Читать книгу: «Pasaje de las sombras»

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VII Premio RBA de Novela Negra

Otorgado por un jurado formado por Paco Camarasa, Anik Lapointe,

Antonio Lozano, Soledad Puértolas y Lorenzo Silva.

Título original: Skuggasund

Publicado de acuerdo con Forlagid Publishing, www.forlagid.is.

© Arnaldur Indriðason, 2013.

© de la traducción: Fabio Teixidó Benedí, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO556

ISBN: 978-84-9056-090-7

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Nota sobre el uso de los pronombres de cortesía y familiaridad

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NOTA SOBRE EL USO DE LOS PRONOMBRES DE CORTESÍA Y FAMILIARIDAD

En esta novela se alternan los pronombres «tú» y «usted» para reflejar su uso en la sociedad islandesa antes y después de la Segunda Guerra Mundial.

1

Los agentes decidieron entrar en el apartamento, pero optaron por llamar a un cerrajero en lugar de forzar la puerta tras resolver que podían esperar unos cuantos minutos más.

Fue la vecina quien dio el aviso. No telefoneó a emergencias, sino a la Jefatura de Policía, y solicitó hablar con un agente. Cuando le pasaron la llamada, la persona que atendió al teléfono fue informada de que la mujer llevaba unos días sin ver a su vecino.

—A veces se pasa por mi casa cuando va a hacer la compra —explicó—. También lo oigo entrar y salir, o lo veo desde mi ventana cuando va a la tienda; sin embargo, últimamente, no ha dado señales de vida.

—Pudiera ser que se encuentre fuera de la ciudad.

—¿Fuera de la ciudad? No, no sale nunca.

—O que haya ido a casa de unos amigos. O de algún familiar.

—Me parece que no tiene muchas amistades, y nunca habla de su familia.

—¿Qué edad tiene?

—Unos noventa, aunque está en plenas facultades. No necesita ayuda para ir a ningún sitio ni nada parecido.

—Quizás ha ingresado en un hospital.

—No, me habría enterado. Vivo en su mismo rellano, en la puerta de enfrente.

—Tal vez se ha trasladado a una residencia. Por lo que dice, tiene una edad considerable.

—Yo... Qué cantidad de preguntas, no tengo respuesta para todas. No todo el mundo quiere vivir en una residencia, está muy bien de salud.

—Gracias por llamar, señora, enviaré a algunos hombres.

Dos agentes de policía esperaban al cerrajero junto a la puerta de la vivienda del anciano. Les acompañaba la vecina, Birgitta. Uno era rechoncho, con una prominente barriga. El otro era mucho más joven y estaba tan flaco que apenas llenaba el uniforme. Parecían un dúo cómico mientras esperaban allí, en el descansillo, charlando sobre esto y aquello. El más grueso contaba con sobrada experiencia y no era la primera vez que entraba en hogares de personas solitarias con la ayuda de un cerrajero. La policía recibía varios avisos al año para registrar el domicilio de individuos solitarios que vivían al margen de la sociedad. El cerrajero era pariente suyo, se llamaba Ómar y forzaba las puertas en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando Ómar apareció en el rellano el agente y él se saludaron como buenos familiares y, una vez terminada la operación de descerrajado, abrieron sin dificultad.

—¿Hola? —voceó el agente rechoncho hacia el interior del apartamento.

No obtuvo respuesta. Pidió a su pariente y a la vecina que esperaran fuera e hizo una señal a su compañero para que entrara con él.

—¿Hola? —gritó de nuevo, sin que nadie contestara.

Los policías penetraron lentamente en el piso, el agente barrigudo olisqueaba el aire. Les llegó un hedor desagradable que les obligó a taparse la nariz. Todas las cortinas estaban cerradas, pero hallaron encendidas las luces del recibidor, la cocina y el salón.

—¿Hola? —gritó el otro agente con voz estridente—. ¿Hay alguien ahí?

No obtuvieron respuesta. Fuera, el cerrajero y Birgitta aguardaban expectantes bajo el dintel.

La cocina era pequeña, pero estaba limpia y ordenada. Vieron dos sillas junto a una mesa y sobre la encimera, al lado del fregadero, una cafetera con la jarra medio llena. Dentro del fregadero distinguieron un plato y dos tazas y, al fondo de la estancia, un pequeño frigorífico y una vieja cocinilla de tres fogones. El mobiliario del salón estaba compuesto por un sofá, un butacón, una mesa de comedor y un escritorio situado junto a una ventana orientada hacia el sur. En las estanterías había libros, pero pocos objetos decorativos. El salón también estaba limpio, como la cocina.

El suelo de todo el apartamento estaba enmoquetado, excepto el baño y la cocina, y la moqueta se veía desgastada a lo largo de los recorridos principales, del salón a la cocina, del baño al salón, del dormitorio a la cocina y al salón. En algunas partes estaba tan raída que se distinguía el entramado blanco.

Los policías abrieron la puerta del dormitorio y sobre una cama individual descubrieron a un hombre boca arriba con los ojos medio cerrados y las manos en los costados. Vestía camisa, pantalones y calcetines, y toda la escena daba la sensación de que de pronto hubiera decidido acostarse en mitad de sus quehaceres diarios sin volver a levantarse jamás. Así tumbado no aparentaba tener noventa años. El agente de más edad se acercó hasta la cama y le tomó el pulso en el cuello y en la muñeca. «Difícil imaginarse morir de una forma más educada», fue lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿Está muerto? —preguntó el policía delgado.

—Eso parece —respondió su compañero.

Sin poder contenerse, Birgitta abandonó el rellano disimuladamente y se asomó al dormitorio donde yacía su vecino, envuelto en paz y soledad.

—¿Está...?

—Me temo que no cabe pensar otra cosa —le comunicó el agente de más edad.

—Bendito sea, descanse en paz —suspiró ella en voz baja.

Ese mismo día trasladaron al fallecido al depósito de cadáveres del Hospital Nacional, donde una forense lo recibió y registró. Tal y como estipulaban las normas, un médico regional acudió al domicilio para dictaminar la defunción. Se consideró que no existían motivos para que la policía la investigara a no ser que se detectara alguna irregularidad en el transcurso de la autopsia. El apartamento se mantendría cerrado y sus puertas precintadas hasta que se conocieran sus resultados.

La forense, llamada Svanhildur, decidió aplazar el examen del cadáver. El caso no era urgente y estaba bastante ocupada; debía terminar algunos trabajos pendientes antes de iniciar sus tres semanas de vacaciones, que pretendía pasar en un idílico campo de golf en Florida.

Dos días después, extrajo el cuerpo de un refrigerador y lo dispuso sobre la mesa de operaciones. Un pequeño grupo de estudiantes de medicina presenciaba la autopsia, por lo que fue realizándola paso a paso para ellos. Antes les detalló las circunstancias del deceso: el hombre había sido hallado después de que una vecina alertara a la policía y todo indicaba que el deceso obedecía a causas naturales. Consiguió despertar el interés de los alumnos, incluso uno de ellos tuvo el detalle de retirarse el iPod de la oreja durante la disección.

Svanhildur daba por supuesto que la muerte se debió a un paro cardíaco y no tardó en confirmar que se hallaba en lo cierto. Sin embargo, no logró encontrar las causas que lo produjeron.

Examinó los ojos del anciano.

Observó con detenimiento el interior de su garganta.

—Ajá —murmuró, y todos sus alumnos se inclinaron sobre la mesa de operaciones.

2

Apresuraron el paso ante el refugio de sacos de arena situado frente al Teatro Nacional. Ella intentaba evitar que se les viera juntos, y más todavía cuando caminaban por las calles más concurridas de la ciudad. Sus padres se habían enfurecido al enterarse de su relación y le exigieron ponerle fin cuanto antes. Su padre la amenazó con echarla de casa, y ella sabía que cumpliría con su palabra. No llegaba a comprender por qué su reacción era tan violenta y hostil. Y, aunque no quería contrariarles en nada, se resistía con todas sus fuerzas a terminar la relación. Dejó de hablar de él, se comportaba como si todo hubiera acabado, pero continuaba manteniendo encuentros furtivos con él, como el de aquella tarde.

Contaban con pocos recursos para gozar el uno del otro. Cuando comenzaron a salir, a finales de otoño, iban en ocasiones a Öskjuhlíð si hacía buen tiempo. Pero ahora, en pleno invierno, escaseaban oportunidades propicias para disfrutar de su amor. Ni se les pasaba por la cabeza ir a un hotel, y las barracas del ejército tampoco suponían una alternativa. En una ocasión, al atardecer, hallaron amparo detrás del Teatro Nacional. El imponente edificio, planteado para dar cobijo al arte dramático islandés, se erguía como un peñasco sobre la calle Hverfisgata. La construcción, enmarcada por columnas de basalto, era un proyecto ambicioso, pero solo se llegó a levantar su estructura externa, ya que las obras llevaban paralizadas diez años debido a la crisis. Al estallar la guerra, las tropas de ocupación británicas comenzaron a utilizarlo como centro de aprovisionamiento, y unos años más tarde, cuando los norteamericanos tomaron el relevo de la ocupación, mantuvieron su función. En aquellos días, sin embargo, no era más que un punto de encuentros secretos para amantes en apuros.

«¡Jamás volverás a ver a ese hombre!», recordó a su padre, que le gritaba fuera de sí. Y después, por primera vez desde que tenía uso de razón, intentó ponerle la mano encima.

Su madre lo impidió.

Pero, tan pronto como prometía cambiar, incumplía su promesa. Se llamaba Frank, era de Illinois, siempre pulcro y bien vestido, olía bien, cuando sonreía mostraba unos dientes blancos relucientes y la trataba con especial cortesía y educación. Planeaban trasladarse a Estados Unidos en cuanto terminara la guerra. Ella estaba convencida de que su padre acabaría formándose una buena opinión de él, si el muy carcamal se dignara a conocerlo.

Aunque tampoco era la única. Al iniciarse la guerra, Reikiavik contaba con cuarenta mil habitantes y, durante los primeros años de la contienda, acudieron decenas de miles de hombres pertenecientes a las tropas de ocupación. Las relaciones con las mujeres islandesas fueron inevitables, primero con la llegada de los ingleses y, después, más frecuentes e intensas incluso tras el relevo de los norteamericanos, más gallardos y con mejor presencia, más ricos y menos patanes. Parecían estrellas de cine. El idioma no suponía ningún obstáculo; el lenguaje de la cama era universal. Se designó una comisión al respecto. Una sola palabra englobaba todo aquel descontrol: la «situación».

A ella, sin embargo, le traían sin cuidado la comisión y la «situación» mientras caminaba con Frank de Illinois por la calle Hverfisgata. Estaban a mediados de febrero y hacía frío, el viento rugía y se enroscaba en los filos de aquel enorme bloque de piedra erigido a modo de farallón artificial con la intención de recordar las moradas donde, según los cuentos populares, habitaban los elfos. Su diseño obedecía a la pretensión de crear la sensación en el público de que, al entrar en aquel gran teatro, se adentraba en realidad en los aposentos de los elfos para, una vez en su esplendorosa sala de aventuras, presenciar un espectáculo mágico que nunca parecía llegar a suceder, que traía completamente sin cuidado a los militares que trataban de resguardarse del frío rodeados de sacos terreros y que apenas prestaron atención a la pareja que giró rápidamente por la esquina del edificio, buscando la zona umbría que no alcanzaba a iluminar el alumbrado público. La muchacha llevaba un abrigo recio que le habían regalado en Navidad y él vestía su chaqueta militar y, bajo esta, el uniforme que a ella tanto le gustaba. Era sargento, y tenía facultad de mando a pesar de que ella no sabía exactamente en qué consistía eso ni cuáles eran las funciones de un sargento. Su manejo del inglés se reducía principalmente a yes, no y darling, y él poseía un nivel similar de islandés. Con todo, conseguían entenderse muy bien.

Cuando se cobijaron del viento ella quiso hablar con él sobre algo que le preocupaba, pero Frank la besó apasionadamente. Sintió su mano buscando a tientas bajo el abrigo y pensó en su padre. ¡Si la viera en ese momento! Frank le susurraba palabras de amor al oído. «Oh, darling». Notó sus manos frías sobre la blusa que se había comprado en Jacobsen a comienzos de año. Acariciaban sus pechos a través de la blusa, la desabrochaban y tocaban su piel. Ella no contaba con gran experiencia en juegos amorosos y se mostraba pasiva. Le gustaba besarlo y sentía que descendía por ella un cálido hormigueo cada vez que él la tocaba, pero, en aquel momento, hacía frío y no estaba de humor, no podía quitarse de la cabeza el enfado de su padre. Lo que debía contarle a Frank tampoco la dejaba en paz.

—Frank, tengo que decirte algo...

—My darling.

Él mostraba tanto ímpetu que la hizo perder el equilibrio, trastabillar y pisar algo que estuvo a punto de provocar su caída. Frank la sostuvo con la intención de proseguir, pero ella le pidió que se detuviera. Se refugiaban en el pequeño vano de un portal y en el suelo permanecía el objeto que la había hecho tropezar. Se fijó en él, era parte de una gran caja de cartón y supuso que procedería del centro de aprovisionamiento. No reparó en ella cuando se refugiaron en aquel rincón, pero ahora podía ver que, por debajo de los cartones, asomaban dos escuálidas piernas.

—God! —exclamó Frank.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

Las piernas estaban calzadas, unas cintas de los zapatos cruzaban el empeine, bajo ellos, unos calcetines cubrían la piel hasta las pantorrillas y más arriba esta, desnuda, se mostraba pálida, de un blanco azulado. No distinguieron nada más. Frank vaciló un momento antes de agacharse y levantar los cartones.

—¿Qué haces? —le susurró.

Una joven de apenas veinte años yacía de costado junto al muro del Teatro Nacional. Ambos comprendieron de inmediato que estaba muerta.

—¡Virgen santísima! —jadeó ella agarrándose a Frank, que no podía apartar los ojos de aquel cuerpo.

—What the hell? —masculló mientras se arrodillaba sobre la muchacha.

Buscó su muñeca y no le encontró el pulso, a continuación puso los dedos en su cuello aun sabiendo que no serviría de nada. Sintió un escalofrío, era militar, pero todavía no había entrado en batalla y no estaba acostumbrado a ver cadáveres. No tardó en asimilar que no podían prestarle ninguna ayuda y comenzó a buscar indicios de las posibles causas de su muerte. No encontró ninguno.

—¿Qué se supone que debemos hacer? —dijo su novia.

Frank se puso en pie y la abrazó. Le gustaba y entendía muy bien por qué nunca lo invitaba a su casa para presentarle a su familia. Los militares no eran bien recibidos en todas partes.

—Let’s get the hell out of here —propuso mientras escudriñaba los alrededores para comprobar si pasaba alguien.

—¿No deberíamos acudir a la policía? —sugirió ella—. Get police.

No vislumbró a nadie en las proximidades. Se asomó a la esquina y constató que los vigilantes del refugio continuaban en su puesto.

—No police, no. Let’s go. Go!

—Yes, police —insistió ella intentando oponer resistencia.

No le sirvió de nada, él la agarró y la hizo salir de su mano en dirección a la calle Lindargata, desde donde se dirigieron al oeste, hacia Arnarhóll. Frank iba más rápido y tiraba de ella, lo que llamó la atención de una mujer que se disponía a subir hacia Hverfisgata bordeando el Teatro Nacional. Ninguno de los dos se percató de su presencia, pero ella sí distinguió con toda claridad cómo ambos salían corriendo de un rincón oscuro del teatro. «Lo de estas muchachas es inexplicable», se lamentó. Precisamente conocía a aquella en concreto, recordaba haberle dado clases alguna vez. No sabía que también ella se encontraba en la «situación».

La mujer continuó su camino junto al teatro, miró hacia el lugar de donde vio surgir a la pareja y descubrió los restos de la caja de cartón. Se detuvo y reparó en las piernas. Se acercó un poco más y descubrió el cuerpo de la joven, que a todas luces alguien había pretendido esconder entre los cartones de la basura y otros desperdicios del centro; enseguida le llamó la atención lo poco abrigada que iba para aquella época del año, con tan solo un vestido corto.

El viento bramaba sobre los muros de piedra.

La chica era guapa, incluso muerta. Sus ojos vacíos contemplaban fijamente las alturas del siniestro edificio, como si se hubieran adentrado en el acantilado de los elfos labrado en las paredes del Teatro Nacional.

3

Marta sudaba de tal manera en el restaurante tailandés que por sus mejillas caían regueros de sudor. Había elegido el plato con carne de cerdo, el número siete, el más picante del menú. Dejó a Konráð que probara un poco, pero este no le encontró ningún sabor, únicamente notó un ardor molesto en la boca y en los labios que le hizo tragar agua con limón con la avidez de un pez de acuario. Él optó por el pollo, que sí se podía saborear y, de hecho, le pareció que estaba bastante bueno.

El restaurante se hallaba en un barrio industrial de las afueras de Reikiavik y mostraba un aspecto nada atrayente, la fachada se parecía más a la de un taller mecánico que a la de un restaurante. Marta sentía predilección por locales como aquel, eran baratos y el servicio diligente, la comida estaba buena y no corría el riesgo de toparse con ningún grupo de esnobs.

Telefoneó a Konráð desde la comisaría para preguntarle si le apetecía acompañarla a comer allí y a él le pareció un buen plan; hacía mucho que no sabía nada de Marta y no tenía nada mejor que hacer tras su jubilación. A pesar de la considerable diferencia de edad, se compenetraban bien cuando trabajaban juntos en la Policía Judicial, pero desde la jubilación de Konráð la relación se había enfriado y ahora era diferente. De alguna manera, ya no era lo mismo cuando se veían, como si no formaran parte del mismo equipo. Konráð ya no trabajaba para la policía y Marta continuaba ajetreada con asuntos policiales, más liada que nunca.

—¿No pica un poco? —aventuró Konráð mientras observaba como descendía el sudor por sus mejillas.

—Para mí no; está bueno, aunque he probado platos más picantes.

—Sí, seguro —comentó él absteniéndose de hacer ningún comentario impertinente.

Marta lo ponía a veces demasiado fácil. Jamás se rendía, no daba su brazo a torcer hasta que no era del todo inevitable y se jactaba de saberlo todo mejor que los demás.

—¿Cómo estás? —preguntó ella.

—Tirando, ¿y tú?

—Sobrevivo.

Marta terminó de comer y se secó el sudor de la cara. Estaba entrada en carnes, sus dedos eran rechonchos, su papada voluminosa y sus pesados párpados tendían a caer sobre los ojos, sobre todo después de una comilona. Solía llevar el pelo alborotado, blusas anchas y pantalones. Le daba pereza arreglarse; no sabía para quién debía hacerlo. Con el humor sarcástico que caracteriza a los policías había sido bautizada, mucho tiempo atrás, como Marta «la eleganta». Una vez vivió con una mujer de las islas Vestmann pero esta, tras abandonarla, regresó a las islas. Desde entonces seguía sola.

—¿Sabes algo de Svanhildur? —le preguntó Marta, y luego comenzó a escarbarse los dientes en busca de restos de comida.

Se trataba de una mala costumbre que sacaba de quicio a Konráð, sobre todo cuando aspiraba aire entre los dientes emitiendo chasquidos y resoplidos.

—No —contestó él, que hacía tiempo que no veía a su vieja amiga, la forense del Hospital Nacional.

—Ya tenemos su informe sobre el hombre que encontraron muerto, un anciano del que nadie se acordaba que falleció en su apartamento mientras dormía. Se llamaba Stefán Þórðarson. ¿Has oído hablar del caso?

Konráð asintió. Recordaba vagamente la noticia, aparecida días atrás en los periódicos.

—¿Qué ocurre con él? —preguntó.

—¿Es que Svanhildur no te informa cuando sucede algo emocionante?

—Habrás oído mal.

—Ha descubierto algo interesante que le pasó inadvertido al médico que enviamos a la vivienda.

—No se le escapa una.

—Cree que murió asfixiado, probablemente con su propia almohada.

—¿Ah, sí? —dijo Konráð.

—Cree que lo asesinaron.

—¿Por qué demonios? ¿No era muy mayor?

—¿Por qué demonios lo han asesinado o por qué demonios piensa Svanhildur que lo han asesinado? —repitió Marta.

Miró a Konráð con satisfacción y sorbió aire entre los dientes. Él sonrió y se arrepintió de no haber aprovechado para burlarse de ella cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

—Está bien —aceptó—. Empecemos por la primera pregunta: ¿por qué tendrían que haberlo asesinado?

—No lo sabemos.

—¿Y por qué sostiene Svanhildur que lo han asesinado?

—Por la presencia de fibras en la garganta y en las vías respiratorias —respondió Marta—. También pequeñas venas rotas en los ojos. Todo ese rollo.

—¿Qué tipo de fibras? ¿De su almohada?

—Sí. Según Svanhildur, alguien le puso la almohada sobre la cara hasta que dio el último suspiro. Literalmente. Apenas opuso resistencia. Tenía más de noventa años. No debió de costar ni un segundo y, aun así, ella ha encontrado esos indicios.

—¿Tan mayor era?

—Sí, asfixiarlo no debió de suponer mucho esfuerzo. Los policías no sospecharon nada cuando lo encontraron. Hallaron dos almohadas, una estaba bajo su cabeza y la otra junto al cabezal de la cama. Era como si hubiera muerto mientras dormía.

—Así que alguien ha querido hacer que lo pareciera. Que murió de viejo.

—Eso es.

—¿Y caísteis en la trampa? —Konráð no pudo resistir la tentación—. ¿Acudiste tú al domicilio?

Marta sorbió aire entre los dientes.

—El doctor al que llamaron para que examinara el cadáver no vio nada llamativo, y nosotros no somos médicos. Los agentes no le abrieron la boca para examinarle la garganta con un microscopio.

—¿Y por qué lo hizo Svanhildur?

—¿Por qué no hablas con ella y se lo preguntas?

—Quizá lo haga. ¿Quién era el hombre? ¿Lo conocíais?

—¿Te refieres a si se trataba de un habitual de la comisaría? No. Simplemente era solitario, como te acabo de decir. No hay ningún dato sobre él en la policía o, al menos, no en las últimas décadas. Tampoco hemos dado con nadie que lo conociera, salvo la vecina que dio el aviso.

—¿Ningún amigo o pariente?

—No sabemos de nadie. Todavía. Pero tal vez tengamos novedades a partir de ahora: la noticia se colgará en Internet esta noche y mañana saldrá en los periódicos. Ya veremos qué pasa.

—Quizá fue un robo. ¿Forzaron la vivienda?

—No hay indicios para pensarlo. Hemos registrado el piso a fondo. El equipo pericial se ha pasado allí todo el día.

—Entonces conocía al asesino, le abrió la puerta, lo invitó a pasar.

—¿No decías que ya no eras policía? —preguntó Marta.

—Sí —contestó Konráð—. Menos mal.

4

Cuando Konráð regresó a su casa por la tarde puso un disco de grandes éxitos islandeses de los años sesenta, abrió una botella de The Dead Arm, un vino tinto que era de su agrado, y se sentó junto a la mesa de la cocina. La estancia estaba orientada hacia el oeste y por la ventana se filtraba el arrebol de la tarde. Solía escuchar con frecuencia viejos éxitos, se los sabía de memoria, asaltaban su pensamiento inesperadamente y los asociaba con recuerdos que le complacía evocar a través de la música, como cada vez que escuchaba a Ingimar Eydal y su banda tocar el inicio de La primavera en Vaglaskógur y su memoria se remontaba al verano de 1966, cuando se escuchó por primera vez esa canción. El teléfono del salón interrumpió sus recuerdos y salió de la cocina para contestar. Acababan de dar las doce y pensó que solo podía tratarse de Marta, era capaz de llamar a cualquier hora del día por la cuestión más insignificante, a menudo únicamente para hablar. Se sentía sola desde la marcha de la mujer de las islas Vestmann.

—¿Estabas en la cama? —preguntó ella, en efecto, sin que se detectara en su voz la más mínima preocupación por si así hubiera sido.

—No.

—¿Qué haces?

—Nada. ¿Alguna noticia sobre el caso del anciano?

—Hemos terminado de registrar su apartamento. No hemos encontrado nada. Vivía solo y aún no hemos averiguado si tiene algún pariente vivo. No hay ni fotos de familia en las paredes ni ningún álbum. Solo guardaba la foto de un joven en un cajón, junto a la cama. Tenía algunos libros pero, aparte de eso, no atesoraba muchos objetos personales. Lo único relevante que hemos encontrado son unos recortes de periódico que debe de haber guardado durante bastante tiempo.

—¿Y eso?

—No dicen mucho y, de hecho, no recuerdo haber oído hablar del caso.

—¿Qué caso?

—El que citan los recortes. Son tres, probablemente del mismo periódico, pero están sin fechar. No hay manera de saber si el caso se resolvió o si pasó a manos del ejército norteamericano. La última noticia hace referencia a los progresos de la investigación y a que la policía no lograba avanzar gran cosa.

—¿De qué estás hablando? ¿El ejército norteamericano?

—Los artículos dan cuenta de la investigación de un homicidio —aclaró Marta—. Durante la Segunda Guerra Mundial. Una muchacha fue hallada estrangulada detrás del Teatro Nacional en 1944. ¿No es el año en que naciste?

—Sí.

—Es como si el caso se hubiera desvanecido —continuó Marta—. No he encontrado nada sobre él en nuestros archivos.

—¿El cadáver de una muchacha detrás del Teatro Nacional?

—Sí, ¿te suena?

Konráð dudó un momento.

—No, no sé —respondió.

—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto misterio?

—Nada. Tengo sueño —contestó distraído—. Es de mala educación llamar a la gente tan tarde. Será mejor que dejemos la conversación para otro momento.

Se despidió de su amiga, terminó la botella y se preparó para dormir. No podía conciliar el sueño. Los recuerdos de su padre y la muchacha del Teatro Nacional lo mantuvieron despierto hasta bien entrada la noche. Tuvo la duda de si contárselo o no a Marta; pero conocía el caso porque guardaba relación con su padre. A Konráð no le gustaba hablar de él. La joven falleció el año en que nació Konráð y existía un extraño nexo entre aquel asunto y su padre, que en aquella época flirteaba con temas esotéricos y estaba en contacto con videntes que no gozaban de muy buena fama. Un día, los padres de la joven acudieron a un médium y le preguntaron si podía organizar una sesión de espiritismo para contactar con su difunta hija. El padre de Konráð era el ayudante del vidente, y lo sucedido en aquella sesión causó gran revuelo en la prensa.

Konráð se acarició el brazo izquierdo y se preguntó si debía hacerle una visita a Marta o pasar todo aquello por alto. Sufría una atrofia muscular en el brazo, era un defecto de nacimiento que casi nunca le molestaba y del que los demás apenas se percataban a pesar de tener el brazo izquierdo más pequeño que el derecho y de que su mano izquierda era más débil. Se dio la vuelta en la cama y, desde el vacío que separa la vigilia del sopor, las notas de La primavera en Vaglaskógur poblaron su mente y se sumergió en el sueño. Se vio envuelto en bonitos recuerdos sobre la arena dorada de la playa de Nauthólsvík. Unos niños jugaban en la orilla. Sintió un beso perfumado de flores.

5

Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta de abajo. Era noche cerrada y tuvo el presentimiento de que se trataba de la policía.

Frank y ella habían cruzado corriendo la colina de Arnarhóll bajo el abominable viento del norte, después bajaron hasta Kalkofnsvegur y desde allí continuaron en dirección a Lækjargata intentando aparentar que no ocurría nada. Pero ella no podía apartar de la mente la visión de la muchacha tirada en aquel rincón de la parte trasera del Teatro Nacional y sabía que nunca podría hacerlo. No entendía la reacción de Frank y le sorprendía aquella huida sin sentido. Él decidió que debían salir corriendo. Ella habría preferido llamar a la policía. Cuando por fin aminoraron la marcha a la altura de Hverfisgata, él trató de exponerle sus razones: no era su business. La chica estaba muerta. No podían hacer nada por ella. Otra persona la encontraría y asunto resuelto.

El viento helado soplaba y la gente se apresuraba en llegar al cine, a un café o a casa de algún amigo. Por Lækjargata pasaban militares en jeeps que después subían por Bankastræti. Frank consideró que lo mejor era despedirse cuanto antes; volverían a verse pasados unos días, donde siempre, detrás de la catedral. Para entonces ya habría pasado todo. Le dio un beso de despedida y ella se apresuró en regresar a casa cruzando el centro de la ciudad.

Ella sabía que no estaba bien dejar allí a la chica, de esa manera. Pero, por otra parte, se sentía aliviada. Tal vez, al fin y al cabo, era lo más sensato. No hubiera resultado muy agradable explicarle a la policía lo que andaba haciendo con Frank al amparo de los muros del Teatro Nacional, lo que se traía entre manos con un soldado norteamericano en aquel rincón. Si llegara a oídos de su padre, se pondría hecho una fiera.

Llamaron de nuevo a la puerta, esta vez con más fuerza. Sus padres estaban ya acostados y sus dos hermanos pequeños dormían. Pero, tras lo sucedido aquella noche, ella no conseguía conciliar el sueño. Al llegar a casa subió pronto a su habitación y se metió en la cama procurando pasar desapercibida. Luego intentó leer una novela romántica sin conseguir dejar de pensar en la chica del teatro, en Frank y en su decisión de salir corriendo.

«Maldita muchacha», se decía, como si aquella pobre desgraciada tuviera la culpa de todos sus problemas.

Oyó a su padre levantarse y bajar por la escalera haciendo crujir cada peldaño. Apoyó la oreja contra la puerta del dormitorio para intentar escuchar lo que sucedía fuera. Tal vez no fuera la policía. Quizá se tratara de otra persona.

Falsa esperanza. Se asustó al oír la voz de su padre y retrocedió unos pasos.

—¡Ingiborg! —gritó él por segunda vez.

Y luego una tercera. Percibió cómo perdía la paciencia a medida que gritaba de nuevo su nombre.

La puerta del dormitorio se abrió y su madre asomó la cabeza.

—Tu padre te está llamando, niña. ¿Es que no lo oyes? La policía quiere hablar contigo. ¿Se puede saber qué has hecho?

—Nada —contestó a sabiendas de que no sonaba muy convincente.

—Baja —le ordenó—. Venga, sal. ¡Menudo escándalo!

Siguió a su madre y, tras descender un par de escalones, descubrió que, desde la puerta, junto a su padre, dos hombres la miraban.

—Hombre, ahí estás —anunció su padre indignado—. Aquí hay dos agentes de policía... —Se giró hacia uno de ellos—. Discúlpenme, ¿cómo ha dicho que se llaman?

—Flóvent —respondió uno—. Y este es Thorson —añadió señalando al agente que le acompañaba—. Trabaja para el departamento de policía del ejército norteamericano, pero pertenece al ejército canadiense. Habla islandés mejor que yo.

—Soy hijo de inmigrantes islandeses en Canadá —dijo Thorson a modo de explicación—. De Manitoba.

Ninguno de ellos llevaba uniforme. El agente islandés tendría entre treinta y cuarenta años, era delgado y alto, aunque de complexión fuerte. Thorson era más bajo, robusto y unos diez años más joven. Ambos llevaban sendos abrigos largos de invierno y se habían quitado el sombrero al entrar.

—Claro, de Manitoba —comentó su padre—. De dónde si no. Quieren hablar contigo, Ingiborg —continuó enfadado—. Sobre algo que ha pasado detrás del Teatro Nacional. No me quieren decir de qué se trata, prefieren hablar contigo primero. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué hacías allí?

Apenas se atrevía a mirar a su padre, no sabía qué responderle. Los agentes se dieron cuenta de que lo estaba pasando mal.

—Si no les importa, nos gustaría hablar a solas con ella —indicó Flóvent.

—¿A solas? —retumbó la voz del padre—. ¿Para qué?

—Si fueran tan amables. Si lo desean, podemos hablar más tarde con ustedes en presencia de su hija.

—¿Qué significa esto, muchacha? ¿Es que no sabes responder? —gruñó su padre levantando la voz—. ¿Por qué razón se presenta aquí un policía del ejército norteamericano? ¿Me lo puedes explicar? ¿Es que todavía andas pendoneando con ese soldado tuyo? ¿No te lo tenía estrictamente prohibido?

—Sí —reconoció sin saber qué más responder.

—¿Y aun así lo sigues viendo? ¿Aun así?

Dio la impresión de que se disponía a agarrarla y hacerla bajar hacia la puerta.

—Compórtate, Ísleifur —le ordenó su mujer alzando la voz desde la escalera, junto a su hija—. Tenemos invitados. No hables así delante de ellos.

El hombre de la casa se calmó un poco, observó fijamente a su esposa y después a los dos agentes, que sostenían sus sombreros bajo el dintel y pasaban calor dentro de sus gruesos abrigos de invierno. Había comenzado a nevar y sus hombros estaban salpicados de agua.

—Disculpen ustedes —se excusó.

—No se preocupe —respondió Thorson—. No es agradable recibir visita a estas horas de la noche. Y menos, nuestra.

—Le prohibí tajantemente tener contacto con los militares, pero, por lo visto, no me ha hecho ningún caso. Es como si no escuchara nada de lo que digo. Toda esa desobediencia se la inculca su madre.

—¿Podríamos...? Si nos facilitaran un lugar apartado donde poder hablar con Ingiborg se lo agradeceríamos —pidió Flóvent—. No nos llevará mucho tiempo. Y disculpen de nuevo las inconveniencias a estas horas, pero el asunto no podía esperar hasta mañana.

—Pueden usar el salón —sugirió la madre mientras bajaba la escalera.

Ingiborg la acompañó y miró a su padre, todavía muerta de miedo. Lo último que quería era hacerlo enfadar porque, al fin y al cabo, le tenía respeto. Sabía que lo había traicionado al no querer dejar de verse con Frank y ahora, por su culpa, aquellos dos policías estaban en casa.

Su madre acompañó a los hombres hasta el salón e instó a Ingiborg a ir con ellos. Ísleifur quería seguirlos, pero su esposa lo detuvo.

—Hablaremos con ellos después —le aseguró mientras cerraba la puerta del salón.

—Y con ella —puntualizó Ísleifur—. ¡Tiene que ser responsable de lo que hace, la muy insensata!

—No digas eso —le regañó su esposa enfadada—. No quiero oírte hablar así de nuestra hija.

—¡Es intolerable, mujer! —gritó él—. ¿Lo entiendes? ¡Se ha metido hasta el cuello en la «situación»! La policía está en nuestra casa. ¿Por qué me hace esto? ¿Qué piensas que dirán por ahí? ¿Es que te crees que la gente no se va a regodear cuando se entere? Debo velar por mi reputación. ¿Entiendes lo que es eso? ¡No parece importarte mucho! ¡Mi reputación!

6

Agradecieron poder quitarse los abrigos, que dejaron apoyados sobre el respaldo de una silla del salón. Flóvent se acomodó después de que Ingiborg hubiera tomado asiento, en tanto Thorson permanecía de pie, detrás de su compañero. Apenas dos horas antes Flóvent había recibido un aviso sobre el hallazgo de un cadáver: una mujer que paseaba por el barrio de las Sombras decía haber encontrado el cuerpo de una joven en la parte trasera del Teatro Nacional. Flóvent se puso en contacto con Thorson en cuanto supo que la mujer pudo distinguir a dos personas que salían corriendo de allí y se dirigían a toda prisa hacia Arnarhóll y que una de ellas era, sin lugar a dudas, un soldado norteamericano. No era la primera vez que colaboraban en casos que competían tanto a la policía islandesa como a las tropas norteamericanas.

Thorson tomó la decisión de alistarse en el servicio militar en Canadá al estallar la guerra y enseguida fue destinado a Islandia como intérprete tras la ocupación británica del país. Trabajó para su Policía Militar y, más adelante, cuando el ejército estadounidense desembarcó en la isla, para la norteamericana. Debido a su origen, hablaba islandés con fluidez y servía de enlace entre la policía de las tropas de ocupación y las nativas y, a pesar de que contaba con poca experiencia en asuntos policiales, mostraba un gran interés por ellos. Por esa razón, él y Flóvent colaboraban en todos los casos de importancia que concernían tanto a las tropas como a los ciudadanos. Ambos congeniaban muy bien y se preocupaban de realizar sus pesquisas sin complicarlas con trámites burocráticos o con procedimientos oficiales que pudieran retrasarlos.

Cuando se le comunicó el hallazgo del cadáver, Flóvent estaba solo en la oficina de la Policía Judicial, en la mansión de Fríkirkjuvegur, 11. A Flóvent le agradaba trabajar allí. La casa parecía una villa italiana: situada cerca del lago Tjörnin; antiguamente fue propiedad de la familia más acaudalada del país y estaba adornada con columnas jónicas y un tejado con balcón. La Asociación de Abstemios pudo adquirirla antes de la guerra y ahora alquilaba sus oficinas a la Policía Judicial, entre otros, que apenas contaba con casos asignados, ya que la mayoría de los investigadores estaban ocupados con otras tareas más urgentes relacionadas con la contienda.

Cuando sonó el teléfono, acababa de regresar de visitar a su padre y tenía intención de dedicarle un tiempo al archivo de huellas dactilares. Una vez más, volvieron a hablar sobre la fosa común del cementerio de Suðurgata. Flóvent se mostraba reticente ante la idea de su padre de que indagara cuanto pudiera acerca del paradero de los restos de su madre y su hermana para trasladarlos a un nuevo sepulcro del que ellos también podrían hacer uso cuando llegara la hora. A Flóvent le parecía mejor dejar las cosas como estaban, pero prometió, a regañadientes, estudiar la posibilidad de abrir la fosa, excavada en 1918 durante el brote más virulento de gripe española.

Tras el aviso, Flóvent caminó con paso vivo por la desierta calle Lækjargata, bajo el gélido viento del norte, y pasó por delante de la estatua de Jónas Hallgrímsson. Tenía por costumbre saludar a Jónas cada vez que pasaba por delante. Con el tiempo había adquirido la manía de saludarlo levantando la mano o, en su defecto, recitar mentalmente unos versos del poeta, como si no hacerlo pudiera traerle mala suerte: «Nadie llora a un islandés, muerto en soledad...».

En la parte trasera del Teatro Nacional se congregaba un reducido grupo de personas: la mujer que descubrió el cadáver, dos o tres transeúntes y los guardas del refugio, a los que al fin no les quedó más opción que salir.

Por su parte Thorson recibió la llamada que le comunicaba el hallazgo cuando se encontraba en el barrio de barracas perteneciente a las fuerzas aéreas de la armada estadounidense, al sur de Nauthólsvík. Disponía de un jeep militar que condujo rápidamente hasta el centro. Llegó justo cuando iban a trasladar el cuerpo de la joven. Saludó a Flóvent y se arrodilló junto al cadáver.

—¿Esto no son contusiones en el cuello? —preguntó.

—Sí, todo apunta a que ha sido estrangulada —respondió Flóvent.

A juzgar por la ropa ligera de la víctima, dedujeron que el fallecimiento habría tenido lugar en otra parte y luego alguien la trasladó hasta aquel rincón. Con tan mal tiempo difícilmente la muchacha se habría aventurado a salir con solo aquel vestido corto y fino. Además, parecía como si hubieran intentado ocultar el cadáver entre los cartones y la basura.

—No es un escondite muy bueno, que digamos —comentó Thorson alzando la vista hacia el siniestro edificio del teatro.

—No, en absoluto.

—Hay guardas cerca, en el refugio.

—Se puede acceder en coche a la parte trasera, donde deshacerse del cadáver no supone ninguna dificultad.

—Pero ¿por qué el Teatro Nacional?

Flóvent, sin respuesta, se encogió de hombros.

—Tal vez el asesino lo encontrara teatral —apuntó Thorson—. Me refiero al hecho de dejarla aquí.

—¿Y los militares del centro de aprovisionamiento? —preguntó Flóvent—. ¿Estuvo ella dentro? ¿Conocería a alguien que trabajara en él?

—Tendremos que comprobarlo —sugirió Thorson y luego, mirando a la mujer que dio el aviso, que se hallaba junto a dos agentes de policía y protestaba porque ya no podía perder más tiempo y debía irse a casa, preguntó—: ¿Por qué cree que el hombre que huía era norteamericano? Todavía quedan algunos soldados británicos. Y canadienses. Y noruegos.

—Dice que está completamente segura. Y también conocía a la joven que iba con él. Es profesora en un instituto de secundaria. Dice que le ha dado clases.

—No es un trabajo muy duro —comentó Thorson ajustándose el abrigo para protegerse del frío.

—¿A qué te refieres?

—A ser policía en Reikiavik.

—Probablemente no —admitió Flóvent—. Voy a ordenar que venga un fotógrafo. Necesitamos imágenes del lugar de los hechos.

Sentada en su silla, cabizbaja, Ingiborg se sentía acobardada y pensaba en su padre, que aguardaba tras la puerta. Thorson y Flóvent comprendieron que debían ser cuidadosos si no querían que se viniera abajo.

—Usted no es la única que se ve con militares a escondidas —comenzó Thorson amistosamente—. Ni la primera ni la última.

Ella esbozó una sonrisa.

—¿Cómo se llama? —quiso saber Flóvent—. Me refiero al militar con el que se encontraba.

—¿No nos podríamos tutear? —pidió ella.

—Naturalmente.

—Se llama Frank —respondió ella entonces—. ¿Habéis hablado con él?

—No. Frank... ¿Qué más? ¿Sabes su apellido? —preguntó Thorson.

—Por supuesto, Frank Carroll. Es sergeant. ¿Cómo habéis averiguado que yo estaba allí? ¿Me vio alguien?

—Esta es una ciudad muy pequeña —le recordó Thorson.

—Os vio una mujer que te conoce —aclaró Flóvent—. Su identidad es lo de menos, pero presenció cómo tú y un militar norteamericano salíais corriendo y pensó que huíais del lugar tras agredir a la víctima. ¿Es eso cierto? ¿Fue lo que pasó?

—¡No! —exclamó Ingiborg—. No había visto nunca a aquella muchacha. Nunca. Frank y yo estábamos... Fuimos ahí solo para... Ya sabéis...

—¿Hacer manitas? —preguntó Thorson.

—Mi padre no quiere que me vea con él, ya lo habéis oído. Me prohibió encontrarme con Frank, y tenemos tan pocas opciones... No quiero ir donde los militares, y tampoco quiero pedirle a mi amiga que me eche una mano y me deje su habitación, así que no nos queda otra que estar a la intemperie. Era la segunda vez que íbamos allí.

—¿A qué unidad pertenece Frank? ¿Infantería? ¿Artillería?

—Sé que es sergeant, pero no hablamos mucho del ejército. Se aburre siendo militar, y le da miedo que lo envíen a Europa.

—¿Dónde os conocisteis?

—En la sala de baile del hotel Borg. Fue durante el otoño pasado, o más bien a comienzos del invierno. Es un hombre adorable. Educado, atento.

—Entonces, os conocisteis bailando, ¿no?

—Sí. Él es... Baila muy bien.

—¿Te divierte bailar con él? —preguntó Thorson tratando de distender un poco el ambiente.

—Sí.

—¿Y qué más sabes de él?

—Es de Illinois y tiene cinco años más que yo. Cuando se libre del ejército va a comprar un concesionario de coches. En América todos van en coche. Le gusta ir al cine, pero yo no he querido ir con él después de que mi padre me prohibiera verlo. Tiene dos hermanos y vive con su madre; su padre murió.

—¿Estranguló a la joven del portal del Teatro Nacional? —preguntó Flóvent bruscamente.

Ingiborg dio un respingo. La pregunta la había cogido desprevenida.

—¡Dios mío, no! No le hizo nada, no sé quién era esa chica. Por el amor de Dios, no digas eso. ¿Fue estrangulada?

—¿Viste cómo lo hacía?

—¿Yo? No, yo... No, eso no es verdad.

—Y luego os la llevasteis y la tirasteis como si fuera basura detrás del Teatro Nacional.

—Virgen santa..., no digas eso... —comenzó a sollozar en voz baja.

—¿Por qué salisteis corriendo?

—Porque eso es lo que él me pidió que hiciéramos. Frank creía que era lo más sensato. Dijo que no era nuestro business. Y... era cierto. No teníamos nada que ver con ella. Nada. Es algo horrible. Espantoso. Por supuesto que no debimos huir, pero...

—¿Frank sabe que tu padre es un alto cargo del Consejo de Ministros, que es el máximo consejero del Gobierno en lo concerniente a la proclamación de la República que tendrá lugar este verano?

—No. —Ingiborg miró a Flóvent—. Lo único que sabe es que mi padre lo desprecia y no quiere tener nada que ver con él.

—¿Estás segura de que no conocías a aquella chica?

—Sí, lo estoy, no tengo ni idea de quién es. ¿Lo sabéis? ¿Sabéis quién es?

—¿Por qué pensó Frank que lo más sensato era salir huyendo de allí? —insistió Thorson sin responderle.

—Porque no nos incumbía —explicó Ingiborg—. Y es toda la verdad, simplemente nos la encontramos. No le hicimos nada. Nada de nada.

—¿Y cómo puedes asegurar que no os incumbía?

—Porque no sé quién era.

—¿Y tu amigo Frank?

—¿Qué pasa con él?

—¿La había visto antes?

—¿Frank? No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque... porque lo sé. ¿Por qué lo dices? ¿Por qué crees que la conocía?

—Porque salió corriendo —afirmó Thorson—. Eso podría explicar por qué decidió huir. Porque la conocía.

Ingiborg lo miraba con estupor mientras asimilaba sus palabras.

—No, no la conocía de nada —insistió, pero su tono de voz ya no sonaba tan convincente como antes. Realmente, no sabía mucho de su amante, Frank Carroll, de Illinois.

—Muy bien, Ingiborg, creo que de momento ya es suficiente. Tal vez necesitemos hablar contigo de nuevo, probablemente mañana. Si no tienes inconveniente.

Ella asintió.

—Quizá deberías ir a buscar a sus padres —le indicó Thorson y, tras decirlo, vio aparecer una nueva expresión de espanto en el rostro de la muchacha.

Al día siguiente por la tarde, después de que Thorson revisara los registros de todos los soldados del ejército norteamericano en Islandia, realizara varias llamadas para asegurarse y examinara los registros de los otros ejércitos extranjeros, llamó a Fríkirkjuvegur para hablar con Flóvent.

—Miente.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no damos con ese sergeant suyo. No hemos encontrado ningún sargento llamado Frank Carroll. Ese nombre no existe.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces tampoco será de Illinois.

—Sí, seguramente eso es también mentira.

7

Marta estaba desbordada de trabajo cuando Konráð se acercó hasta su despacho de la Policía Judicial. Raramente se dejaba caer por allí desde su jubilación y únicamente se mantenía al corriente de los sucesos a través de las noticias.

—He venido para ver si necesitas ayuda con el caso del anciano —dijo cuando ella pudo librarse del teléfono.

Estaban sentados en su despacho, que no era más que una enorme montaña de papeles, carpetas, periódicos y todo tipo de trastos que Marta llevaba años acumulando. Casi ninguno tenía utilidad en la oficina. Uno de ellos era una bonita espada militar danesa hallada por la agente en una tienda de antigüedades, forjada a principios del siglo XX; reposaba en su funda sobre una pila de papeles junto a la ventana. Konráð nunca le preguntó qué impulso le llevó a comprarla, pero recordaba vagamente que su abuelo fue oficial en el servicio de guardacostas.

—¿Cómo es que te ofreces a ayudarme? —se extrañó Marta.

—¿No andáis siempre necesitados de personal?

—Creía que lo habías dejado.

—Sí, del todo, y no tengo intención de retomarlo, no te preocupes. Solo quería echarte una mano con ese asesinato.

—¿Por qué?

—Me aburro —respondió Konráð—. Ni siquiera hace falta que se lo comentes a nadie. Me mantendría en contacto contigo y, si descubriera algo relevante, te lo haría saber de inmediato.

—Konráð, estás retirado. ¿No es mejor dejar las cosas como están? No puedes hacer un acuerdo así conmigo; vaya cosas se te ocurren.

—Mandarías tú, claro está —recalcó Konráð.

—Faltaría más.

—Ya.

—Vale, estamos en contacto —concluyó Marta mientras cogía su móvil.

—Es solo que...

—¿Qué?

—Me crié allí —explicó Konráð—. En el barrio de las Sombras. Oí hablar de esa chica cuando era pequeño, así que...

—Te pica la curiosidad.

—Me gustaría saber por qué ese hombre guardaba recortes sobre ella. Creo recordar que ese caso no llegó a resolverse nunca.

—Konráð...

—Me harías un gran favor, Marta. No necesito más que tener acceso a su domicilio. El equipo pericial ya ha registrado el apartamento y no alteraré nada. De todo lo demás me encargo yo solo. —Hizo una pausa—. No puedes impedirme que me dedique a reunir información sobre un antiguo homicidio de hace sesenta y cinco años.

—Siempre nos hace falta gente —repitió Marta tras un largo silencio—. ¿De verdad vas a ponerte a investigar ese caso tan antiguo?

—Sí.

—Pero tienes que prometerme una cosa.

—Dime.

—Si averiguas algo, me lo haces saber. En cuanto lo descubras.

Dos días más tarde, Konráð tuvo acceso al piso del difunto. El equipo pericial lo había registrado exhaustivamente y, por tanto, no se consideraba necesario que la puerta continuara precintada. Konráð abrió con la llave que recogió en el despacho de Marta, en Hverfisgata, y, tras entrar, cerró con cuidado.

No sabía exactamente qué andaba buscando. Llevaba consigo los tres recortes de periódico que su compañera le había dejado junto con la llave y que había leído en el coche. Según le explicó Marta, aparecieron en el interior de un libro que encontraron en el escritorio del salón. Los recortes no estaban fechados y todos parecían haberse publicado en el mismo periódico, Tíminn. Cada recorte correspondía a un artículo: la primera noticia relataba el hallazgo del cadáver de una joven junto al Teatro Nacional; supuestamente la estrangularon y después la trasladaron al portal una vez perpetrado el crimen. El artículo recogía las declaraciones del agente de la Policía Judicial encargado del caso, Flóvent, que afirmaba que se trataba de un asesinato escalofriante, planificado y claramente premeditado. En la siguiente noticia se comunicaba que la investigación avanzaba con éxito, la autopsia constató que la asfixia era la causa de la muerte y que las contusiones en el cuello indicaban que el asesino estranguló a la víctima con sus propias manos. Se desconocía tanto el móvil del homicidio como la identidad de la joven, y, por tanto, la policía solicitaba la ayuda de todos aquellos que pudieran facilitar la más mínima información en relación con el caso. El tercer artículo hablaba de la búsqueda de un soldado norteamericano llamado Frank Carroll, que decía ser sargento del ejército estadounidense, si bien nadie figuraba con ese nombre en los registros de las tropas norteamericanas. Según el artículo, el soldado habría estado paseando la noche en que se halló el cadáver por la parte trasera del Teatro Nacional con una amiga islandesa hija de un alto cargo del Consejo de Ministros; al parecer, dicha muchacha prestó a la policía toda la ayuda que estaba en sus manos y, por otra parte, no parecía estar involucrada en el crimen.

Ahora Konráð recorría con calma el apartamento preguntándose por qué ese hombre tenía en su casa, guardadas con tanto celo, tres noticias relacionadas con un asesinato cometido hacía una generación mientras intentaba deducir el modo de vida de aquel individuo solitario a partir de lo que podía observar en su domicilio. Lo último que había preparado para comer eran unas gachas de avena que se comió junto con una morcilla de hígado. No fregó la cazuela. Dentro del frigorífico quedaba media morcilla y en el fregadero un plato ofrecía muestras de haber contenido alguna guarnición. A juzgar por el interior del frigorífico, el hombre sentía predilección por la comida tradicional islandesa. La panera contenía pan plano y una hogaza de centeno enmohecido. Las alacenas estaban prácticamente vacías, con solo unas cuantas tazas y platos. Sobre la mesa de la cocina dormía una radio. La encendió. Estaba sintonizada en la cadena nacional.

En el dormitorio encontró la vieja cama individual sobre la que parecía reposar el difunto cuando lo encontraron y, junto a ella, una mesilla de noche con una lámpara. Sobre la mesilla reposaba una novela en su idioma original, Las uvas de la ira. Revisó el armario; dentro encontró prendas de diario, pantalones y camisas y un traje negro que no parecía muy usado. En el baño descubrió una pequeña lavadora y una cesta con ropa sucia. De un vaso sobresalía un cepillo de dientes.

El salón estaba limpio y ordenado. Las paredes estaban revestidas por estanterías llenas de libros, tanto originales en islandés como traducciones, ninguno de ellos muy reciente. Algunos, sobre ingeniería de puentes. En una esquina estaba el televisor. De las paredes colgaban dos reproducciones baratas. Un sofá viejo y dos sillas rodeaban una mesita. Localizó el escritorio, en cuyos cajones se guardaban varias facturas a nombre del difunto.

Konráð se sentó ante el escritorio. Le resultaba evidente que en los últimos años el anciano llevaba una existencia sencilla y monótona, pues difícilmente su avanzada edad le hubiera permitido hacer otro tipo de vida. Aun así, le sorprendía la ausencia de cualquier objeto personal que evidenciara alguna relación con parientes o amigos: ni cartas, ni fotos de familiares, ni un ordenador con correos electrónicos o enlaces a las redes sociales. Una silenciosa rutina de ermitaño emanaba de cada objeto del apartamento y, en particular, de todo aquello que no lograba encontrar en él.

Konráð no conseguía detectar ningún indicio de lo que le interesaba averiguar: por qué aquel hombre había fallecido de una forma tan espantosa y por qué guardaba aquellos tres recortes. Sin embargo, sí dio con el libro donde estos se ocultaban: según las indicaciones de Marta, se hallaba abierto sobre el escritorio de la víctima, tal como lo encontraron. Se trataba de una recopilación de artículos sobre cuestiones sobrenaturales, cuentos y leyendas populares islandesas.

No resultaba extraño que Konráð sintiera tanto asombro al oír mencionar los recortes, se crió en la calle Lindargata, en el barrio de las Sombras, a escasa distancia del Teatro Nacional, y de muy joven escuchó en innumerables ocasiones la historia de la chica asesinada de labios de su padre, quien estaba convencido de que fueron los soldados norteamericanos los culpables de su muerte. Le aseguraba haber conocido a muchos de ellos y que no resultaba increíble que alguno pudiera tratar así a las chicas islandesas, seduciéndolas y arrojándolas detrás de cualquier casa. Sostenía, asimismo, que las autoridades militares silenciaron el caso porque algún oficial norteamericano de alto rango estaba involucrado en el homicidio y, para protegerlo, lo habían enviado fuera del país.

Konráð nunca llegó a saber en qué basaba su padre aquellas afirmaciones, y hasta escasos días antes de su muerte este no le contó lo sucedido en la sesión de espiritismo que los padres de la muchacha asesinada requirieron celebrar con el médium. No se mostraba orgulloso de ello, pero tampoco se arrepentía, como de costumbre. El padre de Konráð no era espiritista y su único cometido consistía en engañar a los asistentes y sacar con ello algo de dinero, un ejercicio que practicaba reiteradamente. No obstante, tampoco era un neófito en cuestiones del más allá, ya que su hermana creía en todo aquello que la gente corriente llamaba superstición, como hechizos y maldiciones, la vida de ultratumba, fantasmas, criaturas monstruosas y elfos. Conocía un sinfín de historias de las que luego su hermano se aprovechaba en sus farsas y estaba convencida de que siempre existía una razón legítima para que los muertos se aparecieran, por lo que era imprescindible dar con el problema y resolverlo para que el difunto pudiera descansar en paz. La tía de Konráð, que vivía en la finca de sus padres, en el norte, era muy anticuada y afirmaba tener la desgracia de ser clarividente. Siempre mantuvo que el brazo atrofiado de su sobrino era la consecuencia de una maldición que pesaba sobre la familia.

Sumido en sus recuerdos, Konráð decidió dar una última vuelta por el apartamento. Recorrió las estanterías, se dirigió a la cocina y a continuación entró en el dormitorio. Abrió un cajón de la mesilla de noche contigua a la cama y halló una gran fotografía en blanco y negro sobre una edición vieja y arrugada de la Biblia. Mostraba a un hombre de rostro atractivo, de unos treinta años, y supuso que databa de los años cincuenta. La estudió con atención. No mostraba ninguna identificación y estaba sin enmarcar. El dorso se veía amarillento debido al paso del tiempo pero, por lo demás, se conservaba en muy buen estado a excepción de unas manchas en una esquina. El hombre desconocido miraba de frente, era moreno y delgado, de cejas gruesas, y sus labios dibujaban una leve sonrisa inescrutable.

Konráð salió al salón con la fotografía y se sentó en la silla junto al escritorio. Con los recortes en una mano, observaba alternativamente la fotografía y el libro abierto ante sí. Pensó en su padre, y en la joven asesinada, y en la ocupación militar y en las sesiones de espiritismo, en las almas atormentadas de los difuntos y el viejo anciano solitario que yacía en su habitación como si estuviera dormido y que, sin embargo, había sido asesinado.

8

Konráð salió bruscamente de sus cavilaciones al oír que alguien daba tres golpes en la puerta. Se levantó de la silla y se dirigió dubitativo hacia la entrada sin tener muy claro cómo reaccionar. Volvieron a llamar, esta vez con más decisión.

—¿Hola? —Escuchó—. ¿Hay alguien ahí dentro?

Comprendió que debía aclarar la situación y abrió la puerta. Ante él apareció una mujer de mediana edad, más bien alta, con el pelo oscuro y espeso.

—Te he visto entrar. ¿Eres algún familiar de Stefán?

—No —respondió Konráð—, soy de la policía.

—Ah, antes no te vi por aquí.

—No, ya estaba a punto de marcharme —comentó Konráð sin querer dar muchas explicaciones sobre sus entradas y salidas.

—Me llamo Þorbjörg —explicó la mujer—. Vivo justo encima de Stefán. Ya he hablado con vosotros, con una tal Marta.

—La conozco —contestó Konráð.

—¿Sabéis algo más sobre lo que ha pasado? —preguntó, probablemente intrigada por el sorprendente destino de su vecino. La causa de su muerte ya se había publicado en todos los medios del país.

—No —respondió Konráð.

—¿Quién puede ser capaz de agredir de esa manera a un pobre anciano? Ya no le quedaba mucho de vida. ¿Para qué?

—¿Manteníais una relación estrecha?

—No, la verdad es que iba bastante a lo suyo. Llevamos aquí ¿cuánto?... ocho años, pero apenas lo conocía.

—¿Te fijaste si recibía visitas últimamente?

—No, ya me lo preguntaron. No recibía muchas visitas. Pero tampoco es que estuviera muy al tanto.

—¿Quién vive en esta planta, en la puerta de enfrente?

—Birgitta. Es viuda. Quizá lo conociera mejor, lleva más tiempo en el edificio. —La mujer se inclinó hacia Konráð y bajó el tono de voz—: Deberías hablar con ella, me parece que se trataban bastante, sobre todo después de la muerte de su marido, hace unos tres años. No me extrañaría que hubieran sido algo más que amigos. Pero, vaya, no quisiera chismorrear, ya me entiendes. A mí qué más me da.

Poco después Konráð llamó al apartamento de Birgitta. Era baja, de pelo plateado y semblante tranquilo, con un rostro afable teñido de tristeza. No mostró mucho entusiasmo en atenderle; dijo haber hablado ya con la policía y que no se le ocurría mucho más que añadir.

—Perdona si te molesto —se disculpó Konráð intentando convencerla—. Solo serán unos minutos.

—Bueno —aceptó al fin por no parecer desagradable—. ¿Quieres pasar?

Tomaron asiento en el salón y Konráð le preguntó si hacía mucho que conocía a Stefán.

—Desde el mismo día en que llegó, hará unos veinticinco años —explicó—. Venía de Hveragerði, donde vivió mucho tiempo. Mi marido y él se conocían de hablar en el rellano. Charlaban de esto y aquello. Cuando Eyjólfur murió, Stefán fue muy amable, se ofreció a ayudarme con todo y se pasaba a tomar café cuando salía a la tienda de aquí al lado. Solo hacía la compra en la tienda del barrio.

—¿Tenía familia?

—No, no se casó nunca y prefería no hablar mucho del tema.

—¿Podía arreglárselas siendo tan mayor?

—Sí, era muy vital y conservaba una salud de hierro a pesar de haberse hecho tan mayor. Decía que él no pintaba nada en una residencia.

—¿Observaste si últimamente recibía visitas o se encontraba con alguien? Por lo que parece, llevaba una vida bastante solitaria.

—Sí, no frecuentaba a mucha gente, hablaba poco de sus parientes y amigos. No recuerdo que recibiera muchas visitas, pero puede ser que no me hubiera enterado.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó Konráð—. Me refiero a antes de jubilarse.

—Era ingeniero, trabajaba en la construcción de puentes por todo el país. Claro que hacía mucho que estaba retirado. ¿Qué creéis que ocurrió?

—Es difícil aventurarlo.

—Dicen que lo asfixiaron, que le pusieron una almohada sobre la cara y él no tuvo fuerza suficiente para oponer resistencia.

—Algo así —contestó Konráð.

—Qué horror —susurró Birgitta como para sí misma.

—¿Y los vecinos? ¿Discutía con ellos?

—¿Con los vecinos? No. ¿Por qué lo preguntas?

—Simple ocurrencia.

—Yo creo que los de la policía ya habéis hablado con todo el mundo y a estas alturas deberíais saber que ningún vecino ha tenido nada que ver con todo esto. Aquí solo vive gente encantadora. Nunca podría ocurrir nada semejante.

La Policía Judicial había interrogado a los inquilinos del inmueble, de tres plantas y ocho apartamentos. Casi todos eran personas mayores que prefirieron no mudarse a una vivienda más pequeña después de que sus hijos se independizaran, ya que, en su mayor parte, los pisos no eran muy grandes. La policía también había hablado con los vecinos de los edificios adyacentes. Casi ninguno sabía de la existencia de Stefán.

—¿Alguna vez habló contigo, o con tu marido, sobre el Teatro Nacional? —preguntó Konráð.

—¿El Teatro Nacional? Creo que no iba nunca al teatro.

—Me refiero a algún suceso relacionado con el Teatro Nacional, no a una función determinada.

—¿Qué tipo de suceso?

—Por ejemplo, alguno de la época de la guerra.

—¿La guerra?

—La Segunda Guerra Mundial —especificó midiendo sus palabras.

No quería revelar demasiado, sobre todo porque tampoco contaba con mucha información.

—¿Qué suceso de la guerra? —preguntó Birgitta con curiosidad.

—¿Era creyente? —preguntó Konráð cambiando de tema.

—Nunca dijo nada al respecto. Yo creo que no.

—¿Y creía en lo sobrenatural?

—No, me parece que no. Tampoco hablaba de eso. ¿A qué te refieres?

—A si creía en la vida después de la muerte o si acudía a algún médium.

Birgitta miró a Konráð fijamente.

—¿Qué has encontrado en su casa? —preguntó.

—No mucho —contestó este sonriendo—. He visto que leía cuentos populares islandeses. ¿Sabes si le interesaba ese tema?

—No.

—¿Y las leyendas islandesas?

—Nunca me mencionó nada. Pero...

—¿Sí?

—Has dicho algo de la guerra y de si recibía invitados o iba él de visita. Hace poco me contó que había ido a un geriátrico de por aquí. Quería recordar algo de la guerra. Le pregunté de qué se trataba pero ignoró la cuestión, como si no quisiera hablar de eso. Yo no quise presionarlo, sabía que me lo contaría cuando tuviera razones para hacerlo.

—¿Así que no sabes por qué fue hasta allí?

—No.

—¿Manteníais buena relación?

—Sí, éramos buenos amigos.

—¿Conoces algún otro amigo suyo? ¿Alguien que pudiera hablar conmigo? —Konráð pensaba en la fotografía de la mesilla de noche.

—No, no conozco a nadie.

—Has dicho que se había mudado aquí desde Hveragerði, ¿era del sur?

—No, era de Canadá —aclaró Birgitta—. Era hijo de inmigrantes islandeses. Nació en Manitoba. Lo destinaron aquí durante la guerra.

—¿Y tenía nombre islandés? ¿Stefán Þórðarson?

—No, o sí, más tarde, sí. Los primeros años usaba su nombre canadiense y luego lo islandizó.

—¿Nombre canadiense? —repitió sorprendido.

—Sí. Al principio usaba su nombre originario —explicó Birgitta pacientemente—. Pero cuando se asentó aquí, en Islandia, lo cambió y pasó a ser Stefán Þórðarson.

—¿Cómo se llamaba cuando vivía en Canadá?

—Thorson. Stephan Thorson.

9

A la vista de cuanto Konráð pudo averiguar, en el Colegio de Ingenieros no sabían mucho acerca de Stefán Þórðarson ni de alguien llamado Thorson. Hacía mucho desde que se jubilara y, aparte de que hasta su muerte cobraba regularmente su pensión del Fondo de Ingenieros, poco más pudieron añadir los empleados del colegio, que no lo conocían. Marta se sorprendió cuando Konráð le comunicó los antecedentes islandeses del difunto. Birgitta evitó comentárselo a la policía cuando la interrogaron. Por lo que sabía, Stefán nunca contrajo matrimonio y no se tenía constancia de ningún hijo. Nadie acudió al depósito de cadáveres para identificarlo; ni siquiera habían preguntado por él. Todo ello hacía muy difícil recabar información sobre aquel hombre, lo que ponía a Marta de un humor de perros.

—No se explica que no haya familiares —espetó a Konráð por teléfono.

—No es tan raro —rebatió este, que acababa de salir de casa de Birgitta y se disponía a acercarse a la residencia que el anciano visitó poco antes de morir—. Es de suponer que toda su familia seguía en Canadá y, seguramente, sus más allegados fallecieron hace tiempo. Tomó la decisión de comenzar una nueva vida aquí sin fundar una familia, pero contaba con algún amigo, como la tal Birgitta, y puede que consigas localizar a alguno más.

—Ojalá —dijo Marta—. Creo que lo más probable es que fuera alguien cercano a él.

—¿El agresor?

—Sí, ya sabes, el viejo le abre la puerta a un conocido, le invita a pasar... De lo contrario habría indicios de robo o de enfrentamiento, y no se han llevado nada.

—No puedes darlo por sentado —discrepó Konráð—. No sabemos si conocía a la persona a la que abrió la puerta. En realidad, todos abrimos al primero que llama al timbre o golpea la puerta de nuestra casa. Hay que ser muy precavido para no hacerlo. Él no tenía por qué conocer a la persona o personas que lo agredieron.

—Aun así es lo más probable. Voy a ponerme en contacto con la policía de Manitoba para ver si pueden desempolvar algo de información sobre ese... ¿Stephen Thorson, has dicho?

—Stephan Thorson. No Stephen.

—¿Qué más? ¿Algo sobre los recortes?

—No, nada salvo...

—¿Sí?

—Es una muerte extrañamente silenciosa, allí, en su dormitorio, pero a pesar de todo...

—¿Qué?

—A pesar de todo encaja con el resto de su vida. No llama la atención. Nadie sabe de él. Ningún tipo de altercados a su alrededor. Simplemente, vivía. Y, simplemente, murió.

El director del centro geriátrico estaba tan atareado que apenas pudo atender a Konráð. Era alto y dicharachero. Konráð llegó hasta él guiándose por las voces. Ya desde el pasillo se le oía hablar a gritos por teléfono con alguien que, como pudo deducir, debía de ser un proveedor. Al alcanzar su despacho vio que no estaba solo. El director finalizó la conversación telefónica con palabras no muy agradables, comunicó algo a los dos hombres que lo acompañaban, que abandonaron el despacho a toda prisa, y dirigió una mirada a Konráð.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó justo cuando el teléfono del escritorio volvía a sonar.

Descolgó, pronunció tres veces «No» a intervalos regulares y colgó.

Konráð se presentó.

—Estoy haciendo indagaciones acerca de un hombre que vino aquí hace poco, probablemente para preguntar sobre las posibilidades de ingresar en esta institución o quizá para visitar a algún residente.

—¿De quién se trata?

—Se llamaba Stefán Þórðarson. Era muy mayor, más de noventa.

—Ya no hay edad —comentó el director—. La gente mayor ha dejado de morirse.

—Bueno, de todos modos pensé que habría acudido a ti o a tu personal.

—¿Stefán Þórðarson? Me suena el nombre. ¿No es el que han encontrado asesinado en su casa? Lo recuerdo. Estuvo aquí hace pocos días, vino para preguntar por nuestra Vigga.

—¿Vigga?

—Una paciente ingresada aquí —aclaró el director—. Permanece en cama la mayor parte del tiempo y normalmente está en otro mundo. Vivía en el barrio de las Sombras.

Konráð miró al hombre fijamente.

—¿Sabes qué quería de ella? —preguntó.

—No; si no recuerdo mal comentó que era un viejo amigo suyo.

—Conozco a una mujer llamada Vigga que es de ese barrio —le informó Konráð—. Pero ahora sería muy mayor. ¿Podría tratarse de la paciente que vino a visitar Þórðarson?

—Aquí solo tenemos una Vigga. ¿Te gustaría verla? ¿Quién decías que eras, de la policía?

Sonó el teléfono otra vez y el director respondió a la llamada.

—Muchas gracias —dijo Konráð mientras él seguía al teléfono—. Ya la encontraré yo —añadió, y salió del despacho.

Cuando recorría el pasillo comenzó a recordar que, en su infancia en el barrio de las Sombras, nada lo atemorizaba más que una mujer de la calle Lindargata llamada Vigga. En el pasado había averiguado que nació en 1915, pero tiempo atrás las personas envejecían más rápido a causa del duro trabajo y las fatigas diarias, por lo que la recordaba siempre como una anciana aunque solo rozara los cuarenta cuando él empezaba a tener uso de razón.

Vigga vivía sola, sin familia, y llamaba la atención de los niños por su extravagante indumentaria y su peculiar modo de ser. La llamaban Vigga «la enemiga», le tenían pánico y la rehuían, excepto cuando se juntaban unos cuantos y se armaban del valor suficiente como para burlarse de ella. Aquello ocurría en alguna ocasión, no muy a menudo, y a la mujer se la llevaban los demonios, lo que incrementaba la tensión. Si la veían salir a la puerta de su casa con intención de ir tras ellos, echaban a correr gritando. Alguna vez arremetió contra los niños, alcanzó a uno o dos y los zarandeó profiriendo la sarta de improperios más espantosos que jamás habían oído. Sentía predilección por el plomo al rojo vivo y amenazaba a los mocosos con echárselo por encima. En una ocasión consiguió ponerle las manos encima a Konráð, cuando este acababa de cumplir seis años, por haber lanzado una bola de nieve a su casa. Salió a la calle furiosa y ataviada con un chaleco de lana, tres jerséis rotos, uno encima del otro, varias faldas y unas grandes botas de goma que le llegaban hasta la rodilla. Konráð, que era un inconsciente y un bobo, habría escapado de no haberse caído de culo por culpa de un resbalón. Ella lo agarró y lo abofeteó en una de sus heladas mejillas de tal manera que le saltaron las lágrimas. Después lo arrojó al suelo y le advirtió que si no se largaba a su casa lo encerraría en el sótano.

Konráð nunca pisó su sótano, aunque oía con frecuencia hablar de él, pues corrían espeluznantes historias sobre niños del barrio y de Þingholt desaparecidos de los que nunca más se supo y que seguramente habrían perecido en el sótano de Vigga «la enemiga». La mujer vivía en la periferia del barrio en una casita de chapa ondulada cuyas paredes resonaban cuando se lanzaba una piedra contra ellas. Las ventanas eran de cristal simple y se cubrían de escarcha cuando helaba. No parecía tener muchas amistades. Al menos no recibía nunca visitas relevantes, a excepción del repartidor de carbón, que llamaba a su puerta cada dos semanas, hasta que Vigga decidió poner fin a su odio contra la innegable modernidad y aceptó instalar en su hogar la calefacción geotermal municipal. Según contaba la madre de Konráð, trabajaba lavando ropa, y ya tenía bastantes problemas como para que una panda de críos le dieran más preocupaciones, por lo que le prohibió terminantemente a su hijo que se riera de ella.

Konráð entró en la habitación y la halló durmiendo bajo un edredón blanco. Mientras la observaba pensó en cómo el barrio de las Sombras se las había ingeniado para perseguirlo dando tan asombrosos rodeos. Pensó en la joven hallada tras el Teatro Nacional, en los recortes guardados dentro de un libro y en la sesión del médium en la que su padre colaboró. Pensó también en Vigga, que descansaba bajo el edredón que la cubría dejando asomar tan solo sus canas y su frente arrugada, y se preguntó qué habría querido el anciano de aquella mujer que tanto le asustaba de niño y que la muerte todavía no había logrado derrotar.

10

El forense rondaba los sesenta años, se llamaba Baldur y era un hombre corpulento, oriundo de Hornstrandir, de rasgos grandes y voz grave. Cuando Flóvent entró en la sala de autopsias, estaba al lado del cuerpo de la joven y se empleaba a fondo con el rapé; confeccionó una generosa raya sobre el dorso de la mano y esnifó primero por una fosa y seguidamente por la otra. Después sacó un pañuelo rojo del bolsillo de la bata y se limpió la nariz.

—Hola, Flóvent —saludó mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo—. Menudo caso lamentable te ha caído entre manos. Una muchacha tan joven. Qué desgracia.

—¿Has podido examinarla?

—Hasta ahora solo en parte. Creo que el asesino la estranguló con sus propias manos —informó mientras deslizaba los dedos por el largo y esbelto cuello de la joven, donde se apreciaban diversos hematomas que lo circundaban, como gruesas huellas de dedos—. Supongo que se trata de un hombre, no le resultó difícil obstruir las vías respiratorias. La joven se resistió, trató de defenderse y luchar. La golpeó en la cara, fíjate, observa este hematoma de aquí. Como puedes comprobar, tiene las uñas rotas —indicó el forense levantando una mano de la chica para mostrársela a Flóvent.

—¿Fue agredida allí mismo, junto al Teatro Nacional?

—No, creo que no ocurrió en el exterior. De lo contrario se apreciarían en su cuerpo rasguños o arañazos dejados por la grava. Creo que no fue agredida a cielo abierto.

—Entonces la dejaron junto al Teatro Nacional tras asesinarla.

—Me parece lo más probable, sí, seguramente ya estaba muerta. Hay algo más que debes saber, aunque todavía tengo que estudiarlo más a fondo. Creo que a la chica se le había practicado un aborto no hace mucho. Y no se realizó de manera profesional. A decir verdad, fue una auténtica chapuza.

—Explícate.

—Me cuesta creer que lo practicara un médico profesional. Aun así, cabe esa posibilidad, no es ningún secreto que también hay chapuceros en mi gremio, como en cualquier otro. ¿Tenía novio?

—Quién sabe. Ni siquiera conocemos aún su identidad —respondió Flóvent.

—¿Tal vez un militar?

—Estamos tras la pista del hombre que la encontró, un soldado norteamericano que se largó corriendo del lugar de los hechos en cuanto descubrió el cadáver. Iba del brazo de una muchacha islandesa. Hemos hablado con ella, pero no nos ha servido de mucha ayuda. Consideramos posible que el militar conociera a la joven. ¿Sabes a quién podría haber acudido con su... su problema?

—¿Te refieres al aborto? No, no conozco a nadie. Aquí está permitido desde hace unos años, pero bajo estrictas restricciones: si la vida de la madre corre peligro, si la mujer ha sido violada, si ha habido incesto y ese tipo de casos. Para que un médico practique un aborto debe cumplirse alguna de esas circunstancias, no basta simplemente con haber estado con un militar.

—Sin duda es una cuestión delicada para muchos —comentó Flóvent.

—Doy por hecho que hoy en día es fácil encontrar ese servicio si uno quiere —aclaró Baldur—. Clandestinamente, claro está. En estos tiempos de locos hay todo un hervidero de actividades encubiertas, tanto en esto como en otras cosas.

La búsqueda del sargento Frank Carroll del ejército norteamericano no tuvo ningún éxito. Thorson estaba convencido de que el sargento había mentido a Ingiborg. No era raro que los militares buscaran una diversión momentánea y que fingieran ser más importantes de lo que les correspondía; prometían el oro y el moro, pero, en especial, que al terminar la guerra regresarían a casa con sus chicas del brazo para mostrarles un hermoso mundo nuevo al otro lado del Atlántico. Flóvent y él volvieron a visitar a Ingiborg con el fin de obtener más información sobre aquel que se hacía llamar Frank Carroll. Tal y como estaban las cosas, no vieron ninguna razón para detener a la muchacha y someterla a un interrogatorio formal.

Todavía se desconocía la identidad de la muchacha hallada bajo los lúgubres muros del Teatro Nacional. Hasta donde llegaban las investigaciones policiales, nadie había denunciado su desaparición ni preguntado por ella. La noticia sobre el hallazgo del cadáver fue difundida en los periódicos y también en la radio. Flóvent quería suponer que las personas que conocieran a la joven y la echaran en falta no tardarían en ponerse en contacto con ellos. Informó a Thorson de que la chica había abortado poco antes de morir.

Hallaron a la joven bastante más calmada cuando Thorson y él regresaron para preguntarle más detalles sobre su novio norteamericano. Estaba sola en casa con su madre. Su padre la había regañado tras la primera visita y era como si su ausencia le hiciera estar algo menos tensa. No permitieron que su madre estuviera presente durante el interrogatorio y la invitaron amablemente a que abandonara el salón donde ya habían conversado la vez anterior.

—Ingiborg, la verdad es que no hemos encontrado a ningún Frank Carroll en el ejército norteamericano —anunció Flóvent.

—Lo cual significa —prosiguió Thorson— que uno de los dos miente. Tú a nosotros o él a ti.

—Si descubrimos que nos has mentido, Ingiborg —advirtió Flóvent—, te llevaremos a comisaría y luego a la cárcel de Skólavörðustígur. Hasta ahora te hemos tratado bien y nos hemos mostrado comprensivos, pero si no nos dices la verdad, se acabó todo.

—No estoy mintiendo —aseguró Ingiborg—. No os mentiría nunca. No he hecho nada. Simplemente nos encontramos aquel cuerpo y...

—¿Y qué, Ingiborg? —preguntó Thorson.

—De modo que me ha mentido —dijo Ingiborg en voz baja—. Decía que se llamaba Frank Carroll. Estoy segura.

—¿Habías estado antes con algún otro militar? —preguntó Flóvent.

—No, no soy ninguna golfa.

—¿Te prometió que te llevaría a América?

Ingiborg guardó silencio.

—¿Te aseguró que se casaría contigo?

—Era algo que solíamos comentar.

—¿La boda sería dentro de poco o después de la guerra?

—Después de la guerra. Frank tiene un miedo horrible a que lo envíen a combatir a Europa. A mí también me parecía lo más razonable.

—Entonces tenía la intención de venir a buscarte después —aventuró Thorson.

Ingiborg asintió.

—Aunque lo penséis no soy tonta —se defendió—. No soy ninguna ramera del ejército. Frank me ha tratado siempre con respeto. Sabía que mi padre se oponía a que nos viéramos y eso le dolía y lo entristecía. Asumía que mi familia nunca nos reconocería. Que estaríamos siempre solos.

—¿Y tú? ¿Llegaste a resignarte como él?

—No sabes lo que es vivir con mi padre —afirmó Ingiborg con frialdad.

—¿Qué más sabes de Frank? —preguntó Flóvent—. ¿Reparaste en alguna insignia que llevara en su uniforme? ¿Te habló alguna vez de la división a la que pertenecía? ¿De sus amigos?

—No sé nada. No conocí nunca a ninguno de sus amigos, excepto en el Borg, y no me fijé en ninguna insignia.

—¿Recuerdas sus nombres?

—No.

—¿Tienes alguna carta suya? ¿Alguna foto?

—No.

—¿Te has parado a pensar en que, desde que encontrasteis el cuerpo, todo lo que te contó sobre él ha resultado ser mentira? —preguntó Thorson.

Por supuesto que había pensado en ello, insomne y con los nervios crispados. Frank nunca se mostró muy prolijo a la hora de hablar de sí mismo y la barrera del idioma entre ellos hacía que sus conversaciones fueran casi telegráficas. Sabía que le interesaban los coches, pero apenas tenía datos sobre su familia. Solo se conocían desde hacía unos meses y ella se imaginaba que cuanto más mejorara su inglés —puesto que él no se esforzaba por aprender islandés— mejor se conocerían y más detalles aprendería de él.

—Al menos sé que se llama Frank —aseguró—. Lo llamaban Frank en el Borg los muchachos con quien se encontraba, sus amigos.

—Muy bien, yo creo que es suficiente por el momento —resolvió Flóvent—. Ponte en contacto con nosotros si se te ocurre algo más que contarnos.

—¿Sabéis ya quién era la muchacha? —preguntó Ingiborg.

—No, todavía no —respondió Thorson.

—¿Se veía con un militar, igual que yo? ¿Alguien como Frank que la llevó a la parte de atrás del Teatro Nacional?

—No lo descartamos, por ahora seguimos pendientes de averiguarlo —respondió Thorson procurando evitar hacerle daño—. ¿Hay alguna razón en especial por la que Frank y tú escogierais aquel lugar?

—Fue idea suya —contestó Ingiborg—. Decía que a veces iban allí. Los militares.

—¿Con sus chicas?

—Sí.

Los guardas del refugio hecho con sacos de arena frente al Teatro Nacional no habían advertido ningún movimiento relacionado con la joven fallecida y no resultaron de ninguna ayuda a la policía. En el caso de que, además de la profesora, alguna otra persona hubiera transitado por el barrio de las Sombras aquella tarde y poseyera alguna información, no llegó a presentarse ante la policía. Nadie parecía haber reparado en cuándo llegó la muchacha a la parte trasera del teatro, ni de qué manera, ni con quién. Se intentó localizar en los alrededores a cualquier persona que pudiera aportar algún indicio sobre el destino fatal de la joven, pero no se halló nada digno de efectuar mayores indagaciones.

Thorson dirigía los interrogatorios con los militares que trabajaban en el centro de aprovisionamiento del Teatro Nacional. El lugar no guardaba ni el más mínimo parecido con un teatro, el escenario estaba por construir y, en la platea, los montones formados por provisiones y utensilios militares alcanzaban el techo. Flóvent sugirió que se acondicionara el sótano donde se almacenaba el carbón. Inicialmente su uso estaba destinado a la calefacción central, pero, posteriormente, se había decidido hacer de él una sala de fiestas, ya que la calefacción geotermal estaba comenzando a tomar el relevo de la de carbón por toda la ciudad. Debido a que se estaba procediendo a trasladar el centro de aprovisionamiento a una nueva ubicación, un intenso ajetreo alteraba a todo el edificio. Cuando este concluyera, las obras para acabar la construcción del teatro se reiniciarían. La continuación ya estaba aprobada.

Ninguno de los militares con los que hablaron dijo conocer a la joven. Solo dos soldados admitieron tener amistad con chicas islandesas.

—Hay muchos militares en la zona de Reikiavik con Frank como nombre de pila —comentó Thorson mientras caminaba con Flóvent de vuelta a Fríkirkjuvegur—. Lo he comprobado. Le ha mentido hasta la saciedad, aunque eso no es nada nuevo.

Flóvent llevaba su abrigo largo de invierno, el único que tenía, y un sombrero; Thorson llevaba una chaqueta militar por encima del uniforme de la Policía Militar y una gorra. Hacía frío y bajaban apresurados por la calle Hverfisgata con las manos hundidas en los bolsillos. Oyeron cómo el campanario de la catedral daba las dos.

—No, lo cierto es que no es nada nuevo —admitió Flóvent.

—Si solo ha mentido respecto a su apellido, pero no sobre su nombre de pila, deberíamos poder dar con él —apuntó Thorson.

—Reúne a todos aquellos que encajen con la descripción de Ingiborg y veamos si reconoce a su hombre. Y mejor si son de Illinois.

—Ninguno de ellos es sergeant.

—No esperaba que lo fueran.

Se despidieron. Thorson siguió su camino hasta la Jefatura de la Policía Militar, en la zona de barracas de Laugarnes, y Flóvent continuó a buen paso en dirección sur, hacia Fríkirkjuvegur. Cuando llegó, un matrimonio de edad avanzada estaba esperándole. El hombre y la mujer aguardaban sentados en un banco de la entrada y Flóvent pasó por delante sin reparar en ellos. Se levantaron y lo vieron dirigirse a su despacho. La secretaria oficial de la Policía Judicial lo agarró del brazo para detenerlo.

—Desean hablar con usted —le anunció señalando con un gesto con la cabeza a la pareja.

—¿Quiénes?

—Esas dos personas —especificó la secretaria—. Con relación a su hija.

Pronunció las dos últimas palabras de tal modo que él entendió enseguida a quién se refería. Se volvió hacia el pasillo, donde el hombre y la mujer continuaban arrimados el uno junto al otro, los ojos fijos en la puerta del despacho.

—Pero si son muy mayores —susurró Flóvent.

—Era hija adoptiva —aclaró la secretaria en voz baja—. Albergan la esperanza de que no sea la misma de la que han oído hablar en las noticias, pero llevan unos días sin verla y no saben dónde puede estar.

Flóvent desanduvo sus pasos y los saludó. El hombre le estrechó la mano y se presentó, y lo mismo hizo la mujer; se les veía de temperamento tranquilo, aunque no podían ocultar su preocupación. Llevaban sendos gabanes recios, Flóvent estimó que tendrían cerca de setenta años. La mujer poseía un rostro amable, el hombre era esbelto y delgado y, a juzgar por sus manos, estaba acostumbrado a llevar a cabo duras tareas físicas.

—No querríamos importunarle sin necesidad —comenzó—. Hemos oído hablar de la joven del Teatro Nacional, de unos veinte años, y...

—Le dije que habláramos con la policía pero él prefería esperar y ver si regresaba —interrumpió la mujer—. ¿Saben ustedes quién es la muchacha que han encontrado?

—No, todavía no —respondió Flóvent—. Ustedes son los primeros en preguntar por ella.

—No es la primera vez que desaparece así —agregó la mujer.

—¿No?

—Pero en aquella ocasión terminó regresando.

—Puedo acompañarles al depósito de cadáveres si se sienten con fuerzas para ello.

Ambos se miraron.

—Deben identificarla —prosiguió Flóvent—. De lo contrario no podremos estar seguros.

—Nunca he ido allí —reparó la mujer.

—Comprendo —dijo Flóvent—, no es un sitio que nadie quiera visitar.

Llamó al forense del Hospital Nacional y le pidió que acudiera al depósito. Seguidamente guio al matrimonio hasta el coche de la Policía Judicial y los condujo durante un corto trayecto hasta el hospital, que era uno de los edificios más grandes del país. Baldur les esperaba a la entrada y los saludó. Ya había preparado el cadáver de la joven, que reposaba sobre la mesa de autopsias bajo una fina sábana blanca. Ambos se arrimaron el uno al otro y se cogieron de la mano mientras el doctor la retiraba y se apartaba para permitir que observaran a la muchacha.

Flóvent se dio cuenta en el acto de que la habían reconocido. Lo supo nada más percibir cómo se desvanecía de sus ojos cualquier atisbo de esperanza tras comprobar que era la hija que estaban buscando.

11

Baldur volvió a colocar la sábana sobre el cuerpo.

—¿Quién ha podido ser capaz de hacerle esto? —gimió la mujer mirando a su marido—. Hija de mi vida.

—Debemos interrogarles —interrumpió Flóvent—. Les agradecería que me acompañaran de nuevo hasta Fríkirkjuvegur.

—¿Podríamos...? —Los ojos de la madre contenían una súplica—. ¿Podríamos quedarnos un poco más con ella? Solo un momento.

—Faltaría más. —Flóvent hizo una señal al forense para que saliera con él al pasillo.

—¿Alguna novedad en cuanto a la identidad del norteamericano? —preguntó Baldur cuando estuvieron a solas.

—Por el momento no es más que un testigo que huyó del lugar de los hechos. Creo que no debemos sacar mayores conclusiones. Thorson nos ayuda con el caso. ¿Lo conoces?

—No.

—Un hombre extraordinario. Canadiense, hijo de inmigrantes islandeses. Nos ha prestado un gran servicio en la comunicación con las tropas.

—Está visto que de todo hay en la viña del Señor —comentó el forense.

—Sí. ¿No sería más procedente que sea el forense quien comunique a los padres los detalles del caso? Ya sabes, la causa de la muerte, la práctica del aborto...

—Si lo prefieres me encargo yo.

—Tal vez sea más conveniente que lo oigan de boca de un médico.

Baldur asintió y volvió a entrar en la sala. Transcurrió un largo rato mientras Flóvent esperaba en el pasillo intentando hacerse a la idea de cómo se sentiría el matrimonio en aquel momento. Le resultaba imposible.

El matrimonio abrió la puerta de la sala de autopsias, Baldur les acompañaba. La mujer se secaba los ojos con un pañuelo que guardó en su bolso. El hombre la abrazaba y ella se apoyaba en él mientras avanzaban por el pasillo. Flóvent se despidió del forense, condujo de nuevo a la pareja hasta Fríkirkjuvegur y una vez allí los llevó a su despacho. Les ofreció una taza de café auténtico procedente del ejército norteamericano que Thorson le había proporcionado y dejó que se recuperaran, evitando atosigarles o acrecentar su dolor.

—¿Tienen alguna pista sobre quién ha podido hacerle esto? —preguntó el hombre.

—Desgraciadamente no hemos atrapado a nadie todavía, tenemos la esperanza de que ustedes puedan ayudarnos al respecto, ahora que conocemos la identidad de su hija.

—No me cabe en la cabeza quién ha podido querer hacerle esto —repitió el padre—. Es tan ajeno a toda... a toda realidad. Que a una criatura bendita le haya ocurrido semejante desgracia.

—Tengo entendido que su hija era adoptada.

—Sí —confirmó el hombre—. La adoptamos con un año y medio. Nosotros no teníamos hijos. Siempre quisimos uno, pero no podíamos.

—¿De dónde era?

—Del norte, de la provincia de Húnavatnssýsla —concretó la mujer—. Mi hermana trabajaba en una granja de la zona. Al fallecer la dueña de la finca dejó tras ella a un gran número de niños sin edad de trabajar y, por mediación de mi hermana, el padre nos dio a la chiquilla en adopción.

El hombre le explicó a Flóvent que su mujer y él se habían resignado y comenzado a considerar la adopción para conseguir tener un niño. Su edad avanzaba y no podían demorarse mucho más. Fue justo entonces cuando la hermana de la mujer les envió una carta donde explicaba que necesitaba imperiosamente reducir el número de niños en la granja del norte. Iban a enviar a tres a la granja vecina y el dueño de la finca no tendría ninguna objeción en enviar otro a gente decente de Reikiavik. El matrimonio viajó al norte, atravesó el altiplano y habló con el padre de la niña, un granjero pobre que vivía con estrecheces. Abrazaron a la niña por primera vez. Se llamaba Rósamunda y se encontraba en su segundo año de vida. Era una niña sana y alegre. Su madre había fallecido durante el alumbramiento del octavo hijo, el más joven.

—Así de injusta es la vida —se lamentó la mujer mirando a Flóvent.

Adoptaron a la pequeña Rósamunda, se encontraba bien en la ciudad, fue a la escuela privada de Austurbær y completó la enseñanza secundaria. Estudiar no se le daba bien, pero era trabajadora y laboriosa. Hablaron con ella sobre la posibilidad de continuar sus estudios pero le aburría estudiar y, además, había encontrado un trabajo al inicio de la guerra en un taller de costura del centro, cerca de Austurvöllur. Le divertía coser y le interesaba todo lo relacionado con la moda; se puso muy contenta cuando consiguió aquel trabajo en el taller, cuya dueña era una mujer encantadora. Quería aprender a coser vestidos y otras prendas y ponía todo su empeño en ello. De hecho, cosió un vestido precioso a su madre.

—Nos contaba que algún día quería abrir su propio taller —explicó la mujer con evidentes muestras de orgullo.

—Ahora eso ya no ocurrirá —dijo el hombre.

—Era un vestido precioso —describió su mujer—. Bonito de verdad, y muy bien cosido. Sepa usted que no he tenido en mi vida otro vestido que me sentara tan bien.

—Han mencionado que no era la primera vez que desaparecía —comentó Flóvent.

—Sí —confirmó el hombre—. Ocurrió hace unos tres meses.

—¿Qué pasó?

El hombre miró a su mujer con cierta incomodidad.

—Tardó dos días en regresar —detalló.

—Apenas nos dio explicaciones —añadió su mujer.

—¿No?

—No, pobre. Seguro que estuvo con algún chico. No quería contarnos nada y nosotros insistimos. Pensándolo mejor, quizás hubiese convenido sonsacárselo. No sé.

—¿Qué les contó?

—Dijo que necesitaba un poco de tiempo para estar sola, eso fue todo. No regresó hasta dos días después y nunca supimos nada más.

—¿Le preocupaba algo?

—No, que nosotros supiéramos.

—¿Y no dio mayores razones? —Se miraron el uno al otro, sin responder—. ¿Era la primera vez que le sucedía algo así? —preguntó Flóvent.

—No, nunca —respondió el hombre—. Esa fue la única vez. No queríamos ser severos con ella. Si le había ocurrido algo y no nos lo quería contar, era asunto suyo. Pensamos que tal vez nos lo contaría más adelante. Cuando se hubiera recuperado.

—¿Y lo hizo?

—No, todavía no parecía repuesta cuando...

El hombre guardó silencio. Al verlos allí delante, cabizbajos en sus sillas, Flóvent tuvo la impresión de que ahora deseaban haber reaccionado de otro modo. Pero ya era demasiado tarde.

—Nos dijo que no nos preocupáramos —continuó la mujer—. Que no teníamos por qué inquietarnos.

—¿Salía por aquel entonces con alguien?

—No que supiéramos.

—¿Y sus amistades? ¿Sabían qué le pudo suceder?

—No frecuentaba muchos amigos. Tampoco tenía novio, aunque bien habría podido, con lo guapa que era. Eso sí, era muy amiga de una muchacha que trabajaba con ella en el taller.

—¿Mantenía contacto con su familia del norte? —preguntó Flóvent.

—No, no mucho —respondió el hombre—, y no comenzó a mostrar un interés creciente por su origen hasta los últimos semestres. Empezó a entablar contacto por correspondencia con su... padre, creo que lo tendré que llamar así, y sé que pensaba realizar un viaje al norte dentro de poco.

—¿Desde cuándo conocía la existencia de su familia del norte?

—Desde el principio —afirmó la mujer—. Nunca fue un secreto, si se refiere usted a eso. No le escondimos nada. Nuestra relación no era así. Era nuestra hija.

—¿Aun así no les contó por qué se ausentó dos días de casa?

La pareja guardó silencio.

—Tenía sus razones —concluyó finalmente el hombre.

—¿Saben si frecuentaba a militares norteamericanos?

—¿A militares? —La mujer se sorprendió—. No. Ninguno. Imposible.

—¿Por qué está tan segura? —preguntó Flóvent.

—No quería saber nada de ellos —aseguró la mujer—. Créame, no conocía a ningún militar. Personalmente, quiero decir. Bien puede ser que algunos fueran al taller de costura, pero eso es todo. Otro tipo de contacto no creo que tuviera. No hablaba nunca de ellos. Nunca.

—¿Cuándo la vieron por última vez?

—El mismo día en que la encontraron —concretó el hombre—. Se marchó a trabajar y desde entonces ya no la volvimos a ver. Pasamos la noche fuera de la ciudad, en casa de nuestros amigos de Selfoss, no muy lejos de Tryggvaskáli.

—No era más que un viaje corto y pensamos que ella estaría bien —explicó la mujer—. Oímos hablar en las noticias de la chica del Teatro Nacional pero, naturalmente, nunca la asociamos con nuestra Rósamunda. Cuando volvimos a casa ayer por la tarde ella no estaba y no volvió durante la noche, y hoy, por la mañana temprano, hemos llamado a la dueña del taller de costura, pero no nos ha podido dar ninguna noticia de ella salvo que ayer no fue a trabajar y que supuso que estaba enferma. Entonces hemos comenzado a sospechar...

—¿Por qué piensa que se relacionaba con un soldado norteamericano? —El padre, inclinándose hacia delante en su asiento, volvió sobre el tema.

—El forense les ha comunicado los resultados de la autopsia —explicó Flóvent—. De qué manera se produjo el fallecimiento y también que necesitó recurrir a alguien para...

—Nos ha informado de que hace poco le habían practicado un aborto. —La mujer completó la frase.

—Exacto, ¿sabían ustedes algo del aborto?

—No, no teníamos ni idea —confesó ella con dificultades—. Pobre criatura. Pienso en eso y se me cae el alma a los pies. No nos lo contó nunca y yo... yo no me percaté de nada. Debería haberme dado cuenta pero... lo ocultó tan bien.

—¿Fue un soldado norteamericano? —preguntó su marido—. ¿El que la mató?

—No sé nada al respecto —admitió Flóvent—. Creo que es una posibilidad a tener en cuenta dada la situación que se vive en Reikiavik estos días.

—¿Podría ser el mismo que la dejó preñada?

—No queda descartado —señaló Flóvent—. Aún no podemos sacar ninguna conclusión a partir de las pruebas de que disponemos.

El viejo matrimonio permaneció en silencio en sus asientos, con las manos sobre el regazo, y Flóvent se compadeció de ellos; percibía su pena silenciosa, su escepticismo y su desamparo ante aquel suceso incomprensible.

—Una muchacha tan guapa y tan buena como ella —se lamentó la madre—. No entiendo cómo puede ocurrir algo así. No me lo explico. No me cabe en la cabeza.

12

Konráð permaneció sentado junto a Vigga un largo rato, esperando que despertara mientras rememoraba su infancia en el barrio de las Sombras. A pesar de que la guerra había concluido años antes de su niñez, todavía se respiraba el auge que trajo consigo. Más tarde llegaría la época de los racionamientos. En sus recuerdos, el barrio de las Sombras era como un mundo diminuto separado del resto, con sus comercios y sus pequeñas y grandes empresas. La calle Lindargata lo seccionaba en dos, de oeste a este, flanqueada de un lado por los eruditos del arte y del otro por la industria alimentaria. En el extremo oeste, el Teatro Nacional enseñaba el trasero a la acera, como si fuera demasiado elegante para el barrio. Al este, los corderos lechales guardaban silencio en el patio del Matadero del Sur de Islandia. En aquella zona se erigían también la Biblioteca Nacional, para los sedientos de conocimiento, y el Tribunal Supremo, para los infractores de la ley. Entre ambos extremos se extendían casas de madera revestidas de chapa ondulada, o casas de piedra de dos o hasta tres plantas. Algunas se conservaban en buen estado, otras eran cochambrosas y estaban deterioradas. Casi todas disponían de pequeños jardines traseros orientados al sur, hacia el sol. En uno de los sótanos más miserables se había criado Konráð.

La gente del barrio se conformaba con lo que tenía, sin problemas, bien fueran obreros, profesionales de artes y oficios o algún que otro hombre rico. Unos bebían y otros eran abstemios. Unos iban a misa los domingos y celebraban la palabra del Señor, herrumbrosos y con cierto remordimiento tras la noche del sábado, y acompañaban de todo corazón al sacerdote cuando rezaba: «... y perdona nuestras deudas», otros se ponían el sombrero y paseaban por el centro con sus esposas, que quizás acababan de comprarse un abrigo nuevo, y se quitaban el sombrero para saludar distinguidamente. Las mujeres miraban los escaparates y admiraban los hermosos vestidos o las elegantes pamelas traídas de Copenhague o Londres. Los hombres aguzaban la vista hacia el mar para contemplar cómo llegaban los barcos, o tal vez veían pasar un flamante automóvil nuevo, como un sueño resplandeciente que recorría Austurstræti. Al mediodía, el olor a cordero asado invadía cada calle y cada rincón y después la gente se acostaba para hacer la digestión hasta la hora del café. Algún que otro hombre desaliñado se asomaba a la ventana de su casa en camiseta interior y le pedía a alguno de los chavales que jugaban en la calle que se acercara a la tienda para traerle una cerveza fría sin alcohol: «¡Puedes quedarte con la vuelta!», voceaba.

Konráð guardaba esos recuerdos muy vivos en su memoria y pensaba a menudo en aquellos tiempos en el barrio. Peculiarmente era su madre la encargada de salir a trabajar y llevar los garbanzos a casa. Por lo general, su padre no tenía trabajo fijo. Siempre estaba metido en todo tipo de trapicheos, en buena parte ilegales. Conforme Konráð se fue haciendo mayor, se dio cuenta de que los delitos y crímenes de poca monta eran su pan de cada día. Sus padres no debían cuidar de muchos hijos, tan solo de Konráð y de su hermana Elísabet. Konráð recordaba un continuo trajín de invitados, parientes del norte, amigas de su madre y ciertos amigos de su padre un tanto dudosos. No había nacido todavía cuando la farsa del médium se encontraba en pleno apogeo, pero sí recordaba las historias de su padre sobre las sesiones que se celebraban en su pequeño apartamento. Según decía nunca representó el papel de médium, aseguraba ser mal actor. Unas veces, el médium era hombre, otras mujer. El vidente preparaba el terreno preguntando si alguno de los presentes conocía a una tal Guðrún o, en su defecto, a un hombre llamado Sigurður, o si alguien reconocía un cuadro del monte Esja o si a alguno de los presentes le resultaba familiar el olor a bolitas de alcanfor que repentinamente llegaba al olfato del espiritista.

Lo más espectacular se producía cuando, como por arte de magia, se movían las mesas del salón y en ocasiones hasta las sillas, por doquier sonoros golpes retumbaban y hacían aparición los detalles más fascinantes de tiempos pasados que los asistentes recordaban de la vida de los fallecidos o bien identificaban por otros motivos. Aquello los llenaba de alegría y lo consideraban un claro signo de la verdad y la vida —y de que la vida había vencido a la muerte y esta no era más que un portal a un mundo distinto y mejor—. Se trataba de meros engaños instigados por su padre y sus compañeros. Jugaban con los sentimientos de las personas, algunas sumidas en una profunda aflicción, con el único fin de sacar unas míseras coronas. Cuando tiempo después hablaba de aquel fraude descarado, no podía vislumbrarse ni el más leve atisbo de remordimiento en las palabras del padre de Konráð. Decía haber visto la oportunidad durante el apogeo de la Sociedad de Estudios Espiritualistas en la época de la guerra. En aquellos años, dicha organización ocupaba un lugar destacado en la vida urbana de Reikiavik tras el reentierro del fantasma de Miklabæjar-Solveig en Skagafjörður, y el peculiar periplo de los restos mortales del poeta Jónas Hallgrímsson desde Copenhague hasta Þingvellir. Tras la aparición de sus espíritus en sendas reuniones de la sociedad no quedó más alternativa que acceder a sus peticiones de traslado. En aquel entorno prosperó el negocio espiritista del padre de Konráð, especialmente dotado para este tipo de actividades. Había quienes se consideraban con cualidades de médium pero necesitaban una pequeña ayuda para poner las cosas en marcha. Otros, en cambio, eran buenos actores, perceptivos ante las expresiones y el comportamiento de los más crédulos y habilidosos para sonsacarles información.

Konráð oyó un débil suspiro procedente del lecho y se tomó la libertad de apartar el edredón del rostro de Vigga. Allí estaba, desdentada, con las mejillas hundidas, la piel arrugada y seca como un desierto de arena y unos mechones de canas adheridos a su cabeza. Abrió los ojos, apenas una rendija.

—¿Vigga? —susurró Konráð—. ¿Puedes oírme?

No obtuvo ninguna reacción.

—¿Vigga? —preguntó de nuevo alzando la voz.

La anciana no movía ni un solo miembro ni articulación, su mirada débil apuntaba al infinito y no parecía oír nada.

—No sé si se me recuerdas, me llamo Konráð, vivía cerca de tu casa, en el barrio de las Sombras.

Ella no mostró reacción alguna y él permaneció en silencio junto a la cama. El enfermero que cuidaba de ella le había comentado que solo estaba consciente de tanto en tanto. No estimaba que le quedara mucho de vida, aunque añadió que desde hacía varios años venía diciendo lo mismo y todavía le sorprendía su tenacidad.

—Me gustaría saber si hace poco vino a verte un hombre llamado Stefán —explicó Konráð—. Stefán Þórðarson.

Vigga parpadeó.

—¿Recuerdas algo?

Konráð esperó algún tipo de reacción, pero no fue así.

—Cabe la posibilidad de que dijera llamarse Thorson —dijo con la esperanza incierta de que lo pudiera escuchar.

Pareció funcionar. Vigga giró la cabeza lentamente hacia él y lo miró con ojos apagados.

—¿Thorson? —repitió Konráð—. ¿Lo conoces?

Ella lo miraba fijamente en silencio.

—¿Vino aquí hace unos días para visitarte?

Vigga no reaccionó pero no apartó la mirada de Konráð.

—Thorson está muerto —le anunció Konráð—. Pensé que desearías saberlo en caso de que lo conocieras. Quizá lo hayas oído ya. Tengo entendido que vino hace poco a visitarte.

Vigga continuaba mirándolo.

—No sé si te acuerdas de mí. De pequeño vivía en el barrio de las Sombras, no muy lejos de tu casa. Me llamo Konráð.

—¿Có...?

Vigga trató de susurrar algo pero su voz era tan débil que Konráð no logró escucharlo.

—¿Perdón?

—¿Có... mo?

—¿Cómo? ¿Quieres decir que cómo murió? Una tragedia. Murió asfixiado. Probablemente asesinado.

Vigga hizo un gesto.

—¿Ase... sinado? —musitó débilmente, prácticamente sin voz.

—No sabemos quién lo hizo —explicó Konráð—. Vivía solo y lo encontraron muerto. Tengo entendido que vino aquí poco antes de morir y me gustaría preguntarte de qué lo conoces.

—Él... vino...

Vigga cerró los ojos.

—Encontré en su casa unos artículos sobre una joven hallada muerta junto al Teatro Nacional durante la Segunda Guerra Mundial —continuó Konráð—. La estrangularon. ¿Sabes por qué guardaba esos recortes? ¿Vino a verte por ese caso? ¿O por alguna otra razón? ¿Y de qué os conocíais? ¿De qué conoces a Stefán Þórðarson?

Las preguntas salían disparadas de la boca de Konráð, pero Vigga ya no parecía escucharlo.

—¿Por qué vino a verte, Vigga? ¿Por qué te visitó justo antes de morir?

La anciana se había quedado dormida. Konráð refrenó su impulso de querer despertarla y permaneció sentado junto a la cama, con calma y paciencia, mientras recordaba que no siempre fue una mujer malhumorada que soltaba blasfemias a los niños. Una vez, cuando Konráð tenía siete años, se atrevió a llamar a su casa temprano una mañana de domingo. Estaba vendiendo chapas de los Scouts y apenas le quedaban casas que visitar en el barrio excepto la suya. Hasta el momento la recaudación era escasa, solo logró vender una chapa, probablemente porque, lleno de entusiasmo, comenzó demasiado temprano y despertó a todos los vecinos que, fastidiados por las molestias, no dudaron en mandarlo a paseo. No entraba en sus planes atreverse a ir a casa de Vigga, pues siempre la evitaba como al diablo, pero por alguna razón dejó a un lado su falta de valor y, antes de poder darse cuenta, estaba llamando a su puerta. Dejó pasar un buen rato y, cuando estaba a punto de salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde la puerta se abrió y Vigga lo miró fijamente agachando la cabeza.

—¿Qué quieres de mí, muchacho? —preguntó mientras buscaba con la mirada a otros mequetrefes que pudieran estar escondidos para burlarse de ella.

No divisó a nadie.

—Yo... Estoy vendiendo chapas —tartamudeó.

—¿Chapas? Pero ¿qué tontería es esa?

—Chapas... Chapas de los Scouts.

—¿Pretendes que te las compre? ¿Un renacuajo como tú? ¿Quieres pasar?

Konráð vaciló y dijo la verdad:

—No.

Vigga le lanzó una mirada asesina y él pensó que tal vez debería haber respondido «no, gracias». Cuando se disponía a rectificar, comenzó a retumbar algo dentro de ella y, de repente, soltó una carcajada de caballo; se reía tanto que tuvo que apoyarse en la puerta.

En el momento en que Konráð comenzaba a darse la vuelta para bajar la escalera, ella dejó de reírse.

—Venga, está bien, te compraré unas chapas, chiquillo. Espera mientras voy a buscar el dinero.

Le compró tres chapas y él le prometió que nunca más llamaría a su puerta, bajo ningún concepto, y que no volvería a verle el pelo.

Konráð contemplaba a la anciana bajo el edredón y todavía podía escuchar su risa en aquella remota mañana de domingo. De pronto, ella abrió los ojos y lo miró.

—¿Th... orson?

Su susurro era casi imperceptible.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Konráð.

—¿Eres... tú..., Thorson?

Konráð no sabía qué responder.

—No soy Thorson, si...

Vigga cerró los ojos.

—¿Por qué Thorson guardó durante años unos recortes relacionados con el caso de la chica muerta junto al Teatro Nacional? —probó de nuevo Konráð.

No obtuvo respuesta.

No servía de nada preguntar. Vigga estaba dormida de nuevo. Continuó sentado junto a ella un buen rato y después se levantó con la intención de marcharse. Se atrevió a acariciar suavemente su mejilla. En otros tiempos le había causado miedo y temor, pero ya no. Descansaba envuelta en serenidad. Konráð se dirigía hacia la puerta cuando le pareció oír su voz.

Se giró.

—¿Qué has dicho?

Vigga abrió la boca, parecía como si no fuera capaz de articular las palabras.

—¿Thorson? ¿Eres... tú otra vez? ¿Has venido... a preguntar por la chica?

—Sí —dijo Konráð por decir algo.

—No fue... solo ella... Hubo... otra más —susurró Vigga bajo el edredón, ronca y afónica a causa de la edad—. Otra que desapareció... Y los elfos... los elfos...

—¿Otra chica? —Se inclinó sobre ella para escuchar mejor—. ¿De quién hablas?

—No... la encontraron nunca... No encontraron los huesos...

13

Un grupo de doce soldados norteamericanos se aglomeraba en una sala de la comisaría del ejército, en el campamento de barracas de Laugarnes. La Policía Militar había recorrido el área de Reikiavik para reunirlos y llevarlos hasta allí sin darles ninguna explicación. Se contaban entre ellos nueve soldados rasos, un teniente y dos empleados de cantina, uno de los cuales trabajaba en la base estadounidense de Hvalfjörður. Aún no sabían que el nombre de pila de todos era Frank cuando se abrió la puerta y Thorson los saludó. Cuatro policías militares armados vigilaban a los hombres. Flóvent había telefoneado a Thorson tras su encuentro con los padres de Rósamunda para informarle de que, además de reconocer a la joven, descartaban que hubiera estado con un militar norteamericano o que conociera a alguno.

Se dispuso a los hombres en fila de a uno y mirando al frente. Dos o tres exigieron explicaciones sobre aquel procedimiento, pero Thorson les rogó que mostraran paciencia, les agradeció su colaboración con la policía en un caso complicado y les informó de que les permitirían marcharse enseguida. En ese momento entró Flóvent en la sala acompañado de Ingiborg, que reconoció a su Frank de inmediato.

La joven se dirigió hasta él y este le sonrió con frialdad e incomodidad mientras el resto de los hombres los contemplaban sin comprender todavía qué hacían en manos de la policía ni de qué tipo de juego estaban siendo partícipes.

Thorson se colocó junto a Ingiborg.

—¿Es él?

—Sí. Este es Frank Carroll. Si es que se llama así.

Frank miró a Thorson y asintió.

—I’m Frank Carroll —dijo en voz baja.

—¿Por qué me mentiste? —preguntó Ingiborg a Frank lanzándole una mirada herida. Él no entendió lo que decía, pero sí el dolor en sus palabras—. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres?

—Sorry. I...

—¿Eran embustes todo lo que me contaste? —susurró ella—. ¿Sobre nosotros? ¿Sobre todo lo demás?

Frank evitaba mirarla a los ojos. Thorson se dirigió a los otros militares, les agradeció de nuevo su ayuda y les dio permiso para marcharse, anunciándoles que quedaban libres de cualquier obligación. Los hombres se miraron estupefactos y comenzaron a mascullar entre dientes mientras salían de la sala. Ingiborg se giró hacia Flóvent.

—¿Puedo irme yo también?

—Sí —respondió él—. ¿Quieres que te llevemos a casa en coche?

—No, ya me las apañaré —respondió, y se apresuró a salir sin mirar a Frank.

El militar se quedó contemplando cómo se marchaba; era difícil leer en su rostro lo que pasaba por su cabeza. Pese a todo, Thorson sí advirtió la ausencia de cualquier gesto que evidenciara su pesadumbre.

Los tres hombres se sentaron en cuanto se quedaron a solas y Frank encendió un cigarrillo mientras miraba alternativamente a Flóvent y Thorson.

—¿Es por la chica que encontramos?

—Sí —respondió Thorson.

—Ese asunto no tiene nada que ver conmigo —dijo él.

—¿Por qué saliste corriendo entonces? —preguntó Thorson.

—Porque no tenía nada que ver conmigo —insistió Frank—. No sé nada al respecto. No conocía a esa chica. No os puedo ayudar. Lo supe en cuanto la vi y decidí hacer lo más adecuado, irme de allí. ¿Se puso Ingiborg en contacto con vosotros? ¿Perdió los nervios?

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó Thorson sin responder a sus preguntas.

—Frank Ruddy.

—¿Por qué usabas un nombre falso?

El norteamericano se encogió de hombros como si, de algún modo, fuera obvio.

—Tampoco eres sargento —continuó Thorson—. También en eso le mentiste a la muchacha. ¿Es que ser soldado raso no bastaba para impresionarla?

—Les gusta más si tienes algún grado —explicó Frank—. No reconocen los uniformes. No entienden las insignias.

—Ya, y no pasa nada por mentirles —intervino Flóvent.

Sabía que no era necesario traducirle sus palabras a Flóvent, su compañero hablaba un inglés excelente, con un ligero acento escocés, debido a que durante un tiempo trabajó para la Policía Judicial de Edimburgo. Frank guardó silencio.

—Aquí consta que estás casado y tienes dos hijos —afirmó Thorson tras hojear unos documentos—. ¿Estás separado?

—No —respondió Frank, quien no veía ningún motivo para continuar mintiendo, sospechaba que no tardarían en comprobar cualquiera de sus respuestas y averiguar la verdad—. No quería que Ingiborg se enterara de que estaba casado. Por eso salí corriendo.

—¿No querías que supiera que eres padre de dos hijos y tienes una esposa en el oeste de Illinois? —preguntó Flóvent.

—Exacto —confirmó Frank—. Pensé que, si nos convocaban como testigos, se averiguaría todo y no quería hacerle daño a Ingiborg.

—Un caballero en toda regla —se admiró Thorson—. ¿Tienes más mujeres aparte de ella?

—¿Más?

—Más mujeres islandesas, quiero decir. ¿Te ves con otras? ¿Además de con Ingiborg?

Frank dudó un instante.

—De acuerdo, os lo contaré para que no penséis que miento —admitió—. Digo la verdad: he tenido algunos encuentros con otra. Eso es todo. No hay más mujeres.

—¿Sabe Ingiborg algo de ella? —preguntó Flóvent.

—No. Y ella no sabe nada de Ingiborg.

—Así que en realidad tenías más de un motivo para huir del lugar de los hechos —concluyó Thorson contrariado.

—No quiero buscarme problemas.

—¿Estás seguro de que los líos de faldas son la única razón?

—¿Qué quieres decir?

—¿No será que no dices más que burdas patrañas? Como el nombre que te inventaste, ¿de dónde te lo has sacado? ¿Quién es ese Carroll?

—Un actor de Hollywood. Ponían una película suya aquí cuando conocí a Ingiborg. The Flying Tigers.

—Los tigres voladores, de John Wayne —aclaró Flóvent a Thorson en islandés—. La he visto. El actor se llama John Carroll. En esto no miente.

—Eso es —insistió Frank avergonzado—. John Carroll. Estábamos en el cine y ella me preguntó que cómo me llamaba además de Frank y entonces vi el nombre de John Carroll en la pantalla y todo salió espontáneamente, no me lo pensé mucho.

—¿Por qué saliste corriendo del Teatro Nacional, Frank? —contraatacó Thorson inesperadamente.

—Ya he...

—¿Fue porque reconociste a la chica en cuanto la viste?

—No. No nunca la había visto.

—¿Has oído alguna vez el nombre Rósamunda?

—No. ¿Quién es?

—La chica asesinada.

—Jamás oí ese nombre —aseguró Frank—. Lo juro. No conocía a esa chica de nada. Jamás la he visto, nunca. ¿Habéis hablado ya con el hombre que estaba de pie en la esquina?

—¿Qué hombre? —preguntó Thorson.

—El que estaba en la esquina, allí, detrás del teatro.

—¿La esquina? ¿Dónde?

—¿Dónde? No sé cómo se llama esa calle. Cuando llegamos a la parte de atrás del teatro él estaba fumando en la esquina, pero cuando volví a mirar ya se había ido.

—¿Cómo era ese hombre?

—No lo sé. No era militar, no llevaba uniforme, sería seguramente islandés. De todos modos no lo vi bien. Estaba oscuro. Simplemente reparé en que estaba cerca y me pareció que fumaba un cigarrillo, pero cuando quise comprobar si continuaba allí, se había esfumado.

—¿Quedaba a tu derecha o a tu izquierda de la parte trasera del teatro?

—En la siguiente esquina a la derecha, al otro lado de la calle —matizó Frank dándose una palmada en el brazo derecho para enfatizar su respuesta.

—¿Qué calle hay ahí? —preguntó Thorson girándose hacia Flóvent.

—El Pasaje de las Sombras. Está hablando de la esquina de Lindargata con el Pasaje de las Sombras.

—Ingiborg no mencionó a ese hombre.

—Será que no lo vio. Yo me fijé apenas un segundo. Pero estaba allí, de pie. No me lo estoy inventando.

—¿Y qué hacía?

—Nada. Fumaba junto a la esquina. Y, luego, desapareció.

Thorson quiso bajar al Pasaje de las Sombras a pesar del tiempo transcurrido desde que Frank divisara al hombre. Flóvent y él aparcaron el vehículo junto a Lindargata, caminaron hasta la esquina con el Pasaje de las Sombras y buscaron rastros del fumador. Salvo una luz mortecina procedente del pasaje, el lugar se encontraba prácticamente sumido en la oscuridad ya que la farola de la esquina estaba estropeada y la siguiente quedaba demasiado lejos. Thorson llevaba consigo una linterna e iluminó exhaustivamente todo el perímetro. No sabían lo que estaban buscando y no encontraron más que dos colillas pisadas en la acera, de la marca estadounidense más popular.

—¿De qué marca son? —preguntó Flóvent.

—Lucky Strike —respondió Thorson.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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310 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788490560907
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