Читать книгу: «Por ahora, todo va bien»

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© Andreu Martín, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO983

ISBN: 9788490567135

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1. Prehistoria

2. Premoniciones

3. Prisionero de la fantasía

4. Mar y montaña

5. El final de la inocencia

6. Bocadillos y onomatopeyas

7. De polis

8. Farándula

9. Ventanas herméticamente abiertas

10. La época de la locura

11. El profesional

12. Retorno a la psicología

13. Progresa adecuadamente

14. Un millón de mundos por descubrir

15. Policías y ladrones

16. El viejo de cabaret

Epílogo

Fotografías

Notas

No sé de qué hacen los años que cada vez son más cortos.

EL ROTO

Ni siquiera la vida dura toda la vida.

JAUME RIBERA

Tras el muerto en el estanque,

tras el fantasma en el huerto,

tras la señora que baila

y el hombre que bebe obseso,

tras la expresión de fatiga,

la jaqueca y el lamento,

existe siempre otra historia

que no es jamás lo que vemos.

JAIME GIL DE BIEDMA

El chiste que más me ha gustado en mi vida es aquel que contaba Steve McQueen en Los siete magníficos. Están los protagonistas esperando el ataque de los malos cuando un viejo del pueblo pregunta al personaje Vin Tanner, que interpreta Steve McQueen:

—¿Ya están preparados? ¿Qué ocurriría si llegase ahora? ¿Eh?

—Me recuerda a un tipo de mi tierra que se cayó de una casa de diez pisos. [...] Mientras iba cayendo, la gente de cada planta le oía decir: «Por ahora, todo va bien; por ahora, todo va bien».

Es una metáfora perfecta del curso de la vida. Al nacer, empezamos a caer de lo alto del rascacielos y nos pasamos setenta, ochenta o noventa años diciéndonos que «por ahora, todo va bien; por ahora, todo va bien».

O no..., es verdad. Porque el que cae podría ir gritando: «¡Que me mato!, ¡que me voy a matar!»; o podría ir recriminándose: «¡Quién me mandaría asomarme!, ¡quién me mandaría asomarme!»; o aullando de manera incoherente, o cagándose en todos los santos... Y a más de uno podríamos sorprenderlo tan tranquilo, seguro de que la acera no es «el final», que hay otra vida más allá de los adoquines y que, allá abajo, no le espera el batacazo definitivo, sino la puerta que se abrirá a un mundo mejor.

Yo escuché por primera vez este chiste en 1961, cuando se estrenó el film en España. Yo tenía doce años y me apropié de la paradoja que supone el opinar que todo va bien mientras te acercas vertiginosamente al golpe final. Habrá que suponer que fue porque la identifiqué con mi manera de ser.

«Por ahora, todo va bien» significa que te gusta lo que estás viendo y estás sintiendo. La emoción eufórica de la caída libre, como de montaña rusa, lo que vislumbramos tras las ventanas al pasar: sonrisas, caras bonitas, acaso alguna belleza vistiéndose o desvistiéndose, una apacible escena familiar, un encuentro apasionado, un paisaje sublime. De vez en cuando, también significa que caemos agarrados de la mano de alguien que te acompaña, te dice cosas bonitas y te ayuda cuando tienes miedo.

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PREHISTORIA

ANDRÉS

Andrés Martín Prada nació el 5 de febrero de 1905 en el barrio de la Horta, en el centro de la ciudad de Zamora. Eran seis hermanos: Angelita, Elisa, Manolo, Miguel, Pepín y él.

Me hablaba de una infancia galopando en caballos a pelo con los gitanos del barrio, de hacer novillos «porque no servía para estudiar», de peleas callejeras y pedradas, de hermanos muy cómplices que se unían para vengar las agresiones a los hermanos pequeños. Me hablaba de un padre concejal, con gran influencia sobre los gitanos que le votaban. Me contaba que, un día, el abuelo regresaba a casa, a caballo, cuando una serpiente saltó sobre él como un resorte y le arrancó un broche de plata que llevaba en la corbata; y que, una noche, el pequeño Andrés iba en burro y, en medio de la oscuridad, oyó el grito del mochuelo, que le sonaba como «vooooy, voooy», y pasó mucho miedo.

Luego, Andrés tuvo no sé qué enfermedad y el doctor le recomendó que fuera a algún lugar cerca del mar, «a tomar las aguas», y lo enviaron a Barcelona, donde vivía su tía Antonia con su hijo Crescencio, conocido más adelante como Chinchín.

Mi padre se encontró con la Barcelona cosmopolita de la segunda década del siglo XX, locos años veinte de la revolución industrial que respiraban libertad y esperanza, con obreros que habían unido sus fuerzas anarquistas, socialistas y comunistas en un Sindicato Único y buscaban la utopía con las armas en la mano; y con patronos que castigaban las huelgas con lockouts y que fundaron un llamado Sindicato Libre donde, según mi padre, se afiliaban sicarios a quienes, junto con el carné, les proporcionaban las pistolas. En la Barcelona del mítico Noi del Sucre, del asesinato de Francesc Layret y de la bomba en el popular music-hall Pompeya del Paralelo, casi en la esquina con la calle Nou de la Rambla.

Cuando le notificaron que ya se había curado de la enfermedad que lo había llevado a «tomar las aguas» y que debía regresar a Zamora, Andrés aún usaba pantalón corto. Se hizo con un traje de señor, con pantalón largo y canotier, y, aparentando más edad de la que tenía, fue a pedir trabajo a los grandes almacenes El Siglo, los primeros de Barcelona que tuvieron puertas giratorias en la entrada y escaleras mecánicas. Lo contrataron y, ya con dinero en el bolsillo, se dedicó a vivir hasta las últimas consecuencias la Barcelona de la sicalipsis (en los music-halls se presentaba a las vedettes diciendo «la gran belleza escultural y sicalíptica...»), de los espías de la Gran Guerra y de las mil maneras diferentes de prostitución, una ciudad en cuyos muros podían leerse pintadas como «Volem lladres honrats» («Queremos ladrones honrados») o «Visca la merda» («Viva la mierda»). Era la Barcelona del tango, donde triunfó Gardel, en 1925 (en el teatro Goya), 1927 y 1928 (en el Principal Palace), y el trío de Irusta, Fugazot y Demare, en 1928. En 1935, el famoso compositor Enrique Santos Discépolo (Discepolín), autor de tangos como «Malevaje», «Esta noche me emborracho», «Yira, yira» o «Uno», vino a Barcelona con una orquesta de cinco bandoneones. Cantaba Tania, la esposa de Discépolo; y uno de los cinco bandoneones era mi tío Chinchín.

En algún momento, mi padre montó una academia donde supuestamente enseñaba a bailar el tango y que resultó de gran utilidad para obtener múltiples favores femeninos.

A veces iba con su pandilla a un restaurante, como Las Siete Puertas, y jugaban a que pagaría el que acabara último. El más cobarde solo comía un plato, y el más valiente llegaba hasta los postres.

En aquella época era muy popular una copla titulada «Mala entraña» que decía:

Cuando triste quedo a solas en mi alcoba

le pregunto a la estampita de la Virgen

qué he hecho yo pa que tú así tan mal te portes,

que lo que haces tú conmigo es casi un crimen.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo

y que sabe lo malito que tú eres,

que queriéndote yo a ti con fatiguita

el amor buscas tú de otras mujeres.

Serranillo, serranillo,

no me mates, gitanillo,

qué mala entraña tienes pa mí,

cómo pués ser así.

Me contaba mi padre que, en su más gamberra juventud, iban con su pandilla a «levantar el muerto». Frecuentaban los casinos clandestinos de la ciudad, en sótanos de bares del barrio chino, y estaban atentos a los que jugaban a la ruleta y se despistaban. A veces se daba el caso de que alguien, habiendo apostado a muchos números, se olvidaba de recoger alguna de sus ganancias. Entonces, de lo que se trataba era de ser más rápido y arramblar con las fichas antes de que se diera cuenta.

En algunas ocasiones, el propietario de la apuesta los descubría, y se organizaba el escándalo; entonces dejaban a oscuras el local rompiendo las lámparas, y todo terminaba en carreras y confusión. Otras veces no era el apostador quien los veía, sino el crupier. Pero este era amigo y miraba para otro lado, canturreando, como si nada:

Mira niño que la Virgen lo ve todo

y que sabe lo malito que tú eres...

Y el que había levantado el muerto, como si nada, continuaba canturreando:

>Qué mala entraña tienes pa mí,

cómo pués ser así...

Esta clase de cosas me contaba mi padre, y siempre me hacía reír.

Mi padre se parecía al actor George Raft, y le gustaban mucho sus películas de gánsteres. Me lo imagino perfectamente con traje de americana cruzada y sombrero flexible, y casi lo veo reproduciendo el gesto compulsivo de lanzar una moneda al aire para atraparla al vuelo, repitiendo ese movimiento una y otra vez. Me contaba con fervor el final de Scarface, el terror del hampa, de Howard Hawks, en que George Raft y Paul Muni acababan pugnando por una ametralladora Thompson.

Cuando ya era muy mayor y salíamos alguna vez a pasear por las Ramblas, murmuraba, sarcástico: «¿Y a esto lo llamáis juerga?». A continuación, presumía: «Cuando yo entraba en la calle Nou, las casas, al verme, se tambaleaban..., así», y levantaba los brazos al cielo, moviéndolos de un lado a otro, como si estuviera ante la aparición de algún espíritu deslumbrante.

Mi padre entró a trabajar en el puerto de Barcelona «como representante de los patronos», pero supo hacer suficientes amistades entre los obreros anarquistas como para que estos le advirtieran cuando se avecinaban alborotos o algún atentado. «Mañana, más vale que no vengas, Prada», le decían. En el puerto, a mi padre lo llamaban por su segundo apellido, Prada.

De pronto, un día, por sorpresa, se presentó en Barcelona toda su familia —padre, madre y cinco hermanos—, con una mano delante y otra detrás. Nunca supimos, ni yo ni mi hermana, lo que había sucedido exactamente. La versión oficial hablaba de un pleito entre mi abuelo y su hermano por la herencia; la segunda versión hablaba de una partida de naipes en que el abuelo José perdió casa, rebaños, caballos y hasta favores políticos. Y, si aceptamos que las serpientes no suelen saltar como resortes para arrancar broches de plata a personas que van a caballo y que eso más bien suena a mala excusa cuando el broche de plata ha quedado sobre un tapete verde, la segunda versión resulta más verosímil.

Alquilaron el piso de Gran Vía esquina Entenza (en el número 426), donde yo había de nacer muchos años después.

En el año 1925, mi padre cumplió tres años de servicio militar en el Grupo de Regulares de Ceuta, en plena Guerra del Rif.

Primero, lo enviaron a no sé qué pueblo perdido, cerca del frente, pero finalmente fue trasladado a la ciudad de Ceuta, donde fue cabo furriel al servicio de un coronel o general especialmente despótico. Allí se encargó de llevar la paga a los funcionarios y reclusos de la prisión de la fortaleza del monte Hacho. Contaba que solo estuvo en serio peligro de muerte a partir del momento en que se enrolló con una magrebí casada. (No decía «magrebí», claro, decía «mora». Eran otros tiempos.)

INÉS

Inés Farrero España (¡ah, sí, tengo España en uno de mis apellidos!) nació el 11 de febrero de 1910 en Erinyà, un pueblecito muy pequeño del Pallars, cerca de La Pobla de Segur, donde aún hoy no hay ni bar, ni fonda, ni capellán.

En su familia, fueron nueve hermanos, de los cuales dos murieron a los seis meses de vida. Yo conocí a siete de ellos: desde tía Asunción, la mayor, nacida en 1900, hasta tía Estela, la pequeña, nacida en 1920. Se fueron de Erinyà porque los cuatro hermanos varones no querían cultivar la tierra; se trasladaron a Barcelona en 1922, cuando mi madre tenía doce años y tía Estela, dos. Pusieron un colmado en la calle Canalejas, números 12 y 13, en el barrio de Sants.

A los trece años, a mi madre la pusieron a trabajar como carnicera. De pequeña, en el pueblo, había aprendido a descuartizar corderos viendo cómo lo hacían los mayores, y luego, en la carnicería, le encargaron que descuartizara terneros. Trece años tenía... La carne acabó por darle un asco insoportable y dejó tanto el colmado como la carnicería para entrar a trabajar de modista.

Aprendió en casa de su hermana mayor, Asunción. Luego, fue como aprendiz de modista a casa de la señora Margarita Font, en la calle Pau Claris, 38, que era propietaria de la famosa pastelería Mallorquina. Era la época en que los ricos tenían, entre el servicio, a modistas que iban una vez a la semana para hacerles los vestidos o los remiendos necesarios. Más tarde, Inés entró a trabajar en casa de Evaristo Arnús, conocido industrial que vivía en La Pedrera; y en casa de la condesa de Sert, en la esquina de la calle Provenza con paseo de Gracia; y también para los propietarios de la librería Subirana, de la calle Portaferrissa, y para los dueños de la Transmediterránea, que vivían en Muntaner con Travessera de Gràcia.

Estos últimos, me contó mi madre, huyeron cuando estalló la guerra y quedaron a deberle quinientas pesetas.

También iba a una cooperativa llamada Els Lliberals («Los Liberales»), que estaba en el barrio de Hostafrancs, y allí enseñaba costura gratuitamente a niñas huérfanas. En aquella asociación se celebraban bailes los domingos, y ella asistía con sus amigas. También iba a una cooperativa de las calles Consejo de Ciento y del Callao, que se llamaba Sang Nova («Sangre Nueva»), y al local Els Cotoners («Los Algodoneros»), en la calle de la Princesa.

Fue en Els Lliberals donde, en 1930, conoció a un bailarín de tangos, muy bromista, conocido como el Quico, que se llamaba en realidad Andrés Martín Prada y que acabaría siendo mi padre.

MARTÍN Y FARRERO

Se casaron en abril de 1936 y me parece que se fueron de luna de miel a Valencia. Tres meses después, en el mes de julio, estaban en el canódromo de la carretera de Sarriá con tío Manolo, que era policía, y su esposa, María, cuando unos policías les salieron al paso. Les ordenaron que se identificaran, los cachearon y encontraron la pistola que llevaba mi padre, como digno admirador de George Raft, y se la confiscaron. Así fue como se enteraron de que se acababa de iniciar una nueva era, terrible, en el país. Los militares se habían sublevado en toda España, pero, en Barcelona, los anarquistas les habían parado los pies, y, armados hasta los dientes, se habían hecho cargo de la situación y habían iniciado la revolución.

No había tiempo para idilios ni para proyectos familiares. Mi padre se apuntó voluntario al Cuerpo de Tren del ejército republicano, para mantenerse en la retaguardia y para poder ver los domingos a mi madre, que vivía con mis tíos y mis abuelos en el piso de Gran Vía.

En marzo de 1937, mi madre asistió a uno de los intensos bombardeos de las «pavas» italianas. De pronto estallaron todos los cristales de los balcones del piso, y ella pudo ver cómo se hundía el edificio del número 451 de la avenida, justo enfrente.

Un día le pregunté:

—¿Por qué estabas en casa durante el bombardeo y no en el refugio?

Ella me respondió:

—Bombardeaban con tanta frecuencia que te cansabas de subir y bajar escaleras. Noventa y dos escalones arriba y abajo... Estaba harta. Sonaban las sirenas y te quedabas en el piso..., y que fuera lo que Dios quisiera. Si me tenía que caer una bomba encima, que cayera de una vez y se acabó.

Cuando las tropas rebeldes se acercaban a Barcelona, mi padre huyó hacia la frontera porque temía que lo represaliaran por haberse alistado voluntario. Fue a parar al campo de concentración de Argelès-sur-Mer. De vez en cuando, unos zuavos a caballo los invitaban a regresar a España con la promesa de que no les iba a pasar nada. Mi padre echaba mucho de menos a mi madre y a su familia, así que creyó a los zuavos. Cuando tomó la decisión de volver a casa, tuvo que soportar los insultos y el desprecio de los españoles que se quedaron; después, en cuanto pisó de nuevo su país, lo llevaron directamente a otro campo de concentración, el de Miranda de Ebro, donde sufrió hambre y malos tratos.

Curiosamente, de aquella época, mi padre solo recordaba anécdotas divertidas, chistes que hacían mucha gracia. En el caldo que servían, por ejemplo, no había nunca ni una porción de carne, pero él y sus amigos, cuando les tocaba cocina y repartían la comida, gritaban siempre: «¿Quién quiere más carne?». Hay testimonios de personas que pasaron por allí y que han dejado constancia de las palizas y humillaciones de toda clase que tuvieron que soportar, y que mi padre me ocultó.

—¿Por qué nunca me lo contaste? —le pregunté.

—A nadie le gusta explicar que un día le deshonraron.

Finalmente, gracias a la intercesión de tío Manolo, policía republicano reciclado y readmitido por los franquistas, mi padre pudo reunirse con mi madre, sus padres y sus hermanos.

Sin trabajo y con dificultades para obtenerlo, acabado de salir de un campo de concentración por rojo, tuvo que recurrir al favor de un amigo suyo, médico, al que probablemente conoció en el puerto, antes de la guerra, el doctor Castellà, que le confió la gerencia del bar restaurante Royal, en la calle Joaquín Costa, número 6, donde tenían una cocinera que se llamaba Honorata, un camarero que se llamaba Julián, un pinche que se llamaba Alfredo y un loro que sabía decir «señor Prada, señor Prada» y «Honorata, Honorata».

Mi hermana Inés nació en febrero de 1940.

En aquella época del bar (mi madre siempre decía que habían tenido «un bar»), por lo visto mis padres salían de noche con frecuencia. Con tío Pepín y tío Chinchín, iban a la Bodega Bohemia, a la Marina, de la calle Nou de la Rambla (calle rebautizada como Conde del Asalto), que pertenecía a la condesa de Cambra y donde conocían muy bien a los camareros porque eran clientes habituales del bar. También frecuentaban el Panam’s y La Criolla, de la calle del Cid, donde mi tío Pepín, el más pequeño de los hermanos de mi padre, ligó con una de las cantantes. Tanto ligó que llegaron a tener un niño. Y parece que la relación se consolidó hasta el punto de que presentaron el niño a mi abuelo José, y aquel señor, tan reaccionario en todos los demás aspectos de la vida, aceptó complacido a la madre soltera como nuera y al bebé como nieto.

Pero mi tío Pepín era joven y voluble, y abandonó a la artista de La Criolla y al niño al cabo de poco tiempo para empezar a salir con Consuelo, una hermosa cantante de coplas alicantina.

En marzo de 1949, estando mi madre embarazada de mí, mi abuelo José, en su lecho de muerte, llamó junto a sí a Pepín. Le pidió a mi padre que lo trajera, y este salió corriendo a buscarlo por todos los locales que mi tío solía frecuentar. Pepín acudió a la habitación donde yacía mi abuelo, quien le hizo jurar solemnemente que se casaría sin esperar a que pasara el tiempo de luto. Él se refería a que se casara con la artista de La Criolla, pero se ve que no se explicó bien.

Pocos días después, el 24 de marzo de 1949, el abuelo José murió.

Muy obediente, mi tío Pepín organizó la presentación en sociedad de su novia Consuelo mientras el abuelo yacía en el dormitorio de cuerpo presente. Estaba reunida la familia, en plena ceremonia, cuando llamaron a la puerta y fue a abrir mi madre. Se encontró con la artista de La Criolla, que se había enterado de la muerte del abuelo, por quien sentía gran aprecio, y acudía con el niño para darle el último adiós.

Se reía mi madre cuando me contaba el apuro en que se vio y cómo, con la complicidad de tía Lolita, consiguieron que la ex y el niño vieran el cadáver del abuelo sin coincidir con Consuelo, a la que llevaron a conocer el piso en una especie de escena vodevilesca de entradas y salidas, aprovechando que la vivienda era grande y tenía muchas puertas que comunicaban las habitaciones entre sí.

Continuaron saliendo de noche los tres hermanos Prada, Pepín, Miguel y Andrés, con sus respectivas esposas (Consuelo, Lolita e Inés, mi madre), y, a veces, Lolita y mi madre pedían con insistencia que las llevaran a La Criolla. Eso ponía un poco nervioso a tío Pepín y motivaba su negativa más absoluta —y el desconcierto para tía Consuelo, que no entendía nada—, así como las risas disimuladas de mi padre y tío Miguel. Y es que en aquel cabaret continuaba cantando la primera novia de Pepín y, un día, cuando la artista vio entrar a su antiguo amor en la sala acompañado de tía Consuelo, se desmayó y cayó redonda en medio del escenario. Supongo que mi madre y tía Lolita insistían en volver allí por si el desmayo se repetía.

Yo nací el 9 de mayo de 1949, mes y medio después de la muerte de mi abuelo José.

GÉNESIS SOLIPSISTA

En el principio fue la luz y visiones y ruidos incomprensibles y el tacto de unas manos y la calidez del abrazo y de la ropa protectora.

Y, enseguida, las visiones fueron rostros con ojos y sonrisas, y los ruidos fueron voces y canciones y risas.

Y en el Segundo Día, el rostro con ojos y sonrisa que calmaba el hambre se llamó Mamá, y el rostro con ojos y sonrisa que olía a tabaco se llamó Papá, y luego fueron mi hermana Inesita y el rostro desabrido de la Abuela.

Y en el Tercer Día fueron la cama pequeña, que se llamaba cuna, en la habitación del niño, y la cama grande en la habitación de los papás.

Y en el Cuarto Día fue el resto del piso, con la cocina, donde me bañaban en un barreño, y el agua caliente y buena, y el olor a comida, y el comedor de delante, con balcón a la calle, y el comedor de atrás.

Y en el Quinto Día fue la escalera descendente, de noventa y dos escalones, y la calle con coches y gente y perros y sol y calor y golondrinas y palomas y árboles y primavera..., y la escalera ascendente, de regreso a casa.

Y me parece que todo me gustó.

Así fue como fui creando a mi alrededor el mundo, que fue creciendo y ensanchándose mientras yo lo hacía también e iba entendiendo más y más lo que me sucedía y lo que les sucedía a los demás.

Entonces ya vivíamos solos mis padres, mi hermana Inés (Inesita, Ine) y la Abuela, la madre de mi padre.

Mi padre, a la hora de comer, siempre se sentaba a la cabecera de la mesa, en la única silla con brazos que teníamos. Le gustaba mucho el cocido con chorizo, muy picante. Mi madre le preparaba un plato especial para él con guindilla, y lo recuerdo extasiado, sudoroso y con los ojos brillantes. Siempre se reservaba el corrusco, tan codiciado en mi casa como el riñón del conejo. Durante toda su vida jugó a un mismo número de la lotería, en todos los sorteos del año. El 35580 (que en casa se decía «treinta y cinco, cinco, ochenta»). Y nunca tocó. Alguna vez devolvieron el dinero, pero tocar, lo que se dice tocar, nunca tocó, y así fue como tanto mi hermana como yo nos libramos para siempre jamás de la tentación de comprar lotería.

Mi madre era una muy buena cocinera, pero no como lo son todas las madres: la mía era buenísima cocinera de verdad. Macarrones insuperables, canelones como nunca más probé, zarzuela de pescado, paella de conejo, pollo al chilindrón, fricandós y estofados de fábula. Y, sobre todo, repostería. Y en cantidad. Por San José, hacía crema como para un regimiento. Todos los bufets de casa quedaban invadidos por bandejas de crema. Por Todos los Santos, panellets, y, en cualquier momento, por sorpresa, pastitas de té. Yo volvía del colegio y me encontraba todos los muebles de casa cubiertos de repostería, la mesa del comedor de delante, la mesa del comedor de detrás, los bufets de delante y de detrás, las encimeras y la mesa de la cocina. A ella le encantaba invitar a gente; no le asustaban las multitudes.

Mi padre compadecía a las personas que dicen que no celebran fiestas señaladas, porque creía que, al final, nunca celebran nada. Y defendía que hay celebrarlo todo, que siempre debe haber motivo para beber cava y bailarse un zortziko o un aurresku, sean cumpleaños u onomásticas, Nochebuena o Navidad, Sant Esteve, Nochevieja y Año Nuevo, la verbena de San Juan y la de San Pedro..., todo, todo, éxitos y fracasos, fiestas religiosas y paganas, republicanas y monárquicas. «Si no —decía—, solo acabamos viéndonos en los funerales».

La prueba de su afán por celebrar está en que, en casa, siempre había champán, aunque no fuésemos ricos. Cada dos o tres semanas, de unas bodegas del Penedès nos traían vino a granel y unas botellas sin marca con una única etiqueta diminuta que decía CAVA RESERVADA. Muchos años antes de que la denominación de origen francesa nos obligase a cambiar el nombre de nuestro champán, nosotros ya hablábamos de cava. Tío Chinchín presumía de que en la familia bebíamos Cava Reservada como si se tratara de una marca de las caras.

Mi hermana Ine tenía nueve años cuando yo llegué, y me acogió como a un muñeco para jugar a mamás. No sé cómo llevó el tema de los inevitables celos (alguna vez he oído que los sufrió un poco), pero yo nunca se los noté. Ella me proporcionó el privilegio de disfrutar de «dos madres». De Ine recuerdo afecto y juegos, abrazos y buenos consejos, las lecturas que heredé, sentido del humor, risas y una manera de ver el mundo sensata y moderna, que chocaba a veces con el ambiente casposo, medroso y maltratado que reinaba en casa. Ella me leía, antes de dormir, una versión adaptada y reducida de Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, un mundo fantástico de príncipes y magos, de huríes guapísimas perdidas en laberintos secretos subterráneos y llenos de sorpresas.

La reina de la oscuridad en casa era la Abuela, o Abuelita, madre de mi padre, que daba un poco de miedo a los amigos que venían a jugar conmigo. Se llamaba Ángela, y siempre vestía de negro, siempre solitaria en su habitación pasando el rosario, taciturna y supersticiosa. Decía que la radio no existía, que era imposible, y eso desconcertaba mi mente infantil, porque en casa escuchábamos la radio a todas horas. Mi madre nunca tuvo una palabra amable para ella, pero fue la que, en mi más tierna infancia, me enseñó a jugar a la brisca y debió de tratarme con afecto. Nunca habló catalán, pero, cuando le llenaban el vaso y no quería más, decía «pro»; era su manera de decir prou, que significa «basta» en catalán.

De mi abuelo paterno, José, contaban que, recién llegado a Barcelona, se enfurecía si le decían «així mateix», porque entendía «así os matéis».

Aunque yo tenía ya trece años, recuerdo muy poco de la muerte de la Abuela: que murió en casa, que allí la velaron y que una de las hojas del portal permaneció abierta y la otra cerrada, como era costumbre entonces para denotar que había un muerto en el edificio. Y recuerdo, sobre todo, que, poco después de su fallecimiento, tuve una especie de alucinación olfativa. Me había ido a dormir, y mis padres y mi hermana se habían quedado en el comedor, cuando, de pronto, horrorizado, salté de la cama y recorrí el piso hasta donde estaban ellos diciendo que había «notado el olor de la Abuela». En aquel momento tomé conciencia de que la Abuela despedía un olor muy penetrante y especial, cuando me llegó una vaharada tan sólida como una presencia real, como si ella se hubiera materializado a mi lado. Después de aquello, la Abuela desapareció para siempre.

Nuestro domicilio estaba en un edificio antiguo del Ensanche barcelonés, en la avenida del hotel Ritz esquina con la calle de la cárcel Modelo, como un símbolo. La avenida que veíamos desde los cuatro balcones del piso se llamó Gran Vía de las Cortes Catalanas antes de la Guerra Civil, pero los franquistas habían borrado del mapa tanto «Cortes» como todo lo que tenía que ver con Cataluña y la llamaron avenida de José Antonio Primo de Rivera. No recuerdo que nadie hiciera ningún caso de esa denominación y todos la llamábamos la Gran Vía. Sin «Cortes» ni «Catalanas», pero también sin «Primos» ni «Riveras». Gran Vía a secas.

Hay dos lagartos grabados en el marco de la puerta de entrada del edificio, de cinco pisos (principal, primero, segundo, tercero y cuarto), y sin ascensor; desde el portal hasta nuestro piso había que subir noventa y dos escalones. Eran viviendas de techos altos, con estucados decorativos de yeso y habitaciones de formas extrañas, porque estábamos en pleno chaflán y tenían que adaptarse a una estructura sin ángulos rectos. La escalera, muy luminosa, disponía de un amplio patio interior y una gran claraboya en lo alto.

Un día, el portero de la finca, que me parece que se llamaba Ramón, caminaba por encima de la claraboya con no sé qué finalidad y cedieron algunos de los paneles de cristal bajo sus pies. Cayó y quedó colgado por las axilas sobre aquellos veinte o treinta metros de vacío. En casa, oyeron el estrépito y los alaridos de auxilio, y mi padre salió disparado hacia la azotea. Se subió a la claraboya, cuya precariedad estaba demostrada, y avanzó hasta donde estaba el señor Ramón. Se agachó y consiguió que el hombre en peligro uniera sus manos pasándoselas por detrás de la nuca a él. Se irguió con mucho cuidado, izando al otro hasta que pudo sentarse en la superficie de la claraboya y, acto seguido, sin hacer ningún movimiento brusco, los dos retrocedieron hasta que pisaron tierra firme. El señor Ramón se puso a llorar, consciente no solo de que mi padre le había salvado la vida, sino de que se había jugado la suya por él. Desde aquel momento, mi padre siempre fue muy respetado en la escalera y en todo el barrio.

El mundo en que nací era muy diferente del de hoy. No existía la fregona, por ejemplo, y las señoras limpiaban el suelo de rodillas, a cuatro patas. No se había inventado el carrito de la compra, con lo sencillo que nos parece ahora. Habría bastado con ponerle unas ruedas al bolso, pero a nadie se le había ocurrido, y las señoras transportaban los víveres y productos de limpieza a pulso. Los carteros tampoco empujaban los carros que ahora utilizan: cargaban al hombro unas carteras de cuero que, si estando vacías pesaban ya una barbaridad, cuando iban llenas de cartas, postales y paquetes podían alcanzar los veinte kilos o más. Cuenta la leyenda que fueron las mujeres quienes, al acceder al servicio de Correos, empezaron a utilizar los carros de la compra, y que los carteros hombres se resistieron a emplearlos porque lo consideraban indigno de su virilidad.

No existía tampoco la ecología. Los libros de aventuras nos hablaban de la lucha del hombre contra la naturaleza, y nos parecía estupendo que Tarzán matase panteras, leones y cocodrilos a puñaladas, y que los protagonistas de las películas fueran de safari a matar elefantes por diversión. Hoy en día es opinión general que solo a los locos psicópatas se les ocurre ir a África para cazar elefantes. En cambio, mi tío Manolo, comisario de policía, me contaba que los fines de semana se iba a matar tigres, y hasta indios, y nadie consideraba que eso fuera de mal gusto.

Ah, y en ese mundo ya olvidado, todos los hombres de la familia (y las mujeres, de vez en cuando, y siempre con la mano derecha) fumaban. Cigarrillos, puros (en las grandes ocasiones) y, en el colmo de la sofisticación, puritos Rössli comprados en Andorra.

En las calles, yo no sabía lo que sucedía. Luego pude comprobar que casi nadie tenía conocimiento de lo que realmente pasaba ahí fuera. Hacía ya diez años que nos habían derrotado y machacado hasta la saciedad, pero todavía se consideraba que estábamos en la posguerra, y en las calles de Barcelona se respiraban aires de ocupación. Podías encontrarte con un falangista que te obligase a cantar el «Cara al sol» con el brazo en alto o que te pegara un tortazo por hablar en catalán. Y había resistentes, anarquistas como los famosos Sabaté o Facerías, que todavía luchaban pistola en mano contra el dictador. En casa se hablaba de ello, pero muy poco, solo para contar que tío Manolo, comisario de policía, no había dado precisamente muestras de heroísmo en un operativo contra Facerías, y alguna que otra cosa; y es que mi padre, aunque apolítico y superviviente, no podía evitar hablarme de las hazañas del maquis urbano con mal disimulada admiración.

Un buen ejemplo del mundo en que me tocó vivir la infancia es el cuento que me compró entonces mi padre y que me leía una y otra vez, que todavía conservo. Se llamaba El cuento del osito, estaba ilustrado por J. Girbau, y el texto era de un tal O. Llorens, y hablaba de un osito que vivía con su mamá en un zoológico, entre rejas. Un día, el cachorro aprovecha un descuido del guardia y se escapa de la jaula, «el osito, que es un pillo, se escapa por un portillo» y se va «a las afueras devorando carreteras». Ahí, en el exterior, se encuentra, atención, a unos gitanos que «lo atan de pies y manos», le ponen una argolla en la nariz y lo hacen bailar a latigazos. Después de recibir una lluvia de mondas de frutas, latas y otras porquerías que le tira el público ingrato, el osito vuelve a escaparse para correr despavorido a la seguridad de la jaula del zoológico, donde su madre lo recibe llorosa y contenta. Y allí se queda el osito, feliz, junto a mamá osa, que hace calceta mientras «el osito ha prometido que siempre obedecerá los consejos de mamá». Un mensaje bien claro de lo que era la vida en el exterior de mi casa en aquellos momentos.

AÑO 1949

Muchos años después, hice un experimento. En los distintos libros sobre la guerrilla urbana en España que pude recopilar (entre ellos los del autor Antonio Téllez Solá), me dediqué a buscar enfrentamientos entre la policía y los anarquistas sucedidos solamente en la ciudad de Barcelona en el transcurso del año en que yo nací, 1949. Fueron los siguientes.

Aparte del famoso asesinato de Carmen Broto, en la calle Legalidad de Barcelona, acaecido el 11 de enero y que, a primera vista, no parecía que tuviera una motivación política (luego, se demostró que sí), el domingo, 26 de febrero, el inspector Pedro Polo Borreguero y su Brigada de Servicios Especiales montaron una operación para detener a Quico Sabaté frente al cine Condal, en el Paralelo. El famoso anarquista acudió a su cita al mismo tiempo que la gente salía del local. Acababan de ver, en magnífico programa doble, Se necesitan maridos y Por el valle de las sombras, y, de repente, se organizó un fuerte tiroteo durante el cual Sabaté mató a un policía y consiguió escapar.

El 2 de marzo, Quico Sabaté y sus hombres atentaron contra Eduardo Quintela Bóveda, jefe de la Brigada Político Social de Barcelona. Le estaban esperando en la calle Marina, entre Mallorca y Provenza, cerca del templo de la Sagrada Familia, a las dos y cinco del mediodía. Quintela había de pasar por allí en su coche oficial con un chófer. Quico Sabaté se plantó en mitad de la calle armado con una metralleta Sten y vació el cargador. Simultáneamente, sus hombres, desde un Fiat, enviaron otra granizada de fuego cruzado. Luego, huyeron a toda velocidad. Se equivocaron: quien iba en el coche aquel día no era Quintela. Mataron al policía equivocado.

El 30 de mayo, cuando yo contaba con solo veintiún días de vida, Franco visitó Barcelona. Durante su visita, fueron explosionados diez artefactos en la ciudad, uno de ellos en el altar de San Pancracio de la catedral, lo que significó la destitución fulminante del jefe superior de Policía de Barcelona, Manuel Chinchilla. Otro éxito de la guerrilla.

El 18 de julio, día señalado, un anarquista quiso colocar un artefacto explosivo en el Banco Español de Crédito de la plaza de Cataluña. Le sorprendió la policía, echó a correr despavorido y, cuando no podían verle, se desprendió de la bomba echándola en una papelera. Nadie reparó en que el cacharro estaba allí hasta que explotó poco después de la medianoche y mató a un pobre trasnochador.

El viernes 14 de octubre, el guerrillero anarquista Luciano Alpuente (de seudónimo Enrique Madurga) subía por la calle del Conde Borrell. Acababa de salir de la estación de metro de Urgel, había caminado una manzana por la entonces avenida de José Antonio Primo de Rivera y se dirigía a la calle de la Diputación. Un coche se detuvo a su espalda, y de él se apearon cuatro ocupantes que lo ametrallaron por la espalda. Los cuatro tipos, sincronizados, sacaron sus placas y las mostraron a los peatones diciendo «¡Policía!, ¡policía!, ¡circulen!», y se agacharon junto al cuerpo para asegurarse de que Alpuente estaba bien muerto.

Tres días después, el lunes 17 de octubre, la policía tendió una emboscada a José Sabaté, llamado Pepe, hermano de Quico. A las 19:50 horas, en la parada del tranvía 42, calle del Bruc esquina con Trafalgar, se produjo un tiroteo espectacular, y el anarquista murió matando.

Cuatro días después, el viernes 21 de octubre, la policía detuvo a Miguel García García, que sería torturado en Jefatura durante treinta y nueve largos días. En la misma jornada, a las cinco de la tarde, en la avenida del Generalísimo Franco, hoy Diagonal, acribillaban por la espalda a Julio Rodríguez Fernández, el Cubano. Y en la calle de Vila y Vilá, en el Pueblo Seco, caían abatidos a balazos Víctor Espallargas y José Luis Barrao. A las siete de la tarde, acaso los mismos policías, asesinaban a Francisco Martínez Márquez, en la calle Rosellón esquina Dos de Mayo, frente a la fábrica de cerveza Damm.

Dos años después, en octubre de 1951, mientras, según los periódicos, continuaba sin pasar nada, el guerrillero urbano antifranquista José Luis Facerías y su banda irrumpieron en un meublé de Pedralbes para desvalijar a los clientes. Uno de los anarquistas mató a un potentado llamado Antonio Masana, que estaba en compañía de una sobrina suya, menor de edad y alumna de las monjas de la Concepción. Ante el cadáver de su tío y amante, se vistió el uniforme de colegiala y suplicó a Facerías: «Por favor, que no se enteren mis padres, lléveme con usted». Facerías la convenció de que se quedara y contase la verdad, y ella lo hizo al día siguiente en medio de una fiesta de sociedad y especificó que Facerías estuvo contemplando cómo se vestía con sus “ojos de terciopelo”». Lo cuenta así Pilar Eyre en su libro Quico Sabaté, el último guerrillero.

Y, ya puesto, y dado que tuve oportunidad de hablar con uno de los testigos presenciales, debo citar el intenso tiroteo que se produjo el 25 de enero de 1946 en el bar restaurante Can Lluís, en el número 49 de la calle de la Cera. La policía buscaba a los seis hombres que el anterior día 2 de enero habían atracado la empresa Batlle S. A., en la ronda de San Pedro, llevándose unas doscientas mil pesetas. Habían localizado a uno de los atracadores, Francisco Marín, en Can Lluís, y se presentaron allí por la noche, cuando el anarquista estaba cenando con su mujer y su hija de corta edad. Entraron por las dos puertas, la de la calle Reina Amalia y la de la calle de la Cera. A la luz de las lámparas de carburo (porque había restricciones), irrumpieron los agentes pistolas en mano y dieron el alto a Marín y a su familia. La compañera del anarquista, Francisca González, Paquita, sacó de su capazo una bomba de mano y la hizo estallar en medio del local. Inmediatamente, se inició la traca de disparos durante la cual fueron heridos tres inspectores y murieron Paquita, el propietario del local y su hijo. Una hija del desafortunado dueño, que entonces era una niña, consiguió escabullirse gateando, y se escondió en la cercana cocina. Fue ella quien me contó que la bomba hizo muy poco ruido y causó muy pocos estragos, y que no mató a nadie. Todas las víctimas, policías incluidos, las provocó el pánico y el fuego cruzado de los agentes que se pusieron a disparar indiscriminadamente.

En el linóleo del piso del restaurante todavía hoy se conserva la marca, pequeña marca, que hizo la granada al estallar.

De todo esto, los periódicos no dijeron ni una palabra, claro está.

2
PREMONICIONES

DOMINGOS POR LA MAÑANA

Los domingos por la mañana, mi padre decía:

—Me voy a misa.

Y mi madre:

—Llévate al niño.

Así que salíamos de casa, mi padre y yo, cogiditos de la mano.

Al llegar a la calle, mi padre se detenía en seco, se agachaba para ponerse a mi altura y se encaraba conmigo como si yo hubiese iniciado alguna clase de protesta.

—¡Pero, bueno! Vamos a ver. ¿Tú adónde quieres ir? ¿A misa o a tomar el vermú?

Yo supongo que parpadeaba un tanto desconcertado y le decía:

—A tomar el vermú.

Él gesticulaba como si mi respuesta lo decepcionara y lo contrariase muchísimo:

—¡Desde luego, este crío es de lo que no hay! ¡Mira que no me deja ir nunca a misa!

No siempre me llevaba a tomar el vermú. Con frecuencia, íbamos al cine. Al Atlántico, en las Ramblas, o al Publi, en paseo de Gracia. Mi preferido era el Avenida de la Luz, que estaba en unas galerías subterráneas del mismo nombre situadas bajo la calle Pelayo, donde ahora está la tienda de Sephora. Allí, además de cine, había un puesto de Montroy Pedro Masana donde dispensaban algún tipo de vino, pero también, y sobre todo, unas obleas que me encantaban. En esos cines, pasaban sesiones infantiles con dibujos animados, o lo que entonces se llamaba «celuloide rancio». Allí conocí a Chaplin, al que llamábamos Charlot, a Stan Laurel y Oliver Hardy, a Buster Keaton y a Harold Lloyd; pero mi preferido era un actor que he podido comprobar que ha caído en el olvido: Larry Semon. Le llamábamos Jaimito. Una vez, lo cité en una novela y el corrector me lo cambió porque, para él, Jaimito era un niño asqueroso de la filmografía italiana. No: Jaimito era Larry Semon, con la cara pintada de blanco y ojos pintados de negro, sombrero hongo y pantalones demasiado grandes sujetados con tirantes. Se pasaba las películas corriendo y huyendo de los malos. Recuerdo especialmente una en que los malos eran los chinos y las persecuciones discurrían por subterráneos tenebrosos. Qué bueno era Jaimito apoyado por la voz de Ramos de Castro, que ponía los comentarios en pareados: «Y Jaimito, que no es tonto, se sube a la rama de un tronco».

También fue mítica para mí Una noche en Casablanca, de los Hermanos Marx. Me partía de risa con el gag de los cajones del armario puestos del revés.

Otro film de entonces que tengo muy presente es Abbott y Costello contra los fantasmas, dirigida por Charles Barton, donde aparecían Drácula, Frankenstein y el Hombre Lobo. Era de mucha risa, pero yo no pude disfrutarla al cien por cien porque le decía y repetía a mi hermana, que estaba a mi lado (en el cine Avenida, en el Paralelo): «Esta noche no podré dormir, esta noche lo soñaré, ya verás como lo sueño»; y me metía debajo del asiento. Lo que no recuerdo es si luego lo soñé.

Volviendo a las mañanas de domingo, recuerdo que mi padre me llevó alguna vez al bar Boston, que estaba en la calle Aribau, casi esquina con Aragón (donde ahora hay un restaurante texmex) y que se mantenía exactamente igual que cuarenta años antes. Con tanto énfasis como si me estuviera mostrando un monumento de trascendencia histórica, mi padre me decía:

—En esa mesa de allí jugaban los pistoleros del Sindicato Libre a la butifarra. Y en lo alto de esa percha ponían sus sombreros y sus pistolas.

Más frecuentemente, íbamos a tomar el vermú —cerveza él, Mirinda yo—, al bar La Principal, en la calle Muntaner esquina Sepúlveda, que a día de hoy se conserva como era entonces, y nos encontrábamos con los amigos de mi padre que quedaban allí para jugar a las cartas, a la manilla o a la butifarra, como los pistoleros del Libre en el Boston. Lo frecuentaba tanto que lo llamábamos «el bar de papá». Iba por la tarde, cuando acababa de trabajar, antes de venir a casa; y a menudo también iba de noche, después de cenar. Iba allí tantas veces que, en mi recuerdo, es como si, durante mucho tiempo, hubiera ido cada noche. En ocasiones salía de casa dando un fuerte portazo. Desde entonces, odio los portazos. No puedo soportarlos. Aunque sea yo quien los dé. (Es decir, sobre todo, si soy yo quien los da.)

No sé qué edad debía de tener yo una mañana de domingo en que los amigos de mi padre hablaban y se reían mucho, de pie a la puerta de La Principal que da a la calle Sepúlveda. En el centro de la tertulia había un tipo, al que yo no había visto nunca, que contaba cómo habían agarrado a un viejo, lo habían atado a una silla y le habían obligado a beber litros y litros de aceite. Querían que confesara (y lo consiguieron) dónde escondía mercancías de contrabando o del mercado negro. Se reían todos, muy divertidos, y mi padre estaba entre ellos. Y a mí aquello no me gustó. Me asusté.

—No le hagas caso —me dijo luego mi padre—. Es policía.

Como si eso lo disculpara todo.

Eran días en que se confundían los conceptos de miedo y respeto hasta casi considerar que eran palabras sinónimas. La policía daba miedo: callábamos en su presencia y no les escupíamos, y sus mentes primitivas y obtusas se conformaban con ello, pero no les teníamos respeto. Franco daba miedo, pero nunca le tuvimos respeto.

Mi padre era muy bromista y, cuando sonaba el teléfono o el timbre de la puerta a una hora intempestiva, solía decir: «¡Ya estamos! ¡La policía!». Yo utilizo esta expresión todavía hoy con frecuencia, en su memoria, pero en aquella época daba más susto, y también más risa.

Si se encontraba a alguien que le decía aquello tan tópico de:

—Tu cara me suena. ¿Tú y yo no nos hemos visto en otra parte?

Él respondía:

—¿En la cárcel a lo mejor?

Y hablando de cárceles, otra de las visitas que hacíamos alguna mañana de domingo fue a la comisaría de mi tío Manolo, cuando este estaba de guardia. Los hermanos Prada siempre se llevaron muy bien, y se relacionaban con frecuencia, con mucho afecto y de manera incondicional. Tío Manolo, hermano mayor de mi padre, era el comisario jefe de la Comisaría de la Audiencia que había en la calle Roger de Llúria, frente al Ritz. Mi padre quitaba importancia a su cargo de policía diciendo que no era nada, que solo se dedicaba a hacer pasaportes y papeleo de ese tipo, para hacernos creer que era policía pero poco, nada peligroso, que no era de los que daban miedo.

Me contaba mi madre que, en la posguerra, mi tío Pepín, hermano pequeño de mi padre y de tío Manolo, cuando todavía era soltero había regentado un bar en cuya trastienda, por lo visto, a veces se celebraban timbas clandestinas. Una noche de Navidad o Nochevieja, a Manolo le tocó guardia en comisaría y, como se aburría, llamó a su hermano al bar.

—Pepín, ¿por qué no te vienes con una botella de champán y celebramos esta fiesta juntos?

Pepín le dijo que era imposible, que tenía montada una timba donde se jugaba mucha pasta y que entre los jugadores había un tipo buscado por la policía, un estafador que iba de policía ful al que llamaban el Forneret. Pero tío Manolo suplicó y suplicó que no quería pasar solo tan señalada festividad. De manera que Pepín y sus amigos trasladaron la timba, y aquella noche el Forneret terminó perdiendo sus cuartos (o ganando, que eso no me lo han contado) en la comisaría de la Audiencia.

Cuando íbamos a verlo a su oficina algún domingo por la mañana, tío Manolo me agarraba de la mano y me decía «Ven», como si fuera a enseñarme algo importantísimo, y me llevaba a los calabozos «a ver a los presos», como si me llevase al zoo, en un ejercicio que debía de considerar didáctico o preventivo o algo así. (Y algo de eso tendría, porque aún conservo la experiencia grabada en la retina.)

Bajábamos unas escaleras siniestras hasta una reja, y, más allá, había otra reja tras la cual podían verse unos cuantos hombres cabreados. Me imagino lo que debían de pensar ellos al ver que el señor comisario los exhibía como animales enjaulados ante un niño boquiabierto.

—Cierra la boca, nene, que te van a entrar las moscas.

—No, mamá... Si la abro es para que salgan.

(Chiste de la época.)

PARIENTES POLICÍAS

Yo tenía tres tíos policías. Tío Anselmo y tío Santiago, casados con las hermanas de mi padre Angelita y Elisa, vivían en Madrid, por lo que tuve poca relación con ellos. En días señalados, como Navidad o mi cumpleaños, tío Santiago elaboraba para mí unas postales muy trabajadas, collages de recortes de revistas y periódicos a base de tijera y pegamento, que me encantaba recibir. De tío Anselmo solo se me ocurre decir que tuvo un hijo al que considero admirable, veterinario que se quedó ciego muy joven a pesar de lo cual ejerció un cargo importante en una empresa farmacéutica, y una hija guapísima y simpatiquísima que me tuvo enamorado durante una tarde inolvidable en que me paseó por Madrid.

El más próximo, sin embargo, era tío Manolo, hermano de mi padre. Su cargo de comisario le permitía invitarnos, a mi primo Alberto y a mí, al cine Novedades, local de estreno que quedaba cerca de su comisaría. Gracias a él, entramos gratis a ver el Ben-Hur de William Wyler, con Charlton Heston. En aquella época, la mejor fila del cine, en platea, siempre se mantenía vacía, reservada para las autoridades. Llegábamos con nuestro tío, que se identificaba con placa ante los acomodadores y les ordenaba: «Estos chicos, a la fila de autoridades». Los acomodadores nos llevaban allí y siempre me parecía que nos miraban mal, pero no entendía por qué.

FIESTAS FAMILIARES

Los días de Año Nuevo, cuando por lo visto se celebra San Manuel, mi tío Manolo y su esposa María, elegantísima y aristocrática, invitaban a toda la familia a su casa para celebrar la onomástica. Eran los únicos tíos, junto con tío Pepín y tía Consuelo, que tenían calefacción central. Los demás, que carecíamos de ella, siempre usábamos ropa gruesa y abrigada; dentro de casa llevábamos menos ropa, claro, porque teníamos estufas, pero siempre íbamos con prendas de lana. A mí me parece que a tío Manolo le gustaba dejar claro que tenía una buena calefacción central, y, para que no cupiera la menor duda, aquel día le daba media vuelta más a la espita de los radiadores, lo que provocaba que, durante la comida, tarde o temprano, las señoras gordas (que abundaban en la familia) bufasen: «Hace un poco de calor aquí, ¿no os parece?», y hasta se daba algún principio de sofoco o lipotimia. Una cosa curiosa de aquella casa en esas fechas señaladas era la abundancia de cestas de Navidad. Las tenían por todas partes. En la consola del recibidor, en los muebles del comedor, en las mesas de la cocina, en el pasillo... Y eso que estábamos a primero de enero y ya habían celebrado Nochebuena, Navidad, Sant Esteve y Nochevieja, con lo que alguna otra cesta habría caído ya. Que yo sepa, nunca nadie preguntó de dónde salían tantas cestas.

Pero lo importante de aquel día era que, en cuanto llegábamos mi primo Alberto y yo, tío Manolo nos tomaba de las manos y nos conducía en secreto a su dormitorio. Allí tenía un gran armario de luna. Abría la puerta y luego un cajoncito inferior, y nos mostraba entonces sus pistolas. Una automática y un revólver. Armas de fuego de verdad, nada que ver con los juguetitos que teníamos en casa. Eran de verdad. Ninguno tocaba las armas, ni mi tío ni, mucho menos, nosotros. Solo las contemplábamos sin aliento durante unos segundos, apenas unos instantes fascinantes en que permanecíamos con los ojos muy abiertos; y, de pronto, cerraba el cajón, cerraba la puerta del armario y hasta el año que viene.

Los días 19 de marzo, San José, tío Pepín y tía Consuelo nos invitaban a su casa para comer una gran paella. Formaban una pareja muy divertida y tenían dos hijas guapísimas, Carmen y Ángeles, de mi edad y de la de Alberto, que resultaban el principal atractivo de la festividad. A mí me gustaba mucho viajar en taxi con tía Consuelo, porque ella, cada vez que montaba en uno, exclamaba con dramatismo muy cómico: «Lléveme a Infanta Carlota con carretera de Sarriá, ¡pero, por el amor de Dios, que tengo dos hijas!».

También solía comentar, señalando despectivamente a tío Pepín (todos entendíamos que era broma): «Si no me hubiera casado con este, yo ahora sería Sara Montiel».

Después de la paella, aquel día de San José, no podía faltar la crema tradicional. Luego, mi madre, tía Estela y tía Lolita insistían para que tía Consuelo cantara «La Maredeueta», una deliciosa copla de Concha Piquer. Ella, coqueta, se resistía: «Es que hoy no tengo yo la voz...». Pero insistíamos y cantaba la triste historia del escultor a quien encargaron una imagen de la Virgen y retrató a su querida xiqueta. Pero, un día, la xiqueta lo abandonó y le destrozó el corazón, y ya lo tienes yendo a rezar a la Virgen, cuando esta pasa en procesión: «Oh, santa Maredeueta, / no me faces desgraciat. / Torna’m la meua xiqueta. / La meua xiqueta, / que té la teua careta, / Mare dels Desamparats». («Oh, santa Virgencita, no me hagas desgraciado. Devuélveme a mi niña. Mi niña, que tiene tu carita, Virgen de los Desamparados».) Y mi madre y mi tía Lolita lloraban a lágrima viva, y se reían; lloraban y reían a la vez: «Mira que somos tontas..., ¡que siempre tengamos que llorar!». Éxito clamoroso de mi tía Consuelo.

Otra fiesta anual a la que no podíamos faltar era la del 12 de octubre, día del Pilar, para celebrar el santo de la esposa del tiet Miquelet, hermano de mi madre. El aliciente de aquellas fiestas en casa de mi tiet Miquelet, que vivía en L’Hospitalet, era un proyector de cine inmenso, yo diría que de cine profesional, que por algún motivo tenía en la galería de atrás. Y aquel día nos regalaba con una sesión continua de películas del Gordo y el Flaco. Sonoras, además. Siempre eran de Stan Laurel y Oliver Hardy, con aquellas voces tan curiosas de acento inglés que, como supe un día, eran las suyas de verdad. Me gustaban mucho esas películas y me reía a carcajadas con ellas, pero yo creo que lo que más me fascinaba de aquellas fiestas era el simple hecho de que hubiera un proyector como aquel en una casa particular, y que yo tuviera el privilegio de disfrutarlo una vez al año.

La gran fiesta del año era, sin discusión, la que se celebraba el 6 de enero en casa de tío Chinchín, tía Estela y mi primo Alberto. Celebrábamos el santo de tía Estela, porque era el día de los Reyes Magos que siguieron la estela, y resultaba un formidable colofón para las fiestas navideñas.

Se daba el caso de que, mientras tío Chinchín era primo de mi padre (era Crescencio Ramos Prada, hijo de una hermana de la Abuela), tía Estela era hermana de mi madre, o sea que las dos familias estaban muy vinculadas. Decidido a recibir a toda la familia, que era muy numerosa tanto por una parte como por la otra, tío Chinchín abría las puertas de su piso desde media mañana hasta última hora de la tarde e invitaba a todos a que pasaran por allí a la hora que quisieran. A la hora de comer, nos sentábamos a la mesa únicamente los que cabíamos en ella (y mis padres, Inesita y yo siempre nos encontrábamos entre los privilegiados). Solíamos comer macarrones con moixernons («setas de San Jorge»), que tía Estela hacía de maravilla; y de postre, además del tradicional roscón de Reyes (con tres sorpresas metidas en el bizcocho: dos figuritas de regalo que siempre nos tocaban milagrosamente a mi primo y a mí, y la fava, que se suponía que obligaba a quien la encontraba a pagar el pastel), tío Chinchín añadía «pijama»: melocotón y piña en almíbar, helado y flan.

Mi tío Chinchín había estado en Argentina en su juventud, y allí aprendió a tocar el bandoneón y la guitarra e hizo de la música su profesión. Él inspiró el personaje de Fernando que protagoniza mi novela Cabaret Pompeya, cuya última parte se basa en las memorias escritas por mi tío acerca de las aventuras que vivió en Atenas y la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Había tocado en la orquesta de Mario Visconti, un cantante de tangos que en realidad se llamaba Mariano Royo y era de Zaragoza, pero que había acabado por poseer el acento porteño que exhibía incluso fuera del ejercicio de su profesión. Mario Visconti había estado casado con una rubia espectacular, que a mí me dejaba boquiabierto, una mujer «imposible», como una actriz de cine. Era una italiana llamada Liliana que me enseñó a jugar al Scrabble y que murió joven, por lo que sé. Desde su muerte, Mario Visconti se quedó solo (o con solo una hermana, no recuerdo) y acostumbraba a estar presente en la fiesta del día de Reyes en casa de tío Chinchín. Si era así, cuando mi tío sacaba el bandoneón, él cantaba, naturalmente. Por lo general, a petición de mi padre, nos emocionaba con «Mano a mano», uno de los tangos que más me gustan.

Cuando Mariel, mi primera esposa, argentina, escuchó a tío Chinchín, se maravilló, porque tocaba el tango reo tal como lo aprendió en su juventud porteña, digno de Gardel, Edmundo Rivero o Sosa, muy distanciado del intelectualismo que, por un tiempo, impusieron artistas como Piazzola.

Desde muy pequeño, pues, yo conocía y cantaba letras de tangos como «sola, fané, descangayada, la vi esta madrugada salir de un cabaret», «esta noche me emborracho bien, me mamo bien mamao pa no pensar», «arrésteme, sargento, y póngame cadenas, si soy un delincuente que me perdone Dios», «me basureó la infiel, las pruebas de la infamia las llevo en la maleta, las trenzas de mi china, y el corazón de él»... ¡Qué bonito lo de «basureó»!

Así se iba forjando el futuro autor de novela negra.

UNDERWOOD

Cuando el doctor Castellà decidió cerrar el bar restaurante Royal de la calle Joaquín Costa, mis padres y mi hermana se fueron a vivir al piso de Gran Vía con Entenza, junto con el abuelo José y la Abuela. Allí fue donde nací yo. Como trabajo sustitutivo, o premio de consolación, a mi padre le dieron un cargo «en la Mutua». No debía de estar muy bien remunerado, porque de aquella época recuerdo que éramos pobres. La lámpara del comedor era un aro de lata abollado que dejaba la bombilla a la vista, y todas las sillas eran diferentes, unas redondeadas, otras rectilíneas. No teníamos cuarto de baño, me lavaban en la cocina, en un barreño de cinc con agua calentada en la cocina económica, y, en general, tengo en mi memoria la sensación de haber habitado en una vivienda oscura y nada confortable.

¿En qué consistía el trabajo de la Mutua? Me lo cuenta hoy mi hermana, tantos años después (y su relato es aproximado, porque tampoco está muy segura). Mi padre era como un encargado, gerente o sustituto sin título de medicina que atendía las urgencias de los trabajadores del puerto relacionados con el carbón. Sabía efectuar pequeñas suturas, prescribir las pastillas oportunas para pequeñas afecciones y, sobre todo, poner colirio para la conjuntivitis, que era el problema más común entre aquellos que se movían constantemente entre hullas y antracitas. También me contó mi madre que tenía la misión de llevar las bajas de los obreros del puerto a la Clínica del Pilar, muy cerca de la plaza de Molina.

Una tarde, mi madre me llevó a aquel despacho, que estaba situado en la parte baja de las Ramblas, en el pasaje de la Banca, cerca de donde ahora se encuentra el Museo de Cera. Yo no debía de tener más de cuatro años, porque el trabajo de la Mutua no duró más allá de 1953; y me sorprendió mucho ver a mi padre con bata blanca. Me sentaron en una silla con brazos delante de un escritorio, y él y mi madre fueron a hablar a la habitación de al lado.

No recuerdo cómo fue la conversación entre mis padres, si fue amable o crispada, pero tengo la sensación de que hui de ello fijando mi atención obsesivamente en lo que tenía delante. Por eso se me quedó grabado con tanta nitidez el escritorio de tablero protegido con un cristal bajo el cual había postales y notas. Y, sobre todo, aquella máquina de escribir, que ahora veo antigua, acaso una Underwood. Teclas circulares, con letras negras sobre blanco. Si las pulsabas, se levantaba un brazo de hierro para ir a percutir contra el papel, allí arriba, muy en lo alto. Vuelvo a revivirlo como si fuera la pirámide de Keops vista desde la base.

3
PRISIONERO DE LA FANTASÍA

SOLDADITOS

Mi madre y mi tía Estela (hermanas y muy bien avenidas) iban a comprar con frecuencia a El Barato, unos grandes almacenes de la ronda de San Antonio que, como su nombre indica, no eran tan pretenciosos como El Siglo o El Águila. Y nos llevaban a mi primo Alberto y a mí.

En la sección de juguetería, subiendo la escalera, a la derecha, tenían una muestra infinita de soldaditos. Eran figuritas de goma, de unos cinco centímetros de altura, que representaban cowboys e indios a pie o a caballo, soldados del Séptimo de Caballería y de la Segunda Guerra Mundial. Más adelante, también fueron apareciendo allí los héroes de las películas de moda o de los tebeos populares, como Rin Tin Tin y el cabo Rusty, el Capitán Trueno, Goliat, Crispín, así como soldados ingleses y japoneses de El puente sobre el río Kwai, e incluso árabes con chilaba y máuseres, después del éxito de Lawrence de Arabia.

Había tres maneras posibles de jugar con los soldaditos.

Estuve en las casas de algunos niños que se limitaban a ponerlos en fila a un lado de la habitación y, desde el otro lado, lanzaban alguna clase de proyectil para ver cuántos derribaban, como remedando una partida de bolos. Nunca encontré la menor gracia a esa forma de juego. Nunca conocí nada menos imaginativo y más aburrido.

La variante que más me gustaba consistía en contar historias. Los soldaditos eran los actores. Jugaba con mi primo Alberto, cómplice y amigo íntimo durante muchos años, y, algo más tarde, también con mi más querido amigo del cole, Jaume Casas. Primero levantábamos un decorado, con las fachadas del saloon o de la oficina del sheriff que nos habían regalado o con piezas de construcciones, y hasta con cajas de zapatos o fragmentos de otros juguetes. Los personajes llegaban a un lugar, se conocían, se enemistaban, aparecían los malos, cometían fechorías, se peleaban, se enfrentaban en duelos singulares y se mataban a la manera de las películas que habíamos visto recientemente. Si era necesario, fabricábamos cualquier tipo de utillaje. Una vez recorté en cartón una guitarra a la medida de los soldaditos; era para uno de mis protagonistas, un cowboy que la llevaba colgada a la espalda. En otra ocasión conseguí un retal de piel sintética, muy peluda, y con ella confeccionamos chalecos o abrigos para vestir con pieles a las figurillas y transformarlas en personajes de la película Los vikingos, la de Kirk Douglas y Tony Curtis, que tanto nos impresionó cuando teníamos nueve años.

Nos gustó mucho también la película Los piratas del Mississippi, en la que Fess Parker interpretaba a Davy Crockett luchando contra los piratas del río y bajaba entre aguas turbulentas sobre una armadía. Inmediatamente, los muros de troncos del Fort Apache de Alberto se convirtieron en armadías sobre las cuales nuestros soldaditos reproducían la hazaña.

Los soldaditos que venían montados a caballo y se podían desmontar resultaban un problema al descabalgarlos, porque no se aguantaban de pie. Pronto eran descartados por inútiles y sustituidos por las otras figuras, a las que recortábamos la base para que, pudiendo sostenerse en pie, también pudieran encajarse en la montura. Así tratábamos los juguetes, retocándolos y recortándolos para que se adaptaran a las necesidades de nuestra imaginación.

Esta modalidad de juego, sin embargo, exigía una gran complicidad o sumisión por parte de los demás jugadores, que no siempre estaban de acuerdo en ser los malos o tan solo los amigos del bueno, y que lo estuvieran era algo muy difícil de conseguir. Únicamente con mi primo Alberto y con Jaume Casas se podía disfrutar de estas aventis con toda intensidad. Para evitar discusiones eternas e infructuosas, en caso de que se incorporase algún otro a la partida, inventamos una tercera posibilidad, que era la de las peleas. Esta consistía en montar un decorado a la medida de los soldaditos con piezas de un juego de construcción o cualquier elemento apropiado. Disponíamos mesas, mostrador de bar y otros muebles cargados de pequeños objetos, platos y botellas que no sé de dónde habían salido, y a continuación los soldaditos organizaban una trifulca y se peleaban a puñetazos destruyéndolo todo. Estilo John Ford.

Queda claro que «simbolizábamos». Todos los niños simbolizan. «Yo ahora soy Peter Pan, y tú, Miguelito». Les sale como sin querer, sin que nadie les enseñe. «Toma, esto es café», dicen, y no te dan nada, solo hacen el gesto. «Son cincuenta euros». Y tú finges que les das una moneda, y eso les divierte mucho, se ríen felices como si el gesto incluyera dinero de verdad. Están simbolizando, y es importante que continúen simbolizando a lo largo de su vida, porque el progreso no consiste en hablar sin cables con personas que están en las antípodas, aunque alguien insista en decir que sí; el progreso siempre se ha basado en la capacidad de simbolizar.

Todavía no existía el sexo. En nuestras historias de aventuras, las chicas tenían poco o nada que hacer. Las películas demostraban que no hacían más que hablar y hablar y, de vez en cuando, dar besos a los hombres; en el mejor de los casos, si participaban en una escena trepidante de persecución, siempre acababan tropezando y cayéndose al suelo, con lo que obligaban al chico a volver atrás para ayudarlas. No hacían ninguna falta. De la famosa fórmula que en Hollywood consideran garantía de éxito para sus películas, que incluye sexo, violencia y destrucción de la propiedad privada, prescindíamos de la primera parte y nos quedábamos con las peleas que arrasaban decorados.

Siempre estábamos por el suelo, de manera que las rodillas se nos ponían de un negro azabache imposible de lavar. A veces, jugar en pisos donde solían coser modistas comportaba el inconveniente de poder clavarse algún alfiler en la rodilla o la palma de la mano. Dolía y hasta sangrábamos, pero pronto dejábamos de quejarnos. Te arrancabas el alfiler y te ibas al cuarto de baño para restañar la herida con agua y papel higiénico. Lo mismo sucedía cuando tratábamos de sacar punta al lápiz con la hoja de afeitar de papá. Las hojas de afeitar cortan mucho, y la herida suele sangrar más de lo habitual y ser muy escandalosa. Pero uno aprendía que, si papá y mamá se enteraban de que habías andado jugando con una hoja de afeitar, se iban a enfadar mucho, y sería peor. Así que te ibas al cuarto de baño y dejabas correr la sangre bajo el grifo hasta que se detenía la hemorragia.

Éramos buenos chicos, y ya entonces se veía que seríamos buenas personas, a pesar de que no dejásemos de reproducir peleas y muertes y a pesar de que los Reyes Magos nos trajeran pistolas y jugáramos a matar indios.

Otro de mis juegos preferidos, probablemente después de haber visto El extraño caso del doctor Jekyll, con Spencer Tracy, era el de hacer experimentos en el lavadero de la galería de atrás. Mezclaba azulete y azafrán, ingredientes de limpieza con polvos de cocina, para ver, qué sé yo, qué colores obtenía y si se formaban burbujas o no. Un aguazal. Gritos de mi madre.

El ventanal de esa galería posterior formaba ángulo recto con la ventana de uno de los dormitorios del piso de al lado, donde la vecina, la señora Pilar, alquilaba habitaciones a gente de paso. Durante un tiempo, estuvo instalado allí un dibujante de historietas, que trabajaba frente a aquella ventana y, por tanto, tenía una visión privilegiada de una parte de mi casa. No creo que su presencia influyera ni poco ni mucho en mi futuro de guionista de cómics, porque yo era muy pequeño, pero sí recuerdo que un día me llamó por la ventana para preguntarme por mi hermana. Si yo tenía, pongamos, nueve años, ella debía de tener ya los dieciocho y, si siempre ha sido una belleza, en aquellos momentos debía de ser deslumbrante, así que el artista se fijó en ella.

—¿Qué música le gusta a tu hermana? —me preguntó.

Yo no sabía qué decir; pero, en casa, en la radio, sonaba mucho Nat King Cole, con su «Mona Lisa» y su versión de «Quizás, quizás, quizás» (por eso supongo que debemos de estar hablando del año 1958). Respondí:

—Nat King Cole.

El dibujante tenía un pequeño pick-up —como llamábamos entonces a los tocadiscos portátiles—, y, desde aquel día y durante un buen tiempo, tuvimos Nat King Cole en la galería a todas horas.

Me imagino a mi padre rezongando:

—¡Ya está otra vez ese con la musiquita!

«AVENTIS»

En un piso principal de la calle Entenza, entre Gran Vía y Diputación, muy cerca de mi casa, cuatro o cinco habitaciones concebidas para contener comedor y dormitorios acogían a un montón de chicos que, entre los seis y diez años, aprendíamos de letras y números. Se llamaba Academia Cuberes, y allí, las jóvenes señoritas Montse y Nuri (la una, morena, y la otra, rubia) me enseñaron que la eme con la a, ma, la eme con la e, me, mi mamá me mima y mi mamá me ama, y que dos y dos son cuatro (se diga lo que se diga) y a reproducir unos dibujos sencillos que, no sé por qué, siempre representaban escenas de la Historia Sagrada. Aprendimos a poner la fecha, 1955, 1956, 1957, y calculábamos cuántos años tendríamos en el año 2000. Cincuenta y uno..., caray, ¡qué viejos! Estuve allí entre los seis y los diez años, cuando fui a examinarme de ingreso a un instituto, ante un tribunal de profes desconocidos. Todavía recuerdo el inicio de la lista de apellidos de los compañeros con los que coincidí durante aquellos cuatro años: Albert, Artigas, Aulí, Barabino, Castelló, Fernández, Martí y... Martín, que era yo, y, por tanto, a partir de ahí ya no tenía que aprenderme los nombres que seguían.

La academia estaba dirigida por el señor Cuberes, de aspecto feroz, quien, según creo recordar, era del Pallars, de La Pobla de Segur, paisano de mi madre.

Como no teníamos patio, a la hora del recreo debíamos divertirnos sin levantarnos de la silla. Así, unos jugaban a los chinos con cromos, otros, a las tres en raya..., y yo pertenecía a la pandilla de los que contaban aventis, diminutivo de «aventuras».

Primero fui oyente, pasivo receptor de las historias que contaban otros, al igual que había sido ferviente radioescucha. Pero enseguida deseé ser yo el comunicador de emociones, como aquel que, habiéndose quedado boquiabierto ante el mago que saca un conejo de la chistera, quiere convertirse en mago a su vez. «Ahora me toca a mí».

Los compañeros me enseñaron la técnica de narrador de aventis (relatos donde se les daba protagonismo tanto a los oyentes como a los participantes, como en un incipiente y rudimentario juego de rol), y los tebeos que me regalaba mi padre fueron combustible para mi imaginación. Sobre todo me gustaban las aventuras del inspector Dan de la Patrulla Volante, un personaje de tebeo que siempre se movía por ambientes siniestros donde podían aparecer en cualquier momento la momia o el monstruo de Frankenstein. También me inspiraban Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz y, más adelante, el Jabato, el Capitán Trueno, Hazañas Bélicas, Brigada Secreta... Con ellos abastecía un «almacén» donde guardaba mis tesoros más queridos y de donde salieron, salen y saldrán imágenes, ideas, ocurrencias y demás material con que se fabrican los sueños.

Nueve de cada diez veces que pronuncio una fórmula de saludo al entrar en un sitio o al cruzarme con una persona, me equivoco. Suelo decir «buenas tardes» por la mañana, «buenos días» por la noche o «buenas noches» por la tarde. Me pregunto a qué puede deberse este desastre, y no sé si atribuirlo al hecho de que tengo muy poco respeto por los formulismos y las jaculatorias, que me salen de manera mecánica y disléxica, o bien al hecho de que una de mis lecturas preferidas de pequeño eran los «Diálogos para besugos», del siempre admirado Armando Matías Guiu, que empezaron a aparecer, en 1951, en la revista de Bruguera El DDT (creada a imagen y semejanza de la publicación argentina Rico Tipo), y que siempre e irremediablemente empezaban y terminaban con un absurdo diálogo en el que uno decía «buenos días» y otro respondía «buenas tardes»; o viceversa.

En El DDT, como en Pulgarcito y otros tebeos de Bruguera, que no eran precisamente un derroche de difusión cultural, había chistes sobre el personaje de Diógenes, que vivía en un tonel y buscaba a un hombre con un farol. Y en La Codorniz, un dibujante, Ángel Menéndez Menéndez, que adoptó el seudónimo de Kalikatres, hacía unos chistes en que un filósofo egipcio del mismo nombre respondía a preguntas que empezaban así: «Dime, ¡oh, Kalikatres sapientísimo...!»; y había chistes sin palabras en la respuesta del sabio, pero donde se indicaba: «Perplejidad», o bien «Estupor».

Hoy en día, supongo que se prohibirían de manera tajante estos «excesos» de humor gráfico con pretextos tan variados como: «nadie sabe quién es Diógenes»; «a nadie le interesa la filosofía»; «lo absurdo no se entiende», o «antes que “perplejidad” o “estupor”, mejor poner “sorpresa”, para que se entere todo el mundo».

Ay.

«En mis tiempos, esto no pasaba», dijo una vez la mamá de Mafalda. «¿Tus tiempos? —respondió la niña—. Yo creía que tus tiempos eran estos». (Gracias, Quino.)

Recuerdo gloriosos nombres de personajes de tebeo: el árabe Ali-Oli (creación del genial Manuel Vázquez); Angustio Vidal (Bruguera); Ciruelo Claudio o Deliranta Rococó (Bruguera); Hipo, Monito y Fifí (de Emili Boix); el visir Iznogud (de Goscinny), un árabe muy malo (de ahí la broma con su nombre, del inglés «Is no good»); Kurly Pons (el tahúr malvado creado por Jacovitti, publicado en Tex Revolver); el alemán Otto Iván Dos; el mexicano Pancho Colate (de Juan García Iranzo)...

El de las aventis era mi juego favorito, y, cuando llegaba a casa, pretendía continuar jugándolo. Pero las narraciones necesitaban un público, y en casa no había más que una persona a quién contárselas. Mi padre estaba trabajando, mi hermana debía de estar estudiando o con las amigas... Solo quedaba mi madre, la pobre, a la que acorralaba en la cocina y que, normalmente, cuando apenas iba yo por el planteamiento y ni siquiera habíamos abordado el nudo, exclamaba: «Mira, nene, vete a tu cuarto, que ya me tienes la cabeza como un bombo».

Y, luego, yo me encontraba en mi cuarto, deseando jugar a mi juego preferido, pero sin audiencia.

Entonces fue cuando descubrí que podía contarme las aventis a mí mismo. Escribiéndolas.

Y así empezó todo.

SUEÑOS Y PESADILLAS

Me gustaba mucho ir al cole y aprender; y debía de ser un niño aplicado, aunque siempre tenía miedo de no haber hecho bien las cosas. De las ilustraciones del libro que estudiábamos entonces tengo presentes los volcanes o el fenómeno de la refracción de la luz; pero, al pensar en ello, enseguida me veo absorto, pendiente, por ejemplo, de mi padre, cuando, sentado a la mesa del comedor, resolvía los crucigramas de Solidaridad Nacional o La Prensa, donde nunca faltaba la definición de yunque de platero: «tas». Supongo que «progresé adecuadamente», porque aprobé sin problemas el examen de ingreso al instituto; pero, de aquellos cuatro años, me quedo con la bendición de las aventis, que me ayudaban a vivir.

Treinta y seis años después, en 1991, escribí un cuento infantil que se tituló El prisionero de la fantasía y que contaba la historia de un niño que era un lector empedernido. El personaje leía continuamente, mientras iba camino del colegio y cuando regresaba, cuando iba con su madre de paseo, cuando subía o bajaba las escaleras de su casa, cuando iba a comprar a la tienda y hasta cuando cruzaba la calle. Tanto leía que se metía físicamente dentro de sus tebeos y libros: primero le entraba la cabeza, luego, los hombros, y luego, el cuerpo y las piernas; y acababa viviendo sus aventuras él en persona. Estaba a punto de caerse de un avión, lo perseguían los piratas, tenía que luchar contra tres osos furiosos..., y todo ello era estupendo, mucho mejor que la vida real que quedaba fuera, los gritos, la agresividad, los portazos, los llantos, las maldiciones, los golpes. Yo era ese chico que descubrió que, en el mundo de la fantasía, todos los problemas son juegos divertidos, muy fáciles de resolver.

Durante un tiempo, leía tebeos y las novelas baratas, de a duro, que leía mi padre. Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane (Francisco González Ledesma), Clark Carrados (Luis García Lecha). No sé quién me regaló el primer libro de Enid Blyton, un tocho de color amarillo que me parecía imposible de abordar; hasta que una tarde en que estaba enfermo y no tenía que ir al cole, probé... Era Aventura en el circo, las peripecias de Jack, Lucy, Jorge y Dolly, y el loro Kiki. Fantásticas. Me volví un adicto de aquellos apasionantes argumentos de relojería.

Después, mi hermana Ine me inició en la lectura de la saga de Guillermo Brown, de Richmal Crompton. Con él conocí a la «mujer gorda salvaje», modelo que luego me ha servido para describir a algunas «mujeres gordas salvajes» que he conocido en mi vida.

Guillermo Brown y su perro Jumble y los Proscritos, Enrique, Pelirrojo y Douglas. Aquel padre que pasaba de todo mientras leía el periódico (igual que mi padre, cuya frase preferida era: «No me marees»), pero que, en ocasiones señaladas, como cuando el chico conseguía que una cuñada pesada se largara de casa donde ya hacía tiempo que daba la lata, deslizaba disimuladamente una moneda de media corona en la mano sucia del chico. Guillermo convertía su casa en un parque de atracciones, y eso me animaba para, durante las multitudinarias fiestas familiares que se celebraban en casa, transformar mi dormitorio en una «casa del terror» donde, a oscuras, asustábamos a mis primas Carmen y Ángeles. Qué gritos, qué alboroto, qué divertido... Si Guillermo llenaba una botella de agua de regaliz y le pegaba una etiqueta que ponía RON y bebía de ella hasta emborracharse, yo hice lo mismo, y pillé una indigestión, con vómitos y diarrea, por beberme un par de botellas de aquel mejunje. En uno de los cuentos, Guillermo, fascinado por las extravagantes aficiones de su hermano, lo emulaba y se hacía un carné de bolchevique; yo lo imité. Cuando lo vio mi hermana, consciente del ambiente político en que nadábamos, me comentó: «Como te lo vean por ahí...».

«Siempre nos están diciendo que no hagamos las cosas que nuestra conciencia nos dice que no hagamos. Bueno, pues mi conciencia me dice que no vaya al colegio esta tarde. Mi conciencia me dice que es mi deber salir a respirar el aire y ponerme sano» (Richmal Crompton, Guillermo el proscrito).

Luché contra animales feroces de la selva con el Allan Quatermain de Rider Haggard, y poco a poco fui ampliando mi biblioteca con cuentos clásicos de terror, de Edgar Allan Poe, Bram Stoker, Joseph Sheridan Le Fanu.

Fue en el libro de Formación del Espíritu Nacional de tercero o cuarto de bachillerato (teniendo yo trece o catorce años de edad) donde me encontré con una muestra de los clásicos. Era un libro enorme y de lujo (de la editorial Doncel), lo que hoy llamaríamos un libro de regalo, con ilustraciones espléndidas y fragmentos de textos que me entusiasmaron y enseguida formaron parte de mis lecturas preferidas. La descripción del licenciado Cabra (o Dómine Cabra) en El Buscón, de Quevedo, hizo que me partiera de risa, y eso que se trataba de un libro del siglo XVII. Supongo que eso me predispuso, años después, a leer el Quijote, con el que también me divertí bastante. Y el diálogo de la libra de carne de El mercader de Venecia lo leí también en aquel volumen por primera vez... Esos son los que recuerdo.

Así nació y así continuó mi relación con la literatura, basada esencialmente en el placer de escuchar y narrar historias, sin un espacio para el sacrificio, el sufrimiento y la mística. Más adelante, descubrí que la cultura es una religión tan o más estricta y exigente que las religiones teocráticas que rigen el mundo. También tiene sus dogmas, sus santos, sus liturgias, sus revelaciones y mandamientos y fiestas de guardar, y sacerdotes, obispos, cardenales y fieles, y pecados y castigos, y fanáticos y despreciables almas tibias, y anatemas y excomuniones y una Santa Inquisición en la sombra que decide qué libros deben ser relegados al Índice de libros prohibidos, y cuáles son de lectura obligatoria, y qué garabatos incomprensibles cotizan en bolsa y qué pinturas exquisitas están pasadas de moda, y qué poesías tienen que llevarte al séptimo cielo y cuáles tienen que ir al contenedor de los desechos orgánicos. Y, por lo que se ve, el hecho de ser escritor me convertía en parte activa del clero de esta institución sublime.

Pero soy de esos curas que no saldrán nunca de la parroquia de su pueblo. Conservo a un grupito de feligreses que me quieren, pero sé que no llegaré nunca a obispo ni a cardenal; y, como lo sé, puedo permitirme una cierta heterodoxia más o menos íntima, más o menos secreta, consciente de que mis veleidades nunca harán que se tambalee la estructura de la Iglesia. En el ámbito cultural, puedo llegar a creer en la existencia de otra vida luminosa y espléndida, pero me cuesta comulgar con ruedas de molino. Dicho de otro modo: estoy dispuesto a aceptar que existe un Dios, pero no he sabido encontrar la manera de hacer que mi cerebro admita «Santísimas Trinidades», «virginidades de María» ni «infalibilidades del papa», siempre hablando en el terreno metafórico. Dicho todavía de un tercer modo: soy capaz de disfrutar mucho, e incluso muchísimo, de la lectura de un libro —es uno de mis placeres predilectos, que me ayuda a evadirme y que me instruye, que me emociona y me hace reír y me hace llorar, y aplaudo a los libros y autores que lo consiguen, a veces hasta físicamente, levantándome de la butaca y batiendo palmas como un loco en la soledad de mi estudio—, pero debo confesar que no he levitado nunca, no me he sentido metamorfoseado, no se me ha aparecido ninguna Virgen de Bloomsbury, no me han sangrado las manos ni los pies, ni he caído de rodillas ante ninguna obra ni autor. Y, sobre todo, mi maldito criterio jamás ha conseguido que me gustara el libro que tenía que gustarme, y solo me han gustado los libros que me gustaban. Claro que hay muchos libros, muchísimos, que no han sido escritos pensando en mí.

Tenemos que aceptar que no hay una literatura, sino muchas literaturas para muchos públicos diferentes, y que puede darse el caso de que te entusiasmes con un autor consagrado, pero que otro reconsagrado no te transmita emoción ni gracia alguna. Me consta que hay muchos autores que no escriben pensando en un público (porque suelen proclamarlo en voz alta) y que no buscan aplauso ni admiración, de forma que no les afectará en absoluto que yo no les aplauda, ni los admire, ni siquiera conozca su nombre; aunque esto me sitúe al margen del camino, cerca del precipicio de la apostasía.

Un día dije: «Tenemos que reírnos de todo, reírnos de lo que nos parezca más respetable, ridiculizar lo más sublime, porque aquello que sea inconsistente y frágil se romperá, sí, pero lo que sea sagrado de verdad, lo que valga realmente la pena, resistirá el golpe y flotará, se impondrá con luz propia y triunfará». Lo decía pensando en las religiones, en la católica y en todas las demás, incluida la cultural. A lo largo de mi vida he podido comprobar que, en mi interior, ninguna religión soporta el tratamiento de la trituradora de la razón. Metes un dogma por un lado y, por el otro, sale un montaje tan artificial y artificioso como un truco de ilusionismo.

Y se equivocará quien diga que no disfruto ni valoro la literatura en toda su dimensión, porque, como queda explicado, para mí la lectura siempre ha sido mucho más que una distracción, ha sido una forma de vida. He vivido, más que cautivado, cautivo de la ficción, que desde el inicio de los tiempos fue mi principal mecanismo de defensa.

Mezclaba realidad y ficción incluso en sueños (bueno, como todo el mundo). Porque, en una noche de enfermedad y fiebre, cuando me perseguían unos piratas, si me atrapaban bastaba con decir: «Ya está, me doy..., he perdido». Y la pesadilla se desvanecía convertida en juego. Si me caía de un avión, el suelo estaba ahí mismo (apenas era una culada), pero me decía: «De acuerdo, me he caído del avión, estoy muerto», y dejaba de sufrir. Si me comían los osos..., que me comieran, no pasaba nada, mañana sería otro día.

Tanto en mi infancia como a lo largo de mi vida, solo ha habido una pesadilla insoportable, y era la única que no tenía historia. No había anécdota, ni persecuciones, ni perseguidos, ni monstruos, ni enemigos, ni agresiones, ni peligros que conjurar. Era, más que una imagen, la sensación de un grano de arena que caía rodando por la ladera de una duna en un desierto bajo el sol abrasador. Caía el grano de arena y se volvía enorme como una bola de nieve, solo que no era una bola de nieve, porque esto sucedía en un desierto con un sol tan calcinador que parecía metálico y hacía que el cielo fuera negro. No eran imágenes. Eran sensaciones. Y tardé muchos años en comprender lo que significaba.

Pesadilla terrible, porque no contenía ninguna historia. Si hubiera contado alguna historia, un narrador como yo habría sabido cómo controlarla.

HACER LIBROS

Descubrí, pues, que podía contarme las aventis a mí mismo escribiéndolas, y, a partir de ese momento, jugué a hacer libros.

Tomaba unas hojas de libreta, cuadriculadas, las doblaba, las unía con un alfiler que hacía la función de grapa, y dibujaba la ilustración de portada, diseñaba el título, ponía el nombre del autor (cada vez uno distinto), el nombre de la colección, el precio; y, en la contraportada, escribía: «Títulos de próxima aparición».

También me veía con ánimos de dibujar historietas completas en el mismo formato, y así creé, que yo recuerde, dos series de aventuras espléndidas: una de capa y espada, inspirada en Los tres mosqueteros, y otra de dos socios propietarios de un helicóptero que luchaban contra piratas que iban en canoa y cosas por el estilo. Yo mismo me asombro al darme cuenta de mi atrevimiento al dibujar cualquier cosa, y recuerdo enfoques en picado y contrapicado que demuestran que, para mi imaginación y capacidad artística, de momento no me reconocía límites.

Bastaba con que me gustasen a mí, porque no realizaba aquellos libritos e historietas con la intención de que fueran leídos, ni por mí ni por amigos ni parientes. Los libros para leer eran los de verdad, los que encontraba en el quiosco o en la librería. Lo que yo creaba era un ejercicio narrativo (ya en aquella época tenía claro que una cosa es escribir y otra muy distinta leer), y, una vez terminados, iban a parar a cualquier rincón, los olvidaba y me dedicaba a escribir otro.

Ya he dicho que mi hermana Ine es nueve años mayor que yo (aunque ahora me temo que yo parezco tener nueve años más que ella, no sé por qué). Por aquel entonces debía de contar ella unos dieciséis años, y creo que es sabido (y si no lo es, debería serlo) que las hermanas nueve años mayores que uno suelen ser muy malas. Cometen maldades como, por ejemplo, la de convocar a sus amigas del colegio, mostrarles las novelitas que escribe y dibuja su hermanito de seis años y llamar al artista para que se someta a la crítica.

—Mira qué hace mi tete... —decía, y leía un fragmento de El dinero falso, una de las dos novelas de la época que aún conservo:

Entraron en la cabaña. Lammy preguntó primero:

—¿Alguien le ha venido a pedir que le falsificase usted veinticinco mil dolares ultimamente?

—Si, el señor Andy Marc del rancho «Cebada 6» me pidió que le falsificase esa suma.

—Bien —intervino Jerry—. Pues no le hara ni un centavo más, ¿entiende?

En esto, la puerta se abrió, un hombre apareció pistola en mano.

—¡Andy! —gimió el falsificador.

—Hazme —dijo el bandido—, trescientos dolares.

Lammy saltó sobre Andy:

—¡No te hará nada bandido! —gritó.

Pero el cañón del revólver de Andy vomitó fuego. Lammy dando un grito atroz cayó con el cráneo atravesado.

—¡Ja, ja, ja! Ay, qué mono.

Maldición. Colorado como un tomate. Rabia y furia por dentro. Me prometí que nunca jamás nadie iba a leer nada de lo que yo escribiera.

LA TELE

Por si fueran pocos los estímulos que fomentaban mi imaginación, en 1956 nació Televisión Española. Yo tenía siete años.

En aquel país franquista, militar y nacionalcatólico, las palabras que utilizó el ministro de Información y Turismo, don Gabriel Arias-Salgado, con motivo de la inauguración, el 28 de octubre, fueron las siguientes:

Hoy, día 28 de octubre, día de Cristo Rey, a quien ha sido dado el poder de los cielos y de la tierra, se inauguran los nuevos equipos y estudios de Televisión Española. Mañana, 29 de octubre, fecha del XXXIII aniversario de la fundación de la Falange, darán comienzo de manera regular y periódica los programas diarios de televisión. Hemos elegido estas dos fechas para proclamar así los dos principios básicos, fundamentales, que han de presidir, sostener y enmarcar todo desarrollo futuro de la televisión en España: la ortodoxia y rigor desde el punto de vista religioso y moral, con obediencia a las normas que, en tal materia, dicte la Iglesia católica, y la intención de servicio y el servicio mismo a los principios fundamentales y a los grandes ideales del Movimiento Nacional.

Así iban las cosas.

Y debió de ser el primero de noviembre de aquel año, o del año siguiente como mucho, cuando mi primo Alberto y yo descubrimos qué era la televisión.

Como es tradicional en el día de Todos los Santos, ambos habíamos ido, con mis padres, tío Chinchín y tía Estela, a visitar el cementerio de Les Corts, donde reposaba el abuelo materno. Bajábamos por una calle en pendiente, no sé cuál, y decidimos pararnos en un bar para merendar. Es posible que los mayores vieran desde el exterior el espectáculo que se desarrollaba dentro y tomasen la determinación de entrar porque no se lo querían perder, pero, para nosotros los chicos, todo pareció resultado de una gloriosa casualidad.

Entramos en el bar y vimos la pantalla azulada presidiéndolo todo y captando las miradas desorbitadas de los parroquianos. Era la televisión, y estaban pasando una película de Rin Tin Tin, el cabo Rusty y el sargento Biff O’Hara.

Para dos niños que solo habían visto cine en las salas del barrio de sesión continua, aquello era un prodigio. Ya lo había profetizado una canción que cantaba Lolita Garrido desde 1947, dos años antes de nacer yo:

La televisión pronto llegará,

yo te cantaré y tú me verás.

A partir de entonces, invadíamos la casa de la vecina de arriba, la señora Bagüés, viuda de un afamado crítico taurino, o la casa de mi tío Miquel y mi tía materna Asunción los domingos de fútbol, para extasiarnos ante la pantalla en blanco y negro. Helenio Herrera, Ramallets, Kubala, Pinto, Segarra, Suárez, Kocsis... Y Huckleberry Hound y Don Gato.

Por fin, en 1964, el televisor entró en casa de tío Chinchín, tía Estela y mi primo Alberto, y eso varió notablemente las vidas de nuestras dos familias.

Nos encontrábamos los domingos en misa, tomábamos el vermú en el bar del chaflán de Sepúlveda, comprábamos el tortel de nata y, hasta que mi padre se decidió a comprar el televisor Grundig, yo me iba a comer a casa de mi primo Alberto para ver la serie del mediodía. Eran wésterns y se llamaban Sugarfoot, Cheyenne, Bronco o El Virginiano. Hasta que llegó para quedarse Bonanza. A partir de entonces, Alberto y yo ya empezamos a «desconectar» de la tele, porque teníamos otras cosas que hacer, como fiestas, guateques y esas cosas. No nos dio la fiebre de La Casa de la Pradera.

Entonces, el televisor ya había entrado en nuestro piso de Gran Vía, y yo, entre semana, me transformé en un adicto a las grandes e inolvidables series policíacas. Fui seguidor de Mannix, la temporada en que iba por libre y la temporada en que trabajaba para una agencia donde ya utilizaban un impresionante cerebro electrónico. Fui seguidor de Hong Kong, protagonizada por un poderoso Rod Taylor, al que luego vi en una película que se convirtió en una de mis preferidas, Último tren a Katanga, film que (aparte de su contenido fascistoide en que los buenos son una pandilla de mercenarios al servicio de los colonialistas contra los negros salvajes) siempre me pareció que trataba del amor homosexual de los dos protagonistas, y en el que mi adorada Yvette Mimieux solo estaba de adorno. Me reía mucho con El Show de Dick Van Dyke (con Van Dyke y Mary Tyler Moore), que sirvió sin duda para que me aficionase a los musicales, y no podía perderme ni un episodio de Superagente 86, detrás del cual había dos guionistas que luego se harían famosos: Mel Brooks y Buck Henry. Me estremecía también con la serie de Narciso Ibáñez Serrador Historias para No Dormir, que me parecía muy bien hecha «para ser española»; sin duda, estos episodios fueron el incentivo para que yo leyera aquellas historias clásicas de terror y final sorprendente de Bram Stoker, Ray Bradbury, Joseph Sheridan Le Fanu o Poe que inspiraron mis primeras narraciones pasadas a máquina, que luego encuadernaba en la imprenta de la calle Entenza. Estoy casi seguro de que la versión que hizo Ibáñez Serrador del cuento «El corazón delator», de Edgar Allan Poe (que tituló «El último reloj», con Manuel Galiana y Narciso Ibáñez Menta, padre de Ibáñez Serrador) influyó mucho en que ese relato me vaya acompañando a todas partes con la esperanza de que me permitan leerlo en voz alta (ah, sí, viejas costumbres que no mueren).

Por encima de todas las series que vi, sin embargo, se levanta una que aún hoy me parece obra maestra sin paliativos y que influyó en mi manera de narrar, no solo en el ámbito de la historieta, sino también en el de la novela. Me estoy refiriendo a Los Vengadores, una serie inglesa escrita y producida por Brian Clemens en 1961, aproximación paródica y ligera a las series de agentes secretos descendientes de James Bond. La protagonizaba un gentleman inglés de bombín y paraguas, John Steed, interpretado por Patrick McNee, y una hermosa ayudante femenina, Emma Peel, que fue encarnada por diversas actrices, pero que entronizó a Diana Rigg en mi corazón. Entre los dos personajes principales hubo siempre una tensión sexual no resuelta motivada por la misma genealogía de la serie. Me gusta contarlo porque me parece una anécdota sumamente reveladora desde muchos puntos de vista.

Inicialmente, la serie debía ser protagonizada por dos hombres: John Steed y el doctor David Keel, que interpretaba Ian Hendry. Este actor, Hendry, abandonó en la segunda temporada. Tenían que sustituirlo, y a Clemens se le ocurrió que tal vez fuera buena idea poner en su lugar a una mujer. Pero los guiones de la segunda temporada ya estaban escritos y, cuando el equipo de guionistas pidió una paga extra para cambiarlos, les dijeron que no había presupuesto. En consecuencia, se negaron a variar ni una coma. Y Brian Clemens, que era un genio, decidió que la chica que sustituiría a Ian Hendry en la segunda temporada se aprendería el papel que había sido escrito para un actor masculino. Así fue como la actriz Honor Blackman, que encarnaba a Cathy Gale, recitaba frases propias de un tipo duro. Eso le dio una nueva dimensión, una nueva manera de ver personajes femeninos que se prolongaría a lo largo de las restantes temporadas. Creo que fue por eso que las chicas de Los Vengadores no eran débiles, ni cursis, ni se caían cuando las perseguían; y juraría que radica en eso la fascinación que sobre mí ejercieron aquellas heroínas.

Los Vengadores era una serie absolutamente surrealista que se fue volviendo más surrealista conforme avanzaba, y eso congeniaba a la perfección con mis gustos y el aprendizaje que tuve con Jordi Bayona (de quien hablaré mas adelante). En un episodio salía una escuela de gentlemen donde se enseñaba a los caballeros de la City cómo hay que levantar el paraguas para llamar un taxi; en otro, un alpinista se entrenaba en el comedor de casa con un piolet y un ventilador que recreaba viento huracanado; en otro, Emma Peel se veía encerrada en una casa laberíntica que resultaba ser un templo erigido en su honor; y había homenajes manifiestos tanto a Dickens como a Orson Welles, a la saga Star Trek, a los zombis o al mundo del cómic, con unas escenas de belleza e imaginación exquisitas. Era una serie desvergonzada y con humor, distanciada, sofisticada e iconoclasta, una producción en la que tuvimos la oportunidad, por ejemplo, de ver a Christopher Lee representando un papel «payasesco» en un gag propio de la bastante posterior Mister Bean.

LA NARIZ PEGADA AL TEBEO

Yo era, pues, el niño que iba leyendo a todas partes, siempre con la nariz pegada al tebeo. Me lo recordaba Arturo Arnau, el dueño del colmado del chaflán, que me conocía desde pequeño: «Siempre ibas leyendo a todas partes». Una mano agarrada de la mano de mi madre, la otra mano sujetando el tebeo o el libro. (Qué niño tan raro.)

Por eso soy plenamente consciente del día en que mejoraron el alumbrado de la Gran Vía. Lo recuerdo con toda claridad. Una tarde, estando ya oscuro, en el tramo de avenida entre Rocafort y Entenza, levanté la mirada, maravillado, y me dije: «¡Leo! ¡Puedo leer sin esfuerzo porque hay más luz!».

Y no solo consumía literatura para mí, en mi habitación, o encima de la mesa, o incluso debajo de la mesa, sino que me convertí en lector en voz alta con ansia de compartirla. Disfrutaba del placer de fascinarme y fascinar con historias de ficción. Me recuerdo en algún momento leyendo entre risas a P. G. Wodehouse, por ejemplo, frente a una madre sufrida y paciente que me escuchaba mientras planchaba, como si yo fuera el serial de las cinco: «Yo nunca me he levantado antes de las siete, pero Stiffy dice que es una hora muy agradable para pasarla al aire libre. Se tiene a la Naturaleza con toda su prístina lozanía y cosas por el estilo. El rocío está aún en la hierba, el sol brilla espléndidamente, y hay multitud de pájaros que gorjean entre los arbustos. Todo ello muy agradable, sin duda alguna, para aquellos a quienes gustan esas cosas» (de Jovencitos con botines).

Probablemente, mi madre no entendía qué era lo que me hacía tanta gracia.

Con mi amigo Jaume, leíamos a duo los tebeos de Tintín repartiéndonos los papeles: yo leía los bocadillos de Tintín, y él, los de Haddock; o bien él interpretaba a Hernández, y yo, a Fernández.

Es el placer de verte capaz de despertar el interés de otras personas proporcionándoles otro placer, el del oyente que percibe algo nuevo, aparentemente creado de la nada.

Esa es una de las motivaciones de un contador de historias como el que siempre pretendí ser.

MÁQUINA DE ESCRIBIR

La adquisición de mi primera máquina de escribir representó en mi vida un cambio radical.

A partir de aquel momento pensé en mí como escritor porque, al pulsar yo una tecla, lo que se imprimía en el papel era exactamente lo mismo que si la pulsaba un novelista. Daba igual si la apretaba mi dedo o el de Miguel Delibes. Más aún: un folio mecanografiado por mí, visto a una distancia de siete u ocho metros, era idéntico a otro que hubiera redactado Gabriel García Márquez.

Continué redactando mis textos a mano, pero, después, al pasarlos a máquina, corregía faltas de ortografía o de sintaxis, aliteraciones o reiteraciones, además de ajustar pacientemente los espacios entre palabras para que la mancha de texto quedara bien encuadrada, con las líneas justificadas a la derecha. Una vez redactados los relatos a máquina en cuartillas por ambas caras y con un mínimo de errores, bajaba a la imprenta y hacía que me los encuadernaran con tapa dura, y unas letras doradas en el lomo donde se podía leer Cuentos de terror. Colocaba el volumen en la estantería, entre los otros (los profesionales, los de verdad) y no se notaba diferencia alguna.

Mis padres no miraban con buenos ojos mi afición. El señor Prada hubiera preferido un hijo más dedicado al fútbol y a otros deportes que al ámbito cultural, en el que veía poco futuro. La vida de artista, para él, carecía de los alicientes de un sueldo mensual fijo, con gratificaciones extraordinarias y vacaciones pagadas, y, en cambio, garantizaba un porvenir de incertidumbre, inseguridad y piojosa bohemia, sobre todo para alguien como yo, que nunca tuvo padrinos. ¿Acaso conocía él a alguien del mundo editorial o artístico a quien pudiera convencer para que leyera mis libros, los valorase y, sobre todo, los recomendase? ¿A mi tío Chinchín? No. Él se pasó la vida escribiendo, pero nunca publicó.

Mi madre solía decirme una frase hecha catalana que tardé en comprender: «Llegir et farà perdre l’escriure» («Leer te hará perder la escritura»). Ella distinguía muy bien entre leer y estudiar. Una cosa era enfrascarse en un libro con la intención de aprender su contenido —y eso, para ella, tenía que ver con escribir, o sea, con poderse explicar posteriormente—, y otra cosa bien distinta era leer con la única finalidad de divertirse viviendo emociones y conociendo a personajes inexistentes, lo cual no podía conducir a ninguna parte.

Cuando me veía con la nariz pegada a un libro, como era habitual, preguntaba:

—¿Estudias o lees?

Si le decía que estudiaba, no había problema. En cambio, si respondía que estaba leyendo, replicaba:

—Pues no te estés ahí sin hacer nada y pon la mesa, o ve a comprar el pan.

Pero mi innegable e incondicional adicción a la lectura y a la escritura terminó por hacer mella en la familia, y, un día, mi padre formuló su resignación con una frase que considero esencial en mi historia (y supongo que la recuerdo porque debía de repetirla muchas veces):

—Muy bien, hijo. De acuerdo. Serás periodista y así entrarás gratis en el fútbol.

Entonces, yo estudiaba en los Salesianos de la calle Rocafort de Barcelona, donde había entrado para hacer primero de bachillerato a los once años de edad (en 1960); pero, aunque allí había un patio donde podíamos jugar (y jugábamos) a fútbol, balonmano o las cuatro esquinas, yo no había perdido la afición por contar aventis.

En el examen final de lengua y literatura de cuarto de bachillerato, cuando ya tenía catorce años, nos pidieron que escribiéramos una redacción con el título «Un sueño reciente» o algo así. Decidí describir mi peor pesadilla, aquella que no tenía imágenes, tan difícil de concretar: aquel desierto que, de tan deslumbrante, resultaba oscuro, bajo un abrasador sol negro, y con aquel grano de arena rodando por la ladera de una duna y volviéndose pelota tenebrosa, punzante como un erizo de movimientos convulsos y crispados.

Saqué una buena nota, y el prefecto de los Salesianos, que me parece que se llamaba don Pablo, se puso en contacto con mis padres para decirles que yo tenía mucha imaginación y buena mano para escribir. Tal vez fue eso lo que terminó de convencer a mis padres de que debían abrirme camino hacia el terreno de la literatura.

Naturalmente, don Pablo supuso que me había inventado el contenido de la redacción. Y no era así.

Aquella terrible pesadilla fue recurrente en mi vida hasta que, una mañana, años después, me desperté alterado en medio de ella y comprendí de golpe su significado. Era muy difícil de traducir en imágenes, porque no era un sueño compuesto por imágenes, no eran sensaciones visuales sino auditivas.

Eran los gritos desaforados, crispados y angustiosos que proferían mis padres mientras discutían.

4
MAR Y MONTAÑA

ANTES

Que la familia Ramos Farrero (la de mi primo Alberto) estaba mejor administrada que la mía se demuestra con un hecho muy significativo. Cuando llegaba el verano, el tiempo en que no salíamos de vacaciones lo empleaba mi primo Alberto en hacer actividades extraescolares. Pero yo no. Hubo un verano en que él iba cada tarde a las piscinas de Montjuïc para aprender a nadar. Yo lo acompañaba, pero me quedaba en las gradas, bajo el sol, contemplando cómo se zambullía en el agua en compañía de un montón de alegres chicos y cómo los monitores les enseñaban las técnicas natatorias. Procuraba fijarme mucho, con la pretensión de aprender los rudimentos teóricos de la natación que ya aplicaría en la práctica en cuanto tuviera oportunidad. Otro año, Alberto se sumó a un equipo de rugby, y se repitió la historia. Yo iba con él a La Foixarda, también en Montjuïc, y me convertía en espectador de sus carreras, melés y revolcones. Luego, esperaba a que se cambiara y volvíamos juntos a casa hablando de esto y aquello.

Claro que eso tal vez solo signifique que mis tíos tenían dinero para pagar esas actividades, y mis padres, no. En todo caso, nunca se lo tuve en cuenta ni lo viví como un agravio comparativo. La vida era de aquella manera y no la había inventado yo.

Eso sucedía únicamente en los días que mediaban entre el final de las clases y el momento en que nos íbamos a pasar una larga temporada fuera. Después de ese lapso de tiempo, abandonábamos la ciudad y comenzaba la aventura.

MAR

Antes de las Olimpíadas de 1992, Barcelona tenía muy poca playa. La playa de la Barceloneta, con el complejo de piscinas de los Baños Orientales y los de San Sebastián, y para de contar.

El resto de las playas que hoy se pueden disfrutar desde la Barceloneta hasta el Maresme estaban aisladas de la población por una serie de fábricas —que habían contribuido a la industrialización y riqueza de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX— y por una línea férrea que las unía al puerto, desde el cual se abastecían.

Luego, durante el franquismo, todo se fue degradando. Las fábricas se quedaron pequeñas, las firmas prósperas buscaron polígonos industriales donde poder crecer mejor y las otras quebraron y se convirtieron en una ruina. Y los Baños Orientales y de San Sebastián también perdieron su lustre y terminaron siendo lugares poco recomendados.

Tengo entendido que a mí, de pequeño, me llevaron a algún lugar de la Barceloneta; si me esfuerzo, recuerdo hileras de casetas donde nos cambiábamos, pero no mucho más. Sí tengo noticia de que tío Chinchín llevaba a mi hermana a los Orientales porque, años después, ella contaba que, al pasar por delante de señoras escandalizables, mi tío le decía a Inesita de manera que pudieran oírle:

—Mientras estemos aquí, no me llames papá. Llámame tío.

Las señoras se ponían tiesas y apretaban los labios reprimiendo su horror. «¡Habrase visto, padre desnaturalizado, menudo sinvergüenza!». Así funcionaba la familia Prada.

Cuando yo ya era un poco mayor, íbamos a Garraf. Antes del desarrollo y de la llegada del Seiscientos o del 4/4, probablemente cuando mi padre todavía trabajaba en la Mutua, los domingos de verano, los trenes que iban en dirección al sur bordeando las playas se llenaban y rebosaban de manera asombrosa. Más de una vez, mi padre me metió por una ventana y viajó de pie sobre el estribo. Me veo rodeado de señores y señoras apiñados que me decían: «No te preocupes, nene, que tu papá está ahí». Pero yo me preocupaba, y mucho, hasta que el tren se detenía en Gavà y Castelldefels, y la mayoría de la gente se apeaba y mi padre podía llegar hasta mi lado.

Después de Castelldefels y del apeadero de Castelldefels, la siguiente estación era Garraf.

En la playa de este pequeño pueblo, pegadas a la arena, había una serie de casetas de madera que todavía hoy se conservan, aunque remodeladas. Tío Miguel y tío Pepín, ambos hermanos de mi padre, tenían una caseta cada uno, de modo que aquel era nuestro destino cuando decidíamos ir a la playa. En la terraza de la caseta de tío Miguel fue la primera vez que vi el despliegue de un vermú como dios manda, con almejas, berberechos con salsa roja, patatas, boquerones y qué sé yo cuántas cosas más. Quemados por el sol, mojados aún de agua de mar, notando la sal sobre la piel, deslumbrados por aquella luz espléndida que se reflejaba en el Mediterráneo, tuve una sensación de lujo desmesurado como nunca imaginé que podía disfrutar.

Mi tía Consuelo, la cantante alicantina, pasaba gran parte de los veranos allí con mis primas Carmen y Ángeles, en la última caseta de la derecha mirando desde el mar, y a mí me invitaron más de una vez a pasar una temporada. Eran veraneos de un placer extremo. Entonces, el sol aún era bueno y saludable, y nos dejábamos quemar por él sin miedo hasta estar, como decía mi padre, «negros como un tizón». Aún hoy pertenezco a la secta de los adoradores solares y siento que el efecto de los rayos en mi piel sirve para cargarme las pilas, como si mi cuerpo funcionara con energía solar.

Me parece que, al llegar a la caseta de tía Consuelo, me ponía el bañador y ya no me lo quitaba ni me ponía otra ropa hasta el día del regreso. Te levantabas por la mañana, bajabas unas escaleras y ya estabas pisando la arena; cincuenta metros más allá, rompían las olas. A primera hora de la mañana, antes de que llegaran las multitudes de bañistas, éramos los reyes de la playa. Era de una arena fina, dorada y blanda, donde podías dar volteretas y dejarte caer sin hacerte daño. El agua tardaba mucho en cubrirte, si es que cubría alguna vez, y eso te permitía jugar todo el día en ella sin peligro. Cuando el mar estaba un poco agitado, las olas nos embestían y jugábamos a luchar contra ellas hasta que nos daban algún buen revolcón. Supongo que mi tía Consuelo sufría por nuestra seguridad («¡Por el amor de Dios, que tengo dos hijas!»), pero nosotros nos sentíamos libres y pletóricos de vida. Llegaba el atardecer y jugábamos al escondite entre las barcas de los pescadores que decoraban la playa vacía.

Si al ir allí en tren teníamos que soportar aquellas aglomeraciones asfixiantes, cuando por fin tuvimos coche afrontábamos caravanas infinitas, que empezaban en la plaza de España de la ciudad y no terminaban hasta Sitges. Sin aire acondicionado, bajo el sol calcinador, nos «cargábamos» las pilas como no se puede imaginar, y tan cargadas iban que, de vez en cuando, estallaban en gritos e imprecaciones.

Una vez, regresando de Garraf en el Renault 4/4 chocamos con otro coche en una esquina de la calle Sepúlveda, cuando ya llegábamos a casa. Pero nadie se hizo daño, y fue la primera vez que vi a tío Chinchín, que venía con nosotros, hablando francés o inglés con soltura admirable con los del otro coche, que eran turistas.

Muchos años después, en 1994, durante una cena de amigos, una de las invitadas nos habló de un hotel de Mallorca, una especie de Paraíso Perdido y Hallado en el Templo, Enésima Maravilla del Mundo, Patrimonio Secreto de la Humanidad e ideal para ir con niños, un lugar donde, además, se comía muy bien, muy bueno, muy «bonito» y muy barato. A continuación, añadió unas palabras que, para Rosa María, mi mujer, son como un desafío, porque no se conforma con noes:

—Pero quitároslo de la cabeza, no podríais ir porque el día de Reyes ya se han reservado todas las habitaciones.

Aquello era como cuando un fontanero fue a casa de Guillermo Brown para arreglarles la caldera de agua caliente y salió diciendo: «Desafío a quien sea a que haga explotar ahora esta caldera». No se podía decir una cosa así en presencia de Guillermo, porque al día siguiente la caldera saltó por los aires. Tampoco se podía decir nada parecido en presencia de Rosa María. Si la chica de Mallorca lanzó su guante un sábado de abril, antes de llegar a mayo Rosa María ya había conseguido plaza en el hotel mítico, a base de llamadas telefónicas y dosis combinadas de paciencia e insistencia.

Aquel agosto, Rosa María, una Clara de tres años de edad y yo viajamos a Mallorca en avión, alquilamos un coche en el aeropuerto y nos fuimos al norte de la isla, a la hermosa sierra de Tramontana, entre las poblaciones de Deià y Sóller, como nos habían indicado. El hotel era difícil de encontrar. Entre las curvas de los abruptos acantilados sobre un Mediterráneo de un azul embriagador, en la minúscula aldea de Llucalcari encontramos al fin el hotel Costa d’Or.

Era exactamente el edén que nos habían prometido: un par de edificios antiguos pero bien conservados una confortable piscina donde me habría quedado en remojo hasta el final de las vacaciones con una cervecita y bajo el sol, y, sobre todo, un bosque de algarrobos y pinos que había que cruzar, cuesta abajo, para llegar hasta el mar. Las aguas brillando al fondo entre los troncos de los árboles, la sombra bienhechora, el olor a pinaza y el viento cargado de sal. La terraza estaba orientada exactamente al oeste, de manera que, al atardecer, podíamos disfrutar del espectáculo formidable de una puesta de sol indescriptible sobre el horizonte marino. Fuera donde fuese que estuviéramos de la isla, a media tarde regresábamos al hotel a toda velocidad para no perdernos el placer de los colores del ocaso. Puedo certificar que, en la primera quincena de agosto, en Mallorca, el sol se pone alrededor de las nueve, porque a esa hora llegábamos sin falta, buscábamos una buena localidad en la terraza y nos extasiábamos ante la lenta pero inexorable muerte del sol, que iba siendo tragado por las aguas, poco a poco, hasta su desaparición y rayo verde. Solíamos aplaudir. Ah, sí. Cuando la puesta no había sido empañada por alguna nube, si el mutis se había producido con absoluta limpieza, lo premiábamos con ovación y murmullos admirativos; igualmente, en alguna ocasión se oyó cierta especie de abucheo o silbido porque el espectáculo no había sido lo bastante satisfactorio.

Entretanto, la falta de tráfico rodado permitía que los niños corretearan libres, sin peligro para ellos y sin estorbar nuestras partidas nocturnas de mus o dominó. Por si fuera poco, la gastronomía del lugar era espléndida, hasta el punto que los sábados y domingos venían mallorquines de toda la isla para degustar las exquisitas especialidades.

Enseguida se apuntaron a aquellas vacaciones maravillosas nuestros vecinos y amigos Enrique Ayuso y Gemma Julián, con sus hijos Marina y David.

El hotel pertenecía a una familia que prefería vivir a gusto antes que tener mucho dinero. Les encantaba que siempre fuéramos los mismos huéspedes, año tras año, minuciosamente seleccionados, y, de noche, reunirse con nosotros para charlar tranquilamente. A partir del 7 de enero, se ponían al teléfono para anotar reservas, de modo que tenías que espabilarte si querías pasar allí el verano. En un principio, nos dieron una habitación lúgubre y con goteras de un piso elevado y sin ascensor pero, en cuanto fuimos aceptados por el grupo dominante, a partir del año siguiente ya tuvimos derecho a estancias con balcón mirando al mar y a los acantilados.

Una vez, en sus juegos, los niños pegaron fuego a un tronco de árbol seco, con peligro de incendiar el bosque que rodeaba el hotel. Todos los clientes del establecimiento nos encontramos enseguida apagando el fuego, mientras los propietarios y empleados nos miraban con curiosidad. Era esa clase de relación.

La primera vez que estuvimos allí, me dije: «Esto no puede durar». Los hoteles de superlujo de Deià, donde se decía que iban muchas estrellas de Hollywood, no tenían acceso directo a la playa: sus huéspedes debían tomar un autobús a horas fijas, con todo el incordio de toallas y bolsos, mientras que nosotros bajábamos a pie hasta el mar, y siempre que nos daba la gana. Y los hoteles de Sóller no tenían el paisaje privilegiado que nosotros contemplábamos desde el comedor o desde la piscina. Aquello no podía durar. Para nosotros, duró ocho o diez años. Veranos de lujo. Visitábamos la tumba de Robert Graves en el delicado cementerio de Deià. Buceábamos. Hacíamos la siesta... Hasta que murieron los dueños y hubo no sé qué jaleos de herencias y herederos, y del río revuelto sacó tajada una cadena hotelera que lo secuestró y lo ha convertido en uno de los hoteles más caros de Mallorca. Prohibido para gente como nosotros. Alguna vez lo hemos visitado, empujados por la nostalgia, y nos ha angustiado su aspecto de decorado de anuncio, silencioso, tenso y falso; donde seguro que nadie juega al mus ni al dominó, donde no chillan ni corretean los niños, donde a nadie se le va a ocurrir aplaudir una puesta de sol, donde no se forman animadas tertulias ni bailongos nocturnos y donde, por lo tanto, ya no apetece nada veranear.

Todo pasa. Todo se acaba y queda atrás.

MONTAÑA

El primer recuerdo que tengo de Erinyà es oscuro, como si lo hubiéramos conocido después de la puesta de sol, y eso es extraño porque siempre llegábamos a media tarde. Como si se nos hubiera hecho de noche en invierno y hubiéramos viajado en el tiempo y no hubiera luz eléctrica, me veo cenando a la luz de las velas o de una lámpara de carburo. En la casa tenebrosa de la plaza de la Iglesia, de paredes gruesas, medievales, todo estaba envuelto en olores y sabores extraños, porque el aceite y la leche de allí no se parecían en nada al aceite y la leche que tomábamos en la ciudad. Cenábamos sopa en platos con dibujos antiguos. Ese es el primer recuerdo, el más antiguo, pero luego todo se llena de luz en un estallido de vida y libertad.

La noche anterior a la partida hacia Erinyà, mi madre la pasaba haciendo las maletas, yendo de un lado para otro en el piso, de su dormitorio a la galería, de la galería al comedor de delante, de ahí al comedor de atrás..., toda la ajetreada noche. Yo la oía porque los nervios no me dejaban dormir.

Alguna de esas noches había venido a dormir conmigo Alberto, o bien porque tío Chinchín y tía Estela irían más tarde a Erinyà y él vendría con nosotros, o bien porque sí; a él no le dejaba dormir el estruendo de los tranvías que circulaban por la Gran Vía, que, justo enfrente de casa, doblaban para subir por Entenza hacia las cocheras, que estaban allí mismo, en la calle Diputación. Armaban un ruido terrible, al que los habitantes de la casa ya estábamos habituados, pero los forasteros no.

Al fin, nos dormíamos e inmediatamente nos despertaban. De buena mañana, de muy buena mañana, oscuro aún, salíamos a la calle y tomábamos un taxi que nos llevaba a la estación del Norte. Allí, a las seis, montábamos en un viejo tren tirado por máquina de vapor. Vagones de película del Oeste. Seguían ocho horas de viaje, ocho larguísimas y aburridísimas horas de viaje, con parada en Lleida, donde cambiaban la máquina y emprendíamos de nuevo la marcha en dirección contraria. Inevitablemente, los adultos nos gastaban la broma: «¡Eh!, ¿qué pasa? ¿Volvemos a Barcelona?». Los niños también gastábamos bromas. Una vez, el revisor me preguntó:

—¿Cuántos años tienes, nene?

—¡Seis! —le dije, porque estaba muy orgulloso de haber cumplido ya mis seis años.

—No, no —protestó mi madre—. Solo tiene cinco.

Lo dijo porque, hasta los cinco años de edad, los niños pagaban tarifa reducida. Y el revisor continuó:

—Los niños nunca mienten, señora.

Esto me lo recordaron durante siglos.

Llegábamos a La Pobla de Segur a las dos del mediodía. Aquella población siempre me hizo pensar en los pueblos del Oeste americano donde terminaba el ferrocarril. Desde la estación, los pasajeros nos desparramábamos en busca de fondas o estaciones de autocares que continuaban viaje hacia las montañas circundantes. Nosotros íbamos a una fonda, siempre la misma, y allí nos lavábamos la carbonilla pegada a la piel. Luego, comíamos. Los niños estábamos impacientes por proseguir hasta el pueblo, pero teníamos que soportar las compras imprescindibles de víveres y útiles de primera necesidad en Casa Toyades. Por la tarde, al fin, un taxi nos llevaba hasta Erinyà. En las últimas curvas, no era extraño que alguno de los niños, o los dos, nos mareáramos y tuviéramos que parar para devolver.

Años más tarde, cuando ya íbamos en nuestro coche, el mareo se podía producir antes, en las curvas de Àger y los apabullantes acantilados de Terradets o en las curvas del bosque de Comiols, aunque dijeran que estas eran más suaves y llevaderas. Mi amigo argentino el escritor Juan Sasturain, vino con nosotros a Erinyà en una Pascua Florida loca y se asombró de que, en solo cuatro horas de viaje por carretera, viéramos tantos paisajes espléndidos y variados: llanuras, valles, montañas, pueblos de una morfología y pueblos de otra, del todo distintos. «En Argentina —decía—, en cuatro horas de viaje ves un solo paisaje, uno solo y punto».

Al fin, llegábamos a Erinyà, a la plaza de los coches, donde los niños del pueblo acudían (acudíamos) en cuanto se oía un motor ascendiendo por la pista polvorienta. Luego, cargábamos el equipaje por las calles desiguales y pedregosas, maculadas de «pasteles» de vaca o de «pelotitas» de cabras y ovejas. Tortuosas subidas y bajadas, casas de bloques de piedra granítica con cubiertas a dos aguas de tejas rojas, portones grandes y desvencijados de eras y puertas que se abrían a casas frescas y acogedoras. Nos instalábamos en la casa de arriba, junto a la subida que conducía al cap del camp. La planta baja, que habían sido corrales y cuadras comunicados con la era, fue reconvertida en una sala de estar y comedor, una cocina y un baño. En los pisos de arriba, los dormitorios.

Te despertaban el canto del gallo, los cencerros de vacas y ovejas que se iban a pastar y las campanadas del reloj de la torre de la iglesia, que tocaban los cuartos y las horas y, los domingos, repicaban llamando a misa.

Desayunábamos sopas de pan con leche recién ordeñada y hervida la noche anterior, de sabor muy fuerte. Y enseguida salíamos a comernos el mundo.

Teníamos acceso a todas las casas del pueblo. Las puertas estaban abiertas, y uno se anunciaba diciendo «¿Es pot pujar?», o bien saludando «¡Amaria!», abreviación de «Ave María». Nos recibían con simpatía. Era (es) gente tosca de «cagondéus» («cagondioses») frecuentes, campechana y sonriente, gente que siempre se ha hecho querer.

Cuando escribí Jesús en los infiernos (1990), alguien de la Meseta comentó que no era verosímil que un campesino bruto, cazurro y torpe del Pallars se convirtiera en astuto detective en Barcelona. Podría replicar que no era un astuto detective, sino una suerte de Dante asombrado y neutro acompañado de un Virgilio sabelotodo; pero no es eso lo que ahora importa. Lo importante es que me tropecé con muy pocos payeses brutos, cazurros y torpes en Erinyà, y, en cambio, tuve el placer de conocer a gente abierta, sonriente y amable que no solo sabía mantener una conversación interesante, sino que me contó y enseñó cosas que nunca habría oído ni aprendido en la ciudad.

A mediodía, o al atardecer, cuando dejaban de trabajar, se formaban grupos de tertulias en determinados puntos del pueblo, y los niños éramos mudos espectadores de conversaciones llenas de conocimientos sorprendentes, fascinantes leyendas y neologismos desconcertantes. Lo que pasaba en Erinyà nunca podía pasar en la ciudad. Ibas a ver a la Gelaberta y te daba una rebanada de pan con vino tinto y azúcar. Acompañabas a algún payés a labrar y permitía que le ayudaras. Salían temprano, con dos vacas y una mula que cargaba el viejo arado romano, que era muy difícil de sujetar al lomo de la caballería. El timón en alto, como un mástil, la reja brillante. Llegados al campo, se uncían las vacas al yugo y se clavaba la reja en el suelo. Con la fuerza de las vacas que tiraban y del hombre que empujaba, la reja roturaba la tierra en línea recta, tan en línea recta como fuera posible, y avanzaban así, lentamente, hasta el otro lado del terreno, donde había que dar la vuelta a las vacas y a la reja para regresar al punto de partida labrando en paralelo al surco anterior, tan pegado a él como fuera posible. Tarde o temprano, el payés nos reclamaba para que probásemos a hacerlo. No podíamos labrar nosotros solos, claro que no, éramos muy pequeños, pero poníamos la mano en la esteva de madera suave, aunque rugosa, y él ponía su manaza callosa sobre la nuestra y empujaba y apretaba hasta hacer daño. Nosotros sentíamos la alegría de ayudar un poco a realizar una tarea tan dura.

La fiesta era cuando trillaban en la era. La alfombraban de mies dorada y brillante y hacían que dos mulas o machos la pisotearan para separar el grano de la paja. Ahí sí que podíamos colaborar nosotros, porque todo el trabajo consistía en ponerse en medio de la era y sujetar los ronzales de las caballerías para que fueran caminando en círculo a nuestro alrededor. Dice la Wikipedia que así se hacía en el Antiguo Egipto y en la Antigua Roma, y que Jenofonte describe esta técnica en su libro Económico (en el pasaje del diálogo entre Sócrates e Iscómaco); bueno, pues fantástico, yo también lo hice. Pero lo más divertido era revolcarse sobre la paja, antes de la trilla o en momentos de descanso en la era, o también en el pajar (si nos dejaban), donde podías sumergirte en una piscina de briznas.

Nos sentábamos en el pedrís («poyo»), el banco de piedra que había frente a casa, para charlar y tomar el fresco (porque en nuestra calle se formaba una deliciosa corriente de aire), cuando pasaban las vacas a dos palmos de tu nariz, ya que el espacio era escaso, y... patachaf, justo se les ocurría cagar en ese momento. Risas. Mamá y tía Estela tenían que limpiar la calle, porque los de Barcelona «teníamos esas cosas»: limpiábamos las cacas de vaca cuando estaban delante de la puerta de casa. Éramos de lo más raro.

Un día, una vecina que cargaba con un cesto lleno de manzanas lo dejó junto a la puerta, en la esquina, y, con toda la buena fe, nos invitó:

—Coged tantas como queráis, que son para los cerdos.

No había agua corriente. Eso significaba que, por la mañana, mi padre o mi tío (o, en su ausencia, mamá o tía Estela) se iban a la Comella y cargaban grandes cántaros para la provisión de todo el día. La Comella era una fuente cercana, que también servía de abrevadero y daba un agua no muy apreciada. Para beber, nos enviaban a Alberto y a mí con cántaros más pequeños a la llamada Fuente de Abajo, un poco más lejana, junto al lavadero donde se reunían las señoras del pueblo para hacer la colada. (Luego, tendían la ropa al sol, sobre zarzales, porque decían que el sol la dejaba más blanca.) El agua de esa fuente salía a temperatura constante todo el año, por lo que resultaba fresquita en verano y templada en invierno. Agua de cántaro con sabor a la tierra cocida de que estaba hecho el recipiente.

Había una auténtica cátedra de aguas en el pueblo. íbamos de excursión a la ermita de San Isidro, porque allí había una fuente con unas propiedades bien distintas a la de la fontana que había junto a la ermita de Santa María, e incluso a la de la fuente de Tuiro, que me parece que es la que hoy abastece al pueblo. Había aguas que nos podían hacer daño. «No bebas mucha», nos advertían nuestras madres. Había aguas con las que era aconsejable comer bolitas de anís, y otras que se acompañaban mejor con el chocolate. No hace mucho, se presentó una nueva marca de agua en televisión y el eslogan y el concepto del anuncio venían a decir que el agua no es más que agua y que solo los esnobs le buscan las vueltas a un tema tan sencillo. Qué poco saben de agua esos publicistas. Tendrían que haberse pasado por Erinyà.

Hablando de aguas... De vez en cuando bajábamos al fondo del valle, al río Flamisell, cerca de donde están las ruinas de una antigua central eléctrica semiderruida. Íbamos allí a bañarnos y a hacer una paella. Nadábamos entre las ruinas como si fueran las de alguno de esos templos de Angkor, rodeados de vegetación y piedras. Luego, aprovechábamos y nos dábamos un baño con jabón para que el agua del río se llevase la porquería.

Al menos en una ocasión, durante el verano, mi padre se iba de caza con la gente del pueblo. Le dejaban una escopeta de dos cañones y se pasaban un par o tres de días por las montañas, durmiendo en bordas por donde correteaban las ratas. Cuando regresaban, traían un montón de conejos muertos y se los repartían entre todos los cazadores. Luego, mi madre hacía un arroz con conejo y, en las porciones del animal, encontrábamos perdigones.

En los últimos años, mi padre organizaba una especie de barbacoa en la roureda del Motxo, un robledal cercano. Creo que entre todos los visitantes de Barcelona, que cada vez éramos más, comprábamos un par de corderos para hacerlos a la brasa, e invitábamos a los del pueblo, que cada vez eran menos.

La lluvia. Nunca he asistido a espectáculos tan escalofriantes como las tormentas de Erinyà. Truenos que agrietaban las montañas, relámpagos que arañaban el cielo y diluvios que convertían las calles en arroyos impracticables. Auténticas cascadas caían por los desniveles entre unas calles y otras.

En agosto se celebran muchas fiestas mayores por la zona, y acudíamos a tantas como podíamos: la de Toralla, donde íbamos y de la que regresábamos a pie, bajando al torrente y subiendo la ladera del monte de enfrente; la de Senterada; la de Salàs del Pallars... Los papás nos hacían buscar una bailadora, y nosotros, niños, nos veíamos en el trago de tener que bailar con niñas de nuestra edad. Al principio era un rollo pero, con los años, no necesitamos el estímulo paterno.

Los miércoles había mercado en La Pobla de Segur y bajábamos para proveernos. Nuestras madres se vestían y pintaban como si fueran a una fiesta, y la gente del pueblo se vestía de traje y corbata, era un acontecimiento semanal. Para los niños de ciudad, aquello era sumamente aburrido, porque solo se trataba de comprar, pero nunca te compraban lo que tú querías y, además, había coches y tenías que andar con cuidado, como si estuvieras en Barcelona. Pero había que ir para ayudar a mamá y porque aprovechábamos para telefonear a papá, cuando estaba de Rodríguez en Barcelona. Íbamos a la Telefónica y pedíamos conferencia, aunque normalmente había demora y teníamos que esperarnos o volver más tarde a una hora convenida. Cuando por fin teníamos línea, nos poníamos al teléfono y decíamos poca cosa. «¿Qué tal?». «Bien». «¿Qué tal?». «Bien». «¿Qué tal?». «Bien». «¿Os divertís?». «Sí». «¿Qué hiciste ayer?». «Nada. Bueno..., jugar». «Bueno, dile a mamá que se ponga».

Ya que estaban allí, mamá y tía Estela iban a la peluquería. Un rollo. En La Pobla siempre hacía más calor que en Erinyà.

Alberto y yo preferíamos acompañar a los payeses a trajinar hierba o estiércol. Solían ir con un burro y dos machos. De pequeños, podíamos montar dos en el burro, pero, luego, ya más crecidos, teníamos que esperar nuestro turno. Nunca nos permitieron montar los machos, decían que era peligroso hacerlo. Si íbamos al tros («la huerta») a buscar hierba, uno de nosotros montaba en burro en la bajada, cuando iba descargado. Después, atábamos las garbas a aquel curioso apero de madera en forma de hache que llevaba el burro y subíamos al pueblo a pie. Cuando volvíamos a bajar al tros, el burro lo montaba el otro. Si se trataba de estiércol, era al revés: las caballerías bajaban cargadas con el abono sacado de los corrales y, una vez en el campo, cuando ya habíamos vaciado las banastas, de regreso al pueblo ya podíamos montar. Ah, claro, banastas y burro estaban sucios de mierda, pero eso no era nada que nos preocupara en aquellos momentos, no podías hacer asquitos si vivías en Erinyà. De hecho, si hacías asquitos o te asustabas de los perros ladradores, los insectos, las vacas, las arañas o las lagartijas, quedabas en ridículo y hasta podías ser considerado tan despreciable como el Humberto Lane de los cuentos de Guillermo.

También acompañábamos a cuidar las vacas, y teníamos nuestro cayado para dirigirlas. Si habían ido a pastar al obac («la umbría»), al otro lado del torrente, de regreso teníamos que procurar que no se detuvieran a beber agua, porque decían que, si las vacas beben agua después de haber comido alfalfa, revientan por dentro.

Hubo un año en que acompañábamos a un pastor que tenía un rebaño de cabras y, entre ellas, un cabritillo muy simpático. Alberto y yo descubrimos que, si le dábamos con la palma de la mano en la testuz, cargaba contra nosotros. Entonces, chillábamos y nos alejábamos de él, porque nos perseguía, pero nunca nos atrapaba ya que era muy pequeño, el pobre. El dueño del rebaño nos reñía: «No hagáis eso, que le estáis enseñando a embestir». Pero el juego era demasiado divertido como para hacerle caso. Y llegó un momento en que ya no había que tocarle la cabeza: bastaba que nos viera para que echara a correr contra nosotros. Gritos, carreras y risas.

Al año siguiente, el payés, muy amable, nos invitó a ir con él a cuidar su rebaño. Estábamos en la era y aún no había abierto del todo la puerta del corral de las cabras, cuando salió de allí un chivo grande y furioso que, en cuanto nos vio, se nos vino encima; no sé si contra Alberto, pero contra mí seguro que sí. Corrí despavorido, creyéndome muerto como un torero sin defensa.

—¡Párate! —me gritó el payés—. ¡Párate y quédate muy quieto!

Tuve que detenerme porque los muros de la era me cerraban el paso. No quedaba más remedio. Así que me planté, rígido como una tabla y conteniendo los temblores, y pude comprobar que el chivo se detenía también, a mi lado, mirándome con severidad. Estuvimos unos momentos así, yo aguantando el tipo y él poniéndome en mi sitio, hasta que vino el payés a poner fin a la situación. Yo luego pensé —con ese espíritu juguetón y deportivo con que me zafaba de las pesadillas— que no había corrido ningún peligro, que el payés no iba a permitir que la bestia me destrozara; me dije que para él no había sido más que una broma controlada, un escarmiento, un susto que no podía traer más consecuencias, pero... También es verdad que a veces hay bromas que se escapan de las manos.

—Como el año pasado le enseñasteis a embestir... —se limitó a decir.

Todo era un poco salvaje en Erinyà. La libertad era salvaje y hasta daba ese punto de miedo que, bien dosificado, es un aliciente. Detrás de nuestra casa se eleva un cerro en punta, el tossal dels Corbs («cerro de los Cuervos»), que de pequeño me parecía enorme y finalmente lo coronamos con facilidad. De las últimas casas del pueblo arrancaba una ladera pronunciada a la que llaman cap del camp, donde íbamos a recoger té de roca; y esa era la primera etapa para el ascenso al cerro. Escalar por las piedras era un placer. Igual que trepar a los árboles; los mejores para eso eran los olivos, pero sobre todo lo hacíamos en la roureda del Motxo, un bosque que convertimos en nuestro patio de juegos, con rocas que servían de castillos, matorrales de boj donde escondernos, recovecos donde construir cabañas.

Uno de esos años nos aventuramos por una llau («un talud»). Era como un pequeño barranco seco excavado por el agua de lluvia en la ladera de la montaña, que solo se convertía en riachuelo cuando llovía. Era, pues, una senda salvaje invadida por matorrales y zarzas, con frecuentes desniveles rocosos, lo más parecido a una jungla tarzánica que jamás conocí. Comprobamos que era la misma llau que pasaba por la Fuente de Abajo del pueblo, y nos hizo gracia localizar su origen, en lo alto de la ladera del tossal dels Corbs. Nos lanzamos a explorarla. El juego consistía en no apartarse de su cauce y eso nos obligaba a reptar para atravesar los zarzales por debajo, descolgarnos por rocas en desniveles inesperados y abrirnos paso entre la maleza como exploradores en busca de tesoros prohibidos. Regresábamos a casa, como se puede suponer, sucios y con la ropa deshilachada por las espinas de los zarzales que nos obstaculizaban el paso; pero eso nunca era extraño en Erinyà. En cierto punto del recorrido, encontramos la hoja de una guadaña oxidada que algún segador debía de haber tirado por inservible, y bautizamos aquellas «fuentes del Nilo» como la llau de la Dalla, el «barranco de la Guadaña», que nos pareció un nombre de lo más novelero.

Momento esencial en Erinyà: cuando el hijo de «casa Perelló» sacó a la calle su tocadiscos y nos hizo escuchar por primera vez música rock. Los Teen Tops cantaban en castellano «Tutti Frutti»: el «a uan ba buluba balam bambú». El joven de los Perelló, que vivía en Barcelona y era veraneante en Erinyà como nosotros, bailaba con su hermana, una pelirroja encantadora, llevándola de aquí para allá y haciéndola pasar por debajo del brazo. Alberto y yo éramos niños con ganas de aprender e imitar. Toda una iniciación.

Y, para el futuro, la sensación de infinita felicidad: tres o cuatro chavales encaramados a una higuera, a la entrada del pueblo, en el momento en que más apretaba el sol, frescos entre el follaje espeso y su aroma denso y oscuro, comiendo un higo tras otro y hablando de esas cosas serias de que hablan los niños durante horas y horas.

No entraré en detalles pero mi primer sueño erótico fue también en Erinyà.

A mediados de septiembre, al otro lado del valle, en el obac, la vertiente donde está la ermita de Santa María se veía blanqueada por centenares y centenares de ovejas que bajaban de las montañas donde habían pasado el verano. Los propietarios acudían a seleccionar sus rebaños y las crías que habían parido para llevarlos a los corrales de invierno. Inmediatamente, los de Ton de Peró hacíamos las maletas y regresábamos a la ciudad, tras ocho horas de tren, a tiempo para la fiesta de la Merced, patrona de Barcelona. Llegábamos cuando ya había anochecido, y recuerdo que, desde el taxi, la luminaria de las calles, los neones, los escaparates, los anuncios y el tráfico me dejaban tan boquiabierto como si no los hubiera conocido nunca.

Un día, cuando ya me sentí lo bastante mayor como para tomar mis propias decisiones y hacer lo que yo quería, tomé mis propias decisiones e hice lo que me dio la gana, y me perdí todo lo que significaba Erinyà.

Hace poco decidí escribir un libro sobre inquisidores y brujas. Me inspiraba en el Zugarramurdi del valle del Baztán, bien lejano, y, en todo caso, en lugares de Cataluña donde según la tradición hubo brujas, como Viladrau, Llers, Vallgorguina, Taradell, Rupit o el Lluçanès. Buscando documentación, encontré un libro muy valioso, porque reproduce literalmente, en catalán antiguo, una serie de procesos de la Inquisición durante el siglo XVI. Sus autores son Carmen Espada Giner y Jaume Oliver Bruy, y se titula Les bruixes al Pallars. En ese libro se dice que, de los ocho procesos celebrados en la varvassoria de Toralla, cinco fueron contra habitantes de Erinyà.

Erinyà, mi Erinyà... Nunca me habían dicho que en mi Erinyà hubiese habido brujas. Tal vez por eso, entre los chicos del pueblo únicamente los sapos nos daban asco y miedo y eran merecedores de lapidación.

5
EL FINAL DE LA INOCENCIA

EN LA JUGUETERÍA

Hay sociólogos y antropólogos que afirman que, en las distintas sociedades del mundo, a los niños se les somete a una experiencia muy similar para calcular su grado de madurez. Cuando son pequeños, se les cuenta que la noche del 24 de diciembre Papá Noel se mete por las chimeneas de todos los hogares del mundo para dejar regalos al pie del árbol; o que los Reyes Magos llegan en fastuosas cabalgatas el día 5 de enero a todas las ciudades a la vez, y que, por la noche, entrán por el balcón, se beben el whisky y se comen los turrones que les hayamos preparado, para, a cambio, depositar montones de juguetes en la sala de estar. También se les cuenta a los niños que, en Nochebuena, si se golpea un tronco al tiempo que se canta determinada canción, el madero cagará chuches, turrones y otras sorpresas; o que, sea el día que sea, si dejan debajo de la almohada el diente que se les acaba de caer, durante la noche vendrá el ratoncito Pérez y se lo cambiará por un presente. Los niños viven en un mundo mágico e irreal donde esos prodigios son posibles hasta que llega ese día en que descubren que algo no cuadra. ¿Cómo es posible que tres reyes en camello puedan..., o que ese tipo disfrazado de anuncio de la Coca-Cola..., en todo el mundo..., trineo volante tirado por renos..., o cómo es posible que un ratón..., y para qué querrá tantos dientes un ratón?

Y tarde o temprano se produce la pregunta fatídica: ¿no será que los Reyes, Papá Noel, el ratoncito Pérez y el resto de la copla forman parte de una inmensa conspiración mundial urdida por los adultos?

De esta manera, la sociedad comprueba a través de los ojos de los padres que sus hijos ya tienen capacidad de reflexionar, de analizar y poner en tela de juicio lo que se les dice y que, por tanto, han abandonado su mundo mágico e irracional para acceder al mundo real, donde todo es llanto y crujir de dientes. Tarde o temprano, todos pasamos esta prueba de madurez. Con ella, se da por acabada la niñez. Y todo cambia.

A los catorce años, como es natural, yo ya hacía tiempo que había superado ese test de madurez, y eso me permitió entrar a trabajar como dependiente, durante las vacaciones de Navidad, en una juguetería del barrio. Empezaba a preocuparme por ganar dinero para mis gastos, tebeos, libros, cines y cocacolas, porque, en casa, mis padres no me daban suficiente «dinero de bolsillo» —no hubo jamás ningún padre en el mundo que diera suficiente dinero de bolsillo a sus hijos, pero los míos, menos—, y porque me habían metido en la cabeza que, si quieres tener dinero, tienes que trabajar, y también porque mi amigo más íntimo, Jaume Casas, a final de cuarto curso de bachillerato, a sus quince años no cumplidos aún, ya no continuaría sus estudios e iniciaría la aventura laboral..., y yo me fijaba mucho en él.

Jaume Casas y sus padres habían viajado a Argentina cuando él era muy pequeño y vivieron allí hasta el fallecimiento de su madre, que debió de coincidir con sus ocho o nueve años. Entonces, su padre regresó a Barcelona con Jaume para instalarse provisionalmente en casa de su hermano, en la calle Provenza. Supongo que él fue la primera persona que conocí que hablara con cierto deje argentino y seguro que me maravilló que hubiera conocido otro mundo, asistido a asados y hasta visto cazar ñandúes con boleadoras.

El papá de Jaume era un tipo alto, muy delgado, simpático y afable, dibujante de profesión, diseñador artístico de marcas de tabaco como Ducados o Tres Carabelas. Era un tiempo en que se hablaba muy poco de derechos de autor. Una empresa contrataba al dibujante para que diseñara el aspecto de un paquete de cigarrillos, él hacía su trabajo y le pagaban; pero, luego, durante décadas, el diseño servía para vender millones y millones de cajetillas sin que el artista percibiera la menor compensación.

Jaume Casas y yo nos habíamos conocido durante el primer curso de bachillerato en los Salesianos; a la salida de clase, caminábamos juntos por la calle Rocafort arriba, hasta el cruce con Gran Vía. Él tenía que continuar subiendo hasta la calle Provenza, seis travesías más arriba; y yo solo caminaba una manzana, por Gran Vía, hasta Entenza. Pero hablábamos y hablábamos y hablábamos y, como la conversación nunca había terminado, cuando llegábamos a la esquina, nos deteníamos allí y prolongábamos el debate mientras nos encaramábamos a una farola y saltábamos desde ella o nos apoyábamos en un buzón. Enseguida lo metí en casa, no solo para hacer los deberes y jugar un poco los días lectivos, sino también para que participara en las innumerables fiestas familiares, en las que conoció a mis padres, a la Abuela, a mis tíos, a mi primo Alberto y a mis primas Carmen y Ángeles, las que chillaban en la «casa del terror» que les preparábamos en mi dormitorio.

Detrás del mostrador de la juguetería, se ponía también mi primo Alberto, que vivía más cerca aún del establecimiento que yo, y, enseguida e inevitablemente, como se comprenderá, me las arreglé para incorporar a mi mejor amigo, Jaume.

Otro de los alicientes de los quince días que pasábamos como vendedores de Tiburones Citroën Payá, muñecas que hablaban y hacían pipí, juegos de magia y parchises era que Emili, el propietario, también incorporaba al staff a dos chicas y, de pronto, la perspectiva de pasar días en su compañía (las dos, una morena y la otra rubia, eran muy guapas) agregaba un plus de excitación a la faena.

Así pues, a los propietarios nos sumábamos al menos cinco dependientes más; pero, aun así, en las horas de acumulación de clientes, no dábamos abasto. La tienda era pequeña y se llenaba como un vagón de metro japonés, y todo el mundo quería saber cómo funcionaban los juguetes y pedía que los envolviéramos para regalo de manera que los balones no parecieran balones y las bicicletas no parecieran bicicletas.

Si no me equivoco, fue entonces cuando tanto Jaume como yo ganamos nuestro primer sueldo, y fuimos los dos a celebrarlo al restaurante del hotel Regina, en la calle Vergara, donde pedimos, como un símbolo de cara al futuro, ostras vivas con champán.

La noche de Reyes terminábamos de madrugada, y Jaume y yo salíamos hablando, como siempre, hablando, hablando, hablando e intentando comprender el mundo que nos iba a tocar vivir. Empezábamos a ser conscientes de que se nos terminaba la niñez, se acababa el tiempo de jugar a los soldaditos y nos íbamos a ver enfrentados a una nueva etapa en la que se suponía que teníamos que apechugar con todo aquello que nuestros padres no habían sabido arreglar. Deberíamos ganarnos la vida, en el supuesto de que, si no nos la ganábamos, no iba a ser nuestra vida. Esto daba lugar a atropellados discursos nocturnos sobre el sentido que tenía todo, de dónde veníamos, adónde íbamos y quiénes éramos.

FE

Un día, Jaume Casas le pidió a su padre que le comprara un misal porque quería ser sacerdote. Sin inmutarse, el dibujante diseñador, que no era católico practicante, de hecho ni siquiera era creyente, se mostró de acuerdo, le compró un misal y le dijo que, cuando aprobase el cuarto de bachillerato y la reválida, lo matricularía en el seminario. La vocación de Jaume llegó notablemente desinflada a la reválida de cuarto y, cuando notificó que se le habían pasado las ganas de entregar su vida a la Iglesia, el señor Casas le dio un libro que se había traído de Argentina y que se titulaba La desilusión de un sacerdote, de Franz Griese.

Ese cambio de parecer de Jaume fue el tema de una larga polémica entre nosotros que duró toda una madrugada de Reyes. Porque, llegado cierto momento, yo, el niño que prefería ir a tomar el vermú antes que oír misa, me había vuelto un católico ferviente y terco que no se dejaba convencer. Los padres salesianos del colegio de la calle Rocafort habían hecho bien su trabajo.

Los salesianos... Misa diaria en latín con el sacerdote de espaldas a nosotros y al mundo, y unos predicadores que daban respuestas a preguntas que nunca nos habíamos hecho. Antes de que se nos ocurriera cuestionarnos de dónde venía todo y por qué funcionaba el mundo como funciona, unos señores de negro ya nos estaban obligando a decir que creíamos que había un Dios, uno solo, que tuvo un hijo que nació de virgen, que murió crucificado por salvarnos, que bajó a los infiernos, que resucitó de entre los muertos, que subió a los cielos... Y, antes de que nos hubiéramos formado una remota idea de lo que significaba morirse, ya se suponía que debíamos comprometernos a defender con nuestras vidas el hecho de que, un día, resucitaríamos, seguro, y continuaríamos viviendo por los siglos de los siglos, ya fuera en el cielo o en el infierno, en otra vida interminable y llenísima de gente. Eso era el credo que rezábamos a diario —aunque era en latín y no lo entendíamos muy bien—. Y, al final, tu firma y rúbrica: amén.

«Creo en...», decíamos. El credo... El verbo creer es de los más ambiguos que existen. No deberíamos usar el mismo verbo para decir que creo en Dios y que creo que mañana va a llover y, no obstante, puede ser que se confundan. ¿Creo en la virginidad de María implica que tengo que dejarme matar por el primer hereje que quiera hacerme abjurar de esa convicción? ¿O significa que me parece que María era virgen cuando parió, porque así me lo explicaron cuando era pequeño, pero que... vaya usted a saber?

Una vez, me contaron que, en una taberna argentina, un hombre afirmaba que no creía que nadie hubiera pisado la Luna. Trataban de convencerle aduciendo que el hecho había salido en los periódicos y en la televisión, que había fotos y películas, pero no había manera de hacerle entrar en razón. «Pero, hombre, ¿por qué no se lo cree usted?».

El señor se encogió de un hombro, dio un chasquido, negó con la cabeza y dijo: «Se sabría».

Lo que se sabe, se sabe. Lo que nos llega de nuevo y de sopetón es cuestionable, pero lo que ya sabían nuestros tatarabuelos, que lo transmitieron a nuestros bisabuelos, que lo transmitieron a nuestros abuelos, que lo transmitieron a nuestros padres, eso tiene que ser verdad por fuerza. No puede ser que hayan existido tantas y tantas generaciones tan tontas y tan equivocadas.

Sin embargo, aunque siempre se haya dicho que el león es el rey de la selva (es algo que «se sabía»), tarde o temprano uno termina aceptando que en la selva no hay leones.

Mi evolución mística fue la siguiente: a los catorce años, los salesianos me llevaron a unos ejercicios espirituales obligatorios. Entré en un siniestro caserón de retiro muy convencido y muy devoto, y terminé los últimos días en alegres juergas nocturnas, corriendo por los pasillos, jugando y burlándome de los curas. A los dieciséis, los padres misioneros del Sagrado Corazón me llevaron a otros ejercicios espirituales, y en esos entré cargado de irreverencia, rebelde y respondón, y salí piadoso, encorvado y dándome golpes de pecho.

Muy poco después, durante un veraneo en Zamora, escribí un pequeño opúsculo herético titulado «Mi Dios».

Mi hermana Inés tenía novio desde el año 1960 o 1961. Se llamaba Paco, un tipo simpático, ingenioso y mañoso, capaz de arreglar cualquier desperfecto doméstico, resolver el más complicado rompecabezas de tres dimensiones que le pusieras delante o fabricar compartimentos para la caja de mi colección de minerales. Se conocieron en Zamora, porque él era de allí y mi hermana fue a pasar algunos veranos. Paco tenía una tienda de ropa masculina, y, en 1961, vino a Barcelona con la excusa de asistir al Primer Salón Nacional de la Confección, visitas que se repetirían más veces. En esa primera visita, mi hermana tenía la gripe, de modo que su novio me llevó a mí a ver La bella durmiente, de Disney, al cine Gloria.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
429 стр. 50 иллюстраций
ISBN:
9788490567135
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Bookwire
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