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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 462 - diciembre 2020

© 2011 Anne Oliver

Tentación arriesgada

Título original: There’s Something About a Rebel...

© 2011 Anne Oliver

Diario íntimo

Título original: Her Not-So-Secret Diary

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014 y 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-166-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Tentación arriesgada

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Diario íntimo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Tentación arriesgada


Capítulo Uno

No fueron los truenos de la tormenta que se avecinaba lo que despertó a Lissa Sanderson poco después de medianoche. Ni el sofocante calor tropical de Mooloolaba, que la había obligado a dejar abiertas las ventanas de la casa flotante para aprovechar la mínima brisa que soplara del río. Ni siquiera la preocupante situación económica que llevaba varias semanas padeciendo.

Fueron las pisadas que se acercaban por el muelle.

No eran las pisadas de su hermano –Jared estaba en el extranjero–, y ninguno de sus conocidos iría a visitarla a aquellas horas. Eran las pisadas de un desconocido, pensó con un escalofrío.

Levantó la cabeza de la almohada y prestó atención. El lento pero firme sonido de las pisadas se oía claramente por encima del crujido de las hojas de palma y de la campanilla que colgada encima de la puerta trasera.

Sus pensamientos se remontaron nueve meses atrás… y la sangre se le heló en las venas al pensar en Todd. El Sapo no se atrevería a dejarse ver en aquella parte del mundo… ¿O quizá sí?

No, de ninguna manera. No lo haría.

Apoyó los pies en el suelo y escudriñó la familiar penumbra en busca de la linterna, hasta que recordó que la había dejado en la cocina cuando fue a examinar una nueva gotera en el techo.

El embarcadero pertenecía a los mismos dueños de la lujosa mansión que alquilaban a acaudalados veraneantes. Lissa tenía alquilada la casa flotante y el contrato de arrendamiento no vencería hasta dentro de dos años. Febrero era temporada baja y la mansión llevaba dos semanas desocupada. ¿Podría ser que hubieran llegado nuevos inquilinos y no supieran que el embarcadero estaba alquilado por otra persona?

Rezó porque así fuera.

El garaje por el que se accedía al patio trasero y de ahí a la casa flotante solo se podía abrir con un código de seguridad. ¿Quién podía ser sino un habitante de la casa? Intentó tranquilizarse y no ceder a la inquietud que llevaba meses agobiándola. Las puertas tenían un seguro; al igual que las ventanas, aunque estuviesen abiertas; tenía el móvil junto a ella y bastaba con pulsar un botón para llamar a sus hermanos: Jared y Crystal.

Las pisadas se detuvieron. Un objeto pesado cayó al suelo de madera, haciéndolo vibrar unos segundos. El golpeteo del agua contra el casco le puso los pelos de punta.

Había alguien en su muelle… Justo al otro lado de la puerta.

Agarró el móvil y marcó frenética un número, pero la pantalla permaneció apagada. No tenía batería.

Con el corazón desbocado se dirigió a la puerta del dormitorio. Desde allí se podía ver todo el barco hasta la puerta de cristal. Una ligera llovizna caía sobre la cubierta… y sobre una figura alta y masculina.

Era demasiado ancho de hombros para ser Todd, gracias a Dios, pero podría haber sido el jorobado de Notre Dame, con su perfil iluminado por un relámpago.

Lissa sintió un escalofrío por toda la piel.

Entonces la joroba desapareció y Lissa se dio cuenta de que era una bolsa de viaje. El bulto cayó al suelo con un ruido sordo y la figura se irguió en toda su estatura, tan imponente que Lissa dio un paso atrás y tragó saliva para sofocar el grito de pánico que le subía por la garganta. Se puso rápidamente la bata y se metió el móvil en el bolsillo. Podría salir por la puerta trasera, junto a la cama, pero para abandonar el barco tendría que pasar por el estrecho embarcadero, a pocos pasos del hombre, llegar hasta la cochera y esperar a que se elevara la puerta… No, era más seguro permanecer donde estaba.

Y si aquel hombre no fuese un nuevo inquilino…

Se obligó a avanzar y, sin hacer ruido, descalza, fue sorteando bolsas y cajas hasta que resbaló en un charco que no había estado allí dos horas antes. Se agarró a la diminuta mesa de la minúscula cocina y miró de nuevo al hombre. Un relámpago reveló ropa negra, antebrazos desnudos, pelo corto y negro mojado por la lluvia, recio mentón oscurecido por una barba incipiente… Demasiado atractivo para ser un ladrón. Y le resultaba vagamente familiar.

Se palpó el pecho con unas manos grandes y fuertes y se las llevó a los muslos, como si hubiera perdido algo. La imagen de aquellas manos palpándose los pechos hizo estremecer a Lissa, y un recuerdo de su temprana adolescencia asomó al fondo de su memoria. El recuerdo de un hombre tan alto y atractivo como aquel intruso…

Se sacudió las imágenes de la cabeza. Ya se había dejado engañar por demasiados hombres altos y atractivos. Y aquel hombre se disponía seguramente a forzar la cerradura mientras ella se quedaba mirándolo como una tonta.

Tensó los músculos e intentó pensar en su próximo movimiento, pero el cerebro no terminaba de funcionarle. Olió la relajante fragancia de la vela de jazmín que había prendido antes, la albahaca que había metido en un tarro, la omnipresente humedad del río.

¿Cuál sería su último recuerdo antes de morir?

Observó, paralizada, cómo el intruso se hurgaba en el bolsillo, sacaba algo y se acercaba a la puerta.

La adrenalina la impulsó a actuar. Agarró el objeto más cercano, una caracola del tamaño de su puño, y se irguió en su metro sesenta de estatura.

–Largo de aquí. Esto es una propiedad pri…

La orden, formulada con una voz patéticamente débil, se le quebró en la garganta al oír el estremecedor sonido de una llave girando en la cerradura. La puerta se abrió y el hombre entró, chocando con la campanilla y portando el olor a lluvia con él.

Lissa sacó el móvil del bolsillo.

–No se acerque.

La figura se cernió amenazadora sobre ella, invadiéndola con el intenso olor a hombre mojado.

–He llamado a la policía.

El hombre se detuvo, aparentemente sorprendido pero no asustado, y Lissa comprendió que su voz acababa de delatarla.

Era una mujer. Y estaba sola.

Avanzó, apuntando al cuello del hombre con su improvisada arma, pero él la agarró del brazo.

–Tranquila, no voy a hacerte daño –su voz, profunda y varonil, acompañó al trueno que retumbó en el océano.

–¿Y yo cómo lo sé? –preguntó ella–. Este es mi barco. ¡Fuera de aquí! –apretó la caracola en el puño y volvió a la carga, pero él bloqueó su ataque con el antebrazo y suspiró pesadamente.

–No hagas eso, cariño –murmuró, desarmándola con una facilidad pasmosa. Acto seguido aflojó la mano y la bajó desde la muñeca hasta el codo. Lissa sintió otro escalofrío, incapaz de recuperar el control.

–Este es mi barco –declaró en voz baja y débil.

–Pues yo tengo una llave.

Antes de que Lissa pudiera analizar la respuesta, él la soltó y pasó a su lado para encender la luz. A continuación levantó las dos manos para demostrarle que no pretendía hacerle daño.

Ella parpadeó unas cuantas veces hasta adaptar la vista al súbito resplandor. Vio la marca roja que le había hecho en el cuello con la caracola y comprobó que, efectivamente, tenía una llave y que había encontrado sin problemas el interruptor de la luz. Con lo cual solo podía tratarse de…

Blake Everett.

Se apoyó en la mesa con gran alivio, pero enseguida volvió a ponerse en guardia. Blake llevaba unos vaqueros negros descoloridos y un viejo jersey, también negro y desteñido, remangado hasta la mitad de unos antebrazos fuertes y salpicados de vello.

Era el amigo de Jared. Lissa se había enamorado de él cuando ella tenía nueve años y él dieciocho y recién alistado en la Armada. Cuatro años después volvió a casa al morir su madre y ella siguió amándolo en secreto.

No creía que la hubiese mirado salvo en aquella ocasión en la que, con nueve años, se cayó del monopatín al intentar impresionarlo y solo consiguió romperse la nariz, manchar de sangre la camiseta blanca de Blake y, lo peor de todo, echar a perder su joven orgullo.

Circulaban muchos rumores sobre él, y ninguno bueno. El chico malo, la oveja negra de la familia… Pero Lissa no cambió de opinión hasta que oyó que había dejado embarazada a Janine Baker y que había huido del pueblo para alistarse en la Armada. En cierto modo lo sintió como una traición personal.

Los ojos de Black podían ser tan azules como un cielo tropical o tan fríos como un glaciar, y su aire taciturno e indiferente había avivado los instintos maternales de Lissa. Durante mucho tiempo se imaginó cómo sería ser el centro de aquella mirada.

Y en esos momentos la estaba mirando como ella siempre había deseado… con un inconfundible destello de calor en aquellos ojos azules. Pero Lissa ya no era una cría ingenua e inocente, al menos en lo que se refería a los hombres, y bajo ninguna circunstancia iba a bajar la guardia.

–Me llamo Blake Everett –dijo él, apoyado en la encimera y recorriendo con la mirada la corta bata de Lissa, quien sintió un hormigueo de la cabeza a los pies y cómo se le endurecían los pezones–. Soy…

–Sé quién eres –lo interrumpió ella, sofocando el impulso de cubrirse los pechos.

Blake entornó los ojos y Lissa se fijó en las arrugas que los enmarcaban. Pero sus labios seguían siendo los más sensuales que había visto en su vida: carnosos, firmes, irresistibles…

–En ese caso, me llevas ventaja.

Lissa levantó la mirada hacia la suya. No la había reconocido. Estupendo.

–Yo diría que estamos empatados.

–¿Por qué lo dices?

¿Sería posible que lo conociera? Ignorando los agarrotados músculos tras haber conducido desde Surfers bajo la lluvia y el terrible dolor de cabeza, Blake la observó atentamente mientras intentaba hacer memoria.

Hacía mucho que no estaba tan cerca de una mujer, y menos de una tan atractiva como aquella pequeña pelirroja cuyo olor era una fragancia exquisita comparado con el hedor a testosterona que reinaba en los buques de la Armada. A la luz amarilla su pelo brillaba con más fuerza que una bengala de socorro, y sus ojos eran tan verdes como una laguna tropical. Pero, al igual que las playas de aspecto virgen donde él solía buscar peligros ocultos, percibía una tormenta gestándose tras aquella mirada.

Y con razón. El viejo no le había dicho a la mujer que aquel barco era de Blake y que no podía alquilarse. Diez años atrás, cuando murió su madre, Blake se lo compró a su padre para ayudarlo a saldar sus deudas y para tener un lugar tranquilo y apartado donde hospedarse cuando estuviera de permiso en Australia. No había vuelto a poner un pie en aquel sitio desde entonces.

–Por lo que veo, estás aquí de alquiler. He estado en el extranjero, y mi padre…

–No estoy de alquiler. Mi hermano le compró este barco a tu padre hace tres años, así que ahora pertenece a nuestra familia. Es mi casa, de modo que… tendrás que buscarte otro sitio.

–¿Tu hermano compró el barco? –recordó la transacción y sintió un escalofrío. No debería haber confiado en un ludópata como su padre.

–Jared Sanderson.

¿Jared? El nombre le hizo examinarla más atentamente. El pelo rojizo y despeinado, los ojos de color azul verdoso, labios carnosos y torcidos en una mueca de disgusto… Hacía mucho que había perdido el contacto con Jared, su compañero de surf, pero recordaba a su hermana pequeña.

–¿Eres Melissa? –seguía siendo baja de estatura, pero su cuerpo no era el de la niña que él recordaba. Era el cuerpo de una mujer adulta, y a Blake se le aceleraron los latidos al contemplar sus sensuales curvas.

Alzó la vista de nuevo hacia sus ojos, atisbando de pasada unos pechos grandes y turgentes y una generosa porción de escote blanco, antes de que ella se protegiera con los brazos.

–Siento haberte asustado, Melissa. Debería haber llamado a la puerta.

–Soy Lissa. Y sí, deberías haber llamado.

Los labios se le fruncieron en un mohín que él recordaba bien, pero aquella noche lo encontró extrañamente seductor.

–Lissa.

–Está bien, acepto tus disculpas, aunque me has dado un susto de muerte. No he llamado a la policía porque no tengo batería –lo miró con expresión recelosa–. ¿Qué haces aquí?

–¿Es que un hombre no puede volver a casa después de catorce años? –replicó él secamente.

–Me refiero a qué haces aquí, en el barco.

–Creía que el barco era mío –le había engañado su propio padre. Debería haber ido a verlo antes de ir hasta allí, pero no se había sentido capaz de soportar el inevitable enfrentamiento.

–No, no puede ser… –frunció el ceño con expresión confundida–. No lo entiendo.

–Es una larga historia –repuso él, frotándose el rasguño bajo la barbilla.

–Siento lo del golpe –murmuró ella, ruborizándose–. Voy a por…

–No hace falta. Estoy bien.

Ella no le hizo caso y se desplazó hasta un armario para alcanzar los estantes superiores. Al levantar los brazos la bata rosa se le subió hasta los muslos, firmes, esbeltos y bronceados.

Blake contempló sin disimulo su espectacular trasero mientras ella agarraba un botiquín y sacaba un tubo.

–Esto debería servir para… –se dio la vuelta y lo sorprendió mirándola, pero él no desvió la mirada. Era la mejor imagen que había visto en mucho tiempo.

Le tendió bruscamente el tubo, pero pareció cambiar de opinión, como si temiera el contacto físico, y lo dejó en la mesa.

–¿Y esa larga historia que ibas a contarme?

–Mañana volveré a Surfers y hablaré con mi padre y con Jared. Todo se arreglará –le aseguró. Le reembolsaría el dinero a Jared y ayudaría a Melissa… a Lissa a buscar otro alojamiento.

–¿Cómo se arreglará? Jared adquirió el barco cuando tu padre vendió la casa de Surfers para mudarse al sur. A Nueva Gales del Sur, creo. Nadie sabe exactamente adónde.

A Blake no lo sorprendió enterarse por otra fuente de la supuesta desaparición de su padre. Le había pagado a su padre por el barco el día que se marchó de Australia, pero sin llegar a firmar nada. Los papeles nunca le llegaron, como había quedado acordado, y cuando llamó para pedirlos descubrió que los teléfonos estaban apagados y que las direcciones de los correos electrónicos eran incorrectas. El viejo no había dudado en aprovecharse de él para salirse con la suya, lo cual tampoco era ninguna sorpresa.

–¿Estoy en lo cierto al suponer que la casa también te pertenece? –preguntó ella, señalando la ventana. La tormenta predicha había estallado y un tremendo aguacero oscurecía la vista.

Blake asintió. Al comprar el barco había adquirido la casa de vacaciones de su familia.

–¿Y por qué quieres pasar la noche en el barco, cuando tienes una alternativa mejor? –quiso saber ella.

Blake había encargado que le llenaran la nevera de la mansión y airearan las sábanas, pero no había logrado encontrar la serenidad que necesitaba para instalarse. Demasiado espacio, demasiadas habitaciones, demasiados recuerdos… Incapaz de relajarse, agarró un viejo saco de dormir y se encaminó hasta la orilla con la esperanza de que la soledad y el aire marino aliviaran el terrible dolor de cabeza que sufría desde el accidente. Pero al parecer aquella noche no estaba de suerte.

–Tenía la esperanza de dormir un poco –lo último que esperaba era encontrarse alguien más allí.

–Pero como aquí estoy yo vas a volver a la casa, ¿verdad?

Esa había sido su primera intención. Pero el inesperado cambio de planes lo había hecho darse cuenta de que no estaba tan cansado como creía, y de que no tenía ninguna prisa por darle las buenas noches a la encantadora Lissa Sanderson.

No, aquello no era del todo cierto. Era su cuerpo el que lo acuciaba a quedarse, a embriagarse con la deliciosa fragancia femenina, a volver a tocarle el brazo y sentir la exquisita suavidad de su piel…

Pero su cabeza no le permitiría ceder a sus más bajos instintos. En el ejército era conocido por la frialdad y serenidad que demostraba bajo presión, incluso en las situaciones más peligrosas. La misma frialdad que le echaban en cara las mujeres antes de cerrarle la puerta en las narices.

Lissa Sanderson, con sus apetitosas curvas y penetrante mirada, era un riesgo que debía evitar por el bien de ambos.

–Está bien, te dejaré en paz… Por ahora.

–¿Por ahora? –repitió ella con incredulidad–. ¡Esta es mi casa! –exclamó en tono desesperado–. No lo entiendes… ¡Necesito este sitio!

–Cálmate, por amor de Dios –las mujeres y sus reacciones exageradas–. Encontraremos alguna solución.

Por primera vez desde que pisó el barco miró a su alrededor y lo comparó con el aspecto que recordaba de años atrás, cuando pertenecía a su padre y Blake vivía en él.

Un sofá azul, hundido bajo el peso de cajas abiertas y cerradas, ocupaba el espacio donde una vez había habido un tresillo de cuero. La cocina permanecía igual, salvo por un microondas y un montón de papeles en el banco. La mirada de Blake se posó levemente en un aviso de pago sujeto con un imán en el frigorífico.

El barco estaba atestado de trastos. No quedaba ni un hueco libre. Lienzos apoyados en la pared, latas llenas de pinceles, lápices y carboncillos, camas cubiertas de revistas, libros, retales y paletas. ¿Cómo podía vivir alguien con semejante desorden?

Tal vez se debiera a la fragancia a flores o a las macetas que ocupaban un estante junto a una ventana, pero el caso era que se respiraba un aire relajante y hogareño bajo aquel caos doméstico. Blake no había experimentado nada igual desde que vivió con su madre, y se preguntó si podría conciliar el sueño en un lugar así.

Debería largarse de allí, buscar algo para alquilar en la costa mientras estuviera en Australia y olvidar que había visto a Melissa Sanderson. Lo único que quería era soledad.

Un goteo constante le llamó la atención. Levantó la mirada y vio caer una gota plateada a contra luz, seguida rápidamente por otra. La gotera debía de llevar bastante tiempo, a juzgar por el recipiente medio lleno que había debajo. Al examinar el techo con más atención vio otras manchas de humedad.

–¿Desde cuándo hay goteras?

Ella miró el techo y apartó rápido la mirada.

–Desde no hace mucho. Puedo arreglármelas sola, no es nada –declaró a la defensiva.

Interesante. Si Blake no recordaba mal, la joven Melissa era de todo menos independiente.

–¿Nada? Fíjate bien, encanto. Si el agua llega a esa toma de corriente tendremos un serio problema.

Ella volvió a mirar hacia arriba y frunció el ceño. Era evidente que no se había percatado de la magnitud de los daños.

Blake se fijó en el charco que se formaba junto a los pies de Melissa, rodeando el frigorífico.

–¿Es que no sabes lo que pasa cuando el agua entra en contacto con la electricidad?

–Claro que lo sé –espetó ella–. Y soy yo quien tiene un problema, no nosotros.

Él sacudió la cabeza.

–Me da igual de quién sea el problema. En estos momentos el barco no es un lugar seguro –habiendo visto los riesgos su conciencia no le permitiría dejarla allí sola.

Un relámpago iluminó la noche, seguido por un trueno que retumbó con furia.

–Tienes dos minutos para recoger tus cosas –dijo, golpeando la mesa con los nudillos–. Vas a dormir en la casa.

Capítulo Dos

–¿Cómo dices? –Lissa lo miró furiosa. Era difícil fulminar con la mirada a alguien tan atractivo, pero ella no aceptaba órdenes de nadie–. No voy a…

–Tú eliges, Lissa. Puedes venirte tal y como estás, para mí no supone ninguna diferencia –le recorrió el cuerpo con la mirada, haciendo que le ardieran las zonas más íntimas–. Pero piensa que te vendría bien cambiarte de ropa.

Se acercó y ella se encogió involuntariamente al recordar la intimidación de otro hombre, grande y abusivo, al que ella había creído amar en una ocasión.

Reprimió el estremecimiento y lo empujó.

–Si no te importa… Estás invadiendo mi espacio –su tacto era recio y cálido, y la tentaba a olvidar sus temores y a sentir aquellos músculos y los latidos del corazón bajo la palma de la mano. Retiró la mano inmediatamente–. Voy a quedarme aquí, en este barco, por si ocurre algo.

–Algo va a ocurrir como no te vistas y te pongas en marcha ahora mismo.

Él dio un paso atrás. Por mucho que odiase admitirlo, tenía razón. ¿Qué haría ella si el agua llegaba a la toma de corriente? Nunca se había encontrado bajo una lluvia tan fuerte, y la situación había empeorado en las últimas horas.

–Está bien –aceptó lo más dignamente que pudo mientras se daba la vuelta y se encaminaba a su dormitorio–. Pero tú quédate aquí y vigila que no pase nada.

–Eso pensaba hacer.

¿En serio? Por lo visto aquel superhéroe era inmune a los peligros que él mismo había señalado. Mejor para ella. Ya tenía bastantes problemas sin necesidad de añadir un arrebatador espécimen masculino a la lista.

Agarró los vaqueros y la camiseta que había usado aquel día, reacia a cambiarse de ropa. Desnudarse con Blake Everett a pocos metros la colocaría en una posición muy vulnerable, algo que estaba decidida a evitar a toda costa.

Volvió junto a él y se puso a meter las cosas desperdigadas en dos cajas de plástico.

–Si de verdad tengo que abandonar el barco, he de llevarme todo esto conmigo a la casa.

–¿Todo? –repitió él, dubitativo–. ¿En serio lo necesitas todo?

–Hasta el último retal. Mi trabajo depende de ello. Soy diseñadora de interiores –actualmente desempleada, pero no iba a revelar aquel detalle.

–En ese caso, deja que te eche una mano.

–Bien –procedió a empaquetarlo todo rápidamente, intentando que la proximidad de Blake no la afectara–. ¿Puedes meter esos blocs en bolsas de plástico? –le pidió para alejarlo de ella.

Pocos minutos después lo tenían todo listo.

–Vendré por el resto cuando te hayas instalado en la casa –tuvo que alzar la voz para hacerse oír sobre la persistente lluvia.

¿Instalarse? Lissa se enderezó con una caja bajo cada brazo y su bolsa de viaje colgada al hombro. Si Blake quería jugar a rescatarla tendría que tolerarlo, siempre que sus cosas estuvieran a salvo.

–Gracias –murmuró a regañadientes. No quería recibir su ayuda.

Se puso las sandalias de goma junto a la puerta y abrió para salir a cubierta. Un torrente de agua le cayó encima donde debería estar seco. Miró hacia arriba y vio la lona ondeando al viento. Tal vez no quisiera la ayuda de Blake, pero estaba obligada a aceptarla.

Subió al muelle seguida por Blake. Las sandalias chapoteaban en el suelo encharcado al pasar junto a la piscina y la zona de recreo de camino a la amplia puerta de cristal.

Los dos últimos años había asistido al continuo ir y venir de gente guapa en la elegante mansión, y por fin le llegaba el turno de ver el interior. Estaría bien dormir rodeada de lujo para variar, y desde una perspectiva profesional estaba impaciente por ver la decoración.

Esperó a que Blake abriera la puerta y lo siguió al interior. Él pulsó un interruptor y la luz inundó la suntuosa estancia. Lissa alzó la vista hacia las diminutas esferas de cristal que rodeaban el globo central y que despedían una mirada de arcoíris por toda la sala. La ausencia de tabiques interiores le confería una atmósfera abierta y espaciosa. El techo de madera de color miel se elevaba a una altura de dos pisos, y una amplia escalera subía pegada a una pared de acento del mismo tono melado. El suelo de baldosas blancas se fundía con las paredes blancas y aumentaba la sensación de espacio. Junto a la pared de pizarra exterior había un gran sofá de cuero negro con cojines de color lima y mandarina. El resto del mobiliario era de teca y cristal.

Impresionante. Pero impersonal y un poco anticuado. Carecía del aire doméstico y acogedor que cabría esperarse en un verdadero hogar.

Un hormigueo de excitación le subió el ánimo. Podría preguntarle a Blake si quería redecorar la casa…

Dejaron las cosas en un rincón.

–Iré a por el resto dentro de un momento –dijo él de camino a la escalera.

Mientras la conducía a la entreplanta, Lissa intentó no fijarse en su firme trasero, enfundado en unos vaqueros negros, e intentó concentrarse en la decoración de las paredes.

Blake le mostró una amplia habitación con una gruesa moqueta de color crema y una abultada colcha a rayas negras y verdes. Los relucientes muebles negros estaban desprovistos de chismes y baratijas. La ventana daba a la casa vecina y al río, pero no se veía el barco.

Tal vez Blake la hubiese elegido a propósito, pensó Lissa mientras dejaba la bolsa y la ropa en un sillón forrado de seda junto a una cómoda. No habría forma de espiarlo y alimentar las fantasías más lujuriosas mientras lo veía trabajar desnudo de cintura para arriba, con los músculos en tensión y la piel empapada de sudor…

–La ducha está ahí –le indicó él, tras ella–. Aún no lo he comprobado, pero me han dicho que han llenado la despensa hoy, así que mañana puedes prepararte el desayuno.

Lissa se inquietó ante la posibilidad de que Blake decidiera echar un vistazo a su despensa o a su nevera, porque hacía más de una semana que no hacía la compra. Su precaria situación económica la obligaba a saltarse más de una comida, y el desayuno era un lujo que no podía permitirse.

–Recogeré el resto de tus cosas y le echaré una ojeada al barco. ¿Tienes algo que pueda usar para las reparaciones?

–Busca en la cubierta, junto a la puerta. Debajo de la lona. Y ten cuidado.

–Siempre lo tengo.

Se dio la vuelta y se alejó, y Lissa se quedó pensando en lo que le había dicho. ¿De verdad tenía siempre cuidado? ¿Y qué había pasado con Janine Baker? También Janine se había marchado del pueblo, sin que nadie supiera lo que había sido de ella y del bebé.

Esperó a que cerrara la puerta y buscó una vista mejor del río. Y de Blake. La encontró en el dormitorio principal. A la luz del salón que se derramaba en el patio, bañado por la lluvia, vio a Blake alejarse rápidamente por el camino, pasar junto a la piscina y continuar por el muelle. Su figura resultaba imponente e inquietante.

Desapareció en la cubierta y Lissa se giró para examinar el dormitorio. La luz del pasillo se proyectaba sobre la inmensa cama king-size desecha. La huella de la cabeza en la almohada le desató una ola de excitación en el estómago, como le ocurría cada vez que pensaba en él.

Se apretó la mano en el vientre y se obligó a calmarse. Blake había estado durmiendo allí. ¿Qué le había hecho levantarse y abandonar una cama tan cómoda para ir a una casa flotante en mitad de la noche?

Registró la habitación en busca de pistas. La bolsa yacía abierta junto a la pared, llena de ropa. Sobre la cómoda había un montón de folletos de barcos, junto a su pasaporte y algo de dinero. Se sintió tentada de mirar el pasaporte para ver dónde había estado, pero en vez de eso se acercó a la cama, agarró la almohada y cerró los ojos mientras inhalaba profundamente. Había pasado mucho tiempo, pero recordaba su inconfundible olor. Se le escapó un débil gemido…

–¿Va todo bien por aquí?

El corazón casi se le salió por la boca, las rodillas se le combaron y abrió los ojos. Blake estaba de pie en la puerta, con un brazo en el marco y la cabeza ligeramente ladeada. Al estar a contraluz no se podía distinguir su expresión, pero no debía de ser muy amable.

–Sí, sí. Todo bien –sonrió forzadamente y se apartó de la cama–. Quería… cerciorarme de que el barco seguía a flote –soltó una carcajada excesivamente aguda–. Es ridículo, ya lo sé. De paso estaba buscando una almohada extra, si no es un problema para ti. ¿Querías algo?

¿Qué clase de imagen estaba dando, ataviada con su minúscula bata, a oscuras, junto a la cama de Blake y formulando aquella pregunta? Apretó los labios antes de empeorar la situación.

–Mi teléfono –dijo él. Encendió la luz y la observó unos instantes antes de desviar la atención hacia la mesilla, vacía–. No lo habrás visto, ¿verdad? Estoy seguro de haberlo dejado aquí, por algún sitio.

Ella negó con la cabeza.

–A lo mejor se te cayó al suelo.

–O a lo mejor lo tiraste tú –señaló él en un tono ligeramente acusador.

Impaciente por escapar de la embarazosa situación, Lissa dejó la almohada en la cama y se arrodilló para ocultar el rubor de sus mejillas.

–¿Está ahí?

–Eh…

–¿Te echo una mano?

El ofrecimiento de Blake, formulado en aquella voz tan sensual y masculina, le evocó una imagen nada tranquilizadora.

–Ah –sus dedos se cerraron sobre un objeto de plástico–. Ya lo tengo.

Blake oyó su respuesta ahogada mientras admiraba el meneo de sus caderas. Tenía un trasero perfecto del que por más que lo intentaba no podía apartar la mirada.

La última vez que vio a Lissa era una chica tímida, desgarbada y flacucha de trece años, pero todo parecía indicar que seguía siendo igual de impresionable. Su melena castaña rojiza le ocultaba el rostro, pero Blake sabía que sus mejillas eran del mismo color que el pelo. Quizá le estuviera diciendo la verdad sobre la almohada, pero tenía serias dudas al respecto.

Se sentía atraída por él.

Se levantó y sostuvo el móvil lo más lejos posible de ella, como si estuviera ardiendo.

–Gracias –dijo él.

–De nada –una chispa prendió al rozarse sus dedos, pero no pareció darse cuenta, o no quiso demostrarlo, y se colocó el pelo tras las orejas, se enderezó y le sostuvo desafiante la mirada.

Blake examinó el móvil con el ceño fruncido.

–¿Esperas la llamada de alguien especial? –le preguntó ella.

–Tú siempre directa al grano, ¿no? Tengo que hacer unas llamadas –a un fontanero y a un electricista, pero podía esperar hasta el día siguiente.

–Tus herramientas no sirven para nada. He asegurado la lona sobre la gotera, pero solo de manera provisional. ¿Sabes en qué estado se encuentra el techo?

Ella apartó la mirada.

–Iba a arreglarlo.

Blake se giró hacia la puerta, pero un pensamiento le hizo darse la vuelta… y lo que vio le dejó la mente en blanco.

Lissa estaba agarrando la almohada por un extremo y lo miraba fijamente. Blake se imaginó yendo hacia ella, quitándole la almohada e inclinándose para aspirar el olor de su cuello, sintiendo el calor de su piel en los nudillos mientras le desataba el cinturón y le deslizaba la bata por los hombros, tumbándola en la cama para que le hiciera olvidar por qué había vuelto a casa…

Pero las mujeres bonitas y delicadas no merecerían que las usaran de aquella manera. Ella no se lo merecía.

Lissa arqueó una ceja, expectante, y Blake recordó lo que iba a preguntarle.

–¿Trabajas mañana?

Ella dudó.

–No, mañana no –respondió vagamente.

–De acuerdo –pero intuía que le estaba ocultando algo. Lo adivinaba en su mirada esquiva, y en la reacción que le había mostrado antes–. Entonces, buenas noches… Ah, y si necesitas una almohada hay otros tres dormitorios en los que buscar.

Al salir bajo la tormenta se preguntó si Lissa tenía intención de dormir en su cama. La idea de tener aquella piel suave y delicada entre sus sábanas y aquella fragancia femenina en su almohada le hervía la sangre en las venas. Aceleró el paso y se alejó de la casa lo más rápido que pudo.

Blake llevó el resto del material a la casa y volvió al barco a ver qué podía hacer. Cambió el pequeño contenedor bajo la gotera por un cubo y se valió de un periódico para absorber el agua del suelo. Al extender las hojas se fijó en un anuncio rodeado con un círculo rojo. Era una oferta de empleo para trabajar como ayudante en una tienda de ropa de playa, pero bajo el mismo estaba escrito «demasiado tarde», junto a una carita triste.

A Blake le extrañó. ¿Estaría Lissa buscando empleo y por eso no iba a trabajar al día siguiente?

Miró la factura pegada en el frigorífico. Era obvio que Lissa se encontraba en dificultades económicas y que no le había dicho nada a Jared, quien de haberlo sabido habría hecho cualquier cosa por ayudarla.

No tenía trabajo y vivía en unas condiciones peligrosamente precarias.

Blake no podía quedarse de brazos cruzados. No solo por su instinto de protección sino porque Jared había sido su mejor amigo, el hermano que nunca había tenido.

La lluvia seguía cayendo mientras examinaba de nuevo la cubierta. No se podía hacer nada hasta que pasara la tormenta.

Permaneció unos momentos en la cubierta, mirando la casa mientras el agua le chorreaba por el rostro y se le filtraba por la ropa. Necesitaba sentir el frío y la humedad para sofocar las llamas que lo abrasaban desde que había visto a Lissa y que se habían avivado salvajemente al verla con la nariz hundida en su almohada.

Pero no bastaba con el viento y la lluvia para apagar las llamas. Necesitaba una mujer.

Y tendría que intentar conciliar el sueño a pocos metros de una mujer enloquecedoramente sexy y atractiva.

Capítulo Tres

Las veneras, maderos a la deriva y hojas de palmera cubrían la franja de arena dorada entre el bosque tropical y el mar. No había una sola nube en el cielo y el aire estaba impregnado de olor a vegetación y vida marina en descomposición. Un auténtico paraíso turístico.

Pero ni siquiera en sueños lo era. Porque el martilleo que le resonaba en la base del cráneo eran disparos enemigos.

Aquel día Blake había sido uno de los cinco buzos de salvamento en la playa. No iba a ser más que un ejercicio de entrenamiento rutinario… hasta que la selva explotó y el paraíso se convirtió en el infierno.

Expuestos y desprevenidos, devolvieron el fuego y echaron a correr. Pero el miembro más joven del equipo, Torque, se quedó paralizado, incapaz de reaccionar. Blake volvió sobre sus pasos esquivando las balas, agarró al muchacho y lo arrastró por la playa. Más disparos quemaron el aire y pasaron rozándole la cabeza. Torque soltó un último y agónico grito y se derrumbó contra Blake, haciéndole perder el equilibrio y caer contra las rocas. Y luego la oscuridad lo engulló todo…

* * *

Blake se despertó temblando, con la boca seca y el corazón golpeándole en las costillas. Estaba empapado de sudor y le dolía la cabeza. Le costó unos segundos recuperar el aliento.

Agarró los analgésicos de la mesilla y se los tragó sin agua. El médico se los había recetado al menos otra semana más, pero Blake se negaba a tomar somníferos a pesar de que no conseguía dormir más de un par de horas seguidas. Ojalá hubiera alguna poción mágica para eliminar las pesadillas…

Se incorporó y miró por la ventana. Aún no había amanecido y no quedaba ni rastro de la tormenta en el cielo tachonado de estrellas.

Incapaz de enfrentarse a más horrores nocturnos, se levantó y se puso unos pantalones cortos. Bajó al piso inferior, pasando junto al dormitorio donde Lissa debía de estar durmiendo plácidamente y sin pesadillas.

Se detuvo ante la puerta de cristal del salón y la abrió para que la brisa le refrescara el rostro. Casi podía oler la playa del sueño, las algas secas, la sangre recién derramada…

Oyó un ruido tras él y se giró con el puño levantado, siempre alerta.

Era Lissa. Tan frágil como una muñeca de porcelana, con los ojos muy abiertos y temblando de miedo.

Genial. Era la segunda vez que la asustaba en una noche. Se maldijo en voz baja y se giró de nuevo hacia la ventana.

–¿Qué haces aquí?

–He oído un gri… un ruido.

Blake oyó el susurro de unos pies descalzos acercándose a él y ahogó un gemido al imaginarse esos pies entrelazados con los suyos.

–¿Y tú qué haces aquí?

No respondió. Cerró los ojos y aspiró su fragancia, fresca y pura. Lissa no sabía nada de las atrocidades que se cometían fuera de su pequeño mundo. Y él quería que siguiera así, protegida y segura. A salvo de él.

–¿Estás bien? –le preguntó ella preocupada.

–Sí. Vuelve a la cama.

–Pero… –su pelo, sedoso y fragante, le rozó la barbilla al colocarse delante de él–. Me pareció haber oído… –le posó la mano en el brazo–. ¿Seguro que estás bien?

Él abrió los ojos y se encontró con los grandes ojos de Lissa y sus carnosos labios, al alcance de los suyos…

Apenas le llegaba al hombro. Era tan pequeña y delicada… Levantó las manos para sujetarla y mantenerla a distancia, y sintió como tensaba los brazos.

Le deslizó las manos hacia los hombros, acariciando con los pulgares la hendidura de la clavícula. Había olvidado lo suave que era el tacto de una mujer, tan diferente del suyo.

Las palpitaciones lo sacudieron por dentro. Sería muy fácil inclinarse y tomar posesión de aquella boca hasta olvidarse de todo. Salvo que él jamás olvidaría. Nunca podría ser el joven despreocupado al que ella recordaba. Los restos de la pesadilla seguían aferrados a él como una mortaja, contaminando la inocencia de Lissa. Bajó las manos y se apartó de su cautivadora mirada.

–Márchate, Lissa. No te quiero aquí.

Apenas la oyó alejarse, y cuando miró por encima del hombro, ya había desaparecido. Lo invadió una mezcla de alivio y amarga frustración. No quería ofenderla, pero no podía hacer otra cosa.

Lissa se pasó las dos horas siguientes dando vueltas en la cama, mientras la habitación se iba iluminando lentamente.

En cuanto el barco estuviera arreglado podría marcharse de aquella casa, lejos de él y de la tentación. Pero no del hecho de que Blake reclamaba la propiedad del barco… La solución de aquel problema, sin embargo, no dependía de ella, de modo que no tenía sentido darle más vueltas al asunto.

Apartó la sábana y se levantó. Abrió la ventana para escuchar el canto de los pájaros y sentir la humedad de la aurora. Apoyada en el alféizar, contempló las casas palaciegas a lo largo de la orilla, con sus lujosos veleros anclados en el río. Un helicóptero sobrevoló el vecindario y aterrizó en un helipuerto privado.

Oyó un chapoteo al otro lado del alto muro de cemento. Gilda Dimitriou, la vecina, con quien Lissa había hablado algunas veces, se estaba bañando en la piscina como cada mañana. Era un miembro de la alta sociedad muy conocida por sus obras benéficas. Su marido, Stefan, era un pez gordo de las finanzas y solían dar muchas fiestas en casa. Lissa debía de ser la única persona en cien kilómetros a la redonda sin una ocupación de prestigio y sin una abultada cuenta bancaria.

Nadie, ni siquiera su familia, conocía sus apuros económicos. Por algo se había pasado el último año y medio demostrando que podía arreglárselas sola en Mooloolaba.

Pero el negocio de diseño para el que trabajaba había tenido que cerrar por culpa de un contable inepto, y ella se había quedado sin más ingresos que los que obtenía por limpiar un par de oficinas tres horas a la semana.

Se dijo a sí misma que no era más que un pequeño bache en el camino y recogió la ropa que había llevado consigo. No quería ver a Blake hasta haberse duchado y arreglado un poco el pelo.

El cuarto de baño era tan grande como su barco, con azulejos blancos, grifos dorados y gruesas toallas de color azul que olían a suavizante. Acostumbrada al mísero goteo del barco, la presión del chorro era tan deliciosa que se pasó un buen rato bajo el agua, reflexionando sobre su situación. No había renunciado a la idea de montar su propio negocio. Necesitaba demostrar que era capaz, después de las fuertes discusiones con su hermano que la habían obligado a mudarse allí. Mooloolaba era una pequeña ciudad de ricos en Sunshine Coast, al sureste de Queensland. La mayoría de sus habitantes pagarían sumas desorbitadas por una simple redecoración de sus casas. Solo había que encontrarlos y convencerlos de que necesitaban sus servicios.

Había salido adelante trabajando como limpiadora mientras buscaba en los periódicos e internet el trabajo deseado, pero hasta el momento no había tenido suerte. Los ricos preferían contratar los servidos de las grandes empresas. Por eso había que ofrecerles algo nuevo y diferente si quería salir del agujero y darse a conocer.

Para ello le bastaría con aprovechar el nombre de su hermano. Jared era muy conocido y respetado en el negocio de las reformas. Pero no lo haría bajo ningún concepto. Tenía que demostrar que podía hacerlo sola. Y después de haber llegado tan lejos sería muy humillante admitir que Jared había estado en lo cierto.

De modo que tendría que seguir trabajando de lo que fuese… Cosa difícil, habiendo tan poca oferta.

Pero lo primero era desayunar con un hombre de reacciones imprevisibles.

Lissa tenía las tostadas untadas de mantequilla y el café recién hecho cuando Blake apareció en la cocina a las siete en punto. Sabía que era una persona extremadamente puntual y organizada que lo planificaba todo hasta el último detalle.

Se había preparado para verlo, pero el corazón le dio un vuelco cuando Blake entró en la cocina vestido con unos vaqueros y una camiseta caqui con un diseño de sangre y alquitrán en el pecho. Parecía más tranquilo, aunque su expresión seguía siendo fría y distante. Se había duchado y parecía tan fresco como el nuevo día.

Mejor fingir que no había sucedido nada la noche anterior.

–Buenos días –le sonrió e intentó que no se le derramará el café al servirlo en una taza–. ¿Café?

–Nunca tomo café, pero gracias –respondió con voz grave y profunda. Abrió la alacena y sacó una caja de té Earl Grey. Agarró una tetera y la puso a hervir.

–El agua acaba de hervir –dijo ella, desesperada por romper el incómodo silencio–. ¿No te gusta madrugar? –le preguntó en tono animado.

Él la miró brevemente mientras vertía el agua de la tetera en una taza.

–Siempre me levanto a las cinco en punto, llueva o haga sol. ¿Y tú?

Lissa lo observó un momento.

–A esa hora suelo volver a casa –la mirada que Blake le echó hizo que deseara haber mantenido la boca cerrada–. Los fines de semana… Algunos. De hecho, si estás libre esta noche hay una fiesta en la playa… –dejó la propuesta a medias al ver que apretaba la mandíbula–. Mejor no.

No se lo imaginaba en una fiesta, pensó mientras sorbía el café. Tenía que olvidar su enamoramiento adolescente, recobrar la compostura y recordar que Blake quería quedarse con su barco.

–¿Cómo se ven los daños esta mañana?

–Todavía no lo he comprobado –añadió azúcar y se sentó frente a ella en la mesa–. Anoche corté la electricidad y lo cerré todo.

–Oh, me preguntaba qué estabas haciendo en… –se mordió el labio y deseó haberse mordido la lengua.

–Hay que reformarlo a fondo –repuso él, hojeando unos folletos de barcos que había llevado a la cocina–. Podría llevar bastante tiempo.

Lissa estaba segura de que la situación no era tan grave y de que Blake solo pretendía mantenerla a distancia, pero no le iba a servir de nada. Después de desayunar iría a echar un vistazo por sí misma. No había ido antes porque pensaba que Blake estaba allí y no quería pillarlo durmiendo, por si acaso dormía desnudo…

Sofocó la ola de calor que se le arremolinó en el vientre y se unió a él en la mesa, empujando el plato de tostadas al centro.

–Te olvidaste de incluir los huevos en la lista de la compra.

–Con las tostadas está bien –respondió él, dándole un mordisco al pan.

–¿Piensas salir a navegar mientras estés aquí? –le preguntó, fijándose en los folletos.

–Quizá esté pensando en comprarme uno –dijo él sin levantar la mirada.

–¿Pero no estás en la Armada?

–Ya no –alzó la vista y miró a lo lejos–. Imagínate… navegar en solitario por la costa, fondeando donde quieras, sin horarios, sin agendas, sin exigencias de ningún tipo… Tan solo tú, dejándote llevar por la marea.

–Suena… mágico. ¿Entonces has dejado la Armada?

–Sí –dobló la esquina de una página para marcarla y cerró el folleto–. Voy a llamar a un fontanero y a un electricista. ¿Conoces a alguno?

Obviamente no quería hablar de la Armada ni de sus motivos para abandonarla.

–Hasta ahora no he necesitado a nadie –mordisqueó el borde de su tostada–. Jared conoce a muchos, pero está de viaje.

La expresión de Blake se animó al oír el nombre de su hermano.

–¿A qué se dedica Jared?

–Tiene una empresa de construcción en Surfers. En estos momentos está de vacaciones en el extranjero, con su familia. Llevan fuera casi dos meses.

–¿Jared está casado?

–Sí. Él y Sophie tienen un hijo de tres años, Isaac.

–Me alegro por él –sus labios se curvaron en una de sus rarísimas sonrisas y a Lissa le dio un brinco el corazón. A aquel paso iba a necesitar que la viera un cardiólogo–. ¿Los ves a menudo?

Ella se rellenó la taza de café y asintió.

–Los veo cada dos semanas, sin contar los cumpleaños y celebraciones. Pero siempre voy yo a Surfers. Una casa flotante no es lugar para niños, demasiado peligroso. Y Crystal tiene dos hijos –no le dijo que después de haberse marchado de casa Jared le había dejado muy claro que no iría a verla a Mooloolaba a menos que lo invitara expresamente.

Él la miró mientras soplaba su té.

–¿Cuándo volverá de sus vacaciones?

–En un par de semanas.

–Necesitaré su número de teléfono. Me gustaría ponerme al día con él después de tanto tiempo, y además tengo que hablarle del barco.

El barco… Hablaba como si ya le perteneciera.

–No –apretó los dedos en torno a la taza–. No puedes hablar del barco con Jared.

–¿Por qué no? –la observó fríamente–. ¿Es que no pagas el alquiler?

–Claro que sí –se había retrasado en el pago del último mes, pero le había asegurado a Jared que lo tendría para el final de la semana.

Siempre que encontrase otro trabajo…

Jared se pondría furioso cuando se enterara de la gotera, pero Lissa había querido demostrarle que no necesitaba a nadie. Y aún peor, Blake le diría que el barco era suyo. Lissa no sabía quién era el dueño legal del barco, pero no podía dejar que Blake se lo arrebatara. ¿Qué sería de ella?

–Lissa.

Sus miradas se encontraron y ella empezó a temblar. La forma en que pronunciaba su nombre la hacía estremecerse y sentirse estúpida, igual que siempre.

–¿Qué? –preguntó, sabiendo que no le gustaría nada lo que iba a decirle.

–Olvídate de Jared y del barco por el momento y háblame de ti. De tu lugar de trabajo, por ejemplo –sus últimas palabras fueron tan afiladas y penetrantes como su mirada.

Ella se encogió en la silla. Era peor de lo que había temido. Mucho peor.

–Ya te lo he dicho. Soy diseñadora de interiores.

–Pero en estos momentos no tienes trabajo, ¿verdad?

Se le formó un doloroso nudo en el estómago. Quiso apartar la mirada del hombre con quien había soñado durante tantos años, pero aquellos no eran los ojos que recordaba de sus fantasías, sino los ojos de un severo profesor que exigía ver los deberes que no había hecho.

Apoyó con firmeza las manos en la mesa. No tenía sentido seguir negándolo.

–Mira, ahora mismo tengo algunos problemas, pero no es asunto tuyo.

–A lo mejor puedo ayudarte –dijo él sin ofenderse.

¿Ayudarla? Blake era la última persona de la que querría recibir ayuda. Quería que se largara y dejara de hacerle preguntas embarazosas, pero eso no iba a ocurrir.

–¿Conoces algún negocio de diseño de interiores que necesite personal por aquí cerca? –preguntó con una sonrisa forzada.

–¿Es eso lo que realmente quieres?

¿Tan ociosa y holgazana la veía?

–Por supuesto que sí. Estudié muy duro para sacarme el título y no quiero dedicarme a otra cosa.

Blake observó su taza mientras la giraba en la mesa.

–Entonces, ¿estás buscando trabajo o tu intención es montar algo por tu cuenta?

Ella respiró honda y resignadamente. En cierto modo era un alivio hablar de sus problemas con alguien.

–Está bien –se miró las manos para no tener que mirarlo a él–. No he podido dedicarme al diseño desde que el negocio para el que trabajaba se fue a la quiebra. Actualmente trabajo de limpiadora unas horas a la semana, lo que no me permite ahorrar el dinero que necesitaría para montar mi propio negocio.

–¿Y Jared no puede prestártelo?

–No quiero la ayuda de Jared. Tuvimos algunas… discrepancias, y me vine aquí porque necesitaba espacio.

–¿Espacio?

–Espacio e independencia –se encogió de hombros–. Después de graduarme trabajé dos años en una tienda de diseño en Surfers, pero sé que puedo aspirar a algo más que a trabajar para otra persona. Jared me dijo que no tuviera prisa. Discutimos, me marché, y él no se lo tomó muy bien que digamos.

Blake la observó en silencio unos segundos.

–Lo siento.

A Lissa le pareció que lo lamentaba de veras, pero intentó no darle importancia.

–Seguimos hablándonos –le aclaró. Pero al fin se daba cuenta de que Jared tenía razón al aconsejarle que no corriera tanto–. Me gustaría ser autónoma, pero la gente de aquí no quiere arriesgarse a contratar a una desconocida.

–No eres una desconocida a menos que te veas así. Sé de lo que hablo, créeme.

Lissa le sostuvo la mirada, serena y azul. No solo era un héroe protector y extremadamente eficaz, sino también un modelo de optimismo y motivación.

Pero ella no estaba preparada para volver a confiar en un hombre, ni siquiera en Blake Everett. Tener a otro hombre en su vida, aunque solo fuera como amigo, era un salto que no estaba segura de poder dar.

–Saldré adelante. Ya encontraré cualquier cosa –¿de verdad lo creía? ¿O simplemente quería ocultarle su fracaso a aquel hombre en concreto?–. ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?

–Todavía no lo he decidido. Un par de meses, quizá…

La expresión de Lissa no dejaba lugar a dudas: quería que él se marchara lo antes y lo más lejos posible. Pero al mismo tiempo se veía un inconfundible brillo de atracción en sus ojos. Y el cuerpo de Blake reaccionaba con un ardor indeseado.

No era el único que se sentía confundido allí. Pero, dejando a un lado las emociones y la atracción, era obvio que Lissa necesitaba ayuda económica para llevar a cabo sus planes. Y era igual de obvio que su orgullo le impedía aceptar la ayuda de su hermano.

Solo Blake podía ayudarla.

Estaba en deuda con Jared.

–¿Has pensado cómo sería ese negocio, Lissa?

–Pues claro –se inclinó hacia delante con entusiasmo–. En pocas palabras: calidad, estilo e innovación mediante la experiencia y la formación.

Esbozó una sonrisa tan satisfecha que Blake sospechó que llevaba tiempo deseando soltarle su eslogan a cualquiera.

Blake había heredado una fortuna al morir su madre, y además poseía varias inversiones inmobiliarias. Pero en aquellos momentos se sentía hastiado y desilusionado y necesitaba un desafío, una distracción, algo nuevo que prendiera la llama.

La visión de Lissa Sanderson prometía ese reto. Él quería ayudarla; no solo porque era la hermana de Jared, sino porque era joven, ambiciosa y estaba llena de entusiasmo. Blake solo tenía treinta y dos años, pero quería recuperar la energía y la pasión que le faltaba a su vida.

–Ah, y tiene que ser ecológico –continuó ella–. Hay que trabajar a favor y no contra el medio ambiente. Y colores. Muchos colores… –se calló al mirarlo a los ojos y se puso colorada–. Creo que me estoy entusiasmando más de la cuenta.

También él. Las ideas de Lissa y la pasión que transmitían sus palabras le contagiaban su entusiasmo. Pero sobre todo era ella. Sus ojos, brillantes y expresivos, su pelo, reflejando el sol de la mañana, su piel blanca y perfecta…

Apretó los puños y reprimió el impulso de alargar los brazos hacia ella. Solo era atracción sexual, nada más. Una reacción perfectamente normal en un hombre sano y excitado ante una mujer apetecible.

Pero la verdad era que Lissa lo atraía de una manera inexplicable. Y Blake no quería ni necesitaba las complicaciones que acompañaban al deseo sexual. No quería hacerle daño. Y para evitarlo tendría que mantener una relación estrictamente profesional.

–Estoy buscando algo para invertir –dijo con cautela–. Un negocio, por ejemplo.

Ella se quedó muy rígida en la silla, frunciendo el ceño mientras asimilaba sus palabras. Sus ojos cambiaron de color, adquiriendo un tono mucho más oscuro.

–Si estás pensando lo que creo que estás pensando, olvídalo –le dijo fríamente. Se levantó y se alejó unos pasos–. No necesito tu caridad.

–No estoy hablando de donaciones ni limosnas –le aclaró amablemente–. La caridad era cosa de mi madre. Lo que estoy sugiriendo es que seamos socios. Yo pondré el capital inicial, pero tú serás la responsable de llevar el negocio.

Ella se giró, completamente erguida. Parecía más alta de lo que era.

–¿Quieres decir que serías como… un socio capitalista?

–Exacto.

–¿Por qué?

–Porque todo el mundo merece una oportunidad, y me gusta lo que he visto hasta ahora.

Ella frunció el ceño y se cruzó de brazos, atrayendo la atención de Blake a su escote.

–¿A qué te refieres?

–Anoche le eché un vistazo a tu trabajo antes de traer el resto de tus cosas.

Lissa lo miró muy seria. ¿Qué sabía él de diseño de interiores? Acababa de mirarle el escote… ¿Pretendería financiar su negocio a cambio de sexo?

No. Eso jamás. Nunca se rebajaría a eso. Ni siquiera para salir de una situación dramática o para alcanzar el éxito, ni aunque fuera con Blake Everett.

–Encontraré a mi propio socio, gracias.

–Podrías tardar mucho en encontrar a la persona adecuada, y el tiempo es un lujo que no puedes permitirte. Mientras tanto vives sin un centavo y en unas condiciones lamentables.

Tenía razón. ¿Por qué demonios tenía que hablar con tanta sensatez?

–Por tanto, ¿qué tal si me aceptas como socio hasta que encuentres a otra persona? Alguien con dinero y con talento para el diseño que quiera desempeñar un papel más activo. Cuando encuentres a esa persona, renegociaremos nuestro acuerdo.

Lissa se apoyó en el fregadero y bajó la mirada al suelo, sintiendo cómo volvía a brotarle el entusiasmo en su interior. La solución que le proponía Blake resolvería sus problemas más acuciantes. Podría pagar las reparaciones del barco, saldar sus deudas y, tal vez, solo tal vez, probar suerte en la carrera que siempre había querido.

–Pero hay una condición –dijo él.

Lissa lo miró con el corazón encogido.

Blake observó su expresión recelosa y la mueca de sus labios. Obviamente se esperaba que le sugiriera una aventura sin compromiso. Y maldito fuera si no se sentía tentado. Pero era su dinero el que iba a arriesgar.

–Quiero ver cómo trabajas, así que me gustaría que redecorases el salón. Lleva diez años igual y es hora de hacerle algunos cambios. Te pagaré, naturalmente.

Lissa se enderezó y los ojos volvieron a brillarle.

–¿Me darías carta blanca para reformarlo?

–Totalmente. Y si los dos quedamos satisfechos con el resultado…

–Espera un momento. Antes has dicho que solo estarás aquí un par de meses.

–Para algo están Internet y el correo electrónico.

–¿Y tu participación se limitaría a poner el dinero y ya está?

–A menos que me pidas ayuda, que estaría encantado de dar. Pero te advierto, amante de las fiestas, que el trabajo y los negocios son lo primero. Nada de volver a casa al amanecer.

–Que fuera la chica más fiestera de Costa de Oro no significa que lo siga siendo. Ya no tengo dieciocho años, y mis preocupaciones son otras. De vez en cuando voy a alguna fiesta, es cierto, pero ¿no lo hace todo el mundo? –lo miró y negó con la cabeza–. No, parece que no.

–Si aceptas, tendré el dinero en una cuenta esta misma tarde.

Lissa asintió lentamente.

–De acuerdo. Pero no quiero que Jared lo sepa. Al menos no de momento.

–Así que todo quedará entre nosotros… –la expresión de Lissa se oscureció y él supo que estaba pensando en lo que acababa de aceptar–. Solo es un acuerdo temporal, Lissa, hasta que encuentres a alguien más.

Ella asintió y respiró profundamente.

–Está bien. Trato hecho.

Capítulo Cuatro

–Tendremos que ponerlo por escrito –dijo él con más dureza de la que pretendía, recordando el fiasco del barco. Habiendo sido traicionado por su padre no volvería a confiar a ciegas en nadie nunca más, fuera quien fuera.

–Claro –entrelazó los dedos sobre la cabeza y se echó a reír mientras daba vueltas en la cocina–. Me pondré a ello enseguida –se acercó bailando a él y le echó los brazos al cuello–. Gracias.

Los pechos, firmes y sin la barrera de un sujetador, le rozaron el torso y le desataron una corriente de deseo en la entrepierna. Pero antes de que pudiera responder, ella se detuvo, con los ojos abiertos como platos, y se echó hacia atrás.

–Voy… voy a tomar algunas notas al salón antes de que cambies de idea –se dio la vuelta y salió corriendo.

Lissa se aferró el cuello con las dos manos en un vano intento por sofocar la ola de calor mientras subía a su habitación. Se había dejado llevar por la emoción y prácticamente se había arrojado sobre Blake…

Entró en el baño y se echó agua fría en la cara, sin mirarse al espejo. Después se sentó en la cama y respiró hondamente mientras intentaba asimilar la conversación y la generosa oferta de Blake. Una oferta condicionada por el resultado de su trabajo.

Cuando recuperó el aliento y la compostura, bajó al salón y sacó su material. Por suerte, no había ni rastro de Blake.

Abrió el bloc por una hoja en blanco e hizo un esbozo del salón. Estaban en una localidad costera, de modo que elegiría un tema de playa o de agua. Elegante y sencillo, sin aquellos muebles y…

Levantó la mirada cuando se encendió la luz del techo.

–¿Alguna idea?

Oyó a Blake tras ella, pero no se giró. Nada de distracciones.

–Tonos azules y motivos marinos. Estoy pensando en un color turquesa apagado. Tiene matices fríos y cálidos, por lo que se puede combinar con cualquier color. Haría mucho juego con la pared de pizarra. Un toque de verde lima o incluso de rojo. O si optamos por un turquesa más oscuro, el dorado le daría un efecto impresionante y quedaría muy bien con la madera –agarró las muestras de color azul y eligió dos–. ¿Puedes imaginarte las paredes con esos colores o es demasiado oscuro para ti?

–Lo dejo a tu criterio profesional.

–Pero, ¿podrás vivir con ese color? –se acercó a la pared de pizarra y sostuvo en alto las muestras.

–No estaré aquí.

Blake no miraba las muestras, sino la tentadora franja de piel entre los vaqueros y la camiseta. Y en lo único que podía pensar era en el tacto de los pechos de Lissa contra su torso.

Necesitaba volver a sentirlos. Se acercó a ella por detrás y aspiró la fragancia de sus cabellos.

–El más oscuro.

Oyó cómo ahogaba un gemido de asombro mientras examinaba sus uñas, pulcramente recortadas, contra la muestra de color. Cuando ella no se apartó, le rodeó la cintura con las manos y deslizó los dedos por la piel que le quedaba al descubierto.

Ella bajó las manos por la pared, dejando caer las muestras al suelo. Blake la giró muy despacio y la miró fijamente.

–Voy a besarte, aunque sé que no debería hacerlo. Eres la hermana pequeña de Jared.

Los ojos de Lissa se abrieron desorbitadamente.

–No se lo diré si tú no se lo dices –susurró.

Él se acercó más, sintió su aliento en la cara y el calor de su cuerpo en el pecho.

–No voy a mentirle. Es mi amigo y a los amigos no se les miente. Es una cuestión de honor, pero en estos momentos no me siento especialmente honrado –agachó la cabeza.

–Después de todo este tiempo… –murmuró ella contra su boca.

–Después de todo este tiempo, ¿qué?

–No importa –el jadeante susurro brotó de sus carnosos labios. El ardor que emanaba de su piel, el roce de sus pezones endurecidos… No, corroboró él en silencio. Fuera lo que fuera, no importaba.

La erección le palpitaba dolorosamente en los vaqueros. Deslizó una mano hasta su trasero y la apretó contra él para aliviar la presión.

Pero no sirvió de nada. El roce de unos vaqueros contra otros aumentó la excitación y la dureza de su miembro. Ella se frotó contra sus piernas y se detuvo un instante al sentir el contacto de la erección contra el vientre.

Clavó la mirada en sus ojos, maravillada, y le rodeó el cuello con los brazos.

–Increíble.

–Créetelo –replicó él.

Lissa sostuvo la mirada de aquellos ojos azules enmarcados por espesas pestañas y deseó hundirse en ellos. Deslizó los dedos por el corte de pelo militar y soltó un suspiro que brotó de las profundidades de su alma.

Pero entonces la asaltó un pensamiento que la hizo vacilar. ¿Sabía Blake lo que siempre había sentido por él? ¿Pensaba aprovecharse de aquella certeza?

La erección de Blake la acuciaba a seguir. Y ella se moría por hacerlo, pero…

–Espera –se soltó y lo empujó con firmeza.

Él frunció el ceño y torció el gesto, pero siguió con las manos en su cintura.

–¿Estás bien?

–Eh… Sí –no, evidentemente no sabía nada.

Pero ¿hasta qué punto lo conocía ella realmente? ¿Serían ciertos los rumores que circulaban de él? Ella no sabía nada… Nunca había tenido relación con él, salvo algún que otro saludo.

Había creído conocer a Todd. Había confiado en él con todo su cuerpo y corazón, y él había abusado de esa confianza. La inquietud se transformó en pánico y se zafó con brusquedad.

–Espera, ¿adónde vas? –tiró de ella y la rodeó con los brazos, como dos barras de hierro.

La invadió una horrible sensación de claustrofobia.

–Me acabo de acordar de que… tengo algo que hacer.

–No –le puso un dedo bajo la barbilla para levantarle la cara–. No –repitió, en tono más suave pero no menos autoritario, y le agarró la barbilla para besarla.

Toda resistencia era inútil. Se había resistido contra Todd cuando él había intentado hacerle lo mismo, una y otra vez, mientras se sentía morir por dentro. Pero con Blake todo era distinto.

Porque el instinto le decía que podría apartarse en cualquier momento. Con Blake todos sus temores se disipaban como una neblina bajo el sol tropical. Lo único que sentía era el deseo de entregarse por igual, de dar y recibir, y una acuciante necesidad de seguir explorando.

La barba incipiente de Blake le raspaba la barbilla. Las piernas le temblaban y se agarró a su camiseta para no caer rendida a sus pies. Sentía la dureza de sus músculos y los fuertes latidos de su corazón.

Nunca había experimentado una pasión semejante. Antes de que Todd la hiciera sentirse una completa inútil en las artes amatorias, había vivido libremente su sexualidad y no se había acobardado ante sus deseos. Pero nunca había sentido aquella abrumadora conexión emocional que la invadía por completo con Blake.

Separó ansiosamente los labios para que él introdujera la lengua. Al principio ligeramente, tanteando, pero luego empezó a explorar con avidez los recovecos de su boca. Le resultaba sorprendentemente fácil abandonarse a las emociones que se apoderaban de su cuerpo y olvidarse de todo salvo de aquel deseo salvaje.

Blake nunca hubiera imaginado que la pasión podía enlazarse con una delicadeza semejante. Las manos le temblaban mientras ladeaba la cabeza para acceder mejor a la dulzura que Lissa le presentaba, y las levantó para entrelazar los dedos en su sedosa melena rojiza. Su piel clara y sus relucientes ojos le recordaban a una muñeca de porcelana en miniatura, frágil y quebradiza, por lo que tuvo cuidado de contener su peligrosa fogosidad.

Algo la había asustado un momento antes, pero su actitud había cambiado radicalmente y se aferraba a él como si hubiera sido hecha para tal propósito.

Un gruñido se elevó por la garganta de Blake mientras le apretaba las manos en los omoplatos, poniendo a prueba las reacciones de ambos. Bajó por la espalda hasta su espectacular trasero y la apretó más contra él.

Pero cuando tuvo la erección pegada a su vientre y oyó su gemido de excitación, se olvidó de todo salvo del deseo salvaje por poseerla. Subió las manos hasta sus pechos, espoleado por un apetito voraz e insaciable, una impetuosa e irreflexiva necesidad por llenar el vacío con el que había aprendido a vivir.

Agachó la cabeza y le acarició el pecho con los labios hasta encontrar el pezón, erecto y puntiagudo.

–Sí… –murmuró ella.

Se lo metió en la boca y lo sorbió con avidez a través de la tela, mientras deslizaba las manos bajo la camiseta para sentir la exquisita piel del vientre. Mordió el pezón y ella se arqueó hacia atrás con un fuerte gemido que le avivó aún más el fuego de la entrepierna. Llevó la boca al otro pecho y le subió la camiseta hasta las costillas para acariciarle la parte inferior de sus perfectas curvas.

Entonces ella le puso las manos en el pecho.

–Blake… para.

Desconcertado, la miró a los ojos y comprobó que seguían ardiendo con la misma pasión que a él lo consumía.

–Está bien, lo haremos en un sitio más cómodo.

Le pasó un dedo por el cuello de la camiseta, pero ella lo agarró de la mano.

–Nada de favores sexuales.

Él frunció el ceño.

–¿Eso es lo que te parece? ¿Un favor sexual a cambio de mi ayuda?

–No lo sé…

¿Tan pobre era la opinión que tenía de él? De repente supo el motivo. Lissa había creído los rumores que circulaban de él.

–Lo que estamos haciendo es sellar el acuerdo con un beso –murmuró con voz áspera–. Y tú pareces estar disfrutando tanto como yo.

–No es solo un beso.

Y entonces Blake comprendió lo que le estaba diciendo. Comprendió sus dudas, su inseguridad, su «después de todo este tiempo», su renuencia a dar explicaciones…

Era virgen.

Y él había estado a punto de separarle las piernas y penetrarla contra la pared. ¿Cómo no iba a pensar mal de él?

Apretó los dientes y se apartó con cuidado. Los sueños virginales de Lissa se basaban en el amor y el compromiso, no en una violación salvaje contra una maldita pared. Ni hablar.

Lissa jadeaba en busca de aliento, después de que Blake la hubiera besado como si su vida dependiera de ella y la hubiese dejado sin aire en los pulmones. Se sentía como si estuviera despertando de un sueño justo en el momento más interesante.

Sus pezones, sensibles y doloridos, suplicaban más atenciones. ¿Por qué lo había detenido? ¿Por qué había interrumpido la experiencia más excitante de su vida con el hombre que había protagonizado todas sus fantasías?

Porque a aquellas alturas necesitaba algo más.

No conocía lo bastante bien a Blake para compartir aquella intensidad. Pero sí conocía su reputación…

–Vamos demasiado rápido –dijo con voz jadeante–. En estos momentos me interesa más recibir ingresos que cualquier otra cosa. No puedo permitir que nada me distraiga de ese objetivo, de modo que necesito concentrarme en la reforma del salón, ¿de acuerdo?

Blake no le devolvió la sonrisa, seguramente porque ella ni siquiera era consciente de haber sonreído. Los labios le escocían y era como si pertenecieran a otra persona.

–Entendido –se metió las manos en los bolsillos–. Me ocuparé de preparar el contrato al detalle –hablaba como si estuviera mordiendo trozos de chatarra, sin el menor rastro de emoción en su mirada ceñuda.

–Bien. Cuanto antes mejor –su mano pugnaba por tocarlo y decirle… ¿qué? ¿Que había cambiado de opinión y quería que acabara lo que había empezado, mandando al infierno todo lo demás?

–Conozco una abogada –dijo él, con una voz tan rígida como el bulto que se adivinaba en sus pantalones–. Veré si sigue trabajando en la ciudad y la llamaré enseguida.

Lissa se mordió el labio y bajó la mirada a las manos.

–Muy bien.

Blake se giró sobre los talones y abandonó el salón. Lissa lo vio marcharse, con el corazón desbocado y los labios mojados. Con Blake seguía siendo la chica ingenua que no sabía cómo actuar con los hombres.

Pero su futuro profesional era lo más importante en aquellos momentos. Si algo salía mal entre ellos podría perder la oportunidad que se le presentaba para darle un empujón definitivo a su carrera.

Sin embargo tenía que admitir que Blake no había intentado aprovecharse de ella. Se había detenido nada más pedírselo. Incluso había tenido en cuenta a Jared y el sentido del honor. ¿Cuántos hombres actuaban con honor? Blake era un tipo decente. Los rumores tenían que ser falsos.

Todd era el motivo por el que no confiaba en los hombres. Su atractivo había ocultado su lado más siniestro. El Sapo le había mentido sobre su pasado y había jugado con sus sentimientos. Un hombre sin honra ni moral. Todo lo contrario a Blake.

Pero no iba a pensar en las increíbles sensaciones que acababa de experimentar con él. De ninguna manera. Aquel camino solo podía conducir al desencanto y la amargura, porque Blake podía marcharse en cualquier momento.

Lo que debía hacer era concentrarse en la labor que tenía por delante, y demostrarle a todos, a Blake, a su familia y a ella misma, que podía ser la mujer competente y triunfadora que anhelaba ser.

Con renovado entusiasmo recogió las muestras de pintura y un retal de tela dorada para ponerse manos a la obra, pero Blake asomó la cabeza por la puerta.

–¿Puedes estar lista para salir en media hora? –la recorrió lentamente con la mirada, deteniéndose en las manchas de humedad que le había dejado en la camiseta.

Lissa sintió que el rubor le cubría el cuello y las mejillas.

–Claro.

–Estupendo –la miró brevemente a los ojos y volvió a marcharse.

Ella se miró la camiseta y los vaqueros. Obviamente tendría que cambiarse de ropa.

Blake regresó al estudio, satisfecho con la prontitud de los preparativos. Deanna Mayfield era una vieja amiga de la escuela que ejercía la abogacía en Mooloolaba. Se había divorciado dos veces y se había mostrado encantada al saber de él, hasta el punto de cambiar su agenda para recibirlos.

A continuación llamó a un fontanero y a un electricista para que fueran aquella misma tarde, y luego se conectó a Internet para buscar tiendas de ropa masculina. De esa manera consiguió mantener la cabeza ocupada y no pensar en lo que había ocurrido en el salón. Muy fácil, de no ser porque aún sentía el sabor de Lissa en los labios y su olor impregnándole la ropa.

Le había hecho una oferta de trabajo y un segundo después la estaba besando. Y no había sido un simple beso. Tan cegado estaba por la pasión que ni siquiera se había parado a pensar que pudiera ser virgen.

¿Cuántas mujeres seguían siendo vírgenes con veintitrés años?

¿Estaría buscando al hombre perfecto? ¿O tal vez no había encontrado al hombre con el suficiente vigor para encender su fuego? Blake prefería la segunda opción. No podía ser el hombre perfecto para ninguna mujer y ya había atisbado las llamas de pasión en sus ojos.

Tamborileó con los dedos en la mesa. El problema con las vírgenes era que le daban demasiada importancia a los sentimientos, y lo último que él necesitaba era una mujer emocional que esperase algo más.

Lissa era la hermana de Jared. Acostarse con la hermana de un amigo era una cosa, pero cuando la susodicha hermana era virgen… No, eso sí que no.

Tenía que recordar los términos de su acuerdo, concentrarse en los objetivos marcados y mantenerse alejado de su cuerpo. De su enérgico, voluptuoso y virginal cuerpo.

Cuanto antes acabaran las reparaciones del barco, antes podría… Un chillido desgarrador lo hizo levantarse de un salto y correr hacia la puerta.

Lissa miraba, aturdida e incrédula, el espacio que hasta unos momentos antes había ocupado la casa flotante.

–Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío… –murmuraba en un débil susurro, después de haber gritado hasta quedarse sin voz. Las piernas le temblaban.

Aquello no podía estar pasando. Tenía que ser un sueño, una pesadilla… Oyó abrirse la puerta y las maldiciones y pisadas de Blake, pero no se dio la vuelta, siguió mirando las aguas revueltas y la forma rectangular que desaparecía bajo la turbulenta superficie.

–¡No!

–Lissa –la agarró firmemente por los hombres–. Todo va a salir bien.

Las burbujas subían a la superficie mientras su hogar se hundía. Lissa lo contemplaba impotente y temblorosa.

–¿Que todo va a salir bien? Mi barco, mi casa, mi vida… Todo se ha perdido. ¿Y me dices que todo va a salir bien? –se llevó las manos a la cara–. ¿Por qué me ocultaste hasta qué punto la situación era grave? ¿Por qué no me dijiste que sacara todas mis cosas del barco?

Era absurdo culpar a otra persona por sus errores, pues no soportaba que le dijeran lo que debía hacer.

–Hemos salvado lo más importante…

–¡He perdido toda mi ropa! –gritó, y ambos miraron en silencio cómo una forma de color claro se elevaba de las profundidades. Dos pequeños montículos asomaron en la superficie como dos islotes desiertos.

–Bueno, puede que toda no –murmuró él. Se arrodilló y sacó un sujetador amarillo del agua.

–¡Cállate! ¡Te odio! –fue vagamente consciente de que, en circunstancias normales, la habría excitado ver los largos dedos de Blake en su ropa interior. Pero en aquellos momentos solo sentía rabia y vergüenza.

Le arrebató la prenda, sin atreverse a mirar a Blake. ¿Por qué tenía que ser él, precisamente él, quien asistiera a su derrota?

–Lo siento, no debería haber dicho eso –se disculpó y la estrechó entre sus brazos–. Pero sé que la Lissa que yo conozco, la Lissa fuerte y decidida, saldrá adelante.

–¡No sabes cómo soy! Ni siquiera te fijabas en mí. Para ti solo era una cría…

–Una cría decidida y con las ideas muy claras.

–Sí, claro –quería decir «cabezota, mimada, caprichosa e irresponsable». Y aquella tragedia lo demostraba. Tenía la obligación de cuidar el barco de Jared y…

–Lo más importante es que estás a salvo –le murmuró él al oído.

¿A salvo? ¿Cómo iba a estar a salvo cuando no tenía donde vivir?

–Solo son cosas, Lissa. Nada que no pueda reemplazarse.

–¡Son mis cosas! –exclamó, sintiendo cómo le caía una lágrima por la mejilla–. Mis muebles, mis adornos, el broche de mi madre… Puede que para los demás sean tonterías, pero para mí lo eran todo. Me he dejado la piel por todo, hasta la última vela perfumada. Y antes de que lo preguntes, no, no tengo seguro –lo había perdido dos meses antes por falta de pago.

Blake la apretó con fuerza y le susurró palabras de consuelo.

–¿Sabes? Podría meter todas mis cosas en una camioneta y estaría perfectamente.

Ella lo miró para ver si estaba bromeando. ¿Cómo podía alguien meter toda su vida en el maletero de un coche? No podía creerlo.

–Tienes esta casa… –apoyó la frente en su pecho–. Esta mansión.

–Cierto.

Cerró los ojos y dejó de luchar. La verdad era que si no hubiese sido por él, si no le hubiera insistido en que durmiera en la casa, a esas horas ella también estaría en el fondo del río.

Él se retiró, sin soltarle los brazos.

–Parece que ya no necesitaremos los servicios del fontanero.

Ella abrió los ojos y vio la mancha que su sujetador empapado le había dejado en la camiseta. Lo miró a los ojos y, por una vez, se abandonó al consuelo de tener a alguien en quien apoyarse.

–¿Y ahora qué?

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