Читать книгу: «En el paraíso con su enemigo»

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28001 Madrid
© 2020 Annie West
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En el paraíso con su enemigo, n.º 2837 - febrero 2021
Título original: Contracted to Her Greek Enemy
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-212-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
NO PUEDO más, Damen. Tengo ganas de desaparecer.
Damen miró preocupado a Clio. No era propio de ella huir de los problemas.
–No puede ser tan grave.
«Respuesta equivocada, Nicolaides», se dijo.
De su madre y de sus hermanas había aprendido a respetar el temperamento femenino. Era evidente que la situación era seria.
–¿Ah, no? –contestó Clio–. Es el único tema de conversación de mi padre, y ha convencido a mamá.
Damen se alarmó al ver a su prima llorar por primera vez en su vida. Eran primos segundos, pero estaban tan unidos como si fueran hermanos.
–Pronto es la boda de Cassie, ¡pero no sé si puedo asistir a la boda de mi propia hermana pequeña!
Damen se sintió culpable, Clio estaba pasándolo mal por su culpa.
–Papá no para de decir que yo, siendo la mayor, debería casarme antes. Que tú y yo somos la pareja perfecta y que soy una egoísta por no aceptar a un hombre decente y honesto –Clio se mordió el labio–. Por supuesto, jamás menciona tu fortuna,
El recurso al sarcasmo despejó un poco la nube que había nublado la conciencia de Damen.
Pero no era ninguna broma. Manos era un hombre difícil, y podía convertir la vida de Clio en un suplicio.
–Lo siento –dijo, tomando la mano de su prima–. No debería…
–No te hagas ahora el macho echándote la culpa, Damen Nicolaides. Ya sé que acostumbras a asumir todo tipo de responsabilidades, pero aquí no eres el único culpable –Clio suspiró–. ¿Crees que no he disfrutado de ir a fiestas contigo y no he aprovechado para hacerme con una lista potencial de clientes para mi negocio?
–La idea fue mía.
Estaba harto de tener que ahuyentar a las mujeres que buscaban en él un marido. Llevar a Clio como su acompañante regular le había facilitado las cosas.
–No has hecho nada malo –dijo Clio, apretándole la mano.
Damen la miró fijamente. Era típico de ella intentar absolverlo de culpa. Siempre lo había apoyado, y no era justo que su vida se complicara de aquella manera.
–Está bien, quedemos en que ninguno de los dos tiene la culpa –eran dos adultos con derecho a salir juntos aunque no fueran amantes–. Eso no resuelve el problema de tu padre. Tenemos que conseguir que se olvide de sus pretensiones sin que te culpe.
Clio se pasó las manos por el vestido.
–Ya te he dicho que voy a huir. A Tierra de Fuego.
–¿Sabes dónde está?
–Vale, no. Pues al Círculo Polar. Abriré un negocio de diseño de iglúes.
Damen no pudo contener una carcajada. Su prima era una diseñadora con mucho talento y sería capaz de superar ese reto. Pero no bastaría su palabra para convencer a Manos de que no eran pareja; y más con el premio de su vasta fortuna formando parte de la ecuación.
Esa era una de las razones por las que había acudido a su prima: un millonario griego soltero era un trofeo para muchas mujeres; y uno que no estuviera calvo y al que no le faltaran dientes era una rareza.
–Olvídate de los iglúes y deja esto en mis manos.
–¿Tienes una idea? –preguntó Clio esperanzada.
Damen asintió.
–Tengo que perfilarla, pero creo que sí. Confía en mí.
El semblante de Clio se relajó.
–Gracias, Damen, sabía que podía contar contigo.
Veinte minutos más tarde, Damen estaba junto a su mejor amigo, Christo, que estaba a punto de casarse. Christo estaba mirando su teléfono, y Damen, en lugar de contemplar la vista panorámica de la costa de Corfú, aprovechó para estudiar a los invitados reunidos en el jardín de la villa.
Necesitaba a una mujer. Y pronto. Una mujer que interpretara el papel de su amante el bastante tiempo como para que Manos aceptara que Clio y él no tenían un futuro.
Si acudía a la inminente boda de Cassie, la hermana de Clio, con una novia despampanante, Manos perdería la esperanza; y si la mantenía a su lado al menos una par de meses como su acompañante…
Pero ¿quién podía ser esa mujer? Tendría que estar soltera y ser muy atractiva si es que quería convencer a Manos.
Al mismo tiempo, Damen necesitaba a alguien que no pretendiera aprovechar la situación para acabar ganándose un lugar en su vida.
–Relájate –la voz de Christo interrumpió sus reflexiones–. Soy yo el que se casa, no tú.
Damen sonrió.
–Y con la misma mujer por segunda vez. Has batido un récord.
Christo abrió las manos.
–La primera vez no tenía ni idea de cuánto la quería. Esta vez, todo es perfecto. Solo espero que alguna vez encuentres una mujer como Emma, que sea el centro de tu vida y a la que ames por encima de todo.
La sonrisa de Damen se congeló. Él ya no creía en ese cuento de hadas. Había perdido la inocencia una década atrás. Ahuyentó los recuerdos de los acontecimientos que habían cambiado su vida y la de su familia para siempre. Aquel era un día para celebrar, no para pensar en errores del pasado. Damen tomó dos copas de champán de la bandeja de un camarero y le pasó una a su amigo.
–Por ti y por tu encantadora Emma –bebieron y añadió–: Y por que yo encuentre a la mujer perfecta para mí.
Que fuera atractiva, inteligente, complaciente y, sobre todo, prescindible.
–Estás preciosa, Emma –Steph retrocedió un paso para ver a su amiga con el velo. Nunca la había visto tan feliz ni tan guapa.
–Ya conocías el vestido –dijo Emma sonriendo.
Era el mismo con el que se había casado la primera vez con Christo, antes de averiguar que no la amaba y abandonarlo. Desde entonces habían pasado muchas cosas, pero Emma y el millonario griego habían limado sus diferencias. Estaban tan enamorados que su felicidad casi resultaba irritante.
–¿Estás bien, Steph? –preguntó Emma.
Ya cuando había recogido a su amiga en el aeropuerto de Corfú le había inquietado su semblante de preocupación, pero Steph se resistía a arruinar la felicidad de su amiga. Encontraría una solución a sus problemas, por más que hasta el momento ninguna de las que había buscado hubieran servido de nada. Pero seguiría intentándolo. Sobre todo porque el problema no la afectaba a ella exclusivamente. Contuvo un estremecimiento.
–Claro que estoy bien, solo un poco sentimental al verte tan radiante. Pareces una princesa.
–¡Así es como me siento! –dijo Emma.
Steph la abrazó.
–Te lo mereces, Em.
–No es cuestión de que me lo merezca… –Emma dio un paso atrás como si fuera a añadir algo, pero Steph la detuvo.
–Vamos, Em, tenemos que salir.
Emma se sobresaltó al ver la hora y se volvió precipitadamente hacia la puerta. Steph le recolocó el velo y la siguió al escenario perfecto para una boda: el jardín de la villa con el espectacular azul turquesa del mar al fondo.
Pero lo que convertía aquel día en verdaderamente especial era ver a su amiga casándose con el hombre al que amaba.
Sin embargo, más tarde, mientras saludaba a los demás invitados, no conseguía concentrarse en el presente. Y no por culpa de sus preocupaciones, sino por una incómoda y vibrante energía procedente de él incluso mientras charlaba con cada una de las mujeres presentes de menos de cuarenta años. Steph habría podido identificar su recorrido porque dejaba a su espalda un rastro de mujeres fascinadas.
Ese no sería su caso, porque el hombre que destacaba por encima de los demás por su altura y hombros era Damen Nicolaides, una serpiente. El hombre que le había hecho actuar como una idiota.
Pero lo que más la irritaba era las facilidades que le había dado. Era impulsiva, pero no confiaba fácilmente en los hombres. Por eso mismo no podía entender por qué había olvidado toda cautela cuando Damen Nicolaides había acudido a ella.
Quizá porque había cometido el error de creer que Damen era diferente. Que era leal y cariñoso, y lo era, aunque solo con aquellos que pertenecían a su círculo íntimo. Fuera de ese círculo, actuaba con una calculadora y retorcida crueldad.
El recuerdo de aquella tarde en Melbourne todavía la acosaba cada vez que estaba baja de moral o cansada, lo que sucedía a menudo, puesto que la angustia la mantenía despierta la mayoría de las noches.
¿Cómo era posible que se hubiera dejado engañar por otro hombre de aspecto y modales amables después de la experiencia con Damen, el diablo en persona?
Cuando estaba especialmente vulnerable, Steph pensaba que haber sucumbido al encanto de Damen había arrasado con sus defensas y con su sentido común. Que por eso su juicio estaba enturbiado en relación a los hombres.
Así que había decidido no tener nada que ver con el sexo opuesto. Solo así estaría a salvo.
Al menos con Damen solo había sufrido su orgullo… no como la catástrofe que la esperaba cuando volviera a Melbourne. Recordarlo hizo que su ánimo se desplomara y que necesitara estar a solas.
Vio un sendero que partía de la villa y, recogiéndose el vestido, lo siguió hasta que el rumor del festejo se acalló. Había llegado a lo alto de un acantilado a cuyos pies había una playa de arena blanca. En la brisa flotaba el olor a cipreses y a mar, y Steph la aspiró profundamente.
Solo necesitaba calmar su mente y recuperar algo de energía.
–¿No lo estás pasando bien?
La voz era como chocolate denso y Steph descubrió, aterrada, que algo se relajaba en su interior… como si hubiera estado esperando aquel momento.
Habría reconocido la voz de Damen Nicolaides en cualquier parte porque todavía la oía en sueños.
Apretó los dientes y se cuadró de hombros.
–Quería respirar y estar sola.
Al contrario de lo que había pretendido, oyó los pasos de Damen aproximarse.
–Tan directa como siempre, Stephanie.
Steph se mordió el labio, irritada por la facilidad con la que aquella voz activaba sus hormonas femeninas. Que Damen fuera la única persona que la llamaba por su nombre completo, sonaba como una invitación al pecado.
–Así entenderás la indirecta y te marcharás.
La respuesta de Damen fue una risa seca. En lugar de irse, se detuvo detrás de ella. Steph no podía verlo, pero sí percibirlo.
–Te he traído una rama de olivo.
Una mano cetrina de dedos largos y uñas perfectas apareció ante Steph. Sujetaba una copa de champán. Antes de que pudiera rechazarla, Damen continuó:
–Brindemos por la feliz pareja.
Siempre tan astuto. Sabía que era una sugerencia a la que no podía negarse.
Tomó la copa evitando tocarle los dedos. La alzó y dijo:
–Por los novios.
Bebió y, al volverse, bebió de nuevo para calmar la súbita sed que sintió.
De cerca, Damen no parecía la serpiente que era. Estaba tan guapo como siempre. Pómulos marcados, mentón firme; nariz larga, unos labios sensuales y unos ojos verdes como un bosque en el que brillara la luz del atardecer. Todo ello coronado por un cabello oscuro que ella sabía lo suave que era.
–Por Emma y Christo –dijo él–. Y por que sean felices el resto de sus vidas.
Bebió y Steph miró fascinada el movimiento de su nuez. Entonces él la miró y ella sintió una sacudida.
«No, no, no. No es atracción. Eso queda en el pasado. Lo rechazas, lo desprecias».
–Gracias por la copa –dijo, esforzándose por tratarlo como a un desconocido–. Será mejor que vuelva junto a Emma.
–Está rodeada de familia y amigos. Puede prescindir de ti un rato.
–Aun así, quiero volver.
–Pensaba que podríamos hablar.
–No tenemos nada de que hablar –dijo Steph con firmeza.
La mirada de Damen se ensombreció y súbitamente Steph intuyó que pasaba algo.
–De Melbourne.
–No hay nada que decir. Forma parte del pasado.
–No lo parece. Me miras con hostilidad, Stephanie.
Ella asió el pie de la copa para reprimir el impulso de tirarle a la cara lo que quedaba de champán.
–¿Te sorprende? –preguntó.
–Me disculpé.
–¿Crees que eso basta? –Steph describió un círculo con la mano y derramó el champán.
–Hice lo necesario para ayudar a un amigo.
–¡Me raptaste! –Steph clavó un dedo en el pecho de Damen.
–Brevemente. Christo estaba desesperado por saber dónde se escondía su novia el día de la boda.
–Eso no es excusa. Emma mandó un mensaje diciendo que estaba bien. Además, no puedes culparla por marcharse cuando descubrió la verdadera razón por la que Christo se casaba con ella.
Damen sacudió la cabeza lentamente.
–Han hecho las paces. Pero aquella semana Christo estaba loco de preocupación. Tenía que ayudarlo a encontrarla. Y tú –Damen le atrapó la mano y se la cerró sobre el pecho– sabías dónde estaba.
–Asumiste que lo sabía –dijo ella, manteniendo la vista fija en su rostro.
–Era evidente que alguien la había ayudado a desaparecer, Stephanie, y tú solo contestabas con evasivas. Por eso pensé que si te tenía a solas podría persuadirte de…
Steph se ruborizó violentamente y liberó su mano de golpe al tiempo que retrocedía.
–¿A eso lo llamas persuadir? –preguntó con la respiración agitada.
Aunque Damen palideció, Steph no sintió ninguna satisfacción en incomodarlo porque estaba demasiado ocupada recordando que ella había dado el primer paso aquella noche.
Exhausta tras una intensa semana de trabajo, no había encontrado ninguna excusa cuando Damen había aparecido diciendo que creía tener una pista sobre dónde estaba Emma. Le había pedido que lo acompañara para convencerla de que volviera junto a Christo. Ella sabía que estaba en Corfú, pero no podía admitirlo, así que había accedido a acompañarlo, y se había quedado dormida durante el viaje fuera de la ciudad.
Al despertar, el coche estaba parado y Damen se inclinaba sobre ella. Adormecida, ella había reaccionado instintivamente, alzando una mano a su rostro. Él se había quedado parado y ella había sentido cómo el aire se cargaba de electricidad. Entonces Damen la había rodeado con sus brazos y la había besado con una intensidad que le había hecho descubrir más sobre el deseo que lo que había sabido hasta entonces. Sus dedos le habían acariciado el cabello con un ansia que evidenció la atracción que había intentado disimular. Durante toda la semana había visto como el guapo y considerado Damen se preocupaba por los amigos y la familia de Emma mientras la buscaba sin descanso.
Solo cuando dejaron el coche y fueron a la aislada casa de la playa, había descubierto la verdad y la burbuja estalló. Damen le dijo que la retendría allí hasta que le dijera dónde estaba Emma. Aun así ella no le creyó y pensó que bromeaba. Hasta que fue a tomar su móvil y Damen le dijo que se lo había quitado. Eso era lo que estaba haciendo cuando ella había despertado en el coche, no robarle un beso. Solo se había aprovechado de su reacción instintiva, asumiendo que seducirla le facilitaría la tarea.
Steph cerró los ojos para bloquear el recuerdo y la humillación de aquella noche.
–¿Stephanie, estás bien? –preguntó Damen, tomándola del codo.
–No me toques.
Steph dio un paso atrás y chocó contra el tronco de un ciprés. Se irguió y miró fijamente a Damen. Era un gran actor. El año anterior, en Australia, le había hecho creer que se sentía atraído por ella.
Lo peor era que para él solo había sido un «breve rapto», puesto que Christo había llamado al poco tiempo anunciando que había localizado a Emma. Entonces su secuestrador se había disculpado por tomar medidas extremas y la había devuelto amablemente a su casa.
Steph se había sentido tan ninguneada como en todas las ocasiones en las que su padre había incumplido la promesa de ir a verla, porque siempre tenía cosas más importantes que hacer que estar con su hija.
–Quería disculparme –repitió Damen con aparente sinceridad. Pero Steph nunca creería en su palabra.
–Ya lo has hecho.
–Se ve que no ha funcionado –dijo él, alzando un hombro. Al ver la mirada inquisitiva de Steph, añadió–: No me has perdonado.
Steph apartó la mirada. No estaba dispuesta a absolverlo para que se sintiera mejor.
–No puedes tenerlo todo.
–Sin embargo, no le has contado a Emma lo que pasó.
–No ha valido la pena –Steph se encogió de hombros–. Después de todo, eres el mejor amigo de su esposo. ¿Para qué iba a hacer que le cayeras mal si iba a tener que verte a menudo?
–¿Es eso lo que sientes? ¿Te caigo mal?
Una vez más, Steph creyó percibir algo parecido al sentimiento de culpabilidad en su tono, pero supuso que se trataba más bien de curiosidad. Dada su fortuna y encanto, debía resultarle extraño que alguien lo rechazara.
Tomó aire.
–Me enseñaron a ser educada, Nicolaides, pero está claro que no quieres entenderlo. La respuesta es que sí: me caes mal.
Steph lamentó que no pareciera afectarle en lo más mínimo. Alzó la barbilla y añadió:
–Espero no tener que volver a verte ni a hablarte.
Solo entonces percibió una leve tensión en sus facciones, un temblor en los labios y un brillo transitorio de sorpresa en sus ojos. En una fracción de segundo, todo ello desapareció y Damen volvió a recuperar la expresión de quien no tenía ninguna preocupación en la vida
–Es una lástima –dijo, desplegando una encantadora sonrisa–, porque confiaba en que pudiéramos pasar un tiempo juntos.
Steph lo miró atónita.
–¿Bromeas? No pasaría tiempo contigo ni aunque me ofrecieras un millón de dólares.
Se produjo un silencio que Steph aprovechó para empezar a caminar hacia a casa, hasta que la voz de Damen la detuvo:
–¿Y por dos millones de dólares?
Capítulo 2
DAMEN había hecho la propuesta impulsivamente, pero le satisfizo ver que por fin Stephanie lo miraba con una expresión que no era puro desdén. Y se dijo que quizá su intuición había sido una genialidad.
Necesitaba temporalmente una mujer soltera, atractiva e inteligente. Stephanie reunía todas las condiciones. Que sintiera animosidad por él era aún más perfecto, a pesar de que sentirse tratado como si fuera venenoso le causara una mezcla de culpabilidad y de indignación.
Sabía que merecía su enfado y comprendía que la había herido, pero qué otra cosa podía haber hecho cuando su amigo estaba loco de preocupación y Stephanie Logan tenía las clave que necesitaba.
Había hecho todo lo posible para que le diera la información, pero finalmente había tenido que recurrir a tomar medidas drásticas. Su motivación había sido loable: que Christo resolviera sus problemas con su esposa.
Pero también era verdad que nunca se había esforzado en ver las cosas desde la perspectiva de Stephanie hasta que lo había mirado con sus enormes ojos marrones llenos de dolor. Ni siquiera que luego reaccionara con ira había borrado el recuerdo de aquella primera intuición. Damen había sentido emociones que no había experimentado desde la fatídica noche con su padre
Posteriormente, había intentado verla para disculparse, pero una crisis en el trabajo había exigido su atención y había tenido que marcharse.
«O tal vez te resultó más fácil no enfrentarte a lo que te hacía sentir».
–Si es una broma, no tiene gracia.
Stephanie siguió caminando y su cabello negro se balanceó al ritmo de su paso decidido. Era una mujer vibrante, el aire crepitaba con su energía y con una fuerza interior que iluminaba sus facciones, bien estuviera triste, contenta o furiosa.
Y cuando besaba…
–No es ninguna broma.
Eso hizo que se detuviera y se volviera a mirarlo con una ceja arqueada.
Damen la prefería así. Sabía manejar mejor su ira que su dolor.
–¿Cómo vas a pagar dos millones de dólares para…?
–¿Pasar tiempo contigo? –Damen dio un paso hacia ella–. Lo digo en serio.
Ella sacudió la cabeza.
–¿Cuánto has bebido?
Damen sonrió.
–Estoy completamente sobrio –en lugar de sentirse insultado, le gustaba que fuera tan directa. Solo su familia y Christo lo trataban así.
–No puede ser una frase para ligar conmigo, porque sé que no tienes el menor interés en mí.
Aunque lo dijo con frialdad, sus mejillas enrojecieron, traicionándola. Damen recordó al instante la noche en Melbourne, la deliciosa sensación de tenerla en sus brazos…
–Así que, ¿qué pretendes? ¿Quieres reírte otra vez de mí? –preguntó ella, cruzándose de brazos y mirándolo airada.
Damen sintió la pulsión del deseo. Con un vestido verde que se pegaba a su cuerpo, parecía una sirena. Se obligó a concentrarse.
–Vamos, Stephanie. No soy así. Sabes por qué actué como lo hice –ya estaba harto. Podía admitir que la hubiera herido involuntariamente, pero no era el sádico que ella pintaba–. Me he disculpado. Haré lo que quieras para que me perdones.
–Muy bien. Déjame en paz. Eso es lo que quiero.
Stephanie dio media vuelta y la falda del vestido se arremolinó en torno a sus piernas, marcando su estrecha cintura.
–¿No quieres que te cuente lo de los dos millones de dólares? –dijo él incitador.
En su experiencia, nadie despreciaría una oferta así. Al ver que Stephanie se detenía, se dijo que no le desilusionaba que fuera como todo el mundo. Después de todo, la necesitaba.
–Sigo sin creerte.
–Hablo en serio –estaba dispuesto a todo para resolver el problema entre Clio y su familia.
–Muy bien –Steph lo miró con suspicacia–. ¿Qué quieres?
–A ti –Damen vio que se tensaba y se apresuró a añadir–. Mejor dicho, tu compañía en público.
–¿En público?
¿Qué había pensado, que iba a pagarle para que se acostase con él? Damen apretó los dientes. Luego dijo fríamente:
–Por supuesto. Es una cuestión de imagen. No te estoy proponiendo que seamos amantes.
Inexplicablemente, sin embargo, se le contrajo el estómago al ver que Stephanie parecía sentirse insultada.
Le recordó su expresión de dolor después del beso en el coche, cuando había descubierto el engaño.
La manera en la que lo había mirado cuando se había despertado y él intentaba hacerse con su teléfono, había sido de felicidad, de bienvenida, como si no hubiera nada más natural que los dos estuvieran juntos.
Por unos minutos, él había olvidado por qué estaban allí y había caído en su sensual embrujo. Más tarde, le había asombrado hasta qué punto había estado al borde de distraerlo de su objetivo.
Ignorando una punzada de culpabilidad, dijo:
–Necesito una mujer que se haga pasar por mi novia durante unos meses, eso es todo.
–¿Eso es todo? –preguntó ella con ojos desorbitados–. ¿Qué pasa, todas las mujeres de Grecia han visto ya tu verdadero carácter?
Empezaba a poner a prueba su paciencia. Damen alzó la barbilla y ella pareció ser consciente de que lo había insultado, pero no se amilanó.
Damen consiguió dominarse. Que Stephanie tuviera tan mala opinión de él la hacía perfecta para el papel.
–No pienso hablar de mi vida personal, excepto para aclarar que ahora mismo no tengo ninguna amante. No vas a sustituir a nadie. Solo necesito a alguien que finja ser mi novia.
–¿Por qué?
–¿Acaso importa?
–Por supuesto. Ninguna mujer con un mínimo de dignidad haría algo así sin saber por qué. Me estás pidiendo que mienta.
–No sería la primera vez que lo hicieras.
Stephanie le lanzó una mirada incendiaria y Damen tuvo que reprimir una sonrisa.
–Eso es distinto, estaba protegiendo a mi amiga.
–Y yo a mi amigo.
Steph exhaló lentamente.
–Está bien. Explícate.
A pesar de que Damen sabía que debía de estar contento porque no tendría que temer que Stephanie pretendiera ser su novia de verdad, no podía evitar sentirse… ofendido. No estaba acostumbrado a que ninguna mujer lo rechazara, y menos una que… lo intrigara tanto.
También era consciente de que podía ser un error elegir a la mejor amiga de Emma, pero lo cierto era que tenía que actuar con prontitud. La boda de Cassie estaba cerca y la farsa debía resultar plausible. Cuanto antes se filtrara la noticia a la prensa, y Manos la leyera, de que convivía con una mujer, mejor. Nadie que lo conociera habría esperado que esos dos términos, amante y convivencia, pudieran ir unidos.
–Quiero que parezca que tengo una relación estable.
–Pero ¿para qué? –preguntó de nuevo Steph–. ¿Estás teniendo una relación con una mujer casada y quieres despistar a su marido?
–¡No! –¿acaso creía que era así de indigno?–. ¡Jamás he tocado a una mujer casada! –Damen se pasó la mano por el cabello en un gesto de frustración–. Alguien tiene la errónea idea de que voy a casarme con una mujer en concreto. Necesito una amante para convencerle de que no es así.
–Hiciste creer a una pobre chica que…
–¡No! –Damen parpadeó, sorprendido al darse cuenta de que había elevado la voz.
Él nunca gritaba ni daba explicaciones. Stephanie conseguía que hiciera las dos cosas.
–La mujer en cuestión no tiene el menor interés en casarse conmigo –continuó–. Es su familia quien lo quiere, en parte por mi fortuna.
–Eso es esperable.
Stephanie lo dijo como si pensara que nadie querría casarse con él si no fuese por su dinero. Era evidente que pasar un mes con ella iba a ser una cura para su ego. Si es que conseguía convencerla…
–Escucha, esa mujer y yo solo somos amigos. Pero su padre está presionándola.
–¿Para que se case contigo?
Damen asintió.
–Es un hombre testarudo y está convirtiendo la vida de mi amiga en un infierno. Por eso quiero demostrarle que estoy interesado en otra.
–Así que sí quieres una coartada.
–Escucha, Stephanie, esta farsa no perjudica a nadie. Al contrario, mejorará la vida de mi amiga.
Stephanie lo miró en silencio y Damen se preguntó qué pensaba. ¿Cedería? ¿Le pediría más dinero?
–Nadie creería que estamos juntos.
–¿Porque nos movemos en distintos círculos sociales? –preguntó él.
–¿Quieres decir que estás por encima de mí? –replicó Stephanie. Y Damen supo que la había ofendido–. De hecho, mis amigos piensan que tengo mejor gusto respecto a los hombres.
La mirada retadora que le dirigió hizo que Damen tuviera que reprimir una sonrisa al preguntarse qué sucedería si invirtiese toda aquella energía en algo distinto, algo mucho más físico.
–¿Por qué yo? –preguntó ella, finalmente.
Damen se encogió de hombros.
–Estás soltera; tienes tiempo libre, porque Emma me ha dicho que estás de vacaciones. Y sé que no intentarías convertir esto en algo permanente. Que te caiga mal es un punto a tu favor.
Stephanie entornó los ojos.
–¿Porque cualquier otra intentaría hacerse un hueco en tu vida?
–Es posible.
Stephanie masculló algo de lo que Damen solo oyó «ego», y se tensó. ¿Era una buena idea atarse a una mujer que lo despreciaba? ¿Sería capaz de representar el papel de enamorada? La respuesta era afirmativa. Stephanie Logan era la candidata ideal. Era forastera, no la conocían ni sus amigos ni su familia y no tenía la menor intención de seducirlo.
En cuanto a interpretar el papel… siempre se decía que el odio y el amor eran dos caras de una misma moneda. La forma en que el ambiente se electrificaba cuando estaban juntos convencería a cualquiera de que estaban juntos.
–¿Y no quieres asentarte porque estás ocupado siendo un soltero de oro? –preguntó ella con desaprobación.
–Algo así.
Damen no pensaba explicar que no pensaba casarse ni tener hijos. Sus sobrinos heredarían sus negocios. Entre otras cosas, porque no quería preguntarse siempre si su mujer se había casado con él por amor o por dinero.
–Sigo sin entender por qué me lo propones a mí, pero la respuesta es «no». No me gusta mentir y tú eres el último hombre con el que quiero pasar tiempo.
Damen observó a Stephanie, su rostro encendido, su actitud airada, su respiración agitada… y supo que no debía presionarla. Era una mujer apasionada y, enfadada, era capaz de atacar aun cuando ello supusiera dejar pasar una magnífica oportunidad.
Necesitaba tiempo para evaluar las ventajas de su proposición. Tenía margen de tiempo. Iba a alojarse en la villa mientras Emma y Christo iban de luna de miel. Y él tenía su yate atracado en la orilla.
–No decidas ahora, Stephanie. Esperaré a que me des tu respuesta –dijo.
Y tomando la copa de la mano de Stephanie, se encaminó de vuelta a la fiesta.
«¡No decidas ahora!» Damen era tan arrogante que no estaba dispuesto a aceptar una negativa.
Pensar en él hacía que le hirviera la sangre. ¡Así que era perfecta para su plan porque no intentaría conquistarlo! ¡Quién querría conquistar a semejante gusano!
En cualquier caso, se dijo Stephanie reclinándose en una hamaca junto a la piscina, no tenía de qué preocuparse. Como era de esperar, Damen no había aparecido, así que debía de haberse tratado de una broma de mal gusto.
Era evidente que no iba en serio. Ni siquiera un magnate de la industria naviera se gastaba dos millones de dólares en semejante farsa.
Damen la enfurecía hasta el punto de que le había dicho que estar con él sería rebajarse. Eso sí tenía gracia. Su gusto respecto a los hombres era deplorable.
No había visto a Damen desde la noche anterior, cuando los invitados a la boda se habían despedido de los recién casados.
Por lo que Emma había insinuado, Steph sospechaba que habían ido a Islandia a ver la Aurora Boreal. Era un destino al que ella ansiaba ir, pero como el resto de su vida, tendría que ponerlo en espera. Aquellos días en Corfú iban a ser sus últimas vacaciones en mucho tiempo.
Tomó un bolígrafo y se concentró en el listado de posibles empleadores, pero estaba desanimada. Ya había contactado a las mejores agencias y no tenían nada que ofrecer. Y aunque consiguiera un trabajo, sus problemas continuarían. Tenía que recuperar todo el dinero, y la justicia procedía con lentitud. Para cuando las autoridades atraparan a Jared, su dinero habría desaparecido. Y el de su abuela.
Se le contrajo el estómago al pensar en esta, tan ansiosa por apoyar a su nieta que había invertido todos sus ahorros en su primera aventura empresarial.
De haberlo sabido, Steph no lo habría permitido. No le habría presentado a Jared. Pero ya no había vuelta atrás. Su exjefe y casi socio, había abandonado el país dejándola sumida en una deuda que no podía afrontar. Y a su abuela sin capital para la residencia a la que planeaba retirarse.
Steph dejó el cuaderno. Un salario fijo no resolvería sus problemas económicos. Una vez volviera a Australia solo le quedaba dinero para pagar una semana de un hostal.
Tenía una solución clara: decírselo a Emma. Tanto ella como su marido eran ricos y Emma no dudaría en ayudarla. Pero la idea le horrorizaba. No podía ser un parásito. Solo ella era culpable de su error y tenía que resolverlo sola. Había confiado en Jared cuando este le dijo que iba a poner el dinero como depósito del local.
Además, no era buena idea mezclar el dinero y la amistad, y no estaba dispuesta a arriesgar la relación que la unía a Emma desde el colegio.
Se le revolvió el estómago al recordar cómo, cuando vivía con su madre, los hijos de los vecinos tenían prohibido ir a su casa; la evitaban y les oía murmurar cosas que, aun sin llegar a comprender porque era pequeña, la avergonzaban. Su madre, que las mantenía a duras penas con su salario de limpiadora, había pedido dinero prestado a los vecinos y no había podido devolvérselo. La amistad se había roto y se habían tenido que mudar a un piso más pequeño.
Su madre había trabajado mucho, pero no ahorraba. Finalmente había tenido que mandarla a ella a vivir con su abuela.
Steph hizo una mueca. Se negaba a ser como su madre. Desde que había tenido su primer sueldo, había ahorrado para poder contribuir a los gastos de su abuela.
Había estado tan orgullosa de sí misma y de su aventura empresarial con Jared, una compañía de viajes personalizada… Y se había convertido en polvo.
Se puso de pie. Necesitaba un plan para rescatar los ahorros de su abuela. Una manera de ganar dinero rápido, no en veinte años.
«Dos millones de dólares».
La descabellada proposición casi sonaba razonable.
Con dos millones de dólares podría comprar a su abuela una casa en la residencia. Tendría dinero para empezar de nuevo y no caer en la pobreza. Sería económicamente independiente y ningún hombre podría decepcionarla. Al contrario que su irresponsable padre, que nunca le había proporcionado apoyo, ni sentimental ni económico, y había acabado desapareciendo para siempre.
Steph rio con amargura y se encaminó hacia la playa. Al volver la esquina de la villa, se chocó contra una inesperada pared de músculos que olía a aire fresco y a hombre.
–Stephanie, venía a verte.
Aquella perfecta sonrisa hizo que se le contrajeran las entrañas. ¿Había algo en Damen que no fuera perfecto?
Damen miró aquellos ojos chispeantes y sintió un golpe en el plexo solar aún más fuerte que cuando el día anterior había visto a Stephanie en su sensual vestido, tan femenina, tan seductora. Pero entonces había pensado que su reacción se debía a la sorpresa.
¿En aquel momento?
La sujetó por los brazos. El bañador rojo que llevaba, supuestamente recatado, sobre sus delicadas curvas resultaba…
Damen alzó la mirada a su rostro. Y vio en ellos algo distinto al desdén del que había hecho gala el día anterior. ¿Angustia?
Miró por detrás de ella, buscando a la persona que la había incomodado, pero no había nadie. Bajo su mano, la sintió tensa, como un cable estirado al máximo.
–¿Qué te ha pasado?
–Nada –Stephanie tomó aire, poniendo a prueba la determinación de Damen de no mirarle el pecho–. Solo que invades mi privacidad.
Aunque a Damen casi le alivió que reaccionara con sarcasmo, algo seguía sin convencerlo.
Era extraño que una mujer que lo desdeñaba despertara su instinto protector y, sin embargo…
La soltó y tras un leve balanceo, Stephanie se estabilizó.
–He venido por una respuesta –dijo él, cruzándose de brazos y asombrándose de lo rápido que le latía el corazón.
–¿Hablabas en serio?
Damen la miró fijamente.
–Desde luego. Dos millones por un par de meses de tu tiempo.
Vio que Stephanie tragaba saliva y decidió presionarla.
–Piensa en todo lo que podrías hacer con ese dinero.
Cualquier otra mujer habría aceptado sin pestañear. Stephanie Logan tenía tendencia a llevar la contraria. Pero eso no era malo.
Stephanie parpadeó, ocultando sus ojos momentáneamente y mordisqueándose unos labios que él sabía lo dulces y suaves que eran. Estaba tan concentrado en ellos que tardó un momento en darse cuenta de que ella lo estaba mirando.
–De acuerdo. Seré tu novia ficticia por dos millones de dólares.
Capítulo 3
UNA SENSACIÓN de triunfo recorrió a Damen al tiempo que se aligeraba el peso que llevaba sobre los hombros. No soportaba complicar la vida o hacer daño a quienes amaba, como Clio y su madre en aquel momento.
Pensó por un instante en el terrible episodio del que había sido responsable cuando la tragedia golpeó a su familia, pero se obligó a bloquear el recuerdo.
Stephanie estaba a su lado, sexy, provocativa, misteriosa… Lo que solo importaba porque la convertía en la perfecta amante virtual.
Se detuvo en la palabra «amante» y volvió a recordarse que aquello solo era un trato.
–Pero pongo condiciones.
–¿Cuáles? –Damen frunció el ceño. ¿Iba a pedirle más dinero?
Stephanie se cruzó de brazos y la mirada de Damen se dirigió instintivamente a sus senos, al tiempo que se reprendía por dejarse distraer en medio de una negociación.
–Quiero que redactes un contrato.
Damen suspiró aliviado.
–¿Eso es todo?
Esa era su intención. Incluyendo una cláusula de confidencialidad que le prohibiera vender información a la prensa.
–No. Quiero la mitad del dinero a la firma del contrato.
Damen vio que se ruborizaba y que le palpitaba un nervio en la base de la garganta. ¿Estaba en dificultades económicas? Cuando iba a preguntárselo se dijo que no debía interesarse por sus motivaciones. Solo se trataba de un acuerdo.
–Hecho.
Stephanie abrió los ojos de sorpresa y algo más… ¿Nervios? ¿Temía que se echara atrás? ¿Los dos millones eran tan tentadores que se había dejado convencer a su pesar?
–Una cosa más.
Miró a Damen a los ojos, despertando aún más su curiosidad. Se puso alerta.
–Los besos quedan prohibidos.
–¿Perdón? –preguntó él desconcertado.
–Me has oído –Stephanie descruzó y volvió a cruzar los brazos–. Haré de tu novia en público, pero no te besaré… ni tú a mí. Lo quiero en el contrato.
Damen arqueó una ceja.
–La gente esperará que nos mostremos cariñosos.
La curiosidad de Damen aumentó al ver que Stephanie se ruborizaba aún más violentamente.
–Hay maneras de mostrar afecto sin necesidad de besarse.
Damen metió las manos en los bolsillos.
–Te voy a pagar una fortuna. Puedo exigir que resultes convincente.
–Y lo seré. Solo que sin besarte.
–¿Por cuestiones religiosas, de salud…?
Stephanie extendió las manos al tiempo que se encogía de hombros.
–Porque no quiero, ¿vale? Con una vez me basta. No voy a repetir ese error.
Damen fue a decir que para él no había sido un error. Que, de hecho, aquel beso lo había impactado de una manera a la que no estaba acostumbrado. Pero por eso mismo guardó silencio.
–¿Y cómo piensas persuadir a la gente de que somos amantes? –preguntó, en cambio.
Stephanie hizo un gesto vago.
–Estando pendiente de cada una de tus palabras; mirándote a los ojos, pegándome a ti…
–Entonces el contacto físico sí está permitido.
Vio que Stephanie apretaba los labios como si evitara maldecir.
–No seas sarcástico, no te pega –sacudió la cabeza y su melena rizada le acarició el rostro–. Hay maneras de mostrar atracción e intimidad sin…
–Que ponga mis labios en los tuyos.
Damen se preguntó si aquella mujer era consciente de hasta qué punto lo estaba provocando, si se daba cuenta de lo peligroso que era lanzar un ultimátum como aquel, y más, a un hombre que iba a pagar una fortuna por su compañía.
No solo era un ultimátum, sino un reto, y él jamás rechazaba un reto: se limitaba a ganarlo.
–Demuéstrame que puedes resultar convincente o cancelamos el trato
Damen vio que titubeaba y por un instante pensó, desilusionado, que iba a echarse atrás.
Por cómo había defendido a Emma, enfrentándose a Christo y a él para guardarle el secreto, y cómo se había revuelto contra él después de que la secuestrara, había tenía la convicción de que aquella mujer no se arredraba ante nada. Pero en aquel momento…
Stephanie se aproximó lo bastante como para que pudiera oler su perfume a vainilla y recordara el instante en el que la había tenido en sus brazos y lo había besado con una pasión que había estado a punto de hacerle perder el control.
Estaba todavía sumido en ese recuerdo cuando ella posó una mano en su pecho y su cabello le acarició el brazo, despertando en él una perturbadora sensación de placer que reverberó por su cuerpo.
Stephanie se inclinó y lo miró con una expresión dulce y amorosa en sus ojos marrones, en lugar de suspicaz y desconfiada. A Damen le encantó esa mirada. Como le gustó la forma en que entreabrió los labios, como si estar tan cerca de él le alterara la respiración.
Entonces ella dio otro paso más, sus senos quedaron a un milímetro del brazo de Damen y se puso de puntillas. Estaba tan cerca que Damen podía sentir el calor de su aliento en el rostro; sus labios se redondearon en una invitación a ser besados. Él no inclinó la cabeza, expectante. Stephanie posó la otra mano sobre su corazón y extendió los dedos, sosteniéndole la mirada. Y cuando Damen pensó que retrocedería, susurró con voz aterciopelada:
–Damen –subió las manos hasta su cuello y él tuvo que recordarse que solo era un juego. Stephanie se inclinó aún más, apretando sus senos contra su brazo–. No tienes ni idea de hasta qué punto me resulta tentador… –le susurró al oído.
Damen inclinó a cabeza, atraído por aquellos luminosos ojos y convencido de que, finalmente, Stephanie había aceptado la atracción que había entre ellos. Los dedos que ella posó en sus labios lo detuvieron en el momento que le oyó añadir:
–… que me des dos millones.
Y se separó de él bruscamente.
Damen se quedó helado. Debía de haber sabido que Stephanie Logan aceptaría el reto y no debía haberle permitido que lo distrajera de su objetivo. Stephanie no era de las que se echaba atrás… o, por lo visto, de las que dejaría pasar dos millones de dólares.
Apretó los dientes diciéndose que no debía olvidarlo. Por muy dulce que la encontrara o que respetara la lealtad que había mostrado hacia su amiga, solo había aceptado aquel acuerdo por el dinero, y era evidente que podía resultar totalmente convincente.
Pero también le asaltó la duda. Stephanie solo había hecho lo que le había pedido: demostrar que sabía fingir. Sin embargo, al ver aquel bonito rostro iluminado por la satisfacción, no pudo evitar pensar en otra mujer, que también había sido extremadamente convincente al aparentar un intenso amor; una mujer que había estado a punto de destrozarlo y que había sido la razón del mayor arrepentimiento de su vida
–¿Qué tal lo he hecho? –preguntó ella poniendo los brazos en jarras.
¿Esperaba que la aplaudiera? Quizá se lo merecía. Había sido él quien había insistido en una prueba de interpretación; no tenía sentido que se sintiera traicionado por lo bien que lo había hecho.
–Bastante bien.
No estaba dispuesto a alabarla más por mentir, pero tenía que admitir que al menos estaba siendo sincera respecto a su motivación. Aun así, no podía sacudirse la desilusión de que Stephanie volviera a mirarlo con desdeñosa indiferencia.
–Entonces ¿tenemos un acuerdo?
–Haré que redacten el contrato con las especificaciones que pides.
Bien fuera porque estaba de un humor inestable, por los recuerdos negativos que le había despertado o por la irritación de que pareciera inmune a él cuando meses atrás había buscado sus caricias, Damen añadió un apunte mental al acuerdo: cumpliría la cláusula, pero conseguiría que Stephanie Logan se arrepintiera de haberla incluido; de hecho se aseguraría de que sintiera la insatisfacción de que su romance no fuera real. Conseguiría que volviera a desearlo.
«Estás loca, odias mentir, y más aún por un hombre que no te cae bien, o todavía peor, un hombre al que rechazas pero por el que te sigues sintiendo atraída».
–¿Stephanie?
–Perdona –volvió la mirada hacia el hombre de presencia imponente. El sol barría el despacho de la villa de Emma, iluminando su rostro y los documentos que ella tenía ante sí.
–Decía que lo he hecho redactar en inglés para que no necesitaras a un traductor.
–Gracias –dijo ella, sonriendo a pesar de los nervios.
Conteniendo un escalofrío, fue con paso titubeante hacia el escritorio. Llegado el momento definitivo, albergaba dudas. Excepto que Damen transferiría el dinero a su cuenta cuando firmara, y con ese dinero podría comprar una casa para su abuela. No podía rechazar la oferta.
Aun así, se sentó con lentitud ante el contrato y la pluma preparada para firmarlo. Respiró profundamente, pero en lugar de tener un efecto calmante, con la inspiración le llegó la fragancia a madera que identificaba a Damen, densa, cálida, demasiado seductora para su propio bien.
Cerró los ojos y se sintió transportada de inmediato al día anterior en el jardín, cuando Damen le había retado a demostrar que podía ser una amante convincente en público. Al sentirse retada había experimentado por un instante una seguridad en sí misma que le había permitido actuar de manera decidida y pragmática… Hasta que se había aproximado tanto a él como para poder besarlo, y entonces se había sentido como un ratón entre las garras de un gato. El calor en la mirada de Damen le había hecho darse cuenta de que jugaba con fuego. Se había separado de él y al volver a mirarlo, se había dado cuenta de que había estado equivocada, de que no había ni ardor ni deseo en sus ojos.
Tal y como había dejado claro en Melbourne, Damen Nicolaides no la deseaba. Lo que había visto en su mirada era rabia al comprobar que ella podía interpretar el papel de mujer enamorada a la vez que permanecía inmune a él. Aunque no lo fuera y aunque tuviera que hacer lo que fuera necesario para ocultárselo a Damen.
–¿Has acabado de leerlo? –la voz de Damen le llegó por encima del hombro y ella abrió los ojos.
–Me gusta tomarme mi tiempo con documentos legales.
Eso no había impedido que Jared se fuera con su dinero.
Steph apretó los dientes. Aquel contrato era la única manera de recuperar lo que había perdido, no ya solo el dinero, sino el control de su vida.
Y por más que sintiera que era un error y que asumía un gran riesgo al pasar tiempo con un hombre al que era vulnerable, se dijo que no tenía nada que temer, puesto que Damen Nicolaides no la deseaba.
Leyó el contrato detenidamente, asombrándose de las penalizaciones en caso de que vendiera la noticia a la prensa pero, dado que no tenía la menor intención de hacerlo, eso no sería un problema. Todavía le quedaba decidir qué le diría a Emma, pero ya lo pensaría.
Suspiró al llegar a la cifra del pago; la mitad aquel mismo día; la otra mitad en ocho semanas. Y la última cláusula:
No se besarán en los labios a no ser que la señorita Logan haga un invitación expresa.
¡Cómo si tuviera la intención de pedirle que la besara! ¿Y por qué especificaba «en los labios»?
–¿Hay algún problema?
Steph miró a Damen, que la miraba con lo que ella interpretó como hastío. No había en él el menor atisbo de sentirse atraído por ella. Solo quería convencer a la gente de que tenía una novia.
No valía la pena discutir por detalles tan nimios. Sonriendo, tomó la pluma y firmó.
–Excelente –Damen sacó el teléfono–. Voy a ordenar la trasferencia de fondos.
Así de sencillo. Su abuela tendría su casa y su dinero, y ella saldaría sus deudas.
¿Por qué entonces tenía la premonición de que no iba a ser tan fácil?
Capítulo 4
DAMEN se asomó a la cubierta del yate y se detuvo al ver a Stephanie descalza, con unos vaqueros blancos y una camiseta de rayas rojas y blancas.
Habitualmente, sus novias llevaban ropa de diseño y estaban siempre maquilladas. Stephanie no se molestaba ni con la ropa ni con el maquillaje. Y, sin embargo, Damen no podía dejar de mirarla.
No sabía por qué la encontraba tan fascinante. Era más atractiva que guapa; interesante, única. En ese momento, se inclinaba sobre la barandilla, absorbiendo la vista de Atenas, la brisa alborotándole el cabello y una sonrisa en el rostro que jamás le dedicaba a él.
Una conocida frustración anidó en Damen. Aunque le había dado tiempo a adaptarse, eligiendo navegar en lugar de volar desde Corfú, Stephanie seguía manteniéndose distante. Y eso no iba a contribuir a que Manos creyera que eran amantes.
Además, su frialdad empezaba a irritarlo. Estaba acostumbrado a protegerse de las mujeres, no a intentar atraerlas. Quizá Stephanie Logan era una buena cura para su ego. Según Clio, le resultaba demasiado fácil conquistar a las mujeres. Pero ese no era el caso con aquella en concreto. Al menos, no mostraba el menor interés en atraer su atención.
Tendrían que encontrar un término medio.
En un par de ocasiones inolvidables, había bajado sus defensas. Como cuando, haciendo submarinismo, se le había acercado una tortuga marina. Stephanie le había tirado del brazo con una sonrisa de entusiasmo. El resto de esa jornada, Damen había disfrutado de su calidez y su alegría mientras compartía con ella información sobre las especies marinas y los esfuerzos realizados para protegerlas.
Así era como Stephanie debía comportarse si querían convencer a los demás de que tenían una relación. Ya le había dado suficiente tiempo para adaptarse.
En cuanto puso un pie en cubierta, Stephanie se volvió, como si estuviera sincronizada con él. Sus ojos lo devoraron y Damen sintió una reacción instantánea en la ingle. Como de costumbre, ella ocultó el primer impacto de verlo tras una máscara de indiferencia, pero Damen supo que, por mucho que lo rechazara, se sentía atraída por él. Y eso era en lo que tenía que concentrarse.
–¡Kopela mou! Por fin te encuentro –fue hasta ella y le rodeó la cintura por detrás, estrechándola contra sí.
–¿Qué estás haciendo? –susurró ella irritada.
–Practicando, cariño –posó la mano en sus caderas y al sentir el temblor de Stephanie sonrió para sí–. Estamos casi en Atenas y cualquiera de los barcos con los que nos cruzamos puede ser de un amigo. El Amphitrite es muy conocido. Y una fotografía mía con una amante se vende bien.
Steph abrió los ojos de asombro.
–¿Quieres decir que los paparazis hacen guardia?
–No tienes de qué preocuparte. No nos acosarán. Sobre todo si les dejamos sacar algunas fotografías.
Damen la hizo volverse y, tomándola por la barbilla, le hizo alzar e rostro hacia él. Stephanie no desvió la mirada, pero tampoco lo miró con afecto. Si un fotógrafo los veía a través de un teleobjetivo percibiría que parecía más inquieta que contenta, y Damen se dijo que tenía que poner remedio a eso cuanto antes.
Steph se dijo que, a plena luz del día y en mar abierto, no tenía nada que temer. Pero la idea de que hubiera fotógrafos cerca y la forma en la que Damen la miró no la tranquilizaron.
A pesar de que apenas la estaba tocando, sentía sus dedos como una caricia íntima. Ningún otro hombre tocaba así.
Ella no había tenido amantes. Su experiencia personal, con una madre inestable y un padre ausente, le había hecho rehuir la intimidad emocional. De adolescente, mientras sus amigos lo pasaban bien, ella había tenido que trabajar. La única ocasión en la que había estado a punto de bajar sus defensas y entregarse a la pasión, había sido con Damen Nicolaides.
¡Cómo alimentaría su ego llegar a saberlo!
–¿Qué estás haciendo? –preguntó con voz temblorosa.
–Proporcionarles una toma –dijo Damen, mirándola con una provocativa media sonrisa.
Steph exhaló lentamente para calmarse. La idea de que Damen pareciera tener ojos solo para ella era ridícula. Solo actuaba así de cara al público.
–¿De verdad crees que hay paparazis?
Damen se encogió de hombros.
–Probablemente. En cualquier caso, vale la pena actuar con cautela y como se espera de nosotros.
«Como amantes», se dijo Steph.
Tragó saliva. Podía hacerlo. Damen le había pagado y su dinero iba a comprar la nueva casa de su abuela…. Sin embargo, llegado el momento, al tener a Damen tan cerca y sentir su aliento en su rostro, la voz de alarma que había ignorado los últimos días adquirió un tono estridente.
–¿Qué pasa, Stephanie?
Que Damen sonara preocupado le hizo preguntarse qué veía en su semblante. Intentó suavizarlo.
–Es más difícil de lo que esperaba.
Porque la proximidad de Damen le hacía sentir cosas que se había prohibido. Aun sabiendo que se trataba de una farsa, era imposible no reaccionar a su tono dulce y a la ternura de su tacto, que incluía una convincente posesividad.
Y eso le daba miedo. Steph no quería que la poseyera ningún hombre. Ella era independiente y no iba a olvidar las lecciones aprendidas.
–¿Te estás acobardando? –Damen clavó los dedos en sus caderas y frunció el ceño–. Es demasiado tarde. Has firmado un contrato.
Su tono contradijo la sonrisa que permaneció en sus labios y el contraste produjo un escalofrío en Steph, porque demostraba que las apariencias podían engañar. No sería la primera vez con aquel hombre.
–Y lo cumpliré –dijo con firmeza.
–Sabía que podía contar contigo –dijo él con voz ronca de deseo.
También eso era mentira, pero aun así, la parte más femenina de Steph vibró de alegría.
Tragó saliva. Estaba metida en un lío… del que no tenía escapada.
Damen ladeó la cabeza y le pasó los dedos por la mejilla y por el cabello alborotado. Había estado demasiado ocupada antes de ir a Grecia y la peluquería era un gasto del que había decidido prescindir. Al sentir los dedos de Damen abriéndose camino por su cuero cabelludo sintió su sangre fluir y se descubrió cediendo a esa caricia involuntariamente. No en beneficio por posibles observadores, sino por la magia que Damen ejercía sobre ella: lenta, firme, sensual.
Ni siquiera saber que en el pasado había fingido sentir una inexistente atracción por ella, la impulsó a separarse de él. No quería que Damen supiera hasta qué punto la perturbaba.
Abrió la boca para decir algo que lo distrajera, pero él la atrajo hacia sí con el brazo con el que le rodeaba a cintura e inclinó aún más la cabeza.
Por un instante, Steph se quedó paralizada. Luego alzó las manos a su pecho para mantenerlo a distancia. Pero no tenía de qué preocuparse. Damen se detuvo a unos milímetros de su sien, y susurró:
–No pongas cara de susto. Recuerda que somos amantes.
¿Cómo olvidarlo?
Haciendo un esfuerzo que le costó alarmantemente poco, Steph subió las manos hasta abrazarse al cuello de Damen y acariciarle la piel firme y cálida de la nuca, y actuó como cuando le había exigido una prueba de que podía actuar. Como entonces, se movió con determinación, hasta que llegó un momento en que su cuerpo reaccionó como si llevara tiempo anhelando estar cerca del de él.
–Mucho mejor –ronroneó él contra la frente de ella.
–Se supone que no puedes besarme –protestó Steph débilmente. Necesitaba decir con palabras lo que su cuerpo, pegándose al de Damen, contradecía.
–Yo no lo llamaría un beso, kopela mou –tras una pausa Damen añadió con voz ronca–. Si te hubiera besado, lo sabrías.
Desde luego que sí. Steph recordaba a la perfección su beso. Había sido maravilloso y catastrófico a un tiempo, y había arrasado las defensas que había erigido a lo largo de los años.
–Pero, dado nuestro contrato, no lo haré –continuó Damen–. A no ser que me invites a hacerlo.
Steph estuvo a punto de decirle que jamás haría esa invitación, pero decidió no provocarlo.
–¿Hasta cuándo tenemos que permanecer así? –preguntó, en cambio.
El torso de Damen, a unos milímetros del suyo, le quemaba los pezones. Estaba ardiendo, y aunque se dijo que era por que hacía un día caluroso, sabía que se trataba de un calor interno, procedente de su núcleo femenino, el mismo que había despertado en el pasado en brazos de Damen. Saber que albergaba en sí a aquella mujer espontánea y osada la aterrorizaba. No podía dejarla suelta; debía mantenerla bajo control.
–Haces que suene como un castigo, Stephanie –dijo él, pronunciando de nuevo su nombre en un tono que la hizo vibrar.
Tomó aire, pero se detuvo al entrar en contacto su pecho con Damen. ¿Se imaginaba que a él se le alteraba la respiración, que se le agarrotaba la mano que posaba en la cintura?
No tuvo tiempo de decidirlo porque Damen retrocedió lo justo para mirarla con expresión enigmática. Por un instante, Steph se sintió confusa. Entonces él le dedicó una de aquellas medio sonrisas que tanto empezaban a gustarle.
–Pero no hay nada como practicar, y en Atenas tendremos numerosas ocasiones.
–¿Ah, sí?
–Claro, tendré trabajo, pero también saldremos a socializar.
Steph pensó que era un oportuno recordatorio de que todo aquello, las miradas, las caricias, solo eran parte de una interpretación.
–¿Estará en Atenas la mujer con la que tenías una relación?
Al margen de la explicación de Damen, era evidente que era una mujer importante en su vida, y Steph no podía evitar sentir cierta reserva hacia ella… ¿Por qué a Damen le importaba tanto como para organizar aquel disparatado plan?
–De eso no te preocupes.
Así que estaba en Atenas. ¿Iría Damen a verla? ¿Se la presentaría? Steph se cruzó de brazos y miró sus verdes ojos.
–Esto no va a funcionar si te encuentras a escondidas con una amante. Alguien os descubrirá.
Damen sacudió la cabeza y dijo algo en griego que Steph interpretó como un juramento.
–¿Cuántas veces tengo que decirte que no es mi amante? –preguntó él, elevando la voz–. Tú eres la única novia que tengo.
Era la segunda vez que provocaba una respuesta desabrida de Damen. Se dijo que no debía alegrarse de conseguir alterarlo, de hacer prender una llama en sus ojos, pero lo cierto era que se alegraba. Le hacía sentirse menos frágil.
–Cuidado, Damen –le señaló con el dedo–. ¿Qué van a pensar los paparazis si ven que me gritas?
Damen tardó en reaccionar y cuando lo hizo, la desconcertó al estallar en una gran carcajada.
–Pensarán que nos hemos enfadado, pero eso nos dará la oportunidad de reconciliarnos.
Sus ojos brillaron risueños y Steph sintió un hormigueo de anticipación que la obligó a poner freno a las imágenes de cómo sería esa reconciliación.
Había creído que unos días con él en el yate cimentarían su animadversión, pero sus sentimientos eran cada vez más ambiguos. La alteraba como ningún otro hombre; incluso la forma en que pronunciaba su nombre, como si lo saboreara, debilitaba sus defensas.
Se inclinó sobre la barandilla, necesitando desviar la mirada de Damen, y contempló el puerto, en el que atracaban lujosos yates.
–¿Vamos a permanecer a bordo?
–No, iremos a mi apartamento.
–¿No tienes una casa con jardín? –preguntó con sarcasmo.
–Siento desilusionarte –dijo él, impertérrito–. En Atenas es mejor tener un apartamento. Y estoy seguro de que lo encontrarás confortable.
–Yo también –dijo Steph. Si podía tomar el yate como referencia, estaba segura de que sería amplio y lujoso.
–Y está muy céntrico para ir de compras. He hecho una lista con las principales boutiques.
–Gracias –dijo Steph, aunque el comentario la desconcertara–, pero dudo que vaya a ir de compras.
Si disponía de tiempo en Atenas, pretendía ir a conocer la ciudad y sus monumentos. Además, la primera entrega del dinero ya estaba invertida entre su abuela y la deuda que le había dejado Jared.
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