Читать книгу: «Banquete de los eruditos. Libros I-II»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 257


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JAIME CURBERA COSTELLO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1998.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO347

ISBN 9788424932763.

INTRODUCCIÓN
1. DATOS BIOGRÁFICOS

Sobre la vida de Ateneo sabemos muy poca cosa. La Suda , que suele ser nuestra mejor fuente de información en estos casos, se limita a decir que procedía de Náucratis, que era un «gramático», que viene a ser lo que nosotros llamaríamos un erudito, y que vivió 1 en tiempos del emperador Marco Aurelio (cuyo gobierno se extiende entre el 161 y el 180 d. C.). En definitiva, apenas nos aporta nada que no pueda deducirse de la lectura del propio Banquete de los eruditos .

Son varias las ocasiones en que el autor se refiere a Náucratis como su patria 2 . Se trata de una ciudad del Bajo Egipto, situada en el brazo canópico del Nilo, pero con una larguísima tradición de cultura helénica. En efecto, los griegos ya se servían de ella como base comercial a finales del s. VII a. C., y parece que en el 570 a. C. el rey Amasis les otorgó concesiones especiales para que pudieran utilizarla como puerto mercante. De este modo, desde el siglo VI a. C., Náucratis se convirtió en el principal enclave griego en territorio egipcio, y en el centro de las relaciones entre ambas culturas. El florecimiento comercial de la ciudad se mantuvo durante toda la época clásica, pero en el helenismo cedió terreno ante Alejandría. Su decadencia continuó en el período romano, en el que se le permitió como privilegio mantener su constitución griega. Ésta era la cuna de Ateneo: una ciudad griega en suelo egipcio, con un pasado de esplendor económico y cultural, y que se había convertido en parte del Imperio Romano. Náucratis fue patria de otros intelectuales destacados y contemporáneos de Ateneo, en concreto Proclo el maestro de Filóstrato, Julio Pólux el lexicógrafo, Ptolomeo el rétor, y un tal Apolonio del que nos habla Filóstrato 3 ; seguramente el florecimiento de todas estas figuras más o menos por la misma época no fue casual. De todos modos, Ateneo no parece haber guardado muy buenas relaciones con la mayoría de sus compatriotas, especialmente con Pólux, del que lo separaban motivos culturales 4 y sobre todo políticos, ya que el lexicógrafo gozaba del favor del emperador Cómodo, mientras que, como veremos, Ateneo se sitúa en el bando opositor a éste. La hostilidad que el autor manifiesta continuamente contra Atenas (y que contrasta, en cambio, con su filorromanismo) tiene posiblemente también que ver con el hecho de que los otros naucratitas ilustres desarrollasen su actividad en dicha ciudad, mientras que Ateneo, que careció de reconocimiento oficial, se movió más bien en la órbita romana 5 .

Del linaje de Ateneo, así como de las fechas de su nacimiento y muerte, no sabemos nada. Tampoco es posible precisar el momento de composición del Banquete de los eruditos , aunque pueden intentarse algunas aproximaciones. El término post quem nos lo proporciona la mención que se hace en XII 537 F del emperador Cómodo, sucesor de Marco Aurelio, que reinó entre el 180 y el 192. Ateneo se refiere a él como contemporáneo, aunque sus palabras, que incluyen un juicio negativo hacia la persona de Cómodo, inducen a pensar que éste ya ha fallecido en el momento en que se escribe o publica la obra. En I 20 C se alude también como contemporáneo a Menfis el bailarín, del que tenemos noticias por la Historia augusta 6 , y que fue muerto por orden del mismo Cómodo en el año 189 o 190. Con estos datos encajan igualmente en primer lugar la cronología de Galeno (muerto en los primeros años del s. III a. C.), que aparece como uno de los personajes del banquete 7 ; en segundo lugar, la vinculación de Larensio, el anfitrión, con Marco Aurelio 8 ; y, finalmente, la noticia de la Suda , que centra la vida de Ateneo en el reinado de este mismo emperador. Vemos, por tanto, que todos los indicios cronológicos apuntan a la época de los Antoninos. Las referencias culturales más recientes de la obra pertenecen así mismo a la época de Adriano y los Antoninos. En cambio, hay una ausencia total de datos cronológicos del período Severo. Por consiguiente, la juventud de Ateneo debió de coincidir con el reinado del emperador Adriano, del que tiene un juicio altamente positivo, y a cuyos tiempos se refiere siempre con nostalgia; en contraposición con ello está el desdén que el autor muestra por la situación política de su madurez, momento que se corresponde con la composición de la obra. Lo más probable es que ésta se escribiera tras la muerte de Cómodo, aunque es de suponer que no mucho después, seguramente en el reinado de Septimio Severo (años 193-211). Incluso cabría circunscribir la datación de la obra al período que va del año 192, en que muere Cómodo, al 195, durante el que está en vigor la damnatio memoriae decretada contra él por el Senado, antes de que Septimio Severo lo rehabilitara 9 .

De acuerdo con todo lo dicho, debe descartarse para el Banquete de los eruditos una fecha de composición más tardía (concretamente posterior al año 228, en el reinado de Alejandro Severo), como defendieron en su día una serie de autores, entre los que se encuentran los últimos editores de la obra: Schweighäuser, Kaibel y Desrousseaux 10 . Esta hipótesis se basa en la identificación de uno de los personajes, Ulpiano de Tiro (del que Ateneo dice en XV 686 C que falleció a los pocos días de la celebración del banquete), con un célebre jurista, Domicio Ulpiano, cuya muerte se creía que había tenido lugar en ese año, aunque hoy se fija en el 223 11 . Sin embargo dicha identificación (propuesta por Schweighäuser) es problemática debido a varios motivos. Por una parte, nos obliga a situarnos más de veinte años después de la muerte de esos otros personajes que Ateneo menciona como contemporáneos, lo cual parece demasiado tiempo. Además, es del todo imposible que Galeno y Ulpiano el jurista estuvieran cenando juntos en el 223; recurrir al expediente de que Ateneo mezcla personas de épocas diversas, como hacen Platón y Jenofonte, no resulta una explicación aceptable, a la vista de la crítica a este procedimiento que hace el propio autor en V 215 D. Por otro lado, la muerte violenta del jurista (que fue asesinado por los pretorianos, según Dión Casio 12 ), se contradice con el plácido fallecimiento que Ateneo atribuye a su Ulpiano. Mucho más plausible resulta la propuesta de Dittenberger 13 , aceptada también por C. B. Gulick 14 , y luego desarrollada por B. Baldwin 15 , que ve en el citado personaje no a Ulpiano el jurista, sino a su padre, al que podemos situar como contemporáneo de Galeno y las otras figuras históricas aludidas. Además, y también por cuestiones cronológicas, a este Ulpiano senior le cuadra mejor que a su hijo la afirmación que hace en XV 677 B de haber conocido al poeta Pancrates, de época de Adriano.

En otro orden de cosas, teniendo en cuenta los intereses culturales de Ateneo y su origen egipcio, lo más probable es que haya visitado Alejandría, donde la gran Biblioteca adscrita al Museo seguía funcionando como centro cultural y de estudio de primera magnitud 16 , y donde el comercio del libro tenía su sede principal. De hecho el autor parece considerar la capital de Egipto como una especie de «patria espiritual», cuando en XII 541 A se refiere a sus habitantes como «mis alejandrinos».

También se piensa que, como muchos otros intelectuales y poetas en lengua griega de su época, Ateneo se trasladó en algún momento a Roma. Era lógico que los eruditos como él se sintieran atraídos por la capital del Imperio, donde tenían la oportunidad de encontrar el apoyo de algún romano influyente, y donde existían buenas bibliotecas. El hecho de que la acción del Banquete , en el que el propio Ateneo toma parte, se sitúe en Roma, abona esta teoría, que se ve apoyada así mismo por el conocimiento que demuestra el autor de las costumbres romanas contemporáneas. Parece igualmente probable que Ateneo contara con el patronazgo de P. Livio Larense, al que se identifica con el personaje de Larensio, el anfitrión del banquete. La crítica que hace Ateneo de Cómodo y sus pretensiones teocráticas coinciden con las ideas políticas de Larensio, de quien sabemos por la Historia Augusta 17 que se encontraba entre los partidarios de Pértinax, y disentía de la política de Cómodo.

Poco más puede decirse de la vida de Ateneo, salvo que al menos escribió, que sepamos, otras dos obras de géneros diversos, citadas por él mismo en el Banquete de los eruditos: un tratado histórico titulado Sobre los reyes de Siria (mencionado en V 211 A), y una monografía en la que comentaba un pasaje de la comedia Los peces de Arquipo (citado en VII 329 C).

2. LA OBRA DE ATENEO EN EL CONTEXTO DE LA LITERATURA GRIEGA DE LOS SIGLOS II -III D . C.

Aunque desde el año 27 a. C. la Hélade había pasado a formar parte del Imperio Romano como una provincia más, la cultura griega supo mantenerse viva y sin perder su capacidad creativa a través de todo el largo período de dominación romana. Es verdad que ésta no es una época de grandes figuras, y que por lo general, sobre todo a partir del triunfo de la segunda sofística, las obras literarias muestran una excesiva influencia de la retórica, a la vez que suelen adolecer de una erudición que cae en la pedantería. Pero, en contrapartida, la producción literaria es abundantísima, y pese a que en conjunto esta época carece de la originalidad del clasicismo y el helenismo, aún es capaz de crear algunos nuevos géneros, como la novela, la epistolografía y la biografía, a la vez que se observa un renacimiento de la poesía.

Por otro lado, la tradicional valoración negativa de estos siglos ha sido revisada a partir de la célebre monografía de B. P. Reardon 18 . Este autor ha introducido una nueva perspectiva en el estudio de la Grecia de época romana, que se valora ahora como una etapa de transición de lo antiguo a lo moderno, en la que los griegos consolidan su grandiosa herencia cultural, para transmitirla a continuación a la nueva civilización bizantina que poco a poco va surgiendo, marcada ya por el cristianismo, y, en definitiva, a toda la posteridad 19 .

En los seis siglos que comprende en la historia de Grecia la época imperial romana, el siglo II y el comienzo del III, época en que precisamente desarrolla su actividad Ateneo de Náucratis, constituyen un período de renacimiento cultural, y suponen una etapa clave en la consolidación y desarrollo de la tradición cultural pagana, sobre las bases ya puestas por el helenismo. Reardon ve una clara explicación histórica que da cuenta de este proceso y justifica las características de la producción literaria del momento. La Grecia del s. II , plenamente consciente de su tradición, ve amenazada su identidad cultural por el dominio político de Roma (pese a la tradicional sumisión de los romanos a la cultura griega). Como reacción, los autores griegos buscan sus raíces en el pasado, a la vez que pierden el interés por lo contemporáneo. Son plenamente conscientes del poderío de Roma, y lo aceptan, pero se despreocupan de él. Su interés se centra en conservar la cultura griega, que temen que no sobrevivirá «sin esa preservación consciente y casi artificial» 20 . El respeto a la autoridad y la imitación de los modelos antiguos se convierte así en el eje de toda la producción literaria, que es en estos siglos fundamentalmente libresca. En Ateneo, por ejemplo, como ha puesto de manifiesto G. Zecchini, es palpable la nostalgia por el Egipto Ptolemaico del s. III a. C., y en general un gran interés por la primera época del helenismo. Con ello se inserta en una corriente en vigor durante la época de los Antoninos, sobre todo en la Grecia Oriental, que busca sus raíces en la etapa previa a la nivelación operada por el dominio político de Roma 21 .

El afán erudito, que constituye una de las características de esta época, no es más que una vertiente del proceso que hemos expuesto más arriba. El ansia por conocer y conservar la herencia cultural del pasado en todas sus facetas lleva a muchos autores a buscar y atesorar ávidamente todo tipo de datos, acudiendo al estudio de las fuentes más diversas, a menudo libros raros y difíciles de conseguir. Esta actividad se ve favorecida por la proliferación de las bibliotecas, tanto públicas como privadas, que coincide además con el florecimiento del comercio del libro.

Los eruditos del momento, entre los que Ateneo es una de las figuras más destacadas, sienten interés por todo tipo de temas: historia, geografía, ciencias, literatura, gramática, lexicografía, curiosidades y anécdotas de todas clases... En esto, como apunta Reardon 22 , son en buena parte herederos de la escuela de Aristóteles, si bien carecen del interés por la razón y la búsqueda de verdades científicas que dirige la actividad de aquélla. Naturalmente, ese esfuerzo recopilador no se orienta a la satisfacción de un mero afán personal de coleccionista. Al contrario, los eruditos de la época se sienten impulsados a transmitir sus variados conocimientos a la posteridad, contribuyendo así de un modo decisivo a la preservación de la cultura griega. Y lo hacen precisamente a través de sus creaciones literarias, sea cual sea el género al que éstas pertenezcan.

Ahora bien, el componente erudito se manifiesta en diverso grado según los escritores; en este aspecto, Ateneo representa un caso extremo, hasta el punto de que en su obra el revestimiento literario da la impresión de ser un simple pretexto del que se sirve el autor para plasmar por escrito sus ingentes conocimientos. Sin embargo, al contrario de lo que a menudo suele pensarse, el Banquete de los eruditos no se reduce a ser un mero elenco de citas y noticias agrupadas en desorden, y tampoco es cierto que Ateneo no tenga otra intención al componerlo que la meramente erudita. Por una parte, como tendremos ocasión de ver, el autor ha creado una obra que responde a las características del género al que se adscribe, el simposio. Además, la ha dotado de una estructura interna coherente, adaptando el desarrollo de la acción a las diferentes partes del festín; los textos aducidos van surgiendo a lo largo de una acción y un diálogo que los explican, los justifican y les dan sentido. Por otro lado, es evidente en el texto una intencionalidad cómica y satírica del autor, que aflora continuamente en los diálogos. Además, Ateneo no contempla el acopio de información como algo vano y estéril, sino que para él la adquisición de conocimientos es algo que produce satisfacción, un placer que quiere compartir con el lector.

Es importante tener en cuenta que, como acabamos de indicar, la erudición de Ateneo está plagada de elementos cómicos 23 . Un primer rasgo de humor se atisba ya en el propio título, en griego Deipnosophistaí (literalmente algo así como «Los eruditos del banquete») 24 , un compuesto con resonancias cómicas creado por el autor. Lo mismo podemos decir también del comienzo de la obra 25 , que es indudablemente una parodia del Fedón platónico. Pero ese componente humorístico se hace patente sobre todo en los frecuentes enfrentamientos dialécticos entre los personajes (divididos grosso modo en dos bandos, filólogos y filósofos), cargados de pullas, ironías, y juegos de palabras, así como en una vena satírica que se dirige por igual contra unos y otros. La abundante presencia de citas de comediógrafos, además de algunos autores paródicos, es así mismo indicativa de la inclinación humorística del autor. Aún más, en sus conversaciones con Timócrates Ateneo ironiza incluso a propósito de su propia obra, como puede verse en VI 222 B, VII 330 C y VIII 365 E. Esta perspectiva no puede ser olvidada a la hora de examinar y valorar a Ateneo, que dista de ser un erudito frío y serio, como muchas veces se piensa.

Ateneo no presenta los datos de una manera impersonal y aséptica, sino que, muy al contrario, se muestra a menudo cargado de intenciones críticas. Así, por ejemplo, en los filólogos censura sobre todo la pedantería 26 y el aticismo exagerado. Contra los filósofos en general manifiesta una actitud desconfiada y hostil 27 , excepción hecha quizás del amargo moralismo de la diatriba cínica. Son especialmente virulentos los ataques que dirige contra Platón 28 , que se desarrollan sobre todo en dos secciones de la obra (V 215 A-221 A y XI 504 E-509 E). Si en los filólogos censura la hipercrítica, de las escuelas filosóficas rechaza sobre todo su pretensión de erigirse en un sistema de valores completo y el mantener comportamientos disconformes con los códigos éticos que pregonan. Ataca también la extravagancia y el exceso de lujo, los vicios y las aspiraciones divinas de los gobernantes.

El Banquete de los eruditos pone ante nosotros una ingente cantidad de noticias sobre los temas más variados, aunque siempre relacionados de uno u otro modo con lo simposíaco 29 : cuestiones culinarias, vinos, medicina, biología, música, gramática, lexicografía, literatura, etnografía, historia, anécdotas de todo tipo, etc. Todo esto puede ser en sí un defecto, por cuanto la obra resulta a menudo artificial y de lectura demasiado prolija; pero al mismo tiempo constituye el mayor mérito del autor. Ateneo no ha pasado a la historia como una gran figura literaria, pero sí como una de las mayores y más valiosas fuentes para el conocimiento de muy diversos aspectos de la cultura griega. Como por lo general suele poner cuidado en indicar los autores y obras de los que obtiene su información, y además se interesa especialmente por escritos raros y ya poco conocidos en su tiempo, que no han llegado hasta nosotros por transmisión manuscrita, Ateneo se ha convertido en una importantísima vía indirecta para el conocimiento de gran cantidad de escritores, especialmente de los cómicos fragmentarios, pero también de líricos, trágicos y épicos (por ejemplo es fuente fundamental de Arquéstrato de Gela y Matrón de Pítane), historiadores (sobre todo de época helenística, de los que constituye, con mucho, la fuente principal), así como autores de tratados médicos, gramaticales, etc. El Banquete de los eruditos representa para la literatura griega algo semejante a lo que las Noches Áticas de Aulo Gelio son para la literatura latina.

La cuestión de si Ateneo conoce de primera mano las obras que cita, o si se basa, a su vez, en fuentes intermedias, ha dado lugar a largas controversias 30 . Resulta ejemplar en este sentido la monografía ya citada de G. Zecchini, que se plantea el análisis en profundidad de las citas de los historiadores y obras que podríamos denominar «parahistóricas» en Ateneo. Las conclusiones de Zecchini, que seguramente se pueden trasladar igualmente a los otros campos del saber que toca la obra, son que Ateneo lee directamente a buena parte de los autores que cita, aunque con frecuencia también obtiene su información por vía indirecta, sobre todo a través de léxicos o de catálogos. Por otro lado, Ateneo es capaz de ejercer una acción crítica sobre sus fuentes, tanto en lo que respecta a cuestiones textuales como de contenido 31 .

En otro orden de cosas, hemos apuntado antes que, en general, los escritores griegos de este período afectan dar la espalda a Roma. Ateneo, sin embargo, muestra una actitud bastante receptiva al respecto, en la línea de Plutarco o Dión Casio. Lo que decimos queda en evidencia ya por el hecho mismo de que la acción de la obra se sitúe en la capital del Imperio, durante una fiesta típicamente romana (las Parilias) y con un anfitrión y algunos participantes romanos. Además, Ateneo nos ofrece frecuentes noticias sobre Roma, sus costumbres, sus grandes hombres, etc., tanto del pasado como de época contemporánea, y su testimonio directo merece ser tenido en cuenta para el estudio de la Roma imperial de su tiempo. También en el campo lexicográfico se alude en ocasiones a términos latinos, y de la discusión al respecto en III 121 F ss. se desprende el reconocimiento por parte de Ateneo del bilingüismo de los griegos afincados en Roma, así como su aceptación justificada de ciertos préstamos latinos, actitud que se conjuga con su aversión hacia el aticismo exagerado. De cualquier modo, Ateneo no está interesado por la literatura latina; los datos sobre la historia de Roma que no conoce por propia experiencia los toma de fuentes griegas, y las pocas citas de autores latinos que incluye las conoce, como demuestra Zecchini, por vía indirecta. Ni siquiera está claro que haya tenido un buen conocimiento del latín, ya que en realidad la mayoría de las palabras latinas que cita pudo tomarlas sin problemas de léxicos o de obras análogas.

En definitiva, el Banquete de los eruditos posee muchos de los defectos y virtudes que se achacan a la producción literaria del momento: relativa falta de originalidad, tono erudito, culto al pasado, salvaguarda de la tradición cultural helénica. Por todo ello la obra de Ateneo resulta un producto típico de su tiempo. Hay, no obstante, otros rasgos peculiares que caracterizan al autor, en concreto los elementos cómicos y satíricos (que recuerdan a El Banquete o Los lapitas de Luciano, e incluyen una crítica a la filosofía y un rechazo del aticismo extremo) y la valoración y aceptación de lo romano. Además, Ateneo se sustrae en buena medida al influjo de la Segunda Sofística, entonces en apogeo, manifestando una influencia de la retórica mucho menor que la que se observa en la generalidad de sus contemporáneos 32 .

3. EL «BANQUETE DE LOS ERUDITOS » EN EL MARCO DE LA LITERATURA SIMPOSÍACA

Ateneo de Náucratis eligió como cauce literario un género que contaba con una tradición de varios siglos, el «simposio» o banquete. Dicha elección no fue casual: además de prestarse especialmente al desarrollo de charlas de contenido erudito, el género proporciona al autor la posibilidad de extenderse sobre los temas que más le interesan, que son precisamente todos los que tienen que ver con lo simposíaco (en su dimensión tanto «real» como «literaria»). Así, la obra se nos presenta como la narración de lo acaecido durante un banquete, en el que la conversación, a su vez, gira en torno al tema del banquete. O, dicho de otro modo, Ateneo emplea el banquete al mismo tiempo como contexto y como tema de su discurso 33 .

El simposio constituye un género prosístico 34 , cuyo modelo clásico es el Banquete de Platón. Aunque existían precedentes, fue este autor quien le confirió unas directrices y una estructura bien definidas, marcadas por la técnica del diálogo narrado. Conforme a ella, el contenido de la obra se expresa a través de las conversaciones que tienen lugar entre diversos personajes en el transcurso de un festín. A su vez, ese diálogo no se nos presenta de un modo directo, sino que la charla en cuestión es relatada a posteriori a otra persona por uno de los personajes que estuvieron presentes, o incluso por alguien que, a su vez, lo conoce de segunda mano, por habérselo oído contar previamente a un tercero. Se adopta la convención de que el narrador (que puede o no identificarse con el autor) es capaz de recordar con gran detalle las palabras de cada comensal, por más que a veces afirme no acordarse de todo con exactitud. No hay una norma fija sobre el tiempo que transcurre entre la celebración del banquete y el momento de su narración, que puede ser de unos días o de varios años (caso del Banquete platónico). Tampoco es obligatorio que la acción de la obra se sitúe en época contemporánea del autor 35 . Las conversaciones, llenas de discusiones y opiniones enfrentadas, confieren a la obra simposíaca un tono dramático 36 , a la vez que permiten al autor dar una ficticia sensación de objetividad, ya que supuestamente reproduce las palabras y opiniones de otros.

Antes de seguir adelante con el estudio de las características del «simposio» en general, y su reflejo en el Banquete de los eruditos en particular, conviene detenerse un momento en las opiniones que el propio autor manifiesta al respecto. En efecto, en el libro V, si bien de un modo no sistemático, Ateneo introduce una serie de notas críticas sobre el género que él mismo cultiva, comentando ciertos aspectos de los Banquetes de algunos de sus predecesores, en concreto los de Jenofonte, Platón y Epicuro. A través de los reproches o elogios que les dispensa, va exponiendo diversos rasgos y elementos que, en su opinión, debe poseer una obra de este tipo y, al contrario, otros que debe evitar.

En concreto, Ateneo considera que un Banquete debe comenzar con un prólogo que incluya la exposición del motivo del festín, las personas presentes, y el momento y lugar en que aquél se desarrolla 37 . Por su parte, los personajes deben ser representantes de distintos campos del saber (también admite que algunos sean simples particulares), y defender opiniones contrapuestas entre sí, a fin de conferir variedad y gracia a la obra 38 . Además, el autor debe hacer que sus personajes se comporten de una manera decorosa 39 , aunque ello no tiene por qué impedir que se introduzcan en la obra distracciones y diversiones de buen gusto 40 . Finalmente, para el de Náucratis son totalmente rechazables los anacronismos, el falseamiento de hechos reales, y la mezcla de personajes de épocas dispares 41 . En esto se muestra en abierta contraposición con el modelo platónico, ya que a Platón no le preocupa en absoluto incurrir en anacronismos.

Aunque lamentablemente los primeros libros de la obra faltan en los manuscritos 42 , conservamos un resumen que nos ilustra sobre su contenido, y deja ver que, de acuerdo con las convenciones del género, el Banquete de los eruditos se iniciaba con el consabido diálogo-marco entre el personaje que va a actuar como narrador (en este caso el propio Ateneo) y el amigo que desea enterarse de los pormenores (un tal Timócrates). La conversación entre ambos se nos presenta ya iniciada (otra de las constantes del género), y constituye un prólogo que pone al lector en antecedentes sobre el otro diálogo, el que constituye la parte central de la obra 43 , su importancia, y los personajes que tomaron parte en él. No queda claro cuánto tiempo ha transcurrido entre la celebración del banquete y el encuentro de Ateneo y Timócrates, aunque el vivo interés de éste por informarse de lo allí ocurrido podría apuntar a que se trata de un acontecimiento relativamente reciente.

El diálogo-marco ofrece una estructura simple: Ateneo, que ha estado en la fiesta, narra lo ocurrido a Timócrates directamente, sin intermediarios. El mismo procedimiento se observa en el Banquete de los siete sabios de Plutarco. En cambio, tanto en el Banquete de Platón como en El banquete o Los lapitas de Luciano, otros de los precursores de Ateneo, encontramos un marco complejo, en el que el narrador no conoce los hechos de primera mano, sino de oídas, a través del relato de otra persona que sí ha tomado parte en ellos 44 . Ahora bien, en el caso del Banquete de los eruditos , el diálogo-marco no queda restringido al comienzo y al final absolutos de la obra, sino que, como veremos, se va repitiendo en los diversos libros. La gran extensión del texto hacía necesaria esta mayor complejidad estructural.

Aunque, de acuerdo con el modelo platónico, la convención del género manda que la acción tenga lugar durante la sobremesa del banquete, Ateneo ha preferido desarrollar el diálogo a lo largo de todas las fases de éste. De este modo, el autor se concede más margen para introducir todo el caudal de su saber 45 , sin tener que alargar desproporcionadamente la segunda parte del festín, en la que, retiradas las mesas, los comensales pasan a beber y charlar. Además, la cena le ofrece continuos pretextos para tratar de cuestiones culinarias, por las que siente especial interés. Este hecho es, al mismo tiempo, reflejo del cambio que han experimentado con el tiempo las costumbres simposíacas griegas: mientras que en la época clásica la parte más importante y ritualizada del banquete era precisamente el pótos , la sobremesa en torno a las copas, en época helenística y romana la mezcla de influencias externas ha llevado a que también la cena en sí, el deîpnos , cobre importancia 46 . Por otro lado, Ateneo no es innovador en esto, ya que encontramos precedentes literarios en otras dos obras de época romana, las Charlas de sobremesa de Plutarco, y el Banquete de Luciano, quien también se complace en mencionar los platos servidos.

En el Banquete platónico la charla no se desarrolla libremente, sino que los interlocutores disertan por turnos, siguiendo un orden protocolario; Ateneo, lo mismo que Jenofonte, Plutarco y Luciano, no imita en esto a Platón, sino que prefiere dejar que la conversación fluya de un modo natural, como ocurriría en una reunión simposíaca real.

Hay, finalmente, otros detalles menores en los que Ateneo sigue a sus predecesores en el género, como son la irrupción de un personaje no invitado (aquí un cínico anónimo al que se alude de pasada en VII 307 F), y alguno que llega tarde (el mismo cínico aludido y el citaredo Amebeo, al que se hace referencia en XIV 622 D-Ε). La presencia de médicos entre los invitados (cuatro en la obra de nuestro autor: Galeno, Dionisocles, Dafno y Rufino) es un motivo que se encuentra también en los Banquetes de Platón, Plutarco y Luciano. Finalmente, el tema erótico, que es el más característico del género simposíaco, por ser el eje del Banquete de Platón, está así mismo reflejado en la obra de Ateneo, que le dedica un libro entero, el XIII 47 .

La adscripción al género simposíaco no agota, sin embargo, la descripción del Banquete de los eruditos . En efecto, la obra, por su contenido, merece ser también considerada en el ámbito de la literatura gastronómica 48 , de la que tan a menudo aduce Ateneo testimonios, en su doble vertiente de «libro de cocina» y de «ideario» del aficionado a la buena mesa. Al hilo del desarrollo de los aperitivos y la cena, los productos culinarios, con sus variedades, características, procedencias, y efectos sobre la salud, constituyen el principal tema de conversación de los eruditos, aunque las recetas de cocina en sí no sean demasiado abundantes. En el plano más ideológico, se defiende un género de vida frugal, cuyo modelo se encuentra en los tiempos antiguos (griegos y romanos), en el que el placer debe verse contenido por un estricto código ético, frente a los excesos «modernos», por más que el banquete en el que participan los eruditos de Ateneo sea uno de los más lujosos y abundantes de los que se tiene noticia; un rasgo más del humor irónico de Ateneo.

Al mismo tiempo, buena parte de las citas son traídas a colación en el contexto de discusiones sobre temas léxicos y gramaticales. Ateneo toma postura en un debate lingüístico que se desarrolla en la cultura griega de época antonina, oponiéndose a quienes defienden la pureza a ultranza de la tradición ática. Su postura es moderada, abierta al neologismo o al préstamo lingüístico justificados, como se ve en III 121 F ss. a propósito de los préstamos latinos, y muy crítica, en cambio, con los defensores de un aticismo extremado y pedante 49 . Aunque los personajes de Ateneo aceptan que, en general, el empleo del vocabulario debe estar sancionado por una autoridad, para lo cual acuden una y otra vez al modelo de los autores antiguos, lo hacen sin discriminación de dialectos ni preferencia de época. Es también frecuente que se despliegue ante nuestros ojos un amplio elenco de variantes dialectales testimoniadas para una misma palabra, que se trate de la evolución de los significados, y que se hagan incursiones en el campo de la etimología. Todo ello nos introduce de lleno en los ámbitos de la lexicografía y la gramática, en los que Ateneo merece ocupar también un lugar destacado, aunque estos contenidos no se desarrollen de una forma sistemática en su obra.

4. ESTRUCTURA DE LA OBRA

A pesar de que el Banquete de los eruditos aparece en la tradición manuscrita dividido en quince libros, ha venido defendiéndose tradicionalmente la idea de que en origen el texto constaba de treinta libros, que en algún momento se resumieron en los quince actuales. El estudio de la estructura interna de la obra no puede hacerse sin tener en cuenta esta cuestión fundamental.

La tesis de que lo que hoy conservamos es sólo un resumen de la redacción original del Banquete de Ateneo parte de una serie de anotaciones marginales que aparecen en el manuscrito A 50 . Dichas anotaciones apuntan a que el modelo del que se copia tiene treinta unidades, que se han venido interpretando como treinta libros. De este modo se llegó a la communis opinio 51 de que la versión extensa 52 del Banquete de los eruditos que hoy conocemos es un resumen, y no la obra completa, que habría tenido doble tamaño. Concretamente se venía considerando que en los actuales libros I al VII estarían a su vez comprimidos los catorce primeros de la versión original; los libros VIII y IX se corresponderían respectivamente con los libros originales XV y XVI; y los seis restantes (actuales X-XV) tendrían que ser el resumen de otros catorce libros.

Sobre la cuestión de las anotaciones marginales de A, que pueden tener una interpretación distinta a la que hasta hace poco se les venía dando, véase más adelante el apartado dedicado a la transmisión del texto. Por el momento vamos a ocuparnos de otra serie de argumentos de diverso tipo que se han venido aduciendo en apoyo de la idea de que la obra de Ateneo tenía en origen una extensión mucho mayor que la actual. Los más importantes son los siguientes:

1) Kaibel, en la introducción a su edición del Banquete de los eruditos , sostiene la tesis de que el romano Macrobio utilizó como fuente directa para sus Saturnalia a Ateneo, pero que conocía una versión de su obra más amplia que la actual. En defensa de su teoría dedica varias páginas 53 a comparar y comentar diversos pasajes de Ateneo y Macrobio. Sin embargo, sus argumentos han sido convincentemente refutados por G. Wissowa 54 , quien ha demostrado que en realidad ambos autores se sirvieron en parte de fuentes comunes, además de compartir algunos elementos tradicionales de la literatura simposíaca.

2) La Suda cita a Ateneo en Δ 1152 como fuente para varios títulos del comediógrafo Diodoro de Sínope. El primero de ellos, La flautista , se dice que aparece en el libro X de Ateneo, y así es en efecto (se menciona en X 431 C). Los otros dos, La heredera y Los asistentes a la festividad , se dice que son citados en el libro XII. Este dato, sin embargo, no concuerda con el texto de Ateneo. De hecho, Los asistentes a la festividad no se encuentra mencionado por el autor. La heredera , en cambio, sí que aparece, pero no en el libro XII, sino en el VI (en 235 E y 239 A). Pues bien, a la vista de estos datos, Desrousseaux 55 concluye que estamos ante un claro indicio de que la Suda tuvo noticia de una primitiva versión del Banquete de los eruditos en treinta libros. Según este autor, el libro XII al que se refiere la Suda no es el actual, sino el de la antigua redacción en treinta, que en la versión que hoy poseemos se correspondería con el libro VI, según la ecuación 12 de 30 = 6 de 15; esto explicaría la discordancia de los datos. Aunque, en la introducción a su edición de la Suda , A. Adler indica que este léxico conoce una versión del Banquete de los eruditos en quince libros 56 , no sería imposible, de acuerdo con Desrousseaux, que por contaminación de fuentes hubiera quedado huella de la supuesta división de la obra en treinta. De hecho sabemos que los datos sobre los títulos de comedias no los toma la Suda directamente de Ateneo, sino de una fuente intermedia, posiblemente el léxico de Hesiquio (del que en la actualidad sólo conservamos un epítome).

Sin embargo, la tesis de Desrousseaux carece de fundamento. Para empezar, sería raro que la Suda sólo mostrase una única huella de la división del Banquete de los eruditos en treinta libros 57 , siendo unánimes sus restantes testimonios en aludir a la que nosotros conocemos, en quince. Pero es que además puede aducirse otro pasaje en el que el libro indicado por la Suda no coincide con el texto de Ateneo, y donde queda descartada una explicación paralela a la que da Desrousseaux para Δ 1152. En efecto, en Δ 3012 se atribuye al libro XIV de Ateneo la mención de tres comedias de Érifo, Eolo, El soldado de infantería y Melibea . Pues bien, dichas obras son, en efecto, citadas por Ateneo, pero no en el libro XIV, sino en IV 134 C (Eolo); III 84 A, VII 302 E y XV 692 F (Melibea) ; y IV 137 D (El soldado de infantería) . En este caso no cabe suponer que el libro XIV aludido sea el de la supuesta versión en treinta, y haya, por tanto, que identificarlo con el actual libro VII, pues las citas de Érifo se reparten por otros muchos libros de Ateneo además del VII.

La única conclusión que puede sacarse de todo esto es que la Suda no siempre es exacta al atribuir su información a un libro concreto del Banquete de los eruditos . No es ésta la única vez en que el texto de la Suda se muestra incorrecto o corrupto al citar a Ateneo; por ejemplo en Π 1708 adscribe a Platón el cómico una serie de comedias que el de Náucratis (al que se cita como fuente, esta vez sin especificar el libro) atribuye en realidad a Batón; entre ellas hay además una titulada Los asistentes a la festividad que, curiosamente, no aparece mencionada en la obra de Ateneo, lo mismo que ocurre con la comedia homónima de Diodoro de Sínope. Parece claro, por tanto, que cuando cita a Ateneo el texto de la Suda presenta a menudo corrupciones, errores o inexactitudes, y que las divergencias entre ambas obras no pueden achacarse sin más a que el Banquete de los eruditos haya tenido una versión más extensa que la que hoy conocemos. Y, desde luego, no hay constancia alguna de que la Suda haya conocido una división de la obra en treinta libros, en contra de lo que defiende Desrousseaux.

3) En el libro XII, que no recoge la charla de los eruditos, sino que se presenta como un largo excursus dirigido por Ateneo a Timócrates, en un momento dado (XII 541 A) el autor habla de «mis alejandrinos». Ahora bien, como Ateneo no es oriundo de Alejandría, sino de Náucratis, Kaibel 58 piensa que estas palabras no estaban originariamente en boca del autor, sino de otro de los personajes, concretamente de Plutarco de Alejandría. Según Kaibel, quien resumió la obra alteró además la forma dialogada del libro, o, habría que decir, los libros originales, obviando las intervenciones de los personajes. Aunque lo hizo de una manera perfecta, y consiguió dar a todo el libro XII el aspecto de una digresión de Ateneo, quedó este pequeño detalle como huella de la primitiva versión más extensa y en forma de diálogo.

Sin embargo, la importancia que da Kaibel a este detalle, y la conclusión que de él extrae, son exageradas. No resulta tan llamativo que Ateneo, que procede de suelo egipcio y posiblemente viviría un tiempo en Alejandría, considerase esta ciudad como una especie de patria espiritual, lo mismo que otros participantes en el banquete tienen por tal a Atenas, pese a ser de otras procedencias. Así Ulpiano de Tiro, en IX 366 A, habla de «mis compatriotas atenienses», y en IX 406 D dice «en mi Eleusis». También Mírtilo de Tesalia, en XIII 583 D, dice «pues en nuestra hermosa Atenas...». El argumento de Kaibel pierde, por tanto, fuerza, y aún más si tenemos en cuenta que, como él mismo indica, el libro XII mantiene coherentemente en toda su extensión la forma de un excursus que Ateneo dirige a título propio a Timócrates 59 y que, en fin, la supuesta forma dialogada anterior no ha dejado huella alguna, si descartamos ésta.

4) Hay una serie de libros que, en su totalidad o en parte, presentan aspecto de léxico o catálogo. Estos catálogos, que versan sobre todo tipo de temas (panes, vegetales, instrumentos musicales, peces, copas de beber, cortesanas, glotones, etc.) algunas veces son desarrollados por el propio narrador (así ocurre por ejemplo con el de los peces del libro VII); otras, son recitados por un único personaje (como hace Plutarco de Alejandría con las copas en el libro XI); y otras, finalmente, se exponen ante el lector en una mezcla de narración y diálogo (véase por ejemplo el catálogo de frutas del libro III). Además, en varios libros el diálogo se reduce a larguísimos parlamentos de dos o¡ tres personajes. Ello sería debido, de nuevo según Kaibel 60 , a la actuación del epitomador, que, más interesado por la brevedad que por la elegancia de la obra, la resumió comprimiendo o incluso suprimiendo diálogos y dándole dicho formato. De este modo se habría eliminado con frecuencia la transición entre temas, pasándose de unos a otros sin solución de continuidad. Sin embargo, este defecto de composición puede igualmente achacarse al autor, al que le interesa fundamentalmente exponer sus conocimientos, aunque ello vaya en detrimento de la perfección formal de la obra. Así por ejemplo, en VII 277 C Ateneo le dice a Timócrates que, para que lo recuerde más fácilmente, hará una lista alfabética de los pescados consumidos y lo que sobre ellos se dijo; algo parecido dice también en IX 368 F, y en XIV 616 E, donde explica que, para resumir, va a omitir la indicación de los interlocutores. En unos casos esta presentación puede deberse a que el autor no ha elaborado demasiado el material que maneja, por lo que el texto podría delatar la forma y ordenación de alguna posible fuente lexicográfica. Otras veces parece que el propio Ateneo se ve en la necesidad de no extenderse más de la cuenta, y lo hace prescindiendo de la parte que menos le interesa, el diálogo, para poder centrarse en la exposición de los contenidos eruditos. Además, los catálogos son una manifestación del gusto por la variedad que continuamente se hace patente en Ateneo.

5) Κ. Mengis, en un amplio estudio dedicado al Banquete de los eruditos 61 , encuentra una serie de datos discordantes que le llevan a concluir que hubo una persona que no se limitó a comprimir los treinta libros primitivos en quince, sino que además reelaboró completamente la obra, reuniendo en un único simposio lo que en el original eran varias cenas, que tenían lugar en días diversos en casa de Larensio, el anfitrión del banquete. Los argumentos que aduce son los siguientes:

En el libro X 459 B se dice que termina una jornada: «Puesto que también a nosotros nos ha sorprendido la tarde mientras considerábamos las palabras que se dijeron, dejemos para mañana la conversación sobre el tema de las copas». De estas palabras deduce Mengis que aquí terminaría uno de los varios banquetes originales refundidos en uno. En el libro siguiente se menciona el comienzo de una nueva jornada: «Pues habiéndonos reunido temprano...» (XI 459 B). Este segundo día, en el que, según Mengis, se desarrollaría primitivamente un segundo banquete, terminaría al final del libro XIV (664 F), donde se lee: «Y después de que se dijeron estas cosas [...] decidimos marcharnos, pues ya era por la tarde. De manera que nos despedimos así». La conclusión de Mengis es que en el libro XV se narraba en un principio un tercer banquete, acontecido en un día distinto.

Aún más, teniendo en cuenta la evidente desproporción en el volumen de texto que ocupan esos supuestos tres banquetes (el primero comprendería los diez primeros libros; el segundo cuatro, del XI al XIV; y el tercero sólo uno, el XV), Mengis 62 indica que podría incluso postularse una versión original en la que cada libro contuviese la narración de un día independiente. Es decir, que el epitomador-reelaborador sería el responsable de que la obra parezca contener la narración de un único banquete, en quince libros, cuando en realidad en un principio reunía treinta distintos, contenidos en otros tantos libros, a la manera de las Charlas de sobremesa de Plutarco. Como esa refundición se hizo de manera bastante descuidada, han quedado huellas de la estructura primitiva.

En apoyo de su hipótesis, Mengis 63 aduce otro dato digno de mención. En IX 372 B y D, el texto, que Mengis entiende referido al banquete «actual», indica que la época del año es el invierno, concretamente el mes de enero. Y, sin embargo, en el libro VIII (361 E-F) la acción se ha situado en la festividad de las Parilias, que se celebraban en Roma en el mes de abril.

C. B. Gulick 64 añade un tercer dato discordante respecto a la época del año en que tiene lugar el banquete, en concreto un pasaje de III 99 E en el que se alude a la canícula. Para este autor, dicho texto sitúa la acción en los días de la canícula, en pleno verano. Gulick, no obstante, apunta que estas contradicciones podrían entenderse sencillamente como lapsus de Ateneo, que se pierde en medio de tanta información.

Sin embargo, el examen atento de estos textos puede permitirnos llegar a otras conclusiones que solucionan la aparente divergencia de los datos. De los tres pasajes aducidos, el del libro VIII (361 E-F) sitúa sin lugar a dudas la acción del Banquete de los eruditos en la festividad romana de las Parilias, en el mes de abril. Dice así: «Pues bien, cuando todavía se estaban comentando muchas cosas por el estilo, justo en ese momento se pudo oír por toda la ciudad murmullo de flautas, sonido de címbalos y aun golpear de tambores acompañados de cánticos. Se celebraba precisamente la fiesta de las Parilias [...] Así que dijo Ulpiano: “¿Qué es esto, señores? ¿Una festividad o una boda? Pues ciertamente eso no es un simple banquete a escote”».

En cambio, los otros dos textos no tienen por qué interpretarse como referencias inequívocas a la fecha del banquete. En efecto, lo que se dice en IX 372 B es: «En cierta ocasión en que nos sirvieron calabazas en la estación invernal, etc.» Por lo que se cuenta más adelante, la anécdota en cuestión tuvo lugar también en casa de Larensio, en otra reunión con algunos de los mismos invitados, pero el adverbio poté permite situarla en un momento indeterminado del pasado con respecto al banquete que centra la narración de Ateneo. Por lo que se refiere al texto de III 99 E, no hay por qué deducir de él, como hace Gulick, que el festín tiene lugar en pleno verano. La mención de la canícula es una más de las alusiones burlescas a los cínicos que hace Ulpiano, todas relacionadas con la palabra «perro», y no una referencia a la época del año en que se desarrolla el banquete. Por lo tanto, esos datos no son, en realidad, contradictorios, y hay una única referencia cierta a la fecha en que tiene lugar la cena que Ateneo narra a Timócrates, que es la festividad de las Parilias, en el mes de abril.

Descartado este problema, pasemos a analizar los otros argumentos expuestos por Mengis para defender que la obra original, más extensa, narraba en realidad al menos tres banquetes distintos, luego refundidos en uno solo. La clave para la interpretación de los tres pasajes mencionados, y, de hecho, para entender toda la estructura de la obra, está en el análisis de los procedimientos formales empleados por Ateneo. Ya I. Düring, en un artículo del año 1936 65 , apuntaba tres de estos procedimientos, a los que hay que añadir un cuarto, indicado por J. Letrouit 66 . Dichos procedimientos, que el autor emplea de modo constante a lo largo de toda la obra, son:

a) El diálogo interno, en estilo directo, entre los eruditos que toman parte en el banquete.

b) La narración interna, mediante la cual el autor expone el contenido de las conversaciones del banquete, pero sin reproducirlas en estilo directo.

c) El diálogo externo, en estilo directo, entre Ateneo y Timócrates (con dos modalidades: el diálogo externo stricto sensu , caracterizado por los vocativos Athḗnaie y Timókrates ; y el diálogo externo derivado, constituido por breves pasajes aislados donde el dativo del pronombre de segunda persona, soi , se refiere a Timócrates 67 ).

d) La narración externa, mediante la cual el autor informa directamente al lector sobre la puesta en escena exterior, es decir, sus encuentros con Timócrates.

Teniendo esto presente, la estructura del Banquete de los eruditos ya no puede verse como un conglomerado poco menos que informe de datos, plagado de contrasentidos y contradicciones, fruto de la reelaboración poco cuidadosa de un epitomador, como quiere Mengis. La realidad es bien distinta.

De acuerdo con la técnica del diálogo narrado, característica, como ya hemos dicho, del género simposíaco, la obra se inicia con la conversación entre el propio Ateneo y su amigo Timócrates 68 , que solicita de aquél la narración de lo acontecido durante un banquete que se ha hecho famoso en Roma. Este diálogo-marco encierra la parte central de la obra, en que Ateneo narra las charlas de los eruditos durante el festín, alternando diálogo en estilo directo (diálogo interno) y relato (narración interna). Ahora bien, dada la gran extensión del conjunto, Ateneo ha optado por iniciar (y, comúnmente, también por acabar) cada libro en las modalidades de diálogo externo stricto sensu , o bien en la de narración externa; dichas modalidades, además, solamente se emplean a principio y final de libro. Por lo general, tanto el diálogo externo como la narración externa son bastante breves, reduciéndose a menudo a unas pocas líneas, aunque en algunas ocasiones Ateneo se extiende en digresiones más largas dirigidas a Timócrates, como ocurre, por ejemplo, al comienzo del libro IV (entre IV 128 A y 134 B), al comienzo del libro VI (entre VI 22 A y 224 B), y en todo el libro XII.

Al mismo tiempo, en aras de la verosimilitud, el autor hace que la conversación con Timócrates no tenga lugar en un único día, sino que ambos se despiden y vuelven a reunirse en distintas ocasiones. Cuando esto se expresa en la modalidad de diálogo externo, no hay ambigüedad alguna al respecto. Ocurre, sin embargo, que las más de las veces Ateneo lo hace recurriendo a la modalidad de narración externa; y aquí es donde Mengis, y otros con él, se confunde, al tomar por referencias al diálogo interno datos que en realidad corresponden al diálogo-marco. Dicho de otro modo, las jornadas distintas que indica Mengis corresponden a los encuentros de Ateneo y Timócrates, y no a sucesivas reuniones de los invitados de Larensio. Dejando a un lado los libros I y II, que por conocerse sólo a través de un epítome no nos permiten sacar conclusiones, podemos ver que Ateneo y Timócrates tienen al menos cuatro encuentros, correspondientes a otras tantas jornadas. En uno de ellos se relata el contenido de los libros III al V 69 ; en otro el de los libros VI al X 70 ; a una nueva reunión corresponde la narración de los libros XI al XIV 71 ; finalmente, el libro XV se relata en un encuentro y día distinto.

Sentadas estas bases, estamos ya en condiciones de analizar con rigor la estructura de los quince libros de la obra de Ateneo. Para ello debemos tener presentes otras dos cuestiones: una, que, como ha puesto de manifiesto A. Lukinovich 72 , la actividad creativa de Ateneo se rige por el principio de la poikilía , la variedad o diversidad, que se manifiesta tanto en la multiplicidad de temas tratados, como en la forma de presentarlos. Y otra, que lo que más interesa al autor es dar cuenta de sus ingentes conocimientos, cosa que le hace descuidar a veces los aspectos formales de la obra 73 .

Pues bien, de acuerdo con lo anteriormente dicho, los quince libros del Banquete de los eruditos se nos presentan como la narración de un único festín, que Ateneo relata a su amigo Timócrates a lo largo de sucesivos encuentros (aunque entre los diversos temas tratados también se alude en ocasiones a otras reuniones celebradas anteriormente en casa de Larensio 74 ). Tal como indica en I 1 B el responsable del Epítome (al que, como ya hemos dicho, tenemos que recurrir para conocer la parte inicial perdida), Ateneo ha compuesto su obra de manera que la estructura refleje la disposición del banquete. Tenemos, por tanto, una parte preparatoria (libros I-V) que incluye la presentación y reunión de los comensales en casa de Larensio, con sus primeras charlas y los aperitivos; este primer bloque incluye también varias digresiones de Ateneo siempre en torno al tema del banquete. A continuación viene la cena (del libro VI a la mitad del X), en la que se tratan temas muy diversos, aunque predominan los culinarios. Finalmente tiene lugar la sobremesa (de la mitad del libro X al XV), que constituye el simposio propiamente dicho, en el que los invitados beben, contemplan algunas atracciones, y, sobre todo, charlan sobre cuestiones diversas, aunque siempre relacionadas con lo que ocurre en el festín, como pueden ser los diversos tipos de copas para beber, los temas amorosos o la música. Vemos que cada una de las tres partes mencionadas ocupa aproximadamente la misma extensión, cinco libros. Por lo que se refiere al comienzo de la obra, hemos de puntualizar que el Epítome no ha conservado completa la introducción, en la que se presentaba a los personajes y se exponía el lugar y motivo de la reunión; no obstante, en las palabras del epitomador es posible rastrear muchos elementos sacados de la misma 75 . No olvidemos, por otra parte, que Ateneo expresa en V 186 E su opinión de que los diálogos deben comenzar con un prólogo de este tipo.

Así pues, Ateneo va relatando paso a paso a Timócrates la marcha del banquete, junto con las conversaciones que tienen lugar durante el mismo, comenzando por la reunión de los invitados. Al mismo tiempo, y fiel al principio de la variedad, interrumpe varias veces el hilo narrativo para introducir por su cuenta los excursus dirigidos a su interlocutor a los que ya nos hemos referido.

Todos los libros cuyo comienzo se conserva (IV al XV) se inician en la modalidad de diálogo externo, es decir, con la conversación entre Ateneo y Timócrates en estilo directo; el libro XII se desarrolla todo él en dicha modalidad. Constituye una excepción el libro VII, que se abre en 275 F con la charla de los eruditos (diálogo interno sensu stricto); no obstante, éste da paso al diálogo externo un poco después, en 277 A. El Epítome , al que tenemos que recurrir para saber algo de los libros restantes (I, II y comienzo del III), sólo reproduce el comienzo del libro I, en la esperada modalidad del diálogo externo. La comparación con el resto nos lleva a suponer que también II y III se iniciaban del mismo modo.

Terminan en la modalidad de diálogo externo los libros II, III, IV, VII, VIII, XI, XII y XV. Lo hacen, en cambio, en la modalidad de narración externa los libros V, VI, IX, X y XIV. Es excepción el libro XIII, que termina en la modalidad de diálogo interno sensu stricto . El final del libro I no puede determinarse, porque no se recoge en el Epítome , pero a la vista del resto es de suponer que lo hacía en una de las dos modalidades externas (diálogo o narración).

En varias ocasiones, al final de un libro se anuncia el tema que va a tratarse en el siguiente; así lo vemos al terminar los libros III (modalidad de diálogo externo), IX (modalidad de narración externa), X (modalidad de narración externa) y XI (modalidad de diálogo externo). Esos anuncios, que desempeñan una función semejante a la de los proemios en las Charlas de sobremesa de Plutarco, contribuyen a dar cohesión a la obra.

Es también digna de mención una característica del Banquete de los eruditos que ha sido puesta de manifiesto por Martin 76 , y es que Ateneo identifica a menudo sus encuentros con Timócrates y la división material de la obra en libros; así lo vemos al final de los libros III (127 D-Ε), IV (185 A) y VIII (365 E), todos en la modalidad de diálogo externo, así como en el VI (275 B), en la modalidad de narración externa.

El paso de las modalidades externas a las internas es a veces un tanto descuidado, como vemos por ejemplo que ocurre en IV 134 D, donde el personaje de Plutarco se presenta hablando de repente, sin transición alguna, tras un excursus dirigido por Ateneo a Timócrates. En el interior de los distintos libros, las modalidades de diálogo y narración interna suelen combinarse con predominio del primero, de acuerdo con las convenciones del género simposíaco. La conversación va progresando por sí misma, como si se tratase de una charla real. Es el propio desarrollo del banquete el que va dando pie a los diversos temas de conversación, de manera que, por ejemplo, cada vez que se sirve un nuevo plato se habla sobre él (passim); cuando se da el aguamanos a los invitados se pasa a tratar de esta costumbre (cf. IX 408 D ss.); el inicio de la sobremesa origina una conversación sobre los nombres de los diversos recipientes para beber (libro XI), y así sucesivamente; el propio banquete inspira también otros temas más especulativos, como pueden ser las diversas concepciones filosóficas sobre el placer. Éste, no obstante, no es el único medio por el que avanza la charla. Un término mencionado de pasada, o una pregunta planteada por alguno de los comensales son otros de los recursos de los que se sirve el autor para introducir nuevos temas. La conversación va así desarrollándose libremente, tal como ocurriría en una auténtica reunión simposíaca, siendo frecuentes los enfrentamientos, las discusiones e incluso el ataque personal entre los invitados, generalmente plagados de rasgos de humor. Aunque en cada ocasión suele haber un asunto principal, éste se ve continuamente interrumpido por digresiones sobre cuestiones marginales más o menos relacionadas, que complican mucho el hilo argumental.

No obstante lo dicho, conviene no perder de vista que, como indica A. Lukinovich 77 , aunque en la ficción de la obra es la marcha de los acontecimientos la que va dictando los temas de conversación, en realidad al construir el texto el autor ha procedido en el orden inverso: primero ha elegido los temas que le interesaba tratar, y luego ha ido construyendo la trama y la conversación en torno a ellos, de manera que lo que parece ser una charla que avanza al azar responde en realidad al plan preconcebido por Ateneo.

Por otro lado, las intervenciones de los personajes suelen ser muy largas, ya que el autor vuelca su erudición en cada una de ellas, y además no se limitan por lo general al tema que les da pie, sino que la asociación de ideas lleva a que se salte continuamente de unas cuestiones a otras. Esto provoca que en algunos libros el diálogo quede reducido a las intervenciones de unos pocos personajes, fenómeno que no precisa de la intervención de un epitomador para explicarse.

Ateneo recurre también a menudo a la modalidad de la narración interna, mediante la que se reproduce lo esencial de la charla, pero ya no en estilo directo. Este formato supone la ruptura de la estructura dialógica de la obra, lo que le resta perfección formal, pero tiene dos claras motivaciones de índole práctica, a saber: evitar que ciertos libros alcancen una extensión desmedida, y presentar el material erudito de una manera más clara 78 . Puesto en la obligación de resumir, el autor prefiere prescindir del diálogo.

Es frecuente, además, que Ateneo recurra a una disposición ordenada de los contenidos, presentando los diversos tópicos que son objeto de discusión como si se tratara de las entradas de un léxico o glosario. El tratamiento del material en esos catálogos supone una organización consciente por parte del autor, que unas veces presenta los términos alfabéticamente 79 , y otras, muy a menudo, ordena los diversos testimonios que ilustran una palabra por orden cronológico de autores 80 . No obstante, como ya apuntábamos, es posible que en algunas ocasiones esto sea un reflejo del formato de la fuente utilizada.

En definitiva, los quince libros del Banquete de los eruditos se presentan como una obra unitaria y bien trabada en cuanto a su composición y estructura. El conjunto queda adecuadamente delimitado gracias al empleo, aunque no del todo sistemático, de las modalidades de diálogo externo stricto sensu y narración externa, a comienzo y fin de libro, y en ninguna otra parte. En el interior de cada libro, el diálogo y la narración internos se desarrollan al tiempo que avanza el festín, aunque la acción se interrumpe ocasionalmente por algunas digresiones del autor. Se advierte, por otro lado, que Ateneo está más interesado por los contenidos que por la estructura de la obra, en cuya composición se muestra a veces un tanto negligente.

5. LOS PERSONAJES

De acuerdo con las convenciones clásicas del banquete 81 (y con las normas sociales de los griegos) todos los invitados que toman parte en el festín de Larensio son varones. En consonancia con lo que Ateneo considera más adecuado para dar variedad y amenidad a la obra 82 , los asistentes pertenecen a distintos campos del saber, y sus intervenciones se centran por lo general en temas vinculados con su profesión. Además, gramáticos y filósofos mantienen con frecuencia opiniones contrapuestas, discuten, se lanzan pullas e incluso insultos, lo cual contribuye a dotar de gracia a la conversación, si bien su comportamiento no llega nunca a ser escandaloso ni falta al decoro, cosa que el autor considera rechazable 83 .

Sobre el carácter real o ficticio de los eruditos de Ateneo ha habido opiniones contrapuestas. Así por ejemplo, Kaibel 84 consideraba que la mayoría de los personajes eran ficticios, y que su personalidad y nombre los había forjado el autor basándose en grandes figuras de otros tiempos (no necesariamente contemporáneos). La misma idea aparece desarrollada con detalle en la introducción de Desrousseaux 85 . También Gulick 86 piensa que Ateneo, pese a inspirarse en personajes históricos, les ha conferido a todos un carácter ficticio y uniformemente pedante.

Sin embargo, estas explicaciones no resultan satisfactorias. Por un lado, puesto que varios de los participantes en el festín pueden identificarse con personas reales, en principio cabría esperar que también lo fueran los restantes (al menos nada se opone a ello). Por otro, el rechazo de Ateneo a la mezcla de personajes de épocas dispares 87 induce a pensar que los sabios de su banquete eran contemporáneos suyos, dado que él mismo toma parte en él. En esta dirección apuntan igualmente las investigaciones de B. Baldwin 88 , quien ha buscado aproximarse a la personalidad real de los diversos interlocutores del diálogo. No siempre es posible lograr una identificación efectiva; sin embargo, se demuestra que muchos de los nombres empleados por Ateneo pertenecen a familias bien testimoniadas en los documentos de la época, por lo que efectivamente puede tratarse de personas que existieron en la realidad, y que, en cualquier caso, nada obliga a pensar que los personajes sean meras invenciones del autor.

Dejando a un lado al propio Ateneo, tenemos en primer lugar a su interlocutor en el diálogo-marco, Timócrates. Con anterioridad a Baldwin no se había ofrecido identificación alguna para él, y se lo consideraba una mera invención del autor. Baldwin, sin embargo, apunta que podría tratarse de un descendiente (posiblemente nieto) de Timócrates el maestro de filosofía del sofista Polemón de Laodicea, personaje con el que Ateneo parece tener a su vez alguna relación 89 . Sus intervenciones son demasiado breves como para que podamos hacernos una idea de su personalidad; sólo sabemos de él que es amigo personal de Ateneo, y que siente vivo interés por los temas eruditos.

El primero de los sabios que se presenta formalmente al lector en la introducción del libro I es el propio anfitrión del banquete, el romano Larensio, de quien se hace un encendido elogio 90 . Hay acuerdo prácticamente general en identificarlo con Publio Livio Larense 91 , perteneciente al orden ecuestre, y del que sabemos que ocupó el cargo de pontifex minor en época de los Antoninos. La Historia Augusta 92 nos informa además de que en el año 192 era procurator patrimonii , y que Pértinax le encomendó la entrega del cuerpo del asesinado emperador Cómodo a Fabio Cilón, para que recibiera sepultura. Quizás, aunque esto no es seguro, el «amigo leal» de Pértinax a quien éste confió la tarea de cerciorarse del fallecimiento de Cómodo 93 no era otro que el propio Larense. Ateneo lo describe como un hombre de gran fortuna y liberalidad, muy culto (destacando sus conocimientos de antiguos ritos romanos y leyes civiles), que domina el griego y posee una extensísima biblioteca de obras en dicha lengua. Se hace hincapié en su gusto por reunir en torno a sí a personas de gran saber, así como en la sagacidad e inteligencia de las cuestiones que plantea. Respecto a su carrera política, se nos informa de que desempeñó un importante cargo religioso encomendado por Marco Aurelio. La afirmación (en I 2 C) de que el emperador había puesto a Larensio al frente de los asuntos religiosos y los sacrificios podría interpretarse como una laudatio adulatoria y excesiva; pero también es posible que, como apunta Zecchini 94 , Marco Aurelio hubiera nombrado a Larensio pontifex palatualis , encargándole la dirección de las Parilias, festividad en la que precisamente se ambienta la obra, y que las palabras de Ateneo se expliquen por lo reciente del cargo y su prestigio. En la lápida sepulcral de Larense (CIL VI 2126) figura su cargo de pontifex minor . En el libro IX 398 E se dice también que fue gobernador de Moesia, cargo que probablemente desempeñó en época de Cómodo. Pese a no ser el principal interlocutor en el diálogo, sus intervenciones son bastante frecuentes, y en ellas pone de manifiesto las cualidades y carácter que se le atribuyen en la introducción.

El peso del diálogo lo lleva, en consonancia con su cargo de maestro de ceremonias 95 , Ulpiano de Tiro. Como se ha dicho, algunos han querido identificarlo con el jurista Domicio Ulpiano, pero resulta más plausible la propuesta de Dittenberger, que ve en él al padre de dicho personaje. El rasgo más destacado de su personalidad es su exagerada defensa del purismo lingüístico, que le ha hecho merecedor del apodo de «Está-o-no-está» (Keitoúkeitos) , ya que continuamente atosiga a sus compañeros inquiriendo sobre los testimonios escritos que sancionan el uso de los vocablos. También destaca su animosidad contra los cínicos, con los que mantiene continuos enfrentamientos, no exentos de humor, y que por otro lado contribuyen a animar el diálogo.

«Perrero» (en griego Kýnoulkos) es el apodo asumido con agrado 96 por un cínico cuyo verdadero nombre es Teodoro, y que, después de Ulpiano, su gran rival, es el personaje con más intervenciones en el diálogo. Aunque no se lo identifica con una persona concreta, abundan los sabios con ese nombre en época tardoimperial, de manera que no resulta difícil asumir que existió realmente. Aparece acompañado en el banquete por un nutrido grupo de cínicos anónimos. Sus intervenciones, que resultan tan eruditas como las del resto de sus compañeros, a menudo aportan una nota burlesca o irónica, dirigida especialmente contra Ulpiano y su pedantería.

El interlocutor que ocupa el tercer lugar por la frecuencia de sus intervenciones es Mírtilo de Tesalia, que, sin embargo, no es mencionado en la introducción, lo cual debe posiblemente achacarse a un defecto del epitomador. Es un cínico, lo mismo que Perrero, y el principal adversario de Ulpiano después de aquél. Aunque algunas de sus intervenciones están en la línea del filósofo cínico, la mayoría de las veces habla como gramático. Parece tratarse de un hombre ya anciano (al menos así se desprende de sus palabras en XIII 608 F) y, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los eruditos del banquete, se nos dan bastantes apuntes sobre su vida. Así, sabemos que era hijo de un zapatero (XIII 568 E), que vivió en Corinto ejerciendo como sofista (XIII 567 C y 573 C) y que realizó un viaje de Sinada a Metrópolis, en Frigia (XIII 574 F). Aunque no se lo puede identificar con ninguna persona conocida, los datos que se ofrecen sobre su vida son verosímiles 97 , y el hecho mismo de que Ateneo, que no prodiga las noticias biográficas sobre sus personajes, nos dé en este caso bastante información parece apuntar a que se trata de una biografía real.

El primer invitado que se nos presenta en la introducción es Masurio, jurista de enorme competencia, del que se destacan además sus conocimientos enciclopédicos y su actividad como poeta yámbico. Casi al final del banquete (en XIV 623 E) también se ponen de manifiesto sus habilidades musicales. Interviene con frecuencia en la conversación, y trata todo tipo de temas. Baldwin propone identificarlo con el consular (Masurio) Sabino al que Ulpiano el jurista 98 dedica algunos de sus libros.

Aparte de Mírtilo, asisten al banquete siete gramáticos. Cuatro de ellos son presentados en la introducción: Plutarco, Leónides, Emiliano y Zoilo. Faltan en ella, en cambio, Palamedes, Arriano y Varo. Plutarco de Alejandría interviene con frecuencia en la conversación, a veces con discursos bastante largos, sobre toda clase de temas. No se lo identifica con ningún personaje conocido, pero ello no excluye que existiera realmente; lo mismo cabe decir de Leónides de Élide, que toma la palabra solamente en cinco ocasiones 99 . Emiliano Mauro suele entrar en la charla para tratar de cuestiones culinarias, más que propiamente gramaticales; también se nos presenta como un amante de la música (XIV 634 C); tampoco en este caso hay una identificación segura, aunque entre los siglos II y III se conocen varios Emilianos ilustres. Zoilo, por su parte, sólo tiene dos intervenciones, una muy breve en VII 277 C-Ε, donde aduce una cita para la expresión «peces mudos», y otra en IX 336 C-367 D, donde trata una cuestión gramatical; nada se opone a que Zoilo haya existido realmente, pero no se apunta ninguna identificación concreta para él. En cambio, sí conocemos la existencia real del gramático Palamedes, varias de cuyas obras aparecen mencionadas en la Suda (Π 43). Ateneo, que lo llama «lexicógrafo de Elea», sólo le otorga una brevísima intervención en la charla, en IX 397 A, lo que quizás deba interpretarse como un rechazo de sus actividades por parte del de Náucratis. También Arriano (del que en III 113 D se dice que es de origen romano) interviene una sola vez (en III 113 A-D), para disertar sobre panes. Perrero arremete acto seguido contra él, aunque, en cambio, cuenta con la admiración de Magno, un amante de la buena mesa que gusta de su prolijidad; nuevamente estamos ante un nombre frecuente en época de Ateneo, aunque no sea posible hacer una identificación exacta. Resta un último gramático, Varo, que tiene una pequeña intervención en torno al tema de las salazones en III 118 D-Ε; Baldwin apunta que puede tratarse del sofista Varo de Laodicea, que parece que vivió en época de los Severos, y contra el que dirige duras críticas Filóstrato 100 .

Además de los cínicos mencionados, el grupo de filósofos del banquete se completa con otros tres nombres, que son presentados en la introducción: Pontiano y Demócrito, ambos originarios de Nicomedia, y descritos como grandes eruditos (como en realidad son todos los personajes de Ateneo), y Filadelfo de Ptolemaida, que no participa en la conversación (al menos en los libros que conservamos enteros), aunque se lo describe como un hombre que aúna una sólida formación filosófica y un gran conocimiento sobre las restantes facetas de la vida. Ni Plutarco ni Filadelfo se identifican con seguridad, pero sí se conoce a un Pontiano de Nicomedia que aparece en una inscripción (IG II 3265).

La profesión médica cuenta en la obra de Ateneo con cuatro representanes, tres que se mencionan en la introducción inicial: Galeno de Pérgamo, Dafno de Éfeso y Rufino de Nicea, y uno que no, un tal Dionisocles. Galeno de Pérgamo es una personalidad sobradamente conocida del campo de la medicina. En su presentación se pone énfasis en la abundancia y competencia de sus escritos filosóficos y medicos. No obstante, en la obra sólo interviene dos veces, una en I 26 C, donde habla sobre los vinos de Italia, y otra en III 115 C, en la que diserta sobre los panes desde un punto de vista médico. En ninguno de los dos casos se pueden vincular sus palabras con las obras que de él conservamos, por lo que cabe pensar que Ateneo construye literariamente su intervención, sin parafrasear al Galeno real. Por otra parte, es posible que se hayan perdido otras participaciones suyas en la conversación, teniendo en cuenta que las cuestiones médicas parecen haber ocupado mucho espacio en el libro II, del que sólo conocemos una versión resumida. Ése es también probablemente el motivo de que no encontremos ni una sola intervención de Rufino de Nicea, una vez que ha sido presentado; seguramente han sido omitidas por el epitomador. De Dafno de Éfeso se nos dice que es un académico, y una persona venerable tanto en su profesión como por su carácter. Es el médico del que se conservan más intervenciones, cinco en total 101 , todas ellas sobre cuestiones relacionadas con la salud y la dieta. El mismo tema tienen las dos contribuciones de Dionisocles a la charla, en III 96 D y 116 D-F; tampoco se descarta que se hayan perdido otras aportaciones suyas en los libros anteriores. Nada se opone a que Dafno y Dionisocles fueran personajes reales, pero aparte de Galeno sólo Rufino cuenta con una identificación plausible: podría tratarse de L. Cuspio Pactumeo Rufino, una figura vinculada a Galeno y que construyó en Pérgamo el gran templo de Asclepio en el año 150.

En el banquete participan así mismo dos músicos, Alcides de Alejandría y Amebeo; sólo el primero es mencionado en la introducción. Alcides toma la palabra una vez, en IV 174 B-185 A, para hablar sobre la música y los instrumentos musicales. Baldwin propone que, puesto que Alcides es otro nombre de Heracles, podríamos estar ante un pseudónimo del sofista Heraclides 102 . Aunque este Heraclides procedía de Licia, tenía fuertes vínculos con Alejandría. Amebeo, del que se nos dice que es citaredo y un hombre muy versado en música, es el personaje que llega tarde, presentándose en casa de Larensio ya en plena sobremesa. Interviene en dos ocasiones, en XIV 622 D y 623 D, con sendas citas de poetas cómicos, y es invitado por los presentes a tocar, causando admiración tanto por la maestría de su técnica instrumental como por su voz. Aunque existió en tiempos antiguos un músico del mismo nombre, en XIV 622 D Ateneo insiste en que se trata de un citaredo contemporáneo, si bien no ha podido ser identificado por otras fuentes.

Resta por mencionar un último personaje, Magno, posiblemente romano, al que no se asocia con ninguna profesión en concreto, y que no aparece en la introducción. En III 113 E se lo presenta como un amante de la buena mesa, idea en la que se insiste en IV 165 A. También se dice que era un gran admirador de su compañero el gramático Arriano. Tiene cinco intervenciones, casi todas bastante extensas; la primera (III 74 A-78 F) versa sobre los higos; en otras dos se alinea en el bando opositor a los filósofos (en III 113 E-115 B y IV 160 D-164 D), y las dos restantes tratan básicamente de cuestiones gramaticales (IX 380 D y XIV 615 E-616 B). Aunque la obra no ofrece suficientes datos como para permitir una identificación segura, Baldwin propone que puede tratarse de M. Fabio Magno Valeriano, un personaje que prosperó en época de Cómodo y Septimio Severo; o también de Pactumeyo Magno, cónsul en 183, asesinado por orden de Cómodo.

6. LA TRANSMISIÓN DEL TEXTO

El mejor y más antiguo de los manuscritos de Ateneo es el Venetus Marcianus 477 (A), del s. X 103 . Se trata de un códice en pergamino, que en algún momento perdió sus primeros cincuenta folios; en el libro XI hay así mismo dos lagunas 104 , y los últimos tres folios están muy deteriorados. En consecuencia, aparte de lagunas menores, le faltan los dos primeros libros completos, así como el comienzo del libro III; el texto conservado empieza en III 74 A. El manuscrito ya estaba mutilado cuando llegó a Italia desde Oriente en el año 1423, traído por Giovanni Aurispa. A finales del siglo XV lo compra para su biblioteca el cardenal Bessarion.

El Marcianus es, a su vez, copia de un manuscrito perdido en uncial, de entre los ss. V y VI, en scriptio continua , y que carecía de acentos, espíritus, indicación de las intervenciones de los personajes, etc. 105 . Sabemos que se trataba de un códice porque sólo este formato puede dar cuenta del desplazamiento del texto comprendido entre 177 A y 182 B, que en la versión original se insertaba en el actual 187 B. Este códice en uncial era, a su vez, transcripción de un texto más antiguo, contenido en varios volumina o rollos.

El manuscrito A transmite el Banquete de los eruditos en los quince libros que conocemos. Ahora bien, como ya hemos tenido ocasión de indicar, en sus márgenes aparecen una serie de anotaciones en mayúscula, obra de la primera mano, que parecen aludir a una división anterior de la obra en treinta, lo que ha llevado a muchos autores a concluir que el Marcianus sólo contiene un resumen, y no la obra original de Ateneo. Dichas anotaciones, traducidas, son las siguientes:

— Libro III (96 D) fol. 14v (margen dcho.):

De los treinta, final del V, comienzo del VI.

— Fin del libro III, comienzo del libro IV (128 A), fol. 29v (en el texto, col. a):

De los treinta, comienzo del VII.

— Libro IV (154 A), fol. 43r (margen central):

De los treinta, final del VII, comienzo del VIII.

— Fin del libro IV, comienzo del V (185 A), fol. 57v (en el texto, col. a):

De los treinta del Banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis, final del VIII, comienzo del IX.

— Libro V (201 B), fol. 65v (margen dcho.):

De los treinta, final del IX, comienzo del X.

— Fin del libro V, comienzo del VI (222 A), fol. 76v (en el texto, col. b):

De los treinta, comienzo del XI; VI.

— Fin del libro VI, comienzo del VII (275 B), fol. 101v (en el texto, col. a):

De los treinta, comienzo del XIII; VII.

— Libro VII (297 C), fol. 111v (margen dcho.):

De los treinta, final del XIII, comienzo del XIV.

— Final del libro VII, comienzo del VIII (330 C), fol. 128r (en el texto, col. a):

De los treinta del Banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis, comienzo del XV; VIII.

— Final del libro VIII, comienzo del IX (366 A), fol. 149r (en el texto, col. a):

De los treinta, principio del XVI; IX.

— Final del libro IX, comienzo del X (411 A), fol. 178r (en el texto, col. a):

De los treinta, comienzo del XVII; X.

— Final del libro X, comienzo del XI (459 C), fol. 210r (en el texto, col. a-b):

Del Banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis, 〈final del〉 X, 〈comienzo del〉 XI.

— Final del libro XI, comienzo del XII (510 A), fol. 245v (en el texto, col. a):

De Ateneo, 〈final del〉 XI, 〈comienzo del〉 XII.

— Final del libro XII, comienzo del XIII (555 A), fol. 278v (en el texto, col. a-b):

Final del XII, comienzo del XIII.

— Final del libro XIII, comienzo del XIV (612 F-613 A), fol. 315v (en el texto, col. b):

Del Banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis, 〈final del libro〉 XIII, Sobre las mujeres, 〈comienzo del libro〉 XIV.

— Final del libro XIV, comienzo del XV (665 A), fol. 348-349 (en el texto):

〈Final del〉 XIV, (comienzo del) XV.

— Final del libro XV (702 C), fol. 372v (en el texto, col. b):

Del Banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis, 〈final del〉 XV.

Como puede verse, hasta el libro IX las anotaciones, que coinciden unas veces en interior de libro, y otras en la transición de un libro a otro, apuntan a que el modelo del que se copia tiene treinta unidades. El hecho de que en el libro X desaparezcan las referencias a la anterior división en treinta se explica, según Desrousseaux 106 , por una pérdida de celo del autor de las anotaciones, que es normal en comentaristas, epitomadores, etc., a medida que avanza su labor en una obra de gran longitud.

Sin embargo, estas anotaciones del Marcianus admiten una interpretación distinta a la que tradicionalmente se les ha dado, y que ha sido convincentemente defendida por J. Letrouit 107 , quien ofrece la siguiente explicación: la obra de Ateneo constó siempre de los quince libros que testimonia nuestra tradición manuscrita. Ahora bien, el copista del modelo de A, encargado de trasliterar la obra del formato del rollo al del códice, se la encontró contenida en treinta Volumina o rollos, numerados de I a XXX. El contenido de cada rollo no se correspondía con las divisiones internas de la obra, de manera que algunos libros, como el VIII y el IX, estaban contenidos en un solo volumen , pero la mayoría se repartía en más de uno. En un principio, el copista iba anotando concienzudamente al margen cada vez que cambiaba de rollo, sin hacer referencia, en cambio, al número de libro (que constaba en el texto, en los encabezamientos). Sin embargo, al comenzar el rollo núm. 11, señala por primera vez el libro al que corresponde, el VI. A partir de este momento, el copista empieza a dar una numeración doble: una, correlativa con la que venía utilizando hasta entonces, y que indica el número de rollo; y otra nueva, que indica el libro. Finalmente, desde el comienzo del libro XI abandona la indicación del número de rollo, convencido de que éste carece de trascendencia, y pasa ya a notar exclusivamente el de libro, ciñéndose a la división real de la obra.

Por tanto, esta nueva explicación de las anotaciones marginales de A, combinada con el análisis interno de la obra, nos llevan a concluir que, dejando a un lado algunas lagunas y las hojas perdidas en el Marcianus , la versión que hoy conocemos del Banquete de los eruditos es, en lo sustancial, la misma que salió de la pluma de su autor.

Los restantes manuscritos que contienen la obra de Ateneo en su versión completa derivan de A, dado que todos ellos carecen de las partes que faltan en el Marcianus . Los dos más importantes son el Laurentianus LX 1 (B), obra de Demetrio Damilas, de finales del s. XV , y el Palatinus (Heidelbergensis ) 47 (P), copiado en Venecia en 1505-1506 por Paolo de Canale. No proceden directamente de A, sino de una copia de mediados del s. XV , hoy perdida, que se hizo con posterioridad a la mutilación del Marcianus , y que a su vez sirvió de base a Musurus para la edición aldina de 1514 108 .

Las partes que faltan en A pueden suplirse parcialmente gracias a un epítome que resume la obra con bastante fidelidad, aunque de un modo un tanto ecléctico. Unas veces el epitomador, un hombre indudablemente docto, parafrasea el texto empleando sus propias palabras; otras, cita literalmente trozos más o menos extensos, que a veces se reducen a pequeñas pinceladas; en ocasiones, se limita a destacar una expresión o palabra que llaman su atención, etc. Sabemos que este resumen fue utilizado por Eustacio de Salónica en el año 1175, y se discute si él mismo promovió su confección, o si incluso lo elaboró personalmente.

Este resumen ha llegado hasta nosotros a través de cuatro manuscritos principales 109 : el Laurentianus LX 1 (B), ya mencionado, que completa el texto del Marcianus con el del Epítome; el Parisinus Suppl. Gr . 841 (C), obra, como el anterior, de la mano de Demetrio Damilas; y, finalmente, el Laurentianus LX 2 (E), del que deriva el Erbacensis 4 (R), ambos copiados en Roma hacia 1490 por Jacob Questenberg. Los tres primeros (B, C, E) son copias directas de un mismo modelo perdido. A ellos hay que añadir el manuscrito Hoeschel (B. M. Bibl. Regia 16 D. X.), escrito por Miguel Damasceno en la primera mitad del s. XVI , y al que le faltan las páginas iniciales hasta III 82 F.

Los estudiosos del texto de Ateneo han mantenido tradicionalmente dos posturas enfrentadas respecto a la filiación de este epítome. Mientras algunos, entre los que se incluyen G. Kaibel 110 , S. P. Peppink 111 y A. M. Desrousseaux 112 , defienden que el Epítome procede de una tradición independiente de A, otros, entre los que se hallan por ejemplo Cobet y Hemmerdinger 113 , sostienen que el Marcianus es también la fuente del epítome. El más reciente defensor de esta última postura, J. Letrouit 114 , aporta cuatro argumentos, en parte originales, que nos convencen de que, en efecto, el epitomador realizó su trabajo a partir del manuscrito A. Se trata, en resumen, de los siguientes:

1) El Marcianus (y con él todos los restantes manuscritos que contienen la obra completa) presenta, como ya se ha dicho anteriormente, una transposición del texto comprendido entre 177 B y 182 B. En el modelo de A, varias hojas correspondientes al libro V, que por su contenido deducimos que originariamente se insertaban en el actual 187 B, fueron inadvertidamente desplazadas de lugar, y pasaron al libro IV. Los editores, desde Casaubon, las restituyen a su lugar originario. Pues bien, dicho desplazamiento ha afectado igualmente al Epítome .

2) En XII 525 C el Marcianus presenta un escolio de segunda mano que coincide literalmente con el que el epitomador copia de su modelo en este mismo punto.

3) Se señalan sesenta pasajes, procedentes de toda la obra, en los que el epitomador comete errores que se explican, a su vez, por faltas existentes en A.

4) En VII 283 A, el epítome presenta la lectura Krátēs , frente a Pankrátēs en el Marcianus , error que se explica precisamente por el modo en que la palabra aparece escrita en el manuscrito A: la primera sílaba de la palabra (Pan- ) aparece a final de línea, y el resto (krátēs) inicia la línea siguiente; este hecho, unido a que en el Marcianus la k- aparece escrita en un tamaño algo mayor que el resto de los caracteres de la palabra, da indudablemente cuenta de cómo se produjo el error. Este decisivo argumento ya había sido señalado por Cobet.

A ellos añade Letrouit 115 el argumento «negativo» apuntado por P. Maas; según el cual no hay ninguna buena lectura del epítome que no haya podido realizarse por conjetura a partir del Marcianus 116 .

Por tanto, parece probado que el Epítome , al igual que el resto de la tradición manuscrita conservada de Ateneo, se confeccionó a partir del manuscrito A, aunque en un momento en que éste aún conservaba las páginas que hoy le faltan.

7. PRINCIPALES EDICIONES Y TRADUCCIONES

La editio princeps del Banquete de los eruditos es la aldina de 1514, que corrió a cargo de M. Musurus. Esta edición fue seguida en 1535 por la publicada en Basilea por J. Walder de Bâle, que incluye la labor crítica de J. Bedrot y Ch. Herlin, quien se encargó del texto de las citas de Ateneo conocidas por otras fuentes; se completa con sumarios e índices. A mediados de siglo, en 1556, Noël dei Conti (Natalis de Comitibus) publicó en Venecia la primera traducción al latín, basada en la aldina. La segunda traducción latina es la de J. Daléchamp, publicada en Lyon en 1583, basada esta vez en la edición de Bâle; se trata de una aportación muy valiosa, que, pese a no ir acompañada del original griego, incluye buenas conjeturas y enmiendas al texto, a la vez que completa y mejora los índices de Bedrot-Herlin.

Especial importancia tiene la edición de I. Casaubon, publicada por primera vez en Ginebra (1597-98) y más tarde en Lyon (1612 y 1657); a ella se añade un extenso comentario, sus famosas Animadversiones in Athenaei Deipnosophistas , publicadas en Lyon sucesivamente en 1600, 1621 y 1664, en las que comenta y discute sus interpretaciones y enmiendas. A partir de la segunda edición esta obra incorpora además las Annotationes ad Athenaeum de J. Daléchamp. Las referencias que actualmente se emplean para el texto de Ateneo, con un número en caracteres arábigos y una letra de la A a la F, corresponden a las páginas de la edición de Casaubon, con su división en párrafos cada diez líneas. Tuvo diversas reediciones a lo largo del siglo XVII .

También de gran importancia es la edición de J. Schweighäuser (Estrasburgo, 1801-1807), que incluye texto griego y latino, así como todo tipo de notas y comentarios. Consta de catorce volúmenes, cinco de los cuales corresponden al texto, y nueve a Animadversiones (el último está dedicado a índices). Fue seguida por las de W. Dindorf, en tres volúmenes (Leipzig, Weidmann, 1827) y A. Meineke, igualmente en tres volúmenes (Leipzig, Teubner, 1858-59), que completó con un cuarto de Analecta critica (Leipzig, Teubner, 1867).

La más importante de las ediciones recientes de Ateneo es la de G. Kaibel, en tres volúmenes (Leipzig, Teubner 1887-1890; hay reimpresión de 1965-1996), que incluye introducción e índices. En ella, con algunas aportaciones personales, se basa la edición bilingüe griego/inglés a cargo de C. B. Gulick, en siete volúmenes (Londres, Loeb, 1927-1941, con reimpresión, 1969-1971); además de los índices a cada volumen, incluye un índice general en el volumen VII, si bien éste presenta el defecto de que remite a las páginas de su propia edición, en vez de emplear la referencia estándar a la paginación de Casaubon. Finalmente, existe una edición parcial, que comprende sólo los dos primeros libros, acompañados de una extensa introducción y traducción al francés, a cargo de A. M. Desrousseaux, con la colaboración de Ch. Astruc (París, Les Belles Lettres 1956).

Para el Epítome contamos con la edición de S. P. Peppink, que consta de tres tomos, todos publicados en Leiden (Brill): I Observationes in Athenaei «Deipnosophistarum» , 1936; II 1, Athenaei Deipnosophistarum epitome lib. III-VIII, accedit spicilegium Aeschyleum , 1937; II 2 libri IX-XV , 1939 (este último incluye índices).

El Banquete de los eruditos ha sido, por otra parte, una obra poco traducida. En el ámbito de las lenguas europeas más cercanas a nosotros, desde el siglo pasado hasta la actualidad la única traducción que abarca el texto completo es la inglesa de C. B. Gulick, que acompaña a la edición a la que ya hemos hecho referencia. Al francés, lengua que conoció versiones de la obra completa en los siglos XVII y XVIII , y de una selección de pasajes a comienzos del XIX (M. Hubert, Morceaux extraits du banquet des savants d’Athénée , París, 1828), sólo se ha publicado en este siglo la traducción de los dos primeros libros, en la también mencionada edición bilingüe de Desrousseaux. Al alemán hay una traducción del libro V a cargo de P. T. Kramer (Augsburgo, Pfeiffer, 1872), y otra más reciente que abarca una selección de textos, elaborada por U. Treu y K. Treu (Leipzig, Dieterich, 1985). El italiano conoce una versión del libro XII, obra de P. Garofalo, que forma parte de una obra titulada Intorno Sibari e Turio (Nápoles, 1899). Hay también traducción bilingüe de los libros I y II, a cargo de G. Turturro (Bari, 1961). Existe así mismo una reciente traducción parcial del libro VI (263 B-275 B), que incluye el texto griego y la versión latina de Daléchamp, publicada bajo el título de Ateneo, Schiavi e servi , obra de A. Paradiso; va acompañada de una nota de L. Canfora (Palermo, Sellerio, 1990). Al castellano existe traducción anotada, a cargo de A. Martínez Díez, de los libros I (Universidad de Granada, Facultad de Filosofía y Letras, 1975), y II (Universidad de Granada, Anejos del Instituto de Historia del Derecho, 1975), y otra del libro XIII, publicada con el título Ateneo de Náucratis. Sobre las mujeres. Libro XIII de La cena de los eruditos , elaborada por J. L. Sanchís Llopis (Madrid, Akal, 3a edición 1994), que incluye introducción y notas.

8. LA PRESENTE TRADUCCIÓN

La presente traducción es la primera que afronta la tarea de verter la obra completa de Ateneo al castellano 117 . La dificultad de la labor, que se hace patente por el escaso número de traducciones modernas existentes, reside principalmente en la enorme variedad de temas tratados por el autor, que implican el manejo de un vocabulario extensísimo, perteneciente a los más diversos campos del saber. Un problema añadido lo constituye la enorme cantidad de citas de autores de los más diversos géneros y épocas, cada uno con su propia lengua y estilo, que muchas veces resultan además de difícil interpretación, debido a su carácter fragmentario.

Especialmente problemática resulta la identificación y versión al castellano de las numerosísimas especies animales y vegetales mencionadas en la obra, tarea para la que nos hemos apoyado en una buena selección de léxicos, libros y artículos especializados. En el apartado de la fauna marina hemos contado con el asesoramiento bibliográfico del biólogo marino J. Ignacio Leiva, que nos ha permitido internarnos en un mundo que nos resultaba ajeno. Se procura dar siempre en nota el nombre científico de aquellos animales y plantas que puedan no resultar familiares al lector, y se incluye también explicaciones cuando la identificación es dudosa o discutida.

Si la identificación de una especie animal o vegetal no es posible, o allí donde un objeto, institución, etc. no tienen equivalencia en castellano, se siguen dos procedimientos: cuando la palabra lo permite, se recurre al calco semántico (así por ejemplo aparece traducido por «dado» el término kýbos también cuando se refiere a un tipo de salazón o de pan, y no sólo cuando se refiere al objeto empleado para jugar); en ese caso, la primera aparición de la palabra va acompañada de la transliteración del término griego entre paréntesis. De no ser ello posible, se ofrece la palabra griega simplemente transliterada, con una nota explicativa. También se recurre a la transliteración de la palabra griega en los casos en que un término aparece mencionado en un uso metalingüístico, y cuando se trata de extranjerismos (palabras persas, egipcias, macedonias, latinas, etc.); los términos latinos aparecen en su forma estándar, y no de acuerdo con la transcripción griega (por ejemplo escribimos cardus y no kárdos) .

Esta traducción se basa en la citada edición de G. Kaibel, si bien se han consultado igualmente las otras dos más recientes, a cargo de C. B. Gulick y A. M. Desrousseaux, así como diversos artículos que se ocupan de problemas textuales de Ateneo. Además, siempre que la cita indirecta de un autor presenta problemas de traducción, interpretación, o textuales, hemos acudido a las ediciones particulares correspondientes. Las notas se han visto así mismo favorecidas por estos textos.

Finalmente, hemos acometido la tarea de actualizar las referencias de las citas que con tanta profusión incluye el Banquete de los eruditos , ya que las mejores y más accesibles ediciones actuales de muchos de los autores mencionados por Ateneo no son las mismas con las que contaban los editores de éste. En los casos de autores fragmentarios se cita tras el pasaje el nombre del editor, o bien se emplean las abreviaturas que pueden verse en la bibliografía.

En el texto se utilizan los siguientes símbolos: 〈 〉 texto suplido por los editores o en la traducción (especialmente se trata de pasajes que no están en el Epítome pero que se conocen gracias a la Suda u otra fuente); [ ] texto corrupto; *** laguna.

Se reseñan a continuación los puntos en los que la traducción se aparta de la edición de Kaibel en los cinco libros que incluyen los dos primeros volúmenes:




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9788424932763
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