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EN TORNO A LA PIEDRA DESNUDA

ARQUEOLOGÍA Y CIUDAD

ENTRE IDENTIDAD Y PROYECTO

EN TORNO A LA PIEDRA DESNUDA

ARQUEOLOGÍA Y CIUDAD

ENTRE IDENTIDAD Y PROYECTO

Andreina Ricci

Edición e introducción

de Ricardo González Villaescusa

Traducción de Mónica Granell

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,

ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,

en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico,

electrónico, por fotocopia o por cualquier otro,

sin el permiso previo de la editorial.

Título original:

Attorno alla nuda pietra. Archeologia e città tra identità e progetto

Donzelli editore, 2006

© Andreina Ricci, 2006

© De esta edición: Universitat de València, 2013

© De la edición e introducción: Ricardo González Villaescusa, 2013

© De la traducción: Mónica Granell, 2013

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Fotografía de la cubierta: Foro de Roma

ISBN: 978-84-370-9333-8

Edició digital

Para Nicola y Tommaso,en recuerdo de Francesco.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA,

de Ricardo González Villaescusa

PREFACIO

1. UN AIRE NUEVO

1. Ruinas en zonas verdes y ruinas imaginadas

2. Arqueología y «uso público de la historia»

3. Aislamiento de los monumentos y religión de la política

4. El «futuro» se separa del «pasado»

2. HERENCIAS DIFÍCILES

1. Centro histórico y ciudad nueva

2. Los recintos de la memoria

3. Un paréntesis sobre la «no intervención»

4. Memoria y lugares

5. Nuevos aislamientos

6. Religión de la política/culto de lo antiguo

7. Restos indescifrables

8. Autoctonías romanas

9. Autoctonía y «familiaridad»

10. Identidad: ¿condición o proceso?

11. Alteridad negada y «nuda piedra»

12. Bienes culturales y «estado de excepción»

2. Interpretación y «universo consensual»

3. Proyecto arqueológico y traducción

4. Proyecto arqueológico y relato

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

En torno a la piedra desnuda es un libro sobre el uso público de la historia, o mejor, sobre el uso público de la ruina. Tenemos la costumbre de separar el trabajo de enseñantes e investigadores de la antigüedad y sus restos del de la patrimonialización de los vestigios. Los restos exhumados tienen un interés indudable para comprender y explicar mejor el pasado pero solo un acto positivo, intencionado y normativo los convierte en objeto de protección legal.

Esa protección legal es ontogenética. En las sociedades del primer mundo, en las sociedades con Historia, las que elaboran relatos históricos nacionales, los restos de sociedades pretéritas antes de ser exhumados, antes de conocerlos, son protegidos en un grado que requiere de su documentación y registro antes de ser destruidos o inhumados por nuevas construcciones o infraestructuras. Estudiamos los restos porque nuestra sociedad ha desarrollado una sensibilidad a lo antiguo, a eso que llaman, demasiado a la ligera, nuestra identidad. En ocasiones, tras su exhumación esos restos son objeto de una conservación y exhibición públicas. Se trata de un acto de memoria. P. Ricœur nos recuerda que esa es la plusvalía que aportan los testimonios materiales en relación con las fuentes escritas para el estudio de la Historia, su tangibilidad: «es la relación entre significación fenomenológica de la imagen-recuerdo y la materialidad de la huella (…) [la huella] tiene valor de signo: para pensar la huella hay que pensarla a la vez como efecto presente y como signo de su causa ausente».

Pero en realidad ambas prácticas profesionales están íntimamente ligadas, o deberían estarlo. La del profesor-investigador tiene su razón de ser en el reconocimiento y comprensión del pasado a través de los vestigios. La puesta en valor de estos a la vista de la sociedad solo puede llevarse a cabo por un ejercicio de traducción de significados de los mismos porque su interpretación no es simple. Pero la conservación y puesta en valor, está íntimamente ligada a la práctica que de la investigación se hace: la traducción es comprensión y explicación, y éstas solo pueden originarse en la investigación. Al mismo tiempo, algunas de las pocas aplicaciones prácticas que tiene la investigación fundamental de la Historia y de la Arqueología son los oficios relacionados con el patrimonio que, en tiempos de crisis, son los pocos que proveen de alumnos a nuestras disciplinas.

A. Micoud distingue diferentes políticas de patrimonialización a lo largo del último siglo que no son necesariamente evolutivas en el tiempo, sucediéndose a grandes rasgos, pero permaneciendo presentes más allá de sus momentos dominantes. Las políticas patrimoniales conservacionistas surgen en el siglo XIX, con el nacimiento de los Estados-Nación: los pueblos atraviesan temporalmente su contingencia espacial. Una primera concepción de las políticas de «patrimonialización» de carácter nacional privilegió los símbolos que definían el ser de una nación (el Volksgeist hegeliano) a través, por ejemplo, de los museos arqueológicos nacionales como reservorios de los «emblemas» que definían ese ser y, por tanto, había que conservarlos. En Europa surge una política patrimonialista en torno a la posguerra mundial (a finales de los años 70 en nuestro país) que prestaba atención a los símbolos de entidades locales, de formas de vida, que el progreso industrial amenazaba y que había que salvar o documentar con urgencia. Por último, con el tardo-capitalismo, nos hemos volcado en gestionar un patrimonio que se ha convertido en un recurso. Es el tiempo en que hay que decidir «lo que se guarda» y «lo que se tira» o «lo que se reinterpreta», lo que nos une entre los que formamos parte de la misma sociedad y entre sociedades que se suceden en el tiempo, entre las generaciones del pasado y las del futuro.

Así, el presente libro surge de un presupuesto pragmático, la autora parte de la constatación de la situación actual de Roma donde imperan unos principios conservacionistas que remontan sus orígenes a una «religiosidad patrimonial» de la Italia fascista y que siguen aplicándose sin mayor discusión. Una situación en la que campa un uso público de la historia inconsciente, donde a pesar de un conservacionismo a ultranza, hay pérdidas de patrimonio a diario. La autora, propone pues, ante la situación, una nueva reflexión para integrar el patrimonio arqueológico en la ciudad.

El proyecto conservacionista de restos arqueológicos es un ideal de la modernidad. En 1870, cuando la ciudad de Roma alcanza la capitalidad de la Italia reunificada, la capital es entre 10 y 20 veces más pequeña que sus homólogas París o Londres. Los disturbios urbanos de 1848 tuvieron lugar entre huertos o solares yermos. Las intervenciones urbanas e inmobiliarias del Risorgimento atribuyeron a la ciudad una «cuota de modernidad» que pudiera compensar el peso de la Edad Media; la esencia de una nación embrionaria donde la antigüedad no es otra cosa que «el prólogo de la modernidad» en afortunada expresión de I. Wallerstein. Y todo ello, como buen proyecto moderno y urbano, lo fue a costa del sacrificio del campo circundante, la periferia de la ciudad, allí donde la expansión urbana «moderna» se hizo con una violencia y rapidez inusitadas. Un espacio que, especialmente en Roma, está pleno de preexistencias urbanas que, cuando fueron conservadas, se convirtieron en vacuolas de historia encapsuladas y rodeadas de modernidad, a modo de fragmenta de un discurso inconcluso.

El proyecto moderno por excelencia de la Italia mussoliniana continuará con la puesta en exergo de la ruina en una «manipulación pedagógica de la historia» que sentó las bases de las políticas de conservación hasta nuestros días aunque con matices que merecen ser resaltados: el aislamiento y la monumentalización de los restos arqueológicos y la relación espacial que mantienen pasado y futuro en el seno de la ciudad. En el proyecto mussoliniano pasado y futuro pretendían unirse en la vía de los Foros Imperiales y el proyecto del Palazzo Littorio, la sede orgánica del partido de Mussolini en la ciudad de Roma, que debería sintetizar la continuidad entre la Roma de los césares y la Roma fascista, confiando el «dogma de la patria» a los nuevos monumentos y a los antiguos. Pero a pesar de todos los intentos y proyectos, el edificio no llegó a término, quizá debido a que la magnificencia del pasado podía oscurecer el presente fascista, dejando definitivamente la continuidad entre pasado y presente en manos de recursos habituales hoy en día: museos o monumentos aislados.

En Roma más que en cualquier otro lugar, aunque no exclusivamente, la reacción de la posguerra fue de indignación contra cualquier intento de transformación del centro urbano: presente y futuro no debían mezclarse, la ruina no debía verse afectada por el proyecto. Eliminaciones, aislamientos, añadidos o reconstrucciones miméticas fueron proscritos definitivamente de las políticas y prácticas de conservación de los centros históricos. Las consecuencias fueron de dos tipos. Por un lado la periferia de la ciudad sufrió las consecuencias a que aludíamos anteriormente, fue el lugar donde el proyecto de ciudad pudo materializarse sin cortapisas y, por otro, la conservación de los centros fue objeto de políticas pasivas o «defensivas», donde lo prohibido domina sobre lo preceptivo.

Me parece que ahí radica uno de los problemas mayores a los que nos hemos enfrentado desde los años 90. Asistimos desde finales de los 70 a pérdidas de testimonios de formas de vida que la industrialización amenazaba y que había que preservar o documentar con urgencia. Las políticas patrimoniales, fundamentalmente urbanas y más tarde en el campo, requieren de «intervenciones de adaptación y transformación en tiempos mucho más rápidos que los impuestos por la investigación arqueológica de campo». La solución a esta inconmensurabilidad de los tiempos del proyecto urbano y los tiempos de la investigación ha venido de la mano de las «técnicas de acumulación», guardamos los objetos y la documentación como una solución al olvido pero terminando irremediablemente por olvidarse. No es difícil hacerse una idea porque es lo que nos ocurre a diario en nuestras casas, en nuestras mesas de trabajo: lo que no queríamos olvidar acaba sepultado bajo una pila de cosas que no queremos olvidar. De esta forma caemos en lo que la autora denomina «utopía de la fuga». La práctica arqueológica deviene una ambición de acumulación ilimitada, los idola quantitatis de Gombrich, las piezas del puzle infinito que permiten sublimar a los arqueólogos su práctica profesional cuando aplazan eternamente las respuestas, una «mística del patrimonio», como hemos llamado en otra parte. Porque la arqueología acaba por convertirse en la búsqueda del fragmento de cerámica, de edificio, de ciudad que nos falta de la sacrosancta antiquitatis. Como dice S. Settis ¿qué puede haber más «moderno» si no es el fragmento con su inherente carencia, el germen de algo, lo incompleto, que aguza la mirada del observador? Si, además, consideramos que en los modelos liberales de gestión patrimonial, la supervivencia del profesional solo puede alcanzarse multiplicando hasta el infinito las intervenciones, obtendremos algunas respuestas al fracaso del modelo actual de gestión.

De esta forma acumulamos cantidades ingentes de objetos y de información posponiendo el momento en que nos ocuparemos de su interpretación. Los hallazgos, las excavaciones puntuales de la ciudad, son letras del alfabeto, fonemas, pero no constituyen un texto y la única manera de convertir esos sonidos en un discurso coherente es integrarlos en los diferentes «libros» que representa cada una de las ordenaciones del territorio que se han sucedido en el tiempo. Lo mismo puede decirse de los fragmenta de realidades rurales que se conservan aquí o allá, fruto de las intervenciones preventivas.

Aceptémoslo, esta situación ocurre en nuestro país y en los más próximos. Las «listas de espera» a que sometemos los restos recuperados (muebles o inmuebles) son, en realidad, una pérdida de información y esta acción técnica, mecánica… y, aparentemente, neutra, nos inhibe de responsabilidad. Si aceptamos esta realidad es probable que podamos abordar soluciones cuya finalidad sea la conservación selectiva de conocimientos y valores esenciales, en otras palabras, la no intervención de manera juiciosa. En lugar de construir una lista de criterios de urgencia, de «urgencia conservacionista», una lista del deterioro, al fin y al cabo, ¿no sería más productivo definir las prioridades, en función de la representatividad territorial, del significado en ese territorio que puede tener un objeto o un asentamiento en lugar de valorarlo en sí mismo?

Esos gestos aparentemente neutros son la culminación de la modernidad, la parálisis a la que nos conduce la miríada de interpretaciones posibles, de relatos igualmente válidos. Frente al uso público de la Historia al servicio de una legitimación en la construcción de los Estados o de los regímenes totalitarios, los arqueólogos somos los «aguafiestas» cuando se trata de desenmascarar la «confusión cuidadosamente urdida sobre la definición de la antigua Bélgica» en palabras de E. Warmenbol. Pero no podemos caer, cual movimiento pendular, al otro extremo, postmoderno, aquél en el que las ruinas tengan una función predominantemente estética, multiplicándolas con virados de color a la manera de A. Warhol, o vinculadas a una memoria social indefinida en la que cada cual ve en la ruina, no la Historia, sino lo antiguo.

De esta manera se consolida el divorcio entre el valor histórico, confiado a los especialistas, y el valor de lo antiguo, condescendido al público y gestionado por los profesionales de lo patrimonial. Unos profesionales que, cómo hemos advertido en ocasiones para nuestra realidad nacional, carecen de «las competencias adecuadas» y que deberían reconsiderar (ellos, junto a los políticos del asunto) los fines mismos de la conservación.

Ante este panorama, la autora propone una alternativa donde los arqueólogos tienen el «deber de comunicar de manera responsable sobre los fragmentos poco reconocibles», dotados de una especial sensibilidad por disciplinas como el urbanismo, la arquitectura, la antropología…, que les permita poner en relación los vestigios del pasado con la ciudad contemporánea. Originando un debate que surja de los lugares y los ciudadanos, de abajo hacia arriba, de las posibilidades reales de la conservación y no de abstractas utopías. Unas interpretaciones-traducciones que, a la manera de las ediciones-traducciones críticas de autores griegos o latinos, aporten los elementos que nos permiten interpretar y traducir los restos arqueológicos de una manera y no de otra, sin aversión por la selección, eliminación o sesgos que produce cualquier intento de interpretación, de forma que el especialista y el profano puedan construir identidades y memorias. En este sentido, el proyecto arqueológico se convierte en una auténtica obra de traducción. Una traducción en la que la trama que da sentido a los objetos y asentamientos aislados son los sistemas territoriales que se han sucedido en el tiempo. En esa trama los asentamientos tenían una intencionalidad y en la actual debe asignárseles otra bien distinta que aporte significado a los habitantes de la ciudad actual.

SOBRE LA AUTORA Y EL CeSTer

Andreina Ricci ha sido profesora en Siena, Pisa y Cagliari y, desde el año 1991, es catedrática en la Universidad de Roma ‘Tor Vergata’ donde enseña metodología de la investigación arqueológica y arqueología clásica. En 1993 junto a colegas de otras disciplinas (economía, ingeniería, letras, medicina, ciencias), fundó el Centro Interdepartamental para el estudio de las transformaciones del territorio (CeSTer) del que es directora. En este centro se lleva a cabo una investigación integrada sobre la transformación del paisaje natural y cultural así como la modelización y la gestión automática de datos. La zona de aplicación de referencia de estas investigaciones se lleva a cabo en espacios de la zona sureste de Roma (propiedad de la universidad de «Tor Vergata») donde desde hacía una década se llevaba a cabo la investigación arqueológica dirigida por la cátedra de Metodología y Técnicas de investigación Arqueológica que ocupa A. Ricci.

En este contexto ha llevado a cabo una importante labor de divulgación de la riquísima arqueología de las «afueras de Roma» o Fuori dai Fori, eslogan que pone en valor en una exposición la arqueología encontrada fuera del centro monumental de Roma. El objetivo de la exposición es ayudar a hacer comprensible y más familiar, los restos y ruinas de Roma que se encuentran más allá el centro histórico.

Desde el momento de su creación, el CeSTer, ha sido capaz de ofrecer un conjunto de conocimientos y metodologías que se han puesto al servicio de la Universidad, y de otras instituciones que operan en la zona (Direcciones del Patrimonio, Ayuntamientos, entidades locales y administraciones territoriales, instituciones culturales, operadores privados…).

Andreina Ricci forma parte desde 1995 de la Comisión de vivienda y urbanismo de la ciudad de Roma. En 1996 fue nombrada miembro del Grupo de Estudio sobre la formación en el área de Patrimonio cultural establecido por el Ministerio de Enseñanza Superior y de Investigación Científica. En 1999 fue nombrada miembro del Comité Científico de la Conferencia Nacional de Paisaje creada por el Ministerio de Cultura. En los últimos años, se ha dedicado al estudio de la relación entre el patrimonio cultural y la ciudad contemporánea en relación con el impacto del cambio urbano en el patrimonio arqueológico y monumental.

SOBRE EL LIBRO

Mario Vargas Llosa afirma en la presentación de la Biblioteca de Plata, colección de novelas del siglo XX que recopiló en una editorial, que los libros de una biblioteca dialogan entre ellos. Estoy convencido de esa afirmación. Los libros que he contribuido a difundir al público hispano de Henri Galinié y ahora, este de Andreina Ricci, sobre la práctica de la arqueología urbana dialogan en numerosas ocasiones. La inexistencia de preguntas sobre los objetivos de la práctica arqueológica, la «utopía de la fuga» aplazando las respuestas, la imposibilidad de la reconstrucción de la realidad antigua, la futilidad de las ciencias exactas para el conocimiento histórico…, son algunos de los temas que los une, pero dejo al lector descubrir por sí mismo ese diálogo.

Compré el libro en Nápoles, y a la vuelta, lo leí en una noche. Al principio fue el insomnio el que me incitó a abrirlo, luego fue la excitación de leer a alguien que se atrevía a abordar cuestiones que nos asustan a los arqueólogos, lo que me impidió cerrar los ojos hasta no haber acabado con el texto.

Pensé que este libro, junto al de Henri Galinié, debería formar parte de las lecturas de los arqueólogos y estudiantes de arqueología de habla hispana. Ya sé que se dice que los estudiantes y arqueólogos hablan lenguas como el francés o el italiano. Es posible, aunque no del todo cierto, pero comparto con Umberto Eco que el idioma del futuro es la traducción. La creencia en que podría existir un idioma unitario internacional también es una utopía.

RICARDO GONZÁLEZ VILLAESCUSA

Catedrático de Historia Antigua y Arqueología

Université de Nice Sophia-Antipolis

Benicarló, 29 de agosto de 2013

BIBLIOGRAFÍA

AGAMBEN, G., Mezzi senza fine. Note sulla politica, Turín, Bollati Boringhieri, 1996.

ANDERSON, P., Los orígenes de la posmodernidad, Barcelona, Anagrama, 2000.

BARRERÉ, C., D. BARTHÉLÉMY, M. NIEDDU y F. D. VIVIEN, Réinventer le patrimoine. De la culture à l’économie, une nouvelle pensée du patrimoine?, París, L’Harmattan, 2004.

GALINIÉ, H., Ciudad, espacio urbano y arqueología. La fábrica urbana, Valencia, PUV, 2012.

GONZÁLEZ VILLAESCUSA, R., «Le rêve du celte», introducción a T. Jacquemin, Étude critique des premières origines prêtées aux tribus celto-belges, Bruselas, Mémoires de la société Belge d’études celtiques, 34, 2011.

— «Introducción a la edición española», introducción a H. Galinié, Ciudad, espacio urbano y arqueología. La fábrica urbana, Valencia, PUV, 2012.

MICOUD, A., «La patrimonialisation ou comment redire ce qui nous relie (un point de vue sociologique)», en Réinventer le patrimoine. De la culture à l’économie, une nouvelle pensée du patrimoine?, París, L’Harmattan, 2004, pp. 81-96.

OLMO ENCISO, L., «Un arqueólogo en la ciudad: en los inicios de un ensayo», Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Universidad Autónoma de Madrid, 37-38, 2011-2012, pp. 39-52.

RICŒUR, P., La mémoire, l’histoire, l’oubli, París, Le Seuil, 2000.

SÁNCHEZ LEÓN, P. y J. IZQUIERDO MARTÍN (coords.), El fin de los historiadores. Pensar históricamente en el siglo XXI, Madrid, siglo XXI Editores, 2008.

SÉTTIS, s., El futuro de lo clásico, Madrid, Abada Editores, 2006.

WALLERSTEIN, I., Ouvrir les sciences sociales, París, Descartes & Cie, 1996.

WARMENBOL, E., La Belgique gauloise. Mythes et archéologies, Bruselas, Racine, 2010.

PREFACIO

Siempre que se habla de bienes culturales, sobre todo de los bienes arqueológicos distribuidos por el territorio, afloran sentimientos diferentes y, a menudo, contrapuestos, porque varios son los sujetos que entran en relación (voluntaria o involuntaria, directa o indirecta) con los numerosos restos y ruinas presentes en nuestro país: estudiosos, representantes de las fuerzas políticas, administradores locales, trabajadores de las instituciones públicas responsables de la tutela del patrimonio, representantes del empresariado más vinculado a las transformaciones urbanas y asociaciones culturales y medioambientales.

Sin embargo, entre otros muchos, hay un problema que, por lo general, se pasa por alto: el significado que estas preexistencias tienen hoy en el imaginario de los ciudadanos y sus comunidades, a efectos de elaborar identidades colectivas cada vez más «múltiples» y «diferenciadoras». No se trata de algo superficial, ya que atender el problema o eludirlo puede condicionar políticas de la tutela sensiblemente diferentes o con orientaciones diversas. Y es evidente que se trata de un problema, o de una relación, que todavía está por investigar o resolver. De hecho, más allá del recurso frecuente y mecánico (sobre todo, en ocasiones oficiales o académicas) a conceptos como identidad y memoria, los fragmentos de la ciudad antigua manifiestan una evidente alteridad resultando, en la mayor parte de los casos, indescifrables o incluso invisibles. Está claro que este tema implica a los arqueólogos y su trabajo; o por lo menos, a aquellos arqueólogos que, aun dedicados a fondo a la investigación científica, cultivan también una pasión cívica que les empuja a interesarse por las repercusiones sociales de sus investigaciones y descubrimientos. En otras palabras, si aceptamos que la arqueología es una disciplina histórica de pleno derecho, los arqueólogos no pueden dejar de tener en cuenta, al igual que los estudiosos de otras disciplinas históricas, el uso público de la historia que se ha hecho, y que aún hoy se hace, para controlar el imaginario colectivo.

Desde hace tiempo se está reflexionando sobre cómo, en los siglos XIX y XX, los monumentos antiguos y los vestigios del pasado fueron ampliamente utilizados por la pedagogía política en el proceso de «nacionalización de las masas», encendiendo auténticas «pasiones identitarias». En esta misma dirección es igualmente legítimo, u obligado, preguntarse qué finalidades pedagógicas, en la actualidad, cumple la «puesta en escena» de nuestras preexistencias, y con qué resultados.

Movida, entonces, por propósitos civiles más que científicodisciplinares, he reordenado en este ensayo un conjunto de consideraciones y pensamientos madurados progresivamente en años de excavaciones, de confrontaciones teóricas sobre el método y de experimentaciones didácticas, que me han llevado a reflexionar sobre si, y sobre cómo, los resultados de la investigación arqueológica pueden contribuir a mejorar la relación identitaria entre la ciudad y los ciudadanos, armonizándose con las tramas, en acelerado movimiento, de la ciudad contemporánea.

El escenario elegido es Roma, por la razón de que toda su extensa superficie está llena de una gran cantidad de restos, desde el centro histórico a los tejidos más desiguales de las periferias urbanas extremas y de reciente edificación.

No obstante, he privilegiado Roma por algunas de mis experiencias profesionales. Formé parte, junto con arquitectos, ingenieros, geólogos y expertos en derecho urbanístico, de la Comisión consultiva municipal del Ayuntamiento de Roma desde 1995, y durante casi ocho años; un periodo en que la administración ciudadana, con gran fuerza, se afanó en buscar una nueva «calidad urbana». En esos años, también dirigí el trabajo de elaboración de un mapa informatizado de todas las presencias arqueológicas (romanas y medievales) visibles en la ciudad contemporánea. Estas experiencias han constituido un observatorio de extraordinario interés, que me han permitido ver con mis propios ojos tanto la multiplicidad de soluciones que pueden producir las propias leyes de tutela, como algunas características, significativamente recurrentes, de la obra de salvaguarda. Pero el trabajo de campo y la actividad didáctica en una Universidad (Roma Tor Vergata), situada en los límites de la metrópoli, también han enriquecido posteriormente, con estímulos e interrogantes, mi recorrido profesional. La relación que, en esos lugares, se establece con los restos del pasado es muy diferente de la que le viene a uno a la cabeza cuando piensa en el centro de Roma y sus monumentos más famosos. Allí, una miríada de fragmentos de antiguos edificios, calles, acueductos, torres y caseríos tienden a encontrarse/enfrentarse con las realidades contemporáneas más diversas, como franjas de campo romano, barrios ilegales, áreas de muy reciente urbanización o asentamientos de viviendas que acaban volviéndose, a su vez, «históricos».

Me pareció entonces que Roma, en su totalidad, se prestaba bien a una reflexión sobre el uso público de los restos del pasado, puesto en marcha hoy en contextos urbanos muy diversificados y variados. Una reflexión que he considerado urgente, frente a la manifestación de una política de los bienes culturales que está cada vez más encaminada proyectar eventos que pasan muy rápidamente, y que corren el riesgo de no dejar una huella significativa en el público. El problema es conocido, aunque no tiene fácil solución. El acceso de las masas a los grandes acontecimientos culturales representa un esfuerzo que tiende a hacer circular conocimientos y configurar un posible refinamiento de las costumbres. Sin embargo, queda por resolver la cuestión de si, por falta de planificación cultural, todo esto no se reduce a uno de los muchos consumos superficiales a los que, cada vez más, está abocada nuestra sociedad.

El objetivo de este texto es, por tanto, plantear algunos puntos que obstaculizan una política más democrática de los bienes culturales y proponer alguna idea que señale la posibilidad de que, entre los guardianes del patrimonio y los ciudadanos, entre los restos del pasado y la ciudad del presente, llegue a establecerse una relación basada en un nuevo plano de reciprocidad.

De ninguna manera se oculta que esta orientación comporta, para el arqueólogo, un giro radical de perspectiva, forzándolo a un enfrentamiento más serio con la contemporaneidad. Una dimensión que, a menudo, ha sido descuidada, por no decir olvidada, por parte de los especialistas de las disciplinas clásicohumanísticas. De hecho, solo desde el presente puede ponerse en marcha esta «nueva alianza», aunque se trate de arqueología o de un pasado de lo más remoto.

La serie de reflexiones que propongo aspira, en resumidas cuentas, a poner de relieve la necesidad de dirigir una mayor y diferente atención a la arqueología común, presa hoy de eslóganes ocasionales y prohibiciones cada vez más coercitivas e ineficaces. Una atención que, asumiendo como objetivo hacer que los «restos inmuebles» sean familiares a los habitantes de los diversos contextos urbanos, debería partir de los espacios antes que de los museos, de los ciudadanos antes que de las artimañas de los especialistas, para promover, así, un mayor alcance del valor histórico de las preexistencias urbanas. Y esta es la tarea a la que, en mi opinión, debería dedicarse el proyecto arqueológico, entendido como una obra de auténtica interpretación-traducción-relato, capaz de hacer comprensibles y, por lo tanto, realmente utilizables, los resultados de la investigación disciplinar. Cada vez me voy convenciendo más de que los objetos del pasado, que también encontramos sin querer, caminando por la ciudad, deben hablar. Y no tanto como un «deber de memoria», sino para que puedan adquirir un sentido, una calidad o un valor que les haga emerger de la multitud opaca y superabundante en la que se encuentran.

Para concluir esta breve introducción, debo subrayar la importancia que han tenido para mí, en la reflexión sobre estos temas –esenciales y, sin embargo, disciplinariamente distantes de la arqueología–, los amigos con los que, durante estos años, he tenido la suerte de discutir con frecuencia. La mirada que cada uno de ellos ha dirigido a los argumentos abordados en este texto ha constituido un alimento del que he extraído sugestiones y sugerencias, más valiosas cuanto más nuevas o diferentes eran de las vinculadas a mi formación profesional.

Doy afectuosamente las gracias a Marc Augé, Luigi Caporossi Colognesi, Renzo Carli, Riccardo Francovich, Mario Manieri Elia, Giacomo Marramao, Francesco Piva, Salvatore Settis y Antonio Terranova. Debo un especial agradecimiento a Ricargo González Villaescusa, sin el cual esta edición española no hubiera sido posible.

Roma, agosto de 2013

A. R.

1. UN AIRE NUEVO
1. RUINAS EN ZONAS VERDES Y RUINAS IMAGINADAS

Sobre el Parque arqueológico central de Roma se ha estudiado, discutido y polemizado en ocasiones, circunstancias y gestiones diferentes, y los proyectos que se siguen sucediendo son la muestra de la complejidad de un espacio que todavía no se ha resuelto, al que se le han atribuido a lo largo del tiempo diferentes, pero siempre elevados, valores simbólicos.

Cada vez que se han tenido que lamentar retrasos en la sistematización de esta zona, sobre todo en los últimos años, se ha recordado siempre que se trata de un proyecto antiguo, que empieza por lo menos en el momento de la unificación de Italia. Esto es cierto pero, al mismo tiempo, no lo es.

Una de las primeras decisiones de la Comisión de Arquitectos e Ingenieros para la Ampliación y Embellecimiento de la Ciudad de Roma, formada el 30 de septiembre de 1870, fue la de prever la sistematización de esta zona de la siguiente manera:

Este amplio espacio, en principio, estará desprovisto de construcciones modernas y estará destinado únicamente a jardines públicos con los que se rodearán los restos de los edificios antiguos […]; estos jardines se extenderán hasta la Via Appia.1

Se trataba de un área no edificada, que se incluía en un programa funcional con un propósito proyectual bastante claro: hacer utilizable, para los ciudadanos, una parte de la ciudad en la que persistían «memorias antiguas», y que sería caracterizada, a partir de ese momento, como jardín público. El uso del término parque, que hoy estamos acostumbrados a asociar con este espacio, debe pensarse, en el caso de los proyectos posteriores a la unificación, como sinónimo de jardín, cuyo modelo debía ser el de los grandes parques urbanos construidos hacía tiempo en otras capitales europeas. El estudio proyectual de Corrado Ricci, ampliado y asumido por la Comisión pertinente constituida en 1919, lo confirma:

Será una visión verdaderamente magnífica la de los restos grandiosos enmarcados por el verde de los jardines, mil veces más bellos y sugerentes que los parques centrales de las grandes metrópolis, como el Hyde Park de Londres y el Tiergarten de Berlín.2

No sorprende en absoluto que se eligiera este lugar, con tal densidad de restos arqueológicos, para construir una «zona verde pública». De hecho, gran parte de la historia de los parques urbanos se ha relacionado con la historia de la puesta en valor, o incluso creación ex novo, de las ruinas.3 Antigüedades verdaderas o falsas que han sido utilizadas para elaborar auténticas Wunderkammern al aire libre; articular, con presencias inesperadas, una naturaleza también a veces artificialmente construida; o, en otros casos, crear rincones o escenarios para los paseos románticos. El mismo Paseo arqueológico refleja bastante fielmente este diseño.

Los jardines y ruinas han constituido siempre un binomio que, solo desde los años veinte, en Roma al menos, se ha ido deteriorando progresivamente o ha ido invirtiendo su jerarquía. Aún a finales del siglo xix, el diseño proyectado para el área central de Roma preveía que los restos arqueológicos debían desempeñar un importante papel que, sin embargo, no prevalecía sobre la idea de jardín o parque urbano consolidada en otros lugares. Los monumentos entraban en juego como memorias genéricas, como «recuerdos de familia» de los que se podía estar orgulloso, razón por la que se podían exhibir, y de los que se podía arreglar o liberar los alrededores de forma que pudieran disfrutarse mejor,4 pero en torno a los cuales se pretendía crear a pesar de todo una «zona verde pública». En lugar de crear un jardín en el que colocar posiblemente ruinas falsas, se partía de las numerosas e importantes ruinas ya existentes y se rodeaban de zonas verdes, «haciendo su corona de deliciosos jardines».5

El proyecto encajaba bien en el propósito general de transformar Roma en una capital moderna, y las intervenciones sobre los espacios con una alta concentración de monumentos estaban destinadas fundamentalmente a «revitalizar» la imagen de la ciudad. Una ciudad que ya no podía representar «uno de los últimos baluartes contra el progreso, la modernidad y la modernización», que no podía seguir persiguiendo la «misión» de mantener una relación privilegiada con el pasado.6 Roma ya no debía ser el lugar en el que «los vestigios de la magnificencia y la miseria […] superan nuestra imaginación» (Goethe), «the habitation of departed greatness» (Shelley) o la «lone mother of dead empires» (Byron), el «cementerio del mundo» (Herzen). Estas representaciones, tradicionalmente asociadas a la ciudad, no habían entrado en conflicto con el papel de «capital de la cristiandad» que, más bien, había extraído de la caducidad de las glorias y las magnificencias del pasado, de la importancia de las ruinas, una confirmación evidente y una alegoría efectiva. La capital del nuevo Estado laico, cargada de tanta tradición, no podía insistir sobre esos estereotipos que atraían a visitantes y artistas, «felices de encontrar aquí un mundo completamente diferente del de su país», seducidos por la idea de vivir, a través de la imaginación, en un tiempo remoto, pintoresco y diferente del suyo.7

Así pues, fue inevitable una mirada nueva y la búsqueda de nuevos equilibrios que afectaron también a la zona central. A las numerosas intervenciones urbanísticas e inmobiliarias realizadas o proyectadas al abrigo de la unificación, se confió –como es sabido– la tarea de compensar la preponderancia de lo antiguo. Se trataba de atribuir a Roma una «cuota de modernidad» que fuera capaz de reequilibrar la Edad Media, que la «rejuveneciera».

Por otra parte, no era la primera vez que la ciudad sufría transformaciones considerables (baste pensar en las intervenciones de Julio II y Sixto V). Las nuevas obras se han ido inscribiendo siempre en un proceso que ha llevado a la ciudad a crecer y a transformarse sobre sí misma. Con la unificación de Italia, se retomó entonces, después de un periodo de inmovilidad más bien largo, la proyección o realización de nuevas intervenciones. Las protestas que las acompañaron tampoco fueron las primeras. Si volvemos un poco atrás en el tiempo, podemos encontrar juicios radicalmente negativos, como el de Niebuhr:

El espantoso furor inmobiliario de los siglos xvi y xvii ha producido una cantidad de iglesias y edificios que se deben definir en bloque, sin juicios preconcebidos, como pobres y desprovistos de gusto, que reprimen y anulan todo aquello que es antiguo.8

Se trata de obras que hoy representan un patrimonio intocable, si bien en otro momento supusieron un escándalo, no solo respecto a las elecciones arquitectónicas o urbanísticas adoptadas, sino también por la relación con los monumentos arqueológicos que el surgimiento de los nuevos barrios nuevos estaba alterando.

Por tanto, la oposición a las intervenciones posteriores a la unificación no sorprende si se considera que los espacios, las obras menores y los monumentos antiguos se prestan, siempre y en cualquier lugar, a su transformación en baluartes de la conservación. De hecho, sobre ellos se concentra fácilmente la inquietud que cualquier cambio produce y la añoranza por lo que, en cualquier elección, se acaba perdiendo. Esto ha ocurrido y ocurre siempre en cualquier parte y, por lo tanto, no solo en Roma. París, por ejemplo, es un caso entre los más conocidos y elocuentes. En el momento en que las imponentes y radicales transformaciones, realizadas varias décadas antes de la unificación de Italia, modificaron sustancialmente el rostro de la ciudad, volviéndola casi irreconocible a los ojos de sus propios habitantes, la relación entre el pasado y el futuro se vivió con particular vehemencia. París no disponía, a diferencia de Roma, de una red tan densa de monumentos antiguos, listos para convertirse en el baluarte de la oposición al cambio; por eso es muy significativo que las ruinas, materialmente ausentes, aparecieran en la ciudad de cualquier forma y por diferentes vías. Fuente de inspiración y reflexión para tantos intelectuales, poetas y artistas que, por esta razón, amaban y visitaban las antiguas capitales, en esas circunstancias, en París, la «Necessity for Ruins»9 se hizo tan evidente que prefiguró la degeneración de lo contemporáneo.

Chateaubriand, que consideraba Roma, no sin complacencia, «la ciudad donde no nacen más que tumbas», observó el obelisco de Luxor (trasladado desde Egipto y colocado en la plaza de la Concordia) y lo consideró un futuro propagador del desierto del que provenía, presagio de un futuro que todo lo transforma en pasado, en ruina.10 También Víctor Hugo imaginó el futuro del Arco del Triunfo, cuando, marcado por las arrugas del tiempo, se convertía finalmente en algo antiguo, alcanzando así «el punto más elevado de su evolución». Solo con su decadencia, en el confuso desorden de los recuerdos, esa obra podría decirse completa, respondiendo a esa «necesidad de ruinas», entendida como «la clave para comprender lo que ha ocurrido antes y después de ella».11 El rechazo del nuevo monumento llevó al poeta a una huida hacia el futuro, pero un futuro reducido paradójicamente a pasado, elegido verdugo de esa modernidad que amenazaba con interrumpir una decadencia natural, de los hombres y de las cosas. En esta clave se explica también el recurso, frecuente en ese periodo, a imágenes ya utilizadas por aquellos «visitantes» y «ruinógrafos» que «en el siglo xviii habían anticipado para París el destino […] de Babilonia, Menfis, Atenas y Roma», proyectando «sobre la ciudad viviente panorámicas espectrales recubiertas de despojos arqueológicos».12 Estas reacciones emotivas del duelo producido por una pérdida no son extrañas tampoco en Baudelaire («con quien la metrópolis moderna se convierte en topos dominante»), que ve «en las marcas de las transformaciones urbanísticas, la imagen de la destrucción, de la pérdida del mundo propio, del exilio en el desierto».13

Si, por tanto, las ruinas ayudan «a anclar la identidad turbada en un mundo en rápida transformación», haciendo que la incertidumbre del presente sea «estéticamente perceptible»,14 ¿cómo podían estos sentimientos preservar una ciudad como Roma, donde las huellas del pasado habían sido, desde siempre, tan numerosas y reconocibles? En Roma, donde los restos imponentes estaban repartidos un poco por todas partes, la oposición a las intervenciones efectuadas por el nuevo Estado liberal adoptó la forma de una profunda preocupación por el hecho de que los vestigios del pasado se encontrarían «en el medio de las feas vías modernas y de los barrios nuevos […] destruidos por las nuevas fábricas».15 Más que el ansia por la pérdida de un pasado del cual nadie, en este caso, podía sentirse huérfano, el ansia por el cambio se tradujo en un temor por un «exceso de mezcla» o por el riesgo de que las preexistencias quedaran «ahogadas» por la ciudad nueva. Así pues, era un problema de equilibrios y rechazo a la ambientación, contexto en el que los restos y monumentos se encontrarían, inmersos en ese aire nuevo, que algunos deseaban y otros temían. Un aire nuevo, sin embargo –y hay que subrayarlo–, que no modificó de manera sustancial la relación que la ciudad y los ciudadanos habían mantenido desde siempre con lo antiguo. Como bastidores escenográficos o decorado de los parques urbanos, las ruinas siguieron representando «memorias sociales» genéricas y desarrollando funciones predominantemente estéticas. El pasado grandioso que estas reclamaban no dejó de configurarse como indistinto, confuso y ahistórico. Sin duda, esos restos fueron subordinados a un proyecto político y fueron indudablemente utilizados, no por primera vez, como instrumenta regni,16 pero en los límites de una función genéricamente promocional. Una función muy diferente de la perseguida algunas décadas antes, cuando diseño político e iniciativa arqueológica actuaron al unísono en un intento de dar a los espacios públicos y a la monumentalidad antigua la tarea de vehicular, entonces sí, una memoria colectiva: la «romanidad» del antiguo imperio, mito portador de una nueva religión cívica funcional para las ambiciones del régimen.

Para resumir, y volviendo la mirada a las transformaciones del centro urbano realizadas a partir de la unificación de Italia, y las impulsadas después por el fascismo, no podemos limitarnos a destacar una –indiscutible– continuidad proyectual, ni siquiera a propósito del área arqueológica central.17 En la Roma convertida en capital, en el umbral del siglo xx, ese aire nuevo, esa diversidad de otra Roma, que el famoso discurso de Nathan anunciaba,18 no se proponía más que adecuar un poco, pero sin modificar en esencia, la función urbana que los restos arqueológicos habían desarrollado hasta aquel momento. De hecho, hasta los años veinte, no se contempló la posibilidad de utilizarlos para transmitir una «representación pedagógica» precisa de la antigüedad. Estos han permanecido en el estadio de «memorias sociales», huellas no actualizadas comunitariamente, al no haberse impuesto la idea o el propósito –puesto en marcha en los años del régimen– de transformarlos en memoria colectiva,19 es decir, de seleccionar y difundir, dentro de los horizontes del arte político, una reapropiación común de la romanidad antigua como fundamento identitario de la ciudadanía.

2. ARQUEOLOGÍA Y «USO PÚBLICO DE LA HISTORIA»

Desde que, tras el fin de la guerra, volvimos a ocuparnos del área arqueológica central, la condena por las intervenciones mussolinianas operadas en esta zona ha sido incluida en una desaprobación más general y radical de todos los procesos de transformación de la ciudad realizados, a partir de la unificación de Italia, al precio de la destrucción de numerosos tejidos preexistentes. Una lectura –como acabamos de decir– que resulta cuando menos reductiva. De hecho, con el fascismo, Roma encuentra una nueva especificidad respecto a las otras capitales, gracias a ese lazo particular y particularmente fuerte que vinculó el patrimonio arqueológico urbano a las ambiciones totalitarias del régimen. Solo entonces fue confiada a los «objetos de excavación», a los monumentos, una representación pedagógica definida, coherente con la instalación ideológica de símbolos y ritos civiles que discriminarían, en esta única clave, todo lo que era recordado u olvidado, lo que se debía sacrificar o idolatrar.

Si nos detenemos sobre la práctica de los llamados derribos y tenemos en cuenta los programas o finalidades específicas que han llevado a realizarlos, podemos entrever diferencias profundas respecto al periodo posterior a la unificación.

Un primer tipo de derribos (que se podrían definir como sacrificios para el futuro) incluye las demoliciones orientadas a la renovación o modernización de la ciudad. Transformaciones que, en definitiva, estaban destinadas a adecuar Roma a las otras capitales europeas y a «equilibrar los valores urbanístico-encomiásticos ligados a la catolicidad universal», y a cuestionar, de ese modo, la imagen asumida por la ciudad bajo la acción de los grandes papas urbanistas.20

Diferente del anterior, un segundo tipo de derribos (que tienden a configurarse, por el contrario, como sacrificios para el pasado, aun siendo funcionales a una nueva idea de ciudad que está por realizar) incluye esos que hemos considerado derribos auténticos, en el sentido más pleno y literal del término, sventramento;21 esos que, como bien ha definido Mario Manieri Elia, «obligan a la ciudad a dejarse abrir el vientre […] y mirar impúdicamente en su propio cuerpo» y, sobre todo, a «dejar que la herida permanezca abierta»; que niegan una parte de la ciudad más reciente en favor de otra más antigua; que invierten una tendencia, por así decirlo, natural del tiempo, produciendo el cambio completo de una parte del tejido urbano contemporáneo22 (como una especie de estratigrafía inversa). Sobre esta diferencia volveremos dentro de poco, pero mientras tanto debemos subrayar que en la misma área arqueológica central, anteriormente destinada a jardín embellecido por monumentos y ruinas –destinado, a su vez, a embellecer la ciudad–, se rompe un antiguo binomio: los restos se imponen sobre el jardín, el verde es eliminado, los antiguos monumentos se cargan de un significado diverso y asumen una función diferente. Los «recuerdos de familia» son seleccionados y claramente elevados al rol de «testigos de la historia», y de la historia se hace ahora un uso público, selectivo y específico. Ya no serán medios de promoción genérica, sino vehículos de una historia que ella misma se ha convertido en instrumentum. En otras palabras, se materializa por primera vez, de forma tan claramente manifiesta, un hecho importante que podemos incluir por completo dentro de una cuestión, abordada sobre todo por los estudiosos de la historia contemporánea, que Habermas ha denominado uso público de la historia.23

En el uso público de la historia –como ha especificado posteriormente Nicola Gallerano– se puede incluir «todo lo que se desarrolla fuera de los lugares destinados a la investigación científica en sentido estricto, a la historia de los historiadores» y cuyo «impacto público trasciende ampliamente el círculo de los especialistas».24 Se trata de un terreno discursivo, más bien inestable, que mezcla investigación científica, memoria, identidad individual y colectiva, y juicios políticos sobre el presente y el futuro.

Así pues, el uso público de la historia es un tema que reviste, también para la arqueología, una particular importancia y que, hoy por hoy, es necesario abordar.

Para comprender nuestra relación con el uso público de la historia, podemos proceder a una verificación, del todo intuitiva, que parte justamente del fenómeno de los «derribos». Aun no entrando en el plano de los juicios arquitectónico-urbanísticos, podemos notar que las emociones que sentimos recorriendo el Corso Vittorio Emanuele II o la Via della Conciliazione son diferentes de las que nos asaltan en la Via dei Fori Imperiali. Las demoliciones que se han realizado para la construcción de estas arterias se muestran «funcionales» para las re-construcciones (inmobiliarias, monumentales o infraestructurales). Los arqueólogos dirían que se trata de «nivelaciones» (unidad estratigráfica negativa) para la creación de sucesivas unidades estratigráficas positivas. En otras palabras, nos encontramos frente a intervenciones que posiblemente hoy definiríamos como de «demolición-reconstrucción».

El caso de los Foros imperiales es diferente. Es verdad que la idea de una conexión entre la Via del Corso y el Coliseo no nació con el fascismo. Ya en la Relación de los trabajos para la ampliación y embellecimiento de Roma propuesta por la Comisión de los Arquitectos e Ingenieros en noviembre de 1870, se había planteado la hipótesis de una prolongación de la Via del Corso;25 pero con el fascismo, al poner de relieve las ruinas y con la construcción de la Via dell’Impero, se advirtió un cambio sustancial. En esta obra no se sacrificó lo más antiguo a lo más reciente. Allí el tiempo había cambiado de dirección, y las demoliciones sacrificaron lo más reciente a lo más antiguo para hacer sitio, en la nueva ciudad, a una manipulación pedagógica de la historia. Y, justamente, es este uso de la historia lo que genera en nosotros un cortocircuito: a la crítica se añade la indignación. La condena por la práctica del uso público de la historia –que allí, en los Foros imperiales, entra en juego casi con el carácter de un manifiesto programático– suscita hoy algo más que mera aflicción. Una irritación comprensible, como la que se siente frente a las mistificaciones evidentes, que sin embargo no nos autoriza a detenernos aquí. La violencia de las reacciones que esta intervención suscitó impone una reflexión detenida.

La relación con el uso público de la historia es una relación ambigua que, con frecuencia, puede terminar en rechazo o condena. Incluso Habermas, por su parte, «distingue netamente entre lo que se escribe en los ámbitos científicos y lo que, por el contrario, es transmitido por los medios de comunicación» (respectivamente «historia en tercera persona» e «historia en primera persona»). Se trata de una distinción clara, una oposición radical, de principio: «Hace uso público de la historia quien ‘habla en primera persona’ y se propone objetivos político-pedagógicos explícitos».26 Esta oposición rígida y «sin posibilidad de acercamiento entre las prácticas profesionales de la historia (implícitamente positivas) y el amplísimo e intrincado campo de su uso público»27 (radicalmente negativo) prevalece todavía, sobre todo entre los arqueólogos, a pesar de que es justamente esta clara oposición la que, hoy por hoy, ya no convence.

La idea de que es posible una «actividad científica y, en este caso específico, histórica, manteniendo una posición rigurosamente neutral, caracterizada por el distanciamiento del objeto investigado y por el control de los propios prejuicios y de las propias predilecciones»28 ha sido superada desde hace tiempo. En esta línea, Nicola Gallerano corrige la rígida dicotomía delineada por Habermas y propone algunas reflexiones a tener en cuenta.

En la actividad historiográfica, la función cognitiva se alinea y se combina con la que podríamos considerar afectiva, «individual y/o colectiva». Y la memoria no solo está «siempre presente en la investigación, sino que es propiamente la que activa una gran parte del uso público de la historia y es influida por él». Sin duda, el historiador posee instrumentos de control: el uso correcto de las fuentes y las limitaciones que impone en el «control sobre las propias preferencias y los propios valores».29 A pesar de esto, más allá de garantías deontológicas y restricciones autolimitativas, la separación entre investigación histórica y uso público de la historia no es nunca tan clara. Estos dos aspectos se cruzan y se confunden en los criterios de selección de las temáticas y de las fuentes utilizadas. En otras palabras –como recuerda Gallerano–, la intención pedagógica, en diferente medida, está siempre presente en el trabajo científico y, por lo tanto, el historiador hace siempre, en cierta medida, un uso público de la historia. Este es un aspecto importante, sobre el que no nos detenemos cuando, en la esperanza de ser inmunes a este virus, el historiador y el arqueólogo –quizá investidos todavía a nivel emocional por el recuerdo de un uso que, hace solo unas pocas décadas, se planteaba como abuso–, rompen su relación con el mundo exterior, se esconden detrás de la ilusión de una filología aséptica o de una estratigrafía neutral, y muestran excesiva desconfianza hacia todos aquellos aspectos (desde la divulgación de los conocimientos al acceso a las zonas monumentales) que amenazan su aislamiento.

Más allá de excesos y mistificaciones es necesario considerar que

al uso público de la historia pertenecen no solo los medios de comunicación de masas, sino también las artes y la literatura, […] los museos históricos, los monumentos y los espacios urbanos.

En definitiva, todas «las obras que tienen un impacto público que trasciende ampliamente el círculo de los especialistas».30 Además, también es necesario recordar que la arqueología es uno de los diversos modos de hacer historia (el modo que utiliza las fuentes materiales, los monumentos y las huellas de los tejidos urbanos anteriores al nuestro). Con estas premisas sería conveniente, antes de denunciar en bloque estas prácticas, analizar concretamente cómo esta termina por ser activada. En otras palabras, sería importante llegar a comprender que no solo la arqueología participa inevitablemente del uso público de la historia, sino que el arqueólogo, incluso más que el historiador, debe poner una especial atención en dos graves riesgos inherentes a la propia naturaleza de su disciplina.

El primer riesgo lo representa la destrucción de las fuentes materiales que el arqueólogo investiga. Con las excavaciones destruye la mayor parte de los documentos disponibles en el momento mismo en que intenta descifrar la información.

El segundo riesgo se refiere a la incidencia pública de la arqueología. El historiador, más o menos conscientemente, propone una construcción histórica propia y, con ella, su «uso público»: los libros pueden consultarse, pero también pueden no abrirse siquiera. En cambio, los frutos del trabajo del arqueólogo modifican en cualquier caso los espacios urbanos, dejan huellas que se encuentran aun sin querer, huellas que producen representaciones, impulsoras a su vez de un uso público cuyo resultado, lo hemos experimentado muchas veces, no es necesariamente compartible. La arqueología tiene un extraordinario potencial desde el punto de vista didáctico-pedagógico, pero también es un instrumento peligroso (sobre todo si creemos que podemos ignorar su acentuado y casi natural carácter público, o lo utilizamos de manera inadecuada), dado que genera modificaciones ostensibles de la ciudad que, a veces, se han pensado poco (al menos desde este punto de vista) o se han propuesto o impuesto apresuradamente con el único objetivo de llegar al público.

Por lo tanto, no debe infravalorarse la complejidad de la relación entre historia-arqueología, por un lado, y uso público de la historia-arqueología, por otro. Si no es posible eliminar de nuestra actividad como arqueólogos el uso público de la historia (una vez que se ha admitido que esa eliminación representaría por sí misma un valor), entonces debemos ahondar en nosotros y en nuestros proyectos para entender y explicitar con claridad cuál es el objetivo didáctico que estamos planteando. En el caso de los Foros imperiales, la responsabilidad que nos confieren las intervenciones, actuales y futuras, no es, ni será, de menor entidad o relevancia de la que se le confirió al fascismo por medio de las modificaciones realizadas, la exaltación de la Roma imperial o la destrucción de los tejidos medievales y renacentistas. Lo que marca la diferencia no es el cambio de los sujetos que trabajan en las excavaciones, ni lo correcto de sus técnicas de investigación, ni los progresos alcanzados por las metodologías arqueológicas en los últimos cincuenta años.

El desplazamiento del objetivo de la Roma imperial a la Roma arcaica –también ampliamente utilizada por el fascismo– o la eliminación física de la calle «por la que caminó Hitler» tampoco garantizan la adecuación y calidad de las nuevas propuestas.31 Con respecto al pasado, no son suficientes «una actitud puramente deprecativa y una mera actividad de corrección, con el lápiz azul», aunque sean legítimas e, incluso, obligadas. No representan la garantía de una nueva idea de la historia, que se basaría en la misma idea de ciudad que estamos transformando, ni de conseguir encarrilar dentro de la filología el riquísimo flujo de comunicaciones directas e indirectas sobre la historia que acabamos de proponer.32

La calidad/diversidad de un proyecto nuevo deberá basarse en la conciencia de estos límites y en la comparación con todo lo que la clase dirigente (nacional y local) y los arqueólogos con vocación de testigos (activos o pasivos) impusieron, realizaron o conmemoraron, hace poco más de cincuenta años, con motivo de la celebración de efemérides excepcionales.

En definitiva, aun con matices diversos, el tema del uso público de la historia implica de forma particular a la investigación arqueológica y las diferentes políticas urbanas, ya sea porque esta reivindica desde hace tiempo y con decisión el papel de disciplina histórica, ya sea por el carácter público que inevitablemente asumen los restos inmuebles que constituyen las fuentes. Cualquier reflexión sobre las relaciones entre iniciativa arqueológica y desarrollo urbano no puede, entonces, pasar por alto el uso público que se ha pretendido hacer de la arqueología en el pasado y lo que inevitablemente (aunque no consciente o declaradamente) se está proponiendo en la actualidad.

La «calidad» de nuestra política cultural (en el centro de la ciudad y en las periferias más extremas) debería residir en una conciencia más crítica de lo ineludible de un uso público de la historia que, como tal, deberá ser planteado, proyectado adecuadamente y explicitado con claridad. Entender esta cuestión obliga a entrar en el ámbito de las inevitables implicaciones ideológicas que toda intervención comporta y, por tanto, a dirigir y transmitir todo lo que ya no es posible eliminar.

En este sentido, puede resultar útil reflexionar sobre algunos aspectos, quizá menos tratados, de la relación que el fascismo estableció con los monumentos arqueológicos romanos.

3. AISLAMIENTO DE LOS MONUMENTOS Y RELIGIÓN DE LA POLÍTICA

El concreto y deliberado uso público de la historia puesto en práctica en el periodo fascista no podía más que reflejarse en la ciudad de las formas más dispares. Podemos recordar dos de estas formas, de las más complejas y repetidas, que son importantes porque de ellas parecen derivar las formas de referirse a las evidencias arqueológicas que todavía hoy sobreviven, impulsoras inconscientes (y poco discutidas) de nuestras políticas de protección.

La primera se refiere a lo que se ha definido como «aislamiento» o «monumentalización» de los restos arqueológicos. Un tema muy tratado por la crítica de posguerra y que intentamos reinterpretar aquí con un énfasis diferente. La segunda concierne a un aspecto diverso, generalmente descuidado y aun así importante, que debe ser considerado: la nueva relación espacial que, en la ciudad, parece haberse establecido entre pasado y futuro a partir de los últimos años del régimen.

El tema del aislamiento de los monumentos no es nuevo. Sin embargo, lo que proponemos aquí es una reflexión, no tanto del carácter indeterminadamente «sagrado» que los análisis críticos más frecuentes han reconocido en los diferentes «aislamientos», como del tipo de sacralidad que se les había asignado. Una sacralidad que, como intentaremos demostrar, no surge «del silencio», sino de la palabra, que es necesaria para la religión de la política del fascismo y su proyecto pedagógico. En este sentido, los aislamientos de esos años pueden ser considerados como huellas materiales de una filosofía sobre la que es importante seguir reflexionando.

De hecho, la «espectral antología de fragmentos de arte y restos, aislados en un espacio vacío» de la que hablaba Cederna con una fuerza y una pasión inigualables, parece hoy, con la perspectiva que da el tiempo, algo más que «el equivalente exacto del vacío mental y cultural de quien había pretendido y ejecutado aquellas intervenciones».33 Y tampoco nos convence la lectura, generalmente compartida, que ve en esos vacíos el fruto de la voluntad de crear «una atmósfera vagamente metafísica»,34 que debía estimular un alejamiento «de la realidad y de la vida»35 en una especie de «sacralidad» más allá de lo humano. Creo que es importante que nos detengamos en este punto. La intención de atribuir una especie de sacralidad a esos vacíos es innegable, pero también es necesario hacer alguna distinción sobre el carácter que tuvo esta sacralidad.

Podemos partir de un dato general, macroscópico, representado por el hecho de que a los edificios de culto se les han adjudicado (desde siempre, podríamos decir) áreas vacías y libres de construcciones, con características, transferencias y funciones no idénticas. «Los espacios exteriores a las iglesias» pronto se convirtieron en «tierra de nadie». La franja de vacío que rodeaba los edificios de culto indicaba un cambio de los límites de la existencia, una fractura que marcaba una «zona franca» de «transición», un lugar apartado de la ciudad, una «zona de silencio».36

Pero ¿tienen que ver con esto las áreas vacías que el fascismo estableció en torno a las imágenes o edificios considerados significativos por la política y la filosofía del régimen? Para ensayar una respuesta quizá sea útil recordar brevemente las relaciones que Mussolini entabló con algunos de los personajes de la Roma antigua, lazos que puntualmente se trasladaron a la ciudad con la creación de espacios vacíos en torno a algunos de los monumentos existentes.

Podemos encontrar un buen resumen del itinerario seguido por el Duce en lo que respecta a las personificaciones de las que se sirvió en la construcción de su imagen pública en el volumen de Giardina y Vauchez donde, en la parte dedicada al fascismo, se rastrea ese recorrido tortuoso que comportó un juego complicado, casi temerario, de equilibrismos. No hay duda de que «el verdadero héroe de Mussolini siempre fue Julio César», porque «solo él reunía, en sí mismo, la voluntad del guerrero y el ingenio del sabio» y, sobre todo, porque «era un ejemplo de genio entregado a la acción y la conquista». Sin embargo, Julio César, «como advertía su propio destino», no podía ser «un modelo a imitar en todo y por todo». La elección recayó entonces sobre Augusto que, «aun sin tener las dotes de Julio César tan apreciadas por Mussolini», había sido un «político de genio»37 a pesar de todo y, principalmente, el fundador del imperio. Tal fue así que, desde 1937, después de la conquista de Etiopía, el Duce privilegió la imagen del «primer emperador». Se trató de una elección muy enfatizada y publicitada, sobre todo con ocasión del segundo milenio de Augusto, a quien se dio, como es sabido, una gran importancia.

Cada una de las etapas de este camino, que no era lineal, se caracterizó por la creación de «vacíos urbanos», concebidos fingidamente para hacer referencia directa a la persona del Duce, como las demoliciones que se realizaron con la intención de recuperar, del «silencio del olvido, los foros y los templos»,38 o la creación de la gran plaza que aislaba el mausoleo de Augusto y el Ara Pacis, que se ubicó al lado.

Hechos, obras y discursos que son bien conocidos y que no pretendemos plantear de nuevo aquí. Pero sí que podemos dedicar alguna línea al último tramo (un poco olvidado) del recorrido seguido por el Duce en la construcción de su «imagen carismática». Este hecho le llevó a asimilar otra figura de la historia de Roma, Constantino. La introducción de este nuevo personaje, un «emperador cristiano», se configuró como un signo conciliador hacia la Iglesia y el mundo católico que, como es sabido, veían en los nuevos cultos, en las liturgias civiles y en la sacralización de las entidades seculares y los líderes políticos, un peligroso fenómeno de nuevo paganismo y una amenaza para la cristiandad.39 Es importante en este punto recordar el tema de la religión política del fascismo, abordado específicamente por Emilio Gentile,40 no solo para insistir en el hecho de que todos los elementos de aquella imagen combinatoria encontraron una confirmación puntual en la ciudad, sino porque la identificación con el emperador cristiano lleva directamente de vuelta a las fricciones con la Iglesia católica, generadas por la construcción progresiva de un auténtico culto al líder. De hecho, es justamente este aspecto el que ayuda a determinar qué tipo de sacralidad se atribuía a los aislamientos y vacíos urbanos.

Volvamos, entonces, a la última personificación, que también contó con un monumento; en este caso, el arco que Constantino había hecho erigir junto al Coliseo. Podemos añadir un breve apunte a este respecto. Las demoliciones de la Meta sudans y de la base del Coloso de Nerón, que se encontraban entre el Coliseo y el Arco, se llevaron a cabo a principios de 1933. Estas destrucciones, que –en la posguerra– fueron achacadas a la «incompetencia» e «irresponsabilidad» de un régimen que llegó a demoler estos restos tan famosos por agilizar la circulación de los medios motorizados, ya fueran militares o civiles,41 dicen mucho más si se introducen en el «programa iconográfico urbano» al que se transferían, puntualmente, las diferentes personificaciones de Mussolini.

Muñoz, respondiendo a las quejas de los arqueólogos que criticaban las demoliciones producidas, hizo referencia a las exigencias del tráfico, pero también explicó que, por un lado, estas actuaciones habían afectado únicamente a restos «antiestéticos» (lo que se correspondía con la jerarquía establecida por el fascismo entre monumentos, ruinas y color local)42 y, por otro, especificó que estas ruinas «obstruían la vista del arco de Constantino». En otras palabras, impedían el vacío que ahora, por la nueva personificación del Duce, se hacía necesario. No se trató, por tanto, ni de una simple elección urbanística, ni de una decisión superficial tomaba por un burócrata. De hecho, el propio Muñoz afirma que fue «fruto de una meditada reflexión por parte de la autoridad política».43 Y esa «meditada reflexión» que llevó a Mussolini a introducir en su programa al emperador cristiano, nos conduce de nuevo al punto de partida, donde nos preguntábamos qué tipo de «sacralidad» se ha atribuido a algunos de los monumentos urbanos más antiguos y famosos.

Las identificaciones parciales del Duce con los personajes de la Roma antigua, tanto paganos como cristianos, no le llevaron recuperar las divinidades paganas, pero tampoco le reconoció nunca un primado a la religión católica. Es más, como Gentile nos ayuda a comprender, con ella se generó un antagonismo que residía en la «voluntad del estado fascista de no desistir de las ambiciones de su ‘religiosidad’ […] al moldear las conciencias de las nuevas generaciones».44 El aislamiento del arco de Constantino y el nuevo vínculo con el emperador cristiano debía presentarse, entonces, como un gesto dirigido a suavizar un conflicto real entre dos religiones diferentes. Bien mirado, cada vez más, el fascismo, como una iglesia, se atribuyó «una misión edificante, educadora, apostólica y caritativa» y, como una religión, afirmó

el primado de la fe […], llevó el pensamiento mítico al poder, […] consagró la figura del líder carismático como intérprete de la conciencia nacional, […] prescribió un código de mandamientos éticos para el ciudadano e instituyó una liturgia política colectiva para celebrar la deificación del Estado y el culto al líder.45

El fascismo se configuró exactamente como una religión, pero, a diferencia de las religiones de lo sobrenatural, se trataba de una religión «terrenal», una religión de la política:

Un modo de concebir la política más allá de los cálculos del poder y del interés, ampliándola hasta incluir en ella la definición del significado último de la existencia.46

En este sentido, en el ámbito de lo que fue «el prototipo de las religiones políticas del siglo xx»,47 los espacios vacíos se convirtieron en «espacios sagrados», habitados por símbolos que, a través de las múltiples personificaciones, reconducían al líder carismático. Una sacralidad que no aspiraba a alejar «de la realidad de la vida» y por la que los vacíos, contrariamente a todo lo que se ha dicho, no se dedicaban al silencio, ni generaban una «apología de la soledad».48 En una «época de masas», que hacía necesaria la visualización de ideas o mitos «a través de la representación dramática y simbólica de una estética de la política»,49 los vacíos asumieron un carácter contrario al intimismo y al silencio. Los símbolos y los «lugares sagrados», fuertemente arraigados en la ciudad, debían hablar, con voz altisonante, a los movimientos colectivos que son expresiones necesarias de las religiones de la política, como lo era el líder carismático.50 Así, el mayor número posible de personas podía mantener, en los espacios libres de obstáculos y listos para acogerlas, un encuentro con este líder carismático y su autoridad, que (a través de los lazos identitarios ya establecidos con los antiguos emperadores) alimentaba, en un círculo virtuoso, el culto a la personalidad del Duce. No había «un cambio en los términos de la existencia», ni se hacía alusión alguna a lo sobrenatural; se trataba de la trasposición directa de ese tipo de religión, terrenal y política, a los espacios urbanos, de la que el siglo apenas transcurrido ha ofrecido más de un ejemplo.

El vacío fue también un medio para llamar la atención; una «exageración» (como cuando ponemos una palabra en cursiva para señalar su importancia) para producir una «concentración de significado»;51 un «recurso» útil para que los símbolos elegidos fueran perceptibles por un público más numeroso y desde la mayor distancia posible;52 artificios técnicos eficaces, de los que se sirvió esta particular religión para revestir algunos monumentos de una sacralidad, hasta ese momento, inédita.

En este sentido, si consideramos que las eliminaciones, los derribos y las intervenciones urbanísticas, que la crítica de posguerra consideró «una insensible y alterada secuencia antológica en una atmósfera vagamente metafísica»,53 son etapas de un programa político-religioso concreto (más que urbanístico, arquitectónico o estético), resultan todo menos incoherentes, desconectadas o cuantitativamente integrables. Pero esta razón no permite justificarlas o compartirlas, sino todo lo contrario: deben ser observadas con mayor atención. Si queremos que nuestro trabajo actual sea más consciente y eficaz, y si realmente rechazamos las decisiones que se han tomado, debemos seguir analizándolas –en lugar de negarlas o eliminarlas en bloque– desde perspectivas diferentes, y seguir insistiendo, por lo tanto, en el tipo de religión de la que la realización de los «aislamientos» fue expresión directa.

No es fácil entender cómo y, sobre todo, en qué medida todo esto ha entrado de manera consciente en la planificación de cada una de las intervenciones. En cualquier caso, no pasamos por alto la atención que, desde principios del siglo xx, se ha prestado a temas como el valor asignado a los testimonios del pasado o la importancia atribuida a los monumentos para capturar la atención del público. En 1903, en su obra El culto moderno de los monumentos, Riegl define exactamente las transformaciones de sentido y de atribución del valor asignado a los testimonios del pasado y, en este ámbito, establece los fundamentos de la estética de la percepción.54 Un tema nuevo (con el tiempo, cada vez más importante) que también suscitaba interés fuera del círculo de los especialistas.55 Sobre este último aspecto, que vuelve a estar de plena actualidad, insistiremos más adelante; pero, para el tema que nos ocupa, no podemos reanudar el argumento con el presente, sin antes abordar un segundo tema, ya anunciado, que se refiere a la nueva relación espacial, entre pasado y futuro, que la religión de la política proyectó sobre la ciudad.

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