Читать книгу: «Las aventuras de Hércules»

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© Bernardo Souvirón.

© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO423

ISBN: 9788491873280

Composición digital: Newcomlab, S. L. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Genealogía

Dramatis personae

I. El joven Hércules

1. Una noche eterna

2. El último hijo de Zeus

3. Dos partos difíciles

4. La educación de un héroe

5. Gloria y maldición

II. Los trabajos de Hércules

1. Alcides y la locura

2. La inmortalidad de un esclavo

3. Monstruos y centauros

4. Aves chupadoras de almas

5. La amazona enamorada

6. En el mundo de los muertos

III. La apoteosis de Hércules

1. El recuerdo de una promesa

2. La sombra del barquero

3. La maldición del centauro

4. La persistente locura

5. El hijo de Zeus

Si no hay algo en la leyenda de Hércules

que no se pueda aplicar a nosotros en la actualidad,

entonces es que estoy completamente loco.

RAY BRADBURY


DRAMATIS PERSONAE

LOS MORTALES

Hércules: héroe de fuerza extraordinaria, hijo de Zeus y de la mortal Alcmena,

nacido con el nombre de Alcides.

Yolao: sobrino del héroe, al que acompaña en alguna aventura.

Anfitrión: esposo de Alcmena y padre de Ificles. Le hace de padre a

Alcides durante sus primeros años.

Ificles: hermano mortal de Hércules.

Alcmena: esposa de Anfitrión y madre de Hércules.

Esténelo: hermano de Alceo, el abuelo de Hércules, destierra a Anfitrión

y Alcmena de su patria, Micenas.

Pterelao: rey de los telebeos que ansía recuperar el trono de Micenas.

Creonte: rey de Tebas, acoge a Anfitrión y Alcmena cuando son expulsados de Micenas. Euristeo: cobarde rey de Tirinto y Argos, que ordena los trabajos a Hércules.

Hipólita: reina de las amazonas.

LOS ETERNOS

Zeus: rey de los dioses olímpicos y padre de Hércules.

Hera: esposa y hermana de Zeus, persigue a Hércules desde su nacimiento. Aqueloo: díos-río que combate con Hércules por Deyanira.

Atenea: diosa hija de Zeus, que protege a Heracles de la ira de Hera.

MONSTRUOS Y CRIATURAS

León de Nemea: león de piel impenetrable.

Hidra: terrible criatura de nueve cabezas.

Jabalí de Erimanto: gigantesco jabalí que ataca a los hombres y asola la tierra. Cierva de Cerinia: cierva consagrada a Ártemis.

Aves del Estinfalo: pájaros carnívoros cuyos excrementos son venenosos.

Toro de Creta: poderoso toro que Poseidón entregó al rey Minos de Creta. Yeguas de Diomedes: fieras yeguas comedoras de carne humana.

Can Cerbero: perro de tres cabezas que guarda la entrada del Hades.

Gerión: gigante de Tarteso.

Centauros: seres con cuerpo de .caballo y torso y cabeza de hombre.

I

1
UNA NOCHE ETERNA

La colina está bañada por el sol. Desde su puesto de guardia, el vigía contempla los lejanos montes que se esbozan sobre el horizonte como líneas de un dibujo. Los olivos se cimbrean suavemente con la brisa del mar y hacen que el paisaje lata lentamente y parezca moverse al son de una música inaudible. Las horas pasan despacio en aquel puesto de vigilancia sobre los muros de Micenas, y los hombres que son asignados a él distraen el curso de las horas imaginando, sobre el paisaje de la llanura de la Argólida, escenas que nunca suceden.

Las murallas de la ciudad también reflejan el sol. El centinela percibe cómo la luz se difumina a lo lejos, haciendo que la cercana ciudad de Tirinto se columbre en el horizonte. Sabe que allí reina Alceo, el hermano de su rey, hijo del legendario Perseo. Pero su mente no se detiene en recordar al rey de Tirinto, sino que se complace en ver cómo el sol hace que las líneas de sus murallas y los contornos de sus edificios parezcan mecerse sobre ondas suaves, cual barcos acunados por las olas. No hay nada digno de atención, ningún detalle, nada desacostumbrado, nada que saque al vigía de su ensoñación.

Inclinado suavemente sobre el muro, se siente seguro. Micenas es una ciudad importante. Con sus murallas inexpugnables ha desafiado los ataques de los hombres y los embates de la naturaleza: sus bloques de piedra han detenido el avance de los enemigos y apenas se han movido con la fuerza de los seísmos que Poseidón ha provocado con frecuencia.

El rey de Micenas es Electrión, hermano de Alceo, hijo también de Perseo. Electrión sabe que gobierna una ciudad que proyecta su poder hacia el futuro; se siente dueño de hombres, tierras y ganados, y su casa se asienta con solidez en la tierra, con la misma firmeza que los olivos que pueblan sus dominios. El vigía deja que su imaginación, activa después de tanto tiempo de guardia, vaya filtrando las imágenes en su mente: piensa en el poder del rey, en la belleza de su hija, la inalcanzable Alcmena, destinada a ser la esposa de Anfitrión, el hijo de Alceo.

Mas, de repente, su rostro se contrae en una mueca. Se tensan los músculos de su cuerpo y sus sienes parecen latir más fuerte bajo el yelmo de bronce. Su instinto de soldado ha detectado algo. No sabe lo que es, pero un puño invisible está golpeando la puerta de su consciencia. Entonces, de pronto, un movimiento extraño capta su atención. Hay polvo en el camino. Hay hombres que se desplazan. Están demasiado lejos, pero sabe que la aparente tranquilidad de aquella escena contiene alguna suerte de presagio, de mal augurio. Instintivamente dirige sus ojos hacia los puestos de vigilancia que custodian los caminos y, muy pronto, ve que la antorcha preparada para lanzar señales a Micenas desde el camino de Corinto se enciende. Alerta. La antorcha encendida es un aviso a los guardias de la ciudad.

Enciende él también la suya, y en el interior de la ciudadela todo se pone en movimiento. No hay ninguna visita oficial prevista; ningún otro rey aqueo ha anunciado su presencia en estos días. Quienesquiera que sean los hombres que se acercan, no han querido que su presencia fuera esperada.

Poco a poco la nube de polvo se va haciendo más visible. Dentro de los muros la noticia se ha esparcido por las estrechas callejas. Muchos han visto ya las señales de fuego por todo el camino de Corinto y han salido de sus casas para asomarse por encima de las murallas mientras los soldados cierran las puertas de bronce de la ciudad. Los arqueros ocupan sus posiciones.

Desde su puesto, el vigía ve cómo la confusa nube de polvo toma forma a la vez que el sol declina en el horizonte. Las cumbres de los montes empiezan a perder la luminosidad del día y los árboles, que inundan el paisaje, se van transformando poco a poco en objetos inertes, sin vida. Antes de que se deslicen las primeras sombras del ocaso, el grupo de hombres llega ante las puertas de Micenas.

En el interior la calma vuelve. El número de jinetes que se halla frente a la gran puerta de la ciudad no justifica medidas de seguridad extremas, pero una cierta inquietud recorre el recinto de la muralla. Por fin, los hombres se plantan delante de las puertas. No son más de treinta, de los que seis parecen sobresalir por sus armas y por la disposición noble de su porte. Uno de ellos se acerca. No mira atrás. Solo grita al guardia que lo escucha:

—Abrid la puerta, guardias. ¡Soy Cromio, hijo de Pterelao, rey de los telebeos! Mis hermanos y yo hemos hecho un largo viaje para ver a vuestro rey.

Los hijos de Pterelao fueron conducidos a la sala del trono del palacio de Micenas. Allí esperaron pacientemente a que el rey Electrión entrara y tomara asiento sobre su modesto sitial de piedra.

—¿A qué habéis venido? —dijo sin rodeos el monarca, aunque su ánimo intuía, desde mucho tiempo atrás, la razón de aquella visita repentina e imprevista.

Cromio, el primogénito, contestó también secamente:

—Tenemos una reclamación que hacerte, rey de Micenas, en nombre de nuestro padre.

—¿Y cuál es esa reclamación? —preguntó Electrión.

—Tu reino. —La voz de Cromio resonó como el golpe de una espada en un escudo.

Todos los rostros se volvieron hacia Electrión, que parecía tranquilo. El rey bajó un momento la cabeza, intentado meditar bien la respuesta. Cuando sus ojos se levantaron de nuevo empezó a caminar delante de los hijos de Pterelao, como si quisiera que sus palabras fueran bien entendidas por cada uno de ellos.

—Sabía que tarde o temprano habría de ocurrir esto. Vuestro padre tiene una ambición sin límites, y veo que sus ojos necesitan mirar más allá de Tafos, vuestro pequeño reino.

Guardó silencio durante unos instantes. Pareció evocar otro tiempo, y un gesto de cansancio se perfiló en sus ojos. Finalmente, volvió a mirar a Cromio; apretó las mandíbulas, entornó los ojos, como si la luz los hiriera, y su rostro se endureció.

—Me temo que vuestro viaje ha sido en vano —dijo—. La reclamación de vuestro padre se basa en una historia que ya nadie recuerda y, en el fondo, no es más que la máscara con la que pretende ocultar el rostro de su ambición.

Cromio sostuvo la mirada del rey, pero no habló. Parecía estar meditando una respuesta cuando Tirano, uno de sus hermanos, tomó la palabra.

—No pretendas, Electrión, desviarnos de nuestro objetivo. Los motivos de mi padre no nos incumben, solo sus órdenes.

El monarca de Micenas siguió mirando a Cromio como si no hubiera escuchado las palabras de Tirano. Se acercó un poco más al muchacho y añadió:

—Hace tiempo reinó en Micenas Méstor, mi hermano, antepasado de tu padre. Fue un buen rey, pero abandonó estas tierras para unirse en matrimonio con una mujer extranjera. Vuestro padre, forzando la costumbre, reclama ahora mi trono con el argumento de que Méstor, su bisabuelo, fue rey de Micenas antes que yo mismo.

Calló de nuevo, pero antes de darles la espalda, miró en silencio a cada uno de los hijos de Pterelao. Después, sus ojos se volvieron fríos, duros, ásperos; el rey sabía que las palabras que iba a pronunciar serían el preludio de un tiempo de desdichas.

—Decidle a vuestro padre que sus palabras son viento, humo. Decidle que permanezca en Tafos y olvide para siempre el reino de Micenas.

Cuando los hijos de Pterelao salieron de la ciudad, la noche se había apoderado del cielo. Una hermosa luna llena alumbraba los caminos como una antorcha lejana sostenida por los hilos de luz de las estrellas. Cromio y Tirano abrían la marcha, seguidos por sus otros tres hermanos, Antíoco, Quersidamante y Méstor. En sus rostros había frustración, pero también una mueca de satisfacción, pues, en realidad, la negativa de Electrión era el pretexto que su padre necesitaba para declarar una guerra que deseaba desde hacía tiempo. Marchaban con decisión hacia el norte, siguiendo las indicaciones del guía que habían contratado en Corinto.

De repente, un mugido cercano llamó la atención de los caminantes y, en un instante, la brisa les trajo el olor dulzón del ganado. Cromio se detuvo y miró con ansiedad a sus hermanos.

—Tenemos la oportunidad de hacer que la guerra sea inevitable —dijo excitado—. El viento nos trae el olor del ganado real y, si actuamos con rapidez, la sorpresa nos dará ventaja, pues Electrión no espera que nadie robe sus vacas. Esta noche Micenas declarará la guerra a nuestro padre.

Alceo estaba sentado en el mégaron todavía, escuchando a un viejo aedo cantar las hazañas de su padre, el legendario Perseo, en cuyo honor los poetas de toda Grecia habían compuesto ya cientos de versos. Un guardia interrumpió el canto del anciano y se dirigió con gesto serio al rey.

En una de las habitaciones contiguas, un mensajero de Electrión entregó una nota al escriba del rey, que la leyó despacio, delante del monarca. Era una tablilla de barro surcada por signos incomprensibles para la mayoría de los hombres. Cuando el escriba real terminó de leer, Anfitrión se dirigió, nervioso y preocupado, a su padre. Hacía tiempo que ambos reinos estaban unidos por sólidos lazos de amistad, y las noticias que llegaban de Micenas podían comprometer el futuro de Tirinto.

—Déjame partir inmediatamente, padre. Los hijos de Pterelao son muy capaces de provocar una guerra.

Alceo asintió con tristeza. Sabía que su hijo tenía razón y que cualquier agresión contra Micenas también comprometía a su reino. Puso las manos sobre los hombros de su vástago y, con vehemencia, le dijo:

—Parte inmediatamente. Actúa con energía, pero con prudencia.

Al llegar a la cercana Micenas, Anfitrión vio a soldados, funcionarios, toda clase de sirvientes moviéndose con nerviosismo. El propio rey había perdido algo de su aplomo cuando intentó explicarle,en pocas palabras, lo que estaba sucediendo:

—La guerra contra Pterelao parece inevitable, hijo. —Hacía tiempo que se dirigía de este modo al que consideraba ya parte de su familia—. Sus hijos me han pedido que renuncie a mi reino argumentando que una vez perteneció a mi hermano Méstor, bisabuelo de su padre.

—Hace mucho tiempo de eso —intervino Anfitrión—. No es más que un pretexto. Realmente, debes prepararte para la guerra.

Mientras hablaban, un tumulto llegó desde el exterior; un estruendo de pasos precipitados. El rey se dirigió preocupado hacia la puerta principal en el momento en que llegaba uno de sus hijos acompañando a un boyero. Por su aspecto, el sirviente parecía surgido del Hades.

Tras beber un poco de agua, el esclavo fue recuperando poco a poco el resuello. Entonces contó que, en medio de la noche, un grupo de hombres armados había atacado el pequeño campamento en el que descansaban después de su jornada de trabajo. Sus compañeros habían perecido, parte del ganado real yacía en la llanura, herido o muerto. Mientras algunos de los bandidos los habían atacado traicioneramente, el resto trató de reunir el mayor número posible de vacas para poder robarlas y llevárselas. No supo decir quiénes habían sido —repetía asustado—, pues había caído herido e inconsciente tras recibir un golpe de maza en la cabeza.

Electrión escuchaba atónito aquel insólito relato. Poco a poco, mientras el boyero desgranaba los detalles de aquella agresión propia de cuatreros, la indignación fue haciendo presa en su ánimo.

—¡Partid tras ellos! —ordenó Electrión a sus hijos—. Impedid que embarquen con mi ganado y traedlos ante mí. Quizá si su padre tiene que pagar un rescate, se olvide de la guerra.

Diez jinetes salieron a galope: eran nueve de los hijos varones de Electrión, acompañados por Anfitrión, su sobrino, el prometido de su única hija. En el palacio solo quedó Licimnio, demasiado joven todavía, nacido de Media, la segunda esposa del rey.

Mientras los jinetes se alejaban, el silencio se adueñó de nuevo del recinto amurallado de Micenas. Todo el mundo intentó descansar mientras la noche avanzaba y el destino del reino se ponía en mano de los hados. Entonces la alta luna descubrió una silueta sobre las solitarias almenas de la ciudadela. El hermoso rostro de Alcmena, sus mejillas humedecidas por algunas lágrimas furtivas, su cabello rubio mecido por la brisa, componían un cuadro atemporal, como si el eco de un presagio ambiguo sobrevolara el abrupto paisaje de la Argólida.

Los jinetes alcanzaron a los ladrones ya en la playa. Muchos de los hombres estaban ya en el agua; las popas de algunas de las naves se movían; las proas, libres, intentaban encontrar el viento y enfilar el mar abierto.

El olor dulzón del sudor de los caballos se mezcló con el del mar y las voces se entrecruzaron. Unos intentaban ganar las naves; otros impedírselo. Entonces, Gorgófono se hizo oír sobre el informe griterío, vociferando, aullando con estrépito:

—¿Dónde están los hijos de Pterelao? —gritó con los músculos de su rostro contraídos—. ¿Dónde están los cobardes ladrones de ganado?

Tirano y Cromio se miraron entonces, se dieron la vuelta y se encaminaron hacia la playa seguidos de sus hermanos. Sus ojos brillaban, sus pétreos rostros parecían despedir un calor extraño, y la noche se llenó de destellos. En la playa el ruido del bronce entrechocando lo inundó todo, pues un silencio extraño había caído sobre la costa, como si la oscuridad y la intensidad del odio acumulado hubieran acallado los sonidos de la noche.

Las voces se apagaron y los gritos de guerra y de dolor se diluyeron, tragados por el estruendo del bronce. Miembros desgarrados, heridas abiertas, tajos despiadados nacidos de un odio cuyo origen no importaba. Uno a uno, poco a poco, los cuerpos de los jóvenes se fueron desplomando sobre la tierra, como si los dioses estuvieran cargando sobre ellos las culpas de sus padres.

Solo Anfitrión consiguió sobrevivir. Mientras permanecía de rodillas ante los cuerpos de sus primos, los soldados que habían salido tras ellos del palacio comenzaron a llegar, haciendo que los hombres de Pterelao se retiraran definitivamente a sus naves. Sobre la arena ensangrentada yacían los cadáveres de los hijos de Electrión y Pterelao, y, desde la popa de una de las naves, Everes, que había contemplado impotente la batalla, lloraba amargamente; sabía muy bien que habría de ser portador de malas noticias, y que su padre enloquecería de dolor.

Anfitrión envió un mensajero para que comunicara al rey de Micenas una noticia que, en poco tiempo, se extendió a través de las calles y, en un instante, un ronco y sordo lamento recorrió los muros; los llantos de las mujeres se mezclaron con la inquietud de los hombres; toda la ciudad parecía poseída por una oscuridad extraña, plomiza, más densa que la niebla. Un sudario húmedo y blanco envolvía a Micenas.

Había amanecido cuando llegó Anfitrión. Un leve rumor hizo levantar la cabeza al rey, que, con los ojos inundados de lágrimas, vio a su sobrino entrar en la sala con las ropas manchadas de sangre.

—He decidido marchar hacia el norte en cuanto las honras fúnebres de mis hijos se hayan celebrado —dijo el monarca—. No descansaré hasta vengar su muerte.

Hizo una pausa y, con un gesto de la mano, pidió a su sobrino que se acercara. Cuando estuvo a su lado, decidió hacer oficial lo que, desde hacía tiempo, era el deseo de su corazón. La vida lo ponía en una encrucijada y lo empujaba hacia un lugar del que, quizá, no habría de regresar ya. En el fondo de su alma, el rey sabía que había llegado la hora de hacer pública una decisión que había tomado hacía mucho tiempo.

—Te entrego mi reino, Anfitrión. No sé si regresaré vivo o si moriré lejos de Micenas; solo los dioses conocen tales cosas. Pero, con mi reino, te entrego también la mano de mi hija, Alcmena. Vuestra unión sellará para siempre la alianza entre nuestros dos reinos y será la garantía de un período de paz y prosperidad para esta tierra.

Algunos de los presentes agitaron brevemente los hombros, intentando encajar la noticia. Esténelo, el hermano del rey, permanentemente en la sombra, vio que con las palabras del rey Electrión se esfumaba para siempre su esperanza de heredar algún día el reino de Micenas. Cansado de vivir a la sombra de sus hermanos, una mancha de reserva nubló sus ojos.

Entonces, rompiendo con sus palabras el ensimismamiento de Esténelo, el monarca se dirigió de nuevo a su sobrino:

—Quiero que prometas una cosa, Anfitrión: cuidarás de mi hija, la protegerás con tu vida si hiciera falta, pero la respetarás. No te casarás con ella hasta mi regreso.

Lejos de allí, mirando los haces de luz de la luna sobre el mar, Pterelao esperaba noticias de sus hijos. Cuando regresó al interior de su casa, un hilo de la luz de la luna rozó su cabeza y uno de sus cabellos lanzó un destello; un fleco de oro en medio de la noche.

Alcmena estaba sobre los muros de Tebas. Paseaba al atardecer, recordando con nostalgia los días en que, siendo apenas una niña, subía a las imponentes murallas de Micenas. Aquella época había quedado atrás para siempre, aunque sus imágenes asaltaban sus recuerdos casi a diario, especialmente en las tardes de primavera, cuando el viento acariciaba su rostro con dedos tibios, precursores del verano.

Había acudido a la parte más alta de la muralla de Tebas, la ciudad que la había acogido como a una hija. Oteaba el horizonte, barruntaba cualquier movimiento, cualquier indicio que le hiciera intuir siquiera el regreso de Anfitrión. Mientras sus ojos recorrían la llanura, los ecos del pasado poblaban su mente y el rostro de su padre emergía de la bruma del tiempo, llenando sus ojos de lágrimas.

Había llorado mucho. Había maldecido a los dioses y a los hombres desde el día aciago en que su padre había perecido a manos de Anfitrión. Ocurrió en los momentos que siguieron a la muerte de sus hermanos, caídos todos en combate contra los hijos del maldito Pterelao, contra quien su esposo estaba combatiendo en ese momento. Ahora, cuando el tiempo había pasado y nuevas esperanzas llenaban su espíritu, era capaz de recordar con calma, incluso con piedad, lo sucedido entonces.

Fue la misma tarde en que Electrión anunció su intención de partir contra Pterelao y de confiar su reino, y a ella misma, a su sobrino Anfitrión. Los dos hombres salieron del salón del trono y se dirigieron fuera de la muralla, al lugar en que habían sido reunidos los restos del ganado robado por los hijos de Pterelao. Repentinamente, un mugido los sobresaltó. Anfitrión caminaba cabizbajo, algo agobiado por la responsabilidad que afrontaba, y cuando levantó su mirada ya era tarde. Una vaca recién parida se había arrancado con furia y estaba embistiendo al desprevenido rey; fue solo un instante, pero el cuerpo del monarca se elevó por los aires antes de caer, desmadejado, sobre el suelo. Pugnaba por levantarse cuando el animal cargó de nuevo contra él. Entonces Anfitrión sacó su maza y la arrojó con toda su fuerza contra la vaca.

No erró el golpe, mas un dios quiso que ocurriera la desgracia. La maza golpeó de lleno en la testuz del animal, pero resbaló sobre ella como impelida por un resorte, saliendo rebotada con fuerza extraordinaria y dando de lleno en la sien del aturdido Electrión, que se desplomó muerto en el suelo antes de haber podido incorporarse por completo. La vida abandonó el cuerpo del monarca; sus miembros se desplegaron en un escorzo grotesco y Anfitrión comprendió que acababa de matar al rey de Micenas.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alcmena al recordar tales sucesos. Alzó sus ojos sobre el cielo, que se había cubierto ya con el oscuro manto de la noche, y vio que algunas estrellas brillaban ya sobre la llanura tebana. Cruzando los brazos por delante del pecho, se abrazó los hombros con sus propias manos, intentando darse algo de calor, y avanzó hacia el interior del palacio, buscando con la mirada a sus sirvientas.

Cuando entró en su habitación, dos esclavas la estaban esperando. Mientras una la desnudaba despacio, otra deslizaba un peine de hueso sobre sus largos cabellos. Sintió sobre su cuerpo el cálido tacto de los aceites y dejó que su imaginación vagara de nuevo.

¡Cómo deseaba el regreso de su esposo! ¡Cómo deseaba sentir de nuevo su abrazo, la cálida sensación de sentirse protegida! Mas, en esos momentos, Anfitrión estaba luchando contra Pterelao y los telebeos.

Sintió un repentino y fogoso deseo por él, y respiró hondo, tratando de que su turbación no fuera percibida por las sirvientas. Recordó el día de su boda, después de que Creonte, el rey de Tebas, hubiera purificado a Anfitrión de su involuntario crimen. Experimentó de nuevo el afectuoso cariño con que ambos habían sido acogidos en aquella ciudad, después de haber sido desterrados de Micenas por Esténelo, su celoso tío, que aprovechó la infortunada muerte del rey para hacerse con el reino prometido a Anfitrión.

Con los ecos del pasado golpeando como un ariete el muro de sus recuerdos, Alcmena pidió a sus sirvientas que se retiraran. Permaneció un momento quieta, sentada sobre una silla de madera, pensando en el regreso de su esposo. Lo imaginaba combatiendo sin cesar contra los hombres de Pterelao y pedía a los dioses que cuidaran de él, que no volvieran a castigarla con el peso de una nueva desgracia.

Se recostó despacio sobre el lecho, desnuda, dejando que el calor del fuego acariciase su cuerpo. Sintió un hondo placer, una calma tan intensa que, por un momento, creyó que la sombra de su marido se deslizaba temblorosa a través de las paredes de la estancia. Fijó su atención en las pinturas que decoraban los muros, figuras que parecían moverse despacio, caprichosamente, estremeciéndose con la cadencia de la trémula luz del fuego. Entonces concentró su atención en el imponente rostro de Zeus, dibujado sobre una de las paredes. Parecía emerger de las profundidades del cielo observándolo todo, escudriñando cada rincón de la tierra.

Un repentino calor inundó todo su cuerpo. Instintivamente, cerró los ojos y extendió los brazos, imaginando abrazar el cuerpo de su esposo; giró sobre sí misma y se deslizó entre las sábanas, poseída por un repentino deseo. Apretó los muslos, entornó los labios y, con un quejido ronco y profundo, dijo:

—¡Anfitrión!

Apenas había tenido tiempo de disfrutar de su marido. Permanentemente perseguida por la sombra de Pterelao, Alcmena añoraba una vida tranquila, un lecho caliente y la esperanza de tener hijos que perpetuaran el linaje de su padre. Deseaba ardientemente dar a su esposo descendencia y, con frecuencia, imaginaba una vida llena solo de las preocupaciones propias de las madres, pero había tomado la decisión, invocando el recuerdo de su padre, de no consumar su matrimonio hasta ver vengada la muerte de sus hermanos.

—¿Dónde estás, Anfitrión? —musitó despacio, como si sus palabras pudieran conjurar la tristeza de su ausencia.

Se abrazó con fuerza a la almohada, sintiendo clavada en su alma la afilada espina de la soledad. Pero su cuerpo seguía bullendo, envuelto por un calor intenso nacido del interior de su vientre. Dejó a un lado sus tristes pensamientos y se entregó por completo a aquella sensación cálida y agradable. Sentía a su alrededor una melodiosa armonía, una deliciosa sensación de bienestar. Cerró los ojos y vio de nuevo la imagen de Zeus.

La figura del dios parecía emerger de la pintura de la pared, liberándose de su estática presencia. Sintió los pasos, oyó la respiración del dios, creyó notar el calor de sus dedos deslizándose sobre su cuerpo; por un momento se dejó vencer por aquel sueño vívido que parecía cada vez más intenso, más real.

Abrió los ojos algo asustada, con el ánimo perturbado por las sensaciones que invadían su cuerpo. Entonces divisó el contorno de una silueta deslizándose ante ella, a los pies de su lecho. Un fleco de cálida luz rozó el rostro de la sombra, revelando su perfil por un instante.

—¡Anfitrión! —gritó sobresaltada Alcmena, mientras se incorporaba sobre su lecho. La vacilante luz de uno de los candiles iluminó a la vez los desnudos pechos de la mujer y el rostro anhelante del hombre, detenido a los pies de la cama. Durante unos instantes la respiración de ambos se adueñó de la habitación, repitiendo su acompasado eco sobre el silencio de la noche y, en ese momento, la voz de Anfitrión sonó como un susurro, como la brisa cálida y suave de una noche de primavera:

—Te he echado de menos, esposa. Antes de anunciar mi llegada y de proclamar mi victoria sobre Pterelao, he querido disfrutar de una noche contigo, sin fastos, sin ceremonias de bienvenida ni canciones de victoria. Tus hermanos están vengados.

Alcmena escuchaba la voz de su marido con las lágrimas agolpándose en el interior de las cuencas de sus ojos, sintiendo que la sensación de calor que había experimentado momentos antes se transformaba en un torbellino de fuego, de irreprimible deseo. Mas algo en el tono de la voz, un sutil e inapreciable matiz, la desconcertó. No pudo identificar la causa que, repentinamente, estaba filtrando un hilo de inquietud dentro de la intensa felicidad que la poseía, pues las manos de Anfitrión aferraron su cintura y su boca se abrió sobre la suya, abarcándola.

Alcmena se entregó por completo al placer y dejó que su cuerpo respondiera a las caricias de su esposo hasta que sintió saciada el ansia irreprimible de su deseo. Mas Anfitrión parecía poseído por una urgencia insaciable y nada parecía ser capaz de complacerlo por completo; toda su alma, todo su cuerpo, parecían entregados a una pelea contra sí mismo. Alcmena cerró los ojos y, poco a poco, sintió, confusa y ofuscada, cómo la cálida, profunda y estimulante sensación que había experimentado al sentirse, por fin, fundida con su esposo, se iba diluyendo al ritmo de sus desesperadas embestidas.

Una y otra vez Alcmena sintió en el interior de su cuerpo el miembro de Anfitrión, entregado a un acto que parecía prolongarse eternamente, sin descanso. Con frecuencia buscaba con angustia el rastro de algún rayo de luz que anunciara la llegada de la madrugada, pero tenía la sensación de que aquella era una noche interminable, eterna, durante la cual Anfitrión intentaba dejar atrás los fantasmas de todas sus pesadillas.

Agotada, creyó que su esposo había dejado parte de su personalidad en Tafos. No era capaz de sentir su ternura, la delicadeza y el respeto con que la había tratado desde los días que siguieron a la muerte de su padre y, por un momento, se preguntó si la guerra contra los telebeos había terminado con el Anfitrión amable y comprensivo del que ella se había enamorado perdidamente. Intentó hablar, intentó contener la violencia con que él satisfacía su deseo, quiso convencerlo con caricias, incluso con lágrimas,pero todo fue inútil. Como si un extraño frenesí lo hubiera poseído por completo, su esposo prolongó su afán durante aquella noche interminable.

Cuando, por fin, la luz del alba empezó a difuminar las sombras de la noche, Anfitrión se levantó del lecho sin decir una sola palabra. Al ver su rostro, Alcmena comprendió que la leve inquietud que había sentido la noche anterior se clavaba hondamente en su ánimo. Cerró un instante los ojos, intentando comprender, y creyó divisar un águila volando hacia el cielo. Sus alas batían con fuerza, sus ojos lo escudriñaban todo. Intentó decir algo, compartir con su esposo el desasosiego que la embargaba, pero estaba sola.

Instintivamente, se llevó la mano a la base de su cuello, para acariciar la pequeña gema que siempre llevaba colgada, regalo de su padre. Tocar aquella hermosa piedra le producía una sensación de tranquilidad y su tacto la transportaba a los lejanos y felices días de su infancia. Mas solo sintió su piel, todavía sudorosa.

Miró a su alrededor, palpó a ciegas sobre las sábanas, buscó por el suelo, pero no fue capaz de encontrarla.

Agotada, con la sensación de que había vivido una noche eterna, notó que un frío húmedo y helado abrazaba sus miembros. Cerró los ojos, tratando de que el sueño la liberara de sus malos presentimientos; se estiró y notó que, en su vientre, algo ajeno a ella, algo que no formaba parte de su cuerpo, comenzaba a bullir con fuerza.

2
EL ÚLTIMO HIJO DE ZEUS

Sobre la ladera del Olimpo un águila majestuosa vuela, dibujando su silueta sobre las grises rocas de la cima. Encoge sus alas y gana velocidad, deslizándose como una estrella fugaz en el oscuro cielo de la noche. El vuelo parece complacerla, pues va y viene, remonta y cae, jugando en el aire, sintiendo el beso del viento fluyendo entre sus plumas, suaves como una caricia. Su cabeza gira en todas direcciones y sus enormes ojos exploran, sondean, ahondan. Reconoce cada rincón de los valles, cada cresta de las montañas, y otea desde el cielo los movimientos de los hombres.

Desde la tierra se oyen sus agudos graznidos, que las paredes rocosas repiten sin descanso, y todos los animales se detienen, permanecen petrificados, sin que el más leve movimiento pueda delatarlos. El águila se posa en uno de los riscos, inclina la cabeza, la mueve despacio a un lado y a otro, como intentando cerciorarse de que nadie la observa. Es un lugar apartado y solitario, cuajado de enormes olivos; la luz del sol derrama sobre el paisaje las retorcidas siluetas de sus troncos.

Entonces el animal parece desvanecerse, se diluye entre los contornos del paisaje, convirtiéndose en parte de los árboles, de la hierba, de la tierra y del cielo. Una luz, primero intensa, luego suave y cálida, como el paisaje, se vierte sobre aquel territorio virgen, desconocido de hombres y dioses, y, a medida que la figura del águila desaparece, emerge la figura del dios: los ojos profundos, el rostro cargado de serenidad. Todo en él sugiere satisfacción, como si hubiera llevado a cabo con éxito un plan largamente meditado.

En sus manos sostiene un colgante modesto, una piedra pulida. La observa igual que el vencedor de un combate admira su trofeo. En aquel lugar apartado, lejos de la mirada de su esposa, la diosa Hera, el gran Zeus se siente victorioso, complacido. Un hijo suyo nacerá de Alcmena, un hijo cuyo nombre recordarán innumerables generaciones de mortales.

En su rostro se esboza una ancha sonrisa mientras acaricia con suavidad el colgante robado y, con un gesto casi imperceptible, lo arroja al aire. La gema vuela a través del éter, girando sobre sí misma como un planeta impelido por una fuerza irresistible. Recorre el mundo, sobrevuela mares y tierras, y cae sobre el estrecho brazo en que se unen las aguas del mar y el gran océano, como si el dios estuviera fijando en el recorrido de ese trofeo robado el destino de su hijo.

Un mensajero había llegado a la ciudad. En el salón del trono del palacio, el emisario había anunciado la victoria de Anfitrión y sus aliados sobre Pterelao, rey de los telebeos, habitantes de Tafos. Mas en su relato había un punto de reserva: a pesar de la ayuda del propio Creonte, de Céfalo de Ática, de Panopeo de Fócide y, especialmente, de su tío Heleo, hermano de su padre y del propio Electrión, la victoria solo había sido posible gracias a una traición.

Tras salir del palacio, el mensajero dirigió sus pasos hacia el ágora, donde, rodeado por todos los ciudadanos de Tebas, contó que un antiguo oráculo establecía que la ciudad de los telebeos nunca podría ser tomada mientras estuviera vivo Pterelao, pues un cabello dorado, insertado en su cabeza por Poseidón, lo hacía inmortal.

—Mas los dioses han querido —añadió el mensajero con énfasis—, que el infame Pterelao pague sus delitos y su desmedida ambición no por la intervención de aquellos poderosos caudillos, sino por la traición de su propia hija, Cometo. —Hizo una pausa, percibiendo el murmullo que nacía de la multitud—. La muchacha —continuó—, se ha enamorado perdidamente de Anfitrión y, ofuscada por su pasión, ha cortado durante la noche el cabello dorado de su padre, causando su muerte y la desgracia de su patria.

El pueblo de Tebas escuchaba absorto el relato, el silencio presidía la plaza del mercado y la tensión se reflejaba en la rigidez de los rostros, pendientes de cada palabra. Sin embargo, tras anunciar la inmediata llegada de las tropas vencedoras, aquel hombre, experto en contar historias, acostumbrado a llenar con la luz de sus palabras las sombras de los hechos, enmudeció de repente, como si el triunfo de Anfitrión ocultara algún otro detalle inconfesable.

Al día siguiente, Anfitrión fue recibido como un héroe. Agolpados en torno al camino, hombres, mujeres y niños aclamaron al joven que, por fin, había conseguido cumplir su venganza, honrando así a Electrión y a la propia Alcmena. Cabalgaba sobre un corcel negro, acompañado de los caudillos que lo habían ayudado a combatir contra el rey Pterelao. El propio Creonte lo recibió como a un hijo, otorgándole honores de príncipe.

Mas Anfitrión ardía en deseos de ver a su esposa. Cuando, por fin, llegó al palacio, se dirigió presto a las estancias de Alcmena, deseando abrazarla y sentir de nuevo el calor de su cuerpo. Aceleró el paso mientras atravesaba los patios y recorría los pasillos, avanzando sin detenerse ante las palabras de halago de funcionarios y sirvientes; en su mente bullía el deseo, una irreprimible necesidad de tocar el cuerpo de su esposa, cuyo tacto casi se había desdibujado de su recuerdo.

Sin embargo, el joven vencedor no podía sacar de su cabeza las imágenes de sus últimos días en Tafos; estaba a punto de ver a su joven esposa, pero, en su interior, ardía una llama persistentemente alimentada por el recuerdo de los ojos de Cometo, la hija de Pterelao, profundos, azules, hermosos como el mar.

Anfitrión se detuvo un momento, a punto ya de enfilar el corredor de las habitaciones de las mujeres. El rostro de Cometo se dibujó con la claridad del día en el oscuro páramo de sus recuerdos, y las escenas que sucedieron a la toma de Tafos volvieron a llenar de imágenes sus ojos y de lamentos y gritos sus oídos. Incapaz ya de controlar el curso de su propia evocación, el joven revivió el momento en que Cometo, enamorada hasta la médula, le suplicó que lo llevara con él a Tebas. De nuevo escuchó las palabras de la muchacha, de nuevo vio las lágrimas resbalando por sus mejillas, de nuevo se vio a sí mismo rechazándola y ordenando su ejecución con una frialdad que, ahora, solo unos días después, le parecía completamente ajena a sí mismo.

Absorto, sin poder dar un paso, su cuerpo parecía petrificado por el recuerdo de Cometo, arrastrada a la fuerza por dos soldados. Sus gritos resonaron de nuevo, y las imágenes de su ropa hecha jirones, su piel erosionada por la arena del suelo, sus ojos inundados de lágrimas, oscurecieron el alma de Anfitrión como una negra nube que, de repente, desciende por las laderas de los montes y ensombrece, con su húmedo abrazo, valles y aldeas.

Ni siquiera sabía cómo había sido ejecutada ni si, antes de morir, había servido de recreo a los soldados, ávidos de placer tras el asedio.

Con un supremo esfuerzo, retomó sus pasos. Al llegar a la habitación, su corazón latía agitadamente. Respiró hondo, tratando de serenar su ánimo y de aparentar una tranquilidad que no tenía, mientras notaba que su cuerpo, ante la inminencia del encuentro con su esposa, respondía con desorden al deseo, la nostalgia, la culpa y la necesidad de descansar.

Abrió la puerta despacio para no perturbar la calma que parecía reinar en la estancia. Avanzó extrañamente en guardia y enseguida vio a su esposa, sentada, con la mirada perdida sobre un espejo de bruñido bronce. Su rostro era inexpresivo; su cuerpo, un distante escollo rodeado por un mar helado.

Alcmena levantó la mirada y saludó a su esposo con frialdad:

—Bienvenido a tu casa de nuevo. Espero que, tras la noche pasada, solo hayas venido a saludarme.

Las palabras de su esposa lo dejaron perplejo. Sorprendido, sin ser capaz de entender cabalmente lo que se escondía detrás de ellas, apenas pudo balbucear una respuesta:

—La noche pasada dormí en un frío campamento, a una jornada de marcha de Tebas. Eres tú quien debe saludarme, Alcmena.

Ella obedeció, pero las palabras de su esposo la turbaron. Mientras Anfitrión satisfacía con ella su deseo, permaneció inmóvil, con la mirada perdida y los ojos cerrados, tratando de evitar las lágrimas. Algo incomprensible, algo que habría de marcar su vida para siempre había sucedido la noche anterior. Se esforzó por recordar, intentando que los jadeos y quejidos de su esposo no nublaran la claridad de su mente. Miró su rostro, escudriñó sus gestos, abandonándose por completo, sintiendo en cada embestida de Anfitrión la angustia de la duda e intentando comprender lo sucedido en aquella interminable noche.

Entonces, tras un leve y agudo quejido, los músculos de su esposo se relajaron. Alcmena notó sobre su pecho el peso de aquel hombre al que había amado desde la infancia, pero no fue capaz de experimentar sentimiento alguno.

La pira estaba preparada en el patio central del palacio de Tebas. Muchos de los habitantes de la ciudad habían acudido a la Cadmea, la legendaria ciudadela, para presenciar la ejecución de Alcmena. Era una mañana soleada, incluso calurosa, bañada por un sol que derramaba su luz sobre una ciudad estremecida: la esposa de Anfitrión había sido acusada de adulterio y su marido, haciendo uso de su derecho, la había condenado a muerte.

Nadie había podido aplacar la cólera de Anfitrión, ni siquiera Tiresias, el adivino ciego al que había acudido, extrañado ante el frío recibimiento de su esposa. El anciano, acostumbrado a lidiar con el orgullo de los poderosos, había intentado calmar al ofendido Anfitrión con amables palabras, pero solo había conseguido irritarlo más.

—¿Acaso tu ceguera ha afectado también a tu capacidad de vaticinar, anciano? —le espetó violentamente Anfitrión—. ¡Dame una explicación! ¡Dime una respuesta!

—Los poderosos siempre queréis conocer la verdad, muchacho, como si vuestro poder os hiciera inmunes a las consecuencias que muchas veces acarrea tal conocimiento. —Tiresias levantó el rostro y miró con sus vacíos ojos a su interlocutor. Se acercó un poco y, despacio, casi susurrando, continuó—:Yo soy ciego, Anfitrión, pero tú pareces ver menos que yo. Debes aceptar que Zeus ha engendrado en el vientre de tu esposa al que ha de ser su último hijo con una mujer mortal. El dios se transformó en ti mismo, tomó tu aspecto. Habló a tu mujer con tu voz, la acarició con tus manos, la inundó con tu olor y dejó que sintiera tu peso sobre ella. Nada pudo hacer Alcmena. Nada hubiera podido hacer ningún mortal.

Anfitrión escuchaba con aparente calma las palabras de Tiresias, pero su corazón estaba incendiado por los celos, incapaz de soportar la imagen de su mujer ofreciendo su cuerpo a alguien que no fuera él mismo.

—Zeus ordenó al sol que detuviera su carrera —añadió el adivino, decidido a decir la verdad sin rodeos—, y prolongó tres veces el tiempo de aquella noche, previa a tu llegada, para poder engendrar la clase de hijo que siempre ha deseado.

Las palabras de Tiresias resonaban todavía en la cabeza de Anfitrión mientras su esposa era conducida hacia la pira. Sin embargo, su cólera no había disminuido y su resentimiento había estallado contra el adivino. ¿Cómo podía esperar aquel viejo farsante que creyera sus palabras? ¿Cómo se atrevía a enmascarar el adulterio de su esposa con una patraña tan burda como aquella? ¿A quién encubría en realidad?

Cuando la situaron sobre el montón de leña seca, el rostro de Alcmena expresaba una tristeza infinita. Sus enormes ojos, siempre rebosantes de vida y de esperanza, se habían oscurecido, tamizados por las lágrimas y por un sentimiento de incredulidad insoportable. Dócilmente, dejó que los verdugos hicieran su trabajo, alzó la mirada al cielo, implorando en silencio la ayuda del dios, y se dispuso a enfrentarse con su destino con la altivez y la entereza que había aprendido de su padre.

Anfitrión la contemplaba y, poco a poco, como una nube que se deshilacha abrazada por la brisa de la tarde, su cólera se fue empequeñeciendo. Ardía en deseos de abrazar a su esposa, de proyectar sobre ella, como siempre lo había hecho, su amor y sus ilusiones, pero un poder más fuerte que él se lo impedía. Los celos mordían sus entrañas y un sentimiento de venganza que le era familiar nublaba su mente. Deseaba volver atrás, revocar su propia orden, pero, tras el anuncio oficial del heraldo, ya no podía rectificar sin socavar su honor y su prestigio.

Inclinó levemente la cabeza y el verdugo encendió la antorcha, apoyándola después sobre las teas colocadas debajo de los leños. Inmediatamente el fuego prendió en los pedazos de madera y el olor dulce de la resina se expandió por la plaza. Algunos de los presentes cerraron los ojos; otros los clavaron alternativamente en los rostros de los dos esposos, intentando penetrar, a través de ellos, en los secretos de la verdad.

Las llamas crecieron rápidamente. Alcmena comenzó a notar su calor y el pánico se apoderó de su ánimo. Trató de gritar, de llamar a su esposo, de despertar de aquella pesadilla, pero todo sonido se ahogaba en su garganta. Entonces, mientras la desesperación hacía presa en ella, una gota de agua mojó su rostro. Levantó los ojos hacia el cielo y vio que, encima de Tebas, las nubes se amontonaban. No había viento, pero una densa mancha, gris primero, casi negra después, invadió el azulado fondo del cielo y la noche pareció caer sobre el mundo en pleno día.

Un rayo largo, dorado como el fuego, unió el cielo y la tierra. Ante los ojos atónitos de los tebanos, una fuente de fuego brotó justo delante del lugar en que se encontraba Anfitrión, iluminándolo todo, mientras las llamas de la pira, a punto de quemar ya el cuerpo de Alcmena, se apagaban.

Todo quedó a oscuras, cubierto con el negro manto de la noche. Mas el chorro de fuego seguía brotando delante de Anfitrión, iluminando su rostro y el de su esposa, como si fueran dos estrellas solitarias en medio de un cielo desierto. Entonces las miradas de los dos se encontraron, ambas implorantes. Alcmena sentía el terror de haber entendido que en su vientre llevaba al hijo de Zeus; Anfitrión alcanzó a comprender que su esposa era inocente y que nadie, ni siquiera él mismo, podía oponerse a los designios de un dios. Abandonó el lugar que ocupaba y corrió hacia ella, confuso, aturdido.

En medio de la plaza, rodeados de tanta gente, Alcmena y Anfitrión parecían estar solos. La luz los iluminaba, los seguía atraída por sus cuerpos igual que el recuerdo de su patria persigue a un exiliado, hasta que los dos, por fin, se abrazaron. Sus lágrimas se mezclaron y cayeron sobre los leños apagados, chisporroteando como el hierro candente de una espada que el herrero templa en el interior de un cubo de agua.

El espectáculo ocurrido en la ciudadela de Tebas no había sido contemplado solo por el propio Zeus. También su esposa Hera había visto, atónita, a la mujer con la que su esposo se proponía tener un nuevo hijo. Los celos transformaron su rostro en una máscara feroz.

Fijó la diosa su mirada en Alcmena y grabó aquella imagen en su mente con ciega precisión, luego se retiró en silencio, a hurtadillas, encaminándose a una fría cueva de una de las laderas del monte Olimpo. Era una cueva umbría, en cuyo suelo había una grieta profunda que amplificaba extraños sonidos llegados desde el Tártaro.

Penetró en el interior de la tierra tratando de mezclarse con los ecos de los viejos dioses, aquellos que habían gobernado el mundo antes de la llegada de su esposo. Suplicó el amparo de aquellas divinidades, dueñas del universo desde tiempos remotos; imploró su ayuda en la batalla que se avecinaba contra su marido, el adúltero, el promiscuo, el miserable Zeus.

Entonces, desde el interior de la grieta surgieron gruñidos, respiraciones agitadas, ecos de unas criaturas que, vencidas y humilladas por Zeus y sus hermanos,formaban ya parte de un reino de sombras, de una cárcel subterránea a la que no llegaba la luz del nuevo mundo. Sus ojos se habían atrofiado, sus cuerpos se confundían con el musgo, con las gotas de humedad que la tierra rezumaba como lágrimas furtivas nacidas de un tiempo perdido para siempre. Un olor extraño lo invadía todo: vejez, tiempo marchitado, soledad oscura.

Hera acudía allí cuando se sentía tan humillada como las criaturas cuyos ecos poblaban aquel antro. Oía sus gruñidos, sentía en cada rincón el peso de un odio acumulado durante mucho tiempo, y su propio odio y su voluntad de hacer sufrir a los hijos y a las amantes de su esposo se afianzaban. Aquel lugar le daba fuerzas para enfrentarse a la promiscuidad de Zeus.

Cuando salió del antro sentía su ánimo hirviendo de odio. Mientras descendía por la ladera, vio la figura de Ilitía, la diosa de los alumbramientos, que también se dirigía hacia la entrada de aquella cueva maldita, con el deseo de escuchar los sonidos de la vieja madre Tierra. Entonces el rostro de Hera se iluminó, sus ojos se llenaron de una luz extraña, brillante y oscura, y tuvo la certeza de que su venganza era posible.

Caminó hacia Ilitía con una sonrisa perruna dibujada en la grieta de su boca, comprendiendo que solo tenía que esperar a que los días del parto se acercaran para cumplir con saña su venganza.

3
DOS PARTOS DIFÍCILES

Pasaban los días; Alcmena había salido ya de cuentas y, sin embargo, no tenía ningún síntoma de parto. Su nodriza procuraba animarla, los curanderos no advertían nada anormal y los adivinos no eran capaces de observar ningún fenómeno extraño.

Sin embargo, Tiresias tuvo un sueño cuya interpretación le pareció concluyente desde el primer momento. Al despertar, repasó una y otra vez las imágenes, recordó con precisión cada palabra, y no tuvo ninguna duda de lo que significaban. Salió de su habitación con gesto preocupado y se dirigió hacia las estancias de Alcmena, pues el sueño le había revelado la razón por la que el parto se retrasaba.

Al acercarse a la zona de las mujeres se cruzó con varias sirvientas cuyos rostros delataban preocupación. Preguntó a una de ellas y supo que el sufrimiento de Alcmena había empezado y que, quizá, se habían desencadenado ya los dolores previos al parto. Cruzó un patio de luces y,repentinamente, sintió la presencia de una sombra sentada sobre una escalera. Se esforzó por concentrarse, intentando percibir con su mente lo que sus ojos eran incapaces de ver y, entonces, se dibujó sobre el clarividente mapa de sus sentidos la figura de una mujer cuyo rostro no conocía. Sin embargo, sabía muy bien lo que significaba la postura con que, completamente inmóvil, estaba sentada sobre las escaleras de acceso al patio. Tenía las manos y las piernas cruzadas, y permanecía rígida, contraída, igual que una estatua de piedra. Nadie la veía ni percibía su presencia.

Un grito hirió la calma de la mañana, confirmando los peores temores del adivino. La hora del parto había quedado atrás hacía muchos días, pero, por fin, los dolores se estaban desencadenando. Las contracciones herían las entrañas de Alcmena como un terremoto agrietando la tierra, pero su útero no dilataba, sus músculos no se distendían, aunque el hijo que había crecido en el interior de su vientre pugnaba por ver la luz.

La prodigiosa mente del adivino, capaz de ver con antelación los sucesos del futuro, se esforzaba ahora denodadamente en visualizar los sucesos del pasado. Apretó los dientes, intentó penetrar con el ariete de su instinto la muralla del tiempo, pero no consiguió nada. Un telón blanco, luminoso, deslumbraba su mente. Entonces, desanimado, rezó a la diosa Atenea, causante de su ceguera y, a la vez, de su don clarividente.

—Señora Atenea —imploró—, permite que mi mente penetre en las cosas que han sucedido; haz que la deslumbradora luz que ciega ahora mis sentidos se desvanezca y pueda ver la razón del sufrimiento de quien lleva en su vientre al hijo de tu divino padre.

Entonces, Tiresias recogió todo su cuerpo en un gesto de oración y esperó la respuesta de la diosa. Su cuerpo comenzó a temblar, las cuencas de sus ojos parecieron contener una rígida pared, blanca como la nieve, y una espuma densa emergió de las comisuras de sus labios.

Los sirvientes apenas repararon en él, acostumbrados a ver al anciano ciego en los momentos en que, inopinadamente, era poseído por el trance adivinatorio. Como tantas otras veces, bajaron la vista y se alejaron prudentemente.

Mas no era el futuro lo que Tiresias estaba viendo; era, por fin, el pasado. La luz que deslumbraba su entendimiento se fue difuminando, filtrada por el tamiz de unas imágenes que, poco a poco, se fueron haciendo nítidas, claras como el casco de una nave emergiendo de la niebla. El anciano se vio en el Olimpo, presenciando una asamblea de los dioses. Su cuerpo se tensó todavía más, todas sus articulaciones se volvieron de rígido bronce, cayó al suelo, como si estuviera siendo atacado por la enfermedad sagrada, y vio a Zeus dirigiéndose solemnemente a los demás dioses; su voz resonaba en los oídos de Tiresias amplificada por las oquedades y grietas de las rocosas paredes del Olimpo.

—Está a punto de nacer —dijo el dios— quien habrá de ser mi último hijo con una mujer mortal. No será uno más de entre los muchos hijos que he tenido, pues he necesitado el tiempo de tres noches para engendrarlo. Tres noches de placer y esfuerzo —añadió clavando su mirada en el rostro de Hera.

La cima del monte sagrado devolvió las palabras de Zeus como si surgieran de la garganta de la misma tierra, y Hera se removió en su sitial; la ira y los celos se fueron acumulando en su pecho y sus ojos, habitualmente plácidos como los de una novilla, parecieron los de una loba que prepara sus fauces para asestar un mordisco mortal a una rival.

—Hago un solemne juramento ante todos vosotros —continuó Zeus—: el primer descendiente de Perseo que, a partir de hoy, nazca de una mujer mortal, reinará sobre la tierra de Argos para siempre. Y después de él, sus descendientes.

Tiresias se convulsionaba en el suelo. Las palabras de Zeus se fueron alejando de su mente y, con progresiva nitidez, en su lugar fue emergiendo el rostro de Hera. Entonces, ante las vacías cuencas de sus ojos, sentada sobre la escalera del patio, la figura de la mujer con manos y piernas cruzadas apareció de nuevo y Tiresias supo que se trataba de Ilitía, hija de Hera, fiel criada de su madre y servidora de sus odios. Con angustia creciente, el anciano comprendió que, mientras la diosa de los alumbramientos permaneciera con las piernas y las manos cruzadas, el parto sería imposible, el nacimiento del hijo de Zeus se prolongaría día tras día, noche tras noche, y Alcmena seguiría sufriendo en vano dolores inhumanos.

Con los párpados abiertos, Tiresias fue abandonando el trance infundido por Atenea y, paulatinamente, comenzó a percibir con claridad las voces de quienes poblaban el patio. Algunos gritos y unos pasos precipitados lo sacaron por completo de su ensueño y lo devolvieron de nuevo al presente. Con un gran esfuerzo, apoyando el escaso peso de su cuerpo sobre el viejo báculo de olivo, se puso de pie y se dirigió hacia el lugar de donde provenían las voces.

Un heraldo había llegado al palacio de Tebas. En medio de la plaza de la Cadmea relataba una noticia sorprendente:

—El hijo de Esténelo, mi señor, y Nícipe, descendiente de Perseo, primo del hijo que ha de alumbrar Alcmena, acaba de nacer en Micenas. Algún dios —añadió— ha hecho que el parto de Nícipe se adelante dos meses, pero el niño, a pesar de haber nacido muy débil, está vivo. Su nombre es Euristeo —sentenció el heraldo.

Un temblor sacudió el cuerpo de Tiresias. Inmediatamente sintió que Ilitía abandonaba el palacio.

Los ojos vacíos del adivino se abrieron por completo, redondos como anillos de oro, y sobre sus blancas cuencas se dibujó con claridad el camino del futuro.

Por fin el parto de Alcmena había comenzado. La mujer sintió que su cuerpo comenzaba a prepararse: los músculos estaban distendiéndose, los huesos de su cuerpo parecían ensancharse y notaba en su interior el empuje de su hijo.

Mientras ahogaba su dolor con gritos desgarradores, en el cielo de Tebas las nubes comenzaron a amontonarse. Era noche cerrada, sin luna, oscura como una grieta en medio de la tierra. El gran Zeus contemplaba el nacimiento de su hijo herido en su orgullo, pues Hera había utilizado la solemne promesa que él mismo había hecho a los demás inmortales para hacer que Euristeo, el hijo de Esténelo, reinara sobre Argos. Lleno de rabia, se sentía prisionero de su propio juramento y, en cierta medida, vencido por el ingenio de su taimada esposa, que había retrasado el parto de Alcmena y adelantado el de Nícipe. Se sentía frustrado y no dejaba de pensar en la mejor manera de vengarse.

Un rayo enorme, brillante, precedió al horrible rugido del trueno, y toda la ciudad tembló en el momento en que el hijo de Zeus emergía del útero de su madre: su cabeza estaba perfectamente formada y sus ojos parecían querer reconocer, desde los primeros instantes de su vida, el lugar al que llegaba. Los rayos del cielo inundaban de luz la oscura noche y el estruendo de los mugidos del cielo paralizaba a los animales en sus cubiles y a los hombres en sus chozas.

La partera no tuvo que hacer ningún esfuerzo por extraer el cuerpo del recién nacido; con un brío completamente inaudito, el bebé se abrió paso por sí mismo. Abrió la boca, como intentando comunicarse, estiró los miembros, permaneció atento, en guardia, como si supiera que la luz de los rayos y el estrépito de los truenos eran la voz de su padre, celebrando su nacimiento.

Su pequeño cuerpo era perfecto: músculos definidos, ojos inquisitivos, rostro de roca y, sobre todo, una fuerza descomunal que se percibía en la tensión de sus miembros y en la facilidad con que, apenas nacido, fue capaz de ponerse en pie y gatear hacia el regazo de Alcmena, donde se acurrucó como un cachorro de león, dejándose acariciar por las suaves manos de su madre.

Anfitrión entró en la habitación ardiendo de curiosidad. Deseaba ver al hijo de su esposa y contemplar con sus propios ojos la obra de Zeus. Cuando intentó cogerlo, el bebé lo miró con desconfianza. Anfitrión lo tomó en brazos con reserva, pero el niño pareció intuir inmediatamente la bondad dibujada en la honda mirada de aquel hombre desconcertado.

El peso del bebé excedía toda regla. Anfitrión tuvo que esforzarse para poder sujetarlo. Lo miró con fingida ternura, lo atrajo sobre su pecho y lo abrazó despacio, intentando que algún sentimiento paterno fluyera desde el interior de su ánimo. Entonces, la cegadora luz de un rayo iluminó por completo la estancia; el rostro del recién nacido se llenó con la luz del cielo y Anfitrión aceptó definitivamente que tenía entre sus brazos al hijo de un dios. Lo separó de su pecho y, mirándolo a los ojos, dijo:

—Te llamarás Alcides, como tu abuelo, mi padre.

Dejó al niño y, sin volver la cabeza, salió de la habitación. Alcmena lo recibió de brazos de la nodriza y, de pronto, sintió miedo. Aunque era hijo de Zeus, sabía que el odio de Hera se cebaría en él y en ella misma, y maldijo haber sido elegida por el dios como madre de uno de sus hijos. Abrazó al pequeño Alcides, creyó percibir en el ritmo de su respiración la precisión de un fuelle y se estremeció ante la fuerza de su mirada.

Mientras susurraba a su hijo recién nacido dulces palabras, lágrimas furtivas, nacidas de la inseguridad que el futuro le deparaba, se deslizaron por sus blancas y hermosas mejillas. Entonces, el niño Alcides, sin llevar en el mundo más que una pequeña sucesión de instantes, enjugó con sus dedos las lágrimas de su madre e, incorporándose sobre su regazo, acarició su rostro y lo abrazó con las palmas de sus manos, mirándola con tal serenidad, con una calma tan profunda, que Alcmena cerró los ojos, respiró hondo y se durmió, vencida por el cansancio y las emociones.

Mas no fue una noche tranquila; el interior de su cuerpo seguía bullendo y su vientre no parecía relajarse. Los magos, congregados alrededor de su lecho, discutían entre sí sin ponerse de acuerdo sobre las razones que impedían el descanso de la mujer. Palpaban su vientre y notaban una dureza extraña que de vez en cuando se mezclaba con un movimiento interior, como si el hijo que esperaba continuara dentro de ella.

Fue una larga noche. Muchos hombres sintieron una honda inquietud al observar que algo había cambiado en el cielo. Pastores que dormían cerca de los apriscos del ganado, amantes furtivos que escondían sus amores bajo las sombras de la noche y se imaginaban el futuro bajo la luz de las estrellas, astrónomos y observadores del movimiento de los astros vieron con claridad que un chorro de estrellas desconocido, recién nacido, blanco como la leche, había aparecido en el cielo formando sobre la negra sábana un camino de puntos resplandecientes.

La misma noche del nacimiento de Alcides, Zeus comenzó a velar por él. Viendo que Alcmena seguía sufriendo dolores, decidió enviar a su hija Atenea al lugar donde el recién nacido descansaba y encomendarle una misión que debía de cumplir dos objetivos: el primero era procurar a su hijo una fuerza impropia de un mortal; el segundo era actuar contra su esposa con astucia y decisión, las mismas armas utilizadas por ella al adelantar el parto de Euristeo.

Atenea, fiel a su padre, tomó al niño en secreto y lo llevó al Olimpo, al lugar en que Hera dormía profundamente. Con todo el sigilo de que fue capaz, depositó al hijo de Zeus sobre el regazo de la diosa, justo al lado de uno de sus pechos. Atenea contempló cómo la boca de Alcides se abría y rodeaba con sus tiernos labios el pezón de Hera, que no dio muestras de despertar. El niño comenzó a beber aquella leche.

Mas Alcides chupó con tal ansia, succionó con tal violencia, que Hera despertó sobresaltada. Antes de que pudiera comprender cabalmente lo sucedido, Atenea arrancó al niño del pecho inmortal para ponerlo a salvo de la ira de la diosa. Mientras desaparecía de la estancia y volaba de nuevo hacia la Tierra con el pequeño en los brazos, del pezón de la esposa de Zeus brotó un chorro que roció el cielo de la noche con infinidad de gotas de su sagrada leche.

Alcides, dormido profundamente, seguía moviendo los labios mientras, con sumo cuidado, las manos de Atenea lo dejaban de nuevo en el interior de su hermosa cuna de madera.

En la noche que siguió al nacimiento de Alcides, Alcmena tuvo otro hijo. Los magos y curanderos comprendieron por fin lo que sucedía en el interior de su cuerpo y ella pudo, finalmente, descansar. Esta vez el cielo no rugió ni los adivinos vieron señal alguna: fue un parto normal que trajo al mundo a un niño normal, concebido en la noche del victorioso regreso de Anfitrión de la campaña contra Pterelao y los telebeos.

Mientras Alcmena, por fin tranquila, dormía, Anfitrión contemplaba a su hijo, el hermano de Alcides, y reconocía en su rostro, contraído por los esfuerzos del parto, algunos de sus rasgos. Por primera vez se veía a sí mismo en el pequeño cuerpo, apenas recién nacido, de un hijo. Tomó al bebé en sus brazos, lo balanceó dulcemente y aspiró el olor de los aceites perfumados con que había sido ungido por las sirvientas.

Sin darse cuenta, sin saber el origen de la melancolía que lo invadía, Anfitrión repasó, con su hijo en brazos, los episodios que habían conformado su vida. Poco a poco, igual que el fanal de un barco va columbrándose lentamente, irradiando con su pequeña luz algo de calor en medio de la helada soledad del mar, Anfitrión iba vislumbrando escenas de su propia vida, sintiendo que el tenue calor de su hijo irradiaba algo de luz en el grisáceo océano de sus recuerdos.

Recordó la batalla contra los hijos de Pterelao en la playa, la muerte de Electrión y sus últimas palabras, y percibió la fragilidad con que la vida humana puede quebrarse en apenas un instante. Recordó también el rostro de reptil de Esténelo, pronunciando la inapelable sentencia que lo desterraba de la tierra de Argos, y evocó con vívida melancolía el momento en que Alcmena tomó la decisión de recorrer con él los caminos del exilio.

Apretó contra su pecho el cuerpo de su hijo y, colmado de una emoción que no había sentido nunca antes, pronunció despacio, casi con solemnidad, su nombre:

—Ificles —dijo casi con miedo—. Hijo mío, hermano de un prodigio, ojalá la vida te depare la felicidad y la calma que yo no he tenido.

Pensó un momento en Alcides, solo una noche mayor que su hijo, y arrugó la frente comprendiendo que la paz era un deseo imposible para un hijo de Zeus. Trató de visualizar al pequeño Ificles haciendo su camino en solitario, enfrentándose al futuro por sí mismo, con determinación y esperanza, pero apenas consiguió imaginarlo a la sombra de Alcides, siempre a su lado, como su fiel escudero en las muchas pruebas que, sin duda, se avecinaban.

Dejó al bebé en brazos de la nodriza y salió de la habitación. Siguiendo su propio impulso, paseó un rato por las murallas, contemplando sus enormes bloques de piedra, sus siete imponentes puertas, cerradas durante la noche. Desde lo alto de las almenas, vio los caminos que parecían comunicar a Tebas con todos los rincones de Grecia, como si aquella ciudad que lo había acogido como a un hijo fuera el centro del mundo.

La serenidad se fue abriendo paso en su ánimo. Apoyó su espalda sobre el lienzo de la muralla y dejó que su cuerpo se deslizara hasta el suelo, sintiendo una profunda sensación de descanso. Cerró los ojos, apretó las mandíbulas y se dejó atrapar por aquel estado que lo hacía sentirse en un mundo ambiguo, en un territorio sin dueño, en un espacio de frontera entre el sueño y la vigilia.

Entonces vislumbró una pequeña silueta emergiendo de las sombras. Al principio creyó que formaba parte de aquel estado de dulce sosiego, pero enseguida vio, asombrado, que era Alcides dirigiéndose hacia él. A la débil luz de las antorchas, no fue capaz de ver con claridad lo que sucedía, pero, antes de que pudiera reaccionar, Alcides se acercó a él, se introdujo en el hueco de sus piernas, cruzadas sobre el suelo, lo abrazó con sus pequeños brazos cargados de fuerza y se durmió en un instante, como si la presencia de quien habría de ser su padre mortal lo tranquilizara por completo.

Anfitrión sintió una oleada de calor recorriendo sus entrañas. Notaba el peso de Alcides, su respiración, su dulce olor, y, lentamente, impulsado por el sentimiento más enérgico que había experimentado jamás, abrazó el pequeño cuerpo de su hijo.

Mientras las estrellas declinaban y la rosada luz de la aurora comenzaba a dibujarse sobre el horizonte, Anfitrión supo que tenía dos hijos y se prometió a sí mismo que viviría por ellos y lucharía por ellos aceptando cualquier desafío que el destino le tuviera preparado. Entonces el cansancio lo venció por completo y se durmió bajo el lienzo de la noche, con el pequeño Alcides entre sus brazos y una dulce sensación de serenidad anclada en lo más profundo de su ánimo.

Mas, en ese mismo momento, en el límite entre el cielo y la tierra, sobre la helada cumbre del Olimpo, el ánimo de Hera hervía lleno de ira contenida. La diosa sujetaba su furia mientras contemplaba a Alcides entre los brazos de Anfitrión, sobre la muralla de Tebas. Debía actuar con inteligencia y reflexión, pues no podía atraerse la furia de su esposo: ya había conseguido burlarlo haciendo que Euristeo naciera antes que Alcides; ahora debía ceñirse a su plan.

—Nadie recordará que una vez te llamaste Alcides —musitó entre dientes.

Entonces una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios mientras cavilaba la manera de hacer sufrir al nuevo bastardo de su esposo antes de que llegara el día de convertirlo en su servidor.

4
LA EDUCACIÓN DE UN HÉROE

Alcides e Ificles crecieron en un ambiente cálido propiciado por sus padres, aunque su desarrollo fue completamente diferente. A los ocho meses de edad, Ificles era un niño normal: se pasaba el día en brazos de su nodriza y era incapaz de mantenerse en pie sin ayuda. Alcides, sin embargo, andaba por los pasillos del palacio y balbuceaba palabras que, con frecuencia, provocaban la sonrisa de sus padres.

Todo parecía fluir plácidamente en el palacio real de Tebas, y los días se sucedían sin sobresaltos, mientras los dos hermanos crecían sanos ante la atenta mirada de sus progenitores. Mas una noche, todo pareció dar un giro de nuevo.

La madrugada había llenado con su silencio el palacio de Tebas. Los guardias dormitaban sobre las almenas de las murallas, atraídos por el canto de las criaturas de la noche; una suave brisa parecía acariciar la ciudad mientras la oscuridad lo envolvía todo y el llano iba humedeciéndose con el rocío que empapaba la tierra. Algún eco lejano, amplificado por la quietud nocturna, centraba la atención de los centinelas, cuya imaginación buscaba cualquier excusa para huir del invencible tedio de las horas de vigilia. Acostumbrados al silencio, sus sentidos eran capaces de percibir la más mínima señal de peligro, por insignificante que pareciera.

Mas aquella madrugada, en el momento en que los rosados dedos del alba comenzaban a acariciar el horizonte, nadie vio las dos enormes serpientes que, pegadas a los lienzos de la muralla, se deslizaban sobre la tierra, llenando sus vientres con la humedad del suelo. Reptaban juntas, silenciosas, proyectando sus lenguas en la brisa de la noche. Sin demora, los dos ofidios penetraron en la ciudad por una grieta, y dirigieron sus ondulantes cuerpos hacia la Cadmea.

Desde el cielo, una extraña sombra parecía moverse entre las nubes, teñidas levemente con la incipiente luz del amanecer. Igual que el polvo gira en remolinos sobre los rayos de luz que penetran en una habitación, así aquella mancha parecía desplazar en espirales las nubes cercanas. La diosa Hera, amparada por las tinieblas, observaba con ojos de ave nocturna los dos monstruos que había enviado a Tebas. No pestañeaba, su rostro no hacía el menor gesto, su respiración se confundía con el eco del viento, en un intento de observar el desplazamiento de las dos serpientes y, a la vez, no delatar su plan ante su esposo. Formando parte del propio cielo, la diosa se hacía invisible a hombres y dioses; mas sus ojos, convertidos en dos dagas de luz, observaban, escudriñaban, guiaban con su resplandor invisible el rumbo de los monstruos.

Sin ser detectadas, las dos serpientes penetraron en el palacio de la Cadmea. Enfilaron los pasillos de las habitaciones de las sirvientas y, haciendo vibrar sus bífidas lenguas y levantando sus aterradoras cabezas, localizaron la estancia en la que dormían los dos hijos de Alcmena.

Prodigiosamente, redujeron su volumen para adaptarse al mínimo hueco que las gruesas hojas de las puertas dejaban sobre el suelo y por allí penetraron en la habitación, silenciosamente, moviéndose como espectros guiados por el olor de la muerte, esperando el momento de hacer presa en la carne de sus víctimas. Cuando estuvieron dentro de la estancia, sus cuerpos se ensancharon de nuevo, sus cuellos se levantaron y abrieron sus fauces, de las que goteaba una saliva espesa que caía al suelo dejando un rastro humeante y maloliente que, en un instante, inundó los aposentos de los dos hermanos con el fétido olor de la carroña.

Los llantos de terror de Ificles llenaron los pasillos del palacio. Anfitrión despertó sobresaltado y, espada en mano,corrió hacia la habitación de sus dos hijos, que no habían cumplido todavía los nueve meses de edad. Una de las sirvientas gritaba incapaz de articular una sola palabra: de su garganta emergían quejidos que trataban de expresar el prodigio que se estaba desarrollando en el interior de la habitación de los pequeños. Anfitrión la separó de la puerta y entró, preso de la angustia; lo que vio le heló la sangre en sus venas.

En el suelo, sobre un charco de espesa sangre, yacía uno de los reptiles, con las enormes mandíbulas desencajadas, desgarradas las quijadas desde su base. El animal se convulsionaba en medio de agudos estertores, arrojando por las grietas de su reventado cuerpo humores y sangre que llenaban la habitación de un olor dulzón y pegajoso, como el del empantanado suelo de un campo de batalla.

Dentro de su pequeña cuna de madera, Alcides tenía enroscado en su cuerpo al otro monstruo. El pequeño miró a su padre con una sonrisa inocente mientras sus manos abrían la boca de la serpiente hasta desencajar sus mandíbulas, tronchando las quijadas con la facilidad con que un adulto hubiera roto una brizna de madera seca. El chasquido de los huesos sobrecogió el alma de Anfitrión, que presenciaba aquel increíble espectáculo sin ser capaz de reaccionar.

El pequeño Alcides arrojó el cuerpo sin vida del ofidio, que se estrelló contra la pared con un ruido sordo. Saltó de un brinco de la cuna y corrió junto a Anfitrión, abrazándose a sus rodillas y apretándolo con tal fuerza que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Sobre la otra cuna, en cuclillas, Ificles lloraba desconsoladamente, sin saber lo que estaba ocurriendo, aterrorizado ante aquel espectáculo del que solo era capaz de percibir el confuso aroma de la muerte.

Anfitrión deshizo con delicadeza el abrazo de Alcides, lo cogió de la mano y se dirigió hacia la cuna de Ificles, que temblaba de miedo y de frío. Lo tomó en brazos, lo apretó contra su pecho tratando de transmitirle sosiego y salió de la habitación con los dos niños: uno iba acurrucado sobre su pecho, asido a su cuello, apoyando en su brazo su cuerpo y su miedo. El otro caminaba delante, con las manos ensangrentadas y el rostro salpicado por los humores de sus víctimas.

Desde el cielo, teñido ya por la luz del alba, la silueta de Hera se deshizo igual que una nube abrazada por el viento. Antes de desaparecer, contempló al niño Alcides. Tras ver los cuerpos de las dos serpientes, desmadejados sobre el suelo, con las mandíbulas grotescamente desencajadas, Hera tuvo la seguridad de que su venganza tardaría tiempo en cumplirse.

Aquella noche no se borraría nunca de la cabeza de Anfitrión. La imagen del pequeño Alcides rompiendo las mandíbulas de las dos serpientes rondó sus sueños como un espejo que reflejara todas sus pesadillas. Sin embargo, si alguna vez había tenido dudas sobre quién era el verdadero padre del pequeño, estas habían desaparecido para siempre.

Aunque Anfitrión sabía que el dios protegería la vida de su hijo, era evidente que Hera lo perseguiría sin descanso, descargando sobre él y sobre su madre los celos que envenenaban su ánimo. Así pues, sabiendo que el destino del muchacho no estaba en sus manos sino en las de los dioses, concentró sus esfuerzos no en su protección, sino en su educación. Si el pequeño Alcides —pensaba Anfitrión— había sido capaz de matar a esos dos monstruos sin haber cumplido un año de edad, ¿qué sería capaz de hacer cuando fuera un adolescente? ¿Qué clase de hombre habría de ser si su enorme fuerza y su increíble precocidad no eran encauzadas mediante una educación estricta?

Tras el incidente de las serpientes, los años transcurrieron con tranquilidad en la morada de Anfitrión y Alcmena. Con el paso del tiempo, Ificles consiguió participar en los mismos juegos que su hermano, aunque nunca estuvo a la altura de sus proezas. Alcides lanzaba la jabalina más lejos que sus maestros, corría más velozmente que ellos y rivalizaba con todos de tal forma que magos, adivinos y matemáticos de otros lugares de Grecia acudían a Tebas atraídos por su fama.

Cuando alcanzó la edad adecuada, Anfitrión comenzó a adiestrarlo en la conducción de los carros de guerra. Visto desde lejos, el muchacho sobresalía por encima de su padre más de una cabeza cuando apenas acababa de cumplir los doce años; guiaba los caballos con energía y era capaz de pararlos en poco más de un codo de terreno, sujetando con fuerza las riendas: los animales sentían en sus bocas la enorme presión de los bocados de bronce y eran incapaces de resistir la potencia de los brazos de Alcides, que disfrutaba enormemente de las actividades relacionadas con la lucha.

Era tal su fuerza, la superioridad que desplegaba sobre sus compañeros y maestros, que Anfitrión comenzó a preocuparse por la arrogancia y la soberbia que, como había previsto, se iban adueñando de la personalidad de su hijo. Acostumbrado a vencer en todo, su carácter se fue tornando altivo y en su interior fue creciendo la sensación de que las cosas y las personas estaban a su servicio.

Preocupado, Anfitrión decidió llamar a algunos hombres a quienes consideraba capaces de domeñar, siquiera en parte, la altivez y altanería del muchacho. Uno de ellos era Éurito, rey de Ecalia, hijo de Melaneo, tan habilidoso en el arte de disparar flechas que pasaba por ser hijo del mismísimo Apolo. Había heredado de su padre el talento para manejar el arco y una cierta acritud de carácter que lo había convertido en un hombre inflexible.

Cuando Anfitrión le pidió que enseñara a su hijo los secretos del manejo de las armas de guerra, Éurito ya había oído hablar de Alcides y sintió de inmediato curiosidad por conocer al joven prodigio y averiguar si era verdad lo que de él se decía. Partió hacia Tebas de inmediato; sin saber la razón, sentía que buena parte de su destino habría de estar ligada al de aquel muchacho orgulloso, de quien se contaban las proezas más extravagantes.

Junto con Éurito, otros hombres expertos se hicieron cargo de la educación de Alcides, mas, a pesar de que el muchacho destacaba en todas las artes que exigían destreza física, no demostraba la misma capacidad en las disciplinas intelectuales, especialmente en la música. Con frecuencia se rendía antes de ser capaz de comprender un texto o de ejecutar con algún instrumento musical alguna de las escalas básicas; entonces se ofuscaba y, con demasiada frecuencia, arrojaba contra el suelo la tablilla que intentaba leer o el instrumento musical con el que pretendía seguir las indicaciones de sus maestros. Algunos de ellos, asustados por la violencia de Alcides ante las dificultades de su aprendizaje, habían abandonado Tebas por temor a ser agredidos por el irascible muchacho.

Entonces, Anfitrión hizo llamar a Lino, el hijo de una musa. Era un hombre de carácter y, a la vez, un músico notable, al que se atribuía la invención de las leyes fundamentales del ritmo y la armonía. Se decía de él que el propio Cadmo, el hermano de Europa, le había enseñado los caracteres de la escritura fenicia, con cuyos signos había creado un lenguaje complejo y extraordinario mediante el cual se podía escribir la música.

El talento musical de Lino lo había llevado a cambiar el material de las cuerdas de la lira, parecido a la lana, por otro hecho con tripas de cabra, logrando que el sonido sordo y apagado del instrumento se tornara brillante y profundo, y fuera capaz de seducir al propio Apolo. Anfitrión tenía la esperanza de que, dejando en manos de Éurito y Lino los pormenores de la educación de su hijo, conseguiría equilibrar su carácter.

La tarde en que Lino llegó a Tebas, Éurito abandonaba la ciudad: su trabajo con Alcides había terminado sin que Anfitrión estuviera contento. El rey de Ecalia había conseguido afinar las capacidades innatas del muchacho en el manejo de las armas, pero no había logrado reprimir su altanería.

—Ya no tienes nada que enseñarme, rey de Ecalia —le había dicho Alcides una mañana tras sus ejercicios con el arco—. Es hora de que me busque otro maestro, si es que existe —añadió con desdeñosa ironía.

Éurito abandonó Tebas con el corazón rebosante de odio. Cuando atravesó la puerta del norte, una de las siete entradas a la ciudad, detuvo su caballo y miró hacia la parte más alta de la muralla, desde la que Alcides contemplaba su marcha. Apretó los dientes y tensó las mandíbulas, convencido de que no pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a encontrarse. Alcides ayudó a su hermano, que daba brincos intentando encaramarse sobre el lienzo de la muralla, y lo mantuvo sujeto con uno de sus brazos. Ificles, mucho más bajo de estatura, sentía por su hermano una admiración sin límites: intentaba imitarlo en todos los aspectos, corría con él, combatía con él, montaban a caballo juntos, pero apenas podía ser otra cosa que su sombra. Con frecuencia, cuando estaba solo, imaginaba una vida de aventuras junto al poderoso Alcides, lejos de Tebas, en tierras desconocidas, al otro lado del mar. Imaginaba combates contra fieras, contra monstruos feroces y tribus salvajes, y llenaba su imaginación con escenas fantásticas en las que él siempre aparecía ayudando a su poderoso hermano.

Aquella tarde contemplaba cómo la comitiva de Éurito partía hacia el norte. Nunca se había sentido bien en compañía de aquel arquero; su rostro le daba miedo, su voz le retraía, su mirada le parecía la de un animal traicionero.

—Ahí viene nuestro nuevo maestro —dijo Alcides de repente, interrumpiendo sus pensamientos.

Ificles estiró el cuello. Por el camino llegaba un hombre a pie, llevando del ramal una mula cargada con sus escasos enseres. Sobre los lomos del animal, por debajo de la manta que cubría la carga, sobresalían los cuernos de una lira. Desde lejos, el muchacho creyó oír el tañido de una de sus cuerdas palpitando al ritmo de los pasos del animal.

Lino miró hacia arriba, dejando caer sobre su cuello la capucha que le cubría la cabeza, y cruzó la mirada con la de los dos hermanos. A pesar de la distancia, creyó ver en ellos rasgos muy diferentes. Ificles lo miraba con expectación; Alcides, con indiferencia. Siguió andando hasta llegar a la puerta de la ciudad, donde un sirviente lo esperaba para conducirlo a la Cadmea.

Al día siguiente comenzó su trabajo. Anfitrión le había advertido de que Ificles sería un discípulo amable, obediente y aplicado, pero, también, de que Alcides no aceptaría sus enseñanzas con la sumisión propia de un alumno.

—Está demasiado acostumbrado a sobresalir, a ganar en todo —le había dicho—. Es casi infalible con el arco y la lanza, domina a los caballos con su fuerza y esgrime la espada y la maza con la habilidad de un guerrero curtido en mil batallas. La acción es su territorio. Lo que te pido es que eduques su ánimo, no su cuerpo. Siempre he creído que la música y las letras son el mejor instrumento para alimentar el espíritu, y mi hijo necesita educar su mente, hacerla flexible y fuerte, igual que su cuerpo. Pero ten tacto y cuidado —continuó—, su carácter solo está acostumbrado a la victoria.

Lino había asentido tras escuchar atentamente aquellas palabras y se había retirado a descansar pensativo, convencido de la dificultad que enrtañaba la tarea que le había sido encomendada y, a la vez, deseoso de probar que era capaz de llevarla a cabo con éxito.

Antes de dormirse, rezó con fervor, deseando que el gran Zeus lo iluminara en la tarea de formar a uno de sus hijos.

Los dos hermanos siguieron las lecciones de Lino día tras día, pero, mientras Ificles, tal como había dicho su padre, se mostraba amable y dispuesto, comportándose como un alumno dócil y tenaz, Alcides era torpe e indisciplinado, y obligaba a Lino a reprenderlo con frecuencia. Sus manos enormes y sus dedos como mazas se enredaban con las notas musicales sobre los orificios de la flauta o las cuerdas de la lira, moviéndose con dificultad y provocando la irritación del muchacho, que soportaba con dificultad que su hermano Ificles lo venciera en la mayor parte de las pruebas musicales.

Pacientemente, Lino obligaba a Alcides a practicar con los instrumentos y a comprender el significado de las letras fenicias, intentando que el ejercicio de su mente equilibrara poco a poco lo desmesurado de su carácter, pero era inútil. Día tras días, el muchacho se rendía ante la dificultad de aquellos conocimientos y abandonaba la habitación de las clases para correr hacia los establos o la sala de armas, territorios ambos en los que se sentía en su elemento. Entonces, Lino e Ificles lo oían salir a lomos de un caballo, galopando hacia el horizonte.

Una tarde, Lino decidió cortar de raíz aquella costumbre de su discípulo y preparó un ejercicio cuya base era la ejecución de una escala musical con la flauta. Al principio los dos hermanos dudaron, equivocándose con algunas de las notas que encerraban mayor dificultad, pero Ificles perseveró y repitió el ejercicio sin cesar hasta que las notas fluyeron con ritmo: Alcides, en cambio, se atascó por completo y se rindió, como tantas otras veces, abandonando el instrumento sobre su silla y encaminándose hacia la puerta con el ceño fruncido.

—Esta vez no te irás hasta que no hayas terminado el ejercicio, Alcides. Coge la flauta de nuevo y siéntate —dijo muy serio Lino.

Por primera vez en su vida, Alcides sintió que alguien se oponía frontalmente a sus deseos, obligándolo a llevar a cabo algo que lo hacía sentirse incómodo y lo enfrentaba a sus limitaciones. Miró a Ificles mientras una cólera irreprimible hacía presa en su ánimo: repentinamente, el maestro le pareció un enemigo mortal; sus palabras, un insulto; su orden, una ofensa.

Un dardo de fuego se clavó en su mente, sus ojos se inyectaron en sangre, sus sienes comenzaron a latir y los senos de su nariz se abrieron como cavernas. Furibundo, sin ver siquiera a Ificles, que intentaba detenerlo interponiéndose entre ambos, Alcides descolgó de la pared la lira de Lino y la arrojó furioso contra este.

Un líquido sanguinolento salpicó las paredes de la habitación mientras el maestro se derrumbaba sobre el suelo con uno de los extremos de su propia lira clavado en la cabeza.

—¡Bien hecho, Alcides! —gritó Téutaro con fuerza.

Tenía una voz profunda que resonaba en el bosque como el chasquido de un trueno. Alcides corrió hacia el lugar donde el jabalí yacía en el suelo, con el pecho atravesado por una flecha.

—Conseguirás no errar ni un solo tiro, muchacho —dijo el boyero sonriendo.

Alcides lo miró con afecto y, mientras arrancaba la flecha del cuerpo del jabalí, se sintió pleno, lejos de las angustias vividas en Tebas. Limpió la punta de la saeta y se la dio al boyero.

—Gracias a ti, Téutaro, me estoy convirtiendo en un arquero formidable. Ninguno de mis maestros me ha enseñado lo que tú. Siempre te estaré agradecido.

El duro rostro de Téutaro pareció llenarse de luz. Acostumbrado a la soledad y al silencio, las palabras del hijo de su amo llenaron de calor su helado corazón. De origen escita, duro como el pedernal, implacable con los enemigos vencidos, Téutaro había perdido la libertad en una de las incursiones que los griegos del norte habían hecho sobre las estepas de Escitia, su patria. Sin embargo,en los días de su juventud había combatido contra muchos enemigos, había masacrado a otras tribus rivales y había llenado su cinturón de guerra con las cabelleras, las orejas, los cráneos y los testículos de sus adversarios vencidos; sobre las paredes de su choza colgaban todavía las pruebas de aquellos días de gloria. Ahora pastoreaba los ganados de Anfitrión.

Hombre de naturaleza libre y austera, era completamente feliz en el campo, donde la soledad le permitía rememorar sus días de libertad. Aceptó de mala gana la presencia del joven Alcides, pero enseguida vio que en la naturaleza del muchacho había algo indómito, casi salvaje, que le recordó su propia juventud. En muy poco tiempo, Téutaro comprobó que aquel chico era realmente duro: soportaba el hambre y la sed, era capaz de enfrentarse a cualquier peligro sin dudar un solo instante, tensaba su gran arco sin dificultad, arrojaba la jabalina tan lejos como no había visto nunca antes, corría detrás de los antílopes y era capaz de derribar un buey con la sola fuerza de sus brazos.

Alcides, a su vez, había encontrado en aquel boyero altivo y leal al maestro que, por fin, era capaz de cumplir sus expectativas.

En realidad, todos respiraron la tarde en que Anfitrión tomó la decisión de enviar a su hijo al campo, lejos de Tebas y de las personas a las que, en un ataque de furia incontrolada, podía volver a hacer daño. La muerte de Lino no solo había demostrado que el carácter de Alcides era violento e indomable, sino también que su naturaleza era distinta a la de los demás mortales y que solo el paso del tiempo determinaría el lugar que debía ocupar en el mundo. Mas, mientras tal día llegaba, toda Tebas estaría más segura si el muchacho crecía lejos.

Por lo demás, Téutaro consiguió hacer de Alcides un arquero realmente insuperable: cazaba con flechas todo tipo de animales y era capaz de atravesar con ellas el cuerpo de las aves más rápidas. Aprendió a montar a caballo a la manera de los guerreros escitas, guiando al animal con sus muslos y piernas mientras, a la vez, disparaba flechas o arrojaba la jabalina sin errar jamás el blanco ni desequilibrarse sobre la montura, como si se tratara de un verdadero centauro.

Comía lo mismo que Téutaro, que rara vez cocinaba la carne, y bebía el fortísimo licor que el escita le servía en el interior del cráneo de uno de sus antiguos enemigos. Curtió su cuerpo con el frío y el calor, y lo hizo prácticamente insensible al dolor, el hambre o la sed; caminaba desnudo sobre la nieve y se sumergía en agua helada en pleno invierno, en los días en que una fina capa de hielo cubría los cursos de arroyos y torrentes. El boyero lo observaba desde lejos, convencido de que nunca había visto un guerrero como aquel.

Una noche, a la luz del fuego, mientras las estrellas tachonaban con sus infinitos puntos de luz la negra bóveda del cielo, Téutaro contó una historia que atrajo por completo la atención de Alcides.

—Hace años —dijo— que en el monte Citerón vive una fiera invencible. Asola la tierra, mata el ganado de tu padre y de otros ricos propietarios, y devora a los pastores y a todo aquel que intenta detenerlo.

Alcides dejó de comer para que el ruido de sus mandíbulas no mitigara el eco que aquellas palabras producían en su ánimo.

—¿Qué clase de salvaje fiera es esa? —preguntó completamente absorto.

El escita fijó su mirada en los cambiantes haces del fuego.

—Es un león —continuó—, un león como nunca nadie ha visto. Es enorme, su fuerza es descomunal y actúa como si en su interior tuviera la mente de un asesino: ataca por la espalda, aprovecha las sombras de la noche, utiliza el terreno para tender emboscadas y nunca pelea sin ventaja. Nadie ha sido capaz de enfrentarse a él y seguir con vida.

Alcides escuchaba absorto, intentando imaginarse a la fiera. Sus ojos se encontraron con los del boyero e, inmediatamente, como si un fogonazo hubiera iluminado sus conciencias, los dos supieron que había llegado la hora de separarse.

—Has cumplido ya los veinte años, Alcides. Creo que es hora de que regreses con tu padre —dijo Téutaro con un tono casi solemne.

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9788491873280
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