Читать книгу: «Los años»

LOS AÑOS

PRIMERA EDICIÓN septiembre 2019 TÍTULO ORIGINAL Les années
Publicado por
EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.
info@cabaretvoltaire.es www.cabaretvoltaire.es
©2008 Éditions Gallimard
©de la traducción, 2019 Lydia Vázquez Jiménez
©de esta edición, 2019 Editorial Cabaret Voltaire SL
IBIC: FA
ISBN-13: 978-84-190470-4-5
DEPÓSITO LEGAL: M-26229-2019
Producción del ePub: booqlab
Dirección y Diseño de la Colección MIGUEL LÁZARO GARCÍA JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA
Fotografías Cubierta: La lectora, 1994 ©Gerhard Richter Guarda: Annie Ernaux ©2001 Leemage-AFP
Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.
LOS AÑOS
La historia es la realidad del hombre. No tiene otra. Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
La rebelión de las masas
Sí… Nos olvidarán. ¡Ese es nuestro sino, contra el que nada se puede!… ¡Lo que ahora nos parece serio, significativo, de gran importancia…, llegará el día en que lo olvidemos o se nos antoje poco importante!…
¡Es interesante, en realidad!… En el momento actual no podemos saber qué, con el tiempo, llegará a tenerse por importante y qué por lastimoso y ridículo. ¿Acaso el descubrimiento de Copérnico o el de Colón no fueron considerados, en sus principios, como fútiles y risibles, mientras cualquier majadería que escribiera un chiflado era tenida por una verdad?… ¡Puede que esta vida actual nuestra, que ahora nos satisface, llegue un día a resultar extraña, incómoda, necia, y no solo insuficientemente pura, sino hasta pecaminosa!…
ANTÓN CHÉJOV
Tres hermanas
Todas las imágenes desaparecerán.
la mujer en cuclillas que orinaba a plena luz del día detrás de un barracón que hacía las veces de bar, junto a las ruinas, en Yvetot, después de la guerra, se subía las bragas de pie, con la falda remangada, y se volvía al bar
la cara cubierta de lágrimas de Alida Valli bailando con Georges Wilson en la película Una larga ausencia
el hombre con el que nos cruzábamos en una acera de Padua, en el verano de 1990, con las manos pegadas a los hombros, evocando inmediatamente el recuerdo de la talidomida prescrita a las mujeres embarazadas contra las náuseas treinta años antes y a la vez el chiste que se contaba justo después: una futura madre está tejiendo una canastilla mientras toma talidomida, una vuelta, una pastilla. Una amiga espantada le dice, no sabes que tu bebé puede nacer sin brazos, y ella contesta, sí, ya lo sé, pero no sé tejer mangas
Claude Piéplu, a la cabeza de un regimiento de legionarios, con la bandera en una mano y con la otra tirando de una cabra, en una película de Los Charlots
esa dama majestuosa, enferma de Alzheimer, vestida con una camisola de flores como el resto de los pensionistas de la residencia de ancianos, pero ella, con un chal azul por los hombros, caminando sin cesar a zancadas por los pasillos, con altivez, como la duquesa de Guermantes en el Bois de Boulogne y que evocaba a Céleste Albaret tal y como apareció una noche en un programa de Bernard Pivot
en un escenario de teatro al aire libre, la mujer encerrada en una caja que unos hombres habían atravesado de parte a parte con lanzas de plata, rescatada viva porque se trataba de un truco de prestidigitación denominado El martirio de una mujer
las momias en harapos de encaje colgando de las paredes del convento dei Cappuccini de Parlermo la cara de Simone Signoret en el cartel de Thérèse Raquin
el zapato girando en una plataforma rotatoria de una tienda de la cadena André en la Rue Gros-Horloge en Rouen, y alrededor la misma frase desfilando continuamente: «Con Babybota el bebé trota y crece bien»
el desconocido de la estación Termini en Roma, que había bajado a medias el estor de su compartimento de primera e invisible hasta la cintura, de perfil, manipulaba su sexo en dirección a unas jóvenes viajeras del tren del andén de enfrente, acodadas en la barra de la ventanilla
aquel tipo en un anuncio en el cine de Paic Vajilla, que rompía alegremente los platos sucios en lugar de lavarlos. Una voz en off decía severamente «¡Esa no es la solución!» y el tipo miraba con aire desesperado a los espectadores, «¿y cuál es la solución?»
la playa de Arenys de Mar junto a las vías del ferrocarril, el cliente del hotel que se parecía al animador radiofónico belga Zappy Max
el recién nacido agitado en el aire como un conejo desollado en la sala de partos de la clínica Pasteur de Caudéran, vuelto a ver media hora más tarde, todo vestido, durmiendo de costado en la cunita, con una mano fuera y la sábana estirada hasta los hombros
la silueta vivaracha del actor Philippe Lemaire, casado con Juliette Gréco
en un anuncio en la tele, el padre, oculto tras su periódico, intentando en vano lanzar al aire un bombón Picorette y atraparlo con la boca como su hija pequeña
una casa con un cenador cubierto de parras, que era un hotel en los años sesenta, en el 90 A de la Fondamenta delle Zattere, en Venecia
los cientos de rostros petrificados, fotografiados por la Administración antes de su partida hacia los campos de concentración, en las paredes de una sala del museo del Palais de Tokyo, en París, a mediados de los años 1980
el retrete instalado justo sobre el río, en el patio trasero de la casa de Lillebonne, los excrementos mezclados con el papel arrastrados lentamente por el agua que chapoteaba alrededor
todas las imágenes crepusculares de los primeros años, con los charcos luminosos de un domingo de verano, las de los sueños en los que resucitan los padres muertos, en los que caminamos por rutas indefinibles
la de Escarlata O’Hara arrastrando por las escaleras al soldado yanqui al que acaba de matar o corriendo por las calles de Atlanta en busca de un médico para Melania que va a dar a luz
de Molly Bloom acostada junto a su marido y acordándose de la primera vez que un muchacho la besó y ella dijo sí sí sí
de Elisabeth Drummond asesinada junto a sus padres en una carretera de Lurs, en 1952
las imágenes reales o imaginarias, las que perduran hasta durante el sueño
las imágenes de un momento bañadas por una luz que les es propia
Se desvanecerán todas de golpe como ha sucedido con los millones de imágenes que estaban tras las frentes de los abuelos muertos hace medio siglo, de los padres, muertos también ellos. Imágenes donde aparecíamos como niñas en medio de otros seres ya desaparecidos antes de que naciéramos, igual que en nuestra memoria están presentes nuestros hijos pequeños junto a nuestros padres y nuestras compañeras de colegio. Y un día estaremos en el recuerdo de nuestros hijos entre nietos y personas que aún no han nacido. Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginarios, el sueño y la historia.
Se anularán súbitamente los miles de palabras que han servido para nombrar las cosas, las caras de las personas, los actos y los sentimientos, que han ordenado el mundo, que han hecho latir el corazón y humedecer el sexo.
los eslóganes, los grafitis en las paredes de las calles y de los váteres, los poemas y los chistes verdes, los títulos anamnesis, epígono, noema, teorético, los términos copiados en una libreta con su definición para no mirar cada vez en el diccionario
los giros que otros utilizaban con naturalidad y que nos sentíamos incapaces de llegar a usarlos un día, resulta innegable que, no queda sino admitir que
las frases tremendas que habríamos debido olvidar, más tenaces que otras por el esfuerzo mismo hecho para borrarlas, pareces una puta mustia
las frases de los hombres en la cama por la noche. Hazme lo que quieras, soy tu cosa
existir es beberse sin sed, de Jean-Paul Sartre
¿dónde estaba usted el 11 de septiembre de 2001?
in illo tempore el domingo en misa
un carroza, ¡menudo zipizape!, ¡chachi!, ¡eres un garrulo! Expresiones en desuso, escuchadas de nuevo por casualidad, bruscamente valiosas como objetos perdidos y reencontrados, y nos preguntamos cómo han podido conservarse
las palabras relacionadas para siempre con una persona como una divisa, en un lugar preciso de la nacional 14, porque un ocupante del coche las ha dicho justo cuando pasábamos por ahí y no podemos volver a pasar por el mismo sitio sin que esas palabras nos salten a la cara como los surtidores enterrados del Palacio de Verano de Pedro el Grande que brotan cuando los pisamos
los ejemplos gramaticales, las citas, los insultos, las canciones, las frases copiadas en nuestras libretas durante la adolescencia
el padre Trublet recopilaba, recopilaba, recopilaba
la gloria para una mujer es el duelo resplandeciente de la felicidad, de Germaine de Staël
nuestra memoria está fuera de nosotros, en un soplo lluvioso del tiempo, de Proust
el colmo de una monja es ponerse enferma y no tener cura
no es lo mismo irse la mona a dormir que irse a dormir la mona
era un don, un cerdito con un corazón / comprado en el mercado por cien perras / cien perras de las de antes de la guerra
mi historia es la historia de un amor
¿se puede trastear con un trasto? ¿Se puede meter un pitorro en un chisme?
(soy el mejor, a esto no me gana nadie: me llamo Paco pero puedes llamarme pa’comé; ¿araña? No, gato; ¿vino de la casa, señor? ¡Y a usted qué le importa de dónde vengo!; ¿está Consuelo? No. ¿Pues entonces dónde pisa?; ¿está Conchita? No, está con Tarzán; ¿a qué hora llega el avión de Caracas? Viene demorado. Bonito color, pero ¿a qué hora llega? Chistes y juegos de palabras escuchados mil veces, ni sorprendentes ni graciosos desde hacía tiempo, irritantes de puro obvios, que solo servían para consolidar la complicidad familiar y que habían desaparecido ya al romperse la pareja pero que de vez en cuando volvían a la boca, sin venir a cuento, incongruentes, porque era lo único que quedaba tras años de separación)
las palabras o expresiones que no podemos entender cómo existieron en otro tiempo, mazacote (carta de Flaubert a Louise Colet), planchar la oreja (George Sand a Flaubert)
el latín, el inglés, el ruso aprendido en seis meses por amor a un soviético y del que solo quedaba da svidania, ya tebia liubliu karasho
cariño, ¿tú y yo qué somos? Dos pronombres
esas metáforas tan usadas que te extraña que haya gente que se atreva a decirlas, la guinda del pastel
oh Madre sepultada fuera del primer jardín, de Charles Peguy
andar más perdido que Carracuca que más tarde cambió a más perdido que un pato o que un pulpo en un garaje, expresiones que van pasando de moda
las palabras de hombre que no nos gustaban, correrse, meneársela las aprendidas durante la carrera, que daban la impresión de vencer la complejidad del mundo. Una vez pasado el examen, desaparecían aún más rápido de lo que habían aparecido
las frases repetidas, horripilantes, de los abuelos, de los padres, más vivas que sus propios rostros después de muertos, ya me ocupo yo, no le des más vueltas
las marcas de productos antiguos, de breve duración, cuyo recuerdo fascinaba más que el de una marca conocida, el champú Dulsol, el chocolate Cardon, el café Nadi, como un recuerdo íntimo, imposible de compartir
Y pasaron las grullas, de Mikhail Kalatozov
Marianne de mi juventud, de Julien Duvivier
Madame Soleil sigue entre nosotros
«al mundo le falta fe en una verdad trascendente», de Renouvier
Todo se borrará en un segundo. El diccionario acumulado de la cuna hasta el lecho de muerte se eliminará. Llegará el silencio y no habrá palabras para decirlo. De la boca abierta no saldrá nada. Ni yo ni mí. La lengua seguirá poniendo el mundo en palabras. En las conversaciones en torno a una mesa familiar seremos tan solo un nombre, cada vez más sin rostro, hasta desaparecer en la masa anónima de una generación remota.
Es una foto sepia, ovalada, pegada en el interior de una carpetilla de ribete dorado, protegida por una hoja de papel gofrado, transparente. Debajo, Photo-Moderne, Ridel, Lillebonne (S. Inf.re). Tel. 80. Un bebé rollizo y enfurruñado, de pelo moreno en forma de tirabuzón en la coronilla, está sentado medio desnudo sobre un cojín en el centro de una mesa labrada. El fondo nubloso, la guirnalda de la mesa, la camisola bordada, remangada a la altura del vientre (la mano del bebé oculta el sexo), el tirante que se ha resbalado del hombro regordete, todo confluye en la representación de un amor o el angelote de un cuadro. Cada miembro de la familia habrá recibido una copia y habrá pensado inmediatamente a cuál de las dos ramas ha salido la criatura. En este ejemplar de los archivos familiares (que debe de datar de 1941) imposible ver otra cosa que la puesta en escena ritual, en modo pequeñoburgués, de la entrada en el mundo.
Otra foto, firmada por el mismo fotógrafo (pero el papel de la carpetilla es más basto y el ribete dorado ha desaparecido), sin duda abocada a la misma distribución familiar, muestra a una niñita de unos cuatro años, seria, casi triste a pesar de su simpática cara rechoncha coronada de un pelo corto dividido por la mitad por una raya y estirado hacia atrás con unas horquillas a las que están pegados unos lazos en forma de mariposa. La mano izquierda descansa sobre la misma mesa labrada, enteramente visible, estilo Luis XVI. Aparece embutida en una blusa, y la falda de tirantes levanta un poco por delante a causa de un vientre abombado, quizá síntoma de raquitismo (hacia 1944).
Otras dos fotos de bordes dentados, probablemente de la misma fecha, muestran a la misma niña, pero más menuda, con un vestido de volantes y mangas farol. En la primera, se acurruca contra una mujer de cuerpo robusto y macizo, con un vestido de rayas anchas y tirabuzones en el pelo. En la otra alza el puño izquierdo, el derecho está retenido por la mano de un hombre alto de chaqueta clara y pantalón de pinzas, con postura indolente. Las dos fotos han sido tomadas el mismo día delante de un murete bordeado por flores en un patio pavimentado. Por encima de las cabezas cruza una cuerda de tender en la que ha quedado olvidada una pinza.
Los días festivos después de la guerra, en la interminable lentitud de las comidas, surgía de la nada y tomaba forma el tiempo ya empezado, ese que a veces parecían detener los padres cuando olvidaban contestarnos, con la mirada perdida, ese tiempo en el que no estábamos, en el que nunca estaremos, el tiempo de antes. Las voces mezcladas de los comensales componían el gran relato de los acontecimientos colectivos a los que, a fuerza de escucharlos, nos parecía haber asistido.
No se cansaban nunca de contar el invierno del 42, glacial, el hambre y el colinabo, el avituallamiento y los cupones para el tabaco, los bombardeos
la aurora boreal que había anunciado la guerra
las bicicletas y las carretas en la Derrota, las tiendas saqueadas
los siniestrados rebuscando entre los escombros en busca de sus fotos y su dinero
la llegada de los alemanes (cada uno situaba dónde, en cada ciudad), los ingleses siempre correctos, los americanos caraduras, los colaboracionistas, el vecino en la Resistencia, la chica X rapada tras la Liberación
Le Havre arrasada, donde no quedaba nada, el mercado negro
la Propaganda
los boches en su huida cruzando el Sena en Caudebec en caballos reventados
la campesina que se tira un cuesco en un compartimento de tren donde se encuentran unos alemanes y proclama a quien la quiera oír «si no pueden entendernos por lo menos nos olerán»
Con fondo de hambre y miedo, todo se contaba desde el «nosotros».
Hablaban de Pétain encogiéndose de hombros, demasiado viejo y ya chocho cuando fueron a detenerlo porque no podían hacer otra cosa. Imitaban el vuelo y el zumbido de los V2 dando vueltas en el cielo, mimaban el espanto pasado, simulando las deliberaciones en los momentos más dramáticos, qué hago yo ahora, para mantener el suspense.
Era un relato lleno de muertos y violencia, de destrucciones, narrado con un júbilo que parecía querer desmentir por intervalos un «nunca más», vibrante y solemne, seguido de un silencio, como una llamada de atención dirigida a algún poder oculto, remordimiento de un goce.
Pero solo hablaban de lo que habían visto, lo que podía revivirse comiendo y bebiendo. No tenían bastante talento o convicción para hablar de lo que sabían pero no habían visto. Es decir, ni de los niños judíos subiendo a los trenes para Auschwitz, ni de los muertos de hambre recogidos por la mañana en el gueto de Varsovia, ni de los 10.000 grados de Hiroshima. De ahí esa impresión que no disiparán más tarde las clases de historia, los documentales, las películas: ni los hornos crematorios ni la bomba atómica se situaban en la misma época que la mantequilla en el mercado negro o las bajadas al sótano.
Por asociación, se ponían luego a hablar de la guerra de antes, la Grande, la del 14, ganada con sangre y gloria, una guerra de hombres que las mujeres de la mesa escuchaban con respeto. Hablaban del Chemin des Dames y de Verdún, de los gaseados, de las campanas del 11 de noviembre de 1918. Nombraban pueblos adonde no volvió ni un solo hijo de los que marcharon al frente. Oponían los soldados en el barro de las trincheras a los prisioneros del 40, calentitos en su refugio durante cinco años, a los que no había caído ni una sola bomba en la cabeza. Se disputaban el heroísmo y la desgracia.
Remontaban a tiempos en los que ni ellos mismos existían, la guerra de Crimea, la del 70, los parisinos que habían comido ratas.
En el relato del tiempo de antes solo había guerras y hambre.
Para terminar, cantaban Ah le petit vin blanc y Fleur de Paris, voceando a coro las palabras del estribillo, bleu-blanc-rouge sont les couleurs de la patrie (azul-blanco-rojo son los colores de la patria). Estiraban los brazos y se reían, otro que no será para los boches, gritaban a modo de brindis.
Los niños no escuchaban y se apresuraban a levantarse de la mesa en cuanto les daban permiso, aprovechándose de la benevolencia general de los días de fiesta para dedicarse a los juegos prohibidos, saltar encima de las camas y hacer el pino. Pero lo retenían todo. Frente al tiempo fabuloso (cuyos episodios tardaron en ordenar, la Derrota, el Éxodo, la Ocupación, el Desembarco, la Victoria) encontraban apagado ese, sin nombre, en el que les había tocado crecer. Sentían, o casi, no haber nacido cuando había que salir en tropel por las carreteras y dormir en la paja, como los gitanos. De ese tiempo no vivido guardarían una añoranza tenaz. La memoria de los otros les provocaba una nostalgia secreta de esa época que se habían perdido por poco y que esperaban vivir un día.
De la epopeya resplandeciente solo quedaban las huellas grises y mudas de los búnkeres al borde de los acantilados, los innumerables montones de piedras en las ciudades. Objetos oxidados, retorcidos armazones de camas metálicas surgían de entre los escombros. Los tenderos siniestrados se instalaban en barracones provisionales junto a las ruinas. Obuses olvidados por los artificieros explotaban en el vientre de los niños que jugaban con ellos. Los periódicos avisaban: ¡No toquen las municiones! Los médicos extirpaban las amígdalas de los niños con dolor de garganta que se despertaban de la anestesia con éter dando gritos y a los que se obligaba a beber leche hirviendo. En unos carteles descoloridos el general De Gaulle, de tres cuartos, miraba a lo lejos bajo la visera del quepis. El domingo por la tarde jugábamos al parchís o a la mona.
El frenesí de después de la Liberación se iba pasando. Entonces la gente solo pensaba en salir y el mundo estaba lleno de deseos que satisfacer de inmediato.
Todo lo que constituía la primera vez desde la guerra provocaba aglomeraciones, los plátanos, los billetes de la Lotería Nacional, los fuegos artificiales. Por barrios enteros, de la abuela sostenida por sus hijas al recién nacido, todo el mundo se precipitaba a las ferias, a la ceremonia de la retreta de las antorchas, al circo Bouglione donde uno se arriesgaba a ser pisoteado en medio del barullo. Iban en procesión multitudinaria a recibir a la imagen de la Virgen de Boulogne para acompañarla de vuelta al día siguiente durante kilómetros. Profana o religiosa, cualquier ocasión era buena para estar juntos en la calle, como si quisieran seguir viviendo en colectividad. El domingo por la noche, los autocares volvían de la playa con jóvenes muy altos en pantalón corto cantando hasta desgañitarse, subidos en las bacas. Los perros se paseaban en libertad y copulaban en medio de la calle.
Ya ese tiempo empezaba a ser recuerdo de días dorados de cuya pérdida se daba uno cuenta al escuchar en la radio Je me souviens des beaux dimanches… Mais oui c’est loin tout ça (Me acuerdo de aquellos bonitos domingos… Sí, qué lejos queda todo eso). Esta vez los niños sentían haber sido demasiado pequeños como para vivir ese periodo de la Liberación.
No obstante crecíamos tranquilos, «felices de estar en este mundo y ver las cosas claras» en medio de las recomendaciones de no tocar objetos desconocidos y de las quejas incesantes a propósito del racionamiento, de la cartilla del aceite y el azúcar, del indigesto pan de maíz, del carbón de coque que no calienta. ¿Habrá chocolate y mermelada para Navidad? Empezábamos a ir a la escuela con una pizarra y un portaminas bordeando espacios de donde se habían apartado los escombros, nivelados a la espera de la Reconstrucción. Jugábamos al pañuelo, al anillo, al corro de la patata cantando comeremos ensalada como comen los señores, naranjitas y limones, a balón prisionero, o nos cogíamos del brazo y recorríamos así el patio de recreo gritando quién juega al escondite. Cogíamos la sarna, piojos, asfixiados en una toalla embebida de colonia Marie Rose. Subíamos en fila al camión de las radiografías de la tuberculosis sin quitarnos el abrigo ni el pasamontañas. Pasábamos la primera revisión médica riéndonos de vergüenza por quedarnos en bragas en una sala que no calentaba la llama azul que ardía en un plato lleno de alcohol de quemar en la mesa junto a la enfermera. Pronto desfilaríamos de blanco en las calles entre aclamaciones con motivo de la primera fiesta de la Juventud, hasta el campo de deporte donde, entre el cielo y la hierba mojada, ejecutaríamos al ritmo de la música ensordecedora de los altavoces la «coreografía grupal», en medio de una impresión de grandeza y soledad.
Los discursos decían que representábamos el porvenir.
En la ruidosa polifonía de las comidas festivas antes de que surgieran las disputas y los enfados a muerte, nos llegaba a retazos, mezclado con el de la guerra, el otro gran relato, el de los orígenes.
Salían a relucir hombres y mujeres a veces sin más designación que su grado de parentesco, «padre», «abuelo», «bisabuela», reducidos a un rasgo de carácter, una anécdota graciosa o trágica, a la gripe española, la embolia o la coz del caballo que se los había llevado por delante, niños que no habían llegado a nuestra edad, una cohorte de figuras que nunca conoceríamos. Aparecían así cruzados unos hilos de parentesco difíciles de desenmarañar durante años hasta que por fin acabábamos distinguiendo correctamente «ambas partes» y separando los que eran «algo» nuestro por lazos de sangre de los que no eran «nada».
Relato familiar y relato social son todo uno. Las voces de los comensales delimitaban los espacios de la juventud: el campo y las granjas donde, a pérdida de memoria, los hombres habían sido mozos y las mujeres sirvientas, la fábrica donde todos se habían conocido, tratado, casado, las pequeñas tiendas que habían abierto los más ambiciosos. Dibujaban historias sin más acontecimientos personales que los nacimientos, las bodas y los lutos, sin más viajes que los de la mili a una lejana ciudad de acuartelamiento, existencias entregadas al trabajo, a su dureza y su desgaste, amenazadas por el exceso de bebida. La escuela era el trasfondo mítico, una breve edad de oro en la que el maestro había sido el dios inflexible con su regla de hierro para pegar en los dedos.
Las voces transmitían una herencia de pobreza y privación anteriores a la guerra y a las restricciones, sumergida en la noche inmemorial, «hace tiempo», de la que desgranaban los placeres y las penalidades, los usos y los saberes:
vivir en una casa de adobe
llevar galochas
jugar con una muñeca de trapo
lavar la ropa con ceniza
enganchar en la camisola de los niños cerca del ombligo una bolsita de tela con dientes de ajo para ahuyentar las lombrices
obedecer a los padres y recibir bofetadas, como para responderles
Enumeraban las ignorancias, todo lo desconocido y lo imposible de antaño:
comer carne roja, naranjas
tener la seguridad social, las ayudas familiares y la jubilación a los sesenta y cinco
irse de vacaciones
Recordaban los orgullos:
las huelgas del 36, el Frente Popular, antes el obrero no contaba
Nosotros, los pequeños, sentados otra vez para los postres, nos quedábamos a escuchar chistes verdes que, en el relajo de la sobremesa, soltaba la concurrencia, que ya no se retenía, olvidándose de que los críos estaban oyendo, las canciones de juventud de los padres que hablaban de París, de las chicas que se habían perdido, de las que vivían de las mujeres y de los chulos, Le Rouquin (El pelirrojo), L’Hirondelle du Faubourg (La golondrina de los suburbios), Du gris que l’on prend dans ses doigts et qu’on roule (Tabaco que se coge con los dedos y se lía), romanzas de mucha pena y pasión en las que la cantante, con los ojos cerrados, se entregaba en cuerpo y alma, y que hacían brotar las lágrimas que la gente se secaba con la esquina de la servilleta. Por nuestra parte, teníamos derecho a enternecer a los convidados con Étoile des neiges (Estrella de las nieves).
De mano en mano pasaban fotos bruñidas con el dorso manchado por todos los dedos que las habían tocado en otras comidas, mezcla de café y de grasa fundida en un color indefinible. Entre los novios tiesos y graves, los invitados a la boda repartidos en varias filas y pegados a una pared, no se reconocía ni a los propios padres ni a nadie. Tampoco se veía a uno mismo en ese bebé de sexo indistinto medio desnudo sobre un cojín sino a otro, una criatura que pertenecía a un tiempo mudo e inaccesible.
Nada más acabar la guerra, en la mesa sin fin de los días de fiesta, en medio de las risas y las exclamaciones, ¡ya habrá tiempo de morirse!, la memoria de los otros nos ubicaba en el mundo.
Aparte de los relatos, la forma de andar, de sentarse, de hablar y de reírse, de llamar a alguien por la calle, los gestos para comer, coger un objeto, transmitían la memoria pasada de cuerpo en cuerpo desde las profundidades del campo francés y europeo. Una herencia invisible en las fotos que, más allá de las disimilitudes individuales, de la disparidad entre la bondad de unos y la maldad de otros, unía a los miembros de la familia, a los vecinos del barrio y a todos aquellos de quienes se decía que eran gentes como nosotros. Un repertorio de costumbres, una suma de ademanes moldeados por infancias en los sembrados, por adolescencias en los talleres, precedidas por otras infancias, hasta el olvido:
comer haciendo ruido y dejando ver la metamorfosis progresiva de los alimentos en la boca abierta, limpiarse los labios con un trozo de pan, rebañar la salsa del plato tan meticulosamente que podría recogerse sin lavarlo, golpear con la cuchara el fondo del tazón, estirarse al final de la cena. Lavarse diariamente solo la cara y el resto según el grado de mugre, las manos y los antebrazos después del trabajo, las piernas y las rodillas de los niños las noches de verano, porque el lavado integral estaba reservado a los grandes días de fiesta
agarrar las cosas con fuerza, dar portazos. Hacer todo bruscamente, ya se tratara de atrapar un conejo por las orejas, dar un morreo o estrechar al niño en el regazo. Los días en que la cosa está que arde, entrar y salir, mover las sillas
andar a zancadas agitando los brazos, sentarse dejándose caer en el asiento, las viejas hundiendo el puño en el hueco del delantal, levantarse sacándose rápidamente con la mano la falda enganchada entre las nalgas
en el caso de los hombres, el uso continuo de los hombros apoyando la horca, acarreando maderos y sacos de patatas, los niños cansados a la vuelta de la feria
en el caso de las mujeres, rodillas y muslos apretando el molinillo de café, la botella que descorchar, la gallina que hay que degollar y la sangre que va cayendo a la palangana hablar alto y rezongando en cualquier circunstancia, como si desde siempre hubiera que rebelarse contra el universo
La lengua, un francés despellejado y medio dialectal, era indisociable de las voces elevadas y fuertes, de los cuerpos enfundados en las batas y en los monos de trabajo, de las casas bajas con huerta, del ladrido de los perros por la tarde y del silencio que precede a las discusiones, igual que las reglas de gramática y el francés correcto estaban relacionados con el tono neutro y las manos blancas de la maestra de escuela. Una lengua sin cumplidos ni agasajos que contenía la lluvia que cala, las playas de guijarros grises al pie de la pared vertical de los acantilados, los orinales vaciados en el montón de estiércol y el vino de los trabajadores manuales, vehiculaba creencias y prescripciones:
observar la luna que regula el día y la hora del parto, cuándo salen los puerros y cada vez que hay que desparasitar a los críos
no llevar la contraria a las estaciones a la hora de quitarse el abrigo y las medias, de ponerle la coneja al macho, plantar las lechugas según el principio de que había una época para todo, un preciado intervalo de tiempo difícilmente cuantificable entre el «demasiado pronto» y el «demasiado tarde» durante el que la naturaleza daba muestras de buena voluntad, los niños y los gatos nacidos en invierno crecían peor que los otros y el sol de marzo vuelve loco
en las quemaduras aplicar un trozo de patata cruda o una pomada cuya receta mágica solo posee la vecina, curar un corte con orín
respetar el pan, en el grano de trigo está la cara de Dios
Como toda lengua, esa también jerarquizaba, estigmatizaba, a los vagos, a las mujeres casquivanas, a los «sátiros» y los malvados, a los niños malcriados, alababa a las personas «capaces», a las chicas formales, rendía pleitesía a autoridades y notables del lugar, amonestaba ya te enseñará la vida.
Decía los deseos y las esperanzas razonables, un trabajo como Dios manda, al abrigo de la intemperie, no pasar hambre y morir en la cama de uno
los límites, no pedir la luna ni peras al olmo, ser feliz con lo que se tiene
la aprensión de los adioses y de lo desconocido porque cuando uno no se va nunca de casa cualquier otra ciudad es la otra punta del mundo
el orgullo y la herida, no por ser de pueblo somos más tontos que los demás
Pero nosotros, a diferencia de los padres, no faltábamos a la escuela para sembrar colza, recoger manzanas o juntar haces de leña. El calendario escolar había sustituido el ciclo de las estaciones. Los años que teníamos por delante eran cursos, uno tras otro, espacios-tiempo abiertos en octubre y cerrados en julio. A la vuelta a clase forrábamos con papel azul los libros de segunda mano que heredábamos de los alumnos del curso superior. Al ver su nombre mal borrado en la primera página, las palabras que habían subrayado, nos daba la impresión de tomar su relevo, de sentirnos animados por ellos, que habían conseguido aprender todas esas cosas en un año. Nos sabíamos de memoria poesías de Maurice Rollinat, Jean Richepin, Émile Verhaeren, Rosemonde Gérard, canciones, Mon beau sapin roi des forêts (Qué verdes son las hojas del abeto), C’est lui le voilà le dimanche avec le mois de mai nouveau (Mes de mayo primavera). Nos esforzábamos por no hacer ninguna falta en los dictados de Maurice Genevoix, La Varende, Émile Moselly, Ernest Pérochon. Y recitábamos de memoria las reglas gramaticales del francés correcto. En cuanto llegábamos a casa, volvíamos sin darnos cuenta a la lengua original, que no nos obligaba a pensar cada palabra, solo en qué decir o qué no decir, la que nos salía del cuerpo, que iba con el par de bofetadas, el olor a lejía de la bata, la patata cocida durante todo el invierno, los ruidos de pis en el orinal y los ronquidos de los padres.
La muerte de la gente nos daba igual.
La foto en blanco y negro de una chica en bañador oscuro en una playa de guijarros. Al fondo, un acantilado. Está sentada en una roca plana, con las piernas robustas estiradas hacia delante, los brazos apoyados en la roca, los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada, sonriente. Con una gruesa trenza morena por encima del hombro y la otra en la espalda. Todo revela el deseo de posar como las estrellas en la revista Cinémonde o en un anuncio de Ambre Solaire, de escapar a su cuerpo humillante y sin importancia de niña. Los muslos, más claros, así como la parte superior de los brazos, dibujan la forma de un vestido e indican el carácter excepcional, para esa cría, de una estancia o una excursión al mar. La playa está desierta. Al dorso: agosto 1949 Sotteville-sur-Mer.
Va a cumplir nueve años. Está de vacaciones con su padre en casa de unos tíos, artesanos cordeleros. Su madre se ha quedado en Yvetot, al frente de la tienda-bar que no cierra nunca. Ella es la que suele hacerle dos trenzas bien prietas que luego coloca en forma de corona alrededor de su cabeza, sujetas con horquillas y lazos. O ni el padre ni la tía saben peinar así las trenzas, o ha aprovechado la ausencia de la madre para llevarlas sueltas.
Difícil decir en qué está pensando o soñando, cómo ve los años que la separan de la Liberación, de qué se acuerda sin esfuerzo.
Quizá no le quedan ya más imágenes que estas, que resistirán a la pérdida de la memoria:
la llegada a la ciudad de los escombros y la perra en celo escapándose
el primer día de clase después de Semana Santa, no conoce a nadie
la gran excursión de toda la familia materna a Fécamp, en un tren con asientos de madera, la abuela con sombrero de paja de arroz negro y los primos que se desnudan en los guijarros, con el culo al aire
el alfiletero en forma de zueco fabricado para Navidad con un trozo de camisón
la película Ni un pelo de tonto con Bourvil juegos secretos, pellizcarse los lóbulos de las orejas con las anillas dentadas de las cortinas
Quizá vea como una extensión inmensa el tiempo de la escuela que ha dejado atrás, esos cursos que ha ido aprobando, la disposición de los pupitres y de la mesa de la maestra, de la pizarra, las compañeras:
Françoise C. a la que envidia por hacer el payaso con su gorra en forma de cabeza de gato, que le ha pedido en el recreo que le deje el pañuelo para sonarse los mocos con él antes de enrollarlo, devolvérselo y salir corriendo, su sentimiento de mancha y de vergüenza con ese pañuelo sucio en el bolsillo del abrigo durante todo el recreo
Évelyne J. a quien le ha metido mano por debajo del pupitre y le ha tocado la bolita pegajosa
F. a la que nadie hablaba, enviada a un centro de reposo, que llevaba el día de la revisión médica un calzoncillo de chico color azul, manchado de caca, y todas las chicas la miraban muertas de risa
los veranos de antes, ya lejanos: el tórrido, con las cisternas y los pozos secos, la cola de vecinos del barrio subiendo a la fuente con tinajas en la mano, Robic había ganado el Tour de Francia, y el otro, lluvioso, cogiendo mejillones con su madre y su tía en la playa de Veules-les-Roses, se asoma con ellas a mirar por un agujero del acantilado cómo desentierran a un soldado muerto, junto con otros, para inhumarlos en otra parte
A menos que haya preferido, como de costumbre, las múltiples combinaciones de su imaginación a partir de los libros de la Biblioteca Verde y de las historias de la revista La Semaine de Suzette, o soñar con su porvenir tal como se lo figura al oír canciones de amor en la radio.
Sin duda no piensa en absoluto en esos acontecimientos políticos y esos sucesos que más tarde aparecerán como los componentes del paisaje de su infancia, un conjunto de cosas sabidas y difusas, Vincent Auriol, la guerra en Indochina, Marcel Cerdan campeón del mundo de boxeo, Pierrot el loco y Marie Besnard, la envenenadora del arsénico.
Lo único seguro es su deseo de hacerse mayor. Y la ausencia de este recuerdo:
el de la primera vez que le han dicho, frente a la foto de un bebé con una camisola sentado sobre un cojín, entre otras idénticas, ovaladas y parduzcas, «eres tú», obligada a mirar como a sí misma a esa otra de carnes rollizas que ha vivido en un tiempo desaparecido una existencia misteriosa.
Francia era inmensa y estaba compuesta por poblaciones diferentes por su alimentación y sus hablas, recorrida en julio por los ciclistas del Tour cuyas etapas seguíamos en el mapa Michelin clavado con chinchetas en la pared de la cocina. La mayor parte de las vidas se desarrollaba en el mismo perímetro de una cincuentena de kilómetros. Cuando desde la iglesia se elevaba el estruendo triunfante del cántico a la Virgen María, «reina y madre aquí, entre todos nosotros», sabíamos que ese «aquí» designaba la ciudad, como mucho la provincia en la que vivíamos. El exotismo empezaba en la gran ciudad más cercana. El resto del mundo era irreal. Los más instruidos o que aspiraban a serlo se apuntaban a las conferencias de «Conocimiento del mundo». Los demás leían el Reader’s Digest o Constellation, «el mundo visto en francés». La postal enviada de Bizerta por un primo que hacía allí la mili nos sumía en una estupefacción ensoñadora.
París representaba la belleza y el poder, una totalidad misteriosa, casi aterradora, de la que cada calle que figuraba en un periódico o aparecía citada en un anuncio, Boulevard Barbès, Rue Gazan, Jean Mineur, 116 Avenue Champs-Élysées, despertaba la imaginación. A las personas que habían vivido en ella, o simplemente habían ido de excursión y habían visto la torre Eiffel, se las consideraba superiores. Las noches de verano, al final de esas largas jornadas polvorientas de las vacaciones, íbamos a esperar la llegada del tren rápido para contemplar a los que se habían ido a algún sitio y bajaban con maletas, bolsas de compras del Printemps, o a los peregrinos que volvían de Lourdes. Las canciones que evocaban regiones desconocidas, la Provenza, los Pirineos, los Fandangos del País Vasco, Montañas de Italia, México, despertaban el deseo. En las nubes del atardecer orladas de rosa, veíamos a marajás y palacios indios. Nos quejábamos a los padres, «¡nunca vamos a ninguna parte!», ellos contestaban con asombro «¿Adónde quieres ir, no estás bien aquí o qué?».
Todo lo que había en las casas se había comprado antes de la guerra. Las cazuelas estaban ennegrecidas, las palanganas desconchadas, las tinajas agujereadas, restañadas con parches. Los abrigos estaban remendados, los cuellos de las camisas vueltos, la ropa del domingo convertida en la de diario. Que no dejáramos de crecer era algo que desesperaba a las madres, que no tenían más remedio que añadir una cinta de tela al bajo del vestido, comprar zapatos de un número más, y siempre demasiado pequeños un año después. Se aprovechaba todo, el plumier era la caja de pinturas Lefranc y la de galletas Petit-Beurre LU. No se tiraba nada. Los orinales servían de abono para la huerta, la bosta recogida en la calle después del paso de un caballo para las macetas, el periódico para envolver la verdura, secar los zapatos mojados por dentro, para limpiarse en el váter.
Vivíamos en la escasez de todo. De objetos, imágenes, distracciones, de explicaciones de uno mismo y del mundo, limitadas al catecismo y a los sermones de Cuaresma del padre Riquet, a las últimas noticias de la mañana proferidas por la potente voz de Geneviève Tabouis, a los relatos de las mujeres contando su vida y la de los vecinos por las tardes en torno a una taza de café. Los niños creían entonces hasta muy tarde en Papá Noel y en que a los bebés los traía la cigüeña.
La gente se desplazaba a pie o en bicicleta con un movimiento regular, los hombres con las rodillas separadas y el bajo del pantalón cogido con unas pinzas, las mujeres con las nalgas contenidas en la falda estirada, trazando líneas fluidas en la tranquilidad de las calles. El silencio era el fondo de las cosas y la bicicleta marcaba el ritmo de la vida.
Vivíamos en la proximidad de la mierda. Nos hacía gracia.
Había niños muertos en todas las familias. Enfermedades repentinas y sin remedio, diarrea, convulsiones, difteria. La huella de su breve paso por la tierra era una tumba en forma de cuna con barrotes de hierro y la inscripción «un ángel al cielo», fotos que se enseñaban enjugando una lágrima, conversaciones a media voz, casi serenas, que asustaban a los niños vivos, que se veían pendientes de un hilo. Solo se sentirían salvados entre los doce y los quince años, después de haber pasado la tosferina, el sarampión y la varicela, las paperas y las otitis, la bronquitis todos los inviernos, después de escapar a la tuberculosis y la meningitis, cuando les dijeran que estaban hermosos y lozanos. Por el momento, «niños de la guerra», paliduchos, anémicos, con manchas blancas en las uñas, tenían que tragar aceite de hígado de bacalao y el jarabe para las lombrices Lune, chupar las pastillas Jessel para engordar, pesarse en la farmacia y taparse bien con la bufanda y el pasamontañas para evitar cualquier resfriado, tomar sopa para crecer y caminar bien tiesos, si no querían llevar un corsé de hierro. Los bebés que empezaban a nacer por todos lados eran vacunados, vigilados, presentados una vez al mes a la pesada de los recién nacidos en una sala del ayuntamiento. Los periódicos titulaban que seguían muriendo cincuenta mil al año.
Los retrasados mentales de nacimiento no daban miedo. Se temía la locura, porque llegaba de repente, misteriosamente, a las personas normales.
La foto borrosa y estropeada de una niñita de pie delante de una valla en un puente. Tiene el pelo corto, muslos finos y rodillas prominentes. A causa del sol, ha puesto la mano de visera sobre los ojos. Se ríe. En el dorso está escrito Ginette 1937. En su tumba: fallecida a los seis años de edad el jueves santo de 1938. Es la hermana mayor de la niña de la playa de Sotteville-sur-Mer.
Los chicos y las chicas estaban separados en todas partes. Los chicos, seres ruidosos, sin lágrimas, siempre dispuestos a lanzar algo, piedras, castañas, petardos, bolas de nieve dura, decían palabrotas, leían Tarzán y los tebeos de Bibi Fricotin. Las chicas les tenían miedo, se les aconsejaba que no los imitaran, que se ocuparan en juegos más tranquilos, el corro, la rayuela, el anillo. Los jueves no había escuela y en invierno, ese día, eran ellas las que daban clase a botones viejos o a figurines recortados de la revista femenina L’Écho de la mode, colocados en la mesa de la cocina. Animadas por madres y maestras, se hacían delatoras, «¡me voy a chivar!» era su amenaza favorita. Se llamaban entre sí con un ¡oye tú!, se espiaban, lo repetían todo cuchicheando, con la mano en la boca, chistes vulgares, se reían entre dientes con la historia de María Goretti que había preferido morir antes que hacer con un muchacho eso que un día ansiado ellas tendrían derecho a practicar, se asustaban por ser tan viciosas, algo que los adultos no podían ni imaginar. Soñaban con tener tetas y pelo, un paño con sangre en sus bragas. Mientras, leían los tebeos de Bécassine y Hans Brinker y los patines de plata de Mary Mapes Dodge, En familia de Hector Malot, iban al cine con la clase a ver Monsieur Vincent de Maurice Cloche, El Gran Circo de Georges Péclet y La Batalla del raíl de René Clément, que elevaban el alma e infundían valor a la vez que alejaban los malos pensamientos. Pero ellas sabían que la realidad y el futuro estaban en las películas de Martine Carol, en las revistas cuyos títulos, Nous deux (Nosotros dos), Confidences (Confidencias) e Intimité (Intimidad), anunciaban la deseable y prohibida impudicia.
Los edificios de la Reconstrucción surgían de la tierra en medio del chirrido intermitente de los giros de las grúas. Se habían acabado las restricciones y llegaban las novedades, lo bastante espaciadas para ser acogidas con sorpresa y alegría, para que su utilidad pudiera ser evaluada y discutida en todas las conversaciones. Aparecían como en los cuentos, insólitas, imprevisibles. Había para todo el mundo, el boli Bic, el champú en bolsitas individuales, el linóleo, el támpax y las cremas depilatorias, el plástico Gilac, el tergal, los fluorescentes, el chocolate con leche y avellanas, la motocicleta y el dentífrico con clorofila. Estábamos asombrados con el tiempo que se ganaba con las sopas de sobre, la olla exprés y la mayonesa en tubo, se preferían las conservas a los productos frescos, se encontraba más chic servir melocotón en almíbar o guisantes en lata que los de la huerta. La «digestibilidad» de los alimentos, las vitaminas y la «línea» empezaban a importar. Nos maravillábamos con los inventos que borraban siglos de gestos y esfuerzos, que inauguraban una era en la que, según se decía, ya no tendríamos nada que hacer. También los denigrábamos: se acusaba a la lavadora de desgastar la ropa, a la televisión de estropear la vista y de obligarnos a acostarnos a horas intempestivas. Nos vigilábamos los unos a los otros y envidiábamos a los vecinos que poseían esos signos de progreso que marcaban una superioridad social. En la ciudad los muchachos presumían de Vespa y revoloteaban alrededor de las chicas. Erguidos en los sillines de puro orgullosos, acababan llevando de «paquete» a una de ellas, con su pañuelo anudado a la barbilla, que los agarraba por la cintura para no caerse. Habríamos querido crecer tres años de golpe cuando los veíamos alejarse en medio de un petardeo al final de la calle.
La publicidad machacona alababa las cualidades de los objetos con un entusiasmo imperioso, ¡Los muebles Levitán toda la vida con ustedes seguirán! ¡Con la faja Chantelle estarás hecha un pincel! ¡Aceite Lesieur, el mejor, oui, Monsieur! Las cantaba con alegría, dop, dop, dop, adopte el champú Dop, Colgate, Colgate, de tus dientes al rescate, con glamur, llega la felicidad a casa cuando llega Elle, las susurraba con la voz de Luis Mariano, a la mujer de buen gusto como tú, la viste el sujetador Lou. Mientras hacíamos los deberes en la mesa de la cocina, los anuncios de Radio Luxemburgo, como las canciones, aportaban la certidumbre de un futuro y nos sentíamos rodeados de cosas ausentes que tendríamos derecho a comprar más tarde. A la espera de ser lo bastante mayores como para pintarnos con carmín Baiser y ponernos perfume Bourjois con jota de jolgorio, coleccionábamos los animales de plástico escondidos en los paquetes de detergente, las estampas de las Fábulas de La Fontaine en el envoltorio del chocolate Menier que cambiábamos en el recreo.
Daba tiempo a desear las cosas, el plumier de plástico, los zapatos de suela de tocino, el reloj de oro. Su posesión no decepcionaba. Las exhibíamos para admiración de los demás. Encerraban un misterio y una magia que no se agotaban con su contemplación ni su manipulación. Después de conseguirlas, por muchas vueltas que les diéramos, seguíamos esperando de ellas no sabíamos muy bien qué.
El progreso era el horizonte de las existencias. Significaba el bienestar, la salud de los niños, las casas luminosas y las calles bien iluminadas, el saber, todo lo que le daba la espalda a las cosas negras del campo y a la guerra. Estaba en el plástico y la formica, en los antibióticos y los subsidios de la Seguridad Social, en el agua corriente en el fregadero y el desagüe, en los campamentos de verano, en seguir estudiando y en el átomo. Hay que ir con los tiempos, decíamos a todas horas, como prueba de inteligencia y de espíritu abierto. Con trece años, los temas de redacción que se nos proponían eran «Los beneficios de la electricidad» o: «¿Cómo replicaríais a alguien que desacredita delante de vosotras el mundo moderno?». Los padres afirmaban estos jóvenes sabrán más que nosotros.
En realidad, la estrechez de los alojamientos obligaba a hijos y padres, hermanos y hermanas a dormir en el mismo cuarto, el aseo seguía haciéndose en la palangana, las necesidades en el retrete que estaba en el exterior, los paños higiénicos, con la felpa ensangrentada, se quedaban a remojo en un cubo de agua fría. Los resfriados y las bronquitis de los niños se aliviaban con cataplasmas con harina de mostaza. Los padres se curaban la gripe con una aspirina y un grog, mezcla de ron blanco, azúcar, zumo de un limón y agua hirviendo. Los hombres meaban a plena luz del día contra una tapia y los estudios provocaban desconfianza, por temor a que un misterioso castigo, una reacción punitiva por haber querido llegar demasiado alto, le volvieran a uno loco. En todas las bocas faltaban dientes. Estos tiempos, decía la gente, no son iguales para todos.
El curso de los días no cambiaba, marcado por el repetitivo ritmo de las mismas distracciones, que no estaban en consonancia con la abundancia y la novedad de las cosas. En primavera volvían las comuniones, la fiesta de la Juventud y la verbena de la parroquia, el circo Pinder, y los elefantes del desfile taponaban de golpe la calle con su inmensidad gris. En julio el Tour de Francia que oíamos por la radio mientras pegábamos en un álbum las fotos de Geminiani, Darrigade y Coppi recortadas del periódico. En otoño, los tiovivos y las casetas de atracciones de las ferias. Nos hartábamos de autos de choque para todo un año, con el tintineo y las chispas de las varillas metálicas, la voz atronadora gritando ¡Circulad chavales! ¡Circulad pequeños bólidos! En la tómbola, el mismo chico de siempre con la nariz pintada de rojo imitaba a Bourvil, una mujer escotada en medio del frío cantaba las excelencias de un espectáculo que prometía tórrido, «el Folies-Bergère de doce de la noche a dos de la madrugada», prohibido a los menores de dieciséis años. Examinábamos los rostros de los que se habían atrevido a cruzar la cortina y salían riendo para descubrir algún indicio de lo que habían visto. El agua de los charcos y la mugre nos olían a lujuria.
Más adelante tendríamos edad de levantar la cortina de la caseta. Tres mujeres en bikini bailaban sin música, sobre unas tablas. La luz se apagaba, se encendía: las mujeres, inmóviles, enseñaban los pechos desnudos a un público escaso, de pie sobre el suelo asfaltado de la plaza del ayuntamiento. Fuera un altavoz berreaba una canción de Dario Moreno, Ey mambo, mambo italiano.
La religión era el marco oficial de la vida y regulaba el tiempo. Los periódicos proponían menús para la época de Cuaresma, cuyas etapas venían notificadas en el calendario de Correos, de la Septuagésima a Pascua. No se comía carne los viernes. La misa del domingo seguía siendo la ocasión de mudarse de ropa interior, estrenar una prenda, ponerse un sombrero, guantes, llevar bolso, ver a gente y ser visto, seguir con la mirada a los monaguillos. Para todo el mundo la señal de moralidad y la certidumbre de un destino se escribían en una lengua particular, el latín. Leer cada semana las mismas oraciones en el misal, soportar el mismo aburrimiento ritual del sermón cumplía la función de una purificación que autorizaba el posterior placer de comer pollo y pasteles, de ir al cine. Que los maestros y las personas instruidas no creyeran en nada parecía una anomalía. La decencia solo estaba en la religión, era la que confería la dignidad humana, y sin ella la vida se parecería a la de los perros. La ley de la Iglesia era superior a todas las demás y era ella la que legitimaba los grandes momentos de la existencia: «Las personas que no se casan por la Iglesia no están casadas de verdad», declaraba el catecismo. No había más religión que la católica, las demás eran erróneas o ridículas. En el patio, vociferábamos Mahoma es profeta / Del grandísimo Alá / Vende cacahuetes / en el mercado de Biskrá / Si fueran nueces / Lo preferiría mil veces / Alá (3 veces).
Esperábamos con impaciencia la primera comunión, glorioso prerrequisito para todo lo importante que estaba por llegar, la menstruación, los diplomas, las reválidas. En los bancos de la iglesia, separados por el pasillo central, los chicos con traje oscuro y brazalete y las chicas con vestido largo y velo blanco parecían los recién casados que, unidos de dos en dos, pasarían por el altar diez años después. Después de proclamar al unísono en las vísperas renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me entrego enteramente a Jesucristo, podíamos dispensarnos de las praćticas religiosas, pues ya éramos oficialmente cristianos y como tales contábamos ya con el bagaje necesario para sentirnos integrados en la comunidad dominante y estar convencidos de que seguramente hay algo después de la muerte.
Todo el mundo sabía distinguir lo que se hace de lo que no se hace, el Bien del Mal, los valores eran legibles en la mirada de los demás sobre uno mismo. Por la ropa se distinguía a las niñas de las adolescentes, a las adolescentes de las jóvenes, a las señoritas de las señoras, a las madres de las abuelas, a los obreros de los tenderos y de los oficinistas. Los ricos decían de las dependientas y las secretarias demasiado bien vestidas que «llevaban todo su capital a cuestas».
Pública, privada, la escuela se parecía, lugar de transmisión de un saber inmutable en el silencio, el orden y el respeto de las jerarquías, la sumisión absoluta: llevar bata, ponerse en fila al oír la campana, levantarse cuando entraba la directora pero no cuando lo hacía una cuidadora, llevar cuadernos, plumas y lápices reglamentarios, no replicar a las amonestaciones, no ponerse en invierno un pantalón sin una falda encima. El derecho a hacer preguntas correspondía solo a los profesores. Era un orgullo someterse a unas reglas estrictas y al encierro. El uniforme impuesto por las instituciones privadas constituía la marca visible de su perfección.
Los programas no cambiaban, El médico a palos de Molière a los diez años, a los once, Los enredos de Scapin de Molière, Los litigantes de Racine y La pobre gente de Victor Hugo, El Cid de Corneille a los doce, etc., ni los manuales, el Malet-Isaac para historia, el Demangeon para geografía, el Carpentier-Fialip para el inglés. El acceso a ese bloque de conocimientos estaba reservado a una minoría, y de año en año se consolidaban su inteligencia y su ascenso, de rosa rosam a Roma, único objeto de mi resentimiento, en el Horacio de Corneille, pasando por la relación de Chasles y la trigonometría, mientras la mayoría seguía haciendo problemas de trenes y cálculo mental, cantando La Marsellesa para el oral del Certificado. Obtener el Certificado de Estudios Primarios o mejor aún, pasar la Reválida Elemental, era todo un acontecimiento, saludado en los periódicos que sacaban la lista de los laureados. Los que no lo conseguían, tomaban conciencia precozmente del peso de la indignidad, no eran capaces. El elogio de la instrucción en todos los discursos encubría su cicatero reparto.
Cuando, después de sentarnos junto a ella en primaria, nos cruzáramos por la calle con la alumna matriculada en la academia de mecanografía Pigier, no se nos pasaría por la cabeza pararnos para saludarla; de la misma manera que a la hija del notario, cuyo tono amarillento de piel a la vuelta de los deportes de invierno era seña de su condición superior, tampoco se le ocurriría mirarnos fuera de la clase.
Los comportamientos se calibraban por el trabajo, el esfuerzo y la fuerza de voluntad. El día del reparto de premios, recibíamos libros que exaltaban el heroísmo de los pioneros de la aviación, de los generales y de los colonizadores, Mermoz, Leclerc, De Lattre de Tassigny, Lyautey. El valor cotidiano no quedaba olvidado, había que admirar al padre de familia, «ese aventurero del mundo moderno» (Péguy), «la vida humilde en las faenas humildes y fáciles» (Verlaine), comentar en las redacciones sentencias de Georges Duhamel y de Saint-Exupéry, «la lección de energía de los héroes de Corneille», mostrar «cómo el amor por la familia conduce al amor por la patria» y cómo «el trabajo aleja de nosotros tres grandes males, el aburrimiento, el vicio y la miseria» (Voltaire). Leíamos las revistas para las juventudes católicas, Vaillant y Âmes vaillantes.
Para afianzar ese ideal en la juventud y fortalecerla físicamente, para mantenerla apartada de las trampas de la pereza y las actividades que debilitaban el espíritu (la lectura y el cine), preparar «a unos chicos estupendos» y «unas chicas buenas, sinceras y rectas», se aconsejaba a las familias que enrolaran a sus hijos en agrupaciones juveniles: los Louveteaux, los Pionniers, los Guides y las Jeannettes, los Croisés, los Francs y los Francs Camarades, especies de scouts católicos. Por la noche, en torno a una hoguera o al alba en un sendero, en pos de un banderín enarbolado con aire marcial, entonando Yukaidi, Yukaida, se producía la unión mágica de la naturaleza, el orden y la moral. En las portadas de La Vie catholique y de L’Humanité, el periódico comunista, las mismas caras radiantes contemplaban el porvenir. Aquella juventud sana, aquellos hijos e hijas de Francia, iban a tomar el relevo de sus antecesores Resistentes, tal como había exclamado el presidente René Coty en un vibrante discurso en julio de 1954 en la Place de la Gare, por encima de las cabezas de los estudiantes agrupados por escuelas e institutos mientras que en un cielo tormentoso corrían las nubes blancas de un verano que iba a ser enteramente lluvioso.
Por debajo de aquellos ideales, de aquellas miradas cristalinas, se extendía, lo sabíamos, un territorio informe, fangoso, que contenía palabras y objetos, imágenes y comportamientos: las madres solteras, la trata de blancas, los carteles de la película Carolina querida, los condones, los misteriosos anuncios para «la higiene íntima, discreción asegurada», las portadas de la revista Guérir (Curar), «las mujeres solo son fecundas tres días al mes», los hijos del amor, los atentados al pudor, Janet Marshall estrangulada con su sujetador en un bosque por Robert Avril, el adulterio, las palabras lesbiana, pederasta, la voluptuosidad, los pecados inconfesables al cura, los abortos, los malos modos, los libros prohibidos, la canción Tout ça parce qu’au bois de Chaville, la unión libre, así hasta el infinito. Una suma de cosas innombrables, que solo los adultos tenían derecho a saber, relativas a los órganos genitales y a su uso. El sexo era la gran preocupación de la sociedad que veía indicios por todas partes, en los escotes, las faldas de tubo, la laca de uñas roja, la ropa interior negra, el bikini, la enseñanza mixta, la oscuridad de las salas de cine, los váteres públicos, los músculos de Tarzán, las mujeres que fuman y se cruzan de piernas, el gesto de tocarse el pelo en clase, etc. Era el primer criterio de evaluación de las chicas, las dividía en «como Dios manda» y «pelanduscas». Él condicionaba la calificación moral expuesta a la puerta de la iglesia para las películas de la semana.
Pero burlábamos la vigilancia, íbamos a ver La chica del bikini con Brigitte Bardot, La rabia en el cuerpo con Françoise Arnoul. Nos habría gustado parecernos a las heroínas, tener la libertad de comportarnos como ellas. Pero entre los libros, las películas y las conminaciones sociales se extendía el terreno de la prohibición y el juicio moral, no teníamos derecho a la identificación.
En aquellas condiciones se hacían interminables los años de la masturbación antes del permiso de hacer el amor en el seno del matrimonio. Había que vivir con el deseo de aquel goce que creíamos reservado a los adultos, que reclamaba satisfacción a toda costa a pesar de las maniobras de distracción, de los rezos, y que nos hacía soportar un secreto que nos colocaba entre las perversas, las histéricas y las putas.
Estaba escrito en la enciclopedia Larousse: onanismo: conjunto de medios adoptados para provocar artificialmente el goce sexual. El onanismo provoca a menudo ataques muy graves; así pues, deberá vigilarse de cerca a los hijos al llegar a la pubertad. Se emplearán para su cura el bromuro, la hidroterapia, la gimnasia, el ejercicio, las curas de altura, las tabletas marciales y los medicamentos arsenicales, etc.
En la cama o en los váteres nos masturbábamos bajo la atenta mirada de la sociedad entera.
Los muchachos se sentían orgullosos de ir a la mili y nos parecían guapos en uniforme. Después de pasar la revisión médica, hacían la ronda de bares para celebrar el honor de ser reconocidos como hombres de verdad. Antes del servicio militar, eran unos críos y no valían nada en el mercado de trabajo y del matrimonio. Después, podrían tener mujer e hijos. El uniforme que paseaban por el barrio durante los permisos los envolvía en una belleza patriótica y un aura de sacrificio virtual. La sombra de los combatientes vencedores, de los GI americanos, flotaba a su alrededor. El paño rasposo de la guerrera, rozada cuando nos poníamos de puntillas para darles un beso, materializaba el corte absoluto entre el universo de los hombres y el de las mujeres. Al verlos nos invadía un sentimiento de heroísmo.
En medio de aquella inmutabilidad, de los carteles del circo del año anterior con la foto de Roger Lanzac, de los recordatorios de primera comunión repartidos entre los compañeros, del Club de los Chansonniers en Radio Luxemburgo, los días se llenaban de deseos nuevos. El domingo por la tarde, nos apelotonábamos ante el escaparate de la tienda de electricidad, frente a la televisión encendida. Los bares invertían en comprar una radio para atraer a la clientela. En las laderas de las colinas serpenteaban pistas de motocross y nos pasábamos el día mirando cómo subían y bajaban aquellas máquinas ensordecedoras. La creciente impaciencia del comercio con sus nuevas consignas, «iniciativa», «dinamismo», espoleaba la rutinaria vida de las ciudades. Entre la temporada de la feria y la de las fiestas, se imponía la Quincena comercial como rito primaveral. En las calles del centro los altavoces, chillones, incitaban a comprar, interrumpidos de vez en cuando por canciones de Annie Cordy y Eddie Constantine, o por sorteos de un Simca o un comedor. En el podio, en la plaza del ayuntamiento, un animador local hacía reír con los chistes de Roger Nicolas y de Jean Richard, congregaba a candidatos para un Concurso de talentos o para jugar a Doble o nada, como en la radio. Sentada en una esquina del podio presidía con su corona la Reina del Comercio. La mercancía se imponía aún más revestida de los colores de la fiesta. La gente decía «esto es otra cosa» o «no hay que apoltronarse, te amuermas si te quedas en casa».
Una alegría difusa invadía a los jóvenes de las clases medias, que organizaban guateques, inventaban un lenguaje nuevo, decían «¡qué chorrada!», «mola», «chungo», «chachi», «de puta madre» a cada frase, se divertían imitando el acento de las pijas, jugaban al futbolín y llamaban a sus padres los «viejos». Se reían de Yvette Horner, Tino Rossi y Bourvil. Todos buscábamos a tientas modelos para nuestra edad. Nos entusiasmábamos con Gilbert Bécaud y las sillas rotas de su concierto. En la radio, sintonizábamos la emisora Europe nº 1 que solo ponía música, canciones y anuncios.
En una foto en blanco y negro, dos chicas en una avenida, hombro con hombro, ambas con los brazos a la espalda. Al fondo unos arbustos y una tapia alta de ladrillo, más arriba el cielo con grandes nubes blancas. En el dorso de la foto: julio 1955, en los jardines del colegio de Saint-Michel.
A la izquierda, la más alta, rubia con pelo corto y alborotado, un vestido claro y calcetines cortos, su cara está en la sombra. A la derecha, una morena de pelo rizado, corto, gafas en una cara redonda, frente alta, a plena luz, jersey oscuro de manga corta, falda de lunares. Las dos calzan bailarinas, la morena sin calcetines. Se habrán quitado la bata de clase para hacerse la foto.
Aunque la morena no se parece a la niña de trenzas de la playa, que bien podría haberse convertido en la rubia, es ella, y no la rubia, esa conciencia, encerrada en ese cuerpo, con una memoria única, lo cual le permite asegurar que el pelo rizado de la chica provenía de una permanente, ritual en mayo desde la primera comunión, que la falda era un arreglo de un vestido del verano anterior que se había quedado estrecho, y que el jersey se lo había tejido una vecina. Y con esas percepciones y las sensaciones recibidas por la adolescente morena de gafas de catorce años y medio, puede la escritura recuperar aquí algo de lo que corría allá por los años cincuenta, captar el reflejo proyectado en la pantalla de la memoria individual por la historia colectiva.
Aparte de las bailarinas, no hay nada en la apariencia de esa adolescente que se parezca a «lo que se lleva» entonces y que se ve en las revistas de moda y en las tiendas de las grandes ciudades, falda escocesa tres cuartos, jersey negro y medallón, coleta de caballo con flequillo a la manera de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. La foto podría ser de finales de los cuarenta o de principios de los sesenta. A los ojos de todos los que han nacido después, es simplemente antigua, pertenece a la prehistoria de la propia persona donde se confunden todas las vidas que han precedido. Sin embargo, la luz que ilumina un lado de la cara de esa chica y su jersey entre los pechos erectos traduce la sensación de calor de un sol de junio de un año que, para los historiadores como para los vivos de entonces, no puede confundirse con ningún otro, 1955.
Quizá no se da cuenta de la distancia que la separa del resto de las chicas de la clase, esas con las que sería impensable hacerse una foto. Una distancia que se ve en las distracciones, en lo que se hace fuera de la escuela, en la forma general de vida, y que la aleja tanto de las niñas bien como de las que trabajan ya en oficinas o talleres. O bien se da cuenta pero no le importa.
Aún no ha estado en París, a ciento cuarenta kilómetros, ni en ningún guateque, no tiene tocadiscos. Mientras hace los deberes, oye las canciones de la radio, escribe las letras en una libreta y se le quedan metidas en la cabeza días enteros mientras camina o durante las clases, como la de Jean-Claude Darnal tú que decías que decías que la querías qué has hecho de tu amor para que llore bajo la lluvia.
No habla con los chicos, piensa en ellos a todas horas. Le gustaría tener derecho a pintarse los labios, a llevar medias y tacón de aguja (se avergüenza de los calcetines cortos, se los quita en cuanto sale de casa) para mostrar que forma parte de la categoría de «señorita» y que la pueden seguir por la calle. Por eso, los domingos por la mañana, después de la misa, se queda paseando por la ciudad con dos o tres amigas de clase humilde como ella, con cuidado de no transgredir la rigurosa ley materna de la hora («cuando digo a tal hora, es tal hora y ni un minuto más»). Compensa la prohibición general de salir con la lectura de los folletines de los periódicos, Las gentes de Mogador, Para que no muera nadie, Mi prima Raquel, La Ciudadela. Se sale constantemente de la realidad mediante historias y encuentros imaginarios que acaban en orgasmos por la noche bajo las sábanas. Sueña que es puta y admira también a la rubia de la foto, a otras chicas del curso siguiente al suyo, que la remiten a su cuerpo pegajoso. Querría ser ellas.
En el cine, ha visto La strada de Fellini, El renegado de Léo Joannon, Los orgullosos de Yves Allégret, Las lluvias de Ranchipur de Jean Negulesco, La Bella de Cádiz de Raymond Bernard, el número de películas que le están prohibidas y que le encantaría ver (Los hijos del amor de Léonide Moguy, El trigo está verde de Claude Autant-Lara, Compañeras de la noche de Ralph Habib, etc.) es mayor que el de las autorizadas.
(Ir a la ciudad, masturbarse y esperar, resumen posible de una adolescencia en provincias.)
¿Qué saberes del mundo hay en ella, aparte de los conocimientos adquiridos en la escuela hasta esa fecha, qué huellas de los acontecimientos y sucesos que hacen decir más tarde «lo recuerdo» cuando una frase oída por causalidad los evoca?
la gran huelga de trenes del verano del 53
la caída de Dien Bien Phu
la muerte de Stalin anunciada en la radio una fría mañana de marzo, justo antes de ir a la escuela
las alumnas de párvulos en fila en dirección al comedor para beber el vaso de leche de Mendès France
la colcha hecha de trozos tejidos por todas las alumnas y enviada al abate Pierre, fundador de Emaús y cuya barba era pretexto para chistes verdes
la masiva vacunación contra la viruela de toda la ciudad en el ayuntamiento porque habían muerto varias personas en Vannes
las inundaciones de Holanda
Sin duda ausentes de su memoria los últimos muertos de una emboscada en Argelia, nuevo episodio de las revueltas de las que solo sabrá más tarde que se iniciaron el día de Todos los Santos de 1954, y volverá a verse aquel día en su cuarto, sentada cerca de la ventana, con los pies encima de la cama, mirando a los invitados de una de las casas de enfrente saliendo uno tras otro para orinar detrás de la tapia, de suerte que nunca olvidará ni la fecha de la insurrección argelina ni esa tarde de Todos los Santos de la que conservará una imagen nítida, una especie de hecho en estado puro, una joven poniéndose en cuclillas en la hierba y levantándose después mientras se baja la falda.
En la misma memoria ilegítima, la de las cosas que es inconcebible, vergonzoso o descabellado formular, hay:
una mancha parduzca en una sábana de su abuela muerta hace tres años y que ha heredado su madre, una mancha indeleble, que la atrae y le da un asco terrible, como si estuviera viva
la riña entre sus padres, el domingo antes de empezar el curso, ella con once años, durante la que su padre quiso acabar con su madre llevándola a rastras hasta el sótano, junto a un tronco donde estaba clavada la hoz
el recuerdo que le vuelve a diario cuando, en la calle de la escuela, pasa por delante del talud donde vio, un domingo de enero de hace dos años, a una niña con abrigo corto que se entretenía hundiendo un pie en la arcilla empapada. La huella del pie seguía ahí al día siguiente, permaneció durante meses
Las vacaciones de verano serán una larga extensión de aburrimiento, de actividades minúsculas para llenar los días:
oír la llegada de la etapa del Tour de Francia, pegar la foto del vencedor en un álbum
descifrar los números de las provincias en las matrículas de los coches que se cruza por la calle
leer en la prensa local los resúmenes de las películas que no verá, de los libros que no leerá
bordar un servilletero
quitarse espinillas y ponerse luego loción Agua Preciosa o rodajas de limón
ir a la ciudad a comprar champú y el Petit Classique Larousse, pasando con la cabeza gacha delante del bar donde están los chicos jugando al futbolín
El futuro es demasiado inmenso para que pueda imaginárselo, llegará, eso es todo.
Cuando oye a las niñas más pequeñas de la escuela cantar en el recreo Parecías una rosa del rosal recién cortada, se dice que hace ya mucho que fue niña.
A mediados de los años cincuenta, en las comidas familiares, los adolescentes se quedaban en la mesa, escuchando las conversaciones sin meter baza, sonriendo educadamente con los chistes que no les hacían reír, con los comentarios aprobatorios de los que eran objeto sobre su desarrollo físico, con las alusiones picantes adrede para sonrojarlos, contentándose con responder a las preguntas lanzadas con precaución sobre sus estudios por no sentirse aún listos para entrar en la conversación general de pleno derecho, a pesar de que el vino, los licores y los cigarrillos rubios autorizados en los postres marcaban el principio de su entronización en el círculo de los adultos. Nos dejábamos invadir por el momento dulce de la comida festiva donde el rigor habitual del juicio social se atenúa, se transforma en una amenidad laxa, y los enfadados a muerte del año pasado y ya reconciliados se pasan la mayonesa. Nos aburríamos un poco pero no hasta el punto de preferir la clase de mates del día siguiente.
Después de los comentarios sobre los platos que estábamos saboreando, que iban del recuerdo de los mismos tomados en otras circunstancias a los consejos sobre la mejor forma de prepararlos, los comensales discutían acerca de la realidad de los ovnis, del Sputnik y de quiénes, los americanos o los rusos, pisarían antes la luna, o sobre las comunidades fundadas por el abate Pierre, de lo cara que está la vida… Se acababa poniendo la guerra sobre el tapete. Se acordaban del Éxodo, de los bombardeos, de las restricciones de la posguerra, de los zazús parisinos, de los pantalones bombachos. Era el relato de nuestro nacimiento y de nuestra más tierna infancia, que nosotros escuchábamos sumidos en una nostalgia indescriptible, la misma que sentíamos al recitar con fervor Acuérdate, Barbara de Prévert, copiado en una libreta personal de poemas. Pero en el tono de las voces se notaba una distancia. Algo había desaparecido con los abuelos fallecidos que habían vivido las dos guerras, los hijos que crecen, la reconstrucción concluida de las ciudades, el progreso y los muebles a plazos. Los recuerdos de las privaciones de la Ocupación y de las infancias campesinas se reunían en un pasado lejano. La gente tenía la firme convicción de vivir mejor.
Ya no se hablaba de Indochina, remota, exótica («dos sacos de arroz colgados de ambos lados de una vara de bambú», según el manual de geografía), y perdida sin mucho pesar en Dien Bien Phu, donde no había combatido más que un puñado de locos, soldados voluntarios muy poco profesionales. Era un conflicto que en la gente nunca había estado muy presente. Tampoco tenían ganas de aguar la fiesta con las revueltas de Argelia, de las que nadie sabía cómo habían empezado. Pero todos estaban de acuerdo, hasta nosotros que lo teníamos en el programa de la reválida elemental, Argelia con sus tres departamentos era Francia, como buena parte de África donde nuestras posesiones ocupaban en el atlas la mitad del continente. La rebelión tenía que ser reprimida, había que limpiar la zona de los «nidos de fellaghas», esos degolladores rápidos cuya sombra traidora veíamos reflejada en el sin embargo amabilísimo vendedor Mojamé que se paseaba con las alfombras al hombro. A la burla de la que eran objeto ritualmente los árabes y su forma de hablar jamás jamé jamón, se añadía la certeza de su naturaleza salvaje. Normal pues que se enviara a los quintos y a los de reenganche para restablecer el orden, aunque el sentir general admitía que era una desgracia para los padres perder a un hijo de veinte años, a punto de casarse, cuya foto figuraba en el periódico local bajo la mención «caído en una emboscada». Eran tragedias individuales, víctimas de acciones revanchistas. No había ni enemigo, ni combatiente, ni batalla. No se tenía la impresión de una guerra. La próxima vendría del Este, con los tanques rusos como en Budapest para destruir el mundo libre y sería inútil salir a la carretera como en 1940, la bomba atómica no dejaría ninguna oportunidad de escapar vivo. Ya en el canal de Suez nos había faltado poco.
Nadie hablaba de los campos de concentración, salvo de forma incidental a propósito de fulano o mengana que había perdido a sus padres en Buchenwald, mención seguida por un silencio contrito. Se había convertido en una desgracia privada.
En los postres, las canciones patrióticas de después de la Liberación habían desaparecido. Los padres entonaban Hábleme de amor, la canción compuesta por Jean Lenoir, los jóvenes más mayores México de Luis Mariano y los niños La hija del vaquero que cantaba Annie Cordy. A nosotros nos habría dado demasiada vergüenza entonar como en otro tiempo Estrella de las nieves de los hermanos Winkler, interpretada por Line Renaud. Cuando nos animaban a cantar, nos defendíamos diciendo que no nos sabíamos ninguna de memoria, seguros de que Brel y Brassens desentonarían en medio de la beatitud de la sobremesa, y de que más valía escuchar melodías ya consagradas por otras comidas y por lágrimas enjugadas en la esquina de la servilleta. Nos resistíamos a desvelar unos gustos musicales que ellos no comprenderían nunca, porque no entendían ni una palabra de inglés aparte del fuck you aprendido en la Liberación, ni sabían de la existencia de los Platters o de Bill Haley.
Pero al día siguiente, en el silencio de la sala de estudio, por la sensación de vacío que nos invadía, sabíamos que la víspera había sido, aunque no quisiéramos admitirlo, aunque hubiéramos creído que nos era ajena y que nos aburríamos, un día de fiesta.
Atrapado en el tiempo infinitamente lento de los estudios, el pequeño número de jóvenes que tenía la suerte de proseguirlos encontraba, sumido en un ritmo regido por el timbre que sonaba a cada hora, por los exámenes trimestrales, por las interminables explicaciones de texto de Cinna de Corneille e Ifigenia de Racine, la traducción del Pro Milone de Cicerón, que nunca sucedía nada. Apuntábamos las frases de los escritores sobre la vida, descubriendo la dicha de pensarse a través de esas fórmulas brillantes, existir es beber sin sed de Sartre. Se adueñaba de nosotros una sensación de absurdo y de náusea. El cuerpo pringoso de la adolescencia se identificaba con el estar «de más» del existencialismo. Pegábamos en las hojas de los cuadernos de anillas las fotos de Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, grabábamos en la madera del pupitre las iniciales de James Dean. Copiábamos poemas de Prévert, las canciones de Brassens, Soy un granuja y La primera chica, prohibidas en la radio. Leíamos a escondidas Buenos días tristeza de Françoise Sagan y los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad de Freud. El ámbito de los deseos y las prohibiciones se hacía inmenso. Se entreveía la posibilidad de un mundo sin pecado. Los adultos nos echaban en cara que los escritores modernos nos desmoralizaban y que no respetábamos nada.
El deseo más urgente y más concreto era poseer un tocadiscos y al menos algunos vinilos, objetos caros de los que podíamos disfrutar a solas, sin fin, hasta el agotamiento, o con otros, que se alineaban dentro de la tribu más evolucionada de la juventud, como la alumna de instituto pija que llevaba trenca, llamaba «viejos» a sus padres y decía chao en vez de adiós.
Estábamos ávidos de jazz, de espirituales negros, de rock and roll. Todo lo que se cantaba en inglés venía aureolado por una misteriosa belleza. Dream, love, heart, palabras puras, sin uso práctico, que provocaban una sensación de más allá. En el secreto de nuestro cuarto, nos montábamos la orgía del disco único, era como una droga que se apoderaba de nuestras cabezas, que hacía estallar nuestros cuerpos, abriendo ante nosotros otro mundo de violencia y amor, que se confundía con el mundo de los guateques, a los que un día, por fin, nos darían permiso para ir. Elvis Presley, Bill Haley, Armstrong, los Platters encarnaban la modernidad, el futuro, y cantaban para nosotros, los jóvenes, solo para nosotros, dejando atrás los gustos rancios de los padres y la ignorancia de los horteras, los acordes de El país de las sonrisas, a André Claveau y Line Renaud. Sentíamos que pertenecíamos a un círculo de iniciados. Sin embargo Los amantes de un día de Édith Piaf nos ponía la carne de gallina.
Y volvíamos al silencio de las vacaciones, a los ruidos aislables, distinguibles, de la provincia, los pasos de una mujer que va a la compra, el tránsito suave de un coche, el martilleo de un taller de soldadura. Las horas se desgastaban a trocitos ínfimos, en actividades estiradas, clasificar los deberes del curso, ordenar un armario, leer una novela esforzándose por no acabarla demasiado deprisa. Nos mirábamos al espejo, impacientes por tener el pelo lo suficientemente largo como para recogerlo en una cola de caballo. Estábamos pendientes de la improbable visita de una amiga. En la cena nos tenían que tirar de la lengua, dejábamos comida en el plato, lo que nos valía el reproche «si hubieras pasado hambre en la guerra no serías tan tiquismiquis». A los deseos que nos perturbaban se oponía la prudencia de los límites, «le pides demasiado a la vida».
A fuerza de dar vueltas y de cruzarse en pandillas separadas, el domingo después de la misa o el cine, a fuerza de intercambiar miradas, las chicas y los chicos acababan por hablarse. Ellos imitaban a los profes, hacían juegos de palabras y retruécanos, se trataban de «niñato», se cortaban la palabra, «te enrollas más que las persianas», «deja de dar la tabarra», «date el piro, vampiro». Se divertían hablando en voz baja para que no se les entendiese y luego decir a gritos «la masturbación deja sordo». Hacían como que se tapaban los ojos ante la vista de una encía hinchada y exclamaban «ya vimos bastantes horrores durante la guerra». Se arrogaban el derecho a decir de todo, eran los amos de la palabra y el humor. Se regodeaban con los chistes verdes, cantaban la tonadilla de La muerte, la aparición y los funerales del Capitán Morpión. Las chicas sonreían tímidamente. Incluso si no les parecía gracioso, era todo un espectáculo el de los chicos revoloteando a su alrededor, y se sentían orgullosas. Gracias a ellos ampliaban el vocabulario y las expresiones que las harían pasar por menos carrozas a los ojos de las otras chicas cuando dijeran me voy a la piltra o llamasen pantaca al pantalón. Pero nos preguntábamos angustiados, los unos y las otras, qué demonios podríamos decirnos en un encuentro a solas y necesitábamos de todo el apoyo del grupo, muerto de curiosidad, antes de decidirnos a acudir a una primera cita.
La distancia que separa el pasado del presente quizá se mida por la luz esparcida por el suelo entre las sombras, deslizándose por los rostros, acentuando los pliegues de una falda, por la claridad crepuscular, sea cual sea la hora de la exposición, de una foto en blanco y negro.
En esta, una chica alta de melena corta y lisa de color oscuro, de cara redonda, con los ojos entornados por culpa del sol, posa de perfil, ligeramente ladeada de manera que resalte la curva de sus muslos, ceñidos por una falda de tubo hasta media pierna que la hace más delgada. La luz le roza el pómulo derecho, subraya un pecho que resalta bajo un jersey con cuello babero blanco. Un brazo está oculto, el otro colgando con la manga remangada por la que asoman un reloj y una mano ancha. La disimilitud con la foto en el jardín de la escuela es patente. Aparte de los pómulos y la forma del pecho, más desarrollado, nada recuerda a la chica de las gafas de hace dos años. Posa en un patio abierto que da a la calle, delante de una puerta de garaje recompuesta, como las que se ven en los pueblos y en los arrabales de las ciudades. Al fondo, tres troncos de árboles plantados en un talud elevado se perfilan en el cielo. En el dorso, 1957, Yvetot.
Sin duda solo piensa en sí misma, en el momento preciso en que sonríe, en esa imagen de ella que fija a la nueva muchacha en la que siente que se está convirtiendo:
escuchando en el espacio insular de su cuarto a Sidney Bechet, a Édith Piaf y el LP de jazz editado por la Guilde Internationale du Disque
apuntando en una libreta frases que dicen cómo vivir (estar en los libros les confiere un estatuto más verídico), la única felicidad real es la que aprovechamos en el momento en que se presenta
Ella conoce ahora el nivel de su situación social (en su casa no hay frigorífico, ni cuarto de baño, el váter está en el patio y nunca ha ido a París), inferior al de sus compañeras de clase. Espera que no se den cuenta, o que se lo perdonen, en la medida en que es «una tía enrollada», «no se corta», dice «mi choza» y «estoy acojonada».
Toda su energía se concentra en «tener estilo». Su mayor preocupación sigue siendo sus gafas de miope que le hacen los ojos más pequeños y pinta de empollona. Cuando se las quita, no reconoce a nadie por la calle.
En sus representaciones del futuro más remoto (después de la selectividad) se ve, ve su cuerpo, su aspecto, en consonancia con el modelo de las revistas, delgada, con el pelo largo al viento cayéndole por los hombros, y parecida a Marina Vladi en La bruja. Se ha convertido en maestra, en alguna parte, puede que en un pueblo, con coche propio, señal suprema de emancipación, un dos caballos o un cuatro latas, libre e independiente. Sobre esta imagen se extiende la sombra del hombre, el desconocido, con el que se encontrará como en Un día verás, la canción de Muludji, o la de ambos abalanzándose el uno sobre el otro como Michèle Morgan y Gérard Philippe al final de Los orgullosos. Está segura de que tiene que «conservarse intacta» para él y siente como un pecado contra el gran amor el hecho de conocer ya el placer solitario. Aunque ha apuntado en un cuaderno los días en que no puede quedarse embarazada según el método Ogino, lo suyo es el sentimiento. Entre el sexo y el amor, el divorcio es total.
Más allá de la selectividad, su vida es una escalera que ha de subir y que se pierde entre la bruma.
Con la escasez de memoria necesaria a los dieciséis años para actuar y existir, ve su infancia como una especie de película muda en colores, donde surgen y se mezclan imágenes de tanques y escombros, de viejos desaparecidos, de dedicatorias escritas y adornadas para el día de la madre, los tebeos de Bécassine, los ejercicios espirituales antes de la comunión y cuando jugaba al frontón. Tampoco tiene ganas de acordarse de los años recientes, todo es torpeza y vergüenza, los disfraces de bailarina de music hall, la permanente rizada, los calcetines cortos.
Ella no puede saber que de ese año 1957 retendrá:
el bar del casino de la playa, en Fécamp, donde, un domingo por la tarde, se ha quedado fascinada por una pareja que bailaba sola en la pista, un blues lento y apretado. La mujer, alta y rubia, llevaba un vestido blanco plisado «sol». Sus padres, a los que había forzado a ir, se preguntaban si tendrían bastante dinero para pagar las consumiciones
los váteres helados, en el patio de recreo, adonde tuvo que bajar un día de febrero en plena clase de mates a causa de una colitis y piensa en Roquentin en el parque público, se dice, mezclando a Nerval con Vigny, el cielo está vacío y Dios no contesta. No tiene nombre para esa sensación de sentirse abandonada, con los muslos en carne de gallina por el frío, y el vientre retorcido de dolor. Ni tampoco para la que la invade los días de feria, en ese mismo patio de la foto, cuando le llega de detrás de los árboles el sonido de los altavoces, la música y los anuncios confundidos en un rumor incomprensible. Es como si estuviera fuera de la fiesta, separada de algo anterior
Sin duda las informaciones que recibe del mundo se reducen al estado de sensaciones, de sentimientos e imágenes, sin rastro de la ideología que los ha suscitado. Esto es lo que ve ella:
una Europa dividida en dos por un telón de acero, al oeste el sol y los colores, al este las tinieblas, el frío, la nieve y los tanques soviéticos que un día franquearán la frontera francesa, se instalarán en París, como en Budapest, los nombres de Imre Nagy y de Kadar la obsesionan, los silabea intermitentemente
Argelia, tierra quemada por el sol y la sangre, sembrada de emboscadas en torno a las que revolotean hombrecillos en chilaba, imagen sacada a su vez de un libro de Historia de bachillerato que contaba la conquista de Argelia en 1830 ilustrada por un cuadro, La toma de la smala de Abd el-Kader de Horace Vernet
los soldados muertos en el Aurés se parecen al Durmiente del valle de Rimbaud, tendidos en la arena donde llueve la luz con dos orificios rojos en el costado derecho
Representaciones que traducen probablemente una aprobación de la represión de los rebeldes pero que una foto, publicada en el diario local, de unos jóvenes franceses vestidos elegantemente hablando a la salida de un instituto de Bab El Oued, cuestionó, como si la causa por la que morían los soldados de veinte años tuviera menos justificación.
No aparece nada de todo esto en el diario que ha comenzado a escribir, donde describe su aburrimiento, su espera del amor en un vocabulario novelesco y grandilocuente. Ha apuntado que tiene que hacer un trabajo sobre Polieucto de Corneille, pero prefiere las novelas de Françoise Sagan que, «aunque profundamente inmorales, tienen un acento de verdad».
La gente estaba completamente convencida de que llevaban una existencia mejor gracias a las cosas. Según sus medios, cambiaban la cocina de carbón por otra de gas, la mesa de madera cubierta por un hule por una de formica, el Renault 4 por un Dauphine, la cuchilla de afeitar y la plancha de hierro fundido por sus equivalentes eléctricos, los cubiertos de metal por los mismos de plástico. El objeto más envidiable y el más caro era el coche, sinónimo de libertad, de control total del espacio, y en cierta manera, del mundo. Aprender a conducir y sacarse el carnet era como una victoria igual de importante que la selectividad, y más celebrada.
Se matriculaban en cursos por correspondencia para aprender dibujo, inglés, jiu-jitsu o secretariado. Ahora, decían, hay que saber más que antes. Había quienes se iban de vacaciones al extranjero aunque no conocieran la lengua, de lo que daba fe la F pegada a la matrícula. Las playas se llenaban los domingos de cuerpos en bikini al sol, indiferentes al mundo. Quedarse sentado en los guijarros o bañarse solo los pies arremangándose las faldas cada vez se hacía menos. De los tímidos, de los que no se doblegaban a la ley del grupo, se decía que tenían complejos. Se proclamaba la «sociedad del ocio».
Бесплатный фрагмент закончился.
