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Il Palio di Siena

©Augusto César Sarrocchi Carreño

Primera edición: noviembre 2020

© MAGO Editores

Director: Máximo G. Sáez

www.magoeditores.cl editorial@magoeditores.cl Registro de Propiedad Intelectual Nº 2020-A-8948 ISBN: 978-956-317-600-1 Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Lectura y revisión: Alejandra Pérez Salas Derechos Reservados

A mi abuelo:

Augusto Sarrocchi Della Costanza

1.- La llegada.

Silvana y Flavia se encontraban en el balcón que miraba hacia la calle que conducía a la Piaza del Mercato. La Via di Salicotto era una calle muy concurrida, especialmente a esa hora de la mañana, las mujeres acostumbraban a sentarse en el cómodo y soleado balcón de la antigua casona para ver pasar a las personas que iban al mercado. Hombres y principalmente mujeres con sus bolsos vacíos al bajar al mercado, subían cargadas, acompañadas de algunos mozuelos que portaban bolsas y paquetes, eran cargadores o portadores, algunos eran muy niños, otros mozuelos que hacían suspirar a más de una madona. Por esa calle la ciudad vibraba como siempre, como lo que era, la ciudad más bella de la Toscana. Todos estaban orgullosos de su ciudad y se preocupaban de embellecerla, tanto autoridades como el propio pueblo. La historia la señalaba como una de las ciudades más antiguas de la península y la mitología indicaba que su fundación había sido realizada por Asquio y Senio, los hijos de Remo quien, junto a su hermano Rómulo, habían fundado Roma. Siena, en el período imperial había sido súbdita de Roma con el nombre de Sena Julia. Este origen está presente en el emblema de la ciudad, estatuas y otras obras de arte que representaban a una loba amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, estas figuras se encontraban por toda la ciudad de Siena.

El arte se respiraba por cada rincón de la ciudad, estaban conscientes que los habitantes del resto de los lugares de la península los miraban con envidia. Ostentaban la más hermosa catedral que se pudiesen imaginar. El templo estaba dedicado a Nuestra Señora de la Asunción y había sido diseñada sobre la base de una estructura más antigua, terminada entre los años mil doscientos quince y mil doscientos sesenta y tres por Giovanni Pisano, la catedral tenía una planta de cruz latina con crucero, cúpula y un campanario, iniciado en estilo románico y terminado en el siglo XV. El exterior e interior del templo habían sido decorados con un placado de mármol blanco y verdoso, formando unas características rayas o bandas horizontales. Blanco y negro son los colores simbólicos de Siena, tomados de los caballos blanco y negro de los fundadores legendarios de la ciudad.

Estaban conscientes que la fachada principal era una de las obras maestras del gótico italiano. Una fachada-pantalla, en la que el diseño geométrico aparece enmascarado por una fastuosa decoración en la que intervienen elementos arquitectónicos de complicado diseño y el toque de color que aportan los mosaicos.

En el frontón principal, de forma triangular, se encontraba una bella imagen de la Coronación de la Virgen, rodeada de un coro de ángeles. Distribuidas en la catedral había muchas obras de arte, de autores como Miguel Ángel, Andrea Bregno , Donatello, Jacopo della Quercia o Baldassare Peruzzi, quien diseñó el altar mayor.

El imaginario popular de la ciudad tenía muy presente que cuando estaban iniciando las faenas para agrandarla, en mil trescientos treinta y nueve, se había originado la peste que llevó a la muerte a gran parte de la población de Siena y sus alrededores, la verdad es que se había llevado a casi toda la población de Italia, y se comentaba, que de toda Europa. Para algunos sabios se debía a una conjunción de astros, eclipses o paso de cometas; y para otros, las causas eran los gases que liberaban los sismos y las erupciones volcánicas. Pero en general, para la gran mayoría, todos estos fenómenos eran productos o manifestaciones de la cólera divina ante los pecados de la Humanidad, el castigo que Dios enviaba a los hombres por la corrupción y el pecado en general.

Luego de muchas elucubraciones e investigaciones se determinó que la peste la habían producido los mongoles en la ciudad de Caffa, a orillas del mar Negro. La ciudad se encontraba asediada por el ejército mongol, entre sus hombres se inició la enfermedad y se atribuyó a que los mongoles habían extendido el contagio a los sitiados, arrojando muertos mediante catapultas al interior de los muros de la ciudad. Al ver esto los mercaderes genoveses, que mantenían allí una colonia comercial, huyeron despavoridos llevando los bacilos a Italia. También se atribuía la peste a las ratas infectadas de pulgas.

La peste se propagó con gran rapidez, ocasionando muertes a su paso. Las ciudades más afectadas eran los puertos, pues las ratas y sus enfermedades venían en los barcos. Se estimó que la Toscana perdió entre el cincuenta y el sesenta por ciento de la población, Siena y San Gimignano perdieron alrededor del sesenta por ciento de sus habitantes.

La recuperación había sido muy lenta, aún en el imaginario colectivo se recordaban los muertos, el dolor, la angustia, las hogueras quemando los cuerpos, el encierro, la desconfianza entre las personas, la discriminación con las familias que habían tenido algún enfermo, sobre los que se sembraba la duda. También, en el imaginario de los más viejos quedaba el recuerdo de los que no habían sufrido muy fuertemente la peste, aquellos que vivían en un ghetto y debían tener pacto con el diablo, pues no se enfermaron de la misma manera que todos los habitantes, se recordaba que los judíos habían huido a las montañas y se habían refugiado en unas cavernas que tenían manantiales de agua pura, no se mezclaban con gentiles y se alimentaron principalmente de verduras cocidas, huevos, y muy de tarde en tarde, carne de ave muy asada. En una hermosa cascada establecieron un baño y concurrían todas las semanas a bañarse. Los judíos y algunos de sus empleados que se salvaron, aseguraban que Dios los había protegido, que sus enseñanzas y práctica de las reglas de alimentación y de aseo los habían salvado. Siempre había quedado la idea, principalmente en los pocos viejos que se habían salvado, que los judíos tenían pacto con el demonio y hacían horrendos sacrificios humanos. Si no hubiese sido por la necesidad imperiosa de restaurar el orden y regenerar la vida de la ciudad, los judíos la habrían pasado muy mal.

Otro motivo de orgullo para los sieneses era la fama de la universidad, fundada en mil doscientos cuarenta, famosa por sus facultades de derecho y medicina. Llegaban personas de todas partes a estudiar en ella y recorrían las calles observando la rica arquitectura, los jóvenes aportaban a la ciudad un aire festivo y cierta carga de erotismo que gustaba al pueblo. Pero, lo que consideraban de mucha importancia, era que la magistratura de la ciudad había transformado hacía ya muchos años, en mil cuatrocientos setenta y dos, el Monte de Piedad en un banco, bajo el nombre de “Banca Monte dei Paschi de Sienna”, el primer banco del mundo. Banqueros de diversas partes del mundo venían a tomar cuenta de esta institución y a ver cómo operaba. La vitalidad económica, social y cultural de la ciudad era innegable y el orgullo se respiraba en cada rincón de Siena, después de la peste la ciudad había crecido notablemente, pues había habido una emigración muy importante del campo a la ciudad y el crecimiento también había traído más trabajo, pues se construía por doquier.

Las dos mujeres miraban la calle sentadas en el balcón que no era muy grande, pero tenía maceteros con plantas y hermosas flores. Aunque con diferencia de edad y de experiencias vitales, eran muy amigas y formaban una fraternidad potente. A veces pasaban largos ratos de silencio, ensimismadas en sus pensamientos, ajenas a todo el devenir histórico que las rodeaba y que, ineludiblemente trastornaría la vida de la ciudad, eran años en los que se estaban gestando grandes cambios en toda Europa, aunque todavía el pueblo no tuviese conciencia de ello, solo algunos privilegiados podían intuir que algo grande estaba por ocurrir, pero en el día a día las preocupaciones por la subsistencia y la banalidad agotaban el diario vivir. Tal vez esa inconsciencia era buena, pensaban los sabios, era un regalo para poder vivir feliz.

Flavia era una hermosa mujer muy rubia, que aparentaba tener bastante menos edad que su amiga, era de carácter sumiso y tranquilo, gozaba de bordar, leer y tocar el piano. Sus movimientos y modales eran de por sí distinguidos, todos al mirarla sentían por ella un gran respeto, era una mujer con empaque de reina, emanaba de ella dulzura y calma. Su vida en la actualidad transcurría tranquila, ella vivía pensando en alguna vez encontrar el amor, aunque su carácter retraído ponía dificultades al respecto. Silvana, su amiga, tenía un aspecto absolutamente diferente, emanaba de ella una fuerza y voluptuosidad muy potente, había pasado años al alero de los Sacrosanto, recordaba cuando David y Sarella habían llegado a la ciudad con sus hijos Giácomo y Francesca. Muchas veces, algunos vecinos de la ciudad, le preguntaban si recordaba cuando la familia Sacrosanto había llegado a Siena, y ella empezaba a recordar, señalaba que no se acordaba, podría haber sido más o menos en mil ochocientos veinte, cuando ganó el Palio la Contrada del Aguila, o quizás años después en mil ochocientos treinta cuando estaban nuevamente a punto de iniciar guerra con sus tradicionales enemigos los florentinos, pero siempre quedaba en duda la fecha exacta y establecía una nebulosa. La verdad era que ella recordaba perfectamente esa tarde en que llegó il signore David a solicitar alojamiento en la hostería en la que ella trabajaba. Corría el año de mil ochocientos veintinueve, en aquel entonces era una muchacha de dieciocho años y ya había sido desgraciada por aquel viejo innombrable. Era un tanto robusta, pero bella, de hermosos ojos azules, naricilla respingada y una grandiosa mata de ensortijado pelo rojo, los hombres la miraban con deseo, tanto más que muchos sabían o sospechaban que ya había pasado por el dueño del hospedaje y de otros que, seguramente se habían aprovechado de su condición de huérfana. Era bella, pensaba Silvana, tal vez esa belleza le había servido en la vida, pero también había sido culpable de su desgracia, desde pequeña había visto que la miraban. Las monjas en el convento que siempre fueron cariñosas con ella, recordaba su niñez alegre pues ella siempre había sido alegre, jugaba con sus compañeras y había sido feliz, nunca le había faltado ni alimento ni ropas y siempre se había destacado de las otras internas, ignorante de su real situación, más adelante se enteró, nebulosamente, de sus orígenes que, tal vez tenían también la culpa de su comportamiento, ella se sentía como un molino movido por el viento. Siempre se había sentido marginada de la sociedad, era una expósita y vivía gracias a la generosidad de la Santa Madre Iglesia, como le decían todos los días las monjas del hospicio. Cuando descubrió su origen se le confirmó que su destino estaba trazado y que nada bueno podía esperar de la vida, ella estaba predestinada al mal, las prédicas del sacerdote que venía al convento los domingos y los primeros viernes de cada mes, lo señalaba como un determinismo absoluto, solo la vida conventual al alero de la Iglesia podía salvarla, pero no había sido así. Su vida había sido una pasión constante, muchos hacían bromas por su pelo rojo, per ogni capello un demone, solían decirle y ella, cuando joven, respondía con insultos y golpes hasta que la edad y las experiencias fueron amansando su carácter hasta transformarla en lo que era en la actualidad, una madona, una respetable madona, gracias a il signore David y su familia. Por esto, ella había olvidado, para los demás, la fecha cuando ese hombre con barba y aspecto innegable de judío había llegado al hospedaje.

Los judíos en Siena tenían libertad, pero siempre pesaba sobre ellos una desconfianza muy grande, eran estigmatizados, los principales negocios de la ciudad les pertenecían y ello traía odiosidades, según se decía, todos debían vivir en el ghetto, pero a raíz de los saqueos que realizaron algunos cristianos fanáticos, luego que se había ido el ejército napoleónico cuando en mil setecientos noventa y nueve éste ocupó Siena, muchos judíos adinerados prefirieron vivir separados del ghetto, incluso se decía que algunos se mezclaban mucho con gentiles, ocultando su condición de judíos.

Silvana recordaba perfectamente cuando el joven de larga cabellera negra y una espesa barba renegrida había llegado a la posada para comer y pedir hospedaje. Había pasado la hora sexta cuando el hombre delgado, de profundos ojos oscuros entró y ocupó una mesa que quedaba al fondo de la posada, un rincón muy discreto. Lo había atendido el posadero. El hombre pidió una jarra con agua, un vaso de vino, bruschetta y rebollita, la típica sopa de verduras de Siena. Al posadero le había llamado la atención que el peregrino había solicitado solo comidas con verduras y nada de carne, lo que vinculado a su aspecto, bien vestido, pero sobrio, portaba una jaqueta de color negro, la que se abotonaba con gruesos botones de metal, una camisa de lino blanca, de fino hilado, calzas negras, botas altas negras y una capa, su ropa extremadamente limpia y la calidad de las telas, decía a claras luces que se trataba de un hombre de fortuna y posiblemente judío, sus modales educados manifestaban sencillez pero, a la vez, tenían algo de solemne. Bajo su elegante ropa se insinuaba un cuerpo musculoso. Se notaba que el recién llegado pretendía pasar desapercibido, y era innegable que no lo conseguía, pues era, sin duda, un hombre joven, hermoso y de gran prestancia que no representaba tener más de veinte a veintidós años.

Il signore David salió rumbo al baño donde se aseó las manos, luego entró, bebió agua de la jarra y esperó la comida. Yo fui la encargada de llevársela, me miró con esos ojos profundos y me pidió información sobre una familia de peleteros que vivía cerca de la plaza del mercado, traía una dirección muy antigua y, al parecer los peleteros se habían cambiado. Le preguntó al posadero quien le señaló que, efectivamente había en la ciudad unos famosos peleteros que ahora vivían en una calle cerca de la vía de la cittá bianci, cercana a la Piazza del Campo, el posadero no sabía bien la dirección, pero era por esos lados. Los peleteros habían ganado mucho dinero y se cambiaban constantemente de casa. Años atrás habían tenido una propiedad cerca de la Plaza del mercado. Esas preguntas confirmaron que se trataba de un judío rico.

Il signore David alquiló un cuarto y luego de descansar un rato salió cerca de la hora nona, en busca de sus parientes peleteros. Silvana recordaba perfectamente el tono agradable del hombre y su habla un tanto diferente a la Toscana, le dio temor que se tratase de un florentino, pero se calló la boca pues la atracción era muy grande.

El hombre regresó tarde en la noche, ella lo sintió llegar y fue a preguntarle si necesitaba algo, con ganas de ser necesitada, pero el hombre le agradeció y cerró la puerta. A la mañana muy temprano, luego de desayunar, salió nuevamente en busca de sus parientes, el hombre era en extremo callado y nadie se enteraba de sus andanzas, lo que lejos de sosegar a las personas, sembraba más inquietudes y sospechas, pues algunos en la posada pensaban que era otro espía florentino.

Al tercer día de estar en la posada, el hombre regresó una noche más temprano, era viernes y según dijo había encontrado a los peleteros, esa noche lo habían invitado a cenar. Il sigñore David se bañó y salió mucho antes de la hora sexta.

David había caminado toda Siena preguntando por sus parientes Angelo y Marietta Castelbianco, peleteros que según sabía vivían cerca de la piazza del mercatto en la vía di Salicotto, casi llegando a la vía San Girolamo. Descubrió que sus primos ya no vivían ahí, se habían cambiado a una casa con un gran local comercial en uno de los barrios comerciales más importantes de la ciudad. En la antigua casa que aún conservaban, tenían una bodega donde guardaban algunas pieles y la curtiembre, por el olor que despedían los cueros no los podían tener en el barrio más elegante. Es más, en las afueras de la ciudad tenían un terreno con una pequeña casa que usaban para el proceso de curtiembre que expelía olores más fuertes y desagradables. Allí se encontraban las cubas con el curtido vegetal que usaba tanino, el que se producía de las cortezas de castaño, roble, pinabete, quebracho, zarzo y cerezo. Las pieles estiradas en bastidores se sumergían durante semanas en cubas con concentraciones crecientes de tanino. De ahí procedían las pieles para baúles de viaje y muebles.

Para las pieles más finas usaban cromo. Luego de unos días y sucesivos baños y limpiezas, las pieles eran afeitadas, se enceraban, se teñían, se dejaban suaves y hermosas, para venderlas a las fábricas de carteras, botas, botines y calzado en general. Las más finas tinturas y especies olorosas venían de Marrakesh y de la India. La curtiembre y producción de finos cueros y pieles de la familia Catelbianco no tenían competidores en la comarca. Durante siglos la familia Castelbianco se había dedicado a la producción de pieles, dominaban complejas técnicas que provenían de la antigua Rusia, pero eso se evitaba mencionar. Por ello, cuando traían pieles finas para hacer prendas para los nobles o personas muy ricas, el propio Angelo Castelbianco viajaba a Rusia o, a países limítrofes para adquirirlas, entonces se fundía con sus antepasados y hablaba en ruso o en idish. Entonces no era Angelo sino Ariel Baronovich.

Hacía muchos años que la familia había llegado a la península itálica huyendo de problemas que en Rusia se suscitaban continuamente a nivel gubernamental y político, pero también a nivel más local por la naturaleza especial de Ariel, su capacidad para visualizar el futuro, don del que se sentía orgulloso pues lo había heredado de su abuela materna y ésta a su vez de su madre. Esta capacidad les había traído muchos problemas desde siempre, pues la religión prohibía los actos de adivinación y muchas veces por otras personas del pueblo fueron acusadas de brujas, e incluso, en más de una oportunidad, debieron cambiarse de pueblo. El padre de Ariel había decidido emigrar precisamente por este don que les causaba muchas molestias, pero a su vez, muchas veces había prevenido a su comunidad de eventos muy peligrosos para todos ellos. El pequeño Ariel tenía desde niño gran intuición y capacidad adivinatoria y aunque lo ocultaba, esto siempre salía a la luz, como si se tratase de un poder superior a él, que decidiese su vida. Desde niño Ariel había aprendido a ocultar muchas cosas, entre otras esa realidad íntima e inconfesable que de saberse lo llevaría a la expulsión de la comunidad o, incluso a la muerte. Era parte de un mundo de misterio, soledad, incomprensión y prohibición. Era el interdicto desde siempre, huyendo de una realidad que lo aprisionaba, lo asfixiaba, requería de cambios de ciudad para ocultarse y a la vez rebelarse. Era el constante juego de las máscaras y disfraces que, por una parte, ocultaban la realidad, pero a la vez, evidenciaban en lo profundo una realidad soterrada. Esa realidad que solo algunos podían descubrir, tal vez por que eran parte de ese mundo prohibido, de lo malvado y maligno.

Il signore David, preguntando en el barrio donde el suponía que vivían sus parientes, llegó hasta unos comerciantes de especies que dieron la nueva dirección, los comerciantes eran judíos y le señalaron que los peleteros eran personas discretas, aunque muy ricos. Que los señalaran como ricos y principales de la ciudad le llamó la atención. Se había percatado que la realidad social de Siena era la misma de Roma y la que había observado en otras partes de la península, la realeza y los comerciantes que hacían negocios con ellos o amparados por ellos eran ricos y tenían todos los privilegios, el resto de las personas sobrevivían como podían y la ciudad estaba poblada de pícaros que vivían al borde de la ilegalidad y cuya principal preocupación era comer, vestirse y procurarse diversiones. El pueblo era contenido por los guardias de los palacios y principalmente por las prédicas de la Iglesia católica que insistía hasta el cansancio que se debía sufrir en esta vida terrenal para lograr el premio en la vida eterna. Los pobres que se sometieran a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia entrarían al reino de los cielos y se sentarían a la diestra de Dios Padre quien los acogería en sus brazos, los que no cumpliesen y fuesen rebeldes se quemarían eternamente en las llamas del infierno. La iglesia tenía un poder omnipotente no solo por lo que los sacerdotes decían en los púlpitos, sino también porque poseía muchas tierras y tenía el control político de la ciudad. El Papado tenía un gran ejército, pues estaba en constantes guerras. El poder político, militar y económico de la Iglesia le permitía lucrar con el miedo y con la culpa, motivos recurrentes en las homilías. Por lo demás, las confesiones les permitían a los sacerdotes estar enterados de todo lo que pasaba, lo que también le otorgaba un poder dado por el conocimiento. Todo esto lo pensaba y guardaba David, en lo más profundo, pues sabía muy bien lo peligroso que sería que se le escapase algún pensamiento que molestara a los católicos, pertenecía a un pueblo que muchos consideraban privilegiado, pero que también era motivo de envidias, persecuciones, deseos de destruirlo. Al parecer era un precio que había que pagar a veces con sangre.

Cuando llegó al negocio de sus primos, estaba cerrado, pero vio salir de una gran puerta lateral a un chico muy joven que le recordó a sí mismo cuando era un jovenzuelo, el muchachito tenía una impresionante nariz aguileña y en su cabeza llevaba una kipá a la usanza italiana. Lo siguió y le preguntó por los señores Castelbianco, el muchacho algo desconfiado al principio no respondió, pero luego al ver la mirada de David, le dijo que eran sus padres y se encontraban en casa, por lo que se devolvieron al gran portón. El muchacho contaba trece años y se llamaba Jacobo, ahora que haría su bar mitzvá, en el interior de su alma usaría siempre su nombre judío, Jacob ben Ariel. David le contó que había venido para ver a sus padres y para la fiesta de su bar mitzvá, si las cosas salían bien, como lo esperaba, dentro de poco podría traer a su familia.

Al ingresar por la gran puerta David pudo apreciar que era el acceso a un patio que hacía de corredor lateral de la propiedad, la rodeaba para entrar a un espacio que tenía una maciza puerta, el muchacho la abrió y subieron por una escala bastante estrecha para la calidad de la casa, al llegar arriba se encontró con un amplio y hermoso recibidor, ahí estaba su primo Angelo, sostenía a una pequeña niña de la mano, era sin duda una hermosa niña, de grandes ojos azules y pelo negrísimo lo que hacía resaltar más aún la belleza de sus ojos, Fiorella era su regalona, eso era innegable. Angelo, sonriendo le recibió con un gran abrazo, David al abrazarlo notó delgadez extrema, pero no dijo nada.

Pronto apareció Marietta, era una mujer alta, de pelo castaño claro, de mirada dulce y muy hermosa, sus maneras eran muy elegantes, abrazó a David, eran primos lejanos, David la abrazó muy feliz, llamándola Mariah, su nombre original que habían italianizado por Marietta. Luego sentados a la mesa en el imponente comedor de la casa, les hablaron de la situación en la ciudad y como habían cambiado sus nombres, lo que no extrañó a David, no pocos de sus parientes lo habían hecho, tenía la suerte de contar con un nombre que podía pasar por italiano. Le explicaron que no vivían en el ghetto por cuanto desconfiaban de la seguridad del mismo, si bien en la ciudad se les respetaba y tenían libertad para practicar la religión e incluso una bella sinagoga, muy antigua, levantada en mil setecientos ochenta y seis, en el mismo sitio donde fueron localizados los viejos lugares de oración, ellos siempre estaban atentos, además en el ghetto debían vivir con los judíos que habían llegado de Sefarad después de la expulsión, ello les traía algunas complicaciones. Los vientos políticos hablaban de una pronta unificación de Italia, sin duda significaría cambios, no se sabría si traería beneficios o pesares a su pueblo. Por lo demás, las noticias del progrom de Odesa todavía estaban muy frescas, rezaban kadish de duelo por los catorce miembros de la comunidad que habían sido asesinados ese día. Contaron que, por sus negocios, tenían relaciones con principales de Siena y Florencia, y las noticias que venían del resto de Europa oriental no eran alentadoras, algo se estaba fraguando en el ambiente. Le contaron que sus padres habían fallecido no hacía mucho tiempo, ambos en un accidente, los había sorprendido una tormenta cuando regresaban del campo, los caballos se habían desbocados y se calmaron cuando ya habían corrido muchas leguas, los ancianos se mojaron tanto que fueron encontrados a los dos días muertos por enfriamiento. Suponían que quedaban vivos sus ancianos parientes de parte de la familia Baronovich, según les había contado las pocas veces que se refería a esa parte de la familia, que tenían un tío y cuatro tías, una de ellas muy controversial a la que le habían perdido el rastro hacía muchos años, pues había muerto para la familia, se llamaba Galya Margoshia Baronovich, era extraordinariamente bella, de la rama familiar que, por haber realizado importantes donaciones al gobierno y prestado servicios especiales, podía arrendar tierras, aunque pagando altos impuestos, y la tía se había fugado con un goic, un conde italiano cuando era muy joven. Sabían que existían más parientes, pero a todos les habían perdido el contacto, incluso tenían un tío rabino, las distancias, las diversas situaciones políticas y la realidad de su condición judía los había llevado a emigrar y aceptaban, como parte de esa condición, la pérdida de la familia, por esto que cada vez que había una fiesta familiar y se podían juntar lo hacían con mucha alegría y emoción, era la manera de ver a sus familiares o saber de ellos. Por lo demás se aceptaba la continua emigración como parte de la condición judía y la promesa que el pueblo judío seria tan numeroso como las arenas del mar y las estrellas del cielo, y estarían dispersos por todo el mundo.

David lamentó mucho la situación, luego de un rato volvieron al tema político y David asintió, a él también le parecía que se avecinaban momentos difíciles, no tenía argumentos de peso, pero mil pequeños detalles le señalaban que algo grave ocurriría, en Europa se notaba inquietud y nerviosismo, en la misma península las cosas no eran muy propicias, le agradó poder hablar de esto con sus primos y coincidir con sus apreciaciones. Cuando conversaba con los miembros de su comunidad, principalmente los mayores, siempre decían que estarían seguros, Dios no permitiría que nada malo les ocurriese, ellos estaban en su país y eran personas de bien etc. Conversaron largo rato, David le contó de sus proyectos de venir a Siena con su familia y tal como lo habían conversado por epístolas, ellos le alquilarían la casa de la vía de Salicoto, sacarían de allí algunas pieles que estaban salándose y llevarían los baños y tinas que aún quedaban en la planta baja a la finca que tenían en las afueras de la ciudad, así el primo podría establecer su negocio de telas que, además junto con las pieles, podrían más adelante dar frutos en una fábrica de ropa fina. Conversaron de los precios, mientras Marietta y una empleada cocinaban exquisitas viandas que luego, a la hora octava, comieron con apetito y alegría. En el almuerzo tuvo la oportunidad de conocer a sus tíos que ya eran muy ancianos y solo vinieron al comedor para conocerlo. Se habían venido a Siena cuando todavía eran jóvenes y habían instalado en esa ciudad el mismo negocio que tenían en Rusia, que la familia había tenido por muchas generaciones. El abuelo estaba casi ciego y su mujer bastante sorda también tenía problemas a la vista, en parte lo atribuían a los ácidos de la curtiembre. La anciana Sarah era una gran costurera y sus abrigos de pieles lo llevaban las personas más ricas de la comarca y de países vecinos. Ahora sus manos estaban curvadas por la artrosis.

David, luego del almuerzo se retiró para dejar que sus primos preparasen el Shabat, iría a la pensión a bañarse y cambiarse de ropa. Se juntarían a la hora décima para dirigirse a la sinagoga, luego tendrían la dicha de celebrar el shabat todos juntos. A partir de esa noche ya pernoctaría con ellos.

El signore David regresó a la posada, antes de subir a su habitación señaló al posadero que le tuviese su cuenta pues dejaría la posada en un par de horas, había encontrado a su familia. Pidió que subiera la empleada para solicitarle más agua. Silvana llevó agua más que suficiente para que il signore se aseara, en uno de esos viajes David la notó nerviosa y le preguntó qué le sucedía, la muchacha al principio negó estar nerviosa, pero luego le dijo que estaba preocupada por él. En otras circunstancias David habría mostrado extrañeza y tal vez habría perdido el tiempo rodeando la conversación, pero tenía un presentimiento y abordó directamente a la muchacha. ¿Qué pasa? ¿De quién, o, de quiénes debo temer? Dígamelo rápido. La muchacha estalló en llanto. David cerró la puerta para que no se escuchara y abrazó a la mujer para que se calmara y para que el llanto no se escuchase desde el pasillo. Entre sollozos le contó que el posadero con una cuadrilla de bandidos, pensaban asaltarlo cuando saliese de la posada pues sabían que era un hombre rico, pariente de los Castelbianco, los acaudalados peleteros de la ciudad, estaba en peligro, si se sabía que ella había hablado también lo estaría, pero ella no quería ser cómplice de un acto salvaje. David comprendió que debía hacer algo rápido y sacó de su maleta una pequeña y hermosa caja de fina madera con incrustaciones de nácar, la abrió, sacó una pluma y una botellita de tinta, tomó un papel y escribió en ella una breve misiva en hebreo, le preguntó a la muchacha si tenía manera de hacerla llegar a sus parientes, si podría salir ella de la posada. La muchacha dijo que era en extremo peligroso, pero lo haría, acto seguido ocultó el papel entre sus ropas.

Cuando la mujer salió de la habitación, David nervioso procedió a asearse con toda parsimonia y pulcritud, consciente que era una ceremonia previa al shabat, en la que debía purificarse. Una vez aseado se vistió cuidadosamente con una hermosa y fina camisa blanca, encima de la cual puso un chaleco de cuero color bermellón y sobre él su chaqueta negra. Limpió sus botas y terminado de hacer su maleta se dispuso a esperar.

No había pasado una hora cuando golpearon fuertemente su puerta, era el posadero con cara de disgusto para avisar que abajo lo esperan unos hombres que lo venían a buscar, David tomó su maleta y bajó siguiendo al posadero, al llegar al mesón de la posada vio a su primo acompañado de cuatro hombres muy robustos y mal agestados, que tomaron su maleta. David pidió la cuenta y pagó al posadero lo que se adeudaba por las comidas y el alojamiento, acompañado de su pariente y sus escoltas se subieron a un carro que los esperaba.

En cuanto estuvo a salvo en el coche preguntó a su primo por la muchacha, éste le indicó que estaba haciendo unas compras y llegaría más tarde a la posada para que no la asociaran con el rescate. Cuando llegaron a la casa del gran portón, el primo se bajó del coche evidenciando dolor, a David le pareció extraño, se fijó en su primo y lo notó débil, parecía que el esfuerzo de ir a la posada con esos empleados suyos, lo había agotado. Los hombres entraron el coche y lo condujeron al fondo de la propiedad, David se fijó entonces que tenía bastante fondo, al final había una cochera, una construcción adosada a ésta, con varias habitaciones donde, al parecer, vivían esos hombres, sin duda empleados del negocio de su familia. Marietta ya estaba arreglada para ir a la sinagoga, al igual que Jacobo y la pequeña Fiorella. Se le notaba nerviosa y abrazó a su primo inquiriendo qué sucedía, la muchacha algo le había contado, estaba muy asustada y Marietta le había dado dinero para que comprase alguna prenda o cualquier cosa que justificase su ausencia de la posada.

Luego que Angelo se cambió de ropa, vistiendo al igual que su primo, sobrio pero elegante, se dirigieron caminando hasta la sinagoga.

La sinagoga era muy hermosa, la fachada, como casi todas las sinagogas, no representaba la belleza del interior, que era suntuoso. David estaba sorprendido, no se había podido imaginar que en el resto de la península itálica hubiese tantos judíos con una sinagoga tan importante, siempre había pensado que la más importante era la de Roma, ahí se congregaban la comunidad judía más numerosa del mundo romano, una congregación con estilo propio, con sus propios rasgos identitarios pues eran los judíos más antiguos de Europa. Se sentaron adelante rodeando el arón haKódesh, Marietta y los niños subieron al segundo piso. El servicio fue muy solemne y conoció al rabino, hombre ya mayor, de aspecto venerable, era alto y de figura imponente, vestía de negro y llevaba un gran talit blanco con franjas celestes, tenía el pelo cano, lo llevaba largo, confundiéndose con los pelles, tenía una hermosa sonrisa y su mirada era muy intensa, sus ojos muy azules, su cara algo alargada y su nariz grande y aguileña le daba ese aspecto magnífico que tienen algunos rabinos, llevaba una kipá negra tejida de hilo, ofició junto a un jazán bastante joven y macizo, algo gordo, que tenía el pelo largo hasta los hombros, de bella y potente voz aunque algo engolada. David estaba impresionado por la belleza de la sinagoga y la importancia del momento que estaba viviendo junto a sus primos en esa ciudad en la que pronto se instalaría junto a su familia, estaba conmocionado y nervioso, tampoco podía quitarse de la cabeza lo que había vivido recientemente en la posada junto a Silvana, la muchacha le infundió mucha pena y se encontraba preocupado por ella.

Al término de la ceremonia, regresaron a la casa y celebraron una exquisita cena sabática. Finalizada ésta, le mostró a David la habitación donde lo habían instalado, era un dormitorio muy amplio que tenía una gran cama con dosel, la habitación tenía una ventana de medianas dimensiones que miraba hacia el interior de la propiedad.

David se tendió sobre la cama y dejó fluir sus pensamientos, tenía tanto en que pensar, habían sucedido tantas cosas estos días desde que había dejado su casa en Roma. La recepción de sus primos había sido excelente, la situación de éstos era mucho mejor de lo que se imaginaba, tenían un negocio floreciente y varias propiedades valiosas, la casa en que se albergaban era una gran posesión, tenía el negocio en la planta baja, un hermoso local comercial y en los altos donde se encontraba en ese momento era una casa magnífica, sin contar que la propiedad tenía un gran patio, una cochera, dependencias para los empleados y algunas bodegas, todo esto en el corazón mismo de la ciudad. También tenían la propiedad que le alquilarían, que contaba con casa y un local en la planta baja, donde podría instalar su negocio, la casa, según le contaron era espaciosa y estaba en buenas condiciones. Pensaba en su esposa, en sus hijos y en las dificultades que todavía le restaba por solucionar, pero imaginaba la instalación del negocio, el transporte de las telas que tenía en Roma, los viajes para comprar nuevas telas. Su corazón se aceleraba y sentía una sensación que le oprimía el corazón y le dificultaba sacar la respiración, desde niño la había sentido, esa sensación de ahogo, de que la realidad no le dejaba ser feliz y le oprimía, ahora sentía que se abría ante él un mundo de posibilidades que lo llamaban, pero a la vez, lo preocupaban. Trató de pensar en otra cosa.

De pronto visualizó al esposo de su prima y lo veía enfermo, pálido, desencajado. Sin duda era un hombre de acción, eso lo constató en la manera como lo salvó del asalto en la posada, pero también recordaba que cuando llegaron se veía exhausto, tuvo un mal presentimiento que quiso desechar, pero le quedó un mal presagio en el alma. Recordó a la muchacha que le advirtió, sin duda que estaba en deuda con ella, pero por el momento no era bueno acercarse a la posada, ya vería la forma de saber de ella para agradecerle. Recordó su pelo rojo, su llanto, su vulnerabilidad. Se desvistió y se acostó pensando en dormir, aunque el sueño no le llegó hasta la madrugada, estaba muy nervioso, eran tantos los acontecimientos vividos y muchos más que tendrían que ocurrir para instalarse e intentar vivir una vida tranquila para ver a sus hijos crecer. La extrema delgadez le seguía dando vueltas en su mente y ese rictus de dolor que había visto en su primo varias veces, se notaba que algo le dolía, era un hombre animoso, pero se veía doloroso y triste. Él sabía que su primo era extraño, toda la familia lo comentaba y había escuchado algunas opiniones sobre sus artes adivinatorias, pero era algo más, algo diferente que percibía tenebroso. Lo presentía, él no adivinaba, pero sí observaba la realidad muy profundamente y siempre había podido adelantarse a los acontecimientos, por eso buscaba cambiar de ciudad y moverse, presentía que algo no andaba bien, que los tiempos que vendrían serían muy duros.

También recordó sus viajes, en todas partes había agitación y se hablaba de la unificación, había una gran inquietud por el Tratado de Viena que se había firmado en mil ochocientos quince. Italia había quedado dividida en siete estados independientes y algunos hombres importantes estaban manejando la idea de constituir un gran reino, uno de los más importantes era el rey de Cerdeña, Víctor Manuel II de Saboya, su padre Carlos Alberto de Cerdeña, don Camilo Cavour, y don Giuseppe Garibaldi, patriota liberal. Sin duda eran tiempos difíciles, como judío sabía que en tiempos difíciles la vida de los judíos se ponía más difícil.

En todas partes se hablaba de la irrupción del pensamiento romántico como libertario del hombre ante la opresión de las formas y conductas señaladas por la tradición, se exaltaban los sentimientos y la libertad, todo esto se había convertido de una concepción artística, en una filosofía de vida y política, pues la libertad, obviamente es absolutamente contraria a la opresión de los imperios, por ello los austríacos en Italia tenían muy mal auspicio si el romanticismo seguía propagándose. La corriente romántica venía a poner en jaque la tradición imperialista y los pueblos oprimidos empezaban a rebelarse, sin duda el mundo estaba cambiando y ello traería consigo muchas agitaciones.

La intelectualidad judía se dividía entre los admiradores y seguidores de la Ilustración y la emancipación intelectual judía llevada a cabo por el sabio Moisés Mendelsohn, quien, aunque judío proscrito, figuraba entre los grandes de la intelectualidad alemana, había sido condecorado por la Academia de Berlín por un tratado filosófico original en un concurso en el que Emmanuel Kant ganó el segundo premio. La nueva intelectualidad judía se sentía inclinada hacia el Romanticismo.

Al otro día, David se levantó temprano, Pierina, la doncella que colaboraba en las tareas de la casa le ofreció desayuno, le dijo que había estado conversando con los mozos de la cuadra que ayer habían ido a buscarle, recomendaban que no saliese o, por lo menos que no saliese solo. También le agregó que el patrón, il signore Angelo, jamás salía solo desde lo que le había pasado la última vez.

David se asombró, empezó a entender el dolor de su primo, seguramente había sido golpeado, pero ¿por qué no se lo había contado?, ¿qué estaba sucediendo? En todo caso saldría a conocer la cuadra y el resto de la propiedad para estirar las piernas, en ningún caso pensaba desobedecer y salir a la calle.

Al recorrer la propiedad se dio cuenta que era más importante de lo que imaginaba, al fondo en la cochera había un coche de caballista muy hermoso, con cuatro asientos muy cómodos, y un coche de galera de considerables dimensiones que seguramente era tirada por, a lo menos cuatro caballos percherones. La galera estaba preparada para traer pieles y también llevar empleados.

Al lado de la cochera había un establo con seis caballos, también un corral con algunas gallinas y patos. Luego seguían unas habitaciones donde vivían unos hombres, sin duda empleados de la curtiembre, reconoció al cochero, y a dos de los hombres que lo habían ido a buscar a la posada, eran difícil de olvidar pues se destacaban por ser extremadamente fornidos, en ese momento uno de ellos se estaba aseando en un pilón de agua y tenía su torso desnudo. David no pudo dejar de observar la musculatura, algunos tatuajes y cicatrices que le cruzaban la espalda. Esto le llamó poderosamente la atención, estos empleados tenían más aspecto de delincuentes o ex presidiarios que, empleados de una curtiembre o cocheros, pensó que más adelante indagaría, por el momento su cabeza estaba ocupada con sus proyectos. Ansiaba traer a su familia lo antes posible y sabía que ello no era una tarea fácil, sobre todo en estos tiempos, en este viaje había podido observar la efervescencia política que se vivía en toda la península itálica. Tampoco las noticias que llegaban de Rusia eran muy buenas, en general la situación se tornaba compleja, en su análisis sentía que estaban recrudeciendo las actitudes antisemitas.

Como todos los hombres de su época y más aún, siendo judío, se había casado muy joven, su esposa era una jovencita bella e inteligente, cuando el matrimonio fue concertado lo vio como algo natural y agradeció que fuese tan hermosa e inteligente, aunque a veces sentía que a su vida le faltaba pasión. De lo que sí estaba plenamente seguro era que jamás se habría atrevido a desafiar la autoridad de sus padres, eso era inobjetable y se habría casado sin replicar con la persona que ellos eligiesen. Siempre había sido un joven religioso y por ende respetuoso de sus padres. Cuando se casó, entró prontamente en el aura protectora de la rutina matrimonial, un mundo cerrado que lo protegía de ese mundo que intuía existía más allá de las fronteras de su casa y su familia. Siempre se había sentido muy protegido con sus padres y su comunidad. Pero de pronto sentía que su mundo tambaleaba, no sabía cómo habían pasado tantos años sin preocuparse por la realidad, esa verdadera realidad que se extendía más allá de las fronteras de su pequeño y estructurado mundo familiar y religioso, nunca se había dado cuenta a cabalidad que vivía los ritos en la sinagoga, sin mayores interrogaciones, se había acostumbrado a aceptar la vida que le había tocado vivir sin mayor cuestionamiento y ahora, a partir de ese viaje hacia Siena, pensaba muchas cosas y al ver a sus primos había sentido que algo no andaba bien, y no sabría explicar qué era.

Cerca de las diez de la mañana empezó a sentir movimientos en la casa y la familia se reunió en el comedor para tomar desayuno, David se integró y la conversación giró en torno a los preparativos para el bar mitzvá de Jacobo. Sería una oportunidad maravillosa para que se reuniese la familia, vendrían parientes de Rusia, Polonia, Roma, Turquía y Florencia. Ya se habían cursado las invitaciones y se estaban preparando las habitaciones tanto en esa casa como en la antigua propiedad. Angelo dijo que el domingo podrían ir a visitar la casa para que David la conociera y estudiara los arreglos que debería hacer para la instalación de la familia y de su comercio de telas.

David pensó que aprovecharía la venida de sus parientes de Roma para traer a su familia y sus pertenencias, viajar en grupo minimizaría en parte los riesgos de ser asaltados. Su mujer y el resto de la familia habían quedado en Roma, vivían en el ghetto y eso en parte le daba tranquilidad, aunque los rumores de cambios corrían cada vez con mayor fuerza. Al igual que Angelo y Marietta también había judíos en Roma que no vivían en el guetto, esto era importante pues así lograban información respecto a lo que ocurría en otras partes de la gran urbe romana. Aunque David vivía en el ghetto más importante de Roma y llevaba una buena vida, sentía que vivir todos los judíos juntos podría ser un elemento que les jugase en contra si había una rebelión gubernamental en contra de los judíos, desde pequeño había sido muy temeroso, a veces no sabía por qué ni de qué tenía miedo, vivió siempre, mientras pudo, bajo el alero de sus padres.

El ghetto estaba situado en el rione Sant’Angelo de Roma, unido con la isla del Tíber a través del ponte Fabricio, existía desde mil quinientos cincuenta y cinco cuando la bula papal Cum nimis absurdum, promulgada por el papa Pablo IV segregó a los judíos en un barrio amurallado con tres puertas que se cerraban por la noche, los sometió a varias restricciones en sus libertades personales como límites en las profesiones que se les permitía desempeñar y sermones católicos obligatorios durante el shabat judío, aunque de una manera el hostigamiento era más suave que en otros países europeos. En mil setecientos noventa y ocho, durante la República Romana, el ghetto quedó legalmente abolido, y el árbol de la libertad se plantó en la plaza delle Scole, pero fue reinstaurado tan pronto como el papado recuperó el control. Se hablaba que el ghetto sería nuevamente instaurado con más fuerza. Todas estas situaciones tenían a los judíos consternados, intrigados, divididos, las sensaciones y sentimientos eran tan diversos como personas en sus diferentes etapas de la vida y en sus distintas historias personales, la gran historia colectiva no era compartida por igual.

David había escuchado desde niño las desventuras de su pueblo, siempre sometido a los cambios de los gobiernos papales y presentía un ambiente cada vez más hostil contra los judíos, eso en parte lo había llevado a tomar la decisión de emigrar a Siena. Aunque sentía en el fondo de su corazón que el cambio era una huida mucho más profunda, algo que no sabía explicar, una fuerza que lo motivaba al cambio, anhelando que la construcción de una nueva realidad lejos de Roma le servirían para aquietar los impulsos de su corazón.

Sentía que estaban viviendo en una calma que presagiaba una tormenta, siempre había escuchado a su abuela decir que tras la tormenta llegaba la calma, lo que sin duda era verdad, pero sentía que estaban en una calma tensa, en un presagio de tormenta, en todas partes se podía sentir un aire de preocupación. En Italia se hablaba de unificación de la república, de grandes cambios, como judío sabía que éstos por lo general eran malos para ellos. Tanto más que les estaba prohibido participar en política, los artículos de la Confederación Germánica promulgada en mil ochocientos quince, privaron a los judíos de muchos de los derechos que habían conquistado en los tiempos de Napoleón, sobre todo en Bremen y Lübeck, donde se los excluyó por completo durante cierto tiempo, lo mismo en Hamburgo, Frankfort y Mecklenburgo. En Prusia los judíos continuaron sometidos a la capitación, el impuesto anual judío, una ley y un “incremento residencial”, no podían poseer tierras ni ejercer un oficio o profesión, estaban confinados a “los negocios de emergencia autorizados” aquellos en los que no se implicaban los gremios, o al préstamo de dinero. Estas reglas eran conocidas por muchos gobiernos y aplicadas de facto.

Ahora le preocupaba el viaje de su familia, la instalación en la ciudad, su negocio, la llegada de las telas, traer su dinero con el temor a los asaltos en los caminos, en fin, tantas y tantas cosas que no lo dejaban conciliar el sueño en las noches a pesar de acostarse muy cansado por las emociones y caminatas. A ratos caía en una ensoñación, imaginando como quedaría su negocio, tendría que buscar buenos carpinteros para hacer las estanterías, las vitrinas, la mampara. Su tienda la quería lujosa pues, además de telas pensaba más adelante agregar vestidos y joyas. También presentía que algo malo le pasaba a su primo o le había pasado, le extrañaba que no le hubiese conversado de ello, en parte para estar prevenido, también le sorprendía que al final de la casa vivieran esos hombres que más parecían malhechores que trabajadores de la curtiembre. De pronto le vino a la cabeza la figura de la muchacha que le había salvado la vida en la taberna, ¿cómo haría para volver a verla y agradecerle su favor?

Como era sábado no se trabajaba y todos los deberes en la casa lo hacían unas empleadas, aunque solo se hacía lo esencial por el shabat, se cocinaba los viernes temprano y se preparaban viandas que podían ser comidas frías o solo calentadas en el fuego que no se apagaba jamás, menos los viernes, pues se mantenía encendido para no tener que encender fuego en shabat, Su primo le invitó a ir caminando hasta la sinagoga para el servicio de la lectura de la toráh, y David vio con asombro que tras ellos los acompañaban los dos robustos hombres que parecían soldados de un capo de familia y no trabajadores de judío. Vista de día la sinagoga le pareció más espléndida y se sintió feliz cuando llamaron primero a su primo y después a él para leer la torah, leía un rabino bastante mayor de larga barba y aspecto de sabio. Al término de la ceremonia se efectuó un kidush comunitario y departió con muchas personas, lo más granado de la judería de Siena, comprobó que su primo era admirado y respetado, aunque un halo de misterio lo rodeaba. Se sentía feliz de haber participado en el Shabat, dio gracias a Dios por ello y deseó desde lo más ferviente de su corazón que la paz embargara los corazones de todos los presentes, a todo su pueblo y a todos los hombres de buena voluntad para que la vida fluyera en paz y armonía para bien de todos. Tenía miedo de tantas cosas y a veces sentía tan oprimido su corazón.

Regresaron a casa por un camino diferente al que habían tomado para ir a la sinagoga horas antes, siempre con los guardaespaldas siguiéndolos. David no encontró la razón de venirse por otro camino que resultó más largo, pero no dijo nada pues había decidido hacer como que no sabía nada, esperando que su primo o su prima le dijesen lo que había pasado, presentía que nada bueno y ahora que se había fijado más en su primo, lo notaba enfermo y su cara evidenciaba preocupación.

Se sentaron a la gran mesa, Angelo bendijo a los hijos e hizo las bendiciones del pan y del vino, comieron los ricos manjares que estaban dispuestos, la comida se hizo en silencio, lo que contribuyó a aumentar las sospechas de David, que algo grave pasaba.

Después de almuerzo todos se retiraron a sus habitaciones y David salió para dirigirse al fondo de la casa para hacerse el encontradizo con los soldados de su primo, los vio recostados sobre el tronco de una frondosa higuera fumando unos cigarros que olían muy fuerte, ambos hombres tenían los ojos rojos. David se acercó y los saludó amigablemente, los hombres lo miraron desconfiados. Les preguntó —¿cómo podría saber de la muchacha de la posada?—. De pronto se le había ocurrido eso para entablar conversación. Los hombres le contestaron muy parcamente que tratarían de tener noticias, pero que no podían dejar la casa sin que el señor lo ordenase. David asintió y se alejó, sin duda que eran soldados y la situación era seria, jamás había conocido judíos que tuviesen soldados en la casa y menos soldados no judíos, además ¿para qué?, se suponía que su primo era un esforzado y rico comerciante en pieles, que poseía una curtiembre, pero ¿para qué necesitaba de ese tipo de hombres en la casa? Le habían sorprendido algunos indicios de gran riqueza de sus primos, siempre había pensado que eran adinerados, pero no que poseyesen una gran fortuna, la propiedad en la que habitaban estaba situada en el lugar comercial más caro de la ciudad e iba descubriendo que poseían más propiedades, en la casa a la hora de las comidas, se había servido en grandes bandejas de plata.

David se sentía contento en esa ciudad sobre la que tanto se hablaba, principalmente por su famosa corrida denominada “Il palio de Siena”, cuyo origen se proyectaba antes del medioevo, aunque algunos aseveraban que el Palio se había afirmado en la tradición de la ciudad después de la batalla de Montaperti cunado Siena se salvó del asedio florentino, cierto era que carreras de caballos había en muchas ciudades, pero la de Siena era la más famosa, cuando había pasado por la Piazza del Campo había sentido una profunda emoción. Sin duda que correr debía ser muy emocionante, pero él no era de Siena y era judío por lo que Il Palio le estaba vedado, además debía recordar que las dos fechas en que en Siena se corría, eran en honor a vírgenes de la Iglesia Católica, el dos de julio con el nombre del Palio di Provenzano en honor de la virgen de Provenzano, y el dieciséis de agosto conocido como el Palio di Assunta que conmemoraba la asunción de María. Il Palio constituía otra de las muchas actividades que a él le estaban vedadas por ser judío, aunque ya lo tenía asumido, lo que no significaba que en su interior, como una pequeña llamita vivía su desconcierto, pena y rebeldía.

Si bien la burguesía judía en Siena y en otros estados italianos no tenía mayores problemas, para algunos judíos que recibían noticias de toda Europa era evidente que el mundo estaba cambiando radicalmente, el incendio popular había comenzado en París y había desembocado en la llamada Revolución Francesa, cuando en mil setecientos ochenta y nueve se declaró la primera República de Francia y los nobles fueron enviados a la guillotina para pagar sus culpas, principalmente la de haber mantenido al pueblo en la pobreza más absoluta cuando ellos vivían en medio del lujo.

Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad recorrían Europa y llegaban a Rusia donde se esperaba en algún momento que los levantamientos sociales provocasen la hecatombe de esa sociedad. Rousseau y su “Contrato Social”, publicado en mil setecientos sesenta y dos, estaba cambiando al mundo. Rousseau le otorgaba una importancia fundamental a la razón para establecer las leyes por las que se regiría la nueva sociedad, en las que el pueblo sería el soberano. Sin duda alguna era un loco. En las reuniones de estudio los judíos discutían sobre las nuevas ideas que estaban llevando al pueblo a un levantamiento general y a la lucha por sus derechos, para otros, estas ideas nacían de los levantamientos y de las reacciones del populacho. La discusión era eterna, ¿Qué era primero?, ¿el huevo o la gallina? Para otros, ambas situaciones se imbricaban y potenciaban mutuamente para producir el gran cambio social que estaba transformando al mundo. Otros visionarios vaticinaban un cambio radical, quizás una posible guerra, lo que era desechado por la mayoría de los concurrentes a las sesiones de estudios, otros se refugiaban en la Torah o en la Cábalah, para no pensar en la situación que día a día amenazaba sus vidas. Por otra parte, los más adelantados eran más optimistas pues creían que la Revolución Francesa traería la ansiada libertad religiosa que ahora Francia reconocía como un derecho fundamental. Los ancianos judíos no creían que esto era posible y más bien todo esto ocasionaría mayor incertidumbre y peligros para el pueblo judío.

Otros, los más, se refugiaban en las preocupaciones de la vida diaria, en trabajar y ganar dinero, en generar bienestar para ellos y para su familia, y para consolidar su posición social en la comunidad, establecer su orgullo, aunque revestido de humildad.

En esos días la mente de David estaba muy ocupada, principalmente en su futuro negocio y en la venida de su familia, también Jacobo le ocupaba parte del día, el muchacho se acercó a él, carente de un padre que sentía más preocupado de sus negocios que de conversar con sus hijos, había comenzado a fijarse en David como un hombre a imitar, entre ellos se había formado una relación afectiva muy potente. El muchacho durante años había entronizado a su padre como un ser superior y ahora que iniciaba el tránsito a la adultez veía la vida desde una ventana más amplia y su mundo infantil rápidamente iniciaba el derrumbe que le hacía doler el alma.

2.- Los Borghesi y los Crestuzzo.

A pesar de todas las situaciones adversas que había vivido, Flavia era una mujer alegre. Ella no había conocido más hogar que el asilo donde había permanecido feliz hasta unos meses de pasados los quince años, su naturaleza alegre y su belleza que lucía con una dignidad natural en ella, su pelo crespo de un maravilloso color rubio y su aspecto virginal la habían hecho la favorita de las monjas que llevaban el asilo y ella, una chica hermosa e inocente, había sido feliz. A esa edad la madre superiora la había llamado, le dijo que el convento estaba pasando por algunos apremios económicos, felizmente se abría una excelente oportunidad para ella pues, la señora condesa de Borghesi, la familia más importante de Siena y quizás de toda la península Itálica, requería de una doncella. Ella iba muy recomendada y esperaba que con su educación pudiese destacarse en casa de la condesa.

Aunque la mayor parte de la familia Borghesi hacía ya muchos años que se había trasladado a Roma para ocupar uno de los lugares más destacados en la política de Roma y de toda la Península, como originaria de Siena todavía conservaba muchas propiedades y gran ascendencia sobre todos los habitantes de la comarca, era una familia tan querida como temida. Todos recordaban al cardenal Camillo Borghesi quien enriqueció a la familia, adquiriendo grandes propiedades en Roma, entre ellos el famoso Palacio Borghesi, otro hijo de Marcantonio uno de los troncos de la familia fue el Papa Paulo V, en su pontificado la familia logró gran esplendor, trasladándose toda la familia a Roma y recibiendo importantes nombramientos que la llevaron a ser la estirpe más importante de Italia, con vinculaciones en otros países pues Marcantonio ll fue nombrado príncipe de Sulmona y grande de España, su matrimonio con Camilla Orsini lo convirtió en el heredero universal de la familia, y su hijo llegó a ser virrey de Nápoles al casarse con Olimpia Aldobrandini, princesa de Rossano.

Los Borghesi se emparentaron con Napoleón cuando Camillo Filippo Ludovico se enroló en el ejército napoleónico llegando a general, después, en mil ochocientos tres, se casó con la hermana de Napoleón. Camillo fue nombrado Duque de Castalla y gobernador del Piamonte. El segundo génito de IV, Francesco príncipe Aldobrandini fue también un general napoleónico, y heredó el patrimonio de Camillo ya que éste no tuvo hijos, falleció en mil ochocientos treinta y nueve.

Sin duda, trabajar para los Borghesi era muy importante y la mMarcantonio uchacha sentía que su corazón estaba a punto de estallar, tenía mucho miedo, era un mundo desconocido y enorme que no sabía cómo enfrentar. Esa noche apenas durmió, estaba muy nerviosa, sentía latir su corazón fuertemente, tenía un manojo de presentimientos y una sensación de angustia desconocida. Ella se había caracterizado por no tener estados angustiosos ni por preocuparse del futuro, era una muchacha que siempre había vivido el día a día, sus maestros la calificaban de una muchacha simple, tímida y sin conciencia de su belleza.

A la mañana siguiente, a las diez, todo estaba listo para que un coche llevase a la madre superiora y a ella, a la palaciega residencia de los Borghesi en Siena, El Palazzo Borghesi se situaba muy cerca de la plaza del Duomo.

Cuando llegaron al palazzo, los hicieron entrar primero a un gran recibidor donde debieron esperar casi una hora antes que la señora condesa los recibiera en un saloncito cercano a sus aposentos. La mujer era mayor, altiva y muy atractiva, todavía conservaba vestigios de una gran hermosura, era alta, delgada, de prominente nariz y unos hermosos ojos azules, su pelo blanco estaba recogido en un moño sujeto por unas grandes peinetas de oro y perlas, una maravilla de joyas que, sin duda tenían un gran valor tanto económico como sentimental pues se trataba de alhajas muy antiguas. Vestía una gran bata de terciopelo negro cuyo faldón le llegaba al suelo, no se le veían los pies. Tanto el cuello como las botamangas eran de raso negro, el atuendo era sin duda principesco y la condesa lo lucía como una persona acostumbrada a llevar prendas caras y pesadas. La monja saludó a la condesa y le presentó a la muchachita, quien no levantaba los ojos del suelo, nerviosa, solo destacaba su enorme cabellera más rubia que nunca. La condesa no dejó de mirar a la muchacha, le preguntó su nombre y la muchacha con los ojos bajos se lo dijo, la condesa le pidió que la mirara, que podía levantar la vista, Flavia sintió un estremecimiento pues vio reflejado en los ojos de la condesa el azul de sus propios ojos.

La condesa miró con frialdad a la muchacha, pensó que había logrado que la muchacha no se diese cuenta del impacto que había suscitado en ella, pero no fue así, Flavia sintió un gran estremecimiento, se vio en esos ojos que le llamaron la atención, la condesa tenía una gran cabellera canosa que se veía azulada, pues estaba claro que la teñía con maravillosos polvos traídos desde muy lejos. Para Flavia estar frente a esa mujer era algo fantástico, la condesa era un ser mitológico presente en la imaginería popular, la historia de su familia era parte de la aristocracia de Siena y de toda la península, y ahora estaba frente a ella, observando su belleza sin saber qué decir.

La muchacha se quedó a vivir en el palacio, primero como doncella general, a cargo de la gobernanta, una mujer alta, flaca, enjuta y permanentemente mal humorada, luego por petición de la condesa pasó a ocuparse de su ropa y su cuidado, como su doncella particular.

El traslado al palazzo se había hecho ese mismo día, pues la muchacha no tenía nada que llevar más que lo puesto y algunas mudas de ropa, todas muy humildes y gastadas. Al llegar al palazzo la condesa la mandó llamar, la miró fijamente a tal punto que la muchacha se sintió profundamente intimidada, entonces con aire de superioridad le dijo a la jefa de mucamas que le mostrase su habitación, le prepararan un baño y le entregasen las ropas que había dispuesto para ella. Si iba a trabajar en sus aposentos debía estar bien presentada.

La gobernanta asistió con un “sí señora condesa”, casi sin levantar la vista, pidió permiso para retirarse y luego de ello le dijo a la muchacha que la acompañase. Flavia estaba tiritando. Acompañó a la gobernanta, quien se llamaba Lidia, la mujer era seca como un palo, su cara no demostraba emoción alguna, de malas ganas la llevó a una estancia donde otras sirvientas habían echado agua caliente a una tina y la gobernanta le dijo que se sacara la ropa y se bañara, en la silla había toallas secas y ropa para que se cambiase. La muchacha avergonzada procedió a quitarse la ropa y se introdujo en la tina, el agua tibia la relajó y después de un rato de jabonarse y enjuagarse se sintió alegre, salió de la tina, se secó y procedió a ponerse las ropas que le habían dejado, era un uniforme parecido al de las otras criadas, a Flavia le pareció hermoso, cuando estuvo lista pasó a la cocina, que se encontraba muy cerca de esa estancia, la vieja cocinera le dio una taza de caldo. La cocinera, Romina, era muy anciana y miró a Flavia largo rato, no le apartaba la vista, a Flavia le pareció extraño, pero pensó que en esa casa todos lo eran, empezando por la dueña de la casa, la señora condesa.

La gobernanta le indicó algunas tareas relativamente fáciles, Flavia llevaba una semana en la casa, estaba limpiando los pisos de la entrada al palazzo cuando pasó la señora condesa que venía de los establos, al verla limpiando el piso, le preguntó qué desde cuando limpiaba el piso, Flavia bajó la vista y dijo que estaba desde la mañana, debía limpiar toda la entrada y luego la gran escala de mármol. La condesa le dijo de manera muy altiva y en alta voz, que dejase eso inmediatamente y fuese a llamar a la gobernanta. Flavia dejó lo que estaba haciendo y fue a buscar a Lidia quien se encontraba en una de las habitaciones de huéspedes preparándola, pues llegarían visitas para la segunda quincena de ese mes. Cuando le dijo que la señora condesa la llamaba, la mujer de por sí pálida, palideció mucho más aún, y le preguntó que dónde se había encontrado con la condesa, Flavia le dijo que ella estaba limpiando el piso de la entrada cuando apareció la condesa y le dijo que dejara lo que estaba haciendo para ir a buscarla. La mujer estaba pálida y tiritaba cuando se dirigió a la habitación de la condesa.

La condesa se encontraba de pie en la habitación cuando Lidia ingresó, no alcanzó a decir nada cuando la condesa profirió en voz alta que cómo no había cumplido sus instrucciones, que qué se había imaginado, que era una estúpida, que si quería acaso volver a cuidar cerdos, que no servía para nada, que era una tarada etc. La mujer no levantaba la mirada y empezó a llorar, la condesa tomó un hermoso jarrón y lo lanzó violentamente al suelo, destrozándolo en mil pedazos, gritándole fuera, fuera, fueraaaa.

Lidia salió para volver al rato, la señora ya se encontraba más calmada, se había sacado el vestido de montar y se encontraba envuelta en una hermosa bata, la mujer pidió permiso para entrar y solo decía perdón señora condesa, perdón, piedad, piedad. La mujer sabía perfectamente que la señora condesa era muy vengativa y le temía, llevaba muchos años a su servicio y su temor era muy bien fundado, la condesa era capaz de muchas cosas, por otra parte Lidia sabía perfectamente que había desobedecido a la señora condesa, se había dejado llevar por su pequeño poder sobre la servidumbre y por el malestar que le producía la nueva sirvienta, por la preferencia que la condesa tenía por ella, aunque sospechaba algo, no podía imaginar que lo que ella pensaba fuese verdad.

La condesa estaba encerrada en su mutismo y apenas la miró, luego con la voz enronquecida le dijo —esta es la última vez que desobedeces una de mis órdenes, la próxima vez te cuesta la vida—, y la miró con sus hermosos ojos azules enrojecidos… —Vete, vete—.

Lidia sabía perfectamente que la frase de la condesa, era absolutamente literal, ella conocía la pasión que la señora condesa ponía en derrotar a sus enemigos, mandar a matar para vengarse o deshacerse de ellos no era algo muy extraño, la condesa era digna representante de una estirpe de nobles sanguinarios y todopoderosos que contaban con la fuerza del papado y la voluntad divina. La condesa era una mujer temible y desde que su única hija había muerto en extrañas circunstancias, se había tornado en una mujer amargada, cada vez más violenta.

Lidia estaba agradecida de la condesa, su familia venía del condado vecino, había caído en desgracia con el conde, según decían porque su hermano, quien trabajaba como caballerizo, había puesto los ojos en la esposa del conde, aunque el populacho señalaba que era lo contrario, que la mujer había puesto sus ojos en el muchacho y lo había aprovechado como era costumbre en ella. Cuando iban huyendo del condado, pues el conde les había dado veinticuatro horas para salir, vinieron unos soldados que mataron a sus padres y a su hermano. A ella y a sus hermanas las violaron, llegaron moribundas a refugiarse en un convento que estaba en la frontera entre ambos estados. Sus hermanas quisieron quedarse en el convento, una de ellas falleció cuando daba a luz a un rollizo niño y la otra se ordenó monja, del niño nunca se había sabido. Un día que la condesa Borghesi había ido al convento, Lidia se acercó a ella y le pidió ayuda, le dijo que no soportaba la vida conventual, había trabajado para los nobles y sabía muchas cosas de esa casa condal. La condesa Borghesi la había mirado con asombro y le había dicho —¡qué me importa a mí lo que haya sucedido en esa casa! ¡vaya una estupidez!—, no obstante, la había llevado a su palacio y desde ese momento trabajaba bajo sus órdenes.

En los barrios de Siena las personas se conocían de toda la vida, los barrios o Contradas, venían desde muy antiguo, la familia Crestuzzo era ampliamente conocida, eran comerciantes en finas telas especialmente sedas, terciopelos y gobelinos, por varias generaciones, y sobre ellos siempre se había establecido la duda respecto a sus orígenes, el barrio estaba en la Piazza del Campo y su contrada era Bruco cuyo escudo tenía una oruga, un gusano de seda. La familia había visto IL Palio desde siempre, por ello en el imaginario de la familia estaban muy unidos a esta hermosa tradición. Sentían que Il Palio de alguna manera representaba el deseo de triunfo de todos los seres humanos y principalmente del deseo de las clases populares de surgir y darle a sus mediocres existencias un rumbo de mayor brillo social o algo que les confiriera mayor emoción a sus vidas. En Il Palio di Siena el hombre se jugaba el todo por el todo en esa carrera, la carrera en estos momentos tenía características muy románticas, tanto más cuando el premio era dedicado a la mujer amada. El peligro, el riesgo, la emoción corrían en cada caballo que llevaba consigo la esperanza. Para algunos era el periplo del héroe griego en busca de la gloria y el logro de la inmortalidad, el periplo y la gloria destinado solo a unos pocos elegidos.

La familia Crestuzzo vivía en una antigua casa que tenía un gran local y una bodega en la planta baja, en el primer piso vivía la familia compuesta por un abuelo, el señor Miguele Crestuzzo, su hijo Carlo Crestuzzo quien no se había casado; Alfredo Crestuzzo, su esposa Mafalda in Crestuzzo, la madre de ésta una mujer mayor muy espigada y alta que se llamaba Alina Debenedetti. Constituían un grupo familiar muy unido dedicados a su negocio de telas y a sus hijos Piero y Bruno. Miguele Crestuzzo tenía también dos hijas que se habían casado con ricos comerciantes, una vivía en Roma y la otra en Estambul. Elif, su hija mayor estaba casada desde hace muchos años con Zeheb, un joyero de origen turco que había nacido en Roma, sus padres, joyeros por varias generaciones habían salido de Turquía con su hija mayor que había fallecido de peste en Roma, su hijo Omán se había embarcado y la esposa venía encinta, nada más llegar a Roma nació Zeheb, quien se caracterizó siempre por su buen carácter y su amor a todo lo que fuese arte, aprendió el oficio de sus padres quienes estaban orgullosos de su hijo, después habían tenido otra hija a la que llamaron Alessia. A esta parte de su familia Miguele la visitaba cada dos años, pero ahora que estaba tan anciano hacía mucho tiempo que no sabía de ellos ni de sus numerosos nietos.

La otra hija, Belma se había casado casi adolescente con un joven perteneciente a una importante familia de comerciantes turcos, había quedado viuda a los dos años de casada con un hijo de pocos meses de vida, entonces, al poco tiempo se casó con el hermano de su esposo, un hombre muy bueno e inteligente llamado Adriano, se quedaron definitivamente en Turquía y comerciaban tapices, telas, alfombras y joyas del Oriente. De este nuevo matrimonio nacieron cinco hijos a los que Miguele conocía solo a tres, pues la vejez le impidió ir a ver a los últimos que habían nacido, no obstante, tenían comunicación mediante misivas. Miguele solía mirar un árbol que había dibujado con todos los componentes de la familia, entonces los recordaba y oraba por ellos. El árbol tenía en sus ramas a Martino, Sofía, Ariel y Jonás los hijos de Elif y Zeheb; de parte de Belma y Adriano tenía a Adriano, Miguele, Caleb, Abraham, José y Jacobo, de parte de Alfredo sus nietos Piero y Bruno. A veces Miguele miraba su árbol y sonreía, otras veces lloraba amargamente por no poder estar con todos. Era su destino de judío errante, aunque llevaba consigo el gran dolor de la renuncia a su pueblo y a su historia, a veces sentía que ese dolor lo llevaría a la tumba, a una morada final donde no habría un miñan para recitar Kadish de duelo.

Piero era un muchacho muy hermoso, conocido por su contextura atlética, poseía un cuerpo muy bien formado y escultural, era alto y a sus dieciséis años todavía le quedaba por desarrollarse, lo que hacía suponer que sería un hombre grande y hermoso, era muy blanco, pero tenía el pelo de color negro retinto, casi azulado, sus ojos muy grandes eran de un verde oscuro, su aspecto llamaba la atención de sus compañeras y compañeros de escuela y también de las personas que iban a la tienda, e incluso de los transeúntes cuando lo veían pasar por la calle, parecía un dios griego, nunca se supo cuál de sus compañeros de colegio como broma empezó a llamarlo Apolo. Era un muchacho muy alegre, pero sus padres estaban preocupados por su actitud, no le gustaba estudiar y tampoco le gustaba trabajar en el negocio familiar, su única pasión eran los caballos y se pasaba los días en la caballeriza de unos amigos. Ante las reprimendas de su padre se desaparecía el día entero, su carácter se iba tornando cada vez más difícil y contestatario. Sin embargo, este amor a los caballos empezaba a dar sus frutos, pues cuando montaba y pasaba por la ciudad a todo galope junto con otros muchachos, todos se fijaban en su pericia, hasta que los padres, aconsejados por el anciano abuelo decidieron dejarlo tranquilo, siempre y cuando trabajase en una caballeriza, fue así que se presentó ante la familia Borghesi, pues necesitaban un muchacho para cuidar uno de los caballos favoritos de los señores condes. Piero ingresó al servicio de la familia más importante y temida de la comarca.

Al llegar al establo de la familia Borghesi, Piero pensó que estaba en la gloria, siempre había escuchado que tenían un establo maravilloso con caballos de fina sangre traídos de distintas partes del mundo, pero ahora tenerlos ahí, estar con ellos y pertenecer a esa casa noble lo llenaba de satisfacción, su pasión por los caballos y la equitación iba en aumento.

El trabajo era duro, como era el último en llegar a servir a esa casa, todos los demás empleados se sentían con derecho a mandarlo a realizar las más diversas tareas, las realizaba contento y sin reclamar, al poco tiempo se había ganado el respeto y el cariño de todos sus compañeros de trabajo, pues, a su eficiencia sumaba alegría y belleza, lo que siempre ha sido un buen complemento.

Pero no sólo llamó la atención de los empleados, sino también del señor conde quien cuando estaba en casa bajaba todos los días a las caballerizas, se había fijado en la simpatía, interés y conocimiento acerca de los caballos que tenía Piero, fue así como empezó a conversar con el muchacho hasta que le encargó el cuidado personal de su caballo favorito, Piero estaba en la gloria, más aún cuando el señor conde empezó a venir acompañado de su bella hija, casi de la misma edad que Piero.

Durante su corta vida Piero había vivido en un mundo de contradicciones, por una parte reconocía que debía ayudar en la tienda, sus padres trabajaban muy duro para mantener la casa con comodidades, no faltaba nada, sabía de sus fatigas, del esfuerzo de su madre para cuidar a los abuelos, por otra parte, sentía que tanto el estudio como el trabajo en la tienda no le servían para sus fines, sentía que perdía su vida, no tenía fuerzas para enfrentar la situación y se refugiaba en los caballos, en su ilusión de algún día correr el palio y vencer. Soñaba que todos lo cercaban abrazándolo en la llegada, vitoreándolo, su padre y su madre lloraban de emoción, y el corría a entregarle a su abuelo el símbolo de la victoria, su abuelo era todo para él.

Para Piero toda la vida eran los caballos, para él no era un trabajo y por ello no se cansaba, eran su pasión y vivía entre un mundo infantil y el despertar a la vida, su sexualidad se revelaba tardíamente y solo había conocido su sexo en la oscuridad y en la soledad de la habitación que compartía con su abuelo, o en los paseos al río donde se bañaba con sus compañeros y más de alguna vez lo hicieron desnudos y se fueron riendo de aquellos a los que ya les había empezado a aflorar los primeros pelos, hasta que le llegó el turno a él y vivió sus primeros rubores. Jugaba todo el día y soñaba con su gran triunfo hasta que conoció a la hija del señor conde, la hermosa y altiva joven que ya estaba prometida en matrimonio a uno de los hombres más prominentes de Roma. Su fin en la vida era correr “Il palio di Siena”. Ganarlo sería ganar una estrella, la que le faltaba en su alma para ser feliz. Sentía que bajaba por un tobogán que lo proyectaba al futuro, a un tiempo donde tendrían cabida todos sus sueños y aspiraciones.

Cada amanecer Piero se levantaba al alba para empezar con sus faenas, luego de dar de comer a los caballos y pasearlos, a media mañana se lavaba en un estanque de agua que había en un patio de los establos y se dirigía a preparar los caballos del señor conde y su hija. Una mañana calurosa en que el muchacho estaba a torso desnudo lavándose apareció el señor conde y Piero sintió la mirada de la muchacha sobre su cuerpo y también la del señor conde, el rubor subió a sus mejillas, muy nervioso se puso rápidamente su camisa y ayudó al conde y a la bella hija a montar sus corceles.

A partir de esa situación el conde llegaba más temprano y era usual que sorprendiese al muchacho en plena faena de aseo, provocándole vergüenza y una desazón muy grande. Tanto más, un día que el señor conde le tocó su pecho y le dijo —cuán musculoso eres, serás un muy buen jinete para mis corceles—, el muchacho sintió agitar su corazón por la impresión, no sabía si por la mano del conde en su pecho o por la noticia que jinetearía una cabalgadura de sus establos.

Esa noche muy entusiasmado se lo contaba a su abuelo, él era el único que lo entendía y siempre lo había apoyado.

El pobre anciano no durmió, Miguele Crestuzzo, en su juventud había viajado, entonces tuvo oportunidad de recorrer el mundo, que el conde tocara el pecho de su nieto era algo que le producía mucha angustia, presentía que algo no andaba bien, era extraño que un hombre tan autoritario y altanero como el conde fuese tan amable con su nieto y se hubiese permitido tocarlo, estaba muy consciente de la belleza del muchacho. A la madrugada lo venció en sueño y se durmió pensando que quizás todo era producto de su imaginación y de algunas experiencias que había tenido en su juventud cuando había dejado el hogar paterno para correr suerte en el mundo. Se había embarcado en Odesa y contaba con solo quince años. En sus sueños volvió a vivir su viaje desde Kiev al puerto de Odesa, su familia era de comerciantes en telas e hilos en la importante ciudad de Kiev. Recordaba con emoción cuando se subió al coche que lo conduciría a la aventura, se embarcó en ese pequeño barco carguero que remontaba el mar negro y se dirigía a lejanos países. Era un muchacho hermoso, lleno de inquietudes, se sentía disconforme con su vida, con su familia, con todo y con todos. Los quería, aunque a veces sentía que no quería a nadie y sufría por ello, tenía unas ansias de libertad y una opresión en el pecho. Por eso había decidido marchar, sus padres sentían que ya no podrían controlarlo y le dieron la libertad con la esperanza de que la aventura lo tranquilizara y regresara a sus brazos. Ellos lo amaban y tenían para su hijo grandes aspiraciones. Por eso entendía a Piero, veía en él la misma opresión en el pecho y ansias enormes de conocer el mundo, de salir a buscar el camino de la vida. Comprendía su volcán y sus tormentos, esa energía constante a punto de estallar.

Miguele llevaba muy poco dinero por lo que llegó a un acuerdo con el capitán. El muchacho tenía muy buen aspecto, iba correctamente vestido y sus modales y lenguaje eran cuidados, le vendría muy bien, pues en esa oportunidad, en el barco iban unas personas que requerirían de limpieza en su camarote y que les sirvieran la comida por lo que el capitán le cambió su pasaje por labores de limpieza y servicio, además podría servir en la cocina, pues se esperaba que el viejo y cascarrabias cocinero se esmerase un poco más con la comida. Los pasajeros pagaron muy caro por salir de Odesa sin papeles y los mimaría un poco, pues ellos podrían traerle otros clientes del mismo nivel.

Fue así que Miguele inició su aventura, dormía con cinco miembros de la tripulación en un camarote asfixiante en el fondo del viejo barco, el aire era irrespirable, como el camarote estaba en el fondo se sentían todos los golpes del agua contra el casco de la nave, el olor era muy desagradable, pues al lado estaban las provisiones que, obviamente despedían olores fuertes, especialmente las cebollas y alimentos en escabeche. Miguele, a ratos estaba maravillado con su aventura y la sensación de libertad, pero sentía temor, debía dormir con unos extraños que no tenían muy buena presencia, eran de esas personas que tanto su familia como él, jamás habrían mirado. Uno de ellos era un chino sumiso y desconfiado que tenía el cabello muy largo, lo llevaba amarrado en una trenza que le llegaba casi a la cintura, era cocinero, pero ahora hacía otros trabajos, pues los compañeros lo miraban con desconfianza, decían que comía ratas. Esa historia de las ratas junto al fuerte olor que expedía su ropa hacía que muchos no quisieran compartir con él, Miguele descubrió que en su camarote estaba lo peor de la tripulación, quien más le preocupaba era un hombre enorme, un gigante muy forzudo, era extremadamente peludo y pasaba con su torso desnudo, se afeitaba su cabeza y tenía en su mejilla derecha una cicatriz, un ojo era ostensiblemente más pequeño que el otro, Miguele sentía que con el otro ojo el gigante no le quitaba la vista de encima, solía sentirse muy incómodo por ello, evitaba no solo mirarlo sino encontrarse con él. Otro compañero era un muchacho joven, aunque de edad indefinida, de contextura muy delgada, de hermoso rostro lampiño. Este muchacho se cubría enteramente su cuerpo, aunque hiciese mucho calor y tenía una mirada huidiza, se notaba que tenía temor y más aún del gigante, que lo dominaba con la mirada.

El otro integrante del camarote era un anciano que cojeaba y no servía para muchas faenas, decían que el patrón del barco lo dejaba permanecer en el navío por antigua amistad, hacía años que navegaban juntos, el cojo como le llamaban, sabía muchos secretos según decían todos y había sobrevivido todos esos años gracias a su discreción. Este viejo roñoso también le infundía miedo.

El muchacho corría todo el día de un lugar a otro en el barco, ayudaba al cocinero, limpiaba la cocina, atizaba el fogón, botaba la basura, servía las comidas a los pasajeros que no salían de sus camarotes. El barco era un carguero y no tenía grandes comodidades, había un camarote que ocupaba el capitán, al frente de éste había un camarote más grande que ocupaban cuatro personas, un matrimonio muy silencioso que no salía jamás del camarote, nadie los había visto, solo Miguele, viajaban acompañados de una hermosa joven que no debía tener más de quince años y un adolescente de unos trece años, el matrimonio lo formaban un hombre ya mayor que Miguele vio vestido a la usanza religiosa judía, tenía una larga barba y pelles, su cabeza estaba siempre cubierta por un gorro a la usanza oriental, era una kipá negra con la estrella de David bordada en la superficie superior, bordado también en hilo negro por lo que pasaba desapercibido. Su vestimenta era una sotana oscura y se movía con lentitud como si la sotana muy gruesa le pesase mucho, la mujer era considerablemente más joven que el hombre, aunque lo disimulaba, pues vestía grandes ropas como para ocultar su cuerpo, era sin duda una mujer muy bella. Miguele les llevaba el desayuno en una bandeja, golpeaba la puerta y el viejo la abría, tomaba la bandeja y cerraba la habitación con llave, se le notaba temeroso y cauteloso.

Al otro lado del angosto corredor había una pequeña bodega que había sido habilitada para servir de camarote, viajaban en ella tres hombres de seño muy adusto, eran corpulentos y vestían a la usanza rusa. A ellos también les llevaba la bandeja, pero entraba a la maloliente habitación para servirles en una pequeña mesa adosada a la pared del barco. La habitación contaba con una pequeña ventana que daba a estribor. El hombre más gordo era rechoncho y fuerte, parecía un campesino ruso, el otro era un hombre joven, casi un muchacho que se parecía mucho al campesino, por lo que Miguele pensó que podía ser su hijo. El tercer hombre era moreno y tenía, al igual que Miguele, los ojos claros y verdosos, llamaba mucho la atención, por lo general se le notaba más limpio que los otros dos que no se habían cambiado nunca de ropa, le pareció haber escuchado que se llamaba Sasha Kozlov, sin duda era el más educado y tenía sobre los otros algún ascendiente pues lo obedecían. Todos los días Miguele se levantaba al alba e iba a la cocina a encender los fuegos y a poner a hervir el agua que previamente sacaba de una gran cuba, luego aparecía el viejo cocinero y empezaba a hacer el pan que finalmente metían al horno, una vez horneado lo llevaban a las bandejas. La primera, obviamente era para el capitán, luego a los pasajeros y luego la tripulación recibía su ración de café muy negro, un pan grande y un pedazo de salchichón, a veces también se llevaba un trozo de pescado guardado en sal. A pesar que el trabajo era pesado Miguele se sentía contento con su aventura, aunque a veces un giro en el corazón le hacía recordar a sus padres, especialmente a su madre y a sus hermanos menores, se acordaba de su casa, del negocio de sus padres, de toda la protección que tenía y sus ojos se llenaban de lágrimas, generalmente esto ocurría cuando llegaba la noche y debía ir a encerrarse al dormitorio con aquellas personas que le infundían temor, pues estaba claro que ya sabía cuáles eran sus sentimientos, tenía mucho miedo principalmente del gigante. Los cuentos infantiles que le contaban cuando pequeño, que hablaban del ogro o del gigante malvado que azotaba la región infundiendo temor en la población ahora era una realidad. Una tarde, antes que llegase el anochecer fue al dormitorio a buscar una ropa para ponerla en la red para que se lavase, vio salir al gigante y se sorprendió, felizmente el gigante no lo vio, pero al entrar al dormitorio se encontró con el muchachito llorando, al verlo se cubrió rápidamente y trató de ocultar que estaba llorando, Miguele se acercó a preguntarle, el muchacho volvió el rostro y salió casi corriendo del camarote. Esto intranquilizó más aún a Miguele que no sabía que pasaba, aunque intuía que algo grave ocurría. Varias veces intentó hablar con el muchacho, pero no pudo, el chico le esquivaba la mirada.

La vida en el barco no era fácil, pronto descubrió que entre la tripulación había muchas peleas, una noche notó que varios tripulantes estaban borrachos, el capitán ya se había retirado a su camarote, los hombres se transformaron, apareció la otra cara de la luna, el barco entero parecía que iba a estallar, Miguele no sabía qué hacer cuando el muchachito se acercó a él y le dijo al pasar a su lado: “Escóndete”. Estaba asustado y se ocultó entre unos cordeles y velas rotas que estaban tiradas en un rincón de la proa, desde allí vio que una botella con licor corría de mano en manos, unos hombres ebrios fueron a molestar a la familia que ocupaba el camarote, pero no pudieron abrir la puerta. Donde los hombres que ocupaban el camarote bodega no fueron, de pronto vio con ojos aterrorizados que traían al muchacho delgado casi desnudo, y en un rincón de la cubierta se armó un corrillo, entonces el muchacho gritaba hasta que solo se oían las voces de los hombres ebrios y risas, algunos contaban y golpeaban sus manos, Miguele comprendió. Presa de terror, aprovechando que los hombres estaban entretenidos se fue escapando disimuladamente hasta su camarote para esconderse, tiritaba de miedo y pensó que ahí estaría seguro y cometió sin saberlo un gran error, nada más al entrar en el camarote sintió que unas manos enormes de gigante lo tomaron en vilo y lo arrastraron hasta el jergón, intentó zafarse de ese cuerpo enorme, pero no pudo y cayó por un negro túnel del que despertó a la mañana siguiente, cuando todo el barco estaba en silencio y la noche pasada parecía que no había existido, aunque su cuerpo y su alma estaban rotos, llenos de rabia, dolor y angustia, estaba en un pozo del que no sabía cómo salir. En el fondo del barco se sentía con más fuerza que nunca el ruido del mar, golpeando contra la débil estructura de la nave, y los ronquidos de los hombres, el que roncaba más fuerte era el gigante que desnudo dormía tirado en su jergón.

Se levantó como pudo y fue a la cocina, le dolía todo el cuerpo, grande fue su sorpresa cuando encontró en la cocina al cocinero refunfuñando, diciendo que eran unos flojos que no cumplían las obligaciones y él tenía que hacerlo todo. Lo mandó a preparar las bandejas, Miguele pensó que estaba loco, anoche se había detenido el mundo, había ocurrido una hecatombe que cambió su vida y ese hombre no se daba cuenta de nada.

El anciano Miguele Crestuzzo despertó sudando, nervioso, su corazón latía fuertemente, hacía muchos años que había borrado esas escenas que no quería volver a recordar ni que alguien pudiese enterarse de aquel capítulo tan terrible de su vida, cuando era un muchacho inocente que se llamaba Miguele, pensó en su nieto, en su hermoso nieto lleno de ilusiones tal como él las tenía a esa edad, y sintió miedo de que le pasara algo, gigantes había en todas partes del mundo, ojalá las cosas hubiesen cambiado, tal vez las circunstancias eran muy diversas, pero aun así tenía miedo. El muchacho estaba fuera de sí ante la posibilidad de correr en el palio vistiendo los colores de la familia más poderosa de la comarca, también llevando los colores de esa linda joven, Alessandra, que lo tenía cada día más nervioso e ilusionado, por lo demás, estaba seguro que con un caballo como el del señor conde el triunfo sería suyo.

Miguele cayó en un profundo sopor. En la cocina se quedó callado y empezó a preparar las bandejas, a actuar como si nada hubiese ocurrido, aunque lo hacía de manera autómata, desconcertado, muerto en vida, sin saber qué actitud tomar. De pronto vio al muchacho que había sido violado por la turba de animales borrachos, pensaba que el muchacho había muerto o estaría tan maltrecho que se encontraría en algún rincón del barco como un animal herido lamiéndose las heridas, sin embargo, estaba ahí a pocos pasos suyos ayudando al cocinero. El muchacho lo miró y le hizo el gesto de quedarse callado. Esa complicidad le sorprendió, pero a la vez, como un rayo pasó por su mente la idea de que el muchacho débil y hermoso había pasado muchas veces por la misma situación, ahora comprendía la cercanía con el gigante y la dominación que este ejercía sobre el muchacho, comprendió y sintió como un golpe tremendo en su cabeza, desde esa noche el gigante lo tendría a él. ¿Cómo escapar? Estaba en un barco, no habría escapatoria posible hasta que fondearan en el próximo puerto. Imposible buscar ayuda en un mundo en que todos eran cómplices, todos hacían como si nada hubiese pasado. Al parecer en el barco existían códigos de comportamiento que no había logrado comprender.

El anciano Miguele despertó ante la voz de una criada que venía a traerle el desayuno, miró la bandeja y sus ojos se llenaron de lágrimas, como esa mañana en ese fatídico barco donde le llevaron sus pasos juveniles e inexpertos, cuando la criada, salió el viejo, lloró y liberó su espíritu, pensó que así como él había encontrado la salida también su nieto la alcanzaría, más aún, ya que su nieto no estaba en un barco prisionero de salvajes y desprotegido, su nieto tenía a su familia, estaba en su ciudad, y vivía con personas de alta alcurnia.

La senectud llamaba al sueño, fue así que volvió a recordar aquel aciago día cuando al llegar la noche no podía más de cansado, era una fatiga enorme, un cansancio como jamás había sentido, sentía un agotamiento en el alma, le acabaron los trabajos del día, pero más que esos trabajos, le agotó la sensación de normalidad que todos le daban a ese nuevo día como si la borrachera, los desmanes, los gritos, los golpes y las violaciones, nada de eso hubiese sucedido.

Al llegar la noche, tal como le pasaba al muchachito delgado, ahora era Miguele quien no se atrevía a acostarse, pero al final debió ir, esa noche una gran tormenta hacía tambalear a la pequeña embarcación, se acostó y el sueño lo venció y pudo dormir en paz, el gigante no hizo nada fuera de lo común.

A la mañana siguiente amaneció muerto el viejo cojo que compartía la habitación con ellos, el capitán hizo una bella alocución recordando algunas aventuras que había pasado con el difunto. Esa noche en el barco hubo relativo silencio, los hombres conversaron en cubierta hasta bien entrada la noche y se fueron a acostar tarde, algunos de ellos estaban mareados, pero el gigante estaba sobrio, cuando Miguele iba hacia el camarote fue interceptado por el gigante quien lo golpeó contra la pared y lo aplastó con su cuerpo diciéndole: “Desde mañana no te escapas”. Esa noche Miguele no pudo conciliar el sueño sentía una constante opresión en el pecho y le dolía todo el cuerpo como si lo hubiesen apaleado, un dolor potente en el estómago lo mantuvo en una duerme-vela hasta la madrugada cuando lo despertó el chino para que fuese a trabajar, lo hizo como un autómata, preparó las bandejas y las llevó a los pasajeros en el orden establecido, el capitán le dijo que avisara a los pasajeros del camarote y de la bodeguita que estuviesen listos, pues una lancha los vendría a buscar. Así lo hizo, al parecer los pasajeros ya estaban enterados de la maniobra por cuanto señalaron estar listos, el matrimonio parecía muy nervioso, el hombre al igual que siempre caminaba dificultosamente con su abrigo largo.

La respiración del anciano Miguele estaba agitada, al parecer el sueño que tenía, o la recordación de su pasado en el barco le alteraba notablemente, ahora recordaba que después de avisarle a los pasajeros fue a la cocina, haciéndose el idiota le preguntó al cocinero ¿Por qué y cómo bajarían los pasajeros cuando todavía no arribarían a ningún puerto? No es así, le advirtió el cocinero, el arribo a Estambul será mañana en la noche, pero los pasajeros que traemos por diversos motivos quieren pasar desapercibidos, lo más probable es que estén huyendo o no tengan papeles, los recogerá una lancha al amanecer y los dejará en una playa, donde los recogerán y los llevarán a la ciudad sin pasar por la policía.

Piero estaba feliz, por primera vez había montado el caballo del señor conde, fue una mañana en que el conde llegó más temprano que de costumbre y le pidió ensillar su caballo y que ensillara uno para él, pues saldrían a galopar juntos. En un rato Piero tenía todo listo y salieron a la campiña, el día estaba maravilloso, había despejado y se asomaban los rayos del sol, señalando que sería el rey de la jornada y su calor inundaría todo, cuando llegaron a una arboleda que circunvalaba un estero, el conde detuvo su corcel y se bajaron a descansar un poco, ambos iban sudando y el señor conde le pidió agua, el muchacho sacó una botella aplanada que llevaba en su bisaccia y la pasó al conde quien bebió con ansiedad, luego la devolvió a Piero diciéndole que bebiese, ese era un acto nuevo, jamás el conde se había preocupado por su sed, Piero se sintió halagado. Se sentaron bajo un sauce y el conde le preguntó por su familia —¿quiénes eran?, ¿cómo había llegado a saber tanto de caballos y aspectos similares?—, Piero, que de por si era un muchacho discreto ahora hablaba y hablaba como si de pronto se hubiese abierto una llave en una cuba llena de maravilloso vino, le contó de su familia, de su abuelo, de lo que le gustaba y lo que no le gustaba, el señor conde lo miraba extasiado en la juventud belleza e ingenuidad del muchacho, era obvio que él ya lo había hecho investigar y sabía todo eso y mucho más, ni el mismo muchacho sabía que sus antepasados eran judíos. El conde parecía un aguilucho, era muy blanco, rubio, de ojos muy azules y claros, pero la forma de ellos, así como las cejas tan arqueadas, le hacían parecer un aguilucho, su mirada era terriblemente fría y fuerte, de manera tal que muchos evitaban mirarlo a los ojos. Al parecer esa era una característica familiar, pues su mujer, la señora condesa, quien también era prima lejana, se caracterizaba por su hermosura y frialdad en la mirada, aspecto que no se correspondía con su temperamento apasionado. Aunque sí con la frialdad para tomar las decisiones más crueles que se pudieran imaginar. La hija era diferente, Alessandra Flavia Regina Borghessi era muy dulce.

Entre el sopor del mediodía Miguele recordó que años más tarde, cuando ya estaba radicado en Siena, casado y con familia, había realizado un viaje a Venecia a comprar telas. Venecia concentraba el comercio de telas con el Oriente y aglutinaba las fábricas de tejidos desde la antigüedad. Era excelsa en la producción de algodón, seda y lana que llegaba desde el Oriente y los venecianos exportaban a Alemania y otros países europeos. Para el trabajo de la lana y el teñido de telas desarrollaron ciudades cercanas como Padua, Vincenza y Verona a fin de no contaminar el agua de su ciudad ni tampoco con los olores de los teñidos de las telas. En el siglo XIV la elaboración de tejidos llegó a su esplendor cuando las telas no solo se usaban para las vestimentas y cortinajes sino también para entelar las paredes de los palacios. La combinación de telas con hilos de plata y oro de Venecia se usaban en las vestiduras reales y eclesiásticas de toda Europa, el prestigio de recubrimientos de muros, sedas, terciopelos y brocados hicieron de Venecia el lugar más importante para adquirir las telas. Es por esto que Miguele viajaba continuamente a dicha ciudad para adquirir las más bellas telas para su próspero negocio.

Siempre que iba a Venecia aprovechaba de visitar la isla Gueto Novo que databa de mil quinientos dieciséis cuando las autoridades de Venecia decretaron que los judíos debían vivir en esa isla, por aquel entonces no sobrepasaban las setecientas personas, la isla en cuestión era muy inhóspita, era pequeña y reconocida por su atmósfera poco saludable, no obstante los judíos la transformaron en una isla floreciente, la comunidad fue creciendo y desarrollándose con la característica de ser políglota, pues albergaba judíos venidos de España Italia, Alemania y del Norte de África, construyeron hermosas sinagogas y barrios con construcciones de altura, llamando la atención de judíos y gentiles.

***

Una noche, caminando por Venecia, gozando del buen café que se bebía en la ciudad, producto de sus relaciones comerciales con el mundo árabe, ya había degustado café en la “Bottega da caffé” en la Plaza de San Marcos y en el café “Alla Venezia Trionfante, pero buscaba otros lugares que vendían café y licores del Oriente, cuando vio venir a un grupo de mujeres de la vida y dos hombres muy arreglados a la usanza parisina, uno de ellos lo quedó mirando fijamente, Miguele sintió la mirada y la esquivó, pero el corazón le dio un vuelco, le pareció reconocer en ese hombre al muchachito con el cual habían compartido la terrible experiencia del barco del terror, como había bautizado al barco en cuestión. Siguió de largo y entró a un pequeño bar y pidió un Spritz, trago que se estaba colocando muy de moda, cuando de pronto un niño con aire de vagabundo, le entregó un papel. Se sirvió parte del trago, fue al baño y lo leyó. “Te espero en una hora más en ‘Alla venezia Trionfante’, iré solo”. Miguele sintió terror, hacía tantos años de eso, casi veinte años, recordó que el gigante lo había atracado varias veces ese último día en el barco y en la tarde sin importarle que el chino estuviese en el camarote ni el muchachito que se llamaba Angelo también estuviese, lo había sometido salvajemente, y luego cuando estaba callado de tanto dolor llanto y gritos, el gigante había sometido a Angelo, mofándose, señalando que ahora tenía dos putas para su uso personal, en el puerto las vendería a buen precio. Cuando al amanecer vino el lanchón de mercaderías para llevar a los pasajeros, sin haberse puesto de acuerdo, ambos muchachos se colaron de polizones, escondiéndose bajo unas lonas que tapaban mercaderías, seguramente de contrabando de otras naves que también estaban cerca de Estambul. Fue así que escaparon del gigante o por lo menos eso creían ellos, pero también fue así que ocultos bajo esas lonas vieron la tragedia de esa familia.

No tenía ganas de recordar eso ahora, se había casado, tenía familia y un próspero negocio, era reconocido en su sociedad y no quería que ese pasado tan oscuro se interpusiera en su camino, nadie podía verlo con Ángelo, era evidente que el muchacho había continuado con una vida de abusos sexuales, tal vez el Gigante no era el causante de su ruina, tal vez el muchacho siempre había sentido esa atracción, ahora comprendía cómo el muchacho era abusado y no evidenciaba sufrimiento, tal vez le gustaba que se lo hicieran.

Pensaba no ir al café, pero luego de mucho pensarlo se decidió y fue. El café estaba lleno de clientes a esa hora, principalmente jóvenes que bebían y charlaban animadamente, el café también funcionaba como pequeña posada, ofrecía algunas viandas para acompañar los tragos, tenía un estrado donde habían algunas mesas que quedaban en altura como si fuesen un gran palco, en una de esas mesa, la del rincón, se encontraba Angelo, se saludaron fríamente, Miguele se sentía inhibido tenía mucho temor, aunque Angelo trataba de hablar masculinamente era evidente que sus maneras y su ropa evidenciaban otro tipo de comportamiento. Angelo habló —no te preocupes trataré de ser lo más breve posible, el Gigante maligno está vivo y a pesar de los años nos anda buscando, me lo dijeron unos amigos de Roma, yo vivía allá y vendí lo que tenía y me instalé acá en Venecia donde tengo mis medios, mis amigos y vivo bien, debemos tener cuidado. Trata de no venir mucho a esta ciudad, pues presiento que el Gigante tarde o temprano me encontrará, yo no puedo escapar a mi naturaleza, el Gigante no fue ni el primero ni el único, he seguido con mi vida como he querido, burlando las autoridades y la ley que siempre me persigue, tengo además una tienda de ropa y por ello sé que vienes a comprar telas, no tengas cuidado de mí, nunca te delataré, vivimos juntos una gran experiencia y conservamos un gran secreto. Si alguna vez necesitas de mí ve a “Il Palazzo dei Costume”, ese es mi negocio. Miguele se despidió y salió sin mirar hacia atrás. Ah, mi nombre actual es Vincenzo Delle Pianne—.

***

Miguele Crestuzzo despertó de su siesta, lo llevaron al balcón donde se entretenía mirando a los transeúntes de la calle. Era una vía importante y veía a las personas y también los carruajes. Esperaba que llegase la noche para que regresara su nieto Piero, desde las caballerizas del señor conde y conversaran. Su nieto Piero era su gran ilusión, aunque ahora que Piero pasaba poco en casa, su nieto Bruno le servía de compañía, estaba transformándose en un hermoso muchacho y podía conversar más a gusto.

MIguele gustaba de mirar por el balcón, lamentablemente sus piernas ya no le permitían subir escalas y por ello se cambiaría a una habitación que le estaban habilitando en la planta baja.

3.- La salvación de Silvana.

Desde el balcón Silvana entraba en un mundo de recuerdos, habían pasado años desde que el caballero David la recogió casi de la calle. El posadero le daba muy mala vida, la hacía trabajar como animal, y la obligaba a prostituirse cuando los clientes requerían una mujer, ella tenía miedo por cuanto a la muchacha que estaba antes de ella la habían marcado y tiempo después había aparecido ahogada en el río, todos decían que se había suicidado, pero en el mundo de la posada y los amigos del posadero sabían que la habían asesinado. La pobre mujer tenía un hijo que estaba en el asilo para huérfanos que tenían los monjes de la caridad, el muchacho se llamaba Vittorio y había nacido producto de una aventura amorosa de la muchacha cuando era muy joven y vivía en el campo. Silvana estaba desesperada, cuando alguien comentó en la posada que otro judío se había instalado en la ciudad y se dedicaría a la venta de telas en la antigua casa que ocupaba el peletero. Silvana recordó a il signore David y en cuanto pudo fue a la casa que le habían nombrado, estaba cerrada entonces se dirigió a la casa del peletero que había salvado al signore David. En la casa, Marietta la reconoció inmediatamente, la hizo pasar con gran amabilidad, preguntándole por su salud y su situación, la muchacha le dijo que se encontraba muy mal donde estaba, Marietta le contó que David había salido con su esposo a la casa que estaba arreglando, ella estaba muy preocupada por su esposo que cada día estaba más delgado y enfermo, así que había tenido que asumir la administración de la curtiembre y estaba totalmente sobrepasada de trabajo y responsabilidades, tanto más que se acercaba el Bar-mitzba de su hijo y tenían que preparar ambas casas para alojar a los parientes e invitados. Se encontraban conversando cuando apareció David con su primo quien apenas saludó y se fue a acostar, venía extenuado y se le veía muy enfermo. Marietta fue con su esposo al dormitorio, David se quedó conversando con la mujer, la notó muy desarreglada y con cara apesadumbrada, le agradeció la ayuda que le había brindado cuando llegó a la ciudad y querían asaltarlo a la salida de la posada, le preguntó si había tenido problemas por esa ayuda. Silvana le dijo que no había tenido problemas, pues no habían sospechado de ella, pero que se sentía muy abrumada, empezó a llorar, David se levantó y la abrazó y ella soltó años de dolor y le contó al signore David todo lo que le pasaba, sin omitir detalle. El hombre la consoló y le dijo que debía salir de ahí a la brevedad posible, que no le contara a nadie lo que le había dicho a él, que esa parte de su vida la obviarían dentro de lo posible, que iba a trabajar con él, llegaría su esposa y él tenía mucho que hacer todavía, además que en casa de sus primos había mucho trabajo y algunos contratiempos, le preguntó si quería ir a buscar sus cosas o si le convenía más dejar todo y perderse en esa casa, ya podrían pensar en algo. Silvana estaba mucho más calmada, no se esperaba una proposición semejante, ella era una mujer marcada por la prostitución, una mujer temerosa del posadero, no tenía ningún buen pronóstico en esa vida, no era tonta, siempre se lo decían las monjas, era estudiosa y podría haber tenido mejor suerte, pero estaba marcada por el oficio de su madre, no había tenido escapatoria, sintió en el fondo de su alma que se le ofrecía la gran oportunidad de su vida. No tenía mucho que pensar, ¿Qué tenía en la habitación de la posada? ¿Un jergón? ¿Unos cuantos vestidos de puta? ¿Muy poca ropa vieja y maloliente? Se lo dijo, abrió totalmente su corazón y se lo dijo. II signore David le indicó que esperase allí y salió, al rato volvió, venía con Piera, la empleada, a la que llamaban Pierina, ésta le señaló que la acompañara a la habitación, en el dormitorio había dos camas y compartiría con ella, era la habitación para el servicio doméstico. Antes de que saliera, il signore David le pasó disimuladamente una bolsita con dinero y le dijo que comprase ropa nueva, seria, discreta, y botara todo lo que tenía. Silvana lloraba recordando, desde entonces su vida había cambiado.

Fue con Pierina a conocer la habitación y luego salió hacia un barrio de comerciantes de ropa, adquirió un par de faldas muy amplias, una negra y otra gris, cuatro blusas blancas muy serias como las que usaban las empleadas de casas de familia, un par de botines negros, útiles de aseo, un par de cintas negras para amarrar su ensortijado cabello y volvió a casa, le pidió a Pierina el baño y se aseó, se puso la falda negra y la blusa blanca, amarró su pelo en un moño, luego en la cocina a leña, aprovechando que la cocinera no estaba, metió su antiguo vestido y lo quemó. Pierina le pasó un gran delantal que se usaba para servir en la casa.

Al rato, Marietta la hizo llamar, se juntaron en un pequeño saloncito que estaba al lado del dormitorio principal, Marietta le dio la bienvenida y le dijo que mientras no llegase la familia de su primo trabajaría en su casa, tenían mucho trabajo, y cuando su primo David se instalara pasaría a servir con ellos. Le informó cuanto ganaría, viviría con ellos y tendría casa, comida, materiales para lavar la ropa, se le otorgaría un par de grandes delantales para que no ensuciara su ropa, Pierina le iba a informar sobre lo que tendría que hacer. Silvana le dio las gracias y se retiró con lágrimas en los ojos, lágrimas que a pesar de haber pasado años seguían en sus ojos cada vez que se acordaba. Esa gente había sido muy buena con ella, no era quien para juzgarlas, siempre había sido fiel a la signora Marietta y al signore David.

4.- Potro desbocado.

Piero llegaba de madrugada a las caballerizas para tener todo listo para cuando apareciera el señor conde y su hija, pero ese día el señor conde no iría, pues había marchado a Roma, según decían a hacerse cargo de un importante puesto en el Vaticano. Piero pensó que ese día ya no cabalgaría, grande fue su asombro cuando apareció la joven condesita quien le solicitó su caballo y le pidió que la acompañara, Piero con el corazón latiendo a mil ensilló rápidamente su cabalgadura y partieron a galope tendido, llegando al lugar favorito, la rivera del estero en medio de la arboleda, Piero se bajó de su caballo, lo ató en una rama y luego fue a ayudar a la joven a descender del caballo, entonces ambos se pusieron nerviosos, trastabillaron y se abrazaron para no caer, eso encendió la llama y sus bocas se unieron en un apasionado beso que dio origen a muchos otros, la pasión se había desbocado, ambos eran muy jóvenes y plenos de vitalidad, la pasión se disparató a tal punto que rodaron por el pasto y ambos unieron las inexperiencias para dejar hacer a los instintos, Piero llegó a la gloria cuando entró en su amada y al punto estalló en su ser, ella sintió un ardor que la transportó a lo más profundo de sus emociones, siguieron galopando hasta caer exhaustos en un nuevo grito, luego retozaron hasta que decidieron reponer sus vestimentas para volver a las caballerizas.

Mucho tiempo demoró el señor conde en volver a Siena, en todo ese tiempo los jóvenes enamorados vivieron intensamente su amor, la joven condesita estaba esplendorosa en su belleza y vivía muy discretamente su sentimiento, era muy astuta, se las arregló perfectamente para que su madre no se enterara ni nadie sospechara de la relación con el caballerizo, por su parte el muchacho estaba más macizo, la relación lo había madurado, habían tenido las primeras experiencia sexuales, ambos se habían entregado la virginidad y en esos meses habían gozado intensamente la fuerza de la juventud, el sauce había sido testigo de mil galopes y corcoveos.

Obviamente que la ingenuidad de los muchachos pronto vivió el gran golpe cuando la joven se dio cuenta, bastante tardíamente, que estaba embarazada, la primera en darse cuenta fue la nodriza, la mujer estaba al servicio de la condesa desde siempre, pues ya venía de la casa de los padres de la condesa, había criado a la madre y ahora ya de bastante mayor había cuidado a su hija. Al darse cuenta entró en pánico, estaba perdida, la condesa buscaría a alguien a quien culpar y esa sería ella, qué culpa tenía ella si no sabía nada.

A la muchacha no se le notaba, pero pronto entró en cuenta y empezó a fajarse el vientre y hablo con Piero, eran jóvenes e ingenuos, pero nunca tanto para no darse cuenta que los condes nunca consentirían que se casasen, lo más probable es que quisieran matarlo,

Esa noche el muchacho habló con su abuelo, el viejo Miguele Crestuzzo lo escuchó atentamente, le dijo que tenía que huir, pues lo más probable es que la condesa lo mandase a matar, no quiso decirle que toda la familia corría peligro, para no hacer que el muchacho se sintiera más mal de lo que estaba. Miguele pensó que debía proceder muy rápidamente y llamó a su hijo Alfredo para ponerlo al corriente, lo hizo sin ambages, directamente, y le manifestó que debían huir inmediatamente, antes de que los condes se dieran cuenta y estallara la noticia, debían enviar a sus hijos Piero y Bruno fuera del alcance de la furia de los condes y de toda la familia Borghesi, pues estaba muy claro que la ofensa era a todo el honor de la familia y por lo tanto responderían en bloque, esa era una realidad indiscutible que tenía siglos de tradición. Esa noche hicieron una reunión de familia y discutieron hasta tarde un plan de escape para los muchachos, la madre, la signora Mafalda, no paraba de llorar, su anciana madre Adelina Debenedetti fue mucho más realista y junto con Miguele dieron las ideas más inteligentes para el escape y la manera de protegerse como familia, incluso fue la primera en decir que tal vez, incluso todos tendrían que emigrar. El resto de la familia quedaron mudos de estupor pensando que eso podía ser una exageración, muy pronto se darían cuenta que no lo era.

Le dijeron a Piero que se despidiese de la joven, que la idea primitiva que habían tenido de arrancar juntos era absolutamente inviable, que no dijese nada, habían sacado las cuentas de cuando habían empezado la relación y sabían que muy pronto estallaría la bomba.

Al otro día, Piero en cuanto pudo se juntó con su amada y analizaron la situación, llamaba la atención la madurez de la condesita, y la frialdad para pensar, le dijo que huyese, pues ella conocía perfectamente a su familia e intentarían matarlo, se despidieron dando rienda suelta a sus ardores y luego volvieron a las caballerizas, Piero trabajó todo el día, aparentando normalidad.

Esa noche, Miguele Crestuzzo no pudo conciliar el sueño pensando en su nieto, habían barajado diversas posibilidades, al principio doña Adelina sugirió que fuese donde unos parientes que vivían en el ghetto de Roma, pero la idea fue desechada, pues ambos muchachos no estaban circuncidados ni sabían de la cuestión, por otra parte, la familia Borghesi, si en alguna parte tenía excesivo poder, era en Roma, por lo que era muy probable que descubriesen muy pronto a los muchachos. Se barajaron posibilidades en pueblos cercanos y lejanos, pero al final decidieron que la única posibilidad efectiva era el extranjero. A Miguele todavía le quedaban algunos parientes en su patria natal, Kiev, y sería posible enviarlos lo antes posible. Pero era un viaje muy peligroso y caro, podría ser que los muchachos huyeran a Génova y si las noticias eran muy terribles podrían embarcarse y partir hacia América, otra opción era Venecia y embarcarse para el oriente. Mañana lo decidirían mientras tanto estaban haciendo los preparativos, saldrían a caballo, el dinero ya estaba recolectado, se habían escrito cartas para amigos en Roma y en Kiev, para que los muchachos las pudiesen usar según donde los llevase la suerte. Miguele había tomado una decisión, buscando posibilidades de ayuda para sus nietos si el destino los llevaba a Venecia, les pasó una carta que debían usar como último recurso, iba dirigida a Vincenzo delle Pianne.

Al amanecer Miguele se quedó traspuesto, recordaba lo que había sucedido cuando venía en la lancha que llevaría a la familia de judíos y a los tres hombres a Estambul sin pasar por la policía del puerto. Estaban escondidos con Angelo bajo la lona que ocultaba algunas mercaderías y veían al matrimonio con cara de terror, se les notaba preocupados al igual que su hermosa hija a la que llamaban Yael y al muchachito Natan, era obvio que huían, como era evidente que el viejo no se podía mover por el pesado abrigo que llevaba, sin duda tenía cocidas monedas de oro o joyas. Los tres hombres estaban conversando y parecían tranquilos, hablaban en voz baja. La lancha se demoró como una hora antes de arribar a una ensenada, estaba recién amaneciendo cuando acercaron la lancha a un pequeño embarcadero. De pronto los dos hombres que iban en el lanchón sacaron unos cuchillos y amenazaron al viejo para que les diera el abrigo, la mujer gritaba y trataba de proteger a sus hijos, el viejo sacó del abrigo un pedreñal y disparó al patrón de la lancha hiriéndolo de muerte, pero al disparar perdió el equilibrio y cayó al agua, el muchacho que iba con él saltó a tierra y escapó, los tres hombres entonces se acercaron a la mujer quien gritaba mientras intentaba saltar a tierra firme, pero los hombres se abalanzaron sobre ella tratando de quitarle el vestido, suponían que también llevaba dinero, si no lo llevaba sería una entretención, llevaban mucho tiempo sin mujer y la judía era hermosa al igual que su hija virgen, en Turquía hasta al muchacho podrían vender bien. La mujer y su hija se lanzaron al agua y nadaron hacia la orilla mientras los hombres trataban de ubicar al hombre que había caído al mar, pensando obviamente en sus monedas de oro. Pero al judío se lo había tragado el mar, no se veía por ninguna parte, era extraño por cuando ese lugar no era muy profundo. Uno de los hombres se tiró al agua para bucear y los otros dos se quedaron en la orilla del lanchón, entonces Miguele y Angelo, en un acto de arrojo enorme empujaron por la espalda a los hombres quienes gritaban que se ahogaban, pues no sabía nadar, ambos muchachos corrieron hacia la orilla, acercándose hacia el lugar por donde la mujer y su hija habían orillado, se acercaron a la mujer y su hija, ambas gritaban el nombre Natan, quien apareció de entre unos matorrales, el muchacho estaba pálido, todos tiritaban de miedo.

Corrieron a ocultarse entre el espeso follaje, sin saber qué hacer, la mujer le pasó a Miguele una daga bastante grande que traía oculta y ella sacó otra, estaban al acecho, sentían que alguien se acercaba. Efectivamente era el hombre que había ingresado al agua quien venía hacia ellos mojado, estaba furioso y cuando vio a la mujer se abalanzó hacia ella, iba tan enceguecido que no vio a Miguele quien se puso entre la mujer y el sujeto, la misma fuerza del hombre hizo que la daga entrase en su cuerpo en una herida mortal, se desangró ahí mismo. Miguele no podía creer lo que había pasado, se había convertido en un asesino, aunque en defensa propia, había muerto a un hombre.

La mujer se acercó y constató la gravedad de la herida, abrazó a sus hijos, Yael lloraba y Natan estaba callado mirando con ojos desorbitados. Angelo estaba demudado y Miguele estaba choqueado. Miguele se acercó al pequeño embarcadero y vio los cuerpos de los dos hombres que no sabían nadar, se lanzó al agua y buceó, los hombres estaban muertos, se los llevaba la corriente mar afuera, subió a tomar aire y bajó nuevamente, encontró atascado al anciano judío en uno de los pilares del embarcadero, Intentó sacarle el abrigo, pero no pudo entonces subió a decirle a la esposa y a los hijos lo que sucedía, la mujer estaba angustiada, no podía dejar a su esposo ahí, pero por otra parte ¿cómo sacarlo?. Entonces Miguele preguntó a Angelo si sabía bucear, Angelo sonrió socarronamente, se sacó la ropa quedando en ropa interior y se lanzó al agua, al rato Miguele y Angelo soltaron el cuerpo del infortunado judío, dejaron amarrado el abrigo y lo subieron a la superficie, la mujer y los hijos lo rodearon y abrazaron llorando. Angelo y Miguele, nuevamente se sumergieron, con una daga rompieron el abrigo sacando algunas monedas de oro que subieron a la superficie, repitieron la operación varias veces, hasta que entregaron a la esposa una cantidad considerable de bolsitas con joyas y monedas, la mujer lloraba.

Cuando se tranquilizaron, Angelo y Natan buscaron maderos e hicieron una fogata para secar la ropa y calentarse. Ya estaba amaneciendo y tendrían que tomar una decisión, la mujer dijo que no podían dejar a su marido ahí, entonces decidieron alejarse un poco y hacer un hoyo muy profundo para darle sepultura, así lo hicieron, pusieron sobre la sepultura muchas piedras de tal manera que pudiesen reconocer el lugar, lo taparon con ramas y se fijaron muy bien donde quedaba, para ello, con la daga marcaron algunos árboles.

La mujer hizo que todos se juntaran en torno a la fogata, empezó a decir que les debía la vida y merecían una recompensa, pero primero quería que la ayudasen a llegar a casa de unos parientes en Estambul. Esta ciudad, tenía un fuerte arraigo judío como toda Turquía. Desde siempre esta nación había acogido a los judíos, los otomanos dieron la bienvenida a los judíos oprimidos bajo la dominación romana y bizantina. Posteriormente, judíos expulsados de diferentes partes habían huido a Turquía, como los judíos asquenazies provenientes de Europa Central, los judíos expulsados de Hungría en mil trescientos setenta y seis; los expulsados de Sicilia a comienzos del siglo XV; en mil cuatrocientos setenta los judíos bávaros encontraron protección en Turquía; los judíos rusos, que ya habían sufrido los primeros progroms y avisos de lo que vendría, escapaban de Rusia, como es el caso de la familia que ahora sufría tan cruel destino, y llegaban a Turquía buscando la salvación y una vida tranquila.

Los judíos encontraron en los Otomanos muchas libertades, aunque como miembros de una religión diferente a la mayoritaria debían pagar un impuesto y debían en sus ropas llevar distintivos que señalaran la religión que profesaban. Las comunidades judías se desarrollaron y multiplicaron, existiendo distintas comunidades según la procedencia. Los judíos llevaron la imprenta al Imperio Otomano constituyendo un gran aporte cultural. Todo esto hacía que llegar a Estambul fuese considerado una salvación.

¿Cómo llegar a Estambul?, ninguno de los que estaba ahí sabía, debían primero esconder las joyas y el dinero, tranquilizarse y emprender el camino, era evidente que ese embarcadero debía quedar lejos de la ciudad, pero debía haber un camino que llegase a alguna ciudad. De ahí sería posible alquilar un transporte. Debían tratar de pasar desapercibidos.

Emprendieron el camino a través de una huella que evidenciaba el paso de carretas que los llevó a un pueblo que contaba con una posada en la calle principal que cruzaba todo el pueblo, ya era media mañana así que entraron a la posada y pidieron un opíparo y luego de caminar casi una hora empalmaron con un camino desayuno, la muchacha que servía en la posada era alegre y cuando vio a Miguele y sus enormes ojos verdes, le brindó una gran sonrisa, éste se aprovechó de la situación para hacerse el amistoso y presentar a Angelo para que le sirviera de intérprete, pues sabía hablar turco, había que ser cauteloso y pidieron información a la muchacha sobre las bellezas del lugar, cómo si anduviesen visitando la región, para tener conocimiento a cuanta distancia estaban de Estambul. La muchacha se sorprendió un poco con las preguntas de la cercanía a Estambul, les preguntó que cómo había sido el viaje en el barco, al principio los muchachos se demudaron, pero al continuar conversando se dieron cuenta que estaban en una de las nueve islas y dos islotes rocosos que integraban el archipiélago de las Islas Príncipes, o islas rojas en el mar de Marmara, a unos doce kilómetros de Estambul, debían bajar al embarcadero y esperar la lancha que los llevaría de regreso a Estambul. Inmediatamente a Angelo se le ocurrió señalar que: “Debido a que se habían juntado con estos amigos”, si había algún pescador o navegante que los llevara a Estambul podrían regresar más temprano. La muchacha les dijo que esperaran, fue a llamar a un pescador y le propuso el negocio, se los presentó, transaron el precio que les pareció muy barato y les dijo que los llevaría, que bajasen al puerto, que lo siguieran. Esto facilitó las cosas al grupo y pronto estuvieron instalados en una embarcación de pescadores que los llevó a Estambul, quedaba bastante más cerca de lo que ellos imaginaban. La viuda, era mucho más inteligente de lo que Miguele imaginaba y muchísimo más fuerte de carácter, se le ocurrió que le pidieran al pescador que no los dejara en el embarcadero del puerto sino en la caleta, desde allí ellos se ubicaban, pues les quedaba más cerca de donde estaban alojados. Claro que eso era falso, pero así eludían a las autoridades por si pesaba sobre ellos alguna sospecha por los hombres que habían muerto ahogados y por el asesinado, situación que más tarde o más temprano descubrirían.

Cuando llegaron a tierra la viuda pagó con dinero turco, los judíos habían sido previsores y llevaban dinero de ese país en el que pensaban instalarse. Subieron por una pequeña cuesta y llegaron caminando a la ciudad, la viuda sacó un papel donde tenía anotada una dirección y fueron preguntando hasta que llegaron a la casa.

Miguele Crestuzzo recordaba perfectamente todo lo que había pasado, su memoria funcionaba muy bien, pues todos esos acontecimientos de su aventura juvenil los llevaba marcados a fuego intenso, muchas veces en su vida se había acordado, en más de una oportunidad sentía mucho miedo que el pasado regresara. Había asesinado a un hombre, además, en el barco había vivido la peor y más indignante experiencia de su vida.

Llegaron a la casa de los parientes de la viuda, también eran originarios de Kiev, una de las ciudades con mayor número de judíos de Rusia, la comunidad judía de Kiev tenía una larga data en ese lugar y había influenciado mucho en la cultura popular, la comunidad había estado orientada hacia Bizancio, Babilonia y Palestina, posteriormente se fue abriendo a los askenazíes. Miguele empezó a descubrir en la viuda a una mujer extraordinaria que no tenía nada de indefensa, ya lo había podido constatar cuando le pasó la gran daga y ella tenía otra en la mano, vale decir era una mujer capaz de defender su vida y a los suyos, la iniciativa constante la mostraban como inteligente y ahora cuando le preguntó su nombre ella dijo con orgullo su apellido, se sabía que entre los judíos el uso de los apellidos familiares, además de los nombres religiosos, había sido una práctica impuesta por las sociedades en las que estaban inmersos como control, entre los askenazi el uso de apellidos hereditarios sólo empezó a ser común muy recientemente, cuando se les obligó por ley a asumir un apellido a fin de agilizar el cobro de impuestos y de reclutamiento militar. El primer imperio en el que fue obligatoria la adopción de apellidos había sido en el imperio austríaco cuando el emperador José II promulgó una ley por la que todos los judíos del imperio debían adoptar un apellido. Los judíos que ya tenían apellidos, podían seguir utilizándolos, y aquellos que no los tenían, estaban obligados a tomar uno, que desde ese momento se convirtió en hereditario. Si un judío no elegía su propio apellido, éste era impuesto por la fuerza por los funcionarios imperiales, lo que produjo algunos apellidos de ridiculización de los judíos.

Desde la incorporación al Imperio austríaco de nuevos territorios, como resultado de la tercera partición de Polonia en áreas de Cracovia, Lublin y Radom, el régimen de la adopción obligatoria de apellidos se amplió en mil ochocientos cinco a estas zonas. Similares leyes se adoptaron en los Estados Germánicos como en Baden en mil setecientos noventa; en Fráncfort del Meno en mil ochocientos siete; en Prusia en mil ochocientos doce; en Baviera y en Mecklemburgo en mil ochocientos trece; en Wurtemberg en mil ochocientos veintiocho. En el imperio Ruso, la ley que obligaba a adoptar apellidos a los judíos, fue aprobado por decreto imperial en diciembre de mil ochocientos cuatro.

En las diez provincias polacas que formaban el Reino de Polonia, con un grado mayor de autonomía dentro del Imperio ruso, los apellidos hereditarios fueron introducidos a los judíos en mil ochocientos veintiuno, a través de la resolución del rey del Reino de Polonia, Constantino Pávlovich Románov.

Cuando le preguntó a la viuda el nombre ella le contestó: Zita Baronovich, con una actitud que denotaba que se sentía orgullosa de pertenecer a una clase social alta.

Los parientes vivían en una hermosa casa muy bien alhajada, con muebles importantes, hermosas lámparas de cristal y grandes alfombras, sin duda era una casa suntuosa, cuando se reunieron todos en el comedor, Zita refirió lo ocurrido en ruso, Miguele cuya familia también era de esa zona intentó recordar si conocía a esa persona, pero era evidente que pertenecían a una clase de la élite judía. Ambos muchachos se quedaron dos días con ellos, Zita que pensaba en todo, les señaló que al otro día irían de compras pues requerían de ropa, no podían andar así por las calles, llamarían la atención, sería peligroso y la situación de todos dependía de que cada uno de ellos se cuidara y estableciera un compromiso de silencio, de no ser así, todos corrían el peligro de ir presos, pues no les creerían que fue en defensa propia, más aún para ellos que como judíos, venían escapando de Kiev. Información privilegiada, que tenían en su círculo de amigos, señalaba que la situación de los judíos se complicaría. Felizmente, les agradeció, habían salvado el patrimonio familiar y no tendrían problemas de dinero, ellos ya habían logrado sacar dinero de su país y tenían una casa en Estambul, que estaba alquilada a una familia judía. Descansaron esa noche, Miguele y Angelo compartieron una habitación, pudieron conversar mucho antes de dormirse, la historia de Angelo era parecida a la de Miguele en el sentido de tener ansias de libertad y de aventuras, pero diferían radicalmente en cuanto a las familias y sus realidades económicas. Angelo era de Odessa, de una familia humilde, su padre había fallecido cuando él tenía nueve años y su madre se había vuelto a casar con un marinero, cuando él tenía once años. Vivían en un barrio pobre de la ciudad, su madre era una mujer hermosa y trabajaba mucho para mantenerlos a él y a sus dos hermanos, un niño de ocho años y una niña de cinco, su madre trabajaba como costurera en una fábrica de ropa, pero la despidieron o ella renunció por que no podía trabajar y criar a los hijos, por lo menos eso ahora estaba entendiendo Angelo. Posteriormente su madre entró a trabajar como camarera en uno de los muchos bares del puerto, trabajaba solo de noche y llegaba todos los días de madrugada, durante el día los cuidaba una vecina a quien la madre le pagaba para atenderlos. Un día su madre apareció en casa con Igor, un marinero turco, era un hombre grande de pelo rubio, algo largo, era robusto y bebía bastante, continuamente llegaba borracho en la madrugada cantando y armando escándalos. Al principio todo anduvo bien, la madre se quedó en casa y el marido traía el dinero, pero al año más o menos la mujer tuvo que salir nuevamente a trabajar, pues el marino no tenía trabajo, se quedó en tierra y pasaba todo el día borracho, la madre trabajaba haciendo limpieza en casa de gente adinerada y cuando llegaba tenía que trabajar en casa limpiando, cocinando y cargando con Igor que estaba casi siempre borracho.

Una tarde en que se habían quedado solo con Igor, éste invitó a Angelo a su dormitorio y lo acarició, al niño de once años le latió muy fuerte el corazón, parecía que se le iba a escapar de su pecho, pero le gustaron las caricias de Igor y se quedó callado. Desde ese momento cuando estaban solos Igor lo llamaba a la habitación para jugar juntos, poco a poco Angelo fue aprendiendo las caricias varoniles y cada vez fue a mayor, pero no fue obligado, le esclareció a Miguele, sentía mucho placer en hacerlo, y cuando Igor comenzó a besarlo Angelo correspondió a sus besos y caricias y despertó en él una sexualidad temprana. Su madre estaba ajena a todo esto, pasó un año, a los doce años, Angelo tenía actitudes que llamaban la atención a los vecinos, pero nadie dijo nada, hasta que una tarde Igor lo hizo suyo con pleno consentimiento de Angelo, ahora era grande y había pasado por muchas cosas, pensaba que era así porque Igor lo había acostumbrado al sexo con hombre, a sentir ese olor, esa fuerza en las caricias y ese dolor que lo hacía sufrir, pero a la vez, desear más y más a su padrastro. Igor había dejado de beber y no maltrataba a su madre más que lo que significaba para ella el esfuerzo de mantener a toda la familia, Angelo hacía las cosas de la casa y le gustaba hacerlo, era feliz pasando las tardes retozando con Igor y gozando sus caricias, hasta que una tarde Igor lo envió a comprar y cuando llegó estaba acariciando a su hermano menor, eso no lo pudo resistir y en cuanto llegó su madre en un arrebato de celos, ahora lo comprende muy bien, le contó a su madre todo lo que había pasado en esos años. Fue la hecatombe, la mujer fue a la policía.

Angelo alcanzó a huir y desde ese momento su vida fue muy dura, pues huyó al puerto para embarcarse, pero no encontró quien le permitiera subir a un barco y trabajar hasta por lo menos una semana, tiempo que pasó merodeando por el muelle y haciendo sexo a los marineros borrachos a la salida de los bares. A Miguele todo aquello le produjo una profunda impresión y repulsión, pero no se lo dijo a Angelo. Entonces ¿su sexualidad con los hombres había sido algo adquirido? O ¿siempre había tenido esas inquietudes? Se lo preguntó a Angelo, quien pensaba que desde siempre había tenido esas inquietudes y que Igor solo había adelantado el proceso, sentía que había nacido para puta, le gustaba imaginarse en un prostíbulo y que los hombres le pagaran para tener sexo Pensaba que, aunque no le pagasen lo habría hecho igual. También reconocía haberle dicho al gigante lo que pensaba y ahora se daba cuenta de que era muy posible que, en el fondo, le había metido en la cabeza al gigante la idea de venderlo en Turquía. El gigante era la personificación de su amado Igor, aunque al gigante lo temía por que le gustaba pegarle, antes o después de abusar de él, el gigante lo golpeaba e insultaba, gritándole: “Por tu culpa puta asquerosa”. Era algo que lo había sorprendido siempre.

Se quedaron dormidos conversando, al otro día, luego de un buen desayuno, Zita propuso que se separasen, uno de los muchacho de la casa iría con Angelo y Miguele a comprar ropa y ella con sus hijos iría por su cuenta, les dio una cantidad de dinero más que suficiente y les dijo que no comprasen todo en una misma parte para no despertar sospechas sobre la cantidad de dinero que tenían, les propuso que cuando comprasen la chaqueta la vistiesen y fuesen deshaciéndose de la ropa vieja, buscasen la manera de cambiar de apariencia, si fuese posible pasaran a una barbería. Así lo hicieron y cuando en la tarde llegaron a la casa eran otras personas. Habían pasado todo el día comprando y recorriendo la ciudad, habían merendado cerca del mercado, habían cambiado su apariencia de manera notable. Los muchachos lucían su belleza, Angelo había cortado su pelo y su cara estaba muy fresca, pues era lampiño y de facciones muy bellas, casi femeninas, lo que confirmó a Miguele que Angelo tenía desde siempre tendencias femeninas. Miguele por su parte se veía muy elegante, acostumbrado a vestir bien había seleccionado ropa de buen gusto, y evidenciaba una tendencia a la elegancia y a las buenas telas, sin duda producto de la educación de su casa y del negocio de la familia. Se había rasurado dejando un bigotillo que le daba una apariencia de galán, sus hermosos ojos verdes lucían maravillosos y su pelo negro había sido cortado dejándole un mechón que caía sobre uno de sus ojos, dándole un aire de misterio. Había comprado hermosas botas negras que conferían a su esbelta figura un aire muy distinguido y varonil.

Zita se veía muy hermosa, había adquirido hermosos vestidos y un abrigo estilo ruso, un cuello de visón y sombreros. Su hija adolescente se veía como una hermosa señorita de la nobleza y su hijo de trece años lucía como un pequeño príncipe. Se juntaron en el comedor de la casa y Zita dijo que debían separarse, les agradeció lo que habían hecho por ella, sus hijos y su difunto marido. Les pedía que se cuidaran, pues la estabilidad de cada uno de ellos dependía del otro. Acto seguido le entregó a Miguele y a Angelo unas bolsitas que contenían, cada una de ellas, cinco monedas de oro, y dinero turco en efectivo para el viaje, una fortuna que les permitiría afianzar su vida en cualquier parte del mundo.

Angelo pensó inmediatamente en viajar, quería conocer Italia, en cambio Miguele en volver a Kiev a casa de sus padres y olvidar para siempre lo que le había sucedido, principalmente, que había muerto a un hombre, situación que le daba vueltas en la cabeza y le quitaba el sueño. A la mañana siguiente los muchachos partieron, dejando atrás a Zita y su familia.

Miguele Crestuzzo se sentía mal, los últimos días había dormido poco, no podía apartar de su mente aquella fatídica mañana en que se había convertido en un asesino. Recordaba que nada más, al recibir el dinero de Zita, había ido al puerto para comprar un pasaje para volver a Odessa, ahora no iría trabajando, no quería sorpresas. Adquirió un pasaje y al otro día embarcó rumbo a Odesa, el viaje se le hizo largo a pesar de las comodidades de un barco dedicado a pasajeros, recordaba constantemente su viaje anterior y no estaba tranquilo, deseaba con ansias llegar a su casa en Kiev y olvidarlo todo, refugiarse en los brazos protectores de sus amados padres.

Esa noche despertó sobresaltado varias veces y a la mañana, cuando recién estaba amaneciendo, sus nietos vinieron a despedirse, pues partían a Genova para burlar la venganza de los Borghesi, que no tardaría en llegar. Un empleado los acompañaría hasta las afueras de la ciudad.

El viejo esa noche lloró hasta quedar agotado, hacía muchos años que no lloraba de esa manera, recordó cuando finalmente, después de muchos avatares, había llegado a Kiev a la casa de sus padres, recordaba que ese día estaba lloviendo, su abuela siempre decía que la lluvia traía felicidad, pero precisamente ese día no la trajo, pues su amada abuela había muerto, al principio nadie le explicaba. Llegó justamente el día que se celebraban los funerales, la sorpresa y el dolor no le permitieron hacer más preguntas, pero al otro día y al notar que junto a los funerales de su abuela habían sepultado a varias personas mayores conocidas de la comunidad, se sorprendió más y preguntó, como todos callaban interrogó al rabino, éste le contó que habían pasado unos militares atacando el barrio judío justo cuando los mayores estaban en una reunión para analizar las situaciones de peligro que podían vivirse, habían sabido de progroms en otros pueblos cercanos. Al salir los mataron a todos.

Miguele quedó consternado, los pocos días que había pasado en Estambul había sabido de progroms en algunas ciudades de Rusia, incluso se hablaba de Odesa. Pasados los días de duelo conversó con sus padres, les habló de las condiciones de Rusia, que probablemente empeorarían, lo mejor era huir, sus padres luego de escuchar los argumentos y analizar los pros y los contras le dijeron que estaban de acuerdo en huir, pero no podían vender rápidamente sus bienes para huir, ¿cómo dejarlo todo? ¿De dónde sacarían dinero para el viaje y para establecerse en otro país? Entonces Miguele comprendió que su sacrificio tenía un fin, que Dios le había enviado todo lo que había pasado por algo, que nada era inicuo, sino parte de un plan divino como había dicho el rabino en muchas oportunidades. Les contó de la salvación de la viuda y de las cinco monedas de oro, una fortuna con la que contaban para iniciar sus vidas en otro lugar. Hicieron un plan y fueron vendiendo los bienes que tenían, antes de seis meses partieron de Odesa rumbo a otro mundo, a Roma, el otrora centro del mundo. Así habían llegado a Roma y luego a Siena donde inició una nueva vida contrayendo matrimonio con una hermosa joven que había conocido en Roma donde vivió algunos años y donde nacieron sus hijas mayores.

5.- Los guardianes.

Silvana se había quedado cuidando al signore Castelbianco, pues toda la familia había ido a la sinagoga. Desde que llegó a la casa se había sentido agradecida de ese hombre, pues sabía que como dueño de casa podría haberse opuesto a su contratación, ese hombre debía conocer su pasado, no obstante, siempre la había tratado con suma amabilidad y respeto. El hombre dormitaba y cuando despertó, Silvana le ofreció un caldo o algo más para comer, el hombre rehusó la comida, pero le pidió por favor que fuese a la cochera a buscar a Osman, el turco que vivía allí, su cuidador. Silvana nunca había conocido a un hombre más mal agestado, Osman era como un gran oso, tenía mucho pelo negro que le llegaba hasta muy delante de la cara, dejándole muy poca frente, sus cejas eran muy profusas y prominentes, los pelos se le enroscaban como si fuese un demonio y su barba era de un negro intenso, también, era muy alto y tremendamente fornido, pasaba mucho tiempo sin camisa mostrando el enorme pecho peludo y luciendo sus tatuajes que evidenciaban que había estado preso en más de una oportunidad. El hombre ingresó al dormitorio del enfermo, ella salió discretamente y los dejó solos, como a la media hora el gigante salió y ella mucho rato después ingresó a la alcoba para ofrecerle una sopa o algo para comer. El hombre estaba muy pálido, desencajado, le agradeció, le dijo que se fuera a acostar, que él se pondría a dormir. A Silvana le dio pena ese hombre tan débil, con una delgadez que le agudizaba el rostro, tremendamente ojeroso sus ojos brillaban, eran muy grandes, su nariz aguileña debido a su delgadez se veía monumental, debía haber sido un hombre atractivo, se parecía algo al signore David, pero estaba agotado y se presentía la cercanía de la muerte. El hombre la miró con ojos muy profundos que le desnudaron el alma y le dijo: “Sé lo que estás pensando, cuando eso ocurra cuida a mi familia, cambiarás totalmente de vida y serás feliz. Eres la guardiana de mi honra y te bendigo por ello”, luego entró en un profundo letargo que asustó a Silvana y se quedó con el enfermo hasta que la familia llegó de la sinagoga. No dijo nada de la visita del gigante.

A partir de ese día Silvana se esmeró en atender al enfermo y entre ellos surgió complicidad, cuando la familia iba a la sinagoga el enfermo mandaba a buscar al gigante, así le había bautizado Silvana, ella se retiraba y luego que el gigante se iba, ella ingresaba y conversaban. El hombre la sorprendía, pues le adivinaba muchas situaciones que ella había vivido, o aspectos muy íntimos de su vida, y aunque nunca se sinceró con ella, ambos sabían que podían confiar mutuamente. Hasta que una noche la signora Marietta dio gritos y llantos desconsolados, cuando Silvana llegó al dormitorio junto con Piera, toda la familia estaba en el dormitorio, il signore Angelo estaba muerto. A la mañana siguiente llegó una comisión de judíos y lo llevaron en una carreta cerrada hasta la sinagoga, le harían el baño ritual, ese mismo día lo enterrarían. Al otro día taparon con paños negros todos los espejos de la casa y vinieron muchas personas a rezar por varios días, la familia se sentó en el suelo y no hizo nada durante todos esos días, todo estuvo a cargo de ellas, otras personas que ella no conocía trajeron comida y se ocuparon de todo. Después de esa semana la señora Marietta comenzó a ocuparse de los negocios y de la curtiembre, en ello ayudaba il signore David.

Una tarde en que Silvana estaba sacando unos huevos del ponedero que había en el gallinero, divisó al gigante, estaba sentado en una vieja silla que había a la salida de las habitaciones que ocupaba junto al otro soldado y el cochero, estaba fumando y parecía muy triste, ya no estaba a torso desnudo, sino que se cubría con una camisa de estilo ruso. Silvana se acercó a conversar con él, vio sus ojos llenos de lágrimas, le sorprendió ver que un hombre tan grande, tan macizo, tan lleno de tatuajes carcelarios y con ese aspecto tan agresivo fuese capaz de estar llorando. Era primera vez que conversan y que lo miraba, notó en él una gran ternura. Silvana le preguntó —¿qué harás ahora, seguirás trabajando para los judíos, o te irás?—.

Le sorprendió la respuesta, aunque mi primer impulso es salir arrancando, irme de aquí, pues recordar al signore Angelo, o Ariel como me gustaba llamarlo en la intimidad, me duele, creo que mi deber es quedarme acá y proteger a esta familia, por lo menos eso fue lo que me pidió Ariel las últimas veces que estuvimos juntos, me dijo que ambos deberíamos quedarnos, cuidarnos y proteger a esta familia, Ariel adivinaba cosas y sabía que tú habías sufrido mucho al igual que yo. Creo que todos nosotros somos algo adivinos o quizás el dolor y las numerosas y dramáticas experiencias de vida que hemos sufrido nos dan un sentido capaz de ver lo que otros no pueden o no desean ver. Silvana estaba impresionadísima, jamás pensó que el Gigante fuese tan interesante como persona y pudiese conversar con esa seguridad y capacidad verbal tan correcta, se expresaba en un perfecto idioma itálico, que se entendía perfectamente en Siena, se evidenciaba en ese hombrón inteligencia y cultura, sabía leer y hablaba varios idiomas, era sin duda una caja de sorpresas y esa sorpresa fue en aumento cuando le dijo que tanto Ariel como él, sabían de sus complejos por su nacimiento, sabían que era hija de una meretriz famosa que la había dejado en las monjas desde pequeña para que la cuidaran, que a ella nunca le faltó nada pues la madre entregaba dinero a las monjas todos los meses, al morir la mujer, una mesada igual llegaba todos los meses, pero que las monjas se guardaron muy bien el secreto. Sabían de su salida del convento cuando la llevaron a trabajar como sirvienta a la casa de un juez, sabían que de ahí había huido, y había ido a caer en manos del posadero quien abusó de ella y la esclavizó. Pero también sabían de su corazón noble, pues su madre era buena de alma, noble era su padre, pero no podían probarlo.

Silvana se puso a llorar, era verdad su complejo y todo lo que ese hombre decía, era verdad esos hechos y muchas cosas más, y ella sintió el peso de esos años de angustia y abandono, lloró y sintió alivio.

Al cabo de un largo silencio se atrevió a preguntar. ¿Cómo lo conociste?

Es largo de explicar dijo el Gigante, nos conocimos dos veces, eso podría decirse, está vinculado a dos etapas de mi vida, dos de las muchas que vive un hombre en su devenir por este mundo.

Yo soy de Çavusin, un pueblo muy pequeño y desconocido, perdido en las montañas del sur de Turquía, mi familia era muy pobre, es una zona rocosa y vivíamos en una cuevas excavadas en las rocas, mi madre tenía que caminar mucho cargando agua para la casa, mi padre trabajaba en unos viñedos no tan cercanos de nuestro pueblo por lo que debía recorrer largas distancias, a veces se quedaba a dormir en el viñedo, aparecía en casa luego de varios días, era un hombre bueno y muy esforzado, solo que el poco dinero que lograba con todo su sacrificio apenas alcanzaba para comer, éramos cuatro hermanos, todos varones. También vivía con nosotros la hermana menor de mi madre, una muchacha casi de mi edad que se llamaba Aynur, era una muchacha dulce que ayudaba a mi madre en las labores de la casa. Yo era el mayor, a muy temprana edad salí a trabajar con mi padre, aprendí el trabajo del campo, también a hacer carbón. Trabajábamos muy duro, yo tenía doce años cuando fui a los campos, mi hermano, Anur, tenía dos años menos, así que cuando yo tenía catorce años mi hermano también salió a trabajar y las cosas mejoraron un poco en casa, habíamos construido un estanque para el agua, en nuestra casa-cueva teníamos más comodidades, a mi otro hermano ya le tocó mucho mejor vida, era 7 años menor que yo, se llamaba Kostas y al parecer iba a ser fuerte y grande como yo, a él le tocó vivir en una casa y yo en ese tiempo podía enviar más dinero, pues trabajaba bien en Estambul. A medida que fui creciendo trabajé en oficios más duros debido a mi contextura, pues me había desarrollado y era un muchacho grande, el más grande de mi pueblo y el más musculoso, pues también trabajé con la piedra, excavando para hacer cuevas o casas. Era feliz, pero me sentía presionado, siempre quise estudiar y ser más, éramos musulmanes sunitas y todo era pecado, la religión era muy fuerte. Yo me acerqué al imán y me interesé por aprender a leer y cultivarme. A los dieciocho años decidí emigrar de mi pueblo, abandoné mi casa, ya tenían más comodidades, trabajaban otros dos hermanos y mi padre, podían subsistir dentro de lo que en ese pueblo se entiende por vivir. Yo me asfixiaba, pensaba en ganar dinero para ayudar a mi familia, así lo hice, me fui a Estambul, ahí trabajé como obrero en la construcción, poco a poco fui progresando, aprendí plomería y me asocié con un amigo para trabajar juntos en plomería y reparaciones de techumbre, nos iba relativamente bien. Un día me pidió que fuese a ver un trabajo en un haman, se trataba de arreglar unas llaves, yo jamás había estado en uno, menos en ese que era antiguo y prestigioso, el Haman de Sulenmanyide. Me pareció un mundo fascinante, muy relajado, el vapor lo cubría todo y se descansaba en una penumbra fragante, todos hombres desnudos, bañándose en pequeñas piscinas y luego en cámaras de vapor, conversando animadamente mientras una música oriental maravillosa llenaba todo el ambiente. Cuando entré a esos aposentos cubierto solo por una futa amarrada a la cintura, mientras veía lo que había que hacer con las antiguas cañerías, sentía mi cuerpo agradado por la humedad, en mi casa siempre había sufrido la falta de agua, ahora me encontraba por primera vez con un cuerpo humectado que recibía el agua como un desierto recibe la lluvia. Fue así que cuando terminamos el trabajo, a los pocos días fui al baño, entonces también conocí lo que mi cuerpo enorme producía en los hombres. Estaba solo en una sala cuando ingresó un hombre mayor, canoso, con una hermosa barba blanca, hablaba turco con aire evidentemente extranjero, me saludó y empezó a preguntarme cosas de Turquía como si no conociese nada, después supe que vivía en Turquía hacía ya varios años, era un prestigioso médico italiano, conversamos mucho, yo estaba muy inhibido, era primera vez que podía intercambiar palabras con un hombre de esa categoría, nunca una personas de su condición social me había mirado, ni menos me había dirigido la palabra ni tratado como un igual, no lo dije, pero estaba muy emocionado. Al comienzo pensé mentir, pero me fui conectando con ese ser extraordinario y le conté mi vida, habíamos estado casi dos horas en el baño y se nos había hecho tarde, entonces fuimos a vestirnos como si se tratase de dos amigos que andaban juntos, el señor Federichi, así se apellidaba, me invitó a comer. Yo no sabía que decir, me sentía cohibido por mis ropas humildes y no muy limpias, pero él me tomó el brazo y me dijo con una gran sonrisa, en perfecto turco —¡vamos hombre, acompaña a este viejo!—. Caminamos muy poco y entramos a un restaurante muy lindo, yo jamás había estado en un comedor así, estaba acostumbrado a las humildes posadas. La comida fue opípara, el restaurante era musulmán por lo que no había problema alguno con la comida. Cuando nos despedimos yo tenía ganas de abrazarlo. Quedamos de encontrarnos la semana siguiente en el mismo baño, a la misma hora. Así comenzamos nuestra amistad, los encuentros fueron más seguidos hasta que un día me invitó a su casa, vivía en una casa muy grande y hermosa en pleno barrio elegante de Estambul, la propiedad se alquilaba por departamentos, el de Duilio Federichi tenía un salón no muy grande, un pequeñísimo comedor y una gran habitación, también tenía una terraza con una gran tina de madera, yo no había visto nunca una igual, estaba llena de agua. Todos los muebles eran maravillosos, había tapices en las paredes y plantas en todos lados, la luz entraba a raudales, pues la puerta que abría a la terraza era un gran ventanal que se corría para abrir. Todo evidenciaba un gusto exquisito. En la sala principal había una pared llena de libros. Me sentí tremendamente pequeño ante tanta belleza y armonía, hacía calor y Duilio vestía un pequeño pantalón turco de una tela muy delgada y su torso desnudo, yo estaba sudando por el calor y por la intensidad del momento. Con naturalidad me dijo que me pusiera cómodo, o mejor aún, ¿qué te parece si antes de almorzar nos damos un baño en mi tinaja?, y al decir esto se sacó la ropa y se metió al agua, yo no sabía qué hacer, entonces ante su invitación y su sonrisa me saque la ropa y me metí con mucha vergüenza a la tinaja, el agua estaba exquisita, pues le había dado el sol toda la mañana y estaba tibia. Estábamos sentados frente a frente y yo tenía las piernas encogidas, sobresalían mis rodillas, por el grosor de mis piernas no las tapaba el agua, nuestros cuerpos empezaron a tocarse y me di cuenta que me estaba excitando, la vergüenza era enorme, no sabía qué hacer, cuando vi que él también estaba excitado. Sin mayores estridencias tomó una rica esponja y empezó a pasarla por su cuerpo y de pronto siguió con mis piernas y las acarició por un largo rato que me pareció una eternidad. Se salió del agua y fue a buscar dos jugos de fruta para antes del almuerzo. Aproveché que estaba ocupado y me salí de la tina, tapándome con una tela que había dejado para que me secara. El almuerzo estuvo delicioso y conversamos toda la tarde, cada conversación de Duilio era una clase de historia, literatura, filosofía. Fue así como cada semana nos encontrábamos los martes por la tarde en el baño y los sábados me iba a almorzar a su casa y pasaba toda la tarde hasta la noche con él. Para ir a su casa dejé de ir a la mezquita, también comencé a leer libros prohibidos por el Imán, pero cada vez me sentía más cómodo y más atraído por ese mundo exquisito de cultura. Nuestra confianza fue creciendo, nos bañábamos juntos en la gran tina y no me daba vergüenza que parte de mi cuerpo quedase fuera del agua, incluso un día con su esponja empezó a mojar esas partes. Una noche llovía muy fuerte y se había hecho tarde, así que me dijo que si quería me quedase a dormir, aunque tendríamos que compartir la cama, era lo suficientemente grande para los dos, lo dijo con tal naturalidad, como todo lo que decía, me pareció absolutamente normal. Me quedé, mi corazón latía muy fuerte y luego de comer y conversar mucho, nos fuimos a acostar y con toda naturalidad se desnudó y apagó la luz para que yo lo hiciera, estábamos en penumbra, pues él dejó una vela aromática encendida. Me desnudé y me metí a la cama y en medio de la noche empecé a sentir sus caricias, y empezó una relación que duró cuatro años, en ese tiempo me compró muy buena ropa, me enseñó a vestir bien, a comer con destreza con los cubiertos que estaba de moda utilizar, había mejorado mi trabajo y aunque todavía me dedicaba a la plomería, ahora iba a casas más finas, tenía una clientela selecta, no solo hacía la plomería sino que arreglaba albañilería y yesería, incluso contrataba otras personas y tomaba trabajos más grandes, mi vida iba por muy buen camino, estaba contento, mandaba una cantidad importante a mis padres, quienes ya no vivían en la cueva sino que, con mi ayuda se habían comprado una casa en el pueblo y tenían agua y baño. Yo tenía veinticuatro años cuando Duilio retornó a Roma. El último tiempo que pasamos juntos fue muy intenso, una vez al mes recibía amigos en su casa, uno de ellos era un abogado de gran prestigio y fortuna, era casado y tenía varios hijos grandes y desposados, iba a casa de Duilio acompañado de un muchacho muy joven que presentaba como su ahijado, se llamaba Adriano y era hijo de un importante comerciante de telas, iba también un médico viudo y otro abogado mayor, soltero. Lo pasábamos muy bien. Cuando se fue me dejó mejor instalado, me alquiló una habitación en una casa de familia en un buen barrio, eran musulmanes, yo me cuidaba muy bien de no llamar la atención.

Un día volví al baño y como ya sabía los códigos, conocí a otro hombre mayor que me presentó a otro y así, una seguidilla, claro está que con ellos no fue por amor como con Duilio, me acostumbré a regalos, cenas y a veces algún dinero, y sin darme cuenta me había convertido en un puto para viejos ricos. Mi cuerpo grande y peludo me valieron el apelativo de oso, así fui conocido y así me encontró un día Ariel, hace muchos años, él había ido a comprar pieles a Rusia, y telas y joyerías en Estambul, había un bazar importante que tenía telas exclusivas, joyas y artículos de decoración muy bellos, además la esposa del comerciante, una hermosa mujer que se llamaba Belma, era hija de un conocido comerciante de telas de Siena, un tal Miguele Crestuzzo y Ariel les llevaba las cartas y otros encargos para su tienda y para las tiendas de otros judíos.

Nuestra relación duraba el tiempo que Ariel Baronovich estaba en Estambul, nos vimos como tres veces, todo al pasar, nada serio, aunque con Ariel aprendí bastante, era culto y tenía el don de adivinar y de aconsejar.

Pasaron los años, yo estaba mal, pues en una reyerta en un bar una noche asesinaron a un hombre que yo conocía y me acusaron de haberle dado muerte, estuve preso tres años hasta que se descubrió que yo no había sido, salí de la cárcel, pero nada fue igual, un día quise entrar a los baños que yo había frecuentado desde siempre, pero me prohibieron la entrada, había tenido la mala ocurrencia de tatuarme en la cárcel y obvio que, desde ahí el estigma me jugó en contra y fui cayendo y cayendo en la desgracia, hasta que un día que yo estaba casi muerto de hambre en una calle, me reconoció Ariel. Hacía años que no nos veíamos, pero, igual me reconoció y me habló, le conté toda mi triste historia, estaba sin trabajo, sin dinero, las antiguas amistades me dieron la espalda, tenía casi treinta años, pero me sentía acabado, llevaba una pena muy grande en el alma, me habían usado, había sido carne para placer por ratos, no tenía nada, y mis padres seguían en la pobreza. Ariel me invitó a comer a una posada cerca del mercado, me habló de su vida, de sus negocios, de un susto que había pasado cuando lo asaltaron y lo golpearon. Después que le conté todas mis desdichas me ofreció trabajo como mozo y soldado de su casa, acepté inmediatamente, desde ese día he sido su guardián y me trata con respeto. También iniciamos una relación de profunda amistad. Me dio dinero para asegurar mi vejez, ha sido muy generoso y bueno conmigo, le estaré agradecido por toda mi vida. Duilio y él han sido los hombres que más he amado y que más me han ayudado en todo aspecto. Silvana no pudo menos que emocionarse ante el amor y la sensibilidad de ese hombre. Ambos seríamos los guardianes de esa casa, espero que doña Marietta lo entienda así.

Cómo lo había visualizado Silvana, entre David y su prima había comenzado un círculo de miradas que los fue atrapando, hasta que un día Silvana tuvo la certeza que ya habían gozado de su sexualidad, doña Marietta andaba feliz y don David alegre, pero con cara de preocupación, David dormía en la habitación de huéspedes, una noche que Silvana estaba nerviosa y había ido al patio a tomar aire, y algo más que eso, pues hacía tiempo que se había fijado en el otro fortachón que vivía en las cocheras, un hombrón macizo y peludo que la miraba con ternura. Estaba camino a su habitación, hacia el interior de la casa, cuando divisó a doña Marietta entrando a la habitación de il signore David. Había pasado un tiempo y era necesario reiniciar los preparativos para el Bar-mitzvá de Jacobo, vendrían parientes de todas partes y también sería la oportunidad para que viniese la esposa y los hijos de il signore David, Silvana suponía que esta situación debía tener preocupados a los primos amantes.

La ceremonia estaba fijada para fines de octubre, desde los primeros días de julio se enviaron las cartas confirmando la invitación que se había enviado con un año de anticipación, la casa estaba preparada y también la antigua peletería estaba lista para recibir a la familia de il signore David, los mejores carpinteros de la ciudad habían trabajado duramente para tener listo el local donde se instalaría la tienda de telas. La ciudad resplandecía, pero algo vino a romper la tranquilidad, un incendio que destruyó la tienda de telas más importante de la ciudad y la casa de la familia Crestuzzo, gente muy querida por toda la comunidad. Nadie se explicaba cómo había comenzado el feroz incendio donde había muerto Carlo Crestuzzo y la madre de la esposa de Don Alfredo, la anciana Adelina Debenedetti. Estas personas se encontraban durmiendo cuando ocurrió el siniestro. El resto de la familia se había salvado, los dos hijos de la familia no se encontraban en casa, andaban de viaje para visitar unos familiares y traer unas telas que llegarían a Roma, el matrimonio formado por Alfredo Crestuzzo y Mafalda se encontraban visitando unos amigos. El incendio, ocurrido a eso de las diez de la noche, había alcanzado también dos propiedades contiguas. Nadie se explicaba cómo se había salvado el anciano padre de familia Miguele Crestuzzo.

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