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“Don Alfonso era una persona de ingenio sublime, pero desprevenido, sus oídos arrogantes, su lengua petulante, más propenso para las letras que para el gobierno de los vasallos: mientras examinaba el cielo y observaba las estrellas, perdió la tierra y el reino”.

Padre Juan de Mariana, Historie de rebus Hispaniae, Libri XX. Toledo, 1592, (traducido y adaptado)

“Si yo hubiera estado al lado de Dios cuando creó el mundo, algunas cosas habrían sido mejor hechas de como él las hizo”.

Blasfemia que habría expresado públicamente Alfonso X


Alfonso X de José Rodríguez de Losada realizado hacia 1892. Forma parte de una colección de 29 grandes retratos imaginarios en óleo sobre tela, de 1,80 x 1 m que se conservan en el Ayuntamiento de León, España.

Prólogo

ay en España dos sepulcros muy distantes uno del otro, en cuyos epitafios, sin embargo, se inscribe un mismo nombre. En uno de ellos, erigido en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, la urna de mármol resguarda un cadáver embalsamado hace ocho siglos, un cuerpo incompleto, pues en su momento fue alojado allí sin su corazón y sin sus entrañas.

En el otro monumento fúnebre, situado en el presbiterio de la Catedral de Murcia, un arca de piedra protege lo ínfimo que el andar del tiempo habrá permitido conservar de ese corazón y de esas entrañas.

Cuando esa división conformaba una unidad que respiraba, pensaba, sentía, en fin, era una persona viva, el destino lo encumbró como Alfonso X.

Fue este uno de los monarcas más multifacéticos de la Baja Edad Media hispánica: tanto esplendoroso, como controversial.

Reconocido ya en su época como el Rey Sabio, acopió notables éxitos gracias a las ciencias, las artes, los estudios que patrocinó y que él mismo cultivaba: el derecho, la historia, el castellano, la poesía, la música, la astronomía, la astrología, la nigromancia, la alquimia, los juegos de táctica y de azar. Fue además un continuador de la expansión cristiana sobre reinos musulmanes del sur peninsular, un repoblador de esos territorios anexados y, en pleno siglo XIII, ingeniero de un “moderno” proyecto transformador de la sociedad feudal del reino de Castilla y León.

Pero también la conjunción de los planetas, conjunción de la cual hizo depender muchos de sus actos y decisiones, lo signaron como un monarca polémico y resistido por una gran parte de sus súbditos. Es cierto que lo llamaban Alfonso el Sabio, Alfonso el Astrólogo, Alfonso el Grande, aunque hubo quienes le negaron cualquier apelativo elogioso por considerarlo un gobernante incompetente, un megalómano, un loco.

Y es que mientras brilló merced a su formidable programa cultural y científico, a la vez cargó con el costo de desatinos y avatares personales y políticos. Contrariedades que tuvieron raíces en sus disentimientos con una nobleza siempre en latente rebeldía, intrigas y traiciones familiares, conflictos con otros reinos ibéricos y extranjeros, a veces caprichosas campañas bélicas y la pérdida del rumbo por su sueño de ceñirse una corona de emperador.

Sí, Alfonso X fue forjador de su destino como rey y como hombre. Aunque también, una pieza de las fortuitas jugadas de un destino que pretendía gobernar.

1
Constelación familiar
Bajo el signo de Sagitario

ra un martes de casi finales de noviembre de 1221.

Probablemente el otoño toledano ya se confundía con los primeros rumores del invierno. En el Alcázar de Toledo –situado en lo más elevado de la ciudad, no muy lejos de una de las márgenes del río Tajo–, las hogueras caldeaban cada estancia. Pero en ninguna el calor se concentraba como en la recámara principal. Ahí, donde varias personas se habían congregado en torno a una mujer que exigía toda la atención.

En la cama, la reina Beatriz se preparaba para dar a luz a su primer hijo siguiendo las indicaciones de una experta comadrona, asistida por dos sirvientas. Sin intervenir, aunque como siempre en alerta, a pasos del lecho se hallaba su suegra: doña Berenguela. A pudorosa distancia de la parturienta, entre un grupo de hombres circunspectos, destacaba la ansiedad del rey Fernando III de Castilla. Era el padre de la criatura que se demoraba en abandonar aquel vientre; murmuraba un ruego a la Virgen María: anhelaba que su primogénito naciera varón, sobreviviera al parto y lograra alcanzar la edad para convertirse en su sucesor.


El que ese nacimiento fuera a ocurrir lejos del Palacio de Burgos respondía más a un contratiempo que a una decisión. Hacía algunos días, Fernando había salido de la capital del reino castellano liderando sus tropas. Como en cada incursión, lo acompañaba su esposa Beatriz, quien cargaba casi nueve meses de embarazo. Y como también era habitual, iba la madre del monarca: doña Berenguela. Marchaban hacia Molina de Aragón, el señorío donde debían neutralizar a Gonzalo Pérez de Lara, un conde rebelado a la autoridad regia. No obstante, al pasar por la ciudad de Toledo la reina sintió punzadas de parto inminente.

Los preparativos para el alumbramiento tal vez comenzaron al mediodía de ese martes cuando la partera acudió al alcázar. Ordenó a las sirvientas aclimatar la habitación atizando el fuego y colocando cortinas para evitar corrientes de aire. Mientras tanto, la experta se aseguraba el amparo de las vidas de la madre y la criatura por venir dispersando imágenes de la Virgen María rodeadas de cirios encendidos. Una vez iniciado el trabajo de parto, hizo que Beatriz deambulara por la habitación sostenida por las dos muchachas.

Con cada paso que daba la reina, ¿la angustia se habrá amplificado tanto como sus dolores? Posiblemente en esas circunstancias la asediara un recuerdo. Un mal recuerdo de niña, cuando una gitana le había predicho que se casaría con un rey hispano, soberano de grandes virtudes con quien tendría ocho hijos e hijas, el primero de los cuales sería una de las más hermosas criaturas del mundo e incluso heredaría la corona de su padre. La adivina, sin embargo, le vaticinó que por blasfemar contra Dios ese primogénito terminaría desheredado de todas sus tierras, salvo de la ciudad en la que moriría sumergido en total infelicidad.

Cuando la comadrona lo creyó conveniente, dispuso que devolvieran la reina a la cama. Con ungüentos y consejos fue animándola a liberar al ser que anidaba en su útero. Todo era observado, sin la mínima intromisión, por uno de los tantos hombres que se hallaban en el cuarto. Era un médico judío de Toledo que doña Berenguela había hecho llamar. La Reina Madre confiaba en los galenos hebreos: cuando Fernando era pequeño, uno de ellos había logrado sanarlo de unas lombrices intestinales que amenazaban con consumirlo.

Después de lo que pareció una eternidad, en la tarde de aquel martes se acallaron los quejidos, los pedidos de pujar y los ruegos musitados. La flamante abuela se arrimó a su hijo Fernando para darle la noticia: la criatura al fin había nacido. Nacido con vida y varón.

Los demás hombres que habían contemplado el parto se retiraron luego de haber cumplimentado su obligación. En la Hispania del siglo XIII, el nacimiento de un miembro de la realeza debía ser presenciado por varios testigos. Así daban fe de que el neonato provenía del vientre de la reina y, en efecto, por sus venas corría sangre regia.

Era el 23 de noviembre de 1221, día de San Clemente, santo del que era muy devota la familia real.

Y bajo el influjo de Sagitario acababa de nacer Alfonso.

Sí, Alfonso, porque estaba planificado que el primer hijo varón de Fernando III ostentara el mismo nombre que a lo largo de más de cuatros siglos habían tenido nueve reyes hispanos.

Y este Alfonso llegaba aspectado por el noveno signo del zodíaco, el quinto de naturaleza positiva y con cualidad mutable. Sagitario, regido por Júpiter y cuyo elemento es el fuego. Símbolo de la conciencia superior y cuya representación es la flecha de un arquero.

A lo largo de su existencia, el que acababa de llegar al mundo ¿tendría capacidad de mutar y un espíritu fogoso? ¿Poseería sapiencia trascendental y temple de guerrero? Solo el futuro iba a dar las respuestas.

Por lo pronto, en esos primeros momentos de vida, seguramente la partera constató el buen estado del crío y después de darle un primer baño en agua caliente, aromática, vivificadora, lo cubrió con un vestido empapado en aceite. Recién entonces, arropado en un paño blanco, se lo entregó a doña Berenguela, quien lo recibió como un trofeo y luego lo depositó en brazos de su hijo. En la cama, la reina Beatriz quizá descansaba del agobio bebiendo un reconstituyente caldo de gallina engordado con miga de pan. El pequeño lloriqueaba en reclamo de una teta.

Ese reclamo acaso no impedía que los pensamientos de doña Berenguela, los de su hijo y los de la nuera se fugaran a otros tiempos y lugares. Cada quien recordaba cómo la vida se había entramado hasta llegar a ese martes de otoño casi invierno en el Alcázar de Toledo.

Los avatares de la infanta Berenguela

ra la de doña Berenguela una sangre empoderada por dos linajes regios. Su padre, el rey Alfonso VIII el Noble (1155-1214), descendía de la Casa de Borgoña que desde 1126 gobernaba Castilla y León. Su madre, Leonor Plantagenet (1162-1214), provenía de la dinastía reinante en Inglaterra desde 1154.

Alfonso VIII fue coronado rey de Castilla en 1158, un año después de que ese reino y el de León se separaran, lo que derivó en continuos choques armados.

Berenguela de Castilla nació en 1180, quizás en Burgos o en Segovia. Al ser la primogénita, fue reconocida heredera del reino castellano. Gozó de ese derecho hasta que en 1181 llegó al mundo su hermano Sancho. Y respetando la costumbre sucesoria de la realeza hispana, este adquirió la condición de heredero por “razón de varonía”. Sin embargo, aquel mismo año Sancho falleció. Y la infanta recobró su preeminencia al trono hasta que en 1189 a los reyes castellanos les nació un varón: Fernando. De nuevo, Berenguela retrocedió una casilla en la sucesión. De todos modos, quedó como pieza para un tratado más que conveniente. Su padre acordó casarla con Alfonso IX (1171-1230), rey de León desde 1188. Ambos monarcas confiaban en que con ese matrimonio terminaría el cruento y extendido enfrentamiento iniciado tras la separación de Castilla y León. Además, se unirían para incorporar a esos reinos el sur ibérico, donde los musulmanes se asentaban desde el siglo VIII.

Aun así, el rey castellano sospechaba que el acuerdo haría aguas. ¿Su duda se debía a la bien ganada fama que tenía Alfonso IX de mujeriego, amante de las fiestas y afecto a procrear bastardos? No. El Noble temía una nulidad papal, pues los contrayentes eran primos hermanos.

Los temores del padre de la infanta tenían un antecedente. Alfonso IX se había casado en 1191 con Teresa de Portugal. Ambos también eran primos hermanos y les nacieron tres hijos: Sancha (1191-antes de 1243), Fernando (1192-1214) y Dulce (1194-1248). Pero cinco años después de la boda, el papa Celestino III anuló el matrimonio por razones de consanguineidad, aunque reconoció a los vástagos de la pareja y el varón mantuvo su condición de heredero del trono leonés.

Igualmente, Alfonso VIII no se retrajo: apostó a la paz entre los reinos, fiándose de una dispensa pontificia al casamiento entre los primos. Y en 1197, cuando Berenguela tenía diecisiete años y el rey leonés, veintiséis, hubo boda en Valladolid. Entonces ella dejó Castilla para vivir junto a su marido en León.

Celestino III no había autorizado este nuevo enlace, aunque tampoco se opuso. Pero falleció en 1198 y fue sucedido por Inocencio III. Un papa inflexible con los matrimonios entre parientes. En abril de ese mismo año ordenó a los reyes de Castilla y de León deshacer la unión por considerarla ilícita. Si no acataban, ambos soberanos serían excomulgados y en sus reinos se prohibiría celebrar los sacramentos, los oficios eclesiásticos y sepultar a los fieles.

El conflicto se volvió un ir y venir de misivas entre los reinos y la Santa Sede. Ir y venir que de 1201 a 1204 dio tiempo suficiente para que la reina Berenguela y el rey Alfonso IX tuvieran cinco hijos e hijas.

Al primer varón lo llamaron Fernando.

El intrincado acceso a la corona

ernando nació el 24 de junio de 1201 en Peleas de Arriba, Zamora. Y estaba predestinado a ser una pieza de un impredecible juego sucesorio por las coronas de Castilla y de León, que al momento de su nacimiento ya tenían sus respectivos herederos. Juego que comenzó luego de que Alfonso VIII eludiera durante seis años y medio la amenaza de excomunión del riguroso Inocencio III. A inicios de 1204, el papa redobló su apuesta para conseguir la anulación del matrimonio de Berenguela y Alfonso IX: amenazó con impedir que en Castilla se profesara el catolicismo, como ya había hecho con León.

La reina Berenguela se vio en una encrucijada. ¿Apostaba a su matrimonio o le aseguraba la indulgencia pontificia a su tierra natal? Priorizó lo político. Y en 1204 resolvió separarse de su marido para volver a Burgos, llevándose a Fernando y a sus otros hijos a la capital castellana. Para aceptar la separación, su esposo impuso una condición a la que ella accedió: el primogénito que el leonés había tenido con Teresa de Portugal –también llamado Fernando– quedaba como heredero de su reino. Se reabría así la grieta que el malogrado matrimonio había cicatrizado. Y eso iba a traer consecuencias para Berenguela.

La castellana llegó a Burgos cuando su madre Leonor acababa de dar a luz al último de los diez vástagos que tuvo con el Noble: Enrique. Había nacido en abril de 1204 y ocupaba el segundo lugar en el orden sucesorio, pues su hermano mayor Fernando seguía siendo el heredero.

Otra vez la fatalidad la ubicó cerca de la corona. Su hermano Fernando, a poco de cumplir veintidós años, contrajo una grave enfermedad y falleció en Madrid en 1211. Solo su hermanito Enrique, de siete años, la separaba del trono de Castilla. ¿Acaso la muerte parecía conocer el camino directo hacia su familia? Quizá, porque la noche del 5 al 6 de octubre de 1214 le llegó la hora fatal a su padre, el rey Alfonso VIII. El cadáver aún estaría tibio en el panteón del monasterio de las Huelgas Reales de Burgos cuando allí fue a acompañarlo la reina Leonor, quien falleció el 31 de ese mes.

Enrique I fue proclamado rey de Castilla con apenas once años. Por su condición de huérfano, Berenguela se convirtió en su tutora y en regente, pues gobernaba en nombre del pequeño. Y aunque ejerció su obligación con prudencia, debió lidiar con las conspiraciones de algunos nobles, conspiraciones que derivaron en levantamientos para expulsarla del tablero del poder.

Entre sus más rabiosos opositores –secreta y traicioneramente apoyados desde León por Alfonso IX– se hallaban tres hermanos: los condes Fernando, Gonzalo y Álvaro Núñez de Lara. Pese a que este último había sido alférez mayor del rey Alfonso VIII, desencadenó en la vida de doña Berenguela una nueva tragedia, que sin embargo terminaría aventajando a su hijo Fernando.

Luego de un levantamiento atizado por los Núñez de Lara, Enrique I fue tomado rehén por el insidioso Álvaro. Así, pudo chantajear a doña Berenguela para que le entregase la regencia. Ella accedió haciéndole jurar que le consultaría antes de tomar medidas de gobierno trascendentales.

Ya en el poder, en 1215 fue evidente que el juramento de Álvaro no valía ni medio maravedí. Jamás liberó a Enrique, a quien mantenía capturado en el Palacio Episcopal de Palencia. A la vez, su opresivo gobierno generó el surgimiento de coaliciones nobiliarias para derrocarlo. Temiendo represalias de los alvaristas, doña Berenguela envió a su hijo Fernando a León para que quedara bajo la protección de su padre. Ella debió huir y pudo refugiarse en la propiedad de su mayordomo, don García Fernández de Villamayor.

El choque entre alvaristas y fieles a la regente fue inevitable. En abril de 1217 se enfrentaron en Tierra de Campos. En su avance, los sublevados consiguieron sitiar a la depuesta en su refugio, a donde le llegó una funesta noticia. Una tarde, Enrique jugaba en los patios del palacio que era su cárcel, cuando accidentalmente una teja cayó sobre su cabeza. La herida le segó la vida a los pocos días, el 6 de junio de 1217.

Conocedora de que el reino se había quedado sin su rey legítimo, de nuevo doña Berenguela movió las fichas sobre el tablero. Envió un mensaje a Alfonso IX pidiéndole que Fernando, pronto a cumplir diecisiete años, regresara a Castilla. Las hijas del leonés, Sancha y Dulce, avizoraban beneficios si su medio hermano se mantenía fuera del juego e instaron al padre a impedirle partir. Acaso ayudado por alguien o animado por su valentía juvenil, el infante logró escapar del traidor cerco de la familia paterna. Y cuando al fin se reencontró en Valladolid con su madre, ella logró –negociaciones mediante– convocar a Cortes, el consejo asesor real conformado por los estamentos superiores de la sociedad castellana.

En esas Cortes de Valladolid, doña Berenguela interpuso su condición de primogénita de Alfonso VIII. Así logró ser reconocida como legítima heredera. Fue entonces proclamada y coronada reina de Castilla en la Plaza del Mercado de Valladolid el 2 o 3 de julio de 1217.

Su reinado duró menos de un mes y medio. No porque la derrocaran. La fugacidad en el trono fue una estrategia de la reina. Sí, porque inmediatamente hizo otra movida, que demostró su astucia para prever lo que convenía a futuro; Berenguela renunció a la corona y abdicó a favor de su hijo.

Y Fernando pasó a ser el rey Fernando III de Castilla.


Fernando III. Uno de los retratos imaginarios de reyes de España que realizó Carlos Múgica y Pérez en óleo sobre tela, durante el siglo XIX. 2,20 x 1,40 m.

En nombre del hijo

oña Berenguela quedó nuevamente como regente, pues su hijo era menor de edad: acababa de cumplir diecisiete años y recién a los diecinueve podría ser proclamado y ocupar el trono.

Fernando III fue reconocido por los nobles del reino, quienes el 17 de agosto de 1217 en la iglesia de Santa María de Valladolid realizaron el homenaje correspondiente a un nuevo rey. Y pese a lo poco que doña Berenguela llevó la corona, siempre fue para sus súbditos y para su hijo la Reina Madre o Berenguela la Grande.

La primera tarea que tuvo ante sí Fernando fue la pacificación del reino. Para ello debía aplacar la rebeldía de los Núñez de Lara. Y como si eso fuera poco, al joven rey y a su madre se les interpuso un enemigo insospechado.

En 1214 había fallecido Fernando, el hijo de Alfonso IX y Teresa de Portugal, lo que aproximaba a Fernando III al trono de León. Pero como padre del monarca de Castilla, el leonés reclamó a la regente el gobierno de ese reino y ordenó a su ejército invadir territorio castellano.

Doña Berenguela trató de evitar la guerra mediante la diplomacia. Sin embargo, su ex esposo estaba empecinado. Sitió Burgos sin contar con que la Reina Madre tenía sus tropas preparadas para rechazar una invasión. Y como resultado del choque de fuerzas, los leoneses debieron retroceder.

A la par, los Núñez de Lara porfiaban. Y temerosa de otra sublevación, en nuevas Cortes la regente consiguió el apoyo unánime de los nobles. Estos unieron sus tropas al ejército real y vencieron a los adeptos de los opositores. Los líderes fueron hechos prisioneros y luego liberados. En adelante, la estrella de los tres hermanos levantiscos se fue apagando hasta extinguirse.

¿Y cómo fue calmado el hambre expansionista de Alfonso IX? Ni doña Berenguela ni Fernando deseaban una guerra contra él. Pudieron convencerlo de detener las hostilidades ofreciéndole una alianza para luchar contra los musulmanes en futuras empresas conquistadoras. El leonés aceptó y en 1217 depuso sus aspiraciones de alzarse con el reino que regentaba su ex esposa, lo cual quedó refrendado en el verano de 1218 con la definitiva paz de Toro.

Libre del principal foco de insurgencias nobiliarias de la época, sin guerras a la vista con León y con una tregua que la regente renovaba periódicamente con el califa almohade Yusuf II (1197-1224), en Castilla transcurrieron tiempos de bonanza. Fue un período signado por la pacificación y recuperación interior, el sometimiento de los nobles y el fortalecimiento de la autoridad regia, todo eso tendiente a crear un reino próspero, fuerte, unido bajo las órdenes del monarca. O, mejor dicho, de la sagaz Reina Madre.

Entretanto surgió otro asunto que atender. A sus diecisiete años, el casto Fernando mostraba síntomas de querer satisfacer sus urgencias masculinas. Era casi un hombre y, además, en menos de dos años asumiría la propiedad de su corona.

El rey de Castilla necesitaba una reina.

Y Berenguela la Grande fue la encargada de buscar la pieza que ocupara ese sitio en el tablero.

Una princesa germana para Fernando

n la búsqueda de una esposa para su hijo, doña Berenguela al parecer actuó tanto motivada por prodigarle verdadera felicidad a Fernando, como para evitar que replicara los vicios de su padre Alfonso IX. No le importaba alcanzar un beneficioso acuerdo político con un suegro poderoso para vincular dos reinos.

La Reina Madre entendía que la elegida debía ser del mismo rango y tan virgen como su hijo. Y para mantener el honor del rey, solo consideró la posibilidad de un matrimonio legítimo que evitara la nulidad papal por razones de parentesco. No iba a exponerlo a repetir su infeliz experiencia.

Eludió la consanguinidad desechando de entrada a las infantas hispanas y a las princesas de Inglaterra –de donde provenía su madre– y de Francia –allí su hermana Blanca era esposa del rey Luis VIII–. Y para asegurarse de que la consorte tuviera un rango similar al de Fernando, puso los ojos en un poderío que destacaba por la calidad de su nobleza: el Sacro Imperio Romano Germánico.

Sí, porque doña Berenguela –informada por su hermana reina– sabía que la candidata que colmaba sus expectativas se hallaba en la corte de Suabia, que gobernaba una amplísima región del sudoeste de la actual Alemania.

Era la princesa Beatriz de Suabia.

Nacida en 1198, su padre había sido Felipe de Suabia, de la dinastía Staufen y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1198-1208). La madre se llamaba Irene Ángelo, hija de Isaac II Ángelo –soberano del Imperio bizantino (1185-1204)– y de su primera esposa, tal vez Herina Tornikes. Por donde se la mirara, la princesa descendía de los dos grandes imperios de la época.

Con todo, tanto linaje no le había asegurado a Beatriz una existencia sin inconvenientes. Su padre debió luchar mientras gobernó el Imperio. Su enemigo era Otón IV, emperador también germano pero perteneciente a la Casa de Welf, que rivalizaba por el poder con los Staufen. Ese enfrentamiento terminó con el asesinato de Felipe en 1208. Y pocos meses después, la madre de la princesa falleció a causa de un mal parto.

Beatriz quedó entonces bajo la guarda de su primo Federico II (1194-1250), quien llegó a emperador en 1215. Además de gobernar, este soberano sentía una inagotable sed de conocimiento. Apodado stupor mundi –“asombro del mundo”–, patrocinaba todo tipo de actividad científica y cultural. También era un gran lector, políglota y autor de varios libros surgidos de sus propios estudios o de los que realizaban los eruditos con los que se codeaba.

En ese ambiente creció Beatriz. Bella, de buenas maneras, pero por sobre todo culta, reflexiva, prudente. Una joven que junto a su primo Federico II aprendió algo que en el futuro transmitiría al primero de sus hijos: aquel que ostente el poder, sea emperador o rey, debe interesarse por la cultura y amar la sabiduría.

Una verdadera joya para la corona de Castilla. Joya con veinte años de edad que doña Berenguela se apuró a evitar que le arrebataran a su hijo. Entre 1218 y 1219, la Reina Madre envió embajadas a la corte de Suabia que sellaron con Federico II el compromiso nupcial. Y hacia mediados de noviembre de 1219 Beatriz llegó a Castilla. Un reino muy lejano de su hogar, donde –tal como le había vaticinado una gitana– la esperaba un monarca hispano.

Boda real en Castilla

s posible que Beatriz causara fascinación entre los miembros de la corte y la nobleza. Fascinación por sus maneras y su cultura, pero también por una belleza que resultaba exótica en tierras hispánicas: cabellera tan rubia que lucía casi blanca, tez pálida que se ruborizaba con facilidad y ojos azules que casi siempre miraban al suelo. Y probablemente Fernando también se rindió ante esa princesa germana.

La boda se realizaría el 30 de noviembre de 1219. Como parte de esta, antes el novio debió cumplir con un ritual: ingresar en la Orden de Caballería, es decir, armarse caballero de la cristiandad latina. Sin embargo, faltaba el encargado de otorgar esa dignidad, pues debía ser varón con título superior al aspirante. Y no había en Castilla nadie por encima del prometido, quien era el mismísimo rey.

Fernando III decidió entonces armarse personalmente. Al atardecer del 27 de noviembre de 1219 se dirigió solo al monasterio de Santa María la Real de las Huelgas. Allí, y como lo hacía cualquier aspirante, debió velar junto a sus armas durante toda la noche. Por la mañana, llegaron doña Berenguela y Beatriz para asistir a la ceremonia solemne. Con ellas venía el obispo de Burgos, don Mauricio, que se encargó de bendecir las armas que reposaban sobre el altar. Después, el rey se arrodilló frente a una imagen del apóstol Santiago que, movida por un resorte, le dio el espaldarazo que le hubiera correspondido dar al superior que no existía. El joven monarca tomó su espada y la ciñó. Se dirigió a su madre, quien según el ritual le quitó el cinturón y el arma: pese a ser mujer, como primera heredera del trono y reina le concedieron el honor de desceñir la espada del rey.

Temprano en la mañana del 30 de noviembre se realizó la ceremonia nupcial. En la Catedral de Burgos, el obispo declaró unidos en matrimonio a Fernando III de Castilla y Beatriz de Suabia. Luego se dispusieron banquetes para la corte y la nobleza. El pueblo llano se sumó con fiestas organizadas por los reyes. Al final de la jornada, es posible que Beatriz se hubiera mudado al Alcázar Real –como se lo llamaba al Castillo de Burgos–, donde pasaron la luna de miel. Y hacia enero de 1220 se trasladaron a Valladolid, comenzando una convivencia que estaría marcada por la trashumancia a cada punto cardinal de Castilla. Trashumancia en la que rara vez no iba a acompañarlos doña Berenguela. Y no porque la suegra quisiera interferir o controlar la vida de la pareja: como Reina Madre seguiría aconsejando a su hijo e involucrándose en los asuntos públicos durante muchos años por venir.

2
El orden peninsular donde nació Alfonso
Entre la cruz y la Luna creciente y la estrella

a Castilla donde nació Alfonso –el primogénito de Fernando III– era parte de una península ibérica comparable con un singular tablero de ajedrez dividido en dos inmensas casillas. La que se extendía desde un poco más al sur del centro del territorio hasta el norte, encontrándose con las costas del mar Cantábrico, estaba ocupada por reinos cristianos. Además de Castilla, los de León, Navarra, Aragón y Portugal: la “España de los cinco reinos”.

La parte del tablero que se expandía desde el límite sur de las tierras católicas hasta donde se vinculan el océano Atlántico y el mar Mediterráneo era dominio de los musulmanes almohades. Su territorio cubría Extremadura, Andalucía, Murcia, la región de Valencia y medio Portugal. Se extendía además sobre el noroeste de África, zona que llamaban al-Magrib –en árabe, “lugar por donde se pone el sol”– y que los hispanos castellanizaron como Magreb.

Esta división del tablero ibérico se había conseguido merced al empuje de los ejércitos católicos que habían conquistado buena parte de al-Andalus. Ese era el nombre dado por los moros al territorio hispano de los visigodos, a donde habían llegado entre 711 y 718.

Hacia 1210, cuando Alfonso VIII el Noble –bisabuelo del futuro Alfonso X– llevaba más de medio siglo en el reinado, los ejércitos cristianos habían logrado algunos escasos éxitos militares sobre los almohades. Surgido en Marruecos, estos conformaban un movimiento radical del islam que llegó a dominar el Magreb y el sur de la península a partir de 1147, estableciendo su capital en Sevilla.


Península ibérica en 1200

¿Qué había impedido a los reinos del norte apoderarse de toda la península? Complotaron dos factores. En las últimas décadas del siglo XII había resurgido la hostilidad entre los reinos de Castilla y de León, que tuvieron monarcas diferentes desde 1158 hasta 1230. Y eso impedía al Noble desplegar toda la capacidad militar de los reinos cristianos.

Se había sumado la estrepitosa derrota sufrida por Alfonso VIII frente a los almohades en 1195 en Alarcos, cerca de la actual Ciudad Real. Ese fracaso desestabilizó a Castilla y puso a los demás soberanos católicos en contra de ese monarca.

El inicio del desgranamiento musulmán

n 1211, no obstante, se puso en marcha un gigantesco ensamble de fuerzas para enfrentar a los almohades en un duelo militar predicado como cruzada por el papa Inocencio III. Debido a sus dimensiones, el ejército del Noble era el principal. También se sumaron tropas de los reyes de Navarra y de Aragón, algunos nobles leoneses –pese a que Alfonso IX de León no intervino personalmente–, portugueses y cruzados franceses.

El 16 de julio de 1212, en un llano chocaron dos ejércitos de magnitudes nunca antes vistas en la guerra entre la cruz y la Luna creciente y la estrella del islam. En la batalla de las Navas de Tolosa se impusieron las fuerzas a caballo y a pie de los cristianos, mientras que las huestes del califa almohade Muhammad Al-Nasir quedaron destrozadas. Fue una victoria decisiva para el devenir de lo que los hispanos llamaban restauratio, pues postulaban que con sus campañas restauraban el cristianismo en territorios que les pertenecían por considerarse herederos de un remoto pasado visigodo.


Batalla de las Navas de Tolosa. Tapiz realizado por el telero Vicente Pascual a partir de un cartón de Ramón Stolz, encargado en 1950 por la Diputación Foral de Navarra. Se encuentra en su Palacio de Gobierno. Imagen cedida por el Gobierno de Navarra.


Península ibérica en 1212

Con todo, los triunfadores se tomaron su tiempo para repoblar las ciudades recuperadas e incluso no avanzaron hasta Sevilla, la capital almohade. Y en 1214, Alfonso VIII y los almohades acordaron una tregua. Mientras durase el armisticio, el rey de Castilla se comprometía a no organizar una nueva campaña militar y a evitar que otro reino católico utilizara su territorio como punto de partida para alguna expedición bélica.

La tregua se renovó hasta 1224, cuando fue anulada por el rey Fernando III. Se reinició entonces el avance cristiano sobre la parte del tablero de al-Andalus. Avance que logrará un gran impulso gracias al liderazgo del monarca castellano y de quien se convertirá en su suegro: Jaime I de Aragón.

Las empresas expansionistas de ambos reyes iban a ser posibles debido a que el resultado de las Navas de Tolosa desató una crisis política intestina en al-Andalus. Allí, los mudéjares –moros nacidos o que permanecieron en tierras hispánicas tras la conquista– aborrecían desde siempre el gobierno impuesto por los radicales marroquíes.

Y cuando fue evidente la incapacidad de los almohades de defender Andalucía de los reinos del norte, comenzó a surgir entre los mudéjares un movimiento en su contra. Hacia 1220, Ibn Hud (fines del siglo XII-1238), descendiente de una importante familia mudéjar de Zaragoza, se sublevó y depuso a todos los gobernadores provinciales almohades.

Pero Ibn Hud carecía del poder necesario para conformar un reino independiente. Prefirió entonces ser tributario de Fernando III. Y por una serie de tratados sellados entre 1224 y 1236, el rey católico obtuvo inmensas sumas de dinero y logró un acuerdo que permitió que sus ejércitos ocuparan en forma pacífica varias ciudades andaluzas.

En este escenario de conquistas y musulmanes en progresiva fractura le tocará crecer a Alfonso. Incluso, siendo niño iba a conocer la batalla de cerca al participar en una de las tantas campañas militares con las cuales su padre ambicionaba reinstaurar la cruz en toda la península.

3
La primera hora del infante
Agua bendita y leche noble

oda Castilla celebró con manifestaciones de alegría, alborozo, devoción. Su apreciado rey Fernando III se había asegurado un sucesor. El nacimiento del primogénito Alfonso fue una buena nueva que se esparció por todo el reino. Incluso, traspasó los límites de la Hispania cristiana. Quien probablemente no festejó –en efecto, ni siquiera envió una felicitación a su hijo– fue el abuelo paterno. Alfonso IX de León detestaba a su nieto: ante la eventual muerte de Fernando III, había un legítimo sucesor que le truncaba la potencial anexión de Castilla.

Había dos urgencias: resguardar el alma y el cuerpo del heredero.

El futuro monarca debía recibir cuanto antes el primero de los siete sacramentos de la Iglesia. En la época, el bautismo lejos estaba de ser un acontecimiento social: se trataba de un acto de preventiva piedad. Era necesario apresurarse a borrar el pecado original y acristianar al neonato. Se debía salvar su alma convirtiéndolo en miembro de la Iglesia, pues muchas fatalidades amenazaban la supervivencia de los recién nacidos. Ni siquiera ser hijo de un rey o de un ricohombre evitaba que su existencia se truncara por alguna anomalía congénita, una infección puerperal, un resfrío mal tratado. Y según la creencia católica de esa época, si la criatura fallecía antes de haber sido bautizada el destino de su alma estaba sellado: permanecería eternamente en “el limbo de los niños”.

Por eso, Alfonso recibió los santos óleos a los pocos días de nacer, en la misma Toledo y no en la lejana Burgos, donde hubiera correspondido por ser capital del reino.

Alfonso, el nombre elegido, encriptaba dos simbolismos con trascendental importancia para los católicos. Inicia con la letra alfa y termina con la omega, aludiendo al principio y al final de todo. También “Alfa-Omega” es una de las formas bíblicas para referirse a Dios. Sin embargo, como se anhelaba que algún día el primogénito llegara a ser rey, su nombre –etimológicamente “el noble que siempre está dispuesto a combatir”– lo enlazaba con la tradición de llamar Alfonso a los monarcas hispanos. Tradición que se remontaba al siglo VIII con Alfonso I el Católico, quien había regido Asturias entre 739 y 757.

Pero más cercano al tiempo de su nacimiento, había dos Alfonsos para homenajear. Acaso con el objetivo de mantener la armonía entre Castilla y León, se buscó honrar al abuelo paterno: Alfonso IX. Aunque es más factible que se quisiera recordar al bisabuelo materno: Alfonso VIII el Noble, quien pervivía en la memoria de los castellanos como modelo del buen rey.

Tras el bautismo, los flamantes padres debieron trasladarse de Toledo a Burgos llevando con ellos al crío. Pese a los riesgos que un viaje tan largo en pleno invierno acarreaba para un pequeño, así lo había dispuesto doña Berenguela. Consideraba necesaria la presencia del nieto en la capital regia para que fuera reconocido como heredero en las Cortes.

Para entonces, ya habría entrado en el destino de Alfonso la encargada de atender la otra urgencia.

En la Edad Media, una reina no daba el pecho a sus hijos. Eran amamantados por amas nutricias, también conocidas como nodrizas o amas de cría. Los monarcas designaban para esa responsabilidad y privilegio a mujeres robustas, sanas y de linaje noble. Se creía que esos atributos garantizaban fortaleza y resistencia físicas a un futuro rey guerrero, tal como Fernando esperaba que fuera Alfonso.

Además, una reina llevaba una ajetreada existencia, que le demandaba un gran esfuerzo a su cuerpo. En el siglo XIII, un rey viajaba constantemente para atender en persona los asuntos de su territorio. La corte medieval española era itinerante. Eso implicaba viajes larguísimos, pesados, con extendidas permanencias lejos de la capital del reino. Y con él iba la reina, pero al no poder trasladarse con uno, dos o más pequeños, debía dejarlos a cargo de las nodrizas para que los alimentaran y los criaran.

Con todo, muy fiel a su estilo, cada vez que a doña Berenguela le había tocado ser madre no tuvo pruritos en romper con esa costumbre: ella misma amamantó a todos los hijos que tuvo con Alfonso IX. Al parecer, pretendió que su nuera la imitara. Pero los pechos de Beatriz no producían la leche que necesitaba Alfonso. Y fue la mismísima suegra quien se encargó de buscar ese vital reemplazo: contrató como ama nutricia a Urraca Pérez.

Era esta una corpulenta toledana casada con García Álvarez, hombre que desde hacía muchos años le era fiel a la Reina Madre. Además, varios miembros de la familia de Urraca ostentaban importantes cargos en la administración de la ciudad de Toledo. Era la mujer ideal para brindarle a Alfonso una teta con leche en cantidad y calidad.

Así, luego de cuatro meses de nacido, el primogénito seguía vivo y gozaba de excelente salud como para que se cumpliera lo dispuesto por la abuela Berenguela y que formalizaba la sucesión de Fernando III. El 21 de marzo de 1222, Alfonso inició su vida pública cuando en Burgos recibió el homenaje de todo el reino y fue reconocido oficialmente como heredero de la corona castellana. Pasó entonces a ser tratado o mencionado en los documentos como el “Infante Alfonso”.

El incansable útero de Beatriz

tra de las principales obligaciones de una reina medieval era colmar de hijos legítimos a la familia regia. Era la manera de garantizar la sucesión: el primogénito podía fallecer durante su niñez o juventud y, por ende, el derecho a heredar la corona pasaba al vástago nacido posteriormente. Siempre se imponía la “razón de varonía”. Pero una mujer podía ser reconocida legítima heredera hasta que a los padres les llegara un varón. Si no ocurría y ambos reyes morían sin un descendiente masculino, entonces era proclamada reina la primera hija o la mayor que la hubiera sobrevivido.


Esa función de “incubadora real” implicaba que una reina, apenas acabara de recuperarse de un alumbramiento, volviera a quedar embarazada. Cierto es que a Fernando y Beatriz les costó dos años concebir al primogénito, incluso se temía que ella fuera infértil. Con todo, después de Alfonso los reyes fueron trayendo al mundo vástago tras vástago, algunos de los cuales nacieron apenas dándole tiempo de descanso al cuerpo de la consorte real. A lo largo de catorce años, de su útero salieron otros nueve descendientes.

El resultado de la unión entre Fernando el Tercero y Beatriz no solo fue fructífero en cantidad. Al crecer, sus hijos accedieron a importantes cargos o rangos: algunos fueron destinados por su padre a la carrera militar y a otros se les impuso abrazar la vida religiosa, lo cual era esperable en una corte de reyes católicos.

Por ser el sucesor, Alfonso fue criado separado de sus hermanos y hermanas. No compartieron la niñez ni la adolescencia. Con algunos de ellos, la relación fraternal se estrecharía a partir de su llegada al trono. No obstante, entre él y los demás varones de la familia iban a surgir gravísimos conflictos. Uno de ellos lo llevaría a tomar una decisión teñida de sangre.

Una niñez lejos de la corte

anto monarcas como nobles medievales encargaban la primera crianza de sus hijos a ayos o ayas. Eran hombres o mujeres de linaje y buena posición económica que a modo de tutores los cuidaban y les brindaban las primeras enseñanzas. En el caso de la realeza hispana, era un oficio o cargo de corte, al igual que el de mayordomo, canciller o camarero.

Alfonso no fue la excepción. La Reina Madre también impuso su criterio para que el heredero recibiera una adecuadísima primera educación. Y cuando cumplió un año, designó como ayos del infante a don García Fernández de Villamayor (1180-1240) y su esposa, la gallega doña Mayor Arias.

Don García había sido mayordomo de doña Leonor de Inglaterra y después, de Berenguela, cuando se convirtió en regente de Castilla. Esta lo eligió como ayo del futuro rey por ser un hombre de su más entera confianza, que le había mostrado total fidelidad al refugiarla durante el levantamiento liderado entre 1214 y 1215 por los hermanos Núñez de Lara. Esa lealtad se vio recompensada cuando, en 1217, Fernando III lo encumbró al escalafón superior de la nobleza y le donó importantes propiedades en diversas villas en las cuales tenía rango de señor.

Cuando Alfonso apenas había cumplido un año, dejó la corte y pasó a vivir en las propiedades que el ayo poseía en Celada del Camino y en Villaldemiro, dos pueblos cercanos a Burgos. Así, la abuela Berenguela evitó alejarlo de la capital del reino para que mantuviera contacto con su padre y en especial con su madre, Beatriz, ya que era ella la que con mayor frecuencia residía en la ciudad burgalesa a causa de su casi constante estado de gravidez.

El infante no partió solo hacia su lugar de crianza. Urraca Pérez y su marido García Álvarez se mudaron con él. La mujer debía seguir amamantándolo y no es raro que cumpliera esa función durante un buen tiempo más: era común que los niños fueran amamantados hasta los dos años de edad. Y al parecer, el ama nutricia fue casi una madre sustituta, pues Beatriz siempre estaba ocupada viajando con su marido… cuando no aprestándose a dar a luz a nuevos vástagos. En reconocimiento a sus servicios, Fernando III concedió a Urraca y a su esposo una heredad y varias casas y tierras, además de ese terreno para el cultivo.

¿Cómo pudo haber sido la niñez de Alfonso en los campos de Celada del Camino y de Villaldemiro? Del matrimonio de don García Fernández de Villamayor y doña Mayor Arias, a partir de 1216 habían nacido tres varones y cuatro mujeres. Cuando el infante quedó bajo responsabilidad de ambos, esos hijos tenían casi la misma edad que él. Y a medida que fueron creciendo pasaron a ser compañeros de juegos, aventuras y aprendizajes del infante. Conformaron entonces un vínculo de hermandad que iba a preservarse en la adultez. Cuando Alfonso accedió a la corona, además de manifestar cariño por todos ellos, nombró mayordomo real al primogénito de los ayos: Juan García de Villamayor (hacia 1216-1266), quien era uno de sus mejores amigos y fue una figura destacada de la corte alfonsí.

Además de jugar y aprender las primeras letras y operaciones matemáticas, gracias a sus ayos el pequeño Alfonso empezó a conocer el reino. Con esa familia “postiza” recorría las propiedades que don García Fernández tenía en Castilla y las que doña Mayor Arias poseía en tierras gallegas. Es posible que esos viajes a Galicia y el que la mujer le enseñara su lengua natal contribuyeran a que desde bien temprano el infante dominara el galaicoportugués o gallegoportugués –como se le decía al gallego en la Edad Media– y que en el futuro iba a utilizar como lengua para componer su obra poética.

Algunas veces, Fernando III acudía al campo para estar con su hijo. No obstante, eran más frecuentes las visitas que el infante hacía a Burgos. En esas oportunidades la reina Beatriz también aportaba a su educación. Debido a su crianza en la esplendorosa corte de Federico II, era una erudita que transmitió a su hijo la pasión por la cultura, el arte y la ciencia, pasión que caracterizaría su personalidad desde la primera hora.

Y cuando Alfonso llegó al trono, demostró su agradecimiento a quienes tanto le habían brindado en la etapa inicial de su existencia. Benefició a doña Mayor –ya viuda– y a su amigo Juan García con inmensos latifundios del realengo.

El final de las treguas

n 1224, Castilla y el al-Andalus almohade contaban una década de paz. Paz que se había instaurado gracias a las treguas pactadas en 1214 por Alfonso VIII –tras la victoria en las Navas de Tolosa– y renovadas por Fernando III en 1221. Y esto, a pesar del denso ambiente de cruzada que se cernía sobre la Europa Occidental a partir del IV Concilio de Letrán. Celebrado en 1215 y promovido por el inflexible papa Inocencio III, el “Gran Concilio” tuvo un expreso espíritu antimusulmán, pues exhortó a los príncipes cristianos a ganarle al islam los Santos Lugares.

El último día de septiembre de 1224 expiraban las treguas suscritas entre Fernando y el califa almohade Yusuf II. Había que tomar una decisión: extender la paz o reavivar la guerra. La encrucijada llevó al rey castellano a convocar a Cortes en junio y en julio, a las que asistieron todos los nobles y prelados del reino. Ambas asambleas dictaminaron lo mismo: no renovar las treguas.

Fue una bisagra en el reinado fernandino. Sí, porque el monarca se lanzó a expandir sus fronteras con la firme convicción de expulsar el poder musulmán de la península ibérica o hacer que los moros se sometieran a su vasallaje.

Las operaciones militares se pusieron en marcha el 30 de septiembre de 1224 y se vieron beneficiadas por la crisis que atravesaba al-Andalus. A principios de ese año, el fallecimiento de Yusuf II había encendido luchas internas. Sobresalía entre los rebeldes el noble almohade ’Abd Allah al-Bayyasi –el Baezano, por ser oriundo de Baeza–, quien solicitó ayuda al monarca cristiano cuando fue asediado en su ciudad por el gobernador almohade de Sevilla. Las tropas de ambos conquistaron la ciudad de Quesada y varios castillos de Jaén –en Andalucía–, que fueron entregados al Baezano.

Esta alianza posibilitó que en los siguientes dos años las huestes de Fernando y las del rebelde almohade se apoderaran de comarcas y castillos en la Andalucía musulmana, que se repartieron entre el rey y su vasallo. En las zonas que quedaron para los castellanos se establecieron guarniciones permanentes.

Sin embargo, esta alianza le costó caro al Baezano: en 1227 fue asesinado por almohades de Córdoba, ciudad que había tomado. Siguió una contraofensiva de Fernando, que a partir de 1228 comenzó a acelerar el desgranamiento almohade en el sur peninsular. De este modo, el poder musulmán fue dividiéndose en pequeños reinos independientes –taifas–, una dispersión que más tarde o más temprano facilitaría a Fernando avanzar sobre al-Andalus, donde su gran objetivo era conquistar Sevilla.

De nuevo un mismo reino

uál había sido el derrotero del rey Alfonso IX mientras su hijo avanzaba en una nueva etapa de la conquista? Tras la paz de Toro firmada entre Castilla y León en el verano de 1218, Fernando III y doña Berenguela mantuvieron las treguas con los almohades hasta 1224.

Todo lo contrario que el monarca leonés.

Ese mismo verano de 1218, Alfonso IX se lanzó en nombre de su reino a una ambiciosa ofensiva para apoderarse de Andalucía. Contaba con la venia del papa Honorio III y una descomunal fuerza militar: castellanos, cruzados gascones y caballeros de las órdenes militares y religiosas de Calatrava, Temple, Pereiro-Alcántara y los Hospitalarios de San Juan.

Su lucha antiislámica se extendió a lo largo de la década siguiente. Lucha que se vio coronada con la toma de plazas fuertes musulmanas y que allanó el camino para conquistar Sevilla, capital de los almohades.

Tras sus victorias, en 1230 Alfonso IX emprendió un viaje procesional a Santiago de Compostela, pues era muy devoto de ese apóstol, santo patrono de las tierras hispánicas. Pero a mitad del camino lo sorprendió una grave enfermedad y falleció el 24 de septiembre de ese año en Villanueva de Sarria, provincia de Lugo.

Con esa muerte, se desplegaba nuevamente sobre el tablero un juego por la sucesión. Y nuevamente doña Berenguela movería las piezas de una partida que se planteaba compleja.

Al parecer, ni el hijo, ni la ex esposa del rey difunto se dieron tiempo para lágrimas. Había que avanzar casillas con rapidez, astucia, determinación.

La Reina Madre y Fernando se reunieron en Toledo para planificar la estrategia para que Castilla y León volvieran a quedar bajo una misma corona. Por supuesto, la corona de Fernando.

El heredero original de León –hijo de Alfonso IX y Teresa de Portugal, también llamado Fernando– había fallecido en 1214. Pese a eso, el monarca leonés siempre se mostró reticente a reconocerle al vástago que había tenido con Berenguela el derecho a sucederlo.

Pero para contrarrestar esa negativa, en julio de 1218 el rey castellano había obtenido una bula del papa Honorio III que lo declaraba legítimo heredero del trono leonés. Ignorando ese derecho, Alfonso IX empezó a expresar en documentos y actos públicos que sus sucesoras eran las infantas Sancha y Dulce, también nacidas del matrimonio con Teresa de Portugal y que, por ende, en la línea sucesoria se ubicaban delante del tercer Fernando.

La movida de la Reina Madre y su hijo consistía en hacer valer la “razón de varonía” para imponerse a Sancha y Dulce. Y lo hicieron dejando que los mismos leoneses lo reconocieran como rey. En su viaje desde Toledo a la capital de León, dividida entre los partidarios fernandistas y los de sus medias hermanas, cada ciudad de ese reino por la que pasaba lo fue acogiendo como su nuevo, legítimo e irrefutable monarca.

Cuando por fin entró a la cabecera leonesa, se habían impuesto sus partidarios. Y ya no hubo dudas de quién ganaba. Probablemente el 7 de noviembre de 1230, Fernando III fue proclamado rey de León.

Unos días más tarde, la reina doña Teresa, que se hallaba en Villalobos, a dieciocho kilómetros al sudeste de la villa leonesa de Benavente, envió a doña Berenguela proposiciones de paz. La ex esposa y la viuda de Alfonso XI junto a sus hijas se reunieron en Valencia de Don Juan ese 11 de diciembre.


Versión logotipada del escudo de Castilla y León para uso de la Junta.

Firmaron entonces la Concordia de Benavente. Mediante ese acuerdo, Sancha y Dulce renunciaban a sus derechos sucesorios a cambio de una pensión vitalicia de 30.000 maravedíes anuales. Una verdadera fortuna que “compró” la reunificación de dos reinos, luego de setenta y tres años de separación en los que no faltaron guerras, complots y derramamiento de sangre. Fortuna gracias a la cual Fernando III quedó confirmado como rey de Castilla y León: un inmenso reino que a su turno iba a heredar su hijo Alfonso.

El pequeño guerrero

uego de que en noviembre de 1230 Fernando III pasara a ser también monarca de León, recorrió durante los dos años siguientes las principales ciudades de esa parte del reino. Debía conocer a sus nuevos súbditos y ser conocido por ellos, asunto que no detuvo las campañas de conquista.

Había sido reconocido sin demasiada renuencia en muchas ciudades de ese reino. Pero existían importantes puntos de la Extremadura leonesa donde prevalecía cierta renuencia a aceptarlo como tal. Comenzó entonces su gira por esas ciudades, como siempre acompañado por la reina Beatriz y a cuya llegada fue logrando la adhesión necesaria para consolidar su poder sobre el territorio anexado.

En los primeros días de enero de 1231 los reyes llegaron a Salamanca, capital de la Extremadura leonesa. Se hospedaron en el alcázar ubicado en la parte más alta de la ciudad vieja, no solo porque fuera el sitio que correspondía a su rango, sino para conocer a una parte de la familia que a Fernando III le era ajena. El palacio salmantino era la residencia de doña Teresa Gil de Soverosa (¿?-hacia 1269), quien pertenecía a la nobleza portuguesa y había sido la última amante –o acaso esposa secreta– de su padre. Con ella vivían los cuatro hijos que nacieron de ambos y, aunque ilegítimos, eran medios hermanos del nuevo rey castellanoleonés.

Y al notar que los niños tenían casi la misma edad que el primogénito Alfonso, a Fernando III se le ocurrió una idea. Decidió designarlo señor de la ciudad y de las localidades de su alfoz –zona rural que rodeaba una ciudad de la que dependía económicamente– para que su sucesor pudiera mudarse al alcázar donde se educaría junto a parientes, algo que hasta ese momento no había sido posible. Una idea que sin dudas la reina Beatriz apoyó con entusiasmo: Salamanca era la sede de la única universidad española y, por ende, un polo donde fluían la cultura y un ánimo por el saber como el que ella se preocupaba en trasmitir a su hijo cada vez que podían compartir algún tiempo. Además, consideraba que el contacto con los muchos eruditos que habitaban allí aportaría grandemente a la formación del niño. ¿Podía acaso sospechar que algunos de ellos iban a convertirse en maestros de Alfonso durante su juventud y aún después, cuando él traspasara la mayoría de edad?

A tono con su plan, el rey envió un mensaje a Fernández de Villamayor pidiéndole que llevara a Alfonso a Salamanca. Sin embargo, al llegar a ese destino fueron recibidos por dos novedades. Una no debió de gustarle mucho al pequeño. Su padre y su madre ya se habían ido de la ciudad salmantina, dejando probablemente a Alfonso con la pena de no haber podido reencontrarse con ambos, en especial con la reina de la que tanto amor, conocimientos sorprendentes y estímulos para desarrollar el ingenio recibía.

En cambio, la otra noticia pudo parecerle formidable a un niño de nueve años. Es seguro que, como parte de su primera educación, hubiera recibido nociones teóricas sobre armería y también que, junto a los hijos de su ayo, se entretuviera peleando imaginarias batallas. Pero en aquella primavera la teoría y los inocentes juegos iban a convertirse en algo real y concreto.

Sí, porque antes de marcharse de Salamanca, precisamente el 20 de enero, Fernando III había organizado una campaña castellanoleonesa con el objetivo de atacar y conquistar ciudades clave para limpiar el camino hasta Jaén, punto de gran importancia estratégica debido a su ubicación en Andalucía. La avanzada se haría enviando dos cabalgadas –ejércitos a caballo– para que penetraran territorio musulmán.

Y por orden de su padre, Alfonso iría al frente de una de las huestes.


El apóstol Santiago a caballo o Santiago Matamoros. Representación imaginaria del siglo XVII, óleo sobre tela de Francisco Camilo, 2,70 x 1,80 m.

Cada cabalgada tenía su propia misión y su jefe. La que debía aniquilar la presencia musulmana en Córdoba y en Sevilla iba bajo las órdenes del ricohombre y caudillo militar Álvar Pérez de Castro (siglo XII-1239), apodado “el Castellano”. Y era la que lo tenía a Alfonso al frente de guerreros adultos, expertos y más conscientes de lo que deberían enfrentar.

Es que con solo nueve años seguro era capaz de imaginar una batalla, pero nunca había visto correr sangre en un enfrentamiento bélico. Con este bautismo de fuego, el rey de Castilla y León pretendía iniciarlo en las artes militares, actividad imprescindible para un futuro rey. No obstante, sin olvidar la edad de su hijo, estipuló que la función de Pérez de Castro también fuera cuidarlo durante los choques armados que se libraran.

Posiblemente a mediados de abril de 1231, cuando al Castellano se le había sumado otro noble de grandes riquezas, don Gil de Manrique, la cabalgada a cuyo frente iba Alfonso partió desde Salamanca. Al pasar por Toledo, se les unieron cuarenta caballeros toledanos. Y engrosada la tropa, se encaminaron a Córdoba.

En su avance quemaron, destruyeron y devastaron tierras cordobesas. A la vez, fueron alzando un suculento botín. Avanzaron entonces a Palma del Río. Los cristianos fueron inclementes. Para tomar ese pueblo cordobés primero exterminaron a todos los que lo habitaban. Y de nuevo en marcha, antes de continuar hacia Sevilla, el ejército instaló un campamento en las cercanías del río Guadalete, muy próximo a la ciudad de Jerez de la Frontera.

Era de suponer que las noticias de la devastación que dejaban los cristianos a su paso llegaron a Ibn Hud, quien había sido reconocido como líder musulmán en casi todo al-Andalus. El emir buscó armarse fuertemente y reunió un numeroso ejército, que actuaría dividido en siete inmensos cuerpos. Mientras que la única hueste castellana estaba conformada por menos de 1000 caballeros y 2500 peones. Sobre el tablero se enfrentarían dos ajedrecistas con una cantidad muy desigual de piezas.

El combate se produjo en la ciudad de Jerez de la Frontera. Los números y también la posición de los cristianos –atrapados entre el no muy lejano océano Atlántico, la ciudad y las filas islámicas– eran desesperanzadores, tanto que el Castellano arengó a sus tropas para insuflarles valor. Probablemente, gritando hasta quebrársele la voz, proclamó que el repliegue era imposible y la única esperanza estaba en morir combatiendo.

A pesar de las desventajas, en una serie de ataques suicidas los castellanoleoneses lograron abrir una insospechada brecha en las fuerzas musulmanas hasta cercarlas. Sorpresa, pánico, desorden se adueñaron de esas tropas, que fueron dispersadas. Los moros que no lograron huir hacia Jerez fueron brutalmente masacrados o tomados prisioneros. Y otra vez los cristianos se alzaron con un suculento botín.

Muchas victorias sobre los moros tejían leyendas.

El impensado triunfo y la inexistencia de bajas cristianas en Jerez fueron atribuidos al auxilio divino. Hubo soldados católicos que aseguraron haber visto en el campo de batalla a su mismísimo santo patrono. Sí, juraron que el apóstol Santiago enarbolaba un estandarte blanco con una cruz roja y con su espada aniquilaba moros a diestra y siniestra sin separarse del jefe Pérez de Castro.

¿Por qué Santiago Apóstol? Además de atribuírsele la evangelización de Hispania, desde los tiempos de Ramiro I de Asturias (790-850) se lo tenía como protector de los cristianos en la lucha por la conquista. Se creía que en la mítica batalla de Clavijo –supuestamente ocurrida en 844– el apóstol había aparecido sobre una nube para socorrer a las tropas del rey asturiano, montando un caballo blanco y ostentando un estandarte de ese mismo color con una cruz roja. La derrota de los islamitas lo impuso desde entonces como “Matamoros”. Y hasta el siglo XIII varios de los triunfos de la cruz sobre la Luna creciente y la estrella habían sido atribuidos a su intercesión durante la lucha.

Después de la victoria de Jerez de la Frontera, Pérez de Castro y su cabalgada se dirigieron al reino de Castilla. Pese a participar en cada embestida de esta campaña al sur peninsular –o quizá solo las presenciara a buen resguardo–, el infante Alfonso había resultado ileso. Y así lo constató su padre el rey, cuando ambos se encontraron en la ciudad de Palencia.

La batalla de Jerez fue el último encuentro campal reñido contra el islam durante el reinado fernandino. A partir de entonces todo se redujo a asedios de ciudades donde se desarrollaban contiendas de escasas proporciones, sin que los musulmanes volvieran a presentar una batalla en campo abierto. Y como consecuencia de esta derrota, se apresuró aún más la descomposición y desunión que limaban el poder musulmán.

4
Las alquimias del destino
El germen del Rey Sabio

espués de su luna de miel, Fernando III y la reina Beatriz establecieron su residencia en la ciudad de Toledo, convertida en la capital oficiosa del reino. Su relativa proximidad con los territorios musulmanes facilitaba conocer de antemano sus movimientos. Así, el rey castellanoleonés confiaba en que podría planificar las jugadas para que sus campañas de conquistas resultaran victoriosas.

De todos modos, a Beatriz no le desagradaban sus estancias ocasionales en Burgos, a donde iba junto a su esposo cuando se lo demandaba en la verdadera ciudad cabeza del reino. Se llevaba bien con doña Berenguela o, al menos, no sentía que su suegra se entrometiera en la vida conyugal. Además, a la ciudad burgalesa llegaban emisarios y diplomáticos que le permitían mantener contacto con algunos parientes del Imperio que había sido su cuna. Y para saciar la necesidad de seguir enriqueciendo su cultura, invitaba al palacio a eruditos, trovadores y otros poetas que en peregrinación a Santiago de Compostela pasaban por esa capital. Es factible que se hubiera llevado a muchos de ellos al regresar a Toledo.

Alfonso iría siendo educado por sus ayos para adquirir los modales de un miembro de la realeza. Quizá también le enseñaron las primeras letras, como lo harían con sus propios hijos. Pero es seguro que su educación formal comenzó cuando abandonó los campos de Villaldemiro y Celada para radicarse de manera permanente en el palacio de Toledo.

En “la ciudad de las Tres Culturas” –donde convivían cristianos, judíos y mudéjares–, el infante tuvo maestros y contacto con intelectuales que le aportaron conocimientos de cada una de esas religiones o de lo que tenían en común.

Como parte de ese crisol de sabiduría, su madre le transmitió mucho de su bagaje cultural. Pero el heredero también empezó a viajar más allá de donde residía la corte para mantener mayor contacto con su siempre activo padre y recibir los conocimientos que un rey podía brindarle a un futuro monarca. Se trató de un proceso de formación integral, iniciado en la adolescencia y que iba a extenderse hasta la época en que él ya era un veinteañero.

Es concebible que Alfonso tuviera como maestros a algunos de los clérigos o escribanos de la corte. De ellos aprendió las primeras letras y fueron, junto con Beatriz, quienes sembraron en él la semilla de la pasión por el conocimiento de variadísimas disciplinas, pasión que marcaría la impronta cultural característica de su reinado. En ese clima, acaso aprendió a escribir y afloró su afición por los libros. Y tal vez, los trovadores y juglares que orbitaban la corte le infundieron apego a la música y la poesía. Esa faceta sensible no le impediría destacarse desde temprano en la caza y la cetrería. Ya en este momento de su vida, el ajedrez se volvió una de sus mayores aficiones, que compartía con su padre y que en el futuro daría a luz uno de los tratados sobre los juegos de tabla más importantes de la Edad Media.

A lo largo de su etapa de formación en la corte intervinieron destacadas personalidades. Entre ellas, Pedro Gallego (hacia 1200-1267), quien además de convertirse en confesor del infante contribuyó mucho a su enseñanza, basándose en una intensa actividad intelectual y científica. Alfonso debió de ser un voraz lector de crónicas, empezando por las de contemporáneos, como las de otros de sus maestros: el clérigo e intelectual leonés Lucas de Tuy (siglo XII-1249) y el arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), historiador y político. Estas influencias anidaron en el sucesor una vehemencia por la historia, que varias décadas más adelante se expresaría en libros fundacionales sobre el pasado de su reino.

En los últimos años de su periplo como heredero, estuvo acompañado por un preceptor que influiría en el cariz legislador del futuro rey: Jacobo de Junta (siglo XIII-1294). Era este un destacado jurista italiano, autor de importantes obras de derecho castellano. Se lo conocía como Jacobo de las Leyes por su principal obra: Flores del Derecho, pequeño compendio de normas que el jurista dedicó a su discípulo y que fue muy empleado en la Baja Edad Media hispana como referencia básica de estudio.

Y ya en esta etapa –quizá desde 1243–, entró en su vida quien iba a convertirse en uno de sus colaboradores más laboriosos e importantes: Yehuda ben Mose ha-Kohen Mosca (siglo XIII). Se trataba de un médico, rabino, astrónomo, escritor y traductor judío, a quien Alfonso, antes y durante su turno en el trono, le encargó estudiar el mapa del cielo, la notación de los movimientos astrales y la creación de registros astrológicos. Un hebreo erudito que lo alentó desde joven a interesarse por la astronomía y la astrología, inclinación que se acrecentó al punto de gestar un monarca obsesionado en escudriñar el futuro que creía que le dictaban los astros.

Los secretos para llevar la corona

s posible que a partir de 1237, cuando Alfonso rondaba los dieciséis o diecisiete años, su permanencia en la corte se volviera de nuevo intermitente. El contenido de su formación se enfocó en la preparación de un futuro rey guerrero. El infante empezó a acompañar a su padre en los viajes que emprendía a los cuatro puntos cardinales del reino, allí donde se requería su presencia, o a secundarlo en el campo de batalla.

Sí, porque fue el mismo Fernando III quien lo instruyó sobre cómo un rey debía acaudillar las tropas, las reglas de la vida castrense, la logística que implicaba pertrechar las huestes, cómo planificar tácticas y estrategias para vencer en los combates o en los asedios al enemigo o en los sitios a las ciudades.

Así, fue adquiriendo la experiencia exigida para hacerse cargo del mando de un ejército en avance. Luego de la conquista de Córdoba en 1236, Alfonso condujo personalmente la ocupación de varios pueblos de la zona, que no se habían subordinado al poder castellanoleonés.

Con todo, mientras iba aprendiendo y dominando la guerra como uno de los oficios más importantes para un rey hispánico del siglo XIII, en sus regresos a la corte Alfonso retomaba el contacto con sus maestros. Combinaba así lo bélico como materia de aprendizaje con su enriquecimiento intelectual.

Fernando III aprovechaba esas estancias en la corte para transmitirle lo que no aparecía en los libros: los saberes esenciales para gobernar un reino. ¿Qué consideraba su padre que un heredero regio debía aprender? El rey tenía que conocer a fondo su sociedad. Los potenciales conflictos entre los del pueblo, los nobles y los vasallos. Hallar las soluciones a esos conflictos recurriendo a su criterio, a las leyes, a las costumbres o a los mecanismos administrativos. Para completar esa instrucción, el infante comenzó a presenciar e incluso presidir juicios. Y ya entonces se interesó en uno de los asuntos que destacaría durante su reinado: el derecho.

Acuerdo matrimonial con rumores de guerra

n 1234, cuando Alfonso estaba a un mes de cumplir trece años de edad, recibió la noticia. Le habían elegido esposa. La prometida, que tenía ocho años, se llamaba Blanca (1226-1283). Era hija del rey Teobaldo I de Navarra (1201-1253) y de Inés de Beaujeu (¿?-1231).

El reino de Navarra se ubicaba al noreste de la península, junto a los Pirineos. Su territorio se había visto mermado por incursiones de Aragón y de Castilla. Por ende, jamás tuvo buenas relaciones con los castellanos, considerados sus invasores. Incluso, a mediados de la década de 1220 se temía que Fernando tuviera intenciones de anexar aquel pequeño territorio.

¿Cómo, entonces, la elegida para Alfonso era una princesa navarra?

Cuando Teobaldo accedió al trono en abril de 1234, se vio en una encrucijada: elegir entre Aragón y Castilla como aliado para detener a uno de sus dos posibles invasores y contar con fuerzas militares para detener al otro.

Optó por el más poderoso. Y en octubre de 1234 selló una alianza con Fernando III mediante el enlace de Alfonso y Blanca, que en ese momento era su única hija. Los reyes acordaron que el primogénito del matrimonio heredaría Castilla y León y Navarra como un único reino. Si antes de que a la pareja le naciera un heredero Teobaldo traía al mundo un hijo varón legítimo, no se alteraría el arreglo. Fernando III pagó con creces el compromiso: entregó al navarro territorios, castillos, torres fronterizas y una renta anual de 2.000 maravedíes.

No mucho después de firmado el tratado, Teobaldo I comenzó a titubear. Creyó tener suficiente poder para gobernar y repeler cualquier invasión. Cuando le informó a Fernando III que daba por anulado el pacto, al parecer lo hizo sin medir las posibles consecuencias.

En el siglo XIII, romper de manera unilateral un acuerdo matrimonial entre reyes era tomado como una ofensa por el otro monarca firmante. Y de la tranquila diplomacia con que al principio Fernando buscó el cumplimiento del acuerdo, pasó a la inminencia de una guerra para limpiar su honor. Sí, porque no solo rompió el compromiso de su hija con Alfonso, sino que también en 1236, como parte de su proyecto de acercarse políticamente a Francia, prometió a Blanca con Otón III, conde de Borgoña.

Era de palabra débil, el navarro. Roto este nuevo compromiso, ese mismo año la princesa terminó casada con Juan I de Bretaña.

Aceleró así la guerra con Castilla y León. Y para evitar enfrentar a un reino con mayor fuerza militar que la suya, en 1237 Teobaldo solicitó la intervención del papa Gregorio IX. Logró convencerlo de que debía ausentarse de su reino para ocuparse de una cruzada y su ejército no podría atender el frente castellanoleonés. Excusa muy bien pensada. El pontífice sostenía que los reinos cristianos no debían luchar entre sí: la prioridad era ir contra los moros.

Gregorio IX aconsejó a Fernando III desistir de sus intenciones bélicas o llegar a una tregua con Teobaldo. Nunca se formalizó un armisticio, pero el castellano detuvo su ya activada maquinaria bélica.

De todos modos, siguieron años de discordia entre ambos reinos. Discordia que llegará a su cenit en 1253, cuando Alfonso, ya coronado rey, intentará anexar una Navarra reinada por el sucesor de quien había demostrado carecer de honor regio.

La discreta partida de una madre

ientras en 1235 Fernando III, entre otros asuntos, intentaba que se cumpliera el acuerdo para casar a Alfonso con Blanca de Navarra, la fatalidad suspendió su tregua con la familia real de Castilla. Fatalidad que sin dudas marcó al futuro rey, pues perdió a un pilar emocional y también a quien aportó a su enriquecimiento cultural.

Alfonso amaba a su madre, la reina Beatriz, pese a haber tenido con ella contactos esporádicos cada vez que de Villaldemiro y Celada se trasladaba a Burgos. Vínculo que se fue estrechando cuando sus estadías en el palacio se hicieron más prolongadas y luego permanentes.

Es posible que desde joven Beatriz no gozara de muy buena salud o que empezara a deteriorarse a medida que se acercaba a los treinta años, debido a su organismo debilitado por una maternidad tan reiterada.

En 1235, cuando la reina tenía treinta y siete años, trajo al mundo a una niña a la que llamaron María, que al parecer nació muerta o falleció tras el parto. Igualmente, en noviembre de ese año Beatriz viajó con su marido, como era habitual, a diversos lugares del reino. En la ciudad de Toro, sin presentar síntomas previos, la germana que se había arraigado en Castilla, la erudita sensata de cabellos tan rubios que llegaban a parecer blancos, la de tez pálida que se ruborizaba con facilidad, la de cautivantes ojos azules falleció el 5 de noviembre de 1235. Y falleció con la misma discreción y tranquilidad que la habían caracterizado y que a su llegada a tierras castellanas todos alabaron como virtudes.

Su cadáver fue trasladado al monasterio de las Huelgas Reales de Burgos y alojado con honores en un sepulcro junto al del malogrado Enrique I de Castilla. En 1279, su hijo, el rey Alfonso X, ordenaría trasladar el cuerpo a la Catedral de Sevilla. La tumba original se convirtió por entonces en objeto de veneración de los fieles: con los años, popularmente se la consideró “beata”. Y como tal, hasta la actualidad tiene una fecha en el santoral profano: el 5 de noviembre.

Sí, en el santoral profano, porque Beatriz de Suabia todavía espera que el Vaticano confirme ese título.

Siete siglos después de su muerte, en 1948, se inauguró el sepulcro que en el presente conserva los restos de la reina Beatriz. El monumento se encuentra en el lado de la Epístola de la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, templo donde sus restos yacen junto a los de otros seres que amó en vida.

Una futura condesa de Francia para el rey

a unión de Fernando y Beatriz duró dieciséis años limpios de cualquier infidelidad por parte del marido. A diferencia de otros reyes medievales –como su padre Alfonso IX y su heredero, una vez que llegó a la mayoría de edad–, el monarca castellanoleonés no tuvo amoríos extramatrimoniales ni hijos ilegítimos.

Sí, aquella fue una existencia conyugal armoniosa, sin traiciones, seguramente marcada por el amor pese a haber surgido de un acuerdo concertado por otros. Y Fernando quedó devastado por la pérdida de su consorte, tal vez demostrando cariño consolador hacia sus hijos o sufriendo en soledad mientras los ayos o tutores se encargaban de contener la pena de ocho vástagos huérfanos de madre.

Doña Berenguela seguro acompañó a Fernando durante las exequias y, lejos de los ojos ajenos, apañó sus lágrimas de viudo. Pero las condolencias fueron solo por un tiempo, breve tiempo hasta que ella consideró que debía ponerse en acción.

A la Reina Madre seguía importándole la felicidad de su hijo. Aunque también temía que viéndose libre, urgido por satisfacer sus deseos de hombre de treinta y cinco años, y necesitado de una compañía que no fuera la de sus soldados, el rey cayera en los vicios que había evitado al casarlo tan joven. Vicios que sin dudas mancharían el honor que lo caracterizaba y podían menguar su figura ante los estamentos del reino, ya que los actos ilícitos que un monarca cometía en su vida privada eran los secretos mejor conocidos por cada súbdito.

El rey de Castilla y León necesitaba con urgencia una nueva reina.

Y otra vez doña Berenguela volvió a desechar piezas del tablero para encontrar a esa consorte. Repitiendo jugadas, excluyó a las infantas hispánicas para evitar la consanguineidad cercana. Se propuso que la candidata tuviera el mismo rango que el viudo o al menos se le aproximara. Y para que la asistiera en la elección y en las negociaciones, recurrió a su hermana Blanca: la misma reina de Francia que hacía casi dos décadas pudo haberle indicado que en la corte de Suabia se hallaba la joya que necesitaba la corona de Fernando III.

La elegida fue Juana de Dammartin.

Y el acuerdo matrimonial al que se llegó resultaba una jugada tan conveniente para Castilla y León como para Francia.

Nacida hacia 1220, Juana provenía de cuna noble. Su madre, la condesa María de Ponthieu y Montreuil (1199-1250), era nieta de Luis VII de Francia. Su padre, el conde de Aumale Simón de Dammartin (1180-1239), era uno de los tantos magnates que habían intervenido en el devenir político de Francia cuando las monarquías Capeto y Plantagenet se disputaban el reino.

Era más conocida como Juana de Ponthieu por ser heredera de ese condado francés, próximo a los dominios continentales del rey Enrique III de Inglaterra, quien aspiraba a ponerlo bajo su poder. Para conseguirlo, en 1235 el inglés y el padre de Juana habían pactado un matrimonio. Pero la reina Blanca se horrorizó ante la idea de ceder territorio a un enemigo, por lo cual ella misma obtuvo del conde Simón la promesa de no casar a su hija sin licencia del soberano francés. No conforme con eso, consiguió que la intercesión papal declarara nulo el acuerdo matrimonial.

¿Cuál era la conveniencia de este nuevo casamiento? Para Juana, como heredera del condado materno, enlazarse con alguien de idéntica o mayor posición le garantizaba la sucesión y perpetuar la preeminencia del grupo familiar sobre Ponthieu. Además, el matrimonio con Fernando III iba a reforzar los lazos entre Castilla y León y Francia, dos reinos soberbios y sin conflictos.

Se arregló que cuando heredara el condado, este sería patrimonio personal de Juana. Algo que no disgustó a los franceses: así pasarían a ser custodiados de cualquier intento de invasión inglesa por un rey de confianza, ya que además era sobrino de su reina. A su vez, el castellanoleonés obtendría beneficios para nada despreciables: bajo su protección quedaban inmensas extensiones de tierras y notables recursos a los que podría echar mano para solventar sus campañas conquistadoras.

Existía entre los futuros cónyuges cierta consanguineidad. Alfonso VII había sido bisabuelo de Fernando y tatarabuelo de Juana. Pero el cómputo canónico estableció que el parentesco era muy lejano y en el otoño de 1237, Gregorio IX concedió la correspondiente dispensa. El papa sentía gran admiración y aprecio por Fernando, tanto que junto con la autorización emitió una bula con elogios hacia el monarca.

Y el 15 de noviembre de 1237 –apenas dos años después de la muerte de Beatriz–, Fernando contrajo segundas nupcias con Juana de Ponthieu. La boda se realizó en Burgos, en un ambiente solemne y pomposo.

Los castellanoleoneses tuvieron nueva reina.

Doña Berenguela podía celebrar otra partida ganada.

Aunque con este matrimonio, el adolescente Alfonso iba a convertirse en la pieza de un juego insólito.

Padre e hijo, y concuñados

uana de Ponthieu iba a cumplir su función de reina acompañando a Fernando III muy de cerca. Incluso más que Beatriz, pues la francesa marcharía junto a él en muchas de las campañas contra los musulmanes.

De ella se decía que era muy bella y dulce, pero se diferenciaba de su antecesora por poseer un carácter impetuoso, una exaltada vitalidad, una notable desinhibición. Y aunque también se mantuvo al margen de la política regia, se benefició ventajosamente con el proceso conquistador que llevaba adelante su esposo. El rey le concedería enormes propiedades en los repartimientos de tierras que haría a medida que iba ganándoselas a los moros.

A poco de haberse casado, sin embargo, surgió una duda que tal vez le inquietara el sueño a doña Juana. Más tarde o más temprano, ella iba a heredar el condado de Ponthieu y, a su turno, debería recibirlo el primer vástago que naciera de su matrimonio con Fernando. Pero ¿qué ocurriría si ella o su marido fallecían sin haber tenido descendencia? El vínculo de Castilla y León con Ponthieu desaparecería. Y si bien el condado no era privilegio de los vástagos anteriores del castellanoleonés –en particular de su primogénito Alfonso–, este pasaría a ser patrimonio de algún indeseado pariente de la reina y no de un descendiente directo o más cercano a ella.

No obstante, Alfonso se presentó como la solución al dilema. Sí, porque se decidió que el infante, que en ese momento acababa de cumplir dieciséis años, se casara con Felipa de Dammartin. También llamada Felipa de Ponthieu, por entonces rondaba los cinco o seis años, y era ni más ni menos que la hermana menor de la madrastra.

Se suscribió un acuerdo mediante el cual, luego de conseguir la dispensa papal para el enlace, padre e hijo quedaron como futuros concuñados. Llamativa situación. Pero el arreglo garantizó que a través del vínculo con una Ponthieu, cuando Alfonso llegara a ser rey tendría control sobre ese territorio y, a su turno, este pasaría a manos del heredero que naciera del matrimonio con Felipa.

La solución tuvo corta vida. Al año de haber contraído nupcias, en 1238, a Fernando y a Juana les nació el primer hijo. Lo llamaron igual que el padre: Fernando. Así, la sucesión del condado quedó garantizada, lo cual se vio reforzado en lo sucesivo con la llegada de otros tres descendientes de la pareja que sobrevivieron al parto: Leonor (1240), Luis (1242) y Simón (1244).

Con el nacimiento del primer hijo de los reyes ya no era necesario que Alfonso siguiera comprometido con la hermana de su madrastra. El acuerdo fue anulado. Y por segunda vez el infante se quedó sin una esposa.

Los amoríos de la madrastra

lfonso era apenas un año mayor que su madrastra. Podrían haber sido amigos o aliados como apoyo de Fernando III. Pero el trato del infante hacia Juana de Ponthieu fue solo el que merecía por ser la reina de Castilla y León. A eso se sumó el que la francesa jamás buscara construir un vínculo maternal con los hijos del primer matrimonio de Fernando.

Es más, entre ella y Alfonso surgió un conflicto de índole económica, agravado por una cuestión personal.

Ya antes de que Fernando falleciera, eran muchos los dimes y diretes sobre los amoríos que la reina mantenía con uno de sus hijastros: el infante Enrique, diez años menor que ella. Y era este el hermano con el cual más enfrentamientos tuvo Alfonso desde que ambos eran jóvenes.

Las tierras que Fernando III iba arrebatando a los musulmanes eran repartidas entre los miembros de la familia real y los nobles que habían aportado sus fuerzas militares. Pero también puso bajo titularidad de su esposa grandes extensiones ganadas: propiedades en Jaén, Arjona y Córdoba, así como señoríos en Andalucía y villas en diversas localidades e incluso, entre otros, en el reino de Murcia.

Enrique fue beneficiado con vastas superficies en recompensa por su actuación en varias campañas militares. Pero desde su perspectiva, el infante entendió que lo que recibía era un reino independiente del cual algún día podía ser el monarca.

Antes de ceñirse la corona, Alfonso habría de expresar que cuando tuviera el poder de hacerlo iba a revisar las entregas efectuadas a su nada querida madrastra y al hermano que percibía como un adversario. Las consideraba desmedidas. Por eso, en marzo de 1252 –cuando la salud de Fernando III le indicaba que la muerte venía en camino– Juana de Ponthieu quiso evitar quedarse sin nada de lo otorgado. Y lo hizo recurriendo al maestre de la Orden de Calatrava, con quien había forjado una cómplice amistad: puso bajo su guarda documentos que garantizaban sus derechos y los de su adorado Enrique sobre el patrimonio que le habían otorgado.

Jugada sin sentido la de la reina Juana. Cuando ya su hijastro Alfonso X había sucedido a Fernando III, a comienzos de 1253 hizo que el maestre de esa orden militar y religiosa le entregara la documentación. Con todo, no anuló todas las donaciones hechas a la mujer y a Enrique, sino las referentes a los territorios en los que consideró que el rey de Castilla y León debía tener poder directo.

La madrastra continuó durante algún tiempo en Sevilla. Entonces, abandonó la península resignando dieciséis años de su vida en Castilla, parte de la descendencia tenida con Fernando, los señoríos y otras propiedades que Alfonso X le permitió preservar.

Juana regresó a su condado francés –que había heredado en 1251– y en alguna fecha entre 1260 y 1261 se casó con Juan de Neslé, señor de Falvy y de La Hérelle. Sus deberes como condesa no fueron muy prolijos en cuanto a la administración y repartimiento de propiedades. Cuando murió, en 1279, su tan preciado Ponthieu se encontraba rebasado por deudas e inmerso en un litigio por derechos legales sobre tierras que había entregado.

Cuando la francesa hubo partido de Castilla, la siguió su amoroso hijastro. Pero Enrique la abandonó a mitad de camino. Le pareció más seductor concretar una venganza contra su hermano Alfonso X, que lo había despojado de un ilusorio reino, en vez de continuar prodigándose goces con la viuda de su padre.

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Inicio con buena estrella
Entre las obligaciones y los placeres

lfonso cumplió diecinueve años en 1240. En la época eso significaba que un varón alcanzaba la mayoría de edad. El infante entonces comenzó a actuar públicamente como heredero de la corona de Castilla y León junto a Fernando III o a atender asuntos de gobierno que su padre le delegaba. También, a vivir con una independencia en la que se manifestaron las inquietudes de hombre joven por las delicias mundanas, sus intereses intelectuales y un marcado apego a las mujeres.

Fernando pretendía que su heredero adquiriera experiencia en la administración de las cuestiones de Estado. Le confió el gobierno y la representación real del territorio leonés que una década atrás se había anexado a Castilla. Para eso dotó a Alfonso de casa propia, rentas y servidores que lo atendían como cuando vivía en la corte.

Sus señoríos o infantados se ubicaban en el sur leonés del reino. Comprendían las villas y ciudades de Salamanca y León, entre otras. Y a lo largo de esta década, cuando el infante no estaba en campaña militar reemplazando a su padre o luchando junto a él, ejercía en nombre del rey poderes judiciales en todo el territorio que se le había encargado.

Recibió asimismo señoríos en la Andalucía cristiana. Hacia 1240, Fernando III le entregó las tierras y las rentas de Écija, ganada a los islamitas ese año por los castellanos. El joven señor confió la administración de esa ciudad a su amigo Nuño González de Lara (hacia 1215-1275), quien se convertiría en su favorito dentro del grupo de los ricohombres del reino. Pero ¿estaría escrito en las estrellas que ese camarada y futuro compañero de armas sería uno de los tantos nobles que iban a sublevarse contra Alfonso durante su reinado?

Las rentas que el heredero comenzó a percibir le permitieron disponer de una corte de primer orden. En ella se codeaba con hidalgos castellanos. Uno de los principales era Juan García, hijo de quien había sido su ayo y compañero de infancia en sus días en Villaldemiro y Celada, quien más tarde se convertiría en uno de sus más destacados colaboradores.

Esta corte pretendía emular a la que –según lo relatado por su madre– había rodeado al emperador Federico II. Y era un preanuncio de la opulencia que Alfonso ostentaría a partir de 1252 después de ser proclamado rey.

El heredero se convirtió en un personaje muy famoso en el reino. A diferencia del entorno regio de su padre, en su corte vivían trovadores, artistas plásticos, músicos y hombres de letras a los que comenzó a patrocinar. Con sus cortesanos practicaba deportes, como la cetrería y otras formas de caza, aunque el ajedrez y los dados eran prioritarios en sus momentos de ocio. También por las tardes, tras la comida o en las noches pasaba largas veladas durante las cuales se danzaba, se contaban chismes, se galanteaba a las damas, se cantaban las últimas trovas de Provenza.

Ya entonces se hablaba de su prodigalidad hacia el entorno más cercano. Pero también muchos nobles y reyes irían maliciando respecto de un futuro rey frívolo, cuya personalidad parecía caracterizarse por la pedantería, la ostentación, la vanidad.

El infante disfrutaba a pleno de la independencia de un heredero que en cualquier momento pasaría a ocupar el trono.

Aunque le faltaba algo que él consideraba importante para reafirmar su figura política: con diecinueve años, su padre ya debería haberlo casado o al menos haber concertado un matrimonio a futuro con una mujer de su mismo rango, cuando no de más alto linaje.

La candidata apareció en 1240 y provenía del otro gran reino peninsular: Aragón.

Se llamaba Violante, había nacido en 1236 y era hija del rey Jaime I el Conquistador.

Con ese matrimonio, el padre de Alfonso y el monarca aragonés anhelaban mantener la paz, amistad y cooperación entre ambos territorios que venían pendiendo de un hilo debido a potenciales conflictos limítrofes. ¿Otra de las movidas de la sagaz doña Berenguela? Aunque retirada de la vida pública, seguía aconsejando a su hijo desde las sombras. Y es probable que con este compromiso buscara mantener a raya a quien no convenía tener como enemigo.

Pero por entonces Violante era una niña de cuatro años. Y Alfonso debería esperar un buen tiempo hasta que ella cumpliera la edad permitida para que una mujer consumara un matrimonio. Hasta tanto, el joven sabría atender los llamados de su libido de varón y sus necesidades sentimentales viviendo amoríos que en algunos casos fueron pasajeros, aunque también hubo otros que lo acercaron al enamoramiento.

La figura pública del infante fue ganando importancia tempranamente en todo el reino. En esto colaboró el que entre 1241 y 1242 lo designaran alférez mayor del rey, el jefe principal de las tropas reales, cargo que hasta entonces había ocupado el magnate Diego López de Haro (hacia 1200-1254).

Sin embargo, la participación creciente de Alfonso en los asuntos de Estado se acentuó a partir de 1243, cuando tuvo que hacerse cargo de las operaciones militares en la conquista del reino de Murcia, en la cual reemplazó a su padre.

Fernando III comenzaba a padecer los síntomas de la hidropesía.

La primera misión conquistadora de Alfonso

a crisis dinástica y la disgregación del califato almohade contribuyeron a que desde 1225 Fernando III tendiera una imparable expansión territorial. Así se apropió de las principales ciudades y villas de la Meseta Sur, el Alto Guadalquivir –salvo Jaén y Arjona– y Córdoba, que había sido la capital de al-Andalus en tiempos anteriores a la llegada de los almohades. Por conquista o pleitesía –capitulación– después fueron cayendo varias plazas fuertes musulmanas, la mayoría de ellas cercanas a Sevilla.

Entre 1240 y 1241, el rey se ocupó del repartimiento definitivo de Córdoba entre quienes habían participado de su conquista. También, de la ocupación de los alrededores de esa ciudad, las campiñas cordobesa e hispalense, y de una gran parte de la sierra y la ribera del río Guadalquivir. Además, la Orden de Santiago tomó el control de las vertientes de los ríos andaluces y murcianos del territorio, que pasó a ser la encomienda mayor de la rama castellana de esa orden surgida en León en el siglo XII.

En esta ocupación no hubo resistencia. Los musulmanes entregaron villas y castillos mediante un pacto que les permitió permanecer en esos sitios conservando sus patrimonios, autoridades, modo de vida y religión, pero bajo la condición de mudéjares.

¿Quiénes eran los mudéjares? El término deriva del árabe mudayyan y equivalía a “vasallo” o “sometido”. Mudéjares eran los musulmanes que permanecían en territorio cristiano tras la conquista o anexión de sus tierras por parte de los reinos del norte ibérico, viviendo segregados en barrios denominados morerías o aljamas y bajo el control político de los conquistadores.

El infante Alfonso no había participado de todas esas campañas. Su momento llegó en 1243, cuando Fernando III retomó las expediciones contra Andalucía. A comienzos de ese año, el rey de Murcia, Muhammad Ibn Hud, le envió un emisario para informarle que entregaba al monarca castellano Murcia y todas las villas y castillos de ese reino a cambio de protección. No le importaba renunciar a la independencia y a parte de sus rentas convirtiéndose en su vasallo. Quería evitar ser destronado por otros caudillos murcianos o invadido por Aragón o por Granada, donde gobernaba el rey Ibn al-Ahmar (1194-1273), fundador de la dinastía nazarí que le era adverso.

La enfermedad de Fernando solía imposibilitarlo. Por eso encargó a Alfonso la toma de Murcia. Su primera misión conquistadora.

En abril de 1243, el heredero lideró un ejército hacia ese reino. Antes de llegar, en Alcaraz, firmó un pacto con el emisario de Muhammad Ibn Hud y los arráeces o caudillos moros de varios lugares murcianos y valencianos. Estos se comprometían a entregar a Fernando III todas sus fortalezas y las rentas de sus señoríos, auxiliarlo en la guerra y pagarle tributos en tiempos de paz. Así, el rey castellanoleonés fijó un protectorado que le permitiría instalar guarniciones, nombrar a un merino mayor –funcionario con amplias facultades judiciales– y asegurar la implantación de poblaciones cristianas en esos territorios.

Iniciaba mayo cuando Alfonso entró pacíficamente en Murcia. Siguiendo lo pactado en Alcaraz, le fue entregada la fortaleza de la ciudad y posteriormente ocupó las villas, castillos y demás fortificaciones del reino, algunas de las cuales donó a la Orden de Santiago.

Aunque sin derramar sangre, con esta campaña el futuro rey empezó a transitar el rumbo expansionista iniciado por su padre.

Una esposa como garantía de paz

lfonso debió volver a ocuparse de Murcia en 1244. Después de conquistar la ciudad de Valencia en 1238, su suegro Jaime I de Aragón y sus tropas siguieron avanzando. Así, llegaron a un punto donde confluían el sur del reino de Valencia y el norte del reino de Murcia. Los castellanos consideraban que los aragoneses habían traspuesto el límite de los territorios murcianos recobrados el año anterior.

Esto llevó a Castilla y Aragón al borde de la guerra.

En nombre de su padre, el 26 de marzo de 1244 el infante se encontró con Jaime I en la localidad murciana de Almizra. Allí sellaron un tratado en el que fijaron un límite en los territorios ganados por cada parte, pero no se resolvieron todos los problemas de frontera existentes entre ambos reinos. Las relaciones quedaron tensas. Y ante la falta de un pacto de paz y amistad, que recién firmarían en 1250, en el trato se impuso una garantía de cumplimiento de lo convenido. Esa garantía fue dejar por escrito el matrimonio de Alfonso con la infanta Violante de Aragón, matrimonio que se mantenía apalabrado desde 1240.

Luego de eso, Alfonso se encargó de entregar la tenencia y señorío de una serie de castillos y villas murcianas a sus más directos colaboradores castellanos. Y después emprendió la campaña con la que conquistó territorios de los arráeces que habían rechazado el acuerdo de Alcaraz. De ese modo, a lo largo de 1244 las ciudades de Mula y Lorca quedaron bajo el dominio castellanoleonés.

Faltaba conquistar Cartagena. Menos pacíficamente, en la primavera de 1245 Alfonso se apoderó de esa ciudad cercándola por tierra y por mar, para lo cual recurrió a una flota de naves cántabras y marineros oriundos de Santander.

Tras esa campaña, Fernando III convocó a su primogénito y a otros dos de sus hijos: Fadrique y Enrique. Había que sitiar la estratégica ciudad de Jaén. Eso iba a permitirle concretar su objetivo de tomar Sevilla.

El asedio a Jaén se inició en 1245 y los castellanos debieron repeler los ataques con los cuales los moros se resistieron. No obstante, a fines de febrero de 1246 el rey de Granada Muhammad I terminó rindiéndose. Entregó a Fernando la ciudad y firmó un pacto de vasallaje que iba a durar casi veinte años.

Terminaba así la campaña murciana, campaña de tres años en los cuales Alfonso demostró que entendía la diplomacia y podía liderar un ejército. El infante lograba afianzar su figura de futuro rey. Sin embargo, pronto iba a ser evidente que aún era muy joven y fácil de embriagarse con la victoria. O, tal vez, que los astros no siempre se alinearían a su favor.

En el reino de Portugal se desarrollaba una guerra civil. Los partidarios del rey Sancho II el Capelo (1209-1248) enfrentaban a los de su hermano Alfonso de Bolonia (1210-1279). El conflicto había estallado por el intervencionismo del monarca en la Iglesia lusitana. Eso derivó en que en 1245 el papa Inocencio IV lo declarara incapaz de reinar y nombrase gobernador del reino a su hermano Alfonso.

Incapaz de hacer frente a las fuerzas de su hermano, Sancho II solicitó el apoyo de Alfonso de Castilla, con quien mantenía muy buenas relaciones. Fernando III se opuso a sacrificar sus proyectos de conquista por un conflicto interno de otro reino. Pero el heredero se aventuró a intervenir en esa guerra. Y con su ejército, más un contingente de 300 caballeros que le había pedido a su futuro suegro, en diciembre de 1246 ingresó en Portugal. Sin embargo, al no hallar apoyo en esas tierras, en marzo de 1247 emprendió la retirada a Castilla.


Muhammad I rinde vasallaje a Fernando III por el Pacto de Jaén. Representación imaginaria de 1883, óleo sobre tela de Pedro González Bolívar, 1,20 x 1,50 m.

Pocos meses después, Sancho II y muchos de sus hidalgos terminaron exiliados en Toledo luego de que el rey fuera depuesto por su hermano.

Este fracaso bélico respondió a un capricho de Alfonso, el primero de los tantos que lo impulsarían a dar pasos en falso en las décadas por venir.

El gran golpe del rey y el heredero

a gran ambición de Fernando III era ocupar Sevilla, corazón y alma de al-Ándalus almohade. Sin embargo, vencer al último bastión era una operación compleja, riesgosa y que exigía una bien estudiada estrategia.

La ciudad de Sevilla estaba fuertemente amurallada, contaba con una poderosa flota, cuantiosas armas y una población muy numerosa que no iba a rendirse con facilidad. La rodeaban plazas fuertes, como las ciudades de Cantillana, Carmona y Alcalá de Guadaíra. Además, el río Guadalquivir la unía con Jerez y con el norte de África, desde donde podían llegar víveres para soportar un asedio.

Sí, porque el asedio era la única estrategia posible para que Fernando III y sus tropas lograran imponerse. Y los preparativos pa-ra el asedio exigieron tiempo, recursos y movimientos armados para estudiar el escenario.

En el verano de 1246, se realizó una expedición de aproximación y tanteo por los alrededores de la ciudad hispalense. Fernando iba al frente de una hueste en la que se integraba un destacamento de caballería musulmana mandada por Muhammad I, rey de Granada, que daba así cumplimiento a su deber de vasallo del rey castellano. Tras saquear los alrededores de Carmona, esa fuerza se dirigió a Alcalá de Guadaíra, ciudad ubicada a menos de quince kilómetros de Sevilla y donde el alcaide de la fortaleza se rindió ante el rey granadino, quien, a su vez, hizo entrega de ella a Fernando III.

Los concejos de toda Castilla y León aportaron dinero, hombres y víveres para la campaña, cuyo punto de concentración era la capital de Córdoba. A la par, se organizaba una flota en los puertos cántabros con trece naves. La comandaba el caballero burgalés Ramón Bonifaz (siglo XII-1256), primer almirante de Castilla, y la integraban marineros santanderinos. Su misión era controlar el acceso por el río Guadalquivir a la ciudad e impedir la llegada de refuerzos y provisiones.

Es factible que la idea de utilizar fuerzas navales haya sido de Alfonso, idea con la cual nació la marina de Castilla.

También se ejecutaron operaciones contra poblaciones que rodeaban la capital hispalense y que fueron rindiéndose. Estas maniobras concluyeron con el largo asedio y la toma de Alcalá del Río, una comarca que funcionaba como punto defensivo estratégico, pues estaba no muy lejos de la entrada a la cabecera de Sevilla.

Nada iba a detener las ansias del rey por concretar esta toma. Ni siquiera la muerte de quien fuera su gran puntal. Sí, porque doña Berenguela falleció el 8 de noviembre de 1246 en Toledo. El rey quizá se dio unos días para asistir a los funerales de la Reina Madre, cuyo cuerpo fue depositado en un sepulcro junto a los de sus padres en el monasterio de las Huelgas de Burgos. Apenas superado el luto, el monarca regresaría sin pérdida de tiempo para no retrasar los preparativos de su gran objetivo en tierras andaluzas.

Y el 20 de agosto de 1247 finalmente se inició el cerco de Sevilla, un cerco que se planificaba cerrar por tierra y por vía fluvial.

Pero los moros de Sevilla supieron dar batalla: se lanzaron a debilitar las filas cristianas hostigando su campamento, cortando las líneas de aprovisionamiento y robando ganado para dejarlos sin alimentos. Los castellanoleoneses lograron repeler esas acciones y efectuaron razias contra las poblaciones de Sevilla, que además les servían para conseguir víveres. A la vez, los barcos al mando del caballero burgalés vencían a la flota musulmana e impedían la llegada de refuerzos desde el norte africano.

A fines de 1247 Fernando III reclamó la presencia de su hijo Alfonso en el campamento situado al sur de la ciudad del Guadalquivir, en el campo de Tablada. El infante llegó a comienzos de febrero de 1248 liderando un numeroso contingente. Sumaba a los hidalgos portugueses que habían acompañado en su exilio al recientemente fallecido Sancho II y también aragoneses y catalanes aportados por su suegro, Jaime I.

La incorporación de Alfonso a la hueste fue la ocasión que su padre aprovechó para apretar el cerco sobre Sevilla, arrimando su campamento a los muros de la ciudad. El heredero apostó su vivaque en la zona palaciega de la Buhaira y desde allí se pudo controlar el sector comprendido entre el alcázar y la Puerta de Carmona, una de las entradas a la ciudad amurallada.

Los ataques cristianos se concentraron en romper un puente de barcas unidas entre sí mediante fuertes cadenas de hierro y que vinculaban la ciudad con el castillo de Triana, una ciudadela fortificada que servía como defensa del paso de los navíos en la confluencia de los caminos procedentes de las comarcas La Vega y Aljarafe. El 3 de mayo de 1248, los dos barcos más potentes de Ramón Bonifaz embistieron a toda la velocidad contra ese puente. Así lograron destruirlo, con lo cual interrumpieron las comunicaciones de los musulmanes entre las dos orillas del río Guadalquivir, partiendo el territorio de Sevilla a la mitad. La ciudad quedó totalmente aislada.

En alguna de estas acciones la familia real perdió a uno de sus miembros: Fernando, el tercer hijo del rey y de la reina Beatriz, murió en combate.

La presión de las tropas de tierra más la de la marina fue limando la capacidad de resistencia almohade. Recién entonces comenzaron las negociaciones para la capitulación o pleitesía, en las cuales Alfonso participó activamente. Fue una tarea compleja y que se extendió en el tiempo como táctica de los moros en espera de la llegada de refuerzos.

Fernando III rechazaba todas las ofertas de rendición planteadas por los musulmanes, hasta que ya no estuvo dispuesto a negociar. Y el rey cristiano fue tajante. Tal como había impuesto a otras ciudades y villas que se resistieron a su avance, obligó a los almohades a entregar y abandonar la ciudad, aunque les permitió llevarse sus armas y pertenencias.

De esta forma, el 23 de noviembre de 1248 y luego de un asedio de dieciséis meses, Sevilla fue tomada. ¿Simple casualidad o favorable intervención del signo zodiacal del infante? Porque en esa fecha culminante para la expansión cristiana en la península, el heredero cumplió veintisiete años.


Llaves de Sevilla entregadas a Fernando III al conquistar la ciudad.

A pesar de que el estado de salud de Fernando III se agravó tras el agotador asedio a Sevilla, en los años siguientes continuó con la avanzada hacia el sur ibérico, avanzada que resultó menos complicada. Sí, porque prácticamente todas las ciudades y pequeños reinos que estaban bajo poder musulmán capitularon o cayeron por la fuerza de las armas castellanoleonesas. Hacia 1250, las tropas fernandinas sometieron la desembocadura del Guadalquivir en el océano Atlántico, la zona de las marismas de ese río y la comarca próxima al estrecho de Gibraltar.

A la par, los portugueses se fueron imponiendo sobre los últimos núcleos de resistencia mora en el Algarve, ubicado en el extremo sur del territorio lusitano.

Casi toda la península ibérica quedó en manos de reyes cristianos.

Sin embargo, cuando en 1252 Fernando preparaba una expedición contra el norte de África, se le interpuso otra enemiga. Aunque esta vez no saldría victorioso.

6
En la órbita de Venus
Mayor Guillén de Guzmán, el imposible gran amor

ernando III se había mantenido casto hasta los dieciocho años, cuando consumó su matrimonio con Beatriz de Suabia. Si el joven monarca hubiese vivido amoríos previos, se habría sabido por una simple razón: todos los reyes medievales tenían amantes antes y después de casarse, algunas de las cuales les daban hijos ilegítimos que incluso sus padres reconocían. Y resultaba una especie de privilegio real no tener que ocultar lo que se consideraba natural en quienes aspiraban o llevaban la corona. Con todo, en el caso de Fernando, su madre se afanó por preservarlo virgen e ir construyéndole desde joven un halo de virtuosa y ejemplar pureza.

Por el contrario, Alfonso antes de contraer nupcias mantuvo idilios al menos con tres mujeres de la nobleza. Aunque esas relaciones no quedaron ajenas al juego de la infidelidad –incluso llegaron a superponerse–, es coherente pensar que el infante pudo haber sentido amor por estas compañeras o al menos algo más profundo que la vacua necesidad de contar con un cuerpo femenino para saciar sus apetitos sexuales. Después de todo, la misma sensibilidad de poeta que desde adolescente ya lo inspiraba a componer cantigas de amor –esas en las que un trovador se dirigía a su amada–, pudo también convertirlo en un cándido enamoradizo.

Algo estaba claro: ninguna mujer igualaría la presencia, el amor, la inspiración intelectual que le había brindado su madre, Beatriz.

¿Acaso eso buscaba cuando siendo un joven se apasionó con una noble dieciséis años mayor que él? ¿Encontró en ella lo que buscaba al punto de hacerla protagonista de su relación más larga y duradera? Sí, porque doña Mayor Guillén de Guzmán fue su primer romance y, a la larga, el gran amor de su vida. Un amor que, sin embargo, debió huir por la puerta trasera cuando finalmente se concretó el matrimonio concertado para el sucesor de la corona castellanoleonesa.

Nacida en torno a 1205, pertenecía a una ilustre familia leonesa. Como correspondía a una dama de alto linaje, frecuentaba la corte de Fernando III. Es factible que allí Alfonso se enamorara de quien era conocida por su hermosura, su abundante cabellera rubia, manos y pies delicadamente pequeños. A pesar de la notable diferencia de edad que los separaba, la relación se inició probablemente hacia 1238, cuando el infante tenía entre diecisiete y dieciocho años y ella, treinta y tres.

Este amor de juventud al parecer fue muy fuerte, profundo y acogedor para el infante. Tanto, que de no haber sido heredero a la corona, habría terminado en un matrimonio. ¿A qué pudo deberse el que este romance se extendiera durante varias décadas? Es imaginable que la experiencia de mujer adulta de doña Mayor sirviera para que la incipiente vida sexual del joven alcanzase tempranamente una total plenitud. A la vez, en ella Alfonso encontraría algo del añorado calor materno, alguien a la altura de su intelecto y una consejera para enfrentar los dilemas que le planteaba la mayoría de edad y después, ser el sucesor de un rey con una impronta como la de su padre.

Pese a este amor mutuo, jamás podrían casarse. Solo una mujer de sangre real tenía el rango para ser esposa de Alfonso y su matrimonio era una cuestión de Estado que Fernando III –tan ocupado en su empresa conquistadora– demoraba en resolver. Y cuando al fin se ocupó del asunto, lo hizo pactando en 1240 el enlace de su heredero con la hijita de Jaime I de Aragón. El infante, que ya era un varón joven, debería aguardar al menos diez años hasta que la aragonesa llegara a la edad permitida para concretar la boda. Y aún después de eso, la diferencia de años entre ambos demoraría la consumación del matrimonio: a él le gustaban las mujeres adultas, no las adolescentes.

Y durante los años que siguieron a su juventud, Alfonso continuaría la relación con doña Mayor mientras mantenía amoríos con otras féminas, dos de las cuales le dieron hijos. ¿Por qué habrá aceptado la infidelidad su adorada? Tal vez, la madura lucidez de esa mujer le hiciera comprender la a veces desaforada naturaleza masculina de Alfonso. O quizá su tolerancia respondió a que se sentía segura de que ella era la única que en verdad habitaba el corazón de ese adolescente que pudo haber convertido en hombre.

María Alfonso, la tía que le dio una primera hija ilegítima

esulta coherente suponer que al momento de iniciar su romance con doña Mayor Guillén de Guzmán, Alfonso ya hubiera descubierto los placeres carnales. Si no fue recurriendo a los favores de alguna de las tantas y anónimas cortesanas que lo orbitaban, su virginidad pudo irse gracias o junto a María Alfonso.

Nacida en 1215, era seis años mayor que él y también derrochaba linaje. Había sido fruto de la relación que el abuelo paterno del infante, Alfonso IX, mantuvo con la portuguesa Teresa Gil de Soverosa después de que él se divorciara de doña Berenguela. El vínculo entre el rey y la lusitana comenzó en 1218 y duró hasta la muerte del leonés en 1230, lapso durante el cual a la pareja le nacieron otros tres vástagos.

Es decir que María Alfonso era hermanastra ilegítima de Fernando III y, por lo tanto, tía de Alfonso.

¿Cómo habrá florecido este romance? Él la había conocido en 1231, cuando su padre hizo que viajara a Salamanca, ciudad donde el infante de nueve años tuvo en quien era una adolescente y en sus hermanos menores parientes con quienes estudiar y jugar. No es raro imaginar que surgiera un vínculo “especial” de tía joven y sobrino niño, vínculo que fue robusteciéndose en los siguientes años con cada regreso del heredero a esa capital. Y probablemente en una de esas visitas, siendo él ya un joven y ella una mujer, la pasión los empujó a recorrer juntos el camino de Eros y Afrodita. Como fuera, se trató de un romance por todos sabido y que nadie objetó debido a la lejanía de consanguineidad entre ambos amantes o porque nadie se animaba a cuestionar lo que hacían un futuro rey y una muchacha que, aunque ilegítima, era hija de un monarca y una noble.

Pero todo lo bueno llega a su fin. La relación no prosperó y luego de disolverse, en una fecha no determinada María se casó con el noble Álvar Fernández de Lara, con quien tuvo un hijo que murió joven y sin descendencia.

El destino fortuitamente conspiró para que el infante y su tía volvieran a involucrarse. En la época en que se pactaba el casamiento entre él y la hija del rey de Aragón, doña María enviudó. Ella tendría unos veinticinco años y su sobrino rondaba los dieciocho o diecinueve. Estando la querida tía libre, sola, necesitada de afecto masculino, nada impidió que retomaran lo que habían dejado trunco cuando la mujer había contraído matrimonio.

El segundo capítulo quizá se extendió un par de años. Como prueba de ello, hacia 1241 les nació una hija natural o ilegítima o, como se decía entonces, “de ganancia”. Él reconoció a la niña, a quien le pusieron el mismo nombre de su abuela paterna: se llamó Berenguela Alfonso de León. El infante dispuso que su apellido no fuera “de Castilla”, pues con ella quiso homenajear a las leonesas tierras de Salamanca de las cuales era señor.

Este nuevo capítulo también se disipó. Y el adiós entre los amantes fue definitivo: doña María contrajo nupcias en 1242 con don Suero Arias de Valladares.

En cuanto a Berenguela Alfonso, hacia 1264 se casaría con el ricohombre castellano don Pedro Núñez de Guzmán. Pero no tuvo descendencia, la primera hija natural de Alfonso murió pocos años después de la boda, en una fecha incierta.

Tampoco se sabe cuándo falleció la otra parte de este romance del heredero. La tía que en su tiempo debió encender a su sobrino aparece como fallecida en 1275.

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27 марта 2025
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9789500212380
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