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BERNARDO ESQUINCA
MAR NEGRO
NARRATIVA
DERECHOS RESERVADOS
© 2014 Bernardo Esquinca
© 2019 Avenida Patriotismo 165,
Colonia Escandón II Sección,
Alcaldía Miguel Hidalgo,
Ciudad de México,
C.P. 11800
RFC: AED140909BPA
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Primera edición en Editorial Almadía S.C.: agosto de 2014
Primera edición en Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.: octubre de 2016
Segunda edición: enero de 2020
ISBN: 978-607-8667-70-3
En colaboración con el Fondo Ventura A.C.
y Proveedora Escolar S. de R.L. Para mayor información:
www.fondoventura.com y www.proveedora-escolar.com.mx
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

BERNARDO ESQUINCA
MAR NEGRO

Almadía
A las mujeres de mi vida:
Talía, Pía y Ramona, tierra firme.
Ana Laura, Mónica, Lydia y Luz Elena,
faros siempre encendidos.
Similia similibur curantur…
LOS PADRES ANTIGUOS
Un hombre de la ciudad no se adapta a cualquier cosa. Desde el momento en que descendí del avión en el aeropuerto de Chetumal, la bocanada de aire caliente que me recibió me dejó claro que entraba a un mundo diferente. Uno exuberante y cargado de humedades insidiosas. Sin embargo, mi chamarra permaneció sobre mis hombros mientras esperaba a que la banda transportadora trajera mi maleta; un último asidero al constante y familiar frío que sentía en la Ciudad de México. En el trayecto de media hora a Bacalar intenté asimilar el paisaje: vegetación tropical entre construcciones ruinosas, deshuesaderos y enormes anuncios de cerveza Superior –bebida que yo creía extinta–; todo conspiraba para darle un toque de decadencia al Caribe mexicano, a pesar de su pujante industria turística. Nada me preparó para lo que encontré en Bacalar, el lugar al que había sido invitado por la Casa Internacional del Escritor para dar un taller de narrativa durante quince días: un pueblito al que la publicidad anunciaba como “mágico” pero al que yo en realidad encontré fantasmagórico. Con calles asfaltadas por las que era difícil cruzarse con alguien, y más complicado aún conseguir una buena cerveza. Bacalar está situado al borde de una laguna a la que debe su fama, una enorme extensión de aguas quietas que cambian de colores como si se tratara de un camaleón. Algo mágico había sin duda en ese lugar –desde el primer día escuché historias de niños ahogados en la laguna y buzos que se sumergieron en el Cenote Azul para nunca regresar, perdidos en el laberinto de cuevas subterráneas que conectaba con algo parecido al inframundo– pero su auténtica naturaleza tardaría unos días en revelárseme.
Desde la primera noche batallé para conciliar el sueño, distraído por los inquietantes ruidos del trópico, en especial un chasquido fuerte y cercano que provenía de la ventana de mi habitación; parecía –o así lo quise pensar– como si una mujer agazapada en las sombras del jardín de la Casa Internacional del Escritor me estuviera mandando besos. Después supe que se trataba de unos diminutos animales amarillos llamados cuijas o besuconas, totalmente inofensivos, que se pegaban al techo del cuarto con esa eternidad pétrea tan propia de los reptiles. Durante aquellas madrugadas calurosas e insomnes no pude dejar de imaginar que aquellos besos siniestros eran lanzados por súcubos de colmillos afilados que aguardaban en lo alto de las palmeras a que el sueño me venciera por completo.
Un hombre de la ciudad no se adapta a cualquier cosa, y yo jamás he podido con los bichos. Para mi desgracia, Bacalar era un lugar infestado de ellos.
Algunos, como descubrí más tarde, era inclasificables.
Shark Bay, Australia
El general MacCarthy contempló las dunas que se unían con el mar. Vio también las aletas de algunos tiburones que se paseaban a unos metros de la orilla, dueños de aquel territorio protegido de la mano del hombre. Era un paisaje único, pero MacCarthy no estaba ahí para disfrutarlo. Se aproximó al campamento montado al borde de la amplia extensión de estromatolitos y observó las maniobras de los biólogos. Aquellas formaciones primigenias que se apiñaban en las aguas bajas como una colonia de mantecadas cubiertas de lama, le parecían tan absurdas como anodinas, pero eran material de estudio prioritario del Proyecto Rojo, y él debía vigilar que las muestras se tomaran y llegaran en buen estado al laboratorio. Eso en teoría, porque los biólogos sabían hacer bien su trabajo, y él no entendía nada de embalaje, biocontenedores de seguridad, temperaturas controladas. El general MacCarthy estaba ahí, sobre todo, para asegurarse de que no hubiera testigos. De que nadie ajeno al Proyecto Rojo se acercara e hiciera preguntas incómodas. Hasta el momento todo marchaba según lo planeado. El gobierno australiano se mostró comprensivo y aceptó las explicaciones oficiales. Pronto se irían de ahí. MacCarthy decidió relajarse y extrajo un puro de su chaleco. Desvió la mirada de los biólogos y se puso a seguir la aleta de un tiburón hasta que se perdió mar adentro.
Ser un hombre de la ciudad en el trópico tiene sus ventajas. El aplastante sol de Bacalar me hacía caminar con la cabeza constantemente agachada, y así fue como me encontré con la primera alimaña. Estábamos en un receso del taller, y me dirigía junto con algunos de los alumnos a una tienda cercana en busca de agua. Sobre el asfalto había una criatura aplastada. Me acuclillé para observarla de cerca. Parecía un insecto enorme.
–Es una tarántula –me confirmó Daniela.
Daniela era oriunda de Chetumal y la que mejor escribía entre todos los participantes del taller. Desde el primer instante me sentí atraído por ella. Su piel morena, sus ojos grandes y brillantes, y su aspecto saludable en general eran todo lo contrario a los espectros lechosos y eternamente constipados que deambulaban por la Ciudad de México.
Yo sólo había visto tarántulas en los documentales de la televisión. Saqué mi celular y le tomé fotografías. Un acto simple que después se convertiría en un ritual durante mi estancia en Bacalar, aunque en ese momento no lo sospechaba. Tampoco sabía que las tarántulas tienen ocho patas. Hice varias tomas ante la condescendencia de mis alumnos. Me sentí estúpido, el ejemplar citadino que se impresiona con la fauna que para los locales resulta una obviedad. Daniela me lanzó una mirada que decía “sólo es una araña”. Estaba parada a mi lado, con sus largas y bronceadas piernas ofreciéndome un asidero ante el mundo salvaje. Ya las había tenido alrededor de mi cintura y alrededor de mi cuello, apretándome con el vigor de sus veintitrés años. Siempre he pensado que las piernas de las mujeres son mi mayor debilidad y también mi fortaleza. Lo mismo me han vencido que soportado. Por eso es la parte del cuerpo femenino que más agradezco.
Cedí ante la impaciencia de Daniela y me levanté, olvidándome de la alimaña. Fue algo pasajero. Al terminar la sesión del día, me retiré a mi habitación, bajé las fotografías a mi laptop y me di cuenta de una cosa.
Aquella tarántula tenía doce patas.
Andros Island, Bahamas
El mar estaba tan azul que parecía pintado con un crayón. A pesar de la paz que se respiraba en aquel lugar, el general MacCarthy se sentía ansioso por regresar. Estaba harto de comer pescado y escuchar las supercherías de los nativos. Afortunadamente, el equipo del Proyecto Rojo ya preparaba las maletas. No había sido tarea fácil, como en Australia. Esta vez se acercaron algunos curiosos a la zona de estromatolitos; McCarthy tuvo que distraerlos llevándoselos al bar más cercano y dejando que lo atosigaran con las leyendas locales. Una tortura. Al general le molestaba que los humanos buscaran monstruos donde no los había. Los nativos le contaron la historia del mítico Lusca, una criatura gigantesca mitad tiburón, mitad pulpo, que devoraba los barcos en altamar. Qué tontería. El único monstruo que existía era el del ejército enemigo. Cuando se combatía cuerpo a cuerpo, y se miraban los ojos del rival llenos de odio y temor, uno comprendía que ahí se alojaba la bestia. Él había matado cientos de monstruos reales. Lo demás era material de literatura. Y al general MacCarthy no le gustaban los libros.
Con el paso de los días continué topándome con extrañas criaturas aplastadas por las llantas de los coches en el suelo de Bacalar. Yo las fotografiaba a todas, mientras Daniela les daba de inmediato un nombre para intentar calmar mi creciente inquietud. Si sobre el asfalto había algo peludo y con cola, demasiado grande para ser una rata y demasiado pequeño para ser un perro, ella decía “tlacuache”. Si había algo que parecía un insecto, un grillo o tal vez una hormiga pero del tamaño de un ratón, ella decía “cara de niño”. Sólo hubo algo que no pudo explicar: la piel dejada por una serpiente, a la que sin duda muchos automóviles le habían pasado por encima, porque tenía el grosor de una oblea. Una piel de serpiente, en apariencia simple, que hasta yo supe identificar. Pero cuando la miramos bien nos dimos cuenta de que en el lugar donde debería estar la cola había otra cabeza.
Por las noches me conectaba a Internet y me ponía a indagar sobre los animales que Daniela nombraba. Así es como me enteré de que la forma habitual de las tarántulas no encajaba con la que yo había fotografiado en Bacalar. Daniela se aburría con mis pesquisas y me arrastraba a la cama. Su cuerpo era una novedad para mí, pero tenía algo más a su favor: la conexión a Internet era lenta y se perdía constantemente. Así que yo dejaba que Daniela me alejara del monitor y me enredara entre sus piernas. Lamía el sudor que goteaba por sus muslos, mordía sus tobillos, succionaba los dedos de sus pies. En esos momentos lograba olvidar las cuijas, las libélulas, los zancudos y los gusanos que acechaban en las paredes y en el piso del cuarto.
En el sexo somos más animales que nunca.
Golfo Pérsico, Emiratos Árabes Unidos
Nunca antes se había subido a un camello. Y odió la experiencia. Le parecían animales que se dejaban llevar con una mansedumbre estúpida. Los caballos eran mejores: combatían y conquistaban junto con los ejércitos. Además, el trasero le dolió durante dos días. Su labor en el Proyecto Rojo comenzaba a agotarlo. ¿Por qué era tan importante? El general MacCarthy sabía muy poco al respecto. Se trataba de información clasificada, él sólo cumplía órdenes. Sin embargo, comenzaba a intrigarle. Se dio cuenta de que los estromatolitos tenían diferentes formas en cada lugar al que viajaba el equipo. En unos sitios parecían mantecadas, en otros hongos o pequeñas cúpulas. Los biólogos no decían una palabra al respecto; eran tan crípticos como los superiores del general. Lo único que MacCarthy conocía de aquellas extrañas formaciones era que estaban relacionadas con el surgimiento de la vida en el planeta. Eso, y también que estaba harto de los árabes y su parloteo incomprensible.
Pronto se convirtió en una obsesión. Me apresuraba a dar el taller y después recorría las calles de Bacalar en busca de alimañas. Mi intención no era únicamente llevar un registro. Quería saber. Comencé a preguntar aquí y allá, y a mostrar las fotografías que tomaba con el celular. La gente se encogía de hombros o me miraba con rostro circunspecto. Sí, yo era un bicho de la ciudad. Daniela se alarmó. Arguyendo que mis pesquisas arruinarían mi reputación de escritor serio, intentó convencerme de que me olvidara del asunto. No hice caso: mis libros no se conseguían en Chetumal y sus alrededores; en realidad, yo era un desconocido en la región. Mi desdén hacia los consejos de mi amante no afectó nuestra relación. Seguíamos teniendo sexo por las noches. En cuanto terminábamos, me sentaba frente a la computadora, buscaba información, veía las fotografías una y otra vez.
Mi terquedad orilló a Daniela a tomar una decisión. Una noche particularmente calurosa, me dijo: “Vamos a dar un paseo”. Al principio me rehusé, porque de noche la escasa iluminación de Bacalar impedía ver más allá de la propia nariz. “Será imposible localizar criaturas aplastadas”, le dije. Luego pensé que quizá podríamos topárnoslas vivas, pues era probable que salieran de sus escondites al cobijo de la oscuridad. Eso me llenó de terror. “Te conviene”, insistió, y terminó por convencerme. Caminamos en silencio bajo el cielo nocturno de Bacalar, entre sus calles llenas de ruidos misteriosos y a la vez tan quietas como un cementerio. Daniela me condujo hasta la zona costera que bordeaba la laguna y entramos en el Balneario Municipal. Yo había pasado por ahí días antes: era un lugar abandonado, una construcción que se quedó a medias –suponía– por falta de fondos. Conforme nos acercamos distinguí los restos de una carpa a la orilla de la laguna y una fogata. Sentado junto al fuego había un hombre de barba tupida y ropa andrajosa. Daniela me lo presentó como el profesor Hinojosa. Pensé que era el loco del pueblo y le recriminé con la mirada, pero pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Daniela encendió un cigarro y se alejó por el muelle, dejándonos solos.
Ésa fue la primera vez que escuché hablar de los estromatolitos.
Cuatro Ciénagas, Coahuila
El desierto mexicano lo impresionó. Sus habitantes le parecieron insignificantes y taimados, como todos los mexicanos, pero el paisaje era otra cosa. El escenario perfecto para batallas épicas. De hecho, sus ancestros habían perseguido indios a ambos lados de la frontera; las montañas altas y verdes que circundaban el valle algo sabían de ello. Estar ahí le hizo sentirse en contacto con su pasado. Fue el único lugar del que lamentó irse pronto. Y si tuvo que marcharse fue por el inesperado mensaje que recibió de uno de sus informantes. El general MacCarthy cogió sus cosas y se despidió de los miembros del Proyecto Rojo. Les explicó que se trataba de una emergencia. Lo que más le contrariaba no era tener que cruzar todo el territorio mexicano hasta el sur, sino regresar a aquel sitio. Al pueblucho donde todo el periplo de los estromatolitos comenzó, y donde el general no tomó las precauciones necesarias. Ahora tendría que regresar a corregir su error.
Hinojosa sabía más de lo que yo hubiera imaginado. Más, incluso, de lo que me hubiera gustado saber. Mientras observaba a lo lejos la punta encendida del cigarro de Daniela moverse en la oscuridad como una luciérnaga, le hablé sobre los asuntos que me quitaban el sueño.
–¿Has oído hablar de los estromatolitos? –me preguntó, tras mirar las fotografías de mi celular.
–Nunca.
Hinojosa sacó una petaca, le dio un trago y me la ofreció. Era aguardiente barato, pero le hizo bien a mi ánimo.
–Son los organismos vivos más antiguos del planeta. Están conformados por capas de algas y bacterias. Hace tres mil quinientos millones de años, los estromatolitos desarrollaron la fotosíntesis, liberando oxígeno en la atmósfera, y eso a su vez formó la capa de ozono. Gracias a ello, la radiación ultravioleta fue contenida y la vida submarina pudo evolucionar fuera de las aguas. El mundo existe tal cual es hoy porque los estromatolitos introdujeron todos esos cambios. Son, en pocas palabras, los padres de todos nosotros.
–Entiendo –dije, devolviendo la petaca–. Pero, ¿eso qué tiene que ver con Bacalar?
–La laguna –respondió, levantando la quijada para señalar hacia las aguas oscuras–. Hay pocos lugares en el mundo donde aún se les puede encontrar. Bacalar es uno de ellos.
La punta roja del cigarro de Daniela había desaparecido. No podía saber si continuaba en el muelle o si escuchaba la conversación desde algún punto cercano.
–¿Y las criaturas de las fotografías?
Hinojosa me lanzó una mirada reprobatoria. Él era el maestro y yo el alumno impaciente.
–Hacia allá vamos –le dio un largo trago al aguardiente y continuó–: actualmente la NASA le está poniendo mucha atención a los estromatolitos. Tiene todo un proyecto para estudiarlos. Resulta que es un tipo de vida muy similar al que podría encontrarse en Marte.
–No mames –dije, y le arrebaté la petaca.
Hinojosa esperó a que bebiera. Luego continuó:
–La laguna de Bacalar fue el primer lugar al que vinieron los científicos de la NASA. Esta carpa es lo único que quedó del campamento que montaron. Entonces sabían muy poco sobre ellos, y realizaron una serie de experimentos in situ. Incluso permitieron que un investigador local como yo se involucrara y llevara un registro. Cuando las cosas comenzaron a salir mal intenté denunciarlos, pero ellos desbarataron rápidamente el campamento, y también mi reputación con una serie de mentiras. Ahora nadie quiere darme trabajo…
–¿Qué fue lo que pasó?
–Es complejo y difícil de explicar. Lo importante es que los científicos se fueron antes de ver los resultados a largo plazo de su intervención. Pero yo lo he atestiguado. Y ahora tú también. En pocas palabras, aceleraron el metabolismo de los estromatolitos y ahora ellos están afectando a la fauna local. Es como si los padres estuvieran induciendo una nueva evolución… Ellos estaban aquí desde mucho antes que nosotros, y seguirán aquí cuando nos hayamos ido…
Hinojosa se detuvo. Veía más allá de la fogata y en su rostro se dibujó una mueca de terror. Seguí su mirada y vi que Daniela regresaba. Junto a ella venía un hombre. Tendría unos sesenta años y vestía ropa de camuflaje. Sin mediar explicación, sacó una pistola y le hizo una seña a Hinojosa.
–Come with me, professor –dijo.
Hinojosa me dirigió una última mirada. En su rostro había una mezcla de desesperación y resignación, la misma que se apodera de aquellos que saben demasiado y no pueden hacer nada con la información que poseen.
–Escribe sobre esto –dijo, y se levantó.
Al día siguiente, inventé un pretexto a los organizadores del taller y lo di por concluido antes de tiempo. Mientras hacía mi maleta, Daniela me observaba desde la cama, desnuda y con las piernas cruzadas a la altura de las rodillas. Lo dicho: las piernas de las mujeres me han arrastrado al naufragio pero también me han salvado de él.
–¿Estás molesto conmigo? –preguntó.
Quería marcharme lo antes posible. No deseaba conversar con ella; nuestro último encuentro sexual había sido una especie de tributo, el esclavo que le paga un favor a su amo.
–Molesto y agradecido, supongo.
–Tú lo sabes muy bien: de escribir no se vive. De algo me tengo que mantener, ¿no?
Cerré la maleta y la coloqué sobre el suelo.
–Hay cosas más dignas que ser la oreja de un militar gringo.
Daniela ignoró mi comentario. En el piso, al lado de la maleta, vi una cucaracha enorme. La aplasté, escuchando con un escalofrío el crujido bajo la suela de mi zapato. Levanté el pie y lo volví a dejar caer con fuerza, para asegurarme de que el bicho quedara aniquilado. Luego le pregunté a Daniela:
–¿Por qué el militar no me hizo nada? ¿Le dijiste que había algo entre nosotros?
Daniela se rio. Descruzó las piernas y las estiró en la cama. Fue la última vez que las contemplé.
–Qué ingenuo eres. Le dije a MacCarthy que no teníamos que preocuparnos por ti. Que eras escritor y que si decías algo, nadie te creería.
Iba a responder algo pero preferí callar. Me puse la chamarra y eso me hizo sentir que me acercaba a la ciudad. Lo único que me confortaba en ese momento era saber que dentro de unas horas volvería a estar en casa. Abrí la puerta y salí de la habitación, sin despedirme. Antes de cerrarla miré al suelo.
La cucaracha había desaparecido.
TORRE LATINO
Para José Úzquiza, que encontró su casa en México
Mientras dormía soñó con el Hombre Hormiga.
Al despertar, lo primero que pensó fue en lo extraño de su sueño, pues aquel personaje era tan sólo un punto diminuto en lo alto de la cruz de Catedral. Aquella imagen pertenecía a una fotografía de 1920, colgada en uno de los muros del Museo de Sitio, ubicado en el piso treinta y ocho de la Torre Latinoamericana. Una multitud sepia observaba desde la plancha del Zócalo. En realidad, su sueño tenía que ver con esa masa expectante que acudía a atestiguar el prodigio del hombre que desafiaba las leyes de la gravedad. Todo un héroe. Sin embargo, para Jiménez fue un mal sueño, porque sufría de acrofobia. Y, en el sueño, él era parte de la multitud.
Lo segundo que pensó fue qué carajos hacía dormido a esa hora en la oficina, ubicada en el piso treinta y cuatro. Eran las once de la noche, la cabeza le dolía, tenía la boca pastosa y el aliento le apestaba a alcohol. Poco a poco, los acontecimientos del día se acomodaron en su cabeza: después de la comida hubo un brindis por Navidad, el jefe destapó la primera botella de vino blanco y luego de repartir los abrazos respectivos se marchó a una junta. Jiménez se sentía descorazonado y bebió con frenesí: sus súplicas de que lo trasladaran a otra oficina caían en oídos sordos. Debía seguir laborando desde semejantes alturas. Continuarían las taquicardias, el vértigo y los sudores excesivos.
El brindis se prolongó más de lo previsto; en algún momento, Jiménez se deslizó al despacho del jefe para recostarse en el sillón. Sólo diez minutos, se dijo, mientras se me baja la borrachera. Ahora se había despertado horas después, completamente solo en la oficina. ¿En verdad nadie me vio? No quiso lamentarse: aún podía llegar a la cena familiar. Llamó al elevador y bajó al vestíbulo, pero lo encontró a oscuras, vacío. El velador no aparecía por ningún lado. Lo que me faltaba, pensó. El infeliz pidió un permiso especial. Intentó abrir la puerta principal; como era lógico, estaba cerrada con llave. Del otro lado del cristal, algunos coches aguardaban la luz verde sobre el Eje Central. Se puso a hacerles señas desesperadas. Nadie reparó en su presencia.
Sólo quedaba una opción, pero sabía que era mala idea: llamar a alguno de sus compañeros de trabajo y pedirle que lo ayudara a salir. Ya se imaginaba el escándalo que se armaría: “Jiménez se quedó dormido por borracho en la oficina del jefe”. Lo correrían. El semáforo cambió de luz, los automóviles se alejaron y la avenida quedó desierta. Entonces lo aceptó: tendría que pasar la Nochebuena solo, en aquel rascacielos de pesadilla.
Jiménez pensó en lo irónico de su situación: el lugar en el que se encontraba había sido zoológico, convento, oficina de seguros y ahora su prisión. Un lugar que históricamente propiciaba el encierro. En medio de su desasosiego, tomó una decisión que incluso lo sorprendió a él mismo: regresaría al piso treinta y cuatro. Lanzó una última mirada al Eje Central y subió al solitario elevador. De regreso en la oficina, se puso a husmear entre los escritorios. Encontró una botella de vino abierta. Le dio un largo trago y, al tiempo que sentía cómo el alcohol lo reconfortaba, tomó la segunda decisión importante de aquella noche: recorrería la torre piso por piso, entraría en las oficinas que siempre representaron un misterio para él. Con la botella en la mano se dirigió al piso treinta y tres. Los pisos superiores los dejaría al último.
Su recorrido se detuvo media hora después, en el piso veintisiete.
En cuanto la puerta del elevador se abrió, se dio cuenta de que no era la única persona en el edificio. En esa oficina había una muchacha de vestido verde, sentada sobre un escritorio. Intentaba marcar el teléfono mientras prorrumpía en sollozos. Jiménez se acercó.
–Hola –dijo–. Yo también me quedé encerrado.
La mujer estaba despeinada; el rímel le corría por las mejillas.
–No puedo acordarme del número –dijo la mujer, con los ojos llenos de lágrimas.
Parecía bastante borracha. Jiménez imaginó que le había sucedido lo mismo que a él.
–¿Cómo te llamas? –preguntó.
La mujer le arrebató la botella, le dio un trago y se calmó un poco.
–Hace un momento casi salto al vacío –dijo, señalando con la cabeza hacia el fondo de la oficina.
Jiménez se percató que de una de las ventanas estaba abierta. Un viento helado se colaba a través de ella.
–Vámonos de aquí –dijo, sintiendo un escalofrío–. Te voy a llevar a mi lugar favorito del edificio.
La tomó de la mano y la condujo por el elevador hacia el piso treinta y ocho. A pesar de los estragos que la bebida le había causado, la mujer conservaba su atractivo. Jiménez se dio cuenta de que poseía un aire familiar pensó que la había visto antes. En el edificio, por supuesto, pero, ¿cuándo?
Llegaron al Museo de Sitio e hicieron el recorrido: del zoológico de Moctezuma al temblor del 85. Jiménez se lo sabía de memoria, pero hasta ese momento comprendió. El Centro Histórico era una conjunción de cosas que no terminaban de desaparecer, como mostraban los muros de la exposición: la antigua Universidad, la Casa de los Perros, el Hotel Regis, incluso la misma Tenochtitlan. Nada era una sola presencia, sino la suma de sus avatares.
Jiménez soltó el brazo de la mujer y regresó a su fotografía favorita: el Hombre Hormiga.
–Ven –dijo, sin dejar de mirar la imagen–. A este hombre lo envidio porque puede hacer algo a lo que yo no me atrevo: desafiar las alturas.
Giró la cabeza: la mujer había desaparecido. Sin eco de pasos, ni la estela de un perfume. Sólo el silencio.
Jiménez se sintió repentinamente lúcido y resignado. No tenía que buscarla. Sabía que, si lo hacía, no la encontraría. No en ese momento. La próxima Navidad, quizá, volverían a coincidir.
Regresó la mirada a la fotografía y, concentrándose, se buscó entre la multitud.
MAR DE LA TRANQUILIDAD, OCÉANO DE LAS TORMENTAS
Para Carlos y Jorge, y Jorge y Luis: en la casa de Amado Nervo, cuando la Luna aún era un sueño posible
En mi familia siempre hubo secretos, pero la locura no puede ocultarse. Durante mi infancia y adolescencia observé el comportamiento errático de mi primo Rodolfo sin comprender que lo aquejaba una enfermedad hereditaria. Para mí era el pariente excéntrico que, por si fuera poco, tenía un hermano gemelo. Rodolfo y Ernesto me llevaban quince años; sin embargo, conviví bastante con ellos en las comidas familiares que tenían lugar en casa de la abuela el último domingo de cada mes. Los primos de mi edad jugaban futbol en el patio o se ponían a hojear cómics de El Hombre Araña, pero yo prefería pasar tiempo con esos gemelos que me ponían en contacto con cuestiones misteriosas. Tenían un telescopio que llevaban a casa de la abuela, y en cuanto oscurecía lo subían a la azotea y se turnaban para mirar cosas distintas. Rodolfo tenía una fijación con la Luna, mientras que el objetivo de Ernesto eran las ventanas de los edificios vecinos. Uno me hablaba de cráteres y de los nombres de las zonas lunares; el otro, de mujeres y de lo que podrían estar haciendo tras las cortinas ondulantes.
Todo hombre tiene una obsesión. Así como vi a mis primos entregados a las suyas, yo no tardaría en descubrir la mía: contar las vidas de los otros. Desde muy joven entendí que mi destino estaba en las biografías. En reconstruir tanto las hazañas como los pequeños detalles que hacían a un personaje interesante. Lo que no sabía entonces era que hay que tener cuidado con las obsesiones, porque pueden terminar poseyéndote. No me refiero a mis primos. Ernesto le sacó provecho a la suya: se convirtió en un mujeriego envidiable. Rodolfo no tuvo alternativa: su genética lo condenó a separarse de la realidad. El que comenzó a meterse en dificultades fui yo, cuando dejé de redactar necrologías y me enfoqué en las historias de los vivos. Me convertí en un metiche, en un voyeur de acontecimientos ajenos, y durante cierto tiempo algunas revistas y editoriales me pagaron muy bien por escribir las biografías de los famosos. Sin embargo, lo eché todo a perder. “Siempre es mejor quedarse con los muertos que con los vivos”, decía mi abuela.
Yo no le hice caso, y además traicioné a mi propia sangre.
Un domingo, Rodolfo faltó a la comida familiar. A los pequeños se nos dijo que había sufrido un accidente automovilístico, que se encontraba delicado de salud. Meses después reapareció con muletas. Cuando completó su rehabilitación, caminaba de una forma extraña, como si tuviera una pierna más corta que la otra. Curiosamente, eso ayudó a diferenciarlo más rápido de su hermano, porque en verdad eran idénticos.
Como a muchos gemelos, a Rodolfo y a Ernesto les gustaba hacer bromas a sus parientes y amigos, confundiendo sus identidades. Cuando los primos menores nos hicimos lo suficientemente grandes para cambiar los cómics por ejemplares de Playboy, comenzó a circular un rumor entre nosotros: que Ernesto no se daba abasto con sus conquistas y que algunas veces Rodolfo le ayudaba, haciéndose pasar por él cuando las citas se le juntaban.
–Si eso es cierto –dijo José, el primo más avispado de todos–, entonces sólo puede significar una cosa: que Rodolfo es capaz de disimular su cojera.
Tras el accidente, el comportamiento anormal de Rodolfo fue aumentando hasta evidenciar la fragilidad de su cordura. Pero como la familia se empeñaba en esconder el oscuro secreto, no nos quedó más remedio que buscar nuestras propias y terribles interpretaciones:
–Rodolfo no tuvo ningún accidente: su padre lo arrojó por las escaleras porque no soporta tener un hijo tan raro…
–Él mismo se golpeó las piernas con un martillo para dejar de parecerse a su hermano…
–Lo atropelló una de las mujeres de Ernesto cuando descubrió el engaño…
La verdad, que me fue revelada tiempo después por mi tío Sergio durante una borrachera navideña, era más cruda y delirante: aquejado por las voces que cada vez escuchaba con mayor frecuencia, Rodolfo se arrojó de un puente peatonal con la intención de suicidarse. Sobrevivió, causándose un daño permanente en las piernas. Lo que los primos también ignorábamos era que pasó por el quirófano en numerosas ocasiones, hasta que múltiples clavos y prótesis le permitieron volver a caminar. Para el momento en que mi tío corrió el velo en torno a esa historia, mi primo vivía recluido en su casa, atendido por una enfermera de tiempo completo, y ya todos sabíamos el nombre de su enfermedad: esquizofrenia.
Durante una temporada –cuando empezaba a ganarme la vida haciendo biografías– visité a mi primo en su casa. Vivía en una doble prisión: el cuarto donde estaba confinado, y su mente, entregada por completo a fantasías complejas, delirantes. Sostener una conversación con él era una tarea desgastante. A veces, sin proponérselo, me obsequiaba imágenes de una extraña y siniestra poesía.
–Algo malo va a ocurrir –me dijo una tarde mientras jugábamos ajedrez.
–¿Sí? –respondí, mientras pensaba en cómo quitarme de encima un jaque.
Tras una larga pausa, en la que se escuchó claramente el tictac del reloj de la pared, Rodolfo continuó:
–Estoy completamente seguro de que algo terrible sucederá.
Moví mi caballo para proteger al rey.
–¿Por qué crees eso?
Rodolfo respondió con otra pregunta:
–¿No escuchaste el silencio anoche?
La mayor parte del tiempo, la mente de Rodolfo divagaba hacia tramas enredadas y paranoicas, en las que él siempre tenía un papel protagónico. Una de sus favoritas era aquélla en la que recibía llamadas telefónicas de un informante chino, quien le pasaba datos privilegiados sobre los planes de una inminente invasión a los Estados Unidos. Pero no se trataba de cualquier ataque: los chinos habían perfeccionado una técnica de guerra que consistía en crear fideos-parásitos que –una vez ingeridos a través de la sopa–, se instalaban en el cerebro de las víctimas y dominaban su voluntad. Y si se tomaban en cuenta las miles de sopas de fideo que China exportaba constantemente a los Estados Unidos, la victoria estaba garantizada.
–¿Y por qué te han elegido a ti para informarte? –me atreví a preguntarle una vez.
Su respuesta me sorprendió. No supe si por unos instantes recuperó la lucidez e ironizó sobre su condición o si tan sólo se trataba de una de las tantas manifestaciones de su ego enfebrecido.
–¿A poco no quisieras ser tú el primero en enterarte?
Nada me había preparado para lo que vino después. Fue algo que me dejó inquieto, y supongo que eso hablaba bien mí, pues como me dijo un famoso psiquiatra al que entrevisté en diversas ocasiones mientras escribía su biografía: “Nunca te acostumbres a las locuras de los locos, pues entonces tú también te habrás enfermado”.
Recuerdo que Rodolfo estaba sentado en su mecedora y miraba el jardín a través de la ventana.
–Hoy por la mañana recibí una comunicación de Neil Armstrong –dijo, al tiempo que se pasaba la mano por la barbilla en actitud circunspecta.
Era una fantasía que le escuchaba por primera vez, y me intrigó. A mi mente vinieron el telescopio, las comidas en la casa de la abuela y otros recuerdos de la infancia.
–¿Quieres decir que te llamó por teléfono desde su casa?
Mi primo rio con condescendencia, como si yo fuera un niño que acabara de hacer un chiste ingenuo.
–No –dijo–. Neil Armstrong permanece en la Luna. Nunca regresó de allá.
En los días que siguieron, Rodolfo fue dándole cuerpo a la más singular de las historias que le escuché. Afirmaba que el célebre astronauta se comunicaba con él vía telepática, y que gracias a eso estaba conociendo “la verdad de los acontecimientos de aquel extraño verano de 1969”. Su versión superaba a la famosa teoría de la conspiración –bastante arraigada en la cultura popular– que sostenía que el hombre nunca había pisado la Luna, y que todo fue un montaje perpetrado por la NASA con la ayuda del cineasta Stanley Kubrick.
–Sí fueron a la Luna –afirmó mi primo–. Pero lo que nadie sabe, y que se ha mantenido en secreto hasta hoy, es que, tras dar el primer paso y pronunciar sus famosas palabras, Neil Armstrong se adentró en la superficie de la Luna y desapareció. Jamás pudieron encontrarlo.
De acuerdo con la versión de mi primo, el Apolo 11 regresó sin el astronauta más importante, y desde el primer instante en que la tripulación apareció ante los medios de comunicación para hablar de su hazaña, Armstrong fue sustituido por un doble.
–La NASA no estaba dispuesta a quedar mal ante el mundo si algo no salía bien –dijo Rodolfo–, así que se habían prevenido con un doble de cada astronauta.
Según mi primo, todo eso explicaba muchas de las cosas que aún no se aclaraban en torno a la misión del Apolo 11: ¿por qué no existía ninguna foto de Neil Armstrong sobre la superficie de la Luna? ¿Por qué Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó el satélite, se volvió un alcohólico tras su retorno? ¿Por qué el supuesto Neil Armstrong vivía recluido en su casa de campo en Ohio y eludía a toda costa las entrevistas? Y, sobre todo, ¿por qué en las pocas ocasiones que aparecía en público, Armstrong era incapaz de explicar una cuestión esencial: ¿qué se siente haber estado en la Luna?
Aquellas dudas existían: lo vi en Internet, donde encontré diversos foros en las que se analizaban con fervor. Eso no comprobaba nada, por supuesto, pero era la única ocasión en que los delirios de mi primo se sostenían en una base de realidad.
–Durante las siguientes cinco misiones –dijo Rodolfo– la prioridad secreta fue buscar a Armstrong. No era que esperaran encontrarlo con vida, pero la recuperación de su cadáver se volvió una obsesión para los dirigentes de la NASA, una especie de revancha ante ese primer fracaso. Cuando se dieron por vencidos, el programa Apolo se canceló y eso marcó el fin de la Era Espacial.
Lo que le sucedió a Armstrong, explicó mi primo, lo experimentaron también los astronautas de las siguientes misiones, sólo que para entonces ya iban preparados. Todos escucharon una música majestuosa e hipnótica, una especie de canto de las sirenas que los atraía hacia el lado oscuro de la Luna. Los que siguieron los pasos del primer astronauta sobrevivieron porque estaban atados al módulo lunar con cuerdas especiales. Desde 1969 a la fecha, Armstrong permanecía “retenido” en la Luna, y utilizaba imágenes psíquicas para comunicarse con la Tierra. Un tipo de comunicación que sólo las mentes “hipersensibles” podían captar. En pocas palabras, el astronauta más célebre de la historia estaba condenado porque sólo los lunáticos podían captar la frecuencia de sus mensajes.
–Recuerda –me dijo Rodolfo– que mientras hace una elipse alrededor de la Tierra, la Luna nunca gira. Siempre muestra la misma cara, por lo que nadie ha visto su lado oscuro.
–¿Y qué es lo que hay ahí? –pregunté– ¿Te lo dijo Armstrong?
–Nosotros somos la plaga –respondió, en tono críptico–. Ellos sólo quieren asegurarse de que nunca salgamos de nuestro planeta.
–¿Quiénes son ellos?
Mi primo volvió a prodigarme su risa bondadosa.
–Jamás lo entenderías. Porque ellos son lo que no somos nosotros.
Antes de que el trabajo comenzara a absorber la mayor parte de mi tiempo, y que dejara de visitar a Rodolfo, mi primo me contó una última historia sobre astronautas. Habló de Alan Bean, quien viajó en el Apolo 12 y se convirtió en el cuarto hombre en pisar la Luna. Tras su regreso, Bean siguió algunos años involucrado con la NASA, y en 1981 se retiró para convertirse en pintor. Y lo único que ha pintado desde entonces son escenas relacionadas con los alunizajes. Un artista obsesionado con el satélite, y con lo que él y sus demás colegas experimentaron en aquel sitio. De hecho, uno de sus cuadros más famosos se titula Esto era lo que se sentía al caminar por la Luna. Lo que se observa en esa pintura es al propio Bean, con su traje de astronauta sobre la superficie lunar, rodeado de una neblina de intensos verdes, dorados y violetas.
–El canto de las sirenas interestelares –dijo Rodolfo–. Se trataba de música con color, pero el único que supo expresarlo fue Bean. Por eso resultaba tan hechizante: era una estela que tenías que seguir, casi como si pudieras palpar las notas.
–Ha de ser escalofriante –intervine– estar a cientos de kilómetros de tu planeta y sentir que una fuerza te quiere alejar aún más de él…
–¿Te digo una cosa? –el tono de mi primo se volvió repentinamente melancólico– Armstrong y yo también nos comunicamos con Bean, sólo que él no es capaz de entender de qué se trata, y entonces lo que hace es interpretar en pinturas la información que le enviamos. Cree que es su imaginación trabajando…
Dejé de escuchar a mi primo. Como Bean aún vivía, se me ocurrió que podría viajar a Estados Unidos y buscarlo para escribir su biografía. De todos los astronautas que pisaron la Luna, me parecía el más interesante. La editorial para la que trabajaba entonces sin duda se interesaría, y me pagaría el traslado y la estancia.
Como si me leyera el pensamiento, Rodolfo dijo:
–Hay un cuadro en particular que tienes que ver. Se llama La Luna vista desde un sueño en la Tierra.
–Un título poético –respondí por decir algo mientras me levantaba y me ponía la chamarra. Ahora tenía un nuevo objetivo: conocer al astronauta-pintor.
Antes de despedirme, mi primo agregó:
–En ese cuadro está la clave de todo.
Por más que lo intenté, el viaje no se dio en ese momento. La editorial tenía otras prioridades y el trabajo se fue acumulando. Dejé de visitar a Rodolfo pero, curiosamente, al que empecé a frecuentar fue a Ernesto. En aquel tiempo, mi primo mujeriego salía con una actriz de mi edad cuya fama comenzaba a despegar. Una revista me pidió que escribiera su historia. Acepté porque resultaría fácil y la paga era buena. Los tres salimos en varias ocasiones a tomar una copa, pero cuando empecé con las entrevistas sólo nos veíamos ella y yo. Se llamaba Patricia. Al principio veía nuestras citas como parte del trabajo, pero al poco tiempo descubrí que estaba obsesionado con ella. Era delgada, de senos puntiagudos; parecía sentirse cómoda con su cuerpo y, sobre todo, con su sonrisa: Patricia sonreía todo el tiempo. Quizá sólo estaba ensayando para las cámaras, pero yo no había conocido a ninguna mujer tan segura de sí misma. Ella me confesó que desde la adolescencia salía con hombres mayores que ella, como era el caso de mi primo, pero que últimamente comenzaba a interesarse por los de su misma edad. “Ya no son tan tontos y tienen mucha más energía.” Lo dijo mirándome a los ojos, en una franca provocación. No lo pensé dos veces y me arrojé al vacío. Los días siguientes fueron un torbellino de moteles, borracheras y discusiones. Cuando pude darme cuenta del error que había cometido, ya era demasiado tarde. Nuestra aventura se hizo pública gracias a una fotografía publicada por un periódico sensacionalista. Ernesto estaba devastado –según me lo confirmó la propia Patricia– y la revista no volvió a contratarme, porque una de sus reglas era que los negocios y el placer no debían mezclarse.
Semanas después, Ernesto me marcó al celular. Mientras el teléfono sonaba y veía su nombre en el identificador de llamadas pensé en mi cobardía, en que debí haberlo buscado para disculparme. Era la primera vez que hablaríamos desde el escándalo y no me quedaba más remedio que enfrentarlo. Contesté, esperando una avalancha de insultos. Pero lo único que Ernesto dijo fue:
–Tienes que venir. Rodolfo se suicidó.
No me atreví a ir al funeral y me pasé toda la tarde pensando en mi primo muerto. En especial, recordé una comida en la casa de la abuela en la que Rodolfo utilizó el telescopio para mostrarme los diferentes accidentes de la Luna. Con mucha paciencia me fue mostrando cada uno y señalándome sus características. Me dijo que para Giovanni Battista Riccioli, quien hizo el Atlas Lunar en 1651, aquellas sombras semejaban mares, y por eso les dio sus peculiares nombres: Mar de la Tranquilidad, Océano de las Tormentas, Lago de los Sueños, Bahía de los Arcoíris…
–El Mar de la Tranquilidad es donde aterrizaron todas las misiones Apolo –me explicó–. Es una zona ideal porque es amplia y llana…
Y luego agregó algo que relacioné con su carácter extraño, pero que ahora entiendo plenamente:
–Por eso hay que buscar siempre el Mar de la Tranquilidad y evitar ahogarse en el Océano de las Tormentas.
Aquella tarde lloré con amargura, porque había perdido para siempre a mis dos primos más queridos. Lo que no sospeché entonces es que aún me esperaba un último encuentro.
Tres años después de la muerte de Rodolfo, me encontraba en Tucson, a las puertas de una galería y centro comercial de recuerdos especiales llamado Novaspace, que exhibía una exposición de Alan Bean. Fui a Arizona para entrevistar a un cazador de serpientes –encargo del periódico sensacionalista que publicó la fotografía en la que salíamos Patricia y yo–, pero tenía la esperanza de que la galería me pusiera en contacto con el astronauta-pintor. Creía que, si conseguía hacer su biografía, las editoriales importantes volverían a interesarse en mi trabajo. Llegué muy temprano al lugar, luego de una noche de insomnio ante la expectativa de mi visita, y aún no abría sus puertas. Por su apariencia y sus colores, Novaspace parecía en realidad una sucursal de Kentucky Fried Chicken. Si algo tienen los gringos, pensé, es que todo lo pueden volver corporativo y anodino. Incluso una galería que exhibe las pinturas de un hombre que pisó la Luna.
Cuando por fin pude entrar, mi cuerpo resintió el golpe del aire acondicionado y me dieron escalofríos. Conforme fui recorriendo los cuadros pintados por Alan Bean, las sienes me palpitaban y sentía una presión en el pecho. No eran cuadros depresivos: tenían colorido, y en ellos los astronautas aparecían haciendo diversas labores sobre la superficie lunar. Sólo había dos pinturas que expresaban sentimientos. Ambas estaban protagonizadas por un solo astronauta en la misma posición: los brazos extendidos y la cabeza levantada. Una se titulaba ¿Hay alguien afuera?, y la otra Hola, Universo. Entonces pensé que mi angustia provenía de algo que los cuadros reflejaban involuntariamente: una absoluta y asfixiante soledad. No la del paisaje lunar, sino la de la Tierra. Y tuve esta certeza: si uno hacía el ejercicio mental y emocional de ponerse en el punto de vista de los astronautas que miraron nuestro planeta desde el satélite, se podía vislumbrar el pánico del abismo interestelar. Allí arriba no había respuestas, y eso se palpaba en las pinturas de Alan Bean.
Sin embargo, uno de los cuadros guardaba una respuesta para mí. Cuando llegué ante él, tardé en descubrirla. Era la pintura a la que mi primo hizo referencia la última vez que lo vi. La Luna vista desde un sueño en la Tierra mostraba un eclipse lunar. No había nada más en ella, y la primera impresión que me provocó fue que se trataba de la menos atractiva de todas. Cuando me fijé en los detalles, mi corazón se aceleró. La clave estaba en la esquina inferior derecha. Ahí descubrí la firma de Alan Bean y una fecha.
El cuadro había sido pintado tan sólo un mes atrás.
Abandoné la galería en busca de aire fresco. La cabeza me daba vueltas, tenía la mirada vidriosa. Me desplomé en una banca y respiré con dificultad. Sentí arcadas, pero logré contenerlas. En ese momento, alguien se acercó a mí. Era una figura familiar. Me tallé los ojos con las manos porque creí soñar. ¿En verdad mi primo Ernesto me había seguido hasta ahí? ¿Era una casualidad o supo del cuadro por boca de su hermano? ¿Acaso esperó pacientemente mi viaje para constatar en persona el triunfo de Rodolfo? Entonces me di cuenta de que estaba equivocado. Como siempre, las revelaciones me llegaban tarde, precipitándome al Océano de las Tormentas.
Mi mirada se aclaró. La figura que se aproximaba dejó de fingir y me condenó con su cojera.
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