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Índice de contenido

1  Portada

2  Créditos

3  MIÉRCOLES - El viaje

4  JUEVES - El encuentro

5  VIERNES - Insomnio

6  SÁBADO - Recuerdos

7  DOMINGO - Tortura

8  LUNES - El adiós

9  Sinopsis

10  Índice

Hitos

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2  Portada

BETTY LUCERO

El perfume de Inés


Betty Lucero

El perfume de Inés / Betty Lucero. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 9789878715971

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Ilustración de tapa: Autorretrato, de la propia autora, Elena Beatriz, (Betty), Lucero.

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina –Printed in Argentina

Betty fue fuente de inspiración para sus familiares, amigos y todo aquel que pasó por su vida. Esta novela era parte de su gran proyecto: anhelaba con todas sus fuerzas dar a conocer su obra. Hoy, parte de esa extensa producción pudo concretarse en este libro, es por ello que deseamos compartirlo con ustedes y regalarles un poquito de su esencia.

MIÉRCOLES
El viaje

En esta época siempre hace frío, piensa Mirta El clima la desconcierta. No recuerda haber pasado un verano tan sofocante como el del año pasado. Y, para colmo, ahora, este frío insoportable. Tendría que haberme abrigado un poco más. Se cubre la espalda con un chal, camina hacia la cocina y enciende una hornalla para hacerse un té. El té reconforta el espíritu. Lo leyó en una de esas revistas en la sala de espera de los consultorios. Mientras se calienta el agua de la pava, toma asiento. No puede estar mucho tiempo parada. Se mira las manos, pasa con fuerza el dedo índice de la derecha en el dorso de la otra mano. La distraen las venas que se inflan, el latido deja al descubierto las manchas que han invadido la piel. Son muy oscuras y la envejecen. Echa la cabeza hacia atrás y dice en voz alta: No hay como un té caliente para enfrentar al invierno. El agua chilla en la pava. Si no fuera por la tenaza que le oprime el estómago, comería con gusto esos bizcochos de grasa que mandó a comprar a la panadería. Calcula que, haciendo un balance de sus dolencias, la peor parte la lleva el aparato digestivo. Tome estos comprimidos ni bien se levante, le recomendó el médico, y le dio unas muestras gratis. Le gusta el trato del doctor Gómez con los pacientes. Como hace mucho tiempo que la está atendiendo, ha podido observarlo muy bien. Sabe escuchar. No la empuja para sacarla del consultorio y es muy cordial. Así eran los médicos de antes. En la última visita la acompañó hasta la puerta, le dio un beso en cada mejilla y, antes de despedirse, le susurró al oído:

—Cuide su salud emocional. ¡No mire tanta tele!

Tengo que reconocer que el doctor tiene razón. Me cuesta horrores dormir. La otra tarde acuchillaron a un hombre en una parada de colectivo. Se estaba desangrando en la vereda y nadie hacía nada. ¡Un médico!, grité. La gente que caminaba por el lugar miraba para otro lado y seguía de largo. Yo estaba tan angustiada que me levanté del sofá como un resorte. ¡Una ambulancia!, volví a gritar. Ellos aparecieron un largo rato después. Siempre llegan tarde. No recuerdo si tomé uno de los comprimidos de la mañana. El de la presión, el ovalado color salmón, ése sí lo tomé. Seguro que el hombre se murió antes de llegar al hospital.

Se mira las uñas, se ven desparejas, algunas están rotas. Ayer al mediodía, tuvo intención de pintárselas, pero se olvidó por completo. La visita de Inés la tiene alterada.

Oye el chirrido de la verja de afuera que se está abriendo con cierta violencia. El pánico altera la expresión de su rostro. Se tranquiliza cuando reconoce los pasos de Yoly. Esa manera de arrastrar los pies es inconfundible. Con todo, quiere cerciorarse de que es la empleada y no otra persona la que entró en la casa

—¿Quién es? –pregunta a los gritos.

Se desencadena un largo silencio. Mirta no puede controlar la irritación.

—¡Yoly! ¿Sos vos?

Una mujer joven entra en la cocina. Viene con una campera muy abrigada. Un echarpe rojo le rodea el cuello y le cubre gran parte de la cara. Trae una bolsa de plástico colgada del brazo.

—Sí, soy yo–dice, mientras hace un gesto de fastidio.

—¿Por qué no me contestabas? –se impacienta Mirta.

—¿Qué le pasa? ¿Está nerviosa?

—¡Cómo no voy a estar nerviosa! Anteayer la asaltaron a doña Susana. Vos estabas en cama con gripe. ¿No te enteraste?

—Sí, me lo contó el Aníbal.

Pobre mujer, se compadece Mirta. La ataron a una silla y le arrancaron la alianza a los tirones. Revolvieron toda la casa, tiraron la comida que había en la heladera, le robaron el dinero de la jubilación y le rompieron el juego de porcelana, regalo de casamiento. Fue horrible. Dejaron de pegarle cuando ella se acordó del reloj pulsera de su marido.

Yoly coloca la bolsa en la mesada y la mira de reojo.

—Ya me lo contaron. Todo el pueblo lo sabe.

—Dicen que la cara le quedó a la miseria –se lamenta Mirta.

Con movimientos pausados Yoly se quita la bufanda, la campera negra y las cuelga de un perchero. Viste un jean gastado y un pulóver verde. Mirta se mueve en la silla, dice que el día menos pensado le va a tocar a ella.

—No se preocupe, doña.

—Esos delincuentes andan muy campantes por la calle y me decís que no me preocupe.

Yoly camina hacia el extremo del pasillo, abre el placard y regresa con una escoba, un balde con agua y un cepillo. Se la nota desganada.

—Voy a baldear –dice sin mirar a Mirta– Falto unos días y me encuentro con un chiquero.

—Sí. Limpiá. No pierdas tiempo. Cuando barras la vereda, no te olvidés de cerrar la puerta con llave. Tené cuidado. Dicen que esos aprovechan para entrar a la casa cuando la gente está en la vereda.

—¿Algo más? –pregunta Yoly con cierta ironía.

Se levanta de la silla. Los golpes del bastón en el piso de arriba la sacan de quicio. Ya tendría que estar acostumbrada. Los que le robaron a la vecina son menores. Entran y salen de la comisaría como Juan por su casa. Alcanza a ver una araña moviendo las patitas en la moldura del cielo raso. Los jueces se lavan las manos. No se puede vivir así. Le voy a pedir a Yoly que traiga el plumero. Si Inés llega a ver la telaraña, va a pensar que soy una abandonada. Cuanto más pienso en la inseguridad, más me duele el estómago.

Busca la caja donde guarda los remedios. Alguien se tiene que hacer cargo de esos muchachos, habría que educarlos. No recuerda si tomó el comprimido anaranjado, el que tiene la forma de cigarro. ¿Y si toma otro, por si acaso? Se tiene que acordar de decirle a Yoly que pase el plumero, no sea cosa que llegue Inés y la araña siga arriba muy campante.

Qué problema con los remedios, son tantos los que tiene que tomar al cabo del día, que cada dos por tres, se olvida. El médico se fue a un congreso, se lo acaba de decir la secretaria. No puede asegurar que haya sido la rubia en persona, o la voz de la rubia en el contestador. Si viaja para perfeccionarse, lo disculpo. No conoce un profesional tan responsable y estudioso como el doctor. Asiste a todos los congresos que se realizan en el mundo. Cuando no está en la India, está en Angola. Regresa con la piel tan bronceada que da envidia. Cuando era joven soñaba con tener ese color en la cara. De solo oírme mencionarlo, mi madre se horrorizaba.

A su marido tampoco le gustaba, decía que ponerse al sol era cosa de gente ordinaria. En una ocasión, como ella protestó por la ausencia demasiado prolongada del doctor, la secretaria le hizo ver el padecimiento de los negritos que viven en África. La mayoría sufren de malaria. Mueren como moscas. Si me comparo con esos niños, lo mío es nada, gracias a Dios. De todos modos, espero que no me suceda lo del mes pasado. Tuve una diarrea espantosa y el doctor estaba de viaje, igual que ahora.

Le voy a pedir a Yoly que avive el fuego de la estufa del living, que le ponga unos troncos más gruesos. Lo haría yo si no fuera por las piernas. Antes me gustaba hacerlo. Las llamas en permanente movimiento transmiten una agradable sensación de bienestar. Las contemplo sin pensar en nada. El de la barraca me trajo quebracho. Dijo que es una leña de primera. El calefactor del comedor lo voy a encender a la tarde, por ahora es suficiente con el calor de la estufa a leña. La última boleta de gas me llegó con un 400% de aumento. Los vecinos están desesperados. La mayoría son jubilados y ya sabemos la entrada miserable que tienen. Yo no me puedo quejar. Sería ingrata si no pensara en los demás, no faltaría más.

Controla el reloj de pared. El micro va a tardar. Tiene tiempo de sobra para arreglarse las uñas. Da unos pasos lentos por la cocina, se acerca a la ventana. Desde ahí se ve el paraíso. La lluvia que cayó durante la noche les dio brillo a las hojas. Es placentero dejarse estar.

Inés se acomoda en el asiento del micro. Planeó el viaje con sumo cuidado. Las cosas no salieron como hubiera deseado. A último momento, a María Emilia se le ocurrió que Julia debía acompañarla y no hubo forma de disuadirla. Desde que tomaron el micro, le cuesta dominar la ansiedad. Busca algo en la cartera. Tantea el fondo para cerciorarse de que está en su sitio, envuelto en un chal. Su marido lo había comprado para tirar al blanco y, desde que murió, nadie volvió a usarlo. Tarda en encontrarlo, lo vuelve a acomodar. Saca un caramelo de frutilla sin azúcar y lo mastica. Saca otro, lo hace durar.

Ha comenzado a llover de nuevo. Llovió toda la noche, el agua cambió muchas veces de ritmo. El traqueteo del micro, la percusión del agua y los ronquidos de algunos pasajeros, perturban el silencio. La falta de sueño le da una tregua para meditar. Siempre cae en lo mismo. En la última semana, por la radio y en la tele, han trascendido los comentarios de una conocida actriz. Se refirió a la necesidad de hacer justicia por mano propia. Los jueces deberían ocuparse. Durante la década del setenta nunca hubo un secuestrador arrestado. Desde que su hijo Daniel apareció quemado en Los Acantilados, ella no bajó los brazos, pese al riesgo que implicaba investigar en esa época. Tocó numerosas puertas. Alguien le aseguró que, después de la detención, lo habían llevado a la Base Aérea de Mar del Plata. Otros creyeron verlo en la Comisaría de Batán. Nadie le supo dar una respuesta satisfactoria.

Una noche, tres sujetos vestidos de civil con armas largas entraron por la fuerza a su casa, buscando vaya a saber qué, y finalmente partieron en un Ford Falcon con algunos libros y varias botellas de vino. Fue un llamado de atención. Dejaron un montón de hojas rotas tiradas por el piso. La mayoría de los libros eran de cuando Daniel estudiaba en la facultad, y algunas novelas. Rayuela, de Cortázar, se salvó de puro milagro. Marx y Hegel no corrieron la misma suerte. Uno de los hombres, que usaba un bigote rubio que parecía postizo, se llevó varios Patoruzú. Las demás revistas estaban en el sótano.

José, su marido, le reprochaba que se expusiera de esa manera. Todos sabían que era inútil recurrir a la justicia. Una noche, cuando salía de la casa de una amiga, le interceptaron el paso, la metieron dentro de una furgoneta, le vendaron los ojos y la tiraron al piso. Ella sintió la presión del arma sobre la cabeza. No armés más quilombo, le dijeron. Las voces las va a recordar mientras viva. Y también el olor putrefacto que emanaba de la furgoneta.

Podridos en cuerpo y alma, se dice Inés, cada vez que los enfrenta en la memoria. ¿Podrán vivir con tanta culpa? Creerán que hicieron algo por la patria.

A raíz de ese episodio, prácticamente se recluyó en su casa. Rebajó muchísimos kilos y comenzó a sufrir ataques de pánico. Imaginaba los momentos previos a que Daniel fuera quemado. Cuando la imaginación se desencadena, es imposible detenerla.

No hace mucho leyó una novela donde el personaje narra las peripecias que le tocó vivir, y en un pasaje dice que no goza de la venganza, porque vengarse es lamer frío lo que otro cocinó demasiado caliente. Sin embargo, para Inés, la necesidad de hacer justicia se impone sobre cualquier argumento.

Trato de dormir, el micro se sacude y me tira para cualquier lado. La Abue también está incómoda. Me dice que no tiene frío, que no me preocupe. La Abue es genial. Hablamos de todo. Cuando le pregunté si había tenido buen sexo con el abuelo, empezó a respirar fuerte y miró para otro lado. Se lo conté a mamá. Me quería matar. Tu abuela demuestra ser muy liberal, me dijo, pero es de otra época. En el fondo es una reprimida. ¿Qué? ¿Reprimida la Abue? No lo creo. Cuando está en una reunión con amigos y alguno empieza a joder con sus enfermedades, ella los frena y les cuenta una película. Siempre lista a escuchar a los demás. Otras veces, cierra los ojos y se queda en silencio, como metida para adentro. Sé lo que está pensando me mando con cualquier boludez para que se anime y siempre se engancha.

Tendría que anotar todo lo que me cuenta. Me vendría bárbaro para hacer el corto que me pidieron en la facu. Tengo que buscar la forma de hacer un guion.

La Abue sería un buen disparador. Me cuentan que cuando nací, me tenía en sus brazos y no paraba de hablar de mis ojos, de mi naricita. Papá, para llevarle la contra, decía que yo era lo más parecido a un mono. A ella no le gustaba ni medio. Si miro para atrás siempre la veo; en la foto de bautismo, en los cumpleaños, el primer día de clase, en los actos escolares, en la fiesta de quince. Se banca todo la Abue. Desde que me haya tatuado el hombro, hasta que me vista con jeans rotos, o me pinte las uñas de negro.

¡Qué frío! Odio el invierno. Este micro me tiene repodrida. Tendría que haber inventado una excusa para no viajar. La Abue no quería traerme. Eso me pareció raro. Mamá fue la que insistió. Mi vieja me organiza la vida.

¿Me oís mamá? Estoy en un micro de mierda rodeada de viejos que roncan, pibes que lloran, madres que gritan y un chofer que se la pasa cabeceando. ¿Cómo terminará esto? Por más que busque, el pueblo donde nació la Abue, no figura en ninguna parte. Mi vieja dice que es lamentable el tiempo que pierdo navegando en Internet, que mis amigos y yo hablamos siempre de las mismas pavadas, que entre los mensajes y los chats se nos va la vida. Qué hago, si no hablo con mi chico, o mis amigas. Desde que subimos al micro trato de comunicarme, pero no hay señal.

Con Pablo somos muy distintos. A él le gusta joder con los amigos. Puede estar horas con la Play Station. A mí me gustan otras cosas. Ver películas, por ejemplo. Pero no las que elige él. Las de acción no me gustan. Yo prefiero las que me abren la cabeza. Es genial conocer directores nuevos, cine independiente, gente con costumbres diferentes.

El chico con el que salgo es un personaje. Cuando se lo presenté a Lola, me dijo: Ese tío no tiene rollos. Lola es una andaluza re copada, compañera de la facu. Pablo no tiene problemas con nadie. Mejor dicho, no se hace problema, que no es lo mismo. Me doy cuenta de que a veces le hincho las bolas. No hace mucho tiempo, una amiga me trató de histérica y me dio un consejo: Hay que andar juntos, pero no revueltos.

Julia mira con desgano la noche que se insinúa detrás del vidrio embadurnado. Le molesta viajar tantas horas en un micro así de incómodo. ¿Cómo será el pueblo? Lleva la mano al bolsillo de la campera y saca una barra de chocolate. La desenvuelve y paladea con lentitud.

A pesar de que se ha puesto el chal sobre los hombros, Mirta se estremece. La ráfaga de aire frío que viene de afuera la exaspera. Esa costumbre que tiene Yoly de no cerrar las puertas. A ver si me pesco una pulmonía. Lo único que me falta es caer en cama justo hoy. Un té caliente me vendría bien.

Con pasos largos Yoly entra en la cocina y coloca unas bolsas sobre la mesada.

—¡Qué rápido viniste! ¿Quién te trajo? –pregunta Mirta con un tono ambiguo sin levantar los ojos del té que se está preparando

—El Aníbal.

—Así que viniste con ése.

—¿Con quién voy a venir? Lo encontré en la farmacia y como no tenía ningún viaje, me trajo. El Aníbal es mi pareja.

—¡Tu pareja! Cómo han cambiado las costumbres –dice Mirta por lo bajo, al tiempo que se sienta a tomar el té.

La empleada da unas vueltas por la cocina y sale dando un portazo. Mirta enciende la tele y se sienta en el sofá del living, frente al destello azul de la pantalla. En varios canales se transmite el mismo partido de fútbol. Se viene un frente frío, anuncia una morocha de ojos claros. Qué novedad.

No veo la hora de que pasen las elecciones. Un chino exalta las propiedades del chancho con tamarindo. Se han multiplicado los chinos en el país. Un homicidio con ribetes mafiosos preocupa a las autoridades de la provincia de Buenos Aires. Dos periodistas hablan de un robo a mano armada. Pero nadie cuenta lo que le pasó a mi vecina.

Me acuerdo de la primera vez que la vi a Yoly. Estaba parada en la cocina con las piernas separadas y los brazos en jarra. Pura fibra, la muchacha. Me clavó los ojos oscuros de tal manera, que me recordaron a alguien. Desvié la vista hacia otros rasgos de su rostro.

Me llamó la atención el pelo. Cortado a cuchillo. Le hice un chiste. Cuando separó los labios me asusté. Una hilera de dientes desparejos amarilleaba dentro de la boca. Llevaba un jean azul gastado y una remera con aureolas de lavandina. No me agradó ni su apariencia ni su forma de expresarse. Tendría que haberla descartado de inmediato.

Se oyen los pasos de Yoly cada vez más cercanos. Se asoma a la puerta de la cocina. Viste un delantal a cuadros, blanco y azul. Dice que el Aníbal le mandó unas naranjas de ombligo y las puso en la despensa.

Qué me estará por pedir, piensa Mirta. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.

—¿Me escucha? El Aníbal le mandó naranjas.

—No quiero que me mande nada, ¿entendés?

Yoly sale hablando entre dientes. Esta muchacha me saca de quicio. Juraría que la oí decir: Esta vieja de mierda y no sé qué más. No es la primera vez. Es inaguantable. Hacen una buena pareja con el remisero. Ese atorrante siempre se las ingenia para meterse en mi casa.

Cuando lo conoció, le pareció medio burlón. Pasado el tiempo, no ha cambiado la percepción. Es grosero, entrometido. No puede fiarse de una persona con tan pocas cualidades a la vista. Una anciana inválida y su hijo permanecieron unas cuatro horas como rehenes de tres delincuentes que se atrincheraron en su casa de Bernal. Cambia de canal.

Un avión cruzó una avenida, arrolló a un auto, chocó contra unas máquinas viales, un terraplén y se prendió fuego. No le quedó claro en qué país sucedió esa tragedia. Murieron 82 personas. Apaga la tele. Enciende el equipo de música, regalo de su hijo. Saca de un cajón unos Long Play: Los Panchos, Julio Sosa, el polaco Goyeneche. Los vuelve a guardar, para no caer en la nostalgia. Tendría que organizarle un programa a Inés. No se le ocurre nada.

Mira por la ventana de la cocina. En el pueblo, el noventa por ciento de los árboles son paraísos. Su padre plantó uno en el centro del patio. Da buena sombra en el verano. Seguro que lo eligió por eso. Pedro Vargas tenía una voz grave, muy seductora, a ella le encantaba. Ése era el tipo de hombre que le atraía, qué cosa, ¿no? Y se vino a casar con Rafael, que de romántico no tenía nada. Cuando lo conoció y en los primeros años de casados, tenía un tono de voz, no precisamente grave, pero sí agradable. Con el tiempo se le fue aflautando. Y había que oírlo. Le encantaba explayarse cuando encontraba un público complaciente. Con Martín y conmigo, recuerda, hacía uso y abuso de la ironía. Tanto palabrerío para terminar manejando solo una palabra: Puta.

No me gusta cómo me mira la vieja, piensa furiosa. Me la banco porque no me queda otra. Yoly toma un espejo que está sobre la cómoda del cuarto de Mirta. Se pasa la mano por el rostro cetrino. Luego se cepilla el pelo con movimientos firmes. Teresa me dijo que el negro endurece las facciones. Me voy a teñir de rubio rojo cobrizo. El Aníbal se va a poner loco. Para él todas las coloradas son putas.

La mirada de Yoly recae en la nariz, que es lo único que le complace de su rostro. Chata y cortita como la tenía su madre. Nada le viene bien a la vieja, me tiene repodrida. Aguantá, me dice el Aníbal, a la larga se te va a dar. Qué vivo, él no sabe lo que es este quilombo. La vieja en el sofá dándome órdenes con cara de culo y, arriba, el viejo golpeando con el bastón. Estoy hecha mierda. Este dolor en la nuca que no me deja ni pensar.

Se vuelve a mirar en el espejo. Las ojeras demasiado marcadas. Da unos pasos, abre la puerta del baño y se dirige al botiquín. Busca con premura. Me escondió la crema, la bruja. Abre la boca con disgusto. Tengo que acomodarme los dientes. La Teresa me dijo que pida un presupuesto al dentista. Más bien que le voy a preguntar cuánto cobra, tarada no soy.

Me llama la patrona. Por cualquier boludez, me llama. Los golpes de arriba la toman desprevenida. Ese bastón de mierda, la puta madre. Hace una mueca áspera con la boca y se queda pensando. El Aníbal quiso enseñarme a usar el revólver. Ni loca. Salí de ahí, boludo, le dije, mirá si me vuelo la cabeza. Que no me diga lo que tengo que hacer. Mejor termino de limpiar esta roña.

Ha bajado la temperatura. A su lado, la Abue se mueve, inquieta. La cubre con una manta. Julia apoya la frente sobre el vidrio húmedo. De chica le encantaba chapotear. Un viaje de mierda. Espero que sean dos o tres días, nomás. La Abue no tiene la culpa. La culpa es mía por darle bola a mi vieja. La sobresalta el ronquido de un pasajero. Está abstraída escuchando un tema. Rebotan las gotas contra el vidrio chorreado. Si suena mal y nunca tienen razón, no se puede vivir del amor. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Le dijo Romeo a Julieta en el balcón. Suena mal y no importa la razón, uh. No se puede vivir del amor.

A Pablo le copan los dos Calamaro. Para cantar tangos la Abue prefiere las voces más varoniles, como la de Julio Sosa. Cuestión de gustos, ¿quién es Julio Sosa? En alguna parte leí que la voz de Andrés Calamaro es como el agua fresca en el desierto.

El micro galopa entre el barro. A lo lejos, las luces de un pueblo bailotean. Inés percibe unas formas irregulares en el vidrio empañado. Los recuerdos comienzan a andar. Las sombras son cada vez más alargadas. Repito gestos de la infancia. Esa costumbre de espiar el itinerario de las gotas. Me encantaba seguir las líneas oblicuas del chubasco que desataba la tormenta. La palangana que mamá colocaba en la boca de la canaleta se atoraba. Yo me mantenía alerta para escuchar los sonidos. La presencia fascinante del agua determinaba el ánimo de la familia. Una buena cosecha era un milagro que había que agradecer. Regreso desde el fondo de la memoria. Toco mi rostro y no me reconozco. Solo la lluvia se repite.

Si me pasara la lima, las uñas quedarían mucho mejor. Mirta cierra los ojos. ¿Dónde estará la lima? Esa costumbre de dejar las cosas en cualquier lado. El fantasma del Alzheimer. Cuando escucha que a todas las personas de su edad les ocurre lo mismo, se tranquiliza. No hace mucho, Yoly encontró la lima en la heladera, dentro de un frasco de mermelada de frutilla. Eso dijo. Lo pongo en duda. La insolente me miró por encima del hombro, y se mandó una ordinariez. Debo haber puesto cara de fastidio, porque torció la boca en una mueca socarrona. Al principio esa mirada me hacía sentir incómoda. Es como todo en la vida, con el tiempo me acostumbré.

Mejor ocupo la mente en algo más agradable. El paraíso que está en el medio del patio. El orgullo de papá. Pobre, qué iba a imaginar que una tarde su nieto comería esas bolitas amarillentas desparramadas en el suelo, y deberían llevarlo a la ciudad entre cólicos y temblores. Por suerte Martincito se salvó. En el pueblo se habló de un milagro.

Camina despacio hacia el baño, y saca del botiquín la crema para manos que le compró Yoly. Ésa no tiene límites, dispone del dinero como si fuera suyo. Anteayer apareció con un producto carísimo para limpiar los vidrios y encima, me hizo el diagnóstico.

—Usted es corta de vista. ¿No ve que esto es mugre?

Tomó el frasco, presionó la parte superior con el dedo índice y le pasó una gamuza anaranjada a cada una de las ventanas y a todos los espejos de la casa.

—¡Qué tal! Mire qué bien quedaron–me dijo con expresión punzante.

—Dejálo ahí. Andáte –No pude menos que decirle.

Al final le da la razón a Yoly, aunque no se lo diga. Con los vidrios limpios se ha disipado la niebla. Ahora se atreve a buscarse en el espejo. Toma asiento en el silloncito del cuarto frente a la cómoda de tres cuerpos, herencia de su madre.

Se ve en detalles. Qué tienen que ver conmigo estas ojeras y las arrugas del entrecejo y el rictus en la boca. Tengo que admitirlo: Soy esa vieja que vive en el espejo. ¿Cuándo comencé a tener esta expresión acongojada? Sabe perfectamente cuándo se inició el declive.

Toma distancia para ver mejor. Era un día de otoño. Estaba ordenando el cuarto de Martín, que había llegado la noche anterior, y tenía la mente ocupada en planificar el almuerzo. De repente, su hijo la llamó desde el living.

—¡Mamá! Vení. Tengo que darte una noticia.

El tono de la voz la desconcertó. Nunca logró asociar a Martín con el que le habló aquella mañana. Ahora observa sus manos y da vuelta la cara con disgusto.

La abrazó contra su pecho y la llevó hacia el sofá. Sintió el galope del pánico circular por el cuerpo. Y el acento irreconocible del hijo.

—Gané una beca para estudiar en Londres.

Un golpe de puño en el estómago. Sensación de flotar en una atmósfera irreal.

—¡Mamá! No te pongas así. Son apenas unos meses.

Si hubieran sido sólo unos meses, sólo unos meses. Nunca les había prestado demasiada atención a sus manos. Con las manchas, se ven más feas todavía. No debe olvidarse del esmalte. La vida la dio vuelta como a un guante. Y el hueco en el estómago se transformó en un cráter.

Cómo estará Inés, hace como cincuenta años que no la veo. Desplaza el reborde de la cutícula con un palillo envuelto en un trocito de algodón. Cuando se fue Martín, se precipitó en un pozo de soledad insoportable.

El doctor me aconseja que no mire la tele, que no me haga mala sangre, que me reúna con mis amigas a tomar el té, que escuche música, que haga manualidades. El doctor es demasiado joven para entender lo que es la vida. Un hijo lejos es un castigo. Qué pecado cometí para pagar un precio tan alto.

Ya no lloro. He llorado tanto, que me quedé vacía. Para colmo la mayoría de mis amigas se han muerto. Me queda Gloria. La pobre vive ocupada cuidando a los nietos. Pienso en el doctor. Se equivoca en vincular este volcán que ruge en mi estómago con una hernia de hiato, qué ocurrencia.

Dónde dejé el esmalte. Seguro que me lo sacó Yoly. Es una insolente esa muchacha. Me usa las cremas de la cara y los perfumes delante de mis narices. Tengo que andar con mil ojos. Últimamente, a fuerza de codazos, intenta desalojarme de la cocina. Me quedo más de la cuenta haciendo como que hago algo, para vigilarla de cerca. Que no me agarre desprevenida. El día menos pensado la tengo instalada acá, con el remisero. ¡Uf! Encima me manda regalos. Si se le ocurre meterse en mi casa, lo saco a patadas. Trato de serenarme. Llegué a pensar que Yoly podía envenenarme. Lo descarté de inmediato. Quién le va a pagar el sueldazo que gana acá, dónde va a comer mejor, dónde la van a aguantar con el carácter endemoniado que tiene.

Hablo sola como los locos. No tengo otra opción. Teresa está tan ocupada con Rafael, que apenas nos dirigimos la palabra. Con Yoly no puedo mantener un diálogo coherente. La veo que anda al acecho. A la enfermera tampoco le agrada esta muchacha. Me lo ha dicho infinidad de veces. Le molesta que se meta en el cuarto de mi marido sin pedir permiso. ¡Puta! ¡Puta!, le grita Rafael y sacude el bastón sin control. Teresa se enoja. Le ha prohibido entrar al dormitorio. Me echa en cara no tomar cartas en el asunto. Esta situación me tiene hasta la coronilla.

Pienso en el accidente de Rafael. Lo que experimenté pasado el tiempo. El hecho de no ser controlada, de que no me dijera lo que tenía que hacer, de no escuchar sus sarcasmos, me hizo sentir aliviada. No me alegré de verlo postrado en una silla de ruedas y mudo. No, de ninguna manera. Fue esa sensación de bienestar que hace que, un buen día, uno se despierte con menos pena.

Julia se ovilla en el asiento. Si acá se siente el frío, cómo estará afuera. Tiene razón la Abue. El invierno no es para los pobres. Cuando tomamos el micro vi a un pibe que andaba por el andén. Pedía. Los mocos colgando y los ojos tristes. Había poca gente en la Terminal. Imaginé unas secuencias que me vienen genial para el corto. Un hombre con una bufanda y un pasamontaña lucha con el frío. Más allá, una mina tapada hasta la nariz da saltitos histéricos. La mujer que atiende el quiosco se frota las manos para entrar en calor. La Abue se arrincona en la sala de espera. Me cago de frío y atajo el vapor que sale de mi respiración. Mi único deseo es subir al micro. Lo veo al pibe. Cuando alarga el brazo, le tiro una moneda que cae sobre la palma de su mano. Repite el gesto con los otros viajeros. Se va corriendo por el andén y desaparece. Lo pensé cuando estuve sentada en el micro, más cómoda, menos tensa. Lo pensé cuando ya no era posible volver atrás. Lo sigo viendo: los mocos colgando, los ojos tristes. Tenía un jean enorme para él, y unas zapatillas Nike destruidas.

Mirta mira el reloj de pared con un gesto rápido. Se inclina hacia adelante con las manos entrelazadas. Ayer intentó lustrar la platería y los dedos le quedaron acalambrados. No puede prescindir de Yoly. Se pone de pie para desentumecerse las piernas, hace unos estiramientos que le recomendó el doctor y se dirige al living con paso lento. Se tumba en el sofá. Tendría que caminar un poco. Le falta voluntad para realizar cualquier actividad física. Siempre fue así, desde chica.

Le gustaría planear un programa entretenido para Inés. ¿Cuánto tiempo se quedará? No lo mencionó el día que habló por teléfono, y a ella le pareció mal preguntar.

De tanto en tanto, llegan ruidos de la calle. El histérico ladrido de Atila le dice que el gato de la vecina está caminando por los techos. Eso lo pone furioso. Algo parecido le pasa a Rafael con Yoly. Este perro arma jaleo por cualquier tontería. Es una maña que adquirió desde que era cachorro. Recién cuando lo mete adentro, se tranquiliza. No tiene ganas de levantarse. Antes se oponía a tener un animal en la casa. Hoy en día, Atila es una compañía.

Mirta se endereza un poco, da un vistazo alrededor y asiente con la cabeza, satisfecha. Ha comprado unas rosas rojas de tallo largo, lástima que no tienen perfume. Las colocó en el jarrón de cristal de Murano que perteneció a la suegra de su suegra, y pasó a manos de su marido.

¡Ah! El famoso jarrón. Desde que se casó, lo ha manipulado con extremo cuidado por temor a romperlo. Rafael no se lo hubiera perdonado. Aunque ahora, sin la cerrazón de su mirada, cada vez con más insistencia, fantasea con tirarlo a la basura. De sólo pensarlo, le brota un grito de regocijo y, al escucharse, se envalentona.

Hasta el comedor llegan unos quejidos y el estrépito de unos golpes sobre los muebles. Provienen del cuarto que está en el piso de arriba. Lo hizo construir cuando su marido tuvo el accidente. Mirta hace un gesto ambiguo. Rafael está impedido de hablar, pero se hace entender.

Por encima de los bastonazos, se escucha la voz de la enfermera.

El zarandeo del micro, en la ruta saturada de agua, la desplaza de un lado al otro del asiento. Julia dormita apoyada en su hombro. A medida que se acerca al pueblo la imagen de su familia se le presenta cada vez más nítida. Por un momento, Inés logra un sueño liviano.

Mamá prende la lámpara de querosén con la mecha apenas asomada. A la noche, las ánimas dirigen la batuta. El olor a hollín camina por mi habitación. Los ojos bien abiertos. Cae una lluvia pesada. Un fantasma trepa por la pared del cuarto. Dibuja un monigote. Hace ademanes para llamar mi atención. El dedo índice señala hacia arriba. Un hombre cuelga del cielo raso. Tenga el botón apretado, ordena, si lo suelta, no llegamos más. La angustia me cierra la garganta. ¿Qué botón debo apretar? ¿Dónde quiere llevarme? No distingo su mirada. Cierro los ojos para borrar el pánico. A través de los párpados, se filtra la muerte. Mamá abre la ventana y el aire desaloja los fantasmas. La pared amarilla vuelve a ser sólo eso: una pared amarilla. En el patio de atrás, la sombra de papá colgado de la rama más alta del roble se balancea. Que alguien me diga que no es cierto.

Impresionada todavía por la visión, Inés presiona la perilla de la luz, intenta leer: A medida que la costa se hacía más lejana cobraba el mar mayores espesores de azul, una exaltación física muy semejante a una lúcida embriaguez. Un pensamiento la perturba. ¿Adónde van a parar los suicidas?

El micro la lleva de vuelta al roble del patio, al rostro desencajado de su padre, a la sombra que cayó sobre la casa. Tocar el vacío en medio de la nada. Llegar al límite del dolor.

Aprendía a nadar sin resolverse a regresar a la orilla cuando era hora de hacerlo. Se sentía tan feliz, tan envuelto, tan saturado de luz. El libro reposa sobre la falda, cerrado. Por un instante se zambulló en el mar de Alejo Carpentier.

Pienso en mi infancia. Todo lo bueno estaba prohibido. Es probable que Mirta se acuerde de las veces que, en los días sofocantes de verano, cuando algunas compañeras me venían a buscar para ir a la pileta, siempre recibían la misma respuesta de mi madre: Inés no va. Yo rogaba. Dejáme ir. Mamá, por favor.

El deseo de aprender a nadar la obsesionó durante años. Pasados los sesenta se decidió a ir a la pileta de un club cercano a su casa. “Escualo”, se llamaba. El primer día, un joven atlético, que dijo llamarse Fabián, le indicó el grupo de los adultos mayores. Antes de comenzar la clase Inés lo puso al tanto de sus temores. No tenía la intención de competir sino más bien de disfrutar. Se quedó conforme con el grupo, y la buena disposición del profesor. Todo transcurrió con normalidad hasta la tercera clase.

Hasta el día en que el profesor apareció con un palo largo, hizo que ella se aferrara al otro extremo, que moviera piernas y brazos y, cuando llegó a la parte más profunda de la pileta, se lo sacó de golpe. Inés comenzó a moverse sin control. Pensó que toda el agua de la pileta entraba por su boca. La auxilió una de las veteranas. Luego de expulsar hasta la última gota, decidió abandonar la clase. Un esfuerzo mayúsculo ponerse de pie. El cuerpo antiestético expuesto al ridículo. Tragó saliva. Y con la saliva, reflotó un dejo amargo que tardó en disolverse.

Desde entonces, tiene pesadillas oceánicas. Unos brazos la arrojan al mar. Se ve pequeña, demasiado pequeña para luchar contra la corriente. Intenta maniobras desafortunadas. El agua la empuja hacia abajo y queda sepultada en las profundidades. Despierta al sentir la dentellada del vacío. Otras noches, en otros sueños, el musculoso la tira a la pileta, ella intenta alcanzar el borde, y se ahoga. Jamás podrá sobreponerse a esos temores.

Se oye el chirrido de la verja de afuera. Alguien avanza por el patio, va llegando a la cocina. Teresa está en el comedor. Ha tenido la precaución de cerrar la puerta, para que no entre el frío de afuera. Se acerca donde está Mirta sentada. Saca un frasco del bolsillo del delantal y se lo alcanza.

—Tome. Aquí lo tiene.

—¿El esmalte?

—Sí. ¿Vio que estaba en el cuarto del señor?

Mirta opta por un silencio incómodo. Mira el frasco y nota que está por la mitad. No hace mucho que lo compró. No recuerda haberse pintado y mucho menos en el cuarto de Rafael.

—¡Qué raro! Capaz que lo llevaste vos y no te acordás. Con tantas cosas que tenés entre manos.

—No señora. Yo no fui.

—Si no fuiste vos, habrá sido Yoly.

—La Yoly no se pinta–dice la enfermera antes de desaparecer por el pasillo.

Mirta se queda intrigada y algo molesta. A ver si me quiere hacer creer que estoy loca. Se cambia de lugar para tener más claridad y comienza a cubrir las uñas con el esmalte, un esmalte natural apenas visible. Se recrea pensando en su amiga. Inés era muy bonita. Alta. Morocha. Tenía unos ojos negros muy expresivos. Vaya a saber cómo estará ahora.

Se distrajo otra vez. Tenía pensado aplicar la base de calcio. Sus uñas siempre fueron débiles, traslúcidas. Alas de mariposa. Así de traslúcidas eran. ¿Eran así?

La pregunta va dirigida a la niña que está en el jardín; se ha arrodillado y las observa con curiosidad. Las mariposas vuelan entre los arbustos, eligen las flores más coloridas, se pierden dentro de ellas, chupan el azúcar y dan varias vueltas hasta que son empujadas por la respiración del viento. ¿Dónde se habrán ido las mariposas?

Después de un breve paréntesis llega a la conclusión de que los únicos sobrevivientes del pasado son los viejos. El derrumbe del cuerpo se suma al sopor del pensamiento. En otro momento, hubiera optado por irse a la cama, esos estados anímicos la empujan a la parálisis. Hoy no quisiera parecer una cucaracha patas arriba. Hoy debe dar la impresión de estar viva.

Su mirada se alarga en la oscuridad. El resplandor de los poblados le hace pensar en los ojos de los felinos. Luces que aparecen y desaparecen. Inés aguarda el amanecer para reconocer el paisaje. De niña me gustaba andar por las afueras del pueblo con la bicicleta roja, piensa con nostalgia. Se la había pedido a los Reyes Magos. Papá dijo que debía compartirla con mis hermanos, porque los reyes estaban muy pobres a causa de la sequía. Ese año las chicas de al lado, Mirta y Malena, la hermana menor, pidieron lo mismo que yo. Les llegó una bicicleta color verde, marca italiana. Preciosa.

Malena no se animaba a tocarla. Los chicos se habían juntado en la vereda para mirarla. Pasado el momento de alegría vino la discusión. Las dos peleaban para ver quién daba la primera vuelta a la manzana. Cuando le tocó el turno a Mirta, tardaba tanto que Malena se impacientó y fue corriendo a la casa para presentarle las quejas a la madre. Al rato apareció Mirta hecha una zaparrastrosa. Las rodillas, las piernas, los brazos manchados de sangre. La bicicleta había perdido el brillo, unos cuantos rayos de la rueda de atrás estaban rotos. Mirta nunca dijo qué le había pasado. Ese día se fue derecho a la cama.

Cuánto disfrutaba con esos paseos. Le gustaba el otoño, aunque su madre dijera que era la estación de los viejos. Se entretenía viendo cómo las hojas hacían equilibrio en las ramas. Cuando caían saltaba en el suelo para oírlas crujir hasta que el viento se las llevaba en un remolino de fuego rojizo y tostado.

Lástima que esté lloviendo. A Inés le gustaría ver al pueblo tal como lo guarda en la memoria. Los paraísos bordeando las veredas, las ásperas calles de tierra y los jardines atiborrados de colores. Cierra los ojos. La inmovilidad le juega sucio. Los pensamientos avanzan y cae en la emboscada.

Tiene la visión de un grupo de alumnos en el patio de una escuela. Forman fila Paula, Malena, Gloria, Nené, Rosita, y Mirta detrás de ella. Cantan el Himno Nacional Argentino. Visten delantales tableados. Una cinta blanca en el pelo. Se oyen tiros. Inés ve un auto, dos, tal vez son tres. La directora dirige el coro. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Los gritos corren por la vereda y se meten en las aulas. Hay corridas, disparos de fusiles. Repiquetear de botas en la galería. Ella está pendiente del bebé que tiene en los brazos. Está desnudo. Los ojos abiertos. Le sonríe. Al levantar la vista nota que la directora cae al suelo. En su reemplazo comparece un señor con uniforme de gala. Los niños cantan. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Cuando cree que el peligro ha pasado, un grandote con casco de acero viene tranqueando y, de un manotazo, le arranca al niño. ¡Mamá, mamá!, lo oye gritar. Una patrulla aparece de la nada y enciende una hoguera. Las llamaradas incineran todo lo que encuentran a su paso. El viento se lleva los nombres de los niños. Queda un largo silencio. Inés se mira el delantal. Está lleno de sangre. La madre le dará un castigo. La imagen se evapora. El olor a quemado se resiste a desaparecer. Le ocurre siempre con ese sueño.

Es una trampa, la memoria. Tal vez no sea sólo venganza lo que vino a buscar. Es más que eso. La certeza de que la injusticia debe ser reparada.

Oigo sus pasos firmes en la escalera. Viene caminando con rapidez. Ya está en el living. Teresa es una mujer robusta, de caderas anchas y hombros caídos. Yo estoy sentada en el sillón. Me mira con cierto aire de superioridad.

—El señor necesita pañales. Viera cómo tiene las nalgas.

Hago silencio. Ella insiste. Sé lo que me va a decir. Todos los días se repite la misma historia. Es agotador.

—¿Le dijo Nelly que la pomada para la úlcera se está acabando? No puedo hacerme cargo de todo.

La voz de Teresa palpita de bronca. Yo tampoco, pienso. No puedo, ni quiero hacerme cargo.

—Menos mal que la ocupó para que me alivie. Por culpa de Nelly tengo más trabajo que antes. ¿Me oye? Esa mujer es una inútil.

Se refiere a la mujer que he tomado para los fines de semana. Cuando sepa que me pidió franco el próximo domingo va a arder Troya. Teresa vive acopiando quejas para tirármelas encima. Qué culpa tengo yo si la hija se fue a España. Yo también tengo que lidiar con lo mío. Martín se fue y no por eso me desquito con nadie. En fin, la comprendo. Hay días en que me despierto con ganas de matar a alguien.

Ay, las mujeres que trabajan en la casa. Calcula que entre Teresa, Nelly y la Yoly gasta una fortuna. Cada vez más exigentes. Y a la hora de comer, nadie se priva. A veces tiene la sensación de que controlan su vida. A Nelly la vio en el momento en que subía la escalera con una botella de jerez bajo el brazo. Fue el sábado a la noche. La mujer se dio cuenta de que la estaba mirando y no se inmutó. Mirta bajó la vista y siguió en lo suyo, por temor a que se ofendiera. Esperó a que entrara en el cuarto de arriba y se fue derecho al aparador a contar las botellas. Faltaban dos.

¿Cuánto tiempo hace que apareció el jerez en la casa? Mucho antes de que Rafael tuviera el accidente. Seguro que lo compró en San Martín de los Andes. Es de la época en que trabajaba en una Empresa de Seguridad. Si se intoxican, voy a estar en problemas. Esa costumbre que tengo de almacenar todo. Imagino la fogata que van a hacer cuando me muera.

Pienso en el jerez. Sé perfectamente que los lunes de mañana, cuando Nelly se retira de la casa, tiene el aliento espeso y el rostro congestionado. La que protesta es Teresa. Y hay que oírla.

—Los fines de semana el señor duerme la mona. ¿Se dio cuenta?

—No, no me di cuenta. Me extraña que me lo preguntes. Vos sabés que yo no puedo subir. Mirá cómo tengo las piernas.

Hace un largo rato que Atila está acostado con la cabeza apoyada en mi falda. Bueno, algo de calor transmito todavía. Al oír la voz de la enfermera el perro se espabila y levanta las orejas. Se lo nota excitado. Sacude la cola con un meneo pendenciero. Teresa tiene algo más que decir.

—¿Le dije que Nelly se empina el codo y le da de tomar al señor? ¿Se imagina? Los dos borrachos en el cuarto.

—Teresa, no seas exagerada. Mirá lo que decís.

Me pregunto si tendrá fecha de vencimiento el jerez. A ver si creen que voy a eliminar a alguien. ¡Atila! Quedáte quieto. Es un tormento la cola de este perro, me deja las piernas a la miseria. Pobrecito, lo hace sin querer.

Cada tanto, Teresa aparece en el living donde estoy tirada en el sofá leyendo o pensando en cualquier cosa, y me enfrenta.

—En cualquier momento me voy de esta casa. Lo lamento, pero no aguanto más.

Si le digo lo que siento se va a ofender. ¿Adónde te vas a ir? ¿Quién te va a pagar el sueldo que ganás conmigo? No te hagas la cocorita.

— Los lunes son de terror, señora. Da asco andar por el cuarto.

No será la primera vez que limpias un vómito, pienso. El silencio es salud. Opto por cerrar la boca. El día que vi a Nelly subir la escalera abrazada a la botella debí imaginar que no iba a tomar sola. Eso explica por qué Rafael está tan sosegado los días en que está a su cuidado.

Atila acaba de traer la alfombra del cuarto y la acomoda para acostarse. Tiene tan poco pelo que el piso le debe resultar muy duro. Y frío. Tendría que darle un chirlo. Le acaricio la cabeza. Es la única compañía que tengo.

¡Qué griterío! La mujer que viaja en el asiento de adelante se indigna. No se puede dormir con estos mocosos. El que no ha podido descansar hasta ahora está desahuciado. Los chicos saltan en los asientos, corren por el pasillo, se ríen a carcajadas, pelean, gritan.

Algo se ha enganchado en el compartimento reservado para el equipaje de mano. Destraban una correa para sacar de un bolso unos paquetes grasientos. Los desparraman sobre el asiento. De inmediato, Inés reconoce el olor. Los chicos comen esos engendros que han dado en llamar papas fritas, como si se tratara de un manjar. Están discutiendo por una gaseosa. El más grande lleva la voz cantante.

—Dame, boludo, –dice el más grandote.

El otro trata de quitársela. La botella por poco golpea la cabeza del señor que está en el asiento de adelante. La reacción es inmediata. Se pone de pie y lo mira con enojo.

—¡Epa! –grita.

—No sean maleducados. Tengan cuidado.

Julia pregunta en voz baja. ¿Dónde está la madre? La mujer la oye. Da vuelta la cara y la fulmina con la mirada. Julia se me acerca y me susurra.

—A mí me gustaría tener dos hijos, un varón y una nena. Si me salen tan maleducados, me pego un tiro.

Yo tenía dos años más que ella cuando nació Daniel, mi primer hijo. Era la época de los hippies. Tiempo de cambios. No fue fácil educarlo. Julia se inclina sobre el hombro de Inés, y la escucha. Daniel era un ser muy especial. Sensible. Inteligente. Despabilado, le decíamos en esa época. Le gustaba leer, escuchar música, era curioso y algo rebelde. Tu abuelo no estaba de acuerdo con la libertad con que se manejaba. Cuántas preguntas por responder.

—¿Tenían onda?

—Sí, tenían una buena relación.

—Y vos, ¿cómo te llevabas con el abuelo? ¡Humm! Contame.

—Al principio, nos entendíamos con sólo mirarnos. Pero, después de la muerte de Daniel no pudimos manejar tanto dolor. José dejó de ser el hombre comunicativo y amoroso que había sido.

Inés baja la cabeza. Julia le busca la mano. Dice que aparecieron grietas en la pareja. A veces se culpa por lo que le sucedió a su hijo. Julia reacciona de inmediato. No entiende por qué la abuela tiene cargo de conciencia. Desde su punto de vista, hizo lo que pudo.

—En aquella época, el orden de nuestra vida se alteró. Cumplía horarios, trabajaba, trataba de ser una buena madre, atendía a mi marido. Los dos estábamos ausentes. Vivir era un calvario. Tu madre también padeció mi aislamiento.

—Abue, no te enrosques. Descansá.

Mirta se desplaza por la casa sin saber qué hacer. La espera agota a cualquiera. Para resistir se necesita entrenamiento. Vaya si lo sé. Acabo de recordar que la que se rebelaba era Inés. Una chica complicada. Lindo futuro le espera, decía mi madre. Según ella, la vida era más fácil para los que sabían obedecer. El resto iba derecho al fracaso.

¿Todavía le gustará el pollo relleno? Para la nieta, milanesas con papas fritas. A los chicos les encanta, no hay manera de equivocarse. Mamá nos crió sumisas, dóciles, como solían ser las mujeres en esa época. Martín siempre me pedía que le hiciera milanesas. La tarde anterior, según le contó Yoly, el carnicero eligió un trozo de nalga de la heladera comercial y lo cortó en láminas bien parejas y finitas. Y le mandó decir que se iba a lucir con las visitas. Me voy a dar el lujo de comer milanesas y papas fritas. El doctor me lo tiene prohibido. Al colesterol hay que tenerlo a raya, dice. ¡Bah! No tiene por qué enterarse.

Le viene a la memoria la década del cuarenta. Hubo una terrible sequía. Su padre vivía mirando el cielo y la familia se entregaba a los rezos en una tarea conjunta. Había escasez de alimentos. Don Paco se disculpaba por no poder venderles más que un cuarto de azúcar negra. Si pedían un extra de leche o harina blanca, la respuesta no variaba. ¡Coño, no hay más! ¡Cuánto lo siento! Ahora que se consigue de todo, la gente no compra porque los precios están por las nubes. La historia se repite. He vivido lo suficiente para ver años de intensa lluvia, campos inundados, gente agobiada, suicidios. Y, como una rueda que gira, de nuevo la sequía, las cosechas que se pierden, la escasez de recursos, el descontento. Lo que sucede hoy es el duplicado de lo que vivimos hace cincuenta años.

Le enseñé a Yoly a preparar el flan de dulce de leche. “Flan del cielo” le llamaba Martín. Ese hijo, sí era un cielo. Nunca me dio trabajo ni para comer, ni para estudiar.

Por la ventana que da al patio ve unas ramas caídas. Debe haber habido mucho viento a la madrugada. Tiene ganas de ir a dar una vuelta por las afueras del pueblo. Se acuerda de cuando paseaba en bicicleta con Inés. Los crisantemos deben estar florecidos. Era tan feliz.

Me paso el día dando vueltas, siempre las mismas vueltas. Voy de mi cuarto al baño, del baño a la cocina, al comedor y al living. Con tanto frío, ni siquiera pongo los pies en el patio. Estoy acorralada. Nací en esta casa y aquí me voy a morir.

Necesito aire puro. Siento que me asfixio. El brillo de la pantalla del televisor me recuerda lo que me dice el doctor. Tiene razón. Con tanta tele, me estoy cavando la fosa. La gente revolea palos y rompe todo lo que encuentra a su paso. Cortan las calles y maltratan a los que están trabajando. ¿Cuándo se ha visto algo así?

Seguro que a la nieta de Inés le gusta lo dulce. La torta preferida de mi hijo era el Rogel. Le encantaba el dulce de leche a mi Martín. Cada vez que venía al pueblo, se llevaba un tarro para comerlo en la pensión. Un año, a causa de la huelga, no pudo viajar tan seguido, pero le busqué la vuelta y le mandé el dulce con un viajante. El padre no se enteró.

La próxima vez que hable por teléfono, le voy a preguntar si la mujer le hace dulce de leche. Seguro que no tiene ni idea. Qué va a saber la inglesa lo que le gusta a mi hijo. Consulta el reloj varias veces. Me retracto de lo que pensé hace un momento. En otros tiempos también había personas que revoleaban palos, rompían edificios, organizaban marchas. Como no había tele, uno no se enteraba.

Piensa en lo que le ha dicho el doctor. Debe moverse, aunque le duelan las piernas. Camina por el cuarto, lo recorre varias veces antes de sentarse a esperar. Qué paradoja, desde que Martín se fue, no hago otra cosa que esperar. Hay que ver las veces que prometió visitarnos y, por un motivo u otro, el viaje quedó en aguas de borraja. Quedo deshecha y termino dándome manija con los divagues de siempre.

Hasta el día que me muera lo voy a repetir. Mi hijo se fue del país por culpa del padre. Lo empujó. Es la verdad. El antagonismo se reveló la primera vez que lo miró.

Yoly está diciendo que se terminó la leche entera.

Ni bien lo vio en el moisés le hizo la cruz. Tener celos del hijo es una herejía. Capaz que ni siquiera fueron celos, gusto de molestar, nomás.

Yoly se ha sacado el delantal y la mira con fastidio. Los brazos en jarra sobre la cadera.

—Con la descremada, queda aguado.

Al no recibir respuesta, insiste.

—¿Hago flan con la descremada?

¿Qué dice? ¿Por qué me habla justo cuando estoy ocupada? Esa maldita costumbre de interrumpir mis pensamientos. Me está diciendo que la leche descremada no sirve para el flan. Que compre leche entera, entonces.

—Tanto apuro no hay –dice de repente.

Entonces, ¿para qué me molesta? No hay caso. Insiste.

—¿Qué hago? ¿Voy ahora?

—¡Rápido! ¡Movete!.

¡Ay! ¡Qué cosa! Va a llegar Inés y el flan, en veremos. Le ha empezado a doler la cabeza. Lo único que le faltaba. Al ver que la empleada está a punto de salir a la calle, le grita.

—¡Yoly! Alcanzame un analgésico.

—¿Dónde está?

—¡Dónde va a estar! En el botiquín del baño.

—Ah, bueno.

—De paso, traeme agua.

—¡Ufa! No me queda tiempo para hacer el flan.

Mirta consulta el reloj de pulsera. ¿Llegará a horario el micro? Con lo que ha llovido durante la noche, los caminos deben estar horribles. En la época que pasaba el tren, no había problemas.

—Yoly, ¿Cómo están las calles? ¿Hay mucho barro?

La muchacha ya ha salido de la cocina y camina por el patio hacia la calle. Mirta se pone de pie, aparta la cortina de la ventana y alcanza a ver el pelo oscuro de Yoly que se desvanece entre el follaje del jazmín.

Qué me trajo, ella sabe que detesto el agua de la heladera. Mirta mueve la cabeza con disgusto. Rechaza todo pensamiento que no tenga que ver con su amiga. Se promete a sí misma ser prudente. Dejaré que Inés hable de sus cosas sin indagar demasiado. Es probable que me cuente algo del hijo, vaya a saber.

Pobrecita Inés. Bastante doloroso le resultará tocar ese tema. Cuando me pregunte por Martín le diré que está lejos y que, no hay mal que dure cien años. Querrá compartir las anécdotas de la infancia, de la adolescencia, me pedirá que la acompañe a la casa donde nació, volverá a revivir la muerte de su padre, capaz que quiere visitar la escuela, el cementerio. Le mostraré fotos de Martín cuando era chico, y no mucho más. Para qué contarle que mi hijo se ha transformado en un extraño. A vos, Martín, sí te lo digo. Cada vez que hablamos por teléfono, me quedo angustiada. No puedo expresar todo el amor que te tengo. Algo hemos perdido, pero no sé nombrarlo. La última vez que hablamos dijiste que te habías dejado el bigote. Si te veo por la calle no te reconocería. Eso me alarma. Si me mandaras una foto podría mirarte a los ojos y sabría mucho más de vos. Siento miedo del silencio que nos distancia. Vivo en estado de alerta para darte la bienvenida. Créeme que es así.

Esa foto del tío me desconcierta. Es como si se la hubieran sacado hace un rato. Lo digo por el peinado y por la ropa. ¿Así se veían los chicos en esa época? Daniel podría ser cualquiera de mis amigos. Tiene los ojos expresivos como los de la Abue. El hoyuelo en el mentón y las orejas chiquitas las heredó del abuelo José. Dicen. No lo conocí. Lo veo en las fotos del álbum familiar.

Lo miro todo el tiempo. El portarretrato está encima del mueble de roble del living. El lugar más importante de la casa. Yo tengo el pelo bastante parecido. Y la boca. Los dos tenemos labios carnosos. Una mulata, se burla Pablo.

Mi tío tenía el cuello fino y alargado. En esa foto está con una remera roja, mi color preferido. En la mano tiene un lápiz. Desde chiquito se lo pasaba dibujando. A la hora de la siesta se iba a recorrer el barrio y si encontraba una casa que le gustaba, se instalaba en la vereda de enfrente y la dibujaba. Hasta que no la sacaba idéntica no volvía a la casa. Al principio usaba un lápiz y luego lo hacía con birome. Le encantaban las historietas de aventuras. La Abue le compraba todo lo que salía.

En su biblioteca hay varias pilas de revistas. Están ahí, como si en cualquier momento pudiera aparecer el tío a seguir con la lectura de El Eternauta, Misterix, Che, y algunos otros. A mí me gustaría hojearlas, pero me da cosa. La Abue nunca las quiso regalar. Daniel se pasaba la tarde imitando los dibujos de Alberto Breccia con tinta china. El sargento Kirk está en varios cuadernos. Era un capo para dibujar. Quería ser arquitecto.

Esa foto, lo que dice esa foto, habla mucho más de él que lo que pueda contarme la Abue.

Desde que murió su hijo, no ha dejado de preguntarse qué motivo tuvieron los asesinos para ensañarse con un chico. Por más que le da vueltas, no encuentra una explicación convincente. Inés está segura de que lo iban a buscar a Carlos, el muchacho con el que compartía el departamento. Cursaba el último año de derecho y, según se dijo, tenía militancia política. Vaya a saber si es verdad.

Los diarios catalogaron a Daniel como un elemento subversivo peligroso. En mi vida escuché semejante disparate. Mi hijo tenía 18 años recién cumplidos. ¿Qué pudo haber hecho? Hacía apenas unos meses que vivía en la costa. ¿De qué lo culpaban? Me pasé la vida haciéndome todo tipo de interrogantes. En todos estos años, mientras en el país y en el mundo se fueron sucediendo hechos trascendentes, en mi interior lo único importante era el compromiso que me había impuesto. Dar con la verdad.

¿Quiénes lo habían matado? ¿Por qué? Aun cuando festejaba algún acontecimiento familiar, no lograba disfrutarlo a pleno, porque todo se veía empañado por un trasfondo de terror. Un dolor difícil de sobrellevar. Podría decirse que todos estos años vivió con el corazón a la espera. No sabía que la venganza es una especie de esclavitud.

No soy la persona fuerte que todos creen. Pero hice el esfuerzo de superarme para no caer en la depresión. Por fin, el azar se encargó de poner las cosas en su lugar. Ahora conozco el nombre y apellido del culpable.

Luis, uno de los policías que intervino en el arresto de Daniel, se casó con una muchacha que trabajó en casa durante muchos años. Mónica es como una hija para mí. En principio, no estuve de acuerdo en que se casara con un hombre mayor, divorciado, con hijos que casi tenían su misma edad. Pero al verla tan enamorada, obvié cualquier comentario. Se conocieron por Internet. En otra época eso hubiera parecido disparatado, hoy día es bastante común. La soledad lleva a la gente a buscar compañía de cualquier modo. Al casarse, alquilaron una casa cercana a la nuestra. Los dos han estado en permanente contacto conmigo.

Un día apareció él en casa, pidió hablar conmigo y terminó contándome todo. Supe del infierno que padeció mi hijo. Me brotó de adentro un llanto incontenible. Lo eché de mi casa. Perdón, Inés, a mí me tenían de pichi, obedecía órdenes de mi superior. Si pudiera pedirle perdón a cada familia, le juro que lo haría. Algo dentro de mí se rebeló. Lo golpeé con el puño.

Pasados unos días decidí tener una conversación con él. Debía localizar al que había ordenado la muerte de Dani. Cuando me dio el nombre tuve la sensación de que me resultaba vagamente familiar. Rastreé en la memoria y, de repente, recordé el artículo del diario donde se mencionaba la destacada actuación del comisario Rafael Alberto Lezcano en la lucha contra la subversión.

Lo encontré en el cajón donde guardo los recortes de algunos diarios. La hoja se veía ajada y amarillenta. Estaba junto con la noticia del hallazgo del cadáver de un abogado muy prestigioso, especialista en Derecho del Trabajo y autor de dos libros. Lo interceptaron a la salida de su estudio.

Luis estaba al tanto de lo ocurrido en esos años. Fueron muchos los profesionales que desaparecieron. Algunos estuvieron en el centro de detención llamado “La cueva”, en la Base Aérea de Mar del Plata. Mi pobre hijo, ¿habrá estado ahí?

Yo viajaba muy seguido al pueblo donde vivía la familia del superior, cuenta Luis. Me tenía para los mandados, siempre cargado de paquetes. La mujer se llamaba Mirta. Tenían un hijo. Callado, el pibe, tímido. Me costó bastante ganar su confianza. Cuando podía me quedaba un rato a tomar unos mates. A veces hacíamos un picadito en un terreno baldío que quedaba pegado a la casa. Los chicos lo cargaban, tartamudeaba un poco, el Martín. Yo en esa época tenía alrededor de veinticinco años. A pesar de la diferencia de edad nos hicimos muy compinches. En uno de los viajes la madre me agradeció lo que hacía por el pibe. Estaba preocupada porque tenía pocos amigos. Yo, con el comisario, nunca hablé de su familia. Poco y nada hablaba con él, cosas del trabajo, nomás. El día que Lezcano me dio la orden de suspender los viajes a Bellocq me afligí, más que nada por el chico.

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