Читать книгу: «De pixeles a paisajes»

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El Colegio Mexiquense, A. C.

Dr. César Camacho Quiroz

Presidente

D. José Antonio Álvarez Lobato

Secretario General

Dr. Raymundo C. Martínez García

Coordinador de Investigación


930.1723.5

T78

Trujillo Herrada, Armando

De pixeles a paisajes. Un análisis geoespacial de la tradición Teuchitlán / Armando Trujillo Herrada. — — Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C., 2020.

251 p.: cuadros y mapas.

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN 978-607-8509-63-8 (edición impresa)

ISBN 978-607-8509-71-3 (edición electrónica)

1. Arqueología — Jalisco (México). 2. Arqueología del paisaje —Teuchitlán (Jalisco). 3. Teuchitlán (Jalisco) — Historia. 4. Tequila (Jalisco) — Valle — Arqueología. I.t.

Edición y corrección: Trilce Piña Mendoza Diseño y cuidado de la edición: Luis Alberto Martínez López Formación y tipografía: Luis Alberto Martínez López Fotografía de portada: Mtro. José Luís Monter Sánchez/ Omphika Geoprocesamiento

Primera edición: 2020

D.R. © EL COLEGIO MEXIQUENSE, A.C.

Ex hacienda Santa Cruz de los Patos, s/n,

Col. Cerro del Murciélago,

Zinacantepec 51350, México, MÉXICO

Ventas: ventas@cmq.edu.mx Página-e: <http://www.cmq.edu.mx>

Agradecemos el apoyo por parte del Consejo nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) al Proyecto 41730-H para la impresión de la presente publicación.

Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, tal y como se señala en los puntos 31 y 32, del apartado V, de los Lineamientos Normativos del Comité Editorial de El Colegio Mexiquense, A.C.

Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra sin contar previamente con la autorización expresa y por escrito de los titulares de los derechos patrimoniales, en términos de la Ley Federal de Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinja esta disposición se hará acreedora a las sanciones legales correspondientes.

Hecho en México/ Made in Mexico

ISBN 978-607-8509-63-8 (edición impresa) ISBN 978-607-8509-71-3 (edición electrónica)

Índice

Agradecimientos

Introducción

I. Los geopaisajes Arqueológicos

El espacio y la arqueología del paisaje

Enfoques teóricos

La cuestión de la organización político-social y económica en la tradición Teuchitlán

SIG en arqueología

Aplicación de los sig en este estudio

Las formas del espacio

La deconstrucción del espacio

El sentido del espacio

II. La tradición Teuchitlán

Introducción

Mesoamérica

El occidente de México

La zona Valles en el estado de Jalisco: Historial de investigaciones

La tradición Teuchitlán: los volcanes y los lagos

Cronología

La organización política de la tradición Teuchitlán

Estado segmentario

Estado centralizado

Elementos característicos de la tradición Teuchitlán

Arquitectura

Cerámica

Obsidiana

Técnicas agrícolas

Patrón de asentamiento

III. Las formas del espacio

Área de investigación

Fisiografía

Geología

Suelos

Hidrología

Clima

Vegetación

Fauna

IV. La deconstrucción del espacio-proyecto metodológico Proyecto metodológico

La deconstrucción del espacio (análisis)

Proyecto

Consideraciones metodológicas

Adquisición de datos y sus limitaciones

Análisis espacial de los sitios arqueológicos

Promedio de vecino más cercano y análisis de densidad

Modelos geográficos y costos de superficie

Análisis de superficies de coste en la arqueología

Creación de superficies de coste

Análisis de exploración económica

Análisis de captación de sitio (SCA)

Disponibilidad hidrológica

Las minas de obsidiana

Observaciones del análisis de captación de sitio

Análisis de circulación por el territorio

Corredores naturales

Análisis de movilidad entre sitios

Resultados

Análisis del dominio visual y la intervisibilidad entre los sitios

V. El sentido del espacio-simulación y modelización

Introducción

Aproximación hacia un modelo de organización político-económico de la tradición Teuchitlán

El potencial agrícola en las áreas de captación de los sitios de la tradición Teuchitlán

Explotación, transporte y controlde la obsidiana en el valle de tequila

Guachimontones

San Juan de los Arcos

Huitzilapa A

Las Navajas

Llano Grande

La movilidad de bienes estratégicos en el valle de tequila

Consideraciones finales

Anexo

Fuentes consultadas

Agradecimientos

DESEO EXPRESAR MI AGRADECIMIENTO a todas las instituciones, archivos y bibliotecas, así como organizaciones públicas y privadas, sin las cuales la realización de este libro no habría sido posible; mi reconocimiento al programa de Cátedras, Al Consejo Nacional De Ciencia Y Tecnología (Conacyt) del cual formo parte, así como a el Colegio Mexiquense, A.C., en especial, al grupo de investigación INTEGRA dirigido por Carlos Garrocho, por darme el espacio académico ideal y las facilidades para que este libro llegara a buen término.

También agradezco a mis evaluadores del sistema nacional de investigadores, que me recomendaron mejorar mi tesis de doctorado para publicarla como libro. nunca pensé que pudiera ser tan complicado, pero tan enriquecedor. no cabe duda que la distancia que hay entre una tesis y un libro es notable.

Quiero dar las gracias a mis colegas: Brigitte Faugère (Université Paris 1 -Panthéon-Sorbonne), Christopher Beekman (University of colorado Denver), Rodrigo Esparza (El Colegio De Michoacán, A.c.), David Wheatley (University of Southampton), Patricia Murrieta-flores (Lancaster University) y a François giligny (Université paris 1 Panthéon-Sorbonne) por sus valiosos comentarios, consejos y constante motivación, sin su apoyo este libro no hubiera visto la luz.

Además, gracias a los participantes y ex participantes del proyecto arqueológico guachimontones, mis colegas Christopher Beekman, Rodrigo Esparza, Verenice Heredia, Erika Blanco, Monty Smith, Jorge Herrejón, Cynthia Ramírez y, especialmente, a Phil Weigand (Q.E.P.D.) por invitarme a conocer la tradición Teuchitlán y brindarme cartas de aliento, sugerencias e ideas, pero sobre todo, su amistad y apoyo. Gracias Phil, dondequiera que estés.

Introducción

La lista de civilizaciones extintas no hace más que aumentar tanto como la lista de oscuras estrellas descubiertas por los astrónomos.

George Bernard Shaw1

ESTA INVESTIGACIÓN BUSCA desentrañar las relaciones entre seres humanos y su espacio habitado; estamos interesados en aproximarnos hacia cómo la tradición Teuchitlán configuró su paisaje y cuáles fueron las evidencias que podemos rastrear. Hemos seleccionado una serie de análisis espaciales usados en los sistemas de información geográfica, con el propósito de entender la complejidad social de esta tradición, basándonos en tres aspectos de aproximación: las formas del espacio, la deconstrucción del espacio y el sentido del espacio (Criado, 1999; Grau, 2002; Parcero, 2002). Cada aspecto forma parte sustancial de una interpretación integral de la tradición Teuchitlán. por este motivo, se implementaron técnicas estadísticas y espaciales para gestionar los datos culturales y medioambientales.

De esta manera, las propuestas de análisis mencionadas anteriormente plantean la reintegración del espacio como un elemento clave en la interpretación de los contextos regionales orientada en torno al estudio de la configuración del paisaje, por lo que procederemos en diferentes etapas: la creación de una base de datos arqueológica y medioambiental; una metodología de adquisición y sistematización de información; la aplicación del análisis espacial en arqueología y la creación de capas de movilidad, visualización y análisis de captación de sitio, etc., esto con la finalidad de reconstruir la organización comenzando desde los análisis más simples a los más complejos.

El objetivo de esta investigación es proponer un análisis de la tradición Teuchitlán para hacer frente a las hipótesis existentes sobre patrones de organización social, política y económica. nuestro trabajo comienza a partir de los elementos más básicos, que son los más esenciales para obtener un panorama real de los datos arqueológicos disponibles.

El trabajo de inventario, clasificación y sistematización de los datos arqueológicos y ambientales en una base de datos compartida mediante una plataforma sig, sentará las bases que servirán no solo para nuestra investigación, sino también para el equipo de arqueólogos interesados en la misma área de estudio. A partir de esta idea, se trata de explicar cómo la tradición Teuchitlán fue organizada a partir de estos tres niveles de aproximación (formas del espacio, deconstrucción del espacio y sentido del espacio).

El presente volumen tiene su antecedente en el trabajo realizado durante mis estudios doctorales. sin embargo, las mejoras efectuadas son importantes y numerosas. Al paso de estos años se han venido afinando métodos y obteniendo nuevos datos que permitieron darle una nueva perspectiva a la investigación y, en consecuencia, a lo que conocíamos de la tradición Teuchitlán.

La idea de regresar a la tesis doctoral y trabajarla durante estos últimos dos años, tiene su origen, en principio, en las pocas investigaciones que existen en México referentes al estudio de algunas culturas desde una perspectiva integral, que incluya el componente espacial para entender la complejidad de los procesos sociales. A este respecto, el análisis apuesta por la reinserción del espacio como un elemento clave en la interpretación de los contextos regionales, dirigido a la búsqueda de la configuración del paisaje habitado (Trujillo, 2011, 2015a, 2015b, 2018).

El segundo motivo de retomar este trabajo reside en las recomendaciones expresadas en mi más reciente evaluación por el Sistema Nacional De Investigadores (sni), en cuanto a mejorar mi tesis de doctorado para publicarla como libro.

Esta investigación se enriqueció con los conocimientos adquiridos durante estos dos años de trabajo en El Colegio Mexiquense, A. C., en el grupo integra, un grupo multidisciplinario que tiene como propósito ampliar las fronteras del conocimiento. este grupo expone un nuevo enfoque de ciencias sociales espacial y temporalmente integradas, ancladas sólidamente en el análisis espacial (garrocho, 2016).

Entre las herramientas que se desarrollan en el grupo, nos apoyamos en una específica para el análisis espacial, denominada Christaller®, estación de inteligencia Territorial,2 la cual es una plataforma de uso libre (con acceso vía internet) para la solución de problemas territoriales, que opera modelos de localización-asignación, de autómatas celulares y métricas de accesibilidad, entre muchas otras opciones. esta herramienta nos ayudó a realizar diversas mejoras en nuestra investigación y se complementó con algunos análisis que, anteriormente, habíamos diseñado.

Por otro lado, algunas de las muchas mejoras que se llevaron a cabo fue efectuar una restructuración del trabajo y una revisión bibliográfica de las publicaciones más recientes referentes a nuestro tema, así como de base de datos sobre la tradición Teuchitlán, por lo que se actualizaron los registros de los sitios arqueológicos, yacimientos, talleres de obsidiana y la cartografía en general, especialmente en los modelos digitales de elevación de la región del Valle de Tequila.

Las actualizaciones en los datos modificaron, sustancialmente, algunos análisis espaciales y sus resultados. Los análisis de visibilidad, movilidad y captación de sitio se vieron beneficiados por esta nueva adquisición de datos. Uno de los análisis que tuvo cambios significativos fue el de movilidad, ya que se tuvieron que estimar, nuevamente, los cálculos en superficie de coste3 en fricción y, con ello, la creación de las superficies isotrópicas y anisotrópicas para rutas y caminos de menor costo (Kohut, 2018; Murrieta, 2014; Trujillo, 2015a, 2015b). La adquisición de nuevos modelos digitales de elevación también modificó el análisis de visibilidad, que se enriqueció con algunas propuestas metodológicas recientes (e.g. Brughmans et al., 2017, 2018; Gillings, 2017; Murphy, et al., 2018).

Estas mejoras en los aspectos teórico-metodológicos reconfiguraron y renovaron los patrones de interacción, flujo y circulación en el territorio mediante los paisajes de la región del Valle de Tequila, por lo que nos permitieron tener perspectiva actual de lo que hoy conocemos como la tradición Teuchitlán. Adicionalmente, se afinaron los argumentos, se mejoró la redacción y se compactó el texto, lo que le da mayor peso específico al libro.

La tradición Teuchitlán se encuentra en el altiplano jalisciense, su periodo de desarrollo abarca desde el preclásico hasta el clásico tardío; su núcleo se ubica, espacialmente, alrededor del volcán de Tequila en un área de, aproximadamente, 2500 km², aunque tenemos evidencias de arquitectura del mismo estilo en estados vecinos como Colima, Nayarit, Michoacán, Guanajuato Y Zacatecas.

Esta región se caracteriza por zonas ecológicas sólidamente espaciadas, accesibles y muy diferentes, definidas por los picos nevados del volcán de Colima, el bosque de la sección más alta del volcán de Tequila, hasta las playas áridas de las partes más bajas de las barrancas. La alternancia de diferentes nichos dentro de cada zona ecológica importante y la proximidad de las zonas facilitaban la explotación de una gama muy amplia de plantas, animales y minerales. La abundancia de recursos estratégicos prestaba al distrito lacustre una ventaja notable y un gran potencial para el desarrollo cultural. Al combinarse estas consideraciones con la localización clave del distrito, se llegó a una explotación temprana e intensiva de las oportunidades ecológicas (Weigand, 2009).

Los datos que hemos considerado para esta investigación se componen de información arqueológica y medioambiental. Los datos arqueológicos consisten en un inventario de sitios arqueológicos ubicados, específicamente, en el Valle de Tequila; la muestra forma un total de 63 sitios, estos cuentan con datos importantes como su ubicación geográfica, extensión, número de estructuras circulares (Guachimontones), plataformas, juegos de pelota, unidad habitacional y temporalidad. De manera complementaria a esto, se consultaron archivos técnicos y bibliografía arqueológica de la región.

Por otro lado, agregamos datos de tipo medioambiental, los cuales se componen por cartográfica temática como son mapas de fisiografía (modelo digital de elevación), geología, edafología, hidrología, climas y vegetación.Otros datos también de tipo medioambiental fueron los proporcionados por el doctor Ruiz y su equipo de trabajo del Instituto Nacional De Investigaciones Forestales, Agrícolas y pecuarias (inifap), quienes crearon un sistema de información del medio físico, adecuado para el diagnóstico por computadora de áreas potenciales de cultivos; con esta herramienta se posibilitó la aplicación del análisis multicriterio mediante el uso de sig (Ruiz et al., 2004). esta investigación nos proporcionó datos claves sobre el potencial productivo agrícola del maíz para nuestra zona de estudio. Asimismo, se incluyeron datos de recursos estratégicos como son los yacimientos de obsidiana explotados en el periodo prehispánico; estos datos fueron proporcionados por el doctor Rodrigo Esparza.

Esta investigación también intenta contribuir al conocimiento sobre cómo está organizada la tradición Teuchitlán, y nos interesa poner en práctica algunos ejercicios metodológicos en los que incluimos análisis espaciales que, anteriormente, no se habían puesto a prueba en la región de estudio.

En resumen, este trabajo consiste en abordar de manera clara y sucinta preguntas no resueltas en la tradición Teuchitlán; frente a ellas se realizó un análisis riguroso para obtener conclusiones fundamentadas y comprobables a partir de los resultados. en última instancia, los resultados hablan de la organización sociopolítica de la tradición y de los alcances interpretativos de la aplicación de esta nueva metodología.

En el primer capítulo se examina el concepto del espacio en la arqueología, donde se destaca la importancia de las escalas referidas y sus características en el ámbito regional; así, se asientan las bases de nuestra propuesta, con un esquema de arqueología del paisaje, en el cual los escenarios conformados por elementos naturales y culturales son el diagnóstico en esta búsqueda de patrones paisajísticos. en este mismo apartado se explican los fundamentos teóricos y metodológicos utilizados para aproximarnos a la tradición Teuchitlán, entre los cuales se retoman las propuestas de Criado (1999), Parcero (2002) y Grau (2002) para abordar el paisaje desde tres aspectos elementales: las formas del espacio (datos), la deconstrucción del espacio (análisis) y el sentido del espacio (resultados).

Cada elemento concuerda con una etapa de nuestra investigación: el apartado de las formas del espacio corresponde a la obtención, sistematización y preparación de datos arqueológicos y medioambientales.

En el segundo capítulo se expone un breve panorama de Mesoamérica y, específicamente, del Occidente De México, donde se destaca el papel que jugó la tradición Teuchitlán durante el Preclásico tardío y el Clásico Temprano (350 a. c. a 400 d. c.). Además, mencionamos de forma sucinta los antecedentes de investigación en la región del Valle de Tequila para introducir el tema de conformación social y las distintas propuestas de modelos de organización social a las que ha sido sujeta esta tradición. Asimismo, presentamos los elementos característicos que han definido esta tradición como son: su arquitectura circular, los juegos de pelota, la tradición funeraria, la elaboración de maquetas en cerámica, entre otros, poniendo principal atención en el patrón de asentamiento y los sitios arqueológicos que conforman el corpus de nuestra investigación.

En el capítulo iii, que corresponde a las formas del espacio, la investigación se ubica en contexto medioambiental, por lo que se realiza una síntesis geográfica de la región explicando las características topográficas, geológicas, hidrológicas y edafológicas en la actualidad. estas variables ambientales son preparadas en mapas temáticos para su uso en el análisis espacial que se realiza en el capítulo V. Al final de este apartado mencionamos los datos paleoambientales con los que se cuenta para la zona de estudio; aunque son pocos, resultan de suma importancia para la interpretación de nuestros resultados.

En el cuarto capítulo se muestran los principios metodológicos que orientaron el diseño de la investigación y proporcionaron junto con la teoría, un marco interpretativo para los resultados del estudio. Así pues, se delinearon aspectos básicos como la zona de estudio, la escala de estudio, los datos disponibles y sus límites interpretativos. De igual manera, se prepararon los mapas temáticos y las superficies de fricción como base para los análisis espaciales. en la segunda parte del capítulo se realizaron los análisis que corresponden a la deconstrucción del espacio; nos interesó aproximarnos a la dimensión económica y sociopolítica, para ello se propusieron tres componentes: el análisis de exploración económica, el análisis de dominio visual e intervisibilidad de los sitios, y el análisis de circulación en el territorio. en cada uno de los temas hay análisis espaciales y estadísticos que permiten interpretar el sentido del espacio, y revelar la estructura del paisaje de la tradición Teuchitlán (Criado, 1999; Parcero, 2002; Grau, 2002, 2017).

En el capítulo V y último explicamos cómo se entretejen los datos provenientes de los análisis espaciales abordados en los capítulos anteriores, de qué manera se relacionan los resultados de las áreas de explotación económica, dominio visual y movilidad de los sitios arqueológicos, teniendo como eje principal la búsqueda de una posible función de cada sitio. en este apartado estudiamos los espacios de ocupación de los sitios, su potencial agrícola y su relación con las minas de obsidiana respecto a sus áreas de captación. Asimismo, se llevó a cabo un análisis estadístico, así como la graficación de este, en un tipo radar, para sistematizar los resultados de los distintos análisis espaciales, esto con el fin de conocer la tendencia de cada sitio a determinadas funciones, lo anterior permitió delinear la estructura social y política de la tradición Teuchitlán.

Este análisis de la configuración espacial de la tradición nos ayudó a definir sitios especializados en ciertas funciones, donde el control visual y el acceso a espacios de movilidad fueron elementos clave para tener ventaja respecto a otros sitios. De esta forma, los análisis proporcionaron herramientas para contrastar las distintas posturas sobre las líneas de evidencia arqueológicas que apoyan determinados modelos de organización sociopolítica con nuestros resultados.

Finalizamos la investigación esclareciendo cómo nuestros resultados forman parte de ciertas líneas de evidencia que sustentan una organización de tipo más flexible y descentralizada, con una identidad compartida en muchos aspectos de la cultura.

Notas

1 Citado en silvester, 1997.

2 Portal académico web disponible en: <http://www.christaller.org.mx/>.

3 [N. de E.] Un coste expresa la resistencia ofrecida por el medio para desplazarse a través de él en un punto concreto.

I

Los geopaisajes Arqueológicos

El espacio y la arqueología del paisaje

La arqueología es una disciplina dinámica, una disciplina en construcción constante, la cual explora distintos caminos en la ciencia, buscando cómplices teórico-metodológicos en otras disciplinas, con el propósito de explicar los procesos de construcción social del espacio en épocas pretéritas a partir del registro material de los grupos humanos, considerando que el espacio existe por las relaciones sociales, objetos naturales y culturales (Tilley, 1994: 22-25).

La arqueología teje sus hilos con influencias de otras disciplinas, principalmente la geografía; esta, como ciencia del espacio, fue una de las primeras en teorizar conceptos como espacio y paisaje para que después la arqueología los fuera incorporando a su ámbito.

Su pasado común más reciente inicia en la ruptura ocurrida en los años cincuenta entre la geografía física y la geografía humana en Europa, que propicia una “nueva geografía”, una renovada geografía más estadística en el análisis de la organización del espacio, por lo que hizo un cambio significativo en la manera en que estos nuevos elementos cambiarían el concepto más integral del paisaje.

Este cambio en la “nueva geografía” se vería reflejado en la arqueología de los años sesenta y setenta —primero, en la arqueología espacial, y después, en la “nueva arqueología”—; la repercusión la podemos percibir en el uso de modelos geográficos provenientes de la geografía británica que, más tarde, conoceríamos en la arqueología espacial encabezada por David Clarke (1968, 1972, 1977). Esta nueva forma de espacializar las problemáticas sociales permitiría concebir a la arqueología espacial como la “recuperación de información relativa a las relaciones espaciales arqueológicas y estudio de las consecuencias espaciales de las pautas de actividad homínida del pasado dentro y entre los contextos y estructuras, así como su articulación dentro de asentamientos, sistemas de asentamientos y sus entornos naturales” (Clarke, 1977: 47).

Este nuevo giro en la arqueología, principalmente en la “nueva arqueología”, sienta las bases para el uso de procesos más complejos y metodologías más robustas con técnicas matemáticas y estadísticas en el análisis espacial de los datos. De esta manera, es posible elaborar interesantes análisis espaciales en los que se rastrea, minuciosamente, la dimensión económica del espacio y también es factible diseñar novedosos métodos para hacerlo, conceptualizando los procesos socioculturales como fenómenos multifactoriales complejos (Sánchez, 2010).

Durante la gestación de la nueva Arqueología, los arqueólogos americanistas reconocieron que las modificaciones antropogénicas del paisaje conllevan algo más que modificaciones físicas del entorno; también implican pautas relacionadas con “dimensiones sociales e ideológicas” (Deetz, 1990: 2).

Esta tendencia para explicar las huellas que dejan las acciones humanas en el entorno físico da pauta a la denominada arqueología del paisaje. Se trata de una arqueología caracterizada por el estudio de las sociedades antiguas desde su espacialidad (orejas et al., 2002: 306), en la que relaciona la base cultural de los paisajes y los papeles de actores humanos para formar y construir los significados de los lugares; cabe mencionar que estos estudios toman grandes préstamos de la geografía humanista (Cosgrove y Daniels, 1988) y de la arqueología posprocesual (Hodder, 1987, 1991; Tilley, 1994).

A este respecto, el paisaje, como producto social, se encuentra en realidad conformado por la conjunción de diferentes elementos, lo cual produce una nueva manera de ver el mundo que nos rodea:

 Un paisaje no es sinónimo de medio ambiente. Son los sistemas culturales quienes organizan y estructuran las interacciones entre la gente y el medio ambiente.

 El paisaje es una construcción cultural. Son las comunidades quienes transforman los lugares físicos en espacios llenos de contenido.

 El paisaje, al formar parte de las actividades de una comunidad, no solo es un escenario construido por ellos, sino el lugar donde viven y se sustentan.

 Los paisajes son construcciones dinámicas en las cuales cada comunidad y generación imponen su propio mapa cognitivo, y establecen principios organizativos para la forma y estructura de cada sociedad (Anschuetz et al., 2001; Hu, 2012).

Se podría decir que el paisaje es el reflejo del grado de asociación entre la sociedad y su medio natural; estos pueden dividirse en unidades paisajísticas que proveen espacios explicativos de la dinámica cultural que tuvo lugar; pero antes de conocer dichas unidades se debe definir los elementos que caracterizan determinados paisajes y la manera en que se analizan.

En otras palabras: esta clase de arqueología de paisaje no trata el ambiente como el telón pasivo de estudios arqueológicos, como señalaba Knapp y Ashmore (1999: 2), por lo general presentados como “una introducción geográfica” a la cultura tradicional de los trabajos históricos. Esto va también más allá del trato del paisaje y el ambiente como el determinante de cultura tan característica en ecología cultural. Knapp y Ashmore (1999: 20) añaden que, al mediar entre naturaleza y cultura, los paisajes son “una parte integral del habitus de Bourdieu”.

En este aspecto, el paisaje es producto de un sistema que alberga una estructura integral de acciones por parte de los agentes, quienes, a su vez, son limitados por este mismo eje que crean; es, entonces, el reflejo de la relación hombre-naturaleza que nos muestra esa serie de “intercambios que tiñen de significado su espacio habitado” (Marquardt Y Crumley, 1987).

Por tanto, la labor del arqueólogo es reconstruir los mecanismos de estas interrelaciones, tratar de comprender las racionalidades del pasado, y solo así, entender la complejidad de los hechos culturales con el fin, tal vez, de predecir próximas dinámicas culturales.

Enfoques teóricos

Los objetivos que componen esta estrategia de investigación están muy ligados a la naturaleza espacial de la arqueología, pues “se trata de pensar el registro arqueológico y la cultura material desde una matriz espacial y, simultáneamente, de convertir el espacio en objeto de la investigación arqueológica” (Criado, 1999: 6).

Al respecto y de acuerdo con Grau (2002 y 2017), la arqueología del paisaje debe enfocarse como un análisis que busque la descripción amplia y multidireccional de los elementos que integran el paisaje para tratar de comprender la sociedad que configura ese espacio y que se interrelaciona con él, y superar, así, el mero análisis fenomenológico o de carácter funcionalista, basado en análisis locacionales u otro tipo de procedimientos mecanicistas.

Para Criado (1999: 7), el paisaje como producto social está compuesto por tres elementos que configuran una determinada dimensión: el primero es el entorno físico o matriz medioambiental; el segundo, el entorno social o medio construido, y el tercero, el entorno pensado o medio simbólico.

El entorno físico o matriz medioambiental constituye un primer acercamiento al paisaje; su principal tarea es describirlo mediante la colaboración de especialistas de distintas disciplinas con el fin de crear una plataforma de apertura. El entorno social o medio construido explica cómo el ser humano construye su entorno en relación con otros individuos o grupos. Por último, el entorno pensado o medio simbólico sienta las bases para comprender el proceso de apropiación de lo humano sobre la naturaleza.

Por su parte, Parcero (2002: 18) divide el paisaje en cuatro dimensiones, y lo estudia desde lo más evidente a lo más sutil como él lo menciona:

La dimensión ambiental, el paisaje en cuanto espacio físico, “natural”, que preexiste a la acción humana y casi siempre será alterado por ella en distinto grado. Esta primera dimensión es en cierto modo la número 0, pues no es más que la materia prima a partir de la cual se construye un paisaje.

La dimensión económica supone la forma más evidente e inmediata de efecto de la acción humana sobre el espacio, sobre todo desde una perspectiva arqueológica. Esta dimensión es el resultado de la aplicación de las estrategias sociales destinadas a garantizar la producción de los bienes más elementales para la reproducción de una comunidad.

La dimensión socio-política se refiere a los efectos derivados en el paisaje de las formas en las cuales los grupos humanos estructuran sus relaciones interpersonales e intercomunitarias. Su efecto en la construcción material de un paisaje determinado es en general más sutil que el de la dimensión anterior, ya que muchas veces no es necesario que exista este efecto para que determinados principios de relación social y política funcionen.

La dimensión simbólica supone el más complejo de los componentes de cualquier paisaje, pues representa las formas de conceptualizar e imaginar el espacio por parte de una formación social determinada.En el caso de la investigación arqueológica —que trata con objetos puramente materiales— referida a situaciones pasadas —esto es, racionalidades ya inexistentes— y, por añadidura, pre o protohistóricas lo cual implica que no han dejado ningún tipo de registro textual directo— la aproximación a esta dimensión puede parecer totalmente imposible. Esta apariencia no debe impedir, en primer lugar, el reconocimiento de que la reconstrucción de un paisaje dado es siempre incompleta sin esta última dimensión. Pero, en segundo lugar, es posible y gratificante cuando menos el obligarnos a hacer un intento por acceder a ella.

Estas dimensiones, sugeridas por parcero (2002), se inspiran en las propuestas de Criado (1999), pero a diferencia de este último, solo utiliza dos dimensiones (la dimensión económica y sociopolítica). Se mencionan estas dos dimensiones porque cada una tiene distinto análisis en sig, por lo que es más rigurosa metodológicamente de esta forma.

Siguiendo el esquema de Criado (1999), desde un punto de vista metodológico, las dimensiones son estudiadas bajo tres apartados; cada uno cuenta con sus características de aproximación y de análisis (véase tabla 1).

 Las formas del espacio (datos).

 La deconstrucción del espacio (análisis).

 El sentido del espacio (resultados).

Con esta estrategia de investigación se pretende resaltar que la arqueología del paisaje no es solo una nueva versión de la tradicional arqueología, geográficamente inspirada en el estudio espacial de elementos aislados, sino un amplio entendimiento del paisaje como una entidad cultural y conceptual,Que se define como un juego de relaciones entre la gente y los sitios, así como el efecto de estas en lo social, lo político, lo cultural y la vida cotidiana de las personas.

Tabla 1

Síntesis de esquema de trabajo en arqueología del paisaje


Arqueología del paisaje Dimensiones del paisaje (Criado 1999) Dimensiones del paisaje (Parcero 2002) Metodología (Grau 2002, 2017) Análisis
Las formas del Espacio. El entorno físico o matriz medioambiental. 1) La dimensión ambiental. A) creación de cartografía digital especializada para realizar análisis básicos y presentación adecuada de los resultados obtenidos. Bases de datos georreferenciadas de sitios arqueológicos y datos medioambientales. Mapas temáticos de Suelos, ríos, geología, etcétera.
La deconstrucción del espacio. El entorno social o medio construido. 2) La dimensión económica. 3) La dimensión Sociopolítica. B) Realización de análisis de explotación económica. C) Análisis del Dominio visual y la Intervisibilidad entre Los sitios. D) Análisis de Circulación por el territorio. Análisis de captación de sitio. Análisis de visualización y visualización acumulativa. Análisis de movilidad y densidad lineal.
El sentido del espacio. El entorno pensado o medio simbólico. 4) La dimensión simbólica. Comparación de modelos de formación social con resultados de Análisis anteriores.

Fuente: elaboración del autor con base en criado, 1999; parcero, 2002; grau, 2002, 2017.

Así, la presente investigación pretende identificar y explicar los elementos que se distribuyen en esta matriz espacial; el estudio va encaminado a conocer el patrón de asentamiento, la jerarquización de sitios arqueológicos, los niveles de interacción entre sitios y su relación con bienes susceptibles de ser explotados económicamente, con el propósito de conocer la organización social de la tradición Teuchitlán.

El desarrollo del trabajo fue el siguiente: por un lado, recopilamos y sistematizamos información que se obtuvo de investigaciones arqueológicas, informes técnicos y cartografía medioambiental de la región de estudio. en segundo lugar, fue necesario conformar una base de datos digital georreferenciada que incluía la información relacionada con la tradición Teuchitlán y los datos medioambientales. Este proceso de investigación fue muy importante porque se homogeneizaron los datos bajo una misma proyección cartográfica para poder ser analizados y presentados de una forma clara. Para llevar a cabo este paso es fundamental realizar una crítica de fuentes debido a que los datos obtenidos en nuestro estudio son, en su mayoría, bibliográficos, por lo que los métodos de obtención varían de investigador a investigador. El propósito de examinar estas fuentes de información es la de conocer sus límites interpretativos y su validez para nuestro estudio. Posteriormente, se debe desarrollar una metodología que permita aplicar los sig a la investigación arqueológica dirigida a los análisis de exploración económica, de visualización y de movilidad.

Para efectuar los análisis anteriormente citados es preciso crear subcapas (por ejemplo, mapas de pendientes, de dirección de pendientes, de superficie de coste, de superficie de fricción, etc.) que nos ayuden a definir aspectos como el tiempo y/o energía en el desplazamiento sobre el paisaje de la región de estudio. De la misma forma, se busca establecer una caracterización del paisaje que alberga los sitios arqueológicos con la finalidad de definir los elementos significativos culturales y medioambientales que se entrelazan para conocer la configuración de la tradición Teuchitlán.

Finalmente, se contrastan los datos obtenidos del análisis espacial y la configuración del paisaje con modelos de formación social anteriormente utilizados para explicar el desarrollo de esta tradición; estamos interesados en conocer los alcances interpretativos aplicando una metodología diseñada para responder preguntas de investigación concretas, siempre considerando la calidad y el tipo de datos, la escala y los análisis espaciales.

La cuestión de la organización político-social y económica en la tradición Teuchitlán

La tradición Teuchitlán fue una de las sociedades complejas más tempranas en el Occidente De México, específicamente, durante el Preclásico tardío y hasta inicios del Clásico temprano (400 a. C.-450 d. C.). Su ritmo social a escala regional permitió la proliferación de asentamientos con elementos distintivos como el estilo arquitectónico caracterizado por estructuras circulares, la explotación de yacimientos de obsidiana y la utilización de paisajes agrícolas del Valle de Tequila (véase figura 1).

Los primeros reconocimientos en el área de estudio se llevaron a cabo en la década de 1970, cuando el doctor Weigand (1993) realizó estudios pioneros en arqueología. Estos trabajos proporcionaron una gran cantidad de información que permitió definir la tradición Teuchitlán, pero fue solo hasta la década de 1990 que se iniciaron los trabajos sistemáticos de excavación y restauración en algunos sitios arqueológicos.

La tradición Teuchitlán se ubica alrededor del volcán de Tequila, ocupando un área aproximada de 2500 km2; es definida a partir de los trabajos de Phil Weigand (1993), quien registra sitios monumentales y zonas habitacionales gracias a la identificación de los sitios arqueológicos en fotografías aéreas y su corroboración en campo. Su trabajo dio como resultado una serie de mapas con la distribución de los sitios y las zonas habitacionales, además de algunos dibujos detallados de los sitios más importantes.


Figura 1. Mapa ubicación del núcleo de la tradición Teuchitlán. Fuente: elaboración del autor con base en Weigand, 1993.

Estas primeras incursiones por parte de Weigand en la zona del Valle de Tequila permitieron sentar las bases para que la tradición Teuchitlán fuera considerada como una sociedad compleja digna de investigar, lo que propició futuros trabajos de prospección y excavación en lo que se conoce como la zona nuclear de la tradición Teuchitlán (por ejemplo, Anderson et al., 2013; Blanco, 2009, 2018; Cach, 2005; Esparza, 2010; Heredia, 2010, 2015, 2017; Herrejón 2008a, 2008b; Smith y Herrejón, 2004; Smith, 2008a, 2008b; Soto de Arechavaleta, 1990; Weigand, 1996 y ss.).

Como se verá más adelante, la tradición Teuchitlán ha sido explicada desde distintos puntos de vista de acuerdo con las tendencias teóricas y los datos disponibles conforme avanzan las investigaciones (Beekman, 1996a, 2000, 2008a; Heredia, 2010; Smith, 2008b; Weigand, 1996). En este apartado las propuestas son mencionadas brevemente con el objetivo de mostrar un panorama de la problemática, pero serán explicadas con mayor detalle en capítulos subsecuentes.

La primera propuesta de organización social en torno a la tradición Teuchitlán es atribuida a Weigand (1996), quien retoma el concepto de estado segmentario, concebido por southall (1988), para explicar la sociedad Alur (África) dentro de la teoría de la antropología política. Weigand propone que la tradición está organizada bajo un esquema de estado segmentario, el cual consiste en “un conjunto político compuesto de segmentos centrales y periféricos que se dan por alianzas de parentesco, mismos que disponen hasta cierto punto de una autonomía virtual” (Southall, 1999: 33).Para Southall (1988: 52), “el estado segmentario es uno en el cual, las esferas de soberanía ritual y soberanía política no coinciden. La primera se extiende ampliamente hacia una periferia flexible y cambiante. Esta última se limita al dominio central, al núcleo”.

En el análisis de las características de la tradición, Weigand (1996) puede distinguir ciertas similitudes con el modelo de estado segmentario; por ejemplo, menciona la distribución, espacialmente los sitios, su organización a partir de un aparato administrativo y el poder ejercido bajo un ritual compartido.

Beekman (1996a) coincide con la propuesta de Weigand (1996) y la retoma para explicar la periferia de la tradición; realiza un recorrido por el corredor de La Venta, entre Teuchitlán y el Valle de Atemajac al este, donde localiza sitios defensivos que, presuntamente, vigilaban las fronteras de la polity. De acuerdo con estos hallazgos, el núcleo parece haber tomado una forma política unitaria, pero fuera de estos límites su poder político y económico se desvanecía imitando más una administración segmentaria, hegemónica (Beekman 1996b: 143).

Siguiendo la idea de una administración menos centralizada en la tradición, Beekman (2008a: 176) principalmente, junto con otros investigadores (López y López, 1996; Pickering y Cabrero, 1998), expresan la idea de una organización basada en linajes, es decir, “grupos corporativos de descendencia que reconocen a sus antepasados biológicos mediante la línea masculina, la femenina, o de algún otro conjunto coherente de reglas de descendencia”.

Inicialmente, Beekman (2008a: 171) distingue, en los sitios de Llano Grande Y El Cerro De Las Navajas, la existencia de estos linajes o grupos corporativos,1 y lo demuestra con las diferencias en la construcción de plataformas, ubicadas en torno a los Guachimontones. Señala que existen equipos de construcción independientes con distintos niveles de destrezas, atribuyendo estas diferencias a que los linajes fueron las unidades básicas de construcción en la organización sociopolítica de la tradición Teuchitlán.

En cambio para Smith (2013: 35), la tradición Teuchitlán se puede explicar bajo un esquema de modelo de organización celular (Lockhart, 1999). Smith ofrece una interpretación del patrón de asentamiento utilizando la analogía etnohistórica como fuente para determinar el tipo de organización social y la manera en que los dirigentes ejercían el control de los pobladores.En el análisis del patrón de asentamiento propone una jerarquización de cinco niveles, cada uno con distintas funciones; este aparato administrativo permitía al sitio de guachimontones ejercer un poder hegemónico en la tradición Teuchitlán mediante la ideología.

Recientemente, los trabajos de Heredia Espinoza (2010, 2015) están proporcionando nuevos datos sobre la tradición y su forma de organización. Su investigación enfocada al norte del volcán de Tequila —zona poco explorada— aporta un registro de sitios arqueológicos que asciende a 151 en un área prospectada de 114 km2. Sus datos registrados apuntan a un patrón de asentamiento discontinuo, es decir, un patrón convexo (baja integración);2 estos resultados preliminares no definen el tipo de organización social de la tradición, pero ponen sobre la mesa las evidencias encontradas y los contrastan con los datos que se tienen de la parte sur del volcán de Tequila.

Para Heredia Espinoza (2015, 2017), los resultados obtenidos en su zona de estudio indican un paisaje mucho más descentralizado. Sin embargo, considera al sitio de Los Guachimontones como una capital ritual, aunque respecto a lo económico y político no existan bases seguras y los datos indiquen que, por lo menos, en el norte no existía tal integración.

Las diferentes interpretaciones nos permiten crear lazos en cuanto a las características de la tradición, destaquemos que estas interpretaciones han sido realizadas durante distintos periodos, por lo que el cúmulo de información arqueológica varía para cada una. En años recientes, el Valle de Tequila ha sido un foco de atención en cuanto a investigaciones arqueológicas, por lo que la secretaría de Cultura Del Estado de Jalisco junto con el aval del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), han apoyado para la realización de más investigaciones arqueológicas. Actualmente, se desarrollan varios proyectos de investigación que contemplan la excavación, la prospección, el análisis cerámico, el análisis de obsidiana, entre otros. Estos pronto darán luz a nuevos datos e interpretaciones sobre la tradición en cuestión.

Para contribuir a la reflexión de la organización político-social, nos aproximaremos siguiendo estos enfoques:

 Conocer la configuración espacial de la tradición Teuchitlán a escala regional, considerando el Valle de Tequila como área de investigación en el estudio del ordenamiento territorial y su relación con los bienes estratégicos.

 Comprender la jerarquización del patrón de asentamiento diferenciando espacios favorables en relación con el acceso a recursos estratégicos y la ubicación privilegiada para realizar actividades de subsistencia agrícola, lacustre, de caza o recolección.

 Examinar el patrón de asentamiento distinguiendo sus elementos característicos para analizarlos mediante modelos geográficos y modelos de formación social, que permitan la clasificación de sitios, niveles de interacción entre sitios y su función en el paisaje.

 Conocer la tendencia de los sitios arqueológicos a determinadas actividades, lo cual nos permitirá buscar evidencias que nos hablen de una economía especializada.

sig en arqueología

La arqueología es una disciplina envuelta en relaciones multidisciplinarias que, constantemente, se abre espacios y se nutre con innovaciones de otros campos de la ciencia; sus relaciones y aperturas con distintas disciplinas han hecho de ella un albergue propicio para nuevas propuestas teórico-metodológicas favorables para entender las sociedades pretéritas a partir de las evidencias materiales.

Una de estas innovaciones, incorporada de manera paulatina por los arqueólogos en su quehacer científico, es la aplicación de los Sistemas De Información Geográfica (sig), plataformas digitales enfocadas, inicialmente, en la geografía y, después, en otras disciplinas, en las que el componente espacial y territorial es significativo (Howey y Brouwer-Berg , 2017).

En la actualidad, se usan para almacenar información con el propósito de utilizarla en análisis espaciales que permitan ver patrones culturales en sus áreas de estudio. La habilidad de los sig para combinar un amplio número de capas de información medioambiental y cultural ha permitido ampliar el panorama de la interpretación de los paisajes arqueológicos y, con ello, el conocimiento de la estructura social de culturas pretéritas.

Existe un creciente interés en círculos académicos por la aplicación de los sig en arqueología, debido a su potencial (Brughmans et al., 2017, 2018; Chapman et al., 2003; Conolly, J. y Lake, M., 2006; Gillings, 2012, 2015, 2017; Huggett, 2013; Johnson, J., 2006; Kohut, 2018; Landeschi, 2018; Llobera, 2003, 2012; Parcak, 2009; Wescott y Brandon, 2000; Wheatley, 2014; Wheatley y Gillings, 2002); la razón es que “es un poderoso conjunto de herramientas para la recolección, almacenamiento, recuperación, transformación y demostración de datos espaciales del mundo real, estos propuestos a objetivos particulares” (Burrough y McDonnell, 1998: 11).3

Aplicación de los sig en este estudio

Los sig son una herramienta que los arqueólogos acogieron rápidamente por sus beneficios: su capacidad de manejar grandes volúmenes de datos espaciales y su desarrollo en el análisis espacial, lo cual ha permitido a los investigadores plantearse problemáticas complejas, antes impensables.

En este sentido, esta investigación utiliza varias aplicaciones de sig para realizar determinados análisis que ayuden a comprender el espacio de la tradición Teuchitlán. el uso de estas aplicaciones es recurrente en la arqueología (Chrysanthi et al., 2012; Conolly, J. y Lake, M., 2006; Cooper y Green, 2015; Ćučković, 2015, 2016a, 2016b; Fovet y Zaksek, 2014; Newhard et al., 2008; Llobera y Sluckin, 2007; Llobera, 2011; Van Lanen et al., 2015; Verhagen et al., 2016). En este caso se retoman metodológicamente los análisis realizados por Grau Mira (2002, 2017) para el caso del territorio en el área central de la contestania Ibérica y se combina con la propuesta teórica de arqueología del paisaje (Criado, 1999; Parcero, 2002). Esta conjunción de enfoque teórico y metodología permiten abordar los objetivos planteados en esta investigación.

Las formas del espacio
Creación de cartografía digital especializada para realizar análisis básicos y presentación adecuada de los resúmenes obtenidos

Los sig son una herramienta potente que permite almacenar, gestionar, analizar y visualizar información georreferenciada. Esta información es indispensable para el tratamiento de datos. En este apartado se hacen labores de búsqueda, recolección, procesamiento y almacenamiento de información de tipo medioambiental y arqueológica. El objetivo es mostrar un panorama de los aspectos fisiográficos de la zona de estudio, recabando no solamente datos medioambientales actuales, sino, en lo posible, datos paleoambientales. En este mismo apartado se describen los sitios arqueológicos utilizados en la investigación.

La deconstrucción del espacio
Realización de análisis de explotación económica

En este apartado se realiza el análisis formal y deconstructivo del espacio arqueológico, por lo que se han empleado, básicamente, tres tipos de análisis para cumplir tres propósitos: primero, conocer la relación y explotación económica de los sitios arqueológicos con el espacio físico o natural; segundo, la interrelación entre los sitios arqueológicos y su patrón de movimiento y, finalmente, las condiciones de visibilidad y cuencas visuales de los sitios arqueológicos (Mayoral et al., 2017; Parcero, 2001, 2002; Parcero et al., 2019).

El estudio de los patrones de territorialidad y su explotación económica están estrechamente relacionados con cómo está estructurada espacialmente una sociedad; sus estudios se originan en la llamada arqueología procesual, también denominada Nueva Arqueología. este tipo de arqueología fue fuertemente influenciada por la utilización de modelos geográficos aplicados con ciertas variantes a problemáticas arqueológicas.

Uno de estos modelos de explotación económica es el Análisis de Captación De Sitio (sca, por sus siglas en inglés). este término lo introdujo en la literatura arqueológica Vita-Finzi y Higgs, en 1970. Ellos lo definen como “el estudio de las relaciones entre la tecnología y los recursos naturales que se encuentran dentro del rango económico de los sitios individuales” (Vita-Finzi y Higgs, 1970: 5).4

De acuerdo con Roper (1979: 121), el sca se desarrolló, originalmente, como una respuesta a la constatación de que, en diferentes momentos y lugares del entorno biofísico, se pueden ofrecer posibilidades muy distintas para la explotación, teniendo en cuenta que hay una distancia finita que las personas están dispuestas a viajar para explotar su medio ambiente.

El sca es un método para el estudio de la ubicación de sitios arqueológicos con respecto a los recursos económicos que están disponibles en torno a ellos, y se deriva de la teoría de forrajeo óptimo. El principio básico de este método es que entre más alejados estén de los recursos básicos del sitio, mayor será el coste económico de su explotación (Wheatley y Gillings, 2002: 144).

Una de las críticas más importantes se refiere a la forma de aproximarse al espacio, el modo tradicional en el que se ha usado el sca no considera la topografía y trata el paisaje como un plano cartesiano, las distancias y territorios se calculan utilizando la geometría euclidiana, la cual no considera los accidentes del terreno, es decir, que es mucho más fácil moverse en un plano en comparación con una pendiente pronunciada. Por esta razón, es más adecuado considerar el tiempo tomado o costos que se originan cuando se investiga el movimiento entre sitios o territorio de asignación (Wheatley y Gillings, 2002: 151), por lo que se realiza un análisis de superficie de coste para compensar este aspecto.

El propósito de la aplicación del análisis de costos de superficie se basa en encontrar una similitud de la representación geográfica digital más acorde con la realidad, modificando los rasgos topográficos naturales por medio de modelos matemáticos —denominados superficies de fricción—, para simular los costos de desplazamiento en distancia, tiempo y/o energía.

La ventaja de la utilización de superficies de fricción es que se puede ponderar la distancia recorrida de un punto a otro, considerando el tiempo, la energía y/o la distancia, contrariamente a como se hacía antes con el modelo de análisis de captación de sitio tradicional, con el que las áreas estimadas se calculaban a partir de la distancia euclidiana, la cual no representaba una distancia real.

Esta investigación ha adoptado una aproximación más realista, considerando la topografía del Valle de Tequila, se usan técnicas de superficie de coste con el propósito de estimar el tiempo de desplazamiento en el terreno para la aplicación del sca y el análisis de movilidad que más adelante se explica.

Análisis del dominio visual y la intervisibilidad entre los sitios

La función del análisis de visibilidad es explorar la organización visual de rasgos del paisaje, donde el concepto de visibilidad tiene tanto implicaciones cognoscitivas como perceptuales (Wheatley y Gillings, 2000).

La visibilidad es una herramienta que se ha hecho fundamental en el análisis espacial, se basa en la particularidad de cómo cada cultura estructura su espacio y su territorialidad. Esta estructura depende del tipo de organización social, por lo que su estudio ayuda a entender los modelos de asentamiento y cómo se generan sus patrones de movimiento. De acuerdo con Richards-Rissetto y van der Elst (2007; Richards-Rissetto, 2017), la visión es considerada como uno de los sentidos más poderosos; numerosos estudios demuestran que la visibilidad, a menudo, sirve como un mecanismo de integración cultural y/o de segregación por su capacidad de comunicar información (e.g. Crown y Kohler, 1994; Fletcher, 1981). De modo que es importante conocer estas áreas de alta visibilidad en el Valle de Tequila, pues se podrían relacionar con las zonas de control de producción agrícola o minera, además de los patrones de movimiento.

Análisis de circulación por el territorio

El propósito de realizar un análisis de circulación por el territorio es conocer la movilidad e interacción entre los habitantes del Valle de Tequila, Jalisco; para ello se creó una red de caminos de menor costo (lcp) entre sitios arqueológicos, se aplicaron herramientas que posibilitan configurar la superficie, costos de desplazamiento y superficies de fricción a partir de un modelo digital de elevación (mde). Del mismo modo se realizan análisis de densidad de los caminos, los cuales muestran las zonas más transitadas en el paisaje. Esto nos permitiría hablar de un paisaje abierto o cerrado de movilidad que tuviera implicaciones en la dinámica de comunicación entre los sitios y recursos estratégicos.

En síntesis, el uso de estos distintos análisis espaciales en el apartado de la desconstrucción del espacio, nos posibilita realizar un estudio más integral. La ventaja del uso de sig es esta capacidad de analizar y comparar múltiples variables, que resultan de distintos análisis espaciales y estadísticos. En este sentido, se integrarán tales resultados en un estudio de forma gráfica, esto con el propósito de conocer la tendencia de los sitios arqueológicos hacia determinadas actividades productivas.

El sentido del espacio
Modelos de organización espacial

En este apartado se contrastan las características de modelos de organización espacial con los datos obtenidos en los análisis previos. Para ello, primero se describe la estructura organizativa del paisaje arqueológico considerado para después relacionarlo con modelos de organización que se utilizaron anteriormente para explicar la organización de la tradición Teuchitlán (Estado segmentario, estado centralizado y Altépetl), de esta forma, se podrán interpretar los resultados en relación con la forma de organización más parecida o que aún no ha sido propuesta.

Las propuestas de análisis anteriormente citadas plantean la reinserción del espacio como un elemento clave en la interpretación de los contextos regionales, dirigido a la búsqueda de la configuración del paisaje. Se aportan distintos elementos: la creación de una base de datos arqueológica y de medioambiente, una metodología de adquisición de información y sistematización, la aplicación de análisis espaciales en arqueología y la creación de capas de movilidad, visualización, análisis de captación de sitio, etc., con el fin de reconstruir la organización desde lo más básico a lo complejo en la tradición Teuchitlán.

En el capítulo cuatro se explica detalladamente cómo las herramientas analíticas elegidas permitirán conocer el modo de organización a partir de la aplicación de estos análisis. El propósito de esta investigación es conocer los resultados de los análisis y clasificarlos en las líneas de evidencia que apuntan a interpretar determinado tipo de organización social, o bien, por el contrario, proponer una nueva forma de organización para la región.

Notas

1 Beekman (2008b) propone que la tradición Teuchitlán estaría estructurada en linajes o grupos corporativos, retoma a Blanton et al. (1996: 2), quienes mencionan que para los grupos corporativos “el poder es compartido entre los distintos grupos y sectores de la sociedad, de tal manera que se inhibe estrategias de exclusión [es decir] en organizaciones políticas corporativas, la distribución del poder se estructura, se determina, se legitima y controla dentro de los límites establecidos por un código cognitivo corporativa vigente”. Traducción del autor.

2 En la aplicación del análisis de rango/tamaño para conocer el nivel de integración del sistema de asentamiento, el patrón convexo hace referencia a un sistema de asentamiento débilmente integrado.

3 Traducción del autor

4 “[…] the study of the relationships between technology and those natural resources lying within economic range of individual sites […]”. Traducción del autor.

II

La tradición Teuchitlán

Introducción

La tradición Teuchitlán es una de las sociedades complejas más tempranas en el Occidente De México (Preclásico tardío y hasta inicios del Clásico medio, 400 a. C. y 450 d. C. ), su ritmo social a escala regional permitió la proliferación de un paisaje densamente habitado a lo largo del Valle de Tequila, Jalisco.

Esta tradición forma parte de las culturas mesoamericanas más tempranas y más importantes en el Occidente del país; durante su desarrollo mostró elementos característicos, como, por ejemplo: un estilo arquitectónico caracterizado por estructuras circulares, una tradición funeraria denominada “tumba de tiro” o la elaboración de figuras de gran tamaño que representaban guerreros o líderes políticos (Weigand, 2009).

El interés de los arqueólogos por conocer vastas regiones y caracterizarlas para poder explicar su evolución, interacción o cambio cultural, propició la creación de varios conceptos que posibilitan esclarecer estas expresiones culturales; algunos de estos conceptos influyeron en la creación de lo que, actualmente, conocemos como Mesoamérica, por lo que explicaremos algunos de ellos con el propósito de entender el contexto en el cual se desarrollaron las denominadas culturas mesoamericanas.

Mesoamérica

A inicios del siglo xx, Désiré Charnay (1904: 294) descubre ciertas similitudes entre las distintas regiones de México, por lo que propone una visión de homogeneidad de rasgos culturales que se repetían en las distintas culturas de diferentes regiones y atribuyó cierta unidad cultural por dichos elementos compartidos; entre ellos pudo distinguir: la religión, la arquitectura y la iconografía, con lo cual sembró la idea de un área común.

Un concepto bajo esta misma visión de área con elementos compartidos fue el propuesto por Spinden (1917): horizonte cultural. Este concepto nace a raíz de sus ideas sobre los orígenes de la civilización en América, propone que existió una esfera de difusión cultural que tendría su origen en el Valle de México, expandiéndose hasta las costas del Perú. Los elementos principales de difusión fueron la agricultura del maíz y el arte cerámico, los cuales se difundieron por migraciones nahuahablantes durante la época arcaica (en la actualidad, conocido como el Formativo). Desafortunadamente para Spinden, esta hipótesis tenía muchas complicaciones debido a la falta de información de trabajo de campo, por lo que fue muy criticado.

Uno de los autores más importantes en la construcción del concepto de Mesoamérica, sin duda, fue Mendizábal (1946), quien propone algunos elementos fundamentales que, más tarde, retomaría Kirchhoff en la propuesta de Mesoamérica. Para Mendizábal, algunos de estos elementos determinantes son el medio geográfico y los recursos naturales existentes donde se desarrollaron las culturas, que estarían estrechamente ligados a su tipo de subsistencia y, como resultado, a su complejidad social. Mendizábal explica el caso de los grupos cazadores-recolectores que habitaron en el norte del río Lerma y en la vertiente del Golfo De México en Tamaulipas, mencionando las características generales de su tipo de subsistencia, su lenguaje y su contexto geográfico para diferenciarlo del resto del país, con la agricultura como un factor esencial en el desarrollo y complejidad cultural. Con esto se pueden percibir los primeros intentos de crear una frontera norte que, después, se vería cristalizada en la propuesta de Kirchhoff.

En 1943, Paul Kirchhoff propuso el concepto de área cultural mesoamericana,1 a partir de contribuciones realizadas por Alfred Kroeber, Clark Wissler, Désiré Charnay, Miguel Othón Mendizábal y Wigberto Jiménez Moreno. El concepto de Mesoamérica define un área cultural cuyos habitantes compartían una cultura similar (elementos tecnológicos y culturales). En lo que se refiere más a una región cultural que geográfica, sus fronteras fluctuaban a lo largo de los años con los movimientos poblacionales y los cambios climáticos, entre otros factores.

Paul Kirchhoff, en su estudio titulado Mesoamérica, sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales, menciona que:

La civilización mesoamericana, a pesar de su indudable individualidad desde el instante en que hace su primera aparición representada por la cultura arcaica, ha atravesado desde entonces, no sólo por diversas fases de evolución con diferencias culturales bastante marcadas, sino también ha continuado siendo una civilización que se caracteriza por sus variaciones regionales muy acentuadas, a pesar de que, a través de toda su historia, se observa una tendencia muy poderosa hacia la unificación cultural de toda mesoamérica, en cuyo proceso determinados Centros culturales, que constantemente se desplazan de un lugar a otro, luchan por la hegemonía (Kirchhoff citado en García y Wheatley, 2002: 56).

Entre los elementos comunes a Mesoamérica señalados por Kirchhoff se encuentran: sistema de cultivo, cerámica, maíz, sacrificio humano, construcciones de piedra o barro, terrazas de cultivo, calzadas empedradas, mercados, clanes del tipo calpulli-ayllu, rociar santuarios con sangre, juego con pelota de hule y muchos otros.

Mesoamérica está dividido en cinco subáreas: Centro De México, Valles de Oaxaca, Costa Del Golfo, Área Maya, Occidente De México, y la de interés para este trabajo es esta última, y comprende total o parcialmente territorios de los actuales estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán Y Guerrero (véase figura 2).


Figura 2. Localización de subáreas culturales de mesoamérica. Fuente: elaboración del autor con datos de Kirchhoff, 1943.

El occidente de México

Escribir sobre la arqueología del Occidente de México y, especialmente, de la tradición Teuchitlán, nos provoca un sentimiento nostálgico de olvido y aislamiento, fruto de las ideas centralistas en la investigación arqueológica mexicana,2 que afectan la manera en que percibimos nuestra historia y cómo nos identificamos con ella; nuevos descubrimientos arqueológicos en los últimos años nos han obligado a replantear lo que hasta este momento sabíamos. Así sucede con el Valle de Tequila, espacio que, paulatinamente, devela algunos episodios significativos que suman importancia al papel de esta región en la historia mesoamericana.

Inicialmente, la arqueología en méxico (segunda mitad del siglo xix) se interesó por investigar sitios monumentales; su principal preocupación fue mostrar la importancia prehispánica de sitios que exaltaran la identidad nacional y, con ello, contribuir al discurso gubernamental impuesto durante la primera mitad del siglo xx. Las zonas de mayor atención para este periodo fueron: el centro de México, Oaxaca y la zona maya.3 A consecuencia de estas acciones, áreas como el Occidente De México pasaron a segundo término, lo que provocó un rezago en las investigaciones que, más tarde, se vería reflejado en el número de publicaciones e información existente en comparación con otras.

La subárea Occidente se ubica entre los ríos Fuerte y Balsas, y abarca los actuales estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima Y Michoacán, siendo la subárea cultural más grande de Mesoamérica y, por lo tanto, la de mayor diversidad en cuanto al medio ambiente se refiere […]. En este marco de diversidad geográfica y ambiental es obvio suponer que las sociedades que aquí se desarrollaron no tuvieron homogeneidad y se han sugerido 29 regiones culturales al interior del Occidente (Williams 1994: 11 y 12).

Es un espacio de experimentación, donde el trabajo más arduo es convencer a los colegas con una perspectiva centralista de la complejidad social alcanzada por los desarrollos culturales de esta región. Algunos de los elementos que desempeñaron un papel importante en la configuración cultural del Occidente, según Schöndube (1980: 124), fueron: la difícil comunicación en un área con grandes barreras fisiográficas como son cañones, montañas y Ríos; además de la autosuficiencia de muchas de las subáreas que ocuparon varios microambientes complementarios y, por tanto, desarrollaron cierta autonomía. estos factores promovieron una diversidad cultural en la región, lo que produce dificultades para estudiarla y definirla.

Alfredo López y Leonardo López (1996) señalan que el Occidente En El Preclásico, a diferencia de las demás subáreas, no forma una clara unidad cultural y, tal vez, el único rasgo común es el arraigo de la vida aldeana y la lenta evolución, en contraste con el resto de las subáreas con formas de organización más complejas. También mencionan a la llamada tradición de “tumbas de tiro”, como una de las más vigorosas del Occidente.

Sin embargo, opiniones como la de Weigand (2008: 13) señalan la importancia de este espacio cultural y la poca información con la que se ha dispuesto para explicarla:

Contrariamente a las afirmaciones dogmáticas sobre las características de la vida indígena en el occidente prehispánico, la complejidad social y cultural en esta región se desarrolló a la par con el resto de Mesoamérica. La civilización misma no fue tardía en el occidente, ni tampoco se derivó del centro de México. Desde hace mucho tiempo se ha conocido el área que nos ocupa por su excelencia cerámica, incluyendo las famosas figurillas, pero estos logros culturales fueron en gran medida descontextualizados por quienes los describieron, por lo que no podían ofrecer perspectivas detalladas de las formas de vida en la región durante la época prehispánica.

A pesar de lo que se pensaba del Occidente de México (que había escasa evidencia arqueológica), ahora se sabe que, por el contrario, es un área de suma importancia por su complejo desarrollo cultural, diversidad cultural y por su accidentado contexto geográfico. Su historia se desarrolla en ritmos de asociación cultural distintos de los del resto de Mesoamérica y es posible que durante su evolución se haya vinculado a otras áreas como Sudamérica (Trujillo, 2011 y 2013). En este sentido, es importante hacer una retrospectiva de los datos, conceptos y definiciones utilizados en décadas anteriores, esto con el propósito de conocer su viabilidad y uso actual.

En este contexto se desarrolla la tradición Teuchitlán, una tradición que ha tomado su lugar con el tiempo y, poco a poco, va develando su trascendencia en la historia prehispánica de nuestro país.

La zona Valles en el estado de Jalisco: Historial de investigaciones

La tradición Teuchitlán es una de las manifestaciones culturales más importantes y antiguas del actual estado de Jalisco. Investigaciones demuestran que fue una de las sociedades complejas más tempranas en el Occidente de México (Preclásico tardío y hasta inicios del Clásico temprano, 400 a. C. y el 450 d. C.); su ritmo social a escala regional permitió la proliferación de asentamientos con elementos distintivos como el estilo arquitectónico complejo caracterizado por estructuras circulares, la explotación de yacimientos de obsidiana, tumbas de tiro y la utilización del paisaje agrícola del Valle de Tequila.

El núcleo de la tradición Teuchitlán se ubica en el Valle de Tequila. Las primeras investigaciones realizadas en sus inmediaciones fueron efectuadas por Adela Bretón, en 1896, quien explora la relación entre las figurillas y la arquitectura de superficie; investiga la naturaleza de las estructuras circulares que existen en el área (especialmente las de Teuchitlán), y examina la naturaleza de los yacimientos e industrias de obsidiana evidentes en la zona (Weigand y Williams, 1997: 218).

Años después, Alex Hrdlicka (1903) lleva a cabo algunos recorridos de superficie y excavaciones en un sitio denominado El Totuate que, décadas más tarde, Kelly también excavaría y donde obtuvo las primeras fechas de radiocarbono para datar la ocupación del sitio; las fechas se ubicaron en los años 82/50 a. C. y 460 d. C. (Kelly, 1945; 1948: 62).

Durante los años cincuenta y sesenta, arqueólogos como Corona Nuñez (1954), Long (1966), Meighan y Foote (1968) y Glassow (1967) se interesaron, principalmente, en explorar e interpretar las evidencias funerarias conocidas como tumbas de tiro. La característica principal de las tumbas de tiro radica en sus profundas cámaras funerarias a las que se accede por un pozo vertical, las cuales representaban ricas ofrendas líticas y cerámicas; entre las ofrendas cerámicas se encuentran figurillas antropomorfas, zoomorfas, fitomorfas y las conocidas maquetas.

Otra investigación importante es la de Von Winning y Hammer (1972), quien en su trabajo explica las evidencias materiales desde una perspectiva asociada a la historia del arte, con lo cual hace una contribución significativa para explicar los materiales cerámicos en contextos cívico-religiosos. Su estudio se basó en piezas provenientes, principalmente, de saqueos (por lo que hay una problemática en su origen y autenticidad). Su trabajo permitió conocer las dinámicas culturales de la tradición por medio del estudio de la cerámica, en específico, por las maquetas, las cuales son representaciones de un momento determinado en contextos cívico-religiosos. Es interesante cómo estas escenas muestran pequeñas ventanas al pasado, donde se pueden ver interactuando elementos que es posible identificar en el registro arqueológico.

Las primeras aproximaciones sistemáticas en el área de estudio corresponden a los años setenta del siglo pasado, cuando Weigand (1993) realiza las primeras prospecciones arqueológicas que proporcionaron gran cantidad de información, lo que permitió definir la tradición Teuchitlán, pero no es sino hasta los años noventa que se inician los trabajos de excavación y restauración en el recinto de los Guachimontones (1999) (véase figura 3).

Las investigaciones realizadas por Weigand desde la década de los noventas, constituyen una referencia obligada sobre la tradición Teuchitlán; entre las aportaciones más importantes se encuentran sus trabajos de prospección en la región Valles, el registro de más de 52 sitios arqueológicos, yacimientos de obsidiana y registro de piezas arqueológicas. Estos estudios consistieron en la búsqueda de sitios arqueológicos con el uso de fotográficas aéreas y recorridos de superficie; sus investigaciones dieron como resultado diversos mapas de densidad de ocupación y dibujos detallados de la arquitectura de los sitios más extensos.


Figura 3. Localización de los proyectos de investigación en el Valle de Tequila, Jalisco. Fuente: elaboración del autor con datos de Beekman, 1996a; Blanco, 2009; Cach, 2003; Esparza, 2008; Heredia, 2010; Herrejón, 2013; Ramos y López, 1996; Smith, 2008a; Stuart, 2003; Weigand, 1993.

Desafortunadamente, una parte de los datos obtenidos gracias a las investigaciones del doctor Weigand se han perdido y otra parte se encuentran en custodia de su familia. No existen fichas de registros de la mayoría de los sitios arqueológicos en el inah, por lo que solo es posible su localización aproximada por fotografías aéreas. Por esta razón, una gran parte de esta información es imposible verificarla y, en ciertos casos, inutilizable. Los datos recuperados se encuentran en sus publicaciones y sus informes de excavación, principalmente, en el sitio de Guachimontones.

El doctor Weigand y su equipo de trabajo iniciaron labores de excavación y restauración desde el año 1999 hasta su muerte en noviembre de 2011. Las investigaciones se centraron en dos de los más importantes sitios de la tradición: Guachimontones y Loma Alta, ubicados en el municipio de Teuchitlán, Jalisco (Weigand, 2003-2006; 2009-2010).

Una de sus aportaciones más significativas fue proponer el primer modelo que explicara la organización social de la tradición; la definió como una sociedad compleja que llegó a ser un estado urbanizado de tipo segmentario. Este modelo de estado segmentario con que Weigand caracteriza la organización política del núcleo de la tradición Teuchitlán, también explica sus influencias fuera de la zona nuclear.

Para sustentar este modelo de organización social, Weigand enfatiza en algunos elementos como: la arquitectura, la presencia de un patrón de asentamiento continuo y jerarquizado, una tradición funeraria, un complejo sistema agrícola basado en chinampas y en la existencia de un ritual compartido (elementos explicados con detalle más adelante). Debido a las características mencionadas, Weigand sugirió que esta zona del antiguo Occidente de México, ya desde épocas tempranas, formaba parte integral de lo que él denominó como la ecúmene mesoamericana.4 La propuesta de Weigand sobre organización social y los elementos que la sustentan definiría un hilo conductor en las futuras investigaciones en la región, contrastando sus hipótesis con nuevos datos y desde distintas perspectivas de investigación.

Beekman (proyecto el Tepopote 1993/1994) retomó la propuesta de Weigand en cuanto al estado segmentario para explicar los sitios periféricos y buscó las posibles fronteras políticas y naturales de la tradición. Por esto decidió realizar algunas excavaciones de sondeos y pruebas en el corredor de La Venta y en la sierra La Primavera en 1993 y 1994, con el fin de examinar esta frontera entre los valles de Tequila y de Atemajac, vinculándolos en una síntesis regional. Durante estas investigaciones encontró varios sitios defensivos que vigilaban el acceso al valle, los cuales funcionaban como espacios de frontera. Sus hallazgos también demostraron que en las periferias de la tradición Teuchitlán, su poder se desvanecía y era más parecida a una administración segmentaria, unida por un mismo tipo de organización religiosa.

Beekman (Proyecto Llano Grande 2000; Proyecto Navajas 2002/2004) también centra sus investigaciones en dos sitios arqueológicos: Llano grande y el Cerro de las Navajas. Conjuntamente con el estudio de los sitios arqueológicos y la información de otras investigaciones en el Valle de Tequila, propone que la tradición estuvo organizada por linajes o grupos corporativos de descendencia y con un sentido del comportamiento comunitario.

Ohnersorgen y Varien (1996 y 2008) retomaron los trabajos de Weigand (1985) sobre la organización del patrón de asentamiento y clasificación de sitios, con el propósito de evaluar el modelo y proponer una nueva forma de organización y de jerarquización social basados en otras variables. Realizaron estudios cuantitativos en los que hicieron comparaciones entre el volumen de los edificios construidos y el área habitacional, lo que evidenció claras muestras de jerarquía entre los diferentes sitios, organizado en tres o posiblemente cuatro niveles. Para analizar el nivel de interacción entre los sitios, estos mismos autores crearon un modelo de gravedad que permitió ver los niveles de interacción en relación con el tipo de sitio.

El resultado de la aplicación del modelo estadístico de gravedad arrojó un sistema de cuatro niveles que van desde el “A” hasta el “D”, siendo el primero el más grande y el último el más pequeño. El modelo estadístico muestra que solo hay un sitio de tipo A (los Guachimontones), tres sitios del tipo B, y que la gran mayoría de los sitios cae en la clasificación de tipos C y D. La interpretación que hacen Ohnersorgen y Varien (1996) sobre este patrón es que tenemos una sociedad jerarquizada en la región. Sin embargo, cuando intentan aproximarse a una conclusión respecto a los niveles de integración de la tradición Teuchitlán, el estudio de gravedad no les permite aseverar una respuesta concreta, atribuyendo el problema al valor de una de las variables utilizadas, por lo que el resultado puede ser una sociedad muy centralizada o muy descentralizada.

Glenn Stuart (Proyecto Laguna de Magdalena 1997/1998) realizó investigaciones en el Valle de Tequila, principalmente, en el área de la Laguna de magdalena y en la zona donde actualmente se encuentra la presa de La Vega. Uno de los principales objetivos fue determinar si existía una relación entre los sistemas agrícolas de tierras húmedas (agricultura intensiva) y la tradición Teuchitlán, y de ser así, explorar la naturaleza de esa relación.

Los resultados de este estudio fueron interpretados como la prueba de que la tradición Teuchitlán era un Estado centralizado (Stuart, 2005; Weigand y Beekman, 2008), capaz de movilizar la fuerza de trabajo para la construcción de proezas arquitectónicas con el fin de mantener la base administrativa.

Otro trabajo importante es el realizado por Cabrero (1989) en la región norte del estado, en el Cañón de Bolaños. Sus investigaciones han permitido conocer las prácticas funerarias y el patrón de asentamiento imperante en este espacio (véase figura 4).

Una de las investigaciones pioneras en el tema de prácticas funerarias es la que realizó Javier Galván (1991), quien tuvo la oportunidad de explorar 23 tumbas de tiro del Valle de Atemajac, zona donde actualmente se encuentra la ciudad de Guadalajara. La exploración de estas tumbas le permitió a Galván explicar las dinámicas culturales en torno a ritos funerarios, además de proponer una de las cronologías más usadas para esta región (cronología detallada más adelante en este mismo capítulo).

Jorge Ramos y Lorenza López (1996) (proyecto Huitzilapan A 1994-1996) realizaron una de las excavaciones más relevantes en los alrededores de pixeles a paisajes: un análisis geoespacial de la tradición Teuchitlán del municipio de Magdalena. Su investigación consistió en excavar la primera y única tumba de tiro intacta en Huitzilapa; sus estudios aportaron información sobre un grupo de élite de entre cinco y seis individuos con ofrendas que sumaban más de 66 000 objetos de distintos materiales (Ramos y López, 1996).


Figura 4. cultura cañón de Bolaños. Fuente: María Teresa Cabrero, 2010: 44.

Eric Cach (2003 y 2008) excavó los primeros contextos funerarios dentro del sitio Guachimontones, específicamente, en el círculo 6. Mediante el análisis de los materiales que conformaron las ofrendas, Cach ofreció una primera interpretación del ritual funerario dentro del recinto, proponiendo que los contextos sugieren un ritual encaminado al culto a los ancestros para legitimar el poder por parte del grupo social gobernante.

Cabe mencionar que, desde el inicio del año 2000, se han comenzado a desarrollar numerosas investigaciones, de las cuales, algunas todavía se encuentran en curso.

Otra investigación en el Valle de Tequila fue la que realizó Mónica Alarcón (2006), en la cual llevó a cabo un análisis sistemático de la arquitectura presente en los sitios de la tradición Teuchitlán; su estudio incluyó los actuales estados de Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Guanajuato. Los resultados de esta investigación demuestran que la arquitectura típica de la tradición es la expresión de los componentes encontrados en la sociedad, por lo que funcionaba como un elemento integrador ideológicamente a gran escala, lo que evidencia la existencia de un estado más que segmentario, incipiente.

En el año 2008, Herrejón (2008a y 2008b) centró sus investigaciones en un tema al que se le había dado poca atención hasta ese momento: las unidades habitacionales. El propósito de sus estudios fue definir el grado de complejidad y estratificación social imperante en la sociedad de la tradición Teuchitlán. Para llevar a cabo su objetivo, exploró el recinto denominado La Joyita, localizado cerca del recinto principal de Guachimontones. Los resultados de la investigación mostraron varios indicadores arqueológicos que permiten ver una estratificación social en las unidades habitacionales, los indicadores más significativos son: las importantes diferencias en términos arquitectónicos, la posesión diferencial de bienes de prestigio (por ejemplo, loza Oconahua), la diferenciación en la calidad de objetos ofrendados en las tumbas de tiro y el acceso a bienes específicos producidos por artesanos especializados.

Sean Smith (2008a) se interesa en explicar la variabilidad y jerarquización en el patrón de asentamiento de la tradición, para lo cual propone una interpretación del patrón de asentamiento por medio de analogías etnohistóricas como fuente; su intención fue la de ir más allá de la descripción de los sitios y explicar las razones de su distribución, utilizando el modelo denominado “Altépetl”.

La propuesta de Smith define una jerarquía de cinco niveles en la región con base en la clasificación inicial de Ohnersorgen y Varien (1996 y 2008), pero con algunas modificaciones, donde hay un único centro rector (centro suprarregional), representado por los Guachimontones, subcentros (centro provincial) que dominaron regiones como Santa Quitería y Ahualulco y, los centros subregionales como Loma Alta que controlaron los complejos habitacionales (asentamientos pequeños).

Rodrigo esparza (2008) realizó una prospección en las zonas adyacentes al sitio de Guachimontones registrando la presencia de numerosas minas de extracción de obsidiana. También analizó una buena parte del material lítico recuperado en las excavaciones: estableció varias categorías de artefactos, estudiando su producción y catalogando los diversos colores de la obsidiana, ante lo cual concluyó que la evidencia demuestra una explotación intensiva con el fin de comerciar hacia el exterior de la zona nuclear (para mayores detalles véanse tabla 9 y figura 50).

Respecto al estudio de juegos de pelota, Blanco (2009) ha investigado la distribución de estos elementos en la tradición y propone que es posible conocer la función de los juegos si los contextualizamos en el patrón de asentamiento. Asimismo, retoma la hipótesis de Weigand (1993: 195-196) referente a la función del juego de pelota como un elemento conciliador de conflictos políticos y económicos dentro del marco de la organización estatal segmentaria.

Blanco (2009) estudia los datos arqueológicos (por ejemplo, patrón de asentamiento, materiales cerámicos, líticos, etc.) y datos etnohistóricos en busca de los rasgos ideológicos que demuestran que, efectivamente, los juegos de pelota funcionaron dentro del campo político como un elemento para evitar o solucionar conflictos sociales.

En el mismo año inició el proyecto llamado “el paisaje agavero y su entorno arqueológico en la zona del volcán de Tequila”, encabezado por Verenice Heredia. Este proyecto que está, actualmente, en marcha tiene el propósito de recolectar información a escala regional sobre patrones de asentamiento para entender el grado de centralización e integración entre los sitios del área nuclear de la tradición. El método de obtención de información ha sido por medio de una prospección regional en la zona norte del volcán de Tequila (consultar Heredia, 2010). La publicación de los resultados de esta investigación permitirá, en un futuro, realizar comparaciones con los resultados obtenidos publicados en este volumen.

Hacia finales del año 2009 e inicios de 2010, realicé recorridos de superficie junto con la arqueóloga Erika Blanco, con el propósito de encontrar vestigios de unidades habitacionales cercanas a la presa de La Vega. Los resultados de estas investigaciones proporcionaron información de alrededor de 15 sitios arqueológicos; en la mayoría de los casos se ubicó su temporalidad y en algunos fue posible conocer su función, pero, desafortunadamente, estos sitios están en muy malas condiciones y son objeto de saqueo constante. La importancia de esta prospección fue determinar la relación entre el nivel del agua de la presa de La Vega y los sitios habitacionales cercanos. Los resultados permitieron estimar un límite aproximado del nivel del agua hacia la parte este de la presa.

Algunas otras investigaciones todavía están en proceso, como la de Smith (2013), cuyo trabajo doctoral se basa en establecer una caracterización de la fase Grillo en la región del altiplano central jalisciense (tan poco estudiada y no definida), por lo que intenta explicar y correlacionar los cambios identificados en el registro arqueológico con las dinámicas socioculturales en el sitio arqueológico Palacio de Ocomo, municipio de Etzatlán, Jalisco.5

Una segunda investigación en proceso es la que hace Herrejón (2013); su trabajo está enfocado en contrastar una de las hipótesis propuestas por Weigand (Weigand, 2009: 56) acerca de la existencia del tequio6 en la sociedad de la tradición Teuchitlán, o como Weigand le llamó por el nombre en francés de corveé o corvea. Para poder llevar a cabo esta comparación, los estudios de Herrejón tienen como objetivo analizar los materiales arqueológicos relativos a los sistemas constructivos prehispánicos de la tradición Teuchitlán, con el propósito de determinar la presencia de sistemas de trabajo tributarios (tequio) en el núcleo de la tradición, reconstruyendo la matriz operativa7 arquitectónica como principal indicador, y las técnicas constructivas de piedra y bajareque, específicamente.

La tradición Teuchitlán: los volcanes y los lagos

El centro de la tradición Teuchitlán se encuentra situado en el área cultural de occidente, en la zona lacustre del altiplano jalisciense (San Marcos, Verde, Etzatlán-Magdalena, Laguna Colorada, Ahualulco-Teuchitlán-Tala, Ameca, Atotonilco, Chapala), en las terrazas superiores del río Grande de Santiago y la Barranca de Bolaños. Esta zona tiene dos grandes accesos al altiplano: la costa central nayarita por el río Grande de Santiago, y desde la bahía de banderas por el río Ameca (Weigand, 2004).

Cronología

En el año 2000, Beekman y Weigand publicaron una primera propuesta cronológica para el Valle de Tequila, la cual, es parte del análisis cerámico que hace Beekman (1996a) en su disertación doctoral, todo ello a la par de las observaciones de campo de Weigand y con las fotografías de vasijas de colecciones privadas. En esta primera cronología se utilizan datos provenientes de los trabajos de Galván (1976, 1991), Schöndube y Galván (1978), Ramos y López (1996) y Glenn Stuart (2003 y 2005).

Las investigaciones de Javier Galván (1976, 1991) sentaron las bases cronológicas sobre los dos complejos cerámicos importantes: Tabachines y El grillo, mostrando un ordenamiento relativo. Beekman (1966a) retomó los datos de las tumbas de Tabachines y realizó una seriación detallada para después hacer un análisis de correspondencia con William Baden. el resultado fue una división en tres fases.8

Este ejercicio de seriación cerámica de Beekman (1996a) ayudó a ordenar con detalle los datos en fases, por lo que fue posible relacionar los datos de radiocarbono a un complejo cerámico para producir una secuencia absoluta.9 Los datos de Weigand (1993 y ss.) a escala regional complementaron esta primera propuesta cronológica del Valle de Tequila (Beekman y Weigand 2000) (véase tabla 2).

Tabla 2

Secuencia sumaria que identifica la correspondencia entre secuencias específicas por sitio


Fase sumario Fechas calibradas Guachimontón Huitzilapa Las Navajas Llano Grande Tabachines Materiales Ejemplares
Tequila iv 200-500?d. C. Ahualulco Círculo A Llano Grande Tabachines Tardío Vajillas colorines,Arroyo seco (al este), estolanos (al noreste). Teuchitlán rojo/crema,Seudocloisonné,Negro pulido sin Nombre usando Nueva pasta.
Tequila iii 100 a. C. - 200 d. C. El Arenal B Tumba 1 Navajas Tabachines Medio Vajillas Tabachines,Colorines, Arroyo Seco (al este),Estolanos (al Noreste).Oconahua rojo/Blanco, Ameca-Etzatlán figuras Huecas, figuras Barrigonas huecas Y sólidas, joyería De obsidiana + el Arenal figuras Huecas, Tabachines Negro,Tabachines Crema, Ahualulco Rojo/crema.
Tequila ii 300-100 a. C. El Arenal A Tabachines Temprano Vajillas Tabachines y colorines, Oconahua Rojo/ Blanco, Ameca-Etzatlán figuras huecas, figuras barrigones huecas y sólidas, joyería de obsidiana.
Tequila i ¿800? ¿300? a. C. San Felipe Vasijas fitomorfas, acanaladas, punteadas, pintada en zonas.

Fuente: elaboración del autor con base en datos de Beekman y Weigand 2000: 251.

Para el año 2008, Beekman y Weigand, nuevamente, agregaron información de fechamientos absolutos y estudios cerámicos que dieron como resultado una nueva cronología del área de estudio, respaldada con los nuevos datos de fechamientos de radiocarbono y secuencias cerámicas (Beekman, 2000, 2003; Galván, 1976; Stuart, 2003, 2005; Ramos y López, 1996; Weigand, 2004; Weigand y García de Weigand, 2003a, 2003b, 2005) (véase Anexo).

La diferencia en las cronologías propuestas, inicialmente, en el año 2000 y después en el 2008, es la gran cantidad de fechamientos absolutos y calibrados en varios sitios arqueológicos del Valle de Tequila, por lo que se pudieron realizar secuencias individuales para diferentes sitios, esto ayudó a conocer la variabilidad de cada uno de estos (véase tabla 3).

Después de la primera propuesta tipológica de la cerámica de la tradición Teuchitlán de Beekman y Weigand (2000), los arqueólogos Ericka Blanco, Sean Smith, Jorge Herrejón y Phil Weigand (2010) propusieron una metodología para reevaluar y refinar la tipología considerando las características materiales de la cerámica y reordenando los tipos con base, primordialmente, en su uso.10

De acuerdo con los análisis antes mencionados, respecto al sitio de Guachimontones, las primeras manifestaciones aparecieron durante el Formativo medio, o sea, la fase Tequila i, posiblemente tan temprano como 800 a. C.; el periodo de máximo desarrollo comprende la parte tardía de la fase Tequila ii (300 a. C.-150 d. C. ). Durante el clásico temprano (fase Tequila iii, 100 a. C.-200 d. C. ), la tradición parece haber llegado a un punto de estabilidad, a la vez que alcanzó su mayor extensión de influencia territorial fuera del área nuclear. Durante el clásico medio (fase Tequila iv, 200 d. C.-500 d. C.), comenzó el estancamiento y el declive, y para el 650 d. C., se había colapsado por completo (Weigand y Beekman, 2008).

Tabla 3

Zonas de investigación con fechamientos


Investigador Año de investigación Zona de estudio Cerámica asociada # de fechamientos Periodo Descripción
Javier Galván 1976, 1991 Tabachines Tabachines y grillo.
C. Beekman 1996 Corredor de la Venta Tabachines y Colorines. Ayuda a comprobar la secuencia de Galván.
Jorge Ramos y Lorenza López 1996 Huitzilapa Oconahua Rojo sobre Blanco, Tabachines Negro Pulido, Tabachines Rojo pulido, Ixtlán Policromo y Arroyo Seco. 10 ca. 75 d. c.
Glenn stuart 2003 Laguna de Magdalena y Presa de La Vega 9 Cerámica Asociada.
Phil Weigand 1999-2005 Guachimontones Capacha, Oconahua, Rojo sobre Blanco, Ahualulco, Rojo sobre Crema y Teuchitlán Rojo sobre Crema. 18 370 a. C.- 130 d. C.
C. Beekman 2000 Llano Grande Tabachines, Crema, Colorines, Negro, Colorines, Rojo sobre Blanco. 38
C. Beekman 2003 Las Navajas 29 ca. 100 a. C. - ca. 200 d. C.

Fuente: elaboración del autor con base en datos de Weigand y Beekman, 2008.

En el Valle de Tequila, la fase inicial Tequila i (800 a. C.-300 a. C.) se caracterizó por la presencia de tumbas de tiro, similares al estilo El Opeño de Michoacán, extendidas hasta el área de Etzatlán, en la cuenca de Ahualulco-Teuchitlán-Tala y, en la cuenca de Atoyac-Sayula. Esta primera fase se definió por la presencia de cerámica Capacha de Colima, encontrada en tres sitios, cerca de Mazata, en San Juanito y en San Pedro, todos dentro del Valle de Etzatlán. Weigand (1993) menciona que la presencia simultánea de sitios con rasgos de El Opeño y de Capacha, posiblemente, sea señal de que los distritos lacustres de tierras altas ya eran multiculturales y multiétnicos desde fechas tempranas.

La fase Tequila ii (300 a. C.-100 a. C.) muestra evidencias de vínculos comerciales a larga distancia, las cuales fueron encontradas en la tumba de Huitzilapa (Ramos y López 1996). En esta tumba fueron recuperados 66 000 artefactos, entre ellos, había conchas provenientes del Pacífico y del Caribe. Se tienen noticias de la presencia de artefactos de concha en otras tumbas del mismo periodo, pero, desafortunadamente, los materiales son de tumbas saqueadas.

Hacia finales de la fase Tequila iii (100 a. C.-200 d. C. ), se desarrolló un área económica clave (aec)11 en los valles adyacentes alrededor del volcán de Tequila, la cual tuvo su apogeo durante los primeros cinco siglos de nuestra era. Este proceso originó un desarrollo político y socioeconómico de élite que se sobrepuso a culturas regionales o subregionales (Weigand y Beekman, 2008). Por esta razón, se da un proceso de desarrollo diferencial que señala los orígenes de una relación entre un núcleo (sitios Guachimontones) y su periferia. Durante esta misma fase, se realizaron trabajos de construcción y extensión de estructuras en los sitios arqueológicos (Beekman y Weigand 2008: 315); Stuart (2003: 241) menciona que, al mismo tiempo, fueron construidos los campos levantados en la zona lacustre de Magdalena.

Para la fase Tequila iV (200 d. C.-500 d. C.), de acuerdo con Beekman y Weigand (2008), las evidencias son muy pocas: se tiene registro de que hubo algunas remodelaciones y construcciones en los sitios de Guachimontones y de Llano grande. En Tabachines se localizan seis tumbas con materiales poco relevantes, principalmente, piezas de cerámica del tipo Arroyo Seco Rojo amplio y ollas colorines Rojo sobre Café. Esta fase se caracteriza por la falta de materiales en términos generales, y aún no se tienen muchas evidencias que diferencien esta fase de la anterior.

La organización política de la tradición Teuchitlán

Las propuestas de organización política para la tradición Teuchitlán han variado a lo largo del tiempo; es natural que, con las nuevas evidencias, estas propuestas se vayan modificando o tomen una dirección totalmente opuesta a la que originalmente se tenía, por lo que es necesario considerar en qué época y con qué grado de evidencias fueron realizadas.

La tradición Teuchitlán, en un principio, fue catalogada como una organización de tipo segmentaria (Weigand, 1996), modelo propuesto inicialmente por Southall (1956). Este tipo de estados pertenecen a lo que conocemos como modelos descentralizados.

Estado segmentario

El estado segmentario es acuñado, inicialmente, para explicar los procesos y tipos de dominación en la sociedad Alur.

Otros investigadores, inspirados en esta propuesta, utilizan este modelo, entre ellos: Stanley J. Tambiah (1976) y sus entidades galácticas para el Audeste asiático; Ball (1993), Ball y Taschek (1991), John Fox (1988), Arthur Demarest (1992), así como Dunning y Kowalski (1994) para zona maya; Weigand (1996) y Beekman (1996a y 1996b) para el occidente de México y, por último, Peter Gose (1993) para el área andina.

Southall (1956, 1988 y 1999) introduce la noción de segmentariedad en los contextos de Estados tradicionales, lo que permite una nueva manera de explicar formas de organización, donde el poder político se presenta borroso, disperso y la estrategia de integración recae en un ritual común que mantiene cierta cohesión de la sociedad. “En los estados segmentarios no coinciden las esferas de supremacía ritual y la soberanía política. La primera se extiende ampliamente hacia una periferia flexible, cambiante. La segunda se limita al centro, es decir un dominio nuclear” (Southall, 1988: 52).

La característica principal de un estado segmentario, según Southall (1999: 33), es la organización de un conjunto político compuesto de segmentos centrales y periféricos que se dan por alianzas de parentesco, los cuales disponen, hasta cierto punto, de una autonomía “virtual”. Estos segmentos de la estructura social van tomando mayor libertad mientras se localicen más periféricamente del núcleo integrador, convirtiéndose en un modelo de Estado más flexible y menos burocratizado.

Por lo tanto, más que centros políticos, Southall propone que van a existir centros rituales que ejercen un control en distintas entidades. Estos van a proporcionar rituales comunales a la sociedad a cambio de que aporten trabajo y recursos para el centro (Southall, 1999: 31). Cabe mencionar que un estado segmentario es una de las variantes del estado arcaico de Feinman (1998) y el ser segmentario no significa que es un estado más simple o elemental que un estado centralizado u otros tipos de estado, sino más bien nos sugiere una diferente manera de organizar y distribuir el poder.

De acuerdo con esto, los estados segmentarios son menos burocratizados, los sistemas locales operan semiautónomamente, mientras que lo opuesto ocurre con estados unitarios donde existe un alto grado de integración. Un estado segmentario se puede conocer aproximándonos a ciertas variables como son: control y distribución de bienes de prestigio, estilo arquitectónico, iconografía en estilos cerámicos, control y distribución de obsidiana, patrones funerarios, etc. Estas variables muestran patrones específicos que determinan el grado de segmentación o integración de esta tradición (Heredia, 2010).

Así, esta articulación de sociedades no estatales se desarrolla a partir de intereses comunes como: el poder, sus formas de acceso y ejercicio; el territorio, por las formas sociales que en él se sostienen, y la construcción de identidades que se establecen en esos espacios claramente delimitados (López, 2011: 477). El interés común es, por lo tanto, un elemento que construye relaciones entre linajes y grupos de parentesco. Como lo señala Fox (1988: 109), en momentos de estrés, los grupos de parentesco se pueden fusionar en unidades más grandes, con el propósito de protegerse contra amenazas externas para defender su territorio. Estas alianzas se realizan con el propósito de protección, aunque sean unidades sociales autosuficientes, pero inmersas en una red de relaciones sociales y económicas con sus vecinos.

Las características principales del estado segmentario podríamos resumirlas de la siguiente manera:

 El uso generalizado de un ritual similar o elementos de culto (Southall, 1956).

 Una jerarquía ritual basada en el uso cada vez más eficaz en la ideología (Fox,1977: 56).

 El gobierno central dispone de una administración especializada, pero cuantitativamente poco numérica en las diversas zonas de los focos periféricos.

 Existen capitales de provincia, las cuales están ligadas a los centros más grandes por medio del ritual; son versiones a pequeña escala del centro más grande, por lo que tienen una predisposición de estos focos periféricos a reproducir la estructura de la autoridad del gobierno central (Fox y Cook, 1996: 799).

 Una supremacía de las estrategias persuasivas o de mecanismos de materialización de lo ritual y lo simbólico, por encima de las estrategias coercitivas (Llanos, 2007 y 2009).

 Un fuerte énfasis en los rituales de veneración a los antepasados y otras prácticas ideológicas que reafirman los miembros del linaje, por lo que el parentesco es primordial para mantener la cohesión entre los componentes (Fox y Cook, 1996: 798).

 Tiene un gobierno central ejerciendo un control que disminuye en proporción de la distancia, de tal forma que se observan focos de poder periféricos sobre los cuales solo ejerce más que un control relativo (Southall, 1956).

 Una supremacía de las estrategias persuasivas o de mecanismos de materialización de lo ritual y lo simbólico, por encima de las estrategias coercitivas (Llanos, 2007 y 2009). Por lo tanto, el gobierno central domina una amplia esfera territorial mediante normas político-religiosas, las cuales normalizan y cohesionan las poblaciones y, a su vez, legitiman el poder de las élites gubernamentales. El mecanismo coercitivo queda, en este caso, como recurso de última instancia, ya que su aplicación generalizada tiende más que nada a reanudar los conflictos internos (Llanos, 2009).

A la tradición Teuchitlán se le han atribuido algunas particularidades que lo determinan como un estado de tipo segmentario, algunas de las características se acaban de mencionar y solo expondremos aquellas que se le han atribuido con mayor recurrencia.

En la tradición Teuchitlán se ha podido identificar el uso generalizado de un ritual similar o de culto a elementos ideológicos que nos muestran ciertas similitudes en el plano religioso. Dentro de estos elementos podemos destacar, inicialmente, su representación en la arquitectura. Como se dijo antes, el Guachimontón es el elemento que diagnostica esta tradición por excelencia, este en su contexto arquitectónico se define como altar central (Guachimontón), rodeado de un patio y con cuatro a 12 plataformas en torno al altar que pueden estar acompañadas de un juego de pelota (Weigand, 1993). Al centro de algunos de los altares centrales circulares se ha podido identificar un hoyo para colocar un poste que infiere que en estos lugares se realizaba una adoración al dios del viento Ehécatl (Weigand, 1992b).

Estas evidencias arquitectónicas están presentes en la mayoría de los sitios arqueológicos de la tradición, lo interesante es que son representados en diferentes escalas, es decir, están presentes desde sitios monumentales tipo A y B hasta los sitios de menor rango de tipo D (clasificación de Ohnersorgen y Varien, 2008). Estamos viendo, entonces, una característica importante en el ritual, que es la réplica presente en todo el patrón de asentamiento.Esta representación de elementos arquitectónicos a distintas escalas está relacionada, estrechamente, con la presencia de una jerarquía de asentamientos de distintos niveles que menciona Southall (1956).

En este sentido, tendríamos un aparato administrativo encargado de planificar las estrategias de producción, explotación y distribución de recursos. Entre este intercambio de bienes estratégicos, estarían los elementos compartidos que en capítulos anteriores ya habíamos comentado como: la estandarización de los tipos de la loza Oconahua (López, 2005: 235); elaboración de maquetas cerámicas representando actividades sociales (Von Winning et al. ,1996); la presencia de especialización en la joyería de obsidiana (Esparza y Tenorio, 2004); la elaboración de figurillas sólidas y huecas de posibles líderes políticos, religiosos o de jugadores de pelota (Day, 2006); las costumbres funerarias de tumbas de tiro y sus connotaciones de niveles jerárquicos en el número de ofrendas, etc. Estas evidencias denotarían para Weigand (1996), Beekman (1996a y 1996b), Smith (2008b) y Blanco (2009), un mecanismo regulador en el ámbito regional que implicaría la existencia de un estado hegemónico orquestado a partir del sitio rector Guachimontones.

No obstante, en el estado segmentario es complicado distinguir límites no solo fronterizos entre unidades políticas porque existe una distinción entre los múltiples centros respecto al uso de poder, derechos y responsabilidades.

Estado centralizado

Los estados unitarios están vinculados a modelos centralizados explicados a partir de la teoría del lugar central propuesta por Christaller (1966). El primer investigador en aplicarlos a la arqueología fue Hagget (1965), seguido de la corriente de la Nueva Arqueología británica (Clarke, 1977; Hodder y Orton, 1977; Orton, 1988). Su aplicación se enfocó a la reconstrucción de territorios usando los polígonos de Thiessen.

La teoría del lugar central es un modelo económico que predice la organización de los asentamientos en el espacio, dependiendo de la ubicación de comerciantes y consumidores, e ilustra la dinámica económica del patrón de asentamiento y su jerarquización social (esta teoría se explicará con detalle en el capítulo V).

Los servicios que ofrecen los lugares centrales son aquellos que demanda la sociedad, independientemente de la naturaleza de estos. Pero no todos los servicios tienen el mismo precio, ni la población tiene la misma necesidad de desplazarse para obtenerlos, ni está dispuesta a ir a cualquier sitio donde se ofrezca. Existe una lógica de comportamiento económico que gobierna la aparición de servicios y sus posibilidades de triunfar. De acuerdo con el modelo, los asentamientos que proporcionan bienes y servicios a otros lugares se denominan lugares centrales de primer orden. Por otro lado, los lugares centrales de orden inferior tienen pequeñas áreas de mercado y proporcionan bienes y servicios que se compran, con mayor frecuencia, que los bienes y servicios de alto orden. Así es como este modelo permite aproximarnos al nivel de desarrollo económico de la región y construir un sistema jerárquico de los asentamientos en el área de estudio.

Las características principales del estado centralizado podríamos resumirlas de la siguiente manera:

 La presencia de la diferenciación económica, administrativa, política y ritual reconocible (Fox y Cook, 1996).

 El desarrollo de un estrato de gobernantes de origen divino de tipo endogámico y un estrato de plebeyos en oposición (Marcus, 1993: 115; Marcus y Feinman, 1998: 6).

 El cambio de una jerarquía de tres niveles a una jerarquía de asentamientos de cuatro niveles (Flannery, 1998: 16; Marcus y Feinman, 1998: 6).

 Pruebas de control estatal sobre obras públicas especializadas, tales como las agrícolas, las carreteras, las obras defensivas y los sistemas de gestión del agua (Fox y Cook, 1996: 797).

 El control de las herramientas clave del estado, tales como, el sistema de escritura (Feinman, 1998: 104).

 El uso del “poder legal” (monopolio sobre el uso del poder) (Marcus y Feinman, 1998: 6).

 La prueba de la existencia de “unidades territoriales basadas en no parientes “ (Fox, 1977: 65).

En lo que se refiere a las evidencias arqueológicas encontradas en la tradición Teuchitlán, se han mencionado diversas características que permiten inferir un tipo de organización centralizada. Una de estas particularidades que propone Fox y Cook (1996), con la cual se demuestra este tipo de organización, es el control estatal sobre obras públicas especializadas, por ejemplo, las agrícolas, las carreteras, las obras defensivas y los sistemas de gestión del agua.

Al respecto, Weigand (1992a) es el primero en identificar un área de campos de cultivo que él estima en 30 km²; estas áreas están compuestas por antiguas ciénegas, pantanos y lagos, los cuales favorecían un tipo de agricultura intensiva y muy productiva. Este desarrollo agrícola de forma intensiva propiciaría un incremento de la población y, con ello, un aumento en la construcción de los edificios circulares monumentales (Stuart, 2005; Weigand, 1992a). Estas características denotarían un sistema administrativo centralizado que permitiría la realización de grandes obras públicas para el área maya, como lo señalan Fox y Cook (1996). No obstante, la nueva interpretación de las fechas de radiocarbono indica que los campos de cultivo fueron utilizados, mayormente, durante el Posclásico (Beekman y Weigand 2008), por lo que esta teoría sobre la agricultura intensiva y, en consecuencia, la explotación demográfica durante el Formativo tardío y Clásico temprano pierde consistencia.

Una de las propuestas del grado de centralización social fue expuesta por Beekman (1996a y 1996b); durante sus investigaciones doctorales, recorre el corredor de La Venta (localizado entre Teuchitlán y el este del Valle de Atemajac), donde identificó sitios defensivos que, presuntamente, vigilaban los accesos naturales de la tradición Teuchitlán; esto reveló que al interior del Valle de Tequila, se tendría un acceso restringido debido a una política unitaria, donde los asentamientos estuvieron controlados directamente por el sitio de Guachimontones.

Beekman (2008a) identifica algunos sitios en los accesos naturales al Valle de Tequila; en primer lugar, menciona el sitio de Las Navajas (47), ubicado al sureste hacia la ruta que conduce al lago de Chapala. Este sitio, como muchos otros en el valle, está dividido en dos secciones. El agrupamiento principal se localiza en la parte baja y cuenta con nueve Guachimontones, mientras que el segundo se encuentra en la parte más alta y tiene un conjunto circular y un gran juego de pelota de 85 metros de largo, además de áreas habitacionales y terraceados (Beekman, 2008a: 170).

En el corredor de La Venta, al noreste, también en la cima de un cerro en una zona de difícil acceso, se localizó el sitio de Tepopote, ubicado en una posición dominante en la orilla norte del paso. Dicho sitio consta de dos conjuntos circulares y más de 100 montículos, terrazas y pequeños semicírculos de piedra que pudieron servir como puestos de vigilancia (Beekman, 2000: 30-31).

En la parte poniente de estos valles, Beekman (2008a) identifica dos sitios ubicados estratégicamente para controlar el acceso natural hacia las montañas del sur de Nayarit. Estos sitios denominados Cerro de Pipiole y Llano Grande se les atribuyó una función de tipo defensiva por la presencia de varios muros, la disposición de las estructuras en las partes altas de los cerros y, por consecuencia, una ventaja visual a los accesos naturales.

Beekman (1996b, 2008a: 167) propone la existencia de fronteras que protegían el área nuclear con su sitio rector llamado Guachimontones, por lo que se estaría planeando la existencia de un estado unificado regido por un centro político-administrativo y varios sitios con distintas funciones, entre ellas, salvaguardar el acceso al interior del valle de Tequila. La razón más importante para la existencia de estas fronteras serían los cambios ocurridos entre el Clásico Tardío y el Epiclásico, los cuales originarían la necesidad de una frontera fortificada entre ambas zonas (Beekman, 1994: 6), fenómeno que estaría relacionado con la presencia de grupos del complejo El Grillo en el Valle de Atemajac (Beekman, 1996c: 24), entendidos como una unidad políticamente diferenciada.

Por otra parte, Weigand (1996: 46) propone que hubo migraciones o invasiones llegadas desde fuera por el oriente, y relacionadas con el fenómeno tolteca-chichimeca. Pero si, como lo demuestran los nuevos fechamientos de radiocarbono, la tradición Teuchitlán y el complejo El Grillo no son contemporáneos, entonces la conclusión sería que la mencionada frontera dura no existe, o bien, es más temprana (López, 2011: 145). Sin embargo, Beekman (2009) expresa nuevas conclusiones; la primera es que les atribuye a estos límites fortificados el símbolo de poder de un estado centralizado, pero más importante es ver estas fortificaciones como los límites de los sitios, esto es, como entidades independientes que usaban su posición para la base de su propio poder. En este sentido, tendríamos distintos centros regionales con sitios fortificados en su entorno. Este argumento coincidiría con lo propuesto por López (2011), donde tenemos unidades políticas independientes con sitios que se conforman por dos partes: aquella del asentamiento en la zona baja y la otra del sitio en las zonas altas, con el propósito de tener un control visual y, posiblemente, defensivo contra grupos rivales.

De esta manera, existen evidencias que apoyan alguna de las dos propuestas, ya sea un estado centralizado o uno descentralizado. Nuestro objetivo es abrir un panorama que nos proporcione una pista de la organización de la tradición Teuchitlán con un nuevo enfoque, datos actualizados y una propuesta metodológica antes no aplicada. Estas dos formas de organización nos plantean un panorama arqueológico con diferentes grados de integración que iremos descubriendo con los resultados obtenidos en la investigación.

Elementos característicos de la tradición Teuchitlán

La tradición Teuchitlán se constituye por diversas expresiones culturales que engloban muchas manifestaciones que es posible apreciar en aspectos como la arquitectura, las costumbres funerarias y los estilos cerámicos; desafortunadamente, esta tradición se catalogó solo por lo que se conoce arquitectónicamente como Guachimontones (estructuras circulares), siendo este el elemento diagnóstico para su descripción y ubicación cronológica. Por ello, se desconocen diversos componentes importantes de esta tradición, por ejemplo: las tumbas de tiro, la cerámica, los juegos de pelota, la obtención y producción de obsidiana, el característico patrón de asentamientos, entre otros. Así, pues, es oportuno explicar estos elementos que forman parte integral de lo que es conocido como la tradición Teuchitlán.

Arquitectura

Los principios de diseño formal de la arquitectura de Teuchitlán se basan en una serie de círculos concéntricos que produjeron edificios con un alto grado de proporcionalidad y simetría (Weigand, 1996). Los edificios denominados Guachimontones son uno de los elementos más diagnósticos de la tradición, y sus peculiaridades y originalidad los hace únicos en el mundo (Weigand, 1993) (véase figura 5).


Figura 5. Guachimontón llamado “La iguana”, sitio Guachimontones, municipio de Teuchitlán, Jalisco.

Fotografía del autor.


Figura 6. Elementos arquitectónicos de los conjuntos circulares en planta. Fuente: esquematizado y digitalizado por Mónica Alarcón, 2006.

Weigand (1996) señala que existe una relación entre diseño arquitectónico y función de la estructura, y sostiene que los edificios más grandes y de diseño formal suelen tener funciones públicas.

Algunas de sus características más importantes son (véase figura 6):

 Una pirámide/altar circular central aterrazada.

 Un patio circular elevado que da vuelta a la pirámide/altar.

 Una plataforma/banqueta circular que rodea por entero el patio circular y la pirámide/altar, hasta completar un anillo concéntrico de los tres elementos arquitectónicos circulares.

 Encima de la plataforma/banqueta circular hay entre cuatro y 16 plataformas/pirámides cuadradas o rectangulares. En el caso del segundo son 10 plataformas.

 Sobre estas plataformas/pirámides existieron las estructuras ceremoniales (templos) que se representan en las maquetas prehispánicas de cerámica

 En algunos casos existe una plataforma basal debajo de los patios, banquetas, plataformas y pirámides. Estas plataformas de base parecen haber sido diseñadas para cubrir el diámetro exacto que los conjuntos circulares tienen actualmente. Esto significa que los conjuntos monumentales fueron planeados como tales desde el inicio del proyecto de construcción.

Los edificios conocidos como los Guachimontones de la tradición Teuchitlán fueron construidos con materiales de la región. Los de mayor prestigio, asociados a juegos de pelota como el círculo dos del recinto Guachimontón, se construyeron con materiales de mejor calidad, principalmente con rocas de basalto, algunas careadas y están unidas con un aglutinante de barro, muy bien acomodadas para dar solidez. Los pisos se hicieron con arcilla de grano muy pequeño extremadamente dura, casi como cemento. Los antiguos habitantes de la región de Jalisco fueron maestros en el uso de la arcilla, tanto para la arquitectura como para la cerámica (Alarcón, 2006: 131, 136). En cuanto a las unidades habitacionales se tienen pocos estudios, la mayoría han estado enfocados a los grandes Guachimontones. Todavía no es muy claro si las estructuras que rodean el Guachimontón corresponden a templos, habitaciones o algo diferente.

En el año 2008, Herrejón (2008a) realizó investigaciones en una zona residencial, donde propuso una tipología para unidades habitacionales con base en el número de unidades y su disposición en el espacio. Cabe señalar que esta tipología es exclusivamente arquitectónica y espacial; no está basada ni responde a variables de tipo socioeconómico.

Los tipos son los siguientes (Herrejón, 2008a: 125):

Tipo i: a este corresponden los conjuntos que están acomodados en arreglos cuadrangulares donde las casas se construyen alrededor de un patio y pueden contener desde dos hasta cuatro edificios. En ocasiones, puede observarse un altar en el centro del patio (véase figura 7). en este tipo están las plazas A y B de La Joyita A, el Tescalame y el Lienzo. Cuando estos conjuntos no cuentan con las cuatro plataformas, el patio también se encuentra delimitado por pequeños muros. Asimismo, este acomodo se observa en conjuntos de carácter público. cabe mencionar que este es el tipo más común y es el clásico arreglo espacial que puede ser observado a lo largo y ancho de toda mesoamérica.


Figura 7. Unidad habitacional Tipo 1 con la réplica de una vivienda (Herrejón, 2013). Fuente: imagen tomada de Herrejón, 2013.

Tipo ii: estos conjuntos cuentan con dos o tres estructuras que son acomodadas sobre un eje (generalmente E-W) en lugar de en torno a un patio. Ejemplos de este tipo son La Joyita B y el sector central de La Joyita A (véase figura 8).

Tipo iii: consta de unidades habitacionales que se conforman por una sola estructura, o bien, por dos o más edificios que no siguen un acomodo u orientación aparentes. El mejor ejemplo del primer caso es la casa explorada en el círculo B de Loma Alta, así como de las unidades de Llano grande (véase figura 9); del segundo caso es el conjunto localizado al este del círculo 1.

Tipo iV: estos conjuntos están formados por la combinación de uno o más de los primeros tres tipos. Únicamente se cuenta con un ejemplo de esta categoría y es el conjunto total de La Joyita A.


Figura 8. Mapa topográfico del frente de excavación La Joyita A. Fuente: imagen tomada de Herrejón, 2013.


Figura 9. Unidades del tipo iii en Llano Grande. Fuente: del sitio Guachimontones.Imagen tomada de Weigand, 2009.


Figura 10. Réplica de casa habitación (Herrejón, 2013). presencia es un común denominador en Fuente: imagen tomada de Herrejón, 2013.

Actualmente, Herrejón (2013) continúa trabajando con unidades habitacionales; entre sus objetivos está analizar materiales arqueológicos relativos a los sistemas constructivos prehispánicos de la tradición Teuchitlán. Los datos utilizados en este trabajo son, principalmente, los arquitectónicos, obtenidos del estudio de los cimientos de piedra y de los restos de bajareque,12 material abundante recuperado de las excavaciones de prácticamente todos los edificios del sitio Guachimontones

En su investigación incluye la reconstrucción de casas habitacionales con el uso de materiales similares a los encontrados en las excavaciones, por lo que realiza ejercicios de etnoarqueología para mostrar una visión más clara de la apariencia de las casas habitacionales (véase figura 10).

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22 октября 2025
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9786078509713
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