Читать книгу: «El libro negro del comunismo»

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Bajo la dirección del prestigioso investigador Stéphane Courtois, participaron en la elaboración de este libro un equipo de diez historiadores especialistas en los distintos territorios en los que el comunismo ha tenido presencia desde 1917. Entre ellos destacan: Nicolas Werth, Jean-Louis Panné, Andrzej Paczkowski, Karel Bartosek y Jean-Louis Margolin.

Publicado originalmente en 1997 (la española fue la primera traducción mundial), denostado injustificadamente y desaparecido hace tiempo de las librerías, este Libro negro del comunismo es una historia de los horrores que la aplicación de esa ideología ha generado en el mundo desde 1917.

Desde la instauración del primer estado totalitario de la historia, a raíz de la revolución bolchevique de octubre de 1917, hasta su triunfo en países como Cuba en 1959, pasando por territorios en que sigue vigente (China, en primer lugar), este libro es un alegato demoledor de los crímenes, el terror y la represión que han acompañado a esta ideología en su difusión por el mundo desde hace más de un siglo.

Frente a las críticas recibidas en su momento por su supuesta exageración en la cifra de víctimas, Stéphane Courtois, en nombre del conjunto de autores de la obra, nos dice en el prólogo de esta edición que «las investigaciones realizadas desde 1998 han ratificado las cifras anunciadas en 1997».

«El comunismo soviético se diferencia en poco del fascismo nazi en lo que respecta a la libertad ofrecida a sus ciudadanos».

PREDRAG MATVEJEVIC, El País (1998)

«Ya nadie podrá volver a alegar ignorancia o duda sobre la naturaleza criminal del comunismo, y los que han empezado a olvidarlo se verán obligados a recordarlo».

TONY JUDT, New York Times (1997)

«Cuando todo está permitido en nombre de la raza, el resultado es Hitler y Auschwitz. Cuando todo está permitido en nombre de la clase, Lenin entra en acción».

ANDRÉ GLUCKSMANN



El libro negro del comunismo Crímenes, terror, represión

Título original: Le livre noire du communisme. Crimes, terreur, répression © Éditions Robert Laffont, París, 1997 © De la traducción: César Vidal, Mercedes Corral, Mª Victoria Esteban-Infantes, Mauro Armiño y Mª José Furió © 2021, Arzalia Ediciones, S.L. Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

Diseño y realización de los mapas: Ricardo Sánchez

eISBN: 978-84-17241-96-41

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

www.arzalia.com

Índice

PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

LOS CRÍMENES DEL COMUNISMO

PRIMERA PARTE: Un estado contra su pueblo

Advertencia del traductor

1. Paradojas y malentendidos de Octubre

2. El «brazo armado de la dictadura del proletariado»

3. El terror rojo

4. La «guerra sucia»

5. De Tambov a la hambruna

6. De la tregua al «Gran Giro»

7. Colectivización forzosa y deskulakización

8. La gran hambruna

RUTAS DE DEPORTACIÓN

9. «Elementos socialmente extraños» y ciclos represivos

10. El gran terror (1936-1938)

ARCHIPIÉLAGO GULAG

11. El imperio de los campos de concentración

ARCHIPIÉLAGO OZERLAG

12. El reverso de una victoria

13. Apogeo y crisis del Gulag

14. La última conspiración

15. La salida del estalinismo

A modo de conclusión

SEGUNDA PARTE: Revolución mundial, guerra civil y terror

1. La Komintern en acción

La revolución en Europa

Komitern y guerra civil

Dictadura, criminalización de los opositores y represión en el seno de la Komitern

El gran terror llega a la Komitern

El terror en el seno de los partidos comunistas

La persecución de los «trotskistas»

Antifascistas y revolucionarios extranjeros víctimas del terror en la URSS

Guerra civil y guerra de liberación nacional

2. La sombra del NKVD proyectada en España

La línea general de los comunistas

Consejeros y agentes

«Después de las calumnias… las balas en la nuca», Victor Serge

«Mayo de 1937 y la eliminación del POUM

El NKVD en acción

Un «proceso de Moscú» en Barcelona

En las Brigadas Internacionales

El exilio y la muerte en la «patria de los proletarios»

3. Comunismo y terrorismo

TERCERA PARTE: La otra Europa víctima del comunismo

1. Polonia, la «nación-enemigo»

Las represiones soviéticas contra los polacos

Polonia 1944-1989: el sistema de represión

2. Europa Central y del Sureste

¿Terror «importado»?

Los procesos políticos contra los aliados no comunistas

La destrucción de la sociedad civil

El pueblo llano y el sistema de campos de concentración

Los procesos de los dirigentes comunistas

Del «posterror» al poscomunismo

Una gestión compleja del pasado

CUARTA PARTE: Comunismos de Asia: entre la «reeducación» y la matanza

CAMPOS DE TRABAJO DE LA REPÚBLICA POPULAR CHINA

1. China: una larga marcha en la noche

¿Una tradición de violencia?

Una revolución inseparable del terror (1927-1946)

Reforma agraria y purgas urbanas (1946-1957)

La mayor hambruna de la historia (1959-1961)

Un «gulag» oculto: el laogai

PRINCIPALES UNIDADES DE CONFINAMIENTO DEL LAOGAI

La Revolución Cultural: un totalitarismo anárquico (1966-1976)

La era Deng: la disolución del terror (desde 1976)

Tibet: ¿genocidio en el techo del mundo?

2. Corea del Norte, Vietnam, Laos: la semilla del dragón

Crímenes, terror y secreto en Corea del Norte

Vietnam: los callejones sin salida de un comunismo de guerra

Laos: la población en fuga

3. Camboya: en el pais del crimen desconcertante

KAMPUCHEA DEMOCRÁTICA

La espiral del horror

Variaciones en torno a un martirologio

La muerte cotidiana en los tiempos de Pol Pot

Las razones de la locura

¿Un genocidio?

Conclusión

QUINTA PARTE: El Tercer Mundo

1. América Latina, campo de pruebas de todos los comunismos

Cuba: el interminable totalitarismo tropical

Nicaragua: el fracaso de un proyecto totalitario

Perú: la sangrienta «larga marcha» de Sendero Luminoso

2. Afrocomunismos: Etiopía, Angola y Mozambique

Comunismo bajo el prisma africano

El imperio rojo: Etiopía

Violencias lusófonas: Angola, Mozambique

3. El comunismo en Afganistán

¿POR QUÉ?

Los autores

Notas

El editor y los autores dedican este libro a la memoria de François Furet que había aceptado redactar su prefacio

Prólogo a esta edición

Ya hace un cuarto de siglo, ¡una eternidad!, un pequeño equipo de historiadores —ocho franceses, un checo y un polaco— publicaba el Libro negro del comunismo, que, para sorpresa general, empezando por la de sus propios autores, se convirtió en pocos meses en un best seller mundial; traducido a veintiséis idiomas, la edición española fue la primera. Veinticuatro años después, esta reedición resulta indispensable, pues una nueva generación accede a esta historia del comunismo que marcó todo el siglo XX a fuego. El caudal de información proporcionado por el Libro negro en 1997 no solo no ha sido desmentido, sino que, por el contario, ha sido confirmado de manera continuada por los trabajos de historiadores de todo el mundo. A pesar de que, aen su momento, una de las principales críticas a la obra se refería al cómputo global de las víctimas, las investigaciones realizadas desde 1998 han ratificado las cifras anunciadas en 1997.

Cada año y cada mes los historiadores rusos —en particular los miembros de la asociación Memorial, perseguidos por su gobierno— descubren nuevas fosas comunes con decenas de cadáveres, como los de Sandormoj, en la región de Carelia, entre San Petersburgo y la frontera finlandesa. Exhuman archivos que nos desvelan la existencia de un tal Vasili Mijailovich Blojin, el principal verdugo de la Lubianka —sede de la policía política en Moscú—, que operó durante una treintena de años y asesinó con sus manos, con una bala en la cabeza, a unas 15.000 (¡quince mil!) personas. Esa fue precisamente la razón de su imparable ascenso en la jerarquía del NKVD y, después, en el KGB, hasta alcanzar el grado de mayor general en 1945 y recibir la Orden de Lenin, de la Bandera Roja (tres veces), de la Bandera Roja al Trabajo, de la Estrella Roja y de la Insignia de Honor. Tantas condecoraciones que refrendan el carácter criminal del régimen comunista: honrar el trabajo del terror en masa convertido en una práctica gubernamental sistemática.

Los mismos descubrimientos archivísticos y macabros tuvieron lugar en los países invadidos y anexionados por la URSS de 1939 a 1941 —en tiempos de la alianza entre Hitler y Stalin—, en particular en Polonia, donde Andrzej Paczkowski, coautor de este libro, ha demostrado la similitud del comportamiento de nazis y comunistas respecto a la población polaca, en concreto hacia las élites militares masacradas por el NKVD, en Katyn, en abril y mayo de 1940, donde numerosas familias fueron deportadas al Gulag o recluidas para ser exterminadas en el campo de Auschwitz, creado con este objetivo por las SS en abril de 1940. Lo mismo ocurrió en los países bálticos, en especial en Estonia, donde el historiador Mart Laar ha demostrado, a partir de la documentación de los archivos, la amplitud del terror comunista, estableciendo en cerca del 17% de la población el número de víctimas asesinadas a raíz de la anexión del país por parte de la URSS en 1940-1941 y, posteriormente, en el periodo 1944-1945.

Esta misma evolución historiográfica se manifestó en Europa central y oriental, un territorio un tanto infravalorado en el Libro negro. Así, el número de víctimas del régimen comunista de Tito en Yugoslavia había sido subestimado y está en proceso de reevaluación tras el descubrimiento de numerosas fosas comunes, especialmente en Eslovenia. Ocurre lo mismo en Rumania, donde el Centro de la Memoria de las Víctimas del Comunismo y de la Resistencia de Sighet lleva a cabo, desde hace treinta años, un enorme trabajo de documentación y museografía del terror comunista, así como de pedagogía entre las nuevas generaciones.

Algo parecido sucede con China, a pesar de estar controlada estrechamente por un «pequeño» partido comunista de ochenta millones de miembros, donde la información sobre el delirio utópico y el terror maoísta comienza a abrirse camino; buen ejemplo de ello es la obra extraordinaria del periodista Jisheng Yang, Stèles, que confirma las estimaciones del Libro negro sobre la inmensa hambruna provocada en 1959-1961 por el gran salto adelante: de cuarenta y cinco a cincuenta millones de campesinos muertos de hambre en tres años. Por no hablar de las víctimas de la plaza de Tiananmén en 1989, cuyo número aún no se ha calculado exactamente, mientras que el régimen de Xi Jinping ha llevado a cabo una operación de etnocidio sobre la población uigur de Xinjiang, similar a la practicada contra los tibetanos en su momento. Respecto a Corea del Norte, su régimen comunista sigue siendo tan impenetrable como siempre, aunque la práctica generalizada del terror se vea confirmada por los que logran escapar del país.

Por haberme encargado personalmente de la publicación del Libro negro en toda Europa puedo testimoniar que la obra hizo saltar por los aires un enorme tabú: la cuasi prohibición de evocar el terror comunista. Este tabú influía en todas las sociedades, por supuesto en los regímenes comunistas, pero también en las democracias en las que los partidos comunistas e izquierdistas eran poderosos: en Francia, en Italia, en España o incluso… en Noruega. Más aún, las opiniones no comunistas o anticomunistas dudaban antes de evocar esa dimensión criminal fundamental, por miedo a que se les echase en cara la cifra de los seis millones de judíos asesinados por los nazis. Hasta ese punto la propaganda comunista asimilaba con el fascismo y el nazismo cualquier crítica.

Una vez vencido el tabú, los historiadores han multiplicado los trabajos que confirman a diario la amplitud y el carácter sistemático del terror en los regímenes comunistas. Hoy por hoy su principal aportación concierne a la reflexión cada vez más profunda del fenómeno totalitario. Precisamente fue este asunto el que, a raíz de la publicación en Francia del Libro negro, el 7 de noviembre de 1997, provocó la polémica principal maquinada por los comunistas, los izquierdistas de distinta filiación e incluso una parte de los socialistas que siguen admirando la revolución de Octubre y a su líder, Lenin. En efecto, este terror masivo se inició en los primeros meses del régimen bolchevique, bajo las órdenes directas de aquel, el inventor del primer sistema totalitario de la historia. Un tipo de dictadura inédito que no se conforma con tomar el poder y controlar a la sociedad, sino que exige remodelar al individuo para crear un «hombre nuevo» cuyo modelo de producción lo proporcionó George Orwell en su famosa novela 1984.

Este virus totalitario no se limitó a la URSS, sino que contaminó desde los años veinte a la Internacional Comunista y a todos los partidos comunistas. La apertura de los archivos de la Komintern y de la URSS —aunque parcial— a partir de 1991-1992 demostró, sin objeción posible, la sumisión cada vez más absoluta de esos partidos al Partido Bolchevique, convertido en Partido Comunista de la Unión Soviética. Sumisión ideológica y política, pero también financiera, organizativa y policial, asegurada mediante la selección, la formación y el control estrecho de los cuadros dirigentes. Como demostró hace tiempo la obra de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo Queridos camaradas, el Partido Comunista de España vivió esa experiencia. Mis propios trabajos y los de otros historiadores, desde hace treinta años, sobre el Partido Comunista Francés subrayan las mismas similitudes. Lo que no impide que los comunistas intenten reiterar la operación de amnistía de la dirección soviética y de amnesia obligatoria de todos los soviéticos que inició Nikita Jruschov en su famoso «informe secreto» de febrero de 1956, en el que, para salvaguardar la legitimidad del régimen y del conjunto del sistema comunista mundial, acusaba a Stalin de todos sus males con el fin de exonerar mejor a Lenin. Esta maniobra, que funcionó durante un tiempo, ha dejado de ser válida. Cada día Lenin aparece un poco más no solo como el fundador del bolchevismo, sino como el inventor de la lógica totalitaria que, por contagio nazi alemán y fascista italiano, transformó el siglo XX en una inmensa matanza de civiles inocentes.

STÉPHANE COURTOIS

París, 10 de abril de 2021

Nota del editor español

Este libro fue publicado originalmente en 1997, pero, como expresa Stéphane Courtois en el prólogo de esta edición, no solo mantiene su vigencia, sino que las investigaciones posteriores corroboraron, y en ocasiones aumentaron, los datos expuestos en su momento.

Con el fin de actualizar el texto, y de acuerdo con los autores, el editor ha ajustado algunas frases para evitar ciertas incoherencias cronológicas. Aun así, en algunas partes del libro hemos considerado necesario respetar el texto original en lo referido al desfase temporal con lo narrado originalmente.

LOS CRÍMENES DEL COMUNISMO
por
Stéphane Courtois

Traducción: César Vidal

La vida ha perdido contra la muerte, pero la memoria gana en su combate contra la nada.

TZVETAN TODOROV, Los abusos de la memoria

Se ha podido escribir que «la historia es la ciencia de la desgracia de los hombres»1 y nuestro siglo de violencia parece confirmar la veracidad de esta frase de una manera contundente. Es cierto que en los siglos anteriores pocos pueblos y pocos estados se han visto libres de algún tipo de violencia en masa. Las principales potencias europeas se vieron implicadas en la trata de esclavos negros; la República francesa practicó una colonización que, a pesar de ciertos logros, se vio señalada por numerosos episodios repugnantes que se repitieron hasta su final. Los Estados Unidos siguen inmersos en una cierta cultura de la violencia que hunde sus raíces en dos crímenes enormes: la esclavitud de los negros y el exterminio de los indios.

Pero todo eso no contradice el hecho de que nuestro siglo parece haber superado al respecto a los siglos anteriores. Un vistazo retrospectivo impone una conclusión sobrecogedora: fue el siglo de las grandes catástrofes humanas —dos guerras mundiales, el nazismo, sin hablar de tragedias más localizadas en Armenia, Biafra, Ruanda y otros lugares—. El imperio otomano se entregó ciertamente al genocidio de los armenios y Alemania al de los judíos y gitanos. La Italia de Mussolini asesinó a los etíopes. Los checos han tenido que admitir a regañadientes que su comportamiento en relación con los alemanes de los Sudetes durante 1945-46 no estuvo por encima de toda sospecha. E incluso la pequeña Suiza se encuentra hoy en día atrapada por su pasado de gestora del oro robado por los nazis a los judíos exterminados, incluso aunque el grado de atrocidad de este comportamiento no tenga ningún punto de comparación con el del genocidio.

El comunismo se inserta en esta parte del tiempo histórico desbordante de tragedias. Constituye incluso uno de sus momentos más intensos y significativos. El comunismo, fenómeno trascendental de este breve siglo XX que comienza en 1914 y concluye en Moscú en 1991, se encuentra en el centro mismo del panorama. Se trata de un comunismo que existió antes que el fascismo y que el nazismo y que los sobrevivió, y que alcanzó los cuatro grandes continentes.

¿Qué es lo que designamos exactamente bajo la denominación de «comunismo»? Es necesario introducir aquí inmediatamente una distinción entre la doctrina y la práctica. Como filosofía política, el comunismo existe desde hace siglos, incluso milenios. ¿Acaso no fue Platón quien, en La República, estableció la idea de una ciudad ideal donde los hombres no serían corrompidos por el dinero ni el poder, donde mandarían la sabiduría, la razón y la justicia? Un pensador y hombre de estado tan eminente como sir Tomás Moro, canciller de Inglaterra en 1530, autor de la famosa Utopía y muerto bajo el hacha del verdugo de Enrique VIII, ¿acaso no fue otro precursor de esa tesis de la ciudad ideal? La trayectoria utópica da la impresión de ser perfectamente legítima como crítica útil de la sociedad. Participa del debate de ideas, oxígeno de nuestras democracias. Sin embargo, el comunismo del que hablamos aquí no se sitúa en el cielo de las ideas. Se trata de un comunismo muy real que ha existido en una época determinada, en países concretos, encarnado por dirigentes célebres —Lenin, Stalin, Mao, Hô Chi Minh, Castro, etc., y, más cerca de nuestra historia nacional, Maurice Thorez, Jacques Duclos, Georges Marchais—.2

Sea cual sea el grado de implicación de la doctrina comunista anterior a 1917 en la práctica del comunismo real —un tema sobre el que volveremos—, fue este el que puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno. ¿Es inocente, sin embargo, la ideología? Algunos espíritus apesadumbrados o escolásticos siempre podrán defender que ese comunismo real no tenía nada que ver con el comunismo ideal. Sería evidentemente absurdo imputar a teorías elaboradas antes de Jesucristo, durante el Renacimiento o incluso en el siglo XIX, sucesos acontecidos durante el siglo XX. No obstante, como escribió Ignazio Silone, «verdaderamente, las revoluciones como los árboles se reconocen por sus frutos». No careció de razones el que los socialdemócratas rusos, conocidos con el nombre de «bolcheviques», decidieran en noviembre de 1917 denominarse «comunistas». Tampoco se debió al azar el que erigieran al pie del Kremlin un monumento a la gloria de aquellos que consideraban precursores suyos: Moro o Campanella.

Superando los crímenes individuales, los asesinatos puntuales, circunstanciales, los regímenes comunistas, a fin de asentarse en el poder, erigieron el crimen en masa en un verdadero sistema de gobierno. Es cierto que al cabo de un lapso de tiempo variable —que va de algunos años en Europa del Este a varias décadas en la URSS o en China— el terror perdió su vigor y los regímenes se estabilizaron en una gestión de la represión cotidiana a través de la censura de todos los medios de comunicación, del control de las fronteras y de la expulsión de los disidentes. Pero la «memoria del terror» continuó asegurando la credibilidad, y por lo tanto la eficacia, de la amenaza represiva. Ninguna de las experiencias comunistas que en algún momento fueron populares en Occidente escapó de esa ley: ni la China del «Gran Timonel», ni la Corea de Kim Il Sung, ni siquiera el Vietnam del «agradable Tío Ho» o la Cuba del radiante Fidel, acompañado por el puro Che Guevara, sin olvidar la Etiopía de Mengistu, la Angola de Neto y el Afganistán de Najibullah.

Sin embargo, los crímenes del comunismo no han sido sometidos a una evaluación legítima y normal tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista moral. Sin duda, esta es una de las primeras ocasiones en que se intenta realizar un acercamiento al comunismo interrogándose acerca de esta dimensión criminal como si se tratara de una cuestión a la vez central y global. Se nos replicará que la mayoría de estos crímenes respondían a una «legalidad» aplicada por instituciones que pertenecían a regímenes en ejercicio, reconocidos en el plano internacional y cuyos jefes fueron recibidos con gran pompa por nuestros propios dirigentes. Pero ¿acaso no sucedió lo mismo con el nazismo? Los crímenes que exponemos en este libro no se definen de acuerdo con la jurisdicción de los regímenes comunistas, sino con la del código no escrito de los derechos naturales de la Humanidad.

La historia de los regímenes y de los partidos comunistas, de su política, de sus relaciones con sus sociedades nacionales y con la comunidad internacional, no se resumen en esa dimensión criminal, ni incluso en una dimensión de terror y de represión. En la URSS y en las «democracias populares» después de la muerte de Stalin, en China después de la de Mao, el terror se atenuó, la sociedad comenzó a recuperar su tendencia y la «coexistencia pacífica»; incluso si se trataba de «una continuación de la lucha de clases bajo otras formas» se convirtió en un dato permanente de la vida internacional. No obstante, los archivos y los abundantes testimonios muestran que el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno. Abandonemos la idea de que determinado fusilamiento de rehenes, determinada matanza de obreros sublevados, determinada hecatombe de campesinos muertos de hambre solo fueron «accidentes» coyunturales, propios de determinado país o determinada época. Nuestra trayectoria supera cada terreno específico y considera la dimensión criminal como una de las dimensiones propias del conjunto del sistema comunista durante todo su período de existencia.

¿De qué vamos a hablar? ¿De qué crímenes? El comunismo ha cometido innumerables: primero, crímenes contra el espíritu, pero también crímenes contra la cultura universal y contra las culturas nacionales. Stalin hizo demoler centenares de iglesias en Moscú. Ceaucescu destruyó el corazón histórico de Bucarest para edificar en su lugar edificios y trazar avenidas megalómanas. Pol Pot ordenó desmontar piedra a piedra la catedral de Phnom Penh y abandonó a la jungla los templos de Angkor. Durante la Revolución cultural maoísta, los Guardias Rojos destrozaron o quemaron tesoros inestimables. Sin embargo, por graves que pudieran ser a largo plazo esas destrucciones para las naciones implicadas y para la Humanidad en su totalidad, ¿qué peso pueden tener frente al asesinato masivo de personas, de hombres, de mujeres, de niños?

Nos hemos limitado, por lo tanto, a los crímenes contra las personas, que constituyen la esencia del fenómeno de terror. Estos responden a una nomenclatura común incluso, aunque una práctica concreta se encuentre más acentuada en un régimen específico: la ejecución por medios diversos (fusilamientos, horca, ahogamiento, apaleamiento; y en algunos casos, gas militar, veneno o accidente automovilístico), la destrucción por hambre (hambrunas provocadas y/o no socorridas) y la deportación, o sea, la muerte que podía acontecer en el curso del transporte (marchas a pie o en vagones de ganado) o en los lugares de residencia y/o de trabajos forzados (agotamiento, enfermedad, hambre, frío). El caso de los períodos denominados de «guerra civil» es más complejo: no resulta fácil distinguir lo que deriva de la lucha entre el poder y los rebeldes y lo que es matanza de poblaciones civiles.

No obstante, podemos establecer un primer balance numérico que aún sigue siendo una aproximación mínima y que necesitaría largas precisiones pero que, según estimaciones personales, proporciona un aspecto de considerable magnitud y permite señalar de manera directa la gravedad del tema:

• URSS, 20 millones de muertos,

• China, 65 millones de muertos,

• Vietnam, 1 millón de muertos,

• Corea del Norte, 2 millones de muertos,

• Camboya, 2 millones de muertos,

• Europa oriental, 1 millón de muertos,

• América Latina, 150.000 muertos,

• Africa, 1,7 millones de muertos,

• Afganistán, 1,5 millones de muertos,

• Movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder, una decena de miles de muertos.

El total se acerca a la cifra de cien millones de muertos.

Este grado de magnitud oculta grandes diferencias entre las distintas situaciones. Resulta indiscutible que en términos relativos la «palma» se la lleva Camboya, donde Pol Pot, en tres años y medio, llegó matar de la manera más atroz —hambre generalizada, tortura— aproximadamente a la cuarta parte de la población total del país. Sin embargo, la experiencia maoísta sobrecoge por la magnitud de las masas afectadas. En cuanto a la Rusia leninista y estalinista hiela la sangre por su aspecto experimental pero perfectamente reflexionado, lógico y político.

Este acercamiento elemental no puede agotar la cuestión cuya profundización implica un salto «cualitativo», que descansa en una definición del crimen. Esta tiene que relacionarse con criterios «objetivos» y jurídicos. La cuestión del crimen cometido por un Estado fue abordada por primera vez desde un ángulo jurídico, en 1945, en el tribunal de Nüremberg instituido por los Aliados para juzgar los crímenes nazis. La naturaleza de esos crímenes quedó definida en el artículo 6 del estatuto del tribunal, que señala tres crímenes mayores: los crímenes contra la paz, los crímenes de guerra y los crímenes contra la Humanidad. Ahora bien, un examen de conjunto de los crímenes cometidos bajo el régimen leninista/estalinista, y después en el mundo comunista en general, nos lleva a reconocer en los mismos cada una de estas tres categorías.

Los crímenes contra la paz aparecen definidos por el artículo 6a y se refieren a «la dirección, la preparación, el desencadenamiento o la realización de una guerra de agresión, o de una guerra en que se violen tratados, pactos o acuerdos internacionales, o la participación en un plan concertado o en una conspiración para la realización de uno cualquiera de los actos precedentes». Stalin cometió sin ningún género de dudas este tipo de crimen, aunque solo fuera al negociar en secreto con Hitler, mediante los tratados de 23 de agosto y de 28 de septiembre de 1939, el reparto de Polonia y la anexión a la URSS de los Estados bálticos, de la Bukovina del norte y de Besarabia. El tratado del 23 de agosto, al liberar a Alemania del peligro de una guerra en dos frentes, provocó de forma directa el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Stalin perpetró un nuevo crimen contra la paz al agredir a Finlandia el 30 de noviembre de 1939. El ataque inopinado de Corea del Norte contra Corea del Sur el 25 de junio de 1950 y la intervención masiva del ejército de China comunista tienen las mismas características. Los métodos de subversión, utilizados de manera alternativa por los partidos comunistas dirigidos desde Moscú, podrían ser igualmente asimilados a los crímenes contra la paz, porque su acción ha desembocado en guerras. Así, un golpe de Estado comunista en Afganistán llevó, el 27 de diciembre de 1979, a una intervención militar masiva de la URSS, dando inicio a una guerra.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
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1568 стр. 81 иллюстрация
ISBN:
9788417241964
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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