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de oruga a mariposa
anji carmelo
de oruga a mariposa
duelo y despertar

1ª Edición: abril 2008
2ª Edición: enero 2017
Portada: Ana Gratacós
Reservados todos los derechos.
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© 2008 Angelita Carmelo Ullmann
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08034 Barcelona
Tel/: 93 280 03 90
Web: http:www.taranna.es
e-mail: info@taranna.es
ISBN formato papel 9788496516205
ISBN formato ebook 9788496516342
Dep. Legal: B-3506-2008
Agradecimientos
A los grupos de duelo
y su magnífica labor de
apoyo, alivio y acompañamiento.
A todos los profesionales dedicados a la
transformación del dolor psíquico y emocional.
A los que con su ejemplo nos inspiran y nos trazan el camino hacia la mariposa.
INTRODUCCIÓN
Todos los que estáis viviendo la pérdida de lo que más queríais sabéis que el duelo es un proceso muy extenso y complejo que alcanza profundidades anteriormente desconocidas. Quizás empezáis a comprender que por muy exageradas que parezcan, vuestras reacciones son normales, aunque muchas veces incomprensibles no sólo para vosotros sino para las personas que os acompañan, sean familiares, amigos o incluso relaciones mucho más estrechas, como la propia pareja. Esto, lleva a un desconcierto generalizado y potencia aún más la complejidad en un periodo ya de por sí difícil.
Comprender esto es básico ya que muchas veces las dificultades de acompañamiento y apoyo que viven vuestros familiares y amigos pueden ser interpretadas como un alejamiento o falta de apoyo. No es así y comprobaréis una y otra vez que cuando alguien os quiere, vuestro dolor suele destacar el suyo, vuestra angustia potencia la suya y vuestros miedos pueden despertar miedos que ya tenían apartados por la imposibilidad de enfrentarlos. Entonces lo que se suele interpretar como un distanciamiento puede ser en realidad su incapacidad de vivir los miedos y el dolor, que vuestro sufrimiento está despertando en ellos.
Entonces para no sentiros tan apartados y abandonados tendréis que comprender que no existe indiferencia ni rechazo. En realidad, vuestros familiares necesitan veros bien, porque el dolor y la angustia con el que se encuentran les desborda tanto que impide que os puedan apoyar y ayudar. Los que se preocupan por vosotros quieren que volváis a ser los de antes lo más rápidamente posible.
Pero por muy profundo que sea vuestro dolor, también vivís el sufrimiento a flor de piel, con toda la sensibilidad y vulnerabilidad que eso implica. Este libro quiere, como sus precursores, aportar una ayuda más y servir a todos los que estáis en pleno proceso como también a los profesionales, familiares amigos y voluntarios que os están acompañando.
Pero primordialmente es para que los que habéis tenido una pérdida, podáis vivirla comprendiendo lo que os pasa, ya que es lo que más ayuda a integrar y superar. Y para que los que os quieren y quieren lo mejor para vosotros, puedan acercarse y comprender lo importante y necesario que realmente es el proceso de duelo, familiarizarse y coger la confianza necesaria para acompañar y apoyar.
También quiere abrir un nuevo camino ofreciendo otro punto de vista que arranca del símbolo para entender más el día a día.
El título ya lo apunta “De oruga a Mariposa”. Vamos a ver el alcance que tiene el gran símbolo que utilizó EKR para representar la vida después de la muerte: la mariposa. Es un símbolo que no sólo nos inspira, sino que nos ayuda a identificar a nuestro ser querido.
Pero no sólo quiero hablar de la mariposa como símbolo de ese ser tan querido que ya no está aquí de forma física sino también cómo nosotros somos mariposa y trazar el camino hacia ello.
Cuando recién perdemos a nuestro ser querido, que para casi todos ha sido la persona que más ha facilitado momentos de alegría, gozo, vitalidad y podríamos decir casi todo lo bueno que había en su vida hasta su partida, su ausencia conllevará la desaparición de todo esto y más. De un momento a otro nos quedamos anclados a la tierra, rodeados por un vacío extremo e incapaces de ni siquiera mirar más arriba de nuestro desconsuelo. En una milésima de segundo todo se torna pesado y difícil y se hace casi imposible elevarnos para deshacer las ataduras del sufrimiento. Entonces podríamos decir que nos convertimos en una oruga, sin vida, casi cómo la que nuestro ser querido había dejado atrás. Es irónico, pero es así y en realidad, por muy tremendo que suene, es normal. Hemos tenido que pasar por ello y seguimos teniendo que reconocer el bajón total que significa la muerte de esa persona que lo era todo. Lo tenemos que hacer para reconocer nuestras propias muertes.
En el instante de su ida, todos los futuros desaparecieron y no quedó nada en su lugar. Estábamos rodeados de muerte y como la oruga, tuvimos que tejer un envoltorio protector que además de mantenernos a salvo, en un momento puntual, iba a precipitarnos hacia nuestro propio nacimiento para surgir liberados y con la capacidad de elevarnos por encima del sufrimiento, la angustia y el vacío.
Ese día que muchos ya habéis conocido y que todos habéis vislumbrado, aunque sólo fuera en momentos de respiro cuando por un instante parece salir el sol, es la meta de todo duelo bien hecho, el momento puntual que nos proporciona esa precipitación en busca de nuevo espacio y una altura suficiente para liberarnos del demasiado dolor. Todo ser humano tiene momentos de oruga y momentos de mariposa y si comprendemos un poco esto, quizá nos ayude a vivirnos de forma que podamos potenciar lo que haga falta para encaminarnos sin las ataduras que nos mantienen en el lado menos llevable del duelo.
Siempre habíamos utilizado este símbolo para significar a nuestro ser querido. Pero en cada duelo existe un momento decisivo y es cuando el amor por esa persona que ya no está de forma física, salta las barreras de la materia y une a esos dos seres. La unión verdadera es siempre a través de la elevación de la persona que se ha quedado en tierra, nunca al revés y esa elevación, significa vuelo, significa ligereza, significa vida. La mariposa simboliza todo esto y además inspira de una manera totalmente intrínseca.
Muy dentro de cada uno de nosotros reside la capacidad para realizar el paso de oruga a crisálida y de crisálida a mariposa. No necesitamos partir a otros mundos sino que aquí en cada etapa, en cada paso importante que damos vamos a tener que morir a lo caduco, lo de ayer, lo que ya no nos sirve, para poder seguir adelante, aligerados de todo peso que ya no va con nosotros. Es el camino que describe crecimiento y evolución. En un momento específico, la dirección es totalmente hacia arriba, en vertical, como si se tratara de un vuelo.
Yo pienso que la vida se puede enfocar desde muchas partes de nuestro ser y cuando somos capaces de vivirnos desde nuestros recursos y habilidades tenemos una unión mucho más real con nuestro ser querido que, como hemos visto a través de la mariposa, está esperando que podamos echar alas y unirnos de la forma más significativa que existe, con el corazón, y así alcanzar niveles que ya están a su alcance y que por supuesto logramos a través del amor.
¿Qué significa ser mariposa?
Más adelante veremos realmente todo lo que conlleva ser mariposa. Tendréis los testimonios de personas que cómo vosotros conquistaron su dolor y con él a cuestas pudieron echar alas y volar.
El duelo es, ese país de lágrimas que St. Exupery denomina “misterioso” cuando nuestro pequeño príncipe, llora la ausencia de su flor. De aquí la razón de mi primer libro Déjame Llorar, para reafirmar la necesidad del llanto, respetar e incluso reivindicarlo. Pero también es renacimiento y fuerza.
El duelo, cuya travesía es inevitable para cualquier ser que ama y deja de tener la oportunidad de hacerlo con toda su persona y digo toda su persona porque, aunque ame más que nunca ya no podrá hacerlo físicamente, es a su vez desgarrador y reparador, debilitante y potenciador.
La pérdida de un ser querido con el hecho inamovible de no poder vivirlo de una forma total, nunca más, abarca y supera, todos los sentimientos y miedos que hemos temido, y desencadena unos cuantos más, que a veces ni sabíamos que existían. Son vivencias que nos llevan más allá de nosotros mismos, que nos envuelven y no nos dejan reaccionar, ni descansar, ni si acaso respirar.
Esta es la fase de oruga que de pronto nos arranca todo recurso, toda capacidad para rehacernos. Estamos indefensos, estamos en total estado de emergencia.
En este libro trazaremos ese proceso para que podáis identificar lo que os está pasando y tener la posibilidad de llegar como muchos de vuestros compañeros de camino a ese futuro certero donde podemos desplegar las alas y ser mariposas. Vamos a tratar lo que hace falta para lograrlo y que se adquiere a través del heroísmo demostrado día tras día, con vuestra trasformación, pero sobre todo a través del amor que se ha ido fortaleciendo aún más, si eso cabe, al no tener a esa persona tan especial de forma física. Es la única manera que tenemos para entrar en total unión con nuestro ser querido de mariposa a mariposa. El ya lo es, lo ha sido desde el momento en que dejó atrás a la oruga y voló hacia ese otro estado de ser más completo, porque ya no necesita la materia para ser. Ahora nosotros tenemos que convertirnos, tenemos que aligerar y tenemos que recobrar todo nexo de unión a través de la esperanza y no a través del dolor, a través de la luz y no de la oscuridad, a través en fin de tenerlo en nuestro corazón, ese lugar donde ya nunca más podremos perderlo.
DE ORUGA A MARIPOSA
Elisabeth Kübler Ross llevaba consigo siempre, en un bolso inmenso que le acompañaba por todo el mundo, una oruga de tela que se convertía en mariposa. Cuando iba a un entierro de algún padre o madre joven, algún abuelo o abuela y había niños, ella les enseñaba la oruga y decía que lo que estaba en el ataúd ya no era su familiar sino… y les enseñaba la oruga. Y añadía, “Porque ahora tu ser querido ya es una mariposa.” y transformaba la oruga de peluche en una mariposa preciosa con alas multicolores. El niño se quedaba bien con esa explicación ya que los niños pueden comprender con más facilidad el mundo de los símbolos.
Después de algún tiempo acompañando y participando en los grupos de duelo me he dado cuenta que con la pérdida, los que os quedáis llorando la ausencia de vuestro ser querido también os convertís en orugas, con la crisálida vacía representando todo aquello en lo que se ha convertido vuestra realidad. Entonces la necesidad de llorar y poder reconocer lo que se ha perdido, para una posterior reconstrucción, se convierte en vuestra tarea primordial.
Pero también compruebo una y otra vez como un duelo bien hecho tiene como resultado final una bella, auténtica e irrepetible mariposa.
Con este libro, quiero resaltar ese hecho. Y así como Elisabeth Kübler Ross la utilizaba como símbolo de la persona que ya no está de forma física, también lo utilizaremos, como el símbolo de renacimiento que espera al final de todo duelo. La recuperación del ser querido que jamás se ha perdido, sino que simplemente se encuentra (esto lo sabéis cuando dejáis que vuestro corazón os susurre) a un paso más allá de vuestro sufrimiento. Cuando el sufrimiento cesa podemos una vez más sentir los lazos de amor que nos elevan y hacen la unión de mariposa a mariposa una realidad.
A lo largo de mi trabajo con el duelo, he podido comprobar una y otra vez que cada proceso es totalmente individual. La persona que está viviendo la pérdida de su ser querido, va a tener la certeza de que lo que está viviendo es el único y más doloroso duelo que jamás ha existido.
Con los símbolos de oruga, crisálida y mariposa pretendo daros una herramienta más para que podáis tener otra perspectiva y otras herramientas y así comprender un poco más lo que os está pasando.
La metamorfosis que finalmente da nacimiento a la mariposa, es un proceso que tiene muchos paralelismos con los distintos estadios del duelo y para mí describe aquello por el cual una persona que ha perdido lo más importante que tenía va a pasar. Por supuesto el desenlace por excelencia tiene que ser la mariposa ya que una y otra vez los seres queridos que se han quedado llorando su pérdida, se van a identificar con ella y la prueba de esto está en todos los testimonios que se encuentran al final de este libro.
Es la comparación más adecuada ya que realmente la pérdida y superación facilitan en la mayoría de los casos ese renacimiento cargado de cualidades y aspectos anteriormente desconocidos. Siempre han estado, pero no se habían manifestado hasta que la dureza de tener que sobrevivir la muerte en vida y encaminarse hacia una nueva forma de ser las descubre y precipita.
La transformación de oruga a mariposa dentro de la crisálida describe uno de los procesos más vitales, inspiradores y evolutivos. En este caso la propia naturaleza, nos proporciona el camino hacia un desenlace no sólo revelador sino altamente liberador, con todas las posibilidades que eso implica.
El símbolo evoca sentimientos y elementos universales que a su vez se hacen totalmente personales. Esto no sólo facilita la identificación, sino que nos lleva a dotarlo de un significado único que sirve y permite comprender y destacar los paralelismos que nos van a ayudar a abordar de una forma mucho más nuestra lo que estamos viviendo. El duelo en sí es un proceso complejo y completamente individual, pero el uso de los símbolos, nos permite un acercamiento mayor y más comprensible.
Los símbolos permiten que nos identifiquemos con ellos a nuestra manera para obtener un significado más adecuado, pragmático y aplicable. Su uso también logra una relación más cercana con la persona y sus circunstancias a través de sus propios significados culturales ya que permite una unificación de lenguaje que acerca en vez de separar.
Repasemos antes lo que pueden evocar para luego utilizarlos mejor y de forma más enriquecedora.
La oruga representa el primer paso limitado de un proceso evolutivo que llevará finalmente al nacimiento de la mariposa. Es una etapa de ingestión y mantenimiento y muy importante de crecimiento con poca o ninguna aportación hacia el exterior, excepto la construcción de la crisálida.
La crisálida es por excelencia, el lugar en donde se va a realizar el cambio de ser, de estado y de capacidad. Es, además de una envoltura protectora, el lugar en donde se gesta y desarrolla la actividad que marca el paso entre dos etapas de vida. Esta metamorfosis que modifica y transforma a la oruga facilitando el nacimiento de la mariposa es la base de toda inspiración para creer que los cambios que van más allá de lo evidente son posibles. La crisálida implica incubación, construcción, actividad interior y desarrollo. En su interior se está elaborando un futuro no sólo liberador sino totalmente distinto.
La mariposa representa, además de la culminación de la metamorfosis, liberación, resurrección, renacimiento y aporta una directriz más: la vertical.
EL PROCESO DE DUELO
El duelo comprende todo el espacio, tiempo y actividad que se va a necesitar para transformar y superar el vacío, el sufrimiento y el desequilibrio causados por la muerte de ese ser tan necesitado para seguir haciendo vida.
El espacio comprende todos los lugares en donde se podrá expresar el dolor, llorar el vacío y reponerse de la pérdida. El tiempo marca la duración del proceso que será únicamente delimitado por la propia persona. Al principio el espacio abarcará casi todo lugar, pero paulatinamente se restringirá a ámbitos cada vez más íntimos y lugares en donde se podrá sentir cómodo y arropado. La duración, que al principio parece imposible que tenga final, será totalmente personal, ya que el ritmo de cada persona es único. Quizás para muchos se irá acortando, pero casi nunca de forma consciente. Y sorprenderán periodos cada vez más largos de ausencia de dolor y malestar. Pero sean los que sean, jamás podrán ser definidos ni controlados por nadie que no sea la propia persona.
La actividad comprende todo lo que se va a necesitar hacer para que se pueda volver a compartir la vida con los familiares y amigos y dedicarse una vez más de forma positiva y útil a la profesión o las tareas cotidianas.
Es imposible que desde fuera se pueda interpretar y controlar un proceso enteramente personal que además no se puede expresar en palabras. No parecen existir parámetros compartibles excepto en el caso de pérdidas similares, donde la empatía puede jugar un papel importante y las actitudes compartirse. Entonces el acercamiento es incondicional y los límites desaparecen.
Aquí quiero mencionar la casi inexistencia de lo que, en muchos casos se está definiendo como duelo patológico y que trataré más adelante en profundidad. A veces, sólo por el hecho de que el proceso tenga una duración más allá de los límites escogidos de forma generalizada, se está empleando este término para calificar el duelo. Estos límites no siempre son los mismos y algunos manuales de duelo dictan la duración de forma generalizada y siempre a priori, sin profundizar en el caso específico. Unos marcan un tiempo “normal” de seis meses, otros de un año o más. El empleo del término patológico puede ser no sólo dañino sino dificultar aún más la falta de entendimiento del propio proceso, que ya en sí es difícil tanto para la persona que lo está sufriendo, como para los seres cercanos que comparten su tiempo y espacio.
LAS ETAPAS DEL DUELO
La primera reacción común a toda noticia concerniente a la muerte de un ser conocido es de sorpresa o incredulidad. Cuando la pérdida es de una persona cercana, como puede ser la pareja, un hijo o un amigo íntimo, se entra en lo que todos universalmente llaman estado de shock. Este se puede considerar la primera fase y consta de una alienación total, donde la persona que lo está viviendo va a sentirse totalmente ajena a su entorno, ajena a las actividades que tiene que desempeñar y a las personas que le rodean. Es un momento altamente irreal y de un distanciamiento casi total que permite no tener que aguantar de golpe, todo el dolor y todo lo que esa muerte realmente implica.
Le sigue el estado de oruga que es un estado carente de energía con una pérdida de ganas y capacidad para participar en la vida de manera mínimamente normal. Al principio, puede haber una falta de toma de consciencia con reacciones casi automáticas, a menudo impensadas y en muchos casos demasiado sentidas.
Esta actitud de abandono hacia uno mismo, también se produce con el entorno y las actividades cotidianas. Además, es un estado que conlleva la sensación de pesadez y territorio delimitado. La imagen de la oruga, ayuda a comprender el fuerte anclaje a la materia y el avance lento a través de una visión confinada y reducida. Podríamos identificar un estado en el que el vacío, las emociones y los pensamientos se apoderan de la persona sin que ésta sea consciente de ello de forma que es vivida desde sus circunstancias en lugar de ser la persona que las viva. Esto puede ser muy normal debido a la renuncia casi total del rumbo de la vida que de pronto se ha apartado de lo previsto y que en la mayoría de los casos esta ocurriendo completamente contra la voluntad de esa persona que intenta en un primer instante sobrevivir ese cambio total.
Le sigue y se vive, por algún tiempo a caballo con la construcción de la crisálida. En esta fase empieza a haber una consciencia y una voluntad, un poner remedio al propio proceso a través de la construcción. De eso depende el desenlace del proceso. Es un estado de actividad y del principio de la utilización de los recursos que han surgido a raíz del trance casi insuperable de la muerte de esa persona que lo era todo. La elaboración de la crisálida entraña la implicación de la oruga con el cambio de actitud preciso y la necesidad de salir del letargo y la inactividad.
El estado de mariposa siempre significa el final del duelo y no forma parte de él a no ser que se vivan momentos altamente breves y fugaces de esperanza, ligereza y bienestar, durante la etapa de crisálida que apunten a la capacidad de sobrevolar las dificultades. Estos momentos no son más que pequeños resquicios que inspiran, regeneran aunque muchas veces proporcionan culpabilidad ante el hecho de poder estar bien cuando aún no toca. Pero normalmente, la mariposa surge al final del duelo cuando la pérdida física deja de ser causa de dolor. Entonces, se entra en unión con el ser querido a través de los lazos de amor.
Las dos primeras etapas se solapan en el sentido de que en cualquier momento de la creación de la crisálida, la oruga puede asomar su cabeza, forzando a volver a la inactividad, con la sensación de que toda construcción ha sido en vano. Estos momentos son los que comúnmente se llaman recaídas y que más adelante, veremos que en realidad no lo son.
ESPACIO Y TIEMPO
En la definición de duelo, en la fase de shock y oruga, el espacio comprende todo lugar tanto privado como público. En la fase de crisálida habrá una separación de actividades, reservando las de duelo para espacios más personales e íntimos.
El tiempo o duración es totalmente relativo y muy personal. Algunas personas tendrán la fuerza, creencias u obligación (trabajo, familia, hogar…) para superar la fase de oruga en un espacio mínimo de tiempo. Otras se encontrarán en situación de poder alargarla. Pero cuando, la pérdida sobrepasa todas las capacidades de reacción y trastoca las creencias, aunque existan obligaciones, habrá una imposibilidad casi total para sobreponerse. En estos casos los deberes, aunque muchas veces apremiantes, como pueden ser el cuidado de los hijos o el mantenimiento del hogar o el trabajo, se harán de forma totalmente automática requiriendo el mínimo esfuerzo.
Lo que es cierto es que no existe ninguna relación entre el amor por esa persona y el tiempo que se va a necesitar para hacer el duelo. Necesitar más tiempo no forzosamente significa que se quiera más. Como tampoco, que las personas que en menos tiempo han dejado de sufrir, quieran menos. Lo que sí importa a la hora de necesitar más o menos tiempo para la elaboración del duelo, es el alcance del desbarajuste no sólo emocional y mental sino también pragmático, que esa desaparición está causando en la propia vida de la persona que lo sufre y los recursos disponibles que van a ayudar a encontrar soluciones.
Solucionar es importante para poder dejar la fase de oruga y entrar en la construcción de la crisálida. De hecho, el reconocimiento o la búsqueda de recursos y su utilización ya están describiendo y determinando una vivencia desde la crisálida. Pero, cuando estos recursos se viven, como inalcanzables sin la presencia del ser querido (como por ejemplo tener que solucionar y gestionar asuntos que, esa persona que ya no está, solucionaba y gestionaba, o una merma económica importante o la pérdida de la motivación principal en una vida que ha perdido toda motivación), las soluciones se complican más y el duelo también.
DUELO DE LARGA DURACIÓN – DUELO CRÓNICO
Podríamos decir que en estos casos, como en muchos más entramos en una fase continuada de duelo que podríamos llamar duelo crónico, más común de lo que parece. Y también puede tener su raíz en la incapacidad personal de solucionar la vida sin el ser querido, elemento vital y necesario porque resolvía mucho de lo que ahora, además de la pérdida, está exigiendo un esfuerzo mayor para intentar encaminar el presente.
Muchas veces la falta de recursos específicos ya formaba parte de la vida de la persona que ahora está en crisis total. Esto es difícil de calibrar, sin una visión objetiva de cómo era antes. Evidentemente los que no tenemos esa posibilidad, no contamos con la perspectiva comparativa necesaria.
Pero lo que suele llamarse duelo patológico, término que yo, personalmente no utilizo nunca ya que su significado altamente clínico y reflejo de unas condiciones específicas, me consta que sólo puede ser aplicado, por profesionales. Muchos de los requisitos para que un duelo pueda calificarse de patológico, en realidad son generales a todos los duelos. Entre ellos está la culpa, la idealización de los recuerdos, la minimización de lo negativo y la tendencia a sacar las situaciones vividas de contexto. Esto no sólo se hace durante el periodo de duelo sino como regla general cuando recordamos situaciones tanto “negativas” como “positivas”. Esta aplicación solo puede realizarse después de un estudio profundo del paciente y sus capacidades y circunstancias personales y familiares. Éstas, tanto las de ahora como también las anteriores se tienen que considerar.
He observado que la mayoría de los que lo están empleando carecen de los fundamentos básicos para manejar bien el término y al aplicarlo, se pueden estar refiriendo a un duelo que mejor se definiría como crónico y no patológico. No existe patología en la necesidad de prolongar indefinidamente una situación, cuando toda la vida de esa persona se está desenvolviendo alrededor de la pérdida y de las consecuencias directas devenidas de la ausencia de su ser querido en el día a día. Nos es difícil juzgar hasta qué punto la incapacidad de sobreponerse a las circunstancias está siendo normal sin tener en cuenta el significado pragmático que esa pérdida representa en esa vida.
Pero la razón más importante es que el término en sí no sólo produce más incomprensión sino también califica a la persona, que necesita toda ayuda posible para integrar el trance y superarlo, de enferma. Con ese diagnóstico se añade aún más dificultad a un proceso en sí complicado.
La fase de mariposa que marca el final del tiempo, se alcanza cuando esa persona ha podido prescindir de los futuros que ya no podrán ser, liberándose de la carga emotiva del pasado y el rechazo del presente. Finalmente ha podido soltar todo lastre y a través de la ligereza entra de forma permanente en la eternidad del ahora, viviendo cada momento como un regalo desde donde no existe el tiempo. En esta fase se entra en la intemporalidad de manos del ser querido que ya está, como también se entra en el mundo de las causalidades y la sincronicidad, viviendo cada momento con el conocimiento del para qué.
BAJÓN ENERGÉTICO - LOS DISTINTOS FACTORES DEL DUELO
En todo proceso existen factores que van a facilitar el duelo y otros que lo harán más difícil, potenciando aún más el sufrimiento. Para conocerlos vamos a profundizar un poco en este camino extenso, exigente, pero sobre todo enriquecedor. Enriquecedor porque la persona que lo recorre está ganando en sabiduría, recursos y cualidades, aunque no sea capaz de reconocerlos en la fase de oruga y los esté utilizando, de manera inconsciente en la fase de crisálida. Esta incapacidad o inconsciencia es más común de lo que parece, ya que existe una negativa generalizada de no querer admitir que de lo peor que podía haber pasado se pueda sacar alguna ventaja, algo positivo y bueno y mucho menos si eso conlleva una mejora de la propia persona. Estas capacidades están, pero al no ser reconocidas, caen en el desuso y con el tiempo pueden desaparecer haciendo retroceder a las formas de ser y hacer de antes. Esto significa una etapa prolongada de crisálida en la que la construcción de una supervivencia diaria puede convertirse en el modus vivendi.
Las características que acompañan el periodo de oruga son la incapacidad y la tristeza, que llevan a un estado que puede describirse como depresión y que es el resultado de un bajón energético importante. Tiene varias causas, entre ellas la dificultad de descansar y nutrirse. Pero la más importante y que raras veces se reconoce con facilidad, es la desaparición de lo que para esa persona fue su inspiración y aportación principal de energía.
INSPIRACIÓN
Los demás no sólo motivan e inspiran, sino que son importantes fuentes de energía junto con la comida y el descanso. Cuanta más cercanía e importancia, mayor dependencia de ellos para esa nutrición tan básica para todo ser. Aquí hago un pequeño paréntesis, para recordar experimentos hechos en torno al cuidado de plantas, con o sin amor y los resultados que indican que el amor es un factor importantísimo en el crecimiento y la alimentación. También están los trabajos del Sr. Emoto con el agua, que demuestran cómo, sentimientos de gratitud, apreciación y amor, cambian las cristalizaciones del agua, embelleciéndolas de forma que no dan lugar a ninguna duda. Estos resultados tan visibles y aparentes indican que no se puede dudar del papel tan importante que los sentimientos o actitudes desempeñan en la vida de las personas, influenciando de una forma directísima. Lo que sentimos por los demás, nutre al igual que también nosotros somos nutridos por nuestros seres queridos.
Las inspiraciones nos mueven y motivan y suelen proceder de un objetivo, un ideal. Muchas veces la misma tarea es suficiente inspiración. Pero, una de la mayor fuente de inspiración no siempre reconocida, suele ser aquella persona que más llena nuestro espacio emocional, mental y vital. Desafortunadamente raras veces se valora algo hasta que se pierde. Cuando esto sucede, los efectos de la pérdida se viven sin saber muy bien lo que está pasando. En estas situaciones no hay consciencia de lo que se ha perdido, pero si un gran vacío que no parece tener explicación. Esto puede añadir más desconcierto en un proceso que ya de por si es altamente desconcertante. Cuando existe un conocimiento previo que pueda servir de guía, los efectos de la desaparición pueden alcanzar dimensiones de una magnitud inidentificable y el dolor de la pérdida aumentará aún más, sin posibilidad de ponerle el remedio preciso.
Otra causa de bajón energético importante sucede cuando la propia autoestima depende del aprecio y la aprobación del ser querido. Es un tipo de autoestima que tiende a basarse en lo que los demás piensan y no en un conocimiento real de si mismo y de los propios valores y capacidades. Cuando el sistema educativo o formativo potencia más el conocimiento de los defectos que de las virtudes y la búsqueda de una mejora personal, cuando se cargan las tintas más en lo que se hace mal, existe un rechazo general a calificarse digno de admiración. De esta manera, se empieza a depender de los demás para el propio significado, y la capacidad se dictará desde fuera según los criterios del que más vive a esa persona. Cuando esa persona falta, el resultado suele ser una desaparición del lado mejor, más útil y capaz, con consecuencias incluso en la forma de vivirse.
LA ORUGA
La etapa de oruga se vive mayoritariamente con incomprensión y confusión. Desde el punto de vista de la necesidad de lo imprescindible, la pérdida de lo que más se necesita es un hecho totalmente falto de lógica. Esta actitud suele ser la normal ante casi todas las muertes de personas cercanas y necesarias. Nunca es el momento para la partida. Incluso se suele pensar que la persona que se ha ido, tenía que sobrevivir a sus seres queridos o por lo menos no haberse ido tan pronto. Incluso cuando esa persona sufría una condición física o mental crítica y difícil, nunca es el momento para su ida.
El aturdimiento suelo ser total, y las reacciones van a estar faltas de recursos y soluciones porque en ese momento no existen. Esta incapacidad de acción constructiva, tan necesaria para la supervivencia, lleva a una sensación casi generalizada de que uno se está volviendo loco y que está viviendo un fracaso incomprensible, con todo lo que eso implica.
Faltan los conocimientos o las facultades mentales para ir más allá del desbarajuste existencial que ha desatado la muerte de la persona que ocupaba el lugar central. Y es lógico porque se ha perdido literalmente, el centro.
SUFRIMIENTO – NO ES LO MISMO QUE DOLOR
El duelo en la fase de oruga se convierte en el territorio por excelencia del sufrimiento. Sufrimiento no es lo mismo que dolor. Somos seres dolientes, pero cuando somos conscientes de esto y podemos vivir el dolor desde los recursos y defensas, sólo es dolor. Cuando faltan soluciones y el dolor domina, se convierte en sufrimiento. La fase de oruga deja sin respuesta ni herramientas. Entonces habrá sufrimiento.
Sufrimiento que viene no sólo de la pérdida en sí sino de un desborde emocional descontrolado y una movida mental casi obsesiva también incontrolada. Emociones como rabia, desesperación, angustia, odio, fracaso, culpa en todas sus acepciones van a estar agrupadas, convirtiéndose en el centro de la persona que los está viviendo.
Sufrimiento también por la imposibilidad de frenar los pensamientos obsesivos y la necesidad de revivir todo a través de los recuerdos. A nivel mental, esto va a proporcionar aún más dolor a un hecho ya de por sí altamente doloroso. Se revivirá todo lo que podía haber causado el desenlace fatídico, incluso retornando a pasados que no tenían nada que ver directamente, pero que a través de la indagación y las culpabilidades acaban jugando un papel destacado importante y creando aún más sufrimiento. Se recorrerá la gama total de miedos y se descubrirán muchos nuevos que antes de la pérdida eran desconocidos.
Sufrimiento por la desaparición del presente tal y como había sido hasta el momento de la pérdida, desaparición de todos los futuros y desaparición del pasado como fuente de recuerdos apacibles y positivos tornándose en un referente importante de todo lo que se hizo mal o no se hizo, como también de todo lo que ya no va a poder ser.
Sufrimiento por el daño proveniente del vacío que ha dejado la ausencia física del ser querido. El vacío y las pérdidas son tan inclusivos que todo se convierte en causa de dolor.
Las pérdidas se viven desde los cuatro cuadrantes: físico, emocional, mental y espiritual y también afectan a la actividad diaria que se desarrollaba en torno a esa persona.
El cese de las actividades cotidianas que se hacían con o motivados por esa persona que ya no está, pueden significar el cese de toda actividad. Haber vivido con y para la persona de una forma total va a significar una muerte en vida que muchas veces en el caso de parejas que lo han compartido todo, también puede después de algún tiempo, llevar a la muerte de la persona que se queda. Mi madre es un ejemplo ya que estaba totalmente sana, pero el vacío que dejo mi padre al irse la despojó de toda actividad y se quedó perdida sin saber a qué dedicar su vida. Tenía 86 años.
La pérdida del ser querido va a dar lugar a una suspensión de una serie de áreas y actividades:
Cese del intercambio de sentimientos a profundidades que sólo se podían vivir con esa persona y que comprendían toda la gama de emociones que “hacen vida”: odio, amor, alegría, tristeza, rabia, alivio, desconsuelo, inspiración, rechazo, atracción… y muchas, muchas más. La pérdida va a precipitar a la persona que se ha quedado hacia un desierto real sin ninguna posibilidad de ese intercambio que suponía la vida misma. No se puede imaginar una existencia desprovista de toda reciprocidad personal, la sensación es de estar sufriendo un exilio en un lugar desconocido rodeado de desconocidos.
Cese de la actividad mental con y para esa persona que ya no está. La desaparición de quizás la fuente más importante de datos, hechos y conocimientos tanto en el plano vivencial como en el y teórico.
Cese del compañerismo por excelencia, tanto físico, emocional como mental y también en muchos casos espiritual. Si por espiritualidad nos referimos a la dimensión trascendental de la persona, a toda la gama de inquietudes que van más allá de lo puramente intelectual. En toda unión de amor existe ese vínculo espiritual, con todo lo que significa.
Cese de creencias religiosas y/o espirituales que no han ayudado y por esta razón se han descartado. Esto lleva a un vacío trascendental, cuando se están viviendo momentos sumamente trascendentales. Creencias que aunque insuficientes, podrían ser referentes para ubicar la vida en el más allá del ser querido.
Cese de los inputs físicos. Los sentidos dejan de ver, oír, oler y tocar aquello que les proporcionaba placer, familiaridad y un sin fin de emociones. Con el paso del tiempo esta falta producirá un auténtico síndrome de abstinencia con todo lo que eso conlleva. La sensación de estar cada vez peor, se basa parcialmente en este echar de menos físico, con el resultante malestar proveniente de una necesidad que tiene su raíz en los hábitos adquiridos por una vivencia continuada. Cuando el cuerpo se encuentra desprovisto de lo que estaba habituado, los efectos suelen ser desequilibrios o necesidades imperativas. Estos desajustes irán creciendo hasta que la falta continuada se vuelva normal. Entonces, el malestar físico desaparecerá del todo. Las consecuencias ya conocidas de dejar de fumar o no comer las cantidades de antes o incluso eliminar el café de las once pueden ayudarnos a comprender en un grado mucho menos contundente y esencial, lo que está pasando la persona que se ha quedado sin sus habituales y apreciadas sensaciones y percepciones.
Cese de atender a todo lo que se pospuso o que se había programado. La imposibilidad de atender y/o resolver todas las asignaturas pendientes. Todo lo que no hicimos, dijimos, expresamos… va a atormentar a esa persona. Haber dejado para mañana va a pasar una factura dolorosa de pagar.
RESUMEN
Para resumir, la fase de oruga va a ser vivida desde lo que ya no puede ser, con actitudes y actuaciones casi mecánicas y batallando con el desequilibrio en todos los frentes. Es una época de desesperación y llanto, por falta de recursos que el demasiado sufrir no está dejando ver.
La identificación con el ser querido es tanta, que habrá una imposibilidad de vivirse. Cuando el ser querido que se ha ido deja atrás lo que Elisabeth Kübler Ross llamaba oruga, sus familiares y amigos, todos los que se han quedado casi sin vida llorando esa partida contundente y cruel, también se convierten en orugas, hasta que, a través de vivir todo el proceso, puedan también “convertirse en mariposa” y conquistar a través del amor, esas otras dimensiones, menos tangibles en las que ya se encuentra su ser querido.
FACTORES QUE DIFICULTAN AÚN MÁS
Para hablar del estado de la crisálida, antes quiero especificar algunos de los factores que hacen aún más dificultoso el proceso de duelo. Y aunque siempre se evita comparar un duelo con otro especialmente cuando las personas que lo están viviendo están presentes, los tengo que destacar aquí para describir en profundidad lo que es duelo.
Para cada persona que lo está pasando. su duelo es el más doloroso y difícil y su sufrimiento máximo. Normalmente los grupos de duelo se separan en por lo menos tres distintos tipos: Perdidas de hijo, perdidas de pareja y perdidas vividas por gente joven, como pueden ser la pérdida de un padre, un hermano o un amigo.
Veamos ahora estos duelos que merecen un poco más de atención:
La pérdida de un hijo. Este duelo se complica por el componente antinatural, ya que lo normal es que un hijo sobreviva a sus padres. La máxima complicación es la cantidad de futuros que desaparecen, y que se harán presentes en cada ocasión que se vivan a través de los otros hijos o de los hijos de los amigos. La lista es extensa: bodas, cumpleaños, fiestas señaladas, final de los estudios, la imposibilidad de ser abuelos si era hijo único, la imposibilidad de entregarle el testigo en muchas áreas y podríamos seguir y seguir.
La pérdida de la pareja y el tiempo que se ha vivido con ella. Cuanto más tiempo, mayor dificultad. Muchas veces esta pérdida implica otros duelos como una merma económica, la aparición de problemas que antes solucionaba esa persona que ya no está, Si el que se va es el hombre, posiblemente todo lo que llevaba como las cuentas y las previsiones, la movilidad, el poder salir y hacer una vida social fuera de casa. Si es la mujer la casa y todo lo que se necesita para llevarla se hace cuesta arriba. El vacío de esa presencia perenne va a caer como una losa anulando toda capacidad de recuperación al principio. Con el paso del tiempo si esos problemas no se han solucionado el duelo se ira dificultando cada vez más ya que el proceso de envejecimiento traerá más retos y dificultades.
Muerte por suicidio. Además del impacto de todo lo que puede significar que un ser que queríamos haya optado por dejarnos, también está ese otro impacto que no tendría que influenciar pero que se ha probado que tiene su peso y es el significado de estas muertes a nivel social y religioso. Desde un punto de vista metafísico no hay culpabilidad ni existe error ya que normalmente son situaciones que tampoco permiten opciones ni libertad de elección, pero normalmente el apoyo y la aprobación social son necesarios y en estas muertes entran muchísimos factores que hacen mucho más cuesta arriba una transformación de lo que ha sucedido. Las culpabilidades proliferan y la pérdida de autoestima puede ser total.
Las muertes repentinas como accidentes o infartos que no permiten despedirse o por lo menos vivir la realidad de la partida con el ser querido y las muertes violentas en donde la culpa lo tiene otra persona o circunstancias ajenas, también pueden añadir más dificultad y complicaciones.
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