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“QUIERO ESCRIBIR MI HISTORIA”

El diagnóstico de época que se desprende de los testimonios de jóvenes populares en los que se basa este libro refiere al sentimiento de inexistencia de claras trayectorias institucionales que aseguren el tránsito entre los diferentes períodos etarios; en la imagen de una trama institucional globalmente abusiva y que sólo algunos individuos logran matizar; en la fuerza de las aspiraciones y de los sueños personales que no se abdican.

Los distintos capítulos de esta obra suscitarán la polémica. El retrato que aquí se lee de la juventud popular será, sin lugar a dudas, inquietante para algunos, esperanzador para otros. Algunos, al poner el énfasis en la experiencia de una juventud que, inserta en una sociedad, y en su tráfago económico, social y cultural, se percibe a sí misma desde un horizonte de interpretación que hace de la vida personal el principal universo de comprensión, concluirán que la sociedad argentina está en tren de perder el lazo con su juventud y el arco de la alianza entre las generaciones. Otros, al contrario, serán conmovidos por la fuerza de los relatos, las voluntades que se expresan en ellos, la capacidad para afrontar retos múltiples sin desfallecer, contando antes que nada y a veces exclusivamente con ellos mismos, pero también con los vínculos interpersonales que han podido establecer y podrán tejer más tarde; una juventud que, por sobre todo, no se resigna al descorazonamiento.

Pero unos y otros deberán coincidir en que se trata de una juventud que, tal vez como pocas otras antes de ella, está condenada a inventar mañana, sin grandes ilusiones ni personales ni colectivas, el futuro.

(Del Prefacio de Danilo Martuccelli)

Pablo Francisco Di Leo. Licenciado en Sociología, doctor en Ciencias Sociales y magíster en Políticas Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Docente en la carrera de Sociología de la misma universidad. Investigador del Conicet.

Ana Clara Camarotti. Licenciada en Sociología, doctora en Ciencias Sociales y magíster en Políticas Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Investigadora adjunta del Conicet.

PABLO FRANCISCO DI LEO • ANA CLARA CAMAROTTI

editores

“QUIERO ESCRIBIR MI HISTORIA”

VIDAS DE JÓVENES ENBARRIOS POPULARES


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Prefacio, por Danilo Martuccelli

  Introducción, por Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti La sociedad a escala de los individuos Construyendo relatos biográficos Presentación de los resultados

  Parte 1. Vínculos afectivos e instituciones 1. Refugios afectivos: el amor en los nuevos tiempos, por Sebastián Ezequiel Sustas y María Cecilia Touris 2. Madres e hijos: múltiples modos de construir y significar los vínculos filial-maternales, por Soledad Vázquez y Pablo Borda 3. El barrio, la Iglesia y la escuela: instituciones donde los jóvenes construyen sus biografías, por Romina Ramírez

  Parte 2. Cuerpos, sociabilidades y vulnerabilidades 4. Tramas hechas cuerpo: experiencias y sociabilidades juveniles alrededor de los consumos de drogas, por Victoria Farina y Natalia Laura González 5. Lazo social y usos de drogas: los consumos desde las significaciones juveniles, por Ana Clara Camarotti y Martín Güelman 6. Cuerpos, vulnerabilidades y reconocimiento: las violencias en las experiencias y sociabilidades juveniles, por Pablo Francisco Di Leo

  Parte 3 Trayectorias, proyectos y temporalidades 7. Cómo salir del barrio sin morir en el intento: trayectorias juveniles y proyectos de vida, por Alejandro José Capriati 8. Relatos biográficos y temporalidades juveniles: transmisión, subjetivación e implicancias para el campo de la salud, por Alejandro Marcelo Villa 9. Relatos biográficos

  Anexo. Perfiles de los entrevistados

  Bibliografía

  Sobre los autores

  Créditos

Prefacio

Danilo Martuccelli

Por medio de diez historias de vida, este libro estudia la experiencia de jóvenes en barrios populares en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Se trata de un conjunto de hombres y de mujeres, entre dieciocho y veintiséis años, con estudios interrumpidos o en curso, con experiencias laborales plurales, con trayectorias y eventos familiares disímiles. El interés mayor de esta investigación es adentrarnos en las vivencias de unos y otros, y comprender, desde ellas, los horizontes de la juventud contemporánea.

El trabajo que el lector tiene entre las manos se propone abordar con nuevas herramientas el estudio del fenómeno juvenil. Es desde las trayectorias individuales, y teniéndolas como horizonte, como se comprende a la juventud. La mirada sociológica se organiza alrededor de las significaciones plurales que testimonian los jóvenes de ciertos eventos biográficos. Pero, si es cierto que el relato biográfico es la llave principal de los análisis desarrollados, también lo es que, en este trabajo, es la selección efectuada por los jóvenes mismos entre eventos que son señalados como centrales y otros que, como lo veremos, tienden a ser minimizados, los que constituyen el hilo principal de la investigación.

Es esto último, sin duda, la originalidad del libro. La línea central de lectura no reside ni en la formalización de las trayectorias ni en un proyecto de articulación entre condicionamientos estructurales y el trabajo de los individuos. No es que estos aspectos no sean abordados, pero lo son desde una mirada específica: el objetivo central es comprender a escala de los actores, y desde sus relatos biográficos, lo que es percibido como particularmente difícil y significativo en los retos de las existencias. A diferencia notoria, entonces, de trabajos que centrándose en el estudio de la estandarización de trayectorias privilegian las rupturas o los giros biográficos, la investigación se interesa por los eventos biográficos mayores de una vida y las maneras en que los jóvenes relatan haberlos enfrentados.

Es desde la opción biográfica que los autores han movilizado –y recreado– la noción de prueba. Este operador analítico les sirve así menos para comprender desde las experiencias individuales los grandes desafíos estructurales comunes de una sociedad, que para estudiar, desde las vidas personales, las maneras como los individuos lidian con un conjunto de retos vivenciales. En el primer caso, la aplicación de la noción de prueba conduce a una inteligencia de la sociedad; en la manera en que los autores han recreado –y movilizado– la noción, lo importante es comprender el significado biográfico que los actores otorgan a los eventos. Lo esencial reside en el trabajo de elaboración narrativa que los jóvenes dan de sus experiencias. En breve, sin desconocer lo que le corresponde a las posiciones sociales o las dimensiones identitarias, la mirada sociológica producida se estructura desde las biografías. Éste es un giro importante: las visiones posicionales o identitarias, por justas que sean, aparecen como demasiado simples (en el fondo unilaterales y excesivamente dependientes de consideraciones socioeconómicas o socioculturales) para dar cuenta de lo que testimonian los jóvenes.

El libro nos restituye, así, otra cartografía de la vida social, infinitamente más compleja, incluso subterránea, donde, sin desconocer la importancia de factores sociales, lo esencial parece jugarse a ojos de los jóvenes a otro nivel: en las familias, en las emociones, en las relaciones, en los amores y en el abismo de los desamores. La vida, descripta y percibida a través de las narrativas biográficas de los jóvenes, se presenta bajo la forma de una sucesión de escollos que cada una de las personas entrevistadas, a través de recursos personales, está obligada a enfrentar. Lo que impacta, por sobre todo, es la naturaleza de estos obstáculos y el hecho de que el proceso que se vivencia es, en el momento mismo en el que se narra, una aventura abierta. Una instantánea en medio de una historia en curso, en la cual muy pocos avizoran un final estable. Para decirlo simplemente: la narrativa tradicional de la Bildungsroman, aquella de la formación paulatina a través de pruebas estandarizadas y con un término claramente establecido propio del tránsito de la juventud hacia el mundo adulto, aparece como muy alejada de las experiencias de estos jóvenes. Ni el final o el abandono de los estudios ni el ingreso, más o menos precario, al mundo del trabajo como tampoco la constitución de una familia o la parentalidad parecen ser hitos suficientes para marcar el ingreso a otro período: la vida adulta. Los tiempos y las experiencias se superponen sin solución de continuidad.

A mi juicio, es en este nivel donde se ubica el resultado más sugerente de esta investigación: la manera en que los problemas sociales e institucionales, sin desaparecer, pasan, no obstante, a un segundo plano, detrás, a veces muy detrás, de problemas personales y familiares. Ciertamente, el resultado –como en toda investigación sociológica– es en parte dependiente del método biográfico empleado; sin embargo, los testimonios son tan masivos en la voluntad de hacer de la propia vida personal el epicentro de la comprensión del mundo en que se vive que una lectura que reduce el resultado obtenido a una cuestión metodológica no hace justicia a lo que dicen los jóvenes.

Lo que caracteriza los relatos es la tensión entre un número, en apariencia, muy amplio de “problemas” personales y las formas, en apariencia, muy contingentes de respuesta que los jóvenes les dan. Doble espejismo. Una segunda mirada permite distinguir un conjunto relativamente reducido de retos y un abanico de respuestas profundamente similares en sus recursos y apoyos. En los dos casos, la vida personal es el epicentro del relato: sea porque los problemas se leen en clave biográfica, sea porque los factores de la respuesta se organizan mayoritariamente desde individuos que intentan dar, por sí mismos, en medio de soledades más o menos activas, y de solidaridades más o menos contingentes, “su” propia respuesta.

En consonancia con lo que otros trabajos indican, aquí también los jóvenes deben enfrentar y resolver por sí mismos problemas sociales que en otras latitudes son procesados por las instituciones. Por supuesto, éstas están presentes en los relatos (en la evocación de un profesor que “cree” en un joven, en el rol de ciertas asociaciones religiosas, en el maltrato de la institución policial…) pero, globalmente, lo que prima es la experiencia de la relativa soledad institucional de los individuos. Los problemas evocados y señalados como los más significativos por los jóvenes mismos son, en su gran mayoría, de índole “personal” e intrafamiliar. Por supuesto, estas dificultades se explican en parte –pero sólo en parte– por la posición social de los jóvenes estudiados, miembros de sectores populares, cuyas biografías han sido marcadas, muchas veces, por las consecuencias de la crisis de 2001 y los cambios sobrevenidos a nivel de los barrios, de la sociabilidad, de la inseguridad. Sin embargo, y a pesar de su presencia, ésta no es la línea de interpretación privilegiada por los jóvenes.

Resulta difícil no destacar, en este sentido, el desequilibrio narrativo observable entre la centralidad indiscutida acordada a los retos personales y familiares, por un lado, y la relativa ausencia –y en algunos casos incluso la ausencia radical– de toda referencia a desafíos de índole laboral, escolar o político. Por supuesto, estas temáticas aparecen en los relatos pero, por lo general, de manera sesgada, más como un contexto que como un desafío en el sentido fuerte del término; más como una posibilidad de producción de recursos que como un lugar significativo de la existencia. El resultado es sorprendente y, en parte, incluso, enigmático. Todo acontece como si lo verdaderamente importante en la vida se jugase en otra escena: más existencial y más cotidiana. Como si la vida estuviera en otro lado: en la dialéctica entre el barrio, las calles y la ciudad. Tras ella, la cuestión de la vida abierta y del mundo cerrado; en los amigos y las traiciones, en la familia y sus usuras y sus apoyos; pero también en las drogas, claro, en la pluralidad de sus sentidos y sus usos, desde el agujero negro hasta el recurso festivo y episódico, pasando por el consumo problemático; en los amores, por cierto y, tal vez, por sobre todo. Al escuchar las voces de estos jóvenes, resulta imposible no tener el sentimiento de que intentan forjar la brújula de sus biografías más desde dimensiones existenciales que desde una interpretación socialmente contextualizada de sus trayectorias.

Digámoslo con la mayor fuerza posible: cuando hablan de ellos, cuando relatan sus vidas, los jóvenes entrevistados no hablan de “la” sociedad aunque evoquen sus barrios, a veces sus escuelas o sus experiencias laborales, incluso los abusos de ciertas instituciones. Lo que ellos testimonian por sobre todo y profusamente son sus dilemas y dificultades existenciales. Por supuesto, repitámoslo, el relato biográfico induce a este tipo de interpretación, adjudicándoles, por razones de legitimidad cultural, a las experiencias personales y familiares (y muchas veces a los primeros años de la vida) un mayor peso a la hora de diseñar el perfil de los individuos. Pero, más allá de ello, la investigación da cuenta de otra realidad: una en la cual “la” sociedad está lejos y “la” existencia es central; una en la cual, de manera incluso inquietante, los aspectos experienciales e incluso existenciales tienden, al menos a nivel de los relatos, a separarse por momentos de los contextos estructurales que los producen; una interpretación en la que los jóvenes tienden a sobredimensionar las capacidades cognitivas, reflexivas o pragmáticas como herramientas exclusivas para enfrentar la vida.

Sin embargo, y esto es un elemento relevante aportado por esta investigación, el peso de lo existencial no implica que nos encontremos frente a una producción unificada de sentidos. En los relatos de vida, tal vez con más intensidad que en otros métodos sociológicos, el narrador no es un mero informador, él es, también, un productor activo de sentido a través de la producción de una historia, la suya. La puesta en intriga y en palabras de sí mismo da lugar así, por lo general, a la voluntad de recrear retrospectivamente un proyecto de coherencia personal. Es una crítica recurrente al método biográfico: que éste propone justamente que es posible asir la totalidad de una vida desde un código central. Convengamos que no es esto lo que se observa en las entrevistas efectuadas. Por el contrario, lo que resalta es la dificultad que testimonian los jóvenes para presentar sus biografías a través de una línea central de sentido.

En verdad, el sentido central de la vida es la lucha misma. El combate cotidiano contra los embates de la existencia. El mundo es asombrosamente representado como un mar de peligros, de acechos y de tentaciones, de abusos y de atropellos. Lo importante es buscar lugares de contención, e incluso de refugio –como el barrio y a veces la familia–, pero es central, sobre todo, encontrar elementos y personas capaces de transmitir un anclaje existencial. Se trata de hallar soportes desde los cuales dar consistencia a proyectos personales en medio de una sociedad percibida como particularmente hostil e indiferente.

El diagnóstico de época que se desprende de los testimonios se encuentra precisamente en este ámbito: en el sentimiento de inexistencia de claras trayectorias institucionales que aseguren el tránsito entre los diferentes períodos etarios; en la imagen de una trama institucional globalmente abusiva en sus estructuras y que sólo algunos individuos –y encuentros– logran matizar; en la fuerza de las aspiraciones y de los sueños personales que, contra viento y marea, y gracias a las energías vitales de la juventud, no se abdican. Y, al mismo tiempo, todo ello animado por una distancia, una desconfianza, un abismo, tal vez, simplemente, un universo de experiencias vivenciado como paralelo a las instituciones, lo que se ve bien reflejado en la radical ausencia de referencias políticas en los testimonios recabados. Es probable que esto explique la debilidad de los lenguajes y de los sentimientos de rebeldía y de injusticia, y el vigor de los vocabularios del infortunio y del abuso.

La investigación dirigida por Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti debe suscitar la polémica. El retrato que el libro da de la juventud popular del Área Metropolitana de Buenos Aires será, sin lugar a dudas, inquietante para algunos, esperanzador para otros. Algunos, al poner el énfasis en la experiencia de una juventud que, inserta en una sociedad, y en su tráfago económico, social y cultural, se percibe a sí misma desde un horizonte de interpretación que hace de la vida personal el principal universo de comprensión, concluirán que la sociedad argentina está en tren de perder el lazo con su juventud y el arco de la alianza entre las generaciones. Otros, al contrario, serán conmovidos por la fuerza de los relatos, las voluntades que se expresan en ellos, la capacidad para afrontar retos múltiples sin desfallecer, contando antes que nada y, a veces, exclusivamente con ellos mismos, pero también con los vínculos interpersonales que han podido establecer y podrán tejer más tarde; una juventud que, por sobre todo, no se resigna al descorazonamiento.

Pero unos y otros deberán coincidir en que se trata de una juventud que, tal vez como pocas otras antes de ella, está condenada a inventar mañana, sin grandes ilusiones ni personales ni colectivas, el futuro.

Introducción

Pablo Francisco Di Leo y Ana Clara Camarotti

Como sintetiza Rossana Reguillo (2004), hoy existen en América Latina dos grandes tipos de discursos académico-políticos dominantes en torno a los jóvenes:1 por un lado, continuando con el mandato clásico a constituirse como individuos en las instituciones modernas –la familia, la escuela y el trabajo–, se postula que deben incorporarse a las mismas “a como dé lugar”, sin problematizar las condiciones que reproducen y/o profundizan las desigualdades sociales; una segunda posición genera una sobreatención en el “carácter tribal” de las identidades juveniles, en detrimento de sus dimensiones sociales e institucionales, invisibilizando o negando su capacidad de agencia reflexiva y política, contribuyendo también a la naturalización de sus actuales condiciones de vulnerabilidad. Frente a estas posiciones reduccionistas y negativizantes de las juventudes, las ciencias sociales de nuestra región vienen generando valiosas herramientas analíticas y datos empíricos que contribuyen a los procesos de problematización y disputa alrededor de su definición, comprensión y abordaje desde las políticas públicas (Margulis, 1996; Balardini, 2000; Reguillo, 2000; Margulis et al., 2003; Islas, 2006; Saintout, 2009; Bendit, Hahn y Miranda, 2008; Chaves, 2010; Trejo Sánchez, Arzate Salgado y Palermo, 2010; Hopenhayn, 2011).

En esta línea, desde el Área de Salud y Población del Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos (UBA), desde hace varios años venimos estudiando distintas experiencias y problemáticas de jóvenes en diversos contextos urbanos de la Argentina, buscando generar insumos analíticos y prácticos para su abordaje desde investigaciones sociales y políticas públicas, principalmente desde los campos educativo y de promoción de la salud (Kornblit, 2007; 2008; Camarotti, 2010; Mendes Diz et al., 2010; Di Leo, 2010, 2011a, 2011b). Profundizando en esta búsqueda, en 2010 iniciamos dos proyectos de investigación,2 partiendo de las siguientes preguntas:

 ¿Cómo conforman, sostienen y proyectan sus vidas los jóvenes en barrios populares?

 ¿Cómo construyen sus identidades individuales y colectivas en estos escenarios sociales? ¿Cómo inciden las condiciones estructurales en esas construcciones? ¿Con qué posibilidades de agenciamiento cuentan estos jóvenes?

 ¿Cuáles y cómo son las principales instituciones sociales y políticas con las que se relacionan en sus historias y vidas cotidianas? ¿Qué significaciones, prácticas y estrategias despliegan los jóvenes en torno a las mismas?

 ¿Cuáles son, cómo significan y cómo afrontan sus principales problemáticas vitales?

 ¿Qué características y vinculaciones tienen las vulnerabilidades –en sus dimensiones individual, vincular y estructural– que atraviesan en sus trayectorias biográficas?

 ¿Cómo se configuran sus trayectorias y temporalidades biográficas, en la tensión entre la reproducción y el cambio?

Estos interrogantes nos impulsaron a la búsqueda y adaptación de diversas herramientas teóricas y metodológicas que nos permitieran desplegar el problema y construir nuestro objeto de investigación, contribuyendo tanto a la reflexividad epistemológica como a lograr una mejor aproximación –tanto en términos éticos como sociológicos– a las experiencias de los jóvenes que habitan en barrios populares. A continuación, presentamos brevemente las herramientas conceptuales más relevantes que retomamos en nuestro estudio, la estrategia metodológica utilizada para la construcción de los datos y la manera en que organizamos la presentación de los resultados en este libro.

La sociedad a escala de los individuos 3

En el contexto de las transformaciones recientes de la denominada “segunda modernidad”, se profundizan las tensiones en los procesos de constitución de las subjetividades juveniles. A diferencia de la relativa previsibilidad que otorgaban a las biografías sus vinculaciones con las instituciones en las sociedades salariales, en las actuales sociedades de riesgo los sujetos se encuentran, como nunca antes, “obligados a individualizarse”. Los jóvenes, hijos de la libertad, practican una moral de búsqueda, de experimentación, que une cosas que parecen excluirse mutuamente: el egoísmo y el altruismo, las experiencias personales y los sentidos colectivos. Ya no creen en los proyectos institucionales que giraban en torno a la socialización de ciudadanos para un espacio público abstracto, totalmente ajeno a sus vidas privadas. Permanentemente demandan, desde sus prácticas y sus reflexividades, que las instituciones socializadoras den razones acerca de sus normas y sentidos, incorporando a las mismas sus experiencias individuales y colectivas de construcción identitaria (Beck y Beck-Gernsheim, 2003; Reguillo, 2000; 2004).

A partir de la crisis de integración social que vivió la Argentina durante las últimas décadas del siglo XX como consecuencia de las políticas neoliberales, se multiplicaron y acentuaron las distancias entre las diversas experiencias vitales de los jóvenes, atravesadas por profundas desigualdades e inequidades socieconómicas, étnicas, de género y territoriales (Kessler, 2006; Urresti, 2008; Chaves, 2010; Hopenhayn, 2011). Como sintetiza Juan Carlos Tedesco (2008), la paradoja de la situación actual reside en que, por un lado, la segunda modernidad amplía efectivamente la capacidad de elección de los individuos, que pueden construir mucho más libremente sus identidades, pero, simultáneamente, como este proceso va acompañado de enormes desigualdades, exclusión y fragmentación, si todo queda librado a la capacidad de demanda de los sujetos, éstos obtienen sólo aquello que están en condiciones de pedir y no lo que necesitan. Así, para muchos jóvenes que viven en barrios ubicados en los márgenes de nuestras sociedades existen necesidades que no logran ser expresadas como demandas, ya que el salto de las primeras a las segundas requiere una fuerte capacidad de expresión y de organización.

Por otra parte, muchos de los jóvenes en contextos de gran vulnerabilidad social también pueden resolver sus problemas cotidianos de trabajo, educación, salud y, a pesar de todo, logran “salir adelante”, “soñar”, “planificar un futuro”. Es en esta tensión en la que buscamos centrar nuestra investigación, otorgándoles un papel preferencial a los jóvenes, a sus experiencias y a sus reflexividades, lo que nos permitirá encontrar las heterogeneidades, sus distintos modos de actuar y sus múltiples posibilidades de individuación, producto del encuentro entre la agencia y la estructura. En las experiencias de estos jóvenes hay estructuras que se encarnan en los cuerpos, así como también sujetos que seleccionan, con diversos grados de libertad y autonomía, sus modos de realización.

Estas transformaciones estructurales y tensiones en las experiencias subjetivas exigen a las ciencias sociales de nuestra región un cambio en su mirada. Si bien las representaciones clásicas de lo social siguen teniendo un lugar importante, cada vez más investigaciones en ese campo se centran en los individuos, sus experiencias, reflexividades y construcciones identitarias. En esta línea, Danilo Martuccelli (2006; 2007a; 2007b; Araujo y Martuccelli, 2012) viene desarrollando durante los últimos años diversos trabajos de investigación teórica y empírica en torno a una sociología de la individuación, cuyo objetivo central es “describir y analizar, a partir de la consideración de algunos grandes cambios históricos, la producción de los individuos. La cuestión no es entonces saber cómo el individuo se integra a la sociedad por la socialización o se libera por medio de la subjetivación, sino de dar cuenta de los procesos históricos y sociales que lo fabrican en función de las diversidades societales” (Martuccelli, 2007b: 30).

En la modernidad tardía el modelo según el cual la posición social del actor se erige como principal factor explicativo de sus prácticas y experiencias ha perdido buena parte de su pertinencia. La estrecha homología entre los procesos estructurales, la trayectoria colectiva (de clase, género o generación) y la experiencia personal de los individuos se revela menos efectiva que antaño en virtud del creciente número de anomalías registradas en sociedades marcadas por la incertidumbre y la contingencia. Con la singularización de las trayectorias individuales como corolario, el mentado proceso pone en jaque las herramientas con que tradicionalmente la sociología ha intentado –y sigue intentando– hacer inteligibles las acciones y experiencias de los sujetos en función de su posición social: “Los individuos se rebelan contra los casilleros sociológicos” (Araujo y Martuccelli, 2010: 80).

Aquí es donde el autor plantea la necesidad de un cambio de rumbo para la sociología del siglo XXI, teniendo como horizonte el estudio de las capacidades existenciales y sociales del individuo de sostenerse en el mundo. No hay individuo sin un conjunto muy importante de soportes,4 afectivos, materiales y simbólicos, que se despliegan en su experiencia biográfica, a través de un entramado de vínculos con sus entornos sociales e institucionales:

Lo importante es la manera como los individuos se constituyen un entorno existencial combinando relaciones u objetos, experiencias o actividades diversas, próximas o lejanas, que, en la ecología así constituida, van o no a dotarse de significaciones absolutamente singulares. Este entramado heterogéneo y proteiforme crea alrededor de cada uno de nosotros un tejido existencial y social elástico que es, en el sentido a la vez más estricto y restringido del término, “nuestro” verdadero mundo. (Martuccelli, 2007b: 81)

Para la identificación y el análisis sociológico de los soportes, evitando caer tanto en una tipificación o cuantificación de personajes sociales como en una galería de historias individuales, es preciso tener en cuenta ciertas características comunes y articuladas en sus modos de funcionamiento. Pueden presentarse, alternativamente, bajo una forma activa –movilizados conscientemente por el sujeto–, o como un efecto indirecto, no consciente –consecuencia colateral de su entramado social y existencial–. El grado de conciencia de los mismos es muy variable, y está condicionado por las desigualdades sociales más que por las capacidades de reflexividad de los individuos (en general, no son controlados por los sujetos). Muchas veces funcionan de un modo indirecto u oblicuo, siendo vivenciados como un beneficio secundario o colateral de otras actividades o relaciones. Algunos, especialmente los simbólicos, se presentan en la intersección entre los mundos interior –como autosostén individual– y externo –como un apoyo exterior al sujeto– (Martuccelli, 2007a; 2007b).

Coincidimos con la concepción elástica de lo social que emerge de esta perspectiva sociológica, en tanto entendemos que si bien la estructura condiciona la acción, esta propuesta analítica permite aproximarnos a los diversos grados de elasticidad que tiene la primera, dejando a los sujetos márgenes variables de autonomía y libertad. Este enfoque muestra que nada es tan rígido ni determinante, pero también nos recuerda que el campo de movilidad no es ilimitado. Esta mirada nos permite aproximarnos analíticamente a la experiencia social de los individuos a partir de un doble movimiento: por un lado, es una manera de percibir el mundo social, de significarlo, de definirlo a partir de un conjunto de condicionamientos y situaciones preexistentes; simultáneamente, como lo social no tiene unidad ni coherencia a priori, es una manera de construirlo y de construirse a sí mismo (Dubet y Martuccelli, 2001):

La experiencia es el proceso por el cual se construye una subjetividad para todos los seres sociales. A través de este proceso uno se ubica o es ubicado en la realidad social y de ese modo percibe y comprende como subjetivas (referidas a y originadas en uno mismo) esas relaciones –materiales, económicas e interpersonales– que de hecho son sociales y, en una perspectiva más amplia, históricas. (De Laurentis, 1984, citado por Scott, 2001: 53)

La experiencia no es ni totalmente determinada ni totalmente libre. Es una construcción nunca acabada que realizan permanentemente los sujetos para articular tres grandes lógicas de acción social: 1) integración –la interiorización de lo social–; 2) estrategia –conjunto de recursos movilizados en situaciones de intercambios sociales particulares–, y 3) subjetivación –todo lo que se presenta como no social, más allá o más acá de toda determinación (Dubet y Martuccelli, 2001)–. Desde este marco, retomamos de Mariana Chaves una definición de los jóvenes que permite dar cuenta de las tensiones entre estructuras y agencias presentes en sus experiencias individuales y colectivas:

Actores sociales completos, inmersos en relaciones de clase, de edad, de género, étnicas, cuyo análisis corresponde ser encarado desde una triple complejidad: contextual –espacial e históricamente situado–; relacional –conflictos y consensos–; heterogénea –diversidad y desigualdad–. (Chaves, 2010: 37)

Para estudiar empíricamente las complejas y heterogéneas vinculaciones entre lo individual y lo social en los procesos de individuación, Martuccelli (2006) utiliza la noción de prueba:

Las pruebas se declinan en forma diferente según las trayectorias y los lugares sociales, y asumen significaciones plurales según los actores considerados. […] Conservando en primer plano los cambios históricos y los inevitables efectos del diferencial de posicionamiento social entre actores, las pruebas permiten justamente dar cuenta de la manera en que los individuos son producidos y se producen. (Martuccelli, 2007b: 111-112)

Esta categoría se construye articulando dos niveles analíticos: 1) el examen de las formas efectivas a través de las cuales los individuos dan cuenta de sí mismos, con los discursos con los que disponen sobre sus vidas, y 2) una representación analítica, a distancia de las historias concretas, pero animada por la escrupulosa voluntad de construir herramientas que permitan poner en relación los fenómenos sociales y las experiencias individuales. La prueba permite, en efecto, poner en relación los cambios sociales o históricos y la vida de los actores. Describir el sistema estandarizado de pruebas equivale a describir una sociedad histórica en su unidad (Martuccelli, 2006). Por ende, el análisis de los procesos de individuación y de construcción de las experiencias sociales tiene en el estudio de las pruebas presentes en las biografías individuales una vía metodológica privilegiada.

Estableciendo una ruptura con las concepciones homogeneizantes y estigmatizantes actualmente dominantes en torno a los jóvenes en barrios populares, nuestro trabajo parte de una perspectiva que tiene en cuenta la diversidad de situaciones y las interconexiones complejas y hasta contradictorias en que constituyen sus identidades individuales y sus experiencias sociales. Tal como indicamos en la próxima sección, a partir de los relatos biográficos de los jóvenes buscaremos ir deshaciendo la madeja de los acontecimientos que ponen en acto los momentos donde sus existencias son efectivamente –sea de manera implícita e indirecta o de manera explícita y directa– atravesadas por lo social.

Construyendo relatos biográficos

En consonancia con las herramientas conceptuales reseñadas, para la construcción de los datos empíricos seleccionamos el enfoque biográfico, que consiste en el despliegue narrativo de las experiencias vitales de una persona a lo largo del tiempo con el objeto de elaborar, a través de entrevistas sucesivas, un relato que permita mostrar “el testimonio subjetivo [buscando dar cuenta] tanto de los acontecimientos como de las valoraciones que dicha persona hace de su propia existencia” (Pujadas Muñoz, 1992: 47-48). Esta elección se sustenta en que el mismo recupera un mundo de significaciones a la vez que permite vislumbrar los sentidos individuales atribuidos a la experiencia en el contexto social en el que surgen. Por ende, consideramos que mediante la construcción de relatos biográficos podemos tener una mejor aproximación a los procesos de construcción de las identidades y las experiencias sociales de los sujetos y a las vinculaciones entre sus reflexividades, pruebas y soportes relacionales, materiales y simbólicos (Kornblit, 2004; Sautu, 2004; Vasilachis de Gialdino, 2007; Leclerc-Olive, 2009; Arfuch, 2010).

Frente a la imposibilidad de aproximarnos a la experiencia biográfica en un único encuentro, optamos por la realización de cinco o seis entrevistas –de alrededor de una hora y media de duración cada una– con cada sujeto, en forma individual, a diez jóvenes –cuatro mujeres y seis varones, de entre dieciocho y veintiséis años– cuyos espacios de sociabilidad se encontraran en barrios vulnerabilizados del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). En los estudios cualitativos la selección de los entrevistados no está sujeta a la aleatoriedad sino que responde al grado de saturación de la información que se construye. En este sentido, siguiendo la estrategia del muestreo teórico de la teoría fundamentada, buscamos alcanzar la mayor cantidad posible de visiones dentro de nuestro universo de estudio (Strauss y Corbin, 2006). Con ese objetivo, para la selección de jóvenes a incluir en la muestra utilizamos distintos criterios de diversificación: edad, sexo, espacios de sociabilidad, barrios, niveles educativos. Asimismo, los reclutamos en distintas instituciones y organizaciones comunitarias –iglesias, escuelas, centros de salud, organizaciones de la sociedad civil–, buscando evitar que los entrevistados tuvieran los mismos grupos de pertenencia.5

Con el objetivo de identificar los acontecimientos significativos, giros de la existencia en la vida de los jóvenes, retomamos y adaptamos la estrategia metodológica utilizada por Michèle Leclerc-Olive (2009). En primer lugar, luego de un interrogante inicial formulado para evitar la introversión de los sujetos durante la situación de entrevista y acceder a su autoidentificación subjetiva –“Si tuvieras que decirme quién sos, ¿qué dirías?, ¿cómo te describirías?”–, intentamos rastrear los acontecimientos significativos en la vida de las personas mediante una pregunta que a modo de disparador sugería: “Si tuvieras que elegir los principales momentos o hechos que provocaron cambios muy importantes en tu vida, ¿cuáles serían?”.6

Para lograr una aproximación a la experiencia subjetiva de los entrevistados, sugerimos que llevaran a los encuentros fotografías u otros objetos personales. Con relación a cada uno, les proponíamos las siguientes preguntas: ¿Por qué lo elegiste? ¿Qué significa para vos este objeto? ¿Qué, a quién o a quiénes te recuerda? Su inclusión produjo efectos positivos en la situación de entrevista, ya que generó una mayor empatía entre entrevistador y entrevistado y posibilitó que el primero pudiera formarse una idea más acabada de la dimensión cultural, social y familiar de los entrevistados. Para los jóvenes esos objetos funcionaron a modo de evocación de acontecimientos significativos. Optamos por considerar como significativos aquellos acontecimientos que eran concebidos como tales por los propios entrevistados y no por el investigador.

Durante los encuentros propusimos a los sujetos que describieran y reflexionaran sobre cada uno de los acontecimientos significativos que ellos habían identificado –que anotamos y fuimos recordando en el transcurso de las entrevistas–, utilizando como facilitadoras, entre otras, las siguientes preguntas: ¿Cuándo ocurrió? ¿En qué lugar? ¿Qué edad tenías? ¿Cómo empezó? ¿Quiénes estuvieron presentes? ¿Qué hicieron? ¿Vos qué hiciste? ¿Cómo te sentiste? ¿Cómo terminó? ¿Qué cambios te parece que provocó este hecho en tu vida? ¿Qué pensás hoy sobre lo que sucedió? ¿Por qué te parece que ocurrió?

Luego de haber identificado y relatado los acontecimientos más significativos de sus vidas, hacia el tercer o cuarto encuentro pedimos a los jóvenes que ubicaran los mismos en una (o varias) línea/s de vida del modo que desearan y que explicaran el porqué de ese ordenamiento. Esta organización no necesariamente respeta un orden cronológico, aunque sí establece una temporalidad antes-después que los entrevistados ubican a raíz del acontecimiento, es decir, se identifica una diferencia con el momento anterior. La justificación teórico-metodológica de la identificación y posterior “puesta en papel” de los “acontecimientos significativos” reside en el hecho de que ellos “constituyen el armazón narrativo de los relatos” (Leclerc-Olive, 2009: 4).

El proceso de construcción de los relatos se fue consensuando a lo largo de las entrevistas. Luego de cada encuentro, los investigadores devolvimos a los jóvenes la transcripción de la entrevista anterior, de modo que pudieran introducir las modificaciones que consideraran pertinentes. A partir de este trabajo los entrevistadores escribimos un primer borrador de relato, redactado en primera persona, como punto inicial para el trabajo de relatoría consensuado, proponiendo a los entrevistados que realizaran todos los cambios que desearan en los mismos e intervinieran en su redacción.7

Como producto del trabajo se obtuvieron diez textos que sintetizaban los acontecimientos más importantes de las vidas de los jóvenes entrevistados. Estos productos tuvieron una doble finalidad: por un lado, constituyeron objetos de valor para los sujetos, puesto que se convirtieron en “sus propios relatos biográficos”; por otro lado, se obtuvieron documentos que contribuyeron a nuestro análisis sociológico, sin sustituir de ningún modo a las entrevistas en sí mismas. Este material constituyó a la vez un producto en sí mismo –surgido del vínculo intersubjetivo entre entrevistadores y entrevistados– como un valioso insumo para los procesos analíticos propios de la investigación social. Por ende, como indicamos en el próximo apartado, para la comprensión y valoración crítica de los resultados de nuestra investigación recomendamos la lectura de los diez relatos biográficos escritos con los sujetos y la consulta del Anexo con los perfiles de los jóvenes entrevistados, incluidos en el cierre del libro.

Una condición fundamental para poder concretar todas las etapas de nuestro trabajo de campo fue la construcción y el mantenimiento del adecuado vínculo intersubjetivo entre entrevistadores y entrevistados. Desde la etapa de reclutamiento y lectura del consentimiento informado, pasando por los sucesivos encuentros y culminando con la redacción consensuada del relato biográfico, buscamos generar un clima de confianza y compromiso compartido con el trabajo, imprescindible para que cada joven pudiera objetivar sus experiencias vitales de la manera más cómoda y sincera posible. Logramos construir esta relación en casi todos los casos, a excepción de dos jóvenes que, por diversas circunstancias, decidieron interrumpir la actividad. Asimismo, no podemos ignorar que, si bien con esta estrategia se buscó disminuir lo más posible la asimetría propia de toda relación entre sujeto cognoscente y sujeto conocido, la misma no desapareció totalmente, ya que nosotros no dejamos de ser adultos, investigadores sociales, ajenos al mundo cotidiano de los jóvenes entrevistados, que proponíamos el tema y las condiciones de inicio, desarrollo y finalización del trabajo.

Siguiendo la estrategia de la comparación constante recogimos, codificamos y analizamos los datos de manera simultánea, utilizando como auxiliar el software de análisis de datos cualitativos Atlas ti. De esta manera, a lo largo del trabajo de codificación formulamos varias hipótesis y categorías emergentes que fueron ahondando y a la vez sintetizando nuestro análisis del corpus de relatos y entrevistas. Buscando aplicar los criterios de parsimonia –maximizar la comprensión de un fenómeno con el mínimo de conceptos posible– y de alcance –ampliar el campo de aplicación del análisis sin desligarse de la base empírica–, en diálogo con el estado del arte y el marco conceptual que seguimos construyendo, identificamos algunas categorías centrales vinculadas a los soportes, las pruebas y las tensiones presentes en los procesos de individuación juveniles (Kornblit, 2004; Strauss y Corbin, 2006; Vasilachis de Gialdino, 2007). En torno a estas categorías continuamos desarrollando –de manera individual o grupal– nuestro análisis de los datos, escribiendo y discutiendo los primeros textos con los resultados de la investigación, hasta llegar al presente libro.

Presentación de los resultados

Este libro está compuesto por ocho capítulos distribuidos en tres partes, los diez relatos biográficos escritos con los jóvenes entrevistados y un anexo con algunos datos personales de estos últimos. La escritura de los capítulos partió de un prolongado trabajo de discusión grupal de cada uno de los manuscritos, en el que todos los integrantes del equipo fueron haciendo críticas y sugerencias que, en su mayoría, fueron incorporadas por los respectivos autores. Las nuevas versiones de los textos fueron revisadas por los directores de la investigación, que hicimos nuevas propuestas y correcciones, llegando así a sus versiones finales.

En la primera parte incluimos los trabajos que se centran en los principales vínculos afectivos e institucionales presentes en los procesos de individuación juveniles en barrios vulnerabilizados. En el capítulo 1, Sebastián Ezequiel Sustas y María Cecilia Touris abordan, a partir del análisis de las emociones –entendidas como una fusión inseparable entre significados culturales y relaciones sociales–, los sentidos y significados que los jóvenes les otorgan a las relaciones afectivas. Parten de la idea de que frente a las escasez de otros amortiguadores materiales y simbólicos, las emociones se vuelven para los jóvenes de barrios populares soportes centrales en sus vidas, produciendo transformaciones en sus espacios de sociabilidades. Es decir, en contextos de vulnerabilidad social donde los soportes materiales están menos disponibles, la red de soportes afectivos aparece como un recurso imprescindible. Son los refugios afectivos los que les permiten a los jóvenes vivir en un mundo que se les presenta cada vez más hostil. En palabras de los autores, “los refugios afectivos cobran una función de amortiguación de las privaciones cotidianas, no sólo materiales sino también existenciales”.

Soledad Vázquez y Pablo Borda analizan, en el capítulo 2, las continuidades y diferencias en las formas de vivir y significar los vínculos filial-maternales por los jóvenes. Partiendo del lugar central que ocupa la institución familiar en casi todos sus relatos biográficos y dialogando con otras investigaciones recientes de sociología del individuo y de las maternidades, los autores se centran en las tensiones y articulaciones entre sus dimensiones estatutaria y subjetiva, en torno a tres categorías emergentes del análisis del corpus: 1) los bordes de la maternidad; 2) las enseñanzas y violencias, y c) las separaciones: ausencias, dolores y resignificaciones biográficas. De esta manera, realizan un aporte original al debate actual alrededor de las maternidades, visibilizando tanto su centralidad como soportes –más o menos legítimos y visibles– en los procesos de individuación juveniles, como las heterogeneidades y tensiones en las personas, prácticas, dependencias y resignificaciones que las encarnan.

En el capítulo 3, Romina Ramírez busca analizar cuáles son las relaciones que en la actualidad se producen entre los jóvenes de barrios populares y las instituciones que tradicionalmente han sido espacios privilegiados de socialización y de integración de las nuevas generaciones. Partiendo del supuesto de que en 2001-2002 muchas de estas instituciones tradicionales sufrieron crisis y modificaciones, lo que la autora busca analizar son las alternativas institucionales que fueron surgiendo en estos barrios, cómo conviven éstas con las ya existentes, de qué modo las instituciones existentes fueron mutando y qué características presentan los vínculos que en la actualidad están generando con los jóvenes. Asimismo, analiza cómo en estos contextos los jóvenes logran recuperar espacios públicos como plazas, galpones abandonados o la calle para realizar actividades culturales o deportivas.

En la segunda parte, el libro presenta distintos abordajes en torno a las experiencias corporales, las sociabilidades y los procesos de vulnerabilidad juveniles, identificando sus principales dimensiones, tensiones y articulaciones. En el capítulo 4, Victoria Fariña y Natalia Laura González analizan los usos y consumos recreativos de drogas que se llevan a cabo en estos contextos, es decir, aquellos consumos vinculados con diversas formas de diversión. Más específicamente, buscan comprender qué características asumen estos usos de drogas y cómo se relacionan con los grupos de pares y sus espacios de sociabilidad. Para ello, centran su análisis en las sociabilidades que estas prácticas generan y en los vínculos que allí se producen. Para conocer los modos en que estos consumos son percibidos y significados por los jóvenes consideran fundamental entender la articulación que se produce entre lo corporal, lo emocional y lo simbólico.

Ana Clara Camarotti y Martín Guelman, en el capítulo 5, buscan repensar y confrontar los discursos que sostienen que todos los consumos de drogas de los jóvenes son problemáticos. Para ello, analizan las significaciones y experiencias en torno a las vinculaciones entre los usos de drogas y la conformación de los lazos sociales que allí se generan. En este sentido, el trabajo busca relevar las vivencias de los jóvenes de barrios populares pero sin dejar de descuidar las heterogeneidades presentes en estas prácticas juveniles. A lo largo del capítulo, los autores abordan la tensión que se pone en juego en torno a los discursos del sentido común que sostienen y propagan los medios de comunicación, por ejemplo, “los consumos de drogas legales son menos problemáticos que los de las drogas ilegales”, así como la asociación entre consumo de drogas, violencia y delincuencia, entre otras.

En el capítulo 6, Pablo Francisco Di Leo aborda las significaciones y experiencias de jóvenes relacionadas a las violencias. Partiendo de un despliegue de esa categoría –utilizando herramientas conceptuales provenientes de la teoría social contemporánea–, propone estudiar estas vivencias como analizadoras socioculturales de las condiciones en las que los jóvenes construyen sus experiencias individuales y sociales. A partir del análisis del corpus de entrevistas y relatos biográficos, identifica cuatro categorías emergentes: heridas familiares, miradas que lastiman, barrios violentos, violencias policiales. En torno a ellas, el autor analiza las características y vinculaciones entre los soportes –principalmente relacionales y simbólicos– movilizados, demandados o creados por los jóvenes frente a diversas pruebas biográficas, las corporalidades, las vulnerabilidades, las luchas por el reconocimiento y los regímenes de interacción que participan en sus procesos de individuación. Finalmente, propone una articulación de las categorías, reflexionando sobre posibles implicancias de este abordaje para políticas públicas dirigidas a jóvenes.

En la tercera parte del libro se incluyen los trabajos que enfatizan una lectura diacrónica de los relatos biográficos de los jóvenes, identificando las regularidades y heterogeneidades presentes en sus trayectorias, temporalidades y proyectos de vida. En el capítulo 7 Alejandro Capriati comienza enmarcando las experiencias juveniles en el espacio social de los barrios populares: escenarios dinámicos y complejos, constituidos en el cruce de imaginarios, estigmas e inequidades en la apropiación del espacio público y el acceso a servicios. A continuación, retoma algunas situaciones significativas de las trayectorias vitales de jóvenes que las marcan con el signo de la vulnerabilidad: migraciones, privaciones, violencias y desprotecciones. En un tercer momento, al que se dedica especialmente, el autor aborda distintas dimensiones y tensiones presentes en los proyectos de vida juveniles, analizando sus fragilidades –generadas principalmente por las crisis socioeconómicas e institucionales que las atraviesan– y sus fortalezas –que les permite sostenerlos, con mayor o menor éxito, aun en escenarios tan adversos–. Desde ahí realiza una valiosa contribución al campo de los estudios y las políticas de juventudes, distanciándose de concepciones negatizantes que invisibilizan sus dimensiones creativas, transformadoras e instituyentes.

En el capítulo 8, Alejandro Marcelo Villa realiza un recorrido analítico por los modos que tienen los jóvenes de rememorar, actualizar y transmitir sus acontecimientos biográficos, indagando sobre sus vinculaciones con sus procesos de subjetivación. Partiendo de concepciones polifónicas e intersubjetivas de la memoria y las identidades, el autor analiza el corpus de entrevistas y relatos de jóvenes, encontrando tres grandes modalidades de historizar sus biografías: temporalidad traumática, temporalidad de sociabilidades diversificadas, temporalidad melancólica. En torno a cada una de estas categorías emergentes, identifica las regularidades, heterogeneidades, articulaciones y tensiones en los procesos de socialización, subjetivación y las sociabilidades juveniles. Este trabajo, que articula productivamente herramientas analíticas de las ciencias sociales y la psicología, realiza un aporte original y valioso para la comprensión e intervención desde el campo de la salud mental sobre los factores que pueden obstaculizar o facilitar el despliegue de las reflexividades, agencias y autonomías de los jóvenes.

Como cierre del libro se incluyen los diez relatos biográficos, tal como fueron escritos y acordados (siguiendo la estrategia metodológica reseñada) con los jóvenes que participaron en nuestra investigación: Carlos, Charly, Dora, Facu, José Luis, Juana, Julito, Lili, Nora y Purly.8 Recomendamos especialmente leer estos textos, ya que constituyen, a la vez, un momento fundamental de nuestro proceso de investigación –plasmando su carácter dialógico y polifónico– y uno de sus principales resultados –productos que exceden los análisis desarrollados en el resto del libro y cuya publicación puede significar para los jóvenes entrevistados un acontecimiento que abra nuevas posibilidades en sus biografías–. Por ende, su lectura es necesaria para la comprensión acabada y la valoración crítica de nuestro trabajo. Asimismo, consideramos que pueden resultar insumos productivos, tanto para futuros estudios desde los campos de las ciencias sociales de las juventudes y la sociología de la individuación, como para políticas públicas dirigidas a visibilizar y abordar integralmente las vulnerabilidades, los soportes y las agencias presentes en las vidas de jóvenes en barrios populares de nuestra región. Finalmente, se incluye un anexo con algunos datos de los sujetos que pueden servir para delinear sus perfiles, complementando –sin reemplazar– sus presentaciones y narraciones personales.

Nos resta agradecer: a la UBA, a la ANPCYT y al Conicet, por financiar esta investigación; a nuestro equipo, por su constancia, cooperación y pasión por el trabajo; a todos los jóvenes que nos permitieron entrar en sus vidas, reflexionar junto con ellos, comprender sus contextos barriales y los vínculos que establecen con estos escenarios; a Ana Lía Kornblit, quien desde hace años nos enseña y acompaña en este oficio; a Danilo Martuccelli, quien generosamente nos enriquece con sus lecturas y novedosas herramientas para mirar a nuestra sociedad y a sus individuos.

Buenos Aires, marzo de 2013

1. Teniendo conciencia de la orientación androcéntrica del español, en este libro utilizamos el género masculino en los plurales sólo para facilitar su lectura, sin olvidar por ello sus implicancias simbólicas y políticas.

2. Proyectos: a) UBACYT 2010-2012, código 20020090200376. Financiado por Universidad de Buenos Aires (UBA). Director: Pablo Francisco Di Leo. Codirectora: Ana Clara Camarotti. Integrantes del grupo de investigación: Pablo Daniel Borda, Alejandro José Capriati, Victoria Farina, Natalia Laura González, Martín Güelman, Ana Lía Kornblit, Romina Ramírez, Sebastián Ezequiel Sustas, María Cecilia Touris, María Soledad Vázquez, Alejandro Marcelo Villa. b) PICT 2010, código 0621. Financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCYT). Investigador responsable: Pablo Francisco Di Leo. Sede de ambos proyectos: Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

3. Retomando el título del libro de Danilo Martuccelli (2007b).

4. Los soportes son definidos por Martuccelli (2007a) como los medios por los cuales el individuo llega a tenerse frente al mundo; el conjunto de elementos, materiales e inmateriales, que lo vinculan a su contexto: “Es solo inscribiendo las historias de los individuos en el entramado particular de interdependencias que los rodean como es posible diseñar su perímetro. Pero más que una serie estandarizada de configuraciones, de lo que se trata es de dar con las ecologías existenciales intersticiales que los actores entretejen entre las diferentes posiciones sociales. La realidad de estas ecologías existenciales no anula, por supuesto, la importancia que les cabe a las posiciones estructurales, sobre todo en términos de diferenciales de oportunidad. A lo que introducen estas ecologías es a otro nivel de análisis que puede –o no– funcionar como un amortiguador social” (Martuccelli, 2007b: 93-94).

5. Ver perfiles de los entrevistados en el Anexo. Desarrollamos nuestro trabajo de campo en diversos barrios y localidades de la zona sur del AMBA (ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires), pues en esta área se concentran algunos de los más altos índices de pobreza, indigencia y desigualdad de la Argentina, que impacta especialmente en la población infantil y juvenil (Svampa, 2005; INDEC, 2006; Kessler, 2006; odsa, 2009; Epele, 2010). Durante todo el desarrollo de nuestro trabajo de campo tomamos los resguardos éticos de rigor para preservar el anonimato, la identidad y la integridad moral, social, psicológica y cultural de los sujetos que participaron en las entrevistas de manera informada y voluntaria, asegurando también la confidencialidad de sus respuestas. Al requerirles su colaboración, leímos y entregamos a los sujetos un consentimiento informado en el que se explicaba brevemente, con lenguaje accesible y adecuado, el marco institucional, los objetivos principales de la investigación, el carácter voluntario de la participación en la misma y las condiciones de anonimato y confidencialidad en el manejo de todos los datos recogidos.

6. Este interrogante fue elaborado retomando la pregunta con que Leclerc-Olive (2009) da inicio a sus entrevistas: “¿Cuáles son los acontecimientos que, según usted, marcaron u orientaron su vida?”. Los acontecimientos permiten identificar los momentos de bifurcación o de cambios importantes en las biografías individuales.

7. La redacción del primer borrador de los relatos biográficos estuvo a cargo de los investigadores debido a la dificultad que presentaron algunos entrevistados para elaborar textos escritos.

8. Siguiendo los resguardos éticos indicados en la nota 5, en la presentación de los resultados reemplazamos los nombres de los jóvenes entrevistados por seudónimos y los de otras personas, instituciones o lugares por iniciales, salvo en un caso –Julito– que nos solicitó expresamente no modificar su identidad ni los datos presentados en su relato biográfico, ya que deseaba publicarlos de esa manera.

Parte 1 Vínculos afectivos e instituciones

1. Refugios afectivos: el amor en los nuevos tiempos

Sebastián Ezequiel Sustas y María Cecilia Touris

El impacto económico, social y cultural de las crisis en la Argentina produjo un aumento de la pobreza y mayor desigualdad estructural; como efecto de ello, se profundizó la fragmentación urbana y la disolución de los marcos de sociabilidad tradicionales (Cicollela, 1999; Torres, 2001). Las instituciones que enmarcaban los procesos de sociabilidad se han transformado y están produciendo cambios en los procesos de individuación. Esta situación configuró, sin lugar a dudas, transformaciones en los escenarios barriales.

Las opciones fuera de los barrios, con relación a trabajos y/o estudios, fueron resultando paulatinamente más inaccesibles, lo que produjo un aumento de las restricciones de circulación y movilidad social por parte de estas poblaciones y por lo tanto un progresivo encierro barrial (Epele, 2010). Para los jóvenes entrevistados esta situación distingue en términos dicotómicos significaciones y prácticas, limitando un adentro y un afuera barrial que establece nuevos modos de habitar el territorio. En la medida en que el afuera deviene más ajeno, más se intensifica el tránsito en los espacios de sociabilidad propios del barrio.

El crecimiento de las economías informales, y sobre todo de las ilegales, establece modificaciones morales en las transacciones, actividades y prácticas basadas en los cambios de estrategias en la obtención de recursos que producen efectos tanto materiales como simbólicos. Los procesos macroestructurales económicos y políticos producen reacomodamientos en los códigos y pactos de convivencia propios de cada barrio. Esta variación en los códigos no habla de la desaparición de mandatos y normas, de valores y moralidad, sino más bien de la transformación de éstos que en un pasado no muy lejano condicionaban de otro modo las relaciones entre las personas.

Las relaciones afectivas –como las amistades o los patrones de elección de pareja– se vieron afectadas por estas limitaciones espaciales, y se establecieron nuevos modos de expresar las emociones.

Los relatos biográficos de los jóvenes entrevistados dan cuenta de la importancia de considerar, además de las cuestiones de índole sociopolíticas y económicas, la dimensión de lo emocional. Como plantea María Epele (2010), la perspectiva ortodoxa de las ciencias sociales suele hacer un análisis sobre los barrios vulnerabilizados que hace hincapié en los componentes macroeconómicos y sociopolíticos que los constituyen mientras se hacen a un lado los componentes emocionales. El análisis desde este punto de vista vuelve necesario incluir la perspectiva de los propios jóvenes sobre las dimensiones políticas, económicas y sociales, más características de los estudios tradicionales, pero también la dimensión emotiva. Según Eva Illouz (2007), las emociones se configuran como “el aspecto cargado de energía de las acciones” en las que se implican al mismo tiempo cognición, afecto, evaluación, motivación y cuerpo. No son presociales o preculturales; por el contrario, las emociones son significados culturales y relaciones sociales fusionados de manera inseparable y es esa fusión lo que les confiere la capacidad de impartir energía a la acción. En este sentido, las emociones nos permiten establecer los modos en que estos jóvenes significan sus relaciones afectivas como refugios que, ante la escasez de otros amortiguadores materiales y simbólicos, se establecen como soportes de la vida y producen al mismo tiempo transformaciones en sus espacios de sociabilidad. De esta manera, hemos buscado que los jóvenes reflexionen en torno a sus propias experiencias, procurando captar pluralidades, tensiones, discontinuidades, contradicciones, temáticas emergentes y articulaciones narrativas.

De jóvenes y afectos

Las vivencias de los jóvenes entrevistados se encuentran estrechamente vinculadas a las formas en que experiencias, actividades y prácticas cotidianas se corporizan en redes sociales que los contienen. Los lazos sociales mediados por vinculaciones de tipo institucional formal fueron perdiendo terreno frente a contextos de deterioro y devastación socioeconómica, que repercutieron en muchos casos en la reducción del mundo vivido (Epele, 2010), generando simultáneamente una mayor presión sobre las relaciones afectivas y su condición de soporte.

El relajamiento en las certidumbres sobre los umbrales de riesgo aceptados es un ejemplo del deterioro institucional. Ser anti se presenta como una disposición personal frente al riesgo de los diversos afueras, pero también una referencia de sentido hacia los otros que conforman el círculo cercano del entramado afectivo. Contando acerca de las salidas con sus amigos, Nora señala:

Así me dijeron: “Sos re anti”. Y bueno, después estaban organizando para salir y yo no decía nada, me hacía la boluda. Porque mucho no me gusta salir tampoco. (Nora)

La reducción de espacios de recreación y ocio –con umbrales de certidumbre aceptados por los propios jóvenes– puede leerse como la contracara de las predisposiciones y/o estereotipos hacia el mote de anti. En el caso de Purly, quien también señala que su novia es medio anti, estas reconfiguraciones se exponen por la imposibilidad de salir con ella a ciertos lugares, particularmente los de baile, ya que allí “los pibes son todos atrevidos”. Juana identifica este proceso a partir de una sensación de malestar individual: “Vas a los boliches de la villa y terminás no disfrutando porque estás pendiente”.

Las relaciones afectivas se constituyen, al igual que otros soportes de tipo simbólico y material, en vínculos clave para comprender las dinámicas de las redes sociales e institucionales en torno de los individuos. Es así como la afectividad, y las formas en que ésta se expresa en las relaciones, permite dar cuenta de los distintos entramados que son construidos por los mismos individuos en sus trayectorias biográficas (Martuccelli, 2007a). En escenarios sociales como los descriptos, la reducción del mundo experimentado y el aumento de la percepción de instancias de riesgo e inseguridades son la contracara de un proceso de desplazamiento en el cual se transfiere a las esferas vinculares íntimas (familiares, de pareja, de amistad) toda una serie de tensiones, problemáticas y sus resoluciones que antes se dirimían en toda una gama de instituciones de índole pública. A este proceso de desplazamiento, retomando a Epele (2010), es al que se denomina privatización de los cuidados. En este sentido, los espacios íntimos y las relaciones que se establecen en ellos se transforman en lo que denominamos refugios afectivos que operan como soporte de los individuos. Si los soportes se constituyen en la última trinchera de amortiguadores que permiten instancias de individuación en contextos de vulnerabilidad crítica (Martuccelli, 2007a), en escenarios sociales donde priman estos tipos de desplazamientos, las relaciones afectivas cobran aun mayor importancia para comprender las formas vinculares en las que participan. En otras palabras, en contextos donde existe una transferencia hacia el dominio de las relaciones próximas e íntimas de tensiones cotidianas, los lazos afectivos, familiares, de amistad y de pareja emergen como refugios posibles a partir de los cuales alivianar la carga que las grandes transformaciones macrosociales imprimen a los individuos.

Cuando los afectos soportan

La presencia de políticas informales de privatización de los cuidados, ante el retraimiento del Estado a través de sus canales institucionales, permiten visibilizar las carencias materiales que, a pesar de su crudeza, no deben ocultar otro tipo de incertidumbres más vinculadas a la existencia de los jóvenes entrevistados. Es así como, frente a una imposibilidad de recurrir a soportes de tipo material o al menos de recurrir en menor medida a ellos, los soportes asociados a lo afectivo resultan en el recurso propio de mayor importancia del cual disponer o, en todo caso, anhelar. Sin embargo, es necesario precisar que esos lugares de resguardo se encuentran afectados por tensiones que exponen el carácter inestable y frágil de tales refugios afectivos.

En los relatos de los jóvenes entrevistados podemos destacar una serie de variantes vinculares en que las relaciones afectivas íntimas y cercanas cobran una notoria y expresa relevancia para los individuos que las narran. Partiendo de estas premisas, a continuación analizamos cómo las relaciones próximas se constituyen en refugios afectivos que encauzan las elecciones de rumbo en la vida. Las relaciones fraternales que se establecen con niños, hijos y/o sobrinos; los procesos de constitución y ruptura de las parejas y las formas normativas de amar asociadas a dichos procesos relacionales anclan en estos jóvenes condiciones de sobrevivencia. A propósito de ello, nos comentaba Lili con relación a sus hijos:

Si no los tuviera a ellos, sería cualquier cosa, menos feliz. Estaría tirada en una esquina, drogada, borracha, sin tener por quien vivir o, capaz, no estaría. Pero ellos son las personas por quien yo vivo, por las que lucho y sigo adelante.

En la transferencia al dominio íntimo de expectativas de resolución de conflictos y cuidados antes a cargo de un amplio abanico de instituciones y redes vinculares, también se expresan las reales posibilidades de supervivencia de los jóvenes. La mención a estar no sólo es retórica, sino que las formas de (sobre)vivir se encuentran estrechamente vinculadas a los entornos construidos por los jóvenes, donde las relaciones afectivas cobran niveles crecientes de importancia. Para Lili, la existencia de sus hijos se expresa como un acontecimiento que le otorga un anclaje para seguir viviendo o, en sus palabras, seguir estando.

Para Charly, un acontecimiento muy significativo fue haber conocido a sus sobrinos y experimentar el amor que siente por ellos. Como veremos, estas relaciones son muy anheladas sobre todo cuando existe la posibilidad de perderlas. En el caso de Charly se expresa a través del sufrimiento que le produjo no poder estar con los niños cuando fue detenido y debió pasar tres meses en la cárcel sin verlos.

En lo que refiere a los procesos de constitución y ruptura de las parejas, también es posible observar expresiones de praxis afectivas que funcionan como importantes soportes que permiten recobrar el camino de los imaginarios socialmente legitimados.1

Al hablar acerca de su novia, Purly señala:

Tengo que dejar un poco la joda, un poco la joda para estar más tiempo con ella […] mirá, gorda, no me fui con los pibes a la joda, a tomar nada, por quedarme hablando con vos, para que sepas que me importás más que una joda.

Como propone Epele, el rescate por amor, como política informal orientada al cuidado y a la supervivencia en contextos de privatización de los cuidados, implica como contrapartida del proceso la exposición del carácter de soporte de los vínculos afectivos, aunque tal vez esto no conlleve necesariamente la conciencia plena de tal proceso. El romance como rescate a través de la constitución de una pareja pierde de este modo su caracter restrictivo como forma afectiva y se expresa como soporte por la intervención de otro y por el otro, incluyendo en la intimidad relaciones de afecto y emociones ligadas al cuidado y al bienestar como también situaciones de violencia y peligros para la salud y la supervivencia. Este escenario da cuenta de cómo ciertas relaciones, a pesar de los inconvenientes que puedan traer aparejadas, se constituyen en refugios afectivos cimentados en su condición de soportes. No son escasas aquellas relaciones afectivas que se encuentran atravesadas por situaciones de violencia y/o riesgo, como violencia familiar o conyugal, participación en actos delictivos, consumos de drogas y las consecuencias que estas actividades, por su carácter ilegal e ilegítimo, conllevan a pesar de ello, logran imponerse para los individuos como sostén, como refugio.2

En estas relaciones afectivas no sólo es posible observar una dualidad entre situaciones de violencias e instancias de afecto y cuidado –en el sentido de refugio antes descripto–, sino también a partir del interjuego entre ideales y normativas en función de adecuarse a los imaginarios imperantes. En este sentido, en los resultados de una investigación sobre la sociedad chilena, Kathya Araujo y Danilo Martuccelli (2012) presentan y describen tres ideales que concurren en la constitución de los imaginarios de pareja: el ideal protector, el ideal de fusión y el ideal de independencia. El ideal protector “se trata de un imaginario de pareja construido alrededor de la figura de alguien que asegura, da estabilidad y protege” (Araujo y Martuccelli, 2012: 187). El ideal de fusión es un modelo múltiple que supone la fusión de dos personas en una, y se presenta en dos vertientes ideales de amor: el amor pasional y el amor conyugal. La primera de las vertientes es la que sostiene que se trata de una relación en la que los amantes sólo se aman mientras no se pueden amar, aparece como el amor en situaciones desaconsejables y se caracteriza por el sostenimiento más allá de las adversidades. Adquiere características pasionales y supone un reemplazo de la seguridad por la entrega. En la segunda vertiente del ideal de fusión, la conyugal, nos encontramos con la formalización del amor a partir del matrimonio, donde la idea parece puesta en la posibilidad de superar juntos cualquier adversidad. Al ser la pasión uno de los elementos primigenios de las relaciones donde predomina el ideal de fusión, las rupturas y desilusiones suelen expresarse y vivenciarse más intensamente. El ideal de independencia “supone el reconocimiento de ámbitos específicos para cada miembro de la pareja” (204), que encuentra su raíz en la admisión y el reconocimiento del otro en todas sus particularidades. Los jóvenes, según nuestros resultados, reflejan las tensiones de algunos de estos aspectos presentes en los ideales mencionados, sin que ello implique una identidad integral a alguno de ellos que redunde en la adscripción a un único ideal. Sin embargo, en los relatos de los jóvenes, con referencia a su situación de pareja o noviazgo, elementos presentes en algún ideal predominan sobre otros.

Retomando la narración de Purly, estar con su novia se presenta como alternativa a la joda, que si bien por un lado puede asociarse a situaciones recreativas, por otro también se presenta como una instancia cargada de sentidos de riesgo e inseguridades que refuerza la idea de la pérdida de rumbo. El rescatarse por amor confluye con el ideal protector, donde ella –la novia de Purly– corporiza un ancla existencial que estabiliza un mundo que se experimenta material y afectivamente inseguro. Esta protectora es una cuidadora, quien rescata y permite el rescate de otros. Como señalan Araujo y Martuccelli (2012), esta protección es una respuesta posible a la multiplicación de los riesgos de vida que los individuos deben enfrentar.

El corpus de los relatos biográficos de los jóvenes nos permite dar cuenta de las tensiones entre los ideales de pareja, donde la predominancia de uno de ellos no anula la presencia de elementos de otros. Al contrario, como lo manifiestan los relatos, conviven simultáneamente en los mismos discursos que guían los patrones de pareja. Particularmente en los relatos biográficos de los jóvenes varones es posible distinguir las tensiones entre los mandatos normativos tradicionales en torno a la familia y a las responsabilidades masculinas, y las actuales lógicas identitarias que guían las formas de configurar los vínculos afectivos. Así, se presentan referencias que remiten a la familia nuclear tradicional moderna como modelo de lazo familiar deseado; la figura del buen partido sostenida en el ideal del hombre protector es un ejemplo de ello. En ese modelo ideal se construyen las figuras materna y paterna como pareja armónica, soportada por los lineamientos dictados por el imperativo romántico sostenido en el ideal de fusión, y con capacidad de generar (reproducir) a partir de valores puros en concordancia con el ideal de amor conyugal. En el caso de José Luis, un aborto espontáneo se convierte en un acontecimiento que expone las tensiones entre diversas posiciones discursivas que sostienen los ideales de pareja antes descriptos:

Si venía ese hijo, no iban a pasar estos problemas, porque capaz que él te fortalezca la familia, entonces ahí nos uníamos todos, ¿no? Me doy cuenta que para esto todavía no estoy preparado; para bancarme una familia no estoy preparado.

Podríamos preguntarnos, ¿qué significa estar “preparado”? Tradicionalmente se entendía esa preparación como una serie de instancias que permitían ir acumulando diversas experiencias, saberes y recursos que daban cuenta de las condiciones de posibilidad de una posición social determinada: el padre de familia. Elsa López y Liliana Findling (2012) señalan que la preparación del rol de padre no sólo se asienta en cuestiones económicas, sino en un crecimiento personal asociado a aspectos de necesidad afectiva. Estar “preparado” como condición para las paternidades es un concepto que escapa a los intentos de referentes explicativos tradicionales que abarquen integralmente su sentido. Al contrario, en la ambigüedad aparente del concepto se encuentran presentes las confrontaciones entre ideales y las posibilidades de acción de pareja que, lejos de anularse unos a otros, conviven en diferentes instancias de predominancia. Por ello, si los sentimientos de realización personal y fidelidad hacia sí mismo, elementos centrales en el ideal de independencia, han ganado más espacios en la modernidad tardía, y algo de ello tensiona en estos jóvenes, esto no implica la desaparición de aspectos relacionados con los ideales de protección o fusión. La referencia discursiva da cuenta de elementos que aún se anclan en personajes sociales presentes en imaginarios de pareja más tradicionales, como veremos más adelante.

Las referencias de los jóvenes con relación a la adecuación a ese estado de preparación no se circunscriben sólo a la incertidumbre económica circundante y/o a las acumulaciones de recursos (económicos, simbólicos), ya que también hay referencias a emociones, sensaciones corporales e instancias reflexivas. En los sentidos que los jóvenes les dan a sus experiencias es posible encontrar las marcas de los desfases que se vivencian en la modernidad tardía: una mayor reflexividad en los relatos y una imposibilidad de adecuar las prácticas individuales a un personaje social. Es ilustrativo, en este sentido el relato de José Luis ante el fracaso con su reciente pareja, acontecimiento señalado como significativo por el entrevistado:

No… no lo puedo aguantar, no sé, soy un tipo muy… en ese sentido soy un tipo no muy fuerte para recibir los golpes sobre el pecho y llevar atrás la familia. No, me di cuenta que no estoy todavía preparado para eso; me falta mucho todavía para llevar bien una familia tranquilo, y saber poner bien en balance para no ocurrir un error así como ocurrió ahora.

El fracaso de la pareja como acontecimiento significativo –en este último caso descripto– expone y suscita la reflexividad, lo que conlleva al planteamiento de balances introspectivos en los cuales los individuos son puestos a prueba.3 La reflexión introspectiva da cuenta también de cómo estos acontecimientos se constituyen en mojones de sentido que estructuran las temporalidades de las historias de vida que estos relatos conforman. El fracaso en la pareja, como acontecimiento significativo en la vida de los jóvenes entrevistados, puede constituirse en un concepto que permite observar la dinámica entre las dimensiones que sustentan el imperativo del amor romántico así como también los procesos de constitución de sujetos de deseo. A continuación avanzamos en hallazgos en ese sentido.

Desilusiones y rupturas: ventanas a las formas de amar

Las experiencias de los jóvenes identifican como significativas determinadas instancias de ruptura, ya que evidencian, en diferente grado, la ausencia de soportes más o menos visibles, más o menos opacos. A partir de las rupturas es posible reconstruir el ideal que prima en la construcción de los vínculos de pareja. Las experiencias vividas como fracasos en las parejas suelen hacer referencia en los relatos de los jóvenes a estas formas regidas por el amor romántico:4 “Ya no siento mariposas cuando estoy con él”, o referencias al lugar de la iniciación sexual, sobre todo en las mujeres: “Yo creo que el primero no se olvida nunca. Es por eso también que me gustaría estar siempre con él, pero si no se da, qué más queda” (Nora).

En los relatos biográficos es posible encontrar referencias a diversos tipos de relaciones eróticas (noviazgos, relaciones de pareja estables, casuales, etc.) que mantienen los jóvenes entrevistados, y también menciones puntuales a rupturas de esas relaciones. En muchas oportunidades estas rupturas son vivenciadas como fracasos personales que ponen a los jóvenes en situaciones de balances introspectivos sobre los procesos de selección de pareja. En estos acontecimientos puntuales, las reflexiones sobre las experiencias vividas dan cuenta de los diversos amortiguadores en que los jóvenes se sostienen posruptura, exponiendo el proceso de desestabilización del soporte que representaba la pareja por un lado, y el refugio afectivo por otro, que en su condición de soporte-amortiguador, aliviana la cargas sobre los jóvenes –las relaciones fraternales con hijos y/ sobrinos son uno de los ejemplos de esta forma de amortiguación afectiva ya analizada–. Asimismo, y lo abordaremos a continuación, las rupturas y desilusiones de pareja también permiten dar cuenta de las tensiones entre los imperativos normativos y las prácticas de los jóvenes. Diversas preguntas pueden ser formuladas para dar cuenta de estos procesos y tensiones: ¿Quiénes son aquellos que pueden formar una pareja? ¿Quiénes son aquellos que, por sus características, se tornan deseados, queribles? ¿Qué elementos intervienen en la construcción de esos sujetos de deseo? Estas preguntas hacen referencia a tensiones que es preciso enmarcar en el contexto particular de nuestra investigación y de las características propias de los barrios donde habitan nuestros entrevistados.

El progresivo encierro barrial genera condiciones donde los procesos de elección de pareja exponen alternativos elementos valorados por los individuos en el momento de elegir con quien relacionarse. A diferencia de los recursos, esa suerte de capital social que los individuos disponen de forma discrecional (Martuccelli, 2007a), los soportes, por su carácter relacional, no poseen características de tipo instrumental, y se encuentran en un constante proceso fluctuante de reactualización de su valor simbólico y material. Sin embargo, en algunas oportunidades, las relaciones familiares permiten y limitan la generación y apropiación de ciertos elementos valorados en los contextos de elección de pareja. Es en esas instancias donde se corporizan las tensiones por el desplazamiento de los dominios en torno a las expectativas de reparación y cuidado, antes presentes en prácticas y/o relaciones de tipo institucional por fuera de la intimidad de las parejas. Las redes familiares y vinculares dentro del barrio otorgan un estatus valorado, y también influyen en la consolidación y el éxito de las parejas. José Luis relata que se juntó con su ex pareja porque era “una chica muy sencilla, muy buena, muy trabajadora”, sin embargo, y a pesar que ella se ajustaba a determinados valores, la influencia de las redes familiares condicionó la ruptura de la pareja:

A mi familia no le gustó para nada que yo me junte con una mina que tenga dos hijas, con una mina que ya tiene su vida armada y que va a ser difícil la convivencia y no… no aceptaron.

Resulta claro que la influencia de los vínculos familiares debe apoyarse en otras instancias para que la ruptura, como en este ejemplo, se produzca. Los grados de ajuste entre los candidatos reales y los modelos normativos5 de amor pueden así producir o acentuar estigmas, generar estereotipos. Estos ajustes pueden ser analizados a partir de los modelos de romance e imaginarios de pareja que intervienen en la construcción de los vínculos conyugales y noviazgos.

La normatividad hegemónica supone al amor, entendido como una manifestación de la sexualidad atravesada por el género, como un concepto que emerge con características universales, asimilado y reducido a una única forma de amor legítima: el amor romántico (Fernández, 1994). En este tipo de amor no prima el ardor sexual donde el placer y la pasión podrían habitar (Giddens, 1992), sino la idealización del otro que conlleva el seguimiento de determinadas narrativas de amor ideal o imperativo romántico, que encuentran en el matrimonio heterosexual uno de los horizontes de completud subjetiva y de realización personal. Este modelo normativo de amor define las formas de amar, como también los fracasos devenidos en desamores producto de los desfases entre esos modelos normativos y las experiencias subjetivas, familiares y propias. Las rupturas al exponer la ausencia del vínculo afectivo producto del desencuentro permiten dar cuenta de las tensiones entre los ideales que confluyen en la configuración de los relaciones de pareja.

Estas formas de amar, apoyadas en la universalización de la moral moderna conyugal6 (Foucault, 2010), chocan contra una realidad que les impide alcanzar las realizaciones normativas idealizadas: “el uno para el otro”, “hasta que la muerte nos separe”, elementos que se sostienen en el ideal de fusión. Desde esta óptica, los sentidos y las valoraciones otorgados a ciertas etiquetas: “buen partido”, “buena piba”, “mala yunta”, “loquito”, “cachivache”, etc., ponen en evidencia, más que características intrínsecas de los actores o sus prácticas, los ajustes con determinados modelos normativos de género. En los relatos de los varones entrevistados suelen aparecer referencias de distancia y cercanía con estas construcciones normativas. En particular el rol del hombre como proveedor del hogar parece ser uno de los primeros sentidos emergentes. En lo que respecta a las mujeres, este ideal se juega en la maternidad y el cuidado de los otros. En los relatos de las entrevistadas es posible rastrear que el hecho de tener hijos aporta un antes y un después en la vida. Otorga un lugar social prestigioso que supone el pasaje a la adultez, la posibilidad de escapar de situaciones familiares agobiantes y la concreción de la propia familia.7 Sin embargo, tal como intentamos esbozar previamente, estas referencias a los lugares tradicionales en las organizaciones familiares dentro de los hogares son puestas en cuestionamiento por los mismos jóvenes que las generan.

Estos desfases entre los ideales acerca de la concreción de pareja y familia más tradicionales, y los sentidos emergentes con relación a las nuevas reflexividades propias de la modernidad tardía, generan tensiones que se exacerban en el contexto barrial sobre la base de las limitaciones espaciales que los procesos macro fueron produciendo.

Márgenes y espacios de sociabilidad: locus de los refugios afectivos

En los relatos de los jóvenes el afuera y el adentro barrial no sólo se constituyen en fronteras efectivas, sino también en guías de sentido que permiten dar cuenta de valores asociados a cada espacio y a sus formas de ser habitado. El afuera se valora por sus formas de sociabilidad y por ciertos estereotipos de género asociados a ese escenario. Al respecto Dora relata cómo conoció a su novio y qué rasgos le parecieron a él valorables en ella: “Las chicas de tu edad andaban de joda, o se quedaban embarazadas. Vos no sos como las chicas de acá, vos pensás otra cosa, eso es lo que me gusta de vos”. El padre de Dora también le señalaba su preferencia por amistades que estén por fuera del barrio, y el hecho de que su novio fuera del barrio era algo que constituía una fuente de discusión entre padre e hija. Si el horizonte de pareja no traspasa los límites barriales de forma efectiva, sí lo hacen los ideales deseados.

Las relaciones conyugales, como una de las formas de vínculos que estuvimos analizando, configuran aspectos cotidianos de la vida de los entrevistados, incluso aspectos que remiten a la espacialidad, es decir, a los ámbitos sociales donde las personas interactúan. Esta conexión entre las relaciones afectivas y la espacialidad puede ser analizada desde dos perspectivas íntimamente implicadas: por un lado, las formas de vincularse entre las parejas configuran ámbitos específicos o privilegiados para cada miembro; por otro, los espacios de sociabilidad donde las personas interactúan en función de géneros distintos poseen características con evidente predominio y exclusividad para cada uno de ellos (De Barbieri, 1993). En efecto, síntesis de estas posturas son los análisis que parten de una perspectiva de género. Las diferencias de género, las construcciones socioculturales que establecen normatividades dicotómicas entre los sexos, disponen una división de esferas entre lo público y lo privado donde estas instancias espaciales y relacionales se corresponden con conductas y disposiciones esperadas según lo masculino y lo femenino (Lamas, 1996). Desde esta posición, la naturalización de las desigualdades entre los sexos conlleva la delimitación de lo público y lo privado y los valores asociados a dicha división de esferas. En contextos socioculturales donde prima la regla heteronormativa,8 lo privado es el lugar de los afectos y de la intimidad, lugar privilegiado de lo femenino, mientras que en lo público, vinculado a lo social como contraposición a lo íntimo, habitan valores relacionados a la eficacia y la productividad, asociados a lo masculino (Lamas, 1996; Fernández, 1994; Jones, Figari y Barrón López, 2012). De tal forma, quedan instituidos escenarios contrapuestos en una lógica dicotómica, que en ocasiones alimenta debates en torno a lo tradicional o lo moderno de las formas vinculares y de los supuestos morales que las sustentan.

Nuestros hallazgos nos muestran una complejidad de situaciones que desbordan los planteos que parten de supuestos anclados en la díada tradicional/modernidad. Con relación a la configuración de lo masculino y lo femenino, retomamos dos aspectos de un mismo fenómeno que ya hemos analizado previamente: en contextos de privatización de los cuidados se produce una expansión de la intimidad donde se observan desplazamientos de incumbencias entre lo tradicionalmente entendido como íntimo/social o privado/público. En escenarios como los descriptos, estas distinciones conceptuales pierden algo de su poder explicativo, ya que parte del andamiaje institucional que sostenía las distinciones entre aspectos privados y públicos se ha desarticulado, dando lugar a otras formas de intervención institucional por fuera de esta lógica.

Al analizar las variantes de cuidado y protección mostramos cómo las figuras de protector/protectora emergían como variantes de cuidado sostenidas en el ideal protector. En el caso del hombre protector, se conjugan determinados aspectos que tienen como centro la garantía de seguridad, de estabilidad y de presencia estoica. Señalamos al respecto algunos ejemplos en nuestras entrevistas de cómo esta figura del hombre protector se manifiesta en los relatos de los jóvenes varones; dimos el ejemplo del “buen partido”. En este sentido, el ideal del cónyuge protector es un verdadero imperativo normativo que se expone en las biografías de los jóvenes. sobre todo por las imposibilidades de asumir los mandatos que el rol/figura conlleva. Por su parte, la figura de la mujer protectora la describimos en su rol de madre y cuidadora, aquella que por amor se rescata y permite el rescate. Su protección se encuentra primordialmente dada por ser un ancla existencial para el otro, un refugio, al mismo tiempo que el otro permite la construcción de ese soporte. Sin embargo, y a pesar de que las figuras del protector/protectora encuentran sustento en el mismo ideal conyugal, su contribución a dar forma y base a la división social de géneros es diferente. En los relatos biográficos el protector se expone como figura en la imposibilidad de llevar adelante sus mandatos de seguridad y sustento, aspectos que referencian a lo tradicionalmente social, público y masculino. La desvinculación de los jóvenes con experiencias laborales, sobre todo en los barrios populares, es parte de una realidad consciente para cada uno de ellos. Al contrario, el rol de la protectora parece ampliar su margen de acción e incumbencia, y su emergencia parece manifestarse por su capacidad exitosa, aunque no duradera ni estable, de protección. Aspectos y problemáticas de índole pública, y sus expectativas de resolución, son incorporados por la vida íntima, escenario asociado a lo femenino. Estas transformaciones en las formas de vincularse modifican y difuminan las fronteras alguna vez más precisas entre las esferas de lo público y lo privado, lo íntimo y lo social. La continuación sobre nuevas bases de la habitual y tradicional separación en esferas espaciales y relacionales de lo masculino y lo femenino puede ser una indagación que dé paso a una pregunta sobre aquellas configuraciones conyugales y de pareja que intentan armonizar, de manera contradictoria, los supuestos e ideales de pareja a que los individuos recurren.

En los relatos biográficos de los jóvenes varones entrevistados es posible observar determinadas posiciones y relatos de sentido que se ajustan al lugar usualmente definido como masculino hegemónico (Connel, 1997), entre ellos: el hombre como proveedor de los recursos del hogar, roles de paternidad tradicional o características masculinas que denotan adultez y madurez por sobre rasgos juveniles. Estos sentidos conforman las respuestas corrientemente aceptadas que legitiman el sistema de relaciones entre los sexos que garantiza la dominación del hombre por sobre las mujeres: la masculinidad hegemónica. Sin embargo, de los relatos de los jóvenes emergen sentidos subordinados, masculinidades que no se ajustan a la regla heterodoxa de forma exitosa, o que la refieren de forma tangencial. En algunos casos, la coexistencia de posiciones discursivas, donde cohabitan diversas masculinidades, son percibidas con relación a los escenarios de sociabilidad donde ellas se corporizan. El carácter performativo de los discursos acerca del género,9 la afección sobre los sujetos y la posibilidad de la coexistencia de posiciones discursivas se hacen notorios en los relatos de Purly, quien distingue dos actitudes marcadamente diferentes de acuerdo con el escenario: la “cancha de fútbol” y “la esquina” o el “barrio”.

En la cancha igual soy otro, no podés ser un pibito, así, como soy con los pibes, ¿entendés? Tenés que tener otra actitud […] la actitud de que por más que no te tengás que pelear, te vas a pelear.

La actitud particular asumida en la cancha permite la acumulación de respeto que soporta y rige la cultura del honor y el aguante (Garriga Zucal, 2007). En correspondencia con la masculinidad hegemónica y sus valores asociados (fuerza, poder, agresividad, toma de riesgo, valentía, belicosidad, decisión, violencia), las posiciones subalternas se intuyen como lo no dicho, es decir como las significaciones culturales que no exponen esos ideales homéricos de lo masculino, y que se encuentran afines a lo lúdicojuvenil de estar y ser como “los pibes”. En este sentido, la esquina cumple una función de socialización para los jóvenes, especialmente los varones, porque se configura como un espacio que otorga identidad y referencia barrial, refuerza la idea de un territorio con códigos propios, distinto de cualquier otro lugar del barrio. Allí los más jovenes comienzan a ganarse espacio entre los más grandes compartiendo tiempos, afectos, consumos. En los barrios, la esquina era considerada lugar de tránsito, un espacio de pasaje de la adolescencia a la adultez, de la escuela al trabajo. En la actualidad, en estos contextos, la esquina aparece como un lugar de anclaje ante la pérdida de protagonismo de estas instituciones, pero no sin cierto cuestionamiento:10

Ella [su novia] me dice: “Ya […] no sos un pibito de trece, catorce años para estar en la esquina, qué sé yo, tomándote una cerveza o una Coca”. Cuando tenés doce, trece años, bueno, la gente lo ve como que, bueno, está yendo a la escuela, sos un pibito que va ahí porque, qué sé yo, porque es tu edad, estás en la edad de la boludez, todo eso, pero vos ya tenés casi diecinueve años, la gente te ve desde siempre te vio ahí, ya va a pensar que sos un vago, que no hacés nada. Vos no trabajás, no vas a la escuela, trabajás de vez en cuando pero la gente debe pensar, los de tu barrio, por más que te quieran, todo, ya deben pensar que sos un vago, que no vas a ser nada, porque te ven en la esquina, siempre en la esquina, desde chico ya. (Purly)

De este modo, en estos relatos sentidos subordinados encontramos masculinidades desajustadas en referencia al ideal masculino moderno que dejan traslucir, por un lado, la incomodidad que ello genera, la dificultad para adaptarse a estos modelos y, en consecuencia, la necesidad de ir generando espacios más dinámicos y flexibles que se ofrezcan como soportes más amables para la vida.

Para seguir pensando

En los relatos biográficos de los jóvenes entrevistados fueron señalados como acontecimientos significativos muchas instancias que hacían expresa referencia a relaciones cercanas e íntimas, rupturas e inicios de pareja, relaciones familiares, etc. Los relatos construidos en el momento de narrar esos puntos de inflexión nos permiten observar las tensiones que sostienen los entramados existenciales y materiales de los jóvenes, esas redes que les permiten habitar su mundo. Los refugios afectivos se constituyen como soportes que brindan guías de sentido en un mundo que se presenta como riesgoso e inseguro y falto de oportunidades, características que se acentúan en los barrios donde moran estos jóvenes. Así, estos refugios afectivos cobran una función de amortiguación de las privaciones cotidianas, no sólo materiales sino también existenciales. Estos refugios afectivos permiten (sobre)vivir a los jóvenes en escenarios poco amables. Sin embargo, como hemos intentado describir, la fragilidad de los vínculos que soportan los acechos de la realidad expresa la inestabilidad a la cual se enfrentan los jóvenes cotidianamente. Estas condiciones ponen en juego el desarrollo de soportes afectivos más que la de cualquier otro tipo de soportes, lo que implica, por un lado, una dependencia muy grande a los ideales planteados y por otro la puesta en juego de la reflexividad para sobreponerse desde su perspectiva a los posibles fracasos. En contextos donde los soportes materiales han quedado más replegados, la red de los soportes afectivos resulta un recurso imprescindible.

A pesar de la corta edad de los jóvenes, su experiencia de vida en lo que refiere a las relaciones de pareja es vasta e intensa. La mayor parte de ellos ha tenido al menos una relación de pareja lo suficientemente importante como para pensar en la constitución de una familia a partir de ella, de modo que la conformación de estas parejas ha sido mencionada entre los acontecimientos significativos. En la constitución de las parejas puede observarse alguna premura por alcanzar el estado de madurez, asociado a cierta estabilidad y a la conformación de un espacio propio, por fuera del espacio familiar de origen. Esta situación, además de la huida de situaciones penosas, aparece como la posibilidad de consolidar un proyecto propio, la construcción de algo duradero y estable. En el tiempo de lo efímero, de lo inestable y riesgoso que se ha convertido el mundo, la construcción de estos refugios se muestra como una posibilidad de desarrollo propio y la proyección de una vida posible. Sin embargo, como hemos plasmado, las expectativas sobre esta concreción son, en ciertas ocasiones, tan grandes y tensionan a su vez con los ideales individuales y las limitaciones materiales, que las situaciones conflictivas no tardan en aparecer prolongando en el tiempo la sensación de frustración y fragilidad ante el mundo. La dificultad para el sostenimiento de las parejas a lo largo del tiempo aparece entonces como una instancia de reflexión que permite hacer evaluaciones acerca de los ajustes que deben ir haciendo para lograr refugiarse.

1. Por imaginarios socialmente legitimados entendemos a aquellas significaciones, normas y valores que se comparten en una sociedad dada y que son aceptados por la mayoría de los integrantes de la misma. Al respecto puede consultarse el concepto de imaginario social de Cornelius Castoriadis (1988).

2. Para profundizar en estos temas puede consultarse el capítulo 6.

3. La reflexividad puede ser entendida como un rasgo tanto institucional como un recurso de los agentes. Maristella Svampa (2002), retomando a Anthony Giddens, señala que la reflexividad –como contracara de la globalización– es un proceso que se dirige hacia la transformación de la tradición. En este sentido, la autora dice que, “desde el punto de vista de la experiencia individual, este proceso de destradicionalización lleva a poner el acento en las nuevas dimensiones que cobran las relaciones íntimas y en la multiplicación de medios que dispone el individuo para construir reflexivamente su yo, [es decir], en la posibilidad (y necesidad) que tiene de elegir y recrear diferentes estilos de vida” (4).

4. Volveremos sobre esta categoría, para ampliarla y desarrollarla, más adelante.

5. Entendemos por modelos normativos formas idealizadas de organizar las expresiones de erotismo, deseo y amor. Estos modelos normativos permiten clasificar y jerarquizar conductas de acuerdo con un deber ser, que si por un lado se asienta en la universalización de una moral particular, genera también por otro, la construcción de estereotipos de los que transgreden esas conductas y prácticas deseables (Amuchástegui, 1996; Jones, 2010).

6. El proceso de universalización de la moral moderna conyugal implica un proceso de legitimación de la institución del matrimonio y la ecuación taxativa de la matriz heterosexual que esta institución posee desde su génesis (Hiller, 2012). Asimismo, determinadas disposiciones y roles son asignados a cada uno de los sexos, constituyendo así posiciones eróticas particulares, por ejemplo, mujer-pasiva, hombre-activo (Fernández, 1994).

7. Para más detalle sobre este tema véase el siguiente capítulo.

8. Por regla heteronormativa entendemos aquellas significaciones y prácticas que resultan acordes a los modelos de género que priman las relaciones de pareja heterosexuales, pero también todas sus significaciones y prácticas en el estilo de vida que suponen ciertas características propias de los varones y otras propias de las mujeres donde la diversidad tiene poco lugar. Para profundizar sobre el tema puede consultarse Ana María Fernández (1994).

9. Respecto de la construcción de identidades de género, desde posiciones teóricas constructivistas Judith Butler (2002) sostiene que el género no consiste en una posición esencialista, sino que las identidades de género son posiciones identitarias producidas desde las prácticas sociales; es ahí donde reside el carácter performativo de éstas.

10. Esta temática también es abordada en los capítulos 3 y 4.

2. Madres e hijos: múltiples modos de construir y significar los vínculos filial-maternales

Soledad Vázquez y Pablo Borda

Desde la interpretación de las ciencias sociales la familia resulta ser un ámbito de socialización de las personas, y en su interior se despliega un significativo proceso de construcción y transmisión de la identidad, así como también de una serie de cuidados e intercambios de sentidos relacionados con la procedencia, saberes heredados y la adquisición de un capital simbólico entre las distintas generaciones. Estas características de la institución familiar forman parte vital de la construcción del lazo social, garantizando a cada generación el establecimiento de un nexo con su pasado (Kaufman, 2006).

Si bien es cierto que la familia es una de las instituciones modernas productoras y reproductoras del orden social, resulta necesario, para adentrarnos en las propuestas del presente trabajo, mencionar que ha experimentado transformaciones en las últimas décadas, las cuales hacen cada vez más visibles los límites y las contradicciones inherentes a su configuración otrora soterrados.1 Estos cambios tensionan la forma, el rol y el funcionamiento tradicionales que configuraban a la institución como un soporte de los sujetos, poniéndolos a la vez en la necesidad de resignificar las experiencias vivenciadas en el ámbito familiar.

Las formas de construir y practicar los vínculos filial-maternales son una dimensión constitutiva de la institución familiar en la que esos cambios y mutaciones se expresan con nitidez. Por ello este capítulo focalizará su atención en los modos en que esos vínculos son relatados y significados por los jóvenes que participaron de nuestra investigación. Desde una perspectiva en la que convergen la sociología del individuo, la propuesta epistemológico-metodológica del enfoque biográfico y los argumentos centrales del debate en torno a las experiencias de maternidad, nos proponemos explorar los modos en que los jóvenes entrevistados significan los vínculos construidos con sus madres.

El capítulo está organizado en cuatro partes. Luego de realizar algunas precisiones conceptuales, en la primera sintetizamos las principales herramientas para desplegar nuestro problema. En “Los bordes de la maternidad” analizaremos la convergencia entre las dimensiones estatutarias y subjetivas de la institución familiar que hemos visualizado en los relatos de los jóvenes que participaron de nuestra investigación, focalizando nuestra atención en los vínculos filial-maternales. Este recorrido se hará dialogando con los aportes conceptuales de la sociología del individuo y el debate en torno a las maternidades que despliegan ciertos estudios que adscriben a la perspectiva de género. Luego, en “Enseñanzas y violencias”, como así también en “Separaciones: ausencias, dolores y resignificaciones biográficas”, abordaremos dos experiencias recurrentes descriptas en los relatos, vinculadas a la construcción y práctica de las relaciones filial-maternales, profundizando aun más el análisis en torno a esa convergencia. Como podrá apreciarse, esas experiencias dan cuenta de una resignificación subjetiva de esos vínculos por parte de los jóvenes entrevistados que permite su legitimación social al tiempo que invisibiliza la exterioridad de los mismos como soportes. Por último, haremos algunas reflexiones finales.

Algunas precisiones conceptuales. El proceso de producción de los relatos biográficos de nuestros entrevistados nos permitió visualizar, desde sus significaciones, la convergencia entre las dimensiones estatutarias y las subjetivas de la configuración familiar que proponen Kathya Araujo y Danilo Martuccelli (2012) para el análisis de las relaciones familiares en Chile. Estas categorías dan cuenta del debate existente entre dos formas de concebir los vínculos filiales: por un lado, aquella que “insiste en [su] carácter fuertemente institucional, su capacidad para producir el orden social y engendrar individuos a la vez autónomos y conformes a las exigencias de la sociedad”, y, por otro, la que “sin negar la remanencia de estas funciones, prefieren subrayar [el proceso de] desinstitucionalización o la destradicionalización” que la familia estaría atravesando a partir de las mutaciones sociales e institucionales que se vienen produciendo en las últimas décadas (144).

Específicamente, nos referimos a la convivencia entre aquellas acciones protectoras desplegadas entre sí por los miembros de la familia, que contribuyen a producir y reproducir el orden social existente en el espacio doméstico –dimensión estatutaria– y aquellas experiencias de resignificación biográfica orientadas a singularizar las vivencias en el interior de cada familia –dimensión subjetiva– sosteniendo, como lo hacen esos autores, lo siguiente:

La familia […] está en muchas de sus relaciones aún masivamente gobernada por una lógica institucional que dicta a sus miembros un conjunto de obligaciones a las cuales se ciñen, comenzando por la responsabilidad económica que les toca a unos y otros, y siguiendo por la función universal de apoyo que todos esperan que ella cumpla […] [Es] un compromiso, sellado institucionalmente, entre intereses económicos y simbólicos, que facilita la acumulación de bienes y permite construir protecciones –emocionales y materiales–, las que se han vuelto tanto más importantes cuanto los individuos viven en medio de una inconsistencia posicional estructural. [En este sentido, la familia sigue] cumpliendo un conjunto de funciones esenciales para el mantenimiento y la reproducción del orden social. Las mutaciones que ella conoce desde hace décadas no la han vuelto incierta ni han destruido todas sus características tradicionales […] No obstante, y de otro lado, también es cierto que […] la textura de las relaciones entre padres e hijos ha sufrido transformaciones relevantes que renuevan las prácticas e interpretaciones de las jerarquías y las solidaridades […] [En este marco] la prueba familiar [es] una prueba dual: la familia es institucional en ciertas relaciones y no en otras. [Se trata de] una dualidad presente, en dosis diversas, en todas las familias. (Araujo y Martuccelli, 2012: 144-145)

Además, y en diálogo con los citados análisis enmarcados en la sociología del individuo, veremos a continuación que los entrevistados reivindican diversas cualidades de lo que hemos dado en llamar maternidad adecuada (apropiada) al referirse a las maternidades practicadas por diferentes mujeres cercanas a ellos; al propio ejercicio futuro de la maternidad o paternidad, y a los vínculos filiales maternales que se despliegan en sus propios hogares. Esta noción alude a un modo hegemónico y legítimo de ejercicio maternal que invisibiliza otras formas de vínculos maternos-filiales, refiere a una forma de practicar la maternidad que guarda estrechos nexos con la dimensión estatutaria de la familia. En efecto, la maternidad adecuada y esa dimensión dan cuenta, entre otras características de la institución familiar, de las prácticas productoras y reproductoras del orden social en el interior de los espacios domésticos.

La noción madre adecuada2 remite también a los debates teóricopolíticos desarrollados en los últimos años entre una serie de reflexiones que adhieren a la perspectiva de género y aquellas propuestas académicas e iniciativas gubernamentales (originadas con y en la modernidad, consolidadas hacia mediados del siglo XX) que parten del supuesto de que hay un único modelo válido para el ejercicio de la maternidad inscripto en la naturaleza del sexo femenino. En términos generales, uno de los principales argumentos de las reflexiones relacionadas con la perspectiva de género es que las maternidades son prácticas enmarcadas históricamente, no naturales ni neutrales. Implican, entre otros elementos y dimensiones, relaciones de poder, resistencias, placeres, protecciones, sostenes más o menos legítimos, frustraciones, violencias y pasiones. Configuran una categoría relacional que vincula las prácticas desplegadas por múltiples actores: mujeres y varones, adultos, jóvenes y niños, ciencias médicas y prácticas dirigidas al cuidado de la salud no médicas, y agentes de políticas públicas (Nari, 2004; Darré, 2008; Felitti, 2011).

Para los esquemas interpretativos tradicionales las madres no adecuadas son las mujeres que, desoyendo el mandato natural inscripto en el sexo femenino, se apartan del modelo maternal hegemónico y sus prescripciones: las muy jóvenes, las pobres, las que desarrollan tareas extradomésticas, las física, mental o anímicamente débiles; las que se niegan a amantar, las que abandonan a sus hijos, las infanticidas, las que abortan, las solteras, las que conforman familias monoparentales u homoparentales. En otras palabras, las que no han sido debidamente maternalizadas (Nari, 2004), es decir las que no han incorporado (o lo han hecho deficientemente) las prescripciones de ese modelo hegemónico sobre la “buena” práctica maternal. Por ello, estas madres se configuran como no madres o madres desviadas para este enfoque.

Los bordes de la maternidad

Como primer paso del recorrido que nos proponemos realizar (y en diálogo con nuestra perspectiva epistemológico-metodológica de carácter inductiva) debemos destacar que en todos los relatos biográficos de los jóvenes que participaron de nuestra investigación aparece de manera recurrente la figura de la madre biológica o mujeres significadas como tales, como protagonistas relevantes de los mismos.3 Se trata de mujeres con las que sostienen vínculos ajustados a lo que prescriben las dimensiones familiares estatutarias y el modelo hegemónico de madre adecuada, pero que a la vez y en muchas ocasiones despliegan prácticas no legitimadas socialmente por esos patrones: muchas de ellas, sin dejar de aparecer como soportes, son al mismo tiempo, como veremos, madres “violentas” y/o “ausentes”. A pesar de ello, no son necesariamente sancionadas de forma negativa por los entrevistados, sino más bien resignificadas biográficamente.

Para los estudios sobre maternidades inscriptos en la perspectiva de género, los enfoques tradicionales y/o hegemónicos en torno a la maternidad configurados en y con la familia moderna definen el modelo de madre adecuada (apropiada y no desviada) como aquella que protectora y amorosamente transmite a sus hijos en el espacio doméstico los valores rectores del orden social. Esta madre adecuada está casada formalmente con un varón que, cumpliendo el rol de jefe de hogar, satisface las necesidades materiales; a la vez, es una madre generosa, abnegada y sacrificada. Las palabras de Lili con relación a su propia experiencia con el ejercicio de la maternidad describen esta concepción de maternidad como aquella que es capaz de hacer y dar “todo” por sus hijos:

Yo hago por ellos… yo no me compro nada para mí. Yo tengo plata y todo para ellos. Me fijo si les falta algo y es ellos, ellos, ellos. Yo lo único que me puedo comprar es un paquete de cigarros… y gracias. Pero a mí me cambiaron la vida.

Entendemos que la idea de maternidad adecuada dialoga conceptualmente con las dimensiones estatutarias que atraviesan y configuran la familia toda vez que las mismas aluden, entre otros aspectos, a un modelo hegemónico, ordenador de las prácticas y de los significados atribuidos a la maternidad hacia el interior de la institución familiar. Al mismo tiempo, interpretamos que las prácticas vinculadas a esas dimensiones y a la maternidad adecuada pueden significarse como soportes legítimos de los sujetos cuando es necesario afrontar y resistir determinadas pruebas biográficas.

El carácter estatutario de la institución familiar y el modelo de madre adecuada son las dimensiones que, sin desaparecer como soportes del sujeto, empiezan a mutar –a visibilizarse, a ponerse en tensión– por y a partir de las transformaciones de la segunda modernidad, expresando de este modo los límites inherentes a sus configuraciones en tanto aristas inescindibles de la institución familiar. Las prácticas que anteriormente eran silenciadas o deslegitimadas como desvíos comienzan a visibilizarse, lo cual pone a los sujetos en la necesidad de resignificarlas biográficamente.

Junto a las mutaciones y a las resignificaciones biográficas estas dimensiones comienzan a formar parte del conjunto de temáticas susceptibles de ser abordadas tanto por la sociología del individuo como por los estudios de género. Como recupera críticamente Martuccelli (2006: 21):

[Estos estudios] han terminado por imponer, a nivel de las representaciones, la necesidad de reconocer las dependencias, los soportes reales sobre los que se constituye toda individualidad.

El reconocimiento y la problematización de estas “dependencias” y la puesta en discusión de la noción de individuo autónomo e independiente son algunas de las preocupaciones más importantes de la sociología del individuo.4 Siguiendo a Martuccelli (2007a), lo importante para un análisis que se base en los preceptos de la sociología del individuo sería estudiar la manera como los individuos constituyen un diferencial de apoyos por el medio indirecto de relaciones o de objetos, que se cargan de nuevos significados, más aquí o más allá, de los roles tradicionales. La propuesta analítica de la sociología del individuo nos plantea que una vez reconocida la gran diversidad de soportes en la vida de los individuos es necesario abordar el grado de visibilidad y de legitimidad de los mismos. Aunque sean soportes muy notorios, los vínculos filial-maternales se revelan, debido a su profunda legitimidad social, con cierto grado de invisibilidad en cuanto a su carácter externo.

El autor nos sugiere una relación indirecta entre la visibilidad y la legitimidad de los apoyos que sostienen al individuo desde el exterior. Un soporte, externo al sujeto por definición, será mejor considerado tanto colectiva como individualmente, cuanto más interno aparezca; es decir: a mayor visibilidad, menor será su legitimidad y viceversa. En palabras del autor:

Dado el valor que Occidente concedió a la representación de un individuo dueño de sí mismo, el hecho de recurrir a puntos de apoyo externos es tanto mejor aceptado, en la medida en que éstos son cuidadosamente escondidos, individual o colectivamente, al actor mismo. Ésta es la razón por la cual el recurrir abiertamente a sostenes externos es siempre una fuente de estigmatización. Si todos deben aceptar prótesis artificiales, éstas son tanto mejor aceptadas cuando son poco incómodas. (Martuccelli, 2007a: 77)

Cabe dejar bien en claro que el carácter externo de los soportes es intrínseco a éstos; por ello se considera que no existe individuo sin un conjunto de soportes externos que lo sostengan en el mundo, pero la manera en la que el individuo establece su relación con sus sostenes transforma la “naturaleza” misma del acto por el cual se tiene el mismo. Este punto resulta sumamente relevante para comprender la invisibilidad que adquieren ciertos apoyos fuertemente legitimados –como resultan ser los vínculos filial-maternales– alimentando así la ficción de percibir ciertos sostenes como si los mismos fueran de carácter interno. Incluso, siguiendo a Martuccelli (2007a), podríamos decir que muchos individuos forjan su personalidad en la medida en que son tenidos desde el exterior sin tener conciencia de ello.

Las dimensiones estatutarias de la familia y de los vínculos entre hijos y madres aparecen en los relatos de los jóvenes de diversas formas. Una de ellas es a través de la significación positiva de ciertas prácticas maternales que despliegan diversas mujeres cercanas a ellos, por ejemplo, sus amigas o sus abuelas:

Está preso, así que… igual como que no le importa el papá. Si ella está bien con su hija, tampoco está buscando una relación ni nada, no, ella se dedica sólo a su hija… habla rebién de ella […] ella se dedica sólo a su hija porque ni siquiera se compra ropa, ni se arregla, ni se pinta… (Nora)

Fue como una madre para mí… porque a veces cuando venía de la escuela, ya tenía hecha la comida, me lavaba la ropa, me lavaba las zapatillas y un montón de cosas… (Julito)

Este carácter de soporte legítimo puede aparecer también al significar el vínculo que se sostiene con los propios hijos. Así lo expresa Lili al subrayar los rasgos afectivos de este vínculo que la sostienen, permitiéndole afrontar y resistir pruebas como el uso de drogas o la separación de su pareja:

A mis hijos los amo. Yo no sé qué haría sin ellos. Yo me veo sin ellos y me veo en una esquina, drogada… si no los tuviera sería cualquier cosa, pero menos feliz. [Por ellos] yo vivo, lucho y sigo adelante…

A la vez, entendemos que el relato biográfico de Nora nos brinda un ejemplo nítido y elocuente en torno a cómo los hijos pueden configurarse como sostenes legítimos para las madres y para la familia en general, al realizar actividades estrechamente relacionadas con la dimensión estatutaria:

El año pasado tuvieron que operar de urgencia a mi madre. Tenía peritonitis, pero no lo supimos hasta que la internaron. Para mí fue un momento muy especial porque, por un lado, estaba muy preocupada por la salud de mi mamá y, por otro, estaba muy cansada. Cuando la internaron, sólo dejaban que se quedaran mujeres a acompañarla y yo me tuve que quedar durante toda la internación. Cuando era el horario de visita, aprovechaba que se quedaba con alguien que iba a verla y me iba a casa a cocinar, a limpiar y a lavar la ropa.

Estas dimensiones estatutarias también emergen cuando los entrevistados se vislumbran a sí mismos como futuros fundadores de familias, adoptando rasgos de mandato relacionado con cuestiones materiales como la adquisición de una vivienda o el cuidado de la salud:

Primero quiero tener mi casa. Porque tampoco voy a estar viviendo con mi mamá, me voy a quedar embarazada y voy a tener que vivir con ella. (Dora)

Quiero que mi hijo tenga una obra social, un seguro de vida, una obra social para mi mujer. (Charly)

En otras ocasiones, ese mandato combina lo material con dimensiones menos tangibles, por ejemplo, la felicidad:

A los treinta años quiero tener mi casa. Me estoy preparando para tener una familia que sea feliz, que no nos falte nada. (José Luis)

Por otra parte, el sentido de las palabras de Dora recientemente citadas reaparece en el relato de Nora de la siguiente forma:

Quiero tener un trabajo para poder tener un hijo, sino, no. No quiero que mis papás me den todo lo que es para el bebé.

Estos relatos ilustran ciertas reflexiones que atraviesan nuestra apoyatura teórica. El sujeto fundador de una familia (en este caso, una madre adecuada) que despliega una práctica legítima como tal debe aparecer como autónomo e independiente; es decir, haciendo invisible la exterioridad de los soportes que le permiten afrontar la prueba (en esta ocasión, el futuro armado de una familia). En el marco de nuestro análisis, Nora y Dora expresan como un mandato la necesidad de “resolver autónoma e independientemente” las necesidades materiales que puede implicar una futura maternidad, descartando la posibilidad de contar con el sostén externo de sus propias familias de origen. Sin embargo, el carácter externo de este sostén, el cual se intenta invisibilizar por medio de la legitimación social, no puede ser ocultado por mucho tiempo. En definitiva, ante la posibilidad de que la experiencia de la maternidad se materialice, Nora, en relación a cómo los padres podrían tomar la noticia y la solución a implementar, expresa:

Y no sé, por qué no me cuidé, cómo fue y todo eso. Y, bueno, después capaz lo entienden ellos. Igual quiero que me terminen la pieza de arriba así yo me voy para arriba y listo.

Pero al referirse a los vínculos filial-maternales, es decir, al reflexionar sobre los rasgos de esos vínculos en las propias biografías, los jóvenes que participaron de nuestra investigación no sólo dan cuenta de las dimensiones que hacen al modelo adecuado de maternidad y/o a las dimensiones estatutarias de la familia; relatan a la vez experiencias significativas que ponen en tensión los criterios que ese mismo modelo prescribe, relegitimándolos biográficamente. Si bien lo estatutario posee un carácter modélico, hegemónico y de sostén legitimado socialmente, donde tal legitimación permite invisibilizar el carácter externo del soporte, también resulta evidente que la dimensión subjetiva, lejos de ser un contrapunto de la estatutaria, convive con ella, configurando una convergencia que resulta ser de sumo interés para la propuesta analítica de la sociología del individuo.

Intentando problematizar la convivencia entre prácticas referentes a las dimensiones estatutarias y a las dimensiones subjetivas que atraviesan los vínculos materno-filiales, como también el ejercicio de la maternidad adecuada, pretendemos en nuestro análisis visualizar cómo se expresa la noción de soporte en los vínculos filial-maternales que describen nuestros entrevistados. Para ello a continuación presentaremos dos tipos de experiencias que emergen de forma recurrente en sus relatos. Las pruebas o los acontecimientos significativos que configuran las primeras tienen que ver con las violencias que, en algunos casos, supuso el proceso de transmisión de valores y saberes que se produce hacia el interior del espacio familiar. Los hechos clave en el caso de la segunda tienen que ver con una separación madre-hijo a una edad sancionada negativamente en el marco del modelo de maternidad adecuada.

Enseñanzas y violencias

Una de las prácticas más frecuentemente asociada al despliegue de la maternidad adecuada tiene que ver con la transmisión –en el interior de la familia– de los valores y criterios esenciales para el mantenimiento del orden social. Cuando esta práctica no se produce o se produce deficientemente –debido a, entre otras situaciones, la ausencia física de la madre como uno de los protagonistas principales de este proceso de enseñanza– se generan situaciones significadas negativamente por los sujetos entrevistados que son difíciles de subsanar:

Y mi abuela la dejó abandonada [a la madre del entrevistado]… como que dejó rienda suelta, que haga lo que quiera, ni educación, ni nada. No aprendió ni a lavar la ropa, nada… (Julito)

Los chicos se quedan solos... entonces los chicos van aprendiendo… de la tele… se embarazan… se van a la mierda… (José Luis)

En varias ocasiones se evidencia, desde los relatos biográficos de los entrevistados, que este proceso de transmisión de valores se lleva acabo recurriendo a distintas formas de violencia:5

Yo no quería ir al colegio, pero… me obligaba, y si no, cobraba… No me pegaba mucho, sólo hasta que duela… (José Luis)

Mi mamá dice que yo no aporto nada en la casa, cuando está enojada [porque no hago lo que ella me dice]… empieza a decirme… que no hago nada, que soy inservible. (Nora)

Yo no le pego pero lo asusto. Viste… agarro el cinto y le pego en la mesa así quieto. Si te portás mal… te pego con esto, vas a ver. Sentate ahí, le digo. Y va y se sienta. (Lili)

Estas formas de violencia, asociadas a la enseñanza en el espacio intradoméstico, antes que ser descriptas negativamente por los entrevistados –ya que, por ejemplo, a primera vista parecen contradecir la idea de una madre adecuada, amorosa y paciente– son resignificadas por los entrevistados adquiriendo sentidos biográficamente legítimos:

Mi mamá una vez hasta me llegó a sangrar la nariz… Yo era re rebelde… Y sí, contestaba mucho. Qué sé yo, no quería hacer algo y no lo hacía. Y me oponía. (Nora)

En otras palabras, si bien estas prácticas violentas son evidenciadas por los jóvenes entrevistados, devienen a la vez recursos legítimos a ser usados por la madre, cuando el proceso de transmisión de enseñanzas no puede desplegarse en su totalidad debido a la “incapacidad” o “rebeldía” del enseñado para aprender. La utilización de la violencia, en estos casos, antes que anular el vínculo filial-maternal en tanto soporte, lo legitima biográficamente reafirmándolo:

Mis abuelos son muy estrictos en el sentido de la educación. Yo no quería ir al colegio pero mi abuela me obligaba, y si no cobraba. En ese momento no me gustaba nada, la pasaba mal, pero era para mi bien, yo quería manejar mi situación siendo chico, yo creía que lo sabía todo, pero en ese momento no sabía nada. Ahora le agradezco mucho a mi abuela por las cosas que me hizo, por haberme educado. Yo me considero educado. Mi abuela siempre me decía: “Siempre hay que respetar a los grandes, hay que ser obediente, no hay que faltarle el respeto ni a una sola persona”. Yo no quería ir a la escuela, entonces cuando me castigaban iba, al cobrar yo le sentía respeto y después yo hacía lo que ella me decía, no me quedaba otra. No me pegaba mucho, sólo hasta que duela, el dolor de un cinto o de un látigo, porque yo era un tipo que tenía miedo de que me pegue, entonces yo hacía lo que ella me decía. El castigo dependía de la causa; si es muy pesada la causa, es más alto el castigo; si es muy bajo, entonces más bajo el castigo. Es como que te corrige de esa manera, si vos te mandaste una cagada grande, de lo cual fuiste muy consciente, cobrás grande. En ese momento no me gustaba nada, la pasaba mal… no lo acepto como una violencia, lo acepto como una corregida… en ese momento yo era un tipo caprichoso… mi abuela siempre fue muy correcta conmigo… tampoco me hizo la vida imposible… yo creo que… mi abuela me educó muy bien. (José Luis)

Los vínculos filial-maternales presentes en los relatos de nuestros entrevistados se encuentran atravesados por la convergencia entre las dimensiones estatutarias de la familia, las subjetivas y la maternidad adecuada; como ya lo hemos dicho, se configuran como soportes legítimos de los jóvenes que participaron de esta investigación.

A continuación nos proponemos realizar un ejercicio de descripción interpretativa similar al desarrollado hasta aquí, pero focalizando nuestra atención en otro hecho significativo y recurrente en los relatos de los entrevistados. Nos referimos a la experiencia de separación madre-hijo ante diversas vicisitudes que bien pueden ser consideradas como pruebas (mudanzas por cuestiones laborales, divorcios). Este ejercicio está orientado, una vez más, a problematizar la convivencia entre las dimensiones estatutarias y subjetivas de la familia, así como también la idea de maternidad adecuada.

Separaciones: ausencias, dolores y resignificaciones biográficas

Varios de los jóvenes que participaron de nuestra investigación se vieron separados de sus madres en algún momento de sus vidas. Por diferentes motivos que en algunos casos se presentan enlazados –fundamentalmente, disolución del vínculo conyugal que unía a estas mujeres a los padres de los entrevistados y profundización de las dificultades económicas que provocan, a su vez, un proceso migratorio a otros países, en busca de puestos de trabajos– fueron dejados por sus madres en casas de parientes cercanos (abuelos, tíos) cuando eran muy pequeños o estaban transitando los primeros años de su adolescencia.

Como se desprende de sus relatos, estas experiencias no implicaron ruptura total de los vínculos materno-filiales y expresan la articulación entre las dimensiones que hacen al modelo estatutario, la maternidad adecuada, y las formas biográficas y subjetivas de transitarlas y significarlas.

Así como ocurre con las prácticas violentas asociadas a los procesos de enseñanza que despliegan las madres en los espacios intradomésticos, encontramos diversos modos de significar biográficamente estas experiencias. En algunos casos, el haber sido “dejados” al cuidado de otros familiares aparece como un modo de liberarse de las violencias que se viven en el hogar. Así lo ilustra Julito cuando se refiere a cómo finalmente quedó al cuidado de su tía, luego de relatar cómo su madre, sus hermanos y él mismo eran víctimas de las palizas de su padrastro:

Mi mamá preparaba el bolso con todos nosotros y a la media hora se arrepentía y volvía… A los seis años, me fui de ahí... fui con mi mamá, cuando se iba a separar de él, y yo empecé a llorar, que no quería volver. Mi mamá volvió y yo no. Y ahí me dejaron en la casa de mi tía.

Otras veces se expresan sensaciones negativas de dolor y enojo asociadas al ser dejados al cuidado de parientes:

Mi vieja ya no estaba… mi vieja desapareció… yo me encontré en una situación incómoda. Mi vieja se vino a Buenos Aires, nos separamos todos… Me sentía abandonado, como extraño… (José Luis)

Mis tíos me quisieron hacer creer que lo provocó ella para no hacerse cargo de nosotras. (Juana)

Estas sensaciones negativas aparecen resignificadas biográficamente por los mismos entrevistados:

Y recién ahí es cuando me empiezo a dar cuenta de los problemas que tenían mi mamá y mi papá. Que mi papá le pegaba a mi mamá. (Juana)

[Un amigo de mi papá] me contó que se separaron por culpa de los celos y los maltratos de mi papá, fue por esa razón que mi vieja no aguantó más a mi papá. Este hombre me empezó a hacer escuchar la campana que yo quería escuchar. (José Luis)

Interpretamos que el proceso de construcción de los relatos ha permitido visualizar, en las biografías de los jóvenes entrevistados, la convivencia de las dimensiones estatutarias y subjetivas de la familia, la idea de madre adecuada y los vínculos filial-maternales en tanto soportes legítimos. Los entrevistados describen lo vivenciado en primera instancia como un abandono, reivindicando, por un lado, las figuras maternas que desplegaron funciones estatutarias de apoyo y sostén:

Mis padres no me enseñaron valores, no me enseñaron educación. Eso lo hizo mi abuela. Me aconsejaba, aprendí un montón de cosas… Era la única que me encaminaba. Porque mis papás es como que no estuvieron. (Lili)

Por otro lado, se revela que el vínculo materno filial atravesó menos una ruptura que una cierta mutación con relación a lo que el modelo de maternidad adecuada prescribe:

Cuando yo tenía ocho años mi mamá volvió y me vio que estaba en una fea situación, entonces me dijo si no quería ir a la casa de mi abuela [la mamá de ella]… y me dijo… [que] iba a laburar en Buenos Aires y me iba a ayudar mandándome cosas. Me dijo algo que nunca me dijeron: “Hijo, ¿qué querés que te compre?”. Yo le pedí una bicicleta. No lo podía creer, porque fue mi primer regalo nuevo. Siempre me regalaban ropa vieja, siempre me traían juguetes usados, llegaban los reyes magos y yo no tenía nada, nunca usé cosas nuevas en mi vida hasta ese momento, me sentía un niño abandonado y cuando ella me dijo eso fue algo hermoso, lo sentí de una manera inolvidable, y siempre le dije a ella: “La verdad que en ese momento me hiciste muy feliz”. Me hizo feliz en el sentido de que ahí me sentí importante en su vida, porque decían que mi vieja era una bruja. En ese momento yo me di cuenta que mi vieja me tiene el amor, el cariño, el afecto de una madre. Me sentí importante. Me sentí vistoso, sentí que existía en esta vida. Fue algo increíble. (José Luis)

Desde la propuesta teórica, epistemológica y metodológica en las que nos posicionamos, interpretamos que los relatos de nuestros entrevistados expresan menos contradicciones que actos de rememoración orientados a la puesta en marcha de una resignificación (desde el presente) de sus vivencias relacionadas con la construcción de sus vínculos filial-maternales, que les permita continuar viviendo, a pesar del dolor provocado por estos acontecimientos biográficos significativos.6 Se trata nada más y nada menos que del diferencial de resistencia del que disponen los diversos individuos frente a las pruebas de la realidad, es decir, el despliegue de su capacidad de sobreponerse a las dificultades y dolores existenciales. En palabras de Martuccelli (2007: 63): “Cómo llegar a soportarse (a ser llevado) en el mundo”.

Palabras finales

A lo largo de este capítulo hemos pretendido problematizar una tensión que vertebra las experiencias relacionadas con la construcción de los vínculos filial-maternales y, con ello, la institución familiar. Nos referimos a la articulación entre las dimensiones estatutarias y subjetivas de la familia y las múltiples formas de ejercer la maternidad.

El proceso de análisis de los relatos de los jóvenes entrevistados exhibió un conjunto de prácticas relacionadas con sus vínculos filialmaternales que están configuradas y atravesadas por dimensiones que se asocian a la maternidad adecuada y por prácticas que, si bien en primera instancia no se ajustan a lo que este modelo prescribe, resultan a la vez, con el correr del tiempo biográfico y en el marco del proceso de construcción de los relatos, resignificadas y legitimadas. De este modo, en el primer apartado hemos visto cómo esa forma de ejercer la maternidad aparece en los relatos biográficos en expresiones como “hacer todo por los hijos” o en la necesidad de garantizar la resolución del acceso a la vivienda o la cobertura de salud como condición necesaria para la “buena maternidad”.

A la vez, visualizamos que la violencia o las separaciones del vínculo madre-hijo, aunque “duelan”, “enojen” o “desorienten”, pueden devenir, por ejemplo, un mecanismo válido para transmitir en el espacio doméstico determinados valores que hacen al orden social, o en una forma legítima de resolver situaciones extremas (fundamentalmente y de forma encadenada, matrimonios que no funcionan y dificultades económicas).

Como hemos expresado al comenzar, nuestro análisis ha pretendido articular los aportes de la sociología del individuo, la propuesta epistemológico-metodológica del enfoque biográfico y el debate que en torno a las maternidades están desplegando en los últimos años ciertos estudios emparentados con la teoría de género. En este sentido, es necesario destacar que fue la convergencia de estas perspectivas lo que nos permitió acercarnos al emergente que representan los vínculos filial-maternales. Nuestro análisis ha intentado dar cuenta de cómo tales vínculos y su significación pueden ser interpretados como una expresión de las mutaciones que la institución familiar atraviesa en la contemporaneidad, aceptando con ello el desafío interpretativo que plantean Araujo y Martuccelli (2012) de amalgamar las dos lecturas existentes en torno a la familia: aquella centrada en su carácter estatutario o la que privilegia las descripciones minuciosas de las vivencias subjetivas de sus miembros.

Siguiendo la propuesta de Martuccelli (2007a), en las sociedades modernas occidentales existe una suerte de figura ideal del individuo según la cual se lo supone dueño y señor de sí mismo, es decir, individuos capaces de tenerse desde el interior. Pero en la práctica social esta ficción subjetiva y moral no existió efectivamente ya que en la realidad social el individuo se encuentra fuertemente inserto dentro de estructuras sociales.

El individuo no existe sino en la medida en que es sostenido por un conjunto de soportes. De esta manera la idea de soporte aplicada al análisis de los vínculos filial-maternales tiende a evidenciar cómo las situaciones referentes a la constitución de las relaciones entre hijos y madres, interpretadas desde el punto de vista de las experiencias individuales, pueden ser –a pesar de sus similitudes estructurales – muy diversas. El rol real del soporte, más allá de su materialidad relacional, dependerá de la manera como es considerado por el individuo (Martuccelli, 2007a).

Si bien los vínculos filial-maternales, en tanto soportes constituidos dentro del ámbito familiar, representan “dependencias” múltiples y profundas, la legitimidad social que los recubre tiende a invisibilizar su carácter externo como soporte, dificultando socialmente el despliegue de una mirada crítica sobre la multiplicidad de prácticas que se desarrollan al interior de los mismos y fomentando, no sólo el mantenimiento de una ilusión colectiva sobre la ficción moderna de un individuo que se sostiene a sí mismo desde el interior, sino también el modelo moral e ideal de madre adecuada.

Entendemos que el análisis que nos propusimos hacer aquí se inscribe en los debates teóricos que se vienen desplegando en las últimas décadas en torno a las mutaciones que la segunda modernidad ha operado en las instituciones clave para la producción y reproducción del orden social. Lejos estuvo de nuestra intención desarrollar un análisis concluyente, con pretensiones de verdad única y acabada. Al contrario, aspiramos a que esta aproximación contribuya a la construcción de nuevas preguntas en relación a una dimensión clave de una de esas instituciones como son los vínculos filial-maternales.

Algunas de ellas podrían estar orientadas a la profundización del análisis de los nexos conceptuales entre la propuesta analítica de la sociología de la individuación y los debates en torno a las prácticas de la maternidad que se han presentado aquí. Tal vez éste sea un nuevo desafío; el camino recién está comenzando a ser transitado.

1. Con relación a las transformaciones producidas en la segunda modernidad, véase la Introducción.

2. El concepto madre adecuada surge de las discusiones sostenidas hacia el interior del equipo de trabajo que integramos. Conforme nuestra perspectiva metodológica, la noción es el resultado de sucesivos análisis y debates que fueron poniendo en diálogo y articulando, a través del procedimiento de la comparación constante, las categorías emergentes con la teoría.

3. Cabe aclarar que estamos aludiendo básicamente a vínculos, significaciones, roles y/o prácticas. No necesariamente la relación madre-hijo tiene que ver con lo biológico, ni se agota en ello. Véanse, por ejemplo, los relatos de Purly, Julito, Lili y Dora.

4. Para más detalle del modo en que los estudios de género contribuyen a problematizar los vínculos familiares en tanto soportes, véase Martuccelli (2007a: 87-90, 97-100).

5. En los capítulos 6, 7 y 8 también se abordan las experiencias de jóvenes en torno a violencias familiares y los impactos en sus procesos de individuación.

6. En el capítulo 8 se analizan las vinculaciones de las distintas formas de rememoración de jóvenes con sus temporalidades, sociabilidades y procesos de subjetivación.

3. El barrio, la Iglesia y la escuela: instituciones donde los jóvenes construyen sus biografías

Romina Ramírez

Durante la primera etapa de la modernidad la relación individuosociedad se ha constituido como un problema para la teoría política y social. Sin embargo, fue Émile Durkheim, recién en los comienzos del siglo XX, quien enfatizó que las instituciones deberían ser el núcleo de estudio para la sociología. Siguiendo la afirmación de este autor, este capítulo se detendrá en la relación que se construye entre los jóvenes y las instituciones. Para abordar la problemática, se retoma el concepto de institución desarrollado por Durkheim (1987):

Puede denominarse institución a todas las creencias y a todos los modos de conducta instituidos por la colectividad; entonces puede definirse la sociología: la ciencia de las instituciones, su génesis y funcionamiento. (24)

En la definición anterior se encuentran pistas para abordar la temática. La institución no es sólo un conjunto de sujetos que comparten un espacio físico durante determinado tiempo sino que refiere a significaciones compartidas y modos de hacer de una colectividad determinada. Es decir que no son inflexibles o rígidas sino que se crean y recrean según las vivencias de la colectividad. Por eso, siguiendo a Durkheim, la sociología debe ocuparse de ellas.

La anterior definición podría ampliarse si se recupera la perspectiva de Cornelius Castoriadis (1983), quien describe a las instituciones como una red de símbolos social e históricamente constituidos que operan como un factor de cohesión entre el individuo y la sociedad. Para este autor, una institución que aspire al reconocimiento y a la permanencia debe formar individuos que las reproduzcan para mantenerlas vivas.1 Si no logra cumplir estos objetivos, perece o se transforma en un grupo selecto, que permanece estático.

En la Argentina actual, algunos medios de comunicación masivos sostienen argumentos tales como “los jóvenes han perdido el anclaje en las instituciones”; “los jóvenes de los barrios están en peligro”; “no asisten a la escuela”; “no tienen un proyecto de vida”; “la familia no los contiene”. Sin embargo, estas afirmaciones en general no incluyen los discursos de los sujetos a los que nombran. Este capítulo, por lo tanto, aborda la relación entre los jóvenes y las instituciones, en barrios vulnerabilizados del AMBA, desde sus discursos biográficos.

En esta introducción, se definirá brevemente el concepto juventud como una transición hacia la vida adulta. En este sentido, constituye el otorgamiento por parte de la sociedad de un plazo o moratoria social (Margulis y Urresti, 1996) o, en otras palabras, un lapso de excepción en el cual se les impondrán exigencias menores, mientras alcanzan la madurez económica, social y educativa (Mendes Diz, Di Leo y Camarotti, 2004). Por lo tanto, ese período debe entenderse como una construcción social, psicológica, cultural y biológica que encierra significaciones complejas, diversas y contradictorias.

La heterogeneidad juvenil y su diversa vinculación con las instituciones en nuestro país sólo pueden comprenderse si se repasa brevemente la historia reciente. En la década del 90 esas relaciones se transformaron por las políticas económicas y sociales adoptadas por los gobiernos neoliberales. Estas medidas modificaron la vida de la población en general debido al aumento de la desocupación, la descentralización de los servicios sociales y la desintegración de gran parte de los espacios que proporcionaban a los sujetos seguridad y pertenencia. Durante el transcurso de esa década, la crisis se profundizó, el desempleo creció exponencialmente y llegó, en 2001, a los niveles más altos de la historia. Como consecuencia, aumentó la marginalidad en los barrios del sur del AMBA (Touzé, 2006). Paralelamente, se incrementó el consumo de drogas en los barrios pobres de la ciudad y del conurbano bonaerense. La situación descripta produjo la estigmatización social de los jóvenes residentes de esos lugares, el aumento de la vulnerabilidad y la expulsión de éstos de la escuela y de los clubes de barrio (Pawlowicz et al., 2006; Touzé, 2006; Epele, 2010).

Pese al contexto adverso de desarticulación y desaparición de algunos de los espacios a los cuales los jóvenes concurrían, éstos buscaron diversas alternativas institucionales, aunque debían sortear barreras para ser considerados miembros. Los jóvenes ocuparon lugares públicos como las plazas o la calle y recuperaron galpones abandonados para realizar actividades culturales como murga, teatro callejero o deportes, entre otras. Posteriormente, algunos de estos espacios recuperados fueron reconocidos oficialmente, en otros casos se permitió que siguieran funcionando, aunque sin reconocimiento.

Sin embargo, otra parte importante de este sector de la sociedad no pudo desarrollar las mismas estrategias alternativas, y tampoco pudo establecer relaciones con las instituciones, como la escuela, que no lograban incluirlos (Saintout, 2009; Chaves, 2010).

En este trabajo se parte de los relatos que los jóvenes tienen sobre distintas instituciones: el barrio, la calle, la Iglesia y la escuela. Se analizan las causas del porqué las eligen, cómo lograron vincularse con éstas y en qué medida esos espacios contribuyen a su realización personal.

El barrio: nosotros y los otros

Para los jóvenes el barrio tiene una importancia central porque, por un lado, funciona como un lugar identitario y de pertenencia (Margulis y Urresti, 1996) pero, por el otro, puede operar como un ámbito de estigmatización por parte del afuera, generando situaciones como que los jóvenes tengan que ocultar su verdadero lugar de residencia para poder acceder a un trabajo o a una escuela (Gravano, 2009).

El aspecto identitario en general se expresa a través de actividades como el deporte, el arte o la recreación desarrolladas en el barrio. En este sentido, constituye un factor de identidad y de unión. Es decir que lo barrial articula diversos espacios que les brinda un lugar de pertenencia. Sin embargo, esta cohesión muchas veces se ve afectada debido a la escasez de recursos, fundamentalmente económicos, que dificultan la continuidad en las actividades. En este sentido, en las entrevistas algunos de los jóvenes refirieron que se vieron obligados a elegir entre el club del barrio o un taller de oficios para salir al mercado laboral y ayudar a sus familias. Otros comentaron que debían realizar tareas domésticas o de cuidado de los hermanos más pequeños. Por lo tanto, la administración del tiempo y los costos que se deben afrontar para el esparcimiento son los principales factores que provocan el alejamiento de este sector de las prácticas señaladas.

Muchos refieren que debieron abandonar los espacios recreativos dentro del barrio, aunque gran parte recuerda que fue allí donde encontraron amigos con quienes lograron establecer relaciones duraderas y compartieron experiencias que transformaron sus vidas. Para graficar esta situación, es interesante el siguiente fragmento de uno de los relatos biográficos:

Conocí muchos amigos al jugar al fútbol. Después empecé a jugar, así, amateur. Jugaba en potreros, en campeonatos de un día, conocí amigos, me encantaba el fútbol, me parece muy apasionante […] Yo al fútbol le debo mucho, porque el fútbol me hizo conseguir amistades, felicidad, en el sentido de reírme con amigos, de hacerme olvidar todas las cosas que pasé. (José Luis)

La pertenencia al barrio, como señalamos, facilita la construcción de la identidad y ayuda a sortear algunas barreras, por ejemplo, la diversidad cultural y la pobreza. Es decir que, al mismo tiempo que opera como un factor de cohesión, también ayuda a identificar a los otros que no comparten la misma identidad.

De las entrevistas surge que el barrio se constituye como un espacio en el que todos “los de adentro” pueden coexistir y se sienten seguros. Por lo tanto, “los de afuera”, en el sentido de que no forman parte de la comunidad, no son “personas confiables” y hay que “estar alerta” por si es necesario salir a “defender el barrio”. Se relatan varias circunstancias en las que el lugar “debe” ser protegido, en primera instancia de la llegada de jóvenes de otros barrios para robar, luego de quienes quieren “llevarse” a las mujeres y finalmente de la aparición de los “intrusos” que merodean. Estas situaciones de defensa constituyen diversas estrategias para mantener la constitución de un “nosotros” y también reflejan el miedo existente a los “otros”. Esto lo podemos ejemplificar a partir del relato de uno de los entrevistados, quien comentó que con sus amigos “paraban en la esquina” y esa reunión tenía doble significación: por un lado, el propósito de tomar una cerveza y, por el otro, llevarle tranquilidad al barrio. A su vez, reveló que sus vecinos muchas veces decían que “los de la esquina”, o sea ellos mismos, eran ladrones o adictos.2

Otra cuestión relevante que surge a partir del análisis, se liga a la protección de las mujeres del barrio porque opera el imaginario que ésa es la misión del varón. Esta idea se fundamenta en que si ellas establecen relaciones amorosas o amistosas con otros, pueden correr peligro. Ésa es una de las primeras razones, según los relatos, por la cual se generan las disputas con los otros barrios. Otras cuestiones muy influyentes son la rivalidad entre equipos de fútbol o los enfrentamientos de grupos de jóvenes de diferentes escuelas. A su vez, refieren que el lugar para dirimir el conflicto puede ser un boliche bailable, la calle o una plaza, pero nunca el sitio de residencia porque implica que otros entren a un espacio en el que sólo pueden pelear los habitantes del lugar. De este modo, impiden que ingresen personas ajenas al barrio. Además, esta defensa del lugar se liga al temor de los jóvenes a encontrarse con policías de civil que buscan detectar la presencia de los “transas”.3 Por esa razón, aunque no tengan relaciones con el delito, siempre hay que saber quién entra al barrio. Primero, para no ser señalado como delator, luego para no ser etiquetado como delincuente y, finalmente, para preservar la seguridad personal.

El desarrollo de la relación de los jóvenes y el barrio permite analizar este último como una dimensión instituyente4 que ayuda a crear identidad y otorga sentido de pertenencia:

En el barrio están mis amigos, a ellos les cuento mis cosas, compartimos salidas juntos, boliches o fiestas, jugamos al fútbol dos veces por semana, vamos a campeonatos y ahí si ganamos compartimos la plata, compramos para tomar, para comer [pizzas o chorizos] para todos y compartimos. El barrio tiene eso, tengas o no tengas siempre podés compartir. (Purly)

A mí me gusta vivir en la villa, nos conocemos todos, sentís todo ese afecto. (Juana)

Asimismo, la pertenencia a un barrio puede constituir un potencial obstáculo para la integración al afuera, fundamentalmente a lugares como escuelas, clubes o trabajos (Gravano, 2009). La mirada o la indiferencia de los otros generan barreras que no siempre son fáciles de sortear. En este sentido, el barrio podría pensarse, por un lado, como un espacio de encuentro y, por el otro, como un lugar que deja marcas en el cuerpo, que condiciona la mirada de los otros y carga al sujeto de un peso del que hay que desprenderse para salir al exterior (Epele, 2010). Sin embargo, los individuos pocas veces logran alcanzar las expectativas de comportamiento que les impone el afuera. En general, no logran quebrar las relaciones de cercanía, física y espacial:

[Fuera del barrio] Te encontrás con un contexto totalmente diferente, la gente te dice: “Hola y chau”, o no te saludan igual. No hay ese contacto físico todo el tiempo […] hasta a veces te pasa de quedar mal porque uno tiene la costumbre de vivir muy pegado, ¿viste?, la relación vinculada, muy junta. Entonces la gente te pone una distancia de repente. Claro, de afuera te pone una distancia ¿viste?, tiene sus cosas, va para su lado. Entonces, como que… eso cuesta. (Carlos)

El relato anterior constituye una explicación del desarraigo que sienten quienes salen del barrio. La sensación de extrañamiento se expresa en las “dificultades para adaptarse al afuera” porque el exterior exige que desconozcan los soportes que estructuran sus experiencias. La entrada, la permanencia y la salida del barrio constituyen, en términos de Danilo Martuccelli (2007a), una prueba, es decir que se convierten en puntos de inflexión en la vida de los individuos y modifican sus biografías.

Por lo tanto, la prueba se reactualiza en cada nueva experiencia de ingreso institucional, escolar, laboral; en cada situación individual, relaciones amorosas, amistosas; o colectiva (agruparse para reclamar mejoras concretas en las condiciones de vida o seguridad). Al mismo tiempo, la prueba puede ser quedarse en el barrio aceptando sus reglas o salir de él sin olvidarse el lugar de pertenencia. A pesar de que algunos miembros quieren irse y no pueden, otros deben volver porque la inserción en el exterior no es fácil. Al mismo tiempo, se debe contemplar que muchos no tienen posibilidades de construir su vida lejos del barrio o todavía no están dispuestos a atravesar la compleja situación de salida. Sin embargo, de los discursos se desprende que vale la pena intentar la salida porque “afuera” están las oportunidades para forjar un futuro mejor.5

De los relatos surge que en el proceso de salida adquieren importancia las instituciones que trabajan en los barrios porque ejercen la función de puente entre el adentro y el afuera. Un lugar que se caracteriza como nexo con el exterior es la escuela, porque es de fácil acceso, pero de difícil permanencia. Otro espacio destacado en las biografías es la Iglesia Católica6 porque los ayuda a resolver problemas cotidianos. Sobre esta cuestión, hay que destacar que en los ámbitos en los que se ha trabajado se observó la presencia del movimiento de curas villeros, un conjunto de sacerdotes con una fuerte influencia y presencia en las zonas populares. Este grupo presenta particularidades dentro de la Iglesia Católica por el compromiso asumido con las diversas problemáticas de los pobres. De ambos espacios nos ocuparemos más adelante. En el siguiente apartado se analizará la diferencia entre la calle y el barrio.

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Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
451 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789876919661
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Bookwire
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