Читать книгу: «Pacto entre enemigos»

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28001 Madrid
© 2020 Ana Isora González de Lena Román
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Pacto entre enemigos, n.º 275 - agosto 2020
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Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-1348-701-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Epílogo
Nota histórica
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A mi familia, por permanecer siempre junto a mí.
A Ángel y a Marilá, por comprender que la diferencia es un don, y no un inconveniente.
¡Tú, romano! Recuerda tu misión: ¡dominar a todos los pueblos por la fuerza!
VIRGILIO, Eneida (VI, 850-853).
Una hembra celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luchen a la par que sus hombres, y a veces, hasta mejor que ellos.
JULIO CÉSAR. La guerra de las Galias.
Vivamos, Lesbia mía, y amemos. Y los rumores de los ancianos no nos importen todos ellos un as. Los soles pueden ponerse y volver a salir, pero cuando para nosotros se ponga nuestra breve luz, dormiremos una noche eterna. Así que dame mil besos, después cien, y después otros mil, luego otros cien…
CATULO. Canto V. Siglo I a.C.
Capítulo 1
Asturias, año 19 a.C.
El centurión Marco Ticio Aquila había visto muchas cosas, pero aquella ocupaba un lugar especial entre las profundidades del infierno. Esforzándose, avanzó un paso más, solo para comprobar cómo su cuerpo se hundía en el limo cenagoso del norte de Hispania. Una fina llovizna oscurecía el paisaje, y detrás de él, los hombres luchaban por seguirle el ritmo.
—¡Vamos! —clamó, en lo que podía interpretarse como una orden amable.
Los suyos habían sufrido mucho, y ahora su destino por fin estaba cerca. Ni él ni los demás esperaban, sin embargo, que el último trecho fuera sencillo. Su superior, Publio Fausto Galeo, les había ordenado que acudieran a recoger las muestras de pleitesía de la población derrotada, y a Marco no le había quedado más remedio que obedecer. La misión no era de su agrado. Los astures eran un pueblo salvaje e indómito, con tendencia a sublevarse cada cierto tiempo. Marco hubiera preferido estar bajo las órdenes de su antiguo oficial, pero este había muerto hacía meses y él había recibido el mandato de dirigirse hacia el norte, más allá de las montañas, y ayudar al nuevo tribuno a hacerse con las tropas. No le resultaba fácil. Publio era un joven ambicioso, más atento a la política que a las necesidades de la guerra. Marco había llevado a cabo misiones diplomáticas en el sur, con otros oficiales, pero aun así, Publio continuaba ignorando cualquier ayuda que pudieran prestarle. Después de subyugar a los mandos intermedios, su comportamiento se había vuelto irascible y difícil. Cuando le sugirieron que la obediencia indígena podía esconder segundas intenciones, acabó montando en cólera:
—Id, pues —dijo—, y traedme los impuestos de aquellas tribus que antes creyeron poder enfrentarse a nosotros. Sus supervivientes ni siquiera tienen fuerzas para vitorearnos, pero lo hacen por temor al ejército. Tal vez eso os devuelva la confianza en la ley de Augusto.
Así que Marco había marchado al encuentro de los astures, los que hacía no mucho le habían hecho temer por su vida. Las guerras astur-cántabras habían resultado ser un episodio muy sangriento, gracias a Carisio, Agripa y a los mismos rebeldes, que untaban sus armas con veneno de tejo. Marco sabía que la paz no podía darse por garantizada, pero Publio había tenido razón esta vez. Los habitantes de aquel pequeño pueblo no tuvieron ánimos para resistir ante nadie, y las negociaciones fueron bastante fluidas. A Marco casi le dieron pena. Después de tantos años en el ejército, hubiera debido acostumbrarse a escenas muy duras, pero aun así le afectó ver a los niños famélicos. Ellos solo se llevaron lo que Publio les había pedido. Nunca le había gustado menos identificarse con el papel de soldado invasor.
—Mi centurión —le susurró el optio—, nuestros hombres están inquietos.
Marco miró hacia atrás. La columna estaba exhausta. No hubieran debido salir del campamento, y él lo sabía. El invierno había dejado un rastro de hambre y miseria, también entre la tropa de élite; y aunque ya lo habían dejado atrás, la nieve complicaba mucho la marcha. Un enfermo gimió a su lado y Marco lo acomodó en su hombro. Él era centurión, pero también amigo. Y a Julio Nepote, un viejo oficial, le debía la vida.
—Continuad —dijo—. No quiero rezagados: quien se encuentra con los astures, lo paga con la vida. Optio, vigílame a ese grupo —pidió—. Estamos a punto de cruzar una zona complicada, manteneos atentos.
El oficial asintió. La orografía nunca jugaba a su favor, pero aquel entorno era un caso aparte. Los peñascos reducían la visibilidad, y el viento y el frío no ayudaban. Un grave silencio se extendió entre la tropa, mientras combatían los elementos que los dioses astures habían querido enviarles. El aguanieve les aguijoneaba la piel.
—Ya casi estamos —dijo Marco.
Y así era. Durante un segundo, la niebla incluso pareció disiparse y dejar al descubierto una silueta sombría. El campamento aún quedaba a bastantes millas, pero el hecho de reconocer el relieve que lo rodeaba animó a sus hombres. Marco casi podía verse ante Publio, entregándole los alimentos que habían requisado y que durante todo el camino no habían hecho más que ser una constante rémora. Le pareció sentir el olor del fuego y de las viandas cocinándose en él. Sin embargo, no podía distraerse. Se esforzó por continuar, sin reducir la atención.
Una llamada cruzó el aire.
Marco se tensó. No fue el único. Julio y él se miraron.
—Centurión… —musitó el optio.
Marco lo mandó callar. Y en ese momento…
—¡Alzad vuestro escudo!
Algunos hombres obedecieron a destiempo, y aquello les costó la vida. Una lluvia de flechas segó sus gargantas. El mismo Marco tuvo dificultades para protegerse, con el herido sobre su hombro. La reacción, con todo, había sido buena. Marco bramó, reagrupando a sus hombres.
—¡Vamos, vamos! ¡Formad! ¡Si destrozan nuestra defensa, estamos perdidos!
Los hombres abandonaron la carga de Publio y la centuria se transformó en una armadura articulada, compuesta por decenas de escudos rojizos. Más flechas cayeron sobre la tropa, que resistió. Los astures estaban atacando, y su griterío enseguida se dejó sentir.
—Cabrones… —masculló Marco.
Los guerreros astures eran rápidos, salvajes e imprudentes. El centurión los observó surgir de entre la niebla, favorecidos por su buen conocimiento del terreno. Él había vivido ya situaciones semejantes, pero aquella era todo un desafío, puesto que la guerra se daba ya por terminada. Buscó a su líder. Parecía un chico joven, sentado sobre su montura. Notó un poderoso golpe y agachó la cabeza. El impacto fue tan potente que le destrozó la insignia roja del casco. Julio Nepote cayó al suelo, muerto.
Dominando la rabia, analizó todas sus posibilidades. La resistencia por sí sola no garantizaba el éxito, ni siquiera la supervivencia. Con el terreno a su favor, descansados y protegidos por sus dioses, los astures suponían un serio problema. Era factible que hubiesen pactado con la otra tribu, y que ahora quisieran vengarse de unos recaudadores a los que encontraban agotados y lejos de cualquier refuerzo. No cabía esperar que nadie acudiese en su ayuda, al menos, no cuando más lo necesitaban. Marco tenía pues la responsabilidad de proteger a sus hombres.
—¡Por Cernunnus!
—¡Tiranos de mierda! ¡Acabad con ellos!
Aquellos insultos, pronunciados en la lengua bárbara, le produjeron un extraño sosiego. Sus oponentes eran una tropa extranjera, y él organizó a los suyos para que cerrasen aún más las filas, eliminando cualquier hueco por donde pudiese penetrar un astur. El efecto fue inmediato. Los indígenas se estrellaban contra los escudos, furiosos al ver que no habían logrado romper la defensa. Ahora, el combate sería más largo y difícil. Haciendo un supremo esfuerzo, los romanos consiguieron abrirse camino, empujando aquella ola humana.
Los astures parecieron vacilar, pero solo por un instante. Marco evitó un doloroso corte en la pantorrilla, aunque otros no tuvieron tanta suerte. Cualquier roce con aquellos filos era mortal a la fuerza, debido al veneno; por lo que el combate se volvió mucho más peligroso. Más militares cayeron, mientras los otros luchaban por cubrir su espacio. Marco miró al frente, ceñudo. Aunque hubieran podido sobreponerse, no durarían mucho si los astures continuaban diezmándolos de aquella forma. Tenía que acabar como fuese con la emboscada. Volvió a fijarse en su líder, aquel jinete imberbe y arrogante. Tuvo una idea.
—¡Cuidado!
Un legionario se derrumbó encima de otro, y los bárbaros empujaron con toda su fuerza. La fila titubeó. Los salvajes soltaron un grito de júbilo: la formación acababa de romperse. Sin embargo, el rostro de Marco permaneció serio. En cierto modo, aquel inconveniente lo beneficiaba. Vio al jinete avanzar hacia ellos, a gritos, y en el último segundo tomó una lanza del suelo. Aquella era su oportunidad.
El pilum cruzó el campo, veloz, y fue a clavarse en la ijada del animal. Incapaz de dominarlo, el joven cayó a tierra, y con la confusión ninguno de sus hombres corrió a ayudarle. Estaba tan próximo… Marco apretó los dientes.
El choque fue intenso, rudo y salvaje. Ambos se enfrentaron con saña, rodeados de una muchedumbre que apenas supieron ver. En la lucha solo existía el siguiente objetivo, y Marco tanteó al astur, con una estocada. Quería alcanzar sus órganos, pero el chico era ágil, aunque no muy fuerte. Un golpe más bastó para comprender que no resistiría mucho tiempo. Se empleó a fondo.
Ni toda la técnica del mundo podría suplir aquella falta de fuerza. El joven parecía saberlo, pero eso solo le sirvió para que pelease con más empuje. Marco tuvo que protegerse varias veces, evitando el arma de su enemigo. Este intentó herirle, y Marco esbozó una leve sonrisa:
—¡Solo las niñas cortan en vez de clavar!
El astur apretó los dientes, furioso. Marco apenas podía verle el gesto, pero se lo imaginaba. Cuando intentó ir a por él, levantó el escudo y le dio un potente golpe. El joven se tambaleó. El borde de hierro le había herido en el rostro, y ahora sangraba a raudales. Marco lo utilizó de nuevo. Aturdido, su oponente trastabilló hacia atrás y cayó a tierra.
Marco se lanzó a por él. Quería matarlo antes de que se levantase, pero el peligro alentó el espíritu de supervivencia del astur. Cuando iba a darle con el gladio, respondió al ataque, enganchando su propio filo bajo el escudo, de tal manera que consiguió alzarlo un poco. Le lanzó una patada. Marco se desequilibró.
—¡Maldita sea!
Cayeron uno encima del otro. Marco intentó quitarle el arma, pero el astur continuaba debatiéndose como una bestia. Se enzarzaron en un sucio combate, a puñetazos y mordiscos, y solo gracias a sus músculos consiguió desarmarlo y poner su gladio bajo la carótida. Aquel animal le había hecho sangrar, pero por fin lo tenía.
—¿Tienes miedo, bárbaro? —preguntó—. ¡Déjame verte!
El astur intentó resistirse. Marco fue inflexible. Con un potente empujón, lo agarró del casco y consiguió retirar su última defensa. La cabeza de su enemigo estalló en llamas.
Pelo y más pelo, liso y de un llamativo color rojo, asomaba por debajo del metal. Atónito, Marco se percató de que estaba apoyado sobre una especie de «blandura», y no sobre unos pectorales fuertes de varón. Jadeó, incrédulo.
Una mujer.
El enemigo de los romanos, líder de los astures y su pesadilla en aquel momento era una mujer.
Marco tardó apenas un minuto en sobreponerse, pero fue bastante. Como una pantera, la astur se arrastró por debajo y agarró la espada.
—¡No!
Un dolor ardiente le hizo callar. La muy víbora le había herido en el rostro. Cegado por la sangre, Marco quiso defenderse, pero la astur le golpeó de nuevo y el centurión cayó a tierra. La patada en la mandíbula había sido brutal. Parpadeó, confuso. La astur le había quitado el gladio. Ahora, el indefenso era él.
El tiempo pareció detenerse. Marco observó la punta de la espada, que tantas veces le había servido bien, y que ahora iba a terminar con su vida. Solo se oían las respiraciones de los dos enemigos, y durante unos segundos, así continuó. Fue él quien quebró el silencio.
—¿Qué más esperas, astur? —dijo—. No voy a suplicarte. Mátame.
La joven levantó la espada, y en el último momento Marco cerró los ojos. Pero no sintió el golpe. En su lugar, oyó un grito de cólera y un impacto contra el suelo.
Sin saber muy bien si estaba muerto o vivo, el centurión separó los párpados. Aún tenía la cabeza sobre los hombros, y su fiel gladio reposaba ante él, clavado en la tierra. La astur le había perdonado la vida.
Estupefacto, Marco la miró. Su gesto reflejaba un profundo odio, pero no hizo amago de cambiar de idea. En su lugar, dejó que el romano se incorporase y le dio un nuevo golpe.
—¡Desaparece! —bramó, utilizando su idioma.
La lucha daba sus últimos coletazos. Sin añadir nada más, la astur reunió a sus hombres y se evaporó con ellos en la niebla.
Marco se quedó solo, impactado aún por lo que acababa de ocurrir.
Perdonarle la vida al romano trajo a Aldana de cabeza durante las horas siguientes. No solo no había sido capaz de llevar el combate tan bien como había supuesto, sino que no había tenido el valor de acabar con una de sus alimañas. Así pues, los hombres tuvieron que aguantar una actitud taciturna y silenciosa durante el resto del trayecto, y Aldana fue sintiéndose cada vez más molesta conforme avanzaba el camino. Sus compañeros no hubieran dudado, y ello la hacía una mala líder, indigna de suceder a su padre. La única explicación que encontraba (y que en el fondo, sabía correcta), era que matar defendiéndose resultaba distinto a acabar con la vida de un hombre desarmado, mediante una ejecución; pero eso no la satisfacía. Las categorizaciones morales sobraban en una guerra en la que llevaban las de perder.
Pese a todo, pudo calmarse al divisar los tejadillos de las chozas, sobresaliendo de la escondida hondonada en la que se habían refugiado. Adoraba a su pueblo: a los ancianos, que le habían contado historias de pequeña, acunándola; a los niños, alegres en medio de la guerra y que eran la última esperanza de una tribu oprimida por el águila de Roma; incluso a sus animales, tranquilos y circunspectos como si ellos también formasen parte del primer grupo. Aldana había jurado proteger todo aquello, y moriría antes de dejarse capturar. Sonriendo, abrió los brazos cuando Deva salió de entre la multitud.
—¡Aldana! —gritó la niña, contenta—. ¿Los has machacado? Mamá dice que sí.
—He podido con ellos, Deva —le dijo.
El rostro del romano pasó fugaz por su mente, pero luchó por alejarlo. No era fácil, porque sus golpes aún le resquemaban. Posó a Deva en el suelo y se ocupó de los adultos. Estos no mostraban la misma expresión alegre de la chiquilla. En el pueblo se habían quedado algunas mujeres, que ahora se acercaban entre trémulas y esperanzadas, para ver si sus maridos habían sobrevivido. A Aldana le angustiaban mucho aquellos momentos, pero esta vez no tenía qué temer. Su posición en la lucha había sido tan buena que solo habían tenido algunos lesionados, y no de gravedad. Los romanos no podían presumir de lo mismo: la mayoría de sus hombres untaban las armas con tejo, de manera que cualquier corte resultaba mortal a la fuerza. La propia Aldana se había quedado sin él al compartirlo, lo cual venía a confirmar que le había perdonado la vida a aquel soldado, literalmente. La certeza no la hizo sentir mejor. Pero una figura salió de entre la multitud, y a la guerrera se le olvidaron todas sus cuitas.
—¡Magilo! —exclamó feliz.
El hombre y ella se abrazaron y Aldana notó que por fin estaba en casa. Magilo era su prometido, un varón de actitud recta y amable que siempre le daba consejos. La relación rompía muchas tabúes, porque Magilo llevaba sobre sus espaldas el peso de la espiritualidad astur, al ser familia de un importante druida galo. Pronto lo sería él también, aunque en Hispania aquellas figuras no tuvieran tanto peso. No obstante, en tiempos difíciles, todos apreciaban que alguien tuviese buena mano con los dioses; y nadie se metía con ella por su elección, pese a la costumbre. Magilo le acarició el rostro con suavidad:
—Tienes sangre —le dijo.
—No toda es mía —aclaró ella.
De hecho, la mayor parte pertenecía al romano. Magilo frunció el ceño, pero no dijo nada.
—¿Has hecho lo que te pedí?
Aldana deseó poder ignorar la pregunta, pero no le parecía correcto engañar de esta forma a su prometido. Suspiró, cansada:
—No —dijo—. Y ya sabes por qué. No es algo que me parezca noble.
Magilo guardó silencio, y su mirada se volvió fría. Dejó de acariciarla. Aldana notó el cambio de actitud, sin culparle.
—Entiendo que ese clan no te guste, porque sus gentes en otro tiempo nos rechazaron. Pero no podemos tratar a todo el mundo como a los traidores, Magilo. No es fácil oponerse a Roma. La gente tiene miedo. Hoy, ellos han enriquecido a la legión, es verdad, pero también nos prestaron ayuda cuando quisimos saber dónde estaban esas fuerzas. No me parece correcto presionarlos para que tomen las armas, cuando ya han perdido tanto. Nuestro objetivo es otro. Roma es poderosa. Si la debilito destrozando su intendencia, puede que considere molesto mantener el control en las montañas, y descienda al valle. Solo así conseguiremos vencer.
“Y que nos dejen en paz”, pensó, aunque esto no lo dijo. El druida hubiese deseado que sometiera a todas las tribus disidentes, pero era una quimera absurda. Años de guerra les habían enseñado que los romanos no cejaban fácilmente, y contra ellos debían emplear todo su vigor. Aún mantenía la esperanza de que, si los consideraban salvajes incorregibles y a su zona carente de interés, se establecieran en otros sitios y los abandonasen a su “barbarie”. No se atrevía a esperar más: el resto del norte estaba perdido. Frunció el ceño, pensando en su padre, que siempre había soñado con una tierra libre. Nunca podría verlo.
—Les habrás producido grandes daños, al menos.
La voz de Magilo sacó a Aldana de sus pensamientos.
—¿Eh…? ¿Qué?
Magilo apretó los dientes y la joven se sintió como un niño pillado en falta. Por supuesto, eso resultaba ridículo: ella era una líder importante, una mujer fuerte. No debía ponerse nerviosa. Aun así, respiró aliviada cuando pudo contarle algo bueno.
—¡Oh, claro! Te refieres a nuestra escaramuza. Ha sido un éxito rotundo. Ya sabes que Abieno es un gran ojeador, los romanos no se lo esperaban. Han caído la mayoría, y hemos destrozado sus suministros. Cuando descubran que hemos atacado el campamento en su ausencia, tendrán aún más problemas. Apenas les quedan recursos —concluyó, segura de sí misma.
Magilo hizo una mueca, como si espantase a una molesta mosca:
—¿Y su centurión? ¿Ha caído también? —preguntó.
—Sí —afirmó Aldana, segura de sí misma—. El propio Albenes me dijo que había conseguido alcanzarle con una lanza. No volverá a molestarnos, y eso nos beneficia.
Algunos de los suboficiales habían sobrevivido, pero no era importante. Sobre todo, porque si se lo decía, tendría que contarle también su patética actuación frente a aquel romano, y no estaba segura de poder mantener la entereza frente a su mirada, llena de reproches. Había sido un día largo y la joven necesitaba algo de paz.
—Magilo —explicó—, sé que en algunas cosas no estamos de acuerdo, pero no quiero que pienses que cuando no sigo tus sugerencias, lo hago porque no las estimo o porque no te muestro confianza. Comprendo que son valiosas, pero a veces es necesario optar. Y el centurión era un rival notable: recuerda lo que nos contaron las tribus del sur.
Magilo no dijo nada, pero asintió con actitud hosca, aceptando el beso de Aldana. La joven le dirigió un gesto compasivo antes de desaparecer.
—Te quiero —dijo—, y comprendo tu dolor. Pero yo soy la líder ahora. Debo decidir lo que creo mejor para el pueblo, aunque me pese. Y resistiremos, ya lo verás.
Aldana le dio un último beso y después se alejó. Todo, desde las insignias hasta su espada, había pertenecido en realidad a su padre. También el hecho de estar al mando. Suspiró. Sí, ella era la líder ahora. Y por los dioses que haría honor a su nombre, aunque tuviese que perecer en el intento.
Capítulo 2
Sentado bajo la cobertura de la tienda, Marco Ticio entornó los ojos, molesto:
—¿Quién-demonios-es-ella? —repitió, como si hablara con un idiota profundo y no con un superior de alto rango.
El tono de voz irritó a Publio. Él era un patricio, y la posición de Marco, plebeyo, nunca le había parecido plenamente justificada. Arrugó la nariz:
—Una salvaje —dijo—. Al principio yo también la tomé por un varón, como todos, pero por lo visto, su nombre es Aldana, y es la nueva líder de los rebeldes. Los suyos dicen que es hija del cántabro Corocotta y de una aristócrata astur. Atacaron el campamento pocos días antes de que llegaseis. —Bufó, divertido—. Eso es lo mejor que les queda.
Marco guardó silencio. Corocotta… conocía ese nombre. ¡Quién en Roma no lo hacía! Las maniobras de aquel caudillo eran legendarias incluso para sus rivales. Había puesto a la legión contra las cuerdas muchas más veces de las que les gustaría admitir, hasta su fallecimiento tres años atrás. El propio Augusto había podido conocerle: harto de sus escaramuzas, había intentado poner precio a su cabeza. Y el mismo Corocotta había terminado presentándose a recoger el dinero que ofrecían por él. Impresionado ante semejante valor, Augusto no tuvo más remedio que otorgarle la recompensa, para después dejarlo marchar. Aquella historia se contaba aún en los cuarteles militares.
Marco miró a Publio, que tan seguro parecía, y supo que se equivocaba. Si la astur tenía solamente un diez por ciento de la capacidad de su ancestro (y Marco estaba seguro de que así era), Roma estaba ante un serio problema. Se incorporó, ignorando el dolor que le provocaba hacerlo.
—¿Sabe Augusto algo de esto? Que los rebeldes se atrevan a atacar un campamento, y poco después, a una columna, me parece algo grave.
—No. No creí necesario preocuparle por una mujerzuela —contestó él, mordaz.
Su tono de voz era seco, pero Marco pudo percibir su vergüenza. No cabía duda: Publio era incapaz de soportar que se supiese que los había derrotado una mujer. Sobre todo, una tan “torpe” que había conseguido amenazar a todo un campamento. Marco Ticio suspiró. Publio era tonto. Cleopatra también era una mujer, y solo Júpiter sabía la cantidad de problemas que había causado. Pensativo, se sentó de nuevo en el camastro, intuyendo que aquella campaña iba a resultar interesante.
No duró mucho el silencio. Fuera, algunos golpes les hicieron levantar la vista, y un optio entró.
—Centurión. Tribuno —saludó, inclinando la cabeza. Publio estuvo a punto de reprenderlo, pues se había dirigido a Marco antes que a su superior, pero no pudo. Las nuevas que traían eran demasiado importantes como para postergarlas con filípicas inútiles—. Hemos capturado a un astur cerca del campamento. Insiste en hablar con vos.
Marco y Publio se miraron. El oficial soltó una risita despectiva.
—Hablar conmigo… sí, claro. Lo que quiere ese cobarde es evitar que lo crucifiquen. Como si yo no conociera a los rebeldes. —Miró a Marco—. Quédate. Aún mereces reposo.
Marco negó con la cabeza: no se fiaba de Publio. La batalla no le había dejado incólume, pero prefería soportar un dolor pasajero y solucionarlo después, a consentir que el tribuno emplease una crueldad innecesaria.
—No pasa nada. Puedo descansar en otro momento. Venga, vamos —dijo, con tono amable.
Publio hizo una mueca. Había ocupado el puesto de tribunus laticlavius[1] y, como marcaban las tradiciones, Marco ejercía ahora de mentor. Pero eso no tenía por qué gustarle: sabía que muchos de sus hombres se hubiesen amotinado de no ser por su presencia, que pesaba más que la del prefecto o cualquier otro oficial. Marco tenía prestigio. Los suyos lo veían como un superior severo, pero justo, y lo respetaban. La idea misma le hizo rechinar los dientes: ¿por qué a él no? Tenía mayor rango y categoría.
Marco captó su desagrado e intentó ser cortés:
—Dices que has sufrido un ataque. Es la primera noticia, así que supongo que os desenvolvisteis con habilidad.
Publio asintió, condescendiente:
—Sí. Ya sabes que a mí los bárbaros me parecen simples alimañas. Y más si los manda una mujer. Aunque son astutos, eso no voy a negárselo. El asalto al campamento no ha sido lo único. Llevamos teniendo problemas desde mucho antes de que te trasladaran desde el sur.
—¿No te inquieta?
—¡Bah! No son episodios tan graves. Es evidente que no es la lucha frontal lo que les interesa —repuso Publio, irritado—. Lo de ayer no fue algo común. Normalmente son más discretos. Sabrás que tienen espías, y que golpean donde más nos duele: en los suministros. Hace semanas envenenaron el grano. Yo…
Marco miró a Publio. No era ningún secreto que se procuraba sus propias delicias, muy diferentes al rancho de la legión. Publio intuyó lo que estaba pensando, y pareció molestarse.
—¡Tengo mis propias fuentes! Y eso me hizo sobrevivir. En realidad, solo murieron un par de hombres, pero los otros estuvieron muy enfermos. Esperábamos tu llegada con ansia. Trajiste tropas nuevas. Claro que, para lo que te ha servido… —le recordó, con cierta malicia.
Esta vez, fue a Marco a quien le tocó sentirse incómodo. Publio tenía razón, los astures habían vuelto a engañarlos. Sentía vergüenza. El campamento estaba lleno de heridos, y era por culpa suya: no había sido capaz de desempeñar bien sus funciones. Y para colmo, le debía la vida a la astur. Tampoco había nada honorable en eso. Se acarició la mejilla, pensativo. Le iba a quedar una cicatriz. ¿Qué buscaba aquella mujer? No lo había matado, y le hubiese resultado muy simple. Ahora, ambos tenían un gran problema, que era el otro. Quiso seguir pensando en ello, pero la cabeza empezó a dolerle. Por suerte, los acontecimientos le proporcionaron cierto alivio.
—Mira, ahí están —le dijo Publio—, ya veo a esa basura. Debió de pensar que era fácil volver a intoxicarnos.
Publio y Marco miraron hacia la salida. Allí, un gran jaleo había alterado la vida normal del campamento. Un grupo de legionarios habían vuelto de una inspección rutinaria, y lo que traían era motivo de comidilla para la tropa. Publio hizo un gesto significativo. No tardaron mucho en reunirse con sus hombres:
—¿Qué ocurre? —preguntó Publio con seriedad.
Los militares cercaron aún más a su presa. En el campamento se sentía un clima de revancha a duras penas contenido, y Marco se alegró de haber llegado a tiempo: un poco más tarde, y los legionarios hubieran destrozado a aquel bárbaro. No les faltaban razones. La campaña se estaba volviendo cada vez más dura y los indígenas, cada vez más fieros.
Al verlos llegar, el soldado saludó a Publio e intentó explicarse:
—Lo hemos capturado hace poco. Pensamos que es un espía. Sin embargo…
Se interrumpió. El astur había levantado la mano, con gesto solemne. Tenía un porte grave, distinguido. Aunque su comportamiento era extraño, Marco tuvo que reconocer que con aquel aspecto, no resultaba tan fuera de lugar. Sus ojos solo sabían expresar desdén. Probablemente fuese un aristócrata, o una autoridad entre los astures.
—El soldado miente —dijo, parsimonioso—. Me llamo Magilo, y he venido a veros por mi propio pie. Quiero parlamentar.
Una carcajada le impidió seguir. Los hombres reían, pero esta vez, el matiz de rabia era perceptible:
—¡Cobarde!
—Debes de creerte que se nos puede engañar con cualquier cosa…
—¡Venga! ¡Traed troncos con los que formar una cruz!
Publio los hizo callar. Sin embargo, hasta él mismo parecía indignado. Marco supo ver el porqué. Al igual que sus hombres, creía que el astur solo estaba intentando ganar tiempo. Pero resultaba algo razonable, en un cautivo. Sacudió la cabeza. Aunque no era un hombre cruel, no veía la manera de evitar la escabechina que se estaba gestando.
—Eres un rebelde —afirmó Marco, sin un rencor particular—, tu actitud hace difícil creer otra cosa. Reconócelo y dinos quién te manda, y no sufrirás ningún dolor. ¿Eres, acaso, del clan enemigo?
Publio gruñó.
—¡No! No se merodea por aquí cerca. Pagará el atrevimiento con la vida. ¿Cuál es tu auténtico propósito?
Magilo se limitó a mirarlo. Si tal cosa hubiese sido posible, Publio hubiera quedado convertido en un montón de cenicillas. Pero no ocurrió nada. En su lugar, el astur supo responder con una calma no exenta de desprecio. No parecía alguien amenazado de muerte.
—No cometáis el error de pensar que miento, romanos. Yo soy el futuro druida de la tribu de los saelinos, y tengo en mis manos el fin de la guerra. La actitud de mi pueblo me parece errada: el latín que os hablo demuestra mi buena fe. También conozco vuestras costumbres. Pero quería esperar a que llegaran vuestros refuerzos para venir. He arriesgado mi propia vida.
Marco no se inmutó.
—Bellas palabras para un miembro de la tribu que casi nos elimina. ¿Tan mal están los astures, que después de una victoria envían a un emisario a parlamentar? —repuso—. ¿O es un engaño? —Y, aunque su tono de voz no cambió, su mirada se volvió peligrosa.
Magilo pareció sorprenderse. Aquel romano no respondía a las ideas que tenían los saelinos sobre su pueblo, y eso le desconcertó. No parecía algo propio de un oficial admitir una derrota, sin eufemismos ni paños calientes. Recordó dónde estaba y decidió apartar ese detalle de su cabeza: tenía cosas más urgentes que discutir.
—No soy un traidor —dijo—, y puedo demostrarlo. Mi tribu no entiende que es absurdo seguir resistiendo. Algunos ya se han retirado a las montañas y renuncian a la lucha, pero yo soy miembro de un grupo que peleará hasta el exterminio. Y no lo deseo. Prefiero la grandeza y la civilización de Roma, aunque para ello algunos de mis conocidos deban sucumbir. Si ellos caen para que la guerra termine y el norte quede pacificado para siempre, que así sea.
Ahora fue a Marco a quien le tocó sorprenderse. Hacía no tanto tiempo que Viriato había muerto víctima de una traición, vendido por sus propios hombres. Cualquiera que hubiese escuchado esa historia (y las demás que le sucedieron, Viriato iba camino de convertirse en una leyenda), sabría qué papel había tomado Roma en aquel asunto; y se lo pensaría dos veces antes que hacer tratos con ella. Pero allí estaba aquel astur, dispuesto a desoír tan buenos consejos y pactar con los romanos. Lo miró, con una curiosidad renovada.
—Voy a suponer que sea cierto que quieras ayudarnos —dijo—. Pero me pregunto ¿por qué? ¿Qué buscas?
Magilo pareció incómodo. Aquella parte de la conversación era la que más le preocupaba, pues no había muchas maneras de seguir escondiendo su propósito. Uno podía ser un mártir, un héroe, un genio, pero en cuanto pedía una recompensa… Ah, en cuanto pedía una recompensa. Entonces, ni todas las razones del mundo hubiesen podido convencer a los militares de que no lo miraran como lo que era en realidad: un traidor.
—Yo… yo no pido dinero —dijo. Si hubiera tenido menos prestancia, se hubiese retorcido las manos—. No es riqueza lo que busco. —Miró a los romanos fijamente y entonces recuperó su altivez—. Mis compañeros ya no me escuchan. Han renunciado a mis buenos consejos para entregarse a una guerra sin fin. Han preferido a su líder —se interrumpió, durante un momento— antes que a su druida. Nosotros, los sacerdotes, hemos tenido una presencia fuerte en las tribus galas durante años. Pero en el norte de Hispania, esta ya era débil, y ahora se está disolviendo por efecto del conflicto. Bien, algunos se conforman. Yo no. No puedo permitir que desaparezcan las antiguas costumbres. Los pueblos han de respetar a su sacerdote, ¡somos su unión con la Divinidad! Y si nos… la olvidan, tienden a sucumbir, como ya está pasando. —Se encogió de hombros—. Yo lo único que hago es evitar que se prolongue esta agonía inútil. Vosotros acabaréis con los resistentes, premiaréis a los que se sometan, y a mí me daréis un destino en un templo hispano importante, donde se me valore y pueda comunicarme con el Más Allá.
Marco se mantuvo tranquilo. El cinismo de aquel personaje le repugnaba, pero lo disimuló. Los traidores siempre eran útiles.
—Deseas más influencia —dijo—. Está bien, eso puede arreglarse. ¿Pero qué nos darás a cambio?
Los ojos de Magilo brillaron:
—Tengo aquello que más ambicionáis, lo que puede acabar con vuestros padecimientos: conozco el sitio donde se esconden los resistentes, su último refugio. Podréis caer sobre ellos y sofocar esta guerra que tanto ha durado: toda, toda Hispania, pacificada finalmente y a los pies de Roma, ¿no es ese un tesoro por el que merece la pena pagar cualquier precio? —dijo, con una sonrisa febril.
Marco observó a Publio, cuya mirada ansiosa era un reflejo de la del mismo druida. Todas sus reticencias se estaban esfumando en pos de una ganancia mayor: caer derrotado ante los astures hubiera supuesto una mancha muy oscura en su historial, pero, ¿y si abortaba ese riesgo, derrotando a los últimos rebeldes que se atrevían a plantarle cara al emperador? ¿No sería eso la gloria, el enaltecimiento de su nombre? Podía valer hasta un desfile triunfal, y todo el mundo sabía que ese era el máximo honor que podía recibir un ejército romano. Cientos de gentes alabándoles, lanzando hojas de olivo; y los caudillos que tanto daño les habían hecho, los jefes de los astures, ejecutados en el Tullianum. Oh, sí. Merecía la pena pagar el precio ridículo que le exigía aquel joven druida.
Marco negó con la cabeza. Publio estaba perdiendo la perspectiva. El peligro de que aquella alimaña les engañase seguía siendo muy real, y su superior parecía haberse olvidado de él. De pronto, ya no existía la posibilidad de que el astur solo estuviese evitando la muerte.
—Piénsalo —le dijo, cuando ambos estuvieron en un lugar apartado—. Sabes que los astures aman las escaramuzas. Para ellos, no habría forma más fácil de enviarnos a la muerte.
Publio lo miró, molesto:
—Debes de pensar que soy idiota. No voy a seguir las indicaciones de un bárbaro sin comprobarlas primero. Enviaré una avanzadilla. Nadie que merezca la pena sucumbirá.
—Pero…
La mirada de Publio se hizo más fría:
—Creo que el nuevo rango de centurión primus pilus te afecta. Olvidas que soy tu superior. Que me ayudes es algo que te consiento para contentar a los hombres, pero no eres nadie. Es más, si deseas continuar siendo lo que eres, te sugeriría que no me dieras más consejos.
Marco asintió, tragándose el orgullo.
—Como desees —dijo. Esperaba, más por la tropa que por ellos mismos, que el imbécil de su superior estuviera en lo cierto. A él el desfile le daba igual, pero no le gustaba ver morirse a sus hombres. Si para terminar con aquella guerra tenían emplear un traidor, que así fuese.
Publio volvió a dirigirse a él:
—Vete a decirle al salvaje que es nuestro prisionero. Que solo obtendrá lo que quiere cuando sepamos que no nos engaña. Y que, si comprobamos que es un ardid, lo va a pasar muy mal —dijo Publio, con expresión feroz—: morirá en la cruz.
Era un destino terrible, pero los astures eran capaces de inmolarse con tal de matar más romanos. Supuso que Publio pretendía que al menos, no les resultase dulce.
—Ah, y Marco… Voy a enviar una partida de ojeadores adonde el druida nos indique. He dicho que no se perderá nadie que merezca la pena. Intenta que ese no sea tu caso.
Marco hizo un esfuerzo por conservar la calma. No estaba bien visto golpear a un superior, y además, Publio era un incompetente: en cuanto obtuviese su ansiado cargo político, regresaría a Roma y los dejaría en paz.
—Por supuesto, señor. ¿Aviso a los hombres?
—No: escógelos tú. Así tendrás el gusto de discernir quién se merece correr ese riesgo. Es una gran responsabilidad. Espero que disfrutes —dijo, antes de despedirse.
Marco deseó más que nunca que lo alcanzase un rayo.
—¡Es cierto!
Magilo no mentía. El rostro iluminado de sus hombres cuando regresaron de cumplir su misión así se lo indicó. Habían visto el refugio de los astures, un conjunto de chozas endebles y calles cubiertas de barro; bueno para repeler el ataque de otra tribu, precario si lo que se pretendía era enfrentar a la legión romana. En realidad, los astures no eran tontos, y habían situado su refugio con mucho tino y no poca estrategia. El pueblo se hallaba en una hondonada, medio escondido, con centinelas colocados en lo alto del castro que vigilaban su territorio como aves rapaces. Era un milagro que no les hubiesen descubierto. De todas formas, por mucha técnica que emplearan, los astures estaban indefensos frente a lo más obvio: la superioridad numérica. A decir de sus hombres, a la sublevación astur le quedaba muy poco que defender. La mayoría de sus guerreros habían sido exterminados en otras campañas, y la aldea estaba compuesta por supervivientes, tanto cántabros como astures, y ancianos y niños a los que habían logrado rescatar de las poblaciones arrasadas por la legión. No era mucho con lo que poner en pie a un ejército, pese a que su líder fuese un buen estratega. Ahora bien, el plan debía de ser trazado con meticulosidad, para evitar cualquier posible fallo y convertir el refugio de los astures en una ratonera de la que solo se pudiera salir rindiéndose o muerto. El norte debía ser pacificado para mayor gloria de Roma.
Publio, Marco y otros oficiales se pasaron varios días ultimando su plan con la ayuda de sus subordinados. Magilo volvió a serles muy útil: les habló de las entradas y de las salidas, de los centinelas y de los cambios de guardia por las noches. No obstante, algo preocupaba a Marco, y era la posibilidad de que la ausencia del mismo druida hiciera sospechar al pueblo. Pero Magilo era taimado hasta en los detalles.
—No os preocupéis —dijo—, ¿cómo pensáis que logré salir de la aldea? Mis compañeros creen que he ido a parlamentar con otra tribu para convencerles de que luchen con nosotros. Piensan que volveré con refuerzos —añadió, con total tranquilidad. Y siguió trabajando.
Su actitud impresionó al oficial, que nunca había conocido a semejante víbora. Imaginó a los astures, serenos en la oscuridad de sus chozas, sin saber que pronto iban a ser cercados por la legión romana. Negó con la cabeza. Desde luego, Magilo estaba poniendo fin a la guerra, pero esperaba no encontrarse nunca con alguien así entre los suyos.
Por fin, llegó la noche escogida. Publio había decidido dividir a los hombres en dos frentes, y a los centuriones les parecía bien. Así complicarían la defensa de los astures, asediados por varios sitios, y facilitarían que una parte de la tropa escapase si finalmente el traidor les hubiera tendido alguna especie de trampa. Esta maniobra, por supuesto, no se la comunicaron al sacerdote.
Marco quería entrar en combate. Ya no se encontraba débil, y después de haber luchado en la guerra, deseaba estar presente en la batalla que iba a ponerle fin. Además, existía otro motivo, secreto: Marco había estado pensando en Aldana, y había decidido perdonarle la vida si tenía la ocasión. Ella no le agradaba especialmente: era una salvaje rebelde y con maneras de marimacho, casi más una bestia que una mujer. No obstante, Marco no estaría vivo sin su ayuda, y quería pagárselo. Por todo ello, se colocó al frente de las tropas la tarde previa al combate y atendió a las instrucciones del laticlavius y del prefecto.
—Los nuestros acaban de cargar las flechas incendiarias. Como bien sabéis, aguardaremos a la caída de la noche —explicó Publio, dirigiéndose a las tropas—. Vamos a abrasarlos mientras duermen, tal y como ellos intentaron hacer con nosotros. No penetréis en la aldea hasta que no hayamos diezmado sus defensas, o cada casa se convertirá en una batalla. Una vez lo hayamos conseguido, arrasad con todo: nadie debe burlarse del águila de Roma. ¡Y recordad que sois el orgullo de vuestro pueblo! ¡Avanzad!!
Los soldados emprendieron la marcha. Algunos rezaron una oración al ponerse en camino, y Marco se encomendó a sus dioses. Nunca venía mal tenerlos de su lado, aunque partieran de una posición ventajosa.
El refugio de los astures se encontraba a varias horas del campamento, protegido por poderosos riscos, pero todos eran conscientes de que no podrían llegar hasta allí sin ser detectados por los indígenas. En su lugar, aguardarían cerca a la caída de la noche, y recorrerían entonces el último trecho. Contaban con que los astures estuviesen demasiado ocupados intentando sofocar el incendio como para detener bien su ataque. En palabras de César: “La suerte estaba echada”, y un nerviosismo irrefrenable había invadido a los componentes más jóvenes del grupo. Marco solo esperaba que supieran mantenerse firmes.
La marcha a través de los montes fue una de las pruebas más duras que los centuriones hubieron de vivir, por la amenaza de muerte inminente suspendida sobre sus cabezas; pero pudieron llegar al punto que les habían prometido sus oficiales. Ya había atardecido para entonces, y Marco lo agradeció. En realidad, ninguno esperaba que los astures estuviesen totalmente desprotegidos cuando llegaran a los pies de su aldea: era casi un milagro que no los hubiesen atacado aún; pese a estar a horas de distancia. Los dos sabían que en el monte el sonido de una conversación se transmitía por muchas millas a la redonda, y habían amenazado de muerte a cualquiera que hiciese un mínimo ruido. Incluso habían prescindido de las pesadas herramientas habituales, por ser más un obstáculo que una ayuda ante las tácticas guerrilleras que empleaban sus oponentes. Esta vez, iban a combatir de un modo más parecido al suyo, aunque sin abandonar la disciplina. Marco confiaba en que aquello pudiera darles la victoria.
Por fin, en torno a la medianoche, Publio le hizo una discreta señal. Marco se acercó a él y pudo ver a mucha distancia el bosquejo de una empalizada en la penumbra. Unas diminutas figuras deberían de estar moviéndose en ella a esa misma hora. El centurión asintió. Habían mandado a los arqueros de avanzadilla con el primer grupo y, si todo salía bien…
—¡Aggg!
Una sonrisa depredadora se dibujó en el rostro de Marco. La noche se había iluminado. Los astures, cazados en su propia trampa, y siendo sometidos al mismo tratamiento que habían dispensado a la legión, se revolvían intentando plantar cara a sus enemigos. Los primeros cadáveres empezaron a caer en torno a la empalizada. Y todos llevaban la armadura indígena.
Publio y Marco observaron lo movimientos del primer frente desde la lejanía. Su apariencia era la de una avalancha humana frente de una frágil barrera. Pero aun así, esta última resistía. Marco oyó los gritos dentro de las chozas y supuso que aquellos que no podían participar en la lucha estaban haciendo lo posible por evitar que las llamas se adueñasen del pueblo. Sin embargo, pese a todo el desbarajuste que su acción había producido, no era suficiente. ¿Cómo podían unos salvajes, que atacaban sin orden alguno, haberse recuperado de una manera tan rápida? Marco veía cómo las primeras bajas eran suplidas por más guerreros, que combatían hasta la extenuación. Los romanos habían comenzado a perder gente: era el momento de atacar. Pero antes, Publio miró a Marco, ceñudo.
—¿Crees que lo intuían, de alguna manera?
[1] Puesto ocupado por senadores jóvenes, que debían pasar una temporada en el ejército para formarse en sus tácticas.
Capítulo 3
Pocas horas antes del asalto romano, Aldana había insistido en pasar revista a sus tropas. Los hombres habían obedecido a regañadientes, conociendo los verdaderos motivos de su líder. Magilo llevaba más de una semana fuera y regresaría pronto, Aldana quería impresionar a las nuevas fuerzas y los machacaba con programas de entrenamiento. No les hubiese importado si fuesen solo militares, pero en aquellos tiempos tan caóticos, la línea entre el guerrero y el campesino se había desdibujado aún más, y todos tenían familia que mantener. Sus mujeres, no obstante, apoyaban a Aldana: vivían en un temor permanente a la milicia de Augusto, quizá porque nunca la habían combatido. Los hombres sí, y no les inspiraba tanto respeto: legionario o no, todos caían al clavarles una espada.
Aldana pasó revista rápidamente, y luego fue a ocuparse de las defensas. Lo repasó todo: la muralla, el foso de tierra y el terraplén situado entre uno y otro, que Aldana había copiado a los romanos y que confiaba en que les resultase útil a la hora de batallar. Los latinos eran crueles, pero había que reconocer que tenían buenas técnicas, y la astur no estaba dispuesta a obviarlas por el mero hecho de estar en bandos distintos. Los hombres la observaron en silencio mientras iba de un lado para otro, ágil como una lagartija. Aldana siempre les producía una mezcla de ternura y admiración, con aquel cuerpo menudo y vivaz; y un optimismo incombustible, inmune a una mala época, pero realista.
—Ya está —confirmó, satisfecha—: hoy habéis entrenado duro, estoy segura de que los bedunienses quedarán impresionados. Sois la salvación para nuestro pueblo. No lo olvidéis.
Los hombres asintieron, confortados, aunque a nadie le pasó desapercibido que su líder escondía un poso de inquietud bajo aquel aparente buen humor. Aldana los dejó marcharse y, cuando se hubieron ido, volvió a subir a lo alto de la muralla.
—¿Se sabe algo? —preguntó al centinela.
El hombre negó. Era mayor, pero seguía teniendo una vista de águila, y sabía perfectamente por lo que le estaba preguntando Aldana. Al fin y al cabo, la había visto crecer, era él quien había presentado a sus padres cuando ambos eran jóvenes.
—No, aún no hemos visto ninguna comitiva. Pero yo conocí a esa tribu, Aldana, y son cobardes. El druida aún debe estar intentando convencerlos.
Aldana asintió, ceñuda, y procuró esconder su inquietud. En realidad, su sentimiento no estaba tan fuera de lugar. Magilo llevaba ausente bastante tiempo, teniendo en cuenta la distancia que separaba a las dos tribus, y su marcha había dado pie a todo tipo de especulaciones. Ninguna era buena. A Aldana se le encogía el corazón cada vez que pensaba en la posibilidad de que los romanos hubieran podido atraparle, ya no solo por ella misma, sino también por toda la tribu. La muerte del sacerdote hubiera supuesto un golpe brutal para sus gentes, cansadas de malas noticias. Los romanos ya les habían quitado mucho.
—Bueno, continuaremos atentos —afirmó, con falsa entereza—. Abieno, avísame si los ves. Yo haré la segunda guardia: voy a afilar mis cuchillos y después descansaré un rato. Pero no olvides despertarme antes de la medianoche.
Abieno asintió y se apoyó en el escudo, pensando que Aldana había hecho bien en doblar el número de centinelas. El esfuerzo que requería eso a la aldea era notable pero, ¿no se suponía que su misión era resistir? Los latinos no aceptarían una capitulación sin esclavizar a sus gentes. Y ninguno deseaba pasar el resto de su vida complaciendo a un tirano mediocre. Antes, Aldana, él o el resto de sus hombres preferían la muerte.
Aldana despertó dos horas más tarde, movida por unas manos cariñosas pero insistentes.
—Aldana… Aldana…
La astur se incorporó, somnolienta. Abieno estaba a su lado, y la oscuridad lo envolvía todo. Quiso hablar, pero el centinela se llevó una mano a los labios. La preocupación la despejó por completo. Algo iba mal.
—Tienes que venir —le susurró muy quedamente—. Ahí fuera, en la muralla… ven.
Aldana se lanzó a por su espada y siguió al centinela. El pueblo dormitaba en silencio, y solo los rastrojos apagados de alguna hoguera daban a entender que allí había habido vida.
—¿Qué ocurre? —susurró. La expresión grave de sus hombres no presagiaba nada bueno.
—Allí lejos, en la espesura… Fíjate.
La astur miró al frente y lo que sintió la hizo sudar frío. Apenas se percibía en la oscuridad, pero había movimiento entre los árboles. Si Aldana no hubiese criado animales o ido de caza, hubiera podido consolarse pensando que tan solo era un oso, pero había hecho todas esas cosas y sabía que aquel modo de moverse no se correspondía con ninguna bestia.
—¿Crees…? —preguntó uno de sus hombres.
—Sí —afirmó ella—. Elaeso, ve y avísalos a todos. Guarda silencio. En cuanto a nosotros… —les llegó un tintineo metálico. Aldana tomó aire—, preparad las armas.
Los hombres se apostaron detrás de la muralla, protegidos por las rocas y con el arco dispuesto. Durante unos minutos, nada sucedió. Aldana escuchaba el canto de la curuxa, y quiso creer que todo aquello había sido un exceso de celo y que nadie les deseaba ningún mal, o que quien regresaba era Magilo con las nuevas fuerzas. Pero entonces Docio, primo mayor del druida y el más imbécil de sus hombres, intervino:
—¿No creéis que os preocupáis por nada? —dijo, escéptico. Su tono de voz se podía oír hasta en Roma—. Yo no creo que los legio…
Aldana quiso matarlo, pero se le adelantaron. Con un susurro, una flecha cayó sobre su garganta y se la atravesó de parte a parte. Atónitos, los astures le observaron mientras boqueaba inútilmente, buscando asidero, hasta que se precipitó en medio de un charco de sangre. No fue el único.
—¡Aggg!
—¡Abieno!
Aldana ignoró el peligro para intentar acercarse al que había sido el mejor amigo de su padre, pero no hubo nada que hacer. A su alrededor, las flechas volaban. Con horror, Aldana contempló cómo caían Lubba y Albenes. Estaban diezmando a sus hombres.
—¡Vamos! ¡A las armas! —bramó. El cuerno comenzó a sonar.
Llovía fuego. Los romanos habían planeado asarlos vivos, y las techumbres de paja de sus chozas eran un blanco óptimo para sus flechas. Un olor característico, mezcla de brea y cenizas, impregnó pronto el ambiente. Aldana estaba furiosa, pero no pudo dejar de notar que aquello tenía una ventaja: el incendio había iluminado la noche; y ahora podía ver a sus enemigos. Rápidamente, se arrodilló y comenzó a cargar el arco.
—Tureno, Eburo, controlad a las familias —pidió—. Ayudadlas a apagar el fuego si es necesario. Borno…. trae más arqueros. Quiero estar en la muralla dirigiendo nuestra defensa. —Tensó la cuerda—. Y cuando esto termine, os prometo por los dioses que voy a adornar mi choza con el penacho de su centurión —masculló, antes de disparar. La flecha hizo un recorrido perfecto y se clavó en un soldado romano. Aldana esbozó una sonrisa.
El embate de sus enemigos había sido cruel, pero pronto pudieron sobreponerse al factor sorpresa. Aldana descubrió, con alivio, que todo lo que había revisado, pulido y hecho les resultaba útil. La muralla estaba perfecta, los hombres eran ágiles.
Observó a la tropa romana: de momento no podían pasar a la ofensiva, pero sí contenerles lo suficiente como para que el combate se convirtiera en un asedio. Y después, ya se vería. Dio un par de órdenes para que se protegiesen las entradas, porque si los romanos lograban atravesar las puertas, ni los dioses podrían salvarlos. Un número indeterminado de hombres se aprestó a colocarse allí; y fue tarea de su líder, junto con otros arqueros, procurar que los legionarios no llegaran a acercarse siquiera. Los cadáveres comenzaban a amontonarse en el foso.
—¡Disparad a los oficiales! —ordenó, protegiéndose con el escudo. Tres flechas impactaron contra él—. ¡Y ocupaos de las escalas, incendiadlas! Que ningún enemigo se acerque, no deben trepar por la muralla.
Aldana derribó a un optio, que cayó vociferando al suelo, y se acercó a Umarilo:
—Busca al portaestandarte —le dijo—, los romanos temen perder el águila; vamos a ver si conseguimos mantenerlos entretenidos con esa estupidez.
Umarilo volvió a cargar.
—No lo veo —dijo—, deben de haberlo derribado ya, son muy pocos. Lo estamos haciendo bien —añadió, satisfecho.
La joven recorrió el paisaje y comprobó que Umarilo tenía razón. Eran muy pocos, pero eso no significaba que su soldado estuviese en lo cierto. Un hálito de sospecha prendió en sus ojos, y se llevó la mano al idolillo que colgaba de su armadura.
—Que la Diosa me valga…
—¡Oh, por Marte! —Publio escondió su rabia a duras penas. Otro optio acababa de perder la vida bajo el foso. Miró a Marco—. Tenemos que atacar ya, o los astures van a dejarnos sin oficiales. ¡Inútiles! —bramó, insultando a sus propios hombres.
Marco asintió y dio las órdenes pertinentes. Podían ver el castro en la lejanía y sentir el olor del humo y el fuego.
—¡Vamos! —ordenó a los suyos—. Ha llegado la hora de luchar por Roma. ¡Que esas bestias vean lo que somos capaces de hacer defendiendo a nuestros compañeros! ¡Adelante!
Los hombres corrieron en formación hacia la muralla, guiados por sus centuriones. Marco tensó los músculos antes de lanzar el primer pilum. Casi podía sentir el miedo en los ojos de sus enemigos, paralizados por el horror.
Esta vez, la angustia estuvo a punto de doblegarla, pero la líder hizo un esfuerzo por mantenerla al margen. No podía dejarse dominar por el pánico, no debía. Los romanos lo tendrían demasiado fácil entonces.
—Era una trampa —murmuró—. ¡Era una trampa! Son muchos más. ¡Bilinos, pon más hombres en las puertas! ¡Asegúralas cueste lo que cueste! Y traednos más proyec…
Aldana soltó un leve quejido. Al principio fue solo como si la empujaran. Pero luego, cuando miró hacia su hombro, vio que una flecha acababa de enterrársele cerca de la clavícula.
—Aggg —musitó. Dolía.
—¡Aldana! —Uno de los hombres se dirigió hacia ella, que le ordenó detenerse. No quería que acabase igual que Abieno—. ¡No puedes luchar así! —exclamó, furioso—. ¡Te han dado!
—Ciertamente, no puedo seguir disparando —comentó ella, como quien habla de la lluvia. La pérdida de sangre la aturdía, y era consciente de ello—, pero puedo hacer otras cosas. Devuélveles el golpe tú —dijo, levantándose con dificultad—, me voy hacia las puertas. Voy a ayudar… ya sabes.
El soldado quiso oponerse, pero Aldana ya estaba bajando por la escalerilla. Se sentía idiotizada por el impacto, y solo rogaba aguantar lo suficiente como para cumplir su misión. Prefería morir allí, de todas formas. Los romanos nunca la tendrían.
—Elaeso, cuando llegue el momento… Los ancianos y los niños… Ya sabes —explicó, al llegar ante las puertas.
El soldado asintió. Los hombres y guerreros iban a perecer allí si eso se terciaba, pero para sus familias habían elaborado una posible salvación semanas antes. Aunque todo el mundo esperaba no tener que llegar a ello, porque significaría que no quedaba otra posibilidad.
De momento, la puerta aún resistía… pero los romanos estaban acabando de preparar el ariete.
Su compañero miró hacia la entrada.
—Es mejor que vayas ya, aunque no hayan conseguido subir —dijo. El miedo se podía leer en sus ojos, y no por él mismo. Tenía pareja—. Ve y ponlos a salvo primero, por favor.
Aldana asintió, cansada:
—Lo haré, no te preocupes. Pero antes… ¿Nadie piensa darle un buen golpe a su centurión? Recordad que quiero su penacho —bramó a los centinelas, con un buen humor suicida.
Elaeso sonrió, triste.
—Apenas nos quedan ya flechas. Sin embargo… —dijo, y cogió una honda— tenemos otros recursos.
Marco se hallaba tan concentrado trepando por una de las escalas que apenas vio llegar el proyectil. Él era uno de los que más peligro corría: los adornos de su uniforme lo hacían inconfundible, y las bajas entre los centuriones siempre duplicaban a las de la tropa rasa, pese a lo cual se les pedía que inspirasen a los demás con su valor. Por eso, los oficiales solían morir realizando proezas, y ese hubiera sido su mismo destino si la casualidad no hubiese querido que se apartase. Pese a todo, no lo suficiente.
—¡Mierda! —maldijo. El golpe fue tan poderoso que le hizo caer.
—¡Centurión!
Un legionario se acercó a él, protegiéndolo con el escudo para evitar que los astures lo acribillasen.
—¿Es grave? —musitó, confuso, antes de mirarlo por sí mismo.
Lo era. El proyectil se le había hundido en la pierna, destrozándole la musculatura. No había tocado ningún órgano vital, pero se hallaba en un punto que ya había resultado herido días antes. El soldado le ayudó a incorporarse, con el escudo en alto, y lo llevó a la retaguardia, donde trabajaban los doctores de la legión. Marco enseguida fue atendido por un doctor de modales hoscos pero mano experta.
—¿Podré… podré luchar hoy? —se atrevió a decir.
—Tú sal ahí afuera y verás lo que te pasa —replicó, con gesto adusto—. Si quieres perder la pierna, entonces ve. Si no, calla y déjame trabajar.
Marco se dejó caer, con un gruñido de frustración. Dolía, pero eso no era todo. Él llevaba años preparándose y aprendiendo; y había tenido que colaborar con Publio para ver el fin de los astures y someterlos a todos de una buena vez. Hubiese querido destacarse en la lucha, pero en su lugar se hallaba postrado en el suelo, desangrándose, mientras rogaba a Esculapio que tuviese clemencia y no lo dejara inválido como a muchos de sus compañeros.
Un soldado se le acercó.
—Centurión —dijo—, le he comunicado al laticlavius este revés. Me ha encargado decirle que no se preocupe —repuso, para tranquilizarle—. Las defensas astures están a punto de ceder. Mire.
Marco hizo un esfuerzo por incorporarse. Los astures se estaban viendo desbordados por la legión. Algunos peleaban con saña, pero su victoria era imposible. El castro rebelde le recordó a Marco aquellas construcciones de arena hechas por los niños que acababan siendo engullidas por la marea. En el fondo, solo era cuestión de tiempo.
—He dado muerte a otro centinela —comentó el militar, satisfecho—. A los astures apenas les quedan proyectiles, estamos aniquilando a los guardianes. No queda mucho: debo volver. —Se cuadró, con respeto.
Marco hizo un asentimiento y lo observó marchar, deseando estar situado en un punto que le permitiese ver la batalla. Pero la espera fue corta. Poco después de que el legionario se despidiese, Marco empezó a escuchar unos salvajes alaridos de júbilo y maldiciones en lengua indígena. Los primeros empleaban el latín y habían conseguido saltar la muralla. El médico, que estaba junto a él otra vez, cosiéndole, sacudió la cabeza.
—Vae victis —repuso—. “¡Ay de los vencidos!”
Marco no dijo nada, pero en su interior pensó que tenía mucha razón. El infierno acababa de empezar para los rebeldes.
—¡Noooo!
Aldana escuchó este grito desde el otro extremo del pueblo, y supo que había pasado lo peor. La mayoría de los hombres habían muerto cuando ella se retiró con las familias; pero no esperaba que los romanos pudiesen superar sus defensas tan pronto.
Miró hacia las mujeres, que habían enmudecido, e intentó animarlas con una actitud tranquila que estaba lejos de sentir.
—Ya estáis casi fuera —dijo—: una vez que atraveséis los túneles viviréis sin preocupación. Los romanos no conocen el terreno y no podrán buscaros.
—Pero, ¿y tú? —preguntó un niño.
Aldana y el soldado lo miraron.
—Yo me quedo, Blecaeno. Los hombres necesitan alguna ayuda. Pero no te preocupes: los romanos son unos cobardes, quizás pueda volver.
El niño la observó, poco convencido, y Aldana se agachó a abrazarle para evitar que notase su tristeza. Quería que viviese bien, y no como un esclavo, por eso estaban haciendo esto.
—Hala, vete —le dijo, revolviéndole la cabellera—, y cuida de Deva, necesita un hermano mayor.
La madre la miró, con una leve sonrisa:
—Buena suerte, Aldana. Y Elaeso. Os estamos agradecidos.
—Buena suerte a vosotros. ¡Venga, huid!, no hay tiempo.
Las familias echaron a correr por la oscuridad de los túneles que conducían a un amplio valle, hasta que Aldana los perdió de vista. Aferró su espada. Había llegado el momento de volver a la lucha y morir como una guerrera. Pero entonces…
—¿Adónde vas, bonita?
—¡Cuidado, Aldana!
El latino solo llegó a rozarla, pero Elaeso no tuvo tanta suerte. Lo habían atravesado.
Aldana observó aquel desastre y su mirada se oscureció.
—Hijo de perra…
El militar se echó hacia atrás, alarmado. No sabía quién era aquella mujer, ni tampoco hubiese esperado que se le echase encima con un arma. Pero, cuando detuvo el golpe de la joven, se echó a reír. La chica podía ser valiente, pero le faltaba una cosa: fuerza. Y un brazo sano.
—¿Te ha acariciado una flecha, zorrita? —repuso, comenzando a divertirse—. Espera, que yo también sé hacerlo. Voy a probar otra vez.
Aldana sudó frío al recibir un nuevo impacto. La varilla de madera todavía sobresalía en su peto, y el militar la había visto. Sabía que podía jugar con ella hasta aburrirse, o hasta que su presa se desmayara. Aldana tiritó, débil, e intentó buscar una salida. En vano. Sus hombres estaban todos muertos o en el último estertor, y los otros latinos comenzaban a rodearla.
—Déjala ya, Caius. No es peligrosa.
Aldana los contempló a todos, con sus cotas, sus cascos y su rostro lampiño, tan ajenos a aquellas tierras del norte, y quiso morirse. No la iban a matar, tenían otros planes para ella; y si la herida no era lo suficientemente grave, tampoco los Dioses se la llevarían consigo. A la desesperada, se arrojó a por su faltriquera, donde guardaba las hojas de tejo que todos los astures conservaban por si alguna vez tenían que envenenarse, para evitar la tortura o la esclavitud.
—¡Quieta!
Aldana dejó caer la bolsa y empezó a sangrar: el romano había estado a punto de separarle la muñeca del brazo. A empellones, la arrojaron a tierra y comenzaron a golpearla con saña. Aldana sintió un último impacto, brutal, y luego el mundo empezó a oscurecerse.
Pero antes de irse aún pudo oír, muy lejos, el llanto de un niño que despedía a su compañera.
—Aldana… Aldana.
—Blecaeno… —dijo. Y la debilidad acabó por rendirla.
Capítulo 4
Marco tardó en estar lo bastante recuperado como para ponerse de nuevo en pie. El médico le había sugerido guardar cama y descansar, pero aun así hizo un esfuerzo y se acercó al campo de batalla en cuanto pudo. De la aldea solo quedaban rastrojos. El saqueo, como siempre, había sido terrible; y no era raro ver a los militares llevando y trayendo cosas. Publio, que había mandado levantar allí un nuevo cuartel, se tomaba sus tareas con calma. Había hecho inventario del botín y de los prisioneros (pocos, puesto que la mayoría se había suicidado), premiado a sus hombres y recogido el alimento de los rebeldes. No había crucificado a nadie, y Marco suponía que esperaba que los astures le reportasen un buen dinero al llegar a Roma. Él, por su parte, se sentía derrotado. La pierna no había hecho otra cosa que dolerle y sumirle en la semiinconsciencia, y se notaba débil. Se apoyó en su bastón.
—Legionario —preguntó—, ¿habéis enterrado ya a los caídos?
El militar, que llevaba en las manos parte del botín, apoyó su carga en el suelo y asintió.
—En aquella esquina, junto a la muralla —dijo, señalándola con el dedo—. Intentamos ocuparnos de los heridos, pero al final acabaron muriendo casi todos. La mayoría se envenenó —repuso, encogiéndose de hombros—. De cualquier forma, ya no suponen un problema. ¿Quiere que le acompañe hasta la fosa?
Marco le dio las gracias, pero declinó el ofrecimiento. Quería ir solo, y aún no sabía muy bien por qué.
La tierra estaba apisonada allá donde habían plantado las tumbas. Marco cojeó a duras penas, observándolo todo. Hacía frío y llovía, y eso, junto con la presencia de los muertos, volvía a aquel lugar especialmente triste. La aldea había sido aniquilada. Solo los montes habían sido testigos de su epopeya, y podrían recordarla para siempre. Marco suspiró. Pese a la victoria, se sentía un fracasado. Hubiese querido evitar la muerte de la astur, y allí estaba ella, en la fosa. Se removió, incómodo: el dolor de la pierna no le dejaba pensar. Solo cuando cambió de postura y pudo apoyarse en su bastón, descubrió el pequeño objeto que le había estado estorbando.
Era un idolillo. Tal vez hubiese sido tallado meses atrás y algún astur lo hubiera atado a un cordel para llevarlo sobre la ropa. Representaba a una hembra, una de tantas mujeres que conformaban el panteón indígena. Marco lo acarició, pensativo. Tenía una belleza especial. Sin saber muy bien por qué, le dio la vuelta y se lo guardó. No era muy devoto de los dioses astures, pero hubiese sido incapaz de dejarla allí.
—De manera que no has encontrado nada que te demuestre que esa mujer está viva.
Había cierto reproche en la voz de Publio, pero Marco no lo culpó. Por una vez, comprendía al oficial. Su comportamiento era extraño, incluso para él mismo. Nadie se interesaba así por una salvaje, y menos si había resultado ser un mosquito molesto y traicionero para la legión. No obstante, era el único que había puesto su vida en las manos de ese mismo mosquito y había vivido para contarlo, por lo que tenía perfecto derecho a actuar así.
—No —dijo—. ¿Y…?
—¡Ya te he dicho que no estaba entre los prisioneros que envié a Roma mientras te atendían! Había varias mujeres, pero ninguna era ella —repuso—. Olvídala. Era un demonio y estará mejor muerta. Que yazca en su montaña, esa a la que la quería tanto —añadió, con cierto desdén.
Marco se pinzó la nariz. Estaba muy cansado. Los gritos de Publio lo alteraban como si hubiera bebido mucho la noche anterior, pero era una persona sobria. Hubiese ido a ver al médico si no se encontrase ya en su tienda. El tribuno notó su estado y bajó la voz.
—Lo siento, Marco. A veces olvido que estás herido. Pero luchaste con valor la otra noche —dijo—. Espero que no sea la última.
Sus palabras sonaban gozosas a pesar de la expresión triste, y Marco lo miró con curiosidad. ¿Qué le estaría ocultando Publio?
Iba a preguntarle, pero en ese momento entró el médico.
—A ver, sus grandezas —saludó. Era el mismo que lo había atendido durante la batalla, un militar con rango de centurión, y obraba con igual falta de respeto y atención por las formas. Publio lo miró con desdén, pero no dijo nada. Marcial era demasiado brillante como para llamarlo a capítulo—. Vamos a examinar esa herida. Después daré mi diagnóstico.
Marco se dejó a hacer, observando al médico. El hombre obraba muy concentrado en su tarea, examinando los bordes de la sutura y el aspecto de los músculos. Cuando terminó, dejó el instrumental en la camilla y exhaló un suspiro. Publio sonrió.
—Tu compañero y yo hemos estado hablando —dijo—, y lo que te voy a decir no te va a gustar.
El corazón de Marco se aceleró. Se notaba más cansado, pero ¿no era eso algo común? ¿Qué tenía que decirle el físico? Al notar su desasosiego, la voz del médico se volvió más amable.
—La pierna… está curándose bien. No tendrá problemas de infección si la tratas con cuidado, ni se tetanizará. Por suerte, no había veneno en ese proyectil. Pero los músculos… —Marco notó una desesperanza terrible. Sabía lo que iba a decir el médico—. En fin, no volverán a ser los mismos. No he podido extraer el proyectil. Podrás vivir con él, pero afectará a la manera en la que camines. Y ¿para qué sirve un soldado que no pueda marchar? —añadió.
Marco abrió la boca y la cerró varias veces. Tenía el paladar seco.
—¿Vais… vais a licenciarme?
Esta vez, Publio ni siquiera se molestó en disimular la sonrisa.
—Es por tu propio bien, Marco. Sabes que todos nosotros caminamos al menos veinte millas[2] al día para entrenar. Si tú no puedes soportar eso, ¿cómo vas a resistir una batalla?
Marco miró al suelo, mientras su mente trabajaba rauda. Inválido… no totalmente, pero sí lo bastante como para quedarse sin su medio de vida. Había sido militar desde los dieciséis. Y Publio…
—Tú te alegras de esto —afirmó, sin rencor—. Sabes que los hombres me respetan y nunca te ha parecido bien. Quieres hacer carrera en la política.
Publio siguió sonriendo.
—Vamos, Marco… eres muy susceptible. Yo no necesito que desaparezcas para que se me guarde el respeto debido. Al fin y al cabo, nací patricio. Y tú no. —Sus ojos relampaguearon.
Marco bajó la cabeza. Tenía algunos ahorros, como todos en la legión. Al licenciarse se los darían. Pero muy menguados.
—Empleé parte de mi dinero financiando la campaña contra los astures. Augusto nos lo pidió —dijo, más para sí mismo que para los demás—. Tendré que encontrar otro trabajo si quiero sobrevivir en Roma.
—Ah… Pero tú debías haber previsto que algo así podía ocurrirte. Al fin y al cabo, somos militares. Fíjate en el druida astur: él era una persona previsora, tanto que decidió informarnos antes que perder la vida. Pues lo mismo deberías haber hecho tú con lo tuyo. De todas formas, creo que el anciano Servio ha muerto hace poco, y durante tu infancia te tuvo mucho «cariño» —añadió, empleando las palabras de tal modo que su afirmación pareciese sucia—. Seguro que te ha dejado algo, al igual que hizo tu padre en otro tiempo. De niño eras su favorito.
Marco se dio cuenta de que Publio hablaba de nuevo y sintió deseos de abofetearle, tanto por el primer comentario como por el último. Servio había sido un mentor para Marco, y el tono de Publio, con su dañina sugerencia, lo irritaba profundamente. Con razón alababa al joven druida, eran tal para cual. Esperaba que al menos no se fueran a la cama juntos: si se obraba un milagro y tenían hijos, en vez de chiquillos, saldrían serpientes.
—Muy bien, no te preocupes, Publio —contestó—, ya me las arreglaré. ¿Hasta cuándo puedo quedarme?
—Oh, todo lo que necesites. Pero ten en cuenta que estamos en zona de guerra, y que despejaremos este campamento pronto. Te convendría irte antes de que hagamos una marcha larga o de que alguna tribu se dé cuenta de que hemos aniquilado a los rebeldes. A nosotros no nos pueden atacar, pero a un hombre solo… eso es más fácil. Te recomendaría usar el transporte de intendencia, e irte con los soldados que nos traen víveres cada cierto mes. Al menos seréis más numerosos.
Marco asintió. Era un plan lógico. Si tan mal se encontraba, no podría defenderse ante un posible ataque. Publio no quería matarlo, solo perderlo de vista. Lo antes posible.
—Está bien, esperaré entonces. Tendré todo preparado para ese día. ¿Qué parte me corresponde del botín?
El dinero le daría un poco de margen a la hora de buscar trabajo. Publio hizo una mueca, pero luego se corrigió. Hasta él parecía entender que aquello era justo.
—No te preocupes —dijo—, lo he contabilizado todo. Nos reuniremos y te daré lo que es tuyo. Te va a ser necesario.
Marco suspiró. Oh, sí. Iba a serlo.
Aldana despertó en la oscuridad. El ambiente estaba cargado y olía a suciedad, a húmedo y a moho. Del frente le llegó una tosecilla. No veía nada, por lo que la sensación de claustrofobia era aplastante. Se palpó a duras penas. La flecha había desaparecido, y su hombro estaba vendado. Alguien se había ocupado de ella, pero unas gruesas cadenas le aprisionaban los pies. Por lo tanto, no era libre.
“Padre…”, pensó, desesperada. Él siempre la había enseñado a luchar, a defenderse y, sobre todo, a no caer en manos del enemigo. Si hubiese sabido que estaba a merced de los romanos… Aldana no podía imaginarse su reacción. Se hubiera muerto de pena.
—¿Blecaeno? —preguntó, en la penumbra. Él había sido lo último que había oído.
Le llegó una voz muy triste:
—Él duerme aún, Aldana. Yo soy Deva.
¡Deva! Entonces, sus peores temores resultaban ser ciertos.
—Deva… pero ¿no huisteis a través del pasadizo?
La niña negó, con los ojos llenos de lágrimas.
—Los romanos nos descubrieron poco antes de que tú cayeras. Te vimos. Algunos padres mataron a sus hijos antes de suicidarse ellos también. Y mi madre intentó… Era por mi bien… Pero yo no quise… ¡Oh, Aldana! ¡Soy una cobarde! —La niña rompió a llorar.
A Aldana se le encogió el corazón. La reacción de los padres solo podía estar inspirada por el temor más terrible, pero aun así se le hacía muy duro imaginar a Stena acabando con la vida de su pequeña hija ¿Qué niño desea morir? Únicamente la amenaza de un destino espantoso podía haber hecho que se plantease semejante cosa. Deva había obrado de manera natural al huir. Deseó abrazarla, conmovida, pero las cadenas no se lo permitieron.
—¿Cuántos somos? —preguntó, con voz amable.
—Los romanos capturaron a varios hombres antes de que se suicidaran… creo que los quieren para las minas. Y Blecaeno, al igual que yo, está bien. Arausa —mencionó el nombre de una mujer de la tribu— también vive. Y ya está. Pero solo estamos aquí nosotros cuatro, las mujeres y los niños. Los romanos nos trasladaron, a los hombres los han dejado en el campamento. Llevamos días de viaje. Estuviste muy enferma —musitó, preocupada.
—Sí… nos tienen en un cobertizo, vete tú a saber dónde. No conozco la ciudad.
A Aldana le llegó este murmullo malhumorado, y supo que era Blecaeno, que acababa de despertar.
—Está bien —dijo. Había hecho un rápido balance de la situación. Se sentía muy débil, pero al menos estaban vivos—, si nos organizamos creo que podemos escapar con el tiempo. Los romanos…
Pero no pudo terminar la frase. La entrada se abrió de un portazo y entró un chorro de luz. De manera que no era de noche. Aldana guiñó los ojos.
—¡Eh! ¡Mirad quién ha despertado! ¿Te sigue escociendo la flecha, bonita?
—Es lo que pasa cuando te metes con nosotros —añadió otro hombre, divertido.
Aldana sintió una oleada de asco. Reconocía aquellas voces. La primera era la del rival que se había entretenido jugando con ella, cuando ya no podía más. En cuanto a la segunda… No estaba en el círculo que la había rodeado, pero tampoco era algo bueno. Creía recordar que un hombre parecido había acabado con Elaeso.
—Idos a la mierda —dijo, con más repugnancia de la que podía expresar. Deva la observó, nerviosa.
Los romanos se miraron, sorprendidos, y luego se echaron a reír.
—¡Caramba con la muchacha! ¡Si sabe responder! —Le guiñó un ojo—. Comprendemos algo de la lengua astur. Pero no hemos venido a hablar de eso. Hemos venido a preguntarte qué se siente ahora que tienes que obedecer a un romano, besando hasta por donde pisa. ¿Jode mucho despertarse como esclava de Roma?
A Aldana le ardían las mejillas, pero no contestó. Ya se las devolvería todas, y pronto.
—Y hablando de esclavas… —El militar se lamió los labios, mirándola—, tenemos que entregarte en el mercado, pero no importará que llegues algo estropeada. Ese cabello rojo es una belleza, zorrita. Sería una pena que no te disfrutáramos antes de entregarte a un desconocido.
—Un desconocido que no ha hecho nada por ganarte —apuntó el otro, con gesto serio.
—Venga —dijo el primero—. Spurio y yo hemos apostado. Los niños tienen las manos atadas, tú no. Queremos saber cuánto tardas en resistir hasta que te tomemos, como a tu aldea. Al fin y al cabo, casi me hieres antes de desmayarte. Debes de ser buena luchadora.
—¡La pasión es la pasión! En todo.
Aldana jadeó. Iban a violarla, y si no lo evitaba, lo harían delante de los niños. Sintió un odio cerval, profundo y feroz contra Roma.
—Acércate —musitó, con hielo en las venas— y muere. Lo que te pase a ti será lo que haría a tu amado emperador Augusto, si pudiese tocarlo.
Los soldados fingieron escandalizarse, muertos de risa. Después, todo fue rápido. El primero se abalanzó sobre Aldana y trató de taparle la boca, aplastándola; mientras el segundo se encargaba de desabrocharle el cinturón. Aldana tomó aire. Y luego, un horrible grito resonó por todo el lugar.
[2] Treinta kilómetros. En las marchas más duras, se aumentaba a sesenta.
Capítulo 5
A Marco le costó recoger sus cosas. No era solo amontonarlas en cajas y despreocuparse, sino también decir adiós a aquel mundo. El gladio, regalado por un buen amigo; las condecoraciones, con toda su historia; las túnicas desgastadas y otros recuerdos fueron a parar todos al mismo baúl; y a Marco le sorprendió ver que una vida pudiese abarcar tan poco. No obstante, continuó sin titubear, y hacia el mediodía estaba listo. Publio lo esperaba fuera.
—Te echaremos de menos —le dijo.
Procuraba parecer afectado. Marco hizo un ademán, quitándole importancia.
—Ya me he hecho a la idea. Seguro que hay mucho que hacer en Roma. En todo este tiempo solo he conocido la vida castrense, quizás sea hora de alejarse y probar algo distinto.
Publio asintió, y los dos hombres se dieron la mano:
—Te puedo recomendar para otros trabajos —dijo. Mientras Marco estuviese lejos y sin hacerle competencia, no le deseaba ningún mal—. Tal vez te sean útiles.
Marco se encogió de hombros.
—De momento no creo que me hagan falta. Pero gracias de todos modos —repuso, separándose.
Una multitud les sorprendió.
—¡Viva Marco, nuestro centurión!
—¡Viva!
—¡Un hombre valiente!
—Sí —rio alguien—, los astures al fin podrán descansar tranquilos.
Marco se quedó mudo. Cientos de militares estaban allí, y su modo de arroparle lo conmovió. No era un hombre dado a las manifestaciones de efusividad, pero esbozó una leve sonrisa, agradecido.
—Gracias —les contestó—, pero yo no sería nada sin vosotros. Cuando regrese a Roma, seréis lo que más extrañe. Soldados… ¡vivan nuestras fuerzas!
—¡Vivan!
Más emocionado de lo que nunca se atrevería a admitir, Marco saludó por última vez a sus hombres y se dio la vuelta. La comitiva esperaba.
—Venga, muchachos —les dijo—, adelante y hacia Roma.
—Así será. ¡Que Mercurio nos guarde!
Las carretas se pusieron de nuevo en marcha y Marco contempló alejarse aquel paisaje umbrío y frondoso, que tanto le había dado y sabido quitar al mismo tiempo. Comenzaba una nueva vida. La incertidumbre lo atenazó.
El viaje hasta la capital del Imperio no fue nada incómodo, y Marco pudo disfrutar bastante durante el trayecto. Recorrió toda Hispania, hasta el sur, aprovechando la hospitalidad de las tribus que lo consideraban a él un valiente y a Roma una aliada; lo cual constituyó un agradable cambio. La Península Ibérica era un hermoso territorio, agreste y montaraz, y sintió que podría vivir allí si no hubiese conocido antes a su amada Italia. De cualquier forma, se llevó un buen recuerdo de los paisajes y de las gentes; e incluso vivió una curiosa anécdota en la domus[3] de Iulius Caeco, un hispanorromano que adoraba a Augusto sobre todas las cosas y que intentó emparejarle con su hija, que lo miraba con buenos ojos. Iulia era muy agradable, pero Marco tuvo que rechazarla.
—Me esperan en Roma —le explicó, amablemente—. Debo volver. Ya tengo pareja.
Y era cierto. Aunque Marco nunca había estado casado (su vida militar no se lo hubiese permitido[4]), Pudentilla y él llevaban manteniendo una relación intermitente desde hacía años. La convivencia no estaba del todo mal vista en la Antigua Roma, y eran muchos los que escogían vivir de aquella manera. Pudentilla agradaba a Marco, y Marco agradaba a Pudentilla, por lo que siempre lo recibía en su alcoba cuando este regresaba a la Ciudad Eterna. No habían llevado las cosas más lejos, pero Marco le era fiel, algo raro en un militar por aquel entonces. Esperaba que supiera entenderlo cuando le contase lo de su pierna. Necesitaba la atención de un alma amiga.
Marco tardó tres semanas en llegar al puerto de Tarraco, y algunos días más en embarcar. Las galeras, pesadas y malolientes, no eran del gusto de nadie, pero todo el mundo las utilizaba porque no se conocía nada mejor. Marco negoció con un capitán huraño y malencarado, hasta conseguir un pasaje en una de sus naves. El haber sido oficial le sirvió de ayuda, y pronto se halló esperando para soltar amarras. La brisa era fresca y el clima caliente. Marco se sintió en plenitud observando aquel intenso azul, propio del Mare Nostrum: había llegado el momento de regresar a casa.
Los primeros días de travesía fueron espantosos. Ninguna vivencia anterior podía compararse al bamboleo constante del barco, y el centurión se pasó horas con el estómago del revés, sintiéndose morir. Pero luego se acostumbró y empezó a disfrutar. En el fondo, no había forma más pura de contactar con los dioses que aquella inmensa planicie azulada; cuna de vida y de muerte. Por eso, cuando la costa comenzó a divisarse días más tarde, Marco no supo si realmente le agradaba verla. El mar le había hecho sentirse libre; ahora, la realidad lo cercaba.
Desembarcó en el puerto de Ostia, a escasos kilómetros de la capital. El movimiento le aturdió. La vida de un miles resultaba muy rutinaria; y en aquella ciudad todo parecía estar en desorden. Marco sintió que había olvidado cómo se vivía normalmente, y que la muchedumbre lo sobrepasaba. Había hosteleros, niños haciendo diabluras, esclavos, marinos recién llegados a puerto, mercaderes, perros vagabundos, alguna gallina suelta… Incluso una fila de mujeres que parecía estar inscribiéndose en algún tipo de registro. Marco tuvo que sentarse y descansar. Aún sentía el cabeceo de la nave bajo sus pies, y si aquello le incomodaba, no quería ni imaginarse lo que sentiría en Roma. Pero no era un hombre que retrasase sus quehaceres por miedo, así que decidió que después de comer en un thermopolium, se pondría en camino.
El sitio en sí también estaba congestionado. Había un par de camareras, con el pelo recogido en un moño grasiento, y un varón gordo que las vigilaba a ellas y a los clientes. No obstante, se trataba de un lugar amplio en comparación con los barracones del campamento, y Marco apreció el olor a comida que llegaba desde la barra. Los platos se guardaban en una especie de huecos donde se mantenían calientes, y luego los servían a los comensales según su gusto. Marco escogió un conjunto de pescado con verduras y se sentó cerca de la pared. Los frescos despertaron su apetito, y disfrutó mucho del primer bocado. Algunas cosas sí que se habían echado de menos.
—¡Marco!
Marco levantó la vista y sonrió al encontrar a Sexto, dando tumbos para acercársele entre la clientela. Sexto era hijo de Rufo, un buen hombre que se encargaba de sus ahorros durante la campaña. Marco y él se tenían cierta simpatía, y el centurión era consciente de que Rufo esperaba que el joven ocupase pronto su lugar, pues se trataba de un muchacho listo y bien preparado, aunque un poco tímido en ocasiones. Marco lo invitó a sentarse y apartó una silla.
—¿Qué te trae por aquí? —le dijo—. ¿Problemas?
Después de una conversación imposible debido al bullicio, y de intentar beber algo, Sexto dejó la copa en la mesa y consiguió hacerse oír:
—Mi padre quiere verte —dijo, procurando alzar la voz—. Es importante.
Marco lo miró, preocupado.
—Pensaba visitarle dentro de unos días. ¿Qué ocurre?
Sexto hizo una mueca.
—Algo grave —dijo—. ¿Has oído hablar de la lex Iulia?
Marco levantó una ceja y el joven dio un suspiro:
—Ya veo que no —repuso—. Bien, es comprensible: nadie está del todo contento. Se trata de una norma… —Un grupo de marineros entró en la taberna y se puso a vociferar. Sexto alzó la voz— sobre matrimonio, natalidad y costumbres disipadas. Hay cientos de afectados.
Marco sacudió la cabeza.
—No lo entiendo, Sexto. No estoy casado, y no hubiese podido aunque lo deseara: mi vida pertenece al Ejército. ¿Tenemos algo que ver Pudentilla o…?
Sexto negó con la cabeza, deshaciendo esos temores.
—No, Pudentilla y tú ya sois adultos. Vuestra relación es sensata: ninguno de los dos tiene pareja y ella es viuda. Lo que me preocupa es más…
Los marineros, borrachos, comenzaron a entonar una sucia cancioncilla. Sexto intentó seguir, elevando el tono de voz, pero uno de los marinos se subió a la mesa para dirigir a sus compañeros:
—La ley… tiene varios puntos…
Le interrumpió una riña. El dueño, indignado, había salido de detrás de la barra, y ahora intentaba convencer a los hombres de que abandonasen el comedor. A Sexto no le quedó más remedio que rendirse:
—¡Estas cosas solo suceden en Ostia! —exclamó—. Marco: harías mejor en escuchar a mi padre. Él sabrá resolver todas tus dudas. Tu situación no es mala del todo, pero debes obrar con cautela. Nos veremos en unos días —dijo, recogiendo la capa.
—¿Me vas a dejar así? —preguntó el oficial—. Aún no sé a qué te refieres.
—Créeme, es lo mejor —repuso el joven—. Aquí, hasta las paredes tienen oídos. Vete a verle en cuanto puedas. Y cuídate, Marco —añadió, palmeándole la espalda—. Que los dioses te protejan.
Marco lo observó marchar, algo molesto. No tenía ningún sentido soltarle aquella parrafada para después dejarlo en la intriga, pero Sexto obraba así habitualmente. Volvió a concentrarse en su plato, solo para comprobar que casi lo había consumido todo, sin fijarse apenas en el sabor. Suspiró, muy cansado. Debía ocuparse de aquel nuevo problema cuanto antes.
Lejos de Roma, una mujer tiritaba, retorciéndose en el suelo. La niña tomó un trozo de trapo y la enjuagó con cariño, retirando el sudor producido por la fiebre.
—Resiste, Aldana… —dijo—, ya queda menos. Estamos cerca…
La astur murmuró algo incomprensible y las lágrimas comenzaron a desbordarse por el rostro de la pequeña. Aldana viviría, tenía que hacerlo. Pero los soldados… Contempló su mirada, oscurecida por el rencor. Solo la Gran Diosa sabía qué planes tenían reservados para ella.
[3] Casa individual romana con patio y estanque, en oposición a los bloques de pisos o insulae.
[4] En la época de Augusto, a los militares les estaba vedado contraer matrimonio.
Capítulo 6
Marco se dio la vuelta, incapaz de permanecer más tiempo en el mismo lugar, y miró por la ventana.
—De manera que, si lo que dices es cierto, estoy en la ruina.
Rufo se encogió de hombros.
—Hombre, en la ruina, en la ruina… Aún te quedan ahorros para vivir durante unos meses. Después tendrás que buscar trabajo. O seguir mi consejo, si lo que quieres es quedar realmente bien. Pero de todas formas, la situación es difícil, sí.
Marco suspiró, mirando hacia la calle. Se trataba de un sitio tranquilo, alejado de las zonas más pobladas de la capital. Después de asearse en las termas, había alquilado el primer apartamento disponible, con la intención de ocuparse pronto del problema que le había descrito el joven. Pero Rufo se le había adelantado. Ahora lo tenía delante, tranquilo dentro de su gigantesco cuerpo. Por primera vez, su actitud preocupó al centurión más que aliviarle. Al fin y al cabo, era él quién tenía problemas, y Rufo parecía estar muy a gusto sin compartirlos.
—Veamos —repasó, como si por enumerar sus dificultades estas fueran a desaparecer—: doné dinero a la campaña de Augusto para financiar la lucha en el norte. —Rufo asintió, con placidez—. Nuestro emperador —continuó Marco, procurando mantener la calma— me dejó sin más de la mitad de la herencia paterna. La otra mitad la empleé en mi construcción en el monte Aventino: no está finalizada. Bueno, tendrá que esperar.
»Contábamos con un gran botín, que tampoco resultó ser, porque los astures estaban aún más desesperados que nosotros. Y mi pensión me cubre menos que si hubiera estado en el ejército trece años, que es por lo que se enrola todo el mundo. No obstante, podría servirme de ella…Si no hubiese donado también parte de mis ahorros a la campaña del norte —concluyó—. ¡Nunca más me dejaré convencer por Augusto!
—Obraste como cualquier buen ciudadano lo hubiese hecho, eras un hombre rico por aquel entonces, a pesar de ser plebeyo. —Marco lo miró, suspicaz. Para él no había nada reprochable en su origen humilde, pero Rufo lo decía sin querer ofenderlo, a diferencia de muchos oficiales—. No es tu culpa que el botín haya resultado ser tan magro. Conseguirás un empleo pronto, eres un hombre con mucha experiencia.
Marco esbozó una sonrisa triste. Era cierto, no temía por sí mismo. Pero hubiese querido terminar la casa que se estaba construyendo en el Aventino, después de años de vagabundeo con las legiones, y poder ofrecérsela a la que siempre había considerado su madre: ahora se encontraba muy sola. Y ¿por qué no?, también formar una familia. Sin embargo, era necesario contar con una posición estable antes de iniciar cualquier proyecto. No se lo perdonaría si arrastraba a sus hijos a la pobreza. La vida en el Imperio podía llegar a ser muy cruel.
—Mi única posibilidad era esta nueva herencia, la de Servio. Él siempre se comportó conmigo como un padre, aunque yo no fuese su retoño. Sentí mucho enterarme de su muerte.
Rufo asintió:
—Era un buen hombre. Hablé con él hace apenas tres meses, antes de que…
Los ojos de Marco se tiñeron de tristeza. No era un hombre al que le costara partir hacia una misión, pero aquel año había resultado especialmente duro. Pocos días antes de marchar hacia tierras rebeldes, Marco había recibido la noticia de que Servio (el hombre que le había acogido cuando él apenas era un chico endeble, que había empleado su tiempo en estar con él y que le había introducido en el mundo de la legión y sus secretos) había muerto.
Él y su mujer Calpurnia lo habían sido todo para Marco. El centurión había tenido padres, y muy ricos además, pero su hogar siempre estaba en constante guerra. Ni la dejadez de su padre ni la frialdad de su madre, una completa desconocida, podrían igualar jamás lo que aquel hombre le había dado.
—Servio era un hombre rico. Nunca tuvo hijos, por eso te amaba tanto. Habida cuenta de que en nuestro Derecho las viudas no suelen heredar del marido (aunque sí ser usufructuarias de parte de sus bienes), tú eras su heredero lógico. Servio no tenía otros parientes, por lo que la ley no te obliga a compartir nada. O no lo hacía… hasta ahora.
Marco sacudió la cabeza, disgustado:
—Aún no alcanzo a comprender por qué lo hizo, Rufo.
—Él siempre quiso que te reconciliaras con tu hermanastro. Eso lo sabes.
—Sí… Nunca lo conoció tan bien como yo.
—Puede —concedió Rufo—, pero de todas formas lo nombró heredero subsidiario, de manera que su herencia solo pasaría a él si a ti antes te ocurría una desgracia. Lo que, conociendo la naturaleza de tu trabajo… —repuso— era bien posible.
Marco no replicó. Todo el mundo sabía que los centuriones se enfrentaban a mayores riesgos, porque muy pocos volvían. Rufo carraspeó antes de continuar.
—El caso es que tú estás vivo y has regresado; y eso te convierte en el único heredero posible una vez que se abra el testamento y se lean las voluntades de Servio, que nosotros conocemos gracias a su esposa. Pero la lex Iulia … la lex Iulia…
—Sí, la lex Iulia cambia las cosas —completó Marco, con cierto mal humor.
—¡Vamos, Marco! ¡Tienes que comprender a Augusto! ¿No se quejaba la gente de que Roma se estaba llenando de extranjeros? Pues él ha hecho algo para solucionarlo. Que su solución no agrade ya es otro asunto.
Marco se sintió muy cansado:
—Sí, pero enfoca mal el problema. Como los extranjeros tienen muchos hijos, Augusto obliga a los romanos a imitarlos. Las familias en Roma nunca han sido muy extensas, salvo en el campo; y ahora viene él y pretende fomentar la natalidad con toda una serie de sanciones, orientadas a los ciudadanos que no contraigan matrimonio y, sobre todo, a los que no generen descendencia. Eso va a irritar a muchos, Rufo. Pero lo peor —y esta vez Marco esbozó una leve sonrisa— es que también pretende acabar con la decadencia moral de Roma, para demostrar su superioridad sobre la de los bárbaros. Y entre las costumbres que quiere castigar está el adulterio. ¿Te imaginas el revuelo que provocará entre las clases altas? No es ningún secreto que los matrimonios patricios son solo pactos donde los esposos se ponen felizmente los cuernos. Esa ley no durará mucho, ya lo verás.
Rufo miró al miles.
—Te olvidas de una cosa, Marco. Hace mucho que los ciudadanos no votan para elegir a sus gobernantes. La República está muriendo. Augusto ha concentrado todo el poder. Esto que tenemos ahora —añadió, bajando la voz— se parece más bien a un tipo de monarquía.
Marco recordó el nuevo título de Augusto y negó con la cabeza.
—Se hace llamar imperator. No es una monarquía, es un imperio.
—Un imperio.
Los dos hombres callaron, mientras interiorizaban aquellas palabras. Se avecinaba un nuevo periodo para la historia de Roma, y más si la esposa de Augusto conseguía asentar a su hijo Tiberio en el poder. Rufo siguió hablando.
—Lo que quiero decir, Marco, es que no seas ingenuo. Augusto ya está muy bien posicionado, lo suficiente como para enfrentar algunas críticas sin tambalearse. Y no va a cambiar la ley. La lex Iulia impide heredar de personas ajenas a la familia, si no se está casado. Se entiende como un aliciente para contraer matrimonio. Y Servio no es tu pariente. Y tú no tienes una esposa.
—Es que esa decisión es mía, personal, no quiero que Octavio la tome por mí —dijo, rechazando usar el título de “Augusto”.
—Muy encomiable, pero la realidad es la que es. Y mientras tú no puedas heredar, aunque no sea por estar muerto, como pensó el pobre Servio, tu herencia irá a parar a tu hermanastro. Él sí está casado. Celebró la boda hace un año, en cuanto tuvo noticias de que iba a salir la ley.
—No sé por qué no me invitó —comentó el oficial con ironía.
—Pues cásate. ¿No quieres fastidiarle? Cásate. Pasaste una infancia pésima por su culpa, te golpeaba todos los días. Hoy tú podrías tumbarle hasta con tu dedo meñique, ¿por qué no le quitas lo que en realidad más ama, el dinero?
Marco se removió, incómodo. Odiaba la idea de que su medio hermano alcanzase algo que en realidad era suyo, pero no quería casarse por un motivo tan ruin. Rufo captó su mirada y acabó rindiéndose.
—No importa —dijo—. Ya veo que no lo vas a hacer. Puede que haya otras formas de conseguir dinero. ¿Repartieron a los cautivos astures entre los legionarios, a modo de botín? Podrías vender los tuyos.
—No. Los prisioneros pertenecen a Roma, no a los soldados. Y aunque se nos diera esa opción… no soy un traficante.
Rufo se desesperó.
—¡Qué hombre más idealista en una civilización tan pragmática! Marco, no se puede hacer nada contigo. Cuando quieras ayuda, ven a verme. Hasta entonces, piensa en Calpurnia, la que tú llamas tu verdadera madre. Está sola en la casa que antes era de su marido, y va empobreciéndose poco a poco. Piensa en ella… y dime si no quieres que su situación mejore.
Marco se despidió de Rufo con un apretón firme, pero las últimas palabras resonaron en su cabeza durante mucho tiempo. Había ido a ver a Calpurnia, y no parecía pasarlo mal. No obstante, Marco sabía que la situación de la mujer en Roma no era la más halagüeña. Él había recorrido otros lugares, casi siempre en misiones diplomáticas, y eso le había permitido abrir la mente y notar que la mujer estaba mejor tratada en las tribus del norte, donde la cultura era matriarcal y las hembras heredaban de sus esposos. La situación de Calpurnia le preocupaba, y empezó a preguntarse si Rufo no tendría algo de razón. Calpurnia podía seguir disfrutando de los bienes de su marido (Servio no la hubiera dejado desamparada); pero Marco sabía que si su medio hermano conseguía heredar, la domus y demás posesiones del muerto serían una fuente de inagotable conflicto, ya que Numerio intentaría siempre vender lo que la viuda tenía derecho a usar para su subsistencia, aunque no fuese la propietaria. A ello se refería el usufructo, su única fuente de protección por aquel entonces.
Marco dio un par de paseos para aclararse las ideas. Nunca se había planteado la posibilidad de casarse, en parte porque como militar no le estaba permitido. Era cierto que muchos legionarios, pese a no tener cónyuge, mantenían una relación de pareja muy similar al matrimonio, aunque sin la formalidad del mismo. Las mujeres solían establecerse cerca de los campamentos más grandes, y poco a poco iba formándose una pequeña ciudad[5]. Pero Marco y Pudentilla nunca habían llegado tan lejos: Pudentilla se negaba a dejar la espléndida Roma y Marco no la obligaba a ello. En realidad, su relación no era algo muy serio: ambos se llevaban bien y con eso bastaba. Por eso proponerle matrimonio resultaba un paso tan grande, y Marco se sentía incómodo al pensarlo. No obstante, era una buena amiga y se le ocurrían personas peores con las que compartir el resto de su existencia. Al final, decidió exponerle todo su caso, con la esperanza de que a la joven se le ocurriese una buena idea y, si no era así y deseaba casarse, que al menos conociese la sinceridad de sus motivos. Marco no hubiera pensado en el matrimonio sin aquella ley, pero Pudentilla era su compañera y no quería engañarla. Tomarían ellos juntos la decisión, como adultos. Después de meditarlo, se sintió mejor.
No quiso postergar su visita a casa de la joven. Teniendo en cuenta que nada más poner un pie en Roma, Rufo había sabido encontrarlo, sus deberes sociales habían quedado momentáneamente pospuestos: ni Pudentilla ni nadie sabían que había llegado ya. Pero en el fondo eso lo beneficiaba, pensó Marco, mientras se anudaba la túnica. Pudentilla y él habían estado escribiéndose, le daría una gran sorpresa.
El centurión cruzó las calles hasta alcanzar la arteria principal de Roma, procurando esconder su agobio. La campaña del norte había agravado su fobia a la muchedumbre. Al igual que en el puerto, los codazos y empujones de la multitud acabaron por aturdirle, y tuvo que hacer un esfuerzo para poder continuar. Pero una vez que su mente comprendió que no estaba en medio de la lucha, pudo sentirse más a gusto.
El camino que llevaba al monte Celio era amplio y agradable. La ciudad tenía siete colinas, y el Celio era una de ellas. Se trataba de un barrio lujoso y elitista, preparado para acoger a las mayores fortunas de Roma, junto con el Quirinal. Pudentilla era una de esas almas dichosas con una domus en semejante paraíso. No obstante, a Marco nunca le había impresionado su riqueza, y su relación se basaba meramente en el agrado mutuo. Después de haber conocido a su propia parentela, Marco era muy reacio a emparejarse con alguien solo por dinero; y la nueva norma lo sacaba de sus casillas.
La residencia de Pudentilla se hallaba en la parte más alta y, pese a los nervios, el centurión se admiró por la belleza del paisaje. El Celio estaba cuajado de jardines de los que sobresalían hermosas estatuas, con una vista directa sobre los tejados de Roma. El conjunto, realizado con tanta finura, ofrecía una extraña paz. Marco llegó a la domus de la dama y se presentó en la puerta. Un nuevo esclavo, fibroso y de rasgos duros, salió a su encuentro. El oficial intentó explicarse:
—Soy Marco Ticio Aquila, centurión. Resido en el Velia y conozco a tu ama desde hace años. Te ruego que le anuncies mi presencia: ella te confirmará lo que digo.
El siervo lo miró con desconfianza. Dijo algo en su lengua gutural, quizás teutónica, y luego se apartó para dejarle paso. Marco entró, sorprendido. Pudentilla debería poner a alguien que resguardase mejor la puerta. Pero le había venido bien, así que pasó al zaguán y no protestó. El patio se encontraba tranquilo.
Pudentilla era viuda, por lo que su familia no resultaba muy extensa, y la domus transmitía el mismo sentido de recogimiento y paz que el resto del monte. Una pequeña fuente aportaba una nota de frescor. Marco miró la casa que tan bien conocía. A diferencia de Calpurnia, Pudentilla había podido heredar de su padre, y no de su marido; y eso junto el hecho de ser hija única le había dado una cómoda existencia. Marco oyó ruidos al fondo de la domus, cerca de un segundo patio, que conformaba la parte más íntima de la mansión, donde los patronos hacían su vida lejos de la servidumbre. Vio pasar a una esclava. ¿Se estaría preparando para recibirle? Esperaba que sí: estaba ansioso por verla.
Marco esperó y esperó, durante mucho tiempo. Pese a la consideración debida, empezaba a impacientarse. No había hecho todo aquel camino con su pierna herida para luego recibir largas. Los esclavos de Pudentilla no parecían hablar muy bien el idioma, tal vez no la hubieran avisado. Miró a su alrededor. Otro sirviente, más joven esta vez, estaba saliendo de las escaleras que conducían al comedor. Marco lo detuvo.
—Perdona, muchacho —preguntó—, ¿sabe tu ama que estoy aquí? Llevo esperando bastante tiempo.
El joven pareció sorprenderse, lo que confirmó a Marco sus sospechas. Pero hubo algo más: miró hacia arriba, mostrando cierto miedo, que luego se trocó en burla al observar al centurión. Marco frunció el ceño. Ya no le apetecía ser tan amable:
—Ve —dijo— y avísala.
El muchacho echó a correr. Marco lo aguardó inquieto. No quería rendirse a la suspicacia, pero había estado años en el ejército y sabía cuando las cosas no eran lo que parecían. Del fondo de la domus le llegó una risita. El murmullo de la fuente no le dejaba oír más, pero se dijo que ya estaba bien. Sin esperar por nadie, recogió su capa y se internó en la mansión.
El patio de atrás estaba en silencio. Marco aguardó hasta que las risitas volvieron a oírse y luego miró hacia arriba. Salían de las habitaciones, en el segundo piso. Una zarpa cruel le hizo su presa. Procurando no hacer ruido, comenzó a subir por la escalera.
Marco había vivido muchas batallas, pero aquel corto trayecto de veinte escalones fue lo más duro que había hecho nunca. Ensordecido por su propio corazón, esperaba, no, deseaba, que aquel sentimiento fuese tan solo un desvarío suyo y que Pudentilla siguiera siendo la amiga fiel con la que había compartido tan buenos momentos. Al llegar arriba, se detuvo. Por primera vez, Marco se sintió cobarde. Quería seguir creyendo que todo seguiría igual, pero no le apetecía abrir la puerta para comprobarlo. Aguardó allí unos segundos, que se le hicieron eternos. Después, un ruido sospechoso colmó su paciencia, y se precipitó hacia el interior.
Pudentilla se encontraba medio echada mientras recogía sus cosas. Su peinado y su cuerpo eran tan hermosos como siempre, y tenía un brillo vivaracho en los ojos. Marco la observó, paralizado. Estaba desnuda, y la habitación olía… Sin alterarse, la joven se dio la vuelta y miró al oficial, con un rictus divertido en la mirada.
—Marco… —dijo, sonriendo. Luego rio—. ¡Es bueno tenerte de vuelta!
Marco contempló el cuarto, atónito. Debajo de las mantas, algo comenzaba a moverse. Retiró los cobertores y después salió a la luz. Un hombre. Pudentilla se echó a reír.
—Lo mismo digo, Marco —repuso este, guiñándole un ojo.
Marco había oído historias en la legión sobre hombres que se volvían locos, que se transformaban en una bestia feroz cuando descubrían a su pareja engañándoles con otro. Él siempre se había tenido por un hombre sereno, pero aun así admitía ante sus soldados que no era fácil prever ese tipo de reacciones. Pero ahora que por fin la vivía, que se encontraba con que alguien al que había sido fiel lo traicionaba, tan solo sintió asco. Asco y una profunda decepción. El engaño de Pudentilla lo sumía en la tristeza. La chica lo miró, sin entenderlo.
—Vamos, Marco —dijo, comenzando a dudar—, no me digas que tú no haces lo mismo en esas tierras del norte, ¡eres un soldado! —afirmó, riéndose.
—Y además, con alguien de la familia… —repuso el hombre, mientras la besaba—. Vamos, Marco —dijo con crueldad—. Únete a nosotros.
El oficial lo ignoró. Observó a Pudentilla, con tanta profundidad en la mirada que la chica empezó a sentirse incómoda.
—Yo no, Pudentilla —dijo—. Yo no te engaño. Pero si tú lo consideras normal… —añadió— que lo disfrutes.
Marco se dio la vuelta, dejando tras de sí a una atónita Pudentilla. Dominando el dolor, bajó los escalones con rapidez, haciendo caso omiso de las súplicas de la joven, que se había levantado y lo seguía.
—¡Marco, Marco…! ¡No te pongas así! —Pudentilla lo alcanzó en la puerta. Jadeaba—. Reconozco que deberíamos haber hablado de lo que esperábamos antes de que me acostase con Numerio. ¡Pero es natural, Marco! Él es muy guapo. Y tú te habías ido.
Marco alcanzó el zaguán. La miró, sombrío.
—¿Con él, Pudentilla? —dijo—. Conoces mi historia.
Pudentilla no tuvo nada que decir. Marco abrió la puerta y salió a la calle.
A medida que se alejaba de aquella maldita domus y de la que siempre había considerado su compañera, Marco se fue serenando, pero con la calma afloró el dolor. Se sentía muy triste, tanto que hubiese llorado si no lo hubieran educado para ser fuerte. No lo hizo, pese a todo. En lugar de ello, vagó por las calles, dejándose perder por aquel laberinto. Pudentilla le había hecho trampa, pero eso no era lo más grave. Lo más grave era con quién.
Aún confuso, bajó por el Viminal. Sus idas y venidas le llevaron hasta una taberna. No era alguien que ahogase sus penas en la bebida, pero aquel día podía considerarse una excepción, así que sacó su bolsa. Si iba a gastar en aquel brebaje, al menos que no le echaran por falta de dinero. Nada más entrar, captó cierta excitación entre los clientes, que charlaban en corrillos.
—Hoy hay subasta, si pudieses verlas…
—Ya lo he hecho. Hay una rubia maravillosa. Ay, si yo pudiera trasladarme a Germania sin que los teutones me degollasen…
Hubo una carcajada. Marco frunció el ceño. Había olvidado lo cerca que estaba el mercado, en el que se vendía una buena provisión de carne humana, siervos para todos los gustos. Con el objeto de facilitar la venta, los pobres desgraciados eran exhibidos sobre tarimas, con un cartelillo que especificaba sus habilidades. Los “sirvientes para otros usos” eran casi siempre prostitutas. De ahí la excitación de los hombres. No podrían permitirse una aunque ahorrasen todo el año, pero disfrutaban mirando y oliendo, deleitándose con las cautivas que eran expuestas ligeras de ropa para el contento de cualquier varón. Marco luchó por apartar esa imagen de su mente. La esclavitud no le producía indiferencia desde que había estado en el norte. Allí las matanzas eran algo habitual y el principal modo de hacerse con prisioneros. Sabía que los astures habrían sido vendidos a alguna mina, donde solo les quedaba morir. Rellenó el vaso de alcohol, malhumorado. Aquella conversación no había contribuido a producirle un mayor sosiego.
—Hola —dijo una joven, al cabo de unos minutos—, ¿estás solo?
Marco levantó la vista. Ante él se hallaba una de las camareras del local, de piel sedosa y largas pestañas. Marco sabía que su interés por él no era gratuito: las camareras solían acostarse con los clientes, y cobrando. Pero Marco estaba demasiado cansado para echarla de allí y, además, había sido amable. Resultaba bueno tener una conversación que no acabase en un nuevo problema:
—Claro —dijo, sin explicarle que no pensaba usarla—. Siéntate si lo deseas.
La camarera lo hizo, con una sonrisa, y Marco se preguntó qué desgracias la habrían llevado hasta allí, a tener que aparentar interés por un desconocido cualquiera. Al menos, intentaría comportarse de modo honesto, cosa que no había hecho Pudentilla.
—¿Problemas? —preguntó ella.
Marco esbozó una sonrisa triste:
—Algo así —dijo él—. Venga, te invito a comer. Hoy no sirves.
La joven miró al hostelero, encantada, y este le dio permiso. Ahora sí estaba contenta. Parecía haber hecho un buen negocio con aquel cliente. El oficial la miró, con cierta tristeza.
—¿No vas a comer tú? —le preguntó, intrigada.
—No, hoy solo voy a beber.
La chica negó con la cabeza, con aire experto.
—Ay… esto deja intuir una amante. ¿Era guapa, mi hombre?
Marco se encogió de hombros:
—De alguna forma. Pero no resultaba muy íntegra.
La joven lo observó, con una mirada seductora.
—Deja que yo lo arregle —susurró, mientras empezaba a meter su mano debajo de la mesa—. Arriba hay un cuarto… Yo te haré olvidar a esa mala pécora. Conmigo disfrutarás de lo que ella no te ha dado en años… déjame cuidarte.
Marco se retiró hacia atrás. La joven le había puesto una mano en la entrepierna, y había intentado darle un masaje. Pero él no era ningún putero. No era eso lo que buscaba.
—Lo siento —dijo—. Hoy no. Solo intento ser cortés. No quiero que me des nada a cambio.
La joven lo miró, sorprendida. Aquella era la primera vez que le ocurría algo así. Guardó un silencio desconcertado y entonces, pudieron oír las conversaciones de los demás clientes.
—Qué tetas tenía, qué tetas…
—Uah, había una pelirroja preciosa.
Aquel último detalle trajo recuerdos a la cabeza del oficial, que por algún motivo aumentaron su agobio. El norte… Procuró beber en silencio, mientras la camarera acababa su comida. Cuando lo hubo hecho, se despidió. No aguantaba continuar allí, soportando la charla de aquellos ebrios. Ni siquiera en la bebida podría consolarse. Y, si lo hacía, corría el peligro de parecérseles.
El sol de Roma volvió a golpearle con fuerza cuando abandonó la taberna. Había pasado algo más de una hora, y la calle estaba llena de romanos que regresaban a casa con sus “adquisiciones”. Había de todo tipo. Marco parpadeó, intentando sobreponerse a la luminosidad, y decidió que ya era tiempo de que él también volviese a su insula. Al menos, si quería beber, podría hacerlo en la intimidad. Lo malo era que desde allí tendría que atravesar ese gigantesco mercado, y ver por sí mismo de lo que hablaba la clientela. La pelirroja seguro que le recordaría a la líder astur, que no había podido salvar. Pero entonces…
—¡Detenedla!
Marco notó un gigantesco revuelo. Los ciudadanos corrían por la calle, mientras sus esposas se apartaban, gritando. La muchedumbre parecía perseguir a lo que resultó ser una, una… ¿Una mujer desnuda? Marco pensó que había tomado demasiado alcohol. Y en el fondo fue así, porque el aturdimiento le impidió apartarse cuando la fugitiva corrió hacia él. La fémina, cegada por el miedo, no vio tampoco al romano; y ambos acabaron estrellándose con un sonoro golpe. Marco se sujetó como pudo, manteniéndose en pie. Aprisionó las muñecas de la cautiva. Si no hubiese sido por el bastón, se hubiera caído.
La mujer estaba débil, y empezó a suplicar. Probablemente fuera una esclava huida del mercado.
—Por favor… Por favor… —rogó, sin fuerza siquiera para levantar la vista. Su piel desnuda estaba llena de moretones—. Por favor, déjame ir. No permitas que me cojan. No los dejes… —jadeó, agotada.
Marco sintió una compasión inmensa. Aquel era el aspecto más cruel de Roma, y él detestaba tener que vivirlo. Una voz los interrumpió:
—Ah, de manera que la han encontrado. ¡Alabados sean los Dioses! Venga, manifestémosle nuestro agradecimiento.
Marco escuchó unos aplausos, y luego levantó la mirada. Un negociante, gordo y muy conocido, se acercaba a él. Se trataba de Aulo, el proxeneta más famoso de Roma. Por supuesto, relacionarse con alguien así era poco honorable, pero Marco lo había visto en otras ocasiones, y había escuchado a sus legionarios hablar de él con cierta diversión. Dirigía los burdeles más infames de la ciudad, donde un hombre podía acceder a toda clase de perversiones. En uno incluso se ofrecían niños pequeños.
—Vaya, de manera que pensaste que podías escapar, ¿eh? —dijo Aulo, mirando a la cautiva. Esta gimió—. Ya verás tú cuando te entregue a mis clientes. En cuanto a este maravilloso hombre —repuso—, me habéis hecho un gran servicio. ¿Preferís que os lo pague en dinero o que os dé vía libre en mis establecimientos? Podréis disfrutar de ellos durante un mes sin costo. Mirad:
Aulo la obligó a levantar la cabeza, y la mujer apartó la vista, desesperada. Pero no antes de que Marco pudiera verla. Su rostro adoptó un gesto hermético:
—No. Hagamos una cosa: dame a esta esclava.
Aulo se sorprendió.
—¿A… a esta esclava? Pero es imposible, he desembolsado mucho por ella. Además, ahora no está en buenas condiciones. La engordaré bien, la limpiaré y, dentro de unas semanas, podréis venir al lupanar y yacer con ella cuanto os plazca. Está en el Subura —prometió, con gesto tentador.
Pero el centurión no cedía fácilmente:
—¿Cuánto te han cobrado por ella? —preguntó.
—Ochocientos denarios. Viene del Norte, de la zona del Ástura.
—Doblo la cifra.
El proxeneta alzó las cejas y miró a la esclava. A aquel hombre debían de gustarle mucho las pelirrojas. Y él no tenía tanto que perder. Bien pensado, era una mujer bastante ruin. El pelo era bonito, pero aquella delgadez extrema… no le sacaría mucho negocio. Y el carácter… tendría que enderezarlo a golpes, y eso le dejaría más marcas. Se encogió de hombros.
—Muy bien. Acepto. Pero quiero el dinero en cuanto sea posible. Un esclavo mío pasará a buscarlo en la dirección que le deis.
Marco asintió, recogiendo a la esclava. Esta jadeaba aún por el miedo y el cansancio. Pero, antes de dejar marcharse al proxeneta, lo cogió por el hombro, con gesto amenazador.
—Si pago el doble es porque quiero un trato preferencial —musitó, con una voz fría—. Nadie, ni en Roma ni en otros pueblos, ha de enterarse de que he comprado a esta esclava. ¿Está claro? —El chulo asintió, asustado—. Quizás no tenga mucho dinero, pero tengo influencia. Y harías mejor en no desafiarme desobedeciendo mi palabra.
Aulo se deshizo en promesas, y Marco lo dejó marchar. Solo entonces, cuando el proxeneta se hubo ido y la gente abandonó el lugar, Marco miró a la mujer que tenía entre manos. Y Aldana, haciendo un gran esfuerzo, levantó la cabeza para observar al hombre que la había comprado. Su sorpresa fue mayúscula.
—¡Tú! —dijo, con una desesperada mezcla de dolor y odio.
El romano no dijo nada, pero aquello fue demasiado para la astur, sometida a maltrato durante meses. Sin apenas comprender lo que ocurría, Aldana levantó la mano para intentar atacarle, y la debilidad la derrotó. Antes de concluir el movimiento, estaba inconsciente. Marco la levantó, con cuidado. Debía encontrar a alguien que le ayudase a llevarla a su insula.
[5] Como la de León, en España.
Capítulo 7
El sol de la mañana no tardó en despertar a la joven mujer. Dormía en un amplio lecho, y el calor la hizo removerse y abrir los ojos.
Aldana parpadeó, confusa. Tenía sed y la cabeza le dolía a horrores. Había ocurrido algo… pero no recordaba el qué. Durante un momento incluso se sintió tentada de olvidar los últimos meses, y creer que había vuelto a la aldea con todos sus seres queridos. Pero la luz no era la misma, y el tacto del aire tampoco. Resultaba demasiado seco. Con un gemido, intentó incorporarse. Las náuseas fueron tan intensas que la hicieron caer de nuevo, y Aldana se quedó quieta, mirando a su alrededor.
Unas motas de polvo brillaban en la penumbra. Las observó flotar, iluminadas por el sol. Debía de ser el mismo que la había despertado. Miró hacia atrás. En la pared había un ventanuco, con los postigos cerrados para que no dejasen pasar la luz. Probablemente alguien lo había hecho para proteger su sueño, pero las hendiduras habían arruinado su propósito. Contuvo otra arcada. ¿Qué hora sería? Y sobre todo, ¿qué era aquel sitio?
El mobiliario era sobrio. Había una pequeña mesa, y encima de ella una jarra con agua. Debajo del lecho habían colocado un arcón, y una silla en la esquina. Sobre ella, Aldana alcanzó a ver una especie de sábanas, amplias y de apariencia confortable. Se preguntó quién las habría dejado allí. La cama tenía las suyas propias.
La cama… Aldana se dio la vuelta. Por primera vez, notó el cobertor que la protegía, resguardándola del frío. Parecía una especie de capa, al estilo de la de los centuriones. Se arrastró un poco: debajo llevaba una túnica corta. Fuese quien fuese el que se había encargado de ella, también había resuelto lo de su desnudez. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar sus ideas.
El dormitorio no era astur, los muebles, tampoco. Deva había desaparecido y de Blecaeno no se tenían noticias: a todos los habían vendido por separado. Gruñó. No recordaba nada más. Sí que los tratantes le habían quitado la ropa y que había intentado correr, aunque sin demasiado éxito: un varón la había detenido. Le invadió una rara sensación de angustia. Había algo relacionado con ese hombre… pero no podía ser el proxeneta, ¿verdad? Sus captores le habían explicado, con todo lujo de detalles y a lo largo de todo el mes de trayecto, cómo funcionaban los burdeles de Roma. Le habían hablado de la perversión, de las fantasías de los hombres y de cómo se complacerían vejándola cuando por fin la vendiesen. Sin embargo, aquello no parecía un burdel. Ni tampoco notaba ningún dolor especial, cosa que hubiese sucedido si el dueño hubiera abusado de ella. Consiguió sentarse, un poco más tranquila. La cabeza ya no la atormentaba.
Su habitación olía bien, a madera y a mimbre. Aldana disfrutó de aquel aroma, tan familiar, y luego se arrastró hasta el borde del lecho. Necesitaba salir, y ver qué más había. Consiguió agarrarse al muro y se incorporó. El mareo fue intenso, pero aun así se mantuvo en pie. Esperó a que todo dejase de dar vueltas. El cautiverio la había dejado muy débil, y ahora debería hacer todo lo posible para reponerse. Pero no importaba. Seguía viva y, si ponía cuidado en su alimentación y en su salud, pronto estaría lo bastante fuerte como para rescatar a los niños y volver al norte. Que los romanos intentasen pararla.
Salió del cuartucho y miró a su alrededor con genuina sorpresa. Nunca había visto nada igual. Se encontraba en una vivienda de una sola planta, amplia y luminosa, con dibujillos hechos de piedra en el suelo. Había varias ventanas en la pared, y por encima de los muros, le llegaba el eco de otras conversaciones, risas, ruidos, el entrechocar de unas cacerolas… Y a su lado…
—¿Has dormido bien? —preguntó una voz.
Aldana se sobresaltó. La visión del apartamento la había absorbido tanto que no había llegado a darse cuenta de lo obvio. Muy cerca de ella había una mesa, y detrás… un hombre.
Llevaba un pilum apoyado en la rodilla, y la observaba con cierto interés.
De manera que aquel era su nuevo dueño.
—¿Quién… quién eres? —preguntó. Luego se dio cuenta de que no sonaba muy firme, y recuperó su entereza—. Te lo advierto: si intentas acercarte, venderé cara la piel. No dejaré que me toques mientras siga con vida.
Marco se dio cuenta de que se había equivocado: la astur lo temía. Con una mezcla de compasión y respeto, recordó quién había querido llevársela, y levantó las manos en actitud conciliadora:
—Escúchame —le dijo—, Aldana. —La astur lo miró, atónita, ¡aquel romano sabía su nombre!—. Te compré para liberarte. No deseo que te causen ningún mal. Yo te debo mucho. Por fin, todas las piezas encajaron. Aldana contempló el rostro moreno de aquel latino, en apariencia amable, y recorrió su relieve hasta llegar a la cicatriz del pómulo. Los recuerdos la golpearon con saña:
—Tú… tú… ¡tú estuviste en el norte! —exclamó—. Y después mi aldea… —dijo, con la voz ronca—, mi aldea…
Marco trató de acercársele. Pero aquel gesto, que pretendía ser piadoso, hizo reaccionar a la astur. Aldana intentó arrebatarle el arma. Marco la apartó justo a tiempo y los dos quedaron frente a frente, examinándose.
—Hijoputa…
Marco evitó un nuevo golpe. Le sorprendió su potencia. La astur rabiaba por dentro, y le atacó con todo lo que tenía. Marco recibió mordiscos, arañazos y puntapiés, mientras la joven trataba de hacerse con el pilum. Un hilo de sangre comenzó a deslizarse desde su ceja, y notó un intenso dolor. De repente, vio cómo la astur cogía un trozo de loza para partirlo y conseguir un arma, y el peligro le hizo al fin reaccionar. Con un rápido movimiento, la cogió del brazo y se lo retorció.
—Quieta —dijo, con voz glacial—, quieta.
Aldana intentó liberarse, pero fue inútil. El romano era muy buen oponente, y además aquella postura le resultaba dolorosa. Sintió miedo: si ahora él decidía hacer uso de su fuerza y violentarla, nada ni nadie podría impedirlo. Notó por primera vez su proximidad, el cuerpo caliente pegado al suyo… Y no pudo disimular su temor. Marco notó cómo tiritaba y aflojó la presa.
—No te voy a hacer daño —repitió—. ¿Quieres mi lanza? Tenla. Puedes conservarla mientras hablo contigo, si eso te tranquiliza.
Aldana observó, sin llegar a creérselo, cómo el romano le hacía separar la palma y depositaba en ella el pilum. Era un método peligroso, aunque efectivo: su actitud la había sorprendido tanto que se le olvidó atacarle:
—Esto… esto es… —dijo.
Pero nunca llegó a saber lo que era. Marco le apartó una silla y Aldana se sentó, aún confusa. Hubiese esperado todo tipo de comportamiento, menos ese.
El romano comenzó a partir una rebanada de pan y después la untó de forma generosa. Aldana ya se había fijado en la cesta de alimentos que reposaba encima de la mesa, y tenía mucha hambre; pero se negaba a comer nada que un enemigo le ofreciese. Ella no era su mascota. Marco añadió un chorro de miel y se lo ofreció.
—¿Quieres? —dijo.
Aldana negó con la cabeza. El centurión la miró:
—Tienes que comer, estás débil. Y llevas durmiendo muchas horas. Si no confías en mí, lo probaré todo antes que tú, pero debes alimentarte. Enfermarás si no lo haces.
La joven le sostuvo la mirada, muy tensa. Aquellos gestos tan humanos no lograban tranquilizarla, sino solo ponerla aún más nerviosa. Nunca había conocido a un romano que se comportarse así, y su actitud le generaba un gran desasosiego. ¿Qué querría? Al final, fue incapaz de aguantarlo y se lo preguntó:
—¿Por qué haces esto? —dijo—. Yo he luchado contra Roma y aún la odio, volvería a hacerlo si me dieran la oportunidad. No te pediré clemencia, pero no prolongues más lo inevitable. Si quieres algo de mí, dilo.
El militar levantó la vista, y ambos se observaron durante unos segundos que parecieron eternos. Después, Marco habló:
—Aldana, ¿sabes quién soy?
—Sí. Tú eres el romano a quien perdoné la vida —admitió Aldana a regañadientes, como si se arrepintiera. Y ciertamente, lo había hecho en ocasiones.
—¿Y… por qué lo hiciste? —preguntó Marco.
Esta vez, fue a Aldana a quien le tocó sentirse incómoda. No tenía una respuesta clara para eso. Ni siquiera ella lo sabía bien.
—Mmm… supongo que me diste pena. Eras tan torpe… —repuso, sin poder resistirse. Un brillo divertido se reflejó en los ojos del centurión—. Pero… —Aldana pareció fijarse en un detalle, ceñuda—. ¡Es imposible! —dijo—. Yo perdoné la vida a un legionario, a un suboficial. Y tú eres un centurión.
El apartamento estaba lleno de condecoraciones. Había discos, coronas de laurel y una gran cresta roja que la ponía de mal humor en cuanto lo miraba. Marco sonrió, con paciencia.
—Yo soy el centurión Marco Ticio Aquila, primus pilus en el norte. El día en que nos tendisteis aquella trampa, había perdido mis insignias. Un astur me destrozó la cimera del casco y, aunque conservaba otras partes de mi uniforme, es probable que no te fijases cuando te ataqué.
Aldana sintió cómo su rostro se demudaba. Había llegado a perdonarse a sí misma por no matar al latino, pero ya nunca podría volver a hacerlo. ¡Era una guerra! No importaba que su rival estuviese o no desarmado. Si hubiese cumplido con sus deberes como líder y hubiera puesto fin a su vida, el pueblo permanecería en pie. Ninguno de sus hombres hubiera muerto, y Deva no sería una esclava. Gimió: había dejado vivo al centurión Marco Ticio Aquila, nada menos. Un rival muy poderoso. Y ahora, él la estaba mirando.
—No te atormentes —le dijo—. Veo que te pesa haberme dejado vivir, pero jamás me habían mostrado misericordia. Y procuraré actuar en consecuencia.
—Qué ilusión —masculló la joven.
Marco la contempló. La astur lo odiaba verdaderamente, y en el fondo era lógico. Aldana tenía la piel llena de verdugones y las ojeras se le marcaban. Observó, sorprendido, que era una mujer bastante menuda, mucho más pequeña de lo que sugerían la coraza y el casco cuando habían luchado entre sí. Parecía imposible que hubiese soportado tanto maltrato sin quebrarse, pero lo había hecho. A Marco le admiró su actitud.
—Dime, ¿quién se hizo cargo de ti cuando caíste prisionera? No te encontré en el campamento.
—Me capturaron con otras mujeres al final de la batalla. Los niños estaban intentando huir, y no supieron que yo era la líder —dijo, suspirando. El centurión asintió. Solo unos pocos (Publio, él y algún oficial), habían visto de cerca al jefe rebelde, y siempre detrás de su armadura—. El otro mandamás romano decidió quitarnos del medio pronto. Mandó una remesa de astures hasta la ciudad más próxima, y allí nos compró un tratante. Después nos trasladaron a este sitio. Y los soldados que nos escoltaban… fueron bastante crueles.
Hubo unos minutos de pudoroso silencio. Que enseguida fue roto por la astur:
Tuve que darle a uno un buen mordisco —admitió, como quien comenta que va a llover—. Quería yacer conmigo y yo no lo deseaba. Así que cuanto lo intentó de nuevo me tiré a su nariz.
Marco se atragantó, intentando contener la risa. Conocía a pocas mujeres que fueran capaces de comentar un dato así y seguir tan contentas, pero Aldana tenía sus propias normas. En el fondo estaba de acuerdo, pese a que muchos pudieran considerarle desleal: aquella era una costumbre asquerosa del ejército de Augusto. Depositó las semillas de las uvas que estaba comiendo en un platillo y miró a Aldana.
—¿Después te dejó tranquila? —le preguntó, con gesto amable.
El rostro de la chica se tiñó de tristeza.
—No me forzó… si eso es lo que te interesa. Pero a nadie le gusta quedarse sin media nariz. Él y su compañero me golpearon, y después me restringieron todo alimento. Llegué a lamer las paredes húmedas para conseguir algo de agua —comentó, absorta. Los ojos del centurión relampaguearon—. Solo al llegar a Roma la situación mejoró. El tratante nos consideraba un negocio, así que no dejó que muriésemos. Pero ahora ya estoy repuesta —dijo—. Y juro por la Diosa que voy a encontrar a esos cabrones.
—Así será —admitió él—, porque eres una mujer valiente. Pero mientras tanto, acepta estas uvas. Yo no dejo morir de hambre a nadie, me sentiría mal si te pasase algo.
Aldana lo miró. El centurión parecía sincero. Volvió a echar una ojeada a la fruta. El racimo era gordo, oscuro y pesado, y le resultaba muy apetecible. Nunca había probado nada igual, pero seguro que estaba muy bien. Sin embargo, comer de manos de un enemigo… Marco volvió a ofrecérselas, y su estómago rugió. Tenía muchísima hambre.
—Está bien —dijo, tirando por la borda todo su código ético. Sus tripas estaban a punto de ponerse a interpretar una danza celta—. Mmmm… gracias —repuso, a regañadientes. Despreciaba a Roma, pero el centurión había sido cortés con ella.
Marco la observó, divertido, mientras cogía con cierto recelo algunos de esos frutos extraños y se los metía en la boca. Abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¡Qué buenog egstá! —dijo, paladeando su sabor dulzón. El romano se echó a reír—. ¿Cómo dices que se llaman? —preguntó, refiriéndose al nombre latino.
—Uva —aclaró Marco en su idioma—. No crecen en el norte. Pero hablas buen latín. Eso no es común en un bárbaro, ¿quién te enseñó?
Aldana arrancó otra pequeña ramita.
—Mi padre capturó una vez a un romano y le ofreció vivir a cambio de que nos enseñara su idioma. Nunca viene mal conocer la lengua del enemigo. Y además —repuso, mirando al centurión con gesto inocente—, es encomiable lo mucho que os estimula la cercanía de una espada astur. Ni el mejor preceptor de Grecia.
Marco sonrió:
—No lo niego —dijo—. Aunque te diré que un gladio romano también provoca ese mismo efecto del que tú hablas, solo que a la inversa.
Esta vez, fue a Aldana a la que le tocó atragantarse.
—¿Ha-hablas astur? —preguntó, después de dejar de toser.
—Nunca viene mal conocer la lengua del enemigo —respondió Marco, alzando las cejas. Aldana gruñó. La habían pillado en su propia trampa.
El resto de la comida fue más o menos pacífico. La joven aceptó probar más manjares romanos además de las uvas, y le gustaron casi todos, aunque jamás lo admitiría. Y Marco disfrutó bastante viendo cómo reaccionaba ante cosas que a él le parecían cotidianas. Era como contemplar a un ser venido de otro universo. Lo que más le gustó fueron los melocotones, una vez hubo superado todas sus reticencias.
—Oh…. Mmm… Mmm. —Aldana se concentró en el sabor de la fruta. Aquel era el primero que probaba, y resultaba delicioso, una explosión en la boca—. ¿Es posible criar estos frutos en mi tierra? —preguntó.
Marco esbozó una sonrisa.
—No lo creo. Vienen de Oriente, y son bastante caros. Me los ha dado un viejo compañero de la legión, que tiene acceso a ellos.
La mención al ejército hizo que Aldana bajara de la nube. Acabó la fruta y retiró los huesos a un lado, con serenidad. Luego miró al romano:
—No has contestado a mi pregunta —Marco la miró—. Quiero saber qué piensas hacer conmigo. Pongamos que es cierto que no deseas forzarme, pero me has comprado. ¿Y ahora qué? ¿Debo ser tu sirviente? —inquirió, con un matiz de desafío en la voz.
Marco se sintió incómodo. La astur le estaba taladrando con la mirada, pero lo cierto era que él había obrado por mero impulso, guiándose por lo que creía correcto, y sin querer dejarla en manos de aquel proxeneta.
—No deseo tenerte como esclava —admitió—. He conocido esclavos y no quiero someterte a esa humillación. Te considero una persona honorable, a pesar de que hayamos luchado en bandos distintos. Sin embargo…
Marco se detuvo. ¿Cómo decirlo? Por suerte, Aldana se le adelantó.
—Pues libérame —dijo—. Libérame y déjame marchar. Y yo no te guardaré ningún rencor, a pesar de lo de mi pueblo —añadió, con gran esfuerzo—. Habrás saldado tu deuda.
Marco la observó.
—Aldana… —dijo—, si yo te libero… ¿puedes prometer que no huirás a tus montes y pondrás de nuevo en pie a la resistencia?
Aldana no contestó, pero un relámpago pasó sus ojos. Y Marco supo interpretarlo correctamente.
—No puedo hacerlo —respondió, casi disculpándose—, yo me debo a mi pueblo como tú te debes al tuyo. Y no puedo poner en peligro la Pax Romana liberándote. Aún nos odias.
Aldana apretó los dientes. De manera que podía tratarla con cortesía, pero no como a una persona libre.
—Veo que tienes claro tu plan —dijo, tensa—: me compras, y sin embargo no me liberas. Sabes que es lo que yo más quiero. Pero esa clase de dignidad está lejos del sentir un bárbaro ¿no es así? Los romanos pueden aspirar a ser libres, los otros no. Pobres de ellos como se rebelen. Vuestra misericordia solo alcanza para transformarlos en sirvientes, cosas, en posesiones, ¡y aún hemos de estar agradecidos por no morir en la cruz!
Hubo silencio. Marco estuvo a punto de responderle, porque los celtas no eran un ejemplo de dulzura y caballerosidad tampoco, pero acabó callándose. Pese a su pose firme,
Aldana sentía gran dolor. Marco quiso arreglarlo:
—Aldana… —dijo.
No llegó a terminar. El repiqueteo de la puerta le interrumpió, y los dos oponentes se miraron con idéntica expresión de sorpresa.
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