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Tiempos sombríos

México atraviesa uno de los períodos de violencia más intensos de su historia moderna. En su último informe de 2018, el Instituto Heidelberg para la Investigación Internacional de Conflictos mencionó a México como el único país de América que se encuentra en guerra.

Hace mucho que la multiplicidad de formas de violencia que acontecen diariamente y de forma masiva en México rebasaron los marcos conceptuales que intentaban describirlas. Por eso, cada aporte en este libro es un atrevimiento conceptual desde los márgenes discursivos que intenta dar cuenta de lo que la violencia suprime y oculta en cada uno de sus actos.

Ante la violencia excesiva y la degradación del cuerpo humano que se enuncia bajo el concepto de brutalidad; ante ese evento espacial violento que son las fosas clandestinas; ante la vulneración y destrucción de la materialidad espacial que es la ciudad, enunciada bajo el concepto de urbicidio; ante la herida abierta de la comunidad que busca a sus desaparecidos, ante la insensibilidad institucional y la incapacidad por nombrar y hacer justicia a las víctimas, este libro propone pensar las violencias desde un espacio de duelo compartido que contemple el sufrimiento. La fragilidad expuesta del poder y el Estado ante las violencias contemporáneas traza el mapa que recorre este volumen, en una geografía irregular de daños, vacíos de poder y excesos de fuerza, evidencia de los tiempos sombríos que vive México.

ARTURO AGUIRRE MORENO es doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (distinguido con la medalla Alfonso Caso). Fue investigador visitante en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y Young Fellow Research de la Unesco. Actualmente es profesor-investigador en el posgrado de Filosofía Contemporánea de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Dirige el grupo de investigación, con sede en Puebla, “Filosofía forense: morir en México no basta”. Entre sus publicaciones se encuentran Primeros y últimos asombros. Filosofía ante la cultura y la barbarie (2010), Entre la diafanidad y la comunidad (2011), Kaleidofonía: exilio, violencia y este su mundo (2014), Tres estudios sobre el exilio (2014), Nuestro espacio doliente. Reiteraciones sobre el México contemporáneo (2016).

JUAN CARLOS AYALA BARRÓN es doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es profesor en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente, es responsable del cuerpo académico Humanismo e Identidad Cultural. Su labor de investigación se centra en torno a la historia de la filosofía en México y la narcocultura. Es autor de Tres caras de la identidad (2010), Identidad y diferencia (2011) y compilador de Reflexiones en torno a la violencia en México: acercamientos filosóficos y sociales (2016).

ARTURO AGUIRRE MORENO

JUAN CARLOS AYALA BARRÓN

coordinadores

TIEMPOS SOMBRÍOS

Violencia en el México contemporáneo


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Presentación. Arturo Aguirre Moreno y Juan Carlos Ayala Barrón

  1. El cuerpo expuesto: de las fosas clandestinas a las ciudades Fosas clandestinas y espacio crítico en el México actual: filosofía forense ante prácticas eliminacionistas. Arturo Aguirre Moreno Paisajes forenses: sobre cómo mirar, leer y narrar las fosas intervenidas de nuestro tiempo. Anne Huffschmid Consideraciones espaciales para pensar la destrucción de las ciudades. Giovanni Perea Tinajero Ciudades heridas: sobre la violencia en el espacio habitado de las ciudades mexicanas del siglo XXI. Eduardo Yahair Baez Gil Ciudades en duelo: cuerpo, memoria y violencia. Rafael Ángel Gómez Choreño

  2. Narcocultura: discursividades, cultura y poder Administración política de la violencia criminal y la modificación de la vida cotidiana. Juan Carlos Ayala Barrón y Juan Mendoza Zazueta Raíces de la violencia en la corridística popular: Juárez antes de Juárez. Juan Carlos Ramírez-Pimienta Sobre la brutalidad y la narcocultura. Carlos Alberto Sánchez

  3. Violencia a las mujeres Feminicidios y precariedad en el México contemporáneo. Luz Mariel Flores Bautista y María del Carmen García Aguilar Reflexiones sobre género y violencia. Rubí de María Gómez Campos

  4. Violencias de Estado, impunidad e injusticias sociales Violencia de Estado: entre el discurso de los derechos humanos y el estado de excepción. José Antonio Mateos Castro De la justicia como fundamento del derecho: reflexiones sobre la violencia y el Estado. Guadalupe Friné Lucho González y Francisco de Jesús Cepeda Rincón La Operación Cóndor en Los Altos de Sinaloa: militarización, violencia e impunidad. Juan Antonio Fernández Velázquez

  Créditos

Presentación

Arturo Aguirre Moreno y Juan Carlos Ayala Barrón

Tiempos sombríos es resultado de dos años de trabajo permanente desde diferentes espacios de reflexión y con diversos enfoques de aproximación convergentes. Se trata del diálogo sostenido por investigadoras e investigadores de latitudes diversas, tanto geográficas como científicas. Encuentros, debates, lecturas y cartas fueron ingredientes en el proceso de elaboración de este libro, que tiene por finalidad propiciar marcos de comprensión sobre eventos de violencia extrema, generados desde saberes situados en contextos de conflicto en México.

En cada trabajo, seminal de ideas o en su propio esfuerzo de consolidación teórica, puede percibirse el carácter limitado de sus alcances frente al desborde de violencias que se encuentran activas y en metamorfosis constante. El daño a la materialidad del cuerpo humano y al espacio edificado, la transmutación de la cultura en la relación con las dinámicas de poder y brutalidad, así como las dinámicas de vulneración sociopolítica y criminal que se cierne sobre las mujeres en la actualidad, y, finalmente, la fragilidad expuesta del poder y el Estado ante las violencias contemporáneas trazan el mapa que recorre este volumen, en una geografía irregular de daños, vacíos de poder y excesos de fuerza, evidencia de los tiempos que corren.

La publicación de estos trabajos suma a los esfuerzos que en México y otros países se realiza, siempre con la finalidad de denunciar, desnormalizar, testimoniar y generar marcos teóricos apropiados, en aras de la reflexión y resolución de violencias en el período más criminógeno que ha conocido la humanidad.

Extendemos nuestros agradecimientos a la Universidad Autónoma de Sinaloa, así como a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, por el respaldo institucional brindado a esta publicación y a los trabajos de la Red Nacional de Cuerpos Académicos: Violencia, Cultura y Poder, que son el suelo fértil de un intercambio internacional y de análisis comparado con investigadores de países como Alemania y Estados Unidos.

Ciudad de México, julio de 2019

1 EL CUERPO EXPUESTO: DE LAS FOSAS CLANDESTINAS A LAS CIUDADES

Fosas clandestinas y espacio crítico en el México actual: filosofía forense ante prácticas eliminacionistas

Arturo Aguirre Moreno

1. Esta colaboración explora la violencia extrema en el México reciente a partir del abordaje teórico de un evento espacial violento: la fosa clandestina. Su contexto es de poco más de doce años de esta intrahistoria de la violencia gestada y en despliegue dentro de variaciones conflictivas en lo social, cultural, político y económico que ha crecido en intensidades impensadas (en antagonismos y hostilidades; también en cantidades de homicidios, así como en las formas diversas de aplicación en la brutalidad ejecutada; en el cambio y la emergencia de los motivos para matar –ONC, 2016: 19–, en la cantidad de agentes de violencia extrema, lo mismo que en la heterogeneidad de las víctimas directas e indirectas, en las armas y prácticas de aniquilamiento, tanto de la violencia homicida como del ensañamiento con el cadáver) (Guerrero, 2018: 31-29).

De cara a ello, en este trabajo se propone la construcción teórica y vital de un espacio crítico1 sobre experiencias de sufrimiento social, y se realiza un análisis mínimo de teoría comparada de la fosa –en cuanto estructura espacial de enterramiento–, en la que se presentan conceptos como el cuidado, la memoria y la protección de los muertos, frente a las fosas clandestinas que evidencian el empeño en la producción del anonimato, el olvido y el abandono de las víctimas.

La violencia, desde esta situación, es enfocada filosóficamente al conjunto de actores y pacientes, al uso de fuerza excesiva (violencia aplicada contra individuos, grupos, colectivos, localidades, sectores poblacionales), pero enfatiza la base de un espacio reconstruido cualitativamente sobre la desarticulación de los vínculos entre los vivos y de estos con los muertos: la desrealización de comunidad en su corpotemporalidad interrumpida constantemente en la victimogénesis letal de la violencia en cuestión. Así, se trata, entonces, de la propuesta de una filosofía que desarrolla la exploración conceptual, a partir del análisis teórico, técnico y práctico de la violencia homicida centrada en una perspectiva amplia de la violencia material extrema que atiende al daño, a la denigración ontológica del cuerpo de la víctima en la brutalidad administrada (Cavarero, 2009: 58), por lo cual persigue llamar la atención sobre la muerte en un proceso extremo de hostilidad social fratricida y recrudecimiento de conflictos sociales (Arteaga, 2013: 33-36).

En este horizonte de conflicto, nuestra reflexión sobre las fosas clandestinas en México se suma a los esfuerzos por la reterritorialización (Soja, 2008: 326-331), entendida como una respuesta crítica para la reestructuración desde colectivos e individuos que hablan y trazan espacios urbanos, rurales, regiones, sectores, culturas, espacios dolientes específicos (Ovalle y Díaz Tovar, 2016). Dicha reterritorialización entiende el espacio como “espacio crítico”, donde la acción espacial reconstruye no solo las relaciones entre cuerpos, sino, además, la propia manera de practicar el espacio, apropiárselo en formas de resistencia y/o adaptación performativa, o bien en la posibilidad de ser despojado, confinado o inhibido en su despliegue espacial bajo situaciones de amenaza o violencia efectiva en “cartografías del miedo” (Gregory y Pred, 2007: 5).

Dicha reterritorialización contrasta con la idea de espacio como una extensión homogénea e indiferenciada, un continente universal de cuerpos físicos, en un continuo, ilimitado, tridimensional y homoloidal (Nicol, 2007: 50-51); un espacio en el que la anchura, altura y profundidad son las cualidades comunes de ese espacio; por ello, más que un espacio euclidiano, o la afirmación trascendental o el espacio constructivista del idealismo, este espacio crítico, que da pie a la reterritorialización, es lugar que no puede ser enteramente ajeno a la existencia de cuerpos espaciales: suelo, tierra como espacio vivido y viviente, receptivo y producido simultáneamente, en el cual la existencia humana se entrelaza con el espacio como lo común y propio, como exploración y experimentación espacial (Llorente, 2015: 46) en el trazado de caminos, en la lectura de las estrellas; pero, también, en la edificación de estructuras y la incisión térrea para el resguardo de los cadáveres; espacio apropiado para vivir y morir, en la cualidad y reinvención de sus referencias, interacciones y relaciones.

Habrá de anotarse que el espacio crítico hunde su raíz conceptual en la idea del espacio construido –es decir, aquello que se compone y se crea en compañía de otros– y debe ser pensado desde el término mismo de con-struere, en cuanto no puede hacerse por un individuo solitario o aislado. Espacio de interacción, multiplicidad y simultaneidad. Aquí, la voz es de Doreen Massey (2005: 9) con sus proposiciones sobre el espacio:

Primera: que reconocemos el espacio como producto de interrelaciones, constituido a través de interacciones, desde la inmensidad de lo global hasta lo íntimamente pequeño […] Segunda: que entendemos por espacio la esfera de la posibilidad de la existencia de la multiplicidad, en el sentido contemporáneo de la pluralidad, como la esfera en la cual distintas trayectorias coexisten; como la esfera, por tanto, de la heterogeneidad coexistente. Sin el espacio no hay multiplicidad, sin la multiplicidad no hay espacio […] Tercera: que reconocemos el espacio como lo que está en permanente construcción. Precisamente porque el espacio bajo esta lectura es un producto de “relaciones-entre”, las cuales están necesariamente envueltas en prácticas materiales realizándose, siempre en proceso de ser realizadas.

Entonces, construido y expuesto a partir de interrelaciones e interacciones, el espacio es la posibilidad de lo polivalente y heterogéneo donde conviven diferentes trayectorias (Lefebvre, 2013: 54). Espacio construido a partir de las interacciones y constructor de posibles prácticas espaciales que se llevan a cabo: siempre dinámico y plural en el proceso de reconstruirse, pues nunca está finalizado ni definitivamente cerrado para la intervención de los otros.

Se sugiere, de esta forma, que la filosofía y las ciencias humanas en general en México pueden hacer suyo el debate, la confrontación y el giro del espacio crítico frente al espacio fisiográfico concebido y blindado en el país con la representación a distancia satelital del territorio. Es decir, la idea de que el espacio es marco y contenedor de vivencias en regiones, urbes y ruralidades, en distancias que mantienen en su sitio territorios de disputa criminal, rutas de trasiego, parajes de exterminio (en rancherías, baldíos, basureros o sierras): territorios de letalidad ajenos a la vida concentrada en las grandes urbes securitizadas y blindadas; espacios donde los “criminales se matan entre ellos” y donde eso “sucede lejos” (en los puntos de un mapa que indica kilómetros de distancia entre la brutalidad y la vida activamente productiva).

En este marco, el giro del espacio crítico tiene como tarea explorar otros criterios que resistan a la astringencia de aquellos parámetros de reduccionismo simbólico georreferenciado que no se limitan a representar, sino a edificar una idea espacial tan hegemónica como aséptica de espacio abstracto con cualidades y significaciones continuas, dadas de una vez por todas, que transige a otras territorialidades posibles de vivencia y acción, como son el miedo, la memoria y el dolor. Así, puesto que la reterritorialización implica considerar actos de violencia que interfieren, lo mismo que alteran y transforman, nuestras maneras de pensar las profundas relaciones que guardamos entre los vivos, de los vivos con los muertos, y de los vivos con el recuerdo de los muertos en su relación con los que aún no han nacido en México (Keane, 2000: 62-72).

2. La violencia letal ha crecido en complejidad durante los últimos doce años bajo el signo de un conflicto de alta intensidad con crisis violenta en el marco de la guerra contra el narcotráfico (Fuentes, 2012: 34-38) y continuado bajo la nominación de la “lucha contra el crimen organizado” por parte de las autoridades del gobierno mexicano (Guerrero, 2015: 21-28); quienes accionaron exponencialmente a las fuerzas materiales del Estado, después de que las fuerzas formales (actores, instituciones y las dinámicas legales, ministeriales y de mediación de conflictos) fueron superadas, en parte por un acelerado adelgazamiento estatal (Villoro, 2001: 19), propio de las últimas tres décadas.

Poco más de doce años de un proceso de violencia sin esplendor, sin caudillos y sin fin; antes bien, caos, orfandad, pánico y muerte, ante los cuales, a falta de categorías para la experiencia de violencia extrema –eliminacionista, exterminadora y de crisis humanitaria–, ha sido el recuento de informes nacionales e internacionales, así como la labor periodística, lo que nos ha permitido avanzar en la constatación de que esto que se vive en México rebasa, por mucho, un problema interno de seguridad acotado al enfrentamiento entre policías y criminales con daños colaterales (gráfico 1).2

Gráfico 1. Ejecuciones de crimen organizado


Fuente: SESNSP.

En tal panorama, no ha de sorprender que sean las estadísticas y la información noticiosa (con índices alarmantes de periodistas asesinados a causa de su labor investigativa) las que hayan tomado el papel protagonista en estos años, para permitirnos advertir lo que la violencia hace (Proceso, 2012; Trejo y Ley, 2015: 30-36), cuando nos fallan los criterios para cuestionar lo que la violencia es (como estructura, dinámica, factores y con elementos emergentes).

Esto tiene varios motivos, pero uno señalado puede ser la profunda carencia histórica, y también filosófica, para pensar las violencias contemporáneas en México desde enfoques de daño interpersonal, sin justificaciones de la gran historia o reducciones estructuralistas y/o esencialistas, desde constructos como la comunidad, el Estado y la enemistad sociopolítica, que se ofrecieron desde la modernidad para hacer de la violencia un ejercicio válido, legítimo y/o recurrente (González Calleja, 2012: 21-57). Estas justificaciones operaron –y en gran medida siguen haciéndolo en su remanencia atrayente– como ejes discursivos de explicación o deslinde de las más variadas violencias: violencias de interacción (físicas, psicológicas o lingüísticas), violencias sociales (estructurales o simbólicas) y violencias organizadas (colectivas). Igualmente, en el marco práctico-social la instrumentalización de la violencia (en cuanto instrumento de sometimiento o de elevación histórica forzada de unos colectivos sobre otros o bien de medio de emancipación), lo mismo que las teorías socioontológicas de la violencia (soporte versátil de los más variados racismos, xenofobias, antisemitismos y etnocentrismos), fueron y deben ser llevadas a fuertes críticas bajo la construcción permanente de criterios y en atención al desenvolvimiento social de la violencia (Staudilgl, 2014: 2-3).

A su vez, hay ausencia de una construcción teórica en marcos de comprensión sobre la forma de administrar los afectos, la vida y la muerte (Butler, 2010: 228-252), pero a esto se suma la falla de las hipótesis sobre el monopolio de la fuerza (Bovero, 1985: 48-56), o la astringencia de la cultura en relación con prácticas violentas contra el cuerpo vivo y muerto (Reguillo, 2012: 36-46), aspectos que se tratan de discutir en este aporte.

El análisis de los hechos violentos y sufrimientos sociales en México padece lo que a nivel mundial en el siglo XX los estudios sobre la violencia sobrellevaron como carga de prejuicios, enfoques, tradiciones y omisiones. Aquí la voz, en torno a las relaciones de teorización entre violencia y política contemporáneas, es de John Keane (2000: 16-17):

… sería una locura ignorar o subestimar el problema de la violencia. Entre las muchas paradojas que ofrece este siglo está la escasa tendencia de la teoría política contemporánea (incluida la democrática) a reflexionar sobre las causas, los efectos y las consecuencias ético-políticas de la violencia, definida, grosso modo, como la agresión gratuita, y en una u otra medida intencionada a la integridad física de una persona que hasta ese momento vivía “en paz” […] Los intentos informales de dotar de significado a las teorías antiguas sobre la materia se han atascado inmediatamente en la confusión semántica, la indiferencia política o la marcada preferencia académica por el análisis de las teorías de la justicia, el comunitarismo o la historia de ciertos lenguajes políticos agonizantes. Pese a la abundancia de estudios sobre las guerras mundiales y civiles y otros conflictos violentos, lo cierto es que la reflexión política va a la zaga de los hechos empíricos. Naturalmente, la enorme violencia que ha soportado este siglo sería capaz de hacer un pesimista al más entusiasta de los filósofos; puesto que “los optimistas escriben mal” (Válery) y los pesimistas escriben poco, se comprende el silencio de los profesionales de la teoría política que han padecido su crueldad. Sin embargo, en otros ámbitos de la profesión resulta sencillamente imperdonable, porque o bien los teóricos de la política son incapaces de reflexionar sobre hechos dolorosos o bien olvidan la experiencia del dolor y, al contrario que la mayoría de los seres humanos, pueden mantenerse por encima de la piedad animal que siente el testigo del sufrimiento físico de otra persona.

En el contexto contemporáneo de México se ha puesto en marcha (como muestra el volumen que está en las manos del lector) un proceso de reflexión que indaga y rastrea, en las ciencias humanas y sociales, otras claves de comprensión y análisis de la violencia. En esta dimensión del dolor, en las espirales de sufrimientos y emergencia de espacialidad doliente, México es sui géneris en las constelaciones de desapariciones forzadas, secuestros, masacres, linchamientos, torturas, feminicidios, trata de personas, desplazamientos forzados, homicidios, todo lo cual da cuenta de violencias que no son motivadas (a diferencia de lo que plantea Keane, y aquí lo sui géneris) por ideologías políticas o religiosas, sino por la disputa de fuentes, redes y rutas de capitalización económico-política; una reordenación de las relaciones sociales a través de crímenes cometidos por funcionarios coludidos en todos los niveles institucionales, otras veces por civiles ilícitamente empoderados (armados, así como territorialmente desplegados) y otras más en complicidad de ambos frentes, funcionarios y civiles, como agentes de violencia extrema en masa (Reveles, 2014).

Así, en esta profesión filosófica que actualmente teoriza la violencia en México, se da cuenta de que este estudio es también el de la escritura testimonial del sufrimiento en su registro y limitada comprensión, ante los cambios, intensidades y espirales de la crisis humanitaria en el país, cuyo conflicto intraestatal deja a un amplio sector civil bajo amenaza y a las víctimas de facto indefensas, sin la capacidad de recurrir a cortes internacionales o apoyo supraestatal.

De ahí que, en gran medida, precisemos pensar la violencia actual desde un saber situado, cuyas consideraciones sobre el espacio y los agentes territoriales de esas prácticas espaciales contribuyan al cambio y la emergencia de nuevos enfoques. Adviértase que los eventos de violencia generan, desde sí, nuevas agendas de trabajo de investigación, tanto individual como en grupos, pues estamos ante un territorio de terrores activados que se incrementan no solo en número, sino que, además, su presencia se amplía en más localidades de México (gráfico 2).3

Gráfico 2. Datos de homicidios dolosos generado por el Instituto Belisario Domínguez, 2017


Fuente: Senado de la República, noviembre de 2018.

3. En este sentido las prácticas eliminacionistas, de exterminio y desarticulación-resistencia espacial de violencia en México albergan similitudes estructurales con procesos de violencia extrema de aniquilación ampliamente estudiados (genocidios desde los Genocide Studies). Sin restar singularidad, especificidad y excepcionalidad a cada evento de violencia, y más allá de sus particularidades, rasgos comunes se visualizan en ciertos eventos, en cuanto a su implementación, diseño, producción y consecuencia. Así lo menciona Daniel Feierstein (2011: 35):

El eje no gira en el “aniquilamiento de poblaciones”, sino en el modo peculiar en el que se lleva a cabo, en los tipos de legitimación a partir de los cuales logra consenso y obediencia y en las consecuencias que produce, no solo en los grupos victimizados –la muerte o la supervivencia–, sino también en los mismos perpetradores y testigos, que ven modificadas sus relaciones sociales, a partir de la emergencia de esta práctica. Y es en esto en lo que difiere de procesos de aniquilamiento de población más antiguos, así como otros procesos de muerte contemporáneos.

Con esta orientación, Feierstein (2011) perfilará el concepto de aniquilación como “práctica social”, con la expectativa teórica de no cosificar y mostrar el dinamismo, los agentes, las víctimas, los símbolos y conceptos que intervienen en procesos que requieren entrenamiento, perfeccionamiento, legitimación y consenso (36); por lo cual difieren de una práctica automática o espontánea. La idea de la práctica social de aniquilación, así, sugiere la idea de un proceso en desenvolvimiento que se inicia antes del aniquilamiento material (53); por mencionar algunas similitudes con nuestro contexto enunciemos los marcos conceptuales sobre cómo se dispone a las víctimas en la “construcción de la otredad” (216); además, están el mencionado contexto del adelgazamiento del Estado, en las instancias, los agentes, los organismos y las instituciones encargados, en teoría, de prevenir, contener, inhibir y sancionar procesos de aniquilación;4 las relaciones diluidas de confianza y actuación entre civiles con sus adelgazadas instituciones políticas y gubernamentales, la suspensión de la cotidianidad en el habitar por la amenaza permanente a la aniquilación: “del lado de las víctimas, la imposibilidad de la cotidianidad y la agresión permanente e inesperada generarán muchas veces el deseo del propio encierro, la búsqueda del aislamiento” (226), el asesinato y la “desaparición material de los cuerpos” (235), que son cuerpos espaciales de interacción, dinamismo y reacción, tanto social como política, pero, antes que todo, en su dimensión ontológica de “estar-en-relación”.

La aniquilación funciona, así, como la extinción física, psíquica, sensorial, social, jurídica e histórica de ese cuerpo autoapropiado en su despliegue existencial con su propia forma de reconocimiento enunciado (un nombre) pero también con sus autodeterminaciones y performatividades en las prácticas espaciales diversas y polivalentes dentro de sus contextos de acción; en suma, “la desaparición de seres humanos, la producción no solo de su muerte, sino de su definitiva «desaparición» material (la de sus huesos, su piel, sus dientes, cualquier rasgo de su existencia)” (236). Esta es la violencia material a cuerpos espaciales de dinámica e imprevisible interacción: el cuerpo humano expuesto, abierto a la relación.

4. Deben enfatizarse los esfuerzos desde la filosofía contemporánea por repensar el cuerpo en esta apertura y exposición, en su vulnerabilidad y su resistencia. Bajo esta clave nos apoyamos en el ya citado Henri Lefebvre (2013: 240-255), quien considera que el cuerpo debe ser pensado como un escape del “pensamiento analítico que desglosa lo cíclico y lo lineal”; puesto que la disociación del cuerpo como totalidad (subjetiva y objetiva) tiene, así, la nominación diferenciada y fragmentada de las partes del cuerpo, de las etapas de su desarrollo; dando una desarticulación de la integridad del cuerpo, y de este con otros cuerpos, así como de las actividades en el mundo. Jean-Luc Nancy es otro autor pertinente en tal horizonte problemático desde la filosofía. Para Nancy (2003: 16):

Los cuerpos no son de lo “pleno”, del espacio lleno (el espacio está por doquier lleno): son el espacio abierto, es decir, el espacio en un sentido propiamente espacioso más que espacial, o lo que se puede llamar todavía el lugar. Los cuerpos son lugares de existencia, y no hay existencia sin lugar, sin ahí, sin un “aquí”, para el éste. El cuerpo-lugar no es ni lleno ni vacío, no tiene ni fuera ni dentro, como tampoco tiene partes, totalidad, funciones o finalidad […] Es, eso sí, una piel diversamente plegada, replegada, desplegada, multiplicada […]. Bajo estos modos y bajo mil otros (aquí no hay “formas a priori de la intuición”, ni “tabla de las categorías”: lo trascendental está en la indefinida modificación y modulación espaciosa de la piel), el cuerpo da lugar a la existencia.

Las consideraciones (críticas y deconstrucciones) sobre el cuerpo, en sus interacciones y despliegues espaciales, al interior de la reflexiones sobre las prácticas de aniquilación en México, vienen a colación porque los márgenes y grados de violencia registrados en el territorio mexicano han requerido un sistema, tanto de eliminación como de ocultamiento de cuerpos (sea con la finalidad de entorpecer posibles investigaciones –aunque ya están superadas las capacidades estatales en investigación o hay una omisión absoluta a investigar–, o para distorsionar y confundir sobre la magnitud del daño, o bien para generar dinámicas de terror en lo singular y pánico en lo colectivo hacia las poblaciones por parte de la delincuencia organizada).

Así, las fosas clandestinas son umbral en la puerta de un acceso intensamente particular: cómo se configuran las relaciones socioespaciales ante las fosas clandestinas y qué disposición a habitar se produce en aquel cuerpo espacial ante la amenaza latente de ser aniquilado. Hablamos de las fosas localizadas y de las otras que permanecen ocultas, incontables e impensables (quizá imaginables y posibles ante un paisaje vulnerado como producción forense, véase el artículo “Paisajes forenses” de Anne Huffschmid en este volumen) que hacen patente la intensificación del conflicto, así como la transformación de la violencia ejecutada, que se gestó en estos años desde la excepcionalidad de su accionar a la sistematización del poder y control del espacio público a través de la muerte en territorios de letalidad (imagen 1) (Schmidt, Cervera y Botello, 2017: 81-95).

Imagen 1. Los cincuenta municipios más letales del país


Fuente: elaborado por Mónica Ayala, México Evalúa, 2017.

5. Los registros de fosas clandestinas en México, como estructura paralegal o ilegal de enterramiento, promovidos por conflictos de control territorial entre la delincuencia organizada (esa complicación y complicidad constituida de bandas delincuenciales fuertemente armadas, cooperación civil, poderes estatales y organizaciones empresariales), han sido una constante fractal en lo que va del siglo XXI.

Pero ¿cómo interactúan y construyen espacio los cuerpos que en su materialidad son aniquilados? ¿El territorio así georreferenciado soporta o respalda la definición tradicional de Estado: la relación entre población, territorio y poder? Aquí Keane (2000: 17), otra vez: “el silencio melancólico sobre la violencia se sostiene sobre una mezcla confusa y desconcertante de prejuicios tácitos y suposiciones significativas. Algunos creen todavía que el problema de la violencia no existe porque se supone que la monopoliza el Estado definido territorialmente”. La presentación didáctica de un mapa de localización de fosas clandestinas en el período 2006-2016 (Guillén, Torres y Turatti, 2018; Universidad Iberoamericana, 2016) visibiliza las magnitudes del daño y la alteración de relaciones que la violencia produce en los individuos, las comunidades y el grueso social en su conjunto. De hecho, en la presentación y los informes de las fosas clandestinas llama la atención no solo la cuantificación, sino la expansión geográfica (imagen 2).

Imagen 2. “A dónde van los desaparecidos” (2016)


Fuente: Guillén, Torres y Turatti (2018).

Atendamos que el espacio construido, formado por estructuras de referencia e interacción, sustenta formas espaciales de correlación construidas para habitar el mundo: casa, territorio, frontera, ciudad, puente, etc. Esta construcción (edificación material y cohabitación existencial), esta forma de tener y ocupar un lugar restituyen y reivindican el espacio: espacio que se construye no solo con la magnitud sino también con lo sensorial, la voz, el quejido, el olor, lo auditivo, así como las proximidades y lejanías de los otros (Lefebvre, 2013: 240-249).

Abierto a la intervención participada por las relaciones y referencialidades que implica (Heidegger, 2003: 199 ss.), entonces, el espacio de cara a las violencias se ve alterado cuando son alteradas frontalmente las formas de habitarlo corporalmente, los cuerpos como lugar y espaciosos en el despliegue, repliegue, pliegue y multiplicación de su práctica vital; pues ningún lugar, ni siquiera el lugar propio, es una construcción simple, sino que es un complejo de vínculos, redes, interacciones, intercambios de prácticas espaciales.

Por sus cantidades y expansión territorial, en las fosas clandestinas se hacen patentes actos de fuerza-daño producidos por acciones colectivas y organizadas en su ejecución, las mismas que modifican el espacio, alterando morfológicamente la cualidad espacial de la vivencia, y por ende de las interacciones. Adviértase el hecho de que las fosas clandestinas no son producción de un individuo aislado, sino –como se ha supuesto anteriormente– parte y secuencia de una práctica eliminacionista.

6. Recordemos que la localización de la mayoría de este tipo de enterramientos ilegales ha sido por información anónima recibida por los familiares e iniciativas ciudadanas con las cuales han dado mayoritariamente con el paradero de las fosas mencionadas anteriormente, evidenciando ya la colusión, ya la limitación, ya la incapacidad de las autoridades en todos los niveles de gobiernos.

Como fuese, en el marco de conflictos violentos, la pregunta que se presenta es si esta sistematización y los altos márgenes de daño, patentes en las fosas clandestinas, son un preocupante problema de seguridad o son el rasgo de un conflicto de dimensiones más grandes, que no se reduce al crimen, pero que tampoco se aclara como un proceso de guerra civil. Sin ideologías de por medio ni con aspiraciones de revuelta política u hostilidades confrontadas por credo religioso, la violencia dolosa y masiva guarda, entonces, similitudes de aniquilación que opera desde el híbrido generado por la capitalización económica (Astorga, 2012), la generación confusa de la información, los usos políticos de la administración de la muerte y la retracción de las fuerzas formales y materiales del Estado en sus instancias de gobierno; todo ello atizado por quiebres estructurales de los enfoques culturales sobre la valoración de la vida, la benignidad humana (Romilly, 2010: 61-83) y la condolencia ante la muerte de los otros (Franco, 2013: 25).

Nuevamente, aquí como con los estudios sobre la violencia, habrá de valorarse que la consideración sobre el cadáver o el cuerpo muerto en las dimensiones de violencia masiva (intento o actuación cumplida en el asesinato de múltiples individuos) en la época reciente, no solo en México sino a nivel mundial, deja un amplio rango de titubeos e imprecisiones teóricas y prácticas: políticas, jurídicas, éticas, políticas, religiosas y ontológicas. Como mencionan Elisabeth Anstett y Jean-Marc Dreyfus (2017: 3) en su introducción a Human Remains, puesto que aún y con estudios tan especializados sobre genocidios, exterminios, eliminaciones sistemáticas,

… –paradójicamente, incluso, dada la importancia al cuerpo como tema en las ciencias sociales–, el problema del cuerpo, en relación con los restos humanos, en la violencia masiva es un tema sin explorar […] Es más, mientras el cuerpo vivo es considerado desde casi todas las posibles perspectivas por dichas ciencias, se ha prestado apenas virtualmente atención al cuerpo una vez muerto. Solo los arqueólogos y los antropólogos han dirigido su atención y tomado nota del cuerpo muerto desde la significación religiosa y política que lo envuelve en diversos contextos. Los restos humanos constituyen, así, una zona gris, incluso un tabú, en la investigación sobre el cuerpo desarrollada en las ciencias sociales. Estudios en torno al tema son realmente pocos y prácticamente no hay obra desarrollada sobre la presencia del cuerpo en escenas de crímenes en masa […] De tal manera, el destino del cuerpo, y más enfáticamente del cadáver, desde nuestra perspectiva constituye una clave fundamental para entender los procesos genocidas y el impacto de la violencia en masa en las sociedades contemporáneas.

Con los tratos indignos al cuerpo vendido o quemado, desmantelado, enterrado o fragmentado, las fosas clandestinas manifiestan la transformación espacial y temporal en las formas de la violencia, que no solo afecta el espacio material, sino también a su horizonte de relaciones y vínculos más cercanos (Schwartz-Marin y Cruz-Santiago, 2016: 58-74). La violencia desde el enfoque espacial crítico (como acontecer de la fosa y la reflexión misma sobre las formas de la violencia) abre un horizonte de problemas cruciales para la compresión de las interacciones humanas en los tiempos actuales y apunta directamente a la irremplazabilidad singular, lo insustituible de cada cual, por ende, la pasmosa evidencia de que cada acción violenta cosifica, elimina y priva de espacio nuestra existencia singular y plural en su despliegue espacial.

Lo que buscamos resaltar, en este contexto, es el hecho de que las fosas clandestinas que se han producido y se están produciendo son parte integral en un marco de conflicto violento nacional (HIIK, 2017), cuyo porcentaje mayor de ejecuciones se realiza con el empleo de armas de fuego (IEP, 2018). Todo ello indica que los diversos actores, medidas y objetos de conflicto (posiciones estratégicas, drogas, recursos humanos, recursos naturales o rutas de tráfico) producen dinámicas de hostilidad, destrucción y muerte en índices similares a los que se viven en países con conflictos internacionales o terrorismo como Siria, Afganistán o Nigeria (imagen 3) (HIIK, 2018: 11).

Imagen 3. Mapa global de conflictos, 2018


Nota: los países en color negro presentan conflictos de alta intensidad.

Fuente: HIIK (2018).

7. Ante la emergencia de la violencia reiterada y en masa que se extiende en México, interroguemos: ¿qué es una fosa? Habrá de esclarecerse que la fosa refiere a la forma más simple de la sepultura de la cual existen vestigios hace 120.000 años (Guilaine y Zammit, 2002: 61-100). Una mínima atención nos permite comprender que la fosa, como acción deliberada del enterramiento, supuso una revolución en el espacio humano. Fue la creación colectiva de un espacio específico, un hueco, una oquedad, concavidad, incisión, y una estancia donde los cuerpos fueron depositados, muchas veces comunitariamente, como una continuidad de la comunidad de los vivos (Llorente, 2015: 65-67); estructura de oclusión del cuerpo muerto en la tierra o la piedra, pero también relación íntima de la memoria espacializada y la vinculación afectiva en el duelo, señalizada y simbolizada mediante inscripciones, ofrendas funerarias y otros detalles de reconocimiento. La fosa representó, así, la incisión vertical, subterránea, del espacio frente a la horizontalidad del paisaje. La fosa: una “infra-estructura” espacial que no solo requirió esfuerzos colectivos para el enterramiento, sino, además, el esfuerzo en su mantenimiento. Es decir, una fosa en este contexto no solo se produce; también se cuida y se protege, signatura tripartita de la fosa, la misma que recorre la historia de las necrópolis postreras: producción, cuidado y protección.

En esta trayectoria de argumentación es importante volver a los primeros asombros de estas estructuras espaciales de la fosa que son antecedente del túmulo, el corredor, el sarcófago, la cripta, pues en todas ellas se hace patente la capacidad tanto técnica como simbólica de los vivos para humanizar el espacio de muerte: nutriendo una relación espacial-afectiva (que después soportará la relación política) entre el vivir y el morir, entre el poblar y el conmemorar.

Entonces, se puede ampliar y contrastar la pregunta en este punto: ¿qué es lo clandestino de una fosa? Una cavidad producida en aras de la producción espacial bajo registros de la invisibilidad, la anonimidad y el olvido; una estructura no solo fuera de la ley (criminal), sino también a contracorriente de la relación entre la producción, el cuidado y la protección de los muertos.

La fosa clandestina como factor en la práctica social de aniquilación es producida como un acto de coordinación colectiva (delincuencia organizada y hordas eliminacionistas) desde el proceso de desaparición, homicidio, traslado, apertura de la cavidad, disposición de los cuerpos y oclusión de dicha oquedad térrea.

Como se sigue de lo enunciado, habrá de considerarse que la fosa clandestina no solo es parte integral de un proceso criminal organizado, sino que es exposición de un tipo de violencia ejecutada contra el cuerpo, como lugar de interacción, y en el espacio público, es decir, una violencia accionada que daña de manera frontal no únicamente a las víctimas de la fosa, sino también al orden de las relaciones vitales que la situación de existencia implica para cada quien (la personalidad jurídica y política). Así, la meditación sobre la fosa habrá de contemplar el dolor y el sufrimiento de las víctimas que son constitutivos (no derivados ni secuenciales) de todo acto de violencia homicida dolosa, con las relaciones y aristas de esos dolores producidos, no únicamente en el sujeto doliente inmediato, sino también en la consideración y conmoción de dolientes que nuestras relaciones amplían por nuestros nexos colectivos, humanos.

Se requiere, por eso mismo, una perspectiva amplia de la violencia en dimensiones de espacialidad y construcción o destrucción del espacio que nosotros llamamos “espacio doliente”: un espacio creado por las relaciones e interacciones del dolor y la deuda, generados por la violencia homicida dolosa que se extiende e intensifica entre nuestras relaciones espaciales en esto que llamamos México.

En tal sentido, deberemos volver a los primeros vestigios de las fosas comunes: estas, como prácticas espaciales de organización y dinamismo, evidencian que las oquedades e incisiones en la tierra tienen dimensiones apropiadas para los cuerpos que las habitan y son protectoras ante la posibilidad de su allanamiento. Pero, más allá, las fosas expresan las relaciones, las funciones y los discursos de lo que puede un cuerpo humano. Sus ritmos, sus amplitudes y frecuencias, sus muestras y despliegues, nos permiten saber que la apropiación del espacio se da mediante la práctica del cuerpo, y que la apropiación del cuerpo se da mediante la práctica espacial; porque, en suma, en la fosa el cuerpo sigue reclamando espacio y es la comunidad de los suyos quien se lo propicia como un gesto afectivo de honra y reconocimiento, en su producción, cuidado y protección.

Por contraste, la “infra-estructura” espacial de muerte dolosa a la que nos enfrentamos, la fosa común clandestina, es una realidad que rebasa no solo nuestras discursividades teoréticas, al interior de las ciencias, sino también nuestras experiencias culturales. Porque la fosa clandestina, producida por la violencia extrema aniquiladora, pone en crisis conceptos homogéneos, homoloidales, isotrópicos, continuos, tridimensionales como son vacío, latitud, forma; pero, también, nos cuestiona sobre el espacio mismo y sobre la situación espacial de nuestra existencia en relación con la tierra como posibilidad de ser intervenida.

Esta violencia que hemos referido en la fosa clandestina, en el contexto de un conflicto altamente intenso, expone el inasumible sufrimiento experimentado en el tormento y la ejecución de que fueron sujetos los victimados; además, expone una y otra vez la constatación de que esas fosas son producciones que perseveran en la frontal disolución de la individualidad, en la dislocación y en el abatimiento de su memoria. Dicha modificación se advierte ante el umbral no solo de la privación de vida, la defunción; sino que consiste en una transmutación absoluta donde el cadáver es a la vez instrumento y objeto de envilecimiento; transmutación que los ritos fúnebres, ganancias históricas culturales, buscaban contener, ralentizar, en una transición paulatina emprendida en el desalejamiento del otro de esta tierra para ir a dar entre la tierra y nosotros, para ser en-terrados. Fondos seminales de nuestra memoria común, que contrastan con la oclusión, el olvido y la desaparición de los cuerpos, de nuestra memoria y de nuestra capacidad de con-memorar su muerte y su vivir.

La administración de dar muerte no se reduce, por ello, a la materialización de quitar la vida, se extiende a la valoración afectiva de cómo comprendemos nuestras relaciones entre los vivos, y de los vivos con los muertos; esto tiene similitudes con otros procesos de práctica social de aniquilamiento y eliminación que necesitamos pensar seriamente de aquí en más, dentro de un proceso de muerte que crece día a día en México.

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1. La propuesta de una conceptualización, elaboración y práctica espacial que no supera a las otras concepciones del espacio, como son las fisiografías, geografías, georreferencias, sino que gira su enfoque hacia criterios como la polivalencia, interacción, polirritmia y reciprocidad de los cuerpos haciendo-siendo espacio. Este “espacio crítico” (Lefebvre, 2013: 240-241), entonces, es pivote del giro espacial donde el cuerpo, con su materialidad, energía y pasividad, exhibe la dignidad ontológica desdeñada por la tradición filosófica que lo consideró resto, depósito o autómata, y a los cuerpos en la sombría extensión de lo aparente, lejos de lo que realmente es lo que es.

2. Enero de 2019 supera la cifra récord de homicidios dolosos en el México reciente, según carpetas abiertas y registradas en el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP, 2019). Este gráfico comparativo entre 2017 y 2018 nos permite advertir de manera inmediata las dimensiones del terror al que nos referimos.

3. Hay un incremento sin precedentes en la cantidad de víctimas por homicidio doloso, pero a ello debe acompañar la extensión de ese aumento: en 2017 la tasa de homicidios dolosos se incrementó en veintiséis de las treinta y dos entidades. El artículo “Los homicidios en México” refiere que “en relación con el uso de la tasa de homicidio, es pertinente recordar que esta refleja la «exposición al riesgo» que experimenta una población. De tal manera que este indicador es útil cuando se desea comparar la situación de violencia o el riesgo de ser víctima de homicidio que se tiene en distintas poblaciones” (Instituto Belisario Domínguez, 2018: 8). Así, las magnitudes del terror se contabilizan de manera oficial en 238.000 homicidios registrados desde 2007 –de acuerdo con cifras cruzadas entre el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y el SESNSP–, 300.000 desplazados por forzosidad, a ellos se añaden más de 37.000 personas no localizadas; en 82 municipios de más de 20.000 habitantes (zonas urbanas con densidad poblacional considerable) la tasa de homicidio doloso fue de 50 por cada 100.000 habitantes en 2017 (de estos, quince se encontraban en Guerrero, once en Guanajuato, siete en Chihuahua, seis en Michoacán y cinco en Colima) (IEP, 2018: 2).

4. Remitiendo a Norbert Elias, Keane (2000: 31-32) afirma: “La creación del Estado moderno –una entidad impersonal y abstracta que se distingue tanto del gobierno de turno como de los gobernados, y se sitúa por encima de ambos– se realiza en paralelo a la aparición de un aparato de poder soberano y, por tanto, indivisible, al que Marsilio de Padua llamó defensor pacis, porque acaparando la fuerza armada liberaba a la población de la violencia cotidiana, a cambio de que aquella aceptara, en una u otra medida, la legalidad de la violencia monopolizada por el Estado […] De este modo, el ejercicio de la violencia, al menos en principio, se hace predecible y controlable”.

Paisajes forenses: sobre cómo mirar, leer y narrar las fosas intervenidas de nuestro tiempo

Anne Huffschmid

Imaginación, pese a todo

En el predio conocido como Colinas de Santa Fe no se admite filmar o fotografiar de cerca los trabajos de exhumación y mucho menos lo exhumado, pedazos humanos envueltos en bolsas de plástico que los buscadores han localizado. Van casi 290 positivos, un número que corresponde al conteo de cráneos rescatados, desde que han empezado a intervenir este predio arenoso en agosto de 2016. Los asombros se acumulan: tantos cuerpos en un área no mayor que dos canchas de fútbol, tan insólita la división de trabajo que opera aquí, en este cementerio clandestino devenido sitio de excavación: son los familiares quienes de por sí traen la herida incurable de sus propios desaparecidos, que rastrean la zona, localizan y excavan hasta confirmar la presencia de un cadáver; solo entonces se encarga la policía científica. Y tan cerca todo del puerto de Veracruz, a unos veinticinco minutos acaso, y, más cerca aún, a pocos kilómetros, de una zona habitada, el fraccionamiento del mismo nombre que se hizo fatalmente célebre por el hallazgo de la hoy megafosa. ¿Cómo pensar desde este asombro, cómo (hacer) entender lo que en esta zona sucede? ¿Y cómo hacer que sea mirable?

Preguntar por la mirada tiene que ver con el hecho de lo que esta investigación denomina como procesos y paisajes forenses,1 que da pie a las reflexiones que siguen, se concibió desde el principio como una indagación (también) visual. En ello se articula el interés por generar saberes visuales2 capaces de desembocar en una narrativa que trascienda un formato estrictamente lineal y textual. Es una apuesta arriesgada, situada además en un terreno por demás incierto. De estos riesgos, y los desafíos que de ahí emergen, me quiero ocupar en este texto.

Para empezar, ¿cómo apostar a lo visual en un área de visibilidad restringida? En las fosas de Veracruz, como se decía anteriormente, opera una restricción para las cámaras. Es interesante notar que esta no fue dispuesta en primer lugar por la autoridad policial, sino por el propio colectivo de familiares, decidido a no permitir lo que ellos han llamado un circo mediático. Puede parecer una postura discutible: ¿de quiénes son realmente estos sitios y sus imágenes: solo de los afectados, o hay un interés público? Si solemos cuestionar, con justificadas razones, las censuras dispuestas por las autoridades, ¿a los familiares les concedemos esta autoridad?3 Lo que en todo caso me pareció notable en esta restricción era el afán de los propios actores de reclamar un derecho a la imagen y establecer, por así decirlo, su propia política visual.

Quiero proponer pensar que este tipo de restricciones impuestas o también voluntarias (el no querer o soportar mirar) puede resultar productiva. Que es posiblemente desde ahí, el hoyo negro (en sentido literal y figurativo) de la fosa y de la propia desaparición, desde donde mejor podemos reflexionar, desarrollar o afinar nuestras capacidades narrativas. Porque nos obligan a generar visualidades distintas: imágenes que trasciendan la literalidad, que no banalicen, folcloricen o esteticen las secuelas de la violencia extrema y que logren interpelar a una labor de imaginación. Porque de esto se trata, según creo: imaginar/nos a los desaparecidos, a quienes han eliminado de nuestro campo de visión, y enfrentar así el gran proyecto de la “des-imaginación” (Didi-Huberman, 2007: 36) de cualquier régimen de desaparición sistemática.

Necesitamos entonces pensar cómo mirar estos espacios atroces, la tierra vuelta fosa común o clandestina y a quienes la intervienen con tal de re-aparecer a estos cuerpos. Es una intervención en el tiempo (abrir una cápsula suspendida de tiempo que ya se creía cerrada) y en terreno, desafiando las leyes de la probabilidad. Se han dedicado a ella, desde hace más tres décadas ya, los llamados equipos y forenses comprometidos de América Latina.4 En la actualidad mexicana, cientos de nuevas fosas configuran lo que Paco Ferrándiz (2015) ha llamado, para España, “paisajes del terror” (Ferrándiz y Robben, 2015) y que yo propongo nombrar como paisajes forenses: son paisajes testigos de la deshumanización, que a la vez devienen escenarios donde se busca revertir sus efectos.

Notas para contextualizar

Tres viñetas, para situarnos. Primero: hablar de México en 2018 es hablar de un estado de emergencia continua. Hasta abril de ese año, se tenían registrados a 37.435 hombres y mujeres en calidad de desaparecidos, según los registros de la propia Secretaría de Gobernación; ello equivale a un aumento de 40% desde agosto de 2014, menos de cuatro años (Martínez, 2018: 3). A diferencia de los regímenes dictatoriales y las políticas contrainsurgentes del pasado, ya no estamos ante un Estado criminal, nítidamente identificable como operador de estas desapariciones. En cambio, se perfila una estatalidad fragmentada, y porosa, nuevos modos de colaboración y entretejimiento entre fracciones del Estado y las economías criminales de diferentes escalas; una agencia criminal diversificada, que algunos optan por caracterizar, creo que oportunamente, como necropolítica, en una adaptación del conocido concepto por Achille Mbembe (2003) para las nuevas economías de la muerte en América Latina (Fuentes Díaz, 2012). Esta agencia ya no depende de una legitimación discursiva, al menos no en el sentido clásico del Estado priísta mexicano o de un poder centralizado. Pero se beneficia, directa o indirectamente, por la corruptibilidad de este Estado poroso, porque este le provee personal y know how especializado (en combate y represión) o, al menos, su inoperancia y omisión. También el perfil de los desaparecidos se diversificó; la gran mayoría de ellos no fueron victimizados por sus actividades profesionales, políticas o periodísticas (aunque sean los casos más resonados), y más bien les tocó por su disponibilidad, eso es, por pertenecer a sectores menos protegidos y más vulnerables.

Segundo: según un informe internacional de marzo de 2018 (Le Clercq y Rodríguez, 2018), México cuenta con un índice de impunidad que coloca al país en el cuarto lugar a nivel mundial y el primero en las Américas: 93% de los delitos ni siquiera se denuncian; acaso, el 11% de los denunciados se someten a alguna investigación judicial y el 4% obtiene algún tipo de sentencia. Esta impunidad hoy tan claramente instalada, en la praxis y en los imaginarios, se fusiona con la experiencia histórica que ninguno de los crímenes de Estado de la década de 1960, incluso los bien documentados, han recibido algún tipo de sanción penal. Es ahí donde se borran las líneas divisorias entre pasado y presente, lo que Jesús Pérez Caballero (2017) propone designar “el paradigma de doble impunidad”. Urge explorar, según el autor, con más profundidad los “vínculos sólidos” y “puntos de continuidad” entre los entramados criminales del pasado y los actuales. Esta transversalidad temporal debería acompañarse por un análisis de patrones y modos espaciales (zonas, ámbitos).

Tercero: esta violencia transversal que desborda delimitaciones temporales o geográficas está siendo normalizada. Para que esto suceda (la normalización en contextos de emergencia), es necesario distinguir entre el mundo de vida normal y el que no lo sea, el de víctimas y el de victimarios. Entre las múltiples maneras de hacerlo solo quisiera mencionar dos ámbitos: el lenguaje y los imaginarios espaciales. En el hablar cotidiano y mediático se ha establecido y expandido un nuevo vocabulario que va incorporando con toda naturalidad términos como narcofosa y levantón, encajuelado o pozolero. Se articula ahí una semántica brutalizada y folclorizada (incluyendo la autofolclorización de los perpetradores), que minimiza lo que va nombrando como perteneciente a otra especie y otro universo. Otra operación semántica es la insistencia en la inocencia de la víctima, muy difundida entre familiares y activistas cuando se moviliza en contra de la estigmatización. Insistir en la inocencia de masacrados y desaparecidos presupone la posibilidad, y necesidad, de distinguir entre víctimas inocentes y quienes no lo son, y por lo tanto no se consideran víctimas legítimas o merecedores de derechos y protección. Dicho de otro modo, “para la opinión pública los criminales no son víctimas y las víctimas no son criminales” (Lemaître, 2014: 8). La misma autora señala que, a nivel geográfico, rige la idea de la existencia de zonas o territorios sin ley, de excepción normalizada, donde la violencia fatal formaría parte de la vida cotidiana, y de enclaves de civilidad, donde la irrupción de la muerte violenta sí es motivo de escándalo. Son sobre todo las fronteras entre ambos, los intersticios entre civilización y barbarie, los más inciertos en esta nueva geografía mexicana, ya que en ellos rige una constante “inestabilidad normativa entre el Estado y las organizaciones criminales” (17). Esta se refleja incluso en una suerte de mímesis, cuando los policías se cubren el rostro o los criminales visten uniformes, convirtiéndose, con o sin camuflaje, en autoridad.

Lenguajes desbordados: imágenes, estéticas, espacios afectados

Ante tales desbordamientos como los antes esbozados, los sistemas y las prácticas de significación y representación suelen, de algún modo, colapsar. Quisiera delinear este colapso o desborde, y sus implicaciones, en tres niveles: la visualidad, las estrategias estéticas y representacionales para tratar, con ellas, la espacialidad.

La imagen violent(ad)a

Cuando en el análisis de discurso, que es el terreno en el que me formé como investigadora cultural, se busca poner de relieve los efectos de sentido, y de poder, de lo dicho, ello presupone inevitablemente enfocar lo no dicho, es decir, lo silenciado o callado. Lo mismo vale para lo que he denominado trabajo visual (Bildarbeit, visual work): enfocamos y buscamos leer lo visto y lo visible, y de igual manera debemos poner nuestra atención hacia lo no visto, lo invisibilizado. Esto nos lleva a una figura que creo productiva para el tema que aquí nos concierne: el punto ciego, lo que se sale, por distintas razones, de los campos de visión y visibilidad. La ceguera, impuesta o voluntaria, como el des/borde de lo mirable. Propongo pensar este silencio visual, donde tenemos la mente en blanco, o en negro si se prefiere, como punto de partida, o de fuga, para nuestro acercamiento a la desaparición.

Debemos recordar que el terror se define, a diferencia de otras violencias más instrumentales, por ser enunciación. Los necropoderes de la actualidad se caracterizan por emitir metódicamente mensajes, y lo hacen sobre todo en clave visual y escénica, en dos modalidades complementarias: cuando ciertos cuerpos mutilados y deshumanizados se exponen al ojo público, en cuanto puesta en escena necroteatral (Diéguez, 2016); y cuando otros cuerpos son desaparecidos, desmaterializados, eliminados de la superficie visual y tangible. En ambos campos la eliminación no solo de la vida, sino de la misma condición humana, opera como estrategia comunicativa. El terror no se concibe sin una función pedagógica: se desaparece al o lo humano para enseñar el poder de producir la muerte y el dolor.

Tener esto claro nos obliga a pensar cómo recibimos y procesamos este mensaje, cómo podemos neutralizar o incluso subvertir este poder. Para quienes hacemos investigación y/o imagen, el desafío es doble: no solo cómo miramos sino también cómo hacemos legibles las dinámicas del necropoder. ¿Cómo narrar desde este punto ciego sin caer en los lugares comunes, en la banalización o la exotización y sin quedarnos estancados en nuestras zonas (visuales) de confort? Cómo desarrollar narrativas y visualidades que se distingan de los moldes estéticos conocidos: de la esterilidad del repertorio policial, o forense, asociado a figuras en trajes blancos, cráneos y esqueletos domesticados por dispositivos técnicos; pero también de la literalidad del cuerpo deshecho, su efecto cosificador y banalizador, que además colabora puntualmente con la enunciación de los desaparecedores, que un ser humano es reducible a un bulto en bolsa de plástico, y alternativas a los recursos de la espectacularización o del melodrama, la escenificación ritualizada de dolor y sufrimiento.

Es preciso, creo, reflexionar mejor la agencia semiótica de la imagen y con ello nuestra propia agencia visual en estos contextos. Para una reflexión en torno a los bordes de lo que vemos, miramos o imaginamos, hay una referencia obligada y es el debate contenido en el famoso tratado Imágenes, pese a todo de Georges Didi-Huberman (2007) en torno a la pequeña secuencia de cuatro fotografías tomadas por miembros del Sonderkommando en Auschwitz una tarde de agosto de 1944. Son imágenes producidas en una complicada y arriesgada maniobra clandestina por conseguir cámaras y para sacar los negativos fuera del campo. Fueron sacadas, expresamente, para que el mundo mirara lo que parecía inimaginable: el trabajo de la muerte en plena acción, mujeres desnudas marchando hacia la cámara de gas, el amontonamiento de los cuerpos ya inertes. Más allá de lo que develan con cierta dificultad –son borrosas, de encuadre chueco, mal expuestas–, tienen inscriptas en estas deformaciones la marca de sus condiciones de producción, y la extrema precariedad de sus productores. Nos hablan entonces de una agencia visual en el borde, que lo arriesga todo con tal de mostrar.

Se generó una gran polémica sobre si estas fotos eran capaces o no de hablarnos realmente del terror. Los detractores de Georges Didi-Huberman, entre ellos prestigiados intelectuales como el cineasta Claude Lanzman, argumentaban que ninguna fotografía podía aspirar a representar el exterminio y que apostar a la imagen equivalía a una suerte de voyeurismo o fetichismo visual. Por su parte, el autor defendía el potencial de esta pequeña serie, no de representar el terror, pero sí de abrir una “fisura” (Didi Huberman, 2007: 121), o (parafraseando a Benjamin) una “chispa, aunque no la sustancia” (123), que se asoma justamente en esa materialidad visual. Porque es desde ahí desde donde se nos implica a quienes las miramos hoy en día: tratar de mirar a la muerte en acción, sí; pero también reconocer e imaginar la agencia de quienes la resisten. Si pasamos del trabajo de mirar al de producir imágenes, ¿qué implicaciones tiene lo anterior para ello?

Agencias artísticas, estrategias visuales: notas para un debate

Fue revelador escuchar al fotógrafo Fernando Brito, uno de los convocados para el conversatorio “Imágenes, pese a todo” que organizamos en octubre de 2017 en la Ciudad de México,5 cuando nos compartió su estrategia de lidiar con la violencia productora de muertos por doquier. Durante muchos años al fotorreportero le había tocado, como a cualquier reportero de nota roja, enterarse de golpe de los muertos en la vía pública, sin posibilidad de procesar. Su tarea era reproducir al cadáver tal cual, según los moldes de la nota policial. En momentos de cierto desborde, relató Brito, empezó a manipular la escena: escogiendo otro ángulo, aislando al muerto de otros actores, policías y forenses en primer lugar, con el objetivo de pacificar la imagen y dignificar al cuerpo retratado: “Trataba de que la gente mirara el cuerpo como persona”, nos comentó Brito; que fuera más mirable, sin juicios de ningún tipo, incluso para los familiares.6Me pareció algo discutible el afán de embellecer y resignificar a la muerte violenta: ¿al quitar el marco forense, por ejemplo, no se estaría eliminando el contexto criminal y la alusión a posibles responsables, naturalizando al muerto como parte del paisaje? ¿Cómo distinguir la dignificación del muerto de la del crimen? No obstante, son justamente las preguntas que enfrentan quienes están a diario ante el reto de re-tratar la violencia extrema, sin respuestas fáciles a la mano. ¿Cómo traducir el respeto a una estrategia visual que no sea equivalente a una estetización? ¿Cómo hacer digerible (mirable, escuchable) lo indigestible, cómo hablar del escándalo de la muerte perpetua sin estéticas de la escandalización mediática?

La periodista Marcela Turati, en ese mismo encuentro, habló de la quemadura, que es como los reporteros llaman al efecto del contacto diario con esta necrovisualidad desbordada. La encuentro una metáfora poderosa, justamente por su polisemia: por un lado, estaría la figura de la piel quemada, que remite al poder radiante y destructivo del sol o del fuego; por el otro, en el repertorio de la técnica fotográfica, la sobreexposición: con un exceso de luz la imagen se quema, ya nada es distinguible, se vuelve ciega. La única vía, nos dijo Turati, es trabajar esta afectación, como primera espectadora o recipiente del “dato incómodo”. Registrar, sanear y prevenirla, pero no sin seguir nombrando esta perturbadora “incomodidad”. Desnaturalizar la violencia, o “desomatizarla” –como propuso Joaquín Barrientos en nuestro encuentro– presupone asumir entonces la mudez que nos impone el abismo, y al mismo tiempo volver a recuperar la voz. Por ejemplo: los 17.000 litros de restos humanos generados por el multicitado pozolero de Tijuana, según nos han informado los periódicos. No enmudecer ante el hecho, que nos puede parecer innombrable, y a la vez renunciar a su fácil asimilación semántica: resistirse a incorporar un vocablo como pozolear a nuestro hablar.

Hay una controversia en torno a si “mostrar la barbarie” tiene un efecto sanador, como postula Ileana Diéguez (2016: 28) en su importante tratado en torno a las “iconografias del dolor”. Encuentro muy importante la conceptualización que propone la autora en torno a la performatividad del terror que denomina “necroteatralidad” (125) y a la que entiende como productora de una dramaturgia de miedo, en sentido literal y figurado. Es justamente por ello que disiento, incluso con cierta vehemencia, del postulado.

No creo que negarse a reproducir, o a mirar, el terror en su literalidad (fotográfica) tenga que ver, como supone Diéguez (2016), con “callar y silenciar la barbarie” (88) o con “políticas de corrección estética y asepsia afectiva” (122). No opera en esta negación ninguna “mística de lo irrepresentable” o la sana “distancia” de la perturbación que nos causarían estas imágenes. Es más bien la comprensión de su agencia enunciativa y poder performativo, necroteatral justamente, la que nos lleva a cuestionar el credo de la necroliteralidad.

Cuando Diéguez (2016: 211) rechaza la idea de que las reproducciones fotográficas de la muerte violenta escenificada sean una “amplificación” de esta misma puesta, yo postulo que son exactamente eso, y no solo “testimonio”, “evidencia” o “documento”. Amplifican y multiplican los sentidos de esa escenificación, incluso independientemente de las razones por las que son circuladas; el análisis semiótico, como yo lo concibo y practico, trabaja sobre efectos, no sobre intenciones. Estas imágenes actúan sobre sus espectadores: transmiten, producen y reproducen el mensaje de quien puso la escena, espectacularizan, deshumanizan y a la vez banalizan.7 No son solo testigos de lo nefasto; contribuyen a su producción o perpetuación. Como, según creo, tampoco las artes que incursionan en estos terrenos se limitan o deben limitarse a la función de “testimoniante” (Diéguez, 2016: 119). Incluso los ejemplos referidos por la autora dan cuenta de diversas estrategias por procesar la materialidad del horror eligiendo ángulos, formatos y estéticas. Lo que producen no es el testimonio en sí; es su elaboración y traducción.

“Para saber hay que imaginar”, cita Diéguez el planteamiento de Didi-Huberman (2007: 15). En ello no hay disenso. El debate se abre cuando nos preguntamos qué necesitamos ver y mostrar para poder imaginar. En el caso tratado de la secuencia del Sonderkommando de Auschwitz se juega la materialidad de la imagen, la huella (de la extrema precariedad de sus productores) estampada en ella; en ningún momento la literalidad de lo mostrado, y es porque los críticos de Didi-Huberman se equivocan tan rotundamente en tacharlo de fetichismo. Es muy distinto acusar recibo, a través del deber mirar, a la voluntad visual de dos prisioneros por mostrar lo inimaginable, que asumirse como espectador del necroteatro, expuesta a una agencia visual contrapuesta.

¿Qué modos hay entonces para documentar la deshumanización, que las imágenes no queden en la literalidad del documento? ¿O que logren desnormalizar el terror y no se queden en la retórica de su denuncia? Creo que son sobre todo las estrategias no representacionales que buscan salirse de las gramáticas visuales y estéticas acostumbradas, sin afanes escapistas o de asepsia, para llevarnos por otros caminos y lenguajes que los ya conocidos y desbordados, para facilitar nuevos accesos al abismo.

Para que no quede en abstracto el postulado, cito dos ejemplos magistrales de la más reciente producción cinematográfica de México: del documental Tempestad (Tatiana Huezo, 2016) recuerdo sobre todo la travesía de una voz que nos comparte el relato de una vulneración extrema (la experiencia de una cuasi desaparecida en una cárcel sin ley); es una voz sin cuerpo, suave y calmada, que nos lleva al núcleo mismo de la deshumanización. Este relato sonoro se fusiona con otro netamente visual, el de los cuerpos en travesía, vulnerables pero vivos e intactos aún, esperanzados incluso, atravesando un paisaje oscuro, tormentoso y lacónico, pero sin falsos fatalismos o melodramas.8 La libertad del Diablo (Everardo González, 2017) nos introduce también en esa zona siniestra de cómo vivir e incluso ejercer la violencia en y desde el cuerpo propio. Lo hace por otra vía, pero que coincide con la de Huezo en su apuesta por la no literalidad, la negación al rostro en este caso. Todos los hablantes llevan la cara cubierta por una máscara, en calidad desfolclorizada (es color carne), y relatan directamente hacia la cámara sus vivencias, contestando preguntas escuetas del director que no disimula su presencia. Pareciera que la máscara, recurso poderoso y ciertamente provocador (¿cómo igualar a víctimas y victimarios en un solo plano?) los liberara para hablar y nos posibilitara a nosotros mismos para poner la atención donde no la habíamos puesto. Sobre todo, escuchar a sicarios y torturadores hablar de sus oficios equivale a una transgresión: tener que soportar su humanidad.

Parece obvio, pero por si acaso: creo que artistas o investigadores no somos nunca solo receptores de testimonios y que necesitamos hacernos responsables de nuestra agencia.9Estas agencias y estrategias pueden buscar efectos diversos, coexistentes o incluso contrapuestos: hacer legible los entramados de la violencia, abrir grietas de perturbación, hacer actos de sanación o socializar el duelo. Algunas tendrán más que ver que otras con “dejarse afectar” (Diéguez, 2016: 340). En todo caso, toca asumirse como contaminados y atravesados por la irrupción, sin con ello pretender, como bien señala la autora, que la representación visual pueda ser el duelo o pueda “tomar el lugar del otro” (342).

Espacio contraído, paisajes emergentes

El filósofo Arturo Aguirre (2016: 61) propone pensar la violencia extrema como desterritorialización que genera una suerte de “des-arraigo” (68) o un “vivir a-terrado” (102), en sentido literal pero también figurado: destruye un espacio habitado y habitable, un mundo de vida situado en concreto, a la vez que vulnera los lazos de pertenencia social, e incluso temporal, en y con este mundo. Interviene directamente en este espacio específico que es y ocupa un cuerpo, y lo hace a través de la producción del dolor, en todos los sentidos posibles. Se produce entonces una especie de implosión: el dolor intenso opera como un corte, quitando todo vínculo con el pasado, cercano o lejano, o cualquier otra socialidad, dejando un puro aquí y ahora. Se absorbe entonces toda espacialidad, vertical u horizontal, fuera del cuerpo vulnerado. Es la contractura del espacio, una suerte de hoyo negro. Lo que queda no es la nada, sino una producción espacial en negativo (que corresponde, según creo, a lo que yo planteaba como figura del punto ciego). Este espacio contraído se materializa, por así decirlo, en este extraño no lugar que es la fosa, común o clandestina, el encimamiento indiferenciado de cuerpos muertos, desidentificados. “La oquedad” es el término que propone Aguirre (2016: 84) para denominar esta espacialidad particular, producto de la contractura del espacio relacional o social. En el plano singular, equivale a la “liquidación de la individualidad” (84), la desintegración de un ser humano en cuanto operación ontológica. Pero opera también a nivel social, vulnerando e interrumpiendo la socialidad en cuanto convivencia entre propios y extraños. Desintegra la confianza básica como prerrequisito para esta coexistencia entre extraños,10 radicalizando fisuras, exclusiones y precariedades ya existentes.11 La relativa novedad de la actual violencia mexicana consiste en que esta ya no expulsa o desplaza porque ya no hay dónde ir, ya no hay territorios que se perciben a salvo. “No es un desplazamiento sino un ser-sin-tierra” (Aguirre, 2016: 102). En esta lógica de implosión y como contraparte de la fosa, emerge otra territorialidad siniestra, la “intemperie compartida” (68) entre quienes se saben vulnerables y desaparecibles. Se constituye como “espacio doliente”, plantea Aguirre desde el título de su tratado, pero constituido por una paradoja, añadiría yo: aunque el dolor causado por la violencia vulnera, potencialmente, a todos, no es socializado. La herida del otro se percibe como amenaza. Se comparte la intemperie, forzosamente; pero no el dolor.

Con paisaje, en cambio, me refiero no al espacio interrumpido sino a la conjunción de espacios colindantes o capas sobrepuestas, una suerte de palimpsesto en horizontal y vertical, configurado por su materialidad y densidad, pero sobre todo por las actividades que lo intervienen.12 Me importa su carácter relacional, sensorial y encarnado, embodiment, según Tim Ingold (1993: 156). Denominarlo “orgánico” no se refiere a alguna condición natural, sino a que todo (lo visible) se integra a este paisaje ante nuestros ojos.13 El paisaje no es aquello, nos recuerda Ingold, que podemos mirar desde algún otro lado, sino que al contemplarlo nos insertamos en él, incorporándolo en nuestra labor imaginaria.14

Su carácter forense se define por estar atravesado por diversas capas legales, delincuenciales y judiciales, y, relacionado con ello, por la copresencia de los cuerpos, vivos y muertos: personas vivas enterrando a personas asesinadas, privándolas no solo de la vida, sino también de su nombre y pertenencia. Otros vivos, civiles, buscan a sus familiares y encuentran a estos muertos, desconocidos pero contemporáneos a fin de cuentas. Y, finalmente, aquellos vivos uniformados que representan la autoridad en estos paisajes, aunque no actúan como tales. Volveremos sobre ello.

Lo forense como transgresión, intervención y narrativa

Es importante aclarar de qué manera se entiende, en el marco de este texto, al dispositivo forense, más allá de una comprensión legalista, criminalística o técnica. Lo concibo, muy sintéticamente hablando, como agencia transgresora de memoria, como campo fronterizo, transnacionalizado y cargado de politicidad, como práctica de saber y narrativa.15 Aunque este texto se centra ya en este último aspecto, el tema de su narrabilidad, recapitulo brevemente cómo llego a esta extensión. Ya desde la primera actuación forense presenciada por mí, la declaración de una integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el estrado de una sala de tribunal en Buenos Aires en 2012, me interesó el doble poder que operaba en este actuar: el poder nombrar (en su relato la perita convirtió un puñado de huesos en dos personas con nombre y apellido) y también el poder para reconstruir la mecánica criminal que produjo la muerte (relató cómo los huesos tenían marcas de haber caído de gran altura, aventados por los aviones de la muerte).

Ambos poderes implicaban, desde los inicios del Equipo a mediados de la década de 1980, una serie de transgresiones. Primero, se transgredían los bordes disciplinares de la antropología forense que poco antes se había constituido como disciplina propia, y que fue reinventando ahora como campo multidisciplinar el salir de los laboratorios para buscar en campo, lo que implicaba combinar el análisis propiamente antropológico (y luego genético) con los saberes de la arqueología, y también con las ciencias sociales, estableciendo otro tipo de relación con los familiares afectados. Asimismo, se transgredió la suposición de neutralidad de una ciencia natural cuando el Equipo, como organismo formado deliberadamente por fuera del Estado, empezó a indagar en las entrañas de una burocracia criminal que había organizado la desaparición sistemática de sus opositores. Esta forensis renovada la he descripto como una ciencia o, más precisamente, una arqueología contemporánea, en el sentido de Victor Buchli y Gavin Lucas (2001), situada en su tiempo y contexto, un dispositivo capaz de materializar y visibilizar lo inmaterializado e invisibilizado. Opera ahí una imaginación asociativa que busca tejer una relación densa entre un plano particular, el detalle de un cuerpo específico, por ejemplo, y un plano macro, como patrones represivos o necropolíticos:

El [objeto] forense no se trata de un solo objeto aislado, sino de las cadenas de asociaciones que emanan de él y lo conectan con personas, tecnologías, métodos e ideas: la red flexible entre personas y cosas, humanos y no humanos, sean documentos, imágenes, armas, calaveras o ruinas. (Keenan y Weizman, 2012: 12)

Ello habilita, en relación con la desaparición forzada, un efecto que podríamos denominar como epistémico, ya que tiene que ver con lo que se puede saber y cómo se lo nombra. Cabe señalar que en su país de origen el equipo argentino ha logrado identificar un poco menos de setecientos cuerpos a lo largo de tres décadas, de un universo de al menos diez mil o doce mil nombres de personas registradas como detenidos-desaparecidas por la última junta militar. Aunque no se pretenda de ningún modo menospreciar el logro numérico, queda claro que el impacto es en primer lugar de carácter cualitativo. Tiene que ver con la eficacia misma de la desaparición, un término que Maco Somigliana (2012) ha caracterizado como eufemismo, ya que en su momento instaló una semántica de incertidumbre y cierta misticidad, alejado de un repertorio criminal. “Cada identificación, además de su valor intrínseco, corroe y cuestiona el eufemismo en su totalidad”, escribe el jurista, miembro del EAAF. “El mero hecho de que exista la posibilidad de restablecer la identidad cuestiona la vigencia del eufemismo” (34; mi subrayado).

Arquitectura forense

Una referencia indispensable para esta comprensión es la práctica investigativa del grupo Forensic Architecture, con sede en Inglaterra,16 que ha ampliado el horizonte de la investigación forense de manera radical. En sus indagaciones desde 2011, que hoy en día abarcan escenarios en todo el mundo, el grupo busca reconstruir y evidenciar crímenes invisibilizados de gran escala, siempre relacionados con algún poder de Estado, a partir de las huellas o trazas materiales o mediáticas que estos han dejado; ello implica, en muchos casos, evidenciar tanto la acción criminal en sí como las respectivas maniobras de ocultamiento y negación.17 Se cuestiona y combate, entonces, nada menos que el monopolio estatal de producción de la verdad, con la intención expresa de “revertir la mirada forense” (Weizman, 2017: 64), resignificando el ejercicio del oficio de ser una práctica policial a una civil y “contrahegemónica” (Weizman, 2014: 11).

Del vasto planteamiento conceptual y operativo del grupo, quisiera destacar algunos aportes que encuentro productivos para el tema que nos concierne:

1 El concepto contraforense, en cuanto “práctica civil” (Weizman, 2017: 64) que va más al de un activismo legal de apelar, sancionar u optimizar la actuación de las burocracias, y tampoco confía plenamente en las instancias o normativas internacionales. Con la reserva de definir a qué tipo de estatalidad nos referimos cuando hablamos de la actualidad mexicana (donde claramente no estamos ante un solo Estado criminal), creo posible identificar a los familiares buscadores como practicantes de una contraforensis emergente.

2 La noción de contraevidencia, en relación con la materialidad del acto criminal, enfocando sobre todo a lo que se ha descripto como weak signals (Weizman, 2017: 128), las marcas apenas perceptibles de lo ocurrido. Se asoma ahí la capacidad del fragmento para hablar de la gran escala, la necesidad de ir y venir entre un hallazgo, o un sitio especifico, y su entorno. Sobre todo, en el campo de las disputas de memoria, considero un enorme mérito haber superado la supuesta dicotomía entre el testimonio humano, etiquetado como evidencia frágil y vulnerable, y la aparente objetividad e infalibilidad de la evidencia-objeto sometida a examen forense. Un magistral ejemplo de ello es la reconstrucción de una cárcel clandestina en Siria (Saydnada), solo sobre la base de la memoria de seis de sus sobrevivientes, ya que el edificio sigue inaccesible. Sus recuerdos devienen testimonios, en toda su subjetividad y plasticidad, que sirven como evidencia-insumos para elaborar una maqueta digital del edificio (Forensic Architecture, 2017: 60-73). Al hablar, los exprisioneros habilitan la construcción de una evidencia espacial, que además logra incorporar una dimensión crucial para todo testimonio, la sensorial y experiencial. Es interesante notar que las divergencias y distorsiones entre los relatos individuales se procesan como datos sobre los efectos traumatizantes de esta misma deshumanización. Incluso la propia maqueta se vuelve un instrumento interactivo de investigación: memorias activas que no estaban al alcance facilitan reconstruir el ambiente sonoro, que se revela como un diseño más para la tortura. Asimismo, desafían el formato habitual de una reconstrucción lineal de los hechos cuando, constatando que no hay tal linealidad en la memoria de quienes sufrieron el espacio y que relatan sus vivencias “al margen de un hilo temporal” (Forensic Architecture, 2017: 68).

3 Considero crucial entender el ejercicio forense (también) como una “práctica estética” (Weizman, 2017: 94) y por lo tanto asignarle gran importancia a las cuestiones visual, discursiva y performática. No basta con colectar o construir buenas evidencias, lo que equivaldría al núcleo de una concepción positivista del oficio, sino que hay que saber desplegar y performarlo. “Presentar evidencia en estos contextos no es lo que entendemos […] como positivismo: el deseo de superar el lenguaje a través de la materialidad y de hacer que la realidad sea conocible sin intermediarios, sino el arte de hacer afirmaciones utilizando materia y medios, código y cálculo, narrativa y actuación” (Weizman, 2017: 83).

4 Finalmente, me parece esencial la recuperación del término forensis que propone Weizman (2017: 64) para distinguirlo del complejo técnico-burocrático asociado a forensics en tanto ciencias forenses. Forensis revela el nexo original con la noción de foro, en la Roma antigua; la necesidad de llevar un caso ante un público, desplegar los objetos que lo representan y hablar por lo que no puede hacerlo con voz propia, por ser un objeto, un cadáver o un artefacto natural. Sin esta traducción y narración no hay ni caso ni evidencia; estos terminan por constituirse en el momento cuando se exponen y se argumentan en público. Esta dimensión discursiva, retórica y pública se había ido reduciendo en el tiempo (Weizman, 2017: 65); un dispositivo político se convirtió en uno policial. Estamos entonces ante una repolitización, que los equipos independientes, como el de la Argentina, han inaugurado a partir de la década de 1980, más en la práctica que en discurso. A diferencia de ellos, Forensic Architecture asume esta politicidad y discursividad abiertamente.

Creo, entonces, no solo posible sino necesario extender nuestra comprensión de lo forense, incluso en un terreno literal de fosas y desaparecidos, más allá de lo que suele asociarse con este proceso, a saber, las etapas o funciones de búsqueda, exhumación, identificación, restitución y peritajes legales. Son claramente procesos productores de saber y conocimientos, utilizables en contextos jurídicos (en instancias internacionales) y extralegales. Pero también tienen un potencial narrativo, que podríamos ubicar en dos niveles.

En cuanto al primer nivel, diría que los procesos forenses en sí conllevan un potencial de revelar y relatar las violencias intangibles, o espectrales, de cómo dejan sus huellas en las materias, los cuerpos o las superficies naturales. Lo forense sería entonces un relato de los sentidos de lo material, aquello que desborda el lenguaje textual, y la posibilidad de conectar entre sí aquellos residuos y fragmentos.

El segundo nivel se refiere a la (o nuestra) posibilidad de esbozar o construir algo así como una narrativa forense, que sí se enfrenta a un hecho criminal pero se aparta de una escritura policial o criminalística. Serán relatos que logren significar lo aparentemente ilegible, construir sentidos y conexiones donde no los había, enmarcar lo ocurrido en la, y en una, historia y en un territorio, incidir en los imaginarios. No es tan distinto de cómo los propios antropólogos forenses trabajan, aunque la materia sea diferente; en vez de restos, trazas y objetos, estamos ante imágenes, voces y sonidos. De lo que se trata es de saber mirar, escuchar y conectar los fragmentos y las señales débiles, sus contextos y entornos, con precisión y paciencia. “El paisaje cuenta –o más bien es– una historia” (Ingold, 1993: 152).

Para un relato en construcción

¿Cómo y de qué construir entonces este relato? Regreso para ello a la experiencia concreta de armar una narrativa desde la fosa. Es un terreno incierto, se decía, y ciertamente un camino abierto. En lo que sigue van algunas notas de camino que dan cuenta de un desplazamiento y una serie de desafíos en esta construcción.

Desplazar el foco

En sus inicios el proyecto empezó a recorrer, también por vía visual, el universo de los equipos independientes en países como la Argentina, Guatemala, España y también México. La noticia eran los científicos como agentes y actores de memoria, dotados de una autoridad y legitimación novedosas en los escenarios memoriales, forjando una antropología forense puesta expresamente al servicio de los derechos humanos, incluyendo los de los muertos (Perosino, 2012). Sobre todo, me interesaba la posible contribución de esta forensis renovada y transgresora, que se había formado para indagar en los abismos del llamado pasado reciente, para enfrentar las catástrofes de la actualidad, la mexicana en primer lugar. Esa misma actualidad hizo girar la mirada hacia una modalidad inesperada, y desconcertante al principio, del trabajo forense: los familiares afectados tomando la búsqueda, ahora literalmente, en sus propias manos, los llamados buscadores.

Por supuesto que el protagonismo de las familias afectadas, las madres en primeras filas, en los procesos de denuncia y memoria ha sido una constante en las movilizaciones desde la década de 1970 en América Latina: se buscaba primero a los seres desaparecidos, luego verdad y luego justicia. La novedad mexicana ahora consiste en que esta movilización se inserta cada vez más, y de manera masiva, en un terreno propiamente forense, sea a través de operativos de monitoreo y trabajo legal, sea –y sobre ello voy a profundizar– en brigadas autoorganizadas, impulsando y realizando ellas mismas las exhumaciones.

El punto de quiebre y partida para esta forensis autogestionada fueron las secuelas de la desaparición forzada de los 43 normalistas en el sur de Guerrero, en el municipio de Iguala. Cuando en octubre de 2014 se realizaron los primeros rastreos de la zona en busca de los estudiantes desaparecidos, se descubrieron tumbas clandestinas que si bien no correspondían a los jóvenes sí develaban otros cuerpos enterrados ahí furtivamente. Fueron estos hallazgos los que motivaron a otros familiares de la región, que tenían años sufriendo sus propias desapariciones, a organizar recorridos y rastreos por los cerros de Iguala. Al salir con pico y pala, para buscar ya por mano y cuenta propia, la búsqueda adquirió una dimensión material y tangible. Fue así como se conformaron las primeras brigadas, que pronto se replicaron por todo el país. Eran intervenciones en un marco legal incierto, que se legalizaban de facto por la presencia de policías, ministeriales o fiscalías. Dicho muy sintéticamente, de un modo (extraño) la autoridad dejó hacer a estos familiares lo que en principio hubiera correspondido a ellos, limitándose, según el escenario específico, a resguardar, monitorear, dificultar o condicionar estas actividades y a acreditar, legalmente, lo hallado. Esta nueva movida forense, a la que empecé a mirar más de cerca en 2015, se concibe entonces como otra agencia transgresora: familiares metiéndose donde no les compete, apropiándose de saberes y procedimientos reservados para la autoridad, desafiando además el monopolio experto de los profesionales y tensando marcos legales y sentidos de justicia.18

Enfoques narrativos

La indagación en este campo forense expandido fue aterrizando, literalmente, a través del seguimiento audiovisual de campo, iniciado en abril de 2017:19 primero en el ya mencionado predio intervenido por el Colectivo Solecito de Veracruz,20 luego, en una especie de contrapunteo geográfico, en una zona desértica del estado norteño de Coahuila, donde un colectivo local, el grupo Vi.da, lleva tres años recolectando fragmentos óseos en el desierto. Se implementó un registro audiovisual en modalidad observacional, apartado de una cobertura mediática o del formato documental clásico. De lo que se trataba era, por un lado, de registrar el ambiente, en sus calidades sensoriales y materiales, el paisaje como materia intervenida y la presencia física de quienes lo integran; así como, por otro, la discursividad que lo enmarca y configura. Para la conversión de los registros en relato, pasando por una minuciosa lectura de lo registrado, se decidió renunciar a la linealidad (son procesos complejos, multisituados), pero no por ello a la construcción de sentidos. De lo que se trataba era/es de no caer en una falsa dicotomía entre sentir y saber; creemos que puede aspirarse a hacer sentir los ritmos y rutinas de esta zona de muerte convertida en campo de trabajo y a la vez intentar hacerlos legibles. Poner el foco ahí, en la materia misma, sin caer en la literalidad; estar consciente de tomar decisiones (visuales, narrativas) en todo momento. A continuación, algunas pocas imágenes que dan cuenta de enfoques y desafíos por resolver.21


Un ejemplo emblemático de una visualidad no literal pero que sí da cuenta de una materialidad específica son estos rectángulos en la arena, que marcan donde fue hallado y extraído un cuerpo de la tierra. Es la representación de una suerte de no tumba, donde estuvo enterrado un cuerpo anónimo pero que ya se extrajo, con el propósito de devolverle un nombre: una marca frágil, apenas perceptible, pero poderosa en su poder enunciativo.

Una decisión importante fue la de enfocar los modos de hacer de los afectados, incluyendo su persistencia física. Creemos que enfocar la actuación nos previene de caer en una estética victimizante, los moldes de (cómo nos imaginamos) el sufrimiento. Nos permite un trato más sutil, triangulado, con la carga absolutamente dramática de este espacio, sin tener que apostar a dramatismos artificiales. Un soporte propicio para ello son las herramientas caseras que los buscadores usan, como la bitácora para el registro de lo encontrado, o la varilla, que se hizo célebre como tecnología casera importada desde las brigadas pioneras de Guerrero. La varilla nos habla de la emergencia de una metodología vernácula. En sus inicios fue ampliamente criticada por el gremio forense, incluso por los equipos independientes consultados por mí, debido a su impacto invasivo en potenciales escenas de crimen. Pero con el tiempo, y con la paulatina concientización de los propios buscadores, se fue reconociendo su eficacia.

Por su parte, la libreta que sirve de bitácora para documentar minuciosamente lo hallado (desde fragmentos humanos hasta pedazos de ropa) representa una suerte de monitoreo, paralelo al registro oficial de la policía científica. Constituye un banco de datos casero y puede ser leída como la voluntad de ejercer un control o recuperar cierta soberanía, al menos sobre esta parte del proceso (ya que con el transporte de los cuerpos rescatados estos se pierden, literalmente, de vista).22 Asimismo, recurrir al filtro de la libreta nos permite hablar lo más directamente posible del despedazamiento de un cuerpo humano sin exponerlo en clave visual, y filtrado por la humanidad de quienes lo anotan.


En esta línea, la de enfocar los saberes emergentes, va también el enfoque en la mirada experta de los actores; esa que ha aprendido a reconocer un suelo sospechoso y removido en un predio como Colinas de Santa Fe o aquella que sabe distinguir un fragmento en el desierto como un pedazo óseo de un cuerpo humano. Se va perfilando ahí una perspectiva cuasi forense que enfoca la miniatura, el detalle, y lo conecta con el todo: “Para nosotros es muy importante el fragmentito, porque cada fragmento es una persona”, nos dijo uno de los buscadores en Coahuila; es la relación densa y compleja, no lineal justamente, entre distintas escalas: Por supuesto que el fragmento óseo no es la persona, pero sí representa y prueba su existencia, incluso cuando no se logre restablecer su nombre (la mayoría de estos fragmentos no son siquiera aptos para análisis genéticos).23 Al mismo tiempo, evidencia la operancia de agencias criminales, por su sola presencia minúscula, indistinguible para ojos no expertos, en este paisaje develado como zona de exterminio.

Un desafío consiste en incorporar la dimensión del poder institucional que atraviesa el escenario en todo momento, invisible e intangible casi siempre, ya que sin ello cualquier relato se quedaría en lo anecdótico. ¿Cómo hablar de esta institucionalidad sin quedarnos en las retóricas visuales de la denuncia periodística de policías o funcionarios? Creo útil enfocar la materialidad de estos settings o marcos institucionales y la dimensión performática de cómo las autoridades son encarnadas y performadas por sus representantes, sean fiscales, peritos o uniformados. Ha resultado revelador, por ejemplo, observar y registrar cómo los policías que atraviesan estos paisajes se vuelven de algún modo parte de ellos, inamovibles, pasivos, cual extras en un escenario cinematográfico. Es así como el curioso no actuar de la autoridad se vuelve una suerte de leitmotiv visual.



A la vez, resultó decisivo registrar y mostrar cómo aún en estas zonas de la excepción se desplegaba una socialidad, efímera pero intensa, que también formaba parte constitutiva de estos extraños paisajes. Enfocar estos signos de convivencia en el umbral que da cuenta de una vitalidad, por más precaria y vulnerable que apareciera, puede contribuir, según creo, a contrarrestar el proyecto comunicativo de la deshumanización.

Nos encontramos con paisajes ciertamente extrañados, entre el desierto de Coahuila y la vegetación cambiante del predio de Veracruz o incluso el paisaje suburbano del fraccionamiento colindante. Aunque le asignemos cierta agencia, en el sentido de realmente incorporar los acontecimientos y no solo recibir su inscripción en una superficie (Ingold, 1993: 157), no debemos caer en la tentación de mistificarlos o satanizarlos, como si fueran partícipes activos del delito. Prefiero pensarlos y retratarlos como paisajes testigo, que como tales son afectados materialmente por lo ocurrido, sin mística de por medio, en tanto materialidades sensitivas (sentient materiality) (Weizman, 2017: 95). Para la construcción narrativa el desafío consiste entonces en establecer vínculos de sentido entre estos paisajes aparentemente inocentes, y lo que encubren y albergan, y lo que se niega a salir a la vista. Y ¿cómo hablar, por ejemplo, de la insólita coexistencia entre un terreno cotidiano de cierta socialidad, como es un fraccionamiento semiurbano, y el sitio de la excepción, la megafosa? Aunque esta representa la irrupción de una vida regulada por leyes y reglas de la civilidad, a la vez que se está normalizando como modus operandi, en los hechos y en los imaginarios. Ante ello, y partiendo de la insuficiencia de los lenguajes acostumbrados, habría que encontrar nuevas maneras de combinar saberes visuales con saberes no visibles, modos de mostrar y modos de decir.


Desenlace

Esta historia no termina, pero este texto sí. Concluyo contrastando lo que vale en general para la indagación de y en el campo y su puesta posterior en narrativa. Necesitamos definir cómo nos insertamos en estos paisajes, asumirnos en este estar ahí, con o sin cámara, como una mirada resonante, una escucha visual, que va eligiendo en todo momento su ángulo, variando grados de cercanía y distancia, entre compartir y observar, e inevitablemente va tomando postura. Es una mirada-lectura de campo consciente del desafío de convertirse en relato, una suerte de imagen situada que pretende contraponerse al hoyo negro del a-terramiento y de la des-imaginación. El paisaje, decíamos, y nos recordaba Ingold (1993), no es aquello que podemos contemplar de lejos. Es una relación, densa y compleja, que nos envuelve, del cual formamos parte, incluso estando en otros planos espaciales. Nos exige escoger un punto de vista, situar y reconocernos en él, sus contemporáneos. Porque pronto haber mirado y relatado estos paisajes ya será un acto de memoria.

Referencias

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1. El proyecto de investigación, iniciado en 2013 y asignado a la Freie Universität Berlin (bajo auspicio de la Deutsche Stiftung Friedensforschung), indaga en las prácticas forenses, tanto profesionales como civiles, en diversos escenarios de violencia de América Latina. Empezó enfocando a los equipos forenses independientes y, a partir de 2016, al fenómeno conocido como los buscadores familiares en México.

2. En un proyecto anterior, en torno a topografías urbanas de memorias relacionadas con la violencia política, entre la Argentina y México, ya se había trabajado conceptualmente la potencialidad de la fotografía, de generar lo que denominé en su momento como saber visual. Me refiero a la posibilidad de articular relaciones espaciales o afectivas en (el procesamiento de) la imagen fotográfica (Huffschmid, 2015a: 375-442). Incursionar ahora en el registro audiovisual implica extender este horizonte de investigación visual, con la finalidad de experimentar con formatos narrativos transacadémicos, por nombrarlos de alguna manera.

3. En 2017, en el desenlace de un complejo proceso forense en un poblado colombiano, se dio a conocer una disputa reveladora en torno a la presencia de dos comunicadoras (ambas con amplio prestigio en el campo de los derechos humanos) en una ceremonia de inhumación (Verdadabierta, 2017). Se revelaba ahí una tensión entre el derecho a la intimidad y al de la información, cuya evaluación dependerá de qué tan privado o qué tan público se considere un escenario y “quién tiene derecho de contar la historia” (entrevista con Patricia Nieto, 17 de marzo de 2018).

4. En otro espacio he profundizado sobre los aportes, también conceptuales, y la trascendencia de estos equipos (Huffschmid, 2015b, 2018a); véase también el tomo recién salido de Dutrénit Bielous (2018).

5. Este conservatorio tuvo lugar el 27 de octubre de 2017, en una de las instalaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana. Fue posible gracias al entusiasmo con que acogieron la propuesta Álvaro Rodríguez y la propia Ileana Diéguez, cocuradores del encuentro, al igual que la entusiasta participación de unos veinte invitadas e invitados, creadores y pensadores de la imagen. Mi profundo agradecimiento a todas y todos ellos; por un día de intensa reflexión compartida en torno a los dilemas de lo visual. Escucharlos me ayudó a procesar algunas de las ideas que planteo en el breve espacio de este texto.

6. De ahí salió la premiada serie Tus pasos se perdieron con el paisaje, disponible en Loyola (2012).

7. Esa postura es claramente distinguible, creo, de una política institucional que busca limpiar las superficies visuales del país para disimular una normalidad inexistente y cubrir el estado de excepción. Mezclar las dos posturas, la oficialista y la crítica a la necroliteralidad, como si fuera una sola de rechazo a la imagen dolorosa confunde el tablero de la disputa. Las cuestiones éticas son siempre, también, políticas.

8. Sé bien que la obra se compone también por otro eje dramático, de una madre activista que, sin embargo, en mi memoria visual, no se sostiene ante el impacto de la “voz sin cuerpo”.

9. Es lo que no ocurrió, a mi parecer, en la serie Sudarios de la artista colombiana Erika Diettes, referido en el tomo de Diéguez (2016). Consiste en veinte impresiones en seda, de retratos de sobrevivientes en el momento que relatan su vivencia cuando fueron forzados a presenciar la violentación de un ser querido. La artista las invita a hacer memoria y opera el disparador de la cámara en el momento aparentemente más intenso de este relato doloroso, cuando tienen los ojos cerrados. Percibo ahí un afán obsceno, diría que cuasi pornográfico, por captar el dolor en su máxima expresión y amplificarlo en estos rostros; subrayado, además, por el hecho que las imágenes son de tal modo recortadas que no se asoma ninguna vestimenta, parecen desnudas: la retratada es puro cuerpo entonces, puro rostro, puro sufrimiento.

10. Para una lectura de esta sociabilidad en cuanto interacción (en este caso urbana) entre extraños y “extranjeros” se puede consultar Joseph (2002).

11. Para un análisis de la conflictividad constitutiva de lo urbano, donde no cabe la idea de una socialidad pacificada, se recomienda ver Delgado (2007).

12. Aunque las fuerzas en juego son totalmente otras, con otra densidad y temporalidad, me resultó sugerente la manera como Tim Ingold conceptualiza el paisaje más allá de una lectura naturalista (el paisaje como naturaleza) o culturalista (como construcción histórica y cultural). Subraya su historicidad orgánica y su configuración por el continuo de actividades cotidianas (taskscape): “Las actividades que comprenden el paisaje de tareas son interminables, el paisaje nunca está completo: ni «construido» ni «sin construir»; está perpetuamente en construcción” (Ingold, 1993: 162). Gracias a Jan-Holger Hennies por acercarme este precioso texto.

13. Es así como se distingue de otra categoría espacial, topografía, con la que trabajé en una larga indagación en torno a sitios y espacios de memoria en las ciudades (Huffschmid, 2015a). Si bien el concepto no se usaba con afán cuantificador de situar geográficamente o cartográficamente sino como categoría cualitativa y relacional, se enfocaba no en la organicidad sino en la “conflictividad constitutiva” (Huffschmid, 2012: 11) de estos en conjunción.

14. “El paisaje, en resumen, no es una totalidad que usted o cualquier otra persona pueda mirar, es más bien el mundo en el que nos encontramos para asumir un punto de vista sobre nuestro entorno. Y es en este contexto de esta atenta participación en el paisaje donde la imaginación humana se pone a trabajar para crear ideas al respecto” (Ingold, 1993: 171).

15. Ello lo planteo con más detalle en Huffschmid (2015b, 2018a).

16. Véase Weizman (2014, 2017), así como la página https://www.forensic-architecture.org.

17. Un ejemplo para ello es la plataforma digital www.plataforma-ayotzinapa.org que reconstruye y visualiza el ataque orquestado a los normalistas de la escuela rural de Ayotzinapa en septiembre de 2014. Entre los soportes digitales se destacan nueve videos, construidos sobre la base de un laborioso procesamiento de miles de datos (data mining), y que de-muestran con precisión los hechos, contrarrestando la versión oficial según la cual los normalistas habrían sido secuestrados por delincuentes locales e incinerados en un basurero cercano. El mérito y la singular elocuencia de la plataforma no consisten en haber levantado datos nuevos sino en que logró procesar y combinar datos ya existentes, e incluso públicamente accesibles. Es entonces el formato narrativo el que determina la eficacia y opera como intervención en el debate legal y político sobre los hechos asociados al vocablo Ayotzinapa.

18. He trabajado esta agencia con más detalle en Huffschmid (2018b, 2018c), enfocando justamente sus dilemas y tensiones, en relación con el marco legal y el horizonte de la justicia.

19. En esta fase de trabajo sobre todo audiovisual (grabación, edición) se inició una estrecha colaboración con el documentalista y antropólogo visual Jan-Holger Hennies. Para un resumen visual del proyecto se puede consultar un teaser: https://vimeo.com/266436429 (la clave se proporciona a petición).

20. Este predio, ubicado en la zona suburbana de Veracruz, está en el centro de una primera serie de videos (titulados El predio, El retorno, Los responsables), terminada recién en mayo de 2018. El sitio fue descubierto a raíz de un croquis casero, que unos desconocidos les entregaron a algunas activistas en la vía pública, en mayo de 2016. Inspiradas en la experiencia de las brigadas de Guerrero, un grupo local, el Colectivo Solecito, empezó a rastrear el predio. De este modo, y con ayuda de unos excavadores contratados (por cuenta del colectivo) han localizado ahí, desde agosto de 2016 hasta el cierre de este artículo, en mayo de 2018, a 289 cuerpos confirmados.

21. Todas las fotografías incluidas en este capítulo provienen del archivo visual de la autora.

22. La grieta que se abre entre la localización y la posible identificación de un cuerpo es un tema que no puede ser profundizado en este texto, pero ocupa cierto espacio en la narrativa audiovisual en construcción.

23. La existencia masiva de estos pedazos da cuenta de una modalidad específica de exterminio: desaparecer a los cuerpos asesinados por medio de la incineración y luego machacar lo que quedaba de ellos. Desde que empezó a organizar sus salidas al campo en 2015, el grupo Vi.da ha recolectado alrededor de ochenta mil pedazos, de los cuales se han podido armar apenas el perfil genético de 150 personas.

Consideraciones espaciales para pensar la destrucción de las ciudades

Giovanni Perea Tinajero

Introducción

La destrucción de una ciudad tiene que ver con una forma muy específica de ejercer la violencia que teóricos como Martin Coward (2009: 38) han denominado urbicidio. Desde sus raíces lingüísticas este término indica la muerte de una ciudad: proviene del latín urbs, que hace referencia a la ciudad o urbe; la terminación caedere indica la acción de cortar o asesinar. Como tal, guarda relación con el uso de la fuerza intencionada que tiene como finalidad infligir daño de un agente a un paciente, en este caso en dimensiones colectivas.1 Este tipo de violencia es particular porque la víctima es la ciudad, en la integridad de sus calles, plazas y edificios, en cuanto lugar de habitar de los citadinos, y donde el espacio para vivir se ve destruido.

Así, este trabajo contempla aspectos como la ya mencionada violencia que es causa de la destrucción de la ciudad, tratando de responder a la pregunta ¿de qué manera se altera nuestra concepción del espacio compartido ante su destrucción? Con esto asoman consecuencias políticas, sociales y culturales que dan cuenta de la gravedad de este problema. Además, se analizan las consecuencias materiales que le acaecen a este acontecimiento: ciudades devastadas y la producción de escombro al cual se ven reducidas. Esto genera vacíos sociales que interrumpen e irrumpen la posibilidad de habitar un espacio, pues su destrucción deja a la ciudad con la imagen material del escombro. De esta manera, donde acontece algún tipo de urbicidio, se fragmenta y se desgarra una ciudad en su tejido social, así como en las dinámicas de vida de quienes la habitan.

Cabe señalar que el problema se aborda desde los contextos urbanos contemporáneos, donde América Latina tiene un papel muy particular en lo que respecta a sus ciudades, pues muchas de ellas son el vestigio de un proceso histórico diferenciado del resto de Occidente, desde la colonia hasta la fecha. Hoy en día, las reflexiones en torno a la ciudad son vigentes porque las dinámicas de relación e interacción entre los ciudadanos están generando en su interior problemas que conciernen a otros temas concomitantes, como la ya mencionada violencia, las relaciones políticas y de cultura, la desigualdad económica, etc. Esto es comprensible, ya que en los últimos años las ciudades albergan y generan una serie de problemáticas que se presentan de manera más recurrente que en los espacios rurales. Tanto es así que, según el Reporte global sobre cultura para la sustentabilidad del desarrollo urbano de la Unesco (2016: 6), hay una tendencia de crecimiento de los espacios urbanos que se acelera en los últimos años. A la fecha, 55% de la población mundial habita en ciudades y se estima que para 2050 dos de cada tres habitantes vivirán en áreas urbanas. Si bien el crecimiento de las ciudades se produce en su interior, también está acompañado por una migración del exterior cada vez más acelerada de las zonas rurales hacia los espacios urbanos.

En México, particularmente desde 2006 hasta nuestros días, las ciudades han sido víctimas, protagonistas y testigos de ejercicios de violencia en la que se ven involucrados elementos del Estado, grupos criminales y sociedad civil. Con ello, una serie de manifestaciones y signos de violencia inundan el territorio: desde fosas clandestinas con cientos de cuerpos enterrados, balaceras, asesinatos en las calles, cuerpos desmembrados sobre el asfalto o diluidos en ácido. Todo ello genera un panorama y ambiente de inseguridad urbana con el que tienen que convivir sus habitantes.

En consecuencia, muchas de las ciudades más violentas del mundo están en México. Las que figuran, según referencias del Barómetro Heidelberg (HIIK, 2017: 124-126) son Reinosa, Río Bravo, Nuevo Laredo, Culiacán, Mazatlán, Veracruz, Tepic, Ciudad Juárez, Acapulco y, recientemente incluidas en la lista, Ciudad de México y Puebla; ciudades donde se ha desarrollado un nivel de conflicto de alta intensidad.2 Ello indica que la violencia en México llega a extremos similares a casos como los de Siria, Israel, Afganistán, Libia e Irak (175-199). El problema es que a nivel geográfico los ejercicios de violencia parecen acontecimientos aislados entre regiones ocupadas por agentes (criminales o delincuentes, policía o ejército, etc.); sin embargo, su aparición y ejecución en las ciudades altera el espacio de convivencia de todos los habitantes.

La violencia transforma la perspectiva de las ciudades generando un panorama inseguro y vulnerable. Con ello, su deterioro, abandono y descuido propician formas de destrucción del espacio social, que en su conjunto denota síntomas de urbicidio, o sea, de muerte o destrucción de una ciudad; un paradigma histórico y geográfico que, en distintos momentos y latitudes, acontece como una forma constante de violencia en dimensiones espaciales. Esto pone en evidencia que lo que en algún momento fue considerado un daño colateral –es decir, una afectación de las ciudades por razones circunstanciales a un conflicto– más bien tiene que ver con el daño causado intencionalmente a partir de un acto violento. En otras palabras, toda destrucción de una ciudad forma parte de las consecuencias generadas a partir de un acto de violencia (HIIK, 2017: 8).3

Muchas ciudades en México se encuentran en este ambiente de violencia vulnerando y destruyendo sus propios espacios, donde sus habitantes y la materialidad de sus edificios son víctimas y testigos. Pues, sea entre sus calles, plazas, viviendas e incluso entre sus escombros, las ciudades aportan testimonio y evidencia del daño que les acaece, y son parte de lo que la arquitectura forense denomina una estética forense (Weizman, 2017: 94), es decir, un cúmulo de elementos estéticos de diversa fuente e índole que otorgan destellos de verdad en relación con lo ocurrido, con vistas a la reconstrucción y conmemoración de los hechos.4 Así, muestran el vestigio de una ciudad en decadencia, con rumbo a la destrucción, frente a formas de violencia que en términos espaciales desgarran el tejido social e impregnan una huella que pone en crisis el espacio y la manera de habitar de sus integrantes.

Esto indica que algunos de los problemas mencionados se originan y desarrollan en las grandes ciudades. De modo que estas se han erigido como lugares propicios para el desarrollo de la vida humana, y de ahí que también sean polémicas y conflictivas. Ante esto, el urbicidio gira como un problema amenazante y latente que vulnera toda forma de vida urbana. Y aunque desde la Antigüedad, desde las polis griegas, pasando por las urbes latinas, hasta llegar a las ciudades y más recientemente a las metrópolis, los espacios urbanos han cambiado su manera de construir e intervenir el espacio. Han sido puntos estratégicos de guerra, motines, blancos u objetivos en conflictos bélicos. Así, por ejemplo, no es fortuito que la caída de la antigua Troya sea, por un lado, muestra de que las ciudades son entes colectivos que constantemente están siendo amenazados por la violencia y, por otro lado, son ejemplo de comunidades que resisten y defienden el hogar sabiendo que la caída de una ciudad implica el desmantelamiento y fragmentación de su vida colectiva. Con ello, la construcción de murallas alrededor de las ciudades antiguas marcaba una frontera con aquellos que no pertenecían a ellas y un medio de protección ante los enemigos durante la guerra. Hoy en día, las murallas han dejado de cumplir ese propósito porque las dinámicas y formas en que se ejerce un ataque bélico a una ciudad han cambiado. El lanzamiento de misiles intercontinentales, los bombardeos aéreos y el uso de armas químicas hacen que las murallas sean inútiles.5

En este contexto, las ciudades actuales se ven amenazadas de manera constante por acontecimientos violentos como el urbicidio; síntoma que refleja una globalidad astringente de formas diversas de habitar en los espacios urbanos, porque desde su génesis una ciudad se levanta como una obra común donde las intervenciones y contribuciones resultan ser colectivas, reflejadas en la construcción de sus edificaciones. De ahí que, por ejemplo, el movimiento y asentamiento de grandes rocas sea resultado de la organización comunitaria de quienes comienzan a habitar un lugar. También son colectivas porque la intervención del espacio es compartida: “Un comportamiento técnico de acción sobre el espacio supone necesariamente una voluntad colectiva, un acuerdo de grupo. Tanto por la complejidad manual que implica cualquier forma de marcar el espacio como por la complejidad intelectual y afectiva de los actos que la componen” (Llorente, 2015: 24-25). En este sentido, toda la complejidad y diversidad de construcciones y formas de habitar se ven amenazadas por el peligro constante de acontecimientos como el urbicidio, reflejado en la destrucción material de edificios y construcciones que componen a las ciudades.

Así, las presentes consideraciones espaciales pretenden dimensionar el problema de la violencia a nivel de las ciudades, es decir, como un problema recurrente, constante y alojado en los centros urbanos. Si bien la destrucción de ciudades muestra, a nivel mundial, el problema que se vive en conflictos bélicos, también señala acontecimientos de violencia que tienen lugar día a día en latitudes donde los conflictos no están enmarcados como parte de una guerra declarada (HIIK, 2017: 8).

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Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
321 стр. 19 иллюстраций
ISBN:
9789876919784
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