Читать книгу: «Fisiognomía. Fisiólogo.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 270

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traduccions de este volumen han sido revisada por Óscar Martínez García (Fisiognomía ) y Teresa Martínez Manzano (Fisiólogo ).
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1999.
www.editorialgredos.com
Las introduccions, traducciones y notas han sido llevadas a cabo por: Teresa Martínez Manzao (Fisiognomía ) y Carmen Calvo Delcán (fisiólogo ).
REF. GEBO357
ISBN 9788424932862.
PSEUDO ARISTÓTELES
FISIOGNOMÍA
INTRODUCCIÓN
La fisiognomía en el mundo antiguo
La fisiognomía es el arte que permite conocer el carácter o la condición psicológica de una persona a partir de sus rasgos físicos. Marcada en la Antigüedad clásica por una ambigüedad teórica que la llevó a discurrir por caminos próximos tanto a la medicina como a la mántica, la fisiognomía trató de contrarrestar el fuerte componente pseudo-científico que la caracterizaba y que hundía sus raíces en creencias y supersticiones populares. Para ello procuró alcanzar un rigor cientifico y un método racional que tuviesen su base en postulados precisos, como la correspondencia unívoca entre un signo visible y una afección interna o la relación de interdependencia entre los rasgos físicos y los psíquicos, al tiempo que excluía de sus argumentaciones la intervención de causas sobrenaturales. Esta aspiración se hace patente en los tratados fisiognómicos de la cultura grecolatina que conocemos, y muy especialmente en la Fisiognomía de pseu-do-Aristóteles, el primer tratado íntegramente conservado sobre esta materia en su lengua original 1 .
Por lo que atañe al nacimiento de la ciencia fisiognómica en Grecia, parece claro que ya en época arcaica existía en el pensamiento griego una cierta «conciencia fisiognómica», aunque quizás en sus albores fuese solamente intuitiva. Según esta clave interpretativa pueden leerse algunos versos de Homero, como los de Ilíada XIII 276-286, en donde se asegura que el semblante del cobarde cambia de color repentinamente, mientras el del valiente permanece inalterable 2 .
En el tratado Sobre el hado V 10, Cicerón cuenta que en Atenas existió en época de Sócrates un fisiognomista llamado Zópiro que aseguraba poder conocer la condición moral y más íntima de las personas a través del examen de su aspecto extemo, y muy en especial de los ojos, el rostro y la frente 3 , y que tras observar el hundimiento de las clavículas de Sócrates había juzgado al filósofo como estúpido, torpe y aficionado a las mujeres. En Tusculanas IV 37, 80, Cicerón añade que Zópiro había sido objeto de burla por atribuir a Sócrates numerosos vicios, si bien éste había defendido al fisiognomista admitiendo que tenía efectivamente todos esos vicios, pero que había logrado vencerlos por medio de la razón. La anécdota 4 puede ponerse en relación con la noticia que Diógenes Laercio (II 45) pone en boca de Aristóteles según la cual un mago llegado a Atenas procedente de Siria habría reconocido en Sócrates multitud de vicios y le habría predicho una muerte violenta.
Suponiendo que el mago al que alude Diógenes Laercio pueda ser identificado con Zópiro, pueden extraerse a partir de este testimonio dos interesantes conclusiones sobre los orígenes de la fisiognomía: el papel desempeñado por Oriente en la introducción de esta disciplina en Grecia y su estrecha afinidad con la mántica 5 . Sin embargo, debe hacerse hincapié en el hecho de que en Grecia, a diferencia del Oriente, la fisiognomía se mantuvo alejada durante largo tiempo de toda forma de predicción y de adivinación, por cuanto que los rasgos seleccionados no ofrecían indicaciones sobre el destino de una persona, sino sobre una realidad actual y presente, y el experto no recibía ni tampoco interpretaba las indicaciones de un dios, sino que él mismo seleccionaba en las personas objeto de su estudio los ‘rasgos’ que le permitirían deducir el carácter de aquéllas 6 .
La fisiognomía se sirve de los datos provenientes de la observación: se funda por lo tanto en un proceso de inferencia semiótica, que fue el principal instrumento heurístico de las téchnai del s. v , desde la medicina a la historiografía 7 . La condición de téchnē de la fisiognomía y la existencia de personas que se dedicaban profesionalmente a ese arte en época clásica puede inferirse del pasaje del Sobre la generación de los animales 769b 18 sigs. de Aristóteles, en donde leemos que «un físiognomista reducía todos los tipos de expresiones a los de dos o tres animales logrando a menudo convencer a su público de la verdad de sus afirmaciones». Por otra parte, Diógenes Laercio (VI 16) nos informa de que el filósofo Antístenes (ss. v-iv a. C.), el fundador de la escuela cínica, escribió un tratado sobre los sofistas desde una perspectiva fisiognómica (Perí tôn sophistôn physiognōmikós). Y posteriormente, un epigrama de la Antología Palatina (VII 661) atribuido a Leónidas de Tarento o a Teócrito y dedicado a un cierto Éustenes, «fisiognomista capaz de comprender el pensamiento a través de la mirada», confirma que alrededor de un siglo después de Aristóteles existían verdaderos profesionales de este saber 8 .
Las fuentes discrepan a la hora de asignar a la fisiognomía un inventor o prôtos heuretḗs en Grecia: el neoplatónico del s. iii d. C. Porfirio considera que Pitágoras fue el primero en practicar la fisiognomía 9 , un arte que, junto con la onirocrítica, habría aprendido de árabes, caldeos y hebreos (nuevamente se asocia aquí el nacimiento de la fisiognomía en Grecia con Oriente); y que antes de acoger a alguien como amigo o discípulo lo sometía a un examen fisiognómico con el fin de conocer su verdadera naturaleza 10 . En cambio, Galeno, el ilustre médico del s. ii d. C., defendió en su obra De que las costumbres del espíritu están en consonancia con los temperamentos del cuerpo (4 y 7) que el fundador de la fisiognomía fue Hipócrates y definió esta disciplina como una theōría cuyas conclusiones suponían una ayuda indispensable para la medicina 11 .
Precisamente es en la literatura médica donde se hallan algunos de los presupuestos teóricos más relevantes de la ciencia fisiognómica, y más concretamente en ciertos pasajes de los tratados hipocráticos, como en Epidemias II 5, 1 y II 6, 1, en donde por vez primera se encuentra explícita la relación entre el aspecto físico, el estado de salud y el carácter de un individuo 12 ; en Aires, aguas y lugares 24, en donde aparece expuesta la influencia del clima sobre el aspecto físico y el carácter 13 ; o en Sobre la dieta I 28; I 35, en donde se prescinde de la teoría de los humores y se asegura que los seres vivos están constituidos de fuego y agua y que la prevalencia de uno de estos dos elementos explica no sólo las diferencias entre los sexos, sino también el diferente grado de inteligencia entre los individuos 14 . En este intento de dar una explicación científica de la inteligencia humana se inscriben también numerosos pasajes de la Fisiognomía pseudo-aristotélica.
No obstante, otros estudiosos han subrayado igualmente la importancia de la conciencia retórica para la construcción de la disciplina fisiognómica aduciendo, entre otros argumentos, el hecho de que el razonamiento fisiognómico puede ser descrito como un entimema o un silogismo retórico, la elaboración de los ejemplos de la fisiognomía de acuerdo con los tópoi retóricos tradicionales y la influencia de la oratoria de encomio y vituperio en la elección del método fisiognómico 15 .
La fisiognomía en la obra de Aristóteles
En las Vidas de filósofos célebres V 12 Diógenes Laercio consigna entre las obras de Aristóteles un Physiognómonikón en un volumen, y a lo mismo aluden Pólux en su Onomasticon II 135 y el autor anónimo del De Physiognomonia liber, el único tratado latino conservado íntegramente sobre fisiognomía. Dado que el texto griego que manejó este anónimo latino como modelo era al parecer mucho más amplio que el que conservamos nosotros, es de suponer que en época antigua circularon bajo el nombre de Aristóteles diversos escritos fisiognómicos, parte de los cuales se han perdido.
El manual de Fisiognomía que nos ocupa se ha transmitido bajo la autoría de Aristóteles, y aunque la crítica moderna manifestó tempranamente sus dudas sobre la paternidad de la obra, no ha dudado nunca en asignar su génesis al ámbito peripatético. En efecto, en la composición de nuestra Fisiognomía parecen confluir los resultados de las investigaciones aristotélicas llevadas a cabo en el terreno de la ética y la biología, ya que sus principales líneas de pensamiento —la relación entre los fenómenos físicos y anímicos, el uso de la analogía hombre-animal, la teoría de la excelencia del término medio y la oposición metodológica entre lo masculino y lo femenino— encuentran su justificación en la obra de Aristóteles 16 . Un rápido repaso a los loci physiognomonici de los escritos aristotélicos permite confirmar esta teoría.
Es en los Analíticos primeros II 70b y sigs. donde Aristóteles ofrece la justificación teórica de la disciplina fisiognómica, posiblemente en un intento de conferir a esta materia, considerada quizás por algunos como próxima a la mántica, cierta dignidad científica 17 . Para ello exige tres presupuestos con vistas a la práctica de esta téchnē: que todas las afecciones naturales —por ejemplo, los impulsos y deseos— transformen simultáneamente el cuerpo y el alma, que la afección tenga un único signo, y que cada género tenga una afección y un signo específico. De acuerdo con estas tres premisas, Aristóteles cree posible establecer que, si en el león las extremidades largas son señal de valentía, mediante una deducción silogística que conlleva una extensión analógica es lícito concluir que aquella persona que posea extremidades largas será valiente.
En sus tratados biológicos Aristóteles vuelve a hacer referencia a los presupuestos de la teoría fisiognómica. En Historia de los animales I 488b 12 afirma que existen diferencias sustanciales entre los animales en lo que atañe a su carácter, y más adelante (VIII 588a y sigs.; IX 608b 14) abunda en esta idea precisando que los animales presentan rasgos de temperamento que en el hombre resultan más matizados al ser la índole humana más compleja. De este modo se justifica esa continua asimilación entre el hombre y el animal que tanto protagonismo alcanza en los tratados fisiognómicos. En la misma Historia de los animales Aristóteles acepta sin discusión la idea de que los rasgos físicos puedan aportar indicaciones sobre los psíquicos y así (I 491b 12 y sigs.; 492a 32; 497a 7), al clasificar las partes del cuerpo humano y mencionar la frente, las cejas, la zona nasal, los ojos y las orejas, se refiere al modo en que pueden interpretarse los rasgos faciales.
Otro argumento recurrente en los tratados fisiognómicos es la idea de la mesótēs o bondad del término medio, que fue teorizada por Aristóteles en la conocida afirmación de la virtud como término medio que se lee en la Ética a Nicómaco 1107a8 y que se convirtió en uno de los fundamentos del pensamiento ético, político y científico griego 18 . En la Historia de los animales esta teoría se transfiere a un plano físico haciendo que la justa proporción en el tamaño de un órgano sea no sólo la mejor desde un punto de vista físico, sino también garantía de un temperamento óptimo 19 . En el libro IV de esta misma obra (538b2; 608a21 y sigs.) Aristóteles defiende finalmente la superioridad del macho sobre la hembra, tanto en el reino animal en general como en la especie humana.
Únicamente en dos aspectos se distancia nuestro tratado de Aristóteles: ni se analizan con detalle las manos, en las cuales Aristóteles veía la posibilidad de leer el futuro 20 , ni hay referencias específicas a los dientes, que, también según Aristóteles (fragm. 286 Rose), en un número superior a treinta y dos son signo de longevidad 21 .
La «Fisiognomía» pseudo-aristotélica
La Fisiognomía de pseudo-Aristóteles es el más antiguo de los escritos conservados sobre esta materia y a la vez el de mayor calado teórico. Su objetivo es fundamentar racionalmente una ciencia de naturaleza empírica y sustraerla en la medida de lo posible al ámbito de la mántica y la adivinación, El texto tal como se nos ha transmitido se articula en seis capítulos, aunque esa disposición encubre seguramente la yuxtaposición de dos obras —la primera formada por los capítulos I-III, y la segunda por los capítulos IV-VI— próximas en el plano del contenido, pero distanciadas desde el punto de vista lingüístico y en parte conceptual. Cada una de las dos partes es autónoma —la segunda no presupone necesariamente la primera, y aunque en ocasiones repite afirmaciones de aquélla, en otras las contradice— y cada una se inicia con sendos preámbulos teóricos. Las dos partes parecen, pues, de autores diferentes —el primero sería el más cercano a Aristóteles, quizás un alumno suyo— y redactadas con una finalidad también distinta —la primera presenta una mayor sistematización teórica y la segunda persigue un objetivo más práctico y una finalidad casi manualística—, pero ambas tienen sin duda su origen en ambientes próximos al perípato 22 .
En el primer capítulo se exponen los tres métodos utilizados comúnmente por los fisiognomistas anteriores, el zoológico, el etnológico y el etológico 23 . El primero parte de la premisa de que cada especie animal tiene un aspecto y un carácter concretos, de modo que, por extensión analógica, la persona que se asemeja físicamente a un animal será también semejante a él en el plano anímico; el segundo método sustituye los animales por los pueblos o razas como término de comparación; y el tercero deduce los rasgos del carácter a partir de la expresión puntual de las emociones correspondientes. A continuación se exponen críticas contra los tres métodos por el modo en que derivan los rasgos que utilizan y se propone como alternativa un método zoológico basado, no en animales particulares, sino en un conjunto de animales con una cualidad común a ellos y no a otros.
En el cap. II se define la fisiognomía y se delimita su campo de acción: ésta se ocupa de las características del temperamento, sean éstas naturales o adquiridas, en tanto en cuanto comporten una modificación de los rasgos físicos distintivos de la persona. Seguidamente se enumeran los factores de los que se deducen esos rasgos, los cuales aparecen clasificados según una división dicotómica: lo blando frente a lo duro, lo lento frente a lo rápido, etc. En cada pareja de adjetivos contrapuestos hay siempre un término positivo, asociado por lo general a las ideas de valor y masculinidad, y otro negativo, relacionado con las de cobardía y feminidad.
Sigue en el cap. III un extenso catálogo de tipos morales: al principio se procede mediante parejas contrapuestas —el valiente frente al cobarde, el inteligente frente al estúpido, etc.—, pero después los diversos tipos se van sucediendo sin un verdadero criterio organizativo, al tiempo que la descripción de los rasgos se reduce considerablemente y las personas acaban por ser caracterizadas no ya mediante una cualidad moral, sino por peculiaridades del todo particulares, como poseer buena memoria o ser aficionado al juego. Y tampoco se aduce como término de comparación un modelo más o menos universal, sino que para este fin se mencionan ejemplos puntuales o personas concretas, como un desconocido Dionisio, que viene evocado como representante de ciertos defectos.
Con el cap. IV se inicia otro tratado de fisiognomía que tanto desde el punto de vista lingüístico como de contenido presenta referencias más o menos explícitas a un cierto tipo de saber médico. Efectivamente, esta parte utiliza un léxico específico de la ciencia médica —aparecen en ella los vocablos manía, kátharsis, therapeía, díaita, típicos del tratado hipocrático Sobre la dieta I 35; o expresiones próximas al léxico hipocrático, como diērthrōmḗnoi kaì neurṓdeis — y muestra, en cambio, un menor grado de especialización en lo que atañe a los términos del ámbito filosófico. Contiene además claras referencias a teorías de la medicina hipocrática, como la influencia del frío y el calor en las alteraciones físicas y psíquicas o la de la estatura en la velocidad con que los impulsos alcanzan la sede del entendimiento; y menciona un ejemplo médico como prueba de la dependencia recíproca entre cuerpo y alma: cuando el médico se dispone a curar una enfermedad psíquica como es la locura hace uso de dietas y purgantes que también dejan su huella en el físico de la persona. Como novedades respecto de la primera parte, el autor introduce la necesidad de una cierta familiaridad con el objeto de examen fisiognómico y la importancia de una visión global de éste con todas sus peculiaridades a la que se denomina epiprépeia.
Partiendo de estas premisas, en el cap. V se realizan distinciones dentro del género animal, contraponiendo lo masculino, como portador de todos los valores positivos en lo físico y lo psíquico, a lo femenino, de connotaciones siempre negativas. Esta dicotomía se fundamenta, por una parte, en la experiencia práctica de pastores y cazadores y, por otra, en la mayor humedad de la came de las hembras 24 .
Finalmente, en el cap. VI se establece la elección de los signos que interesan al físiognomista y que son extraídos de las diversas partes del cuerpo, desde los pies a la cabeza 25 . Tras el examen de las partes singulares del cuerpo se añade, siempre según el método basado en la analogía hombre-animal, el análisis de algunas características más genéricas, como son el color de la piel, el vello, la forma de caminar, la voz o la estatura.
Pero pese a las diferencias que se han hecho notar entre las dos partes del tratado, existen también algunos elementos comunes a ambas en el plano ideológico, concretamente la oposición masculino-femenino como reflejo del contraste entre las características positivas y las negativas y la confrontación física y moral entre griegos y bárbaros con el fin último de destacar a aquéllos como portadores de todas las virtudes y muy en especial de la mesótēs.
Otros escritos de fisiognomía
Además de la Fisiognomía pseudo-aristotélica, existieron en la Antigüedad clásica otros intentos de sistematizar los argumentos fisiognómicos, en concreto los de Loxo, Polemón y el autor anónimo del De physiognomonia liber.
De Loxo no se ha conservado ningún texto, tan sólo noticias esporádicas que transmite el anónimo latino. Gracias a ellas sabemos que era médico, que escribía en griego, que consideraba la sangre como la sede del alma y que defendía en consecuencia que los rasgos físicos distintivos del cuerpo o de sus partes debían ponerse en relación con la mayor o menor fluidez de la sangre. La escasez de datos sobre su vida y su obra hace difícil la ubicación cronológica de este autor, sobre la que no existe total acuerdo entre los investigadores. G. Misener lo sitúa en tomo al año 400, entre Empédocles y Aristóteles, porque asocia sus teorías con las primeras ideas empedocleas y de la escuela siciliana de medicina sobre la sangre como asiento del alma 26 . En cambio, R. Foerster y E. C. Evans lo colocan en el s. iii a. C. 27 , y esta última estudiosa precisa que hacia finales de ese siglo, a la luz de ciertas consonancias que Loxo parece mostrar con el estoicismo y en particular con el alumno de Crisipo Diogenes de Babilonia (240-152 a. C.), quien al parecer aseguraba que el alma tiene su sede en el pecho y se nutre de los vapores de la sangre. A favor de una datación tardía cuenta el hecho de que la Fisiognomía pseudo-aristotélica no menciona en ningún momento a Loxo ni sus teorías, si bien también hay que advertir que el anónimo latino al citar sus fuentes menciona siempre a Loxo antes de Aristóteles.
Sobre Polemón 28 contamos con noticias más seguras, aunque tampoco se conserva su tratado en la versión original griega 29 , sino únicamente una traducción árabe muy tardía 30 y un epitome griego elaborado por Adamantio de Alejandría en el s. iv d. C. 31 . A estas versiones se añade la abundante información que sobre este fisiognomista ofrece el anónimo latino, que considera el manual de Polemón como su fuente primaria.
Polemón era natural de la localidad minorasiática de Laodicea y vivió entre los años 88 y 145 d. C. De joven se trasladó a Esmima para estudiar retórica en la escuela de Dión Crisóstomo 32 . Gozó de la amistad y el favor del emperador Adriano y fue acérrimo enemigo de Favorino de Arélate, el cual ejerció la política y la retórica en Éfeso y pretendía convertir a esta ciudad en el centro cultural de la costa de Asia Menor en detrimento de Esmima 33 . Su tratado de fisiognomía fue compuesto en tomo al 135 d. C., pero pese a la distancia cronológica que le separa del de pseudo-Aristóteles, comparte con éste bastantes criterios metodológicos, como el paralelismo entre el hombre y el animal o la importancia que concede a los signos derivados de las diversas partes del cuerpo, y en particular de los ojos. No obstante, no faltan tampoco divergencias con la Fisiognomía pseudo-aristotélica, entre ellas el recurso a ejemplos tomados de personajes tanto del pasado (Sócrates, Alejandro Magno) como contemporáneos del autor y el empleo de premisas fisiognómicas con el fin de realizar invectivas o encomios —Favorino fue objeto de las primeras y Adriano de los segundos—, como no podía ser menos viniendo de un rétor.
Por último, el De physiognomonia líber, atribuido durante largo tiempo a Apuleyo, es obra de un autor anónimo latino seguramente del s. iv d. C. 34 . Éste confiesa al comienzo del tratado su deuda con respecto a las teorías fisiognómicas de Loxo, Aristóteles (entiéndase pseudo-Aristóteles) y Polemón, aunque convierte a este último en su fuente principal. El hecho de que en esta obra se citen como aristotélicos numerosos pasajes que no se han conservado en nuestro tratado ha hecho sospechar que su autor leyó una versión de aquel texto más amplia de la que nos ha llegado a nosotros.
Influencia de la fisiognomía en diversas disciplinas
Diversos estudios modernos han demostrado que la importancia de la fisiognomía, desde un punto de vista ideológico y práctico, en la vida social del mundo antiguo, en su literatura y en su arte era bastante mayor de lo que los tratados que se han conservado pueden sugerir. Tal es así que, dentro del campo específico de la literatura, ciertos pasajes de un buen número de escritores clásicos tardíos, principalmente del s. ii d. C., no pueden explicarse sin tener en cuenta la influencia de las teorías físiognómicas 35 . Elisabeth C. Evans ha defendido en sus numerosas aproximaciones a los testimonios fisiognómicos del mundo antiguo un influjo directo de los tratados de fisiognomía en la biografía, en la historiografía y en otros géneros literarios, y cita concretamente las obras de Máximo de Tiro, Luciano, Pólux, Frínico, Marco Aurelio, Plutarco, Clemente de Alejandría y Apuleyo como ejemplos de dicho influjo. Precisamente la descripción que este último hace en El asno de oro 2, 2 del personaje Lucio se presta perfectamente, según algunos estudiosos, a un análisis fisiognómico 36 .
Las posiciones están especialmente encontradas en lo que respecta al género histórico-biográfico. Pese a que Johanna Schmidt 37 rechazó categóricamente una influencia directa de los tratados fisiognómicos de pseudo-Aristóteles y Polemón en la obra historiográfica de autores como Plutarco y Suetonio —sin negar con ello la posibilidad de que estos autores utilizasen juicios y prejuicios de orden fisiognómico en sus descripciones—, actualmente va ganando fuerza la hipótesis de que los historiadores clásicos de época tardía emplearon ciertos conocimientos de fisiognomía. Así J. Couissin ha logrado probar convincentemente la utilización de los manuales fisiognómicos por parte de Suetonio —el primer historiador que introdujo en la biografía el retrato físico acompañado de un estudio moral—, dando un sentido claro a una serie de pasajes textuales bajo este punto de vista y demostrando que en las Vidas de los Césares la descripción física se convierte en instrumento de la investigación psicológica 38 . Y según esta misma clave interpretativa han sido analizados algunos pasajes de la obra histórica de Tácito 39 así como las descripciones físicas en las Efemérides de la guerra troyana de Dares Frigio 40 .
Y ya en el s. iv puede destacarse la descripción del emperador Juliano hecha por Gregorio de Nacianzo (Or. V, Contra Juliano II), una invectiva susceptible de ser sometida a una interpretación fisiognómica 41 .
No obstante, la influencia de la fisiognomía no se limita a determinados géneros literarios, sino que deja su impronta en otros ámbitos de la civilización grecolatina, tanto en las artes como en las ciencias. Anteriormente se ha insistido en el hecho de que la Fisiognomía pseudo-aristotélica se aparta de toda forma de predicción evitando ofrecer indicaciones sobre el destino de una persona. Sin embargo, no cabe duda de que esta disciplina experimentó con el paso del tiempo un acercamiento hacia la mántica, ya que tanto Loxo y Polemón como el autor del Anónimo latino reservan un importante papel a las funciones adivinatorias y proféticas de este arte. La existencia en Roma de metoposcopi, personas que observando la frente o el rostro de una persona extraían de él signos con que predecir su futuro, está atestiguada por diversos autores 42 , y una expresión utilizada en una comedia de Plauto —quae supercillio spicit, «la que lee el futuro en las cejas»— autoriza a remontar su aparición a la Roma de finales del s. iii a. C. 43 . Por otra parte, gracias al testimonio de Clemente de Alejandría, Strómata 121, 135 sabemos que en el s. ii d. C. circulaban dos clases de fisiognomistas proféticos, los metoposcopi y los médicos.
En el ámbito artístico las teorías fisiognómicas fueron especialmente relevantes para el desarrollo del retrato. Un pasaje de los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte (III 10, 3-8) presenta a Sócrates conversando con el pintor Parrasio y el escultor Clitón: afirma el filósofo que la expresión del rostro cambia en relación con el estado de ánimo y que cualidades morales como la magnanimidad, la mezquindad o la arrogancia se hacen patentes en la expresión de la cara, de modo que al pintor o al escultor les es posible reproducir en sus modelos esas disposiciones anímicas y esas cualidades que se reflejan en el rostro y en el cuerpo y que hacen visible el alma.
Con el nacimiento del llamado retrato «fisiognómico» en el s. iv a. C. se añade a la representación de los rasgos somáticos la búsqueda de la expresión psicológica y la valoración de los rasgos individuales 44 . El primer retrato verdadero en este sentido parece ser la estatua de Platón realizada por Silanión a mediados del s. iv a. C. 45 . Con el tiempo, la caracterización psicológica por medio de los rasgos físicos desemboca en el «retrato de reconstrucción», aquel que reconstruye el aspecto de una persona desconocida basándose en las características psicológicas de su personalidad: piénsese en las estatuas de bronce de Esquilo, Sófocles y Eurípides que fueron ejecutadas por orden de Licurgo y colocadas en el teatro de Dionisos en el año 340 a. C., mucho después de la muerte de los tres trágicos.
Sabemos por Plutarco que Alejandro Magno sólo se dejaba retratar por el escultor Lisipo, porque éste era el único que sabía reflejar con precisión en el bronce su aspecto viril y «leonino», reflejo de su andreía y areté, representando a la perfección la manera que tenía Alejandro de doblar el cuello, ligeramente inclinado a la izquierda, y sus ojos húmedos 46 . La aplicación de los principios fisiognómicos a los retratos de Alejandro ha sido analizada por B. Kiilerich 47 , quien tras examinar los rasgos iconográficos más sobresalientes de la cabeza del monarca helenístico —la anastole, la frente prominente, las cejas pobladas, los ojos húmedos— concluye que éstos pueden interpretarse con la ayuda de la Fisiognomía pseudo-aristotélica como signos de coraje y valentía, que son los rasgos característicos del individuo «leonino», y propone que fue seguramente Aristóteles quien aconsejó al escultor de la corte sobre el modo de crear una imagen que conviniese al soberano y lo representase como el hombre más poderoso.
Otra actividad en la que la fisiognomía parece haber dejado visible huella es la de las representaciones teatrales. Recientes descubrimientos arqueológicos en Lipari han arrojado luz sobre el debatido problema de la caracterización de los personajes en la Comedia Nueva, ya que han salido a la luz gran cantidad de pequeñas terracotas teatrales de los ss. iv-iii a. C. destinadas al uso funerario, muchas de las cuales reproducen máscaras referidas con bastante certeza al teatro de Menandro y confirman así, por otra parte, el repertorio de máscaras de la Comedia Nueva que transmite Pólux en el s. u d. C. 48 . Este material de extraordinaria importancia, que ha sido publicado por L. Bemabó 49 , pone de manifiesto la atención a las particularidades físicas con el fin de conseguir una mayor verosimilitud.
La casi total ausencia en el teatro de Menandro de descripciones físicas que sirvan para caracterizar al personaje ha hecho pensar a Giampiera Raina que la Fisiognomía pseudo-aristotélica no sólo debió ejercer una influencia notable en la sistematización tipológica de estas máscaras, dotadas de una fuerte connotación psicológica, sino que también pudo ofrecer valiosas sugerencias sobre el modo de actuar y gesticular de los actores, las cuales formarían parte de las convenciones no codificadas que regulaban la puesta en escena 50 . Efectivamente, en nuestro tratado aparecen algunas indicaciones sobre la voz y el modo de caminar o de moverse que quizás fueran de utilidad para un actor 51 . Sin embargo, otros estudiosos han creído ver concretamente en las indicaciones sobre los diferentes timbres de voz una posible influencia de las explicaciones fisiognómicas en la retórica y particularmente en el desarrollo de las ideas sobre la declamación 52 , si bien los indicios en este sentido son menos claros.
Un último aspecto debe ser tenido en cuenta en lo que atañe a la aplicación práctica de la fisiognomía en el mundo antiguo: en algunos papiros egipcios de finales del s. ii a. C. que contienen documentos privados de compraventa se ofrece una descripción fisiognómica particularizada del vendedor o del comprador con vistas a la identificación de los individuos en caso de que se vean implicados en procesos jurídicos 53 . Por otra parte, el retrato «iconístico» 54 era también el método oficial egipcio que servía tanto de ayuda a los recaudadores de impuestos para identificar a los contribuyentes como en proclamas para la captura de esclavos prófugos y para el ingreso en el ejército.
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1 El término griego physiognōmia procede de la contracción tardía del vocablo physiognōmonia. que aparece por primera vez en Hipócrates , Epidemias II 5, 1. El participio physiṓgnōm está atestiguado ya en Aristóteles, Sobre la generación de los animales IV 769b, 20. En el s. i d. C. Filón de Alejandría, Sobre los sueños I 164 hace un uso especial de la palabra physiognōmoneîn, que en ese pasaje significa «juzgar según la naturaleza de las cosas», expresión que alude al método alegórico de interpretación de las Sagradas Escrituras en contraposición al método literal. La edición canónica de la Fisiognomía es la de R. Foerster, Scriptores physiognomonici graeci et latini, 2 vols., Leipzig, 1893, precedida de una extensa introducción en donde el autor aborda la historia textual y reúne las conclusiones expuestas por él mismo en trabajos anteriores, como R. Foerster, Die Physiognomik der Griechen, Kiel, 1884. A esa edición han seguido la de W. S. Hett , Aristotle. Minor Works. Londres, 1936 (reimpr. 1955, 1980), con traducción inglesa, y la de A. Degkwitz, Physiognomonici. Die pseudoaristotelischen Physiognomonica (Ausgabe, Übersetzung und Kommentar), tesis doct., Freiburg im Breisgau, 1988, con traducción alemana. Posteriormente G. Raina, Pseudo Aristotele, Fisiognomica. Anónimo latino, Il trattato di fisiognomica, Milán, 1993, ha reproducido el texto griego de Hett acompañándolo de una traducción italiana y de una detallada introducción.
2 Éste y muchos otros pasajes de la épica han sido exhaustivamente recogidos por E. C. Evans, «Literary Portraiture in Ancient Epic», Harvard Studies in Classical Philology 58-59 (1948), 189-217 y Physiognomies in the Ancient World (Transactions of the American Philosophical Society 59, 5), Filadelfia, 1969, págs. 58-67. Una visión de conjunto de la fisiognomía desde sus antecedentes épicos hasta la época tardía se encuentra en J. Caro Baroja, Historia de la Fisiognómica. El rostro y el carácter, Madrid. 1988, págs. 25-49.
3 También Orígenes, Contra Celso I 33 recuerda el nombre de Zópiro junto con el de los fisiognomistas Loxo y Polemón.
4 Que aparece asimismo en un escolio a la Sátira IV 24 de Persio y en Alejandro de Airodisias , Sobre el hado 6.
5 R. Megow, «Antike Physiognomielehre», Das Altertum 9 (1963), 213-221, en esp. 220-221 cree que, puesto que Zópiro no era un médico —ya que se denomina a sí mismo «fisiognomista»— y con frecuencia se mudaba de un sitio a otro —como sabemos por el testimonio de Pseudo-Plutarco, Perí askḗseōs, en la versión siríaca (fol. 179) traducida en Rhein. Museum 27 (1872), pág. 527—, no se le puede adscribir a círculos distinguidos sino a un ambiente de cierta marginalidad. Según este estudioso, el arte de Zópiro no procedería de la medicina ni de ninguna otra ciencia, sino que estaría basado en una tradición fisiognómica popular en la que después se fundaría la fisiognomía médica.
6 Bien es verdad que el término que designa el ‘rasgo’, sēmeîon, denota cierta ambigüedad, ya que está relacionado con sēmaínein, que es el verbo con el que comúnmente la divinidad se comunica con el hombre: cf. Heráclito, B 93 D.-K.
7 Cf. Anaxágoras, B 21 D.-K.; Hipócrates, Pronóstico 24-25; Tucídidhs, I 20-21. La importancia del método semiótico entre los filósofos antiguos ha sido puesta de relieve por E. Diller , «OΨIΣ AΔHAΩN TA ΦAINOMENA», Hermes 67 (1932), 14-42.
8 Por otra parte, también los estoicos muestran alguna familiaridad con la fisignomía e incluso parecen haberla practicado: Diógenes Laercio, VII 173 asegura que Zenón «conocía el carácter por el aspecto».
9 Cf. Vida de Pitágoras 13 y 54. La misma opinión sostiene Hipólito, Refutación de todas las herejías I 2.
10 Ya un siglo antes, Aulo Gelio, Noches Áticas I 9 escribió que Pitágoras realizaba exámenes fisiognómicos a los jóvenes que frecuentaban su escuela.
11 Si bien Galeno se refiere seguramente a una investigación «patognomónica» más que a un examen fisiognómico stricto sensu. En cualquier caso, este tratado de Galeno difícilmente puede ser descrito como un «manual de las doctrinas fisiognómicas» —como hace E. C. Evans, «Galen the physician as physiognomonist», Transactions and Proceedings of the American Philological Association 76 (1945), 287-298—, ya que, aunque en él Galeno comenta las observaciones fisiognómicas de Aristóteles e Hipócrates y las relaciona en ocasiones con las teorías humorales, aborda principalmente argumentos sobre filosofía moral.
12 Estos pasajes se explican a la luz de la conocida teoría de los humores, según la cual en el cuerpo coexisten cuatro humores —flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra— que son a su vez producto de cuatro cualidades principales —lo frío, lo caliente, lo húmedo y lo seco— y cuya presencia en un grado mayor o menor determina el estado de salud o de enfermedad. Véase M. H. Marganne, «De la physiognomonie dans l’Antiquité Gréco-Romaine», en Ph . Dubois , Y. Winkin (eds.), Rhétoriques du corps, Bruselas, 1988, págs. 13-24. La teoría de los humores fue sistematizada posteriormente por Galeno, quien demostró hasta qué punto la krâsis o mezcla de los humores incide en el aspecto físico de una persona y en su carácter. Cf. para todos estos aspectos G. E. R. Lloyd, «The Hot and the Cold, the Dry and the Wet in Greek Philosophy», Journal of Hellenic Studies 84 (1964), 92-106.
13 El propio Platón asegura en el Timeo 24C que el clima templado del Ática garantiza el nacimiento de hombres sabios. En cambio, en otras ocasiones (República IV 435E) el filósofo parece seguir un criterio etnográfico que le hace asociar a los tracios y escitas, y en general a las poblaciones septentrionales, con la idea de irascibilidad. Otros ecos de las teorías fisiognómicas en Platón se encuentran, por ejemplo, en Fedón 81C, donde, al hilo del tema de la reencarnación del alma, se propone la similitud hombre-animal tan típica en los tratados fisiognómicos.
14 Allí se sostiene que una situación de equilibrio es la mejor para la salud, la inteligencia y la memoria, mientras que el exceso da lugar siempre a una manía, y se describen los rasgos psicológicos de diversos tipos de personas según el grado de agua o de fuego que predomine en su cuerpo. Cf. para estos pasajes R. Joly, «La caractériologie antique jusqu’ à Aristote», Revue Beige de Philologie et d'Histoire (1962), 5-28.
15 Cf. M. Sassi, La scienza dell’uomo nella Grecia antica, Turín, 1988, en esp. pág. 74 y T. S. Barton, Power and Knowledge. Astrology, Physiognomies, and Medicin under the Roman Empire, Ann Arbor, 1994, en esp. pigs. 95-131, con el titulo «Physiognomies: Voir, Savoir, Pouvoir». Este último ha insistido en el uso que el fisiognomista Polemón (sobre él véase más adelante) hace de las teorías fisiognómicas como coordenadas clasificatorias para situar a sus oponentes políticos e intelectuales, y ha relacionado la fisiognomía como forma de conocimiento con el poder y la lucha política.
16 Para las siguientes consideraciones véase G. Raina, Pseudo Arislotele, Fisiognomica, cit., págs. 19-24.
17 Así opina G. Manetti, Le teorie del segno nell'antichitá classica, Milán, 1987, págs. 126 sigs.
18 En la medicina la salud se concibe como un equilibrio entre opuestos. F. Wehrli, «Ethik und Medizin. Zur Vorgeschichte der aristotelischen Mesonlehre», Museum Helveticum 8 (1951), 36-62, ha demostrado que fue el empleo del concepto de mesólēs en la medicina el que sugirió a Aristóteles la aplicación a la moral de la teoría del justo medio. En Política VII 1327b 20 sigs. Aristóteles aplica la idea de la mesótēs para justificar la superioridad intelectiva, política y social de los griegos, que ocupaban el centro geográfico, frente a los pueblos septentrionales europeos y frente a los asiáticos.
19 Según S. Byl , «Note sur la place du coeur et la valorisation de la pcaórry; dans la biologie d’Aristote», L'Antiquité Classique 37 (1968), 467-476, diversos pasajes de los tratados biológicos de Aristóteles confirman que el estagirita consideraba el corazón como el principal órgano del cuerpo por encontrarse en el medio.
20 Hist. Anim. I 15, 493b 33 sigs. Cf. R. A. Pack, «Aristotle’s Chiromantic Principle and its Influence», Transactions of the American Philological Association 108 (1978), 121-130.
21 Esta opinión fue duramente rebatida por Plinio, Historia Natural XI 273-275.
22 Según F. Susemihl, Geschichte der griechischen Literatur in der Alexandrinerzeit, 2 vols., Leipzig, 1891-1892 (reimpr. Hildesheim, 1965), vol. I, págs. 155 sigs., las dos partes del tratado debieron ser escritas inmediatamente después de Aristóteles.
23 Cf. A. McC. Armstrong, «The Methods of the Greek Physiognomists», Greece and Rome, n. s. 5 (1958), 52-56.
24 Esta teoría puede remontar nuevamente al Corpus Hippocraticum, aunque es compartida también por Aristóteles, Hist. Anim. IV 608a 21 sigs.
25 Es de destacar el hecho de que se emplee el criterio analógico sobre la base de un animal en particular, en vez del que se apoya en la comparación con varios animales al mismo tiempo, como se proponía en la primera parte del tratado.
26 Cf. G. Misener, «Loxus, Physician and Physiognomist», Classical Philology 18 (1923), 1-22, que ha realizado un riguroso trabajo de reconstrucción de la obra perdida de Loxo a partir de las fuentes que lo citan.
27 Cf. R. Foerster, «De Loxi Physiognomonia», Rheinisches Museum 43 (1888), 505-511; E. C. Evans, Physiognomies in the Ancient World, cit., págs. 10 sigs.
28 Cf. R. Foerster, De Polemonis physiognomonicis. Kiel, 1886; H. Jüttner, «De Polemonis rhetoris vita operibus arte», Breslauer Philologische Abhandlungen 8, 1 (1902), 1-116; y recientemente M. Gleason, Eye to eye. The physiognomic aristeiai of Polemo, 1987.
29 Cf. J. Cramrr, Anecdota Graeca IV, Oxford, 1837, pág. 255, para la única frase que ha sobrevivido de la versión griega.
30 El orientalista Georg Hoffmann compuso en 1884 una versión latina de la traducción árabe de Polemón por la que suele citarse esta obra.
31 Este Adamantio puede ser probablemente identificado con el que menciona Oribasio, el médico del emperador Juliano, en su Sinopsis de medicina.
32 El propio Dión Crisóstomo (ca. 40-120 d. C.), Or. 33 sugiere que los estudios de fisiognomía no eran extraños en su época.
33 J. Mesk, «Die Beispiele in Polemons Physiognomonik», Wiener Studien 50 (1932), 51-67 ha utilizado los ejemplos aducidos por Polemón en su obra para extraer conclusiones que puedan completar la biografía que de él ofrece Filóstrato, Vidas de los sofistas I 521 sigs.
34 Cf. para este texto las modernas ediciones de R. A. Pack, «Auctoris incerti De physiognomonia libellus», Archives d’Histoire doctrinale et littéraire du Moyen Âge 49 (1974), 113-138, quien insiste en las diferencias de este tratado anónimo con los textos clásicos de fisiognomía; y J. André : (ed.), Anonyme latín. Traité de Physiognomonie, París, 1981.
35 Al siglo ii está dedicado el trabajo de E. C. Evans, «The Study of Physiognomy in the Second Century A. D.», Transactions and Proceedings of the American Philological Association 72 (1941), 96-108. Entre los autores de esa época es de destacar la postura del filósofo escéptico Sexto Empírico, quien en sus Esbozos pirrónicos I 85 acepta la premisa de que existen relaciones perceptibles entre la forma del cuerpo y la estructura psíquica y no somete a la fisiognomía a las duras criticas con que desarma mediante sus argumentos de corte escéptico otras disciplinas. Por otra parte, es en ese siglo cuando aparecen también los mayores detractores de la fisiognomía: el ejemplo más conspicuo en este sentido es el de Artemdoro (s. ii ), cuya oposición a la práctica de este arte tenía, al parecer, razones políticas, ya que este autor estaba ligado a Éfeso y enemistado, por tanto, con Esmirna y sus fisiognomías: cf. R. A. Pack, «Artemidorus and the Physiognomists», Transactions and Proceedings of the American Philological Association 72 (1941), 321-334. Tampoco Galeno deja de exponer, pese a su interés por la fisiognomía, criticas hacia esta disciplina, ya que cree que el médico tiene que tratar con individuos y que ni la medicina ni la fisiognomía pueden expresarse adecuadamente en términos genéricos. En I 624 Küiin critica a los fisiognomistas por sus generalizaciones poco científicas sobre el carácter de todo el cuerpo basadas en los signos de una sola parte.
36 Para H. J. Mason, «Physiognomy in Apuleius Metamorphoses 2.2», Classical Philology 79 (1984), 307-309 el retrato de Lucio corresponde en muchos detalles y con la excepción de los ojos azules, que en los tratados de fisiognomía son signo de cobardía, a la euphyía de los fisiognomistas. Por el contrario, F. Opeku, «Physiognomy in Apuleius», en C. Deroux (ed.), Studies in Latin literature and Roman history I-III, Bruselas, 1979-1983, vol. I, págs. 467-474, cree que el pasaje en cuestión refleja sólo las emociones inmediatas de Lucio, y no rasgos permanentes de su carácter, y propone a cambio dos fragmentos de la Florida (3 y 15) para demostrar el interés de Apuleyo por la ciencia fisiognómica.
37 J. Schmidt, «Physiognomik», Real-Encyclopädie der classischen Altertumswissenschaft 20/I (1941), 1064-1074, en esp. col. 1071. Esta autora ofrece un resumen de la historia de la fisiognomía especialmente valioso tanto por sus referencias a la ciencia fisiognómica moderna como por la exacta observación de sus antiguas raíces.
38 J. Couissin, «Suétone physiognomoniste dans les Vies des XII Césars», Revue des Études Latines 31 (1953), 234-256. Sus conclusiones han sido aplaudidas por A. Dihle , Studien zur griechischen Biographie, Gotinga, 1956, pág. 116. Por otra parte, llama la atención el que apenas se hayan dedicado estudios a la competencia de Plutarco en la fisiognomía. En este sentido el trabajo de E. C. Evans, «Roman descriptions of personal appearance in history and biography», Harvard Studies in Classical Philology 46 (1935), 43-84, que se centra principalmente en la retratística en la literatura romana, menciona pasajes de Plutarco —Alejandro 1, 3; Alcib. 4, 1; Anton. 4, 1; Pomp. 48, 7; Cuest. conv. V 7, 3— que pueden analizarse desde una perspectiva fisiognómica. Véase recientemente M. Sassi, «Plutarco antifisiognomico, ovvero: del dominio della passione» (en prensa).
39 Cf. A. A. Lund, «Physiognomica in der Germania des Tacitus», Rheinisches Museum 131 (1988), 358-369, que demuestra que el germano, tal como lo representa Tácito, corresponde no sólo a un tipo especial de raza, sino también de carácter, y cuyos rasgos son explicados por el historiador latino a partir de presupuestos fisiognómicos, como la influencia del clima.
40 Cf. L. De Biasi, «I ritratti dei personaggi in Darete Frigio. Raffronto con i testi fisiognomonici», Koinonia 3 (1979), 53-112, quien en un amplio estudio intenta constatar la adhesión de la retratística de Dares a conceptos procedentes de la ciencia fisiognómica y llega a la conclusión de que este autor ha hecho un uso puramente formal de aquellas teorías. En general para la fisiognomía en época romana véase E. C. Evans, «Physiognomies in the Roman Empire», The Classical Journal 45 (1950), 277-282.
41 Cf. R. Asmus, «Vergessene Physiognomonika», Philologus 65 (1906), 410-424. Para otros textos patrísticos que muestran una clara dependencia respecto de las doctrinas fisiognómicas puede consultarse el capítulo «Physiognomies in the Fourth Century A. D.» en la monografía de E. C. Evans, Physiognomies in the Ancient World, cit., págs. 74-83. Y también para el s. iv , cf. R. A. Pack, «ΦYΣIOΓNΩMONIKA in Libanius’ Antiochinus», American Journal of Philology 56 (1935), 347-350, que llama la atención sobre dos pasajes fisiognómicos referidos a la voz en Libanio , Or. XI 38 y 154, que no fueron tenidos en cuenta en los loci physiognomonici de Richard Foerster, precisamente el editor de Libanio. No obstante, en el trabajo de Pack se concluye que Libanio concedía preferencia a uno u otro tipo de voz más por razones personales —los dolores de cabeza que le aquejaban—, que por consideraciones de tipo científico.
42 Cf. Plinio, Hist. Nat. XXXV 88; Suetonio , Vida de Tito 2, 2.
43 Cf. S. Montero, «Plauto, Mil. 694 y los primeros metoposcopi latinos», Dioniso 63 (1993), 77-82. A la aplicación de la fisiognomía a la mántica se opusieron, por cierto, autores como Juvenal, Sátiras II 8; Artemidoro, La interpretación de los sueños II 69; o Plinio, Historia Natural XI 273-275.
44 Con anterioridad sólo se podía hablar de retrato «tipológico», aquel que reproducía a los hombres de una condición o estrato social particular —un viejo, un estratega o un esclavo, por ejemplo—.
45 Para los comienzos del retrato fisiognómico, cf. B. Feiir, Bewegungsweisen und Verhaltensideale. Physiognomische Deutungsmöglichkeiten der Bewegungsdarstellung an griechischen Statuen des 5. und 4. Jhs. v. Chr., Bad Bramstedt, 1979, y N. Yalouris, «Die Anfange der griechischen Porträtkunst und der Physiognomon Zopiros», Antike Kunst 29 (1986), 5-7. Véase también G. G. Belloni, «Le premesse realistiche del ritratto fisiognomico sulle monete greche», Numismatica e Antichitá Classiche. Quaderni Ticinesi 5 (1976), 53-69; y R. Winkes, «Physiognomonia: Probleme der Charakterinterpretation römischer Porträts», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt I, 4 (1973), 899-926. Sobre el uso de la efigie del maestro —sobre todo en esculturas y medallas— como instrumento de propaganda y reclutamiento por parte de la escuela epicúrea, puede verse el estudio interdisciplinar de B. Frischer, The Sculpted Word. Epicureanism and Philosophical Recruitment in Ancient Greece, Berkeley, 1982.
46 Cf. Vida de Alejandro 4 y Sobre la virtud de Alejandro 2, 2.
47 B. Kiilerich, «Physiognomies and the Iconography of Alexander», Symbolae Osloenses 63 (1988), 51-66.
48 Cf. G. Krien, «Der Ausdruck der antiken Theatermasken nach Angaben im Pollux-Katalog und in der pseudoaristotelischen Physiognomik», Jahreshefte des Österreichischen Archäologischen Institutes in wien 42(1955), 84-117.
49 Cf. L. Bernabó Brea, Menandro e il teatro greco nelle terracotte liparesi, Génova, 1981 y M. Sassi, La scienza dell’uomo, cit., págs. 62-66.
50 G. Raina, «II verosimile in Menandro e nella Fisiognomica», en D. Lanza, O. Longo (eds.), Il meraviglioso e il verosimile tra antichitá e medioevo, Florencia, 1989, págs. 173-185.
51 Cf. 806b 26 sigs.: «los movimientos indolentes indican un temperamento suave, los bruscos uno encrespado, la voz grave e intensa, virilidad, y la aguda y débil, cobardía»; y 813a 17: «quien encorva mucho su cuerpo es un adulador». No obstante, la misma Giampiera Raina admite que la dependencia puede verse en sentido contrario, de modo que cuando alguien observa a un actor moverse de una manera concreta y con una determinada máscara puede comprender de inmediato que lo que se quiere representar es un tipo de adulador. La influencia de la fisiognomía antigua en la comedia y diversos asuntos relacionados con los tratados fisiognómicos y su interpretación han sido abordados más recientemente por W. Lapini, «II nome, la maschera e l’idiota», Sandalion 15 (1992), 53-101.
52 Así H. MacL. Currie, «Aristotle and Quintilian: Physiognomical reflections», en A. Gotthelf (ed.), Aristotle on nature and living things. Philosophical and historical studies presented to David M. Balme on his 70th birthday, Pittsburgh, 1985, págs. 359-366. Recuérdese que Aristóteles, Retórica 1403b 26-31 no deja de reconocer que en el discurso hay que prestar atención a la voz y a sus modulaciones, y que las descripciones de tipos éticos tan comunes en los manuales de fisiognomía son también familiares a la retórica: cf. Aristóteles, Retórica 1388b 31-1391 b 6.
53 Cf. A. Caldara , L'indicazione dei connotan nei documenti papiracei deil'Egitto grecoromano, Milán, 1924, y M. H. Maroanne, «De la physiognomonie», cit., pág. 23.
54 Término acuñado por G. Misener, «Iconistic Portrait», Classical Philology 19 (1924), 97-123. J. Fürst, «Untersuchungen zur Ephemeris des Diktys von Kreta VII. Die Personalbeschreibung im Diktysberichte», Philologus 61 (1902), 374-440 y 593-622, reunió estos papiros con el fin de estudiar el origen de las descripciones físicas en los biógrafos latinos.
Que las facultades psíquicas 1 están relacionadas con las [1 ] [805a] características corporales y no existen de manera independiente, imperturbables ante los impulsos del cuerpo 2 , es algo que se hace especialmente evidente en las borracheras y las enfermedades 3 . Pues es manifiesto que las facultades psíquicas se transforman sobremanera a causa de los padecimientos 4 corporales. E igual de obvio es lo contrario, que el cuerpo comparte con las afecciones anímicas los sufrimientos que comportan los amores, miedos, dolores y placeres.
Pero es en las criaturas de la naturaleza donde mayormente se podría comprobar que cuerpo y alma están relacionados a tal punto de forma natural y conjunta, que cada uno de ellos se convierte en motivo de la mayor parte de los padecimientos del otro. Y es que jamás se ha dado un ser vivo tal que tenga la apariencia de un ser y el temperamento de otro diferente, sino siempre el cuerpo y el alma del mismo, de modo que a un determinado cuerpo corresponde por necesidad un temperamento específico 5 . Y en lo que respecta al resto de los animales, aquellos que son expertos en una especie son capaces de reconocer su índole según sea su aspecto: así los jinetes a los caballos y los cazadores a los perros. Y si esto es cierto —que siempre lo es—, el arte de la fisiognomía tiene su razón de ser 6 .
Ciertamente, quienes practicaron con anterioridad este arte 7 emprendieron la tarea de acuerdo con tres métodos diferentes. En efecto, unos practican la fisiognomía partiendo de la especie de los animales 8 y otorgando a cada una de las especies un aspecto 9 y un temperamento. De esta forma consideraban el cuerpo de un animal y deducían que aquel hombre que estuviera provisto de un cuerpo semejante a ése tendría igualmente un ánimo parecido. Algunos otros hicieron esto mismo, pero no realizaron su examen tomando como punto de partida al conjunto de los animales, sino a la especie humana, distinguiendo cuantas razas presentan divergencias en lo que a su aspecto exterior y sus caracteres se refiere, como los egipcios, los tracios y los escitas 10 , y de forma similar seleccionaban sus signos de identidad. Y los otros lo hicieron de acuerdo con las características 11 exteriores y la inclinación a que corresponde cada característica, la del virulento, la del timorato, la del sensual y la de cada una de las restantes afecciones. De todas estas maneras es posible practicar la fisiognomía y aún de algunas más, según el modo en que se seleccionen los rasgos distintivos.
[805b] Sin embargo, se equivocan aquellos que practican la fisiognomía partiendo únicamente de la expresión física, en primer lugar porque algunos, sin ser en absoluto iguales, tienen rostros de idéntica expresión, como ocurre con el valeroso y el desvergonzado, cuyas expresiones son iguales aunque sus temperamentos están enormemente distanciados, en segundo lugar, porque según qué momentos no presentan la misma expresión sino otra; y así sucede que los que son taciturnos cuando pasan un día agradable adoptan la índole del animoso, y lo contrario, que el que tiene buen ánimo se pone triste, hasta el punto de transformarse la expresión de su rostro. Amén de que en pocas ocasiones podrían inferirse deducciones 12 por los rasgos extemos.
Por otra parte, aquellos que practican la fisiognomía tomando a las fieras como punto de partida no realizan correctamente la selección de los rasgos distintivos, puesto que una vez se ha examinado el aspecto de cada uno de los animales no es posible afirmar que quien tenga un cuerpo semejante al de un animal tendrá un alma también semejante 13 : efectivamente, en primer lugar y por decirlo en pocas palabras, nadie podrá encontrar un hombre con tal grado de semejanza con una fiera, sino sólo ciertas similitudes. Y además de esto, los animales presentan pocos rasgos particulares y muchos rasgos comunes, de manera que cuando alguien se asemeje a un animal no en lo particular sino en lo común, ¿por qué habrá de parecerse más a un león que a un ciervo? Pues lo normal es que los rasgos particulares indiquen una particularidad, y los comunes características comunes, y lo cierto es que los rasgos comunes no ofrecen ninguna indicación clara al que practica la fisiognomía.
Y, por otra parte, si se recogiesen los rasgos particulares de cada animal, no se podría explicar qué es lo que indican. Pues lo natural es pensar que indican rasgos particulares, pero de ninguno de los animales que han sido objeto de un examen fisiognómico se podría tomar ninguna particularidad en cuanto a su índole, ya que ni el león es el único animal valiente —sino que lo son también muchos otros—, ni la liebre el único cobarde, ya que hay muchísimos otros que también lo son.
Así pues, si para la persona que realiza la selección no resultan clarificadores ni los rasgos comunes ni los particulares, no es posible llevar a cabo la investigación escogiendo como punto de partida a un animal en particular 14 , sino que la selección deberá hacerse tomando como modelo a los hombres que tienen las mismas disposiciones: por ejemplo, si se examinan los rasgos del hombre valiente, es preciso tomar a los animales valerosos en su conjunto y ordenar las afecciones que todos estos animales tienen en común pero [806a] que no se dan en ninguno de los demás 15 . Porque si se realizase la selección considerando que los rasgos de la valentía presentes en los animales objeto de estudio son unos concretos, pero sin ser la valentía la única disposición común en su temperamento, sino que hubiera alguna más, de esta manera no se sabría con certeza si los rasgos son de valentía o de otra cosa. Sin embargo, es preciso que la selección se realice del mayor número de animales, incluso de aquellos que no tengan en su temperamento ninguna disposición común salvo aquella cuyos rasgos se están examinando.
Así pues, los rasgos que son constantes indicarán una característica constante, pero aquellos que unas veces aparecen y otras desaparecen, ¿cómo van a ser concluyentes si no se mantienen estables en el temperamento? Pues un rasgo que aparece y desaparece podría considerarse constante y aceptarse en consecuencia como verdadero, pero en realidad no sería apropiado, ya que no acompaña con asiduidad a un estado determinado. Por otra parte, las disposiciones anímicas que en nada transforman los rasgos físicos que son insfrumento del fisiognomista no podrán considerarse como señales de reconocimiento en este arte 16 ; así, por ejemplo, las que conciernen a las opiniones y los conocimientos no permiten reconocer si una persona es médico o citarista 17 , ya que ninguno de los rasgos de los que se sirve el fisiognomista se ha transformado en una persona por el hecho de haber aprendido una determinada disciplina.
Así pues, es preciso definir cuáles son los rasgos de los [2 ] que se ocupa la fisiognomía —puesto que no se ocupa de todos—, y de quiénes se toma cada rasgo para, a continuación, mostrar en orden y uno por uno los más manifiestos. La fisiognomía, como su nombre indica, estudia las disposiciones naturales del temperamento así como las adquiridas 18 , en tanto en cuanto su aparición comporta una transformación de los rasgos objeto del examen fisiognómico. Cuáles son éstas se indicará más adelante. Pero primeramente me referiré a los elementos de los que se toman los rasgos y que son todos éstos: el examen fisiognómico se lleva a cabo, en efecto, estudiando los movimientos, las posturas, los colores, los rasgos faciales, el cabello y su lisura 19 , la voz, la came, las partes del cuerpo y el aspecto de todo él. En general, esto es lo que dicen los fisiognomistas sobre todos los elementos en los que se encuentran los rasgos 20 . Y si esta exposición resulta poco clara o no es fácil de discernir, sería suficiente con lo dicho 21 .
Ahora es quizás preferible hablar con mayor detalle acerca de todas y cada una de las características que se manifiestan en los elementos sometidos a un examen fisiognómico, [806b] y enumerar cuáles son cada uno de los rasgos y a qué se refieren, si es que no han sido explicados en las líneas precedentes. Así, los colores fuertes significan calidez y complexión sanguínea, y los rosáceos una buena naturaleza, siempre que este color aparezca sobre una piel lisa. Los cabellos suaves significan una cualidad cobarde, mientras los hirsutos una viril. Este rasgo procede de la observación de todos los animales, pues los más cobardes son el ciervo, la liebre y el ganado, que son los que tienen el pelaje más blando, y los más valientes el león y el jabalí, cuya pelambrera es la más dura. Pero esto mismo se puede observar también en las aves, pues en general aquellas que tienen duras las alas son valerosas, y cuantas las tienen blandas, pusilánimes, algo que puede verse particularmente en las codornices y los gallos 22 . Y de manera similar sucede en las razas humanas, dado que aquellos que habitan en zonas septentrionales son valientes y de cabellos hirsutos, mientras que quienes viven en regiones meridionales son cobardes y lacia su cabellera 23 .
La abundancia de vello alrededor del vientre es signo de locuacidad. Ello es aplicable a la especie de los pájaros, pues la abundancia de vello alrededor del vientre es propia de las características físicas del pájaro y la locuacidad, de su temperamento 24 . La came dura y resistente por naturaleza es signo de insensibilidad; en cambio, la lisa lo es de buena naturaleza y falta de firmeza, con tal de que no aparezca en un cuerpo robusto y de extremidades poderosas. Los movimientos indolentes indican un temperamento suave, los bruscos uno encrespado. En cuanto a la voz, la grave e intensa indica valentía y la aguda y débil cobardía 25 .
Las expresiones y afecciones que se manifiestan en el rostro se adquieren por su semejanza con el estado de ánimo correspondiente. Pues cuando se experimenta alguna afección es como si se tuviese, y cuando alguien se irrita, el rasgo distintivo de su clase es el irascible. El macho es mayor y más fuerte que la hembra y las extremidades de su cuerpo más robustas, espléndidas, resistentes y mejores desde todos los puntos de vista 26 .
Pero más seguros que los rasgos que aparecen en determinados miembros son los que se extraen de las expresiones del rostro 27 y los que están relacionados con los movimientos y las posturas. En general resulta torpe confiar en un [807a] único rasgo, mientras que cuando se recaban varios rasgos que concuerdan en un aspecto, entonces se podrá ya suponer con un mayor grado de verosimilitud que esos rasgos son verdaderos 28 .
Existe otro método por el que puede practicarse la fisiognomía, aunque nadie lo ha probado. Por ejemplo, si la característica del irascible, del descontento y del mezquino ve es necesariamente la de ser envidioso, al fisiognomista le sería dado, aun a falta de los rasgos propios de la envidia, reconocer a partir de aquellos primeros rasgos también el de ésta. Este método sería especialmente apropiado para quien ha practicado la filosofía, pues la capacidad de deducir conclusiones partiendo de ciertas premisas podemos considerarla peculiar de la filosofía. Pero ello se opone en ocasiones a la práctica fisiognómica basada en las afecciones y los animales 29 .
En lo que respecta a la voz, si se realiza el examen de acuerdo con las afecciones se podría pensar en adjudicar al iracundo la aguda, y ello por dos razones, pues en primer lugar aquel que se indigna e irrita suele tensar el tono y hablar con uno agudo, mientras que el que se mantiene calmado afloja el tono y habla en uno grave. Y en segundo lugar, de los animales los valientes son los que emiten sonidos graves, mientras que los cobardes los emiten agudos: el león, el toro, el perro ladrador y los gallos valerosos producen sonidos graves; en cambio, el ciervo y la liebre los producen agudos.
Pero tal vez también en estos casos es preferible no tomar a alguien por valiente o cobarde por el hecho de que su voz sea grave o aguda, sino suponer que una voz poderosa es propia del hombre valiente y una floja y débil del pusilánime. Y cuando los rasgos no concuerdan sino que son contradictorios, lo más seguro es no determinar en absoluto cuáles son más fiables que cuáles otros, salvo que se refieran a asuntos que ya han quedado definidos, y sobre todo adjudicarlos a ciertas especies pero no al género en su conjunto. Pues aquéllas presentan una mayor analogía con nuestro objeto de examen, ya que no estamos practicando una exploración fisiognómica a todo el género humano, sino a un miembro concreto de ese género 30 .
[3 ] Los rasgos 31 del valiente son: el cabello hirsuto, el porte del cuerpo erecto, los huesos, los costados y las extremidades del cuerpo vigorosos y grandes y el vientre plano y ceñido, los omóplatos planos y separados, ni demasiado unidos ni completamente sueltos, el cuello firme y no excesivamente carnoso, el pecho carnoso y liso, la cadera ceñida, las [807b] pantorrillas contraídas por abajo; el ojo 32 castaño claro 33 , ni demasiado abierto ni cerrado por completo; la textura de la piel del cuerpo bastante árida, la frente 34 prominente, recta, no grande, delgada, ni lisa ni totalmente arrugada.
Los rasgos del cobarde son: la cabellera lacia, el cuerpo aplanado, sin capacidad de actividad, las pantorrillas levantadas por arriba, palidez en el rostro, los ojos mortecinos y pestañeantes, débiles las extremidades del cuerpo, las piernas pequeñas y las manos finas y grandes, la cadera pequeña y débil, la actitud rígida en los movimientos, no viva sino indolente y suspensa, y la expresión del rostro mudable y abatida.
Los rasgos del capacitado 35 son: la came bastante húmeda y tierna, ni fuerte ni excesivamente grasienta, el entorno de los omóplatos y el cuello bastante delgado así como la zona del rostro, la zona de los omóplatos unida y suelta la inferior, la parte del costado fácil de desunir y la espalda bastante poco carnosa, el cuerpo rosáceo y limpio, la piel fina, el cabello no demasiado hirsuto ni demasiado negro, los ojos castaños claros y húmedos.
Los rasgos del estólido 36 : la zona de la garganta y las piernas carnosas, entrelazadas y estrechamente unidas, la cavidad ósea 37 redonda, los omóplatos levantados hacia arriba, la frente grande, redonda y carnosa, el ojo de un color verde apagado, las piernas a la altura del tobillo gruesas, carnosas y redondeadas, las mejillas grandes y carnosas, el costado carnoso, las piernas grandes, el cuello grueso, el rostro carnoso y bastante alargado. Adopta los movimientos, la figura y la expresión que aparece en su rostro a semejanza de estas características.
Los rasgos del desvergonzado son: los ojos abiertos y brillantes, los párpados sanguíneos y gruesos; levemente encorvado, los omóplatos levantados por arriba, la postura no recta sino inclinada un poco hacia adelante, los movimentos bruscos, el cuerpo rubicundo 38 , la piel sanguínea, el rostro redondeado y el pecho hacia fuera.
Los rasgos del probo: lento en sus movimientos, lenta su conversación y aspirada y débil su voz, el ojo opaco, negro y no excesivamente abierto, ni tampoco cerrado por completo; [808a] pestañea lentamente, pues los ojos que pestañean con rapidez señalan ya al cobarde, ya al fogoso.
Los rasgos del amable: la frente de tamaño considerable, carnosa y lisa, los contornos de los ojos algo hundidos; y el rostro presenta una expresión de cierta somnolencia, ni penetrante ni reflexiva. En sus movimientos debe ser lento y descuidado, y en su postura y en la expresión de su rostro no parecer apresurado sino noble.
Los rasgos del apocado: la rugosidad de su rostro y los ojos delgados y abatidos. Los ojos abatidos indican dos cosas al mismo tiempo, por un lado, molicie y afeminamiento y, por otro, tristeza y apocamiento. Su porte es mezquino y sus movimientos desfallecidos.
Los rasgos del afeminado son: el ojo abatido, las rodillas que se entrechocan al andar, la cabeza inclinada hacia la derecha, los gestos de las manos relajados y con las palmas vueltas hacia arriba, y doble la forma de andar, una contoneándose y la otra fortaleciendo la cadera 39 . Y los ojos miran todo en derredor como si fuese Dionisio el sofista 40 .
Los rasgos del cruel son: el rostro contraído por la cólera, la piel negruzca, seca, la zona facial rasgada, el rostro rugoso y enjuto, los cabellos lisos y oscuros.
Los rasgos del colérico 41 : el cuerpo erecto, apostado sobre caderas robustas, animoso, rubicundo, los omóplatos separados, grandes y anchos, las extremidades grandes y poderosas, lisa la parte del pecho y de las ingles, con una buena barba, la línea circundante de la cabellera bien crecida y vuelta hacia abajo.
Los rasgos del afable: aspecto vigoroso, carnoso, la carne húmeda y abundante, el tamaño considerable y bien proporcionado, la postura descuidada, la línea circundante de la cabellera alzada.
Los rasgos del pícaro 42 : pingüe la región facial y rugosa la que rodea a los ojos. La cara muestra una expresión de somnolencia.
Los rasgos del ruin 43 : miembros pequeños, menudo, consumido, ojos pequeños y cara pequeña, como podría ser un corintio o un leucadio.
Los aficionados a los juegos de azar tienen brazos cortos, y también los danzarines.
Los pendencieros 44 tienen el labio superior levantado y en cuanto a su apariencia son encorvados y rubicundos.
Son misericordiosos 45 cuantos son delicados y de piel blanquecina, ojos resplandecientes y nariz arrugada por la parte superior. Lloran sin descanso y estos mismos son también aficionados a las mujeres y proclives a tener descendencia femenina. Por su carácter son sensuales, tendentes siempre al recuerdo, de buena naturaleza y acalorados. De sosb ellos se han enumerado los rasgos. Misericordioso es el sabio, el cobarde y el probo, mientras que inmisericorde es el ignorante y el desvergonzado.
Son glotones aquellos que tienen la parte que va del ombligo al pecho mayor que la que alcanza desde este punto a la garganta.
Los rasgos del lascivo: piel blanca y con vello, cabellos erizados, tupidos y negros, y las sienes cubiertas igualmente de cabello erizado. La mirada es brillante y salaz.
Los dormilones tienen la parte superior más grande, son semejantes a los buitres y fogosos, su came es fuerte y su aspecto delicado, y están cubiertos de vello en la zona del vientre.
Los memoriosos tienen la parte superior más pequeña, delicada y bastante carnosa.
En mi opinión, el alma y el cuerpo comparten entre sí [4 ] sus mutuas afecciones. El cambio del estado de ánimo transforma consigo la forma del cuerpo y, a su vez, el cambio de la forma del cuerpo conlleva la transfomación del estado anímico 46 . Ciertamente, dado que apenarse y alegrarse son propiedades del alma, es evidente que aquellos que sufren muestran una expresión de disgusto y los que gozan, una de alegría. Incluso si fuese posible que el aspecto físico se mantuviese inalterable una vez se libera el alma de los sentimientos, también entonces alma y cuerpo acogerían idénticas afecciones, aunque no las compartirían contemporáneamente.
Pero ahora queda claro que cada uno de ellos está relacionado con el otro y esto puede demostrarse con mayor fundamento considerando lo siguiente: la locura afecta, a lo que parece, al alma y sin embargo los médicos, para apartarla de ésta, purifican el cuerpo con medicamentos y prescriben junto con éstos determinadas dietas. Y así, mediante la curación del cuerpo, se recupera el aspecto de éste al tiempo que el alma queda apartada de la locura. Por consiguiente, dado que ambos se han recuperado al mismo tiempo, es evidente que comparten simultáneamente sus afecciones. Y también es patente que el aspecto físico presenta similitudes con las facultades anímicas, de manera que todas las semejanzas que se dan entre los animales son indicativas de la misma característica.
De los múltiples comportamientos de los animales, algunos son fenómenos particulares de cada especie animal y otros comunes. A los estados anímicos particulares corresponden características físicas particulares, y a los estados comunes, características comunes. La soberbia y la exaltación sexual son comunes: la soberbia es común entre las bestias de carga y la excitación sexual entre los asnos y los cerdos. En cambio, la actitud beligerante es particular de los [809a] perros y la ausencia de dolor, de los asnos. Pues ya se ha dicho que debe distinguirse lo común y lo particular.
Se precisa, no obstante, de mucha familiaridad con todos estos asuntos si se quiere estar capacitado para hablar de ellos con detalle. Y puesto que se dice que los rasgos que son visibles en el cuerpo pueden ponerse en relación con ciertas similitudes que se dan en los animales y con ciertas actitudes; que otras índoles pueden atribuirse a las temperaturas de calor o frío; y que de los rasgos que se manifiestan en el cuerpo algunos presentan leves diferencias pero reciben el mismo nombre —como por ejemplo la palidez provocada por el temor o la ocasionada por el esfuerzo, que tienen efectivamente el mismo nombre aunque una es ligeramente diferente de la otra—, y al ser pequeña la diferencia no es sencillo reconocerlos, salvo que gracias a la familiaridad con la forma en cuestión se tenga presente su aspecto completo; por todo esto en definitiva el método más rápido y mejor es precisamente este último, el de la idoneidad de su aspecto: mediante su empleo podrán establecerse numerosas distinciones 47 .
Este método no sólo es útil desde un punto de vista general, sino también para la selección de los rasgos, ya que cada uno de los rasgos seleccionados debe adecuarse a aquello que indique lo seleccionado. Pero además para la selección de los rasgos debe utilizarse también el razonamiento deductivo, del que es preciso servirse cuando se dé la ocasión, añadiendo a lo que ya se tiene aquello que se le adecúe 48 : por ejemplo, quien sea desvergonzado y mezquino podría ser también ladrón e innoble, ladrón en consonancia con la desvergüenza e innoble en consonancia con la mezquindad 49 . En cualquier caso, para cada uno de estos asuntos es preciso hacer que el método se adapte según la conveniencia.
[5] Ahora intentaré distinguir en primer lugar a los animales que se pueden diferenciar según su naturaleza valiente, cobarde, benévola o malévola 50 . El género de los animales debe dividirse en dos sexos 51 , el masculino y el femenino, atribuyendo a cada uno aquello que le sea apropiado. Así, de cuantos animales nos disponemos a criar, las hembras son más dóciles y de ánimo más manso que los machos, pero son menos vigorosas y más entregadas a la cría y a la domesticación. De manera que siendo ésa su naturaleza serán menos apasionadas que los machos. Esto último es manifiesto en nosotros mismos, ya que cuando nos dejamos dominar por los impulsos, nos hacemos más tercos y ponemos todo nuestro empeño en no ceder ni un ápice, y nos vemos conducidos a actuar violentamente y a emprender acciones allá donde los impulsos nos incitan.
En mi opinión, las hembras son también más maliciosas que los machos y más impetuosas, aunque más débiles: las [809b] mujeres y las hembras que se crían en nuestros hogares lo demuestran muy a las claras, y respecto de las hembras que se crían en el bosque todos están de acuerdo, tanto pastores como cazadores, en que son tal como se ha descrito. Y por otra parte, es igualmente evidente que en cada especie las hembras tienen la cabeza más pequeña que el macho, la cara más estrecha, el cuello más delicado, el pecho más débil, las costillas más finas y las caderas y los muslos más grasos que los de los varones. Sus piernas son delgadas y se entrechocan al andar, sus pies son más elegantes y todo su aspecto físico es especialmente agradable antes que noble, pero son más flojas y muelles y de carnes más húmedas 52 . En cambio, los machos son todo lo contrario, al ser su sexo de una naturaleza más viril y bondadosa, mientras que la de la hembra es más pusilánime y perversa.
Siendo esto así, parece que de todos los animales el león es el que ha adoptado los rasgos más perfectos del tipo masculino. Pues su boca es de tamaño considerable 53 , su rostrobastante cuadrangular, no excesivamente óseo, la mandíbula superior no sobresale sino que está equilibrada con la inferior, la nariz más gruesa que fina, los ojos castaños claros y huecos, ni redondos en exceso ni demasiado oblongos, el tamaño proporcionado, la ceja considerable, la frente cuadrangular y algo hundida desde el medio, pero prominente cual una nube 54 en dirección a las cejas y a la nariz, por debajo de la frente.
Desde encima de la frente y a la altura de la nariz tiene las melenas dobladas como si fuese un penacho, la cabeza simétrica, el cuello muy largo y proporcionado con su gordura, con melenas pardas, ni erizadas ni excesivamente torneadas, la zona de las clavículas más bien suelta que apretada, los hombros robustos, el pecho fuerte, la parte superior de la espalda ancha y los costados y espaldas poderosos, como conviene. Las caderas y muslos de este animal son bastante magros, sus piernas fuertes y robustas, el paso decidido y todo el cuerpo articulado y vigoroso, ni demasiado duro ni húmedo en exceso. Camina pesadamente, anda a grandes zancadas y estremece con fuerza sus hombros cuando avanza. Esto en lo referente a su físico. En lo anímico es liberal y generoso, magnánimo y deseoso de vencer, manso, bueno y cariñoso con quienes tiene trato.
En cambio, de entre los animales que son tenidos por valerosos, la pantera 55 tiene un aspecto bastante femenino, aunque no por sus piernas, de las cuales se ayuda para llevar a cabo ciertas tareas de esfuerzo, sino porque tiene el rostro pequeño, la boca grande y los ojos menudos, de una blancura [810a] resplandeciente, hundidos y bastante vivos. Su frente es muy alargada, más redondeada que plana hacia las orejas, el cuello muy largo y fino, el tórax desprotegido, la espalda grande, las caderas y los muslos carnosos, y la zona de los costados y del estómago más lisa, la piel con pintas y el conjunto desarticulado y falto de simetría. Tal es su aspecto físico. Su alma es mezquina, ladina y, por decirlo en una palabra, dolosa.
Así pues, hemos hablado de los animales que son considerados valientes y cuyo aspecto masculino y femenino puede considerarse más marcado. Los restantes, cualesquiera que sean, son ya más fáciles de examinar. En el apartado sobre la selección de los rasgos se hablará de todo lo que conviene observar en los animales con vistas a realizar un examen fisiognómico.
En lo que atañe a los hombres, la selección de los rasgos [6 ] se hace de la siguiente manera: aquellos cuyos pies son robustos, grandes, articulados y nervosos 56 son fuertes de ánimo: refiérase esto al sexo masculino. En cambio, aquellos que tienen pies pequeños, estrechos y sin articulaciones aparentes 57 , agradables de ver más que robustos, son anímicamente débiles: piénsese en el sexo femenino. Aquellos cuyos dedos de los pies son curvos son desvergonzados, así como los que tienen curvas las uñas: compárese las aves rapaces 58 . Aquellos cuyos dedos de los pies están apiñados son medrosos: véase las codornices de pantano de patas estrechas.
Aquellos que tienen la zona de los tobillos nervosa y articulada tienen un ánimo decidido: piénsese en el sexo masculino 59 . Cuantos tienen los tobillos carnosos y sin las articulaciones a la vista son débiles de ánimo: véase el sexo femenino.
Los que tienen las piernas bien articuladas, nervosas y vigorosas son de ánimo decidido: compruébese en el sexo masculino. En cambio, aquellos cuyas piernas son nervosas pero flacas son libidinosos: compárese en las aves. Y cuantos tienen las piernas desbordantes en exceso, como si estuviesen a punto de reventar, son infames y procaces, como pone de manifiesto el conjunto de su aspecto.
Aquellos cuyas rodillas se entrechocan al andar son afeminados, como se deja ver por el conjunto de su aspecto.
Los que tienen los muslos huesudos y nervosos son intrépidos: véase el sexo masculino. Los que los tienen huesudos y muy hinchados son débiles: véase el sexo femenino.[810b]
Los que tienen las nalgas puntiagudas y huesudas son decididos, y cuantos las tienen carnosas y untuosas, muelles. Los que son de pocas carnes, como si se les hubiesen disecado, son malintencionados: piénsese en los monos 60 .
Los de caderas esbeltas 61 son aficionados a la caza: piénsese en los leones y los perros. Se puede comprobar que los perros más amigos de la caza son los que tienen caderas esbeltas.
Aquéllos con la zona del vientre blanda son decididos: véase el sexo masculino. En cambio, cuantos no la tienen fláccida son débiles, como evidencia el conjunto de su aspecto.
Los que tienen la espalda de un tamaño considerable y fuerte son de ánimo decidido: piénsese en el sexo masculino. Pero cuantos la tienen estrecha y frágil son débiles: piénsese en el sexo femenino.
Aquellos que tienen los costados robustos son de ánimo decidido: véase el sexo masculino. En cambio, aquellos en los que no se aprecian son flojos de ánimo: véase el sexo femenino. Cuantos tienen un tórax muy voluminoso, como si estuviesen hinchados, son charlatanes y hablan sin sentido: recuérdese las ranas.
Aquellos que tienen la zona que va desde el ombligo hasta la parte superior del pecho más grande que la distancia que hay desde esta última hasta el cuello son glotones e insensibles: glotones porque tienen grande el receptáculo en el que reciben el alimento, e insensibles porque la sede de las percepciones es un lugar bastante estrecho y anexo al que recibe el alimento, de modo que las percepciones se ven entorpecidas por la abundancia de las comidas o por su carencia. Aquellos que tienen el pecho grande y bien articulado son de ánimo decidido: véase el sexo masculino.
Cuantos tienen la parte superior de la espalda grande, carnosa y con las articulaciones a la vista son de ánimo decidido: véase el sexo masculino. En cambio, los que la tienen débil, flaca y sin las articulaciones visibles son flojos de ánimo: véase el sexo femenino. Aquellos cuya parte superior de la espalda está encorvada en exceso y sus hombros inclinados hacia el pecho son malintencionados, como indica el conjunto de su aspecto, dado que su parte delantera no aparece a la vista como conviene que fuese. Los que tienen la parte superior de la espalda echada hacia atrás son vanidosos e insensatos: recuérdese los caballos. Puesto que no ha de ser ni demasiado encorvada ni cóncava, debe buscarse una medida intermedia para la persona que tenga buenas cualidades.
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