Читать книгу: «Sombras de Reikiavik»
ANTHONY ADEANE
SOMBRAS
DE
REIKIAVIK
Traducción de
Pablo Álvarez Ellacuria

Título original inglés: Out of thin air. A true story of impossible murder in Iceland.
Autor: Anthony Adeane.
© Anthony Adeane, 2018.
Publicado por primera vez en Gran Bretaña en 2018 por Riverrun, un sello de Quercus Books.
© de la traducción: Pablo Álvarez Ellacuria, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: febrero de 2019.
REF.: ODBO422
ISBN: 978-84-918-7327-3
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.
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Todos los derechos reservados.
NOTA SOBRE LOS NOMBRES
Los islandeses siempre se tratan por el nombre de pila. El listín telefónico se ordena no a partir de los apellidos, sino del nombre de la persona. Y se hace así porque en Islandia los apellidos son patronímicos, es decir, se forman con el nombre de pila del padre como raíz y los sufijos «-son» o «-dóttir», en función de si el vástago es niño o niña. Así, si Aron es hijo de Jon, se le conocerá como Aron Jonsson. Y Helga, la hija de Aron Jonsson, llevará por nombre Helga Arondóttir.
A lo largo del libro he seguido la costumbre islandesa y me refiero a todos los protagonistas por sus nombres de pila, excepto cuando dos de ellos tienen el mismo nombre.
LISTA DE NOMBRES IMPORTANTES
Guðmundur Einarsson
Geirfinnur Einarsson
LOS SOSPECHOSOS
Erla Bolladóttir
Sævar Ciesielski
Kristján Viðar Viðarsson
Tryggvi Rúnar Leifsson
Albert Klahn Skaftason
Guðjón Skarphéðinsson
PERSONAJES CLAVE DE LA INVESTIGACIÓN EN KEFLAVÍK
Haukur Guðmundsson
Valtýr Sigurðsson
Kristján Pétursson
PERSONAJES CLAVE DE LA INVESTIGACIÓN EN REIKIAVIK
Örn Höskuldsson
Sigurbjörn Víðir Eggertsson
Eggert N. Bjarnason
Karl Schütz
Grétar Sæmundsson
LOS CUATRO DEL LLÚBBURINN
Magnús Leópoldsson
Einar Bollason
Sigurbjörn Eiríksson
Valdimar Olsen
1
DESVANECIDOS EN EL AIRE
Hoy ha vuelto a las colinas rojas.
Han pasado más de cuatro décadas desde que Erla acompañó a la policía hasta las quebradizas formaciones rocosas de Rauðhólar, pero es evidente que los años no han disipado su recuerdo del camino. Es un viaje que ha emprendido tantas veces de memoria que ahora lo recorre sin pensar, como guiada por señales invisibles en la nieve.
Nos conduce hasta una roca roja y enorme, y se detiene. No se oye nada, excepto el caer de la nieve sobre nuestras espaldas. Vuelta hacia el viento, señala por fin una profunda oquedad bajo la piedra. «Ahí», murmura. «Ahí es donde nos dijeron que habíamos escondido el cuerpo de Geirfinnur».
Imaginad, señor, un país que, de una punta a otra, nada ofrece a vuestros ojos excepto montes baldíos de cumbres perpetuamente cubiertas de nieve y, entre cima y cima, campos divididos por escarpes vitrificados cuyas aristas parecen competir entre sí para impedir que el observador llegue a atisbar la escasa hierba que a duras penas asoma entre ellas.
Tan lóbregas rocas ocultan también los pocos asentamientos de los nativos, y no parece haber árbol alguno capaz de ofrecer cobijo ni refugio a la amistad y la inocencia. Imagino, señor, que con mis palabras no habré inspirado en vos el deseo de convertiros en habitante de Islandia; y es cierto que, al contemplar este país por vez primera, sentiría uno la tentación de creer imposible la presencia en él del ser humano, de no ser porque el mar próximo a la costa está cubierto de barcas.
Cuando el joven sueco Uno von Troil escribió esta crónica en 1772, Islandia era un país casi exclusivamente rural, y las distancias entre granja y granja eran largas y traicioneras. El peligro acechaba a la vuelta de la esquina. En cualquier momento, un terremoto o una erupción volcánica podían destruir los pastos y condenar a la miseria a los campesinos y jornaleros del país. Abundaban las enfermedades, y la mortandad infantil era muy alta: incluso a mediados del siglo XIX, un 35 % de los recién nacidos fallecía antes de cumplir su primer año de vida.
La vida en el campo era dura, y en especial durante los larguísimos inviernos, cuando los habitantes de la casa pasaban la mayor parte de la jornada trabajando puertas adentro. El olor en las granjas era nauseabundo, ya que el ganado se custodiaba dentro de la casa, y a menudo se colocaba a los animales de mayor tamaño bajo el dormitorio para aprovechar al máximo su calor. Tomar un baño era mucho menos habitual que escupir en el suelo, y los piojos campaban a sus anchas por toda la granja, al punto de que mucha gente acababa contrayendo una enfermedad, la tiña fávica, que provocaba una considerable pérdida de cabello. Los afectados acostumbraban a dejarse puesto un gorro incluso dentro de las casas, para ocultar los estragos de su cuero cabelludo.
Pero la oscuridad invernal podía también ser beneficiosa. Una vez alimentado y ordeñado el ganado durante las pocas horas de luz diurna, el resto de la jornada laboral se consagraba a cardar lana, una monótona actividad cuyo tedio solía aliviarse con actividades de ocio. Esa era en parte la función de una tradición muy extendida entre la sociedad rural: la kvöldavaka, o velada vespertina, en la que toda la familia se reunía para compartir juegos, oraciones e historias. Para que la granja saliese adelante era preciso asegurarse de que todos los ocupantes de la casa se mantenían despiertos y concentrados durante la tediosa tarea de cardado. Los juegos de la velada vespertina tenían un propósito muy serio.
Con todo el mundo sentado en la misma habitación, los adultos se retaban a componer versos, o ponían a prueba los conocimientos de doctrina religiosa de los niños, para que el sacerdote local tuviera a la familia en buena consideración cuando pasase de visita. A veces leían en voz alta las sagas islandesas, la colección de historias recopiladas en los siglos XIII y XIV que relatan con enorme brío las vidas y leyendas de los primeros colonos islandeses.
Aquellas veladas no solo mejoraban la productividad, sino que hacían las veces de educación informal para unos niños que pasaban larguísimas horas trabajando en la granja. En la Islandia de los siglos XVIII y XIX, las familias se encargaban de la educación, y la Iglesia la supervisaba; las veladas vespertinas contribuyeron a que el nivel de alfabetización en la sociedad campesina islandesa fuese casi universal. En su historia social de Islandia Wasteland with words, Sigurður Gylfi Magnússon explica que, para unos niños que trabajaban durante largas horas en condiciones muy arduas, las historias del pasado suponían una forma de evasión hacia mundos imaginarios, lejos de la implacable realidad de la vida en la granja.
Es muy posible que los «nativos» a los que se refería Von Troil en su descripción de Islandia fuesen invisibles, dado lo inclemente del clima y la inusual topografía de la isla, pero su respuesta a los rigores del invierno quizá no fuese tampoco la que esperaba. Mientras Von Troil recorría a pie los escarpes helados, admirándose de que alguien pudiese salir adelante en un entorno tan brutal, los islandeses se reunían en torno al hogar y aprendían el catecismo y recitaban poesía.
Las historias son un elemento central de la forma de vida islandesa. Esto, que quizá suene banal (toda sociedad, cultura e incluso civilización está delimitada y conformada en mayor o menor medida por sus historias), es especialmente cierto en el caso de Islandia. Hablamos de una nación de lectores y narradores, con una riquísima historia literaria de renombre mundial, un país en el que es tradición regalarse libros en Nochebuena, en el que las leyendas de las sagas aparecen escritas a gran tamaño en los espacios públicos y en el que una de cada diez personas llega a publicar sus escritos. Se cuenta que, en 1783, la lava ardiente de una gran erupción volcánica amenazaba con engullir la iglesia de Kirkjubær, en el sur de Islandia, y que el reverendo Jón Steingrímsson pronunció un discurso tan elocuente que consiguió detener el avance de la lava. A finales de la Edad Media, en ninguna corte escandinava podía faltar la figura del poeta islandés.
Existe en islandés una expresión («Ad ganga med bok I maganum») que significa literalmente que todo el mundo «lleva un libro en el estómago», algo que queda patente con la proliferación de biografías, autobiografías y crónicas históricas de la vida cotidiana (en particular de un segmento de la sociedad rural que, con anterioridad al siglo XX, apenas había tenido acceso a la educación fuera del hogar). ¿Y qué iban a hacer si no durante los largos meses de invierno? El espíritu de la velada vespertina sigue vivo. Durante mucho tiempo, en Islandia se han contado historias como forma de supervivencia.
Todo el mundo en Islandia ha oído hablar de las desapariciones de Guðmundur y Geirfinnur. Son dos casos tan arraigados en la cultura islandesa que han adquirido tintes míticos, y sus detalles son tan conocidos que han dado pie a frases hechas: «¡Estuvo tanto tiempo buscando las llaves que pensé que encontraría a Geirfinnur!». Se alude a ellos en películas, en debates políticos y en el programa de humor que el 90 % del país sigue por televisión en Nochevieja. En un episodio de 2013 de la popular serie de animación Hulli, su gafotas protagonista (basado en Hugleikur Dagsson, el creador de la serie) descubre un esqueleto en los páramos islandeses y, al identificarlo como Geirfinnur, exclama: «¡Es el hallazgo del siglo!».
Han pasado cuarenta años, pero la gente sigue fascinada por ellos. Adolescentes nacidos muchos años después de aquellas desapariciones hablan de ellas con el mismo conocimiento de causa que sus padres, que las vivieron en su día. Un periodista se enfrascó hasta tal punto en los casos que acabó sufriendo un colapso nervioso; otro se refiere a ellos como «un agujero negro». Hasta el último islandés sabe lo que sucedió, pero nadie sabe qué sucedió. Constituyen la investigación criminal más famosa de la historia de Islandia; en varias ocasiones han puesto al descubierto las facetas más tenebrosas de esta nación segura y pacífica, y su esencia está en las ausencias, la rumorología y la ficción.
Todo empezó en 1974, con un joven de camino a un club nocturno.
Guðmundur Einarsson tenía dieciocho años de edad, el cabello largo y oscuro y complexión de porcelana. Era un muchacho callado y sereno que recientemente había completado sus estudios de secundaria y había comprado ya los libros que necesitaría para convertirse en mecánico.
A las 20.00 horas del 26 de enero de 1974, Guðmundur se dejó caer por casa de su amigo Sigurbjorn Haraldsson. Allí estuvo bebiendo con algunos compañeros de clase, y a las 23.00 horas salieron en dirección a un club nocturno de Hafnarfjörður, un pueblito costero diez kilómetros al sur de Reikiavik.
El club se llamaba Alþýðuhúsið y tenía fama de bronco. Muchos jóvenes acudían desde las poblaciones vecinas a los llamados «bailes campesinos», los cuales, pese a las connotaciones de tan plácido nombre, a menudo degeneraban en reyertas organizadas. Las peleas se sucedían por la abarrotada pista de baile, y si alguien quería decirle algo a sus acompañantes tenía que gritarles al oído para hacerse oír.
Guðmundur se emborrachó, bailó con sus amigos y, al cabo de unas horas, salió a la calle. La temperatura estaba dos grados por encima del punto de congelación, el viento soplaba con fuerza y una capa grisácea y húmeda de nieve vieja cubría el suelo. Guðmundur echó a andar.
Unos conocidos le vieron a eso de las 2.00 horas. Dos muchachas, Elínborg Rafnsdóttir y Sigríður Magnusdóttir, le vieron en la carretera cerca del Alþýðuhúsið. Llevaba puesta una chaqueta ligera a cuadros, pantalones verdes y zapatos marrones, y gesticulaba al paso de los coches intentando que parasen. Elínborg y Sigríður frenaron al pasar junto a Guðmundur para invitarle a subir al coche, pero, cuando las vio a través del parabrisas echó la mano al bolsillo. No estaba solo. Le acompañaba un hombre vestido con una camisa amarilla.
El de la camisa amarilla era más bajo y delgado que Guðmundur. Iba un par de pasos por detrás de este y parecía muy borracho. En el momento en que las dos mujeres los rebasaron, el tipo se lanzó de improviso sobre el capó de su Volkswagen y se deslizó hasta caer al otro lado del coche. De inmediato pisaron el acelerador para salir de allí a toda prisa, los faros del coche abriendo brecha en la oscuridad frente a ellas, mientras Guðmundur y su acompañante se incorporaban, iluminados por el resplandor rojizo de las luces traseras del coche.
Entre las 2.00 y las 3.00 horas alguien más vio a Guðmundur. Sveinn Vilhjálmsson conducía su coche junto con dos pasajeros cerca de Hafnarfjörður. Al parar en un semáforo vieron en el arcén a un joven pálido, de cabello largo y chaqueta a cuadros. Parecía muy borracho y había estado intentando dar el alto a los coches de delante. Se acercó hasta el coche parado, pero de repente resbaló en el hielo y cayó al suelo. Permaneció tumbado un instante antes de volver a ponerse en pie, y entonces decidió alejarse del coche con paso inestable. Parecía estar solo.
El semáforo se puso verde, y Sveinn se alejó de allí. Es muy posible que él y sus dos acompañantes fuesen los últimos en ver a Guðmundur Einarsson con vida. Después de aquella noche, nadie volvió a verle nunca.
Cuando una persona desaparece en Islandia, quienes la buscan son los ciudadanos de a pie. Se da la alarma, y personas de toda condición responden a la llamada: abogados, banqueros, campesinos y albañiles unen fuerzas para rastrear el terreno.
Islandia carece de ejército, y apenas mantiene una exigua guardia costera; tampoco existía una organización oficial encargada de localizar a las personas desaparecidas hasta que empezaron a establecerse equipos de voluntarios. Los primeros estuvieron compuestos por las mujeres de las comunidades pesqueras, que peinaban la costa buscando a sus maridos e hijos cuando se producía un naufragio, pero hubo que esperar hasta 1950 para que un rescate verdaderamente notable animase a los distintos grupos desperdigados por el país a fundirse en una organización de alcance nacional.
El 14 de septiembre de 1950 se perdió el contacto por radio con un avión que volaba desde Luxemburgo a Reikiavik para repostar combustible; se trataba del Geysir, un Douglas DC-4 Skymaster de color metálico, que no transportaba pasajeros, pero sí el ataúd de una estadounidense de cuarenta y seis años de edad, toda una manada de perros de exhibición y una colección de objetos curiosos, entre ellos, nada menos que una zanfoña muy ornamentada. Se organizó una batida para localizar la aeronave desaparecida, que resultó infructuosa. En las iglesias de todo el país, los pastores guiaron las plegarias de sus parroquias pidiendo la aparición del Geysir y su tripulación.
Tres días después de que el avión desapareciera de los radares, la guardia costera recibió un mensaje: «Posición desconocida, todos vivos». La tripulación había logrado localizar un transmisor y establecer contacto con el mundo exterior. Habían sobrevivido con trece rebanadas de pan de centeno, veinticuatro tabletas de chocolate, una caja de naranjada y hojas de té hervidas con nieve derretida en una cafetera improvisada. El Geysir se había estrellado sobre el volcán Bárðarbunga, en el lado noroeste de Vatnajökull, el glaciar más grande de Islandia.
Una misión de rescate salió de inmediato de la base aérea norteamericana. El avión aterrizó junto a los restos del Geysir, pero enseguida se hundió tanto en la nieve que no pudo volver a despegar. Los rescatadores necesitaban ahora que se les rescatase también. En la cima del glaciar Vatnajökull, a una altitud de 1800 metros, permanecían aislados tres miembros del ejército estadounidense, un inspector de aviación, los seis exhaustos miembros de la tripulación islandesa del Geysir, una docena de perros supervivientes, dos aviones y unas pocas toneladas de antigüedades medio heladas. La azafata localizó unos rollos de tela y forró los restos del avión con una gruesa y mullida tela roja para retener el calor. En los retretes se había encerrado a un bulldog particularmente agresivo.
Veintitrés civiles islandeses, todos ellos montañeros experimentados, decidieron unir fuerzas y escalaron juntos el Vatnajökull; algunos de ellos recorrieron más de treinta kilómetros sobre el glaciar para llegar al lugar del accidente. Consiguieron salvar a los diez supervivientes de ambos aviones, así como a uno de los perros, y aquel osado y peligrosísimo rescate ocupó las portadas de todo el país. Allí donde las fuerzas armadas de Estados Unidos habían fracasado, unos islandeses, sin apenas entrenamiento especializado digno de tal nombre, habían conseguido salirse con la suya. Inspirada por esta épica hazaña, toda una red de equipos de rescate fue extendiéndose por el país. Así nació la ICE-SAR, o Asociación Islandesa de Búsqueda y Salvamento.
Los equipos de la ICE-SAR, integrados por voluntarios que se someten a dos años de exigente formación para llegar a ser miembros, y financiados en parte por la venta de fuegos artificiales en Nochevieja, se han granjeado una excelente fama a escala mundial, y es habitual que se recurra a ellos en situaciones de crisis global. Cuando un terremoto de gran magnitud sacudió Haití en 2010, entre los primeros grupos internacionales de rescate que aterrizaron en Puerto Príncipe para rescatar a los supervivientes de entre las ruinas estuvo un equipo de treinta y siete voluntarios islandeses.
Los viajes al extranjero, sin embargo, son raros. Los equipos de la ICE-SAR se encargan más a menudo de encontrar a personas atrapadas por los repentinos cambios en el clima y el terreno de Islandia. Pese a la imagen que puede tenerse del país a consecuencia de sus extremos procesos naturales, como terremotos y corrimientos de tierra, los desastres, cuando se producen, acostumbran a tener un origen menos espectacular. Suele haber avisos cuando se avecinan tormentas feroces o una actividad sísmica importante, pero es más difícil prepararse para los vientos huracanados que se desatan de un momento a otro, o eludir el hielo negro que hace perder el control a los coches en la carretera.
Si algo distingue el clima islandés es la imprevisibilidad. Cuando los islandeses hablan del tiempo, a menudo dicen que viene en «muestras»: puede virar tan repentinamente que, incluso en las mañanas soleadas, es aconsejable salir de casa con una chaqueta gruesa. Entrad en una cafetería para almorzar en un día claro y luminoso y, para cuando volváis a la calle, todo Reikiavik podría estar cubierto de blanco.
La noche en que Guðmundur desapareció, una tormenta descargó inesperadamente sobre Hafnarfjörður y las ciudades de los alrededores. Durante el tiempo en que Guðmundur estuvo dentro del club nocturno, el cielo se mantuvo en buena medida despejado, con alguna que otra llovizna localizada, pero, para cuando amaneció, las estrías de los campos de lava cercanos habían quedado sepultadas bajo una lisa y sedosa capa de nieve.
Pasó un día entero sin que Guðmundur diera señales de vida, y sus padres publicaron un anuncio en el periódico local para preguntar si alguien en Hafnarfjörður sabría decirles dónde podría estar su hijo. Era la primera vez que pasaba la noche fuera de casa sin decirles dónde estaba. Al día siguiente, el padre de Guðmundur, Einar Baldursson, denunció la desaparición de su hijo.
El 30 de enero de 1974, Njörður Snæhólm, inspector encargado de la investigación, recibió una llamada telefónica de Elínborg Rafnsdóttir, una de las dos mujeres que había visto a Guðmundur desde su coche la noche que desapareció. Le habló a Njörður del hombre de la camisa amarilla. Njörður habló con los tres amigos que habían estado con Guðmundur esa noche: ninguno de ellos había ido de amarillo.
Conocido entre sus compañeros de clase como un joven cordial al que le gustaba beber y que nunca perdía un pulso, Guðmundur a veces pasaba las noches probando su fuerza contra tipos de los pueblos vecinos. Cuando desapareció después de pasar por el club nocturno, sus amigos dieron por supuesto que se había ido a casa de alguna mujer, o que se habría metido en una pelea de borrachos con alguien a quien había vencido en un pulso. A la mañana siguiente, empezaron a temerse que hubiera muerto accidentalmente en una pelea.
Estaba también la posibilidad de que hubiese caído a la lava en un descuido. Hoy en día, cubrir a pie la distancia que separa Hafnarfjörður de Blesugrof, lugar de residencia de Guðmundur, resulta complicado, pero en 1974 era más peligroso todavía, sobre todo si uno echaba a andar de noche bajo los efectos del alcohol. Hafnarfjörður se construyó sobre unos extensos campos de lava de unos siete mil años de antigüedad, allí donde el magma solidificado buenamente lo permitía. Si Guðmundur no había conseguido que nadie le llevase en coche, la ruta que seguramente habría seguido para volver a casa sería un atajo por una zona deshabitada en la que el terreno es muy irregular y está salpicado de profundas fallas.
La policía organizó casi una docena de batidas para buscarlo. El terreno estaba oculto bajo más de medio metro de nieve, lo que dificultaba la empresa, pero eso no arredró a los casi doscientos integrantes del equipo de rescate. Se distribuyeron por los campos de lava con termos de café en la mochila y cuerdas colgadas al hombro.
No era fácil saber dónde mirar. Se trataba de un área grande, y la nieve fresca había borrado toda posible huella o rastro. Algunos equipos recorrieron el terreno alrededor de Hafnarfjörður, mientras otros se dirigían hacia el norte, hacia Reikiavik. Cuando trataron de cavar en la nieve, las palas toparon con hielo.
Pocos días después, la nieve empezó a derretirse. El 3 de febrero, los equipos de rescate, a los que ya se había unido el padre de Guðmundur, se apresuraron a reanudar la búsqueda a bordo de furgonetas, y se adentraron en cuevas y grietas intentando encontrar cualquier pista sobre el paradero del joven desaparecido. Pero nada pudieron descubrir en los campos de lava, ni siquiera con sus fosas y resquicios expuestos de nuevo a la luz del sol.
El 19 de noviembre de 1974, Geirfinnur Einarsson terminó de trabajar y regresó a Keflavík, una ciudad situada a unos cincuenta kilómetros al sudoeste de Reikiavik. El pelo, largo y ondulante, le caía por debajo de las orejas, y fumaba una pipa roja y negra. Su marca de cigarrillos preferida era Raleigh.
Habían pasado unos diez meses desde la desaparición de Guðmundur Einarsson y, a pesar de la coincidencia del patronímico, no había entre ambos hombres parentesco alguno. No tenían amigos en común, vivían en poblaciones diferentes y se encontraban en etapas muy diferentes de sus respectivas vidas. Así como Guðmundur apenas había alcanzado la mayoría de edad en el momento de su desaparición, Geirfinnur era un hombre casado de treinta y dos años de edad, y tenía dos hijos pequeños.
Su trabajo, por lo general, se desarrollaba en las centrales eléctricas de toda Islandia: recorría largas distancias a través del país para palear carbón en zonas remotas (por ejemplo, a lo largo del borde occidental del valle de Þjórsárdalur) o para trabajar en la central eléctrica de Sigolduvirkjun, en el sudeste del país. Durante noviembre de 1974, sin embargo, Geirfinnur había estado trabajando cerca de casa. Estuvo ayudando en una obra cerca de Keflavík, contratado por su amigo Ellert Björn Skúlason.
Después del trabajo, Geirfinnur cenó con su mujer, Guðný Sigurðardóttir. Terminada la comida, Guðný salió para ir a la biblioteca. Geirfinnur se quedó leyendo en la cama.
Cuando Guðný regresó a casa, entre las 20.30 y las 21.00 horas, se encontró allí a Þórður Ingimarsson, un amigo de Geirfinnur: los dos hombres estaban viendo la televisión y bebiendo café. Alrededor de las 22.00 horas, Geirfinnur dijo que tenía que reunirse con alguien, y le pidió a Þórður que le llevara en coche. Geirfinnur no especificó con quién iba a reunirse. A Þórður le contó que le habían pedido que fuese solo.
Ya en el coche, Geirfinnur le comentó a Þórður que tendría que haber ido armado a la reunión. Þórður se lo tomó a broma. Dejó a Geirfinnur en la cafetería Hafnarbúðin, cerca de los muelles de Keflavík, y se marchó.
Era una noche fría y despejada y las calles estaban silenciosas. Geirfinnur entró en la cafetería, pero la gente con la que debía encontrarse no estaba allí. Compró unos cigarrillos y regresó a casa.
Geirfinnur llegó a casa a las diez y cuarto. Se quitó la chaqueta. Poco después de su regreso sonó el teléfono. Respondió el hijo de Geirfinnur. La voz al otro lado de la línea pidió hablar con Geirfinnur Einarsson, y usó su nombre completo. Era una voz grave y masculina: al niño no le pareció haberla oído antes. Le pasó el teléfono a su padre. Geirfinnur escuchó en silencio, y luego dijo: «Ya estuve». Hubo una pausa. «Está bien, voy para allá». Agarró la chaqueta y la pipa y salió hacia la puerta. El niño corrió detrás de su padre y le preguntó adónde iba, pero no obtuvo respuesta. Preguntó si podía acompañarle: la respuesta fue que no. Geirfinnur subió a su Ford Cortina rojo y se dirigió al café.
Geirfinnur Einarsson no regresó a casa esa noche. A la mañana siguiente, su coche apareció con las puertas desbloqueadas cerca de la cafetería, con las llaves todavía en el contacto. Al igual que Guðmundur diez meses atrás, Geirfinnur se había esfumado.
La desaparición de Guðmundur quizás había sido un trágico accidente, pero todo apuntaba a que en la de Geirfinnur había un trasfondo criminal. Había muchas, muchísimas preguntas sin respuesta. ¿A quién había ido a ver? ¿Quién lo había llamado y le había pedido que volviera? ¿Y dónde estaba ahora?
En la Islandia de 1974, los delitos graves eran algo prácticamente inaudito. La última gran investigación de asesinato había sido la de un taxista que apareció en el asiento delantero de su coche con una bala en la cabeza siete años atrás, y nunca se había resuelto. Los asesinatos eran muy, muy poco habituales, y mucho más en una ciudad como Keflavík, donde casi todos los vecinos se conocían. Aquel era un crimen impensable en un lugar donde los crímenes impensables eran. . . eso, impensables.
La mayoría de las desapariciones en Islandia solían explicarse porque alguien se había perdido o se había suicidado, pero no parecía que ese hubiese sido el caso de Geirfinnur. Las circunstancias eran demasiado extrañas; y los detalles, demasiado sospechosos. A pesar de las peticiones de ayuda de la policía, nadie dio un paso al frente para declarar que se había reunido con Geirfinnur. Esto reforzó la sospecha de que la gente con la que Geirfinnur tenía previsto verse en el café era cómplice de su desaparición. Un perro rastreador de la policía captó el olor de Geirfinnur y se puso a correr en círculos frente al café. Los investigadores dedujeron que Geirfinnur no se había alejado de Hafnarbúðin a pie, sino que había subido a otro vehículo.
Durante los días siguientes, la policía de Keflavík reconstruyó los detalles de la vida de Geirfinnur. No fue fácil reunir detalles, y no porque sus asuntos personales fueran particularmente complicados, sino porque era casi imposible imaginar que alguien se la tuviese jurada. No tenía dificultades económicas y, en los años anteriores a su desaparición, sus ingresos habían sido ligeramente superiores a los habituales, y había podido comprar una casa. Ganaba lo suficiente como para ir tirando, pero no tanto como para que despertase envidias.
Quienes le conocían le describieron como callado y sobrio. Tenía pocos amigos y ningún enemigo aparente. Cuando se investigó si había recibido paquetes o llamadas telefónicas inusuales en los meses previos a su desaparición, la policía no encontró nada. Su correspondencia más prolongada era la carta que recibía de su padre una vez al año.
Un conocido de Geirfinnur se puso en contacto con Valtýr Sigurðsson, el abogado investigador asignado al caso, y le contó una historia que aportó un elemento importante del personaje. Él y Geirfinnur habían trabajado juntos en una central eléctrica, pero no habían intimado, en parte porque Geirfinnur nunca se esforzaba por congeniar con sus compañeros de trabajo. Cada noche, una vez terminado su turno, Geirfinnur cogía el dinero que había ganado y lo metía bajo la almohada. El espacio privado escaseaba en los dormitorios, y todo comportamiento inusual llamaba rápidamente la atención. El gesto de ocultar su salario no pasó desapercibido.
Una tarde, los compañeros de trabajo de Geirfinnur decidieron que, en vez de entretenerse jugando a las cartas, le gastarían una broma. Mientras Geirfinnur se duchaba, uno de sus colegas hurgó bajo la almohada y sacó el dinero que había allí guardado. Aguantándose la risa, esperaron en poses de estudiada indiferencia a que Geirfinnur volviera. Cuando entró en la habitación, se fue hasta su cama y miró subrepticiamente debajo de la almohada. Al no encontrar nada, levantó el edredón y le dio varias sacudidas para asegurarse de que el dinero no se hubiera enganchado en una costura.
«Oye, Geirfinnur», dijo uno de los bromistas, «¿estás buscando algo o qué?». Todos en el dormitorio se echaron a reír. Geirfinnur no dijo nada. Sonrió un poco, recuperó su dinero, se metió en la cama y se volvió hacia la pared.
La policía interpretó esta historia como un indicio del carácter sosegado de Geirfinnur. De haber sido una persona violenta, podría haber empezado una pelea, pero su reacción fue serena y razonable. Sonrió porque era un tipo tranquilo, capaz de verle el lado divertido a las cosas: un hombre de temperamento equilibrado. La policía concluyó que era poco probable que alguien así se hubiera visto involucrado en un altercado.
Esta evaluación coincidía con la descripción que Guðný, la esposa de Geirfinnur, hizo de su marido. No era como los bravucones jóvenes de los clubes nocturnos de Hafnarfjörður que buscaban pelea para entretenerse. En una década de matrimonio, Guðný solo recordaba haber visto a Geirfinnur enojado en una ocasión, y ni siquiera entonces perdió los estribos, sino que se mantuvo en silencio, retraído, hasta que se le pasó el disgusto.
Los investigadores no descartaban en absoluto que Geirfinnur se hubiera lanzado a una larguísima parranda cargada de alcohol. No era raro que la gente desapareciera de borrachera durante varias noches, especialmente durante los meses de invierno. Ninguno de los agentes de policía de Keflavík había trabajado antes en un caso de asesinato, y estaban más acostumbrados a lidiar con accidentes, robos y alguna que otra redada de drogas, siempre de poca monta; delitos menores que requerían habilidades investigativas muy alejadas de las que se necesitan en la investigación de un asesinato. Después de todo el trabajo invertido en la investigación, nada les resultaría más embarazoso que ver a Geirfinnur volviendo a casa ileso y apestando a alcohol. Serían el hazmerreír de Islandia.
Tres días después de la desaparición, los investigadores de Keflavík obtuvieron una primera pista importante. Frente a la cafetería había una cabina de teléfono. Hacia las 22.15 horas del 19 de noviembre de 1974, exactamente cuando Geirfinnur habría regresado a casa después de su primera visita a la cafetería, un hombre con una chaqueta de cuero marrón había hecho una llamada desde el teléfono público. No había necesitado consultar la guía telefónica.
La policía decidió que se trataba seguramente del hombre de voz profunda que había hablado por teléfono con el hijo de Geirfinnur y, luego, con este. Quizás había llegado tarde a la cafetería, había llamado a Geirfinnur desde la cabina y se había encontrado con él en el coche a su regreso.
Dos adolescentes, Ásta Elín Grétarsdóttir y Sigríður Helga Georgsdóttir, habían estado dentro de la cafetería, al igual que la encargada de la barra, una tal Guðlaug Jónasdóttir. Ninguna de las tres mujeres había visto antes a la persona que llamó desde la cabina. No era lo habitual en un pueblo como Keflavík. Guðlaug, en particular, fue muy rotunda al afirmar que, de haber sido alguien del pueblo, lo habría reconocido. El hombre de la chaqueta de cuero le había dado una moneda de veinte coronas para pagar la llamada. Ese era el precio para Reikiavik: la llamada local en Keflavík solo costaba quince coronas. Este detalle apuntaba a que se trataba de alguien de fuera. Todo parecía indicar que un forastero había ido a Keflavík aquella noche y había cometido un asesinato.
Los detectives de Keflavík convocaron a los testigos del café y hojearon los cuadernillos y kits de retratos robot de la policía, combinando bocas, narices y ojos en configuraciones inusitadas con la esperanza de conjurar una representación exacta de la cara de la persona de la cabina. Los investigadores recurrieron incluso a la extravagante idea de encargar la creación de un busto, con el razonamiento de que quizá sería más fácil plasmar las descripciones de aquel hombre en tres dimensiones, en lugar de en dos.
Se moldeó en arcilla una escultura de la cabeza del hombre de la cabina. La estatuilla podía sostenerse cómodamente en las palmas de ambas manos. Era de color marrón oscuro, y en ella destacaban el voluminoso corte de pelo y una mirada clara y penetrante.
Pasada poco más de una semana de la desaparición de Geirfinnur, los investigadores de Keflavík metieron en una bolsa de papel la cabeza de arcilla, o «Leirfinnur»,[*] y la llevaron a la capital para mostrársela a la policía de Reikiavik. Tras largas deliberaciones, la inusual escultura fue mostrada al público a través de RÚV, la cadena de radiodifusión y televisión pública.
Así fue como la extraña efigie llegó a los hogares del país, y como la noticia de la misteriosa desaparición se extendió hasta el último rincón de Islandia. «Vivíamos en la inopia», recuerda Sigríður Pétursdóttir, una periodista que, en aquel entonces, era una niña que vivía en el pequeño pueblo de Húsavík, en la costa norte de Islandia. «Los únicos crímenes de los que teníamos noticia eran los de los libros de Enid Blyton, y de repente aquella inquietante estatua apareció en el televisor y nos convencimos de que venía a por nosotros».
De un día para otro, la población de toda Islandia creyó tener información vital sobre lo que podría haberle ocurrido a Geirfinnur. La policía recibió tantas llamadas que se vieron obligados a designar un agente especial encargado de atender el teléfono. Un ingeniero que leyó sobre la investigación en el periódico envió un dictáfono casero a la comisaría para que los detectives pudieran grabar las llamadas telefónicas. Los investigadores tomaron nota de todos los supuestos avistamientos de «Leirfinnur» a lo largo y ancho del país. El montón de alertas con lo que la gente había visto en sueños superaba el centímetro de grosor.
«Tengo el nombre del asesino en mi escritorio», pudo leerse en el titular de primera página de un diario islandés, al que acompañaba la foto de un agente de policía de Keflavík hojeando la guía telefónica con los nombres de todos los residentes de Islandia.
«Leirfinnur» había hablado por teléfono en islandés, por lo que era muy probable que fuera islandés. A la gente le inquietaba que uno de los suyos pudiera haber cometido un asesinato. La violencia asesina era algo histórico, un cuento que se les contaba a los niños como recordatorio del pasado vikingo del país, un elemento más de las sagas. Para toda una generación de islandeses, la desaparición de Geirfinnur fue el momento en que se dieron cuenta de que también ellos podían matar y ser asesinados.
Cada vez que una llamada telefónica proporcionaba nueva información a la policía, los investigadores mostraban una foto de la persona delatada a uno de los testigos del café. Entre los nombres propuestos apareció el de Magnús Leópoldsson, personaje muy conocido de Reikiavik cuyos rasgos guardaban un sorprendente parecido con la cabeza de arcilla.
Magnús era el gerente del Klúbburinn, uno de los pocos clubes nocturnos que se mantenía abierto hasta tarde en Reikiavik. Dos noches antes de su desaparición, Geirfinnur había estado en el Klúbburinn. Los amigos que le acompañaban aquella noche declararon a la policía que Geirfinnur había estado hablando con un hombre. Este tendría entre veinticinco y treinta años de edad y el pelo de un rubio oscuro que le caía por debajo de las orejas. En el viaje de regreso a casa, Geirfinnur no mencionó a aquel hombre ni lo que habían discutido.
En Reikiavik circulaban rumores de que los hombres que dirigían el Klúbburinn también estaban involucrados en el contrabando de alcohol que vendían luego en el club. En Islandia solo podía venderse cerveza de un contenido alcohólico inferior al 2,25 %, y el Estado tenía (y tiene todavía) el monopolio sobre la venta de alcohol, lo que encarece mucho su precio. Se decía que los propietarios de los clubes nocturnos de Reikiavik solventaban el problema del alto precio de los licores destilando alcohol casero en bañeras o aprovechando las importaciones ilegales que marineros noruegos lanzaban al agua desde sus barcos. La policía ya sospechaba que Geirfinnur estaba implicado en actividades de contrabando a escala local. Los investigadores habían hablado con un hombre que declaró haberle pedido a Geirfinnur que destilara sesenta litros de alcohol para él, pero que Geirfinnur había desaparecido antes de tener la oportunidad de llegar a un acuerdo.
La policía comenzó a sospechar que la desaparición de Geirfinnur estaba relacionada con un plan para pasar alcohol de contrabando junto con el hombre con el que había hablado en el Klúbburinn.
El 25 de enero de 1975, la policía interrogó a Magnús Leópoldsson en comisaría. Ese mismo día salió en libertad sin cargos. No sería la última vez que se le interrogara en relación con el caso.
Durante los meses siguientes, los investigadores continuaron con su labor, pero la pista se había enfriado. El 5 de junio de 1975 se cerró oficialmente el caso Geirfinnur. Había transcurrido casi un año y medio desde que Guðmundur desapareciese del club nocturno de Hafnarfjörður, y más de seis meses desde que Geirfinnur fuese a una cafetería y no regresase a casa; nada, ningún indicio permitía suponer el paradero de uno u otro. La desaparición de Guðmundur no se trató como un asunto criminal, mientras que las pistas más prometedoras en el caso de Geirfinnur guardaban relación con los dos hombres con los que al parecer había estado en contacto antes de desvanecerse: un tipo en el Klúbburinn, dos días antes de su desaparición, y el hombre de la chaqueta de cuero que hizo la llamada telefónica desde una cafetería de Keflavík.
Aquellos tipos casi fantasmagóricos, apenas entrevistos por los testigos, se movían en segundo plano por el lugar de los hechos, vagos en todos sus detalles, inciertas sus siluetas. La media sonrisa del «Leirfinnur» y su mirada vacua eran una de las pocas pruebas tangibles en el remolino de rumores sobre contrabandistas, y el Klúbburinn, y Magnús Leópoldsson.
Es muy probable que la investigación de uno y otro caso se hubiese suspendido indefinidamente de no haber sido por la detención, seis meses más tarde, de una mujer y su novio en un caso de estafa completamente desligado de la investigación. La mujer tenía veinte años, el pelo rubio tirando a rojizo y gafas estilo aviador de montura dorada. Se llamaba Erla Bolladóttir.
2
LA LUZ ROJA
En otoño de 2014 me puse en contacto con la productora londinense Mosaic Films con la idea de rodar un documental sobre las desapariciones de Guðmundur y Geirfinnur. Al director general de Mosaic, Andy Glynne, le gustó la idea y nos envió al director Dylan Howitt y a mí a grabar algunas entrevistas para un teaser que luego se presentaría a los directores de programación. A lo largo de los dos años siguientes volé en varias ocasiones a Islandia acompañando a Dylan, y luego pasé otro año y medio recopilando datos por mi cuenta, cuando el rodaje ya había terminado.
Al principio, los casos parecían impenetrables. Cada mañana, Dylan y yo salíamos temprano de nuestro piso alquilado en el centro de Reikiavik con la ilusión de añadir algo más a lo que ya sabíamos, pero, por la noche, nos daba vueltas la cabeza, y la clara línea argumental que creíamos seguir se difuminaba bajo el peso de la nueva información y las contradicciones en los testimonios. Un islandés obsesionado con las desapariciones describe el acto de investigarlas como algo parecido a «adentrarse en el bosque», y tuvo que pasar más de un año de pesquisas para que empezásemos a desbrozar un sendero por entre los árboles.
En pocos sitios puede ser más fácil rodar un documental que en Islandia. Existe una base de datos en línea en la que consta el número de teléfono de cada ciudadano islandés, incluidos el presidente y el primer ministro, y un mapa en el que se indica su lugar de residencia. Casi todos los islandeses a los que entrevistamos hablaban un inglés impecable, y todos se mostraron corteses y accesibles, incluso cuando abordamos temas incómodos, y muchos nos recibieron en sus casas con bandejas de comida y bebida: tiras grisáceas de arenque en conserva sobre pan con mantequilla, pasteles con glaseado rosa y amarillo y jarras y más jarras de café negro. La mayoría de los islandeses viven en Reikiavik y sus alrededores, una ciudad que se puede recorrer en un día sin tráfico en diez minutos, y en la que, cuando nieva, las quitanieves despejan las calles antes de que llegue a cuajar.
Sus menos de 350.000 habitantes crean la impresión de que todo el mundo conoce a todo el mundo. Si necesitas que te presenten a alguien, cabe la posibilidad de que la persona a la que acabas de entrevistar tenga un primo que pueda ponerte en contacto con esa persona. La sensación de pertenencia a una comunidad es extraordinariamente fuerte. Uno no toma un apellido, uno es hijo (-son) o hija (-dóttir) de Islandia. Cuando un islandés muere, tanto si es muy conocido más allá de su círculo de amigos y familiares como si no, el Morgunblaðið, el diario de mayor tirada del país, publica su esquela.
Grabar en vídeo una entrevista con alguien, evidentemente, es diferente a hablar con esa persona de antemano. Los entrevistados suelen hablar con naturalidad frente a un discreto micrófono o a un cuaderno de notas, pero, en cuanto se ven ante el objetivo de una cámara, tanto da quiénes sean o cómo se lleve a cabo la entrevista, la conciencia de que se les está grabando afecta a la forma en que responden. Algunos se vuelven más cautelosos y matizan consciente o inconscientemente sus respuestas con incisos aclaradores que probablemente harán que sus palabras resulten inservibles para un medio en el que prima la expresión breve y elocuente. Otros, sin embargo, se crecen y consiguen expresarse con mayor concisión y emoción si cabe a la luz de los focos.
Erla Bolladóttir entra en esta segunda categoría. Ha hablado de su vida en los tribunales, en reportajes de telediarios y en documentales. Ha escrito un libro. Tanta repetición le ha servido para ganar cierta habilidad a la hora de narrar su propia vida: aquellos pasajes que en otra época recordaba vagamente son ahora prístinos en su memoria gracias a la repetición. Es algo que todos hacemos. A partir de las personas, los objetos y las experiencias presentes en nuestras vidas, todos construimos narrativas sobre nuestros orígenes y nuestra identidad. Pero Erla es un caso único. Para ella, ser especialista en los detalles de su vida se ha convertido en una cuestión de supervivencia.
Cuando llegamos a Islandia, la de Erla fue la primera casa que visitamos. Nos quitamos los zapatos en la puerta y, tras colgar abrigos y bufandas en los ganchos que flanqueaban el pasillo, entramos en lo que resultó ser un apartamento muy bien dispuesto en los sótanos del edificio. Nos sentamos con una taza de café en la mano para entrar en calor, y al oírla hablar agradecí que Dylan estuviera allí para guiar con amabilidad la conversación. Me sentí joven y muy poco preparado para entretejer las hebras de la vida de nadie, y no sería sino varios años más tarde, estando ya mucho más inmerso en los desconcertantes detalles de los casos, cuando me sentí capaz de intentar poner por escrito la crónica de las desapariciones y sus secuelas.
Sentado en la mesa de la cocina mientras Erla hablaba, me alegré para mis adentros al pensar que no sería yo el que luego, en la sala de edición, tendría la responsabilidad final de condensar tanto detalle y dolor en un algo con visos de fidelidad.
Erla nació en Reikiavik el 19 de julio de 1955, la tercera de cinco hermanos, cuatro chicas y un chico. Su madre, Þóra, se encargó a tiempo completo de cuidarlos. Auténtica belleza en su juventud, había trabajado como modelo dentro y fuera del país, y en sus pómulos agudos asomaba aún la soberbia que a veces poseen los muy bellos, una cierta dureza cuando relajaba sus facciones que hacía que su expresión fuera más severa de lo que pretendía.
Þóra se enorgullecía de vestir a juego a sus hijas en cumpleaños y celebraciones navideñas. Las fotos familiares parecen las de la familia Von Trapp de vacaciones. Cuatro niñas rubias con vestidos rojos, camisas blancas abotonadas hasta la gola y cintas en el pelo, y detrás de ellas, su madre, radiante, vestida con el mismo atuendo y con los labios pintados.
Erla había sido una niña exuberante y extrovertida, cuya voz podía oírse en toda la calle cuando salía a jugar. La disciplina en casa corría a cargo de Þóra: a ella era a la que Erla temía, y más de una reprimenda se ganó por hacer ruido en el barrio.
El padre de Erla, Bolli, era más benévolo. Había sido gerente de la oficina de la Loftleiðir Icelandic en el aeropuerto neoyorquino de Idlewild, ahora conocido como el John F. Kennedy, y por ese motivo la familia se estableció en Long Island durante cinco años, siendo Erla muy niña. Trabajar para una aerolínea era una ocupación cargada de glamur en aquellos primeros años del turismo de masas; y, en las lánguidas noches de verano, los sofás del cuarto de estar se apartaban contra las paredes para organizar bailes a los que acudían amigos y amigas de la familia vestidos de punta en blanco. Sociable y carismático, Bolli fue siempre el favorito de Erla.
Algunos de los primeros recuerdos de Erla son los de ver en televisión las series estadounidenses por antonomasia, La ley del revólver y Bonanza, y de ir de paseo en bicicleta con sus hermanas en paralelo al agua. Esta influencia norteamericana hizo de ella algo exótico cuando regresó a Islandia en 1962, a los siete años de edad. Era algo de lo que alardear ante sus nuevas compañeras de clase. Los niños le preguntaban si había visto a los Beatles en Estados Unidos, y ella respondía que sí, que John Lennon y Paul McCartney vivían en su calle y que los veía todos los días.
Y no era tan raro. Para los niños islandeses, el mundo exterior era algo lejano y remoto. En Islandia estaba su hogar, y la gente que vivía allí era una gran familia. Cuando los políticos de partidos rivales discutían en televisión, era como si dos hermanos se pelearan entre ellos. Erla se sabía el nombre de todas las calles de Reikiavik. Los productos de importación eran caros y poco habituales. En Navidad llegaban al país algunas frutas a granel, y durante un mes las calles de Reikiavik olían a manzanas frescas.
A veces, en verano, a Erla y sus hermanos los enviaban a granjas en otros rincones de Islandia, una tradición que se remonta varios siglos en el tiempo. En el pasado, la necesidad de dinero impulsaba estos viajes: los niños iban a buscar trabajo de temporada a las granjas, y cuando regresaban junto a sus familias lo hacían con unos modestos ahorros. Pero, en la infancia de Erla, el valor de aquellos viajes estivales ya no era económico. Lo que importaba era la experiencia cultural. Los niños solo podían entender verdaderamente su país viviendo en la naturaleza durante unos meses. Los editoriales de los periódicos nacionales ensalzaban la importancia de que los jóvenes islandeses fueran testigos de primera mano de los ritmos de trabajo que habían mantenido a la nación abastecida de carne y lana durante siglos.
A Erla la alojaron en una granja situada en una pequeña aldea en el noroeste del país. Solo tres familias vivían allí: no había otras granjas en kilómetros, y solo se podía acceder a ella por barco o avión. Un día, mientras Erla ayudaba al granjero a recoger los huevos en el gallinero, este la besó a la fuerza y la sobó de arriba abajo. Erla se lo contó a la esposa del granjero, quien le dijo que hablaría con su marido para asegurarse de que no volviera a ocurrir; eso sí, no debía hablar de ello con nadie.
Erla regresó a casa cambiada. Incapaz de hablar con su familia sobre el incidente, se sintió alienada. Veía a sus padres y hermanos absortos en alguna actividad y se sentía tan distanciada de ellos, tan poco involucrada en lo que fuera que estuviesen haciendo, que empezó a preguntarse si, cuando era bebé, se la había llevado del hospital la familia equivocada. Empezó a pasar más tiempo sola. Las horas volaban cuando se sentaba en su dormitorio y soñaba despierta que se reunía con sus verdaderos padres.
Una vez sacó dinero de la cartera de su padre, compró un paquete de cigarrillos y se fue a fumárselos a una colina con vistas al edificio de apartamentos donde vivía su familia. Desde donde Erla estaba sentada podía ver a su madre a través de la ventana de la cocina preparando la cena, y mientras la miraba iba dando caladas cada vez más hondas y pensaba: «Para que aprendas». De alguna manera, lo que había pasado en la granja había sido culpa de su madre. Fumar un cigarrillo, sentada en lo alto de una roca y observar el deambular de su madre por la cocina sin que esta lo supiera le devolvió a Erla una sensación de control que había echado en falta desde que regresó de la granja.
Siendo Erla todavía joven, su padre malversó dinero de la oficina de ventas de Pan American Airlines en Reikiavik, en la cual trabajaba. Empezó con cantidades pequeñas, diciéndose a sí mismo que aquello era un préstamo que devolvería en el futuro, pero en 1966 robó 400.000 coronas, el equivalente en la actualidad a algo menos de 60.000 libras esterlinas. Al año siguiente se llevó el doble. La auditoría anual mostró el déficit, y le pillaron. Bolli había sido un éxito en la empresa, por lo que se prefirió no presentar cargos contra él, pero perdió su trabajo.
Aquellos vertiginosos días en el negocio de las aerolíneas marcaron el punto álgido en la carrera profesional del padre de Erla, cuyos empleos subsiguientes fueron cada vez menos lucrativos. Con cada cambio de trabajo, la familia se mudaba a casas progresivamente más y más pequeñas, hasta que Erla y sus hermanos tuvieron que dormir en una misma habitación, mientras sus padres pasaban la noche en el cuarto de estar. Se habían acabado las lujosas fiestas de su infancia.
Las estrecheces económicas hicieron mella en la relación de los padres de Erla, que acabaron por separarse cuando Erla tenía catorce años de edad. «Las cosas en casa estaban difíciles», cuenta Erla, «pero, de puertas hacia fuera, todo iba bien. Es lo que tiene vivir en una comunidad pequeña. Es muy importante que nadie sepa que algo anda mal».
Poco antes de su decimosexto cumpleaños (el último obstáculo antes de independizarse de su familia), su madre le dijo que tenía que estar en casa antes de la medianoche. Erla se saltó en varias ocasiones el toque de queda y Þóra quiso reprenderla. Discutieron. De repente, Þóra abofeteó a Erla. Antes de saber siquiera lo que estaba haciendo, Erla le devolvió la bofetada. Se quedaron calladas. La mano le escocía a Erla con una sensación curiosa que no era desagradable.
A las pocas semanas cumplió dieciséis años y se fue a vivir con su padre a Reikiavik.
En la cima de una pequeña colina en el centro de Reikiavik hay un monumento de un vikingo con la vista puesta en el mar. Creada por Einar Jónsson, un escultor cuyas obras adornan los parques de las ciudades de todo el país, la estatua representa a Ingólfur Arnarson, al que por lo general se considera el fundador de Islandia.
Escasean las crónicas de viajeros que visitaran Islandia antes de su colonización. En el año 400 a. C., el explorador griego Piteas descubrió una isla muy al norte en el océano Atlántico donde el sol brillaba durante toda la noche. Más de mil años después, monjes irlandeses llegaron en sus viajes a un territorio extraño, situado en un lugar similar del Atlántico, donde el sol era tan brillante que incluso a medianoche podían distinguir los piojos de sus camisolas. Luego, en el siglo IX, llegaron los vikingos.
Aunque el año exacto de la colonización de Islandia sigue siendo objeto de debate, la versión más popular la sitúa en el año 874, cuando Ingólfur Arnarson y sus seguidores abandonaron Noruega en busca de nuevas tierras y navegaron hacia el noroeste hasta que llegaron al flanco sur de Islandia. Viendo una orilla lejana en el horizonte, Arnarson arrojó al océano los pilares de madera de su trono de caudillo y proclamó que construiría su casa allí donde el agua los arrastrara. Los pilares acabaron en una pequeña bahía (o vik) que, debido a las cercanas aguas termales, estaba cubierta por vapor (o reykja). Arnarson llamó Reikiavik a aquel lugar, y desde allí fundó Islandia. El territorio era en buena parte inhóspito y albergaba pocos animales terrestres que cazar, pero no carecía de potencial: los ríos de agua dulce estaban llenos de peces, y la hierba crecía larga y frondosa en los valles a lo largo de la costa.
¿Qué inquietud sentirían Ingólfur y sus compañeros al hollar una tierra extraña de cuyas entrañas escapaba humo? Islandia se asienta sobre la dorsal mesoatlántica, y la antigüedad de sus formaciones rocosas no llega a los dieciséis millones de años, apenas un instante si se los compara con los cuatro mil millones de años que suman algunas de las masas terrestres más antiguas de la Tierra. Más que en cualquier otro país, el paisaje parece estar en perpetuo (y visible) proceso de creación. El vapor emana del terreno, y los géiseres lo puntúan como signos de exclamación. Bajo el agua, la erupción de los volcanes da lugar a nuevas islas.
Al igual que sucede en todo el mundo con los mitos fundacionales, algunos de sus elementos son apócrifos. En verano de 1974, cuando se lanzaron al agua cien pilares de madera para conmemorar el 1100.º aniversario del asentamiento, ninguno de ellos apareció cerca de Reikiavik. En esencia, sin embargo, la idea de que un grupo de hombres y mujeres independientes lo dejaron todo para forjar una nueva sociedad sobre un pedazo de roca estéril y hasta entonces deshabitada sigue siendo parte integral de la historia de los orígenes de Islandia.
La independencia del territorio duró poco. En el siglo XIII, los caudillos islandeses juraron lealtad a Noruega para poder acceder al comercio y llevar la estabilidad al país tras décadas de derramamiento de sangre durante la llamada Era de Sturlung. Cuando Noruega se convirtió en territorio dependiente de Dinamarca, Islandia quedó sometida al dominio danés.
Siglos de penurias fomentaron el resentimiento hacia Dinamarca. Las hambrunas y la enfermedad asolaron Islandia, pero la ayuda enviada desde Copenhague, cuando llegaba, era escasa. En 1627, los piratas del norte de África le dieron la vuelta a la leyenda vikinga, y secuestraron a casi 250 ciudadanos de las islas Vestman de Islandia para venderlos como esclavos en Argel; el rey danés apenas se dio por enterado. En los fértiles caladeros situados a pocos kilómetros de la costa sur del país, los británicos hacían tremendas capturas de bacalao islandés con total impunidad. Los devotos reyes daneses prohibieron la danza durante más de un siglo.
La miseria de aquel sometimiento alcanzó su punto más bajo en 1783, cuando una enorme erupción volcánica en el sur de Islandia provocó que el suelo vomitara gases venenosos, lava y ceniza durante ocho meses consecutivos. Tan descomunal fue la explosión que todavía hoy conserva el dudoso honor de ser el peor desastre natural no solo de Islandia, sino también de Gran Bretaña. Murieron incontables cabezas de ganado, y una hambruna generalizada arrasó aproximadamente con la quinta parte de la población islandesa: menos de 40.000 personas sobrevivieron. Debido a las duras condiciones del monopolio comercial danés, Islandia se veía obligada a exportar un porcentaje considerable de sus existencias de alimentos, mientras que miles de sus habitantes morían de hambre.
La independencia se perfilaba cada vez más como el antídoto contra la indigencia y la indignidad de medio milenio bajo dominio extranjero. Durante el siglo XIX, un grupo de intelectuales islandeses liderados por el erudito Jón Sigurðsson se convirtieron en cabeza visible de un movimiento cada vez más popular. Con el argumento de que Islandia no había renunciado legalmente a su independencia en la época medieval, defendían que ni Noruega ni, por extensión, Dinamarca habían tenido nunca legítimo control sobre Islandia.
El movimiento independentista hizo bandera de las sagas, las historias en las que se recogen con gran garra las vidas de las primeras generaciones de colonos, y las vendió como crónica de una época en la que los islandeses habían vivido en el triunfo y la abundancia, una época dorada anterior a toda injerencia extranjera. Aunque la esencia de esas «crónicas» es en gran medida ficticia, en su conjunto constituyen quizá la representación más detallada del funcionamiento de una sociedad medieval europea en la Edad Media. La valentía y el espíritu pionero de los vikingos se blandieron como características innatas del pueblo islandés. Al rechazar el yugo danés, los ciudadanos de a pie podían vivir en su propia tierra, como lo habían hecho los héroes de las sagas. En la vida pública islandesa empezaron a asomar los primeros brotes nacionalistas.
Dinamarca fue cediendo gradualmente parcelas de poder a Islandia. En un intento de impulsar la urbanización en el país, las autoridades danesas concedieron cartas pueblas a Reikiavik y otras cinco ciudades. Tras varios siglos siendo poco más que una granja, Reikiavik pronto atrajo algunas de las instituciones comunes en las ciudades de toda Europa: una prisión, un obispado, una biblioteca y una escuela. El parlamento islandés, conocido como Alþing y fundado en el valle de Þingvellir en torno al año 930, fue trasladado a Reikiavik y celebró su primera asamblea el 1 de julio de 1845. En 1874, mil años después de que Ingólfur Arnarson supuestamente lanzara los pilares de su trono hacia Islandia, el rey danés permitió al país disponer de una constitución propia. El número de habitantes de Reikiavik aumentó de unos pocos cientos a sumar más de mil.
El rápido crecimiento de la ciudad aceleró el afán de autonomía en Islandia. Dos importantes innovaciones en la industria pesquera aceleraron el crecimiento de la población urbana. En primer lugar, los barcos con cubierta sustituyeron a los de remos durante las últimas décadas del siglo XIX. Los barcos con cubierta podían cargar mayores volúmenes de pesca y faenar en aguas más profundas. Gracias en parte a las inversiones del Landsbanki, el banco nacional fundado pocos años antes, aparecieron las primeras grandes empresas islandesas con más de un centenar de empleados. Fue el nacimiento del capitalismo en Islandia. En segundo lugar, los barcos de pesca empezaron a utilizar motores. En 1902, el Stanley fue equipado con un motor danés de dos caballos de fuerza, lo que le permitía realizar múltiples salidas en un día, en lugar de una sola. A lo largo de la costa proliferaron las empresas dedicadas a la pesca de arrastre. La revolución industrial había llegado a Islandia, y los catalizadores no fueron los trenes y el carbón, sino los barcos y la pesca.
Reikiavik, una ciudad que, antes de la expansión de la pesca comercial, carecía de una industria que atrajese a migrantes económicos del resto del país, vio crecer su población en casi un 10 % anual entre 1897 y 1908. La capital albergaba el 5,5 % de la población total del país en 1890, y en 1930 esa proporción había aumentado al 25,8 %. El crecimiento económico de Islandia impulsó las reivindicaciones independentistas, y, asistida por los cambios en la actitud global hacia el colonialismo, la soberanía quedó confirmada en un tratado de 1918 y fue proclamada oficialmente en 1944. Para entonces, el pescado constituía alrededor del 90 % de las exportaciones del país.
A pesar de la preeminencia que la historia fundacional del país otorga a Reikiavik, la identidad nacional de Islandia siempre ha tenido sus raíces en el campo: en cierto modo, así sigue siendo. Uno aprende a hablar el islandés «de verdad» en las zonas rurales del país, y no «en la grava», término despectivo con el que solía aludirse a las grandes poblaciones de Islandia. Durante mucho tiempo se perpetuó un considerable desequilibrio electoral a favor de las regiones rurales, pese al éxodo masivo del interior a la costa.
Sin embargo, cuando Erla abandonó la casa de su madre en 1971, los avances tecnológicos en la industria pesquera habían desencadenado un proceso que convirtió Reikiavik y sus alrededores en el centro político y económico de Islandia, sede no solo del parlamento y la mayoría de las oportunidades de empleo, sino también hogar de casi la mitad de la población islandesa. Tradicionalmente, los novelistas habían descrito la ciudad como un pozo de iniquidad, el lugar donde se ponía a prueba la moralidad del protagonista antes de regresar a la seguridad de la vida rural. La de 1970, sin embargo, fue posiblemente la primera década en la que el número de obras de ficción islandesa ambientadas en Reikiavik superó al de las que tenían el campo como escenario principal.
Para una persona joven, Reikiavik era entonces un lugar lleno de emociones. Gracias a líneas aéreas como la Loftleiðir Icelandic (coloquialmente llamada la «aerolínea hippie»), los viajes a América y Europa Occidental resultaban mucho más asequibles y, entre 1950 y 1970, el número de islandeses que volaban al extranjero aumentó en más del 600 %. Los jóvenes islandeses viajaban a Londres y San Francisco, y regresaban con nueva música y nuevos gustos de moda; y las azafatas islandesas llenaban sus maletas con vinilos de Cream y Moody Blues para que sus compatriotas los oyeran luego en casa. En el centro de la ciudad, una tienda llamada Karnabær, inspirada en la Carnaby Street de Londres, vendía nuevas ropas a los jóvenes de Reikiavik.
El 22 de junio de 1970, Led Zeppelin actuó en el Festival de las Artes de Reikiavik. La popularidad del concierto llevó al reportero de la emisora estatal RÚV a comentar que no se había visto cosa igual en la ciudad desde que, durante la Segunda Guerra Mundial, se aceptara que los cupones de racionamiento podían canjearse por cubrecalzados de goma. A los miembros de la banda, por su parte, Islandia les cautivó hasta tal punto que inspiró la letra de uno de sus temas más famosos, «Immigrant song». A su paso por el centro de la ciudad, la policía se alineó en las aceras para proteger a la banda, pero ni siquiera esta medida impidió que los adolescentes estirasen el brazo a través de los huecos en las barreras para rozar siquiera el abrigo de Robert Plant. Los jóvenes islandeses tenían al alcance de la mano un nuevo mundo, y no iban a dejar que se les escurriese entre los dedos.
Los jóvenes de Reikiavik asumían ideologías y formas de pensar que eran anatema para sus padres. Eran la primera generación criada al margen del dominio danés y, como tal, se les hacían raros los impulsos nacionalistas de sus mayores. El hippie consumidor de drogas, amante de la libertad y con conciencia social rompió con el conservadurismo campesino que había definido a Islandia durante siglos. Durante las protestas por la implicación de Islandia en la OTAN, la sangre llegó al río cuando la policía se enfrentó a jóvenes pacifistas opuestos a la guerra. El soviético Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer se enfrentaron en el Campeonato Mundial de Ajedrez de Reikiavik en 1972 y, para disgusto del gobierno progresista en el poder, muchos islandeses manifestaron vociferantes su apoyo al ruso.
En otoño de 1970 se creó el primer Departamento de Ciencias Sociales en la Universidad de Islandia en Reikiavik, y los cursos de ciencias políticas y sociología pronto se hicieron populares entre los estudiantes melenudos que vivían en la capital. En los alrededores de Reikiavik se formaron comunas a las que los jóvenes acudían a drogarse y arreglar el mundo. «La píldora acababa de llegar al país», cuenta la escritora Halldóra Thoroddsen, que en aquellos años vivía en la ciudad, «así que mucha gente no iba allí más que a follar».
Erla se convirtió en asidua de las comunas próximas al puerto de Reikiavik: allí fumaba hachís y escuchaba a Jefferson Airplane y a bandas islandesas de rock progresivo como Trubrot. «La autoridad es una mierda, los capitalistas son unos cerdos. . ., en ese plan», resume su mentalidad de aquel entonces. Colocarse en las fiestas con los amigos le daba la misma sensación satisfactoria y reservada que había experimentado mientras fumaba cigarrillos robados y observaba a su madre desde la colina.
En una de estas fiestas, Erla vio a Sævar Ciesielski. Se habían conocido años atrás, de niños, en un viaje de verano de Erla a la granja de los abuelos de Sævar. Recordó que él le había mostrado un rincón secreto en un granero desde el que podían saltar sin hacerse daño, y que habían pasado toda una tarde saltando de los alféizares de las ventanas a los fardos de heno. Y ahora, casi una década después, ahí lo tenía frente a ella, un poco aparte del resto del grupo en la fiesta, con un amago de sonrisa en la cara.
«Me parecía un tío muy interesante», dice Stefán Unnsteinsson, un periodista que recuerda haberse cruzado con Sævar en varias comunas del centro de Reikiavik. «Entonces era joven, tendría tal vez diecisiete o dieciocho años, y se le veía inteligente pero sin pulir. En los círculos hippies lo veían como alguien interesante. Parecía extranjero, muy delicado, pero muy seguro de sí mismo. Tenía conversación, podía hablar de todo, y se podía pasar un rato agradable con él. Luego, claro, uno se enteraba de la reputación que tenía».
Nacido el 6 de julio de 1955 de padre estadounidense de origen polaco y madre islandesa, el apellido Ciesielski inmediatamente hacía de Sævar alguien diferente. En un país de -sons y -dóttirs, donde los patronímicos son lo habitual entre la población, la sibilancia de ese «Ciesielski» lo condenó a ser diferente desde que nació. Quizá no deba extrañarnos que, en una de las sociedades más homogéneas de Europa, en la que más del 95 % de los residentes eran islandeses de pura cepa, Sævar, un joven de origen extranjero con una historia familiar poco habitual y un apellido menos habitual todavía se convirtiera en uno de los «hombres del saco» más famosos del país.
Sævar se crió en uno de los barrios más pobres del centro de Reikiavik. Michael, su padre, era estricto, especialmente con su hijo, y por la noche se sentaba, borracho, y arengaba a su hijo sobre los mentirosos y tramposos que había en el mundo. A veces le inculcaba la disciplina a golpes. Anna, la hermana de Sævar, recuerda una ocasión en la que su padre se quitó el cinturón y lo dobló por la mitad para poder azotar al niño sin usar la hebilla.
Sævar nunca estuvo a gusto en la escuela. Testarudo y contestón, a menudo se enzarzaba en discusiones con sus compañeros de clase y profesores, y su escasa estatura lo convertía en blanco fácil para los abusones en el patio de la escuela. Pronto empezó a robar en las tiendas y a ser transferido de escuela en escuela. Un antiguo profesor suyo recuerda que era «imposible».
Cuando Sævar tenía catorce años de edad, un psiquiatra determinó que tenía dificultades para adaptarse y recomendó que lo enviaran a Breiðavík, un instituto en el noroeste de Islandia para niños problemáticos. Breiðavík consistía en una hilera de edificios simétricos y totalmente blancos situados en uno de los rincones más remotos del país: su solo nombre resuena aún inquietante en la psique islandesa. Los niños de las décadas de 1950 y 1960 recuerdan que se usaba a menudo como amenaza («como no hagas los deberes, acabarás en Breiðavík») y aún hoy el espectro de su antigua existencia flota sobre quienes fueron enviados allí. Para los padres era un lugar que producía resultados: sus hijos iban a Breiðavík y volvían cambiados.
No fue sino años más tarde, décadas después de su cierre, cuando la verdad sobre Breiðavík salió a relucir. Las historias de humillantes rituales y de violaciones, a menudo a manos de un director particularmente sádico, acabaron siendo demasiado numerosas como para poder ser ignoradas. La institución, fundada con la intención de inculcar disciplina a niños con problemas, había acabado fomentando un entorno de maltrato para muchos de esos niños. Breiðavík cerró sus puertas en 1979, y por todo legado dejó docenas de hombres quebrantados, cuyas perspectivas en la vida adulta se vieron gravemente limitadas por el abuso al que fueron sometidos. Un estudio realizado por el profesor de psicología forense Gísli Guðjónsson con niños que asistieron a Breiðavík entre 1953 y 1970 reveló que un 75 % de ellos había pasado por los tribunales más adelante por actividades delictivas.
Ese era el ambiente del que Sævar salió siendo aún adolescente al regresar a Reikiavik. Para muchos de los internos de Breiðavík, el centro pesaría como una losa sobre ellos durante el resto de sus vidas; para Sævar, sin embargo, la experiencia no hizo sino confirmar lo que ya empezaba a aprender sobre el mundo: que tanto en casa como en la escuela o en Breiðavík, quienquiera que ocupase un puesto de autoridad iba a ir a por él. Pronto cayó en la delincuencia, y subsistió robando carteras y vendiendo drogas en las fiestas.
Con su pelo castaño hasta los hombros, su delgadez y su gran chaqueta de cuero, el aspecto de Sævar no podría haber sido más diferente del de los mocetones rubios que protagonizaban las series estadounidenses que Erla veía de niña. Tenía, eso sí, un magnetismo del que carecían aquellos pistoleros sosainas. Cuando estaba en una habitación, la gente se sentía atraída por él.
En una fiesta en diciembre de 1973, alguien echó LSD en la bebida de Erla. En cuanto notó que la droga se apoderaba de ella, se obligó a encontrar un rincón apartado para pasar el colocón en paz. Lejos del estruendo de la fiesta, encontró una puerta que daba a una habitación a oscuras. Del equipo de música en la esquina emanaba un resplandor rojizo, y hacia este se dirigió, topando con los muebles ocultos en la oscuridad, hasta que tropezó con alguien tumbado en el suelo. Era Sævar. También a él le habían echado algo en el vaso.
La pareja encendió una cerilla y revisaron los discos del estéreo (Frank Zappa, Pink Floyd) y se contaron todo lo que había que saber el uno del otro. «Me pareció que había conocido a uno de los seres humanos más increíbles de todos los tiempos, y él sentía lo mismo». Salieron de la casa al día siguiente como pareja. «Quizás el mundo no hubiese cambiado mucho», cuenta Erla, «pero nosotros sí; vaya que sí».
Erla no había conocido nunca a nadie como Sævar. Por su mente pasaban constantemente proyectos y planes de todo tipo, y se dejaba arrastrar por cada nueva pasión. Siempre fue inquisitivo, inquieto. Le encantaba el arte, y Erla recuerda las tardes que pasó junto a él mientras intentaba traducir sus reflexiones en pinturas impresionistas. Cuando un amigo lo introdujo al cubismo, pasó en vela toda una noche cubriendo las paredes de una comuna con imitaciones de Picasso.
El cine era otra de sus pasiones, y estuvo muy activo en la incipiente escena cinematográfica de Reikiavik. Vilhjálmur Knudsen, un documentalista local, le enseñó a utilizar una cámara super-8; y, más de una noche, los cineastas en ciernes de la ciudad se apretujaron en el cuarto de estar de Vilhjálmur para comparar ideas y discutir las películas de François Truffaut y Jean-Luc Godard. Los aranceles a las mercancías importadas eran extremadamente altos, y por eso tiraban de contactos en las navieras para colar de contrabando equipos de grabación como cámaras Bolex y lentes Yvar de 75 mm. Sævar rodó una película sobre los mataderos y la hipocresía de comer carne. Más tarde, hizo un cortometraje en super-8 para el que sacó una máscara de cera de la cara de Erla y la grabó en un cementerio.
La familia de Erla no veía a Sævar con buenos ojos. A finales de aquel mismo mes lo había llevado a casa de su madre a comer y, una vez que él se ausentó de la mesa, Þóra cosió a preguntas a su hija sobre su nuevo novio. En cuanto supo que Sævar había estado en Breiðavík, sus peores temores se confirmaron: aquel chico iba a traer problemas. Después de otra incómoda visita, en la que Þóra interpretó que Sævar le estaba dando drogas en el baño a Erla, le prohibió que volviera. Erla le dijo a su madre que si no quería ver más a Sævar, tampoco la vería más a ella.
En diciembre de 1973 se mudó de casa de su amiga para vivir con su padre en su nuevo apartamento, en Hafnarfjörður: faltaba un mes para que Guðmundur Einarsson saliera de fiesta con unos amigos y no volviera a ser visto.
Vista desde fuera parecía una casa de muñecas, con un tejado y unos ribetes rojos en las ventanas que realzaban el blanco de las paredes. Las fotos policiales tomadas mucho más tarde, sin embargo, revelan que el orden y la pulcritud no llegaban más allá de la puerta principal. El suelo del dormitorio estaba cubierto de ropa, y el trastero, abarrotado de basura. Erla se trasladó al apartamentito del sótano, compuesto de dos habitaciones y un baño, en el 11 de la calle Hamarsbraut.
El 11 de Hamarsbraut estaba a pocos pasos del centro de Hafnarfjörður y, con sus aparcamientos vacíos y sus calles silenciosas, la zona cercana al piso parecía tierra de nadie. Fueron meses difíciles para Erla. Aquel fue un invierno amargo con frecuentes tormentas, y, por las mañanas, Erla se obligaba a salir a la oscuridad de la calle para acudir a su trabajo como empleada en las islas Ritsimi, el servicio de telégrafos estatal. Adelgazó hasta pesar menos de cincuenta kilos.
Su padre había sufrido un derrame cerebral y estaba en el hospital, y ella se sentía sola, aislada de su familia y de sus antiguos amigos. El ánimo se le ensombreció, sin que hubiera manera de aliviar su pena. El sol salía a las once de la mañana y se ponía a las cuatro de la tarde, y cada mañana, al despertarse en la oscuridad, sentía como si una mano la retuviese en la cama. En el apartamento de arriba podía oír a sus vecinos deambulando sobre el piso de madera. A veces se tumbaba en la cama, y pensaba que le apetecía un cigarrillo. El paquete estaba en la mesilla de noche, y no tenía más que estirar la mano para cogerlo. Pero entonces pensaba: «¿Qué más da?»; y se quedaba donde estaba. Un árbol bloqueaba las vistas desde su ventana, y ella se quedaba tumbada contemplándolo, pensando que en algún momento volvería a dormirse.
Agotada por el trabajo, el clima y sus problemas de estabilidad mental, Erla pensaba a veces que Sævar llegaba a ser agobiante. «No había más tema que sus ideas», explica. «Para él, la gente era idiota, y mis amigos también. Él razonaba con lógica. . ., yo no podía rebatir lo que decía, pero no tenía fuerzas para discutir las cosas al mismo nivel que él. No sé muy bien cómo, pero no me lo permitía. Lo planteaba todo de tal manera que, si no estaba de acuerdo con él, yo era igual de idiota que los demás». Lo peor eran las sospechas de que la engañaba. A veces desaparecía de su vida durante días sin contarle a dónde iba.
Hablaba con Erla de que quería cometer el crimen perfecto. Le fascinaba Al Capone, y fantaseaba con robar bancos a caballo o echar LSD en el suministro de agua para ofrecer a los ciudadanos de Reikiavik una experiencia inolvidable. Si algo le satisfacía era la idea de que la policía y los funcionarios de aduanas supieran que había hecho algo y que no pudieran acusarle de ello. Robaba candelabros, alcohol, bolsas de talonarios de cheques viejos y, en una ocasión, un fletán de cien kilos a un pescador en el puerto de Reikiavik. En las comunas vendía drogas que había introducido de contrabando en Islandia dentro de latas de película. Aun así, y pese a ser uno de los delincuentes más conocidos de Reikiavik, fue Erla la que ideó un plan que dejó a las autoridades con un palmo de narices.
Para robar una oficina de correos en la Islandia de la década de 1970 hacía falta un documento de identidad falso y conocer al detalle el servicio de telegrafía del país. El trabajo de Erla en las islas Ritsimi y una tarjeta de identidad que Sævar había robado les dieron los medios para hacerse con mucho dinero.
El 23 de agosto de 1974, Erla llamó por teléfono al centro de recepción de telegramas de la oficina nacional de telégrafos y explicó que trabajaba para una oficina de correos en Grindavík, en el suroeste de Islandia. Ella y Sævar habían manipulado el teléfono desenroscando la boquilla y remetiendo en ella un trozo de tela para distorsionar la voz de Erla y crear la impresión de que la llamada era de larga distancia. Erla recitó el texto de cinco transferencias telefónicas por un total de 475.000 coronas (equivalentes a unas 22.500 libras esterlinas en la actualidad). Estaba convencida de que su colega reconocería su voz, pero no fue así: hablaron sobre el tiempo, y la transacción fue confirmada.
Una amiga de Sævar, de facciones parecidas a las de la titular de la tarjeta, recogió el dinero. La amiga se embolsó 100.000 coronas, y Sævar y Erla se quedaron con las 375.000 restantes. Sævar prestó 300.000 del botín al documentalista Vilhjálmur Knudsen a cambio de poder utilizar su equipo de rodaje.
Y repitieron la jugada. El 18 de octubre de 1974, Erla llamó de nuevo haciéndose pasar por la oficina de correos de Grindavík. Esta vez, sin embargo, no usaron a una amiga para recoger el dinero, sino que fue la propia Erla. Habían escogido Grindavík porque era una oficina con mucho ajetreo, con lo que disminuía la probabilidad de atraer la atención. Sin embargo, cuando llegó a la oficina le dijeron que los cheques habían sido enviados a la sucursal equivocada. El 22 de octubre tuvo que ir a otra oficina de correos mucho más pequeña y tranquila en la ciudad de Selfoss.
Erla se disfrazó tomando prestada ropa de la hermana de Sævar y embadurnándose con mucho maquillaje, algo que no había hecho desde antes de entablar amistad con los hippies de las comunas. No era un disfraz convincente, y al acercarse al mostrador estaba convencida de que los pillarían.
Una de las mujeres detrás del mostrador le dijo a Erla: «Así que tú eres la que viene a por todo ese dinero», y los demás trabajadores de la oficina de correos se volvieron inmediatamente para mirarla. Erla medio esperaba que una mano cayese sobre su hombro y que de inmediato la esposasen. En lugar de ello, le dieron instrucciones para que fuera al banco de al lado, donde un empleado contó el dinero que Erla metió luego en una bolsa de tela antes de irse.
Ya en casa, con Sævar, abrió la cremallera de la bolsa y vertió el dinero en la cama. Había casi medio millón de coronas. Se cargaron las manos con los coloridos fajos de billetes para saber cuánto pesaban 100.000 coronas. Había suficiente dinero para pedir la hipoteca de una casa. Erla tenía una bata vieja de su madre, y metieron la mitad del dinero en el bolsillo izquierdo y la otra mitad en el derecho. No tocaron la bata durante mucho tiempo. Era como tener un monstruo en el armario.
Sin saber qué hacer con el dinero, Erla y Sævar reservaron habitación en un hotel elegante y se hicieron pasar por forasteros. Compraron materiales de arte, y Sævar se hizo con una caña de pescar. Dieron la entrada de un Mustang blanco con rayas verdes y la cabeza de un tigre en el capó. Durante tres semanas no comieron más que carne.
Pero la policía ya les rondaba. Los investigadores se presentaron en las islas Ritsimi e interrogaron a los empleados para averiguar si alguien sabía algo de la estafa. Cuando se enteraron de que Erla mantenía una relación con Sævar Ciesielski, se confirmaron sus sospechas.
En diciembre de 1974, poco después de la desaparición de Geirfinnur, se dieron a la fuga. Erla y Sævar compraron billetes de ida a Copenhague. Aún les quedaba mucho dinero, que cambiaron por coronas danesas antes de pegarlo con cinta adhesiva a las piernas de Erla. Erla cubrió luego los billetes con varios rollos de gasa y se puso unas botas de caña alta. Había restricciones sobre la cantidad de divisas que se podían sacar del país, pero cruzó la aduana sin problemas.
Se fueron a vivir a Christiania, la sociedad autogestionada en el corazón de la ciudad, y despilfarraron el dinero que les quedaba: llegó un momento en el que tuvieron que recurrir a robar manzanas de los puestos de frutas en Copenhague para poder comer.
Daba la impresión de que el momento de mayor esplendor de Christiania había pasado. La visión utópica de los fundadores del vecindario empezaba a desvencijarse. Erla trabajaba como limpiadora en hoteles de la ciudad, y el olor de la lejía la hacía vomitar en los mismos baños que estaba fregando. Se hizo una prueba de embarazo y descubrió que estaba embarazada de Sævar.
Regresaron a Islandia, y se mudaron a un piso de nueva construcción en el barrio de Kópavogur, en las afueras de Reikiavik, pocas semanas antes de que Erla diera a luz.
El 24 de septiembre de 1975 nació Julia. «Se parecía a lo que yo había visto en un sueño», cuenta Erla. «Tenía veinte años, y era muy joven e ingenua, y había muchísimas cosas de las que no sabía nada. Ni siquiera era consciente del proceso de dar a luz: el acto en sí mismo me sorprendió. Me la recostaron en el hombro y estuve a punto de darle un lametón: fue un gesto instintivo, natural, porque estaba cubierta de baba y sangre, pero enseguida me di cuenta de que seguramente no es eso lo que una debe hacer. La quería más que a nada en la vida, y nada se iba a interponer entre nosotros. Ella era ahora mi vida».
Sævar quiso encontrar la forma de mantenerlas. En otoño de 1975 emprendió otra salida de contrabando, y en diciembre metió 3,7 kilos de cánnabis de Rotterdam a bordo del transatlántico Reykjafoss. Erla, mientras tanto, se había hecho a la placidez de la vida doméstica. Adecentó su nuevo hogar, en el que tendía los pañales recién lavados sobre ollas y sartenes para que se secaran. Ella y Sævar decidieron que, aunque vivirían juntos, ya no serían una pareja. Mientras trasteaba por el nuevo piso con la niña en el costado, sintió una calma que no había sentido en años.
El 12 de diciembre de 1975, Sævar fue detenido bajo sospecha de malversación de fondos. Al día siguiente se llevaron detenida a Erla.
3
PESADILLA EN EL 11 DE HAMARSBRAUT
La prosperidad islandesa se puede medir por la cantidad de grúas que se alzan en la capital. Durante la bonanza económica de la primera década del presente siglo, cuando el sector financiero de Islandia pasó a ser un actor de peso en la economía mundial, la ciudad se llenó de obras a medida que iban apareciendo hoteles y restaurantes de lujo para atender la demanda de los banqueros que se dejaban caer por Reikiavik durante largos fines de semana. Cuando el sector se vino abajo en 2008, las grúas desaparecieron, dejando a su estela edificios a medio terminar, algunos de los cuales siguen aún en pie, incompletos, cada uno de ellos como un monumento a la transitoriedad y futilidad del éxito.
Estamos en septiembre de 2016, y yo me encuentro en Reikiavik, durante una estancia más larga de lo habitual en la ciudad. Las visitas anteriores habían transcurrido entre reuniones y entrevistas, y apenas había tenido ocasión de hacerme con una impresión, siquiera fugaz, de la ciudad. Si el país era cabeza de cartel, Reikiavik me pareció su telonero, un sitio para que los visitantes pudiesen comprar géneros de punto a precios excesivos y comer bien antes de dirigirse en coche a las colinas cubiertas de nieve. Pero, tras una estancia más prolongada en Reikiavik, empecé a descubrir su peculiar encanto.
Junto a las tiendas más turísticas del centro pueden encontrarse locales que llevan años atrayendo sin aspavientos a la población local: Mokka, una cafetería de estilo años cincuenta, toda lámparas bajas y paredes enmaderadas, donde se sirve un café fortísimo y unos gofres tan grandes que rebosan el plato; una tienda de ropa de segunda mano en el sótano del 25 de Laugavegur, regentada por un sacerdote pagano llamado Jörmundur; Bókin, una laberíntica librería en una esquina de Klapparstígur, atestada de cajas de libros de bolsillo que se desparraman hasta la calle. Entre las casas de hierro corrugado pintadas de colores primarios y los austeros edificios públicos asoman, a lo lejos, las montañas y los extremos de la bahía. La totémica iglesia de Hallgrímskirkja se alza sobre la ciudad como un ojo omnividente, un asta de bandera plantada en el centro de la ciudad.
Lejos de las concurridas calles del centro de la ciudad, los barrios son tranquilos y residenciales. El nombre de los inquilinos figura claramente impreso en la puerta principal de cada casa. La calefacción es geotérmica, por lo que estar calentito en casa resulta barato, amén de ecológico, e incluso cuando nieva casi todas las ventanas permanecen entreabiertas para airear las habitaciones. A lo largo de las tranquilas calles, el silencio se ve perturbado por los murmullos de la radio y los retazos de conversación que emanan de cocinas ocultas a la vista.
Dylan y yo caminamos por el centro de la ciudad al atardecer. Pasamos por el pintoresco estanque del centro de la ciudad. Alrededor de su perímetro se encuentran muchos de los edificios más importantes de la nación: el Parlamento, el Museo Nacional, la biblioteca municipal, el Tribunal Supremo. Decenas de personas patinan sobre hielo en la superficie helada, y, al otro lado del estanque, una mujer traza piruetas perfectas mientras su novio la graba con el móvil. A la luz del crepúsculo, las aceras incrustadas de nieve adquieren un tinte rosado que tornan a azul cuando el sol se oculta bajo el horizonte.
Erla ya está frente al restaurante cuando llegamos, con un móvil en su mano derecha y un cigarrillo en la otra, y una nube de humo envuelve su cabeza. Oscuras líneas entrecruzan su cabello teñido de rubio. Oculta sus ojos, grandes y castaños, detrás de unas gafas rectangulares sin montura, y sus dedos están cubiertos de anillos. A veces, cuando habla, en sus palabras resuena el eco de su juventud en las comunas hippies de Reikiavik: «Me veo a mí misma más como un ser espiritual que como ser humano. [. . .] Si la existencia física no es más que esto, menuda engañifa». No aparenta sus sesenta y un años de edad, y me resulta difícil mirarla sin ver a la chiquilla sentada hace casi cuarenta años en el Tribunal Supremo, con la mano en la barbilla, a la espera de saber qué sería de ella.
Estar con ella resulta agradable. Hay una apertura y calidez en su personalidad que atrae de inmediato. Le gusta la gente, saca energía de ellos, y durante el tiempo que paso con ella observo sus muchas interacciones con extraños, que a menudo terminan en una broma o una sonrisa y me hablan de alguien que disfruta naturalmente de la compañía de otros. Pero un cierto recelo atempera esa vivacidad, sobre todo a la hora de abordar los casos en detalle: no es un gesto instintivo, pero ha aprendido que es una defensa necesaria en una vida plagada de decepciones. Como acompañante resulta contradictoria: una persona de natural confiado que se ha visto obligada a ser cautelosa.
Entramos en el restaurante, Erla delante de mí, Dylan detrás, y al cruzar el umbral veo que pega un respingo. Sigo su mirada y veo una mesa de cinco treintañeras inmaculadamente vestidas: sus gestos delatan sin disimulo que hablan de Erla, y sus cuchicheos pretendidamente sutiles son tan torpes que casi resultan ridículos. Ninguna se esfuerza demasiado por parecer discreta. Como cualquier abusón de patio de colegio puede atestiguar, el objetivo de chismorrear durante el recreo no es pasar desapercibido, sino ser sorprendido en el acto de pasar desapercibido. Con cualquier otra persona podría intentar decir algo para consolarla, pero a Erla no le gustaría. Es más, probablemente la irritaría. Aunque quiere que la gente empatice con ella, la lástima, por muy sincera que sea, hace que se encabrite.
Ese primer vistazo al restaurante cambia a Erla durante el resto de la tarde. Si se siente vulnerable, los encuentros desagradables de ese tipo hacen que sienta vergüenza y la vuelven callada y retraída. Pero, cuando está de buen humor, como esta noche, la atención le da un aire desafiante. Devuelve las miradas de la gente con una sonrisa descarada, se convierte en una versión aparentemente más segura de sí misma. Cuando ríe lo hace con más fuerza, y gesticula más abiertamente, sabedora de que se la observa, y aprovecha la oportunidad para demostrar que no le agobia interpretar el papel de pérfida malhechora o, peor todavía, el de víctima oprimida.
Al día siguiente salimos de Reikiavik, en teoría para grabar algunas escenas en el campo, pero también para que Erla pueda mostrarnos el suroeste de Islandia. Se queda atónita al descubrir que ninguno de sus acompañantes ha probado nunca el pescado seco, o harðfiskur, un aperitivo muy popular en Islandia, similar a la mojama de pescado; insiste en parar en un supermercado y compra tres paquetes grandes y una lata de mantequilla. En el coche, mientras conduce, cometo el error de intentar cortar un trozo con los dedos, pero cada tira de pescado es recia como una cuerda. Acabo arrancando un bocado con los dientes, y masco, rumio casi, las duras hebras de pescado, ahora untadas con mantequilla, hasta que la carne rinde su sabor, sorprendentemente suave.
Una de las cosas más llamativas de conducir por Islandia es la falta de puntos de referencia artificiales. Con sus áridas montañas y amplios espacios abiertos como telón de fondo, Islandia ha conjurado toda clase de extrañas criaturas a lo largo de los siglos: trolls que viven en las colinas, elfas que esperan a los hombres en las encrucijadas para tentarlos e inducirlos a la locura y monstruos que repiquetean en las ventanas mientras dormimos.
A falta de iglesias medievales, palacios antiguos y castillos, son las historias mitológicas las que narran la historia del paisaje. En el inmenso glaciar Vatnajökull, atravesado en una ocasión en arriesgadísima empresa por los agricultores del norte del país que necesitaban acceder a las fértiles aguas del sur durante la temporada de pesca, se dice que el hielo resuena aún con los himnos cantados por quienes se despeñaron en sus grietas. En ocasiones resulta necesario rediseñar proyectos de construcción porque podrían allanar los terrenos de un duende; si los camiones se desvían no es para salvar la vida de un ser sobrenatural, sino porque estos lugares se han convertido en tesoros culturales.
Hay un estereotipo muy extendido según el cual el porcentaje de islandeses que creen en lo sobrenatural es muy elevado: un estudio realizado en 1998 por el periódico islandés DV, y citado a menudo por periodistas extranjeros, reveló que el 54,4 % de los encuestados creían que los elfos eran reales. Pero la supervivencia de estas historias no significa que los islandeses crean en los fenómenos sobrenaturales en mayor proporción que los ciudadanos de otras naciones. Para ellos, abrir un agujero en un peñasco que, según la leyenda, alberga a una criatura mitológica es destruir una reliquia del pasado del país.
Conducimos hacia el este y, a medida que nos alejamos de Reikiavik, las colinas negras se hacen más grandes, monolíticas formaciones rocosas que van ocultando el cielo a ambos lados del coche hasta que nuestro camino parece transcurrir por un embudo.
A pocos kilómetros de las playas negras de Vík nos encontramos con algo inesperado: un atasco. Cada verano, los agricultores de toda Islandia marcan a sus ovejas y las sueltan para que engorden. Una oveja adulta tiene una muesca en el cuerno que indica su provincia, una etiqueta que revela el distrito y una marca en la oreja que identifica su redil. Las ovejas deambulan por el monte, alimentándose de brezo, hasta el día del rettir, la recaptura de mediados de septiembre, en la que el ganado, considerablemente más orondo, regresa a la granja, en muchos casos como paso intermedio hacia el matadero.
Erla enciende un cigarrillo y se apoya en el capó del coche mientras cientos de ovejas pasan a nuestro lado. Cuando una se desvía hacia las cunetas que flanquean el camino, los pastores, que van a caballo, chasquean la lengua y las envían de vuelta al rebaño. Uno de los pastores se detiene junto a nuestro vehículo. Tendrá cincuenta y tantos años, y es de constitución fornida; cabalga a lomos de un caballo grande y castaño de largas crines rubias. El tipo llama a sus amigos, y todos se acercan hasta que a nuestro alrededor tenemos media docena de jinetes silenciosos. Es evidente que todos saben quién es Erla.
Aún tengo muy presentes las miradas con las que la recibieron en el restaurante, y en ese momento me resulta difícil calibrar si el encuentro va a ser amistoso. Pero, entonces, uno de ellos grita: «¡Estamos todos contigo!», y todos ríen; y Erla se ríe también y se une a ellos. El pastor baja de su caballo, le tiende su casco a Erla y la ayuda a subirse a la silla. «No he montado a caballo desde que era niña», dice, antes de tirarnos las llaves del coche y salir al galope con los granjeros por la carretera, sorteando las ovejas.
Erla vive todavía en un país donde su nombre se asocia a la infamia. En cualquier otro lugar del mundo sería un personaje anónimo: no estaría expuesta a miradas descaradas en un restaurante, ni a las pausas de un pastor a caballo.
Famosa en todo el país por las razones equivocadas, Erla ha pasado gran parte de su vida adulta sometida al escrutinio público. Basta con echar la más superficial de las miradas a los periódicos sensacionalistas para comprobar que las mujeres acusadas de delitos graves ejercen siempre un atractivo especial para la prensa. No hay duda de que, si Erla fuera un hombre, no sería tan conocida. En el extranjero, el anonimato es sinónimo de libertad, y Erla puede seguir adelante con su vida sin que nadie se fije en ella. Pero, en Islandia, casi a donde quiera que vaya se la reconoce como la mujer en el epicentro de las desapariciones de Guðmundur y Geirfinnur.
Cuando regresa de la cabalgata desmonta de un salto, la cara sonrojada por el viento. Los pastores se marchan, y nosotros volvemos al coche para continuar el viaje hacia el este.
El recuerdo de Sævar sobre su detención es dramático. En una entrevista grabada en 1996 describe lo que recuerda de ese día. Sentado frente al portátil, mientras repaso las copias digitalizadas de las cintas originales, compruebo que me invade una inesperada emoción al oír por fin hablar a Sævar. Viste un jersey rojo y una camisa blanca, y a su melena castaña le falta un dedo para tocarle los hombros.
Su estilo es urgente: habla a ráfagas, como una ametralladora, lo que contrasta con la musicalidad de casi todo el islandés oral. Incapaz de distanciarse de los detalles del caso, Sævar deja que sus pensamientos vaguen libremente y se obsesiona con detalles que parecen superfluos para el argumento que está intentando apuntalar. Sigursteinn Másson, el periodista que llevó a cabo la entrevista, no utilizó apenas esas imágenes en su documental. En las grabaciones sin montar se oye cómo Sigursteinn le pide a Sævar que intente tocar otra vez ciertos temas, porque sus respuestas se han desviado de la pregunta original. En un momento dado, Sigursteinn le dice: «Mira, vamos a dejar algo claro: yo hago las preguntas, y tú respondes». La cabeza de Sævar respinga un poco cuando habla.
SÆVAR: ¿Me veo bien así? Estoy bien, creo.
CÁMARA: Preparado. Rodamos.
SIGURSTEINN: 1975. Diciembre. Estás viviendo con Erla en Kópavogur. Y algo sucede. Una breve descripción de tus impresiones en ese momento. Te das cuenta de que los coches de policía van hacia la casa.
SÆVAR: No, no. No tenía ni idea de que iba a pasar algo. . ., y de repente llaman a la puerta. Fue durante el almuerzo, y me encuentro con dos policías que no conocía. [Risas].
Dos desconocidos que dijeron que eran detectives y me pidieron que los acompañara. Les pregunté si era urgente, y qué hacían allí, y me dijeron que ya me enteraría. Les pregunté si me podía pasar más tarde ese mismo día, porque estaba ocupado y comiendo. Pensé que iban a entrar a saco en casa, así que les exigí ver la orden judicial y cerré la puerta.
Luego no pensé más en el asunto. Me pareció extraño que quisieran hablar conmigo, y miré a Erla, como preguntándole con la mirada si sabía algo, pero luego me desentendí del asunto.
No supe que estaba pasando algo hasta que oí un grito en el pasillo. Para entonces, Erla ya había sacado la basura después de cenar y estaba en el suelo [en el pasillo] y la iban a esposar. Les pregunté que qué pollas estaban haciendo, y una señora mayor llegó del apartamento contiguo y se puso a gritar que quiénes eran esos hombres. Entonces, la soltaron. Les dije que salieran del edificio.
Vivíamos en el tercer piso de un edificio de Kópavogur, y desde el balcón pude ver que la casa estaba rodeada de policías. Había tres coches de policía, y sentí que era como si, pues. . .
SIGURSTEINN: Vamos a hacer la misma pregunta otra vez.
SÆVAR: Me asomo al balcón. Miro a la calle. Y veo que hay coches de policía rodeando la casa, y me pareció todo muy extraño, me sentí amenazado. Llamé a Jón Oddsson, que es abogado [. . .], y le dije que tenía dos policías en casa y que habían sido muy groseros y que la casa estaba rodeada por la policía. Me pidió que esperara, y dijo que vendría. Pero nunca vino.
Entonces [los dos policías] aparecieron con una orden judicial, y yo no los conocía, no los había visto nunca, podían haber sido cualesquiera. No sabía quiénes eran, pero dijeron que eran detectives. No se comportaban como detectives. Empezaron a buscar y me esposaron y lo revolvieron todo. Se me llevaron todavía esposado. Recuerdo que, por el camino, dijeron algo por radio sobre si debían llevarme al centro o a la otra punta de la ciudad.
[. . .] Sabía que algo gordo estaba pasando, pero empezaron a insultarme y me llevaron frente a un juez, Örn Höskuldsson, que ordenó que me encerraran por el caso de estafa postal.
Y me quejé del comportamiento de aquellos hombres, de cómo habían agredido a la madre de mi hijo y me habían insultado. Al juez y a los otros les dio la risa, una risa de locos. Y entonces supe que estaba pasando algo. Y supe que no tenía nada que ver con la estafa de correos.
Erla y Sævar fueron conducidos a la prisión de Síðumúli, en Reikiavik, y confinados en celdas individuales a la espera de ser interrogados. Construido originalmente como lavadero de coches para la policía en 1972, Síðumúli se convirtió en centro de detención de sospechosos.
En una esquina de la celda de Erla había una ventana y una luz parpadeante que teñía de verde a intervalos regulares las paredes y el lavabo. El suelo era de hormigón; las paredes, de hormigón; y la cama, de hormigón. El único elemento mínimamente cómodo era un delgado colchón de gomaespuma. La puerta tenía una mirilla a través de la cual la policía podía observarla.
Erla ardía en deseos de saber lo que los investigadores le estarían diciendo a Sævar. Los dos ya habían acordado qué hacer si se les preguntaba sobre la malversación: negarlo todo. Su razonamiento era que había transcurrido demasiado tiempo desde el fraude para que la policía pudiera demostrar nada. Más que nada, pensaba en los piececitos de su bebé.
Al día siguiente, a Erla la llevaron a una sala de interrogatorios de la prisión. Tres investigadores habían sido asignados al caso. Örn Höskuldsson era el representante del juez y el investigador principal. Era un hombre grandullón, con gafas, de cabellos escasos y cabeza aovada. A sus veintisiete años de edad, Sigurbjörn Víðir Eggertson era un poco más joven, y no llevaba más que un par de años en la policía criminal. Tenía mucha mano izquierda, tacto y delicadeza, y solía usar un tono comprensivo que contrarrestaba la brusquedad de Örn. El tercero era Eggert N. Bjarnason, un tipo de físico imponente, de barba negra y bien cuidada y un gran anillo de oro en el dedo corazón de la mano izquierda. Era el mayor de todos: treinta y ocho años. Todos vestían con traje.
El sistema jurídico de Islandia era heredero del danés: el proceso penal no era tanto acusatorio como inquisitorial. En el sistema acusatorio, vigente en el Reino Unido y Estados Unidos, la fiscalía y la defensa reúnen pruebas y llevan su caso a los tribunales para presentarlo ante el juez y al jurado. En el sistema inquisitorial, sin embargo, los jueces participan activamente en la investigación y pueden interrogar a los testigos y reunir pruebas por su cuenta. Cuando a Erla la interrogaba Örn Höskuldsson, la estaba interrogando la persona que tenía el poder de decidir durante cuánto tiempo extender su reclusión.
Erla declaró que no sabía nada sobre la estafa. Supuso que la detención se prolongaría durante otras veinticuatro horas, pero se alargó un día más. Y otro. Y otro. Le dijeron que tenían un auto para retenerla por treinta días. Ahí se vino abajo. Pasaron entonces varios días y noches en los que, sola en su celda, se convenció de que tenía que contárselo todo a los investigadores, no solo lo relacionado con el robo, sino todo lo malo que pudiera haber hecho en su vida, para que ella y su bebé pudieran empezar de cero.
El 18 de diciembre de 1975, sexto día de la detención, Erla contó a los investigadores todo lo que sabía sobre la estafa postal en el transcurso de una entrevista que se prolongó durante seis horas y media. En un rincón de la sala, un agente mecanografiaba la declaración solo con los índices, como un niño pequeño tocando el piano. Los investigadores le leyeron la declaración y ella confirmó que era cierta. La firmó el 19 de diciembre.
Erla se sintió renovada y optimista. Los investigadores la habían ayudado. Le dijeron que lo había hecho bien y le dieron palmaditas en la espalda. Después de confesar un delito como el de estafa, los sospechosos solían ser puestos en libertad. Solo con pensar en volver a ver a su bebé podía sentirlo físicamente contra su pecho.
Erla cuenta que, cuando ya iba a por su abrigo, uno de los investigadores la detuvo. «A todo esto, tenemos una pregunta más». Erla se impacientó. Quería volver a casa. «¿Conoces a un tal Guðmundur Einarsson?»
Erla conocía unos cuantos Guðmundur Einarsson. No era un nombre poco habitual. Según ella, la policía le mostró entonces una foto del Guðmundur Einarsson que había sido visto por última vez en la madrugada del 27 de enero de 1974.
Sí lo conocía. Se habían visto un par de veces, la primera de ellas en Reikiavik. Un amigo se había ofrecido a llevarla en coche, y Guðmundur estaba en el vehículo. La segunda vez fue en una fiesta. Lo recordaba de aquella noche porque pensó que podría haber estado interesado en ella.
La pregunta de los investigadores no era casual. Un informe policial especificaba que la razón para interrogar a Erla era que los detectives habían oído que el compañero de Erla podría estar involucrado en la desaparición de Guðmundur Einarsson. Kristján Pétursson, un funcionario de aduanas de Keflavík, había declarado que, una semana después de la desaparición de Guðmundur, Sævar le había dicho que tenía información valiosa sobre un crimen de los gordos. Sævar, afirmó Pétursson, se había jactado de que estaba en el ajo de un gran caso, y que Pétursson daría millones de coronas por averiguar lo que Sævar sabía.
A los investigadores les pareció extraño que Erla no hubiera oído hablar de la desaparición de Guðmundur. A Erla, en cambio, no le sorprendió. Si alguien en Islandia podía haberse abstraído a la historia durante los meses invernales, era ella. Bastante esfuerzo le costaba reunir las fuerzas necesarias para salir del apartamento como para, además, interesarse por las noticias locales. Desde la cama observaba cómo su cigarrillo se apagaba en el cenicero, centímetro a centímetro, hasta que solo quedaba un dedito colgante de ceniza. En el piso de arriba podía oír el ir y venir de pasos, y el repiqueteo de las ramas de un árbol contra la ventana.
Cuenta que la presionaron para obtener más información, y que le preguntaron qué había estado haciendo el fin de semana del 26 de enero de 1974. De primeras no fue capaz de dar detalles, pero podía resumir fácilmente aquellos meses. Iba a trabajar, visitaba a su padre en el hospital, se metía en la cama y, luego, volvía a trabajar. Le avergonzaba reconocer que se había sentido sola, pero al final también se lo contó. Le preguntaron por todo: qué había estado comiendo, con quién había hablado por teléfono. Y, por fin, después de horas de interrogatorios, les contó su pesadilla.
La distinción que hace Erla entre una pesadilla y un mal sueño es interesante. Para ella, un mal sueño es cuando te despiertas y te das cuenta de que estabas soñando, pero en una pesadilla te despiertas convencido de que sigue ocurriendo algo terrible.
En la noche de la pesadilla había ido a un club nocturno. No quería ir, pero su amiga había insistido. Después, ambas fueron a una fiesta, y su amiga la llevó de regreso al 11 de Hamarsbraut.
Erla pidió que la dejaran bajarse del coche antes de llegar al piso. Le preocupaba que Sævar se molestara si veía que había salido con gente que él no aprobaba. Pero luego se acordó de que estaba en Dinamarca. Se despidió, y fue a pie hasta su casa.
Era tarde, entre las tres y media y las cuatro de la mañana. Entró en el apartamento. No había nadie en casa. Todo estaba oscuro. Afuera arreciaba una tormenta, y el árbol se sacudía y combaba y arrastraba las ramas contra la ventana. La nieve caía con tanta fuerza que era casi horizontal. El viento hacía crujir las paredes. Se quedó dormida.
En su pesadilla, Erla estaba en la cama, en Hamarsbraut. Todavía tendida, oyó un ruido que provenía del otro lado de la ventana, a dos metros de donde dormía. Se quedó quieta y escuchó. Podía oír susurros. Miró hacia la ventana. Unas siluetas se recortaban contra las persianas. Junto a su habitación, y había gente hablando entre susurros.
Sabía quiénes eran. Sævar y dos de sus amigos, gente violenta. Habían pasado por la casa en otra ocasión, algunas semanas antes de la pesadilla, y Sævar le había advertido de que eran peligrosos. Intentó escuchar con atención.
Por culpa del viento, le llevó algún tiempo comprender lo que estaban susurrando. Y entonces se dio cuenta de lo que era. «¿Está despierta?». Y otra vez: «¿Está despierta?».
Erla se despertó. Aquella había sido una pesadilla profundamente inquietante. Y entonces hizo algo que nunca había hecho antes. Se bajó los pantalones del pijama y defecó en la cama. Luego volvió a dormirse.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, la vergüenza era insoportable. Fue como la culminación de la depresión que arrastraba desde hacía meses. Quitó las sábanas de la cama, las envolvió cuidadosamente y las sacó a la basura.
En la sala de interrogatorios, Erla se sintió demasiado avergonzada como para hablarle a la policía de su episodio de incontinencia. Pero sí les contó el resto de la historia, incluido el detalle de que, a la mañana siguiente, salió a tirar la basura y encontró una sábana dentro del cubo.
Erla recuerda que a los investigadores les interesó mucho su pesadilla. Según ella, Örn Höskuldsson, el investigador jefe, se inclinó sobre el escritorio para acercar su cara a la de ella, y le dijo: «Aquella noche pasó algo muy malo, y quiero que vuelvas a tu celda para pensar en ello».
Tras el interrogatorio, Erla fue devuelta a su celda. Pensó en lo apática que se había sentido durante ese invierno en el apartamento de Hamarsbraut, y la semilla de la duda comenzó a echar raíces. ¿Y si se estaba ocultando algo a sí misma? Tal vez había presenciado algo horrible. Aquella noche se acostó en su celda verde e intentó recordar lo que había pasado el fin de semana.
Un recuerdo se abrió paso en su mente. El domingo, al día siguiente de la pesadilla, su hermana Helga había pasado a visitarla. Era la misma mañana que había metido la sábana sucia en el cubo de la basura, y la inesperada aparición de su hermana la había hecho sentir incómoda. Helga le preguntó a Erla sobre Sævar, y ella le respondió que estaba en Dinamarca.
«Anda, ¿en serio?», le dijo Helga. «¿Cómo va a estar en Dinamarca si acabo de verlo en el centro?». Hubo una pausa. Erla le dijo a Helga que se equivocaba. «No», dijo Helga, «llevaba una chaqueta de cuero y un maletín. Lo vi en la parada del autobús hablando con otro hombre».
Erla pudo ver que su hermana no le estaba mintiendo.
Esa misma noche, Sævar se presentó en el piso de Hamarsbraut. Dijo que acababa de llegar del aeropuerto. Cuando Erla le preguntó cómo podía estar en Dinamarca y en el centro de Reikiavik al mismo tiempo, él se rio, como hacía siempre que le pillaban en falso. Le explicó que había estado ocupándose de unos asuntos en el centro de la ciudad, y que no había querido hablarle de ellos.
Sola, en su celda de la prisión de Síðumúli, Erla comenzó a preguntarse si quizá la estaban interrogando precisamente sobre lo que él había intentado ocultarle.
Sævar no era un hombre violento, pero algunos de sus amigos podían serlo. Uno de los personajes de la pesadilla de Erla era Kristján Viðar Viðarsson. La de Kristján había sido una infancia complicada. Su padre murió frente a las costas de Terranova en el accidente de un pesquero, cuando Kristján tenía cuatro años, y a los once ya esnifaba aguarrás habitualmente para inducirse alucinaciones. Le expulsaron de la escuela por discutir con los profesores.
Así como Sævar era un tipo menudo, tres centímetros más bajito que Erla, Kristján era fornido y corpulento, de piel pálida, mejillas rollizas y una mata crespa de pelo castaño. Cuando otros niños intentaban abusar de Sævar en la escuela, Kristján intervenía. A veces se juntaban para beber alcohol e inhalar vapores de gasolina. Para Sævar, el límite estaba en esnifar disolvente y pegamento; Kristján no hacía ese distingo.
Físicamente eran la típica pareja de chiquitín y grandullón, al estilo de Astérix y Obélix o, más exactamente, de George y Lennie, los de De ratones y hombres. Sævar era el más cerebral de los dos, el que ideaba los planes, y Kristján era su entusiasta compinche, sobre el que su menudo e inteligente amigo podía influir con facilidad.
Un día después de que se la interrogase por primera vez sobre Guðmundur, Erla cuenta que los investigadores se concentraron en su pesadilla. Trataban de determinar si el fin de semana que Sævar había invitado a Kristján y otro amigo al piso de Hamarsbraut y le había advertido a Erla de lo peligrosos que eran había sido, en realidad, la noche del 26 de enero de 1974.
Erla recuerda el interrogatorio como una serie de «posibles». Era posible que hubiese sido el mismo fin de semana. Era posible que hubiera habido gente en el apartamento la noche de su pesadilla. Era posible que hubiera reprimido algo de lo que había presenciado.
El 20 de diciembre de 1975, tras una semana detenida, declaró como testigo implicando a Sævar y Kristján en la desaparición de Guðmundur.
No había luces encendidas. Dentro del piso, la puerta del trastero estaba abierta. Pensé que la había cerrado antes de irme por la mañana. Parecía que alguien había estado en el apartamento. Además, el azúcar que había dejado en mi habitación se había derramado por el suelo.
Estaba cansada, y me fui directa a la cama con la ropa puesta. Cuando me acosté me di cuenta de que faltaba la sábana, y me pareció extraño. Me quedé dormida, pero me volví a despertar porque me pareció oír un ruido frente a la ventana. Luego volví a dormirme.
Entonces oí a alguien dentro de casa. Por el sonido pensé que había más de una persona y que cargaban con algo pesado. Me levanté de la cama y vi que la puerta [del dormitorio] estaba ahora entreabierta; yo la había cerrado al entrar.
No encendí la luz ni hice ningún ruido. Me quedé a un lado de la puerta para poder ver el pasillo. Oí que alguien hablaba, no sé si en el cuarto de la lavadora o en el trastero. Estaba segura de que había más de una persona porque podía oírlas hablar. Reconocí dos voces: la de Sævar y la de su amigo Kristján.
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