Читать книгу: «Inocencia robada»
Título original: Synir duftsins
© Arnaldur Indridason, 1997.
© de la traducción: Fabio Teixidó Benedí, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO608
ISBN: 9788491874959
Composición digital: Newcomlab, S. L. L.
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Índice
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ARNALDURNDRIDASON. ERLENDUR SVEINSSON
OTROS TÍTULOS DE ARNALDUR INDRIDASON EN RBA
A ANNA
Porque de tal manera amó Dios el mundo,
que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
1
Visto desde lejos, el edificio parecía una cárcel. Llevaba años sin ver una sola tarea de mantenimiento. Se habían aplicado los famosos recortes en el sistema sanitario y los peores parados eran siempre ese tipo de hospitales. En las ventanas, un tenue resplandor dorado alumbraba la profunda noche invernal de aquel gélido mes de enero. El gigantesco edificio en decadencia se alzaba solitario a orillas del océano, rodeado de enormes árboles tenebrosos.
En su camino desde la parada del autobús hacia el hospital, Pálmi se fijó en que había aumentado el número de ventanas con barrotes en la segunda planta. Cada vez añadían más. Desde que tenía uso de razón, había visitado aquel lugar cada semana para ver a su hermano. Los tratamientos dispensados a los enfermos del hospital también habían decaído a medida que el edificio se degradaba. Ahora solo servía como lugar de reclusión de enfermos mentales aturdidos por los medicamentos. A Pálmi siempre le había causado pavor aquel sitio. De pequeño se había negado más de una vez a entrar con su madre y solía quedarse fuera esperando a que terminara la visita. Pero ahora ya no podía hacerlo. Su madre había fallecido y él era el único que podía ir a ver a su hermano.
Entró por la estrecha puerta de acceso al pasillo donde los enfermos se congregaban para fumar. No era la entrada principal, pero sí el camino más corto para llegar a la habitación de su hermano. Nada más entrar se dio cuenta de que allí pasaba algo raro. Cerca de la puerta solía merodear siempre un grupo de enfermos con los dedos amarillentos a causa del tabaco. Los dejaban bajar en pequeñas tandas y allí pasaban el rato fumando con la mirada perdida. Todos conocían a Pálmi, que procuraba llevar una cajetilla cada vez que iba. Algunos le daban las gracias y otros se limitaban a seguir mirando el infinito. Pero ese día no había nadie. Pálmi escuchó a lo lejos unos gritos y el sonido de una alarma.
El pasillo, largo y estrecho, estaba mal iluminado. Una gruesa capa de pintura verde para barcos cubría las paredes hasta el techo. Al fondo se hallaba la habitación su hermano, pero se la encontró vacía. La compartía con otro enfermo y la solía tener bien ordenada, pero ese día parecía que alguien se hubiera desbocado en aquel cuarto tan pequeño: el armario estaba hecho pedazos y la cama, volcada. Las pocas posesiones de Daníel estaban tiradas por el suelo. Pálmi dio media vuelta y salió rápidamente al pasillo para buscar a algún empleado. Llegó a un rincón donde había dos ascensores y apretó los botones. Al abrirse las puertas del de la izquierda, salieron dos cuidadores sujetando a un enfermo amordazado.
—¿Dónde está Daníel? —preguntó Pálmi mientras miraba aterrorizado a los ojos frenéticos del enfermo que forcejeaba. Sabía que se llamaba Natan y que acababa de ingresar en el hospital. Los tres hombres pasaron por delante de él y uno de los enfermeros voceó:
—Danni está sembrando el caos. Se ha subido a la planta de arriba con la intención de suicidarse. A ver si consigues hablar con él.
Luego desaparecieron. Pálmi se metió en el ascensor, apretó el botón de la quinta planta y apareció en una enorme sala de estar donde había mesas y sillas tiradas por el suelo, los armarios estaban destrozados y salía fuego de una cocina. Los empleados combatían las llamas con extintores. Habían logrado controlar a los enfermos y retenerlos en un rincón, desde donde los acompañaban uno por uno hasta los ascensores. Unas ventanas, de la altura de una persona, se alineaban en la pared de enfrente. Una estaba rota y el hermano de Pálmi se encontraba de pie junto a ella, de espaldas a la noche invernal.
—¡Pálmi! —gritó Daníel al ver que se acercaba su hermano—. Diles que se piren. ¡Estos cabrones quieren hacerme daño!
—¿Puedes hacerlo entrar en razón? —preguntó exaltado uno de los cuidadores a Pálmi—. Le ha prendido fuego a todo y amenaza con suicidarse. Si logramos calmarlo, podremos recuperar el control de la situación.
—¡No os acerquéis, hijos de puta! —les gritó Daníel a los cuidadores, que formaban un semicírculo delante de él, a una distancia prudencial.
Pálmi se acercó a su hermano, haciendo como si no viera a los enfermeros. Sin tratar de abalanzarse sobre él ni apartarlo de la ventana, se quedó a su lado y bajó la mirada. Cinco plantas más abajo se veía el patio trasero del hospital. En sus tiempos estaba bien iluminado, pero ahora solo lo alumbraba una triste farola lejana.
—¿Sabes lo que me han hecho estos cerdos de mierda? —le preguntó Daníel. Pálmi nunca lo había visto tan alterado. Tenía más de cuarenta años, era bajito y llevaba el pelo rapado. Vestía unos vaqueros y una camisa blanca. Iba descalzo.
—¿Te han tratado mal?
—Son unos malnacidos. ¿No podemos irnos a casa, Pálmi? ¿Por qué no piensas en mí?
—¿Qué te parece si bajamos y charlamos en la habitación?
—No, vamos a hablar aquí. Me voy a ir a casa contigo, Pálmi. Podemos vivir juntos y así no tendré que ver a estos malnacidos nunca más. Por favor, Pálmi. No puedo pasar más tiempo aquí. Mamá dijo que cuidarías de mí. ¿Por qué no lo haces?
—Primero tenemos que apartarnos de la ventana.
—¿Por qué no, Pálmi?
—Daníel, vamos a bajar.
—Me han envenenado, Pálmi. Monstruos de mierda. Nos han envenenado a todos. Son unos sinvergüenzas. Unos asesinos.
—Podemos hablar de eso, pero abajo, Daníel. Vamos a alejarnos de la ventana.
La tensión parecía haberse disipado. Se habían llevado al último enfermo de la sala y los enfermeros que rodeaban a los dos hermanos se tranquilizaron. Habían extinguido el fuego de la cocina. Los gritos se habían acallado y las alarmas habían dejado de sonar. Daníel se serenó al ver a su hermano y este recuperó levemente la calma.
—Pálmi, ¿te acuerdas de cuando me puse enfermo y me trajisteis aquí? Os decía que había llegado a la Tierra subido a una estrella fugaz que venía del paraíso. Me expulsaron porque había dejado de creer. ¿Te hablé de los demás?
Daníel abrazaba a Pálmi y le susurraba al oído. La mayoría de los cuidadores habían desaparecido.
—Tienes que preguntar de dónde venían los demás.
—¿Los demás? ¿Quiénes, Daníel?
—Los de clase, Pálmi. Pregunta si ellos también venían del paraíso —respondió agarrando a su hermano de los hombros.
—¿Que le pregunte a quién?
—Saben perfectamente lo que han hecho, los muy cerdos.
—¿De qué estás hablando, Daníel? Aléjate de la ventana. Hazlo por mí, baja a la habitación. Allí podemos hablar tranquilamente sobre tu vuelta a casa.
—¿Sabes que ahora mismo estamos en el punto más cercano al Sol, Pálmi? —dijo Daníel con aire sosegado. Le dio a su hermano un beso en la frente. Al apartar la cara, Pálmi leyó en sus ojos lo que se disponía a hacer. Lo vio en su mirada, pero lo entendió demasiado tarde. La chispa de la vida se había extinguido. Daníel retrocedió en silencio y se tiró por la ventana. Pasó una eternidad hasta que Pálmi escuchó un golpe sordo.
Consternado, se acercó y miró hacia abajo. Daníel yacía boca arriba con los brazos extendidos y las piernas dobladas sobre los empinados escalones de cemento que descendían hacia el sótano del hospital. Había comenzado a nevar. Cuando por fin llegó la ambulancia, los copos de nieve cubrían el cuerpo de Daníel como una fina mortaja blanca.
2
En otra zona de la ciudad se hallaba una vieja casa de madera revestida de chapa ondulada y pintada de negro. Construida a comienzos del siglo XX, de una sola planta abuhardillada, estaba rodeada por un pequeño jardín descuidado sin vallar. En un rincón despuntaba un enorme pino y había un bidón de gasolina abierto tirado en el césped.
La puerta principal de la casa estaba abierta. En el interior olía a cerrado. Unas gachas de avena se habían quemado en una vieja cocinilla de la que salía un denso humo negro. La peste a requemado se mezclaba con el hedor que ya flotaba en el ambiente. La cocina estaba llena de mugre, como el resto de la casa. Los periódicos se amontonaban en el suelo y se veían tazas y platos sucios por todas partes. Había andrajos desperdigados por los muebles y colgados en las paredes. La casa estaba sumida en la penumbra. Solo la iluminaba la luz de las farolas que se filtraba por las ventanas. En la habitación contigua al salón se podía ver un tenue resplandor.
El dormitorio carecía de ventanas, estaba atestado de trastos y del techo colgaba una bombilla desnuda. Sobre el escritorio, una vieja lámpara verde agachaba la cabeza, como si le aterrara levantar la mirada. De ella provenía la luz. La mesa estaba cubierta de libros, montones de revistas, tinteros y elegantes plumas estilográficas. En un antiguo gramófono sonaba música de fondo. Dvořák. La Sinfonía del Nuevo Mundo.
Frente al escritorio se sentaba un anciano que llevaba puestas unas zapatillas de fieltro. Su raído albornoz rojo parecía grueso y cálido. Tenía las manos pálidas y los dedos finos, y hacía tiempo que no se había cortado las uñas. Era prácticamente calvo y los pocos mechones blancos que le caían desde las sienes le bajaban hasta los hombros. Tenía los ojos pequeños y llevaba varios días sin afeitarse. Estaba atado a la silla, completamente empapado. Olía a gasolina.
A sus pies se había formado un pequeño charco. El líquido inflamable se había extendido por la habitación y llegaba hasta el salón, donde también empapaba las paredes, los muebles y la ropa tirada por el suelo. La cocina y la puerta de la entrada también estaban rociadas de gasolina. El hombre sentado en la silla estaba completamente inmóvil. No emitía ningún sonido y no trataba de liberarse. Aguardaba tranquilo a lo que pudiera estar a punto de ocurrir, como si, fuera lo que fuera, se lo tuviera merecido. Parecía resignado.
Se escuchó un leve chasquido al raspar la cerilla y encenderse la llama. Sin forcejear, el hombre de la silla miraba al frente mientras las lágrimas le descendían por las mejillas. Agachó la cabeza y, con labios temblorosos, canturreó una canción infantil, como para calmarse.
Una mano colocó la cerilla encendida entre los dedos del hombre y este la sostuvo unos segundos antes de dejarla caer. El fuego estalló de inmediato y envolvió la silla y el escritorio antes de propagarse por el suelo a toda velocidad hasta alcanzar el salón y trepar por las paredes. La casa se incendió en cuestión de segundos. Los cristales reventaron. El fuego se escapaba por las ventanas dándole dentelladas a la noche invernal. El hombre trató de levantarse, pero se cayó de espaldas en la puerta del dormitorio y quedó engullido por un mar de llamas.
Las paredes del salón estaban prácticamente tapizadas por una serie de fotografías enmarcadas, dispuestas en filas ordenadas con meticulosidad. Parecían los únicos objetos de la casa que habían recibido algún cuidado. Las más antiguas, ovaladas, eran los retratos en blanco y negro de unos jóvenes cuyos nombres aparecían en forma de arco debajo de cada imagen. En el centro figuraba el colegio. Las viejas fotos individuales daban paso a unas fotos de grupo en las que los alumnos posaban formando dos o tres filas junto a su profesor. En las más antiguas, a los niños se les veía bien arreglados: los chicos con el pelo engominado y las chicas con trenzas. Los fotógrafos ordenaban a los alumnos por estatura y sexo para armonizar la imagen. En la fila delantera posaban sentados en el suelo; en la del medio, en sillas y en la última, de pie. En las más recientes, los alumnos se colocaban donde les parecía y no iban tan bien vestidos. Las fotografías mostraban un sinfín de sonrisas, unas más amplias y otras más comedidas. Algunos niños reían a carcajadas. Observándolas se podía apreciar la evolución de la forma de vestir y del peinado. De alguna manera, las fotos también daban cuenta de un cambio de actitud a lo largo del tiempo. Mientras que en las más antiguas los niños miraban al porvenir con un brillo en los ojos, disciplinados, bien vestidos y tímidos ante la cámara, en las más recientes reinaban el caos y la informalidad. No se veía el respeto por el momento, la tradición o el espíritu del colegio. Nadie llevaba el pelo engominado.
En todas esas fotografías, que en ese momento se consumían en el incendio, el profesor era siempre el mismo y en él se podían apreciar los mismos cambios que en sus alumnos. Las más antiguas eran fotos suyas como estudiante de primaria. A continuación se le veía en el instituto y después junto a sus primeros alumnos cuando ya era profesor, vestido de traje, con una corbata estrecha, unas gafas de carey y el pelo lacio peinado hacia un lado. Ante él se dibujaba un futuro cargado de esperanza. Más adelante aparecía con un jersey andrajoso, el aire cansado y sin pelo. Se había convertido en un anciano frustrado. En una de las primeras fotografías se le veía de pie junto a un chico sentado en el suelo, que, en lugar de mirar a la cámara, alzaba la vista hacia su profesor. Era Daníel.
Atado a la silla, el viejo profesor yacía en el suelo mientras sentía que su vida se extinguía pasto de las llamas.
3
Pálmi se asomó a la ventana rota y bajó la mirada hacia el cuerpo de Daníel. Se dio la vuelta a toda prisa y salió corriendo hacia los ascensores. Al ver que tendría que llamarlos y esperar, se metió por la escalera. Le había parecido ver un leve movimiento. La chispa de la esperanza se había encendido en su interior como un rayo. Bajó los escalones de cuatro en cuatro, salió disparado al exterior, llegó corriendo al jardín trasero y se acercó a las escaleras que conducían al sótano. Pero no le había servido de nada apresurarse. Daníel estaba muerto. Tenía rotos casi todos los huesos.
Se sentó en la nieve junto a su hermano y observó los copos posarse sobre su cuerpo hasta que llegaron la policía y la ambulancia. Sin pedirle a Pálmi que se apartara, metieron el cadáver de Daníel en la ambulancia y se fueron. Como los suicidios se trataban como casos criminales, los miembros de la Policía Judicial tomaron declaraciones a los trabajadores, a los médicos y a Pálmi, aunque ninguno tenía mucho que decir. La noticia de que Daníel había muerto corrió como la pólvora entre los internados y el silencio cayó en el lúgubre edificio.
—Era muy buen chico —declaró un anciano celador que había trabajado mucho tiempo en el hospital y apreciaba de veras a Daníel. Sentados en la cafetería, un grupo de celadores y enfermeros conversaban con Pálmi, quien aún no se podía creer lo que había ocurrido y todavía no tenía fuerzas para marcharse, a casa o a donde fuera. Uno de los cuidadores había salido al patio y lo había acompañado bajo la nieve al interior del edificio. La Policía Judicial no se quedó mucho tiempo. Todo era muy obvio. Un manicomio. Disturbios. Un suicidio. Numerosos testigos habían visto a Daníel saltar por la ventana. No había sido un accidente. Se había tirado por voluntad propia.
—¿Qué ha pasado exactamente? —preguntó Pálmi, pensativo, inclinado hacia delante y con la cara hundida en sus manos. Tenía una voz clara y bonita, aunque ceceaba levemente al hablar.
—Daníel llevaba raro unas semanas —comentó el mismo celador, un buen hombre de unos cincuenta años con una espesa cabellera rizada, la nariz grande y la cara ancha. Se llamaba Guðbjörn.
»Solía estar muy nervioso y nos daba mucho trabajo. Ya sabes cómo se ponía cuando se negaba a tomarse la medicación y se empeñaba en decirles a los otros enfermos que, en realidad, estaban sanos. A veces perdía la cabeza. Pero últimamente se le veía de lo más sosegado. Vagaba por ahí, en su propio mundo, sin dirigirle la palabra a nadie.
—Yo no le había notado ningún cambio, y eso que vengo cada semana. Casi siempre estaba tranquilo y hablaba bien de todos los empleados. ¿Qué quería decir con eso de que sois unos malnacidos?
—Le encantaba echar pestes sobre nosotros y culparnos de todo —señaló otro celador más joven, llamado Elli.
Pálmi sabía que era cierto. Daníel solía acusar al personal del hospital —médicos, enfermeros y celadores—, de que sus tratamientos no eran los apropiados y exigía que le dejaran consultar a médicos independientes. Dado que tenía serias limitaciones para salir del hospital, los exámenes médicos en la ciudad le brindaban la oportunidad de escaparse por un tiempo.
—¿Qué le puede haber hecho cambiar? —preguntó Pálmi.
—Eso se lo tendrás que preguntar al doctor. Yo creo que tiene algo que ver con ese hombre que venía tanto a verlo últimamente —respondió Guðbjörn—. Era mucho mayor que Danni y se pasaban hablando horas y horas. Nunca lo había visto antes, pero estoy seguro de que tenía algún significado especial para tu hermano.
—Sí, espera, ¿cómo lo llamaba Danni? —preguntó la enfermera, de nombre Andrea, tratando de hacer memoria. Era una mujer bajita, regordeta y con cara de buena persona.
—¿No era Hilmar o Haukur o algo así? —respondió Elli—. Nunca llegué a saber de qué hablaban tanto. Un día me pareció verlos un poco alterados mientras decían algo de unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao, o eso me pareció, aunque podría equivocarme. Ni que los hubiera estado espiando —aclaró a modo de excusa—, solo pasé por delante de ellos en la cafetería.
—¿Cápsulas de aceite de hígado de bacalao? —preguntó Pálmi—. ¿Se las dais a los enfermos?
—En absoluto —respondió Andrea—. Esto no es un centro de rehabilitación —afirmó mirando a sus compañeros.
—Danni solo me tenía a mí. Y a vosotros, claro. No entiendo quién podría venir a verlo —dijo Pálmi, ensimismado—. ¿Recibía otras visitas además de las mías?
—No, nunca —contestó Andrea—, salvo estas últimas semanas. Pensaba que te lo habíamos comentado.
—Es la primera noticia que tengo —aseguró Pálmi—. ¿Sabéis quién es o cómo se llama ese hombre?
—La verdad es que no me acuerdo. Habla con Jóhann —le sugirió Andrea.
Jóhann era el celador que mejor conocía a Daníel. Había comenzado a trabajar en el hospital hacía una década y ambos habían entablado una profunda amistad. Pálmi había llegado a la conclusión de que Jóhann era mejor para su hermano que ningún doctor o medicina.
—¿Dónde está? —preguntó.
—Hace una semana que no trabaja aquí. Puso a caldo a nuestro jefe —explicó Guðbjörn—. Creo que lo han echado.
—¿Que lo han echado? ¿Y eso por qué?
—Estaba hasta la coronilla de la dirección del hospital —respondió Andrea mientras miraba a sus compañeros.
—Nadie nos ha explicado nada —añadió Guðbjörn—. Jóhann llevaba tiempo quejándose y discutiendo en las oficinas. Les cantó las cuarenta y se marchó. Lo más seguro es que ya no aguantase más tonterías. La asistencia médica está bajo mínimos, faltan enfermeros y al hospital se les van los empleados. La solución consiste en atiborrar de medicamentos a los enfermos para calmarlos. Ese es todo el tratamiento que les dan. Todo funcionaba mejor antes de los recortes. Jóhann se oponía firmemente a las nuevas medidas económicas. Era a quien más le afectaba el modo en que se trataba a los enfermos. Ahora solo se quedan los casos más graves de demencia, y a los demás los envían a sus casas, donde sin duda causarán grandes problemas.
—¿Cómo es posible dirigir un psiquiátrico en esas condiciones? —preguntó Pálmi.
—Aquí todo es posible —respondió Elli.
—Hay un detalle curioso sobre ese hombre que venía a ver a Danni —reparó Guðbjörn, pensativo—. Tal vez suene un poco infantil, y no creo que tenga la menor importancia. Venía todos los jueves a la misma hora, a las cinco, con un viejo maletín que no le vi abrir ni una vez. Era calvo, tenía la cara muy pálida e iba siempre muy desarreglado. Pero lo que me llamaba la atención era que tarareaba todo el rato la misma melodía.
—Un momento, si hoy estamos a viernes, ¿ese hombre estuvo aquí ayer? —preguntó Pálmi.
—Pues no lo vi, pero es muy probable.
—¿Qué tarareaba? —preguntó Pálmi.
—Eso es lo que me parecía raro —respondió Guðbjörn—. Me daba la impresión de que eran unos versos de Jónas Hallgrímsson: «... y tus días de mayor gloria iluminarán como un relámpago la noche de los tiempos».
4
Pálmi llegó a casa hacia medianoche. Todavía no había acabado de entender lo que había ocurrido por la tarde. Inmerso en sus pensamientos, encendió la luz del pasillo. Podía escuchar la televisión de Dagný, su vecina. Él no tenía televisor. Su apartamento estaba lleno de objetos decorativos y cuadros, pero lo que más destacaba era su colección de libros, que tenía dispuestos ordenadamente en enormes estanterías que cubrían las paredes. Soltero y sin hijos, Pálmi regentaba una librería de segunda mano en el centro.
Llenó el hervidor de agua para prepararse un té antes de dormir. Pensó en Daníel, en Jóhann, en el hombre de las visitas y en si quizás el suicidio era la única solución que le quedaba a su hermano. Habían hablado mucho del tema. Pálmi no comprendía esa opción, jamás había reflexionado al respecto y le parecía descabellado que alguien quisiera poner fin a su vida. Sin embargo, Daníel lo veía como algo natural. No era asunto de nadie que se quisiera suicidar. El acto, en sí, le parecía repugnante y doloroso, bien fuera cortándose las venas de la muñeca, abriéndose la yugular o colgándose del techo. Era humillante y denigrante. Daníel quería que el suicidio se regulara igual que una operación quirúrgica, como la extirpación de una glándula o una operación de varices.
Una de las razones por las que no podía vivir con Pálmi era, precisamente, su tendencia suicida. Había estado a punto de lograrlo en las dos últimas ocasiones. Daníel había pasado la mayor parte de su estancia en el hospital bajo los efectos de una fuerte medicación. Pálmi no podía asegurarse en cada momento de que se tomaba los medicamentos que controlaban su impulso. Había intentado retirar de casa cualquier objeto que Daníel pudiera utilizar para quitarse la vida, pero era una batalla perdida. Una vez, al volver a casa, Pálmi había encontrado a su hermano con una bolsa en la cabeza, y consiguió reanimarlo realizándole el boca a boca. En otra ocasión lo había descubierto con una soga alrededor del cuello. La cuerda se había roto y Daníel había estado en el suelo tirando de ella con todas sus fuerzas hasta perder el conocimiento.
Pálmi había decidido ingresar de nuevo a su hermano en el hospital. Dos años después, al comprobar que no había intentado suicidarse otra vez, se llegó a plantear llevarlo otra vez a casa, pero había cambiado de opinión en el último momento. Vivía solo en un agradable apartamento heredado de su madre. A Daníel le habían diagnosticado esquizofrenia muchos años atrás. Pálmi recordaba vagamente el inicio de la enfermedad. Los hermanos se llevaban diez años y Pálmi era muy pequeño cuando comenzaron a manifestarse los primeros síntomas. Recordaba haber visto feliz a su madre y haber jugado con un niño alegre y risueño, pero no eran más que momentos puntuales de una infancia espantosa. Lo que más recordaba era el sufrimiento de su madre, la furia de Daníel y las interminables visitas a aquel terrorífico hospital.
A Daníel lo habían expulsado del paraíso.
Hasta donde Pálmi sabía, su hermano había tenido una infancia normal, pero a los trece años experimentó un cambio drástico e inesperado. Había comenzado a beber y a consumir drogas duras con sus compañeros de clase. Durante los años siguientes tuvo continuas trifulcas con su madre y con la policía, que una noche tras otra lo llevaba a casa drogado o bebido después de habérselo encontrado tirado por la calle. Dejó de dormir y, al cabo de unos años, comenzó a oír voces, a tener alucinaciones y a hablar con personas imaginarias. En lugar de dormir, se pasaba las noches leyendo cualquier cosa. Almacenaba en su memoria todo lo que leía y era un erudito en los campos más dispares. A menudo caía rendido por las mañanas y entonces dormía unas pocas horas. De noche solía deambular por la ciudad y se drogaba sin que su madre pudiera hacer nada. Decía que eran las malas compañías, los chicos de clase. Había comenzado el instituto, pero lo dejó pronto. Al mismo tiempo, se volvió muy creyente pese a que nunca hubiera mostrado ningún interés religioso. Las voces que aseguraba oír le transmitían mensajes de fe que alteraban su visión de la realidad. Por ejemplo, en cierta ocasión había leído en el periódico que habían visto una especie de augurio en el cielo, probablemente un meteorito que se estaba desintegrando en la atmósfera envuelto en una nube de chispas incandescentes, y pensaba que esa estrella fugaz era él mismo cayendo desde el paraíso. Lo habían expulsado y debía arrepentirse si quería ser readmitido. Lo que más lo atormentó durante toda su vida fue aquella extraña pérdida del paraíso.
Daníel no percibía los cambios que se producían en él y no admitía que estuviera enfermo. Al contrario, consideraba que era quien mejor razonaba de todos los que tenía a su alrededor, y había reaccionado violentamente el día en que su madre, cansada y aterrada, solicitó asistencia médica. Se volvió arrogante e irascible y su estado se fue deteriorando con los años. Acabó sin poder valerse por sí mismo, daba muestras de violencia y trataba de suicidarse una y otra vez. Un día agredió a Pálmi y lo lanzó contra una pared con tal agresividad que lo dejó inconsciente. Cuando su madre se acercó para ayudarlo, Daníel cogió un cuchillo de la cocina y se lo clavó en el hombro antes de salir corriendo. Su madre se mostraba reacia a internarlo en un hospital psiquiátrico, pero no le había quedado más remedio después de una segunda agresión a Pálmi, aún más violenta. Habían pasado veinticinco años desde su ingreso. La madre había fallecido hacía siete. Desde entonces, Pálmi vivía solo.
Daníel presentaba el clásico cuadro de esquizofrenia. Su madre se había preguntado durante toda su vida cómo era posible que ningún miembro de su familia hubiera desarrollado la enfermedad. Estaba convencida de que era hereditaria. Sin embargo, apareció en su pequeño sin explicación alguna, como un rayo caído de un cielo sin nubes, y le arruinó la vida de repente. A menudo se enfurecía al pensar en la mala suerte que había corrido su hijo y lloraba de puro desespero. Ella era quien mejor lo había conocido antes de que la enfermedad se adueñara de él.
Sentado en el salón con su taza de té, Pálmi se acariciaba la mano derecha con el ceño fruncido, como si todavía sintiera el dolor de unos acontecimientos ocurridos mucho tiempo atrás. Las quemaduras no le permitían usar ni el dedo meñique ni el anular. Pálmi, su hermano y su madre formaban el núcleo familiar. Su padre había fallecido poco después de nacer Pálmi y solo lo conocía a través de las historias que su madre le había contado. Según ella, no había existido mejor hombre en todo el planeta. Era un marinero que había naufragado en la costa oeste como consecuencia de una gran tormenta. Hasta sus defectos se habían convertido con el tiempo en anécdotas graciosas. Como su problema con el alcohol. Cuando salía de borrachera podía desaparecer durante una semana entera, pero, después de su fallecimiento, sus largas ausencias habían pasado a ser viajes motivados por su deseo de aventura y su inquietud innata por hacer amistades. Sin embargo, ninguna de esas «amistades» se había puesto luego en contacto con la viuda, madre de dos hijos, después de su muerte. Pálmi había perdido a sus padres y se acababa de quedar sin su único hermano.
Su madre se había ido de casa siendo muy joven y prácticamente había perdido el contacto con sus padres desde que estos se habían trasladado a Dinamarca. Pálmi sabía que aún tenía allí un abuelo muy mayor. Al fallecer su madre, su abuelo y su abuela habían venido a Islandia y se habían quedado un par de días antes de coger el vuelo de vuelta a Dinamarca y dejar tras ellos una desagradable sensación de indiferencia e irritación.
Pálmi oyó que alguien llamaba levemente a su puerta. Sabía que solo podía tratarse de Dagný. Su vecina se había mudado con sus dos hijos al inmueble unos años atrás y habían entablado una buena amistad. Delgada y bajita, Dagný trabajaba como secretaria en el Instituto de la Seguridad Social. En las raras ocasiones en que a Pálmi le apetecía ver algo en la televisión, se pasaba a casa de su vecina, que siempre agradecía la compañía. Su matrimonio no había funcionado bien y desde entonces había tenido mala suerte con los hombres, así que decidió tomarse un descanso. Había conocido fugazmente a un mayorista que no se separaba nunca del teléfono móvil, ni siquiera al acostarse con ella. Lo tuvo que llamar para dejarlo. Después decidió a un psicólogo infantil que no soportaba a sus hijos. Les había pedido a los chicos que le dijeran que su madre no quería verlo más. Pálmi fue una agradable novedad. Además, los niños lo adoraban.
—¿Era tu hermano Danni el que ha salido en las noticias? —le preguntó al entrar.
—Sí —respondió Pálmi cerrando la puerta.
—¿Qué ha ocurrido?
—Si te digo la verdad, aún no lo sé. Por algún motivo, este mediodía ha perdido la cabeza, ha puesto el hospital patas arriba y luego se ha tirado por la ventana del último piso. Ha muerto en el acto.
—Pobre Danni.
—Sé que le ocurría de vez en cuando. Aun así, hay algo que me huele raro. Alguien visitaba a Daníel en las últimas semanas. No sé de nadie que hubiera podido tener motivos para ir a verlo. Ningún empleado sabe quién era ese desconocido, aunque todavía debo preguntarle a Jói. Nadie sabe de qué hablaba con Danni. Se ve que un celador los oyó hablar una vez de unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao.
—¿Cápsulas de aceite de hígado de bacalao?
—Puede que sea un malentendido.
—¿Estaba ya muerto cuando has llegado?
—No —respondió Pálmi—. Se me ha escapado de las manos, literalmente. Tal vez lo podría haber agarrado si hubiera pensado un poco más deprisa. Si hubiera entendido mejor las circunstancias, si me hubiera dado cuenta del peligro. Pero lo he comprendido demasiado tarde, cuando ya había saltado al vacío. De pronto yacía allí, en las escaleras. Todo había terminado. Todavía no concibo lo que ha pasado.
—Es normal que te culpes —dijo Dagný acariciándole la mejilla. Todavía estaban en el pasillo, frente a la puerta de la entrada. Su relación nunca los había conducido hasta el dormitorio y a ambos les parecía muy bien que así fuera.
—Hablaba de personas a los que llamaba «los demás». Quería que me informara sobre ellos. No sé a qué se refería. Ha mencionado el paraíso, lo cual no es ninguna novedad, pero después ha mencionado eso de «los demás». Nunca le había oído decir algo así.
—¿Qué habrá querido decir?
—Luego me ha hablado del colegio. Lo habían expulsado del paraíso y no dejaba de repetir que, si regresaba, todo se arreglaría y recuperaría la salud. Después me ha pedido que preguntara de dónde venían los demás. Pero ¿quiénes son los demás? ¿Y preguntar a quién?
—¿A qué se refería?
—A algo relacionado con el colegio. Daníel pasó por tres escuelas distintas a lo largo de su vida. Estuvo unos meses en el instituto, un año en el colegio de Ármúli y todos los años anteriores en el colegio de Víðigerði.
—¿No estaría delirando? Decía muchos disparates.
—Luego me ha dicho que estábamos en el punto más cercano al Sol. Esas han sido sus últimas palabras. Que ahora estábamos en el punto más cercano al Sol. ¿Cómo se supone que tengo que interpretar eso? —Pálmi suspiró.
—¿No lo sabías? —preguntó Dagný, para quien la astrología y el movimiento de los cuerpos celestes no tenían ningún secreto—. Todos los islandeses piensan que es en julio, pero es ahora, en enero, cuando la Tierra está más próxima al Sol.
5
La vieja casa de madera había ardido en un instante. Por la tarde, al llegar los bomberos y la policía, había quedado reducida a cenizas. Los bomberos habían desplegado un gran operativo debido a que el edificio se encontraba en el barrio de Þingholt, una zona densamente poblada, y lo rodeaban otras casas de madera. Por suerte, apenas soplaba el viento y el fuego ascendía en vertical hacia el cielo, consumiendo todo lo que podía sin propagarse hacia los laterales. Hasta el día siguiente no hallaron el cadáver entre las ruinas calcinadas. Nada más bajar del coche, el agente de la Policía Judicial Erlendur Sveinsson entendió que el incendio había sido provocado. No era un gran misterio, no tuvo ni que emplear sus conocidas dotes de deducción. El incendiario parecía haber querido dejar un mensaje: en la parte trasera de la casa había un bidón de diez litros de gasolina tirado sobre el césped congelado. Empezaba a clarear y los escombros humeaban bajo el frío glaciar de enero. La policía había acordonado el solar con una cinta amarilla y algunos agentes deambulaban entre las ruinas.
Erlendur los dispersó y les pidió que se alejaran de los escombros. Enseguida encontró el esqueleto y se inclinó sobre él. No quedaba ni el más mínimo trozo de carne. La silla había ardido y estaba tirada en el suelo calcinado. La víctima tenía la mandíbula abierta y sus órbitas huecas miraban hacia el cielo gris. Erlendur reparó de inmediato en unos restos de cordel alrededor de los tobillos y las muñecas.
—¿Se sabe quién vivía aquí? —le preguntó Erlendur a su compañero de la Judicial, un joven llamado Sigurður Óli que lo seguía de cerca mientras examinaba los escombros.
—Un tal Halldór. Vivía solo. Soltero y sin hijos. Había vivido aquí desde que se instaló en Reikiavik. Daba clase en el colegio de Víðigerði y acababa de jubilarse. Nació en 1928, en el distrito de Árnessýsla.
—Muy bien. ¿Y, por casualidad, no sabrás también quién le ha prendido fuego? —le preguntó Erlendur con ironía. Por las mañanas no hacía gala de su mejor humor.
—Llevo al teléfono toda la mañana —respondió Sigurður Óli—. ¿Estás seguro de que lo han asesinado?
—De que lo han freído, querrás decir. Si es que este es él. ¿Tienes el nombre de su dentista?
—Lo averiguaré.
—¿Sabes si tiene algún familiar?
—Según el director del colegio de Víðigerði, tiene una hermana mayor que vive en una residencia de Hafnarfjörður.
—¿Le has dado ya la noticia?
—Pensaba ir luego. El director me ha dicho que se había jubilado con un año de antelación. Se había hecho viejo y daba clases como sustituto o algo así. Pero había tenido algunos problemas. Por lo que he entendido, los alumnos lo acosaban. Una vez lo rodearon y lo cubrieron de escupitajos. Puede que a los chavales se les fuera de las manos anoche.
—No tiene por qué, si ya se había jubilado. Aunque no deberíamos descartarlo.
Examinó con detenimiento las pistas sembradas alrededor del cadáver para hacerse a la idea de la distribución de las habitaciones.
—Aquí aún quedan restos de cordel —indicó Sigurður Óli.
—Parece estar hecho de un material resistente al calor. Solicita los planos de la casa en la oficina de seguros contra incendios.
—Ya lo he hecho —se apresuró a decir Sigurður Óli, sin poder disimular su satisfacción. Hacía poco que habían entrado en la Judicial y le habían asignado trabajar con Erlendur, que llevaba décadas en el cuerpo. A Erlendur le ponía de los nervios su nuevo compañero. Sin embargo, a Sigurður Óli no parecía importarle mucho. Él también había estado la noche anterior en el lugar de los hechos, pero, a diferencia de su jefe, no había regresado a casa. A Erlendur le sacaba de quicio que siempre tuviera que ir vestido de punta en blanco.
—Y entonces, ¿cómo es que no los llevas en la mano? —le preguntó.
—Un momento, los tengo en el coche —respondió Sigurður Óli antes de salir disparado a por ellos.
Erlendur estudió la posición del esqueleto. La parte inferior reposaba sobre unas astillas que parecían restos de la silla. Al parecer, el fuego se había desarrollado con más intensidad alrededor del cadáver y la casa se había incendiado prácticamente a la vez. El autor del crimen no había escatimado en gasolina. En ese momento llegó el fotógrafo y Erlendur le pidió que esperara un poco.
Según los planos, el cadáver yacía entre el dormitorio y el salón. Erlendur dedujo que el hombre había intentado escapar. Del salón salía un pequeño vestíbulo donde se encontraba la entrada principal y desde donde también se accedía a la cocina y a una pequeña habitación. Un tabique separaba la cocina del salón, donde el suelo estaba cubierto de multitud de cristales, muchos más de lo que cabría esperar de las dos ventanas que habían estallado durante el incendio. Sobre los cristales había una serie de objetos que parecían unos marcos calcinados, unos de metal y otros de madera. Los miembros de la Científica acababan de llegar al lugar de los hechos y no se arriesgaron a entrar en la zona de escombros sin que Erlendur les diera su permiso. El policía les señaló el bidón de gasolina y lo cogieron con cuidado para meterlo en una bolsa de plástico.
—El autor no se ha andado con contemplaciones —murmuró Erlendur para sí mismo mientras se inclinaba sobre el esqueleto. Sigurður Óli prestaba toda su atención—. Este hombre no tuvo la más mínima oportunidad —continuó Erlendur—. Si realmente lo han asesinado, ¿qué necesidad había de montar semejante espectáculo? ¿Por qué no hacerlo con algo más de gusto y ocultar los indicios? No le habría supuesto mucho esfuerzo. En la vida he visto una cosa igual. ¡Un bidón de gasolina en el lugar del crimen!
—¿Cuál es tu hipótesis? —preguntó Sigurður Óli clavándole la mirada.
Erlendur les indicó a los de la Científica que podían acceder a la zona acordonada. Tres hombres entraron con precaución, pertrechados de bolsas y aparatos de todo tipo.
—Arrogancia —respondió Erlendur mientras se acercaba de nuevo al esqueleto para examinar meticulosamente su posición. Detuvo la mirada en los puños. Agarrotados, se alzaban al aire como desafiando la atrocidad de su muerte.
«Si este es Halldór, era un hombre de huesos finos y manos esbeltas», pensó Erlendur.
—Vamos a esperar a recibir la confirmación del dentista antes de hablar con su hermana —concluyó.
6
Jóhann, el antiguo celador del hospital, vivía en el semisótano de un inmueble de la avenida Miklabraut, la arteria más transitada de Reikiavik. El ruido del tráfico se escuchaba las veinticuatro horas del día y en el aire flotaba siempre una espesa nube de polución. No servía de nada que Jóhann hubiera instalado cristales cuádruples en la ventana de la cocina, que daba directamente a la avenida. A cambio, los precios de los apartamentos eran de los más bajos de la ciudad. Lo peor eran las tardes y las noches, cuando los motoristas usaban Miklabraut como circuito de carreras. El ruido era ensordecedor. Y siempre regresaban, por mucho que la policía les hubiera echado el guante en más de una ocasión.
Desde que había dejado de trabajar en el hospital, Jóhann pasaba la mayor parte del tiempo metido en su casa, sin saber qué hacer. Sin embargo, se sentía satisfecho por haberles cantado las cuarenta a los directores del centro. Pese a ser un hombre de naturaleza tranquila, se había presentado en los despachos de la administración, había llamado desgraciados y miserables a sus jefes, y, alterado, había arrojado al suelo su gorra, que en sus mejores tiempos fue de color azul. Ahora la llevaba puesta en la cabeza, sentado en su cocina con una taza de café en la mano, y veía a Pálmi bajar las escaleras hacia el sótano. Tras haberse enterado de los tumultos ocurridos en el hospital y de la tragedia de Daníel, daba por hecho que tarde o temprano le haría una visita.
—Por aquí, Pálmi —le indicó abriéndole la puerta—. No hace falta que te diga lo desolado que me encuentro por lo que le ha ocurrido a tu hermano.
—Gracias, Jói —respondió Pálmi mientras entraba.
Se acomodaron en la cocina y Jóhann le sirvió una taza de café. La cocina estaba ordenada de manera impecable, con cada cosa en su sitio, y el suelo y los armarios limpios. Jóhann siempre había vivido solo y era conocido por su pulcritud. Pálmi y él se habían llevado bien desde el momento en el que el celador había prácticamente adoptado a Daníel en el hospital. Jóhann era un hombre grande y corpulento, con unas manos enormes, pero tenía un tono de voz dócil y amable. Todo en él inspiraba confianza, hasta su manera de andar. Cojeaba levemente porque tenía una pierna un poco más corta que la otra y pisaba con fuerza al caminar.
—Recuerdo el día en que conocí a Danni en el hospital. Aseguraba que no pasaría mucho tiempo allí dentro —explicó Jóhann mientras se sentaba al lado de Pálmi—. Yo esperaba que tuviera razón, pero al final se pasó allí la mayor parte de su existencia. Qué vida —dijo en voz baja.
—Quería agradecerte todo lo que has hecho por él durante todos estos años y por haber sido su amigo —dijo Pálmi antes de darle un sorbo a su café humeante.
—Soy yo quien debería estar agradecido. Creo que nuestra amistad me aportó más a mí de lo que llegó a aportarle a Danni. Lo tenía en gran estima. No dejo de pensar en que, si no me hubiera hartado de ese hospital, a lo mejor habría podido ayudarlo en sus últimos días. Siempre tuve la intención de ir a despedirme de él, pero al final no lo hice. Me fui corriendo por la puerta y ya no volví más.
—¿Por qué te fuiste?
—Lo de ese hospital es un verdadero escándalo y lo ha sido durante muchos años. He hablado miles de veces con los jefes y su única respuesta es que ahora hay crisis y el sector público tiene que apretarse el cinturón. Le dije al director que llevaba años trabajando como celador y que no era la primera vez que pasábamos por un periodo de recortes. Pero la situación nunca había sido tan penosa. Los únicos que cuidan de los enfermos son los celadores y no tienen la formación necesaria para hacerlo. No tienen ninguna formación, de hecho. Creo que los jefes se han vuelto locos de remate. Así se lo dije al director y a todos los que quisieron oírlo en los despachos.
—Y no te sirvió de nada.
—Estaba hasta las narices, Pálmi. No me veo con fuerzas para seguir trabajando allí.
—¿Cuándo viste a Daníel por última vez?
—El día en que me fui, hace justo una semana. Hablé un poco con él en su habitación.
—¿Lo notaste cambiado en las últimas semanas?
—Sí, bastante. Se comportaba como cuando dejaba de tomarse la medicación, cosa que hacía de vez en cuando. Por extraño que parezca, en esos momentos parecía calmarse y podíamos mantener una conversación larga y razonable. Creo que los medicamentos nunca lo ayudaron. No creo en las medicinas y me importaba un comino que no se las tomara. Menos dinero para el imperio farmacéutico. Aunque, bueno, quién sabe si no tenían en realidad algún efecto. En todo caso, es terrible ver la barbaridad de medicinas que se les da y se les ha dado siempre. Los atiborran a cápsulas de todos los colores y de todas las formas y tamaños. ¿Y sabes por qué? Porque es el único tratamiento que los hospitales se pueden permitir. Ha habido una drástica reducción de plantilla y, para que no reine el caos, hay que sedar a los pacientes. Los señoritos no pueden pagar sueldos decentes, pero sí pueden invertir cientos de millones cada año en la producción de medicamentos. Trabajé allí durante muchos años y vi a los pacientes engullir toneladas de esas porquerías. Luego los mandan a casa sin importar su estado de salud y vuelven al hospital en peores condiciones.
—Alguien había ido a verlo en las últimas semanas, lo cual me parece muy extraño. Yo he sido la única persona que lo ha visitado durante todos estos años. ¿Sabes algo de ese hombre? Sus visitas no están registradas en el hospital.
—Era un antiguo profesor de su colegio. Halldór, creo que se llamaba. Un poco raro. Debilucho y huidizo. Me parece que lo visitó tres veces.
—¿Con qué intenciones iba? Daníel no me lo había mencionado y me sorprendí cuando los empleados hablaron anoche de él.
—Ejercía una extraña influencia en tu hermano. Recuerdo que, en su primera visita, Danni lo echó y le dijo que no volviera nunca más. Sin montar ningún escándalo. Solo le dijo que se largara. No sé de qué hablaron y, cuando le pregunté, Danni no quiso contarme nada.
—¿Y nunca lo supiste?
—No.
—¿Cómo sabes que era su profesor?
—Me lo dijo Danni. El hombre volvió al cabo de una semana y consiguió que se sentara con él a hablar. Pasaron mucho tiempo charlando, pero cuando le pregunté sobre qué habían hablado, Danni se cerró en banda de pronto. Por lo demás, me veía como un confidente y me contaba todo lo que pensaba, las cosas que lo irritaban. Pero era obvio que ese hombre, o lo que le pudiera decir, ejercía una gran influencia en él.
—¿Qué tipo de influencia?
—Ya sabes cómo era tu hermano. Era hablador y divertido, pero de vez en cuando se ponía hecho un basilisco. Se volvía un malhablado, perdía el control y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza. Soltaba tacos y obscenidades. En cambio, últimamente no se le podía arrancar ni una palabra. Parecía un zombi. Deambulaba por ahí sin hablar con nadie, sumido en sus pensamientos.
—¿Relacionas ese cambio con las visitas de ese hombre?
—No tiene por qué. Danni podía ser imprevisible.
—Los otros celadores también me dijeron que se había vuelto más llevadero. Al contrario que tú, parecían contentos.
—No siempre vemos las cosas desde el mismo ángulo.
—A Elli le había parecido oírlos hablar de unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao. ¿Sabes a qué se podría referir?
—Bueno, Elli es como es. Aunque podría ser. No sé.
—¿De qué estuvisteis hablanco Daníel y tú cuando os visteis por última vez?
—De pocas cosas. Ya conoces su teoría de que lo habían expulsado del paraíso y que la prueba era la estrella fugaz sobre la que había leído en los periódicos. Me dijo que en el paraíso había más gente con él. Sus amigos de otra época. No hablamos de nada más.
—A mí me dijo lo mismo —explicó Pálmi—, pero no tengo ni idea de lo que significa.
—No llegas a ver nunca a la verdadera persona debido a los medicamentos. No creo que haya llegado a conocer a tu hermano y, sin embargo, yo era el que mejor lo conocía de todos, aparte de ti. Ya sabes lo que quiero decir. El Danni a quien conocí durante todos estos años no era más que una creación química, un individuo castrado por la industria farmacéutica. Creo que nunca lo conocí en su totalidad, y eso es algo que me causa una profunda tristeza. En algunas ocasiones me daba la sensación de estar asomándome al verdadero Danni, el que se escondía detrás de la bruma tóxica, pero puede que solo fueran imaginaciones mías. Lo que sí sé es que tu hermano era una bella persona.
—Apenas tengo recuerdos suyos de antes de que enfermara —comentó Pálmi.
Se hizo un silencio y los dos siguieron un largo rato sentados en la cocina, escuchando el rumor del tráfico a través del cristal cuádruple. La mañana había avanzado y estaba llegando la hora punta. El rugido de los motores se sentía en el aire y una nube de contaminación se había estancado sobre la ciudad. El viento llevaba unos cuantos días sin soplar y la niebla amarilla no se movía ni un ápice.
7
Erlendur y Sigurður Óli se dirigieron a Hafnarfjörður para comunicarle a la hermana de Halldór Svavarsson el fallecimiento de su hermano. Habían subido las temperaturas después de unos días fríos y las calles estaban encharcadas de aguanieve. La nieve fundida, el alquitrán y la sal se mezclaban formando una masa marrón pringosa, fría y húmeda que se arrastraba sin remedio al entrar en casas y coches. Cuando helaba, el mejunje se congelaba formando una capa de hielo triturado. Apenas hablaron durante el trayecto. Tanto Erlendur como Sigurður Óli estaban sumidos en sus pensamientos. Los informes bucodentales habían confirmado la identidad del fallecido: Halldór Svavarsson. La investigación inicial apuntaba hacia un incendio provocado. No había huellas en el bidón de gasolina. Erlendur era quien más años llevaba trabajando en el cuerpo y tenía experiencia en todo tipo de investigaciones. Antes apenas había especialistas en la Judicial y los mismos hombres se ocupaban de casos muy diferentes entre sí. Ahora las cosas habían cambiado y los agentes tenían áreas de especialización. Todos menos Erlendur, que iba por libre y tomaba siempre sus propias decisiones. Era el más veterano, llevaba allí más tiempo que sus jefes.
En ocasiones podía ser complicado trabajar con Erlendur. Sigurður Óli daba fe de ello, pero funcionaban bien juntos.
—El que ha hecho esto —dijo Erlendur de repente— es un chulo. No me sorprendería que lo hubiera quemado alguien del colegio.
—O bien alguien quiere hacernos creer que ha sido un aficionado —señaló Sigurður Óli—. ¿Descartas que se haya prendido fuego él mismo?
—¿Quieres decir que se hubiera atado a sí mismo y luego hubiera encendido una cerilla?
—Puede que llevara un mechero en la mano y lo dejara caer. No sé.
—Dudo mucho que alguien pueda hacer algo así —objetó Erlendur—. ¿Te has enterado de lo del hombre que se tiró por la ventana del hospital psiquiátrico? Creo que Einar lleva el caso. Ocurrió al mismo tiempo que se incendiaba la casa de Halldór.
—So what?
—So what? ¿Se puede saber qué es ese so what que oigo a todas horas? ¿Es que te fuiste a Estados Unidos para aprender so what? —le preguntó Erlendur a Sigurður Óli mirándolo con desdén—. Me preguntaba si no era demasiada casualidad. Dos muertes al mismo tiempo.
—Siempre se suicida alguien —reparó Sigurður Óli.
Siguieron conduciendo en silencio. Era pasado el mediodía y había comenzado a oscurecer. En la radio volvían a dar la noticia sobre los intentos de un grupo de científicos escoceses de clonar ovejas, una idea de la que Erlendur abominaba y que había sido objeto de largas charlas en comisaría. Sin embargo, otros veían la clonación como un avance científico y celebraban la iniciativa. Sigurður Óli era uno de ellos.
—Qué salvajada —murmuró Erlendur—. Manipular así la naturaleza.
—He leído que pretenden criar ovejas con sangre humana, o algo así. Y cerdos con corazones humanos —le informó Sigurður Óli.
—¡Qué aberración! —exclamó Erlendur—. ¡No dejan nada en paz!
—Eso parece —respondió Sigurður Óli, sonriendo para sus adentros.
El bloque de pisos destinados a personas de la tercera edad era el edificio más grande de Hafnarfjörður. Tenía trece plantas, cada una con diez pequeños apartamentos. Los contratistas desplumaban a los ancianos vendiéndoles apartamentos a precios desorbitados a cambio de prometerles un servicio de seguridad, que luego era el mínimo posible, y la presencia de un conserje a quien nadie había visto nunca. Mucha gente mayor había dejado una casa unifamiliar para mudarse a uno de esos diminutos apartamentos. Lo mismo ocurría en otras partes donde se habían construido bloques para la creciente tercera edad. «Deben de ser las ganas de jugar al whist o de buscar romance», pensó Erlendur.
Subieron en ascensor a la décima planta y llamaron al timbre indicado con el nombre de Helena Svavarsdóttir. La puerta se entreabrió y el rostro de la anciana apareció al otro lado de la cadenilla de seguridad. Delgada, menuda y de cara arrugada, la mujer escudriñó a los agentes con sus diminutos ojos penetrantes. «Muy bien podría tener ochenta años. Y noventa, también», pensó Sigurður Óli.
—¿Helena Svavarsdóttir? —le preguntó Erlendur consultando la placa de la puerta.
—La misma. ¿Quién pregunta?
—Somos de la Policía Judicial. Mi nombre es Erlendur y mi compañero es Sigurður Óli. Nos gustaría hacerte unas preguntas sobre tu hermano, Halldór Svavarsson.
—Somos hermanastros. ¿Qué ocurre con él?
—¿Podríamos pasar un segundo? —preguntó Sigurður Óli.
—Me parece que no.
—Hemos venido para comunicarte que tu hermano, o sea, tu hermanastro, ha fallecido —anunció Erlendur.
La mujer les sostuvo la mirada unos instantes antes de cerrar la puerta. Los agentes intercambiaron una mirada y escucharon el sonido de la cadena. La puerta se reabrió y la anciana los invitó a entrar. Caminaba con bastón. Dentro hacía tanto calor que parecía el interior de un horno. Erlendur y Sigurður Óli se concedieron el permiso de quitarse los gruesos abrigos de invierno. El apartamento era microscópico. A la derecha de la entrada se encontraba la cocina, que consistía en dos placas eléctricas, un horno diminuto y una encimera. Desde allí se accedía primero a un pequeño comedor y luego a un salón donde había un sofá viejo pero bien conservado. En las paredes colgaban unas fotos de familia, que eran los únicos elementos decorativos del piso, además de un retrato a carboncillo de una mujer joven en un bonito marco situado por encima del sofá. A Erlendur le pareció ver la firma del pintor Kjarval. A la izquierda de la entrada había un pequeño cuarto de baño con ducha y, a su lado, un dormitorio. En un viejo reloj de pared, el balanceo de un péndulo medía el paso del tiempo. «¿Cuánto habrá pagado por esta miniatura?», se preguntó Erlendur mientras paseaba la mirada por el apartamento sin hacer ningún comentario. La noticia del fallecimiento de Halldór no parecía haber afectado mucho a Helena.
—¿Habéis visto al conserje? —les preguntó antes de invitarlos a tomar asiento—. En este agujero no funciona nada y llevo dos días tratando de localizarlo. Ningún vecino de esta planta lo ha visto y, cada vez que llamo por teléfono, siempre comunica.
—¿El conserje? No, creo que no —respondió Sigurður Óli, consciente de que no lo habría reconocido ni aunque se hubiera dado de bruces con él.
—Qué pena de servicio dan en esta miseria de edificio. Te prometen el oro y el moro, pero luego es todo mentira. Y encima ahora cada vez hay menos timbas de whist.
Helena no parecía tener el menor interés por la muerte de su hermano.
—Halldór falleció anoche en un incendio. Hay razones para pensar que le prendieron fuego a su casa de manera intencionada. ¿Sabes si tenía algún enemigo? —preguntó Erlendur sonriendo para sus adentros a pesar de la gravedad de la situación.
—En todo caso, esos mocosos del colegio. Traían al pobre Halldór por la calle de la amargura. Lo trataban fatal. Los jóvenes de hoy están mal de la sesera. A Jóhanna, la vecina de arriba, le robaron el bolso hace dos días, aquí mismo, delante del portal. ¡Granujas! La tiraron al suelo. El servicio de seguridad llegó dos horas después. Vosotros, los de la policía, no respondisteis a nuestra llamada de emergencia, solo dijisteis que los de seguridad se encargarían de todo. ¡Los de seguridad! ¿Veis ese aparato de ahí con un cable? Pues te conecta directamente con el servicio de seguridad, pero el cacharro está estropeado, lleva así desde siempre, y no hay manera de que el conserje suba para arreglarlo.
—¿Cuándo hablaste con Halldór por última vez? —preguntó Sigurður Óli, irritado. A diferencia de Erlendur, le exasperaba la verborrea de la mujer.
—Hablamos ayer por teléfono. El día en que murió, por lo visto.
—¿Y de qué hablasteis?
—Me llamó él, cosa rara. Aunque no es que yo me preocupara más que él por estar en contacto. No teníamos una relación muy cercana, lo cual no es de extrañar. Yo nací en Reikiavik y él nació en el distrito de Árnessýsla. Yo tengo ochenta y cuatro años y él tiene, o tenía, sesenta y seis. Teníamos un montón de hermanastros, pero eran todos de mi edad y ya no queda ninguno. Siempre pensé que él sería el último, pero ahora está claro que seré yo. Creo que mi padre, el viejo Svavar, tenía sesenta años cuando nació Halldór. Mi padre era un hombre muy vital, muy dado a los placeres de la vida y alegró a muchas mujeres en sus tiempos. A mi madre, sin embargo, no le dio nunca ninguna alegría. Creo que no había región del país donde no tuviera hijos. Le gustaba mucho montar a caballo y...
—¿Y para qué te llamó Halldór? —interrumpió Sigurður Óli. Erlendur lo fulminó con la mirada.
—¿Pero qué formas son esas? —preguntó Helena volviéndose hacia Sigurður Óli.
—Continúa, por favor —le rogó Erlendur—. Svavar montaba mucho a caballo.
—Bueno, tampoco creo que importe mucho. El caso es que se desentendió de Halldór y su madre nunca contactó con él. El chico debía de tener dieciocho o diecinueve años cuando Svavar murió. Para entonces su madre ya había fallecido. Era un poco rara. Halldór nunca hablaba de ello, pero cada vez estoy más convencida de que era discapacitada mental.
—¿La madre de Halldór? —preguntó Erlendur.
—O una simplona. Trabajaba de granja en granja como sirvienta por el sur del país y creo que no la trataron muy bien, ya sabes lo que quiero decir.
—¿Te refieres a que...?
—Me refiero a lo que he dicho. Tuvo problemas en algunas granjas y, aunque nunca se habló de otra posibilidad, yo no descartaría que Halldór no fuera hijo de mi padre. No lo sé. Halldór tuvo una adolescencia difícil y acudió a mí cuando su madre murió. Fui yo quien lo metió en Magisterio. Nunca le vi ningún parecido a mi padre.
—¿Cómo murió su madre? —preguntó Sigurður Óli.
—Al final se mudó a Reikiavik y, en cuanto los británicos llegaron al país durante la Segunda Guerra Mundial, se vio metida en la «situación», como decíamos en la época cuando una mujer tenía una aventura con un soldado. La encontraron muerta de frío delante de un barracón militar al terminar la guerra.
—¿Qué es lo que ocurrió entonces con Halldór? —preguntó Erlendur.
—Se había mudado con ella a Reikiavik y se tuvo que sacar él solo las castañas del fuego. Para entonces ya tenía una edad. Continuó viviendo en el pequeño apartamento que alquilaba su madre en un semisótano y trabajó como obrero. Sabía que tenía una hermanastra y se puso en contacto conmigo. Lo ayudé en todo lo que pude. Era un chico listo y me empeñé en que siguiera estudiando. Fue él quien escogió Magisterio. Creo que fue buen profesor. Y que, en el fondo, era buena persona.
Helena hizo una pausa y los tres permanecieron en silencio mientras escuchaban el péndulo del viejo reloj de pared.
—Hay una cosa que debéis saber sobre Halldór —continuó la anciana—. A mí no me la contó hasta que se hizo adulto. Y estoy segura de que no me la habría contado nunca de no ser por algo que había ocurrido en su colegio muchos años atrás. No sé qué había sido, pero lo inquietaba enormemente.
—¿Qué es lo que tenemos que saber? —le preguntó Erlendur.
—¿Habéis visto el dibujo que tengo aquí arriba? —Helena cambió de repente de tema, como si pensara que había dicho demasiado o que se le había escapado algo que no quería decir. Puede que simplemente quisiera olvidar la cuestión—. Es un retrato que me hizo Kjarval. Cobré vida con solo cuatro trazos. Lo terminó en un periquete. Es la única cosa a la que le tengo cariño. Es de la época en que trabajaba en el Parque Nacional de Þingvellir. A veces se pasaba para tomarse un café, aunque creo que más bien venía para hablar con las chicas. Era un hombre divertidísimo. Todos decían que era más raro que un perro verde, pero yo no había conocido nunca a un hombre más cabal y más inteligente. Y sigo sin conocerlo. Nos hizo un retrato a algunas de nosotras y luego nos los regaló diciendo que éramos sus pequeñas elfas. Un encanto de hombre.
—Kjarval era un genio —comentó Erlendur observando el retrato—. ¿Qué ibas a decirnos sobre Halldór?
Helena miró a Erlendur y después a Sigurður Óli, como si estuviera evaluando si debía continuar o pedirles que la dejaran tranquila. El silencio volvió a caer en el pequeño apartamento. Los policías le sostuvieron la mirada. El calor era casi insoportable.
—Nunca lo volvió a mencionar —respondió Helena con calma—, pero me dijo que, de pequeño, habían abusado de él. Sexualmente, quiero decir. —Helena clavó en los agentes sus ojos diminutos y poco a poco su penetrante mirada se transformó en un gesto de dolor.
—Helena —preguntó Erlendur en voz baja—. ¿Qué quería Halldór cuando te llamó ayer? ¿A qué hora lo hizo?
Helena sacó un pequeño pañuelo del bolsillo de su delantal y se lo llevó a los ojos. Solo se escuchaba el péndulo del reloj, cuyo balanceo anunció la llegada de una nueva hora y se despidió de la anterior.
—Me llamó por la tarde para decirme que todo había terminado por fin. Que ya había hecho lo que tenía planeado y que ahora su alma estaba en paz. Luego se despidió.
—¿Sabes a qué se refería?
—No tengo ni idea.
8
Pálmi pasó todo el día en su librería de la calle Laugavegur. Las ventas se relajaban en enero y había poco que hacer. Al mediodía había mandado a casa a su empleada, una estudiante de literatura que leía sin cesar en el trabajo. Necesitaba un trabajador a media jornada y, de entre todos los solicitantes que habían respondido a su anuncio, aquella chica le había parecido la candidata idónea. Lo había sorprendido porque, en lugar de hablarle de sus virtudes, había cogido un libro de la tienda y le había preguntado si le podía leer un fragmento.
Pálmi coleccionaba libros desde el instituto. Siempre le había gustado leer y devoraba cualquier libro que cayera en sus manos. Había heredado la afición de su madre. Ya en la adolescencia la lectura se había convertido en su única pasión. Todavía lo era. Tenía pocos amigos, aunque tampoco sentía la necesidad de hacer amistades. Y las mujeres eran para él como una montaña imposible de escalar. Conservaba dos buenos amigos del bachillerato, pero vivían en el extranjero, donde habían estudiado sus especialidades después de licenciarse en Medicina. Los veía cuando pasaban por Islandia y, con los años, se habían vuelto más extranjeros que islandeses. Como los turistas, se quejaban del mal tiempo y, al cabo de unos días, cogían el vuelo de vuelta a sus países. A Pálmi le irritaba un poco, pero siempre se lo pasaba en grande con ellos. Las relaciones sentimentales de Pálmi no eran dignas de especial mención. La más larga había durado medio año. A veces se preguntaba si Daníel había influido de alguna manera en su relación con las mujeres, pero no le parecía probable. En todo caso, habría sido de forma indirecta. Más bien, no se veía a sí mismo como una opción interesante: un ratón de biblioteca solitario a quien se le había empezado a caer el pelo a los veinte años. Sin embargo, quienes lo conocían sabían que se podía hablar de todo con él y que tenía un gran sentido del humor.
Mientras sus compañeros conocían a sus futuras esposas, tenían hijos, se compraban pisos, se endeudaban y se formaban para hacer carrera, Pálmi se limitaba a leer y a coleccionar libros. Había comenzado la carrera de Literatura en la universidad, pero le aburrían las clases y se había pasado a Historia, que se adecuaba más a él. Al darse cuenta de que su oferta de libros era más variada que la de la tienda donde solía comprar, se le ocurrió abrir su propio negocio. Empezó con una pequeña librería en el barrio de Þingholt, pero más tarde vio una buena oportunidad al quebrar una boutique de moda de la céntrica Laugavegur durante la crisis de 1990 y se trasladó para colocar sus libros donde antes se vendían trajes y vestidos a precios desorbitados. «Que se jodan esos capitalistas», soltó Jóhann cuando Pálmi le había dado las noticias. Su librería le daba buenos resultados y se había permitido contratar a la joven estudiante de literatura con la intención de poder ausentarse y dedicarse a sus investigaciones historiológicas. Había publicado algunos artículos en las revistas Skírnir y Andvari. Sus trabajos más relevantes se centraban en las antiguas travesías de los islandeses desde Groenlandia hasta América del Norte. Durante un tiempo había trabajado en una obra sobre Guðríður Þorbjarnardóttir, madre de Snorri Þorfinsson, el primer hombre blanco nacido en América. Pálmi era conocido por ser un historiador meticuloso y precavido que huía de las palabras grandilocuentes. Toda su vida se caracterizaba por su minuciosidad y su cuidado. Y por su particular rechazo del presente. No tenía televisión porque le quitaba tiempo para los libros; tampoco tenía ordenador porque no acababa de ver para qué le podía servir ni qué posibilidades le ofrecía. A decir verdad, tampoco le apetecía explorar su utilidad: primero escribía sus artículos a mano y luego los mecanografiaba.
Pálmi reflexionaba sobre el comentario de Jóhann acerca de Daníel. Le había dicho que no había conocido el verdadero yo de su hermano sino una imagen falsa, distorsionada por los medicamentos. En realidad, Pálmi podría decir exactamente lo mismo. Aunque había conocido a Daníel toda su vida, siempre le había parecido un enigma. Lo consideraba sinónimo de problemas y de actitudes peligrosas. Lo recordaba gritando a todo pulmón y sin razón aparente a altas horas de la noche delante del bloque de pisos donde vivían. Gritaba y gritaba sin cesar hasta que algún vecino perdía la paciencia y llamaba a la policía.
Se acordaba de todas sus visitas al hospital, de los trayectos que hacía con su madre en autobús. Tenía sus recuerdos asociados al frío y a la oscuridad del invierno. Las luces de la ciudad se difuminaban tras la escarcha de los cristales y la ropa húmeda de los pasajeros desprendía un vapor maloliente que le inundaba las fosas nasales. Tenían que hacer dos transbordos antes de coger el autobús que los llevaba hasta el hospital. El viaje bien podía durar más de una hora. Se acordaba del abrigo de invierno de su madre y de sus gruesas botas de ocasión. No tenían mucho dinero, aunque eso a Pálmi no le preocupaba especialmente en aquella época. Cuando hacía frío, su madre le ponía un jersey gordo debajo del único anorak que tenía, y luego, un enorme gorro de lana que siempre terminaba quitándose porque le picaba. Recordaba el ruido de sus pasos al caminar desde la parada hasta el hospital. El crujido del hielo al desmenuzarse bajo sus pies resonaba en la calma de la eterna noche invernal.
En aquel entonces el hospital tenía mejor aspecto. No había barrotes en las ventanas. El jardín estaba bien cuidado y en Navidades decoraban los imponentes abetos con guirnaldas de luces. Daníel había pasado por todas las secciones del psiquiátrico. Algunas veces no les dejaban visitarlo y otras tenían que contentarse con verlo en una pequeña sala de visitas. Pálmi lo recordaba siempre vestido con una camisa blanca. Tenía una buena colección. Las lavaba él mismo y podía pasar horas planchándolas y doblándolas. Se cambiaba cada día.
Las visitas formaban parte de la rutina familiar. A veces Daníel se mostraba tranquilo y escuchaba en silencio a su madre mientras esta le contaba detalles de su vida cotidiana. A veces estaba nervioso y daba vueltas por la habitación fumando como una chimenea mientras hablaba como un loro y cambiaba de tema una y otra vez. Tenía los dedos amarillentos y las brasas de los cigarrillos podían dejarle quemaduras sin que se diera cuenta. Unos días iba afeitado, otros se había dejado una barba de tres días y otros llevaba la barba completa. En ocasiones se rapaba la cabeza, aunque a veces también se dejaba crecer una gruesa y tupida melena rubia que le caía hasta los hombros. Había sido guapo y corpulento, pero con el tiempo su cuerpo había menguado, se había encorvado y caminaba con la cabeza agachada. Había perdido el tono muscular debido a la falta de ejercicio. Había adelgazado hasta quedarse como un palillo y había perdido la fuerza tanto en los brazos como en las piernas. Tosía como un perro debido al consumo de tabaco. En invierno su piel era tan blanca como sus camisas. Con la edad, los músculos de su rostro se habían vuelto flácidos y su cara había perdido la lozanía para adquirir una expresión apática e inerte. La oscuridad del invierno no le hacía ningún bien. Con el tiempo aparecieron los primeros tics nerviosos. Sacaba la lengua o sacudía la cabeza. En algunas visitas no mostraba ningún tipo de reacción y se limitaba a balancearse en su silla con la mirada perdida, sumido en su propia conciencia distorsionada.
En las ocasiones en que debían mantener a Daníel atado en su habitación, a su madre y a su hermano les negaban el acceso pese al largo camino que debían recorrer hasta llegar al hospital. En esos casos, los derivaban a la consulta del médico. Daníel había pasado por un buen número de doctores que, por lo general, no daban excesivas explicaciones. Si Jóhann estaba de turno, solía sentarse con ellos para informarles sobre su estado y darles ánimos. Hacía tiempo que los médicos parecían haber dado el caso de Daníel por perdido.
—Le empezamos a suministrar una nueva medicación hace tres semanas y puede que presente algunos episodios violentos, pero luego remitirán —les había explicado un doctor que había empezado a trabajar hacía pocos meses en el hospital.
—¿Y la medicación de antes? —le había preguntado la madre de Daníel al psiquiatra—. Llevaba un tiempo mucho mejor.
—No tuvo el efecto que esperábamos —obtuvo como respuesta.
—A veces me da la impresión de que usáis a mi Danni como conejillo de Indias para probar vuestros medicamentos.
—¿Cómo puedes decir algo así? En absoluto. Los fármacos cambian continuamente, y te puedo asegurar que siempre tratamos de encontrar el mejor tratamiento posible. El cual no tiene por qué ser el más barato. Las medicinas les salen caras al Estado y a los contribuyentes.
—¿Cabe la esperanza de que alguno de esos medicamentos pueda curar a mi hijo?
—La esquizofrenia no tiene cura.
—No lo puedo entender. Un día es el Danni de siempre y al día siguiente comienza a beber y a drogarse. De la noche a la mañana, se volvió un monstruo que ni siquiera reconozco.
Así pasaron los años. Mientras los médicos y las medicinas iban y venían, el cuerpo de Daníel envejecía, se encorvaba y se marchitaba poco a poco como las hojas de un bosque en otoño. Cuando un tratamiento parecía funcionar, renacía y salía de su depresión, pero, tarde o temprano, afloraba de nuevo su comportamiento maniático.
De pequeño, Pálmi había tenido buenas razones para no querer visitar a su hermano. Le aterraban los enfermos y le disgustaba aquel enorme edificio, pero, sobre todo, le daba miedo Danni. Aun así, su madre le había exigido siempre que la acompañara y no le había dado nunca la opción de negarse. En su adolescencia solía detenerse en la puerta del hospital y esperaba a que su madre regresara. Cuando entraba con ella, se refugiaba a su lado y apenas hablaba. A menudo, Daníel no se percataba de su presencia, pero en algunas ocasiones le mostraba un cariño inesperado y le hacía mimos. A Pálmi se le ponían los pelos de punta. No entendía a aquella persona. El miedo hacia su hermano se remontaba a su más tierna infancia. Al día en que Daníel había tratado de matarlo. Al día en que había intentado quemarlo vivo.
9
Pálmi cerró la librería y se marchó a casa. Las temperaturas habían bajado de nuevo, había vuelto a helar y la nieve aguachinada que cubría las calles se había congelado. El hielo crujía y se resquebrajaba bajo sus pies mientras atravesaba el centro en dirección a la parada de autobús. No se veía un alma por la ciudad y apenas había tráfico. En enero la gente entraba en hibernación tras las agitadas fechas navideñas. Pálmi recordaba una de sus visitas al hospital, en un invierno lejano. Nunca olvidaría el día en que Daníel había causado aquel incendio.
Recordaba que había ocurrido un miércoles porque era el día en que emitían su programa de televisión favorito y siempre tenía ganas de verlo. Pero aquel miércoles habían cancelado toda la programación y Pálmi se había quedado sin programa porque todo lo acaparaba la noticia de unos manuscritos antiguos que habían llegado a Islandia desde Dinamarca. Su madre no estaba en casa. Vivían en el mismo inmueble donde Pálmi vivía aún, en un acogedor apartamento de cuatro habitaciones con un amplio salón enmoquetado y unos pequeños dormitorios de suelo embaldosado. Cada hermano tenía su propio cuarto. La cocina era diminuta y por ella se accedía a una despensa que su madre utilizaba como cuarto de las escobas y como trastero. Sus padres habían comprado el apartamento después de casarse y habían sido felices durante los pocos años que habían vivido juntos.
Ocurrió durante el periodo álgido de la transformación de Daníel. Ese día pisaría aquel hospital por primera vez en su vida. Su madre albergaba la esperanza de que todo se terminaría pasando, pero no parecía ser así. La situación iba de mal en peor y ella se negaba a ver la realidad. Cuando les explicaron lo ocurrido a los médicos, estos afirmaron que Daníel se sentía amenazado por la cercana relación que existía entre Pálmi y su madre. Y por ese motivo había intentado matar a su hermano. A los médicos les parecía obvio, aunque Daníel no les hubiera contado nada y ellos tampoco le hubieran preguntado nada a Pálmi en ningún momento.
Había vuelto a casa al mediodía, un bonito día de primavera, después de haber pasado la mañana por el barrio con unos amigos. Tenía las llaves del apartamento y nada más entrar había agarrado a su hermano.
—Perdona, hermanito —le había dicho, tirándolo al suelo.
Pálmi no sabía si debía pelear o tratar de escapar. Podría ser algún juego. Daníel estaba inusualmente alterado, hablaba en alto sin sentido, juraba y maldecía. Pálmi tenía la impresión de que estaba riñendo consigo mismo.
—¿Qué estás haciendo, Danni? —le había preguntado.
—Pórtate bien, pequeñín.
—Me haces daño.
—¿No los oyes? —le había preguntado Daníel—. Están por todas partes. En las paredes y en los muebles.
Lo había levantado como si fuera una pluma y lo había llevado hasta su habitación, donde lo había atado con fuerza a la cama. Pálmi seguía sin forcejear. Daníel no dejaba de hablar en voz alta.
—Hay que atarlo. Atarlo fuerte. Pero sin hacerle daño. No hay que hacerle daño a Pálmi. Pero debo hacerlo. Debo hacerlo. No hay que hacerle daño. Sin hacerle daño.
—¿Qué estás haciendo, Danni? —le había vuelto a preguntar Pálmi—. ¿Estamos jugando a los indios?
—No, no, no, no. A otro juego.
—¿Qué juego? —había preguntado, mirando el cielo azul que se veía por la ventana.
—Todo me va a ir bien. Voy a salir de esta. Sí, sí. Sí, sí. Dios también me está poniendo a prueba. Ya lo creo que sí. Lo está haciendo. Lo está haciendo. Cállate. ¡Que te calles, gilipollas!
Daníel había sacado del bolsillo una caja de cerillas. Se había metido debajo de la cama para cortar por el medio dos de las baldosas de corcho y prenderles fuego. La manta había ardido levemente hasta que las llamas se habían convertido poco a poco en enormes llamaradas que se extendían por el suelo de la habitación. Y solo entonces Pálmi comenzó a gritar.
Gritaba con todas sus fuerzas mientras Daníel bailaba una danza guerrera frente a él dándose golpes en el pecho. Las llamas se habían expandido, la cama había empezado a arder y las lenguas de fuego alcanzaban el techo. De pronto, Daníel había dejado de bailar.
—Ya está. Ya lo he hecho. Todo ha terminado. Ahora lo desataré. ¡Dejadme que lo desate! —había gritado hacia el techo mientras se arrancaba la ropa y se tiraba del pelo—. ¡DEJADME QUE LO DESATE!
—¡Mamá! —gritaba Pálmi mientras se retorcía en la cama. Las cuerdas no cedían. Pálmi tenía una navaja que siempre llevaba encima, a escondidas de su madre, y en ese momento solo pensaba en alcanzarla. La base de la cama estaba en llamas y el fuego se extendía por los laterales. Pálmi sentía el calor en la espalda y a su alrededor. Le había atado las muñecas y los tobillos al cabecero y a los pies de la cama con un cordel. Las manos se le comenzaban a abrasar. Pálmi aullaba de desesperación mientras su hermano lo contemplaba en silencio con los brazos caídos. Daníel había pasado un rato viendo a Pálmi forcejear y escuchando sus gritos de auxilio antes de darse la vuelta y salir lentamente de la habitación.
Uno de los cordeles de las muñecas se había soltado y Pálmi lo había usado para alcanzar la navaja. Los dedos le ardían, pero Pálmi no notaba el dolor mientras se estiraba para atraparla. Tenía práctica en abrirla con los dientes y enseguida había extraído la hoja. Sin dejar de gritar, había cortado la cuerda que le sujetaba la otra mano y después se había liberado los pies. En ese momento el fuego había invadido toda la cama y, unos segundos después de que Pálmi saliera corriendo de la habitación, la estructura entera se había incendiado.
Llevaba el pelo, las manos y la ropa quemadas. El fuego se había propagado por el alféizar de la ventana y por las cortinas y ascendía por la pared hasta el techo. Pálmi había salido corriendo al patio de escaleras y había llamado a casa de los vecinos, pero no estaban. Acto seguido había bajado disparado al piso de abajo y, al ver que tampoco había nadie, había subido al piso de arriba. No había obtenido respuesta. Había probado en la última planta, donde vivía un anciano que había salido al rellano después de que Pálmi aporrease su puerta.
—¡Daníel le ha prendido fuego a mi cuarto! —había gritado.
—¡Pero qué alboroto! ¿Eres tú el que estaba chillando hace un rato?
—¡Está todo en llamas!
—¡Qué me dices! —había exclamado el hombre sin aparente intención de moverse del sitio. Pero le había bastado con mirar a Pálmi para creérselo. Había llamado a los bomberos y había bajado con él. Del apartamento salía un denso humo negro—. Tiene que haber una salida de incendios en estos pisos —había dicho mientras entraba con asombrosa decisión.
—Ten cuidado: creo que Danni está dentro —le había advertido Pálmi, pero el hombre no había escuchado. La habitación ardía, pero el fuego no se había extendido por el resto del piso. El hombre había agarrado el pomo y había cerrado de un portazo.
Entonces Pálmi se había dado cuenta de que Daníel estaba sentado en el sofá del salón. Llevaba un libro en la mano y parecía sumergido en su lectura. Había levantado la vista y le había preguntado: «¿Dónde te habías metido, Pálmi?».
Pálmi bajó del autobús y apretó el paso hacia su casa. Al acercarse al edificio, levantó la mirada hacia la ventana de su antigua habitación y revivió el recuerdo del incendio. Los cristales habían reventado por efecto del calor antes de la llegada de los bomberos y los fragmentos se habían esparcido por todas partes. Habían instalado una ventana nueva, pero no habían reparado nada más. Su madre no tenía dinero para restaurar toda la habitación. Al final había decidido no hacerlo y había preferido dejarla intacta, como recordatorio de la enfermedad de Daníel. En el momento en que su hijo sanara de nuevo, la habitación sanaría también. Al fallecer su madre, Pálmi había querido ponerse manos a la obra, pero, llegado el momento, no se había visto con fuerzas. No había vuelto a poner un pie en la habitación.
Entró en el inmueble pensando en el hombre que había visitado a Daníel.
Halldór. Pálmi lo recordaba vagamente. Daba clases en el colegio de Víðigerði cuando era niño. Quería contactar con él para preguntarle por qué había ido a ver a su hermano. Cuando entró en su apartamento y encendió la radio para escuchar las noticias, lo primero que oyó fue que Halldór Svavarsson, su exprofesor, había fallecido en un incendio que había devastado su casa, en la calle Urðarstígur, 89, en Reikiavik. Según el locutor, la Policía Judicial investigaba el caso y consideraba probable que hubiera sido intencionado.
Sentado a la mesa de la cocina, Pálmi se tocó con suavidad las cicatrices de las manos.
10
Erlendur llevó a casa a Sigurður Óli. Se había hecho tarde al salir de casa de Helena. No habían conseguido que les diera más detalles acerca de Halldór, ni que les explicara a qué se refería con que había sufrido abusos. La anciana les había pedido amablemente que se fueran, y ellos habían accedido a pesar de que Sigurður Óli habría preferido seguir interrogándola. Habían escuchado las noticias en la radio. Erlendur había autorizado que la Policía Judicial emitiera un anuncio en el boletín de la tarde. No conocían a más familiares de Halldór además de Helena, a quien le habían comunicado formalmente el fallecimiento de su hermanastro. Ávidos de bombazos sensacionalistas, los medios habían sacado imágenes de los escombros desde todos los ángulos, habían desvelado la identidad del hombre que vivía en la casa y habían informado de que habían hallado el cadáver de Halldór. Sin embargo, ni conocían las causas del incendio ni sabían cómo se estaba desarrollando la investigación. A Erlendur le irritaban los medios de comunicación. Solía darles la información con cuentagotas y disfrutaba viéndolos sufrir, perdidos en las tinieblas. A menudo recibía críticas por su falta de cooperación, pero le entraban por un oído y le salían por el otro.
Erlendur se dirigió a su despacho después de haber dejado a Sigurður Óli en su piso de soltero. Por algún motivo desconocido, la Policía Judicial tenía su sede en una zona industrial de Kópavogur, en un espantoso edificio de dos plantas encajado entre un taller de neumáticos y un solárium. Estaba tan deteriorado y agrietado que parecía haber sufrido la sacudida de un terremoto. Una parte de la estructura se había derrumbado en una esquina y todo el conjunto parecía estar a punto de desmoronarse.
Erlendur encontró sobre su escritorio el conciso informe del forense, que solo confirmaba lo que ya sabían. Halldór había sufrido un dolor atroz y había tardado en morir, envuelto en un mar de llamas. Erlendur pensó en irse a casa, donde el único plan que le esperaba era dormir en su cama de siempre. Se puso el abrigo y la bufanda y se subió al coche pensando en Halldór Svavarsson, en Helena y en Sigurður Óli, su insoportable compañero de trabajo, carente de cualquier tacto a la hora de hablar con la gente. En el fondo era un buen tipo y Erlendur le debía algunos favores que sabía que tendría que devolverle tarde o temprano, sobre todo después del día en que le había dado una paliza a un vendedor de droga. Sigurður Óli, que en aquel momento apenas llevaba unas pocas semanas en la Judicial, seguía sin perdonárselo.
Erlendur llevaba mucho tiempo divorciado y tenía dos hijos en edad adulta de los que solo recibía noticias cuando se metían en problemas. Su hija, drogadicta, estaba liada con un supuesto traficante, y Erlendur sospechaba que también ejercía la prostitución. Consideraba haber hecho todo lo que estaba en su mano para sacarla de la calle, pero ella siempre volvía. Incapaz de entender su comportamiento, Erlendur dejó de llevarla a especialistas y trató de ayudarla él mismo. Llegó a tomarse un año sabático para pasarlo con ella y mantenerla alejada de los excesos. Lo había conseguido con muchos esfuerzos por parte de ambos, pero su hija no tardó en recaer en las drogas y desaparecer de su lado. Él había intentado hacerle la vida fácil siempre que había podido, pero al final decidió dejar de meterse en sus asuntos y esperaba que ocurriera un milagro. Tal vez encontrara por sí misma una forma de salir de las drogas.
Su hijo era un alcohólico que usaba los centros públicos de desintoxicación como hoteles. La madre de los hijos no había superado el divorcio y aprovechaba la menor oportunidad para echar pestes de Erlendur delante de ellos, de forma que desde pequeños habían tenido una imagen distorsionada de su padre. Su exmujer le había restringido las visitas y, al final, él se había resignado a dejar de verlos con regularidad.
Sin embargo, al hacerse mayores se habían acercado a su padre y habían encontrado en él a un compañero que no era en absoluto el «capullo» que su madre les había pintado. Erlendur sentía un cariño especial por su hija y solía arrepentirse de no haber aguantado más tiempo su matrimonio muerto, si así hubiera mantenido a sus hijos alejados de las drogas. A veces lo atormentaban los remordimientos. Por otro lado, Erlendur sabía que, en parte, se alegraba de no tener que cargar con la responsabilidad que conlleva la vida familiar y de poder disfrutar de la libertad de los solteros. Estaba convencido de que no habría sido un buen padre de familia. No obstante, le pesaba la conciencia y era muy susceptible en todo lo referente a sus hijos y a los derroteros que habían tomado.
Erlendur les había dado la llave de su apartamento y, una tarde, al llegar a casa, se había encontrado a su hija tirada en el sofá. Se llamaba Eva Lind, un nombre ridículo que le había impuesto su madre. La habían bautizado así a pesar de las protestas de Erlendur, más partidario de llamarla Þorbjörg, en honor a su abuela materna, a quien siempre había admirado. Había sido matrona y conocida en la región por su valor y su excelente asistencia en los partos. «¡Þorbjörg! —había gritado su mujer, consternada—. ¿Es que quieres ponerle a mi hija nombre de vieja?». «Hombre, pues espero que llegue a vieja», había respondido Erlendur a sabiendas de que no valdría de nada pelearse por el nombre. En aquel entonces, el matrimonio ya había comenzado a deteriorarse. El hermano de Eva Lind era un año más joven. Erlendur no había acudido al bautizo y había estado ausente desde entonces. Se llamaba Sindri Snær.
Eva Lind se había despertado al oír cerrase la puerta. A sus veintidós años, su rostro había envejecido tan mal que, a ojos de su madre, tenía aspecto de llamarse Þorbjörg.
—¿Ya estás en casa, papá? —había preguntado, incorporándose en el sofá, donde se había quedado dormida.
Erlendur había encendido la luz y su hija se había tapado de inmediato la cara con un cojín. Llevaba una chaqueta de cuero negra, unos vaqueros rotos y unas enormes botas de montaña de suela gruesa del tamaño de unas botas de esquiar. No se las había quitado al entrar.
—¿Todo bien, hija? —le había preguntado Erlendur mientras se quitaba el abrigo.
—Me ha pegado —había respondido mientras se retiraba el cojín de la cara. Tenía el labio superior partido e hinchado, y un ojo rojo con un enorme moratón. Un hilo de sangre descendía de las fosas nasales. Su novio le había dado una paliza y le dolía todo el cuerpo. Se había ensañado con la cabeza. Erlendur se había sentado junto a ella y la había abrazado.
—¿Por qué te ha pegado?
—Cuando he llegado a casa había una puta chupándosela.
—¿Y?
—Y ha seguido tan tranquila.
—Vaya.
Erlendur trataba de mantener la calma, aunque no le resultaba fácil.
—Les he dicho que se piraran, pero el muy gilipollas se ha reído en mi cara y han seguido.
—No te habrá hecho ninguna gracia.
—Le he metido una patada en la cabeza a la tía esa.
—¿Con esas botas?
—Y le ha mordido el rabo con su boca de tiburón. Tiene dos filas de dientes, te lo juro.
—Le habrá hecho daño.
—No veas el grito que ha pegado.
—No habría estado mal oírlo.
—Luego me ha dado una paliza. Me ha dado puñetazos y patadas como un animal, me ha arrastrado del pelo y me ha tirado por las escaleras. Joder, qué bestia.
—¿Tienes algo roto?
—Creo que no.
—¿No debería verte un médico?
—Como veas. ¿Te parece que soy una zorra?
—¿Te había pegado ya antes?
—Muchas. Es un puto desgraciado.
—¿Por qué estás con él?
—Es el que tiene la droga. Y a veces es majo.
—¿Tienes pensado volver a verlo?
—Solo para matarlo.
—Siempre he dicho que te tendrías que haber llamado Þorbjörg —había comentado Erlendur—. ¿Qué tipo de asesina se llama Eva Lind?
El teléfono de Sigurður Óli había sonado poco antes de la medianoche. Era Erlendur preguntándole si podían verse en un portal de la calle Hverfisgata para tratar un asunto urgente. No quería contarle por teléfono de qué se trataba, pero sí le pedía que se diera prisa. Recién metido en la cama, Sigurður Óli se había levantado resoplando. Vivía en un elegante apartamento de tres habitaciones en el barrio oeste. Lo tenía decorado con macetas bonitas, lo había amueblado a la última moda y lo había pintado en tonos pastel. Le gustaba sentirse bien y se preocupaba de cultivar tanto el cuerpo como el alma. Prefería la música clásica al pop, solía ir a sesiones de rayos uva y entrenaba con regularidad. Por eso lucía un cuerpo atlético y las mujeres siempre se le acercaban en los bares las pocas veces que salía de fiesta con sus amigos o sus compañeros de trabajo, aunque las únicas relaciones que buscaba eran encuentros de una noche. Bronceado, guapo y musculado, muchos de sus conocidos pensaban que era gay. Y, encima, soltero.
Desde siempre le había interesado el trabajo de policía. Al terminar el instituto comenzó la carrera de Derecho, pero dejó los estudios para matricularse en la Academia Nacional de Policía, y después pasó una temporada en Estados Unidos, donde se había especializado en criminología. Regresó a Islandia con un brillante diploma y lo que Erlendur llamaba «aires de persona con estudios», que no abundaban mucho en la Judicial. Los primeros meses estuvo bajo la supervisión de Erlendur, probablemente la persona más distinta de él en toda la comisaría. A pesar de todo, trabajaban bien juntos: por un lado, Erlendur, con su intuición y su experiencia y, por otro, Sigurður Óli, con su arrogancia de hombre instruido y su obsesivo perfeccionismo. Siempre sabía más que los demás y trataba de saberlo todo antes que nadie. Aquella noche iba a aprender algo que no le habían enseñado en ninguna academia: una venganza personal contra un conocido de la policía.
Al llegar a Hverfisgata, Sigurður Óli había visto el coche de Erlendur frente a una casa de dos plantas revestida de chapa ondulada. Aparcó detrás, entró en el vehículo de su jefe y se sentó en el asiento del pasajero.
—¿Es que no dejas nunca de trabajar? —había suspirado Sigurður Óli, mirándolo fijamente.
—Bueno, no sé si a esto se lo podría llamar trabajo —había respondido Erlendur.
—¿Cómo habría que llamarlo entonces?
—Labores de protección, supongo. Me gustaría pedirte que me acompañaras para hacerle a alguien una visita relámpago. Tú no tienes que decir nada, solo estar allí y mantenerte serio. Te resultará fácil. Aquí vive un hombre con quien tengo que hablar. Ha maltratado a mi hija y quiero asegurarme de que sepa que lo estamos vigilando. Pero no sé si voy a poder con él yo solo y me gustaría pedirte que intervinieras en el caso de que las cosas se pusieran feas.
—¿Maltratado a tu hija en qué sentido? —había preguntado Sigurður Óli, atónito al escuchar las palabras de Erlendur y al verse implicado en lo que a todas luces era un asunto familiar de su compañero.
—Confía en mí. ¿Vas a hacerme ese favor?
—¿Está solo?
—Sí, me he asegurado.
—Vamos.
Sigurður Óli sabía que tendría que haber vuelto a casa y olvidarse de aquello, pero el asunto le intrigaba demasiado.
Salieron del coche y subieron unos escalones. La puerta no estaba cerrada con llave y habían entrado con cautela en un apartamento sucio que despedía un hedor nauseabundo. Las paredes estaban pintadas de azul oscuro y una bombilla colgada del techo iluminaba la estancia, equipada tan solo con una cocinilla y un catre. Desde allí se accedía a un pequeño cuarto de baño. No había más habitaciones. Sobre el catre dormía un hombre de unos treinta años. Dentro hacía frío y el individuo, tumbado encima del edredón, solo iba vestido de cintura para arriba. El suelo estaba inundado de basura, principalmente envases de comida y productos lácteos echados a perder que despedían un olor acre. A Sigurður Óli le había parecido que el hombre tenía la entrepierna envuelta en algún tipo de tela. Se escuchaba una música atronadora por dos altavoces enormes, aunque, más que música, podría haber sido también la grabación de un accidente de tráfico. Erlendur había apagado el aparato arrancando el lector de cedés y lanzándolo con todas sus fuerzas por la puerta. El hombre no llegó a despertarse a pesar del estruendo. Era evidente que estaba acostumbrado a dormir con mucho ruido. Pero en ese momento reinaba un silencio que solo interrumpía algún coche ocasional que pasaba por Hverfisgata. Erlendur había despertado por fin al tipo con un fuerte empujón. Sigurður Óli se había colocado junto a la puerta.
—¿Eres Magni? —le había preguntado Erlendur. El joven estaba tan delgado que se le podían contar las costillas. Moreno, de media melena y rostro delgado, llevaba una barba negra de tres días. Tenía unos dientes tan prominentes que a Erlendur le recordó a una rata gimoteando.
—¿Quién coño eres, hijo de puta? —había preguntado, levantando la mirada hacia Erlendur después de recuperar la respiración.
—Quería ver al mujeriego. Al casanova en persona. Y te puedo asegurar que no decepciona.
—¿Casa... qué? —había preguntado aquel amasijo de pellejo y huesos.
—¿Te gusta pegar a las mujeres?
—¿Qué?
—Ya sabes, ¿te pone cachondo? ¿Te da morbo?
Erlendur esperaba paciente, con la mano izquierda en la espalda y el pie derecho ligeramente hacia delante. Sin moverse de la puerta, Sigurður Óli se arrepentía de haber escuchado a su compañero.
—¡Que te den por el culo, abuelo! —había exclamado Magni poniéndose de pie.
—Vaya, y además, elocuente. Un casanova elocuente al que le pone pegar a las mujeres.
—¿Sabes lo que dice ella de ti, madero de mierda? —le había preguntado Magni, que empezaba a entender el motivo de aquella visita. Se había acercado a Erlendur, que podía notar su olor pestilente—. Que das asco. Asco. Se lo dice la zorra de su madre. Ya le estás diciendo a Eva que la próxima vez que la vea me la cargo, pero así —había dicho Magni chasqueando los dedos en las narices de Erlendur.
—Tú no te vas a cargar a nadie, Casanova —había replicado Erlendur manteniendo la calma—. Un chico tan guapo como tú, que vive en un piso tan bonito como este. Y, encima, elocuente. Creo que nadie podría tener un yerno mejor que él —había añadido, volviéndose hacia Sigurður Óli, que seguía en la puerta—. ¿Te hace pupa la entrepierna, amigo? —le había preguntado, bajando la mirada hacia las partes nobles de aquel esqueleto andante. Magni se había tapado las ingles con una toalla blanca y Erlendur había distinguido una mancha roja en la zona de los genitales.
Magni había perdido el control antes de lo esperado y se había lanzado a agredirlo, pero Erlendur lo había visto venir. De brazos largos y enormes puños, seguía siendo robusto y corpulento a pesar de haber entrado ya en la cincuentena. Había practicado boxeo, aunque estuviera prohibido en el país, y se le había dado bien. Tenía unos grandes reflejos y se mantenía en una excelente forma. Le había dado un fulminante gancho en el mentón con el brazo izquierdo seguido de un puñetazo en la mejilla con la mano derecha. A Sigurður Óli le había parecido oír el silbido de los golpes desde la puerta. Magni había sido incapaz de esquivarlos. Se había quedado aturdido y se había escuchado el leve chasquido de su mandíbula al romperse. Inconsciente, se había desplomado sobre el colchón.
—¿Es que has perdido el juicio o qué? —le había preguntado Sigurður Óli antes de acudir corriendo.
—Iba a pegarme —había respondido Erlendur haciéndole un gesto a su compañero para que se detuviera. Seguía tan calmado como antes.
Habían observado la figura inmóvil de Magni hasta que, pasado un buen rato, Erlendur había llamado a una ambulancia. Sigurður Óli se había agachado hacia el joven y, para su alivio, había comprobado que, al menos, no estaba muerto.
—¿Pero qué coño acabas de hacer?
—Me iba a agredir. ¿Qué querías que hiciera? ¿Dejarme pisotear?
—Lo has provocado. Querías que te agrediera. Por eso estamos aquí, y no por otra cosa.
—Ha maltratado a mi hija y quería ver qué tipo de hombre era. Llevaban un tiempo juntos y Eva se ha presentado esta tarde en mi casa con la cara ensangrentada. Quería tener unas palabras con él. Me ha atacado. Yo no soy de los que va por ahí atacando a la gente.
—O sea, que, como ha pegado a tu hija, ¿lo mejor es matarlo? Joder, qué comportamiento más primario.
—¡Primario! ¿Es que vas a sacar ahora tu amplio saber universitario? A mí no me vengas con esos aires. Tú habrías hecho lo mismo que yo. Consulté los antecedentes de esta escoria y tú deberías hacer lo mismo. Es un tipo violento, un traficante y un violador. Debería estar entre rejas, pero no hay suficientes denuncias contra él y no lo juzgarán hasta que no acumule un buen número de cargos. Además, aunque lo condenaran a prisión condicional, no pasaría más que cuatro meses en el trullo y luego seguiría haciendo lo mismo como si no hubiera pasado nada.
—¿Y crees que así le podrás parar los pies?
—No sé cómo se les pueden parar los pies a los tipos como este. No tengo ni la menor idea.
—¿Y qué pinto yo aquí?
—No es ningún angelito. Ya has visto que me ha querido pegar.
—¿Y si digo la verdad? Si es que nuestros compañeros no la descubren ellos solos. Lo que ha pasado aquí es bastante obvio.
—¿Cuál es la verdad aquí? —había exclamado Erlendur, manifestando por fin la rabia que bullía en su interior—. ¿De qué verdad me estás hablando? ¿Quieres que te muestre la verdad? Está en mi casa, plagada de moratones causados por este tío. No me vengas con cuentos de ninguna puñetera verdad. Si tú la has encontrado en tus cursos de Estados Unidos, ¡enhorabuena y que te aproveche!
—¿Cómo demonios te has podido atrever a meterme en tus asuntos familiares? —había replicado Sigurður Óli, ofendido por las palabras de Erlendur—. Yo no soy como tú. No llevo toda mi vida pudriéndome en el mismo trabajo de mierda y no estoy dispuesto a hacerlo. Ya ves cómo te afecta. No eres mejor que esta piltrafa. Y encima vas y te permites implicarme en tu acto personal de venganza. No puedo decir que me haya gustado. ¡No me ha gustado ni un pelo!
—¡Acto de venganza! Se ha lanzado a por mí —había farfullado Erlendur.
Al salir a la calle habían escuchado las sirenas en la distancia. Una joven con los ojos cargados de maquillaje y los labios pintados con una gruesa capa de carmín se había acercado con la intención de entrar. Los agentes le habían ordenado que se marchara y que no volviera más por allí.
—¿Te has fijado? —le había preguntado Sigurður Óli.
—Como un tiburón —había respondido Erlendur.
Sigurður Óli no le había contado a nadie lo sucedido. La hija de Erlendur había estado hospitalizada una semana y a la siguiente ya se había recuperado. Magni pasó más tiempo ingresado y, por decisión judicial, se trató su caso con urgencia debido a que la policía había hallado una considerable cantidad de estupefacientes en su domicilio. De paso, lo procesaron por sus otros delitos acumulados y lo condenaron a tres años, uno de ellos en prisión condicional, y en total permaneció encerrado menos de un año. Magni nunca había presentado cargos contra Erlendur, a quien habían amonestado por la dureza con que había tratado a uno de los mayores traficantes de la ciudad. Alegaba que había sido en defensa propia, y Sigurður Óli lo había apoyado en todas sus declaraciones: Magni había intentado golpear a Erlendur. En los interrogatorios, Magni había omitido su relación con Eva Lind y en ningún momento mencionó su nombre.
Sigurður Óli se acordaba a menudo de aquella noche. La primera vez que había visto al verdadero Erlendur no había sido precisamente un episodio muy constructivo. Desde entonces, aunque valoraba su experiencia y sus conocimientos sobre investigaciones criminales, nunca había llegado a apreciar su forma de ser. Eso era algo que debía suceder de forma natural. Nadie podía aprender a hacerlo.
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