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NO HE SALIDO DE MI NOCHE


PRIMERA EDICIÓN abril 2017

TÍTULO ORIGINAL Je ne suis pas sortie de ma nuit

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

info@cabaretvoltaire.es

www.cabaretvoltaire.es

©1997 Éditions Gallimard

©de la traducción, 2017 Lydia Vázquez Jiménez

©de esta edición, 2017 Editorial Cabaret Voltaire SL

BIC: FA

ISBN-13: 978-84-190470-2-1

DEPÓSITO LEGAL: B 9360 - 2017

Producción del ePub: booqlab

Dirección y Diseño de la Colección

MIGUEL LÁZARO GARCÍA

JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

«Esta obra se benefició del P.A.P. GARCÍA LORCA, programa de publicación del Institut français y del Ministerio francés de Asuntos Exteriores y Europeos.»

FOTOGRAFÍAS

Cubierta: Betty, 1991 ©Gerhard Richter

Guarda: Annie Ernaux, 1997 ©Patrick Box

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

NO HE SALIDO DE MI NOCHE

Mi madre empezó con pérdidas de memoria y comportamientos extraños dos años después de sufrir un accidente de circulación grave —se la llevó por delante un coche que se saltó un semáforo en rojo— del que se había recuperado perfectamente. Durante varios meses, pudo seguir viviendo de manera autónoma en la residencia para mayores, de Yvetot, en Normandía, donde ocupaba un pequeño apartamento para ella sola. En el verano del 83, en plena canícula, se encontró mal y la ingresaron. En el hospital descubrieron que llevaba varios días sin comer ni beber. En su frigorífico solo había unos terrones de azúcar. Ya no podía quedarse sola. Decidí llevármela a casa, a Cergy, convencida de que en ese marco, familiar para ella, con la presencia de mis dos hijos mayores, Éric y David, que me había ayudado a criar, sus perturbaciones desaparecerían, que volvería a ser la mujer dinámica e independiente de antes.

No fue así. Su memoria siguió deteriorándose y el médico habló de la enfermedad de Alzheimer. Dejó de reconocer los lugares y a las personas, a mis hijos, a mi ex marido, a mí misma. Se convirtió en una mujer perdida, recorriendo la casa de arriba abajo o permaneciendo sentada horas en las escaleras del pasillo. En febrero de 1984, a la vista de su postración y de su negativa a alimentarse, el médico prescribió su traslado al hospital de Pontoise. Se quedó allí dos meses. Después, y tras una breve estancia en una clínica privada, sería admitida de nuevo en el hospital de Pontoise, en el servicio de geriatría, donde falleció de una embolia en abril del 86, a los setenta y nueve años.

En el periodo que pasó en casa me puse a anotar, en trozos de papel, sin fecha, frases, comportamientos de mi madre que me aterrorizaban. No podía soportar que semejante degradación se apoderara de mi madre. Un día soñé que le gritaba enfadadísima: «¡Deja de estar loca de una vez!». Luego, cuando volvía de visitarla en el hospital de Pontoise, necesitaba escribir sobre ella a toda costa, sus palabras, su cuerpo, que me resultaba cada vez más cercano. Escribía muy rápido, sumida en la violencia de las sensaciones, sin pensar ni buscar un orden.

Constantemente, en todas partes, me venía a la cabeza la imagen de mi madre en ese lugar.

A finales del 85, empecé el relato de su vida, con sentimiento de culpa. Tenía la impresión de encontrarme en un tiempo en que ella ya había dejado de existir. También vivía desgarrada, entre una escritura donde la imaginaba joven, comiéndose el mundo, y el presente de las visitas que me conducía a la inexorable degradación de su estado.

Al morir mi madre, rompí ese comienzo de relato, emprendiendo otro que vio la luz en el 88, Una mujer. Durante todo el tiempo que me ocupó la escritura de aquel libro, no volví a leer las páginas redactadas durante la enfermedad de mi madre. Era como si me estuvieran prohibidas: había consignado sus últimos meses, sus últimos días, hasta el penúltimo, sin saber que lo eran. Esa inconsciencia de lo que se avecinaba —que sin duda caracteriza toda escritura, al menos la mía— adquiría en ese caso un aspecto espantoso. En cierta manera, aquel cuaderno de visitas me había conducido a la muerte de mi madre.

Durante mucho tiempo pensé que nunca lo publicaría. Quizá deseaba dejar de mi madre, y de mi relación con ella, una sola imagen, una sola verdad, la que intenté alcanzar en Una mujer. Creo ahora que la unicidad, la coherencia en la que desemboca una obra —sea cual sea, por otra parte, la voluntad de tener en cuenta los datos más contradictorios— debe ponerse en peligro cuantas veces sea posible. Al hacer públicas estas páginas, se me presenta la ocasión.

Las revelo tal y como fueron escritas, fruto del estupor y el trastorno que entonces sentía yo. No he querido modificar nada al transcribir aquellos momentos en que me quedaba junto a ella, fuera del tiempo —salvo, quizá, el de una pequeña infancia reencontrada—, de todo pensamiento, menos: «es mi madre». Había dejado de ser la mujer que había conocido, que velaba por mi vida, y sin embargo, bajo ese rostro inhumano, por su voz, sus gestos, su risa, era mi madre, más que nunca.

En ningún caso se leerán estas páginas como un testimonio objetivo sobre la «larga estancia» en una residencia, y menos aún como una denuncia (las cuidadoras eran, en su mayoría, de lo más atentas), sino únicamente como el residuo de un dolor.

«No he salido de mi noche» es la última frase que escribió mi madre.

A menudo sueño con ella, tal como era antes de su enfermedad. Está viva pero ha estado muerta. Cuando me despierto, durante un minuto, sigo convencida de que vive de verdad con esa doble forma, muerta y viva a la vez, como esos personajes de la mitología griega que han franqueado dos veces el río de los muertos.

marzo de 1996

1983
diciembre

Permanece sentada en una silla, en el comedor. Postrada, con el rostro inmóvil, laxo. No tiene la boca abierta, pero de lejos lo parece.

«No consigo dar con él» (el neceser, el guante de la ducha, la rebeca, todo). Se le escapan las cosas.

Quiere ver la tele ahora mismo, imposible esperar a que quite los platos de la mesa. Ya no entiende nada, solo su deseo.

Cada noche, subimos a acostarla, David y yo. En el lugar donde el parqué se convierte en moqueta, levanta la pierna muy arriba, como si se metiera en el agua. Nos reímos, ella también se ríe. Hace un rato, ya acostada en la cama, jubilosa, después de tirar todos los objetos de la mesilla al querer ponerse crema, me dice: «Ahora voy a dormir, gracias SEÑORA».

Ha venido el doctor. No ha podido decirle su edad. Se ha acordado muy bien de que ha tenido dos hijos. «Dos hijas», ha precisado. Se había puesto dos sujetadores, uno encima de otro. He pensado en el día en que descubrió que yo llevaba uno sin haberle dicho nada. Sus gritos. Tenía catorce años, era una mañana de junio. Yo iba en combinación y estaba lavándome la cara.

Me han vuelto los dolores de estómago. Ya no me enfado con ella ni con sus pérdidas de memoria. Solo indiferencia.

Hemos ido al centro comercial. Ha querido comprarse el bolso más caro de La Bagagerie, un bolso de cuero negro. Repetía: «Quiero el más bonito, es mi último bolso».

Luego la he acompañado a La Samaritaine. Un vestido y una chaqueta, esta vez. Anda lentamente y tengo que llevarla casi en volandas. Se ríe sin motivo. Las dependientas nos miran raro, se sienten incómodas. Yo no, pero las miro de arriba abajo, con arrogancia.

Ha preguntado a Philippe, ansiosa: «¿Qué es usted de mi hija?». Él suelta una carcajada: «¡Su marido!». Ella se ríe.

1984
enero

Siempre confunde su habitación con mi despacho. Me abre la puerta, se da cuenta de su error, vuelve a cerrar despacito, veo que se sube lentamente el picaporte, como si no hubiera nadie detrás. Angustia. Dentro de una hora volverá a las andadas. Ya no sabe dónde está.

Esconde las bragas manchadas debajo de la almohada. Esta noche me he acordado de las bragas llenas de sangre que escondía ella debajo del montón de ropa sucia en el desván hasta el día de la colada. Yo tenía apenas siete años y me quedaba mirándolas, fascinada. Y ahora están llenas de mierda.

Esta noche estaba corrigiendo exámenes. Al lado, en el cuarto de estar, ella ha levantado la voz, sosegada, como en el teatro. Hablaba a una niña invisible: «Es tarde, nenita mía, es hora de que vuelvas a tu casa». Se reía, toda contenta. Me he tapado los oídos con las manos, me ha parecido que me adentraba en algo inhumano. No estoy en el teatro, ES MI MADRE HABLANDO SOLA.

He encontrado una carta que había empezado ella a escribir: «Querida Paulette: no he salido de mi noche». Ahora, ya no puede escribir. Son como las palabras de otra mujer. Era hace un mes.

febrero

Durante la comida habla como si trabajara en una granja, como si mis hijos fueran los empleados y yo la patrona. Solo quiere petits suisses y dulces.

Isabelle (mi sobrina) ha comido con nosotros este domingo, muerta de la risa a cada frase aberrante de mi madre. Solo nosotros tenemos derecho a reírnos de las locuras de mi madre, nosotros, los niños, yo, ella no. La gente de fuera, no. Éric y David dicen: «¡Es demasiado, la abuela!». Como si, en su demencia, siguiera siendo extraordinaria.

Se ha levantado esta mañana y con un hilillo de voz: «Me he hecho pipí en la cama, se me ha escapado».

Las mismas palabras que decía yo cuando me pasaba de pequeña.

Sábado, ha vomitado el café. Estaba tumbada, inerte. Sus ojos habían empequeñecido, tenían una aureola roja. La he desvestido para cambiarla. Su cuerpo es blanco y blando. Después, me echo a llorar. Es a causa del tiempo, de aquel otro tiempo. Y también porque es mi cuerpo lo que estoy viendo.

Me da miedo que se muera. La prefiero loca.

lunes 25

Hemos estado esperando dos horas en urgencias, con mi madre tumbada en una camilla. Se ha meado. Un muchacho había querido suicidarse con barbitúricos. Hemos entrado en la consulta, han echado a mi madre en la mesa. El interno le ha levantado el camisón hasta el vientre. Sus muslos, su sexo blanco, algunas estrías. De repente es como si fuera yo, así exhibida.

He pensado en la gata que murió cuando tenía yo quince años, se orinó en mi almohada antes de morir. Y en la sangre, en los humores que perdí antes de abortar, hace veinte años.

marzo jueves 15

En el pasillo del hospital —no, decir la residencia de ancianos del hospital, última planta— oigo: «¡Annie!». Es ella, que me llama, la han cambiado de habitación. ¿Cómo ha reconocido mi silueta? Ya no ve, o apenas (su catarata). Cuando entro en la habitación, dice «estoy salvada». Sin duda eso quiere decir «porque estás aquí». Me cuenta toda suerte de contingencias, con detalles precisos: las tareas que le obligan a hacer, sin pagarle, sin darle de beber. Una fabulación desbordante. Pero ahora me reconoce siempre, al contrario de cuando estaba en mi casa.

sábado 17

Me acoge muy mal. Ceñuda: «¡Tus visitas me molestan! ¿Has visto cómo te comportas? ¿No te da vergüenza?». Estoy estupefacta, acabo de pasar la noche con A., haciendo el amor. ¿Cómo SE HA ENTERADO? La creencia de mi infancia me sumerge, su ojo capaz de verlo todo, como Dios, en la tumba de Caín. Añade: «¡No es posible! ¡Seguro que te habían drogado!». Más tarde: «¡El mundo se ha vuelto loco! ¡Tiene que ser eso!». Me echo a reír, algo aliviada. Nunca mujer alguna estará tan cerca de mí, hasta estar como en mí.

domingo 18

Eran las siete de la tarde, y ya se había quedado dormida. La despierto. Cree que su vecina de cama es un niñito que acaba de ahogarse en un estanque: «Los guardias estaban sentados justo delante, en un banco, y no han hecho nada para salvarlo». Bruscamente, me dice: «¿Entonces, esa boda, es para dentro de quince días?». (Y resulta que mañana voy a ver a la abogada para pedir el divorcio.)

martes 28

Sus manos deformadas. El índice, prominente desde el nudillo, parece una garra de pájaro. Cruza los dedos, se los frota. No puedo dejar de mirarle las manos. Sin una palabra, se levanta para ir a cenar. En el momento en que entra al comedor, soy «ella». Inmenso dolor de ver que su vida termina así.

abril miércoles 4

Me he sentado en su sillón, y ella, en una silla. Impresión terrible de desdoblamiento, yo soy yo y ella. Se ha metido pan en los bolsillos, el viejo miedo a que falte, a pasar hambre (antes eran terrones de azúcar, siempre en el bolsillo, en el bolso). Se queja de no poder relacionarse con nadie, de que los hombres solo piensan en ir detrás de las faldas. Los recelos de toda su vida.

domingo 8

El viernes pasado salí en Apostrophes.

Hoy la habían puesto en otra habitación, con dos pacientes encamadas, mudas. La habían atado al sillón. Al parecer le picaban mucho los ojos y no paraba de darse saliva en los párpados. Me ha contado que hubo un robo la noche anterior pero «nos han respetado la vida, eso es lo principal». La he desatado para pasearla por el pasillo y enseñarle sus ojos a la enfermera. Ese horror de verla desnuda, de espaldas, cuando la levanto, con ese camisón que se abre entero por detrás.

En el pasillo, he visto, por la puerta entreabierta de una habitación, a una mujer con las piernas levantadas. A su lado otra mujer gemía exactamente como si se corriera. Todo era alucinante esta tarde. Y el sol lucía, resplandeciente.

sábado 14

Está comiendo la tarta de fresas que le he traído, pinchando la fruta en medio de la crema pastelera. «Aquí no tienen contemplaciones conmigo, me hacen trabajar como a una negra, y nos dan mal de comer.» Sus obsesiones, el miedo de los pobres del que ya me había olvidado.

Frente a nosotras, una mujer descarnada, espectro de Buchenwald, está sentada, muy recta, con una mirada terrible. Se levanta el camisón, se le ve el pañal pegado al sexo. Las mismas escenas en la tele resultan tremendas. Aquí no. Aquí no hay nada tremendo. Solo mujeres.

domingo de Pascua

Cuando llego, está acostada. La afeito. Las otras dos mujeres de la habitación no abren la boca. Olor a pis, a mierda. Oigo gritos en la habitación de al lado: es la antigua compañera de mi madre en el hospital, la señora Plassier. Me digo a mí misma: ¡Es Pascua! Los coches desfilan por la autopista. Retornos de un hermoso domingo. La vecina de mi madre está echada con la mano en el sexo. Más triste que la tristeza misma.

jueves 26

Escena difícil. Cree que vengo a buscarla, que se va a ir de aquí. Su decepción es inmensa, no puede tragar bocado. Remordimientos espantosos. A veces, sin embargo, tranquilidad: es mi madre y ya no es ella.

Oído a Zouc: «La gente tiene que morirse para asegurarse uno de no seguir bajo su dependencia».

domingo 29

La afeito y le corto las uñas de las manos. Estaban sucias. Su lucidez: «Me quedaré aquí hasta que me muera». Y: «He hecho todo lo posible para que fueras feliz, y no por eso lo has sido más».

mayo martes 8

Mi madre estaba acostada, minúscula, con la cabeza echada hacia atrás como los domingos por la tarde de mi infancia (¿me molestaba?), con las piernas levantadas (lo mismo que en mi infancia). Llevaba un pañal. Su vergüenza, «me lo he puesto para no ensuciar». Su ira, también, sin rastro de las virtudes cristianas que veneraba: «¡Haber trabajado toda la vida y acabar así!». Su mirada es opaca, de loca. Sus rasgos sí son los suyos, su nariz, sus labios de perfil bonito y regular.

He pensado en el 8 de mayo del 58, tenía yo veintiséis años. Había ido a la ciudad bajo una lluvia ininterrumpida, para esperar a Guy D. No lo vi. Llevaba un paraguas rojo y un abrigo loden.

Cuando he entrado en el ascensor para irme, se ha quedado plantada delante. Las puertas se han cerrado y ella ha seguido hablando. Un momento insoportable.

domingo 13

Aquí, en Us,1 peor que en Pontoise. La celadora me dice con tono de reproche: «Se ha hecho pis, ha puesto la habitación perdida».

Mi sadismo me horroriza. He obligado a mi madre a ponerse el corsé, las medias. Se abrocha como puede el corsé. Tiene las piernas muy flacas, le han puesto unas bragas de punto de algodón «Petit-bateau». Me obedece, amedrentada. Esta escena me obsesiona, mi madre con la mirada de una demente, tengo unas ganas de llorar enormes y no acabo de estallar (¿lo conseguiré cuando se muera?). Mi sadismo de hoy me recuerda el de mi infancia, con otras niñas. Sádica quizá porque me tenía ella atemorizada.

jueves 17

He ido a buscarla a Us. La han admitido definitivamente en el servicio de geriatría de Pontoise. Se pasea quizá por última vez en coche, no lo sabe. Cuando llegamos al patio del hospital, se le descompone la cara. Me doy cuenta de que pensaba que estábamos volviendo a mi casa. Su habitación está ahora en el tercer piso. Un círculo de mujeres nos rodea, tutean a mi madre. «¿Vas a quedarte con nosotras?» Parecen crías con una «nueva» en la escuela. Cuando me voy, me mira con aire perdido, alarmado: «¿Te vas?».

Todo se ha invertido, ahora es mi hijita. NO PUEDO ser su madre.

viernes 18

Dormía en combinación. La red de venas azules en su pecho. La piel del interior de los brazos arrugada como la parte inferior de los champiñones. La despierto despacio. Después no para de meterse con la vecina de cama, una mujer gorda y plácida. Viene el enfermero, nos habla, un joven barbudo, de esos de mayo del 68. Mi madre, cuando se ha ido el chico, se vuelve, celosa, hacia su vecina: «¿Qué, ya estás contenta, ya has visto a tu doctorcito?». El hombre —mejor así— aún y siempre en la cabeza. Mujer de deberes, obsesionada sin duda por los deseos.

martes 22

«He soñado con Victor Hugo, había venido de visita al pueblo. Se paró a hablar conmigo.» Se ríe al acordarse de su sueño. Escogida por el gran poeta, la elegida, qué bien le va.

Su cara se abotaga, cambia. Le había llevado sidra, me había dicho que le apetecía. Se han acercado a informarme con toda solemnidad que las bebidas alcohólicas están prohibidas.

viernes 25

No aparece su segundo par de gafas. Le pregunto si se acuerda dónde las ha puesto. Se queda dormida. La toco como a un niño, por primera vez, durante su sueño. Fuera, es el mes de mayo. El rocío de mayo, que cogía ella con un guante de felpa para después frotármelo por la cara, y así tendría una tez bonita. El día de mi primera comunión, en mayo, ella había pasado el cepillo en la iglesia, en traje negro, con una gran capelina, zapatos de tacón alto de presilla, «una hermosa mujer». Tenía cuarenta y cinco años. Tengo un año menos. Duerme con los ojos abiertos, las piernas muy blancas al descubierto, el sexo visible. Lloro. Al lado, la vieja rehace indefinidamente su cama, doblando la manta, desdoblándola. Mujeres.

junio domingo 3

Está en el comedor, enfrente de otra mujer, a la que mira con una sonrisa espantosa, mezcla de curiosidad y sadismo (¿dónde y cuándo he visto yo esa sonrisa?). La mujer tiene los ojos llenos de lágrimas, como hipnotizada por mi madre, por su aire de curiosidad perversa. Todas las mujeres están locas hoy. La que comparte ahora la habitación con mi madre gritaba: «¡Una rebanada de pan con mantequilla por favor!», sin parar. Otra hablaba sola en el pasillo. Una inmensa agitación, misteriosa.

jueves 7

«Terminar aquí mis días», cada vez. Celos persistentes de mi suegra: «Si se hubiera tratado de la madre de Raymond (quiere decir seguramente Philippe, mi marido), seguro que le habríais hecho sitio». La vieja que comparte habitación con mi madre me espanta. En cuanto he aparecido por el umbral de la puerta se ha puesto a gritar: «¡Quiero ir al váter!». La he llevado. Una vez fuera, se pone a gritar aún más, con el pañal en la mano, y me dice que le vuelva a poner las bragas. Lo hago. También hay que quitarle los mocos. Mi madre mira y dice: «Es terrible. Ya ha tenido tres hijos».

viernes 15

A mi llegada, me la encuentro sentada cerca del ascensor, aturdida. Hablaba tan bajo que apenas si podía oírla. En el pasillo hacia su habitación, andaba medio encorvada. Hacía migas la galleta sin comérsela. Me entran ganas de llorar al ver esa petición de amor que me hace, que ya nunca se verá satisfecha (cuánto la quise de niña). Pienso en mi propia petición de amor a A., ahora que me huye.

Cuando vuelvo a coger el ascensor, veo su cara entre las dos puertas que se cierran brutalmente y que parecen suprimirla de un chasquido.

Repetición de esas visitas, siempre idénticas: estamos sentadas la una frente a la otra, unas frases, más o menos normales. Conozco a las demás mujeres. Una recorre el pasillo sin parar, siempre con paso rápido, muy derecha, bastante joven. Se parece al reloj estropeado de El niño y los sortilegios de Ravel. Hoy he visto que tenía un marido, de unos sesenta años, traje azul y ojos rojos.

Una enfermera grita al teléfono: «¿Se está muriendo uno?».

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856,41 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
10 ноября 2025
Объем:
61 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788419047021
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
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