Читать книгу: «Apología. Flórida.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 32

Asesor para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIGORRA .
Según las normas de la B. C. G., esta obra ha sido revisada por FRANCISCO PEJENAUTE RUBIO .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1980.
ISBN 9788424930608.
INTRODUCCIÓN GENERAL
1. Datos biográficos.
La vida de Apuleyo, una de las personalidades más complejas, originales e inconfundibles en el panorama de las letras latinas, se nos muestra con rasgos nítidos y precisos en algunas de sus facetas. En cambio, en otras sólo disponemos sobre ella de algunos datos fragmentarios e incompletos, que han permitido forjar las más fantásticas y variadas conjeturas sobre este misterioso y fascinante personaje, a quien se considera como la figura más representativa del espíritu de su siglo.
Dejando a un lado las tradiciones tardías, poco fiables, es el propio Apuleyo quien nos aporta los datos más fidedignos y verosímiles sobre sí mismo, en especial en sus obras Apología, Flórida y, con menos profusión, en sus tratados filosóficos. En cambio, hemos de utilizar con ciertas reservas las Metamorfosis , su obra más famosa, como fuente de información biográfica. Es cierto que muchos de los rasgos que configuran a Lucio, protagonista que narra en primera persona sus extrañas aventuras, podrían estar de acuerdo con los de Apuleyo, en especial los que nos lo muestran al final de la obra, en donde el autor va progresivamente sustituyendo a su personaje, pero no debe caerse en la tentación de considerar esta novela como una autobiografía, ya que en ella es muy difícil establecer una frontera entre la realidad y la ficción. Por ello, sólo hemos de considerar como válidos aquellos datos que están corroborados por otras fuentes 1 .
Este extraño ingenio púnico, que supo conjugar la fina espiritualidad helénica con la solidez romana, nació hacia el año 125 d. J. C. 2 en Madaura, colonia romana situada entre Numidia y Getulia (hoy Mdaurusch, en Argelia). Así lo afirma el propio Apuleyo en el tratado Perì hermēneías , cuya autenticidad es discutible, y así lo corroboran varias suscripciones de manuscritos, que coinciden en añadir a su nombre el epíteto Madaurensis o en denominarlo philosophus Platonicus Madaurensis 3 . El año 1918 se descubrió en Mdaurusch el pedestal de una estatua, con un fragmento de dedicatoria de los ciudadanos de Madaura a un filósofo platónico, que constituía la honra de la ciudad. Aunque falta la parte superior, en la que figuraría el nombre de tal filósofo, todo permite inducir que se trata de Apuleyo 4 .
Él mismo suele presentarse como filósofo platónico y en su Apología (24), sin nombrarla expresamente, nos dice que su patria es una antigua ciudad africana, convertida en floreciente colonia romana, situada en los confines de Numidia y Getulia. Los datos corresponden indudablemente a Madaura. Por otra parte, al final de las Metamorfosis (XI 27), Lucio, hasta entonces griego, aparece de pronto como Madaurensis 5 .
El praenomen Lucius, atribuido generalmente a Apuleyo, se debe sin duda a habérsele identificado con el héroe de las Metamorfosis , pero ya aparecía en el original griego en el que se inspiró esta obra, que algunos consideran escrita también por Apuleyo. En realidad, se ignoran su prenombre y el de un hermano al que alude en su Apología (23-24). Su familia pertenecía a la clase acomodada, ya que su padre, oriundo de Italia y llegado a África con un grupo de veteranos para repoblar la colonia de Madaura, se estableció en ella. Allí alcanzó el rango de duúnviro, la más alta magistratura municipal, y al morir dejó a sus hijos dos millones de sestercios.
Para realizar sus estudios de gramática y de retórica se trasladó, aún muy joven, a Cartago, capital, centro espiritual, «venerable maestra y Musa de África» (Flór . XX), donde se formarían más tarde Tertuliano, S. Cipriano, S. Agustín y quizás Minucio Félix y Lactancio. Allí debió de practicar en especial la elocuencia (Flór . XVIII; Apol . 5), ya que en sus discursos se pone de manifiesto la influencia de los ejercicios de declamación, que eran las únicas enseñanzas que podía ofrecer Cartago en aquellos tiempos.
Ávido, pues, de más profundos saberes, se fue a estudiar filosofía a Atenas, ciudad que conservaba aún su antiguo prestigio y en donde se había producido un brillante renacimiento de las letras griegas 6 . Él mismo nos describe la sed insaciable de conocimientos que lo atrajo a esta sede de todas las disciplinas, para beber allí las copas de una vasta cultura (Flór . XX). En Atenas adquirió el fermento que puso en marcha las energías del pensamiento, del sentimiento y de la fantasía de este espíritu tan complejo como inquieto.
Allí permaneció varios años, en los que alternó su actividad de estudiante «con largas peregrinaciones y asiduos estudios» a las regiones de Oriente. Habla de Samos y de la Frigia como testigo presencial (Flór . XV; De Mundo , 17). Se puso en contacto con teólogos, astrólogos y magos y «por amor a la verdad y celo hacia los dioses, aprendió múltiples creencias, muchísimos ritos y variadas ceremonias» (Apol . 23), iniciándose en los misterios de varias comunidades religiosas, de los que guardaba años después algunos símbolos y recuerdos (Apol . 55), buscando ansiosamente la revelación de la verdad con sus promesas salvadoras. Estas iniciaciones en las religiones mistéricas culminaron en Roma en donde participó en los misterios de Isis.
Dada la frecuencia con que Apuleyo habla de sí mismo, unas veces abiertamente (Apol. y Flór .), otras ocultamente (Metam .), es difícil seguirlo en su incesante vagabundeo físico y espiritual. Sabemos que, ávido de viajes (Apol . 72-73: uiae cupidus, peregrinationis cupiens ), visitó diversas regiones del Imperio, movido tanto por su insaciable curiosidad, como por el ansia de difundir entre las gentes las maravillas de la sabiduría, llevándola a través de los pueblos, en discursos y conferencias, al estilo de los «Nuevos sofistas» (que es lo que era realmente), favorecido por su elocuencia in utraque lingua , es decir, en griego y en latín, y por la gallardía de su porte (accusamus... philosophum formonsum et tarm Graece quam Latine... disertissimum , dirían después sus adversarios: Apol . 4). Recorrió también, seguramente, las regiones de Grecia en donde se desarrollan las aventuras de Lucio, transformado en asno. En todas sus obras se trasluce su pasión por los viajes y en sus descripciones y anécdotas de todo tipo se reflejan sus recuerdos e impresiones de viajero ávido de detalles pintorescos y con los ojos muy abiertos a todo espectáculo, bien se tratara de obras de arte del pasado o bien de costumbres del presente.
Al margen de esos viajes, en Atenas se consagró de lleno al estudio de la filosofía propiamente dicha, siguiendo los cursos de algunos afamados maestros, que exponían y explicaban las doctrinas de las grandes corrientes filosóficas. En su tratado De Platone et eius dogmate se ha creído ver huellas de la enseñanza de Gayo, profesor de filosofía platónica de mediados del s. II d. J. C. Allí abrazó el platonismo (Flór . XVIII), buscando en esta doctrina la respuesta a sus apetitos místicos, preludiando con ello la brillante especulación neoplatónica del siglo siguiente. El platonismo de escuela, reducido a fórmulas, rígido y seco, por otra parte estaba en su época impregnado ya de una especie de misticismo, más acorde con las tendencias del siglo II que con el espíritu de su fundador: misticismo precursor de Plotino y de Porfirio. Apuleyo hizo profesión de «platonismo» durante toda su vida 7 , pero matizado de cierto eclecticismo, susceptible de las más arbitrarias adaptaciones. En él predominaban los elementos místicos inherentes a los cultos y creencias de Grecia y del Oriente, en especial los de Isis y Osiris, Esculapio e incluso Hermes Trismegisto, impregnados de ciertas formas de entusiasmo y adivinación, rayanas en la charlatanería. La pasión inexplebilis de Apuleyo por la filosofía, dadas las condiciones de su tiempo, no podía limitarse a la filosofía pura, sino que se entreveraba constantemente con la religión, la superstición e incluso con la magia, que había hecho incesantes progresos, desde hacía un siglo, en todas las clases sociales. Apuleyo, enamoradísimo de las letras, diestro en el dominio de la palabra y en las armas de la dialéctica, no podía conformarse con desplegar, ante un auditorio estático, las elegantes frases y las doctas citas, porque estaba dominado por la pasión febril de penetrar en el misterio de las cosas, de reducirlas a su poder, de dominarlas y transformarlas.
Este espíritu ávido de novedades le llevó a estudiar también las diversas ciencias, especialmente la historia natural, en la escuela de Aristóteles y de sus continuadores, cuyas obras compiló y tradujo al latín (Apol . 36, 38). Estudió asimismo geometría, astronomía, poesía y música (Flór . XVIII, XX) ya que nada escapaba a su curiosidad sin límites.
Durante su prolongada estancia en Atenas adquirió un dominio completo del griego, del que blasonaría después ante sus compatriotas y que le permitió con vertirse en una especie de intermediario entre las culturas griega y latina 8 .
Tras su larga estancia en Atenas, vivió durante cierto tiempo en Roma, en donde, según él mismo asegura, ejerció como abogado, rehaciendo con los pingües ingresos que esta profesión le proporcionaba su magra economía, maltrecha por los cuantiosos gastos ocasionados por sus estudios y viajes. En Roma, al parecer, alcanzó cierta reputación como orador y hombre de letras 9 y logró relacionarse con altos personajes, que le fueron útiles en el futuro.
No se sabe si pretendió o no abrirse carrera en Roma, pero hemos de felicitarnos de que no lo hiciera, ya que en medio de la banalidad de la sociedad romana se habría acaso diluido su gran personalidad africana. De retorno a África, radicado de nuevo en su Madaura natal tras sus largos peregrinajes, pero soñando siempre con nuevos horizontes, un nuevo viaje hizo cambiar por completo el rumbo de su vida. Cuando se hallaba en camino hacia Alejandría, presa de una enfermedad repentina, se detiene en Oea (Trípoli). Allí es objeto de generosa hospitalidad por parte de una familia amiga, los Apios, y se encuentra con Ponciano, un antiguo condiscípulo de Atenas, que lo lleva a su casa, en la que pasa más de dos años (Apol . 41) de plácido restablecimiento, entre la dedicación de orientar a su amigo y algunos éxitos retóricos. A petición de algunos admiradores pronunció una conferencia en Oea, sobre la majestad de Esculapio 10 . Esta invitación hace suponer que gozaba ya de cierta notoriedad. En esta misma época pronunció también un discurso ante el procónsul Loliano Avito, que le distinguió después con su amistad. Tenía unos 30 años y había alcanzado cierta fama como escritor.
En Oea su anfitrión Ponciano le hace conocer a su madre, viuda ya entrada en años, pero rica y deseosa de contraer nuevas nupcias. Ésta se enamora del joven y apuesto filósofo, se celebra la boda y, poco después, Apuleyo se ve envuelto en un proceso de magia, suscitado por los parientes de su esposa, que ven en él un desaprensivo cazador de dotes, capaz de valerse de filtros y encantamientos, para doblegar la voluntad de la viuda acaudalada.
En defensa propia, Apuleyo pronunció en Sabrata, ante el procónsul Claudio Máximo, que también mostraba aficiones hacia la filosofía platónica, el discurso que, reelaborado después, conservamos con el nombre de Apología o Pro se de magia liber . Pero, aunque todo hace suponer su triunfo en este proceso, la revelación de los secretos de su vida familiar y la enconada hostilidad de sus adversarios le hacían tan insoportable la vida en Oea 11 , que abandonó esta ciudad, para establecerse definitivamente en Cartago, ciudad en donde se realizarían sus sueños de gloria literaria y en la que alcanzó pronto la primacía de la retórica y la filosofía (Apol . 24; 33-34).
En este último período de su vida se granjeó la admiración de sus conciudadanos con su infatigable actividad como conferenciante y divulgador de filosofía, teología e incluso hermetismo, propugnando, por ejemplo, en más de un solemne discurso, el culto de Esculapio. Multitudes compactas y enfervorizadas escuchaban sus discursos y lecciones sobre los más variados temas y, aunque Apuleyo haga a veces alusión a éxitos alcanzados en otras partes, habla en Cartago como un hombre que allí se siente como en su propia casa. Allí tenía un público fiel, al que declara consagrarse sin reservas y que le había adoptado como hijo suyo 12 . Recibió homenajes oficiales de esta ciudad, que le confirió además el cargo de sacerdote de la provincia, es decir, del genio imperial, divinidad tutelar del César y del Imperio. Era el conferenciante favorito, el que representaba a sus conciudadanos en los discursos laudatorios a sus gobernadores, como el dirigido al procónsul Severiano o el himno panegírico a Escipión Orfito, a quien había conocido en Roma 13 .
Su fama, que durante algún tiempo no parece haber rebasado el ámbito local y provincial 14 , era tan grande en Cartago, que fue honrado con la erección de estatuas, una de ellas en su Madaura natal y otra en Oea 15 . Sin embargo, no ejerció magistratura alguna 16 , sin duda porque prefería a la carrera de los honores la profesión y la gloria del filósofo.
El año 162, bajo M. Aurelio y Lucio Vero, pronuncia, en honor del procónsul Severiano, un panegírico, que conocemos parcialmente (Flór . IX). El año 174 habla ante el procónsul Escipión Orfito, amigo suyo, a quien había tratado en Roma en su juventud (Flór . XVII).
Terminó sus días probablemente en Cartago, durante el reinado de M. Aurelio, o los primeros años del de Cómodo, entre los años 170-180 d. J. C. 17 . Las Metamorfosis serían una de sus obras postreras.
Con él murió el único escritor verdaderamente genial del s. II , el único que puede ser equiparado con su gran coetáneo de Oriente, Luciano de Samosata, ingenio asimismo vario, creador, dotado de desbordada fantasía, con el que aparece también vinculado por la elección de los argumentos. Apuleyo con su poder de creación fantástica fue capaz de sobreponerse a las corrientes generales de la retórica y de la sofística, de lo arcaizante y de lo novedoso, aunque resulte el más genuino representante de las mismas; supera por su arte a Frontón, Gelio y Floro, aunque éstos se sirven de los mismos resortes artísticos. Luciano, a su vez, en el campo de la literatura griega, superó también la Nueva Sofística y el Aticismo, que le sirvieron de punto de partida.
2. Obras .
Apuleyo solía jactarse de sus variados conocimientos. Nos dice (Flór . XX) que, mientras la mayoría de los estudiosos se contentaban con las enseñanzas impartidas en la escuela por el gramático y el rétor, él había apurado en Atenas las múltiples copas de la poesía, geometría, música, dialéctica y, sobre todo, la «nectarea e inagotable copa de la filosofía», y añade que él rinde culto a las nueve Musas con el mismo entusiasmo y que compone poemas en todos los géneros literarios (Flór . IX).
2.1. OBRAS ORATORIAS .—De magia o Pro se de magia , discurso conocido generalmente con el nombre de Apología .
Flórida , pequeña «antología» de algunos pasajes brillantes de sus discursos y conferencias.
2.2. NOVELA . — Las Metamorfosis o Metamorphoseon libri XI , ha sido una obra conocida desde la antigüedad con el nombre más popular de Asinus aureus (El asno de oro ) 18 y constituye no sólo su creación más famosa, sino una de las obras maestras de la literatura universal. Se trata de una novela de aventuras de tipo milesio, sensual y mística al mismo tiempo, en la que se acumuían contradicciones y contrastes de fondo y forma, reflejo del espíritu complejo de su autor y de su época.
Lo mismo que en el Ónos , novela atribuida a Luciano de Samosata, el eje de la narración lo forman las aventuras de Lucio, mercader de Corinto en viaje por Tesalia, que, al pretender transformarse en ave, se convierte durante algunos meses en asno, por haberse equivocado de ungüento mágico. Con esta apariencia, pero conservando íntegras sus facultades humanas, salvo la palabra, entra al servicio de distintas personas: bandidos, mercaderes, soldados, sacerdotes embaucadores, esclavos, etc., situación que le permite observar de cerca y describir fielmente la mentalidad, el carácter, las reacciones y el modo de actuar de los componentes de los diversos estratos de la sociedad de su tiempo, referir las extrañas aventuras de que es testigo presencial y reproducir los cuentos que se relatan a lo largo de su incesante peregrinar en poder de amos tan heterogéneos. Mientras la novela en sí misma transcurre en un ambiente realista, los relatos intercalados están constituidos por elementos míticos o maravillosos. Se insertan en la acción de la novela de acuerdo con una larga tradición que, nacida de Homero (cantos de los aedos, descripción del escudo de Aquiles), pervive en los poetas trágicos (relatos de los mensajeros), en Platón, etc. Una de esas historias, la más interesante, verdadera joya literaria, es la de Psique y Cupido, que ha sido objeto de numerosas traducciones y paráfrasis en múltiples idiomas y en la que culminan las dotes narrativas de Apuleyo.
En el desarrollo de esta obra, se puede vislumbrar una ascensión constante del espíritu, que intenta liberarse de la sensualidad, del amor materialista pervertido, hasta llegar a la revelación mística en los más logrados episodios de Psique y de Cupido, en su nueva transformación en hombre, gracias a la intervención de la diosa Isis, y en la apoteosis final de la liberación y purificación del iniciado en los misterios de esta diosa.
En efecto, existe una gran diferencia entre el último libro, impregnado de sorprendente fervor religioso y los diez anteriores, en los que en una trama puramente lineal se van acumulando fábulas, anécdotas y descripciones, con el único objetivo de complacer la imaginación.
2.3. OBRAS FILOSÓFICAS . — Los tratados filosóficos que han llegado hasta nosotros presentan un valor muy desigual y carecen de originalidad; se trata, en general, de obras de divulgación, de casi traducciones o de simples resúmenes de doctrinas del platonismo medio. Son realmente meras síntesis escolares comentadas.
Las tres obras que se pueden considerar auténticas permiten suponer que Apuleyo proyectó una trilogía, tomando como bases la filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles.
De deo Socratis , discurso o más bien conferencia de divulgación, desarrolla el tema de la demonología. Con referencia al «demonio» de Sócrates, revela la existencia, propiedades e influencias de estos seres misteriosos, los «demonios», intermediarios entre los hombres y los dioses.
De Platone et eius dogmate , obra inspirada probablemente en Gayo o Albino. Es una especie de catecismo platónico, acaso un resumen de los cursos de filosofía seguidos durante su época de estudiante en Atenas. Comienza por una especie de biografía de Platón, aureolada de leyendas. Pretende explicar la doctrina platónica en tres libros. El primero trata de lo que llama philosophia naturalis y está inspirado en el Timeo; el segundo aborda el tema de la philosophia moralis; el tercero trataba de philosophia rationdlis o ars dicendi y ha sido sustituido por una monografía, cuya autenticidad se pone en duda, denominada Perì hermēneías , tratado de lógica formal, escrito en latín, a pesar del título.
De mundo , inspirada en la teoría peripatética, aborda los problemas de la constitución del universo y es una mera imitación del tratado Peri kósmou , atribuido a Aristóteles. En ella aparecen mezcladas las más recientes doctrinas estoicas y platonizantes, que la hacían más acorde con el clima espiritual de su época.
2.4. OBRAS PERDIDAS . — Numerosas obras de Apuleyo aparecen citadas por el propio autor o por otros que las conocieron y utilizaron; los gramáticos nos han transmitido también algunos fragmentos tomados como ejemplos.
Entre estas obras figuran las siguientes:
1) OBRAS EN VERSO:
a)
Ludicra , poemas festivos, como el que acompañaba a un dentífrico enviado a un tal Calpurniano (Apol . 6).
b)
Carmina amatoria , epigramas dirigidos a unos adolescentes (Apol . 9) 19 .
c)
Hymnus in Aesculapium , himno compuesto en versos griegos y latinos en honor de Esculapio. Iba precedido de un diálogo, escrito igualmente en griego y en latín (Flór . XVIII 38-43).
d)
Carmen de uirtutibus Orfiti , panegírico en forma de himno, dedicado a cantar las virtudes de Escipión Orfito, procónsul de Africa el año 163 (Flór . XVII 18-22).
e)
En la Apología (33, 7) cita Apuleyo algunas palabras de la descripción de una estatua de Venus, sacadas de una obra suya, de la que se carece de otras referencias.
2) NOVELAS:
Hermágoras , probablemente una novela o un cuento milesio. Prisciano (Gramm. Lat . Keil, II pág. 85) y Fulgencio (Expositio sermonum antiquorum , III 110 Helm) citan sendos pasajes de esta obra.
3) OBRAS HISTÓRICAS:
Prisciano (Gramm. Lat . Keil, II 250; III 482) cita un Epitome historiarum . Lido, historiador griego del s. VI d. C, en su obra Magistraturas de la República romana (III 64) alude a un Erōtikós , que parece haber sido una colección de anécdotas amorosas, que corresponden sin duda al término historiae , que Apuleyo aplicó a los relatos de este género.
4) DISCURSOS:
a)
Sobre la majestad de Esculapio , discurso pronunciado en Oea (Apol . 55, 10).
b)
Discurso pronunciado en presencia del procónsul de Africa Loliano Avito (Apol . 24, 1).
c)
Discurso por la concesión de una estatua . San Agustín (Epíst . 138, 19) menciona un discurso, en el que Apuleyo trata de neutralizar la oposición a que se le erija una estatua en Oea; posiblemente se oponían a ello los mismos que antes le habían acusado de practicar la magia.
d)
Discurso de gracias por una estatua concedida en Cartago (Flór . XVI 19-48).
e)
Discurso en defensa de su esposa Pudentila contra los Granios (Apol . 1, 5).
5) OBRAS CIENTÍFICAS:
a)
De piscibus (Apol . 38); cf. Apol . 36-40, en donde Apuleyo va leyendo o haciendo referencia a obras suyas de Historia natural, en especial a este tratado.
b)
De arboribus; alude a esta obra Servio, comentador de Virgilio (Geórg . II 126).
c)
De re rustica; cf. PALADIO , De re rustica I 35, 9, y FOCIO , Biblioteca 163.
d)
Medicinalia; cf. PRISCIANO , Gramm. Lat . Keil, II, pág. 203).
e)
De Astronomia; cf. JOH . LIDO , De los meses IV, 116; De los presagios 3; 4; 7; 10; 44; 54.
f)
Quaestiones conuiuiales; cf. SIDONIO APOLINAR , Epíst . IX 13, 3. Macrobio en sus Saturnales (VIII 3, 23) aconseja proponer o resolver, como entretenimiento instructivo, ciertos tipos de problemas planteados ya por Aristóteles, Plutarco y Apuleyo. Posiblemente las Saturnales se inspiraron en buena parte en la obra apuleyana.
g)
De Arithmetica , obra a la que hacen referencia Casiodoro (De Arithmetica 5, 588; pág. 1212 Migne) y S. Isidoro (Etimologías III 2, 1).
h)
De syllogismis cathegoricis; cf. CASIODORO (De Musica , fin).
i)
De Prouerbiis; cf. CARISIO , Gramm. Lat . Keil, I, pág. 240.
j)
Liber de republica; cf. FULGENCIO , Exp. serm. ant . 44: «Apuleyo en su libro acerca de la política dice: ‘el que no es capaz de gobernar una lancha, quiere dirigir una nave de carga’».
k)
Sobre el «Fedón» de Platón; cf. SIDONIO APOLINAR , Epístolas II 9, 5; PRISCIANO , Gramm. Lat . Keil, II, pág. 511.
2.5. OBRAS APÓCRIFAS .—La fama de Apuleyo como naturalista, médico y mago hizo que se propagaran con su nombre numerosos escritos; los más famosos son los siguientes:
a)
Asclepius , diálogo (traducido del griego) en el que Hermes Trismegisto, rodeado por Asclepio (= Esculapio), Ammón y Tat, expone sus misterios, anunciando a los buenos el retorno al cielo y a los malos una especie de metempsícosis o paso a animales inferiores.
b)
De herbarum medicaminibus .
c)
De remediis salutaribus .
3. La «Apología» .
3.1. EL PROCESO . — Esta obra apuleyana es el único discurso jurídico de toda la latinidad imperial que ha llegado hasta nosotros. Se trata de la autodefensa de Apuleyo, que fue acusado de magia por los parientes de su esposa, tal como se apuntó en las notas biográficas.
El proceso, según puede deducirse de la propia Apología (capít. 85), tuvo lugar en el reinado de Antonino, es decir, entre los años 148 y 161. Era entonces procónsul de África Claudio Máximo, que a la sazón se había desplazado a Sabrata, ciudad situada a unas cincuenta millas de Oea, para presidir en esta ciudad su conuentus 20 . En esta ciudad se entabló, casi de improviso, el proceso contra Apuleyo, ante un tribunal presidido por el propio procónsul, asistido por un consilium consularium uirorum . Claudio Máximo había sucedido a Loliano Avito, cónsul en 144. Como en esta época transcurrían generalmente de diez a trece años entre el desempeño del consulado en Roma y el del proconsulado en Asia o África, se puede admitir que Loliano Avito fue procónsul de África en 157/8, y que al año siguiente tuvo lugar el proceso de Apuleyo 21 .
¿Cuáles eran los fundamentos de la acusación? Adam Abt 22 subraya el hecho de que Apuleyo, acusado de haber recurrido a filtros mágicos (pocula amatoria ) para seducir a Pudentila, se autocalifica de ueneficii reus; añade Abt que el empleo de tales pocula amatoria era castigado con la muerte por la lex Cornelia de sicariis et ueneficis .
Ahora bien, los dos únicos pasajes de la Apología (32, 8; 41, 6) en que Apuleyo alude a una acusación de envenenamiento excluyen tal hipótesis. Además, en otro pasaje (26, 8) Apuleyo distingue claramente su condición de reo de magia (magus ) de la de un envenenador (uenenarius ), un asesino (sicarius ) o un ladrón (fur ), es decir, de la de los tres principales tipos de delincuentes que incurrían bajo la sanción de la lex Cornelia , que, en un principio, castigaba los delitos contra la propiedad y la vida humana y, en la época imperial, los tipificados bajo la denominación genérica de crimina magiae; estos delitos caían bajo la lex Iulia maiestatis , cuando afectaban a personas de la familia imperial u obedecían a razones políticas.
Todo hace suponer, pues, que Apuleyo compareció ante el tribunal del procónsul como reo de magia y no de envenenamiento.
Varios eran los cargos formulados contra él.
En primer lugar, sus adversarios lo presentan como un filósofo apuesto y elocuente, movidos por el afán de suscitar la animosidad del juez contra el poder de seducción del reo, propenso a la vida frívola y ajeno a la austeridad propia de un filósofo platónico, como él se autocalificaba. Apuleyo, tras demostrar que la belleza física es compatible con la filosofía, lamenta irónicamente no poseer las altas dotes que se le atribuyen.
Le imputan también el haber enviado a un tal Calpurniano, que había denunciado tamaño delito, un dentífrico elaborado con aromas de Arabia, acompañado su obsequio de un breve poema. Mi única falta, contesta Apuleyo, es el haber malgastado en un tipo como Calpurniano un dentífrico tan valioso.
El acusado, añaden, ha dedicado versos lascivos y amatorios a dos muchachos, designando a éstos con nombres supuestos. Apuleyo aprovecha esta oportunidad para enumerar a muchos hombres sabios de Grecia y Roma que dedicaron poemas de este género a las personas amadas ocultando, por delicadeza, sus verdaderos nombres.
Apuleyo, dicen sus adversarios, a pesar de su profesión de filósofo, posee un espejo. Respuesta: un hombre debe conocer su propia imagen y un filósofo puede, gracias a un espejo, estudiar el fenómeno de la reflexión de la luz.
Apuleyo, añaden, llegó a Oea con un solo esclavo; luego, en la misma ciudad, manumitió a tres el mismo día. El acusado se limita a negar tan absurdo cargo y se explaya, en cambio, en un amplio elogio filosófico de la pobreza 23 .
Tras estas acusaciones pueriles se formulan contra él otros cargos más graves:
1.°) El reo había contratado los servicios de unos pescadores, para que le procurasen los frutos de mar necesarios para elaborar sus filtros mágicos: un pez venenoso, denominado lepus marinus, y otros frutos de mar cuyos nombres designaban a la vez los órganos genitales de ambos sexos. Apuleyo alega en su defensa que la disección de tales animales marinos era precisa para sus investigaciones de ciencias naturales. Sólo una interpretación malévola, añade, puede relacionar estos estudios con la magia, ya que los peces carecen de virtudes mágicas y la simple semejanza de nombres no presupone relación alguna entre las diversas cosas que designan. Finge, pues, ignorar que los peces estaban consagrados a Afrodita, diosa de la belleza y madre de Cupido, y a Hécate, diosa de la magia, y que con algunas infusiones de peces se preparaban ciertos afrodisíacos. Además, la magia, en ausencia del objeto real, suele operar sobre otro que ofrezca alguna analogía de forma o de nombre. Sus argumentos no son, pues, demasiado convincentes 24 .
2.°) En un lugar secreto, presidido por un pequeño altar y una lucerna, ante unos cuantos testigos, Apuleyo había hecho caer al suelo a un esclavillo, sin que éste tuviera conciencia de ello. También había sido víctima de sus experimentos mágicos una mujer de condición libre. Para refutar ambos cargos, Apuleyo alega que el esclavillo y la mujer en cuestión eran enfermos epilépticos. Acusa a sus adversarios de mala fe, por haber renunciado a interrogar a los esclavos que habían hecho comparecer como testigos de cargo y concluye su defensa exponiendo lo ridículo que resultaría el retirarse a un lugar oculto, el reunir con gran misterio a los iniciados y el recurrir a tenebrosas invocaciones, con el único objeto de hacer caer al suelo a un muchacho epiléptico. Además, el altarcito y la lucerna se usaban normalmente en las prácticas de adivinación, en las que era empleado como «medium» un muchacho carente de toda tara física o mental; en tales operaciones la intervención de un muchacho epiléptico resultaría absurda.
3.°) El acusado había depositado en la biblioteca de Ponciano ciertos objetos misteriosos envueltos en un pañuelo de lino. Apuleyo pone en ridículo las suposiciones de sus adversarios, que, sin conocer la naturaleza de tales objetos, sacaban la conclusión gratuita de que eran instrumentos de magia, sin caer en la cuenta de que, si así hubiera sido, no los habría dejado en casa de otro, a merced de la profana curiosidad del liberto encargado de la biblioteca.
4.°) Los acusadores presentan el testimonio escrito de un tal Junio Craso, glotón y borracho empedernido. Apuleyo, tras mostrar lo inverosímil de tal declaración escrita, explica que ésta ha sido vendida por dinero, como era público y notorio entre los ciudadanos de Oea.
5.°) Apuleyo se ha procurado clandestinamente la figura de un horrible esqueleto, para usarlo en sus maleficios mágicos y adorarlo con el nombre de basiléus . El acusado demuestra que había encargado, sin misterio alguno, al artista de Oea Cornelio Saturnino que le tallara una estatuilla de madera de un dios al que dirigir sus habituales súplicas. El testimonio del propio artista es corroborado por la presentación de la estatuilla en cuestión de la que se hace una descripción minuciosa y vivaz.
6.°) He aquí el último cargo, que constituye la verdadera razón del proceso: Apuleyo había fascinado con sus poderes mágicos a Pudentila, como ella misma había confesado en una carta dirigida a su hijo Ponciano. Para refutar semejante disparate, hace una exposición detallada de los esponsales, las bodas y los penosos litigios con los parientes de su esposa, a la que alude en los términos más respetuosos. Demuestra que la mencionada carta de Pudentila ha sido citada parcialmente y con mala fe, ya que el conjunto de la misma expresaba precisamente todo lo contrario de lo que sus acusadores pretendían hacer creer. A continuación prueba con documentos fehacientes lo desinteresado y noble de su conducta con respecto a sus hijastros, a quienes había asegurado la herencia de toda la fortuna materna. Con estos argumentos inesperados desbarata los de sus adversarios, los cuales ignoraban, sin duda, las últimas disposiciones testamentarias de Pudentila y estimaban que, aparte de ciertas donaciones y restituciones pecunarias ya hechas en favor de sus hijos, quedaba aún a merced del padrastro la mayor parte de la hacienda. Destruido de ese modo el cargo más importante, es decir, el que contenía los móviles reales del delito, quedaba extirpada, como él mismo dice, la raíz del proceso. Era su única prueba documental, pero resultaba decisiva.
3.2. LA «APOLOGÍA», DISCURSO JURÍDICO . — Constituye este discurso un documento importante, tanto para el estudio de la elocuencia judicial en el Imperio romano, como para la historia de la magia. Tras el proceso y con objeto de defenderse también ante la opinión pública, Apuleyo redactó de nuevo su discurso ampliándolo y embelleciéndolo con elementos literarios. Es natural que, dada la exigüidad del tiempo de que dispuso para preparar su defensa (Apol . 1), el discurso pronunciado ante el tribunal fuera más breve en las argumentaciones, menos rico en anécdotas y rasgos de ingenio y menos sofisticado en su estilo. Sin embargo, a pesar de estos retoques, parece haber respetado la fisonomía exterior de los debates desarrollados ante los jueces 25 . El conjunto mantiene cierta lozanía propia de la improvisación y una vivacidad que suscita el interés en todo momento. Con su brío habitual de narrador nato, recurriendo a menudo a antítesis, aliteraciones y juegos de palabras, a veces un tanto pueriles, presenta con gran realismo las actitudes de cuantos personajes intervienen en el proceso, los incidentes o las interrupciones. Cada argumento suyo o de sus adversarios le sirve de pretexto para lanzarse al desarrollo de un tema, como si se tratase de un todo independiente y el orador se hallase ante uno de aquellos auditorios que otras veces habían aplaudido sus brillantes disertaciones de conferenciante.
Especialmente la primera parte del discurso ofrece notables amplificaciones: digresiones sobre el dentífrico e higiene de la boca (7-8); teoría platónica sobre el amor celeste y terrenal (12); el uso del espejo y la reflexión de la luz (13-14); elogio filosófico de la pobreza (18-21); falsa relación entre los peces y la magia (29-41). También parecen añadiduras posteriores las citas literarias y poéticas. No habría resultado, desde luego, demasiado oportuno desarrollar ante un tribunal presidido por un procónsul una teoría sobre la epilepsia (49-51) o lanzarse a una artificiosa exposición de las ventajas que ofrece el campo para la procreación de hijos (88).
En cambio, a partir del capítulo 66, en que comienza el segundo libro, según los códices, el discurso presenta otras características: es menos difuso, no ofrece digresiones (salvo la ya apuntada del capít. 88) y procede directamente al examen de documentos y a la refutación de los cargos que se le imputan al reo. Es probable, pues, que se pronunciase casi en la misma forma en que se nos ha transmitido.
En su conjunto, aunque se trate de una autodefensa, este discurso ofrece la agilidad y brillantez de un diálogo; bajo el abogado late el sofista divulgador de ciencia, el narrador ameno de anécdotas, el Apuleyo que se manifiesta en toda su brillantez en los Flórida .
3.3. ¿ERA APULEYO REALMENTE UN MAGO? .— Apuleyo, en su Apología, va refutando uno tras otro todos los cargos de magia que se le imputan, pero, aparte de que su habilidad y su elocuencia pudieron predisponer a los jueces en favor de una inocencia no plenamente demostrada, su defensa es un tanto artificiosa y no consigue disipar del todo las dudas y las sospechas. El tono seguro del discurso, reelaborado tras la sentencia, permite suponer que fue absuelto, ya que dicha seguridad sería inexplicable en un acusado convicto y condenado al destierro, tras la conmutación de la pena de muerte.
Sin embargo, a pesar del dominio de sí mismo y de la desenvoltura de que hace gala a lo largo de su discurso, se vio precisado a recurrir a toda su habilidad, para librarse del gran peligro en que se vio envuelto. La creencia en la magia estaba tan generalizada y las leyes que intentaban atajarla eran tan duras, que, dada la natural subjetividad en la apreciación de tal delito, habría pasado grandes apuros, si hubiera presidido el tribunal un juez más supersticioso o prevenido contra la magia que Claudio Máximo, hombre, al parecer, inteligente, instruido y amigo de las letras y de la filosofía 26 ,
Fuera o no culpable de magia, le gustase o no entregarse a las prácticas que lleva consigo la profesión de mago, ha pasado como tal a la posteridad 27 .
En el s. IV se confirmó su fama de mago en medio de la apasionada defensa de los paganos y las violentas censuras de los autores cristianos.
Lactancio (Diuinae Institutiones V 3, 21) lo nombra entre los más famosos taumaturgos paganos, juntamente con Apolonio de Tiana. San Agustín (Epíst . 136) nos ofrece en sus escritos abundantes testimonios sobre su paisano Apuleyo, cuyas obras, según dice, eran capaces de extraviar las mentes de los hombres de la verdadera fe. Le da el título de «filósofo platónico», reconoce su ingenio y su cultura, lo admira como elocuentísimo orador en lengua griega y latina, e intenta refutar su doctrina sobre los demonios; nada dice, sin embargo, acerca de su condición de mago, aunque no niega la existencia de prodigios cumplidos gracias a la acción de potencias demoníacas malignas 28 . Además, considera ridículo y digno de lástima el pretender asemejar o incluso anteponer los milagros de Apolonio y Apuleyo a los de Cristo 29 .
Para los cristianos del s. IV , los magos paganos habían actuado impulsados por fuerzas diabólicas, mientras que Cristo lo había hecho en virtud de poder celestial. Los paganos ponían frente a él a Apuleyo y especialmente a Apolonio de Tiana, que «no era un filósofo, sino partícipe de hombre y de Dios» 30 . Frente a los fieles cristianos estaban los «adoradores de Apolonio» 31 .
Esta imagen del mago, configurada en el s. IV , queda reflejada en la Edad Media en las innumerables leyendas que contraponen la virtud de Dios al poder diabólico. Frente al santo cristiano, forjado en la dura penitencia, que conforta las almas de los fieles, surge invariablemente el espíritu del infierno, que ofrece al hombre una ilimitada felicidad mortal a cambio de quedarse eternamente con su alma.
Sin embargo, el mago del paganismo no persigue semejantes objetivos. Apuleyo deja traslucir su afición a las artes mágicas, a las que debía, sin duda, cierto halo de popularidad. Incluso llega a afirmar que es «una ciencia evidentemente piadosa y que entiende de las cosas divinas... y es la sacerdotisa de los dioses celestiales» (Apol . 26, 1-2). Pero frente a esta elevada concepción de la magia, el vulgo la consideraba como el arte de los encantamientos y de los conjuros. El mago era, por tanto, un simple hechicero maléfico. Esta interpretación era fruto del malestar popular frente a los ritos mistéricos y a las prácticas ocultas, a las que se podía atribuir influencia maligna. Esta concepción vulgar del mago se refleja en el lenguaje jurídico.
Sin embargo, para Apuleyo, es contrario a las normas de los procedimientos mágicos, que requieren pureza de lugar y de personas y, sobre todo, está en pugna con la bondad intrínseca de la naturaleza demoníaca, el que un mago pueda utilizar la ayuda divina para realizar malas obras. Sobre este punto de la doctrina apuleyana insiste San Agustín. Para los cristianos, los demonios son los instrumentos de las artes mágicas. Los dioses paganos son demonios malos que pretenden turbar la verdadera fe de los hombres imitando los milagros celestes.
En el paganismo, en cambio, el demonio es un ser divino y el vocablo daimon es sinónimo de deus . En De deo Socratis (cap. 6) Apuleyo escribe: «Existen ciertos poderes intermedios que habitan los espacios aéreos entre lo más alto de la bóveda del cielo y lo más bajo de la tierra: por su mediación llegan hasta los dioses nuestros deseos y nuestros méritos. Los griegos los llaman ‘demonios’» (cf. Apol . 43, 2).
La magia, tal como la concibe Apuleyo, opera en esta esfera demoníaca. El mago ejercita la fuerza de sus conjuros sobre estos demonios, ya para adivinar el futuro, ya para atraer la protección celeste (Apol . 43, 2-5). El hecho de que Apuleyo se declare un apasionado de las ciencias naturales no excluye su carácter de mago, ya que éste no sólo tiene poder sobre los demonios, sino que conoce los secretos de la tierra y las virtudes de las plantas, de los animales y de los minerales; de ese conocimiento emana realmente el poder de sus evocaciones y de sus fármacos. Mientras el conocimiento y dominio de ciertas fuerzas naturales fueron celosa posesión de una minoría, el científico, a los ojos de los ignorantes, fue el mago que tenía contacto con los poderes divinos intermedios y la fórmula científica equivalía a la receta mágica. La magia contenía en sí el germen de todas las ciencias.
Apuleyo es un científico impregnado de religión. Como prueba de sus costumbres groseras, le reprocha al viejo Emiliano su incredulidad cerril y su ostentoso desprecio por las cosas divinas (Apol . 56, 3-7). Es a la vez un viajero de insaciable curiosidad, que lleva en su equipaje la imagen de un dios, al que testimonia su piedad y al que confía la tutela de su vida y fortuna (Apol . 63, 3).
Apuleyo distingue en la Apología entre los diversos tipos de magia y, de hecho, como se advierte en las Metamorfosis , pretendió siempre mantenerse alejado de las concepciones y de las prácticas vulgares, para elevarse a una forma más noble y más vinculada a la filosofía, a una especie de comunicación con las potencias divinas o a una acción divina ejercida mediante el conocimiento y el influjo de los poderes demoníacos, que servían de nexo entre los hombres y la divinidad; acciones que recibían el nombre de «teurgia».
Naturalmente, era muy difícil establecer una frontera entre la superchería y la fe. Apuleyo se muestra, por tanto, como un hijo de su época, fecunda en teurgos, taumaturgos y predicadores de doctrinas y creencias inusitadas, tan satirizadas por el propio Apuleyo y por Luciano de Samosata. Es, pues, el fruto de una sociedad agitada por la imperiosa necesidad de una fe, de una búsqueda desesperada de la verdad, para aferrarse a ella con todas sus fuerzas. Es el símbolo de una sociedad sacudida por la superstición y el escepticismo, atormentada por el temor, inerme ante el vacío dejado por la pérdida de sus antiguas creencias religiosas, e inmersa en un sincretismo religioso profundamente desorientador.
Frente a Luciano, que, ante tan caótica situación espiritual, arranca de su alma toda certeza y se ríe de todo y de todos, Apuleyo, que tanto se le parece artísticamente, lleva perennemente encendida la llama del entusiasmo y cree, o aparenta creer, en las virtudes salvadoras de la propia filosofía, rebelándose contra las formas más absurdas y vulgares de la superstición, manteniéndose, casi siempre, dado su espíritu propenso a la sátira, a medio camino entre la seriedad y la risa. Este personaje complejo, inquieto y extravagante necesitaba sumergirse en el misterio, pero, al mismo tiempo, su agudo sentido estético y burlesco, enamorado de los refinamientos literarios y de los juegos amables del ingenio, impregna todas sus creaciones de una ironía y un sentido del humor difícilmente superables.
4. «Flórida» .
De las disertaciones o discursos de Apuleyo han llegado hasta nosotros 23 fragmentos, de extensión muy desigual, coleccionados en fecha desconocida por un autor también ignorado. Es posible que se trate de un extracto o antología de sus conferencias pronunciadas en Cartago y publicadas, acaso completas, por el propio autor.
Como la colección original estaba dividida en cuatro libros y el extracto ocupa aproximadamente la tercera parte, hay que suponer que el autor del mismo respetó el orden primitivo, dando el nombre de Flórida , que sugiere el de «antología» de textos escogidos, a ese «ramillete» de 23 fragmentos, en el que predomina lo intrascendente sobre lo sustancial, resultando el conjunto una serie de apuntes discursivos sobre los temas más heterogéneos, filosóficos, místicos, anecdótico-literarios, históricos, científicos, desarrollados en un lenguaje preciosista, rebuscado, pintoresco, en el que resaltan los destellos brillantes y los rasgos de ingenio.
Algunos de estos fragmentos corresponden a discursos pronunciados en Cartago (IX; XV; XVII; XVIII; XX); es posible que también pueda incluirse entre ellos Flór . XV, si se parte de la base de que Apuleyo se dirige al gobernador en ejercicio. En Flór . I Apuleyo aparece como viajero de paso en una ciudad cuyo nombre no menciona y que bien pudiera ser Cartago, en donde debió de hablar en alguna ocasión antes de establecerse allí definitivamente. En Flór . XXI, utilizando una comparación diferente, parece aludir a una detención similar, aunque nada hace suponer que se trate ahora de Cartago.
Sobre la fecha en que tales disertaciones tuvieron lugar disponemos de algunas informaciones algo más precisas, deducidas de los personajes aludidos en ellas. El discurso dirigido al procónsul Severiano (Flór . IX, 40) data, como se infiere del plural Caesares , del principado de Marco Aurelio y de Lucio Vero (años 161-169 d. J. C). Escipión Orfito, cuyo panegírico hace Apuleyo (Flór . XVII), fue procónsul el año 162/3 o el 163/4 32 . En otro pasaje (Flór . XVII) da las gracias a Estrabón Emiliano y augura su próximo nombramiento como procónsul. No sabemos si su predicción se realizó 33 , pero, si así fue, debió de tener lugar hacia el año 169, ya que este personaje fue consul suffectus el año 156 y entre el desempeño de ambos cargos transcurrían generalmente de 10 a 13 años. Este discurso puede considerarse, pues, de la misma época que los dos anteriores. Los fragmentos a los que puede asignarse una fecha aproximada fueron pronunciados durante los diez o doce años que siguieron a su proceso de magia, años en que vivió en Cartago. En Flór . XVIII 16, subraya que los Cartagineses conocían su voz 34 desde hacía seis años y en otro pasaje (Flór . XV 27), al dirigirse, al parecer a algún procónsul, hace hincapié en el hecho de que ya había sido elogiado por varios antecesores del mismo, todo lo cual permite suponer que en esa época llevaba varios años residiendo en Cartago.
Algunos de estos fragmentos ofrecen gran interés por su forma y contenido. Otros, en cambio, sólo tendrían cabal sentido dentro del contexto del que han sido desglosados. Se ignora cuál ha sido el criterio seguido en su selección; pudiera tratarse de modelos o citas, que el seleccionador eligió para el público, para utilizarlos en los ejercicios o comentarios de escuela, o simplemente para sí mismo, movido por su valor estético o documental.
La temática de los Flórida es muy variada. Leemos en alguno de ellos elogios a los cartagineses y a Cartago, en donde el orador se encuentra, tan a gusto como si se hallara en su ciudad natal, para recitar un himno que ha compuesto, en griego y en latín, en honor de Esculapio. Al final de Flór . XX, Apuleyo entona un espléndido himno a Cartago y a sus habitantes. En XVI, de carácter eminentemente personal, da las gracias por anticipado a la ciudad entera y, en particular, a Emiliano Estrabón, antiguo compañero de estudios, varón consular, por la estatua que se proponen erigirle. Incluso habla de la erección de una segunda estatua, que se ha decidido otorgarle, pero que sólo existe como proyecto, por lo que han de interpretarse sus palabras como una instancia para que se cumplan las promesas que se le han hecho. Otros discursos son simples cumplidos, oficiales al parecer (cf. Flór . IX; XVII), prodigados a los gobernadores con ocasión de su partida o de la reunión de la asamblea provincial, como el dirigido al procónsul Severiano y a su hijo Honorino o el elogio del procónsul Escipión Orfito (163/4).
Abundan en los Flórida las anécdotas históricas, etnográficas, mitológicas, naturalísticas, de carácter moral o moralizante; una aguda observación de Sócrates, «predecesor» de Apuleyo (maior meus Socrates); el desafío musical entre Marsias y Apolo (III); las maravillas de la India y los gimnosofistas; las raras cualidades del papagayo; el edicto de Alejandro Magno sobre la reproducción artística de su efigie; el canto de los pájaros y la elocuencia de los filósofos; la estatua de Batilo; los viajes de Pitágoras; la muerte del comediógrafo Filemón; los honorarios de Protágoras y de Tales de Mileto; la resurrección aparente de un presunto muerto llevada a cabo por el médico Asclepíades; etc.
Algunas de estas anécdotas son parecidas a las que aparecen en la Apología (8: el cocodrilo y el reyezuelo; 37: historia de Sófocles leyendo ante los jueces su Edipo en Colono; 49: datos del Timeo platónico sobre las enfermedades; etc.). Como en la Apología , tales anécdotas podrían aislarse de cualquier contexto, ya que con ellas se trata simplemente de hacer resaltar una idea, una descripción, un rasgo de ingenio, mediante el lenguaje florido y sofisticado que el público de Apuleyo esperaba de su conferenciante predilecto.
Por ello, no es de extrañar que trate los diversos temas de un modo superficial, sin método alguno, este «sofista» de la palabra 35 , que añora y pretende revivir las glorias literarias del pasado. Apuleyo, durante su estancia en Atenas, debió de escuchar extasiado a los conferenciantes de moda, envidiar sus éxitos y acariciar la idea de pasear, como ellos, de ciudad en ciudad, sus afanes de divulgador de cultura, provocando el entusiasmo de los públicos y embriagándose con el dulce néctar de la popularidad. Sin embargo, le gusta ocultar esta superficialidad bajo el manto del filósofo (Flór . V, IX, XIII, XV, XVI, XVIII y XX) y se desata, como en la Apología , contra los envidiosos y detractores que le regatean este título, contra los mendigos ambulantes, que no tienen de filósofos más que ese manto (Flór . VII, XI). Apuleyo blasona constantemente de filósofo y como tal se presenta ante su auditorio, pero en los Flórida apenas aparecen ideas filosóficas, hasta el punto que se ha pensado que son simples prefacios de discursos de contenido más profundo y de tono más serio. Tal es el caso del prólogo que precede al tratado De deo Socratis . Ahora bien, cuando Apuleyo se las da de filósofo, suele referirse a sus talentos literarios o a su erudición en el terreno de las ciencias. Los filósofos citados en Flór . XX 5, aparecen como representantes del género literario en que más descolló cada uno. El elogio que en la basílica de Oea tributó a Esculapio debió de ser un panegírico religioso-poético, pero Apuleyo lo titula «disputatio», término más acorde con un diálogo filosófico que con un discurso presidido por el fervor místico.
En el campo de la filosofía, la potencia creadora, la fecundidad de invención, la reflexión profunda y sosegada habían cedido el paso a la pura erudición, al saber aprendido. Los sedicentes filósofos de esta época son en general poco especulativos y se convierten en ascetas, en místicos, en taumaturgos, o bien en guías y directores de conciencia. El ideal de sabio no lo constituye el hombre dotado de capacidad de reflexión y creación, sino el que posee una gran cultura general, sobre todo si añade a ésta una serie de virtudes y de presuntos poderes sobrenaturales, si tiene o, más bien, aparenta tener un dominio mágico sobre las fuerzas de la naturaleza, si aparece como un intermediario con la divinidad.
Para Apuleyo, el filósofo es un sabio, un literato, un científico, que posee la universalidad de un sofista autárquico, como la que poseía en las artes manuales Hipias (Flór . IX), ridiculizado precisamente por Platón por la variedad de sus actividades. Esta pedantesca pretensión de una universalidad de conocimientos es lo que hace a este pseudosabio caer en la pura retórica, ciencia considerada por Elio Antístenes como muy superior a la filosofía. Para este sabio, engreído y dominado por su vanidad, la cultura mejor es la más extensa, no la más profunda, y su manifestación más brillante es una elocuencia basada en curiosidades científicas y citas literarias, capaz de provocar la admiración del oyente y adobada con supersticiones místicas y mágicas, expresada en un lenguaje florido y brillante y con proyección social moralizadora (cf. Flór . VII y XIII).
Sin embargo, la filosofía no está totalmente ausente de los Flórida . En XXIII desarrolla el lugar común de los bienes ajenos y los auténticamente propios, tema que trata en otros pasajes de sus obras (Apol . 21; De deo S . 23; De Plat . II 21). Flór . X formaba parte de un desarrollo más amplio sobre la demonología (cf. De deo S.; Apol . 43). Vemos asimismo un intento moralizador en las anécdotas biográficas sobre algunos filósofos ilustres o en los detalles curiosos sobre la vida de los gimnosofistas.
Ahora bien, aunque Apuleyo se proclama «el filósofo platónico de Madaura», por ver en los diálogos de «su maestro Platón» (Flór . XV; Apol . 41) el resumen de toda la ciencia y la fuente de sabiduría de «su maestro Sócrates» (Flór . II), no es un verdadero filósofo, sino un retórico con ribetes de filósofo, un místico y moralizador, provisto de una cultura «enciclopédica» que, en su época y según su propia convicción, constituía la «inagotable y nectarea filosofía universal».
Dada su fogosidad natural y las corrientes literarias de su tiempo, el estilo de Apuleyo es tan extraño como original. En algunos pasajes de los Flórida alcanza las más altas cimas de la expresividad, mediante un fantástico despliegue de vocablos y frases, en un constante deseo de sorprender e impresionar a sus oyentes. Él mismo estaba íntimamente convencido de ser un orador excepcional, por su cultura y erudición, seguro de que el ser erudito no era cosa corriente (VIII). Sabía que el público de Cartago esperaba ansioso sus actuaciones impecables (IX). De lenguaje barroco, tendente a causar maravilla, se recrea en elaborar palabras y combinaciones de palabras (XIII, XVII), de suerte que cada una de ellas parece una gema tallada por un laborioso artista. Tal es el caso del pasaje en que enumera las distintas voces de las aves y la propiedad canora de cada una de ellas (XIII), o el de aquel en que describe la magnificencia del teatro en el que va a pronunciar su conferencia (XVIII). En este último pasaje, uno de los más peculiares de Apuleyo, el autor se complace en usar las fiorituras más artificiosas de su estilo, llegando a emplear curiosas aproximaciones lingüísticas, asonancias e incluso rimas, alabando la marmoratio , la contabulatio y la columnatio del teatro... que, sin embargo, no pueden equipararse con la ratio (= inteligencia) de los oyentes ni con la oratio (= elocuencia) del conferenciante.
La vivacidad de este espíritu inquieto y sutil y la riqueza extraordinaria de su imaginación aportan experiencias, gustos y teorías personales y hacen que su estilo, rico en formas y en ritmo, sea de lo más brillante dentro de la época decadente en que le tocó vivir. Un estilo acomodado a la temática a la que sirve de expresión, hecho de imágenes realistas, matizado de arcaísmos, como los que aparecen en su maestro y amigo Favorino, poblado de voces raras o enigmáticas, como el de su paisano Frontón o el de su contemporáneo Aulo Gelio, salpicado de diminutivos, a la manera de los poetae nouelli , de frecuentes vulgarismos, barbarismos y neologismos, especialmente griegos y celtas, impregnado todo él de la fantasía africana y de la languidez de Oriente, desarrollado, en fin, en medio de la suntuosidad (corrupta elegantia ) de la sociedad romana del segundo siglo del Imperio.
5. Apuleyo en su época y en la posteridad .
Apuleyo es el autor más representativo de toda una época literaria, caracterizada por una amplia erudición, acompañada de una decadencia progresiva del viejo espíritu creador romano, en medio de una exuberante helenización y orientalización de Roma.
Su producción literaria abarca, como hemos reseñado, los más variados campos y está impregnada de una nueva retórica filosófica y de un humanismo barroco, propios del momento histórico en que vivió Apuleyo, sumido en angustiosas inquietudes religiosas, sociales y políticas.
Su filosofía, según propias declaraciones, se basa en el platonismo, pero está dominada por cierta originalidad interpretativa, metafísica y moral. Frente a las exégesis sistemáticas de Plutarco, Albino o Gayo, Apuleyo muestra una constante preferencia por la intención moralizante, por el estudio de las relaciones entre la divinidad y los hombres y por la acción sobre éstos de la providencia divina.
En su estilo observamos, junto al preciosismo formal, una habilidad extraordinaria para la traducción al latín de la terminología filosófica griega, por lo que comparte con Cicerón y los demás filósofos latinos la gloria de haberla transmitido a las lenguas modernas. Es, pues, uno de los grandes intermediarios en la proyección de la cultura griega al mundo occidental moderno, ya que en éste el gradual desconocimiento del griego, a partir del s. IV , impedía, cada vez más la lectura directa, utilizándose, en cambio, los comentarios del tipo de los hechos por Apuleyo.
Grande en su siglo y muy estimado por sus conciudadanos, como ya se ha dicho anteriormente, los Padres de la Iglesia (San Jerónimo, San Agustín, Lactancio y algunos más) llegan a oponer a Apuleyo, filósofo y taumaturgo pagano, a Jesucristo, como hacían con Apolonio de Tiana. Todo hace suponer que tuvo una escuela de seguidores de sus teorías y prácticas y que su influencia debió de ser amplia, dado que se le llega a enfrentar con el propio Jesucristo, se le incluye entre los «magos» de la Antigüedad y se le considera como un importante teorizador del hermetismo (en este caso por atribuírsele erróneamente el Asclepius ).
Las citas posteriores de Apuleyo como filósofo son incesantes: Servio, Prisciano, Nonio, Carisio, Lido, Fulgencio, San Ambrosio, Sidonio Apolinar, Macrobio, Casiodoro, Boecio, S. Isidoro, Bacon, etc. Todo demuestra un extenso conocimiento e influencia de los tratados filosóficos del Plato latinus , que suelen encontrarse en casi todas las bibliotecas medievales 36 .
Su iniciación en los misterios orientales y las efusiones místicas que aparecen en sus Metamorfosis le granjearon tal fama de brujería que, todavía en el s. XVIII , salía en su defensa el P. Feijoo, contra las acusaciones de hechicero y nigromante.
Las repercusiones de su novela en la literatura española son notables. La primera traducción hecha al castellano es obra del arcediano Diego López de Cortegana y fue impresa en Sevilla, hacia 1513. Fue tan popular, que se publicaron otras cinco ediciones antes de 1601 y aparecen menciones de esta obra en autores como López de Úbeda, Céspedes de Meneses, Gracián, Saavedra Fajardo y muchos más. La Fábula de Psiquis fue traducida en verso por Juan de Mal-Lara 37 (ms. en la Bibl. Nacional) y por Funes Villalpando (Zaragoza, 1655).
Se sabe que Lope de Vega escribió la comedia Psiquis y Cupido; inspiró posiblemente a Calderón otra sobre el mismo tema: Ni amor se libra de amor . El propio Calderón trató el mismo asunto en dos autos sacramentales; siguiendo el ejemplo del obispo africano Fulgencio 38 , Calderón presenta a Cupido como Cristo y a Psiquis como el alma fiel que aspira constante y ansiosamente a su unión mística con el «Esposo» en la Eucaristía. Antonio Solís, en Triunfos de Amor y Fortuna; Comelia, en el drama Psiquis y Cupido; Hartzen-busch, en la zarzuela El amor enamorado se inspiran también en este tema. Las imitaciones o influencias más o menos directas del mismo son incesantes: Pero Mexia, Fr. Anselmo Turmeda, Cosme Aldana, Gabriel Alvarez de Toledo, Juan Pablo Forner, etc.
Contra lo que afirma M. Pelayo, las Metamorfosis de Apuleyo han dejado sentir su influencia, de una manera especial, en las obras más representativas de la novela picaresca española de los siglos XVI y XVII: El Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache 39 .

En la presente traducción de la Apología y Flórida se ha seguido el texto latino del ms. Laurentianus 62, 2 (F), publicado en la edición latino-francesa de Paul Vallete («Les Belles Lettres», París, 1960).

1 Cf. TH . SINKO , «Apuleiana», Eos 18 (1912), 137 y ss.; E. COCCHIA , Romanzo e realtà nella vita e nell’attività letteraria di Lucio Apuleio , Catania, 1915; M. HICTER , «L’autobiographie dans l’Ane d’Or d’Apulée», L’Antiquité Classique 13 (1944), 95-112; 14 (1945), 61 y ss.
2 Emiliano Estrabón, condiscípulo de Apuleyo (Flór. XVI) y aproximadamente de su misma edad, fue consul suffectus el año 156, cuando tenía, por lo menos, 33 años. Nació, pues, hacia el año 120, fecha próxima a la del nacimiento de Apuleyo.
3 Cf. Apología 1-2; De deo Socratis (inscrip. y subscrip.). Cf. Perì hermēneías IV: Ut si pro Apuleio dicas philosophum Platonicum Madaurensem , «como si, en lugar de Apuleyo, dijeras el filósofo platónico de Madaura»; S. AGUSTÍN , Ciudad de Dios VIII 14.
4 [Ph]ilosopho [Platonico [Ma]daurenses ciues ornamenta[o] suo d(e)d(icauerunt) p(ecunia) [p(ublica)] , «Los ciudadanos de Madaura dedicaron a expensas públicas (esta estatua) al filósofo platónico que constituye para ellos un honor», Bulletin archéol. du Comité des travaux historiques (1918), 199; (1919), 147. Actualmente, en ST . GSELL , Inscriptions latines de l’Algérie , I, París, 1922, núm. 2115.
5 El famoso Madaurensem (XI 27, 9), para la mayor parte de los críticos, es una especie de firma o de criptograma mediante el cual Apuleyo confesaría furtivamente su identidad con Lucio. Seguramente hay que corregir el texto. Goldbacher propone mare Doriensem; D. S. Robertson, mandare se religiosum , pero no ha mantenido su propuesta en su propia edición (Belles-Lettres, 1945).
6 Apología 72; Flór . XVIII, XX.
7 TH . SINKO , De Apulei et Albini doctrinae Platonicae adumbratione , Cracovia, 1905; F. REGEN , Apuleius Philosophus Platonicus. Untersuchungen zur «Apologie» und zu «De Mundo» , Berlín, 1971.
8 Flór . IX, XVIII; De deo Socratis , Pról. V; Apol . 4. En su lengua aparecen frecuentes helenismos.
9 Cf. Metam . XI 26 ss. Del pasaje Metam . XI 30 (stipendiis forensibus bellule fotus , «bien reconfortado con las ganancias del foro») se ha deducido que Apuleyo ejerció en Roma la profesión de abogado. Sobre sus conocimientos jurídicos, véase F. NORDEN , Apuleius von Madaura und das römische Privatrecht , Leipzig, 1912, obra publicada parcialmente en francés en Revue de l’Université de Bruxelles , 1911.
10 Apol . 72-73. El discurso en cuestión es seguramente el mismo al que alude en el cap. 55: de Aesculapii maiestate .
11 San Agustín (Epíst . 138, 19) alude a las peleas de Apuleyo con los ciudadanos de Oea.
12 Flór . XVI, XVIII; XX: Apuleius uester .
13 Flór . IX, XIV, XVII.
14 San Agustín lo nombra constantemente, para refutarlo, en su Ciudad de Dios (VIII 14 ss. etc.).
15 Apuleyo fue honrado en vida con la erección de tres estatuas por lo menos (Flór . IX; XVI; XVIII). Cf. SAN AGUSTÍN , Epíst . 138, 19. En su descripción de las estatuas que se encontraban en el gimnasio llamado Zeuxippos , en Constantinopla, Cristodoro de Coptos (Anthologia Palatina II 303) define a Apuleyo como un mýstemacrs , en el sentido de mysteriorum peritus o «iniciado en los cultos mistéricos». El proceso de que fue objeto le sirvió, sin duda, a Apuleyo como reclamo de sus dotes de taumaturgo. Cf. G. BRUGNOLI , «Le statue di Apuleio», Annali delta Facoltà di Lettere... Cagliari 29 (1961-65), 11-25; V. FERRARO , «Apuleio in Cristodoro», Ann. Fac. Lett. Cagl . 29 (1961-65), 27-36.
16 Cf. SAN AGUSTÍN , Epíst . 138, 19: Ne ad aliquam quidem iudiciariam reipublicae potestatem... potuit peruenire , «ni siquiera pudo alcanzar un cargo judicial de la república». En este caso, el verbo potuit sólo significaba que Apuleyo, a pesar de su magia, no «pudo» alcanzar grandes éxitos personales en el campo jurídico, lo cual no quiere decir que se lo propusiera.
17 Cf. U. CARRATELLO , «Apuleio mori nel 163-164?», Giornale Italiano di Filologia 16 (1963), 97-110, supone que Apuleyo nació hacia el año 125 y murió en 163-164.
18 La obra apuleyana aparece por primera vez con esta denominación en San Agustín (Ciudad de Dios XVIII 18: libri quos «Asini Aurei» titulo Apuleius inscripsit ). R. Martín, en su estudio «Le sens de l’expression ‘asinus aureus’ et la signification du roman apuléien», Revue des Études Latines 48 (1970), 332-354, afirma que «asinus aureus» no significa «el asno de oro» (es decir, «el asno de gran valor» por su inteligencia humana), sino «el asno pelirrojo», que, según Plutarco, representaba la encarnación del pecado y del mal para los iniciados en los cultos de Isis.
19 Cf. Ausonio, Cento nuptialis 4.
20 Cf. Flór . IX 37.
21 Cf. J. GUEY , «Au théâtre de Leptis Magna. Le proconsulat de Lollianus Avitus et la date de l’Apologie d’Apulée», Revue des Études Latines 29 (1951), 307-317; según este estudio, la Apología fue pronunciada durante el invierno del afio 158-159. Cf. R. SYME , «Proconsuls d’Afrique sous Antonin le Pieux (et la date de l’Apologie d’Apulée)», Revue des Études Anciennes 61 (1959), 310-319; asegura que Claudio Máximo, ante quien fue pronunciada la Apología , fue procónsul de África entre los años 158-159 y 160-161.
22 A. ABT , Die Apologie des Apuleius von Madaura und die antike Zauberei , Giessen, 1908, págs. 11-12.
23 En realidad, los adversarios de Apuleyo trataban de poner de manifiesto la actual opulencia de éste, frente a su pobreza al llegar a Oea, subrayando su interés en casarse con la viuda rica, para salir de ella. Apuleyo, en cambio, finge que sus rivales consideran un delito la pobreza en sí misma y hace de tal pobreza un título de gloria (cf. caps. 18 ss.).
24 Paul Vallette (L’Apologie d’Apulée , París, 1908) pretende demostrar que las explicaciones de Apuleyo no siempre son convincentes y que el filósofo, tal como Apuleyo lo concibe, presenta ciertos matices comunes con la magia.
25 TH . N. WINTER , «The publication of Apuleius Apologyraquo, Transactions and Proceedings of Amer. Philological Association 100 (1969), 607-612.
26 Véase nota 24.
27 Cf. C. P. GOLANN , The life of Apuleius and his connection with magic , Diss., Columbia Univ., 1952. La obra ofrece un examen especial de la actitud de San Agustín respecto a Apuleyo, en el que aquél reconoce a un filósofo platónico. Cf. P. MONCEAUX , Apulée , Paris, 1889, págs. 292 ss.
28 Cf. SAN AGUSTÍN , Ciudad de Dios VIII 12; 14; 16; 19; 22; IX 3; XI 27; etc. Cf. C. MORESCHINI , «La polemica di Agostino contro la demonologia di Apuleio», Annali delia Scuola Normale Superiore di Pisa 2 (1972), 583-596. Según este autor, San Agustín acepta, aunque corrigiéndola en sentido cristiano, la definición fundamental de la demonologia apuleyana; pero, para San Agustín, el verdadero intermediario entre Dios y los hombres no puede ser más que Jesucristo. El mismo C. Moreschini («Sulla fama di Apuleio nella tarda antichità», Rev. Étud. Lot . 51 [1973], 243-248) insiste sobre la actitud tolerante de S. Agustín respecto a Apuleyo, a quien reconoce la condición de filósofo platónico.
29 Cf. SAN AGUSTÍN , Epístola a Marcelino 188.
30 Cf. EUNAPIO , Vitae philosophorum , Proem.
31 Cf. EUNAPIO , op. cit. , s. u. Chrysanthius .
32 Cf. Corpus Inscriptionum Latinarum VIII 24; PALLU DE LESSERT , Fastes des provinces africaines , I, pág. 208.
33 PALLU DE LESSERT , op. cit. , I, pág. 216, n. 2.
34 Cf. Flór . XVIII 16: Vox mea utraque lingua iam uestris auribus ante proxumum sexennium probe cognita . No dice taxativamente que llevara seis años residiendo en Cartago, sino que había hablado en público en esta ciudad seis años antes.
35 Cf. R. DE CONNO , «Posizione e significato dei Florida nell’opera di Apuleio», Annali Facoltà Lettere della Università di Napoli 8 (1958-1959), 57-76.
36 E. M. HAIGHT , Apuleius and his influence , Nueva York, 1927. Véase nota 28.
37 JUAN DE MAL -LARA , El libro quinto de la «Psyché» , ed. M. Gasparini, Salamanca, 1947.—Cf. A. LATOUR , «La Psyche de don J. de M.-L.», en Psyché en Espagne , París, 1879, págs. 263-304.
38 Escribió una Mitología en tres libros, que influyó en gran manera en los mitógrafos de los siglos posteriores.
39 Sobre la influencia de las Metamorfosis en la literatura española, véase el estudio de L. Rubio que precede a su traducción de «El asno de Oro» , publicada en esta misma colección.
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APOLOGÍA
LIBRO SOBRE LA MAGIA, ESCRITO POR APULEYO EN DEFENSA PROPIA (APOLOGÍA)
Exordio
Yo estaba seguro y consideraba [1] como cierto, ¡oh Claudio Máximo 1 y cuantos formáis parte del consejo asesor!, que Sicinio Emiliano, anciano de insensatez bien notoria, dada la inexistencia de cargos fundados, trataría de llevar adelante, sólo a base de invectivas injuriosas, la acusación que ante ti ha formulado contra mí, antes de haberla meditado seriamente consigo mismo. Cualquier inocente puede, en efecto, ser acusado, [2] pero no puede probarse su culpabilidad, si no es verdaderamente culpable. Confiado, sobre todo, en este [3] principio, me felicito, a fe mía, por haberme caído en suerte la amplia posibilidad de defender la pureza de la filosofía frente a los ignorantes y de probar mi inocencia ante un juez como tú. Aunque estas acusaciones [4] calumniosas, así como a primera vista son graves, así también, por imprevistas, han agravado la dificultad de defenderse de ellas. Pues, como bien recuerdas, [5] hace cuatro o cinco días, al disponerme a defender, en interés de mi esposa Pudentila, la causa contra los Granios 2 , cuando menos me lo esperaba, los abogados de Emiliano. tal como lo habían acordado, comenzaron a colmarme de injurias, a acusarme de maleficios mágicos y, por último, de la muerte de mi hijastro Ponciano. [6] Al darme cuenta de que los cargos de que se me hacía objeto no tenían relación alguna con tal proceso, sino que se proferían acusaciones calumniosas, para suscitar un escándalo, tomé la iniciativa y, con mis constantes requerimientos, los intimé a presentar una acusación [7] en toda regla 3 . Pero, entonces, Emiliano, al ver que tú también te habías indignado sobremanera y que de las simples palabras se había pasado a una acción judicial, como desconfiaba del éxito, comenzó a buscarle un refugio a su ligereza.
[2] Así, pues, en cuanto se le obligó a poner su firma al pie de la acusación, se olvidó al punto de Ponciano, el hijo de su hermano, a pesar de que poco antes había [2] repetido a gritos que yo lo había asesinado. Este olvido repentino hizo que no volviera a mencionar la muerte de su joven pariente. Sin embargo, para no dar la impresión de que desistía por completo de llevar adelante una acusación de tanta gravedad, de todos los cargos calumniosos que antes me había imputado, se reservó, para acusarme, solamente el de magia, ya que éste es muy fácil de denunciar y, en cambio, al acusado le [3] resulta muy difícil probar su inocencia 4 . Y ni siquiera se atreve a acusarme abiertamente de ello, sino que al día siguiente formula una queja por escrito a nombre de mi hijastro Sicinio Pudente, que es todavía un niño, y añade que él es mero asesor suyo en el proceso 5 . Emplea, pues, esa forma tan original de perseguir en [4] justicia a nombre de otro, escudándose en la corta edad de éste, para evitar, sin duda, su propio castigo, como reo convicto de calumnia. Como tú hubieras advertido, [5] con aguda clarividencia, esta táctica y, en consecuencia, le hubieras ordenado sostener de nuevo, bajo su propia responsabilidad, la acusación presentada, prometió [6] que lo haría, pero ni siquiera así se le pudo obligar a luchar frente a frente; por el contrario, rebelándose contra tu autoridad, maniobra tercamente 6 , pero sin dar la cara, utilizando tan sólo las armas de la calumnia. Así, esquivando una y otra vez el peligro de [7] acusarme personalmente, ha perseverado en el poco arriesgado papel de asesor 7 .
[8] Por consiguiente, antes de que se entablase el proceso, cualquiera pudo comprender fácilmente cuál iba a ser la categoría de esta acusación, ya que el que la había maquinado y formulado temía convertirse también [9] en promotor legal de la misma. Y, sobre todo, tratándose de Sicinio Emiliano, que, si hubiera averiguado contra mí algún motivo fundado, sin duda alguna no habría tardado tanto en acusar de tantos y tan grandes delitos a un hombre como yo, que nada tengo que [10] ver con él. Un Sicinio Emiliano, que fue capaz de denunciar como falso, aunque sabía que no lo era, el testamento [11] de su tío y, además, con tanta obstinación, que, como el ilustrísimo 8 Lolio Urbico, de acuerdo con la opinión de los varones consulares 9 , hubiera sentenciado que el testamento parecía auténtico y que, por tanto, debía ser ratificado como válido, este insensato juró que, a pesar de la sentencia de tan ilustre tribunal, el testamento era falso, hasta el extremo de que Lolio Urbico [12] a duras penas pudo contenerse de arruinarlo para siempre 10 .
Fiado en tu equidad y en mi inocencia, espero que [3] una sentencia como ésta ha de tener aún cierto eco en el actual proceso, ya que se trata de un individuo que acusa a un inocente a sabiendas de que lo es y que no encuentra la menor dificultad en hacerlo, porque, como he dicho, ha sido ya convicto de haber mentido ante el prefecto de la ciudad en un proceso de suma importancia. En efecto, lo mismo que un hombre de bien, [2] si ha cometido alguna falta, procura tener más cuidado en adelante 11 , así también el que es de mala índole repite su delito con mayor audacia y, en lo sucesivo, cuanto más a menudo delinque, tanto más al descubierto lo hace. El honor, en realidad, es como un traje; [3] cuanto más usado está, con tanto menor cuidado se le trata. Precisamente por esto, porque conservo intacto [4] mi honor, estimo necesario refutar todas esas injurias, [5] antes de abordar la verdadera cuestión. En efecto, asumo la defensa no sólo de mi propia causa, sino también la de la filosofía, cuya majestad no admite el más mínimo reproche, como si se tratara de la acusación más [6] terrible. Y lo hago, porque hace poco los abogados de Emiliano, con locuacidad mercenaria, han dicho, contra mi persona en particular, todas las calumniosas invenciones que se les han ocurrido y, contra los filósofos en general, todos los demás tópicos que suelen estar [7] en boca de los ignorantes. Tales charlatanerías malévolas les sirven para ganarse la vida y las ponen en práctica a cambio del salario que reciben en pago de su osadía, puesto que se ha generalizado, entre los picapleitos de esta calaña, la costumbre de poner el veneno [8] de su propia lengua al servicio del rencor ajeno 12 . Sin embargo, aunque sólo sea en interés de mi causa, sus infundios han de ser refutados en pocas palabras, no sea que, si yo, que muestro tanto escrúpulo en evitar que caiga sobre mí la menor mancha y el menor deshonor, dejo sin respuesta alguna sus frívolas insinuaciones, le parezca a alguien, no que las desprecio, sino [9] que las admito. Ahora bien, a mi entender, es propio de los hombres de honor, de los que sienten respeto por la propia estimación, el sentirse abrumados por las censuras ajenas, aunque éstas sean infundadas. Más aún, incluso aquellos que son conscientes de haber cometido algún delito, a pesar de todo, cuando oyen hablar mal de ellos, se sienten muy afectados y montan en cólera. Y sin embargo, estos individuos, en cuanto han [10] comenzado a hacer el mal, deberían irse acostumbrando a oír reproches y, aunque los demás guarden silencio, ellos, en su fuero interno, están persuadidos de que pueden ser censurados con toda justicia. En cambio, [11] un hombre honrado, íntegro, cuyos oídos no están acostumbrados a escuchar insultos y que, por ser normalmente objeto de elogios, no está habituado a los ultrajes, sufre moralmente mucho más, al ver que se le echan en cara, sin razón alguna, reproches que él podría, con pleno derecho, dirigir a los demás.
Y si acaso diera la sensación de que quiero defenderme [12] de acusaciones sin contenido y totalmente frívolas, tal apariencia debe atribuirse a la torpeza de mis adversarios, para quienes también constituye una vergüenza el haberme hecho objeto de tales cargos. No se me debe, pues, considerar responsable de ello, ya que para mí será un honor el haber disipado semejantes calumnias.
Acusaciones absurdas: ser apuesto y elocuente
Has oído, en efecto, hace unos [4] instantes que, al principio de la absurdas: se decía lo siguiente: «Acusamos ante ti a un filósofo apuesto y ¡oh crimen abominable! muy elocuente tanto en la lengua griega como en la latina». Con estas mismas palabras, si no me engaño, [2] inició su acusación contra mí Tannonio Pudente, hombre ya célebre y no precisamente como buen orador. ¡Qué más quisiera yo que fueran fundadas esas acusaciones [3] tan graves de hermosura y elocuencia que se me echan en cara como defectos! No me habría sido difícil responderle como el Alejandro de Homero a Héctor 13 :
[4] «No son de despreciar en modo alguno los hermosos presentes de los dioses. Éstos suelen otorgárnoslos por su cuenta, aunque no los pidamos, y a muchos no les caen en suerte, aunque los quieran».
[5] Esto es lo que yo hubiera respondido respecto a la [6] hermosura. Añadiría incluso que también les está permitido [7] a los filósofos ser de agradable presencia; que Pitágoras, el primero que se dio a sí mismo el nombre de filósofo, fue el hombre más apuesto de su tiempo; [8] que el famoso Zenón el Antiguo, oriundo de Velia, el primero que, mediante un hábil artificio, supo reducir toda proposición a términos contradictorios, fue también [9] de gran prestancia física, a juicio de Platón 14 ; que se ha transmitido igualmente el recuerdo de otros muchos filósofos de porte muy agraciado, los cuales hicieron resaltar aún más su atractivo físico con el [10] ornato de una conducta siempre digna. Pero este tipo de defensa, como ya he dicho, nada tiene que ver conmigo en absoluto; además de la vulgaridad de mi aspecto físico, la continuidad de mis trabajos literarios elimina de mi persona toda gracia, mina mi salud, seca mi jugo vital, marchita el color de mi tez y debilita mis [11] fuerzas. El propio cabello, que mis adversarios, con una mentira manifiesta, han dicho que lo llevo largo, para sacarle partido a su hermosura, ya ves tú mismo cuán [12] gracioso y atractivo es. Erizado, enredado y revuelto, parecido a un manojo de estopa, irregularmente encrespado y apelotonado en abultados mechones, imposible de desenredar a causa de mi larga despreocupación, no ya de cuidármelo, sino incluso de peinármelo y desenredármelo: a mi juicio, ya ha quedado suficientemente refutada la acusación contra mi cabellera, que ellos formularon como si se tratase de un crimen capital.
En cuanto a la elocuencia, si yo hubiera tenido alguna, [5] nada tendría de extraño, ni debería ser objeto de envidia, puesto que he intentado conseguirla desde los primeros años de mi vida, entregado con todas mis fuerzas únicamente a los estudios literarios, desdeñando todos los placeres restantes, hasta la edad que ahora tengo, no sé si con más éxito que los demás hombres, pero sí con un esfuerzo incalculable, tanto de día como de noche, con desprecio de mi salud e incluso a expensas de ella. Pero nada teman de una elocuencia que [2] yo, si es que he hecho en ella algunos progresos, más ambiciono que demuestro. Ahora bien, si es cierto lo [3] que dicen que escribió Estacio Cecilio 15 en sus poemas, que la inocencia es la mejor elocuencia, reconozco y proclamo que, en tal sentido, no estoy dispuesto a ceder ante nadie en lo que a elocuencia se refiere. En [4] efecto, desde este punto de vista, ¿qué hombre ha impreso en su vida el sello de la elocuencia con más fuerza que yo, que jamás he pensado nada que no me atreviese a decir muy alto? Declaro además que también [5] tengo gran facilidad de palabra, pues siempre he considerado todo delito como algo de lo que no está permitido hablar; que, al mismo tiempo, me expreso con suma destreza, porque no hay un solo hecho o dicho mío, que yo no pueda explicar en público con toda claridad 16 , [6] tal como voy a hablar ahora mismo de unos versos míos, que han recitado pensando que iba a avergonzarme de haberlos compuesto, mientras yo mismo, como tú has podido observar, me reía y me indignaba a la vez, porque los declamaban de la manera más destemplada e incorrecta.
El dentífrico
[6] Primero, en efecto, han leído, de entre mis composiciones festivas, una epístola en verso acerca de un dentífrico, dirigida a un tal Calpurniano, el cual, al exhibir contra mí tal epístola, no ve sin duda, en su ansia de causarme daño, que si en ella hay algo acusatorio contra mí, él comparte conmigo la responsabilidad de [2] la culpa. En realidad, tales versos atestiguan que fue precisamente él quien me pidió algún producto para limpiarse los dientes:
[3] «Oh Calpurniano, te saludo con estos versos presurosos. Te envío, como me has pedido, la limpieza de tus dientes, el brillo de tu boca. Es un polvillo sacado de las plantas de Arabia, tenue, que posee virtudes blanqueadoras, de noble origen, capaz de alisar una delicada encía tumefacta y de barrer los residuos de comida del día anterior, para que no se vea la negra impureza de la suciedad, si por azar entreabres tus labios en una sonrisa forzada».
[4] Y yo pregunto, ¿qué tienen de vergonzoso estos versos, en su contenido o en su forma? ¿Qué tienen en absoluto que un filósofo no quiera que parezca propio [5] de él? A no ser que se me deba censurar, por haber enviado a Calpurniano ese polvillo sacado de las plantas de Arabia, ya que era mucho más justo que, como dice Catulo, «se frotase los dientes y las enrojecidas encías» con su propia orina, según la repulsiva costumbre de los iberos 17 .
He visto hace un momento que algunos apenas podían [7] contener la risa, seguramente porque nuestro flamante orador censuraba con acritud la limpieza de la boca 18 y pronunciaba la palabra «dentífrico» con tanta indignación, como la que se siente al pronunciar la de «veneno». ¿Y por qué no? Es un crimen no despreciable [2] para un filósofo el permitir en su persona impureza alguna, el sufrir en cualquier parte de su cuerpo una cosa inmunda o fétida. Y debe cuidar en especial su [3] boca, que, situada en lugar bien visible, está expuesta, por tanto, a todas las miradas; además, el hombre se sirve de ella con muchísima frecuencia, ya para dar un beso a alguien, ya para conversar con otro, ya para disertar ante un auditorio, ya cuando dirige sus súplicas en un templo. Como que no hay acto humano al [4] que no preceda la palabra, la cual, como dice el más excelso de los poetas, sale del recinto amurallado de los dientes 19 . Imagínate ahora a un orador dotado de [5] tan elevada elocuencia: diría, con el estilo que le es propio, que todo hombre que sienta la preocupación de hablar bien ha de cuidar su boca con mucho mayor esmero que el resto de su cuerpo, porque es la antesala del alma, la puerta del discurso y el lugar de reunión de las ideas. Yo, al menos, en la medida de mi capacidad, [6] diría que nada hay más indigno de un hombre libre, que pretenda comportarse como tal, que el desaseo [7] de la boca. Esta parte del cuerpo humano está situada, en efecto, en un lugar predominante, es lo primero que salta a la vista y su función primordial es la de hablar; en cambio, las bestias salvajes y los animales domésticos tienen su hocico bajo y caído hacia sus pies, próximo al suelo que pisan y al pasto, y casi nunca se les ve, a no ser que estén muertos o lo levanten enfurecidos para morder. En el hombre, por el contrario, es lo primero en que uno se fija, si está callado, y lo que se mira con más frecuencia, cuando está hablando.
[8] Yo quisiera, por tanto, que mi censor Emiliano me responda si él suele lavarse alguna vez los pies; o bien, si no lo niega, que sostenga que se deben prodigar más cuidados a la limpieza de los pies que a la de los dientes. [2] Desde luego, estoy plenamente de acuerdo en que, si alguno, tal como tú lo haces, Emiliano, casi nunca abre su boca, si no es para dar paso a insultos y calumnias, no debe prestarle cuidados de ninguna clase, ni debe limpiar sus dientes con ese polvo exótico antes mencionado; es más justo que los refriegue con carbón tomado de una pira funeraria y que no se los lave ni [3] siquiera con agua común. Más aún, su lengua dañina, instrumento de sus mentiras y resentimientos, debe permanecer siempre sumida en la cloaca inmunda y maloliente [4] de su boca. Porque, cosa absurda, ¿de qué sirve tener una lengua limpia y bien cuidada, y emplear, en cambio, un lenguaje soez y repulsivo y, como la víbora, inyectar negro veneno con diente delicado y de color [5] de nieve? Por el contrario, la boca de un hombre que sabe que va a pronunciar un discurso útil y agradable se lava, con razón, previamente, como la copa destinada [6] a un vino generoso. Y ¿para qué voy a hablar más tiempo acerca de la naturaleza humana? Según tengo entendido 20 , esa bestia monstruosa, el famoso cocodrilo que nace en el Nilo, muestra también sus dientes, abriendo inofensivamente la boca, para que se los limpien. Pues, como tiene un boca muy grande, pero desprovista [7] de lengua, y la mantiene generalmente abierta en el agua, se le incrustan entre sus dientes muchas sanguijuelas; cuando, tras haber salido a la orilla del río, abre su boca descomunal, una de las aves fluviales, un pájaro amigo 21 , introduce en ella su pico y, sin correr el menor riesgo, se las extrae a picotazos.
Versos de amor
Dejo ya este tema. Voy a hablar [9] ahora de otro tipo de versos, de versos de amor, como ellos los llaman; aunque los han recitado con tan poca gracia y tanta zafiedad, que más bien han suscitado odio. Pero ¿qué [2] tiene que ver con los maleficios mágicos el hecho de que yo he alabado en un poema a los hijos de mi amigo Escribonio Leto? ¿Acaso soy mago, porque soy [3] poeta? ¿Quién ha oído jamás formular una sospecha tan verosímil, una conjetura tan fundada, un argumento tan lógico? «Apuleyo ha hecho versos». Si son malos, [4] hay un motivo de censura, pero ésta debe dirigirse no al filósofo, sino al poeta; si, en cambio, son buenos, ¿de qué me acusas? «Pero ha compuesto versos festivos [5] y amatorios». ¿Es que acaso son éstas mis únicas faltas y os engañáis respecto a la denominación del delito, al acusarme de magia? De todos modos, otros han hecho [6] también versos de este tipo, aunque vosotros lo ignoráis. Entre los griegos, cierto poeta de Teos 22 , uno de Lacedemonia [7] 23 , uno de Ceos 24 y una infinidad de otros. Incluso una mujer, la poetisa de Lesbos 25 , dotada de inspiración tan voluptuosa y tan llena de gracia, que con la dulzura de sus poemas nos invita a admitir lo atrevido [8] de su lenguaje. Entre nosotros, Edituo, Porcio, [9] Cátulo y, con ellos, muchisímos más 26 . «Pero no fueron filósofos». ¿Acaso van a decir que Solón 27 no fue un hombre serio y, además, un filósofo? Y, sin embargo, es suyo este verso lleno de lascivia: «deseando sus muslos y sus labios de miel» .
¿Hay algo tan atrevido en todos mis poemas, si se [10] los compara con este solo verso? Y no menciono los [11] escritos de Diógenes el Cínico 28 , ni los de Zenón 29 , el fundador de la secta de los estoicos, que compusieron muchos poemas de esta clase. Voy a recitar de nuevo mis versos, para que todos sepan que no me avergüenzo de ellos:
«Critias es mi alegría, pero también para ti, Carino , [12] vida mía, hay reservado intacto un lugar en mi amor. No temas; uno y otro fuego pueden abrasarme a su gusto; con tal de disfrutar de ambos amores, soportaré 30 a la vez estas dos llamas. Ojalá sea yo para vosotros lo que cada uno es para sí mismo; vosotros seréis para mí lo que son mis dos ojos» . Recitaré ahora unos [13] cuantos versos más, que ellos han leído al final, como si fueran los más desvergonzados:
[14] «Te ofrezco como presente, dulzura mía, estas guirnaldas de flores y estos poemas. Los poemas te los dedico a ti; las guirnaldas, a tu genio 31 ; los poemas, para celebrar, ¡oh Critias!, el día deseado, que retorna para traerte catorce primaveras; las guirnaldas, en cambio, para que tus sienes 32 se cubran con las galas primaverales de un día tan feliz, para que adornes con flores la flor de tu juventud. A cambio de estas flores primaverales, dame tu primavera, para que tus presentes superen a los míos. A cambio de estas guirnaldas entrelazadas, dame un apretado abrazo; a cambio de las rosas, dame los dulces besos de tu boca de púrpura. Mas, si infundes un alma al caramillo, mi canto, vencido, cederá al punto ante las dulces melodías de tu flauta campestre» .
[10] Ya conoces el delito de que se me acusa, oh Máximo; se trata de un poema que habla de guirnaldas y de canciones, como si fuera obra de un juerguista empedernido. [2] También has advertido que se me reprocha el haber llamado Carino y Critias a estos muchachos, [3] a pesar de que tienen nombres distintos. Así, pues, por la misma razón, deben acusar a C. Catulo 33 por haber llamado Lesbia a Clodia; y lo mismo a Ticidas 34 , que en sus escritos llamó Perila a la que en realidad era Metela; y a Propercio 35 , que utiliza el nombre de Cintia, para ocultar el de Hostia; y a Tibulo, porque en su ánimo está Plania y en sus versos Delia 36 . Y en realidad, [4] aunque se trata de un autor de sátiras, yo censuraba a G. Lucilio 37 , por haber puesto en la picota, en un poema suyo, designándolos con sus verdaderos nombres, a dos jóvenes, Gencio y Macedón. Con cuánta mayor [5] discreción procedió, en cambio, el poeta de Mantua 38 , que al cantar, lo mismo que yo lo he hecho, al esclavillo de su amigo Polión 39 en una escena bucólico-festiva, disimulando sus respectivos nombres, se llama a sí mismo Coridón y al muchacho le da el nombre de Alexis. Pero Emiliano, hombre más rústico aún que los [6] pastores de ovejas y los boyeros virgilianos y, desde luego, más palurdo y bárbaro que ellos en todo momento, es en su fuero interno mucho más austero que los Serranos, los Curios y los Fabricios 40 y asegura que los versos de este tipo no están en consonancia con un [7] filósofo platónico. ¿Incluso, Emiliano, si yo demuestro que han sido compuestos siguiendo el ejemplo del propio Platón? 41 . No quedan de este filósofo más poemas que algunas elegías amorosas; supongo que destruyó en el fuego el resto de su producción poética, porque [8] ésta no tenía tanta gracia. Escucha, pues, estos versos que el filósofo Platón dedicó al joven Aster, si, a pesar de ser un vejestorio, puedes aún aprender algo de las letras: «¡Oh Aster, que antes brillabas entre los vivos como la estrella de la mañana; ahora, una vez muerto, resplandeces entre los muertos como el lucero de la tarde!» 42 .
[9] Son también del mismo Platón los siguientes versos, que forman parte de un poema dedicado en común a dos muchachos, Alexis y Fedro:
Desde que yo dije que Alexis era hermoso como ninguno, tan pronto como aparece, es por doquier el centro de todas las miradas. ¿Por qué mostrar, corazón mío, un hueso a los perros? Algún día te arrepentirás de ello. Ten presente esto: así es como perdimos a Fedro .
Para no aducir más ejemplos, voy a poner fin a mis [10] citas recitando, como colofón, un verso suyo acerca de Dión de Siracusa:
Oh Dión, cuyo amor ha enajenado mi mente .
Pero, si seré necio, que trato estos temas incluso [11] ante un tribunal. ¿O es que, más bien, sois vosotros unos acusadores de mala fe, por presentar tales cargos en una acusación, como si el entretenerse haciendo versos constituyera una prueba irrefutable sobre el valor moral de quien los hace? No habéis leído, desde luego, [2] los versos en los que Catulo 43 responde así a los malintencionados:
Conviene, en efecto, que el poeta piadoso observe una conducta personal intachable, pero sus versos no tienen por qué ser también castos .
El divino Adriano 44 , como honrase con sus versos [3] la tumba del poeta Voconio, amigo suyo, escribió sobre ella este epitafio:
Tus versos eran lascivos, pero tu mente era pura .
Nunca habría dicho tales palabras, si unos poemas, por ser un tanto voluptuosos, debieran interpretarse como prueba inequívoca de conducta licenciosa. Recuerdo [4] haber leído también muchas poesías de este género compuestas por el propio emperador Adriano 45 . Atrévete, si quieres, Emiliano, a decir que no está bien hacer lo que el divino Adriano, emperador y, por tanto, censor 46 , no sólo hizo, sino que, una vez hecho, legó a [5] la posteridad. ¿Pero es que piensas acaso que Máximo va a condenar mis poemas, sabiendo que los he compuesto siguiendo el ejemplo de Platón? Los versos que acabo de citar de este filósofo son tanto más puros, cuanto más sinceros; su obra poética es tanto más casta, [6] cuanto menos artificiosamente ha sido expresada. En realidad, el disimular y ocultar estas cosas y todas las de este género es propio de quien tiene conciencia de culpabilidad; el expresarlas con sinceridad y el publicarlas es, por el contrario un simple pasatiempo literario. La naturaleza, en efecto, ha asignado a la inocencia el atributo de la palabra y al mal, en cambio, el del silencio.
[12] No quisiera citar este profundo pensamiento del divino Platón, ya que son muy raros los hombres piadosos que lo ignoran, aunque sea desconocido por todos los profanos; dice Platón que la diosa Venus posee dos naturalezas, que cada una de ellas personifica un tipo peculiar de amor y que ambas reinan sobre amantes [2] diferentes 47 . Una de estas naturalezas representa la Venus popular, agitada por un amor vulgar, la cual, de modo tiránico, empuja hacia la sensualidad no sólo a los espíritus humanos, sino también a los instintos de los animales domésticos y salvajes y subyuga con violencia irrefrenable y brutal los cuerpos de todos los seres vivos, los cuales, una vez heridos por ella, víctimas de sus abrazos, se convierten en esclavos suyos. La otra, [3] en cambio, es la Venus celestial, la que preside el amor más noble; sólo se preocupa de los hombres y, dentro de éstos, de un pequeño número; no instiga a sus adoradores, con estímulos ni seducciones de ninguna clase, a cometer torpes extravíos.
Como que el amor que ella ofrece, que no es voluptuoso [4] ni lascivo, sino, por el contrario, natural y lleno de gravedad, dispensa a sus amantes toda clase de virtudes por medio de la belleza moral; y, si en ocasiones les hace admirar los cuerpos bellos, les impide inferirles el menor ultraje. Porque en la belleza de los cuerpos [5] no se ha de amar nada más que aquello que recuerde la hermosura de sus almas, que son de naturaleza divina; es decir, la belleza que ellas han contemplado ya, auténtica y pura, entre los dioses. Por lo cual, aunque [6] Afranio 48 haya dejado escrito con mucha elegancia: «El sabio debe amar; los demás sólo sentirán la pasión amorosa», sin embargo, si quieres saber la verdad, Emiliano, o, si eres capaz de comprender alguna vez estas sutilezas, el sabio, más que sentir el amor, se limita a recordarlo 49 .
[13] Sé indulgente, pues, con el filósofo Platón por sus versos amatorios, para que yo no me vea obligado a extenderme en argumentos filosóficos contra el precepto [2] del Neoptólemo de Ennio 50 . Si no lo haces así, permitiré gustoso que se me culpe, juntamente con Platón, [3] de haber hecho versos de este género. Ahora bien, siento hacia ti, Máximo, la más honda gratitud, porque escuchas con tanta atención incluso estos apéndices de mi defensa, que son, por otra parte, indispensables, [4] porque sirven de contrapeso a la acusación. Te pido por ello que sigas escuchando, con la misma buena voluntad y diligencia que has mostrado hasta ahora 51 , lo que aún me queda por exponer, antes de llegar al fondo real de la acusación.
¿Constituye un delito de magia el mirarse en un espejo?
[5] Sigue, pues, el largo y severo discurso acerca del espejo, a propósito del cual y por lo abominable del caso, ha estado Pudente a punto de estallar, al proferir sin tregua gritos como éstos: «Tiene un espejo, a pesar [6] de ser un filósofo; un filósofo tiene un espejo». Ahora bien, aunque yo admitiera que lo tengo —no vayas a creer, si lo niego, que tus cargos son de algún valor— no es de todo punto necesario sacar de ello la conclusión de que yo suelo arreglarme delante de un espejo. ¿Qué pasa, pues? Si yo poseyera los aderezos propios [7] de la escena, ¿acaso encontrarías en este hecho la prueba de que suelo vestir el atuendo trágico, la túnica azafranada del histrión o los variopintos andrajos del actor de mimos? Supongo que no. Pues bien, carezco, en cambio, del derecho posesorio de muchas cosas y, a pesar de todo, disfruto de ellas. Por consiguiente, si [8] ni el tener una cosa es una prueba evidente del uso de la misma, ni el no tenerla excluye su uso, y no se culpa tanto la posesión de un espejo, como el hecho de mirarse en él, es preciso que se me pruebe también cuándo y ante qué testigos me he contemplado en un espejo, puesto que, tal como ha sido formulada la acusación, tú estimas que para un filósofo el ver un espejo es un sacrilegio más punible aún que para un profano el contemplar el ajuar litúrgico del culto de Ceres 52 .
Si confieso también que me he mirado en un espejo, [14] dime ahora qué clase de delito es, al fin y al cabo, el conocer su propia imagen, llevarla consigo adonde se quiera y tenerla siempre a su disposición, en vez de encerrarla en un lugar determinado. ¿Acaso ignoras que [2] para una criatura humana nada hay más digno de verse que su propia figura? Sé con certeza que los padres sienten un cariño mayor por los hijos que más se les parecen y que, como premio a sus servicios, una ciudad otorga oficialmente a algún personaje la erección de su propia efigie, para que se contemple en ella. O bien, [3] ¿qué significan las estatuas y otras efigies creadas por las diversas artes? A no ser que lo que se considera admirable, cuando es fruto de laborioso artificio, se haya de juzgar culpable cuando ha sido ofrecido por la naturaleza, a pesar de que en ésta son más de admirar la sencillez de los medios y el parecido de los retratos. [4] Porque en toda creación de imágenes en que interviene la mano del artista se emplea un prolongado esfuerzo y, sin embargo, la semejanza con el original [5] no es equiparable a la lograda en los espejos. Le falta, en efecto, el vigor al barro, el color a la piedra, el relieve a la pintura y, además, estas imágenes carecen de movimiento, que es lo que expresa el parecido con más fidelidad. En un espejo, en cambio, se ve maravillosamente reflejada la imagen, con tanto parecido como movimiento, obediente a todos los gestos del hombre a [6] que pertenece. Además, esta imagen es siempre de la misma edad que los que allí se contemplan y, desde el comienzo de la niñez hasta los últimos años de la existencia, representa las infinitas mutaciones de la vida, refleja los muchos y diversos aspectos que va teniendo nuestro cuerpo e imita las múltiples expresiones de la [7] alegría o del dolor de un mismo rostro. Por el contrario, la figura modelada en arcilla, fundida en bronce, cincelada en piedra, plasmada con cera caliente 53 , pintada mediante el color o representada por cualquier otro artificio humano, en cuanto transcurre un breve espacio de tiempo, se vuelve distinta al original y, como ocurre con un cadáver, tiene el rostro rígido e inmóvil. [8] He aquí por qué aventaja tanto a las artes figurativas, para reflejar un parecido, el metal artísticamente bruñido de un espejo y su brillo creador.
Así, pues, o hemos de seguir únicamente el parecer [15] del lacedemonio Agesilao 54 , que, descontento de su aspecto físico, nunca permitió que se pintase o esculpiese su retrato, o bien, si nos parece que se ha de respetar [2] la costumbre de todos los demás hombres, en el sentido de no rechazar las estatuas y otras representaciones plásticas de todo tipo, ¿por qué vas a pensar que cada persona debe contemplar su propia imagen en una piedra y no en una lámina de plata, en un cuadro y no en un espejo? ¿Es que consideras vergonzoso el estudiar la [3] propia figura mediante su contemplación asidua? ¿Acaso [4] no se dice que el filósofo Sócrates llegó a aconsejar de buen grado a sus discípulos que se mirasen a menudo en un espejo, para que aquel que se sintiera satisfecho [5] de su propia belleza procurase con todo ahínco no deshonrar con su mala conducta la nobleza de su porte físico, y para que aquel que, por el contrario, se [6] creyera poco dotado de atractivos físicos hiciera todo lo posible para disimular su propia fealdad con la hermosura loable de sus virtudes? 55 . Hasta tal punto recurría [7] a un espejo, incluso para enseñar las buenas costumbres, el hombre más sabio de cuantos han existido 56 . ¿Quién hay que ignore, por otra parte, que Demóstenes 57 , [8] el más importante artífice de la elocuencia, ensayaba siempre sus discursos ante un espejo, como [9] si se hallara ante un maestro? De ese modo, el príncipe de los oradores, tras haber saciado su sed de elocuencia en la fuente del filósofo Platón 58 , tras haber aprendido del dialéctico Eubúlides 59 la técnica de la argumentación, buscó en un espejo, como arte suprema, la [10] armoniosa compostura de la pronunciación. ¿Quién crees, por tanto, que ha de poner más cuidado en mostrar una actitud noble en las lides oratorias, el rétor que lanza invectivas o el filósofo que reprende; el abogado que discute durante unos momentos ante unos jueces nombrados por sorteo o el orador que se pasa la vida disertando ante todo el mundo; el que litiga acerca de unos linderos o el que nos hace conocer los [11] límites entre el bien y el mal? ¿Y qué me dices del hecho de que no sólo con estos fines debe un filósofo [12] contemplarse en un espejo? Conviene, en efecto, examinar a menudo tanto la apariencia propia, como las razones de esa misma apariencia. ¿Es cierto que, como afirma Epicuro 60 , las imágenes que emanan de nosotros, como sutiles vestiduras desprendidas de nuestros cuerpos en un fluir constante, cuando chocan con una superficie lisa y dura, se repliegan sobre sí mismas, al quebrarse en ella, y, rebotando hacia atrás, se reproducen en sentido inverso? 61 . ¿O bien, como intentan [13] demostrar otros filósofos, los rayos lumínicos emanados del centro de nuestros ojos, ya unidos a la luz exterior, con la que forman un todo homogéneo, como cree Platón 62 , ya salidos tan sólo de los ojos y sin apoyo alguno [14] de la luz exterior, como piensa Arquitas 63 , ya guiados por la presión del aire, como opinan los estoicos, cuando [15] inciden sobre un cuerpo de cierta densidad, brillante y liso, se reflejan siguiendo un ángulo igual al de incidencia y, vueltos a las mismas figuras de donde proceden, configuran de ese modo en el interior del espejo todo aquello que tocan y ven fuera del mismo?
¿No os parece que la filosofía debe investigar acerca [16] de todos estos fenómenos, estudiarlos a fondo y, por tanto, observar todos los espejos, sean líquidos o sólidos? Además de los problemas que acabo de mencionar, [2] los filósofos han de plantearse otro importante tema de reflexión: ¿por qué en los espejos planos las imágenes se perciben casi de idéntico tamaño que los objetos vistos directamente y, en cambio, en los espejos convexos y esféricos todo se ve más pequeño, mientras en los cóncavos todo resulta aumentado? ¿En dónde y [3] por qué razón lo que está a la izquierda aparece en sentido inverso, es decir, a la derecha y viceversa? ¿En qué circunstancias la imagen, en un mismo espejo, se retira unas veces al interior y otras, en cambio, sale [4] al exterior? ¿Por qué los espejos cóncavos, si se mantienen frente al sol, encienden una materia inflamable [5] puesta frente a ellos? ¿Cómo puede formarse entre las nubes el multicolor arco iris, verse dos soles de idéntica apariencia y producirse muchos otros fenómenos de la [6] misma clase, acerca de los cuales trata en una extensísima obra el siracusano Arquimedes 64 , el más admirable, con mucho, de todos los sabios, por la sutil agudeza que mostró en todas las cuestiones de la Geometría, pero que acaso deba ser recordado, en especial, por haber estudiado a fondo, con asiduidad y diligencia, el tema [7] de los espejos? Si tú, Emiliano, hubieses conocido esta obra y te hubieses dedicado no sólo a destripar terrones en el campo, sino también al estudio del cálculo y de la geometría 65 , puedes creerme, si te digo que, aunque tu siniestra catadura no difiere mucho de la máscara trágica de Tiestes 66 , te habrías mirado en un espejo, movido sin duda por el simple deseo de aprender, y, desertando de vez en cuando del arado, habrías contemplado con admiración los surcos que tus numerosas arrugas han abierto en tu rostro.
En cuanto a mí, no me extrañaría lo más mínimo, [8] si tú prefirieses que yo hablara de tu figura contrahecha y, en cambio, guardase silencio acerca de tus costumbres, que son aún más repulsivas. Pero la realidad es [9] ésta: además de que no soy un buscalíos, he tenido la suerte de ignorar hasta hace poco si tú «eres blanco o negro» 67 y todavía, por Hércules, no lo sé con la suficiente certeza. Y ha sucedido así, porque tú, entregado [10] a las faenas agrícolas, has vivido ignorado de todos y yo he estado ocupado de lleno en mis estudios. De este [11] modo, la oscuridad de tu anonimato te ha mantenido a cubierto de toda crítica y yo, por mi parte, nunca me he cuidado de conocer las malas acciones de nadie; por el contrario, siempre estimé preferible disimular mis faltas a husmear en las ajenas. Por tanto, con respecto [12] a ti, me sucede lo mismo que a un hombre situado en un lugar muy iluminado y al que otro acecha desde las tinieblas. Pues, del mismo modo, tú puedes espiar fácilmente desde tus tinieblas todo lo que yo hago a plena luz y en público; en cambio, yo no puedo verte a ti, porque huyes de la luz y te ocultas en tu propia insignificancia.
Manumisión de tres esclavos
[17] Por ello, no sé, ni me tomo la molestia de averiguarlo, si tienes esclavos para cultivar la tierra, o si tú mismo y tus vecinos os ayudáis mutuamente en vuestros [2] trabajos agrícolas 68 . Tú, en cambio, sabes que yo manumití en Oea a tres esclavos 69 en el mismo día, cosa que tu abogado me ha echado en cara, entre otras de las que se ha enterado por ti, aunque poco antes había asegurado que yo había llegado a Oea acompañado de [3] un solo esclavo. Quisiera realmente que me respondieses cómo pude manumitir a tres esclavos, si solo tenía uno, a no ser que también esto constituya una práctica [4] de magia. ¿Puede llegar a tal extremo la ceguera, o mejor dicho, el hábito de mentir? «Apuleyo llegó a Oea con un solo esclavo»; al cabo de un rato, tras haber cacareado unas cuantas necedades, añade: «Apuleyo manumiti [5] ó a tres siervos en Oea en un solo día». Ni siquiera habría resultado verosímil que yo hubiera venido con tres y les hubiera concedido la libertad a todos ellos; y, aunque lo hubiera hecho así, ¿por qué se ha de considerar que tres esclavos constituyen un signo de pobreza y no, más bien, que tres libertos son indicio [6] de opulencia? 70 . Emiliano, tú no sabes, no sabes, en absoluto, cómo se acusa a un filósofo, puesto que me has reprochado, como si fuera la mayor afrenta, el escaso número de mis esclavos, cosa que yo hubiera debido inventarme, para labrar mi gloria, puesto que sé que se han gloriado del exiguo número de sus siervos no sólo los filósofos, de quienes me proclamo seguidor, sino incluso algunos ilustres caudillos del pueblo romano. En una palabra, tus abogados ni tan siquiera [7] han leído esto: Marco Antonio 71 , todo un excónsul, tuvo solamente ocho esclavos en su casa; el famoso Carbón 72 , que ocupó la más alta magistratura del Estado, uno menos; por su parte, Manio Curio, que llegó a la cumbre de la gloria, por tantas recompensas militares como recibió, el héroe que desfiló tres veces bajo la misma puerta como triunfador, nada menos que Manio [8] Curio 73 , no tenía en campaña más que dos esclavos. Así, este gran hombre, varias veces triunfador, por haber vencido a los sabinos, a los samnitas y a Pirro 74 , tuvo [9] menos esclavos que triunfos. Por otra parte, Marco Catón 75 , que no esperó a que otros hicieran su elogio, dejó escrito en un discurso, que, al partir para Hispania como cónsul, sólo había sacado de Roma tres esclavos [10]; que luego, al llegar a la Villa pública 76 , pensando que no bastaban para las necesidades del servicio, ordenó que fueran comprados otros dos en los tablados de venta del foro y que se llevó consigo a los cinco a Hispania. Si Pudente hubiese leído todo esto, se habría [11] ahorrado, creo yo, esta acusación calumniosa, o bien, tratándose de esclavos, habría preferido reprochar a un filósofo el gran número de sus servidores a echarle en cara la exigüidad del mismo.
El propio Pudente me ha objetado como delito mi [18] pobreza; pero tal imputación ha de ser bien acogida por un filósofo; más aún, debe hacer espontánea profesión de ella. La pobreza, en efecto, es desde antiguo [2] una esclava al servicio de la filosofía; frugal y sobria, poderosa con poco, ansiosa de emular su gloria y, al revés que las riquezas, constituye una posesión segura. No se preocupa de las apariencias externas, no requiere complicados cuidados y es leal consejera. A nadie [3] hinchó jamás con la soberbia, a nadie depravó haciéndolo esclavo de sus apetitos, a nadie convirtió en un feroz tirano. No busca los placeres de la gula, ni del amor sensual, ni sería capaz de disfrutarlos. Son precisamente [4] los hombres que se crían en medio de las riquezas los que suelen cometer estas acciones vergonzosas y otras semejantes. Si se pasase revista a los crímenes más abominables que recuerda la humanidad entera, no se hallaría en ellos la intervención de pobre alguno. Por el contrario, es difícil, y al mismo tiempo [5] es lógico que así lo sea, encontrar ricos entre los hombres ilustres. Ha sido precisamente la pobreza la que, desde su cuna, ha nutrido a todos aquellos hombres a los que admiramos por algún mérito excepcional. La [6] pobreza, repito, fue en los tiempos primitivos fundadora de todos los Estados, descubridora de todas las artes, ajena a toda maldad, dispensadora generosa de toda gloria, y ha gozado entre todos los pueblos de toda clase de alabanzas. La pobreza es de naturaleza [7] invariable y constante. Entre los griegos, es justa en la persona de Aristides 77 , generosa en la de Foción 78 , valerosa en la de Epaminondas, sabia en la de Sócrates, [8] elocuente en la de Homero 79 . Esta misma pobreza fue también la que, desde sus orígenes, cimentó el imperio del pueblo romano y, por ello, hasta el día de hoy, este pueblo hace sus sacrificios a los dioses inmortales utilizando copas y escudillas de barro.
[9] Si en este tribunal se sentasen, como jueces de este proceso, Gayo Fabricio, Gneo Escipión y Manio Curio 80 , cuyas hijas, a causa de su pobreza recibieron una dote 81 a expensas del Estado y fueron al hogar de sus maridos aportando la gloria de su familia y el dinero de la república; si se sentase también Publícola 82 , el que expulsó [10] de Roma a los reyes, y Agripa 83 , el artífice de la concordia del pueblo, cuyos funerales, a causa de su extrema pobreza, fueron celebrados gracias al dinero reunido, céntimo a céntimo, en una colecta, por el pueblo romano; si estuviera asimismo Atilio Régulo 84 , cuya pequeña [11] heredad, a causa de una penuria semejante, fue cultivada [12] a expensas públicas; si, en suma, todos los varones ilustres de las viejas familias, los que fueron cónsules, censores o triunfadores, admitidos durante breves momentos a gozar de la luz, enviados a este juicio, pudieran oírnos, ¿osarías echar en cara a un filósofo su pobreza ante tantos cónsules, que fueron también pobres?
[19] ¿Acaso te parece Claudio Máximo el oyente ideal, dispuesto a escuchar con complacencia tus burlas sobre la pobreza, porque le haya caído en suerte el poseer un [2] rico y abundante patrimonio? Estás en un error, Emiliano, te equivocas de medio a medio respecto a un espíritu como el suyo, si lo valoras de acuerdo con los favores que la fortuna le ha dispensado y no según los severos principios de la filosofía, si estimas que un hombre de tan austera disciplina filosófica y de historial militar tan dilatado no es más partidario de la moderación, con las estrecheces que lleva consigo, que de la opulencia y sus refinamientos, y que no prefiere, como si de una túnica se tratase, una fortuna de justas proporciones [3] a otra de amplitud exagerada. Como que también la fortuna, si, en lugar de llevarla con naturalidad, la arrastramos por los suelos, como si fuera una túnica demasiado larga, impide nuestros pasos y nos hace caer. [4] Y, en realidad, en todo aquello de que hemos de servirnos, para satisfacer las necesidades de la vida, lo que rebasa la justa medida resulta, por exagerado, más un [5] estorbo que una ayuda. Así, pues, las riquezas excesivas son como los gobernalles 85 demasiado grandes, que sirven más para hundir la nave que para dirigirla, ya que tienen una masa superflua y su peso exagerado los hace perjudiciales. Más aún, de todos los hombres [6] que nadan en la mayor abundancia, veo que se alaba sobre todo a los que viven sin alharacas, en un discreto nivel de vida, y administran sus grandes riquezas sin hacer ostentación de ellas, sin mostrarse soberbios, semejantes a los pobres en su aparente sencillez. Y si incluso [7] los ricos, en prueba de su modestia, intentan conseguir ciertas apariencias y un tinte exterior de pobreza, ¿por qué ha de avergonzarse de su humilde condición un hombre como yo, que practica una pobreza no simulada, sino real?
Yo podría, desde luego, entablar contigo una controversia [20] acerca de su nombre mismo y defender que no es pobre ninguno de nosotros por renunciar a lo superfluo, si posee lo necesario, que por naturaleza es muy poco 86 . Porque tendrá mucho aquel que aspire a muy [2] poco; tendrá, en efecto, cuanto quiera el hombre cuyas apetencias sean mínimas. Y, por esta razón, las riquezas [3] de un hombre no se valoran basándose en sus fincas o su dinero bien invertido, sino en su propio espíritu. Si éste es indigente, porque es avaro y no se siente satisfecho ante ganancia alguna, no se saciará con montañas de oro, sino que estará siempre mendigando algo, para aumentar lo antes adquirido. Esta actitud es una [4] verdadera confesión de pobreza; toda ansia de enriquecerse nace de la creencia de que le falta a uno algo y no importa cuánto es lo que falta. No tuvo Filo tan cuantioso [5] patrimonio como Lelio, ni poseyó Lelio tanto como Escipión, ni Escipión tanto como Craso el Rico, ni Craso el Rico tuvo tanto como codiciaba 87 . Así mientras aventajaba [6] en riquezas a todos, fue superado por su propia avaricia y a los ojos de los demás parecía más rico que [7] a los propios. Por el contrario, los sabios que he mencionado, no llevaban sus apetencias más allá de sus posibilidades, sino que, adaptando sus deseos a sus medios, fueron, con toda justicia y razón, ricos y dichosos. [8] Serás pobre, en efecto, por no saciar tu codicia, y serás rico por la saciedad que supone la ausencia de necesidades, ya que la pobreza se distingue por el [9] deseo y la opulencia, en cambio, por el hastío. Así, pues, Emiliano, si quieres que se me considere pobre, es preciso que demuestres previamente que soy un avaro. Porque, si en mi alma no existe necesidad alguna, no me preocupa cuánto me falta respecto a bienes exteriores, en cuya abundancia no reside el mérito y en cuya privación no hay culpa alguna.
[21] Pero, suponte que no es así y que yo soy pobre, porque la fortuna envidiosa me ha negado las riquezas, o porque, como suele suceder, me las ha mermado un tutor, me las ha robado un enemigo o no me las dejó mi padre. ¿Hay derecho a echarle en cara a un hombre su pobreza, cuando no se le reprocha tal cosa a ninguno [2] de los animales, ni al águila, ni al toro, ni al león? Si un caballo destaca por sus buenas cualidades, es decir, es resistente en el tiro y veloz en la carrera, nadie le reprocha su deficiente alimentación; tú, en cambio, ¿vas a censurarme no por la depravación de alguno de mis hechos o dichos, sino porque vivo en una casa humilde, dispongo de una servidumbre un tanto escasa, soy demasiado parco en la comida, visto con excesiva sencillez y gasto menos de lo corriente en abastecer mi mesa? Pues bien, yo, en cambio, por mezquino que [3] todo esto te parezca, creo que son muchas, mejor dicho, excesivas tales cosas y quiero restringir aún más mis necesidades, pensando que seré tanto más feliz, cuanto más austera sea mi vida. Pues la salud, tanto la espiritual [4] como la física, consiste en la independencia; la debilidad, por el contrario, es embarazosa y el tener muchas necesidades es señal inequívoca de flaqueza. Evidentemente, para vivir, lo mismo que para nadar, [5] es mejor el que está más libre de todo lastre. Igual sucede en el mar proceloso de la vida humana: los cuerpos ligeros nos ayudan a mantenernos a flote; los pesados contribuyen a hundirnos. En realidad, yo sé que [6] los dioses aventajan a los hombres sobre todo en el hecho de que no necesitan de cosa alguna para su uso personal 88 ; así, pues, aquel de nosotros que precise de lo menos posible, es el más semejante a un dios.
Por tanto, me alegré mucho, cuando os oí decir, [22] con la intención de ultrajarme, que mi hacienda se limitó a una alforja y un báculo. Ojalá tuviera yo tanta [2] grandeza de alma, que no deseara más que ese ajuar y llevase con dignidad el atuendo que eligió Crates 89 , después de renunciar voluntariamente a todas sus riquezas. [3] Crates, digo —créelo, Emiliano, si te parece—, personaje rico y de noble nacimiento entre los proceres de Tebas, movido por su amor a ese atavío que me reprochas, repartió entre el pueblo su rico y abundante patrimonio y, tras despedir a su numerosa servidumbre, eligió la soledad, despreció los numerosos y fecundos árboles que poseía, a cambio, tan sólo, de un báculo y trocó sus espléndidas casas de campo por una simple [4] alforja, de la que incluso hizo cumplido elogio en un poema, en cuanto comprobó su utilidad, parodiando con este objeto unos versos de Homero, en los que el [5] gran poeta glorifica la isla de Creta. Citaré el comienzo, para que no creas que me he inventado todo esto, a fin de reforzar mi defensa:
En medio del sombrío océano de las ilusiones vanas hay una ciudad: mi alforja 90 .
El resto es tan admirable, que, si tú lo hubieras leído, me habrías envidiado más mi alforja que mi [6] matrimonio con Pudentila. Tú reprochas a los filósofos su alforja y su báculo. ¿Serías, en cambio, capaz de reprochar a los caballeros sus faleras 91 , a los infantes sus escudos, a los portaenseñas sus estandartes, a los triunfadores, en fin, sus blancas cuadrigas y su [7] toga adornada con palmas bordadas? Esos atuendos que he mencionado antes no pertenecen, por cierto, a la escuela platónica, sino que constituyen los distintivos de la familia cínica. Para Diógenes y Antístenes 92 , su alforja y su báculo, a pesar de su insignificancia, eran lo que es para los reyes su diadema, para los generales su manto de guerra, para los pontífices su tiara y para los augures su lituo 93 . Por cierto que Diógenes [8] el cínico, al discutir con Alejandro Magno acerca de la verdadera esencia de la realeza, se gloriaba de su báculo, como si se tratara de un cetro. Y, en fin, el invicto [9] Hércules —puesto que los testigos que he presentado, te parecen, como ciertos mendigos, demasiado harapientos—, el propio Hércules, repito, que recorrió [10] todo el mundo como exterminador de monstruosas fieras y domeñador de pueblos, a pesar de su naturaleza divina, cuando peregrinaba de un país a otro, poco antes de ser admitido en el cielo en recompensa de sus virtudes, no se vistió más que con una piel de león 94 , ni llevó más compañía que su clava.
Y si no das valor alguno a estos ejemplos y me has [23] citado, no para que yo defienda mi causa, sino para que haga mi declaración de bienes 95 , a fin de que no ignores nada de mis asuntos, si es que, a pesar de tus esfuerzos, hay algo que aún no sabes, declaro que a mí y a mi hermano nos dejó en herencia mi padre dos [2] millones de sestercios, poco más o menos. Claro está que ese patrimonio ha sido algo mermado por mí, a causa de mis largos viajes, mis prolongados estudios y [3] mis frecuentes liberalidades. Porque yo he ayudado a muchos de mis amigos y he gratificado a muchos de mis maestros, a algunas de cuyas hijas he llegado a proporcionar [4] la dote. Y no habría vacilado en gastar toda mi hacienda, con tal de adquirir, a expensas de mi patrimonio [5], un bien que me es aún más preciado. En cambio tú, Emiliano, y los hombres de tu calaña, que son, como tú, incultos y groseros, en realidad valéis tan sólo lo que poseéis, lo mismo que un árbol infecundo y estéril, que, por no producir fruto alguno, sólo vale lo que paguen por la madera que hay en su tronco. [6] Sin embargo, Emiliano, guárdate en lo sucesivo de reprocharle a nadie su pobreza, ya que tú mismo hasta hace poco, en la estación de las lluvias 96 , arabas sin la ayuda de nadie, en tres días 97 y con un solo asnillo, tu pobre campo de Zarath 98 , el único que te había dejado [7] tu padre. Porque, no hace aún mucho tiempo, las muertes sucesivas de varios parientes te han enriquecido con unas herencias que en modo alguno merecías, de donde te ha venido, más aún que de tu siniestra catadura, el nombre de Caronte 99 .
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