Читать книгу: «Naturaleza hostil»
Título original: Furðustrandir
© Arnaldur Indridason, 2010.
© de la traducción: Fabio Teixidó Benedí, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO353
ISBN: 9788491871736
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Cita
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
Arnaldur Indridason
Otros títulos Arnaldur Indridason en RBA
Sed brisa, oh versos míos, entre los juncos de Estigia, que vuestro canto sereno arrulle a los que esperan.
SNORRI HJARTARSON
1
Ya no tiene frío. Al contrario: un extraño calor le recorre el cuerpo. Pensaba que su calor interno se había agotado, pero ahora lo siente fluir por los brazos y las piernas. De pronto, nota el rostro encendido.
Está tumbado en la oscuridad. Sus pensamientos se tambalean caóticamente y apenas distingue la frontera entre el sueño y la vigilia. Le cuesta concentrarse para analizar la situación. Pierde y recobra el conocimiento continuamente. No siente ningún malestar sino un agradable sopor. En su mente revolotean sueños, visiones, sonidos y lugares que le son a la vez familiares y ajenos. El cerebro lo engaña oscilando entre el pasado y el presente, a través del tiempo y el espacio. Apenas puede controlar el vaivén de su mente. Tan pronto está sentado en el hospital, junto a la cama de su madre moribunda, como sumido en el oscuro invierno, tumbado en el suelo de la casa abandonada que una vez fue su hogar. Debe de tratarse de una alucinación.
—¿Qué haces aquí tumbado?
Se incorpora en el suelo y percibe una figura junto a la puerta.
Un viajero parece haber llegado a su casa. No entiende la pregunta.
—¿Qué haces aquí tumbado? —pregunta de nuevo el viajero.
—¿Quién eres? —pregunta él.
No distingue la cara del hombre, no lo ha oído entrar, solo ve su silueta. Lo escucha repetir una y otra vez su exasperante pregunta.
—¿Qué haces aquí tumbado?
—Vivo aquí. ¿Quién eres?
—Voy a pasar la noche contigo, si me dejas.
El hombre se sienta a su lado, en el suelo. Ha encendido una pequeña hoguera. Nota el calor en el rostro y estira los brazos hacia el fuego. Solo una vez en su vida ha sentido tanto frío.
—¿Quién eres? —insiste.
—He venido para escucharte.
—¿Escucharme? ¿Quién está contigo?
Tiene la impresión de que no están solos. Una presencia invisible acompaña al hombre.
—¿Quién está contigo? —vuelve a preguntar.
—Nadie —responde el viajero—. He venido solo. ¿Vivías aquí?
—¿Eres Jakob?
—No, no soy Jakob. Me sorprende que estas paredes no se hayan venido abajo. Ya veo que es una casa muy sólida.
—¿Quién eres? ¿Bóas?
—Pasaba por aquí.
—¿Ya has estado aquí antes?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años. Cuando todavía vivía gente en este lugar. ¿Qué fue de ellos? ¿Sabes que les pasó?
Tumbado boca arriba en la negrura, el frío le impide moverse. Está solo de nuevo. El fuego se ha extinguido y la casa abandonada ha desaparecido. Inmerso en la helada oscuridad, siente que el calor comienza a abandonarle los pies, las manos, el rostro.
Vuelve a oír un crujido en alguna parte.
Se aproxima desde las gélidas profundidades y se escucha cada vez con mayor intensidad. Pronto lo acompañan desgarradores gritos de angustia.
2
Desde los pies del risco Urðarklettur, vio que el cazador de zorros se acercaba a paso lento. Se saludaron amablemente bajo la llovizna. Sus palabras rasgaron el silencio, como procedentes de otro mundo.
El sol llevaba varios días sin dejarse ver. Una espesa niebla envolvía los fiordos y en los próximos días se esperaba un descenso de las temperaturas y precipitaciones de nieve. La naturaleza se sumergía en su letargo invernal. El cazador le preguntó qué hacía en aquel páramo por donde ya no pasaban más que viejos canallas como él, con la intención de reducir la población de zorros. Obvió la pregunta y le dijo que venía de Reikiavik. El cazador le contó que había visto a alguien merodear por la casa abandonada del fiordo.
—Seguro que era yo —dijo él.
El cazador no hizo más preguntas, pero le contó que era el dueño de una granja vecina y que iba solo.
—¿Cómo te llamas?
—Erlendur —respondió.
—Me llamo Bóas —dijo el hombre mientras se estrechaban la mano—. Por las rocas del páramo vive un depredador que ataca al ganado, una alimaña que se está tomando demasiadas confianzas.
—¿Un zorro ártico?
Bóas se acarició el mentón.
—El otro día lo vi merodear por los establos. Mató un cordero delante de mis narices y le pegó un buen susto a todos los demás.
—¿Y vive por esta zona?
—Salió escopeteado en esta dirección.Ya me lo he encontrado dos veces y creo que sé por dónde se mete. ¿Vas hacia el páramo? Puedes venir conmigo si quieres.
Se lo pensó un segundo y asintió. El granjero parecía contento con su decisión; seguramente agradecía la compañía. Cargaba con un rifle de caza y una cartuchera en un hombro y un viejo morral de cuero en el otro. Vestía un anorak raído, verde oscuro, y unos pantalones impermeables del mismo color. De baja estatura, sus movimientos eran ágiles pese a tener seguramente más de sesenta años. Llevaba la abundante maraña de pelo al descubierto y el viento le batía el largo flequillo contra los ojos de mirada inquieta. Tenía una nariz torcida y aplastada, como si se la hubiera roto tiempo atrás y nunca se la hubieran recompuesto. La barba, espesa y desarreglada, solo dejaba asomar su boca al hablar, cosa que ocurría a menudo ya que el cazador era un hombre dicharachero que parecía tener opinión sobre todo lo habido y por haber. No obstante, procuraba no preguntarle a Erlendur sobre sus andanzas o las razones por las que había elegido la casa abandonada de Bakkasel para alojarse.
Erlendur se había acomodado en la vieja finca. El tejado seguía prácticamente intacto, aunque el techo goteaba y tenía algunas vigas podridas. Aun así, había logrado encontrar un rincón de suelo seco en la estancia donde una vez había estado el salón. Había comenzado a llover y el viento aullaba al recorrer las paredes, que aun estando desnudas lo resguardaban del frío y la humedad. Su lámpara de gas le ofrecía algo de calor, pero la usaba con moderación para que durara lo máximo posible. Salvo el pálido resplandor que proyectaba la llama sobre él, lo rodeaba una oscuridad tan profunda como el interior de un ataúd.
Al cabo del tiempo, algún banco había adquirido la casa y el terreno. Erlendur no tenía ni idea de quién podría ser el propietario en ese momento. En todo caso, nadie se quejaba de que se alojara en la finca abandonada en sus viajes al este. No llevaba mucho equipaje. Había aparcado su coche alquilado frente a la casa, un pequeño todoterreno azul que había recorrido con ciertas dificultades el camino de acceso, apenas distinguible bajo un manto de maleza que nunca había estado allí. Poco a poco se iban borrando las huellas de quienes habían habitado aquel lugar. Inexorablemente, la naturaleza se encargaba de hacer desaparecer la granja.
Continuaron ascendiendo hacia el páramo. La visibilidad empeoró progresivamente hasta que los rodeó por completo una niebla blanquecina. Caminaban bajo la llovizna e iban dejando sus huellas en la tierra húmeda. Atento al canto de los pájaros, el cazador trataba de detectar el rastro de su enemigo. Erlendur lo seguía en silencio. Nunca había aguardado junto a una madriguera, nunca había cazado un animal, nunca había pescado ni en ríos ni lagos y mucho menos había abatido una presa de gran tamaño, como un reno. Bóas parecía haberle leído el pensamiento.
—Tú no cazas, ¿verdad? —le preguntó haciendo un breve descanso.
—No, no cazo.
—Bueno, yo me crie así —le explicó Bóas mientras abría su morral de cuero. Sacó un pedazo de pan de centeno y se lo ofreció a Erlendur acompañado de un trozo de paté de cordero endurecido por el frío—. Estos días salgo más que nada a cazar zorros —continuó—. Para pararles los pies. Cada vez incordian más, benditas criaturas. Si es que se puede hablar así de ellos. Nunca he tenido nada en su contra. Tienen tanto derecho a vivir como cualquier otro ser. Pero hay que mantenerlos lejos del ganado. Todo debe estar en armonía.
Se deleitaron con el pan de centeno y el paté, que seguramente había elaborado el propio Bóas. La combinación era deliciosa. Erlendur no llevaba comida y no sabía por qué había aceptado aquella invitación, tan inesperada como amable. Quizá lo había hecho por su propia necesidad de compañía. Llevaba días sin ver a nadie y pensó que también sería el caso de ese tal Bóas.
—¿A qué te dedicas en Reikiavik? —le preguntó el granjero.
No contestó inmediatamente.
—Yo y mi puñetera curiosidad —comentó Bóas.
—No pasa nada —señaló—. Soy policía.
—Ese no puede ser un trabajo muy divertido.
—No. Bueno, a veces.
Retomaron el ascenso hacia el páramo. Erlendur procuraba pisar el brezo con cuidado y de vez en cuando se agachaba para acariciar la vegetación mientras trataba de recordar si alguna vez, de niño, había oído el nombre de Bóas. Pero no le venía a la memoria. Por otra parte, dado el poco tiempo que había vivido en aquel lugar, no era de extrañar que no se acordara de ningún nombre. En su casa apenas se veían armas de fuego. Conservaba el vago recuerdo de un hombre que una vez había parado en su casa con un rifle y había hablado con su padre mientras señalaba hacia el río. También recordaba que el hermano de su madre tenía un todoterreno y cazaba renos. Guiaba a cazadores que venían de la capital a las zonas donde habitaban los renos y traía a la familia una carne que era exquisita cocinada a la sartén. Pero no le sonaba nada relacionado con la caza del zorro ni con ningún granjero llamado Bóas. Aunque, al fin y al cabo, se había mudado de pequeño y había perdido todo vínculo con la región.
—En las madrigueras de los zorros puedes encontrar de lo más extraño —observó Bóas sin aminorar el paso—. No les suele faltar de comer. Bajan hasta la orilla del mar en busca de moluscos, cangrejos o alcas muertas arrastradas por el mar. Aparte, las crías comen bayas y algún que otro ratoncillo de campo. Y, si tienen suerte, igual encuentran los restos de alguna oveja o algún cordero. Pero luego llegan las alimañas con ganas de carne fresca y se acabó la paz. Entonces es cuando Bóas tiene que ir a por su rifle para cargárselas, aunque no le haga gracia.
Sin tener claro si el granjero estaba simplemente pensando en voz alta, Erlendur optó por guardar silencio. Atravesaba el mullido brezal siguiendo los pasos del cazador y disfrutando del frescor de la llovizna en el rostro. Aunque conocía bien el páramo, se había dejado guiar por Bóas y no estaba muy seguro de dónde se encontraban. El granjero caminaba despreocupadamente pero con decisión, y parloteaba sin considerar si su nuevo compañero de excursión estaba escuchando o no.
—Con las obras han cambiado algunas cosas —comentó antes de pararse y sacar unos prismáticos de su morral—. La naturaleza no es la misma. Probablemente los pobres zorros lo estén percibiendo. Puede que ya no se atrevan a bajar a la orilla por culpa de la planta industrial y el continuo trasiego de barcos, ¿qué se yo? Debemos de estar llegando ya —añadió guardando los prismáticos.
—Viniendo de Reikiavik vi las obras de la fundición de aluminio —comentó Erlendur.
—¡El engendro ese! —exclamó Bóas.
—También he ido a ver las obras de la presa. Jamás he visto nada tan grande.
Mientras continuaban su ascenso, pudo escuchar a Bóas farfullar irritado. «Mira que haberlo permitido...», le pareció oír. Siguió caminando detrás de él y se puso a pensar en las razones por las que se estaba construyendo una gigantesca fundición de aluminio en Reyðarfjörður y en los descomunales cargueros que atracaban en el muelle con materiales para la construcción de la propia planta y de la central hidroeléctrica que la abastecería de energía. No entendía cómo demonios el frívolo capitalismo estadounidense había conseguido adueñarse de un sosegado fiordo islandés y de las intactas tierras desérticas del interior del país.
3
Bóas se detuvo en el pedregal y con un gesto le indicó a Erlendur que lo imitara. Este obedeció, se agazapó y escudriñó la niebla.
Pasó un rato sin que detectara ningún movimiento hasta que, de pronto, se encontró con los ojos de un zorro. El animal se hallaba a unos quince metros de distancia y los miraba fijamente con las orejas erguidas. Bóas agarró su rifle con tanto cuidado que su gesto fue casi imperceptible, pero al zorro le bastó para salir corriendo ladera arriba y desaparecer de su vista.
—Pobrecillo —dijo el cazador levantándose y echándose el rifle al hombro antes de continuar su camino.
—¿Es esa la alimaña que decías? —preguntó Erlendur.
—Sí, ese es el mequetrefe. Me conozco las madrigueras de esta zona como la palma de mi mano y me parece que nos estamos acercando. Utilizan las mismas de generación en generación, así que algunas son muy antiguas, aunque no creo que ninguna se remonte a la última glaciación.
Inmersos en el silencio de la naturaleza, continuaron caminando hasta llegar a un pequeño escondite construido con unas rocas cubiertas de musgo. Bóas le dijo que descansara un poco y añadió que habían tenido suerte con la dirección del viento y que tenía que examinar mejor los alrededores. Erlendur se sentó en el musgo y esperó paciente al cazador. Repasó mentalmente sus conocimientos sobre el zorro ártico y recordó que lo llamaban «el primer colonizador» porque había llegado a la isla a finales de la glaciación, diez mil años atrás. Teniendo en cuenta cómo bendecía al zorro y hablaba de él como si fueran viejos amigos, le pareció que Bóas mostraba un gran respeto hacia el animal. Con todo, si lo consideraba necesario, lo cazaba, le arrancaba la vida y aniquilaba a su progenie como si se tratara de cualquier otra labor doméstica.
—Está aquí, el pobrecillo, solo hay que tener un poco de paciencia —anunció Bóas al volver y tumbarse junto a Erlendur en el escondite de piedra. Se quitó del hombro el rifle y la cartuchera, dejó apoyado en el suelo el morral de cuero, sacó una petaca y se la ofreció a Erlendur, que frunció el ceño al probar su contenido. Por lo visto, Bóas elaboraba también licores caseros, pero no parecía un destilador particularmente talentoso ni paciente.
—¿Qué más dará si hay zonas que se quedan despobladas? —preguntó Bóas al recuperar la petaca—. Total, ya estaban deshabitadas cuando llegamos, ¿por qué no pueden volver a estarlo cuando nos marchemos? —prosiguió—. ¿Por qué tenemos que vender nuestra tierra a unos especuladores para impedir la despoblación? ¿Me lo sabrías decir? La gente viene y va. ¿No es lo normal del mundo?
Erlendur se encogió de hombros.
—Mira el pobre Hvalfjörður, ahí, al lado de tu casa —continuó Bóas—. ¡Tiene dos monstruos escupiendo veneno todo el día sobre el país! ¿Y para quién? ¡Para cuatro millonarios extranjeros que no sabrían ni situar Islandia en el mapa! ¡¿Es que acaso somos el horno de esa panda?!
Volvió a ofrecerle la petaca a Erlendur, que en esa ocasión bebió con mucha más precaución. Bóas metió de nuevo la mano en el morral y sacó un objeto que despidió un olor hediondo cuando retiró el plástico en el que estaba envuelto. Era un trozo de carne que había comenzado a pudrirse. Lo lanzó lo más lejos posible en dirección a la madriguera, se limpió las manos en el musgo y se tumbó de nuevo con el rifle a su lado.
—Saldrá pronto, atraído por el olor —aseguró.
Esperaron en silencio bajo la llovizna.
—Ya me imaginaba que no te acordarías de mí —comentó Bóas tras un largo silencio.
—¿Debería? —preguntó Erlendur entre toses.
—No, me extrañaría —respondió Bóas—. Estabas fuera de ti en aquella época. Además, no conocía a tus padres, no tenía relación con ellos.
—¿Cómo que estaba enajenado?
—Durante la búsqueda, hace mucho tiempo —aclaró Bóas—. Cuando os perdisteis tu hermano y tú.
—¿Estabas?
—Sí, participé en la búsqueda. Todo el mundo lo hizo. He oído que vienes al este de vez en cuando y subes al páramo, que vagas por aquí como un fantasma y te quedas a dormir en la casa abandonada de Bakkasel. Todavía piensas que puedes encontrarlo.
—No, no lo pienso. ¿Es eso lo que dice la gente?
—A veces los mayores recordamos viejas historias y alguien mencionó que todavía subías al páramo. Y algo me dice que es verdad.
Erlendur no quería tener que justificarse ante un desconocido ni darle explicaciones sobre su vida. Aquella era la tierra de su infancia y la visitaba cuando sentía la necesidad. Caminaba mucho por la región y prefería pasar la noche en la finca abandonada antes que meterse en un hotel. A veces montaba su tienda de campaña y otras dormía sobre su esterilla en alguna zona seca del interior de la casa.
—¿Te acuerdas de la búsqueda? —le preguntó.
—Recuerdo cuando te encontraron —dijo Bóas sin desviar la mirada del trozo de carne—. De hecho, yo no formaba parte de ese grupo, pero enseguida se corrió la voz y fue una inmensa alegría para todos. Estábamos convencidos de que también encontraríamos a tu hermano.
—Murió.
—Sí, está claro.
Erlendur guardó silencio.
—Era algo más joven que tú —dijo Bóas.
—Sí. Nos llevábamos dos años. Él tenía ocho.
Siguieron esperando en silencio hasta que Bóas notó de repente un ligero cambio en el ambiente. Erlendur no percibió nada y pensó que tendría que ver con el vuelo de los pájaros. Pasado un momento, el cazador se relajó de nuevo. Bóas le ofreció otro trozo de paté duro de cordero, pan de centeno y más licor nauseabundo de su petaca. La niebla se posó sobre ellos como un suave manto de plumón blanco. Salvo algún gorjeo puntual que se escuchaba en la bruma, todo estaba en la calma más absoluta.
No se acordaba de nadie en especial que hubiera participado en la búsqueda. Cuando había recobrado el conocimiento lo estaban bajando urgentemente del páramo, congelado como un bloque de hielo. Se acordaba de la leche tibia que le habían hecho tragar por el camino. Después había quedado inconsciente y ya no había sabido nada más hasta que se había visto en su propia cama, aturdido y con un médico inclinado sobre la cabeza. Escuchaba voces desconocidas en la casa y sabía que había ocurrido algo horrible, pero no conseguía recordar qué. Entonces le había venido a la cabeza. Su madre lo había abrazado con fuerza y le había dicho que su padre estaba vivo, que había conseguido llegar a casa con muchas dificultades. Todavía buscaban a su hermano, pero estaban seguros de que lo encontrarían pronto. Le había preguntado si podía ayudar a los equipos de búsqueda dándoles indicaciones, pero él le había dicho que solo recordaba una tempestad blanca que rugía mientras lo embestía y lo tiraba al suelo hasta dejarlo sin fuerzas para levantarse.
Vio a Bóas empuñar el rifle con firmeza cuando el zorro emergió de pronto entre la niebla, caminando prudentemente hacia el cebo. Se acercó olisqueando el aire y antes de que pudiera preguntarle a Bóas si era necesario dispararle, el cazador ya había apretado el gatillo y el animal había caído al suelo. Bóas se levantó y fue a buscar el animal muerto.
—¿Te apetece un café? —preguntó el granjero mientras regresaba al escondite con la pieza. Sacó un termo del morral y desenroscó dos tapas que utilizó como tazas. Le ofreció una a Erlendur, llena de café humeante, y le preguntó si quería leche. Erlendur se lo agradeció, pero le dijo que lo tomaba solo.
—Tienes que echarle leche, hombre, si no es antinatural —reparó Bóas mientras hurgaba en el morral sin encontrar lo que estaba buscando—. ¡Mecachis! —exclamó—, me la he dejado.
Le dio un sorbo al café, pero le pareció imposible de beber. Visiblemente consternado, miraba a su alrededor palpándose todos los bolsillos, como si hubiera planeado llevarse una botellita de leche pero se la hubiera olvidado. Finalmente detuvo la mirada en la zorra muerta que yacía a su lado.
—No valdrá de nada, pero intentémoslo —dijo Bóas antes de agarrar el animal y buscarle las mamas, solo para concluir que no obtendría nada de ellas.
4
Mientras caminaba a paso lento hacia una de las casas de la población de Reyðarfjörður, reparó en que una mujer tras una ventana lo miraba fijamente. Se diría que llevaba todo el día esperándolo. En todo caso, Erlendur no la había avisado de su visita y ni siquiera estaba seguro de estar haciendo lo correcto. Pero su curiosidad era más fuerte que cualquiera de sus dudas.
Al llegar al páramo, Erlendur le había preguntado a Bóas acerca de una historia que había oído una vez de pequeño y que nunca se había podido quitar de la cabeza desde entonces. Sus padres y la mayoría de los vecinos la conocían; probablemente, formaba parte de las razones por las que había hecho ese viaje a los fiordos del este.
—Entonces ¿te metiste a policía? —le había preguntado Bóas—. ¿O sea, que diriges el tráfico ahí, en Reikiavik?
—Durante un tiempo fui agente de tráfico, pero eso fue hace mucho —había respondido—. Y no sé si lo habrás oído, pero hoy usamos lo que se llaman semáforos.
Bóas había sonreído ante la indirecta. Llevaba el zorro al hombro. Con el anorak manchado de sangre, había tratado de limpiarse las manos frotándolas en el musgo húmedo. Tenía asumido que iba a pasar toda la noche en el páramo, pero la caza había terminado tan pronto que esperaba llegar a casa antes del anochecer.
—Has vivido aquí toda tu vida, ¿verdad? —le había preguntado Erlendur.
—Nunca soñé con vivir en otro sitio —había respondido el cazador—. No hay mejor gente en todo el país.
—Entonces conocerás la historia de la mujer que desapareció cruzando el paso de Hrævarskörð.
—Algo me suena, sí —había afirmado Bóas.
—Se llamaba Matthildur —le había recordado Erlendur—. Iba sola.
—Me acuerdo bien de su nombre.
Bóas se había detenido y había mirado a Erlendur.
—¿Qué decías que hacías en la policía?
—Investigar casos.
—¿De qué tipo?
—De toda clase: crímenes graves, homicidios, delitos de violencia.
—¿La flor y nata de la sociedad?
—Podría decirse.
—¿Y desapariciones?
—También.
—¿Se dan muchas?
—No, la verdad.
—La historia de Matthildur desaparecerá con nosotros, los ancianos —había comentado Bóas.
—La oí por primera vez en casa de mis padres —había dicho Erlendur—. Mi madre conocía un poco a la mujer y la historia siempre me ha parecido un tanto...
Había buscado la palabra adecuada.
—Misteriosa —había sugerido Bóas.
—Curiosa —había matizado Erlendur.
Bóas había dejado en el suelo todo lo que llevaba encima, había estirado la espalda mirando hacia el mar y entre la niebla había distinguido, en la distancia, el pueblo a orillas del fiordo. Al acercarse al risco Urðarklettur, había comenzado a hacer frío y a oscurecer. Bóas había vuelto a cargarse la presa al hombro. Erlendur se había ofrecido a llevarla, pero, según Bóas, no hacía falta manchar más ropa de sangre.
—Me imagino que te interesarán las historias de ese tipo —había comentado refiriéndose a las desapariciones.
Lo había dicho más para sí mismo que para Erlendur y se había quedado un rato pensativo antes de continuar bajando por las rocas sueltas y las laderas cubiertas de brezo.
—Entonces, ¿conoces también la historia de los soldados británicos que murieron por congelación en el páramo durante la Segunda Guerra Mundial? —había añadido—. Eran miembros de las tropas de ocupación destinadas a Reyðarfjörður.
Erlendur le había explicado que también había oído hablar de ese suceso en su infancia y que más tarde había leído sobre lo ocurrido, pero eso no había impedido que Bóas lo rememorara igualmente. Su pregunta había sido meramente retórica: no iba a perder la oportunidad de contar una buena historia.
Unos sesenta soldados, todos ellos jóvenes británicos, habían salido de excursión con la idea de caminar desde Reyðarfjörður hasta Eskifjörður atravesando el paso de Hrævarskörð, donde los había sorprendido una terrible tormenta. El paso resultaba intransitable debido a la presencia de hielo y, en lugar de regresar, habían penetrado más hacia el interior por el valle de Tungudalur y habían bajado hasta el páramo de Eskifjarðarheiði. Había ocurrido a finales de enero. A lo largo de la jornada, el cielo se había oscurecido y se había desatado un violento temporal que había frustrado la intención de los soldados de llegar a su destino a la luz del día.
Por la noche, mientras el dueño de la granja Veturhús, situada al fondo de Eskifjörður, se abría paso entre el vendaval hacia su establo, se había encontrado con uno de los soldados, extenuado por el cansancio y el frío. Pese a estar muy débil, el joven le había dado a entender que había más militares en peligro atrapados en la tormenta, y la gente de la granja había salido a buscarlos con lámparas de aceite. Enseguida habían encontrado a dos más a los pies del henar. Con ayuda de la familia de Veturhús, hasta cuarenta y ocho soldados habían conseguido bajar del páramo. Había caído una tromba de agua y debido a la crecida era imposible cruzar los ríos Eskifjarðará, Innri-Þverá y Ytri-Þverá, única vía de acceso a Eskifjörður. Algunos hombres habían logrado cruzar los dos ríos Þverá antes de la gran avenida, pero se habían quedado atrapados sin poder dar media vuelta y se escuchaban sus gritos de auxilio desde Veturhús. Cuatro de ellos habían muerto de frío al otro lado de los ríos, pero algunos habían conseguido recorrer a duras penas todo el camino hasta el pueblo.A la mañana siguiente, cuando el temporal había amainado levemente, el granjero había remontado el valle Eskifjarðardalur acompañado de un teniente y habían encontrado a más hombres, algunos aún con vida y otros fallecidos, entre ellos el capitán. Habían hallado un cadáver en el mar. Pensaron que el hombre se había caído al río Eskifjarðará y lo había arrastrado la corriente. Al final habían logrado encontrar a todos los hombres, vivos o muertos. Durante mucho tiempo se habló de aquella batalla despiadada que los soldados británicos habían tenido que librar contra las implacables fuerzas de la naturaleza y todo el mundo coincidía en que podría haber tenido un final aún más trágico de no haber sido por la reacción y la eficiencia de la gente de Veturhús.
—Muchos recuerdan a los soldados británicos, pero pocos se acuerdan hoy de Matthildur —había añadido Bóas mientras caminaba detrás de Erlendur con el zorro colgado del hombro—. Desapareció en esa misma tormenta. Según su marido, quería llegar hasta Reyðarfjörður por el mismo camino que los soldados, atravesando el paso de Hrævarskörð. Ya había hecho antes esa ruta y la conocía, pero cuando les preguntaron a los militares si la habían visto, aseguraron que no.
—¿No se la deberían haber cruzado? —había preguntado Erlendur.
—Se hallaban en el mismo lugar, en el mismo momento y en la misma tormenta. Caminaban en direcciones opuestas, así que sí, lo normal sería que se la hubieran cruzado. Pero seguramente estaban luchando por sus vidas y no habían prestado atención. Encontraron a todos los soldados, con o sin vida, pero de ella no hubo ni rastro. Se organizó una búsqueda cuando supieron que no había llegado a Reyðarfjörður, pero para entonces ya había pasado mucho tiempo.
—¿Y qué dijo su marido?
—Poco más aparte de que la madre de Matthildur vivía en Reyðarfjörður y había querido hacerle una visita recorriendo ese camino, que según ella conocía bien. Dijo que su mujer se había empeñado a pesar de sus intentos para disuadirla. Tal y como lo contaba, parecía haber sido cosa del destino.
—¿Y él por qué no fue con ella?
—No lo sé. Pero le contó a la gente que su mujer había salido antes de enterarse de lo de los militares. Él ni siquiera sabía que los soldados estaban también en la zona.
—¿Dijo que ella se había perdido?
—No, solo que había salido de excursión.
—¿Tiene eso alguna importancia?
—Los soldados se la tendrían que haber encontrado o tendrían que haberla visto. Aunque puede que fuera imposible en medio de la tormenta. Cuando le preguntaron a su familia de Reyðarfjörður si esperaban su llegada aquel día, dijeron que no sabían nada, que no eran conscientes de que les fuera a hacer una visita, ni ese día ni ningún otro.
—¿Por qué no fue en barco o en coche? —había preguntado Erlendur—. Para entonces ya había una carretera decente entre Eskifjörður y Reyðarfjörður.
—Quería caminar. Ya había mencionado alguna vez ese sendero. Lo mismo con los británicos. Se aburrían como ostras y habían salido de excursión por diversión, para hacer algo entretenido en mitad de la nada. En realidad, no tenían ningún motivo concreto para ir a Eskifjörður. Como sabrás, el camino es espectacular cuando hace buen tiempo.Y nada indicaba que se estuviera formando una tormenta.
—Entonces, ¿le había dicho a su marido que tenía la intención de ir por ese camino?
—Sí.
—¿Y se lo comentó a alguien más?
—No lo sé. Seguramente no.
Bajaron la mirada hacia el pueblo, que dormía plácidamente a orillas del fiordo.
—¿Qué crees que ocurrió? —le había preguntado Erlendur.
—No lo sé. No tengo ni la menor idea.
Después de llamar varias veces y esperar a que respondiera la mujer de la ventana, Erlendur abrió la puerta y entró sin permiso. No sabía por qué la mujer no había acudido a recibirlo y pensó que quizá tuviera algún impedimento para hacerlo. Se acercó hasta la puerta del salón, donde la mujer seguía sentada junto a la ventana sin moverse. Le dio los buenos días, pero ella no se los devolvió y se limitó a seguir contemplando la vista.
Se acercó y la volvió a saludar. La mujer se giró y lo miró con un gesto de desaprobación.
—No te he invitado a que pasaras —le recriminó.
—Perdona —se disculpó Erlendur—. Debería haberte avisado de que venía.
—¿Qué quieres?
—Disculpa, ya me voy.
Pensó que había ido demasiado lejos. No debería haber entrado en la casa sin permiso. No debería inmiscuirse así en la vida privada de la gente. Al haber visto que no salía a la puerta, debería haberse marchado y haberla dejado tranquila. La mujer era una anciana diminuta de pelo gris; Erlendur calculó que tendría unos ochenta años. Sentada sobre el cojín de su silla, lo escrutaba con su mirada penetrante mientras sostenía unos prismáticos en la mano.
—No tengo intenciones de vender esta casa —anunció—. Os lo tengo dicho un millón de veces. Un millón. No pienso meterme en ninguna residencia y me declaro en contra de todas vuestras obras. ¡Ya os podéis ir volviendo a Reikiavik con toda vuestra basura! ¡No quiero saber nada de vosotros, príncipes del aluminio!
Erlendur se giró hacia ella desde la puerta.
—No quiero comprar la casa —aclaró—. No tengo nada que ver con la fundición de aluminio.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿quién eres?
—Quería hablar contigo sobre tu hermana. Matthildur. La que falleció.
La mujer le clavó la mirada. Daba la impresión de no haber escuchado ese nombre en muchos años y no podía ocultar su asombro ante el hecho de que un absoluto desconocido hubiera entrado en su casa mencionando a Matthildur.
—Los de Reikiavik no nos dejan vivir con sus ansias de comprarlo todo —dijo por fin—. Pensaba que eras uno de ellos.
—No, no lo soy.
—En estos tiempos no pasan más que cosas extrañas.
—Ya me imagino.
—¿Quién has dicho que eras? —preguntó.
—Soy un policía de Reikiavik. Estoy de vacaciones y...
—¿De qué conoces a mi hermana? —inquirió la anciana.
—Solo he oído hablar de ella.
—¿Dónde? —preguntó la mujer con brusquedad.
—La oí mencionar por primera vez en mi infancia —le informó Erlendur— y hace poco hablé de ella con un cazador de zorros que me encontré en el páramo. Se llama Bóas. No sé si lo conoces.
—Cómo no lo voy a conocer, le di clase cuando era un chaval, el más gamberro de toda la escuela. ¿Qué tienes que ver tú con Matthildur?
—Como te digo, oí hablar de ella de pequeño y entonces le pregunté a Bóas y...
Erlendur no sabía cómo explicarle su inveterado interés por la historia de una lugareña desaparecida que, en realidad, no guardaba ninguna relación con él. Al fin y al cabo, era alguien ajeno a la familia de Matthildur y solo visitaba fugazmente el este cada muchos años. Aunque se había criado allí hasta su comunión, no conocía a la gente de la zona, no había mantenido ningún contacto con nadie y no había regresado más que de adulto. Su vida estaba en Reikiavik, le gustara o no.
Sin embargo, una parte de él había quedado arraigada para siempre a aquel lugar: el dramático testimonio de un ser humano indefenso ante las crueles fuerzas de la naturaleza.
—... me interesan particularmente los casos de tragedias ocurridas en las montañas —concluyó sin dar más rodeos.
5
La mujer cambió de actitud. Le preguntó su nombre y Erlendur se presentó. Le contó que estaba de paso y que solo se iba a quedar unos días en los fiordos del este. La mujer lo saludó estrechándole la mano y se presentó como Hrund. Erlendur se asomó por la ventana para contemplar la vista y pensó que tal vez no había estado mirándolo o esperándolo sino más bien observando las torres de alta tensión que estaban construyendo por encima del pueblo y que abastecerían de energía a la enorme fundición de aluminio que se alzaba a orillas del fiordo. La anciana lo invitó a tomar asiento en el salón. Erlendur se acomodó en un viejo sofá que rechinó al sentarse y ella escogió una silla frente a él. La mujer, menuda y delgada, lo avasalló a preguntas ahora que existía cierto vínculo entre ellos. Erlendur le dio más detalles sobre su interés por las desapariciones y las muertes que tenían lugar en las montañas en condiciones adversas. Ella lo escuchaba con atención y Erlendur encauzó gradualmente la conversación hacia la desaparición de Matthildur en la tempestad de enero de 1942, en la que habían perdido la vida algunos soldados británicos.
Eran cuatro hermanas, todas hijas de un matrimonio que, a finales de los años veinte, había abandonado su pequeña finca de la vecindad de Lýtingsstaðahreppur, en Skagafjörður, en el norte, para mudarse a Reyðarfjörður. El padre tenía familiares en los fiordos del este y se había hecho cargo de la parcela de un tío suyo. Según Bóas, no había sido un gran granjero: tenía graves problemas con el alcohol y había muerto en un accidente de coche unos años después. La mujer se había quedado sola y había conseguido sacar la finca adelante con ayuda de sus vecinos; se había casado con un hombre de la región y había criado a sus hijas. Las dos mayores se habían mudado a Reikiavik, en la otra punta del país, y Matthildur se había casado con un marinero de Eskifjörður. En la época en que se había desatado la tormenta llevaban años de convivencia y no habían tenido hijos. Hrund, la pequeña, estaba casada y vivía en Reyðarfjörður.
—Todas mis hermanas están muertas —le informó—. Perdí mucha relación con las que se habían mudado a Reikiavik. Pasaban años entre visita y visita. Nos escribíamos cartas, pero, aparte de eso, no sabíamos mucho las unas de las otras. De todos modos, el hijo de Ingunn se mudó de pequeño aquí, al este. Vive en Egilsstaðir, en una residencia. Pero no estamos en contacto. No guardo más que buenos recuerdos de Matthildur, murió en la época de mi comunión. Era la más guapa para todo el mundo, pero ya sabes cómo es la gente. Quizá lo dicen porque murió.Ya te imaginarás la terrible tragedia que supuso para la familia.
—Tengo entendido que había salido de Eskifjörður con la intención de venir aquí, a Reyðarfjörður, para visitar a tu madre —señaló Erlendur.
—Eso decía Jakob, su marido. Quedó atrapada en la misma tormenta que los soldados británicos. ¿Igual conoces la historia?
Erlendur asintió.
—La búsqueda de Matthildur no dio ningún resultado. Y eso que hicieron lo imposible por encontrarla, tanto por el lado de Reyðarfjörður como por el de Eskifjörður.
—Por lo visto diluvió —explicó Erlendur— y los ríos se desbordaron de repente. Se cree que uno de los militares se había ahogado en el Eskifjarðará y que la corriente lo había arrastrado hasta el mar.
—Sí, la gente lo sabía y por eso peinaron todas las playas. Quizás el río se la llevó. Nos parecía la explicación más probable.
—Se consideró un milagro que hubieran sobrevivido tantos militares —apuntó Erlendur—. Igual la gente pensó que ya se había acabado el cupo de suerte. ¿Sabía alguien más que Matthildur se había propuesto caminar hasta Reyðarfjörður atravesando el paso? ¿Alguien más aparte de su marido?
—No lo creo. No avisó a nadie.
—¿Nadie la vio pasar por ningún sitio ni subir hacia el páramo?
—La última vez que la vieron fue al despedirse de Jakob. Según él, iba bien preparada y se había llevado comida porque contaba con pasar todo el día caminando. Se marchó muy temprano por la mañana porque quería llegar a tiempo a Reyðarfjörður. Por eso había tan poca gente despierta cuando salió. No tenía pensado parar en ningún sitio.
—Los militares aseguraron no haberla visto.
—Eso es.
—Pero recorría el mismo camino que ellos.
—Sí. Pero la tormenta impedía toda visibilidad.
—Y vuestra madre no sabía que le iba a hacer una visita, ¿no es así?
—Ya veo que Bóas te tiene muy bien informado.
—Me ha contado por encima lo que ocurrió.
—Jakob estaba...
Hrund miró por la ventana, aquella ventana desde la que pasaba los días espiando con sus prismáticos sobre el cojín de su silla. Al caer la noche, el resplandor de las obras iluminaba la oscuridad. En sus labios se dibujó una sonrisa inescrutable.
—El presente es una bestia extraña —comentó cambiando bruscamente de tema para pasar a hablar de los tiempos que cambian y de unas transformaciones que iban más allá de su capacidad de comprensión: las obras de la fundición, la construcción de la presa de Kárahnjúkar, la destrucción de espectaculares cañones excavados por ríos glaciares y el embalse que se iba a convertir en el mayor lago artificial de Islandia. No parecía estar muy contenta. Erlendur pensó en su conversación con Bóas al bajar del páramo. El cazador le había hablado de las sospechas que había suscitado el caso de Matthildur y que habían pervivido en las personas que recordaban su desaparición, si bien era cierto que la mayoría de ellas habían pasado ya a mejor vida o habían envejecido y se habían vuelto peculiares.
—Para Jakob Ragnarsson no fueron tiempos fáciles —comentó Hrund al terminar su digresión.
—¿En qué sentido? —preguntó Erlendur.
—Bueno, lo típico cuando pasa el tiempo y comienzan a correr rumores. Hasta decían que ella se le aparecía y que lo persiguió durante toda su vida. Qué estupidez. ¡Ni que mi hermana fuera un fantasma sacado de un cuento popular!
—¿Y qué pensabais en vuestra familia? ¿Había alguna razón para poner en duda su versión?
—No se hizo ninguna investigación —reparó Hrund—. Pero, como nunca encontraron a Matthildur, aumentaron las sospechas de que Jakob ocultaba algo, como te podrás imaginar. Algunos decían que realmente Matthildur huía de él cuando se metió en aquella tormenta, que nunca había planeado ir a Reyðarfjörður sino que se había marchado por su culpa. Seguro que el granuja de Bóas no se lo habrá podido callar al hablar contigo.
Erlendur negó con la cabeza.
—No lo mencionó. ¿Qué fue de Jakob? Murió en un accidente, ¿verdad?
—Se ahogó en el mar y lo enterraron en Djúpivogur. Ocurrió unos años después de la desaparición de Matthildur. Su barco naufragó en una tormenta en Eskifjörður y murieron los dos que iban a bordo.
—Y ahí terminó la historia.
—Supongo —dijo Hrund—. Nunca hallaron a Matthildur. Muchos años después desapareció un niño en el páramo. Tampoco lo encontraron. La naturaleza islandesa es implacable.
—Sí —dijo Erlendur—. Así es.
—¿También te estás informando sobre ese caso?
—No, no.
—La gente decía que el espectro de Matthildur había perseguido a Jakob hasta causarle la muerte. La llegaron a culpar del accidente. Vamos, totalmente absurdo. A los islandeses les encantan las historias de fantasmas y se lo pasan pipa inventándoselas. Hasta uno de los portadores del ataúd de Jakob dijo que había oído un gemido en su interior cuando lo enterraban. ¡Menudo disparate! Pero ahí no quedó la cosa.
—Alguna vez he oído algo acerca de los británicos —preguntó Erlendur.
—También se decía que había tenido una aventura con un británico. Que estaba en «la situación», como se decía entonces, que se veía en secreto con un militar y que había huido del país con él. Supuestamente se habría sentido tan avergonzada que nunca más volvió a dar señales de vida.
—¿Habría muerto en el extranjero, entonces?
—Sí, puede que muriera poco después de marcharse. Preguntaron a los militares, pero a ninguno le sonaba ninguna historia. Porque era una tontería, claro. Como una casa.
—¿Queda algún familiar o amigo de Jakob con el que pueda hablar?
—Pues no muchos. Se trasladó aquí desde Reikiavik y al principio vivía con su tío en Djúpivogur, pero murió hace mucho. A lo mejor podrías hablar con Ezra. Era amigo de Jakob.
6
Está sumido en el frío y la oscuridad. Lo asaltan continuamente imágenes de personas, pensamientos y sucesos pasados que escapan a su control. Ha perdido la noción del tiempo y el espacio. Se encuentra en todas partes y en ninguna a la vez.
Está tumbado en su cuarto y lo invade una extraña calma después de la inyección. Trata en vano de luchar contra esa sensación. Siente como si la sangre dejara de circular y se le nubla la mente.
El médico le explica lo que va a hacer, pero apenas lo oye. Lucha con todas sus fuerzas y grita a todo pulmón hasta que lo agarran y lo inmovilizan en la cama. El doctor se dirige a su madre, que asiente levemente con la cabeza. Ve la jeringuilla en manos del médico y siente un doloroso pinchazo en el brazo. Poco a poco se tranquiliza.
Su madre está sentada al borde de la cama acariciándole la frente, con una expresión de insondable dolor en el rostro. Haría cualquier cosa por poner fin a su tristeza.
—¿Hay algo que nos puedas decir de tu hermano? —susurra.
Presenta heridas leves por congelación en las manos y los pies, pero no le duelen. No recuerda nada de lo ocurrido antes de haberse despertado en brazos del rescatador que trataba de obligarlo a beber leche tibia. Se turnan para bajarlo cuanto antes a un lugar caliente. Su madre recorre el último tramo y lo deja en manos del médico, que examina su estado y comienza a curarle las heridas. Le dicen que su padre está vivo. ¿Y por qué no iba a estarlo?, se pregunta. No recuerda nada. Mira a su alrededor: la casa está llena de desconocidos, fuera hay personas con walkie-talkies y unos palos alargados, la gente lo mira como si hubiera visto a un fantasma. Recupera progresivamente el conocimiento y comienzan a ensamblarse en su cabeza las piezas de lo ocurrido desde que salieron de casa.Al comienzo no es más que una imagen fragmentaria, pero gradualmente emerge todo el conjunto. Agarra a su madre del brazo.
—¿Dónde está Beggi? —le pregunta.
—No estaba contigo —le responde—. Lo estamos buscando en la zona donde te han encontrado.
—¿No ha vuelto a casa?
Su madre niega con la cabeza.
Es entonces cuando enloquece. Se pone de pie con la intención de salir corriendo; su madre se lo impide, pero solo consigue ponerlo más histérico. Logra zafarse y salir corriendo al pasillo, donde se topa con el médico y con dos de los hombres que lo han bajado hasta Bakkasel. Intenta librarse de ellos, pero lo agarran con fuerza tratando de hablar con él, de hacerlo razonar y calmarlo. Su madre lo abraza y le explica que un grupo de personas están buscando a su hermano Bergur y que pronto lo encontrarán, que todo irá bien. Él no le hace caso, muerde y araña intentando llegar hasta sus botas y su anorak. Pierde el control cuando le prohíben salir y al médico no le queda más remedio que suministrarle un calmante.
—¿Puedes darnos alguna pista sobre Beggi? —le pregunta de nuevo su madre una vez que él, sin fuerzas para resistirse, ha vuelto a la cama—. Es urgente, cariño.
—Llevaba a Beggi de la mano —susurra—. Lo agarré todo el rato que pude. De repente, ya no estaba conmigo. Estaba yo solo. No sé qué pasó.
—¿Hace mucho de eso?
Tiene la impresión de que su madre se halla sometida a una gran presión y de que está tratando de mantener la calma. Ha recuperado con vida a dos de tres y la idea de que Bergur se encuentre todavía en plena tormenta se le hace insoportable.
—No lo sé —responde.
—¿Aún era de día?
—Creo que sí. No lo sé. Hacía mucho frío.
—¿Sabes en qué dirección ibais? ¿Subíais o bajabais?
—No, no lo sé. Me caía todo el rato y todo era blanco y no veía nada. Me acuerdo de papá diciéndonos que debíamos volver inmediatamente. Luego desapareció.
—Ha pasado ya más de un día —le informa su madre—. Voy a subir otra vez al páramo, cariño. Necesitan más gente. Descansa. Todo irá bien. Encontraremos a Beggi. No te preocupes.
El sedante hace efecto y las reconfortantes palabras de su madre lo apaciguan levemente. Se queda dormido y permanece unas horas ajeno a todo. Al despertarse lo rodea una extraña calma; en la casa reina un inquietante silencio. Siente como si se despertara de una larga y horrenda pesadilla, pero enseguida se da cuenta de que no es así: los recientes acontecimientos están demasiado vivos en su mente. Todavía aturdido por el medicamento, baja de la cama y sale al pasillo. La puerta del dormitorio de sus padres está cerrada. Se acerca a ella, la abre y ve a su padre sentado en el borde de la cama. Inmóvil, con la cabeza hundida en el pecho y las manos en el regazo, ni siquiera percibe la presencia del chico. Puede que esté dormido. La habitación está a oscuras. Ignora la terrible odisea que vivió su padre, no sabe que tuvo que arrastrarse a cuatro patas en los últimos metros para poder llegar a Bakkasel, congelado, sin gorro y casi inconsciente tras batallar contra el temporal.
—¿No estás buscando? —le pregunta.
Su padre no le responde y se limita a mirar fijamente sus manos inertes. Se acerca a él, le apoya una mano sobre la rodilla y repite la pregunta. Su padre parece haber envejecido muchos años. Las arrugas de la cara son más profundas. Los ojos han perdido el brillo; ahora son fríos, distantes e inexpresivos. Nunca ha visto a su padre tan afligido, solo y desconsolado como en ese momento, sentado en el borde de la cama en la oscuridad de su dormitorio. Angustiado y aterrado, se disculpa ante él con las palabras más humildes.
—No pude hacer nada —susurra—. No había nada que pudiera hacer.
7
Cuando Erlendur llegó, Ezra estaba sentado en un viejo cobertizo enrejado situado más abajo de su casa, golpeando pescado seco con una pequeña maza. Tras haber llamado en vano a la puerta principal, Erlendur se orientó por el sonido de los golpes, que procedían de aquel chamizo construido con restos de madera y chapa ondulada. La puerta, sujeta con un cordel, estaba entreabierta. Erlendur se acercó y se encontró con la figura encorvada de Ezra, sentado en un taburete. Agarraba la maza con una mano mientras con la otra sujetaba la cola de una pieza de eglefino seco que reposaba en una piedra gris. El anciano golpeaba rítmicamente el pescado para ablandarlo y cada mazazo hacía saltar briznas del filete. Ezra levantó la mirada sin percatarse de la presencia de Erlendur, que llevaba un rato observando su trabajo desde la puerta. De la nariz le caían gotas que se limpiaba de vez en cuando con el dorso de la mano. Llevaba puestos unos mitones de lana con dos pulgares, un gorro de cuero excesivamente grande provisto de unas orejeras que le cubrían las mejillas, un jersey tradicional islandés y un mono de trabajo marrón. Movía el grueso labio inferior, lesionado en algún accidente pasado, mientras musitaba algo incomprensible. De barba desgreñada, Ezra era un hombre poco agraciado, sumamente arrugado, con un enorme y robusto mentón, una nariz prominente y unas cejas espesas que sobresalían por encima de unos diminutos ojos grises que parecían estar permanentemente húmedos. Con todo, su actitud reflejaba que era un hombre de carácter.
Cuando por fin se tomó un descanso y dejó de golpear el eglefino, levantó la mirada y vio a Erlendur junto a la puerta.
—¿Vienes a comprar pescado? —le preguntó con voz ronca y fatigada.
—¿Te queda algo por ahí? —Erlendur tenía la impresión de encontrarse de pronto en el siglo XIX.
—Algo tengo —respondió Ezra—. Buena parte la bajo a la tienda, pero te sale más barato si me lo compras a mí directamente.
—¿Es bueno? —preguntó Erlendur acercándose.
—¿Que si es bueno? —replicó Ezra con voz más firme—. No vas a encontrar otro mejor en todos los fiordos del este.
—¿Todavía usas una maza para ablandarlo?
—Es muy poca cantidad —explicó Ezra—. No merece la pena comprar maquinaria. Además, pronto estiraré la pata. De hecho, ya debería haberla estirado hace mucho.
Tras acordar la cantidad y el precio, intercambiaron unas palabras sobre el tiempo, la temporada de pesca, la presa y las obras de la fundición de aluminio, una cuestión que parecía aburrir a Ezra soberanamente.
—Por mí pueden cargárselo todo a su antojo —sentenció.
Por lo que Hrund le había contado a Erlendur, Ezra había sido siempre una persona solitaria. Nunca se había casado ni había tenido hijos, al menos que ella supiera. Había vivido en el pueblo más tiempo de lo que recordaban los más ancianos del lugar, no se entrometía en los asuntos de los demás y casi nadie se entrometía en los suyos. Había tenido distintas ocupaciones, tanto en tierra firme como en el mar, donde había faenado en solitario durante mucho tiempo. Recientemente había rebajado su ritmo de trabajo, ya que rozaba los noventa años. Con toda la buena intención del mundo, la gente trataba de convencerlo para que se fuera a vivir a una residencia, pero él no quería ni oír hablar del tema. A Ezra no le daba ningún reparo hablar con cualquiera de la inminencia de su muerte y sus palabras daban a entender que incluso tenía ganas de que se cumpliera su destino. Dejaba a un lado las tareas mascullando que tenía ya un pie en la tumba y que todo era una pérdida de tiempo. Hrund le había confesado a Erlendur que nunca había conocido una forma más extraña de desgana.
Mientras Ezra continuaba golpeando el pescado con la maza, Erlendur guio la conversación hacia los caminos de montaña y los casos de travesías accidentadas a causa de las inclemencias del tiempo.
—He estado informándome un poco sobre historias de ese tipo ocurridas en esta región —explicó.
—Ah, mira —dijo Ezra—. ¿Eres historiador?
—No, solo un aficionado —aclaró Erlendur—. He estado leyendo sobre los soldados británicos que querían atravesar el paso de Hrævarskörð. De eso hará ya más de sesenta años, ¿no?
—Me acuerdo muy bien —rememoró Ezra—. Había hablado con algunos de ellos. Unos chavales ejemplares que quedaron atrapados en una tormenta monstruosa. Algunos murieron, pero los encontraron a todos, con o sin vida. Cosa que no siempre ocurre, he de decirte.
—Ya —dijo Erlendur.
Ezra se llevó el mitón a la nariz y le preguntó a Erlendur si quería tomar un café mientras hacían cuentas. Erlendur aceptó su invitación, caminaron juntos hasta la casa y entraron en la cocina. Ezra encendió una vieja cafetera de filtro que, a pesar de sus sonoros gorgoteos y silbidos, preparó un excelente café de intenso sabor. La cocina estaba limpia, equipada con un frigorífico viejo y una cocinilla Rafha más vieja todavía. Por la ventana se veía el final del fiordo y el páramo de Eskifjarðarheiði. Ezra fue a buscar dos tazas y las sirvió. Dejó caer cuatro terrones de azúcar en la suya y le ofreció el azucarero a Erlendur, que prefirió no endulzar su café. Una vez tocado el tema de la tragedia vivida por los británicos, la conversación dio un giro hacia el caso de la joven que había desaparecido aquella misma noche.
—Es verdad —dijo Ezra con cierta serenidad—. Matthildur, se llamaba.
—Tengo entendido que eras amigo de su marido, Jakob.
—Sí, en aquellos tiempos hacíamos cosas juntos.
—¿La conocías a ella también? ¿Los conocías a los dos?
—Claro, mucho.
—¿Mantenían una buena relación?
Ezra había conversado removiendo el café con parsimonia. De pronto se detuvo, golpeó la cucharilla varias veces contra el borde de la taza y la dejó sobre la mesa.
—No soy el primero con el que hablas, ¿verdad? —le preguntó.
—No —admitió Erlendur.
—¿Quién decías que eras?
Erlendur no se había presentado y aprovechó para hacerlo en ese momento. Le contó que vivía en Reikiavik, pero que había nacido en los fiordos del este y se interesaba por los casos de personas que se perdían o morían en las montañas, personas a las que nunca habían encontrado o de las que nunca más se había vuelto a saber nada. Ezra lo miró y cayó en la cuenta de que, al tratarse de un lugareño que se había marchado, quizás lo conociera de algo. Le preguntó dónde había vivido y cómo se llamaban sus padres. Erlendur se lo explicó. Ezra dijo acordarse bien de Sveinn y Áslaug, el matrimonio de la finca que todo el mundo conocía como Bakkasel.
—Pues entonces ya lo sabes todo de mí —concluyó Erlendur—. ¿Qué puedes decirme de Matthildur?
—Tuvieron que mudarse —dijo Ezra, al tiempo que se inclinaba sobre la mesa de la cocina—. Sveinn y Áslaug. No podían soportar seguir viviendo bajo el páramo. No después de lo que había ocurrido. He oído que vienes de vez en cuando y subes allá arriba.
—Cierto —confirmó Erlendur—. He venido algunas veces.
—Tus padres están enterrados en el cementerio del pueblo, ¿verdad?
—Sí.
—Unas personas excelentes —comentó Ezra antes de dar un sorbo de café—. Excelentes. Él daba clases de música en el colegio de cuando en cuando, si no me equivoco. Tocaba el violín. Fue una verdadera desgracia lo que ocurrió. Alguien me dijo que te habías hecho policía en Reikiavik. ¿Por eso preguntas por Matthildur?
—No —respondió Erlendur—. Lo hago por mera curiosidad. Me interesan ese tipo de casos.
Ensimismado, Ezra se giró hacia la ventana y dejó la mirada perdida en el páramo. Lo ocultaba el mismo manto de niebla que cuando Erlendur había llegado a la región unos días atrás, después de haber conducido de un tirón desde la capital. Había sentido la necesidad de ir al este tras haber investigado el supuesto suicidio de una mujer en el Parque Nacional de Þingvellir ese mismo otoño y haber llegado a un callejón sin salida. Parte del caso guardaba relación con la hipotermia, lo que extrañamente había revivido en él el recuerdo de su hermano y la forma en que había fallecido, congelado en una devastadora tormenta desatada en las montañas que rodean Eskifjörður.
—Jakob no era lo que parecía —dijo Ezra finalmente—. No me gusta juzgar a los demás porque no estoy en posición de hacerlo, yo mismo tengo infinidad de defectos, pero la gente andaba con cuidado con él. Tenía algo. No quiero llamarlo... ejem... deshonestidad, no era exactamente eso. Dejémoslo en que no era lo que parecía. Y la gente lo percibía. Lo conocía. Aquí todo el mundo se conoce. Supongo que Reikiavik se ha hecho tan grande que ahí ya nadie conoce a nadie.
Erlendur asintió.
—Con los años empezaron a circular toda clase de rumores —continuó Ezra—. Que si él la había echado de casa, que si ella se había visto obligada a abandonar su hogar. Cosas así. Supongo que ya los habrás oído.
—Algunos.
—Más tarde murió ahogado en este mismo fiordo y fin de la historia. Después de la muerte de Matthildur, no volvió a casarse, se dio a la bebida y se echó a perder. Luego tuvo aquel accidente en el mar. Su barco se hundió. Murieron los dos que iban a bordo. Lograron arrastrar a tierra a Jakob y a su compañero, pero la embarcación se había hecho pedazos.
—¿Ocurrió aquí, en Eskifjörður?
—Sí, en la otra orilla. Se desató una tempestad al final de la jornada y el barco volcó. Era pleno invierno.
—Una cosa más sobre Matthildur: ¿no tendrían que haberla encontrado, antes o después?
—Eso lo deberías saber tú mejor que yo —respondió Ezra mirándolo fijamente con sus ojos diminutos y húmedos.
Erlendur sonrió.
—¿Qué pensó la gente que le había ocurrido? —preguntó.
—No le buscaron tres pies al gato. Los ríos habían crecido. Por el Eskifjarðará y los dos Þverá bajaba una gran cantidad de agua. Seguramente la arrastró la corriente. Ya sabrás que a uno de los soldados británicos lo hallaron en el mar. Encontraron su cuerpo de pura casualidad.
—Algo había oído.
—Supongo que ella corrió la misma suerte —concluyó Ezra con la mirada empañada—. Me parece la explicación más probable.
8
Erlendur disfrutaba de su taza de café cargado mientras observaba al anciano. Aunque Hrund le había dicho que Ezra había vivido solo toda su vida, podría haberlo deducido por sí mismo nada más entrar en su casa. Conocía a la perfección los indicios del individuo solitario: sobriedad, muebles viejos, ausencia de decoración y todo lo que, en definitiva, faltaba para hacer acogedor un hogar. Un gato entró paseando en la cocina y se restregó contra la pierna de Erlendur. Seguidamente, se metió debajo de la mesa, saltó sobre el regazo de Ezra, se enroscó y los observó desde allí con curiosidad. Ezra lo acarició, pensativo.
—Entonces, ¿se podría decir que la gente miraba a Jakob con malos ojos? —preguntó Erlendur finalmente.
—Sí, algo así —titubeó Ezra mientras acariciaba al gato—. Como te digo, corrieron toda clase de chismorreos. No es que la gente se los tomara muy en serio... o al menos no demasiado, pero es verdad que lo acompañaron hasta la tumba. Y todavía siguen ahí, por lo que tengo oído —añadió mirando a Erlendur.
—¿Y tú? ¿Qué pensabas?
—¿Yo? Qué más dará.
—¿No erais amigos?
—Sí.
—¿Es verdad que Matthildur quería irse de casa?
—No lo sé.
—¿Se lo preguntaste a Jakob?
—No —respondió Ezra—. Y no sé de nadie que lo hiciera. Al fin y al cabo, tampoco había razones para preguntárselo.
—Me han contado que lo acosaba después de muerta —señaló Erlendur—. ¿Tienes alguna idea de qué quería decir la gente con eso?
—Evidentemente, no eran más que tonterías. A no ser que uno crea en fantasmas.Y me da que un hombre ilustrado como tú no cree mucho en ellos. Pero sí es cierto que no volvió a ser el mismo desde entonces. Cambió de la noche a la mañana y comenzó a evitar el trato con los demás. Quizá se echara la culpa de alguna manera. Quizá lo acosara el recuerdo de su mujer. Pero eso de que se le apareciera por casa después de su desaparición y que encima luego le causara la muerte en el mar no era más que una sarta de estupideces. Puros cotilleos.
—¿Quieres decir que la acusaban de haber volcado el barco?
—Eso decía uno de los rumores, sí. Ya ves tú el caso que se le puede hacer.
Erlendur asintió. Sabía que, en realidad, casi nadie se tomaba en serio aquellas historias. Antiguamente, la gente creía más en ellas. Formaban parte de los cuentos que habían acompañado a los islandeses durante siglos, relatos donde fantasmas, elfos, trols, rocas encantadas y seres ocultos establecían lazos invisibles entre el hombre y su entorno. En aquel entonces el hombre vivía más próximo a la naturaleza y dependía de ella. El respeto hacia la tierra y sus poderes esotéricos era el hilo conductor de cientos de leyendas populares; y ese respeto llevaba implícita la advertencia de que no debían subestimarse las fuerzas de la naturaleza. Ahí residía el mensaje de muchas de esas historias sobre tragedias ocurridas en las montañas, que Erlendur había leído una y otra vez hasta aprendérselas de memoria.
—¿Y qué opinabas tú de la forma en que la gente hablaba de Jakob?
—Me daba igual lo que dijeran.
—¿Crecisteis juntos?
—No, no soy de aquí. Y él tampoco. Teníamos la misma edad, más o menos, él era dos años mayor que yo. Era de Reikiavik, pero no hablaba mucho de sus orígenes.
Guardaron silencio.
—¿Necesitas más pescado seco? —preguntó Ezra al cabo de un rato mientras seguía acariciando al gato, que de pronto se sobresaltó y bajó al suelo de un brinco. Salió de la cocina con tanta prisa que Erlendur pensó que tal vez hubiera visto un ratón.
—No, gracias, ya tengo suficiente —respondió Erlendur levantándose—. Ya te he molestado bastante.
—Tranquilo.
—También corría el rumor de que había conocido a un soldado británico y había huido con él al extranjero.
—Ese cuento también lo conozco, pero es otra majadería. Matthildur no estaba en «la situación». De ninguna manera.
Erlendur se disponía a salir de la cocina cuando se fijó en un pequeño objeto que le llamó la atención entre un montón de cachivaches que reposaban encima del frigorífico. Lo miró fijamente antes de acercarse y observarlo con detalle. Era un cochecito de juguete descolorido y viejo que cabría en la mano de un niño. Desfondado y sin ruedas, había quedado prácticamente reducido a una simple carrocería hueca.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Erlendur refiriéndose al juguete.
—Me lo encontré —le aclaró Ezra.
—¿Dónde?
—Pues creo que en la madriguera de algún zorro. Seguramente en los alrededores del monte Harðskafi.
—¿Harðskafi?
—Sí, eso creo. Hace muchísimos años. Se me había olvidado por completo que lo tenía. Lleva ahí desde que lo traje. Nunca lo tiré, no me preguntes por qué. Me pareció curioso ver una cosa así en una madriguera.
—¿Recuerdas cuándo lo encontraste?
—Pues espera a ver. Tuvo que ser hace mucho —respondió Ezra—. Supongo que en torno a 1980. No me acuerdo exactamente. Andaría cazando zorros. En aquella época se pagaban bien las colas. Ahora el zorro se mueve por ahí a sus anchas.
Erlendur no desviaba la mirada del juguete.
—¿Puedo tocarlo?
—¿Tocarlo? —repitió Ezra—. Faltaría más. Ni que fuera un museo.
Erlendur cogió el cochecito y lo examinó detenidamente.
—Te lo puedes quedar —le sugirió Ezra al darse cuenta de la conmoción que aquel pequeño objeto había causado en su invitado—. Yo no lo uso para nada. Total, estoy ya a las puertas de la muerte.
—¿No te importa?
—Claro que no, llévatelo, hombre.
—¿Encontraste algo más en la madriguera? —preguntó Erlendur guardándose el juguete en el bolsillo.
—No, que yo recuerde.
—¿Tienes idea de cómo pudo llegar hasta allí?
—Me figuro que el zorro se lo encontraría en cualquier parte, o bien se le cayó a un pájaro del pico y fue a parar a la madriguera. O se le perdió a alguien que pasaba por allí. No hay forma de saberlo.
—¿Y dices que era por la zona de Harðskafi?
—Sí, eso seguro.
—Muchas gracias —dijo Erlendur saliendo de la casa aturdido, como hipnotizado. Se subió al coche y se marchó. Por el retrovisor vio que Ezra salía y lo seguía con la mirada mientras se alejaba. En su cabeza resonaban las palabras de Bóas: «En las madrigueras de los zorros puedes encontrar lo más extraño».
9
Sentado en el interior del coche, Erlendur fumaba un cigarrillo tras otro con la ventanilla entreabierta para no llenar el vehículo de humo. No tenía hambre y no le apetecía degustar todavía el pescado seco de Ezra, que descansaba en el asiento delantero. Había bajado hasta la orilla del mar para ver cómo la luz del día daba paso al crepúsculo. Observó el enorme carguero que se adentraba lentamente en las aguas del fiordo y reflexionó sobre la capacidad de la gran industria para transformar radicalmente la rutina diaria. Por todas partes brotaban edificios, tiendas y nuevas carreteras: la vida florecía. A diferencia de Bóas y Hrund, los pocos lugareños con los que había hablado estaban muy satisfechos con las obras: los empleados de las tiendas, los trabajadores del puerto, los chicos de la gasolinera. Todos descendían de sucesivas generaciones que siempre había vivido en los fiordos del este y ahora veían producirse un cambio tan vertiginoso que apenas podían asimilarlo. «La región se estaba muriendo —le habían dicho— pero ahora han llegado otros tiempos, mucho mejores». «Que son otros está claro», había respondido él.
Pensó en Matthildur, desaparecida en plena tempestad, y en los soldados británicos que habían luchado por salvar sus vidas esa misma noche. Se imaginó la situación en el paso de Hrævarskörð. Allí es donde la excursión de los militares había dado un giro inesperado y se había transformado en una odisea mortal. No estaban familiarizados con el terreno ni con la meteorología. En lugar de regresar, habían continuado subiendo, negándose a sucumbir ante las inclemencias de aquel desconocido rincón del mundo al que los había llevado la guerra. Sin embargo, antes de terminar el día se habían visto obligados a aceptar su derrota.
Pese a ir mejor preparada, Matthildur nunca debió haber emprendido aquella caminata. Se contaban un sinfín de historias de personas que, negándose a afrontar la realidad, salían de excursión sin hacer caso de los consejos de los demás y, en definitiva, sin hacer caso del sentido común. ¿Habría sido ese el caso de Matthildur? En muchas ocasiones no se observaba el menor indicio de peligro al comenzar la travesía: buenas condiciones meteorológicas, un sendero transitable y una distancia razonable que podía completarse en un solo día o incluso menos. La gente se ponía en marcha confiada, pero, a mitad de camino, la muerte asaltaba de repente. Tal vez ese hubiera sido el caso de Matthildur.
Según Ezra, Matthildur era una mujer robusta y sin duda habría ido bien equipada. Llevaba comida para el camino y tenía planeado hacer al menos una parada. Se había despedido de su marido a primera hora de la mañana y había salido hacia el páramo con resolución. Al mismo tiempo, los soldados británicos se preparaban para ponerse en camino. Probablemente les habían aconsejado atravesar el paso, que era el trayecto más corto.Al estallar la tormenta, de unas dimensiones que los jóvenes jamás habían conocido, el grupo se había dispersado y cada uno había luchado por su cuenta para ponerse a salvo. Matthildur se habría hallado en la misma situación. Seguramente había querido retroceder y bajar por el mismo camino, pero puede que se hubiera caído al río y la corriente la hubiera arrastrado hasta el mar, como le había ocurrido a uno de los militares. Quizá por eso no encontraron nunca el cadáver.
Otra posibilidad era que nunca hubiese subido al páramo.
No sería el primero en considerar esa posibilidad. Bóas y Hrund ya lo habían insinuado sin más pruebas que unos simples rumores. Pero sus palabras no habían caído en saco roto. Hacía tiempo que Erlendur sostenía la teoría de que tras algunas de las numerosas desapariciones en las montañas se ocultaba algún que otro crimen. Una historia ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial corroboraba su hipótesis. Unos años atrás había investigado el hallazgo de unos huesos en Grafarholt, un barrio entonces en construcción a las afueras de Reikiavik. Un padre de familia había sido asesinado y enterrado cerca de su casa. Según su mujer, que había sufrido violencia doméstica durante años, había desaparecido en una tormenta. No había sabido nada de él desde el momento en que lo vio salir de casa dispuesto a ir hasta Selfoss a través de Hellisheiði. Al darlo por muerto, el caso no había sido objeto de una mayor investigación. Unas décadas después salió a la luz la verdad cuando hallaron su tumba cerca de donde antiguamente había estado la casa del matrimonio.
Tras apagar un nuevo cigarrillo, Erlendur hurgó en el bolsillo de su chaqueta, sacó aquella vieja carcasa que una vez había sido un coche de juguete y la apoyó sobre el salpicadero. Había preferido esperar hasta estudiarlo con más detalle, sin tener claro si le iba a servir de algo. Pasó un rato contemplando aquel objeto desgastado, descolorido e irreconocible.
Recordaba bien el aspecto original de ese tipo de cochecitos: pintados de un rojo brillante, con las ruedas blancas y unas ventanillas por las que un niño podía ver los asientos delanteros y un volante diminuto. Bergur tenía uno así. Erlendur se acordaba del día en que había llegado a casa, a Bakkasel. Su padre había tocado en un baile celebrado en Seyðisfjörður y les había comprado un juguete a cada uno. Erlendur coleccionaba soldaditos de plomo y había recibido uno armado con un fusil con bayoneta. Todo el soldado estaba pintado de verde, excepto las botas negras y la cara rosa pálido, en la que se podían distinguir todos los rasgos. Tenía otros mejor acabados: el rosa de la cara había salpicado el casco, tenía las manos verdes como el uniforme y apenas se aguantaba de pie. A Bergur le había tocado el coche y se había enamorado de él inmediatamente, tan pequeñito y reluciente con su volante en miniatura. Aunque Erlendur se divertía jugando con su soldado y lo colocaba al frente de su colección, le daba envidia el coche de su hermano.
Erlendur se fumó otro cigarrillo mientras observaba aquel objeto apoyado sobre el salpicadero que le traía recuerdos del pasado. El descomunal carguero pasó ante sus ojos. Iluminado y decorado como un árbol de Navidad, alumbraba la oscuridad del otoño y llevaba la prosperidad a aquel recóndito lugar.
Había tratado de persuadir a Bergur para que le cambiara el coche por el soldadito, pero su hermano ni se lo planteaba. Le había ofrecido tres soldados, pero Bergur se había limitado a negar con la cabeza mientras seguía jugando con su coche, del que apenas se separaba. Un día Erlendur lo había cogido para mirarlo y jugar con él, pero Beggi le había pedido inmediatamente que se lo devolviera. Hasta entonces nunca se habían peleado; aquella había sido la primera riña que habían tenido. Erlendur le había lanzado el coche, pero a Beggi se le había escapado y había ido a parar al suelo con un ruido metálico. Ambos se habían asustado y habían comprobado si había sufrido algún daño. A pesar de la tentadora oferta, Beggi había preferido conservar el coche y Erlendur no había tenido más remedio que resignarse.
Apagó el cigarrillo. No había dejado el motor en marcha, así que el interior del vehículo estaba frío y húmedo. Los cristales se habían empañado y no se veía nada. Envuelto en una áspera humareda, tosió y se limpió la boca. No tenía forma de comprobar que aquel objeto fuera el juguete de Beggi. Era imposible asegurarlo, lo sabía mejor que nadie. Pero, en el caso de que aquel pedazo de metal desgastado que Ezra se había encontrado en la madriguera de un zorro en Harðskafi hubiera sido una vez el cochecito rojo de Bergur, aquel era el primer indicio que encontraba del fatídico destino que había aguardado a su hermano en el páramo.
La riña había tenido lugar dos semanas antes de la tragedia.
Para entonces, aún le daba envidia el coche de Bergur.
10
Ha entrado a hurtadillas en el dormitorio de sus padres en busca de apoyo y consuelo, pero su padre no responde. Solo guarda silencio sentado en la cama, inexpresivo, frío y distante, como ya lo ha visto otras veces. Así transcurre un largo rato.
—Todo irá bien —dice finalmente Erlendur con cautela.
Se encuentra mucho más tranquilo que durante su anterior lucha encarnizada por volver a subir al páramo. Le duelen los dedos y los pies, sobre todo allí donde las heridas por congelación son más graves. Por lo demás, se halla en perfecto estado y no parece haber sufrido lesiones durante su odisea.
A veces no se atreve a molestar a su padre porque conoce su temperamento. A Beggi le ocurre lo mismo. Los dos hermanos perciben que en ocasiones su padre necesita estar tranquilo, alejado del ruido y del escándalo que acompaña a los niños. A veces se concede un descanso y se recluye para tocar el violín en el salón, donde los pequeños casi nunca pueden entrar. También tiene dos armónicas y sabe tocar otros instrumentos, como el acordeón. Alguna que otra vez le piden que toque en fiestas y bailes, cosa que no le entusiasma especialmente porque nada le aburre más que los borrachos. Prefiere tocar el órgano en la iglesia cuando el organista no puede hacerlo y le encanta dar clases de música en el colegio, aunque sea ocasionalmente. También ha reunido a músicos de los fiordos del este para fundar una pequeña orquesta de cuerda. Uno de ellos toca la guitarra y a Erlendur le divierten más sus melodías que las del violín de su padre: el guitarrista también regenta una pequeña tienda de discos y, al estar al corriente de la actualidad musical, interpreta siempre los éxitos del momento.
Su padre guarda el violín dentro de un delicado estuche en el armario de su dormitorio y casi cada día se acomoda en el salón frente a sus partituras. Sus horas de práctica varían y a veces deja que los chicos lo miren si les apetece. Otras veces los echa fuera y se encierra. Cuando afina el violín y «calienta las cuerdas», el instrumento chirría de tal manera que tienen que taparse los oídos. A menudo toca con ligereza y las cuerdas vibran al ritmo de una cadencia vivaz que inunda la casa de un sonido claro y limpio. En otras ocasiones, no arranca de sus cuerdas más que un oscuro y melancólico anhelo de valentía y empuje.
Hay épocas mejores que otras y Erlendur aprende a conocer a su padre. Pero hasta más tarde no entenderá que, en aquella época, su padre se enfrentaba a una profunda depresión. Trata de iniciar a los hermanos en el mundo de la música enseñándoles a tocar un instrumento, pero enseguida se da cuenta de que ninguno siente un interés especial. Aprenden ciertas nociones básicas, pero les falta motivación y pasión para continuar. No los obliga, dice que tiene sentido, y simplemente espera que más adelante se interesen por la música.
Criado entre melodías de acordeón y cantos corales, le regalaron una armónica en la adolescencia y se mudó a Akureyri para estudiar música. No a todos los jóvenes se les presentaba una oportunidad así en aquellos años difíciles y la realidad fue que finalmente se vio obligado a abandonar sus estudios y regresar a casa. Casi siempre tocaba instrumentos prestados, también en clase, pero siempre había soñado con hacerse con el rey de las cuerdas y tener su propio violín. Ahorró hasta poder comprarse uno de segunda mano que, según le habían dicho, vendían en Höfn. Fue poco después de que Beggi llegara al mundo.
La economía de la familia de Bakkasel es precaria y apenas se permiten lujos. La escasez les impone una vida austera. La producción agrícola es modesta, pero las clases de música dan algo de dinero y, cuando hace falta, la madre aumenta los ingresos trabajando en la factoría de pescado. Los regalos se dan estrictamente en Navidad y en los cumpleaños. Aun así, cuando ocasionalmente asoma el sol y su padre está de buen humor, compra un par de detalles para darles una alegría a sus hijos y compensar los momentos difíciles. No son más que pequeñas baratijas, pero son valiosas a los ojos de los niños, que aprecian la buena intención.
Cuando se agudiza la depresión, su padre se mete en la cama y no sale del dormitorio. Entonces no pueden hacer el menor ruido en casa. Su estado suele acentuarse en Navidades y Año Nuevo, en la época más dura y oscura del invierno, cuando da la sensación de que el sol no volverá a salir nunca más. Los días de eterna penumbra se suceden unos a otros y el violín se queda guardado en el estuche a solas con sus melodías de alegrías y de tristezas.
Su padre sabe que han encontrado vivo a uno de sus hijos, pero no le basta para romper su aislamiento y mitigar su angustia. Sabe mejor que nadie con qué brutalidad golpeaba la tempestad. Tras haber luchado por salvar su vida, se encontraba al filo de la muerte cuando le quedaban escasos metros para llegar a casa. No responde a Erlendur, por mucho que este haya entrado en busca de consuelo. El hijo pequeño continúa desaparecido y lo único que ocupa su mente es el miedo a que esté muerto.
Erlendur aguarda junto a su padre, cuya indiferencia alimenta sus incipientes sospechas de que ha hecho algo mal. Evitando pensar en lo que podrá ser exactamente, lo que quiere es confirmar que está equivocado, que no podría haber hecho las cosas de otra manera. Pero su padre guarda un silencio sepulcral. Ni siquiera lo mira. El hecho de que al menos lo hayan encontrado a él con vida no parece reconfortarlo. El silencio se vuelve insoportable. Es casi peor que estar tirado en el páramo, azotado por el vendaval.
—Perdón —dice con un hilillo de voz—. Yo no quería... no debería haber...
Su padre levanta la cabeza y se gira hacia él.
—¿Qué llevas ahí?
—Me lo diste tú, es un soldadito de plomo —dice abriendo la mano para enseñárselo a su padre—. A Beggi le diste un cochecito.
—¿De qué estás hablando?
—A mí me diste un soldado y a Beggi un coche de juguete.
—Ah, ¿sí?
—Se llevó el cochecito cuando salimos. Lo guardaba dentro de un guante.
11
Pasó casi toda la noche desvelado en la casa abandonada pensando en todo lo acontecido antes de que su hermano y él acompañaran a su padre al páramo. Salvo alguna cabezada ocasional en el calor de su saco, apenas había conseguido pegar ojo. Cansado, se levantó entumecido y con sueño. Trató de calentarse junto a la lámpara de gas, desayunó tres galletas de avena y se sirvió café en la tapa de plástico de su termo. Había comprado el café la noche anterior en una tienda del pueblo, donde lo había atendido un veinteañero bastante simpático pero un tanto descarado. El chico se había empeñado en darle conversación, pero Erlendur no estaba por la labor.
—¿Tienes algo que ver con la fundición? —le había preguntado al reparar en que Erlendur era de fuera.
—No —había respondido bruscamente—. También querría tres paquetes de Viceroy.
El joven, vestido con unos vaqueros rotos y una camiseta rajada, había abierto un cajón y había dejado los cigarrillos sobre la mesa.
—Entonces, ¿trabajas en la presa?
—No. ¿Me pones café en el termo?
—Te lo puedes servir tú mismo —le había indicado señalando hacia una cafetera con la jarra medio llena que reposaba sobre una mesa más bien sucia en un rincón de la tienda—. Es gratis. ¿A qué te dedicas, entonces?
Erlendur había llenado su termo y había pagado el tabaco. El dependiente había observado sus movimientos y, viendo que se avecinaban más preguntas, Erlendur se había apresurado hacia la puerta.
—¿Eres el tío de la casa abandon...? —había escuchado Erlendur mientras salía y se cerraba la puerta.
—Insolente —había murmurado Erlendur tras el portazo.
Terminado su café matutino, se encaminó hacia Egilsstaðir por la carretera que rodeaba el pico Hólmatindur. Contempló el ajetreo de las obras de la fundición en Reyðarfjörður antes de bordear la montaña Suðurfell y el río Fagradalsá para continuar después por el valle Fagridalur, un paraje de belleza inigualable, hasta llegar a Egilsstaðir. Condujo sin prisas. Aunque el tráfico era fluido, los camiones que circulaban en ambos sentidos echaban a perder la calma de la mañana.
Encontró el hogar de la tercera edad con facilidad y al llegar preguntó por el hombre a quien quería ver: Kjartan Halldórsson. Le indicaron que hablara con una empleada y esta lo condujo hasta una pequeña sala de estar donde un hombre de unos setenta años veía unos dibujos animados en la televisión. La chica se inclinó hacia él.
—Tienes una visita, Kjartan —le dijo en un tono cantarín, como si se dirigiera a un niño pequeño.
El hombre se incorporó en la butaca.
—Ah... —balbuceó.
—¿La digo que pase? —le preguntó la chica con un pasmoso laísmo.
Erlendur le dio las gracias y saludó al anciano, un hombre de pelo grueso y gris, con unas manos esqueléticas castigadas por el trabajo. Parecía demasiado débil y anquilosado para su edad. Comenzaron hablando de todo un poco y el hombre le contó a Erlendur que había perdido la visión en un ojo.
—Sí, me estoy quedando ciego de este lado —explicó Kjartan.
—Qué faena —dijo Erlendur por decir algo.
—Sí, una lata. Y más porque la visión del otro ojo también va de mal en peor. Pensaron que lo mejor era meterme en una residencia, no vaya a ser que tenga un accidente. Ya casi no veo ni la pantalla.
Erlendur asumió que se refería a la televisión y continuó conversando con él sobre sus problemas de visión hasta que fue al grano y le explicó que estaba reuniendo información sobre personas desaparecidas en las montañas de los fiordos del este y que había oído que una tía suya, Matthildur, había fallecido en su camino desde Eskifjörður hacia Reyðarfjörður en enero de 1942.
De fondo se escuchaba en una radio la nostálgica melodía de Vor í Vaglaskógi, entre otros grandes éxitos de toda la vida.
—Sí... sí, así es —afirmó Kjartan, aparentemente contento de poder ayudar, aunque fuera poco—. Era hermana de mi madre, pero nunca la conocí.
—¿Te acuerdas del caso?
—No, me temo que no. Yo era un crío cuando ocurrió y, además, vivía en Reikiavik. Pero sí recuerdo haber oído hablar de la tragedia. Tendría unos siete años. Mi madre era la mayor de las hermanas. Se mudó de joven a Reikiavik y me tuvo allí.
—Entiendo.
—Me marché pronto de casa. Fundé una familia. Comencé a trabajar en el mar. En aquel entonces podíamos pescar tanto como quisiéramos. Ahora es solo cosa de ricos.
—¿Y te mudaste al este?
—Sí, mi mujer era de aquí. Pero nunca he tenido mucho trato con mis familiares. Apenas los conozco.
—Matthildur murió la misma noche en que se extraviaron los soldados británicos —señaló Erlendur.
—Así es —confirmó Kjartan—. Se desató una tormenta huracanada en el páramo, de esas en las que uno no puede ni tenerse en pie. Una tormenta letal.
—¿La buscaron durante mucho tiempo?
—Unos días, por lo que oí. Pero, claro, no sirvió de nada.
—¿Recuerdas haber oído a tu madre mencionar el accidente? ¿Te acuerdas de algo que te llamara la atención? ¿Algo fuera de lo normal?
—No, que yo recuerde.
—¿La oíste alguna vez hablar de Matthildur? Por ejemplo, de cómo le iba o de si se llevaba bien con su hermana.
—La verdad es que no hablaba mucho de ella. Mi madre vivía en Reikiavik y en aquel entonces las carreteras eran como eran.
—Me preguntaba si a lo mejor conservas algo de tu madre o de tus tías que guarde alguna relación con Matthildur —dijo Erlendur. También le había hecho esa pregunta a Hrund, pero ella no conservaba nada. Presumiblemente, Matthildur había mantenido contacto por correspondencia con las dos hermanas que se habían mudado a Reikiavik, pero Hrund no recordaba haber oído nada de ninguna carta.
—Cuatro cosas —respondió Kjartan pensativo.
—¿Sabes si Matthildur se escribía con tu madre en aquellos años?
—Mi hermana me envió un baúl después de morir nuestra madre y me dijo que lo podía tirar si quería. Estaba lleno de papelajos: contratos de alquiler, facturas viejas y declaraciones de la renta. Recuerdo que había guardado también un montón de periódicos. Nuestra madre no tiraba nada. No sé con qué fin me lo envió mi hermana. A mí no me servía para nada. También había algunas cartas, pero nunca me paré a leerlas.
—¿Nunca las leíste?
—Madre mía, anda que no tenía yo otras cosas mejores que hacer.
—¿Y ese baúl existe todavía?
—Creo que sí —dijo el anciano—. Mi hijo guarda las pocas pertenencias que tengo. Puedes hablar con él. ¿Vas a escribir sobre la tormenta aquella?
—Quién sabe —respondió Erlendur.
Бесплатный фрагмент закончился.
