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Repensar el cerebro

Secretos de la Neurociencia

Antonio Rial

PREMIO EUROPEO DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA ESTUDI GENERAL 2014



Director de la colección:Fernando Sapiña
Coordinación:Soledad Rubio

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Del texto: Antonio Rial, 2016

© De la presente edición:

Càtedra de Divulgació de la Ciència, 2016

www.valencia.edu/cdciencia cdciencia@uv.es

Publicacions de la Universitat de València, 2016

www.uv.es/publicacions publicacions@uv.es

Producción editorial: Maite Simón

Interior

Diseño: Inmaculada Mesa

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Pau Viciano

Cubierta Diseño original: Enric Solbes Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9976-7

A Jaime, Gonzalo y Ainhoa, por lo que sé de ellosy por lo que aún ignoro

Los conceptos y principios fundamentales de la cienciason invenciones libres del espíritu humano

ALBERT EINSTEIN

Premis Literaris Ciutat d’Alzira 2014

Esta obra obtuvo el XX Premi Europeu de Divulgació Científica Estudi General, instituido por la Universitat de València y el Ayuntamiento de Alzira y con el apoyo de Bancaixa. Formaban parte del jurado Pilar Campins, Dolors Corella, Carlos Correal, Salvador Macip, Fernando Sapiña y Chris Willmott.

ÍNDICE

P RÓLOGO

Capítulo 1. A SÍ FUNCIONA

EL CEREBRO NOS ENGAÑA

LA CARRERA PARA CONOCER COMPLETAMENTE EL FUNCIONAMIENTO DEL CEREBRO

PLASTICIDAD CEREBRAL

EL CEREBRO PROCESA LAS IMÁGENES EN 13 MILÉSIMAS DE SEGUNDO

TODOS TENEMOS ALGÚN TALENTO

SOLO SE APRENDE CUANDO SE DISFRUTA

SI QUIERES QUE TE ENTIENDA, PON UN EJEMPLO

EINSTEIN LO TENÍA PEQUEÑO

LEER NOS HACE INTELIGENTES

EL MITO DE LOS DOS CEREBROS

SUPERSTICIONES

¿CÓMO NOS ENGAÑAN LOS MAGOS?

EL TIEMPO NO CORRE SIEMPRE A LA MISMA VELOCIDAD

¿CÓMO FUNCIONA LA MEMORIA?

¿QUÉ DIFERENCIA EL CEREBRO DE MUJERES Y HOMBRES?

EL CEREBRO DE LOS BEBÉS

EL CEREBRO DE LOS ADOLESCENTES

¿DÓNDE RESIDE LA IMAGINACIÓN?

CÓMO DESARROLLAR LA CREATIVIDAD

BILINGÜISMO

RECONOCER LA CARA DE MAMÁ

TERREMOTOS EN EL CEREBRO

¿PODRÁN LAS MÁQUINAS PENSAR COMO LOS HUMANOS?

Capítulo 2. EMOCIONES, MIEDOS, PLACERES

LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

¿QUÉ NOS HACE FÍSICAMENTE ATRACTIVOS?

EL AMOR TRANSFORMA FÍSICAMENTE EL CEREBRO

¿ES POSIBLE MANTENER EL AMOR ROMÁNTICO A LARGO PLAZO?

LAS MUJERES DISFRUTAN MÁS DE LA RISA

EL PLACER DE LA MÚSICA

PASARLO DE MIEDO

CARA Y CRUZ DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

¿QUÉ SON LAS FOBIAS?

MIEDO A LAS MATEMÁTICAS

EL ARTE CARO ES MÁS ATRACTIVO

COMPRAS COMPULSIVAS

Capítulo 3. R AREZAS

EL CEREBRO SOBREVIVE UNOS SEGUNDOS A LA MUERTE

ALUCINACIONES

FALSOS RECUERDOS

LA CANCIÓN DEL VERANO

ACUMULAR BASURA ES UNA ENFERMEDAD MENTAL

EL CEREBRO INTERPRETA EL RECHAZO SOCIAL COMO DOLOR FÍSICO

TENER DINERO ALIVIA EL DOLOR

SUPERVALIENTES

LA DISLEXIA ES UN PROBLEMA DE CONEXIONES

EL CEREBRO HIPNOTIZADO

EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE QUE NO PUEDE DEJAR DE REIR

GELOTOFOBIA: TERROR A LA RISA

OLER SONIDOS, OÍR COLORES

DÉJÀ VU

Capítulo 4. Manual de mantenimiento

¿CÓMO DEBERÍAMOS ALIMENTAR AL CEREBRO?

SANA SANITA... EL EFECTO PLACEBO

ALIVIAR LA ANSIEDAD

LOS BENEFICIOS DE MEDITAR

EJERCICIO PARA MANTENER EL CEREBRO EN FORMA

VIDEOJUEGOS PARA ENTRENAR LA MENTE

¿POR QUÉ NOS ENGAÑAMOS A NOSOTROS MISMOS?

ALARGAR LA JUVENTUD

AL CEREBRO NO LE GUSTA EL VERANO

CUANTOS MÁS AMIGOS, MÁS CEREBRO

MÁS AUTOCONTROL, MENOS DOLOR

SI ERES GENEROSO LO TENDRÁS MÁS FÁCIL

EL TRIPTÓFANO, ANTIDEPRESIVO NATURAL

DOPAMINA HASTA EN LA SOPA

RESILIENCIA: LA CIENCIA DE SUPERAR ADVERSIDADES

VER LA TELE ATROFIA EL CEREBRO

¿ES INOCUO PARA EL CEREBRO FUMAR PORROS?

LAS BEBIDAS DE COLA PUEDEN DAÑAR EL CEREBRO DE NIÑOS Y ADOLESCENTES

NIÑOS ESTRESADOS, ADULTOS ANSIOSOS

LA DEMENCIA SIGUE SIN TENER CURA

Capítulo 5. A DORMIR.

EL CEREBRO SE LIMPIA MIENTRAS DORMIMOS

EL MISTERIO DEL BOSTEZO

¿POR QUÉ SOÑAMOS?

COMBATIR EL INSOMNIO

LOS SUEÑOS QUE BORRAN EL MIEDO

LOS MÁS INTELIGENTES RECUERDAN MEJOR LO QUE SUEÑAN

ASESINOS DURMIENTES

E PÍLOGO

B IBLIOGRAFÍA

Í NDICE ANALÍTICO

PRÓLOGO

En la Grecia antigua, Aristóteles explicaba que la función del cerebro era actuar como una especie de radiador del cuerpo humano que servía para disipar el exceso de calor. Desde entonces hasta ahora la Neurociencia trabaja para desmontar falsos mitos como el postulado por el del sabio griego, descubriendo día a día el extraordinario funcionamiento del órgano más complejo del universo conocido. Usted y yo entendemos el mundo tal y como lo deciden las cien mil millones de células nerviosas que alberga cada uno de nuestros nuestro cerebros, que envían y reciben continuamente señales a través de aproximadamente 180.000 kilómetros de redes neurales. No sólo el cuerpo puede ser entrenado, el cerebro tiene una inagotable capacidad plástica. La prueba es que –por poner solo unos ejemplos– los deportistas de alto rendimiento y los músicos profesionales tienen más desarrolladas las áreas del cerebro que controlan el movimiento, mientras en los taxistas es más vigorosa la actividad en la zona que controla la orientación espacial. Pero para obtener el máximo rendimiento necesitamos repensar permanentemente el cerebro, conocerlo lo mejor posible para aprovechar al máximo todas sus capacidades.

Capitulo 1

ASÍ FUNCIONA

EL CEREBRO NOS ENGAÑA

Todo es mentira. Esa es la incómoda realidad que hay que afrontar cuando analizamos el funcionamiento del cerebro. Nuestro cráneo es un búnker que alberga la gran joya de la evolución: la gelatinosa masa rosácea de menos de kilo y medio de peso con la que creemos entender el movimiento de las mareas, la furia de los huracanes o el amor romántico. El primer chasco que nos llevamos es que la mayor parte de la información exterior que conocemos procede de la luz, un escurridizo fragmento de la radiación electromagnética que inunda el universo y que siempre está dispuesta a engañarnos. De hecho, ni siquiera percibimos la mayor parte de la radiación, que viaja a través de nosotros en forma de microondas, ondas de radio, luz infrarroja, rayos X o rayos gamma. En el fondo de los ojos la retina procesa como señal eléctrica la luz visible de forma un poco tosca, puesto que solo reserva una mínima parte –la fóvea– al trabajo de resolución fino, mientras el resto de la superficie identifica a bulto y en blanco y negro las imágenes que completan el cuadro al que prestamos atención. La extraordinaria maravilla y –a la vez– el colosal engaño que nuestra especie comparte con otras muchas es que disponemos de un cerebro que construye mediante artificios electroquímicos la sensación de continuidad y de coherencia que nos permite adaptarnos a un entorno que nosotros interpretamos como realidad. La prioridad para nuestro querido cerebro no es conocer la verdad objetiva –si es que esta existe o tiene sentido– sino garantizar nuestra supervivencia como individuos y como especie. Este imperativo vital condiciona que conocer la «verdad» sea irrelevante para el cerebro, pero también fuerza a que compartamos con el resto de la humanidad y con buena parte de los seres vivos las ilusiones que consideramos reales. Entender el universo de una manera determinada y compartida es lo que ha permitido el desarrollo del método científico. Para la ciencia solo es cierto lo que puede someterse a la validación experimental, aquello que cualquiera puede observar si lleva a cabo la misma prueba en condiciones idénticas.

Tras casi 4.000 millones de años de evolución de la vida en la Tierra y 195.000 años de la evolución de nuestra especie Homo sapiens sapiens, nuestros cerebros se han especializado en el reconocimiento de patrones. Aquellos de nuestros antecesores que fueron capaces de distinguir a un predador de una oveja sobrevivieron y dejaron en sus genes la valiosa información que hemos podido aprovechar los que vinimos detrás. Lo mismo ocurre con los que distinguían las plantas venenosas de las que no las eran. Hace miles de años algunos seres humanos también se dieron cuenta observando las estrellas que la naturaleza repite ciclos, calendarios, que eran útiles para decidir donde asentarse y para predecir cuándo llegaría el frío, las lluvias, el calor, cuándo las plantas darían frutos o morirían, cuándo llegarían o se marcharían las manadas migratorias. También como individuos y como grupo tendemos a establecer y repetir hábitos que nos hacen predecibles. El cerebro de una especie tan físicamente vulnerable como la nuestra se especializó en anticipar el futuro como método de supervivencia. La selección natural ha ido haciendo el resto. La clave de que nuestro cerebro pueda funcionar como lo hace reside en que la naturaleza parece encontrarse a gusto estableciendo rutinas sencillas que se van complicando al repetirse en diferentes escalas. Nuestra especie ha ido afinando la intuición para predecir determinados acontecimientos hasta entender que los números son las piezas elementales que componen el lenguaje de esos patrones ocultos. Hace unos 2.300 años, en la antigua Grecia, Euclides puso las bases de las matemáticas en su obra Elementos de geometría. En ella recogió todos los conocimientos matemáticos conocidos hasta su época, pero además estableció un modelo en el que mediante leyes pudieran deducirse nuevas verdades.

Los sabios de la Grecia clásica entendieron que toda la naturaleza se asienta sobre modelos matemáticos y establecieron los cinco elementos básicos que la constituyen (aire, tierra, agua, fuego y éter), que Platón vinculó a otras tantas figuras geométricas regulares: «El fuego está formado por tetraedros; el aire de octaedros; el agua de icosaedros; la tierra de cubos; y como aún es posible una quinta forma, Dios ha utilizado esta, el dodecaedro pentagonal, para que sirva de límite al mundo. Hesíodo, en su Teogonía, escrita hace 2.500 años, postulaba que los dioses existen para poner orden en el caos.

La ciencia sigue hoy empleando la matemática como la principal herramienta para que nuestro cerebro entienda las leyes que rigen la naturaleza, y no hace otra cosa que tratar de explicar lo que es constante en un entorno caótico. Al matemático Benoit Mandelbrot, fallecido en 2010, se le reconoce la autoría de la descripción de la geometría fractal, que revela cómo objetos aparentemente irregulares muy frecuentes en la naturaleza mantienen su estructura visual por mucho que nos acerquemos o nos alejemos. La imagen de un vaso sanguíneo, de una nube, de una montaña, de un copo de nieve, de una hoja o de las redes nerviosas aparentan una extraordinaria complejidad, pero sustancialmente contienen idéntica regularidad geométrica cuando se observan en diferentes escalas.

Afortunada o desafortunadamente, tenemos limitada nuestra capacidad como especie para detectar los patrones, las constantes que subyacen a buena parte de las imágenes o las actividades de la naturaleza. La Teoría del Caos predice que cuando se introducen levísimas variaciones en el funcionamiento de un sistema natural, estas se multiplican exponencialmente a lo largo del tiempo, lo que hace imposible predecir el efecto final. En 1890 Poincaré pudo constatarlo cuando trataba de determinar en vano cuáles son en un momento dado la velocidad y posición de tres cuerpos como la Luna, el Sol y la Tierra, que interactúan gravitacionalmente. En 1963 el matemático y meteorólogo Edward Lorenz comprobó mediante un experimento con ordenador el célebre «efecto mariposa», con el que poéticamente estableció que el simple movimiento del aire que causa el batir de las alas de una mariposa es capaz de provocar un cambio en cascada en el clima que acabe desencadenando un tornado en un lugar alejado del planeta. A nuestro pobre cerebro, que adora ahorrar energía repitiendo rutinas, no le queda otra que afrontar lo impredecible. Eso sí, si se lo permitimos solo analizará lo justito para mantenernos vivos. La mayor parte de la actividad mental está automatizada, una parte viene de serie escrita en el código genético y otra parte procede del aprendizaje. Aprender requiere consumir mucha energía en la corteza cerebral hasta que conseguimos transformar la novedad en rutina. Una vez logrado, el cerebro envía el hábito a regiones más profundas y –en la medida que puede– fuera de nuestra actividad consciente. Es mejor que sea así. Ponernos a pensar cómo tenemos que caminar, rascarnos, montar en bici o teclear un ordenador sería insoportable. Además, la actividad inconsciente es más rápida procesando información y traduciéndola en órdenes motoras. Si cuando jugamos al tenis tuviésemos que seguir conscientemente la trayectoria de la pelota sufriríamos unas derrotas monumentales.

La potencia de procesamiento de información del cerebro humano es gigantesca y casi toda ella se mantiene oculta para nosotros mismos. Como defiende el físico teórico estadounidense Michio Kaku –empleando argumentos de Marvin Minski–, es probable que hayamos sobrevalorado la conciencia humana, que no es más que un producto de imágenes y pensamientos que proceden de lugares dispersos del cerebro y que cuando es necesario compiten por despertar nuestra atención, nuestro pensamiento consciente. El chimpancé es la especie más parecida a la nuestra y de la que solo nos diferencia un 1,6% del genoma. Lo que caracteriza a nuestro cerebro es el mayor desarrollo del lóbulo frontal, o más específicamente de la corteza prefrontal, aquella que es la última que madura en nuestra especie, al final de la adolescencia y que –como explica acertadamente el neurólogo Francisco Rubia– es el área cognitiva por naturaleza al albergar nuestra inteligencia, nuestra manera de procesar conscientemente la realidad. Quizás, más que preocuparnos de definir la conciencia humana, tiene más sentido hablar de los diferentes niveles de conciencia de las distintas especies, dando por sentado que todas ellas necesitan algún nivel de conciencia para adecuarse a su entorno. Kaku aventura que los robots podrán en el futuro alcanzar una «conciencia de silicio» que les permitirá adaptarse a circunstancias complejas.

Una bacteria, una planta, un colibrí o un oso hormiguero comparten con nosotros la obligación de sobrevivir como individuos y como especie, pero la evolución biológica les ha llevado a procesar la realidad con mentiras que en parte compartimos y en otra buena porción son distintas a las nuestras. Como ocurre en nuestra especie, procesan la realidad justo en los términos que necesitan para no desaparecer. En contraste con nuestros 100.000 millones de neuronas, el gusano C. Elegans dispone de apenas 300 que establecen unas 7.000 conexiones. El cerebro de los colibríes es del tamaño de un grano de arroz y sin embargo estas aves son capaces de elaborar mapas mentales para recordar entre miles de flores aquellas en las que ya han libado y en cuáles otras el néctar sigue intacto y jugoso. Los pájaros cascanueces son capaces de memorizar el lugar en el que entierran uno a uno 30.000 piñones durante los meses de calor en una superficie de cientos de kilómetros. Cuando llegan las nieves recuperan el 90% de los frutos. Estas hazañas de la memoria están completamente fuera del alcance de un cerebro humano convencional, pero para ellos es vital. La etología también ha demostrado que hasta las hormigas y las moscas son capaces de actuar según su experiencia pasada.

El físico y matemático Roger Penrose y el médico anestesista Stuart Hammeroff teorizan que la ingente capacidad de procesamiento de información del cerebro solo se explica porque en cada citoesqueleto de las neuronas y de sus axones existen unas estructuras de microtúbulos en red, cuyo funcionamiento responde a las leyes que rigen lo muy pequeño, las de la mecánica cuántica, que multiplica infinitamente la mera potencia de computación electroquímica del cerebro. En la escala de los objetos de gran tamaño la física clásica funciona como un reloj para predecir acontecimientos naturales. Incluye las leyes de Newton que explican el movimiento; las de Maxwell para explicar la luz, el magnetismo y la electricidad como constitutivos del campo electro magnético; y las leyes de la relatividad de Eisntein: la general que predice los campos gravitatorios a gran escala y la teoría especial, que prevé el fundamento que rige a grandes velocidades. Estas leyes son extraordinariamente precisas para establecer modelos de predicción en nuestro mundo convencional, pero fracasan en las escalas más pequeñas de la realidad, que es donde –según Penrose y Hammeroff– se hace posible la formación de la consciencia.

Los precedentes de su teoría son bien remotos. En la antigua Grecia Demócrito propuso que el mundo material está compuesto por diminutas partículas indivisibles: los átomos, una palabra que en griego significa justamente «no divisible». Platón objetó que si los átomos pueden ocupar algún espacio, entonces pueden dividirse, luego no puede ser el constituyente fundamental de la materia. Hoy sabemos que cada átomo está constituido por electrones que giran en torno a un núcleo. Éste a su vez está formado por neutrones y protones, los cuales se forman de quarks y leptones, que son los componentes fundamentales de la materia. Einstein, con su ecuación E = mc2 dejó establecido que la energía podía transformarse en materia, lo que abrió un inmenso campo de estudio que abarca reglas del juego diferentes a las que rigen para lo sólido. Cuando se estimula una célula nerviosa se produce un potencial eléctrico, el potencial de acción, que viaja a través de la extensión de la célula, el axón. En su terminal contiene vesículas cargadas de unas sustancias químicas, los neurotransmisores, cada una con una función definida. Cuando reciben la descarga se vacían las vesículas y los químicos salen a una zona entre las neuronas, la hendidura sináptica, desde donde se fijan a los receptores de la célula diana causando una reacción química de excitación o de inhibición. Los nervios, pues, transmiten información gracias a impulsos de energía. Pero como recuerda el fisiólogo Derek Chopra, en la base de esa energía está el vacío cuántico.

El físico de la Universidad de Oxford Vlatko Vedral va mucho más allá. La realidad está compuesta –según Vedrall– de unidades de información y no de fragmentos de materia o energía. No es solo que nuestro cerebro puede reconocer patrones de información, sino que la propia información es –en la escala subatómica– la componente esencial del universo y esta información es, además, previa a la aparición de la materia o la energía. Se apoya en las leyes de la mecánica cuántica para sostener que nada existe experimentalmente hasta que interactuamos con ello. Las unidades de información –y no las de energía y materia– son las que crean la realidad, y los propios fragmentos de materia y energía no son más que unidades de información. El profesor de ingeniería mecánica del MIT Seth Lloyd reivindica que la idea de Vedral ya viene siendo postulada por él mismo desde años antes. El universo –para Lloyd– se comporta como un inmenso ordenador cuántico que desde que nació durante el Big Bang hace 13.700 millones de años no hace otra cosa que recibir y procesar información subatómica en escalas cada vez más complejas. Asegura que los científicos han cometido el inmenso error histórico de analizar el universo como una colección de partículas y campos, cuando lo correcto es interpretarlo como un conjunto majestuoso en el que cada evento físico que ocurre en cualquier parte del mismo alimenta información al sistema. Y la salida de información que ofrece este ordenador cósmico es nada menos que la realidad. Este mecanismo es el que –según postula Lloyd– permite un universo en continua expansión en el que nacen y mueren galaxias con sus estrellas y planetas, y el que ha propiciado que en al menos uno de estos planetas, el nuestro, se desarrolle una vida que también evoluciona sin descanso procesando ingentes cantidades de información cada vez más compleja. Este computador hace prácticamente inevitable –para Lloyd– la eventual aparición del ADN, el sexo y la conciencia como formas de procesamiento de información que persiguen la supervivencia. Estas ideas están en línea con la teoría de la formación causativa que postula el bioquímico británico Rupert Sheldrake, quien sostiene que todo el universo contiene redes de información –campos mórficos– al que cada especie accede en función de su cercanía biológica. La especie humana tendría disponible fuera del cerebro información en red generada por el resto de la humanidad, una suerte de memoria colectiva, pero en particular seríamos más sensibles a aquella que producen las personas por las que sentimos afecto. Esta manera de procesar la realidad es la que –a juicio de Sheldrake– justificaría fenómenos como la intuición, las premoniciones o la telepatía. Es inevitable recordar a Hermes Trimegisto, el personaje mítico cuyas referencias se sumergen en lo más profundo de la historia. Asociado al dios egipcio Tot y al griego Hermes, la literatura ocultista le señala como padre del «hermetismo», un sistema de creencias metafísicas –entre las que se encuentra la alquimia– que tuvo un fuerte impacto en la Edad Media y que aún hoy alimenta las creencias ocultistas. Ahora nos puede resultar chusco que alguien con una mediana formación intelectual crea en el hermetismo y en la alquimia, pero no debemos precipitar nuestro juicio. Uno de los gigantes de la ciencia, Isaac Newton, fue alquimista y tradujo del latín al inglés la Tabla Esmeralda, una de las obras atribuidas al sabio Hermes. En ella, el viejo sabio sentencia: «Lo que está más abajo es como lo que está más arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Cada uno actúa para cumplir los prodigios del Uno». Son profundamente cautivadoras y fascinantes las actuales investigaciones que tienen como sustrato la mecánica cuántica y que persiguen establecer una Teoría del Todo que ofrezca una explicación única a cuestiones que abarcan desde la cosmología a la consciencia humana, pero hay que advertir de que estas hipótesis aún no han pasado la validación de la ciencia empírica. Es una lástima porque, como comprobaremos en este libro, a nuestro cerebro le encanta la coherencia.

LA CARRERA PARA CONOCER COMPLETAMENTE EL FUNCIONAMIENTO DEL CEREBRO

Europa y Estados Unidos han decidido que el cerebro deje de tener secretos para la ciencia y se han dado una década de plazo. Las administraciones de uno y otro lado del Atlántico han iniciado una carrera en la que reconocen que afrontan el mayor esfuerzo científico de la historia y la meta será construir el mapa completo de la actividad cerebral. Se trata de reproducir para la Neurociencia lo que para la genética ha significado el Proyecto Genoma Humano, aunque ahora el reto es más complejo. El cerebro humano suma 100.000 millones de neuronas y cada una de ellas es capaz de establecer unas 10.000 conexiones. Este desafío persigue comprender el funcionamiento de la joya de la evolución, avanzando simultáneamente en el desarrollo de una forma extraordinaria y aún desconocida de inteligencia artificial. Si tiene éxito también se abrirá la puerta al diseño de nuevos tratamientos destinados –sobre todo– a enfermedades degenerativas como el Parkinson y el Alzheimer. En Estados Unidos hacen cuentas y les salen. Cada dólar que invirtió el país entre 1990 y 2003 para desvelar el genoma humano se multiplicó por 100 en beneficios para la economía nacional. Fueron casi 4.000 millones los que se emplearon para conocer el genoma y se baraja esa misma cifra para destripar los secretos del cerebro. El proyecto americano BRAIN –del que el neurobiólogo español Rafael Yuste es impulsor en la Universidad de Columbia– persigue capturar y controlar la actividad cerebral creando sensores de tamaño molecular que actúen de forma no invasiva. Al mismo tiempo que la investigación estadounidense, se desarrolla el Proyecto Cerebro Humano (HBP), que dirige en Suiza el científico Henry Markram y que moviliza durante una década 1.000 millones de euros que financia la Unión Europea. Esta iniciativa no trata de cartografiar una a una cada conexión del cerebro, sino aprovechar el conocimiento que la ciencia acumula sobre cómo las neuronas se conectan entre sí para elaborar algoritmos matemáticos que permitan construir un modelo de predicción de todo el funcionamiento cerebral. Estados Unidos y Europa tratan de coordinar ambos proyectos y se persigue que la información que se consiga con BRAIN ayude a modelar la supercomputación cerebral de HBP. Antes de recibir el impulso europeo, Markram y su equipo ya llevaban años trabajando en el proyecto Blue Brain con el que –con la ayuda del superordenador IBM Blue Gene– han conseguido simular el funcionamiento de las 30.000 neuronas con forman la columna neocortical de los roedores. Los críticos argumentan que aún no se disponen de ordenadores con la suficiente potencia para reproducir los billones de operaciones por segundo que ejecuta el cerebro humano. También objetan que mientras nuestro cerebro consume el equivalente de veinte vatios de energía, un computador de esa envergadura requeriría disponer en exclusiva de toda una central eléctrica. Marktram está convencido de que en unos años se podrán resolver los impedimentos técnicos. Su ordenador neuromórfico se comportará como un gigantesco cerebro artificial al que conectará con robots para analizar cómo aprenden estos. La gran pregunta aún sin resolver es qué consecuencias tendría para nuestra especie fabricar robots con cerebros que podrían llegar a ser conscientes. El propio Markram reconoce que ésa es una pregunta filosófica para la que no tiene respuesta.

PLASTICIDAD CEREBRAL

En personas sanas cualquier órgano funciona de forma eficiente y adecuada para el fin evolutivo para el que está diseñado. El cerebro tiene la particularidad de que procesa mayor cantidad de información y ésta es más compleja y en muchos casos impredecible, puesto que buena parte procede del exterior. Resulta casi increíble su capacidad para adaptarse a cualquier situación gastando el mínimo de energía posible. Su «plasticidad» es la que le permite –por ejemplo– que podamos adaptarnos a la pérdida de un brazo, una pierna o una mano. Ello se debe a que para cualquier movimiento que hacemos el cerebro tiene establecido un mapa concreto, un recorrido eléctrico que se refuerza con el uso. Cuando se amputa un miembro, el cerebro sigue echando mano de su camino conocido durante un tiempo y la persona que ha sufrido la amputación siente que sigue allí el miembro y que lo puede seguir usando. Es lo que se llama un «miembro fantasma». Si se le coloca al paciente una prótesis, las redes de neuronas aprenden otro camino, se desvían y establecen nuevas conexiones para sustituir las funciones perdidas. Y cuanto más se practique la nueva ruta, cuanto más esfuerzo consciente haga el paciente, mejor y más eficientemente se adaptará a la nueva situación. Los deportistas paralímpicos son el mejor ejemplo de cómo el cerebro es capaz de adaptarse a una pérdida y consigue desarrollar habilidades excepcionales fortaleciendo caminos alternativos. Otro buen ejemplo lo ofrecen los astronautas. Hace años se entrenó en la Tierra y con gravedad a un grupo de ellos a practicar un juego en el que tenían que lanzarse y capturar una pelota tratando de que la bola alcanzase metro y medio de altura por encima de sus cabezas y a tres velocidades distintas. Una vez en el espacio y sin gravedad se repitió la prueba. Al principio los astronautas calculaban mal la distancia y los brazos se adelantaban a recibir la bola unos milisegundos. Después de dos semanas en ingravidez mejoraron su capacidad de reacción y fueron capaces de lanzar la bola y atraparla en el aire sin equivocarse. Sus cerebros se habían adaptado a la nueva circunstancia. El gran Santiago Ramón y Cajal fue el descubridor de una de las claves de la Neurociencia: la capacidad de adaptación de las neuronas, la plasticidad cerebral, que demostró en 1888. En 1906 recibió por este hallazgo el premio Nobel de Medicina.

EL CEREBRO PROCESA LAS IMÁGENES EN 13 MILÉSIMAS DE SEGUNDO

Neurocientíficos del Instituto Tecnológico de Massachusetts han descubierto que el cerebro humano puede procesar imágenes completas que el ojo ve en un periodo tan fugaz como 13 milésimas de segundo. Este hallazgo fulmina lo que se pensaba hasta hace pocos años, que ponía el record para identificar una imagen en 100 milésimas. Para llegar a esta conclusión, los investigadores emplearon a un grupo de voluntarios a los que pusieron ante una pantalla de ordenador en la que les mostraron series de seis a doce imágenes y les pidieron que buscasen en cuáles aparecía una «pareja sonriente» o un «día de campo». A partir de los 100 milisegundos es cuando el cerebro humano es capaz de identificar correctamente las imágenes que ve, pero en el experimento se fue acortando gradualmente el tiempo de exposición hasta alcanzar el punto en el que las respuestas que daban los voluntarios no eran mejores que las que contestaban si estuviesen respondiendo al azar. Los sujetos fueron mejorando los aciertos a medida que entrenaban hasta conseguir detectar nuevas imágenes a una velocidad de apenas 13 milisegundos. La autora principal del estudio, Mari Potter, explica que lo que el cerebro hace en ese tiempo tan breve no es tanto ver como intuir, identificando lo que percibe con conceptos similares que guarda en la memoria. Este procesamiento veloz de la información es el que nos ayuda a dirigir y fijar la mirada tres veces por segundo para dar sentido y ayudarnos a enfocar, aunque tardamos entre 100 y 140 milisegundos en decidir a dónde miramos finalmente. Respecto a otros animales, los humanos somos lentos y torpes en el proceso para analizar la información visual. Insectos como las moscas, y otras especies como las ardillas, las palomas o los estorninos, son hasta cuatro veces más rápidas y consiguen ver a cámara lenta, lo que les facilita escapar de sus predadores. Esa es la razón por la que es tan difícil para nosotros atrapar a una mosca o un pájaro. Dentro de nuestra especie no todos tenemos la misma capacidad para procesar las imágenes. Los jóvenes son más eficientes que los adultos y más aún si tienen la vista entrenada, como les ocurre a los atletas, los tenistas o los porteros de fútbol que, literalmente, las cogen al vuelo.

TODOS TENEMOS ALGÚN TALENTO

Cada cerebro es diferente y es flexible, tiene capacidad para desarrollar habilidades fortaleciendo las redes nerviosas necesarias en cada caso para ejecutar cada tarea. Sin embargo cada uno de nosotros venimos de serie preparados de forma natural para llevar a cabo mejor determinados trabajos y no otros. La etapa crítica se desarrolla durante los primeros cinco años de la vida, cuando el cerebro crece rápidamente hasta alcanzar a esa edad el 90 por ciento de su tamaño. El 10 por ciento restante lo completamos hasta cumplir la edad de veinte años. Esos primeros cinco años de la vida son claves en el desarrollo de las capacidades porque es cuando se forman la mayor parte de las conexiones que si se usan quedan establecidas para siempre. Probablemente Mozart habría sido un desastre si en vez de trabajar desde niño con su padre componiendo partituras y tocando el piano se hubiese dedicado a la fontanería y a Rafa Nadal no le habría cundido tanto estudiar arquitectura como dedicarse a desarrollar desde niño su técnica como tenista. Saber cuáles son nuestros puntos fuertes y poner esfuerzo en desarrollarlos es la clave de eso que se llama talento. Una vez que pasa el periodo crítico de la primera infancia nos costará más esfuerzo desarrollar habilidades naturales que hemos abandonado, pero el cerebro es plástico y siempre puede encontrar el camino. Existen tests que evalúan en edades tempranas cuáles son los puntos fuertes de nuestro cerebro, que miden si estamos más predispuestos a trabajar en grupo o solos, en deportes o en habilidades más intelectuales, en ciencias o en humanidades. En el caso de Mozart y de Nadal está claro que acertaron de pleno quienes orientaron sus carreras cuando aún eran niños, pero lo más corriente que dejemos morir por falta de uso aquellas capacidades en las que podríamos destacar. Llama la atención que son muchas las personas que descubren un talento oculto justo después de jubilarse. El tiempo libre les concede la oportunidad y la libertad de cultivar rutas del cerebro que se habían dejado abandonadas a causa de la rutina que impone el trabajo y el cuidado de la familia. Es entonces, en el último tramo de la vida, cuando muchos aprovechan la oportunidad para cambiar deliberadamente y con esfuerzo los circuitos de pensamiento que llevaban utilizando desde la infancia.

SOLO SE APRENDE CUANDO SE DISFRUTA

Conociendo cómo funciona el cerebro, los padres y profesores podemos ser más eficientes para conseguir que los niños aprendan realmente aquello que estamos enseñando. A través del proceso de la educación lo que hacemos es cambiar literalmente el cerebro. Para aprender tienen que establecerse nuevas conexiones y esto requiere esfuerzo. El cerebro, cumpliendo con su obligación de ahorrar energía, se resiste a cambiar y tiende a mantener las conexiones imprescindibles, aquellas que nos ayudan a sobrevivir. Afortunadamente, también tendemos a aprender lo que nos resulta interesante, lo que despierta nuestra curiosidad. Por eso la primera clave para facilitar el aprendizaje es conseguir que los alumnos mantengan la atención por lo que decimos. No es sencillo. Cuando estamos aprendiendo, estableciendo conexiones, los sistemas de fatiga nerviosa aparecen muy pronto. Se calcula que a partir de los tres minutos de actividad continua escuchando datos, las neuronas de un cerebro poco entrenado para el aprendizaje necesitan un descanso que no es muy diferente al que requieren los músculos cuando practicamos ejercicio físico. Pasado ese breve lapso de tiempo, el cerebro busca otros estímulos tanto internos, como soñar despiertos, como externos, desviando la atención hacia cualquier otra cosa. El truco para mantener la atención es ir combinando la información pura y dura con ejemplos y anécdotas, con historias que pongan en contexto la teoría, y que de paso activen distintas zonas del cerebro. Y si las historias contienen emoción y humor aún se consolidará más sólidamente el aprendizaje y la fabricación de recuerdos. Alternar las emociones con los conceptos es la forma más eficiente de enseñar. La información a largo plazo exige establecerse en un contexto, y mejor cuanto más amplio sea. Si las matemáticas se presentan como una mera serie de números y ecuaciones y no se traducen esos símbolos a ejemplos prácticos hay pocas posibilidades de que el niño trabaje con la memoria a largo plazo. En cada clase los alumnos deberían tener oportunidades para leer, escribir y calcular, con el fin de comprometer al hemisferio izquierdo del cerebro, que es el que comprende lo complejo. También deberían estar obligados a presentar informes orales y escritos para activar el hemisferio derecho, que es el que compone la información como un todo y le añade emoción y sentimientos.

SI QUIERES QUE TE ENTIENDA, PON UN EJEMPLO

Nuestro cerebro aprende con ejemplos, con analogías. Tendemos a imitar comportamientos, pensamientos y gestos de aquellos en los que confiamos. Las redes nerviosas, los mapas del cerebro, comprueban con los centros emocionales si la persona con la que interactuamos en cada momento nos parece de fiar, si nos causa sensaciones agradables, si nos cae bien o mal, o –en el mayor de los grados– si le amamos o le odiamos. Solo cuando el centro de las emociones lo autoriza, le abrimos la puerta al aprendizaje. Las llamadas «neuronas de espejo» son capaces de copiar y reproducir en nuestro cerebro movimientos y conductas del otro, y también pueden activarse para compadecerse de aquellos que sufren, al poner en marcha idénticas redes nerviosas que las de aquellos a los que vemos sufrir. El cerebro humano tiene múltiples sistemas de neuronas espejo que se especializan en realizar y entender no sólo las acciones de los demás, sino también sus intenciones: el significado social de sus emociones y de sus comportamientos. La mayoría de nosotros podemos leer las emociones de los demás analizando instantáneamente las expresiones de la cara, el tono de voz y el lenguaje corporal y ello debido a que nuestras neuronas espejo simulan en nosotros mismos la actividad muscular que está ligada a cada emoción de las personas con las que nos estamos comunicando. Por eso se les llama también «neuronas de la empatía», por ser las responsables de comprender las emociones de los demás. También este sistema es básico en el desarrollo del lenguaje. Está demostrado incluso que cuando forzamos una sonrisa el cerebro llega a liberar las sustancias químicas relacionadas con la sensación de estar alegres, y ocurre lo propio pero a la inversa cuando forzamos el llanto. El aprendizaje está por ello íntimamente ligado a la confianza y el afecto que tengamos hacia aquellos que nos enseñan, los que se convierten en nuestros espejos, sean estos familiares o amigos. Se enseña y se aprende con el ejemplo de los demás. El riesgo es que sin una educación adecuada, los niños y jóvenes pueden llegar a imitar acciones inaceptables socialmente que pueden aprender en películas, en videojuegos o a través de personas por las que sienten afecto. Somos imitadores por naturaleza, la clave está en elegir bien a aquellos que elegimos como modelos.

EINSTEIN LO TENÍA PEQUEÑO

Seguro que alguna vez ha escuchado eso de que utilizamos el 10 por ciento de nuestro cerebro. Pues es mentira, un puro bulo que lleva rodando más de un siglo y que aún hoy sigue apareciendo en libros de poco fuste. La leyenda urbana pudo nacer en 1908, cuando el psicólogo William James escribió en un libro que apenas hacemos uso de una pequeña parte de nuestros recursos mentales y físicos. Lo del 10 por ciento se añadió después por alguna mano anónima y hay que reconocer que ha tenido mucho eco. Lo cierto es que utilizamos permanentemente todo nuestro cerebro y en aquellos casos en los que alguna enfermedad o un daño cerebral destruye o paraliza alguna región se ve afectado de una u otra forma todo el funcionamiento cerebral. Las imágenes que se consiguen con técnicas de escáner funcional demuestran que casi todas las áreas del cerebro están activas incluso cuando realizamos tareas aparentemente sencillas, como apretar el puño, caminar, hablar, o escuchar música. La permanente y compleja actividad del cerebro ha determinado que este órgano de casi kilo y medio, que supone el 2 por ciento de nuestro peso total, consuma alrededor del 20 por ciento de toda la energía que necesitamos para vivir. ¿De qué depende de que seamos más o menos inteligentes? El cerebro de Albert Einstein es un buen ejemplo de la falsedad del bulo del 10 por ciento. Cuando falleció en 1955 su cerebro fue preservado para la ciencia. Contra lo que podría preverse, lo tenía pequeño. Pesaba sólo 1.230 gramos, una cifra que está algo por debajo de la media de cualquier varón adulto. La clave de su inteligencia parece no estar en cuánta superficie del cerebro empleaba, sino en aspectos más sutiles. Su corteza cerebral era más delgada, pero más densa: tenía más células gliales por cada neurona. O dicho de otra manera, empaquetaba más neuronas por centímetro cúbico que usted o que yo. Además, tenía un 15 por ciento más desarrolladas que el resto de los mortales la parte del cerebro que gobierna las habilidades matemáticas y el razonamiento espacial. Y el último ingrediente del guiso de su inteligencia: los hemisferios de su cerebro estaban prodigiosamente bien conectados. Quedó probado al analizar la voluminosa cantidad de fibras que albergaba su cuerpo calloso, que es el área que conecta las dos mitades cerebrales. Si ponemos como referencia al científico alemán, la inteligencia no tiene que ver con cuánto cerebro utilizamos, sino con la densidad de las neuronas, la intensidad de las conexiones y el desarrollo de determinadas áreas cerebrales.

LEER NOS HACE INTELIGENTES

La inteligencia, la capacidad de resolver problemas abstractos, está relacionada con la densidad de las células nerviosas que están trabajando en nuestro cerebro: cuántas más redes están entrenadas y activas, más inteligentes somos. Una de las formas más eficientes de entrenar el cerebro es leer. Cuando lo hacemos, trabajan al mismo tiempo tres áreas de la corteza cerebral: el lóbulo frontal, que procesa las imágenes; el occipital, que traduce los símbolos, las letras y les da significado, y el temporal, que otorga sonido a las palabras, las hace sonar a medida que leemos una historia escrita. Hace unos años se hizo un experimento entre antiguos miembros de guerrillas colombianas. Al principio de la prueba eran analfabetos y se les fue haciendo un seguimiento mediante imágenes de resonancia magnética cerebral a medida que se les iba alfabetizando. El resultado fue espectacular: a medida que iban aprendiendo aumentaba tanto la materia gris –la densidad de neuronas– como la materia blanca –que se encarga de conectar los dos hemisferios–. También se ha probado que mientras leemos el cerebro conecta y relaciona en milésimas de segundo el significado del texto que tenemos entre las manos con los recuerdos almacenados previamente sobre aquello que leemos. Se establece un vínculo con recuerdos de experiencias personales que hemos vivido y sentido, pero también con otras ideas y experiencias semejantes que leímos alguna vez, que experimentamos a través de otros libros. Y si además nos gusta lo que leemos, también se activan los centros del placer del cerebro. Cuando se produce este fenómeno acabamos buscando más libros del mismo autor, enganchados a sus libros y también más inteligentes.

EL MITO DE LOS DOS CEREBROS

Son innumerables los mitos sobre el funcionamiento del cerebro. Uno de los más extendidos es el que postula que cada una de sus dos mitades opera de forma independiente de la otra y la personalidad de cada uno de nosotros está determinada por la actividad de uno de los dos hemisferios. Los libros de autoayuda nos aseguran que si el hemisferio derecho es el que manda, somos personas más sensibles, intuitivas y creativas, y dan por sentado que se nos derraman lágrimas cuando escuchamos a Mozart o visitamos el Museo del Louvre. Si el hemisferio izquierdo es el que lleva las riendas nos convencen de que poseemos un celebro lógico y analítico que nos impulsa a zamparnos sin pestañear una colección completa de libros física cuántica. Afortunada o infortunadamente, el cerebro es bastante más complejo. Los hemisferios izquierdo y derecho están comunicados entre sí por el denominado cuerpo calloso, un mazo compuesto de entre 200 y 250 millones de fibras nerviosas. El lado derecho del cerebro controla los músculos de la zona izquierda del cuerpo y el hemisferio izquierdo maneja la mitad derecha, así que cualquier daño en uno de los hemisferios afecta al lado contrario. Alrededor del 90 por ciento de la población es diestra y en la mayoría predomina la función de su pierna, brazo, ojo y oído derechos.

Hay un 10 por ciento de zurdos y un porcentaje pequeño de ambidiestros, que usan igualmente la mano derecha y la izquierda. Paul Brocca y Karl Wernicke observaron a finales del siglo XIX que aquellas personas que tenían dañada determinadas zonas del hemisferio izquierdo tenían problemas de lenguaje. Desde entonces esas dos áreas fueron bautizadas con sus nombres. En los años 60 del siglo pasado el premio Nobel de Medicina Roger Sperry analizó las consecuencias de cortar el cuerpo calloso –la zona que une ambos hemisferios– a pacientes que sufrían casos graves de esquizofrenia. Comprobó que cuando se interrumpe la comunicación, el lado izquierdo se hace cargo de las funciones del lenguaje, la lógica y el cálculo matemático. El derecho procesa la música, el reconocimiento de caras, las habilidades espaciales y la percepción visual. Este experimento ha llevado a algunos investigadores a especular con la posibilidad de modificar aspectos de nuestra personalidad o nuestra conducta potenciando o limitando uno de los hemisferios. El problema es que cuando se observa mediante imágenes de resonancia magnética funcional un cerebro sano, no lesionado, las cosas se complican porque se comprueba que ambos hemisferios trabajan de forma complementaria y coordinada. Para hablar, por ejemplo, las áreas de la mitad cerebral izquierda se encargan de la gramática y las de la derecha de la entonación. Y así con todo. Es decir, que lo que vale para el cerebro dañado no vale para el sano.

SUPERSTICIONES

¿Por qué tantas personas cruzan los dedos cuando se les menciona el número 13? La tradición cristiana recuerda que en la última cena Jesús y sus 12 apóstoles sumaban 13 comensales y la cosa acabó en tragedia. Hay otras historias que se pierden en la noche de los tiempos que también ligan el número 13 y la mala suerte. En la mitología nórdica el dios Baldr, segundo hijo de Odín, murió rodeado de los 12 grandes Dioses. Nuestro cerebro tiende a dar coherencia a hechos que nuestra razón sabe que no tienen lógica, como asociar para siempre el número 13 con los malos presagios. Venimos de fábrica preparados para darle una explicación a cualquier cosa que nos ocurra y cuando no la encontramos aceptamos cualquiera que se nos ofrezca, aunque sea disparatada, vaya más allá de lo razonable y se meta en el terreno de lo puramente mágico. Una encuesta hecha hace unos años en Estados Unidos probó que siete de cada diez personas creen en los fenómenos sobrenaturales, el 32% en los fantasmas y dos de cada diez ve como algo natural que podamos comunicarnos con personas que han fallecido. Desde la infancia el cerebro de los niños aprende a dar sentido al mundo no a través de la razón, sino de la intuición, mediante un proceso que otorga idéntico valor a lo natural y a lo sobrenatural. Cuando ya somos adultos desarrollamos un fenómenos psicológico que se denomina el «prejuicio confirmatorio», que consiste en buscar y encontrar evidencias de aquello en lo que creemos, descartando aquellas que vayan en contra de nuestra creencia. Lo que hace el cerebro es adaptarse al medio, entender que todo debe tener una explicación. Si no la encuentra racionalmente no pone pegas a que existan energías invisibles que justifiquen lo que pasa. Y si es algo malo, seguro que hay un número 13, un gato negro o un gafe cerca a los que echarles la culpa.

¿CÓMO NOS ENGAÑAN LOS MAGOS?

Todos, alguna vez, nos hemos quedado con la boca abierta al asistir a un espectáculo de magia. El mago hace desaparecer y aparecer monedas de su mano, atraviesa con una espada a una señora que está encerrada en una caja o hace flotar una silla en el aire sin que seamos capaces de darnos cuenta de sus trucos. Desde hace años los neurocientíficos les suplican a los prestidigitadores que, en nombre de la ciencia, les revelen sus secretos mejor guardados. Algunos ponen mala cara y se niegan, pero otros han accedido. La clave de que funcionen los engaños está en la manera en la que el cerebro procesa la información que le llega a través de los sentidos. Los magos son maestros en manipular nuestra atención y hacernos creer que vemos lo que realmente no es más que una ilusión.

Una de las principales investigadoras del mundo en el campo de la neuromagia es la española Susana Martínez-Conde, directora del Laboratorio de Neurociencia Visual del Instituto Barrow de Phoenix, en Estados Unidos. En su libro Los engaños de la mente, escrito junto a su marido, el también neurocientífico Stephen Macknik, explica que la realidad que nos proporciona nuestros ojos es solo una aproximación a ella o incluso a veces es completamente distinta. Esto ocurre porque el cerebro tiene una capacidad limitada para procesar la información. El nervio óptico apenas suma un millón de fibras, el equivalente a un millón de píxeles de una cámara digital. El cerebro cubre los huecos echando mano de la memoria, de nuestras experiencias anteriores. Entiende que si el mago nos enseña media carta de una baraja, la otra media que no vemos también existe y está ahí aunque sea invisible para nuestros ojos. Lo mismo ocurre cuando nos muestra una moneda, que damos por sentado que es sólida y metálica, aunque la que utiliza en los trucos no siempre sea tan consistente. De igual manera, la mesa o la silla que emplea suelen ser de pega y el suelo sobre el que camina tiene más trampas que el recibo de la luz. Lo interesante es que por mucho que entrenemos para tratar de pillar a los magos, no vamos a conseguirlo. Al cerebro le conviene simplificar la información que recibe para aumentar la velocidad de procesamiento y –de paso– ahorrar energía. Además, los buenos magos son capaces de liarnos haciéndonos preguntas que distraen nuestra atención y terminan por convencernos de que es azul lo que hace un instante vimos rojo ¿O era realmente azul?

EL TIEMPO NO CORRE SIEMPRE A LA MISMA VELOCIDAD

Aunque no hay ningún reloj cerebral que cuente las horas y los minutos, lo cierto es que nuestro cerebro es en conjunto una precisa máquina de sincronización que –eso sí– está condicionada por la edad y el estado emocional. Los bebés asocian la hora del día a las experiencias que esperan recibir. Lloran cuando la leche o la papilla que esperan tarda más de la cuenta en llegar o cuando los papás y mamás se saltan alguna rutina. La conciencia del tiempo se va afinando coincidiendo con la maduración de la corteza prefrontal, que hace que vaya mejorando la capacidad de prestar la atención sobre aquello que hacemos. Y es que la capacidad de concentración y la percepción del paso del tiempo son actividades que están vinculadas. Hasta los ocho o diez años de edad los niños no son capaces de contar los segundos con precisión sin la ayuda de un adulto y aquellos pequeños que sufren un trastorno de hiperactividad por déficit de atención tienen también dificultad para medir el tiempo. En la edad adulta también tenemos la impresión de que el tiempo pasa más rápido cuando estamos haciendo algo excitante o divertido. Todos hemos tenido la experiencia de que el tiempo parece acelerarse cuando estamos con la persona de la que estamos enamorados. Por contra, los minutos son eternos cuando estamos aburridos, cuando no pasa nada que requiera nuestra atención.

La dopamina es el principal neurotransmisor involucrado en la percepción del tiempo. Las personas que consumen cocaína –una droga que activa los receptores de dopamina– sienten que bajo sus efectos el tiempo pasa volando. Por contra, los fármacos neurolépticos que se usan para tratar la esquizofrenia y que inhiben el efecto de la dopamina causan la impresión de que el tiempo pasa más despacio.

Las emociones intensas también pueden acelerar o ralentizar la percepción del tiempo. Hay estudios que prueban que cuando vemos películas de terror o de drama sentimos que el tiempo pasa más rápido. Es la reacción que experimentamos también cuando estamos estresados. Cuando sufrimos ansiedad nuestro cerebro entiende que no va a tener tiempo de solucionar los problemas más inmediatos que tiene que afrontar.

Curiosamente, nuestro cerebro es también capaz de contagiarse del ritmo con el que perciben el tiempo los demás. Se ha comprobado que las personas empáticas, las que tienen más capacidad de sintonizar y comprender los sentimientos, perciben que éste se ralentiza cuando hablan con una persona anciana. No es por un mal funcionamiento, sino por la extraordinaria capacidad cerebral para adaptarse a los acontecimientos. Para el cerebro no existe un tiempo único y uniforme, sino que este depende del ritmo con el que transcurre la vida.

¿CÓMO FUNCIONA LA MEMORIA?

Nuestro cerebro recibe cada segundo unos 400.000 millones de bits, de unidades de información, aunque solamente registramos conscientemente unos 2.000 y de ellos la memoria solo guarda un 10 por ciento. El proceso de formación de la memoria se hace en al menos dos etapas: son las memorias a corto y largo plazo. La de corto plazo trabaja durante un periodo de unos quince minutos y con una cantidad de información limitada, mientras la de largo plazo permite guardar gran cantidad de información que puede mantenerse viva en el cerebro incluso durante toda la vida. Además de por el tiempo de almacenamiento, también clasificamos la memoria utilizando otros criterios. La explícita es la que mantiene el recuerdo tanto de las informaciones que recibimos como de nuestras experiencias íntimas, mientras la implícita fija los aprendizajes inconscientes que se aprenden poco a poco, como los reflejos condicionados y la conducta emocional intuitiva, aquella en la que no interviene el razonamiento. Hay un órgano del cerebro debajo de la corteza, el hipocampo –llamado así porque tiene forma de plátano o de caballito de mar– que ordena la información y decide cuál debe guardarse para siempre y cuál arrojamos al olvido. El almacenamiento se hace en las distintas zonas de la corteza vinculadas al material que conservamos, ya sea éste imágenes, sonidos, rostros... Cuando tratamos de recordar algún acontecimiento, el hipocampo vuelve a actuar de filtro y rehace el puzle, restableciendo las asociaciones entre las ideas y las imágenes sueltas. Cuantas más neuronas estén implicadas, más duradero y fácil de encontrar será el recuerdo. Dicho de otra manera, cuantas más emociones y vivencias estén relacionadas, más probable es que las recordemos toda la vida. Las experiencias aisladas y sin emociones tienen poco futuro en nuestro cerebro. La memoria no siempre necesita el hipocampo. Los recuerdos establecen en la corteza circuitos con conexiones independientes y permanentes que pueden activarse directamente cuando no es necesario asociarlos con otras informaciones. La memoria también trabaja durante el sueño, vinculando entre sí experiencias reales o imaginadas. Así es que, tengan cuidado porque es posible que lo que rememore como real no sea más que un engaño de su mente.

¿QUÉ DIFERENCIA EL CEREBRO DE MUJERES Y HOMBRES?

Éste es uno de los asuntos más controvertidos de la investigación sobre el cerebro, porque en demasiadas ocasiones se exageran sin mucho fundamento aquellas conductas que supuestamente nos hacen distintos. Lo que sí es evidente es que diferimos en el tamaño: el cerebro masculino es entre un 10 y un 15 por ciento mayor que el femenino y pesa de media alrededor de 100 gramos más. Si analizamos la composición, en la corteza cerebral los hombres tiene algo más de materia blanca mientras las mujeres ganan en materia gris, si bien esto no se traduce en que unos u otros seamos más inteligentes. Si observamos las distintas estructuras, en los hombres es mayor el hipocampo –que entre otras cosas se encarga de formar la memoria y de la orientación espacial– y también la amígdala, uno de los órganos estrella en el procesamiento de las emociones. Cuando analizamos cómo funciona el cerebro de hombres y mujeres es cuando empezamos a pisar charcos, porque es difícil diferenciar lo que responde a la propia estructura del cerebro de aquello que tiene que ver con el aprendizaje, la cultura y el nivel de socialización. Así, por ejemplo, distintos estudios coinciden en que –independientemente del país en que hayamos nacido o de nuestro grupo étnico– las mujeres tienen más empatía, son mejores en capacidad verbal y en la memoria para recordar objetos, mientras que los hombres muestran mayor capacidad para la memoria especial, para orientarse o para imaginar objetos en movimiento. No obstante, hay quienes creen que los resultados de estas investigaciones se han exagerado para reforzar determinados estereotipos. También se le ha dado mucho eco a un estudio relativamente modesto que señala que en las mujeres es mayor el cuerpo calloso, una estructura que contiene un mazo de nervios que conecta los dos hemisferios. Alegando esta investigación, se ha repetido sin mucho fundamento que las mujeres tienen más capacidad que los hombres para hacer varias tareas al mismo tiempo. Quizás es así, pero de momento la evidencia científica es pobre. Hay una hipótesis curiosa que vincula el autismo con un cerebro supermasculino. Estos enfermos se caracterizan por mostrar una conducta rígida y con poca empatía, unos rasgos que los asemeja a los del cerebro de los hombres, más predecible y propenso a repetir hábitos establecidos. En contraste, el cerebro femenino da mejor puntuación en las pruebas que miden la capacidad de ponerse en lugar del otro.

EL CEREBRO DE LOS BEBÉS

El cerebro de los bebés es como una esponja que comienza a procesar la información aún en el interior del útero. Al nacer, el sentido del oído ya está completamente desarrollado y hasta los cinco años de edad el aprendizaje es más rápido y eficaz de lo que nunca lo volverá a ser en toda la vida. Esta capacidad es una forma de garantizar la supervivencia. Los niños más pequeños dedican la mayor parte del tiempo que están despiertos a explorar el mundo que les rodea: observan, recogen objetos, los chupan y los examinan, y de esta forma se familiarizan con su funcionamiento. Estos primeros años son claves para la adquisición de la lengua materna, pero también el cerebro es más fértil para comenzar a dominar otras habilidades, como las matemáticas o la música. Los bebés aprenden buena parte de las acciones cotidianas imitando el movimiento que hacen las personas que tienen a su alrededor. Un experimento llevado a cabo por científicos de la Universidad de Washington ha llegado a identificar cómo se activa el cerebro de los más pequeños cuando observa a un adulto realizar tareas con diferentes partes del cuerpo. En el estudio participaron setenta bebés de 14 meses de edad a los que se colocó en la cabeza un gorro equipado con sensores que detectan la actividad cerebral en las regiones de la corteza relacionadas tanto con el movimiento como con el tacto de los pies y de las manos. Los niños estaban sentados en el regazo de mamá o papá y observaban cómo el científico tocaba un juguete colocado sobre una mesa baja situada entre él y el investigador. Cuando éste utilizaba su mano para manipular el juguete, las neuroimágenes mostraban que también se activaba el área de la mano del cerebro del bebé. Y cuando el científico tocaba el juguete con el pie, también se encendía en los pequeños la zona del cerebro que mueve los pies. Los autores del experimento explican que los niños están programados genéticamente para observar muy detenidamente a los mayores y aprender de ellos. Aprenden por imitación, registrando qué parte del cuerpo utiliza la otra persona y repitiendo mentalmente cada operación. En todo caso, los expertos advierten de que es importante que los padres no se obsesionen en que sus hijos alcancen metas específicas. Se trata de jugar con ellos, de ayudarles a explorar, pero sin provocarles estrés.

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