Читать книгу: «No miraré su rostro»



Galeano Higua, Ángel, 1947-
No miraré su rostro / Ángel Galeano Higua; prólogo de Conrado Zuluaga. – Medellín:
Editorial EAFIT, 2021
278 p.; 21 cm. -- (Letra x letra)
ISBN: 978-958-720-716-3
ISBN: 978-958-720-717-0 (versión EPUB)
1. Novela colombiana. 2. Padres e hijos – Novela. 3. Familia en la literatura. I. Zuluaga, Conrado, pról. II. Tít. III. Serie
C863 cd 23 ed.
G152
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
No miraré su rostro
Primera edición: septiembre de 2021
© Ángel Galeano Higua
© Editorial EAFIT
Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23
Portal de libros: https://editorial.eafit.edu.co/index.php/editorial
http://www.eafit.edu.co/fondo
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-716-3
ISBN: 978-958-720-717-0 (versión EPUB)
Edición: Cristian Suárez Giraldo
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imagen de carátula: Estudio, Male Correa, tinta sobre papel.
Fotografía del autor en la solapa: Carmen B. Zuluaga.
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Índice
PRÓLOGO
El festín de la memoria
por Conrado Zuluaga
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
CUARTA PARTE
Prólogo
El festín de la memoria
por Conrado Zuluaga
No miraré su rostro es, como lo afirma el autor en su dedicatoria, un “ejercicio de la memoria”. Así lo asegura también –al fin y al cabo, quien habla no es quien escribe– el narrador en las primeras páginas: es una fiesta de la memoria en donde se confunde “el antes con el después”, porque el volumen que el lector tiene entre sus manos es una “subversión de lo vivido”. Sin más preliminares ni rodeos, esta novela se adentra de la mano del narrador –ante el féretro de su padre– en un dilatado retroceso temporal que se remonta hasta los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Y como tal, los recuerdos se acumulan y se sobreponen, se solapan, se fragmentan, hasta conformar un llamativo tejido de personajes y episodios. Con un maravilloso sentido del equilibrio, el texto va de un episodio a otro hasta alcanzar el centro de unas vivencias que constituyen piedras de toque de la trayectoria personal, familiar y social de una comunidad. Como la urraca que acumula objetos brillantes en su nido, el narrador de esta novela acumula recuerdos.
En cierta medida, la mirada retrospectiva sobre ese dilatado “antes” –dos generaciones anteriores a la suya– es el recuento de un proceso de aprendizaje, de formación, de crecimiento: la brevedad de la vida, la incertidumbre como respuesta, la soledad como condición, el fardo de la tristeza, la dificultad de perdonar, el misterio de la muerte, las circunstancias que transforman una voluntad en destino.
A su vez, la novela es la crónica ficcional de una de las urbanizaciones pioneras de Bogotá en la primera mitad del siglo XX, y de quienes vivieron entonces en ese barrio de la ciudad. Una prosa atemperada, rebosante de matices y sugerencias, exhibe una rara fuerza evocadora y le imprime a todo el relato una pátina de melancolía. Ángel Galeano describe con singular talento literario las virtudes y defectos, las alegrías y tribulaciones de los vecinos del barrio, los dramas que provoca el miedo, la timidez que ahoga el sentimiento, los oscuros laberintos del dogma, y logra, con la lucidez perversa que posee la nostalgia, generar en el lector una conmovedora empatía al reconocerse en el espejo de sus semejantes.
Más de un lector se preguntará en algún momento de la lectura cuánto hay de verdad y de ficción en este relato que entrevera la peripecia existencial de una familia y la anécdota real de la fundación de un barrio en la capital.
El escritor norteamericano Allan Gurganus (1947) en la nota de autor que antecede a su novela La última viuda de la Confederación lo cuenta todo (edición en español de Anagrama, 1992), anota:
Unas palabras al lector acerca de la exactitud histórica En los testimonios de ex esclavos recogidos en los años treinta por los miembros del Programa Federal de Ayuda a los Escritores, muchos recordaban haber visto a Lincoln en el Sur durante la guerra de Secesión. Fanny Burdock, de noventa y un años, natural de Valdosta (Georgia), explicó: “Estábamo cosechando en el campo, cuando mi hermano va y señala a la carretera, y entonce, vemo al señó Lincoln que llega tó polvoriento y a pie. Corrimo a la valla y llevamo el balde de roble y el cucharón. Cuando se acercó, ¡qué alto era, y que ojo tan triste tenía! No dijo palabra, sólo no miró serio a too, too llorábamo. Le dimo agua frequita, con el cucharón. Entonce saludó con la cabeza y se fue, y no quedamo mirando, hasta que se convirtió en nubecita de polvo y luego en ná. Depué, ni nuestro amo ni nadie lo creía, pero yo y toa mi gente lo sabíamo. Todavía tengo el cucharón pa probálo”.
En realidad, el viaje a pie de Lincoln por Georgia no tuvo lugar. En este libro sí. Escenas como ésa las contaban cientos de esclavos. Tales apariciones son, para mí, más ciertas que los hechos.
La historia es mi punto de partida. (p. 12)
Los autores, como se puede apreciar, también se enfrentan a la misma encrucijada. Con la lucidez demoledora que lo caracterizó siempre, García Márquez decía que tal vez su mayor problema con Cien años de soledad fue ese. Encontrar un tono poético y convincente, porque él se creía toda la historia de los Buendía, pero era necesario que el lector se la creyera. En la literatura es condición irrenunciable que el texto sea para el lector verosímil. Es, en últimas, la fidelidad al texto y al lector.
Quienes conocen la producción literaria de Ángel Galeano, encontrarán aquí un gran trabajo. La apropiación de un universo, de un lenguaje, de un estilo, se ha ido consolidando en cada una de sus anteriores publicaciones. Sin restar mérito a ninguna de ellas, cada aparición de un nuevo título suyo tiene el propósito de ir más adelante. No miraré su rostro es la culminación de ese propósito sostenido durante años.
Al final, la novela se cierra de forma abrupta, tal como se inició, con el mismo episodio que provocó este valeroso recuento de un tiempo y unas vidas. “El amor es eterno mientras dura”, lo dijo en un verso Vinicius de Moraes, lo repitió García Márquez en un cuento, lo cantaron Serrat y Sabina, hasta que el uso y el abuso lo convirtieron en un lugar común. Con la vida ocurre lo mismo. “Estaré siempre a tu lado”, declara alguien, pero se le olvida añadir “mientras dure”, es decir, mientras viva. Igual es “Cuenta conmigo siempre”. Lo extraordinario ocurre cuando alguien rompe con ese lugar común y lo convierte en realidad. Eso es lo que sucede con el narrador en esta novela. No es la culpa, ni el repudio, tampoco es el miedo o la afirmación “insensata” de que vivirá por siempre, son otras las razones para no mirar su rostro.
Por los mismos años en que se fundaba el barrio en Bogotá, al otro lado del mundo el poeta Ósip Mandelstam se preguntaba en su poema Tristia:
¿Quién puede saber al escuchar la palabra “adiós”
qué clase de separación lo aguarda? (p. 113)
Este ejercicio de la memoria fue escrito para mi hija Bárbara y su hija María Paz
A Carmen Beatriz con infinita gratitud por su sabia complicidad
Y a mis hermanos de sangre, la tribu dispersa
PRIMERA PARTE
1
Ingrávidos después del pacto, echaron un vistazo abajo, a la mar de nubes encrespadas donde navegaba el sol enrojecido y moribundo. ¡Parece una pintura!, exclamó Valentina, y él pensó que aquel fogonazo no alcanzaría para derretir el mundo ni quemar su pena. Manuela distrajo el dolor deslizando sus dedos por las páginas de una revista. A su modo, los tres buscaban la forma de neutralizar la tristeza.
El rugido de las turbinas le pareció lejano y no pudo evitar que la nostalgia ascendiera por sus huesos donde se le antojaba que anidaban los recuerdos. Cerrar los ojos fue una efímera victoria contra la aflicción e inútil ante la sensación de tener en su garganta una bola que amenazaba con ahogarlo, grande y maciza como las del billar de don Cuncho, allá, en el café de la Séptima a donde iba con su hermano a jugar carambola libre. No podía ser más esférica, ni más “bolota” y compacta, y estaba ahí para atascarlo en momentos como este… Apareció la primera vez cuando se fugó de la escuela para eludir un castigo injusto. Tenía siete años. ¡Cómo le gustaría olvidarlo! Pero las heridas abiertas en la niñez nunca se cierran, las cauterizan recuerdos como el de la profesora Lili en el curso primero, con su dulce sonrisa y esa voz que lo arrullaba. Y Diana, la maestra de música que lo incluyó en el coro. Ante el embrujo de sus dedos acariciando el acordeón, buscó su mirada y se tropezó con unos lentes oscuros e impenetrables. Era ciega.
Años después quiso sacarle el cuerpo al tedio y al frío que le acuchillaba los pies, entonces reapareció la odiosa esfera. Para un adolescente colmado de sueños no había ciudad más friolenta y aburrida que Bogotá, había que fugarse de la casa, de la ciudad, de los días grises. Fugarse de sí mismo. Decir adiós a la universidad y sus pedreas, a los carros incendiados y los discursos a los cuatro vientos, a los botafuegos en la cafetería, las consignas a la entrada de Ingeniería, en los corredores, sobre los tableros, en los baños. Aprendiendo la rebeldía: cifras, nombres, injusticias por denunciar. Justo en el momento del tropel encontró en su camino de fuga una puerta abierta por donde se coló. Una nueva atmósfera aplacó su incertidumbre y se arrellanó en una cómoda silla dispuesto a vencer el hastío del largo paro indefinido. Abrió el libro que por entonces no lo soltaba, ese Dostoyevski era un jodido, tenía al pobre Raskolnikov oculto detrás de una cortina con el hacha en la mano. Leía, y sin pensarlo, garabateó el primer titubeo en el respaldo de una chapola hasta que le dijeron muchacho, vamos a cerrar. Ya era de noche y tuvo que caminar hasta la Avenida Caracas para alcanzar el último bus.
La bola atragantada no lo detuvo: echó el morral a su espalda, este país es mío. Déjenlo, dijo su madre, pobre chiflado, cree que va a agarrar el cielo a dos manos. Ese adiós a la universidad le generó una triste burbuja en el estómago, y la bola creció como un coto… Dele adelante como las mulas, recapacite hijo, no despilfarre el futuro, mire que después se arrepiente, juventud no hay sino una…
Y ahora, metido en aquel avión, la bola volvió a jugar, más grande y redonda, maciza y contundente, porque ha tomado una decisión desconcertante: no mirará el rostro muerto de su padre. No guardará esa imagen marmórea, sino su semblante vivo y sonriente, su mirada luminosa y alegre, su humor, los momentos fulgurantes.
Se los dijo. No husmeará el ataúd, no se dejará llevar de la morbosidad, ni cederá a la fascinación por ese enigma que trasluce todo rostro fúnebre. No caerá en el juego de quienes miran el rostro de los muertos para lacerarse con esa imagen de viajero extraterrestre que al final todos los seres humanos adquirimos. Ellas acogieron su decisión. Tampoco borraremos su rostro vivo y cariñoso, dijeron. Acongojados por la forma violenta como murió, sellaron el acuerdo a diez mil metros de altura, mientras abajo, por entre la mar de nubes, asomaba el río Magdalena como testigo del pacto. Luego volvieron al silencio. Valentina se dejó ir hacia los nevados que brillaban sobre la mar blanca, oía caer los dados sobre el parqués, el abuelito se agigantaba: las golosinas en el bolsillo. Manuela echó mano a otra revista, la mirada perdida en las navidades: el ajiaco de medianoche, el traguito, nuera, brindemos.
¿Y la abuelita, se quedará sola?, preguntó, de pronto, Valentina.
2
A él se le metió en la cabeza que, de niño, estuvo allí, que observó sus botas de cuero salpicadas de barro y ese sombrero de fieltro a lo Gardel que su padre solía desempolvar de un capirotazo en las alas. El gardelito le aplastaba el cabello y el sudor trazaba un soterrado mapa en la cinta que rodeaba la copa. Sospechaba las largas distancias que su padre recorría a diario con aquellas botas en las que se confundía el marrón con el negro y el ocre con el gris. Su mente hacía prodigiosas mezclas: estaba con su hermano, acurrucados ambos en un rincón del corredor enladrillado, observándolo. Esperaban a que se quitara el sombrero y se diera el chapuzón. A las cuatro, su madre iniciaba los preparativos con la misma devoción con que asumía las labores de la casa. Disponía el agua tibia en el platón esmaltado, la toalla doblada en el entrepaño y el pan de Azulk en la desportillada jabonera de porcelana. Lo hacía en silencio y solo hablaba cuando el chico empezaba a meter las manos en la caja de herramientas de su padre, donde nadie debía hurgar so pena de una trilla. O en la alacena, de donde intentaba sustraer una fruta o un pedazo de panela. ¿Quiere ganarse un lapo?, y a la voz severa, su madre acompañaba una mirada que lo congelaba porque sabía que ella no andaba con rodeos, cumplía lo que decía y si no podía, ahí estaba el padre para respaldarla: ¡A su mamá la respetan, gran carajos!
Poco antes de las seis sonaban los tres golpes en la puerta y los chicos corrían disputándose para abrir. Era él, los hombros un poco caídos, cansado. Un guiño: “Hola hijos”, y con él entraba todo lo que les faltaba. Al ver el platón dispuesto en mitad del corredor, sonreía. Dejaba a un lado el pesado mazo de hierro con que trabajaba cuñando los durmientes del tranvía y descargaba el morral terciado en el que llevaba el portacomidas y la botella del agua de panela vacía. Liberado de los fardos, se paraba frente al platón, abría y cerraba los puños y frotaba las yemas de los dedos como si fuera a abrir una caja fuerte, luego se quedaba quieto, meditando. De cara al platón, pasaba revista al mundo desde el filo de su propio aliento... Los chicos no podían evitar que sus ojos rodaran hacia las botas salpicadas de barro: ¿Hasta dónde iría hoy?, ¿cuándo nos llevará con él?
De repente, se quitó el gardelito y lo colgó en el perchero. Al descubierto quedó su cabello sudoroso, brillante y negro. Los chicos repararon en el bigote como si hasta ahora apareciera en su rostro, oculto quizás por la sombra del sombrero, recortado con pulcritud como si fuese su carta de presentación. Se inclinó sobre el platón, los ojos clavados en el diminuto océano como si viera a un extraño en el reflejo. Acurrucados, los niños lo vieron sumergir la cabeza y quedarse quieto durante un tiempo que les pareció eterno. Abrumados por el temor de que se ahogara, se pusieron de pie. Al ver la cabeza hundida en el agua, el cabello esparramado como algas marinas, y su nuca, epicentro inmóvil, se afanaron, tragaron aire como si así llenaran los pulmones de su padre. Con manos temblorosas jalaron su overol, entre el respeto y el miedo, luego lo sacudieron: ¡Papá, papaíto! Lo llamaron con voz entrecortada, al borde del llanto.
Desesperados, fueron a la cocina para pedirle a su madre que lo convenciera de no ahogarse. Había que hacer algo para que respirara, sacudirlo, quitarle el platón, extraer el agua con un jarrito. Sentían que a quienes les faltaba el aire era a ellos. Dejen tanta alharaca, dijo ella con tal tranquilidad, que no supieron si odiarla o admirarla. ¿Cómo podía decir eso?, ¿acaso no lo veía? Sintieron ganas de llorar, de gritar, de correr. Fueron al patio por la butaca donde se sentaba el abuelo a rajar la leña y se encaramaron para extraer con sus manos el agua y jalarlo del cabello. Él se mantuvo incólume otro rato. De repente, se irguió como si brotara de las profundidades del mar, como si supiera que los niños estaban al borde de la incertidumbre y también porque él había llegado al límite de la contención, y se sacudió a uno y otro lado, salpicándolos. De un salto abandonaron la butaca y huyeron como gatos. Con el cabello alborotado y brillante, los miró sonriente, regresando de su reconfortante viaje. El mundo volvió a su alegre cauce. Ahora gritaban de contento y bailaban alrededor de él, que reía. La madre se asomó para verlos en la chacota, la misma escena del día anterior y que se repetiría para siempre en su infancia.
En esa fiesta de la memoria se confundía el antes con el después. Era la subversión de lo vivido. Se enjabonó la cara y las orejas, su franela dejó ver sus músculos acerados en los brazos y el cuello. Manos gruesas, no solo capaces de cargar la almádena en largas jornadas, sino de alzarlos a los dos, uno en cada brazo. A esa edad no sabían que el trabajo que el padre realizaba era mil veces más arduo y exigente que el de un atleta, pero sin medallas ni aplausos. Con el rostro enmascarado por la espuma, amagó y los chicos dieron un paso atrás. Sumergió la cabeza quitándose el jabón, y de su semblante desaparecieron la fatiga y todas las vicisitudes del día. El hombre cansado que había tocado a la puerta, se transformó en el padre sonriente e invencible.
3
¿Quién abrirá la puerta?, la pregunta de Valentina lo hizo volver. Siempre les había abierto Teodobaldo, su padre. Sonaba el timbre y él largaba el periódico, saltaba de la cama y echaba mano del llavero. Un vistazo por la ventana y, a zancadas, qué peligro, bajaba las escaleras. Tintineaban las llaves en las tres cerraduras de la puerta interior. Atravesaba el garaje con su leve cojera. Al fin, su rostro iluminado, jovial. ¡Abuelito, abuelito! Al otro lado de la verja, Valentina brincaba. Aguarden, aguarden, dejen el afán. Ojos luminosos atrás de sus lentes. Las llaves se confundían. Abría un último candado para levantar el pasador vertical. Paciencia, apenas faltaba la cerradura de doble seguro y, ahí sí, Valentina saltaba al cuello de su abuelo.
Y ahora, ¿quién abrirá? Imposible esquivar la nostalgia. En el piso de arriba, la madre, tendida en el lecho, no podía siquiera asomarse a la ventana. Creían que ella se marcharía primero debido a su delicada salud. Pero no fue así, ella lo vio irse a través del espejo. Lo confesó después, en su propia agonía, porque al perderlo a él ingresó en la aflicción y el desapego definitivos. Su vida terrenal había llegado al punto culminante. Lo conversaron entre ellos todo, menos lo del espejo.
Vino a su memoria el día que fueron con su hermano al Pasaje Rivas con el propósito de comprar un espejo en el que sus padres pudieran comprobar si les iba bien el traje, si combinaban los colores. Ah sintanticas, se salieron con la suya, dijo la madre cuando los vio entrar con el vidrio plateado al hombro. ¿Dónde lo colgamos? Después de darle muchas vueltas, sus padres aceptaron que lo colgaran a la entrada del dormitorio. Sitio estratégico, porque desde sus camas podrían ver quién se acercaba o quién se marchaba. La última vez que lo vi fue de espaldas, entrando en el espejo, dijo la madre, mientras Manuela le ayudaba a ponerse los zapatos. Sí, lo vi alejándose para dentro, iba a pedir una cita médica para mí.
Al primer guiño del alba Teodobaldo se ponía de pie y, como lo hizo los últimos veinte años, preparó el desayuno, lo puso en la bandeja de plata cubierta por una carpeta de croché tejida por ella y subió las escaleras despacito, cuidando de no regar ni una gota del jugo de naranja, ni del café caliente. La casa se anchaba cada día, los techos parecían más altos y en los rincones se había instalado el moroso tiempo, agazapado, rechoncho, invisible. Con puertas de hierro a la calle, dos pisos, doble garaje y jardín. Desde adentro de la verja Teodobaldo parecía enjaulado, pero la música de sus llaves lo anunciaba cuando salía a comprar víveres, a atender al cartero, o cuando saludaba a los vecinos mientras desvahaba los geranios y las rosas. Con especial esmero abonaba el malvavisco de flores rojas, lo mismo que el abutilón, porque de ellas se colgaban, embebidos, los colibríes. El tintineo avisó cuando salió a pedir la cita. Cruzó la avenida de Las Américas con paso todavía firme. Sentía sus reflejos remolones e insidiosos y les respondía con parsimonia a sus ochenta y cuatro años bien madrugados. Lo esperaba la odiosa fila en el Seguro Social.
Ya vuelvo, dijo triunfante. Dejó la bandeja en el nochero, ni una gota salpicaba la inmaculada carpeta. ¿Sí desayunó?, preguntó ella. Cuando regrese. ¿Para qué aguanta? Ya tomé café, voy a pedir la cita, ahora vuelvo. Lo vio rozar las flores del enorme ramillete pintado por Margarita Lozano al salir e imaginó un reguero de pétalos sobre la alfombra. Y enseguida, el espejo se lo tragó. Ninguno de los dos sospechaba que ese sería el último “ahora vuelvo”. Llevaba puesto el vestido gris.
4
Y por aquel espejo viajó la memoria aún más atrás… Una semana antes del “Gran crimen”, punto de quiebre de la desgracia nacional, lo recluyeron en el Hospital San José, junto a la Plaza de mercado España. No lo dejaban ver ni siquiera de su esposa. No es conveniente, mi señora, y menos con ese niño de brazos. Las tías Eugenia y Elena, maruchas, como llamaban a las mujeres que militaban en la Legión de las Marías, se turnaban para acompañarla, llevarle comida y ayudar en los oficios de la casa. Antes y después de cada alimento rezaban con devoción, se lavaban las manos a cada rato y le esculcaban la cabeza al niño con obsesiva meticulosidad, aterrorizadas de que pudieran encontrar un piojo enredado en su cabello reciente. Horacio, el padre de Teodobaldo, dormía en la sala en un catre de lona, de esos de tijera llamados de campaña.
Dejemos de hablar y actuemos, vean cómo está Teodobaldo por el tifo. Hay que desviar el Fucha, el maldito bicho llegó por el río, ¿por dónde más? Vamos a alejarlo del barrio. Lo llamaron “caño” y le juraron la guerra. Horacio se opuso, pero no pudo detenerlos. Hicieron a un lado su lógica. No querían ver el río tan cerca. Horacio llevaba puesta la gorra gris que tanto le gustaba y que tanta confrontación suscitó con el cura. ¡Quítese eso de la cabeza!, recordó el grito del clérigo cinco años atrás, furioso, en plena reunión del Círculo de Obreros. ¡A Villa Javier no entrará nunca ese diablo de Lenin!
¿Lenin? Este curita está chiflado. ¿Qué tiene que ver Lenin? La voz temblorosa del clérigo español retumbó en la capilla y su dedo disparó directo a la gorra. A Horacio no le quedó más remedio que guardarla en el bolsillo del pantalón y apaciguar un inesperado fuego encendido en su pecho. Quiso responderle, decirle que él se ponía lo que le daba la puta gana, que dejara de joder, curita marica, una gorra no le hacía daño a nadie. Pero alcanzó a echarle nudo a la lengua porque allí estaba presente su nuera. Entonces sintió el mismo impulso que en Chía durante los días de desasosiego: recogerse entre los árboles, abrazarse a uno de ellos y recostar el pensamiento. Juntar el trotecito de su corazón al rumor telúrico del árbol, para soportar la furia.
¿Qué culpa tiene el río? El único que le prestó atención fue Mardoqueo quien, como buen gaitanista, iba de reunión en reunión, aquí San Cristóbal, allí Vitelma, allá Las Cruces, jugando al tejo, oyendo discursos, preparándose para la victoria. Por eso no le jaló a la torcida del Fucha. Háganle, les dijo, cuando triunfe Gaitán traeremos máquinas y lo haremos más rápido. ¡No, no!, protestó Horacio, ni de fundas, el mundo está patas arriba, ¿a quién se le ocurre cambiar el curso de un río? Pero los demás hicieron pucheros y dijeron manos a la obra, la mayoría manda. Se echaban esa mentira cuando el cura no estaba. Escogieron el primer viernes de abril para empezar, con misa y bendición de picas, palas y manos. En Villa Javier todo pasaba por el cedazo de la purificación celestial. Mientras el cura oficiaba, Horacio pensaba en su hijo postrado en el hospital a la buena de alguna monja enfermera que le alcanzara agua para refrescar los labios resecos por la fiebre.
Desempleado, Horacio enfrentaba cada día como a un largo hastío. Pero aquella desquiciada empresa lo puso en movimiento, era un hombre de acción y pretendía hacerlos desistir en algún momento. Muy temprano y en silencio, alistó la pica y la pala. Agüita de panela con abundantes gotas de limón para prevenir infecciones. Lavó la taza y la colocó en el escurridero. Aún no amanecía y él ya estaba dispuesto en el canapé con su gorra calada, apoyadas las manos en el mango de la herramienta. Quieto en el frío, su mente hervía con los recuerdos de Chía: Teodobaldo era un niño, vivían en una finca atravesada por el tren, pequeña, fruto de una desventajosa distribución familiar que obligó al chico a trabajar desde pequeño. Envueltos en la neblina, mañaneaban a empujar el ganado. De repente, el tren brotaba de entre las entrañas de aquella mole blancuzca, escupiendo tizne hacia el cielo de plomo en su paso hacia Zipaquirá. Arreaban el ganado derechito al comedero, los animales resoplaban, despedían vaho por las narices como dragones sabaneros… Al niño lo bautizaron en El Castillo de La Caro, en Chía, y al cura que ofició, hermano del arzobispo Emilio de Brigard, dueño de una de las carboneras más grandes de la región, no se le notaba ningún vestigio del carbón en sus manos blancas, casi transparentes, femeninas de tanta alcurnia ociosa.
Le pareció ver al pequeño Teodobaldo jugando, ya no en la carrilera, sino encaramado sobre la tapia pisada de aquella casa de Villa Javier, abriendo los brazos para volar, en una extraña conexión con aquel instante en que se debatía contra el tifus en una arrinconada cama de hierro. Días más tarde, fuera ya de peligro, le contará lo apabullado que se había sentido por las maldiciones y lamentos de heridos y borrachos moribundos. En su desaliento ignoraba de dónde salían tantos desquiciados, nada sabía del Gran crimen y creía que la fiebre le producía visiones. Muerto sobre muerto, el caos se apoderó del hospital, de la ciudad, del país, pura agresión oscura, ciega, él aislado, ni alimentos de afuera, ni conversa. Aislado entre los moribundos, los ensangrentados y lunáticos, los baleados y apuñalados… Fruto de los saqueos, hombres miserables llegaban vestidos con elegantes gabardinas que les quedaban grandes, saco encima del saco, puro paño inglés perforado por un tosco puñal, anillos en todos los dedos salpicados de sangre. Mujeres con las tripas afuera, andrajosas de pelucas amonadas, vistosos collares, tacones altos. La borrachera más grande y costosa de la historia de Colombia.
Unos golpecitos en la puerta lo hicieron aterrizar de nuevo en el canapé. Se echó la pica y la pala al hombro, se reacomodó la gorra y salió sin hacer ruido para no despertar a su nuera ni al recién nacido. Era la silueta de un derrotado, extraño enterrador de un río que iba a cumplir con un mandato impuesto por una mayoría despistada.
5
Con sus cascos metálicos y fusiles al hombro se apoderaron del potrero donde los obreros acostumbraban jugar al fútbol los domingos. Antes del amanecer las siluetas camufladas y sigilosas levantaron sus tiendas de campaña y encendieron fogatas entre el Fucha y las casas de tapia pisada. A las primeras del día corrió la voz en el barrio de que la tropa había llegado para protegerlos. Es lo menos que debe hacer un gobierno católico para con el barrio de Dios, dijo Quimérico Núñez. Al mediodía y con el anuncio de un cielo cargado, la delegación del Círculo de Obreros se apresuró a visitar al comandante para darle la bienvenida. Llevaron los agradecimientos en forma de papas saladas y gallina sancochada, yuca sudada y pico de gallo salpicado de ají. No alcanzaron a entregar la ofrenda cuando se enteraron de que no había nada que agradecer, que la tropa estaba allí para custodiar el acueducto de Vitelma, el edificio de la Imprenta Municipal y, sobre todo, la fábrica de municiones de San Cristóbal. ¡Soldado!, gritó el comandante, ¡lleve el mecato que nos trajeron de regalo y entrégueselo al cocinero! Tres ollas, tres viajes… Tenemos orden de disparar contra cualquier merodeador. El comandante los miró sin parpadear. Al que asome las narices se las aplastamos. Encapotadas figuras montaban guardia bajo el aguacero que se vino de sopetón. Sobresalía el bultito alargado de los fusiles bajo los capotes de caucho. Los delegados regresaron decepcionados (se perdieron las papitas y la gallinita y la yuquita), dejaron atrás las tiendas de lona que cuchicheaban temblorosas bajo el chiflón que se desgajaba del páramo de Cruz Verde. Agua venteada, malos augurios.
El torrente cayó como si quisiera apagar las llamas que a lo lejos devoraban el edificio de la Gobernación, el Palacio de Justicia y los alrededores de la Plaza de Bolívar. Lenguas gigantescas saltaban de un lado a otro, se tragaban los almacenes ya saqueados de la carrera Séptima, las ferreterías, engullían las destrozadas oficinas de los periódicos, retorcían el tranvía, carbonizaban las iglesias, arrasaban manzanas enteras. En aquella orgía, danzaba el animal salvaje, el delirio escarbaba en el corazón de los bogotanos, alguien vio que de entre los escombros surgían hordas de extraterrestres que se comían a los muertos. Prohibido hablar de eso, Marianito, censura total. Titulares al cajón. El torrente seguía. Preferible decir que una vieja desdentada y harapienta iba por la Séptima riendo a carcajadas. O que un hombre de piel negra temblaba detrás de la estatua de Bolívar. Cualquier cosa, menos de los lunáticos.
Con el humo y los saqueos brotaron mil cosas inefables y aterradoras. Aparte los zombies comehombres, oleadas de piojos, pulgas, ratas y otras sabandijas huyeron hacia la periferia, hacia los barrios, hacia Villa Javier, el primer barrio obrero construido bajo la férula del cura español Jota María Villafarde. Cuadrícula de ciento catorce casas y una carbonera, un gran edificio blanco de dos pisos junto a la plazoleta, una capilla, agrupado todo como un proyecto de barrio celestial, cinco manzanas rodeadas por una reja de hierro forjado empotrada sobre una base de piedra y sostenida por columnas también de piedra extraída del río Fucha y transportadas en carretas tiradas por caballos. Hileras de árboles al norte, por El Aserrío, mansión llena de misterios y leyendas: que fue casa de descanso del Virrey Solís, que polvorería de gran calado, que aserrío, que correccional para muchachas casquivanas pero desprotegidas, que convento de monjas… Un bosque de eucaliptos cerraba al oriente. La reja pretendía mantener a raya las tentaciones mundanas, que no entrara el pecado en la villa, proteger la santa paz soñada por el jesuita español. Verja engarfiada contra el demonio de la carne y el ateísmo. Pero para los jóvenes juerguistas y enamorados aquello era pan comido. La saltaban hacia un lado y hacia el otro. De nada servía el enrejado, y menos para defender al barrio de la triple plaga que huía del centro de la ciudad: piojos, pulgas y ratas que se colaban a saltitos en el “barrio de Dios”.
En su afán delirante, los villajavieranos perseguían pulgas día y noche, las destripaban entre las uñas hasta agarrotarse los dedos. De las ratas se defendían con palos y piedras, les tendían trampas con pan envenenado y vidrio molido, las espantaban con el fuego de teas hechas con trapos empapados de petróleo. A veces, los soldados extenuados, irritados, hambrientos y asustados con la torturante rasquiña, y tanta rata acechándolos y mordisqueándoles las botas y las correas de los fusiles, las correteaban empujándolas hacia el río.
Este fue el inesperado desorden que trajo al barrio el asesinato de Gaitán. Los odios fratricidas fueron inferiores a las plagas. Al enterarse del magnicidio, Horacio fue hasta la casa de Mardoqueo Navarro, el gaitanista, para estrechar su mano y presentarle las condolencias. Era mucho para esos godos, le dijo. Mardoqueo estaba pálido. Olvidémonos de las máquinas que les prometí para desviar el río, parecía decir con su pasmo.
Muy despacio, los soldados pasaron revista a sus tiendas de lona. Se les veía el cansancio de la noche, la pesada tarea de sofocar a la turba, de proteger los edificios públicos y esquivar a los francotiradores encaramados en los campanarios: esos que olían a incienso, se echaban la bendición y disparaban. Horacio veía en los reclutas el recelo y la sangre inyectada en su mirada triste de autómatas. Sabía que otros iguales a estos (¿o serían los mismos?), parapetados en los tanques, habían disparado contra la multitud en la Plaza de Bolívar. Soldados idiotizados por las órdenes de sus superiores, la mar de sangre y mutilación, ahora se distribuían: unos revisaban las carpas en el potrero, otros recorrían el barrio de puerta en puerta pidiendo comida: papitas sumercé, gallinita por lo que más quiera, bollitos de maíz, ¿no habrá guarapito, paisano? Defender la patria produce hambre. Y sed. También miedo y fatiga y confusión. Y ganas de salir corriendo, sino fuera por la ley de fuga. Otra papita, madrecita, y un tris de ají, aquí, encima de la yuquita. Parece papa pastusa, pero es tocarreña. Almidón que da la tierra. No tire los huesos por ahí, soldado, más bien déselos a los canchosos que tiene detrás.
6
¡Hay que rapar a los niños! La orden llegó del Centro de Higiene. ¡Vamos a dejar sin nido a los piojos! La nota la trajo un soldado. De inmediato, reunión en la casa del Círculo. La sesión más ejecutiva en la historia del barrio. Una marucha leyó en voz alta la orden firmada por el médico director. Al terminar, el cojo Garzón se puso de pie y propuso dejar esa labor en manos de Russi, el peluquero que conocía la cabeza de todos los hombres en el barrio, chicos y grandes. Hacía muchos años motilaba a domicilio. ¡Estoy de acuerdo!, la voz aguardientosa de Filiberto Ramírez, el sastre. ¡Yo también!, Jesús María Cristancho, el otro carpintero. Sacaron una butaca de madera y la pusieron frente a la capilla, cada niño esperaría su turno. Una brigada de tres vecinos fue de casa en casa llamando a los niños o trayéndolos de las orejas. ¿Y a las niñas, quién las motila? Qué pregunta, pues el mismo Russi. ¿Cómo? Sí, como oye, el mismo Russi porque de lo que se trata es de tusar, pelar, dejar las cabezas como totumas.
Tu mamá se enteró por los gritos del Mono Tavera: ¡Nos van a rapar! ¡Nos van a rapar! ¿Qué está diciendo este muchachito? Sí, para quitarle el escondite a los piojos.
Cuando los encargados llegaron dijeron que el niño era muy pequeño para raparlo, y siguieron. La romería parecía una de las noventa y tres procesiones importadas por Villafarde. Los papás iban detrás de los niños para saber de qué trataba el asunto. La fila rodeaba la plazoleta, un niño, el primero, se sentó en la butaca, sábana blanca anudada al cuello. Russi no llegaba. ¿Qué esperamos?, preguntó Quimérico Núñez, el presidente del Círculo de Obreros. Nadie supo dar razón. ¿Quién quedó encargado de llamarlo? Nadie respondió. Vaya usted, compadre, le dijo a Benjamín Alvarado que en ese momento se hallaba ahí, parado como una estaca, con los ojos puestos en la anatomía de Briceida Guzmán, la marucha que le quitaba el sueño de un tiempo para acá. Benjamín dudó, pero cuando Briceida volteó a mirarlo, se animó. Sí, claro, voy por la bicicleta. Y echó a correr, contento, con la fuerza de un enamorado. De repente se devolvió: ¿Y dónde vive? Quimérico se rascó la cabeza. ¿Quién lo sabrá? Preguntémosle al cojo Garzón, él fue quien lo propuso. Fueron hasta la carpintería del proponente, pero tampoco sabía. Ni Ramírez, ni Cristancho. En Villa Javier nadie tenía idea de cómo localizarlo.
Benjamín recorrió las calles de Villa Javier en su bicicleta. Era su corazón ilusionado el que pedaleaba. Aquí y allí preguntaba por el peluquero. Procuraba hacer todo muy bien para ser digno de Briceida Guzmán. Asumió que ella lo veía. A pesar de su rítmico andar no pudo averiguar nada. Tropezó con un hombre que nunca había visto antes y que le enseñó los dientes como una fiera, al levantarse del suelo. ¿No sabe frenar?, mire cómo me ha aporreado, ¡so bruto!... Benjamín intentó explicarle, pero no pudo detenerse, timoneó para no perder el equilibrio. Su bicicleta no tenía frenos. Dio una vuelta y regresó donde el hombre para excusarse, pero ya no estaba. Qué extraño, pensó. Al volver a la plazoleta se encontró con que Filiberto Ramírez ya trasquilaba a los niños con sus tijeras de sastrería, enfundado en una bata blanca de mangas largas y con guantes de cuero negro. Levantaba las cabelleras y chasqueaba las tijeras al aire: ¡Zas, zas! Bailarín de cuerda, daba un giro a su cuerpo y abría su mano enguantada para dejar caer el cabello en un caneco que Briceida Guzmán destapaba y se apresuraba a tapar de nuevo. La fila se entorchaba alrededor de la improvisada peluquería. Los niños querían ver lo que les harían. Filiberto era ágil en el tijereteo, con razón cobraba caro por la hechura de los trajes. El sastre, ahora peluquero, procuraba cortar al rape, deslizaba la tijera sobre las cabecitas, alacrán hambriento. Pero por más que se esforzaba, quedaban unos pelos más largos que otros.
—El siguiente –decía cuando ya no podía quitar más y Briceida Guzmán desanudaba la sábana y la sacudía al aire. Chicos y grandes daban un paso atrás huyendo de algún piojo saltón. Otro niño a la butaca, Briceida le colocaba la sábana dejándolo a merced de Filiberto, quien, con un pielroja en los labios, seguía su labor. La marucha le echaba al recién trasquilado un polvo medicinal blanco.
Benjamín la observaba embelesado, pero no encontraba pretexto para acercársele y hablarle. Al ver que Filiberto daba muestras de fatiga y que suspendía por momentos cada vez más prolongados, pensó que había llegado la oportunidad de acercarse a Briceida y se dio a la tarea de buscar otras tijeras para ayudar.
El vecindario lo vio buscando, ya no a Russi, sino a alguien que le prestara unas tijeras. Luego de dos horas de afanosos pedaleos, frustrado y cansado, cuando tornaba de nuevo a la plazoleta, Lucrecia Albornoz lo llamó y le entregó un par de tijeras viejas que encontró en el rincón de los chécheres. Solo debes quitarle el óxido y afilarlas. Benjamín sintió renacer las esperanzas, aunque tuviera que ponerse en el papel de afilador. Quitarles el orín frotándolas con una piedra. Mejor en el taller del cojo Garzón, con la lima triangular, la misma de afilar serruchos. Pasó la mañana tan ilusionado de acercársele a Briceida que ni siquiera almorzó. Al mediar la tarde tuvo las tijeras listas.
Al llegar a la plazoleta lo sorprendió ver a su amada motilando niños, mano a mano con otras dos maruchas. Tres butacas significaban que la oportunidad se había esfumado. Sentado en una silla, Filiberto Ramírez sumergía las manos en un platón con agua tibia y sal marina. Cara de aburrido, con el cigarrillo en los labios y fuera de combate. La cantidad de niños con la cabeza trasquilada y empolvada aumentaba. A fuerza de gregarismo, los pequeños permanecían en la plazoleta a pesar de sentir más frío en las orejas. Según la instrucción del Centro de Higiene, el pelo debía ser quemado en las afueras del barrio y las cenizas enterradas. Lo mismo las ropas de los infectados con el tifus.
¿Quiere colaborar? Preguntó Quimérico Núñez a la estatua que era Benjamín. Sí, sí, tengo un par de tijeras, mírelas. Apenas movía los labios, fijos los ojos en la cintura de Briceida. El presidente intentó una sonrisa condescendiente: No, hombre, no es asunto de tijeras. No me importa, con tal de estar cerca de Briceida haré lo que sea, pensó Benjamín. Suspiraba por esa marucha, cada minuto más atractiva, pero también más inabordable. No había terminado de decir que sí, cuando Quimérico le entregó un caneco. Corre al caño (ya le decían así al río, sin ambages), quema toda esa pelambre y no vayas a ser tan bruto de respirar el humo.
El desencanto se le plasmó en el ceño a Benjamín. Eso no era lo que quería. Ayudar, claro que sí, pero en la plazoleta, cerquita de la mujer que lo conturbaba. Desilusionado, se mostró indeciso. A ver te ayudo a echártelo al hombro, se apresuró Quimérico, como si el peso del caneco fuese la causa de su inmovilidad. A Benjamín, ese rol lo desilusionó. Ver a Briceida Guzmán accionando la tijera con energía, bella con ese moño, la forma ovalada del rostro, la curva de guitarra de su cintura... ¡Ay! El peso del caneco sobre la espalda lo hizo corcovear. A ver hombre, ¿qué te pasa?, párate firme carajo, no seas flojo, presta para acá esas tijeras, te puedes herir.
Pujó. El caneco no era ninguna pluma. La deliciosa imagen de Briceida Guzmán se apachurró. El caneco le talló la espalda. ¡Ayúdeme, que esta hijueputa caneca me va a partir una costilla! Briceida Guzmán lo miró escandalizada: ¡Qué es ese vocabulario!
7
Los veinte se redujeron a cinco. Imposible enderezar el Fucha, dijeron algunos y abandonaron. ¿Enderezar, acaso el río está torcido?, refunfuñó el abuelo Horacio. Para la segunda semana la corriente seguía lamiendo el barrio y él aguardaba en el canapé a que desistieran. Bebía su agüita de panela caliente con más gotitas de limón cada vez, antes de la jornada. Paleaba el río con bríos, más arriscado que quienes se mostraron aspaventosos al principio. Sublimaba el esfuerzo pensando en Teodobaldo. Al anochecer, caía fundido en la cama de tijera, mientras su nuera lloraba silenciosa su larga espera, mordía la sábana para no despertar al recién nacido y balbuceaba ruegos y jaculatorias por el pronto regreso de su esposo.
No quedaban sino cinco. Los Ernestos de la panadería Suiza retiraron sus dos empleados. Honorio Casallas, de la carbonería La Chispa, no mandó más a su ayudante, así como los de la Cigarrería Mesa, la lavandería San Francisco y la fábrica de vidrio La Transparencia. No importa, dijo Emiliano Montoya, no nos rajamos, y se internaron en la neblina a paso lento. Caminaron frente a las carpas donde se resguardaba la tropa, a la que el abuelo Horacio despreciaba, muchachos campesinos empuñando el fusil, manchados de 9 de abril. Albornoz, en cambio, los observaba con curiosidad. Imberbes centinelas sentados en las piedras junto a la fogata. Los militares también los observaban a ellos, mezcla de conmiseración y escepticismo. Los veían pasar de largo como sombras de la misma neblina con las herramientas al hombro, cruzaban el puente de madera de la calle Once y desaparecían como si la densidad plomiza se los tragara. El único que llevaba gorra era el abuelo Horacio. Los demás, sombrero de fieltro. Se detenían en el mismo recodo del primer día, donde el Fucha corría impetuoso y se devolvía formando un bucle. Cuando lo cruzaban saltando de piedra en piedra, uno de ellos resbaló y cayó en la corriente helada, sus compañeros se apresuraron a extenderle la empuñadura de una garlancha y luego le dieron a beber agüita de panela caliente que llevaban en un termo. Empapado y tiritando, aquel hombre se puso a trabajar con furia para contrarrestar el entumecimiento.
Tercer viernes de trabajo duro. Están a punto de cerrarle el paso a la corriente. A la hora del Ángelus suspenden un momento. El abuelo Horacio imaginó a la marucha de trenzas, con su delantal crema a rayas cafés, bamboleándose al repicar la campana de la cual solo el cura conocía su procedencia: un ciudadano ibérico que lo apoyaba desde el anonimato, la hizo fundir en La Coruña, tierra natal del sacerdote. La aleación sonora hizo el mismo recorrido que la cruz, la espada y el arcabuz, tres armas para esquilmar. Por el Magdalena, aguas arriba, pasando por Mompox hasta Honda, y luego en un carruaje tirado por mulas, empinado camino de Guaduas hasta Bogotá. Ese día, Villafarde la salpicó con agua bendita, rezó y pronunció un encendido sermón (¡Arrodíllense!) consagrando el barrio a Dios y maldiciendo la lucha de clases. Los obreros la subieron hasta el improvisado campanario. Sus dedos rústicos palparon las letras en altorrelieve, pero no dieron pie con bola del nombre de la fundición, ni la fecha. No sabían leer.
El abuelo descansó la pica en el lodo y se enderezó. Con el dorso de la mano limpió el sudor de la frente ladeando la gorra. Los demás hicieron lo propio. Quietos, esculcaron el horizonte. El abuelo dejó ir la vista siete días atrás, cuando las llamas arañaron el cielo. Luego empezó a llover. Al acomodarse la gorra vio el fuego. Era viernes también y hacía poco habían almorzado sentados a la orilla del Fucha. Conversaron un rato mientras fumaban y luego volvieron a la tarea. En el ajetreo poco faltó para que la gorra se le cayera. Cuando la sujetó de la visera para ajustarla de nuevo en su cabeza, descubrió, más allá de la rendija de sus dedos, las gigantescas llamas que mordían las nubes. Permaneció quieto hasta tener la certeza de que no era una visión producida por la mala digestión de un almuerzo frío recién consumido, sino que se trataba de seis llamas enormes que se contoneaban. ¡Miren, miren!, exclamó. En esas empezó a llover. Al caer la tarde regresaron al barrio y se enteraron de que a la una y cinco habían asesinado a Gaitán, y que la llamarada testimoniaba el estallido de la furia.
El repique de la campana trajo de vuelta al abuelo. La oyó más triste. Olfatearon el ramal al otro lado del barranco y salieron de la zanja para estirar las piernas. En la granja de Santateresa, al otro lado del puente de San Cristóbal, un grupo de maruchas permanecían inmóviles con sus azadones suspendidos. Si no fuera porque el río fluía, hubiera creído que el mundo se había congelado. Para el abuelo Horacio, el Ángelus ya no sonaba limpio como antes del magnicidio.
Volvieron a la zanja: primero muertos que derrotados. El abuelo imaginó a su hijo Teodobaldo resistiendo la infección. Tiene agallas, vencerá. Con ese pensamiento se reconfortó a sí mismo. Si lo dejaran ver le llevaría chocolate en el termo, le encanta el chocolate caliente con canela, acompañado de una garulla o una almojabana. Pero lo tenían aislado. Seguro fueron las ratas las que trajeron el tifo, ¡bichos repulsivos! Aunque había oído decir que también las garrapatas y las pulgas lo transmitían. La pica removió la tierra, se hundió la pala, una cucharada de masa amarillosa a un lado de la zanja, otra al otro lado. Cada vez más lodo. Olor a ramal. Hágale compadre, ya casito. Otra palada más, y otra y otra. Los movía la certeza de que el otro ramal estaba ahí, en sus narices, al otro lado del barranco ahora endeble. Eran todos inercia, furor, acción brutal, suicida. Un extraño brillo se había encendido en sus ojos, resoplaban. Insensibles al frío por acción del mismo frío, liberaron su vieja sonrisa de niños. De repente, las palas se tornaron juguetes, espadas, mosquetes. Dos, tres lances y Severiano Albornoz resbaló en la sopa de lodo. Reía. Tanta gracia ver tirado a Severiano que Emiliano Montoya lanzó la pala a un lado, se tumbó en la zanja movediza y empezó a chapotear. El abuelo y los demás no pudieron sofrenar el ímpetu y se soltaron también. Reían y chacoteaban embadurnándose como niños. Después del delirio quedaron inmóviles, tendidos en el lodazal.
En medio del pasmo hipotérmico, el abuelo recordó las palabras de Villafarde: “¡Infierno! ¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno! ¡Señores y señoras que poseéis bienes de fortuna, temblad!”… Manuel Salazar, el tipógrafo, temblaba a medida que las leía. El religioso le había entregado el manuscrito para el editorial de Noticias, el Boletín del Círculo de Obreros que las maruchas repartían a la salida de misa. Ni el abuelo Horacio, ni el tipógrafo sospecharon que aquel sería el último escrito del cura, aunque debió parecerles muy extraño porque destilaba tanta angustia apocalíptica, frustración y reproche público, propio de quien presiente la muerte en medio del fracaso. ¡Cuántos artículos combativos! El abuelo recordó el decálogo contra el cine, contra ese infundio del pecado. Para Villafarde el cinematógrafo era fuente de crimen y perversión y todo aquel que entrara a una sala del cinematógrafo debía ser excomulgado. Recordó, así mismo, el reglamento para vivir en Villa Javier, más prohibiciones que derechos.
Este recuerdo sublimó el peligro letal del frío. “Horrible maldición que lanzará Jesucristo a tantos señores y señoras que poseen bienes de fortuna, que gastan y derrochan, que siguen aumentando y acaparando riquezas sin preocuparse del hambre de nuestros hermanos de la clase obrera”… De repente, el abuelo vislumbró la similitud. Un fogonazo en medio de su febril congelamiento le ayudó a descubrir la misma cara en los dos contrarios: ¡Lenin y Villafarde tenían los mismos sueños! Aunque su ropaje fuese distinto, hablaban a nombre de los obreros. Pintaban el paraíso, uno aquí en la tierra, el otro allá en las nebulosas, y convocaban a su ejército de liberación, uno con su bonete, el otro con su gorra. Los dos eran diestros con el verbo y acusaban a los ricachos cuando no les soltaban riqueza. Eran temibles cuando querían imponerse, porque los guiaba una única idea. Esto pensaba el abuelo, ajeno a su cuerpo aterido. Y en su delirio identificó la política y la religión: ¡Son la misma mierda!
Chasqueó el barro en su boca como si las palabras se hicieran tierra de mal agüero. Ambos tenían el mismo discurso de salvación y cultivaban sus mártires. Religión, ¡qué invento! Política, ¡qué invento! Diría que Gaitán era como San Sebastián o toda esa chorrera de la Santa Madre Iglesia. Canonizar a Gaitán, ni se le ocurra. ¿Por qué no? Convertiría a los gaitanistas en santurrones. Para ser héroe o mártir había que estar matado. No muerto, sino matado. La violencia estaba ahí, en la cara de los matados. Todo pueblo tiene sus matados. El bolchevique tenía sus libros y el curita su Boletín. El comunista contaba con su imprenta, el cura con su tipografía, ambos sabían que la palabra impresa era herramienta necesaria. Villafarde contaba con un ejército de mujeres uniformadas de azul prusia que repartían la hojita después de misa. Semejaban un sindicato obrero que distribuía entre sus afiliados la chapola llamando a la huelga.
El abuelo elucubraba sumergido en ese frío de muerte que lo envolvía junto a los demás taponadores. Al borde de su destino, balbuceó: Todos moriremos, pero nosotros quedaremos aquí, en este lodo, como el recado de esta sopa invernal, víctimas malditas por meternos a cambiar el curso natural del río… ¡Qué bruto!, dejarme embaucar de esta mayoría de pendejos que no son más que un puñado de pelagatos. Llegamos a viejos y no aprendimos. Sonrió con risa dormida. Los pensamientos y las palabras, por más atrevidas, no lo calentaban.
8
Apareció en el barrio con su maletita de cuero. Paso calmo por la plazoleta, ojos abotagados y, como peluqueaba al aire libre, tenía el rostro tostado por el sol sabanero y el viento paramuno. Vestido azul y corbata roja, botas de cuero negro, de las que fabricaban los zapateros en Las Cruces. Traía la misma edad de la última vez, los cincuenta y pico de adulto perpetuo. Difícil imaginar otra edad. Nadie le conocía otro nombre, solo Russi, con doble ese, según corrigió a Bonifacio Bautista, el músico de la calle octava, cuando quiso componer un pasillo inspirado en el peluquero y lo escribió con una sola ese. Nunca se supo en qué paró el tal pasillo, pero quienes estuvieron presentes en la corrección se encargaron de divulgarla. Nadie sabía si Russi era apellido o nombre o apodo, y como Russi se parecía tanto a Rusia, los más suspicaces lo miraban con recelo. ¿Tenía esposa o hijos? No se sabía. Por andar husmeando el instrumental que sacaba de su maletita y por observar la forma como recortaba el cabello y pulía la afeitada, a nadie se le ocurrió averiguar dónde vivía.
Ahora se preguntaban qué hará, pues los niños ya tenían el cabello recortado. Quimérico le preguntó dónde diablos se había metido. Estaba en el hospicio de Las Cruces peluqueando niños. Si supiera cuánto lo buscamos. Ya estoy aquí, me tocó saltar candeladas y cambiar de corbata… Briceida y las otras maruchas accionaban las tijeras con manos adoloridas, practicaban el voto de sacrificio.
Russi llegó a Villa Javier con la maletita sobre el pecho como si fuera escudo y a la vez tesoro. Los niños lo miraban con curiosidad, se le acercaban para mostrarle la cabeza: ya nos motilaron, mire, y se pasaban la mano por la trasquilada. Las niñas eran más tímidas. Russi les dirigía su leve sonrisa, es decir, cerraba los ojos y arrugaba la cara.
Creo que las señoritas pueden descansar, ahora es mi turno. ¿Su turno? Sí, ¿no se da cuenta de lo horrorosos que quedaron? Quimérico Núñez no entendía. Briceida Guzmán y las demás peluqueras que lo escuchaban, suspendieron los tijeretazos y lo miraron interrogativas. Parecen gamincitos, no es justo que en medio de este asqueroso caos creado por los adultos, dejemos a los niños así... Mírelos, parecen abandonados. ¿Abandonados? ¡Cómo se le ocurre! Recortarse el cabello puede ser un acto de higiene o de humillación, ¿no acabamos de ver trasquilada a Europa en los campos de concentración?
Y puso la maletita sobre la mesa que acababan de traer de la sala de juntas del Círculo. La abrió: tres máquinas de peluquear, puro níquel brillante. Badana de cuero, botella verde de Glostora, tres navajas barberas Cowboy de cachas anacaradas, dos peinillas de cacho con estuche de cuero, dos espejos: uno redondo y otro cuadrado con empuñaduras de madera, tres pares de tijeras plateadas, un frasco atomizador transparente con la bomba de caucho negro conectada al frasco por una delgada manguera roja, y dos cortes de tela blanca para anudarlos al cuello de los clientes. También un cepillo blanco de cola de caballo, una brocha de mango azul y pelo amarillo, barritas de jabón para afeitar y un pequeño recipiente de porcelana china para preparar el jabón con agua, hasta hacer espuma. En un bolsillo de la maletita llevaba un ejemplar de El Llanero Solitario, El Pato Donald, Dick Tracy, La Pequeña Lulú y Tarzán de los Monos, a todo color, para que los clientes se distrajeran mientras les cortaba el cabello. Para los más niños, un sonajero amarillo y un payaso azul de lata que al darle cuerda tocaba un tambor rojo. Y por si acaso, para los jóvenes inquietos, un cubo de madera que era un rompecabezas difícil de armar.
Los chicos miraban asombrados aquellas pequeñas cosas. Ya habían disfrutado antes de esa feria de curiosidades, igual, les atraía como la primera vez. Los fascinaba el brillo de la barbera y las cosquillas del cepillo de cola de caballo. El chorrillo perfumado del Glostora al apretar la bomba de caucho... Y, por supuesto, así varios de ellos no supieran leer todavía, hojeaban las revistas cuyos personajes se mostraban justicieros y ridículos, cómicos y crueles. Antes de la Segunda Guerra Mundial no se conocían en el barrio aquellas historietas, pero ahora, con el auge de los yanquis, ¿quién no distinguía a Kemo Sabay y su amigo indio Zoro? ¿O al pato Donald pasándoselas de listo, pero ingenuo siempre, y a Dick Tracy con su radio pulsera? Los obreros del Círculo que eran analfabetos pedían a los que ya conocían los misterios de la palabra escrita, que les leyeran en voz alta, y formaban corrillos en la plazoleta.
Asombrados, observaron a Russi que hizo pinza con el índice y el pulgar, tiró de una de las puntas la tela blanca agitándola como un látigo para desdoblarla. La puso alrededor del cuello del niño que fue trasquilado de primero y la anudó en la nuca. El chico vestía pantalones hasta la rodilla y calzaba alpargatas de tela blanca, cuya suela negra de caucho había sido recortada de alguna vieja llanta de automóvil.
Absorbidos por la curiosidad, nadie prestó atención al sigiloso piquete de soldados que se sumó al corrillo.
El jabón se hizo espuma en las manos de Briceida. ¡Parece ponche!, exclamó un niño y muchos fantasearon paseándose la punta de la lengua por los labios, hasta cuando Russi empezó a repasar la barbera una y otra vez sobre la badana. Lo miraron en silencio. A una señal suya, Briceida paseó la brocha espumosa sobre la cabeza en turno y aunque se vivían tiempos de terror y muerte en el país, en Villa Javier la vida parecía un acto circense, pero nadie reía. Russi comprobó el filo de la barbera en la yema del pulgar. La hoja metálica y brillante tembló por un instante en su mano y los demás sintieron un escalofrío. Russi, rápido y preciso, apenas les dio tiempo para el asombro. La deslizó rasante sobre la cabeza infantil. Trocha entre la espumadura. El niño no se movía, no temblaba, parecía que ni siquiera respiraba. Muchos se acercaron más. Los soldados entre ellos.
Bueno, bueno, dejen trabajar, protestó Russi, sosteniendo la barbera en lo alto. Todos dieron un paso atrás. La sumergió en un platón de aluminio con agua y volvió a la faena. El corrillo retornó el paso adelante, pero Russi no se desconcentró. Los dejó que vieran cómo abría la trocha en el ponche de jabón hasta que aparecía la cabeza redonda, pulida y brillante. Ese filo de buldócer limpiando el ponche les instalaba más frío en la cabeza y las orejas. Pónganse un gorro, sonreía Russi. Los chiquillos intentaban distraerse hojeando alguna revista, pero les podía más la curiosidad de verlo a él en acción.
De un momento a otro se hizo noche y nadie se percató. Cuando Ramírez rastrilló el fósforo para encender su pielroja todos se asombraron de aquel fulgor que pronto se extinguió y solo quedó el puntito rojo de brasa, que brillaba con cada chupada. Russi se guiaba con la palma de su mano izquierda para informarle a la derecha cuál era la ruta que la barbera debía recorrer. Como un ciego minucioso.
9
Avanzó bajo el doble peso del caneco y la vergüenza. Así como no esperaba que el fardo de cabellos lo encorvara, tampoco que su lengua se le desenrollara sin control. Lo del caneco no valía la pena, en cambio sí lo carcomía el hijueputazo dicho delante de su amada. Se sonrojó al recordarlo. ¿Habrá algo peor que sentirse abochornado uno mismo? No había sido capaz de echarle nudo a la lengua. ¡Qué embarrada! ¿Con qué cara se presentará ante Briceida de ahora en adelante?
Ella tenía todos los ribetes de un sueño. No la distinguía su forma de vestir, al fin y al cabo todas las maruchas vestían igual: sobre la combinación de tela blanca iba el delantal de algodón color crema a rayas cafés que caía hasta los tobillos, de abotonar en la espalda, con cinturón de la misma tela anudado atrás, y un bolsillo lateral. Alpargatas de fique amarradas con cordeles de cabuya. Cabello recogido en moña. No era aquel ropaje lo que la distinguía, sino su porte. Viéndola bien, hasta el delantal le lucía mejor que a las demás. El cabello negro refulgía, como sus ojos. La admiración de Benjamín le alcanzaba para imaginar, ya no solo la curva de guitarra de su cintura, sino su cuerpo oculto bajo aquel uniforme, sus senos palpitantes constreñidos por alguna faja. Daría cualquier cosa por tener la dicha de su mirada, de entrelazar sus manos. La deseaba con fuerza apabullante, desconocida, arrebatadora. Pero frente a esa efervescencia se atravesó la salida en falso de su ordinariez. Nunca antes se había sentido tan inculto y vulgar. Tendría que ingeniarse la forma de hacerle saber que no volverá a expresarse así, que de ahora en adelante buscará las mejores palabras, las más bellas.
Avanzó hasta más allá del puente. Se sintió cansado. El caneco era peso real, le puyaba su espalda como un puñal. ¿Tendré rota una costilla? Mascullaba arrepentimientos, pero dibujó una sonrisita de alivio ante el hecho de que Briceida Guzmán no podía escuchar sus pensamientos. Experimentó gran alegría al poder maldecir a solas, gritar sin que nadie lo viera. Pensar, soñar con su marucha, liberar la ira. ¡Qué alivio! En su mente podía hablar con Briceida, envalentonarse inclusive, invitarla, sentirla cerca, conquistarla. ¡Qué gran amiga era la imaginación! Teniéndola todo el tiempo ahí, sobre los hombros, ¿cómo era que no la había usado antes así? De ahora en adelante ya no se sentiría solo. Será su gran confidente. Pero lo agobiaba cierto miedo: esa mente no era tan mansa. Le ayudará a conversar con Briceida pero también le señalará sus propias miserias. Esculcará su parte oscura, el reino de sus sombras, los desmanes y desbordes, sus bajos instintos. ¡Qué cosa tenebrosa!
De pronto, esa mente amiga: Hola grandísimo pendejo, ¿vas a cargar el caneco todo el día? Acrece el cansancio. Lo mejor es vaciarlo desde el puente. Al fin y al cabo el brazo del río está condenado. Sus piernas amenazaban con doblarse en el ascenso al puente. Pero pudo más la necesidad de liberarse del caneco. Mientras la masa de pelo rodaba sobre el agua, tuvo una idea: le enviará una carta a Briceida. Sí, una carta diciéndole cuánto la quiere. Idea perfecta. Regresó a la plazoleta. El cansancio había desaparecido. Una carta. Sí, una carta. Sonreía para sí. En la carta podrá hablarle como lo ha hecho hace un momento en su imaginación. ¿Pero cómo hacer la carta si no sabía leer ni escribir?
Espero que no hayas sido tan bruto de haber respirado ese humo, le dijo Quimérico. Al oírlo, Benjamín experimentó el desasosiego que lo embargaba de niño cuando su madre lo sorprendía mintiendo. No sabía qué decir y se sentía disgustado consigo mismo. En lugar de quemar el pelo, como decía el instructivo, lo arrojó al río. Desobedeció la orden, no por pereza, ni rebeldía, sino por descuido. Tanto pensamiento puesto en Briceida lo tenía descocado. En sus ojos apareció una mancha o un brillo raro, o un cambio en la actitud de su cuerpo, o eso creyó él, porque Quimérico le preguntó si le sucedía algo. No..., bueno sí... Benjamín no estaba adiestrado para mentir, titubeaba. ¿Al fin no, o al fin sí? Pues... ¿Fuiste tan bruto? Cuando estuvo a punto de confesar que no lo había quemado, una marucha interrumpió para decirle al presidente que le necesitaban con urgencia en el edificio.
Después hablamos, le dijo Quimérico, mientras tanto deje el caneco allá, para seguir recogiendo el pelo. Y descanse, hombre, tiene cara de trastornado.
Benjamín quedó con las palabras en la boca, no pudo liberarlas ni tragarlas porque la garganta se le angostó. Llevará el caneco pero no se dejará ver de Briceida. Antes le enviará la carta. Será algo especial, como una canción de amor. Su situación era tan extraña que lo excitaba. Tenía razón Quimérico, estaba trastornado. Por primera vez vivía este trastorno, y por primera vez, también, se daba cuenta de lo importante que era saber leer y escribir. Esa desventajosa realidad le bajó los humos y lo obligó a pensar en cómo resolver el problema de la carta.
10
Las mujeres no comprendían, pero se persignaron. ¡Mil días de indulgencia! ¿Es harto o es poquito? No sabían, sonaba a bastante. El almanaque del más allá manejaba otra dimensión. Nada de cuentas con el Bristol, un día de indulgencia es un misterio. La misa de Velación de la Dolorosa avanzaba y el clérigo predicaba que los verdaderos cristianos prestarían ayuda a los taponadores del río, pues lo que hacían beneficiaría al barrio.
Mientras las palabras revoloteaban en la capilla repleta de parroquianos, el abuelo Horacio yacía hundido en la zanja. En mitad del esfuerzo, dejó al cura y a Lenin fundidos en un solo dogma para dar paso a la imagen de su hijo tendido en la cama del hospital. Apareció también, como un estorbo, la llamarada de aquella tarde lluviosa. Un tropel de pensamientos lo quemaba mientras su cuerpo, cada vez más aterido en el lodazal, resollaba con dificultad junto al de sus compañeros. Iba y venía por aquel camino tortuoso repasando su vida. Pensaba que el cura era el todopoderoso del barrio, lo que equivalía a una ofensa a la razón. Le parecía oír a Mardoqueo cuando decía que cuatro décadas de repeticiones habían terminado por domesticar a los villajavieranos, hasta inducirlos a aceptar como natural algo tan postizo como el rezo diario y tanto mandamiento inútil. En el barrio estaba prohibido fumar, beber, jugar cartas, dados, parqués, inclusive bailar cogidos. El noviazgo entre un obrero y una marucha solo era posible luego de superar todas las pruebas establecidas por el cura, empezando por el meticuloso estudio de la hoja de vida pasada, presente y futura del pretendiente, para comprobar si su más grande deseo era convertirse en un santo varón. Solo entonces el cura autorizaba una visita mensual en el patio del edificio, a la vista de todos, pero el aspirante no podía acercársele a la marucha sino hasta después de haber recibido la bendición en misa solemne. El cura ejercía un férreo control hasta de la única tienda del barrio ubicada en el edificio del Círculo donde también funcionaba la salacuna, la escuela, la Caja de Ahorros, los dormitorios de las maruchas, el teatro de las comedias, la capilla, la sacristía y la casa cural. El jesuita español nunca simpatizó con el cine, ese demonio recién inventado que, decía él, amenazaba la moral cristiana y las buenas costumbres. Había cosas que el hombre no debía inventar. Prefería las comedias, sobre todo las españolas, tan recatadas y humorísticas, decía. Mardoqueo criticaba al cura. Decía que era tan anticuado que no perdía oportunidad para hablar contra las ideas liberales. Le reconocía la capacidad de persistencia con la cual había embaucado a las damas más prestantes de la alta alcurnia bogotana para instaurar los comedores infantiles y la alfabetización para los obreros, quienes, entre letra y letra, recibían su dosis de catequización. Que la Caja de Ahorros había sido concebida por Villafarde para administrarle a los obreros su dinero que lo malgastaban en licor y en juegos. Los analfabetos no saben manejar su plata, se enloquecen, afirmaba el cura. De esta forma consolidó las finanzas del Círculo de Obreros. Su palabra debía cumplirse en forma inmediata y sin discusión, como en el ejército. Esos apetitos castrenses se remitían a su juventud, cuando empezó a desarrollar esa propensión a uniformar a las personas, tal como lo había hecho con las maruchas y los niños de la escuela del Círculo, a quienes hacía formar en pequeñas falanges para entrar y salir de clases. Aunque en los últimos años tuvo que modificar su proyecto de Villa Javier como el Barrio de Dios, para amortiguar las deudas que el Círculo había contraído. Fue un golpe mortal haber tenido que quitar la reja, límite y a la vez protección para su rebaño. No pudo resignarse al hecho inevitable de tener que vender las casas para pagar la deuda pendiente con la Caja. Ambas variantes eran definitivas para que “La ciudad de Dios en Bogotá”, el sueño preciado que justificaba su existencia en este mundo, su venida de España, la verdadera huella de su paso por la Tierra, sufriera los mordiscos de la modernidad, es decir, del capitalismo que era otra cara del ateísmo. La Caja era una de sus creaciones y no podía permitir su liquidación. Vender las casas era la única solución. Necesitaba dinero para capitalizarla. Los ricachos de Bogotá se habían cansado de aportar a ese barril sin fondo. Puso en un platillo su sueño de barrio obrero como paraíso terrenal en Bogotá, y en el otro, la Caja de Ahorros, el dinero. La balanza se inclinó hacia las finanzas, arrebatándole la más bella ilusión de su vida, como se lo confesó a su amigo Enrique Acosta en una dolorosa carta escrita en el refectorio poco antes de morir. El crecimiento de Villa Javier fue su fracaso.
El abuelo Horacio no supo cuánto tiempo transcurrió envuelto en esa mezcla de elucubraciones y recuerdos, porque el frío lo agotó en una hilaridad callada. Añoraba la arboleda, volvía a sentir ese deseo de abrazarse a un árbol. A su árbol, cuyas raíces hundidas en la tierra le imprimían la forma de extremidad paquidérmica.
Los más pudientes llegaron con comida ante la señorita Anamaría. Otros, hombres jóvenes llenos de vida, acudieron con sus propias palas dispuestos a ayudar. Inclusive el capitán Sepúlveda, al mando de la tropa, envió a cinco soldados como refuerzo. La señorita Anamaría le pidió a Honorio Casallas que les prestara a Icononzo, su empleado, el mismo que había estado al comienzo del taponamiento, para que los guiara. Y así, ya tarde en la tarde, se trasladaron hacia el río bajo la luz de varias lámparas de petróleo.
Allí estaban, dormidos entre el lodo. Parecían lagartos echados en un foso, no se movían. Tal era el cuadro cuando llegó el grupo de jóvenes con sus palas al hombro, las tres maruchas con los portacomidas, y el piquete de soldados.
La neblina invasiva y el frío lacerante hundían sus garras en la tierra. En el primer golpe de vista no los distinguieron. ¿Dónde estarán?, se preguntaron, pero no alcanzaron a formular el interrogante de nuevo porque un soldado sospechó su presencia en ciertas formas pompéyicas del barrizal, a la luz parpadeante de las coleman. Las maruchas no pudieron controlar un grito y poco faltó para que dejaran caer los portacomidas.
¡Oh, Dios! ¿Qué les ha sucedido?
Miraban y no creían. No se explicaban por qué estaban tirados en la zanja, cubiertos de lodo, quietos, sin ninguna herramienta y con una sonriente máscara de barro.
¡Pronto, hay que sacarlos!, gritó una marucha, y su voz impulsó a los de las palas, que las dejaron en el suelo y se aprestaron al rescate junto con los reclutas.
11
Oculto en la esquina como un ladrón, Benjamín aguardó a que la calle estuviera solitaria para acercarse hasta la puerta azul. Con timidez soltó dos, tres golpecitos. Aurora, que sentada en el borde de la cama tejía una servilleta, detuvo la puntada y dirigió la mirada fuera de la habitación, atisbando en el aire del patio. ¿Será imaginación mía? Pero cuando quiso continuar con el tejido los golpes se repitieron apremiantes. Dejó la tarea sobre la mesita y salió, bajo la rendija de la puerta asomaba una sombra. ¿Quién es? ¡Ya voy, un momento! ¿Cuál es el afán?
Benjamín sintió deseos de salir corriendo, aún podría hacerlo antes de pasar la vergüenza que lo esperaba. Pero se resistió a huir animado por la imagen de Briceida que lo llamaba como un poderoso sortilegio y continuó adelante con su propósito. Sintió que algo en su interior se agigantaba. La puerta se abrió. Tragó saliva al oír que le reprochaban el afán. Entonces tartajeó un saludo: Sumercé, vengo a pedirle un favorcito… Debe ser muy urgente por lo que parece, respondió ella. Sí, es algo muy confidencial y no sé..., me da mucha pena. Deje la pena a un lado y hable de una vez, estoy ocupada… No sé cómo empezar... Mire, Benjamín, vaya dese una vuelta por ahí y cuando vea clara la confusión que tiene, vuelve… No, tiene que ser ahora porque es una emergencia y sumercé es la única que puede ayudarme. ¿La única?, preguntó ella entre desconfiada y curiosa. Sí, lo he meditado mucho y antes de que se me engarrote la pensadera debo hacerlo. A ver, a ver, ¿hacer qué?, si va a decir algo dígalo de una vez, tengo mucho qué hacer para estar con acertijos.
El momento más difícil fue cuando tuvo que confesarse a sí mismo, mientras se lo confesaba a ella, la verdad de su doble debilidad: estaba enamorado de Briceida y no tenía palabras para decírselo. Quería confesarlo por medio de una carta, pero..., aquí fue cuando Benjamín tuvo que vérselas en serio porque la garganta se le negó y escaseo la saliva. Al fin, después de que ella le ofreciera un vaso de agua, farfulló su gran verdad con la cabeza gacha: no sé escribir…, ni leer. Comprobó en el mismo momento de decirlo que, tanto Briceida como las palabras, le eran necesarias para vivir.
Ella lo miró sorprendida. Tendrá que aprender y cuanto antes mejor, le dijo. Nunca había sentido esta necesidad, le confesó Benjamín, avergonzado. Inscríbase en el programa del Círculo, es gratuito. Seguiré su consejo, pero esta es una emergencia: le pido el favor de que la escriba sumercé. ¿Qué dice?, ¡cómo se le ocurre, si usted es el que sabe lo que siente! Yo le voy dictando. ¿Estoy oyendo bien? Por lo que más quiera, ayúdeme. Ella movía la cabeza, negándose. Briceida se dará cuenta por la letra, argumentó. Eso no importa, cuando ella lea lo que yo le digo la letra será lo de menos.
Ella pensó que en esto último podía tener razón, pero algo se le resistía y arreció sus razones: ¿Por qué no le habla? ¿Qué necesidad tiene de que sea a través de una carta? Benjamín se aferró: no me siento capacitado para hablarle, las palabras se me enredan en la garganta y además usted sabe lo difícil que es hablar estas cosas a solas, aquí, en Villa Javier. Una última posibilidad se jugó ella: estoy segura de que si le habla lo entenderá. No, qué vergüenza, por escrito es más elegante y puedo decírselo casi todo… No esté tan seguro de eso, las palabras muchas veces son esquivas y dicen cosas diferentes a lo que queremos expresar.
Palabra más, palabra menos, ella terminó sacando el plumero, el frasco de tinta azul, una hoja de papel y el secante, se sentó en la mesa del comedor y copió, con su delicada letra palmer, lo que Benjamín le dictaba, pero exigió que le dijera a Briceida la verdad, incluido el pedido que le ha hecho de que escribiera la carta. Fue un momento muy difícil para Benjamín, pero no le quedó otro camino que aceptar.
Al terminar, Aurora pasó el cartón secante sobre las palabras aún húmedas, tapó el tintero y antes de doblar la hoja le dijo a Benjamín que la iba a leer en voz alta por si acaso algo había quedado mal. No, dejémosla así, seguro que está muy bien, dijo él, cautivo ya del afán. Usted verá, pero al menos aguarde a que la doble y la ponga en un sobre. Benjamín se la arrebató y salió de prisa. Dios la bendiga por siempre, sumercé, muchas gracias, algún día se lo pagaremos. No alcanzó a terminar la frase porque tropezó y poco faltó para caer de bruces en el corredor. Iba tan cargado de entusiasmo que las cosas a su paso se hacían móviles. Aurora alcanzó a gritarle que dejara la puerta así, que ella la cerraba.
12
Repicaban las campanas cuando el abuelo y los demás taponadores llegaron al barrio dando tumbos. Intentaban caminar erguidos pero no podían. Se golpeaban contra las paredes, tropezaban, caían al suelo, se levantaban y volvían a caerse. Su risa era incontrolable y balbuceaban un sartal de incoherencias. Los niños sintieron temor, pero al descubrirlos borrachos disfrutaron de lo lindo con sus torpezas. Al oír la chacota, Eugenia dejó el sonajero con que entretenía al niño y atravesó el corredor a paso ligero, abrió la puerta y se asomó. Al distinguir al abuelo tirado en mitad de la calle, corrió a avisarle a Aurora que se encontraba deshollejando las papas del almuerzo. Ahí está tu suegro tirado en la calle. ¿Qué dice? Dejó el cuchillo sobre el poyo, se limpió las manos en el delantal y salió a paso ligero echándose bendiciones.
Al verla, el abuelo parpadeó como si un chispazo de lucidez luchara en su cerebro contra los efectos del alcohol. ¡Qué vergüenza!, le dijo, vamos para la casa. Al tomarlo del brazo para ayudarlo comprobó que no hay fardo más pesado que un borracho. Entre las dos hermanas lo llevaron a rastras, seguidos por los niños. Estando en el umbral de la puerta, apareció en la esquina el sacerdote con su larga sotana negra y su cabello blanco, acompañado de la señorita María Casas que vestía su traje azul a dos piezas, ella, su consejera y maestra de siempre, la misma que veinte años atrás la enroló en la Legión de las Marías y le enseñó las normas de urbanidad y comportamiento y la había alertado contra la chabacanería y las costumbres vulgares, contra los excesos de los hombres quienes, no solo no sabían hablar con delicadeza a las mujeres, sino que eran pendencieros y patanes, y les gustaba la política mezclada con licor y la vida licenciosa… Aurora quiso desaparecer, empujar al abuelo de un solo empellón al interior de la casa para que ni el cura ni su maestra lo vieran. Pero no pudo evitar que su suegro se fuera de lado y cayera de nuevo al suelo como un bulto de papas. El cura y la consejera abrieron tamaños ojos y taladraron a Aurora con la mirada, mezcla de desprecio y reproche. El clérigo se echó la bendición (la consejera lo imitó) y sin decir palabra siguieron de largo hacia el corrillo, le gritaron a los niños que fueran a sus casas de inmediato y a esas palabras imperativas el cura sumó una carga de bendiciones para empujarlos, como si de aquellos cortes de aire al filo de la mano salieran dardos disparados hacia los traseros de los niños que se alejaron, pero no entraron en las casas sino que se quedaron observando, entre risas, cómo el cura y su dama de compañía daban media vuelta y se marchaban llevando el compás, como si fueran muñecos de cuerda.
Un rato después, arropado en su cama de tijera y sin alientos para sostener la taza de leche caliente con miel que le ofrecía Aurora, se sintió tan agobiado por sus pensamientos, que no prestó atención a las recriminaciones y recibió las cucharadas de la bebida hasta quedar dormido.
¡Si hubiéramos tenido una de estas!, dijo Severiano Albornoz, a la vez que levantaba la botella de cerveza como un trofeo. Era el sábado siguiente, en la tienda de Mercedes. Si te caíste con la garganta seca, ¿cómo hubiera sido jartando?, se burló Benedicto Moreno, desde un taburete de madera sin pulir. Los demás rieron. Yo me hubiera contentado con una taza de agua de panela caliente, dijo Emiliano Montoya, recargado en el marco de la puerta. ¡Ah, yo si no!, hubiera preferido un trago doble de aguardiente, protestó Horacio, sentado en un bulto de papa tocarreña. Acomodados en otros bultos estaban: Eurípides Rivera, en el de la papa pastusa; Eudoro Hincapié en uno de yuca; Rogelio Tarazona sobre uno de arracacha; y Filiberto Ramírez, llegado a última hora, en el de maíz.
Celebraban en aquella tienda del Camino viejo de San Cristóbal, alejados de la vigilancia del cura y porque en Villa Javier no se conseguía licor. Así daban vida a la que sería después su tertulia semanal. Entre cerveza y cerveza recordaban y volvían a recordar, no solo su propia tozudez de taponar el brazo del río, sino también esa jornada de terror del 9 de Abril. La mayoría de ellos eran conservadores, pero coincidían con el abuelo en condenar el crimen de Gaitán. Entraban en contradicción cuando tocaban los acontecimientos anteriores al asesinato, pues Horacio era un aguerrido contradictor del gobierno de Ospina Pérez y le parecían monstruosas las propuestas de Laureano Gómez. Pero la amistad primaba y aunque muchas veces se caldeaban los ánimos, terminaban estrechando las manos y brindando por la salud de cada uno.
Aquel sábado de juerga el tema de Horacio fue otro. La primera vez que aquellos asuntos lo impactaron fue charlando con Mardoqueo, y después, tiritando entre el lodo de la zanja, bajo una extraña fiebre, quizás parecida a la que le había ocasionado el tifus a Teodobaldo. Dejó correr sus dudas: Ustedes qué dicen, ¿Villafarde pregonó el socialismo como lo hizo Lenin? Los miró queriendo extraerles una respuesta, saber si entre los dos pregoneros sociales solo existía una diferencia de método. Mardoqueo había dicho que tanto el clérigo español como el bolchevique ruso eran dos soñadores que perseguían un paraíso para los obreros. Eso dijo y si lo habían olvidado, allí estaba el abuelo para recordárselo. La tarde no alcanzó para semejante conversación, ni las cervezas tampoco, ni el aguardiente, ni las palabras. Tertuliarían allí el último sábado de cada mes, hasta cuando aburridos de viejos decidieran marcharse a otra galaxia.
13
Villa Javier en pie de guerra, no por la muerte de Gaitán, sino por la invasión de pulgas, piojos y ratas. A enfrentar ese peligro dedicaban sus esfuerzos las maruchas y los socios del Círculo de Obreros. Briceida pidió que encendieran otra cerilla y otra más, hasta que la cajita de fósforos El Rey quedó vacía. Fue Benjamín quien esta vez sí se apuntó un triunfo al llegar con tres antorchas hechas de trapos empapados en petróleo y las clavó en la plazoleta. Briceida sonrió y le dijo, “Que buena idea”. Benjamín aprovechó para alargarle, entre sombras y resplandores, la temblorosa carta. Briceida la recibió inocente, pero cuando la tuvo entre los dedos y sospechó una lumbre extraña en la antorcha, no supo qué hacer y quiso devolvérsela. Benjamín, sacando alientos de entre las sombras, le susurró: “Léala, la estaré esperando”. Los ojos de los dos se cruzaron un instante entre los vaivenes de las llamas y se alcanzaron a adivinar sus propios fuegos. Con mano trémula, Briceida la deslizó en el bolsillo de su delantal.
Poco antes de medianoche, Briceida tomó la vela de la repisa al pie de la escalera y subió a su dormitorio. Al llegar al descansillo sintió las piernas pesadas y por primera vez en las últimas veinticuatro horas tuvo consciencia de su agotamiento. Entró a la habitación procurando no despertar a las cuatro maruchas compañeras de cuarto. Antes de acostarse se retuvo a sí misma unos instantes frente a la ventana, con sus bocanadas de aire frío, y miró hacia la plazoleta a medio iluminar por las tres antorchas agonizantes. Puso la vela sobre su mesita y se dejó caer en la cama. No había sacado ni tres botones de los ojales, cuando una dicha inesperada la incitó a quedarse quieta, sin quitarse el delantal ni las alpargatas. Se sintió liviana, a punto de volar. No supo cuánto tiempo permaneció así hasta que, tiritando de frío, despertó y cuando se metía entre las cobijas palpó en el bolsillo el bultito que por un instante no reconoció. Cuando su memoria le trajo la carta de Benjamín, toda la calma lograda se esfumó y en su lugar arremetió una temblorosa ansiedad. Quiso leerla pero sin ese atafago que le resecaba los labios. Los rasguños de un temor a no sabía qué, la hicieron dudar. Quizá fuese mejor romper el papelito sin leerlo y dejar los sueños intactos. La voz de Benjamín sonaba en sus oídos como una dulce y desafiante tentación. Sabía que le gustaba a él y, bueno, ella no le era indiferente. Para qué echarse mentiras. Esa forma de mirarla, los ojos puestos en su cuerpo, absorto, y ella con ganas de decirle que no la mirara así porque los demás se darían cuenta y qué pena... Por momentos creyó que lo mejor era no hacer caso a las incitaciones. Ella era una marucha comprometida con Dios y con la comunidad, se debía a los niños de Villa Javier y a la Caja Social de Ahorros. Mientras cavilaba sentada en su cama con el vestido a medio desabotonar, la llama chisporroteó y empezó a extinguirse. Un impulso por aprovechar la última luz se apoderó de ella. Temblorosas las manos, desdobló la esquela. A medida que la llama sucumbía, ella se acercaba más a la moribunda luz para avanzar en los renglones. Alcanzó a leer la última palabra justo antes de que la vela se extinguiera y la noche adquiriera una forma de la ceguera.
Бесплатный фрагмент закончился.
