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Director de la colección: Fernando Sapiña Coordinación: Soledad Rubio

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© Del texto: Arcadi Navarro i Cuartiellas, 2009

© De la traducción: Miguel Candel Sanmartín, 2009

© De la presente edición:

Càtedra de Divulgació de la Ciència, 2009

www.valencia.edu/cdciencia

cdciencia@uv.es

Publicacions de la Universitat de València, 2009

www.uv.es/publicacions

publicacions@uv.es

Producción editorial: Maite Simón

Diseño del interior: Inmaculada Mesa

Corrección: Communico, C.B.

Cubierta:

Diseño original: Enric Solbes

Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-7098-8

Realización ePub: produccioneditorial.com

A Adrià,

mi particular curso acelerado

de Biología Evolutiva.

PRÓLOGO

Este libro es el fruto de casi quince años de irritación sostenida. No porque me haya costado tres lustros escribirlo, sino porque he necesitado todo ese tiempo para decidirme a empezarlo. El motivo de mi enojo son ciertas opiniones, consensos y apriorismos ideológicos predominantes en nuestra sociedad sobre la naturaleza y sobre el lugar que en ella ocupa la humanidad. Se trata, esencialmente, de ideas basadas en la percepción de la naturaleza como una madre. Una madre que nos procura un entorno estable, pacífico y libre de contaminación en el que sus hijos, todos y cada uno de los seres vivos del planeta, puedan prosperar en libertad. Empecé a tomar conciencia de la falsedad de esta clase de ideas mientras estudiaba Biología en la Universidad Autónoma de Barcelona. Concretamente, cursando las asignaturas de Genética de Poblaciones y Evolución. Las opiniones que durante aquellos años podía leer en los periódicos o escuchar en la televisión, incluso las ideas que expresaban algunos compañeros de carrera a la hora del café, entraban directamente en contradicción con la poderosa visión del mundo que se desprendía de aquellas asignaturas.

Muchas veces, esa visión idealizada de la naturaleza está al servicio de causas loables. Son causas que comparto, como por ejemplo evitar el cambio climático o aumentar el uso de energías renovables, y creo que es muy importante que esas causas ganen adeptos. Ahora bien, no hay que exagerar ni dramatizar. Defender esas causas con argumentos falsos o erróneos no puede sino ser contraproducente. Sean cuales sean las medidas que haya que adoptar para salvar el planeta, seguro que todas pasan por dejarse de preconcepciones y procurar conocer realmente cómo funciona la naturaleza. Contribuir a difundir algunos aspectos de este conocimiento ha sido mi objetivo al ponerme a escribir este libro.

Dejando de lado cuestiones tan trascendentes como éstas, lo que me resulta más molesto –en el plano personal, quiero decir–

es que muchas de las personas que sostienen estas ideas equivocadas sobre la naturaleza son gente que aprecio y respeto, buenos amigos o familiares, con quienes he agotado más de una sobremesa discutiendo estas cuestiones. A veces llegamos a algún acuerdo, pero en la mayoría de los casos seguimos (y seguiremos) discutiendo. ¿Cuál es la razón básica de nuestras discrepancias? Creo que el error fundamental de muchos de mis interlocutores consiste en ignorar la esencia darwinista del mundo viviente y la lección principal que de ello se desprende: que incluso donde parece reinar la armonía, en las estructuras más portentosas y los procesos más elaborados de la vida, se ocultan, invariablemente, conflictos. El conflicto es inherente a la vida. Es constante y permanente, aun cuando permanezca oculto. El conflicto, además, no es una fuerza destructiva, sino el principal mo-

tor de nuestra existencia. Es la fuerza que, desde hace 3.500 millones de años, configura la vida en la Tierra, la causa última de la colosal diversidad y la impresionante belleza del mundo vivo. El conflicto, pues, da forma a la naturaleza y la hace lo bastante fascinante como para que muchísimas personas, entre las que me gustaría poder contarme, dediquen sus vidas a estudiarla. El conflicto y su relación con el mundo vivo es el tema central de este libro.

No pretendo dirigirme a un público especializado, así que he procurado ordenar los muchos tipos de conflicto que encontramos en la naturaleza de modo que la introducción de los conceptos biológicos necesarios para entenderlos sea gradual. En el primer capítulo, presento algunos de los tópicos erróneos a los que hacía referencia y explico cuál es, a mi modo de ver, su denominador común: una visión antropomórfica e idealizada de la naturaleza. La sociología no

es mi campo y, lógicamente, éste es el capítulo que más me ha costado escribir (y me temo que será también el menos satisfactorio). En el segundo capítulo, intento exponer de manera sencilla las reglas básicas de funcionamiento del mundo vivo: los principios darwinistas de la selección natural. Quien los conozca puede saltarse esta parte con toda tranquilidad. En cada uno de los capítulos siguientes, comento, uno por uno, los tópicos más habituales sobre la naturaleza y procuro explicar el porqué de su falsedad teniendo en cuenta la biología evolutiva actual, entendida siempre en un sentido amplio. Es importante dejar claro desde el principio que ninguna de las ideas científicas que aquí presento es mía. Todas son fruto del trabajo de otros investigadores, algunos de ellos autores clásicos, otros en camino de serlo. Espero haber interpretado bien sus resultados y haber hecho justicia a la gran importancia y el enorme interés de sus descubrimientos. En este aspecto, cualquier error en que haya podido incurrir es responsabilidad exclusivamente mía.

Hablando de responsabilidades: la culpa de haber escrito esto es, obviamente, mía, pero en estricta justicia habría que saldar cuentas con otras personas. Los principales instigadores, los que me han animado a escribir, son Marta Soldevila, Carles Lalueza y Jaume Bertranpetit, tres amigos de lo más estimulantes e insistentes, que además me han dado muy buenas ideas, tanto antes como después de leer lo que yo había escrito. También comparten una cierta responsabilidad mi sacrificada esposa, Adela Pau, un buen amigo, Hafid Laayouni, y mi cuñado, Isidre Carner, pues han tenido la paciencia de leer los borradores de algunos capítulos y ánimos para hacerme un montón de sugerencias útiles que no sé si habré sabido tener en cuenta. Mi padre, Vicenç Navarro, leyó el primer manuscrito completo y no me desheredó. Además, tanto él como mi madre, María Cuartiellas, son culpables de muchas cosas. Haberme dejado estudiar Biología fue seguramente una de las más graves. Otro de mis cuñados, Miguel Candel, tuvo la amabilidad de aceptar traducir mi libro y, de paso, poner todas las comas en su sitio. Otros amigos y compañeros leyeron versiones más avanzadas del texto y no tuvieron el valor de criticarlo con demasiada dureza. Estos amigos son Carles Morcillo, Jordi Nadal, Mariví Rodríguez y Tomàs Marquès. Bien, Jordi Nadal sí que hizo críticas durísimas (y muy atinadas), pero no tuve tiempo de hacerle mucho caso. Tampoco hice caso de mi hermana Mimar Navarro, que me sugirió un cambio importantísimo. Finalmente, Rafael Marín, uno de mis más viejos amigos (y quizá el único objetivo), manifestó rotundamente que el título que yo había escogido era horrible.

A continuación, sin embargo, cometió la terrible falta de sugerirme Contra Natura y decirme: «En general, me gusta. Preséntalo al concurso ese». A todos ellos, muchísimas gracias.

Me sentiría muy satisfecho si los hipotéticos lectores que tengan la paciencia de llegar hasta el final considerasen que este libro puede contribuir a disipar algunas ideas preconcebidas. Tal es, insisto, mi objetivo principal. En todo caso, si usted ha encontrado estas líneas donde las he colocado (escondidas debajo de un párrafo de agradecimientos dirigidos a gente que le debe de resultar totalmente desconocida), es probable que mi segundo objetivo se haya cumplido y que alguien, en algún lugar, haya comprado mi libro.

Barcelona, 12 de febrero de 2009

CAPÍTULO 1

LA NATURALEZA IDEAL.

EL PROBLEMA DEL BIOCENTRISMO


Diners de tort fan veritat, e de jutge fan advocat; savi fan tornar l’hom orat, pus que d’ells haja. Diners fan bé, diners fan mal, diners fan l’home infernal e fan-lo sant celestial, segons que els usa. Diners fan bregues e remors, e vituperis e honors, e fan cantar preïcadors: Beati quorum. Diners alegren los infants e fan cantar los capellans e los frares carmelitans a les grans festes. Diners, magres fan tornar gords, e tornen lledesmes los bords. Si diràs «jas» a hòmens sords, tantost se giren. Diners tornen los malalts sans; moros, jueus e crestians, lleixant a Déu e tots los sants, diners adoren. Diners fan vui al món lo joc, e fan honor a molt badoc; a qui diu «no» fan-li dir «hoc». Vejats miracle! Diners, doncs, vulles aplegar. Si els pots haver no els lleixes anar; si molts n’hauràs poràs tornar papa de Roma.

«Elogi dels diners»

ANSELM TURMEDA (1352/55-1425)*

El poema «Elogi dels diners» (Elogio del dinero), de Anselm Turmeda, al que Raimon ha puesto adecuada melodía, despierta en casi todo el mundo una singular sensación de asentimiento. Aunque la música suene en el mp3 de un Mercedes 4x4 mientras su propietario se dirige a la calle comercial más selecta de la ciudad para pasar una tarde de compras, es fácil que esa persona llegue a sentirse identificada con una denuncia tan punzante del consumismo, el monetarismo y los poderes fácticos antidemocráticos que dominan el mundo. Quizá arrinconará esos sentimientos tan pronto haya aparcado el coche. Sin embargo, es posible que la música le anime a participar en alguna manifestación antiglobalización o en alguna campaña contra las tenebrosas conspiraciones del capitalismo internacional. Tanto si el propietario del coche de lujo emprende alguna acción como si no, raramente se parará a pensar si su inspiración ha sido errónea. Y lo ha sido.

Fray Anselm Turmeda no se quejaba del dinero por los mis-

mos motivos que nosotros. Para él, el dinero no era el instrumento insuperable que a veces usan los poderosos para oprimir a los débiles, sino exactamente lo contrario. En plena crisis del mundo medieval, los artesanos y los comerciantes amenazaban con su dinero el poder de la nobleza y del clero. El dinero les servía para vestir lujosamente y gozar de los manjares más exquisitos; para construirse grandes palacios; para contratar a sus propios sirvientes y granjearse el favor de los reyes, para quienes ejercían de banqueros. El dinero, en definitiva, servía a los plebeyos para comprar una libertad que por cuna no les correspondía. Emancipados de sus amos y capaces incluso de influir en la elección del papa, las personas a quienes iba dirigida la crítica de fray Anselmo se convirtieron en algunos de los principales protagonistas del Renacimiento.

A cada época le corresponden unas ideas, una cosmovisión, unos mitos. El poder de esta clase de ilusiones colectivas es tan grande que pasamos automáticamente por el cedazo de nuestras preconcepciones todo aquello que percibimos o pensamos. Así es como podemos, por ejemplo, interpretar mal un poema que, haciendo uso de unos argumentos que jamás compartiríamos, critica una realidad que nos resulta extraña. Podríamos decir, sin embargo, que es obvio que la manera de ver el mundo de un poeta de los siglos XIV y XV era bastante menos objetiva que la nuestra. Acaso sea cierto: hoy nos resulta fácil darnos cuenta de que los coetáneos de Anselm Turmeda estaban sometidos a un lavado de cerebro cotidiano. La presencia abrumadora de la Iglesia y su justificación del poder establecido sobre la base de los designios divinos hacían que abstracciones míticas como el infierno o el cielo pareciesen muy reales. A la población se la exponía continuamente a imágenes, símbolos, plegarias y cánticos que confirmaban y reforzaban ideas que, independientemente de su validez, servían para mantener el statu quo.

Ahora bien, las mismas herramientas intelectuales que nos permiten analizar la cosmovisión medieval y, si corresponde, aislar los errores, nos llevan a plantearnos una cuestión delicada. ¿Somos nosotros mismos víctimas de alguna visión errónea? ¿Están fundamentalmente equivocadas algunas de nuestras ideas básicas sobre el mundo? La respuesta rápida e inocente es «no». A nosotros no nos bombardean con mensajes reiterativos destinados a manipular nuestra opinión. ¿O sí? Una respuesta más reflexiva acaso no sea tan tranquilizadora. De hecho, cuando hojeamos periódicos, escuchamos la radio, navegamos por Internet, paseamos frente a las estanterías de un supermercado tratando de elegir el yogur que tenemos que comprar o hacemos zapping sentados frente al televisor, nos sometemos a un amable y voluntario lavado de cerebro. En mi opinión, este bombardeo de ideas tiene grandes efectos sobre nuestra cosmovisión y nos induce a instalarnos en la complacencia y el pensamiento único. Quizá la única diferencia importante respecto a la época de fray Anselmo es que hay más diversidad de pensamientos únicos, pero en realidad cada uno de ellos está mantenido y reforzado por pequeños y constantes lavados de cerebro. No cuesta demasiado encontrar ejemplos: desde las modas pasajeras en que todo el mundo viste igual, va a los mismos restaurantes o compra el mismo libro, hasta las elecciones, en que la mayoría de los votantes ejercen su derecho guiados por emociones o ideas preconcebidas que los políticos se encargan de reforzar durante las campañas. De hecho, recibi-

mos una cantidad tal de mensajes simultáneos que examinarlos todos es un objetivo demasiado ambicioso. Es tarea de los sociólogos hacer un estudio exhaustivo de los orígenes y la justificación del variado surtido de apriorismos ideológicos y de ideas-consenso que, equivocados o no, dominan las sociedades modernas (como, por ejemplo, la curiosa creencia en la homeopatía, la férrea imposición legal del igualitarismo entre los sexos, la fe ciega en la democracia representativa, el respeto de los hábitos más absurdos siempre que se practiquen en nombre de alguna religión o el convencimiento absoluto que algunos fans tienen de que Elvis está vivo). Quizá, en el futuro, elaborar el catálogo de nuestros prejuicios será tarea de los historiadores. Para mí y para este libro ya será suficiente trabajo

centrarse en uno solo de esos mitos: la antropomorfización, idealización, mitificación y sacralización de la naturaleza. Un tipo de mitología que a partir de ahora, y en aras de la brevedad, llamaré biocentrismo.1 Ya me conformaría con contribuir a poner en orden nuestra visión del mundo en un aspecto acaso restringido, pero muy significativo.

Hoy en día el biocentrismo está presente en anuncios, telediarios, libros y documentales. Incluso está presente en el nombre mismo de ciertos productos comerciales que repiten conceptos como natural, ecológico, equilibrado o sostenible. La ubicuidad de estas palabras es muestra (y, en parte, causa) de lo muy arraigadas que están en nuestra sociedad determinadas ideas sobre el mundo natural, entendido sobre todo como el mundo biológico o el conjunto de todos los seres vivos del planeta. Ideas que, en su formato más simplista, se expresan en frases hechas como «la madre naturaleza», «la armonía natural», «la naturaleza es sabia» o bien «lo que es natural es bueno». Todos, en mayor o menor medida, aceptamos estas ideas hasta el punto de estar mayoritariamente convencidos de que «hay que encontrar de nuevo el equilibrio natural» y estar dispuestos, aunque sólo sea como un ideal romántico, a «volver a la naturaleza» tan rápidamente como nos lo permitan nuestras chirucas o nuestras ecológicas bicicletas.

La sabiduría, armonía, equilibrio y bondad atribuidos a la naturaleza como características intrínsecas constituyen una de las muletillas con las que más a menudo apoyamos nuestro pensamiento. No se trata sólo de inofensivos recursos lingüísticos, como hablar de la hora en que «sale el Sol», cuando de hecho sabemos que dicho astro, estrictamente hablando, ni sale ni se pone. Si los efectos que estas ideas tienen sobre nuestro pensamiento fueran tan limitados como los de una simple forma de hablar, sólo generarían anécdotas sin importancia. Es probable, por ejemplo, que quien haya tenido ocasión de comparar tomates madurados en la mata con tomates cultivados industrialmente, sulfatados con regularidad y mantenidos largas temporadas en grandes naves frigoríficas donde no pueden madurar, sino simplemente empezar a pudrirse, haya alabado el aroma y el gusto de los primeros diciendo que son «más naturales» o que «no tienen química». Es éste un mero recurso del lenguaje. Tanto unos como otros son tomates naturales. Hablar de si es correcto decir que «no es natural» echar plaguicidas en los sembrados o guardar los tomates en cámaras frigoríficas es prac-

ticar un nominalismo intrascendente. Lo que importa es conocer los posibles efectos de los plaguicidas, no su condición de «naturalidad». El biocentrismo no es algo tan sencillo como una manera de expresarse.

Tampoco se trata de alegorías morales al estilo de las fábulas de Esopo. Los protagonistas animales de las fábulas clásicas son simples, aunque ingeniosas, personificaciones, y las situaciones en las que se encuentran tienen paralelismos diáfanos con los asuntos humanos. Lejos de cualquier clase de maniqueísmo o de contraposición humanidad-naturaleza, todas las actitudes morales humanas encuentran en las fábulas algún personaje que las encarna. Ni siquiera ocurre que las actitudes catalogables como buenas sean siempre recompensadas. Si el mensaje de la fábula es, por ejemplo, una exhortación a la prudencia, es común que la maldad, el egoísmo o el engaño triunfen finalmente.

Por desgracia, nuestros prejuicios sobre la naturaleza tienen consecuencias más importantes que éstas. Más allá de alegorías, metáforas literarias o maneras de expresarse, la bondad, armonía y sabiduría de la madre naturaleza se han convertido en lugares comunes de los que nadie, siguiendo la lógica implacable de la corrección política, se atreve a dudar. Esta injustificada atribución de cualidades humanas positivas a la naturaleza determina nuestras acciones en ámbitos insospechados. Para empezar, nuestras manías sobre la benigna y saludable naturaleza son el principal argumento publicitario para comprar la extravagante infinidad de productos bio que pueblan los supermercados o para soñar con coches eléctricos. Pero el problema va mucho más allá y puede llegar a extremos muy preocupantes. Nuestros míticos prejuicios dominan el debate científico cuando defendemos o atacamos teorías como Gaia2 o cuando hablamos de ciertas prácticas médicas tradicionales mal llamadas terapias alternativas. Las obsesiones biocentristas intervienen en política cuando nos manifestamos sobre el transvase entre cuencas fluviales o sobre los tratados para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. La idealización de la madre naturaleza llega incluso a invadir la gastronomía, cuando nos negamos a consumir productos transgénicos, o la ética (y la estética) cuando vamos a la playa desnudos. En todos esos aspectos de nuestra vida, los mitos con los que sacralizamos a la madre naturaleza generan encendidas opiniones automáticas que, acertadas o no, adoptamos de manera acrítica y que sirven para justificar determinadas actitudes personales o incluso para legitimar medidas económicas, sociales y políticas.

La mitificación biocéntrica de la naturaleza ha arraigado en nuestras mentes con fuerza y profundidad casi religiosas. Esta ideología puede adoptar formas extremas (como el terrorismo en defensa de los derechos de los animales o en contra de la construcción de carreteras) o más suaves (como la participación en manifestaciones a favor de las energías renovables), pero sea cual sea su contenido exacto, el biocentrismo nos ofrece la visión de una humanidad alienada por su distanciamiento de la madre naturaleza. Igual que una hija descastada, la humanidad, primero, ignora los sabios consejos de la madre para, después, explotarla, esclavizarla y, finalmente, destruirla. En lugar de imitar los procesos naturales y procurar un desarrollo equilibrado y sostenible, la humanidad exprime hasta el límite los recursos ofrecidos generosamente por la madre naturaleza. En lugar de usar sabiamente los remedios que ésta pone a su disposición en una flora infinitamente diversa, la humanidad asuela la biodiversidad y fomenta una medicina postiza y arrogante. En lugar de formar sociedades armónicas y sostenibles, como las que la madre naturaleza nos muestra por doquier, la humanidad se empecina en organizarse en grupos en los que predominan los desequilibrios sociales y la injusticia. Grupos que, además, suelen embarcarse en estúpidas guerras los unos contra los otros. En definitiva, según este biocentrismo, la humanidad ha escogido un tipo de vida desequilibrado, inarmónico y condenado al conflicto. Un tipo de vida antinatural.

Dado que se puede ser biocentrista desde cualquier rincón del amplio espectro ideológico existente en nuestras sociedades, la sacralización de la naturaleza y, por contraposición, la satanización de los humanos, puede llegar a extremos ridículos y, a veces, trágicos. Por ejemplo, en una orgullosamente ignorante carta al director publicada en La Vanguardia el 16 de agosto del 2004, su autor se permitía el lujo de pontificar:

Aumento de la esterilidad en las parejas, sida, cáncer, homosexualidad... La naturaleza siempre dispone de mecanismos de defensa para protegerse de las especies que proliferan en exceso.

Una visión suavizada, pero no menos equivocada, del biocentrismo la encontramos en autores de éxito como Guido Mina di Sospiro. En las primeras páginas de su éxito de ventas The Story of Yew (Memorias de un árbol, rba Integral) nos obsequia con una frase deliciosamente errónea (puesta en boca, por cierto, de un grillo alienígena y sabiondo que alecciona a un árbol): «... la naturaleza sólo desea esto: ver el cuerpo libre de enfermedad y la mente en calma». Pasadas unas páginas, encontramos el contrapunto a la amorosa benevolencia de la madre naturaleza en un poema sobre los humanos recitado por el bosque entero. El poema se comenta solo, y no tan sólo desde un punto de vista biológico, sino también literario:

El hombre es malvado,

malvado, malvado;

el hombre es malvado,

muy malvado.

Si bien esta tendencia biocéntrica a la mitificación de la naturaleza ha crecido en los últimos decenios debido, en parte, a que la biología se ha convertido en la ciencia de moda, no se trata de un fenómeno nuevo. Representa la continuación de la tradición clásica de buscar lecciones prácticas y, sobre todo, morales en los fenómenos naturales. De hecho, la costumbre de usar la naturaleza como justificación de sistemas éticos o iniciativas políticas es una constante histórica. En contraste con ello, sin embargo, el contenido de las lecciones que se supone que nos da la madre naturaleza ha experimentado enormes cambios a través del tiempo. Tantos son los cambios, que se diría que la madre naturaleza se ocupa de averiguar cuáles son las ideologías dominantes en cada época para alimentarlas repitiéndonos aquello que creemos saber y que tanto nos gusta escuchar.

Durante siglos (por ejemplo, en tiempos de Anselm Turmeda) predominó en Occidente la visión de una naturaleza perfecta que era la prueba fehaciente de la existencia y la omnipotencia del Creador. Quebrantar el orden natural de las cosas constituía una terrible ofensa a Dios. Así pues, cuando se quería criminalizar determinadas acciones (como, por ejemplo, las relaciones homosexuales), se las tildaba de pecaminosas y contra natura. Los que las practicaban merecían ser perseguidos, ya que se entregaban a un tipo de vida antinatural, diabólico y alejado, por tanto, de la voluntad de Dios. A pesar de que con el tiempo adoptaron un formato más amable, las ideas sobre la perfección de la Creación Divina eran todavía dominantes durante la Ilustración, con el Emilio de Jean-Jacques Rousseau insistiendo en el mito del buen salvaje corrompido por la sociedad moderna.

Esta visión de la naturaleza como una rama de la teología (teología natural, decían en las universidades) se rompió a mediados del siglo XIX gracias a la teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin. La revolución conceptual que se desencadenó entonces resulta aún hoy día extraordinariamente fructífera. Ha posibilitado que generaciones de científicos den pasos de gigante en el conocimiento de la naturaleza y ha dado a la humanidad la capacidad de actuar sobre su entorno de manera hasta ahora impensable. Más importante que todos esos avances, sin embargo, es que las ideas de Darwin y sus derivaciones han permitido que la humanidad se reconozca a sí misma como otra especie animal y reevalúe su posición en el universo.

Pese al gran poder de la biología evolutiva para interpretar los fenómenos naturales, tema en el que profundizaremos en los capítulos que siguen, algunos de los conceptos centrales de dicha ciencia, como la llamada lucha por la existencia o la selección natural, no han tenido únicamente efectos positivos. Durante mucho tiempo se utilizaron para justificar algunas de las políticas más monstruosas de la historia de la humanidad. Así, una interpretación simplista y errónea de las ideas de Darwin, reducidas por pensadores como Herbert Spencer a la supervivencia de los más aptos, junto con la aplicación burda de estas ideas a los asuntos humanos, produjo un lamentable cambio en el contenido de las lecciones que los pensadores dominantes atribuían a la naturaleza.

Bajo el nombre de darwinismo social se agrupaban las ideas de una particular forma de biocentrismo que, como todas, ofrecía también la visión de una humanidad alienada por su distanciamiento de la madre naturaleza. Ahora bien, las causas y consecuencias de este distanciamiento eran muy diferentes de las defendidas por el biocentrismo actual. La humanidad, según sostenían los darwinistas sociales, había estado desde siempre sometida a un proceso evolutivo del que salían triunfantes los más aptos. Éstos eran, obviamente, los que acumulaban más recursos (dicho llanamente: quien ganaba más dinero era más apto). Los pobres, los enfermos y los degenerados que aparecían en cada generación no eran competitivos en la lucha por la existencia y, por tanto, eran sistemáticamente eliminados por la selección natural. Según los defensores del darwinismo social, este proceso, duro pero justo, explicaba tanto el enorme progreso del hombre como la superioridad de la cultura occidental, mucho más evolucionada que las culturas de los países colonizados.

La gran preocupación de los darwinistas sociales era que «aun siendo tan precarios como eran los instrumentos de pro-

tección social a finales del siglo xix y comienzos del xx» la misericordia y la compasión podían llegar a detener este mecanismo. Si en lugar de imitar los procesos naturales y procurar la eliminación de los menos aptos, se permitía que sobrevivieran y se reprodujeran, la humanidad, indefectiblemente, degeneraría. Si la naturaleza era en esencia ferozmente competitiva, cruel y despiadada, la humanidad, al apartarse de sus enseñanzas y

abrazar la caridad y la filantropía, escogía un tipo de vida antinatural.

Una de las consecuencias más famosas del darwinismo social fue el movimiento eugenésico. Esta corriente política propugnaba medidas de mejora de la especie humana consistentes en estimular a las personas aptas (sanas, socialmente exitosas, ricas) para que tuvieran muchos hijos, mientras se desincentivaba o directamente se impedía que las personas «menos aptas» pudiesen reproducirse. Nos sorprendería saber la cantidad de gobiernos que decidieron «volver a la naturaleza» y adoptar programas de eugenesia, aplicando leyes restrictivas de los matrimonios

y de la inmigración, e incluso programas de esterilización o de eutanasia. La lista no incluye sólo a la Alemania nazi, sino a una gran diversidad de potencias como la urss, el Reino Unido o Estados Unidos, e incluso a países generalmente tan poco sospechosos como Suecia. De hecho, la práctica de la esterilización no cesó en la legendaria Suecia socialdemócrata hasta 1976, después de que más de 60.000 personas fuesen privadas a la fuerza de la posibilidad de tener hijos.

La falacia naturalista que este tipo de biocentrismo oculta es evidente. Aun si la competencia descarnada fuese la única fuerza motriz de la evolución, incluso si toda la lucha por la existencia fuese la única explicación del estado actual de la vida sobre la Tierra, la noción de que los humanos, en tanto que organismos sociales o éticos, tenemos que seguir siendo fieles a ese mecanismo sería injustificada. Lo que una cosa es o ha sido no implica nada, desde un punto de vista moral, sobre lo que debe ser. Este tipo de falacias naturalistas (la idea de que si alguien tiene, por ejemplo, una pulmonía es que la debe tener) fueron denunciadas por Hume más de dos siglos antes de que el darwinismo social conociera su apoteosis –irónicamente, el clarividente libro de Hume llevaba el título Dialogues Concerning Natural Religion (Diálogos sobre la religión natural).

El actual biocentrismo adolece, en buena medida, de una falacia similar. Las disquisiciones subjetivas sobre el equilibrio, la bondad y la armonía naturales son en parte intentos de justificar este naturalismo. Según los biocentristas, lo que es (en el sentido filosófico de que existe, se da) en la naturaleza tiene que ser o darse también en los asuntos humanos, porque lo que se da en la naturaleza es más justo. O dicho de otra manera: «lo que es natural es bueno».

La estructura ideológica de los biocentrismos tolera este tipo de falacias gracias a toda una serie de vicios intelectuales, el más común de los cuales es pasar por alto los datos que no concuerdan con los prejuicios biocéntricos. Como puso de relieve el príncipe ruso y famoso anarquista Piotr Kropotkin en su libro La ayuda mutua: un factor de la evolución, los defensores del darwinismo social ignoraban los abundantes casos de cooperación entre organismos que podemos encontrar en el mundo natural (desde los insectos sociales hasta casos de simbiosis entre especies diferentes). De la misma manera, los actuales campeones del biocentrismo tienden a pasar de puntillas sobre la multitud de ejemplos que muestran la crueldad, la hostilidad y la conflictividad de la naturaleza, asunto sobre el que arrojaremos una breve mirada en el capítulo 3.

Los biocentristas, pues, yerran claramente en las formas, pero ¿qué podemos decir del fondo ideológico? Por un lado, las ideas del darwinismo social han quedado desprestigiadas por la historia y por los avances en el estudio de la evolución y ya no hay nadie bien informado que sea adepto a ellas. Por desgracia, en cambio, no podemos decir lo mismo del actual biocentrismo progre y buenista. Ya hemos visto que, centrándose únicamente en lo que es armonioso y equilibrado, resulta muy sencillo construir una visión parcial del mundo vivo que gravite en torno a una madre naturaleza toda amor y bondad. ¿Hay algo de verdad en esta visión?

En mi opinión, no. Pero tampoco es verdadera la visión contraria de una naturaleza invariablemente cruel y despiadada. La naturaleza no puede encajarse en este tipo de esquemas. No quiero decir con eso que la madre naturaleza sea «una bruja vieja y malvada», como afirmó el eminente evolucionista George C. Williams en un intento de combatir la sacralización del mundo natural. Tampoco quiero negar que sean acertadas las medidas políticas que hoy en día se propugnan en nombre del biocentrismo. Simplemente, sostengo que las buenas causas necesitan buenos argumentos. Usar medias verdades o directamente mentiras para defender, por ejemplo, la necesidad de aumentar la cantidad de legumbres en nuestras dietas o la conveniencia de reducir el uso de combustibles fósiles es, a la larga, perjudicial para la causa que se defiende. Pienso, en definitiva, que es necesaria una comprensión adecuada del Universo para aprender a vivir mejor en él. El análisis objetivo del mundo vivo que nos rodea muestra que la naturaleza no es siempre armonía, amor o bondad, de la misma manera que no es siempre conflicto, crueldad y competición. La naturaleza no funciona así, y es precisamente el estudio de las fuerzas evolutivas y, concretamente, de la selección natural lo que nos permite comprender mejor este hecho.

No hay nada en la naturaleza que nos permita extraer lecciones morales o éticas. Y, sobre todo, no hay nada en la naturaleza humana que nos obligue a aceptar las cosas como son o que nos condene a la simple imitación de los fenómenos naturales. Parafraseando a Thomas Henry Huxley, uno de los primeros y más apasionados defensores del darwinismo, tenemos que entender que el progreso ético de nuestras sociedades no depende de imitar a la naturaleza, y mucho menos de huir de ella, sino que se basa en el hecho de comprenderla y, cuando sea preciso, o bien abrazarla o bien combatirla.

El juego que se juega en el mundo natural depende de unas reglas que combinan, sin propósito alguno, la competición sangrienta con el equilibrio y la armonía. Es preciso conocer esas reglas. Estudiándolas podremos comprobar que en muchos casos, donde creemos hallar magníficos ejemplos de la sabiduría y bondad naturales, se esconden viejas guerras, conflictos enquistados cuya existencia ni sospechábamos.

El tópico es el peor enemigo del pensamiento. El objetivo de los capítulos que siguen es mostrar algunos ejemplos de dichos conflictos ocultos, de esas guerras soterradas que abundan en la naturaleza y que nos suelen pasar inadvertidas pero que esconden una complejidad admirable y generan una fascinación muy diferente de la que pretenden reflejar los tópicos. Todo ello configura un mundo natural muy alejado de nuestros más apreciados mitos biocentristas. Un mundo natural al que, en nuestra inocencia, habríamos estado encantados de regresar.

* «Dinero hace verdad de error / y de juez, abogado defensor; / sabio torna al privado de razón, / cuanto más de él haya. / Dinero hace bien, hace mal, / dinero hace al hombre infernal / o bien santo celestial, / según cómo lo usa. / Dinero hace peleas y clamores / y vituperios y honores, / y hace cantar a predicadores: / Beati quorum. / Dinero alegra criaturas / y hace cantar a los curas, / a los frailes y frailucas, / en las grandes fiestas. / Dinero torna a los flacos gordos, / vuelve blancos a los tordos. / Si dices “plata” a hombres sordos, / enseguida se vuelven. / Dinero torna a los enfermos sanos; / moros, judíos y cristianos, / dejando a Dios y a todos los santos, / dinero adoran. / Dinero hace hoy al mundo el juego, / y rinde honores a mucho borrego; / a quien dice “no” le hace decir “luego”; / ¡mira qué milagro! / Dinero, pues, quieras allegar. / Si lo puedes tener, no lo dejes escapar; / si tienes mucho, podrás llegar / a papa de Roma». [N. del t.]

1 Sí, biocentrismo es una palabra fea, pero naturocentrismo, ecofanatismo, naturofilia o papanatismo naturófilo no son mucho mejores.

2 La popular y poderosa idea de J. P. Lovelock de que la Tierra es un organismo vivo y autorregulado.

CAPÍTULO 2

LA NATURALEZA DARWINISTA.

LAS REGLAS DEL JUEGO

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonías?

«Ajedrez»

J. L. BORGES (1899-1986)

Cuando contemplamos la naturaleza, nos maravillamos ante su diversidad o exploramos la minuciosa complejidad de los seres que la forman, pocas veces nos preguntamos cuál es la historia de esa diversidad o cuáles son los mecanismos que la

han generado. Simplemente, no pensamos en ello. Pero quizá

no es necesario que nos sintamos culpables por no estar constantemente buscando explicaciones científicas del mundo vivo. De hecho, la mayoría de los pensadores no dispusieron de las herramientas necesarias para empezar a intentarlo hasta mediados del siglo XIX, cuando Charles Darwin publicó su libro On the Origin of Species by means of Natural Selection or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (El origen de las especies por selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). Hasta aquel momento, las explicaciones dominantes del mundo vivo hacían siempre referencia a Dios, sin prestar atención al problema que ya habían formulado los filósofos de la Antigüedad: la hipotética existencia de un Creador plantea más interrogantes de los que supuestamente responde. «¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza...?».

Los contenidos de la obra de Darwin y de las diversas ramas de la biología que contribuyó a impulsar giran en torno a ideas que, aun siendo muy sencillas, tienen implicaciones profundas. Dichas ideas obligaron a reconsiderar la posición de la humanidad en el Universo y permitieron descartar las ficciones antropocéntricas asociadas a la Creación. La revolución intelectual que representaron abrió un debate que todavía perdura después de 150 años de ataques de determinados grupos fundamentalistas, para quienes las ideas de Darwin son el principal enemigo de la espiritualidad y la fe. Aunque los argumentos falaces de esos grupos no tienen efecto alguno sobre la comunidad científica ni, en general, sobre ninguna persona informada, contribuyen a dar una cierta mala prensa a la biología evolutiva. Una prueba de la influencia negativa de esos grupos la encontramos en nuestro propio lenguaje. Nadie habla de newtonismo, einsteinianismo ni watson-crickismo, pero se habla de darwinismo como si, en lugar de una teoría científica, fuese una tendencia artística o una simple corriente de opinión.

Así pues, ¿qué pensamos cuando usamos la palabra darwinismo? Es fácil asociar esta palabra con la afirmación tópica (y falsa) de que «el hombre viene del mono» o con la imagen de una jirafa intentando llegar a las ramas más altas de un árbol. Pero en realidad la teoría de la evolución va mucho más allá de ideas populares como éstas. En su versión moderna, la teo-

ría evolutiva nos proporciona una imagen completa de los mecanismos de origen y mantenimiento de la biodiversidad, junto con exhaustivas explicaciones de aspectos misteriosos y sorprendentes de los seres vivos y de sus interacciones con el medio. La teoría evolutiva nos permite entender desde el comportamiento social de las abejas hasta la creciente resistencia de las bacterias a los antibióticos que prescriben los médicos. Pese a este enorme poder explicativo, no es imprescindible conocer al detalle todas las implicaciones de la teoría evolutiva para tener una comprensión suficiente de las reglas del juego que se juega en la naturaleza. Es preciso, eso sí, entender bien el concepto de selección natural.

La teoría de la evolución suele identificarse con la idea de selección natural, pero los dos conceptos no son equivalentes. Al escribir El origen de las especies, Charles Darwin hizo dos contribuciones fundamentales. Primero, aportó una cantidad extraordinaria de datos a favor del hecho de la evolución. Es decir: defendió con contundencia el hecho objetivo de que las especies no son estáticas e inmutables, sino que provienen unas de otras. Darwin argumentó que las especies se iban transformando gradualmente a través de las eras geológicas mediante pequeños cambios. Cambios tan minúsculos que resultan imperceptibles si se observan sólo unas pocas generaciones. La paleontología, la sistemática, la embriología, la biogeografía y muchas otras disciplinas mostraban de manera inequívoca el

hecho de que las formas orgánicas actuales provenían de otras ancestrales a través de un proceso de descendencia con modificación. Hoy, las pruebas que brindan otras ciencias, como la ecología, la geología, la química, la física de partículas o la

genética, hacen que el hecho de la evolución se considere establecido más allá de toda duda.

La segunda gran contribución de Darwin consiste en proponer un mecanismo de cambio evolutivo: la selección natural. La selección natural es uno de los mecanismos biológicos capaces de causar cambios evolutivos. Es seguramente el mecanismo más importante, pero no el único. Es importante subrayar esto. Aunque la selección natural es, sin duda, el concepto central de la biología, no todos los aspectos del mundo natural se explican por su acción. Hay muchos ejemplos de otros mecanismos de cambio, como, por ejemplo, la migración o la deriva genética, en los que no entraremos aquí. Baste con recalcar que la selección natural y el hecho de la evolución son conceptos separados. Que tal o cual rasgo de un organismo no tenga una explicación selectiva no sacude los cimientos de la teoría de la evolución, como burdamente pretenden los creacionistas.

El mecanismo de la selección natural es de una simplicidad impresionante. Es tan sencillo que, cuando uno lo oye explicar por primera vez, no puede evitar una cierta sensación de sorpresa, o incluso de fraude. Por eso, en El origen de las especies, Darwin dedicó gran cantidad de esfuerzos a argumentar con detalle y ejemplificar exhaustivamente todos y cada uno de los pasos de su argumentación. Nosotros procuraremos resumir un poco. Imaginemos un grupo cualquiera de seres vivos (humanos, canarios, lagartos, pinos, amebas...). Notaremos de entrada que, dentro de ese grupo, no todos los individuos son iguales. Los hay más altos y más bajos, más amarillos y más verdosos, más fuertes y más enfermizos. También nos resultará evidente que los hijos de los individuos poseedores de una variante concreta tenderán también a presentarla, ya que, como todos sabemos, los hijos se parecen a los padres. Finalmente, si pensamos un poco, repararemos en que algunas de esas variantes heredables, si bien no todas, pueden tener un efecto en el número de descendientes que los organismos que las poseen dejarán a la siguiente generación. Los individuos verdosos, por ejemplo, podrán dejar más descendientes si su color los camufla ante posibles predadores (el hecho de tener mayor probabilidad de dejar descendientes se conoce como eficacia biológica o éxito reproductivo de un organismo, en inglés, fitness).

Éstos son los tres principios básicos de la selección natural. Principio de variación: hay diferencias entre los organismos. Principio de herencia: estas diferencias se transmiten de padres a hijos. Principio de fitness diferencial: algunos de estos rasgos heredables afectan al número de descendientes que un individuo tendrá. Estos tres principios se resumen diciendo que la selección natural es la consecuencia lógica de la «variación heredable en éxito reproductivo». Si esos organismos existen y cumplen las condiciones mencionadas, habrá selección natural. Las consecuencias de este proceso son claras. Pasadas muchas generaciones, las variantes que tengan la capacidad de dejar más descendientes dominarán la población, mientras que las variantes que tengan menos descendientes disminuirán en frecuen-

cia e incluso desaparecerán. Y éste es el abc del darwinismo. Tan obvio, tan diáfano, tan sencillo, que no es extraño que T. H. Huxley exclamara, inmediatamente después de leer El origen de las especies: «How extremely stupid not to have thought of that!» (¡Qué estupidez tan grande no haberlo pensado antes!).

Ahora bien, cuidado con imaginar tautologías. En los dos párrafos anteriores no he venido repitiendo la desafortunada idea de Herbert Spencer sobre que la selección natural es la «supervivencia de los más aptos»; ni mantengo tampoco que los más aptos sean necesariamente los que dejan más descendencia. En este sentido, no es cierta la común acusación de que el darwinismo es un razonamiento circular del tipo «¿Quiénes sobreviven? Los más aptos. ¿Quiénes son los más aptos? Los que sobreviven». Ser «apto» quiere decir que se reúne una serie de requisitos fisiológicos, morfológicos o etológicos que hacen que, por término medio, los individuos que los cumplen tengan más descendencia. En términos técnicos, ser apto quiere decir tener rasgos que aumentan la probabilidad de dejar descendientes. En una población de águilas, por ejemplo, tener una vista más aguda que permita localizar más eficazmente presas puede tener como consecuencia una mejor alimentación y, por tanto, una mayor probabilidad de tener aguiluchos (es decir, una mayor eficacia biológica o fitness). Esto, sin embargo, no implica ningún determinismo. El águila que vea mejor puede acabar siendo víctima de un cazador, de una enfermedad infecciosa o de un rayo. Por término medio, sin embargo, las águilas mejor adaptadas dejarán más descendientes y, con el tiempo, la población tendrá, en su mayoría, muy buena vista.

Parece lógico pensar que, si se deja actuar a la selección natural durante mucho tiempo, al final no quedará ninguna variante en la población. Por un lado, las variantes favorecidas habrán aumentado tanto su frecuencia que se habrán fijado y, por otro lado, las variantes desfavorecidas (o deletéreas) habrán sido eliminadas. Sea como sea, todos los individuos serán iguales. Esto no es así por dos motivos. Primero, porque hay ciertas formas de selección natural que favorecen la diversidad. Por ejemplo, haciendo que los individuos raros o poco frecuentes tengan una cierta ventaja competitiva (porque explotan una estrategia que nadie más explota). Segundo y más importante, hay que tener presente que hay otros mecanismos que generan variabilidad. Las mutaciones en la secuencia del adn, concretamente, introducen nuevas variantes en los individuos de una población. Variantes genéticas que pueden heredarse y afectar al éxito reproductivo de sus portadores. La mayoría de las variantes que aparecen por mutación son desfavorables, ya que surgen aleatoriamente y hay más maneras de estropear algo que de mejorarlo. Esas variantes tienden a ser eliminadas por la selección natural. Ahora bien, una minoría de ellas son adaptativas en el sentido de que aumentan la probabilidad de sobrevivir y dejar descendencia de sus portadores. Dichas variantes se verán favorecidas por la selección natural y su frecuencia tenderá a aumentar. Éste es el juego que se juega en la naturaleza. A partir de las nuevas variantes genéticas que la mutación va introduciendo continuamente, la selección natural escoge, de manera ciega y sin ningún tipo de propósito, aquellas que, en virtud de su mayor adaptación, dejan más descendientes. Así, actuando a lo largo de innumerables generaciones, la selección natural ha generado la detallada apariencia de diseño con que el mundo vivo nos maravilla.

Como seguramente sospechará más de un lector, las implicaciones de esta idea van mucho más allá del ámbito que hemos descrito hasta ahora. Cualquier sistema imaginable experimentará selección natural si se cumplen los tres principios básicos, las tres reglas del juego que hemos descrito: variación heredable en éxito reproductivo. Es ésta una idea importante. Implica que la selección natural no se dará únicamente entre los seres vivos que pueblan este planeta. Tiene que darse en cualquier otro lugar del universo donde haya vida, y tiene que darse también aunque los organismos que compitan por dejar descendientes no sean seres vivos. Las entidades sometidas a selección natural pueden ser también virus informáticos o memes (término propuesto por el evolucionista Richard Dawkins –profesor de comprensión pública de la ciencia en la Universidad de Oxford– para referirse a partículas de información cultural, como pueden ser ideas políticas o canciones; volveremos a este concepto en el último capítulo). De hecho, los principios de la selección natural se usan en disciplinas como la ingeniería, la economía o la informática para resolver problemas complejos, haciendo competir entre sí programas que intentan solucionarlos y dejando que se copien, con pequeñas mutaciones aleatorias, los programas que dan las mejores soluciones. En poco tiempo, estos métodos pueden llegar a soluciones excelentes que un ingeniero humano quizá no habría encontrado nunca.

La selección natural, pues, explica la diversidad de la vida en la Tierra. Al cabo de miles de millones de años de lucha por la vida, de competencia durísima, se han producido los organismos actuales. Éstos son como son, no en virtud del designio ingenioso de un creador, sino simplemente porque sus ancestros, que gozaban de determinadas características ventajosas, tuvieron más hijos que sus coetáneos. Vista así, la naturaleza es fundamentalmente competitiva. Quizá podríamos concluir con esta afirmación, en la esperanza de que los biocentristas renunciasen a un concepto tan obviamente inadecuado como la bondad de la madre naturaleza. Ahora bien, es evidente que la naturaleza no consiste en una lucha continua y despiadada entre criaturas egoístas. El mundo natural rebosa de ejemplos en sentido contrario, está lleno de casos muy bien documentados de altruismo y cooperación. Desde lobos que cazan cier-

vos asustados, pero que lo hacen en grupos perfectamente coordinados, hasta abejas que sacrifican su vida eviscerándose al picar a los intrusos que atacan su colmena, pasando por ciudadanos que van como cooperantes a enseñar técnicas de planificación urbana que mejoren la salubridad en las ciudades del Tercer Mundo.

La paradoja de una naturaleza esencialmente competitiva que presenta tantos ejemplos de cooperación y solidaridad tiene su raíz en una visión simplista de la teoría de la evolución. Con pocas y brillantes excepciones, hasta los años 60 del siglo xx la comunidad científica se centró en el estudio de interacciones conflictivas entre organismos individuales o especies, como la competencia, el parasitismo o la depredación. Un mejor conocimiento del mundo vivo cambió este escenario. Ese co-

nocimiento más profundo nace de haberse dado cuenta del hecho de que, a veces, la manera de lograr un éxito reproductivo mayor es cooperar con otros seres vivos. De hecho, desde la aparición de la vida en la Tierra, hace aproximadamente 3.500 millones de años, el trabajo en equipo, la cooperación entre entidades biológicas distintas, se ha visto favorecido por la selección natural. Es precisamente la cooperación la que ha permitido la aparición de entidades biológicas más complejas que, a su vez, también juegan al juego de la selección natural. Veamos cómo.

La organización del mundo vivo es jerárquica. Cada forma de vida, desde las bacterias más simples hasta los organismos eucariotas1 multicelulares complejos, cuyas funciones están codificadas por miles de genes y que viven en grandes grupos sociales, está constituida por unidades de un nivel inferior que se agrupan y cooperan para formar niveles organizativos superiores (genes, cromosomas, bacterias, células eucariotas, organismos multicelulares y sociedades). Los momentos más importantes en la diversificación de la vida han supuesto transiciones entre estos niveles de organización impulsadas por la cooperación en- tre entidades biológicas de cada nivel jerárquico. El resultado es que cada nivel está formado por miembros que en su estado individual habrían competido con ferocidad, pero que en su forma presente muestran comportamientos de cooperación enor- memente complejos y altruistas. Volveremos con más detalle al altruismo en el capítulo 4; de momento nos bastará con unas ideas esquemáticas.

Consideremos las células individuales de un organismo multicelular. En lugar de tratar de competir contra sus compañeras y reproducirse más que ellas en una carrera infernal por los recursos disponibles, tal como harían las bacterias dentro de un cultivo, las células de nuestros cuerpos crecen de manera cooperativa. La coordinación es tan completa que la mayoría de nuestras células renuncian al objetivo último de cualquier ser vivo: contribuir a las siguientes generaciones. Las células de

nuestra piel, nuestros intestinos o nuestro cerebro delegan sus funciones reproductivas en unos pocos espermatozoides u óvulos especializados. No obstante, los conflictos son posibles. Algunas células pueden actuar de manera egoísta y volver a sus costumbres ancestrales, reproduciéndose sin control y provocando el caos en nuestros cuerpos. Este tipo de conflicto entre dos niveles jerárquicos de la naturaleza tiene un nombre: cáncer.

El cáncer ilustra a la perfección los conflictos que puede producir la selección natural cuando ésta actúa en dos niveles diferentes. Por un lado, en el organismo, los individuos que no controlen bien la reproducción de sus células tendrán una fitness menor que los que sí lo hagan, y serán desfavorecidos por la selección natural. Por otro lado, las células que, ignorantes del hecho de que forman parte de un organismo, empiecen a reproducirse más que sus compañeras, al final serán más abundantes dentro del cuerpo que las alberga, ya que se verán favorecidas por la selección natural dentro de su nivel jerárquico. Aunque acaben matando a ese cuerpo.

Pensemos por unos momentos en organismos como las hormigas, las termitas o las abejas. En todos estos casos, la coo-

peración social es prácticamente tan intensa como la de las células de un organismo. Las trabajadoras han delegado su reproducción en unos pocos miembros de la colonia: las reinas, que son como los óvulos o los espermatozoides de un megaorganismo. En estos casos, la reproducción individual también es posible, pero es tan perniciosa para la colonia como un cáncer, y existen sorprendentes mecanismos para evitarla, de los que hablaremos más adelante.

Hay muchos más ejemplos de conflicto entre los diversos niveles de organización del mundo vivo. Dedicaremos algunos de los capítulos siguientes a explicar algunos de esos conflictos con más detalle, pero la idea central debería estar ya clara. Los tres principios del juego de la selección natural –que haya variación, que ésta pase de padres a hijos y que dicha variación heredable afecte al éxito reproductivo de sus portadores– se encuentran por todas partes y conforman la naturaleza. Hasta en los rincones más insospechados encontramos los efectos del mecanismo originalmente descrito por Darwin. La madre naturaleza no desea nada. No es ni personal ni consciente. No hay bondad. Sólo la acción ineludible y continua de fuerzas ciegas y sin intención. Cada uno de nosotros es un organismo sometido a la presión de la selección natural. Además, y al igual que una muñeca rusa, contenemos otras entidades biológicas que participan, cada una en su nivel, en la lucha por la vida. En términos biocéntricos, la madre naturaleza es una ludópata y el juego de la selección natural es su juego preferido. Nuestros genes, nuestras células, nosotros mismos y nuestra sociedad, somos las fichas de ese juego.

1 Un organismo eucariota es el formado por una o más células en las que hay una estructura llamada núcleo que protege el material hereditario, el ADN. Los organismos formados por células sin núcleo se llaman procariotas. Su ADN, del que poseen menos cantidad que los eucariotas, flota más o menos libremente dentro de las células.

CAPÍTULO 3

LA NATURALEZA PACÍFICA.

MATAR POR PLACER

You think Nature is some Disney movie? Nature is a killer. Nature is a bitch. It’s feeding time out there 24 hours a day, every step that you take is a gamble with death. If it isn’t getting hit with lightning today, it’s an earthquake tomorrow or some deer tick carrying Lyme disease. Either way, you’re ending up on the wrong end of the food chain.*

Northern Exposure (Doctor en Alaska)

JEFF MELVOIN (guionista y productor), 1994

Doctor en Alaska es, a la par con Expediente X, una de las series televisivas de más éxito en los años 90. Su protagonista es el doctor Joel Fleishman quien, apenas obtenido el título, es destinado a la remota y minúscula ciudad de Cicely, en Alaska. Allá deberá ejercer la medicina en medio de una abigarrada fauna humana y en el marco de una naturaleza espectacular y todavía salvaje. La serie triunfó y conserva todavía una legión de seguidores gracias, entre otros muchos puntos positivos, a unos excelentes guiones que combinan hábilmente el realismo mágico con la exaltación de la naturaleza. En uno de los episodios, por ejemplo, un enorme oso se transforma durante unos días en hombre (vale la pena aclarar que en un hombre muy masculino) para tener una breve y romántica relación con una de las protagonistas. Es muy curioso que en una serie como ésta, en la que se expresa magistralmente el tópico del retorno a la naturaleza, se encuentre un texto como el que encabeza este capítulo. Curioso porque uno de los vicios habituales de los biocentristas es correr un discreto velo sobre los aspectos de la naturaleza que no concuerdan con sus prejuicios. Si se les presentan con paciencia los numerosos datos sobre la abundancia de dolor y brutalidad en la naturaleza, los admitirán, pero procurarán olvidarlos tan rápidamente como haya acabado la conversación. Eso es exactamente lo que pasa en Doctor en Alaska. Las frases que he citado las dice un personaje secundario que no vuelve a tener ninguna aparición de relieve en ningún otro capítulo. Venturosamente para los seguidores de la serie –entre los que yo me encontraba–, en los episodios siguientes el romanticismo y la magia vuelven a dominar el escenario.

Todo el mundo, incluidos los biocentristas, conoce casos que ejemplifican con claridad hasta qué punto puede ser conflictiva, hostil e incluso cruel la naturaleza. Las imágenes que más rápidamente nos vienen a la mente son típicas de un documental de National Geographic (o de Félix Rodríguez de la Fuente, según la edad que tengamos). Entreguémonos, pues, al tópico. Seguramente empezaremos con planos alternos de un predador hambriento, un guepardo, por ejemplo, y de su presa: una gacela o un antílope. Ambos animales son gráciles, elegantes, musculosos, bellos. En el reportaje se verá, quizá, un plano aéreo de un rebaño de herbívoros pastando junto a un curso de agua. Algunos de ellos, lanzando ocasionales vistazos al horizonte. Los pequeños en torno a sus madres, haciendo travesuras, pero sin alejarse demasiado. Algunos de ellos, quizá, mamando ajenos al predador. El guepardo habrá pasado un rato acechando al rebaño desde una distancia prudencial. Estratégicamente camuflado gracias a su pelaje, de los mismos colores que la maleza, y siempre en contra del viento para que su olor no alerte a las presas, habrá estado esperando con paciencia el momento de atacar. Ese rato le habrá servido para elegir, entre todos los miembros del rebaño, los animales que más difícilmente podrán escaparse: los más jóvenes, viejos o enfermos. Seleccionada una víctima, el guepardo se lanza a la carrera. Su cuerpo aerodinámico, sobre patas finas pero poderosas, queda a la vista del rebaño, que comienza una caótica y desesperada huida. La superior velocidad del guepardo, sin embargo, hace que intentar escapar sea inútil para la gacela marcada. En pocos momentos, el guepardo se aferra a su cuerpo y, abriéndole grandes heridas con garras y colmillos, la hace caer. Una vez en el suelo, mientras un torrente de sangre salpica la maleza, las potentes mandíbulas del guepardo se cierran sobre el cuello de la gacela que, agotada por la carrera y sometida por el terrible dolor de la piel desgarrada y la carne lacerada, apenas opone resistencia. Durante unos minutos, el guepardo presiona sin descanso el cuello de su presa, obstruyéndole las vías respiratorias hasta que la gacela muere, ahogada y derrotada. Acabada la cacería, el guepardo descansa unos instantes y, finalmente, ingiere su comida con placidez.

El guepardo del reportaje es una perfecta máquina de matar. Millones de años de selección natural han afinado sus rasgos hasta extremos sorprendentes. Su diseño anatómico está lleno de adaptaciones que le permiten alcanzar una velocidad punta de hasta 110 kilómetros por hora. Sus uñas, por ejemplo, son únicas entre los felinos, al ser sólo parcialmente retráctiles. Se trata de una adaptación que le confiere una capacidad de agarre al suelo extremadamente útil para maniobrar a gran velocidad. Sus fosas nasales también destacan entre el resto de los felinos: son particularmente grandes y le facilitan la respiración en la fase final de la cacería, cuando la boca está ocupada oprimiendo firmemente el cuello de la presa. El guepardo es, pues, una entidad perfectamente hostil para las gacelas. Una entidad totalmente indiferente al dolor o a las necesidades de aquéllas, a la vez que un ser perfectamente natural, claro está. Tan natural como el dolor de las gacelas.

Los ejemplos de relaciones predador-presa son muy abundantes y conocidos, por lo que no vale la pena dedicarles más tiempo. Además, está muy claro que, como ejemplos, son perfectamente inútiles para convencer a nadie de que la naturaleza no es bondadosa ni sabia, sino indiferente. Es demasiado fácil para los biocentristas replegarse a argumentos relacionados con el equilibrio natural y los ciclos de la vida y, así, no moverse ni un milímetro de sus posiciones (por más que acaso junten ligeramente los labios para silbar la banda sonora de El rey león). Además, insisten, en la naturaleza los animales sólo matan si necesitan alimentarse y, en todo caso, sólo los seres humanos tienen el hábito antinatural de matar por placer. Ambos tópicos son rotundamente falsos.

Consideremos primero la cuestión del placer de matar. No es éste el lugar de explicar la gran utilidad evolutiva de las sensaciones de placer y dolor como estímulos para el aprendizaje, ni tampoco de entrar en detalles, muy poco conocidos todavía en algunos aspectos, de su neurobiología. Bastará recordar algunas ideas básicas. Las sensaciones desagradables como el dolor, la náusea o el miedo son las alarmas que inducen a evitar instintivamente el fuego, los alimentos en mal estado o los predadores. Que estas sensaciones son adaptaciones favorables es algo que apenas necesita argumentación. Pero si hiciera falta alguna, consideremos los casos extraordinarios de personas portadoras de variantes genéticas que las hacen insensibles al dolor desde el nacimiento, condición que en medicina se conoce como analgesia congénita. Tales personas pueden parecernos afortunadas, pero raramente llegan a superar los treinta años. La ausencia de dolor las hace abusar de su cuerpo: la ausencia de síntomas como dolores de cabeza o de muelas, que en las personas normales inducen una reparadora falta de actividad, hace que aquellas otras continúen como si tal cosa; insensibles al frío o al calor, o bien no se abrigan lo suficiente en invierno o se queman la piel bajo el sol del verano; indiferentes a la incomodidad que representa mantener determinadas posturas durante mucho rato, acaban destrozándose las articulaciones. Y así hasta la muerte, que puede llegar, por ejemplo, en forma de una apendicitis no detectada.

Pues bien, de la misma manera que el dolor es una adaptación, también lo es el placer. En el caso de los vertebrados, toda una familia de hormonas llamadas endorfinas se encarga, entre otras funciones, de regular el sistema nervioso para producir una sensación de analgesia e incluso de placer. Las endorfinas son hormonas peptídicas que se segregan en la pituitaria y en el hipotálamo. Químicamente se clasifican como opiáceos (de aquí su nombre, endorfina, abreviatura de morfina endógena). Las endorfinas se segregan en el curso de actividades como el acto sexual, la risa o la satisfacción del hambre, y actúan fundamentalmente estimulando la secreción de dopamina, una catecolamina segregada en el cerebro por las neuronas dopaminérgicas y popularmente conocida como la hormona del placer. Esta combinación hormonal proporciona sensaciones de alegría y deleite en los centros del placer de las zonas más primitivas de nuestro cerebro, que nos estimulan a llevar a cabo (o a no dejar de practicar) determinadas actividades. Desde el punto de vista de la selección natural, es lógico que la secreción de esas hormonas esté íntimamente ligada a la supervivencia y, muy especialmente, a la reproducción: no sólo en lo tocante al coito, sino, sobre todo en el caso de las madres, a la ulterior interacción con los hijos.

La dopamina está asociada con otros comportamientos que conviene estimular, como la caza y captura de las presas, no sólo en los grandes cazadores mamíferos (como el guepardo, los lobos o nosotros mismos, por ejemplo), sino en otras especies. En el molusco marino Clione limacina, por ejemplo, una elevada concentración de dopamina activa el comportamiento de caza, mientras que una baja concentración lo inhibe y hace que los tentáculos se retiren al interior de la cabeza del animal. La sensación de placer está asociada también con el aprendizaje de los comportamientos agresivos. En muchas especies, los cachorros, sobre todo los machos, luchan entre ellos y con los adultos de manera que aprenden, no sólo a saltar y asediar, sino también a emitir y oír las señales adecuadas para hacerlo en grupo. Estos juegos de lucha no son únicamente una fuente de placer, sino que resultan básicos para aprender los comportamientos de depredación, de cooperación y, en muchos, para dominar las sutilezas de los comportamientos de dominio y sumisión. De hecho, estos juegos son una fuente de placer precisamente porque son el mecanismo que la selección natural ha favorecido para aprender y enseñar comportamientos fundamentales para la supervivencia. Quien haya visto a un gato doméstico, perfectamente alimentado, matar a un pájaro y entretenerse jugando con su cadáver no puede sostener honestamente que en la naturaleza nunca se mata por placer.

Ahora bien, se puede argumentar razonablemente que, en el fondo, el placer no es sino un mecanismo para estimular el entrenamiento y garantizar así el grado de experiencia necesario para que el animal sea eficaz durante la caza o la lucha. Ello nos lleva a examinar el segundo tópico: en la naturaleza sólo se mata para conseguir alimento o, en todo caso, para defenderse de los predadores. Al contrario, en la naturaleza se mata por muchos otros motivos.

El cliché de que los animales sólo matan para procurarse la comida que necesitan, ni más ni menos, se ha visto reforzado por el hecho bien conocido de que los machos que compiten por un territorio o, en época de celo, por una hembra, raramente se matan entre ellos. En algunas especies, de hecho, los juegos de lucha a los que acabamos de referirnos en los párrafos anteriores sirven para aprender señales de rendición que indican que un macho reconoce su inferioridad y prefiere dar el combate por terminado. Uno de los padres de la etología moderna, Konrad Lorenz, ya observó en sus estudios sobre la dinámica de la agresión y la sumisión en los lobos que el perdedor se tumba en el suelo y, literalmente, expone su cuello a la dentellada mortal del vencedor. En ese preciso momento, el ganador decide no matar ya que, en palabras de Lorenz, esta actitud «... genera una invencible obstrucción interna en el sistema nervioso central del agresor». Esta conducta ha sido utilizada ad nauseam para ejemplificar la bondad intrínseca de los animales, en contraste con la malevolencia humana. El hecho de que el argumento tenga como protagonistas a unos animales con tan mala prensa como los lobos lo ha hecho especialmente poderoso. Se encuentran patrones de conducta similares en las especies en que un macho dominante mantiene derechos privilegiados de reproducción sobre un conjunto de hembras. Las luchas entre machos son frecuentes en los tigres, los leones marinos, los ciervos, los gorilas y un largo etcétera de otras especies. Esos enfrentamientos casi nunca acaban con la muerte de alguno de los contendientes. Como es lógico, eso no implica que en el mundo animal se respete una especie de Convención de Ginebra. Es, una vez más, el resultado de la acción de la selección natural. Puesto en los términos que veíamos en el capítulo anterior: las variantes genéticas responsables de los mecanismos inhibidores del combate hacen que el vencedor se ahorre el desgaste de una lucha a muerte y permiten al perdedor vivir para luchar otro día. Ambas ventajas confieren a estas variantes una mayor probabilidad de pasar a las siguientes generaciones que las variantes que propicien una lucha sin cuartel.

Hasta aquí, una lista de motivos que suelen aducirse para

justificar que en la naturaleza no se mate. Ahora bien, ¿qué sucede después de la batalla? ¿Qué pasa una vez que se ha expulsado al antiguo rey y un nuevo macho dominante ha tomado posesión de su nuevo harén? ¿Se restaura acaso la armonía natural? En muchas especies de primates, como los langures (Presbytis entellus) o los gorilas, la respuesta es no. Aún queda trabajo por hacer. La primera medida del nuevo macho dominante es un infanticidio sistemático que haría palidecer al mismísimo Herodes. El rey recién entronizado captura y mata con violencia a las crías de su nuevo reino, a menudo arrancándolas de los brazos de sus madres, que oponen una resistencia tan desesperada como inútil. Quizá el cambio de régimen se ha producido sin matar al antiguo autócrata, que simplemente se exilia, pero sus súbditos sí que pueden morir. Este comportamiento no es una excepción, se encuentra en otras especies de primates que tienen sistemas sociales similares a los de los langures y los gorilas: sociedades basadas en el hecho de que un solo macho dominante accede a esta posición a partir de la expulsión de otro macho.

La estrategia de esos machos es perfectamente comprensible desde el punto de vista de la acción de la selección natural a favor de las variantes genéticas que modulan su brutal comportamiento. El hecho básico es que las crías muertas son hijas de otro padre y, por tanto, no habrían servido para transmitir genes del nuevo macho. Pero hay aspectos más sutiles en la cuestión. Como la mayoría de los mamíferos, los langures y los gorilas sólo copulan e impregnan a las hembras cuando éstas están en celo. Mientras dura el período de cría, el celo queda momentáneamente inhibido y, por tanto, las madres están destinando un tiempo precioso a criar a los hijos de otro. Y esto es fatal para el nuevo líder, que debe apresurarse, puesto que algún posible rival estará seguramente afilando sus dientes a la espera del momento propicio para dar un golpe de estado. Diversas series de datos apuntan a que el infanticidio es la respuesta a estas presiones evolutivas. Por ejemplo, el hecho de que las madres se resistan y que sólo sean eliminados los hijos de otros padres indica que no se trata de un mecanismo general de control demográfico o de limitación de la competencia por los recursos. Las hembras, además, han desarrollado mecanismos para salvar a sus descendientes. Es el caso de las hembras de langur embarazadas, por ejemplo, que pueden llegar a tener falsos períodos de celo: llevan en su seno al hijo del antiguo rey, pero al dejar que el nuevo macho dominante copule con ellas lo inducen a creerse el padre y aceptar al recién nacido en el seno del grupo.

Pero más allá de la estricta necesidad alimentaria o de la necesidad de conseguir el valioso recurso que representan los vientres de las madres, el motivo para matar más espectacular y sorprendente que se encuentra en la naturaleza nos obliga a revisar una vez más nuestros prejuicios biocéntricos. Concretamente, los de aquellos que afirman que la guerra es una invención humana y antinatural. Nada más lejos de la realidad. La guerra no es una invención humana y, además, es muy

natural. En concreto, las guerras territoriales para buscar recursos no son una exclusiva de nuestra especie (ni siquiera lo son las guerras motivadas por la captura de mano de obra barata, como veremos en el capítulo 5). El razonamiento no deberá escapar al lector: una estrategia basada en la conquista de nuevos territorios y en la eliminación de la oposición garantiza un aumento de la frecuencia de los genes que la estimulan. En la naturaleza, como es previsible, muchas especies aparte de los humanos llegan a embarcarse en auténticas cruzadas. Quizá el caso que ha levantado más polémica, debido a sus implicaciones respecto a una potencial predisposición evolutiva de los humanos a la violencia, es el de las guerras entre grupos de chimpancés. El primer ejemplo registrado se produjo en enero de 1994, en el parque nacional de Gombe (Tanzania). Según datos proporcionados por el equipo de la famosa primatóloga Jane Goodall, un grupo de chimpancés formado por siete individuos, seis machos y una hembra, se adentró en el territorio de un grupo vecino. Allí se encontraron con un joven chimpancé que a duras penas tuvo tiempo de darse cuenta de quiénes eran sus asaltantes: los seis machos del grupo invasor lo sujetaron y lo mataron a fuerza de golpes y mordiscos. Una vez perpetrado el ataque, el grupo agresor se retiró a su territorio. Otros casos de acciones bélicas de este tipo, en que diversos miembros de una comunidad de chimpancés se agrupan y organizan para atacar territorios vecinos, han sido tan extensamente documentados en diversos trabajos de campo que caben pocas dudas de que

se trata de una conducta habitual. En junio del 2004, por ejemplo, el International Journal of Primatology publicó dos artículos que, en total, documentan seis víctimas de combates entre diversas comunidades de chimpancés. Una cifra bastante importante si se considera que esas comunidades están formadas por unas pocas decenas de individuos.

La lista de casos de hostilidad y violencia en la naturaleza ocupa libros enteros, mucho más eruditos y especializados que éste. Nosotros todavía dedicaremos un par de capítulos al tema, pero llegados a este punto tenemos que hacer dos consideraciones. La primera es que hemos estado hablando, implícita o explícitamente, de adaptaciones y estrategias, así como de sus respectivas contraadaptaciones y contraestrategias: desde la velocidad escalofriante de los guepardos y, en contrapartida, la rapidez de las gacelas, hasta los falsos períodos de celo de algunas hembras de primates para evitar el asesinato de sus hijos. Todos estos casos no son excepciones, sino ejemplos de un proceso general que seguramente nos resulta familiar: la carrera de armamentos. La historia está llena de ejemplos. La invención de las espadas y las lanzas estimuló la aparición de los escudos; las murallas propiciaron las catapultas; el radar, los bombarderos invisibles; y las armas nucleares... pues bien: más y más poderosas armas nucleares. Estas carreras tienen su análogo en el mundo vivo con la incesante espiral evolutiva que las reglas del juego desveladas por Darwin hacen necesaria. Si la vista de las gacelas mejora, por ejemplo, la selección natural favorecerá guepardos con un pelaje más parecido al entorno; lo que puede favorecer un mejor uso del olfato por las gacelas y que, a su vez, puede inducir a los guepardos a moverse contra el viento. Y así en sucesivos ciclos. En breve volveremos a estas carreras de armamentos entre entidades con intereses divergentes –presas y predadores o machos y hembras, pero también genes, células y árboles–. Diremos tan sólo que se encuentran por todas partes. De hecho, las carreras de armamentos son tan ubicuas que los biólogos les dan un nombre particular: el principio de la Reina Roja. Este nombre es un homenaje que el gran ecólogo Leigh van Valen rinde a Lewis Carroll, creador del personaje de Alicia en el país de las maravillas. En un pasaje del libro A través del espejo, Alicia se encuentra con la Reina Roja, que la agarra por el hombro y la hace correr velozmente para mantenerse a nivel con el paisaje. La Reina le explica a Alicia: «Now, here, you see, it takes all the running you can do to stay in the same place. If you want to get somewhere else, you must run at least twice as fast as that!» (Bien, verás, aquí debes correr todo lo rápido que puedas para mantenerte en el mismo sitio. ¡Si quieres ir a algún otro sitio, debes correr al menos el doble de rápido!).1

La segunda reflexión consiste en que hay que decidir, cuando consideramos la naturaleza, si debemos seguir actuando como los guionistas de la Disney. Debemos preguntarnos si acaso es correcto pasar de puntillas sobre todos estos casos simplemente porque repugnan a nuestra visión antropomórfica, idealizada –y absolutamente falsa– de una naturaleza alejada de los conflictos de intereses más sangrientos. Si seguimos prefiriendo la ignorancia, nunca dejaremos de sentirnos horrorizados y nunca podremos gozar plenamente de la intrincada y fascinante complejidad de estructuras y comportamientos que, a través del tiempo, estos conflictos han urdido en el tapiz de la vida. Creo que es absurdo que los más diestros dibujantes dediquen infinitas horas a reproducir la sinuosa silueta de una gacela o la curva perfección de los colmillos de un guepardo para una película de dibujos animados, mientras que los guionistas procuran ocultar el hecho de que estas exquisitas formas son producto de una historia de rivalidad y muerte que tiene millones y millones de años de antigüedad.

* «¿Crees que la naturaleza es una película de Disney? La naturaleza es una asesina. La naturaleza es una bruja. Allá fuera es la hora de comer durante las 24 horas del día y cada paso que das es una apuesta con la muerte. Si hoy no te mata un rayo, mañana lo hará un terremoto o alguna garrapata que te inoculará la enfermedad de Lyme. Sea como sea, acabarás en el extremo equivocado de la cadena alimentaria.»

1 Si Van Valen hubiese sido latino, quizá habría bautizado su idea como principio de Lampedusa: todo debe cambiar para que todo siga igual.

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