiende a desbaratarse un poco con la edad, haciendo que los folículos pilosos de la cabeza se cierren y que, en cambio, los más reservados de las fosas nasales y las orejas broten desesperantemente. La única cura conocida para la calvicie es la castración.53

Irónicamente, considerando con qué facilidad lo perdemos algunos de nosotros, el cabello resulta bastante inmune a la descomposición, y se sabe de tumbas en las que ha perdurado durante miles de años.54

Quizá la forma más positiva de verlo es que, si alguna parte de nosotros debe rendirse al llegar a la mediana edad, los folículos capilares son un candidato obvio para el sacrificio. Al fin y al cabo, nadie ha muerto nunca de calvicie.

3 EL YO MICROBIANO


Y no estamos al final de la historia de la penicilina. Probablemente estamos solo al principio.

ALEXANDER FLEMING,

Discurso de aceptación del Premio Nobel, diciembre de 1945

I

Respire hondo. Seguramente imaginará que está llenando sus pulmones de rico y vivificante oxígeno. En realidad, no es así. El 80 % del aire que respiramos es nitrógeno. Es el elemento más abundante en la atmósfera y es vital para nuestra existencia, pero no interactúa con otros elementos. Cuando respiramos, el nitrógeno del aire penetra en los pulmones y vuelve a salir de inmediato, como un comprador distraído que ha entrado en la tienda equivocada. Para que el nitrógeno nos resulte útil debe adoptar otras formas más sociables, como el amoniaco, y son las bacterias las que hacen ese trabajo para nosotros.1 Sin su ayuda moriríamos. De hecho, puede que ni siquiera existiéramos. Es hora, pues, de dar las gracias a nuestros microbios.

Somos el hogar de billones y billones de diminutos seres vivos que nos resultan sorprendentemente beneficiosos. Nos proporcionan alrededor del 10 % de nuestras calorías al descomponer unos alimentos de los que de otro modo no podríamos sacar partido, y en el proceso extraen provechosos nutrientes como las vitaminas B2 y B12 y el ácido fólico. Los humanos producimos 20 enzimas digestivas, lo que representa una cantidad bastante respetable en el mundo animal; pero según Christopher Gardner, director de estudios de nutrición en la Universidad de Stanford, las bacterias producen nada menos que 10.000, es decir, quinientas veces más.2 «Nuestra vida estaría muchísimo peor alimentada sin ellas», sostiene Gardner.

Individualmente tienen un tamaño infinitesimal, y sus vidas son fugaces: una bacteria media pesa alrededor de una billonésima parte de lo que pesa un billete de banco, y apenas vive veinte minutos; pero colectivamente resultan formidables.3 Los genes con los que nacemos son los únicos que tendremos en toda nuestra vida: no podemos comprarlos ni intercambiarlos para obtener otros mejores. En cambio, las bacterias pueden intercambiar genes entre sí como si fueran cromos, y pueden recoger ADN de sus vecinas muertas.4 Estas transferencias génicas horizontales, como se las denomina, aceleran enormemente su capacidad de adaptarse a lo que la naturaleza o la ciencia les pongan por delante. El ADN bacteriano también es menos escrupuloso en su proceso de corrección de pruebas, por lo que estas mutan más a menudo, lo que los dota de una agilidad genética aún mayor.

No podemos ni plantearnos competir con ellas en cuanto a velocidad de cambio. E. coli puede reproducirse 72 veces en un solo día, lo que significa que en el plazo de tres días puede acumular tantas nuevas generaciones como hemos logrado nosotros en toda la historia humana. En teoría, una sola bacteria progenitora podría producir una masa de descendientes mayor que el peso de la Tierra en menos de dos días;5 y en tres su progenie superaría la masa del universo observable.6 Obviamente, eso no podría suceder nunca, pero lo cierto es que ya nos acompañan en cantidades que superan lo imaginable. Si pusiéramos todos los microbios de la Tierra en un montón y toda la vida animal en otro, el montón de los microbios sería 25 veces mayor que el de los animales.7

No se equivoque. Este es un planeta de microbios. Nosotros estamos aquí por su voluntad. Ellos no nos necesitan para nada; pero nosotros moriríamos en cuestión de un día sin ellos.

Sabemos sorprendentemente poco acerca de los microbios que nos rodean y que tenemos encima y dentro de nuestro cuerpo debido a que en su abrumadora mayoría no crecen en el laboratorio, lo que los hace extremadamente difíciles de estudiar. Lo que sí se puede afirmar es en este preciso momento usted o yo probablemente tenemos unas 40.000 especies de microbios que nos consideran su hogar: 900 en las fosas nasales, 800 más en el interior de las mejillas, otras 1.300 justo al lado en las encías, y hasta 36.000 en el tracto gastrointestinal, aunque esas cifras se reajustan constantemente a medida que se hacen nuevos descubrimientos.8 A principios de 2019, un estudio realizado con solo 20 personas por el Instituto Wellcome Sanger, situado en las inmediaciones de Cambridge, encontró 105 nuevas especies de microbios intestinales cuya existencia era del todo insospechada. Las cifras exactas varían de una persona a otra, y también en una misma persona a lo largo del tiempo, en función de si es un bebé o un anciano, de dónde y con quién ha dormido, si ha estado tomando antibióticos o si está gordo o delgado (las personas delgadas tienen más microbios intestinales que las gordas; el hecho de tener microbios hambrientos puede explicar al menos en parte su delgadez). Obviamente, aquí nos referimos tan solo al número de especies. Si hablamos de microbios individuales, la cifra va más allá de lo imaginable; ni pensar en contarla: es del orden de billones. En total, nuestra carga privada de microbios pesa alrededor de 1,4 kilogramos, aproximadamente lo mismo que el cerebro.9 Incluso hay quien ha empezado a considerar que nuestra microbiota es uno más de nuestros órganos.

Durante años fue habitual decir que cada uno de nosotros contenía 10 veces más células bacterianas que humanas. Pues resulta que esa cifra que parece tan contundente salió de un artículo escrito en 1972 que planteaba poco más que una conjetura. En 2016, diversos investigadores de Israel y Canadá hicieron una evaluación más meticulosa y llegaron a la conclusión de que cada uno de nosotros contiene alrededor de 30 billones de células humanas y entre 30 y 50 billones de células bacterianas (la cantidad depende de múltiples factores como la salud o la dieta), de modo que en realidad ambas cifras están mucho más cerca de ser iguales; sin embargo, también habría que señalar que el 85 % de nuestras células son glóbulos rojos, que no son en absoluto células propiamente dichas en tanto que no poseen ninguno de los elementos que caracterizan a la maquinaria celular habitual (como los núcleos y las mitocondrias), sino más bien meros contenedores de hemoglobina.10 Aparte de eso, hay que considerar también el hecho de que las células bacterianas son diminutas, mientras que las células humanas son comparativamente gigantescas; de modo que, en términos de masa, por no hablar de la complejidad de lo que hacen, las células humanas son incuestionablemente más relevantes. Por otra parte, visto desde el prisma genético, resulta que en nuestro cuerpo tenemos alrededor de 20.000 genes propios, pero probablemente albergamos también hasta 20 millones de genes bacterianos, por lo que desde ese punto de vista somos aproximadamente un 99 % bacterias y apenas un 1 % nosotros mismos.

Las comunidades microbianas pueden ser sorprendentemente específicas.11 Aunque usted y yo tengamos cada uno varios miles de especies bacterianas en nuestro interior, puede que compartamos tan solo una fracción de ellas. Parece ser que los microbios defienden ferozmente su territorio. Cuando mantenemos relaciones sexuales, intercambiamos un montón de microbios y otros materiales orgánicos con nuestra pareja. Según un estudio, un solo beso apasionado genera la transferencia de hasta 1.000 millones de bacterias de una boca a otra, junto con unos 0,7 miligramos de proteína, 0,45 miligramos de sal, 0,7 microgramos de grasa y 0,2 microgramos de «compuestos orgánicos variados» (es decir, restos de comida).* Pero en cuanto se acaba la fiesta los microorganismos anfitriones en las dos personas implicadas inician una especie de gigantesco proceso de limpieza, y en aproximadamente cuestión de un día el perfil microbiano de ambas partes se habrá restaurado más o menos por completo al que tenían antes de entrelazar las lenguas. De vez en cuando se cuelan algunos agentes patógenos, y es entonces cuando cogemos un herpes o un resfriado, pero esa es la excepción antes que la regla.

Afortunadamente, la mayoría de los microbios no quieren saber nada de nosotros. Algunos viven de forma benigna en nuestro interior: los denominados comensales. Solo una pequeña proporción nos hacen enfermar. Del millón de microbios aproximadamente que se han identificado hasta la fecha, solo se sabe de 1.415 que causan enfermedades en humanos; una cifra que, bien mirado, resulta bastante reducida.12 Por otro lado, todavía hay muchas otras formas de enfermar, y, en conjunto, esas 1.415 entidades tontas y diminutas solo causan una tercera parte de todas las muertes del planeta.

Además de bacterias, nuestro repertorio personal de microbios contiene hongos, virus y protistas (amebas, algas, protozoos, etc.), además de arqueas, que durante mucho tiempo se consideraron simples bacterias, pero que en realidad representan una rama completamente distinta del árbol de la vida. Las arqueas se parecen mucho a las bacterias por cuanto que son bastante simples y no tienen núcleo, pero presentan el gran beneficio para nosotros de no causar enfermedades conocidas en humanos. Lo único que nos dan es un poco de gas, en forma de metano.

Vale la pena tener presente que todos estos microbios no tienen casi nada en común en lo relativo a su historia y genética.13 Lo único que los une es su pequeñez. Para todos ellos, sin excepción, cada uno de nosotros no es una persona, sino un mundo: una vasta y sorprendente diversidad de ecosistemas maravillosamente ricos con la ventaja añadida de la movilidad, junto con los utilísimos hábitos de estornudar, acariciar animales y no lavarse siempre tan meticulosamente como de hecho deberíamos hacerlo.

II

Un virus, en las inmortales palabras del Premio Nobel británico Peter Medawar, es «una mala noticia envuelta en una proteína». En realidad, muchos virus no son malas noticias en absoluto, al menos no para los humanos. Los virus resultan un tanto extraños: no están del todo vivos, pero tampoco puede decirse que estén muertos. Fuera de las células vivas son simples objetos inertes. No comen, ni respiran, ni hacen prácticamente ninguna otra cosa. No tienen medios de locomoción. Para desplazarse no se propulsan por su cuenta: hacen autostop. Tenemos que pasar nosotros a recogerlos de manijas de puertas o apretones de manos, o arrastrarlos a nuestro interior con el aire que respiramos. La mayor parte del tiempo están tan inertes como una mota de polvo; pero métalos en una célula viva y los verá florecer de vida exuberante y reproducirse tan furiosamente como cualquier ser viviente.

Al igual que las bacterias, los virus se caracterizan por sus increíbles logros. El virus del herpes lleva existiendo cientos de millones de años, e infecta a todo tipo de animales, incluidas las ostras.14 También son tremendamente pequeños: mucho más que las bacterias, y demasiado para poderlos ver con microscopios convencionales. Si infláramos uno de ellos hasta que alcanzara el tamaño de una pelota de tenis, un humano en la misma escala tendría 800 kilómetros de estatura;15 en comparación, una bacteria sería del tamaño de una pelota de playa.

En el sentido moderno, que designa un microorganismo extremadamente pequeño, el término virus es relativamente reciente: tiene su origen en 1900, cuando un botánico holandés llamado Martinus Beijerinck descubrió que las plantas de tabaco que estaba estudiando eran susceptibles a la acción de un misterioso agente infeccioso aún más pequeño que las bacterias. Al principio denominó a aquel misterioso agente contagium vivum fluidum, pero luego pasó a llamarlo virus, una palabra latina que significa «toxina».16 Aunque fue el padre de la virología, durante su vida no se reconoció la importancia de su descubrimiento, por lo que nunca se le honró con un Premio Nobel como realmente merecía.

Si bien antes se creía que todos los virus causan enfermedades —de ahí la cita de Peter Medawar—, hoy sabemos que la mayoría de ellos infectan solo células bacterianas y no tienen ningún efecto en nosotros. De los cientos de miles de virus que se calcula que existen según las estimaciones más razonables, solo se conocen 586 especies que infectan a los mamíferos, y, de ellas, solo 263 afectan a los humanos.17

Sabemos muy poco sobre la mayoría de esos otros virus no patógenos porque, en general, solo se tiende a estudiar los que causan enfermedades. En 1986, una estudiante de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook llamada Lita Proctor decidió buscar virus en el agua del mar, un objetivo considerado bastante excéntrico, ya que en general se creía que los océanos no tenían virus, salvo, quizá, por un puñado de ellos introducidos de manera transitoria por las tuberías de desagüe de aguas residuales y similares. Debido a ello, no pudo menos que causar cierto asombro que Proctor descubriera que, por término medio, un litro de agua de mar contiene hasta cien mil millones de virus.18 Más recientemente, Dana Willner, bióloga de la Universidad Estatal de San Diego, investigó la cantidad de virus que hay en los pulmones de las personas sanas, otro lugar donde no se creía que acecharan demasiado. Willner descubrió que el ciudadano medio albergaba 174 especies de virus, el 90 % de las cuales no se conocían hasta entonces. Hoy sabemos que la Tierra bulle de virus en una medida que hasta hace poco apenas sospechábamos. Según la viróloga Dorothy H. Crawford, si se pusieran en fila únicamente los virus de los océanos, estos ocuparían una extensión de 10 millones de años luz, una distancia que va mucho más allá de lo imaginable.19

Otra cosa que los virus saben hacer es esperar su momento. En 2014 se produjo un ejemplo bastante extraordinario de ello cuando un equipo de científicos franceses encontraron en Siberia un virus hasta entonces desconocido, Pithovirus sibericum. Aunque llevaba 30.000 años encerrado en el permafrost, cuando se inyectó en una ameba entró en acción con todo el vigor propio de la juventud. Afortunadamente, resultó que el P. sibericum no infecta a los humanos; pero ¿quién sabe qué otros más puede haber ahí fuera esperando a ser descubiertos? Una manifestación bastante más habitual de esa «paciencia» viral es la que se observa en el virus de la varicela-zóster. Este virus produce la varicela cuando uno es pequeño, pero luego puede permanecer inerte en las células nerviosas durante medio siglo o más antes de rebrotar en esa horrenda y dolorosa indignidad de la tercera edad conocida como culebrilla (o, herpes zóster). Normalmente, esta afección se describe como una dolorosa erupción en el torso, pero en realidad el herpes zóster puede aparecer en casi cualquier parte de la superficie del cuerpo. Un amigo mío lo tuvo en el ojo izquierdo, y lo describió como la peor experiencia de su vida.

El más habitual de nuestros posibles tropiezos virales no deseados es el resfriado común. Todo el mundo sabe que si se enfría es más probable que se resfríe (al fin y al cabo, por eso lo llamamos resfriado), pero hasta ahora la ciencia no ha podido demostrar por qué ocurre eso, o incluso si realmente ocurre. No cabe duda de que los resfriados son más frecuentes en invierno que en verano, pero eso podría deberse únicamente al hecho de que pasamos más tiempo en espacios interiores y, en consecuencia, estamos más expuestos a las fugas y exhalaciones microbianas de los demás.20 El resfriado común no es una única enfermedad, sino más bien toda una familia de síntomas generados por múltiples virus, los más perniciosos de los cuales son los rinovirus.21 Estos por sí solos contienen un centenar de variedades. En resumen, hay muchas formas de contraer un resfriado; de ahí que nunca lleguemos a desarrollar la suficiente inmunidad para dejar de contraerlas todas.

Durante años, hubo en Gran Bretaña un centro de investigación denominado Unidad del Resfriado Común en el condado de Wiltshire, pero cerró en 1989 sin haber logrado hallar una cura. No obstante, sí realizó algunos experimentos interesantes. En uno de ellos se equipó a un voluntario con un dispositivo que goteaba un fino hilillo de un fluido en las fosas nasales al mismo ritmo que lo haría una secreción nasal.22 Luego esa persona se encontró con otros voluntarios en una especie de cóctel simulado. Sin que ninguno de ellos lo supiera, el fluido contenía un tinte visible solo bajo la luz ultravioleta. Cuando esta se encendió después de que hubieran estado interrelacionándose durante cierto tiempo, los participantes se quedaron perplejos al descubrir que el tinte estaba por todas partes: no solo en las manos, la cabeza y la parte superior del cuerpo de cada uno de ellos, sino también en los vasos, los pomos de las puertas, los cojines de los sofás, los cuencos de frutos secos y cualquier otro sitio que se nos pueda ocurrir. Por término medio, un adulto se toca la cara 16 veces cada hora, y en cada uno de esos toques el falso patógeno se fue transfiriendo de la nariz al cuenco de los tentempiés, a una víctima inocente, al pomo de la puerta, a otra víctima inocente, y así sucesivamente hasta que casi todo y casi todos terminaron exhibiendo el alegre resplandor originado por el moco imaginario. En un estudio similar realizado en la Universidad de Arizona, los investigadores untaron la manija metálica de la puerta de un edificio de oficinas y descubrieron que el «virus» tardó solo unas cuatro horas en propagarse por todo el edificio, «infectó» a más de la mitad de los empleados y apareció prácticamente en todos los dispositivos de uso común, como las fotocopiadoras y las cafeteras.23 En el mundo real, este tipo de infestaciones pueden permanecer activas hasta tres días. Sorprendentemente (y según otro estudio), la forma menos efectiva de propagar gérmenes es besarse.24 Este método se reveló casi totalmente ineficaz entre un grupo de voluntarios de la Universidad de Wisconsin que habían sido infectados con éxito con el virus del resfriado. Tampoco a los estornudos y la tos les fue mucho mejor. La única forma realmente fiable de transferir gérmenes en frío es hacerlo físicamente por medio del tacto.

Un estudio realizado en vagones de metro en Boston descubrió que las barras metálicas que se utilizan como agarradero constituyen un terreno bastante hostil para los microbios. En cambio, prosperan en las telas de los asientos y los asideros de plástico.25 Al parecer, el método más eficiente de transferencia de gérmenes es una combinación de papel moneda y moco nasal. Un estudio llevado a cabo en Suiza reveló que el virus de la gripe puede sobrevivir durante dos semanas y media en un billete de banco si va acompañado ni que sea de un micropunto de moco. Sin los mocos, la mayoría de los virus del resfriado no podrían sobrevivir en papel moneda más que unas pocas horas.

Las otras dos variedades de microbios que habitualmente se ocultan en nuestro interior son los hongos y los protistas. Durante mucho tiempo, los hongos representaron una especie de rompecabezas para la ciencia, que los clasificó como plantas un tanto extrañas. De hecho, a nivel celular no se parecen en nada a las plantas: no realizan la fotosíntesis, de modo que no tienen clorofila y, por lo tanto, tampoco son verdes. En realidad, están más estrechamente relacionados con los animales que con las plantas, pero en cualquier caso habría que esperar a 1959 para que se reconociesen como un grupo independiente y se les adjudicara su propio reino. Básicamente, se dividen en dos grupos: mohos y levaduras. En general, los hongos suelen dejarnos tranquilos. Solo hay unos 300, de entre varios millones de especies, que nos afectan de algún modo, y la mayoría de esas micosis —como se las denomina— no nos enferman realmente, sino que más bien nos causan tan solo una leve molestia o irritación, como ocurre, por ejemplo, con el pie de atleta. Sin embargo, hay unos cuantos que resultan mucho más desagradables que eso, y el caso es que su número va en aumento.

Hasta la década de 1950, Candida albicans, el hongo responsable de la candidiasis, solo se encontraba en la boca y los genitales; pero actualmente llega a invadir ocasionalmente el interior del cuerpo, donde puede crecer en el corazón y otros órganos como hace el moho en la fruta. De manera similar, desde hace décadas se sabía de la existencia de Cryptococcus gattii en la Columbia Británica, en Canadá, principalmente en los árboles o en el suelo de alrededor, pero nunca había perjudicado a un humano.26 De pronto, en 1999, desarrolló una repentina virulencia y empezó a causar graves infecciones pulmonares y cerebrales en toda una serie de víctimas dispersas en el oeste de Canadá y Estados Unidos. Resulta imposible determinar la cifra exacta debido a que con frecuencia la enfermedad se diagnostica erróneamente, y, sobre todo, porque en California, uno de los principales focos de incidencia, no se considera una enfermedad de notificación obligatoria; pero desde 1999 se han confirmado algo más de 300 casos en la región occidental de Norteamérica, donde han muerto aproximadamente una tercera parte de las víctimas.

Bastante más conocidas son las cifras relativas a la coccidioidomicosis, una afección denominada también fiebre de San Joaquín o fiebre del valle. Su incidencia se limita casi exclusivamente a los territorios estadounidenses de California, Arizona y Nevada, donde infecta entre 10.000 y 15.000 personas al año y mata a unas 200, aunque probablemente la cifra real sea más elevada, dado que sus síntomas pueden confundirse con los de la neumonía. El hongo vive en el suelo, y el número de casos aumenta cada vez que este se altera, como ocurre, por ejemplo, con los terremotos y las tormentas de polvo. En total, se cree que los hongos son responsables cada año de aproximadamente un millón de muertes en todo el mundo, de modo que difícilmente podríamos considerarlos irrelevantes.

Por último, están los protistas. Un protista es cualquier cosa que no sea manifiestamente una planta, un animal o un hongo; es una categoría reservada para todas las formas de vida que no encajan en ningún otro sitio. Originariamente, en el siglo XIX, a todos los organismos unicelulares se los denominó protozoos: se suponía que todos ellos estaban estrechamente relacionados entre sí. Pero con el tiempo se hizo evidente que tanto a las bacterias como a las arqueas les correspondía su propio reino. Por su parte, los protistas representan una categoría enorme, que incluye a las amebas, los paramecios, las diatomeas, los mohos mucilaginosos y muchos otros organismos que en su mayor parte resultan desconocidos para todo el mundo, menos para las personas que trabajan en los diversos ámbitos de la biología. Desde la perspectiva de la salud humana, los protistas más notables son los del género Plasmodium: son esas pequeñas y malvadas criaturas que se transfieren de los mosquitos a nosotros y nos contagian la malaria. Los protistas también son responsables de otras afecciones como la toxoplasmosis, la giardiasis y la criptosporidiosis.

En resumen, pues, existe una asombrosa variedad de microbios a nuestro alrededor, y apenas estamos empezando a conocer sus efectos sobre nosotros para bien o para mal. En 1992 surgió un fascinante ejemplo de ello en el norte de Inglaterra, concretamente en la antigua ciudad fabril de Bradford, en West Yorkshire, cuando enviaron allí a Timothy Rowbotham, un microbiólogo que trabajaba para el gobierno, para que tratara de localizar el origen de un brote de neumonía.27 En una muestra de agua que tomó de una torre de almacenamiento encontró un microbio que no se parecía a ninguno de los que ni él ni nadie había visto hasta entonces. Provisionalmente lo identificó como una nueva bacteria, no porque fuera de naturaleza particularmente bacteriana, sino porque le parecía que no podía ser otra cosa; y a falta de un término mejor lo bautizó como «coco de Bradford». Aunque por entonces no tenía ni la menor idea de ello, acababa de cambiar el mundo de la microbiología.

Rowbotham guardó las muestras en un congelador durante seis años, y luego, tras jubilarse anticipadamente, las envió a varios colegas. Finalmente, llegaron a manos de Richard Birtles, un bioquímico británico que trabajaba en Francia. Birtles se dio cuenta de que el coco de Bradford era un virus, y no una bacteria; pero uno que no encajaba en ninguna definición de cómo debía ser un virus. Para empezar, era muchísimo más grande, más de cien veces mayor, que cualquier virus conocido hasta entonces. Además, la mayoría de los virus tienen tan solo una docena de genes: este tenía más de mil. Los virus no se consideran seres vivos, pero el código genético de este contenía un tramo de 62 letras* que se ha encontrado en todos los seres vivos desde los albores de la creación, lo que lo convertía no solo en un organismo probablemente vivo, sino tan antiguo como cualquier otra cosa en la Tierra.

Birtles bautizó al nuevo virus como Mimivirus (es decir, «microbio mimético»). Cuando él y sus colegas escribieron sobre sus hallazgos, al principio no pudieron encontrar ninguna revista dispuesta a publicar su trabajo debido a que resultaban demasiado extraños. La torre de refrigeración fue derribada a finales de la década de 1990, y parece ser que la única colonia de este raro y antiguo virus se perdió con ella.

Sin embargo, desde entonces se han encontrado otras colonias de virus aún más enormes. En 2013, un equipo de investigadores franceses dirigido por Jean-Michel Claverie, de la Universidad de Aix-Marseille (la misma institución a la que estaba vinculado Birtles cuando describió el Mimivirus), encontraron un nuevo virus gigante al que denominaron Pandoravirus, que contiene nada menos que 2.500 genes, el 90 % de los cuales no se hallan en ningún otro organismo de la naturaleza. Más tarde encontraron un tercer grupo, el denominado Pithovirus, que es aún más grande y como mínimo igual de extraño. En total, en el momento de redactar estas líneas se conocen cinco grupos de virus gigantes, que no solo son distintos de todos los demás organismos que hay en la Tierra, sino que asimismo son muy diferentes entre sí. Se ha argumentado que estas extrañas y desconocidas biopartículas constituyen la prueba de la existencia de un cuarto dominio de la vida además de los de las bacterias, las arqueas y los eucariotas, el último de los cuales incluye a los seres complejos como nosotros. En lo que respecta a los microbios, pues, es cierto que estamos solo al principio.

III

Todavía bien entrada la Edad Contemporánea, la idea de que algo tan pequeño como un microorganismo pudiera causarnos un daño grave se consideraba manifiestamente absurda. De ahí que, cuando en 1884 el microbiólogo alemán Robert Koch planteó que el cólera estaba causado íntegramente por un bacilo (una bacteria en forma de bastón), un eminente pero escéptico colega suyo llamado Max von Pettenkofer se mostró tan vehementemente ofendido por la idea que decidió dar el espectáculo y tragarse un vial de bacilos para demostrar que Koch se equivocaba.28 La anécdota resultaría mucho más jugosa si Pettenkofer hubiera caído gravemente enfermo y hubiera tenido que retractarse de sus infundadas objeciones, pero lo cierto es que no enfermó en absoluto. A veces ocurren esas cosas. Actualmente, se cree que lo más probable es que Pettenkofer hubiera contraído el cólera en algún momento anterior de su vida y disfrutara de cierta inmunidad residual. Menos conocido es el hecho de que dos de sus alumnos también bebieron extracto de cólera y ambos enfermaron gravemente. En cualquier caso, el episodio solo sirvió para demorar aún más la aceptación generalizada de la teoría de los gérmenes, como se la conocía; aunque en cierto sentido no importaba demasiado qué causaba el cólera o muchas otras enfermedades comunes, porque, de todos modos, tampoco había ningún tratamiento para ellas.*

Antes de la penicilina, lo más parecido que había a un remedio milagroso era la arsfenamina o Salvarsán, desarrollado por el inmunólogo alemán Paul Ehrlich en 1910; pero el Salvarsán solo resultaba eficaz frente a unas cuantas dolencias, principalmente la sífilis, y tenía muchos inconvenientes.29 Para empezar, estaba elaborado a base de arsénico, por lo que resultaba tóxico, y el tratamiento consistía en inyectar aproximadamente medio litro de solución en el brazo del paciente una vez a la semana durante 50 semanas o más. Si no se administraba exactamente de la manera correcta, el líquido podría filtrarse en el músculo, causando dolorosos efectos secundarios, a veces graves, que podían llegar a requerir la amputación. Los médicos capaces de administrar el medicamento de forma segura se hicieron famosos. Irónicamente, uno de los más respetados fue Alexander Fleming.

La historia del descubrimiento accidental de la penicilina por parte de Fleming se ha contado muchas veces, pero apenas pueden encontrarse dos versiones que coincidan. El primer relato exhaustivo del descubrimiento no se publicó hasta 1944, una década y media después de los acontecimientos que en él se describen, y para entonces los detalles ya resultaban confusos; pero por los datos más fiables que tenemos, la historia fue como sigue. En 1928, mientras Alexander Fleming se tomaba unos días de descanso de su trabajo como investigador médico en el Hospital de St. Mary, en Londres, algunas esporas de moho del género Penicillium entraron en su laboratorio y aterrizaron en una placa de Petri que había quedado olvidada. Gracias a una secuencia de eventos fortuitos —que Fleming no hubiera limpiado sus placas de Petri antes de marcharse de vacaciones, que aquel verano el clima fuera inusualmente frío (y, por lo tanto, favorable para las esporas) y que Fleming permaneciera fuera el tiempo suficiente para que el moho, pese a ser de crecimiento lento, pudiera actuar—, cuando el científico regresó a su trabajo se encontró con que el crecimiento bacteriano en la placa de Petri se había visto notoriamente inhibido.

A menudo, se ha escrito que el hongo que aterrizó en la placa era de un tipo bastante raro, lo que hacía que el descubrimiento resultara prácticamente milagroso, pero parece que eso fue más bien un invento de la prensa. El moho era en realidad Penicillium notatum (actualmente llamado Penicillium chrysogenum), que es muy común en Londres, por lo que no tiene nada de especial que algunas esporas se colaran en el laboratorio y se depositaran en el agar. También se ha convertido en un lugar común afirmar que Fleming no supo sacar partido a su descubrimiento y que pasarían años antes de que otros convirtieran sus hallazgos en un medicamento útil. Esa es, cuando menos, una interpretación mezquina. Para empezar, Fleming merece el mérito de haber sabido percibir la importancia del moho: un científico menos atento podría haberse limitado a deshacerse de todo. Además, consignó diligentemente por escrito su descubrimiento, e incluso mencionó las implicaciones antibióticas de este, en una respetada revista. También hizo un esfuerzo por convertir el descubrimiento en un medicamento utilizable, pero esa era una propuesta técnicamente compleja —como descubrirían otros más tarde—, y él tenía unos objetivos de investigación más acuciantes en aquel momento, por lo que optó por no seguir con ella. A menudo se pasa por alto el hecho de que por entonces Fleming ya era un científico distinguido y atareado. En 1923 había descubierto la lisozima —una enzima antimicrobiana que se encuentra en la saliva, la mucosidad y las lágrimas formando parte de la primera línea de defensa del cuerpo contra los agentes patógenos invasores—, y todavía seguía ocupado en explorar sus propiedades. No era ni un necio ni un chapucero como a veces se da a entender.

A principios de la década de 1930, varios investigadores alemanes desarrollaron un grupo de medicamentos antibacterianos conocidos como sulfonamidas, pero estas no siempre funcionaban bien y a menudo tenían graves efectos secundarios. En Oxford, un equipo de bioquímicos dirigido por el australiano Howard Florey empezó a buscar una alternativa más eficaz, y al hacerlo redescubrió el papel de la penicilina de Fleming. El principal investigador del grupo de Oxford era un excéntrico emigrante alemán llamado Ernst Chain, que tenía un extraño parecido físico con Albert Einstein (incluido el poblado bigote), aunque con un carácter mucho más provocador.30 Había crecido en Berlín, en el seno de una rica familia judía, pero el auge de Adolf Hitler le había llevado a poner tierra de por medio y trasladarse a Inglaterra. Chain dominaba diversos campos, y antes de decantarse por la ciencia había considerado la posibilidad de hacer carrera como concertista de piano. Pero era asimismo un hombre difícil: tenía un temperamento inestable e instintos un tanto paranoicos; aunque también parece justo decir que, si ha habido algún momento en la historia en el que se pudiera excusar la paranoia en un judío, ese fue sin duda la década de 1930. Chain era un insólito candidato a hacer cualquier descubrimiento, ya que tenía un miedo patológico a intoxicarse en un laboratorio.31 Pese a su temor, perseveró, y descubrió con asombro que la penicilina no solo mataba a los agentes patógenos en los ratones, sino que además carecía de efectos secundarios evidentes. Habían encontrado el medicamento perfecto: un fármaco capaz de devastar su objetivo sin causar daños colaterales. El problema, como ya había visto Fleming, era que resultaba muy difícil producir penicilina en cantidades clínicamente útiles.

Bajo la dirección de Florey, Oxford proporcionó una importante cantidad de recursos y espacio de investigación para cultivar el moho y extraer pacientemente de él diminutas cantidades de penicilina. A principios de 1941, dispusieron ya de la cantidad suficiente para probar el fármaco con un policía llamado Albert Alexander, quien representaba un ejemplo trágicamente ideal de cuán vulnerables eran los humanos a las infecciones antes de la llegada de los antibióticos.32 Mientras podaba rosas en su jardín, Alexander se había rascado la cara con una espina. El rasguño se había infectado, y la infección se había extendido. Alexander había perdido un ojo, y cuando lo trataron deliraba y estaba al borde de la muerte. El efecto de la penicilina fue milagroso: al cabo de solo dos días podía sentarse y tenía un aspecto casi normal. Pero los suministros no tardaron en agotarse. En su desesperación, los científicos filtraron y reinyectaron todo lo que pudieron de la propia orina de Alexander; pero al cabo de cuatro días se quedaron sin material. El pobre Alexander recayó y murió.

Con Gran Bretaña centrada en la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos aún ajeno a ella, el esfuerzo por producir penicilina en masa se trasladó a un centro de investigación del gobierno estadounidense situado en Peoria, Illinois. En secreto, se pidió a numerosos científicos y otras partes interesadas de todo el mundo aliado que enviaran muestras de tierra y moho. Cientos de ellos respondieron, pero nada de lo que mandaron resultó prometedor. Cierto día, dos años después de que se iniciaran los experimentos, una ayudante de laboratorio de Peoria llamada Mary Hunt se presentó con un melón cantalupo de una tienda de comestibles local.33 Según recordaría más tarde, había visto que en el melón crecía un «bonito moho dorado». Aquel moho resultó ser doscientas veces más potente que todo lo que habían probado hasta entonces. Hoy nadie recuerda el nombre y la ubicación de la tienda donde Mary Hunt hizo su compra, y tampoco se ha conservado el histórico espécimen de melón: después de raspar el moho, el personal del laboratorio lo cortó a trozos y se lo comió. Pero el moho perduraría. Cada fragmento de penicilina producido desde entonces desciende de ese único melón elegido al azar.34

En el plazo de un año, las compañías farmacéuticas estadounidenses producían 100.000 millones de unidades de penicilina al mes. Los descubridores británicos comprobaron con disgusto que los métodos de producción habían sido patentados por los estadounidenses y que ahora debían pagar regalías para hacer uso de su propio descubrimiento.35

Alexander Fleming no alcanzó la notoriedad como padre de la penicilina hasta los últimos días de la guerra, unos veinte años después de su descubrimiento fortuito, pero lo cierto es que luego se hizo extremadamente famoso. Recibió nada menos que 189 muestras de reconocimiento de diversa índole en todo el mundo, e incluso se le dio su nombre a un cráter lunar. En 1945 compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina con Ernst Chain y Howard Florey. Chain y Florey nunca disfrutaron del reconocimiento popular que merecían, en parte porque eran mucho menos gregarios que Fleming, y en parte porque el relato del descubrimiento accidental de este vendía más que su historia de tenaz dedicación. Asimismo, pese a compartir el Premio Nobel, Chain estaba convencido de que Florey no había reconocido suficientemente su mérito, y su amistad —si es que se la podía llamar así— se disolvió.36

Ya en 1945, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, Fleming advirtió de que los microbios podían desarrollar fácilmente resistencia a los antibióticos si estos últimos se utilizaban de manera descuidada. Raras veces un discurso del Nobel ha resultado más profético.

IV

La gran virtud de la penicilina —su capacidad de fulminar toda clase de bacterias— constituye a la vez su debilidad más elemental. Cuanto más expongamos a los microbios a los antibióticos, más oportunidades tendrán de desarrollar resistencia frente a ellos. Al fin y al cabo, los que sobreviven tras cada tratamiento con antibióticos son justamente los microbios más resistentes; de modo que, al atacar a un amplio espectro de bacterias, lo que hacemos es estimular una gran cantidad de acción defensiva.37 Pero además infligimos una serie de daños colaterales innecesarios. Los antibióticos son más o menos tan sutiles como una granada de mano: eliminan los microbios buenos tanto como los malos. Y existen crecientes evidencias de que algunos de esos microbios buenos pueden no recuperarse nunca, con un coste permanente para nosotros.

Cuando alcanzan la edad adulta, la mayoría de los habitantes del mundo occidental se han visto sometidos ya a un total de entre cinco y veinte tratamientos con antibióticos. Se teme que los efectos de estos puedan ser acumulativos y que cada nueva generación liquide a menos microorganismos que la anterior. Pocas personas son más conscientes de ello que el científico estadounidense Michael Kinch. Cierto día de 2012, cuando Kinch era director del Centro de Descubrimiento Molecular de la Universidad de Yale en Connecticut, su hijo Grant, de doce años, empezó a sentir fuertes dolores abdominales. «Había pasado su primer día de estancia en un campamento de verano y se había comido unos cuantos pastelitos —recuerda Kinch—, así que en un primer momento pensamos que era tan solo una combinación de emoción y excesos; pero los síntomas empeoraron». Finalmente, Grant terminó en el Hospital Yale New Haven, donde no tardaron en sucederse varias cosas alarmantes.38 Se descubrió que se le había roto el apéndice y que sus microbios intestinales habían escapado al abdomen, causándole una peritonitis. Luego la infección se convirtió en septicemia, lo que significaba que se había extendido a la sangre y ahora podía ir a cualquier parte de su cuerpo. Por desgracia, cuatro de los antibióticos que le dieron a Grant no tuvieron efecto alguno en aquellas acechantes bacterias.

«Aquello resultaba realmente asombroso —recuerda Kinch—. Era un niño que solo había tomado antibióticos una vez en la vida, por una infección de oído, y sin embargo tenía bacterias intestinales resistentes a estos. Eso no debería haber ocurrido». Por fortuna, hubo otros dos antibióticos que sí funcionaron, y Grant salvó la vida.

«Tuvo suerte —afirma Kinch—. Se acerca rápidamente el día en que las bacterias de nuestro interior podrían ser resistentes no a las dos terceras partes de los antibióticos con los que las atacamos, sino a todos ellos. Entonces tendremos un auténtico problema».

Hoy Kinch es director del Centro para la Innovación en Investigación en la Empresa de la Universidad Washington en San Luis. Trabaja en una fábrica de teléfonos antaño abandonada y hoy elegantemente rehabilitada que forma parte de un proyecto de recuperación del barrio emprendido por la universidad. «Este solía ser el mejor lugar de San Luis para almacenar crac», explica, no sin cierto atisbo de orgullo irónico. Kinch, un hombre de aspecto jovial recién entrado en la mediana edad, fue invitado a unirse a la Universidad Washington para fomentar el espíritu empresarial, pero uno de sus principales temas de interés sigue siendo la cuestión del futuro de la industria farmacéutica y las posibles fuentes de obtención de nuevos antibióticos. En 2016 escribió un alarmante libro sobre el tema, A Prescription for Change: The Looming Crisis in Drug Development.

«Entre las décadas de 1950 y 1990 —sostiene—, en Estados Unidos se introdujeron alrededor de tres antibióticos al año. Hoy la cifra es de aproximadamente un nuevo antibiótico cada dos años. La tasa de retirada de antibióticos, porque ya no funcionan o han quedado obsoletos, es el doble de la tasa de introducción de otros nuevos. La consecuencia obvia es que el arsenal de medicamentos del que disponemos para tratar las infecciones bacterianas ha disminuido. Y no hay señales de que esa disminución vaya a detenerse».

Algo que empeora mucho más esta situación es que una gran parte del uso que hacemos de los antibióticos resulta simplemente demencial. Siguiendo con el caso estadounidense, casi las tres cuartas partes de los 40 millones de recetas de antibióticos que se prescriben cada año en dicho país son para tratar afecciones que los antibióticos no curan. Según Jeffrey Linder, profesor de Medicina en la Universidad de Harvard, se recetan antibióticos para el 70 % de los casos de bronquitis aguda, a pesar de que las directrices médicas establecen de manera explícita que no son de utilidad alguna en esta dolencia.39

Aún más terrible es el hecho de que en Estados Unidos el 80 % de los antibióticos se emplean para alimentar a animales de granja, principalmente para engordarlos. También es posible que los productores de fruta los utilicen para combatir infecciones bacterianas en sus cultivos. En consecuencia, la mayoría de los estadounidenses consumen antibióticos de segunda mano en sus alimentos (incluso en algunos etiquetados como «de origen ecológico») sin saberlo.40 Suecia prohibió el uso de antibióticos en agricultura en 1986,41 y la Unión Europea hizo lo propio en 1999. Por su parte, en 1977 la Administración de Alimentos y Fármacos de Estados Unidos ordenó suspender el uso de antibióticos para engordar a animales de granja, pero se echó atrás ante el clamor de la protesta desatada por las empresas agrícolas y los congresistas que les daban apoyo.42

En 1945, el año en que Alexander Fleming ganó el Premio Nobel, un caso normal de neumonía neumocócica podía tratarse con éxito con 40.000 unidades de penicilina. Hoy, debido al aumento de la resistencia microbiana, pueden requerirse más de 20 millones de unidades diarias durante muchos días para obtener los mismos resultados. En algunas enfermedades, actualmente, la penicilina ya no tiene ningún efecto. Debido a ello, la tasa de mortalidad por enfermedades infecciosas ha ido en aumento y ha vuelto más o menos a los niveles de hace cuarenta años.43

No se puede jugar con las bacterias. Estas no solo se han ido haciendo cada vez más resistentes, sino que, de hecho, se han convertido en una nueva y temible clase de agentes patógenos conocidos coloquialmente, sin apenas un ápice de exageración, como superbacterias (el término formal es bacterias multirresistentes).44 Staphylococcus aureus es un microbio que se encuentra en la piel humana y en las fosas nasales. Generalmente no resulta dañino, pero es oportunista, y cuando el sistema inmunitario se debilita puede colarse y causar estragos. En la década de 1950 había desarrollado resistencia a la penicilina, pero afortunadamente se había desarrollado un nuevo antibiótico, llamado meticilina, capaz de frenar las infecciones causadas por este microbio. Sin embargo, solo dos años después de la introducción de la meticilina, dos pacientes del Hospital Royal Surrey County de Guildford, en las inmediaciones de Londres, contrajeron sendas infecciones por S. aureus que no respondían al tratamiento con esta. El estafilococo había desarrollado casi de la noche a la mañana una nueva forma resistente al fármaco. La nueva cepa pasó a denominarse Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (o MRSA, por sus siglas en inglés). En el plazo de dos años se había extendido por todo el territorio europeo, y poco después dio el salto al continente americano.45

Se calcula que en la actualidad el MRSA y sus parientes matan cada año a unas 700.000 personas en todo el mundo.46 Hasta hace poco había un medicamento llamado vancomicina de probada eficacia contra el MRSA, pero la bacteria está empezando a hacerse resistente a él. Al mismo tiempo, nos enfrentamos a las infecciones causadas por otro enemigo aparentemente formidable, las llamadas enterobacterias resistentes a los carbapenemas (o CRE, por sus siglas en inglés), que son inmunes a prácticamente todo lo que podemos lanzar contra ellas. Las CRE matan aproximadamente a la mitad de todas las personas a las que enferman.47 Por fortuna, hasta el momento, por regla general, no infectan a personas sanas. Pero más vale que tengamos cuidado si lo hacen.

Pese a ello, a medida que el problema se agrava, la industria farmacéutica está renunciando a intentar crear nuevos antibióticos. «Les resulta demasiado costoso —afirma Kinch—. En la década de 1950, por el equivalente a mil millones de dólares en moneda actual se podían desarrollar unos noventa fármacos. Hoy, por el mismo dinero, solo se puede desarrollar por término medio la tercera parte de un fármaco. Las patentes farmacéuticas duran solo veinte años, pero eso incluye el periodo de ensayos clínicos. Habitualmente, las patentes solo dan a los fabricantes cinco años de protección exclusiva».48 Debido a ello, 16 de las 18 mayores empresas farmacéuticas del mundo han abandonado la búsqueda de nuevos antibióticos.49 La gente solo toma antibióticos durante una semana o dos, de manera que sale mucho más a cuenta centrarse en otros medicamentos como las estatinas o los antidepresivos, que se pueden tomar de manera más o menos indefinida. «Ninguna compañía en su sano juicio desarrollará el próximo antibiótico», afirma Kinch.

El problema no tiene por qué ser irremediable, pero sí es necesario afrontarlo. Al ritmo actual de propagación, se prevé que en el plazo de treinta años la resistencia a los antimicrobianos provocará anualmente 10 millones de muertes evitables —es decir, más de las que actualmente causa el cáncer—, con un probable coste de 100 billones de dólares en dinero actual.50

En lo que casi todo el mundo coincide es en que necesitamos tratamientos basados en un enfoque más específico. En este sentido, una posibilidad interesante sería la de interrumpir las líneas de comunicación bacterianas. Las bacterias nunca llevan a cabo un ataque hasta que han reunido el suficiente número de efectivos —lo que técnicamente se conoce como cuórum— como para que merezca la pena hacerlo. La idea sería, pues, elaborar medicamentos capaces de detectar ese cuórum que no mataran a todas las bacterias, sino que se limitaran tan solo a mantener su número permanentemente por debajo del umbral necesario para desencadenar un ataque.51

Otra posibilidad sería utilizar a un bacteriófago, un tipo de virus que infecta a las bacterias, para que diera caza y matara a aquellas que nos resultan perjudiciales. La mayoría de nosotros no estamos demasiado familiarizados con los bacteriófagos —conocidos también de forma abreviada simplemente como fagos—, pero resulta que son las biopartículas más abundantes de la Tierra.52 Prácticamente, todas las superficies del planeta, incluidos nosotros, están cubiertas de ellos. Y hay algo que hacen extremadamente bien: cada uno de ellos tiene por objetivo un determinado tipo de bacteria concreta. Eso significa que los médicos tendrían que identificar al agente patógeno causante de una determinada enfermedad y luego seleccionar el fago correcto para matarlo, un proceso más costoso y que requiere más tiempo que el uso de antibióticos, pero que, por otra parte, haría mucho más difícil que las bacterias desarrollaran resistencia al tratamiento.

Lo que está claro es que algo hay que hacer. «Tendemos a referirnos a la crisis de los antibióticos como algo inminente —afirma Kinch—, pero no es así en absoluto: es una crisis actual. Como demostró el caso de mi hijo, esos problemas ya están aquí, y van a empeorar mucho más».

O como me dijo un médico: «Estamos contemplando la posibilidad de no poder poner prótesis de cadera o realizar otros procedimientos rutinarios porque el riesgo de infección es demasiado alto».

Puede que no esté tan lejos el día en que la gente vuelva a morirse por pincharse con la espina de una rosa.

4 EL CEREBRO


El cerebro supera al cielo en amplitud,

pues si los juntas aquí,

uno abarca al otro con toda plenitud.

Y también a ti.

EMILY DICKINSON

El objeto más extraordinario del universo se encuentra en el interior de nuestra cabeza. Podríamos recorrer cada centímetro del espacio exterior, y muy posiblemente no encontraríamos en ninguna parte nada tan maravilloso, complejo y de mayor rendimiento que el aproximadamente kilo y medio de masa esponjosa que tenemos entre oreja y oreja.

Pero para tratarse de un objeto tan maravilloso, el cerebro humano resulta tremendamente poco atractivo. Para empezar, está hecho de entre un 75 y un 80 % de agua, mientras que el resto se reparte principalmente entre grasas y proteínas. No deja de ser curioso que tres sustancias tan mundanas puedan unirse de una manera que nos permite pensar, recordar, ver, apreciar la estética y demás. Si el lector pudiera sacarse el cerebro del cráneo, casi con toda seguridad se sorprendería al ver lo blando que es. La consistencia del cerebro se ha comparado, entre otras cosas, con el tofu, la mantequilla blanda o un budín gelatinoso ligeramente recocido.1

La gran paradoja del cerebro es que todo lo que sabemos del mundo nos lo proporciona un órgano que en sí mismo nunca ha visto ese mundo. El cerebro vive en el silencio y la oscuridad, como un preso en una mazmorra. No tiene receptores de dolor, y literalmente tampoco sentimientos. Nunca ha sentido la calidez del sol ni una suave brisa. Para nuestro cerebro, el mundo es solo una corriente de impulsos eléctricos, como golpecitos de código Morse. Y a partir de esa información desnuda y neutra crea para nosotros —en el sentido más literal de crear— un universo vibrante, tridimensional y sensualmente atractivo. Nuestro cerebro es nosotros. Todo lo demás son solo tuberías y andamios.

Simplemente permaneciendo inmóvil y en silencio, sin hacer nada en absoluto, el cerebro obtiene más información en treinta segundos de la que ha procesado el telescopio espacial Hubble en treinta años. Un minúsculo trocito de corteza de un milímetro cúbico —aproximadamente el tamaño de un grano de arena— puede contener 2.000 terabytes de información, cantidad suficiente para almacenar todas las películas que se han hecho nunca con sus tráileres incluidos, o aproximadamente 1.200 millones de copias de este libro.* En total, se calcula que el cerebro humano contiene algo así como unos 200 exabytes de información, lo que equivale aproximadamente a «la totalidad del contenido digital del mundo actual», según Nature Neuroscience.2 Si eso no es lo más extraordinario del universo, entonces, sin duda, nos aguardan algunas maravillas por descubrir.

El cerebro suele representarse como un órgano hambriento: constituye tan solo el 2 % de nuestro peso corporal, pero usa el 20 % de nuestra energía.3 En los recién nacidos, esta cifra supera el 65 %; ello se debe en parte a que los bebés duermen constantemente —su cerebro en crecimiento los agota— y a que tienen una gran cantidad de grasa corporal que pueden utilizar como reserva de energía cuando lo necesitan. En realidad, son nuestros músculos los que más energía utilizan —alrededor de una cuarta parte—; pero, dado que tenemos muchos músculos, si calculamos por unidad de materia, el cerebro resulta ser, con mucho, el más costoso de nuestros órganos.4 Sin embargo, también es maravillosamente eficiente. Nuestro cerebro requiere solo unas 400 calorías diarias de energía, casi lo mismo que obtenemos ingiriendo una magdalena de arándanos. Intente hacer funcionar su ordenador portátil durante 24 horas con una magdalena y verá el resultado.

No obstante, a diferencia de otras partes del cuerpo, el cerebro quema sus 400 calorías a un ritmo constante independientemente de lo que hagamos. Es decir, que pensar mucho no ayuda a adelgazar; de hecho, no parece conferir ningún beneficio en absoluto. Utilizando imágenes obtenidas mediante tomografía por emisión de positrones (TEP), un académico de la Universidad de California en Irvine llamado Richard Haier descubrió que los cerebros que más trabajan suelen ser los menos productivos; en cambio, encontró que los cerebros más eficientes eran los que podían resolver una tarea rápidamente y a continuación pasar a una especie de modo de espera.5

Pese a todos sus poderes, no hay nada en nuestro cerebro que sea específicamente humano. Utilizamos exactamente los mismos componentes —neuronas, axones, ganglios, etc.— que un perro o un hámster. Las ballenas y los elefantes tienen cerebros mucho mayores que el nuestro, aunque, obviamente, también sus cuerpos son mucho más grandes. Pero incluso un ratón ampliado a la escala de un humano tendría un cerebro igual de grande, y muchas aves saldrían aún mejor paradas. Por otra parte, el cerebro humano ha resultado ser algo menos imponente de lo que durante mucho tiempo se había supuesto. Durante años se dijo que tenía 100.000 millones de células nerviosas, o neuronas; pero una minuciosa evaluación realizada en 2015 por la neurocientífica brasileña Suzana Herculano-Houzel reveló que la cifra real ronda los 86.000 millones, lo que representa un descenso bastante sustancial.6

Las neuronas no son como las otras células, que suelen ser compactas y esféricas, sino largas y fibrosas, una forma mucho más apropiada para transmitirse señales eléctricas de unas a otras. La fibra principal de una neurona se denomina axón. En cada uno de sus extremos terminales se divide en una serie de extensiones ramificadas llamadas dendritas, de las que puede llegar a haber hasta 400.000. El diminuto espacio existente entre las terminaciones de las células nerviosas se denomina sinapsis. Cada neurona se interconecta con miles de otras neuronas, dando lugar a billones y billones de conexiones; hasta el punto de que hay tantas conexiones «en un solo centímetro cúbico de tejido cerebral como estrellas en la Vía Láctea», por citar al neurocientífico David Eagleman.7 Es en todo este complejo entramado sináptico donde reside nuestra inteligencia, y no en el número de neuronas, como antaño se creía.

Pero seguramente lo más curioso y extraordinario de nuestro cerebro es cuán innecesario resulta. Para sobrevivir en la Tierra no necesitamos saber escribir música o ser capaces de filosofar: de hecho, solo necesitamos poder pensar mejor que un cuadrúpedo; entonces ¿por qué hemos invertido tanta energía y riesgo en producir una capacidad mental que en realidad no necesitamos? Esa es solo una de las muchas cosas de nuestro cerebro que no nos dirá por sí solo.

Dado que es el más complejo de nuestros órganos, no resulta en absoluto sorprendente que el cerebro tenga más áreas y recovecos con nombre propio que cualquier otra parte del cuerpo; pero para simplificar podemos decir que se divide en tres secciones. En la parte superior, tanto en sentido literal como figurado, está el telencéfalo, que ocupa la mayor parte de la bóveda craneal y es de hecho la región en la que normalmente pensamos cuando hablamos de «el cerebro». El telencéfalo es la sede de todas nuestras funciones superiores. Se divide en dos hemisferios, cada uno de los cuales está básicamente vinculado a un lado del cuerpo, aunque, por razones que ignoramos, la mayor parte del «cableado» cerebral está cruzado, de modo que el lado derecho del cerebro controla el lado izquierdo del cuerpo y viceversa.8 Los dos hemisferios están interconectados por un haz de fibras nerviosas que recibe el nombre de cuerpo calloso (del latín callosus, que significa «resistente»). La característica forma rugosa del cerebro está configurada por profundas fisuras conocidas como surcos y crestas denominadas circunvoluciones, que en conjunto le dotan de una mayor superficie. Los patrones exactos de esos surcos y crestas cerebrales son peculiares de cada individuo —tanto como las huellas dactilares—, pero se ignora si eso tiene algo que ver con nuestra inteligencia o temperamento, o cualquier otra cosa que nos defina.

Cada hemisferio cerebral se divide además en cuatro lóbulos: frontal, parietal, temporal y occipital, cada uno de ellos especializado, a grandes rasgos, en ciertas funciones concretas. El lóbulo parietal gestiona estímulos sensoriales como el tacto y la temperatura; el occipital procesa la información visual, mientras que el lóbulo temporal gestiona principalmente la información auditiva, aunque también contribuye a procesar la información visual. Desde hace unos años se sabe que en el lóbulo temporal existen seis áreas, conocidas como áreas faciales, que se activan cuando observamos otra cara, aunque al parecer todavía no está claro qué partes concretas de la cara activan cada una de esas áreas.9 Por su parte, el lóbulo frontal es la sede de las funciones cerebrales superiores: el razonamiento, la previsión, la resolución de problemas, el control emocional, etc. Es la parte responsable de nuestra personalidad, de quiénes somos. Irónicamente, como señaló en cierta ocasión el neurólogo y autor Oliver Sacks, los lóbulos frontales fueron la última parte del cerebro cuya función logró descifrarse. «Todavía en mi época de estudiante de medicina se los llamaba “los lóbulos silenciosos”», escribió en 2001; no porque se creyera que no tenían función alguna, sino porque sus funciones no se ponían de manifiesto.

Bajo el telencéfalo, en la parte posterior de la cabeza —más o menos en el punto donde se encuentra con la nuca—, se halla el cerebelo (del latín cerebellum, «pequeño cerebro»). Aunque el cerebelo ocupa solo el 10 % de la cavidad craneal, posee más de la mitad de las neuronas cerebrales.10 Tiene tantas neuronas no porque piense mucho, sino porque controla el equilibrio y los movimientos complejos, y eso requiere una gran cantidad de cableado.

En la base del cerebro, descendiendo de él como una especie de caja de ascensor que lo une a la espina dorsal y, a partir de ella, al resto del cuerpo, se sitúa su parte más antigua: el tronco encefálico. Es la sede de nuestras funciones más básicas, como dormir, respirar o mantener el corazón en marcha. El tronco encefálico no suele ser objeto de una excesiva atención en la sabiduría popular, pero resulta tan esencial para nuestra existencia que en el Reino Unido la muerte del tronco encefálico es el principal parámetro empleado a la hora de certificar la muerte en los humanos.

Repartidas por todo el cerebro, como nueces en un pastel de frutas, existen numerosas estructuras de menor tamaño: el hipotálamo, la amígdala, el hipocampo, el septo pelúcido, la comisura habenular, la corteza entorrinal y alrededor de una docena más,* que colectivamente se conocen como sistema límbico (del latín limbus, que significa «periférico»). Es fácil pasarse la vida sin oír ni una sola palabra sobre ninguno de estos componentes, a menos que funcionen mal. Los ganglios basales, por ejemplo, desempeñan un importante papel en el movimiento, el lenguaje y el pensamiento, pero, normalmente, tan solo cuando degeneran y causan la enfermedad de Parkinson llaman nuestra atención.

Pese a su anonimato y sus modestas dimensiones, las estructuras del sistema límbico tienen un papel fundamental en nuestra felicidad, en la medida en que controlan y regulan procesos básicos como la memoria, el apetito, las emociones, el estado de somnolencia o de alerta, y el procesamiento de la información sensorial. El concepto de «sistema límbico» fue ideado en 1952 por un neurocientífico estadounidense, Paul D. MacLean, pero actualmente no todos los neurocientíficos consideran que sus componentes forman un sistema coherente: muchos piensan que se trata simplemente de numerosas piezas independientes vinculadas tan solo por el hecho de que se ocupan del funcionamiento corporal y no del pensamiento.

El componente más importante del sistema límbico es un pequeño centro neurálgico denominado hipotálamo, que en realidad no es una estructura propiamente dicha, sino tan solo un paquete de células neuronales. El nombre no describe su función, sino simplemente dónde se encuentra: bajo el tálamo (el tálamo, un término que significa «cámara interior», es una especie de estación repetidora de información sensorial, y constituye una parte importante del cerebro —obviamente, no hay ninguna parte del cerebro que no lo sea—, pero no es en sí mismo un componente del sistema límbico). El hipotálamo tiene un aspecto curiosamente modesto: solo tiene el tamaño aproximado de un cacahuete y apenas pesa unos tres gramos; sin embargo, controla gran parte de las actividades químicas más importantes del cuerpo. Regula la función sexual, controla el hambre y la sed, monitoriza la cantidad de azúcar y sales en la sangre, y decide cuándo necesitamos dormir. Incluso es posible que desempeñe un papel en la mayor o menor velocidad con la que envejecemos.11 Una buena parte de nuestro éxito o fracaso como seres humanos depende de esta pequeña área situada en el centro de la cabeza.

El hipocampo es fundamental para la consolidación de los recuerdos (el nombre proviene del griego hippókampos, «caballito de mar», por su supuesta similitud con la criatura del mismo nombre). La amígdala (del griego amygdálē, «almendra») está especializada en la gestión de las emociones intensas y estresantes: el miedo, la ira, la ansiedad y toda clase de fobias. Las personas cuyas amígdalas resultan destruidas por algún motivo quedan literalmente libres de temor alguno, y a menudo ni siquiera pueden reconocer el miedo en los demás.12 La amígdala se vuelve particularmente activa cuando dormimos, lo cual puede explicar por qué nuestros sueños suelen resultar tan inquietantes: nuestras pesadillas podrían ser simplemente el resultado del desahogo de las amígdalas.13

Teniendo en cuenta cuán exhaustivamente se ha estudiado el cerebro, y durante cuánto tiempo, resulta notable la cantidad de cosas elementales que todavía ignoramos o, cuando menos, sobre las que aún no somos capaces de ponernos universalmente de acuerdo. Por ejemplo, ¿qué es exactamente la conciencia? ¿O qué es en términos precisos un pensamiento? No es algo que podamos meter en un frasco o untar en la platina de un microscopio, y, sin embargo, un pensamiento es claramente algo real y definido. Pensar constituye nuestro talento más vital y milagroso, y aun así, en un profundo sentido fisiológico, en realidad no sabemos qué es.

Lo mismo podría decirse de la memoria. Sabemos mucho acerca de cómo se ensamblan los recuerdos, y de cómo y dónde se almacenan, pero no por qué guardamos algunos y no otros. Es evidente que tiene poco que ver con su valor o utilidad reales. Por ejemplo, recuerdo perfectamente la alineación inicial del equipo de béisbol de los Saint Louis Cardinals en 1964, algo que desde entonces no ha tenido la menor relevancia para mí y que en realidad tampoco era especialmente útil en ese momento, pero, en cambio, no recuerdo el número de mi propio teléfono móvil, dónde dejo aparcado el coche en cualquier estacionamiento mínimamente grande, cuál era el tercero de los tres productos que mi esposa me encargó que comprara en el supermercado o cualquiera de las muchas otras cosas que resultan incuestionablemente más urgentes y necesarias que recordar la alineación de los Cardinals en 1964 (que, ya puestos, digamos que estaba integrada por Tim McCarver, Bill White, Julián Javier, Dick Groat, Ken Boyer, Lou Brock, Curt Flood y Mike Shannon).

Así pues, nos quedan un montón de cosas por aprender y muchas otras que quizás no descubramos nunca. Pero, en cualquier caso, algunas de las cosas que sí sabemos resultan cuando menos tan sorprendentes como las que ignoramos. Considere, por ejemplo la cuestión de cómo vemos; o, por decirlo de forma un poco más precisa, cómo nos informa el cerebro de lo que vemos.

Eche un vistazo a su alrededor. Los ojos envían 100.000 millones de señales al cerebro cada segundo. Pero eso es solo parte de la historia.14 Cuando «vemos» algo, solo aproximadamente el 10 % de la información proviene del nervio óptico.15 Otras partes del cerebro se encargan de deconstruir las señales: reconocer rostros, interpretar movimientos, identificar peligros… En otras palabras: la mayor parte de la visión no consiste en recibir imágenes visuales, sino en dotarlas de sentido.

Por cada estímulo visual, se necesita una cantidad de tiempo diminuta pero perceptible —alrededor de 200 milisegundos, o la quinta parte de un segundo— para que la información viaje a través de los nervios ópticos hasta el cerebro y este la procese e interprete. Un quinto de segundo no es un lapso de tiempo trivial cuando se requiere una respuesta rápida: retroceder ante un automóvil que se aproxima, por ejemplo, o evitar darse un golpe en la cabeza. Para ayudarnos a lidiar mejor con esta mínima demora, el cerebro hace algo realmente extraordinario: predice constantemente cómo será el mundo dentro de un quinto de segundo, y esa información es la que nos da como si fuera el presente. Eso significa que en realidad nunca vemos el mundo tal como es en ese preciso instante, sino más bien como será dentro de una minúscula fracción de tiempo. En otras palabras: nos pasamos la vida viviendo en un mundo que todavía no existe.

El cerebro nos engaña de muchas y diversas formas en nuestro propio beneficio. El sonido y la luz nos llegan a velocidades muy distintas, un fenómeno que experimentamos cada vez que oímos pasar un avión por encima y, al mirar hacia arriba, comprobamos que el sonido proviene de una parte del cielo mientras, al mismo tiempo, vemos un avión desplazándose silenciosamente en otra. En el mundo más inmediato que nos rodea, normalmente nuestro cerebro elimina esas diferencias, de modo que percibimos que todos los estímulos nos llegan a la vez.

De manera similar, el cerebro «fabrica» todos los componentes que conforman nuestros sentidos. Es un hecho comprobado —por más extraño y contrario a la intuición que pueda parecernos— que los fotones lumínicos no tienen color, ni las ondas sonoras sonido, ni las moléculas odorantes olor. En palabras del médico y autor británico James Le Fanu: «aunque tengamos la abrumadora impresión de que el verde de los árboles y el azul del cielo fluyen a través de nuestros ojos como por una ventana abierta, las partículas de luz que impactan en la retina son incoloras, del mismo modo que las ondas de sonido que impactan en el tímpano son silenciosas y las moléculas odorantes no tienen olor alguno. Todas ellas son partículas subatómicas de materias invisibles e ingrávidas que viajan a través del espacio».16 Toda la exuberante riqueza de la vida se crea en nuestra cabeza. Lo que vemos no es lo que es, sino lo que nuestro cerebro nos dice que es, y ambas cosas no son lo mismo en absoluto. Piense, por ejemplo, en una pastilla de jabón. ¿Alguna vez ha reparado en que la espuma del jabón siempre es blanca independientemente del color del jabón en sí? Eso no se debe a que de algún modo el jabón cambie de color cuando se humedece y se frota. Molecularmente sigue siendo exactamente igual que antes. Lo único que ocurre es que la espuma refleja la luz de manera distinta. Se produce el mismo efecto en las olas rompientes en una playa —agua azul verdosa, pero espuma blanca— y en muchos otros fenómenos. Eso se debe a que el color no es una realidad fija, sino una percepción.

Es probable que en un momento u otro el lector se haya tropezado con esa ilusión óptica que requiere que mire fijamente durante quince o veinte segundos un cuadrado rojo; luego se desplaza la visión a una hoja de papel en blanco, y durante unos momentos puede verse un cuadrado fantasmal de color azul verdoso en el papel. Esta persistencia de imagen —como se denomina el fenómeno— es consecuencia del cansancio provocado en algunos de los fotorreceptores de los ojos al hacerles trabajar con mayor intensidad de lo habitual; pero lo relevante aquí es que el color azul verdoso ni está presente ni ha existido nunca en otro lugar aparte de nuestra imaginación. En un sentido muy real, eso mismo vale para todos los colores.

A nuestro cerebro también se le da extraordinariamente bien identificar patrones y determinar el orden en el caos, tal como muestran estas dos conocidas ilusiones ópticas:


En la primera ilustración, la mayoría de la gente no ve más que manchas dispersas al azar, hasta que se le indica que en la imagen aparece un perro dálmata, y de repente —en la inmensa mayoría de los casos— el cerebro rellena la información que falta y da sentido a toda la composición. La ilusión data de la década de 1960, pero al parecer nadie dejó constancia de quién fue su creador. La segunda ilustración tiene una historia más conocida. Se la conoce como triángulo de Kanizsa, en honor al psicólogo italiano Gaetano Kanizsa, que fue quien la ideó en 1955. Obviamente, la imagen no contiene ningún triángulo real, salvo el que nuestro cerebro añade a ella.

El cerebro hace todas estas cosas por nosotros porque está diseñado para ayudarnos en todo lo que pueda. Sin embargo, lo paradójico es que también resulta sorprendentemente poco fidedigno. Hace unos años, una psicóloga de la Universidad de California en Irvine, Elizabeth Loftus, descubrió que, mediante la sugestión, es posible implantar recuerdos completamente falsos en la mente —por ejemplo, convencer a la gente de que de pequeños sufrieron un trauma al perderse en unos grandes almacenes o un centro comercial, o que Bugs Bunny les dio un abrazo en Disneyland—, a pesar de que tales cosas nunca sucedieran realmente (entre otras cosas, porque Bugs Bunny no es un personaje de Disney y no ha estado nunca en Disneyland).17 Para ello, mostró a diversas personas fotos de sí mismas de pequeñas en las que se había manipulado la imagen para que, por ejemplo, aparecieran subidas en un globo de aire caliente, y a menudo los sujetos recordaban de repente la experiencia y la describían con entusiasmo, aunque en todos los casos se sabía que aquello no había sucedido nunca.

Puede que el lector piense que nunca se dejaría sugestionar hasta ese punto, y probablemente esté en lo cierto: solo alrededor de una tercera parte de las personas son tan crédulas; pero otras evidencias revelan que a veces todos tenemos recuerdos completamente erróneos incluso de los acontecimientos más vívidos. En 2001, inmediatamente después del desastre del 11 de septiembre en el World Trade Center de Nueva York, un grupo de psicólogos de la Universidad de Illinois anotaron las declaraciones detalladas de 700 personas acerca de dónde estaban y qué estaban haciendo cuando se enteraron del suceso. Un año después, los psicólogos formularon las mismas preguntas a las mismas personas, y descubrieron que ahora casi la mitad de ellas se contradecían en algunos aspectos significativos —se situaban en un lugar distinto cuando se enteraron del desastre, creían haberlo visto en televisión cuando en realidad lo habían oído en la radio, etc.—, pero sin ser conscientes de que sus recuerdos habían cambiado (yo, por mi parte, recordaba vívidamente haber visto los acontecimientos en directo por televisión en New Hampshire, donde vivíamos, junto con dos de mis hijos, hasta que más tarde descubrí que en realidad uno de ellos estaba en ese momento en Inglaterra).18

El almacenamiento de la memoria resulta peculiar y extrañamente inconexo. La mente descompone cada recuerdo en sus partes integrantes —nombres, caras, ubicaciones, contextos, cómo se percibe algo al tacto, o incluso si está vivo o muerto—, y envía dichas partes a lugares distintos; luego, cuando volvemos a necesitar el conjunto, las recupera y reagrupa.19 Un solo pensamiento o recuerdo fugaz puede activar un millón o más de neuronas dispersas por todo el cerebro.20 Además, esos fragmentos de recuerdos se desplazan con el tiempo, migrando de una parte de la corteza a otra, por razones que ignoramos por completo. No es de extrañar, pues, que a veces confundamos los detalles.21

El resultado de ello es que la memoria no constituye un registro fijo y permanente, como una serie de documentos en un archivador, sino algo mucho más difuso y mutable. Como explicaba Elizabeth Loftus en una entrevista realizada en 2013: «Es un poco más parecido a una página de Wikipedia. Puedes entrar y modificarla, y lo mismo pueden hacer otras personas».22*

La memoria se clasifica de muchas formas distintas, y no parece haber dos expertos en la materia que utilicen una misma terminología. Las divisiones que se mencionan con mayor frecuencia son entre memoria a largo plazo, a corto plazo y de trabajo (según la duración), y entre memoria procedimental, conceptual, semántica, declarativa, implícita, autobiográfica y sensual (según el tipo). Básicamente, no obstante, se puede decir que la memoria tiene dos variedades principales: la declarativa (o explícita) y la procedimental (o implícita). La memoria declarativa es la integrada por todo aquello que podemos expresar con palabras, como los nombres de las capitales, nuestra fecha de nacimiento, cómo se deletrea «oftalmólogo», y en general todo lo que conocemos en forma de datos. Por su parte, la memoria procedimental se relaciona con aquellas cosas que conocemos y comprendemos, pero que no podemos expresar fácilmente con palabras; por ejemplo, cómo hacemos para nadar, conducir un automóvil, pelar una naranja o identificar los colores.

La memoria de trabajo combina la memoria a corto y a largo plazo. Imagine que le plantean un problema matemático para que lo resuelva. El problema en sí residirá en la memoria a corto plazo —al fin y al cabo, no necesitará recordarlo dentro de unos meses—; en cambio, las habilidades necesarias para realizar el cálculo se almacenan en la memoria a largo plazo.

A veces a los investigadores también les resulta útil distinguir entre la memoria de recuerdo, o de recuperación, que es la relacionada con aquello que podemos recordar espontáneamente —el tipo de cosas a las que recurrimos cuando hacemos una prueba de cultura general—, y la memoria de reconocimiento, que hace referencia a cuando nos sentimos un poco confusos con respecto a la sustancia, pero recordamos el contexto. La memoria de reconocimiento explica por qué a tantos de nosotros nos cuesta recordar el contenido de un libro, pero a menudo podemos recordar dónde lo leímos, el color o el diseño de la portada y otros datos aparentemente irrelevantes. La memoria de reconocimiento resulta ciertamente útil porque no satura el cerebro con detalles innecesarios, pero nos ayuda a recordar dónde podemos encontrar esos detalles en caso de que volvamos a necesitarlos.

La memoria a corto plazo es realmente de muy corta duración: guarda durante un máximo de medio minuto más o menos cosas tales como direcciones y números de teléfono (si podemos seguir recordando algo después de medio minuto, técnicamente ya no estamos utilizando la memoria a corto plazo, sino a largo plazo). Para la mayoría de las personas, la memoria a corto plazo deja bastante que desear: todo lo que la mayoría de nosotros somos capaces de retener de manera fiable durante algo más de unos momentos son alrededor de seis palabras o dígitos aleatorios.

Por otra parte, con esfuerzo podemos entrenar nuestra memoria para que esta realice las más extraordinarias acrobacias. En Estados Unidos, por ejemplo, se celebra cada año un campeonato nacional de memoria, y las hazañas que allí se realizan resultan verdaderamente asombrosas.23 Uno de los campeones del torneo podía recordar 4.140 dígitos aleatorios tras observarlos durante solo 30 minutos. Otro era capaz de recordar 27 mazos de cartas barajados al azar en el mismo periodo de tiempo. Y otro podía recordar la disposición de una baraja después de solo 32 segundos de estudio. Puede que este no sea el uso más provechoso de la mente humana, pero sin duda constituye una demostración de sus increíbles poderes y versatilidad. Por cierto: la mayoría de estos campeones de la memoria no están dotados de una inteligencia espectacular. Simplemente, se hallan lo bastante motivados para entrenar su memoria a fin de realizar algunos extraordinarios trucos.

Antes se creía que toda experiencia se almacenaba permanentemente en forma de memoria en alguna parte del cerebro, pero la mayor parte de ella permanecía bloqueada fuera del alcance de nuestra capacidad de recuerdo inmediato. Esta idea surgió sobre todo a raíz de una serie de experimentos realizados en Canadá entre las décadas de 1930 y 1950 por el neurocirujano Wilder Penfield.24 Mientras llevaba a cabo una serie de procedimientos quirúrgicos en el Instituto Neurológico de Montreal, Penfield descubrió que, cuando sondaba el cerebro de los pacientes, a menudo evocaba potentes sensaciones en ellos: vívidos olores de la infancia, sentimientos de euforia, o a veces la rememoración de una escena olvidada de los primeros años de vida. Esto llevó a concluir que el cerebro registra y almacena todos los acontecimientos conscientes de nuestra vida, por triviales que sean. Sin embargo, actualmente se cree que lo que la estimulación proporcionaba era básicamente la sensación de recordar, y que lo que los pacientes experimentaban era más una alucinación que un acontecimiento realmente rememorado.

De lo que no cabe duda es de que retenemos mucho más de lo que podemos traer fácilmente a la mente. Es posible que el lector no recuerde muchas cosas del barrio donde vivió de pequeño, pero si volviera y recorriera sus calles seguramente rememoraría detalles muy concretos en los que no había pensado durante años. Con tiempo y estímulo suficiente, probablemente todos nos quedaríamos sorprendidos al comprobar cuánto hemos llegado a almacenar en nuestra mente.

Hay una persona de la que hemos aprendido buena parte de lo que hoy sabemos sobre la memoria, y fue, irónicamente, un hombre que tenía muy poca.25 Henry Molaison era un joven de veintisiete años de Connecticut, afable y apuesto, que sufría paralizantes episodios de epilepsia. En 1953, inspirándose en los trabajos de Wilder Penfield en Canadá, un cirujano llamado William Scoville perforó la cabeza de Molaison y extrajo la mitad del hipocampo de cada hemisferio y la mayor parte de las amígdalas. El procedimiento redujo en gran medida las convulsiones de Molaison (si bien no las eliminó por completo), pero al trágico precio de privarle de la capacidad de formar nuevos recuerdos, una afección conocida como amnesia anterógrada. Molaison recordaba acontecimientos de su pasado lejano, pero le resultaba prácticamente imposible guardar recuerdos nuevos: si alguien salía de la habitación, era olvidado de inmediato. Incluso el psiquiatra que estuvo visitándole casi a diario durante años era una persona nueva para él cada vez que entraba por la puerta. Molaison seguía reconociéndose en el espejo, pero a menudo se sorprendía al ver cuánto había envejecido. De vez en cuando, y de forma misteriosa, podía conservar unos pocos recuerdos. Recordaba que John Glenn era un astronauta, y Lee Harvey Oswald, un asesino (aunque no a quién había asesinado este último), y logró aprenderse la dirección y la disposición de su nueva casa cuando se mudó. Pero aparte de eso estaba encerrado en un eterno presente que nunca podía entender. El calvario del pobre Henry Molaison fue la primera indicación científica de que el hipocampo tiene un papel esencial en la formación de los recuerdos. Pero lo que los científicos realmente aprendieron de Molaison no fue tanto el funcionamiento de la memoria como lo difícil que resulta llegar a entender cómo funciona.

El que sin duda constituye el rasgo más llamativo del cerebro es el hecho de que todos sus procesos superiores —pensar, ver, oír, etc.— tienen lugar directamente en su superficie, en el recubrimiento de 4 milímetros de espesor que forma la corteza cerebral. La primera persona que cartografió esta área fue el neurólogo alemán Korbinian Brodmann (1868-1918). Brodmann fue uno de los más brillantes y menos apreciados de todos los neurocientíficos modernos. En 1909, mientras trabajaba en un instituto de investigación en Berlín, identificó minuciosamente 47 regiones distintas de la corteza cerebral que desde entonces se conocen como áreas de Brodmann. «Raras veces en la historia de la neurociencia una sola ilustración ha sido tan influyente», escribirían Karl Zilles y Katrin Amunts en Nature Neuroscience un siglo después.26

Brodmann, un hombre tremendamente tímido, fue ignorado repetidamente a la hora de conceder ascensos, pese a la importancia de su trabajo, y luchó durante años para obtener un puesto de investigación apropiado.27 Su carrera se vio aún más frustrada con el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando le destinaron a trabajar en un manicomio de Tubinga. Finalmente, en 1917, a los cuarenta y ocho años, cambió su suerte. Consiguió un puesto importante como jefe del Departamento de Anatomía Topográfica en un instituto de Múnich. Por fin había logrado la seguridad económica necesaria para casarse y tener un hijo, cosa que hizo al poco tiempo. Pero Brodmann no llegó a disfrutar siquiera un año entero de aquella inusual serenidad: en el verano de 1918, once meses y medio después de su matrimonio, dos meses y medio después del nacimiento de su hijo, y en la época más feliz de su vida, contrajo una infección repentina y murió al cabo de cinco días. Tenía cuarenta y nueve años.

La región que cartografió Brodmann, la corteza cerebral, no es otra que la célebre materia gris del cerebro. Por debajo se halla la materia blanca, que ocupa un volumen mucho mayor y se llama así porque las neuronas están recubiertas de un aislante graso de color claro, denominado mielina, que acelera enormemente la velocidad a la que se transmiten las señales. Tanto la materia blanca como la gris tienen nombres engañosos.28 La materia gris no es que sea precisamente gris cuando está viva, sino que tiene más bien un tono rosado: solo se vuelve visiblemente gris en ausencia de flujo sanguíneo y con la adición de conservantes. La denominación de materia blanca también hace referencia a un atributo póstumo, puesto que es el proceso químico de conservación el que proporciona un luminoso color blanco a los recubrimientos de mielina de sus fibras nerviosas.

Digamos de paso que la idea de que solo utilizamos el 10 % de nuestro cerebro es un mito.29 Nadie sabe de dónde surgió esa idea, pero nunca ha sido cierta ni tan siquiera se ha acercado a la verdad. Puede que no lo utilicemos con demasiada sensatez, pero, de una forma u otra, no hay duda de que empleamos todo nuestro cerebro.

El cerebro tarda mucho en formarse por completo. En la adolescencia solo se ha completado el 80 % del cableado cerebral (lo cual puede que no sea una gran sorpresa para los padres de adolescentes).30 Aunque la mayor parte del crecimiento cerebral se produce en los primeros dos años de vida y termina en un 95 % a los diez, las sinapsis no están completamente interconectadas hasta que la persona tiene entre veinticinco y treinta años. Eso significa que, en la práctica, la adolescencia se prolonga hasta bien entrada la edad adulta. Mientras tanto, la persona en cuestión seguramente tendrá un comportamiento más impulsivo y menos reflexivo que sus mayores, y asimismo será más susceptible a los efectos del alcohol. «El cerebro adolescente no es solo un cerebro adulto con menos kilómetros», escribía en 2008 la profesora de neurología Frances E. Jensen en Harvard Magazine. Es, más bien, un tipo de cerebro completamente distinto.

El núcleo accumbens, una región del prosencéfalo asociada al placer, alcanza su mayor tamaño en la adolescencia. Al mismo tiempo, el cuerpo produce más dopamina —el neurotransmisor responsable de la sensación de placer— que en ningún otro momento. De ahí que las sensaciones que tenemos de adolescentes sean más intensas que en cualquier otra etapa de la vida. Pero eso también hace que la búsqueda de placer suponga un riesgo inherente a la adolescencia. La principal causa de muerte entre los adolescentes son los accidentes de tráfico, y la principal causa de dichos accidentes es el mero hecho de estar en compañía de otros adolescentes.31 Por ejemplo, cuando en un coche viaja más de un adolescente, el riesgo de accidente se incrementa en un 400 %.

Todo el mundo ha oído hablar de las neuronas, pero no hay mucha gente familiarizada con las otras células importantes del cerebro, las denominadas neuroglías o células gliales, lo cual no deja de resultar un poco extraño, dado que estas superan en número a las neuronas en una proporción de 10 a 1. Las neuroglías (el término glía significa «pegamento» o «masilla») son células que dan apoyo a las neuronas tanto en el cerebro como en el sistema nervioso central. Durante mucho tiempo se creyó que no eran demasiado importantes: se pensaba que su función era principalmente proporcionar una especie de soporte físico o matriz extracelular —como la llaman los anatomistas— a las neuronas; pero hoy sabemos que participan en numerosos e importantes procesos químicos que van desde la producción de mielina hasta la eliminación de desechos.

Existen bastantes discrepancias en torno a la cuestión de si el cerebro puede producir o no nuevas neuronas. A comienzos de 2018, un equipo de investigaciones de la Universidad de Columbia, dirigido por Maura Boldrini, anunció que no había ninguna duda de que los hipocampos cerebrales producen al menos un cierto número de neuronas nuevas; pero otro equipo, esta vez de la Universidad de California en San Francisco, llegó exactamente a la conclusión opuesta. La dificultad es que no existe una forma infalible de saber si las neuronas del cerebro son nuevas o no.32 Lo que está fuera de toda duda es que, aun en el caso de que realmente produzcamos algunas neuronas nuevas, su número no basta ni de lejos para compensar la pérdida de estas debida al envejecimiento general, por no hablar de los casos de apoplejía o alzhéimer. De modo que, ya sea literalmente o solo a efectos prácticos, el hecho es que las células cerebrales que tengamos una vez superemos la primera infancia son todas las que vamos a tener en la vida.

La parte positiva es que el cerebro puede compensar una pérdida de masa, aunque sea bastante severa. En un caso mencionado por James Le Fanu en su libro Why Us?, tras escanear el cerebro de un hombre de mediana edad e inteligencia normal, los médicos se sorprendieron al descubrir que tenía las dos terceras partes del espacio interior del cráneo ocupadas por un gigantesco quiste benigno que aparentemente albergaba desde su infancia. Le faltaban íntegramente los lóbulos frontales, y parte de los parietales y temporales. El tercio de cerebro restante simplemente había asumido los deberes y las funciones de los dos tercios ausentes, y lo había hecho tan bien que ni él ni nadie habían sospechado nunca que estaba funcionando con una capacidad notablemente reducida.33

Pese a todas sus maravillas, el cerebro es un órgano curiosamente reservado. El corazón late y bombea, los pulmones se hinchan y se deshinchan, los intestinos murmuran y gorgotean discretamente; pero el cerebro se limita a permanecer inmóvil como una masa gelatinosa sin exteriorizar nada en absoluto. Nada en su estructura sugiere en apariencia que es un instrumento de pensamiento superior. Como dijo en cierta ocasión el profesor John R. Searle: «Si uno tuviera que diseñar una máquina orgánica para bombear sangre, puede que se le ocurriera algo parecido a un corazón; pero si tuviera que diseñar una máquina para producir conciencia, ¿quién pensaría en cien mil millones de neuronas?».34

Apenas resulta sorprendente, pues, que nuestro conocimiento de cómo funciona el cerebro tardara tanto en llegar y fuera en gran medida fortuito. Uno de los grandes eventos de los primeros años de la neurociencia (y hay que decir también que uno sobre los que más se ha escrito) ocurrió en 1848 en una zona rural de Vermont cuando un joven trabajador del ferrocarril llamado Phineas Gage estaba introduciendo dinamita en una roca y esta explotó prematuramente, disparando una barra de retacar (o atacador) de medio metro de largo en dirección hacia él, con tan mala fortuna que le entró por la mejilla izquierda, le atravesó el cráneo y salió por la parte superior de la cabeza antes de caer finalmente en el suelo con gran estrépito a unos metros de distancia. La barra eliminó un trozo de cerebro de forma perfectamente cilíndrica de unos 2,5 centímetros de diámetro. Milagrosamente, Gage sobrevivió, y parece que ni siquiera perdió el conocimiento, aunque sí el ojo izquierdo, y su personalidad se transformó para siempre. De ser una persona despreocupada y popular, pasó a convertirse en un hombre malhumorado, pendenciero y dado a la blasfemia. Simplemente, «ya no era Gage», como declaró con tristeza un viejo amigo. Como les sucede a menudo a las personas que sufren lesiones en el lóbulo frontal, Gage no tenía ni idea de lo que le ocurría y no entendía qué había cambiado. Incapaz de sentar cabeza, se fue de Nueva Inglaterra a Sudamérica, y de allí a San Francisco, donde moriría a los treinta y seis años después de haber empezado a sufrir convulsiones.

La desgracia de Gage fue la primera evidencia de que una lesión física del cerebro podía transformar la personalidad, pero en las décadas siguientes otros observaron que, cuando los tumores destruían o afectaban partes de los lóbulos frontales, en ocasiones las víctimas se volvían curiosamente serenas y plácidas. En la década de 1880, en una serie de operaciones quirúrgicas, un médico suizo llamado Gottlieb Burckhardt extirpó 18 gramos de cerebro de una mujer perturbada en un intento de convertirla (en sus propias palabras) de «una persona demente peligrosa y excitada en una demente tranquila».35 Burckhardt probó el mismo proceso en otros cinco pacientes más, pero tres murieron y dos desarrollaron epilepsia, de modo que se dio por vencido. Cincuenta años después, en Portugal, un profesor de neurología de la Universidad de Lisboa, Egas Moniz, decidió intentarlo de nuevo y empezó a cortar experimentalmente los lóbulos frontales de pacientes esquizofrénicos para ver si aquello podía sosegar sus atormentadas mentes. Había inventado la lobotomía frontal (más conocida entonces como leucotomía, especialmente en Gran Bretaña).

Moniz proporcionó una demostración casi perfecta de cómo no hay que hacer ciencia:36 emprendió operaciones sin tener ni idea del daño que podían causar o de cuáles serían los resultados; no realizó experimentos preliminares en animales; no seleccionó meticulosamente a sus pacientes ni realizó después un seguimiento minucioso de los resultados; y de hecho ni siquiera realizó por sí mismo ninguna de las operaciones, sino que se limitó a supervisar a sus colaboradores más jóvenes para luego atribuirse alegremente el mérito de cualquier posible éxito. Su método funcionó, hasta cierto punto. Las personas lobotomizadas solían volverse menos violentas y más manejables, pero también sufrían sistemáticamente una pérdida de personalidad generalizada e irreversible. Pese a las numerosas deficiencias del procedimiento y los lamentables estándares clínicos de Moniz, este fue agasajado en todo el mundo, y en 1949 recibió el espaldarazo definitivo del Premio Nobel.

En Estados Unidos, un médico llamado Walter Jackson Freeman supo del procedimiento de Moniz y se convirtió en su acólito más entusiasta. Durante un periodo de casi cuarenta años, Freeman recorrió todo el país practicando lobotomías a casi cualquiera que se le pusiera por delante. En una de sus giras lobotomizó a 225 personas en solo doce días. Algunos de sus pacientes eran extremadamente jóvenes, hasta de solo cuatro años. Operaba a personas con fobias, a borrachos recogidos en la calle, a condenados por actos homosexuales…, en suma, a cualquiera con casi cualquier tipo de supuesta aberración mental o social. El método de Freeman era tan rápido y brutal que hacía retroceder horrorizados a otros médicos: insertaba un picahielos doméstico normal y corriente en el cerebro a través de la cuenca del ojo, golpeándolo con un martillo para abrirse a través del hueso del cráneo, y luego lo movía vigorosamente de un lado a otro para cortar las conexiones neuronales. He aquí la alegre descripción del procedimiento que hacía el propio autor en una carta a su hijo:

Los… dejo sin sentido con una descarga y, mientras están bajo la «anestesia», introduzco un picahielos entre el globo ocular y el párpado a través del techo de la órbita en el lóbulo frontal del cerebro y hago el corte lateral meneando el objeto de un lado a otro. He hecho dos pacientes en ambos lados y otro en un lado sin tener complicaciones, excepto un ojo muy amoratado en un caso. Puede que haya problemas más adelante, pero parecía bastante fácil, aunque definitivamente resulta algo desagradable de ver.

¡Y tanto! El procedimiento era tan crudo que un experimentado neurólogo de la Universidad de Nueva York se desmayó mientras observaba una operación de Freeman.37 Pero también era rápido: normalmente, los pacientes podían irse a casa en cuestión de una hora. Y fue precisamente esa rapidez y simplicidad lo que deslumbró a muchos en la comunidad médica. Asimismo, Freeman era extraordinariamente informal en sus métodos: operaba sin guantes ni mascarilla quirúrgica, y solía ir vestido con ropa de calle. Su sistema no dejaba cicatrices, pero también implicaba que estaba operando a ciegas, sin ninguna certeza acerca de qué capacidades mentales destruía. Por otra parte, dado que los picahielos no se diseñaban para la cirugía cerebral, a veces se rompían dentro de la cabeza del paciente y tenían que ser extirpados quirúrgicamente, si es que no lo mataban primero. A la larga, Freeman diseñó un instrumento especializado para el procedimiento, pero básicamente era tan solo un picahielos más robusto.

Lo que probablemente resulta aún más extraordinario es que Freeman era psiquiatra y carecía de cualificación quirúrgica, un hecho que horrorizó a muchos otros médicos.38 Aproximadamente las dos terceras partes de los pacientes a los que intervino no obtuvieron ningún beneficio con el procedimiento o, de hecho, empeoraron,39 y un 2 % murieron. Su fracaso más sonado fue el caso de Rosemary Kennedy, hermana del que sería presidente de Estados Unidos.40 En 1941, Rosemary era una muchacha de veintitrés años vivaz y atractiva, pero testaruda y con tendencia a los cambios de humor. También tenía dificultades de aprendizaje, aunque parece ser que no eran tan graves e incapacitantes como a veces se ha dicho. Su padre, exasperado por su terquedad, hizo que Freeman la lobotomizara sin consultar a su esposa. La lobotomía prácticamente destruyó a Rosemary, que pasó los sesenta y cuatro años siguientes en un psiquiátrico del Medio Oeste, incapaz de hablar, incontinente y carente de personalidad. Su amorosa madre estuvo veinte años sin ir a verla.

Poco a poco, a medida que se hacía evidente que Freeman y otros como él estaban dejando un rastro de despojos humanos tras de sí, el procedimiento fue pasando de moda, especialmente con el desarrollo de fármacos psicoactivos eficaces. Freeman siguió realizando lobotomías hasta bien entrada la setentena, antes de retirarse finalmente en 1967. Pero las consecuencias de lo que hicieron él y otros durarían años. Puedo hablar por experiencia propia. A principios de la década de 1970, trabajé durante dos años en un hospital psiquiátrico, en las afueras de Londres, donde había un pabellón ocupado en gran parte por pacientes que habían sido lobotomizados en las décadas de 1940 y 1950. Todos ellos eran, casi sin excepción, obedientes e inánimes cáscaras vacías.*

El cerebro es uno de nuestros órganos más vulnerables. Paradójicamente, el propio hecho de que esté tan perfectamente encajado en su cráneo protector lo hace susceptible a sufrir daños cuando se inflama debido a una infección o cuando acumula líquido, como ocurre en caso de hemorragia, puesto que ese material adicional no tiene sitio.41 El resultado es una compresión del cerebro que puede tener consecuencias fatales. También es fácil que se produzcan lesiones cuando el cerebro se golpea contra el cráneo debido a un repentino movimiento violento, como en un accidente de tráfico o una caída. La fina capa de líquido cefalorraquídeo que contienen las meninges —la membrana externa del cerebro— proporciona una ligera amortiguación, pero solo hasta cierto punto. Este tipo de lesiones, conocidas como lesiones por contragolpe, aparecen en el lado del cerebro opuesto al punto de impacto debido a que el cerebro se ve proyectado contra su propia cubierta protectora (o, en este caso, no tan protectora).42 Resultan especialmente comunes en los deportes de contacto, y si son graves o se repiten con frecuencia pueden generar una afección cerebral degenerativa conocida como encefalopatía traumática crónica (ETC). Según ciertas estimaciones, entre el 20 y el 45 % de los jugadores retirados de la Liga Nacional de Fútbol Americano padecen algún tipo de ETC, pero se cree que esta afección también es común en los exjugadores de rugby y de fútbol australiano, e incluso en los jugadores de fútbol europeo que solían darle regularmente al balón con la cabeza.

Además de las lesiones por contacto, el cerebro también es vulnerable a sus propias tempestades internas. Las apoplejías y las convulsiones son debilidades peculiarmente humanas. La mayoría de los otros mamíferos nunca sufren apoplejías, y aun en el caso de los que las sufren se trata de un hecho bastante raro. Para los humanos, en cambio, y según la Organización Mundial de la Salud, constituye la segunda causa de muerte en todo el mundo. Resulta un tanto misterioso por qué ocurre eso. Como observa Daniel Lieberman en La historia del cuerpo humano, el cerebro recibe un excelente suministro de sangre para minimizar el riesgo de apoplejía y, aun así, estas se producen.

También la epilepsia constituye un persistente misterio, pero con el agravante de que a lo largo de la historia sus víctimas han sido sistemáticamente rechazadas y anatematizadas. Todavía bien entrado el siglo XX era habitual que los expertos en medicina creyeran que las convulsiones eran infecciosas, y que el mero hecho de ver a alguien sufrir una convulsión podía provocar a su vez convulsiones en quienes lo presenciaran. Los epilépticos a menudo eran tratados como deficientes mentales y confinados en instituciones. En Estados Unidos, todavía en una fecha tan reciente como 1956, en 17 estados era ilegal que los epilépticos se casaran; asimismo, en 18 estados se les podía esterilizar contra su voluntad. La última ley en ese sentido no se derogó hasta 1980. En Gran Bretaña, la epilepsia se mantuvo en los códigos de leyes como causa de anulación del matrimonio hasta 1970.43 Como señalaba hace unos años el doctor Rajendra Kale en el British Medical Journal: «La historia de la epilepsia puede resumirse en cuatro mil años de ignorancia, superstición y estigmatización seguidos de cien años de conocimiento, superstición y estigmatización».44

La epilepsia no es propiamente una sola enfermedad, sino un conjunto de síntomas que pueden variar desde un breve lapso de pérdida de consciencia hasta una serie de prolongadas convulsiones, todo ello causado por una disfunción de las neuronas cerebrales. La epilepsia puede originarse por una enfermedad o un traumatismo craneoencefálico, pero a menudo no existe un desencadenante claro, sino tan solo una convulsión repentina y aterradora que aparece de repente. Los fármacos modernos han reducido o eliminado en gran medida las convulsiones en millones de pacientes, pero alrededor del 20 % de los epilépticos no responden a la medicación. Cada año, alrededor de uno de cada mil epilépticos mueren durante o inmediatamente después de una convulsión, una dolencia conocida como muerte súbita e inesperada en la epilepsia. Como señala el autor Colin Grant en A Smell of Burning: The Story of Epilepsy: «Nadie sabe qué la causa. Simplemente, el corazón se detiene». Asimismo, uno de cada mil epilépticos muere trágicamente cada año por perder el conocimiento en circunstancias desafortunadas; por ejemplo, en el baño, o golpeándose la cabeza con fuerza en una caída.

El hecho ineludible es que el cerebro resulta ser un lugar tan inquietante como maravilloso. Parece haber un número casi ilimitado de síndromes y dolencias curiosas o extrañas asociadas a trastornos neuronales. Las personas que sufren el síndrome de Anton-Babinski, por ejemplo, se quedan ciegas, pero se niegan a creerlo. En el de Riddoch, las víctimas no pueden ver los objetos a menos que estén en movimiento. El síndrome de Capgras es una dolencia en la que las víctimas se convencen de que personas a las que conocen bien son en realidad impostores.45 En el de Klüver-Bucy, la víctima desarrolla un deseo irresistible de comer y fornicar de manera indiscriminada (para la comprensible consternación de sus seres queridos).46 Pero probablemente el más extraño de todos sea el delirio de Cotard, en el que la víctima cree estar muerta y no hay forma de convencerle de lo contrario.47

Nada relacionado con el cerebro es sencillo. Incluso la inconsciencia es un asunto complejo. Aparte de estar dormido, anestesiado o conmocionado, uno puede estar en coma (con los ojos cerrados y completamente inconsciente), en estado vegetativo (con los ojos abiertos pero inconsciente) o mínimamente consciente (ocasionalmente lúcido pero mayoritariamente confuso o inconsciente). Y también está el síndrome de enclaustramiento, que difiere de todo lo anterior: el sujeto está plenamente consciente, pero paralizado, y, a menudo, solo puede comunicarse mediante parpadeos.48

Nadie sabe cuántas personas hay actualmente en el mundo vivas pero en un estado mínimamente consciente o peor, aunque en 2014 la revista Nature Neuroscience calculó que probablemente la cifra global ascendía a cientos de miles.49 En 1997, Adrian Owen, por entonces un joven neurocientífico que trabajaba en Cambridge, descubrió que algunas personas a las que se creía en estado vegetativo en realidad estaban plenamente conscientes, pero eran incapaces de hacérselo saber a nadie.

En su libro Into the Grey Zone, Owen analiza el caso de una paciente llamada Amy, que sufrió una grave lesión en la cabeza en una caída y durante años estuvo postrada en una cama de hospital. Utilizando la técnica de imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) y observando atentamente las respuestas neuronales de la mujer cuando los investigadores le formulaban una serie de preguntas, pudieron determinar que estaba plenamente consciente. «Había oído todas las conversaciones, reconocía a todos los visitantes y escuchaba atentamente cada decisión que se tomaba en su nombre». Pero no podía mover ni un músculo: ni siquiera para abrir los ojos, rascarse o expresar cualquier deseo. Owen cree que aproximadamente entre el 15 y el 20 % de las personas que se cree que se hallan en un permanente estado vegetativo en realidad están plenamente conscientes. Aún hoy, la única forma de saber con certeza si un cerebro funciona o no es si su propietario lo dice.

Probablemente haya pocas circunstancias más inesperadas en relación con nuestro cerebro que el hecho de que en la actualidad este resulte ser más pequeño que hace 10.000 o 12.000 años, y no poco. Concretamente, desde entonces el cerebro medio se ha reducido de 1.500 a 1.350 centímetros cúbicos, lo que equivale a eliminar una porción de cerebro del tamaño de una pelota de tenis. Esta diferencia no resulta nada fácil de explicar, puesto que sucedió en todo el mundo al mismo tiempo, como si todos nosotros hubiéramos acordado reducir los cerebros en virtud de un tratado. La creencia generalizada es que nuestro cerebro simplemente se ha vuelto más eficiente y capaz de concentrar un mayor rendimiento en un espacio más pequeño, de manera similar a los teléfonos móviles, que se han ido haciendo cada vez más sofisticados conforme se han ido reduciendo de tamaño. Pero nadie puede demostrar que lo que ha ocurrido no es sencillamente que nos hemos vuelto más tontos.

Durante aproximadamente ese mismo periodo, nuestro cráneo también se ha hecho más fino. Tampoco nadie sabe explicar realmente por qué. Puede ser simplemente que nuestro estilo de vida menos vigoroso y activo implique que no necesitamos invertir tanto material como antes en los huesos del cráneo.50 Pero una vez más, la explicación también podría ser, sencillamente, que ya no somos lo que éramos.

Y con ese pensamiento aleccionador como motivo de reflexión, pasemos al resto de la cabeza.

5 LA CABEZA


No fue tan solo una idea, sino una revelación. Ante la visión de aquel cráneo, me pareció comprender de repente, iluminado como una vasta llanura bajo un cielo encendido, el problema de la naturaleza del criminal.

CESARE LOMBROSO

Todos sabemos que no se puede vivir sin la cabeza; pero exactamente durante cuánto tiempo es una cuestión que fue objeto de especial atención a finales del siglo XVIII. Era un buen momento para preguntárselo, dado que la Revolución francesa proporcionaba a las mentes inquietas un suministro constante de cabezas recién cortadas para examinar.

Una cabeza decapitada todavía conservará algo de sangre oxigenada, por lo que la pérdida de consciencia puede no ser instantánea. Las estimaciones acerca de cuánto tiempo puede seguir funcionando el cerebro varían entre dos y siete segundos; y eso presuponiendo un corte limpio, lo que no siempre era el caso, ni mucho menos. La cabeza no se desprende fácilmente, ni siquiera con un golpe rotundo con un hacha especialmente afilada asestado por un experto. Como señala Frances Larson en su fascinante historia de la decapitación, Severed, María, reina de Escocia, necesitó tres fuertes hachazos antes de que su cabeza cayera en la cesta, y el suyo era un cuello relativamente delicado.1

Muchos observadores de ejecuciones afirmaban haber presenciado signos de consciencia en las cabezas recién cortadas. Se decía que Charlotte Corday, guillotinada en 1793 por asesinar al líder radical Jean-Paul Marat, mostró una expresión de furia y resentimiento cuando el verdugo alzó su cabeza ante los vítores de la multitud.2 En otros casos —señala Larson—, hubo testigos que aseguraron haber visto a los ejecutados parpadear o mover los labios como si trataran de hablar. Se decía que un hombre llamado Terier volvió sus ojos hacia un orador unos quince minutos después de que su cabeza se hubiera separado del cuerpo. Sin embargo, nadie sabía con certeza qué parte de todo eso podía deberse a meros reflejos musculares o a exageraciones propias del posterior relato de los hechos. En 1803, dos investigadores alemanes decidieron aportar algo de rigor científico al asunto. Para ello, se abalanzaban sobre las cabezas en cuanto caían y se apresuraban a examinarlas en busca de cualquier señal de consciencia, gritando: «¿Me oye?». Como ninguna de ellas respondió, los investigadores concluyeron que la pérdida de consciencia era inmediata, o al menos demasiado rápida para poder medirla.

Ninguna otra parte del cuerpo ha sido objeto de una atención más desacertada, ni ha demostrado ser más resistente a la comprensión científica, que la cabeza. El siglo XIX en particular fue una especie de edad de oro en ese sentido. Este periodo presenció el auge de dos disciplinas que son distintas, pero que a menudo se confunden: la frenología y la craneometría. La frenología era una práctica consistente en correlacionar las protuberancias del cráneo con capacidades mentales y atributos de carácter, y siempre fue una actividad marginal. Por su parte, todos los practicantes de la craneometría, prácticamente sin excepción, consideraban la frenología como una seudociencia, al tiempo que propagaban sus propios disparates alternativos. La craneometría se centraba en mediciones más precisas y exhaustivas del volumen, la forma y la estructura de la cabeza y el cerebro, pero hay que decir que con el propósito de llegar a conclusiones igualmente absurdas.*

El mayor de todos los entusiastas craneales, hoy olvidado, pero antaño muy famoso, fue Barnard Davis (1801-1881), un médico de la región inglesa de Midlands. Davis se aficionó a la craneometría en la década de 1840, y no tardó en convertirse en la autoridad suprema en la materia a escala mundial. Produjo diversas obras con sonoros títulos como «Los peculiares cráneos de los habitantes de ciertos grupos de islas del Pacífico Occidental» o «Sobre el peso del cerebro en las diferentes razas del hombre», que resultaron ser sorprendentemente populares. De una de ellas, cuyo título rezaba «Sobre la craneosinostosis en las razas aborígenes del hombre», se imprimieron 15 ediciones, mientras que la épica Crania Britannica, publicada en dos volúmenes y subtitulada «Especificaciones y descripciones de los cráneos de los aborígenes y los primeros habitantes de las islas británicas», llegó a alcanzar un total de 31.

Davis se hizo tan famoso que en todo el mundo fueron muchos, entre ellos el entonces presidente de Venezuela, quienes a su muerte le legaron sus cráneos para que los estudiara. Así, poco a poco, fue construyendo la colección de calaveras más grande del globo: 1.540 en total, una cifra superior a la de todos los cráneos de todas las demás instituciones del mundo juntos.3

Davis no se detenía ante casi nada para ampliar su colección. Cuando quiso conseguir cráneos de los pueblos indígenas de Tasmania, escribió a George Robinson, que ostentaba el cargo de «protector oficial de los aborígenes», para que hiciera una selección. Dado que por entonces el saqueo de las tumbas aborígenes había pasado a considerarse un delito, Davis proporcionó a Robinson una serie de instrucciones detalladas acerca de cómo extraerle el cráneo a un indígena y reemplazarlo por el de cualquier sustituto idóneo de manera que evitara despertar sospechas. Está claro que sus esfuerzos resultaron fructíferos, ya que pronto su colección pasó a incluir 16 cráneos tasmanos y un esqueleto completo.

La ambición fundamental de Davis era demostrar que las personas de tez oscura habían sido creadas independientemente de las de tez clara. Estaba convencido de que el intelecto y la brújula moral de una persona estaban indeleblemente grabados en las curvas y hendiduras del cráneo, y que estos eran un producto exclusivo de su raza y clase.4 A las personas con «peculiaridades cefálicas» —sugería— había que tratarlas «no como criminales, sino como peligrosos idiotas». En 1878, a los setenta y siete de edad, Davis se casó con una mujer cincuenta años más joven que él. Se desconoce cómo era su cráneo.

Ese instinto característico de los expertos europeos de tratar de demostrar que todas las demás razas eran inferiores constituía una obsesión bastante extendida, si no universal. En Inglaterra, en 1866, el eminente médico John Langdon Haydon Down (1828-1896) describió por primera vez el trastorno que hoy conocemos como síndrome de Down en un artículo titulado «Observaciones sobre una clasificación étnica de los idiotas», pero se refirió a él como «mongolismo», y a sus víctimas como «idiotas mongoloides», en la creencia de que sufrían una regresión innata a un tipo humano inferior de carácter asiático.5 Down creía —y no parece que nadie lo pusiera en duda— que la idiocia y la etnicidad eran cualidades que iban de la mano. También calificó a los «malayos» y «negroides» como tipos humanos regresivos.

Mientras tanto, en Italia, Cesare Lombroso (1835-1909), el fisiólogo más eminente del país, desarrolló una teoría paralela denominada antropología criminal. Lombroso creía que la criminalidad era una regresión evolutiva y que los criminales revelaban sus instintos a través de una serie de rasgos anatómicos: la inclinación de la frente, la forma redondeada o de pala de los lóbulos de las orejas, o incluso el espacio que había entre los dedos de los pies (según él, las personas con mucho espacio estaban más cerca de los monos). Aunque sus afirmaciones carecían de la más mínima validez científica, Lombroso era muy apreciado, y aún hoy se le considera a veces el padre de la criminología moderna. A menudo se le invitaba a declarar en juicios como testigo experto. En un caso mencionado por Stephen Jay Gould en La falsa medida del hombre, se le pidió que determinara cuál de dos posibles sospechosos había matado a una mujer.6 Lombroso declaró que uno de ellos era culpable, sin la menor duda, porque tenía «enormes mandíbulas, senos frontales y cigoma, el labio superior delgado, incisivos enormes, cabeza inusualmente grande [y] obtusidad táctil con mancinismo sensorial». Daba igual que nadie supiera muy bien de qué estaba hablando y que no hubiera pruebas reales contra el pobre hombre: fue declarado culpable.

Pero el practicante más influyente —e insólito— de la craneometría sería el gran anatomista francés Pierre Paul Broca (1824-1880). Broca fue sin duda un científico brillante. En 1861, durante la autopsia de una víctima de apoplejía que no había hablado durante años, excepto para repetir una y otra vez la sílaba «tan», descubrió el centro del habla del cerebro en el lóbulo frontal; un hecho de especial relevancia, dado que era la primera vez que alguien vinculaba un área concreta del cerebro a una acción específica.7 Todavía hoy el centro del habla se conoce como área de Broca, mientras que el trastorno que él descubrió se denomina afasia de Broca (las personas que lo sufren entienden el habla, pero son incapaces de responder, excepto para emitir sonidos sin el menor sentido o, a veces, frases hechas como «¡Y tanto!» o «¡Vaya!»).

Sin embargo, en lo referente a los rasgos de carácter, Broca se mostraba algo menos sagaz. Estaba convencido, pese a tener todas las evidencias en contra, de que las mujeres, los criminales y los extranjeros de piel oscura tenían cerebros más pequeños y menos ágiles que los hombres de raza blanca y conducta honesta. Cada vez que Broca se topaba con alguna evidencia que contradecía esa opinión, la ignoraba aduciendo que seguramente adolecía de alguna deficiencia. Tampoco se mostró dispuesto a creer los resultados de un estudio realizado en Alemania que revelaba que, por término medio, los cerebros de los alemanes pesaban 100 gramos más que los de los franceses. Broca explicó aquella incómoda discrepancia sugiriendo que los sujetos franceses eran muy viejos cuando fueron evaluados y, en consecuencia, sus cerebros se habían encogido: «El grado de decadencia que la vejez puede imponer a un cerebro es muy variable», insistió. También tuvo problemas para explicar por qué a veces los criminales a los que se ejecutaba tenían cerebros grandes, y decidió que sus cerebros se habían hinchado artificialmente debido al estrés del ahorcamiento. Pero la mayor indignidad de todas se produjo cuando se midió el propio cerebro de Broca tras su muerte y se descubrió que era más pequeño que la media.

La persona que finalmente dotó al estudio de la cabeza humana de algo parecido a una base científica sólida no fue otra que el gran Charles Darwin. En 1872, trece años después de la publicación de El origen de las especies, Darwin escribió otra obra histórica, La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, donde examinaba dichas expresiones de manera razonable y sin prejuicios. La obra tendría una enorme trascendencia no solo por su sensatez, sino especialmente por la observación de que ciertas expresiones parecen ser comunes a todos los pueblos. Esta era una afirmación mucho más audaz de lo que hoy nos puede parecer, puesto que subrayaba la convicción de Darwin de que todas las personas, independientemente de su raza, comparten una herencia común, y en 1872 esa era una idea auténticamente revolucionaria.

Lo que descubrió Darwin era algo que todos los bebés saben de manera instintiva: que el rostro humano es extremadamente expresivo e instantáneamente cautivador. Parece que no hay dos expertos que coincidan a la hora de cuantificar nuestro rango de expresiones —las estimaciones oscilan entre 4.100 y 10.000—, pero no cabe duda de que se trata de una cifra importante.8* Más de 40 músculos, una porción significativa del total del cuerpo, participan en la expresión facial. Se dice que los bebés recién nacidos prefieren una cara, o incluso el patrón general de una cara, a cualquier otra forma física.9 Hay regiones enteras del cerebro exclusivamente dedicadas a reconocer rostros. Somos exquisitamente sensibles a las alteraciones más sutiles del estado de ánimo o la expresión, aunque no siempre seamos conscientes de ello. En un experimento relatado por Daniel McNeill en su libro El rostro, se mostró a un grupo de hombres dos fotos de mujeres que eran idénticas en todos los aspectos salvo por el hecho de que en una de ellas se habían ampliado sutilmente las pupilas. Aunque la alteración era demasiado leve para ser percibida conscientemente, los sujetos de la prueba invariablemente encontraban más atractivas a las mujeres con pupilas más grandes, aunque eran incapaces de explicar por qué.10

En la década de 1960, casi un siglo después de que Darwin escribiera La expresión de las emociones, Paul Ekman, profesor de psicología en la Universidad de California en San Francisco, decidió comprobar si las expresiones faciales realmente eran universales o no estudiando a remotos pueblos tribales de Nueva Guinea que no conocían los hábitos occidentales en absoluto. Ekman llegó a la conclusión de que había seis expresiones universales: el miedo, la ira, la sorpresa, el placer, la repugnancia y la tristeza. La expresión más universal de todas es la sonrisa, que es el reflejo de un pensamiento agradable. Nunca se ha encontrado una sociedad que no responda a las sonrisas del mismo modo. Las auténticas sonrisas son breves: duran entre dos tercios de segundo y cuatro segundos. De ahí que una sonrisa persistente empiece a parecer amenazadora. La sonrisa genuina es la única expresión que no podemos fingir. Como señalaba el anatomista francés G.-B. Duchenne de Boulogne ya en 1862, una sonrisa sincera y espontánea implica la contracción de los músculos orbiculares de los párpados en ambos ojos, y nosotros no tenemos un control independiente de esos músculos.11 Podemos hacer que la boca sonría, pero no que los ojos brillen con fingida alegría.

Según Ekman, todos nos entregamos involuntariamente a las denominadas «microexpresiones»: destellos de emoción, de no más de un cuarto de segundo de duración, que traicionan nuestros verdaderos sentimientos internos independientemente de lo que transmita nuestra expresión general, que sí podemos controlar.12 Ekman afirma que esas reveladoras expresiones nos pasan desapercibidas a la mayoría de nosotros, pero podemos aprender a detectarlas, suponiendo que de verdad queramos saber qué piensan realmente de nosotros nuestros compañeros de trabajo y nuestros seres queridos.

En comparación con lo que resulta habitual en los primates, nuestra cabeza resulta bastante extraña: tenemos la cara plana, la frente alta y la nariz protuberante. Puede afirmarse casi con certeza que existen una serie de factores responsables de nuestros característicos rasgos faciales: la postura erguida, un cerebro mayor, nuestra dieta y estilo de vida, el hecho de que estemos diseñados para correr de manera sostenida (lo que afecta a la forma en que respiramos) y nuestros gustos con respecto a qué nos resulta atractivo en una pareja (como los hoyuelos, que no constituyen precisamente algo que valoren, por ejemplo, los gorilas cuando tienen ganas de retozar).

Sorprendentemente, dado el papel esencial que desempeña la cara en nuestra existencia, hay muchos aspectos de esta que todavía son un misterio para nosotros. Tomemos, por ejemplo, el caso de las cejas. Todas las especies de homínidos que nos precedieron tenían cejas muy pobladas y prominentes, mientras que nosotros —el Homo sapiens— renunciamos a ellas en favor de nuestras cejas pequeñas y activas.13 No es fácil decir por qué. Una teoría es que las cejas están ahí para evitar que el sudor nos entre en los ojos, pero lo que hacen realmente bien es transmitir sentimientos. Piense en cuántos mensajes puede enviar arqueando una sola ceja, desde «Me resulta difícil de creer» hasta «¡Ándate con ojo!», pasando por «¿Te apetece acostarte conmigo?». Una de las razones por las que la Mona Lisa nos parece enigmática es que no tiene cejas.14 En un interesante experimento, se mostró a un grupo de personas dos series de fotografías digitalmente manipuladas de personas famosas: en una se habían eliminado las cejas, mientras que en la otra eran los ojos los que habían desaparecido. De manera sorprendente, pero abrumadora, a los voluntarios les resultó más difícil identificar a los famosos sin las cejas que sin los ojos.

Las pestañas resultan igualmente intrigantes. Existen ciertos indicios que sugieren que estas alteran sutilmente el flujo de aire en torno a los ojos, contribuyendo a alejar las motas de polvo y a evitar que otras pequeñas partículas aterricen en ellos; pero probablemente su principal beneficio es que añaden interés y atractivo al rostro. En general, a las personas con pestañas largas se las considera más atractivas que las que no las tienen.

Aún más anómala resulta la nariz. Lo habitual en los mamíferos es tener un hocico, no una nariz redondeada y prominente. Para Daniel Lieberman, profesor de biología evolutiva humana en Harvard, nuestra saliente nariz e intrincados senos evolucionaron para favorecer la eficiencia respiratoria y evitar que nos sobrecalentamos al correr largas distancias.15 Está claro que esa solución nos ha venido bien, puesto que los humanos y nuestros ancestros tenemos narices prominentes desde hace unos dos millones de años.

Pero la parte del rostro que resulta más misteriosa de todas es la barbilla. El mentón es exclusivo de los humanos, y nadie sabe por qué lo tenemos. No parece conferir ningún beneficio estructural a la cabeza, por lo que su presencia podría deberse simplemente al hecho de que tener una buena barbilla nos parezca elegante y vistoso. Lieberman, en un raro momento de ligereza, observó: «Probar esta última hipótesis resulta especialmente difícil, pero invitamos al lector a pensar en experimentos apropiados». De lo que no cabe duda es de que en general solemos asociar los mentones más modestos a deficiencias del carácter o del intelecto.

Por mucho que todos apreciemos una nariz respingona o unos ojos bonitos, el verdadero propósito de la mayoría de nuestros rasgos faciales es ayudarnos a interpretar el mundo a través de nuestros sentidos. Resulta curioso que siempre hablemos de nuestros cinco sentidos, ya que de hecho poseemos bastantes más. Tenemos un sentido del equilibrio, de la aceleración y desaceleración, de nuestra ubicación en el espacio (lo que se conoce como propiocepción), del paso del tiempo, del apetito… En total (y dependiendo de cómo se contabilicen) tenemos dentro de nosotros hasta 33 sistemas que nos permiten saber dónde estamos y cómo nos va.16

Exploraremos el sentido del gusto en el próximo capítulo, al adentrarnos en la boca; pero veamos ahora los otros tres sentidos familiares que se asientan en la cabeza: la vista, el oído y el olfato.

LA VISTA

Ni que decir tiene que el ojo es una auténtica maravilla. Alrededor de una tercera parte de toda nuestra corteza cerebral está involucrada en la visión. En la Inglaterra victoriana, la gente se sentía tan maravillada por la complejidad del ojo que a menudo se argumentaba que constituía una prueba irrefutable de un diseño inteligente, lo cual no dejaba de resultar una extraña elección, dado que el ojo representa más bien el caso inverso (incluso en sentido literal, puesto que está construido al revés). Los conos y bastoncillos que detectan la luz están en la parte de atrás, pero los vasos sanguíneos que lo mantienen oxigenado se encuentran delante. Hay vasos, fibras nerviosas y otros desechos adicionales por todas partes, y el ojo tiene que ver a través de todo eso. Normalmente, el cerebro corrige cualquier interferencia, pero no siempre lo logra. Puede que el lector haya hecho la prueba de observar el cielo azul claro en un día soleado, y en ese caso habrá visto aparecer y desaparecer pequeñas chispas blancas, como brevísimas estrellas fugaces. Lo que vemos en esos casos, sorprendentemente, son nuestros propios glóbulos blancos desplazándose a través de un capilar por delante de la retina.17 Dado que los glóbulos blancos son relativamente grandes (en comparación con los glóbulos rojos), a veces se quedan atascados por un instante en los estrechos capilares, y eso es lo que vemos. Esta perturbación se conoce técnicamente como fenómeno entóptico del campo azul, o también fenómeno de Scheerer, por el nombre de un oftalmólogo alemán de principios del siglo XX, Richard Scheerer. El hecho de que los puntitos resulten especialmente visibles sobre el cielo azul brillante se debe simplemente a la forma en que el ojo absorbe las diferentes longitudes de onda de la luz. Las llamadas «moscas volantes» (del latín muscae volitantes) constituyen un fenómeno similar. Son grupos de fibras microscópicas presentes en el humor vítreo (de consistencia gelatinosa), que proyectan una sombra en la retina. Las moscas volantes se hacen más comunes al envejecer, y generalmente son inofensivas, aunque también pueden estar causadas por un desgarro retiniano. Su nombre técnico, si desea impresionar a alguien, es «miodesopsias».18

Si sostuviera un globo ocular humano en la palma de la mano, probablemente se quedaría sorprendido por su tamaño, ya que cuando está incrustado en la cuenca solo vemos alrededor de una sexta parte.19 El ojo parece una especie de bolsa llena de gel, lo cual no resulta sorprendente habida cuenta de que en realidad está lleno de un material similar al gel: el humor vítreo, al que ya hemos aludido antes (el término humor, en sentido anatómico, hace referencia a cualquier fluido o semifluido del cuerpo, y no, obviamente, a la capacidad de hacer reír).

Como cabría esperar de un instrumento complejo, el ojo está compuesto de numerosas partes —el nombre de algunas de ellas es bien conocido (iris, córnea, retina)…, mientras que el de otras resulta menos familiar (fóvea, coroides, esclerótica)—, pero básicamente podría decirse que viene a ser como una cámara fotográfica. Las partes frontales —el cristalino y la córnea— captan las imágenes que desfilan por delante del ojo y las proyectan en la pared posterior de este —la retina—, donde unos fotorreceptores las convierten en señales eléctricas que a continuación se transmiten al cerebro a través del nervio óptico.

Si hay una parte de la anatomía visual que merece nuestro agradecimiento, esa es la córnea. Esta modesta lente de forma abovedada no solo protege el ojo de los ataques del mundo exterior, sino que, de hecho, realiza las dos terceras partes del trabajo de enfoque del globo ocular. El cristalino, que es el que se lleva todo el mérito en la creencia popular, en realidad solo es responsable de una tercera parte del enfoque.20 Pese a ello, la córnea difícilmente podría tener un aspecto más anodino. Si la sacara y se la colocara en la yema del dedo (donde cabría sin ningún problema), seguramente no le parecería gran cosa. Pero cuando uno la examina con más detalle, descubre —como de hecho ocurre con casi todas las partes del cuerpo— que, en realidad, es una maravilla de complejidad. Está integrada por cinco capas —epitelio, membrana de Bowman, estroma, membrana de Descemet y endotelio— que en conjunto ocupan un espacio de poco más de medio milímetro de grosor. A fin de mantener su transparencia, recibe un suministro de sangre muy modesto; de hecho, prácticamente nulo.

La parte del ojo que contiene una mayor cantidad de fotorreceptores —la que realmente realiza el trabajo de la visión— se denomina fóvea (del latín fovea, que significa «fosa poco profunda»; la fóvea se halla de hecho en el seno de una suave depresión).* No deja de ser curioso que, pese a ser una parte tan crucial, la mayoría de nosotros nunca hayamos oído hablar de ella.

Para mantener todos estos engranajes bien engrasados (en el sentido más literal), producimos lágrimas constantemente. Las lágrimas no solo permiten que los párpados se deslicen con facilidad, sino que asimismo nivelan las pequeñas imperfecciones de la superficie del globo ocular, lo que facilita una visión nítida.21 También contienen productos químicos antimicrobianos que mantienen a raya a la mayoría de los agentes patógenos. Hay tres tipos de lágrimas: basales, reflejas y emocionales. Las lágrimas basales son las de tipo funcional que lubrican el ojo. Las reflejas son las que fluyen cuando el ojo se irrita, por ejemplo, debido al humo, a la presencia de cebollas en rodajas o similares. Las emocionales, obviamente, no hace falta explicarlas, pero sí hay que decir que constituyen un rasgo único: que sepamos, somos las únicas criaturas que lloran por sentimiento. Por qué lo hacemos es otro de los numerosos misterios de la vida que aún no hemos resuelto. Echar a llorar no nos reporta ningún beneficio fisiológico; y también resulta un tanto extraño que esa reacción, que denota una profunda tristeza, también se desencadene por una alegría extrema, un silencioso arrobamiento, un intenso orgullo o casi cualquier otro potente estado emocional.

En la producción de lágrimas interviene un extraordinario número de diminutas glándulas distribuidas por toda la periferia del ojo; a saber: las glándulas de Krause, Wolfring, Moll y Zeiss, además de casi cuatro docenas de glándulas de Meibomio, situadas en los párpados. En total producimos entre 150 y 300 gramos de lágrimas diarias.22 Las lágrimas se drenan a través de unos pequeños orificios denominados puntos lagrimales, situados en esas pequeñas elevaciones carnosas (conocidas como papilas lagrimales) que tenemos en el borde de cada ojo junto a la nariz. Cuando vertemos lágrimas emocionales, los puntos no pueden drenar el fluido con la suficiente rapidez; de ahí que este se desborde y termine corriendo por las mejillas.

El iris es lo que le da al ojo su color. Está compuesto por un par de músculos que ajustan la apertura de la pupila, de manera similar al diafragma de una cámara fotográfica, para dejar entrar más o menos luz según sea necesario. A primera vista, el iris parece un nítido anillo que rodea la pupila, pero una inspección más detallada muestra que en realidad es «una profusión de manchas, cuñas y radios», en palabras de Daniel McNeill. Esos patrones resultan ser únicos para cada uno de nosotros, y esa es la razón por la que actualmente se utilizan cada vez con mayor frecuencia dispositivos de reconocimiento del iris para identificarnos en los controles de seguridad.

La parte blanca del ojo se conoce formalmente como esclerótica (del griego sklērótēs, «dureza»). Nuestras escleróticas son únicas entre los primates: nos permiten controlar las miradas de los demás con considerable precisión, además de comunicarnos en silencio.23 Solo tenemos que mover ligeramente los globos oculares para hacer que un compañero dirija su mirada, pongamos por caso, a alguien que está sentado en una mesa vecina en un restaurante.

Nuestros ojos contienen dos tipos de fotorreceptores responsables de la visión: los bastoncillos, que nos ayudan a ver en condiciones de poca luz, pero no proporcionan información sobre el color, y los conos, que funcionan cuando hay luz abundante y dividen el mundo en tres colores: azul, verde y rojo. Las personas denominadas daltónicas suelen carecer de uno de los tres tipos de conos, por lo que no ven todos los colores, sino únicamente algunos. A las personas que no tienen conos y, en consecuencia, no ven los colores en absoluto se las denomina acrómatas. Su principal problema no es que su mundo sea en blanco y negro, sino que la luz brillante les causa tremendas molestias y pueden quedar literalmente cegadas por la luz del sol.24 Dado que antaño fuimos seres nocturnos, nuestros antepasados renunciaron a cierta agudeza en la visión del color; es decir, sacrificaron conos por bastoncillos para obtener una mejor visión nocturna. Mucho más tarde, los primates volvieron a desarrollar la capacidad de ver los rojos y anaranjados para poder identificar mejor la fruta madura, pero, pese a ello, seguimos teniendo tan solo tres tipos de receptores del color, mientras que las aves, los peces y los reptiles tiene cuatro.25 Resulta un tanto humillante, pero el hecho es que casi todas las criaturas no mamíferas viven en un mundo visualmente más rico que el nuestro.

Por otra parte, también es cierto que hacemos bastante buen uso de lo que tenemos. El ojo humano puede distinguir un número de colores que oscila entre los 2 y los 7,5 millones, según diversos cálculos. Eso es mucho, incluso si nos quedamos con la estimación más prudente.

Nuestro campo visual resulta sorprendentemente compacto. Mírese la uña del pulgar con el brazo extendido: esta representa más o menos el área que el ojo ve con nitidez en cualquier momento. Sin embargo, dado que nuestros ojos se mueven constantemente de un punto a otro —tomando cuatro instantáneas por segundo—, tenemos la impresión de ver un área mucho más amplia. Esos movimientos rápidos del ojo se denominan movimientos sacádicos (del francés saccade, «trompicón»), y cada día los realizamos aproximadamente un cuarto de millón de veces sin ser ni tan siquiera conscientes de ellos (ni tampoco los observamos en los demás).26

Asimismo, todas las fibras nerviosas salen del ojo a través de un único canal situado en la parte posterior, lo que hace que exista un punto ciego a unos 15 grados del centro de nuestro campo de visión. El nervio óptico es bastante robusto: tiene aproximadamente el grosor de un lápiz, lo que implica que perdemos un considerable espacio visual. Puede experimentar ese punto ciego mediante un sencillo truco: primero cierre el ojo izquierdo y mire al frente con el otro; luego alce un dedo de la mano derecha lo más lejos que pueda de la cara; mueva poco a poco el dedo a través de su campo de visión sin dejar de mirar fijamente hacia delante. En algún momento, milagrosamente, el dedo desaparecerá. ¡Enhorabuena! Ha encontrado su punto ciego.

Normalmente no experimentamos el punto ciego porque nuestro cerebro rellena constantemente el vacío por nosotros. Este proceso se denomina interpolación perceptual. Vale la pena señalar que el punto ciego es de hecho mucho más que un punto: constituye una parte sustancial de nuestro campo de visión central. Es bastante extraordinario que una parte importante de todo lo que «vemos» en realidad resulte ser un producto de nuestra imaginación. A veces, los naturalistas de la Inglaterra victoriana citaban este hecho como una prueba adicional de la benevolencia divina, obviamente sin pararse a preguntar por qué Dios nos había dado de entrada un ojo defectuoso.27

EL OÍDO

El oído es otro milagro tremendamente infravalorado. Imagine que le dan tres diminutos huesos, unas briznas de músculos y ligamentos, una delicada membrana y un puñado de células nerviosas, y con todo eso tiene que intentar montar un dispositivo capaz de captar con una fidelidad más o menos perfecta todo el espectro de la experiencia auditiva: los susurros más íntimos, la exuberancia de las sinfonías, el suave golpeteo de la lluvia en las hojas, el goteo de un grifo en otra habitación… Si en alguna ocasión se coloca unos auriculares de 600 euros en las orejas y se queda maravillado ante el rico y exquisito sonido que proporcionan, tenga en cuenta que lo único que hace esa costosa tecnología es transmitirnos una aproximación razonable de la experiencia auditiva que los oídos nos brindan gratis.

El oído está formado por tres partes. La más externa, esa especie de concha flexible que tenemos a cada lado de la cabeza y a la que llamamos oreja, es formalmente el pabellón auricular, o pinna (un término latino que significa, extrañamente, «aleta» o «pluma»). A primera vista, el pabellón auricular parece estar bastante mal diseñado para hacer su trabajo. Cualquier ingeniero que empezara de cero diseñaría algo más grande y rígido —algo más parecido a una antena parabólica, por ejemplo—, y, desde luego, no permitiría que el cabello se desparramara por encima. Sin embargo, lo cierto es que a las carnosas espirales de nuestros oídos externos se les da sorprendentemente bien captar los sonidos más fugaces, y no solo eso, sino también determinar estereoscópicamente de dónde provienen y si requieren atención o no. De ahí que no solo seamos capaces de oír a alguien situado en el otro extremo de una sala decir nuestro nombre en un cóctel, sino que además podemos volver la cabeza e identificar a esa persona con una precisión asombrosa. Nuestros ancestros tuvieron que pasar eones siendo víctimas de depredadores para dotarnos de esta ventaja.

Aunque todos los oídos externos funcionan del mismo modo, parece ser que cada par de ellos está construido de una forma única y resulta tan peculiar como las huellas dactilares de su propietario. Según Desmond Morris, dos terceras partes de los europeos tienen los lóbulos de las orejas colgantes, mientras que la tercera parte restante los tiene pegados; pero estén sueltos o sujetos, el caso es que la forma de los lóbulos de las orejas no supone ninguna diferencia en la audición, ni, de hecho, en ninguna otra cosa.

El pasaje situado a continuación del pabellón auricular, el canal auditivo, termina en un trozo de tejido tenso y resistente conocido por la ciencia como membrana timpánica, y por el resto de nosotros como tímpano. Este marca el límite entre el oído externo y el oído medio. Las pequeñas vibraciones del tímpano se transmiten a los tres huesos más pequeños que existen en el cuerpo, conocidos colectivamente como osículos (o huesecillos), e individualmente como malleus, incus y estapedio (o, más familiarmente, martillo, yunque y estribo, debido a su vaga semejanza con dichos objetos). Los osículos constituyen una demostración perfecta de con cuánta frecuencia la evolución resulta ser una cuestión de cómo «apañárselas». En nuestros ancestros más remotos eran huesos de la mandíbula, y solo de manera muy gradual fueron migrando hasta asumir su nueva posición en el oído interno;28 durante gran parte de su historia evolutiva, pues, esos tres huesos no tuvieron nada que ver con la audición.

La función de los osículos es amplificar los sonidos y transmitirlos al oído interno a través de la cóclea, una estructura en forma de concha de caracol (la palabra latina cochlea significa «caracol») que contiene 2.700 delicados filamentos similares a cabellos, denominados estereocilios, que oscilan como las algas oceánicas en el lecho marino cuando las ondas sonoras pasan a través de ellos. Luego el cerebro agrupa todas las señales y determina qué es lo que acaba de oír. Todo esto se realiza a una escala extraordinariamente modesta —la cóclea no es mayor que una semilla de girasol, mientras que los tres osículos cabrían en un botón de camisa—, y, aun así, funciona increíblemente bien. Basta una onda de presión que genere en el tímpano un movimiento menor que la anchura de un átomo para activar los osículos y llegar al cerebro en forma de sonido.29 Lo cierto es que resulta imposible mejorarlo. En palabras del científico experto en acústica Mike Goldsmith: «Si pudiéramos escuchar sonidos aún más bajos, viviríamos en un mundo de ruido constante, ya que el omnipresente movimiento aleatorio de las moléculas de aire nos resultaría audible. Nuestra audición realmente no podría mejorar». Desde el sonido más bajo que podemos detectar hasta el más alto existe un rango de aproximadamente un billón de veces de amplitud.30

Para ayudar a protegernos de posibles daños causados por los ruidos excesivamente fuertes, contamos con el denominado reflejo auricular, en el que un músculo separa el estribo de la cóclea, interrumpiendo en la práctica el circuito, cada vez que se percibe un sonido brutalmente intenso; esa posición se mantiene unos segundos, y de ahí que a menudo nos quedemos sordos durante unos momentos después de una explosión. Lamentablemente, el proceso no es perfecto. Como cualquier acto reflejo, es rápido, pero no instantáneo: se requiere alrededor de un tercio de segundo para que el músculo se contraiga, y para entonces se puede haber causado ya mucho daño.

Nuestros oídos están diseñados para un mundo silencioso. La evolución no preveía que algún día los humanos se meterían unos botoncitos de plástico en los oídos y someterían sus tímpanos a 100 decibelios de melódico estruendo a una distancia de tan solo unos milímetros. De todos modos, los estereocilios tienden a desgastarse a medida que envejecemos, y, por desgracia, no se regeneran: una vez que inutilizamos un estereocilio, lo perdemos para siempre. No hay ninguna razón especial que justifique este hecho: en las aves, por ejemplo, los estereocilios vuelven a crecer sin el menor problema; pero el hecho es que a nosotros no nos ocurre lo mismo. Los estereocilios de alta frecuencia se sitúan en la parte más externa, mientras que los de baja frecuencia se encuentran más adentro. Eso significa que todas las ondas sonoras, altas y bajas, pasan a través de los cilios de alta frecuencia, y ese tráfico más intenso hace que también estos se desgasten más rápidamente.31

Para medir la potencia, la intensidad y el volumen de los diferentes sonidos, en la década de 1920, los científicos expertos en acústica idearon el concepto de decibelio. El término fue acuñado por el coronel sir Thomas Fortune Purves, ingeniero jefe del servicio de correos británico (que por entonces también gestionaba el sistema telefónico; de ahí el interés en la amplificación de sonido).32 El decibelio es un indicador de carácter logarítmico, lo que significa que sus unidades de incremento no son matemáticas en el sentido cotidiano del término, sino que aumentan en órdenes de magnitud. Así, por ejemplo, la suma de dos sonidos de 10 decibelios no es 20 decibelios, sino 13. El volumen se duplica aproximadamente cada 6 decibelios, lo que significa que un ruido de 96 decibelios no es solo un poco más fuerte que otro de 90, sino el doble. Nuestro umbral de dolor para el ruido es de aproximadamente 120 decibelios, mientras que los sonidos superiores a 150 pueden reventar el tímpano. A fin de proporcionar algunos elementos de comparación, digamos que en un lugar tranquilo como una biblioteca o en el campo hay alrededor de 30 decibelios; los ronquidos oscilan entre los 60 y los 80; un trueno muy fuerte que suene cerca puede llegar a los 120, y en la estela de un avión de reacción al despegar se alcanzan los 150.

El oído también es el responsable de mantenernos en equilibrio, lo que realiza gracias a una pequeña pero ingeniosa colección de canales semicirculares y dos pequeños sacos asociados a ellos —denominados órganos otolíticos— que en conjunto forman lo que se conoce como sistema vestibular. El sistema vestibular hace lo mismo que el giroscopio de un avión, pero de una forma extremadamente miniaturizada. Los canales vestibulares contienen un gel que actúa de manera similar a la burbuja de un nivel de agua. Los movimientos del gel de un lado a otro o de arriba abajo indican al cerebro en qué dirección nos movemos (así es como sabemos si estamos subiendo o bajando en un ascensor aun en ausencia de indicios visuales). La razón de que nos sintamos algo mareados al bajar de un tiovivo es que el gel sigue moviéndose aunque nuestra cabeza se haya detenido, lo que hace que nuestro cuerpo se desoriente temporalmente.33 Conforme envejecemos, este gel se va espesando y pierde movilidad; esa es una de las razones por las que con frecuencia las personas mayores no caminan con paso seguro (y por la que deberían evitar especialmente saltar de objetos en movimiento). Cuando la pérdida de equilibrio es prolongada o grave, el cerebro no sabe muy bien qué hacer y lo interpreta como una intoxicación.34 De ahí que generalmente la pérdida de equilibrio produzca náuseas.

Otra parte del oído que de vez en cuando se entromete en nuestra conciencia es la trompa de Eustaquio, que forma una especie de túnel de escape para la circulación de aire entre el oído medio y la cavidad nasal. Todo el mundo conoce esa incómoda sensación que se produce en los oídos cuando uno cambia rápidamente de altitud, como, por ejemplo, al aterrizar en un avión. Se denomina efecto erberg, y se produce porque la presión de aire del interior de la cabeza no logra equilibrarse con la presión constantemente cambiante del exterior. Si intentamos destaparnos las orejas soplando con la boca cerrada y la nariz tapada, estamos realizando la que se conoce como maniobra de Valsalva. El nombre se debe en ambos casos a un anatomista italiano del siglo XVII llamado Antonio Maria Valsalva, que fue también —y no por casualidad— quien bautizó la trompa de Eustaquio, a la que llamó así en honor a su colega el anatomista Bartolomeo Eustachi. En cualquier caso, tal como nos advertían nuestras madres, tampoco hay que soplar demasiado fuerte: más de uno se ha roto los tímpanos al hacerlo.

EL OLFATO

El olfato es el sentido al que casi todo el mundo dice que renunciaría si se viera obligado a renunciar a uno. Según una encuesta, la mitad de las personas menores de treinta años afirmaban que preferirían sacrificar el sentido del olfato antes que separarse de su dispositivo electrónico favorito.35 Espero que no haga falta decir que eso sería bastante tonto. En realidad, el olfato resulta mucho más importante para la felicidad y la satisfacción personal de lo que la mayoría de la gente es consciente.

En el Monell Chemical Senses Center, con sede en Filadelfia, se dedican entre otras cosas a estudiar el olor, y es una suerte, ya que no hay muchos otros que se dediquen a ello. Ubicado en un edificio de ladrillo de aspecto anodino junto al campus de la Universidad de Pensilvania, el centro Monell es la mayor institución de investigación del mundo dedicada a los complejos —y marginados— sentidos del gusto y el olfato.

«La del olfato viene a ser como una ciencia huérfana», me dijo Gary Beauchamp cuando visité el centro en el otoño de 2016.36 Beauchamp, un hombre afable de voz suave con una cuidada barba blanca, es presidente emérito del centro. «El número de artículos publicados sobre la vista y el oído asciende a decenas de miles cada año —me explicó—. Sobre el olfato aparecen unos centenares como máximo. Y lo mismo ocurre con el dinero destinado a investigación, donde la proporción de financiación es de al menos diez a uno en favor del oído y la vista con respecto al olfato».

Una consecuencia de esto es que todavía ignoramos muchas cosas sobre el olfato, entre ellas cómo funciona exactamente. Cuando olfateamos o inspiramos, las moléculas odorantes que hay en el aire se introducen en nuestros conductos nasales y entran en contacto con el epitelio olfativo, un grupo de células nerviosas que contienen entre 350 y 400 tipos de receptores de olor (o receptores olfatorios). Si el tipo apropiado de molécula activa el tipo apropiado de receptor, este envía una señal al cerebro, que la interpreta como un olor. La controversia radica en cómo sucede exactamente eso. Muchos expertos creen que las moléculas odorantes encajan en los receptores como una llave en una cerradura. Un problema de esta teoría es que a veces las moléculas tienen diferentes formas químicas, pero el mismo olor, mientras que otras tienen formas casi coincidentes, pero olores distintos. Eso sugiere que no basta una explicación basada simplemente en la forma. Debido a ello, existe una teoría alternativa y bastante más compleja: la de que los receptores se activan mediante un fenómeno denominado resonancia.37 Básicamente, lo que estimularía a los receptores no sería la forma de las moléculas, sino su manera de vibrar.

Para aquellos de nosotros que no somos científicos, en realidad eso no importa mucho, ya que en cualquier caso el resultado es el mismo. Lo importante es que los olores son complejos y difíciles de deconstruir. Normalmente, las moléculas aromáticas no activan solo un tipo de receptor olfatorio, sino varios; algo parecido a un pianista tocando acordes, pero en un teclado enorme. Un plátano, por ejemplo, contiene 300 sustancias volátiles, que es como se denomina a las moléculas activas en aromas;38 los tomates tienen 400; y el café, no menos de 600. No es fácil determinar cómo y en qué medida contribuye cada uno de ellos a formar un aroma.39 Aun en el nivel más simple, los resultados suelen ser contrarios a la intuición. Por ejemplo, si combinamos el olor afrutado del isobutirato de etilo con la atractiva fragancia a caramelo del etil maltol y el perfume de violeta de la alilo alfa-ionona, lo que obtendremos será el aroma de la piña, cuyo olor es completamente distinto de los de sus tres componentes principales. Asimismo, hay sustancias químicas que tienen estructuras muy diferentes, pero producen el mismo olor, y nadie sabe tampoco por qué ocurre tal cosa. El olor a almendra quemada, por ejemplo, puede ser el resultado de 75 combinaciones químicas distintas que no tienen nada en común aparte de cómo las percibe la nariz humana.40 Debido a su complejidad, apenas estamos dando los primeros pasos para llegar a entender todo esto. El olor a regaliz, por ejemplo, no se decodificó hasta 2016.41 Pero aún hay muchísimos otros olores comunes que no se han descifrado.

Durante décadas existió la creencia generalizada de que los humanos pueden discriminar entre unos 10.000 olores distintos; pero un día alguien decidió investigar el origen de tal afirmación y descubrió que la postularon en 1927 dos ingenieros químicos de Boston que, en realidad, se limitaron a plantear una conjetura.42 En 2014, varios investigadores de la Universidad Pierre y Marie Curie de París y de la Universidad Rockefeller de Nueva York informaron en la revista Science de que en realidad podíamos detectar muchísimo más que eso: al menos un billón de olores, y posiblemente incluso más.43 De inmediato, otros científicos que trabajaban en esta disciplina cuestionaron la metodología estadística utilizada en el estudio. «Esas afirmaciones no tienen base», declaraba rotundamente Markus Meister, profesor de ciencias biológicas en el Instituto de Tecnología de California.44

Una curiosidad a la vez interesante e importante del sentido del olfato es que es el único de nuestros cinco sentidos básicos que no está mediado por el hipotálamo. Cuando olemos algo, la información —por razones desconocidas— se dirige directamente a la corteza olfativa, que se encuentra cerca del hipocampo, donde se forman los recuerdos; algunos neurocientíficos creen que eso puede explicar por qué ciertos olores ejercen en nosotros un potente efecto evocador de recuerdos.45

Oler constituye, sin duda, una experiencia intensamente personal. «Creo que el aspecto más extraordinario del olfato es que todos olemos el mundo de manera distinta —me dijo Beauchamp el día de nuestro encuentro—. Aunque todos tenemos entre 350 y 400 tipos de receptores olfatorios, solo la mitad de ellos son comunes a todas las personas. Eso significa que no olemos lo mismo».

Acto seguido metió la mano en su escritorio y sacó un vial, lo destapó y me lo pasó para que lo oliera. Yo no percibí ningún olor en absoluto. «Es una hormona llamada androsterona —me explicó—. Alrededor de una tercera parte de las personas, como en su caso, no la huelen; para otra tercera parte huele a orina, y para la tercera parte restante huele a sándalo». Su sonrisa se ensanchó. «Cuando tienes a tres personas que ni siquiera pueden ponerse de acuerdo acerca de si algo es agradable, repugnante o simplemente inodoro, empiezas a ver lo compleja que resulta la ciencia del olfato».

En realidad, se nos da mejor detectar olores de lo que la mayoría de nosotros creemos. En un fascinante experimento, un grupo de investigadores de la Universidad de California en Berkeley dejaron un rastro de aroma a chocolate por un enorme campo de hierba y desafiaron a los voluntarios a tratar de seguirlo como haría un sabueso, a cuatro patas y con la nariz pegada al suelo.46 Sorprendentemente, alrededor de las dos terceras partes de los voluntarios lograron seguir el rastro con considerable precisión; y en 5 de los 15 olores analizados, los humanos incluso lo hicieron mejor que los perros.47 Otras pruebas han demostrado que, si se da a oler a una persona una serie de camisetas, generalmente es capaz de identificar la que usa su cónyuge. Los bebés y sus madres muestran una habilidad similar para identificarse mutuamente por el olor.48 El olfato, en suma, es mucho más importante para nosotros de lo que nos parece.

La pérdida total del olfato se conoce como anosmia, mientras que la pérdida parcial se denomina hiposmia. Se calcula que entre el 2 y el 5 % de los habitantes del globo sufren de uno u otro trastorno, lo que constituye una proporción bastante elevada. Una minoría especialmente desdichada padece la llamada cacosmia, una afección que hace que todo huela a heces y que sin duda resulta tan horrible como uno imagina. En Monell se refieren a la pérdida del olfato como una «discapacidad invisible».

«La gente casi nunca pierde el sentido del gusto —explica Beauchamp—. El gusto se basa en tres nervios distintos, por lo que cuenta con bastante respaldo. El sentido del olfato es mucho más vulnerable». La principal causa de la pérdida del olfato son determinadas enfermedades infecciosas como la gripe y la sinusitis, pero también puede deberse a un golpe en la cabeza o a una degeneración neuronal. Uno de los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer también es la pérdida del olfato.49 El 90 % de las personas que pierden el olfato a causa de una lesión en la cabeza nunca lo recuperan; en el caso de que la causa sea una infección, el porcentaje de pérdida permanente es algo menor, concretamente del 70 %.50

«Las personas que pierden el sentido del olfato generalmente se sorprenden al descubrir cuánto placer quita eso a su vida —afirma Beauchamp—. Dependemos del olor para interpretar el mundo, pero también, y no menos importante, para disfrutarlo».

Eso resulta especialmente cierto en el caso de la comida; y para este tema tan importante necesitamos otro capítulo.

6 ¡SALUD!: LA BOCA Y LA GARGANTA


Para alargar la vida, reduce tus comidas.

BENJAMIN FRANKLIN

En la primavera de 1843, el gran ingeniero inglés Isambard Kingdom Brunel se tomó un raro descanso en su trabajo —estaba diseñando el Great Britain, el mayor y más innovador transatlántico que jamás había salido de un tablero de dibujo hasta entonces— para divertir a sus hijos con un truco de magia. Sin embargo, las cosas no salieron exactamente como había planeado. A mitad de la diversión, Brunel se tragó accidentalmente una moneda de medio soberano de oro que había ocultado bajo la lengua.1 No resulta aventurado tratar de imaginar la expresión de sorpresa de Brunel, que debió de sentirse consternado y tal vez experimentar incluso un ligero pánico al sentir cómo la moneda se deslizaba por la garganta y se alojaba en la base de la tráquea. No le causó mucho dolor, pero era un suceso incómodo y a la vez inquietante, ya que sabía que, si la moneda se movía ni que fuera un poco, podía asfixiarle.

Durante los días siguientes, Brunel, sus amigos, colegas, familiares y varios médicos intentaron toda clase de remedios habituales, desde darle fuertes palmadas en la espalda hasta sujetarlo boca abajo por los tobillos (era un hombre menudo y fácil de levantar) y sacudirlo vigorosamente. Pero nada funcionó. Buscando una solución propia de un ingeniero, Brunel diseñó un artilugio que le permitía colgarse boca abajo y balancearse describiendo amplios arcos con la esperanza de que, combinados, el movimiento y la gravedad harían caer la moneda. Tampoco eso funcionó.

El problema de Brunel se convirtió en la comidilla de todo el país. Llegaron sugerencias de todos los rincones del territorio británico, así como del extranjero, pero todos los intentos de remediarlo fracasaron. Finalmente, el eminente cirujano sir Benjamin Brodie decidió intentar una traqueotomía, un procedimiento tan arriesgado como desagradable. Sin contar con ningún anestésico —todavía faltaban tres años para que se empezara a utilizar la anestesia en Gran Bretaña—, Brodie le hizo una incisión en la garganta a Brunel y trató de extraer la moneda accediendo a la vía respiratoria con un largo fórceps, pero Brunel no podía respirar y empezó a toser con tal violencia que hubo que abandonar el intento.

Finalmente, el 16 de mayo, más de seis semanas después de que se iniciara su calvario, Brunel se ató de nuevo a su artilugio oscilante y se puso en movimiento. Casi de inmediato, la moneda cayó y rodó por el suelo.

Al poco rato, el distinguido historiador Thomas Babington Macaulay irrumpía en el Club Ateneo (un club de caballeros situado en la conocida calle londinense de Pall Mall) gritando: «¡Ha salido!», y todo el mundo supo de inmediato a qué se refería. Brunel vivió el resto de su vida sin sufrir la menor complicación por el incidente, y, que se sepa, nunca más volvió a meterse una moneda en la boca.

Menciono todo esto para recalcar el hecho —si es que hace falta recalcarlo— de que la boca es un lugar peligroso. Morimos por atragantamiento más fácilmente que ningún otro mamífero. De hecho, podríamos aventurarnos a decir que estamos diseñados para atragantarnos, lo cual resulta sin lugar a dudas un extraño atributo con el que vivir, independientemente de que tengamos o no una moneda en la tráquea.

Si echamos un vistazo al interior de la boca, gran parte de lo que vemos nos resulta familiar: la lengua, los dientes, las encías, y un oscuro agujero en la parte posterior presidido por esa pequeña y curiosa aleta conocida como úvula o campanilla. Pero entre bastidores, por así decirlo, hay montones y montones de aparatos muy importantes de los que la mayoría de nosotros nunca hemos oído hablar: el palatogloso, el geniohioideo, la vallécula, el elevador del velo del paladar… Al igual que cualquier otra parte de la cabeza, la boca es un reino de complejidad y misterio.

Tomemos, por ejemplo, el caso de las amígdalas. Todos estamos familiarizados con ellas, pero ¿cuántos de nosotros sabemos para qué sirven? En realidad, nadie sabe exactamente lo que hacen. Son esos dos montículos carnosos que se alzan cual centinelas a ambos lados de la parte posterior de la garganta (técnicamente se las denomina amígdalas palatinas para no confundirlas con otras estructuras homónimas, entre ellas las amígdalas cerebrales). Las adenoides —también llamadas vegetaciones o amígdalas faríngeas— son similares, pero se ocultan dentro de la cavidad nasal. Ambas forman parte del sistema inmunitario, pero hay que decir que no es una parte especialmente impresionante. Las adenoides suelen encogerse hasta prácticamente desaparecer en la adolescencia, y tanto estas como las amígdalas se pueden eliminar sin que se produzca una diferencia apreciable en el bienestar general de la persona.* Las amígdalas se enmarcan en una estructura algo mayor conocida como anillo de Waldeyer, llamado así en honor al anatomista alemán Heinrich Wilhelm Gottfried von Waldeyer-Hartz (1836-1921), más conocido por ser quien acuñó los términos cromosoma, en 1888, y neurona, en 1891. Anatómicamente hablando, se puede decir que era un hombre que estaba en todo. Entre otras muchas cosas, fue el primero que postuló, allá por el año 1870, que las mujeres nacen con todos sus óvulos ya plenamente formados y listos para parir.2

El término que utilizan los anatomistas para referirse al acto de tragar es deglución, y lo cierto es que eso es algo que hacemos bastante a menudo: por término medio, alrededor de 2.000 veces al día, o, lo que es lo mismo, una vez cada treinta segundos.3 Tragar es un asunto más complicado de lo que uno creería. Cuando tragamos, la comida no cae en el estómago por la mera acción de la gravedad, sino que es empujada hacia abajo por una serie de contracciones musculares. De ahí que, si queremos, podamos comer y beber boca abajo. En conjunto, pueden llegar a intervenir hasta un total de 50 músculos solo para llevar un trozo de comida de los labios al estómago, y deben aprestarse a intervenir exactamente en el orden correcto para garantizar que, sea lo que sea lo que enviamos al sistema alimentario, no tome el camino equivocado y termine alojado en una vía respiratoria, como la moneda de Brunel.

La complejidad de la deglución humana se debe principalmente al hecho de que nuestra laringe ocupa una posición muy baja en la garganta en comparación con otros primates. Para adaptarse a la postura erguida cuando nos volvimos bípedos, nuestro cuello se hizo más largo y recto, y asimismo pasó a ocupar una posición más central bajo el cráneo, en lugar de desplazarse hacia atrás como en los otros simios. Casualmente, esos cambios nos proporcionaron una mayor aptitud para el habla, pero también incrementaron el peligro de «obstrucción traqueal», en expresión de Daniel Lieberman. En lo que constituye un caso único entre los mamíferos, los humanos enviamos el aire y la comida por un mismo túnel: solo una pequeña estructura denominada epiglotis, una especie de trampilla situada en la garganta, se interpone entre nosotros y la catástrofe. La epiglotis se abre cuando respiramos, y se cierra cuando tragamos, enviando la comida en una dirección y el aire en otra; pero de vez en cuando se equivoca, y a veces con resultados nefastos.

Cuando uno se detiene a pensar en ello, resulta bastante asombroso que podamos pasarlo en grande disfrutando de una cena —comiendo, charlando, riendo, respirando, bebiendo vino— y que nuestros guardianes nasofaríngeos lo envíen todo al lugar apropiado, en dos direcciones, sin tener que prestarles siquiera un momento de atención. Es una auténtica hazaña. Pero aún hay más. Mientras nosotros charlamos sobre el trabajo, la escuela pública del barrio o el precio de las verduras, nuestro cerebro monitoriza estrechamente no solo el sabor y la frescura de lo que comemos, sino también su volumen y textura. Debido a ello, nos permitirá tragar un bolo grande y «húmedo» (como una ostra o un trozo de helado), pero insistirá en que mastiquemos más a fondo otros artículos pequeños, secos y afilados como las nueces o las semillas, que podrían no pasar tan suavemente por el tracto digestivo.

Mientras tanto, nosotros, lejos de colaborar en este proceso crítico, nos limitamos a seguir vertiendo más vino por el gaznate, desestabilizando todos nuestros sistemas internos y comprometiendo seriamente las capacidades funcionales de nuestro cerebro. Decir que nuestro cuerpo es nuestro más sufrido sirviente es quedarse corto.

Si consideramos la precisión que todo esto requiere, y la cantidad de veces a lo largo de la vida en que nuestros sistemas se ven sometidos a prueba, lo extraordinario es que no nos atragantemos más a menudo. Según fuentes oficiales, cada año mueren por atragantamiento alrededor de 5.000 personas en Estados Unidos y unas 200 en Gran Bretaña. Esto resulta un tanto extraño, puesto que esas cifras, en relación con el tamaño de la población, indican que los estadounidenses tienen cinco veces más probabilidades de morir atragantados al comer que los británicos.

Aun teniendo en cuenta el entusiasmo con el que mis compatriotas estadounidenses devoran la comida, esa discrepancia de cifras me parece poco verosímil. Creo que es más probable que se deba más bien a que en Gran Bretaña muchas muertes por atragantamiento se atribuyen erróneamente a ataques cardiacos. Sospechando justamente eso mismo, pero en este caso en Estados Unidos, hace ya muchos años un forense de Florida llamado Robert Haugen investigó la muerte de personas que supuestamente habían fallecido de ataques cardiacos en restaurantes, y no le costó demasiado encontrar a nueve que en realidad habían muerto por atragantamiento. En un artículo publicado en Journal of the American Medical Association, Haugen sugirió que en realidad las muertes por atragantamiento eran mucho más comunes de lo que generalmente se creía. En cualquier caso, aun utilizando las estimaciones más prudentes, actualmente el atragantamiento es la cuarta causa más común de muerte accidental en Estados Unidos.4

La solución universalmente conocida a una crisis de atragantamiento es la maniobra de Heimlich, llamada así por el doctor Henry Judah Heimlich (1920-2016), el cirujano neoyorquino que la ideó en la década de 1970. La maniobra de Heimlich consiste en abrazar por detrás a la víctima de atragantamiento y realizar una serie de fuertes y breves compresiones abdominales, justo por encima del ombligo, para forzar a salir el objeto que le obstruye la respiración como un corcho de una botella (para que conste, la explosión de aire que produce la maniobra se conoce como conmoción béquica).

Henry Heimlich, que tenía algo de showman, se dedicó incansablemente a promover tanto su procedimiento como a sí mismo.5 Apareció en el programa de televisión The Tonight Show, que entonces presentaba el humorista Johnny Carson; puso a la venta carteles y camisetas, y dio conferencias ante grupos grandes y pequeños por todo el territorio estadounidense. Se jactaba de que su método había salvado la vida a Ronald Reagan, a Cher, al alcalde de Nueva York Ed Koch y a varios cientos de miles de personas más. Pero no siempre resultaba muy popular entre las personas más cercanas. Un antiguo colega lo llamó «mentiroso y ladrón», y uno de sus propios hijos lo acusó de practicar un «amplio historial de fraude a lo largo de cincuenta años». Asimismo, Heimlich socavó seriamente su reputación al erigirse en defensor de un tratamiento llamado malariaterapia, que consistía en infectar deliberadamente a la gente con bajas dosis de malaria en la creencia de que eso podía curar el cáncer, la enfermedad de Lyme y el sida, entre muchas otras dolencias. Sus afirmaciones con respecto a dicho tratamiento no estaban respaldadas por ninguna evidencia científica. Debido en parte a que Heimlich se había convertido en un engorro, en 2006, la Cruz Roja estadounidense dejó de utilizar el término «maniobra de Heimlich» para sustituirlo por «compresión abdominal».

Heimlich murió en 2016, a los noventa y seis años. Poco antes de su muerte, le salvó la vida a una mujer en la residencia de ancianos donde vivía empleando su propia maniobra. Fue la única vez en su vida que tuvo la oportunidad de usarla; o puede que no: más tarde se supo que había afirmado que ya le había salvado la vida a otra persona en otra ocasión. Al parecer, Heimlich maniobraba con la verdad con tanta habilidad como con los trozos atascados de comida.

La mayor autoridad en atragantamiento de todos los tiempos ha sido, casi con toda certeza, un adusto médico estadounidense que respondía al exuberante nombre de Chevalier Quixote Jackson, que vivió entre 1865 y 1958. Se ha calificado a Jackson como «el padre de la broncoesofagoscopia americana» (por parte de la Asociación de Cirujanos Torácicos de Estados Unidos), y seguramente lo fue, aunque también hay que decir que no es que hubiera precisamente muchos otros contendientes. Su especialidad —más bien su obsesión— eran los objetos extraños que habían sido tragados o inhalados. En el curso de una trayectoria profesional que duró casi setenta y cinco años, Jackson se especializó en diseñar instrumentos y perfeccionar métodos para recuperar tales objetos, y de paso reunió una extraordinaria colección de 2.374 artículos ingeridos imprudentemente.6 En la actualidad, la colección de cuerpos extraños de Chevalier Jackson se encuentra en una vitrina en el sótano del museo Mutter del Colegio de Médicos de Filadelfia, en Pensilvania. Cada uno de los objetos que la integran está minuciosamente catalogado según la edad y el sexo de la persona que se lo tragó; si se alojó en la tráquea, la laringe, el esófago, el bronquio, el estómago, la cavidad pleural o algún otro lugar; si resultó fatal o no, y por qué medios fue extraído. Se considera la mayor colección del mundo de cosas extrañas que la gente se ha metido por el gaznate, ya sea por accidente o por algún extravagante designio. Entre los objetos que Jackson recuperó de las gargantas de sus sujetos, vivos o muertos, figuraban un reloj de pulsera, un crucifijo con un rosario, unos binoculares en miniatura, un pequeño candado, una trompeta de juguete, una brocheta de carne entera, una llave de radiador, varias cucharas, una ficha de póker, y un medallón con un texto grabado que rezaba (quizá de manera un tanto irónica): «Llévame contigo y tendrás suerte».

Jackson era un hombre frío y solitario en todos los sentidos, pero parece que bajo esa capa externa ocultaba cierta afabilidad.7 En su autobiografía explicaba que en una ocasión extrajo de la garganta de una niña «una masa grisácea; quizá comida, quizá tejido muerto», que le había impedido tragar durante varios días, y luego su ayudante le dio un vaso de agua. La niña tomó un sorbito con cautela y tragó; a continuación, tomó un sorbo más largo. «Luego depositó suavemente el vaso de agua en la mano de la enfermera, me cogió la mía y la besó», recordaría Jackson en el que parece ser el único incidente de su vida que le conmovió.

En las siete décadas y media en las que estuvo activo, Jackson salvó centenares de vidas y proporcionó la formación necesaria que permitiría a otros salvar incontables más. Si se hubiera mostrado un poco más encantador con sus pacientes y colegas, seguramente hoy sería más conocido.

Sin duda no habrá escapado a la atención del lector el hecho de que la boca es una bóveda con un aspecto siempre húmedo y reluciente: ello se debe a que hay 12 glándulas salivales repartidas por todo su interior. Un adulto medio segrega aproximadamente algo menos de 1,5 litros de saliva diarios.8 Según ciertos cálculos, a lo largo de toda nuestra vida segregamos alrededor de 30.000 litros (aproximadamente la cantidad de agua que necesitaríamos para darnos unos 200 baños).9

La saliva está compuesta casi íntegramente de agua. Solo un 0,5 % de ella está compuesta de otros materiales, pero esa pequeña proporción está repleta de provechosas enzimas (proteínas que aceleran reacciones químicas). Entre estas se encuentran la amilasa y la ptialina, que empiezan a descomponer los azúcares en carbohidratos cuando todavía están en la boca. Si masticamos un alimento rico en almidón como el pan o una patata durante un poco más de tiempo de lo normal, pronto notaremos un sabor dulce. Por desgracia para nosotros, a las bacterias de nuestra boca también les gusta ese sabor, de modo que devoran los azúcares liberados y excretan ácidos, los cuales a su vez nos perforan los dientes y nos provocan caries. Otras enzimas, en especialmente la lisozima —que fue descubierta por Alexander Fleming antes de tropezarse con la penicilina—, atacan a muchos agentes patógenos invasores, aunque, por desgracia no a los que causan caries. Nos hallamos, pues, en la extraña situación de que no solo no matamos a las bacterias responsables de causarnos un montón de problemas, sino que encima las alimentamos activamente.

Recientemente se ha descubierto que la saliva también contiene un potente analgésico llamado opiorfina.10 Es seis veces más potente que la morfina, pero solo la tenemos en dosis muy reducidas; de ahí que no estemos constantemente colocados ni dejemos especialmente de sentir dolor cuando nos mordemos la mejilla o nos quemamos la lengua. Dado lo diluida que está, nadie sabe a ciencia cierta qué función tiene esta sustancia en la saliva. De hecho, su presencia es tan discreta que ni siquiera se advirtió su existencia hasta 2006.

Mientras dormimos producimos muy poca saliva, lo que permite que proliferen los microbios y hace nos despertemos con la sensación de tener la boca seca.11 Eso también explica por qué es buena idea cepillarse los dientes antes de irse a la cama, puesto que ello reduce la cantidad de bacterias con las que uno se acuesta. Si alguna vez el lector se ha preguntado por qué nadie quiere darle un beso recién levantado, posiblemente sea porque en ese momento su aliento puede contener hasta 150 compuestos químicos distintos, no todos ellos tan frescos y mentolados como nos gustaría.12 Entre las sustancias químicas comunes que contribuyen a crear esa sequedad de boca y mal aliento matutinos se encuentran el metilmercaptano (que huele a repollo bastante pasado), el sulfuro de hidrógeno (a huevos podridos), el sulfuro de dimetilo (a algas viscosas), la dimetilamina y la trimetilamina (a pescado podrido), y la denominada cadaverina, cuyo nombre lo dice todo.

En la década de 1920, el profesor Joseph Appleton, de la Facultad de Odontología de la Universidad de Pensilvania, fue el primero en estudiar las colonias bacterianas de la boca, y descubrió que, microbianamente hablando, nuestra lengua, dientes y encías son como continentes separados, cada uno con sus propias colonias de microorganismos. Incluso existen diferencias entre las colonias bacterianas que habitan las partes expuestas de un diente y las que se hallan por debajo de las encías. En total se han identificado alrededor de un millar de especies de bacterias que habitan en la boca humana, aunque en cualquier momento dado es poco probable que tengamos más de unas 200.13

La boca no solo es un hogar acogedor para los gérmenes, sino que constituye asimismo una excelente estación de paso para aquellos que desean mudarse a otra parte. Paul Dawson, profesor de bromatología en la Universidad Clemson, en Carolina del Sur, ha consagrado parte de su trabajo a estudiar la forma en que las personas propagan las bacterias de sí mismas a otras superficies, como, por ejemplo cuando compartimos una misma botella de agua o sumergimos de nuevo las patatas fritas una vez mordidas en una salsa común. En un estudio que llevaba por título «La transferencia bacteriana asociada a apagar las velas de un pastel de cumpleaños», el equipo de Dawson descubrió que el hecho de soplar las velas de un pastel incrementaba la cobertura bacteriana de este hasta en un 1.400 %, una cifra que suena bastante aterradora, pero que probablemente no sea mucho peor que las cantidades de bacterias a las que de todos modos nos vemos expuestos en la vida cotidiana.14 Hay muchos gérmenes flotando a la deriva por el mundo o pululando invisibles en las superficies de los objetos, y esas superficies incluyen muchas de las cosas que nos metemos en la boca y casi todo lo que tocamos.

Los componentes más familiares de la boca son, obviamente, los dientes y la lengua. Nuestros dientes también son creaciones formidables y extremadamente versátiles. Los hay de tres tipos: incisivos (que son puntiagudos como cuchillas), caninos (similares a espadas) y molares y premolares (que tienen más o menos una forma intermedia entre las otras dos). La parte exterior del diente se denomina esmalte. Es la sustancia más dura del cuerpo humano, pero apenas forma una delgada capa y no se puede reemplazar si se daña; de ahí que tengamos que acudir al dentista si tenemos caries. Bajo el esmalte hay una capa mucho más gruesa de otro tejido mineralizado, denominado dentina, que sí puede renovarse. Y en el centro se halla la pulpa carnosa que alberga los nervios y el suministro de sangre. Debido a su dureza, se ha calificado a los dientes de «fósiles prefabricados»:15 cuando todo el resto de nosotros se haya convertido en polvo o disuelto, el último rastro físico de nuestra presencia en la Tierra bien podría ser un molar fosilizado.

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14 ноября 2024
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700 стр. 68 иллюстраций
ISBN:
9788491876267
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Правообладатель:
Bookwire
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