Читать книгу: «El fruto de la vida diversa»

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EL FRUTO DE LA VIDA DIVERSA

ARTÍCULOS SOBRE LITERATURA NORTEAMERICANA

BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com

DIRECTORAS

Carme Manuel

(Universitat de València)

Elena Ortells

(Universitat Jaume I, Castelló)


Toni Montesinos

El fruto de la vida diversa:

artículos sobre literatura norteamericana

1ª edición de 2020

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-592-3

Ilustración de la cubierta: Sophia de Vera Höltz

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Edición digital

A mi familia de pasaporte estadounidense: lan y Emil. Y a sus hermanas Alma y Nora

Índice

NOTA INICIAL

John Ashbery y el espejo pictórico

Margaret Atwood: la mujer como propiedad

Louis Auchincloss: caduca Nueva York

Paul Auster

Elif Batuman: avatares rusos de una estudiante

L. Frank Baum: la vigencia del mundo de Oz

Elizabeth Bishop: recuerdos de una niña

Paul Bowles y su centenario protector

Ray Bradbury: escribir para no morir

Arthur Bradford: amores perros

T. C. Boyle

Pearl S. Buck: China en el corazón

Charles Bukowski: cierto encanto detestable

Truman Capote: la maestría de un niño

Don Carpenter: el sueño de ser escritor

Raymond Carver con los perdedores anónimos

John Cheever: correspondencia compulsiva

Emma Cline: las diabólicas de Mason

Don DeLillo: una pelota de béisbol

Philip K. Dick y sus paranoias

Emily Dickinson: una mente fúnebre

E. L. Doctorow

John Dos Passos

Dave Eggers: el reino del niño lobo

T. S. Eliot: el británico adoptivo

R. W. Emerson

Marian Engel: la mascota sexual

John Fante: escapar del padre

William Faulkner

F. S. Fitzgerald

Jonathan Safran Foer: un niño frente al 11-S

Richard Ford: dos siglos de short stories

Jonathan Franzen

Joshua Furst: el activista bipolar

Martha Gellhorn: la antifascista americana

Sue Grafton: un alfabeto truncado

Nathaniel Hawthorne y el Salem de las brujas

W. C. Heinz: un periodista frente al ring

Lillian Hellman: homenaje a Dashiell Hammett

Ernest Hemingway y la inutilidad de morir

O. Henry: apariencias

George V. Higgins: la mafia de Boston

Patricia Highsmith: carne de pantalla

John Irving: entre México y Filipinas

Washington Irving: tradiciones navideñas

Lee Israel: el arte de la estafa epistolar

Henry James: el lector soberbio

Jack Kerouac, Allen Ginsberg y otros

Stephen King

Nicole Krauss: el escritorio de García Lorca

Ring Lardner: un idealista desilusionado en Manhattan

William Least Heat-Moon: 13.000 millas en furgoneta

David Leavitt: la visita del matemático

Harper Lee

Jack London

H. P. Lovecraft: el maestro de la locura

Norman Mailer

Cormac McCarthy

Mary McCarthy: vuelos de grandeza

Herman Melville y el afecto desigual con Hawthorne

Arthur Miller: una sex symbol y el FBI

Henry Miller y sus cartas hamletianas

Toni Morrison: poética, dolorosa, necesaria

Alice Munro: biografiar a las mujeres

Joyce Carol Oates

John O’Hara: máscaras que caen

Eugene O’Neill

Chuck Palahniuk: la actriz crepuscular

Edgar Allan Poe: el crítico más exigente

Katherine Anne Porter: el Sur vulnerable

Richard Powers: elogio de la vida natural

Annie Proulx: la madera como negocio

Thomas Pynchon

Philip Roth

J. D. Salinger: publicar y arrepentirse

James Salter

William Saroyan: la familia en Broadway

Budd Schulberg

Linda Gray Sexton: en la calle Misericordia

Lionel Shriver: los Estados Unidos de la incertidumbre

Upton Sinclair: el dandi anticapitalista

Susan Sontag: el éxtasis del intelecto

John Steinbeck y la California prometida

Wallace Stevens: el poeta en lugar de Dios

Donna Tartt

Paul Theroux

Hunter S. Thompson: miedo y asco de un gamberro

H. D. Thoreau

John Kennedy Toole: el adolescente erudito

Lionel Trilling: la verdad de las novelas

Dalton Trumbo: el soldado muerto en vida

Mark Twain y el hogar donde nació Tom Sawyer

John Updike: el escritor de la clase media

Gore Vidal: una Italia exclusiva

Kurt Vonnegut: un autor sin complejos

David Foster Wallace: la vida antes de suicidarse

Eudora Welty: recuerdo infantil del Sur

Edith Wharton: ricos y puritanos

Walt Whitman y la igualdad celebrada

Thomas Wolfe: la ansiedad de la juventud

Tom Wolfe: malditas etiquetas

… para nosotros, lo esencial es lo estético. En los Estados Unidos, como en Inglaterra, los grupos y cenáculos literarios son menos importantes que el individuo. Las obras surgen como fruto natural de vidas diversas. Hemos preferido pues dejarnos guiar por la atracción que ejercieron sobre nosotros las obras mismas.

JORGE LUIS BORGES Y ESTHER ZEMBORAIN

Del prólogo a

Introducción a la literatura norteamericana (1967)

NOTA INICIAL

Reúno aquí todo lo que he escrito hasta la fecha sobre autores norteamericanos, con una salvedad: dejo fuera lo correspondiente al contenido de La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana, que apareció en el año 2013 en la editorial Pre-Textos: un libro compuesto de una larga introducción y una serie de textos en los que emparejaba a autores por su cercanía personal o artística. Así, hablé de Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, William Faulkner y Thomas Wolfe, Francis Scott Fitzgerald y Dorothy Parker, Dashiell Hammett y Patricia Highsmith, Ernest Hemingway y William Saroyan, John Fante y Budd Schulberg, William Burroughs y Jack Kerouac, Carson McCullers y Flannery O’Connor, Saul Bellow y Philip Roth, más Paul Auster, al que dejaba solo para que el lector le buscara un colega actual concomitante con su literatura.

Con todo, desde la primera página, se asomaban también la vida y obra de otro buen número de escritores de forma más o menos extensa: Edgar Allan Poe, Ray Bradbury, Truman Capote, Raymond Carver, Budd Schulberg, Chuck Palahniuk, Robertson Davies, Edward Lewis Wallant, Henry James, John Kennedy Toole, Washington Irving, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y Walt Whitman (de estos tres últimos he hablado además profusamente en mis recientes libros de la editorial Ariel El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau y El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman).

Ahora bien, de muchos de estos autores, naturalmente, he seguido escribiendo a raíz de algunas novedades editoriales u onomásticas significativas, de modo que este caudal de textos sí que los incorporo aquí, tratando en lo posible de evitar redundancias con respecto a mis trabajos anteriores. Por eso, en algunos casos, me he permitido revisar los textos para ampliar algún dato —colocando entre corchetes fechas para ubicar el momento de la redacción—, evitar repeticiones debidas a la publicación de diferentes artículos de un mismo autor, o en alguna ocasión fusionar diversos textos para dar con uno más homogéneo.

Agradezco a Carmen Manuel su amabilísima invitación a formar parte, con este libro recopilatorio que aúna mi interés por las letras americanas durante los últimos veinte y pico años, de esta magnífica colección. Son estos que el lector verá a continuación artículos y ensayos que he ido publicando, en su mayor parte, en el periódico La Razón, desde el año 2000, pero también —los más largos— en revistas como Clarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Qué Leer. De ahí que su enfoque y extensión obedezcan a las características por las que nacieron: crítica literaria corta o mediana, o extensa en caso de que abriera el suplemento de Libros del diario citado; artículo de prensa sobre un autor determinado a raíz de alguna noticia; reportaje para la sección de Cultura a partir de un libro nuevo de tal escritor; textos necrológicos; más páginas que, a veces, lindaban con la información viajera, como algunos que vieron la luz en el suplemento El Viajero de El País…

Por último, quisiera decir que, para todo este maremágnum de lecturas que tratan sobre una gran cantidad de escritores de muy diversas etapas, me decanté por una estructura basada en el orden alfabético —cuando en el índice aparece sólo el nombre del autor es que le dedico más de un texto—, para un directo y rápido hallazgo de cada uno de ellos, descartando la idea de colocarlos, como suelo hacer en este tipo de trabajos, por orden de año de nacimiento.

T. M.

John Ashbery y el espejo pictórico

Era uno de los poetas más reputados y a la vez más complejos de los Estados Unidos, pues él mismo aseguró que el experimentalismo era en sí hermoso. Se le asoció a diferentes abstracciones literarias y artísticas: a pintores como Jackson Pollock, a compositores como John Cage. Y es que sus versos eran todo un desafío intelectual y sensitivo para los críticos literarios y creadores de otros ámbitos. John Ashbery murió ayer [4 de septiembre del 2017] en su casa de Hudson, en el condado de Columbia, en la ribera del río, en Nueva York, a los noventa años de edad y por causas naturales, como comunicó su marido, David Kermani, al que conoció en 1970, cuando este tenía veintitrés años y el poeta cuarenta y dos. Había nacido en 1927 en Rochester, al norte del estado neoyorquino, y a los pocos años ya la pulsión poética llamó a su puerta, y además al mismo tiempo que la homosexual, para lo cual buscaba formas de autoconocimiento y expresión. En la adolescencia también cogió los pinceles y recibió clases, para luego graduarse en la Universidad de Harvard en 1949, donde se doctoró con una tesis sobre W. H. Auden y empezó a frecuentar a otros escritores de su generación.

Una generación estudiada de continuo por el más famoso crítico literario americano, Harold Bloom, que ha dedicado sesudos estudios a desentrañar la obra del que califica de «poeta meditabundo», por su sesgo reflexivo en torno a conceptos como el silencio o el trascendentalismo. Por eso, Bloom, nacido sólo tres años después que su admiradísimo poeta, lo relaciona con la filosofía de la autoconfianza de R. W. Emerson, con la poesía e ímpetu visionario de Walt Whitman y, ya de forma más contemporánea, con el también estadounidense Wallace Stevens. Todo es posible apreciarlo en Autorretrato en espejo convexo (aparecido en 1975, obtuvo un increíble triplete al recibir el Premio Pulitzer de Poesía, el Premio Nacional del Libro y el Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros), en el que «Ashbery adquiere una visión en la que el arte, en vez de la naturaleza, se convierte en aquello que aprisiona el alma», en palabras de Bloom, a partir de contemplar un cuadro del pintor del siglo XVI Parmigianino: «El alma ha de permanecer donde está, / aunque se inquiete, oyendo gotas de lluvia en el cristal, / el suspirar de las hojas de otoño azotadas por el viento, / anhelando estar libre, fuera, pero debe quedarse posando en este sitio».

Ashbery siguió toda su vida vinculado a la cavilación pictórica desde el lenguaje poético. Antes de ese libro, en un periodo de diez años, 1955-1966, vivió en París como director de la edición europea del diario Herald Tribune, y algo después desempeñó tareas de crítico de Art International y de Art News, en los años sesenta. A su regreso en su país, continuó realizando la misma labor en revistas norteamericanas y se convirtió en profesor en la Universidad de Brooklyn, para luego en los ochenta enseñar lengua y literatura en Bard College, en Annandale-on-Hudson, hasta un año tan tardío como 2008, cuando decidió jubilarse.

Los reconocimientos con los que le habían agasajado, como la Medalla Nacional de Humanidades entregada por el presidente Obama en 2011, siguieron llegándole a este hombre que compuso el poema experimental «Saliendo de la estación de Atocha», publicado en 1962, en el libro El juramento de la pista de frontón, y al que es posible leer en nuestro idioma por medio de una docena de ediciones; entre ellas, por supuesto, su poemario cumbre, Autorretrato…, y también otros como Galeones de abril, Diagrama de flujo, Una ola —largos poemas en prosa en que el poeta busca nuevas vías expresivas, para poetizar asuntos eternos como el amor, la muerte y la memoria—, Secretos chinos (2002) —otra de las obras que, por su atrevimiento metafórico y extravagancias visuales puede vincularse con la escritura automática y el surrealismo—, Un país mundano —en que el Ashbery más complejo sintácticamente hablando acudía con versos llenos de encadenamientos que se arriesgaban a lo ininteligible—, o el último aparecido entre nosotros, Pasaje techado (2016).

Margaret Atwood: la mujer como propiedad

Es como si el 1984 de George Orwell y su control al ciudadano, la sociedad que Ray Bradbury predijo en Fahrenheit 451, donde es delito leer libros, la reivindicación femenina de Virginia Woolf, manifestando la necesidad de tener un cuarto propio, y la experiencia de otra canadiense como Alice Munro, que en 1961 aparecía en la portada de una revista en la que se destacaba su doble faceta de ama de casa y… escritora, estuvieran concentrados en la obra de Margaret Atwood. En su obra de carácter distópico, en lo que tituló El cuento de la criada, en 1985, que ya tiene secuela, llamada Los testamentos: se publica en castellano el 12 de septiembre [Salamandra, 2019], dos días después de su lanzamiento internacional en lengua inglesa.

Sensible desde siempre a la literatura que brinda una mirada diferente, de que la ficción más mágica encierre una lección próxima y actualizada —«Ese autoproclamado mago de Oz tiene una larga genealogía, podría ser desde un chamán hasta el Próspero de Shakespeare y siempre encuentra su par en cada época», afirmó comentando la obra infantil de L. F. Baum que se hizo tan famosa al adaptarse al cine—, Atwood concibió esta nueva novela mostrando una sociedad no tan diferente a la que, décadas atrás, o aún en ciertos países, trata a las mujeres como objetos o esclavas. Ahora, ya tiene lista la continuación, en que se narra la historia de tres mujeres y cómo se encuentra el país que ideó, Gilead, según ella, a raíz de las reacciones durante estos lustros frente a una obra adaptada y premiada de continuo. «Queridos lectores y lectoras: vuestras preguntas sobre Gilead y su funcionamiento interno han sido la fuente de inspiración de este libro. ¡Bueno, casi todo! La otra es el mundo en el que vivimos», escribió esta escritora natural de Otawa, de setenta y nueve años, miembro de Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, organización en defensa de las aves.

La protagonista, Offred (es decir, «de Fred»; la mujer es una simple propiedad), había ocupado unas páginas finales, en El cuento de la criada (Salamandra, 2017), que insinuaban un futuro abierto en que no estaba claro su destino: la libertad, la prisión o la muerte. Con Los testamentos, Atwood traza ese camino de baldosas amarillas, vuelve a colocar un Gran Hermano en una sociedad ultramasculinizada; incide, quince años después de ocurridos los hechos en la primera novela, en la falta de derechos humanos fundamentales para las mujeres —en un argumento en que se promueve el miedo y la sospecha entre ellas—, con un ambiente de población jerarquizada en que un libro es un peligro, una opinión libre, una amenaza global. Una trama tan lejana y ajena como cercana y posible.

La trayectoria de Margaret Eleanor Atwood (1939), que en la actualidad divide su tiempo entre Toronto y Pelee Island, en Ontario, con todo, es mucho más que esa narración tan célebre, pues muchas de sus obras, pertenecientes a muy diversos géneros literarios —una veintena de libros de poesía, ensayos, libretos, obras de teatro, relatos infantiles…—, se han traducido a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan Ojo de gato (1988), finalista del Premio Booker, un galardón que obtuvo con El asesino ciego (2000), su décima novela, y las que la editorial Salamandra ha ido publicando en los últimos tres años. Nos referimos a Alias Grace (1996), recreación de la vida íntima de una de las figuras femeninas más populares del siglo XIX en Canadá: Grace Marks, de dieciséis años, que en 1843 es declarada cómplice de participar en los asesinatos de un hombre a cuyo servicio trabajaba como sirvienta, y de su ama de llaves y amante, y condenada finalmente a cadena perpetua.

Así las cosas, la figura de la criada sufridora ya es parte del imaginario literario que ha ido desarrollando la autora a lo largo de décadas de escritura que, asimismo, le han valido reconocimientos tan señeros como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Governor General’s Award, la Orden de las Artes y las Letras, el Premio Montale, el Premio Nelly Sachs, el Premio Giller, el National Arts Club Literary Award, el Premio Internacional Franz Kafka y el Premio de la Paz del Gremio de los Libreros Alemanes. En Alias Grace, como suele hacer en sus narraciones, Atwood lanzaba al lector el dilema de ponerse en un lado u otro, pues había división de pareceres con respecto a la que podía ser tanto una víctima como una criminal: unos consideraban a la mujer inocente, mientras que otros sostenían que era una persona malvada o loca; más adelante, ante una Grace amnésica, un especialista en el campo de la psicopatía entrevistaba a la reclusa, quien le relataba los detalles de su historia, desde su infancia en Irlanda y sus años de pobreza y marginalidad en el Canadá Occidental hasta ir desvelando los sucesos de aquel día.

La otra obra destacable que el lector español pudo conocer gracias a Salamandra fue Por último, el corazón, otro texto que podría inscribirse en el ámbito de la ficción especulativa. En la novela, una pareja que padecía una crisis económica se instalaba en su coche tras perder su casa y, malviviendo en empleos miserables, les llegaba la información de un proyecto singular, llamado Positrón, un experimento social en el que los habitantes de la idílica ciudad de Consiliencia se dividían en dos grupos que alternaban su modus vivendi cada treinta días: mientras la mitad se recluía en la Penitenciaría Positrón para «mantener el sistema», el otro cincuenta por ciento estaba en plena libertad, llevando una vida acomodada un mes, momento en que volvían a cambiarse las tornas. Atwood, con esta imaginativa trama, lograba reflexionar sobre lo que se ha dado en denominar la extinción de la clase media, y también en torno a los hábitos de vida de la pareja moderna.

La también autora de unos Nueve cuentos malvados (Salamandra, 2019) llenos de situaciones donde se desenvolvían criaturas extrañas en torno a asuntos como la enfermedad, la vejez y la muerte, con trasfondo fantástico también, vuelve, pues, a protagonizar a escala mundial un momento importante en el plano editorial. La adaptación de El cuento de la criada se estrenó en abril de 2017 y no ha parado de recibir premios y un seguimiento masivo por parte de la audiencia de la plataforma HBO y por parte de Antena 3 en España. «Esta novela visionaria, en la que Dios y el gobierno se funden y Estados Unidos se convierte en una teocracia puritana, puede leerse como un volumen gemelo de 1984 de Orwell; de hecho, como su reverso», dejó escrito E. L. Doctorow, acerca de una historia que combina realismo y fantasía de forma inquietante, y que podría ser tanto un vaticinio de lo que vendrá como una forma de ver el pasado atroz en torno a la vulnerabilidad de las mujeres durante la historia.

En esos Estados Unidos terribles, alternativos, que Atwood propuso en los años ochenta, unos políticos teócratas se hacían con el poder, suprimiendo la libertad de prensa y, sobre todo, los derechos de las mujeres. Nacía así la República de Gilead, en la que la hembra es sólo una herramienta para hacer crecer la natalidad, pues los nacimientos han descendido de manera alarmante por culpa de las enfermedades de transmisión sexual y la contaminación ambiental; en caso contrario, de rebelarse, la ley dicta que se la ejecute de forma pública o se la destierre a unos terrenos donde le espera una muerte probable a causa de la polución de los residuos tóxicos. Se dejaba entrever, con este argumento, el fundamentalismo religioso, la crueldad de la sociedad patriarcal, el fanatismo político. Las mujeres no pueden hacer nada, no pueden poseer nada; si son fértiles, servirán, simplemente —y se las llama criadas—, y ello se justifica mediante una interpretación extremista de un versículo de la Biblia.

Algunos acontecimientos ejemplifican cómo ha trascendido el libro de Atwood y su versión televisiva: en varias manifestaciones en diversas partes del mundo, a favor del aborto legal, en contra de la misoginia o en repulsa a la elección de Donald Trump como presidente del Gobierno estadounidense, la gente acudió disfrazada de Criadas con un lema que aparece en la segunda temporada de la serie, escrito en latín: «Nolite te bastardas carborundum», una inscripción que ya se había asomado en el cuarto episodio de la temporada anterior pero que tomaba protagonismo cuando el personaje de June Osborne, Defred (encarnada por Elisabeth Moss), la sirvienta asignada a la familia del comandante Fred Waterford (con el rostro de Joseph Fiennes) descubría estas palabras grabadas en el armario por una anterior criada, que se había suicidado al no poder soportar los horrores de Gilead. Así, en una partida de Scrabble entre Defred y Fred, esta preguntaba por el significado de la expresión, a lo que él contestaba algo como «No dejes que los cabrones te hagan polvo».

Y así se continuará intentando en Los testamentos, pese a que no se ha divulgado apenas nada de su contenido, en que sin duda se seguirán las peripecias de las criadas entrenadas y educadas para servir a los líderes políticos, siendo violadas para abastecer de hijos a las élites familiares, en una sociedad distópica pero tan real en ciertas naciones hoy en día en que el color distingue a las mujeres: las de verde son las llamadas Marthas (amas de casa y cocineras), las de azul son las esposas, las de gris son las que representan la mano de obra barata y, ya saben, las vestidas de rojo son las criadas.

Louis Auchincloss: caduca Nueva York

El lector español se familiarizó con Louis Auchincloss de la mano de un par de novelas publicadas por Libros del Asteroide, El rector de Justin y La educación de Oscar Fairfax, dos de sus mejores historias de entre una obra tan amplia como su vida (murió a los noventa y dos años en Nueva York). Es la hora, gracias a la traducción de Ignacio Peyró, de conocer su narrativa corta por medio de estos diez relatos, Historias de Manhattan (Elba, 2013) en los que se recrea el escenario predilecto de este escritor de acaudalada familia y abogado en Wall Street: el Manhattan de los empresarios y de las herencias, de los hombres y mujeres ricos y desdichados, infieles y egocéntricos, egoístas y ociosos. Es el ambiente de «madres casamenteras», «fortunas inmemoriales», «ricos de siempre y nuevos ricos», «amores de verano en Bar Harbor»…, como apunta el traductor en el prólogo.

Publicados originalmente en el año 2002 con el título Manhattan Monologues, estos cuentos muestran los hábitos sociales de «la vieja Nueva York» o los compromisos de los jóvenes herederos, interesados en el hedonismo, frente a la obligación de participar en las dos guerras mundiales ante la férrea autoridad paterna. En este sentido, se trata casi siempre de conflictos generacionales, de madres que esperan buenas nueras, de viriles millonarios que aguardan que su primogénito esté a la altura de su bravura en la vida y los negocios. Todo un mundo de valores, ya caducado, de una Gran Manzana en blanco y negro y con el signo del dólar.

Paul Auster

I. Entrevista: «Nada en el trabajo está planeado»

Una voz dice mucho de un hombre. La de Paul Auster, ligeramente dulce, paciente, se acelera a medida que despegan sus respuestas, y entonces le sale su inglés neoyorquino, algo cerrado en su entonación. A menudo se ríe de sus propias reflexiones, como sorprendiéndose de lo que acaba de descubrir dentro de sí mismo; explica generosamente detalles de sus obras y estamos seguros de que contesta con la misma calidez y voluntad al experto literario que al simple lector o al encuestador ignorante. Auster debe de ser uno de los personajes de sus novelas: me refiero al ánimo taciturno y elegante que desprende, a su visión comprensiva de las debilidades humanas, a la atención sosegada por lo absurdo del azar que nos gobierna. A sus cincuenta y siete años, acaba de publicar La noche del oráculo; ya lleva escritos veinte libros, todos traducidos al español por la editorial Anagrama —el penúltimo, en este 2004, en forma de introducción del delicioso diario de Hawthorne Veinte días con Julian y Conejito—, pero parece que no pasa el tiempo por él.

—¿Le ha sido especialmente dura la escritura de La noche del oráculo tras una novela tan intensa como El libro de las ilusiones?

—Son dos tipos diferentes de libros. El libro de las ilusiones es una novela extensa. Sucede durante muchos años y en un montón de sitios. La noche del oráculo, en cambio, es una historia muy pequeña, muy compacta. Creo que es como una pieza de cámara. Fue estimulante para mí trabajar a otra escala, más pequeña, a escala intermedia, podríamos decir.

—Al acabar un texto, ¿puede pasar enseguida a la siguiente novela o necesita un tiempo para salir del mundo que acaba de crear?

—Tardo un poco en hacerlo. Me cuesta como un mes poder volver al trabajo.

—Como leemos en sus textos autobiográficos (A salto de mata, La invención de la soledad), pasó por diferentes problemas vitales y económicos antes de dedicarse a la literatura. ¿Cómo recuerda esa larga fase?

—Me acuerdo de aquello cada día. No doy nada por hecho, te lo aseguro.

—Muchos de sus personajes tienen el propósito de huir, mental o físicamente. ¿La huida es el elemento clave de toda su obra?

—En el caso del protagonista de La noche del oráculo, el escritor Sidney Orr, no. Él no quiere escaparse a ninguna parte, es feliz con su vida. Inventa un personaje, Owen, que sí tiene que escapar. Se trata de una historia dentro de una historia. Así, el narrador principal se convierte en el narrador secundario.

—La noche del oráculo sucede en Nueva York, como es habitual en sus obras. ¿No considera otros lugares para ubicar la acción de sus novelas?

—He situado libros en diferentes sitios. La mayoría pasa en Nueva York, pero pienso en libros como Mr. Vértigo, que sucede en Kansas, o La música del azar, que se supone que ocurre en Pensilvania, en el campo. Aparecen diferentes lugares en mis obras, pero es que Nueva York es mi casa, es el lugar donde vivo y es el lugar que mejor conozco. Como todo el mundo sabe, es un lugar fascinante, es una fuente constante de inspiración.

—En la novela, aparece El halcón maltés con la referencia a su personaje Flitcraft, un hombre que deja su hogar después de casi morir por accidente. En el aspecto detectivesco, ¿Hammett ha sido su mayor influencia?

—Realmente no. Me gusta el trabajo de Hammett, aunque prefiero el de otros escritores. Sin embargo, fue un pionero. ¿Sabes por qué usé la referencia de Flitcraft? Empecé a pensar por primera vez en La noche del oráculo hace veinte años. He tardado un largo periodo en acabar de inspirarme. En un momento dado, en medio de la redacción de las aventuras del libro, contactó conmigo el cineasta alemán Win Wenders. Había leído mis libros y le habían gustado mucho, así que me propuso que quizá podríamos hacer juntos una película.

—¿De qué año hablamos? No recuerdo ese film.

—Esto pasó alrededor de 1990. Le dije que deberíamos pensar en algo, y él dijo que sería fascinante coger la historia de Flitcraft y de El halcón maltés y convertirla en película. Hacer algo con esa idea del hombre que escapa de su vida. Me senté y escribí el esquema de la película. Por razones que complicaron el seguir adelante con ello, como conseguir el dinero para hacer la película, hicieron que el proyecto muriese. Pero tenía las páginas de la historia en mi cabeza todos estos años, y finalmente, cuando reuní todos los elementos que compondrían La noche del oráculo, acabé por utilizar todo eso para uno de los pasajes de la novela. Por lo tanto, Filtcraft me ha inspirado durante todos estos años.

—Y hablando de influencias literarias, ¿cuáles serían las suyas?

—Muchas. Diría que escritores americanos como Hawthorne, Thoreau, Melville; también los rusos, que fueron muy importantes para mí en mi juventud, como Tolstói y Dostoievski, y otros viejos novelistas como Dickens.

—Y supongo que también la literatura francesa. (Lo decimos porque Auster vivió en París una temporada y fue el responsable, en 1981, de una magnífica antología de poesía gala del siglo XX cuya introducción encontramos en el volumen Experimentos con la verdad.)

—Sí, por supuesto, pero no debemos olvidar la poesía de Paul Celan, y a Kakfa y Beckett, que también son de gran importancia para mí. Tengo muchas fuentes de inspiración.

—¿Y qué tal con respecto al cine? Después de los guiones de Smoke y Blue in the Face y dirigir Lulu on the Bridge, ¿tiene algún proyecto fílmico?

—No lo sé. Nada en el trabajo está planeado. Nunca se sabe lo que va a pasar en la vida. Tengo en mente un par de documentales que me gustaría escribir, pero no los voy a dirigir. El mundo del cine me parece fascinante, pero no he hecho nada al respecto durante los últimos años.

—Se ha publicado en la prensa que ha participado en varios actos contra Bush. ¿Cuál es su pronóstico para las elecciones? ¿Kerry es esperanza de algo mejor?

—Definitivamente, Kerry es la esperanza de algo mejor. Es absolutamente necesario que Bush sea vencido en noviembre para que nos libremos de él. Ha sido un desastre para el país y el mundo. No sé cómo será de terrible si Bush continúa en el gobierno, pero imagino que es capaz de hacer cualquier cosa. El domingo estuve en una manifestación en Nueva York, quinientas mil personas en la calle contra Bush. Que se manifieste medio millón de personas es realmente significativo.

—Coincidiendo con el Congreso del Partido Republicano.

—Sí. A nosotros, en Nueva York, no nos gusta Bush ni el Partido Republicano, y nos sentimos insultados por que vengan aquí para hacer la convención, explotando lo sucedido el 11 de septiembre por razones publicitarias. No está bien. No deberían estar aquí.

II. Prospect Park: flores, arte y música en el corazón de Brooklyn

«He empezado a tomarle cariño a mi barrio», dice el protagonista de Brooklyn Follies (Anagrama, 2006), la penúltima novela de Paul Auster. Se refiere, en concreto, a las inmediaciones del Prospect Park, una silenciosa zona de Brooklyn —de hecho, lo que busca el personaje austeriano es «un sitio tranquilo»— que al viajero seguramente le pasará inadvertida frente a los infinitos atractivos de Manhattan, al menos en una primera visita. Pero bien merece la pena desplazarse desde la Gran Manzana, o cualquier otra parte de Nueva York, para conocer ese esplendoroso espacio verde que, además, cuenta con otros dos atractivos: el Jardín Botánico y el Museo de Brooklyn.

Así como el Central Park constituye una suerte de oasis de paz y oxígeno en medio de la gran ciudad, el visitante que pise Prospect Park podrá trazar similitudes enseguida con aquel; este es más pequeño, desde luego (unos 2,4 km²), y sus alrededores son calles abiertas sin rascacielos que otear más allá de los árboles, pero la forma en que están pensados los dos guarda similitudes; no en vano, fueron concebidos por los mismos arquitectos, Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux. Estos proyectaron el parque Prospect en los años sesenta del siglo XIX, y desarrollaron antes y después, tanto juntos como por separado, un intenso trabajo por todo el país a medida que veían cómo crecía la población y se ensanchaban las urbes, surgiendo así la necesidad, en un entorno urbano, de no renunciar del todo al contacto con la naturaleza.

Esta es la filosofía que vio nacer el idílico Prospect Park y la que se mantiene hoy en día, no sólo ofreciendo a la gente mil y una maneras de ocupar el tiempo de ocio, sino pidiendo su colaboración altruista, por medio de grupos de voluntarios, para el mantenimiento y la preservación de su bosque, de sus treinta mil árboles, de sus puentes y cascadas… Esta idea tan estadounidense de entregarse a la comunidad se hace especialmente ostensible en un parque muy orientado a la familia y a la educación de los más pequeños: en el zoológico, se realizan actos para que los niños observen muchas clases de animales; pero también se enseña a mirar hacia arriba, pues cientos de aves migratorias eligen el parque para reposar de su viaje por el Atlántico.

Ciertamente, las propuestas son numerosas: existen lugares idóneos donde celebrar aniversarios o incluso bodas; un lago donde remar o subirse a un barco en el que dar una vuelta mientras se degusta una copa de vino y unas rodajas de queso; una pista de patinaje sobre hielo —el Lakeside Center, abierta cuatro meses al año— y diversas áreas en las que practicar un gran número de deportes. Toda esta actividad al aire libre, claro está, se intensifica en verano; el plato fuerte entonces es su festival anual, que acoge veinticinco conciertos gratis durante nueve semanas; se trata del Celebrate Brooklyn, que este año inauguró Isaac Hayes; mientras que, en otro rincón del parque, se pudo escuchar un recital de la soprano Angela Gheorghiu y el tenor Roberto Alagna, junto con la Metropolitan Opera Orchestra and Chorus.

En el noreste del Prospect, y sólo separado por una larga avenida que lo corta de lado a lado, se halla el Jardín Botánico, fundado en 1910, que, como bien refleja su «Guía de programas», presenta una enorme cantidad de eventos para niños y adultos. Pasear por él es un regalo para la vista, tal es la variedad y belleza de flores y árboles, más de diez mil clases de plantas de todo el mundo; hasta tiene una especie de mini Palacio de Cristal en el que, justo el día en que curioseaba por allí este viajero que escribe, se celebraba una elegante ceremonia nupcial, frente a un pequeño lago con motivos orientales.

Al igual que el Prospect, el Botanic Garden también está pensado para proporcionarle al visitante un contacto directo con la naturaleza: se anima al caminante a tocar y oler las diferentes fragancias de las flores, a pararse frente al Shakespeare Garden, donde se reúnen todas las flores mencionadas por el poeta en sus obras, a que los niños descubran el hábitat de los patos y tortugas que viven allí, a conocer las hierbas medicinales y culinarias del Herb Garden, a penetrar en el invernadero lleno de plantas tropicales. Un Edén botánico, en definitiva, que además se aliña con un fondo musical en el periodo estival: «June is Rose Month», dice el lema del Jazz & Roses, una serie de conciertos que cualquiera puede disfrutar tumbado en la hierba, rodeado de cinco mil rosas de mil cuatrocientas especies diferentes, a la hora del atardecer.

¿Concebiría alguna de sus Hojas de hierba Walt Whitman, que tanto tiempo vivió en Brooklyn, en algún lugar del Prospect Park? Los Estados Unidos que vio de cerca el escritor, asistiendo a los heridos de la Guerra Civil de 1862, están bien representados en otro de los alicientes de la zona: el Brooklyn Museum, uno de los más grandes y antiguos de la nación. Construido a finales del siglo XIX, su fachada muestra un aspecto colosal y, en cuanto se cruza la puerta, una serie de hermosas estatuas de Rodin te dan la bienvenida en el gigantesco vestíbulo.

Son ocho dólares de entrada bien aprovechados, porque visitar los cinco pisos del edificio es un viaje por el arte de bastantes épocas y civilizaciones: quedan representados el arte africano, latinoamericano, asiático, europeo, egipcio, islámico, europeo y de las islas del Pacífico, a veces tanto tradicional como contemporáneo. Sin embargo, las salas del quinto piso, donde se aprecian los cuadros y las estatuas estadounidenses —más algunos objetos, ya reliquias, de la vida cotidiana de antaño—, parecen desordenadas, pese a su intención de establecer cierta cronología, desde el significativo cuadro de Francis Guy Winter Scene in Brooklyn (alrededor de 1820), pasando por las piezas que abordan la vida de los indios y los retratos de los primeros presidentes del país, hasta el nonobjective art y las tendencias a partir de 1945.

Esta isla de flores, música y arte en el corazón de Brooklyn resulta verdaderamente vigorizante. Quién sabe cómo afecta al ánimo el sitio en que uno vive, pero lo cierto es que al protagonista de Brooklyn Follies, instalándose a una manzana del Prospect Park, la vida le dará un vuelco. Había acudido allí buscando un sitio donde morir en paz, y la paradoja para él es que el barrio —y sobre todo el contacto con las gentes que respiran el aire procedente del parque— le proporcionará justo lo contrario: el sabor, renovado, de una existencia plena.

III. Un grande en el bolsillo

No podría ser más que en la Feria de Frankfurt [del año 2011], con su hervidero de citas exprés y negociaciones, donde se ha acordado un asunto menor (literario), pero de gran importancia (comercial) tanto por el protagonista como por las ventas que genera: la editorial Seix Barral lanzará una biblioteca Paul Auster (1947) en formato bolsillo de toda su obra. Aunque, en Anagrama, que ha publicado todos sus textos, incluidos los guiones cinematográficos, crónicas biográficas, ensayos y hasta poemas, verá la luz su próxima novela en 2012, algo que siempre supone un acontecimiento, pues Auster, siempre fiel a sus huellas narrativas —como la ciudad de Nueva York y la casualidad—, siempre acaba sorprendiendo.

Este rastro es identificable ya desde su primer libro relevante, Trilogía de Nueva York (1985-1986), cuando asoman los ítems que luego explotará: la falta y pérdida de dinero, el sexo enamorado, el clima de cine negro, el béisbol, Hawthorne, París, el azar amable y cruel, la soledad, el cuaderno hallado que abre enigmas… Y junto con estos elementos, siempre el tema de la huida.

Así ocurre en la que tal vez es su mejor novela, El Palacio de la Luna (1989), y también en las magistrales El libro de las ilusiones e Invisible; o en entretenidas historias como La música del azar, Leviatán, La noche del oráculo y Brooklyn Follies (la última, Sunset Park, es menos lograda); y asimismo en las de corte experimental, caso de la metaliteraria Viajes por el scriptorium y la fantasía de anticipación bélica Un hombre en la oscuridad. Una carrera fabulosa al alcance, en edición pocket, a partir del próximo febrero.

IV. Los versos del azar

Antes que en los años ochenta surgiera la voz narrativa de Paul Auster, una de las más atractivas y coherentes que hemos conocido en los últimos treinta años, otra voz habló en el mismo hombre: concisa y densa, estaba hecha de versos, y estos formaron poemarios breves que crecieron en los setenta: «Radios», «Exhumación», «Escritura moral», «Desapariciones», «Efigies», «Fragmentos del frío» y «Aceptando las consecuencias». Títulos que ignorarán incluso la mayoría de los incondicionales de Auster —y son legión— pero que serían instrumentales para que naciera La trilogía de Nueva York. Muy significativamente, esta Poesía completa (Seix Barral, 2012) acaba cronológicamente con un escrito que podríamos considerar poemas en prosa, datados en 1979: «Espacios blancos».

He aquí la transición del poeta al prosista. Hace quince años, Doce ya había ofrecido en castellano el libro austeriano de poemas y ensayos de 1970-1979 Groundwork con el nombre de Pista de despegue. Ahora, en la introducción, detalla que aquel término puede interpretarse como «cimiento, trabajo preliminar o, incluso, trabajo de “preparación”. A primera vista, el título no puede ser más explícito: el poema, o el ensayo, como preludio y cimiento de lo que más adelante dará en relato y prosa de ficción». Incluso el propio Auster ha declarado que la escritura poética le llevó a la narrativa. Unos poemas, sin embargo, que no pueden ser más distintos que sus tramas novelescas, claras y fluidas pese a estar encuadradas en complejas estructuras: poesía oscura, según él mismo, muy influida por los simbolistas franceses desde que de joven empezó a traducir a Baudelaire, Rimbaud y Verlaine.

Doce realiza un paralelismo entre la mirada del fotógrafo Auggie Wren, de la película Smoke, y la mirada poética de Auster. Una escena, la de este personaje que fotografía cada día la misma esquina de una calle de Nueva York, que sintetiza las inquietudes literarias de Auster, ya sean poéticas o narrativas: «los problemas del azar y la identidad, la disolución del yo en el discurso, la distancia entre mundo y lenguaje». De ahí que el inicio de cada poema sea una invitación enigmática, unas palabras casi tomadas por azar, como dice tan acertadamente su traductor, que arrastran al resto hacia un desarrollo poemático muy personal, complicado en su sintaxis y metáforas: la otra cara de aquel que abandonó la poesía y la dramaturgia cuando sintió, como ha contado, una «revelación» y se adentró en la narrativa.

V. El recuerdo tedioso

El espléndido memorialista de La invención de la soledad, A salto de mata y Experimentos con la verdad, impudorosamente atractivo, con una fuerza autobiográfica incomparable, Paul Auster, ha perpetrado un texto que no hace justicia a su gran carrera. Ha seguido la senda de su último libro, Diario de invierno (2012), en el que se revisaba a sí mismo a partir del estudio de su cuerpo en la que consideraba la última estación de su vida. Aquel texto, en algunas ocasiones superfluo —como cuando detallaba su enamoramiento por su mujer— y casi siempre original y audaz, había sido la guinda al pastel de una narrativa llena de aciertos en lo que respecta a literaturizar las emociones.

En cambio, este Informe del interior (Anagrama, 2013; traducción de Benito Gómez Ibáñez) presenta a un Auster que ha hecho un ejercicio memorístico demasiado personalista: él de niño, adolescente, joven, pues «a tus sesenta y tantos años persisten vestigios, el animismo de tu primera infancia aún no se ha desterrado por completo de tu intelecto». Pero lo contado se reduce a recuerdos insustanciales, de dudoso interés para los demás y que son asuntos comunes de la época: televisión, juegos, películas, la escuela; más el descubrimiento de la muerte, de la pobreza ajena, de la lectura; los Estados Unidos de los años cincuenta como telón de fondo; y el judaísmo, el alejamiento de los padres, los campamentos de verano… No ayuda la elección de la segunda persona como punto de vista narrativo; en Diario de invierno tal cosa había sido un aliciente literario más; aquí es un lastre, y la lectura se hace muy tediosa.

Más cuando Auster lo estropea aún más al empeñarse en contar dos filmes al dedillo: El increíble hombre menguante y Soy un fugitivo, y también al transcribir unas cartas que un buen día su exmujer, la escritora Lydia Davis, le envió con motivo de una donación a una biblioteca. Esto le cogió en plena escritura de Informe del interior, y entonces decidió colocar las misivas que él le había enviado en la etapa de sus estudios en la Universidad de Columbia y su viaje a París. El libro se cierra sin mayor fortuna al reproducirse fotografías de acontecimientos sociales o películas para relacionarse con el texto precedente, aunque son un parche más a un libro hecho de nostalgias blandas e información que, visto el resultado, solo competían al propio Paul Auster.

VI. El regreso a la ficción

En Informe del interior, donde aparecía un Auster que había hecho un ejercicio memorístico demasiado personalista: él de niño, adolescente, joven, mirándose al espejo de un hombre ya en la sesentena, provocaba un sabor amargo que se enfatizaba por el hecho de que Auster llevaba un considerable tiempo sin publicar una novela —la última era la irregular Sunset Park (2010)—, por más que en su caso las fronteras entre los distintos géneros narrativos no están claras. Así, en los dos libros aludidos practicaba un punto de vista en segunda persona que daba un toque estilístico muy atrayente en el primer caso pero tedioso en el segundo. Nuestra esperanza ahora radica en que aquellas nostalgias blandas e informativas que habían nutrido Informe del interior desparezcan para ver de vuelta al narrador magistral de La trilogía de Nueva York, El Palacio de la Luna o El libro de las ilusiones.

Tal cosa quizá suceda el próximo septiembre [del 2017], cuando Seix Barral publique su novela de muy singular título, 4 3 2 1, que acaba de aparecer en Estados Unidos y Reino Unido, después de que todas las anteriores obras del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 hubieran visto la luz en la editorial Anagrama (salvo su Poesía completa, ya en Seix Barral, 2012). Las informaciones al respecto nos hablan de una historia en que Auster ahonda en uno de sus temas clave: la red de coincidencias y simultaneidades que dan como resultado un destino sorprendente en la vida de sus personajes. Un destino que, más allá de entender, cabe aceptar afrontándolo con la aventura de embarcarse probablemente en relaciones arriesgadas. 4 3 2 1 cuenta así cómo Archibald Isaac Ferguson, nacido como el propio escritor en 1947, en un hospital de Newark, experimentará una suerte de desdoblamiento con cuatro personajes más que comparten el mismo nacimiento y ADN. Como en muchas de sus obras, aquí también habrá un paralelismo entre el sino de los personajes y la historia de los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX; por ejemplo, en cuanto a las reacciones de los personajes acerca de acontecimientos señeros como las revueltas estudiantiles o el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. Y todo con un Archibald que se convierte en cuatro existencias «paralelas y totalmente diferentes», «cuatro chicos que son el mismo chico». A vuelapluma, semejante argumento constituye todo un reto de imaginación y estructura narrativa de primer orden para alguien que hace unas semanas ha alcanzado los setenta años. Empieza la cuenta atrás a la espera de leerlo en español: 4, 3, 2, 1…

VII. La obra de toda una vida

Paul Auster surge en este libro autoanalítico, Una vida en palabras. Conversaciones con I. B. Siegumfeldt (Seix Barral, 2018), junto con su faceta de narrador que ha alcanzado un grado de originalidad inigualable en las últimas décadas. Todo se produce a partir de una serie de conversaciones con la profesora danesa I. B. Siegumfeldt, que demuestra el absoluto conocimiento que tiene de la obra del autor de Nueva Jersey —está siempre brillante, pero no cuestiona las obras, siempre las ensalza, y Auster tiene varias muy irregulares—, amén de una gran capacidad para sugerir modos de reflexión que empujen a revisar libro a libro toda esta maravillosa trayectoria. De este modo, Una vida en palabras, título tan simple como adecuado (traducción de Benito Gómez Ibáñez), es una formidable vía para adentrarse en sus diecisiete novelas y cinco libros autobiográficos, es decir, la casi totalidad de sus creaciones.

Es una lástima sin embargo que un trabajo tan bien concebido y llevado a término, pues en él se nota que Auster se implicó por completo, preparando fragmentos de su obra a modo de ejemplos de lo que se iba explicando y meditando profundamente sobre sus personajes y otros muchos asuntos literarios, no alcanzara la última obra, la extensísima 4 3 2 1 que vio la luz el año pasado. En la línea de toda su trayectoria, en que destaca como como uno de sus temas clave la red de coincidencias y simultaneidades que dan como resultado un destino sorprendente en la vida de sus personajes, esta novela contaba cómo el protagonista experimentaba una suerte de desdoblamiento con cuatro personajes más que compartían el mismo nacimiento y ADN. Algunas reflexiones sobre semejante reto hubiera sido deseable que hubieran aparecido en estas conversaciones, que en todo caso nos colocan a un Auster entre informal y filosófico, un Auster que reivindica su vena poética y para quien todo es «incertidumbre», cada proyecto literario un nuevo inicio con las mismas inseguridades y dudas.

Las charlas se realizaron entre los noviembres de 2011 y 2013, es decir, cuando Auster preparaba la irregular Diario de invierno, en que se revisaba a sí mismo a partir del estudio de su cuerpo en la que consideraba la última estación de su vida, e Informe del interior, un ejercicio memorístico demasiado personalista: él de niño, adolescente, joven, mirándose al espejo de un hombre ya en la sesentena. Atrás quedaba el escritor magistral de La trilogía de Nueva York, El Palacio de la Luna o El libro de las ilusiones, sobre los que Auster habla aquí en lo que constituye una joya para los amantes de su literatura. La confluencia entre realidad y ficción, la ascendente importancia del erotismo a lo largo de su trayectoria, los elementos metaficticios, su tendencia al collage narrativo…, mil y un detalles aparecen incluso interesantes para quien no haya leído ninguno de sus libros, pues penetran en temas que, en sí mismos, son materia artística de primer orden y que fueron determinados cuidadosamente con la ayuda de la lectora más inmediata de Auster, su mujer la escritora Siri Hustvedt.

Elif Batuman: avatares rusos de una estudiante

Un primer libro de género inclasificable es bien recibido. Elif Batuman, de ascendencia turca, neoyorquina de nacimiento en 1977 y formada académicamente en California, ofrece, en Los poseídos (Seix Barral, 2011), un conjunto de textos llamativos por su frescura, ingenio y pasión literaria con un nexo común: las letras rusas. Al final dirá que es en la literatura donde solo se pueden encontrar respuestas a los enigmas que nos rodean. Y es en lo que se ocupa esta profesora universitaria —cuando escribió el libro estaba en la recta final de sus estudios, lo que se refleja en las pesquisas que expone— cuando va tras los pasos de Bábel, Pushkin, Tolstói y Dostoievski.

La vida de estos autores se mezcla con la de Batuman, que consigue, desde la autobiografía (familia, compañeros, novios, viajes), desarrollar un serio análisis crítico de obras y hacer una crónica de lugares tan significativos como Yásnaia Poliana o las ciudades de Samarcanda y Venecia. El resultado es brillante por su inteligencia y entretenido por su comicidad, pero sabe a poco: la introducción es demasiado extensa para lo que apunta y el primer capítulo, sobre Isaac Bábel, empieza de forma enrevesada, aunque luego se convierte en un texto genial, cuando aparecen las anécdotas de un congreso dedicado al escritor de Caballería roja.

Tomando prestado el título de «la novela más extraña de Dostoievski, Los demonios, traducida anteriormente como Los poseídos», Batuman escribe poseída por aprender ruso y uzbeco y lanzarse a experiencias incluso peligrosas en pos de lograr sus objetivos. Es magnífico cuando ridiculiza el ambiente universitario, se burla de ella misma, propone disparates con gran rigor documental, como que a Tolstói lo asesinaron, y desacraliza la casa veneciana del autor de El idiota. Al libro le sobraría parte de los tres capítulos sobre Samarcanda, pero es el riesgo de un trabajo híbrido que cabe celebrar y nos avisa de que estamos ante una autora muy a tener en cuenta.

L. Frank Baum: la vigencia del mundo de Oz

La vieja historia en que el bien vence sobre el mal. Eso es el territorio del País de Oz. Desde que la pequeña Dorotea llega a ese lugar mágico, llevará a cabo sus dos propósitos que le salen al paso: ayudar a los personajes que lo necesitan y acabar con los malvados. ¿Hay mejor mensaje, realmente imperecedero, para los niños de cualquier época y rincón del mundo? Por eso, y otros motivos más, muy especialmente, claro está, la adaptación al cine que protagonizó Judy Garland, este cuento clásico que conoce todo el mundo pero que no muchos sabrían quién firmó ha llegado a nuestros días en plena forma. Han pasado cien años desde la muerte de su autor, Lyman Frank Baum, que escribió catorce libros relacionados con Oz, pero muchos otros títulos para niños y jóvenes: en total, cerca de sesenta novelas y más de ochenta relatos, a lo que hay que añadir unos doscientos poemas e innumerables trabajos como guionista.

De hecho, Baum, nacido en Chittenango, estado de Nueva York, en 1856, después de debutar con una colección de cuentos infantiles ilustrados por el gran pintor Maxfield Parrish, tuvo un primer éxito llegó en 1899, por medio de una antología de poesía disparatada con dibujos de otro magistral ilustrador y caricaturista como W. W. Denslow. Y con este precisamente, al cabo de poco tiempo, publicaría El mago de Oz, que conseguiría tamaño éxito que se adaptaría a la escena teatral de Broadway en los años 1903-1904. El libro ha sido ampliamente traducido y publicado, pero este próximo día 20 [mayo del 2019] El Paseo Editorial pone en las librerías El maravilloso mago de Oz —en una nueva traducción de Óscar Mariscal—, recuperando las ilustraciones de Denslow, para proporcionar al lector la increíble peripecia de Dorothy y su perro Toto, perdidos en el fantástico mundo de Oz, donde conocerán al Espantapájaros, al Leñador de hojalata y al León cobarde. Juntos, emprenderán camino hacia la Ciudad Esmeralda, en que tendrán la esperanza de lograr que el Gran Oz les dé una solución a sus peticiones de mejora personal a través de su poderosa magia.

Ya en el 2016 El Paseo publicó Historias mágicas de Oz, con los dibujos originales de otro de los grandes artistas que colaboraron con Baum, John R. Neill; en esa ocasión, se trataba de una serie de cuentos que preparó el propio escritor con el objetivo, en 1913, de que sirviera de introducción al maravilloso mundo de Oz para aquellos que no lo conocían aún, y en que destacaban algunos personajes menos conocidos, como la princesa Ozma, Jack Cabeza de Calabaza, Tik-Tok el hombre mecánico, el Tigre Hambriento, el rey Nomo y el Caballete. Tres años antes, Baum se había trasladado con su familia a Hollywood, con el ánimo de trasladar sus historias a la gran pantalla; para ello, fundó la Oz Film Manufacturing Company, pero el destino le tendría reservada una muerte cercana: moriría en su casa el 6 de mayo de 1919, a causa de un derrame cerebral.

«Baum, como Shakespeare, albergaba en su cabeza una fiebre por querer, desear, moldear, soñar, que es la que hace que todos continuemos buscando la historia de Oz, y que nos nutramos de ella», dijo el gran escritor de ciencia ficción Ray Bradbury; «Ese autoproclamado mago de Oz tiene una larga genealogía, podría ser desde un chamán hasta el Próspero de Shakespeare y siempre encuentra su par en cada época», afirmó la veterana autora canadiense Margaret Atwood; «Baum era un verdadero educador y los que leen sus libros de Oz a menudo se hacen lo que no eran: imaginativos, tolerantes, despiertos a las maravillas del mundo y a la vida», apuntó el guionista y narrador Gore Vidal. Declaraciones todas estas que remiten a la vigencia de un libro en que se proponía a sus héroes superar pruebas difíciles, venciendo sus miedos y teniendo el coraje para enfrentarse a lo desconocido para, en última instancia, descubrir sus ocultas pero infinitas capacidades.

El hombre de hojalata quería tener amor, el espantapájaros deseaba inteligencia, y el león ansiaba ser valeroso. Baum, con El mago de Oz, les estaba diciendo a los niños y adolescentes que todos poseemos esas cualidades y que, para desarrollarlas, lo único que tenemos que hacer es practicarlas, como nos recuerda Josep Santamaría en el apartado de actividades de una edición referencial de esta obra, la de la editorial Vicens Vives, la cual contó, desde su primera aparición en el año 2000 —el libro se reimprime de forma constante— con las bellísimas ilustraciones de Victor G. Ambrus. Y es que, como vemos, texto e imagen estuvieron de la mano desde el inicio en este caso; y así, en 1939, se estrenó en la gran pantalla la celebérrima adaptación cinematográfica que dirigió Victor Fleming después de un rodaje complicado, con una Garland a la que tuvieron que caracterizar para que no pareciera tan mayor (tenía dieciséis años), que ya era adicta a las drogas y al alcohol, y a la que explotaban trabajando días enteros película tras película.

Todo comenzó cuando el todopoderoso Louis B. Mayer, de la Metro Goldwin Mayer, vio las posibilidades fílmicas de The Wonderful Wizard of Oz, y decidió que se convertiría en el primer filme en color de la MGM para competir con David O. Selnick, que estaba rodando también en color Lo que el viento se llevó. La primera opción fue Shirley Temple, para el papel de Dorothy, pero no fue posible. Aun así, las aventuras de una valiente niña que es arrastrada por un ciclón desde Kansas a la tierra de Oz, gobernada por brujas y magos, donde los animales hablan, los monos vuelan y un par de zapatos de plata tienen poderes mágicos, se llevó a término felizmente. Y además, devendría no sólo un film de culto, sino que dio la que se considera la canción más importante del siglo XX por parte de la RIAA (Recording Industry Association of America).

Over the Rainbow es obra del compositor Harold Arlen y el letrista Yip Harburg; se cuenta que se necesitaba solamente una última canción para el inicio de la película, y que estaban apurados de tiempo. Pero, entonces, un día que Arlen iba en coche a casa con su mujer, tras salir del cine, vio un arcoíris y se le ocurrió la idea de una melodía que se ha versionado desde entonces por parte de todo tipo de cantantes y músicos. Una letra, que escribió a todo correr Harburg, que ha tenido múltiples interpretaciones: la de trasfondo bélico en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la que expresa simbolismo religioso, la que apuesta por la libertad sexual… La pieza sería merecedora del Óscar a la mejor canción original, y no podía ser menos en el país de las oportunidades: se decía en ella que los sueños pueden alcanzarse, ¿por qué no? Eso consiguen el león, el espantapájaros y el hombre de hojalata, en un cuento en que la amistad y la compasión son prevalentes y en que se nos enseña que las apariencias a veces son falsas: el mago de Oz es al fin y al cabo un viejo farsante, y Ciudad Esmeralda sólo es verde porque los que la habitan son obligados a llevar gafas de ese color. Y hay que mirar más allá, siempre por encima del arcoíris.

Elizabeth Bishop: recuerdos de una niña

A Mauricio Bach debemos la estupenda iniciativa de acercarnos la obra de Elizabeth Bishop (Worcester, 1911-Boston, 1979), una autora esencial para la cultura literaria estadounidense aunque inaccesible en español, si exceptuamos los cuatro poemas que tradujo de ella Octavio Paz y que incluyó en sus Versiones y diversiones (Círculo de Lectores, 2000). Como nuestro conocimiento de poéticas femeninas norteamericanas acaba en Emily Dickinson, resulta interesante revisar la opinión de Harold Bloom, quien considera a Bishop, junto con Marianne Moore (ambas fueron íntimas amigas) y May Swenson, el trío nacional lírico de mujeres más destacable del siglo XX.

Bishop vivió en distintas ciudades de la costa este de su país, viajó por Europa y permaneció largas temporadas en México y, sobre todo, Brasil. Entre sus selectas amistades se contaban Ezra Pound (sobre el que escribió un poema tras visitarlo en el sanatorio donde se encontraba el poeta), Randall Jarrel, Robert Lowell, Pablo Neruda y Octavio Paz, al que Bishop tradujo al inglés. Publicó libros de cuentos y de memorias, pero permanece gracias a sus cuatro poemarios: North & South (1946), A Cold Spring (1955), Questions of Travel (1965) y Geography III (1976).

Pero Una locura cotidiana (Lumen, 2001) —título quizá demasiado licencioso si tenemos en cuenta el original The Collected Prose— no reúne los versos de esta prestigiosa escritora y pintora de Massachusetts, sino otra parte muy breve de su trayectoria literaria: su narrativa corta en forma de ocho cuentos escritos entre 1937 y 1977 y que, en su día, habían aparecido en algunas de las más importantes revistas de la época, como nos informa el traductor en un conciso prólogo.

Huérfana desde muy niña, acostumbrada a cambiar de ciudad con cierta frecuencia y a convivir con parientes cercanos, todas las creaciones de Bishop tienen un acento marcadamente autobiográfico que nos trasladan a sus recuerdos infantiles, a la reconstrucción de la mirada analítica de una niña sin raíces ni estabilidad. El detalle, la descripción de gestos y ambientes, la memoria fotográfica son rasgos estilísticos que hacen de algunos de estos relatos sugerentes historias y de otros un pesado escollo. No obstante, quisiera destacar los tres primeros: «El bautismo», la conversión fanática de una muchacha a la religión baptista; «La mar y su orilla», un curioso seguimiento de la rutina de un individuo que limpia de papeles la playa para luego leerlos en su casa; y «En la prisión», la confesión de un hombre que anhela convertirse en presidiario.

El resto de cuentos se me antojan extraños y grises pese a que la crítica oficial nos diga que debemos admirarlos: «Los hijos del granjero», «El ama de llaves», «Gwendolyn», «Recuerdos del tío Neddy» y «En el pueblo» (recreación de la demencia que sufrió su madre) poseen esa especial vista desde la niñez, pero creo que, narrativamente, carecen de garra y son fácilmente propensos al olvido al lado, por ejemplo, de los relatos de Flannery O’Connor o Carson McCullers, por citar dos mujeres de generaciones próximas que, en cambio, infiltraron mayor talento poético y novelesco a sus propios cuentos.

Paul Bowles y su centenario protector

En la primavera pasada [2010], sonaba la música de Paul Bowles en el Instituto Municipal del Libro de Málaga, durante unas jornadas consagradas a recordar a quien fuera su larga compañera, la también escritora Jane (Auer de soltera). Una exposición fotográfica, un retrato pintado por Barceló, una serie de conferencias («El mundo de los Bowles») y la reedición de varias de sus obras venían a celebrar la presencia de esta autora que pasó sus últimos años en Málaga (de 1967 a 1973), donde está enterrada. Ahora el recuerdo conmemorativo corresponde a su marido, Paul Bowles, el compositor y narrador neoyorquino que hizo de Tánger su hogar desde muy joven, hasta su muerte en 1999 (sus restos no acompañaron a los de Jane, sino que fueron trasladados a Nueva York, junto a los de sus padres).

Había nacido el día 30 de diciembre de 1910, y sólo con diecinueve años decidió colgar los estudios y embarcarse hacia París, ciudad en la que contactó por vez primera con aquellos a los que ya Gertrude Stein llamaba Generación Perdida. De vuelta a Manhattan, estudió composición con Aaron Copland y escribió música para obras teatrales y películas. Nace ahí el Bowles músico, está a punto de hacerlo el Bowles viajero —visita Marruecos, vive en México cuatro años, recorre Centroamérica— y el escritor que lleva dentro renace en él a partir de su matrimonio con Jane en 1938 (se dice que por conveniencia, dada la orientación bisexual de ambos). Se habían conocido en el ambiente bohemio de Greenwich Village y pronto se trasladarán a Ceilán, para acabar radicados en Tánger en 1947. De ellos dijo Tennessee Williams en sus Memorias, cuando los vio en Acapulco en 1940: «A mí me parecieron una pareja encantadora y muy singular». Aunque luego afirma haber conocido a Jane en Gibraltar, a la cual, por cierto, consideraba «la mayor figura que haya dado la novelística americana».

La historia da por hecho que fue Jane la que indujo a escribir a Paul, y la tendencia actual, por parte de editores y críticos, es reivindicar el talento de Jane por encima del de su marido. En todo caso, la chispa creativa se encendió en Tánger, lugar que fue testigo de novelas como El cielo protector (1949), que haría famosa Bernardo Bertolucci con su adaptación al cine, Déjala que caiga (1952) y La casa de la araña (1955). En ellas, la ciudad marroquí es el trasfondo espacial para unos personajes extranjeros que se enfrentan a tentaciones y debilidades, ya sean el alcohol o una fuerte pulsión sensual. Bowles, mientras Jane mantiene una enloquecida relación con una empleada doméstica que se extiende por veinte años, escribe y se integra en la vida africana, traduce algunas obras autóctonas y acoge a los escritores beat William Burroughs, Jack Kerouac y Allen Ginsberg y a otros muchos cuya homosexualidad podía liberarse en Tánger. Allí prima lo insólito, aseguró Truman Capote en una crónica de 1950, y además «es alarmante la cantidad de viajeros que han venido a pasar unas breves vacaciones y se han quedado años y años. Porque Tánger es un cuenco que te contiene, un lugar sin tiempo».

En cierto modo, la amistad y la tolerancia y el respeto por el otro parecen el eje vital de Bowles: primero con su mujer, a la que siguió queriendo pese a su constante carácter enamoradizo, pero también habría que citar a la persona que le cuidó durante treinta años, Abdelouahid Boulaich, al escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, que tanto divulgó su obra en los años ochenta, y antes a sus grandes colegas Gore Vidal, Luchino Visconti, Orson Welles, John Huston y Capote. Este también destacó más la obra de Jane —un genio por descubrir, afirmó, asombrado de que no le llegara su debido reconocimiento— que novelas como El cielo protector —«enormemente tenue», dijo en una carta a un amigo—, y se preocupó por la pareja cuando, en 1958, fueron expulsados de Marruecos y tuvieron que regresar a Nueva York con grandes apuros económicos.

Los Bowles, en efecto, tuvieron problemas con las autoridades tangerinas, pero pudieron reanudar su vida en África, el continente al que Paul dedicó libros de no ficción como Cabezas verdes, manos azules (1963), Memorias de un nómada (1972) y Diario de Tánger 1987-1989 (1991). Su casa allí siempre estuvo abierta a toda clase de artistas: The Beatles, Sartre, Ian Fleming…, y siempre consideró el Sahara, como dijo en una entrevista, «el lugar más bello del mundo, precisamente porque no hay nada. El cielo tiene luz, pero no es verdad, no esta allí, sólo está la noche, siempre. Lo que más me impresionó de Tánger cuando vine por primera vez fue una ciudad en la que pasaban cosas constantemente y donde la hechicería horadaba sus túneles invisibles en todas direcciones». El mismo cielo que lo protegió y fue testigo de su larga existencia, la misma hechicería que conmemora ahora su posteridad literaria.

Ray Bradbury: escribir para no morir

En 1949, Ray Bradbury toma un autobús y tarda cuatro días en atravesar los Estados Unidos; su objetivo: buscar editoriales en Nueva York para publicar los relatos a los que ha ido dando forma, desde que la revista Amazing Stories, pionera en lo que se dio en llamar science-fiction, le cautivara desde niño. Toda una vida más tarde, en la introducción de El maravilloso traje de color vainilla (Minotauro, 2003), que incluyó tres obras teatrales, dio una definición de su género predilecto: «La ciencia ficción es lo que le ocurrió a la magia cuando pasó por las manos de los alquimistas y se convirtió en historia futura». Pero a Bradbury no le sería fácil consagrarse a ella: sin dinero para ir a la universidad, en 1938, tendría que vender periódicos en la calle durante tres años en Los Ángeles, ciudad a la que su familia se había trasladado cuatro años antes desde su natal Waukegan, ciudad ubicada en el condado de Lake, en el estado de Illinois.

Alquilando una Underwood o una Remington en la sala de mecanografía de la biblioteca de la Universidad de California, a razón de diez centavos la media hora, lleva al papel su desbordante imaginación y concibe «El bombero», primer borrador de Fahrenheit 451, que escribirá en nueve días a todo gas y se publicará en 1953. El argumento de la novela —popularizado gracias a la adaptación al cine de François Truffaut, en 1966, con Julie Christie y Oskar Werner como protagonistas— era tan fantástico como crudamente premonitorio: la lectura está prohibida en un futuro indefinido, y los bomberos, en vez de apagar fuegos como antaño, se encargan de quemar las casas donde se esconden libros (el título alude a la temperatura a la que arde el papel). El poder político quiere igualar así a todos los ciudadanos para que obedezcan sin pensar por sí mismos, teledirigiéndolos mediante programas que surgen en las pantallas instaladas por doquier. El bombero Montag cede a la tentación de abrir un libro, lo que será el comienzo de su huida al campo, donde conocerá a otros exiliados, los Hombres-libro, capaces de memorizar un volumen entero para garantizar la pervivencia de la cultura y la libertad.

Una historia que tratase la censura en tiempos de McCarthy, quien ordenó la retirada de ciertos libros de las bibliotecas por «corruptos», no iba a ser fácil que viera la luz. Bradbury detalla la génesis de la novela y estas dificultades en el postfacio de la edición especial que Minotauro lanzó por los cincuenta años del libro en el 2003. En verdad, Fahrenheit 451 fue acumulando rechazos hasta que apareció un editor que preparaba una revista que daría que hablar, Playboy, y allí, entre chicas desnudas y las llamas de los libros prohibidos, emergería de forma definitiva la carrera literaria de este gran hombre cuya actitud frente a la literatura, desde que empezara a publicar cuentos en revistas y viera la luz su primer libro, Carnaval oscuro (1947), adquiere un carácter cada vez más valioso en el mundo cultural contemporáneo, presionado por el mercado y las etiquetas. Pues su integridad radica en algo obvio pero fundamental: la fidelidad a sí mismo por encima de cualquier otra cosa, y con una disciplina y regularidad increíbles desde que, a los doce años, recibiera una máquina de escribir con la que se propuso cada día redactar al menos mil palabras el resto de su vida, teniendo claro muy pronto que el único fracaso en el arte consiste en detenerse, en abandonar.

Pero, antes de esa obra, Bradbury ha ido escribiendo una serie de textos dispersos sobre una conquista fantasmagórica de Marte ambientada en 1999 y que acabarán por cobrar forma gracias a ese viaje a la Gran Manzana, al sugerirle su agente y un editor que, curiosamente, se apellidaba igual que él, que formara un libro de carácter unitario. De allí Bradbury volvería con dos contratos: el de una reunión de cuentos, El hombre ilustrado, más el de Crónicas marcianas. Jorge Luis Borges, no demasiado dado a atender obras contemporáneas en su edad madura, se quedaría prendado ante esta joya de la ciencia ficción: «¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?», escribió.

Ya con un nombre hecho, Bradbury se interna en otros proyectos igualmente asombrosos, como Sombras verdes, ballena blanca, un trozo de su vida, una memoria literaturizada de su estancia en el Dublín de 1953, donde trabajó en el guion de la película Moby Dick (1956), con Gregory Peck y Orson Wells. La novela —concebida también primero como un libro de cuentos— era el testimonio inquietante de un hombre ante una sociedad que le sorprendía continuamente: al comienzo, en pleno invierno, el protagonista se siente extraño y solo en una tierra lluviosa, en una ciudad gris, pero en ese momento comienza a descubrir, gracias a un grupo de pintorescos personajes que frecuentan una taberna, el carácter irlandés: una personalidad cínica, ingeniosa, obsesionada por el alcohol, y sobre todo, basada en la amistad y en el compañerismo. Por eso, a veces es fácil percibir un aliento de nostalgia en ese recuerdo del autor, de aquella bohemia llena de historias increíbles, de situaciones cómicas que se mezclan con descripciones de un entorno siempre verde o de un pensamiento romántico. Bradbury, además de reflejar fielmente la geografía urbana dublinesa y de subrayar con gran precisión los valores del alma irlandesa, introducía otro testimonio interesantísimo: su relación con el director de la película, John Huston, cuyas imprevisibles acciones trastornaron los siete meses de trabajo que necesitó el escritor para adaptar la obra de Herman Melville al cine. La historia de amor-odio entre ambos recordaba mucho a una película, Cazador blanco, corazón negro, de Clint Eastwood, que, a su vez, era el reflejo de un caso paralelo: el rodaje de La reina de África pocos años antes en tierras de Kenia y del conflicto entre Huston y su guionista. Las narraciones eran idénticas, pero estaban filtradas mediante dos lenguajes distintos, en dos lugares distintos.

Tanto en sus libros de fuerte calado fantástico como en otros de tinte más realista como el dedicado a Irlanda, Bradbury siempre se vio como un escritor apasionado y no intelectual, sabiendo contagiar entusiasmo por una labor en la que, a su parecer, la relajación y el inconsciente son esenciales, como afirmó en Zen en el arte de escribir (Minotauro, 1995): «Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya». Escribiendo, en su caso, otro tipo de realidades: las propias de la ciencia ficción. Y además con una fe en sí mismo firme y conmovedora, que le llevaría a una escritura preñada de metáforas y poesía y ahondamiento en el alma y psique humanas. Por algo afirmó, en la nota final a Algo más en el equipaje (Minotauro, 2002): «Tarde en la vida, descubro que he estado siempre bajo un chaparrón de metáforas». De tal modo que, como advirtió, «el noventa y nueve por ciento de mis cuentos eran pura imagen, influidos por el cine, las tiras cómicas dominicales, la poesía, los ensayos y las detonaciones de Oz, Tarzán, Julio Verne, el faraón Tutankamón y sus correspondientes ilustraciones».

Manifiestos por entregas podrían ser los aludidos ensayos de Zen en el arte de escribir, publicados entre los años 1961-1990. Tanto de vida como de arte, porque para el autor son dos cosas inseparables, que se confunden. Vivir es un privilegio y no un derecho, y por tanto, la celebración ha de ser perpetua. Mediante esta dicotomía, desde el prefacio (lo escribía un hombre de setenta y cinco años) hasta la sección final del libro, donde incluía varios poemas que versaban sobre la creatividad, nos llegaba un artista que enfocaba su obra con garra y entusiasmo, para trabajar divirtiéndose, que se burlaba de la comercialidad y de los escritores agónicos, que reivindicaba la «Historia de las ideas» (la ciencia ficción), y, sobre todo, el hecho de que todas esas ideas están dentro de nosotros, en una memoria escondida y llena de poesía. Todo este caudal inagotable de proposiciones iba dirigido de un modo directo al lector, retándole a explotar su fantasía y a sentirse siempre como un niño, sugiriéndole técnicas de escritura. En una de ellas, afirmaba escribir a partir de una lista de palabras que su inconsciente le dictaba y que luego él unía hasta elaborar un relato en muy pocas horas. En la rapidez, según su criterio, estaba la verdad, y ese Inconsciente (él lo llama Musa) hay que saciarlo de impresiones y experiencias, conjugando realidad y recuerdo. «Hacer es ser. / Haber hecho no basta. / Abarrotarse de hacer: ese es el juego», dice en uno de sus poemas, auténticas declaraciones de intenciones de una filosofía tan sencilla como rica, basada en la reflexión diaria, en la actividad continua. Hacer de la memoria una historia nueva. Abarcarlo todo, abrir los ojos y llenarse de vida para crear otra distinta: la interior, la literaria.

Tal cosa se hace evidente en Crónicas marcianas, en la que los astronautas que pisan el Planeta Rojo, venidos de una Tierra al borde de la extinción, encuentran una sociedad que reproduce la vida humana veinte años atrás, en una suerte de viaje a una pesadilla; en un momento dado, por ejemplo, un viajero del espacio se reencuentra con su familia virtual en Marte y se va a dormir, de forma escalofriantemente natural, a su viejo cuarto de niño. Los colonos, desde enero de 1999 hasta octubre de 2026, no parecerán salir de los salones de su casa y, sobre todo, de sus temores más hondos. Visto lo cual, no extraña que el editor coruñés Francisco Porrúa lo eligiera para iniciar el camino de la editorial Minotauro, en Buenos Aires (se nacionalizaría argentino), para la dicha de los lectores en español (lo tradujo él mismo, con pseudónimo), a partir de una edición que ya contaba con el memorable prólogo de Borges a la traducción de 1955.

En suma, el miedo psicológico que inspiran las historias de Bradbury parte de lo que somos y nos rodea. El marciano no es una criatura monstruosa, sino el reverso del humano: lo fantasmal, lo invisible, lo peligroso. Ese mundo nuevo tendrá que ser invadido, conquistado y controlado por hombres que han de reinventar un mundo ya existente, destruyendo para construir, copiándose a sí mismos para extender sus hábitos sin un proceso de mejoría. En «La elección de los nombres», los colonos renombran los lugares con los nombres habituales que les rodeaban en Estados Unidos: las colinas, los pueblos e incluso los cementerios, hasta que lo burocrático se yergue en el patrón fundamental: todo se cataloga, y es entonces cuando nuevas oleadas de habitantes ocupan el planeta: «Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas reglamentarias, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia». Así, el que escapa del mundo conocido funda el mismo mundo conocido. La historia, los errores se repiten. En Marte o en un vecindario con tintes de sociedad totalitaria y asfixiante. Ese Bradbury que combina mirada a otros mundos posibles e introspección emocional es insuperable, y ese tratamiento lo acercaba tanto como lo alejaba de toda una tradición literaria sobre el Planeta Rojo desde que H. G. Wells publicara La guerra de los mundos (1898), novela en la que se recreaba una invasión marciana. Pero sin duda Bradbury también conocería al Edgar Rice Burroughs, el autor de Tarzán, de Una princesa de Marte, con un planeta lleno de canales y monstruos, y su héroe John Carter, a lo que se añadiría la historia que en 1934 aparecería por entregas en Nueva York con el título de La Conquista de Marte de Edison, de Garret P. Serviss, en donde el científico lanza un ataque a los marcianos. Ya más adelante, llegarían otros autores como K. S. Robinson, con su Marte rojo, enmarcado en el siglo XXI, Philip K. Dick, con Tiempo de Marte, con un niño esquizofrénico como protagonista que, a la vez, representa toda una esperanza para la humanidad, y Arthur C. Clarke, con Las arenas de Marte, en que unos colonos se empeñan en transformar la naturaleza del planeta, además de otro muy significativo, Stanisław Lem, que debutó con el relato «El hombre de Marte» (1946).

Había hecho bien Bradbury en mirar más allá de nuestra atmósfera. Su propio planeta tal vez no lo trató demasiado bien, si pensamos que el lugar donde vivió y trabajó durante cincuenta y cuatro años, la casa en que acondicionó una oficina en el sótano, desde finales de la década de los cincuenta hasta el año de su muerte, 2012, fue demolida. El responsable de ello fue su nuevo propietario, el prestigioso arquitecto Tom Mayne, que la compró por 1.765.000 dólares, en el número 10265 del acomodado barrio de Cheviot Hills, en Los Ángeles, y todo pese a que la casa estaba a punto de ser catalogada dentro de las edificaciones que, por su interés histórico, el ayuntamiento de la ciudad estaba en vías de proteger. Al parecer, legalidad en mano, la destrucción fue correcta, pero Mayne, presionado por tantas quejas de vecinos y admiradores del autor de ciencia ficción más querido de Estados Unidos (la casa, con sus paredes amarillas, era fácilmente reconocible), se planeó dedicarle alguna especie de placa a modo de recordatorio.

Arthur Bradford: amores perros

Cuando uno goza con un libro de género tan exigente como el cuento, y ese libro irradia el resplandor de eso que llaman voz propia, no resulta exagerado entusiasmarse ante el descubrimiento: ha nacido una estrella en el idolatrado firmamento yanqui, pero esta vez es de verdad, sin condicionantes adicionales. ¿Quieres ser mi perro? (Mondadori, 2004) es literatura con mayúsculas aunque esté firmada por un joven que hasta ahora había publicado unos cuantos relatos en revistas. Se llama Arthur Bradford (Maine, 1969), y su interesante biografía ayuda a entender esta eclosión de la parte de la sociedad estadounidense más marginal y su fantasía más desconcertante y absurda.

Bradford parece haber salido de un grupo de rock de Seattle, o de una de esas películas que retratan los talleres literarios universitarios (Jóvenes prodigiosos) o la crítica musical (Casi famosos). En las entrevistas, ofrece el aspecto tranquilo del que ha escrito mucho para atreverse a seleccionar unas cuantas historias, del que no se sabe escritor pese a escribir, y no sólo narrativa, sino guiones de cine. Su documental How’s Your News? (2002) fue el fruto de su trabajo durante casi una década en un centro para adultos incapacitados. También gracias a esa experiencia se habrá enriquecido el presente Dogwalker (2001), que ya nos seduce desde la fantástica portada de la diseñadora Luz de la Mora.

Destaco el detalle gráfico porque no se suele citar a los que inventan la imagen primera que obtendremos del libro de turno, y porque el impacto inicial tiene su continuación en la maestría del contenido. ¿Quieres ser mi perro? es un libro redondo, por su homogeneidad estilística, por el narrador que entretiene como si nos hablara en voz alta, quedándose con lo elemental de los gestos y las palabras de sus personajes. Asistiremos a situaciones raras, en algunos casos disparatadas, que nos arrancarán una sonrisa o una mueca de asco, pero siempre obtendremos la satisfacción de haber leído una historia bien contada con escasos recursos y el máximo de intensidad.

Más que un libro divertido a secas, hay en él un trasfondo de comicidad dramática. En un entorno de pisos compartidos en los que se insinúa un clima de jipis modernos y una pobreza de la que no se hace alarde, el protagonista, por lo general un tipo de temperamento discreto, tolerante aunque no indiferente, contempla aturdido sucesos extraños y a la vez profundamente humanos en las reacciones que suscitan. Todo ello en relación con asuntos cotidianos más o menos inofensivos («El colchón», «Un invierno en el sur», «La casa de Alan Matthews»), a peripecias hirientes («Bill McQuill», «La sierra y la manzana», «La escuela para ciegos de Texas») y, al fin, alrededor de cachorros mutantes («Caragato») cuando no de canes de tres patas («La perra de Roslyn» y «El pequeño Rodney») y hasta de un «niñoperro» («Perros»).

Lo dicho: ha nacido una estrella, y viene acompañada del mejor amigo del hombre.

T. C. Boyle

I. La hipocresía del jipi

Hay en la última narrativa estadounidense una tendencia arriesgada que, pese a todo, recibe el beneplácito de la crítica especializada y los compradores de novedades literarias: la de un naturalismo sometido a un ritmo lento y una moderada intensidad novelesca que, sobre todo, pretende construir ambientes, escenificar situaciones mostrando conflictos puntuales, hilvanar secuencias que recreen realidades más o menos conocidas y cercanas en el tiempo. De ahí la obsesión yanqui por la big novel, por el tono neutro y sobrio de su estilo, por el elenco numeroso de personajes que se pasean en las obras de autores como DeLillo, su joven discípulo Franzen o Thomas Coraghessan Boyle (Peekskill, Nueva York, 1948).

En el lado opuesto a la fuerza argumental de un Paul Auster, el único escritor estadounidense que aún interpreta la novela como atracción continua, manteniendo su instinto de contador de historias —una mezcla de aliento decimonónico y literatura detectivesca moderna—, se hallan los escritores citados, tan admirables como sosos, tan dotados lingüísticamente como pesados, aunque tal confesión sea un atrevimiento de incorrección política, más aún si el libro de turno aludido procede de una traducción del inglés.

Ya lo denunció Germán Gullón meses atrás (por fin alguien se lanzó a hacerlo) en Los mercaderes en el templo de la literatura: no pasa nada si un autor escribe un libro irregular, nadie es perfecto. «Ser artista es fracasar como nadie se atreve a fracasar», dijo Beckett, así que nos permitimos desde aquí poner en duda lo que nos dictan que debemos idolatrar desde el mercado del país que manda en todo el mundo y en todos los productos.

Tal reflexión parte de la última novela de Boyle, narrador consagrado, respetado y alabado a priori pues, no en vano, se ha ganado su puesto gracias a obras como Encierro en Riven Rock, Música acuática y El fin del mundo. Hablábamos de naturalismo, y nunca mejor dicho, y perdóneseme el chiste fácil, pues es el nudismo campestre, unido a los rasgos de los jipis más auténticos (sexo, drogas y rock and roll), la base de este texto descriptivo sin trama, no obstante magnífico documento de una época —los años setenta californianos— y certera ridiculización de la utopía de las comunas.

En ello radica el principal interés de Drop City (Mondadori, 2004), una comunidad de aquellos que decidieron abandonar la vida consumista para vivir de la tierra, participando de una supuesta solidaridad que Boyle desenmascara, pues existe otra cara en todo eso: como no es posible criticar al prójimo y negarse a tener relaciones sexuales con todo el que quiera, la cópula se convierte en violación, el relax en holgazanería, la tolerancia en violencia, y es esa agresividad al fin lo que da fundamento emocional al relato.

Los epígrafes de Thoreau —el padre literario del ecologismo actual— y de Jim Morrison —seguramente el artista que mejor representa aquella etapa de amor libre y cadáveres jóvenes—, la banda sonora (Janis Joplin, Jimmy Hendrix, los Stone…) dan al libro una envoltura ambiental muy lograda, pero me pregunto, en definitiva, si sólo atraerá a los que añoran los instantes de ilusiones imposibles o los que ahora son los estandartes de la contracultura.

II. Mowgli en Francia

Cada obra de T. C. Boyle constituye una sorpresa, un desafío de tiempos y espacios narrativos diferentes. En Música acuática, recreó las peripecias del explorador escocés Mungo Park, que descubrió el curso del río Níger a finales del siglo XVIII; en El fin del mundo, combinó la época de los colonos, los años cuarenta y los sesenta en la cuenca del Hudson; en su reciente The Women, biografía la vida amorosa de Frank Lloyd Wright en los veinte y treinta. En The Inner Circle, su protagonista fue el sexólogo Alfred Kinsey, y en El balneario de Battle Creek, el inventor de los corn flakes, J. H. Kellog. ¿Estamos pues ante un escritor de novela histórica? Sí y no.

Sí por cuanto le interesan épocas variadas —el ecologismo en 1970 en Drop City; el inicio del siglo XX en Riven Rock, con el constructor de la segadora—, y no por cuanto tal cosa sólo es una excusa para algo mayor: «Me interesa utilizar alguna cosa extraña del pasado para reflexionar sobre el presente. No me interesa la novela histórica tradicional (cómo olía y qué comía Benjamin Franklin). Intentar reproducir fielmente lo que se hacía o decía en una época determinada simplemente no funciona», según sus propias palabras. Muy habitualmente recurre al humor, como en las novelas mencionadas; aunque no en el caso que nos ocupa, esta nouvelle perfecta que Boyle publicó en el año 2010 junto con trece cuentos más.

El pequeño salvaje (Impedimenta, 2012) narra la historia del que llamaron Victor de Aveyron, un niño al que abandonaron en un bosque de Francia, tras intentar degollarlo, y que fue hallado en 1798. Fue un acontecimiento colosal en Francia —reflejado muy bien por François Truffaut en su película de 1969; al comienzo de la novela el lector verá demasiados paralelismos con ella— que cuestionó la idea del «buen salvaje» y que Boyle presenta así: «¿Nacía el hombre como una tábula rasa, inculto y sin ideas, listo para que la sociedad escribiera en él sus normas, susceptible de ser educado, mejorable? ¿O, por el contrario, era la sociedad una influencia corruptora, como suponía Rousseau, antes bien que la base fundamental de todas las cosas, buenas y malas?».

Pero más allá de los detalles reales de aquel caso, hay que fijarse en la dedicación del joven médico Itard, que estudia y educa al muchacho sin descanso para contestar a esa pregunta hasta que no puede más. Ese y el resto de los personajes —como el ama de llaves—, magistralmente desarrollados por Boyle, nos regalan una historia tristísima, conmovedora, inolvidable.

Pearl S. Buck: China en el corazón

«Nunca imaginé que viviría el último asedio de la mayor ciudad amurallada del mundo, ni que me casaría con la hija de una de las familias más antiguas y aristocráticas de Pekín.» Habla David Kidd, en la introducción de lo que fueron las memorias de su estancia en China entre los años 1946 y 1950: Historias de Pekín (Libros del Asteroide, 2006). Había llegado allí desde su pueblo de Kentucky tras estudiar cultura china en la Universidad de Michigan y, en efecto, iba a vivir una gran aventura: a padecer, en carne propia y a la vez desde la privilegiada óptica de un extranjero, los años de transición que convertirían a la China más tradicional en un país comunista regido por un sanguinario poder dictatorial.

Decía, muy a propósito, «memorias» pequinesas, pues, más que de un libro que pretenda, en primera instancia, captar el ambiente de una época, al modo por ejemplo del narrativo y autobiográfico «Adiós a Berlín», de Christopher Isherwood —el segundo de sus textos que formarían las Historias de Berlín del periodo anterior a la Segunda Guerra Mundial—, creo que se trata sobre todo de una serie de recuerdos personales que tienen, como telón de fondo, la consolidación del nuevo régimen político-policial. Así, es desde el inquietante anecdotario del entorno de Kidd, desde lo particular, como entendemos algo tan complejo de describir: el advenimiento de unas reglas sociales que eliminan todo lo anterior para imponer un nuevo criterio, represivo y amenazador, cuando no criminal.

En el prólogo a esta edición, el profesor universitario de Estudios de Asia Oriental y autor del reciente Made in China, Manel Ollé, cita a algunos autores notables que residieron en China —Pierre Loti, Paul Claudel, Saint-John Perse, Pearl S. Buck— y explica cómo «David Kidd vivió un momento crucial de la accidentada historia de la China del siglo XX desde una posición insólita». Dicha posición era fruto de su matrimonio con Aimee Yu, hija de un prestigioso juez que estaba a punto de morir; una muerte que coincidirá con el inicio del fin: la lujosa mansión en la que la familia vive y ha acogido a Kidd, que trabaja como profesor de inglés, se transforma en una atalaya donde contemplar el desmoronamiento de las jerarquías, las riquezas, las libertades, las tradiciones milenarias.

«La ciudad nos invitaba a quedarnos, a instalarnos en una preciosa casa antigua, a disfrutar de sus patios a la sombra de los cedros, a organizar fiestas para admirar la luna o los jardines cubiertos de nieve. Pekín tenía el poder de tocar, transformar y embellecer a todos cuantos vivían entre sus antiguas murallas», dice Kidd al rememorar su llegada. Cuatro años después, tras sufrir acosos, detenciones, chantajes, se trasladaría con Aimee a Estados Unidos, para luego separarse. Su vuelta a Pekín, en 1981, cuando por entonces dirigía una escuela de arte japonés en Kioto, sería la ocasión para confirmar lo que se vislumbraba: el antiguo esplendor arquitectónico había sido sustituido por edificios funcionales, y las matanzas a las familias más antiguas de la ciudad se cobraron, se decía, medio millón de personas. Un genocidio selectivo que, por vía de la terminología política al uso, se había llamado revolución cultural.

Algo que conoció muy bien Pearl Comfort Sydenstricker Buck, cuyo nombre chino fue Sai Zhenzhu, el mismo que está inscrito en su sepultura, bajo un fresno del jardín de su casa en Vermont desde 1973. Hoy, su legado se mantiene vivo gracias a la Fundación Pearl S. Buck, que acoge y educa a niños amerasiáticos indigentes. Pues estas constituyeron las pasiones de la que fuera, en 1938, premio Nobel de Literatura: China y el cuidado de los más desafortunados. Por algo la biógrafa Hilary Spurling subtitula su libro sobre Buck Enterrar los huesos (Circe, 2013; traducción de Roser Berdagué), pues la pequeña Pearl vio morir consecutivamente a sus tres hermanos, a descubrir bajo tierra huesos de niños muertos en una China mísera, donde lo fantasmal se imponía tras lo mortuorio.

Spurling recorre con precisión la vida de Pearl S. Buck, empezando por cómo sus padres viajaron a China como misioneros a finales del siglo XIX, y sigue a la familia de ida y vuelta a los Estados Unidos varias veces. En 1901, por ejemplo, regresan a su hogar de West Virginia, Pearl con nueve años, en realidad desde una zona en guerra donde se asesinaba a cristianos y extranjeros, lo cual no impedirá que el padre, un fanático llamado Absalom —cuya desconfianza hacia las mujeres le hacía considerar que estas carecían de alma— reanude su peligrosa misión al año siguiente, aun fracasando a la hora de convertir al catolicismo a los lugareños.

Conoceremos a la Pearl que antes de los diez años ya ha decidido ser escritora, a la adolescente obsesionada con Charles Dickens, a la que en Zhenjiang vio cosas atroces que «volverían a emerger a la superficie décadas más tarde en sus libros», a la que recorre Shanghái ya plenamente adaptada —escribió en inglés lo que pensaba en chino, dijo un crítico sobre su primera novela, Viento del este, viento del oeste—, a la que concibe en Nankín La buena tierra (premio Pulitzer), que cambió la concepción que se tenía de China en Occidente, pues los prejuicios degradantes hacia el país asiático se desmoronaron al conocer su durísima realidad… Toda esta obra está hoy muy olvidada pese a que todavía es útil para abordar aquella China cotidiana y rural, pero «en su tiempo la leía todo el mundo, desde los políticos hasta los que limpiaban sus despachos».

Charles Bukowski: cierto encanto detestable

Fiel a la idea de que el genio penetra en lo profundo tomando un camino sencillo, siendo el mayor discípulo de la frase de Hemingway «Escribe la frase más sincera que puedas», Charles Bukowski escribió poemas como si, en algún lugar bar del este de Hollywood, pudiéramos compartir con él una mesa cara a cara. Porque, en realidad, sus lectores son oyentes del relato de su vida diseminado en novelas, cuentos, poemas y diarios, así que es difícil buscar a Bukowski en los manuales ortodoxos de la historia de la literatura —no escribamos estas líneas cual «pulpa de langosta putrefacta», que era como llamaba él a los críticos literarios, sino como lectores admirados de la literatura y la pasión por manifestarse libremente del escritor germano-californiano (se trasladó a los tres años a Estados Unidos)— pese a que, en los últimos tiempos, el nacimiento en Norteamérica de una oleada de estudios indiscriminados, tan atacada por Harold Bloom, recupere autores proscritos. Tampoco se hallará a Bukowski en las antologías al uso ni en la generación beat, a la que se le asoció sin ser partícipe del grupo que formaban Allen Ginsberg —al que ridiculiza en un poema; sentía envidia por su fama—, Jack Kerouac —tituló una de sus piezas «En busca de Jack»— o William Burroughs, al que reprochó injustificadamente que perteneciera a una acaudalada familiar empresarial. La camaradería de estos no casaba con su espíritu solitario.

Todo lo contrario: a Bukowski hay que descubrirlo en la pasión de los lectores sin prejuicios, desobedientes de todo lo que proceda de la crítica oficial. Por eso sigue siendo el rey de la cultura underground, de la rebeldía, del spleen y del erotismo literario moderno. Así lo entendió Gregorio Morales, que lo incluyó en su Antología de la literatura erótica (Espasa Calpe, 1998) destacando su capacidad de subversión: «Sólo quien renuncia a las comodidades y cantos de cisne de la sociedad contemporánea puede ser el héroe. En este mundo donde todo es imagen y publicidad, Bukowski opta por la verdad». Y la verdad es pura y tierna, insoportable y hermosa, prosaica y poética, luminosa y oscura. Siempre los extremos para «saber atravesar el fuego», pues sólo así se obtiene la sinceridad necesaria en una comunicación que, a veces, tiene resultados tan ricos como la traducción de Eduardo Iriarte Goñi de los poemas escritos entre 1970 y 1990 y que recibieron ese título que hacíamos asomar: Lo más importante es saber atravesar el fuego (La Poesía, señor hidalgo, 2002).

Como el protagonista ficticio de los poemas neoyorquinos de José María Fonollosa, Bukowski pone a hablar a un sujeto poético desde las calles de Los Ángeles, aunque el suyo tiene nombre y apellido: Henry Chinasky, el alter ego que ideó para su primer libro, Cartero (1971), inspirado en Arturo Bandini, la máscara literaria de su escritor predilecto, John Fante, otro marginal de L.A. que le ayudó a convencerse de que un libro podía nacer de las entrañas gracias a la lectura, en su juventud mísera y ya alcoholizada, de Pregúntale al polvo, Bandini. En plena Gran Depresión, Bukowski ya había decidido estar borracho siempre y escribir narrativa. La poesía vendría después, tras ingresar en el hospital con una úlcera de estómago a los treinta y cinco años. El tono coloquial propio de sus narraciones iba a concretarse en una puntuación alocada que evitaba las mayúsculas y encadenaba fuertes encabalgamientos en versos libres. Caos y orden. El caos del vivir y el orden del escribir.

En esos extremos se balancea a diario el joven que se enfrenta a la vida más dura y autodestructiva en lo que acabará constituyendo la mejor fuente para sus escritos, que reflejan el alcohol diario, el persistente guiño suicida, la muerte buscada y al final evitada por suerte, voluntad en el último momento o reacción irónica hacia la propia calamidad. Ya en sus primeras escapadas por Estados Unidos, para huir del ambiente represivo de sus padres y su absoluta inadaptación a todo ámbito estudiantil o laboral, estuvo a punto de morir de inanición, habiendo perdido casi treinta kilos, cuando vivía en la más pura miseria. «Tenía un pan de molde cortado y tomaba una rebanada al día, seguida de un bocado de una barra de dulce Payday», cuenta su biógrafo Barry Miles (Charles Bukowski, Circe, 2006), reseñando un momento aciago que el autor protagonizó en una pensión de mala muerte de Atlanta en la que, de repente, vio un cable eléctrico que colgaba del techo: «Jugueteando con sus impulsos suicidas, alargó la mano para agarrarlo, acercándola cada vez más, si saber si tenía corriente o no». Pero el impulso de escribir anularía la pulsión suicida, cuando vio en los márgenes de un periódico un espacio para poner en ellos sus pensamientos.

Tal impulso autohomicida no lo abandonará nunca. En 1951, conviviendo con una mujer de la calle llamada Jane, juerguista y alcohólica, con la que discutía agresivamente y sufriría varios desalojos por beber demasiado y hacer ruido tras las denuncias de diversos vecinos, «parece ser que llevó a cabo un par de tentativas de quitarse la vida poco entusiastas durante ese periodo», en el cual «el talante de Bukowski fluctuaba entre el júbilo beodo y la depresión suicida». Cuatro años más tarde, con sólo treinta y cinco, su cuerpo se resiente del alcohol y un día despierta sangrando por la boca y el ano; una ambulancia lo lleva a una sala de beneficencia del hospital general de Los Ángeles y le hacen varias transfusiones de sangre con un pronóstico claro: otra hemorragia, provocada por el consumo de alcohol, le matará. Pero para Bukowski abstenerse del whisky, el vino o la cerveza va a resultar imposible: era el combustible, la excusa, para no terminar por suicidarse. En una entrevista de 1990, habló de que «la bebida no es una forma lenta de suicidio sino una fuerza disuasoria contra el mismo. Es la única diversión que se les permite. El último milagro barato y fácil de conseguir. Cuando llegaba del matadero o de la fábrica, aquella botella de vino era mi salvación».

En esa misma época de los años cincuenta intentaría suicidarse cerrando las ventanas y abriendo el gas. Se echó en la cama y se durmió, pero le dio tal dolor de cabeza que se despertó y al cabo se levantó riéndose de sí mismo y yendo a por unas cervezas y cigarrillos. La necesidad de beber era clave para escribir, si bien reconoció haber escrito algunos buenos poemas bajo de los efectos de tremendas resacas. De poco le servirían las recomendaciones de Henry Miller, que en una carta le dijo: «Espero que no te mates con la bebida. Sobre todo cuando estás escribiendo. Es una forma segura de acabar con la fuente de inspiración. Bebe sólo cuando estés contento si puedes. ¡Nunca para ahogar las penas y nunca solo!». Pero eso es lo que le gustaba: beber a solas, a todas horas. Lo cual no podía más que conducir a otra hemorragia como la anterior, que estalló un día de 1965 en que vomitó medio litro de sangre. «Se estaba matando lentamente con la bebida», dice Miles, en una época en que vivía con su mujer Frances y tenía una niña, Marina, de un año, que no le dejaba escribir a sus anchas aunque la adorara. «Estaba perdiendo el control de la bebida poco a poco: a finales de mayo bebía tanto que un día se cayó en el cuarto de baño y se vomitó encima».

Todo lo dicho acabará por convertirse en asunto poético. Porque leer su poesía significa adentrarse en lo cotidiano de la memoria de su vida, aquellos pequeños gestos que lo dicen todo: el padre ejemplifica la agresividad doméstica constante en la infancia, como vemos, en Lo más importante es saber atravesar el fuego, en «Los ratones»; en la adolescencia «el mundo no tenía ningún sentido / para mí» («Pershing Square, Los Ángeles, 1939»); la juventud, plagada de ignominiosos empleos, tiene su reflejo poético en «Mi gran momento», y de este modo hasta la temprana vejez que proporciona la lucidez del alcohol y un entorno lleno de prostitutas, asesinos de barrio, vagabundos, locos y drogadictos. «He nacido para vivir con los desahuciados», dice en el sensacional «El significado de todo» y, en efecto, su unión con los suburbios es total, caso de «Malos tiempos en Carlton Way».

En paralelo, Bukowski se entretiene poetizando su devoción por la música clásica —qué maravilla «Unas notas sobre Bach y Haydn»—, los perros, algunos poetas —«A Lorca lo mataron en la cuneta pero aquí / en América los poetas nunca han cabreado a nadie. / los poetas no arriesgan» («Agresión»), las apuestas en el hipódromo y los recitales al que era invitado con frecuencia. El resto es pura decadencia con las mujeres («Amor desaliñado»), escepticismo frente al arte, el cual «no ha mejorado la vida tal como / debiera» («Poema navideño para un tipo en chirona») y un hastío semejante al de Cioran cuando se definía como un individuo no pesimista, sino violento. Desde el sinsentido de la vida, ambos construirían un estilo vivificador; el mismo que habrían de consolarnos gracias a poemas como estos y de tantísimas otras ediciones que han ido colmando las librerías en español durante los últimos lustros, invitándonos a, en la brusquedad, encontrar la belleza, en la sinceridad sin tapujos, una forma de vida y escritura.

Bukowski, como autor superventas de poesía, algo insólito, en todo caso ya no sólo pertenece a la cultura underground, desde luego, a la mitología de los muchos que, más que escribir inspirándose en el escritor descarado por antonomasia del siglo XX, deseaban en vano ser igual de malditos o políticamente incorrectos. Porque nadie como él sirvió de ejemplo del genio inadaptado que adopta una imagen de permanente enfrentamiento; ni siquiera rebeldía, sino simples ganas de llamar las cosas por su nombre. A medida que pasa el tiempo, esa postura contraria a todo lo establecido se vuelve cada vez más excepcional por inhabitual; también más auténtica. Y algo parecido ocurre con su poesía.

En cierta manera, a mi juicio son precisamente sus versos los que van ganando terreno tal vez en detrimento de su narrativa, a menudo compuesta, como en La máquina de follar (1974), por meros relatos humorísticos, innegablemente entretenidos por su imaginación delirante, su erotismo zafio y su trasfondo decadente, pero repetitivos en su plano biográfico, superficiales en cuanto expone sin sutilezas una realidad descarnada o absurda. Ahí entra entonces lo que aporta el terreno poético, dando un paso más allá en la interpretación de esa realidad monótona, desgraciada y vulgar que Bukowski no se cansa de explotar en cada página. De este modo, su poesía es la prolongación sublimada de su prosa; es su síntesis, un género distinto concebido desde parámetros idénticos: mismos ritmo, lenguaje y ausencia de mayúscula al inicio de las frases.

Bukowski empezó a escribir poesía en ese punto de inflexión que sufrió su salud, en la mitad de la treintena —el mismo momento en que inició su obsesiva afición de apostar en los hipódromos—, y es el mejor antídoto para todo el que quiera huir de la poesía hermética que se nos suele imponer desde la crítica, la academia y los premios. Y además, hay material ingente entre el que elegir. Basta con leer otras dos recopilaciones como Arder en el agua. Ahogarse en el fuego (La Poesía, señor hidalgo, 2004) y Poemas de la última noche de la Tierra (DVD Ediciones, 2004); y los menciono en el mismo párrafo porque la comparación entre ambos poemarios era sumamente interesante. En el primer caso, teníamos unos «Poemas escogidos 1955-1973», es decir, se trataba de la etapa inicial de Bukowski como poeta; el segundo constituía el último libro que publicó en vida y del que tenemos constancia en su diario El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (Anagrama, 1998) cuando alude a su título, «llegado en sueños: “Los poemas de la última noche de la Tierra”. Se ajustaba al contenido; poemas que hablaban de la finitud, la enfermedad y la muerte. Mezclados con otros, por supuesto. Incluso algo de humor». Bukowski tiene más de setenta años y, no obstante, reconoce escribir cada vez más y mejor en busca de una poesía «transcendente».

Es cierto: sus textos, fieles por completo a su estilo de siempre, se alejan del temperamento rabioso, apresurado o a menudo anecdótico —también palpitante, energético, contundente gracias a sus inacabables recursos coloquiales— que presenta en muchos momentos Arder en el agua…, aunque encontremos en él poemas espléndidos como el maravilloso «no vengas por aquí pero si vienes….», sobre el deseo ambiguo de soledad y amor. «Ahora me van los matices y las sombras», decía en su diario; algo que se nota incluso en cómo titula los poemas, con una mayor moderación en su etapa final en contraste con el despreocupado desbordamiento léxico de sus comienzos, propio casi de la escritura automática. Simplemente, Bukowski tenía un don.

Un don para, en Arder…, de una simple observación —la actitud de su casera, un perro que no defeca, ir a recoger el correo— se convirtiera en materia poética, en un vistazo común y corriente a la existencia llena de estupidez, gracia, demencia, escatología, pasión. En suma, una habilidad intrínseca, autodidacta para, en Poemas de la última noche…, traer al presente viejas experiencias de sus días en los bares, la convivencia con mujeres tan alocadas como él, la lucidez que proporciona el alcohol y la música clásica, el eterno consuelo que significa la escritura. Y es que, como dijo en Shakespeare nunca lo hizo (Anagrama, Barcelona, 1999), la crónica de un viaje en 1978 a Francia y Alemania: «Yo no era un hombre que pensara, yo me movía por lo que sentía y mis sentimientos se dirigían a los lisiados, a los torturados, a los condenados y a los perdidos, no por compasión sino por camaradería, porque yo era uno de ellos, perdido, confuso, indecente, miserable, miedoso y cobarde».

Antes decía que su prosa pasa a un segundo plano con respecto a su poesía; la prosa de aparente ficción, porque la que responde a textos de vivencia propia sin filtros aparece a veces como la mejor parte de su obra. Fue el caso de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990) (Anagrama, 2009), en los cuales el dios personal del poeta, la Sencillez, tenía un fulgor especial, sobre todo en los textos que dedicaba a Hemingway, Pound, Artaud, Fante, si bien es cierto que la selección de cuentos eróticos o humorísticos, en particular la serie «Escritos de un viejo indecente», o en los artículos autobiográficos, tan directos y vibrantes, era realmente afortunada.

La edición del libro venía a cargo de David Stephen Calonne, que definía el estilo de Bukowski como una combinación de «dureza existencial» y «brío cómico». Buena observación, surgida de entender el alcance de la confesión autobiográfica del autor, que ni siquiera en un volumen recopilatorio como este sonaba repetitiva, sino siempre nueva, asombrosa y coherente con lo expuesto aquí y allá. Decía hacia el final: «Andaba tirado en los estercoleros. Estaba un poco tarado pero era una locura extraña porque la nutría. Dejaba que mi mente describiera círculos, se mordiera su propio culo. Aguijoneaba mis instintos, alimentaba mis prejuicios. La soledad era mi as, la necesitaba para hinchar la realidad. Valoraba de veras el ocio, era mi chute. Estar a solas conmigo mismo era el asilo». Una vida paupérrima, pues, y a su manera tremendamente plena, pese a tener más tiempo empeñada la máquina de escribir que en casa, pese a empezar a publicar en revistas underground y pornográficas. Es el arte de la calle, la voz íntima que habla de los desposeídos, ignorados, antisociales: de sí mismo, a veces mediante textos que son manifiestos estéticos, como «En defensa de cierta clase de poesía, cierta clase de vida, cierta clase de criatura de sangre que algún día morirá» o «Un delirante ensayo sobre la poética y la condenada vida escrito mientras bebía media docena de latas de cerveza (altas)». Poeta grosero, tierno, honesto: ser excepcional, el único autor de culto a ras de los cristales de las botellas con los que se cortaba lo pies cuando andaba descalzo por su casa tras emborracharse.

A aquellos Fragmentos de un cuaderno manchado de vino le siguió una segunda parte, Ausencia de héroe, correspondiente a otra etapa superpuesta, 1946-1992, con lo que teníamos dos volúmenes similares tan rotundos como extraordinarios: dureza, entretenimiento, seria reflexión enmascarada en un tono relajado y raudales de sinceridad y cómica grosería llenaban todos esos textos. Así, más o menos a mitad de esas cifras citadas, en 1969, Bukowski vive otro punto de inflexión, pero esta vez editorial: John Martin, responsable de Black Sparrow Press, decide ayudarle económicamente para que se dedique íntegramente a la literatura; es entonces cuando acaba su primera novela, Cartero (su único trabajo estable hasta entonces había sido en una oficina de correos) y empieza a hacerse popular gracias a su serie indecente, siempre con un toque pornográfico decadente y divertido. En cualquier caso, no hay diferencia en su actitud entre el Bukowski de la primera época, en la que solía recibir rechazos de las revistas y editoriales y malvivía en cuchitriles de mala muerte, y el segundo, ya como estrella de recitales en universidades o locales alternativos, de lo cual también el lector podía dar cuenta en el libro gracias a unas crónicas desternillantes, con un ritmo narrativo incomparable y diálogos que, de tan naturales que suenan, parecen haber sido sacados de la vida real por el conducto más directo posible.

Sobre ese segundo Bukowski, que llenaba a rebosar auditorios o librerías y tenía cada dos por tres atractivas chicas a la puerta de su casa dispuestas a tener sexo con él simplemente atraídas por su malditismo, cabe decir que no se vio liberado del instinto de darse muerte pese a su fama y éxito, muy en particular en Alemania, donde sus libros se vendían de forma masiva: «El impulso suicida le había acompañado desde la infancia y su biografía está plagada de tentativas menores de hacerse daño como, por ejemplo, bailar sobre cristales rotos, romper las ventanas y asomarse luego por ellas, amén de beber abusivamente en contra de las órdenes de los médicos, algo que él mismo definió como “suicidio lento”», escribe Miles. Otra de sus prácticas peligrosas era, después de emborracharse, ponerse a dormir en medio de la autopista para ver si lo atropellaban. Pero no hubo suerte en este sentido —a veces, dejaba que esa idea mortuoria se esfumara conduciendo en coche por barrios desconocidos hasta que entraba en alguna cafetería y escuchaba las trivialidades de la gente corriente y volvía a casa—, y tras la muerte de Jane, que le afectó profundamente, insistió en beber sin cesar, indiferente a otra hemorragia que por necesidad resultaría mortal: «Beber es una forma de suicidio en la que se te permite volver a la vida y empezar todo de nuevo al día siguiente. Es como suicidarte, y volver a nacer luego», afirmaba en otra entrevista, de 1974. Por eso Miles lo llama maestro de la resurrección.

En cualquier caso, más allá de que la bebida afecte a su comportamiento y ánimo, la entrega a la literatura, para el autor de Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, es siempre la misma; Bukoswki parte de sus vivencias más cotidianas y miserables y, estimulado por ellas, mantiene una intensidad literaria constante tanto en sus inicios como en sus años últimos: «Los dioses se portaron bien conmigo. Me tuvieron jodido. Me obligaron a vivir la vida. Me resultaba muy difícil salir de un matadero o una fábrica y volver a casa y escribir un poema que no me saliera plenamente del corazón. Y mucha gente escribe poemas que no le salen directamente del corazón», escribe en «Maltrata a sus mujeres». Calonne dice que estas frases constituyen la mejor poética de Bukowski, y lleva razón. Verdaderamente, los dioses fueron benévolos con él en aquel hospital donde se desangraba en una sala de enfermos terminales y veía cómo se iban llevando varios cadáveres cada día. El destino le había reservado una fuerza de resistencia inusitada y un talento excepcional. John Bryan, director de una revista en que publicó poemas y un amigo que incluso se ocupaba de cuidarle, prestarle dinero y hasta de atender a la niña Marina, dijo de él: «Sabíamos que el cabrón era un pendejo, pero también sabíamos que era un pendejo GRANDIOSO. Bukoswki nació con suerte. Poseía energía y estilo ilimitados. Podía producir insólitas cantidades de poesía y prosa de primera de una sentada. Tenía cierto encanto detestable. ¿Cómo puedes odiar semejante talento?». Al final, Bryan, como muchos otros, se sentiría traicionado por Bukowski al ver que se había aprovechado de su buena fe o escrito cosas falsas o humillantes sobre él, y tras su muerte, diría que fue «un gran escritor y un ser humano abominable».

Esa vida de alcoholismo extremo, de deslealtad frente a los que confiaban en él y le ayudaron, de mujeres de ínfima extracción social que le dieron tanto placer como quebraderos de cabeza y de vecinos dementes colmaron su sed de libertad, de degustar lo freak, de disponer de materia real que novelar o poetizar. De continuo, estaba buscando situaciones sórdidas —como cuando salía a buscar pelea en los bares simplemente por el mero placer de hacerlo; Miles llama a eso «violencia etílica»— con las que luego trabajar literariamente; fue el caso, por ejemplo, de cierta época en que, algo falto de inspiración y sumido en la melancolía, cuando no en la necesidad de compañía, se relacionó mucho con jóvenes yonquis que se acostaban con él a cambio de comida o algo de dinero y que le introducirían además en las anfetas, los barbitúricos, la cocaína y otras drogas.

Y de oportunidades para leer cosas inéditas sobre todo ello nunca faltan, a tenor de una novedad del año 2019, Las campanas no doblan por nadie (Anagrama), título tomado del último relato que se recogió aquí. Se trataba de cuentos extraídos, sobre todo de la serie que Bukowski fue publicando en L. A. Free Press, con el referido título de «Escritos de un viejo indecente» en los años setenta, y se pudieron leer otros que aparecieron, por ejemplo, en las revistas Hustler y Oui en los ochenta e incluso uno que jamás vio la luz, de 1948, «Una cara amable, comprensiva».

El responsable de la edición, otra vez Calonne, decía que era posible percibir la evolución del autor —algo que me atrevería a cuestionar, pues Bukowski cultivó con coherencia su voz narrativa— y encontraba un nexo común: «En Bukowski, el narrador acostumbra a observar lo que ocurre sin poder hacer nada, sin comentarlo. Es al mismo tiempo cuasiparticipante y observador». Tal cosa, en efecto, era una de las audacias de los argumentos del escritor, que presentaba escenas de sexo y violencia, fundamentalmente, en un entorno de alcohol, demencia y perdición total, con la figura femenina como objeto sexual o ser entregado obsesivamente al hombre, a veces el propio Bukowski parapetado en su seudónimo Chinaski. Sin embargo, advertía Calonne, «estos relatos también dejan constancia de la amplia variedad de registros de Bukowski; puede ser ingenioso, despreocupado, íntimo y zalamero y prueba suerte con diferentes géneros: ciencia ficción, una parodia de western, relatos sobre jockeys y jugadores de fútbol americano»; e incluso abordaba en algunas páginas delirantes «la agitación política y social del segundo lustro de la década de 1960».

No estábamos, de todas formas, ante uno de los Bukowski que conocíamos, el que habló de los desposeídos, ignorados, antisociales: de sí mismo, en definitiva. Había, cómo no, en Las campanas no doblan por nadie algunas historias disparatadas, con asesinos o secuestradores de aviones convertidos a la vez en violadores de azafatas. Así que era un libro ante el que el autor dio rienda suelta a su imaginación pornográfica, con destellos de humor desternillante, con la sensación de estar pendiente de convertir en negro sobre blanco las mil y una anécdotas que vivió en persona en las calles de Los Ángeles, como autor reconocido al que la gente quería conocer. Gentes fascinadas por los escritos de un hombre que combinó la dureza y el entretenimiento y y empezó a hacerse popular gracias a su serie «indecente», siempre con un toque erótico decadente pero no apto para feministas.

Por último, otro asunto, más allá de esta serie de excesos sexuales, alcohólicos, violentos y drogodependientes, sería un ámbito de su vida, el epistolar, mucho más desconocido, en que se distinguió como un hombre reflexivo, consciente de su arte, sin abandonar su escritura torrencial ni su desenfado expresivo, como se pudo leer en Noche de escupir cerveza y maldiciones, que era a la vez una ocasión para conocer la extraordinariamente curiosa vida de la musa de escritores Sheri Martinelli (1920-1994), belleza que encandiló a todo tipo de artistas, modelo de Vogue, amante —el trato sería más propiamente el de «nieta» adoptada— de Ezra Pound cuando este residía en el Hospital Psiquiátrico de St. Elizabeths encerrado por fascista, pintora, alma liberal atraída por las drogas, la promiscuidad y lo espiritual, interlocutora por escrito (que es lo que ahora nos importa) de Bukowski.

La edición de esta correspondencia que comprendía los años 1960-1967, de Steven Moore y traducida por Eduardo Iriarte, nos introducía según este último en «el fresco de una época y unos ambientes desde dos puntos de vista que nunca llegaron a confluir; un proyecto literario conjunto, una historia de hallazgos y desencuentros escrita a cuatro manos». Moore, por su parte, nos contaba la historia de esta relación sólo epistolar, pues nunca se verían en persona, entre una mujer desorientada y otro ser perdido que usaban un mismo lenguaje para no coincidir en nada, salvo en el aprecio por Pound. Todo comenzó con una carta en la que Martinelli rechazaba unos poemas de Bukowski para una revista, acusándole de que carecían de «brío». El escritor, en vez de hacer caso omiso, se molestó por tales palabras y contestaría con su verborrea particular. «Es sorprendente que tuvieran algo que decirse, ya que eran opuestos prácticamente en todo. Aunque más o menos de la misma edad […], mientras que Sheri era impulsiva e idealista y no vacilaba en adherirse a sistemas metafísicos y teorías de la conspiración, él era sensible, pesimista y realista», apunta Moore.

Esa primera carta es suficiente ejemplo para conocer el tono del libro: «Como es natural chopin estaría sentado al piano… ese era su COMETIDO: encuentra tu cometido / o conviértete en aquello que quieres que exista & ya está», dice Martinelli. Bukowski, está claro, ha encontrado la horma a su zapato, y destaco la labor de Iriarte, muy meritoria al traducir prosas con puntuación desordenada, onomatopeyas, abreviaturas, escritas a menudo bajo los efectos del alcohol u otras sustancias. He aquí la respuesta de Bukowski:

«El arte sólo preserva una parte y está sobrestimado. Veo mis dedos sobre las teclas, tengo de cara a mí una planta medio muerta con una hoja como la oreja de un conejo caída hacia la izquierda, las mujeres del mundo deambulan por mi cerebro, una rata me roe el estómago y escarba, pasa una furgoneta de los helados bing bong bing bong bing bong bong, y el Arte, el Arte no es nada, son mis dedos sobre las teclas AHORA esculpiendo y gritando Chopin y la música y la rebelión, al infierno con los clásicos, al infierno con la forma, al infierno con Pound, sal, sal y sangra, sangra ilimitadamente contra la turba, la mediaRoma, el mediopoema, el mediofuego, el mediobeso. Sal, sal, sal.»

Se entenderá la necesidad de tan larga cita. ¿No es esto acaso un fabuloso poema en prosa?

Truman Capote: la maestría de un niño

Cuántos escritores norteamericanos que vivieron en los extremos, que acabaron alcoholizados, tristes o solos; tal vez el que más Truman Streckfus Persons (Nueva Orleans, 1924-Los Ángeles, 1984) —adoptó el apellido del segundo marido de su madre, un hombre cubano, vivió en Alabama de pequeño y de forma muy temprana decidió ser escritor—, cuya imagen, a menudo impuesta sobre sus libros, se va desdibujando hasta convertirse en curiosa anécdota, en trivial alusión a un mundo de exquisitez e ingenio. Queda, cada vez con mayor fuerza, su narrativa, que se agranda y deslumbra, que emociona y entretiene. «En el siglo XX solo dos narradores de calidad consiguieron ser nombres conocidos: Ernest Hemingway y Truman Capote», dijo el académico Reynolds Price; una popularidad, añade, que solo ha servido para denigrar lo mejor de sus obras por parte de «críticos y lectores sin duda desafectos». Tal como haría con la escritura de sus novelas —piénsese en los largos periodos entre la publicación de una y otra: Otras voces, otros ámbitos (1948), El arpa de hierba (1951), Desayuno en Tiffany's (1958), A sangre fría (1966)—, Capote administró muy bien la escritura de sus cuentos: su último relato es «Una Navidad», de 1982, y el primero oficial hasta ahora, por así decirlo, que recuerda mucho a la mirada desencantada de las mujeres protagonistas de Dorothy Parker, de 1943, «Las paredes están frías».

Pero lo más asombroso de todo es la manera en que su célebre precocidad se pone de manifiesto en textos escritos con diecinueve o veinte años: «Miriam», premio O. Henry en 1945, o «Cierra la última puerta», que recibió el mismo galardón cinco años después. Capote sembraba para luego, con su primera novela donde mezclaba realidad y ficción, causando un cierto revuelo en los ambientes literarios neoyorquinos, recoger popularidad y atención. Seguramente muchos pensarían que aquel arrogante y pequeño muchacho que dijo una vez: «Soy alto como una escopeta e igual de ruidoso», era flor de un día, que la fotografía de la portada en la que salía tumbado ya era la prueba de un marketing gratuito. Pero el talento habla por sí mismo, y como nunca en el caso que nos ocupa: estos Relatos tempranos (Anagrama, 2016) hallados de casualidad con la etiqueta «High School Writings», en la New York Public Library en un legado compuesto por «treinta y nueve cajas de cartón mal ordenadas», según la autora del epílogo, la editora alemana Anuschka Roshani, que abarcarían los años 1935-1943. Una novedad que se añadía a Crucero de verano, novela escrita y dejado inacabada en los años cuarenta y que fue rescatada en el año 2004 de una caja abandonada por el autor, que contenía papeles y fotografías (el portero del edificio donde vivía la rescató de la calle y la guardó).

Acertó de pleno Luis Cernuda cuando calificó el estilo de Capote de «exquisitamente real y poético». En su momento, el lector de los Cuentos completos que lanzara Anagrama ya pudo comprobar la excelencia de historias que daban fe de su corta infancia en el profundo Sur o de su traslado a Nueva York tan joven; un simple viaje en tren conducía a Capote a crear todo un pequeño mundo literario sutil y hechizante que, maravillosamente, también se halla en estos cuentos juveniles que hacen bueno aquello que dijo el autor de Nueva Orleans —en el prefacio a su último libro, Música para camaleones—, sobre la responsabilidad de sentirse «encadenado de por vida a un noble pero implacable amo», el don artístico. Un don increíble, que hace añicos el prejuicio que se podría tener al saber la edad en que fueron escritos estos relatos prematuros traducidos por el siempre estupendo Jaime Zulaika, pues Capote, siendo sólo apenas un niño, hoy nos demuestra que por aquel entonces era capaz de escribir con una maestría y una habilidad superiores, excelsas, asombrosas.

Prologando esta gran novedad capotiana aparece la reseña al respecto de Hilton Als, crítico de The New Yorker, del pasado octubre, que pone el acento, mediante el cuento «Lucy» —sobre una empleada negra que trabaja en una casa en Nueva York pero tiene que volver a su hogar sureño—, «en cierto tipo de personaje, un alma y un cuerpo que casen con lo que el joven escritor está examinando en realidad, que resulta que es uno de sus grandes temas: la marginalidad». Y en efecto, los personajes que están en los límites de lo social estandarizado —la mujer desesperada que huye por un accidente criminal en «La polilla en la llama»; la alumna ladrona en «Hilda», el presidiario huido «Terror en el pantano», la anciana chiflada en «La señorita Belle Rankin»— destacan en algunas de estas historias «tan maduras», como dice Roshani: «Maduras desde un punto de vista dramatúrgico y lingüístico, pero también sentimental; con gracia en el tono y, si es que existe tal cosa, repletas de inteligencia emocional». Este concepto se nos antoja fundamental: qué sensibilidad tan prodigiosa la de Capote para captar a los dos niños —uno presente y otro alusivo— en el precioso relato «Esto es para Jamie», para entender a la joven enamorada a punto de perder a su chico en «Si yo te olvidara», para recrear la mente ensoñadora en el aula de una estudiante en «Donde el mundo comienza».

Se insiste al comienzo y al final de este libro que presenta una gran habilidad para expresar las sutilezas de personajes que sufren por dentro —y donde hay páginas en verdad sorprendentes, como en «Tráfico Oeste», compuesto de cinco capítulos que dan inicio en el IV hasta el 0— en los traumas del autor en referencia a su factual orfandad ante una madre descuidada y lo que conllevó su relación con los negros o lo que significó su propia homosexualidad, y si bien es cierto que, amparándonos en palabras del mismo Capote, la escritura a pronto llegó a ser una válvula de liberación para él, estamos frente a un artista que va mucho más allá de exorcizar sus demonios interiores mediante la literatura. Frente a un narrador con una voz incomparable que, aparte de sus innovadoras novelas, se convirtió en un maestro en otros géneros como el cuento; con el impresionante añadido de que lo fue, como constatan estos cuentos, desde la adolescencia.

Don Carpenter: el sueño de ser escritor

Hubiera sido, ya lo es, su novena novela —en una trayectoria que también incluye cuentos y guiones cinematográficos— esta titulada, e inacabada en principio, Los viernes en Enrico’s (Sexto Piso, 2015) pero que ha acabado su admirador Jonathan Lethem. Este recibió el encargo, por parte de la familia del californiano Don Carpenter, de revisar y ordenar un manuscrito que se hallaría casi diez años después de que el autor, marcado por una nefasta salud, en 1995, decidiera quitarse la vida. Lo cuenta Lethem en un postfacio en el que hay cosas interesantes y otras susceptibles de reproche: primero cuenta su lejana y también azarosa pasión por la narrativa de Carpenter, al que descubrió mientras trabajaba en una librería de viejo californiana; y luego cuenta cómo valoró el texto en cuanto a su estructura, propósito argumental y desenlace, recomendando que se publicara. Así pues, ¿cuál fue su intervención para «terminar» la novela? Al parecer, no se trata de la continuación de una trama ni la invención de un final, y no señalar los pasajes en cuestión no sé si es una necesidad comercial o una falta de respeto al texto original, fuera cual fuera, con sus aciertos y las flaquezas naturales de un texto no definitivo.

«Saqué cosas», dice Lethem; borró «gestos preliminares» y palabras usadas (en su opinión) en exceso; también reordenó inicios de capítulos y, en suma, añadió unas cinco u ocho páginas de su propia escritura. Por todo lo dicho, los criterios de edición de Los viernes en Enrico’s (traducción de Javier Guerrero) no convencen, pero al margen de esto, el lector encontrará una novela de indudable atractivo. Carpenter pone en solfa, a lo largo de un par de décadas, a cuatro narradores de diferentes ambientes, tanto en San Francisco como en Portland, ciudades de intensa actividad literaria en una época en la que Kerouac y el resto de beats se hacían notar con una vida bohemia, de alcohol, espiritualidad oriental y entrega desaforada a la escritura. Los personajes encarnan un talento juvenil próximo a esa generación de transgresores y expone con gran vivacidad cómo tal cosa evoluciona a expensas del mundillo editorial, e incluso al de las adaptaciones de Hollywood, balanceándose —la pareja compuesta por Charlie y Jaime (es mujer, no confundirse), más el presidiario Stan y el egocéntrico Dick— entre la cotidianidad familiar y el afán por lograr el reconocimiento muy pronto y, sobre todo, saber o querer digerirlo y prolongarlo.

Raymond Carver con los perdedores anónimos

Por la calidad e intensidad de sus relatos, muchos lo consideran el Chéjov americano del siglo XX, y él mismo profesaba un amor por el autor ruso extraordinario: de la muerte de Raymond Carver [1988] ya han pasado más de tres décadas, en Port Angeles (Washington), por un cáncer de pulmón. Carver superó su adicción al alcohol y trabajó en mil oficios hasta que encontró en la literatura un campo donde explotar sus observaciones de la población americana vulgar y corriente: la misma que inspiraría a Robert Altman a realizar la película Shorts Cuts (Vidas cruzadas) a partir de una serie de cuentos del escritor del estado de Oregón.

Su obra sigue despertando un interés creciente y, como en estos casos, de vez en cuando se renueva en forma de obra recuperada —algún cuento de juventud, su poesía y sus artículos—, como sucedió con el libro Sin heroísmos, por favor, que, aparecido en el año 2005, recopilaba relatos primerizos, poemas, reseñas literarias o un fragmento de una novela. Destacaba en todo ello el cuento inédito «Tiempos revueltos», del que se podían leer frases como «La niebla gris oscurece las cumbres a lo largo del valle», «Afuera está oscuro y el agua huele a lluvia» o «La farola parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia con su débil punto de luz amarilla», que no permiten intuir que su autor sea el mismo que, con posterioridad, llevará al extremo su estilo flaco de adjetivos, parco en descripciones y carente de toda insinuación alegórica o metafórica. Y sin embargo, algunos de sus toques singulares ya se asomaban por las páginas de esta historia construida por alguien que se estaba iniciando en el arte de escribir, que buscaba eso que llaman voz propia: las intromisiones naturalistas que detallan de forma precisa cosas ajenas a la trama o el abuso de los flashbacks, cosas inexistentes en todos sus libros, contrastaban con un ya sólido deseo de ambientar la tensión de la convivencia entre los personajes, la voluntad por perfilar pensamientos y acciones con, por decirlo mediante el socorrido vocablo, un gran minimalismo.

En «Tiempos revueltos», el Carver que apreciamos estaba entre líneas, detrás de una estructura demasiado visible y circular, en exceso retorcida: Farrell, protagonista por donde pasa todo el cuento —él es el cauce para los saltos temporales, la permanente visión del clima, la memoria de una vida marcada por el maltrato a los animales—, es un hombre casado, además incestuoso y para colmo asesino; la esposa Lorraine, la hermana Iris, el amigo Frank sólo son personajes servidos para que la psicopatología de Farrell los emplee como atrezo argumental. El planteamiento técnico resultaba ambicioso; el logrado tempo lento, pese a que nos empujaría a eliminar las descripciones que nos obstaculizaban seguir adelante, se correspondía con un escritor que sabe muy pronto lo que se trae entre manos. En suma, el ejercicio de lectura constituía una manera de valorar mejor la evolución de Carver, cómo tantas de sus prosas futuras nos someterán a una experiencia densa y dolorosa, pero al mismo tiempo irresistible.

En muchos casos, leer uno de sus cuentos es someterse a una experiencia densa y dolorosa, pero al mismo tiempo irresistible. Es como tener un nudo en la garganta. Para que ocurra ello no es necesario que la historia sea especialmente triste, ni que juegue con el sentimentalismo fácil. Carver, sintiéndose discípulo de Antón Chéjov —e incluso alma gemela por coincidir en algunos aspectos biográficos—, conjuga en su literatura todos los elementos relacionados con la austeridad y la concisión. Al igual que consiguió el autor ruso, Carver asumió mediante su afilado punto de vista la textura de los localismos, de las controversias domésticas, de las insignificantes frustraciones que derrumban todo tipo de existencias.

Nacido en 1938 en Clatskanie, un pequeñísimo pueblo cercano al río Columbia, sus cincuenta años de vida iban a estar marcados por constantes traslados de domicilio por la costa oeste americana, siempre a la busca de algún trabajo con el que ayudar a sus paupérrimos padres, y luego, aún muy joven, a su mujer e hijos. Data de entonces su iniciación a la bebida —su padre moriría alcoholizado—, la angustia creciente por ver desmoronarse su matrimonio con Maryann Burk, su primera esposa, que en su biografía Así fueron las cosas. Retrato de mi matrimonio con Raymond Carver (Circe, 2006) contó la historia de una pasión nacida en la adolescencia y que daría como fruto dos hijos a lo largo de una convivencia llena de pobreza y dificultades, pero también de ilusiones y mucho cariño. La autora, de forma íntima y afectuosa —aunque también edulcorada—, se sumergía en su memoria para contar los detalles más pequeños de su relación con aquel chico con el que sintió un flechazo cuando le sirvió en la cafetería donde trabajaba, en el verano de 1955. Él por entonces era un apuesto muchacho de diecisiete años y ella una chica de quince, en la ciudad de Yakima, en el estado de Washington.

Un rápido embarazo, una boda, la búsqueda de empleos que compaginar con los estudios, la vida en pareja sin apenas recursos… son algunos de los asuntos que Maryann abordaba, siempre manifestando una entrega inmensa por Carver, que ya desde muy pronto mostró su inclinación por llegar a ser escritor. En ese sentido, ella sería un apoyo fundamental para que empezara a acudir a un taller universitario de escritura, en medio de una serie continua de traslados para mejorar sus condiciones que llevarían a la familia a viajar por buena parte de la costa del Pacífico y el medio oeste.

«Me entusiasmaba oír decir a Ray: “¡He terminado la primera versión de un relato que puedo enseñarte ya, Maryann”», escribía la autora, que vivió para y por su marido de forma sacrificada y valiente, hasta que las cosas se truncaron, Carver se hizo definitivamente alcohólico y se divorció de ella. Ya ha publicado su primer libro, escrito y corregido a lo largo de quince años: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), cuyo impacto en el mundo de las letras es inmediato. Sin embargo, también para él el éxito repentino le supone un violento golpe de advertencia: es un borracho que escribe relatos y malvive en una perfecta infelicidad. Pero un día cualquiera, después de padecer cuatro hospitalizaciones debidas a su abuso con el alcohol y recurrir a la ayuda de Alcohólicos Anónimos, todo cambia, sucede un milagroso renacimiento que ni él mismo se explica: el 2 de junio de 1977 deja de beber, y encauza su vida sin Maryann y convenciéndose de que, efectivamente, es escritor.

Tal como había hecho Chéjov a finales del siglo XIX, Carver revitaliza el género que lo hará célebre con su don natural para captar la narratividad encerrada en cualquier anécdota cotidiana, más el recuerdo y la permanencia de su entorno miserable, todo lo cual confluirá en su moderna manera de concebir el cuento, recuperando el denostado realismo que había pasado de moda en los Estados Unidos. Cada una de sus entregas siguientes se volverá más melancólica y penetrante, más sutil y madura. Además de publicar varios poemarios, dará a conocer tres conjuntos más de relatos en los años ochenta: De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral y Tres rosas amarillas. A lo que se sumará el libro póstumo Si me necesitas, llámame, cuatro sensacionales historias que estaba revisando el escritor cuando le sorprendió la muerte y que su segunda esposa, la poetisa Tess Gallager, recuperó con indiscutible acierto a la vez que aportaba un bello epílogo para la ocasión.

Esta mujer será su salvación, su gran compañía y amor, la que le abre a una segunda oportunidad en la vida, según decía el propio autor. Estará unido a ella desde 1977 —la conoce cuando lleva un mes sin beber y cuatro años sin escribir— hasta su muerte. Junto a ella Carver se afianza como el cronista por antonomasia de los perdedores anónimos con los que nos cruzamos a diario en cualquier lugar del mundo. Aunque no siempre los más exigentes lectores tengan la sensibilidad propicia para degustar tal estética: en El futuro de la imaginación —donde comenta obras de grandes escritores, desde Shakespeare a Saramago—, Harold Bloom va más allá al confesar su discreta admiración por Carver; compara un cuento suyo con otro similar de D. H. Lawrence, afirmando al fin y a la postre que quizá se le haya sobrevalorado habida cuenta de que «murió antes de poder desarrollar las más amplias posibilidades de su arte».

Tess y tantísimos lectores no podrían estar más en desacuerdo: cincuenta años de vida dieron para mucho en pocos libros; algunos de los mejores cuentos escritos que, quizás, hubieran obtenido el beneplácito de su viejo amigo Antón Chéjov, cuyo retrato, como ha contado su viuda, ponía enfrente de su escritorio a la hora de ponerse a escribir (siempre en lápiz), tras encerrarse en su estudio con la puerta cerrada. Y además su rutina era implacable: no se levantaba de la silla hasta haber acabado la primera versión de lo que tenía en mente; luego vendría las sucesivas revisiones, reescrituras que podían alcanzar la treintena. Cabe decir además, y el dato es conmovedor, que el último cuento del postrer libro que publicara el cuentista estadounidense, titulado «Tres rosas amarillas» (1988), sería la mejor recreación de los últimos tiempos de su idolatrado maestro y alma gemela.

Chéjov había llegado en junio de 1904 a un balneario de Badenweiler, en la Selva Negra, adonde acudían «enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chéjov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado. Y un personaje muy famoso», escribe Carver. Con sólo cuarenta y cuatro años, y pocos meses después de concluir, con un esfuerzo desmesurado, su pieza El jardín de los cerezos, siente que está acabado como escritor. Sólo le quedaba un mes de vida, pero a todos decía que se encontraba cada día mejor. ¿Por qué afirmaría tal cosa siendo él médico, sabiendo en efecto que su fin estaba cerca?, se preguntaba Carver. En la medianoche del 2 de julio, Chéjov deliraba, y su médico, consciente de no poder hacer nada y aprovechando que su paciente recobraba por unos instantes la lucidez, pidió con urgencia a la recepción del hotel que trajeran el mejor champaña y tres copas.

«No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte?», sigue diciendo Carver. Y es que, como afirma la periodista checa Janet Malcolm en Leyendo a Chéjov (Alba, 2004) «la sombra de la mortalidad planea sobre sus textos; sus personajes se recuerdan unos a otros sin descanso: “Todos tenemos que morir” y “la vida no se concede dos veces”». Tal perspectiva de continua existencia finita ¿iba a estar influida por la gran cantidad de enfermedades que padeció, desde la tisis a las hemorroides, pasando por la fatal tuberculosis surgida ya en su etapa universitaria, cuando comenzó a publicar escenas humorísticas para aportar algo de dinero a la familia? Para Carver, como escribía en uno de esos textos recuperados en Sin heroísmos, por favor, Antón Pávlovich Chéjov fue el mejor escritor de cuentos de todos los tiempos, alguien capaz de desnudar nuestras emociones de un modo que sólo el arte puede alcanzar. ¿Y no consiguió Carver eso mismo con su escritura densa, cortante, que nos desentraña hasta emocionarnos o incomodarnos ante el realismo de muchos de sus diálogos? Y siempre con el similar punto de vista que llevó a término Chéjov, para quien «el artista no debe convertirse en juez de sus personajes y de lo que dicen; su única tarea es ser un testigo imparcial».

John Cheever: correspondencia compulsiva

Este semestre [del 2018] va a ser un momento álgido en español para John Cheever (Quincy, 1912-Ossining, 1982). A la edición de sus Cuentos —un volumen de casi novecientas páginas que sin embargo no integra la totalidad de su narrativa corta, como dice Rodrigo Fresán en el epílogo, pues detrás hay ciertos conflictos judiciales que no permiten tal cosa—, se la acompaña de las presentes Cartas (Literatura Random House; traducción de Miguel Temprano García); y en junio llegarán sus Diarios. El público en general conoce al autor de Massachusetts por sus relatos, con los que se ganó la vida al irlos publicando en la prensa neoyorquina, pero también destacó por novelas como La crónica de los Wapshot (1958), Bullet Park, Falconer y ¡Oh, esto parece el paraíso! Obras que se van a ir asomando, junto con los cuentos que prepara y publica, en esta correspondencia editada por su hijo Benjamin H. Cheever.

Este aporta un sentido prólogo en el que explica, tal vez de manera demasiado personalista, cómo era y quiso a su padre: un hombre bisexual, adúltero y alcohólico, con gran sentido del humor y amor por sus hijos y su mujer, alguien que «puso toda su vida en sus cartas». Escribió, dice, «entre diez y treinta por semana», de modo que el trabajo de selección era vital para biografiar a su padre, ya que en cierta manera esa es la intención del libro; de ahí que Benjamin haya incluido fragmentos de sus diarios y su ficción, «para que pueda verse la vida —a veces el mismo incidente— reflejada de forma diferente a través del prisma de su prosa». Tenemos así un retrato del escritor y sus diferentes etapas: sus inicios literarios en los años treinta y su relación con el editor Malcolm Cowley, que fue quien le publicó su primer relato, más su experiencia en la colonia de artistas Yaddo; su participación en la guerra (al inicio no superó un test de inteligencia que le habría supuesto subir de rango) y su matrimonio; sus contactos con Hollywood con la intención de llevar a la pantalla alguna de sus historias…

Se trata de una correspondencia de tono desenfadado la mayoría de las veces, en la que Cheever cuenta anécdotas de su día a día a amigos o familiares, o informa de asuntos de su trabajo literario a colegas y editores como William Maxwell, del The New Yorker. Naturalmente, no se puede juzgar un cúmulo de papeles nacidos en la privacidad, pero sí el porqué de esta edición. En este sentido, todo se limita a mensajes que pueden despertar alguna curiosidad, como los episodios de sus viajes a Roma o Rusia, o las cartas que tenían como destinatarios a algunos hombres con los que mantuvo sexo apasionado y, al parecer, ayudó también en el terreno literario, o a una actriz por entonces en boga. En general, creo que estas páginas servirán, gracias a la labor de Benjamin, de biografía fragmentaria, pero no aportará una lectura que acabe por iluminar la obra de Cheever ni recrear un tiempo de la literatura estadounidense tan interesante y que el autor protagonizó con un alto grado de éxito y celebridad. Hasta que se le diagnosticó un cáncer en 1981, algo que según su hijo vaticinó en su novela de 1964 El escándalo de los Wapshot.

Emma Cline: las diabólicas de Manson

El peligro de un éxito rotundo puede ser tan desconcertante como absurdo. La hipérbole caprichosa se ha posado en Emma Cline (nacida en 1989 en la californiana Sonoma). Nos referimos a ese éxito de la mercadotecnia editorial y de la crítica literaria que tiene a bien descubrir la penúltima gran promesa bisoña. De modo que un notable debut narrativo, un texto meritorio sin duda, una ambiciosa novela bien desarrollada obtiene un beneplácito estúpidamente desproporcionado. Con Las chicas (Anagrama, 2016; traducción de Inga Pellisa), Cline ha recibido elogios de colegas prestigiosos, como Richard Ford y Jennifer Egan, y un interés de un montón de editoriales internacionales. Mucho ruido para no pocas nueces, sin embargo, pues la historia sale de una mano indudablemente madura que sabe ahondar en las inseguridades y anhelos de su protagonista, la adolescente Evie, y el clima seductor que despierta el hallazgo de una comuna.

De este modo, la autora se inspira en el clan del asesino Charles Manson para contar cómo Evie queda fascinada por Suzanne, una de «las chicas» del líder del grupo, el músico (como lo era Manson) Russell. El arranque es atractivo por sus elementos evocadores al recordar cómo con catorce años la protagonista, en 1969, descubrió ese ambiente extravagante, de drogas y sexualidad latente. Todo avanza entonces hasta la madurez de la protagonista para recrear la libertad de la California de aquel tiempo jipi, los tratos de unas muchachas que podrían recordar en algún momento dado las rarezas de Las vírgenes suicidas (1993), de Jeffrey Eugenides —«Aquellas chicas de pelo largo parecían deslizarse por encima de todo lo que sucedía a su alrededor, trágicas y distantes. Como realeza en el exilio», leemos al inicio—, y sobre todo algo tan manido como eterno: la pubertad abriéndose a la adultez en una familia de padres separados. El resultado es destacable, pero ojalá el éxito precoz y desmedido de esta novela no estropee, con inyecciones de inútil vanidad, la trayectoria de la talentosa escritora que la firma.

Don DeLillo: una pelota de béisbol

He aquí el nuevo descenso de Don DeLillo (Nueva York, 1936) a la vida más oculta y oscura de la sociedad estadounidense con este texto cuyo título ya lo dice todo. El autor insiste en Submundo (Circe, 2000; traducido por Gian Castelli) en recrear las miserias de su tierra tal como ha ido haciendo a lo largo de sus diez novelas e innumerables cuentos, esta vez en torno a las armas nucleares, asunto que ya había apuntado de forma explícita, mediante un indefinible accidente químico que asolaba toda una ciudad, en Ruido de fondo (1994). La intención de forjar una «gran novela nacional», a la que es tan aficionada la enseñanza americana desde hace un siglo, la ha llevado a su máxima expresión con esta historia de abrumador tamaño. Desde luego, no es el último autor que se suma a la moda de reflejar todo un país en un tiempo amplio, pero de todos ellos —Tom Wolfe, Philip Roth, John Updike o el último caso, Thomas Pynchon con su Mason & Dixon (también como Submundo edición original de 1997)— es quizá DeLillo el que mejor ha inspeccionado la esencia de lo yanqui y la parte nefasta de su influencia.

El autor consigue ese propósito de modo brillante y, como siempre, minucioso y complejo. Su estilo ya indica su ideología enfrentada a una realidad que le disgusta, un total alejamiento de patrones literarios fáciles, su habitual rechazo ante cualquier cosa que huela a marketing (manifestado en un apartamiento del mercado comparado al de Salinger) o a entregar una literatura capaz de ser disfrutada por todo el mundo. DeLillo sabe que sus textos, extensos, de tempo lentísimo, descriptivos hasta la extenuación, de abundantes personajes, en definitiva una borrachera total de voces, diálogos, escenarios y saltos temporales, no pueden llegar a todos los lectores. Sabedora también de ello, la crítica literaria rinde tributo a cada uno de sus trabajos por ese mismo afán imperturbable alejado de lo convencional, denunciador de todos los males habidos y por haber dentro de los Estados Unidos. Y el presente caso no es, seguro, una excepción.

Ya el comienzo de Submundo destaca por la profusión de detalles naturalistas, la multiplicidad de miradas de un narrador cuya omnisciencia se hace total. Se describe de modo completo un estadio de béisbol y su reflejo en Nueva York, donde todos los ciudadanos están unidos un lejano día de 1951, en vivo y en directo (como Frank Sinatra, uno de los personajes reales del libro) o «vinculados por la voz pulsante de la radio»; es el caso del protagonista, Nick Shay, un especialista en desperdicios de todo tipo cuya obsesión es tan intensa que le conduce a contemplar «los productos como basura, incluso cuando reposaban relucientes en los estantes de la tienda, aún no comprados».

Este mítico partido entre los Dodgers de Brooklyn y los Giants del Bronx, que se resolvió dramáticamente con un home run en la novena manga y que forma parte de la memoria colectiva estadounidense, conlleva una narración paralela: la Unión Soviética está realizando su primera prueba atómica, lo que dará paso al inicio de la Guerra Fría. La alusión a la pelota de la última jugada del partido, que deviene una pieza de coleccionista, será el elemento que una las cuatro décadas revisadas por DeLillo a través de una aparatosa estructura, que va desarrollándose desde los años noventa hasta volver a los cincuenta. Su final sólo podrá ofrecer un violento desenlace que cierra este paseo por un mundo deteriorado y repulsivo, en el que un juego ocupa el mismo espacio en el periódico que una explosión nuclear, pues no en vano «cuando fabrican una bomba atómica […] hacen el núcleo radiactivo exactamente del mismo tamaño que una pelota de béisbol».

Philip K. Dick y sus paranoias

En 1982, en la localidad californiana de Santa Ana, un paro cardíaco acababa con la vida del estadounidense de cincuenta y cuatro años Philip Kindred Dick, en concreto, el 2 de marzo, tres meses y medio antes del estreno de la película Blade Runner, basada en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Era el fin de un hombre cuya trayectoria personal había estado marcada por la muerte desde su nacimiento en Chicago: su madre daría a luz en 1928 a los mellizos Philip y Jane; esta moriría semanas después, aunque Dick diría absurdamente que había gozado de una infancia feliz a su lado —en una muestra en su confianza en los universos paralelos y la posibilidad de tener recuerdos en un subterfugio mental, que tanto se reflejaría en sus obras—, y en su lápida, además de incluir sus breves fechas, se grabaría el nombre del hermano, dejando un espacio vacío para rellenar los datos de su fallecimiento.

Semejante origen macabro y heterodoxo lo dice todo de Philip K. Dick, anticipa su genialidad creativa y de alguna manera justifica —qué paranoicos genes le darían en herencia sus padres a tenor de esa precoz anécdota mortuoria— las alucinaciones esotéricas que iba a sufrir. Dick se hizo adicto a las habituales drogas de la California jipi de los años sesenta y setenta, cuando estudiaba en la Universidad de Berkeley, donde se comprometería con grupos de izquierdas y en contra a la guerra de Vietnam, lo que le llevaría a ser investigado por el FBI, el cual incluso llegó a abrirle un expediente, y se intentó suicidar en varios momentos. Una vez en Canadá en 1972, adonde había huido por culpa de una crisis persecutoria de carácter político, y cuando estaba ingresado en un centro para dejar la heroína; por otra parte, convencido de que el gobierno de Estados Unidos espiaba y controlaba a los ciudadanos para desestabilizarlos, en una conferencia a la que había sido invitado en Vancouver, Dick se centraría en explicar que supuestamente el FBI había registrado su casa y le habían robado documentos personales. Otro intento suicida le esperaría de nuevo en California, en febrero de 1976, cuando su quinta esposa, Tessa (los cinco matrimonios acabarían en divorcio), le abandone llevándose consigo a su hijo Christopher.

Un tiempo atrás, a raíz de una intoxicación debida a la excesiva anestesia que le endosó su dentista al quitarle la muela del juicio, Dick sentiría que entraba en contacto con un ente superior, que bien pudiera ser Dios, que le iba a acompañar el resto de su vida y que describió como un rayo de luz rosa. Tal conexión, según él, le ayudaría a salvar la vida del pequeño Christopher, al advertirle que sufría de una hernia congénita, todo lo cual fue llevado al cómic por Robert Crumb en La experiencia religiosa de Philip K. Dick, que vio la luz en una revista underground y que comienza con esa extracción dental para, de inmediato, dar paso a la paranoia de Dick en cuanto ve el símbolo cristiano del pez alrededor del cuello de una joven farmacéutica. Es el tiempo de Confesiones de un artista de mierda, de 1975, que el propio autor consideró su mejor novela. En ella, Jack Isidore, el «artista de mierda» que no diferencia lo real de lo imaginario, se constituye en el análogo moderno, en la localidad californiana de Sevilla de los años cincuenta, del enciclopedista e historiador Isidoro de Sevilla, amén de eclesiástico hispanogodo que fue arzobispo de Sevilla durante más de treinta años y canonizado por la Iglesia católica.

Su biógrafo, el escritor y cineasta francés Emmanuel Carrère, en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, un libro de 1993 que llegó a las librerías españolas en el 2007, siguió los pasos, a veces vagabundos, de un Dick que se planteó seriamente su condición de profeta tras vivir ciertas experiencias místicas que le llevaban a creer que tenía una doble vida: la suya propia y la de un cristiano llamado Tomás perseguido por los romanos en el siglo I. Ese fue su terreno: desafiar lo que es real con una fantasía tan trastornada como prolífica a efectos literarios: «Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como esta, pero sospecho que mi experiencia no es única», dijo en una ocasión. La realidad y un sueño psicodélico no se distinguen tanto, y ahí es donde entra la esquizofrenia, que tanto le interesó como tema artístico e investigativo —véase su novela Los clanes de la luna alfana (1964), que recrea una sociedad que desciende de internos en manicomios, y el estudio La esquizofrenia y el Libro de los Cambios (1965)— y, por supuesto, la ciencia ficción.

Su primer relato data de 1952, una época de gran precariedad económica en la que se relaciona con la contracultura imperante y simpatiza con la ideología beat; Dick ya ha abandonado la universidad y malvive con su primera mujer, pero aun así consigue consagrarse a la literatura. Su recompensa llega con El hombre en el castillo, que obtiene el Premio Hugo de ciencia ficción a la mejor novela en 1963; la historia presentaba un universo alternativo en el que los Estados Unidos estaban sometidos por unos países que habían formado un eje victorioso tras la Segunda Guerra Mundial. (Dick recibiría otros dos galardones, en los años setenta, el John W. Campbell Memorial por Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, y el Premio Británico de Ciencia Ficción por Una mirada a la oscuridad.)

Fue el punto de salida de un escritor que, pese a sus delirios místicos, o tal vez gracias a ellos, pues eran tan prolongados que podían durarle semanas, llegó a publicar 36 novelas y 121 cuentos, y que se convirtió en autor de culto pero que no llegó a tiempo para disfrutar del éxito que le depararía la adaptación de sus obras. Ursula K. Le Guin, la celebrada autora de libros de ciencia ficción, dijo que «el hecho de que Dick nos habla sobre la realidad y la locura, el tiempo y la muerte, el pecado y la salvación… se le ha escapado a la mayoría de los críticos. Nadie se da cuenta de que tenemos nuestro propio Borges, y que lo hemos tenido durante treinta años». La crítica no obstante se ha ido rindiendo a sus tramas de imaginación desbordante y vaticinios tecnológicos fantásticos —«en efecto, cada año que pasa es más dickiano que el anterior», advierte el cineasta Nacho Vigalondo—, en paralelo al conocimiento masivo de sus historias gracias al cine: las películas de Ridley Scott Blade Runner (1982), Desafío total (1990, basado en su relato «Podemos recordarlo por usted al por mayor», de 1966) de Paul Verhoeven y Minority Report (2002) de Steven Spielberg, basado en el cuento «El informe de la minoría»; aunque el listado de adaptaciones casi es inabarcable, continuo, y lo seguirá siendo habida cuenta de los proyectos que están en marcha después de que vieran la luz Paycheck (basado en el cuento «La paga»), Next (basado en «El hombre dorado», A Scanner Darkly (a partir de Una mirada a la oscuridad)…

Muchos de todos esos argumentos siempre partirán de un mismo precepto: la identidad de cada cual está en entredicho. De ahí que muchos de sus personajes no sean humanos sino androides, robots o alienígenas, y que ni siquiera sean conscientes de ello, transmitiéndose al lector, al espectador, el hecho de no saber si lo que recordamos es real o ha sido implantado en nuestra mente. Asimismo, ni siquiera la salvación se hallará fuera, lejos del planeta Tierra, presentado desde lo distópico, desangelado y apocalíptico, pues en novelas como Los tres Estigmas de Palmer Eldritch (1965) se nos muestra cómo los seres humanos, pese a haber colonizado el espacio, arrastran una vida infame que supone tamaño esfuerzo que únicamente es posible soportarla, mental y físicamente, por medio de una droga que comercializa una empresa y que facilita acceder a una realidad idílica de la Tierra.

Estas referencias relativas al concepto de identidad son también continuas en sus diarios, titulados Exégesis —que alcanzan los ocho mil folios—, los cuales, como el resto de su obra, fueron escritos en multitud de ocasiones bajo la influencia de las anfetaminas y el LSD. Vigalondo, prologando una edición de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Minotauro, 2017), habla de tales androides, «seres electrónicos dotados de aspecto y consciencia humana que se resisten a seguir viviendo en régimen de esclavitud». ¿Qué distingue al humano del androide? ¿Cómo diferenciarlos y qué deberes y derechos tiene, sobre todo, el segundo? En la película de Scott, esto último se presentaba de inmediato, y en Blade Runner 2049, el director Denis Villeneuve le da continuidad de manera portentosa, extendiendo la duda de manera extrema y transmitiendo ese dilema al espectador hasta yo diría que desconcertarlo. Así es como Dick pone en cuestión lo natural y lo artificial, lo lleva haciendo desde hace más de treinta años, reposando junto a su hermana, con una prolífica obra que ha alcanzado tal grado de simbiosis con nuestro presente y futuro decadente y deshumanizado, que ya forma parte del acervo cultural moderno, de la literatura y el arte visual vistos desde todos los planos: de lo más popular a lo más erudito, desde la lucidez demente, desde la más creativa paranoia.

Emily Dickinson: una mente fúnebre

Como en el famoso poema de García Lorca, la muerte entra y sale de la casa donde Emily Dickinson (Amherst, Nueva Inglaterra, 1830-1886) permaneció toda su vida, reposando una estricta soledad que trasladó a los 1.775 poemas que dejó escritos sin título alguno y de los que ahora ha hecho una selección Lorenzo Oliván: La soledad sonora (Pre-Textos, 2002). Contemporánea de Hawthorne y Poe, de Emerson, Thoreau y Longfellow, de Whitman, Melville y Twain, Emily Dickinson contempló el siglo XIX literario estadounidense desde un absoluto aislamiento. Aún bajo la leve influencia del trascendentalismo, el movimiento surgido en su región natal contrario al racionalismo dieciochesco, la poeta jamás se preocupó por publicar su obra, limitándose a pedir opinión a un hombre de letras llamado Higginson, que quedaría desconcertado ante la fuerza de sus versos. Nada del exterior lograría que apenas cruzara el umbral de su casa pues, como dijo en una carta, ya tenía suficiente con la compañía de las colinas, de la puesta de sol y de su perro.

A través de un eje temático marcadamente mortuorio —la proyección de escenas fúnebres llenas de ataúdes, tumbas, entierros, muertos en el recuerdo o conviviendo con la autora— y de tópicos literarios como la fugacidad temporal o el dolor de la memoria, Dickinson demostró, según Harold Bloom, más originalidad cognitiva que ningún otro poeta occidental desde Dante y Shakespeare, aunque, como afirmó Borges, desdeñara la dulzura del verso.

Tal capacidad de reinvención de la mirada poética tradicional esconde una singular génesis: en primer lugar, un aislamiento físico y afectivo que le impuso una atención primaria por la existencia —«un drama de pérdida erótica» llama Bloom al triple desamor que sufrió la escritora—, y en segundo lugar, una pequeña lista de lecturas que le proporcionó lo básico para dar cauce a su angustia intelectual, que no religiosa pese a su entorno puritano: la Biblia, Shakespeare y Keats (palpable en el texto 449 al glosar los conceptos que Oliván había elegido para Belleza y verdad, su antología del poeta inglés de 1998 también en Pre-Textos).

Pese al contenido mortuorio y a la sobria desesperación de su poesía, la grandeza de Dickinson no comunica patetismo ni se ve simplificada mediante una visión lúgubre del mismo territorio que comparten vida y muerte. Va mucho más allá, hasta la reescritura de todo lo poético. «Un funeral sentí dentro, en mi mente», comienza diciendo el poema (número 280) que mejor explica esa relación con lo que fallece. Dickinson es la viviente ávida de morir (759) o la que tiene celos por una muerte ajena (1272); la que incluye el desdoblamiento subjetivo: «Expulsarme a mí misma de mí misma» (642) hasta eliminarse: «Soy nadie. ¿Y tú quién eres?» (288); la que padece el paso del tiempo: «Razono: el mundo es breve» (301) que no ayuda a la cura del sufrimiento (686) y la que, en definitiva, asume que «morir es la sentencia de esta vida» (762).

Ante esto, sólo hay tímidas esperanzas en el vivir, como en el poema 919, que pone ejemplos de cómo ciertos actos nos dicen que no existimos en vano, o en algunos otros sobre la primavera, que tan bien interpretó más tarde su compatriota T. S. Eliot. De la Dickinson más compleja, la que en pocas palabras condensa un número escandaloso de ideas, no hay una gran muestra en esta antología; como su obra maestra, el 627, donde dice: «El Matiz que no puedo alcanzar… es el mejor». Pero lo que no hemos conseguido comprender es el título del volumen, que remite de forma directa a otro elegante sufridor, san Juan de la Cruz, y de modo demasiado oculto a la personalidad de la mayor poetisa que han tenido los Estados Unidos.

E. L. Doctorow

I. Un mundo con significado

Una de las obras más alabadas de Edgar Lawrence Doctorow, Homer y Langley, está inspirada en la vida de dos hermanos muy famosos en su época, los Collyer, encontrados muertos por la policía en 1947, en su mansión de la Quinta Avenida; lo curioso es que, tras derribar la puerta, los agentes se encontraron con tantas toneladas de objetos acumulados —libros, miles de papeles y periódicos, pianos, incluso un coche— que tardarían muchos días en encontrar los cadáveres. Se trataba de una historia legendaria que el autor, fallecido ayer [21 de julio del 2015] a los ochenta y cuatro años a causa de un cáncer de pulmón, en Manhattan, recordaba de la adolescencia, cuando la fortaleza de los hermanos, uno de ellos ciego y el otro entregado a cuidarle sin salir de casa, era conocida por los vecinos y curiosos. Pues bien, esa obra puede representar atinadamente la quintaesencia de la mirada narrativa que imprimió a sus historias Doctorow: tomar la realidad histórica y modificarla hasta que lo novelístico surja beneficiado, en este caso alargando los años de existencia de los Collyer y ubicándolos en otro lugar de la ciudad, frente al Central Park, haciendo de los personajes el trasfondo de una época de Estados Unidos marcada por el jazz, la inmigración o los gánsteres.

Abundando en lo dicho: «Una novela puede nacer en tu cabeza en forma de imagen evocadora, fragmento de conversación, pasaje musical, cierto incidente en la vida de alguien sobre el que has leído, una ira imperiosa, pero, sea como sea, en forma de algo que propone un mundo con significado. Y por tanto el acto de escribir tiene carácter de exploración. Escribes para averiguar qué escribes», dejó dicho Doctorow en el prefacio de Todo el tiempo del mundo. Si abriéramos las puertas de la narrativa de este autor criado en el Bronx e hijo de emigrantes judíos rusos, las toneladas de ideas y páginas noveladas guardarían ese anhelo por insuflar de significado el mundo propio de la fabulación que entronca con la historia y la sociedad palpables. Reacio a las etiquetas, para Doctorow esa era precisamente la misión del escritor: acoger todo lo circundante sin fronteras ni límites. Pudo así enfrentarse a escritos de variada temática e intenciones artísticas: desde Cómo todo acabó y volvió a empezar, sobre un pueblo del lejano Oeste a donde llega un sociópata con el fin de robar, asesinar y violar por doquier, a Ragtime (1975), que recrea el tiempo previo a la Gran Guerra, tan importante frente a los cambios de orden político, sociológico o literario que el siglo iba a vivir, un fresco de los Estados Unidos donde aparecen Emma Goldman, J. P. Morgan, Emiliano Zapata, Sigmund Freud o Henry Ford.

Doctorow se graduaría en 1952, trabajaría en la Universidad de Columbia y sería llamado a filas como parte del Ejército estadounidense en Alemania. A su vuelta, el destino le depararía diversos empleos en el mundo editorial y un éxito como novelista gradual y ascendente. En los años sesenta y comienzos de los setenta, escribe obras como El hombre malo de Bodie, la mencionada Cómo todo acabó… y El cerebro de Daniel, que se acabarían traduciendo al español hace poco tiempo. Pero es Ragtime la que, con la obtención del premio National Book Critics Circle —le acompañará una adaptación al cine por parte de Milos Forman, en 1981—, le catapulta a un puesto de honor de las letras norteamericanas del que no se bajará. Esa distinción desde el mundo de la crítica volvería a recibirla por Billy Bathgate (1989), llevada a la gran pantalla por Robert Benton (con Nicole Kidman, Dustin Hoffman y Bruce Willis) y que recrea los sindicatos del crimen de las décadas de 1920 y 1930, y también por La gran marcha (2005), sobre cómo en 1864 el general que había destrozado Atlanta en plena Guerra de Secesión, el unionista Sherman, emprende su marcha hacia el mar junto con sesenta mil soldados y miles de esclavos liberados.

El seguidor de este «maestro de la ficción histórica», como se le ha llamado, a veces experimental, a veces humorístico, siempre incisivo en sus tramas y disquisiciones ensayísticas —ahí están sus recopilaciones Poetas y presidentes (1996) y Creadores: ensayos seleccionados, 1993-2000 (2007)—, tendría al alcance su último libro el año pasado, El cerebro de Andrew. Una novela en la que el protagonista se dirige, para contarnos sus desvelos amorosos o sus momentos más dramáticos, a un interlocutor indefinido que acaba siendo cualquiera de nosotros; no en vano, con su prosa envolvente nos obligará a cuestionar un nutrido abanico de prejuicios, consiguiendo con ello, como dijo otro grande de las letras estadounidenses, Don DeLillo, desarrollar un tema que lleva su copyright y que se sitúa en ese fluir de la realidad mayor a la realidad de la gente de a pie, que al fin y al cabo levanta todo un país: «El alcance del concepto de lo posible en Estados Unidos, en que cabe que vidas ordinarias adopten la cadencia que marca historia».

II. La lucha por la vida americana

Hay obras, como las que Kafka decía buscar, que te desarman y te dejan con incomodidad: Dorothy Parker o Raymond Carver, por citar un par de escritores de Estados Unidos, dado que ahora nos centraremos en un autor contemporáneo de ese país, tienen relatos que te golpean de frente. A menudo, nada relevante, apenas alguna conversación o unos movimientos solitarios de un personaje, basta, como también en el maravilloso caso de Hemingway, para provocar en el lector una sensación completa de impacto, emoción y hasta congoja. Pues bien, en el prólogo a estos cuentos completos que a E. L. Doctorow no le ha dado tiempo de ver publicados, al fallecer el pasado mes de julio, Eduardo Lago, que tanto ha hablado de y con —en Nueva York durante las dos últimas décadas— los narradores más importantes de aquellos lares, sostiene precisamente que «leer un cuento de Doctorow es una experiencia estética un tanto desasosegante. No falta nada en estos relatos, y sin embargo dejan en el lector una desazón muy profunda, como si exigieran que ocurriera algo más, cosa que de hecho sucede, sólo que, extrañamente, fuera de la página».

Sin incurrir en quitar razones a este personal punto de vista, pero a la vez convencidos de que hay que evitar la constante y ya cansina idolatría que se le dispensa desde acá a casi todo autor estadounidense, publique lo que publique, cabría apuntar que Doctorow en ocasiones se acerca a transmitir tal desasosiego de forma notable, pero que en otros casos se queda lejos y vuelve tediosas o extrañas ciertas páginas. Cuentos como «Willi», de corte onírico, con trasfondo familiar y violento, el raro «La depuradora», el soliloquio llamado «Todo el tiempo del mundo» o el relato largo que cierra el libro, con referencia a una obra desde el título del Doctor Johnson, Vidas de los poetas, cuentos todos ellos en los que tal vez al lector le costará entrar, hasta familiarizarse con su tono enigmático, contrastan con otros en verdad sobresalientes y que dejan entrever el talento de Doctorow como observador de la vida americana. No en balde, Don DeLillo dijo sobre este «maestro de la ficción histórica», como se le ha llamado haciendo hincapié en cómo ha usado diversos acontecimientos importantes de los Estados Unidos para nutrir sus novelas, que había hecho de las vidas ordinarias las protagonistas que, a fin de cuentas, levantan todo un país marcando su historia mayor.

He aquí lo mejor de estos Cuentos completos (Malpaso, 2015), traducidos por Carlos Milla Soler, Isabel Ferrer Marrades, Gabriela Bustelo y Jesús Pardo de Santayana: el hecho de cómo Doctorow elige ciertos perfiles de ciudadanos maltrechos por el infortunio, o nacidos o crecidos en condiciones muy particulares, y convierte sus pequeñas historias en toda una radiografía del vivir norteamericano, en las grandes ciudades o en la carretera, entre huérfanos, mujeres maltratadas o dementes, o inmigrantes bajo peligro: todo un abanico de perdedores que tienen un peso específico tanto en áreas urbanas como en la América profunda. El propio autor dejó dicho cómo enfocó su arte cuentístico con estas palabras: «El cuento es más pequeño en escala, de modo que puedes ver el final más fácilmente. El viaje no es tan largo aunque sigue siendo un viaje, una forma de descubrir lo que quieres contar camino a su final. Ni el cuento ni la novela tienen reglas. Y si las tienen, están ahí para ser rotas». Él las rompe con textos en los que cuesta percibir sus intenciones y tienen a veces algo experimental, como los mencionados, y eso resulta siempre meritorio en última instancia, y en otros ejercicios interesantes, como «Wakefield», donde da una vuelta de tuerca al sensacional cuento de Hawthorne en el que un hombre abandona sin decir una palabra a su mujer, para vigilarla enfrente durante años y regresar a casa como si nada.

Por otra parte, hay que destacar relatos como «El cazador», sobre una maestra frustrada y algo desequilibrada, «El atraco», con fondo eclesiástico, «Una casa en la llanura», que recrea la huida de una madre y su hijo al antiguo Chicago, o «Niño muerto», sobre un chiquillo encontrado sin vida en las inmediaciones de la Casa Blanca. Pero sobre todo el lector disfrutará de cuentos por completo redondos: llenos de fuerza e intensidad, entretenidos y palpitantes, con personajes de cuerpo y psicología magníficamente trazados. Hablamos de «El escritor de la familia», en el que un adolescente es impelido a redactar cartas para contentar a su abuela, que pasa su ancianidad en un asilo; hablamos de «Jolene», sobre una chica de sexualidad y matrimonio precoces cuya suerte a la hora de encontrar nuevas parejas se le volverá dramáticamente en contra; hablamos de «Bebé Wilson», en el que una mujer loca y tierna rapta a un recién nacido ante el miedo y la lealtad que manifiesta su novio; hablamos de «Integración», cuento en el que se celebra un matrimonio de conveniencia para conseguir los papeles con los que dos emigrantes pretenden quedarse en Estados Unidos y que cuenta con un telón de fondo mafioso y al fin esperanzadamente amoroso.

Todo lo cual devuelve la razón a Lago cuando se dedica a explicar la narrativa de Doctorow emparentándola con la de Jack London, por quien «el autor de los cuentos que ahora presentamos sintió siempre una adoración sin límites»; en ambos, ciertamente, hay «una concepción muy similar de la escritura», al presentar personajes que se hacen a sí mismos, que ven la vida, porque no les queda más remedio, como una lucha en la que no cabe mirar hacia atrás, convirtiéndose en meros supervivientes, desconfiados y al mismo tiempo temerarios y predestinados a la desdicha.

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